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Cien POEMAS

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D

esde su creación, el Fondo Editorial del Caribe se


caracteriza por ir al encuentro de lo que nos sensibi-
liza, de lo que nos expresa y nos lleva luminosamente
hasta nuestras barrocas e históricas raíces. Esta labor edi-
torial tiene sus razones en el “existirnos”, en el “sabernos”
y “sernos”: mediante la palabra buscamos el desde cuándo
somos, quiénes somos y por qué somos, para entender que
no llegamos hoy, que venimos del realmaravilloso mundo
de nuestros primeros indígenas. Nombrarnos es irnos hasta
la memoria, para volvernos tiempo puro y diluir olvidos,
envueltos en la eterna cotidianidad de las palabras. Ya lo
dijo Unamuno: “El hombre deja en la tierra unos huesos, y al irse un
nombre, un nombre en la memoria de la palabra creadora, en la historia
tejida de nombres; un nombre, si logra buena ventura, más duradero que
los huesos, más que el bronce...¡La palabra y el nombre!”.
Este proyecto editorial busca publicar, difundir, aquellos
libros que sirvan para crear conciencia, para que el pueblo
reaccione a partir de la razón y el sentimiento. La historia,
la literatura, el folklore, el turismo, la crónica, son temas
privilegiados por nosotros, al igual que las manifestaciones
indígenas e infantiles. Sin obviar la intención de editar obras
relacionadas con el petróleo y la artesanía.
Nuestras distintas Colecciones se orientan hacia la conso-
lidación integral de la cultura oriental y son nuestra mejor
ventana al mundo. Por eso tenemos la Biblioteca de Autores y
Temas Anzoatiguenses; de igual modo tenemos la Biblioteca
Básica y Los Cuatro Horizontes del Cielo; nos interesamos
en la incorporación de noveles escritores; queremos rescatar
toda la sabiduría indígena. En síntesis: nos interesa, funda-
mentalmente, reafirmar nuestro gentilicio, nuestra idiosin-
crasia, nuestra identidad para reencontrarnos en el creativo
mapa de las primeras huellas y comprobar que somos un ser
de seres, un alma de almas, una voz de voces, un camino de
caminos, un tiempo de tiempos. Es decir, somos palabras de
un mismo libro, de una misma cultura.
Cien + 20 poetas orientales

Fondo Editorial del Caribe


Gobierno del Estado Anzoátegui
Anzoátegui - Venezuela
Gobierno del Estado Anzoátegui
Gobernador
Tarek William Saab

Fundación Fondo Editorial del Caribe


Director General
Fidel Flores
Consejo Consultivo
Gustavo Pereira
Freddy Hernández Álvarez
Ramón Ordaz
Chevige Guayke
Administración
Carlos Catamo Lisboa
Biblioteca Pública Julián Temístocles Maza
Calle Eulalia Buroz con Boulevard 5 de Julio
Barcelona, Anzoátegui - Venezuela.
Telefax: 0281 2762501
fondoeditorialdelcaribe@[Link]
1a edición, 2010
© Fondo Editorial del Caribe, 2010
Depósito legal:
lf 80920108004288
ISBN
978-980-7362-11-5
Composición de textos
Alquimia Gráfica
Diseño de portada
José Gregorio Vásquez
Ilustración
Pedro Báez
Corrección de pruebas
Chevige Guayke
Editor
Fidel Flores
fidelflores2910@[Link]
Impreso en Venezuela por
Editorial Arte
Cien + 20 poetas orientales
Antología

Selección:
Celso Medina
Chevige Guayke
Ramón Ordaz
Fidel Flores
El lector tiene en sus manos Cien + 20 poetas orientales, una obra que intenta
en este primer recorrido dar noticias de la poesía escrita por autores de
esta región del país, ubicados cronológicamente entre 1781 —fecha de nacimien-
to del margariteño Gaspar Marcano—, hasta 1949, e ilustra un largo proceso de
creación, que se inicia con “Poema en que se refieren las acciones campales habi-
das en la Isla Margarita cuando fue invadida por el General Morillo”, de Marcano
y abre cauces para el debate en torno a la poesía fundacional venezolana, en
virtud de que su autor, contemporáneo de Andrés Bello y fallecido en Maracaibo
en 1821, de acuerdo a esta fecha, parece adelantarse a “Alocución de la poesía”,
de Bello, la cual fue publicada en el Repertorio Americano en 1823. Así mismo, sería
necesario desde esta consideración, tener a Gaspar Marcano como el referente
fundacional de la poesía del oriente del país. A su nombre se sumarán Vicente
Coronado (Sucre, 1830), Miguel Sánchez Pesquera (Sucre, 1851) y Tomás Ignacio
Potentini (Anzoátegui, 1859), para constituir figuras solitarias y emblemáticas
del cosmo poético oriental de ese momento, porque no será sino a partir de la
década del ‘70 del siglo XIX, cuando puede hablarse de un movimiento genera-
cional en la región con figuras como: Andrés Mata (1870), Juan Arcia (1872) y José
María Milá de la Roca Díaz (1879), del estado Sucre; H. Albornoz Lárez (1874),
Miguel Ángel Mata (1881) y Pedro Navarro González (1882), margariteños; y los
anzoatiguenses Mercedes de Pérez Freites (1885) y José Tadeo Arreaza Calatrava
(1885), quienes junto a los poetas que nacen en la década del ‘90 del mismo
siglo: José Antonio Ramos Sucre, Ramón David León, Agustín Díaz Silva, Cruz
Salmerón Acosta, Andrés Eloy Blanco, Félix Antonio Calderón, Ramón Pierluissi
Ramírez, Félix Armando Núñez, Jesús Marcano Villanueva, Pedro Rivero, Vicente
Fuentes, Rafael Caballero Sarmiento, coparán en los años posteriores el esce-
nario poético no sólo regional, sino nacional e internacional y donde sobresale
hasta nuestro días la obra auténtica, transparente y majestuosa del cumanés
José Antonio Ramos Sucre.
El siglo XX —iluminado por la obra de los poetas nacidos en las décadas finales
del siglo XIX— se presenta plural; hasta estos rincones del mundo llegarán los
aires de la poesía que se fragua en otros lugares del planeta, bajo esas influen-
cias, nuevas voces consolidarán el universo poético regional, unos, asumiendo
plenamente elementos vanguardistas, otros, ceñidos a la tradición poética que

