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Rebel - Marie Lu

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Traducción de Victoria Boano

Argentina – Chile – Colombia – España


Estados Unidos – México – Perú – Uruguay
Título original: Rebel
Editor original: Roaring Brook Press, un sello de Holtzbrinck Publishing Group
Traducción: Victoria Boano
1.ª edición: octubre 2019
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización
escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la
reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de
ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Copyright © 2019 by Xiwei Lu
All Rights Reserved
© de la traducción 2019 by Victoria Boano
© 2019 by Ediciones Urano, S.A.U.
Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid
[Link]
ISBN: 978-84-17780-61-6
Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.
Para aquellos que abren su propio camino, y para quienes lo hacen
posible para otros.
No olvidemos nunca el dolor que nuestros antepasados han sufrido y
que siguen sufriendo en todo el mundo.
No olvidemos nunca la lucha entre la tiranía global y la democracia
que nos llevó a fundar la nación libre de la Antártida, donde cada
persona tiene la posibilidad de ser alguien gracias a su trabajo, y
donde la tecnología, no el ego humano y el error, decide cómo de
exitosos podemos ser. Quizás nuestro sistema de niveles parezca un
juego, pero es mucho más que eso. Es una herramienta que nos ayuda
a vivir la vida que nos merecemos. Y es la razón por la cual la
Antártida es la nación más importante de la Tierra.

Discurso sobre el estado de la nación


NACIÓN ANTÁRTICA, 2050 D. C.
CIUDAD DE ROSS
La Antártida

2142 d. C.
EDEN

Si me pidieras que te hable de mí, lo primero que diría es que me gusta


entender las cosas.
Siempre ha sido así. Desde niño me ha gustado reparar cosas; desmontar
aparatos viejos y desplegar las entrañas de una radio, una tostadora o un
reloj rotos, y disfrutar del rompecabezas de montar algo nuevo a partir de
algo viejo. Tampoco tienen que ser cosas hechas por humanos. Me encanta
mirar cómo las hormigas marchan en fila en dirección a un pedacito de
comida, lo destrozan y lo llevan de vuelta al hormiguero sin romper filas.
Me encanta ver cómo florecen y se marchitan las flores, y cómo es posible
preservarlas para siempre metiéndolas entre las páginas de un libro.
Me gusta entender el cómo y el porqué.
Mi madre me llamó una vez «su pequeño alquimista», me dijo que creía
que yo podía transformar el óxido en oro, y que era capaz de divagar
acerca de cada detalle del funcionamiento de algo hasta quedarme sin
aliento. Me salté los últimos semestres del bachillerato para convertirme
en uno de los mejores estudiantes de la Universidad de Ciencias de Ross,
la mejor universidad del mundo, y estoy a punto de graduarme de un
posgrado después de siete años, cuando suele llevar diez. Ya tengo unas
prácticas esperándome en la República y, en un par de meses, viajaré allí
para una sesión de orientación.
Pero la mayoría de la gente no me conoce por eso. Suelen decir:
«Es Eden Bataar Wing, el hermano menor de Daniel».
Eso soy para los demás.
Entiendo por qué, por supuesto. Seré un estudiante estrella, muy bueno
para comprender las cosas… pero mi hermano es Daniel Altan Wing.
Hace diez años era conocido como Day, el chico de la calle que lideró la
revolución que salvó a la República de América. Su nombre aparecía
pintado con aerosol sobre los edificios, su perfil dibujado en panfletos
rebeldes y en carteles de SE BUSCA. Pasó de ser un criminal notorio a un
héroe nacional en el transcurso de un año. Existen documentales acerca de
lo que hizo en la guerra entre la República y las Colonias, acerca de todo
lo que tuvo que sacrificar. Casi muere por su país, por mí.
Sí. Es un poco difícil superar eso.
Cuando la guerra terminó, nos mudamos a la Ciudad de Ross, en la
Antártida, y durante ese tiempo yo terminé el bachillerato y Daniel se
convirtió en agente del Servicio de Inteligencia Antártico. Al menos,
Daniel está deseoso de dejar nuestro pasado atrás. Pero eso no quiere decir
que los demás se hayan olvidado de su nombre o de su cara. Todavía se
paran a saludarnos por la calle, o los oigo hablando por lo bajo cuando
pasamos junto a ellos.
«Ese es Day, Daniel Altan Wing, una leyenda. Y ese es su hermano
menor, Eden».
Con el paso de los años, he permitido que esa sea la versión de mí que
todos conocen. Eden, el hermano menor. No Eden el que repara cosas, el
inventor. No conocen mi pasión por entender cómo funcionan las cosas, o
las pesadillas que he tenido casi todas las noches desde que terminó la
guerra en la República. No, mi identidad está permanentemente vinculada
a la de mi hermano, sin importar lo que haga o piense.
A la mayoría de la gente no le digo quién soy. No hablo de las preguntas
en las que pienso ni de las pesadillas que me impiden dormir por la noche.
Las personas saben instintivamente cómo evitar a alguien que lleva en el
pecho una carga tan pesada como la mía. Así que la mayoría de las
personas que me conocen solo ven la sonrisa fugaz y el rostro serio y
escuchan el parloteo rápido e incesante acerca del funcionamiento interno
de una máquina. No ven al chico que se despierta sobresaltado con el
sonido de los fuegos artificiales, convencido de que es el rugido de los
disparos de los soldados que invaden la casa. No ven al chico que se obliga
a mantenerse despierto una hora más porque eso significa pasar una hora
menos llamando a su madre en sueños. Significa no sentirse avergonzado
por no haberse recuperado aún de su muerte.
Me gusta mostrar mi lado alegre porque la gente se queda tranquila.
Eden, que será igual que su hermano cuando crezca. Ni Daniel parece
entender quién soy de verdad. Cuando finjo estar bien, mi hermano se
pone contento. Y cuando él está contento, puedo creer que yo también lo
estoy.
Pero por las noches, mis sueños se llenan con imágenes de la República.
Se filtran en cada rincón de mi visión, los recuerdos buenos y los
espantosos confundiéndose tan completamente que a veces no puedo
distinguirlos.
¿Daniel también tiene pesadillas? Si es así, jamás me lo ha comentado.
La República, mi pasado… son cosas que no he podido comprender. No
he podido entenderlas. Quizás sea por eso que terminé solicitando unas
prácticas en Los Ángeles. Porque quiero mejorar las cosas al transformar
los estadios donde se llevaba a cabo la Prueba en hospitales, universidades
y museos.
Pero también porque esas calles viejas y esos recuerdos apagados rondan
mis sueños. Porque no puedo dejar de pensar en ellos cuando estoy en
silencio y en la oscuridad. El hermano que Daniel y yo perdimos. La
madre que no volveremos a ver. El padre que nunca conocí. Sus fantasmas
caminan por mis sueños, llamándome para que vuelva a casa.
Pienso en la República todo el tiempo. Me pregunto cómo era cuando yo
era pequeño. Doy vueltas una y otra vez a los pocos recuerdos rotos que
tengo. Leo todos los artículos que encuentro acerca de ese lugar. Es un
agujero en mi pasado, la parte que no tiene sentido para mí, y estoy
obsesionado con entenderla. Necesito comprender lo que sucedió en mi
infancia. Cómo me las arreglé para sobrevivir a uno de los momentos más
oscuros de nuestra historia.
Pero quizás sea una estupidez, ¿sabéis? Porque a veces es imposible
entender algo. A veces, las cosas suceden sin razón alguna.
La familia que perdimos. La guerra que se tragó nuestras vidas. No hay
nada que entender, existe el cómo ni el porqué.
A veces, las cosas simplemente suceden.

Para entender la Ciudad de Ross, mi hogar, es necesario recorrer sus dos


mitades separadas. Empecemos con los Pisos del Cielo, donde Daniel y yo
vivimos.
La Ciudad de Ross es la capital de la Antártida, uno de los países más
desarrollados del mundo. Si se la compara con la República de América,
es una utopía absoluta. Sus altísimos rascacielos se elevan hacia el cielo,
protegidos herméticamente dentro de un biodomo que mantiene una
temperatura agradable y simula el ciclo normal del día y la noche durante
los largos meses de verano y de invierno. No me preguntes cómo funciona.
He buscado en línea durante años, y he cansado a mi hermano con
preguntas al respecto, pero continúa siendo un misterio fascinante y un
poco frustrante para mí.
Daniel y yo vivimos en uno de los sectores más ricos, los Pisos del
Cielo, la mitad superior de los rascacielos donde hay luz solar y estrellas y
aire fresco; donde los edificios están interconectados mediante una especie
de red de largas pasarelas cubiertas de hiedra verde. Aquí arriba, cada
planta consiste en hogares de lujo, tiendas, restaurantes elegantes,
escuelas… ni una sola grieta en las aceras, ni una flor ni arbusto fuera de
lugar. Un caleidoscopio de inmensos anuncios y murales virtuales ilumina
todos los lados de cada rascacielos, todas las imágenes en un estado de
rotación constante. Mirar la ciudad desde aquí arriba es como mirar un
mar de arcoíris. En invierno, los cielos se iluminan con las auroras
australes que pintan las noches con vetas resplandecientes de turquesa y
oro. En verano, el biodomo simula la noche, y se consigue el mismo efecto
pero de manera virtual.
Para las personas que han vivido aquí toda la vida, este es un barrio
completamente normal encaramado alto en el cielo. Para mí, es una tierra
de fantasía multicolor, tan extraña como las Colonias de América.
Y aquí es donde estoy ahora, en la Universidad de Ross, en el último
piso del Edificio 23 en el centro de la Ciudad de Ross, donde en este
momento estoy intentando descubrir la mejor manera de escaparme del
complejo antes de que el resto salga de la clase.
Asomo la cabeza fuera del aula para ver los pasillos vacíos. La
universidad es una maravilla neoclásica. A la Antártida le gusta
homenajear a las grandes civilizaciones del pasado, como los romanos y
los egipcios. Jamás aprendí acerca de esas sociedades cuando estaba en la
República. Ni siquiera sabía lo que neoclásico significaba hasta hace poco;
no es algo que mi antigua patria le mostrara a nadie, cómo eran los
edificios en los días antes de que la República existiera. Así que la
universidad está repleta de espacios geométricos llenos de luz y columnas
rectas adornadas con murales virtuales y cambiantes diseñados por los
estudiantes de Arte, y cuando los pasillos están silenciosos como en este
instante, es posible oír las fuentes que están más allá de la entrada
principal. Más allá, las pasarelas conectan esta planta con la misma planta
en los edificios colindantes, así que todo parece un panal de puentes
interconectados.
Unos pocos estudiantes se pasean por los pasillos de la universidad,
pero, aparte de eso, estoy solo.
Perfecto.
Espero un segundo más y bajo la vista, me coloco la mochila alta sobre
los hombros y camino hacia la entrada principal lo más rápido que puedo.
Si tengo suerte, no me cruzaré con nadie que conozca hasta que llegue al
exterior, donde mi amiga Pressa estará esperándome.
Imágenes y textos virtuales flotan frente a mis ojos, y cambian a medida
que avanzo. Aparecen títulos como QUÍMICA ORGÁNICA y FÍSICA
TEÓRICA sobre las aulas. Un nivel virtual flota sobre la cabeza de cada
persona que camina por el pasillo. Nivel 64. Nivel 78. Nivel 52. Botones
virtuales interactivos pasan sobre las macetas con plantas que bordean los
pasillos. Dicen:

A | +1 PUNTOS

Otros botones flotan por encima de las clases.

EXAMEN FINAL DE QUÍMICA ORGÁNICA


A | +100 PUNTOS
B | +50 PUNTOS
C | +10 PUNTOS
D | –50 PUNTOS
F | –100 PUNTOS

Todo eso (los rótulos en las aulas, los puntos que se pueden ganar por
regar las plantas o presentarse a exámenes, el nivel al que cada uno de
nosotros pertenece) es parte del sistema de niveles de la Antártida. Cada
persona en este sitio tiene un chip implantado debajo de la piel, detrás de
la oreja izquierda. A través de ese chip, se activa una tecnología que
superpone imágenes virtuales a la vista.
Registra las acciones que realizas a lo largo del día. Te asigna un nivel
de acuerdo con esas acciones. Y luego ese nivel aparece encima de tu
cabeza, para que todos sepan cuál es.
Todo lo que hagas aquí genera puntos que afectan a tu nivel. Cuantas
más cosas buenas hagas (sacar una nota alta en un examen, ayudar a
alguien a cruzar la calle, y así sucesivamente), más puntos obtendrás.
Cuantas más cosas malas hagas (hacer trampa, robar, pelearte), perderás
más puntos.
Cuanto más alto sea tu nivel, más privilegios recibes. En el nivel 7,
obtienes el derecho a acceder al sistema público de autobuses, trenes y
estaciones de ascensor de la ciudad. Se te permite alquilar una casa.
En el nivel 10, se te permite comprar alimentos más frescos, así como
también comer determinados tipos de comidas y entrar a determinados
restaurantes.
Para poner siquiera un pie aquí arriba, en los Pisos del Cielo, donde
Daniel y yo vivimos, es necesario tener un nivel 50 como mínimo.
Así utiliza la Ciudad de Ross el sistema de niveles como incentivo. Está
pensado para fomentar que la gente haga cosas buenas y no malas. Al
parecer, es el gobierno más justo que se haya creado jamás, implementado
después de que la Antártida se diera cuenta de que el resto del mundo
continuaba padeciendo los mismos ciclos de tiranía y dictadura una y otra
vez.
Es decir, soy de la República. Entiendo lo que pretendía la Antártida.
Pero mientras avanzo con rapidez por los pasillos en dirección a la
salida, no puedo dejar de pensar que, sin importar lo virtuoso que sea el
sistema, existen personas a las que no les interesa hacer el bien.
En efecto, una voz familiar a mis espaldas me hace estremecer.
—Ey, es Wing. ¡Ey!
Maldita sea. Insulto por lo bajo, me encojo de hombros y aumento la
velocidad. Se me deslizan las gafas por la nariz por la prisa. Las empujo
hacia arriba con nerviosismo, y sin querer emborrono uno de los cristales
con el dedo. A pesar de lo avanzado de la tecnología antártica, el chip en
mi cabeza no puede arreglarme los ojos (que resultaron afectados por las
plagas de la República hace mucho tiempo), así que las gafas siguen
siendo parte de mi vida.
Detrás de mí, la voz se acerca más. Ahora oigo el ritmo de otras pisadas
que la acompañan.
—Ey, Wing, afloja el paso. ¿A dónde vas con tanta prisa?
Alan. Emerson. Y Jenna. Es tarde para esquivarlos. Así que, en vez de
eso, respiro hondo e intento aparentar calma cuando me rodean.
Tenemos la misma edad, solo que ellos están en el último año del título
de grado, y yo ya estoy en el doctorado. El primero, Emerson, sonríe
mientras reduce la velocidad para igualar mi ritmo.
—Siempre sales con mucha prisa —dice, mientras apoya relajadamente
una mano sobre mi mochila y sujeta la correa superior. Tira de mí hacia
atrás.
Me encojo de hombros, la vista fija hacia delante.
—He quedado con una amiga, nada más —respondo. Para mi alivio, mi
voz se mantiene estable y liviana.
—¿Tu amiga? —comenta Jenna, desde el otro costado—. Pressa,
¿verdad? ¿La auxiliar de limpieza?
Mi amiga Pressa no va a clases en la universidad. No tiene el nivel
suficiente. En vez de eso, se encarga de todos los robots que barren los
pasillos, y los limpia por la mañana y por la tarde.
Oigo el sonido del cierre de mi mochila abriéndose a mis espaldas antes
de poder responderle.
—Eres increíble, Wing. —Se maravilla Alan, el tercer estudiante, con
admiración fingida—. Todos los libros se descargan en nuestros sistemas
virtuales, pero ¿sigues cargando libros de Ciencia en papel?
Emerson extrae uno de los libros de mi mochila.
—Eso es porque no los usa para estudiar —apunta, hojeándolo.
Aparto la mochila.
—Ten cuidado con eso.
Pero ya está sacudiendo el libro. De él caen delicadas flores secas (varas
de oro, acianos, delicados lirios de invierno) que yo había prensado con
cuidado entre las páginas.
Se me corta la respiración al verlas, y me agacho rápidamente para
recogerlas. Algunas ya se han desmontado en la caída, y sus pétalos yacen
arruinados sobre el suelo de mármol. Me sonrojo al oír algunas risitas a mi
alrededor. Una ligera capa de sudor hace que se me deslicen de nuevo las
gafas por la nariz, y las empujo hacia arriba; odio hacer ese gesto torpe.
—No sabía que eras un florista tan talentoso —dice Jenna.
Intento ignorarla y recojo el resto de las plantas secas y vuelvo a
colocarlas entre las páginas. Ahora hay otras personas en el pasillo
mirándome trabajar. Me encantan las flores; sus colores, su fragilidad; la
manera en la que crecen; el aroma que tienen. Pensaba secar estas flores y
ponerlas en cuadros. Pero me da mucha vergüenza decirlo.
Prensar flores no es el tipo de pasatiempo que se les permite tener a los
hombres. No es la clase de afición que atrae amistades. Mi hermano
probablemente ni muerto dejaría que lo vieran haciendo esto.
—¿Necesitas ayuda? —me pregunta Emerson, agachándose junto a mí.
Mientras se agacha, pisa a propósito las flores que quedan en el suelo.
Una oleada de furia atraviesa mi calma, y le doy un empujón.
—Quítate de encima —bufo. Pero las flores ya están estropeadas.

MOLESTAR A UN COMPAÑERO DE CLASE | - 10 PUNTOS

El texto aparece ante mis ojos antes de que pueda detenerme, y los
puntos negativos brillan en rojo en mi cuenta.
—¡Ay! Disculpa, no había visto dónde estaban —exclama, mirándome
con sorpresa fingida, y alza las manos—. Ha sido un accidente. No te
alteres tanto.
Así me tratan todos los días. Es un tipo de intimidación muy cuidadosa,
que no activa el sistema de niveles. No me dicen nada evidentemente
cruel. No me golpean ni me empujan. El sistema no lo detecta, por lo que
no les resta puntos por acoso.
Emerson me devuelve el libro y me da dos palmadas en el hombro.
—Bueno, espero que te diviertas con la auxiliar de limpieza. —Su tono
de voz se mantiene amistoso y cálido. Otra manera con la que engaña al
sistema de niveles—. Si ves a tu hermano, dile que le mando saludos.
—Dile que yo también le mando saludos —agrega Jenna, iluminándose
ante la mención de Daniel.
La última vez que Daniel vino a verme a la universidad, Jenna se puso
colorada como un tomate y fue todo risitas. Emerson y Alan lo acribillaron
a preguntas acerca de cómo se sentía al ser el campeón de una nación
entera. Daniel, como siempre, se mantuvo cortés y distante, pero eso no
afectó el cómo me sentí al observarlo desde los márgenes.
Me quedo mirando las flores secas que tengo en la mano, y me siento un
idiota. ¿Cómo le iría a Daniel aquí, en la Universidad de Ross? Nunca fue
muy estudioso, porque nunca tuvo que serlo. Daniel es Day. Puede subir
corriendo por las paredes de los edificios. Escapar de la policía. Saltar
desde la ventana de un cuarto piso.
¿Yo? Soy el empollón con mala vista al que le gusta construir cosas y
enmarcar flores secas. Cuando hablo, mi voz suena más alta y suave que la
de mi hermano. Él es el héroe que ya no tiene pesadillas. Yo soy el raro, el
callado al que sigue tratando como si fuera un niño.
Meto las flores arrugadas en la mochila, y las aplasto aún más al dejar
caer el libro encima de ellas. La furia me hierve a flor de piel, junto con la
vergüenza.
—¡Ey!
Pressa está frente a la entrada, apoyada contra un árbol, esperándome.
Tiene el rostro redondo, suave y marrón claro, los ojos alargados, y cuando
sonríe con su sonrisa fácil, uno de sus dientes está encantadoramente
torcido.
La sonrisa desaparece enseguida cuando nota mi expresión.
—¿Qué te ha pasado? —me pregunta cuando me acerco.
Conocí a Pressa cuando empecé a llegar a la universidad temprano por la
mañana para trabajar en mis inventos. La ayudé a hacer su trabajo más
rápido al instalar un código adicional en los robots de limpieza. Hemos
sido amigos desde entonces. En una universidad llena de hostilidad, ella ha
sido el único consuelo.
Pienso en contarle todo lo que acaba de suceder. Si existe una persona
que entiende lo que es lidiar con algunos de estos estudiantes de último
año, es Pressa. Pero las palabras se me traban en la garganta y se niegan a
salir. Los hombres de verdad no prensan flores en sus libros. No vuelcan
sus inseguridades en sus amigos. Daniel jamás me cuenta todas las cosas
que le ocurrieron en el pasado. Los hombres de verdad se aguantan y
cambian de tema hasta que los corazones se les marchitan y se convierten
en polvo dentro de ellos.
Así que devuelvo las palabras a mi cerebro y sonrío.
—Nada —respondo—. Estoy contento de salir de clase.
Me mira de reojo, como si no me creyera, pero no me presiona más.
Rodea mi brazo con el suyo.
—¿Todavía quieres ir a la Ciudad Baja? —me pregunta.
Asiento mientras nos dirigimos hacia los ascensores.
—He estado listo todo el día —respondo.
Sonríe y me guiña un ojo, sabiendo que eso siempre me mejora el
ánimo.
—Bien. Porque habrá una carrera de drones esta semana, y al menos
cien mil corras que esperan ser ganados. He supuesto que deberíamos ir a
hacer nuestras apuestas.
Carreras de drones. Apuestas. Son actividades peligrosas en la parte más
sórdida de la Ciudad de Ross, pero es el único lugar donde me siento bien
conmigo mismo. Le devuelvo la sonrisa, y admiro la manera en la que su
pelo corto forma una línea recta con su mandíbula. Luego, me quito la
mochila de un hombro y busco algo en ella. Extraigo un tubo pequeño y
circular.
La boca de Pressa forma una O mientras lo examina.
—¿Es lo que creo que es? —susurra.
Esbozo una sonrisa.
—Si crees que es el motor de un dron, entonces tienes razón —respondo
—. He estado trabajando en él durante semanas.
Menos mal que Emerson no ha rebuscado más allá de mis flores secas.
—Esta vez, no solo apostaremos. Podemos entrar en la carrera.
—A veces, me pregunto si deberías estar aquí arriba en los Pisos del
Cielo —repone Pressa, sacudiendo la cabeza con una sonrisa—. Tienes
mucho más en común con el resto de nosotros, los de allí abajo.
No le respondo nada cuando nos dirigimos al ascensor más cercano e
iniciamos nuestro descenso. Quizás tenga razón. No encajo aquí arriba, en
los Pisos del Cielo donde todo es perfecto hasta que deja de serlo. Mi
corazón pertenece a los pisos más bajos, a la parte de la ciudad en la que
suceden cosas como carreras de drones y apuestas. La parte que Ciudad de
Ross no publicita.
La Ciudad Baja.
DANIEL

De nuevo, Eden no atiende al teléfono.


Toco el ícono virtual de la llamada que aparece en mi visualizador,
maldigo por lo bajo e intento llamarlo una vez más.
Quizás la conexión no vaya bien. En este momento me encuentro en las
calles más profundas de la Ciudad Baja, después de todo, encaramado en
las sombras sobre un cartel de neón ruinoso que está sobre una calle
atestada de gente. Este es el escalón más bajo de Ciudad de Ross, la planta
baja, donde la luz del sol no llega jamás y donde los carteles de neón
publicitan el revoltijo herrumbroso de tiendas baratas que bordean ambos
lados de la calle.
No se trata del mejor lugar para hacer una llamada a los Pisos del Cielo.
De nuevo, no hay respuesta.
Inhalo hondo e intento no enfadarme. Cuando nos mudamos a la
Antártida, me prometí a mí mismo que jamás perdería la calma con Eden.
Sobrevivió a una maldita revolución. Perdió a nuestros padres y casi su
vida.
Es mi hermano pequeño. Y no existe nada por lo que valga la pena
enfadarme con él, mientras esté vivo y sano.
Aun así. Uno pensaría que el chico podría devolverle una llamada a su
hermano de vez en cuando. Quizás esté con sus compañeros de clase. No
sé bien con quién habla estos días. La última vez que lo visité en la
universidad, parecía llevarse bien con unos estudiantes de último año
llamados Jenna y Emerson, pero ellos están a punto de hacer los exámenes
finales del curso. Eso significa que saldrá más, ¿verdad?
El concepto de una universidad, de hacer exámenes sin consecuencias
reales, me resulta tan raro que intentar comprender la vida actual de Eden
no me conduce a ninguna parte. June seguramente lo entendería mejor. Me
pregunto durante un momento si podría usar esto como excusa para
llamarla, para conocer su opinión acerca de cómo debe estar sintiéndose
Eden.
Mis pensamientos siempre se desvían hacia June. Jugueteo
distraídamente con un anillo de clips que llevo en la mano izquierda,
intento expulsarla de mi mente y llamo a mi hermano por última vez.
No responde.
Suspiro, me doy por vencido y enciendo el rastreador de su
geolocalización. Es otra de las características del sistema de niveles
antártico. Al menos es posible averiguar dónde está alguien.
—¿Alguna señal de ella? —dice una voz en mi auricular. Es la agente
Jessan, mi compañera del SIA.
Dejo activo el geolocalizador de Eden y me vuelvo a centrar en mi
trabajo. Escaneo el animado mercado debajo de mí.
—Aún no —murmuro.
—Se le ha hecho tarde —suspira Jessan en la línea—. Quizás hoy no
salga.
—Démosle unos minutos más, ¿de acuerdo?
—Está bien. —Jessan corta, y vuelvo a mi guardia.
Tengo suerte de estar en cuclillas aquí en las sombras. La gente siempre
me reconoce, por una razón u otra. Han visto mi cara antes en las noticias,
en los carteles de SE BUSCA que solían llenar todas las malditas pantallas
gigantes de la República de América.
Ahora es la que aparece cada vez que alguien comete un crimen en
Ciudad de Ross. La que ves justo antes de que te arreste.
Solía llamarme Day, el chico de las calles de la República. El fugitivo
que, sin querer, empezó una revolución.
Pero ahora soy Daniel Altan Wing, del Servicio de Inteligencia
Antártico. Mi trabajo es cazar a los peores criminales de Ciudad de Ross.
Aquí, al parecer, soy la ley.
Bastante irónico, ¿verdad?
A diferencia de otros agentes del SIA, soy un bicho raro. Crecí en las
calles roñosas y rotas de Lake. Robé y peleé y me las arreglé en las peores
situaciones. He sido el criminal más buscado en la República, una rata
callejera que por alguna razón se llevó el crédito por hacer que un
gobierno cayera y se reconstruyera. Sé cómo es vivir en los peores lugares
del mundo.
La mayoría de aquellos con los que trabajo no crecieron así. En
particular no mis compañeras, las agentes Jessan y Lara. Son antárticas,
nacidas y criadas aquí en la maravilla tecnológica ostentosa e
hiperavanzada que es Ciudad de Ross. Así que suelen tratarme con una
mezcla de curiosidad y temor reverencial.
¿Cómo es, me preguntan con los ojos como platos, vivir en un mundo
como la República?
Suelo evadir la pregunta. La vida en la República es una pesadilla que
prefiero dejar en el pasado.
Si alguien de mis tiempos en la República me viera ahora, se reiría,
supongo. No tengo para nada el mismo aspecto que solía tener; el pelo
largo y atado hacia atrás en un nudo, la gorra bien colocada para ocultar
mi cara, la ropa gastada y roñosa de la calle. Ahora llevo puesto un traje
negro bien cortado con una elegante camisa negra y zapatos lustrados, y
llevo el pelo corto y despeinado. Aún no me he acostumbrado, así que me
paso las manos por el pelo todo el tiempo. Al terminar el día, parece una
maldita zona catastrófica.
Me pregunto qué pensaría June de mí. Pero siempre me pregunto qué
pensaría sobre muchas cosas.
La pierna se me empieza a dormir, así que me levanto y sigo esperando.
Hoy estamos aquí abajo siguiendo a una mujer que trabaja para Dominic
Hann, uno de los criminales más peligrosos de la Ciudad Baja.
Yo, Daniel Altan Wing, siguiendo a un criminal. A veces la idea me da
ganas de reírme.
Pero Dominic Hann no se parece en nada a mí. No es una especie de
vigilante que lucha por conseguir justicia o por su familia. Es un asesino,
frío y despiadado.
En los últimos dos años, Hann se ha convertido en el nombre más
notorio en los círculos criminales de la Ciudad Baja. Ha dejado cadáveres
colgando en mitad de cruces de calles, destripados y mutilados. Está a
cargo de las carreras ilegales aquí abajo. Presta dinero a todos los que no
viven en los Pisos del Cielo, a personas con niveles bajos que están
desesperadas y hambrientas, y luego, si no pueden pagar, obliga a esas
personas y a sus familias a pagarle el doble.
Nadie que se haya cruzado con Hann parece querer hablar acerca de él.
Ha sido difícil reunir información.
Algunas personas me preguntan por qué elijo hacer un trabajo tan
peligroso después de todo lo que me ha sucedido. No lo sé, la verdad.
Quizás sea porque la idea de que existe alguien que está aterrorizando a
los pobres aquí abajo me recuerda demasiado a mi pasado. Quizás sea
porque este es el mundo que conozco, y enfrentarme al peligro es algo que
se me da bien. Aunque no disfrute de que sea así.
La Ciudad Baja está muy lejos del lujo centelleante de los Pisos del
Cielo. Aquí vive la gente más pobre de Ciudad de Ross. Las intersecciones
están llenas de basura y motocicletas oxidadas a las que les faltan piezas.
La multitud circula debajo de mí como si fuera una marea de hormigas.
Veo los niveles virtuales flotando por encima de sus cabezas. Nivel 6.
Nivel 10. Nivel 14.
Poso la mirada sobre unas personas sin hogar que están acuclilladas
junto a los muros, pidiendo distraídamente unas monedas. El nivel 0 flota
sobre sus cabezas. Las personas de nivel 0 no tienen ningún derecho. No
pueden alquilar propiedades. No pueden viajar en tren. Apenas si se les
permite dormir en las calles.
Puedes subir de nivel, por supuesto. Es el objetivo del sistema. Con el
paso del tiempo, algunas personas de los niveles más bajos han podido
subir de nivel hasta los Pisos del Medio y tener acceso a mejor comida,
vivienda y transporte. Pero alcanzar esos niveles requiere una inmensa
cantidad de trabajo. La mayoría no logra salir.
Ciudad de Ross es, de todos modos, un lugar mejor que la República.
¿Qué nación avanzada no tiene algo de pobreza? Al menos, estas personas
nunca han padecido las Pruebas de la República o las asfixiantes
corporaciones de las Colonias.
Pero, por lo que he visto, ningún lugar del mundo trata bien a aquellos
en los peldaños más bajos. Por eso odio estar en la Ciudad Baja. Se parece
demasiado a la vida en Lake, donde se pasa hambre y se duerme en
callejones. Cada vez que vengo aquí abajo, acabo teniendo pesadillas.
La gente quizás crea que soy una especie de héroe reluciente. Pero
¿sinceramente? Lo único que quise hacer desde un principio fue proteger a
mi familia.
De pronto, me pongo tenso. Me enderezo. Fijo la vista en una mujer que
acaba de salir de un almacén debajo de mi cartel de neón. Mira de reojo
hacia atrás, y luego se mezcla con la muchedumbre mientras se encoge de
hombros.
Me doy un golpecito en la oreja.
—Es hora —le digo a Jessan, cuelgo y me incorporo.
Retrocedo más aún en la sombra del edificio, me dejo caer desde el
cartel de neón y empiezo a acercarme centímetro a centímetro a la cornisa
del primer piso. Abajo, la mujer se mueve con sorprendente rapidez. Si no
estuviera siguiéndola, la hubiera perdido en la multitud.
Mis pies se mueven con la seguridad de quien ha hecho esto miles de
veces. Salto de una cornisa a otra entre edificios, luego a otra, sin salir
nunca de las sombras. Mis dedos encuentran instintivamente la siguiente
grieta a la que aferrarme en las paredes.
Más adelante, la mujer gira hacia una angosta calle lateral y atraviesa un
mercado. Me detengo antes de la esquina y acorto el camino por la parte
posterior de los edificios, y luego me escurro desde la cornisa del primer
piso hasta aterrizar en un callejón que conduce al mercado.
El humo de las parrillas llena el aire y cubre la calle en una bruma.
Mantengo la vista fija en el pelo castaño claro de la mujer mientras avanzo
rápidamente de un callejón a otro. Lo bueno es que los transeúntes están
tan ocupados vigilando la comida que nadie nota al fantasma que se
desliza detrás de sus puestos, una sombra que se mueve junto a ellos.
Poco a poco, gano terreno. La mujer mira hacia atrás cada pocos
minutos, con regularidad. Después de un rato, pateo el muro del callejón y
subo hasta el segundo piso. Aumento la velocidad. Una red de cuerdas para
tender la ropa conecta el edificio en el que estoy con el de al lado; me subo
a la cuerda, me agacho para sujetarla con ambas manos y luego uso el
impulso para balancearme hacia el primer piso.
Ahora estoy unos pocos pasos por detrás de ella. Se mueve con rapidez y
nerviosismo, como si percibiera que alguien la está vigilando. Echo un
vistazo rápido a los edificios que me rodean. Jessan y Lara deben de estar
también en camino, estrechando la trampa.
La mujer corre abruptamente hacia lo que parece un callejón sin salida.
Salto a un balcón del primer piso y me balanceo con brusquedad para
seguirla. Cuando llego al callejón, veo que está a punto de deslizarse por
un pasillo estrecho que hay al fondo, pero Jessan está allí, esperándola al
otro lado. Emerge de las sombras, vestida con la misma ropa que yo y
apunta a la mujer con su arma.
La mujer gira para intentar escapar corriendo por donde ha venido, pero
ya estoy allí. En un solo movimiento, salto del balcón de la primera planta,
me sujeto al borde de un cartel y me balanceo hacia el suelo.
Aterrizo justo frente a ella y me pongo de pie, las manos en los bolsillos.
—No me parece buena idea —digo.
Me arroja un puñetazo, pero doy un paso al lado y la esquivo con
facilidad. Ya tengo las esposas en la mano, y cuando ella se tropieza junto
a mí por la fuerza de su propio impulso, le sujeto uno de los brazos y se lo
pongo detrás de la espalda. Le coloco una de las esposas en la muñeca, y
luego en la otra.
—¿Alexandra Amin? —mascullo con los dientes apretados mientras ella
lucha por zafarse.
No responde, pero la desesperación en sus movimientos la delata.
Me permito sonreír levemente mientras Jessan y Lara se acercan. Jessan
suspira y da una palmada, y Lara se pasa la mano sobre el moño liso y
ajustado que lleva alto en la cabeza.
—Al fin —murmura Jessan mientras llama a la sede central del SIA—.
Esta ha resultado ser escurridiza.
—Nos ha entretenido, ¿o no? —le digo, alzando una ceja.
Lara deja escapar una carcajada.
Hemos estado vigilando a esta mujer durante un mes. Se dice que es la
asistente personal de Dominic Hann, que recoge información para él y lo
ayuda a pasar mensajes por la Ciudad Baja. Nuestra información nos
indica que creció con él y que tiene más o menos su misma edad.
Es mucho más joven de lo que me había imaginado que sería. Recuerdo
los rumores acerca del propio Dominic Hann, que se supone es el jefe
criminal más joven de Ciudad de Ross, y me pregunto qué otros cotilleos
serán ciertos.
Esto nos acerca un paso más a atraparlo. Comienzo a recitarle a la mujer
sus derechos.
—Tiene derecho a ser juzgada ante un jurado de residentes antárticos
además del sistema de niveles antártico. Antes de ser juzgada, tiene
derecho a….
Se retuerce en mis manos y me echa una mirada salvaje y aterrorizada.
—Tengo una hija —me susurra—. Se llama Ashley Amin. No permitan
que Hann la castigue porque me han atrapado. Por favor.
Parpadeo, sorprendido.
—Nada le sucederá a su familia —le digo, en una voz baja y calmada.
Siento el miedo en su voz—. Se lo prometo. Solamente necesitamos su
ayuda.
En ese momento, noto una espuma ligera en las comisuras de su boca.
Está pálida y sudorosa, y me doy cuenta de que su temblor no es solo
producto del miedo. Vuelve a mirarme con los ojos bien abiertos. Me
atraviesa con la mirada.
—No permita que le haga daño a mi hija —jadea, escupiendo espuma—.
No se lo permitan.
Repite las palabras una y otra vez como en un delirio.
Maldigo y miro a Jessan.
—Pide ayuda. Se ha envenenado.
Jessan da un toque en su visualizador sin pensarlo dos veces.
Vuelvo a clavar la mirada en la mujer. La sacudo una vez cuando sus
ojos empiezan a ponerse vidriosos.
—Protegeré a su hija. ¿Dónde podemos encontrar a Hann? ¿Cuál es su
próximo objetivo? —exijo.
La cabeza de la mujer cae hacia un lado. Cerca de nosotros, Jessan está
pidiendo una ambulancia.
—Carreras de drones —susurra por fin la mujer, en una voz tan baja que
apenas la escucho.
—¿Carreras de drones? ¿Dónde?
Pero pone los ojos en blanco y se queda inerte en mis brazos. La sacudo
de nuevo, pero su cuerpo ha dejado de temblar. Cuando le pongo los dedos
en la garganta, no siento el pulso.
No es la primera vez que veo un cadáver, por supuesto. He visto una
buena cantidad desde niño; después de todo, la República me dio por
muerto y tuve que arrastrarme fuera de la morgue de un laboratorio a los
diez años. Me hice el muerto durante años en las calles de Lake, he visto
morir asesinados a mi propia madre y a mi hermano, he sido testigo de
muchísimas más muertes cuando estalló la guerra entre la República y las
Colonias.
Pero eso jamás me ha entumecido. Cada vez que me enfrento cara a cara
con la muerte en mi trabajo, siento la misma desesperación en lo profundo
de mis entrañas. La misma sensación de repulsión y tristeza.
Esto ha sido culpa mía. No debería haberla interrogado con tanta
severidad. Debería haberme asegurado de que no se tragara algún tipo de
veneno. Debería haberla detenido.
Ahora ha muerto, y apenas hemos obtenido una pizca de información
acerca de Hann. Dejo a la mujer en el suelo y me incorporo lentamente,
mientras Jessan y Lara registran su cuerpo sin vida.
¿Qué clase de hombre es Hann, que genera un miedo tan profundo en sus
asistentes que prefieren suicidarse a ser capturadas? ¿Qué le hubiera hecho
Hann a esta mujer si hubiera sobrevivido?
El estruendo de la ambulancia se escucha en la intersección con el
callejón y, aturdido, observo cómo dos personas vestidas de blanco corren
hacia el cuerpo. Lara se acerca a mí y se cruza de brazos.
—Carreras de drones, ¿eh? —pregunta.
Asiento.
—Si alguien averigua cuándo es la próxima —añado—, no dejes que la
clausuren. Estaremos allí, por si Hann aparece.
Lara asiente.
—Qué lástima —dice, sacudiendo la cabeza—. Siento un poco de pena
por ella.
—No sentiríamos pena por ella si el sistema de niveles fuera justo —
murmuro.
—No empecemos con eso de nuevo. —Suspira, exasperada.
—Personas como ella trabajan para Hann porque no tienen otra opción.
—Ey, si quieres discutir al respecto, díselo a Min.
Min Gheren, la directora del SIA. Se lo he comentado antes, pero no le
interesa a nadie. Así que me encojo de hombros y miro a Lara de reojo.
—Si crees de verdad que eso servirá de algo, lo haré. Hasta me pondré
un vestido y haré un número.
Observamos cómo los paramédicos cubren a la mujer con una tela. Al
menos aquí se trata a los cadáveres con cierto respeto. Un recuerdo
centellea en mi mente, el antiguo trauma de despertarme en un mar de
cadáveres, de arrastrarme fuera de él mientras me sostenía la rodilla
sangrante y estropeada con la que habían experimentado.
—¿Estás bien, Daniel? —me pregunta Jessan, examinándome la cara. Ni
siquiera había notado que se me había acercado.
—Sí —replico, y me quito de encima el recuerdo. Ya sé lo que soñaré
esta noche. Cuanto más rápido salgamos de la Ciudad Baja y volvamos a
los Pisos del Cielo, mejor. No soporto más este maldito lugar.
Cuando nos volvemos para dirigirnos a la calle principal, una alerta
virtual aparece en mi visualizador. Es el ícono flotante de Eden, con un
círculo verde alrededor. Cuando le doy un toquecito, aparece un mapa con
un punto de ubicación.
Parece que el sistema al fin ha encontrado a mi hermano.
Me detengo de pronto, y entrecierro los ojos para estudiar el mapa más
de cerca.
—Ay, mierda, no —digo entre dientes.
—¿Mierda no, qué? —me pregunta Jessan, frunciendo el ceño.
El punto de ubicación parpadea no muy lejos de donde estamos ahora.
Eden no está paseando en los Pisos del Cielo. Está aquí, en la Ciudad Baja.
EDEN

Las carreras de drones son ilegales, técnicamente.


