DMAV I - Lily Perozo
DMAV I - Lily Perozo
Mentiras
AMARGAS VERDADES
LILY PEROZO
Copyright © 2014 Lily Perozo
ÍNDICE
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
NO DEJES DE LEER COMO SIGUE LA HISTORIA.
PLAYLIST BOOK
CONTACTA CON LA AUTORA VENEZOLANA LILY PEROZO
Agradecimientos
Especialmente a Pilar Sielma, Ana Montero, Eva Balboa
Núñez, Chary Guerrero Cobo, Aida Motiño Dávila, Raquel
Navea, Ali Navarro Martínez, Lorena Martínez, Laura
García López, porque gracias a ellas y a su valiosa
colaboración se ha hecho posible esta nueva versión de la
historia, para que todas las lectoras españolas puedan sentirse
más identificadas con la narrativa.
¡GRACIAS
SOIS GENIALES!
Te juro que te siento, aunque no digas nada,
y son esas caricias y el perfecto idioma con que tú me hablas.
Alexandre Pires
CAPÍTULO 1
Samuel estiró las solapas de su chaqueta y cruzó las puertas del Burj Al Arab, el lujosísimo hotel en
el que se hospedaba en compañía de su tío y sus primos. Justo en ese momento, el aparcacoches
aparcó a su lado el Lamborghini Reventón Roadster negro que había alquilado para su estancia en
Dubái. Le sonrió a su tío antes de meterse en el coche, encendió el motor y siguió a sus primos
camino a la ceremonia de inauguración del Burj Khalifa, oficialmente, el edificio más alto del
planeta.
Guardas elegantemente vestidos con ropas árabes, y otros en formales smokings, les indicaron a
los Garnett la ubicación de sus asientos en la segunda línea, frente al lago artificial que rodeaba al
Burj Khalifa. La fría brisa del piadoso invierno del golfo Pérsico acarició las bronceadas pieles del
exótico grupo de hombres, varias miradas disimuladas los siguieron hasta que se hubieron sentado.
Unos minutos después, el jeque de Dubái y primer ministro de Los Emiratos Árabes Unidos, hizo
su entrada escoltado de sus hijos y hombres de confianza, todos vestidos con ropajes reales y la
indescriptible dignidad de medio oriente plasmada en sus rostros.
El maestro de ceremonias hizo la apertura oficial del evento, e instantes más tarde, el jeque
Mohammed bin Rashid Al Maktoum plantó su mano sobre un lector electrónico, entonces una colosal
pantalla cobró vida con un conteo en metros. Sin avisos, desde algún lugar en la zona céntrica de
Dubái, resonaron fuegos artificiales que escalaron hasta el cielo, mientras en la pantalla la cuenta
continuaba vertiginosa. Desde las azoteas de diferentes edificios a los alrededores, salieron
disparados docenas de juegos pirotécnicos y luces titilantes se esparcieron por el -hasta ahora-
obscurecido rascacielos.
La cuenta se detuvo finalmente en los ochocientos veintiocho metros, y como rocío dorado,
enormes globos de pólvora inundaron el cielo. Decenas de luces salieron desde la sección al sur de
los Garnett en líneas infinitas que parecían tocar las estrellas, mientras la orquesta en vivo
interpretaba un delicioso caos sinfónico que latía bajo la piel de todos los asistentes.
Y entonces la pantalla se llenó de dunas que fueron recorridas por un niño que, cogiendo arena
como si de polvos mágicos se tratara, hizo que la proyección pasara del día a la noche, y de ésta a
una fantástica animación en colores neón, guiada por la voz maravillosa y arrulladora de una mujer
que cantaba en árabe.
Sucesivas flores del desierto nacieron en la pantalla, y tras el lugar donde estaba la orquesta, la
escultura de una enorme flor idéntica a las de la animación, se iluminó majestuosa. Riquísimas
percusiones dieron paso a melodías tiradas de cuerdas y vientos que abrieron asombrados los ojos de
los invitados.
Samuel inconscientemente reclinó su cuerpo, dejándose llevar por las notas de la orquesta,
sumergiéndose con la música en las mismísimas Mil y Una Noches, místicas como las intrigantes
tierras de Arabia.
Las fuentes en el lago saltaron enérgicas, bañadas de luz dorada, moviéndose con la candencia
exquisita de Oriente, como el vientre de una diestra bailarina. Tras las fuentes, el espectáculo
pirotécnico seguía desplegándose en bellos tonos azules que iluminaban el cielo. Las fuentes como
fuego líquido iban y venían en una coreografiada sucesión, mientras un aro de pólvora rodeaba toda
el área en la que se desarrollaba el evento.
Estremecedoras percusiones resonaron y poderosas luces iluminaron gradualmente en ascenso
cada peldaño del edificio, como brillantes faros que treparon hasta lo alto del imposible pararrayos,
haciendo que todos abrieran sus bocas impresionados con la monumental construcción. Una Babel
del siglo XXI se dibujó ante sus ojos, jugando a besar el cielo.
Incesantes explosiones se sucedieron una tras otra, y chorros de pirotecnia azules y verdes fueron
desde el primer piso hasta la cima del rascacielos, para después regresar con increíble rapidez, una y
otra vez. Inmediatamente, una espiral de pólvora rodeó el edificio entero, trepándolo como una
serpiente de luz, y al tocar el último piso, miles de fuegos brotaron de todos lados, haciendo lucir al
coloso como una enorme espiga, coronada por una sombrilla de fuegos artificiales que sin descanso
parecían salir de la altísima punta.
El olor a pólvora lo inundó todo, junto con los restos de humo, al tiempo que el edificio cobraba
vida siendo iluminado con emisiones azules y luces prístinas que parpadeaban intermitentes como
diamantes.
La multitud estalló en vítores, y el mismísimo jeque contemplaba maravillado el cierre del evento.
Samuel le sonrió a su tío como un niño, todos aplaudieron de pie la finalización del acto de
inauguración, y él estuvo convencido entonces que su tío había elegido maravillosamente cómo
celebrar su graduación.
Samuel Garnett, recientemente titulado con honores como abogado penal de la Universidad
Rheinische Friedrich-Wilhelms de Alemania, era un hombre de mirada severa, ademanes masculinos
y movimientos felinos y predatorios, muestra perfecta de la forma en que se desenvolvía en la vida.
Thor Garnett, un altísimo rubio de sonrisa encantadora, frunció los labios con exagerado
desagrado mientras le dedicaba una mirada de tedio a su padre.
—Ya me tiene cansado toda esta cosa oriental, esperaba algo medianamente electrónico, la música
de las masas, el lenguaje universal de nuestros días, se supone que hay turistas —masculló Thor, algo
fastidiado con el evento.
—Thor, déjate de dramas, si hicieras el mínimo esfuerzo de informarte acerca de las culturas de
los países que visitas, comprenderías que los musulmanes no permiten a Tiesto en estos eventos, ni en
ningún otro. —Rodó los ojos su padre, Reinhard Garnett, un hombre en sus tempranos cincuentas,
elegantemente atlético y atractivo—. Ese tipo de música estridente que te gusta, aquí no es admitida.
—Ni a nosotros nos estiman y aquí estamos —Hizo Thor un puchero—. Al parecer, apenas si nos
soportan, y todo por los ingresos que les proporciona el turismo, es por eso que la próxima semana
me voy a Ibiza —Movió el pulgar en dirección al Occidente—. No puedo perderme el festival
electrónico, así que en cuanto estés en Brasil, ten la amabilidad de dejar el jet a mi disposición, y así
podré desintoxicarme un poco de toda esta parafernalia árabe. —Finalizó, mientras ondeaba su
cuerpo al ritmo del trance, ganándose las miradas escandalizadas de varias personas.
—¿Regresas a Brasil, tío? —preguntó Samuel desconcertado, dirigiéndose a Reinhard—. Pensé
que nos acompañarías al rally de mañana en el desierto.
—No, Sam, no puedo quedarme, debéis continuar la travesía solos. Tengo asuntos importantes que
atender en Río.
—Como donarle alguna cantidad exorbitante a otra famosa para fundaciones ficticias —intervino
Thor con una sonrisa cómplice, guiñando descaradamente un ojo.
—No es tu problema lo que le doy a mis amigas. ¿Entendido, jovencito? —inquirió Reinhard con
firmeza. A sus espaldas, Ian y Samuel se burlaron de la cara de niño regañado de Thor.
—Está bien, papá —cedió Thor perezosamente—. Sé que lo acordamos… todo eso de no meterse
en tu vida privada —dijo al tiempo que le daba un codazo en las costillas a su hermano mayor—.
Deja de burlarte, Ian.
Entrada la madrugada, y tras un muy exclusivo banquete, el evento terminó y los cuatro hombres
se encaminaron a sus respectivos coches de alquiler, escuchando y siendo parte de las impresiones de
las personas ante la majestuosa inauguración.
—Papá, pensé que nos hospedaríamos en el edificio más alto del mundo —inquirió uno de los
chicos.
—Si vas a limpiar, te puedes quedar Thor… mientras que Sam, Ian y yo nos vamos al Burj Al
Arab —le dijo sonriendo, pasando uno de sus brazos por encima de los hombros del chico rubio y
acercándolo a él.
—Bien, pues no nos queda más que volver al hotel siete estrellas, que desde hoy, ha pasado de
moda. Lo que marca tendencia ahora mismo es tener un apartamento en el Burj Khalifa, papá —
fanfarreó y pasó su brazo por la cintura del hombre con un gesto cariñoso.
—Tu repentino abrazo no hará que te compre uno de esos apartamentos, estás en perfectas
condiciones, hazlo tú mismo —declaró Reinhard revolviéndole cariñosamente el cabello a su hijo—.
Chicos, propongo una competencia hasta la isla, el que llegue primero se quedará con la suite
principal que estoy ocupando yo.
Se dedicaron miradas excitadas unos a otros y aceptaron el reto sin pensarlo.
Reinhard Garnett era un hombre de cabello castaño claro y ojos celestes, descendiente de
irlandeses, nacido en Brasil y presidente del grupo EMX, conjunto industrial formado por tres
compañías que cotizan en el mercado bursátil: BEX, dedicada a la explotación y refinamiento de
petróleo y gas; MAX, consagrada a la administración de energía eléctrica e ingeniería logística; y
MIN, dedicada a la minería y la industria naval.
Aunque nació en Brasil, su juventud la pasó entre Suiza, Bélgica e Irlanda, donde estudió
ingeniería metalúrgica y aprendió seis idiomas: Portugués, alemán, inglés, irlandés, italiano y
español. De regreso en Brasil, empezó a trabajar para una compañía petrolera, en donde a cambio de
aislarse por largos periodos de tiempo en una plataforma en alta mar, recibía gordos cheques de
pago cada mes que garantizaban sus ingresos personales y su independencia económica.
Desde muy joven, su principal aspiración fue librar a sus padres de la responsabilidad de su
subsistencia. Cuando cumplió veinte años, y con las ganancias adquiridas, emprendió su primer
negocio dedicándose al comercio de oro y diamantes; a los veintidós años ya contaba con una
pequeña fortuna valorada en seis millones de dólares, la cual aumentaba desmesuradamente con el
paso de los años.
Con cincuenta y tres años, es el industrial de mayor influencia en Brasil y el segundo en
Latinoamérica. Tiene dos hijos, Ian y Thor, y asumió la custodia de su sobrino Samuel. Su estado
civil: divorciado, lo que lo convierte en uno de los hombres más cotizados del continente. Se le
relacionaba continuamente con mujeres del medio artístico, sin embargo, sigue renuente a casarse
otra vez. Es un hombre aventurero, al que le apasionan los deportes extremos, los cuales lleva al cabo
sin que su edad represente jamás impedimento alguno.
Reinhard subió a un Mustang gris del año, dispuesto a ganar la carrera, sin importarle que sus
competidores fuesen sus intrépidos hijos. Los chicos eran más que sus herederos, eran sus amigos y
cómplices, aún se sentía joven y su apariencia le ayudaba considerablemente, dando la impresión de
ser más bien el hermano mayor de los chicos.
Ian, el mayor de los chicos Garnett, tiene el cabello un tono más oscuro que su padre, ojos miel
como los de su madre, y una estatura intimidante. Es un hombre de carácter fuerte, agresivo y
arrollador en los negocios, esconde bajo su armadura de duro ejecutivo, una particular debilidad por
decorar su piel con tatuajes, tanto así, que en su cuerpo lleva uno por cada año de vida. Tiene
veintisiete años y posee su propio imperio, el cual lleva por nombre Ardent, que está asociada con
Embraer. Una empresa dedicada a la aeronáutica, fabricación de aviones comerciales, militares y
ejecutivos, la cual fundó con la ayuda de su padre. Su sede principal se encuentra en Brasil, pero
Ardent posee delegaciones comerciales y de mantenimiento en los Estados Unidos, así como oficinas
comerciales en Francia, Singapur y China.
Su adrenalina llega al límite siempre que pilotea un EMB-145H en las pistas de controles de
vuelos. No está casado, pero si a pocos meses de hacerlo, y al igual que los demás Garnett, domina
seis idiomas.
Para Reinhard, es primordial la comunicación poliglota, y según él, la mejor manera es hacerlo
sin la ayuda de traductores, según él, valerse por sí mismos es de hombres seguros e independientes.
La elección de Ian fue el Ferrari rojo, le gustaban este tipo de coches por su tamaño compacto y
aerodinámico, haciendo al coche más liviano y rápido.
Por su lado, el encantador Thor Garnett, es un rubio de ojos azules, tan dedicado al cuidado de su
cuerpo como a la colección de citas amorosas. Su padre había elegido su nombre por el dios del
trueno y él lo había adoptado a la perfección. Inteligente pero estancado en la adolescencia, se graduó
el año anterior en la Universidad de Oxford, y con veintitrés años, no se digna a sentar cabeza y
aceptar uno de los puestos que su padre le ha ofrecido dentro del grupo EMX. Él, en cambio, prefiere
ser la bitácora de los festivales electrónicos alrededor del mundo. Su coche por preferencia, y su
padre ya lo sabía, es un Veilside amarillo, por lo que no perdió tiempo en subir a su nena, como
cariñosamente llama a los coches.
Por su parte, Samuel Garnett, tiene la misma edad de Thor, y más que primos, se sienten como
hermanos, de la misma forma en que Reinhard ha sido como un padre para él desde los ocho años,
edad en la que llegó a Brasil y encontró un hogar, cuando creía que todo estaba perdido.
Tiene el cabello oscuro, que contrasta deliciosamente con su piel blanca y ojos color miel, de iris
despejados de cualquier veta que apagasen aquel color que casi llegaba al dorado, logrando cautivar
e intimidar con una sola mirada. Sostenerle la mirada a Samuel Garnett por varios segundos es en
realidad un reto nada subestimable, no sólo por la belleza de sus ojos que parecen llamas que
amenazan con destruir todo a su paso, sino también por el duro carácter que se dibuja con total
claridad en su mirada. Tiene el poder de cautivar, como seductoramente cautiva la luz a las
mariposas, que de manera suicida vuelan en círculos a su alrededor, y se golpean una y otra vez
contra la fuente luminosa hasta morir, y poco les importa con tal de deleitarse en el primario placer
de la contemplación.
Por esa razón, siempre ha tenido muchas mariposas cayendo rendidas a sus pies, ante su mirada
seductora, ardiente, cautivante y misteriosa, esa manera penetrante de mirar que logra acelerar
corazones a su paso. Sin embargo, las pupilas esconden inocencia, ocultan el odio y el dolor que se
han quedado detenidos en el tiempo. Nadie ha logrado escarbar en su interior, nadie conoce el secreto
que guarda, porque Samuel jamás les permite llegar tan profundo en su alma.
Tiene una nariz recta, labios llenos y atrayentes, incitadores y carnosos, tan masculinos como su
mandíbula cuadrada, casi siempre con su barba de dos días, que algunas veces lleva cerrada y otras
sólo en un candado que encierra con una peligrosa gracia varonil su mentón y labios, logrando
además de esta manera demostrar más edad de la que de hecho tiene.
Samuel o Pantera, como le llaman sus primos, es amante de la Capoeira, disciplina brasileña que
combina artes marciales, deporte, música y danza. Este deporte ha sido el único causante de los
pocos dolores de cabeza que le ha dado a su tío, ya que siempre y cuando se encontrase en Brasil, se
escapaba a las favelas en compañía de sus primos a las rodas de Capoeira callejera. Para él, los
hombres de los barrios eran los mejores contrincantes, aunque eran también los más peligrosos.
Sin embargo, dentro de él latía silenciosamente una furia destructiva que muy pocas veces
expresaba, y las contadas veces que la había sacado a relucir, era precisamente en medio de peleas
callejeras, haciéndose una reputación y ganándose el respeto de muchos, de ésos quienes justamente
le habían dado el sobrenombre.
La práctica constante y disciplinada de la Capoeira había esculpido casi pecaminosamente su
cuerpo, moldeando cada músculo exquisitamente, marcando sus contornos con gracia escultural.
Samuel es un hombre consciente de su atractivo y empeñado en sacarle todo el provecho, ya que no
sólo se limita a las sesiones diarias de Capoeira al amanecer, sino que además define su cuerpo con
trabajo de máquinas.
En un principio, influenciado por la pasión de su primo, resultaba imposible no ejercitarse cuando
Thor tiene gimnasios hasta en el jet, y los dos se batían constantemente en duelos de Muay Thai, el
popular boxeo tailandés.
Pantera era un enigma que hasta el momento nadie había logrado descifrar, muchas veces su
ánimo era alegre, sin complicaciones y extrovertido, acompañado por Thor y algunos amigos eran
el alma de las fiestas, sobre todo cuando se proponían darle vida a las reuniones con sus danzas
brasileñas, enloqueciendo a todas las mujeres a su paso, causando mayor impacto entre las damas
europeas y asiáticas, haciendo el sensual despliegue de los sinuosos y cadenciosos movimientos
latinos, de la mano de la innata sexualidad y erotismo que manaba de los nativos brasileños.
No obstante, había momentos en los que se encerraba en sí mismo, llegando a ser apático,
hostilmente exigente, insoportablemente dominante y obstinado, tendiendo a juzgar duramente a
quienes lo rodeaban, como si se tratase de un inquisidor de la edad media. El tiempo y sus demonios
le habían enseñado justamente eso, juzgar, nunca absolver. Sabía que había cosas que no dependían de
nadie más y tenía que hacerlas él mismo, era su destino, por esa razón estudió derecho, para culpar,
señalar y exponer a los culpables.
Era intenso, con una energía emocional única, a simple vista un joven tranquilo, pero escondía
magnetismo y agresión afables, de un carácter con grandes beneficios o enormes riesgos, temple y
fuerza de voluntad insuperables, no obstante, era sensible y podía ser fácilmente herido. Pero con la
fortaleza para no demostrarlo, y el empecinamiento en prepararse para ser destructivo, no sabía, ni se
permitía perdonar, no podía hacerlo. Por ello contaba con pocos amigos, porque cuando se
enemistaba con alguien era para toda la vida, su orgullo no le permitía unir lazos nuevamente.
Ahora mismo, en la exótica Dubái, era el Samuel al cual se podía acceder fácilmente, alegre y
dispuesto a disfrutar. Estaba celebrando su graduación, y más que eso, estaba ansioso porque en
menos de dos meses ejercería su profesión con la firma Garnett y su tío estaba preparando todo para
que fuese reconocido desde el mismo instante en que pisara su despacho en Nueva York.
Ya contaba con una cartera de catorce clientes y con tres abogados sumamente reconocidos que
trabajarían para él, ofreciéndole los mejores honorarios. Reinhard les había ofrecido a los tres
chicos Garnett la plataforma de despegue para que forjaran futuros prometedores.
Samuel le regaló una sonrisa a Reinhard, quien hacia rugir el motor del Mustang gris, mientras
que él opacaba el coche de su tío con el motor de más de 600 caballos de fuerza del Lamborghini, era
idéntico al que tenía en Alemania, sólo cambiaba el color. Su Reventón Roadster era gris plomo, su
tío se lo había regalado en su último cumpleaños, el pasado octubre, uno de los veinte que habían
fabricado. Como siempre, cumplía cada capricho de sus hijos porque comprendía por qué les
gustaban este tipo de coches poderosos, era como agarrar a un toro por los cuernos, no en vano el
logo que lo representaba era este animal.
Sin perder tiempo arrancaron, en el primer minuto alcanzaron los ciento veinte kilómetros por
hora, Reinhard no les daba tregua y no les permitió que lo adelantaran, les bloqueaba el camino
mientras reía provocador al verlos por el retrovisor intentar rebasarlo, algo que al final les fue
imposible ya que al llegar al Burj Al Arab, el único victorioso fue el hombre de cincuenta y tres años.
—Te hemos dejado ganar papá —lo aguijoneó Ian con una sonrisa bajando del Ferrari rojo.
—Siempre nos has enseñado que hay que darle prioridad a los mayores —acotó Thor
recargándose contra el Veilside amarillo.
—No vamos a quitarte la suite principal —Se unió Samuel mientras la puerta del Lamborghini se
elevaba.
—Sí, den sus mejores excusas perdedores; sin embargo, he cambiado la principal por dos suites
dobles —les dijo encaminándose a la entrada principal del hotel, seguido por sus hijos y su sobrino,
quienes se miraron unos a otros sorprendidos ante la astucia de Reinhard, mientras les entregaban las
llaves a los aparcacoches.
CAPÍTULO 2
A pesar de los prejuicios que lo rodeaban, ése había sido su hogar, el lugar donde encontró
comprensión y cariño cuando contaba con apenas quince años, colmándose del calor humano y del
respaldo de otras personas a las cuales constantemente juzgaban y señalaban, basados únicamente en
las apariencias.
El mayor ejemplo había sido ella misma, quien en más de una ocasión había sido señalada y
denigrada. Aprendió entonces a no interesarse demasiado en lo que la gente pensara o dijera, y a
labrar su propio éxito sin humillarse ante nadie.
Gracias al sostén que le brindaron logró cumplir su más anhelado sueño y graduarse como
diseñadora de modas. Desde que tuvo uso de razón aspiraba poder hacerlo, a sus muñecas les creaba
vestidos con retales de tela, aún sin graduarse diseñaba el vestuario para ella y sus amigas, quienes
siempre elogiaron su trabajo y el don único que tenía para crear e innovar.
Su paso por la universidad fue por completo su mérito, alternando su educación superior con
algunos cursos de verano en diseño de interiores que le significaron tempranamente una rápida
alternativa para hacer algo de dinero extra.
Logró construir una carrera y ganar reconocimiento sin darse un solo descanso, después de cinco
años contaba con los conocimientos necesarios, el dinero suficiente en su cuenta bancaria, y en su
maleta los bocetos perfectos para iniciar su propio negocio e inaugurar su propia tienda de ropa.
Sabía que no sería fácil, pero encontraría el respaldo necesario, había trazado un plan a prueba de
fallos, e invertiría en él hasta la última gota de sudor para ver su línea y su tienda hechas una realidad.
Las Vegas había sido un buen trampolín, pero sus ambiciones iban dirigidas a las grandes ligas,
no se conformaría con nada diferente a una de las capitales de la moda, por lo que sin vacilación
partiría a Nueva York.
Para Rachell Winstead decir adiós no era una simple palabra, despedirse implicaba dejar atrás
todo lo que hasta aquel momento había sido su vida. Pero se había obligado a prescindir de
sentimentalismos y añoranzas, siempre llevaría en su corazón a las personas a las que le decía adiós,
aquel trago amargo valía todo el esfuerzo. Lo arriesgaría todo por la realización de sus sueños.
—Sabes que aquí siempre serás bienvenida y que si no funciona lo intentaremos hasta que lo
logres, serás una diseñadora reconocida y prestigiosa —le decía Sophia con absoluta convicción
mientras la abrazaba.
Sophia era una graciosa pelirroja, de rasgos delicados y femeninos, que parecían ser una
contradicción con su chispeante e irreverente personalidad.
—Gracias Sophie, pero tengo fe en que lo haremos, ya verás, lo lograremos porque tú serás mi
asistente —Le hizo saber llevándole un mechón de cabello tras la oreja, después la abrazó.
—Ya lo sabes Rachell, si alguien llega a propasarse contigo o mirarte de más, sólo tienes que
llamarme y estaré allí para partirle la cara —afirmó Oscar, un afroamericano de ojos grises con casi
dos metros de estatura, que siempre la había defendido y había sido ese padre que siempre anheló.
—Claro que te llamaré —exclamó tratando de retener las lágrimas en sus ojos tanto como lo
hacía Oscar. Se acercó, lo abrazó y le dio un beso—. Los voy a extrañar tanto —suspiró con fuerza
—, pero los llamaré todos los días… debo subir al autobús o me quitarán el asiento de la ventana y
quiero admirar el camino, saber por dónde voy.
—Te quiero mucho, mi mariposa, mi hermosa mariposa negra —le dijo Oscar cariñosamente—.
Sube —señaló el bus y le dio la mano para ayudarla a subir los escalones, entonces Rachell se volvió
hacía ellos.
—Los llamaré dentro de un rato. —Les hizo saber, ellos asintieron en silencio mientras retenían
las lágrimas que quemaban por salir de sus ojos.
Rachell subió al autobús, y como siempre, fue el objetivo de las miradas de la mayoría de los
hombres. Poseía una belleza natural que enloquecía al género masculino, con veinte años había
rechazado a docenas que le habían ofrecido el cielo, la tierra, y algunos exagerados hasta el paraíso,
pero ella sabía que muy pocos estaban a la altura de sus promesas, y quienes cumplían, terminaban
creyendo que ella era de su propiedad, pretendiendo que contara con sus autorizaciones hasta para
respirar.
Aceptar tal patético destino no hacía parte de sus planes, se negaba a terminar como su madre,
resignada y ultrajada. Después de tantos años seguía convencida de la poca valía de los hombres,
cuya única utilidad la hallaba en la medida en que representaban una herramienta para alcanzar sus
propósitos.
Al llegar al asiento que le habían asignado, dejó libre un suspiro al ver que un hombre de unos
treinta años estaba ocupando el asiento al lado del suyo, y le dedicaba un incómodo escaneo de los
pies a la cabeza.
—Disculpe —se dirigió al hombre con una mirada ártica y un gesto de disgusto en los labios.
El hombre no le hizo su paso más sencillo levantándose y dándole espacio, por el contrario,
corrió sus piernas hacia el pasillo, dejándole el menor lugar posible para que se desplazara y
mirando sin el menor disimulo su escote.
Rachell frunció el ceño con displicencia, se dio la vuelta y se sentó dándole la espalda al
libidinoso individuo, evitando por completo el contacto. Una mirada fugaz le dio un asqueroso
vistazo de cómo el hombre prácticamente babeaba sobre su trasero. Ahí estaba una razón más de por
qué los hombres merecían tan poco de su respeto.
Asqueada y sin paciencia, sacudió el bolso con exagerada fuerza propinándole un golpe en la cara
a su despreciable compañero de asiento. Una triunfal sonrisa se formó en sus labios al escuchar un
gemido de dolor.
—Lo siento… —Se disculpó fingiendo inocencia al tiempo que tomaba asiento, observando cómo
el hombre intentaba aliviar el dolor presionándose la nariz con una de las manos.
—No… no es nada, no te preocupes —respondió en tono servil—. ¿Y viajas sola? —le preguntó
con la mirada clavada en su escote nuevamente.
Rachell volvió su mirada al frente, poniendo los ojos en blanco y respirando profundamente. No
es tu problema, cerdo asqueroso. Gritó por dentro.
—Sí —contestó secamente, subiendo el cierre metálico de su chaqueta de cuero hasta el cuello. Lo
que menos le interesaba en el mundo, era mantener una conversación con un hombre que no tenía la
más mínima habilidad para lucir medianamente inteligente si se le cruzaban un par de tetas por
delante.
Decidió ignorarlo por completo, buscó en su bolso de mano el iOod y se puso los auriculares
subiendo el volumen al máximo. En ese instante la voz de Pink inundó sus oídos.
Ya sé lo que quiero ser, no me vengas con gilipolleces, Pink —se dijo mentalmente y pasó a la
siguiente canción. Esta vez era Katy Perry —¡Vaya mierda que tengo aquí! —rugió por dentro—.
Definitivamente no puedo imaginarme estando con un tipo, mientras pienso en otro.
No pudo evitar sonreír al pensar en la ironía, porque nunca se había acostado con un hombre, y no
porque no lo hubiese encontrado, sino porque no le había dado la gana. Lo admitía, era bastante
desconfiada y la vida le daba constantemente razones para seguirlo siendo.
Finalmente, la deliciosa fuerza de John Bon Jovi la ayudó a sentirse al fin cómoda en su silla. Sí,
era su vida, y estaba decidida a vivirla. El adefesio despreciable que estaba sentado a su lado, terminó
por quedarse dormido al ver que ella lo ignoraba sumida en su música. Respiró profundo y se dedicó
a disfrutar del oscuro paisaje a través de la ventana.
Rachell Winstead es una mujer de cabello profundamente oscuro, preciosos ojos de un color que
parecía vacilar con la luz, tan rápido lucían azules, como grises, o verdes, incluso, tan violetas como
los de la misma Liz Taylor. Es una chica sarcástica, la mayoría del tiempo desconfiada y cerrada en sí
misma. Muy pocos conocían el pasado que quería borrar, y haría lo que fuera para que así siguiera
siendo.
Los hombres le resultaban en la mayoría de los casos aburridos, y en las ocasiones más
excepcionales, útiles herramientas de trabajo. Según su experiencia, la naturaleza masculina se
reducía a la simple satisfacción mecánica de las necesidades más básicas, como las orugas, que
ciegas siempre se mueven hacia la luz.
Los hombres con muy poca brillantez, se movían en su dirección, buscando como recompensa su
aprobación, pensando que así lograrían meterse en su cama. Ningún hombre había calentado su
sangre, y dudaba que alguno lo hiciera, estaba demasiado rota por dentro para ello. Pero si anhelaban
el tesoro entre sus piernas, pues bien, tendrían que ganárselo, y no era amor lo que ella buscaba.
Se la veía llorar muy pocas veces porque aborrecía las muestras de debilidad. En contadas
ocasiones la impotencia, la melancolía o los constantes obstáculos en el camino a sus sueños, la
habían desesperado hasta las lágrimas, pero se reservaba estos momentos para ella, sabía que hacían
parte del reto y los asumía en su más completa intimidad.
Lo que jamás se permitiría ni siquiera en solitario, sería volver a llorar por causa de un hombre,
la última vez que lo hizo fue antes de caminar por varios días y llegar a Las Vegas.
CAPÍTULO 3
Asesino de Diane Smith condenado a 45 años de cárcel. Titular del New York times, del día 12
de marzo de 2013.
Hace un mes, Charles Wolfgang aceptó en audiencia pública su responsabilidad en los delitos
de homicidio agravado, tortura y acceso carnal violento, lo que le generó una rebaja en su
sentencia.
La jueza segunda penal condenó a 45 años de prisión a Charles Wolfgang por su
responsabilidad en la violación y asesinato de Diane Smith en hechos registrados el 24 de
Diciembre de 2012, en el Central Park de Nueva York.
Charles Wolfgang aceptó su responsabilidad en la violación, tortura y muerte de su víctima de
28 años. Tras escuchar el relato de los hechos en los que asesinó a su excompañera de trabajo, no
obstante, se tapó los oídos mientras el fiscal 320° leía la acusación.
El hombre pidió perdón al país, pero los familiares de Diane Smith no creyeron en su acto de
contrición. Su abogado defensor pidió una rebaja de una tercera parte, es decir, que se le
condene a 35 años de prisión. La defensa de Wolfgang presentó apelación por considerar que la
pena fue muy alta y un "error" de la juez, pues no tuvo en cuenta la aceptación de cargos…
—Pantera, deja de lado tantas noticias que te vas a poner viejo... relax, en la ola primo. —Se
escuchó la voz de Thor que entraba en una de las divisiones exclusivas del restaurante, y le arrancaba
el diario. Su mirada celeste se posó en el titular—. ¿Otro? —preguntó dejándose caer en el asiento.
—Sí, el caso del violador hijo de puta está cerrado; sin embargo, están apelando para que rebajen
la sentencia. ¡Qué huevos tiene ese abogado de mierda! —gruñó Samuel con rabia por la poca
profesionalidad que demostraba su colega, si es que a eso se le podía llamar profesionalidad.
—Pero 45 años de cárcel son suficientes —expuso el rubio lanzando el diario sobre la mesa—.
Estoy seguro que le van a dar su calurosa bienvenida. —Se recostó en la silla soltando una malévola
carcajada.
—No Thor, 45 años no son nada, espero que le den duro a ese gilipollas, sé que no debo tomarme
tan a pecho los casos pero siento impotencia porque estoy peleando por la condena de 60 años, es lo
mínimo que merece, tenemos que hacer cumplir la ley. Porque las sentencias deben ajustarse a la ley
según el grado del delito, y se hacen los locos o están vendidos, creo que es más de lo segundo.
—Samuel, primo, si ya la jueza tomó una decisión, respétala y deja de estar queriendo ser el
salvador, no eres Dios, no te busques problemas. Ese hombre puede tomar represalias en tu contra.
—Definitivamente no soy Dios, porque si lo fuese, esos parásitos no existirían; y no le tengo
miedo, ni a él ni a nadie… ya estás como mi tío, deja la paranoia —habló de mala gana agarrando el
menú.
—No es paranoia, en tres años te has obsesionado por mandar a prisión a veintidós tipos, no
descansas hasta lograrlo. Es arriesgado lo que haces, deberías dejar de lado la fiscalía y sólo trabajar
como asesor, así no te involucras tanto.
—Es mi trabajo y me gusta lo que hago… ¿Qué vas a pedir? —le preguntó desviando la mirada a
la carta.
—Pide lo que sea… estoy hambriento y tengo que regresar a la oficina —Suspiró Thor—. Estoy
loco por unas vacaciones, te juro que mi padre se provechó porque estaba en medio de la reacción
del porro para que aceptara el puesto —agregó con voz cansada—. Por cierto, ahora que has cerrado
este caso, deberíamos irnos a finales de este mes a Ámsterdam, sólo será por un fin de semana,
Guetta tiene show en The Sand.
—No lo creo Thor, ocho horas son demasiado para regresar al día siguiente… vamos a llegar
más cansados, no. Desisto.
—Pantera, sino tienes trabajo, aún hay tiempo, dejaré todo preparado y nos vamos una semana,
habrán fiestas rainbows. —Levantó las cejas sugerentemente.
—En el caso que nos tomemos una semana, me parece una excelente idea, necesito distraerme un
poco —dijo sonriendo, cambiando completamente el semblante por uno más relajado y sereno,
luciendo instantáneamente mucho más joven.
—Cómo te gusta que te la mamen, siempre hay que acudir a jueguitos contigo. —Lo pinchó Thor
soltando una carcajada. Samuel sonrió con picardía.
—Tengo que liberar tensiones primo, y no contigo claro… quiero verme pintado de colores… y
por supuesto, que me la mamen.
En otro de los compartimientos exclusivos del restaurante Adour, se encontraba Rachell Winstead,
comiendo con Henry Brockman, presidente de Elitte, la agencia publicitaria más exclusiva del
continente americano. Lo había conocido en una reunión la semana anterior, así que no dudó en
pescarlo, su agencia era una plataforma indispensable y exclusiva para promocionar sus diseños, si
lograba que ese hombre con su compañía patrocinaran su tienda, tendría el doble del éxito que había
obtenido hasta el momento.
—Rachell, no trabajamos como una agencia de publicidad común, contamos con métodos y un
estilo propio, eso nos hace diferentes, incluso somos clientes de Elitte, nos publicitamos a nosotros
mismos, lo que nos hace conocer verdaderamente lo que funciona y lo que no con números reales, ya
que vemos de primera mano el impacto de cada acción que llevamos al cabo —habló Henry con
seguridad, mirándola a los ojos antes de hacer una pausa para beber un poco de su vino.
La chica lo imitó cogiendo su copa mientras se deleitaba con el olor dulce y añejado. Le dedicó
una mirada seductora, de esas que nunca fallaban. Su propósito era que Henry Brockman le hiciese la
publicidad, ya que al ser una pequeña empresaria y contar con el respaldo de Elitte aseguraría su
éxito, el único inconveniente era que estaba segura que los honorarios de la prestigiosa agencia
estaban mucho más allá del alcance de sus cuentas bancarias, pero claro, no de sus propias
habilidades.
Brockman era un hombre interesante, apuesto, elegante, inteligente, y aun cuando se mostraba
seguro, se percató del sutil nerviosismo que causó en él apenas con el movimiento de sus pestañas,
además de la marca de la alianza de bodas, evidenciando que se lo había quitado como si nadie
supiese que estaba casado y vivía con su mujer y su hija.
Tal vez te hace sentir más seguro y crees que puedes engañarme, juguemos tu juego, Henry —
cavilaba mientras saboreaba el vino.
—Nos enfocamos principalmente en el publico A, doble A y triple A, preferentemente
orientándonos a clientes que optan por calidad sobre cualquier otro factor, es por ello que limitamos
la visión de clientes… —charlaba, entonces ella intervino.
—Como en mi caso señor Brockman, ofrezco calidad, pero al ser poco reconocida tengo que
luchar para que tomen en cuenta mis diseños, ustedes eligen a los clientes con años de trayectoria, sé
que es mi caso —le dijo y dejó por sentado que era perfectamente consciente de sus condiciones en la
negociación, después movió con suavidad su cabello.
Los ojos de Brockman siguieron cautivos los movimientos de su mano y deslizó su mirada sobre
los largos cabellos oscuros que reposaban ahora sobre la curva de sus pechos.
—Sin embargo Rachell, no descartamos, ni limitamos… creo que todo es posible. ¿No lo crees
tú? —le preguntó con cierto acento retador. Rachell le sonrió con indiferencia.
—Creo que usted puede hacerlo posible, señor Brockman —señaló y levantó su copa a modo de
brindis.
—Todo depende señorita Winstead… —respondió al ver cómo Rachell elevaba una ceja, ahora
era ella quien lo retaba—. De cuánta calidad posee, creo que primero debemos comprobar —Dejó en
el aire la doble intención de sus palabras—. Como comprenderá, la misión de Elitte es ofrecer
calidad, si sus diseños son exclusivos, puede contar con nosotros como agencia publicitaria.
—¿Y cuáles son sus garantías, señor Brockman? —le preguntó anclando su mirada en los labios
del hombre, tratando de ser lo más evidente posible—. ¿Cuáles medios utilizarían para promocionar
mis diseños y mi tienda?
—A Winstead, el grupo Elitte le ofrecería principalmente publicidad en internet, y eso incluye el
diseño de la página web, un par de blogs, posicionamiento en buscadores, publicidad en redes
sociales, una revista virtual, spots en medios masivos, ya sabe que unos pocos segundos al aire
pueden conceder un éxito rotundo. También proporcionamos las estrategias más convencionales y
tradicionales, pero que hacen parte de la difusión en masa, como los volantes, vallas, estampados y
bordados en diversas prendas, gorras, camisetas, toallas, y cualquier otra que usted requiera, claro,
representa una inversión millonaria. —Se detuvo y le dedicó una mirada significativa.
—Evidentemente señor —acordó Rachell acariciando una contra otra sus manos—. Sólo le
apuesto a lo mejor, no importa cuánto tenga que invertir… mi firma es nueva en el mercado, no soy
tan ingenua como para no ser consciente que el costo de los servicios de Elitte obedecen a una suma
que aún no está en mis cuentas, por eso estoy aquí señor Brockman, para negociar.
Henry sonrió fascinado con su voz y la intención directa de sus palabras.
—Me gusta apoyar talentos emprendedores y recios como el tuyo Rachell, estoy seguro que
eventualmente llegaremos a un acuerdo, reunámonos el viernes de la próxima semana, te mostraré
algunas propuestas de los creativos y empezaremos la negociación. —Fijó su mirada en ella,
mientras se pasaba la lengua por los labios, celebrando por anticipado un triunfo que en realidad no
estaba garantizado.
—Por supuesto señor Brockman, no sabe cuánto le agradezco. —Sonrió Rachell encantadora—.
Quisiera quedarme un poco más pero tengo una entrega pendiente.
Henry se apresuró a ponerse en pie y deslizó la silla ayudándola a levantarse.
—No te preocupes, haz la entrega… después podrás agradecerme —murmuró acercándosele al
cuello—. Te llevaré hasta tu tienda —le dijo con su acostumbrado aire autoritario.
—No hace falta señor, Oscar me está esperando, por favor termine su comida. —Lo miró con
engañosa inocencia y se encaminó hacia la zona de aparcamiento.
Oscar esperaba a Rachell en el aparcamiento. Ella había cumplido su promesa de traerlo de Las
Vegas en cuanto logró establecer su negocio. Apenas habían pasado tres años, pero ella con su
empeño había conseguido posicionarse en un nivel importante, sin embargo, anhelaba más, su meta
era ser reconocida en Europa y codearse con los grandes de la industria.
Oscar seguía fungiendo el papel de protector, un aliado increíble que comprendía y apoyaba tanto
sus metas como sus medios. Por lo que, como lo habían acordado, él esperaba que bajara y le hiciera
la seña respectiva. La vio en las escaleras y ella le indicó con un gesto rápido que marcara a su
teléfono.
Henry Brockman aún pensaba en lo seductora y hermosa que era Rachell cuando escuchó el
repique de un teléfono móvil, desvió la mirada y vio el aparato en el suelo, al lado de la silla que ella
había ocupado minutos antes. Sin pensarlo, lo recogió y abandonó su mesa, sabía que podría
alcanzarla en el aparcamiento.
***
El Lamborghini Aventador J color escarlata tenía un impactante e innovador diseño, no poseía
cubierta ni vidrios, ni siquiera el delantero, limitando al dueño a usarlo sólo en los días apropiados,
no era sólo un coche, era un símbolo, un típico juguete de los poderosos.
La majestuosa joya pertenecía a Samuel Garnett, un regalo que su tío Reinhard le hiciera en el mes
de febrero, dándole la mayor de las sorpresas. Se lo había dado, no sólo porque existía apenas una
docena de estas poderosas máquinas en el mundo, sino por lo que representaba y el mensaje que
deseaba transmitirle a Samuel. El Aventador, como otros Lamborghini, había sido bautizado en honor
a un valiente toro español, un animal que Reinhard admiraba y cuya tenacidad quería ver recreada en
su sobrino.
Su recién adquirido juguete lo esperaba en el aparcamiento del Adour.
—Esta noche nos vemos en el Webster Hall. —Le hizo saber Thor antes de sentarse en las
elegantes cojinerías de su Lexus LF-A Concept plateado—. Me cambiaré en la oficina —agregó al
tiempo que encendía el coche.
—Bien —acordó Samuel—. Nos vemos, cualquier cambio de planes, llámame por favor.
Entonces apoyó su mano derecha sobre la puerta del Lamborghini, y con gracia felina entró de un
salto en el coche, acomodándose al volante en un movimiento fluido.
—Si Reinhard te ve haciendo eso le da un infarto —bromeó Thor entre risas al tiempo que
conducía en dirección a la salida.
Samuel encendió el coche y el motor rugió con fuerza haciendo eco en el aparcamiento, desde el
comando del volante le dio vida al reproductor y un rítmico bajo eléctrico cortó el silencio, notas
electrónicas danzando acompasadas por guitarras agudas ensordecieron el ambiente y una melódica
voz retumbó entre las paredes de concreto, advirtiendo de no acercarse demasiado, no tomar nada
hasta estar seguros de poder asumir el reto peligroso de los lugares inundados de pánico.
Samuel sonrió, se relamió los labios, y por puro capricho, con el comando de cambios aún en
neutro, pisó el acelerador haciendo rugir a su bebé escarlata.
Rachell caminaba lentamente, dándole tiempo a Brockman para que la alcanzara, y mientras se
acercaba a su coche donde la esperaba Oscar, escuchó la música que retumbaba en el lugar además
del molesto sonido del escandaloso motor de un coche. Frunciendo el ceño ignoró el ruido
retumbante, sumida en sus propios pensamientos, diseñando mentalmente cada movimiento que daría
en unos minutos cuando se encontrase con Henry.
Respiró hondo preparándose para iniciar la función, y en una fracción de segundo su corazón se
detuvo paralizando todos sus reflejos, sus pupilas se dilataron aterradas al ver como un deportivo
rojo se precipitaba sobre ella, no consiguió más que cerrar los ojos y esperar el golpe.
Todo pasó demasiado rápido. El sonido de los neumáticos al frenar con brusquedad y chirriar con
estridencia, el grito de Oscar opacado por la atronadora música, y su corazón saltando violentamente
contra su pecho. Con el aire escapándose por su boca, abrió los ojos y se encontró con un rostro
impasible enfundado en unas gafas Ray Ban Aviador polarizadas, el hombre se mostraba
imperturbable, con la mandíbula tensa mientras Mathew Bellamy gritaba que el fuego estaba en sus
ojos.
Repentinamente la música fue pausada, el coche dejó de ronronear y todo fue poseído por el
desconcertante silencio. Oscar se había quedado petrificado, ella tampoco conseguía moverse, estaba
anclada al lugar, detenida por el pánico mientras temblaba de los pies a la cabeza. Sus ojos estaban
congelados en el hombre frente a ella, y el miedo se mezcló con algo desconocido secando su boca,
espesando su respiración, el terror anterior había sido desplazado por sensaciones turbadoras entre
su pecho y su vientre, un estremecimiento nacido directamente del dorado y cincelado rostro, que aún
bajo las gafas, la martillaba con una mirada inamovible, poderosa y asfixiante.
— ¡Rachell! —gritó Brockman corriendo—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —le preguntó Henry
sacándola de la burbuja de pánico y excitación en la que se encontraba.
—Nada… —Parpadeó varias veces, y el desconcierto y la confusión se transformaron en una ira
feroz—. ¡Sólo que este imbécil casi me atropella! —gritó enfurecida y golpeó con fuerza desmedida
el capó del Lamborghini, tenía la mente embotada y el corazón aún latiéndole aterrado. El hombre
siguió sin inmutarse, sólo por brevísimos segundos lo vio retorcer las manos sobre el volante.
Para su total sorpresa, la endemoniada música volvió a estremecer el aparcamiento y el motor del
coche rugió nuevamente.
—¿Pero quién demonios se ha creído? —Volvió a golpear el capó y un agudo dolor subió desde
su muñeca hasta su codo—. ¿No tiene la decencia ni el valor de bajarse? —chilló sintiendo el rostro
calentársele por la rabia.
El irritante individuo sacudió la mano pidiéndole en silencio que se apartara de su camino. Sus
manos temblaron enfurecidas, quería molerlo a golpes.
—¡¿Y si no me quito, qué?! —gritó una vez más—. ¿Me pasará por encima, poco hombre?
—Rachell, tranquilízate —intentó Henry calmarla—. Ya pasó, deja las cosas así, es evidente que
no es más que un estúpido mocoso que se malgasta la fortuna de sus padres. —La cogió por el brazo
pero ella se sacudió su agarre, furiosa golpeó de nuevo el coche haciendo caso omiso al agudo dolor
en su mano.
El hombre movió ligeramente la cabeza, como si hubiera dejado de mirarla a ella para mirar a
Brockman, no obstante, era imposible tener certeza de qué o a quién veía a través de las gafas que
brillaban como espejos. Y antes de que ella volviera a golpear el coche, el hombre movió la palanca
de cambios y el coche se desplazó haciéndola trastabillar un par de pasos hacia atrás.
—¿Y este cabrón quién se ha creído? —Salió Oscar de su estupor, y en tres largas zancadas estuvo
al lado de la puerta del arrogante hombre.
Oscar hizo crujir sus nudillos, dispuesto a sacarlo del coche por el cuello, pero antes que pudiera
hacer ningún movimiento, dos todoterrenos negras blindadas salieron prácticamente de la nada y se
aparcaron bruscamente detrás del Lamborghini. Dos hombres tan altos como Oscar se bajaron sin
aviso, dentro, otros dos sujetos de la misma talla seguían al volante de los intimidantes coches.
—Está bien… —resopló Rachell temiendo por la seguridad de su amigo—. Vamos, Oscar. —Lo
cogió por uno de los brazos y fulminó con la mirada al infernal desconocido, jurando que las cosas
no se quedarían así.
Henry la cogió por la muñeca acercándose a ella y Rachell abrió la boca estrangulando un
gemido.
—¿Seguro estás bien, Rachell? —le preguntó acariciándole la mejilla.
En ese momento el Lamborghini arrancó a una velocidad, que estaba segura no era permitida
dentro del aparcamiento, dejando en el ambiente la vibración del motor, las notas de rock alternativo
y un maldito sabor a derrota que ella jamás había conocido.
CAPÍTULO 4
Samuel cogió la quinta avenida hacia el Norte mientras sentía la sangre fluir violentamente por
sus venas. Respiraba profundamente intentando eliminar la ira de su cuerpo, pero cada nueva
exhalación era un fracaso. Se repetía una y otra vez que debería mantener la cabeza fría y actuar con
inteligencia.
La insistente luz verde en el salpicadero del coche parpadeaba sin descanso indicándole que tenía
una llamada entrante, y quien fuese, no estaba dispuesto a desistir. Con la rabia aun sofocándolo
presionó un botón en el volante y aceptó la llamada.
—Señor, debería disminuir la velocidad, sino lo hace terminarán multándolo. —Al escuchar la
voz, miró por el retrovisor y vio las todoterrenos siguiéndolo, sin dar ninguna respuesta finalizó la
llamada, dio un volantazo y aparcó bruscamente. El Lamborghini apenas se detenía cuando la puerta
del lado del chofer empezó a elevarse.
Samuel bajó del coche y se encaminó hacia donde habían aparcado los todoterrenos, llegó hasta
una de ellas y observó a los dos hombres que estaban dentro.
—¿Desde cuándo se supone que son mis niñeras? —le preguntó furioso a uno de los
guardaespaldas que se bajó para recibirlo—. Le he dejado claro a Reinhard que no los necesito, así
que pueden largarse ahora mismo —gruñó soltando toda su frustración sobre los pobres hombres
que no hacían más que seguir órdenes.
—Señor, debe disculparnos, pero sólo aceptamos las órdenes del señor Garnett, y las órdenes
precisas del señor son protegerlo a usted y al joven Thor en todo momento.
—Pues es mi puta vida, y si les digo que no me sigan, ¡no me siguen! ¿Está claro? —gritó de
nuevo, frustrado por ver fracasado su esfuerzo de mantener el control, aun cuando llevaba casi toda
su vida preparándose para ello.
—No podemos hacer eso joven, deberá usted mismo hablar con su tío y que después él no los
comunique, mientras tanto seguiremos cumpliendo las órdenes que nos fueron impuestas.
Exhaló con fuerza reprimiendo el deseo de golpear a los pobres hombres.
—¡Bien! —gritó—. ¡Se largan ahora mismo o mañana interpongo una demanda por acoso! —
advirtió.
—No lo acosamos —respiró hondo uno de los hombres, ajustando el intercomunicador en su
oído mientras intentaba mantenerse paciente—. Sólo velamos por su seguridad, señor —aclaró el
hombre que ya estaba preparado para aquella situación, ya que Reinhard los había puesto sobre aviso
—. Es nuestro deber y eso está claro, no hay demanda que nos afecte, al menos que quiera demandar
a su tío.
—Lo único que quiero es que no me jodan la vida… Iré a donde quiera, saldré con quien quiera,
no acepto sugerencias, ni consejos, ni nada que se le parezca, soy un hombre de veintiséis años,
dueño de mis actos y decisiones, su deber es sólo intervenir si os los pido, si no se mantienen al
margen… —bufó exasperado intentando calmarse—…estaba esperando que ese hombre me tocara
para partirle la cara, y llegan ustedes en plan de súper niñeras y pasan por encima de mi autonomía,
no quiero que se metan en mi vida, si van a hacer su trabajo que sea a metros de distancia, no quiero
verlos cerca de mí —gruñó por última vez y se encaminó al Lamborghini, sintiéndose molesto y
derrotado porque sabía que no podía ir en contra de su tío. Ésta era la quinta vez que descubría a los
guardaespaldas que le fueron asignados.
****
Su respiración aún estaba agitada, había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había
sentido tan impotente y llena de rabia. Hubiera querido deshacer el maldito coche con sus propias
manos, tristemente, sólo estuvo cerca de destrozar su mano que ahora martillaba con un espantoso
dolor punzante.
Henry, al percatarse, inmediatamente se ofreció a llevarla a una clínica para que la revisaran.
Pensó en negarse, pero si lo hacía temía que sus negocios se vieran afectados, era además una
excelente oportunidad para mostrarse frágil y desvalida, un papel que los hombres adoraban ver
representado una y otra vez con tal de confirmar sus débiles masculinidades.
Henry Brockman a sus cincuenta años sería un buen partido, el hombre era realmente atractivo,
con mujeres de sobra, lo que claramente le decía que la vida que llevaba su esposa no debía ser fácil
con un hombre que frecuentemente le era infiel.
Las indiscreciones de Henry eran del dominio público. Cuando estudió el perfil de Brockman,
descubrió que llevaba veinte años casado con una mujer tan atractiva como él, lamentablemente se
habían casado muy jóvenes. Eventualmente, la chispa se había desvanecido, el romance no era más
que una ilusión efímera, Rachell lo tenía bastante claro.
No le interesaba establecer ningún tipo de relación con Henry Brockman, sólo necesitaba su
respaldo para ser publicitada por Elitte, los dos conseguirían lo que querían y después sus vidas
seguirían su curso. Ya lo había hecho una vez, podría volver a hacerlo, después de todo, estaba
convencida que todos los hombres eran exactamente iguales, si su estrategia había funcionado con
uno, ineludiblemente funcionaría con otro.
Un año atrás había terminado su relación de dos años con Richard Sturgess, un industrial británico
que llegó a su vida a ocupar un importante lugar. Richard no sólo patrocinó sus inicios como
empresaria en Nueva York, consiguiéndole una plaza para ella en la mítica Quinta Avenida, Winstead
Boutique estaba justo entre las tiendas de Gucci y Louis Vuitton. Además, compró y escrituró a su
nombre el apartamento donde hasta ahora vivía en la calle 42, pero sobre todo, había sido su mentor,
tanto en el mundo de los negocios como en la cama. Richard había sido su primer amante, uno dulce
y considerado en quien ella se permitió confiar.
El británico fue un hombre excepcional, entre ellos hubo un profundo entendimiento, los dos
estuvieron bastante cómodos el uno con el otro, y fue precisamente eso lo que llevó a Richard a
proponerle matrimonio a Rachell, y con ello marcó el principio del fin de su casi perfecto idilio.
Rachell estaba convencida de no querer unirse definitivamente a ningún hombre, aquello
implicaría muchas cosas a las que no estaba dispuesta a acceder, entre ellas perder su libertad, el
matrimonio para ella no era más que un yugo degenerativo y humillante.
Pero ella misma estaba demasiado acostumbrada a Richard, a sus consejos, a su cariño y
protección, por eso le dio largas hasta que el orgullo del hombre decidió poner fin a las dilaciones
que los dos seguían dando en silencio.
Una mañana la llamó desde el aeropuerto despidiéndose definitivamente de ella. Después de
muchos años de no haber llorado por un hombre, lo hizo, él había sido su noble protector durante sus
inicios en Nueva York, un hombre que se había ganado su respeto y admiración, un amante leal que le
había dado más de lo que jamás imaginó. Pero ni siquiera por eso accedería a casarse, si él no estaba
dispuesto a olvidar aquella absurda idea, pues entonces era el fin. Esa mañana respiró hondo, le dio
las gracias y le dijo adiós. Richard se había jugado su última carta, pero estaba visto que Rachell
jamás daría su brazo a torcer.
Durante una semana entera se negó a contactar con nadie, lloró en la soledad de su apartamento,
curó sus heridas, camufló sus inseguridades, y sólo entonces volvió a enfrentar el mundo con el
mismo aplomo de siempre.
Ese mismo mes creó su colección otoño–invierno 2011, una verdadera genialidad que catapultó
algunos de sus diseños en exhibición en una popular serie de televisión juvenil, sin embargo, no
obtuvo el reconocimiento que había esperado.
Después de tres meses, Richard Sturgess no era más que un bonito recuerdo, una experiencia
formidable que la había beneficiado en todos los sentidos posibles. Un año después se había
concentrado de lleno en su trabajo, no dejó espacio para flirteos, amistades o amantes, habían sido
simplemente ella y su empresa.
Henry Brockman se presentaba en su vida como la siguiente pieza clave para la realización de sus
metas, el precedente sembrado por Richard la convencía de tener la capacidad de mover los hilos de
Brockman a su antojo. Richard había sido más joven, más rico, y soltero; el presidente de Elitte se
mostraba más desesperado y menos sutil en sus avances, debería ser entonces una herramienta mucho
más fácil de manejar.
Oscar no se separó de ella un solo instante, y aunque Henry quiso hacerse cargo, él no lo
permitió. El médico de turno le comunicó que tenía un esguince en la muñeca y por tanto se vería
obligada a usar una férula por al menos dos semanas. Le suministraron antinflamatorios y
analgésicos que debía tomar cada ocho horas por una semana. Definitivamente, el maldito hombre
del coche rojo se arrepentiría.
—¡Dios, Rachell! ¿Qué te pasó? —le preguntó Sophia saliendo detrás del mostrador de la tienda al
verla entrar con la férula en compañía de Oscar y Brockman.
—Nada, un pequeño accidente, pero no es nada grave Sophie —le dijo al tiempo que la pelirroja
cogía su cartera y la depositaba sobre el mostrador.
—¿Estás segura que no es nada grave? Tal vez debamos ir a un hospital.
—Vengo de uno, Sophia. —La interrumpió rodando los ojos mientras tomaba asiento con la
ayuda de Henry.
El hombre empezaba a hartarla con tantas exageradas atenciones. Era obvio que él jugaba a
ganarse sus favores, y ella accedía por los de él, pero eso no hacía que la puesta en escena fuera
menos exasperante.
¡Por Dios! ¡No soy de cristal! —pensó irritada, con ganas de sacudirse de su agarre, sintiendo
cómo la ira volvía a burbujear en su interior al recordar al culpable del incidente. Su rabia fue mayor
al advertir cómo, después de una profunda respiración, los latidos de su corazón se aceleraron.
Intentó ignorar las estúpidas sensaciones y trasladó su atención a Henry.
—Señor Brockman, muchas gracias por todo, es usted muy amable, pero no quiero seguir
robándole su valioso tiempo.
—Descuida, Rachell, no te preocupes, aquí lo importante eres tú —le contestó mirándola a los
ojos con un exagerado tono meloso que sólo conseguía molestarla más.
—De nuevo, muchas gracias señor, la verdad me gustaría descansar un poco.
—Si quieres puedo llevarte a tu casa —replicó él, buscando la manera de acercarse más a ella y
ganarse no sólo su admiración si no también su aprobación.
—No —contestó rotunda—. No hace falta señor, descansaré en el diván de mi oficina, sólo serán
unos minutos, recuerde que tengo una entrega pendiente.
—Está bien —decidió Henry ceder por esa vez—. Como prefieras, yo regreso al trabajo, si
necesitas cualquier cosa, llámame y estaré aquí. ¿Tienes mi número? —preguntó y ella asintió en
silencio—. Descansa, te llamaré para concretar la cena del viernes la próxima semana —le recordó, y
sin pedirle permiso le depositó un beso en la mejilla.
—Muchas gracias señor Brockman, es usted muy amable —musitó ella anclando su mirada a la
del hombre, satisfecha por haber capturado la atención de Henry, pero extrañada con su propia
reacción, a pesar de su obvio llamativo el hombre no le atraía en absoluto, y una desagradable
sensación se le formaba en el estómago cada vez que lo tenía cerca. Sonrió e ignoró su incomodidad,
atribuyéndolo todo al espantoso incidente con el irritante hombre del coche rojo.
Henry salió de la tienda y ella se encaminó a su oficina dejándose caer sentada en el diván, se soltó
el cabello, se acostó, y Muse volvió a su mente cantándole que había fuego en su mirada.
****
Los primos Garnett compartían un dúplex en un exclusivo edificio en Upper East Side. Las puertas
metálicas del ascensor se abrieron cerca de las cuatro de la mañana, trayendo a un más que
entusiasmado Thor de la mano de una rubia. A pesar de que Samuel había cambiado de planes a
última hora, él si había asistido a la maratónica fiesta en el Webster Hall, y había llegado al
apartamento para darle rienda suelta a su After Party personal.
Las amarillentas y tenues luces indirectas de la sala y del bar, apenas si iluminaban el apartamento,
ayudadas con algunas de las luces que se colaban desde el exterior por las ventanas. Tan pronto como
se sumieron en la relativa penumbra, Thor aprisionó contra su cuerpo a su rubia amiga, despacio
deslizó apretadamente su mano por la espina dorsal de la mujer hasta cerrar las manos en su trasero y
estrellarla descaradamente contra su erección. Sus labios viajaban velozmente de la boca de la rubia a
su cuello y a su pecho, besando, mordiendo y lamiendo en perfecta sincronía.
Un leve movimiento puso en alerta sus reflejos, entornando los ojos divisó a Samuel de pie en el
balcón. Con un ronroneo sensual giró a la mujer sobre sus talones, masajeándole los hombros y
dándole breves lametazos en el hueso de la clavícula con alternados susurros lascivos llenos de
perversas promesas. Despacio la desplazó sin que sus cuerpos perdieran el contacto, hasta que
estuvieron frente al pasillo lateral derecho.
—Prepara el jacuzzi —ordenó mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Estás en tu casa —Le apretó
los hombros y la despidió con una nalgada—. Primera habitación a la derecha.
La chica le dedicó una coqueta mirada por encima del hombro mientras se contoneaba por el
pasillo, Thor le guiñó un ojo y se dio media vuelta en dirección al balcón.
Al correr la puerta de cristal que daba al exterior, el olor a marihuana inundó sus fosas nasales.
—Creí que no vendrías a dormir. —Escuchó la voz de Samuel pausada por los efectos del
narcótico.
—En realidad no vengo a dormir —respondió Thor instantáneamente. Samuel le dedicó una
desganada sonrisa sesgada —. ¡Uy! ¡Uy! Algo pasó, mira, si te has fumado un blanco y negro,
llevabas un mes… —Thor se calló unos segundos contemplando fijamente el perfil de Samuel y su
mirada perdida en el paisaje urbano neoyorkino—. Ya sé, te salió otro caso. ¿Otro violador de
mierda? —preguntó sentándose sin cuidado en un puff de cuero negro.
—No… de momento no tengo ningún caso. —Samuel se detuvo y dio una nueva bocanada,
sosteniendo el humo apretadamente antes de soltarlo espeso en el aire, con el ceño profundamente
fruncido—. Pero dentro de poco podré llevar a cabo mi misión —agregó con la mirada perdida en el
mar de edificios frente a él.
—¿Cuántos llevas? —Le preguntó Thor juguetón—. ¿Qué? ¿Ya te crees, Ethan Hunt? Ojalá y no
se te dé por escalar el edificio. —Lo aguijoneó sin parar de reír, Samuel lo miró de reojo y después
lo acompañó de buena gana.
—Siento haberte dejado colgado a última hora, la verdad no estaba de ánimo. —Intentó
disculparse.
—No te preocupes —Thor sacudió una mano en el aire restándole importancia a lo sucedido—, lo
pasé muy bien, no hiciste falta… Por cierto —agregó con tono pícaro queriendo animarlo—, me
traje a una amiga… Levántate y vamos a compartirla.
—No, fóllatela solo… aún no estoy de ánimos —le respondió con una sonrisa forzada.
—Está bien, —canturreó Thor—. Me llevaré esto —le dijo agarrando los dos cigarrillos de
marihuana que reposaban sobre la mesa—. No vaya a ser que con tu desánimo quieras fumarte otro.
—Le dio una última mirada, deslizó la puerta de cristal y dejó solo a Samuel en el balcón.
