Cien POEMAS
Cien POEMAS
Selección:
Celso Medina
Chevige Guayke
Ramón Ordaz
Fidel Flores
El lector tiene en sus manos Cien + 20 poetas orientales, una obra que intenta
en este primer recorrido dar noticias de la poesía escrita por autores de
esta región del país, ubicados cronológicamente entre 1781 —fecha de nacimien-
to del margariteño Gaspar Marcano—, hasta 1949, e ilustra un largo proceso de
creación, que se inicia con “Poema en que se refieren las acciones campales habi-
das en la Isla Margarita cuando fue invadida por el General Morillo”, de Marcano
y abre cauces para el debate en torno a la poesía fundacional venezolana, en
virtud de que su autor, contemporáneo de Andrés Bello y fallecido en Maracaibo
en 1821, de acuerdo a esta fecha, parece adelantarse a “Alocución de la poesía”,
de Bello, la cual fue publicada en el Repertorio Americano en 1823. Así mismo, sería
necesario desde esta consideración, tener a Gaspar Marcano como el referente
fundacional de la poesía del oriente del país. A su nombre se sumarán Vicente
Coronado (Sucre, 1830), Miguel Sánchez Pesquera (Sucre, 1851) y Tomás Ignacio
Potentini (Anzoátegui, 1859), para constituir figuras solitarias y emblemáticas
del cosmo poético oriental de ese momento, porque no será sino a partir de la
década del ‘70 del siglo XIX, cuando puede hablarse de un movimiento genera-
cional en la región con figuras como: Andrés Mata (1870), Juan Arcia (1872) y José
María Milá de la Roca Díaz (1879), del estado Sucre; H. Albornoz Lárez (1874),
Miguel Ángel Mata (1881) y Pedro Navarro González (1882), margariteños; y los
anzoatiguenses Mercedes de Pérez Freites (1885) y José Tadeo Arreaza Calatrava
(1885), quienes junto a los poetas que nacen en la década del ‘90 del mismo
siglo: José Antonio Ramos Sucre, Ramón David León, Agustín Díaz Silva, Cruz
Salmerón Acosta, Andrés Eloy Blanco, Félix Antonio Calderón, Ramón Pierluissi
Ramírez, Félix Armando Núñez, Jesús Marcano Villanueva, Pedro Rivero, Vicente
Fuentes, Rafael Caballero Sarmiento, coparán en los años posteriores el esce-
nario poético no sólo regional, sino nacional e internacional y donde sobresale
hasta nuestro días la obra auténtica, transparente y majestuosa del cumanés
José Antonio Ramos Sucre.
El siglo XX —iluminado por la obra de los poetas nacidos en las décadas finales
del siglo XIX— se presenta plural; hasta estos rincones del mundo llegarán los
aires de la poesía que se fragua en otros lugares del planeta, bajo esas influen-
cias, nuevas voces consolidarán el universo poético regional, unos, asumiendo
plenamente elementos vanguardistas, otros, ceñidos a la tradición poética que
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los ha precedido y otros, destacando en su obra elementos populares, propios
de cada una de las regiones en las cuales transcurre su vida. Muchos de ellos
aguardando la valoración que los ubique en el justo lugar que merecen dentro
de la tradición literaria nacional.
En el marco de las preferencias y gustos, esta antología reúne, además de aquellos
autores cuya poesía ya es considerada clásica dentro de la literatura venezolana,
a otros que cierta experticia académica ha dejado al margen, nombrándolos
peyorativamente como versificadores, cultores o poetas populares; mujeres y
hombres de Anzoátegui, Monagas, Nueva Esparta y Sucre, que hicieron y hacen
de la poesía su manera de comulgar con el universo mundo. Esta antología no
se agota en estos ciento veinte poetas, se prolonga en una próxima, que desde la
segunda mitad del siglo XX a los días actuales del XXI, reúna la poesía escrita en
ese periodo, dando así una visión totalizadora de la poesía escrita en el oriente
venezolano y sus autores.
Es propicio el momento, para celebrar con esta antología los 20 años de la crea-
ción del Fondo Editorial del Caribe, una experiencia que en todo este tiempo, con
una visión plural se ha caracterizado por ir al encuentro de lo que nos sensibili-
za, de lo que nos expresa y nos lleva luminosamente hasta nuestras barrocas e
históricas raíces. Una labor editorial que tiene sus razones en el “existirnos”, en
el “sabernos” y “sernos”: y mediante la palabra busca del desde cuándo somos,
quiénes somos y por qué somos, para entender que no llegamos hoy, que venimos
del realmaravilloso mundo de nuestros primeros indígenas. Para nombrarnos e
irnos hasta la memoria, volvernos tiempo puro y diluir olvidos, envueltos en la
eterna cotidianidad de las palabras.