7
los ha precedido y otros, destacando en su obra elementos populares, propios
de cada una de las regiones en las cuales transcurre su vida. Muchos de ellos
aguardando la valoración que los ubique en el justo lugar que merecen dentro
de la tradición literaria nacional.
En el marco de las preferencias y gustos, esta antología reúne, además de aquellos
autores cuya poesía ya es considerada clásica dentro de la literatura venezolana,
a otros que cierta experticia académica ha dejado al margen, nombrándolos
peyorativamente como versificadores, cultores o poetas populares; mujeres y
hombres de Anzoátegui, Monagas, Nueva Esparta y Sucre, que hicieron y hacen
de la poesía su manera de comulgar con el universo mundo. Esta antología no
se agota en estos ciento veinte poetas, se prolonga en una próxima, que desde la
segunda mitad del siglo XX a los días actuales del XXI, reúna la poesía escrita en
ese periodo, dando así una visión totalizadora de la poesía escrita en el oriente
venezolano y sus autores.
Es propicio el momento, para celebrar con esta antología los 20 años de la crea-
ción del Fondo Editorial del Caribe, una experiencia que en todo este tiempo, con
una visión plural se ha caracterizado por ir al encuentro de lo que nos sensibili-
za, de lo que nos expresa y nos lleva luminosamente hasta nuestras barrocas e
históricas raíces. Una labor editorial que tiene sus razones en el “existirnos”, en
el “sabernos” y “sernos”: y mediante la palabra busca del desde cuándo somos,
quiénes somos y por qué somos, para entender que no llegamos hoy, que venimos
del realmaravilloso mundo de nuestros primeros indígenas. Para nombrarnos e
irnos hasta la memoria, volvernos tiempo puro y diluir olvidos, envueltos en la
eterna cotidianidad de las palabras.

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Anzoátegui
Selección:
Fidel Flores
Tomás Ignacio Potentini

Ecos de los llanos


(Glosa)

Cuando estoy a solas lloro


y en conversación me río;
con mi maraca en la mano
divierto los males míos.
(Copla popular)

I
Ya la noche al sol embiste,
y mis tristezas cantando,
voy al paso recordando
los abrazos que me diste,
que coge sabana un toro,
le echo encima el rucio moro,
y al tumbarlo diligente,
repite el eco doliente:
Cuando estoy a solas lloro.

II
¡Vuela, mi caballo, al hato,
que se anubla el horizonte!
Para esa ceja de monte
y descansarás un rato.
Yo me beberé el carato
que me guarda el dueño mío,
espanto penas y frío
del hogar a los calores,
me como mi zamba a amores
y en conversación me río.

III
Y veré al salir la luna,
si es que el aguacero escampa,
si del corral en la trampa
cayó la yegua cebruna;
silla y freno hay por fortuna;
monto a mi zamba y ufano
la llevo al baile cercano;
ella rompe un zapateo
y yo orgulloso la veo
con mi maraca en la mano.

11
IV
¡Vaya un joropo de rango!
Bailando a raja campana,
los claros de la mañana
nos sorprenden bajo un mango,
de mi zamba en el fandango,
los guapos sufren desvíos,
pues no hay quien tenga mis bríos,
yo espanto al ánima sola,
y al golpe de la bandola
divierto los males míos.
Barcelona, junio de 1879.

Lejanías

¿Quién te dirá que no llores


madre, viéndome alejar?
Adiós, tierra de mi hogar
urna de dulces amores
¡Adiós, pájaros cantores
de mi boscaje natío!
¡Adiós, aguas de mi río,
lunas de un cielo irisado!
¡Cuánto tesoro adorado
cómo me roban, Dios mío!