CAPÍTULO 5
Rachell colgaba collares y bufandas en los cuellos de los maniquíes, concentrada y dificultada por
la férula. Después de una semana, aún seguía acordándose mentalmente de la madre del adefesio que
casi la atropella en el aparcamiento.
Un todoterreno Lincoln MKX gris plomo se detuvo frente a su boutique, frunció el ceño y
continuó concentrada en su tarea, pensando que tal vez era clientela especial para Luis Vouitton,
después de todo pocos coche se detenían en la Quinta Avenida.
Entonces un hombre de considerable estatura y elegantemente vestido entró en su tienda, con un
aire de sobrada suficiencia que la puso en alerta. Protegida tras los maniquíes lo observó mientras el
hombre inspeccionaba la tienda, su boca se secó al reconocerlo. Era el adefesio en persona.
—¡Está cerrado! —gritó saliendo de su escondite—. Le he dicho que está cerrado —prosiguió
intentando que su voz sonara un poco más calmada, caminando hasta encararlo tan rápido como su
falda de tubo y sus zapatos Chanel negros de suela roja se lo permitían—. A menos que haya venido a
disculparse.
—Buenas noches, señorita —le habló él, permitiéndole escuchar su voz por primera vez. Era
suave, profunda y con un acento acompasado que no terminaba de identificar—. No tengo por qué
disculparme, en todo caso fue usted quien se atravesó, de hecho he venido a traerle la cuenta del
taller, ya que al descargar sus emociones sobre mi coche le causó abolladuras.
Por varios segundos eternos, ninguna palabra logró tomar forma en la mente de Rachell, por
alguna razón no podía dejar de mirar sus ojos que con fuerza estaban clavados en ella. Sus irises eran
de un delicioso tono líquido, como miel caliente, claros y taladrantes. Había fuego en su mirada.
Su boca estaba exquisitamente delineada, con labios llenos y de una apariencia suave y tentadora.
Había un algo maravilloso en sus ojos, una nota dulce que la hacía desear con desesperación ser
mirada por él, ser contemplada por él. Llevaba un traje negro carbón hecho a la medida, sin corbata y
con la camisa blanca abierta hasta el tercer botón, la chaqueta también estaba abierta y tenía metida
con arrogancia la mano derecha en el bolsillo del pantalón.
Tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para no morderse los labios mientras lo observaba.
Tenía la barba crecida de unos pocos días oscureciéndole el rostro; sin embargo, ni siquiera eso hizo
menos evidente que el hombre con dificultad apenas alcanzaría los treinta años. No era para nada su
tipo.
Entonces su cerebro chirrió como lo hicieron las llantas del odioso deportivo rojo una semana
atrás. Jamás se había sentido ni medianamente atraída por un hombre por debajo de los cuarenta, y
era obvio ahora que la ira tan intensa que este hombre despertaba en ella encubría una atracción tan
poderosa que estaba segura, jamás iba a admitir.
Él la miraba con tanta intensidad que la mantenía silenciada. Frustrada y enfadada con su inusual
comportamiento, abrió y cerró la boca varias veces mientras negaba en un gesto instintivo ante su
descaro.
—Es usted… —tartamudeó—. ¡¿Está loco?! —Estalló furiosa—. ¿Cómo puede tener la
desfachatez de pedir que yo le pague algo? Cuando la afectada he sido yo. ¡Mire! —Le señaló
violentamente la mano con la férula.
Él la observaba sin inmutarse, sacudida de su mano rápidamente se hizo dolorosa a lo largo de su
brazo, entonces una pregunta se formó instantánea en su mente.
—¿Cómo demonios me ha encontrado?
—Simple —respondió él con prepotencia—, la matrícula del Nissan 370z Roadster blanco que
abordó en el aparcamiento fue suficiente para saber desde cuál es su lugar de trabajo, hasta dónde
suele comer —continuó sin mostrar ninguna emoción, más que la dura actitud que había tenido en
todo momento en el rostro. Tanto que ella pensaba que la tenía tallada, como esos muñecos maridos
de las Barbies.
—¿Es un acosador? —le preguntó sin poder creer que la había rastreado—. ¿Cómo es que tiene
mi matricula?
—Digamos que tengo buena memoria… y démosle un poco de crédito al circuito cerrado de
vigilancia del Adour —murmuró él sacando la mano del bolsillo y dando un par de pasos más cerca
de ella—. En cuanto a lo de ser un acosador… si lo fuera, no es usted mi tipo de presa, fue más que
evidente que es más del tipo preferido por Henry Brockman.
—¡Imbécil! —escupió iracunda—. Lárguese o terminaré obligada a ponerme otra férula —
exclamó cerrando la distancia entre ellos—. Porque le daré tal golpe, que la próxima vez deberá
traerme la cuenta de su traumatólogo.
—No es necesaria la agresividad señorita —le dijo mientras buscaba algo en su chaqueta—. Aquí
tiene la cuenta —finalizó extendiéndole un papel.
—¿Sabe quién le va a pagar esa cuenta? —divagó retórica al tiempo que señalaba mezquina el
papel con su índice.
—Obviamente usted, señorita Winstead. Mis antepasados no golpearon mi coche, por lo que no
tiene por qué recordarlos.
Escuchar su apellido en aquella exótica voz la distrajo por un momento.
—Escúcheme bien, no le pagaré esa estúpida cuenta, ni siquiera porque un maldito juez me
obligue a hacerlo… Ahora, lárguese —exigió dejándolo con el papel tendido.
—Si es lo que quiere, está bien, sé que ganaré, tengo testigos y están los vídeos de las cámaras de
seguridad del aparcamiento —acotó descarado, dándose media vuelta y encaminándose hacia la
puerta. Antes de salir de la tienda, la miró una vez más en silencio al tiempo que sacaba una tarjetera
dorada, la abrió y extrajo una tarjeta que puso sobre una mesa de cristal junto a la factura—. Por si
necesita un abogado, así los honorarios quedaran en mi firma —agregó justo antes de abandonar el
local.
¿Qué había querido decir? Respiró Rachell con agitación, congelada en el mismo lugar donde lo
había enfrentado. Quería amedrentarla, y maldito fuera, lo conseguía. Por alguna endemoniada
razón, su presencia la intimidaba, tanto como su petulante pasividad la irritaba.
Ofuscada corrió hasta la mesa de cristal, cogió la tarjetita y el papel con lo que debería ser la
cuenta, los elevó en el aire gritándole al todoterreno que él estaba abordando, sin importarle que los
gruesos vidrios de la tienda no dejaran salir su voz.
—¡Puedes metértelos en el culo! —Descargó de nuevo la tarjeta y el papel sobre la mesita.
Él la miró mientras cerraba la puerta del piloto y ella lo apuñaló diez mil veces con sus ojos. El
todoterreno arrancó y Rachell se giró hacia el mostrador más frustrada que nunca. Respiró y contó
hasta diez, después hasta veinte, después hasta treinta, y después volvió a acordarse la madre al
maldito cabrón.
Lo detestaba, había venido con tal petulancia a retarla en su propio negocio, mirándola como si
fuera apenas un asunto insignificante sin resolver, descontrolándola con su sobrecrecido ego y sus
presumidas miradas llenas de suficiencia.
Se sentó en uno de los taburetes del mostrador y se pasó las manos varias veces por la cabeza,
obligándose a serenarse. Casi veinte minutos después se encaminó a su oficina en el segundo piso del
local y apagó el ordenador, después activó la alarma interna, cogió su cartera, guardó el teléfono
móvil y cogió las llaves.
Mientras apagaba las luces del interior y encendía las luces de ambientación para la noche, su
mirada captó sobre la mesa la tarjeta y la factura del taller, sin prestarles mucha atención las guardó
en su bolso y cerró la tienda. Salió a la acera y con la habilidad de una neoyorquina, detuvo un taxi
que la llevó hasta su apartamento.
Al llegar, se dejó caer sobre el sofá y descansó por varios minutos, después reuniendo coraje, se
levantó y se dio una ducha con agua tibia. Con la bata de baño y descalza, se dirigió a la cocina y sacó
de la nevera una bolsa hermética con bastoncitos de zanahoria y apio, sin siquiera tener ánimos para
servirse, comió directamente de la bolsa hasta que estuvo saciada. Encendió la televisión pero nada
logró entretenerla, rendida, se dirigió a su habitación, se metió en la cama y cogió su bloc de
bocetos.
Pasó las páginas llenas una y otra vez, pensando en posibles combinaciones o cambios en algunas
de las propuestas, debía obtener como mínimo veinte diseños para promocionar su nueva colección,
y esperaba que aquel año pudiera usar a su favor las influencias de Brockman para participar en el
New York Fashion Week.
—¡Mierda! —dejó de lado el bloc con los bocetos y salió apurada de la cama, corrió hasta la sala
y buscó en su cartera su teléfono móvil. Encontró siete llamadas pérdidas, dos mensajes de texto,
algunos WhatsApp y varios correos electrónicos.
Marcó el número de Oscar, de él eran las siete llamadas perdidas, se suponía que tenía que haberlo
llamado apenas llegara y de eso habían pasado cuatro horas, era pasada la media noche, pero igual le
haría saber que estaba bien, era la regla entre los tres, se cuidaban unos a otros.
—Hola Oscar… sí, disculpa… es que se me presentó un inconveniente y olvidé llamarte, pero
estoy bien… no, no acabo de llegar, llegué hace como tres horas… sí, dentro de un rato me
acostaré… sí, cerré bien y activé la alarma… la de la boutique también… descansa ahora… sí,
duerme tranquilo. —Colgó la llamada y revisó los mensajes de texto, eran de Sophia, le respondió de
inmediato, dejándole saber también que ya estaba en el apartamento. Los correos electrónicos y el
resto de notificaciones de las redes sociales por el momento no le interesaban.
Volvió la mirada a su cartera, y vio la factura con los gastos del taller que le había dejado el
muñeco antipático. Con la rabia volviendo intacta a su cerebro, sacó con furia el papel.
Tardó varios segundos en comprender lo que veía. Era una factura de una licorería, y no la de
ningún taller.
—¡Se ha burlado de mí el grandísimo imbécil! —Arrugó la factura entre su puño, y sin siquiera
pensarlo buscó en su bolso la tarjeta.
A pesar de la rabia anterior, no pudo evitar quedarse absorta por varios segundos en el pequeño
pedazo de cartulina color marfil, marcado con letras bronce:
Samuel Garnett
Abogado penalista
Fiscal 320° del Condado de Nueva York
Distrito Municipal de Manhattan
Lic. 2003200631
El maldito cabrón era abogado. Quería burlarse de ella creyéndose el mejor porque era un fiscal.
Entonces giró la tarjeta.
[email protected]
Garnett Tower
Lexington Ave – 42th Street
Manhattan
Con ira renovada cogió el móvil y tecleó furiosamente:
De: Rachell Winstead
Fecha: 28 de marzo de 2013 00:40
Para: Samuel Garnett
Asunto: Necesito un abogado (Urgente)
Señor Garnett.
Necesitaré un abogado, pienso asesinarlo y no estoy de broma como usted, a menos que
tenga serios problemas de alcoholismo y quiera que le pague las cuentas de su vicio.
Rachell Winstead.
CEO Winstead Firm
Lo envió y regresó a la habitación, puso sobre la mesa de noche el teléfono móvil y se quitó la
bata de baño. Como era usual, se metió desnuda en la cama, le gustaba dormir de esa manera. Se
arropó y se dispuso a dormir, entonces vio la luz roja parpadeaba en el teléfono. Lo cogió y vio el
pequeño indicador de un nuevo correo electrónico en su bandeja de entrada.
De: Samuel Garnett
Fecha: 28 de marzo de 2013 01:22
Para: Rachell Winstead.
Asunto: Estoy durmiendo.
Señorita Winstead.
No es la hora más adecuada para solicitar un abogado, ya veo a qué se debe su humor tan
pesado… se desvela con la única intención de interrumpir el sueño de los demás. Seguro no duerme
pensando a quién le hará la vida imposible al día siguiente.
Sólo una pregunta. ¿Me violará primero?
Samuel Garnett
Fiscal 320°
Manhattan, NY
¿Cómo que sí lo violaré primero? Pedazo de cabrón.
De: Rachell Winstead
Fecha: 28 de marzo de 2013 01:27
Para: Samuel Garnett
Asunto: Ni en sus más afortunados sueños.
Mis desveladas y mi humor no son su problema, en cuanto a su pregunta, no, no creo que sea
posible abusar sexualmente de usted, no práctico la necrofilia, ya que en cuanto lo vea le pasaré el
coche por encima.
Fin del tema.
Punto.
Rachell Winstead.
CEO Winstead Firm.
Lo envió y una vez más puso el móvil en la mesa de noche, instantes después, la luz roja
parpadeaba de nuevo.
De: Samuel Garnett
Fecha: 28 de marzo de 2013 01:28
Para: Rachell Winstead.
Asunto: Interesante.
Nunca me he llevado bien con los signos de puntuación, y menos si me han despertado en la
madrugada.
¿Y qué practica entonces, señorita Winstead? Yo practico muchas cosas.
Samuel Garnett
Fiscal 320°
Manhattan, NY
—Atrevido y arrogante hijo de puta —bramó al terminar de leer el correo.
De: Rachell Winstead
Fecha: 28 de marzo de 2013 01:30
Para: Samuel Garnett
Asunto: Asno.
Practique el no molestarme más, asno petulante.
Rachell Winstead.
CEO Winstead Firm.
Lo envió, comprendiendo que su último insulto daría por terminada la bizarra discusión virtual.
Por enésima vez, dejó el móvil sobre la mesita de noche y volvió a arroparse. Pero por un minuto
entero giró los ojos espiando su móvil.
Entonces la lucecita roja volvió a encenderse.
De: Samuel Garnett
Fecha: 28 de marzo de 2013 01: 32
Para: Rachell Winstead.
Asunto: Entendido.
No se preocupe señorita Winstead, no la molestaré, sólo le pido que cuando me pase el coche por
encima, tenga la decencia de evitar mis partes nobles, no sabemos si en el futuro se volverá en favor
de la necrofilia… De ser así, quisiera serle de alguna utilidad.
Punto.
Samuel Garnett
Fiscal 320°
Manhattan, NY
Lo leyó y apretó los dientes hasta hacerlos rechinar. No le respondería, no había nada que
responder.
Terminó por quedarse dormida. A las seis de la mañana, Meredith Brook la despertaba con I´m a
bitch. Con los ojos cerrados buscó en la mesa de noche el móvil y detuvo la alarma, intentó abrir los
ojos pero los sentía muy pesados, hizo un gran esfuerzo hasta conseguir enfocar la pantallita del
móvil, buscó la última llamada y remarcó.
—Oscar, buenos días… bien gracias, pero me he desvelado, por favor dile a Sophia que abra la
tienda, yo iré pasada la comida y entregaré el traje de novia de Victoria… te lo agradezco… estoy
bien, no… no me siento mal, estaré allí… sí, sí voy… bueno… gracias. —Esperó a que él colgara,
puso el móvil nuevamente en la mesa y siguió durmiendo .
CAPÍTULO 6
El ritual de todas las mañanas de Samuel Garnett empezaba con dos horas de Capoeira, una
práctica generalmente reconocida únicamente como danza, sin embargo, la Capoeira como arte
marcial encerraba mucho más en sí misma: deporte, cultura, lucha, estética, ritos ancestrales, música,
malicia y bondad. Durante la Capoeira, el cuerpo juega con el espacio, los movimientos fluidos del
capoeirista lo hacen uno con el ambiente mientras se clama un grito instintivo de libertad.
Aquella mañana, el sol despuntaba tiñendo de sombras azuladas y anaranjadas los edificios
cercanos. Samuel estaba de pie en el balcón, descalzo y sin camiseta, vistiendo tan sólo su pantalón de
chándal blanco. Cerró los ojos y levantó los brazos sobre su cabeza, entrelazando sus dedos al final a
la vez que se elevaba sobre las puntas de los dedos de los pies. Respiró hondo y rotó el cuello varias
veces en distintas direcciones, exhaló con fuerza e inmediatamente se puso en cuclillas estirando sus
muslos alternadamente. La tela del pantalón se tensó sobre sus piernas acariciando sus músculos
mientras entraba en calor, después añadió ritmo a su movimiento, deslizando su pelvis en sincronía
con sus piernas mientras aún en cuclillas, se desplazaba en círculos a través del balcón.
Los movimientos se sucedían unos a otros de manera fluida, siguiendo el ritmo de los sonidos
africanos que venían desde el interior del apartamento, sosteniendo su cuerpo alternativamente con la
ayuda de manos y pies sobre el suelo, girando en repetidos ángulos de noventa grados, mientras
levantaba las piernas a la altura de la cabeza. En un giro violento, saltó sobre sus manos y levantó su
cuerpo entero, manteniéndose recto con los pies hacia el cielo, enseguida, desplegó sus piernas
lentamente, hasta abrirlas por completo en el aire.
Su torso estaba bañado en sudor, y el sol acariciaba su exquisita piel dorada, los rayos de luz se
deslizaban por sus esculpidos músculos besando las ondulaciones de sus abdominales, los tensos
pectorales y los fuertes bíceps que se marcaban seductoramente al soportar todo el peso de su cuerpo.
Estiró de nuevo las piernas y en un solo y poderoso impulso, se puso de pie. Cerró los ojos
mientras recobraba el aliento y cogió la pequeña toalla que colgaba sobre la barandilla del balcón,
rápidamente se secó el sudor y se dejó caer sobre un sillón de ratán negro, apoyó los pies sobre uno
de los pufs de cuero, cogió el control remoto y pausó la música.
—Pantera, me voy. —Vio la cabeza de Thor cerca del marco de la puerta apenas asomándose al
balcón—. ¿Dónde vamos a comer? —le preguntó abotonándose la chaqueta.
—Tengo que estar en los tribunales en dos horas, salgo a las once. ¿Te llamo y decidimos?
—Vale… —respondió Thor distraído, barriendo el balcón con la mirada—. Creo que tendríamos
que mandar a acondicionar un espacio en el gimnasio para que practiques más cómodo.
—Tienes razón, será en otro momento —estuvo de acuerdo poniéndose de pie—. Voy a bañarme,
sino se me hará tarde, y tú lárgate que si le pasan a Reinhard tus horarios de llegada a la oficina, va a
darte un buen discurso sobre de la responsabilidad.
—¿Más? —inquirió Thor con cinismo al soltar una carcajada.
****
Rachell les sugirió a Sophia y a Oscar comer en la tienda, no tenía ganas de ir a un restaurante.
Quería comer sentada en la alfombra, relajada y descalza mientras charlaba sobre trivialidades con
sus amigos, quería reírse abiertamente y tontear sin tener que preocuparse por comportarse de
manera profesional. Así que entusiasmada, salió a comprar la comida en el pequeño local de
Sarabeth’s al oeste del Central Park.
Había pasado una semana desde que le pidió a Samuel Garnett que no la molestara más. Él, en
efecto, no lo había hecho. Varias veces se sorprendió recordándolo, había algo sumamente
encantador en su rostro, y un algo casi hipnótico en sus hermosos y atemorizantes ojos dorados.
Había leído al menos cinco veces los correos electrónicos, frunciendo el ceño y riendo por dentro,
encantada como una adolescente.
Allí, conduciendo distraída, se encontró a sí misma pensando en alguna excusa para escribirle,
pero inmediatamente sacudió la cabeza, reprochándose por imaginar tal estupidez. Se preguntaba qué
demonios le pasaba para querer confraternizar con un hombre, que casi la atropella sin mostrar
ningún tipo de arrepentimiento.
Samuel revoloteaba en su cabeza y cómo si fuese una señal mandada del cielo, lo reconoció a
cierta distancia atravesando un paso de peatones en compañía de otros hombres, seguramente también
eran abogados, ya que en frente había un pequeño bufete. Su deseo de mujer se desató y se lo comió
con la mirada, se le veía elegante y guapo con aquel traje gris de Giorgio Armani que le quedaba a
medida, lo reconocía muy bien por la elegancia, la sobriedad y el esnobismo que resaltaban a simple
vista en las prendas del diseñador, y a él estaba de infarto, era el más alto y elegante de todos, también
el más joven.
Su maldad y travesura cobraron vida, por lo que pisó a fondo el acelerador, los hombres apenas si
podían creer que un coche los iba a atropellar y no les dio tiempo de reaccionar, solo se quedaron
paralizados, al parecer esa era una reacción común en el ser humano, cuando casi se los llevaba,
frenó bruscamente frente a Samuel Garnett quien no pudo ocultar el temor en sus facciones y se
quedó paralizado mirándola a través del cristal.
Los compañeros se hicieron a un lado rápidamente, por lo que ella aprovechó y como él mismo le
hizo en el parqueadero empezó a acosarlo manteniéndole fijamente la mirada, cuando las personas
empezaron a aglomerarse retrocedió un poco alejándose de él, porqué éste no mostraba intención de
retirarse, arrancó una vez más y lo esquivó, él se volvió para mirarla, pudo verlo a través del
retrovisor, bajó la velocidad y buscó en su cartera su teléfono móvil y la tarjeta. Marcó el número.
—Diga —Fue su respuesta al teléfono.
—Traga en seco abogado, para que se te bajen los huevos que se te han quedado en la garganta —
Sin decir más y sin darle oportunidad de contestar, colgó la llamada. Enseguida vio una llamada
entrante, esta vez, sabía que era él—. ¿Diga? —preguntó como si no conociese el número.
—¿Sabes que has cometido un delito? Ha intentado atropellarme… —Su voz evidenciaba que
estaba realmente enfadado.
—Pues he fallado, iba a atropellarte, pero sólo a ti, la próxima vez espero vayas solo… ¿por
cierto ya me encontraste un abogado? —inquirió aguantándose la risa.
—¡Vete al diablo! —exclamó él enfadado y cortó la llamada.
—Imbécil —susurró ella con dientes apretados y lanzó el móvil sobre el asiento del copiloto para
seguir con su camino, no habían pasado ni dos minutos cuando la pantalla se iluminaba con otra
llamada entrante del mismo número—.Yo me voy al diablo, pero tú te vas a la mierda —dijo con la
vista en el móvil y después desvió la mirada al camino—. Estás loco si crees que me montarás un
numerito —masculló mientras su teléfono seguía llenándose de llamadas perdidas.
Llegó a la tienda y bajó con la comida sin atreverse a mirar el teléfono, que de vez en cuando
parpadeaba con llamadas del mismo número.
—Alguien quiere desesperadamente hablar contigo —le hizo saber Sophia mientras disfrutaba de
su comida mediterránea y veía como se iluminaba la pantalla del teléfono móvil de Rachell.
—No es nada importante, es más, voy a bloquear el número —Cogió el teléfono e hizo
inmediatamente lo que dijo—. Listo, problema resuelto, ahora sí comamos tranquilos —dijo de
manera despreocupada.
Sophia y Oscar no pudieron evitar mirarse desconcertados, ellos la conocían muy bien y por más
que intentará parecer disimularlo no lo había conseguido.
Samuel encontró a Thor en el Armani, y entre varios apretones de mano se despidió de sus
colegas, se sentó junto a su primo con una sonrisa desafiante y Thor lo miró con sospecha pero no
hizo ningún comentario al respecto.
Al terminar los entrantes, Samuel aún seguía pensando en Rachell, tenía que volver a escucharla,
¿por qué?, no tenía idea, pero deseaba como nada volver a escuchar su voz. Sacó el móvil y remarcó
su número.
—¡Maldita sea! —rugió realmente enfadado. Esa maldita mujer no dejaba de desafiarlo
directamente—. Me bloqueó las llamadas. —Se dijo para sí mismo a la vez que dejaba caer el iPhone
sin ningún cuidado sobre la mesa—. Me bloqueó las llamadas —repitió mirando incrédulo hacia la
nada—. Me bloqueó —dijo una vez más, esta vez mirando el burlón gesto de Thor—. Si te ríes, te
parto la cara.
—Ya te llamará —le dijo Thor sonriendo—. ¿Y se puede saber quién se ha atrevido a bloquear tus
llamadas? —preguntó elevando una ceja intrigada.
Samuel se quedó en silencio por un momento. ¿Quién era ella?
—No es nadie importante —respondió al fin, desviando la vista a su comida.
—¡Entró por la puerta grande! —exclamó Thor soltando una carcajada y aplaudiendo
ruidosamente—. Porque eres tú quien la está llamando, y debo añadir, con mucha insistencia.
Samuel orquestó una muy mal fingida sonrisa.
—No es nadie —Se llevó el tenedor a la boca, después lo dejó caer sin ninguna delicadeza—.
¡Nadie me bloquea las putas llamadas!
—Se te enfrían los raviolis —le dijo Thor aguantándose la risa e ignorando las palabras de
Samuel—. Y deja a la pobre mujer, seguramente se dio cuenta de lo feo que eres y está asustada.
—Primero que nada —argumentó Samuel con cierta irritación arqueando una ceja—. ¿Quién te
dijo que era una mujer? Y segundo, esa mujer no le tiene miedo ni al mismísimo diablo.
Thor negó con la cabeza y atacó su plato, durante el resto de la comida no desaprovechó
oportunidad para burlarse de su primo y su gran enfado.
Esa misma tarde, convencido de que no había forma de que nadie le prohibiese nada, Samuel le
escribió un correo electrónico a la irritante Rachell Winstead.
Rachell estaba frustrada, haberse obligado a bloquear el número de Samuel Garnett, significaba lo
mismo que haber huido, y maldita sea, ella no huía de nada ni de nadie. El desconocido descontrol de
sus emociones la estaba empezando a enfadar. Mientras con rabia pedaleaba sobre la bicicleta de
spinning queriendo estrellarse contra los espejos de enfrente. Ningún hombre la había sacado de
quicio, y lo más absurdo era que sólo lo había visto tres veces, de las cuales, dos habían sido
encuentros agresivos.
Él parecía divertirse jugando con su enfado, no demostraba un verdadero interés, los hombres no
sólo se sentían atraídos por ella, sino que también se mostraban complacientes y dispuestos a
satisfacer sus caprichos, podría sonar arrogante, pero era la maldita verdad. Este hombre en cambio
se había comportado de manera intransigente, orgulloso, grosero, y arrogante, empeñado en
demostrarle que él era quien tenía la última palabra.
—¡Me importa una mierda que sea fiscal! —gruñó en voz alta.
La mujer de al lado la miraba con la cara desencajada, le dedicó una tímida sonrisa mientras sentía
cómo se ruborizaba, y no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.
Un murmullo de pies llamó su atención, se encontró con el monitor de Tae Bo seguido de sus
alumnas hacía la sala de entrenamiento. Redujo las pedaleadas, recogió su toalla y su botella de agua
y salió corriendo. Otra vez huía y de nuevo era por culpa de Samuel Garnett. No fueron palabras
bonitas las que salieron de su boca en el camino a la clase de Tae Bo.
—¿Rachell, vienes delante conmigo? —la invitó Víctor, su monitor.
Ella asintió en silencio al tiempo que se quitaba el sudor del cuello y el pecho con la toalla.
Rachell se puso al lado de Víctor, quien le dedicó una mal disimulada mirada que la recorrió de
arriba abajo, era evidente que lo volvía loco.
La música retumbó en el salón, y Víctor empezó a los movimientos combinados de boxeo y
Taekwondo mientras las mujeres lo seguían, transmitiéndoles una poderosa sensación de fuerza y
vitalidad.
—Te sobra energía hoy Rachell, me encanta esa agresividad —le dijo mientras repetían la rutina.
—Necesito quemar energía Víctor —le respondió sin pausar los movimientos.
—Si quieres, al terminar la clase nos vamos al sótano y subimos al cuadrilátero —le sugirió.
—No, gracias Víctor, hoy me quedo para zumba también, otro día me pongo los guantes y ya
verás cómo te voy a acorralar contra las cuerdas —le dijo sonriendo.
La chica sabía perfectamente que el entrenador boricua no sólo quería ser su amigo, y desde días
estaba buscando la formar de quedarse a solas con ella y el ring a esa hora estaría desierto.
Llegó a su apartamento poco después de las diez de la noche, se desnudó mientras entraba y pasó
directamente al baño. Cuando salió de la ducha, se sentía notablemente más relajada, se puso un
picardías rosado y beige con encajes que le rodeaban los muslos.
Se detuvo en medio del enorme pasillo de su vestidor, indecisa entre ver alguna película o
encender el ordenador y revisar las redes sociales. Anduvo de vuelta a su habitación y vio los discos
con sus capítulos pendientes de la octava temporada de Supernatural. Encendió el televisor y el Blu
Ray, puso a rodar el disco, y se metió en la cama con Dean y Sam.
Sam, Sam, Sam... ¡Maldito fiscal!
De mala gana apagó los aparatos, se estiró para llegar a la mesita de noche y cogió la portátil, la
encendió y entró a su cuenta de correo electrónico. Había algo más de dos docenas de e-mails,
suspiró y empezó a revisarlos con desgana, hasta que se topó con el cuarto mensaje.
De: Samuel Garnett
Asunto: ¿Me evitas?
Sin pensarlo lo eliminó. ¿Acaso no iba a poder deshacerse de ese hombre? ¿Pero qué clase de
autoconfianza tenía ese tipejo? Peor aún, apenas se imaginaba el tamaño del ego de ese individuo que
no conseguía aceptar una negativa, ella definitivamente no iba a seguir alimentándolo. Cerró su
sesión y se dedicó a tontear en las redes sociales, intentando a toda costa distraerse y olvidar el
maldito correo.
Una fiesta de brazos, piernas, bocas y sexos jadeaban y gemían en el apartamento de los primos
Garnett. La voz grave de Mikkel Hess se dispersaba por la habitación ejerciendo un efecto
aletargador y casi sedante, mientras una mujer en tono sensual le cantaba dulces palabras de
obediencia y le suplicaba por ser compensada con placer.
Tres morenas estaban de pie, mientras una rubia a gatas gemía con estrépito cada vez que Thor
sacudía su cuerpo con poderosas embestidas, enviándola frenética con la boca abierta a recibir la
impresionante erección de Samuel. A su lado, la primera morena arqueaba el cuello mientras Samuel
le amasaba y devoraba los voluptuosos pechos. Bajo ella, la segunda morena besaba a Thor mientras
era masturbada por la entusiasta tercera morena.
Samuel le acarició la mejilla a la chica que tan alegremente le estaba regalando una mamada, y en
un solo y sencillo gesto, los cuerpos se separaron, ávidos de las siguientes instrucciones del maestro
de orquesta. Con un dedo, Samuel le indicó a la morena que besaba a Thor, que se acostara en la
cama.
—Abridla para mí —les ordenó a las otras dos morenas, que rápidamente apartaron cada una los
muslos de la chica que se retorcía impaciente en la cama.
Comprendiendo la orden silenciosa, la rubia le estiró los brazos a la mujer, sujetándola por las
muñecas e inmovilizándola por completo contra el colchón. Thor se acercó a ella y con una sonrisa
pícara la amordazó con besos. Samuel se cambió el preservativo, y en ese mismo instante la penetró
de una sola estocada, haciéndola gemir escandalosamente cada vez que arremetía dentro de ella, sin
piedad y sin descanso.
—Es mi turno, Sam —suplicó una de las morenas en la cama.
—Trae el agua —le dijo Samuel con una sonrisa de medio lado.
La mujer diligentemente se bajó de la cama y cogió de encima el tocador una bandeja de cerámica
negra con una alta jarra del mismo material, y dos toallas negras a cada lado. En el momento en que
volvió, Samuel estaba saliendo de la chica que seguía besando a Thor, enroscando su lengua contra la
del rubio y mirando seductoramente a sus acompañantes, incitándolas por más.
La obediente morena levantó la jarra y dejó caer agua sobre el pene de Samuel, lo secó, y
abriendo un condón, capturó la punta entre la lengua y el paladar y lo deslizó por la gruesa erección,
estirándolo al final con el apoyo de sus manos. Samuel la ayudó a arrodillarse en la cama y la
embistió desde atrás, haciendo que sus pechos se zarandearan en cada acometida. Jadeando gustosa,
envolvió sus brazos en el cuello de Samuel y apoyó la cabeza en su pecho, cerrando los ojos al
placer al mismo tiempo que la restante morena juguetona, tocaba y besaba sus pechos.
Dedicándole una provocadora mirada a Thor, la rubia gateó y se metió entre las piernas de la
chica que aún lo besaba y le repasó el sexo con una larga lamida, sin desprender sus ojos del rubio ni
una sola vez.
—Más —le exigió Thor irguiéndose sobre una pierna y penetrando la boca de la morena que
jadeaba con las manos apretadas en los cabellos de la rubia.
Una hora después, volvían a apretujarse unos contra otros, esta vez en el jacuzzi, resbalando sus
cuerpos mojados y sin inhibiciones.
Hasta casi despuntar la mañana, las chicas cayeron dormidas en la habitación de invitados donde
habían iniciado su fiesta, Thor se despidió de Samuel, y cada uno se encerró en su habitación
buscando el muy merecido descanso.
CAPÍTULO 7
El orgullo de Samuel Garnett era más grande que su ego, muchas veces rayaba en la soberbia,
razón por la cual no insistió más en pedirle disculpas a Rachell Winstead. Lo había intentado, se había
tragado su orgullo, pero pasó una semana y no recibió ninguna respuesta, así que la había desechado,
haría de cuenta que nunca existió, ni siquiera para llevar al cabo sus planes, ya encontraría otros
medios.
—¿Nos vamos? —preguntó una voz femenina en su oído atravesando la ruidosa música del club,
acariciándole con sensualidad el interior de uno de los muslos, preparándolo para la madrugada que
les esperaba.
Samuel asintió en silencio y desvió la mirada al sentir cómo la chica rozaba con la yema de los
dedos su entrepierna. Dispersas pulsaciones retumbaron en su miembro, levantó una de sus manos y
con violencia sexual la cogió por el cuello inmovilizándola por completo, la atacó con un beso
desesperado, robándole el aliento, ahogándola con su lengua.
—Vámonos —murmuró rozando sus labios contra los de ella, dejando su tibio aliento dentro de
la boca de la rubia. Se puso de pie, la cogió de la mano y la guío hacia a la salida.
Abordaron el Lamborghini y condujeron hasta su apartamento. Al llegar, Samuel trató de hacer el
menor ruido posible, sabía que Thor necesitaba descansar, tendría una importante reunión temprano
en la mañana. Entraron en el cuarto blanco de la planta baja, jamás llevaba a las mujeres a su
habitación, era su santuario, para pasarlo bien había otras tres habitaciones disponibles.
Thor se levantó más temprano de lo usual. Ser impuntual era su sello personal pero esta vez no se
podía permitir llegar tarde a la oficina. Se preparó un café y estaba por salir, cuando alguien tocó el
timbre, recogió el portafolio que aún odiaba, pero que era necesario, y se encaminó a abrir y a salir
inmediatamente.
—Buenos días, señor… —saludó la deslumbrante mujer en el umbral. A pesar de su apuro, Thor
se detuvo a contemplar la belleza de ojos cristalinos, seguramente se trataba de la diseñadora de
interiores que haría las adecuaciones en el gimnasio. Él no tenía ni puta idea de diseño, pero varios
de sus colegas le habían recomendado la firma Winstead, y no porque ellos estuvieran relacionados
con el oficio sino porque sus esposas adoraban el trabajo de la prestigiosa firma, y los hombres el
increíble cuerpo de la diseñadora.
—Buenos días —la interrumpió en tono conciliador, él había olvidado por completo la bendita
cita—. De hecho, se me ha hecho tarde, ¿es usted la encargada de organizar los espacios, verdad? —
preguntó fijándose en los labios sensuales y voluptuosos de la mujer.
—De decorarlos y rediseñarlos, señor —aclaró.
—Eso… —Thor carraspeó—. Sí, eso mismo, bueno, le expliqué a su asistente lo que necesitaba
—Ella asintió—. El gimnasio está a la derecha por el segundo pasillo al final —Se movió y dio un
paso fuera del apartamento—. Quédate como en tu casa, haga lo que tenga que hacer y después
envíeme el presupuesto a la oficina, yo me tengo que ir —soltó sin más.
—Señor, pero me gustaría que usted estuviese presente para conocer su opinión sobre las ideas
que puedo plantearle —le sugirió ella teniendo que elevar mucho la cabeza para poder mirarlo a la
cara, el hombre era asombrosamente alto. Bien podría ser un Brad Pitt en la película “¿Conoces a Joe
Black?”, pero con la contextura de Aquiles en “Troya”.
—Estoy seguro que lo hará bien, sea lo que sea, lo hará bien, confió en usted —Thor extendió el
brazo señalándole el salón—. Pase, adelante —La invitó, salió al pasillo y oprimió el botón de
llamado del ascensor—. Si tiene cualquier duda, por favor llámeme.
—Está bien, señor —acordó ella, no queriendo seguir quitándole tiempo, era evidente que estaba
apurado.
—Gracias. —Thor sonrió dándose la vuelta, dio dos pasos y volvió medio cuerpo para mirarle el
trasero a la decoradora, se mordió el labio inferior y se aguantó las ganas de encerrarla en el
apartamento, debía ser responsable con su padre.
—Bien —suspiró Rachell—. Ahora, ¿qué haré?
Caminó distraída admirando el sofisticado apartamento de estilo minimalista. La paleta de colores
parecía estar reducida al blanco y el negro sólidos, con breves apariciones de distintas tonalidades
ocres y platinas en los accesorios hechos de metal. El lugar entero sugería una remembranza de la
vieja Italia, con un carácter contundente y muy masculino. Le encantaba.
Frunció el ceño extrañada con el absurdo impulso del gigante rubio al dejarla sola en su casa. ¿Y
qué si ella era una ladrona? Después de todo no se habían visto nunca antes.
Respiró hondo y sonrió, sintiendo cómo la inspiración llegaba abundante llenándola de ideas.
Acarició el profundo grabado de las letras LV en el centro de su portafolio, y recorrió una vez más
el salón, contemplando esta vez el arte colgado en las paredes, caminó hasta el centro de la sala de
estar y descargó sus cosas en uno de los muebles.
Con la alegría de una niña en Disneyland, divisó sobre la isla de la cocina una cafetera, cogió de
un armario una taza y se sirvió un poco del humeante café.
Con la taza calentita en la mano volvió a la sala de estar y abrió su cartera, sacó su iPod y caminó
hasta la repisa con el moderno equipo de sonido. Ubicó rápidamente el amplificador, quitó el iPod
que allí descansaba y puso el suyo, lo encendió y activó la reproducción aleatoria. Vivir en aquel
lugar debería ser algo bastante parecido a un sueño, ninguno de los apartamentos o casas de Richard
habían sido tan magníficos, y el británico tenía bastante buen gusto y mucho dinero.
Notas caóticas y enérgicas inundaron el salón, sus piernas empezaron a moverse casi por voluntad
propia, le dio un sorbo a su café, y giró despacio balanceando las caderas al ritmo de la música,
mientras le daba un nuevo vistazo de trecientos sesenta grados al apartamento. Los ventanales de
suelo a techo la hacían sentir minúscula frente a la deslumbrante vista del paisaje de concreto
neoyorquino.
—“If you want it, let's do it… Ride it my pony, my saddle…Is waitin' come and jump on it… —
tarareó siguiendo la sensual voz de Rihanna, caminó entre los muebles y pasó la mano por el
respaldo de uno de los sofás y sintiéndose más y más valiente cantó a viva voz —If you want it, let's
do it… Ride it my pony, my saddle… Is waitin', come and jump on it…”
—Si me lo pide una vez más, juro que saltaré —Escuchó una voz profunda y sedosa a su espalda,
con un cadencioso acento que ya conocía. En un acto reflejo se volvió con fuerza sacudiendo el café
en sus manos temblorosas, la taza se le deslizó y se estrelló contra el suelo haciéndose añicos.
Samuel Garnett estaba frente a ella.
¡Desnudo!
¡Completamente desnudo!
La boca inmediatamente se le secó, su corazón se desbocó y todas sus terminaciones nerviosas
estallaron en una lluvia desordenada de sensaciones y emociones que la dejaron absolutamente
aturdida. Luchó con todas sus fuerzas para desviar la mirada del impresionante espectáculo que era el
abogado sin nada más que su piel encima. Medio a ciegas, retiró el iPod del amplificador para que
Rihanna cerrara la boca de una buena vez, y lo dejó caer torpemente sobre la mesa. Sus ojos
volvieron a ser invadidos por la piel ligeramente bronceada de Samuel, se llevó los dedos a la frente
y bajó la cabeza en un inconsciente gesto de vergüenza. ¡Diablos! Terrible error, maldito terrible
error.
El infame estaba a todas luces semi erecto, y maldita fuera su suerte, que pene más bonito tenía.
Todo un hallazgo, encontrar un pene de las cualidades y dimensiones adecuadas era tan difícil como
encontrar una aguja en un pajar. Era hermoso, estaba completamente depilado, adornando los
torneados músculos de su pelvis, claramente estaba circuncidado, y buen Dios, seguía creciendo
frente a sus ojos.
Se obligó a retirar la mirada, pero sólo consiguió deslizarla por el resto de la asombrosa
anatomía del fiscal. El hombre estaba más que bien dotado. Su cuerpo parecía tallado por un experto
cincel, llevaba un tatuaje en el costado, parecía alguna clase de escritura, pero no podía estar segura,
no era como si se pudiera mover para cerciorarse.
El hombre estaba completamente depilado. Completamente.
Lisa y bronceada piel se extendía sensual frente a ella, sus ojos siguieron deslizándose, y su boca
se abrió al llegar a sus abdominales, no eran seis, no, eran ocho, ocho deliciosos cuadritos de puro
músculo que daban la impresión de ser un hermoso manantial enmarcado en piedras, perfectas
piedras contra las que ella quería golpearse.
Se sacudió el cerebro con un par de parpadeos intentando entrar en razón, porque después de todo,
debería sentirse agredida por el descaro de este hombre que se le presentaba desnudo sin ningún
pudor, y no fascinada como loba en celo. Levantó el mentón con, lo admitía, demasiada prepotencia y
lo miró a los ojos, en adelante no los deprendería de ahí.
—¿Qué hace aquí? —fue lo único que se le ocurrió, preguntándoselo con excesiva fuerza, con un
tono arrogante y autoritario, como si él hubiera irrumpido en su propia casa.
Él no respondió, simplemente se dedicó a mirarla con el rostro inexpresivo. Sin ninguna
advertencia se movió en su dirección y en cuatro zancadas estuvo justo frente a ella. Las piernas
empezaron a temblarle, si de lejos le parecía hermoso, de cerca era perfecto, era lo que su instinto
como diseñadora le exigía, que todo armonizara, y este hombre era realmente armonioso.
Su cuerpo no era consecuencia de anabólicos y esteroides, como algunos de los hombres del
gimnasio al que asistía y que daban la impresión que si se los pinchaba con un alfiler explotarían, no
estaba hinchado, y estaba muy lejos de parecer un actor cuando lo explotaban a la fuerza para
cualquier papel de superhéroe, este hombre era… ¡Pura fibra! ¡Bendito close up! Era abrumador.
— ¡Aléjese! —exclamó dando un paso al costado. Él dio dos pasos hacia atrás—. ¿Qué hace aquí?
—le reclamó una vez más, tratando de controlar su ataque de estupidismo.
—Vivo aquí —respondió él secamente, con esa voz delirante y cadente—. Usted… ¿Qué hace en
mi casa? —le preguntó intentando lucir indiferente, sin embargo, a ella le pareció que estaba molesto
por la pequeña arruga que se le formaba en el entrecejo.
—¿No piensa vestirse? —inquirió sin responder a su pregunta.
—No me molesta, y a usted tampoco, ya que no deja de mirarme.
Esas simples palabras fueron suficientes para que toda la sangre del cuerpo de Rachell se
concentrara en su rostro, no estaba segura si por la rabia o la vergüenza
—Yo vine porque… —empezó a responder, pero se quedó en silencio repentinamente, entonces se
dio vuelta dándole la espalda.
Es gay ¡Por Dios! Es gay, quiero darme contra las paredes. —Pensó, llevándose las manos al
rostro.
—Está bien, puede darse la vuelta… —le pidió Samuel el cual cogió un cojín para taparse.
Ella cogió aire al darse la vuelta.
—Vine porque su pareja me contrató —contestó esforzándose por lucir natural y tranquila.
—¿Mi pareja? —le preguntó Samuel sonriendo.
Era la primera vez que sonreía en su presencia.
Todo el oxígeno escapó de los pulmones de Rachell al ver su perfecta y hermosa sonrisa, lucía
mucho, mucho, mucho más joven, y aunque pareciera imposible, más atractivo, o tal vez sería la
desnudez que la tenía desconcertada y excitada, realmente excitada, si ese hombre no se cubría
terminaría lanzándosele encima.
—Sí, el chico rubio —tartamudeó—. El alto y musculoso —continuó con la voz vibrándole
ridículamente.
—No… —Samuel volvió a sonreír—. Prefiero que mis parejas sean más pequeñas y delgadas, me
gusta estar seguro de poder ejercer el control… El rubio y musculoso es mi primo —aclaró.
—¿Su primo? —murmuró asombrada de que el abogado estuviera emparentado con el gerente de
la sucursal en Nueva York de uno de los grupos mundialmente más cotizados en el mercado bursátil.
—Sammy —Se escuchó una voz demasiado dulzona. Una chica apareció en el pasillo, y al igual
que él no parecía tener vergüenza por la desnudez.
Bueno, pudor, porque cómo se podría sentir vergüenza con aquel cuerpo escultural que se
contoneaba descarado mientras se acercaba a la sala de estar. Rachell no pudo controlar la hoguera
que cobraba vida en la boca de su estómago, al sumar uno más uno, obviamente la desnudez tenía
mucho sentido.
—Haz llamado compañía —ronroneó ella sonriendo, se encaminó hacia Rachell y se detuvo un
momento cerca de los trozos de porcelana en el suelo, los esquivó y antes que pudiera reaccionar, la
rubia se empinó y le dio un beso en los labios—. Me alimento un poco y los acompaño —les dijo
guiñándole un ojo a Rachell—. Mientras tanto, pueden empezar el juego.
Rachell se quedó tiesa en su sitio, nunca antes una mujer la había besado, estaba perpleja y
confundida, y enfadada, definitivamente estaba empezando a cabrearse. ¿Qué demonios estaba
insinuando la rubia insípida?
—Piedad por favor —les pidió Samuel con un gesto dramático llevándose la mano libre al pecho
—. Tienen a un simple mortal en frente.
—Yo no vine a acompañar a nadie —rugió Rachell con la voz firme y alta—. Vine a trabajar —Le
dedicó una mirada de censura a la rubia, y sólo entonces la reconoció, era una popular actriz. ¿Quién
demonios era el bendito fiscal?
—Tampoco lo llames de esa manera, se escucha feo —protestó la rubia en tono meloso, después
se acercó y le susurró—. Yo a él no le cobraría nada, es un verdadero placer.
Rachell le dedicó una mirada glacial a la chica, haciéndola retroceder varios pasos, bajó sus
parpados y la miró con profundo desprecio, esquivó los restos de la taza y cogió sus cosas del sofá.
—Regresaré cuando esté aquí el hombre que me contrató —habló sin dirigirse a nadie en
particular.
—Espere señorita. —La llamó Samuel soltando el cojín y estirando su mano hasta retenerla
cogiéndola por el portafolio—. No es necesario que se vaya, haga su trabajo. —De repente quería
con demasiada fuerza que se quedara.
—Tápese abogado, se va a resfriar, y por favor deje el show de exhibicionismo para otro
momento. —Rachell cogió con brusquedad el portafolio de la mano de Samuel.
—Si la hace sentir más tranquila, deme un momento y me visto.
—No es necesario que interrumpa su… —Empezó a hablar cuando él sin reparos se dio la vuelta,
enredándole las palabras en la garganta al darle un fenomenal vistazo de su perfecto trasero. El
maldito hombre le calentaba la sangre.
—¿Son perfectas verdad? —prorrumpió la actriz sonriendo al darse cuenta donde se había fijado
la mirada de Rachell—. ¡Están firmes como una piedra y la piel es suave como algodón!
Rachell volvió a ignorarla y se dio la vuelta.
—¡Me voy! —dijo en voz alta caminando hacia la puerta.
—¡Sammy! —gritó la melosa rubia—. ¡Se va la diseñadora!
La irritante mujer no recibió ninguna respuesta, pero sí pudieron escuchar cómo los cerrojos de
la puerta principal se pasaban automáticamente, seguramente con mandos a distancia.
Demonios.
De repente, todo dejó de ser trivial, apresuró su paso mientras los nervios aceleraban su
respiración, y la rabia y la impotencia le nublaron el pensamiento. Con la palma abierta golpeó la
puerta, desesperada por largarse del maldito apartamento de Samuel Garnett.
—No te preocupes, Sammy ante todo es un caballero. —Sonrió la rubia mientras se llevaba una
uva a la boca.
—Volverá a lastimarse la mano. —Escuchó la voz de Samuel entrando en la sala—.
Verdaderamente debería ir a un psicólogo para que la ayuden a controlar ese carácter.
Rachell se volvió y lo fulminó con la mirada. Samuel tragó duro. Dios, la mujer tenía los ojos tan
fascinantes como los de Medusa, y definitivamente había vuelto instantáneamente de piedra un pedazo
de su cuerpo.
Rachell respiró profundamente, se obligó a calmarse y se hizo a un lado de la puerta moviendo la
punta de su zapato en una clara señal de irritación.
¡Dios mío! Debe tener algún defecto, seguro que ronca, pensé que después de verlo desnudo nada
más podría impresionarme, nunca en mi puta vida había estado más errada. —Su propia voz hacía
eco en su cabeza al verlo con un pantalón deportivo blanco, era evidente que no llevaba ropa interior,
¿acaso era eso una maldita erección?
Segura, estoy segurísima que no alcanza la erección al máximo, tal vez se le cabecea, o sufre de
eyaculación precoz. —siguió su caótico tren de pensamientos. Se obligó a no morderse el labio, el
deportivo en sus caderas daba una caída peligrosa para cualquier cordura, pero ella no la perdería,
no, no lo iba a hacer, y menos con un arrogante y grosero tipejo como él, ahora se mostraba amable,
cuando la semana anterior la había mandado al diablo, y antes de eso, parecía haber estado dispuesto
a atentar contra su vida.
—¿Qué le importa mi carácter, abogado? Ahora, ¿podría abrir la puerta? Necesito irme —le
exigió con la voz firme y autoritaria, ella también podía ser arrogante.
—¿Ni siquiera va a ver lo que tiene que hacer? —Él cruzó la sala y se pegó a ella hablándole al
oído—. ¿Acaso tiene miedo? ¿Me tiene miedo, señorita Winstead? —susurró retándola, después la
miró a los ojos sin vacilación.
Rachell le sostuvo la mirada y le sonrió burlona.
—¿Yo? ¿Miedo? ¿De usted? —Soltó media carcajada, demasiado falsa para convencerlo—. ¡Por
favor! —exclamó percibiendo cierto brillo en sus ojos, como si de repente estuviera complacido con
su sonrisa.
—Voy a darme un baño —intervino la rubia sintiéndose excluida de un juego encubierto de
seducción del que sabía que no haría parte —. Rachell, ¿así es como te llamas, verdad? —preguntó
acercándose a ella, y de nuevo no obtuvo de su parte nada más que una mirada de menosprecio como
respuesta—. Con esto —le dijo entre jadeos, deslizando sus dedos sobre el duro miembro de Samuel
marcando las formas ondulantes y venosas bajo la tela—, no vale la pena hacerse de rogar o jugar a
la niña orgullosa.
Rachell se debatía entre la indignación, algo parecido a la envidia, y una poderosa excitación que
revoloteaba en su vientre como rayos y centellas. Samuel sonrió.
—Vale, ve a bañarte, en unos minutos estoy contigo —le dijo a la chica cogiéndola por la nuca,
clavando sus ojos en los de Rachell y atacando a la rubia con un beso tan poderoso que dejó a la
morena sin suelo. Su cuerpo empezó a vibrar con el extraño placer voyerista al encontrar tal
gratificación en presenciar un beso ajeno. Ni un solo instante Samuel dejó de mirarla, deslizaba la
lengua dentro de la boca de la rubia, enviando electrizantes sensaciones a su suelo pélvico, era como
si de alguna manera perversa el beso fuera para ella. Al terminar, la cara de la rubia parecía gritar
que había estado cerca del orgasmo, que quería más. Diablos, ella misma quería más.
Tambaleante, la chica se encaminó por el pasillo y él volvió a acercarse a ella, haciéndole un
ademán para que se adelantara en dirección al pasillo que Thor le había señalado minutos atrás. Él la
había retado y ella le demostraría que no tenía miedo, levantando el mentón hizo resonar sus tacones
al avanzar por el brillante suelo de mármol negro. Rachell sentía la mirada de él sobre ella, era una
energía mágica y arrasadora, mientras quería gritarle a sus piernas: A caminar estúpidas y dejar de
estar hechas de gelatina. Pero la simple magnitud del apartamento la abrumaba, era demasiado
grande para solo dos personas.
Él adelantó dos pasos y se detuvo frente a unas puertas dobles que se corrieron automáticamente,
dando paso a un inmenso salón abarrotado con máquinas, más y mejores que las del gimnasio al que
ella asistía. No pudo evitar la mirada de sorpresa al ver un rin de boxeo, peras, bolsas y docenas de
guantes colgados en un extremo, en el otro, cascos protectores y un sinfín de equipos de quién sabe
qué deporte.
—Es de mi primo —Volvió a mirarla—. Un fanático a las pesas y los coches —le hizo saber al
percatarse de su asombro.
—Creo que me di cuenta que se mantiene en forma —susurró distraída, siguiendo a Samuel que
entraba al lugar. Su cerebro había empezado a trabajar, no podía evitar empezar a trazar bocetos
mentales sobre su próxima área de trabajo.
—Me imagino que él le explicó qué es lo que necesitamos hacer en este lugar —indagó Samuel
dándole un nuevo repaso descarado con los ojos al tentador cuerpo de Rachell—. Creo que si se
organizan un poco las máquinas, quedaría espacio suficiente.
—La verdad no fue mucho lo que le dijo a mi asistente —acotó ella sin dejar de admirar el lugar
que le parecía excesivo en todos los aspectos.
—¿Tiene asistente? —replicó él con sorpresa.
—Claro que la tengo —contestó ella con cierto tono ofendido.
Él no le respondió inmediatamente, en cambio, volvió a adelantarse y le dio un nuevo vistazo de
su asombroso trasero. Si Mel Gibson revolucionó los años ochenta con su culo en Mad Max, este tipo
podría revolucionar todo el siglo veintiuno.
—¿Entonces, son suyos el negocio de decoración y la boutique? —Samuel hizo la pregunta y ella
se percató de que estaba mordiéndose el labio mientras lo veía caminar.
—Claro que lo son, por algo llevan mi apellido —respondió petulante.
—Pensé que serían de su padre y que usted sólo lo administraba, o le ayudaba a hacerlo.
—¿Me ha subestimado? —su pregunta fue un reproche.
—No la he subestimado, es sólo que… No sé, es casi una niña… —intentaba completar su idea
cuando Rachell intervino vuelta una furia.
—Cynthia es una niña, tiene veinte, y evidentemente usted lo sabe, pero no ha sido un impedimento
para usted —lo acusó refiriéndose a la actriz en su cuarto de baño.
—No me refiero a su vida sexual —arremetió él con su voz implacable y seria—. Sino a su vida
laboral, admiro que siendo tan joven esté a la cabeza de su propia firma, aunque lamentablemente no
puedo decir lo mismo de con quién elige relacionarse.
—No soy una niña, señor Garnett —le dijo moderando su tono de disgusto, ni ella misma se
explicaba por qué se lo tomaba tan personal—. Sí, soy joven, y sé que mientras yo administro mi
propio negocio las chicas de mi edad se la pasan de fiesta en fiesta —Dio tres pasos y se acercó a él
—. Y soy lo suficientemente madura como para saber con quién me relaciono, no soy caperucita, y
usted está muy lejos de ser el lobo feroz como para que me esté haciendo este tipo de comentarios.
Samuel la contempló en silencio por varios segundos, su mirada agresiva y sus ácidas palabras
precoces parecían ocultar muy en el fondo un carácter aún ingenuo e inocente, aunque ella se
esforzara en aparentar lo contrario.
—Tal vez está jugando con fuego, señorita Winstead.
Se alejó de ella y se acercó a una repisa donde había alrededor de una docena de puñales, cogió
tres y los lanzó con fuerza a la pared en el otro extremo donde se encontraba la diana, clavándolos
con rapidez y precisión. Rachell ancló la mirada en la vibración de los cuchillos. El zumbido que
hicieron éstos al cortar el aire, aun sonando en sus oídos.
—No sé a qué se refiere —Volvió su mirada a Samuel—. ¿Por qué no es claro? Deje los rodeos
—exigió.
—No soy su padre para darle consejos —Fue su respuesta, y ella percibió el cambio en su voz,
como ésta se había endurecido y su semblante se había tensado.
Era la segunda vez que mencionaba a un innecesario padre.
—Es bueno con los cuchillos. —Cambió el tema.
Samuel percibió su incomodidad, respiró hondo y se metió las manos en los bolsillos.
—Bien, lo que debe hacer es crear un espacio, usted búsquelo, la dejo para que trabaje. —Terminó
con un tono de voz adusto y cortante, caminando con las ínfulas del chico malo de la película, y
demonios, sí que lo parecía.
—Espere. —Lo detuvo antes de que alcanzara la puerta—. Sé que tengo que crear un espacio, pero
no soy psíquica para saber lo que piensa y qué debo hacer, se supone que debo seguir indicaciones
acordes a sus gustos y preferencias, es necesario que sepa lo que están pensando para esta área.
—Mejor que no lo sea, sé que no le agradaría saber lo que estoy pensando en este preciso
momento —le dijo sin cambiar la actitud tan fría que adoptó de pronto.
—Bueno, así no puedo trabajar, lamentablemente necesito la ayuda de la persona interesada —
agregó cruzándose de brazos, y acoplándose a la actitud de él. Samuel suspiró cansadamente.
—Un espacio lo suficientemente amplio para prácticas de Capoeira.
—¿Practican Capoeira? —preguntó Rachell tratando de disimular la emoción en su voz.
Y ahí estaba de nuevo esa chispa inocente, ella era una maldita contradicción en dos piernas, en
dos fantásticas y torneadas piernas.
—Somos brasileños, Capoeira y fútbol, son dos de nuestros deportes predilectos —respondió
suavizando su voz.
¡Bingo! Ahí estaba resuelto el misterio de su delicioso acento. ¿Por qué ese pequeño
descubrimiento la excitaba?
—No lo sabía —carraspeó con repentina timidez—. Bueno, noté cierto acento… —Se detuvo
recordando que en el rubio no había sido tan evidente.
—Creí que la bandera se lo había dejado claro. —Señaló la bandera de Brasil que cubría
completamente una de las paredes.
—Pues no lo deja claro abogado, yo tengo en mi casa un cuadro de la torre Eiffel y eso no me
hace francesa. —Se defendió con renovada petulancia.
—Usted no tiene acento, y aunque me hubiese hablado en francés, deduciría que no es francesa.
—¿Se cree usted muy listo, verdad? ¿No le pesa la arrogancia? —preguntó sin poder soportarlo
más.
—No soy arrogante, soy observador y analítico —respondió con suficiencia.
—Bueno, yo no vine aquí a hablar, le explicaré. —Desvió la conversación sintiendo que no podría
ganarle y odiaba perder—. Podríamos utilizar el extremo derecho al lado del rin de boxeo, quitar la
alfombra y dejar sólo el parqué de madera, creo que con esta parte de cristal es suficiente, a menos
que les guste exhibirse —Le dedicó una odiosa mirada significativa—, aún más… Se instalarían
espejos para reemplazar ese cristal —Señaló las vidrieras en cuestión—. Así puede observarse
mientras hace cualquier actividad.
—Eso de los espejos es muy egocéntrico. ¿No cree? —le preguntó Samuel sonriendo con
arrogancia.
—En mi opinión, más egocéntrico es exponerse desnudo ante sus vecinos del edificio de en frente,
creo que con eso tendrá para mantener la autoestima a un nivel aceptable, me parece que para inflar
su ego bastaría con las miradas de la gente del edificio de al lado… —hablaba caminando de un lado
a otro intentando ignorarlo. Entonces una varonil carcajada la interrumpió, y ella en un acto reflejo
se llevó las manos a las caderas para sostener su ropa interior, porque temía que terminaran en sus
tobillos.
—Bien, usted es la que sabe —le dijo con honesto respeto.
Rachell parpadeó varias veces.
—Podríamos decorar con algunos instrumentos utilizados en la Capoeira, tal vez algo como
berimbau, pandero, y cosas por el estilo.
Samuel sonrió complacido.
—Me ha impresionado, no sabía que estaba informada, pero se dice pandeiro. —La corrigió
amablemente cerrando la distancia entre los dos.
¿Esa había sido su ropa interior humedeciéndose? Que delicioso y pecaminoso placer era
escuchar esa inocua palabra en la voz de aquel hombre, bañada por ese exquisito y exótico acento.
Sacudió sus pensamientos y llenó su voz de indiferencia.
—El brasileño aquí es usted, no yo. —Se alejó en un patético intento infantil por no lucir como
una tonta—. Hago el intento, me llama la atención la Capoeira, sobre todo la parte de la música, la
música es una de mis pasiones, pero de ahí a estar completamente informada hay una gran diferencia.
—A mí también me gusta mucho la música —le hizo saber—. De hecho, toco la guitarra eléctrica.
Ella frunció el cejo divertida.
—¿Está seguro que es fiscal? ¿O la fiscalía no es más que una fachada para cubrir su verdadera
personalidad?
Por un momento Samuel se puso alerta, después detectó de nuevo ese entusiasmo desprevenido
que parecía haberlo hipnotizado.
—No tengo por qué mentirle.
Rachell sonrió con suficiencia, y sólo entonces se dio cuenta que la posición del cuerpo de Samuel
le daba un vistazo frontal de su tatuaje.
“Elizabeth”
Tuvo que refrenarse y no preguntar por su significado. ¿Una antigua novia, tal vez?
Apartó sus ojos del tatuaje y se dio cuenta, que como muchas otras personas, estudiaba con
curiosidad sus iris. Seguramente estaba intentando adivinar el color de sus ojos, pero sabía que no
era tarea sencilla. Su bisabuela había sido una mujer albina de ojos rojos, y un poco más de melanina
en su abuela le había dado como resultado ojos violetas, tal como los de ella, que jugaban con la luz,
luciendo a veces azules o grises, o como en este justo momento, y para deleite de Samuel, en un
suave y relajante purpúreo azulado.
—Bueno, debo irme —habló ella, interrumpiendo su contemplación—. Haré los bocetos y
después se los mostraré.
Rachell empezaba a sentirse nerviosa con su insistente mirada, y no es que no fuera un placer ver
aquellos ojos casi amarillos, pero había algo tan poderoso en su manera de mirarla, que
inevitablemente debilitaba sus rodillas. ¡Malditos ojos tan hermosos!
Samuel parpadeó varias veces, aún abstraído en la belleza de sus ojos, mientras Rachell se daba
media vuelta buscando la salida. Sin pensarlo mucho, la alcanzó y la cogió por la muñeca
deteniéndola y atrayéndola hacia su cuerpo. Oh sí, ahí estaban de nuevo esos preciosos ojos… Y esos
exuberantes labios. Despacio, subió la mano derecha y la llevó hasta la suave nuca de Rachell,
millones de mariposas parecieron iniciar una fiesta en el estómago de la chica, adormeciendo sus
ojos, y contrayéndolo todo al sur de su abdomen. Samuel la miraba con tanta intensidad que la estaba
incinerando.
Sintió su embriagador aliento quemándole los labios, incitándola a bebérselo, a morderlo,
lamerlo, chuparlo, a besarlo hasta que sus propios labios protestaran de ardor.