Si has ido alguna vez a alguna, sabes por qué. Básicamente, una docena
de competidores en total, cada uno de los cuales trae su propia máquina
voladora, compite en carreras que se llevan a cabo por toda la Ciudad
Baja. Los drones salen disparados por el aire para recorrer las angostas y
atestadas calles, a tal velocidad que podrían matar a una persona o destruir
el lateral de un edificio. No tienen licencias para volar. No se obtienen
permisos para establecer el recorrido por las calles. Las apuestas que se
hacen en todas las carreras son en efectivo, así que el gobierno no puede
cobrar impuestos o rastrearlas. A pesar de eso, es un espectáculo excitante.
Las personas se reúnen para observarlos pasar hasta que el sistema de
niveles detecta la situación (¡fomento de comportamiento alborotador!) y
la policía llega a detenerla. Incluso en esos casos, resulta difícil señalar
exactamente dónde queda el punto de partida de la carrera y atrapar a los
responsables de organizar todo el asunto.
Pressa ha apostado en las carreras durante años. Hace varios meses, me
habló acerca de ellas y la acompañé a ver una carrera sin contárselo a mi
hermano.
Me gustaron de inmediato, el ingenio casero, el modo en el que los
drones suelen estar hechos de partes sueltas unidas aleatoriamente,
algunos elegantes y pequeños y rápidos, y otros grandes y pesados y
amenazadores. Se arrojan a las calles a cientos de kilómetros por hora y,
cuando los observo, no puedo evitar sentirme impresionado de que algo
tan rápido y peligroso pueda hacerse a partir de restos de metal de los
depósitos de chatarra de la Ciudad Baja.
Ahora, Pressa y yo salimos del ascensor en la roñosa planta baja de la
Ciudad Baja, y nos dirigimos hacia su casa, un apartamento minúsculo y
destartalado encima de la botica de su padre.
—¿Cómo está tu padre hoy? —le pregunto a Pressa al pasar por un
mercado en nuestro camino—. No lo estaremos molestando, ¿verdad?
Caminamos entre el humo de las parrillas. Sobre cada puesto flota texto
virtual que me dice lo que ofrecen. Mi sistema traduce automáticamente el
texto extranjero. KEBAB. ZUMO DE CAÑA DE AZÚCAR. SOPA DE MAÍZ. MASA FRITA.
Pressa se encoge de hombros y finge no estar muy preocupada.
—No te preocupes por eso —contesta—. Hoy está teniendo un buen día.
Es probable que esté abajo en la botica en este momento.
Técnicamente, la botica de su padre es tan ilegal como las carreras de
drones, pero la Ciudad de Ross es demasiado perezosa como para hacer
algo al respecto. Si tu nivel es más bajo que 7, no puedes acceder al
servicio de salud común. La Antártida sostiene que si tu nivel es tan bajo,
no se puede confiar en que no vayas a usar las drogas con objetivos
ilícitos.
Así que el padre de Pressa tiene una botica donde vende todo tipo de
hierbas secas y medicinas naturales que no están aprobadas por las
autoridades. En realidad, no es la mejor opción para los pobres, pero es
mejor que nada.
Pressa se detiene en una calle más pequeña que se aparta del mercado y
nos conduce por el laberinto de muros con grafiti y suelos agrietados hasta
que por fin salimos a otra calle.
La botica de su padre está en la esquina de un cruce de calles, las
ventanas cubiertas por barrotes de hierro oxidado y la puerta entreabierta.
Es un lugar lóbrego y sucio, el tipo de tienda que jamás se ve en los Pisos
del Cielo, donde puedes conseguir que te entreguen en la puerta de tu casa
cosas como pasta de dientes y champú y medicamentos con solo decir los
nombres en voz alta.
Pero ver la botica sigue haciéndome sonreír. Las luces en el interior le
dan un brillo cálido. Cuando entro, el aroma familiar, medicinal y dulce a
regaliz inunda el aire. Junto a una planta de bambú en una maceta, hay un
gato de porcelana al lado de la caja registradora, la cabeza pintada se mece
de atrás para adelante. Los pasillos están atestados de estanterías con cajas
de cartón, cada cual con algo escrito en chino; acónito crudo para tratar la
artritis, ginseng, tallos de efedra, raíces de ruibarbo. Hasta el infinito.
Nos acercamos al mostrador, donde un hombre mayor está hablando con
varios clientes. Junto a él está su asistente, un chico larguirucho llamado
Marren, que está ayudando a llenar una bolsa de papel con varias hierbas.
Los clientes le dan una palmada en la espalda al hombre, y le desean buena
suerte antes de irse.
Marren es el primero que nos ve. Nos saluda con la mano, y luego le da
un golpecito suave al anciano en el hombro. El hombre alza la cabeza;
mira alrededor de la tienda antes de que sus ojos se posen en nosotros.
Sonríe.
—Bueno —dice, guiñándome un ojo mientras Pressa se desliza por
encima del mostrador para darle un beso en la mejilla—. Es el chico del
cielo. ¿Cómo estás, Eden?
Sonrío.
—Bien, señor Yu. Pressa me ha contado que hoy se encuentra bien.
—¿Eso te ha dicho? —El hombre alza una ceja canosa en dirección a su
hija—. ¿No crees que siempre me encuentro bien?
Pressa pone los ojos en blanco.
—Nunca he visto a un tipo enfermo en tal estado de negación.
El señor Yu me mira con pena fingida.
—Mi hija me hiere todos los días —se lamenta. Pressa le da un puñetazo
amable en el brazo.
Hoy sí que se lo ve más fuerte de lo habitual. Está menos encorvado y su
piel parece tener algo de color. Pressa dice que tiene una enfermedad que
ha ido atacando lentamente sus músculos, pero es el tipo de cosa para la
que necesitas un nivel de al menos 25 para poder tratarla adecuadamente
en un hospital.
Las hierbas del señor Yu no ayudan en nada a mejorar su enfermedad. Es
por eso que Pressa hace apuestas. La cantidad de dinero que necesita para
conseguir dosis ilegales de los medicamentos que pueden realmente salvar
a su padre es tan exorbitante que ni siquiera Daniel gana lo suficiente
como para comprarlas.
—¿Qué trae al chico del cielo a la Ciudad Baja esta vez? —me pregunta
el señor Yu.
—Eden me va a enseñar cómo montó el último dispositivo que presentó
en la clase de Robótica —responde Pressa, agarrándome de la mano y
arrastrándome lejos del mostrador.
El señor Yu se ilumina al oírla.
—¡Ah! ¡Excelente! —Asiente con aprobación mientras dos clientes más
entran en la tienda—. Sabes que siempre aprecio que compartas tu trabajo
en la Universidad de Ross con Pressa. La mantiene alejada de los
problemas de aquí abajo.
No soy bueno para mentir, así que solo le sonrío al señor Yu todo lo que
puedo antes de que Pressa me arrastre en dirección a la puerta trasera de la
botica. Junto al mostrador, su padre se concentra en los nuevos clientes, y
se saludan todos entre sí con mucho entusiasmo.
—¡Señora Abesman! —exclama Yu, dándole un abrazo cariñoso—.
Parece que mi tónico de acónito ha hecho maravillas con su artritis. No, no
se preocupe por pagarme ahora. Tómese su tiempo. ¿Cómo está su hijo?
Su voz se apaga cuando salimos a un callejón.
—¿Piensas contarle alguna vez a tu padre cómo consigues algunos de
sus medicamentos? —le pregunto a Pressa mientras caminamos.
—¿Te has vuelto loco? —replica por encima del hombro—. ¿Tienes idea
de cómo reaccionaría si supiera lo de las carreras?
Se gira un instante para poner una cara de horror fingido.
—¡Me he pasado toda la vida intentando protegerte de los peligros de la
Ciudad Baja! No entiendes lo oscura que puede ser. Te dejarán sin dinero.
¡Te matarán!
—Bueno, no está tan equivocado.
—Escucha —dice Pressa, que se encoge de hombros y continúa
caminando—, si una no aprende a arriesgarse aquí abajo te pasan por
encima. Además, no es que tengamos mucha opción. El nivel de mi padre
no va a aumentar.
Su voz se vuelve más dura al decir eso. Sabe que no puedo responder
nada, así que no lo hago. ¿Qué derecho tiene un chico del cielo
privilegiado a decirle a Pressa lo que deberían estar haciendo en la Ciudad
Baja? Además, sé cómo es. Las reglas son diferentes cuando eres pobre.
—¿Cuáles son los detalles de la carrera de drones? —pregunto cuando la
calle por la que caminamos se estrecha. Aquí, el grafiti es más denso,
capas y capas de pintura hasta cubrir todas las paredes por completo.
Pressa extrae un pedazo de papel doblado y arrugado del bolsillo, y me
lo da con brusquedad. Lo sacudo para abrirlo y lo leo.

CARRERA DE DRONES
SEMIFINALES A MEDIANOCHE
8 COMPETIDORES, 8 DRONES
SOLO EFECTIVO, APUESTA DE 100 CORRAS PARA PARTICIPAR

Pressa me mira de reojo. El lateral de su boca se curva hacia arriba en


una media sonrisa.
—¿Aún piensas participar con tu dron?
Estas carreras nunca son estrictas. Si apareces en el último momento con
tu dron e impresionas a los organizadores, te suman a la competencia.
Asiento, y extraigo el motor circular de la mochila de nuevo y lo sostengo
entre nosotros dos.
—Quiero probar la eficiencia del motor, de todos modos —le digo, y se
lo paso. Lo gira entre sus manos con curiosidad.
—¿Qué hace? —me pregunta.
—Estoy intentando acercarme lo máximo posible a una máquina de
energía perpetua. —Mis palabras se llenan de excitación—. ¿Ves esta
batería? Es el doble de eficiente que la batería que alimenta mi casa en los
Pisos del Cielo y diez veces más poderosa, así que voy a transformarla en
un dron, y hará que la cosa salga disparada hacia delante a trescientos
veinte kilómetros por hora…
—Estás de broma. —Pressa me mira con escepticismo.
—Los números no mienten. Si funciona como creo que lo hará, diseñaré
una versión más grande que ayude a dar energía a los edificios de la
República.
—Adelantando trabajo para esas prácticas tuyas, ¿verdad? —Alza una
ceja y sacude la cabeza—. Tú y tu alma generosa.
—Tú estás dispuesta a arriesgar tu vida por tu padre.
Me da un empujón, y me río.
—¿No estás arriesgando tus prácticas, si te atrapan aquí abajo? —dice,
echándome una mirada inquisitiva—. Tu hermano te matará si se llega a
enterar de lo que estás planeando, lo sabes.
Daniel. La mención de su nombre me empaña el buen humor pasajero.
—No lo sabrá. —Me encojo de hombros—. Incluso si lo sabe, no podrá
detenerme.
Nos paramos frente a una tienda minúscula repleta de gente. Pressa alza
una ceja en mi dirección.
—Escucha, hablo en serio. Tu hermano es un agente del SIA. No es poca
cosa. Si te rastrea hasta la carrera, quizás traiga a otros agentes con él y
arresten gente a diestra y siniestra. No puedo permitirme un golpe
semejante.
—No va a detenernos —afirmo—. Ahora, deja de preocuparte por él, y
empieza a imaginarte lo que harás con cien mil corras cuando ganemos.
—Si ganamos —dice Pressa, mirándome a los ojos, y renunciando a
seguir discutiendo.
—Cuando —insisto.
Me sonríe, y luego mira a la multitud que se agolpa frente a la tienda.
Aquí no se ven carteles digitales. Es demasiado peligroso hacer carreras de
drones con el sistema de niveles encendido. Al frente de la tienda hay un
hombre alto tan delgado que parece un esqueleto viviente. Toma las
apuestas en efectivo de la gente y las anota en papel.
Pressa no tiene problemas en esperar pacientemente en la fila. Se abre
paso como todos los demás, y se enfada con la gente que tarda mucho en
apostar. Finalmente, llega al frente y extrae un fajo de billetes de su
chaqueta.
Lo extiende hacia el hombre alto.
—Mil corras —le dice, y asiente en mi dirección—. Por este tipo.
—¿Quién demonios eres? —gruñe el hombre, mirándome con
escepticismo.
Trago y luego alzo la voz para estar a la altura de la confianza de Pressa.
—Me gustaría inscribirme como participante.
El hombre parece divertido. Tiene la elegancia, de algún modo, de no
reírse en mi cara. En vez de eso, se encoge de hombros y apunta algo en su
cuaderno.
—¿Tienes tu dron listo? —pregunta.
—Estará listo cuando empiece la carrera.
Respiro hondo. No pide más información. Si no puedo cumplir, nosotros
seremos los únicos que perderemos dinero, de todos modos. Se guarda el
fajo de dinero de Pressa y asiente.
—Estás dentro —dice. Luego, pierde el interés en ambos y gesticula en
dirección a la multitud detrás de nosotros—. Siguiente.
Salimos de la fila cuando la gente detrás de nosotros empieza a
empujarnos hacia adelante. A juzgar por la cantidad de apostadores, será
una carrera importante.
Cuando nos las arreglamos para salir de la muchedumbre cerca de la
tienda y volvemos por donde hemos venido, Pressa asiente.
—Llegaré a la carrera esta noche más o menos media hora antes de que
comience —me dice—. No puedes llegar tarde, ¿de acuerdo? He apostado
por ti, y si llegas tarde, empezarán sin…
—¿Alguna vez he llegado tarde a encontrarme contigo?
Sonríe ligeramente, y se acerca un poco más. Me roza el brazo con la
mano.
—No. Y espero que sigas así.
Me pongo las manos sobre el corazón y pestañeo una vez.
—Sabes que te quiero —le digo.
Pone los ojos en blanco, pero no deja de sonreír.
—Tengo que ayudar a mi padre con la tienda. Te veo más tarde, chico
del cielo.
La observo irse. El pelo del brazo donde me ha tocado sigue erizado, y
me hormiguea la piel. Por alguna razón, cuando estoy con ella pierdo con
facilidad la noción del tiempo.
Ya está cayendo la tarde, y por el aumento del tránsito de personas por el
callejón, me doy cuenta de que los trabajadores están de descanso entre
turnos. Los mercados están atestados de gente, todos muy ocupados
devorando un pedazo de hamburguesa o pastel o bocadillo antes de tener
que irse corriendo a su siguiente trabajo. Me meto las manos en los
bolsillos, sintiéndome solo ya sin la compañía de Pressa, y empiezo a
dirigirme hacia la estación más cercana, donde un ascensor me llevará de
vuelta a los pisos superiores.
El deambular por la Ciudad Baja siendo un chico del cielo podría ser un
escándalo si alguien se enterara más allá de Pressa y Daniel. La
universidad podría expulsarme y quitarme el título. El gobierno hasta
podría confiscarme el pasaporte, y perdería las prácticas en la República.
A pesar de eso, no puedo contenerme. Ojalá me sintiera así de cómodo
arriba en los Pisos del Cielo.
Me abro paso entre las multitudes y decido tomar un atajo por un
callejón. En el instante en el que entro allí, me doy cuenta de que he
cometido un error.
Hay alguien de pie en el otro extremo del angosto callejón. Cuando me
ve, se endereza y empieza a caminar hacia mí.
Detrás de mí escucho el eco de pisadas. Mantengo la cabeza gacha y
sigo caminando, pero un sexto sentido me indica que alguien me ha
descubierto. Quizás sea porque no camino como el resto de las personas de
aquí abajo. Quizás sea por la ropa que llevo puesta.
Cuando el hombre me alcanza, me mira de reojo. Luego, sus ojos se
dirigen al espacio justo encima de mi hombro.
Es todo lo que necesito ver.
Ladrones.
Echo a correr súbitamente. El hombre que estaba junto a mí se pone
rígido por la sorpresa y, luego, silba para indicarle a su compañero que me
persiga. Oigo sus pasos que retumban en la calle detrás de mí. No miro
hacia atrás. No me detengo.
Pero es más rápido que yo. En un segundo, estoy casi llegando al final
del callejón. Al siguiente, una mano me aferra bruscamente por el cuello y
me hace volar hacia atrás. Mi espalda se clava con fuerza contra la pared,
y luego siento un filo duro contra la piel de la garganta. Me encuentro
mirando fijamente a un par de ojos serios.
—Bueno —dice, sonriendo mientras su amigo se pasea hacia él—.
Hemos conseguido un chico del cielo.
Intento zafarme, pero el hombre pesa al menos veinticinco kilos más
que yo. El pánico inunda mis pensamientos. Tengo que salir de aquí.
En ese momento, escucho su voz.
—Hazlo de nuevo. Atrévete.
Llega, como es habitual, desde algún lugar alto, y rebota contra los
muros del callejón. Alzo la cabeza. Está encaramado en un balcón del
primer piso. Una de sus piernas cuelga distraídamente sobre el borde, y la
elegante camisa negra que lleva bajo su traje impecable está abotonada
con descuido, medio cuello arriba y medio abajo. Lleva el pelo rubio corto
y despeinado.
Es mi hermano. Daniel. Tiene la mirada clavada en mis atacantes. Y, en
este momento, la sonrisa que aparece en sus labios es de las peligrosas.
Gimo y bajo la cabeza. Ay, maldita sea.
DANIEL

Los aspirantes a ladrones no pierden el tiempo.


Veo que sus ojos se clavan en mí (no en mi cara, sino en el traje delator
que llevo puesto) y, de inmediato, los invade el miedo. Saben exactamente
para quién trabajo.
—Suéltalo —le grita uno de los ladrones al otro.
El hombre que sujeta el cuello de Eden lo deja ir, y envaina el cuchillo.
Los dos echan a correr por el callejón. Uno de ellos se atreve a echar una
mirada de reojo hacia atrás, se estremece y acelera.
Por un segundo, pienso en perseguirlos. Jessan y Lara aún están aquí
abajo; podría llamarlas y decirles que rastreen a los dos hombres con el
geolocalizador y que los arresten en cuanto los tengan acorralados.
Pero hoy ya he visto morir a una mujer en mis brazos. Mi energía para
lidiar con los crímenes en la Ciudad Baja está casi agotada.
En vez de eso, me vuelvo para mirar con furia a mi hermano menor.
Siento que mi sonrisa es una línea dibujada en piedra.
—Bueno —le digo desde arriba mientras hago pie contra el balcón—.
Me dijiste que ibas a quedarte hasta tarde en la universidad, ¿no es así?
Qué raro encontrarte aquí abajo.
Eden no parece aliviado porque lo haya salvado. Me mira con irritación
y se cruza de brazos.
—¿Me has seguido? —me pregunta, incrédulo.
No pienso decirle que he rastreado su ubicación.
—No seas presumido. Tenía trabajo de verdad que hacer aquí abajo.
Aunque ahora es un joven larguirucho, sus rizos rubios son más oscuros
que antes, sus ojos delgados y pálidos, las gafas encaramadas a la misma
nariz angulosa que tengo yo, lo único que veo es al niño pequeño. El niño
que creí que perdería en la República. El niño que salió a trompicones de
una sala de hospital, ciego, llamándome. El niño que se sentó conmigo
sobre un suelo frío de baldosas y me sujetó de la mano mientras yo
peleaba contra la enfermedad que casi me mata.
El niño por el que sangré para protegerlo.
No dice una palabra cuando se aparta de la pared. Me vuelvo a poner las
gafas oscuras, me balanceo hacia el primer piso, y me dejo caer junto a él.
—¿Piensas decirme algo? ¿O tengo que empezar yo? —le pregunto.
Ni me mira.
—¿Por qué? ¿Piensas contarme qué trabajo te ha traído hasta aquí?
—Sabes que no puedo hablar de lo que hago —niego.
—Entonces, supongo que no tengo mucho que decir.
Suspiro, y nos sumimos en un silencio incómodo. Cuando nos mudamos
a Ciudad de Ross desde la República, Eden aún era pequeño, y era feliz
con tal de seguirme a donde fuera. Pero en los últimos años nuestras
conversaciones se han transformado en esto, en que ninguno de los dos
sabe muy bien qué decirle al otro.
—Como quieras —replico, por fin, cuando cruzamos camino por el
mercado. La gente nos evita cuando ven mi traje negro—. ¿Qué hacías
aquí abajo?
—Nada.
—Nada —repito, mirándolo de reojo—. Es decir, por eso viene la gente
a la Ciudad Baja, por supuesto. A hacer nada.
Eden me mira con furia.
—¿Estás extrasarcástico hoy porque no has tenido ninguna cita en los
últimos días? ¿Por fin has salido con todas las chicas de la ciudad?
—Estoy hablando en serio.
Su rostro se ensombrece. Aparta la mirada y camina más rápido. Intento
ignorar los suspiros que nos siguen.
«Mira el traje».
«Es el SIA».
«No te quedes mirando».
—Has venido a ver a esa chica, ¿no? —digo, después de otro silencio
largo—. ¿Cómo se llamaba? ¿Pressa?
Hemos dejado atrás la peor parte de la Ciudad Baja y, más adelante,
puedo ver la estación con los ascensores que se dirigen de vuelta hacia los
Pisos del Cielo.
Eden se encoge de hombros, pero por su reacción sé que tengo razón.
—Su padre tiene una botica ilegal, ¿lo sabes? —continúo—. Le he dicho
al SIA que no intervenga, de hecho, porque afectaría demasiado a la
comunidad. Pero…
—¿Es una amenaza? ¿Estás intentando decirme que me mantenga
apartado de ella porque es una influencia peligrosa? ¿La estás usando en
mi contra? —dice Eden, mirándome ante mi comentario.
—No, estoy intentando advertirte para que tú y tu amiga no terminéis
cruzándoos con el SIA. Mi influencia en la agencia no es ilimitada.
—Gracias. Pero no necesito tu ayuda con Pressa. ¿No llega June
mañana? ¿Por qué no te preocupas por eso, mejor?
La mención despreocupada de June me hiere y lo sabe. June, la persona
que cambió mi vida entera, la que permanece en mi mente con tanta fuerza
que no puedo mantener ninguna relación con otra mujer durante más de
seis meses, llegará mañana a Ciudad de Ross, como acompañante del
Elector Primo en su visita para negociar un acuerdo de comercio entre la
República y la Antártida.
De pronto, soy muy consciente del anillo de clips que llevo en el dedo.
Intento no dejarle ver lo vulnerable que me hace sentir su nombre, y
vuelvo a centrar la conversación en él.
—No estoy enfadado contigo —digo, con tranquilidad—. Lo sabes,
¿verdad?
Busco una reacción en su cara, pero solo obtengo más silencio glacial.
Llegamos a la estación de ascensores. Cuando atravesamos la entrada,
suena un agradable din, que indica que nuestros niveles (yo, nivel 87;
Eden, nivel 54) son lo suficientemente altos como para permitirnos el uso
de esta estación de tránsito. Detrás de nosotros, un hombre con nivel 26
intenta escabullirse. Suena una alarma y es detenido por un campo de
fuerza invisible.
Me detengo frente a un ascensor privado de uso exclusivo para los
agentes del SIA. Paso y escaneo a Eden como mi invitado.
Finalmente, cuando nos subimos al ascensor y nos encierra en su interior
fresco de cristal, me giro para enfrentar a mi hermano.
—Tienes que ceder un poco, Eden —insisto—. ¿O de verdad ya no
confías en mí para nada?
Eden me estudia.
—¿Por qué no estás enfadado conmigo? —me pregunta.
Parpadeo.
—¿Qué?
—¿Por qué no estás enfadado conmigo? —me vuelve a preguntar. Su
voz suena tensa—. Me has encontrado deambulando por la Ciudad Baja, el
lugar más peligroso de la Antártida. Te he mentido. Y ahora no te dirijo la
palabra. Deberías estar furioso.
—¿Quieres que esté enfadado contigo? —entrecierro los ojos—. ¿De
qué serviría?
—Sería algo —exclama—. Una emoción, por lo menos.
Inspiro hondo.
—Escucha, sé que ha sido difícil. No me cuentas lo que pasa en la
universidad, así que no sé cómo es, pero he sabido interpretarte desde que
eras un bebé. Has estado más feliz.
—Estoy bien —replica, de una manera que me dice que claramente no lo
está—. Y estaría mucho mejor si no me hicieras de carabina todo el
tiempo.
—No te hago de carabina todo el tiempo.
—Has intentado llamarme diecinueve veces en una hora. ¿Era solo para
charlar?
—Basta con que respondas al teléfono una vez, lo sabes.
—No es asunto tuyo a dónde voy durante el día.
—Todo lo que haces es asunto mío. Estoy a cargo de ti.
—Haces lo que quieres con tu vida. Déjame hacer lo mismo con la mía.
—¿Es por eso por lo que vienes aquí abajo? ¿Para fingir que eres otra
persona?
—¿Eso es lo que piensas? —explota Eden—. ¿Que voy a la Ciudad Baja
a jugar a ser pobre?
—Digo que odio que te pongas en peligro cuando no es necesario.
—Quizás nuestras definiciones de peligro sean diferentes.
—Disculpa por creer que parecías necesitar algo de ayuda allí abajo.
Eden me atraviesa con la mirada.
—Me rastreaste con el geolocalizador, ¿verdad?
Dudo por una milésima de segundo, pero es el tiempo suficiente para
darle una respuesta. Gime, disgustado, y se aparta.
—Creía que lo había deshabilitado —murmura.
Me trago mi creciente malestar. Se supone que deshabilitar un
geolocalizador es imposible, así que claro que Eden intentaría sabotearlo
de algún modo.
—La ciudad te multará por eso, si se enteran —le digo—. ¿Cuántas
veces más tendré que cubrirte?
—Como si tú siempre hubieras sido un ciudadano modelo.
Detrás de sus gafas, los iris de Eden tienen un ligero tinte violeta, un
color que nunca se desvaneció del todo desde que se recuperó de la plaga.
Es un recordatorio permanente de lo que significó estar a punto de
perderlo, de lo que podría significar de nuevo si no tengo cuidado.
—Quebraba la ley porque tenía que hacerlo —afirmo fríamente—. ¿Por
qué la estás quebrando tú?
Eden se vuelve para enfrentarme.
—¿Quieres saber la verdadera razón por la que he estado hoy en la
Ciudad Baja? —me pregunta—. Porque me recuerda a Lake. Cuando
camino allí abajo, me siento en casa. Todo el humo y la grasa y la roña, los
harapos y las ventanas con barrotes… Me siento más seguro allí abajo que
en cualquier otro lugar de la ciudad. Cuando estoy ahí, pienso en John y en
nuestra madre.
Me doy cuenta de que no me lo está contando todo, pero me altero ante
la mención de nuestro hermano y de nuestra madre.
—¿Qué tal si los dejas fuera de esto?
Pero Eden no se detiene.
—A veces, pienso que te has olvidado de dónde vienes. Cuando estás en
la Ciudad Baja, parece que no puedes esperar a irte.
No tiene ni idea de lo equivocado que está. Cuántas veces hago
exactamente lo que él está haciendo. Intento recordar que Eden nunca vio
cómo solía deambular sin rumbo por las calles de Lake. En la época en la
que había sido aceptado en los círculos más exclusivos de la República,
cuando trabajaba con June pero aún me sentía como un intruso en todos
los malditos bailes y banquetes de la República… Solía caminar por las
calles tranquilas de mi antiguo barrio y disfrutaba del óxido y de la mugre.
De los hogares humildes y las playas sucias.
Pero Eden no se acuerda. Era demasiado joven. No entiende lo que es
salir arrastrándote de una vida como esa, el querer evitar que tu hermano
pequeño tenga que ver lo que tú viste, padecer lo que tú has padecido. Lo
traje aquí para alejarlo de Lake. Pero ha terminado aquí abajo, de todos
modos.
Y lo entiendo. El rincón de mi corazón en el que sigo siendo Day, el
chico de la calle, me suplica que se lo explique.
Pero no lo hago.
—Es porque no quiero volver a caminar por esas calles de nuevo —digo
—. Ese es nuestro pasado, no nuestro futuro. No nos mudamos hasta aquí
para volver a eso. Y, sin embargo, tú vas a la Ciudad Baja cada dos
semanas.
Eden se cruza de brazos.
—No puedo pasar ni una hora lejos de casa sin que tú me preguntes
dónde estoy. No puedo llegar un segundo después de la medianoche porque
sales a buscarme. Pronto estaré trabajando en la República. ¿Te acuerdas?
Tendré una vida completamente separada de la tuya.
—Disculpa si nuestro pasado me ha hecho un poco paranoico acerca de
tu seguridad.
—Daniel... —Durante un segundo, la voz de Eden se suaviza—. Lo sé.
Créeme. Pero no te corresponde cuidar de mi pellejo cada segundo de mi
vida. No puedes saber siempre dónde estoy. Ya no tengo doce años.
—Bueno, para mí, tendrás doce para siempre.
Eden se estremece, como si lo hubiera golpeado. De pronto, me doy
cuenta de que ha estado discutiendo cara a cara conmigo. ¿Cuándo se ha
vuelto tan alto? ¿Me ha llevado todo este tiempo darme cuenta? Luego, el
dolor inicial desaparece de su rostro. Aparta la mirada y observa a través
del cristal la Ciudad Baja, muy por debajo de nosotros.
El ascensor llega por fin a nuestra planta. Eden sale primero sin mirar
atrás.
—No hace falta que me sigas —exclama, por encima del hombro—. Sé
el camino a casa. ¿O quieres vigilarme hasta que traspase la puerta de
entrada?
Y antes de que pueda protestar, se va sin mí, su figura se desvanece por
el pasillo.
EDEN

Daniel no vuelve a casa hasta tarde esa noche. Estoy en mi habitación,


trabajando en mi máquina de movimiento perpetuo a la luz de mi lámpara,
cuando oigo el din don de la alarma de la puerta de entrada, seguido por
una agradable voz automatizada que sale de los altavoces instalados en las
paredes.
Bienvenido a casa, Daniel Wing.
En la sala de estar, oigo a mi hermano quitándose los zapatos, luego el
sonido de la puerta de la nevera y el de un vaso llenándose de agua.
Instintivamente, suelto un suspiro de alivio y relajo los hombros. Luego,
apago mi rastreador de su geolocalizador. Mi hermano podrá estar
demasiado paranoico conmigo, pero es él el que tiene el trabajo peligroso
del que nunca me habla. ¿Cuántas horas ha trabajado hoy? ¿Qué clase de
misión lo obliga a trabajar tan tarde?
No salgo de la habitación para saludarlo. Aún tengo fresca en la mente
nuestra discusión de antes, y no pienso ser el primero en ceder. En vez de
eso, me encorvo sobre mi máquina y sigo trabajando, escuchando a medias
a Daniel en la cocina. Parece que se ha bebido su agua, ha apoyado el vaso
con un din y ha abierto la puerta de la nevera de nuevo. Le he bajado la
cena del congelador a la nevera para que se descongele. No se hubiera
acordado de hacerlo antes, y no recordará ahora que nunca lo hizo.
Es una de las pequeñas cosas que nos quedaron de nuestros días en la
República: su memoria defectuosa. Recuerda cosas que sucedieron cuando
éramos niños o hace décadas. Pero a veces no puede recordar un lugar en
el que ha estado hace apenas unos minutos. O un nombre. Un rostro. Una
tarea.
Los elementos físicos a veces le funcionan como disparadores de
recuerdos perdidos, y cada tanto lo encuentro parado con el ceño fruncido,
pensativo, luchando por ubicar la sensación de déjà vu que un cartel
familiar o un callejón angosto le acaban de despertar.
Toma medicación todos los días para eso y suele tener varios programas
en su sistema con recordatorios constantes. Intento compensar el resto,
pero eso hace que su trabajo sea doblemente precario. Ya tengo bastantes
pesadillas en las que no vuelve nunca más a casa. Así que mantengo una
vigilancia constante de su ubicación y sus hábitos.
Bueno, para mí, siempre tendrás doce.
Las palabras hacen que me enfade de nuevo y vuelvo a trabajar en mi
motor de energía perpetua con todas mis ganas.
Es un diseño fluido y elegante, un anillo pequeño de batería al que ahora
le añado una vuelta de cable. Junto a él está el dron que pronto conectaré
con el motor. Tengo el anuncio de la carrera que me dio Pressa doblado en
el bolsillo. Por el rabillo del ojo, el reloj indica las nueve de la noche.
Apenas un par de horas hasta que salga a encontrarme con ella.
Suena un golpe leve contra mi puerta.
No respondo. Daniel vuelve a llamar, y espero, a medias, que me diga
que le abra. Pero no lo hace. Me parece que lo veo, de pie, recostado
relajadamente contra el marco de la puerta con la camisa arrugada y un
plato de comida en la mano.
Cuando yo era pequeño, dejábamos las puertas abiertas y yo salía y
entraba todo el tiempo, acribillándolo con preguntas hasta que me decía
que lo dejara en paz. Pero eso era cuando sentía que lo conocía. Luego
aceptó el trabajo con el SIA, y ahora se pasa el tiempo guardando secretos.
Así que yo me guardo los míos.
Vuelve a llamar una tercera vez, pero no respondo. Por fin, sus pisadas
se alejan y se dirigen a su habitación.
Intento concentrarme en conectar el motor nuevo al dron. ¿Cuándo
dejamos de hablar de verdad entre nosotros? ¿Por qué le cuesta tanto
entenderme ahora? ¿Cómo es posible que haga tantas misiones en la
Ciudad Baja sin sentir la misma atracción que siento yo por ella? ¿No
creció también en Lake?
Esto me recuerda por qué no le cuento lo de mis pesadillas, el modo en
el que me estremezco al oír ruidos fuertes o tiemblo ante pequeñas cosas
que me recuerdan al pasado. Mi hermano lo ha pasado peor que yo y, de
alguna manera, parece haber salido sin demasiadas cicatrices. En
funcionamiento. Práctico.
Pero hay cosas que permanecen en mi mente. No se van.
Quizás tiene razón. Quizás sigo siendo un niño que no sabe cómo seguir
adelante.
Una hora pasa con lentitud. Por fin, termino de conectar el motor y
pruebo el dron, y lo hago flotar en silencio sobre mi escritorio. Es un
diseño elegante inspirado en un avión a reacción de las Colonias que una
vez pilotó una chica llamada Kaede, que llevó a mi hermano y a June
Iparis más allá de la frontera en el punto más álgido de la guerra con la
República. Tiene las alas angostas plegadas hacia atrás; la forma del dron
es tan aerodinámica que parece una aguja. El motor que lleva debajo brilla
con una tenue luz azul y zumba con serenidad.
No oigo nada en la otra habitación. Daniel se debe de haber ido a la
cama. Después de un rato, me levanto y dejo la habitación sin hacer ruido.
Echo un vistazo hacia su puerta e intento abrirla.
Está trabada.
Probablemente, ya debe de estar dormido en su cama hecha con cuidado.
Si mi habitación es siempre un lío, la de él está siempre ordenada. Algo de
los años pasados en la calle ha hecho que Daniel sea más cuidadoso con
sus cosas que yo. Todo está en su lugar: los ordenadores y los aparatos
dispuestos en orden sobre el escritorio, la cama sin una arruga en las
mantas. Tiene algunos recuerdos de nuestra vida en la República en los
estantes. Un colgante que perteneció a nuestro padre, siempre bien pulido.
Las medallas e insignias de la República están todas guardadas con
cuidado en una caja. No las exhibe.
Me alejo de su puerta y vuelvo a mi habitación. Con suerte, no me oirá
cuando salga y no notará cuando vuelva. Apago las luces, guardo el dron
en la mochila y me empiezo a poner la chaqueta. Los motivos de las luces
de la ciudad se reflejan en el techo de mi habitación. Todo está en silencio
y a oscuras. Lo único que oigo es la multitud de pensamientos en mi
mente.
Finalmente, estoy listo para salir.
Cuando me giro para dirigirme a la puerta, un movimiento me detiene.
Me quedo quieto en la oscuridad, agarro mis gafas de la cómoda y
camino sin hacer ruido hacia la puerta corrediza de cristal que conduce al
largo balcón que rodea nuestra casa.
Mi visión nocturna nunca se ha recuperado del todo de los experimentos
de la República, y hay un halo tenue alrededor de las luces que titilan al
otro lado de la ventana. Pero puedo distinguir a mi hermano en cuclillas en
el borde, de cara a la inmensa ciudad.
Para cualquier otra persona, se trataría de una visión aterradora. Por la
manera en la que está sentado, Daniel parece estar a punto de caer en
picado a su muerte en cualquier momento. Pero está perfectamente
equilibrado y en calma, un codo clavado contra una de las rodillas que está
alzada, la otra pierna colgando del lateral del balcón, el pie contra la
barandilla. Con mi visión borrosa, el brillo de los rascacielos detrás de él
delinea su figura en un azul blanquecino.
Supongo que no está durmiendo, después de todo.
Me pregunto en qué está pensando. Si sigue teniendo pesadillas como
yo. En qué es lo que ve cuando mira la Ciudad de Ross. No es posible que
recorra la Ciudad Baja en sus redadas sin pensar de dónde venimos. No es
posible que pase junto a esos vendedores destartalados, junto a la gente
que se amontona en los callejones, sin pensar en los días en los que
luchaba por sobrevivir.
Quizás esté pensando en ver a June mañana. Siento una punzada de
culpa al recordar cómo se la he mencionado antes. Ha cambiado de tema
muy rápido. Pero así son las cosas con él ahora. Se pasa todo el tiempo
metiéndose en mi vida sin decirme nada de lo que le está pasando a él. Ni
siquiera sé si sigue enamorado de ella.
Existió una época en la que lo único que quería hacer era hablar con
Daniel. Ahora, no sé lo que quiero. Que me entienda, supongo, pero parece
imposible.
Lo observo hasta que se pone de pie en el borde, gira y baja de un salto.
Desaparece dentro de su habitación.
Me llega una llamada de Pressa. La acepto.
—Ey —respondo, en voz baja.
—Ey —dice, sin aliento y entusiasmada—. Parece que estás
oficialmente en la competición. ¿Sigues con ganas para esta noche?
Por un instante, dudo.
Le he hecho una promesa a Pressa, se lo he dicho a la cara. Pero Daniel
sigue siendo un agente del SIA.
Si el SIA se llega a enterar de cómo gana dinero Pressa, cómo ha estado
pagando los gastos médicos de su padre con apuestas en las carreras
ilegales de drones, irá a la cárcel, y su nivel será aplastado antes de que
pueda abrir la boca para hablar en su favor. Ni siquiera Daniel tiene el
poder necesario para salvarla.
Vuelvo a doblar el anuncio de la carrera dentro de mi bolsillo y lo
escondo. La Ciudad Baja. El peligro y el ruido y el caos. Las ansias
invaden mi mente y borran todo lo demás.
—Estoy a punto de bajar —confirmo—. Te veo a medianoche.
DANIEL

