Resumen Yo Simio
Resumen Yo Simio
Desde mi celda tenía una vista parcial de ella, y no entendía qué significaba ese
murmullo y luces nocturnas. Me encerraban en la jaula y lavaban mi celda mientras yo
me quejaba de dolor. Un día, cuando los guardias lavaban mi celda con la puerta
abierta, las cuerdas que me apretaban se cortaron y me atreví a salir de mi jaula. Por
primera vez vi mi celda desde arriba y la de un oso muy viejo que sufría una
enfermedad que nadie trataba.
Una noche Palmides se acercó a mi celda mientras bebía alcohol de una botella. Me
lanzó alcohol a la cara y me refugie al fondo de mi celda. La primera vez que vi a M.
estaba acompañada de su novio, un joven risueño y burlón. Se sentaron frente a mi
celda y él me lanzó unos manís con desdén.
Esos días fueron los más felices. apareció muy temprano y presenció las torturas que
yo sufría al limpiar mi celda. se enfureció frente a Palmides el Grande y le dijo que el
animal era él, Palmides se retiró furioso del lugar, pero M. Mientras reclamaba a los
directivos del parque, la hicieron esperar en la oficina, donde tomó un juego de llaves,
tenía la esperanza que alguna podría abrir mi celda, solo debía probar una por una.
Días después M no apareció y los guardias me castigaron por la carta de reclamo sin
darme alimento ni agua por varios días.
Estaba nerviosa y comenzó a probar las llaves. Entonces apareció Palmides el Grande
anunciando que cerrarían el Parque. sopló todo el aire y arrojó las llaves dentro de la
celda. Palmides se acercó mirando con desprecio a M. Cuando Palmides se acercó a
la jaula me senté rápidamente sobre el juego de llaves.
4 M. no apareció al día siguiente
Quedé paralizado y luego me deslicé por el sendero, pero no hacia el cerro, como me
aconsejó M., yo me creía un humano, y regresaría al mundo de los humanos desde
donde alguien me había arrancado injustamente.
Estaba expectante y por primera vez contemplé la ciudad desde el mirador. Aquel
paisaje me dio fuerza y supe lo que debía hacer. Me dirigí a la bodega junto a la
oficina, donde había escuchado que estaba la comida.
Comí lo que más pude para recuperar fuerzas. Allí encontré ropa de los jardineros, un
sombrero de paja y un par de zapatillas blancas.
Luego sentí un olor conocido y fui al fondo donde encontré a Palmides completamente
borracho. Al mirarme se puso a reír y dijo que me veía ridículo vestido de jardinero, y
que nunca dejaría de ser un feo simio. Dijo que me regresaría a la jaula y azotaría por
mi insolencia. Sentí un odio incontrolable y recordé todos sus maltratos. Tomé una
pala y me erguí, Palmides se impresionó y cayó hacia atrás. Me vengaría de Palmides,
pero no lo hice. Talvez, aquella era la señal de que yo era algo distinto a un animal,
pero también distinto a un humano.
Luego salté las rejas y llegué a la calle. Me erguí lo más que pude y me alejé del lugar
al que esperaba no regresar jamás.
5 Cuando amaneció
Llegué sin saber, al centro de la ciudad, y decidí quedarme en una plaza central
rodeada por árboles, frente a una catedral.
La gente caminaba acelerada y nadie pareció preocuparse por mí. Trepé a un árbol y
permanecí el resto del día descansando y tratando de obtener información que me
ayudara para comenzar mi nueva vida.
Me di cuenta que lo más importante era caminar despreocupado de los demás, sin
mirarlos a los ojos, distraído y veloz.
Al anochecer decidí bajar a buscar alimento y descubrí que los restaurantes llenaban
sus tarros de basura con restos de comida. Seleccione alguna y aunque era distinta a
la del zoológico, puedo decir que me gustó.
Cierto día, cuando buscaba alimento en los tarros, un hombre me habló, era un
camarero que fumaba un cigarro. Me contó que trabajaba todo el día, y debía viajar
una hora para llegar a su hogar y que cuando llegara, su esposa e hijas estarían
durmiendo. Parecía triste y quise consolarlo, pero yo no podía expresar mis
sentimientos y solo emití un suave gruñido. El hombre dijo que lo esperara y volvió con
una bolsa de comida caliente. Luego entendí que el mesero me había dado un
obsequio, sin esperar nada a cambio, como M. había tenido actos desinteresados
conmigo. Fue mi primer plato de comida caliente, afortunadamente me acostumbraba
con facilidad a todo lo nuevo que enfrentaba.