—Debo… —balbuceó—. Me tengo que ir —habló, finalmente encontrando la voz y el buen juicio
—. No se confunda señor Garnett, no crea que cobro en especies, prefiero el dinero.
—Digamos que el pago en especies puede ser un incentivo —murmuró cerca de sus labios, y ella
casi convulsionó al escuchar el tono sensual en su voz.
—No lo necesito, acostumbro a hacer bien mi trabajo… sin necesidad de incentivos.
Encontrando fuerzas, llevó una mano al pecho de él y lo alejó, sabía que él había percibido su
toque trémulo, pero debía mostrarse segura, si le daba poder en ese momento, después no encontraría
la voluntad para alejarlo, y ningún hombre la había gobernado, siempre había sido ella quien
mandaba sobre sus acciones, emociones y sentimientos, no éstos sobre ella y no sería el odioso fiscal
quien la hiciese perder la cabeza.
Samuel la soltó y ella se alejó tan rápido como pudo.
—Puede irse, abriré antes de que llegue a la salida.
Abandonó el gimnasio sintiéndose la chica estúpida de la película de suspenso que es perseguida
por el psicópata, sólo le faltaba caerse y comer tierra. Pero se felicitó cuando llegó a la sala intacta,
cogió su portafolio, su cartera y se largó de ese lugar.
Debería de ir a la boutique, pero se encontraba demasiado aturdida, así que condujo hasta su
apartamento, sentía que le costaba respirar y necesitaba calmarse, alejar de alguna manera los
demonios que ese hombre había despertado en ella.
Entró y lanzó sobre el sofá la cartera y el portafolio, se encaminó a la cocina, acogió un vaso de
uno de los armarios, abrió la nevera y se sirvió agua, dio un gran trago y dejó el vaso sobre la barra.
Cerró los ojos, y los labios de Samuel Garnett aparecieron de la nada, volvió abrir los ojos con el
corazón desbocado y la respiración descontrolada. Tal vez lo mejor sería darse un baño y esperar
que así se le pasara la estupidez.
Se encaminó a su baño, se quitó la ropa y pulsó los botones de las dos grifos, necesitaba
refrescarse. Se percató de que no habían toallas, así que caminó de vuelta al vestidor a buscarlas, y
aun cuando sabía en qué armario estaban, giró buscándolas completamente desorientada, como si no
lo supiera. Hasta que vio el compartimiento con puerta de vidrio oscuro, dejó libre un suspiro
diciéndose que era la mejor manera de aliviar su cuerpo, mucho más efectiva que un baño.
Abrió el compartimento que estaba dividido por dos estanterías del mismo cristal de la puerta, y
ante sus ojos apareció su docena de vibradores y dildos de diferentes tamaños, colores, formas,
texturas e intensidades. Al lado, otros de sus juguetes, condones, lubricantes, aceites y bolas chinas.
Bien, le gustaba el sexo. Mucho. Y le encantaba experimentar y jugar, después que Richard se
marchara no quiso estar buscando hombres para satisfacer su deseo sexual, así que poco a poco se
fue conociendo a sí misma, sus preferencias y juegos personales, aprendió a darse placer y a calmar
sus propios apetitos, no quería exponerse a ninguna relación que la desestabilizase física y
emocionalmente, como lo había hecho Richard en el pasado.
Sin pensarlo mucho cogió el vibrador de doble punta color piel, que estimulaba el clítoris y el
punto G, cogió uno de los lubricantes a base de agua y se encaminó rápidamente a su habitación.
Necesitaba desahogarse. Se recostó sobre su cama, abrió las piernas y empezó a frotarse con los
dedos, sabía que estaba tan excitada que no necesitaba el lubricante, pero una sensación más
resbaladiza siempre era bienvenida, colocó el vibrador en una intensidad media y con éste acarició su
clítoris.
Cerró los ojos y Samuel Garnett se materializó en su habitación, en medio de sus piernas,
desquiciándola, introdujo el vibrador y un jadeo se escapó de su garganta. Gradualmente, aumentó la
intensidad del juguete mientras ella elevaba las caderas y sus piernas temblaban a medida que
profundizaba la penetración, enloqueciendo ante las vibraciones, perdiendo la razón con el orgasmo
que alcanzó sólo un par de minutos después.
—¡Oh, Dios! ¡Samuel! —gritó en medio del clímax, sin poder retener el nombre del hombre que
la había hecho alcanzar la gloria, aunque fuera sólo en sus pensamientos. Su corazón iba a estallar y
sus fluidos se derramaban mientras ella trataba de recobrar el ritmo normal de su respiración.
CAPÍTULO 8
Rachell debió suponer que Henry Brockman la llevaría a un lugar como aquél, era evidente que
quería impresionarla, como eran evidentes las largas que le estaba dando a concretar su trato.
La semana anterior habían cenado tal como lo acordaron, se suponía que le enseñaría las
propuestas del diseñador gráfico, pero no le mostró más que un bosquejo simple y sin ninguna
importancia.
Aquella noche sería más agresiva y directa, no podía seguir perdiendo el tiempo, el hombre estaba
loco si creía que se acostaría con él con el único objetivo de conseguir buen sexo, podía ser un tipo
atractivo pero no estaría con él por su linda cara, ella quería el patrocinio y respaldo de Elitte, y él no
conseguiría nada de ella a menos que se lo garantizara con un contrato en mano.
—Te ves hermosa —le dijo el hombre admirándola con vehemencia.
—Gracias, señor Brockman, es usted muy amable. —Rachell le mostró una fría sonrisa cordial.
—De verdad, eres un ejemplo de elegancia y sofisticación, me siento halagado al poder estar
contigo esta noche y ser el hombre más envidiado de este lugar —Sin disimulo escurrió sus ojos por
sus contornos y curvas—. ¿Es uno de tus diseños? —preguntó observando el vestido negro de escote
redondo y sin mangas, que con un corte recto se aferraba apenas a los lugares indicados, vendiendo
la ilusión de un sensual recato, muy al estilo de Jackie Onassis.
—Sí señor, la mayoría de la ropa formal que luzco es de mi propia línea.
—Son de gran calidad —Sin dejar de mirarla le extendió una carpeta blanca, que en el extremo
inferior central llevaba grabado el logo de Elitte—. Aquí tengo lo que propone el diseñador gráfico
para empezar con las vallas publicitarias… Viéndote a ti, no creo que sea necesario contratar a
ninguna modelo, tú misma podrías hacerlo, tienes el tipo de mirada que despierta emociones…
Rachell lo interrumpió sin vacilar—. Preferiría trabajar con alguna modelo reconocida, creo que
eso sería mucho más provechoso para mi marca, la trayectoria de una modelo acercaría al público a
mis diseños.
—Bueno, tú decides —le concedió conciliador—, pero yo, como presidente de Elitte, te
recomiendo que tú también poses para la lente del fotógrafo, revisa los patrones y lo verás… Por
cierto, hay dos o tres folletos en los que encontrarás dos modelos, bien podrías contratar una modelo
y la otra podrías ser tú, así conseguirás tener una cara conocida para tu marca, y al tiempo puedes
abrir un mercado para tu propia imagen. La mejor manera de ganarse a la gente, Rachell, es dándose
a conocer uno mismo, tú mejor que nadie debes saber cómo llevar tus diseños.
—Lo pensaré señor Brockman, revisaré los folletos y en cuanto haya tomado una decisión lo
llamaré, muchas gracias por sus consejos, los tendré en cuenta.
—Es un verdadero placer para mí ayudarte, Rachell —le aseguró con voz lenta mientras
observaba con poca moderación el níveo y largo cuello de la joven.
—La cena ha estado exquisita, gracias por su ayuda —le dijo Rachell, cogió su bolso negro de
delicados apliques plateados, una verdadera preciosidad de la última colección de Vera Wang—.
Señor Brockman, sea tan amable de hacer llegar a mi oficina el presupuesto de la campaña de
lanzamiento de mi colección. —Lo miró a los ojos haciendo uso de su devastadora mirada violeta
antes de agregar—: Por favor.
—Te he dicho que no tienes por qué preocuparte por ese tipo de cosas —Henry cogió la botella de
vino y rellenó sus copas—. Después hablaremos de ello, lo importante es que la campaña sea hecha
con la mayor calidad y que tú estés satisfecha con los resultados —le dijo intentando distraerla.
Rachell cogió la elegante cartera entre sus dos manos y se reclinó sobre la mesa, pidiéndole con
su cuerpo a Brockman que se acercara, le dedicó una sonrisa sagaz y una mirada sugestiva.
—Señor Brockman, estoy segura que discutiremos cordialmente la calidad de la campaña —Bajó
los parpados sugerentemente—, y la magnitud de mi satisfacción, en cuanto la tinta con nuestras
firmas en el contrato esté seca.
Henry se quedó en blanco por varios segundos, después le sonrió entre irritado y sorprendido.
—No quiero adelantarme —le dijo acercándose más a ella—. Pero me he puesto en contacto con
una reconocida marca de accesorios que podría apadrinar tus diseños.
Rachell elevó una de las comisuras de sus labios con el amago de una sonrisa impaciente.
—Gracias —le dijo secamente.
El hombre seguía dándole largas, ella no era precisamente una novata en estos asuntos, ni su
marca era tan poco conocida como para necesitar el apoyo de una línea de accesorios. Brockman
intentaba venderle aquella patética treta como si se tratase de Tiffany’s, Bvlgari o Harry Winston.
—No arruinemos la noche hablando de pagos y contratos —susurró Brockman recostándose en
su silla y bebiendo de su copa.
Rachell lo imitó sin dejar de mirarlo.
—Sintetizar contratos y establecer estrategias de pago podría resultar muy entretenido para los
dos.
Eso había sido un mensaje directo, Henry no era imbécil, Rachell Winstead estaba poniendo las
cartas sobre la mesa, estaba dispuesta a pasarlo bien con él, pero no movería un pelo hasta tener
asegurada la maldita campaña. Sí quería acostarse con ella, debería llevar consigo el contrato.
Sabía que terminaría haciéndolo, quería a la mujercita debajo de su cuerpo, pero no había contado
con que un polvo con la diseñadora le costaría tanto, la campaña no sería barata, pero la mujer
definitivamente lo valía.
—Creo que es hora de llevarte a tu casa —le susurró debatiéndose entre la urgencia de acostarse
con ella, y la necesidad de poner algo de distancia, la chica se estaba haciendo con el poder, y eso no
le gustaba.
—Así es, tengo varios compromisos pendientes temprano en la mañana.
Él se puso en pie ayudándola a levantarse. Salieron del cubículo privado y se encaminaron al
vestíbulo donde recibieron sus abrigos. Brockman cogió el abrigo de cachemir blanco de Rachell y
se permitió rozarla al ponérselo con falsa caballerosidad, ella ajustó la larga hilera de botones
negros, y su vestido quedó escondido por completo.
Se giró lista para abandonar el restaurante, y entonces su mirada se topó con la sensual elegancia
de Samuel Garnett. Estaba bajando las escaleras acompañado de una atractiva pareja, el hombre era
castaño y la chica era rubia, se sonreían constantemente sin soltar sus manos un solo momento. Algo
en su estómago convulsionó, y su vientre se calentó, empezaba a creer que no podría evitar que su
cuerpo fuera víctima del efecto Samuel Garnett.
Su vista se ancló en los ojos de fuego, pero la mirada que él le dedicó fue más fría que el iceberg
que hundió al Titanic. Quería saludarlo, pero el frío en sus ojos la dejó sin valor. Sin embargo,
improviso un amago de sonrisa, Samuel en respuesta la ignoró olímpicamente.
¿Éste qué se ha creído? ¿Entonces es así, no te conozco, no te saludo…? ¡Gilipollas de mierda! —
gritó enfurecida en su interior.
—Muchas gracias, señor Brockman —le dijo poniendo la mano sobre su brazo y caminaron hacia
la salida donde ya los esperaba la limosina.
Henry la invitó a subir, y antes que pudiera ingresar, vio salir a Samuel con sus acompañantes. Sus
ojos se encontraron, y ella le dedicó una furiosa mirada de desprecio antes de subirse en el coche.
Henry subió a su lado y le pidió al chofer que los llevase hasta el apartamento de la joven. Durante
el trayecto, Brockman se aventuró camuflado bajo un gesto galante a posar su mano sobre la rodilla
de ella, pero una simple mirada de Rachell le valió para retirar la mano de su pierna sin vacilación.
*****
El cereal con fresas y leche descremada aún esperaba que Rachell lo comiera, mientras ella sólo
revolvía el contenido con la cuchara, perdida en sus pensamientos y emociones que poco a poco la
estaban consumiendo sin darse cuenta.
—Rachell, llevas cinco minutos con el desayuno y no has probado bocado —le habló Sophia
sentada en la silla frente a ella.
—¿Eh? —murmuró regresando de donde quiera que la tuviesen sus pensamientos.
—Ajá —refunfuñó Sophia—. Desayuna mujer… mira nada más, estás más delgada, está bien que
te alimentes sanamente, que te mates tres horas diarias en el gimnasio entre spinning, Tae Bo, zumba,
boxeo, pilates y miles de cosas más, pues eres más que una digna imagen para tu marca con el
añadido del efecto devastador que causas en los hombres, pero que dejes de comer, eso si no lo voy a
permitir. —la regañó con el ceño fruncido.
—Sophie —suspiró Rachell—. No estoy dejando de comer —Se llevó una cucharada a la boca
con desgana—. Es sólo que no tengo mucho apetito… Estoy algo dispersa…
—Sí, de eso me he dado cuenta… ¿Es el proyecto de Henry? ¿Está de tacaño el viejo?… Pues
mándalo a la mierda y búscate otro —le dijo su amiga chasqueando los dedos.
—No Sophie, quiero a Elitte haciendo el lanzamiento de mi marca, quiero a la mejor agencia,
nada menos. —Respiró cansada—. De hecho, Henry anoche me entregó una buena propuesta para las
vallas publicitarias, y me ha dado carta abierta para la elección de la modelo y la escenografía…
Pero no me ha entregado el maldito contrato, tanta palabrería está empezando a molestarme, necesito
que empecemos a concretar cuanto antes.
—Pero lo tienes babeando por ti, la verdad no está nada mal, un hombre realmente elegante,
apuesto, inteligente…
—Y casado, Sophia —hizo Rachell hincapié con vehemencia—. Recuerda que está casado, sólo
que le gusta quitarse el anillo —Arrugó la nariz—. Dime algo, ¿aún se me ve cara de pueblerina
estúpida?
—No mi vida, para nada, eres una diva, hermosa y elegante —sostuvo convencida la pelirroja
sonriendo.
—Anoche se me insinuó todo el tiempo, fue exasperantemente insistente con que lo dejara subir al
apartamento, no sé si no se ha dado cuenta que cuando digo no, es no, y que no me voy a acostar con
él hasta que la publicidad para Winstead esté rodando.
—El hombre las debe tener moradas —Se carcajeó Sophia—. Tenerte cerca y ni siquiera besarte,
ha de ser una tortura china para el pobre imbécil.
—Los hombres son tan básicos y predecibles, te juro que me desesperan —Rachell hizo un
puchero hastiada—. Si no fuera porque algunos lucen tan bien y llevan un muy útil pene, de verdad
que no valdrían la pena en absoluto —Esta vez fue ella quien se rio estrepitosamente por el ridículo
cinismo de sus palabras. Fue en medio de las risas que se percató de la hora—. ¡Joder! Es tardísimo,
Sophia.
—No seas exagerada, no es tarde… apenas son las siete y media ¿No tienes que estar allá hasta las
nueve?
—Sí, pero sabes lo que tardo arreglándome, no podré estar a las nueve en punto.
—¿Y qué si llegas diez o veinte minutos más tarde?, no es una empresa donde te van a controlar el
horario… al demonio con esa puntualidad que se te pegó de Richard, bendita precisión inglesa.
—Es que debo dar el ejemplo, no puedo dejar a los trabajadores esperando, hoy llevan los
espejos. —Se levantó y se detuvo delante de Sophia—. ¿En serio estoy muy flaca? —le preguntó
subiéndose la camiseta del pijama y mostrándole el torso.
—No mi vida, estás bellísima —La giró para que diera media vuelta—. Mira nada más que
maldito culo más impresionante tienes, si fuese hombre no te perdonaría tus jueguitos calentadores…
¿Sabes? menos mal que no me hiciste caso y decidiste dejarte tus tetas naturales, de lo contrario,
parecerías una puta, así te ves perfecta.
—Gracias Sophie, si fueses hombre te juro que me hubiese enamorado de ti… pero
lamentablemente no lo eres, y a mí no me ponen las mujeres. —Hizo un mohín de fingida decepción.
—No, y tampoco quiero serlo, me gustan mucho las pollas —Levantó el brazo izquierdo y se
puso la mano derecha en la cara interna del codo—. Así, bien grandes, jugosos, venosos y
calientes…
Rachell la interrumpió frunciendo el ceño divertida.
—¡Bueno! Ya, deja tus vulgaridades.
—Ah, sí, me vas a decir que no te gustan, zorrona…
—¡Ya! Me voy a bañar… prepárate tú también, te dejo en la boutique y de ahí me voy a Upper East
Side para empezar con la redecoración del gimnasio.
Casi una hora y media después Rachell estuvo lista, llevaba un vaquero desgastado, un camiseta
top suelto marrón, una chaqueta de cuero negra y unas botas sin tacón. Iba peinada con una trenza de
medio lado y no mucho maquillaje.
—Has tardado una eternidad Rachell —le reclamó Sophia que llevaba más de veinte minutos
esperándola.
—Es que no sabía que ponerme… ¿Me veo bien? —preguntó extendiendo los brazos.
—Te ves hermosa… —Sophia arrugó su graciosa nariz salpicada de pecas—. ¿Y a qué se debe ese
interés desmedido por tu apariencia el día de hoy?
—El mismo de todos los días, soy mi propia imagen Sophie —argumentó acomodándose sus
gafas de sol.
—No… —Sophia hizo una pausa mientras la estudiaba con detenimiento—. Te has pasado
preguntando toda la mañana, “¿Sophie, me veo bien? ¿Sophie, estoy gorda o muy flaca? ¿Cómo
piensas que se me ve mejor el cabello, suelto o recogido?” —Sacudió su índice en el aire—. ¿No será
que en el proyecto en el que estás trabajando hay algún tipo interesante? —inquirió levantando la ceja
izquierda con sarcasmo—. ¿Será acaso el hombre dueño de la voz profunda y exótica que me llamó
para hacer la cita?
Rachell abrió la boca para dar una respuesta coherente, pero al no encontrarla la cerró
inmediatamente.
—¡Si lo hay! —adivinó Sophia y soltó una carcajada.
—Está bien, si lo hay. ¡Si lo hay! —exclamó sintiéndose molesta con ella misma por confesarlo.
—¿Es el hombre de la voz profunda y exótica? —indagó Sophia emocionada.
—¡No! Es un imbécil con aires de actor de cine, qué digo actor de cine, se cree ¡Dios! Ahora
vámonos que es tarde. —Cogió el bolso y se dirigió al ascensor dentro de su piso.
—¿El de la voz qué tal está? —siguió Sophia.
Rachell se encogió de hombros.
—Nada mal.
—¿Y el dios?, ¿está buenísimo el tipo?
—No es un dios, se cree uno, entre una cosa y la otra hay mucha diferencia —Las puertas del
ascensor se abrieron y las dos entraron de inmediato—. Y sí, lo está… ya lo vi desnudo… y qué te
digo, me descontroló como a una estúpida adolescente.
—¡Ah, pero ya te lo has llevado a la cama! —chilló Sophia soltando un suspiro de alivio—. ¿Y
qué tal? ¿Se mueve bien o es un maniquí? —preguntó divertida.
—¡Claro que no me acosté con él! —Se apresuró a negar con demasiado ímpetu—. Ni pienso
hacerlo, es sólo un bonito envoltorio, un delicioso pedazo de carne… Nada más —habló con la voz
disminuyéndole de volumen a cada palabra.
—Entonces no te pongas tan guapa para ir a verlo… —comentó Sophia sacudiéndose una mota
imaginaria del abrigo y guiñándole un ojo con picardía—. Rachell, llegará el momento en que te
enamores, te lo he dicho.
—No voy a enamorarme Sophia, enamorarse implica confiar, y yo no confío en los hombres,
jamás lo haré… No voy a entregarme por completo a ningún desgraciado que a la primera de cambio
me ponga los cuernos, o que termine agrediéndome cuando no cumpla sus órdenes. ¡Primero muerta!
—replicó en un tono tan convencido, que Sophia no mencionó más el tema.
Las puertas del ascensor se abrieron en el garaje del edificio, las dos caminaron hasta su Nissan y
emprendieron camino. Rachell dejó a Sophia en la boutique y se dirigió hacia el apartamento de los
Garnett, al llegar fue recibida por una mujer de unos cuarenta años que se encontraba en compañía de
otras dos mujeres.
Se presentó con quienes parecían ser el personal de mantenimiento y limpieza y les comunicó la
razón de su presencia y la de los trabajadores. Después los hombres la siguieron hasta el gimnasio e
iniciaron la extenuante labor de mover las máquinas, remover las alfombras y adherir los espejos.
Sintió una mezcla de alivio y decepción. Quería y no quería verlo, sin embargo, la esperanza
hundía la espinita aumentando las ganas de un posible encuentro ese mismo día.
Rachell había salido del gimnasio y se encontraba de pie frente a uno de los ventanales del salón
principal, contemplando distraída cómo a lo lejos se extendía el parche verde del Central Park. Una
de las mujeres se acercó a ella y le ofreció un menú para que eligiera su comida y el de los hombres.
—No señora, la verdad no hace falta, yo me llevo a los chicos a comer por aquí cerca, las
comidas no hacen parte del contrato.
—Señorita Winstead, es que son órdenes del señor Samuel, nos pidió que le proporcionáramos
todo lo que necesitase, está incluido la comida y cualquier aperitivo que desee.
—Sí, entiendo, pero la alimentación no está incluida, él lo sabe.
—Señorita Winstead, sí, usted le informó y puede que esté estipulado en el contrato, pero a él no
le importa, por favor. —La mujer le dedicó una mirada angustiada, prácticamente rogándole que
aceptara el menú. Dedujo que el fiscal como jefe sería un tirano, así que se apiadó de la mujer.
—Está bien, déjeme preguntarle a los chicos qué quieren comer y más tarde se lo diré.
—Gracias, señorita Winstead —le dijo con una amable sonrisa que Rachell correspondió antes de
volver al gimnasio.
Pasó todo el día en el apartamento y Samuel Garnett no se apareció en ningún momento. Se animó
a sí misma pensando que todavía debería encontrarse en el despacho de abogados.
****
Al día siguiente, decidió vestirse más cómoda, así que se puso ropa deportiva, la misma que usaba
para ir al gimnasio, no ganaría nada con arreglarse si no causaría ningún efecto en nadie. Al igual
que el día anterior, fue recibida y atendida por las señoras de mantenimiento.
La remodelación estaba casi lista, y le encantaba cómo el proyecto iba cogiendo forma. Con
eficiencia y admirable habilidad, les daba instrucciones a los hombres y éstos respondían a sus
órdenes con diligencia. Los últimos detalles y la organización de los accesorios pequeños y los
instrumentos musicales, los ajustaría ella misma.
El espacio de cinco metros cuadrados parecía una isla sudamericana, repisas de madera habían
sido dispuestas en la pared posterior. Algunos de los accesorios estaban descuidadamente
acomodados sobre las repisas, todos en colores verde, amarillo y blanco. En cuanto los hombres
terminaron la instalación, les pidió que acercaran la escalera de dos metros, cerca de los estantes. La
escaló, y mientras los hombres le pasaban los instrumentos y los utensilios, ella iba dándole forma a
los detalles finales. El resultado era encantador.
Samuel se acercó al gimnasio, aún ataviado con su traje de oficina, la corbata floja y las manos en
los bolsillos del pantalón. Frunció el ceño al encontrarse con un espectáculo que lo hizo tragar duro.
Rachell Winstead estaba encaramada en una escalera, vistiendo un pantalón de lycra que se aferraba
como una segunda piel a su cuerpo, dejándole apreciar con absoluto detalle los valles y lomas hechos
por sus piernas y su preciosísimo trasero. Llevaba trenzado su oscuro y largo cabello, y una
juguetona punta al final, le acariciaba la cintura. No podía, ni quería dejar de mirarla, de la manera
más primaria su aparentemente inadvertida posición al trabajar le hilaba ideas poderosamente
sexuales. Quería averiguar cómo se vería desnuda, cómo reaccionaría a su toque, quería mandar a
todas las demás personas en el gimnasio a la mierda. Un momento. ¿Qué hacían esos hombres en su
gimnasio?
Tres chicos que estarían en los veintes estaban apretujados bajo la escalera, cada uno más
interesado en asistir a Rachell, claro, estaban viéndole el culo con lascivia. Igual que hacía unas
noches en el restaurante, cuando la había visto de nuevo en compañía de Henry Brockman, el pecho
se le llenó de una asquerosa combinación de ira e impotencia. Lo encabronaba darse cuenta que no
podía hacer nada para que, sencillamente, el resto del mundo no la mirara.
Dio largas zancadas para acortar la distancia lo más rápido posible, irrumpiendo en el lugar,
llenando el espacio con su poderosa presencia. No fue necesario que hablara, los hombres lo
advirtieron pronto, desviando las miradas, esforzándose por disimular su libidinoso
comportamiento.
—Señorita Winstead, baje de ahí inmediatamente —exigió como si ella fuese de su propiedad.
Rachell escuchó la dolorosamente familiar voz, y su cuerpo empezó a temblar, aferrándose con
fuerza a la escalera volvió medio cuerpo lentamente. Para cuando sus ojos se encontraron, ella ya
había cubierto los suyos con rabia e indignación.
¿Quién se creía el cabrón para utilizar ese tono con ella?
—¿Disculpe? —preguntó con sarcasmo.
—Que se baje le he dicho —carraspeó Samuel dándose golpes mentales por elevar
innecesariamente la voz—. Deje eso así —le pidió moderando el tono de su exigencia.
Rachell respiró hondo esperando poder responder con total profesionalismo.
—Señor Garnett, está interrumpiendo mi trabajo y distrayendo a mis trabajadores, me bajaré de
aquí en cuanto haya acabado, por favor retírese, en unos minutos atenderé sus dudas, o lo que sea por
lo que esté aquí. —Entonces volvió a girarse, e intentando ocultar el temblor de sus dedos, siguió
acomodando los instrumentos.
¿O lo que sea por lo que esté aquí? Reflexionó Samuel divertido.
—No soy yo quien está distrayendo a los trabajadores, señorita Winstead. —Ella, por supuesto, lo
ignoró.
Respirando con fuerza se fue directo hacia ella, y sin darle avisos, la cogió por la cintura y la
bajó.
Rachell gritó por la sorpresa, instintivamente llevó sus propias manos hacia las de Samuel en su
cintura, apretándolas en busca de apoyo. Una vez sus pies estuvieron por completo en el aire, ella fue
consciente del as que él había puesto bajo su manga.
Cuando la bajó por completo, pegó su cuerpo al de él, y la protuberancia en medio de sus piernas
se estrelló contra su región lumbar y la cima de sus nalgas, justo en ese momento, sintió cómo él se
apretaba más a su cuerpo.
Todo pasó muy rápido, no sabía a ciencia cierta si lo había hecho intencionalmente, sólo era
consciente de las miles de sensaciones que la azotaban sin piedad, dejándola de piedra en aquel
mismo lugar, con las manos aún sobre las de él que seguían encerrando su cintura.
Moviéndose casi imperceptiblemente, pegó la espalda a su pecho, y constató que era duro como
piedra, más abajo, el calor de su entrepierna la traspasó, Samuel apretó las manos en su cintura,
pegándola a él por completo, y el latido de su hambrienta erección la despertó del trance erótico en el
que había caído. Mirando en todas direcciones de repente volvió a ser consciente de los tres
trabajadores, y del espectáculo que estaban dando. Sin perder un segundo más se soltó abruptamente
de su agarre.
—La jornada ha terminado —les dijo a los trabajadores—. Pueden marcharse. —Los tres hombres
no vacilaron en obedecerla—. Nunca… —se dirigió esta vez a Samuel—. vuelva a hacer algo así, no
le permito que me toque.
—No sea absurda, señorita Winstead —le dijo él con tono prepotente—. No lo he hecho con el
objetivo de tocarla, sencillamente no quiero que cause un desastre en mi casa por no tomarse en serio
las normas de seguridad. —La miró a los ojos desafiándola a decirle algo más, se dio media vuelta y
abandonó el lugar.
Inmediatamente Rachell lo siguió, él no tendría la última maldita palabra. Estaba enfurecida por el
influjo que ese hombre causaba en ella, la irritaba y la excitaba con igual intensidad, y estaba
cabreada, muy cabreada, y putamente excitada. ¡Mucho!
Samuel tenía que dejar el gimnasio, una fuerza poderosa lo había poseído en cuanto puso sus
manos sobre la exquisita cintura de Rachell, todo en ella gritaba: sexo. Tenía una rampante erección
que no quería ceder, y mucho menos si se mantenía en su presencia. No quería seguir discutiendo con
ella mientras la tela de su ropa interior se quedaba impresa a punta de presión en la piel de su polla.
Al llegar a la sala, se acercó a una consola de madera negra empotrada en la pared que albergaba
varias esculturas, de entre las curiosas formas de metal sacó un iPod.
—Lo ha olvidado —le habló a ella, perfectamente consciente de su presencia tras su espalda, se
giró y se lo entregó.
—Gracias —contestó Rachell casi arrancándoselo de la mano. Se quedaron en silencio por varios
minutos, él luchando contra su insistente erección, y ella intentado descifrarlo—. ¿Puedo hacerle una
pregunta señor Garnett? —habló aún con la voz tensa pero dispuesta a serenarse.
—Claro, pero no le aseguro responderla —advirtió.
—¿Es así todo el tiempo? ¿Saluda sólo cuando le da la gana? Yo amablemente hago el intento de
mantener una relación respetuosa y cordial, y usted pasa por encima de mi autoridad frente a mis
empleados, intento saludarlo si me lo topo en un restaurante, y usted me ignora muy campante. —Ahí
estaba, lo había dicho, no había podido contenerse con el asunto del restaurante—. Sólo dígalo, y
tendré la precaución de no volver a hacer el ridículo por causa suya.
—Señorita Winstead, estaba usted ocupada —Él bajó el tono de su voz—. Y acompañada… no
quería causar problemas. —De nuevo el enfado se dibujó en su rostro.
—No veo nada de malo en que me salude, y mucho menos veo cómo pueda causarme problemas,
Henry no se molestaría porque usted me saludara.
¿Henry? ¿Henry? La sangre de Samuel hirvió enfurecida.
—Él no, pero yo encuentro insoportable cruzar palabra alguna con su amante. —Su tono de voz
era helado y amenazante.
—Es sólo un amigo… —Intentó por alguna estúpida razón explicarse cuando Samuel la
interrumpió.
—No —le dijo con contundencia—. Se acuesta con él, no son amigos, son amantes —agregó sin
el menor recato, y en su propia cara.
—Señor Garnett, es increíble el alcance de su complejo de dios, usted no tiene ni idea con quién
me acuesto, y si así fuera, no es usted quien define quién es o no mi amante, escúcheme bien fiscal, es
mi cuerpo y son mis reglas, pero no me molestaré en explicárselo, dudo que usted tenga una idea de
lo que es verdaderamente un amante —contraatacó Rachell por completo a la defensiva, sus palabras
la habían hecho sentir de alguna manera inadecuada, y lo odiaba. De repente, quiso no estar
involucrada con Brockman por el simple hecho de agradarle a Samuel, y eso estaba mal, eso era
estúpido, sencillamente no era su naturaleza.
—Señorita Winstead —murmuró Samuel dando dos pasos, y en un segundo estuvo de nuevo
pegado a ella—. Debería elegir mejor, cómo, dónde y con quién se relaciona. —La miró a los ojos, y
su mente se perdió en masoquistas ideas de Rachell desnuda en los brazos de Brockman, eso quemó
su sangre y tuvo que apretar los dientes para contener la rabia y no gritarle—. Y créame, yo podría
enseñarle con absoluto detalle y profundidad lo que es un amante, uno de verdad… —se acercó a su
oído—. Uno capaz de domar ese volátil carácter suyo.
La respiración de Rachell se hizo espesa, insuficiente, sus párpados se apagaron excitados, tenía
que salir de ahí, pero estaba completamente inmovilizada.
—¿Tiene algo en contra de Henry Brockman? —soltó mirándolo a los ojos, completamente
segura que eso la salvaría de caer rendida como una estúpida en sus brazos.
Samuel se quedó mirándola en silencio, con los ojos enfurecidos y la mirada peligrosa.
—Quiero que se vaya. —Apenas susurró, dándose media vuelta y dejándola a ella parada en el
lugar. Después, regresó sobre sus pasos y le quitó el iPod—. Se lo haré llegar después.
—¡Regréseme mi iPod! —le exigió Rachell con un grito—. Es mío, no tiene ningún derecho.
—¡No! —le dijo obstinado—. ¡Lárguese! Deje el maldito trabajo así.
—¿Sabe qué, señor Garnett? ¡Váyase a la mierda! —le gritó—. ¡Y quédese con el iPod! No es más
que un imbécil con ínfulas de dios que cree que todo lo puede… —gritaba histérica cuando una voz
masculina la interrumpió.
—Buenas tardes —Escuchó a alguien con el mismo maldito y sensual acento.
Rachell volvió medio cuerpo y se encontró con el hombre y la mujer que habían estado en el
restaurante con él aquella noche, pero esta vez traían a un niño de al menos un año de edad en los
brazos.
—Ian, Thais… pasen. —Los saludó Samuel con voz calmada como si nada hubiese pasado.
En ese pequeño momento en que Samuel bajó la guardia, ella aprovechó y le quitó el iPod
dejándolo desconcertado. Se encaminó rápidamente y subió en un ascensor privado que veía por
primera vez en el interior del apartamento.
—Un minuto, por favor —le pidió Samuel a su primo que lo miraba confuso y con una sonrisa
burlona.
Corrió para alcanzar a Rachell, pero cuando llegó las puertas del ascensor se cerraron en su cara.
Ella dejó libre un suspiro, seguido de un grito drenador en un esfuerzo por depurar la rabia.
Samuel golpeó la puerta frustrado, cerró los ojos y vociferó algo inteligible. Ian se detuvo a su
lado riendo y mirando las puertas del ascensor.
—¿Es la primera mujer que te manda a la mierda? —Samuel le dedicó una mirada furiosa y se
mantuvo en silencio—. Vete con cuidado, o de ésta te enamoras.
—No le hagas caso Samuel, sólo lo dice porque yo fui la única capaz de mandarlo a la mierda…
—Thais desvió la mirada a su esposo—. Amor, no todos los hombres son masoquistas —Les guiñó
un ojo—. Voy a alimentar a Liam.
Rachell de nuevo quería huir, y se odiaba por ello. A toda prisa ubicó su coche en el garaje.
—¡Maldita sea! —exclamó con violencia al ver que no tenía las llaves, todo lo había dejado en el
apartamento, sólo llevaba en la mano el bendito iPod. Pero ni por todo el oro del mundo regresaría,
no lo quería ver, además necesitaba averiguar por qué demonios el hombre no quería devolverle el
iPod. Salió del aparcamiento y se encaminó a la calle, bajó una calle y encontró rápidamente un taxi
disponible.
En cuanto le indicó la ruta al taxista, encendió el iPod y empezó a revisarlo, ahí estaban sus
habituales ochenta gigas de música, nada parecía nuevo o fuera de lo normal, deslizó rápidamente el
dedo por la pantalla táctil en busca de algo, lo que fuera, pero no lo hallaba.
No había nada en las fotografías tampoco. Se fue a las carpetas de videos revisando uno por uno,
hasta que encontró algo, que estaba segura, no era suyo, llevaba por nombre: “Espero le sirva de
ayuda”
Se puso los auriculares y le dio reproducir. Casi inmediatamente Samuel apareció en la pequeña
pantalla con un pantalón de chándal blanco, el torso desnudo y descalzo, de pie en una habitación
inmensa con una cama gigante. La habitación estaba ambientada con los colores negro, blanco y gris,
la pared de fondo era de cristal, parecía ser la segunda planta del apartamento. Dedujo que era su
dormitorio.
Por un momento su corazón se detuvo. Lucía tan despreocupado, relajado, y por un breve instante
creyó que también lucía tímido. Gimió peleando contra ella mismay se obligó a desechar cualquier
clase de simpatía. Seguramente terminaría desnudándose en cualquier momento, y después se
masturbaría frente a la cámara, después de todo no era más que un enfermo exhibicionista. Aun así,
no dejó de mirar.
—Rachell, sé que tal vez no es la mejor manera de aprender —Escuchó su seductora voz en un
tono tan tranquilo, que estaba segura no había escuchado antes—. Pero me has dicho que te gusta la
Capoeira…. —sin perder el tiempo, pausó inmediatamente el vídeo.
Su corazón volvió a martillar estúpidamente emocionado, la estaba tuteando. ¡Quería morirse!
Pero qué pocos huevos tenía el fiscal, por qué no lo hacía en persona. Si era posible, lucía aún más
precioso en el pequeño video, una extraña sensación creció entre su pecho y su estómago, y una tonta
sonrisa se formó en sus labios. Una vez más tocó la pantalla para reproducir.
—Trataré de explicarte en este video los pasos más básicos y sencillos, sé que costará un poco,
pero todo es cuestión de práctica, a medida que los haga te los iré nombrando para que aprendas a
identificarlos, espero que te sirva de ayuda.
Inmediatamente escuchó ritmos llenos de percusiones y sonidos exóticos, era realmente una
música fascinante.
—Empecemos el jogo —habló de nuevo Samuel, marcando con mucha más fuerza su delirante
acento—. Éste… —explicó moviendo alternadamente sus extremidades, llevando la pierna derecha
hacia atrás, al tiempo que hacía lo mismo con el brazo izquierdo, y después venía la pierna izquierda
en sincronía con el brazo derecho—. Es el Ginga.
Y siguió balanceando su cuerpo, con las rodillas siempre levemente flexionadas, apoyado
únicamente en las puntas de sus pies. Después, sin dejar de mecerse, conservando perfectamente el
equilibrio, empezó a moverse en círculos. Los músculos bajo su piel ondeaban relajados pero listos
para el ataque, había una energía contenida en aquel movimiento de alguna manera tan fundamental, y
un aura salvaje a su alrededor, se desplazaba como un depredador, como un elegante felino al acecho.
No hubo manera alguna en la que pudiera evitar que su cuerpo entero se calentara y su boca se
secara sedienta por él. El hombre era absoluta e inevitablemente irresistible.
Cogió una muy considerable bocanada de aire, pausó la reproducción y dejó caer su cuerpo hacia
adelante, hasta que su cabeza se chocó contra el respaldo de la silla del copiloto. El taxista le dedicó
una desconfiada mirada de reojo pero al final volvió la vista al frente con algo de vacilación.
—¿Se siente bien, señorita? —le preguntó el hombre con cierto tono de alarma.
—Sí, sí, sí —balbuceó Rachell—. No se preocupe —susurró despacio mientras volvía a recostar
la espalda contra su asiento.
Había algo más que simple sensualidad en Samuel Garnett, había algo en él que la atraía con
demasiada fuerza, su presencia la cautivaba y la consumía, era como si su propio cuerpo le suplicara
sucumbir a él para poder sentirse satisfecha, y era un maldito enredo, porque ella jamás sucumbiría
ante nadie. La cabeza le iba a explotar, tal vez la mejor decisión era eliminar cualquier pensamiento
relacionado con el fiscal y simplemente borrarlo de su mente.
—Hemos llegado —le informó el taxista, trayéndola de golpe a la realidad.
Ella guardó silencio un par de segundos, como procesando qué demonios tenía que hacer y dónde
diablos estaba—. Deme un minuto por favor, no tengo efectivo conmigo.
Se bajó del taxi y entró en la tienda eludiendo las miradas sorprendidas de Oscar y Sophia. Sonrió
amablemente a sus clientes y fue directo hasta el mostrador.
—Sophie, dame cuarenta dólares por favor.
—¿Es para pagar el taxi, Mariposa? —preguntó Oscar acercándose a ellas.
Rachell asintió en silencio.
—Ya lo he pagado —le dijo Oscar—. ¿Estás bien?
—Sí, sí, todo bien —respondió secamente mientras descargaba el iPod sobre el mostrador y
tomaba uno de los catálogos de la última colección para abanicarse—. Estaré en la oficina.
Rachell se dio la vuelta, y sin decir nada más, subió las escaleras. En ese momento, Oscar dio dos
pasos hacia ella, Sophia lo detuvo poniéndole una mano en el estómago y negando en silencio.
—Pero es obvio que algo le pasa —masculló Oscar con los dientes apretados.
—Sí, algo le pasa, pero necesita retirarse y pensar un poco, no importa si la sometemos a la
inquisición española, no va a soltar una sola palabra —farfulló Sophia.
Oscar accedió de mala gana y se fue a las bodegas. Sophia hizo un puchero rebelde, y cogió el
iPod de Rachell, caminó hasta la consola amplificadora. Al primer contacto de sus dedos con el
aparato, la pantallita se iluminó, curiosa, reactivó la reproducción.
—Dulce-madre-del-niño-Jesús —chilló con la voz contenida. En el iPod estaba encerrado un
Adonis que se movía tan deliciosamente como el diablo, con el torso desnudo y dorado, dando
instrucciones acerca de cuándo y cómo elevar las piernas. Ella por su parte estaba bastante segura de
cuándo y cómo abrirlas. Con el aparatito de reproducción aún en las manos, reclinó la cabeza hasta
apoyarla completamente sobre su hombro izquierdo, intentando seguirle el paso a los muy flexibles
movimientos del exquisito hombre, que bailaba frente a ella alguna clase de ritmo extranjero.
—Bueno, el tiempo de retiro se acabó —susurró Sophia mientras aceleraba el paso, y subía las
escaleras hacia la oficina a toda velocidad—. ¿Has hecho amistad con un chico del Cirque du Soleil?
—preguntó al irrumpir en la oficina quitándose los auriculares.
Los ojos de Rachell se fueron directos a las manos de Sophia, y por alguna razón desconocida, su
mirada se llenó de pánico.
No podía estarle pasando eso a ella, su amiga no la dejaría en paz ahora. De inmediato endureció
el gesto y frunció el ceño, esta vez Sophia lo tendría difícil.
—Entonces Rachell. ¿Lo hacemos de la manera sencilla? —Apretó con el pulgar de su mano libre
cada uno de sus dedos, haciendo tronar sus articulaciones—. ¿O prefieres la difícil?
Rachell hundió los hombros y la miró resignada.
—No es malabarismo ni ningún otro acto de circo —suspiró—. Es Capoeira… En el video, él
pretende enseñarme.
—¿Él? —replicó Sophia con voz aguda.
—El hombre con complejo de dios…
—¡Mierda! —gritó Sophia y se dejó caer en el diván—. ¡Está jodidamente bueno! No, mujer,
bueno es poco, y cuánta amabilidad… ¡Te ha grabado un video educativo! —Le guiñó un ojo—. Esto
es una señal clarísima, le interesas, le interesas, y le interesas.
—Sí, está buenísimo, sería una mentirosa descarada si te dijera lo contrario, pero el hombre no es
más que una cara bonita, unas piernas bien torneadas, brazos fuertes, un pecho esculpido, y
abdominales increíbles…
—Ajá… —musitó Sophia concentrada en su manicura.
—Es un ser humano aborrecible, tiene un ego aplastante, jura que es el dueño del mundo, y no
tiene la más mínima consideración en tratar con respeto y amabilidad a la gente que lo rodea…
Sencillamente, no es la clase de persona con la que me interese relacionarme.
—Ajá… —cuchicheó Sophia nuevamente.
—Y, y, y… —Rachell tartamudeó—. Y fue sólo que durante la etapa de preparación, mencioné mi
interés en la Capoeira, después él hizo ese video, y si pareciera una persona decente y amable, pero
no es más que la ilusión de la cámara, esto está realmente muy alejado de la realidad.
—Ajá…
—Mira Sophie, el tipejo me echó de su casa mientras estaba trabajando allí, y simplemente porque
el nombre de Henry Brockman vino a colación. ¿Puedes creerlo?
—Está celoso, Rachell, es todo —respondió Sophia como si fuera la deducción más natural.
—Sophia, eso es absurdo, apenas me conoce, no tiene nada que ver conmigo, más bien parece ser
algo entre él y Brockman, su reacción al estar cerca de él es demasiado agresiva, la primera vez me
echó el maldito coche encima… —Se detuvo y arrugó el ceño—. Lo extraño es que Henry no ha
hecho el más mínimo comentario, me atrevería a decir que ni siquiera lo conoce.
Sophia se levantó del diván.
—No me habías dicho que es el mismo hombre que casi te atropella.
Rachell esquivó su mirada.
—Bueno, sí, es él.
—Bueno. ¿Y qué? Algo pasa ahí, puedo sentirlo, así que arriésgate, te gusta, le gustas… Por donde
vive, puedo deducir que tiene bastante dinero, puedes matar dos pájaros de un sólo tiro Rachell, te
diviertes y tienes un nuevo candidato que financie la campaña de lanzamiento.
—No —contestó Rachell contundente—. Él no tiene el perfil indicado… Él es diferente.
—¿Diferente? —repitió Sophia, Rachell la ignoró—. Bien, entonces simplemente tíratelo, y te
bajas la neurosis de una buena vez.
No, ella no podría simplemente tirárselo y después pasar de él, era lo suficientemente valiente
para decirse a sí misma que una vez probara una rebanada de Samuel Garnett, lo querría completo, y
eso la aterraba.
Él despertaba demasiadas emociones nuevas en ella, emociones desconocidas y desconcertantes,
se sentía perdida y confundida, quería como nada perderse en el deleite que el fiscal prometía con su
mera presencia, pero él estaba más allá de su control y eso lo hacía en extremo peligroso.
—¡Hey! Tierra llamando a Rachell. —Chasqueó Sophia—. Bueno, ahora al menos sé por qué has
estado tan distraída últimamente, espero que mañana ya no estés en modo zombie.
Rachell la miró con reprobación.
—No dejes solo el mostrador, ve, estaré contigo en cinco minutos, y por favor encárgate de ir
hasta el apartamento de los Garnett y recuperar mis cosas y mi coche, te lo agradeceré eternamente.
CAPÍTULO 9
La pista privada de aterrizaje del grupo EMX en el aeropuerto La Guardia, recibía el jet de
distintivos en colores verde, amarillo y blanco proveniente de Brasil. El jet tardó casi veinte minutos
antes de lograr anclarse al puente aéreo; una vez los accesorios de desembarque fueron instalados,
Reinhard Garnett descendió atravesando el cubículo articulado, ajustando los botones de su
americana. Un rocío de cabellos blancos salpicaba levemente sus sienes, dándole un aspecto
distinguido, masculino e inteligente.
En la sala de espera privada, tras cristales ahumados, Ian y Samuel Garnett lo esperaban. Reinhard
los vio antes de ingresar en el pequeño salón, y los tres se sonrieron con genuina alegría.
—Tío, que alegría verlo —le dijo Samuel acercándose y apretándolo en un sentido abrazo.
—A mí también me alegra verte, hijo —murmuró Reinhard abrazando con fuerza a su sobrino—.
¿Cómo lo llevas con los guardaespaldas? —preguntó divertido.
Samuel endureció su gesto—. Pues no lo llevo, están afuera… tío, la verdad no es necesario…
—Es por tu seguridad Samuel, y no quiero que les hagas la vida imposible como a los demás.
—Ya no soy un niño, sé defenderme solo… me siento estúpido, es estúpido andar con niñeras.
—¿Entonces, yo soy un estúpido? —inquirió Reinhard mirando a sus propios guardaespaldas.
Samuel desvió la mirada a los cuatro hombres que siempre lo acompañaban y que estaban a unos
cuantos pasos de distancia—. Te aseguro que no lo soy Samuel, sólo soy precavido y quiero que
acates el plan de seguridad. Son mis órdenes. ¿Entendido? —preguntó con voz profunda y severa.
—No, la verdad no lo entiendo —respondió Samuel desafiante—. Pero supongo que debo acatar
tus órdenes.
—Supones bien —aseveró Reinhard clavando sus profundos ojos azules en él, después desvió su
atención a Ian—. ¿Cómo han ido estos cuatro días para Liam con el cambio de clima?
—Bien —respondió Ian con la expresión dulcificada y serena—. Sólo se le congestiona un poco
la nariz, pero el doctor dice que se acostumbrará. Ayer llegaron Thiago y Marcelo, todo está
preparado, hemos pasado primero por el club.
—¿Me imagino que Diogo no sabe nada? —preguntó poniéndose las gafas de sol, y las puertas se
abrieron para que los tres hombres en compañía de los guardaespaldas salieran.
—No, por eso no le he dicho una sola palabra a Thor, porque es un bocón y a la primera le dice lo
de la fiesta sorpresa —habló Samuel y después sonrió al ver la mirada llena de admiración de su tío
al ver el Lamborghini, le guiñó un ojo y sonriendo le lanzó las llaves—. Lo traje porque sabía que
querrías conducirlo.
Reinhard las cogió y apretó el botón para que las puertas se elevaran sonriendo como un niño con
un juguete nuevo. No lo había montado realmente, apenas si había hecho las pruebas de potencia del
motor en Ginebra, a donde viajó después de recibir la llamada de la Lamborghini por ser uno de los
clientes internacionales de la famosa marca de coches deportivos. Subió emocionado al coche rojo
brillante, e inmediatamente hizo que los motores rugieran.
—Yo creo que mejor me voy con los guardaespaldas —acotó Samuel riendo.
—¿Tienes miedo, Pantera? —lo retó Ian, subiendo al Mustang negro.
—Con Reinhard al volante, estaría loco si no —le contestó mientras su tío le lanzaba una mirada
desafiante—. Está bien —Fingió suspirar y se subió al coche, Reinhard le sonrió e hizo descender las
puertas—. Tío, recuerda que al entrar al tráfico tienes que conducir moderadamente. —En cuanto las
palabras dejaron su boca, su cuerpo quedó pegado contra el respaldo del asiento propulsado por la
endemoniada velocidad del arranque. Los cuatro guardaespaldas de los chicos, y los cuatro habituales
de Reinhard, se vieron en problemas al tratar de seguirle el paso al Lamborghini escarlata, el hombre
parecía seguir presionando el acelerador, mientras las agujas coqueteaban con los 300 Km/h con la
plena libertad de eludir la ley en las autopistas a las afueras de Nueva York.
—¿¡Música!? —preguntó Samuel mientras sentía el viento silbar en sus oídos.
—Rock, pero del bueno, no vayas a poner cualquier mierda Samuel —le pidió sonriendo. El joven
deslizó los dedos por la pantalla, y empezó a buscar en la lista de reproducción de la memoria del
coche algo que se ajustara al inusual gusto de su tío. Finalmente, se detuvo, accionó la reproducción y
elevó el volumen dejando que Ramstein, con Mein Tail se apoderara con sus poderosas voces del
camino.
Se dedicaron miradas divertidas durante un breve instante, y de inmediato empezaron a sacudir sus
cabezas coreando la canción, moviendo las manos como si fueran estrellas del estremecedor Metal.
Reinhard era un as en los negocios, un hombre inteligente, culto, selecto, elegante, sin embargo, la
edad no era más que una cifra irrelevante cuando compartía con sus hijos y sus sobrinos; entre ellos,
era uno más, con preferencias y aficiones similares, juntos eran un grupo de amigos pasándolo en
grande.
En cuanto el tráfico neoyorquino empezó a dibujarse en el horizonte, disminuyeron la velocidad y
bajaron el volumen de la música, la descarga de adrenalina había terminado.
—¿Han preparado lo de la banda? —preguntó Reinhard poniéndose al día.
—Sí, ya todo está listo, pero tío, ¿estás seguro de tocar el bajo? Es que ya no somos unos niños, y
no puede guiarnos —lo provocó con intención.
—¿Me estás llamando viejo, Samuel Garnett?
—No, claro que no… es sólo que… —siguió el juego.
—¿Cuántos años tiene Robert Trujillo o Tom Hamilton? Son bajistas profesionales, activos y son
mayores que yo. ¿Y quién les dice que hacen el ridículo? Nadie, porque no lo hacen —le dijo, y
empezó a golpear el volante con las palmas de las manos al ritmo de AC/DC.
Unos minutos más tarde el imposible tráfico de Nueva York los había engullido.
Samuel aún sonreía a costas de su tío cuando tomaron el puente Robert F. Kennedy.
—¿Cómo van las cosas en Río ?
—Muy bien, con la excitación del Mundial del próximo año todos estamos contando los días, ya
aseguré el alquiler de nuestros palcos en São Paulo, Belo Horizonte y Río, y doné quince millones de
dólares para la remodelación del estadio Arena Mineirão, tendremos la visita de grandes
inversionistas, en verdad será una increíble mezcla de negocios y placer.
—¿Y qué pasó con el Maracaná?
—Lo están remodelando nuevamente porque no cumplía completamente los requerimientos de la
FIFA.
—La FIFA se dedica a joder, siempre es lo mismo —Estiró el brazo y le señaló a su derecha—.
Ahora deberías tomar la York, después podrías incorporarte a la Madison Avenue, y en pocos
minutos estaremos en el Palace.
—Sé por dónde ir Samuel, he estado en Nueva York más años de los que tú puedes contar teniendo
barba.
Samuel volvió a sonreír.
—Ya estamos por llegar, paso a las once por usted para ir a comer.
—No Samuel, tengo una comida con Forbes, aprovecharé el viaje para hacer la entrevista… —Sin
avisos, su mirada se ancló en dos mujeres que caminaban por la acera—. E intentaré divertirme un
poco. Mira cómo nos observan las mujeres.
—Miran al coche, no a nosotros —aclaró Samuel enfundado en las gafas de sol Oakley Hijinx.
—No te mirarán a ti, porque a mí me están comiendo con la vista. —expuso con suficiencia. Por
lo que Samuel hecho la cabeza hacia atrás para liberar una carcajada exponiendo su perfecta
dentadura.
Al llegar al Palace, Reinhard bajó del Lamborghini y Samuel se pasó al lado del conductor
esperando a que su tío y su primo entrasen al hotel. Antes de dejar la bahía de los aparcacoches, miró
por el retrovisor y las dos todoterrenos negras encendían los motores, dejó libre un suspiro y
observó a su tío que se despedía con una sonrisa, él sólo elevó la mano en un gesto de despedida. Allí
venían sus niñeras.
****
Sophia le dedicó una mirada a Rachell a través del espejo mientras ambas se aplicaban máscara de
pestañas, sin poder evitarlo, la pelinegra también sonrió ante la travesía de maquillarse.
—Creo que esta noche vamos a causar unos cuantos ataques al corazón. —Jugueteó la pelirroja,
sintiéndose un poco como Jessica Rabbit.
Llevaba un pequeño vestido negro que no con mucho empeño cubría la mitad de sus muslos, un
rocío de brillantes le daba un efecto iridiscente a su atuendo. Llevaba el cabello muy lacio y un
coqueto flequillo que jugueteaba con sus largas pestañas, dejando ver el contraste sensual del rojo de
su cabello, y el negro en estado puro a causa de la máscara que resaltaba con un brillo salvaje sus
ojos verdes.
—Bueno, esa no es mi intención esta noche, sólo quiero divertirme un rato —le dijo Rachell, que
llevaba el cabello repleto de ondas salvajes. Su vestido, al igual que el de Sophia, revelaba sus
magníficas piernas, pero a diferencia del de su amiga, éste tenía las mangas largas y el escote en V,
insinuando la piel curveada de sus pechos. El vestido era plateado, con lentejuelas de distintos
tamaños y formas que reflejaban la luz en distintos ángulos haciéndola brillar, los zapatos también
plateados y con un altísimo tacón.
—¡Ya es tarde, estoy esperando! —Escucharon la voz de Oscar desde la sala.
—¡Ya vamos! —respondió Rachell aguantando la risa y corriendo a la cama para tomar su cartera.
Un minuto después, dejaron al hombre de piedra con sus despampanantes figuras llenas de
sensualidad. Oscar sacudió la cabeza y les dedicó miradas de reproche por su retraso, ellas le
sonrieron con picardía y él no pudo más que derretirse por ellas, haría cualquier cosa por esas dos
mujeres.
—¡Vámonos! —bramó Oscar pretendiendo rudeza.
Reinhard, Ian, Thor y Samuel estaban sentados en el enorme sillón borgoña al fondo del salón
privado del club Provocateur en la Novena Avenida, viendo cómo la organizadora del evento, una
elegante afroamericana, daba la orden a sus asistentes para que los invitados entraran en el salón. Al
otro lado de la gruesa pared de cristal que aislaba por completo el sonido, podían ver que una de las
salas públicas del club ya estaba repleta, bañando a la gente con las luces violetas y azules que se
deslizaban de arriba abajo por los lujosos cortinajes blancos, interrumpidas apenas por las enormes
lámparas suspendidas del techo.
En el interior del salón rentado por los Garnett bailaban sin descanso luces amarillas, azules y
verdes, en uno de los extremos un rectángulo de cinco metros cuadrados había sido acordonado con
sogas blancas de fibra natural, rodeando cuatro postes de madera dispuestos en el suelo que contenían
blanca arena caribeña. Altas palmeras artificiales estaban dispersas entre las mesas, de las paredes
colgaban máscaras rodeadas de plumas, con una apariencia que combinaba rasgos humanos con
atributos felinos, todo en vibrantes y brillantes colores.
En el extremo opuesto al sillón de los Garnett, justo bajo el balconcillo del DJ, había sido
improvisada una tarima en la que descansaban diversos instrumentos. Era el cumpleaños de Diogo
Ferreira, el ahijado de Reinhard, quien trabajaba con Thor en la sucursal neoyorquina del grupo
EMX.
Los chicos saludaron a varias de las personas que entraban en la sala, casi todos brasileños
amigos de los Garnett. El lugar empezaba a llenarse de una incontenible marea de exóticas pieles
latinas y curvas exuberantes.
—Señores —habló la organizadora—. Todo está listo, el señor Ferreira estará aquí en
aproximadamente cinco minutos.
Se sonrieron unos a otros emocionados y se subieron en el escenario, Thor en la batería, Samuel
en la guitarra líder, Ian en la guitarra rítmica y Reinhard en el bajo. Las luces sobre el escenario se
apagaron, dejando únicamente libre el puesto junto al micrófono principal, ese sería el lugar para
Diogo.
Desde el escenario oculto entre la penumbra, los Garnett vieron a las garotas[1] ponerse en línea,
con sus coloridos trajes, tocados, y los tres minúsculos triángulos que les cubrían el pubis y los
pechos. Sus pieles estaban pintadas de dorado y salpicadas por escarcha verde y amarilla. Los
técnicos de ambientación encendieron las máquinas de humo, y en el momento mismo en que Diogo
entró en el salón, miles de papelillos volaron por los aires y las luces caóticas empezaron a moverse
brillando y atenuándose al ritmo de la samba brasileira.
Diogo tenía rasgos encantadores e infantiles, y en cuanto las curvilíneas mujeres lo rodearon
sacudiendo las caderas en torno a él, una enorme y desarmadora sonrisa se pintó en su rostro. Sin
pensárselo dos veces, meneó su pelvis al son de su amada música, chocando las manos con varios de
sus amigos, sonriendo a varias de sus ex amantes, y buscando desesperado a quienes estaba seguro,
eran los responsables de la celebración.
Un pequeño grupo de gente se había detenido al lado de un long chaise de cuero negro al otro
lado de la pared de cristal, casi todos hombres, brindando y gritando en vano al intentar animar a las
garotas. La fiesta de los Garnett se había convertido en la atracción principal de la noche.
El show de las garotas terminó, y el salón quedó por completo en la oscuridad. Diogo apenas
escuchaba murmullos y algunos gritillos femeninos ansiosos, entonces, una de las luces indirectas
bajo el balcón del DJ cobró vida, iluminando un solitario micrófono. De inmediato, varias luces se
encendieron descubriendo a una banda sobre un escenario muy cerca del suelo. Todo se quedó en
silencio, y el agudo corte de una guitarra guiando las ensordecedoras notas de Thrash Metal,
rugieron haciéndolo carcajear emocionado. Ahí estaban los malditos responsables de todo el
alboroto.
Corriendo se subió en la pequeña tarima y fue directo al micrófono, tal como lo habían hecho
tantas veces en el pasado, recordarían viejos tiempos, aquellos fines de semana en casa de su padrino
en Río, cuando todo era diversión, mujeres y fiesta.
Los rostros de los asistentes iban desde el desconcierto hasta la risa, algunos ya conocían los
gustos de los Garnett, otros no comprendían el imposible contraste del ambiente brasileño con todo y
garotas, con una banda que gritaba cosas indescifrables en algún idioma parecido al inglés.
Después de hacer cuatro covers de la banda brasilera Sepultura, el inusual espectáculo de Thrash
Metal llegó a su fin. Con la sangre coloreando sus rostros y cubiertos de sudor, bajaron del escenario
y fueron recibidos por las garotas que los rodearon haciendo un círculo y la samba volvió a llenar el
lugar, los asistentes gritaron histéricos, y la fiesta brasileña volvió a empezar.
Un grupo de meseros vestidos por completo de negro, atravesó el círculo que hacían las exóticas
mujeres, llevando en sus manos bandejas con un servicio de diversas cervezas brasileñas y cócteles
tradicionales del Brasil. Vasos cortos repletos con gajos de limón y hielo, otros más altos llenos de
un líquido con distintas densidades y colores que iban desde el amarillo al rojo, y regordetas copas
llenas de un espeso batido azul.
Reinhard cogió una Brahma, Ian y Thor tomaron cada uno una Caipiriña y se los bebieron de un
solo trago sintiendo como la acidez de los gajos de limón aliviaba su sed después de la presentación,
los dos gritaron y tomaron otros dos vasos. Diogo, detuvo a una de las meseras, una bonita rubia de
ojos azules, le guiñó un ojo y se quedó con uno de los cócteles de Cocoazul. Samuel se acercó y le
susurró algo en el oído a la chica que le sonreía como tonta, entonces ella se dio media vuelta, y en
un tiempo récord estuvo de regreso con la bebida energizante a base de guaraná que Samuel le había
pedido.
Thor se acercó desde atrás a una de las garotas y encerrándole el vientre con una mano, la hizo
menear las caderas a su propio ritmo, meciéndose el uno contra el otro, en un compás sensual y
escandaloso. Entre risas, Samuel y Diogo buscaron sus propias garotas provocando silbidos y gritos
animados entre la multitud de amigos.
La mesera rubia volvió a pasar y Diogo se giró, le sonrió y rotando la pelvis bajó hasta ponerse
de cuclillas frente a ella, obstruyéndole el camino y haciéndola enrojecer. Los demás Garnett,
animados por Reinhard, aplaudieron y enardecieron a los asistentes, alentando las picardías del
homenajeado. Fue entonces cuando un baño helado bajó desde la cabeza de Diogo hasta su espalda
haciéndolo estremecer, el congelado líquido se deslizó espumoso por su rostro, una rápida probada
le dejó saber que lo habían mojado con champaña, se volvió a buscar a su agresor y se encontró con
la amplia sonrisa de su hermano Thiago. Sin dudarlo, Diogo lanzó el Cocoazul a su hermano
dejándole la cara como a Papá Pitufo, la gente a su alrededor explotó en carcajadas, Thiago se pasó
la mano por el rostro y embadurnó a su hermano con el espeso Cocoazul, los dos rieron y después se
fundieron en un emotivo abrazo.
La fiesta era tal, que la gente al otro lado del salón no podía evitar detenerse a mirar la
arrebatadora celebración brasileña. Sophia y Rachell buscaban su mesa mientras Oscar se encargaba
de las bebidas, pero las dos dejaron su búsqueda y se detuvieron junto al cristal, y como los demás a
su lado, ojearon curiosas el mar de cuerpos que se movía sinuosamente.