I
Suspira el viento en la loma,
y la quilla alzando espuma,
se me pierden entre brumas
las playas de Barcelona.
Ya del recuerdo en la zona
surgirán entre colores,
y allí mi hogar y sus flores
me copiarán mil espejos,
pero, madre, yo tan lejos,
¿quién te dirá que no llores?

II
Todo en la memoria escrito
guardo de la ausencia mía,
cuando tantos a porfía
abrazaban al proscrito.
Oigo el angustioso grito
de mis deudos en azar,
y en tan triste recordar

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sufro, mas ¡ay!, entendiendo,
que te quedaste muriendo,
madre, viéndome alejar.

III
Cuando de los tiernos brazos
y amoroso pecho a pecho,
soltéme en llanto deshecho
y el corazón en pedazos.
Cuando vi roto los lazos
de aquel cariño sin par,
cuando, camino del mar,
medí bien mi desventura,
clamé con honda amargura:
adiós, tierra de mi hogar.

IV
¡Mi hogar! La sombra querida
que me cubrió sin reproches,
el cielo azul de las noches
más lóbregas de mi vida;
quien me arrancó la sentida
primer plegaria entre albores,
quien ecos murmuradores
guarda del blando laúd:
pobre templo de virtud,
urna de dulces amores.

V
Camino del mar rogaba
se dilatara siquiera
el instante en que partiera
la nave que me esperaba.
Y allá el turpial que gorjeaba,
cual diciéndome: no implores
y aumentando mis rigores,
el viento que repetía
lo que del pecho salía:
adiós, pájaros cantores.

VI
Anda, proscrito, ¿a qué ruegas?
dicen los lirios campestres,
urge que valor demuestres,
los músicos de las vegas.
Pues ya caminando a ciegas
pensaba en mi desvarío,

13
que en su ternísimo pío
y en sus aromas suaves,
me hablaban flores y aves
de mi boscaje natío.

VII
Camino del mar en tanto
me saludó el Neverí,
y en sus corrientes me vi
vuelta la faz en quebranto.
Las amargué con el llanto
de mi prematuro hastío,
y sentí cerca el vacío
de mis pueriles retozos,
murmurando entre sollozos:
adiós aguas de mi río.

VIII
¡Mi río! Corre sereno
al capricho de tus linfas,
arrullado por las ninfas
que van cantando en tu seno.
Tú no sabes del veneno
ni del martillo acerado
que tortura al desterrado,
que al sol de patrias auroras
no ve tus ondas sonoras,
lunas de un cielo irisado.

IX
Ya escucho la mar rugir;
ya voy a quedarme a solas
mirando furiosas olas
bajo toldo de zafir.
Cielos, río, debo ir
donde me arrebata el hado;
brisas, turpial, flores, prado,
casi se extingue mi voz,
hogar, amigos, adiós
¡cuánto tesoro adorado!

X
Por fin arrastro a la playa
y apuro el crudo momento;
cual sin saber mi tormento
las naves velas ensaya.
¿Quién pondrá a mis penas raya?

14
¿Quién me verá sin desvío?
¿Quién solazará mi hastío?
¿Quién consolará mis lloros?
¡Ah!, de mis caros tesoros,
¡cómo me roban, Dios mío!

Carabobo

¡Cobarde Páez! Y Homero


apenas si dibujara
cómo el León de Payara
vengó a su Negro Primero.
Nunca arremetió al ibero
con arranque más fecundo,
y del muerto sin segundo
celebró los funerales
con los cánticos triunfales
de la libertad de un mundo.

Canto a Bolívar
Cuentan que tuvo en su faz
lo que salva y lo que aterra,
rayo de muerte en la guerra
y arco-iris en la paz.
Cuando creyeron quizás
que se cansaba su brazo,
hizo en la América un trazo,
y volando casi loco,
con aguas del Orinoco
fue a regar El Chimborazo.

Y si prueban su pujanza
los infortunios mayores,
Páez le presta los fulgores
de su poderosa lanza.
Todo se enciende y avanza
al conjuro de su acento,
estremece el pavimento
con su bridón el Mellao,
y aquel sol de Niquitao
no cabe en el firmamento.

15
Miranda en La Carraca
Hay en este lienzo un drama
de rasgos tan sorprendentes,
que se ven dos continentes
enlazados a su fama.
Honra universal proclama,
y si su numen comparte
entre las musas y Marte,
en el genio que revela
hace reina a Venezuela
en las regiones del arte.

¡Si parece que está vivo!


que el pincel vertió con gloria,
toda la hiel de su historia
en el rostro pensativo.

Vive allí el noble cautivo


en trágica eternidad,
tanto, que mueve en verdad
a pedirle a Michelena
que rompa la vil cadena
y lo ponga en libertad.

Preferencias
Prefiero los rigores de una suerte
veinte veces más negra que la mía;
sentir el dardo de traición impía,
o sin amor ni fe vivir inerte.