Es una noche fría, pero no me molesta el aguijón del aire contra la piel.
Tiene algo familiar, el viento contra mi cara en un lugar alto sobre la
ciudad, desde donde puedo verlo todo: el pulso de los cientos de plantas
debajo de mí, la colección de luces brillantes bordeando las pasarelas que
conectan cada rascacielos, el parpadeo de los letreros virtuales que flotan
sobre las personas que se mueven abajo. Esta noche, los rascacielos que
están más cerca del nuestro tienen una serie de murales virtuales del
océano en sus muros, corales intensos y peces del color del arcoíris que
nadan entre edificios. Sigo mirando a través del sistema de realidad
aumentada que está instalado en mi chip, y una ballena virtual de color
turquesa y rosa neón se desliza con pereza por el aire entre dos rascacielos,
su cuerpo inmenso se materializa al salir de una pared y entrar en otra
como si fuera un fantasma.
Admiro el arte móvil en silencio.
En la República, solía trepar a la cima de un edificio y contemplar desde
arriba una escena de bruma y suciedad, de concreto y acero y carteles rojos
y ruedas hidráulicas. Por la noche, sectores de la ciudad se quedaban
completamente a oscuras, zonas donde cortaban la electricidad para uso
militar. Tengo fragmentos de recuerdos de esos apagones rotativos, noches
en las que Tess y yo juntábamos basura y la prendíamos fuego para usarla
como antorcha para movernos por los callejones oscuros como boca de
lobo. Era un lugar que siempre parecía roto.
Aquí no veo más que un mar de luces y colores permanentes. Sin
embargo, de alguna manera, todo transmite la sensación de un equilibrio
frágil, como si toda esta maldita ciudad yaciera sobre unos cimientos
descuidados que se están viniendo abajo, tambaleándose al filo de algo
siniestro.
Dominic Hann.
El SIA ha estado vigilándolo hace mucho tiempo y, a pesar de eso, no
tenemos aún ninguna pista buena. Ni siquiera ha sido visto en público. Lo
único que sé con seguridad es que tiene algunos amigos poderosos y un
montón de espías. No cabe duda de que sabe que vamos detrás de él, y ha
encontrado la manera de mantenerse fuera de nuestra vista.
Reviso los mensajes en mi visor de nuevo. Ninguna novedad de Jessan o
Lara. No hemos tenido suerte averiguando dónde tendrá lugar la próxima
carrera de drones en la Ciudad Baja.
Me paso la mano por el pelo e intento no pensar en la sensación del
cuerpo de aquella mujer quedándose exánime en mis brazos, la cabeza
colgándole a un lado mientras la vida se le escurría. Cada vez que cierro
los ojos, veo la espuma en su boca y siento su peso. El recuerdo me
estremece. Me da mucho miedo verla en mis sueños.
Era más fácil cuando tenía un enemigo con el que enfrentarme: la
antigua República, los todoterrenos militares y las pistas de aterrizaje y las
patrullas de inspección de la plaga, con sus charreteras brillantes y las
botas negras. Tampoco tengo muchos deseos de volver a vivir en la calle,
por ahora.
La idea me hace pensar en Eden, e instintivamente miro por encima del
hombro hacia la oscuridad de su habitación. Por lo menos dormirá un
poco. Quizás por la mañana pueda verlo antes de que salga para la
universidad y hablemos un poco. Una parte de mí desea volver a averiguar
su ubicación, para asegurarme, nada más, de que está donde debe estar,
pero el arrebato de Eden de esta tarde me detiene. Me obligo a dejarlo en
paz.
En vez de eso, alzo la vista hacia las pocas plantas que están por encima
de la nuestra. Mañana, el elector de la República y su séquito aterrizará en
el Piso del Cielo de un edificio cercano. June estará con él. Será la primera
vez que la vea desde que me la encontré en la calle en Batalla hace un mes.
Un nudo de excitación y miedo me presiona el pecho. Miro a un lado y
me imagino nuestro encuentro, la veo de pie junto a mí y recostada contra
la barandilla. Mis recuerdos quedaron destrozados desde que dejé la
República y, durante años, no podía ni recordar quién era June. Veía a una
chica sin nombre en mis sueños, con una cola de caballo oscura y larga
que le caía por la espalda, y me preguntaba por qué nunca podía
alcanzarla. Estudiaba el anillo de clips que tenía en el dedo, algo que
siempre tuve puesto desde que me fui de la República, e intentaba recordar
por qué significaba tanto para mí.
No fue hasta que la vi en la República hace un mes, por pura casualidad,
que recuperé los fragmentos de ella que tenía en la memoria. Que recordé
que June era quien me había dado ese anillo de clips.
Esa vez, nos dimos la mano, y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Sonreímos en nuestra cena con Tess y mantuvimos conversaciones torpes.
La acompañé hasta su casa. Hice bromas y ella se relajó. Cada gesto, cada
pregunta y cada una de sus risas despertaron viejos recuerdos que creía
haber perdido. Ella fue el pedernal que encendió chispas en mi oscuridad e
iluminó una historia que yo apenas podía ver.
Esa fue la última vez que hablamos. No ha contactado conmigo en el
mes que ha pasado desde entonces y yo tampoco lo he hecho. No sé por
qué me da tanto terror llamarla de nuevo. Quizás sea el miedo a que me
vuelvan esas chispas de recuerdos.
Pero mañana la veré de nuevo. Así que cada momento libre que tengo,
me encuentro pensando en ella.
Carraspeo, finjo mirarla y sonrío. Hasta esta sesión de práctica me pone
nervioso. ¿Qué narices le digo?
«Qué bien que nos encontremos de nuevo, ¿verdad?», murmuro,
empleando el tono casual y seductor que intento usar cuando estoy con
ella. Sacudo la cabeza. No quiero que piense que soy un idiota. Reformulo
la frase: «Parece que siempre nos cruzamos por la calle».
Hago una mueca. Intento algunas frases más.
«Bienvenida a mi nuevo barrio».
«Si necesitas un guía de la ciudad, hoy estoy bastante libre».
«¿Tienes planes con tu elector esta noche o puedo robarte para cenar?».
Frunzo el ceño, avergonzado y agradecido de que nadie me pueda ver
hablar conmigo mismo. Nunca he tenido problemas para hablar con una
chica. ¿Por qué estoy entrando en tal estado de pánico?
Cambio el apoyo contra el borde y empiezo a recitar cosas que he estado
pensando en decirle durante toda la semana, recuerdos nuestros que he
estado esforzándome por rememorar.
«¿Recuerdas la vez que me enseñaste a pelear?», murmuro a una June
imaginaria junto a mí, con una sonrisa pícara: «Tenías fiebre porque eras
la paciente cero de una plaga, y de todos modos me venciste».
Sinceramente, el recuerdo es vago. La mayoría lo son. Recuerdo la
pelea, recuerdo a June enseñándome a separar los pies y a proteger la
barbilla. Pero no recuerdo bien dónde estábamos o porqué. No recuerdo
qué sucedió después de que me pusiera la zancadilla. Había un túnel largo
y oscuro. Su frente estaba cubierta de sudor.
Si se lo comento, quizás pueda ayudarme a completar los vacíos del
recuerdo.
«¿O esa vez que te pusiste el vestido escarlata? Eras la persona más
bonita que había visto en mi vida. Lo sigues siendo».
Ese recuerdo, también, es como una fotografía desenfocada. Había copas
de champán y candelabros centelleantes. June llevaba ese precioso vestido
rojo, el pelo atado en un nudo alto y grande sobre la cabeza. Estábamos de
pie en una habitación iluminada solo por la luz de la luna y, por algún
motivo, me había apartado de ella. ¿Por qué querría hacer eso?
Recito otros fragmentos de recuerdos. Su cara, mojada y brillante,
mientras nos agachamos en una tormenta fuerte. Nosotros dos,
acurrucados bajo un saco de arpillera en un vagón de tren en movimiento.
Yo, besándola, atrayéndola hacia mí, apartándole mechones de cabello de
la cara. Yo, doblando laboriosamente unos clips de papel y dándole el
anillo. Ella, haciendo lo mismo para mí.
Existen millones de trozos nuestros dispersos en mi memoria,
momentos pequeños e insignificantes para cualquiera menos para mí.
Me quedo en silencio y vuelvo a contemplar la urbe. De pronto, soy
consciente de lo pequeño que soy contra el telón de la ciudad, apenas una
sombra en la noche, perdida en un mar de luces.
Quizás ella tampoco recuerde nada de eso. Quizás no valía la pena
recordarlo. Bajo la vista, reúno valor y respiro hondo para desatar el nudo
que me aprieta el pecho.
No importa. En cualquier caso, habrá valido la pena decirle que sé que
tuvimos algo especial.
EDEN

No sé cuándo empezaron las carreras de drones, exactamente. Hace


décadas, creo, en otro país, en una época en la que un juego se había vuelto
popular en todo el mundo. Solo sé que cuando Pressa me llevó por primera
vez a una de las competiciones, cuando vi encenderse en el aire las estelas
coloridas de los drones, quedé enganchado.
Tironeo de la capucha hacia abajo para cubrirme más la cara y camino
rápidamente por los mercados nocturnos de la Ciudad Baja. Los Pisos del
Cielo de Ciudad de Ross están cubiertos de murales virtuales, pero aquí las
escenas tienen la aspereza que da la realidad. A esta hora, todo está bañado
en neón, letreros centelleantes rojos y amarillos encima de tiendas
destartaladas y moteles enrejados, tiras de bombillas de neón que cuelgan
sobre la colección de puestos de mercado que siguen tan abarrotados ahora
como de día. Todo el mundo mantiene la cabeza gacha al caminar por las
calles llenas de humo. Nadie me presta atención.
Esta noche estoy atravesando la zona de la Ciudad Baja que suele estar
repleta de criminales. Estafadores. Apostadores y ladrones, traficantes de
drogas y mafiosos. El sistema de niveles empieza a venirse abajo aquí,
donde la mayoría de las personas tienen cuentas pirateadas. No se ven
números y nombres flotando sobre la mayoría de las cabezas. Y cuando
hay violencia o muertes, no se restan puntos, ni se envían alarmas
digitalmente a la policía.
Aquí es donde vienes si necesitas un préstamo rápido, aumentar tu nivel
temporalmente para poder usar un autobús o para comprar medicamentos
fuera del mercado oficial. Hay gente que hará eso por ti, piratear tu
sistema para que subas de nivel, pero por un precio exorbitante. Si no
puedes pagar el precio una vez que tu nivel vuelve a la normalidad…
Bueno, todo el tiempo desaparecen personas desesperadas, sin que nadie
investigue sus desapariciones en un país al que le interesan poco.
Vuelvo a revisar mi cuenta. Piratear el sistema de niveles no es poca
cosa, pero no viene mal que tu hermano trabaje para el gobierno y que le
hayas echado un vistazo de vez en cuando a los ajustes de su cuenta desde
dentro. De esa manera hoy tengo mi nivel apagado y una identidad
aleatoria, así que cuando alguien me mira no ve EDEN BATAAR WING, NIVEL

54. En vez de eso, pone ELI WHITMAN, NIVEL 5.


Por lo que sé, quizás Daniel ha encontrado la manera de sortear eso y
está rastreando mi ubicación de nuevo sin decírmelo. Echo un vistazo por
encima del hombro, como si fuera a verlo siguiéndome entre la multitud.
Cuando doblo la esquina y me encuentro en una parte oscura de la
Ciudad Baja, donde la gente que se ha quedado sin nivel se refugia a
ambos lados de las calles en hileras de tiendas de campaña, me empiezo a
sentir nervioso. Aunque voy vestido con la ropa más discreta que tengo,
siento las miradas que se desvían en mi dirección y los ojos que se me
clavan en la espalda. Algo en mi comportamiento (cómo encorvo los
hombros, me acomodo las gafas, o quizás el hecho de que sé que no
pertenezco a este lugar) hace que destaque.
Quizás parezco indefenso de nuevo, y alguien me va a atacar con un
cuchillo para robarme. Meto las manos en los bolsillos y bajo más la
cabeza. Debería haberle pedido a Pressa que viniera conmigo en vez de
encontrarme con ella por aquí.
A medida que me acerco más al punto de partida de la carrera de drones,
empiezo a notar que hay grupos de personas en las aceras aquí y allá,
esperando de pie, como en un desfile. El dinero cambia de manos, y hay
murmullos excitados en los callejones. Me doy cuenta de que la gente está
cambiando sus ajustes virtuales para poder seguir la carrera con sus chips.
Las calles están cada vez más abarrotadas hasta que no me queda otra
opción más que escurrirme entre las multitudes. Por fin llego a lo que
parece un bar destartalado, tan pequeño que apenas puedo deslizarme a
través de la puerta enrejada.
El interior está iluminado por una luz de neón escarlata. La gente se
agolpa contra la barra, desde donde una mujer se inclina hacia mí y me
mira.
Carraspeo y la miro con lo que espero sea una mirada tranquila.
—¿Hay whisky rojo esta noche? —le pregunto. Es la contraseña que
encontré en mis búsquedas.
Por un instante, me parece que lo he entendido todo mal, porque no
reacciona. Se me queda mirando como si no pareciera el tipo de persona
que debería estar aquí. Luego, sale de detrás de la barra y con una
inclinación de cabeza me indica que la siga. Caminamos hacia el fondo,
donde la puerta del baño está cerrada y tiene un letrero que dice: NO

FUNCIONA.

Pasa el dedo por delante de la puerta. Se abre.


Me indica con otra inclinación que entre, pero no parece que vaya a
seguirme. Le sonrío levemente, paso a su lado y me dirijo a la oscuridad
más allá de la puerta, que se cierra tras de mí. Estoy en un espacio oscuro
y cerrado. Lo único que veo durante un momento es una luz verde tenue en
el picaporte. Me late fuerte el corazón, y siento un asomo de claustrofobia.
En ese momento, el suelo tiembla. Una luz verde neón ilumina el
espacio, y la pared frente a mí se abre con un crujido. Me cubro la nariz
con mi camiseta porque el olor a cloaca es sofocante.
Salgo del ascensor improvisado hacia una plaza cuadrada rodeada por
cuatro rascacielos e iluminada por luces de neón que brillan contra las
paredes, y sumida en una bruma carmesí. Oigo música fuerte y un rugido
de voces.
No sé qué esperaba ver. Miles de bombillas rojo neón cuelgan de un
edificio a otro. Los vendedores ambulantes que ofrecen pasteles salados y
carne frita se amontonan en los límites de la plaza. Las paredes están
forradas de un entramado de vigas de metal, y un disyuntor gigante cuelga
cerca del lugar por donde he entrado. Parece que este lugar solía ser una
estación de ascensores en construcción que echaron abajo y abandonaron
en algún momento.
Está tan abarrotado de gente que si ocurriera cualquier desastre (una
pelea, un incendio) este lugar se convertiría en una trampa mortal. Pero a
nadie le importa. Están todos reunidos alrededor de un claro circular en el
medio de la plaza, donde los participantes de la carrera de hoy forman una
fila mientras preparan sus drones.
Una enorme cuenta atrás virtual flota por encima del centro de la plaza;
gira cada vez que me muevo para quedar siempre visible desde donde esté.

CARRERA DE DRONES: SEMIFINALES


COMIENZA EN 10:00 MINUTOS

Justo debajo de eso está la lista de competidores para la primera vuelta,


que se va actualizando a medida que llega cada participante.
Aparece mi nombre falso.
Por un instante, me paralizo. Las personas que me rodean parecen haber
estado viniendo a carreras como esta toda la vida. Yo, por otro lado,
parezco el blanco más fácil que haya puesto un pie en la Ciudad Baja. Me
empiezan a sudar las palmas.
Pressa, le envío un mensaje. Estoy aquí. ¿Dónde narices estás?
Veo por fin un puesto donde la gente está registrando sus drones. Me
dirijo hacia allí, e intento ignorar las miradas que los demás me echan por
el rabillo del ojo.
El hombre que está en el puesto me mira con escepticismo.
—Dron —dice.
Me pongo la mochila delante y abro la cremallera para extraer con
cuidado mi dron para que lo inspeccione. Alza una ceja al ver mi diseño.
No se parece a ninguno de los otros, pequeño y estilizado, con el motor
brillante en su parte posterior. Doy un paso atrás y espero mientras lo
sostiene así y asá.
—Un dron pequeñito, ¿verdad? —murmura. Al final, asiente—.
¿Patrocinador?
—¿Un qué? —Frunzo el ceño.
—Todos los participantes necesitan un patrocinador —replica, alzando
una ceja—. Necesitamos asegurarnos de que puedes pagar por el daño que
causes. A menos que te sobren diez mil corras y puedas ser tu propio
patrocinador.
Pressa no me dijo nada acerca de un patrocinador.
—Todavía no tengo uno —empiezo a decir, y echo una mirada alrededor
en busca de mi amiga—, pero estoy en la lista de participantes. Si miras…
Pero el hombre sacude la cabeza y me devuelve el dron.
—Debes de ser nuevo —se ríe—. Sin patrocinador, no hay carrera. No
me importa cómo te llames.
—Pero si me permites…
Su mirada se vuelve de piedra. Molesto, me hace gestos para que salga
de la fila.
—Hay personas detrás de ti —ladra, y hace una seña para que la persona
detrás mío avance.
—¡Un momento!
Me relajo, aliviado, cuando Pressa emerge detrás de los apostadores y se
dirige al puesto. Como siempre, tiene un aspecto completamente diferente
al que le veo en la universidad y en la tienda de su padre. Lleva puesta una
peluca rubia larga, para empezar (rubia clara, un contraste total con su
pelo corto y oscuro) y un par de gafas rosas falsas que hacen que sus ojos
parezcan anormalmente grandes. Mira al hombre con el ceño fruncido.
—Yo soy su patrocinadora —dice, y extrae un sobre cerrado que desliza
hacia él.
Parece reconocerla, y gruñe en asentimiento antes de abrir el sobre.
Dentro de él hay un fajo de corras, nuevos y crujientes. Los alza contra las
luces, asiente y se guarda el sobre.
—Eres oficial —me dice y, apenas unos instantes después, mueve la
cabeza hacia el listado de competidores que muestra el panel virtual
giratorio. Sobre mi cabeza se enciende una luz azul, que indica que soy
uno de los participantes. Al unísono, la gente a nuestro alrededor se vuelve
para mirarme.
—¿Te has quedado en un rincón mirándome hasta que ha parecido que
iba a hacer alguna estupidez? —le digo a Pressa entre dientes.
Me sonríe y me pasa el brazo por el mío.
—No hace falta que espere mucho para eso —responde—. De nada por
salvarte el pellejo.
—¿De dónde has sacado diez mil corras?
Se encoge de hombros.
—No tiene importancia. He estado ahorrando. Si tu dron es tan bueno
como dices, las recuperaremos después de la primera carrera. —Le echa
una mirada curiosa a la mochila—. ¿Te importaría enseñármelo?
Sobre la pared, la cuenta atrás ha llegado a los tres minutos, y la mayor
parte del espacio alrededor del claro está abarrotado de personas de pie.
Veo que los competidores ya se están alineando en el centro de la pista,
algunos están haciendo arreglos de último momento a sus motores.
Cuando alcanzamos al resto de los competidores, le enseño el dron a
Pressa.
En comparación con los otros modelos, es con seguridad el más
pequeño, quizás hasta apenas tenga el tamaño mínimo para participar. Pero
compensa su fragilidad con velocidad. El motor se enrolla en un círculo
perfecto debajo del dron y, cuando lo enciendo, brilla con una tenue luz
azul.
—Bonito diseño —dice, admirando las alas plegadas hacia atrás—.
Eficiente. ¿Sobrevivirá a un choque?
Sacudo la cabeza.
—Si alguno de los otros lo golpea, se acabó el juego.
—Creía que me habías dicho que era increíble —replica, fulminándome
con la mirada.
—No tengo pensado permitir que nadie se le acerque tanto.
Alza las manos, pero veo la luz en sus ojos, el ansia al saber cuánto
podríamos ganar.
—Está bien. —Se da por vencida—. Confío en ti.
Por encima, las bombillas rojas se atenúan, brillan más fuerte y se
atenúan otra vez, para avisar al público que la carrera está a punto de
comenzar. Me escabullo entre la multitud hasta llegar a un lateral de la
pista, el más cercano a los demás participantes.
Un minuto para que empiece la carrera. Como todos los demás, estiro la
mano frente a mí para ajustar los parámetros de mi visualizador virtual.
Para ver cómo se desarrolla toda la carrera es necesario entrar a un canal
que transmite una grabación de un dron que sigue a los drones que
participan oficialmente de la carrera. La grabación se reproduce frente a
los ojos de cada espectador mientras los drones atraviesan las calles de la
Ciudad Baja, como si los espectadores estuvieran corriendo con ellos.
Intento mantener una expresión calmada mientras el público me mira y
habla por lo bajo. La adrenalina me invade la sangre rápidamente y
embota los pensamientos que suelen volverme loco cuando las cosas están
demasiado tranquilas. Sonrío. Solo puedo concentrarme en la idea de
ganar la carrera. Esto es, a su manera, libertad.
Diez segundos para que empiece la carrera. Veo a Pressa moviéndose
entre la multitud con la cabeza gacha, discreta. Al mismo tiempo, me
envía un mensaje que aparece en letras blancas ante mis ojos.

Buena suerte, chico del cielo.

Los otros drones se alzan en el aire, el siseo de sus motores llena el


espacio.
Mientras el público corea furiosamente los nombres de sus favoritos,
enciendo mi dron sin hacer ruido y caliento el motor. En mi visualizador,
veo que aparecen sus características en la transmisión en vivo, una serie de
letras y números virtuales en azul que se deslizan a un lateral de mi
visualizador.
Las luces brillan por lo alto una vez, con intensidad. Al mismo tiempo,
un ruido fuerte similar al de un disparo surge de los altavoces.
La carrera ha comenzado.
Todos los drones salen disparados. Se oye una ovación.
Arrojo el dron al aire. Destella una vez. El motor se acelera.
—Haz lo tuyo —murmuro. Agito la mano una vez.
Mi dron gira para seguir a los otros y sale disparado. De pronto, en el
centro de mi visualizador, aparece la transmisión en vivo que me da la
sensación de estar en el dron. Me concentro en el video y dirijo al dron por
los callejones de la plaza que lo llevarán hacia las calles. Mientras los
drones avanzan por la ciudad, dejan a su paso estelas virtuales
multicolores.
Desde un lateral de la plaza, la locutora silba.
—¡No se pierdan al número nueve! —exclama—. ¡Es un dron diminuto
con un motor que no se parece a ninguno que haya visto antes!
El público explota en vítores y abucheos. Aprieto los dientes y sigo
adelante. En mi visualizador, dobla bruscamente y escapa por los pelos de
una colisión entre otros dos drones con un salto hacia adelante. La gente
que camina por la calle alza la vista, sorprendida, y dos camiones
autónomos casi chocan cuando los drones acortan el camino por una
intersección. Los espectadores que han estado reuniéndose con tiempo
para ver la carrera lo celebran.
Echo un vistazo a la multitud en la plaza. Pressa no está por ningún lado.
Un dron gira sobre sí mismo en el aire y se dirige directo a mi dron.
Lo evito por poco. La transmisión da vueltas mientras mi dron da
tumbos, y baja al nivel del suelo, casi rozándolo. Por poco no choca con el
poste de acero de uno de los puestos del mercado. La gente en la calle grita
cuando el dron les pasa entre las piernas hasta que por fin vuelve a
ubicarse por encima de la calle.
—¡Por los pelos! —grita la locutora—. ¡El número nueve casi no sale de
esa!
Otro dron intenta atacar al mío y forzarlo a salir de la ruta. Subo el
morro del dron. Sale disparado hacia el cielo y vuelve a bajar, unos
cuantos pasos por delante del atacante, mucho más rápido y estable que
cualquier otro dron.
La gente que me rodea me ha empezado a observar con curiosidad.
Estoy subiendo poco a poco de puesto a medida que el motor va ganando
fuerzas. Se nota un cambio en el público cuando la gente empieza a notar
el rendimiento de mi dron.
Un dron más grande se acerca peligrosamente al mío. Una de sus alas
roza la mía. Mi dron escora salvajemente, se aparta del resto y sale
girando sin control. Se oyen vítores y exclamaciones de sorpresa.
¡Enderézate!, me digo frenéticamente. ¡Enderézate!
El motor se detiene por una milésima de segundo antes de volver a la
vida con toda la potencia. Lo llevo al límite y el impulso mismo hace que
el centro de masa del dron recupere el equilibrio. Tiene una abolladura fea
en un lateral, pero vuelve a zambullirse en la contienda.
Ya hemos recorrido tres cuartos de la ruta, según el mapa de la carrera.
Faltan unas pocas calles que recorrer antes de volver a la plaza. Cerca del
comienzo del mapa, varios drones policiales se han activado, sus sirenas
destellan mientras luchan por mantener el paso con los participantes.
Mi motor se calienta tanto que puedo ver el brillo azul en mi visión
periférica. Me concentro en los giros. Otro dron intenta derribarme. Los
que están delante de mí me bloquean el paso. Pero hago que mi dron suba
y se arquee por encima de todos mientras avanza, el motor brillante,
adelantándolos uno por uno.
La línea de llegada se acerca, borrosa. Oigo el zumbido de los drones
que se acercan de nuevo a la plaza. Los demás drones están detrás de mí.
Sonrío, mi dron lleva la ventaja, y atraviesa por fin el último marcador que
cuelga sobre nuestras cabezas. Gana por un buen trecho.
La multitud estalla en un caos. Hay apostadores enfurecidos que le piden
a la locutora que invalide la carrera. Otros han empezado a aceptar
apuestas para mañana a la noche. Conduzco a mi dron por la plaza hasta
que llega a mi lado y apago el motor. Desciende cuidadosamente al suelo
del claro y se apaga cuando lo recojo y lo guardo en la mochila. Algunos
competidores me echan miradas desagradables mientras recogen sus
drones a medida que llegan como un rayo uno por uno al centro de la
plaza.
No puedo evitar sonreír un poco. No tengo el carisma, la actitud cool o
la resiliencia de mi hermano. No encuentro mi lugar en la universidad.
Pero en esto... hacer cosas, encontrar maneras para crear algo que
funcione, sé que soy bueno. Sé que puedo ganar.
De pronto, una mano brusca me sujeta del cuello desde atrás. No es algo
que esperaba sentir como el ganador de una carrera de drones. Siento que
me alzan del suelo y me arrojan con fuerza hacia delante mientras una
linterna me ilumina la cara. Puntos de luz explotan en mis ojos. Alzo
instintivamente las manos para bloquear la luz.
—Eli Whitman —me grita una mujer. Junto a ella, un hombre tiene
sujeta a Pressa de los brazos con firmeza.
La expresión tensa de Pressa me da escalofríos.
—¿Has financiado la carrera con billetes falsos? —me pregunta la
mujer, y arroja el sobre de corras de Pressa al suelo.
—¿Billetes falsos? —balbuceo.
—No sabía que eran falsos —niega Pressa—. ¡Los aprobaron en la
ventanilla! Tu propio empleado los levantó para mirarlos a la luz. Alguien
nos está tendiendo una trampa.
Pero la mujer la mira con furia.
—Se da por perdida la carrera —anuncia. Un rugido emerge desde las
gradas; apostadores indignados que habían apostado por mí, espectadores
engreídos que habían perdido dinero en la carrera—. Tienes que volver a
pagar con corras reales en este mismo instante, más el doble como
penalidad.
Pressa me mira de reojo, advirtiéndome de que me mantenga fuera de
esto y se cruza de brazos.
—¿Y si no lo hacemos? —le dice a la mujer.
—¿He dicho que haya opción? —replica ella y el hombre sujeta los
brazos de Pressa, tironeándolos hacia atrás con tanta fuerza que Pressa
grita.
—¡Ni se te ocurra! —escupe mi amiga—. ¡No sabía que los puñeteros
billetes eran falsos! Déjame ir, y te conseguiré dinero de verdad, lo juro. O
tómalo de nuestras ganancias. Todos sabemos quién ha ganado esta noche.
No parecen tomarse muy bien sus palabras. Por un instante, pienso en
abrir mi propia cuenta bancaria, pero cualquier cosa que les envíe aquí
abajo puede rastrearse a mi identidad verdadera. No aceptarán nada que no
sea efectivo imposible de rastrear.
—Vamos —empiezo a decirles al hombre y a la mujer—. Os ha dicho
que no sabía. Yo no lo sabía. Me retiraré de la carrera, ¿de acuerdo?
Dejadla ir. Volveremos con el dinero en una hora.
Pressa me insulta. Abre los ojos, furiosa.
—Cállate, Eden —exclama—. Yo me encargo de esto. ¡No te retires!
Pero ya no nos escuchan. El hombre comienza a llevarse a Pressa a
rastras, y en su mano veo el destello de algo afilado y metálico. Un frío
glacial me estruja el corazón. Van a matarla. El público, entusiasmado
ante la idea de sangre, ya se ha puesto de pie, sus gritos han llegado al
paroxismo.
—Puedo pagaros —empiezo a gritar. Aunque no tengo ni idea de qué
hacer para detenerlos, me lanzo hacia adelante, dispuesto a arrancarles a
Pressa de los brazos si es necesario—. ¡Puedo pagaros! Tengo dinero en mi
cuenta. Solo necesito hacéroslo llegar de manera que no pueda rastrearse.
Por favor, yo…
En ese momento, sin advertencia, la plaza se sume en silencio. Es como
si un interruptor hubiera apagado a todo el mundo.
La mujer y el hombre también se detienen. Pressa parpadea, tan
confundida como todos los demás. Echo un vistazo a nuestro alrededor,
intentando entender lo que acaba de suceder.
Todo el mundo tiene clavada la mirada en una figura que ha emergido de
uno de los pasillos opuestos, flanqueado por varios hombres a cada lado.
Los despide con un gesto de la mano. Luego, camina hacia nosotros y, a
medida que avanza, todos se apartan rápidamente y bajan la mirada.
La figura es un hombre y, a primera vista, no parece gran cosa. Es
delgado, hasta delicado, y joven, la piel tan pálida que refleja el tono rojo
de las bombillas que cuelgan por lo alto, el pelo abundante y de color
negro medianoche. Su traje tiene un corte perfecto y ha sido planchado con
cuidado. Se mueve con una gracia quirúrgica. Tiene la mirada fija en mí,
de manera casual, pero algo en su expresión me hace retroceder
instintivamente.
Siento cómo la presencia de este hombre funciona como un nudo
alrededor del aire, que hace que el público entero se ponga un poco más
tenso. Se trata de alguien a quien todos temen. Pressa y yo intercambiamos
una mirada rápida e insegura.
El hombre asiente en mi dirección.
—Seré el patrocinador de este chico —dice, y sus ojos van de mi
mochila a mi cara—. Así que sugiero que te empieces a preparar para la
final de mañana por la noche.
Mi primera impresión es que parece demasiado joven como para tener
un efecto tal en todas las personas que lo rodean.
Es decir, mi hermano es Daniel, sé cómo son las cosas cuando una
persona joven es reverenciada. Pero esto es diferente. Este tipo no es
mucho más grande que Daniel, pero el efecto de su presencia en la
multitud es casi palpable.
Se detiene delante de mí y asiente, y extiende la mano. Su expresión
parece amable, casi paternal.
—Esa ha sido una carrera excelente. Tu dron es impresionante.
—Gracias —respondo, sin saber qué más hacer.
Cuando le sujeto la mano para estrechársela, se acerca más.
—Tu nombre no es Eli Whitman, ¿verdad? —susurra.
Un escalofrío de terror me recorre la espalda, aunque intento mentir.
—Sí que lo es.
—No tengas miedo —añade—. No lo digo a modo de amenaza. Si
vamos a trabajar juntos, necesitamos confiar el uno en el otro. ¿No es
cierto?
Se endereza y antes de que pueda responderle, sonríe y alza la voz para
que todos puedan oírlo.
—Dejad ir a la chica —dice.
El hombre que sujeta a Pressa la suelta de inmediato y retrocede. Sin
más. Es una reacción tan instintiva que podría jurar que el recién llegado
le puede controlar la mente.
Pressa se frota las muñecas y le echa una mirada inquisitiva a mi
patrocinador. Él dobla los brazos y los coloca a su espalda en silencio.
—Cubriré las diez mil corras de este joven competidor —anuncia, y
repite su promesa para que todo el mundo lo oiga—. Para mí, ha ganado
esta carrera, sin lugar a dudas. ¿Alguien lo cuestiona?
Hace apenas unos instantes, todo el mundo se había indignado con mi
victoria. Se oían abucheos por toda la plaza. Pero ahora el silencio es
ensordecedor. Nadie se atreve a mirarnos directamente. Intercambian
miradas rápidas con sus vecinos y luego bajan la vista.
Sonríe brevemente.
—Bien —dice, y me devuelve su atención. Tiene una ronquera en la voz
que reverbera desde lo profundo de su pecho, el tipo de sonido que suele
indicar la presencia de alguna enfermedad de larga duración—. Se te
pagará por tu primera victoria. Como patrón tuyo, tomaré mi parte de tus
ganancias.
En cuanto dice eso, alguien da un paso adelante y me hace un gesto para
que estire la mano. Hago lo que me indican y contemplo en un silencio
pasmado cómo cuenta un grueso fajo de billetes que deposita en mi mano,
una cantidad directamente proporcional a las pocas posibilidades que
ofrecía apostar por mí. Bajo la vista hacia mi mano, aturdido.
Cien mil corras.
Junto a mí, Pressa contempla la suma pasmada. Ninguno de los dos ha
visto tanto dinero todo junto en la vida. Ni siquiera David gana tanto.
El hombre parece satisfecho con mi reacción.
—Creo que podemos dar por terminada esta carrera. —Alza la mano
frente a él y sugiere que demos un breve paseo juntos. Enseguida todo el
mundo se aparta para abrirnos paso—. ¿Puedo hacerte algunas preguntas?
Mis instintos hormiguean en advertencia y confusión. No puedo
interpretarlo. Solo sé que quizás le haya salvado la vida a Pressa y también
la mía.
—Claro —respondo cuando estamos a su lado. Nos guía por uno de los
callejones que se abren a la plaza. Todo el mundo nos ignora
deliberadamente.
—¿Cómo debo llamarle? —le pregunto cuando estamos en la relativa
soledad en el callejón.
—Eso depende —contesta con una sonrisita—. ¿Cómo debo llamarte a
ti? Porque no eres Eli.
Mira a Pressa.
—A ti te he visto en las carreras antes. Pressa, ¿verdad? Tu padre tiene
una botica en el centro de la Ciudad Baja. Un hombre trabajador. —
Asiente con respeto, y los labios de Pressa se curvan en una sonrisa de
sorpresa.
—Gracias —murmura.
El hombre se vuelve hacia mí.
—Me llamo Dominic —dice, y hace una pausa. No sé si está pensando
de verdad o está intentando darme la impresión de que lo está haciendo—.
Tu hermano trabaja para el SIA.
Me invade una oleada de pavor. Pressa me mira alarmada. Debajo de
todo eso, también siento el trasfondo familiar de resentimiento, de ser
identificado solo en relación a Daniel.
—Y tú eres uno de los mejores estudiantes de la Universidad de
Ciencias de Ross —continúa el hombre llamado Dominic, que ha sabido
interpretar muy bien mi expresión—. Te graduarás un año antes, con
honores. He visto tu nombre en las noticias acerca de algunos de los
diseños de la universidad.
Ha conseguido sorprenderme a mí, ahora. He aparecido en las noticias
locales por mis experimentos científicos, pero nunca nadie lo ha
mencionado antes. Frunzo el ceño, sin saber si sentirme receloso o
halagado.
—¿Por qué sabe tanto sobre nosotros?
—Me ocupo de conocer a todo aquel que participe en las carreras de
drones —responde mientras caminamos—. Es una buena práctica en los
negocios.
Negocios. ¿Este hombre patrocina toda la carrera? Claramente no tiene
problema alguno en gastarse cien mil corras para patrocinarme. Las
alarmas suenan más fuerte en mis oídos cuando oigo sus palabras. Pienso
en lo lejos que estamos de los ascensores que nos llevan de vuelta a los
Pisos del Cielo. Tendremos que seguirle el juego al menos un rato más.
—Gracias por patrocinarlo, eh, señor Dominic —dice Pressa por mí,
interrumpiendo mi vacilación.
Hace un gesto con la mano.
—No tenéis nada que agradecerme. El premio que habéis ganado
compensa ampliamente lo que he invertido. Ha sido una jugada inteligente
la de participar esta noche en la carrera. —Alza una ceja en mi dirección
—. ¿Dónde has aprendido a hacer un motor como ese?
Me encojo de hombros, sin saber muy bien qué decir.
—He estado trabajando en el diseño desde primer año —respondo—.
Los drones son una buena manera de probarlo, y de ganar dinero en el
proceso.
—Jamás he visto un motor como el tuyo. —Asiente, y la admiración de
su voz es tan auténtica que no puedo evitar sentirme un poco orgulloso—.
¿Puedes emplear ese motor para encender cualquier cosa?
—Cualquier cosa. —Asiento.
Llegamos al final del callejón. Aquí, el espacio angosto se abre a una de
las calles principales de la Ciudad Baja.
—Bueno, aquí nos separamos —dice Dominic—. Tienes mi palabra de
que nadie os molestará en vuestro camino a casa. Espero verte mañana en
la final.
Me sonríe.
—Espere… —empiezo a decir. Hay tanto sin decir. ¿Quién demonios es?
¿Qué hace en la Ciudad Baja? ¿De qué manera está implicado en las
carreras de drones?
Pero ya ha desaparecido en las sombras del callejón. Pressa y yo nos
quedamos en mitad de la calle atestada con nuestras ganancias, la gente
pasando junto a nosotros en ambas direcciones.
Nos miramos estupefactos.
—Dominic —digo entre dientes—. No te suena de nada, ¿verdad?
Pressa sacude la cabeza.
—Ni idea. Pero has conseguido patrocinador. —Se acerca más a mí y me
mira muy seria—. No tienes que hacer esto. Si te sales, no tendrás que
devolverle el dinero que ha puesto como patrocinador. Lo recuperará. Si no
estás cómodo con esto… Bueno, vives en los Pisos del Cielo, de todos
modos, y…
Se queda en silencio y se muerde el labio.
Pienso en el padre de Pressa, en su cuerpo frágil y su voz débil. En lo
mucho que necesita sus medicamentos. Poso la mirada en sus ojos oscuros
y en su rostro en forma de corazón, y me doy cuenta de que sentirla tan
cerca me hace arder las mejillas.
Es cierto que no sé en qué me estoy metiendo. Pero sea lo que sea en lo
que me haya metido, Pressa también está metida. ¿Qué le pasaría a ella y a
su padre en la Ciudad Baja si yo no aparezco para la última carrera?
—Te veo mañana después de clase —le digo—. Hablaremos de ello
entonces.
DANIEL

Al día siguiente, Eden se va antes de que tenga oportunidad de verlo. Salgo


de mi habitación y veo que su puerta está abierta y deja ver el desorden en
su cama y la pila de ropa en el suelo. Ya ha dejado los platos en el
fregadero de la cocina.
Qué sorpresa. Es el último día de exámenes, de todos modos, así que
quizás ha tenido que salir temprano. Recuerdo eso e intento que su
ausencia no me moleste mientras me arreglo y me pongo el traje.
Cualquier otro día habría tirado la toalla y habría rastreado su ubicación,
solamente para asegurarme de que esté donde dice que está. Pero hoy, por
suerte, otra cosa me distrae.
June viene a la ciudad.
La llamada aparece en mi visualizador justo cuando estoy a punto de
salir.
—Espero que hayas dormido bien, Wing —me saluda Jessan—. El
elector y su séquito aterrizarán en una hora en la sede central del SIA. ¿Ya
estás de camino?
—Estoy saliendo en este preciso instante —respondo.
Hay una pausa del otro lado, seguida por la voz divertida de Jessan.
—Pareces más nervioso de lo habitual. ¿Puede ser que sea debido a
alguien que viaja en el avión de la República?
Frunzo el ceño ante su broma. Parece que todo el mundo conoce mi
historia con June. ¿Quién hubiera dicho que un montón de extranjeros
veían siempre las noticias sobre nosotros y se imaginaban sus teorías
acerca de dos fugitivos?
—La mente te está jugando una mala pasada, cariño —respondo,
intentando sonar despreocupado—. Estaré allí en diez minutos.
—Claro, claro. —Oigo la sonrisa de Jessan en su respuesta—. No pasa
nada si hoy estás distraído, ¿sabes?
—No estoy distraído.
—Seguro, qué declaración tan convincente. He perdido la cuenta de la
cantidad de veces que has preguntado cuándo venía la República a
visitarnos.
—Diez minutos, Jess.
—Bueno, está bien. Te veo pronto. Y si te cuesta encontrar las palabras
después de ver a la señorita June Iparis hoy, solo avísanos…
Pongo los ojos en blanco y cuelgo antes de que Jess continúe.
Pero cuando camino solo hacia los ascensores que me llevarán varios
pisos más arriba y a veinte edificios de distancia hacia la sede central del
SIA, mis pensamientos siguen vagando hacia June.
No es que venga a verme a mí. Estará acompañando al elector,
protegiéndolo mientras se reúne con el presidente de la Antártida. Quizás
no le importe mucho si yo estoy o no. El único aviso que me dio, después
de todo, fue un mensaje de texto breve hace semanas para decirme que
vendría a Ciudad de Ross.
Pero no me importa. Su imagen permanece en mi mente cuando entro al
ascensor. Por más que odie las bromas de Jessan, no he hecho otra cosa
que pensar en June desde que me enteré de que vendría de visita.
Anoche mis sueños fueron una combinación agotadora de pesadillas,
algunas acerca del misterioso Dominic Hann que he estado persiguiendo,
otras acerca de la seguridad de Eden… y otras sobre June.
Visiones de June sin interés en verme hoy. Ella dándome la espalda y
volviendo al avión de la República. Amable y distante. Nos hemos visto
una sola vez después de pasar una década separados. ¿Y si hemos
cambiado demasiado? ¿Y si no tiene que ser?