En el salón de los Garnett, el DJ dejó rodar la Dança da Motinha, Thor miró a sus hermanos y a
sus primos con los ojos llenos de fuego y travesura. Samuel negó en silencio, moviendo la cabeza
repetidas veces, ni por todo el maldito oro del mundo le iba a seguir el juego a Thor. Un par de años
atrás, en una de sus maratónicas fiestas en Porto Seguro, le había seguido la corriente en el complejo
playero Axé Moi, apostando algo que ni siquiera recordaba ya, con las mujeres que los acompañaban.
Había estado tan alterado por la euforia, el alcohol, o la pasada que se había dado con marihuana
kripin, o tal vez una combinación de las tres, que había accedido a hacer el ridículo frente a la playa
entera, montando una aparatosa coreografía guiados por los reconocidos bailarines del complejo.
No iba a repetir el maldito baile.
Pero antes que pudiera adivinarlo, Thor, Diogo y Thiago ya se habían quitado las camisas, y Thais
misma se la estaba quitando a Ian. Los cuatro lo arrastraron hasta la tarima, y supo que su pelea había
estado perdida antes que hubiera tenido oportunidad de resistirse. Fulminando a Thor con la mirada
se quitó también su camiseta, y la multitud de mujeres emocionadas gritó excitada disfrutando de sus
deliciosos torsos desnudos. Los hombres, casi todos amigos suyos, chiflaban burlándose de su
audacia.
Al otro lado del cristal, las piernas de Rachell se tensaron al ver con total claridad el cuerpo
desnudo de Samuel Garnett. ¿Qué hacía subido en ese maldito escenario? Sophia giró la cabeza tan
rápido, que Rachell hubiera podido jurar que escuchó tronar sus resentidas articulaciones. Ella no
dijo una palabra, ni desprendió los ojos de Samuel. Ésa fue toda la respuesta que la pelirroja pudo
necesitar.
Otros dos chicos se subieron también en el escenario quitándose las camisetas en el camino.
Samuel llevaba un vaquero desgastado que se aferraba exquisitamente al hueso de su cadera, y una
correa negra hacía más dramático el efecto de sus vaqueros apenas suspendidos por la voluntad
colectiva de los hombres en aquel salón. Los músculos de su pelvis viajaban hacia el sur, sugiriendo
el poderoso trapecio muscular de camino a su bajo vientre. Rachell sacudió la cabeza y resolvió que
lo mejor era dirigir sus ojos hacia el norte.
No, no, en realidad nada cambiaba. Los deliciosos ocho abdominales le secaban la boca, y los
dorados pectorales, parecían atraerla como un imán, quería morderlo y arañarlo, castigarlo por
hacerla desearlo de aquella manera, quería deslizar sus manos por aquel misterioso tatuaje, que
suerte, tenía la dicha de estar pegado a él.
Estaban bailando, por todos los cielos, estaban bailando, y de una manera que no podía calificar
menos que pecaminosa. Y por alguna maldita razón todos se movían coordinados, riéndose como
locos, con las piernas levemente flexionadas, y ondulando la pelvis de una forma tan delirante, que
era imposible no pensar en sexo. La cara de Sophia era un poema, con las palmas abiertas sobre el
cristal, lucía como una hambrienta frente a un filete humeando. Pero Rachell no tenía ojos para nadie
más que Samuel. Él echaba la cabeza hacia atrás riendo mientras se movía, haciéndola desear con
todas sus fuerzas estar entre sus brazos, junto a su cuerpo, retorciéndose por las benditas sacudidas de
esa pelvis prodigiosa.
Todos estiraban los brazos, cerrando las manos en puños y moviendo las muñecas como si
aceleraran una motocicleta y con la misma cadencia de sus muñecas, balanceaban las caderas.
Aquello era sencillamente excesivo, y no sólo por el derroche de sensualidad, sino porque Rachell se
encontró a sí misma sonriendo, y muy en el fondo de su corazón, deseando estar en aquella fiesta,
disfrutando de la alegría de Samuel, de su buen humor, de su simpatía; quería estar junto a él en un
momento así, en el que estaba tan relajado y simplemente feliz. Y bueno, casi sin ropa.
Rachell cogió aire y se dio cuenta que no era la única junto al vidrio, la bendita pared divisoria
estaba repleta de emocionadas mujeres que gritaban animándolos, aunque Rachell estaba segura que
ellos no podrían escucharlas. Cómo podría llamar la atención de Samuel en un momento así, no era
sino una chica más entre aquel mar de caras, y sabía que no podría acceder al salón, era una fiesta
privada, y bueno, ella no iba de ninguna manera a dar un paso por buscarlo.
Thais se acercó a la tarima con un billete en la mano y se lo metió entre la pretina del vaquero a su
esposo, acariciándole su incontable cantidad de tatuajes. Ian le sonrió y se reclinó encerrándole el
rostro con las manos, le dio un beso extremadamente sexual, sin reservarse el vaivén de lenguas y
mordiscos en los labios. Thor miró a Samuel fingiéndose escandalizado, pero aquella conducta era
típica de la pareja.
Las mujeres cerca del escenario les gritaron cosas irrepetibles, llenas de descaradas
insinuaciones, y los chicos rieron al tiempo que seguían el brazo de Thiago que les señalaba la
aglomeración de mujeres junto al cristal del otro lado del club.
Allí, junto al long chaise de cuero, las chicas americanas también gritaban, casi todas
enloquecidas por el rubio más alto y fornido, Thor supo de inmediato que tenía gran parte de la
atención, y girándose hacia su público bailó para ellas. Otras de las chicas estaban por completo
silenciadas, perdidas en el morboso placer de contemplar cómo Ian seguía invadiendo la boca de
Thais, y algunas otras como Sophia y Rachell, no paraban de hacer conjeturas mentales de cómo un
hombre con tales aptitudes en el baile, podría sencillamente hacer maravillas en la cama.
—¡Créu! ¡Créu! ¡Créu! —pedían a coro las mujeres presentes en la celebración brasileña cuando
la Dança da Motinha llegó a su fin, y los Garnett empezaban a bajarse. El DJ se encargó de
complacer a las féminas, así que a los chicos no les quedó más que seguir con el show.
Divertido, Samuel reía con sus primos, bailando cada vez con más y más libertad, y de pronto, por
un momento su cuerpo pareció paralizarse. Allí, al otro lado del cristal, estaban aquellos ojos
inconfundibles, mirándolo con severidad, como si estuvieran reprochándole algo. Movido por la
euforia del momento, se giró por completo y bailó para ella, exclusivamente para ella.
La respiración de Rachell se aceleró, su piel vibró y sus piernas se apretaron casi
involuntariamente. Samuel la había visto, y no sólo eso, se había girado para encararla, y ahora
seguía moviéndose frente a ella, seduciéndola, procurando tentarla, como si necesitara esforzarse
para conseguirlo.
Por primera vez, Samuel estaba riéndose con ella, y sí, tal vez había al menos un centenar de
personas y una gruesa pared de vidrio entre ellos, pero esa risa era para ella, en medio de toda la
gente, aquel fue un momento íntimo, una abierta declaración de deseo y seducción.
Rachell no conseguía descifrar quién era realmente Samuel Garnett, ¿el hombre frío y soberbio
que casi la atropella, el exhibicionista seductor, el antipático y voluble que la mandó al diablo y la
echó de su apartamento, o el joven sonriente y encantador frente a ella? Él era un completo enigma
que la atraía como el más poderoso de los imanes.
—Estos tipos agarraron la sexta velocidad. ¡Madre de todos los santos! —exclamó Sophia a su
lado—. ¿Sabes que un estudio reciente entre hombres y mujeres de 51 países, concluye que los
brasileños son los seres más guapos del mundo? Son románticos, sexys y follan como nadie —
Rachell rodó lo ojos—.Viéndolos moverse de esa manera no me cabe la menor duda, si te agarran te
parten —sostuvo sonriendo como si la idea le resultara altamente deseable—. Cuentan con una gran
arma de seducción… ¿Sabes a lo que me refiero…? Ven, vamos a verlos más de cerca. —La invitó
cogiéndola por uno de los brazos.
—No, Sophia… me pones de los nervios. —Se rehusó Rachell.
—¿Yo te pongo nerviosa? —inquirió Sophia soltando una carcajada—. ¿No será más bien el
malabarista con dotes de stripper? Mira que bien se mueve, ése te agarra y te deja sin caminar por una
semana.
Rachell le puso los ojos en blanco.
—No seas obscena, ese hombre no me gusta, no es más que un egocéntrico, voy a la mesa con
Oscar —habló soltándose y encaminándose en dirección contraria, navegando en medio del mar de
personas que bailaban al ritmo del trance.
Samuel se sintió descolocado y extrañamente vacío al ver que Rachell se daba media vuelta y se
marchaba, sin embargo, siguió bailando el Créu con sus amigos y primos. Al terminar, atravesaron
la lluvia de papelillos que le lanzaban las chicas, y bajaron del escenario recuperando sus camisetas.
El DJ entretuvo a la multitud con una vigorizante mezcla de música salsa, Samuel les sonrió a varias
de sus amigas con amabilidad, y las eludió sin reservas, caminó hasta alcanzar a uno de los meseros
y cogió otro energizante.
Después se dirigió hasta el sillón donde estaba su tío, estirando el cuello, intentando ubicar a
Rachell en el otro salón. Se sentó y rebuscó en el bolsillo de su chaqueta de cuero negro y extrajo una
cajetilla de cigarrillos blanca con letras plateadas que decían Treasurer Luxury White, sacó uno y
lanzó la caja sobre la mesa, encendió el cigarrillo, buscó el iPhone y lo revisó, habían varias
llamadas perdidas. Ya las devolvería cuando estuviera de regreso en el apartamento, de momento, en
lo único en lo que podía pensar era en la irritante señorita Winstead.
—Rachell… sé que me pasé un poco con mis comentarios. —Escuchó la voz arrepentida de
Sophia sentándose a su lado—.Ya quita esa cara… anda ¡Vamos a bailar!
—¿Qué os pasa a vosotras? —les preguntó Oscar removiéndose en el asiento.
—Es que a Rachell le gusta un chico, pero se lo niega, parece una adolescente insegura —
respondió la pelirroja.
—No soy insegura… —intentaba hablar cuando su amiga la interrumpió.
—¿Entonces, qué eres? ¿Una miedosa? Deja ya de creer que todos los hombres son iguales.
¡Porque no lo son! Mira, aquí tenemos a Oscar. ¿Acaso es igual a ése que te traumatizó? —la
cuestionó desviando la mirada al afroamericano.
—Oscar es la excepción —replicó Rachell mirando a su amigo.
—No soy ninguna excepción, hay hombres buenos Rachell, no tienes que buscarlos sólo para que
te beneficien en tus proyectos, también pueden ayudarte con tus sentimientos, todo ser humano
necesita un poco de amor verdadero.
—No. Oscar, estás peor que Sophia, mejor vamos a bailar —les dijo poniéndose de pie y cogió a
su amiga por la mano, haría cualquier cosa con tal de evitar la incómoda conversación.
Ambas chicas gritaron mientras se incorporaban a la excitada multitud, que mecía los cuerpos
guiada por la refrescante voz de Ryan Tedder y el majestuoso performing electrónico de Alesso.
Llevadas por la adrenalina empezaron a cantar:
—¿Can we freeze, come and surrender our rights and wrongs?
¿Can we just for one night let…
the stars decide where we belong?
Maybe heaven right now.
Is a devil or angel away…
that won't change,
together we vow that our colors will sparkle the faith.
And I will find you, i will find you, i will reach you.
Or I, I, I will lose my mind…
lose my mind, lose my mind, and lose my mind,
yeah….
A Rachell la voz se le congeló en la garganta y los latidos de su corazón se dispararon, al sentir
una mano deslizarse por el hueso de su cadera, y otra posarse en su vientre. Un cuerpo masculino con
una energía única se adhería al suyo, mientras la mirada de Sophia le gritaba de quién se trataba.
—¿Estás segura que quieres perder la cabeza? —La pregunta fue susurrada en su oído y un aliento
tibio le acarició el cuello. Un gran abismo se abrió en la boca de su estómago, los músculos de su
vientre se tensionaron y sus pulmones se contrajeron dichosos. No tenía fuerzas para pelear o
resistirse, esa deliciosa voz susurrada, con aquel exótico acento la llevaba a la inconsciencia, a no
pensar en nada más que darle satisfacción a su cuerpo, y su cuerpo lo quería a él.
Cerró los ojos intentando recobrar algo de autocontrol antes de girarse y encararlo, cuando los
volvió a abrir, Sophia no estaba por ningún lado. La maldijo por su traición, y aún sin moverse,
cogió todo su cabello y lo dejó sobre su hombro derecho, al instante lo escuchó gemir. Cerró sus
ojos poseída por el sensual gemido, estaba en un precipicio y podía sentir cómo se balanceaba
agónicamente llevada por él, que con sus manos la movía cada vez más y más cerca del borde.
El peculiar aroma masculino sólo lograba excitarla cada vez más, era una extraña y deliciosa
mezcla de Clive Christian, algún cigarrillo exclusivo y otro olor que de momento no podía distinguir
pero que estaba volviéndola loca.
Las manos de él sobre su cuerpo presionaron y la giraron lentamente, disfrazó su mirada con una
fortaleza que no tenía y lo miró a los ojos.
Samuel contempló el hermoso rostro de Rachell iluminado por el juego de luces que lo bañaban
todo de verde, violeta y azul, y de nuevo, su cuerpo se detuvo por unos instantes, perdido en el placer
de observarla, en sus preciosos ojos y en esos increíbles labios que seguían exigiéndole que los
besara. Ella lo miraba con tal seriedad, que por un momento se sintió tímido, le sonrió y siguió
moviéndose al ritmo de la música electrónica. Estaba bellísima en aquel vestido, y él estaba seguro
que podía arrancárselo en un parpadeo, demonios, quería arrancárselo allí mismo, había una fuerza
increíblemente sensual alrededor de Rachell, la excitación corría por sus venas como un caballo
desbocado, nunca antes había sentido tanta adrenalina inundar su sangre, ninguno de los deportes
extremos que había experimentado le habían hecho sentir lo que Rachell lograba con su mera
presencia. Un vértigo extraño se situó en su pecho, y no se iba, un vértigo poderosamente sexual que
se había llevado todo su autocontrol.
Las yemas de sus dedos palpitaban de ganas por tocarlo. Moviendo sus caderas lentamente de un
lado a otro, pegó su cuerpo al de Samuel y elevó sus manos hasta rozarle el rostro con las puntas de
los dedos. La suave aspereza de la barba de pocos días hizo que algo palpitara entre sus piernas, y sus
pupilas se dilataron al contemplar hambrientas sus masculinos labios. Él se acercó aún más, y ella
aspiró su aliento, identificando el olor exótico de la guaraná. Samuel la imitó, pasó la nariz por su
mejilla y aspiró profundamente, después le acarició la cara con una dulce delicadeza hasta ahora
desconocida para ella. No conseguía comprender cómo podía arrebatarla de deseo, y al tiempo
enternecerla como a un gatito bajo su toque.
Era demasiado poder. Evitando su mirada, lentamente se dio la vuelta y se pegó a él tanto como
pudo. Samuel bajó las manos y volvió a envolverle las caderas con sus palmas que quemaban como
fuego aferradas a su cuerpo. Rachell elevó sus brazos y le acarició el cuello, metiendo los dedos
entre sus cabellos, y después descendiendo de nuevo, pasándole suavemente las uñas por la sensible
piel.
Samuel inclinó el rostro y con los labios le rozó la garganta, sucediendo uno tras otros los
pequeños toques que se convirtieron en besos. Su polla protestó bajo sus vaqueros, aturdido por
haber conseguido probarla al fin, y ansioso por continuar, necesitaba besarla, en los labios,
justamente como debía ser. Apretándole la cintura, la hizo girar y encararlo nuevamente, tenía los
labios entreabiertos y su respiración era irregular. Sí, ella deseaba aquel beso tanto como él.
Sus cuerpos se movían con decadencia, rozándose en todos los lugares donde les era posible
encontrarse, y usando las manos para tocar todos los lugares que estaban deseando conquistar. El
resto del mundo había desaparecido, ahora eran sólo ellos dos, perdidos en una música que ya no
identificaban, en una necesidad que les exigía nada más que complacerse.
Samuel pegó su mano a la espalda de ella y la apretó contra su cuerpo mientras descendía hasta su
oreja, rozando la piel tras el pabellón con sus labios.
—¡Merda! Você me faz perder a cabeça! [2] —Le susurró al oído, quemándola con su aliento.
Todo entre sus piernas se estremeció, y sin poder evitarlo, Rachell gimió. Aunque no había
entendido un comino, esas palabras sensualmente susurradas en lo que adivinaba era portugués, la
habían enloquecido. Lo sintió sonreír en su cuello, después le rodeó la garganta con las manos, y
antes de que pudiera adivinar, le atrapó el labio inferior degustándolo y succionándolo con torturante
lentitud, grabando aquel momento para la eternidad, encontrando los mejores sabores, los más
deliciosos y exóticos.
Le rodeó la nuca con las manos, inmovilizándola para de una vez por todas beber de su boca y
hacer a sus lenguas parte del juego, al sentir las texturas de las nobles carnes de sus bocas, todas y
cada una, mezclar su saliva con la de ella y crear el más erótico de los elixires. Penetró en la boca de
Rachell con su lengua, con la avaricia de un conquistador, acariciándola lentamente, invitándola a
corresponderle. Y ella no tardó, no, Rachell no necesitaba ninguna invitación, aferrando sus manos a
los fuertes hombros de Samuel se empinó y lo invadió con su temeraria lengua, seduciéndolo,
garantizándole que esa deliciosa danza no era más que el principio.
Entre jadeos y pieles apretadas, la mezcla de excitación y miedo envolvía cada partícula del
cuerpo de Samuel, porque descubría en ella sensaciones por completo desconocidas, sentimientos
nunca experimentados, nuevas y desbocadas ganas por poseerla. Temía por ella, temía por él, y por
cualquier desaventurado que se atravesara.
Rachell nunca había sido besada con tanta intensidad, Samuel tomaba su boca en una declaración
abierta de lujuria y desenfreno, exacerbando sus sentidos con sus hábiles manos y su intrépida
lengua, todo con Samuel era nuevo, más intenso, más feroz, sencillamente más, con él, todo era más.
Y eso la aterraba, porque sabía que podría terminar lamentándolo, estaba demasiado tentada a no
pensar, a no calcular, a simplemente sentir, pero sus besos le nublaban la mente, y su propio cuerpo
se negaba a reaccionar a nada que no fuera su toque.
Si el mundo existía, ella no era consciente de ello, si la tierra giraba, no le importaba. Se
encontraba completamente entregada a ese beso, él había hechizado sus sentidos, ninguno se
encontraba alerta en ese instante, ni siquiera la razón podía pararlo, era como una ola con miles de
emociones que la arrastraba mar adentro.
La falta de aire, y la plena consciencia de Samuel de que en cualquier momento iba a follársela
justo ahí, los obligó a pausar el beso, sustituyéndolo por breves roces y lamidas descaradas. Sin
aliento, aturdida y perdida, intentó hablar contra sus labios que no parecían tener intención de
detenerse.
—¿Qué haces aquí?
—¿Quieres que te siga el juego, y que pretenda que no sabes qué hago aquí? —La voz profunda
como el océano y el aliento a guaraná, la envolvieron en una excitación nunca antes experimentada,
su vientre se contraía y vibraba, mientras su coño empezaba a ahogarse.
Samuel le sonrió y después sacó su experta lengua y le lamió los labios hinchados y palpitantes.
—Vi… vi… —Rachell intentaba hablar, pero la lengua de él irrumpiéndola no le hacía nada fácil
la tarea. Como hipnotizada, sacaba su propia lengua al encuentro con la de él, mordiéndole los labios
y deleitándose en el dulce sabor de su saliva—. El video —Se detuvo y lo miró a los ojos—. Gracias
—Y esta vez fue ella quien lo besó con tanto ímpetu que lo dejó sin aire.
Pegada a su ombligo, Rachell sintió la erección de Samuel tensarse, sus pezones reaccionaron
irguiéndose desesperados por encontrar alivio. Nunca antes en su vida había estado tan excitada, tan
llena de adrenalina y anticipación.
—Si quieres puedo darte las clases personalmente… Ahora —le dijo Samuel, clavando su ardiente
mirada en ella, dominándola por completo con sus palabras.
Todo entre sus piernas se hizo líquido, Rachell sabía que no era Capoeira lo que le enseñaría.
—¿Ahora? —repuso titubeante.
—Sólo si tú quieres —susurró él contra sus labios, deseando con todas sus fuerzas poder
convencerla. Necesitaba llevársela de ahí y tener la plena libertad de desnudarla, saborearla entera y
enterrarse en su cuerpo una y otra vez, y una y otra vez, hasta estar completamente satisfecho, si
acaso eso fuera posible. Rachell y sus continuos desafíos se habían convertido en un reto, uno que
quería alcanzar y dominar, la quería entre sus brazos, y maldita fuera, no sólo por una noche. Su
instinto le gritaba que la protegiera y la apartara del peligro.
¿Qué sentido tendría resistirse?, tal vez torturarse y terminar enloqueciendo, no se iba a engañar,
quería meterse en la cama del fiscal, y preferiría arrepentirse por haberlo hecho, que lamentarse el
resto de su vida por no haberse atrevido.
—Voy por mi cartera.
Los ojos de Samuel brillaron triunfantes y excitados.
—Yo voy por mi chaqueta, ahí tengo las llaves del coche, si quieres te busco en la mesa donde
estás.
—No… no, mejor nos encontramos en la salida.
Lo que menos quería era que Sophia empezará con sus indirectas delante de él. ¡Jamás le creería
que le iba a enseñar Capoeira!
Samuel asintió en silencio y la atrajo hacía él una vez más, besándola y dejándola a medias,
sembrándole ganas por si se arrepentía en el camino. De pie, observó cómo ella se perdía entre la
gente. Demonios, tenía que tener a Rachell Winstead. Se dio media vuelta y volvió al salón privado.
—Samuel, los chicos te han estado buscando —le hizo saber Reinhard al verlo llegar a la mesa,
observando en silencio cómo agarraba la chaqueta del respaldo de la silla.
—Me voy tío —le habló con la voz agitada—. Nos vemos después.
Reinhard lo miró desconcertado.
—¿Cómo que te vas? ¿Pasó algo? —indagó preocupado.
—No, nada —Samuel se lamió los labios y le guiñó un ojo—. Es algo personal.
—Está bien, te disculparé —Y con una mano le mostró el móvil—, me mantienes informado. —
Reinhard le devolvió el guiño —Quiero decir, si surge algún inconveniente, no tienes que infórmame
de todo Sam…
Samuel se rio elevando un sarcástica ceja.
—Está bien… lo haré… ahora definitivamente me has hecho sentir como un adolescente.
—¿Llevas preservativo? —preguntó Reinhard con acento cómplice.
Samuel puso los ojos en blanco y lo miró impaciente.
—Siempre llevo…
La mirada divertida de Sophia y la cuidadosa de Oscar se paseaban por Rachell, que sacaba de su
cartera las llaves del coche y se las entregaba a su amigo. Se dio la vuelta y después vaciló, mirando
sus zapatos les habló de nuevo:
—No creo que pueda abrir la tienda mañana temprano, por favor Sophie, hazlo por mí, sé que
últimamente lo has hecho muy seguido y te pido disculpas por ello.
—No te preocupes, tengo que ir a trabajar igualmente. —Una sonrisa impúdica bailaba en los
labios de la pelirroja—. Ahora ve tranquila… yo me encargo… eso sí, lo grabas todo.
—¡Sophie! —exclamó Rachell ruborizándose.
—Yo también quiero tomar unas clases de Capoeira, y ver qué tan buen maestro es, porque… ¿Te
va a enseñar Capoeira, no es verdad?
—Por mí no se preocupen —les dijo Oscar sonriendo, y elevando las manos a la altura del pecho
en gesto de inocencia.
En ese momento, Rachell sintió el teléfono móvil vibrar dentro de su cartera, lo buscó y lo revisó.
Era un WhatsApp.
“Estoy esperando, señorita Winstead”
La imagen con un rostro serio y provocativo le mostraban al remitente. Ella no pudo evitar
sonreír y presionar rápidamente las letras en la pantalla.
“Un minuto fiscal, ¿o prefiere que le diga maestro?”
Le dio enviar, y no fue consciente del suspiro que revoloteó en su pecho y terminó escapándose.
Elevó la mirada y se encontró con las expresiones divertidas de sus amigos. Para evitar dar
explicaciones, sólo se acercó a ellos y les dio besos de despedida, y marchándose sin decir nada se
dirigió a la salida. Su móvil vibró de nuevo. Como la más feliz y ansiosa de las adolescentes lo
revisó rápidamente.
“Podríamos dejar los formalismos de lado. ¿Por qué no entramos en
confianza, Rachell?”
Millones y millones de mariposas empezaron a estrellarse en su estómago haciéndola sonreír.
“No me pida que le diga Sammy, me sentiría una pedófila”
En cuanto estuvo en la puerta, sintió las miradas de dos hombres enormes completamente vestidos
de negro sobre ella. Endureció el gesto y siguió caminando ansiosa. Entonces sus ojos se
encontraron con los de Samuel que estaba de pie en la acera frente al club. Al verla, él caminó hacia
ella sin vacilación, con el rostro en blanco, tan serio como siempre, provocándola sin siquiera
esforzarse. Desgraciado.
No sonrías, no sonrías, porque parecerás una estúpida desesperada. Se decía la chica mentalmente.
Jadeó al sentir la mano tibia de Samuel cerrarse en torno a la suya en un gesto posesivo y protector.
Por alguna razón desconocida, eso le calentaba el pecho de una manera que no estaba precisamente
conectada con el deseo.
Sacudió la cabeza y contempló la mano masculina de dedos fuertes y estilizados, con las venas
surcando su piel bajo una suave cubierta de vellos de la que no se había percatado antes. Tenía unas
manos preciosas, y ella quería que la recorrieran, que la apresaran y le dieran placer. El corazón le
brincaba en la garganta mientras caminaban sobre la acera, sentía miedo y exaltación, todo le daba
vueltas.
Era ésa la misma mezcla de sentimientos que la habían asaltado tres años atrás cuando había
dejado de ser virgen. Respiró hondo intentando recobrar el control, pero falló miserablemente.
Escuchó pasos hacer eco tras ellos, y se percató que eran los mismos hombres que la habían
seguido al salir del local, insegura por el ambiente relativamente solitario del aparcamiento, miró a
los hombres con creciente desconfianza.
—Tranquila —susurró Samuel con voz ronca, de nuevo acercando su boca hasta su cuello,
después, le dio un beso en la piel sensible tras el pabellón de su oreja—. Son mis guardaespaldas.
Rachell sonrió con ironía al reconocer el endiablado Lamborghini rojo. Samuel se sacó las llaves
de la chaqueta y desactivó la alarma. Las luces del coche parpadearon y las puertas empezaron a
elevarse. Ella llenó de aire sus pulmones y él le apretó la mano sugerentemente, Dios, ya faltaba poco
para darle rienda suelta a lo que habían estado esperando por semanas.
—¡Suéltenme! ¡Por favor, suéltenme! —escucharon la voz ahogada en llanto de una mujer.
—Cállate… Cállate. —Se oyeron iracundos murmullos, que parecían dos voces masculinas
distintas.
El cuerpo de Samuel se tensó instantáneamente y los ojos de Rachell se abrieron asustados.
Inclinándose, Samuel ubicó rápidamente el lugar de donde provenían los gritos. Divisó en medio de
la penumbra a dos hombres sometiendo contra un muro a una mujer, que no parecía conseguir
liberarse pese a removerse entre las manos de los asaltantes.
Sin decir una palabra, Samuel soltó la mano de Rachell y salió corriendo a una velocidad
impresionante hacia donde se encontraba la chica. Rachell escuchó la maldición de uno de los
guardaespaldas, y los dos hombres corrieron de inmediato tras Samuel.
—¡Hijos de puta! —gritó Samuel al ver a los cobardes hombres huir al tiempo que salía disparado
tras ellos. Rápidamente los alcanzó, y cogiendo a uno de ellos por la capucha lo tiró al suelo, se giró
y le puso su bota Mustang media caña de diseño militar en el cuello al hombre, sacó el móvil y le
tomó varias fotografías mientras el hombre se retorcía bajo su pie, intentando liberarse o al menos
cubrir su cara. Samuel presionó la bota y respiró hondo, serenándose y ocultando el velo de ira en
sus ojos.
—Yo no hice nada… no hice nada —repetía el hombre desesperado. Era un jovencito,
probablemente en sus veintes, bien vestido y con cara de niño de papá. Sus ojos muy abiertos miraban
asustados a Samuel que seguía con la bota en su garganta.
Samuel retiró el pie, observando cómo el joven había quedado paralizado mirándolo aterrorizado
desde el suelo.
—¡Fuera de aquí! —le gritó al tiempo que guardaba su teléfono y veía como Jackson se le
acercaba—. No pasa nada —miró enfurecido a su guardaespaldas y le habló con la voz
engañosamente serena—. ¿Puedes dejarme tranquilo?
En ese momento, el joven delincuente aprovechó y huyó corriendo. Con la sangre llena de ira,
Samuel y Jackson devolvieron sus pasos hacia el lugar donde estaba la jovencita que había sido
atacada. El segundo guardaespaldas estaba con ella, mirándola con expresión ilegible. La chica estaba
sentada en el suelo tratando de unir los girones de su blusa, y Rachell estaba reclinada a su lado
ayudándola, intentando consolarla mientras la joven mujer lloraba con la mirada perdida en la nada.
—¿Te hicieron daño? —le preguntó Samuel poniéndose de cuclillas frente a la joven. Ella sólo
negaba en silencio sin parar de temblar, aún con la mirada dirigida a ningún lugar. Samuel sacó el
móvil y le pidió a Jackson que lo sostuviera desde arriba, iluminándolos a los dos. Le cogió la cara a
la chica con suavidad y la dirigió hacia la luz. En efecto, sus pupilas estaban por completo dilatadas,
ella reaccionó de inmediato, apartando sus ojos de la luz que la lastimaba. Samuel se tragó una
maldición, le retiró el flequillo de la frente y sintió la piel fría lavada en sudor—. ¿Con qué te has
drogado?
Con la voz espesa, ella se dirigió a él asustada y rompió a llorar.
— ¿Es usted policía?
—No… no soy policía, no tengas miedo —intentó tranquilizarla mientras le acariciaba los
cabellos.
Rachell admiraba a Samuel tan tierno y protector, sintió el enorme deseo de abrazarlo y besarlo
por comportarse como un héroe, con aquellos hermosos sentimientos, prestando ayuda
desinteresadamente. Instantes atrás, había tenido miedo al ver su rostro lleno de rabia y su reacción
agresiva sobre el atacante, pero ahora, lo que ella veía era a un héroe, un hombre digno y valiente.
Algo que ella nunca antes había presenciado.
Rachell sonrió sobrecogida, observando su mano sobre el rostro de la joven, y entonces, la más
irracional de las emociones se formó directamente en su estómago y se apeñuscó en su garganta. No
tenía ningún sentido, la chica en el suelo era prácticamente una niña, una desconocida además,
alguien que estaba sufriendo, aterrada y drogada. Pero ella sintió cómo todo lo posesivo en ella rugía
por salir, no quería que él la tocara, no sin su consentimiento, no quería sus atenciones para nadie
distinto de ella. Asustada, sacudió los neuróticos pensamientos de su mente y retiró la mirada de las
manos de Samuel.
—Parece un policía —habló la chica secándose las lágrimas con manos temblorosas—. Corrió
como uno de esos policías de las películas.
—¿Qué has consumido? —volvió Samuel a preguntarle en un tono más tranquilo.
—Una XTC, pero yo no quería… —se apresuró a decir y una vez más rompió en llanto—. Es la
primera vez, le juro que es la primera vez… ellos me dijeron que me sentiría muy bien… al principio
sí, pero ya no, todo me da vueltas y veo muy borroso, todo es confuso y siento que el corazón me va
a estallar.
—Está bien, no te pasará nada, vamos a denunciarlos y no tienes por qué tener miedo… —Samuel
hablaba y ella negaba con la cabeza.
—No… no, mi padre se molestará conmigo, esto sería un escándalo para él… yo sólo quiero
irme a casa, por favor.
—Está bien… ¿Has venido con alguien más? —Samuel hacía la pregunta mientras pensaba en la
irresponsabilidad de los padres que no podían estar al pendiente de sus hijos—. ¿Qué edad tienes?
—Diecinueve, y me escapé sola de casa… entré con documentación falsa.
—Sabes que eso está mal, ¿verdad? —Ella asintió en silencio—. Ya ves lo que puede pasar, te
vamos a llevar a tu casa, no puedes irte sola en estas condiciones, cuando llegues, te vas a dar un baño
de agua fría y te vas a hidratar muy bien. ¿Entendido? —La chica volvió a asentir—. ¿Cómo te
llamas?
—Megan… Megan Brockman —respondió la delgada chica de apariencia frágil. Tenía el cabello
castaño y ojos verde aceituna.
Samuel cerró los ojos y sintió como si lo hubieran golpeado directamente en el estómago
dejándolo sin aire. El destino tenía un puto sentido del humor de lo más irónico. Suspiró y centró sus
ojos ámbar en ella, y antes que pudiera decir nada, Rachell intervino sorprendida.
—¿Eres la hija de Henry Brockman? —La chica asintió titubeante—. Entonces será mejor que
llamemos a tu padre, yo lo conozco, seguramente él vendrá por ti.
—No. —Megan subió la voz alarmada—. No, mi padre va a encerrarme de por vida, no es buena
idea, él es simplemente un desgraciado —agregó al final, con la voz aún extraña por el efecto de las
anfetaminas.
—Tranquilízate —susurró Rachell con voz suave—. No le vamos a decir que te has escapado, yo
le diré que estabas conmigo.
—No lo creo necesario —resonó la voz profunda de Samuel, y Rachell pudo sentir el hielo
edificándose de nuevo entre los dos—. La chica tiene razón —le aconsejó Samuel a Rachell
incorporándose y caminando hacia el coche.
—¿En qué tiene razón? Es mejor que él venga a buscarla, yo lo llamaré y sé que vendrá —habló
ella siguiéndolo.
—En lo único en lo que tiene razón, es en que su padre es un desgraciado. —Sus ojos volvieron a
ser dos murallas hostiles que la alejaban, sólo que esta vez estaban consiguiendo hacerle daño—. Veo
que está muy segura de que el señor Brockman acudirá a buscarla a cualquier lugar sin importar la
hora.
Su pecho dolía, su trato indiferente la lastimaba, maldito fuera todo aquel embrollo, y ahí estaban
sus argumentos acerca de no ceder frente a ningún hombre golpeándola en la cara. Rachell endureció
el gesto, lo miró a los ojos y se mantuvo en silencio, esperando en el fondo de su corazón que él
volviera a ser el hombre cálido y protector de minutos atrás.
Los celos rugieron en el pecho de Samuel más fuertes que nunca, quería destrozar a Brockman
por dejar a su hija sin el cuidado necesario, y sobre todo, por formar parte de la vida de Rachell de
una manera en la que él quería ser el único, sin negociaciones, sólo él.
—Como está tan segura, señorita Winstead, entonces espero que él pueda llevarla a su casa. —La
voz del joven se transfiguró a una verdaderamente molesta al tiempo que se encaminaba al coche,
subió y lo encendió, mientras las chicas desconcertadas observaron cómo las dejaba solas en el
aparcamiento, detrás de él salió un todoterreno con los dos guardaespaldas, dejando el sonido
ensordecedor a consecuencia del rugido del motor del coche deportivo.
—¿Se ha enfadado tu novio? —preguntó cautelosamente Megan.
—No es mi novio… —Arrastró las palabras ante la rabia y la sensación extraña en su garganta
—.Voy a llamar a tu padre —le hizo saber sacando de su cartera estilo sobre su teléfono móvil.
—Pero te gusta… —continuo la chica con una sonrisa.
—No… no me gusta, no es más que un grosero —informó mientras esperaba que Brockman
atendiera.
—No… para mí es todo un príncipe en Lamborghini, está buenísimo —dijo emocionada, y
Rachell sólo la miro elevando una ceja con sarcasmo, en ese momento la voz aletargada de Henry se
dejó escuchar al otro lado del móvil.
Rachell le explicó la situación, el hombre le dio las gracias y le hizo saber que enviaría a uno de
los choferes por su hija, a la cual le esperaba una reprimenda, pero eso no se lo dijo a la chica.
CAPÍTULO 10
Winstead Boutique estaba cerrada por inventario y cambio de temporada, la siguiente temática
llevaría los colores, rojo, negro y gris, una evocación del viejo Chanel. Sin embargo, en ese justo
momento, el lugar era un completo caos sin mucha forma.
Dentro se encontraban Rachell y Sophia, la pelirroja organizaba la nueva colección mientras que
la pelinegra colgaba un cuadro a blanco y negro del Big Ben. En cuanto Oscar llegara con el juego de
lámparas colgantes de metal plateado, y brillantes espejos rutilantes de la tienda de Richard Hutten, le
pediría que colgaran juntos el cuadro gigante con el paisaje neoyorquino del puente Brooklyn.
Rachell bajó de la escalera, y se desplazó bailando hasta donde se encontraba Sophia golpeando su
cadera contra la de su amiga.
—¡Wow! Oh… Oh… I tried my best to feed her appetite… —coreaba Rachell la voz de Adam
Levine de Maroon 5, que cantaba desde su consola el seductor This Love. Ambas se tomaron de las
manos y empezaron a bailar mientras cantaban como adolescentes febriles.
Oscar, y mucho menos Sophia, habían hecho ningún comentario acerca de lo ocurrido el viernes
anterior, los dos notaron su dramático cambio de humor, pero conocían lo suficiente a Rachell como
para saber que era extremadamente celosa con su vida privada, y que poner en evidencia cualquier
muestra suya de debilidad emocional haría que Godzilla pareciera una tierna lagartija de terrario.
El fin de semana, después del sugerente encuentro con Samuel Garnett en el Provocateur, estuvo
encerrada en su apartamento sin responder llamadas, atendió mensajes de texto únicamente
relacionados con el trabajo y guardó completo silencio acerca de si había o no recibido las clases de
Capoeira. El lunes en la mañana entró en la boutique, fresca como una rosa, con una sonrisa
demasiado feliz, y dando instrucciones por doquier a fin de movilizar el cambio para la temporada
entrante.
Las risas y chillidos emocionados de las chicas fueron interrumpidos por un hombre que llamaba
a la puerta. Rachell parpadeó un par de veces y lo reconoció instantáneamente. Era uno de los
guardaespaldas de Samuel Garnett. Frunciendo el ceño se dirigió hasta la puerta y la abrió de mala
gana.
—Buenos días, señorita Winstead. —La saludó el gigante moreno sin un pelo en la cabeza, y una
nariz perfecta y perfilada que parecía ser simplemente una equivocación en aquel rostro tan rudo.
—Buenos días señor, como puede darse cuenta, la tienda está cerrada —le hizo saber la chica
señalando el aviso en la puerta de cristal—. Si necesita alguna prenda, puede regresar mañana —
agregó haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar salir la bestia grosera que maldecía en su
interior.
—No he venido de compras, señorita. He venido a entregarle esto —le dijo extendiéndole un
sobre de manila azul oscuro—. Se lo envía el señor Garnett.
Rachell miró al hombre con la boca abierta, perpleja y por un momento en blanco. Dudó en
recibir el sobre por un momento, después de todo era una osadía de parte del absurdo fiscal atreverse
a dirigirse a ella de nuevo, no importaba cuál fuera el medio. Pero la curiosidad la mataba, y ella era
una gata muy curiosa. Estiró la mano y le recibió el sobre al hombre.
—Gracias, señorita Winstead, feliz día —le dijo, se dio media vuelta y se marchó.
Rachell cerró la puerta con la mente aun embotada pensando en Samuel Garnett, caminó de
regreso a la estantería en la que estaba trabajando, observando detenidamente el sobre que en la parte
posterior estaba membretado con letras doradas que decían: Garnett Bufete & Associated. Bajo el
ostentoso título había varios números telefónicos, un correo electrónico y una dirección que ubicaba
a la empresa en el bajo Manhattan, en nada más y nada menos, que un edificio que también llevaba su
bendito apellido.
—¿Y eso? —preguntó con curiosidad Sophia al ver el sobre en las manos de Rachell.
—No tengo idea… —respondió levantando los hombros de manera despreocupada.
—Bueno —Sophia clavó sus ojos en el sobre—. Míralo.
Rachell se sentó en un banco alto y rasgó el sobre sacando un cheque, al ver la cantidad no pudo
evitar que sus ojos se abrieran notablemente escandalizados. Aún intentaba reestablecerse, cuando
Sophia le arrancó el sobre de la mano.
—¡La madre que lo parió! —gritó Sophia sorprendida al ver la cantidad.
Todavía muda de asombro, Rachel revisó el interior del sobre y encontró una nota escrita a mano
en letra cursiva, fluida, masculina y atractiva.
“Es el pago por el trabajo realizado en el gimnasio, sé que no es el precio acordado, sin embargo,
quise acreditar algo extra por su excelente servicio, incluyendo los besos.
Samuel Garnett.”
Por un minuto entero se quedó leyendo una y otra vez la nota, intentando comprender su
temeridad, después, la rabia se abrió paso por sus venas, acelerando su pulso, calentándola,
enrojeciendo su cara de pura cólera.
—Maldito-hijo-de-puta —farfulló apretando los dientes, le arrebató el cheque a Sophia y
prácticamente corrió hasta su oficina en busca de su cartera.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sophia desconcertada.
—Me cree puta el muy imbécil —le contestó alzando la voz, sin detenerse en su camino a la
puerta, con el cheque, la nota y el sobre en la mano.
—Rachell, espera, ¿a dónde vas? Mira cómo estás vestida —la llamó Sophia corriendo tras ella.
—Me importa una mierda cómo esté vestida, le voy a meter este papel por el culo… —siguió
gritando mientras arrugaba enfurecida los papeles en su mano. Estiró el brazo y un taxi frenó en seco
a su lado. Sophia se quedó tiesa en la acera, después sonrió y entró de nuevo en la boutique. El
abogado no tenía idea lo que le esperaba, Rachell cabreada podría hacer temblar a Lucifer en
persona.
La pelirroja se sentó en un banco, sonrió y empezó a cantar.
—And I can't wait another minute,
i can't take the look she's giving,
your body rocking,
keep me up all night,
one in a million ¡My lucky strike!
****
Cinco minutos después, Rachell estaba en el aparcamiento de su apartamento. Con la rabia intacta
sacó las llaves del coche y salió impulsada por el mismísimo diablo. No le fue difícil dar con la
dirección que estaba en el sobre. Asomó la cabeza para ver la altura del edificio de cristales negros,
no era más que una estructura de unos cuarenta pisos como muchos otros en Manhattan, en el último
enormes letras de metal doradas relucían: Garnett Bufete & Associated, LLP Law office.
Tragó duro apenas conteniendo la rabia, y puso sus ojos sobre las puertas giratorias, sobre éstas,
también estaba glorificado el nombre de su maldito edificio, con todo y su flagrante apellido. Dejó el
coche en la bahía y entró casi corriendo. El vestíbulo era amplio, con una decoración futurista, todo
en colores blanco y negro, y tonos niquelados.
Intentando normalizar la respiración se dirigió a la recepción, procuró orquestar un sonrisa
amable que le facilitara el acceso al ser despreciable que le había enviado el cheque, pero en cambio
las comisuras de su boca se apretaron al ver el descarado y repulsivo escaneo que la recepcionista le
hizo al mirarla de arriba abajo, sin esforzarse en disimular el desprecio en su rostro.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle señorita? —la saludó la rubia oxigenada al otro lado del
recibidor, con una voz demasiado dulzona que ponía la hipocresía como recurso de comunicación.
—Buenos días —respondió Rachell con voz seca y profesional, mirándola a los ojos sin
pestañear, y borrando de su mente que su actitud definitivamente no iba con sus shorts—. Necesito
hablar con el señor Garnett, por favor —solicitó altiva.
—¿Tiene una cita? —inquirió la falsa rubia moviendo sus dedos por una tableta electrónica.
—No —suspiró—. Pero es una emergencia, soy la diseñadora de interiores que está haciendo los
arreglos en su apartamento, hubo un accidente. —Mintió descaradamente, sintiéndose repentinamente
demasiado satisfecha con ella misma.
—En ese caso, permítame anunciarla con su secretaria, puede esperar ahí. —La recepcionista
desplazó la mirada hacia un sofá de cuero blanco al otro lado de la estancia—. Por favor.
Rachell respiró hondo una vez más, y le dedicó una de esas adorables sonrisas en las que la
palabra cabrona iba impresa. Esforzándose en ocultar su desesperación, se sentó, se cruzó de piernas
y sintió el liso y frío cuero bajo su piel. Maldijo a Sophia por tener la razón acerca de su ropa y
buscó su teléfono móvil. Unas pocas notificaciones de las redes sociales fueron su breve
entretenimiento, pero claro, eso sólo la desesperó más. Guardó el teléfono, y vio lo que había
tomado de su vestidor antes de sacar su coche y dirigirse al despacho de abogados. Con la
exasperación en aumento, elevó la mirada y pudo ver a la mujer hablando por el auricular mientras
tecleaba en el ordenador.
—Disculpe, señorita, necesito su nombre… Para el pase de seguridad… —explicó con arrogancia.
—Rachell Winstead —esbozó una sonrisa de agradecimiento en aparcamiento, se puso de pie y se
encaminó de nuevo al mostrador, donde la mujer le entregó una credencial.
—Piso treinta y ocho, ahí la atenderá la secretaria del señor Garnett.
—Gracias.
Rachell caminó hacia los ascensores y sin poder evitarlo, sus ojos se tomaron un tiempo en los
ostentosos murales que alardeaban la selecta cartera de clientes de la firma Garnett, entre los cuales
se encontraban dos equipos de béisbol de las ligas mayores, tres de fútbol americano, un grupo de
rock que ella admiraba, pudo contar quince entre actores y actrices, algunas empresas reconocidas, y
por supuesto el grupo EMX. El suave pitido del ascensor abriendo sus puertas terminó con la odiosa
lectura.
Tres elegantes hombres que no superarían los cuarenta años, con trajes de marca y perfumes
exquisitos, salieron del ascensor haciendo educados movimientos con sus cabezas al saludarla. Como
era de esperarse, no pudieron disimular sus miradas sorprendidas al encontrarse con su muy
contradictoria apariencia en medio de toda la formal sofisticación del lugar.
Ella entró primero, presionó el botón treinta y ocho e inhaló profundamente navegando entre las
excitantes y masculinas colonias. Pero ninguna tan excitante o masculina como la de Samuel Garnett,
que mezclado con el propio y único aroma almizcleño de su piel hacía que todo al sur de su cuerpo
despertara enfebrecido. Sacudió los peligrosos e incoherentes pensamientos y suspiró cansada,
adhiriéndose a una de las paredes de cristal del ascensor, observando cómo poco a poco Nueva York
quedaba a sus pies.
El elevador se detuvo e ingresaron dos hombres más, también trajeados impecablemente,
pulcramente peinados y afeitados. El lugar podría ser perfectamente un imán de estrógenos. Bajo sus
calientes miradas, por un momento se sintió como el cordero que ellos esperaban devorar en la
comida, aunque se esforzaran en disimularlo tras sus sonrisas amables.
—Buenos días —saludaron los hombres al unísono.
—Buenos días —respondió ella naturalmente.
—¿Busca a algún abogado en específico? —preguntó un rubio de ojos aguamarina.
—Sí, al señor Garnett.
—¿Asesoría judicial con el Asistente Fiscal?
—No, es una reunión personal.
La suave sonrisa del hombre le dejó claro lo que estaba pensando. Sería una más del montón que
seguramente visitaría al señor fiscal. Extrañamente asqueada se apresuró a tumbar cualquier
equivocada conclusión a la que el bonito rubio hubiera llegado.
—Tuve un contrato con él, soy diseñadora de interiores.
—Interesante… —el hombre intentó decir algo más cuando la puerta se abrió—. Ha sido un
placer, señorita —Se despidió mostrando una sonrisa de publicidad para dentífrico. El hombre estaba
buenísimo, como el resto en el ascensor. Pero el recreo para sus ojos llegó a su final porque todos se
quedaron en el piso veintidós.
Cuando las puertas del elevador se abrieron en el último piso, la recibió un amplio, iluminado y
lujoso pasillo.
En una pared había cuadros de algunos paisajes de Brasil en blanco y negro, otros en full color
mostraban a Rio de Janeiro, en un majestuoso atardecer que la llenó de calidez. Por una tonta razón la
sobrecogió, ayudándola a sobrellevar el frío que sentía en aquel lugar demasiado pulcro. Algunas
esculturas de metal que parecían ser étnicas, estaban dispuestas en una esquina, al otro lado
imponiéndose se encontraba una escultura femenina de mármol blanco, estaba vendada y sostenía la
balanza de la justica en una de su manos, en la otra tenía una espada, y debajo del pie izquierdo una
serpiente sometida. Era la famosa Dama de la justicia, y sobre ella en letras de metal dorado
incrustadas en la pared se podía leer:
"Absurda idea ese soñado derecho a tener un defensor.
O el acusado es inocente y no tiene necesidad de ser defendido; o es culpable, y no tiene razón
para ser defendido"
(Pouyet 1539)
Le quedaba claro con la máxima sobre la escultura que la misión de Samuel Garnett no era más
que juzgar. Frunció el ceño en abierto desacuerdo, pues hasta los culpables tenían derecho a ser
defendidos, a sentir que podían importarle a alguien, después de todo, se puede ser culpable por
error, y al parecer eso no lo tomaba en cuenta el fiscal.
Caminó por el pasillo de las esculturas que parecía hacerse eterno. El lugar era increíble, destilaba
un aura de poder y solemnidad, dos cosas que no asociaba con Samuel Garnett, no lograba ubicarlo
en los zapatos de un fiscal intachable, tampoco creía que tuviera en realidad la agudeza para llevar
ese imponente despacho, con una cartera de clientes tan importantes y con tantos abogados bajo su
mando. El hombre al que vio en el local nocturno no era más que un joven sin preocupaciones, feliz,
irreverente, rebelde, y después el obtuso hombre de hielo en el que se convertía, obstinado y
desconcertante, a veces un caballero que entibiaba su piel y otras un irritante cavernícola. Pero de
ninguna manera un fiscal o un abogado exitoso a la cabeza de un imperio legal.
—Buenos días —saludó a una mujer morena de unos treinta años algo pasada de kilos, de aspecto
amable y elegante, sentada tras un precioso y moderno escritorio negro.
—Buenos días señorita Winstead —La mujer le sonrió—. Aún no he podido avisarle al señor
Garnett de su presencia, se encuentra sumamente ocupado y pidió no ser molestado… por nadie —La
mujer la miró como disculpándose amablemente—. Sin embargo, intentaré anunciarla en unos
minutos, tome asiento por favor.
—Gracias —Rachell le sonrió con franqueza y se sentó donde le había indicado, esta vez en un
mueble negro aún más frío que el de la recepción.
Los minutos se sucedieron unos a otros, y la mujer sólo recibía llamadas y tecleaba sin parar en el
ordenador, la paciencia de Rachell se agotaba con el paso de cada nuevo segundo.
—Vivian, me traes un quentao, por favor —Escuchó la voz con acento brasileño a través de un
altavoz.
—Enseguida se lo llevo, señor —La mujer apoyó sus manos en la silla para levantarse y Rachell
en ese momento le hizo un gesto para que la anunciase; suspirando, la rolliza secretaria volvió a
sentarse—. Disculpe señor Garnett, la señorita Rachell Winstead lo busca, me ha dicho que trabaja
para usted.
Por varios segundos no hubo ninguna respuesta.
—Vivian, en este momento estoy ocupado y no tengo tiempo para nadie, dile por favor a la
señorita Winstead, que si en el transcurso del día cuento con unos minutos, la atenderé, sino que pase
otro día.
Rachell sintió una hoguera cobrar vida en la boca de su estómago, y la rabia que ya sentía
aumentó exponencialmente.
—No pues… ¡Dios y él! —masculló echando humo.
—Sí señor, le informaré —finalizó Vivian poniéndose de pie.
—Lo esperaré —Se adelantó Rachell, evitando que la secretaria dijera una palabra. Se cruzó de
brazos, dispuesta a esperar… pero no por mucho tiempo.
—¿Se le ofrece algo? —le preguntó Vivian amablemente sin poder evitar desviar la mirada a su
vestuario.
—¿Qué fue lo que le pidió el fiscal? —En ella la curiosidad podía más que cualquier cosa.
—Un quentao —respondió la secretaria con una cordial sonrisa—. Es un té brasileño a base de
jengibre, limón y canela… es delicioso si se toma tibio, tiene un sabor sorprendentemente dulce y
ligeramente "picoso". ¿Desea uno? —le preguntó con amabilidad.
—Sí, por favor —aceptó Rachell asintiendo con una sonrisa.
—Enseguida se lo traigo —La mujer se encaminó por el pasillo y se perdió por una de las puertas
de la izquierda. Rachell observó el lugar que irradiaba paz en aquella confortable soledad.
¡Soledad!
Poniéndose de pie, se dirigió al despacho del señor fiscal sin perder tiempo. Le daría los minutos
contados, cuando a ella le diera la gana, mientras caminaba con la mirada agazapada, escarbó en su
bolso, sacó el cheque y lo que tan especialmente había buscado en su apartamento.
Samuel se encontraba en una videoconferencia con su tutor de la maestría en “Ciencias de la
Justicia Penal” de la Universidad de Heidelberg, cuando la puerta de su oficina se abrió con estrépito.
Con el ceño fruncido desprendió sus ojos de la pantalla, dispuesto a maldecir al responsable, pero sin
poder controlarlo, su mirada se deslizó ávida por las largas y estilizadas piernas de la endemoniada
señorita Winstead. Vestía un diminuto, casi inexistente, pensó con algo de recelo- short vaquero, y
una delgada camiseta de franela celeste que enfatizaba la femenina forma esbelta de su torso, lucía
más joven y relajada, salvo porque la salvaje expresión en su rostro le decía que estaba de todo
menos tranquila.
Ella era excesiva para él, le nublaba el pensamiento y lo dejaba expuesto, ahora mismo, había
olvidado por completo lo que iba a decirle a su tutor, toda línea de pensamiento coherente había
sencillamente desaparecido. Las palabras se habían quedado atoradas en su garganta.
La estaba mirando, y no precisamente a la cara. Rachell se encontró con Samuel Garnett arrogante
y majestuoso, sentado tras un impresionante escritorio de grueso vidrio ahumado, vestido con un
traje negro, una camisa también negra y opaca como el carbón, y una corbata color vino tinto. Lucía
obscuro y poderoso, con las cejas fruncidas en un gesto sensual y varonil, todo en él armonizaba, su
cabello, sus esculpidas facciones, y la deliciosa tonalidad de su piel, aunque clara, espolvoreada con
la gracia dorada latinoamericana. La rabia de repente se había ido, y ahora ella se encontraba
abandonada en el enorme placer de contemplarlo.
Con descaro, Samuel la acarició con sus ojos, desde los tobillos hasta detenerse en sus preciosos
ojos violetas. Entonces inclinó la cabeza suavemente, como queriendo comprender qué diablos hacía
ella en su despacho.
La rabia en Rachell resurgió multiplicada, y de sus ojos saltaron chispas, estaba desesperada por
confrontarlo y mandarlo a la mierda diez veces de ida y vuelta.
Sin decir una sola palabra, caminó hacia el escritorio sin dejar de mirarlo a los ojos. Moviendo
sus piernas con firmeza y elegancia, puso sobre la fría superficie de vidrio el cheque, la nota y un
frasco de lubricante. Repasó los objetos con la mirada, y con los dedos índice y medio deslizó los
dos trozos de papel hasta dejarlos frente a Samuel en el borde del escritorio cerca de sus manos.
Después, cogió el alargado frasco de cristalino lubricante y lo puso entre el cheque y la nota, se
acercó a él inclinando su cuerpo y dándole un extraño y tentador vistazo de sus pechos que,
traslucidos por la delgada camiseta, resaltaban orgullosos bajo su sujetador.
—Tiene aloe vera —le susurró aguzando los ojos. Se irguió de nuevo frente a él y le habló esta
vez con voz profundamente seria, apretando los dientes en cada palabra—. Ya sabe lo que tiene que
hacer.
La respiración de Samuel se alteró enfurecida, nadie se atrevía a faltarle al respeto, y mucho
menos le hacían sugerencias tan grotescas y groseras. Ella no le temía, por el contrario, parecía estar
ansiosa por desafiarlo y causarle el mayor daño posible en el intento.
—Estoy muy ocupado señorita Winstead, salga de mi oficina —exigió con las pupilas fijas en las
de ella, debatiéndose entre la necesidad de arrojar el maldito pote de lubricante contra la puerta, o
hacerlo con ella misma, estrellarla bruscamente contra la puerta, apretarla con su cuerpo y asaltarla
con besos violentos.
Rachell sentía tanta rabia que el llanto parecía estar amontonándosele en la garganta, la barbilla le
temblaba y apretaba los puños con tanta fuerza que tenía las uñas clavadas en las palmas de sus
manos. Pero de ninguna manera iba a llorar, jamás se mostraría vulnerable ante tal imbécil. Dándose
una ostia mental, se apretó el labio inferior entre los dientes, obligándose a detener el tonto temblor y
las lágrimas que picaban en sus ojos.
Samuel se percató del ligero temblor en Rachell, algo en su interior se suavizó y quiso hacer algo
más que besarla con violencia, quiso besarla despacio, saborearla a consciencia, como lo había
hecho en el Provocateur, quería recorrerle los labios con la delicadeza que su belleza exigía, Samuel
quería disfrutar una vez más del inmenso placer que había sido besar a Rachell Winstead.
—Doctor Metzger, pido sus disculpas, se me ha presentado una emergencia con un cliente y me
veo obligado a interrumpir la entrevista, lo llamaré para concretar nuestra próxima sesión —habló
en fluido alemán mirando al monitor.
—No se preocupe Garnett, sé lo difícil que es su horario, esperaré su llamada.
En cuanto el doctor Metzger dejó de hablar, Samuel con un toque en la pantalla dio fin a la
videoconferencia. Enseguida se levantó y caminó hacia ella abotonándose la chaqueta, entonces, la
elevada voz de Rachell lo detuvo abruptamente.
—¡No soy ninguna puta! ¡No se equivoque conmigo, Garnett! —gritó y se dio media vuelta
dispuesta a largarse del lugar. El maldito hombre se veía espectacular de pie, luciendo en todo su
esplendor cuan largo era. Tenía que huir.
Samuel estaba confundido y molesto por la grosera intrusión de Rachell, y aun así no pudo evitar
la retorcida sonrisa que se formó en sus labios. La mujer estaba realmente buena, quería esas piernas
rodeándolo, y sus manos sobre ese glorioso trasero.
Cálmate, le susurró mentalmente a su punzante entrepierna.
—Espera. —Apuró el paso en su dirección—. Rachell, espera —Y entonces los ojos de Samuel se
abrieron por completo. La mujer había echado literalmente a correr.
Rachell sintió cómo la rabia se vaciaba de su cuerpo, sustituida por una sorprendente necesidad de
mirarlo, de tenerlo cerca, demasiado cerca. Y eso la asustó como nada antes, tenía que huir, haberse
metido en su territorio había sido por completo un error. Vivian fue apenas un manchón de color
llevando dos tazas de té cuando pasó corriendo por su lado, dejándola con el rostro lleno de
confusión.
La escena parecía pertenecer a alguna clase de universo alterno y desconocido, Vivian no
terminaba de comprender cómo su mesurado jefe casi corría dando largas zancadas tras la joven del
irreverente short vaquero. El señor Garnett no parecía para nada contento en aquellas circunstancias.
Rachell se detuvo frente al ascensor y presionó con insistencia el botón de llamado, martirizada
por una sensación parecida a la que deben experimentar las víctimas de los crueles asesinos
psicópatas. El corazón le brincaba en la garganta y tenía la boca seca, ni siquiera se atrevía a
volverse.
En el momento en que las puertas se abrieron le agradeció a Dios en un suspiro, al tiempo que
entraba y pulsaba uno de los botones interiores del elevador, se adhirió al cristal dejando libre un
suspiro al ver como las puertas se cerraban sin darle tiempo a Samuel Garnett de alcanzarla.
Cuando había poco más de un metro de espacio entre las puertas, lo vio detenerse en seco, con la
corbata agitándose en su pecho, el cabello descolocado y el ceño fruncido. Victoriosa, elevó la
comisura derecha con sarcasmo y le mostró el dedo medio de su mano derecha con total descaro.
De una sola zancada, Samuel alcanzó el portal del ascensor, pero el bendito aparato se cerró justo
en sus narices, dejándolo frustrado, confundido y cabreado. Se pasó con impaciencia la mano por el
cabello, y al final volvió a sonreír, el maldito y endemoniado carácter de la señorita Winstead lo
calentaba y divertía a partes iguales. Nunca había conocido una mujer como ella, lo irritaba su osadía
y cuanto le faltaba al respeto, pero allá, en un lugar retorcido de su cerebro, le encantaba que lo
hiciera.
Se pasó la lengua por los labios, repentinamente emocionado, los retos siempre habían sido su
debilidad, así que sin pensarlo un segundo más, se dio media vuelta y corrió, abrió la puerta del salón
de conferencias que estaba conectado a su oficina, ingresó la llave maestra y las dos placas de metal
del ascensor privado se abrieron haciéndolo sonreír de oreja a oreja.
Dando un par de tumbos, Rachell salió desbocada del ascensor y atravesó el elegante y lujoso
vestíbulo. Las miradas de varios hombres alrededor la hicieron sentir como caperucita roja en un
bosque atestado de lobos con traje de diseñador.
—Señorita. —La detuvo la voz dulzona y fastidiosa de la recepcionista cuando estaba por entrar
en las puertas giratorias—. El pase, por favor —le pidió cuando Rachell se giró a mirarla.
Caminó a prisa hasta el módulo de información y se quitó la credencial mirando a la rubia
oxigenada, que ya no consiguió ocultar la combinación de mal disimulado desprecio y descarada
envidia al mirar sus largas piernas y sus shorts. Parecía que nadie en todo el puto edificio había visto
antes un maldito par de piernas.
Sonrió al entregarle la credencial a la recepcionista
—¿Bonitas, verdad? —le dijo mirándose las piernas, la mujer la contempló enmudecida—.
¡Gracias! —finalizó con fingido entusiasmo, sonriéndole con cinismo.
Se dio la vuelta, y esta vez sin interrupciones, alcanzó las puertas giratorias. Salió del edificio y
buscó las llaves en su bolso, entonces se quedó detenida, con los ojos moviéndose frenéticos en busca
de su coche, que por alguna desafortunada razón, no estaba en la bendita bahía.
—No… —susurró—. No… estoy segura que lo deje aquí. —Empezó a caminar de un lado a otro,
desesperada y sintiendo cómo el corazón empezaba a latirle fuertemente. La pesadilla no acababa.
—Disculpe, señorita. ¿Es usted la propietaria del coche de matrícula GTX8815? —le preguntó uno
de los hombres de seguridad de la torre, ella asintió nerviosa y en silencio—. Le han dejado esto, se
lo han llevado —le comunicó el hombre, señalándole el aviso de no aparcar.
Rachell se llevó las manos al rostro mientras vaciaba sus pulmones con su suspiro cansado y
rabioso. No sólo tendría que disponer de sus ahorros para pagar una multa descomunal, sino que eso
le significaría sacrificar su soñado viaje a Italia para el desfile de Armani en Milán.
—Gracias —murmuró débilmente.