Prefiero que el peligro no me alerte;


vegetar entre penas y agonía,
que me dé sarampión, disentería,
o que acabe conmigo pronta muerte.

Prefiero que me lleven a un presidio,


o que ante un juez bien malo y bien astuto
me acusen, sin razón, de infanticidio.

Prefiero a mi familia hundir en luto;


sí, señores, prefiero hasta el suicidio,
a tratar un instante con un bruto.
Barcelona, 2 de noviembre de 1887.

16
Mercedes de Pérez Freites

En la noche

Yo he soñado muchas veces con un lago transparente,


donde asoman los nelumbios sus corolas de cristal,
con un lago que refleja las estrellas titilantes,
y las sombras sollozantes,
de los sauces que doblegan su cimera sepulcral…

Y ese lago está en un bosque silencioso y adormido,


Perfumado por los lirios más fragantes del abril,
Donde sienten los arbustos las oleadas de vida,
En la savia poderosa,
Y en la oruga que en sus ramas, convertidas en mariposas,
Con el alba tiende ufana sus alitas de marfil…

Y he soñado que una noche turbadora y estrellada,


bajo un cielo donde flota melancólico fulgor,
una lancha corta el agua, como un cisne enamorado,
y un doncel con voz sonora
va cantando a la que adora,
desgranando con las rimas los ensueños de su amor…

¿Fue en los lindes del ensueño,


o en mirajes de otra vida?...
¿Es tan sólo de mi mente la fantástica visión?

De ese canto dulce y puro hay cadencias en mi oído,


y ese lago transparente y ese bosque adormecido
son refugio ¡cuántas veces! De mi triste corazón.

El ordeño

El alba nace en un calor de luna…


Es el paisaje campesino un cromo,
con el rejo en el brazo el mayordomo,
y en el tranquero del corral “Fortuna”.

Van cayendo las trancas una a una.


Entra la vaca, y por su recio lomo
va pasando la mano el mayordomo
cantando a media voz: “Ponte, Fortuna,

17
ponte… ponte”… La vaca, mansa y buena,
la ubre rosada le presenta llena,
enrejado el becerro, triste brama;

y acercando un muchacho la totuma


de leche tibia, borbotando espuma,
¡se llena, se rebosa y se derrama!

Banderas de América
(Nocturno)

¿Qué savia circula y revive los troncos resecos?


¿Qué voces, sagradas, lleva el ara y repiten los ecos?
¡Los líricos bosques de mi patria se agitan en sueños,
y sus lauredales se estremecen a un lírico viento!
El mar resonante sus pañales de blondas extiende,
y como un pentagrama de espumas
trae cifras ignotas de músicas nuevas.
Un soplo sagrado,
¿aliento de Grecia?
en mi pecho se expande y exulta,
y el alma está en vela,
porque siente en la atmósfera cálida
el vuelo potente del alma de América.
¡América! ¡América!
Palestina feliz de la época,
Tierra prometida, ¡bendecida seas!
América al Norte y al Sur otra América,
Como dos amazonas radiantes
De salud, de belleza, de fuerza.
Ambas llevan el Casco de Palas
y a la augusta balanza de Temis;
un pasado que es todo glorioso,
un presente armonioso y sereno,
y un futuro tan grande, tan grande,
¡como nunca lo ha visto la tierra!
Ambas tienen la núbil frescura,
de dos blancas corolas abiertas,
que guardaran el polen fecundo
de las razas futuras que advienen.
Gestación que aguardaban los siglos,
esperada sazón de los tiempos,
cual si tantos anhelos unidos
en un solo titánico sueño
condensara la Atlántida regia
entrevista en platónicos sueños.

18
Y en los mares surgió como tienda,
¡abierta a las razas de todos los pueblos!

… Un temblor sagrado
de los Andes conmueve las vértebras,
todo el continente
se estremece con ansia suprema,
y sombras gloriosas: Bolívar y Washington
aureoladas con luz de epopeya,
al presente levantan la diestra
forjadora de pueblos y leyes.
Y a ese gesto, se ven, en las cumbres,
desplegadas cual mil alas trémulas,
y amparando derechos sagrados,
¡las nobles, las libres banderas de América!

19
José Tadeo Arreaza Calatrava

Canto al Ingeniero de Minas

Frente al Guayamurí, de cuya testa


melenuda, guedejas de vapores
desgréñanse a los vientos; frente al grande
—arquitectura cíclica de gesta,
cuyos peñascos son libertadores—,
¡Matasiete, triunfal nuncio del Ande!;
frente a las otras cumbres,
las que revisten lujo de verdores,
las que parecen por internas lumbres
calcinadas, tal vez porque del hierro
la prócer veta salta de la entraña
del uno al otro cerro;
en medio el valle soñador que baña
soplo de mar y aliento de montaña,
sonoro en la Conquista y la Colonia,
sonoro en la mudez de mi destierro;
¡Paraguachí, con su dulzor de caña;
aquí donde mi vida testimonia
resabios del asceta y del guerrero,
yo, que pongo mi sangre en lo que digo
y con bravo candor de misionero
vírgenes tierras a sembrar me obligo,
para un hombre del Norte, buen amigo,
cantar mi libre Canto al Ingeniero.