Los siguientes días fueron casi iguales, de día sobre los árboles de la plaza, de noche
recorriendo la ciudad vestido de jardinero.
Los únicos que me descubrían cuando miraban hacia arriba eran los niños.
A las 2 semanas cuando ya tenía más confianza, observé que cerca de la estatua del
alcalde Mansur, se encontraba un grupo de hombres muy parecidos a mí. Vestían de
manera sencilla, y con zapatos muy gastados. Su existencia era lenta y relajada.
Dormían en las bancas y se alejaban de vez en cuando, para regresar a calentarse al
sol.
Algunos eran hoscos pero la mayoría eran tranquilos. Los estudie para entender de
qué vivían y logré entender que eran mendigos, es decir, viven de pedir a los demás.
Un día bajé temprano de mi árbol y me senté en una banca. De repente, uno se sentó
a mi lado. Bebía un café con la mirada perdida. Antes de acabar, dejó el café a mi lado
como un gesto de solidaridad como el de M. y el camarero. Se acomodó en la banca y
yo también.
Su esposa no podía tener hijos, y la golpeaba sin razón. Un día llegó a su casa y solo
encontró una nota “Me voy porque te dejé de amar”. Se fue a un bar y peleó con un
tipo que le metió 6 balas. Pasó 5 meses en el hospital y salí decidido a cambiar su
vida.
Así llegó al rincón del alcalde Mansur. Se sentía respetado por ellos, y a cambio,
trataba de ayudarlos.
El librero se acercó y me dijo que había notado que yo era un buen lector, porque
acariciaba los libros. Yo solo emití un gruñido y él pensó que yo era un extranjero, pero
eso no le importó porque él también era extranjero y me contó su vida, pues había
llegado hace muchos años huyendo de una guerra civil.
Me habló sobre su historia y temas de libros como la libertad, durante horas.
Finalmente me dijo que cerraría la librería porque era tarde, pero antes me regaló un
libro que me ayudaría a mejorar el idioma.
Subí inmediatamente a mi árbol y me quedé toda la noche tratando de unir letras, pero
no lo logré, lo que me llenó de frustración y tristeza.
Una noche vagaba cerca del Teatro Municipal, dispuesto a subir a mi árbol, cuando
observé a un grupo de jóvenes bebidos que golpeaban a 2 hombres. Al acercarme me
di cuenta que golpeaban al Duque y a un vagabundo. Uno golpeaba al Duque con un
bate de madera. Me descontrolé y me abalancé sobre ellos con toda mi ira. Los golpee
y rompí el bate, huyeron asustados.
Me acerqué al Duque que yacía en el suelo. Tomó mi mano y vi lo diferente que eran,
pero ambas querían decir lo mismo, eran agradecidas, luego llegó la ambulancia y se
lo llevó.
No volví a ver al Duque. Cierto día escuché a unos vagabundos decir que El Duque no
volvería, pues las heridas fueron muy graves. Comprendí lo que decían, pues ya
conocía el concepto de la muerte.
Me deprimí por varios días, estaba sin ánimo de bajar de mi árbol y no quería comer.
Conocí la muerte en el zoológico, en la jaula del oso pardo que durante años gritaba
de dolor por las noches. Cierta noche se me ocurrió imitar sus gritos para apoyarlo en
su sufrimiento.
Cierta noche los gritos fueron distintos, armoniosos y agradables que me extrañaron. Y
luego no oí nada más. Al otro día los guardias lo encontraron muerto. Pensé que esos
gruñidos suaves fueron para agradecerme o demostrarme que morir también era un
descanso.
Una mañana apareció en la plaza una mujer acompañada de un hombre muy serio y
delgado.
La señora Dama, como la llamaba el hombre, estaba ofreciendo trabajo a los vagos,
pues necesitaba un jardinero. Todos los vagos se alejaban, ya que para ellos
significaba una ofensa.
El hombre me indicó subirme a un vehículo al que prometo nunca más subirme, pues
a las pocas cuadras tenía la sensación de encierro y deseaba vomitar.