Supuso que no le quedaba más que caminar hacia la avenida y tomar un taxi, pero su cuerpo
parecía no responder, aún no conseguía hacerse a la idea que su viaje a Italia ya no se llevaría a cabo,
en un abrir y cerrar de ojos todo se escapaba de sus manos.
Maldijo al IRS por llevarse casi todo su dinero en impuestos, y ahora también en multas injustas.
Sus cuentas no dejaban mucho para su propia complacencia, gran parte de sus ganancias eran
destinadas a inversiones para su marca, así eran las cosas al principio, lo sabía, pero había
sacrificado mucho por la posibilidad del viaje a Milán.
—¡Fantástico! —gritó con la voz quebrándosele, y con las lágrimas finalmente rodando por sus
mejillas.
Volvió a respirar profundamente, intentando ignorar las miradas de la gente en la calle. Diablos,
se había vestido para remodelar su tienda, no para pasearse por el centro de negocios del mundo, y
maldita sea, se habían llevado su coche.
Frustrada y triste, se sentó en la acera distante de la bahía, sus emociones estaban en caos, estaba
confundida y desesperada, su autocontrol se le iba de las manos. Con las piernas pegadas al pecho,
hundió el rostro en sus rodillas, y tragándose el nudo en su garganta, dejó que el llanto saliera de una
maldita vez, le dolía como nada tener que renunciar al sueño de viajar a Italia.
Escuchaba como ecos estériles los pasos de las decenas de personas a su alrededor, entonces unos
pasos se silenciaron demasiado cerca, y una mano se posó con demasiada suavidad en su espalda.
—Rachell. —La voz susurrada de Samuel Garnett denotó confusión, y cierta impresión que de
momento ella no pudo definir.
Maldiciendo a su suerte, Rachell cerró fuertemente los ojos y hundió aún más la cabeza. El
corazón le martillaba fuertemente, sintió cómo él introducía su mano y la tomaba por la barbilla,
obligándola a elevar la cabeza.
—No me toque… —murmuró con los dientes apretados—. Aléjese —le exigió con la voz más
elevada de la cuenta, y aunque puso todo de sí por mostrarse inamovible y dura, no pudo controlar la
vibración en su voz.
Con brusquedad volteó la cabeza desprendiendo la barbilla de su toque, y miró hacia el otro lado
frunciendo el ceño e intentando ignorarlo.
—Está dando un glorioso espectáculo con sus piernas. —Samuel se puso de cuclillas e intentó
buscar su mirada—. Aunque le está alegrando el día a más de un hombre con sólo estar ahí sentada,
debería considerar no hacerlo.
La voz de Samuel estaba impregnada de tanta ternura, que con cuerdas invisibles, sus ojos fueron
halados hacia su rostro, entonces cada uno se perdió en la mirada del otro. Samuel suspiró perdido en
las profundidades violeta que tan seguido despertaban varios de sus temores más profundos.
—Lo siento —balbuceó con dificultad—. No quise… no fue mi intención humillarla, no tiene por
qué llorar, no merezco sus lágrimas, sé que fui algo grosero con usted, y le presento mis disculpas
por ello. —Atropelló las palabras con la voz suave como terciopelo, descubriendo que después de
todo no había sido tan difícil.
Rachell se rio mirándolo con displicencia.
—¿Cree que lloro por su falta de delicadeza?… No, mejor dicho, ¿por su brutalidad? —le
preguntó limpiándose con manos temblorosas las lágrimas.
El rostro de Samuel pasó lentamente del desconcierto al enojo, endureciendo su expresión y
ocultando la ternura que en principio no sabía de dónde había salido. Con demasiada determinación,
le apretó los brazos y la obligó a ponerse en pie. Rachell jadeó incómoda e indignada con el nada
delicado apretón.
—Señorita Winstead, será mejor que no se burle de mí —La amenazó con la mirada fría como el
hielo.
Rachell lo encaró furiosa.
—Me suelta ahora mismo o empezaré a gritar, y por mi madre le juro que sus días como fiscal
honorable estarán contados.
Samuel no la soltó, la miró a los ojos, retándola, casi invitándola a que empezara con su concierto
de gritos. En el estómago de Rachell el maldito abismo se abrió una vez más, pero ahora fue además
invadido por millones de mariposas que volaban sin control.
Su actitud árida y desafiante le nublaba el pensamiento, no conseguía más que contemplar
embelesada sus labios, estaba segura que el único grito allí sería el de su mirada que le suplicaba a
Samuel que la besara.
Y lo consiguió, el desgraciado abogado consiguió intimidarla. Ella necesitaba huir, en ese mismo
momento. Maldito fuera.
—Quiero irme, suélteme —farfulló tragando fuerte.
Samuel la ignoró, con el rostro duro como piedra y con la mayor descortesía le arrebató el papel
con la multa de las manos.
—¡Jackson! —gruñó adivinando la fastidiosa presencia de sus guardaespaldas que siempre
rondaban cerca de su trasero.
Sin desprender sus ojos de los de Rachell, le extendió el papel a Jackson.
—Paga la multa de la señorita Winstead, por favor.
—¡No! —gritó furiosa. Ahora iba a vanagloriarse con todo su dinero frente a ella, restregándole
en su cara que no tenía ni para pagar una puta multa—. Señor Jackson —le habló al guardaespaldas
estirando la mano en su dirección—. Por favor, regréseme la multa. —Volvió su mirada a Samuel—.
No es asunto suyo, pretencioso entrometido.
—No tiene con qué pagarla —habló Samuel con impaciencia—. Por eso estaba llorando, sus ojos
no pueden mentir señorita Winstead.
La rabia volvió a llenar el pecho de Rachell, maldiciendo al arrogante cretino.
—Usted no tiene la menor idea… —Respiró hondo—. Lo siento mucho por sus patéticas
capacidades intuitivas acerca de por qué la gente llora, telepatía, psicología barata o como quiera
llamarlo… ahora, devuélvame la maldita multa.
—Evidencia —le habló bajito acercándose más de lo debido—. Eso es lo que veo en sus ojos, y no
me contradiga —ordenó con autoridad—. Jackson, asegúrate que entreguen hoy mismo el coche y
que no le falte nada, sino ya sabes lo que tienes que hacer.
Entonces, casi cogiendo a Rachell por el brazo, prácticamente la obligó a regresar al edificio.
—Sí, señor. —Alcanzaron a escuchar a Jackson mientras se alejaban, y Samuel contuvo su deseo
de estrangular a Logan, el segundo guardaespaldas, que una vez más se pegaba a su trasero.
—Suélteme —exigió Rachell rechinando los dientes.
Samuel se detuvo.
—Vamos a esperar que traigan su vehículo.
—Puedo esperarlo en mi tienda. ¿Está intentando retenerme? Porque eso es un delito —hablaba al
tiempo que ingresaban en la puerta giratoria. Cuando pisaron nuevamente el vestíbulo, sintió la
mirada envidiosa de la rubia oxigenada sobre ella, esta vez con más fuerza.
—Entonces, yo la llevaré —le dijo él como si fuera la cosa más simple. No era una sugerencia o
una pregunta, era una maldita orden.
El pánico empezó a nadar por su sangre mientras caminaban hacia unas puertas acristaladas que
no había visto antes, estar tan cerca de él era peligroso, las feromonas jugaban en su contra.
—Puedo llamar a un taxi, fiscal, no necesito su ayuda. —Clavó los talones en el suelo,
haciéndolos detener a los dos.
—Voy a llevarla hasta su tienda.
—No.
—Le dije que voy a llevarla —bramó Samuel con rudeza.
—¡Que no! ¿No entiende el significado de la palabra, no? —Intentó soltarse de su agarre—.
Permítame ilustrarlo. No: negativa, rechazo o inconformidad para expresar la no realización de una
acción. —El brazo empezaba a dolerle—. ¡Que me suelte, maldita sea!
Samuel tiró de ella pegándola a su cuerpo, calentándose de inmediato con su roce. Aflojó el
agarre, y sin dejar de fruncir el ceño y mirarla con desaprobación, subió y bajó varias veces su mano
por el brazo de Rachell, acariciándola donde la había estado apretando. Su cuerpo se disculpaba, pero
sus ojos y su actitud seguían recriminándola.
Ella seguía confundiéndolo, desesperándolo.
—¿Podría callarse un minuto? —inquirió esta vez con la voz calma y suave—. Deje de lado el
inútil orgullo, no le sirve de nada conmigo… No voy a permitir que se vaya en un taxi con su facha.
¿Tiene idea de cuántos pervertidos hay sueltos en la calle? ¿Y cuántos de ellos manejan taxis?
—Claro que tengo idea de cuántos pervertidos hay por ahí, incluyendo fiscales también —
cuchicheó mientras salían al aparcamiento—.Sin contar los brutos exhibicionistas, abogados de
profesión y de nacionalidad brasileña.
Samuel la ignoró por completo sacando del bolsillo de su pantalón las llaves de la todoterreno.
Las luces parpadeantes de una Lincoln MKX gris plomo se encendieron y el pitido de la alarma
desactivándose hizo eco en el lugar.
Rachell caminó con dificultad, intentando seguir los largos pasos de Samuel, después él abrió la
puerta del copiloto y prácticamente la metió él mismo en la todoterreno, cerró la puerta y aseguró el
coche con el pequeño mando a distancia. Lo siguió con la mirada enfadada, viendo cómo el infame
caminaba confiado mientras rodeaba al todoterreno.
—Logan, necesito un poco de privacidad, por favor —le exigió al hombre antes de subirse en el
coche.
El guardaespaldas asintió en silencio y se alejó un par de pasos.
Rachell no quiso mirarlo, con el cuello protestando mantuvo su mirada concentrada en su ventana.
Escuchó el coche encenderse pero no se movieron, sabía que él estaba utilizando el silencio para
desesperarla y obligarla a mirarlo, pero ella no daría su brazo a torcer.
—¿Ya se calmó? —claudicó Samuel.
Rachell se resistió a mirarlo.
—Me calmaré en cuanto esté metida en un taxi.
—Permiso —Lo escuchó decir justo antes que Samuel, con toda intención, le rozara las piernas
con el brazo mientras abría la guantera y sacaba un móvil negro y brillante. Se incorporó y ella sintió
su mirada caliente recorrerla, después escuchó el tintineo del móvil al encenderse.
Necesitaba alejar su mente de las ideas nada adecuadas que la cercanía del fiscal le provocaba, ya
estaba empezando a irritarla sentirse tan desesperadamente atraída por él.
—¿Sabe qué? Pensándolo bien, no me importa que pague la infracción, ya que fue su culpa que
me multaran —habló llenándose de valor y cruzando los brazos sobre la boca del estómago para
contrarrestar las odiosas cosquillas.
—¿Mi culpa? —exclamó Samuel casi indignado—. No recuerdo haberle dado nunca clases de
conducción, ni mucho menos pedirle que se aparcara en un área prohibida. No veo el motivo de mi
culpabilidad. ¿Por qué se empeña en culparme de sus acciones? —finalizó volviendo el cuerpo hacia
ella y descargando el móvil entre las piernas.
Con el ceño fruncido por su buen punto, Rachell siguió la ruta del móvil hasta sus muslos. Error,
maldito error. El desprevenido móvil estaba cerca de la considerable prominencia que se asomaba en
el pantalón de Samuel, tragó en seco y se obligó a elevar de nuevo la mirada hasta encararlo. Error
de nuevo, esos ojos maravillosos, claros y cristalinos como miel caliente, hacían cosas indecibles en
ella.
—Pues sí, es su culpa —Lo atacó por la multa, pero en realidad se defendía de sus leonados ojos
—. Yo ni en sueños hubiese venido a este lugar si no es porque usted me envía ese estúpido cheque.
¿Por qué clase de persona me toma? —Lo azuzó con la mirada, y por un segundo creyó que una
sonrisa le bailaba en los labios, pero no pudo estar segura, así que continuó—. Respóndame, y sea
completamente sincero, de cualquier manera no me ofenderé, sólo me ha intrigado cómo un hombre
que no me conoce, de repente me toma por puta.
Samuel la observó con los ojos muy abiertos.
—Bueno, aquí el ofendido he sido yo, ha sido usted quien me ha puesto todas esas cosas en mi
escritorio, sugiriéndome que me meta el cheque por el culo —acotó mirándola directamente a los
ojos—. Aunque al menos tuvo la consideración de traerme el lubricante.
Rachell apretó un labio contra el otro intentando contener la inoportuna sonrisa, pero no
consiguió más que desviar la mirada y agachar la cabeza.
—Señorita Winstead —volvió a hablar Samuel—. De ninguna manera la he tomado por puta, y es
cierto, no la conozco, he querido mantenerme al margen, así que me he contenido de investigar nada
acerca de usted, no sé quién es… —Se acercó a ella lo suficiente para hacerla removerse en su
asiento buscando tomar distancia—. Pero me gustaría descubrirla poco a poco. —Él volvió a
erguirse en su lugar—. Siendo completamente sincero, lo que pudiera averiguar, ciertamente no me
diría mucho de su carácter ni de su personalidad.
—Bájese de la película fiscal, no quiera impresionarme.
Antes que pudiera reaccionar, Samuel cogió el móvil y le sacó una fotografía.
—¿Qué hace? ¡Bórrela de inmediato! ¡No se lo permito!
—Deme un minuto —la interrumpió alejando el teléfono de ella.
Rachell intentó incorporarse para arrebatarle el móvil, y entonces él la miró fijamente, casi
amenazante, clavando sus ojos de fuego en ella, reduciéndola, intimidándola. Sin dominio de sí
misma, Rachell enfadada volvió a acomodarse en su puesto. Samuel estiró su brazo libre y puso
detrás de su oreja un mechón que se había escapado de su cola de caballo.
—Mírame, Rachell —susurró Samuel con voz grave, seductora y suave.
Y Rachell se dejó llevar, tal vez una sola vez no le haría daño. Se encontró con sus ardientes ojos
dorados escrutándola, con los parpados apagados, invitándola a hacer algo que ella no descifraba
aún. Entonces sintió la yema de su dedo pulgar rozarle los labios con torturante lentitud, quemándola,
haciéndola contener el aliento, quería fruncir la boca sobre su dedo, besarlo, escalar hasta sus labios
y volver a beber de él.
Pero después de que lo hiciera, él volvería a ser la mole helada y exasperante, y la última vez que
se había encontrado con eso, había dolido, no se arriesgaría de nuevo.
—Tengo que irme —habló con voz trémula y dejó de mirarlo—. Tengo que irme fiscal, ábrame la
puerta, por favor —le dijo esta vez con un tono más seguro, cogiendo la manilla para abrir la puerta
con más ansiedad de la cuenta.
Samuel inclinó la cabeza y levantó una ceja sardónica, después negó en silencio varias veces.
—Está bien —habló Rachell nerviosa—. Entonces voy a gritar que está intentando abusar de mí.
—Lo amenazó. Samuel sonrió aún sin mirarla a los ojos, y a ella se le encendió la sangre—.
¡Auxilio! —gritó desabrochándose el short y bajando la cortita cremallera de metal, Samuel elevó la
cabeza atónito—. ¡Que alguien me ayude, por favor! —siguió chillando con voz agónica y
desesperada, encarándolo, mirándolo a los ojos mientras se quitaba la delgada camiseta y la arrojaba
en la parte trasera de la todoterreno.
Samuel la miraba anonadado, mudo, y excitado, porque diablos, estaba frente a él con el
deliciosamente esculpido torso casi desnudo, únicamente llevaba un sujetador blanco de diseño muy
básico, pero sus pechos lucían gloriosos en medio de la rudimentaria prenda. Y entonces, la muy
descarada se soltó el cabello, volvió a pedir auxilio entre gritos y se despeinó con histrionismo.
Lo miraba furiosa, como si quisiera enojarlo, intimidarlo, mostrarle que era capaz de cualquier
cosa. Pero lo único que había conseguido había sido ponerlo famélico, demonios, le había
provocado una dolorosa erección, la mujer era más cruel que Atila el Huno.
La cara de Samuel Garnett no tenía precio, lo había dejado sin palabras, y sus hermosos ojos
estaban completamente abiertos y desconcertados.
Rachell se giró, y con dramatismo golpeó el vidrio de la ventana, retorciéndose histérica, dándole
un precioso vistazo de sus formas delicadas y femeninas. El short se deslizó por sus caderas, tan sólo
un poco, lo suficiente para descubrir una pequeña porción de encaje de su ropa interior. Inclinó la
cabeza y estudió con cuidado su piel, justo ahí, en su costado izquierdo, perpendicular al hueso de su
cadera, había un tatuaje no muy grande, parecía una oscurísima mariposa negra con cuerpo de mujer
o una mujer con alas de mariposa, no sabría decirlo.
Sus manos picaron por inmovilizarla y estudiar con más detenimiento el curioso tatuaje, pero
podría no salir con vida de aquella hazaña, así que prefirió morderse las ganas y quedarse quietecito
en su puesto.
Samuel se apretó los puños y juró por lo más sagrado que él la recorrería con sus labios, sus
dientes y su lengua. Su cuerpo mostraba disciplina y buen estado, y eso significaba una única cosa:
Resistencia. Y él sí que la necesitaba en sus amantes, su apetito era voraz, y no cualquier mujer tenía
el aguante suficiente para seguirle el ritmo, pero claro, la señorita Winstead siempre era la
excepción.
Debía dejar de mirarla si quería mantener la compostura. Se giró y puso las manos calmadamente
sobre el volante.
—Siga gritando —le dijo despacio—. Nadie la escuchará, la todoterreno está blindada.
Rachell se calló abruptamente, se volvió a mirarlo, con las mejillas enrojecidas, el cabello
alborotado y la mirada salvaje, toda ella era un espectáculo sensual. Se acomodó en su asiento
recuperando de repente el pudor, se abotonó el short y se estiró en medio de los asientos para
recuperar su camiseta, y maldita fuera la suerte de Samuel, dejándole el trasero tentadoramente cerca.
Después de todo, tal vez arriesgaría su vida por permitirse un muy merecido mordisco.
—Hubiera podido decírmelo antes —Lo acusó apretando los dientes mientras buscaba el sencillo
coletero para recogerse el cabello. Entonces, sintió la mano de Samuel sobre la suya, deteniendo su
tarea con delicadeza.
—Déjelo suelto un rato más —le susurró con los párpados entornados, devorándole los labios
con la mirada—. Me gusta como huele su cabello. —Entonces se le acercó aún más, y literalmente la
olisqueó, aspirando profundamente—. ¿Y ese tatuaje? ¿Tiene algún significado especial? —susurró
en su oído.
—Eso no es de su incumbencia —le dijo poniendo distancia entre los dos—. ¿Acaso yo le he
preguntado qué significado tiene Elizabeth en su vida? —cerró los ojos maldiciendo su metida de
pata, con él no podía guardarse nada, ahora él sabría que ella se había fijado, y que claro, se había
interesado.
—¿Y por qué no lo pregunta?
—Porque no es de mi incumbencia fiscal, no me interesa y sé que tampoco me lo dirá.
—Tiene razón, no se lo diré —concedió soltando un suspiro. Dejó de mirarla para fijarse en el
móvil que vibraba sobre sus piernas, lo cogió y desplegó el pequeño icono del correo electrónico y
dirigiéndose a ella empezó a leer.
—Su nombre completo es Rachell Glenn Winstead, nació el 21 de septiembre de 1989, lo que
quiere decir que tiene veintitrés años —La miró con una sonrisa de suficiencia—. Sabía que no
alcanzaba los veinticinco.
El aparato vibró en su mano, esta vez era una llamada entrante.
—Patrick, ¿cómo estás? —saludó antes que el hombre al otro lado hablara.
—¡Jodido, hermano! Samuel, necesito tu ayuda… estoy detenido en Hawái… gracias al cielo me
has contestado, te he estado llamando desde hace dos días.
—Éste es mi número privado, pocas veces lo tengo conmigo, lo uso sólo en situaciones extremas
—le explicó rápidamente—. ¿Qué ha ocurrido?
—Necesito un abogado, alguien que me defienda —habló Patrick con la voz repleta de angustia.
—Sabes que yo no soy ese abogado.
—Sí, ya lo sé, pero necesito a uno de los mejores, y resulta que todos están en tu firma.
—¿De qué se te acusa? —preguntó sin rodeos.
—Posesión de cocaína —respondió Patrick con toda la confianza que le tenía a su amigo.
—¿Otra vez, Patrick? Ya te he salvado el culo en dos oportunidades. —espetó irritado—. ¿Qué
cantidad? Y lo más importante, ¿qué tan embarrado de mierda estás?
—Creo que esta vez mucho más que las anteriores, no fueron gramos, fueron kilos.
—Entonces, te jodiste Patrick, con la firma Garnett no cuentes —elevó la voz enojado—. Ya te lo
había advertido, te dije mil veces que no te involucrarás, y por ti no voy a desprestigiar la firma, y
mucho menos a los clientes que confían en mí. Puedo contactarte con un abogado dispuesto a
embarrarse, pero nada más, a mí ni me nombras.
—Samuel, ¿acaso no eres mi amigo? —Escuchó la voz nerviosa y decepcionada de Patrick.
—¡Claro que lo soy! —soltó volviendo a enojarse—. Te he ayudado en muchas oportunidades,
esta vez lamentablemente no puedo, ahora, si tú me consideraras tu amigo, no me perjudicarías de la
manera en que lo haces —gruñó exasperado—. Anota el número de la firma Glee, ellos te ayudarán.
A Patrick no le quedo más opción que anotar el número y aceptar la solución que le era ofrecida.
Samuel cortó la llamada y se quedó en silencio varios segundos. Rachell se percató de cuán
crispado estaba, aun así, no iba a pasar por alto el reproche que tenía en la punta de la lengua. Abrió
la boca para hablar, pero él, llevando el índice hasta sus labios, la silenció mientras recibía una nueva
llamada. Él, claro, no desaprovechó la oportunidad de acariciarle los labios antes de retirar el dedo.
—Verónica, en este momento estoy sumamente ocupado… Después te llamo… Sí, yo te llamo…
No me llames cabrón… Ya te dije que te llamaré. —Finalizó la llamada, después de una ráfaga de
palabras, que hacían dudar que le hubiera dado chance de hablar a la tal Verónica.
Volvió su atención a Rachell que lo miraba sardónica elevando la ceja izquierda. Samuel puso el
móvil en estado de vuelo y clavó sus impresionantes ojos dorados en ella.
—¿De dónde ha sacado esa información sobre mí? ¿Con qué derecho hurga en mi vida privada?
Eso seguramente debe ser delito. —escupió indignada.
Samuel sonrió muy satisfecho consigo mismo y volvió a encender la pantallita del móvil.
—Espere, aquí hay más. —Deslizó el dedo hasta desplegar de nuevo el correo electrónico—.
Nació en Tonopah, Nevada, sus estudios universitarios los llevó a cabo en la Universidad de Las
Vegas, llegó a Nueva York hace tres años, tuvo una relación larga con el multimillonario industrial
Richard Sturgess, el cual reside ahora en Londres…
Sin avisos, Rachell se abalanzó sobre él y le arrebató el móvil.
—Le prohíbo que escarbe en mi vida, Garnett —exigió furiosa, y entonces sus manos empezaron
a sudar, su corazón empezó a palpitar con demasiada rapidez y todo parecía dar vueltas frente a sus
ojos—. Voy a vomitar —habló con la voz débil, sintiendo las náuseas instalarse en su garganta.
—Por favor, evítese el teatro. —Samuel se inclinó hacia ella y le quitó el móvil de las manos—.
No le ha pasado nada —Sacudió el aparato. —¿Podría dejar el teatro?, no le ha pasado nada al móvil,
no exagere… señorita Winstead, no voy a torturarla ni nada por el estilo, ni a chantajearla por su
información, no tiene por qué sobreactuar. —finalizó Samuel reconociendo que era una muy buena
actriz, inclusive lucía pálida.
—¡No es teatro, imbécil! —Rachell respiraba con dificultad—. No sé qué me pasa. —Enterró la
cabeza en las rodillas, sintiendo que en cualquier momento el pecho se le iba a estallar—. ¡Abra la
maldita puerta! —explotó con impotencia—. Por favor —le pidió en un susurro estrangulado.
—¡Joder! —soltó Samuel presionando el botón en su puerta, y todos los vidrios de las ventanas
del coche empezaron a descender—. Respire profundamente, seguramente ha sido una reacción al
monóxido de carbono —le dijo con la voz alterada mientras le acariciaba la espalda con suavidad. Se
sentía completamente idiota por haberla mantenido por tanto tiempo encerrada en el coche con el
motor encendido.
—Ha intentado asesinarme… —murmuró Rachell con los ojos cerrados, y sintió cómo Samuel le
tocaba la frente y la ayudaba a elevarse.
—Respire profundamente y eleve la cabeza —le pidió él con docilidad.
Rachell pegó su cuerpo al asiento y elevó la cabeza aún con los ojos cerrados mientras el negro
en el que se encontraba le daba vueltas.
—Tendrá que buscarse un muy buen abogado —le advirtió sintiéndose débil—. Porque lo voy a
demandar, sino es que muero antes de hacerlo.
—No se va a morir, no sea exagerada —la contradijo Samuel poniendo el coche en marcha.
Rachell sintió, aún con los ojos cerrados, cómo todo parecía iluminarse. Al abrir los ojos se dio
cuenta que ya habían abandonado el aparcamiento.
La brisa acariciándole el rostro rápidamente alivió el mareo y la tensión en su cuerpo, mientras la
ansiedad se iba poco a poco, y los latidos de su corazón se normalizaban.
Varias cuadras después, Samuel detuvo la todoterreno.
—¿Prefiere algún tipo de agua en particular? —le preguntó antes de bajar del coche.
—No soy de exclusividades fiscal, el agua es agua —Se giró hacia él, y como siempre, la fuerza
de su mirada volvió a golpearla. Extrañamente, eso le dio más calma que el aire fresco que estaba
respirando.
—Siendo diseñadora no es muy conveniente ese comentario —le contestó él tratando de disimular
que había comprendido perfectamente el doble sentido que había tomado la conversación.
—Me refería al agua, para otras cosas, prefiero la exclusividad —aclaró Rachell con la voz algo
más baja y sedosa.
—Es bueno saberlo —respondió Samuel con la voz ronca—. Le aseguro que eso no aparece en su
expediente —la provocó una vez más, pasándose la lengua por los labios en un acto reflejo. Después
se acercó a ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Voy por su agua, no se vaya a ningún lado.
En cuanto vio a Samuel alejarse, cogió el teléfono que había dejado al lado de la palanca de
cambios. Tocó la pantalla y lo desbloqueó deslizando una sencilla flecha, no había contraseñas ni
combinaciones de ningún tipo. El panel principal apareció frente a ella, vio la notificación de siete
llamadas perdidas, todas con nombres de mujeres, chasqueó la lengua y pasó de aquello, no le
interesaba. Entró en la bandeja de mensajes y la encontró llena con remitentes femeninos, todos con
frases escandalosas, respiró hondo y también ignoró aquello.
Encontró el icono del correo electrónico, lo accionó, y ahí estaba, su expediente. Un escalofrío la
recorrió, miró por el retrovisor para evitar ser sorprendida por Samuel, y velozmente lo leyó
completo. Todo el aire contenido salió liberador de sus pulmones. No había allí nada de lo que
preocuparse. No necesitaba que un extraño supiera más de la cuenta acerca de su vida, y menos
alguien que había dejado a un amigo a su suerte, juzgándolo tan severamente con tan sólo una
llamada como argumento. Regresó el móvil a donde estaba y se relajó en su asiento.
Samuel insertó la tarjeta en la máquina dispensadora y seleccionó tres botellas de agua OGO en el
panel electrónico, inmediatamente escuchó el golpe fuerte de los envases estrellándose en la parte
baja del aparato, se inclinó, sacó las botellas y caminó de vuelta a la todoterreno. Al llegar, se detuvo
frente a su puerta, observando despacio a Rachell que miraba en la otra dirección, tenía los pies
recargados sobre el tablero, con las torneadas piernas estiradas, claramente despreocupada en su
silla, mientras a él se le revolvía el cerebro al recordar cómo había estado casi sin ropa minutos
atrás.
Rachell fue consciente de su presencia, y ágilmente bajó las piernas y se sentó derecha, Samuel
entró a la todoterreno y le ofreció una botella de agua, la destapó para ella antes de entregársela, y
después destapó una para sí mismo. Dio un par de sorbos y la descargó en el posavasos. Sin decir una
palabra, puso el coche de nuevo en marcha.
En el camino, la mente de Rachell empezó a divagar impaciente, estar encerrada en ese coche con
él le recordaba con crueldad lo cerca que estaban, y lo sencillo que podría ser tomar un poco más de
él, un beso tal vez, seguía muriéndose por besarlo otra vez.
—Puede poner música si quiere. —La sacó Samuel de sus pensamientos, pero ninguno de los dos
dijo nada más.
Samuel estaba sumido en sus pensamientos, debatiéndose entre alejarse de la tentación, o sucumbir
y quemarse entre la leña ardiente que era Rachell Winstead. Ella parecía relajadamente indiferente a
su lado, pero él veía más allá de eso, y podía sentir la fuerza invisible que lo inundaba todo en el
coche con necesidad sexual, sabía que los dos se estaban conteniendo por muy poco, pero Rachell era
obtusa, y cualquier movimiento suyo podría provocar la reacción más inesperada en ella.
—No creo que tengamos los mismos gustos musicales —habló Rachell al fin—. Con ese carácter
suyo tan remilgado, seguramente escucha pura música clásica, me gusta, pero sólo mientras elaboro
los bocetos.
Samuel sonrió encontrando curioso que él también solía hacerlo sólo cuando trabajaba.
—Debo confesar que sólo escucho música clásica cuando estudio algún caso y recreo la escena
del crimen.
—¿Es algo morboso eso, no cree?
—¿Escuchar música clásica cuando estudio un caso? —replicó él mirándola de soslayo mientras
conducía.
—No… —respondió Rachell sonriendo, y a él le gustó verla sonreír—. Recrear un crimen…
digo, es como revivirlo, idearlo aun cuando no estuvo presente.
—Cuando se llega a la escena de un crimen, la mente se pone a trabajar y uno inmediatamente
imagina muchas cosas, hasta los motivos que llevaron al agresor a cometer la acción delictiva, la
mente debe trabajar sobre el escenario completo, móviles, instrumentos, cada detalle. Como fiscal,
me concentró en hallar al culpable, y una escena del crimen es un cartel enorme y luminoso donde el
victimario me dice, cómo piensa, cuáles son sus motivos, e inclusive a veces, dónde está metido. —Se
volvió a mirarla brevemente—. Y encontrándolo, puedo hacer justicia.
—Pero no todo el tiempo se hace justicia —le dijo Rachell pensativa —Hay muchos fiscales…
Samuel la interrumpió.
—No soy de ésos, si intentaba referirse a los corruptos. —La miró con profunda seriedad—. Lo
sé, lamentablemente hay muchos, eso sucede porque tienen un precio, yo no lo tengo, para mí no hay
mejor sabor que el de la verdad, ni mayor satisfacción que hacer pagar a los criminales por sus
delitos. —Respiró concentrado en el camino—. Y tiene razón, no todo el tiempo se hace justicia y eso
es verdaderamente frustrante, pero los asesinos siempre comenten errores, no hay un crimen
perfecto, tal vez después de muchos años deban enfrentarse a la Ley, claro, siempre y cuando alguien
se encuentre interesado en reabrir los casos, y para eso es preciso no olvidar, de lo contrario jamás
se hará justicia, y no hay destino más vil que el injusto —sentenció, se aclaró la garganta y cambió de
tema—. Y bien. ¿Qué desea escuchar? Seguramente podría sorprenderla con mis gustos musicales,
puede buscar y elegir lo que guste. —Hizo un ademán señalando la pantalla táctil de reproducción.
—No lo creo —lo contradijo Rachell mientras buscaba entre las carpetas, habían cientos de
nombres de artistas, de los cuales ella conocía al menos una cuarta parte, muchos le gustaban.
Se encontró con Oasis, Aerosmith y Metallica, al parecer le gustaba el rock al igual que a ella.
También había mucha música electrónica, lo que no le sorprendía porque el día que habían bailado
fue evidente que no era su primera vez con el género.
El recuerdo de Samuel Garnett apretándose contra su cuerpo encendió de nuevo la hoguera en
ella, contrayendo sus entrañas de deseo. Sacudió casi imperceptiblemente la cabeza para despejar las
cautivantes sensaciones, y no dispuesta a darle la razón, se decidió a mentir descaradamente.
—Se lo dije, no tiene nada que quiera escuchar, ni siquiera tiene Believe, eso es imperdonable, ni
una sola canción de mi artista favorito. —decía con decepción. Por dentro, se estaba ahogando de la
risa, sintiéndose más cómoda y retomando el control sobre la situación.
—¿Está segura? Hay varios títulos con ese nombre, discrimine la búsqueda por canción —sugirió
confiando en su amplio repertorio musical.
—Segurísima, no tiene ni una sola de Justin Bieber —le dijo ella haciendo un puchero, como si de
verdad amara al chico que desataba la locura entre las adolescentes.
El gesto de Samuel fue invaluable, era evidente que estaba luchando por no burlarse de ella, la
línea de sus labios cada vez se ampliaba más, pero intentaba respetar sus gustos musicales.
Apretó los labios evitando cualquier señal de burla.
—Lo siento. —Hizo una pausa—. Nunca he escuchado a Bieber, hasta donde recuerdo no soy una
adolescente eufórica.
—¿Me está llamando adolescente eufórica? —preguntó Rachell indignada.
—No —Se apresuró Samuel y desvió la mirada del camino para verla a ella—. Usted es peor.
Rachell no pudo seguir conteniéndose y se echó a reír, aunque menos efusivo, Samuel también se
rio.
—Le juro que por un momento me lo creí —le dijo Samuel, con un tono de voz que la hizo
mirarlo extrañada. Se escuchaba relajado, amistoso inclusive, no había rastro de su usual tono
imperativo. Tal vez la clave con el fiscal era bromear más seguido.
Rachell decidió no pensar mucho en ello y siguió deslizando su dedo por la pantalla, buscando
algún tema que le llamase la atención, pero antes, se permitió estudiar cada tema en el camino, quería
conocer un poco más de los gustos de Samuel Garnett. Entonces se encontró con el nombre de un
artista brasileño que había escuchado hacía un tiempo, activó la reproducción de la pista y el tema le
resultó desconocido, pero la voz dulce y sensual la cautivó de inmediato. La melodía era lenta y
cadenciosa, parecía no encajar con las demás canciones, aparentemente, las preferencias del señor
Garnett serían cualquier cosa menos predecibles.
—¿Le gustan las baladas? —indagó ella tratando de ocultar el desconcierto en su voz.
—Sí, señorita Winstead, no muchas, pero creo que hay momentos en que el estado de ánimo
requiere de ciertos géneros musicales. —Se detuvo en un semáforo y la miró fijamente—. ¿Conoce a
Alexandre Pires? —Su voz era ecuánime y el brillo en sus ojos se intensificó, calentándola hasta la
punta de los pies.
—Si le soy completamente honesta… —empezó Rachell acomodándose de medio lado en su
asiento y enfrentándolo directamente—. Sólo sé que es un cantante brasileño, nada más.
Samuel asintió.
—Sí, es brasileño, pero ha basado la mayoría de su carrera musical cantando en español, yo
prefiero escucharlo en portugués. —Le dio un trago a su agua, volvió a dejar la botella en el
contenedor y arrancó con la luz verde.
—Ésta es en portugués —aseguró levantando las cejas intrépida. —Sé reconocer el idioma —le
dijo presuntuosa, olvidándose de lo demás y dejando de darle vueltas a lo que fuera que le aseguraba
que debía alejarse de él, no había mucho que pudiera hacer teniéndolo tan cerca, coquetearle y buscar
llamar su atención era casi una cuestión de instinto—. ¿Qué dice la canción? —preguntó, sintiéndose
cada vez más atrevida, y percatándose que era primera vez que llevaban tanto tiempo en buenos
términos.
Samuel sonrió sin mirarla.
—No se lo diré.
—¿Por qué? —preguntó Rachell extrañada.
Samuel volvió a sonreír con los ojos puestos en el camino, como si supiera algún secreto que no
iba a decirle.
—Porque me temo, señorita Winstead, que la letra me hace pensar obsesivamente en usted,
dependerá de usted si algún día se lo digo. —Samuel estiró la mano y cambió la canción antes que
ella pudiera tomar nota mental del título.
La había picado, había capturado por completo su atención, y ahora iba a comerse las uñas por
saber qué canción era y qué diablos decía la letra.
—¿Me imagino que tampoco me dirá lo que quiere decir esta? –preguntó molesta. —Ya me había
sorprendido el que no hubiésemos discutido por tanto tiempo. —Hizo nota mental mirándolo, como
buscando algo en él, algo que le hiciese rechazarlo, alejarlo, algo que no le gustase. Pero maldita
fuera su suerte, no lo encontraba.
—Tampoco lo haré, eso deberá descubrirlo usted sola.
Rachell torció el gesto con una punzada de molestia, estaría muy bueno, pero seguía siendo
insoportable.
—No me lo dirá entonces. —Samuel negó en silencio—. No es un gran anfitrión, ni siquiera logra
complacer a una invitada en su coche. —Lo provocó frustrada, volviendo su cuerpo al frente y
cruzándose de brazos.
—Oh, señorita Winstead, sí que podría complacerla, créame, pondría todo mi empeño en ello —
aseguró con la mirada perdida en sus propios pensamientos, como reflexionando lentamente la
intensidad de sus palabras.
Rachell se quedó enmudecida, él tampoco parecía muy dispuesto a decir ninguna palabra. Su
respiración empezó a hacerse espesa, la promesa implícita en sus palabras estaba mareándola.
Inconscientemente apretó sus muslos buscando alivio, y Samuel lo notó, vio su pecho elevarse
pesado y desesperado. Su propia boca se abrió buscando aire, se desajustó la corbata sin retirar la
mirada del camino y jadeó audiblemente al sentir su polla tensarse bajo sus pantalones.
Sin poder resistirse más, deslizó sus manos por el volante girándolo todo a su izquierda,
acercándose a la acera de un edificio residencial bajo un grupo de altos y frondosos robles y detuvo
la todoterreno.
Rachell frunció el ceño mirando por su ventana, Samuel empujó la palanca de cambios en punto
muerto, soltó su cinturón de seguridad, aflojó más su corbata y bajó la mano hasta la palanca bajo su
asiento, deslizándose y alejándose al menos dos cuartas del volante. Rachell abrió la boca para
protestar, pero no tenía idea de qué decir, de lo único que fue consciente fue de la mano de Samuel
desabrochando en un abrir y cerrar de ojos su propio cinturón, después ella fue de alguna manera
elevada de su asiento, y en un jadeo estuvo apretada a horcajadas sobre las piernas del fiscal.
La respiración de Rachell había enloquecido, una poderosa erección presionaba entre sus piernas
con insistencia, gimió mordiéndose los labios y toda ella se volvió toda líquida y suave. El aliento de
Samuel la quemaba, y sus ojos la consumían hambrientos.
Sin dejar de mirarla, metió las manos bajo su camiseta, palpándola, era como si quisiera
degustarla con su tacto, subió y bajó las manos por su espalda en un toque suave y tierno, después,
acercó el rostro a ella y detuvo las manos en su cintura en un agarre fuerte y dominante. Sus ojos se
abrieron un poco más, casi imperceptiblemente, como si le preguntara algo que ella no alcanzó a
captar, lo siguiente que supo fue que la empujó con suavidad, invitándola a danzar con cadencia sobre
su pelvis. Rachell jadeó y apretó sus manos sobre los hombros de Samuel, apoyándose y
removiéndose con exquisita precisión.
Samuel gruñó como si estuviera siendo sometido a una tortura insoportable, y dejó caer la cabeza
hacia atrás sin dejar de gemir. Se suponía que aquello no debía ocurrir, el hombre la había plantado
en sus narices el fin de semana, largándose y dejándola sola en el Provocateur, pero ahora ella no
podía razonar con claridad, ahora ella sólo conseguía sentir y disfrutar de la deliciosa recompensa de
la fricción.
El cincelado mentón de Samuel la había hipnotizado, tenía los ojos cerrados y los labios
entreabiertos como si estuviera completamente entregado al placer.
Una extraña mezcla de jadeo y gemido salió directamente de la garganta de Rachell, él levantó la
cabeza, contemplándola con deseo furioso, plantando sus ojos amarillos en ella.
—Lo sabía, sabía que las cosas serían así con usted, perfectas, simplemente perfectas —le susurró
en un tono tan lujurioso que la hizo sentir trasgresora de alguna norma divina desconocida.
Ella no conseguía decir nada, porque era cierto, todo se sentía sencillamente perfecto. Entonces él
se movió también, estrellándose lenta y apretadamente contra ella, y su mundo colapsó bajo el
frenético torrente de su sangre.
Con la mano derecha abierta, Samuel sostuvo a Rachell por la espalda, y con la izquierda encerró
su nuca, después la acercó inclinándose levemente, y sin más demoras, capturó su boca con sed
desesperada y violenta, con la precisión de un experto irrumpió en ella con su lengua, le mordió los
labios, y la besó dejándolos sin aire a los dos.
Las respiraciones ahogadas resonaban en el coche, haciendo un coro erótico con los chasquidos
húmedos de sus bocas al encontrarse y tentarse.
—Me encanta su sabor —susurró Samuel contra sus labios haciéndola vibrar—. Me encanta cómo
su cuerpo se siente tan perfecto en mis manos.
Los vidrios del coche estaban empañados, todo se había puesto de repente muy caliente. Samuel
abandonó la boca de Rachell y le recorrió con decenas de pequeños besos el cuello, ella abrió la boca
y respiró hondo, él la dejaba literalmente sin aliento. Metió los dedos en su cabello y lo sintió
descender por su clavícula, Dios, bajando hasta su pecho. Quería que lo hiciera, que fuera más lejos,
le importaba un comino que estuviera a plena luz del día en medio de una vía pública.
—Quitémonos la ropa —Escuchó la voz de Samuel decirle antes de que pasara la lengua por
encima de la pequeña línea del escote de su camiseta cerca de la base de su cuello. Sus sentidos
estallaron de anticipación, pero consiguió ser lo suficientemente sensata para reconsiderarlo.
—No… aquí no podemos —balbuceó con voz débil.
—Quitémonos la ropa. —insistió Samuel—. Es lo que dice la canción —le dijo elevando
sensualmente la comisura derecha de su boca con burla, jactándose del poderoso influjo que ejercía
sobre ella.
Tonto de él si creía que se hacía con el poder.
—¿La primera o la segunda? —preguntó Rachell recrudeciendo la diestra danza de sus caderas
sobre él.
—La segunda —jadeó Samuel. Su voz sonó como un lamento—. Podría escribir con mis manos
sobre su cuerpo todo lo que dice la canción. —La besó una vez más antes de volver a hablar—. Pero
tiene razón, no es el lugar adecuado, aquí no puedo tomarme todo el tiempo que necesito para tener
suficiente de usted señorita Winstead.
Rachell le sonrió conspiratoria y se pasó su lengua por los dientes, diciéndole en silencio que
pondría esas palabras a prueba. Después sus ojos volaron hasta la silueta de Logan que estaba de pie
como a dos metros detrás de la todoterreno.
—Tiene razón —le dijo bajándose, esquivando ágilmente la palanca de velocidades, y dejándose
caer sentada nuevamente en el asiento del copiloto. Todo su cuerpo temblaba—. ¿Puedo hacerle una
pregunta? —habló tontamente concentrada en cómo él deslizaba de nuevo el asiento más cerca del
volante.
—Claro que puede, pero no le aseguro una respuesta.
—¿Acaso les hacen casting? ¿Cuáles son las cualidades? —le preguntó girándose y mirando de
nuevo a través del vidrio posterior del coche—. El que sea más alto y con más masa muscular, y la
infaltable la cara de “Soy una especie de Toreto con traje” —Señaló con el dedo pulgar por encima
de su hombro a Logan que ahora estaba cerca de la GMC negra—. Porque le juro que los he
confundido con Jason Statham y Dwayne Johnson.
Samuel se giró sonriendo y después reclinó la cabeza suavemente hacia atrás, soltando una
inesperada carcajada que resonó ronca y poderosa, haciendo que el cuerpo completo de Rachell
palpitara nuevamente, hipnotizándola con el fluido movimiento de su manzana de Adán bajo la
delgada capa de barba recién rasurada. Peor aún, algo en aquel desprevenido gesto la maravilló y
quiso tener el poder de repetirlo.
—No lo sé, no sé si les hacen casting, lo único que sé es que eran militares. —Volvió a mirarla
con el rostro relajado, mucho más hermoso de lo usual—. No soy yo quien los ha contratado, ha sido
mi tío, les preguntaré si en la agencia exigen algún prototipo —le respondió poniendo el coche de
nuevo en marcha.
—¿Por qué lo ha hecho él y no usted? Claro, si se puede saber —inquirió tanteando el terreno
primero, no quería parecer imprudente, ni mucho menos meterse en su vida.
—Yo no lo considero necesario —Samuel endureció un poco su voz—. Sé perfectamente cómo
cuidarme solo, no soy de esos hombres que recurren a esa clase de métodos para sentirse seguros o
importantes.
Rachell se atragantó una sonrisa, sabía que eso lo cabrearía por completo, pero le resultaba
encantador su pequeño enfurruñamiento de niño macho.
—Pero si su tío los ha contratado habrá sido por algo, tal vez se sienta preocupado por su estilo
de vida.
—No creo que hacer justicia me ponga en riesgo —le contestó desviando la mirada del camino
unos instantes para verla.
—Pues cree muy mal. ¿Acaso no ve las noticias? Hace algunos años en Las Vegas asesinaron a un
fiscal, claro, primero a toda su familia, y lo hicieron porque mandó a la cárcel a un estafador
profesional, mejor conocido como El Tramposo de los Casinos, y parece que tampoco se enteró de la
bomba que pusieron en el coche a un fiscal en Venezuela, casi todos los días asesinan a personas que
intentan hacer lo correcto, o como usted lo llama, hacer justicia.
—Creo que me ha dejado claro que teme igual que la gran mayoría… en todos los trabajos existen
riegos, claro, en algunos más que otros, pero si no existiesen personas dispuestas a resolver ciertas
situaciones, el mundo estaría mucho peor de lo que está ahora… —El coche se detuvo—. Hemos
llegado —le dijo con los ojos puestos en su tienda.
Rachell dirigió la mirada a su negocio, escondiendo un traicionero suspiro de tonta decepción,
hubiera querido que el trayecto fuese más largo, de repente se sintió demasiado liviana, como si
perdiera algo. Quería pasar más tiempo con él, y esa debería ser razón suficiente para bajar de una
vez de la bendita todoterreno.
—De ahora en adelante tendré más cuidado con los alfileres para evitar riesgos —le dijo
sonriendo y regresando la mirada a Samuel, perdiéndose en los ojos felinos que la dejaban sin
aliento.
—O con las escaleras. —expuso él acercándose peligrosamente a ella.
La deliciosa cercanía tensó sus entrañas, prometiéndole el rico placer de un nuevo beso. Y así fue,
Samuel terminó por eliminar el espacio entre ellos y fundió sus labios con los de Rachell. Pero esta
vez el beso fue diferente, no fue abrasador ni posesivo, fue un toque suave y pausado, metódico,
como si la venerara en silencio.
Él intentó retirarse, pero ella no dejó escapar sus labios, aún no había tenido suficiente de él. Le
dio un beso tan dulce y desinteresado, que por un segundo no creyó ser ella misma, y eso fue
suficiente para romper el contacto de una buena vez.
—Enviaré su coche y el pago por su trabajo, espero que esta vez no me regresé el cheque.
—Si envía la cantidad acordada no tengo por qué hacerlo —respondió, y en un acto reflejo cerró
los ojos al sentir el roce del dedo pulgar de Samuel deslizarse lentamente por la línea de su mentón.
—Entendido —susurró Samuel, y sin poder contenerse, la besó de nuevo, sin abrir los labios, tan
sólo rozándola con delicadeza y algo que se parecía a la inocencia, una que él hacía mucho había
dejado atrás. Entonces se alejó, indicándole sin palabras que su encuentro había terminado—.
¿Amigos? —preguntó tendiéndole la mano.
—Vamos a descubrirlo —Sonrió Rachell extendiéndole la mano—. Y podrías empezar por
tutearme —La combinación de su sonrisa y el agarre masculino de su mano reavivó toda la
excitación en su vientre.
Bajó del coche y lo rodeó en dirección a la boutique, después escuchó el crudo sonido del vidrió
de la ventana descender. Sintió sobre ella la mirada de Samuel, y en el reflejo de la enrome vitrina de
su tienda lo vio sonreír con picardía, se giró, regresó sobre sus pasos y apoyó las manos en la puerta
del vehículo.
—¿Podrías dejar de mirarme el trasero? —le preguntó con seriedad.
—No —respondió Samuel tajante y llanamente. Rachell vio cómo su pierna se deslizó con
suavidad sobre el acelerador, y entonces el motor del coche rugió escandalosamente.
Rachell elevó una ceja acusadora y se alejó dando un paso hacia atrás sin dejar de mirarlo. Entró a
la tienda, donde Oscar y Sophia la esperaban en sospechoso silencio. Les dedicó una mirada
inexorable, pero aun así supo que de ninguna manera tendría oportunidad de escaparse del
interrogatorio de Sophia.
CAPÍTULO 11
El famoso festival Shakespeare In The Park que se lleva al cabo durante los meses de junio y julio
en el Central Park, pone en escena dos obras al azar del famoso escritor, con la colaboración de
actores célebres del teatro y el cine, y es por excelencia una de las grandes tradiciones veraniegas de
Nueva York.
El famoso parque, pese a su magnitud, solía atestarse con más gente de lo habitual durante los días
del festival, histéricos equipos logísticos, maquinaria, elementos de escenario, y gente de lo más
particular se estrellaban unos con otros a lo largo del día.
Sin embargo, eso no representaba un impedimento para que Samuel interrumpiera su rutina
semanal. Procuraba salir a correr al menos tres días a la semana, y éste era justamente uno de ellos.
El sol sobre su cabeza picaba despiadado, su pantalón de chándal negro y su camiseta de algodón se
habían empapado de sudor rápidamente, su reloj deportivo marcaba 120 pulsaciones por segundo, y
sus auriculares bañaban sus oídos con Slide Away de Oasis. Esquivó sonriendo a varios niños, y
aumentó la velocidad.
Realmente disfrutaba sus mañanas, pero no sería tan tonto como para engañarse tan
estúpidamente, no era sólo el bonito día, o las endorfinas navegando en sus venas por la actividad
deportiva. No, sabía que había algo más, y ese algo tenía nombre propio: Rachell Winstead.
Debía tomar distancia, lo sabía, esa parte supuestamente racional en su mente se lo repetía una y
otra vez, pero cómo escucharla después de haberla besado de esa manera, después de haber
disfrutado de su pasión, de cómo se había movido sobre su cuerpo dándole placer, y aquello ni
siquiera alcanzaba la categoría de abrebocas, había sido muy poco, y aun así, estaba completamente
loco por repetirlo. Y claro, quería más.
Pero él no podía perder concentración en lo verdaderamente importante, debía mantenerse
enfocado y no arriesgarlo todo por un par de piernas. Pero había que ver qué piernas eran las de
Rachell. No lo negaba, la mujer estaba buenísima, era preciosa y su cuerpo lo ponía sediento, era
impetuosa y apasionada, y parecía llevar en sus ojos la promesa de llevarlo al delirio en la cama.
Un grupo de estudiantes de algún colegio católico pasó por su lado entre risitas murmuradas, él
sonrió sin mirarlas intentando evadir lo que su cerebro le gritaba. Al final no tuvo más remedio que
escucharlo. Había algo más, algo que él no podía descifrar, algo acerca de Rachell que lo halaba, que
lo hacía querer desear estar en su presencia, provocarla, verla rabiar, hacerla enfurecer. Pero también
quería verla sonreír y tal vez compartir con ella varias de las cosas que disfrutaba en la vida, aunque
había sido un juego de insinuaciones en el club, de verdad quería enseñarle Capoeira, el puto lío era
que no entendía por qué.
Ella era una distracción, por tal razón debería evitarla. Empezó a repetírselo mentalmente, una y
otra vez, lo haría hasta convencerse. Entonces una chica le bloqueó el camino con toda intención,
haciéndolo detenerse. Después de un minuto logró reconocerla, con ropa deportiva y un mejor
semblante casi parecía otra persona, su gesto se endureció cuando lo asaltaron varias emociones a la
vez: rencor, simpatía, rabia y lástima, todas tan de repente que la cabeza le daba vueltas.
Se quedó en silencio admirando la belleza y jovialidad en ella, tenía una sonrisa hermosa y ojos
grises, un gris impactante, no verdes oliva como le pareció hacía varias noches en el aparcamiento,
no, eran brillantes con pequeñas pintas verdosas, casi amarillas cerca de la pupila. La muchachita
tenía una cara muy bonita.
—Hola, ¿no me recuerdas? —le preguntó ella sonriente.
—Sí…sí, claro que te recuerdo —respondió Samuel quitándose los auriculares—. Megan,
¿verdad?
—Sí, Megan Brockman. —Ella inclinó la cabeza y le sonrió con los ojos muy abiertos—. Pero yo
aún no sé tu nombre.
—Samuel Garnett, mucho gusto. —Se presentó tendiéndole la mano.
Megan se la estrechó emocionada y elevó la cabeza para contemplar directamente sus asombrosos
ojos dorados. Toda ella se exaltaba al verlo, quería con desesperación agradarle a Samuel, quería de
alguna manera ser parte de su vida, que él supiera que ella existía, que la incluyera en su mundo.
Quería eso más que ninguna otra cosa.
Un incómodo silencio se hizo entre los dos.
—Siento lo de la otra noche. —Se aventuró Megan con vergüenza —. Pensé que eras policía, de
verdad que corres rápido, y cómo agarraste a ese imbécil… —hablaba admirada, como si él fuera
alguna clase de héroe para ella—. ¿Eres un corredor de atletismo de alto rendimiento, de esos que
van a los juegos olímpicos?
—No —respondió Samuel soltando una pequeña carcajada—. Soy asistente fiscal.
—Ah bueno, es casi lo mismo que un policía… estás todo el tiempo con ellos, o al menos en
muchas ocasiones —Atropelló las palabras una tras otra—.Te juro que no he vuelto a tomar otra
pastilla.
—Y no debes hacerlo, cuando estás drogada eres presa fácil, sobre todo si te escapas a locales
nocturnos —la reprendió Samuel con paciencia—. ¿Qué te dijo tu padre? ¿Las fue a buscar esa
noche?
—No. —Megan se encogió de hombros—. Envió a Robert, mi chofer. Al día siguiente en el
desayuno la regañina que me dio fue de proporciones épicas —le contó poniendo los ojos en blanco
—. ¿Quieres sentarte? —preguntó señalando un banco.
Samuel le hizo un ademán indicándole que tomara asiento, y él lo hizo después de ella. Frunció el
ceño al percatarse de lo cómodo que se sentía hablando con Megan, y después sonrió al verla cruzar
las piernas en posición de meditación sobre la banca.
—¿Conoces a mi padre? —indagó Megan despreocupadamente, pero al ver los ojos de Samuel
encenderse con algo salvaje, su pulso se aceleró con una combinación de temor y emoción, el
contraste de sus ojos dorados con su cabello oscuro era sublime.
—Sólo de vista y por referencias de terceros.
—Entonces, sí puedo hablar en confianza contigo —añadió Megan con una sonrisa.
—Bueno, si quieres hacerlo, pero no soy sacerdote, ni psicólogo. —bromeó con ella.
—Bueno, de psicólogos no quiero saber nada, estoy cansada de estar todo el tiempo en el
consultorio de uno, con los sacerdotes no me llevo bien. —Suspiró cansada—. En fin, como te decía,
esa noche no le vi la cara a mi padre porque si me hubiese visto cómo estaba, seguramente en estos
momentos estuviese en un internado en Londres… al día siguiente parecía más preocupado por
Rachell que por mí, ya no soy una mocosa —Lo miró por debajo de las pestañas—, y sé que él se
siente atraído por tu amiga, tal vez, a la larga terminen teniendo una relación, y mi madre como
siempre se quedará callada y se hará la tonta.
Megan se dio cuenta perfectamente cómo el semblante de Samuel se endureció cuando nombró a
Rachell, era evidente que le gustaba la chica, y eso la incomodó, quería llamar la atención de Samuel,
pero todas sus inseguridades rugían haciéndola sentir pequeñita al recordar a Rachell. La mujer era
simplemente espectacular, y era obvio que le gustara a alguien como Samuel.
—¿Vienes a correr todos los días? —Intentó poner palabras de nuevo entre ellos, el silencio la
inquietaba, y necesitaba hacer cualquier cosa antes que él se levantara y se marchara.
—Sólo tres o cuatro veces por semana, depende de cómo tenga mi horario —respondió lacónico.
—Yo vengo todos los días por tres horas, tal vez podríamos encontrarnos y correr juntos. ¿Qué
me dices? —preguntó con una sonrisa.
—Podría ser, no me gusta prometer nada, pero lo intentaré. ¿Has desayunado ya? —indagó con
cautela.
—Normalmente no desayuno, pero si me vas a invitar podría hacer una excepción. —Sus
pequeños y blancos dientes se dejaron ver con una sonrisa abierta.
—¿No desayunas? ¿Nadie te ha dicho que el desayuno es la comida más importante del día?
—Sí, me lo han dicho, pero me acostumbré a no hacerlo, y se interesan muy poco en supervisar si
lo hago o no —argumentó encogiéndose de hombros.
—Bueno, en ese caso yo supervisaré si lo haces o no —le dijo él mientras se ponía en pie.
—¿Has traído el Lamborghini? —preguntó Megan con emoción, caminado delante de él y
volviéndose para mirarlo mientras daba cada paso de espaldas.
—No… —sonrió divertido—. He venido trotando, vivo cerca.
—Es una lástima, me muero por conducir uno, el aburrido de mi padre aún no quiere comprarme
un coche propio, todo el tiempo debo moverme en una de las limusinas con el chofer, odio no poder
ser independiente… ¿Me permitirás conducir el tuyo algún día? —le preguntó con la mayor
naturalidad.
El desenfado de Megan sorprendía y le causaba gracia a partes iguales.
—¿Y sabes conducir?
—¡Claro! Por supuesto que sé, muchas veces cuando salgo con mis amigas me prestan sus coches
—contestó orgullosa.
Samuel sonrió y la miró por largo rato.
—Entonces, tal vez algún día permitiré que te desplaces a trecientos sesenta kilómetros por hora.
—Megan inmediatamente dio un enorme salto de felicidad.
—Aún no tengo tanta confianza —Se puso las manos en la boca, después elevó los brazos saltando
nuevamente—. De lo contrario, te abrazaría y te besaría... de agradecimiento.
—No es para tanto —le dijo Samuel desviando la mirada mientras un tumulto de emociones
giraban dentro de él.
Suponía que debía alejarse de Rachell para que no interfiriera en sus emociones, pero ahora se
involucraba con Megan, que era mucho peor. Parecía que era casi imposible para él alejarse y
mostrarse antipático con ella, y no podía evitar actuar por impulso, era uno de sus peores defectos,
era demasiado impulsivo y pasional, y así había seguido, sin reflexionar mucho la idea de llevarse a
Megan a desayunar.
Sólo conseguía mantenerse en control en una corte, en su vida personal, generalmente actuaba y
después pensaba, tal vez todo sería por lo que alguna vez su tío le dijo acerca de detenerse a pensar
demasiado, pues de ser así, no viviría en realidad.
Las personas que pensaban antes de actuar dejaban de hacer las mejores cosas en la vida, porque
los momentos que marcan y dan verdadera felicidad no se prevén, no se piensan, simplemente se
llevan a cabo. La felicidad no se razonaba, la dicha no se ensayaba, los placeres no se adornaban,
sólo se vivían, lentamente, para disfrutarlos mejor, para hacerlos más intensos.
Entraron a un local y la chica pidió una ensalada de frutas sin miel y sin ningún tipo de
edulcorante, salsa, ni crema, y una botella de agua. Samuel también ordenó una ensalada de frutas con
almendras y queso crema, y un zumo natural de naranja. Observó disimuladamente cómo Megan
apenas si probaba la ensalada y fijaba su mirada en el plato cómo si meditara demasiado para comer.
Decidió guardarse de momento cualquier comentario y evitar sacar deducciones apresuradas, las
jovencitas de su edad solían adherirse a dietas todo el tiempo, muchas veces creyendo
equivocadamente que ponerse en régimen dietario era sinónimo de dejar de comer.
—¿Estás estudiando? —le preguntó intentando borrar su cara de angustia frente a la comida.
—Sí, pero voy por las tardes, estudio Marketing en la Universidad de Nueva York, ya sabrás por
qué estudio eso… —siseó pinchando con el tenedor una rodaja de kiwi.
Samuel la observó en silencio varios segundos.
—¿Y por qué no estudias lo que quieres?
—Porque lo que quiero no le conviene a Elitte… —Apretó los labios y después lo miró con los
ojos tristes—. No se necesita a un médico veterinario en una agencia de publicidad.
—¿Te gustan los animales?
Megan casi no le permitió terminar la pregunta.
—De todo tipo, me encantan… ¿y puedes creer que no tengo ni siquiera un perro? pero a veces
me escapo como voluntaria al NY Zoo… porque mi padre es un tirano —susurró y bajó la mirada a
la ensalada.
—En realidad, es mucho peor —masculló Samuel entre dientes.
—¿Eh? Disculpa, no te escuché
Samuel volvió a concentrarse en su plato.
—Señorita Brockman —La llamó una ronca voz masculina—. Buenos días… —los saludó a los
dos—. Disculpe —habló el hombre esta vez dirigiéndose a Samuel, que asintió en silencio mientras
se limpiaba los labios con la servilleta.
Megan puso los ojos en blanco, fastidiada con la inoportuna visita. Samuel observó atento al
hombre, estaba vestido con un traje negro, y el cabello empezaba a escasearle.
—Disculpe señorita, es hora de regresar, recuerde que tiene clase de piano.
—Sí Robert, ya voy… ¿me das cinco minutos, por favor? —pidió con la voz apagándose en cada
sílaba con histrionismo adolescente. Robert, que era su chofer, asintió y se alejó prudentemente.
—¿Tocas el piano? —preguntó Samuel intrigado una vez Robert se hubo ido, y no pudo evitar
recordar que su madre lo tocaba mejor que nadie.
—Hago el intento —le contestó ella con timidez—. Pero la verdad es que no es más que otra
imposición de mi padre, me gusta más el chelo, pero él dice que no le gusta verme con las piernas
abiertas. —Sonrió Megan con picardía, Samuel le dio un sorbo incómodo a su zumo de naranja—.
¿Tú tocas algún instrumento?
—La guitarra —respondió él instantáneamente.
—Tal vez… —habló Megan con la mirada de nuevo en su fruta casi intacta—. Algún día
podríamos tocar algo juntos… Podríamos hacer un arreglo de alguna canción… Tal vez algo de
Evanescence, es uno de mis favoritos.
—Que no sea My Inmortal, por favor —pidió Samuel mirándola divertido.
—Me gusta esa canción, pero bueno… ¿Qué me dices de Call Me When You're Sober?
—Aceptable, podría decirle a mi primo que nos eche una mano con la batería —le propuso, y vio
como ella iluminó el local con su amplia sonrisa.
—¿Dónde has estado toda mi vida? —Casi gritó emocionada—. ¡Eres increíble! Entonces…
¿Algún día?
Samuel se rio entre enternecido y consternado.
—Supongo que haciendo mi vida… Ahora, ve que te están esperando, y si llegas tarde a la clase
de piano, ese algún día no va a existir.