Dios, pastor invisible de las greyes,


agricultor que por la tierra guía
las Estaciones como mansos bueyes;
Dios, que tal vez hace gemir la tierra
cuando la surca su gigante arado:
¡el gemido y la sangre de la guerra!;
Dios, que fecunda el corazón y el prado,
que, de todos los mares navegante,
de todos los caminos caminante,
como un caldeo las estrellas cuenta,
conoce toda ola y toda brisa,
y toda nube lee en el semblante,
y es un lobo de mar, y la tormenta
ata al timón de su bajel, sumisa;
Dios, que sabe secretos de la yerba
y del cedro del Líbano, ventalle

20
del palacio real, y cuya sierva,
la humildad del Señor, va por el valle
cogiendo la perfecta florecilla
en la ingenua mañana,
como reina gloriosa que se humilla
ante la Primavera Franciscana;
¡Dios está en toda fábrica, en la interna
palpitación de todo mecanismo!
Ingeniero de mundos, Él gobierna
la energía ecuménica, la eterna
sustancia de sí mismo.
Él medita sus fórmulas y entraña
en las minas solares del abismo
su ojo agudo de gnomo y de Ingeniero.
Él horada el azul de su Montaña
y brota el astronómico venero
la nebulosa, óleo, y el lucero,
áurea pepita. ¡De la veta huraña
salta Canope al pico del Minero!
El férreo corazón de las Metrópolis
trepida. Las eléctricas corrientes
transmiten a remotos continentes
la vibración de nervios de Cosmópolis.
Agítase Mercurio, ata las gentes
al ritmo de su alado caduceo
y al moderno hicocampo aguija el anca.
El Oro, siendo el rayo, es Prometeo.
La Economía, brújula y palanca.
La Bolsa, un Montecarlo, azar de vidas...
El interés, Pegaso, va sin bridas.
Tiende susniji tentáculos la Banca.
Y como en el erótico deseo
salta el felino, así la fiera blanca
engendra en selva de oro los millones;
mientras, como entre un trueno de trompeta,
se va operando en vastas combustiones
la transfiguración de los metales;
y la Química estudia en su probeta
esos febriles tósigos vitales,
como hierro en la sangre del planeta;
delirios de color, que ella interpreta,
de los maravillosos minerales.
¡Los minerales! No heredado imperio
del que va por la tierra y por mi canto
sacándolos de oscuro cautiverio.
¡En carne triste y pensamiento santo
ellos están en cuanto al hombre agita!;

21
porque son hiel de vida, sal de llanto,
fósforo de su cráneo de misterio,
ácido que sus goces precipita,
roca y fragancia de su propia tierra,
hueso duro y arteria que palpita,
forman la tonelada sudorosa
de Sísifo y el ánima que encierra
en joya de mujer piedra preciosa.
Son la forja de Potsdam (son tu guerra
misma, ¡Dios de Israel!) y las radiantes
cadenas, radio de ese intenso lirio
yanqui —vigor de razas y martirio
y orgullo de los duros mercadantes—,
que envuelta en pieles, alta, blonda y fina,
atraviesa el olor de gasolina,
con su carne de rosa y sus diamantes.

Un hombre que camina


como un dominador. Al aire el cuello,
recias las botas y el mirar agudo,
la faz mordida y trémulo el cabello
por la brisa fatal y el cierzo rudo
de las distantes y contrarias zonas,
(los fantasmas de Alaska y de Siberia,
los sueños de Himalayas y Amazonas)
penetra en la Metrópolis, en la arteria,
en Wall Street dinámico y sonoro;
penetra como un sabio con su idea,
como una bruja por la chimenea,
penetra con su fórmula de oro
y se aleja después, mágico Orfeo
a sus fieras, avaro a su tesoro.

A su reino se marcha, por la vía


férrea, en transatlántico en trineo,
en dromedario, en avión. Se marcha
a la región más clara o más sombría,
a la antípoda virgen, al pantano
palúdico, a la nieve y a la escarcha,
a la floresta, al tropical verano,
a todos los desiertos
en que el sol niega o dilapida, lumbre,
estepas rusas, horizontes yertos
de la China ancestral, horno africano,
a la meseta, al valle mexicano,
como aquél donde lanza su quejumbre
la hiena, el de morir, el de “Los Muertos”.

22
Se va, mas que individuo, muchedumbre,
con la ambición de los más grandes puertos,
tierra más honda en ojos más abiertos.
¡A nuevos socavones, a otra cumbre!
A Haut Katanga, al Rand, donde bravea
el sol negro; a la frígida Klondike,
donde el espectro blanco se pasea;
a las de Chiksan, venas de Corea;
adonde el Gran Mogol por él abdique;
(Transvaal, Brasil); a Tonopah de plata;
a los Goldfields de oro; al seño glauco,
del lago que en petróleo se desata
(mi Zulia), y más allá Chuquicamata
¡bajo los vuelos del cóndor de Arauco!