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Anzoátegui
Selección:
Fidel Flores
Tomás Ignacio Potentini
I
Ya la noche al sol embiste,
y mis tristezas cantando,
voy al paso recordando
los abrazos que me diste,
que coge sabana un toro,
le echo encima el rucio moro,
y al tumbarlo diligente,
repite el eco doliente:
Cuando estoy a solas lloro.
II
¡Vuela, mi caballo, al hato,
que se anubla el horizonte!
Para esa ceja de monte
y descansarás un rato.
Yo me beberé el carato
que me guarda el dueño mío,
espanto penas y frío
del hogar a los calores,
me como mi zamba a amores
y en conversación me río.
III
Y veré al salir la luna,
si es que el aguacero escampa,
si del corral en la trampa
cayó la yegua cebruna;
silla y freno hay por fortuna;
monto a mi zamba y ufano
la llevo al baile cercano;
ella rompe un zapateo
y yo orgulloso la veo
con mi maraca en la mano.
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IV
¡Vaya un joropo de rango!
Bailando a raja campana,
los claros de la mañana
nos sorprenden bajo un mango,
de mi zamba en el fandango,
los guapos sufren desvíos,
pues no hay quien tenga mis bríos,
yo espanto al ánima sola,
y al golpe de la bandola
divierto los males míos.
Barcelona, junio de 1879.
Lejanías
I
Suspira el viento en la loma,
y la quilla alzando espuma,
se me pierden entre brumas
las playas de Barcelona.
Ya del recuerdo en la zona
surgirán entre colores,
y allí mi hogar y sus flores
me copiarán mil espejos,
pero, madre, yo tan lejos,
¿quién te dirá que no llores?
II
Todo en la memoria escrito
guardo de la ausencia mía,
cuando tantos a porfía
abrazaban al proscrito.
Oigo el angustioso grito
de mis deudos en azar,
y en tan triste recordar
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sufro, mas ¡ay!, entendiendo,
que te quedaste muriendo,
madre, viéndome alejar.
III
Cuando de los tiernos brazos
y amoroso pecho a pecho,
soltéme en llanto deshecho
y el corazón en pedazos.
Cuando vi roto los lazos
de aquel cariño sin par,
cuando, camino del mar,
medí bien mi desventura,
clamé con honda amargura:
adiós, tierra de mi hogar.
IV
¡Mi hogar! La sombra querida
que me cubrió sin reproches,
el cielo azul de las noches
más lóbregas de mi vida;
quien me arrancó la sentida
primer plegaria entre albores,
quien ecos murmuradores
guarda del blando laúd:
pobre templo de virtud,
urna de dulces amores.
V
Camino del mar rogaba
se dilatara siquiera
el instante en que partiera
la nave que me esperaba.
Y allá el turpial que gorjeaba,
cual diciéndome: no implores
y aumentando mis rigores,
el viento que repetía
lo que del pecho salía:
adiós, pájaros cantores.
VI
Anda, proscrito, ¿a qué ruegas?
dicen los lirios campestres,
urge que valor demuestres,
los músicos de las vegas.
Pues ya caminando a ciegas
pensaba en mi desvarío,
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que en su ternísimo pío
y en sus aromas suaves,
me hablaban flores y aves
de mi boscaje natío.
VII
Camino del mar en tanto
me saludó el Neverí,
y en sus corrientes me vi
vuelta la faz en quebranto.
Las amargué con el llanto
de mi prematuro hastío,
y sentí cerca el vacío
de mis pueriles retozos,
murmurando entre sollozos:
adiós aguas de mi río.
VIII
¡Mi río! Corre sereno
al capricho de tus linfas,
arrullado por las ninfas
que van cantando en tu seno.
Tú no sabes del veneno
ni del martillo acerado
que tortura al desterrado,
que al sol de patrias auroras
no ve tus ondas sonoras,
lunas de un cielo irisado.
IX
Ya escucho la mar rugir;
ya voy a quedarme a solas
mirando furiosas olas
bajo toldo de zafir.
Cielos, río, debo ir
donde me arrebata el hado;
brisas, turpial, flores, prado,
casi se extingue mi voz,
hogar, amigos, adiós
¡cuánto tesoro adorado!
X
Por fin arrastro a la playa
y apuro el crudo momento;
cual sin saber mi tormento
las naves velas ensaya.
¿Quién pondrá a mis penas raya?
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¿Quién me verá sin desvío?