La sede central del SIA es una serie de oficinas suntuosas con una pista de
aterrizaje en el último piso. Desde que trabajo aquí, he visto aterrizar a
todo tipo de líderes mundiales para conversar con nuestro presidente
mientras varios de nuestros equipos de agentes del SIA los custodian.
Pero esta vez June acompañará al elector. Me pone aún más nervioso
mientras me dirijo al último piso para unirme al resto de los agentes.
Jessan y Lara ya están allí, junto a, al menos, una docena de agentes que
se han repartido en dos hileras en dirección a la pista de aterrizaje. Una
serie de barricadas los separa del resto de la planta, donde un aluvión de
periodistas está a la espera, y las cámaras sacan imágenes de nuestros
agentes.
Frunzo el ceño cuando Jessan me sonríe con picardía. Al menos Lara se
me acerca con una expresión un poco más seria. Desliza los dedos por el
aire, como si estuviera descargando algo y, unos instantes más tarde, un
mensaje de ella aparece en mi visualizador.
—Hemos localizado la ubicación aproximada de una carrera de drones
que ocurrió anoche —me dice cuando las alcanzo—. En alguna parte del
cuadrante nordeste de la Ciudad Baja.
Percibo cierta tensión en su voz y alzo la vista hacia ella.
—¿Y? —pregunto.
—Y —responde, después de una breve vacilación—, he escuchado que
el propio Dominic Hann fue visto en la semifinal de ayer.
Mi atención pasa durante un momento de June a las palabras de Lara. La
miro con severidad.
—¿Estuvo allí? ¿En persona?
—Eso parece. No lo creería si no fuera porque me han enviado
imágenes.
Comparte otro archivo conmigo. Cuando lo abro, veo un video de lo que
parece ser, sin lugar a dudas, el comienzo de una carrera de drones, de
alguien dirigiéndose a un hombre joven como señor Hann. Saluda a uno de
los competidores, a quien no puedo distinguir. Frunzo el ceño mientras veo
el video una vez más. El hombre parece ser apenas un poco mayor que yo,
pero incluso con la mala calidad del video el impacto que tiene en el
público es inconfundible.
Veo el video una vez más para intentar distinguir más detalles de los
alrededores de la plaza. Pero el video está muy oscuro y granulado.
—¿No sabemos todavía la ubicación exacta de dónde sucedió esto?
—No, pero estamos examinando las calles para intentar descubrir algo
reconocible.
—Bien —asiento—. Encontraremos la manera de llegar a la final esta
noche.
Nuestra conversación se ve interrumpida por una ráfaga de viento que
nos llega desde lo alto. Cuando alzo la vista, veo un avión que se
materializa a través de las nubes y atraviesa el biodomo de Ciudad de Ross
en su descenso hasta flotar por encima de la pista de aterrizaje. Tiene la
cola pintada con vetas de negro y rojo. Los colores de la República.
El elector y su equipo están aquí. June está aquí.
Las conversaciones se apagan en cuanto el ascensor al último piso se
abre y sale el presidente Ikari con sus guardaespaldas. Se endereza
mientras avanza por el sendero que conduce a la pista de aterrizaje, con
una sonrisa seria en el rostro. A mi alrededor, los demás agentes se ponen
en posición de firmes. Hago lo mismo. Me empieza a latir rápido el
corazón. Desde lo alto, el rugido del motor a propulsión del avión de la
República ahoga todos los demás ruidos.
He hablado con líderes mundiales, he hecho estallar aeronaves y he
sobrevivido a disparos, pero confieso que nunca me he sentido más
perturbado que en este momento, instantes antes de que el elector de la
República aterrice. El viento me despeina el pelo mientras esperamos,
hasta que por fin el avión descansa en el centro del círculo de la pista.
Avanzo hacia la rampa de desembarque antes de que termine de
desplegarse. Al otro lado, Jessan y Lara esperan mis órdenes. Mientras los
flashes destellan a nuestra espalda, les indico que se queden en el lado
opuesto y le ordeno a un cuarto agente que se una a mí mientras hago un
gesto para que el resto de los agentes se quede con el presidente. Luego,
formamos a cada lado de la rampa y esperamos, mientras una silueta
aparece en la puerta abierta del avión.
No he visto a Anden Stavropoulos, el elector de la República, en persona
desde que vine a Ciudad de Ross. Parece mayor de lo que recordaba,
incluso en comparación con sus entrevistas televisivas, pero en su mirada
hay una comodidad que antes no había. Una seguridad en su puesto que no
solía tener.
Las cámaras funcionan a toda marcha. Vuelvo la vista hacia los
periodistas; examino atentamente al público y luego las ventanas de los
rascacielos a ambos lados.
Me vuelvo para ver a las personas que emergen detrás de él. El esperable
grupo de guardaespaldas, igual al de nuestro presidente, y la prínceps
electa, Mariana. Al otro lado de Anden está su prometida, Faline Fedelma,
una presencia nueva en el Senado, la misma chica que una vez me llevó a
un banquete en Denver.
Detrás de mí, oigo los murmullos de los periodistas mientras toman
fotos frenéticamente de la recién comprometida pareja.
—… estuvieron en pareja varios años antes de hacerlo público…
—… hacen buena pareja, con la elegancia de ella y…
—… oí que la comandante Iparis los felicitó…
La mención del nombre de June rebota en mi mente. Mantengo la
postura, pero de todos modos el cuerpo se me inclina un poco hacia
adelante mientras la busco.
En ese momento, emerge también ella con sus guardias siguiéndola
rampa abajo.
La comandante June Iparis es toda una visión, con sus hombreras
doradas brillando sobre los hombros, lazos dorados cayéndole sobre las
mangas, la capa larga y oscura, una mano puesta sobre la empuñadura de
un arma que lleva a la cintura, los guantes blancos impecables. A medida
que avanzan, da órdenes con gestos silenciosos a sus hombres, asignando
dos a un lado del elector y su prometida, dos al otro.
Lleva la cabeza bien alta, la mirada firme e inalterable.
Tantas cosas han cambiado en ella desde la primera vez que nos
conocimos. Era una niña entonces, llena de furia y tristeza; ahora es una
mujer, elegante y madura y segura del lugar que ocupa en el mundo.
Pero en otros aspectos no ha cambiado para nada. La sigo viendo de la
misma manera que la primera vez que la vi en la calle, cuando apareció en
aquel duelo de skiz. Me sigue maravillando el destello de intensa
inteligencia en sus ojos, lo despierta y viva e invencible que parece. Me
sigue fascinando.
Sus ojos también buscan. Se detienen en mí.
Puede ser que me lo esté imaginando, pero en sus mejillas aparece un
rubor ligero cuando posa su mirada en mí. Tengo que hacer un esfuerzo
para no romper filas. Luego pasa rápidamente con sus soldados, y yo
cierro filas para seguirlos, y el rugido de la prensa nos invade a todos
cuando el elector intercambia un apretón de manos con el presidente Ikari.
Mientras ellos posan para las cámaras, me abro paso entre la multitud
hacia June, que está de pie a un costado junto a sus soldados. Inclina la
cabeza una vez al verme, y aparta la mirada para concentrar la atención en
la conversación del elector y el presidente.
Yo también intento concentrarme en custodiar a mi presidente. Pero en
mi cabeza tengo una tormenta de pensamientos. ¿Existió de verdad un
tiempo en el que era capaz de saber instintivamente lo que pensaba? ¿En el
que estábamos tan cómodos el uno con el otro que podíamos compartir
cualquier cosa? ¿O siempre hemos tenido esta química extraña en la que
no tengo ni idea de qué decirle, pero haría cualquier cosa con tal de estar
cerca de ella otra vez?
Me debo de haber quedado pensando demasiado tiempo en eso, porque
en un momento estamos de pie, cada cual por su lado observando y
protegiendo a nuestros líderes mundiales… y al siguiente estamos
cerrando filas detrás de ellos y caminando uno al lado del otro.
—Agente Wing —dice June con una inclinación de la cabeza y
arqueando una ceja delgada.
Maldita sea. Puede dominarme con una sola mirada ardiente.
—Comandante Iparis —respondo, obligándome a ser formal y cortés.
Aparta la mirada durante un momento y carraspea. No decimos nada más.
Seguimos caminando en un silencio incómodo, profundamente conscientes
de la presencia del otro.
Por fin, cuando los dos hombres empiezan a caminar por la pasarela y
nos quedamos a la retaguardia del séquito, June gira apenas la cabeza en
mi dirección.
—¿Cuándo estás libre? —me pregunta.
—Esta noche —contesto—. Después de la reunión con el presidente,
tengo que volver a la sede central del SIA un rato. Termino al atardecer.
—¿Te gustaría cenar? —inquiere, mirándome directamente por primera
vez—. Estaría bien ponernos al día.
Nuestras palabras son formales y prudentes. ¿Es porque ha pasado tanto
tiempo? ¿Porque somos mayores? Asiento y hago un esfuerzo para no
sonar muy ansioso.
—Eso me gustaría.
Sonríe un poco. Suaviza todo su ser, y descubro que quiero inclinarme y
atraerla hacia mí para besarla. En algún momento de nuestras vidas, eso
era algo que podía hacer con naturalidad. ¿Ahora? Siento que estoy
estirado entre dos postes, sin poder respirar.
—Excelente —dice, y mantiene el tono de voz formal—. ¿Dónde
quedamos?
—Dime dónde estarás —respondo en voz baja. Esta vez no puedo evitar
la intensidad en mi respuesta—. Iré a verte.
Se sonroja y me descubro pensando en cómo me las he arreglado para
vivir diez años sin ella.
El presidente y el elector intercambian un apretón y avanzan hacia los
ascensores que bajan, y los seguimos. Nuestros equipos están a punto de
divergir.
El corazón me late fuerte ante la idea de verla más tarde. Todo lo que
puedo hacerle es una pequeña reverencia.
—Comandante —me despido, y le guiño un ojo antes de unirme al resto
de mis compañeros.

El atardecer en la Antártida, por supuesto, no es un atardecer real. Es una


simulación creada por el biodomo que cubre Ciudad de Ross. No por eso
es menos hermoso, y cuando llego a encontrarme con June en la entrada
del hotel donde el elector se aloja, el cielo está cubierto de franjas rosas y
violetas.
El hotel está en la última planta de un rascacielos de lujo y ocupa diez
pisos de arriba abajo; cada una de las pasarelas que lo conecta con los
demás rascacielos está decorada con macetas con árboles exuberantes y
césped. Desde aquí arriba, se puede ver toda la centelleante mitad superior
de la ciudad que se pierde entre las nubes.
Estoy encaramado a uno de los árboles que bordean la entrada del hotel
cuando veo que June sale del vestíbulo. Se ha cambiado el uniforme
militar formal por una camisa elegante y cómoda y un abrigo, las botas
negras altas por encima de los vaqueros.
Se me acelera el pulso cuando la veo buscarme. Este ángulo, el mirarla
desde lo alto, me resulta muy familiar. Así la vi por primera vez, después
de todo, con las manos en la cadera y desafiando a Kaede a un duelo de
skiz. La admiro durante un momento y luego bajo de un salto de la rama y
aterrizo delicadamente frente a ella, con las manos en los bolsillos.
Casi se asusta, pero su expresión se transforma en divertida un instante
después cuando me ve.
—Te sigue gustando entrar en escena con estilo.
Sonrío, aliviado ante su reacción.
—Solo contigo, ¿sí?
Se ríe.
—Veo que sigues tan insoportable como siempre.
Insoportable. ¿Tan malo fui? Pienso en el pasado e intento identificar
algún momento específico en el que haya sido insoportable con ella.
Al ver mi expresión, se ríe más fuerte.
—Está bien —dice. Nos quedamos en silencio un momento, cambiando
el peso de un pie al otro, incómodos, hasta que ella agrega—. Así que, ¿a
dónde me llevas?
Incluso cuando estamos ejecutando esta especie de baile tímido el uno
con el otro, noto el aplomo que exuda por todos los poros. Parece tener su
vida bajo control de una manera en la que quizás yo nunca pueda. Me
pregunto si debería ser más maduro cuando estoy con ella, así que asiento
cortésmente y la conduzco por la pasarela.
—A un lugar en el que podremos ponernos al día como es debido.
Estar con ella me provoca un sentimiento extraño y correcto a la vez. El
modo en el que su cabello me roza el hombro de vez en cuando. La escasa
distancia que mantenemos al caminar. Hasta la manera en la que
intentamos hablar al mismo tiempo.
Nos sentamos en un restaurante en el punto más alto de Ciudad de Ross,
desde donde se puede ver la miríada de rascacielos casi por completo. Me
doy cuenta del momento exacto en el que el atardecer se funde en la noche
porque el color del pelo de June pasa de un cálido castaño oscuro a un
negro como el ala de un cuervo.
Quizás este momento no la afecte igual que a mí. No estoy seguro.
—¿Qué tal la vida en…? —decimos los dos al mismo tiempo cuando
nos traen los platos, nos callamos y nos echamos a reír.
June habla y yo me quedo callado.
—Parece que estás disfrutando Ciudad de Ross —continúa.
No es del todo cierto, por supuesto. Pero me encojo de hombros y
sonrío.
—No puedo quejarme. Tengo que admitir que es una mejora increíble el
poder estar en un lugar como este, con una vista como esta.
—Supongo que eso quiere decir que no tienes planeado volver a la
República por ahora —comenta June con una sonrisa irónica.
—Bueno, quizás tenga que volver por un tiempo. A Eden lo esperan unas
prácticas en Batalla. Pero la República sigue siendo una idea a la que no sé
si puedo acostumbrarme. —Hago una pausa, sin saber si seguir hablando
del tema. ¿Es muy delicado para que lo hablemos ahora? De pronto, pienso
en la discusión que tuve con Eden, en cómo quedaron las cosas pendientes
e inconclusas—. Ya sabes cómo es.
June me observa de tal manera que me hace sentir que sabe que le estoy
ocultando algo. Luego, aparta la vista y contempla la ciudad. Me quedo en
silencio mientras el alma se me cae a los pies. June es la oficial en la que
Anden más confía. Es probable que algún día la designe para dirigir el
ejército de la República y ayudar a reestructurar el país entero. No piensa
abandonarlo por ahora. Si quiero tener la posibilidad de estar en su vida,
tengo que ir a la República.
¿Puedo hacer eso?
De inmediato, me avergüenzo de mi reacción. No tengo ninguna
influencia ni derecho en la vida de June. No somos pareja. Ni sé si ella
quiere. La vieja sensación vuelve a la vida: quizás demasiadas cosas han
cambiado en nuestras vidas como para que podamos encontrarnos de
nuevo. O quizás ella sea demasiado buena para mí.
Por fuera, le sonrío.
—He escuchado rumores acerca de que Anden te ascenderá a primera
comandante un día de estos.
Me devuelve la sonrisa.
—¿Ah, sí? ¿Ha estado circulando en las noticias de aquí o has estado
haciendo preguntas sobre mí?
Me encojo de hombros y me echo hacia atrás en la silla para ocultar que
me he sonrojado.
—Hago preguntas acerca de mucha gente —respondo, a la defensiva.
Como no se ríe, dejo de fingir.
—¿Estás bien?
Duda por un instante antes de encararme. Esos ojos oscuros suyos se
clavan en mí, y descubro que siento de nuevo esa extraña sensación de
desequilibrio, como si nunca pudiera hacer pie cuando estoy con ella.
—Esto no eres tú, Daniel —afirma.
—¿Qué quieres decir? —digo, frunciendo el ceño.
—Esto. —Echa un vistazo alrededor al restaurante prístino, lleno de
pisos de mármol y columnas blancas, camareros con uniformes
impecables y bandejas de plata—. No parece que te sientas cómodo aquí.
Me invade la sensación de déjà vu. De pronto recuerdo otro restaurante
en otro momento, cuando nos sentamos uno frente al otro y June me
preguntó por qué nunca le había hablado acerca de la enfermedad que casi
se cobra mi vida. Aquella que robó parte de mis recuerdos.
Me aparto de la mesa.
—No es la primera vez que vengo aquí —replico, avergonzado—. Toda
mi vida es así ahora, los suelos pulidos y los techos altos, las cosas nuevas.
Me gusta. Me he acostumbrado tanto como tú.
—No estoy intentando ofenderte —dice, negando e inclinándose hacia
adelante sobre los codos—. Solo quiero… bajar la guardia. Igual que tú.
¿No es así?
Bajar la guardia. En ese instante me doy cuenta, con cierta irritación, de
mi espalda rígida y mi postura tiesa. Por supuesto que June ha percibido
mi ansiedad y mi cortesía forzada. ¿He olvidado de verdad cómo es estar
con ella, como siempre se las arregla para entender a todos y todo lo que la
rodea con unas pocas miradas? Si pudiera examinar su mente ahora, sé que
encontraría listas organizadas con observaciones y reacciones.
Pero eso es lo que nos diferencia. Ella me entiende en un instante, pero
yo no puedo hacer lo mismo.
Un camarero se acerca y nos sirve más agua con gas. Recuerdo lo que
me costó entender siquiera el concepto del agua con gas. Descanso la
mirada en las burbujas que suben en mi vaso. Delante de mí, June
contempla el anillo de clips de papel que llevo en el dedo. Un destello de
luz lo hace brillar, durante un momento, como si fuera una joya. Me sonríe
con timidez y el corazón se le llena de esperanza.
Un lugar donde podamos bajar la guardia. Donde podamos encontrar el
camino de vuelta a lo que solíamos ser.
De pronto, me incorporo y le sonrío.
—Conozco un lugar. Ven. Salgamos de aquí.
Al oír eso, la actitud de June cambia por completo. La mirada se le
ilumina con una calidez que recuerdo de nuestros años de juventud, y una
luz le invade la cara, y no puedo hacer otra cosa que quedarme mirándola,
completamente embelesado.
—Me parece perfecto —declara, apartando su silla.
Es invierno, y la simulación del biodomo ha empezado a desaparecer
para dejar lugar a la capa de estrellas centelleantes. Conduzco a June por
la pasarela hacia un rascacielos sin terminar. Está en el extremo este de
Ciudad de Ross, un complejo que quedó sin terminar. El rascacielos ha
quedado solo y sin habitar, una extraña estructura oscura entre las demás
que están iluminadas de arriba abajo. La hiedra lo ha cubierto por
completo en el año que ha pasado abandonado.
—Cuidado con el escalón —digo por encima del hombro cuando subo a
una ventana abierta a un lateral. June me sigue de cerca.
Aterrizamos en un lecho de vegetación exuberante y hiedra, los capullos
cerrados durante la noche brotan de las grietas en el suelo. Arriba, más allá
de las enredaderas que cruzan el techo abierto, vetas de auroras australes
bailan por encima de la alfombra de estrellas.
—Este es quizás el único lugar tranquilo en Ciudad de Ross —le cuento
a June mientras nos sentamos en el borde del edificio y contemplamos el
interminable mar de luces—. A veces vengo aquí a pensar.
June tiene la vista clavada en las estrellas. No se ven así en la República
y la fascinación serena en su rostro me deja sin respiración.
—¿Sobre qué? —me pregunta.
Aparto la mirada un momento de ella.
Abajo, los pisos desaparecen en las sombras.
—Me pregunto si haber venido a Ciudad de Ross fue la decisión
correcta. Para mi hermano. Para mí.
—Parece que ha sido buena con vosotros.
—Quizás. Pero siento la incomodidad de Eden con su vida. Lo atraen las
calles de su pasado; pasó en ellas menos tiempo que yo, así que siente una
curiosidad que no comparto. A veces lo siento alejarse de mí en dirección
a la República.
Al oír eso, June asiente, rígida. Parece comprender.
—¿Le tienes miedo a la República? —me pregunta.
—Quizás. No lo sé. Cuando pienso demasiado en el pasado, tengo
pesadillas. Pierdo el apetito. Cosas así. —Sacudo la cabeza—. Me parece
que a Eden no le pasa lo mismo. Si le pasa, no me lo cuenta. ¿Y tú?
June vacila mientras contempla el cielo.
—¿Sabes cuál es el verdadero motivo por el que Anden vino a ver a tu
presidente? Es porque la República necesita dinero.
—¿Dinero?
—Estamos muy endeudados. Anden está intentando reconstruirlo todo.
Arreglar la infraestructura de los sectores pobres, echar abajo los estadios
de la Prueba, reemplazarlos con edificios nuevos. Cuesta mucho más de lo
que tenemos. Así que ha intentado hacer acuerdos con la mayor cantidad
posible de países. —Hace una pausa—. Me alegra. Es necesario. Pero
también ha habido protestas. Existen ocasiones en las que miro a la
República y siento miedo. Miedo de dónde venimos. Miedo de lo que
pueda suceder en el futuro. Nada parece seguro nunca, ¿sabes? Estoy tan
acostumbrada a que nuestras vidas se vengan abajo que me pone nerviosa
que no haya pasado en tanto tiempo.
Sus palabras tocan una parte de mí que no he revelado a nadie en años.
Una parte que aún contempla Ciudad de Ross esperando que todo se venga
abajo. Es la versión mía que se despierta, ahogada, de una pesadilla en la
que estoy de vuelta en las calles de Lake. No soy el único que tiene miedo
de su pasado.
Extiendo la mano para tocarle la suya. Me sacude la calidez de su piel,
me resulta nueva y familiar a la vez.
—Lo sé —le digo con ternura—. Recuerdo lo suficiente de aquella
época.
—¿Los recuerdos te siguen persiguiendo como antes? —pregunta,
sonriéndome con tristeza.
—No lo recuerdo todo todavía, pero casi todo. A veces, una luz en
particular o el aroma de humo en el aire, alguna cosa que me recuerda algo
que no puedo terminar de ubicar. Es como soñar con otra vida.
June se vuelve hacia mí. Tiene el pelo más corto que antes, le cae recto
sobre los hombros, y ahora siento que uno de esos recuerdos perdidos se
asoma desde los límites de mi conciencia. Mis dedos peinándole el pelo,
un susurro en su oreja.
Nota que no puedo recordar. Nunca se le pasa nada.
—Cerca de la estación, esa noche —murmura—, cuando dijiste que me
recordabas y me estrechaste la mano, ¿fue eso lo que disparó el primer
recuerdo?
Esta parte nuestra también parece estar atrapada entre la relación
antigua y el comienzo de algo completamente nuevo. Sonrío y aparto la
mirada.
—La luz de tus ojos —respondo—. No existen muchas personas con la
habilidad de atraer a la gente con una simple mirada, June, pero tú tienes
un brillo muy especial. Aunque no te conociera, me habría detenido a
mirarte. Me habría presentado.
June se queda callada un rato, mirándome, y me siento muy tímido, de
pronto, bajo su mirada fulminante. En el mes que ha pasado desde aquel
instante fatídico, no nos hemos visto. No hemos hablado. Una parte de mí
no puede creer que esté aquí ahora, frente a mí.
Hay tantas piezas de nuestra historia que aún no puedo recordar. El
tiempo que pasé en las prisiones de la República es un borrón de sangre y
cadenas, un sol ardiente y un dolor devorador en la pierna. Casi no
recuerdo nada del tiempo en las Colonias que June dice que pasamos.
Faltan personas importantes, he olvidado por completo sus caras.
Durante un largo tiempo, eso incluyó a June.
Impulsivamente, me acerco a ella y le toco el brazo. Espero a medias
que se ponga rígida y se aparte, pero no lo hace. Por el contrario, se le
acelera la respiración y se permite acercarse más a mí también, hasta que
estamos tan cerca que podemos sentir el calor mutuo de nuestros cuerpos.
Le quiero preguntar qué siente por mí. Pero el miedo de siempre regresa,
que quizás ha venido hasta aquí para decirme que es mejor que seamos
solamente amigos. Está a punto de mudarse, yo vivo en otro país y ambos
estamos muy ocupados.
Recuerdo que te amaba, quiero decirle. Estoy enamorado de ti. Te sigo
amando. Pero las palabras no salen de mis labios. Se quedan enterradas
temblando en mi garganta.
Por un instante, creo que no estaremos más cerca que esto.
Pero June se mueve antes de que yo pueda decir nada más. Se inclina
hacia mí y se queda a un dedo de distancia de mis labios.
No puedo contenerme más. Recorro la distancia que queda entre
nosotros y mis labios tocan los suyos.
Y todo dentro de mí se parte, cada barrera y duda e inseguridad, todo
queda destrozado ante la sensación de ella chocando contra mi pecho. Me
pregunto si será así cada vez que nos toquemos. Todo mi ser quiere que
nos aplastemos contra una pared y nos besemos más fuerte, que
recuperemos el tiempo perdido. La deseo tanto. Todas las preguntas sin
respuestas entre nosotros (¿qué hacemos?, ¿cómo seguimos adelante?) se
desvanecen, no queda más que el presente intenso, el calor de su cuerpo en
mis brazos.
Pero me obligo a permanecer en el presente, nuestro beso suspendido en
esta zona incierta entre los dos, en parte un reencuentro, en parte la
posibilidad de que esto sea lo más lejos que podamos ir.
Una llamada perdida aparece en mi visualizador, interrumpiendo el
momento. Es del SIA, y le sigue un mensaje y un mapa.

Escena del crimen en la Ciudad Baja. Ven de inmediato.

¿Existe un momento peor para que mi trabajo se entrometa? Es casi


como si la vida quisiera mantenernos separados. Suspiro y envío una
respuesta rápida.

¿Emergencia? ¿Hemos encontrado la ubicación de la carrera de drones?


Sí, es una emergencia. Y no, no la hemos encontrado aún.

Maldigo por lo bajo.


June percibe el cambio y se aparta. Los dos estamos sin aliento,
mareados por la emoción de haber estado tan cerca.
—Deberías irte —dice, aunque no sabe lo que dice el mensaje. Como
todo lo demás acerca de mí, probablemente sepa que se trata de algo
importante.
No quiero. Quiero quedarme aquí, mirando el cielo nocturno lleno de
estrellas con ella. El dolor por haber estado separados durante tanto
tiempo, el miedo a que, si me voy, no podré volver a ella otra vez, me
invade con una fuerza abrumadora.
Quizás June esté esperando a que haga el primer movimiento, a que me
estire y nos mantenga juntos.
Deberías irte.
Son sus palabras, no las mías.
Quizás esté interpretando todo mal, después de todo. Siento que me
aparto, mis pies dan un paso atrás y la distancia entre nosotros se enfría.
No me doy cuenta de si está decepcionada o sorprendida. Hay tanto que no
puedo leer en ella en este momento.
—¿Puedo verte de nuevo? —digo, por fin.
Asiente. La cortesía ha vuelto a su sonrisa, la distancia a su postura.
Pero al menos no se gira para irse. Al menos parece que quiere quedarse
aquí. Eso es algo, ¿verdad?
—¿Cuándo estás libre? —pregunta.
¿Cuándo estás libre? Mi corazón da un salto.
—Iré a la gala en honor a la llegada de Anden en unas noches. ¿Estarás
allí?
—Allí estaré —responde. Mi corazón se aferra a cada una de sus
palabras y de sus gestos, cada pequeño paso entre nosotros, e intento
interpretarla como solía hacer antes. Sonríe un poco—. Te veo en la fiesta.
EDEN

Me revuelvo inquieto mientras tengo una serie de pesadillas. Mi madre


recibiendo el disparo una y otra vez. Yo encerrado en un cilindro de vidrio
en un vagón de tren que no dejará de moverse nunca, sollozando y
esperando que alguien me deje salir. La bruma borrosa que me cubre la
vista después de que la plaga haya acabado conmigo. El hombre llamado
Dominic emerge de esa bruma para hablar conmigo. Los drones
sobrevuelan por lo alto mientras corro por calles extrañas en busca de una
familia que no está allí. Se arremolinan para formar un largo sueño
interminable.
Me despierto asustado, como siempre. Me paso el resto de la noche
caminando de un lado a otro de mi habitación, anotando más ideas para el
motor para distraerme, hasta que aparece la primera luz del amanecer.
Luego, me voy a la universidad antes de que Daniel se despierte.
El último día de exámenes se desdibuja. Termino las evaluaciones
temprano, aunque estoy agotado, y salgo a los pasillos de la universidad lo
más rápido que puedo, en un intento de evitar hablar con nadie.
Los pasillos están bastante tranquilos todavía, pero algunas de las otras
clases ya han terminado, y un flujo constante de estudiantes avanza por los
corredores y fuera de la universidad. Camino solo.
El sonido de mis zapatos rebota contra las baldosas. La luz simulada de
la tarde del biodomo de la ciudad se filtra por los pasillos y pinta todo de
dorado.
Unas voces altas me llegan desde más adelante. Me pongo rígido,
camino más lento y escucho con mayor atención.
Maldita sea. Emerson y su grupo.
Se está riendo a carcajadas de algo que Jenna ha dicho y, por el sonido,
están al final del pasillo, bloqueando la salida.
Me detengo en mitad del pasillo bañado por la luz dorada e intento
pensar en otras maneras de salir del campus. En una tarde normal, otras
dos entradas y salidas estarían habilitadas en el edificio. Pero como hoy
son los finales, sé que la entrada trasera ya está cerrada. Pienso en ir hacia
la salida lateral para ver si está abierta. Pero no conduce a los ascensores
que me llevan de vuelta a mi planta. Tendría que tomar un largo y sinuoso
camino por los Pisos del Medio para llegar a casa.
Quizás tenga suerte. Es el último día y Emerson debe de estar de buen
humor, demasiado ocupado celebrándolo con sus amigos como para
notarme mientras me escabullo de la universidad.
Vacilo demasiado tiempo. En ese instante, oigo que su voz se vuelve
hacia mí y luego un grito que resuena por el pasillo.
—¡Bueno! —grita—. ¡Parece que el chico Wing ha salido temprano,
como siempre!
Me empiezan a sudar las palmas. Emerson se ríe, el mismo sonido que
escucho siempre, y que me lleva a pensar que está pensando en nuevas
maneras de molestarme. Maldigo por lo bajo, me doy la vuelta y empiezo
a caminar hacia la entrada lateral.
Pero oigo que me está alcanzando, y la risa de sus amigos. Miro el reloj
que flota en la esquina de mi visualizador virtual. Los demás estudiantes
no saldrán hasta dentro de quince minutos.
Estoy a mitad de camino por el pasilllo cuando una mano me agarra por
la espalda de la camisa y me obliga a darme vuelta.
Me encuentro con los alegres ojos marrones de Emerson. Sonríe de oreja
a oreja.
—¿Por qué tienes tan prisa, Wing?
Miro a los otros dos detrás de él. Jenna y Alan me devuelven la sonrisa.
Es el último día que tendrás que tratar con ellos, me digo una y otra vez.
Solo tienes que salir de esta.
—Llego tarde a encontrarme con mi hermano —murmuro, alzando los
hombros para soltarme de su agarre.
—Creía que tu hermano y tu no hablabáis mucho últimamente —gruñe
Alan, sorprendido.
—¿No tiene otro hermano? —ofrece Jenna.
—¡Tenía! —La cara de Emerson se ilumina y continúa, con fingida
amabilidad—. Pero creo que murió frente a un pelotón de fusilamiento.
Recuerdo haber visto el video filtrado en línea.
John. Me quedo quieto. Se me detiene el corazón. Emerson percibe mi
tensión y sabe que ha tocado un punto sensible, porque las comisuras de
sus labios se alzan un poco con satisfacción macabra.
Nunca vi el video de la muerte de John. Pero he leído suficientes
descripciones en las noticias como para imaginármela. Sucedió en el patio
de una prisión de muros de piedra altos con un suelo de tierra con manchas
oscuras. Los soldados de la República arrastraron una figura que se debatía
entre sus brazos y la encadenaron contra la pared. La ejecución de John,
cuando ocupó el lugar de Daniel para que pudiera escapar.
No puedo respirar. El mundo a mi alrededor (sus risas, los pasos de
cientos de estudiantes) suena apagado. No digo nada.
Emerson, Alan y Jenna me miran, desafiándome a apartar la mirada.
—Pobrecito —dice Jenna, su voz exudando una simpatía excesiva como
para ser auténtica—. ¿Estás bien? Lo siento, lo he mencionado sin querer.
El sistema de niveles no los penalizará por hablar sobre mi hermano
mayor. La tecnología aún no puede diferenciar entre un corazón sin
sentimientos y uno generoso.
John.
Estoy de pie frente al cuerpo roto de mi hermano y deliro en una camilla
mientras la República me lleva a la fuerza y llamo a mi madre cuando un
soldado alza el rifle a la altura de su cabeza. La ansiedad me invade y
explota.
John acompañándome a la escuela. John quedándose hasta tarde y
luchando para leer a la luz de las velas.
Emerson se acerca tanto que su nariz casi toca la mía.
—Está bien, chico del cielo —murmura, con el volumen justo para que
los demás lo escuchen. Me da una palmadita en el hombro—. ¿Por qué no
lo dejas salir? Puedes llorar…
En un instante, su cara está a un centímetro de la mía; al siguiente, está
en el suelo y tengo el puño manchado con la sangre de su nariz rota.
Los estudiantes que nos rodean gritan, algunos con alegría. ¡Pelea! La
palabra recorre el vestíbulo y, de pronto, las personas nos rodean en un
círculo cerrado. En mi visualizador destella una advertencia roja seguida
por:

INSTIGAR UNA PELEA | - 50 PUNTOS

No me importa en absoluto. Vuelvo a golpearlo. Emerson está tan


sorprendido ante mi ataque que me las arreglo para darle en la barbilla.
Luego, su peso me supera y me empuja con tanta fuerza que me manda
volando por el suelo. De todos modos, no me ataca. No quiere que el
sistema de niveles lo castigue por seguir la pelea.
—Al chico del cielo le han salido un par, ¿eh? —dice, la voz afilada.
Lucho por incorporarme. Me raspo las manos contra el suelo—. Mírate,
atacar a alguien sin motivo.
Me pongo de pie y vuelvo a lanzar un golpe sin apuntarle. Hay personas
que intentan separarnos y alguien me grita algo en la oreja.
—¡Ey! Ya está. ¡Ya está!
Es la voz de Pressa. Tiene puesto aún el uniforme de auxiliar de
limpieza; coloca las manos sobre mis hombros y me sacude.
—¿Qué diablos estáis mirando todos vosotros? ¿No tenéis a dónde ir? —
exclama alzando la vista hacia la multitud que nos rodea.
La pelea se ha acabado y la gente ya ha perdido el interés. Mientras se
dispersa, Emerson se sacude el polvo de la camisa y me ofrece una sonrisa
desagradable. Así es como nos despedimos para siempre, entonces.
Pressa me ayuda a levantarme.
—¿Te has vuelto loco, atacar a uno de esos tipos el último día de clases?
Te restarán más puntos, ya lo sabes, si sus padres te denuncian y el tribunal
les da la razón.
Pero el recuerdo de lo que le sucedió a John está tan marcado a fuego en
mis pensamientos que no me importa. Me vuelvo a colgar la mochila al
hombro y me dirijo hacia la salida.
—¿Qué importancia tiene? —mascullo—. ¿Si el sistema está
manipulado de entrada?
Pressa no discute. Suspira y me apoya la mano en el brazo.
—No hace falta que me lo expliques a mí —dice, la mirada perdida en la
distancia—. Algún día, saldremos todos de aquí. Encontraremos aventuras
y felicidad en otro lugar.
Agradecido, le devuelvo el toque en la mano. Al menos existe una
persona en mi vida que parece entenderlo y, por supuesto, es de la Ciudad
Baja.
—¿Estás seguro de que quieres ir a la final? —me pregunta mientras
atravesamos la puerta doble de la universidad—. Quizás hoy no sea la
mejor noche para que bajes a la Ciudad Baja. Tómate un tiempo para
calmarte, ¿sabes?
Pero calmarme es lo último que quiero hacer. Siempre soy el que se
tranquiliza, el que lo deja estar. La imagen de la ejecución de John se
repite una y otra vez en mi mente. Tengo que ir. Necesito ir. Si no, me
explotará la cabeza.
—No —respondo—. Allí estaré.
DANIEL