Adonde la ambición y la fatiga


lo esperan, y otros hombres y otras razas,
y nuevo ardor. . . Ascético, se obliga
a combatir en soledad. Guerrero,
apronta a nuevos monstruos nuevas mazas.
León, serpiente, hormiga,
él va, prudente, previsivo, fiero,
con su rauda falange, pico al hombro.

Va por selva de instintos. Hiende, tala


tenaz. La llama de un impuro asombro
no manchó sus enérgicas pupilas.
Rompe el colmillo a la codicia mala.
Su orden guerrera purga de gorilas.
¡Y qué respiro vigoroso exhala,
cuando el cálculo va cual punta diestra
disparando al filón y da en el blanco,
porque en declive franco
el anticlinio al cálculo se muestra!
Su compañera en túnel y en barranco,
la Dinamita, ¡qué estudianta rusa!...,
con maña, la educa y amaestra.
Y cuando la explosiva siempre estalla,
o el pico muerde, o salta, o se desliza,
y el ermitaño mineral se acusa,
qué brillador espíritu batalla
con la mente y los ojos electriza
del minero, ante hallazgo deslumbrante:
¡suelto bloque de luz, oro gigante,
que un Genio cristaliza
en lecho de volcánica ceniza!
El Ingeniero lastra en un instante

23
sus bajeles... ¡por él es más seguro
el ritmo de Cosmópolis, complexo!
¡Mercado-Humanidad, Templo futuro!
En la Naturaleza, enorme fragua
él forja un cinto al mundo, vital nexo,
y se da como el fuego, como el agua...
¡En cerebro, en estómago y en sexo!

Y duro, con dureza de virtudes,


él, que Júpiter lanza en un potente
anudar de infinitas latitudes,
que es de la aldea y es del continente;
él, que vive entre el oso y la serpiente,
y por nocturno al topo maravilla;
él goza en su montaña, donde chilla
el águila y bramando va el torrente
y enfiebra sus dos brasas el leopardo,
esa estrellada infinitud del bardo,
el fluir de balsámicas frescuras
de esa mística flor de las alturas:
¡la Soledad de Corazón de nardo!
Los Nueva Yorks, los Londres, los Berlinés,
quedando atrás, en su pulmón alientan.
El sol de medianoche por confines
blancos, el Can que los desiertos muerde,
en su organismo —urbe febril—, fermenta,
Cosmópolis sensual con él se pierde...
Arrancando ese bloque monstruoso
que el Espíritu labra
—Babel encinta de única Palabra,
en comunión genésica de oso,
se abraza él con la Naturaleza.
¡Un poema coloso,
de mosaica y de búdica grandeza!
Al enorme contacto melodioso,
el Himalaya inclina la cabeza,
rompe a vibrar el arpa de la encina.
Y el gigante se afina
y al ser de las moléculas alcanza.
Hay en sus ojos de animal humano
Iris de espectroscopio. Y en su mano,
pesas de sutilísima balanza.

Los ojuelos del gnomo, la materia


van perforando, agudos y malignos,
mientras Memnón le hace pequeños signos;
pero lo turba la celeste histeria,

24
aurora boreal de otros confines,
y el duro Hernán Cortés de los metales
hace arder sus bajeles;
¡sus Nueva Yorks, sus Londres, sus Berlinés!
¡La soledad te amarra con cordeles
de Sutras a sus castos ideales
vestidos de sayales,
hombre de hierro a quien maestra ruda
ata con ligazón de minerales
a la armoniosa Voluntad de Buda!...

Pero tú eres del mundo,


¡ Oh Ingeniero! Mecánico organismo
junta los hombres y hace más profundo
el salmo del varón sobre la Tierra.
¡La Humanidad es máquina en ti mismo
y te pide metal para su guerra!

Trabaja, buen dinamo, fiel obrero;


que en el pan con sabor a levadura
de corazón amargo de minero,
(¡épica hogaza de carbón de piedra!)
en tu pan de peligro y de aventura,
el Leviatán de las Naciones medra.
¿Te desconoce el millonario? ¡Sabe
que el oro está en la mina, si te ignora!
Pero en la hora grave,
en la hora de Dios y, de la Espada,
cuando toda la tierra sangre llora,
y una raza devora
a otra raza, eres tú. Voz angustiada
pide pan de carbón ¡el combustible!;
porque en la guerra es un fantasma horrible
el hambre, no la muerte.. .
Vas, destrozas llanuras y montañas,
purgas de sangre negra sus entrañas,
y es tu carbón rayo del pueblo fuerte.
¡Perforadora, horada!. . . ¡Ya el petróleo
se lanza en chorro altísimo de fuego!
¿Unción de las labores? ¿Áureo Riego?
¿Crisma de Diablo? ¡Es tuyo el virgen óleo
de tus dulces entrañas, Venezuela!.. .