Cuando al fin llegamos a la casa, pensé que allí vivían gigantes, era una casa de
varios pisos rodeada por extenso patio.
El hombre era el mayordomo de la señora Dama y me indicó el camino hasta llegar a
una pequeña cabaña donde guardaba las herramientas de jardinería. Adentro tenía
una cama con un colchón demasiado blando.
Mientras pensaba en volver donde los vagabundos, entró una mujer con una bandeja
de comida, me miró horrorizada y se retiró.
Sabía que tenía ventajas sobre los demás humanos, aunque aún me consideraba
especial y no un ser diferente.
Durante el invierno mis labores fueron menores, pero al llegar la primavera comenzó
un arduo trabajo. Trataba de recordar lo que observaba en los jardineros del zoológico,
pero no era suficiente. En una bodega especial, guardaban químicos y fertilizantes,
pero no me atrevía a utilizarlos. Una tarde, tratando de entender las etiquetas, la
impotencia y desesperación se apoderaron de mí y lancé un grito simiesco, golpeé un
saco de tierra y rompí una silla. No me di cuenta cuando entró Leonor a la bodega.
Ella se acercó a los productos y comenzó a leer las etiquetas señalándome sus usos,
pues dijo que ella sabía algo, pues su padre trabajaba de jardinero en el sur.
Al terminar salió.
Era primavera, trabajé arduamente mi jardín. Sentía una necesidad de ser aceptado
por esos días.
Cierto día, entró a mi habitación el mayordomo, dijo que la señora Dama estaba
conforme con mi trabajo, pero que debía hacer uso de mi día libre. Además dijo que
deseaba que el día domingo, como los demás empleados, la acompañara a la iglesia.
Acepte con un gruñido sin entender.
Subimos al vehículo que nos llevó hasta una iglesia. Allí los patrones se sentaban
adelante y los sirvientes atrás. Todos se saludaban y vestían muy cuidadosamente, yo
era la excepción, con mis zapatillas de basquetbolista y mi ropa de jardinero.
Traté de entender lo que decía el cura, aunque no entendía bien.
Mi conclusión me confundió: antes de sentir alivio por esas palabras, sentí temor.
El resto del día libre lo pasé en una plazoleta. Reconocí a Leonor caminando
embobada con un hombre.
El domingo siguiente me coloqué el traje, no así los zapatos, pues mis pies nunca se
acostumbrarían a otro calzado que no fueran mis zapatillas de basquetball.
A veces cuando todos dormían, me quitaba la ropa y subía a los árboles, colgándome
en sus ramas.
Pensé que me despedirían, pero no ocurrió nada, sin embargo, cada vez que me
encontraba con el mayordomo me observaba con una mirada extraña que me dejaba
temblando.
Al siguiente día sembré nuevas plantas. Estaba seguro que el mayordomo destruiría
nuevamente mi jardín y decidí atraparlo.
Cerqué el sector con un hilo que amarré finalmente a uno de los dedos de mi pie, así
cuando alguien se acercara, el hilo tiraría y descubriría quien fue, mientras yo
esperaba solo una certeza.
Una noche sentí el tirón en mi dedo y observé a una persona que se deslizaba entre
las sombras. Me lancé sobre él y el ruido hizo que Leonor saliera.
Leonor comenzó a llorar, dijo que su novio era el que había roto las flores la vez
anterior, pero no se había dado cuenta, ella no podía decir nada, pues si se enteraban
que su novio entraba a la casa, la despedirían.
Muy serio indiqué con el dedo al novio y luego el terreno sembrado.
La casa de la señora Dama era muy respetada y acudía gente muy importante, en ella
se había decidido cosas muy importantes para el país.
Recién había enviudado hace 5 años. Su voz era serena y reflejaba cansancio y
sabiduría. En su juventud ella y su novio Armando provenían de familias con fortuna y
prestigio, pero él era rebelde y deseaba una vida tranquila y conservadora. Decidieron
separarse, entonces Armando lo dejó todo y se marchó a tierras australes donde
trabajó feliz como ovejero. Él pensaba en señora Dama y le escribía extensas cartas
de amor, pero también de despedida, pues no pensaba regresar. Tampoco ella lo
buscaría, pero un día las cartas dejaron de llegar y la familia decidió enviar a un primo
para averiguar por él. El primo recorrió la región hasta que encontró arrieros que le
contaron que en las veraneadas de los ovejeros en el límite con Argentina, habían sido
asaltados por una banda que los secuestró, y después de robarles sus ovejas los
había matado y abandonado en la estepa magallánica. El primo volvió a la capital a
informar a la familia.