—En ese caso, me voy —le dijo Megan emocionada mientras se levantaba—. Y pediré horas extra
con la profesora para que ese algún día sea cuanto antes…
—Intentaré sorprenderte —agregó Samuel contagiado por su emoción, pero se mordió la lengua
al instante, sabía que ella podría malinterpretarlo todo.
Antes de salir, Megan le pidió algo a uno de los camareros, después se acercó a Samuel y en una
de las servilletas de papel junto a los platos escribió un número.
—Espero que me llames cuando salgas a correr, ya te dije que yo lo hago todos los días —Sus
ojos brillaron—. Ha sido un verdadero placer, Samuel —Se acercó y le dio un beso en la mejilla, él
no pudo más que fruncir el ceño y mirarla descolocado—. No pongas esa cara que me recuerdas a mi
padre, y entonces esta bonita mañana se habrá arruinado.
—Ve, no hagas esperar más al chofer —le pidió Samuel doblando la servilleta.
El chico la vio salir y dejó libre un suspiro, después desvió la mirada a la ensalada casi completa
que ella había dejado, le dio otro sorbo al zumo de naranja y pidió la cuenta. Debía regresar al
apartamento, darse una ducha e ir a la fiscalía, y de ahí a la torre Garnett.
Para Rachell no existía lugar más placentero que su espaciosa y confortable cama California King.
Rodaba con libertad como una niña, abrazándose a sus almohadas y enredándose en sus sábanas. Los
domingos, ésa era su pequeña indulgencia, retozar durante horas en su cama, disfrutando de la paz y
la tranquilidad que le ofrecía relajarse haciendo nada más que nada, dejándose acariciar por sus
sábanas. No obstante, y pese a su maravillosa cama, llevaba dos noches sin poder conciliar el sueño,
dos noches de completo suplicio porque su mente estaba lejos de darle tregua a su cuerpo para que
descansara.
Sus pensamientos eran invadidos por Samuel Garnett, al principio con ira y frustración, porque
había pasado casi una semana desde que por poco y se lo folla en plena vía pública. Después, cuando
las llamadas de trabajo cesaban, cuando todo se hacía silencioso incluso en la ciudad que nunca
duerme.
Era entonces cuando su mente se volvía en su contra, y en sus oídos se recreaban los crudos
gruñidos y gemidos complacidos, la aspereza de su barba bajo sus dedos, la habilidad de sus manos
sobre su cintura, el vaivén de sus caderas acompasadas, y la deliciosa dureza de su pene exigente bajo
ella. Cada recuerdo se mantenía nítido y glorioso, incitador y tortuoso, porque ella quería más,
quería repetirlo y llegar más lejos. Y le parecía increíble que para el imbécil del fiscal hubiera sido
tan fácil sencillamente pasar de ella, había transcurrido una maldita semana y no había recibido ni
siquiera un miserable mensaje.
En noches como aquella en la que su falta de comunicación se traducía en un rechazo frontal y
descarado, lo odiaba, detestaba que él no se viera afectado en lo más mínimo por ella, se llenaba de
rabia y frustración. Rabia con ella misma por no poder hacer nada para detener los obsesivos
pensamientos acerca de Samuel Garnett, y frustración porque él creara tal revolución en ella sin tener
siquiera que mover un dedo, y ella ni siquiera le había movido una miserable fibra como para que se
dignara a decirle hola otra vez.
Era patético, ella se sentía patética, podía tener al hombre que se le antojara a sus pies, a
cualquiera… menos a él. Ya había gastado los tres últimos días diciéndose que todo se reducía a que
el tipo estaba muy bueno, que estaba deslumbrada por un cuerpo perfecto y una cara bonita, y que ya
pasaría. O tal vez, sería que el hombre tenía una sobrecarga de feromonas, podría ser algo así, y eso
también pasaría eventualmente. Pero en el fondo, allá en ese lugar oscuro e inexplorado de su mente,
una vocecita odiosa y recalcitrante le repetía una y otra vez que había algo más, había algo acerca de
él que ella no lograba explicarse.
Negándose a sentirse patética un segundo más, lanzó las sábanas a un lado y salió de la cama, una
semana había sido más que suficiente. Desnuda como se encontraba se encaminó a la cocina y se
sirvió una copa de vino tinto, degustó el fuerte sabor en su lengua y clavó los ojos en el reloj
cromado de la cocina. Eran las tres y diez de la madrugada, el cabrón infeliz estaría durmiendo feliz
y plácido en su cama mientras ella perdía valiosas horas de sueño con estupideces. Con fijeza absurda
siguió la aguja del segundero, paso a paso, marcando uno a uno cada segundo hasta acumularse en
minutos amontonados. Estaba empezando a enloquecer.
Inspiró profundamente y dejó la copa casi vacía sobre la barra del desayuno, volvió a su
habitación y siguió de largo hasta el vestidor, se vistió con ropa de yoga, se hizo una trenza sencilla,
y caminó hasta ese lugar secreto y especial, su único santuario de paz. Una habitación completamente
blanca y repleta de espejos que iban del suelo al techo, encendió el reproductor de música y dejó que
sus pensamientos se dispersaran.
A las seis de la mañana su cuerpo estaba exhausto, pero su mente estaba libre y liviana, con ímpetu
renovado caminó directamente hasta su cuarto de baño. Poco antes de las ocho de la mañana estuvo
en su tienda como si hubiera tenido una noche de plácido reposo.
Su día había transcurrido en un desgastante correteo entre los tribunales, la fiscalía y la torre
Garnett. Quería que el día acabara cuanto antes, meterse en su ducha y holgazanear en su cama. Justo
había apagado el ordenador cuando su móvil vibró bailando sobre el amplio escritorio de cristal
negro en forma de L, lo miró revolotear por unos segundos y con fastidiada energía se frotó la cara.
Cansado vio cómo el nombre de su jefe parpadeaba al ritmo de las vibraciones, aquella llamada
podría costarle el resto de la noche.
—Buenas noches, señor —saludó sin poder ocultar el cansancio en su voz.
—Buenas noches, Garnett —rugió la voz ronca de fumador empedernido del Fiscal General del
condado—. Tengo un caso para ti, un hombre de unos cuarenta y cinco años, amordazado,
maniatado, varias heridas con arma blanca y dos disparos. —Hizo una pausa y Samuel adivinó que
tendría un puro en sus manos—. El cuerpo está en los límites del distrito, CSI ya está en la escena del
crimen, te estoy enviando la dirección exacta al correo. —La voz del fiscal general parecía tan
cansada como la suya, pero al menos el cabrón se iría a dormir en unos minutos y no tendría que
abrir un caso a las nueve menos cuarto de la noche.
—Bien, señor, enseguida salgo para el lugar de los hechos —dijo al tiempo que rodaba la silla y
se ponía en pie—. Estaré mañana a las siete en Fiscalía con el caso.
Colgó y lanzó el móvil con desgana sobre el escritorio para abotonarse la chaqueta, caminó hasta
el armario y sacó una gabardina gris cromo, regresó por el teléfono, revisó sus credenciales y las
placas en su cartera, deslizó las puertas de la sala de conferencias y abordó el ascensor privado.
Al llegar al aparcamiento, Jackson y Logan lo esperaban con rostros impasibles, además del
personal de seguridad, eran los únicos en la torre. Vio el Lamborghini, pero desistió de ir en su
vehículo, era demasiado ruidoso y llamativo para una escena del crimen. Así que fue hasta la caseta
de seguridad y pidió las llaves de uno de los coches de la firma, les deseó las buenas noches a los
hombres y caminó hasta donde estaban sus guardaespaldas.
—Bananín y Bananón —Los llamó con una mueca insoportablemente burlona a Jackson y Logan
—. Hoy tendremos una madrugada entretenida. —Se dio la vuelta y empezó a silbar un balbuceo del
animado coro de Sympathy for the Devil de los Rolling Stone.
Se detuvo al lado de un Opel Ampera blanco y subió mientras que Jackson y Logan se dedicaron
una mirada que gritaba que querían salir corriendo y dejar de custodiar a Samuel Garnett. Los dos
parecieron respirar cansados sin más remedio que subir al todoterreno y seguir al joven fiscal.
Rachell terminó su rutina en el gimnasio y por primera vez aceptó cenar con Víctor, su instructor
de Tae Bo y boxeo. Lo hizo sin titubear y aún no terminaba de comprender por qué, tal vez todo
tendría que ver con que en el momento en que Víctor se lo propuso. Estaba pensando en el
insoportable de Samuel Garnett y en su arrogante desaparición del planeta. Ya había perdido la cuenta
de las veces que lo había mandado, en la soledad de su apartamento, a la recóndita mierda, pero el
infame no se movía un ápice de su mente, en últimas, su entrenador boricua podría ser una muy
efectiva y necesaria distracción.
Caminaban por la calle, uno muy cerca del otro, ya varias veces había sentido el brazo de Víctor
rozar su hombro, era evidente que deseaba la cercanía, y a ella no le molestaba, su entrenador era un
espécimen nada despreciable de puro músculo y vigor latino, con esa cara de niño malo que tanto le
atraía. No habría más lugar para el fiscal, ya la había distraído lo suficiente, debía recomenzar sus
contactos con Henry Brockman y concentrarse en lo verdaderamente importante. Su marca.
—¿Qué tipo de comida prefieres? —le preguntó Víctor mirándola con descarada y pausada
contemplación.
Ella le sonrió, sus bonitos ojos castaños le prometían la devoción de la que ella tan seguido
disfrutaba.
—Algo de comida rusa estaría bien, por aquí cerca hay un lugar que me encanta —le dijo
mirándolo fijamente con sus impresionantes ojos violeta.
—Me parece perfecto —Casi ronroneó Víctor como un gatito gustoso—. Pero tienes que aceptar
una próxima a invitación a disfrutar algo de comida puertorriqueña, yo mismo cocinaré.
—Lo pensaré —respondió arqueando coquetamente una de sus cejas. Sí, ésta era ella, confiada,
coqueta y serena.
—¡Rachell! —Retumbó una voz profunda y cadenciosa. El estómago se le encogió al identificar
instantáneamente el exótico y enojado acento.
El corazón se le subió a la garganta y toda la seguridad y la serenidad le quedaron en las plantas
de los pies.
Víctor giró la cabeza buscando de dónde provenía la voz, y después ella con las manos temblando,
volvió medio cuerpo y se encontró cara a cara con Samuel Garnett.
Sus ojos de fuego la taladraron sin descanso mientras él bordeaba un coche blanco, una gabardina
gris ondeaba furiosamente sobre sus pantorrillas. Con el cuello del abrigo rígido y elevado
cubriéndole la nuca, caminó hacia ella, seguro, implacable y arrogante como siempre. Sus rodillas se
habían derretido.
Se detuvo frente a ella con el ceño profundamente fruncido y la miró por varios segundos,
después deslizó sus ojos hasta Víctor y lo recorrió con displicencia de los pies a la cabeza. Su
hostilidad era intimidante. Sin decir una palabra, la cogió con fuerza de la mano y la haló hasta
pegarla a él, su respiración estaba agitada cuando la apretó contra su cuerpo como si ella le
perteneciera, como si tuviera algún derecho sobre ella.
—Suéltame —ordenó Rachell con decisión, furiosa y excitada.
—¿Qué haces? —reclamó exaltado, obviando lo que ella acababa de pedirle.
Los ojos de Rachell brillaron enojados y los de él vacilaron por una milésima de segundo, aflojó
el agarre sobre su mano, pero no la soltó.
—Estoy pidiéndote que me sueltes. —El sarcasmo bailó en la voz envalentonada de Rachell.
—¿Quién es ése? —exigió saber con los dientes apretados y voz peligrosa—. ¿Te has dado cuenta
del aspecto que tiene? ¿De cómo te miraba? —le preguntó entre arrebatadas exhalaciones—.Podrías
estar en peligro… —Intentó disfrazar su descontrolado impulso, luchando por acallar los murmullos
escandalosos que se habían encendido en su pecho al verla caminando al lado de otro hombre.
—No exageres Garnett, deja ya la paranoia —espetó Rachell arrogante—. Deja de jugar al
sabelotodo, no eres más que un simple fiscal, no Dios, no puedes ver dentro del alma de las personas,
deja de juzgar a la gente por su apariencia… hay quienes parecen respetables y son mucho peores —
soltó elevando la barbilla con altivez.
Los músculos en su mentón se tensaron y sus ojos parecieron hacerse más claros.
—No soy Dios, pero tú tampoco eres más una simple mortal, deja de creer que estás por encima
del bien y del mal.
—Evidentemente soy una simple mortal, pero no por eso voy a dejar de lado mi vida para
confinarme. —Lo miró desafiante—. Creo que fuiste tú quien me dijo que en cualquier lugar se
corren riesgos, así que no voy a huir de ellos, no soy una cobarde… ahora suéltame, necesito
continuar mi camino —exigió cogiendo la mano, pero sólo consiguió que él recrudeciera la fuerza
con la que la sostenía.
Samuel la observó detenidamente por instantes eternos, como si le costara descifrarla.
—¿Estás molesta? —preguntó al fin, con la voz suave y sus dulces ojos dorados en una expresión
inusualmente dócil.
Rachell quiso satirizar el momento y restregarle toda la frustración de los últimos días, pero no le
daría tal placer.
—¿Por qué debería estarlo? ¿Por la absurda escenita de amante de telenovela que me estás
armando?
—¿Crees que estoy celoso? —replicó confundido y ofendido, la revolución de emociones que
tiraba de sus entrañas no podría ser algo tan estúpido como los celos—. No seas tonta, Rachell —
Encontró al fin las palabras.
—Tú, no seas ridículo —Se zarandeó Rachell impetuosa—. ¿De dónde diantres tienes cara para
reclamarme nada, cuando ni siquiera se te ha ocurrido dar señales de vida en los últimos ocho días?
Samuel se quedó en blanco, repentinamente azorado por sus palabras.
—Sí, bueno, no te he llamado… —balbuceó —. ¿Y por qué no lo has hecho tú?
Rachell abrió y cerró la boca impactada por su impresionante descaro.
—Porque tenías que hacerlo tú, no yo.
—¿Por qué? —contraatacó él con un gesto que la hizo sentirse idiota—. ¿En qué lugar está
estipulado que tienen que ser los hombres quienes siempre las llamen?
—Porque es de caballeros hacerlo, no existe un lugar ni una ley, es simplemente una cortesía que
demuestra interés —explicó sintiendo que la sangre empezaba a hervirle.
—¿Te has quedado en el siglo XV? —Se burló Samuel—. De verdad que no comprendo cómo
existen aún mujeres que se creen miel, esperando que los hombres caigan sobre ellas como moscas.
¿Acaso la aclamada liberación femenina no se trata de que puedan ustedes buscar lo que quieren? ¿Lo
que desean? —Rachell volvió a sacudirse de su agarre, pero su mano se mantuvo inflexible—. Si
estabas esperando mi llamada era porque estabas interesada, llamarme no hubiera implicado mucho,
existe una gran diferencia entre generar interés y hacerse de rogar, Rachell.
—Y en este caso, por lo que veo, eres tú quien quiere hacerse de rogar. ¿Por qué no puedes ser
como los demás, atento, amable, comprensivo? ¿Por qué no llamas? —le preguntó disminuyendo el
volumen de su voz en las últimas palabras, sintiéndose rebasada por las emociones de los últimos
días y por el absoluto sinsentido de aquella discusión.
—He sido amable, atento y comprensivo —Se defendió Samuel—. Contigo lo he sido, como con
ninguna otra mujer —agregó en un murmullo inesperadamente tímido.
Los ojos de Rachell se abrieron mucho, intentando comprender qué significaba lo que acababa de
decirle, pero no pudo encontrar nada porque él elevó su mirada y cubrió su rostro de nuevo con la
férrea expresión de siempre.
Víctor los observaba irritado e incómodo, rascándose el cuello y con deseos de largarse del
maldito lugar; sin embargo, Rachell podría necesitarlo. ¿Quién demonios era el gigante en
gabardina?
—Yo no soy como los demás, Rachell —Samuel volvió a mirarla a los ojos—. Si esperas que te
llene el buzón con llamadas y mensajes, que te acose o implore… estás perdiendo tu tiempo, no soy
ese tipo de hombre, respeto los espacios ajenos y espero que la gente tenga la cortesía de
corresponderme.
—No seas absurdo, una simple llamada no tiene nada que ver con hacer colapsar mi móvil. —Lo
miró desafiante—. Si no tienes interés en mí, es sencillo, dímelo —se acercó a él empinándose—. O
sigue la cómoda ruta cobarde y desaparece. —La boca de Samuel se abrió furiosa sin lograr articular
ninguna palabra, ella en cambio volvió a hablar—. Pero no me montes estúpidas escenas en la calle.
—¡Jamás he dicho que no me intereses!
—¡Exacto, Samuel! ¡No has dicho una mierda!
Samuel empuñó su mano libre con rabia contenida y Víctor se puso alerta.
—El hecho que no quiera ser un apéndice que no te deje respirar no quiere decir que no me
despiertes ningún interés... —decía cuando sintió a Víctor acercarse cautelosamente, Samuel le dedicó
una mirada fugaz y volvió a pegar a Rachell a su cuerpo, ella jadeó invadida por su cercanía y su
calor—. ¿Te ha besado?
Rachell se quedó en blanco, después miró a Víctor que la observaba mudo, rogando una
explicación.
—Ése no es tu problema —masculló indignada pero apretando aún más su cuerpo al de él.
Samuel la contempló en silencio durante un instante incómodo.
—No lo ha hecho —Sonrió con malicia—. Aún no te ha besado, pero piensa hacerlo.
Rachell abrió la boca para rebatirle su prepotente discurso, pero antes de que pudiera darse cuenta,
las manos de Samuel volaron a su cuello inmovilizándola por completo, atrayendo sus labios hacia
los de él en un beso indecente, lascivo y exhibicionista. Con sus manos ahora libres, Rachell se pegó
a sus fuertes bíceps, empinada lo asaltó con su lengua, retándolo, castigándolo y llenando su cuerpo
de un impúdico y placentero calor.
Samuel pausó el beso entre mordiscos y lamidas incitadoras.
—¿En qué universo esto te parece una falta de interés? —susurró contra sus labios—. Me encanta
cómo respondes a mis besos sin importar nada más. —Esta vez fue ella quien lo mordió hasta estar
segura de hacerle daño, en respuesta él volvió a besarla—. Ya no lo hará… —gruñó bajito—. Ya no
intentará besarte.
Despacio, Rachell dejó de empinarse y jadeando volvió a la tierra.
—Me tengo que ir —le dijo él depositando varios besos húmedos y pausados sobre sus labios—.
¿Estás segura que lo conoces bien? —preguntó refiriéndose al enmudecido Víctor.
—Sí, es mi instructor de Tae Bo. —Logró Rachell improvisar una respuesta.
Samuel lo observó receloso.
—No quisiera dejarte sola con él, pero tengo trabajo, te llevaría conmigo pero voy para una
escena del crimen, no permitiría que vieras algo así, y supongo que no aceptarás que Logan te
acompañe hasta tu casa.
—¡Por supuesto que no! —rebatió perturbada.
—Lo supuse —replicó Samuel entornando los ojos—. Me fascina ese maldito carácter tuyo… —
confesó antes de volver a atacarla con un beso escandaloso que atrajo las miradas de los transeúntes,
y algo más que incomodidad en Víctor—. Te llamaré —le aseguró dejándolos a los dos recuperar el
aliento.
Samuel le dedicó una última mirada hostil a Víctor, y después una caliente y sugerente a Rachell
antes de subirse al coche blanco en el que había llegado. Arrancó, y tras él la ya acostumbrada
todoterreno negra.
—Disculpa, Víctor. —Se excusó una vez estuvieron solos.
—¿Es tu novio? —preguntó el instructor boricua[3] con la mirada perdida en el lugar donde había
estado aparcado el coche de Samuel.
—Víctor… —empezó Rachell, pero no pudo decir nada porque fue interrumpida por los
deliciosos acordes de Muse y su Panic Station.
Tenía una llamada entrante en su móvil, y ella sabía perfectamente quién era el único de sus
contactos con aquel tono personalizado. Ya había olvidado que al tercer día de esperar la dichosa
llamada que no había llegado, había puesto esa canción unida al número de Samuel. Desde que
estruendosamente la había escuchado en el aparcamiento la primera vez que se vieron, no podía dejar
de pensar en él al escucharla. Sacudió de su mente el tonto arrebato adolescente y atendió.
—Puedes decirle lo que creas necesario para sacártelo de encima. —habló Samuel al instante con
su riquísimo acento, mientras la observaba por el retrovisor esperando que el semáforo le diera la
luz verde—. Y deja que él camine adelante, porque te está comiendo el culo con la mirada.
Rachell no sabía qué decir, se volvió y pudo ver cómo el coche volvía a ponerse en movimiento,
un instante después él había finalizado la llamada.
El perverso abogado la dejaba sin palabras, hablándole en aquel tono autoritario, como nunca
antes ningún hombre extraño lo había hecho con ella, y por alguna retorcida razón no le molestaba.
—Era mi novio —le respondió a Víctor al fin, sonriendo y guardando el móvil en el bolsillo de
su chaqueta roja, sin poder evitar sentirse como una estúpida adolescente.
—Si fuera él, no te dejaría salir conmigo —Se aventuró Víctor, intentando volver al casual
coqueteo de hacía unos minutos, aunque su pecho rugiera de humillante rabia.
—No está muy contento de que salga contigo, pero tiene trabajo importante que hacer. —
Desaceleró sus pasos caminando a la par con Víctor, evitando que él se quedara atrás. Maldito fuera
Garnett, estaba obedeciéndole.
—Bueno, en ese caso, podríamos olvidar el pequeño incidente con tu novio y proseguir con
nuestra conversación —propuso él guiñándole un ojo y tragándose su orgullo—. ¿Qué me dices,
vienes el sábado a comer a mi casa? No te llevaré a mi apartamento —aclaró con demasiado énfasis
—. Podríamos ir a la casa de mi abuela, por si te da miedo estar a solas conmigo, no quiero
intimidarte.
A Rachell la sorprendió la frontalidad de las palabras de Víctor, parecía que era otro fuera del
gimnasio, y aún más, parecía que el indecente beso frente a Samuel no había hecho más que
incrementar su interés en ella.
—No me intimidas —le dijo aún sopesando la actitud de su instructor.
—¿Entonces, porque siempre me evitas? —insistió Víctor sonriendo.
—No te evito Víctor, pero en el gimnasio estamos para hacer ejercicio, nada más. —Cortó sin
vacilaciones sus avances.
—Pero fuera del gimnasio no quieres pasarlo bien. —Siguió el boricua—. Siempre que te invito a
salir tienes alguna excusa.
—Eso debería decirte algo… —indicó ella arqueando las cejas, confundiéndolo con la
contradicción de sus gestos y sus palabras—.Y no son excusas —continuó—, tengo trabajo que
atender, hoy estoy libre y estamos yendo a cenar, Víctor.
Ahora era él quien había sido intimidado, Rachell Winstead resultaba ser una caja de sorpresas,
novios repentinos y una agudeza mental que no esperaba en una mujer de su edad.
En el restaurante, ella propuso y mantuvo los temas que se le antojaron, hablaron únicamente de
deporte, y Víctor no pudo evitar ceder más ante el influjo de su belleza, la delicadeza de su voz y la
fortuna de su compañía. Al final de la noche, después del placer de una crepa Stroganoff, el dichoso
novio era lo de menos.
Samuel aparcó el coche fuera del dispositivo de seguridad, al lado de la van-laboratorio del CSI,
bajó del coche y les pidió a los guardaespaldas que se quedaran dentro de la todoterreno. El
perímetro de veinticinco metros se encontraba marcado por la cinta policial, y dentro se hallaban las
autoridades involucradas en el caso. Al llegar al pasillo uno de los policías lo detuvo extendiendo la
mano en alto.
—Disculpe señor, no puede traspasar el área.
Samuel no respondió. Sin mirar al policía, con sus ojos bailando por el macabro cuadro criminal,
buscó dentro de la gabardina la placa que lo acreditaba como Fiscal del Distrito de Manhattan. No la
había sacado aún, cuando se acercó otro agente de policía.
—¡Fiscal! —Lo saludó el hombre sonriente, Samuel se giró y le devolvió la sonrisa—. Llegas
tarde, Garnett —bromeó el policía tendiéndole las plantillas para los zapatos y los guantes.
—Tenía otras cosas pendientes. —le dijo con voz seca, poniéndose las plantillas—. ¿Nuevo? —se
refirió al policía que le había impedido el paso.
—Acaban de trasladarlo, viene de Kansas —respondió el policía bromista con una nueva sonrisa
atractiva, dos hoyuelos se formaron graciosos en sus mejillas.
Samuel se puso los guantes, y los dos caminaron hacía el epicentro del dispositivo de seguridad,
donde se encontraba la víctima.
—¿Qué te dicen los muchachos? ¿Con cuántas pruebas contamos? —preguntaba de manera
casual, sumergiéndose por entero en su trabajo.
—Hasta ahora pocas. —Frunció los labios el policía—. Lo han dejado en el lugar, pero algo me
dice que estuvo enredado con putas.
—¿Ya tienen la identificación? —quiso saber Samuel.
—Nada, está limpio, pero mañana temprano te la hago llegar a la fiscalía con el informe forense.
El cuerpo inerte de un hombre maniatado seguía tirado en una posición extraña en el suelo.
Samuel se puso de cuclillas y el policía lo imitó tendiéndole unas pinzas, él las cogió y examinó
lentamente las heridas, cuidándose de no contaminar la escena.
—La dirección y profundidad de las heridas parecen decirnos que se encontraba en el suelo
cuando fue agredido… Los tiros son a quemarropa… —Tomaba nota mental—. Envíame las
fotografías también, por favor —Le pidió, mientras observaba algunos de los rasguños en el cuello y
el pecho del hombre, así como rastros de pintura de labios.
—Sí —habló el policía de nuevo—. No lo querían vivo ni por error, en sus uñas encontramos
restos de piel, genética ya tiene las muestras, Collins está terminando el informe preliminar para que
empieces a trabajar en el caso.
Samuel lo miró con cara de horror.
—Ni de coña lo reviso ahora, estoy loco por llegar a mi apartamento, darme una ducha y dormir
al menos cinco horas.
—Sólo te estaba tomando el pelo. —El policía le palmeó el hombro y desplegó su encantadora
sonrisa—. Me avisas cuándo pueda darle la orden a los forenses para que lo levanten.
—Por mí no pierdas el tiempo —respondió Samuel poniéndose en pie—. Voy a ver qué tiene
Collins para mí y prepararé el informe del Fiscal General.
Minutos después, Samuel se reunió con el hombre que le entregó el informe y esperaron el
levantamiento del cadáver. Estuvieron por media hora más inspeccionando otros elementos en la
escena, mientras hacían las últimas pesquisas del hecho y Samuel clamaba en silencio por su
almohada.
CAPÍTULO 12
DEREK CUSAK:
Cuarenta y tres años.
Cirujano plástico.
Licencia médica suspendida.
Cuatro denuncias por mala praxis.
Ningún caso procesado ni publicitado.
A las once de la mañana, el funcionario del CSI encargado del homicidio Derek Cusak se dirigió a
las instalaciones de la central de investigaciones de delitos mayores de la fiscalía general del condado
de Nueva York, para reunirse con el asistente fiscal de distrito Samuel Garnett y entregarle todo lo
recabado hasta el momento, incluyendo el informe forense.
Samuel debería definir, ordenar e instruir los siguientes movimientos del equipo técnico
encargado de la investigación del homicidio de Cusak, impartir la logística del peritaje y poner en
sanción la primera teoría de esclarecimiento del caso.
—Empezaremos con el director de la clínica —le informó Samuel al funcionario—. Yo iré
contigo.
—Como tú quieras —acordó el hombre—. Todo esto tiene pinta de venganza, tal vez la de una
mujer muy molesta con tetas deformes, al tipo lo torturaron, el forense encontró silicona en su
estómago. —Samuel se mantuvo impasible—. Le hicieron comer implantes de tetas.
—¡Vaya! –exclamó Samuel sarcástico—. Entonces sí que estaba molesta… yo me inclino por un
hombre o un trabajo de equipo tal vez. Usualmente, una sola mujer no tiene la fuerza suficiente para
amordazar y atar a un individuo de esa contextura, según el informe forense el tipo forcejeó, lo que
quiere decir que no estaba inconsciente cuando lo ataron. —resumió hojeando el informe—. Pero
estoy de acuerdo con el móvil que has planteado ¿Qué hay del ADN encontrado bajo las uñas?
—Todavía nada —respondió el agente de criminalística—. Necesitaré al menos tres días Garnett,
ya me tienes de los huevos con todo este asunto, después… —Entonces fueron interrumpidos por una
atractiva mujer hispana que entró en la oficina de Samuel con dos tazas de café humeantes.
—Gracias —hablaron los dos, la joven secretaria asintió en silencio y se retiró.
—En cuanto acabemos el café, saldremos para la clínica —El agente, un hombre de gruesas cejas
y un severo rictus en los labios, barrió con la mirada la oficina de paredes color caoba y adustos
muebles marrones—. Cada vez me agrada menos encerrarme en esta oficina, parece un calabozo,
prefiero la de la torre Garnett. —finalizó guiñándole el ojo.
—La oficina de la torre la elegí yo, esta me la adjudicó la fiscalía —le dijo Samuel antes de
llevarse la taza de porcelana a los labios—. Apenas tengo espacio para caminar, pero aquí está lo que
verdaderamente me apasiona.
Al terminar se dirigieron a la clínica en la que Cusak tenía registrada su licencia, se reunieron con
el director, quien apenas se había enterado del suceso hacía escasos minutos a través de los medios de
comunicación, de manera que la visita de los agentes del gobierno lo cogió por sorpresa. No
obstante, no se negó a reunirse con ellos y les proporcionó las identificaciones y direcciones de
residencia de las cuatro mujeres que habían impuesto las denuncias.
Salieron de la clínica discutiendo los escasos nuevos datos del caso, y acordando cada uno una
nueva asignación de averiguaciones. El detective iniciaría una nueva jornada de trabajo de campo y
Samuel enviaría la actualización del informe a sus superiores. Revisó la agenda en su móvil y
confirmó su cita para comer con Thor, desplegó la pequeña pestaña en su móvil porque no recordaba
en qué restaurante habían acordado encontrarse, pero antes que hubiera podido averiguarlo, escuchó
una suave voz infantil llamándolo.
—¡Samuel! —Volvió a escuchar la voz a sus espaldas, giró en redondo y se encontró con el rostro
radiante de Megan que se acercaba trotando.
—¿Hola Megan, cómo estás? —La saludó, sorprendido con su presencia en la clínica—. ¿Todo
bien? —preguntó frunciendo el ceño.
—Estoy bien… —respondió ella sonriendo y con los ojos brillantes de entusiasmo—. Sólo vine a
acompañar a una amiga —Se apresuró a aclarar, parpadeando varias veces mientras desplazaba su
mirada hacia el hombre de mediana edad al lado de Samuel.
—Megan, te presento al teniente William Cooper, jefe del departamento de la policía científica del
distrito de Genesee. —Indicó Samuel señalando con un ademán al hombre—. Cooper, ella es la
señorita Megan Brockman.
William Cooper era un hombre de considerable estatura, por al menos un palmo, más alto que
Samuel, tenía los ojos azules, calmos y astutos, y una encantadora sonrisa, muy dulce para la energía
pétrea de su mirada. Todo el hombre parecía representar la metáfora perfecta de los torbellinos
salvajes que se sacuden bajo las aguas mansas.
—Mucho gusto, señorita Brockman —Le correspondió William el agarre de su mano con
gentileza.
—Igualmente, señor Cooper. —Él le sonrió con amabilidad, advirtiendo la suave y dulce belleza
de Megan y como algo en ella le resultaba extrañamente familiar.
Unos segundos después el apellido de la chica brincó en su mente y desvió la mirada insinuante
hacia Samuel, comunicándose con él en silencio. La mirada del joven fiscal había sido una
confirmación, la muchachita estaba relacionada con el magnate de la publicidad Henry Brockman.
—Señor fiscal. —Dada la compañía, se dirigió a Samuel con inusual formalidad—. Con su
permiso, voy a seguir trabajando en el caso pendiente, le haré llegar con uno de mis hombres lo
acordado.
—Gracias, Cooper —le dijo Samuel inexpresivo.
—Fue un placer —agregó William, despidiéndose de Megan, ella le sonrió con timidez y después
clavó los ojos en sus zapatos.
Cooper hizo un leve movimiento con la cabeza antes de darse media vuelta y emprender de nuevo
el camino hacia el aparcamiento descubierto. Samuel lo siguió con la mirada hasta que Cooper hubo
subido en su coche.
Megan por su parte, se decidió a contemplar descaradamente a Samuel, lucía como el perfecto
príncipe que era, su príncipe en Lamborghini.
—¿Y qué tiene tu amiga? —preguntó Samuel sacándola de su ensoñador trance.
—Es… está, bueno… —Las palabras sencillamente no se articulaban—.¿Qué haces tú aquí? —
Intentó distraerlo, no se atrevería a decirle que no sólo su amiga estaba en consulta con un cirujano,
sino que ella esperaba su turno.
—Estoy trabajando en un caso —le contestó mirándola a los ojos con severidad.
Megan cambió su peso de un pie a otro, intimidada con la mirada escrutadora de Samuel sobre sus
ojos.
—¿Es sobre lo del cirujano que salió en las noticias? —indagó vacilante.
Samuel sonrió.
—Bueno, esa información no puedo dártela, es confidencial.
Megan se rio divertida, restándole importancia al asunto de la confidencialidad con un espontaneo
chapoteo de sus manos en el aire.
—¡Vosotros y vuestros misterios!
—Así es —confirmó Samuel, divertido con su espontaneidad, llevándose las manos a los bolsillos
del pantalón y alzándose de hombros.
Ella se quedó perdida en él, nunca antes un hombre se había mostrado tan paciente con ella, aún no
le había dicho que era ridícula o una insegura niña de papá, por el contrario, Samuel parecía
genuinamente interesado en ella, en cada una de las cosas que decía. Él en verdad la escuchaba, y no
había gozado de eso ni siquiera en su propia casa.
—Señorita Megan Brockman —Llamó una impoluta enfermera con medias de seda blanca y unas
muy considerables formas redondeadas al mejor estilo de las grandes estrellas de la pornografía.
Samuel pasó su mirada de la enfermera a Megan levantando una acusadora ceja.
—Bueno, sí, está bien… —le dijo ella abochornada, apretando con el puño cerrado cada uno de
los dedos de la mano opuesta—. Pero es sólo una consulta, sólo quiero aumentarme una talla, nada
más. —Y su rostro se inundó de color cuando inconscientemente no pudo evitar llevar su mirada
hasta sus pechos.
Samuel frunció los labios sopesando la situación, con sus ojos clavados en los de Megan
—¿Quieres mi opinión?
—Claro —sonrió entre encantada y avergonzada—. Me encantaría, eres mi amigo, y bueno, eres
hombre, creo que tu opinión sería muy apropiada.
—No lo necesitas.
—¿No lo necesito? —replicó Megan con un deje de decepción, arrugó la nariz y se volvió hacia
la enfermera—. Deme un momento por favor.
—En primer lugar, Megan ¿por qué lo harías? —Samuel se acercó a ella con la voz grave y
profunda—. ¿Porque crees que te verías más atractiva? ¿Porque irían mejor con la ropa de moda?
¿Por qué tus amigas lo hacen? ¿O porque crees que los chicos lo prefieren así? —Ella guardó
silencio pensando que tal vez sería un poco de cada cosa—. Te diré algo Megan, ninguna de esas
razones es la correcta… si necesitas un par de prótesis para sentirte adecuada o hermosa, no son tus
pechos los que necesitan la intervención de un profesional… —Ella apartó la mirada y él se acercó
un paso a ella—. Eres perfecta, tal y como eres, porque allá afuera no hay nadie como tú, eres única,
y eso basta para que cada centímetro de tu cuerpo sea sagrado, hermoso y perfecto, no profanes la
belleza irrepetible de tu cuerpo con un par de trozos de fría silicona, no es lo que tú quieres, y no…
—Se aclaró la garganta—. No es lo que nosotros queremos.
Ella no consiguió decir nada, tan sólo se quedó colgada de sus ojos, completamente perdida en él.
—¡Megan! —Resonó atronadora la voz de Henry Brockman a través de las blancas paredes del
pasillo, haciendo eco en los oídos de Samuel, dolorosamente, reconocería esa maldita voz en
cualquier lugar del planeta.
—¡¿Qué haces aquí?! —reclamó Henry con extralimitada rudeza.
Los labios de Megan empezaron a temblar y todo su cuerpo se llenó de pánico, aun así, lo que más
la atormentaba en aquel momento era la horrible vergüenza que sentía al ser tratada de esa manera
por su padre, y justamente frente a Samuel. Parpadeando nerviosa le dedicó una mirada de soslayo,
suplicándole en silencio que se marchara y no la viera en aquella bochornosa situación, pero Samuel
no comprendió nada, él estaba petrificado, con los puños cerrados fuertemente, trabajando con todas
sus fuerzas en su autocontrol.
—¿Qué diablos estás pensando? ¿Qué es lo que tienes en la cabeza? ¿Acaso no estas al tanto de las
noticias? ¡Sólo corres a hacer estupideces todo el maldito tiempo!
—Modere el tono de su voz señor. —Vibró furiosa la voz de Samuel.
Megan levantó la mirada enrojecida que retenía las lágrimas de tristeza y vergüenza, y la clavó en
Samuel viendo una vez más a su héroe, a su salvador enfrentarse a su padre, ni siquiera su madre
había hecho el intento de detenerlo cuando la regañaba con gritos e insultos, las pocas palabras que
Samuel había acabado de pronunciar, lo significaron todo para ella.
Henry giró con brusquedad su cabeza encarando a Samuel, ni siquiera se habían percatado de su
presencia hasta que con tanto atrevimiento lo había silenciado con sus osadas palabras.
—¿Quién demonios es usted? —gruñó cabreado—. Más le vale que no sea usted el responsable de
toda esta estupidez, de ser así, le aseguró que se las tendrá que ver conmigo.
Megan nerviosa dio un paso hacia su padre tocándole el brazo.
—Papá, él no tiene nada que ver, sólo...
—Megan ¡Cierra la boca! —Le ordenó con voz baja e irritada.
Con la mandíbula apretada, Samuel apenas si lograba mantener sus talones en el suelo, no había
una manera en la que pudiera expresar el profundo desprecio que sentía por Henry Brockman, ni la
ira salvaje que invadía sus venas desquiciándolo con la cegadora urgencia de molerlo a golpes.
Henry lo observaba despacio, precavido pero iracundo, la altanería del muchachito lo irritaba,
pero él no era un hombre que confrontara a nadie si tenía la sospecha de que sus posibilidades de
salir victorioso eran muy bajas, no, él prefería agazaparse y estudiar las debilidades de sus
contrincantes desde la distancia.
—¿Estás saliendo con este hombre? —le preguntó a Megan cogiéndola del brazo y alejándola de
Samuel, obligándola a quedarse tras su espalada—. No quiero volver a verlo cerca de mi hija. —
escupió un rugido con los ojos llenos de rabia.
—Se lo diré por última vez —susurró Samuel con los dientes apretados—. Modere su tono de
voz, y reconsidere cada una de sus palabras al dirigirse a mí.
—¿Quién demonios se cree? —chilló Henry estridente, dio un paso hacia él y Megan lo detuvo
por el brazo, entonces se giró y la zarandeó con brusquedad empujándola lejos de él.
—¡Le vuelve a poner un dedo encima y no dudaré en ponerlo en su maldito lugar! —bramó
Samuel con la respiración espesándose en sus pulmones.
—¿Algún problema, señor fiscal? —habló a unos cuantos metros el director de la clínica,
haciendo que todos giraran sus cabezas instantáneamente.
—Con que un fiscal me está amenazando. —aplaudió Henry despectivo sin terminárselo de creer
—. Me parece que está abusando de su poder —dijo con una sonrisa burlona pero sin dejar fuera la
amenaza implícita en sus palabras.
Olvidándolo todo, Samuel dio un par de zancadas largas hasta detenerse frente a Brockman, casi
pegando su cuerpo al de él, con los puños tensos y listos para atacar en sus costados, la ira pura y
salvaje fluyendo en su sangre y un desquiciado deseo por moler la piel de sus nudillos contra cada
pedazo del cuerpo de aquel hombre trozo que pudiera destrozar.
Las aletas de la nariz de Henry se dilataron y su respiración se agitó asustada e intimidada, pero
no lo demostraría, el dichoso fiscal no era más que un niño fanfarrón que no tenía la más mínima
idea acerca de lo que implicaba enfrentarse a un hombre como él.
—No me amenace muchachito, mejor regrese a su oficina de quinta y siga jugando a ser un
hombrecito de la ley.
—No lo amenazo, si vuelve a ponerle un dedo encima, le partiré la cara —susurró Samuel, sus
ojos amarillos refulgían brillantes de rabia, y entonces Henry pareció vacilar, parpadeando varias
veces, con cientos de oscuras emociones estrellándose convulsas en su interior.
Se sentía intimidado, pero no lo demostraría, por lo que le mantuvo la mirada, manifestando que
no le tenía miedo a un funcionario público, aunque su corazón latiese desbocado al ver de cerca la
mirada del chico, despertando cientos de inesperadas emociones y recuerdos dentro de él.
Haciendo acopio de los últimos resquicios de su autocontrol, Samuel lo miró con profundo
desprecio una vez más, pasó sus ojos hasta Megan, quien musitó en silencio que estaba bien y le dijo
con señas que lo llamaría después, justo entonces se dio media vuelta y abandonó la clínica.
Con las venas pulsándole en las sienes se subió en su todoterreno dando un portazo, se puso en
marcha y rápidamente presionó el acelerador por encima de los noventa kilómetros por hora. El
zumbido de su móvil lo obligó a coger aire profundamente una vez más.
—¿Qué? —contestó con acritud sin detenerse a mirar el identificador.
—Señor, sería mejor que redujera… —Intentó hablar Logan antes de ser interrumpido por
Samuel.
—¡Váyanse a la mierda! —vociferó enfurecido, colgó la llamada y mantuvo su velocidad.
En su propia todoterreno, Jackson y Logan pusieron los ojos en blanco y aceleraron tras Samuel,
quien parecía tomar rumbo hacia su apartamento. Minutos más tarde lo vieron entrar en el
aparcamiento de su edificio con la misma endemoniada velocidad, aparcó en uno de sus sitios
haciendo chirriar las llantas, de nuevo dio un portazo al salir, y alcanzó el ascensor antes que ellos
hubieran terminado de aparcar.
Logan y Jackson se miraron desconcertados, habían sido advertidos de ello, y se les había
ordenado que de verlo en tales condiciones, Reinhard Garnett debería ser notificado al instante.
—Lo hago yo —dijo Logan sacando el móvil, Jackson asintió y apagó el motor del vehículo.
—Señor Garnett —carraspeó Logan—. Al parecer ha ocurrido algo con el señor Samuel… —
hizo una pausa mientras escuchaba lo que Reinhard le decía—. Se ve muy alterado.
—¿Desde cuándo está así? —le preguntó Reinhard al otro lado de la línea.
—Sólo desde hace unos minutos señor, salió en ese estado de una clínica en la que está trabajando
en un caso, no sabemos a ciencia cierta que pasó dentro. —Logan se removió incomodo en un
asiento—. No, nos dejaron entrar portando las armas, así que tuvimos que quedarnos fuera de la
clínica.
Reinhard se mantuvo en silencio durante unos instantes.
—¿Dónde está ahora?
—Acaba de subir a su apartamento.
—No le pierdan la pista, los quiero tras él las veinticuatro horas.
—Sí, señor.
—Gracias por notificarme, Logan.
—De nada, señor —finalizó el guardaespaldas y entonces Reinhard cortó la llamada.
Con la furia intacta, Samuel cruzó la puerta del vestíbulo de su apartamento, quitándose en el
camino la chaqueta, la corbata y la camisa, dejando el reguero de prendas esparcidas por el suelo en
su camino al gimnasio. Se detuvo frente a su saco de boxeo y lo atacó con gritos y gruñidos
desesperados. Con los puños desnudos sacudía una y otra vez el saco de cuero, balanceando con
violencia los treinta y seis kilogramos. Sus manos dolían y su respiración le quemaba la garganta,
pero él más que nadie sabía que había dolores mucho peores.
—¡Aquí estoy! —Exclamaba con rabia—. ¡Estoy de pie! —Sacudía incontables veces más el saco,
con golpes secos y violentos—. ¡Vas a conocer el infierno, maldito hijo de puta! —gritó con tanta ira
que su voz se rasgó al final, quebrándose en un gemido salvaje y monstruoso, engullendo las
furiosas lágrimas mientras sus brazos desmadejados caían a sus costados, y sus dorados ojos se
opacaban con el dolor, luciendo de aquel color indeterminado de la mostaza.
Imágenes fugaces y sucesivas inundaron su cerebro, aquellos instantes dolorosos e imborrables, y
el dolor y la ira retornaron multiplicados. Sus puños ya no eran suficientes, y pronto sus muslos, pies
y rodillas se unieron a la caótica tormenta de golpes que hacían eco en su piel mojada de sudor, el
cuero y el tintineo etéreo de las cadenas al sacudir el saco.
Las puertas del gimnasio se deslizaron con el sonido sordo y automático del sensor al activarse,
Thor avanzó despacio, conmocionado con la impresionante violencia con la que Samuel atacaba el
saco de boxeo.
—Samuel —Lo llamó con la voz alarmada, pero él parecía no haberse percatado si quiera de su
presencia—. ¡Samuel! —Lo llamó una vez más, a poco menos de tres pasos de él.
Preocupado, Thor avanzó y puso su mano sobre su primo. Con el dorso de su brazo, Samuel
apartó de un golpe seco la mano que le había tocado, sus ojos lucían vacíos y peligrosos, Thor lo
miraba impresionado, desconociendo por completo al sujeto que tenía frente a sus ojos.
El pecho de Samuel se elevaba agitado y su dorso brillaba repleto de sudor, tenía la boca seca y
los ojos enrojecidos. Dejó de mirar a Thor y volvió a atacar el saco, ignorándolo por completo.
—¡Samuel! —gritó Thor—. ¡Hey! —Volvió a poner la mano en su hombro—. Detente —le pidió
con la voz pausada.
Samuel se quedó detenido allí mismo, con los brazos lánguidos y la mirada perdida en la nada.
Los ojos asustados de Thor se fueron instantáneamente a sus manos, los dos sabían perfectamente que
enfrentarse a un saco sin vendas o guantes era un riesgo estúpido en innecesario.
—Te están sangrando los nudillos —le dijo con voz suave, demasiado consternado como para
decir algo más—. Tranquilo Sam, tranquilo.
—Suéltame —exigió Samuel parpadeando con rapidez—. Estoy bien Thor, estoy bien.
—¿Qué te pasa?
—No pasa nada —respondió Samuel sin más y se dispuso a abandonar el gimnasio. A pocos
metros de la puerta se detuvo—. ¿Cómo es que estás aquí? ¿No tendrías que estar en la oficina?
Thor se quedó en silencio un breve instante antes de responderle.
—Si me hubieses contestado el teléfono no estaría aquí.
Samuel lo ignoró una vez más y cruzó las puertas, mientras subía las escaleras escuchó la voz
enfadada de Thor.
—¡Se supone que comeríamos juntos! ¡¿Olvidas que lo hacemos casi todo los días?!
Samuel seguía sin decir una palabra, él había creído que la llamada de su padre hacía unos
minutos había sido una exageración, pero ahora estaba completamente seguro que algo estaba
ocurriéndole a su primo.
—¿Samuel, qué coño te pasa? —continuó Thor subiendo las escaleras y apostándose frente a la
puerta del cuarto.
—Puedes regresar a tu trabajo —le respondió Samuel al fin al abrir la puerta de su cuarto, esta
vez no llevaba más que su ropa interior—. Me daré una ducha y regresaré a la fiscalía, tengo un poco
de presión encima, eso es todo. —Y volvió a cerrar la puerta, Thor supo entonces que no iba a
conseguir nada en aquel momento.
Su respiración empezaba a acompasarse, atravesó la habitación y presionó un delicado botón
bajo la cama haciendo que una de las placas de mármol negro que cubrían la pared de la cabecera se
deslizará con un ruido suave mientras descubrían una caja de seguridad de tablero electrónico. Se
pasó la lengua por los labios resecos y marcó la clave, un seco click desajustó la pequeña puerta de la
caja acero y dejó al descubierto varias cajas, carpetas y sobres.
Sacó un sobre manila gris y se sentó en la cama mientras vaciaba el contenido en sus manos, pasó
entre sus dedos varios documentos y papeles, revisándolos uno a uno con total concentración. Una
vena en su cuello palpitó remembrando la ira y el dolor de hacía unos instantes, él estaba listo, sabía
que estaba listo, pero las condiciones aún no eran las adecuadas. No se trataba sólo de devolver el
golpe, no, se trataba de sumergirlo en un maldito infierno tan feroz y lleno de tortura que el
miserable hijo de puta le suplicaría por su muerte.
Cogiendo aire volvió a guardar el sobre en la caja fuerte, un minuto después, la cama lucía tan
inocente como antes. Necesitaba recordar que el plan marchaba sobre ruedas, que no debía
precipitarse o caer en provocaciones, porque entonces podría perderlo todo en un abrir y cerrar de
ojos.
Entró en la ducha y dejó que el agua corriera por su cuerpo cerca de una hora hasta aplacar sus
demonios. Al salir, se sentía renovado y de nuevo en control, se vistió con un rudimentario pantalón
vaquero, sus botas de media caña, sin molestarse en atar sus cordones, y un grueso suéter gris de
lana.
Al estar de regreso en el primer piso, se encontró con Thor sentado en la barra de la cocina
comiendo cereales con leche.
—Deberías aprender a cocinar —le dijo con una sonrisa que nada tenía que ver con la dramática
escena en el gimnasio.
Thor se encogió de hombros.
—Mira quién lo dice, tú que ni siquiera sabes preparar un sándwich, además me gusta comer
cereales, no hay ninguna comida mejor que los cereales, y me trae buenos recuerdos. —Se defendió
con la boca llena—. ¿Vas a la fiscalía vestido así?
Samuel rodeó la isla de la cocina y sacó de entre la alacena un tazón negro de porcelana.
—Sí, hoy es viernes… —contestó despreocupado mientras vertía leche sobre las hojuelas de maíz.
Los nudillos amoratados y rotos volvieron a sacudir a Thor, recordándole que tan real había sido
lo que había pasado minutos antes.
—Deberías ponerte hielo —le dijo sin mirarlo.
—No duele —respondió Samuel llevándose la cuchara a la boca—. Es superficial, ya me rocié
lidocaína —Comió una vez más, y sin mirarlo a la cara, volvió a hablarle—. ¿Qué piensas hacer esta
noche?
—Nada —contestó Thor con la voz seria y el apetito escapándosele—. Venir a dormir como los
gilipollas, mañana tengo que ir a recibir a unos italianos. ¿Y tú?
—No sé, hasta ahora no tengo nada planeado, tal vez dormir también, necesito descansar.
—Sí, estos últimos días apenas has tenido tiempo de dormir… ¿Qué paso con el caso del tipo de
hace unas noches?
—Era un cirujano plástico, tenía varias denuncias por mala praxis, trabajamos sobre la teoría de
una venganza, probablemente relacionada con alguna de sus pacientes.
—¿Por qué? —preguntó Thor con interés infantil.
—Le hicieron comer silicona antes de morir.
—¡Joder! —Sacudió Thor sus manos sonriendo—.Bueno, al menos la asesina fue considerada y
lo hizo feliz, no cualquiera come tetas antes de morir.
—Tienes razón. —Se rio Samuel, y los dos chocaron los respaldos de sus cucharas, tal y como lo
habían hecho desde que eran niños—. Ya quisiera yo morir atragantado con una teta.
CAPÍTULO 13
Era una noche fría y oscura, estaba conduciendo por una solitaria autopista sin ninguna
iluminación en el camino, excepto la luz de los faros de su coche sobre el asfalto. No estaba segura
hacía dónde se dirigía, se agachó despacio examinando el árido paisaje nocturno a través de las
ventanas, lucía como las rocosas y secas montañas a las afueras de Tonopah. Por alguna razón, tenía
el pecho lleno de inquietud, como si huyera de algo, o fuera al encuentro de una cita ineludible con el
destino, cogió aire e intentó con todas sus fuerzas mantenerse serena.
Cerró los ojos tan sólo un segundo, y al abrirlos, de la nada la silueta de un hombre se atravesó en
su camino, llena de pánico aplastó el freno, pero había sido demasiado tarde. Había golpeado con
fuerza descomunal al hombre frente a ella, y ahora veía como su cuerpo había sido lanzado con
violencia varios metros más allá. Con una extraña lentitud las extremidades del hombre se sacudían
en el aire, y finalmente un golpe terrorífico resonó en el pavimento cuando el cuerpo se estrelló
contra el suelo.
Tenía las manos apretadas contra su boca, reteniendo un grito de pavor y su corazón martillaba
dolorosamente contra su pecho. Con dedos temblorosos intentó abrir la puerta varias veces, fallando
miserablemente. Respiró hondo y aferró sus dos manos a la pequeña palanca en la puerta y salió de
su coche. Con los labios temblando de miedo caminó hacia donde se encontraba el hombre, estaba
boca abajo con la cara enterrada en la polvorienta carretera.
Su garganta se secó, y el miedo regresó acrecentado cuando vio el cuerpo rodeado de un
espantoso charco de sangre, intentó llamarlo, pero su voz no conseguía más que elaborar gemidos
aterrados. Se acercó despacio para intentar hablarle, y entonces sus entrañas se contrajeron con
agonía en su interior y un macabro jadeo salió de sus pulmones, el hombre en el suelo era Samuel
Garnett.
El aliento se le escapaba convulsivo de la boca, el corazón resonaba con estrepito en sus oídos,
tenía el cabello mojado por el sudor, y gruesas lágrimas se deslizaban por su rostro. Parpadeó varias
veces reconociendo con lentitud su habitación, estaba sentada en su cama, con el torso erguido y
desnudo mientras sus sábanas descansaban amontonadas en su regazo. No podía dejar de llorar, todo
había sido muy vívido y real, había sido sin lugar a dudas una de las peores pesadillas que había
tenido en la vida. El dolor de ver a Samuel rodeado de sangre aún la atravesaba con un sufrimiento
tan agudo, que le dolía el mismo cuerpo.
****
Habían pasado ya dos semanas desde que Samuel casi despedazara sus nudillos contra el saco de
boxeo, pero la energía furiosa y vengativa aún no abandonaba su cuerpo. Cada noche, después de su
encuentro con Brockman en la clínica, se había metido en el gimnasio y entrenando hasta quedarse
completamente exhausto en la madrugada.
Aquella noche, los pies de Samuel retumbaban en el suelo de parqué después de cada salto y
maniobra mientras practicaba Capoeira. Los tumbos y golpes habían despertado a Thor cada una de
las noches, aquella vez, eran casi las tres de la madrugada y Samuel parecía apenas encontrarse por la
mitad de su rutina. Entendía que todo aquello hacía parte de alguna estrategia de desahogo, pero el
cabrón llevaba dos semanas sin dejarlo dormir. Soltó una última maldición y enterró la cabeza bajo
su almohada, intentando escapar de los molestos sonidos.
Los músculos de sus bíceps ardían al sostener el peso entero de su cuerpo, y continuas gotas de
sudor resbalaban por su frente hasta estrellarse en el suelo. Estaba llevándolo al límite y lo sabía,
pero su mente estaba teniendo demasiado tiempo libre, el caso de Cusak estaba prácticamente
resuelto, y entonces ideas perturbadoras lo asaltaban sin piedad.
Resolver el caso del cirujano no fue un asunto sencillo, el ADN hallado en sus uñas pertenecía a
un hombre residente en Florida, un individuo sin ningún historial en particular. Cooper por su lado,
había sido tan mordaz como siempre durante sus interrogatorios, y al fin una de las sospechosas
parecía dar pistas de algo más que indignación. Sin embargo, hasta que fue llevado a cabo el estudio
dactilar, el caso no pareció tomar forma.
Las huellas de una de las sospechosas coincidían con el misterioso hombre de la Florida, de
manera que la sospechosa rápidamente pasó a ser un sospechoso. Un transexual que había cambiado
su identidad hacía cuatro años, la presión de Cooper y los beneficios legales lo llevaron a confesar
cada macabro detalle del crimen.
Las venas de su cuello engrosándose visiblemente y la insoportable tensión de sus músculos le
empezaban a suplicar por un merecido descanso, pero antes que estuviera dispuesto a ceder, la
pantalla de su móvil iluminándose con una llamada entrante, lo hizo impulsarse en un único
movimiento hacia atrás hasta quedar erguido sobre sus dos pies. Cogió la toalla del estante y se secó
el sudor mientras caminaba hasta donde reposaba su móvil, las llamadas en la madrugada pocas
veces auguraban nada bueno, frunciendo el ceño cogió el aparatito en sus manos y su corazón se
detuvo lleno de angustia por un momento.
—Rachell —susurró con el miedo abriéndose paso en su interior—. ¿Estás bien?
—¿Tú estás bien? —Fue la inmediata respuesta de Rachell, en un tono de voz tan débil que todas
sus alarmas se encendieron al instante—. ¿Estás alterado? —preguntó de nuevo ella al reconocer la
agitación en su voz.
—Estoy bien, Rachell. —Los dos guardaron silencio por largo rato—. ¿Estás borracha?
—No —susurró ella de nuevo—. Sólo quería saber si te encontrabas bien.
—Sí, sí… Estoy bien… Estoy en el gimnasio… ¿Por qué lo preguntas? —Rachell seguía
inusualmente callada—. No me digas que tus ovarios sólo te dan valor a las tres de la madrugada. —
Intentó bromear Samuel.
—He soñado que te he matado, Samuel —le explicó ella tranquilizándose.
—¿De qué manera? —replicó él con doble intención.
Rachell suspiró al otro lado de la línea, agradecida con el balsámico alivio.
—¡No seas imbécil! Sólo tuve un estúpido sueño, y estúpida yo que te llamo para darte
oportunidad que te burles de mí.
—Está bien, es normal que estés un poco aturdida —habló de nuevo Samuel, tomándose en serio
la conversación—. Ve a la cocina, toma un poco de agua y regresa a la cama, intenta dormir
nuevamente… sigue durmiendo. Estoy bien.
—¿Seguro? Promete tener cuidado mañana, si es preciso no atravieses calles —le pidió Rachell
con la voz angustiada pero notablemente más tranquila.
—Haré lo posible por no cruzar calles, ahora vuelve a dormir, descansa… Y… Rachell, gracias
por preocuparte.
—Siento haberte molestado.
—No me has molestado, por el contrario, me agrada escuchar tu voz, pero no quiero mantenerte
despierta, así que haz lo que te digo.
—¿Me llamarás mañana? —Rachell carraspeó un par de veces—. Sólo para saber que estás bien.
Samuel sonrió y un reconfortante calor se dispersó en su pecho. —Sí, lo haré. —Después
chasqueó la lengua varias veces—. Comprendo que tienes los ovarios bien puestos en la madrugada.
Ella volvió a suspirar.
—Estás demasiado bromista Samuel, prefiero al fiscal antipático —dijo justo antes de colgar la
llamada.
Samuel se quedó abstraído, contemplando el teléfono como si acaso se tratara del objeto más
extraño sobre la faz de la tierra, se encogió de hombros, lo lanzó sobre el banco de cuero, y retomó
su rutina de Capoeira.
Rachell salió de la cama rumbo a la cocina e hizo exactamente lo que Samuel le dijo, se sirvió un
vaso de agua y se quedó sentada en la barra en medio de la penumbra y la soledad de su apartamento.
No podría decir cuantos minutos pasó mirando a la nada, simplemente se dedicó a poner su mente en
blanco hasta que se sintió completamente tranquila. Respiró hondo, regresó a su habitación, y se
metió en la cama mirando al techo hasta que el sueño lentamente empezó a cerrar sus parpados.
—Rachell… —escuchó la voz susurrada de Samuel adornando sus sueños, sonrió despacio y
frotó su cara contra la almohada. Que sensación tan dulce era escucharlo llamándola con tanta
suavidad —Rachell… —Volvió a escucharlo, y de nuevo sonrió, esta vez sintiendo los dedos de
Samuel rozar su mejilla—. Rachell, creo que deberías tener más seguridad en este lugar, cualquiera
podría entrar.
Sus ojos se abrieron de golpe y su corazón se desbocó instantáneamente. Estaba sentado a su lado
junto a la cabecera de su cama. Ella no pudo más que parpadear una y otra vez.
—¿Te has colado nuevamente en mis sueños? —Bueno, no pretendía que esa pregunta resonará
con una voz tan real.
—No —le respondió Samuel—. Me he colado en tu apartamento —le dijo con su muy
jodidamente sensual sonrisa.
En un acto reflejo se llevó las sábanas al cuello y se incorporó rápidamente, sintiendo una extraña
mezcla de miedo y excitación. Lo contempló sin decir nada por largo rato, después recorrió con sus
ojos toda su habitación, cerciorándose que de hecho, aquello no era un sueño.
—¿Estas recién duchado? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te dejo entrar? —Lanzó una pregunta tras otra.
—Vine para que confirmarás por ti misma que estoy bien. —empezó Samuel acariciándole de
nuevo el rostro—. Sólo fue un mal sueño… Cuando llamaste estaba entrenando, así que tuve que
darme una ducha antes de venir.
Rachell lo miraba con los ojos muy abiertos, como si aún no consiguiera dar crédito a su
presencia.
Ella no llevaba una gota de maquillaje en el rostro y sus preciosos ojos brillaban bajo la cálida luz
tenue de su lámpara, sus largas pestañas lucían suaves e inocentes. Tenía la impresión de ver a una
Rachell diferente, no sabía si era la sorpresa y la vulnerabilidad en sus ojos o que no llevara ninguna
clase de maquillaje, pero se veía mucho más joven, más inocente y frágil.
—Es muy fácil entrar cuando no tienes más puerta que la del ascensor, siendo una mujer que vive
sola, no es seguro que lo dejes así. —Ella abrió la boca recuperando aquel característico ánimo
combativo—.Y antes que me digas algo de la alarma, déjame decirte que formas parte del noventa
por ciento de las personas que utilizan la fecha de nacimiento o la matrícula del coche como
contraseña, ya sea de bancos, correos, cajas de seguridad y alarmas, sólo por nombrar algunas. Si
estuviese un hacker interesado en tus movimientos bancarios y cuentas personales, te dejaría sin
blanca.
Rachell no dio ninguna respuesta, sólo miró el reloj en una de las paredes contemplando como
marcaban las cuatro y diez. Odiaba darle la razón a Samuel, así que fingió indiferencia.
—¿No pudiste esperar a que fuese un poco más tarde? ¿Qué se yo? ¿Las siete de la mañana tal vez
era una hora demasiado aventurera para ti? —preguntó aferrando las sábanas a su cuerpo, él no dijo
nada, tan sólo se quedó mirándola con aquella odiosa cara de suficiencia—. ¿Cómo es qué sabes
dónde vivo?
—No quise esperar, pensé que querías comprobar que verdaderamente me encontraba bien, a
menudo tengo pesadillas y al despertar anhelo comprobar que todo está bien —le confesó con una
nota de amargura que no se le escapó a Rachell, después él se recompuso y se puso cómodo sobre la
cama—. ¿De verdad es necesario que te diga cómo es que sé dónde vives?
—¿Me has seguido? —preguntó ella con precaución, él negó moviendo la cabeza muy despacio,
Rachell entrecerró los ojos—. ¿Has enviado otro correo para que te digan todo de mí?
Samuel bufó una risita fastidiosa, y ella apretó un poco más a su cuerpo las sábanas, después los
dos se quedaron en silencio por un larguísimo minuto.
—Si ves tantos muertos en tu trabajo, es normal que tengas pesadillas Samuel.