Dios a encender tu lámpara te obliga…


Sobre sus campos vela;
porque la Previsión, abeja, hormiga,
es como el Tiempo (nunca se fatiga)

25
y como el potro que en su escudo vuela...
¡Cava, pico tenaz! El más oscuro
socavón de minero
mientras más hondo entraña más futuro.
Rojea en el activo subterráneo
la canción de las minas, ¡oh Ingeniero!,
topo de uñas de acero,
con los ojos del Sol dentro del cráneo.
Y el pico es tan tenaz, tan impasible,
que el diámetro terráqueo cava entero.
De pronto, al filo préndese un lucero:
la antípoda de luz, el combustible
solar, Dínamo puro indeficiente,
que alumbrará la Casa de los Hombres!
Y yo, clarín del gallo, hacia el Oriente;
yo que bautizo con los nuevos nombres;
que llevo a Galipán, la muchedumbre,
sobre mis fuertes alas no vencidas,
mi espíritu en la cumbre
de ese monte más alto, Leónidas
de la patria legión, a las floridas
copas, a los ganados, a las siembras,
a la humilde labor de pobres vidas,
al buen terrón sin gota de consuelo,
a las minas, que están en el subsuelo
como el fruto en el vientre de las hembras,
a la sublime aspiración del cielo,
a Dios, yo digo, ¡Excelsior!, y levanto,
desde la herida de mi santo suelo
el evangelio de este libre Canto.

26
Rafael Caballero Sarmiento

El bardo
Se precia de saber filosofía
y de seguir las modas parisinas,
y gusta de encender en las esquinas
su discusión sobre filología.

Es pedante y locuaz. Y la Armonía


desbarra como un trágico mundano;
y su perfil de andrógino pagano
lástima sin piedad la Poesía.

Le gusta la pasión: el precipicio


de ver que el buen Apolo, no es propicio
a su numen sutil de bicicleta.

Mas le amilana el aristarco “A. Z.”,


a pesar que proclama ser poeta
del quilate de Nervo y de Darío.

Nocturno en solo de solo


Yo me regué en mi propio Abismo,
como por sobre el muro húmedo de los puentes
el dolor de una rama florecida de asombros.

La noche del espíritu estrellada de movimientos


digitales del ahogado
en las cuatro paredes de las aguas pensativas.

Yo me quedé viéndome y viéndote.


Eras la misma de los primeros años inocentes;
eras la misma de los ojos claros, pero conminatorios.

Llama a llama, carbón a carbón,


nos enredamos en la lengua de una hoguera
que en nuestra propia sangre prendió velas marinas.

Así se viaja a veces


con supuestos dineros de ilusión,
como viaja la avispa sobre alguna azotea;
como viaja la mente cuando niño
sobre el columpio verde del árbol de la casa.

27
Yo estaba otro y con filosofías.

Para resolver el nudo de problemas


de búhos pensadores,
nos bastaba querernos;
y escucharnos el pulso
con el tic-tac remoto
del corazón,
cronómetro
de carne.

Aún no era colmo el odre del destino


de aquel vino de mi viña de sueños;
aún no hervía en la posteridad de tu recuerdo
este mosto de odio de fermento infernal.

Y sin embargo, nos ceñía la frente


los relámpagos trágicos de una pronta ruptura.

Con amargor de tinta —como el pulpo los mares,—


yo ennegrecí este pozo —vorágine infinita—
que los que me conocen no sospechan en mí.

Yo he visto de este pozo agitadas las ondas


concéntricas de una tiniebla enrojecida;
para entonces: ¿Mañana? ¿ Aquí mismo?

Mañana o aquí mismo acogerás el vuelo


con la malla posible y tensa de tus nervios,
anti-antenas de la vida
y antena segura para sintonizar mi marcha,
al darte de signos la partida
leves como en los pasos de una cita.

Así me tendrás puro y sin un silogismo;


y sin ninguna audacia de sistemas complejos;
y sin velos de sofisma;
y sin pugnas de pro y ni contra;
y sin iluminar el candil de una idea
con la fosforescencia del cerebro en presidio.

Así me palparás en la retina


para charlas en los salones de la gente “chic”
sobre si hay o no realidades de espectros.
Mientras te llame con la voz inoíble,
conque —¡se dice!— llaman los fantasmas.

28
Luego algún viejo materialismo petulante,
capitaneando fugas con pruebas improbables,
te recomendará a un psiquiatra vienés
que recetó a una adúltera loca por un amante.

Y hasta habrá un disparo


con una bala mordida en cruz
que tu segundo novio escuchó a sus abuelos.
Receta para disolver espantos.

En tanto yo —desnudo y ya sin filosofías,—


Me morderé en la masa-falsa, de los espiritistas.

Prisión del barco revolucionario


a Luis Barrios Cruz

La hija del pescador


—pescador de luceros, de sirenas y peces,—
vio por dos veces.

Lo vio izar bandera en el crepúsculo,


capitán de mareas.

Después la noche conspiró


ahuecando su garganta de cañones de alba,
tras de los archipiélagos de añil
con zócalos de rojos microcosmos de espuma.

Las olas concibieron en su ofrenda


una lucha de atletas hasta el amanecer.