La señora Dama quedó desolada, pero algo le decía que él estaba vivo. Sin decirle a
nadie se embarcó a Cabo de Hornos.
En una pulpería de Puerto Edén encontró a la venta la libreta que ella le había
regalado a Armando, y el tendedero le contó que se la había vendido un ovejero
llamado Yugo.
La señora Dama no sabía que hacer ahora y tampoco tuvo tiempo de pensarlo, pues
entre los pedruscos apareció un hombre que la apuntó con una pistola, el hombre le
ordenó seguirlo hasta la casa. Allí se burlaron de ella, estaban locos por el alcohol,
menos un joven delgado que se mantenía aparte. Ella les exigió que le confesaran que
habían sido de Armando y les mostró la libreta. Uno de ellos recordó a Armando como
el joven leía. El jefe del grupo dijo que lo olvidara porque lo habían arrojado al río.
Luego el jefe tomó su revólver y dijo que la mujer sabía demasiado y él lo solucionaría.
La llevó por una loma, lejos del campamento. La señora Dama estaba destrozada. El
hombre la obligó a arrodillarse, ella solo rezaba y pensaba en Armando con los ojos
cerrados, cuando de repente sintió un disparo y pensó que estaba muerta. Al abrir los
ojos vio al joven ladrón, y al jefe muerto. Sin decir palabra siguió al joven. Cabalgaron
toda la noche hasta que el joven se detuvo y dijo:
En ese momento nos interrumpió el mayordomo con una taza de té. El mayordomo me
clavó una mirada asesina y luego se retiró.
Nació su hijo Armando. Los siguientes 30 años fueron agradables. Las fiestas sociales
continuaron en la casa, pero Armando se eximia de ellos en su sótano, donde
recordaba su Patagonia querida.
El hijo del matrimonio viajó a estudiar en el extranjero. Cuando regresó lo hizo con una
novia, con la que pocos meses después se casó. La fiesta fue en la casa.
Los años siguientes Armando visitó a su médico por una dolencia en los oídos. El
médico le dijo que era una complicada enfermedad y debería viajar al extranjero a
tratarse, pero Armando no aceptó dejar su sótano, su mundo.
Toda la casa giró en torno a Armando, pero pocos meses después, Armando murió.
Junto a la señora Dama. Así terminó el relato.
Desde que supe el verdadero nombre del mayordomo, lo veo de otro modo. Ya no me
burlo de él como Leonor o la cocinera. Ni me parece hosca su mirada.
Los domingos seguíamos yendo a misa. Las palabras del cura seguían provocando
miedo, como cuando estaba encerrado en mi jaula.
La conocía perfectamente, estaba tan contento que no pude evitarlo y me saqué las
zapatillas para subir a los árboles.
Busque el lado de la estatua del alcalde Mansur, pero no encontré a mis antiguos
compañeros.
Joao estaba muy impresionado y cuando bajé me agarró de un brazo para llevarme
rápidamente porque 2 policías nos seguían. Afortunadamente los perdimos.
Luego entramos a otro lugar donde nos sentamos en una banca y atrás se levantaba
un telón blanco. Joao me incitaba a reír, cuando de repente veo un flash de una
cámara. Creí haber sido golpeado y salí corriendo. Joao se reía a carcajadas.
Joao quedo con una fotografía y yo con otra. Ya había visto mi rostro, pero ahora lo
comparaba con el Joao y surgían abiertamente las diferencias.
Recordé las palabras de Palmides como una maldición, cuando dijo que jamás sería
como ellos.
Vi como corría y destruía mis flores alegremente. Después me enteré que era Estebito,
el nieto de la señora Dama. Había viajado desde el sur a pasar unas semanas de
vacaciones con la abuela.
Con Joao recogimos las hojas secas en sacos, cuando me dijo que quería hablar a
solas conmigo. Fuimos a mi cabaña y allí me explicó que quería casarse con Leonor y
ella estaba de acuerdo, pero él quería contármelo a mí antes que nadie en la casa.