El corazón me sigue latiendo fuerte después de la velada con June cuando


salgo de los ascensores hacia las calles de la Ciudad Baja. Los labios me
arden aún por nuestro beso. Un millón de pensamientos me pasan por la
mente y me encuentro maldiciendo en silencio todo lo que he hecho.
Qué tremendo idiota que soy. ¿Por qué no le he dicho exactamente cómo
me sentía? ¿Qué ha sido lo que me ha detenido en el momento? ¿Qué
importa si ella no siente lo mismo? ¿Soy tan cobarde que prefiero no
saberlo?
Suspiro, regodeándome en mi mal humor mientras avanzo por las calles
roñosas con las manos en los bolsillos. Si me lo permito, podría casi fingir
que estoy de vuelta caminando por las calles de Lake a la noche. Quizás
nada ha cambiado desde que June y yo estuvimos juntos por primera vez
hace tantos años.
Para cuando llego a la escena del crimen en el sector más oscuro de la
Ciudad Baja, ya hay allí al menos media docena de drones del SIA
bloqueando la intersección, las luces brillantes bañando los edificios
intermitentemente en rojo y amarillo, sumándose al lío de colores de los
letreros de neón que cuelgan por lo alto. Jessan y Lara también han llegado
y cuando me ven me indican con la mano que me acerque, los rostros
sombríos. Un poco más lejos descubro a Min Gheren, la directora del SIA,
hablando en voz baja con algunos policías. Intercambiamos una breve
mirada a modo de saludo.
—¿Por qué has tardado tanto? —me pregunta Jessan cuando estoy más
cerca de ellas—. ¿Estabas en plena cita o algo?
La miro con furia mientras caminamos. Sí. Mi primer beso en diez años
con la chica que me vuelve loco.
—Algo así —murmuro—. ¿Qué ha pasado?
—Ya lo verás —interviene Lara, que camina a mi otro lado.
La calle está atestada de curiosos, y la policía y los agentes del SIA por
igual les dicen a las personas que vayan detrás de las barricadas. La calle
está repleta de cristales rotos, y las quemaduras en las aceras y en las
paredes me dice que ha habido algún tipo de explosión. Enseguida el
nombre flota en el aire, sin que nadie lo pronuncie; lo veo en los rostros
tensos de mis colegas, en la manera en la que toman precauciones de más.
Esto es obra de Dominic Hann.
Entonces llegamos a la escena del crimen, y me quedo paralizado.
En el cruce de las calles yace un cuerpo colocado con tanta resolución
que no quedan dudas de que se trata de algo intencional. Ha sido abierto de
un corte. El rostro es irreconocible. Junto a mí, Jessan y Lara apartan la
mirada de las terribles heridas que cubren el cadáver. Yo sigo mirando, con
el corazón latiéndome rápido. Un flashback desagradable emerge de los
rincones oscuros de mi mente, el recuerdo de despertarme entre pilas de
cadáveres, aterrorizado y dolorido.
El recuerdo es tan nítido que apenas noto que Min está de pie junto a mí.
Tiene los labios apretados mientras examina el cuerpo con nosotros.
—Es él, ¿verdad? —le digo en el silencio que nos invade—. ¿Él ha
hecho esto?
Min asiente en dirección al pañuelo rojo revelador que está atado al
tobillo del cadáver.
—Y quiere que lo sepamos —añade.
La clase de crueldad que Dominic Hann inflige a sus víctimas me
recuerda tanto a cómo solía ser la República, a lo que hacía la comandante
Jameson, que siento un peso inquietante en el pecho. Esto no es solamente
la obra de un criminal sádico. Esto es manipulación, alguien que quiere
enviar un mensaje. Alguien que amenaza a la ciudad con su poder.
—¿Quién era? —pregunto mientras me pongo de cuclillas junto al
cuerpo—. ¿Ya lo sabemos?
—Un concejal del círculo íntimo del presidente. —Asiente Lara. No doy
crédito a lo que oigo. El círculo íntimo del presidente. Vuelvo a
contemplar la figura mutilada que yace ante nosotros. La mayoría de los
ataques previos de Hann han sido a personas que no podían pagar sus
deudas, pero un ataque como este es increíblemente osado. ¿Le debía
dinero el concejal? Es posible. Pero no se trata de un ciudadano común.
Tenía guardaespaldas. Todo tipo de seguridad protegiendo su cuenta.
Si Hann es capaz de hacerle algo así a un concejal prominente en un
ataque coordinado, no solo se está volviendo más seguro, sino que tiene
contactos en lugares más altos de lo que yo pensaba.
—¿Cómo ha sucedido?
Jessan me refiere lo que ya han averiguado: que el concejal había
desaparecido hoy más temprano; que había sido conducido hasta aquí en
un coche y abandonado en la intersección aún con vida; que le habían
prendido fuego. Hago una mueca al oír cada detalle. Me concentro durante
un momento en las personas que están sentadas en las aceras siendo
interrogadas por la policía. Probablemente se trate de dueños de tiendas,
algunos deben de haber sido testigos de todo el asunto.
—¿Y se las arreglaron para escaparse? —pregunto cuando Jessan
termina.
Se encoge de hombros y Lara asiente en dirección a las paredes
chamuscadas.
—Parece que atacaron rápido y duro. No es la primera vez que hacen
algo así. Es el peor de todos, nada más.
Me paso la mano por el pelo, frustrado.
—¿Pero qué quiere Hann? —murmuro para nadie en particular—.
¿Dinero? ¿Venganza? ¿Tenemos algún indicio? ¿Qué gana con matar a un
concejal aparte de conseguir que el SIA entero le caiga encima como un
enjambre de avispas?
—No tengo ni idea, pero esta noche ha habido un hurto en los
Laboratorios Ciudad Este y se han llevado una bobina de energía poco
común. No tenemos confirmación aún de que estos dos hechos estén
relacionados de alguna manera, pero la coincidencia es inusual, lo
suficiente como para que valga la pena destacarla.
Vuelvo a mirar los lastimosos restos. Tendremos que darle la noticia a la
familia.
Min me mira, pensativa. Se vuelve hacia Jessan y Lara y asiente
brevemente.
—Necesito que vosotras dos recolectéis algunos testimonios más —
dice, en voz baja—. Id. Tengo que hablar un momento con Daniel.
No titubean. Cuando se van, Min se vuelve hacia mí y baja la voz.
—Conozco esa mirada, Wing. ¿En qué estás pensando?
—En que todo esto me resulta familiar —respondo, la vista clavada en
el cadáver.
—¿Las heridas?
Niego.
—La intensificación del conflicto. Hasta ahora, Hann se había quedado
en sus dominios, castigando a todos los que no pagaban una deuda o
perdían una apuesta o pertenecían a una banda rival. Pero esto es diferente.
—Me cruzo de brazos—. Está preparando a la gente.
—¿Qué quieres decir?
La miro, molesto. Si alguna vez ha habido un buen momento para
mencionarle el tema de nuevo, es este.
—Sabes cómo me siento acerca del sistema de niveles de la ciudad.
Recuerdo qué se siente el ser parte de la clase baja cuando te llevan al
límite.
Al oír eso, Min suspira, exasperada.
—Daniel. Ya conoces mi opinión respecto a este tema.
—Entonces no me pidas la mía. Pero te lo advierto; Hann no es ningún
tonto. Sabe que la cantidad de pobres está aumentando, que hay más
personas que no pueden subir de nivel y que no pueden permitirse
alimentar a sus familias. Los que se han quedado sin nivel se instalan en
hileras de tiendas. Hann lo sabe. Ya ha infundido una buena dosis de miedo
en la Ciudad Baja; las personas le temen. Pero también les demuestra la
suficiente misericordia para que lo amen. Ahora está atacando al
ayuntamiento. A políticos importantes. —Señalo el cuerpo—. No es
casualidad que Hann haya decidido exponer el cadáver aquí abajo en vez
de colgarlo en los Pisos del Cielo, donde viven. Sabe cuánto odio les tiene
la gente a los políticos de los Pisos del Cielo. Quiere que la gente de aquí
lo vea. Que sepa quién está a cargo de la ciudad de verdad.
Min me mira con escepticismo.
—¿Insinúas que Hann quiere dar un golpe de Estado? —pregunta,
incrédula.
—Digo que existe la posibilidad —replico.
—Hann no tiene ese poder —niega Min—. ¿Pretendes decirme que
intentará tomar la capital de la nación más desarrollada del mundo?
—Una nación que es joven aún —afirmo—. Que puede caer como
cualquier otra.
Se frota las sienes con irritación.
—Dame algo con lo que pueda trabajar. Jamás conseguiré convencer al
ayuntamiento de que esto es siquiera una amenaza remota.
Su expresión me da ganas de gritar. Estos antárticos locos jamás han
experimentado una revolución. Su país tiene apenas unas décadas de
antigüedad. No tienen ni idea de lo frágil que es el sistema. Siempre
parece que todo estará bien, hasta que, de pronto, un día, no lo está.
—Vosotros pensáis que este lugar es invencible —exclamo—. No veis el
veneno borboteando debajo de la superficie, ha estado ahí desde el primer
día.
—¿Qué propones que hagamos, entonces?
—Encontrar un modo de llegar a Hann. No hemos tenido suerte con lo
de cazarlo antes porque nuestros vínculos con la Ciudad Baja son malos.
—¿Y cómo haremos eso si no sabemos nada acerca de él?
Esbozo una sonrisa lúgubre.
—Sé bien cómo es posible atrapar a un criminal famoso desde dentro.
La que consiguió hacerlo conmigo se convirtió en alguien en quien yo
confiaba. Pero tienes que decirle al presidente que el sistema es
insostenible. La Ciudad Baja se está preparando para una revolución, y a
mí no me parece mal que la lleven a cabo.
Min no parece convencida. Niega con la cabeza.
—Al presidente no le gustará que vuelva a hablarle de esto. Sabes lo
mucho que apoya el sistema de niveles.
Estos bastardos de los Pisos del Cielo siempre intentan mantener el
orden dándose todas las ventajas posibles. Las palabras de Eden
permanecen en mi mente, junto a la indignación que le causa que yo
trabaje para el SIA.
A veces, pienso que te has olvidado de dónde vienes.
Pero yo nunca fui como Dominic Hann. Hann es un asesino.
—No tienes que convencerlo de que lo elimine —respondo—. Solo
cuéntale el riesgo que corre su propia vida. Hann no se contentará con
matar a un concejal. El presidente Ikari es el premio gordo y, si quiere
seguir con vida, necesita hacer algo para sofocar esto.
La mirada de Min se ha vuelto fría de nuevo, pero no descarta lo que he
dicho.
—Ve a unirte a los demás para reunir testimonios de testigos —me dice
—. Hablaremos de nuevo más adelante.
No espera a que le responda y se aleja con las manos metidas en los
bolsillos.
Jessan se acerca cuando ve que la directora se ha ido.
—Creo que estamos más cerca de ubicar dónde ocurrirá la final de la
carrera de drones —anuncia y me envía un mapa virtual de la Ciudad Baja.
—¿Sí?
—Sí. Puede que sea el mismo lugar que la semifinal. Hemos localizado
a algunos grupos holgazaneando a los lados de las calles. Parece que están
esperando a que pasen los drones.
—Entonces falta poco para que empiece.
—Es demasiado difícil rastrear a los drones porque se mueven muy
rápido, así que solo contamos con los grupos de personas —comenta.
—Una vez que los espectadores se den cuenta de que están siendo
observados, se dispersarán en un segundo —me obligo a apartarme de la
escena del crimen—. Enséñame dónde se han ubicado los grupos.
Mientras sigo a Jessan y nos alejamos de la escena del crimen, abro mi
directorio de contactos e instintivamente elijo la cuenta de Eden para
enviarle un mensaje. Pero está desconectado, de nuevo, el localizador de
su sistema deshabilitado. Apenas ha pasado un día desde nuestra
discusión, desde que casi termina con un cuchillo en el estómago en la
Ciudad Baja, y ya ha vuelto a las andadas, para hacer quién sabe qué.
Suspiro. ¿Qué tengo que hacer para obligarlo a que se quede quieto?
¿Atarlo a una silla?
Quizás esté de vuelta en casa, me digo a mí mismo. O de fiesta, que es
lo que debería estar haciendo. Hoy ha sido su último día de clases, después
de todo, y es posible que haya salido con sus amigos, y que esté
muriéndose de risa en algún bar de los Pisos del Cielo.
Si rastreo su ubicación y lo encuentro de nuevo, lo sabrá. Y eso no hará
que consiga que confíe en mí. Respiro hondo e intento ignorar la sensación
persistente en mis entrañas.
Pero en mi mente se superponen los recuerdos de los días en los que
perdí a Eden, cuando la República se lo había llevado a algún lugar y yo no
tenía ni idea de dónde estaba. Lo único que recuerdo es verlo salir del
hospital a trompicones entre la ceniza y la niebla de la batalla y rodearlo
con mis brazos.
A la mierda. Cedo ante la preocupación y toco el ícono del localizador
de Eden. Mis privilegios del SIA me permiten sortear los permisos para
poder rastrearlo sin su consentimiento.
Un pequeño ícono de carga gira en mi visualizador mientras el sistema
lo rastrea.
Más adelante, Jessan expande un mapa virtual entre nosotros.
—¿Ves? Hemos notado indicios de espectadores de drones reunidos en
estos lugares. No existen muchos más indicios, pero a partir de eso
estimamos que la carrera ocurrirá esta noche precisamente… aquí.
Señala un punto en el mapa virtual.
Al mismo tiempo, mi sistema termina de rastrear a Eden. Su punto de
localización aparece, rojo brillante, casi en el mismo lugar que Jessan está
señalando.
Parpadeo, frunzo el ceño y sacudo la cabeza.
—Un momento —murmuro, y vuelvo a cargar el geolocalizador—. Me
parece que mi sistema está fallando. ¿Me puedes enseñar dónde ocurrirá la
carrera en el mapa otra vez?
Jessan lo vuelve a abrir mientras refresco la ubicación de Eden.
Esta vez, no existe confusión posible. Eden está exactamente en el lugar
que el dedo de Jessan señala.
Está aquí en la Ciudad Baja. Y está en la carrera de drones.
EDEN

Si la semifinal de la carrera de drones estuvo muy concurrida, esta noche


es aún peor.
La gente se mete a la fuerza en la plaza, que ya se quedaba pequeña,
hasta que está a punto de reventar. Los residentes de los apartamentos
desmoronados que rodean la plaza observan desde sus ventanas. Parece
que algunos hasta han cobrado a otros espectadores para que la vean desde
sus balcones porque hay manadas de personas sentadas en los salientes
superiores con las piernas colgando en el aire. Se oyen gritos.
Al parecer, se ha corrido la voz en los ambientes clandestinos de que un
participante de último minuto ha sorprendido a todos al ganar la ronda de
anoche.
Me estiro para buscar en la multitud cualquier señal de mi nuevo
patrocinador. Junto a mí, Pressa mantiene el dron resguardado bajo el
brazo y nos abre paso entre la muchedumbre. Se aparta mechones de la
peluca rubia de la cara con impaciencia mientras avanza.
—Ey, ¡moveos! —les grita a dos apostadores grandotes que nos
bloquean el camino—. ¿Queréis apostar al campeón de anoche o no?
Entonces, ¡dejadlo pasar para que pueda ubicarse!
Apenas si mide un metro y medio, pero la gente se aparta para dejarla
pasar, y acortamos camino entre la multitud. Admiro cómo echa los
hombros hacia atrás, y me siento agradecido de seguirla.
En el centro de la plaza, el panel virtual que sobrevuela el lugar muestra
una cuenta atrás hasta el comienzo de la carrera y un listado de los
participantes de hoy. La mitad de los competidores ya está en la línea de
partida. Noto que echan vistazos en mi dirección, pero esta vez parecen
recelosos. Cuando cruzamos las miradas, apartan las suyas.
Siento una sensación remota de inquietud. Existe algo acerca del hombre
que se ha convertido en mi patrocinador que ha afectado al lugar. En
algunos aspectos, me recuerda a Daniel, con su carisma natural. Pienso en
cómo supo verme de una manera en la que la mayoría de los demás nunca
lo ha hecho. Y en su interés en el motor de mi dron…
Pressa me da un codazo y me sobresalto. Hace un gesto con la cabeza en
dirección a la multitud.
—Ahí está —murmura.
Su presencia es innegable. La gente le abre el paso sin chistar mientras
avanza hasta el centro de la plaza. A diferencia de muchos aquí, va vestido
con un conjunto impecable y casi severo en blancos y grises debajo de un
largo abrigo negro. Las canas le salpican prematuramente el pelo y la
barba incipiente. Parece inmune al alboroto que ocurre a su alrededor e
indiferente a aquellos que lo observan caminar.
Cuando me ve, eso sí, acelera el paso.
—Qué bien verte aquí, Eli —me dice, empleando mi nombre falso. Mira
a Pressa, que aún lleva mi dron bajo el brazo—. Y listo para arrancar.
—Casi —replico—. ¿Qué pasa esta noche, si ganamos?
—Si ganamos, recibirás un premio diez veces mayor que el de anoche
—sonríe Dominic—. Es por eso que estamos todos aquí, ¿verdad?
—¿Y si perdemos? —pregunta Pressa.
El hombre no demuestra estar preocupado.
—Si perdéis, seguiré siendo vuestro patrocinador —me mira—. El
motor que construiste promete. Podemos hacer mucho con él, además de
participar en una carrera ilegal como esta. Creo que estás destinado a más.
Destinado a más. No puedo evitar volver a sentir que me invade el
orgullo. Daniel se preocupa más por si vivo o muero que por lo que estoy
haciendo. Al resto de los estudiantes de la universidad no les importa
nada. Pero las palabras de Dominic hacen que me ponga un poco más
orgulloso.
—Buen plan —le digo.
Dominic mira de reojo la cuenta atrás virtual que flota sobre nosotros.
Faltan cinco minutos.
—Entonces, más vale que te prepares —observa y, antes de que pueda
agregar nada más, me da la espalda y se dirige hacia la multitud.
Aquí y allí noto que hay guardias trajeados que lo custodian y que
prestan atención a cada uno de sus movimientos. Es un contraste
inquietante con respecto a la manera relajada en la que me habla.
Luego, me llaman a la línea de partida y me vuelvo a concentrar en la
carrera. Pressa está cruzada de brazos, todos los músculos del cuerpo
tensos. Se acerca como si me fuera a dar un abrazo de buena suerte, pero
se detiene y nos quedamos ahí sin hacer nada, separados por un espacio
minúsculo.
De alguna manera, tengo la sensación de que ella también sabe que
ganar la carrera conlleva más de lo que parece a primera vista. Pero, por
ahora, esa es mi tarea. Y si ganamos, el padre de Pressa podrá conseguir
todos los medicamentos que necesita durante el resto de vida.
—Buena suerte —dice Pressa, sonriendo brevemente—. Aunque no te
haga falta.
No sé por qué siento la necesidad en ese momento. Quizás sea el rosado
de sus mejillas, o el miedo que me recorre las venas ante la idea de perder
la carrera. Pero me inclino súbitamente hacia ella y deposito un beso suave
en su mejilla.
—Lo haré lo mejor que pueda —digo. Me divierte ver sorpresa por
primera vez en su rostro. Se le iluminan los ojos.
Sonríe y me empuja hacia la formación de competidores.
—Sí, más te vale —grita por encima del hombro mientras camina hacia
la gente. La observo alejarse hasta que no puedo distinguirla en la masa de
espectadores.
La luz roja encima de nosotros destella una vez más. La tensión
aumenta. Selecciono en mi visualizador el canal que seguirá la carrera, me
preparo en la línea y fijo la mirada en el camino de partida.
Se oye el sonido que indica el comienzo de la carrera. Mi dron sale
disparado de mi mano hacia adelante y casi se pierde en la bruma de los
otros. Se oyen vítores del público.
Me desconecto del misterio de mi patrocinador. Me desconecto de lo que
Pressa pueda estar pensando de mí o dónde está. Me olvido de mi
hermano. Lo único que hago es concentrarme en la pista.
Mi motor, que ya ha entrado en calor, se mueve más rápido que nunca.
Brilla con un azul blanquecino intenso mientras dobla la esquina al final
de un callejón que sale de la plaza, pasa dos drones y ocupa la delantera
antes de desaparecer en el cruce de calles.
De las gradas llegan gritos de sorpresa, pero, al contrario que en la
semifinal, no hay quejas. Nada de gritos de enfado. Es como si Dominic
detuviera a cualquiera que se oponga a mí.
Los drones se me acercan por atrás, intentando derribarme o de
encontrarme desprevenido desde ambos costados. Avanzamos por las
calles estrechas de la ciudad, más allá de una intersección, y luego otra,
atravesamos un mercado, por un callejón que circula alrededor de una
serie de fábricas que vomitan humo.
Esta vez, conduzco mejor el dron. Lo hago volar de costado a través de
una pequeña hendidura en una pared, manteniéndolo en la carrera pero
acortando camino ligeramente. Otro dron se las arregla para acercarse al
mío. Maniobro hacia arriba para que me siga y, de pronto, me tiro de
cabeza hacia abajo en dirección a una calle llena de puestos que venden
telas y ollas. En el último instante, hago subir al dron. Pero el dron que me
sigue no es lo suficientemente rápido. Un ala se le engancha en uno de los
puestos y sale dando tumbos sin control, y termina estrellándose contra el
lateral de un edificio en una lluvia de chispas y metal.
La gente en las calles grita sorprendida. No llego a ver más porque mi
dron recorre a toda velocidad el resto de la pista.
Esta vez ningún competidor se me acerca. Mi motor gira cada vez más
rápido, su brillo se intensifica. Siento que mi corazón está a punto de
reventar. Así es exactamente cómo imaginé que debía funcionar. Es
perfecto.
La carrera parece pasar en segundos. Me encuentro volando de vuelta
hacia la plaza, dejando una estela neón azul a mi paso.
Mi dron entra zumbando en la plaza y gana por dos cómodos cuerpos. La
multitud explota. Siento manos que me palmean con fuerza los hombros.
Oigo el murmullo creciente de la multitud que se vuelve loca por una
carrera excitante. Todo el mundo está de pie. Vagamente, registro que
Pressa me da un codazo entusiasmado cuando mi nombre vuelve a
aparecer primero en la lista.
La emoción de la victoria es tan fuerte que me marea. Cierro los ojos y
disfruto de la sensación, no quiero que termine. A mi alrededor todo se
vuelve una bruma, las gradas rugientes, los números virtuales flotando en
el centro de la pista, moviéndose en tiempo real cuando me declaran
ganador.
En ese momento, las luces rojas de la plaza parpadean. El público alza la
vista, momentáneamente confundido. Se supone que solo parpadean
cuando la carrera empieza y cuando termina. ¿Una reacción retrasada?
Pero cuando pienso eso, vuelven a parpadear, y se apagan por completo.
Abro y cierro los ojos para acostumbrarme a la luz tenue. Todo el mundo
empieza a cuchichear. Algunas personas se empiezan a dirigir a la salida
mientras un susurro recorre la multitud, la carrera ha sido comprometida.
«¡La policía está aquí! ¡Vienen los guardias! ¡Salid!».
De algún modo percibo un movimiento que me resulta muy familiar:
una silueta encaramada en lo alto de una pared, en perfecto equilibrio. Veo
la figura contra el enorme disyuntor que vi por primera vez en la entrada a
la plaza. Aunque solo puedo ver su perfil, lo reconozco de inmediato.
Mi hermano está aquí.
DANIEL

En general, cuando vengo a la Ciudad Baja, es para hacer una redada con
mis colegas del SIA. He acabado con apuestas ilegales y narcotráfico y
con todo tipo de negocios de porquería y he clausurado estaciones de
ascensores no permitidas e improvisadas que habían sido construidas a
partir de túneles del alcantarillado.
Pero esta noche estoy solo, enmascarado y encapuchado. Parezco uno de
los cientos de apostadores que andan por aquí.
Es evidente que esta zona de la Ciudad Baja es la peor zona; hay hileras
e hileras de tiendas de campaña junto a las paredes en las calles oscuras y
angostas; y los vendedores, de pie fuera de negocios abandonados y
vacíos, me observan pasar frente a sus vitrinas.
Aquí, con esta ropa, vuelvo a mi rutina de Lake: espalda encorvada,
mirada apática. Estoy atento a cualquier cosa que resulte sospechosa pero
pongo mucho cuidado en no hacer contacto visual con nadie. Parece
funcionar. Las personas creen que pertenezco a este lugar, alguien
claramente habituado a caminar por calles peligrosas. Pero de todos
modos estoy con los pelos de punta.
No vine a la Antártida para volver a vivir como un huérfano en la calle.
¿Qué demonios hace Eden aquí de nuevo? La idea reverbera en mi
sistema como una campana de alarma. Es el chico más inteligente de toda
la universidad, maldita sea. Unas prácticas lo espera en la República.
Tiene amigos. Tiene todo lo que necesita.
¿Por qué está aquí? ¿Por qué no puedo entenderlo? ¿Por qué no habla
conmigo?
Su ubicación me lleva ahora a un bar pequeño y anodino. La encargada
de la barra me mira con hostilidad. Este lugar intimidaría a la mayoría de
las personas no acostumbradas a estar aquí abajo, pero yo he visto cosas
mucho peores.
—¿Qué está pasando? —me pregunta Jessan en nuestra línea.
Observo la postura de la camarera y, luego, a todos los demás.
—Mi suposición es que necesitamos una contraseña para pasar —
susurro—. ¿Puedes examinar el perímetro externo para buscar cualquier
cosa que haya detrás de este edificio?
—Buscando —replica.
Salgo del bar y me meto por uno de los angostos callejones laterales. Al
principio, parece como cualquier otra calle sin salida, un espacio estrecho
repleto de botes de basura y montones de desechos tirados por todos lados.
Pero cuando me acerco a la pared posterior y paso la mano sobre ella, la
siento delgada y hueca. Al otro lado, oigo ovaciones bulliciosas. No había
una puerta que condujera a esto en el bar, al menos no que yo pudiera ver.
Debe de tratarse de algún tipo de pared desmañada e improvisada para
separar la calle de un lugar secreto.
Alzo la vista para ver cómo de alta es la pared trasera. Tendrá unos cinco
o seis pisos de altura, es de ladrillo derruido y está rodeada a cada lado de
apartamentos destartalados.
Un paisaje familiar para un corredor.
Corro hacia la pared, salto unos cuantos pasos hacia arriba para
aferrarme al borde del primer piso del edificio junto a la pared trasera. En
pocos segundos, me alzo y salto para sujetarme de la barandilla del balcón
del segundo piso. El esfuerzo me hace sentir una excitación familiar. Así
sobreviví en la República.
Me lleva apenas un instante más llegar a la parte superior del muro. De
pronto, las ovaciones que vienen del otro lado se vuelven ensordecedoras.
Cuando miro por primera vez por encima de la pared, todo el mundo está
bañado por el brillo brumoso proveniente de tiras de bombillas rojas.
Me encuentro contemplando un espacio atestado de gente. Debe de
haber al menos mil personas metidas en un lugar que probablemente tenga
capacidad para menos de la mitad. Están reunidas alrededor de un pequeño
claro en el centro de la plaza, donde una fila de competidores está de pie
con sus drones.
El geolocalizador de Eden parpadea en mi visualizador para indicar que
está muy cerca. Y, por supuesto, cuando observo con más atención a los
participantes, lo veo.
El pelo rubio tan familiar, sus gafas, su cuerpo enjuto y delgado.
Mi hermano corre en carreras de drones.
Me apoyo contra la pared, a punto de perder el equilibrio. Quizás me lo
esté imaginando, quizás estoy tan decidido a encontrar a Eden que estoy
alucinando.
Pero cuando echo otro vistazo, es inconfundible. Es él, junto a su amiga
Pressa, que tiene puesta una peluca rubia larga y parece muy orgullosa de
sí misma.
No solo Eden ha participado de la carrera, sino que a juzgar por la
manera en la que todos están reunidos a su alrededor, la ha ganado.
En ese momento noto al otro hombre. Está de pie frente a Eden y Pressa,
su rostro me resulta inolvidable por haberlo visto en tantos informes
internos del SIA.
Dominic Hann.
No doy crédito a mis ojos.
Dominic Hann ha asesinado a cientos. Ha cometido algunos de los
asesinatos más espantosos que he visto, que hasta hacen palidecer en
comparación a los peores crímenes de la República. La imagen del cadáver
en la calle sigue fresca en mi mente. Recuerdo el terror absoluto en los
rostros de los testigos que estuvimos interrogando. Ya el hecho de buscarlo
es peligroso. Nadie quiere que un hombre así te ponga los ojos encima.
Dominic Hann no aparece en carreras como esta. Casi nunca aparece en
público si puede enviar a sus subordinados en su lugar. Es una de las
figuras más elusivas que aterroriza la ciudad. El SIA apenas si le ha
echado un vistazo breve algunas pocas veces, con apenas alguna foto
borrosa de su rostro a modo de prueba.
Y, sin embargo, aquí está, de pie frente a mi hermano, con una sonrisa
pensativa en la cara. Mientras los contemplo, Hann le dice algo a Eden que
no consigo entender.
Se me hiela la sangre.
Me obligo a mantener la calma y me oculto en las sombras, mientras el
público contempla con la boca abierta el intercambio. Frente a Hann, Eden
se queda de una pieza, sin saber qué contestarle.
Aléjate, le ruego en silencio. Date la vuelta. Corre.
Pero no lo hace. Esboza una sonrisa y le responde algo.
Siento que estoy de vuelta en la República, contemplando cómo los
soldados se llevan a mi familia sin poder hacer nada.
¿Por qué Hann está hablando con él? ¿Qué pretende?
Pero mientras los interrogantes invaden mi mente, sé la respuesta
instintivamente. Es porque Eden ha construido el mejor dron. Sus
habilidosas manos han fabricado una máquina tan extraordinaria que le ha
llamado la atención a Hann. Una que ha superado a todos estos
experimentados competidores. Una que ha ganado.
Jamás he dudado del talento de Eden, pero ¿he estado subestimándolo?
La gente se hace a un lado para abrirle paso a Hann mientras conduce a
Eden hacia el centro del claro. Miradas hostiles se clavan en mi hermano.
Si no fuera por la presencia de Hann, quizás ya tendría un puñal clavado en
la espalda.
Me invade una oleada de pánico. Tengo que hacer algo.
Tengo la mano junto al arma en mi cinturón. No soy tan buen tirador
como June, pero me he vuelto bastante bueno con los años de
entrenamiento del SIA. Desde aquí, quizás pueda acabar con Hann de un
solo tiro en la cabeza.
Pero Eden se convertiría de inmediato en el principal sospechoso. El
chico nuevo, ¿justo allí cuando Hann es asesinado? No sé cuántos
miembros del público serán espías y guardaespaldas de Hann, pero noto
que hay personas que recorren con la mirada a la multitud y no miran a los
competidores. Si llegara a matarlo, sus hombres le dispararían a Eden
antes de que el cuerpo cayera al suelo. Y no estoy seguro de darle a Hann.
¿Y si fallo?
Aprieto los dientes y me obligo a no extraer el arma. Alzo la vista a las
bombillas rojas que cuelgan sobre el lugar. Sigo las tiras de luces hasta que
terminan junto a los muros, que están sostenidos por un encaje de
columnas anchas de acero. Un enorme interruptor descansa contra la pared
que conduce de vuelta al barcito.
Me enderezo un poco. En las sombras, sé que no soy más que una silueta
en movimiento, y nadie parece verme cuando me balanceo hacia las vigas
de acero que sostienen uno de los edificios laterales y escalo sin hacer
ruido hasta la viga horizontal más baja, y luego a la siguiente.
Sigo trepando hasta llegar al interruptor. Los cables que conectan todas
las bombillas se juntan aquí, en la parte superior. Quitando las bombillas,
la plaza está iluminada solamente por la tenue luz que proviene de los
apartamentos circundantes.
Extraigo un cuchillo de la bota. Abajo, en el claro, Hann le da una
palmada en el hombro a mi hermano.
La escena me hace estremecerme hasta los huesos. Corto de una vez los
cables de las bombillas. El lugar entero se sume en la oscuridad.
No hay tiempo que perder. Enciendo la cuadrícula de mi visualizador. En
el caos, una serie de delgadas líneas virtuales azul neón aparecen delante
de mis ojos, y me indican a dónde ir y dónde está la gente. Bajo por las
vigas una a una, lo más rápido que puedo. Toco el suelo en segundos.
Luego, salgo corriendo entre la multitud y me abro paso a empujones
mientras busco a mi hermano.
Lo encuentro. En mi cuadrícula, aparece como una animación verde
pálido.
Se le escapa un grito de sorpresa antes de que le ponga la mano sobre la
boca. Entonces, sin decir una palabra, lo arrastro conmigo y corremos.
Siento un alivio abrumador cuando no se resiste. Me sigue sin más.
Salimos disparados a través de la muchedumbre hacia uno de los
callejones estrechos a los que otras personas corren, uno que parece
terminar en una tienda anodina, que luego lleva a una de las calles
principales. Las personas nos atropellan en su escape, temen que la plaza
esté siendo allanada.
Detrás de nosotros, por algún lado, está Dominic Hann con sus hombres.
Pero no me atrevo a mirar atrás.
—Me has seguido hasta aquí —me grita indignado Eden mientras
avanzamos. En la oscuridad, sus ojos destellan de furia. No tiene ni idea de
lo cerca que ha estado de la muerte.
—No lo entiendes. Ese hombre era Dominic Hann.
Al oír eso, Eden me mira, inexpresivo.
—¿Y qué?
—Que no tienes la más mínima idea de en lo que te has metido.
EDEN

Dominic Hann.
Daniel repite su nombre cuando nos sentamos, de vuelta en nuestro piso.
Por primera vez desde que tengo memoria, me cuenta una de las misiones
en las que está trabajando. Al parecer, ha estado siguiendo a este tipo
desde hace meses.
Me cuenta que a Dominic se le busca por haber cometido al menos una
docena de asesinatos y que, probablemente, haya cometido muchos más
que no han sido relacionados con él. Víctimas de la Ciudad Baja
endeudadas con él, incapaces de devolver el dinero. Gente que lo ha
traicionado, a propósito o por accidente. Y ahora concejales, según parece
por el asesinato de anoche.
—Y allí estabas —me dice mi hermano, caminando de un lado a otro
frente al sofá donde estoy sentado—. Conversando con el asesino más
mortífero de Ciudad de Ross como si fuerais amigos, maldita sea.
—Solo quería beneficiarse con mis ganancias —digo, e intento no dejar
ver que me tiemblan las manos. En mi visualizador, noto que siguen
entrando mensajes de Pressa, cada vez más frenéticos.

¡Tu hermano estaba ahí!, exclama. ¿Estás en casa? Estoy en la tienda de mi padre. ¡Todo se
puso negro! ¿Estás bien? ¿Eden?
No puedo hablar ahora, la mensajeo rápidamente. Te lo cuento más tarde.
—Claro. —Daniel me mira. Parece aún más molesto cuando se da
cuenta de que estoy enviando mensajes mientras él habla—. Porque eso es
lo que un asesino famoso necesita, unos pocos corras extra en el bolsillo.
—Le gustó el diseño de mi dron, se ofreció a ser mi patrocinador para
poder verlo correr y se embolsó un montón de dinero cuando gané. Nunca
pareció interesado en hacerme daño. —Sueno desesperado, como si
también quisiera convencerme a mí mismo.
Intento imaginarme a Dominic como un asesino despiadado. Pero es su
calma lo que permanece en mi mente, la manera en la que me entendió en
un momento, más de lo que me entiende mi hermano en este instante. El
contraste entre esos dos pensamientos me hace temblar.
Daniel se detiene delante de mí y suspira.
—Eden, sé que no sabes cómo es vivir de verdad en la calle. He
trabajado toda la vida para asegurarme de que nunca te suceda. Sé que no
entiendes mucho de lo que ha sucedido esta noche, o por qué ha sido tan
peligroso. Pero…
Su tono me enfada. Sé que no lo entiendes. Como si todavía tuviera diez
años. Como si no supiera qué demonios estoy haciendo con mi vida.
—No me hables así.
—¿Así cómo? —Frunce el ceño.
—Así. —Empiezo a enfadarme. Me pongo de pie—. Esto no es una
conversación o una discusión. Ni siquiera estamos peleando. Me estás
sermoneando.
—¡Estabas en la Ciudad Baja de nuevo! ¡En una carrera de drones!
¿Tienes idea de lo peligroso que es?
—¡Entonces grítame! —insisto—. ¡Dime que no puedes creer que haya
hecho lo que he hecho esta noche! ¡Cualquier cosa es mejor que tu
lástima!
—¡No te tengo lástima! —grita—. ¡Mi vida sería mucho más sencilla si
no desaparecieras en las cloacas de la ciudad todas las noches!
La Ciudad Baja no es más que un pozo de escoria para él. ¿Cuándo ha
cambiado tanto?
—Si la agencia para la que trabajas no fuera tan tiránica —le respondo a
gritos—, el padre de Pressa no necesitaría ser millonario para poder
sobrevivir. No nos haría falta apostar en las carreras. Y yo no tendría que
explicarte lo que hago como si estuviera hablando con un completo
desconocido.
Daniel sacude la cabeza.
—No lo entiendo —masculla. Es lo único que sabe hacer, tratarme como
al hermano menor.
Pero no somos hermanos ahora. Es mi padre y yo soy su hijo. La
sensación de distancia, junto al miedo por lo que ha ocurrido esta noche,
amenaza con sofocarme.
Disgustado, me aparto.
—Cuando me vaya a la República —digo—, quizás sería mejor que no
vinieras conmigo. Deberías quedarte aquí.
Daniel se estremece y siento el impulso de retractarme. Pero, en vez de
hacer eso, le doy la espalda y me voy a mi habitación.
Detrás de mí, Daniel alza la voz.
—Espera, Eden.
Me detengo mientras él se acerca.
—Por favor —me ruega, respirando hondo.
—¿Qué? —murmuro.
Vacila y su mirada se endurece.
—Está bien. Ve a la República solo.
¿Me está dejando ir? Entrecierro los ojos. Me sorprende lo mucho que
me hieren sus palabras. Pero el orgullo me impide demostrárselo.
—Está bien —respondo.
Daniel vuelve a estremecerse, como si esperara que yo dijera otra cosa.
Pero nos quedamos cada cual en su lado, incapaces de entendernos. Es
como si estuviera contemplando a alguien que no conozco desde que era
un bebé.
Le doy la espalda de nuevo. Esta vez, Daniel no me llama cuando me
dirijo a mi habitación y cierro la puerta entre nosotros.

—No llevará mucho tiempo. Quizás sienta un ligero zumbido.