Había un toque de inocencia tan conmovedor en su voz, que él no pudo resistirse a tocarla de
nuevo.
—Mis pesadillas no son con los muertos… sino con los vivos. —Rachell lo observó confundida,
sin decidirse a pensar si aún hablaban de su trabajo, o le hablaba acerca de algo que ella no alcanzaba
a comprender—. Bueno —masculló Samuel trayéndola de regreso—. Me voy, sigue durmiendo.
Él se puso de pie, le sonrió una vez más, y Rachell sin estar segura por qué, soltó una parte de las
sábanas y estiró su mano hasta alcanzarlo. Samuel clavó sus ojos en el extraño agarre de sus manos.
—No te vayas —le pidió Rachell en un susurró—. Puedes quedarte, no es seguro que estés en las
calles a esta hora.
Los labios de Samuel se separaron apenas un poco, y sus párpados se entornaron contemplando
esta vez los hombros desnudos de Rachell.
—Si me quedo, no podrás dormir —le aseguró con voz profunda y sedosa—. No te dejaré dormir.
Rachell se pasó la lengua por los labios, nerviosa, ansiosa y excitada, no tenía sentido encubrirse.
Abrió por completo la palma de su mano sobre las sábanas, pegándolas a su cuerpo con fuerza
mientras intentaba ponerse de rodillas frente a él.
—¿Podrías mantenerme despierta? —Susurró desafiante.
—Más que eso, Rachell —le aseguró Samuel deslizando sus ojos por las sugestivas curvas bajo la
maraña de sábanas y mantas.
Sus ojos dorados brillaban con avaricia intentando predecir dónde empujar las molestas telas y
tirarlas al suelo, y ella no parecía oponerse, su mirada violeta estaba concentrada directamente en él,
sin vacilaciones, sin pretensiones ni artificios, lo miraba con necesidad cruda, con deseo frontal y
descarado, y eso estaba volviéndolo loco.
Se acercó por completo a ella y la apretó contra su cuerpo, jadeó hambriento cuando al pegar la
mano a su espalda, se encontró con su suave piel desnuda. Rachell gimió quemándolo con su dulce
aliento, y él se permitió rozar con sus dedos la preciosa línea de su columna vertebral, subiendo y
bajando una y otra vez, tan despacio que todo parecía lindar con el martirio, uno delicioso e
irresistible.
Deslizó de nuevo su mano por la blanca y tersa piel, dejando que los largos cabellos de Rachell lo
acariciaran, y esta vez su mano no volvió a descender, esta vez su mano se enredó entre sus cabellos
acercándola a su boca. Ladeó la cara rozando sus labios contra los de ella, y entonces se detuvo un
instante, nunca antes había deseado tanto a una mujer. Algo en su interior le decía que este sería un
viaje sin ticket de vuelta.
—¿Qué esperas?
—No espero nada… Disfruto, estoy disfrutando cada pequeña cosa de ti, me dedico a leer lo que
justamente ahora me gritan tus ojos.
—¿Qué esperas? —se rio ella sacando la lengua despacio y pasándola por sus labios—. ¿Es eso lo
que gritan mis ojos?
—No, me gritan… —susurró Samuel besándola despacio en la mejilla, avanzando beso a beso
hasta detenerse junto a su oreja—. Fóllame.
Rachell arqueó su cuello y gimió alto, soltando las sábanas que cayeron desordenadas alrededor
de sus rodillas. Llevó su mano al lustroso cabello de Samuel, estaba húmedo y sus dedos se
deslizaron refrescando el calor que incendiaba su piel. Él volvió a mirarla, a perderse en la
cautivadora expresión de su rostro rendida al placer, y sin más esperas asaltó sus labios. Sabía tan
bien como recordaba, pronto la hábil lengua de la mujer que sostenía entre sus brazos, nubló sus
pensamientos y sencillamente lo sometió a su voluntad.
Rachell dejó que sus dedos volaran a través del torso de Samuel, cayendo como gotas inconstantes
que lo electrificaban, hasta detenerse en el elástico de sus pantalones deportivos. Con movimientos
sinuosos introdujo su mano hasta traspasar la barrera de su ropa interior, la tensión de la tela sobre
su mano la empujó justo a donde quería llegar. Ahí estaba, duro, grande, poderoso y cálido, tal como
lo había imaginado incontables veces.
—No sólo vas a follarme Samuel, yo voy a follarte a ti —respiró contra sus labios—. Este asunto
es de dos, yo jamás me mantengo pasiva… En nada.
—¿Vas a follarme entonces, Rachell? —murmuró Samuel con la polla palpitando desesperada
bajo su dulce agarre—. Repítelo, Rachell… ¿Vas a follarme? —le exigió en un siseo demandante y
arrogante, llevando sus manos salvajes hasta detenerse y apretar el redondeado trasero que le estaba
haciendo perder la cordura.
—Sí, Samuel, ya te lo dije… —aseveró mordiéndole los labios—. Voy a follar, voy a tocarte, voy
a morderte, y hacerte justamente lo que me dé la gana, a cambio señor fiscal, podrás hacerme
exactamente lo mismo.
Un gemido gutural subió desde el pecho de Samuel hasta reverberar en la habitación entera.
—Quiero ver eso Rachell, quiero ver cómo me haces justamente lo que se te antoje… yo tomaré
todo lo que me has ofrecido y más, soy ambicioso Rachell, siempre quiero más, y cuando se trata de
ti, lo quiero todo… esta noche quiero tu cuerpo, entero, todo para mí.
Rachell enredó sus dedos en los cabellos de Samuel y haló con fuerza hasta que sus ojos se
encontraron inundándola de fuego.
—Muéstrame —le ordenó con la voz caliente y exigente.
Sin desprender sus ojos de ella, Samuel descendió con sus manos aventureras, sobrepasando la
bonita curva de sus nalgas, cavando entre sus piernas. Sus bocas se abrieron al tiempo en una
exclamación muda y tensa cuando sus dedos se empaparon de ella. Rodó entre sus pliegues
resbaladizos y tibios, sintiendo como su erección se alimentaba directamente de la humedad entre las
piernas de Rachell.
—Esto supera por mucho mis fantasías —gruñó Samuel antes de introducir lentamente sus dedos
anular y medio en ella—. Sí… —gimió—. Definitivamente eres mejor que el más caliente de mis
sueños.
Despacio, entró y salió de ella, regodeándose en el riquísimo triunfo de enloquecerla con sus
dedos. Se sentía suave, líquida y tibia, se sentía perfecta. Mientras tanto, los delicados dedos de
Rachell aferraban posesivos a la polla de Samuel, que se hacía más y más duro con el paso de los
segundos. La tersa piel de su glande se había tensado creando duros surcos y relieves, su boca se hizo
agua y quiso pasar por allí su lengua, una y otra vez.
—Quítate la ropa, Samuel.
Él se detuvo un instante, elevó una de las comisuras de sus labios, y despacio hizo que sus dedos
abandonaran su cálido interior. La boca de Rachell estaba abierta aspirando pesadas bocanadas de
aire, él la contemplo unos instantes tomándose un poco más de tiempo en sus pechos, tragando duro
al verlos por primera vez en verdad, definitivamente aquel sería su siguiente lugar de conquista.
Sin perder el tiempo, apoyado en sus talones se deshizo de sus zapatos, y en unos cuantos
movimientos se había deshecho de sus calcetines, el pantalón y su camiseta. Ahora él estaba frente a
ella en toda su esplendorosa y desnuda gloria.
—Eres perfecta —le dijo pegándose de nuevo a ella mientras depositaba un río de besos a lo largo
de su cuello y sus clavículas—. Simplemente perfecta. —Volvió a hablar, esta vez haciendo vibrar la
delicada piel de sus pechos.
Rodeó con la lengua sus areolas cuidándose de no tocar sus pezones, después raspó delicadamente
con sus dientes la piel de sus hinchados pechos antes de volver a rodearla enloquecedoramente con su
lengua. Se agachó tomándolos con sus manos, amasándolos contemplativo, cautivado, y de abajo
hacia arriba lamió sus duros pezones, torturándolos con su lengua. Rachell gimió su nombre
ruidosamente, esperando a que él la encerrara pronto entre sus labios, pero no lo hizo, no, en
cambio, sintió una fresca brisa eléctrica sobre su piel. Samuel estaba soplando sobre sus pezones,
estudiando como la piel se oscurecía y tensaba. Ella volvió a gemir echando la cabeza hacía atrás,
con los dedos clavados en los fuertes brazos de Samuel. Y justo en aquel momento, justo en el
instante en que se había rendido al placer, cuando inadvertida reposaba en la suave nube de la
excitación, sin advertencias él frunció sus labios en torno a sus pezones haciendo que su cuerpo se
sacudiera.
Con las manos adheridas a su espalda, Samuel la apretó contra su cuerpo, sintiendo la sensual
curva de su columna al arquearse en sus brazos. Se sentía como el cielo, la delicia de sus tiernos
pezones entre su lengua y su paladar se sentía exactamente cómo debía ser el paraíso. Insaciable,
succionó con fuerza haciéndola clavarle las uñas en la piel de sus brazos, derritiéndose en sus
gemidos, exigiendo más de los balanceos osados que ella había empezado a hacer ondeando el
cuerpo contra el suyo.
Él se detuvo irguiéndose por completo y Rachell lo observó en silencio, dejó que sus manos
revolotearan por el pecho desnudo de Samuel, su piel estaba caliente y suave, olía a un algo
indeterminado, un aroma hipnótico y relajante. Olía a él.
Samuel sentía que los delicados toques de Rachell abrasaban su piel, sus ojos se apagaban
mientras sus dedos se deslizaban por su pecho, con la mirada expectante, como si acaso estuviera
explorándolo con suma atención. Ser el objeto de tan delicado escrutinio lo excitaba y conmovía a
partes iguales, ella lo observaba hambrienta, pero sus ojos estaban cubiertos de un velo especial,
estaban cubiertos de fascinación, como si lo estuviera descubriendo, como si la conexión que estaban
construyendo fuera una revelación para ella y estuviera ansiosa por seguir explorando, conociendo,
conquistando y reclamando. Y él, por alguna inexplicable razón, quería que ella lo reclamara.
Despacio, Rachell deslizó suavemente las uñas desde sus pectorales hasta el final de su vientre.
Toda su piel se erizó, el estómago se le contrajo y su erección se sacudió con dramatismo. Ella
sonrió complacida, y volvió a recorrerlo con sus uñas, pero esta vez escaló sus brazos, y el resultado
fue el mismo. Había algo increíblemente erótico en su toque tan delicado y femenino.
—Eres tan hermosa, Rachell —susurró Samuel—. Me encanta como hueles, me encanta cómo se
siente tu piel bajo mis manos, tus labios pegados a los míos… —Y entonces sus palabras se
silenciaron porque de nuevo había pegado su boca a la de ella, deslizándose sobre sus labios
inflamados y tibios.
Rachell se colgó de su cuello rodeándolo con los brazos y lo pegó a su cuerpo, sintió sus pezones
rozar su pecho y la hoguera en su estómago se avivó de nuevo. Cuando creyó que no sería posible
que su cuerpo se calentara aún más, ella introdujo la lengua en su boca, resbalándola contra la suya,
haciéndolo gemir, acelerando su respiración y enloqueciendo su pulso, después finalizó el beso y le
lamió los labios con la punta de la lengua antes de morderlo y alejarse de él para tomar aire
profundamente.
—Ven aquí —exigió Samuel atrayéndola de nuevo hacia él—. Déjame sentirte —le dijo pasando
lentamente el dedo índice por la palma de su mano—. Déjame saborearte. —La acercó aún más y le
mordió y lamió la piel de la garganta.
Mientras Rachell se perdía en la increíble sensación de la lengua de Samuel recorriendo su cuello,
no pudo advertir el viaje de sus manos hasta que sintió la cálida presión de sus dedos entre las
piernas. Un jadeo sorprendido se escapó de sus labios cuando él deslizó los dedos entre sus pliegues,
de arriba abajo, una y otra, y otra vez.
—Déjame tocarte, Rachell —le pidió marcando perezosos círculos con las yemas de los dedos
sobre su clítoris—. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te toque así?
—Me encanta Samuel, justo así, me encanta.
Samuel en respuesta gimió complacido, y volvió a deslizarse una vez más, pero está vez dejó que
su dedo medio se enterrara en ella, unos instantes después, su dedo anular se había unido a la fiesta,
entrando y saliendo, con lentos movimientos al principio, agregando en cada corto embiste algo más
de fuerza y velocidad, y un poco más, y otro más. Sus gemidos empezaron a brotar desenfrenados de
su garganta, desesperados, enloquecidos y desvergonzados.
Nunca había sido así, nunca había estado tan excitada, nunca se había sentido tan necesitada, un
dolor vacío y desconocido parecía exigirle con desesperación que lo alojara a él en su interior,
quería sentirlo entero deslizándose contra su cuerpo, calmando aquel inexplorado y divino dolor,
satisfaciendo su necesidad.
Se estaba retorciendo entre su abrazo y el agarre delicioso de su mano entre sus piernas, y el
placer era enloquecedor, era sencillamente excesivo y demencial.
—Se siente increíble aquí dentro —le dijo él rotando lentamente los dedos en su interior—. Tan
cálido, suave y mojado… quiero enterrarme en ti Rachell, rápido, fuerte, hasta saciarme… Y creo
que lo que queda de la madrugada no me bastará.
La boca de Rachell se abrió estremecida y la sensación de vacío se recrudeció cuando él abandonó
su interior para acariciarle los muslos con ambas manos, después, sin ningún aviso, la levantó
haciendo que le rodeara el torso con las piernas, pegándola a él y enloqueciéndolos a los dos con el
roce de sus pechos sobre sus pectorales.
Rodeándole el cuello con los brazos lo atrajo hasta su boca y le introdujo la lengua con lujuria,
descarada y seductora, acariciándolo con un beso sorprendente que lo dejó delirando jadeante.
Con movimientos desesperados Samuel se subió en la amplia cama, desplazándose de rodillas
hasta el mismo centro con ella pegada a su cuerpo aun enloqueciéndolo con sus deliciosos besos.
Con lenta delicadeza la descargó en medio de sus almohadas, Rachell abrió los ojos y se perdió en
las doradas llamas brillantes de Samuel, que la miraban con un deseo tan poderoso que su respiración
se agitó expectante, ansiosa por descubrir el placer que él habría de darle.
—He pensado en esto tantas veces, Rachell… En tocarte como lo estoy haciendo justo ahora —
siseó entre dientes mientras le besaba el cuello—. En tenerte desnuda para mí.
—¿Cuántas veces Samuel, dime cuántas veces?
—Cientos —respondió antes de morderle el lóbulo de la oreja, después la besó en aquel lugar
donde antes la había besado en el club, justo tras su oreja, ese pequeño pedazo de piel que hacía
vibrar su cuerpo entero—. Cientos de veces he pensado en esto, cientos de veces te he imaginado
desnuda bajo mi cuerpo, retorciéndote de placer conmigo.
Su cuello volvió a ser inundado de besos, y entonces lo sintió descender, pero esta vez no se
detuvo en sus pechos, esta vez deslizó su lengua por el valle entre sus pechos hasta alcanzar su
estómago. Se detuvo y le llenó el abdomen de besos pausados y sensuales, era como si la
reverenciara con sus caricias, como si él la estuviera adorando con sus labios, jamás se había sentido
tan deseada, y la seductora sensación de poder que venía con ello la embriagó de placer, quería
someterlo a su voluntad y premiarlo con su propia entrega.
Sus pensamientos fueron borrados abruptamente en el mismo instante en que Samuel le metió la
lengua en el ombligo, la punzada de placer fue tan poderosa que su abdomen se contrajo y sus
caderas se arquearon en un movimiento fluido y sensual. Había algo que la hacía sentir
deliciosamente femenina en aquella caricia, en él mimando su ombligo con la lengua, de alguna
manera la hacía sentir tan mujer como nunca antes en su vida.
No sabía exactamente que le hacía con la lengua, pero se sentía mejor que cualquier otra caricia
que le hubieran dado antes, su pelvis estaba desesperada y se ondeaba sobre el colchón en un
movimiento primitivo y salvaje.
—Quieta, quieta —murmuró Samuel contra su piel mientras amasaba la preciosa curva de su
cintura entre sus manos, de arriba abajo, moldeándola como si de un alfarero se tratara—. Me fascina
esto Rachell, me fascina sentir como mis manos suben y bajan marcando las curvas sobre tu cuerpo,
se siente jodidamente delicioso.
—No dejes de tocarme, Samuel —susurró ella frotándole la espalda y los hombros con
movimientos sinuosos y provocativos.
Samuel alzó sus ojos hacía ella sin dejar de tocarla y le regaló una diabólica sonrisa que la hizo
temer tanto como desear. Lentamente él siguió descendiendo, de nuevo entre besos y lamidas hasta
detenerse en su monte de venus, pasó la lengua por la suave y lisa piel sensible, la mordió, la apretó
entre sus dientes con la fuerza justa para nublarle de placer la mente. Entonces su pelvis cobró vida de
nuevo, y se balanceó como si danzara sobre su boca, era como si perdiera el control sobre su cuerpo,
y éste se moviera a discreción de los increíbles estímulos de Samuel Garnett.
A los mordiscos los siguieron nuevos besos, besos húmedos y provocadores que siguieron
descendiendo. Ella en medio de la vorágine en el que se encontraba, imaginó lo que él quería hacer y
sintió vergüenza, no quería… bueno, sí quería, pero no hoy, porque había dejado de menstruar hacia
dos días y no quería hacerlo pasar por algo desagradable, hacía horas que se había aseado, y más
importante aún, nunca antes lo había experimentado.
—No… —Le pidió cogiéndole los cabellos—. No Samuel… no quiero. —Trataba de apartarlo de
su coño. Con el pulso aun retumbando en sus oídos.
—No tienes por qué sentir vergüenza… quiero hacerlo, quiero probarte Rachell. —La voz de
Samuel se agitó impaciente.
—Lo harás, pero no hoy… por favor.
—¿Mañana? —preguntó él elevando una ceja.
El cuerpo de Rachell se cubrió de carmín completamente, apenas pudo asentir trémulamente,
tomándole la cara entre las manos, con el pulso aun retumbando en sus oídos.
—Ven aquí —habló de nuevo Rachell con la voz ronca y sensual.
—¿Mañana? —preguntó él de nuevo, con los ojos brillantes, escalando su cuerpo con nuevos
besos y mordiscos.
Ella volvió a sonreír, y Samuel se rindió ante su sonrisa, sabía que podría convencerla, sabía que
podía hacerla ceder, pero esa sonrisa le hizo desear cumplir su voluntad y respetar sus motivos. Así
que volvió a sus gloriosos pechos, ellos lo compensarían aquella noche con la delicada suavidad de
la piel que cubría el pequeño brote tenso y excitado, esta noche serían para él. Cogió los pechos en
sus manos y con movimientos rápidos como el aleteo de un colibrí, azotó con su lengua los erguidos
pezones, Rachell jadeó y arqueó el cuello presintiendo que su límite estaba cerca, muy cerca.
Salvaje, abandonó sus pechos y atacó su boca, con movimientos desesperados de su lengua, quería
devorarla, y ella como siempre le hizo frente con igual ímpetu. Sus lenguas volvían a entrelazarse en
aquella perfecta danza de vaivenes, mordiendo, lamiendo y succionando sus labios en enloquecidos
intentos por aplacar la cruda necesidad de sus cuerpos.
Recorriéndola entera, escurrió su mano derecha por el torso de Rachell, pasando por la curva de
sus pechos, la depresión de su cintura y después la voluptuosa curva de sus caderas, se aferró a su
pierna y con fuerza la enredó en su pelvis, haciendo contacto directo con ella, rotando contra ella y
rindiéndose a la maravillosa bendición de la fricción. Rachell se arqueó contra su cuerpo,
contoneándose contra él, moviéndose indomable y arañándole la espalda en una muda exigencia de
alivio.
Antes que pudieran darse cuenta, habían revuelto las sábanas y las almohadas habían quedado
desperdigadas en algún otro lugar, porque sus cuerpos de alguna manera habían circulado por toda la
cama, y los largos cabellos de Rachell ahora caían en una maraña oscura que casi tocaba el suelo. Sin
dejar de moverse sobre ella, Samuel se estiró hasta alcanzar su pantalón de deporte y sin muchas
ceremonias lo sacudió en sus manos hasta alcanzar uno de los bolsillos.
Lo siguiente que Rachell vio fue a Samuel irguiéndose majestuoso entre sus piernas mientras
destapaba el paquetito cuadrado envasado al vacío. Sonriéndole sacó el resbaladizo condón. Cuando
sus manos descendieron, los ojos de Rachell se abrieron con asombro, ahí estaba, mejor que antes,
mejor que nunca, poderoso, grande, casi intimidante, ese perfecta polla que tan inusualmente había
conocido, estaba frente a ella, para ella.
—¿Quieres ayudarme? —La invitó Samuel.
Agitada, Rachell sacudió la cabeza con una elocuente y muda afirmación. Apoyándose en sus
codos se incorporó, levantando las piernas y encerrándolo a él entre ellas, dejando en medio de los
dos el increíble falo que suplicaba por ser vestido con el inocuo látex. Samuel lo pegó contra su
glande y sostuvo entre sus dedos la pequeña punta, mientras Rachell con la respiración entrecortada
deslizaba el látex por el grueso cuerpo de su polla hasta cubrirlo por completo. No habían roto el
contacto visual en ningún momento, él seguía retándola, y ella lo invitaba a seguir traspasando sus
límites, sin premeditaciones, sin más pretensiones que el placer mismo.
La mente de Samuel estaba enfocada por completo en ella, por primera vez en muchos años su
mente había escapado de sus demonios y no había más espacio que para Rachell. Sin poder resistirse
más volvió a besarla, con la misma pasión de segundos atrás, desesperando sus respiraciones y
enfrentándose de nuevo con sus lenguas hambrientas. Rodeándole la cintura entera con un brazo la
levantó por completo y la sentó sobre sus piernas, Rachell tembló y enredó sus brazos alrededor de
Samuel.
Él intentó moverse, entonces ella lo detuvo y plantándole la palma abierta sobre su pecho, bajó
apretadamente por su cuerpo hasta encerrarle la palpitante erección en sus dedos. En ese momento
odió el látex, pero jamás perdería la sensatez, ni siquiera en un momento como aquel en que parecía
haber perdido por completo el control sobre su mente.
—Mírame —exigió Rachell con rudeza.
Y él, que tenía los ojos fijos en su mano rodeándole el pene, volvió a concentrarse en su mirada,
Rachell abrió la boca en un gesto irresistiblemente sensual, lo deslizó entre sus pliegues y lentamente
lo dispuso justo en su entrada. Sin dejar de mirarse el uno al otro, ella descendió despacio, muy
despacio, envolviéndolo, acogiéndolo, rodeándolo con su calor, haciéndolos gemir ruidosamente a
los dos.
Rachell arqueó su cuello y un quejido de placer se dispersó por la habitación, seguido por el
gruñido de satisfacción de Samuel al alojarse por entero en su interior. Se sentía mucho mejor de lo
que hubiera podido soñar, lo envolvía en un agarre fuerte y cálido, mejor de lo que hubiera probado
jamás.
El alivio que sintió al tenerlo dentro de su cuerpo, llenándola, estimulándola justamente donde lo
necesitaba, no tuvo comparación con nada que hubiera hecho antes, aquello era simplemente perfecto.
Ahora necesitaba más, quería más, siempre querría más de él. Sin poder resistirse ondeó las caderas
con algo parecido al vaivén sugestivo de las olas, despacio, apretadamente, en una orquesta de
movimientos que en riquísimos intervalos elevaba sus pechos hasta el rostro de Samuel, y frotaba su
atormentado clítoris contra su vientre. La danza era perfecta.
Todos los músculos de Samuel se pusieron en tensión mientras clavaba cada uno de sus dedos en
la cintura de Rachell, le haría daño, pero el placer era sencillamente insoportable. Y no se detenía,
ella iba por lo que quería, como si se dejara guiar únicamente por el instinto, como si no le
importara nada más, y eso estaba volviéndolo loco, jamás tendría suficiente de ella. Cuando creyó
que la manera tan deliciosa en que danzaba sobre él no podía ser mejor, ella cayó hacía atrás sobre
sus manos, arqueando la espalda y recrudeciendo los flameantes movimientos de sus caderas,
contorsionando su cuerpo en una posición felina, sensual y femenina, ella era un delicioso
espectáculo para sus ojos, y una riquísima tortura para su duro miembro.
Respiraba con demasiada dificultad, y él ni siquiera había empezado a moverse, sus manos se
deslizaron por la cintura de Rachell, navegando entre las delgadas capaz de sudor que empezaban a
formarse en sus pieles. Los largos cabellos de ella caían por todos lados, cubriéndole el rostro,
sacudiéndose en el aire tras cada uno de sus movimientos, y pegándose a su piel húmeda.
Ella era la visión más erótica que había contemplado en su vida.
—Você me deixa louco[4]. —susurró despacio, tan despacio que ella en su goce, no pudo
escucharlo.
Rachell soltó un grito violento de la mano de la cadencia de su voz. El exotismo de su acento y la
incertidumbre de sus desconocidas palabras, la arrastraron a un orgasmo irreversible y poderoso que
se reprodujo en ondas que atravesaron su cuerpo entero. Su respiración se había espesado más que
nunca y sus pulmones ardían reclamando aire, mientras los músculos de su vientre y su clítoris aún
palpitaban complacidos.
Aquel salvaje grito fue su punto de no retorno. En un movimiento feroz invirtió sus posiciones
estrellándola contra la cama, evitando a toda costa renunciar al placer de estar dentro de su cuerpo.
No perdió tiempo, ella lo observaba con los ojos muy abiertos y asombrados, ahora era su turno, y
sin piedad empezó a balancearse sobre ella, esta vez de adelante hacia atrás, despacio, saliendo casi
por completo, y después volviéndose a deslizar en su interior en el increíble gozo de su desbordada
humedad, estaba tocando la maldita gloria.
Y quería más, él quería más, así que sin poderse resistir aumentó la fuerza y aceleró sus
acometidas, viendo como ella echaba la cabeza hacia atrás, de nuevo poseída por el creciente placer,
escuchando el mojado choque de sus cuerpos donde la piel retumbaba al estrellarse con la piel.
Los pies de Rachell se crisparon cuando él la cogió por los muslos y se incorporó, penetrando
más profundamente, y sólo entonces el verdadero placer empezó. Su pelvis arremetió rítmica y
decadente contra ella, en movimientos rápidos y poderosos que extraían gritos de lo más profundo de
su ser, movimientos certeros que dibujaron en su mente los sensuales meneos y sacudidas del cuerpo
de Samuel aquel día en el club, cuando bailaba sonriente para la multitud. Este baile era por mucho el
mejor que hubiera disfrutado en su vida, este baile la estaba llevando al cielo mismo.
Su cuerpo se movía por voluntad propia, Samuel ya había renunciado a controlarlo, él
simplemente perseguía el enorme placer que estar dentro de ella le daba, quería más y más, cada vez
más de ella. Sus pechos se sacudían hermosamente tras sus embestidas, sus mejillas se habían
enrojecido, y el sudor pegaba su cabello a sus hombros y a su rostro. Vio como sus manos
enroscaron las sábanas en el momento mismo en que su vagina se aferró espasmódica a su alrededor,
y ella volvió a gritar, con los ojos cerrados y las piernas apretándose contra su cintura.
Una urgencia primaria recorrió su espina dorsal y se enterró en ella con mayor ahínco y
velocidad, incontables veces, dando satisfacción a la bestia enloquecida de deseo que lo había
poseído, una bestia alentada por los gritos de placer de Rachell, ella había cumplido su palabra, jamás
se mantenía pasiva.
Entonces fue ella quien en un inesperado movimiento lo montó a horcajadas. Respirando
pesadamente se acomodó en su regazo y tomándolo entre sus manos lo guío de nuevo a su interior.
—Ahora seré yo quien va a follarte Samuel —sentenció Rachell antes de empezar a cabalgar
sobre él, sin piedad y sin pausa.
Y por el infierno que la mujer se sabía mover con una destreza impresionante, apretándolo,
rozándolo y masajeándolo de la manera indicada y perfecta, rotando contra él, elevándose y
descendiendo, en una serie de movimientos frenéticamente coreografiados, ella era una obra de arte
con las mejores caderas del mundo. Y él se dedicó a disfrutar de ella y sus espectaculares
movimientos, una y otra vez, y otra más, hasta que el mundo se silenció y sus músculos se pusieron
rígidos. Bramó con apremió un río de palabras inteligibles en algo que no supo si fue inglés o
portugués.
¿Qué coño estaba diciendo? Ella no tenía la menor idea, porque en conjunto con sus manos
apretándose en sus caderas y los placenteros espasmos de su polla al eyacular, habían avivado el
placer en ella, robándole un último, inesperado y espectacular gemido. Había sido el mejor sexo de
su vida.
Sin fuerzas se desplomó sobre su pecho que subía y bajaba agitado, él le besó el cabello en
silencio, simplemente no habían palabras para la experiencia sexual más intensa de la vida. Se
mantuvieron así, callados, pegados el uno al otro hasta que sus respiraciones empezaron a
normalizarse y el sudor en sus cuerpos empezó a desaparecer.
—Tengo que quitarme el preservativo —susurró con voz cansada.
Ella no dijo nada, tan sólo lo liberó, dejándose caer acostada a un lado, observando con una pícara
sonrisa satisfecha como él se deshacía del agotado condón. Le hizo un nudo, lo arrojó a la papelera y
regresó a la cama mientras ella escarbaba entre su mesita de noche.
Rachell se sentó con un ruidoso paquete rosa, cuando intentó incorporarse para salir de la cama,
Samuel la detuvo y le quitó el paquete de toallitas de PH neutro, sacó una y hurgando de nuevo entre
sus piernas, la limpio con sorprendente delicadeza. Ella se estiró y lo besó, despacio, aquel era un
beso de reconocimiento por su consideración, aquel era un beso que sellaba un pacto silencioso del
que no tenían idea.
Cuando el beso terminó, Samuel clavó sus ojos insistentes en ella, el deseo había vuelto a crecer
dentro de él con un simple beso, como si lo que habían acabado de hacer nunca hubiera tenido lugar.
Pero aquella mirada insistente la acobardó, él tenía demasiado poder sobre ella, y Rachell se había
permitido pasarlo por alto aquella madrugada. Sin evitarlo sus ojos huyeron de los de Samuel,
escondiéndose en el placer de contemplar sus labios.
—Mírame. —Esta vez fue él quien se lo pidió.
Rachell cogió aire frunciendo el ceño, empeñada en no dar ninguna muestra de debilidad, pero
demasiado acobardada aún como para enfrentarlo.
—Rachell, no me desvíes la mirada. —Aquello no había sido una petición, aquello fue una súplica.
—Es que… tú me haces desviarla, no puedo mantenértela, ¿por qué lo haces? —inquirió,
queriendo obtener la respuesta que tanto anhelaba, saber de qué se valía para siempre intimidar a las
personas.
—¿Por qué hago, que? —preguntó y el cogió la barbilla, para que lo mirará a los ojos—. No me
digas que tienes vergüenza o que te has arrepentido, porque puedo hacerte cambiar de parecer en
cinco segundos.
—No… no soy una adolescente, ni me has arrebatado la virginidad para arrepentirme, es que
miras tan intensamente que a veces me haces sentir nerviosa, hasta causas temor en mí.
—No puedo hacerte daño con la mirada.
—Eso crees. —murmuró fijando su vista en los labios de él.
—No quiero hacerte daño con mis miradas… Como te miro no es para que te sientas temerosa,
sólo te miro con deseo. Cuando desvías o bajas la mirada sólo tratas de esconder tu alma, no permito
que nadie me obligue a esconder la mía.
—¿Qué te pasó en las manos? —Lo interrumpió Rachell levantándole los macerados nudillos a la
luz.
—Estuve entrenando —susurró él con la voz hueca—. Vamos a cucharnos —le pidió frotando la
nariz contra su cuello y poniendo fin a la conversación.
Rachell asintió entendiendo su evasión, sabía que por unas horas de sexo no tenía ningún derecho
a escarbar en la vida de Samuel. Bien, extraordinario y candente sexo, y aún más si lo comparaba con
sus amantes anteriores. Aunque sólo hubiesen sido dos. Richard, y una noche de locura total con un
modelo que no le hizo honor a sus exageradas palabras, dándole el encuentro sexual más mediocre
de su vida.
Samuel había hecho polvo los esquemas en todos los aspectos, era un dios follando, sensual y
peligroso, no la mierda que había sido Ben en la cama. Samuel había sido exquisito en todos los
sentidos, la había hecho sentir mujer, se había sentido deseada, complacida, adorada y saciada. El
maldito fiscal sabía exactamente qué hacer.
CAPÍTULO 14
<<Henry Brockman>>
<<Presidente Ejecutivo>>
Leyó por enésima vez la elegante placa dorada adherida al extremo superior de la maciza puerta
de madera oscura. Estaba de pie frente al escritorio de su secretaria apreciando embelesado como el
trabajo de toda su vida cobraba significado en aquel inerme rectángulo de metal. Las letras con su
nombre y su cargo en Elitte habían sido grabadas con tal magistralidad, que para él representaban una
obra de arte en sí mismas, había pasado por tanto, y había hecho demasiado para llegar justo al lugar
donde se encontraba. Bajo su mando, uno de los más grandes imperios de la publicidad en todo el
continente.
Se dijo una vez más mientras ignoraba el parloteó lastimero de su secretaría, que todo había
valido la pena, y su fin había justificado por completo sus medios.
—Jesica, antes de llenarme de trabajo me traes un café por favor. —le pidió sin ceremonias a la
muchacha.
—Enseguida, señor —respondió ella diligente—. ¿Desea algo más?
Henry no se dignó a responderle, ni siquiera la miró, sencillamente pasó de largo y entró en su
oficina directo a acomodarse en la enorme silla de cuero tras su impresionante escritorio. Unos
instantes después, Jessica estaba de vuelta con el café.
—¿Quién ha dejado esto en mi mesa? —preguntó Henry frunciendo la nariz y crispando el labio
superior, en su habitual gesto de disgusto—. No tiene remitente.
—No lo sé, señor… Yo no lo he dejado ahí, pero es para usted. —le hizo saber al ver la etiqueta
que llevaba el nombre de su jefe.
—Bueno, ve por el café… Jesica, trae uno para ti… O lo que quieras, mientras me informarás lo
pautado para el día de hoy. —Obviando el comentario estúpido de su secretaria, lógicamente era para
él. ¿Para quién coño, más podría ser?
La secretaria asintió en silencio y salió de la oficina. Henry con el cejo arrugado, una vez estuvo
solo, rasgó el sobre y volcó el contenido sobre su escritorio. Tres trozos blancos de papel brillante
casi tan grandes como el sobre, estaban esparcidos frente a él, tremendamente intrigado los
amontonó y los giró en un solo movimiento.
Sus manos se quedaron congeladas, sus pupilas se dilataron y la garganta se le llenó al principio
con repulsión, y después con terror. A todo color, entre cintas de acordonamiento y pequeñas
plaquetas numeradas, estaba tendido en un oscurecido suelo lleno de despojos, el cuerpo quemado de
un niño.
Inmerso en un pánico paralizante apartó la fotografía y sus ojos se detuvieron en la siguiente, esta
vez era un acercamiento del abdomen del pequeño, la carne expuesta iba del rojo intenso a negras
secciones completamente carbonizadas, capas, de lo que suponía eran músculos y piel, se
superponían unas a otras en una macabra sucesión de desgarramientos. Dejó caer sobre la mesa las
fotografías, las náuseas habían espesado su saliva y el dolor se propagó vertiginoso por su cuerpo y
su mente.
Su mano izquierda voló desesperada hasta estrellarse contra su boca, sus dedos se clavaron en la
piel de sus mejillas, y la alianza en su dedo anular se apretó contra sus labios haciéndole daño. Sus
ojos abstraídos miraban sin ver un primer plano del rostro calcinado del niño. La fotografía exponía
con escalofriante detalle las pestañas chamuscadas, los labios rasgados, y el hueso malar expuesto sin
piel ni músculo que lo cubriera, una macabra blancura en medio del rostro ennegrecido.
En el extremo inferior de la última fotografía, desordenadas letras recortadas de diversos colores
y tamaños, rotulaban la imagen con una lúgubre palabra: Sébastien. Un bramido ahogado le lastimó
el pecho, contrayéndolo y expandiéndolo tan rápido, que estuvo seguro que le dolía el corazón
mismo. Pesadas lágrimas rodaron por su rostro, mojando su mano y nublando su visión. ¿Qué clase
de retorcido malnacido le había enviado aquello? ¿Cómo alguien podría saberlo?
Su cuerpo se había entumecido y la culpa se había apoderado de sus ojos, languideciendo su gesto
y su espíritu. Recuerdos y recuerdos invadieron su mente, pasando velozmente uno tras otro. Apretó
un labio contra otro y respiró hondo, secó sus lágrimas y con las fotografías en sus manos caminó
como un autómata hasta la máquina trituradora. Uno tras otro salieron los grupos de tiras, ahora las
impactantes imágenes no eran más que un horripilante rompecabezas, encerró los trozos de papel
entre sus dos manos y los descargó muy despacio sobre la rejilla de la moderna chimenea, accionó el
botón de encendido, y siguiendo el leve olor a gas, una rápida chispa activó el fuego. Poco a poco las
tiras empezaron a retorcerse hasta volverse grises cenizas. Quiso huir, pero no sabía cómo, así que se
redujo a retirar su mirada del fuego, pero lo que se encontró no hizo más que revolver sus demonios
e intensificar sus culpas. Sobre el marco de la chimenea un enorme cuadro lo mostraba a él, a
Morgana y a Megan, los tres vestidos completamente de blanco, cada uno luchando por mostrar la
más artificial de las sonrisas.
Quiso estrellar sus puños contra el frío retrato, pero sabía que jamás se atrevería, en cambio rugió
enfurecido y empezó a gritar tan fuerte que Jessica no tardó en entrar en su oficina con una bandeja
en mano, la colocó en el escritorio percatándose del estado alterado de su jefe.
—¡¿Quién coño dejó esta mierda en mi oficina?! —preguntó en un grito—. ¡¿Quién cojones ha
entrado en mi oficina?!
—No lo sé, señor —balbuceó Jessica—. Le preguntaré al personal de limpieza, señor. Se le enfría
el café señor. —La chica trataba de calmar los ánimos extrañamente alterados de su jefe.
—Déjalo ahí, sal y cierra la puerta, quiero estar solo de momento. Te llamaré para revisar la
agenda… Ve adelantar trabajo. —ordenó.
Henry se quedó fláccido, con los brazos colgando en sus costados y la mirada perdida en su
puerta. Nada lo había preparado para ello, de ninguna manera habría podido advertir algo como
aquello, y no tenía idea cómo hacerle frente.
CAPÍTULO 15
Una esculpida espalda desnuda ascendía y descendía acompasada por la calma respiración del
sueño tranquilo, y un brazo fuerte descansaba sobre una línea dorsal delicada, más abajo, una
torneada pierna reposaba dominante sobre un llamativo trasero. Sus rostros lucían serenos y parecían
estar plácidamente sumergidos en el más profundo de los sueños. Recuperando las energías
consumidas después de haber hecho un derroche con sus cuerpos enredados, en dos oportunidades
durante la madrugada y parte de la mañana.
—¡Rachell! ¡Rachell! ¿Estás en casa? —La estridente voz de Sophia, resonó demasiado animada
desde algún lugar en el apartamento.
Rachell escuchó la voz lejana que se acercaba cada vez más a medida que la sacaba del sueño
placentero en el que se encontraba. Sus parpados se abrieron reticentes y se despertó con una
deliciosa sensación de irrealidad, se pasó las manos por el cabello, parpadeando varias veces dejó
que sus ojos recorrieran la dorada pierna que la apresaba con tanta posesión, que odiaba admitir que
le encantaba como se sentía aquel peso sobre su trasero. Dios, el hombre estaba monumentalmente
bueno, las sábanas apenas si lo cubrían y toda esa piel latina se extendía cálida y tentadora frente a sus
ojos.
—¡Joder! –exclamó sorprendida. Se incorporó con violencia, haciendo que sus cabellos se
agitaran con energía y le cubrieran el rostro. Los pasos de su amiga aproximándose a su habitación
hicieron que entrara en pánico—. Samuel… Samuel, levántate. —le pidió en susurros, pero él en
medio del sueño sólo le llevó el brazo al torso obligándola a acostarse nuevamente—. ¡Qué te
levantes!
—¿Qué pasa? —preguntó él. Quejándose con un sensual ronroneó la pegó aún más contra su
cuerpo. Apenas abriendo sus dorados ojos felinos.
—Corre… Sophia, mi amiga… escóndete. —Lo instó cogiéndolo por una mano—. Esa puerta de
ahí es el armario.
—¿Ahora soy un adolescente? ¿Qué no eras suficientemente madura? ¿Una mujer dueña de sus
actos? —Decía él aún adormecido—. Y una mierda, no voy a saltar desnudo por la ventana.
Samuel entrecerró sus preciosos ojos mirándola con sospecha y desaprobación. Sí, la estaba
llamando absurda cobarde con una sola mirada, pero justo en ese momento le importaba un pepino.
Responder incomodas preguntas de Sophia implicaba que ella misma se detuviera a pensar en el
asunto, y sabía que su línea de pensamiento la llevaría inevitablemente a un lugar al que no quería ir.
—Cállate y escóndete —ordenó empujándolo con las manos hacia el armario.
—¿Y por qué lo haría? —La cuestionó—. ¿Qué me darás para que obedezca?
Rachell arqueó una ceja.
—¿Una patada entre las piernas?
Samuel le sonrió mordiéndose los labios.
—No creo que eso me motive mucho a mantenerme quitecito —le dijo antes de girarse y
abalanzarse contra ella, pegándola a una pared—. ¿Al menos obtendré después una recompensa si me
porto bien? —habló contra la piel de su cuello, rotando la pelvis contra ella.
Rachell gimió bajito, sintiendo que su pulso se desbocaba entre las provocaciones de Samuel y el
miedo a ser descubierta in fraganti por Sophia.
—Tal vez… —susurró.
—Me tomaré eso como un sí —sentenció él liberándola.
Lo dejó dentro del armario cogió un albornoz magenta que fluía ondulante sobre su cuerpo.
Amarrándoselo con rapidez salió del vestidor cerrando la puerta y se encontró con Sophia entrando
en su habitación.
—Hola —saludó a su amiga recuperando el aliento, frunció el ceño fingiéndose extrañada, cogió
una liga negra que reposaba desprevenida sobre la mesa de noche y se recogió el cabello en una cola
de caballo—. ¿Qué pasó Sophia?
—¿Qué pasó? —replicó su amiga con sarcasmo.
—Sí —continuó Rachell con el gesto demasiado serio—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué hago aquí?
—¿Ahora eres mi eco?
—Déjame pensar… —suspiró Sophia con dramatismo—. Son casi las diez de la mañana, no has
atendido ni mis llamadas ni mis mensajes, y… ¡Oh sí! Estamos en medio del lanzamiento de la nueva
colección en la tienda… —enumeró cada punto levantando los dedos de su mano derecha, después la
miró de arriba abajo antes de volver a hablar—. Veo que estás bien, ilesa y saludable… Así que…
¿Qué diablos te mantuvo en la cama? A ti, señorita puntualidad… O mejor dicho ¿Quién?
Rachell la observó con los ojos muy abiertos mientras preparaba una respuesta aceptable.
—¿Me estás diciendo que si un día decido permitirme la indulgencia de dormir más de la cuenta,
se debe expresamente a que esté en la cama con un hombre?
—¡Obvio! —Soltó Sophia con el mayor descaro y convicción—. No creas que no me he dado
cuenta de lo que haces Rachell Winstead…
—No sé de qué hablas Sophie, espérame aquí, haz lo que quieras, voy a ducharme… No tardo…
—¡Estás evadiéndome! —chilló Sophia.
—Sophie… Voy a ducharme
Sophia fijó la mirada en ella, como si achinando los ojos de alguna manera consiguiera leerle la
mente.
Samuel miraba el armario sin poder creérselo, dando vueltas su mirada se ancló a la segunda
planta, había estantes con cientos de zapatos, y ropa hasta para vestir a medio país, carteras y bolsos
de todos los tamaños, collares, docenas de perfumes, cremas, lociones, aceites. Vio tanto que empezó
a sentirse mareado ante el derroche de vanidad.
Sacudió la cabeza y caminó en dirección a uno de los espejos, pero se detuvo al ver una nota
pequeña y muy femenina, enmarcada con lo que parecía el dibujo de una enredadera de flores azules
y grises, picado por la curiosidad, leyó el encabezado.
“Sueños y Metas 2013”
Laborales.
* Lograr la publicidad completa de la colección otoño – invierno.
* Viajar a Milán para el desfile de Giorgio Armani (Sólo si pudiese al menos acercármele, sería
un bono extra, pero con mi italiano solo daré vergüenza), bueno, es una lista de sueños, sé que no
todos se harán realidad.
* Hacer todo lo posible para entrar al Fashion Week del mes de octubre.
* Que durante el año no me falte la inspiración.
Personales.
* Viajar en un coche clásico, al mejor estilo Thelma y Louise, sólo para ver un atardecer en el
gran cañón.
Samuel estaba sonriendo, impredeciblemente enternecido y por completo fascinado por lo que la
cándida y dulce lista le revelaba. Había mucho de Rachell que él aún no había visto, bajo su coraza de
mujer fatal estaba encubierta una chica dulce. Esos hermosos ojos violetas le habían mostrado
siempre lo que debió ver: serenidad e inocencia. Y eso lo estaba enloqueciendo, porque le encantaba,
le resultaba irresistible saber que ella era una mujer guerrera luchando por sus sueños, ambiciosa y
talentosa, dura por fuera porque era así como se protegía del mundo, pero suave y tierna en el fondo,
algo que estaba seguro, nadie había descubierto en realidad, y él quería ser el único en saberlo,
conocerla de verdad y proclamarla suya.
¿Qué mierda le estaba haciendo esa mujer? Tal vez si hubiese estado en el armario de otra, las
metas personales tendrían al menos diez opciones más, entre las cuales estarían probablemente
encontrar al hombre de sus sueños, casarse, tener hijos y vivir felices para siempre.
—Cojones, qué empeño el de las mujeres que no se dan cuenta que sueñan con imposibles —
murmuró regresando donde su ropa estaba hecha un nudo.
Estaba por recoger su pantalón del chándal cuando la puerta se abrió a medias, Rachell entró y
cerró.
—Tengo que irme, no salgas hasta que yo te avise, te llamaré —le dijo en voz baja.
—¿Y me dejarás aquí solo? En este lugar me siento abrumado. ¿Esto es real? —inquirió girando
el dedo índice para señalar la habitación de dos pisos que era su armario—. Es algo exagerado todo
esto, ¿no crees? —preguntó acercándose a ella.
—Soy diseñadora, ¿qué esperabas? Me apasiona la ropa, es mi vida. —Se defendió. Un temblor
sacudió su cuerpo cuando sintió las manos de Samuel posarse en sus caderas.
—Tienes razón ¿esto es más que ostentoso derroche, verdad? —La aguijoneó—. Lo sé Rachel,
esto es lo que eres, todo el lugar tiene tu espíritu, tu huella, no entiendo una mierda del asunto, y te
aseguró que no sabría qué hacer con el noventa por ciento de lo que hay aquí, pero en este lugar se
respira tu talento, tu visión, puedo sentir tu pasión, justo aquí, y realmente me asombra y me
impresiona.
Ella guardó silencio, generalmente despreciaba los artificiales cumplidos que los hombres le
hacían con el fin de seducirla, pero aquello había sido diferente, esas palabras la habían complacido
de verdad, y le encantaba que hubieran salido justamente de su boca.
—Gracias, fiscal. —susurró—. Ahora suéltame, ya te dije que tengo que irme a trabajar.
—Todo a su tiempo mí querida diseñadora, de momento… —le dijo besándole la sensible piel del
cuello—. Reclamaré mi merecida recompensa, después de todo me mantuve muy quietecito.
—Yo no te prometí nada, Samuel —murmuró ella antes de sacar rápidamente la lengua y rozarle
con la punta sus preciosos labios.
—Eres… Deliciosa… Juro que no te dejaré ir sin que te haga correrte una vez más —le aseguró
abriéndose espacio con su lengua y hurgando en su boca, mientras sus ávidas manos alzaban la seda
de la bata para acariciarle los muslos.
La miraba a los ojos, quemándola con su dorada mirada, y ella vacilaba mientras espiaba con
nerviosismo la puerta, lo último que quería era que Sophia los descubriera, pero tras cada caricia de
Samuel, el resto del mundo le importaba en una mierda.
—No… no puedo, Samuel. Sophia está esperando en la habitación —musitó, sintiendo su vientre
arder y las piernas temblar, intentó evadirlo, pero en cambio sus ojos fueron a posarse de nuevo en el
intrigante y seductor tatuaje que le cubría casi todo el costado—. Nos va a escuchar.
Samuel ronroneó como un gato, sonriéndole con perversidad.
—Shhh —siseó Rachell apoyando el índice sobre sus hinchados labios.
Samuel frunció la boca sobre su dedo y la mordió.
—No soy yo el ruidoso aquí…
—Yo puedo ser silencioso, prometo que seré rápido… —pidió mirándola a los ojos, mientras su
miembro se izaba como bandera el cuatro de julio, orgulloso y ansioso, desamarrando rápidamente y
a ciegas la bata.
—Samuel —murmuró negando con la cabeza, pero su piel cálida gritaba lo contrario.
Antes de que ella hubiera podido decir algo de nuevo, él la había elevado, anclándola a sus
caderas y pegándola con fuerza contra la pared, al tiempo que volvía desesperado a capturar sus
labios.
Entonces se detuvo mirándola a los ojos, y ella pudo ver como una lucha interna parecía debatirse
en su mente, su respiración agitada y pesada hacía una contradanza con la suya propia, como si el
aire que salía de ellos les exigiera que concretaran aquello de una buena vez. Aun así, se habían
detenido.
—No tengo más condones.
Ahora la lucha silenciosa se desató dentro de Rachell, por un par de minutos, ninguno dijo nada.
—¿Estás sano, Samuel?
Él asintió con fuerza.
—Sí, te lo juro, jamás corro riesgos. —Agachó la cabeza y cogió aire, entre ellos, su erección
palpitaba impaciente—. Me chequeo regularmente, estoy completamente saludable.
La duda se agitó en los ojos de Rachell, sin embargo, había cruzado ya una línea invisible que le
impedía retornar, el deseo y algo más que no sabía que era, le pedían que confiara en sus palabras,
pero ella seguía resistiéndose mientras las perlas de sudor en su cuerpo y sus pechos inflamados le
suplicaban que sucumbiera. ¿Cómo confiar? Ella no sabía hacer tal cosa.
Pero al ponerlo todo en perspectiva, comprendía que él estaba arriesgando tanto como ella,
estaban jugando el mismo juego y estaban haciendo la misma apuesta.
—Yo también estoy sana.
—¿Te estás cuidando?
—Sí… claro, aunque no deberías confiar en mí ciento por ciento. ¿Y qué si quiero el príncipe
azul, castillo y niños corriendo por el jardín?
—En este momento te creo… Lamentablemente no he salido de un cuento de hadas, los castillos
tienen mucha humedad y no está en tus planes tener un hijo, te joderías tú, no yo —respondió
atravesándola con la mirada—. Claro, podría hacerme responsable por un hijo, pero sé que no es lo
que quieres de momento. —Y sin darle tiempo a reaccionar, se hundió implacable en su interior.
Rachell gimió estrepitosamente, aferrándose con las manos a sus hombros. Sus labios empezaron
a recorrer los de Samuel, con respiraciones ahogadas, acariciándole las mejillas, mordiéndole la
mandíbula. Subiendo una de sus manos lo haló sin cuidado de los cabellos, mientras él susurraba
palabras incomprensibles contra su piel.
—Más —exigió ella halándole el cabello de nuevo—. Más fuerte.
Samuel llevó una de las manos a sus redondeadas caderas y abandonó su cuerpo, con la mano
libre encerró su pene y sonrió. Rachell se mordió los labios, y él volvió enterrarse en ella. Una vez
más salió de su cuerpo, y ella lo maldijo con un murmullo colérico, pero antes que ella pudiera
volver a reprocharle nada, deslizó su erección entre sus pliegues, frotándose contra la dulce dureza
de su clítoris. Rachell gimió y sus ojos violetas se encendieron, Samuel comprendió que aquello era
una orden tajante para que volviera a enterrarse en su cuerpo.
Una poderosa embestida la dejó inmóvil contra la pared, él suavizó su toque, bajando lentamente
hasta posar la mano en uno de sus pechos. Gruñó excitado, y disfrutó de la suave y turgente piel el
tiempo que quiso para después bajar sus manos e incrustar los dedos en sus muslos, penetrándola con
fuerza salvaje, haciendo que sus talones golpearan la pared de madera con un sonido seco y
repetitivo, un brusco compás que resonaba cada vez que la embestía.
Su polla se deslizaba con riquísima facilidad cada vez que salía y entraba en ella, estaba tan
mojada que cada acometida se hacía más sensible y placentera, mientras el interior cálido y suave de
su coño lo apretaba hasta enloquecerlo, nublándole la mente con sus escandalosos gemidos.
—Shhh —La silenció antes de taparle la boca con sus besos—. Cállate.
Aquello había sido una orden, tajante, arrogante y jodidamente sensual. Iba contra sus principios,
contra sus convicciones obedecer sus palabras y aceptar que la callara con la despiadada presión de
sus labios, pero en aquel momento todo parecía perder sentido y ella quería que él la siguiera
silenciando con besos. Pero al final no fue suficiente, y él no encontró otra opción que amordazarla
con una de sus manos.
—Sshhh… shhh… —le pidió sin detener sus acometidas.
Rachell apenas podía respirar, tenía la boca tapada por la mano y el aire que tomaba por su nariz
no era suficiente. Los latidos de su corazón desbocado retumbaban en todo su cuerpo, la humedad y
calor en el ambiente hacían que todo fuera aún más desesperado, ni en sus más locos sueños hubiese
permitido que un hombre le tapase la boca, iba en contra de su juramento, aunque jamás se lo había
planteado en una situación como aquella.
Tras dos estocadas más, Rachell se tensó y convulsionó con un orgasmo alucinante, esta vez
Samuel no se detuvo, siguió bombeando dentro de ella una y otra vez, con rapidez, precisión y
fuerza, hasta que alcanzó la gloria. En un movimiento rápido salió de ella, presionó su polla contra el
abdomen de Rachell y la llenó de besos, pegando su frente a la de ella.
Las suaves contracciones de su increíble miembro la hipnotizaron, al tiempo que los chorros de
semen salían expedidos contra la piel de su estómago y el rostro de Samuel se crispaba en una mueca
de placer insoportable. Todo fue rápido y brutal, todo fue increíble. Rachell sintió el caliente y espeso
líquido correr por su piel, mientras Samuel volvía besarla, esta vez con la languidez que trae consigo
el ataque del placer.
—Debo ducharme e irme a la tienda —le dijo con la voz aún ahogada.
Samuel no dijo nada, simplemente sonrió, de aquella usual manera preciosa e indescifrable. Se
apretó contra ella, sosteniéndola con la pelvis contra la pared, y abriendo un cajón sacó desprevenido
un pedazo de tela que resultó ser una media de seda y encaje. Sin reparos la deslizó por el vientre de
Rachell, limpiando los restos de semen en sus cuerpos. Apartó la maltrecha media y la bajó a ella
despacio, después pasó los dedos por la bata hasta encontrar el lazo y anudarlo.
—Ahora si estás lista para tu ducha, acomódate el cabello o de lo contrario tu amiga se dará
cuenta que estoy aquí.
Ella no dijo nada, temblorosa dio un par de pasos hacia atrás, se deshizo la cola de caballo
desbaratada se la volvió a armar, mientras pensaba si debía preguntarle qué pasaría después de eso, si
acaso él vendría esa noche o si aquello había sido todo, si ya no se verían más. Pero no se atrevió a
hacerlo, su orgullo no se lo permitió, sólo le regaló una sonrisa y empezó a buscar ropa.
—Odio cuando no sé qué ponerme —comentó con media sonrisa, tratando de parecer lo más
natural posible, aunque sabía que aún se encontraba temblorosa por el orgasmo reciente.
Sophia la miraba con las cejas levantadas a través del cristal que dividía la habitación de su
estudio, sentada en la silla del escritorio
—Prometo ducharme rápido —le dijo, y sin esperar respuesta entró al baño.
Trató de ducharse lo más rápido posible, mientras sentía el corazón brincando en su garganta y
aún no sabía si se debía a la emoción o al temor, era estúpido sentir miedo por Sophia, ella no la
juzgaría, si le decía lo comprendería y se marcharía, y así no tendría que tener a Samuel encerrado,
pero no le gustaba que ella se diese cuenta de sus debilidades como mujer, no cuando siempre vivía
renegando de los hombres.
Salió del baño envuelta en una toalla color ciruela y antes de entrar nuevamente en el vestidor,
divisó a su amiga revisando sus cuentas de redes sociales.
—Ya estoy casi lista —gritó fingiendo una sonrisa.
—No te preocupes, tómate todo el tiempo que necesites —respondió Sophia despreocupada—. Ya
le escribí a Oscar, me dice que está tranquilo… debemos pasar primero al taller a ver cómo van con
la colección.
Rachell entró y sacó ropa, zapatos, bolso, maquillaje, lencería, siendo con esta última más
precavida, para que Samuel no la viese. Él se encontraba sentado en las escaleras, ya se había puesto
el chándal y parecía concentrado en su teléfono.
Samuel aprovechó que ella le dio la espalda, y la contempló en silencio. Era enigmática y
atrayente allí tan sólo con la toalla, deseó poder besar la piel húmeda de sus hombros, secarla
completamente con su lengua.
—Tengo una duda… referente a tus guardaespaldas. ¿Han estado esperando por ti en algún lugar
cerca de mi edificio todo este tiempo? —inquirió desconcertada.
Él bajó rápidamente la mirada a su teléfono, logrando exitosamente en que ella no lo descubriese
admirándola.
—No —le respondió con los ojos puestos en el móvil, después se detuvo y volvió a calentarla con
su mirada—. Me les distraje anoche.
Ella se encaminó al otro extremo del lugar que era dividido por unos armarios, minutos después
apareció vestida con los atavíos de mujer fatal. Esta vez, un ceñido pantalón de cuero negro y una
blusa corbatón rosa coral. Una perfecta metáfora de ella misma, el rudo cuero adhiriéndose sensual a
sus piernas, y el suave rosa ondeando desprevenido sobre su torso. De nuevo estaba maquillada, lucía
preciosa, arrebatadora, admitió Samuel. Pero él quería volver a encontrarse con la chica de la
madrugada.
—¿Qué haces? —preguntó Rachell, sonriente al verlo con el ceño fruncido, como si estuviese
molesto por algo, mientras ella elegía unas gafas de sol color ocre, se los probó rápidamente y los
puso en el estuche dentro de su bolso.
—Trabajo —respondió con un tono de voz tranquilo que contrastaba con su semblante tenso.
Ella no quiso preguntar nada más, sólo asintió en silencio y acomodó su cabello en un audazmente
desordenado moño sobre su coronilla, le dedicó una última mirada a Samuel, lamentando que ahora
llevara su chándal, y salió del vestidor.
Al entrar en su habitación se encontró a Sophia sentada en uno de sus pufs, con las piernas
cruzadas y el brazo extendido. De su índice colgaba un trozo de tela negra.
—Conocía tu debilidad por Dolce & Gabana, pero no sabía que habías empezado a usar slips.
Rachell se decidió a ignorarla buscando la carterita con sus tarjetas y documentos.
—¡Oh! —Exclamó Sophia inclinándose cerca de la cama—. ¿Pero qué tenemos aquí…?
Rachell dejó que sus ojos descendieran guiados por la mano de Sophia hasta detenerse en su
pequeña papelera metálica.
—Sí… exactamente eso… ¡Un condón! Usado por supuesto. —Brincó Sophia como si hubiese
encontrado la olla llena de oro al final del arcoíris.
Toda la sangre abandonó el rostro de Rachell, debatiéndose entre la rabia consigo misma por
obligarse a ocultar algo de lo que en el fondo no debería avergonzarse, y el bochorno que sentía por
culpa de la entrometida de Sophia.
—¿Crees que soy de piedra? —Decidió que la mejor defensa era el ataque—. Tengo necesidades.
—Claro que las tienes —bufó Sophia—. Ya había empezado a rezar porque las ganas te sacudieran
la razón, vivir sin sexo no debe ser saludable, abstenerse debe ocasionarle algún daño al cerebro.
Rachell no dijo nada, cerró su bolso y fingió buscar algo sobre su cómoda.
—¿Y bien? —Golpeó Sophia rítmicamente el suelo con la punta de su zapato—. ¿Quién es? —
lanzó los slips que Rachell cogió ágilmente.
—Pero… y tú… ¡Ay por Dios, Sophia! —masculló Rachell atropellando sus palabras—. ¡Es nadie!
Nos vamos, vámonos —intervino colocando la prenda sobre la mesa de noche—. Ya es tarde.
Rachell salió de la habitación con rapidez, sabía que Sophia la seguiría al instante, y así no
seguiría corriendo el riesgo que encontrara a Samuel en su armario.
Las dos se detuvieron frente al ascensor en silencio, segundos después, las puertas se abrieron y
Sophia entró tras ella presionando el botón del sótano.
—Es el fiscal brasileño, a ése era al que le tenías ganas —soltó con seguridad—. Te apuesto una
de mis tetas
Rachel simuló concentrarse en su manicura que ya empezaba a exigirle un cambio.
—Porque bastantes ganas si le traías… Pero dime ¿Sabe a justicia o a caipirinha? —insistió la
pelirroja.
—¡Sophia!
—No me mientas, sabes que no puedes mentirme
—¡Está bien! ¡Sí! ¡Fue Samuel! ¿Contenta? —exclamó sintiéndose más segura al saber que Samuel
no podría escuchar la conversación.
—¡Contenta es poco! —Aulló Sophia emocionada—. ¡Y que polvazo se han echado en mis
narices!
Rachell giró violentamente su cabeza, mirándola con el rostro encendido y los ojos muy abiertos.
—Sí —respondió Sophia la pregunta silente—. Claro que me he dado cuenta, ¡ay! Vamos,
Rachell… no soy estúpida, crees que no tienes los labios hinchados… sé que lo has dejado en el
vestidor escondido, y que te lo has follado mientras yo esperaba como una tonta. ¡Perra suertuda!
—¡Sophia, por favor!
Sophia la ignoró y siguió su parloteó emocionada.
—Y es que olvídate, si como baila se mueve en la cama, ay nena, tendremos que parar en la
farmacia por un anti-inflamatorio, porque yo que tú, le habría dado hasta que me fracturara.
Rachell tenía la boca abierta, entre divertida y espantada, la lengua de Sophia no conocía límites.
—¿Cuántos echasteis? —continuó Sophia su diatriba.
Las puertas del ascensor se abrieron y Rachell caminó directa hasta su coche.
—¡Ya, Sophia! ¡Ya, por favor! —pidió sin poder ocultar su sonrisa, ni su rostro enrojecido.
—No seas egoísta Rachell, comparte tu dicha conmigo, mira que soy una pobre miserable sin vida
sexual —le reprochó haciendo un puchero—.Vivo a través de tus aventuras.
—No soy egoísta, sólo que es mi privacidad y no vas a meterte en ella. ¿Entendido? —inquirió
encendiendo el coche y poniéndolo en marcha.
Sophia refunfuñó acomodando el cinturón de seguridad.
—Te podrás haber duchado, perfumado y lo que quieras, pero tienes cara de recién follada, toda
tú brillas, se te ve distinta, Rachell, te ves contenta.