Puse mi brazo en el hombro de Joao y lancé algunos gritos de alegría que él entendió.
De repente tras la puerta escuchamos unas risa, allí estaba Estebito riendo por mis
gritos de simio. Nos miramos y le sonreí. Ya en la tarde, mientras trabajaba, Estebito
se dedicaba a mirar insectos, aproveché la ocasión para sacarme las zapatillas y
mostrarle mis peludos pies al niño, quien reía. Subí a los árboles y me balanceé de
rama en rama haciendo acrobacias. Al bajar, Estebito aplaudía con delirio mi
actuación. Me coloqué las zapatillas y comencé a trabajar.
Al día siguiente llegó a mi cabaña y jugamos hasta la hora del almuerzo. Me gustaba
estar con niños, lograba comunicarme sin palabras y me llenaba de ánimo.
La casa era pequeña pero tenía un gran patio que usaban de acopio de fierro que
vendían.
La señora Dama dijo algunas palabras que los invitados oyeron con respeto y luego se
retiró con el mayordomo.
Me fui a la casa y me llamó la atención la diferencia de las casas, aquí todo era seco,
sin jardines, con casas de techo de cartón muy cerca de donde vivíamos, pero muy
distinto.
Leonor y Joao se fueron a trabajar al sur, en reemplazo de Leonor llegó Brigiet, una
mujer muy seria y que mostró inmediatamente las diferencias que tendría conmigo.
La señora Dama realizó un viaje por Europa por un largo tiempo. Esos días sin ella
fueron de tristeza en la casa.
Me quedaba con la cocinera quien me hacía reír con sus historias sobre su gordura y
la de su pueblo.
Pensé que ella había llegado, pero al mirar por la ventana vi al mayordomo sentado en
un sillón bebiendo de una botella, con la mirada lejana y extraviada. De alguna forma
también era un simio arrancado de su medio. De alguna forma, dentro de esa
parquedad existía una persona como yo.
En primavera volvió la señora Dama, a todos nos trajo regalos. A mí me entregó una
caja con un par de zapatillas blancas estilo basquetbolistas como las mías. Las
antiguas las guardo en la misma caja de las nuevas.
La señora Dama nos convocó a una reunión donde le explicó a Estebito que debía
estudiar la lectura pues estaba atrasado comparado con su curso, por lo que le
contrataría un profesor para estudiar en las tardes, yo estaría encargado de que no
faltara.
Las clases las realizaban en el patio y yo me instalé al lado colocando una hilera de
hortensias. Trabajé lentamente sin perder una palabra del profesor.
Y así fue todos los días. Al final termine sentado junto a Estebito escuchando la clase.
Cuando llegué a mi cabaña tomé mi único bien. Abrí la primera página y leí: “El 24 de
febrero de 1815, el viaje de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal…” y no me
detuve en toda la noche.
Nunca pensé que sería tan devastador lo que me traerían los libros, sabía que podría
conocer muchos secretos con la lectura, pero conocer mi verdadera identidad fue algo
inesperado.
Todas las noches al botar la basura, recogía los diarios y revistas del día, los leía
lentamente. Cierto día encontré un artículo sobre la desaparición de los primates en
África, donde habían fotografías muy terribles con capturas de simios en la sabana
africana. Al revisar las fotos vi mi verdadera identidad, esa era, la de un simio macho
de la especie de los grandes primates, y eso fue tremendo. Me sentí estremecido,
apenas me podía mover y caí enfermo. Durante varios días no comí, solo estaba
recostado en la cama, cada día empeoraba, y pensaba: si no era el que creí ser, no
valía la pena vivir.
La señora Dama ordenó traer urgentemente un médico, quien dijo que definitivamente
moriría.
Luego tomó mi mano, hizo una larga pausa para finalmente decir:
Eso era lo que había esperado durante años, eso era en lo que esperaba convertirme,
nada más que en un buen hombre, nunca dejaría de ser uno, pero todavía podría
convertirme, o ya lo era, según la Dama, en un buen hombre, y esa sola frase sirvió de
alivio y curación.
La señora Dama lo había logrado, sin imaginárselo. Para ella era un buen hombre, en
un cuerpo de simio.