¿Quién solazará mi hastío?
¿Quién consolará mis lloros?
¡Ah!, de mis caros tesoros,
¡cómo me roban, Dios mío!
Carabobo
Canto a Bolívar
Cuentan que tuvo en su faz
lo que salva y lo que aterra,
rayo de muerte en la guerra
y arco-iris en la paz.
Cuando creyeron quizás
que se cansaba su brazo,
hizo en la América un trazo,
y volando casi loco,
con aguas del Orinoco
fue a regar El Chimborazo.
Y si prueban su pujanza
los infortunios mayores,
Páez le presta los fulgores
de su poderosa lanza.
Todo se enciende y avanza
al conjuro de su acento,
estremece el pavimento
con su bridón el Mellao,
y aquel sol de Niquitao
no cabe en el firmamento.
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Miranda en La Carraca
Hay en este lienzo un drama
de rasgos tan sorprendentes,
que se ven dos continentes
enlazados a su fama.
Honra universal proclama,
y si su numen comparte
entre las musas y Marte,
en el genio que revela
hace reina a Venezuela
en las regiones del arte.
Preferencias
Prefiero los rigores de una suerte
veinte veces más negra que la mía;
sentir el dardo de traición impía,
o sin amor ni fe vivir inerte.
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Mercedes de Pérez Freites
En la noche
El ordeño
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ponte… ponte”… La vaca, mansa y buena,
la ubre rosada le presenta llena,
enrejado el becerro, triste brama;
Banderas de América
(Nocturno)
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Y en los mares surgió como tienda,
¡abierta a las razas de todos los pueblos!
… Un temblor sagrado
de los Andes conmueve las vértebras,
todo el continente
se estremece con ansia suprema,
y sombras gloriosas: Bolívar y Washington
aureoladas con luz de epopeya,
al presente levantan la diestra
forjadora de pueblos y leyes.
Y a ese gesto, se ven, en las cumbres,
desplegadas cual mil alas trémulas,
y amparando derechos sagrados,
¡las nobles, las libres banderas de América!
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José Tadeo Arreaza Calatrava
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del palacio real, y cuya sierva,
la humildad del Señor, va por el valle
cogiendo la perfecta florecilla
en la ingenua mañana,
como reina gloriosa que se humilla
ante la Primavera Franciscana;
¡Dios está en toda fábrica, en la interna
palpitación de todo mecanismo!
Ingeniero de mundos, Él gobierna
la energía ecuménica, la eterna
sustancia de sí mismo.
Él medita sus fórmulas y entraña
en las minas solares del abismo
su ojo agudo de gnomo y de Ingeniero.
Él horada el azul de su Montaña
y brota el astronómico venero
la nebulosa, óleo, y el lucero,
áurea pepita. ¡De la veta huraña
salta Canope al pico del Minero!
El férreo corazón de las Metrópolis
trepida. Las eléctricas corrientes
transmiten a remotos continentes
la vibración de nervios de Cosmópolis.
Agítase Mercurio, ata las gentes
al ritmo de su alado caduceo
y al moderno hicocampo aguija el anca.
El Oro, siendo el rayo, es Prometeo.
La Economía, brújula y palanca.
La Bolsa, un Montecarlo, azar de vidas...
El interés, Pegaso, va sin bridas.
Tiende susniji tentáculos la Banca.
Y como en el erótico deseo
salta el felino, así la fiera blanca
engendra en selva de oro los millones;
mientras, como entre un trueno de trompeta,
se va operando en vastas combustiones
la transfiguración de los metales;
y la Química estudia en su probeta
esos febriles tósigos vitales,
como hierro en la sangre del planeta;
delirios de color, que ella interpreta,
de los maravillosos minerales.
¡Los minerales! No heredado imperio
del que va por la tierra y por mi canto
sacándolos de oscuro cautiverio.
¡En carne triste y pensamiento santo
ellos están en cuanto al hombre agita!;
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porque son hiel de vida, sal de llanto,
fósforo de su cráneo de misterio,
ácido que sus goces precipita,
roca y fragancia de su propia tierra,
hueso duro y arteria que palpita,
forman la tonelada sudorosa
de Sísifo y el ánima que encierra
en joya de mujer piedra preciosa.
Son la forja de Potsdam (son tu guerra
misma, ¡Dios de Israel!) y las radiantes
cadenas, radio de ese intenso lirio
yanqui —vigor de razas y martirio
y orgullo de los duros mercadantes—,
que envuelta en pieles, alta, blonda y fina,
atraviesa el olor de gasolina,
con su carne de rosa y sus diamantes.