Junto a mí, mi hermano se cruza de brazos y hace una mueca de
preocupación.
—Vaya con cuidado —le dice a la mujer—. Nunca ha usado este
sistema.
Aprieto los labios al oír la habitual condescendencia y lo ignoro. Estoy
de pie en medio de una habitación circular en la parte más alta de la sede
central del SIA con Daniel, media docena de investigadores y la mujer que
acaba de hablarme, Min Gheren, la directora del SIA en persona.
Ventanales de cristal se extienden del suelo al techo y se curvan alrededor
de la habitación; la vista de Ciudad de Ross es espectacular.
Dirijo la mirada brevemente hacia la planicie interminable de
rascacielos, interconectados por una red de pasarelas. Desde aquí arriba,
no se puede ver la Ciudad Baja. Es como si no existiera.
Vuelvo de golpe cuando alguien se me acerca y presiona una delgada
barra de metal contra mi oreja, donde está instalado mi chip.
—¿Qué está haciendo? —le pregunto a la directora.
Me atraviesa con la mirada.
—Señor Wing —me dice, y Daniel se revuelve, incómodo—, su
hermano hizo bien al informar al SIA de que se ha cruzado con un hombre
al que hemos intentado rastrear durante meses. Debe comprender que
Dominic Hann jamás aparece en eventos como en el que usted estuvo
anoche. No necesita mostrarse en público cuando tiene subordinados que
pueden hacer el trabajo por él. Así que imagine lo que significa que su
actuación le haya interesado tanto como para hablarle en persona.
La directora hace una pausa y luego mira de reojo a Daniel. Asiente con
severidad.
—Cuénteselo —le dice.
Daniel me mira. Su mirada es fría y tranquila, como si no hubiéramos
discutido anoche.
—El SIA tiene un sistema con el que reproducir y extraer nuestros
recuerdos en forma de escena virtual —explica—. Todo queda guardado en
el chip. Al activar tu sistema desde allí, podemos ver el recuerdo como si
fueras tú e intentar descubrir pistas que tú quizás no hayas notado.
Intercambio una mirada silenciosa con mi hermano. No añade nada más,
pero noto algo distinto en la manera en la que me devuelve la mirada. Ya
no está enfadado; tiene miedo.
—Me parece un buen plan.
La directora asiente. Luego, mueve la mano frente a ella. Una pantalla
virtual flota entre nosotros. Por el modo en el que Daniel gira la cabeza
hacia ella, me doy cuenta de que es visible para todos los demás también.

¿PERMITIR ACCESO A LA MEMORIA DE ANOCHE?

Respiro hondo.
—Conceder —respondo.
La pantalla desaparece. Siento un raro hormigueo que comienza en las
sienes, sube hacia la cabeza y luego baja y me recorre el cuerpo. Tiemblo.
El mundo a mi alrededor cobra un tinte azulado. La sala, las paredes de
cristal, el suelo y el techo, todo se desvanece, y quedo junto a los otros de
pie contra un telón negro. Me tambaleo, mareado.
Luego, nos envuelve una escena. Es todo lo que pasó la noche anterior,
tal y como lo recuerdo. Me veo caminando por el bar minúsculo y
entrando al ascensor improvisado. El interior oxidado del ascensor nos
rodea a todos, como en una especie de reconstrucción extraña en la que
Daniel y los agentes del SIA también bajan conmigo. Nos detenemos en la
última planta. Luego, seguimos a la versión de mí de mi memoria por el
mismo pasillo y nos detenemos por fin en la plaza clandestina, donde la
cuenta atrás está en la pared y la carrera de drones se está preparando.
—Pausar —dice la directora junto a mí.
La escena se detiene abruptamente, como una fotografía en tres
dimensiones. Los brazos de las personas en el público se quedan
congelados, sus voces se apagan, la cuenta atrás se frena.
Min camina por la escena mientras examina las paredes y la multitud.
Daniel me indica que avance y camino, inseguro, por mi recuerdo
congelado con él. Mi hermano se detiene frente a uno de los pasillos al
otro lado de la habitación, donde mi recuerdo es un poco borroso. Se
traduce como una vista pixelada.
Daniel señala uno de los pasillos.
—Dominic Hann salió de allí —le dice a la directora. Es algo que yo no
había visto en el calor del momento.
La directora asiente antes de continuar con el análisis de la multitud.
Caminamos de nuevo por la escena hasta que llegamos al centro de la
plaza. Señala una cara en la parte delantera del público.
—Allí —dice—. Uno de los hombres de Hann. Estaban a cargo del
espectáculo.
Daniel pide que la escena continúe. Como en un sueño, me veo con el
dron y, luego, todo lo que pasa en la carrera.
—Pausar —dice Daniel esta vez y mi dron queda congelado en pleno
vuelo. Asiente en dirección a un rincón del recuerdo, donde se ven las
caras borrosas de los espectadores. Señala al hombre que la directora
acaba de identificar como parte del personal de Dominic Hann.
El hombre ya no está vigilando. Está de pie mientras intercambia unas
palabras con otra persona y dirige la vista hacia mí.
La carrera continúa. Paramos la escena varias veces siempre que mi
visualizador muestra al hombre de Hann. El hombre sale con otro colega
cuando la carrera termina y desaparece en el pasillo que Daniel ha
señalado antes.
Luego, una hora más tarde, a mitad de la segunda partida, veo emerger a
Hann.
Daniel se sobresalta y la directora Min deja escapar un silbido suave.
Me mira.
—Así que Hann fue a la carrera para verte a ti —dice.
Escucho sus palabras mientras la escena continúa, y veo a la versión
virtual de Dominic Hann acercándose a mí. Vuelvo a sentir la inquietud
que me había invadido en ese momento, el instinto que me había dicho que
era un hombre poco común.
Parece tan real que, por un instante, creo que está de verdad con nosotros
en la habitación. Doy un paso atrás inconscientemente cuando se acerca a
mí. El mundo virtual a nuestro alrededor se estremece y se nubla, y una
bruma diluye las imágenes que nos rodean.
Daniel da un paso hacia mí.
—Pausar. Limpiar —dice, la vista clavada en la directora. La escena se
detiene y Dominic Hann y la Ciudad Baja se funden a blanco mientras la
recámara del SIA reaparece.
—Dejadlo descansar. Sus emociones están interfiriendo con la calidad
de la reproducción de los recuerdos.
—Puedo hacerlo —le digo.
Pero la directora no le presta más atención a Daniel. Tiene la vista
clavada en mí. Entrecierra los ojos.
—¿Qué hacía en la Ciudad Baja, señor Wing? —me pregunta—. Sabe
que las carreras de drones están totalmente prohibidas.
Va a reducir mucho mi nivel por esto, lo sé, pero en este instante, apenas
me importa. Aprieto los labios.
—No me parece relevante con respecto a la razón por la cual me
necesitáis —replico.
Alza una ceja y mira de reojo a mi hermano.
—Bueno, me queda claro de dónde sale su actitud —le dice secamente
—. Necesitamos extraer un recuerdo anterior: cómo se enteró de esta
carrera y qué hizo que fuera allí abajo.
Pressa. Si la directora analiza ese recuerdo con el mismo detalle que mi
viaje a la Ciudad Baja, enviará a los agentes del SIA a interrogarla en un
santiamén.
Me cruzo de brazos y frunzo el ceño.
—Me dijo que solo quería el recuerdo de anoche. No he autorizado nada
más aparte de eso.
—Tiene la obligación de colaborar con nosotros en esta investigación
según lo necesitemos. Eso incluye recuerdos, y los pensamientos y sueños
que haya tenido recientemente.
Mis pesadillas. Y, de pronto, siento esos sueños inolvidables míos
asomándose al fondo de mi mente, una madre sin rostro y una calle
desolada en la República, detalles que jamás he podido completar. El
sistema del SIA se estremece a mi alrededor mientras intenta recrear las
imágenes que aparecen en mis pensamientos. No, pienso, resistiéndome.
Me invade el pánico. No quiero enseñárselo.
Espero a medias que Daniel esté de acuerdo con ella, que se vuelva hacia
mí e insista en que responda de manera adecuada su pregunta.
—No explorarán el resto de sus recuerdos —afirma, avanzando hacia su
directora. Su tono de voz es tranquilo, pero oigo el habitual trasfondo de
acero.
Y, por una vez, le estoy agradecido.
El sistema del SIA se corta de forma abrupta, junto a los susurros
incipientes de mis pesadillas. Dejo escapar un suspiro entrecortado.
La directora se vuelve hacia mi hermano, exasperada. No es la primera
vez que han tenido un desacuerdo.
—Cuidado con el tono, agente.
—No cambia lo que digo, señora —replica, negando.
La directora parece estar a punto de echarle la bronca, pero suspira y me
mira de nuevo. Contengo la respiración.
—Repasaremos el resto del recuerdo de la Ciudad Baja que nos ha dado
—dice, por fin. Exhalo. Pero antes de que el alivio se instale, continúa—.
Pero eso no quiere decir que su participación en este caso haya concluido.
—Directora… —empieza Daniel.
—Basta, agente —exclama y Daniel se calla, refunfuñando. La directora
se vuelve hacia mí—. Es la primera persona en meses que ha visto a
Dominic Hann, y ni hablar de estar en contacto con él. Cuando le digo que
él no juega a juegos con nadie, lo digo en serio. A Hann le gusta obtener lo
que quiere y, claramente, está interesado en usted.
Fuerza mi recuerdo para que siga reproduciéndose; observamos cómo se
desarrolla la última carrera hasta que ella pausa las imágenes al final,
justo antes de que las luces se apaguen, cuando Hann se levanta de su
asiento. No lo había notado, pero en ese momento final, tenía la vista
clavada en mí mientras le cuchicheaba algo a su subalterno. Estaban a
punto de acercarse a mí.
La directora coloca una mano en la cadera.
—Apostaría cualquier cosa a que estaba apunto de hacerle una propuesta
para que se uniera a él. No es el tipo de propuesta que es posible rechazar.
La idea me revuelve el estómago. Daniel se pone rígido.
—Suficiente —dice.
Min lo ignora y se concentra en mí.
—Le proponemos lo siguiente. Necesitamos que lo haga salir de su
escondite. Rastrearemos cada uno de sus movimientos. Si consigue atraer
a Hann a un lugar donde nuestros agentes estén esperándolo, podremos
atraparlo antes de que escape.
Palidezco. Daniel se coloca ante mí, instintivamente protegiéndome con
el brazo como hacía cuando yo era pequeño.
—¿Quiere usarlo de topo? —exclama. Ahora sí que deja ver su enfado.
—Usted es agente del SIA —replica la directora—. Y, en este momento,
Eden es el único vínculo entre nosotros y el hombre que hemos estado
cazando.
Me mira. Aunque su expresión es severa, noto un destello suplicante en
sus ojos.
—No voy a obligarlo a hacer algo que lo incomode —afirma—. Esto
depende completamente de lo que decida. Pero es lo más parecido a una
pista que tenemos, y es muy prometedora. Haremos todo lo que esté a
nuestro alcance para mantenerlo a salvo.
—Pero no podemos garantizarlo —agrega Daniel.
—¿Dirige usted esta agencia, Wing? —pregunta, fría, Min.
Daniel se encoge de hombros.
—Estoy dispuesto a hacer muchas cosas por la agencia —replica—.
Pero entregar a mi hermano a un asesino no es una de ellas.
Min entrecierra los ojos.
—Esto no es un juego. Hay muchas vidas en peligro.
De nuevo, otras personas deciden mi destino, no yo.
—¿Qué quieres tú, Eden? —me pregunta Daniel, de pronto.
Miro a mi hermano. No quería hacer nada más que ayudar a alguien,
nunca esperé encontrarme en esta situación, atrapado en una red entre dos
fuerzas descomunales.
—Deme tiempo —le pido a la directora.
—Tiene hasta mañana. —Asiente.
Daniel maldice por lo bajo y se aparta. Me indica con la cabeza que lo
siga. La tensión es tal que el aire podría cortarse con un cuchillo, y me
pregunto cuántas veces se ha enfrentado así a la directora.
Cuando mi hermano me acompaña fuera de la habitación y estamos
solos en el pasillo, se estira para deshabilitar el registro del sistema.
Apaga el suyo también. Luego, se acerca.
—Eden —dice en voz baja—. No lo hagas.
Hay tanta preocupación en su voz que atraviesa mi resentimiento.
—Tu directora estará muy decepcionada —mascullo.
—Ese es mi trabajo. El tuyo es mantenerte lejos de Dominic Hann. Tu
interacción con él ya nos ha dado más pistas de las que jamás hemos
tenido. —Se queda callado por un instante. Cuando mira por encima del
hombro hacia las ventanas, hacia la ciudad, veo el miedo en su rostro. Se
vuelve hacia mí—. Esto no es como en la guerra, Eden. Esto no se trata de
salvar a la República de las Colonias. No abandonamos la República para
que yo vuelva a arrojarte al foso con los leones.
—Tú has estado en el foso con los leones durante meses, y yo no tenía ni
idea. Jamás me has dicho una sola palabra al respecto. Te has puesto en
peligro cada noche mientras yo me quedaba en casa y te esperaba, con la
esperanza de que volvieras de lo que demonios fuera que estabas haciendo.
Parece agotado. Pienso en cómo lo vi encaramado sobre el borde de su
balcón la otra noche, la vista clavada en la ciudad ante él. Tengo pesadillas
pero, por primera vez, me pregunto si él también las sufre, si son peores.
Baja la voz.
—Déjame que me ocupe del SIA —repite—. Pero prométeme que te
mantendrás alejado de la Ciudad Baja. Deja que Hann se olvide de ti. No
deja de ser un hombre ocupado con muchos otros negocios que atender.
Quizás un competidor de drones no sea su principal prioridad.
Inspira.
—Quizás sea realmente como dijiste. Quizás solo quería una victoria
fácil —termina.
Nos miramos a los ojos.
—Te lo prometo.
No añado lo que quisiera decir. Aunque tú no puedas prometer lo mismo.
El comentario de la directora ronda en mi mente. Si no los ayudo, mi
hermano seguirá cazando a Hann. Y si la mitad de los informes que he
oído acerca del hombre son ciertos, entonces Daniel se dirige derecho al
foso de los leones del que está intentando protegerme.
DANIEL

Cuando tu hermano pequeño ha llamado la atención del criminal más


famoso de Ciudad de Ross es difícil concentrarse en cualquier cosa,
incluso en una gala en honor del elector de la República.
Varias noches más tarde, cuando me dirijo vestido con un esmoquin
negro al Salón de la Filosofía de Ciudad de Ross para la gala, mi mente le
sigue dando vueltas a lo que los recuerdos de Eden nos revelaron en la
sede central del SIA.
A lo largo del rascacielos caen largos estandartes azules, desde la planta
superior hasta el nivel más bajo de los Pisos del Cielo, donde los invitados
charlamos en la pasarela exterior. Por encima y por debajo de nosotros, las
demás plantas de la ciudad centellean en un océano de luces. En lo alto y
más allá del biodomo, brama una tormenta de nieve, pero cuando las
ráfagas de nieve atraviesan el domo, la atmósfera más cálida las
transforma en lluvia. El aire es limpio y frío.
La directora Min Gheren está aquí, junto a otros miembros ejecutivos
del SIA. Me encuentra de pie en una de las pasarelas cubiertas de hiedra
que conducen al Salón de la Filosofía, mientras contemplo la proyección
virtual de la bandera de la República en uno de los laterales del edificio.
Junto a ella se encuentra Anden Stavropoulos, el elector de la República.
—Creo que vosotros ya os conocéis —dice la directora al acercarse—.
Pero un saludo es de rigor, no obstante. Elector, le presento a Daniel Altan
Wing, uno de nuestros más prometedores jóvenes agentes en el SIA. Señor
Wing, el elector de la República.
Anden no parece muy diferente de lo que recuerdo, un joven alto y
tranquilo con ojos verdes serios y una inclinación regia en la barbilla.
Parece estar más relajado ahora, como si finalmente hubiera podido
ocupar su posición con comodidad.
Lo saludo con una inclinación respetuosa.
—Elector.
Anden me sonríe y repite el gesto, aunque creo que no corresponde
según el protocolo.
—En la República tiene un título mucho más largo que ese —le dice a
Min—. Sigue siendo bien conocido por todos como el chico que salvó una
nación. Tengo una deuda con él.
Yo, el salvador de una nación. Sigue siendo una idea extraña. Escuchar
al elector hablar de nuestro pasado en común me provoca una sensación
rara, me mareo. Intento pensar en esa época brumosa, cuando era conocido
como Day y cuando el elector y yo confiábamos tan poco el uno en el otro
que June era la única que podía mantenernos juntos. Tengo pocos
recuerdos de esas escasas conversaciones con Anden, pero incluso
entonces, recuerdo la manera en la que me sentía cada vez que lo veía en
algún salón elegante con June a su lado en su rol de prínceps.
—No tiene ninguna deuda con nadie, señor —le digo—. La República
prospera gracias a usted.
—La señorita Iparis siempre ha hablado acerca de su humildad. Veo que
sigue intacta.
June. La mención de su nombre me hace sonrojar. Hasta no hace mucho,
ella y Anden eran pareja. Recuerdo haberlo visto en las noticias de aquí.
—Bueno, si June lo dice —comento—, lo tomaré como un cumplido.
Anden se ríe.
—Le daremos la bienvenida a su hermano cuando regrese a la República
para sus prácticas.
—Muchas gracias, señor.
El elector nos hace una reverencia a ambos.
—DISCÚLPENME —dice, y gira hacia el salón—, tengo que hablar con el
presidente. Un placer verlo, señor Wing.
Se va y me deja con la directora.
—Creía que hoy no trabajaba —comenta Min.
—No debería. Por alguna razón, me invitaron a esto —menciono.
—Sí, bueno… Asumo que tiene algo que ver con la señorita Iparis.
Hago una mueca cuando Min se da cuenta de que me he sonrojado y me
sonríe de soslayo. Luego, se acerca y baja la voz.
—¿Hann ha contactado a su hermano? —murmura.
Todas las preocupaciones vuelven a invadirme.
—Aún no —respondo—. Y, sinceramente, sería genial que nunca lo
hiciera.
—Sé que no lo hace feliz que su hermano esté involucrado con la
investigación de Hann —responde, frunciendo el ceño—. Pero es lo más
parecido a una pista que hemos tenido en un año.
—Encontraremos otra manera —afirmo—. Lo hemos visto, ¿verdad?
Además, estamos buscando más información acerca de la carrera misma.
Hann volverá a aparecer si hay otra.
—No si su hermano no está allí —replica Min. Se vuelve por completo
hacia mí—. Si conseguimos alguna pista, espero que él coopere.
—¿Y si no lo hace?
—Me parece que preferirá que lo haga. No es una petición, Daniel. Es
una orden.
Me inclino sobre la pasarela y contemplo la altura vertiginosa.
—No respondo bien a las amenazas personales, directora —digo con los
dientes apretados.
—Bien, porque yo tampoco. —Min comienza a alejarse—. Así que
asegurémonos de que no llegue a eso.
La observo irse con una sensación de impotencia que no he sentido
desde que la República estaba en guerra.
Parece que los demás invitados comienzan a entrar al salón, pero me
quedo donde estoy, en la soledad y la lluvia. Al menos tenía a Tess cuando
vivía en las calles de Lake. Aquí, me siento solo.
—¿No entras?
La voz de June llega de un lado de la pasarela. Doy un salto,
sobresaltado, y la miro acercarse.
Las palabras se me enredan en la lengua y no consigo pronunciarlas.
Esta noche lleva un vestido largo hasta el suelo en escarlata y negro, con
una falda plisada en una tela ondulante. Cuando camina, parece que flota.
En sus orejas brillan cristales en forma de gota.
Me doy cuenta de que se ha quedado mirándome y me obligo a cerrar la
boca y volver al Salón de Filosofía.
—Quería tomar aire fresco antes de entrar. ¿Qué haces aquí afuera? ¿No
te está esperando el elector dentro?
Se para junto a mí y me sonríe brevemente.
—Está enfrascado en una conversación con Faline —responde e indica
con la cabeza en dirección al salón—. Creo que estará bien sin mí durante
un rato.
June, que siempre parece tan compuesta y que tiene todo bajo control.
Le sonrío, deseando poder sentirme así, en vez de experimentar esta
incómoda sensación de fastidiosa cuando estoy con ella.
—Algo te molesta —dice, después de un rato.
—¿Es tan obvio?
—Bueno —me mira de reojo—, me enorgullezco de lo bien que puedo
interpretar todo lo que me rodea.
Me río al oír eso.
—Bueno, me parece recordar que tenías talento para eso.
Sonríe y, luego, se pone seria.
—¿Quieres contarme algo? Parece que necesitas hablar con alguien.
Y, lo hace de nuevo, me lee. Dudo, preguntándome si es necesario que
involucre a más personas que me importan en mis asuntos.
—El trabajo ha estado difícil últimamente —me decido a decir.
—¿Difícil en qué sentido?
Suspiro.
—Creo que empiezo a entender por qué te comportaste como lo hiciste
cuando te estaba conociendo. Cuando trabajabas como agente de la
República. Trabajar para un país con el que no estás de acuerdo,
manteniéndote leal incluso cuando la causa era perfecta. Ser de las calles
casi era más simple. Por lo menos, las elecciones correctas eran evidentes.
June permanece en silencio unos instantes. La lluvia cae por los laterales
de la pasarela que nos cubre y forma una catarata improvisada.
—No es fácil existir en una zona gris —responde, por fin. Noto,
agradecido, que no me pregunta detalles delicados acerca de lo que estoy
involucrado—. Quizás deberías pensar en una carrera menos peligrosa.
Finanzas, tal vez.
—¿Por qué? —me enderezo las solapas del traje e inflo el pecho—.
¿Dedicarme a las finanzas me quedaría bien?
Alza una ceja.
—Creía que estábamos hablando de tomar las decisiones correctas.
Sonreímos brevemente y volvemos a sumirnos en el silencio.
—No aquí —le susurro—. Es un tema delicado para hablarlo en público.
La expresión de June permanece inalterable. Sonríe como si le hubiera
susurrado algo íntimo.
—En mi casa, entonces, cuando las celebraciones principales terminen
—responde, en voz queda.

Es casi medianoche cuando nos vamos de la gala.


June se está quedando en un ático de lujo frente a las habitaciones del
elector en el último piso de un hotel. Cuando entramos, el sistema de
seguridad nos saluda por nuestros nombres. Observo cómo cambia la luz
contra la espalda de June mientras ella se quita los tacones y camina
silenciosamente hacia el dormitorio.
Me recuesto contra la mesa de la cocina y admiro la sala de estar,
haciendo un esfuerzo por no pensar en June quitándose el vestido en la
otra habitación. Nuestro presidente no ha escatimado en gastos para
asegurarse de que los líderes extranjeros sepan lo bien que le está yendo a
la Antártida.
Camino hacia el largo ventanal que da al océano negro. Sigo
contemplando la vista cuando June emerge del dormitorio.
El pelo le cae ahora en ondas suaves sobre la cara y se ha puesto un
cómodo kimono de seda que cae sobre sus curvas. Sus ojos son un líquido
oscuro en la noche, tan fascinantes como los recuerdo.
Maldita sea. Sigue siendo la mujer más bonita que he visto en la vida.
¿Alguna vez pude estar relajado con ella en algún lado? ¿O siempre ha
sido así, el corazón latiéndome fuerte ante su presencia, los sentidos
atentos a ella, ignorando todo lo demás?
Parece notar mi súbita incomodidad y, por un momento, nos quedamos
de pie, rígidos, sin saber qué decir.
—Estás preciosa —se me escapa. De inmediato, me arrepiento. ¿Podría
haber pensado en algo más estúpido? Probablemente, no.
Carraspea, sin saber qué responder. Maldigo para mis adentros. Qué
manera de ponerla incómoda.
Para mi alivio, me sonríe brevemente.
—Gracias. Siempre tan adulador, incluso cuando las cosas no van bien.
Otro fragmento de un recuerdo regresa a mí en ese momento. Estamos
sentados uno al lado del otro, compartiendo una botella de vino de uvas de
mar barato y entrecerrando los ojos al sentir el regusto salado y amargo.
No sé quién es ella y no sé qué decirle. Pero es muy bonita y rara. Nuestros
labios se tocan.
El recuerdo se desvanece y me encuentro de vuelta en el ático de June,
parpadeando. Junto a mí, ella inclina la cabeza, curiosa.
—¿En qué acabas de pensar? —pregunta.
Dudo, y bajo la vista.
—He recordado algo —respondo—. Acerca de nosotros, de antes.
Al oír eso, se anima.
—¿Un recuerdo? ¿Cuál?
La miro de reojo y sonrío con timidez.
—La primera vez que nos besamos.
Los labios de June se curvan y deja escapar una carcajada. Aparta la
mirada hacia los ventanales que miran al océano negro y a las luces de la
ciudad.
—¿Regresan en fragmentos como ese? ¿Los recuerdos?
—Sí. Cosas específicas desencadenan nuevos recuerdos. La mayor parte
del tiempo, son solo fragmentos. Recuerdo besarte, por ejemplo, y la
botella de vino que compartimos. Pero no recuerdo bien dónde estábamos,
o quién más estaba por allí en ese momento. No sé qué te dije, o qué me
dijiste a mí. Solo recuerdo… la sensación de estar cerca de ti. Como si se
tratara de otra vida.
June cierra los ojos por un instante, como si estuviera empapándose ella
misma en los recuerdos, antes de volver a mirarme.
—Estábamos en las calles de Lake y no sabías aún quién era yo. Yo no
sabía que eras Day. Fue justo antes de que todo se viniera abajo.
Antes de que todo se viniera abajo, entre nosotros dos. Ahora me
acuerdo. Fue antes de que mi madre muriera, antes de que la República me
arrestara. Fue el comienzo de estar vinculado para siempre con ella.
Me vuelvo y la miro.
—Pero nada se viene abajo estos días, ¿verdad? Pareces estar realmente
feliz.
Sonríe.
—Lo estoy —replica—. Tess está muy bien. ¿Sabías que ha sido
ascendida a médica principal en su hospital? La veo a menudo. Pascao y
yo salimos juntos todo el tiempo. La vida consiste en una rutina agradable,
y me ha hecho darme cuenta de lo mucho que echaba de menos eso. La
sensación de equilibrio. O de normalidad después de la guerra. ¿No te
parece raro?
Normalidad. Rutina. Me descubro sonriéndole, satisfecho de saber que
está contenta. Luego, me pregunto si mi presencia en su vida (y el caos
que ella conlleva) no pondría todo eso patas arriba.
Quizás yo haya sido la razón del desmoronamiento de su vida.
—¿Y tú? —me pregunta—. ¿Qué es de tu vida?
Me encojo de hombros y aparto la mirada, no quiero interrumpir este
momento de paz con mis problemas.
—Bien —contesto—. Genial, de hecho. A veces, no puedo creer que
viva aquí, con lujos. Jamás tendré que pasar otro día luchando por
sobrevivir en la calle.
—Pero estás luchando contra algo —comenta June, que ha notado la
vacilación en mi voz.
Por un instante, todo mi cuerpo se resiste a contárselo. Pero se acerca
más, obligándome a mirarla directamente a la cara. Se cruza de brazos.
—Cuéntamelo —insiste, los ojos oscuros y cálidos.
Su presencia es abrumadora, en todos los sentidos. Tengo que apartar la
mirada de la suya para poder pensar con claridad.
Por fin, respiro hondo y comienzo a contárselo. Le menciono las
misiones que he estado llevando a cabo en Ciudad de Ross, el hombre al
que he estado persiguiendo. Le hablo acerca de las jerarquías en los
niveles de los rascacielos, del sistema de niveles que separa las clases, de
que (aunque todo es más fluido que cualquier cosa en la República) sigue
siendo imperfecto como todo en este mundo. Le cuento lo de los
asesinatos de todos aquellos que no pueden pagar sus deudas con Dominic
Hann y del sórdido subsuelo de la Ciudad Baja.
Luego le cuento lo de Eden, de cómo se ha involucrado en algo mucho
más peligroso de lo que sabe.
—No le tenías miedo a Dominic Hann antes de que Eden lo conociera —
me dice June, frunciendo el ceño mientras me estudia.
—Antes de eso era solo trabajo —respondo—, hasta que vi al criminal
de nuestras fotos acercándose a mi hermano. Y ahora el SIA quiere que
Eden participe en la investigación, para hacer que el hombre salga de su
escondite.
June no contesta enseguida, pero su mirada es tranquila. Me tranquiliza
a mí. De alguna manera, en medio de todas las dificultades entre Eden y
yo, su presencia es un consuelo en la oscuridad. No me siento solo al
confesarle todo esto.
—Sigues siendo la persona que conoce a Eden mejor que nadie —
observa June después de un rato—. Es tu hermano. Lo has protegido toda
tu vida y ahora él lo sabe.
—Es mi protección lo que lo ha alejado. —Me paso la mano por el pelo,
frustrado—. Solía pensar que nada podría separarnos. Pero Eden ha
crecido. Ha cambiado, quizás para mejor. Pero hay cosas que no me cuenta
ahora y yo no sé cómo adivinar en qué está pensando.
—Jamás podrás adivinar lo que está pensando —replica, con una sonrisa
—. Metías siempre lo intentaba conmigo, ya lo sabes. Jamás tuvo éxito,
pero seguíamos conectados. Eden y tú tenéis un vínculo inquebrantable.
Diga lo que diga, te sigue queriendo más que a nadie en el mundo. Lo sé.
Lo he visto.
Metías. El hermano que June perdió, la muerte que, fatídicamente, hizo
que nos conociéramos. Busco su mirada y descubro tristeza, pero también
paz.
—Te crio, prácticamente —digo en voz queda—. Ojalá pudiera estar a
su altura. He intentado ser una buena figura paterna para Eden pero… a
veces me pregunto si no ha sido peor para él.
—Temes por él —afirma June—. Que quiera ayudar en la investigación
de un criminal peligroso.
—Siempre temo por él.
En la mirada de June noto un profundo entendimiento.
—Has ayudado a que Eden se convierta en adulto. Tú has sido el modelo
para él, de la mejor manera posible. ¿No lo ves? Pero, Daniel, no es un
niño indefenso. Se resistirá a cualquier intento tuyo de aislarlo del mundo.
Ábrele un poco la puerta. Permite que alguien más te ofrezca el hombro
para apoyarte. Quizás se está alejando porque te quiere, porque se
preocupa tanto por ti como tú por él.
—Sé que no está indefenso —mascullo y me meto las manos en los
bolsillos—. Pero al SIA no le importa su seguridad. A nadie le importa. Yo
debo encargarme de eso.
—No hablaba solo de la seguridad de Eden. También hablaba de la tuya.
—Un leve surco le aparece en el entrecejo—. Algo que parece que nunca
te preocupa tanto como debería. Existen personas que se preocupan por ti,
¿sabes? Harías bien en reconocer eso.
La reformulación de June me hace sentir culpable de inmediato.
—Lo siento —admito, bajando la mirada—. Estoy preocupado por él,
eso es todo.
En el exterior, las auroras australes han iniciado su danza nocturna y
pintan el cielo con cintas de turquesa y blanco.
—Hann no se olvidará de él —continúo—. Probablemente haya enviado
a sus hombres a investigar el corte de luz que provoqué en la Ciudad Baja.
No dejará que Eden se escape tan fácilmente, no cuando parecía tan
fascinado con él como para salir de su escondite para verlo correr.
—Eden no ha cambiado en nada, ¿no es cierto? —murmura, sacudiendo
la cabeza.
Ante eso, una sonrisa aletea en la esquina de mis labios.
—Es lo mejor y lo peor acerca de él. Hace cosas que afectan a la
estructura entera de la sociedad. Se las arregla para estar en el medio de
todo, sin haber hecho más que intentar ayudar a alguien. A veces me
pregunto qué pensaría John si aún estuviera aquí, lo orgulloso que estaría
de su hermanito. —Hago una mueca—. Solo quisiera que no fuera siempre
algo que pueda hacer que ese maldito chico termine muerto. A veces, es
nobleza. Otras veces es simple estupidez. Es una línea delgada.
—Noble —sonríe June—. A veces hasta la estupidez. En medio de todo
porque siempre está intentando ayudar a alguien. Me da que se parece a
alguien que conozco.
—Hice lo que tenía que hacer. —Sonrío de oreja a oreja.
—Haces lo que crees que es lo correcto. Siempre. Y hacer lo correcto
suele ser difícil.
La miro.
—Usted no es precisamente una conformista, señorita Iparis —digo, y
me giro por completo para encararla—. Creo que la República tiene un par
de cosas que decir al respecto.
Vuelve a sonreír y aparta la mirada hacia el paisaje más allá del
ventanal. Sé que está pensando en su hermano.
—La República está cambiando más despacio de lo que me gustaría.
Anden está haciéndolo lo mejor que puede, pero la política me vuelve
impaciente. —Se pasa una mano por el pelo, distraída, y el gesto me trae a
la mente otro recuerdo olvidado, el de sus dedos en su coleta brillante, el
pelo cayéndole muy por debajo de los hombros.
Mis pensamientos vuelven a su vida, a cómo ha aprendido a
estabilizarla. Carraspeo, incómodo, y me miro las manos.
—Ey —digo en voz baja—. ¿Puedo preguntar… qué fue lo que hizo que
tú y Anden cortarais?
June se queda en silencio y, por un momento, siento que me he
sobrepasado. Pero una expresión distante le cruza el rostro.
—No sé cómo nos fuimos alejando —responde, por fin—. Pero hubo
una mañana, temprano, en la que todo cambió. Lo recuerdo porque la luz
que entraba por la ventana era muy bonita, la luz más pura que había visto
en mi vida pintaba una raya dorada en mi brazo. —Sonríe al decir eso—.
Me levanté, fui hacia la ventana y admiré el amanecer más increíble que
había visto en mucho tiempo. Y, ¿sabes qué? Lo único en lo que podía
pensar era en que no quería compartir ese momento con él, porque no creía
que fuéramos a admirar lo mismo. Y luego me pregunté si eso no era raro,
no querer a la persona que amaba junto a mí. —Baja la vista—. Creo que
los dos ya lo sabíamos, la verdad. Me fui poco después de eso.
No sé qué responder. Lo único que pienso es que hubiera dado cualquier
cosa con tal de compartir un momento así con ella. Pero no se lo digo.
—Lamento que no haya funcionado.
—Espero que no lo lamentes demasiado. —Sonríe, irónica.
Sus palabras envían una oleada de esperanza salvaje por mis venas. Me
río, avergonzado, con miedo a pensar en las posibilidades entre los dos.
—Está bien, de acuerdo, no lo lamento tanto. Pero me alegro de que
sigáis siendo amigos. Eres tú quien lo obliga a avanzar, de todos modos.
Siempre necesitará tu consejo. Se nota en la manera en la que se vuelve
hacia ti, a la espera de tu opinión.
—Sí, bueno —replica—, mi consejo sirve de poco si no podemos
llevarlo a cabo. Está haciéndolo lo mejor que puede.
Nos quedamos en silencio unos instantes.
—Incluso después de todo lo que hemos pasado —continúa—, después
de la guerra que ambos hemos visto, todavía hay muchas cosas que están
mal. El trabajo nunca termina, ¿verdad? Se transforma en otra cosa.
Mi mirada se pierde en el brillo de la ciudad en su piel, en las ondas
suaves de su pelo, en sus ojos oscuros.
—Quizás. Pero existen constantes que nos anclan —vacilo, asustado
ante lo que estoy a punto de decir—. Y tú eres la mía.
Estamos muy cerca. June se sonroja y se me acelera el pulso. No
recuerdo si me sentía así cuando éramos jóvenes, si en los momentos
como este me sentía como si una corriente eléctrica zumbara junto a mí.
No puedo imaginarme otra reacción posible ante ella.
—Daniel —susurra—. Yo…
Contengo la respiración, preguntándome qué está a punto de decir.
Aterrorizado ante las posibilidades.
Este es el momento en el que acortaré de nuevo la distancia entre
nosotros. El momento en el que la besaré, en el que ella me llevará con
ella a su habitación.
Pero entonces noto cierta indecisión por su parte. Se contiene, temerosa,
estirando al máximo el hilo que nos une hasta que siento que está a punto
de cortarse.
Y me paralizo. Me aclaro la garganta. Me aparto.
El aire que nos rodea parece suspirar por la decepción. No puedo dejar
de oír la conversación que entablamos aquella noche cuando la vi en la
estación de trenes, acerca de todo lo que nos había sucedido en el pasado.
¿Estamos preparados? ¿Lo está ella?
No sé si esto puede durar. No sé si soy el catalizador de todo aquello que
puede venirse abajo en su vida, quien puede acabar con la normalidad que
tanto ansía. No sé si estamos destinados a estar juntos.
Quizás ella esté pensando lo mismo.
June habla primero.
—Tengo que ver cómo está el elector. Debe de estar a punto de volver de
la gala en cualquier momento.
—Por supuesto. Mejor vuelvo, para hacer lo mismo con Eden —
menciono y bajo la vista.
La electricidad flota aún en el aire, pero hay demasiada distancia entre
nosotros. Así que le sonrío y le hago una reverencia, me doy la vuelta y me
marcho del apartamento.
EDEN