19 Acepté mi realidad
Bueno, los siguientes años fueron distintos. Seguí trabajando de jardinero, pero desde
que me enteré de mi condición simiesca, me decidí a aceptarlo, por ejemplo ahora
trabajo descalzo y cada vez más retraído, también dejé de leer, pues pensé que la
lectura era la culpable de todas mis desgracias.
Al siguiente verano Estebito llegó diferente, era más grande, y de acuerdo a lo que dijo
la señora Dama, Esteban se preparaba para ingresar a una universidad en el
extranjero, pero cuando la señora Dama no estaba, Estebito cambiaba los libros por
jugar conmigo, hasta que ocurrió lo del accidente.
Cierto día mientras nos descolgábamos por uno de los árboles del patio, una rama
cedió y Estebito cayó de gran altura.
Lo cargué y lo llevé a la casa. En la clínica dijeron que era una luxación en el tobillo y
debía usar una bota de yeso por el resto de las vacaciones.
La señora Dama nos citó abajo el parrón y nos reprendió muy firmemente, dijo que
Estebito debía permanecer inmovilizado en una tumbona en el patio y yo debía hacerle
compañía, pero además nos entregó dos llaves de un modo tembloroso y con los ojos
llenos de lágrimas. Estebito estaba muy contento, pues eran las llaves de la biblioteca
clausurada en el sótano de la casa. En ella encontramos muebles llenos de libros y
Estebito comenzó a revisar los títulos, pues le gustaban mucho las novelas de
aventura, entonces comencé a mirar un gran mapa de África y pensé con tristeza que
seguramente era allí donde yo había nacido y que mis padres vivían allí, y comencé a
sentir la humedad de la selva de los bosque lluviosos de mis ancestros, a pesar de yo
nunca haber vivido allí, y entendí que ahora era distinto, era un simio educado entre
los hombres, y por ello también prisionero, otra vez prisionero pensé. Estebito me dijo
que escogiera un libro, y subimos para comenzar nuestra primera sesión de lectura en
el jardín.
Una de las primeras novelas que leí con Estebito trataba sobre un niño que caía en la
selva y sus padres morían, era Tarzán, sentí que la historia era mi historia, pero
contada al revés, pues el niño era rescatado por unos simios y se comportaba como
ellos. Leí mucho por ese verano, pero cuando llegó la hora de separarnos con Estebito
lo abrace fuertemente, casi para dejarlo sin aire, con esto le deseaba suerte para que
nunca me olvidara, porque yo nunca lo haría.
La casa volvió a su movimiento normal. Los días domingo dejé de ir a misa, la señora
Dama entendió mi decisión y no me obligó a cambiar de parecer. En lugar de ir a misa
comencé a caminar por los barrios y allí entendí el modo de vivir de los hombres, sus
casas, sus barrios. Cierto día cuando llegué a la casa vi un vehículo y la luz encendida
del dormitorio de Magallanes. Cuando entré a la cocina estaba Brigiet fumando un
cigarrillo muy nerviosa. Le pregunté y dijo que el mayordomo estaba enfermo, qué a la
hora de almuerzo se había desmayado mientras servía la sopa. El médico lo que
examinaba, dijo que estaba mal y que necesitaba la opinión de un especialista. Al día
siguiente una ambulancia lo vino a buscar, su rostro era más sombrío de lo habitual.
No sé porque lo hice, pero levanté mi mano y él me respondió levantando la mano de
la misma forma. Nunca imaginé que sería la última vez que lo vería.