—¿Y qué esperabas? —Rachell pretendió indiferencia—. El hombre es increíble en la cama.
—Con este sí que has acertado, está buenísimo, es exitoso, un amante de ensueño, y está forrado
de dinero.
—No —le dijo al frenar bruscamente frente a un semáforo.
—¿No? —la cuestionó Sophia—. Ya ves el despacho de abogados que tiene, estuve buscando en
internet y su cartera de clientes es selecta, no baja de grandes empresarios, tiene hasta actores y
actrices de Hollywood, músicos, equipos de fútbol americano, de béisbol… ¡Tiene a los Mets!
Además de tener trabajando para él a cuarenta y dos abogados. ¿Tienes idea de cuánto debe ganar
mensual? Eso sin contar el sueldo de fiscal. ¿Y qué me dices de su tío? Que por cierto está bien
bueno, es uno de los tipos más ricos de América, así que Samuel puede darte el cielo si quieres, no
me refiero al cielo mientras te corres, digo literalmente… pero no quieres pedirle nada, y cuando una
no quiere pedirle nada a cambio a un hombre es porque… ¡estás jodida! —exclamó con una gran
sonrisa.
—Es muy joven, Sophia. —intentó Rachell explicarse—. Y no quiero…
—¿Por qué no quieres Rachell? ¿No fue así como lo hiciste con Richard? ¿No era lo que pensabas
hacer con Henry Brockman? Porque bien recuerdo que no le soltaste nada a Richard hasta que
escrituró el apartamento a tu nombre.
—Con Richard fue por placer, no he estado con un hombre que no desee y lo sabes, además no fue
sólo eso —soltó con cierto tono amargo—. Era virgen… Richard me encantaba, pero todo era
demasiado nuevo para mí, en aquel momento no creí que sus intenciones conmigo sobrepasarían
unos cuantos meses de diversión, si iba a entregarle algo tan importante, pues él debería
compensarme de alguna manera, lo creí justo.
—Lo sé, Rachell, y también sé porque no le pedirás nada al fiscal.
—A veces las cosas se hacen por simple placer, no quiero nada más de Samuel… —dijo sin
mirarla—. Y el placer por el placer no es útil, así que cortaré el asunto, ya lo he probado, fue
fantástico… no necesito nada más, fin de la historia. —El silencio reinó unos minutos hasta que la
misma Rachell lo rompió—. Búscame una cita con Brockman a ver cómo va lo de la publicidad.
—Si tú lo dices… —susurró Sophia y buscó en su bolso el móvil—. ¿Cuándo quieres reunirte con
Brockman? ¿La próxima semana o ésta? —le preguntó haciendo las anotaciones en la agenda y
preparando el correo electrónico.
—Esta misma semana, dile que el viernes, sé un poco más tajante, vamos a la yugular de
Brockman —acotó con decisión.
Se quedaron en silencio mientras conducía, con la música en un volumen bajo, Sophia sabía que
no estaba bien lo que su amiga planeaba hacer, pero Rachell era más terca que una mula pequeña, por
lo que no quiso seguir hablando.
Rachell estaba demasiado ocupada lidiando con los placenteros recuerdos que Samuel Garnett
había dejado en su cabeza. Intentaba evadirse, borrarlos, pero el inquietante palpitar entre sus piernas
le suplicaba por repetir y sucumbir, sintiendo cómo los pezones se despertaban ante una leve
evocación de lo sucedido durante la madrugada.
Se empeñaba en detener el recuerdo del placer, pero sólo conseguía reemplazarlo por las miradas
y sonrisas de Samuel Garnett. Ella no quería sólo complacer a su cuerpo, no, ella quería saber más de
él, quería saber por qué temía más a los vivos que a los muertos, quería saber que escondía su sonrisa
misteriosa, quería saber qué lo había impulsado a ir hasta su apartamento en medio de la madrugada,
porque sabía que era algo más que simple consideración por sus pesadillas.
La melodía de la siguiente canción hizo que automáticamente elevara el volumen. Aunque fuese
una chica joven le encantaba la música de los setentas y ochentas, sobre todo si se trataba de los Bee
Gees, y sin proponérselo empezó a tararear.
Sophia la miraba de soslayo, entre sorprendida y sonriente, tratando de parecer lo más normal
posible e intentar enviar el correo con éxito. A Rachell poco le gustaba este tipo de música, si las
escuchaba, pero… ¿cantarlas? ¡Jamás! Para ella la música romántica era cursi, y la única utilidad que
le encontraba era la inspiración mientras bocetaba.
Ciertamente, como rezaba el dicho, primero ven el incendio los de afuera que los de adentro, y
Rachell estaba en llamas y no se había dado cuenta. No podía huirle toda la vida al amor, el
sentimiento llegaba sin avisar, únicamente esperaba que no metiera la pata.
****
Thor no podía evitar sentirse molesto, aunque no era un chismoso, estuvo a punto de llamar a su
padre e informarle de la desaparición misteriosa de Samuel. Se había escapado durante la madrugada,
dejando en ridículo a los guardaespaldas. No atendía las llamadas, y tal vez si no hubiese tenido ese
comportamiento extrañamente agresivo desde hacía dos semanas, lo dejaría tranquilo, pensaría que
se fue con alguna de sus amantes, pero nunca había salido sin avisar. Esta vez no se había dignado a
responder las llamadas, no fue sino hasta medio día que se comunicó con él para dejarle saber que
estaba durmiendo en el apartamento.
Thor entró en el apartamento encontrándose a las mujeres de la limpieza, las saludó amablemente
y subió a la segunda planta. Sin llamar a la puerta, entró a la habitación de Samuel esperando
encontrárselo dormido, pero sólo escuchó una música que lo desconcertó e hizo que su cara se
transfigurara ante el horror. Quiso quitarla inmediatamente, era como si se tratase de alguna melodía
para conjurar al demonio, con el rostro congestionado, tuvo que morderse un “Vade retro Satanás”.
Superando un poco la situación, escuchó la regadera, por lo que se encaminó al baño casi
convulsionando, lo cual empeoró cuando escuchó a Samuel cantando mientras se duchaba, como si la
canción no fuese suficiente, él terminaba de joderla con su voz.
—I'm gonna take a little time,
a little time to look around me,
I've got nowhere left to hide…
It looks like love has finally found me,
in my life there's been heartache and pain…
I don't know if I can face it again.
I can't stop now, I've traveled so far to change this lonely life…
I wanna know what love is. I want you to show me… —
Samuel cantaba el tema de Foreigner, mientras terminaba de ducharse abrió los ojos y sacudió la
cabeza para deshacerse de los restos de agua, cuando la puerta de cristal de la ducha se abrió, agarró
una toalla que sorpresivamente Thor le lanzaba.
—¿Quién coño eres y qué has hecho con mi primo? —preguntó con burla, olvidando su molestia
de momento y haciendo una mueca nauseabunda—. ¿Estás ahí dentro, Samuel? Tranquilo, te llevaré
para que te exorcicen. ¡¿Qué mierda escuchas?! —exclamó sin salir del asombro. Encaminándose a la
habitación. Apagó el reproductor de música.
—Nada, sólo estaba en la lista de reproducción…y no podía quitarla, y es evidente que me estaba
duchando —explicó poniéndose la toalla alrededor de las caderas.
—¿Estás bien, cabrón? Porque una cosa es que desaparezcas en medio de la madrugada y no des
señales de vida, y otra muy distinta es que de repente te encuentre cantando esa mierda. ¿Por cierto,
dónde diablos estabas metido? —inquirió recordando el motivo de su presencia ahí.
—Estoy bien, estoy perfectamente bien y yo no estaba cantando —aclaró mientras volvía al
armario. Entró y buscó en el cajón unos bóxer brief grises, se quitó la toalla y la lanzó sobre un
sillón, se los colocó y cogió una camisa la cual se puso sin abotonar, regresó a la habitación—.
Estuve con una chica, eso es todo. ¿Cuál es la gran preocupación? No es la primera vez que no
duermo aquí —expuso abriéndose de brazos de manera despreocupada.
—Es la primera vez que sales de madrugada.
—Bueno, hay necesidades que no pueden esperar —acotó de manera casual.
—¿Y para qué existe el cine porno? O estoy seguro que si llamas a Lucille, te hubiese hecho un
show por la webcam. Ya hemos tenido cybersexo con ella… ¿Por cuánto? ¿Dos años? Sabemos que
es de fiar.
—No quería porno, ni los shows de Lucille. —Samuel le dedicó una mirada grave a Thor
mientras se abotonaba la camisa—. Quería a la mujer con la que estuve, sólo deseaba a esa mujer, no
hay más explicación.
El móvil de Samuel repicó y los dos se dedicaron una mirada alarmada. Un caos de piernas
corriendo y brazos golpeándose se desató. Al final, Samuel fue el ganador y cogió el móvil.
—¡Eso es! ¿Quién cojones te llama? —gritó Thor burlón.
—¡Tu madre me llama! —escupió Samuel con una sonrisa malvada.
—No —respondió Thor—. Estoy seguro que no es mi madre, ahora mismo seguramente se estará
follando algún modelo veinte años menor que ella —dijo riendo—. Está bien, me largo, atiende tu
conquista, ya sabes, si está buena la compartimos —indicó antes de salir.
—¡No! —Respondió Samuel con tanta fuerza que él mismo se sorprendió—. A ella no la voy a
compartir.
—¡Maldito cabrón! ¿Cómo puedes ser egoísta con tu querido primo? —Refunfuñó—. ¡Ya verás,
cuando yo haga mis nuevas conquistas, comerás mierda Samuel! Y no creas que se me escapa que te
tienen bien agarrado de los huevos.
—¡Fuera de aquí! —le exigió Samuel arrojándole con fuerza la toalla mojada.
Thor se rio esquivando el ataque.
—Te espero para comer —le dijo antes de abandonar la habitación.
Una vez solo, Samuel vio la llamada perdida y presionó la tecla de rellamar. Esperó, esperó y
esperó, sin recibir contestación, por lo que lo intentó una vez más, no quería dejar un mensaje de voz,
rellamó, repicó dos veces y por fin escuchó la voz de Rachell.
—Para la próxima, ¿podrías decirle a Luz que has dejado a un hombre en tu vestidor? Me ha
echado a escobazos —le hizo saber sin siquiera saludar, ante lo que ella soltó una carcajada.
—Lo siento, olvidé ese pequeño detalle —respondió Rachell riendo, y a él, escuchar el sonido de
su risa le alegraba infinitamente, le hacía sentirse muy bien.
—Me gritaba ¡Fuera! ¡Fuera! —decía Samuel hablando en español, imitando estupendamente el
acento de la mujer colombiana encargada de la limpieza en casa de Rachell.
Al escucharlo a través del móvil, sólo podía reír, era realmente distinto a todo lo que había
conocido hasta ahora de él, era divertido, tanto como lo vio comportarse el día de la fiesta con sus
amigos.
—¿Y qué te ha dicho, Sophia? —pregunto él retomando la conversación.
—Obviamente lo supo todo, todo el tiempo, sabe que pasé la noche contigo y que estabas
escondido en mi vestidor —susurró Rachell con la voz tensa.
—Claro que lo sabía, eres demasiado evidente… ya te lo he dicho. —Rachell gruñó por lo bajo, y
los dos volvieron a quedarse callados.
—Te llevaré a cenar esta noche —sentenció Samuel—. Pasaré a las ocho y media por ti, si por
alguna razón no puedo, te lo dejaré saber con antelación, lamento que sea de esa manera, pero a
veces estoy obligado a atender casos sin previo aviso.
Rachel lo interrumpió con voz zumbante y alta.
—Eh, eh, eh ¡Detente ahí fiscal! ¿A ti quién te dijo que puedes disponer de mi tiempo? Mala
jugada, has empezado mal, muy mal. —Lo previno ella sin poder ocultar la estúpida nota de
diversión en su voz.
—¿Empezamos? —ironizó Samuel
Ella se tragó una maldición —Lo que sea…
—Sí, lo que sea —acordó Samuel—. No habrá un maldito caso que me lo impida Rachell, estaré
ahí a las ocho y media. —Y colgó la llamada sin darle oportunidad de replicar. Lanzó el iPhone sobre
la cama y regresó al vestidor, se puso un traje gris, camisa blanca y corbata azul grisáceo.
CAPÍTULO 16
Samuel se encontraba en su oficina de la torre Garnett reunido con Charles Laughton, uno de sus
abogados, quien le había traído el contrato del nuevo fichaje de los Mets. Los fuertes y elegantes
dedos pasaban una a una las delgadísimas hojas del interminable contrato lleno de pequeñísimas
letras. Estudiando el documento despacio con las cejas rígidas e inclinadas sobre el rictus en su
frente.
—Dieciséis millones de dólares por dos años… creo que debí ser beisbolista y no abogado —
comentó Laughton soltando un silbido.
—A veces pienso que es una exageración esto de los fichajes. —Estuvo de acuerdo Samuel con los
ojos aún puestos sobre el contrato—. A Rodríguez los Marlins le están pagando ciento trece millones
por seis años… Ya no tendrá de qué preocuparse por un buen tiempo. —Clavó su mirada burlona en
Laughton—. Como beisbolista hubieses fracasado Charles, no ganas precisamente cantidades
exorbitantes, pero al menos tienes para vivir bien, no te quejes… No conmigo.
—¡A la mierda contigo! Me voy a Glee —vociferó Laughton sonriente, azotando con la punta de
los dedos el reposabrazos de su silla.
—Ve a ser un corrupto y a lamerle el culo a Jude Caine —le dijo Samuel, cerrando la carpeta en
sus manos y acomodándose en su escritorio. Girando la silla, Samuel continuó el juego—. Cuando
llegues a su pequeño edificio, no olvides darle mis saludos a Emma.
—Emma, maldita loca… No la quiero ver ni en pintura —silbó Laughton estremeciéndose.
Samuel se rio con fuerza reclinando la cabeza sobre su mullido sillón de cuero—. Por cierto —Lo
cortó Charles—. ¿No ha vuelto la pelirroja bajita? La que tenía el paraíso en las tetas.
—¿Te refieres a Carey? —preguntó Samuel agrupando todos los papeles en un enorme folio gris
plomo.
—Sí, esa misma —ronroneó Charles.
—Regresó a Holanda.
—¿Lo pasaste bien con ella, verdad?
Samuel se redujo a sonreír, mientras cientos de palabras no dichas cruzaban sus ojos.
—Es con la que te he visto pasar más tiempo, Garnett —siguió Laughton—. ¿Cuánto fue? ¿Una
semana? —bromeó con sorna.
—Algo así como dos meses, más o menos… no era intensa, sabía darme mi tiempo, la verdad es
que fue buena amiga y buena amante, creo que es lo importante. No hacía preguntas, ni se enrollaba.
—Todo lo contrario de Emma, hermano, lo último que haré nuevamente será tirarme a una
fiscal… Son jodidas.
Samuel volvió a reírse de buena gana, conocía a Emma, la temible fiscal tenía delirio de militar
—Por cierto —retomó Charles—. Hace algunas semanas vi un pecado errante, con unas piernas y
un culo hechos en el Edén, estaba en el ascensor, me dijo que era diseñadora de interiores o algo así,
y que estaba redecorando en tu casa…
—Sí —lo interrumpió Samuel con la voz seca y cortante, mientras inadvertidamente apretaba
entre su puño su lisa pluma Mont Blanc negra, y con la mano opuesta frotaba impaciente el pequeño
zafiro solitario que estaba incrustado en la parte superior de la pluma.
Varias sensaciones, emociones y pensamientos atravesaron su mente, de repente se había puesto en
alerta máxima, sus entrañas se habían contraído y se sentía jodidamente molesto. Un algo
indeterminado e irracionalmente territorial se abría paso en su interior.
—La señorita Winstead —Volvió a hablar con la voz tensa—. Es… —Entonces fue interrumpido
por el suave pitido del comunicador de su secretaria—. Dime, Vivian —contestó cogiendo aire.
—Señor Garnett, una joven lo solicita, dice que se trata de una emergencia —informó Vivian con
profesionalismo.
—¿De quién se trata?
—La señorita Megan Brockman —contestó la mujer.
Samuel inspiró profundamente y después liberó el aire lentamente, mientras meditaba sus
siguientes palabras.
—Está bien, por favor hazla pasar, Vivian. —Y sin decir más, cortó la comunicación
—Bueno, supongo que esa es una patada en mi trasero para que me largue de aquí —bromeó
Charles mientras tomaba el folio en sus manos—. Nos vemos.
Samuel asintió y Laughton se dio la vuelta en dirección a la puerta, al abrirla se cruzó con Megan.
Con el gesto serio la estudió unos segundos, las elecciones de su jefe siempre eran cautivadoramente
curiosas.
—Buenas tardes —saludó con cortesía a la chica.
—Buenas tardes —respondió Megan bajito, con la voz muy tímida.
De inmediato Samuel se puso de pie para recibirla, y una vez más, ella se detuvo a apreciar su
increíble belleza. Su rostro, a pesar de su rudeza y severidad, resultaba muy agradable, casi dulce.
Había algo muy emocionante al verlo, siempre podía sentir como su pecho se llenaba de algo
parecido a la alegría, junto a él se sentía sencillamente feliz, su corazón latía con más potencia y ella
deseaba con todas sus fuerzas quedarse a su lado tanto como le fuera posible.
—Hola Megan —la saludó él con suave cortesía—. Siéntate por favor.
En silencio, alcanzó la silla y se sentó.
—Hola Samuel —murmuró recorriendo con los ojos muy abiertos la enorme oficina.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó él sonriendo.
—Eh… —vaciló repentinamente abrumada por la sofisticación y ascetismo del despacho, era
como si de pronto Samuel fuera un adulto, demasiado distante de su propia realidad adolescente.
Él volvió a sonreírle, tranquilizándola con ese leve movimiento de sus labios, todo él le resultaba
relajante y cómodo, protector y agradable.
—¿Quieres tomar algo?
Megan negó con la cabeza.
—Vine porque quiero presentarte mis disculpas… Sé que debes estar molesto por lo que pasó el
otro día con mi padre en la clínica… —Inhaló hondamente sintiendo la vergüenza apoderarse de sus
mejillas—. No me has llamado, y yo no tengo tu número… Mi padre no tenía idea que eras fiscal.
La imagen de Henry Brockman se dibujó en su mente, y la rabia y el desprecio estuvieron de
vuelta en cuestión de segundos, todos aquellos días en el gimnasio, la lucha contra sí mismo, aquellas
semanas habían sido un maldito infierno, un tormento que sólo había cedido tras su noche junto a
Rachell.
Estuvo a punto de maldecir frente a Megan, pero al final se contuvo.
—Que lo supiera no hizo realmente ninguna diferencia.
—Lo sé, Samuel… lo siento, de verdad lo siento mucho, él no tenía ningún derecho a tratarte de
esa manera. Si te sirve de algo, te aseguro que no es nada personal, él sencillamente trata de esa
manera a todas las personas con las que se cruza —finalizó con amargura.
Samuel relajó su postura, que sin avisos había estado rígida y lista para el ataque, ahora se sentía
dolorosamente molesto por la decepción y la aflicción en las palabras de Megan.
—Sé que has querido ayudarme, y valoro lo que me dijiste ese día en la clínica. No quisiera que
por la horrible intromisión de mi padre pudiera perder eso, Samuel… no quiero perderte…
Había tal desesperada honestidad en sus palabras que Samuel se quedó simplemente inmovilizado,
no tenía idea que decir, ni siquiera sabía si hablar sería lo adecuado, el asunto se había vuelto
inesperadamente incómodo y tal vez demasiado personal.
—No me agrada ser su hija más de lo que a ti te agradó verlo en la clínica —continuó Megan con
un leve brillo de dignidad en sus ojos, casi opacado por el peso del desprecio por ella misma que
había aprendido de su padre—. Las pocas veces que se dirige a mí, sin excepción, es para recordarme
cada una de las cosas que hago mal, como todos los días soy exactamente la clase de hija que hubiera
deseado no tener jamás… Así mismo lo ha dicho, tantas veces que ya perdí la cuenta… me ha dicho
que fui un error, y sin que me lo diga, sé que para él sigo siendo un error. —Se detuvo y llenó de aire
sus pulmones—. No pretendo que me tengas lastima Samuel, ni siquiera quiero conmoverte —le dijo
mientras se quitaba el reloj y las pulseras de sus manos, y volvía sus muñecas hacía arriba sobre el
escritorio—. He visitado periódicamente psicólogos toda mi vida, tal vez es por eso que no me
agradan —explicó con su piel más de lo que sus palabras habían dicho, apartó la mirada y sintió los
ojos de Samuel sobre las viejas cicatrices. Dos en una muñeca y tres en la otra. Largas marcas
verticales que llegaban casi hasta la mitad de sus brazos, una sobre otra, pálidas e irregulares.
Un estremecedor escalofrío recorrió el cuerpo de Samuel, las marcas estaban completamente
curadas y empezaban a mimetizarse con el tono de su piel, pero había en ellas la impresión misma
del dolor y la muerte. Era como si le gritaran como de cuan oscura había estado su alma y cuan
desesperadamente había deseado morir, y eso era algo increíblemente difícil de ver.
Perplejo, dejó de mirar sus brazos, repentinamente avergonzado por el tiempo que se había
tomado en aquella bizarra contemplación. Al levantar su mirada, ella había vuelto por completo su
rostro hacia la izquierda, con los ojos aparentemente concentrados en la puerta que conducía a su sala
de juntas, por sus mejillas dos pesadas lágrimas se deslizaban y su expresión era por completo
ilegible.
Vacilante, se levantó y caminó hasta ponerse de cuclillas a su lado, sacó un pañuelo de uno de los
bolsillos internos de su chaqueta y se lo entregó en silencio.
—Tú no tienes nada por lo que disculparte Megan —murmuró suavemente.
Ella asintió en silencio y se secó las lágrimas con el pañuelo.
—No vuelvas a hacerlo, nunca… —le pidió acariciándole la suave piel de las muñecas con una
ternura que no sabía que tenía en su interior—. De ninguna manera eres un error Megan, no importa
quién te lo diga, eres demasiado valiosa, eres una jovencita preciosa e invaluable.
—No te he mostrado mis cicatrices para que me compadezcas, sólo quiero que entiendas que nada
de lo que siento por mi padre es bueno… —carraspeó Megan antes de continuar—. A veces siento
que no lo quiero… A veces siento que lo detesto. Quisiera que me entendieras... No soy una mala
persona, pero sé que es mi padre, y algo dentro de mi pecho me lo recuerda todo el tiempo y no llego
a odiarlo tanto como quiero. Es difícil —musitó dejando libre un suspiro.
Samuel asintió varias veces moviendo la cabeza afirmativamente pero no consiguió decir nada.
—Yo sé que continuamente hago cosas que a él le molestan, pero es que en realidad todo parece
molestarle —Suspiró Megan—. Quiero hacer las cosas que hacen mis amigas, quiero salir,
distraerme y divertirme, quiero huir de mi vida, quiero salir corriendo e inventarme una vida nueva,
irme a donde sea, lejos, muy lejos… Pero no soy tan tonta como para abandonar la universidad, una
que sé que no podré pagar sin el apoyo de mi padre.
—¿Y tú madre? —preguntó Samuel.
—Mi madre no es más que un cero a la izquierda —Rio con amargura al responder—. Su único
mérito consiste en follarse al instructor de Tai Chi cada maldito día, y por supuesto, pretender como
una tonta que nada pasa… No apruebo lo que hace, pero tampoco la culpo, mi padre se lo merece, así
que por mí puede seguirle adornando la cabeza cuanto quiera, la mayoría del tiempo mi padre no es
más que un gilipollas arrogante que no tiene siquiera la decencia de esconder a sus estúpidas amantes.
Samuel sonrió en un intento por disimular la rabia, parecía que las razones para odiar a
Brockman aumentaban con el paso de los días.
—¿No es de Elitte la campaña de la familia feliz?
—De hecho es una idea de mi padre, el hipócrita la ha patentado y todo.
Samuel se levantó y le acarició la cabeza sonriéndole, después se dio la vuelta y caminó hasta el
minibar, sacó uno de los vasos y una botella de agua gasificada. En segundos, las ruidosas burbujitas
se dispersaron por el cristal.
—Y yo creía que mi familia de cuatro hombres era disfuncional.
—¿Cuatro hombres? —repitió Megan—. ¿Y tú madre?
Samuel se detuvo con las manos aún sobre la repisa de madera, guardó silencio por el tiempo
suficiente para dejarle claro que aquel era un tema del que sencillamente no hablaría.
—Se hace tarde —le dijo pasándole el vaso de agua—. No quiero que vuelvan a regañarte, evita
cuanto te sea posible que te lastimen Megan, al menos hasta que estés lista para tomar una decisión y
alejarte de ellos.
Megan bebió en silencio apenas un par de sorbos y dejó el vaso sobre el escritorio.
—Es hora que me vaya entonces, gracias por escucharme Samuel… sabes que esto es sólo entre
los dos ¿verdad?
—Absolutamente, puedes estar tranquila, sé guardar secretos —le dijo muy serio, viendo como
ella le tendía el pañuelo de regreso—. Quédatelo.
Ella le sonrió y metió el suave pedazo de tela en su bolso.
—Megan —habló Samuel de nuevo—, anota mi número, y por favor llámame en cuento llegues a
tu casa.
Ella sacó rápidamente su móvil, con los ojos aun completamente abiertos de asombro y emoción.
Atenta, tecleó cada una de los números que Samuel le dictó.
—Usa mi número con moderación Megan, me molesta que me llamen por cualquier tontería, te
estoy dando mi amistad, así que espero que sepas identificar y respetar mis límites —sentenció
Samuel con una significativa mirada.
—Entendido y anotado —respondió Megan sin poder ocultar su emoción.
Unos minutos después ella se había despedido y marchado. Samuel, con la espalda rígida y el
gesto austero, contemplaba como Nueva York se movía frenética a sus pies. La enorme ventana tras
su escritorio muy seguido le daba una sensación de inmensidad y control, pero otros días, como
justamente le estaba ocurriendo en ese instante, se sentía minúsculo, impotente y frustrado. Hacía
mucho tiempo que no se sentía tan solo y abrumado por sus planes, algunas veces nada parecía tener
sentido, pero él debía recordarse que tenía un propósito real y las razones suficientes, Megan había
sido un recordatorio indiscutible de ello.
****
Eran las siete de la noche y Rachell caminaba de un lado a otro en su vestidor, aún indecisa entre si
ir o no ir, ese maldito conflicto entre su corazón y su razón, no terminaban por ponerse de acuerdo.
—No… no iré, está decidido —dijo dejándose caer sentada en el diván recto de cuero negro con
patas cromadas—. No puedo hacerlo, dije que sólo sería una vez, nada más, y sé que si voy a esa cena
terminaré follando con Samuel y no es lo que quiero… Bueno, sí es lo que quiero, de hecho he
elegido lo mejor de mi lencería —reflexionó al contemplar el sujetador negro con encaje verde
esmeralda—. Pero no debo, no debo hacerlo, porque me está convirtiendo en una estúpida, me está
sacando de mis casillas y no puedo permitirlo. Sé que si me enamoro ni siquiera tendré la voluntad
para suicidarme, porque dependeré completamente de él y ya me arriesgué con Richard, lo hice, me
arrepentí y nunca en los casi dos años que estuvimos juntos sentí lo que me hizo sentir este
desgraciado en una madrugada… fue… fue… ¡Increíble! No gano nada con negármelo. —La razón
le daba su buena dosis de sensatez—. Pero sólo será por esta noche… aprovecharé la oportunidad
para decirle que no nos veremos más, que no quiero verlo más… sólo esta noche, después lo olvido,
juro que lo olvido —prometió poniéndose de pie y buscando algo que ponerse—. No hay ninguna
diferencia si lo hago hoy o mañana, es igual, entonces me arriesgaré. —su corazón también daba su
toque de sentimiento.
Para cuando Samuel la llamó avisándole que estaba esperando abajo, ella vestía un traje de corte
romano de color verde esmeralda que llegaba hasta sus rodillas. Debajo de su busto llevaba un
cinturón fino de metal dorado, se hizo media cola, entrelazando los mechones y creando una malla
que terminó en una trenza hermosamente elaborada, en los puntos de unión se puso broches dorados
que resaltaban en medio de su negra cabellera. Se maquilló prudentemente y utilizó pocos accesorios.
—Espera cinco minutos, ya bajo —fue su respuesta mientras se ponía los zapatos, sintiéndose
realmente nerviosa, así que antes de bajar se detuvo en la cocina y bebió un poco de vino para
infundirse valor. Pero no obtuvo el resultado esperado, y sabía que aunque se tomase la botella
completa seguiría sintiendo su corazón a punto de salir por su boca. En últimas, temía que pudiese
tropezar con los tacones y hacer el ridículo del año.
Ahora si vomitaré —se dijo al ver la limosina frente al apartamento. La imagen de Samuel Garnett
esperando por ella, recostado contra la puerta del coche, con las manos en los bolsillos del precioso
traje cortado a medida y sus increíbles ojos relampagueando en su dirección, sencillamente la
dejaron tiesa.
—Terminaré en la cama con él… estoy perdida.
Samuel se encaminó y acortó la distancia entre los dos, admirando lo verdaderamente hermosa
que lucía Rachell, tanto que logró hacer que su boca se secara y sus manos temblaran, había visto
mujeres elegantes, pero la morena, era mucho más, era indescriptiblemente hermosa.
—No sabía que era una cita —acotó con sarcasmo, antes de saludarlo, sabía que de esa manera se
sentiría más segura, y se felicitó porque no tartamudeó.
—No es una cita, es una cena —aclaró él, con la cadencia deliciosa de su acento, le cogió la mano
intentando hacerlo de manera casual, pero entre ellos ya nada podía ser casual, todo era deseado,
despertando nervios y emociones como avalanchas que arrastraban todos los obstáculos que se
cruzaban en medio de los dos—.Te ves preciosa —le dijo con un tono tan estéril que no parecía un
cumplido, sino una simple observación, de repente él también parecía estar a la defensiva.
—Tú te ves… —comentó ella mirándolo de arriba abajo con fingido profesionalismo—. Te ves
bien Garnett, muy a lo James Bond, pero claro, ese atuendo se vería mejor en Pierce Brosnan.
Samuel se rió mientras se pasaba la lengua de un diente canino al otro.
—Ese vestido seguramente luciría mejor sobre las curvas de Halle Berry —siguió con la broma
que ella había empezado.
Rachell arqueó una ceja sardónica y se pasó los dedos por el borde superior del vestido, como era
de esperar, los ojos de Samuel siguieron atentos el movimiento de su mano. Él se aclaró la garganta
y le abrió la puerta de la limusina ayudándola a entrar.
El interior del coche era amplio y elegante, podrían viajar al menos doce personas cómodamente.
Sin decir nada ni volver a mirarla, Samuel sacó de entre la hielera una botella metálica de Dom
Pérignon edición Rosé, una elección muy a la altura de los gustos del fiscal.
Casi embelesada, contempló como desajustaba el contenedor de metal y sacaba la botella de vidrio
negro completamente transpirada y helada, su boca se hizo agua. Él continuaba en su juiciosa labor,
aún resistiéndose a mirarla.
El plop del tapón al salir los agitó a los dos, pero ambos se decidieron por ignorar el repentino
sacudón de sus entrañas contraídas de anticipación. Unos instantes después, el burbujeante líquido
rosado estaba servido en la copa que Samuel se apresuró a extenderle.
—No, gracias, estoy bien.
—No pienso emborracharte, si es lo que estás pensando —aclaró frunciendo el ceño con sorpresa
—. Una copa no te va a hacer perder la cabeza.
—Jamás dije eso fiscal —acometió Rachell—. Antes de salir me tomé una generosa copa de vino
tinto, no me gusta mezclar, te agradecería un vaso de agua.
—Que sea agua entonces —acordó Samuel vaciando una botellita de agua en un vaso estriado, y
ofreciéndoselo de inmediato.
—Gracias —murmuró Rachell llevándose el vaso a los labios, de pronto demasiado nerviosa
como para siquiera soportar la increíble fuerza de su mirada sobre ella.
Los dos guardaron silencio, Samuel se tomó el champan relamiéndose los labios, mirándola con
insistencia, como si mentalmente elaborara una maniobra de ataque para arremeter contra ella, como
si acaso la hubiera convertido en su presa.
¿Acaso no se da cuenta que intimida? —se preguntaba intentado regalarle una sonrisa, pero en
realidad le salía una mueca tensa y bobalicona.
—El tuyo es mejor —dijo él tan seriamente que Rachell no supo de qué le estaba hablando.
—¿Qué? —preguntó tragando en seco, tratando de ocultar sus emociones.
—Tu cuerpo es mejor que el de Halle —respondió deslizando lentamente sus ojos sobre ella—.
Tus curvas… son mucho, mucho mejores. La verdad lo de ella es gracias al Photoshop.
—¡Vaya! —Se burló Rachell—. ¿Buscas redimirte?
—No —respondió Samuel con rotundidad—. He comprobado no sólo con mis ojos, sino con mis
manos, que no hay nada mejor que tu cuerpo.
Los labios de Rachell se entreabrieron con su respiración espesándose bajo los ojos entornados
de Samuel que le calentaban la piel. Con labios trémulos le sonrió displicente.
—Vale, me estás convenciendo, es evidente que eres abogado, parece que juegas muy bien con las
palabras ya es de oficio. No podrías fallar.
Al llegar al Ai Fiori, cálidos tonos beige y terracota los recibieron, el lugar era sofisticado y
glamuroso, pero al mismo tiempo simple y fresco, instantáneamente se sintió cómoda. En cuanto
cruzaron el atril del maître, el atento caballero saludó de mano a Samuel, hizo una leve reverencia
hacia Rachell, y los guio personalmente hasta la mesa, aparentemente, la acostumbrada por el señor
fiscal.
El lugar estaba tenuemente iluminado, dándole al ambiente en general un carácter íntimo y
encantador. Se detuvieron frente a la mesa, y la mano de Samuel que reposaba en la espalda de
Rachell, la abandonó abruptamente. Todo él pareció tensarse repentinamente.
—Braulio, por favor retira las velas —pidió Samuel en voz baja.
—Enseguida señor —respondió el maître, evidentemente azorado, como si hubiera olvidado un
detalle obvio e importante. Apagó las velas y retiró los candelabros comunicándose visualmente con
Samuel, claramente disculpándose.
Rachell frunció el ceño extrañada, pero antes que pudiera formular su pregunta, Samuel estaba
guiándola con hipnotizante suavidad hasta su silla. Se encargó de ayudarla a sentar, se comportaba
como un caballero del siglo XIX, y eso que le había dicho que ella era la anticuada.
El brillante juego de copas, casi todas vacías, a excepción del par que contenía agua, parpadeaba
entre ellos como extendiendo el incómodo silencio.
—La verdad no sé de qué hablar —se animó Rachell una vez estuvieron solos. No quería hacer
preguntas personales, tal vez porque a ella tampoco le gustaba que se metieran en su vida personal.
—Puedes preguntar lo que quieras, aunque no aseguro responder todo, y créeme, te haré saber
cuándo sienta que has preguntado algo que me desagrada.
—En ese caso, hablamos el mismo idioma, fiscal —le dijo ella sintiéndose un poco más en
confianza.
—¿Te gusta el lugar? —indagó él dándole un sorbo a su agua.
—Sí, es bastante agradable —respondió sonriendo, y recorrió con una sutil mirada el salón.
—Tu turno —le concedió él la palabra con un amable gesto de su mano.
—¿Por qué no te gustan las velas? —preguntó sin ocultar su desconcierto—. He notado que has
cambiado tu actitud en cuanto las viste.
Samuel cogió el menú fijando su mirada en la carta, por primera vez ocultándole su alma a
Rachell.
—No me gustan, no las creo necesarias, con la luz que tenemos es suficiente —contestó con
aspereza.
—Qué poco romántico eres —le reprocho haciendo una mueca.
—Si el romanticismo depende de velas, entonces tienes razón, no soy romántico. Además, ¿hoy en
día, quién coño es romántico?
—Creo que si vas a buscarme en una limosina, eso es romántico.
—Es comodidad —enfatizó Samuel.
—Tal vez —concedió ella.
—Château Latour 1993. —los interrumpió el maître mientras un joven camarero exponía la larga
botella de vino tinto—. Como lo solicitó, señor.
—Gracias —le dijo Samuel recibiéndoles la botella—. Ahora no tienes excusas. —Volvió a hablar
cuando los hombres se hubieron marchado—. No habrá problema con las mezclas —Concluyó y
vertió el líquido escarlata en la copa de Rachell, ella le sostuvo la mirada muy seria, quedándose muy
quieta en su asiento.
—Salud —dijo Samuel levantando su copa.
—Salud —susurró Rachell sin tocar la suya.
Él levantó una ceja interrogante, y ella replicó con otra desafiante. En silencio, Samuel
comprendió el mensaje, con él no podría siquiera decidir que maldito vino bebería, era indomable y
le encantaba refregárselo en la cara.
—Y bien —siguió Samuel—. ¿Por qué decidiste venir a Nueva York? ¿Por qué dejaste Las Vegas?
Ahora era él quien la retaba, pero ella no quería ser la primera en esconderse, no quería ser la
primera en mostrar justo las cartas que quería ocultar.
—Por la misma razón que tú dejaste Brasil —logró repeler la pregunta de manera eficiente,
aunque su corazón latiese desbocado por la incomodidad.
—No creo que sea por la misma razón —aseguró él con un aire de ventaja.
—Claro que sí, lo hice por trabajo, ya que en Las Vegas no tendría los mismos resultados que aquí
con mi marca, y para cambiar un poco mi vida… creo que es lo mismo que has hecho.
—Yo no estoy en Nueva York por mi carrera, mi firma hubiese dado resultados en cualquiera de
los países cubiertos por mi licencia, esta ciudad tiene… —Se detuvo como buscando las palabras
correctas—. Algo que es de mi interés especial.
Rachell volvió a beber de su copa, estaba provocándola, quería empujarla a preguntar para
después él lanzar su propia pregunta. No caería en su juego.
Se mantuvieron en silencio hasta que el camarero los abordó, sin hacer contacto visual hicieron el
pedido, al quedarse nuevamente solos, Samuel volvió al ataque.
—¿Qué es lo que querías dejar atrás?
—¿Qué te trajo a los Estados Unidos? —contraatacó Rachell
—¿Más vino? —ofreció Samuel a modo de contestación, dejando claro que aquella pregunta se
quedaría sin respuesta.
—Por favor —agradeció Rachell—. ¿Estudiaste leyes en Brasil? —preguntó queriendo aligerar el
ambiente que repentinamente se había hecho incómodo.
—No —contestó él llenando su propia copa—. Obtuve un grado especial en Derecho Internacional
en Alemania, en la Universidad de Friedrich-Wilhelms.
—¡Vaya! Entonces hablas alemán también —señaló ella entre sonriente y sorprendida, dejándose
atrapar por el magnetismo que Samuel creaba con su mirada—. Ahora comprendo el porqué de la
extraña conversación que tenías el día que tan amablemente te surtí con el lubricante. —Samuel
sonrió negando con la cabeza, como si aún no consiguiera salir de su asombro.
—Selbstverständlich —respondió con una pronunciación perfecta. Rachell puso los ojos en
blanco, frunciendo los labios en un gesto acusador, culpándolo por su sensualmente absurdo talento
con los idiomas—. Por supuesto. —tradujo lo que había acabado de decir—. ¿Y tú a qué te dedicabas
antes de venir a Nueva York? —lo intentó Samuel de nuevo.
—¿Y a ti qué te importa? —respondió Rachell juguetona.
—¿Y qué si me importa? —la retó él inclinándose en la mesa y acercándose a ella, rebuscando
incansable en sus preciosos ojos violeta—. ¿Tienes hermanos o hermanas?
—No… Hasta donde sé —Su mirada se ancló en el vino a través de la copa.
—¿Cómo que no sabes? —inquirió él sonriente, esa sonrisa sátira de medio lado que empezaba a
enloquecerla.
—No lo sé, y esa será mi respuesta… nada más —Se llevó la copa de vino a los labios y le dio
otro sorbo—. ¿Qué hay de tu familia, Garnett?
Él volvió a recostarse en su asiento y la recompensó con una sonrisa, demasiado encantadora para
ser real.
—Ian y Thor son como mis hermanos, vivo con ellos desde que tengo ocho años, lo que convierte
a Reinhard en mi padre.
—¿Y tus padres? —preguntó mirándolo a los ojos, él se alzó de hombros de manera
despreocupada.
—¿Y los tuyos? —ella lo imitó, y ambos sonrieron agradeciendo la llegada del camarero con sus
entrantes.
Los platos se sucedieron unos a otros, y bocado tras bocado, mientras seguían conversando y se
dedicaban miradas ardientes y seductoras, y sus bocas confesaban que querían sólo conocer un poco
más el uno del otro.
—¿Hace cuánto tiempo vives en Nueva York? —indagó Rachell.
—Tres años, lo mismo que tú —le dijo él con simpleza.
—Eso que haces definitivamente debe ser un delito en algún lado —lo acusó recordando toda la
información que había conseguido acerca de ella con un simple correo electrónico.
—¿Cómo es qué no te había visto antes? —divagó Samuel con sinceridad.
—Tal vez porque vivimos en una de las ciudades más pobladas del mundo —puntualizó Rachell
—. Además, puede que sí nos hayamos visto, tal vez necesitábamos de que casi me atropellaras para
que nos recordáramos.
—No —dijo Samuel—. De haberte visto antes te recordaría, créeme, jamás olvido un rostro,
jamás… cuando veo un rostro no lo olvido nunca, aunque pasen muchos años. — D espués sonrió
relajándose—. Mucho menos hubiera olvidado el tuyo.
—Es un don que tienes, no cualquiera puede tener esa capacidad.
—No creo que sea un don, sólo es buena memoria… ¿Sabes? Cuando quiero preguntar algo lo
hago sin rodeos. —La miró fijamente y ella sólo asintió invitándolo a continuar—. El hombre que
siempre está contigo, que no es tu guardaespaldas, pero te protege. ¿Cuánto tiempo lleva enamorado
de ti? —inquirió a quemarropa.
—¿Oscar? —replicó ella frunciendo el ceño. Un segundo después, no pudo evitar reír ante la
conclusión de Samuel—. Él no está enamorado de mí.
—¿Cómo lo sabes? —indagó divertido—. Te mira con devoción.
—Ahí tienes la razón —le dijo ella cogiendo la copa y señalándolo con el dedo índice, ante el
movimiento el vino se agitó creando olas dentro del envase de cristal—. No sólo me mira con
devoción, nos queremos con devoción. —Los labios de Samuel se abrieron con una combinación de
asombro y aprehensión—. Oscar, Sophia y yo, somos una familia, nos queremos y nos cuidamos con
profundo fervor. Oscar me quiere como a una hija, de cierta manera lo soy, me ha protegido durante
mucho tiempo, cuando lo conocí… que no te diré cómo… pero cuando lo vi por primera vez, estaba
muy mal, casi vencido… había perdido a su esposa e hija, quien tenía mi misma edad, en un
accidente, un maldito borracho se las llevó por delante.
Samuel guardó silencio y finalmente apartó su plato.
—Además —prosiguió Rachell—, sólo para que sepas, sé perfectamente cuando un hombre está
interesado o enamorado de mí, sé estudiar muy bien las reacciones masculinas —aseguró llevándose
la copa a los labios y mirándolo fijamente por encima del borde de la copa.
—Entonces eres buena con el lenguaje corporal, veamos qué tan buena eres… —hablaba cuando
ella intervino.
—No he dicho que sea buena con el lenguaje corporal, sólo que puedo percibir los sentimientos
de un hombre, en realidad vosotros sois demasiado evidentes. Es simple sentido común
—¿Entonces… yo estoy enamorado de ti? —inquirió riendo y cruzando los brazos sobre su
pecho.
—No… todavía no —contestó Rachell con seguridad guiñándole un ojo.
—¿Todavía no? ¿Insinúas que me enamoraré de ti? ¿No habíamos quedado en ser amigos? —se
defendió Samuel entornando los ojos.
—¿Y quién te ha dicho lo contrario? —lo azuzó ella—. Que te enamores de mí no cambia en nada
mi posición, te he ofrecido únicamente mi amistad, eso no ha cambiado —le recordó extendiéndole
la mano como quien ofrece un apretón para sellar un trato.
—¿No has pensado que las cosas podrían suceder al revés? —La pinchó Samuel con sus dorados
ojos refulgiendo sobre ella, después cogió su mano volviendo la palma hacia arriba, recorriéndola
con la suave caricia de su dedo pulgar.
—Eso es imposible —dijo ella con supremacía, tragando en seco, mientras, apenas
perceptiblemente presionaba instintivamente sus muslos, intentando ocultar que la estaba
enloqueciendo con la caricia en la palma de su mano. Lentamente, empezó a retirarla con cuidado.
—Me gusta desear imposibles —susurró Samuel soltándole la mano y fijando la mirada en
Rachell, queriendo descubrir un poco más de ella. Pero sabía que no obtendría respuesta, por lo que
prefirió evitarse el interrogatorio, ya que estaba seguro que la había descontrolado y de cierta
manera él también se encontraba en una bruma de placer algo incierta—. ¿Nos vamos? —la invitó
acariciándola con su voz.
Rachell asintió en silencio, mientras se recriminaba por no encontrar argumentos para salir airosa
de esa conversación, en la cual la cazadora terminó cazada y acorralada, debía parar aquello, debía
hacerlo, así que utilizaría su freno de emergencia.
Mientras caminaban a la salida, donde ya los esperaba la limosina, encontró el valor para hablar y
hacerle saber la única solución que había buscado, mucho antes de caer en ese juego de preguntas y
respuestas. Al entrar en el coche, giró el cuerpo en su dirección.
—Samuel... yo creo que… —empezó a buscar la manera de decirle que la había pasado muy bien
con él, pero que no podría verlo más, que lo mejor sería inclusive evitar ser amigos. Entonces él la
interrumpió con su profundo y exótico acento.
—Yo también lo creo —le dijo Samuel justo antes de abalanzarse sobre ella y atacarla con un beso
feroz y desesperado—. He estado esperando hacer esto toda la maldita noche —balbuceó entre besos
al tiempo que con sus manos la apretaba contra su cuerpo, reclinándolos a los dos sobre el acolchado
asiento—. Ya era hora de seguir forjando nuestros lazos de amistad.
Llevó su mano derecha a la nuca Rachell, mientras se apoderaba enteramente de su boca, sería una
mentirosa si digiera que no le estaba correspondiendo famélicamente, mientras la mano izquierda de
Samuel se apoderaba de su cadera, para adherirla a su cuerpo.
Cuando ambos cuerpos se juntaron, fueron sorprendidos por una descarga de nervios, logrando
con esto arrancarle a ambos jadeos ahogados a través de los besos, en segundos las respiraciones se
vieron forzadas y los corazones desbocados.
—Los amigos no se besan, no de esta manera —balbuceó ella sofocada, mientras él recorría con
lengua y dientes su mandíbula.
—Somos amigos especiales, mejor que cualquier cosa.
Con movimientos casi imperceptibles como la brisa, metió su mano bajo el vestido hasta alcanzar
las bragas y deslizarlas despacio por sus piernas, justo en ese momento Rachell fue consciente hasta
donde habían llegado las manos del astuto fiscal, jamás estaría segura en qué momento se había
metido bajo su falda.
Los pitidos y murmullos de los coches afuera le recordaron que estaban en medio de Manhattan,
metidos en una limosina, expuestos al mundo sin que nadie lo supiera. La posibilidad de tener sexo en
esas condiciones casi le provocó un orgasmo tan sólo al considerarlo, pero tal vez, sólo tal vez, eso
era ir demasiado lejos.
—Espera Samuel, aquí no —hablaba reteniendo la pequeña prenda de lencería que ya llevaba por
las rodillas.
—Aquí sí… sólo relájate, el resto del puto mundo no importa —gruñó Samuel deslizándose por
sus piernas hasta situarse entre sus rodillas, con aquellos felinos movimientos que ya empezaban a
resultarle tan familiares.
—¿Qué piensas hacer? —Balbuceó Rachell.
—Estás en deuda conmigo —le indicó Samuel—. Acordamos que hoy podría cobrármelo. —Sin
dejar de mirarla a los ojos, pasó las bragas por sus tobillos hasta quitárselas por completo.
Oh sí, ella sabía a qué se refería, no recordaba ningún estúpido acuerdo, pero si sus intenciones,
las actuales y las anteriores, y eso le llenaba el pecho de calor y deseo, mientras enloquecidas
corrientes eléctricas se dispersaban por su cuerpo, suplicándole curiosas que le dejaran conocer ese
contacto que él le había pedido y el placer que seguramente vendría con ello. Sin poder evitar
engancharse en su mirada de fuego, ese dulce fuego que la consumía, simplemente dejó que su
cuerpo se relajara.
En un movimiento inconsciente, abrió las piernas como alas dispuestas al vuelo, ofreciéndole lo
que él quería reclamar y que ella deseaba entregarle, así que no se negó el placer de saber qué tan
bueno podría ser Samuel con su boca, y qué tanto podía alcanzar con su lengua.
Samuel le dedicó una mirada ardiente que poco a poco se convirtió en lasciva, al saberla dispuesta
y receptiva, por lo que empezó a recorrerle las piernas con los labios, sintiendo cómo ella suspiraba
entrecortadamente.
Le subió el vestido hasta los muslos y prosiguió con su caricia, saboreando con su lengua las
torneadas piernas, esa piel delicada y caliente, mientras su joya lo incitaba, lo invitaba a saborear
cada vez más, presintiendo que esa flor era una trampa letal y que de cierta manera lo capturaría,
estaba sumamente cerca y la olía profundamente.
Por primera vez dejó de mirarla a los ojos. El frío envolviendo la piel entre sus piernas la
estremeció, pero nada fue tan abrumador como la poderosa sensación de los ojos de Samuel sobre su
sexo.
Él pareció perderse en ella, en su olor, un olor atrayente y excitante. Inhalaba sólo para
memorizarlo, para poder reconocerlo en la noche más oscura y a kilómetros de distancia. Almizcle y
sal, eran como los olores del mar, tan primordiales para él que el sólo hecho de percibirlos lograba
erizarle el cuerpo entero, agitando su ser de una manera jamás conocida, logrando que la boca se le
hiciera agua.
A Rachell, el mundo empezó a darle vueltas, la vergüenza y el pudor ya no tuvieron sentido, y una
repentina necesidad por sentir su boca besándola donde nadie antes la había besado se apoderó de
todo su ser. Rachell sentía el deseo correr desbocado por todo su cuerpo. Acariciaba la espalda y los
hombros del brasileño, mientras él llegaba con su boca, cerca, peligrosamente cerca de su fuente de
deseo, donde sentía triplicada las ganas, la pasión, el calor. Nueva York dejó de girar afuera, el
tiempo se detuvo y el posible chofer voyerista desapareció completamente.
Él le abrió un poco más las piernas mientras compartían miradas cómplices, las palmas de las
manos de Samuel incendiaban sus muslos, haciéndola temblar, como sólo él sabía hacerlo, mientras
sus labios se acercaban a esa zona que ella tanto deseaba compartirle, al parecer la conocía muy bien.
Sucesivos besos fluyeron sobre sus pliegues, con tanta delicadeza y paciencia que se sintió
exquisitamente adorada, se sintió más mujer que nunca. Pronto su dedo pulgar e índice también
acompañaron los audaces labios, abriéndola aún más, y el pudor estuvo de vuelta, todo era
insoportablemente íntimo, pero a la vez irresistiblemente placentero. Quiso detenerlo, sus
inseguridades parecieron atacarla, abrió los ojos y armó en su mente la palabra detente, justo en el
momento en que cualquier pensamiento simplemente se derritió y desapareció en la nada.
Él se instaló con su lengua en su parte más vulnerable, los labios tibios y palpitantes, dispuesto a
beber sus zumos, lamiendo la miel salada que ella le ofrecía, mientras su lengua ardía y vibraba
lasciva entre ambrosía y saliva. Volviéndole el mundo de revés, sintiendo el fuego de ella en oleadas
quien sólo enredaba las manos en sus cabellos, mientras él seguía haciéndola delirar con el tornado
que era su lengua, incendiándola.
Sin advertencias, la lengua de Samuel había acariciado aquellas tiernas carnes en lo profundo de
sus piernas, aquel pequeño pedacito inexplorado de su cuerpo, ascendiendo tan sólo un par de
centímetros que parecieron justo la escalera al cielo. Después, todo fue caos y desenfreno, su lengua
la atacó despiadada en movimientos impronunciables, rápidos aleteos que la golpeaban sin descanso
en el lugar perfecto, en el momento perfecto, provocando que sus caderas se contrajeran y danzaran
acompasadas por su lengua, era como si todas sus fuerzas se hubieran ido y se concentraran en
medio de sus piernas, como si el mundo entero hubiera ido a parar al lugar que Samuel sacudía con
su lengua.
Tras sus ojos todo empezó a llenarse de luz, su corazón parecía gritarle que no cabía en su pecho,
y se quedó sin aire en el momento mismo en que un largo gemido se abrió paso entre los jadeos y la
bruma caliente que los envolvía. El orgasmo más increíble de toda su vida se formaba justo desde la
punta de la lengua de Samuel hasta el centro mismo de su ser.
Despacio, muy despacio, sus parpados volvieron a abrirse, perezosos y cansados. Lo primero que
vio fue la sonrisa demasiado satisfecha de Samuel, sus ojos brillaban con algo que parecía orgullo y
la malicia de secretas intenciones. Él ascendió poco a poco hasta estar frente a ella, mirándola a los
ojos, con el rostro oscurecido de deseo, con los parpados entornados buscó sus labios y la besó,
envolviéndolos a los dos con el irrepetible sabor de su propio placer aún impregnado en su boca.
—Sólo es un adelanto de los que nos espera —susurró dejando su tibio aliento sobre los labios de
Rachell—. Aún falta el resto de la película… eres muy dulce. No tanto como para empalagar, más
bien para crear adicción, para pasar noches enteras entre tus pliegues.
Ella ni siquiera podía hablar, los latidos de su corazón no se lo permitían, el temblor en todo su
cuerpo la dominaba y él la tenía atrapada en su mirada, mientras que con sus palabras la mantenía en
un alto estado de excitación, no le dejaba bajar la temperatura.
—Hemos llegado —le hizo saber succionándole los labios al tiempo que el coche se detenía—.
No vas a necesitar esto por el resto de la noche —señaló las bragas negras entre sus manos.
Al bajarse, Rachell se encontró frente al edificio de Samuel, no la había llevado a su apartamento
y la sorpresa se dibujó demasiado obvia en su rostro. Reacomodándose la deshecha trenza miró hacia
el cielo, intentando disimular su asombro y el narcotizante desconcierto del que se es víctima
después de vivir un orgasmo de tal magnitud.
Dios, ten piedad, no quiero morir de placer… no todavía.
Él la cogió de la mano y la guio al interior del edificio y con un simple movimiento de cabeza
saludó al conserje, conservando aquel pétreo gesto de señor fiscal. Pero para el momento en que las
puertas del ascensor se hubieron cerrado,los dos perdieron la cordura, la consciencia y la ropa, y una
densa nube de goce los absorbió hasta el amanecer.
CAPÍTULO 17
Las persianas metálicas al abrirse dejaban colar generosamente la luz del día a través del amplio
ventanal. Como siempre, el sonido mecánico que producían al desplazarse, hacía las veces del
despertador. Poco a poco sus parpados perezosos se abrieron con negligencia, y una vez las
imágenes se enfocaron en sus estimuladas pupilas, la visión de Rachell desnuda en su cama dibujó
una sonrisa instantánea en su rostro, definitivamente era algo digno de ver a primera hora de la
mañana.
La nívea piel de Rachell lucía tan tersa que era como si lo invitara a acariciarla, pero tocarla
significaría arriesgarse a despertarla, y de momento estaba disfrutando muchísimo con verla por
primera vez tan apacible e inofensiva. Los restos de maquillaje se aferraban aún a sus pestañas,
injustas imperfecciones en la placidez de su rostro. Tenía los labios enrojecidos e hinchados, un
profundo suspiro de satisfacción le infló el pecho al deducir que habían sido sus besos los
responsables, y si era posible, la hacían ver más hermosa con sus brazos sobre el vientre y el pecho
desnudo descubierto.
Moviendo su índice muy despacio, lo ancló en la sabana que caía sobre Rachell y haló con
suavidad hasta descubrir su pubis y sus caderas. Deslizó famélico sus ojos sobre la piel entre sus
piernas y después sobre el hueso de su pelvis, justo allí se detuvo sonriendo ladino, ahí estaba el
tatuaje, lo había olvidado por completo. Se acercó a ella con cuidado de no despertarla, y examinó
despacio la considerable mancha de tinta que le ocupaba casi por completo el costado, desde el inicio
de la cadera hasta el nacimiento del muslo.
Era un trabajo artístico impecable, inclusive Ian daría su visto bueno. Se detuvo arrugando los
labios, no había un puto chance que Ian viera ese tatuaje. Sacudiendo la cabeza apartó la inútil
divagación y continuó contemplando el tatuaje.
Una mujer con alas de mariposa, o una mariposa con cuerpo de mujer, dependía de la perspectiva,
con las piernas abiertas, cada una formando un sensual arco a lado y lado de su cuerpo, con los
largos cabellos oscuros cubriendo sus pechos, y con las manos enlazadas, apoyadas en una superficie
invisible, cubría la flor ardiente entre sus muslos.
El rostro estaba dibujado con impresionante detalle, la mujer llevaba un antifaz, de algún material
bordado o alguna clase de encaje, aun así, tuvo la impresión que aquella mariposa era ella, no podía
estar completamente seguro, pero los trazos del rostro sugerían las mismas preciosas líneas de
Rachell.
No pudo evitar preguntarse hacía cuánto se había hecho el tatuaje, qué significaba, cómo habría
sido ella en aquel entonces, cómo habría sido su vida. Se descubrió anhelando absurdamente haber
sido parte de su pasado, conocerla por completo, hacerla parte de su vida.
Ella era como una mariposa, delicada, hermosa, hipnótica y llamativa, impredeciblemente fuerte y
enigmática. Sin querer dar cara a los gritos desesperados de su pecho, apenas si escuchó la
advertencia de una obsesión, una voz insistente que le decía que él había caído en su hechizo.
Se decidió a ignorarlo, y simplemente continuó sumergido en el placer de apreciarla, ya no desde
la contemplación admirativa, sino desde el deseo primario e irracional. Allí, acostada en su cama,
llenando las sábanas con su olor, se le antojaba perfecta, una tentación irresistible.
Quería despertarla, perderse una vez más en su cuerpo, aunque en su actual estado seguramente
habría acabado antes de veinte minutos, pero lo haría, se estaba muriendo de ganas por volver a
enterrarse en su interior. No le importaría llegar tarde a la oficina, llevaba una maldita vida entera de
puntualidad, estaba seguro que se merecía un buen paquete de indulgencias.
Sediento, estiró sus dedos hasta alcanzar el tatuaje y delineó las alas con el índice, ansioso, posó
sus labios sobre su cadera y empezó a ascender sobre su vientre, rozándola con los labios abiertos,
entre besos ardientes y húmedos. Rachell se removió caprichosa, sintiendo como su cuerpo se
despertaba y calentaba guiado por los estimulantes besos de Samuel.
Tres golpes secos en la puerta detuvieron la lluvia de besos. Samuel maldijo entre dientes, le
dedicó una rápida mirada a Rachell que lucía aun profundamente dormida. Sabía que era Thor quien
llamaba a su puerta, y no se anunciaría una vez más antes de entrar sin ser invitado.
Sorprendentemente irritado, se apresuró a cubrirla con la sábana, sintiendo la repentina y demandante
necesidad de preservar su desnudez sólo para él.
Salió de la cama y se envolvió una de las colchas de seda negra sobre las caderas, se pasó las
manos por el pelo y torció el gesto al saber que Thor no lo esperaría con un amable: buenos días en
la puerta. Seguramente ya habría deducido que había una mujer en su cuarto, y estaría hecho una
furia. Desde niños lo habían compartido todo, juguetes, ropa, coches, y desde la adolescencia, las
mujeres, dentro y fuera de la cama.
Antes que alcanzara la puerta, Thor la abrió y dio un paso dentro con el ceño fruncido.
—Buen día Hansel, se hace tarde. ¿No tienes que estar en la fiscalía a las nueve? —lo saludó
arqueando maliciosamente una ceja, inclinándose al tratar de esquivar el cuerpo de Samuel, espiando
a la mujer bajo las sábanas.
Samuel se rascó el cuello confundido.
—¿Hansel?
Thor volvió su mirada al frente y le sonrió con ironía escondiendo el enfado.
—Digo, por las migajas que has dejado a lo largo del apartamento, y no precisamente de pan… —
Elevó su mano derecha y balanceó sobre sus dedos el sostén negro de llamativo encaje verde
esmeralda—. Buena talla, al parecer tiene buenas tetas.
El rostro de Samuel se tensó de inmediato, pero no dijo una palabra. Por su parte, Thor frente a él
elevaba sus cejas significativamente, exigiendo una explicación inmediata. Rachell en la cama se
despertó por completo con el ruido de las voces, y al ver cerca del marco de la puerta al imponente
rubio en traje gris, se hundió entre las sábanas, por completo incómoda e intimidada.
Thor, siendo más alto que Samuel, de reojo vio como la mujer se removía despacio en la cama, y
esquivando de nuevo a su primo, agitó una mano y le dedicó una brillante y seductora sonrisa a la
maraña de cabello y enormes ojos violeta entre las sábanas.
De inmediato, sintió como Samuel tiraba de su brazo y lo arrastraba fuera de la habitación, los
dos se miraron con seriedad, y antes que ninguno pudiera hablar, Samuel estiró su mano y cerró la
puerta de la habitación.
—¿Qué coño se supone que pasa, Samuel? —preguntó Thor de inmediato en un malhumorado
susurro.
—¿Es ésta a la que no quieres compartir? ¿Con la qué pasaste la otra noche?
Samuel se mantuvo en silencio con el gesto inflexible.
—¡Es la decoradora, Samuel! ¡Yo la vi primero! ¡Cabrón, yo la contraté! ¿Y tú te la follas? —siseó
Thor entre dientes—.Pues no, así no jugamos, no me harás pasar por gilipollas trayéndote las presas
a casa ¡Sal a buscar las tuyas!
Samuel respiró hondo antes de hablar.
—De hecho, yo la conocí antes que tú, antes incluso de que la contrataras. —Una burlona y
satisfactoria sonrisa se formó en sus labios—. Ya deja el papel de diva indignada, no te va.
Thor abrió mucho los ojos, con aun más indignación.
—¿Recuerdas la mujer que me estaba dando problemas con el teléfono?
Thor frunció los labios, inclinando la cabeza en un gesto pensativo.
—¿La qué te bloqueó el número?
—Sí —respondió Samuel chasqueando la lengua.
—Me agrada.
—En fin —continuó Samuel—. Pues es la decoradora, así que si todo tu drama es porque tú la
trajiste a casa, pues tranquilízate y deja de joderme de una buena vez, te compensaré. Hoy mismo
salgo temprano y te busco una, para que veas cuánto te quiero primito.
—Es lo mínimo que puedes hacer… y que sea pelirroja —exigió Thor—. Pelirroja natural.
—Está bien, pelirroja será, ahora vete a trabajar.
—Y me la follaré yo solo, y la encerraré en mi cuarto, y seremos ruidosos, y te joderemos la puta
noche.
Samuel se rio divertido.
—Está bien, ahora lárgate que se te hace tarde, yo también debo irme a la fiscalía.
—Es cierto —acordó Thor mirando su reloj—. Llego tarde.
—Qué raro… —satirizó Samuel—. ¿Tú llegando tarde a trabajar?
—No seas imbécil —le dijo Thor empujándolo co