El barco tenía un puente,


el barco se asombraba de la tierra,
el barco tenía la fe de los mangles fraternales,
el barco ordenaba apagar su fogón a la choza,
el barco lloraba un dolor infinito de playas,
el barco se trajeaba un antifaz caótico,
el barco era doctor en sombra de piratería,
el barco se retorcía a bordo,
el barco venía a hurtarse la quimera
que guardaba en su pecho la niña pescadora.

El sol le vendió luego sus banderas de oro;


un cocotero el tallo de su palo mayor;
y los moriches indios de la llanura triste
los trapecios occiduos de sus áureos cordeles.

29
El barco estaba tras las nubes:
El mar bostezó el gas de sus pulmones;
el barco se alejaba y la gente porteña
se llenaba los ojos de una ilusión vacía.

Tragedia de su popa:
una promesa dulce y un viejo fusil.

Un siglo de esperanza.
Al fin, una mañana indiferente,
con muletas de reo,—
lo trajo un hombre solo.

La multitud agitaba
los remos de su aplauso,
—proclama de emoción ;—
fue un viril espectáculo:
¡cómo un hombre tan mínimo,
capturó nave tan enorme!

30
Pedro Parés Espino

Suicida
a R. Caballero Sarmiento.

Era una tarde cualquiera


de primavera sentida,
en que íbamos, cavilosos,
a sepultar un suicida.

—Fue un cobarde. Estaba loco,


sentenciaba alguno, al paso,
mientras daba su dulzura
sobre la urna el ocaso.

Filosofar de burgueses
de sanchesco vivir serio,
que jamás han comprendido
los números del misterio.

Al pasar bordeando el duro


contorno gris de los cerros,
agujereando la calma,
ladridos foscos de perros.

En el blanco cementerio,
bajo la tarde dorada,
había un olor misterioso
a fosa recién cavada.

Dos hombres, sombríamente,


la caja negra tomaron,
y, en el fondo de la fosa,
impasibles, la dejaron.

Y yo pensaba entre tanto­


en el pálido suicida,
que pasó, callado y triste,
como un muerto por la vida.

(Enterrador pueblerino
que de los sepulcros cuidas,
guarda con noble desvelo
las tumbas de los suicidas;

31
que ellos, bajo el ala roja
de torva fatalidad,
sintieron en esta vida
nostalgia de Eternidad).
1922

La hornacina
Incrustada en el muro de la vetusta esquina,
donde sufre inclemencias de los siglos y el cielo,
expresión acabada de un católico anhelo,
con su santo greñudo, queda en pie la hornacina.

De un Obispo exaltado perpetúa el desvelo,


y al mirarla en la sombra la ilusión me domina:
de las frentes humildes agobiadas de celo,
y las manos tendidas a la gracia divina.

El buen pueblo vasallo, que tributos pagaba,


ante ella sus hambres y sus pestes lloraba.
Hornacina empolvada, lucecita de arcanos,

que al mirarte entre el nuevo de las casas actuales,


evocar me haces siempre caras bulas papales,
y aquellos contrabandos de libros volterianos.

La farola
Farola que en mis sueños la emoción dejas
de tiempos que, por idos, ya son mejores,
cuando en las coloniales casonas viejas
tu tristeza doraba los corredores.

Bajo tus misteriosas luces bermejas,


despertando en las almas vagos terrores,
las esclavas solían urdir consejas
de milagros, hechizos y salteadores.

Y mientras se tornaba todo agorero,


y la voz cristalina del tinajero
goteaba el silencio de la casona.

cerca a tus resplandores alucinantes,


se dormían los fuertes niños de antes
soñando con la sombra de la sayona.

32
Siesta
a Enrique Bernardo Núñez.

Un sol de plomo abruma los viejos caserones,


en que vinosas manchas dibujó el Carnaval.
Se enguirnaldan de tedio los cerrados portones.
Las dos, sonó el gangoso reloj de Catedral.

No turba la infinita calma del mediodía


ni un pregón de frutero, ni un grito de aguador;
sólo un perro errabundo va, con melancolía,
cojeando hacia el silencio de la Plaza Mayor.

En tanto, las casonas dormitan, patriarcales,


seguras a la sombra del antañón alero.
(Caliente brisa sopla del patio con rosales,
y, gota a gota, dice la paz el tinajero).

Y mientras todo adquiere prestigio alucinante


bajo la cegadora somnolencia del sol,
un canónigo pasa, ventrudo y rozagante,
cubierto con la pompa del rojo quitasol.
1934

33
Ángel Celestino Bello

Justo Brito y Juan Tabare

Justo Brito y Juan Tabare,


hombres de vera y peinilla
como no pare otra madre,
por una vieja rencilla,
en el lugar que se vieran
la muerte juraron darse.

Dicen que el primer encuentro


lo tuvieron en un baile,
cuando iba Justo Brito
con Paulina Colmenares,
bailando un zumba que zumba
de esos que entibian la carne.

¡Dame una paloma, Justo!</