La casa parecía desolada, faltaba uno de nosotros. A veces la señora Dama nos
citaba bajo el parrón y nos hablaba de las cartas que escribía Estebito con palabras
para cada uno. Pero un día la señora Dama nos citó, pero en el salón principal, donde
debíamos tener cuidado de no ensuciar su alfombra, nos sentamos y nos habló, dijo
que organizaríamos de nuevo la casa, porque faltaba un mayordomo y que debería
contratar un nuevo jardinero. Yo me horroricé porque significaba que estaba
despedido, pero en realidad lo estaba, porque ahora sería el nuevo mayordomo de la
casa. La cocinera y Brigiet se alegraron por mí y me felicitaron. Debí cambiar mi forma
de vida, pero seguí durmiendo en mi cuarto. Un día entré a la habitación de
Magallanes, para recoger sus pertenencias y guardarlas. Sobre el velador encontré un
reloj, que fue lo único que conservé de él, junto con una fotografía de un paisaje de
Tierra del Fuego. Seguramente él todas las mañanas la miraba para recordar su vida
pasada. Brigiet me enseñó algunas cosas como servir la mesa, y aprendí con rapidez,
mi primera cena con invitados importantes la preparé por una semana, cuando
llegaron me observaron extrañados, recogí los abrigos, casi no me equivoqué, solo en
pequeños detalle. Al otro día la señora me felicitó y para probar su agradecimiento me
dio un nuevo trabajo, me entregó las llaves del sótano, dijo que los libros debían estar
llenos de polvo, que debía limpiarlos y talvez volver a clasificarlos. Entendí lo que
quería decir y lo que quería que yo hiciera en realidad. Me sentí un simio feliz. Mi vida
comenzaba a llenar esos vacíos que creía tener, y no sé si eso me hacía mejor
hombre o mejor simio o ambas cosas a la vez.
En los años siguientes me dediqué a leer íntegramente la biblioteca del sótano en mis
horas libres como mayordomo.
Los años pasaron y nos había hecho envejecer a todos. Estebito nos informaba con
frecuencia sus éxitos como abogado y de su matrimonio y siempre enviaba una carta.
En una de sus notas me envió un regalo, ya que recordaba que alguna vez me había
visto interesado en una cámara de su abuelo, me envió entonces una pequeña
cámara fotográfica para mí, me pareció un regalo estupendo. Brigiet se encargó de
comprarme rollos fotográficos.
Cuando estuve preparado con mi cámara fotográfica no sabía qué debía fotografiar,
repasé varios temas. Al despertar vi la fotografía de la Patagonia del mayordomo y
decidí que fotografiaría el paisaje que me rodeaba, así como era domingo salí a
recorrer los alrededores del barrio y me comencé a dar cuenta la diferencia que había
entre un barrio y otro, además que las casa ya no eran tan amplias con grandes
patios, sino que se habían convertido en edificios. También en mis fotografías de la
población aledaña, mostraba las diferencias socioeconómicas que nadie quería ver.
Todos los domingos significaban para mí, fotografiar un paisaje.
Las cenas en la casa con invitados importantes continuaron, aunque la señora Dama
se veía más frágil, lo que demostraba que también envejecía. El alcalde era muy
simpático, y siempre cuando se iba, lo despedía con su abrigo en la puerta. A veces
me contaba sus problemas en la alcaldía, y un día me habló sobre unos problemas
edilicios, yo no alcancé a opinar, cuando se puso muy contento porque había
encontrado la solución. Cierto día escuché que hablaban sobre proyectos
inmobiliarios, comenzaron a discutir porque unos no estaban de acuerdo en construir
edificios y eliminar las poblaciones, y otros decían que la modernidad obligaba a
realizar cambios en las construcciones. Pensé que mis fotografías podrían ayudar para
preservar la existencias de las casa tradicionales de las poblaciones y le entregué un
sobre con mis fotografías para que tomara una decisión. Un día cuando salí a
fotografiar, un hombre que ya me había visto otras veces, me dijo que ahora ya no
podría hacerlo, porque el alcalde había removido a toda la gente del sector a los
alrededores de la capital, para vender los terrenos a inmobiliarias.
Una semana después, un ayudante del alcalde trajo mis fotografías devueltas con una
nota de agradecimiento.
Nunca pensé que expulsarían a esa gente y desde ese día decidí guardar mi cámara y
mis fotografías en un rincón de mi cabaña.
Bueno, nunca conseguimos un buen jardinero, por lo que el patio parecía muy dejado
de lado y la señora Dama ya no recibía tanta gente en la casa, siempre estaba en su
pieza o vagaba por la casa como buscando a alguien. Un día llegó un joven que dijo
ser hijo de Leonor y Joao y en verdad lo parecía por lo alegre, iba a estudiar y sus
padres le pidieron que nos llevara saludos y que estaban muy felices en el sur del
país.
La primera que nos dejó fue la señora cocinera, quien dijo que volvería a su pueblo
donde todos eran gordos. Hicimos una cena para despedirla en ella estuvo la señora
Dama quien se retiró unos minutos después a su cuarto. Al terminar, la cocinera me
abrazó y dijo que no me olvidara que la vida no se prolongaría para siempre y que
debía darme cuenta de una vez lo que Brigiet sentía por mí, quedé muy sorprendido
con esas palabras y pensé varios días en aquello.