Esta noche, mientras voy al Club Komodo con Pressa, sigo pensando en la
reproducción de mis recuerdos en la sede central del SIA. Pressa me
tironea de la mano y me lleva más dentro del espacio caótico. Pero ni
siquiera las luces destelleantes y el volumen alto de la música ahogan del
todo mis pensamientos.
Quizás Daniel tiene razón. Es posible que alguien como Dominic Hann
haga tratos como hizo conmigo con un montón de gente. Quizás si me
mantengo alejado de la Ciudad Baja, se olvide de nuestro encuentro y se
dé por satisfecho con lo que le hice ganar en la carrera de drones.
Las palabras de la directora del SIA reverberan en mi mente. Eres lo
más parecido a una pista que tenemos.
Tal vez yo represente la mejor oportunidad de atrapar a Dominic Hann.
Daniel mismo ha estado persiguiéndolo durante meses. Si me mantengo
apartado de todo el asunto, mi hermano seguirá bajando a la Ciudad Baja.
Seguirá corriendo peligro hasta que consiga atraparlo. ¿No había
terminado en la misma pista de drones que yo? ¿Cuántas situaciones más
como esa tiene que pasar antes de que se le acabe la buena suerte?
¿Llegará el día en el que no vuelva a casa?
—¡Eden!
La voz de Pressa atraviesa la música y mis pensamientos. Parpadeo y
bajo la vista. Me está ofreciendo una bebida y tiene los labios fruncidos
por la preocupación.
—¿Estás seguro de que quieres estar aquí? —me pregunta—. No
tenemos por qué estar en el club. ¿Prefieres ir a un restaurante?
Sacudo la cabeza y acepto la bebida.
—No, estoy bien —le grito—. Quedémonos.
La sujeto de la mano y la llevo más cerca del escenario.
Si no estuviéramos conectados al sistema de niveles, no habría nadie en
el escenario. Pero con los sistemas activos, podemos ver a artistas
virtuales bailando allí arriba, personas fantásticas con alas que flotan por
el aire, sirenas sentadas en aros enormes que cuelgan sobre nosotros, todo
rodeado por un techo de hiedra y remolinos de nubes virtuales. Es una
escena hipnótica.
Me obligo a contemplarla hasta que me consume. Todos alrededor llevan
algún tipo de conjunto virtual. Son coloridos, hasta grotescos, y doy
gracias por la distracción cuando me uno a Pressa para bailar al ritmo
frenético de una canción.
Aquí, siempre se abandona. Me sonríe mientras gira.
—No estamos más en Ciudad de Ross —exclama—. Estamos en algún
lugar lejano. ¡Me estoy yendo de Ciudad de Ross!
Le sonrío, ella se mueve al ritmo de la música y yo hago un esfuerzo por
sumirme en la fantasía junto a ella. Mientras bailamos, me rodea el cuello
con los brazos y yo coloco las manos en su cintura, acercándola hacia mí,
el latido de la música nos atraviesa el cuerpo.
Ladea la cabeza de tal manera que su pelo corto cae como una cortina
sobre su barbilla.
—Estás buscando algo —me dice, acercándome hacia ella para gritarme
en la oreja—. Me doy cuenta. ¿En qué estás pensando?
No le he contado aún lo de mi charla con el SIA. Sacudo la cabeza.
—En la carrera —replico, mis palabras casi inaudibles en el ritmo—. Y
en quién la patrocina.
Esperaba a medias que se riera y me dijera que no me preocupe tanto.
Pero Pressa asiente, pensativa.
—Mantén esta identidad cuando salgas de los Pisos del Cielo —me dice,
por fin. Asiente en dirección al nombre y nivel falsos que flotan sobre mi
cabeza—. Me he cruzado con hombres como ese antes. No juegan, pero no
creo que hayas hecho tanto como para que te persigan. No creo que les
merezca la pena.
No sé si cree de verdad lo que me está diciendo. Pero es similar a lo que
Daniel me dijo y eso me hace sentir una pizca de alivio.
—Cierto. No les merece la pena —repito, a modo de consuelo.
Me sonríe y vuelve a bailar al ritmo de la música.
—Intenta relajarte esta noche, ¿de acuerdo? —me palmea el hombro—.
¡Te has graduado! ¡Pronto te irás a la República!
Quizás me lo esté imaginando, pero veo una sombra de tristeza que le
cruza la cara cuando lo dice. ¡Pronto te irás a la República! Y ella se
quedará aquí, atrapada en la Ciudad Baja. Siento una punzada en el
corazón al pensar eso y, de pronto, soy muy consciente de lo cerca que
estamos. Su pelo, suave como la seda, me roza la piel del brazo.
—No tan pronto —le grito e intento parecer despreocupado acerca de lo
que ha dicho. Intento ignorar el hormigueo que ha provocado en mi pecho.
Pressa se anima un poco al oír eso y el brillo de sus ojos es suficiente
para hacerme olvidar que quizás nuestra amistad no durará por siempre.
En el caos de los bailarines y sus conjuntos estrafalarios, veo una figura
en las sombras. Me mira directamente antes de desaparecer entre la
multitud.
Me muevo más despacio y frunzo el ceño, y me froto los ojos. Un
remolino de colores neón me rodea. ¿Me estoy imaginando cosas? Sacudo
la cabeza, le sonrío a Pressa y vuelvo a bailar.
Pasan unos minutos. Luego, la sombra aparece de nuevo.
Esta vez está más cerca y hacia la izquierda, pero claramente se trata de
la silueta de un hombre, que mira directamente hacia mí.
Me quedo paralizado y me doy la vuelta para enfrentarme a él. Se queda
allí un momento más, lo suficiente como para que recupere el aliento y le
dé un codazo a Pressa. Señalo en su dirección.
—¿Ves eso? —jadeo.
—¿Qué? —Pressa mira hacia donde indico, justo cuando la figura
vuelve a desaparecer entre la multitud—. ¿Los bailarines a un lado del
escenario? Son personas de verdad, no figuras virtuales. Sé que si quieres
subir, tienes que…
—No. Había una sombra allí. —Parpadeo varias veces, como si la figura
fuera a aparecer de nuevo—. Era un hombre que me miraba fijamente. Lo
he visto a la derecha antes.
Me giro de nuevo y examino la muchedumbre.
Pressa se pone tensa también al percibir el cambio de energía. Pero no
hay nada para enseñarle. Todos los que nos rodean siguen sumidos en el
ritmo, riéndose y gritando y alzando los puños en el aire. No hay rastro de
la figura misteriosa.
Me froto los ojos.
—No importa —murmuro. Pressa se acerca más hacia mí con una
expresión de preocupación. Intento sonreírle—. Creo que estoy agotado
por todo lo que ha sucedido.
No parece convencida. En su favor, examina la multitud de nuevo, por si
se le ha escapado lo que he mencionado. Luego, se vuelve hacia mí y me
sujeta del brazo. Intento consolarme con el calor de su toque.
—Vamos. Vayamos al bar, a descansar un poco.
Asiento, atontado, y la sigo fuera de la pista de baile. Nos abrimos paso
a través de los cuerpos mientras salimos del atrio principal hacia un
angosto pasillo lateral.
Miro con atención las colas para el baño. Veo una figura con ropa oscura
recostada contra la pared que, cuando avanzamos, podría jurar que ha
girado la cabeza para seguirnos, la mirada penetrante. Lo miro
directamente. Pero no veo más que un grupo de chicos y chicas que se ríe a
risotadas, intercambiando secretos.
Se me acelera el pulso. Los hombres de Dominic Hann pueden estar en
todos lados al mismo tiempo. Han asesinado personas en los Pisos del
Cielo antes. ¿Y si está aquí ahora? ¿Me están vigilando?
Pero cuando pienso eso, una parte de mí se burla ante lo ridículo que
suena. Lo único que recuerdo es el interés auténtico en su mirada y el
carisma de sus palabras. ¿No me apoyó? ¿Por qué querría matarme, si
parecía estar tan interesado en lo que yo puedo hacer?
Llegamos al bar. Pressa me obliga a sentarme y va en busca de un vaso
de agua a la barra.
—Parece que acabas de ser testigo de un crimen —me dice, y me
entrega el vaso—. ¿Todo está bien?
Sujeto el vaso y no dejo de beber hasta que el agua se acaba. Examino la
habitación en busca de una sombra. Quizás esté demasiado cansado como
para estar aquí. Quizás haya mucho ruido y demasiada gente.
—Creo que necesito irme a casa —susurro, mis ojos posándose en una
persona y luego en otra.
—De acuerdo. —Asiente Pressa.
Se incorpora y la sigo, agradecido. Los colores se arremolinan a mi
alrededor y me siento mareado. Quizás las sombras no sean más que mis
propias ansiedades, o quizás esté perdido en una pesadilla. He tenido
sueños como este, en los que estoy atrapado en pasillos oscuros,
intentando encontrar la salida en vano. Sigo buscando las sombras.
Pienso en ellas. Los hombres de Dominic Hann, me susurra mi mente.
Es una estupidez. ¿Por qué perdería el tiempo siguiéndome por ahí?
Pero cuando salgo a trompicones del club con Pressa, llego a ver por
última vez las figuras oscuras detrás de nosotros. Son dos, ambas siluetas
tienen las manos en los bolsillos y las miradas clavadas en mí.
Figuras virtuales, me digo. No son reales. Les doy la espalda y me doy
prisa para avanzar junto a Pressa. Pero la visión me atormenta, y me paso
el rato mirando por encima del hombro todo el camino a casa, esperando
verlos mientras me siguen de cerca.
Y aunque no lo termino de creer del todo, el susurro molesto me sigue
hablando.
Vienen por tu hermano. Vienen por ti.
DANIEL

Para cuando vuelvo a mi piso, mi mente sigue aún dándole vueltas a lo que
pasó (o no pasó) con June, y Eden aún no ha vuelto de quién sabe dónde.
Entro al portal, esperando oír el habitual saludo del sistema de seguridad.
Pero no sucede nada.
Me detengo en el portal, alzo la vista a los altavoces y luego frunzo el
ceño mientras examino la pantalla empotrada en la pared del vestíbulo.
—Otra vez hay que reiniciar el sistema —murmuro, paso la mano por
delante de la pantalla y observo cómo se encienden las luces azules y se
reinician todas las funciones
Pero algo no está bien. Miro a mi alrededor de nuevo, con mayor
cautela. Todo parece estar en su lugar; los zapatos de Eden siguen
amontonados cerca de la puerta, los platos sucios siguen en el fregadero,
como suele dejarlos con su prisa habitual. Una luz tenue ilumina el piso.
Pero el lugar no parece estar vacío como corresponde. Avanzo hacia el
centro de la sala de estar e intento identificar qué es lo que me está
molestando. Siento un dejo de algo raro en el aire, el aroma tenue de una
colonia, quizás, o el olor de una pastilla de menta que ni Eden ni yo
compramos.
Mi vista se dirige a una sombra que se extiende detrás de mí.
No es la sombra de la mesa de la cocina.
Todos los pelos de mi nuca se erizan. Hay alguien aquí. Me vuelvo, pero
es demasiado tarde; hay una mujer vestida de negro frente a mi puerta. Por
una milésima de segundo, creo que es una agente del SIA pero no la
reconozco y no tiene puesto nuestro uniforme. Otra presencia se mueve
detrás de mí.
Me agacho y me las arreglo para esquivar a uno que salta sobre mí, pero
otro par de brazos me sujeta y me obliga a poner los brazos a la espalda.
¿Cuántas personas hay aquí? Enseño los dientes, preparado para girar y
atacar. Pero me colocan un trapo húmedo sobre la boca. El abrumador olor
del cloroformo invade mis sentidos.
Lucho salvajemente para liberarme, pero quien sea que me sujeta me
dobla en tamaño. Delante de mí hay una figura de pie que mis
movimientos no me permiten ver con claridad. Reconozco la barba
cuidadosamente recortada y el tono de sus gafas. Me sonríe.
—Daniel Altan Wing —dice—. Bueno, esta vez sí que voy a causar un
revuelo en la ciudad.
Es Dominc Hann.
Eden. ¿Dónde está? Pero me empiezan a abandonar los sentidos. Me
cuesta más moverme. El olor persistente e implacable del cloroformo
despierta viejos recuerdos de los laboratorios de la República y siento que
me invade una oleada de pánico; tengo diez años y estoy otra vez en la
Prueba, he fallado de nuevo y los soldados me están anestesiando, me
abren la rodilla y me inyectan venenos en el ojo, y me dan por muerto. Me
voy a despertar en medio de una pila de cadáveres. Me invade el terror.
No, no volveré a eso.
Pero no puedo luchar contra esta oscuridad. El mundo desaparece.
En un último acto de desesperación, abro la cuenta de June en mi
visualizador. Le envío un mensaje. Ni siquiera puedo decir nada; lo único
que llego a enviarle son unos segundos de estática.
No somos lo que solíamos ser, pero nos conocemos lo suficiente como
para saber cuándo algo no anda bien.
No tengo fuerzas para hacer nada más. Lo último que veo es la silueta de
Dominic Hann de pie sobre mí, dándole órdenes a sus hombres.
Luego, la oscuridad me rodea, y ya no recuerdo nada más.
EDEN

Daniel no responde a mi llamada. No solo eso, sino que la llamada no


entra en su cuenta y lo único que recibo es un mensaje automático que me
pide que lo intente de nuevo más tarde.
Frunzo el ceño mientras me alejo del club para volver a casa después de
haberme despedido de Pressa. Estoy en un lugar bonito, una pasarela entre
dos rascacielos que ha sido transformada en un jardín verde exuberante,
repleto de rosas y sauces, y de enredaderas que trepan por encima de las
vallas de protección de vidrio y caen hacia el piso de abajo. Ahora, en
mitad de la noche, está tranquilo, solo pasa el ocasional trasnochador de
vuelta a casa.
Quizás Daniel sigue con June. Ese sería el único motivo por el cual no
respondería a mis llamadas.
El único motivo en el que quiero pensar, al menos.
El recuerdo de las figuras en el club aún está fresco en mi mente, junto a
la mirada preocupada de Daniel y sus advertencias que no auguraban nada
bueno. Aquí, en los niveles superiores de la ciudad, es difícil darle muchas
vueltas al hecho de que pocos días antes estuve en la Ciudad Baja, cara a
cara con un asesino famoso. Está todo tan sereno. Lo único que escucho es
el rumor del agua de una fuente en el centro de la pasarela.
No es nada, me digo a mí mismo. Daniel está bien. Esta mañana hubo
un aviso acerca de una llamarada solar que podría afectar las
comunicaciones durante los próximos días. Quizás el servicio no esté
funcionando bien en este momento.
Otro mensaje automático aparece en mi visualizador justo cuando llego
a la estación de elevadores que me llevará de vuelta al piso; Daniel sigue
sin estar disponible.
Hago una pausa, los ojos clavados en el contorno rojo brillante del
cuadro de texto flotante. Es cierto que Daniel ha estado en misiones que
requerían que mantuviera su sistema completamente apagado… pero
siempre me ha avisado con anticipación. Y después de la reunión de ayer
en el SIA, me llama la atención.
Siento un nudo en el estómago. No estoy seguro, porque un mensaje de
error no es razón suficiente para entrar en pánico. Pero el nudo me resulta
familiar. Lo recuerdo de la infancia, de las noches en las que Daniel aún
luchaba contra su enfermedad; yo me despertaba para descubrir su silueta
borrosa encorvada en el borde de la cama, la cara hacia el suelo y los
labios apretados en una mueca.
Y aunque por una parte sigo diciéndome interferencia causada por una
llamarada solar y misión del SIA, el nudo no cambia.
Algo no anda bien. Lo sé sin necesidad de confirmación, sin que Daniel
me lo diga.
Vuelvo a abrir el mensaje de error.
«Más te vale tener una buena justificación», le digo por lo bajo al
mensaje. Suspiro e intento deshacerme de la reciente sensación de
inquietud.
La estación de ascensores está vacía esta noche. Soy el único que espera
para subir los quince pisos hasta el mío. La música del vestíbulo resuena
contra el suelo vacío. Trago, el nudo de mi estómago se retuerce más aún.
Todo estará bien, me digo a mí mismo cuando por fin la puerta se abre y
subo. Mis pensamientos son un torbellino mientras el ascensor sube en
silencio. Daniel estará en casa, y tendrá esa expresión de disgusto que
siempre tiene cuando me pregunta por qué sus mensajes no me llegaban.
Entonces, de pronto, el ascensor se detiene a diez pisos del mío, y un
hombre y una mujer se suben.
Me pongo rígido de inmediato. Ambos me miran.
—¿Necesitáis algo? —pregunto.
La mujer sonríe con sequedad.
—Eres Eden Bataar Wing, ¿verdad?
Me doy cuenta de que mi nombre no flota ahora por encima mi cabeza.
—¿Cómo lo sabe?
El hombre asiente con tal cortesía que parece que se está burlando.
—Un placer —dice—. Mi empleador, el señor Hann, lo invita
cordialmente a reunirse con él esta noche.
El señor Hann. Dominic.
El nombre me golpea como si se tratara de un martillo y me quedo sin
aire de tal modo que no puedo responderle enseguida. El nudo se estrecha
más aún. Algo no va bien, algo no va bien, algo no va bien..
—Yo… yo —tartamudeo, hasta que la sequedad de la garganta me hace
callarme—. No puedo ir esta noche.
La mujer me sonríe y me pone la mano sobre el hombro. La siento
helada.
—El señor Hann desea que valga mucho la pena para usted —responde.
Estoy temblando. A través de las ventanas de cristal del ascensor, la
pasarela que lleva a la universidad desaparece más abajo. Sacudo la cabeza
y ruego que se me ocurra alguna respuesta ingeniosa. Pero no ocurre.
—Lo siento —digo—. Tengo deberes que terminar y necesito trabajar en
un motor…
El hombre no espera a que termine mi pésima mentira. Mueve una mano
sutilmente por el aire y una pantalla aparece súbitamente entre nosotros.
Es una transmisión de alguien que sigue a Daniel al salir de una
habitación de hotel. El de June, probablemente. El video lo sigue por los
Pisos del Cielo mientras sube al ascensor, las manos en los bolsillos, la
silueta familiar. Tiene una pequeña sonrisa dibujada en el rostro. No tiene
ni idea de que alguien lo está observando.
Los pelos de la nuca se me ponen de punta al verlo.
Daniel entra a nuestro piso. El sistema de alarma no lo recibe como
siempre. La puerta empieza a cerrarse detrás de él, pero la transmisión lo
sigue. Quien sea que lo estuviera siguiendo ha entrado a nuestro piso.
La transmisión se interrumpe.
Como si lo hubiéramos acordado, aparece una llamada entrante de June
en mi visualizador.
—Eden —dice—. Soy June Iparis. He recibido una transmisión vacía de
Daniel y no puedo llamarlo. ¿Está contigo? ¿Dónde estás? ¿Eden?
El nudo de mi estómago se convierte en piedra. El mundo se vuelve
borroso. Algo no va bien hace eco en mi mente hasta que lo único que
escucho son sus chillidos. Mi hermano se ha estado preocupando por mí
durante todo este tiempo, y yo he sido tan estúpido como para creer que
eso quería decir que era invencible. Durante todo este tiempo, jamás me he
detenido a pensar qué sucedería si las cosas fueran al revés.
—El señor Hann insiste en encontrarse con usted esta noche —me dice
el hombre—. Le agradará saber que su hermano también estará presente.
DANIEL

Estoy de vuelta en las calles de Lake. No sé cómo demonios he llegado


aquí.
Piso charcos de agua sucia mientras camino rápido por las calles
familiares cerca de mi antigua casa. El metal de mi pierna artificial está
tan frío que siento que está revestida con hielo. Todas las casas de esta
calle están tapiadas, las puertas marcadas con equis rojas, el silencio es
ensordecedor. Separo los labios para llamar a alguien, a cualquiera, pero
cuando intento emitir un sonido, no sucede nada. Es como si el mundo no
tuviera volumen.
¡Daniel!
Excepto que oigo una voz conocida. Instintivamente, me giro en su
dirección y descubro una fila de soldados de la República de pie al final de
la calle, formando una barricada. Detrás de ellos, luchando para llegar a
mí, está mi hermano John.
Por lo alto, en el horizonte, se acerca la siniestra silueta negra de una
nave de las Colonias y trae consigo el sonido de gritos distantes, como un
enjambre de langostas que estuviera volando hacia mí. A lo lejos, el suelo
está oscurecido por el polvo. John intenta sin éxito llegar hasta mí y la
pesadez del aire me dificulta correr hacia él.
Extiende la mano, yo extiendo la mía. Solo un poco más…
Y, en ese momento, los gritos distantes se acercan y, de pronto, nos
envuelve una tormenta de polvo, los chillidos nos rodean. Desde arriba,
una luz brillante se vuelve cada vez más potente hasta que tengo que
entrecerrar los ojos. Llamo a John una y otra vez, pero no responde. Es
demasiado tarde para salvarlo, pero ¿dónde está Eden? Tengo que…
Me despierto súbitamente, temblando, el sudor me cae por la frente.
La luz brillante se convierte en una lámpara cegadora. Parpadeo para
secarme las lágrimas y el mundo poco a poco se enfoca, el sueño se vuelve
borroso. Ya me cuesta recordar lo que he visto, pero la mano extendida de
John, sus ojos azules como los míos, permanece inalterable.
Hace mucho tiempo que no soñaba así con la República.
A continuación, noto el latido sordo de una jaqueca. Siento las
extremidades doloridas e inmovilizadas. Una mordaza bien apretada apaga
mi voz y, cuando me vuelvo más consciente del entorno, me doy cuenta de
que estoy atado firmemente a una silla. La sala en la que me encuentro es
lujosa en su sencillez: alfombras monocromáticas y sofás elegantes,
empapelado minimalista en gris y blanco.
Me lleva un momento identificar con exactitud qué es lo que tiene de
raro la habitación. No hay ventanas.
—Ya era hora —dice alguien, y giro un poco la cabeza, con una mueca
de dolor, para descubrir a un hombre sentado en un sofá junto a mí. Hay
otros hombres junto a la puerta de la sala.
El hombre ladea la cabeza y vuelve a hablar.
—Está despierto. ¿Qué quiere que hagamos? —Me doy cuenta de que
está hablando con un superior.
Hay un momento de silencio, seguido por unos gruñidos de asentimiento
por su parte, más un movimiento de la cabeza. Luego, se recuesta de nuevo
contra el sofá para esperar.
—El señor Hann pensó que le habíamos dado demasiado cloroformo —
me dice—. Menos mal que lo resistió, nos ha ahorrado un montón de
problemas.
Dominic Hann.
Eden. ¿También lo han atrapado? Me invade una oleada de terror ante la
idea, y de pronto la mordaza me ahoga y el aire del mundo entero no me
basta para respirar.
Cálmate, me digo con firmeza. Quieren a Eden. Esa es la única razón,
probablemente, por la que estoy aquí. Y si me tienen a mí a modo de
garantía, quiere decir que Eden está vivo y probablemente ileso, aunque
quizás retenido contra su voluntad.
Vivo. Ileso. Es todo lo que necesito saber.
Contemplo al hombre un rato y examino luego la sala otra vez. Nada
indica dónde estamos y, como era de esperarse, mi sistema está apagado,
solamente una advertencia parpadea en la esquina de mi visualizador. Esté
donde esté este lugar, no puedo conectarme.
Una de las personas que está cerca de la puerta se separa de la pared y
camina hacia mí. Parece aburrida.
—¿Cuánto tenemos que quedarnos aquí? —masculla cuando me
alcanza; se agacha para inspeccionarme la cara—. No me metí en esto para
hacer de niñera.
—Te quedarás aquí hasta que se te ordene otra cosa —replica el hombre,
exasperado.
Me sonríe levemente. La miro con furia.
—Entonces, este es el mundialmente famoso Day —dice pensativa—.
Es más joven de lo que me imaginaba. No parece que hayas vivido una
guerra, niño.
Qué pena que tenga esta maldita mordaza sobre la boca, le habría
respondido si pudiera. En vez de eso, la miro fijamente hasta que parece
inquietarse. Me da un golpe en la barbilla tan fuerte que tengo que hacer
un esfuerzo para que la silla no se vuelque.
—¿Qué carajo estás mirando? —me grita, y luego se endereza y se cruza
de brazos.
Detrás de ella, otra de las mujeres que está junto a la puerta suspira.
—Déjalo en paz. Se supone que no debemos tocarlo.
—¿O qué? Me estaba mirando —se mofa la primera mujer.
—Espera a que los demás bajen a buscarnos, ¿entendido? —dice el
hombre del sofá con un suspiro—. Así como está no puede hacer ni usar
nada.
Bajo la cabeza. Probablemente estemos en alguna parte de la Ciudad
Baja. La cabeza me late de dolor de nuevo y me estremezco, los
pensamientos dispersos. Recostarme contra la pared a medianoche, ser
transportado en una camilla por el pasillo de un hospital, colapsar sobre
el suelo de un tren. Fragmentos brillantes de recuerdos me inundan, junto
al dolor fantasma de lo que alguna vez viví.
De pronto, me invade un torrente de furia. No sobreviví a una revolución
y traje a mi hermano hasta la Antártida para terminar atado por un
estúpido jefe mafioso que por alguna razón piensa que es importante. No
vine aquí para dejarme intimidar por unas bestias de gatillo fácil.
El sistema de comunicación del SIA. Si consigo acercarme lo suficiente
a uno de los guardias, puedo intentar conectar mi sistema al suyo para
activar mi conexión, aunque sea por un segundo. ¿Habrá recibido June mi
último mensaje?
Tengo un vago recuerdo de intentar enviarle una llamada de unos
segundos de estática, pero no estoy seguro de que le haya llegado. O si
sabe que quiere decir que estoy en problemas.
Lucho contra mis ataduras. La silla se mueve hacia adelante y raspa las
baldosas.
Para mi satisfacción, todos los guardias se sobresaltan ante el
movimiento. Sonrío un poco debajo de la mordaza. Aún no he perdido el
toque.
—Quédate quieto —me ordena el hombre del sofá, con el ceño
profundamente fruncido. Parece reticente a acercárseme, eso sí, y su
desconfianza me envalentona.
¿O haréis qué? No pueden matarme si soy la garantía. Necesitan que
Eden cumpla y haga lo que el jefe le ordene. Así que me sacudo más y
hago que la silla golpee fuerte contra el suelo. Retuerzo las manos detrás
de la espalda.
—Maldita sea —sisea el hombre entre dientes cuando por fin se pone de
pie y camina hacia mí. Me da un golpe en la cara y luego me sujeta con
fuerza de la barbilla—. Quédate quieto, a menos que quieras perder los
dedos uno por uno.
Amenazas vacías. Le devuelvo la mirada con ferocidad. En sus ojos,
descubro que lo que ha dicho antes es cierto. Hann les ha ordenado que no
me tocaran y le molesta verse obligado a disciplinarme.
Conectar.
Envío la orden a mi sistema mentalmente y se conecta con su cuenta,
que está cerca. Un círculo de carga gira en mi visualizador. Estableciendo
conexión, lee.
El hombre me aparta bruscamente. El intento de conexión se detiene.
Finjo ahogarme con la mordaza y toso incontrolablemente. Primero, el
hombre se ríe, disfrutando de mi sufrimiento pero, cuando sigo tosiendo,
montando el espectáculo de que me cuesta respirar, su sonrisa flaquea un
poco. Una de las mujeres asiente.
—Acomódale la mordaza, por todos los cielos —exclama—. No
queremos que se muera ahogado.
El hombre hace una mueca pero hace lo que la mujer dice. Se acerca, se
detiene delante de mí y desata la mordaza.
Inmediatamente, lo ataco. Le clavo los dientes con fuerza en uno de los
dedos.
Grita y me empuja tan fuerte hacia atrás que caigo con la silla. Golpeo el
suelo con un sonido doloroso y me vibra la cabeza del impacto. Siento el
gusto metálico de la sangre en la lengua. Sobre mí, el hombre camina en
círculos, maldiciendo sin parar, acunando el dedo sangrante con la mano.
Enfurecido, se vuelve y me patea con fuerza en el abdomen.
Me quedo sin aire. Jadeo, los ojos abiertos por el golpe.
—Malditas mierdas del SIA —me grita desde arriba y me escupe una
vez en la cara mientras la mujer se da prisa en colocar a la fuerza la
mordaza sobre mi boca. Detrás de ella, el hombre chasquea los dedos con
impaciencia y llama a gritos a los criados para que vengan a limpiar las
manchas de sangre de la alfombra.
Aprieto los párpados y actúo como si no pudiera oír lo que me dice,
porque en ese instante mi conexión se inicia.
Éxito en la conexión.
La advertencia desaparece de la parte inferior de mi visualizador y es
reemplazada por un brillante círculo verde. Estoy en línea.
—Dile a Hann que se dé prisa, así lo movemos —ladra el hombre
mientras envuelve el dedo en gasa—. Tengo cosas mejores que hacer.
La conexión no durará mucho rato. No desperdicio ni un segundo más.
En el suelo, pienso una orden para mi sistema. Ubicación.
El sistema no parece capaz de identificar el lugar exacto, pero sí puede
generar una estimación de la zona de donde parece provenir la señal;
aparece un mapa que muestra una vista aérea del extremo sur de Ciudad de
Ross.
Enviar al SIA, pienso.
El sistema envía el mapa. La velocidad de carga aquí es lenta y la barra
de progreso avanza con lentitud.
Pero antes de que el mensaje se termine de enviar, el hombre se aparta
lo suficiente como para cortar nuestra conexión. La visualización vuelve a
desaparecer por completo y es reemplazada por la parpadeante advertencia
roja.
Maldita sea.
La primera mujer levanta mi silla de un tirón y me empuja contra la
pared. Mis manos curvadas se estrellan mal contra la pared y se me escapa
un grito ahogado de dolor cuando el dedo índice de mi mano derecha se
quiebra. Un dolor agudo me sube por el brazo.
Ha oído el ruido del hueso al quebrarse y sonríe al notar el dolor en mi
rostro. Con un movimiento del cabello, se inclina hacia abajo y se acerca
lo suficiente como para que nuestras caras casi se toquen.
—La próxima, ese dedo se va —murmura.
Mantengo la vista fija en ella mientras se aleja. Detrás, el hombre al que
he mordido hace gestos impacientes a un par de criados que cargan baldes
de agua jabonosa y cepillos para limpiar mi sangre de las alfombras.
Parecen asustados.
Luego, el guardia al que he mordido me golpea en la cara de nuevo, esta
vez con tanta fuerza que mi cabeza se estrella contra la pared.
Todo se vuelve oscuro.
EDEN

Me conducen a una estación de ascensores privada. Luego, me vendan los


ojos.
Tiemblo en la familiar oscuridad. Sus manos posadas con firmeza en
mis brazos, las voces bajas, el balanceo tenue del ascensor; es como estar
en la República de nuevo, esos momentos terribles cuando yacía en un
cilindro de cristal, meciéndome con el vagón del tren, sin saber a dónde
me llevaban. No podía ver nada. El mundo era solamente un borrón de
formas extrañas.
Jamás he hablado con mi hermano de esos días en los que nos separamos
por primera vez. Hay demasiado que decir y todo se funde en una pesadilla
continua. Gritar ante el dolor agudo de las inyecciones. Yacer, agotado, en
un charco de mi propio vómito. Temblar incontrolablemente por la fiebre.
Sentir que mi cuerpo estaba en llamas, que me iba a morir. Encogiéndome
ante alucinaciones espantosas. Ser trasladado una y otra vez, sin ser capaz
de ver.
En los primeros años después de que todo terminara, yo era un niño que
podía ignorarlo. Pero la oscuridad de esos momentos ha vuelto
arrastrándose año tras año en mis sueños. Y ahora he vuelto a ese mismo
lugar, a revivir la pesadilla de ser forzado a la oscuridad.
Mi hermano. La imagen de su rostro inconsciente, sus ojos cerrados y su
boca amordazada me persigue. El solo pensar en dónde puede estar ahora
me resulta casi insoportable.
No sé cuánto tiempo llevamos en el ascensor. Demasiado. Luego, sus
manos me sujetan de los brazos de nuevo, y salgo a trompicones. Me
arrojan a un asiento y, un instante después, estamos en movimiento de
nuevo, esta vez hacia adelante en vez de hacia abajo.
Por fin, después de una eternidad, nos detenemos. Me sacan de un
empujón y me hacen sentar en lo que parece algún tipo de sofá. La
oscuridad que cubre mis ojos cambia cuando uno de ellos desata el nudo
en la parte posterior de la venda.
La levantan. Parpadeo ante la luz repentina.
Estoy en una lujosa sala de estar que parece ser parte de una propiedad,
con la excepción de que no hay ventanas. El sofá en el que estoy sentado
(todos los muebles de la sala, de hecho) tienen una elegancia severa, de
líneas simples y rectangulares y en colores apagados. Las luces
incrustadas en el techo llenan el lugar de un brillo refrescante.
Delante de mí está Dominic Hann en persona, vestido con una camisa a
medida y pantalones. Sonríe cuando cruzamos la mirada.
—Eden Bataar Wing —declara mientras me escudriña. Su voz sigue
siendo tan ronca y áspera como la recordaba, como si padeciera de algún
tipo de infección respiratoria—. Tu hermano tiene una gran reputación.
Siempre conocido en relación a Daniel, incluso aquí. Entrecierro los
ojos y aprieto los dientes.
—¿Qué le han hecho?
—Está a salvo. No te he traído aquí para aterrorizarte, aunque me han
dicho que es una mala costumbre mía. —Hann avanza hacia mí y por
primera vez me doy cuenta de que no está físicamente en la sala conmigo.
Su cuerpo es ligeramente translúcido y, cuando se mueve, veo que sus
zapatos atraviesan la superficie gruesa de las alfombras.
«¿Demasiado asustado como para estar en el mismo lugar quetus
guardias?», quiero decirle con malicia, pero la idea de Daniel encerrado en
algún lado me hace contener la réplica.
—¿Y cuál es el objetivo de todo esto? —digo.
Hann se detiene a mi lado y se sienta en el sofá, todo lo que un
holograma puede sentarse. Veo los almohadones a través de su cuerpo.
Tose tanto que sus hombros se encorvan por el esfuerzo. Cuando uno de
sus centinelas lo interroga con la mirada, hace un gesto impaciente con la
mano.
—Eres ciudadano de los Pisos del Cielo —dice, una vez que se ha
aclarado la garganta lo suficiente—. Existen pocos que disfruten una vida
tan lujosa como la tuya. Sin embargo, aquí estabas, en la Ciudad Baja,
arriesgando tu nivel y tu reputación para participar de una carrera de
drones. —Me mira de reojo—. ¿Qué te trajo aquí?
—¿Se ha tomado todo este trabajo para preguntarme por qué vine a la
Ciudad Baja? —No puedo evitar que se note el sarcasmo en mi voz.
Hann sonríe. Uno de sus guardias sonríe con él y cuando se ríe, ellos
también lo hacen.
—Tienes chispa —dice, con auténtico cariño en la voz—. Estás hecho
para nuestro mundo. No voy a eventos en la Ciudad Baja. No he visto una
carrera de drones en años. No existe motivo para que muestre la cara y
arriesgue mi seguridad por un evento en el que mi gente apostará por mí
de todos modos. ¿Así que por qué crees que aparecí después de que uno de
ellos me hablara de ti?
—Mi dron —respondo sin dudar.
Asiente, satisfecho, y una pequeña parte de mí se siente raramente
elogiada.
—Me dijiste que lo construiste tú solo.
—¿A dónde va con esto? —El enfado está empezando a triunfar por
encima del miedo—. ¿Me va a decir qué quiere o no? ¿Dónde está mi
hermano?
Hann se recuesta hacia atrás con calma e ignora mis preguntas.
—He buscado tus registros. Parece que eres un estudiante brillante en la
Universidad de Ross. Y, sin embargo, aquí estás, bajando a la Ciudad Baja
semana tras semana. No es el comportamiento típico de un chico de los
Pisos del Cielo con un futuro por delante.
—No me ha traído hasta aquí para ser mi terapeuta.
Ante eso, Hann se ríe. Sus guardias lo imitan.
—No. Te he traído porque creo que tienes el tipo de talento que veo una
sola vez en cada generación.
—Muéstreme a mi hermano —exijo—. Hablaremos entonces.
—Quédate tranquilo, está a salvo y te haré el favor de mantenerlo así. —
Se inclina hacia adelante y apoya los codos en las rodillas y me contempla
con una mirada penetrante—. Pero esto no tiene que ver con él. No me
interesa tu hermano. Esto tiene que ver contigo.
Sus palabras tocan una parte de mí que deseaba oír eso. «Esto no tiene
que ver con él». Si Hann quiere manipularme, lo hará de manera
inteligente, me recuerdo. Entiende exactamente cuáles son mis puntos
débiles.
¿Dónde está Daniel? ¿Qué ha hecho Hann con él?
El hombre frunce el ceño al ver mi expresión.
—No estás acostumbrado a oír eso, ¿verdad? ¿Que tú eres el foco de
atención? —Se levanta del sofá. Su voz ronca es misteriosamente amable,
con la misma calidez que me atrajo cuando lo conocí por primera vez—.
Ven conmigo, por favor.
Cuando sale de la sala, chasquea los dedos una vez sin mirar atrás.
Primero, pienso que los guardias me arrastrarán y me obligarán a avanzar,
pero me hacen una reverencia al acercarse y me indican con una
inclinación de la cabeza que siga a Hann fuera de la habitación. Dudo,
temeroso, pero empiezo a caminar.
Salimos de la sala y caminamos por un pasillo estrecho. Después de
varios giros, las paredes limpias y los corredores elegantes desaparecen
para dar lugar a un suelo de concreto liso y paredes y techos de metal.
Aquí, me conducen a lo que parece un tren dentro de un túnel.
Esto debe de haber sido rescatado y renovado a partir de alguna parte
antigua y abandonada de la Ciudad Baja.
Avanzamos en silencio durante unos minutos hasta que el tren se detiene
con suavidad. Bajamos hacia un vestíbulo que da a un amplio espacio
cavernoso.
El tamaño del lugar me deja con la boca abierta. Parece una fábrica
repleta de pasillos de máquinas idénticas, cada una parpadeando al
unísono en azul. Debe de haber millones y millones de máquinas y al estar
apiladas todas juntas, resultan mareantes. Por lo alto, capas de frías luces
blancas iluminan el edificio.
Conductos de ventilación gigantes corren por el techo, y hay filas de
altas vigas de acero. En el centro del lugar, hay una estructura grande y
circular que parece una rara combinación de acero y cristal y… una red
retorcida y fractal. Algo que está a mitad de camino entre lo mecánico y lo
orgánico. Tiene un suave brillo azul. La rodean soportes metálicos; en el
centro hay una gran plataforma circular donde hay varios trabajadores de
pie. El suelo de la plataforma cambia a un metal liso y oscuro, y mis botas
suenan contra la nueva superficie cuando la piso. Un par de trabajadores
alzan la vista para vernos entrar.
—Te estamos dando acceso exclusivo, Eden —me dice Hann, mientras
avanza a zancadas hacia la estructura—. Este es un motor de primera
categoría que estoy construyendo, así que se puede decir que tenemos
intereses similares.
—¿Qué hace? —me descubro preguntándole, momentáneamente
abrumado y resentido con mi propia curiosidad.
—No respondes ninguna de mis preguntas y, sin embargo, ¿esperas que
yo te cuente todo? —me sonríe—. El dron que construiste para la carrera,
¿tiene un motor de movimiento perpetuo?
Lo miro.
—Casi, sí —respondo, sorprendido de que lo sepa—. Es una
combinación de tecnología y biología.
—Los microorganismos que contiene se alimentan del calor que genera
el estallido inicial del motor y crean más energía por sus propios medios.
—Asiente Hann—. Reconocí el brillo de tu motor. Bien, sé que planeas
volver a la República de América y empezar unas prácticas allí. —Sacude
la cabeza—. Pero creo que es un desperdicio de tu talento. Quédate aquí y
te encontrarás diseñando cosas mucho más interesantes que hospitales y
museos.
—No considero que se trate de una pérdida de tiempo —replico, irritado
por el cumplido ambiguo.
—Yo tuve que luchar para llegar a donde estoy ahora. —Hann me brinda
una sonrisa torcida—. Sabía lo que valía, que estaba destinado a más que a
permanecer en los niveles más bajos, haciendo recados para otra persona.
Tú también estás destinado a más. ¿Qué tal si aplicas esa habilidad tuya a
trabajar conmigo?
Me lo quedo mirando, incrédulo. Su máquina se cierne sobre nosotros,
su luz iluminando apenas mi piel pero no su holograma.
—¿Me está ofreciendo un empleo?
—Nunca me aprovecho del talento, Eden. Se te pagará generosamente.
Más de lo que cualquiera pueda ofrecerte en la República, te lo garantizo.
Todas las personas que quieres y que te importan estarán bien cuidadas.
—¿Igual que está cuidando de mi hermano en este momento? ¿Como
sus hombres me mostraron un video de alguien siguiéndolo a casa?
—Mis métodos no son convencionales. —Sacude la cabeza—. Es una
consecuencia del mundo en el que opero. Pero no me interesa hacerle daño
a tu hermano, Eden. ¿De qué me serviría, cuando quiero ganarme tu
confianza? Coopera conmigo y tu hermano será liberado ileso, sin saber
dónde ha estado detenido; y él y el SIA podrán volver a perseguirme como
siempre.
Si consigue atraer a Hann a un lugar donde nuestros agentes estén
esperándolo, podremos atraparlo antes de que escape.
Las palabras de la directora del SIA vuelven a mí, premonitorias. Me
había negado a hacerlo, pero ahora la elección está fuera de mi control.
Estoy aquí abajo y mi hermano está en peligro de verdad, sin la seguridad
de que el SIA pueda encontrarlo a tiempo si yo me niego o disgusto a
Hann.
Vuelvo la cabeza hacia la inmensa máquina, con su brillo tenue. A
pequeña escala, mi motor fue capaz de transformar mi dron en uno de los
corredores más rápidos que he visto. ¿Para qué es este motor? ¿Qué tiene
planeado Hann hacer con él?
En este preciso momento, Daniel está por ahí, preguntándose si sigo
vivo.
Hann suspira al notar mi vacilación.
—Cuando era más joven —dice—, vivía en la Ciudad Baja con mi
familia. Una vez, mi madre me envió a comprar provisiones en una parte
de la Ciudad Baja que quedaba muy lejos de casa. Eso es lo que le sucede a
la gente con niveles de un solo dígito cuando no tienen suficientes puntos
para las tiendas buenas, ¿sabes? Teníamos solamente unas pocas tiendas
para elegir, y la única que tenía lo que necesitábamos quedaba al otro lado
de la ciudad. Me perdí y terminé en un callejón donde fui testigo de un
ataque. Me escondí detrás de un cubo de basura y observé cómo varias
personas sujetaban a un hombre. Todos los atacantes tenían cuchillos. El
hombre al que sujetaban estaba sollozando, les pedía perdón por haber
robado un cajón de comida enlatada. —Hann me mira. Se me acelera el
pulso—. ¿Sabes lo que le hicieron?
¿Me está amenazando o me está contando una historia de su pasado? Lo
único que veo son los bordes borrosos de mi visión, el foco centrado en
este criminal. Lo único en lo que puedo pensar es la manera en la que me
acuclillé junto a mi hermano en el suelo de la cocina años atrás, para
sostenerle la mano mientras luchaba contra el dolor de cabeza.
Cómo gritó y se desmayó. Cómo llamé a una ambulancia a gritos. Las
luces brillantes del hospital.
Hann contempla serio mi rostro pálido.
—Algunos no nacemos con el lujo de una buena infancia. ¿No es cierto,
Eden? Algunos sabemos lo que es llevar una carga sobre los hombros por
el resto de nuestra vida, algo que nadie puede entender, salvo las personas
que lo han experimentado por sí mismas.
Y, a pesar de todo, me encuentro atraído por lo que está diciendo, como
si me conociera a fondo. Me pregunto qué le sucedió a Hann en el pasado,
por qué suena como si tuviera una enfermedad crónica respiratoria o en los
pulmones. Se lo ve tan elegante y correcto. Es imposible imaginárselo
como un niño oculto tras un cubo de basura.
—No estoy intentando hacerle daño a tu hermano —dice Hann en voz
baja—. Pero reconozco el talento cuando lo veo y no me gusta que se
desperdicie. Tu hermano es mi único acceso a ti. No tienes que trabajar
para mí para siempre. Si no te gusta, juro que te dejaré marchar. Y tu
hermano resultará ileso.
En este momento, soy un niño pequeño de nuevo, y cada palabra que
Hann dice me lleva a los años oscuros, y oigo los gritos de John en mi
mente, escucho el temblor en la voz de mi madre, estoy sujeto a la camilla
y me alejan de mi familia, estoy ciego, indefenso ante la masacre.
Así que alzo las manos y, cuando hablo, mi voz está tranquila.
—Déjelo en paz —me escucho decir—. No le haga daño a mi hermano.
Hann frunce el ceño al ver las lágrimas que me nublan los ojos.
—¿Y a cambio?
—Podemos discutir lo que puedo hacer por usted. Solo hablar, sin
garantías. ¿De acuerdo?
No responde enseguida. Solo me sonríe.
—Un buen comienzo —observa.
DANIEL