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Se va, mas que individuo, muchedumbre,
con la ambición de los más grandes puertos,
tierra más honda en ojos más abiertos.
¡A nuevos socavones, a otra cumbre!
A Haut Katanga, al Rand, donde bravea
el sol negro; a la frígida Klondike,
donde el espectro blanco se pasea;
a las de Chiksan, venas de Corea;
adonde el Gran Mogol por él abdique;
(Transvaal, Brasil); a Tonopah de plata;
a los Goldfields de oro; al seño glauco,
del lago que en petróleo se desata
(mi Zulia), y más allá Chuquicamata
¡bajo los vuelos del cóndor de Arauco!
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sus bajeles... ¡por él es más seguro
el ritmo de Cosmópolis, complexo!
¡Mercado-Humanidad, Templo futuro!
En la Naturaleza, enorme fragua
él forja un cinto al mundo, vital nexo,
y se da como el fuego, como el agua...
¡En cerebro, en estómago y en sexo!
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aurora boreal de otros confines,
y el duro Hernán Cortés de los metales
hace arder sus bajeles;
¡sus Nueva Yorks, sus Londres, sus Berlinés!
¡La soledad te amarra con cordeles
de Sutras a sus castos ideales
vestidos de sayales,
hombre de hierro a quien maestra ruda
ata con ligazón de minerales
a la armoniosa Voluntad de Buda!...
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y como el potro que en su escudo vuela...
¡Cava, pico tenaz! El más oscuro
socavón de minero
mientras más hondo entraña más futuro.
Rojea en el activo subterráneo
la canción de las minas, ¡oh Ingeniero!,
topo de uñas de acero,
con los ojos del Sol dentro del cráneo.
Y el pico es tan tenaz, tan impasible,
que el diámetro terráqueo cava entero.
De pronto, al filo préndese un lucero:
la antípoda de luz, el combustible
solar, Dínamo puro indeficiente,
que alumbrará la Casa de los Hombres!
Y yo, clarín del gallo, hacia el Oriente;
yo que bautizo con los nuevos nombres;
que llevo a Galipán, la muchedumbre,
sobre mis fuertes alas no vencidas,
mi espíritu en la cumbre
de ese monte más alto, Leónidas
de la patria legión, a las floridas
copas, a los ganados, a las siembras,
a la humilde labor de pobres vidas,
al buen terrón sin gota de consuelo,
a las minas, que están en el subsuelo
como el fruto en el vientre de las hembras,
a la sublime aspiración del cielo,
a Dios, yo digo, ¡Excelsior!, y levanto,
desde la herida de mi santo suelo
el evangelio de este libre Canto.
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Rafael Caballero Sarmiento
El bardo
Se precia de saber filosofía
y de seguir las modas parisinas,
y gusta de encender en las esquinas
su discusión sobre filología.
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Yo estaba otro y con filosofías.
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Luego algún viejo materialismo petulante,
capitaneando fugas con pruebas improbables,
te recomendará a un psiquiatra vienés
que recetó a una adúltera loca por un amante.
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El barco estaba tras las nubes:
El mar bostezó el gas de sus pulmones;
el barco se alejaba y la gente porteña
se llenaba los ojos de una ilusión vacía.
Tragedia de su popa:
una promesa dulce y un viejo fusil.
Un siglo de esperanza.
Al fin, una mañana indiferente,
con muletas de reo,—
lo trajo un hombre solo.
La multitud agitaba
los remos de su aplauso,
—proclama de emoción ;—
fue un viril espectáculo:
¡cómo un hombre tan mínimo,
capturó nave tan enorme!
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Pedro Parés Espino
Suicida
a R. Caballero Sarmiento.
Filosofar de burgueses
de sanchesco vivir serio,
que jamás han comprendido
los números del misterio.
En el blanco cementerio,
bajo la tarde dorada,
había un olor misterioso
a fosa recién cavada.
(Enterrador pueblerino
que de los sepulcros cuidas,
guarda con noble desvelo
las tumbas de los suicidas;
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que ellos, bajo el ala roja
de torva fatalidad,
sintieron en esta vida
nostalgia de Eternidad).
1922
La hornacina
Incrustada en el muro de la vetusta esquina,
donde sufre inclemencias de los siglos y el cielo,
expresión acabada de un católico anhelo,
con su santo greñudo, queda en pie la hornacina.
La farola
Farola que en mis sueños la emoción dejas
de tiempos que, por idos, ya son mejores,
cuando en las coloniales casonas viejas
tu tristeza doraba los corredores.
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Siesta
a Enrique Bernardo Núñez.
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Ángel Celestino Bello