Estebito decidió ir a visitar a unos amigos y me encargó cuidar a su hijo mayor que se
llamaba Armando, igual que su abuelo.
Me quité las zapatillas y comencé a subirme a los árboles, Armandito estaba muy serio
pero se transformó al verme subir, aplaudía entusiasmado y trató de colgarse como yo
lo hacía. Al otro día amanecí muy adolorido, pero siempre jugábamos. Cierto día
Estebito entró a la cabaña a buscar una sombrilla y observó mis fotografías, y me dijo
si se las podía prestar por un momento a lo que no pude negar.
El día lunes volvió con un hombre quien me dijo que quería contratar mis fotografías
para una exposición, yo no alcancé a negarme. La exposición se inauguró al final del
verano y se llamaba “Los Otros”, a mí me pareció muy buena, en ella se mostraban
fotografías de la población erradicada hace algunos años donde mostraba rostros de
niños felices, pobres, resignados y esperanzados. La noche de la inauguración
Brigiet se acercó a mi cabaña con un regalo de la señora Dama, un nuevo traje, más
elegante y moderno que el anterior. La exposición fue un éxito, vendí todas las
fotografías. Al día siguiente la señora Dama me felicitó por mi arte y me preguntó por
el elegante traje que llevaba puesto, entonces comprendí que no era ella quien me lo
había regalado.
25 Estebito y su familia
Estebito con su familia regresaron al extranjero, pero antes prometimos con Armandito
volver a reencontrarnos el próximo verano. Sin embargo, me preocupó lo que Estebito
había hablado conmigo, dijo que le preocupaba la abuela y que yo debía pensar cómo
proseguir mi vida si ella no estaba, además apuntó que había recibido un buen
ofrecimiento de una inmobiliaria por el terreno de esa casa.
Ese año fue lento y el invierno muy duro. La señora Dama no se levantó más de la
cama. El médico que la atendía convocó a todos los empleados y nos dijo que estaba
muy enferma y que lo mejor sería avisar a los familiares. Estebito prometió llegar lo
más pronto de regreso al país. Por mi parte, decidí cuidarla por las noches, así como
ella lo hizo cuando casi yo morí. La última noche me contó nuevamente su historia,
quizás su única aventura, cuando rescato a Armando en la Patagonia para luego
dormirse. Una hora después abrió los ojos, me sonrió y dijo: “Amando”, y murió
lentamente sujeta a mi mano de simio.
Estebito llegó un día después para el entierro. Después del cortejo, los familiares se
reunieron para acordar qué hacer a continuación. Sabíamos que la decisión estaba
tomada. Cuando Estebito me notificó que vendería, no me sorprendió.
Ese día, di un paseo por el barrio, la casa de la señora Dama parecía una rareza
rodeada de edificios y vehículos.
Por la mañana nos despedimos de Brigiet quien volvería al norte con su mamá a
colocar un restaurant con los ahorros que había juntado ya que su marido había
muerto. La abracé y recordé a M, mi liberadora, la única mujer que amé.
La casa estaba tan vacía. Traté de imaginar los sonidos de la Dama dando órdenes,
de las fiestas o de Estebito cuando era niño.
El día que salí de mi prisión entendí que debía aprender y acostumbrarme a todo para
sobrevivir, de eso se trataba.
Volví a la plaza, donde arriendo una pieza muy cómoda a pocas cuadras. Sigo
durmiendo en el piso, pero nadie se entera.
Me compré una cotona e instalé un trípode con mi cámara fotográfica en la plaza. Los
fines de semana fotografío niños, novios, amigos o extranjeros que quieren recordar el
lugar. El negocio da algo de dinero que me alcanza para vivir. A veces en la noche,
cuando nadie me ve, vuelvo a trepar por los árboles, a disfrutar de la vida, vuelvo a ser
feliz, ahora soy otro, un buen hombre o un buen simio, da lo mismo.
Mi proyecto futuro es viajar, no a África, sino a Tierra del Fuego, para contemplar ese
enorme paisaje de la fotografía, pero no me pregunten porque quiero hacerlo.