No recuerdo cuántas horas o incluso días han pasado. La falta de ventanas


desorienta, y la falta de agua me debilita más de lo debido. Los guardias
rotan a mi alrededor.
No sé si es porque deliro, pero me encuentro pensando todo el tiempo en
June. Esta vez se trata de un recuerdo reciente, de la noche en la que Tess
organizó una cena entre June y yo por primera vez.
Había visto a June caminando hacia mí en una estación de trenes en Los
Ángeles, justo después de que Eden terminara su entrevista para las
prácticas en Batalla Hall. Eden y yo estábamos de buen humor ese día; él
charlaba sin parar junto a mí, explicándome todas las cosas que quería
hacer, y yo caminaba en silencio y lo escuchaba, agradecido por estar
caminando por las calles de una República pacífica. Luego, alcé la vista y
la vi avanzando hacia nosotros.
Fue el encuentro más breve y más significativo de mi vida. Una mirada,
la chispa de un recuerdo. Sus ojos oscuros se cruzaron con los míos
durante un segundo y me detuve en medio del camino, abrumado por una
sensación de nostalgia. Miré hacia atrás y, en un impulso, decidí
presentarme.
June Iparis. Una chica a la que había querido durante mucho tiempo.
Alguien que, a pesar de los fallos de mi memoria, me las había arreglado
para no perder durante todos esos años.
Esa noche nos sentamos en un restaurante en el último piso de un
edificio republicano recién construido. Tess y Eden se sentaron frente a
nosotros. Me senté junto a June e intenté pensar en qué decirle.
Le pregunté cómo estaba Anden. Se decía que June estaba en una
relación de larga duración con el joven elector, y que hasta se habían
mudado juntos.
—Ya no estamos juntos —me contó. Noté una leve sonrisa en sus labios
cuando me lo dijo, como si se sintiera avergonzada de contármelo. No
supe qué hacer con eso, pero sé que le devolví la sonrisa.
—Ah —intenté decir—. Yo también acabo de terminar una relación.
Nos pasamos la velada entera tropezando con las palabras. Tess se
entretuvo tanto con eso que se pasó el rato haciéndonos preguntas para
obligarnos a evocar recuerdos específicos del pasado.
Después, caminamos juntos en las tranquilas horas tardías del sector
Ruby. El aire tenía el frescor límpido que se nota después de una buena
tormenta, y fuimos esquivando con cuidado los charcos que salpicaban las
calles. June se mantuvo a una pequeña distancia de mí y yo la imité.
Caminamos como si acabáramos de conocernos. En cierto modo, supongo
que fue así.
Cuando finalmente llegamos a su portal, la encaré con las manos en los
bolsillos e intenté buscar una buena manera de despedirme.
Ella me sonrió, solo un poco, y ladeó la cabeza.
—No te quedas en la República, entonces —afirmó—. Volverás pronto a
la Antártida.
Todo en mí quería pedirle que viniera conmigo, para enseñarle la ciudad
nueva en la que vivía. Pero me contuve porque ella también lo hizo.
—Mañana por la mañana —respondí—. Eden necesita terminar sus
estudios antes de volver aquí por sus prácticas.
—¿Piensas volver a instalarte con él aquí?
—No lo sé aún —respondí, encogiéndome de hombros—. Mi trabajo
está en Ciudad de Ross. Pero vendré aquí, al menos por un tiempo.
Prefiero no dejar solo a Eden.
June asintió.
—No te preocupes. Tendrá amigos en la ciudad.
—Me alivia oír eso —dije, sonriendo, y di un paso hacia ella. No se
apartó. Ella también se inclinó hacia mí, con una expresión tan seria que
tuve que hacer un gran esfuerzo para no besarla en ese mismo instante.
Bajé la vista.
—Me pregunto… —empecé a decir—. Tess me dijo que, cuando viniste
al hospital hace diez años para despedirme antes de que me fuera a la
Antártida, no me dijiste quién eras. Yo tampoco te reconocí. Ese año fue el
peor para mi pérdida de memoria.
June vaciló, su mirada se fue lejos por un momento, y luego asintió.
—Es cierto —respondió.
—¿Por qué hiciste eso? —sacudí la cabeza—. Solo darme las gracias e
irte sin decirme tu verdadero nombre. ¿Por qué me dejaste ir?
June se quedó callada.
—Una vez me hice una promesa —dijo, por fin, volviéndose hacia mí—.
Que, si ayudaba a que sobrevivieras, no volvería a aparecer en tu vida. —
Sonríe un poco—. Y sobreviviste. Así que cumplí la promesa.
Había hecho eso por mí, ese sacrificio de su corazón y del mío. Cerré los
ojos un instante, abrumado por su gesto, y luego volví a mirarla.
—¿Eres feliz aquí, en la República? —le pregunté.
Se encogió de hombros. Una inseguridad extraña apareció en su mirada.
—Sí —dijo después de una pausa—. Lo hemos pasado muy bien juntos,
¿verdad? Aún no sé qué quiere decir todo esto. Pero ahora tu vida está en
Ciudad de Ross. Y la mía está aquí en la República. Estamos avanzando y
dejando el pasado atrás.
Hasta ese momento, estaba dispuesto a arrojarme a sus pies y abrazarla
para darle un beso. La habría envuelto en mis brazos y me hubiera
permitido enamorarme locamente de ella.
Pero sus palabras me frenaron. «Ahora tu vida está en Ciudad de Ross. Y
la mía está aquí en la República».
Era cierto. Éramos personas completamente distintas, viviendo vidas
totalmente separadas. Acabábamos de compartir una cena entera juntos y
apenas habíamos podido intercambiar un puñado de frases. Mis recuerdos
de ella seguían siendo fragmentarios, un millón de trozos rotos de una
ventana que alguna vez estuvo entera.
Ella me había dejado ir.
¿Me había amado con tanta intensidad como yo a ella? ¿Con cuánta
intensidad la había amado?
No sabía si ella vio la vacilación en mi mirada antes, o si reaccionó de la
misma manera que yo. Pero pareció que también se retraía. Su sonrisa se
volvió comedida, como si también tuviera miedo de resultar herida.
—Tal vez —dijo— podamos encontrar la manera de estar en la vida del
otro. Quizás podamos volver a ser amigos.
Amigos. Sería un comienzo, al menos.
Contuve mis ansias de besarla, de obsesionarme con cada detalle suyo;
la oscuridad de sus ojos, la curva de sus labios, su gruesa y larga cabellera
por la que recordaba pasar los dedos. Contuve todo y lo encerré,
guardándome esas emociones para otra ocasión.
—Amigos de nuevo —dije, asintiendo.
Me sonrió, me sonrió sinceramente, y el rostro se le iluminó de tal
manera que quise recordarlo para siempre. Estiré la mano. Ella la tomó.
Nos estrechamos las manos una vez antes de darnos un abrazo de
despedida.
—Buen viaje mañana —murmuró.
La dejé ir, reticente.
—Avísame si alguna vez vas a Ciudad de Ross —repliqué.
Y me separé de ella. La dejé ir yo esta vez. Le di la espalda y me obligué
a alejarme. Era nuestra primera noche juntos después de diez años de
separación. Era el paso más grande que podíamos haber dado. Amigos de
nuevo.
Quizás podríamos volver a ese espacio de amistad. Entonces, y
solamente entonces, podríamos tener la oportunidad de algo más.
Pasaría otro mes antes de que nos volviéramos a ver.

El recuerdo delirante se enfocó y se desvaneció, se enfocó y se desvaneció


de nuevo, sin cesar y de forma repetitiva. No sé cuánto tiempo ha pasado.
¿Días? Si siguen sin darme agua, me moriré. ¿Habrá recibido June mi
mensaje? No lo sé. Mi cabeza cae hacia un lado mientras sueño con agua,
con tormentas y piscinas y ríos.
«Tu pasado es siempre parte de ti», me había dicho June en nuestra
última conversación en su apartamento. Así como es parte de mí.
Dejo que sus palabras se repitan una y otra vez en mis pensamientos.
Pienso en lo bien que me sentí al estar con ella. Pienso en sus tranquilos
ojos oscuros, en su bonita cara. Me aclara la mente, me obliga a pensar.
He pasado diez años reprimiendo esa vieja parte de mí, guardando con
cuidado cada fragmento, cada pesadilla y cada recuerdo horrible, cada
momento de pena y odio y furia, empecé en Ciudad de Ross como si
siempre hubiéramos vivido aquí. Como si siempre hubiera sido Daniel.
Pero June, como siempre, tiene razón. Reprimir el pasado no ha evitado
que se infiltre en mi mente. Y si quiero salir de aquí con vida, si voy a
sacar a Eden de esto y ayudarlo a superar su trauma, si quiero volver a ver
a June de nuevo, tengo que recordar que sigo siendo el chico de las calles.
El chico capaz de armar un gran jaleo.
Soy Day.
EDEN

—Sé que tienes hambre.


Miro a Hann con furia. Estoy de pie frente a la puerta del comedor de su
propiedad de la Ciudad Baja, con dos de sus guardias a mis espaldas. Está
sentado en el lado opuesto en una mesa redonda, y me observa con las
manos metidas relajadamente dentro de los bolsillos.
Me he pasado gran parte de la tarde en la obra, ayudándolos a integrar el
motor de mi dron con el suyo. La estructura en la que están trabajando ha
brillado con un latido azul todo el tiempo, iluminándome la piel. Aún
siento el ritmo del color cada vez que cierro los ojos.
Durante todo el rato, Hann pareció impresionado con lo que hice.
Ahora frunce el ceño mientras paso el peso de un pie a otro en el portal.
—¿Rechazas sentarte porque estás preocupado por tu hermano?
—Es decir, no es que me haya olvidado de él ni nada por el estilo —
replico, demasiado cortante—. Le he ayudado en todo lo que me ha
pedido.
El hombre hace una pausa para toser con su tos enfermiza y agotadora.
Luego, suspira y mira a los guardias detrás de mí.
—Dejadlo aquí.
Los dos guardias intercambian una mirada insegura, pero solo por un
brevísimo instante. Inclinan al unísono la cabeza ante su jefe y dan un
paso atrás. Escucho que la puerta se cierra y me quedo encerrado con mi
secuestrador. Los guardias probablemente vigilan al otro lado. No oigo
ningún paso alejándose de nosotros.
Hann me indica que tome asiento.
—No le servirá de nada a tu hermano que te quedes ahí parado. Siéntate,
por favor. Come algo. Necesitarás tus fuerzas, más allá de lo que hagas.
Actúa como si se tratara de un día completamente normal para él.
¿Cómo de grande es su propiedad subterránea? Intento recordar la
distancia que he camindao hoy, y luego adivinar cuánto espacio más habrá
aquí abajo. ¿Y si no tiene a Daniel aquí sino en otro lugar?
Cuando sigo sin moverme, vuelve a indicarme que tome asiento.
Detrás de mí se oye un golpe leve sobre la puerta. Me aparto cuando se
abre, esta vez una cocinera entra trayendo dos bandejas de plata. Pasa con
prisa junto a mí en dirección a la mesa, coloca las bandejas en cada uno de
nuestros sitios y hace una reverencia ante Hann como todos los demás. Ni
siquiera se molesta en mirarme cuando sale de la habitación.
Sea la comida que sea, huele deliciosa. Mi estómago ruge a mi pesar.
Vacilo un momento más. Luego, me acerco a la mesa y me siento,
lentamente, en la segunda silla.
Hann levanta la cubierta de su bandeja.
—Me han dicho que eres vegetariano —dice Hann—. Tu plato ha sido
preparado de acuerdo a tus gustos.
Sus palabras me dan un escalofrío. ¿Cómo sabe eso?
—Gracias —mascullo, la palabra cargada de sarcasmo.
—Me doy cuenta de que no te son ajenas las situaciones tensas —
continúa—. Supongo que es debido a tus días en la República.
Contemplo cómo se lleva a la boca un trozo de pescado humeante.
—He tenido una buena ración.
—Eso puedo respetarlo —dice, alzando la vista brevemente de su plato
para mirarme—. Las noticias acerca de lo que estaba ocurriendo en la
República eran escasas en esa época, pero las seguía. Peleasteis por una
causa noble, tu hermano y tú.
Entrecierro los ojos. Me está lanzando el anzuelo, ensalzando a mi
hermano a pesar de que lo tiene encerrado en alguna otra habitación.
—¿Qué puede saber alguien como usted acerca de lo que vivimos?
—Vuestra familia sobrevivió según los caprichos de vuestro gobierno.
¿No es cierto? Tu hermano era como yo. Llevaba todas las de perder. Un
rebelde. Un criminal buscado. Entiendo, más de lo que crees, lo que
significa estar a merced de las autoridades.
—Excepto que mi hermano peleaba por la gente —replico—. Por lo que
sé, parece que usted se aprovecha de aquellos que viven en la Ciudad Baja.
No parece ofendido por mis palabras. Al contrario, inclina la cabeza y
sonríe con gravedad.
—Soy uno de esos que viven en la Ciudad Baja —afirma—. Lo que
sucede aquí abajo me ha afectado directamente durante toda mi vida.
—¿Qué quiere decir?
—No creo haber sido muy justo contigo. Estás, y es comprensible,
preocupado por tu hermano. Y mientras tú me has contado muchas cosas
sobre ti, aún no sabemos mucho sobre mí. Así que haré un trato contigo.
—¿Qué clase de trato?
Baja el tenedor y entrelaza los dedos, y luego me echa una larga mirada.
—Dejaré ir a tu hermano, si terminas de ayudarme a instalar tu motor en
nuestra máquina.
No esperaba que dijera eso.
—¿Que hará qué? —se me escapa.
—Voy a dejarlo ir —repite—. Te he dicho que esto no tiene que ver con
él y que mi único interés era encontrar la manera de llegar a ti. —Alza la
mano—. Pero aquí estás. Ya has demostrado tu talento con lo que has
hecho. —Se recuesta en el asiento—. Así que voy a hacer lo que me
prometí a mí mismo que haría. Voy a liberarlo.
Debe de estar mintiéndome. No tiene sentido que deje ir a Daniel, no
cuando podría seguir usándolo en mi contra.
—¿Cómo confiar en que lo hará?
Asiente.
—Porque te lo mostraré —responde—. Te enviaré una transmisión en
vivo de su liberación.
—No lo entiendo —confieso, sacudiendo la cabeza, confundido y
receloso.
Hann suspira, se apoya en el reposabrazos y me examina
cuidadosamente. Cuando vuelve a hablar, su voz tiene un raro matiz de
tristeza.
—Me recuerdas mucho a mi hijo.
—¿Su hijo?
—Eso he dicho. Has dado mucho de ti. Es justo que te cuente algo de mí.
Es la única manera de generar confianza mutua. Así que permíteme
explicarte de dónde vengo.
Todo en él (la expresión grave, el súbito agotamiento en la mirada, el
peso en sus hombros) se ha vuelto serio e, instintivamente, me descubro
inclinándome hacia adelante para escucharlo.
—Crecí aquí. En la Ciudad Baja, como tu amiga Pressa. Mi madre y mi
padre trabajaban en un puesto minúsculo en los mercados, vendían pinchos
fritos. Recuerdo correr por las calles sucias, igual que tú, zigzagueando
por las muchedumbres en los mercados y ayudar a mis padres hasta altas
horas de la noche. Como tu hermano y tú, aprendí a llenarme los agujeros
de los bolsillos con cosas que podía robarles a otros. Tenía que hacerlo, ya
ves. Apenas podíamos alimentarnos a nosotros mismos.
Algo extraño hace clic en mi mente. Por un instante, veo a John dando
vueltas delante de mí, alto y despeinado, las manos quemadas después del
turno en la fábrica. Me quita una moneda robada de la mano de una
palmada y manda el dinero a la cuneta de una patada. No vuelvas a hacer
eso de nuevo, me regaña. La próxima vez, ese dinero traerá a la policía
hasta nuestra puerta. Nunca vale la pena.
Me sacudo de encima el recuerdo, el estómago revuelto por la inquietud.
Mis ojos se apartan por un segundo hacia el pasillo detrás de nosotros
donde hay dos centinelas haciendo guardia, y luego vuelven a posarse en
él.
—También me casé con alguien de la Ciudad Baja, ¿sabes? —continúa
—. Quería a mi esposa y tuvimos un hijo que nos importaba más que
cualquier otra cosa en el mundo.
Quería. Tuvimos. De nuevo menciona a su hijo.
—Pero enfermó. —Cierra los ojos y la ronquera de su voz se intensifica
—. Yo también. Era un efecto secundario común en nuestro barrio, que
estaba cerca de las fábricas a las afueras de la ciudad. El humo que
esparcían hizo que los pulmones de mi hijo se pusieran negros y
marchitos. Sus notas de la escuela empeoraron y su nivel sufrió debido a
eso. Empecé a toser sangre. —Se palmea la garganta una vez—. La
infección en mis pulmones me costó el trabajo. Eso bajó mi nivel aún más.
Te castigan por no trabajar, ya ves. Este gobierno. Y cuanto más bajaba mi
nivel, más difícil me resultaba ser apto para trabajar.
Hace una pausa.
—Entonces, mi esposa pidió un préstamo a los negocios ilegales que
existen aquí abajo e hizo un trato con ellos para poder pagar el coste de la
enfermedad de nuestro hijo. Aceptó pagar algo que nos sería imposible
desembolsar.
—¿Qué sucedió? —susurro.
—Volví a casa un día y encontré su cadáver en nuestro apartamento
desvalijado.
Sus palabras me hacen sentir un nudo en el pecho. Lo dice con tanta
calma y en voz tan baja que me doy cuenta de que está acostumbrado a
contarlo. De pronto, veo al soldado (Thomas, se llamaba Thomas) alzando
el rifle hacia la cabeza de mi madre. John se lanza en vano hacia los
soldados, que lo retienen. June alza una mano impotente para intentar
detenerlo.
—Dejaron una nota en la que exigían el pago y amenazaban a nuestro
hijo. Así que hice lo único que podía hacer. Me ofrecí a trabajar para la
banda para pagar la deuda. —Se queda en silencio por un momento, el
peso de sus palabras flotando entre los dos—. No importó, al final. Mi hijo
murió unos meses después.
Podría estar mintiéndote. Pero trago, me siento descompuesto. Ninguna
de sus palabras se siente falsa.
—No culpo a la Ciudad Baja —dice Dominic Hann, trayéndome al
presente de nuevo—. La gente tiene que hacer negocios. Tienen que ir a
donde nadie más va. Existe la necesidad de servicios tales como los
préstamos ilegales aquí, para la gente que ha sido olvidada por tu
gobierno. —Señala al techo—. No, culpo al maldito sistema, los niveles y
los pisos y la jerarquía de este lugar que nos hizo imposible salir de
nuestro apuro. Culpo al hecho de que el presidente vende a la Ciudad Baja
el sueño de que, si trabajan lo suficiente, también ellos podrán subir de
nivel hasta alcanzar los Pisos del Cielo. Culpo al hecho de que el sueño es
una fantasía.
Es como si estuviéramos teniendo la misma conversación que tuve con
Daniel. La Ciudad Baja no puede ser otra cosa que lo que es. Me encuentro
mirando a Hann, confundido, intentando entender cómo un asesino famoso
y despiadado puede hablar con tanto sentido. Cómo puede llorar a la
familia que ha perdido igual que yo a la mía.
—¿Sigue siendo cierto, verdad? —consigo decir—. ¿Las cosas que ha
hecho aquí abajo? Asesinó a ese concejal la otra noche. Usted… —trago
—. Ha asesinado a residentes de la Ciudad Baja de la misma manera en la
que su familia fue asesinada.
—¿Quieres jugar a un juego? —pregunta con frialdad—. Juégalo aquí,
donde no hay ninguna regla. Así sí es justo. Haces lo que necesitas para
sobrevivir. Todos saben a qué juego están jugando. No existen las
promesas no cumplidas, ni los favores especiales. Aquí todo son negocios.
—Se le endurece la mirada—. Con eso sí que puedo trabajar.
Busco la burla en su expresión, pero Dominc Hann parece sincero, la
mirada ferviente que desea convencerme de sus palabras. Y, por un
instante, lo veo subiendo de escalafón en este mundo peligroso, atrayendo
a las personas con nada más que su propia resolución.
Como Daniel.
El pensamiento me trastorna tanto que lo aparto enseguida, asustado.
—¿Y si alguien no quiere ascender como tú? —digo con los dientes
apretados. Siento que todos los pelos se me ponen de punta.
La calma fría ha regresado.
—Pocos no quieren. ¿Por qué no querrían, cuando el sistema está en su
contra hagan lo que hagan? Seguro que tú, más que nadie, lo entiendes.
—Deje de compararme con usted.
—¿Por qué no? —Se inclina hacia mí—. Este lugar te atrae,
instintivamente. Aquí es donde te sientes en casa, aquí abajo, donde
puedes mantener a raya todos los recuerdos que te dan vueltas por la
cabeza.
Me estremezco. A pesar de todo, me encuentro luchando por respirar,
impresionado de que este criminal, este asesino, haya comprendido
secretos míos que mi propio hermano no ha podido entender. Me conoce
mejor que Daniel. Sus palabras me atraviesan, como si pudiera ver los
sueños que me devoran por completo cada noche.
—No entiendes por qué tu hermano no piensa igual que tú —añade Hann
—. ¿No era igual que yo, construyó su reputación peleando por la gente?
Pero ha dejado atrás ese lugar oscuro del pasado. Ahora trabaja para el
gobierno y hace que se cumpla este sistema que nos está aplastando.
Trabaja para desmantelar lo que personas como yo intentamos hacer.
Está intentando ponerme en contra de mi hermano, de convencerme de
algo que siempre me ha disgustado: su trabajo en el SIA, su apoyo a un
gobierno que está ahogando a su gente. Si le estuviera diciendo esto a otra
persona, quizás hasta funcionaría. Veo el rostro de Daniel, su
preocupación. Pienso en su discusión con la directora, lo oigo despotricar
en contra del sistema. Él tampoco apoya el sistema de niveles. Pero no
importa. Sigue trabajando para el SIA.
Hann toma un sorbo de su vaso.
—Así que, verás, Eden —dice mientras dudo—, no estoy intentando
obligarte a nada. Pero lo que sí estoy diciendo es que creo que encajas
mejor aquí de lo que piensas. Incluso si te vas, o si yo te dejara ir o te
escaparas… volverías. Este es tu lugar.
Este es tu lugar. Una parte de mí se pregunta si eso es lo que le dice a
todos antes de matarlos. Pero otra parte de mí… sabe que tiene razón.
Porque sigo bajando.
—¿Qué máquina está construyendo, entonces? —le pregunto, por fin. Es
la pregunta que he tenido en la punta de la lengua—. ¿Qué tiene que ver
con lo que me acaba de contar? ¿Con qué lo estoy ayudando, exactamente?
Hann me mira.
—Termina de instalar el motor hoy y podremos hacer un ensayo. Lo
verás por ti mismo.

Cuando nos dirigimos a la obra después de la cena, no existe nada en el


rostro de Dominic Hann que indique que me ha revelado debilidad alguna.
Al contrario, parece relajado, casi frío. No se ve nada del peso y la
angustia que me ha dejado ver cuando me ha contado lo que le sucedió a
su familia. Me pregunto si ha confiado en mí de verdad.
—¿Cuánto falta? —me pregunta Hann acercándose al lugar donde estoy
trabajando.
Alzo la vista hacia la estructura. El nuevo motor que he instalado está
casi en su lugar ya, las piezas nuevas se expanden a partir del motor del
dron original que construí para que pueda conducir energía suficiente por
toda la máquina. Los demás trabajadores de Hann están ajustando las
últimas piezas.
Señalo uno de los extremos de la máquina, la parte que se supone que
envía algún tipo de señal. Es lo único que he podido descifrar que hace.
—Están instalando la última pieza ahora —le digo a Hann—. La señal
debe amplificarse más de lo que anticipó si planea que alcance a la ciudad
completa. Así que he tenido que asegurarme de que reciba ese empujón.
Hann estudia de cerca el motor que he hecho.
—¿Y esto funcionará? —inquiere, con una ceja alzada.
Quisiera que no. Pero todo está en su lugar. Todo lo que necesitaba era la
energía suficiente. Y mi motor le ha dado eso.
Mi silencio es toda la respuesta que necesita. Sonríe con aprobación y se
endereza.
—Quiero ver una demostración, entonces —dice—. Enviad una señal
vacía de prueba.
Por supuesto que quiere probarlo. Echo una mirada de reojo a los
guardias que nos observan, luego de vuelta a la máquina, a la que uno de
los trabajadores se ha acercado para programar un ensayo para probar la
señal.
—Pareces nervioso, Eden —comenta Hann mientras contemplo a los
trabajadores—. Como si no creyeras en la capacidad de tu motor.
—Funciona —respondo, pero la voz me tiembla un poco. ¿Liberará a
Daniel de verdad si esto funciona? Vuelvo a pensar en todo lo que Hann
me ha contado. Si fallo, ¿me matará? Es su negocio, después de todo.
Esperamos hasta que el programador termina de introducir la señal de
prueba. Es algo rápido, le lleva un momento. Lo observo atentamente
mientras lo hace, cómo coloca el chip en la máquina y la información que
pasa directo al sistema. Da un paso atrás y luego asiente.
—Listo —dice.
Hann asiente.
—Bien. —Todos nos alejamos un paso de la máquina—. Enviad la señal.
El carrete de la máquina empieza a brillar. Al fondo, mi motor de dron,
con la energía amplificada brilla con una luz azul brillante.
Quizás mi cálculo es incorrecto y el motor fallará. Si eso sucede, ¿qué
hará con Daniel?
Por un momento, no pasa nada. Contengo la respiración y espero.
Entonces, un pulso surge de la máquina. Emerge en una oleada de
vibraciones que me recorre el cuerpo. En el monitor de la máquina, la
totalidad de la Ciudad de Ross se cubre de puntos verdes, millones de
ellos.
Cuando miro a Hann, su mirada es radiante y atenta. Sonríe.
La señal funciona. Me doy cuenta por su expresión. Y, a pesar de mí,
siento un orgullo salvaje por lo que mi motor es capaz de hacer. Este es el
primer ensayo real de algo que he hecho y Dominic Hann, de entre todas
las personas, es quien me ha brindado la oportunidad de hacerlo.
Mi regocijo me hace retroceder espantado.
Hann me mira y asiente.
—Estás satisfecho —afirma—. Y va más allá de tu deseo de proteger a
tu hermano.
Tengo demasiado miedo como para responderle.
—¿Es posible que sea porque, en el fondo, crees en todo lo que te he
dicho antes? —me pregunta, después de estudiarme con curiosidad.
—Me prometió que liberaría a mi hermano si esto funcionaba —digo
con los dientes apretados—. ¿Qué valor tienen sus promesas?
—Nunca cuestiones mis promesas. —Hann mira de reojo y asiente una
vez. Dos de sus guardias no dudan ni una respiración. Hacen una
reverencia de inmediato y se retiran sin decir una palabra.
—Quiero verlo —insisto—. En una transmisión en vivo, como me dijo.
—Hecho. —Hann se vuelve hacia mí—. ¿Alguna otra petición?
Tengo las palmas de las manos húmedas de sudor y mi corazón se
estremece con cada latido. Tengo una última pregunta, la única que Hann
no ha respondido aún y que casi no me animo a formular.
—¿Para qué sirve la señal? —susurro con la voz ronca—. ¿Qué hace su
máquina?
Hann me brinda una sonrisa ladeada. Vuelvo a contemplar la máquina.
Mi mirada descansa en la pantalla cubierta de puntos verdes.
Y, súbitamente, lo entiendo. Los niveles que destruyeron a su familia, el
sistema que había forzado la mano de su madre. Los puntos, el juego que
administra la ciudad.
Sé lo que hará la máquina.
Va a derribar el sistema de niveles de Ciudad de Ross por completo.
DANIEL

Quizas aún sea la misma noche en la que aluciné con mis recuerdos de
June. No puedo darme cuenta.
Tengo los labios resecos por la sed. Mis ojos se pueden concentrar solo
en una línea gris de bordados dispersos a lo largo del borde de la alfombra.
Los guardias de la puerta arrastran las botas contra el suelo.
Parece que están a punto de cambiar. Las dos mujeres siguen aquí. Hay
otros guardias ahora, que acaban de llegar y escucho su charla para
detectar pistas.
—El chico ha estado trabajando en la obra —dice alguien en voz baja—.
Es bueno, por lo que he oído.
—¿Sí?
—Parece que Hann se ha encariñado con él.
Alguien suspira.
—Genial. ¿Y nosotros qué? ¿Cuánto más vamos a quedarnos con este?
La mujer se encoge de hombros.
—Lo que haga falta.
Lo que haga falta. Lucho para concentrarme en mi debilidad por falta de
agua. ¿Están intentando quebrar a Eden? ¿No ha ofrecido aún su
colaboración?
Cierro los ojos e intento contener las náuseas que siento. En silencio,
retuerzo las manos a mis espaldas. He estado ajustando y aflojando las
manos contra las ataduras durante horas. Tengo las muñecas en carne viva
y siento cómo la sangre gotea por mis manos, y probablemente empapa de
rojo las fibras de la soga. Pero no es un esfuerzo inútil: la soga se ha
aflojado un poco desde que empecé a trabajar en ella. Un par de horas más
y quizás pueda sacar una de mis manos.
Después de eso, no sé qué demonios haré. Pero estoy acostumbrado a
afrontar las crisis de una en una.
Cerca de la puerta, las mujeres hacen sitio a dos hombres. Los veo girar
las cabezas en mi dirección, pero permanezco inmóvil en la silla. Después
de unos largos minutos, se recuestan contra el marco de la puerta, hacia
afuera. La pareja anterior de guardias avanza por el pasillo que nunca he
visto, sus botas suenan contra el mármol.
Las escucho con atención hasta que desaparecen. Tardan un largo rato.
¿Cómo de grande es este lugar? El pasillo por el que caminan parece
extenderse eternamente y solo después de que transcurran unos largos
segundos ya no puedo oír más su eco.
Sigo retorciendo las muñecas. El dolor me hace apretar la mandíbula,
pero hago un esfuerzo para no hacer ninguna mueca. Siento el frío metal
de mi pierna artificial a través del pantalón pero mantengo los tobillos
cruzados.
Los guardias nuevos no me prestan atención. Les deben de haber
advertido acerca de cómo mordí al primer hombre, pero no lo han visto y,
en lo que a ellos concierne, parezco bastante inofensivo.
Sigo retorciendo las muñecas. La sangre fluye por mis manos. La siento
gotear en silencio en la alfombra a mis espaldas. Su viscosidad hace que
mi mano se mueva con mayor facilidad dentro de la atadura. Tironeo
lentamente, no quiero mostrar que estoy trabajando.
Las ataduras se sueltan un poco más. Lo suficiente.
Dejo de retorcer y tiro de una de mis manos delicadamente a través de la
soga desgastada. El pulgar y el meñique se juntan mientras tiro lo más
fuerte que puedo. Al principio, el nudo no cede y las sogas me hacen aún
más daño en la ya herida piel. Dejo escapar un suspiro tembloroso. Tiro
más fuerte.
Por fin, la soga cede un poco. La atadura está más cerca del borde de mis
nudillos. Sigo trabajando. Desde la puerta, uno de los guardias me echa un
vistazo distraído.
Dejo de moverme durante un momento y me quedo quieto, los ojos
clavados en el suelo.
Da un codazo a su compañero y le dice algo acerca de mí en voz baja. Se
ríen. Luego, hacen lo que esperaba, volver a sus puestos.
Tiro de la mano con decisión, una vez, e ignoro el dolor.
Esta vez, los nudillos pasan por el nudo y la mano queda liberada.
No me atrevo a reaccionar. Dejo los brazos firmemente colocados a la
espalda. Pero la mano libre busca los nudos de la otra mano y empiezo a
trabajar en silencio.
Las ataduras se aflojan y la mano comienza a soltarse.
Desde la puerta, uno de los guardias me mira. Esta vez, en vez de apartar
la mirada de nuevo, la sostiene. Dejo de trabajar a mis espaldas y me
revuelvo en la silla, incómodo, y finjo sumirme de nuevo en un sueño
inquieto. Pero a través de mis ojos entreabiertos, me doy cuenta de que no
ha apartado la mirada.
Entonces, se aparta de la puerta y comienza a avanzar en mi dirección.
Por alguna razón, eso dispara un recuerdo. June, de pie ante la puerta de
un búnker subterráneo, acercándose hacia mí e indicándome que me
levante. Sus manos me acarician la cintura, el pecho, la barbilla. Me pone
en posición de pelea y me enseña cómo visualizar a mi oponente. Me
arroja un puñetazo decidido y me muestra cómo eludirlo y contraatacar.
Intento aferrarme a este recuerdo tenue a pesar de que empieza a
desvanecerse. A lo largo de los años, he aprendido a defenderme en una
pelea, he aprendido a luchar contra el deseo de correr y lo he reemplazado
por el prepararme para una agresión. Y ahora, a medida que el guardia
avanza en mi dirección, siento cómo los músculos se tensan, cómo mis
manos instintivamente forman puños.
El guardia se detiene delante de mí con el ceño fruncido. Luego,
empieza a mirar detrás de la silla. La segunda mano se libera. Me muevo.
Se gira hacia mí, sorprendido, pero yo ya estoy en movimiento. Me
pongo de pie de un salto y alzo la silla. El guardia apenas tiene un instante
para alzar los brazos y defenderse cuando la silla lo golpea de lado con la
fuerza suficiente como para dejarlo despatarrado en el piso.
No espero. Mis ojos se posan en el arma que cuelga de su cinturón. Me
lanzo hacia ella. Él me lanza una patada.
Los otros dos guardias corren hacia mí. Me la arreglo para quitarle el
arma, pero el primer hombre me da una patada. Es mejor soltar el arma
que caerme. El pensamiento me cruza en un santiamén la mente y salto
hacia atrás, renunciando a aferrar el arma. Corro hacia la entrada.
Pero estoy más débil de lo normal y arrojar la silla ha requerido más
energía de lo que esperaba. Me tropiezo.
Uno de los guardias me alcanza y me apunta con un arma. Aprieto los
dientes y le arrojo la silla. La pata de la silla le da en la cara, justo lo
suficiente como para permitirme girar y salir disparado. Estoy
temporalmente a la intemperie.
Correr; eso sí que sé hacerlo. El pasillo que se extiende ante mí es largo
y estrecho, y atraviesa varias habitaciones. Corro. Al final del pasillo, hay
un par de guardias que no se han dado cuenta de que estoy dirigiéndome
hacia ellos. No podré doblar la esquina, pero hay una ventana en esta
pared. La primera ventana que he visto.
Los guardias al final del pasillo notan mi presencia por primera vez.
Detrás de mí, los demás gritan. Una bala rebota cerca de mi pierna.
Estoy agitado. La falta de agua me entorpece. Aparecen manchitas en
mis ojos, pero me obligo a avanzar a pesar de todo.
Cuando alcanzo el segundo grupo de guardias que ya me ha visto, me
deslizo por el mármol y, en el último instante, giro los pies. Me lanzo
hacia la ventana, mis manos cubiertas de sangre casi se resbalan en el
alféizar pero consigo sujetarme, y me balanceo a través de la ventana y
fuera del pasillo.
Me basta un vistazo para darme cuenta de que el edificio está totalmente
bajo tierra. Los techos altos se alzan a varios pisos de altura. El espacio es
enorme. Y, allí a lo lejos, veo lo que parece ser una obra en construcción y
parte de una inmensa máquina circular.
Eden. Mi corazón da un salto. Los guardias comentaron que estaba
trabajando en una obra. ¿Será allí?
No tengo tiempo para ver nada más. Giro el cuerpo hacia arriba, mis
botas presionan contra el alféizar y me impulsan hacia el tejado. Me sujeto
del borde con las manos, me alzo y aterrizo firmemente acuclillado.
Debajo de mí, oigo gritos que vienen de adentro. Un foco empieza a barrer
el lugar.
Debe de ser uno de los muchos escondites de Hann. ¿Cuántos lugares
más tendrá? Me escondo detrás de una chimenea cuando el foco pasa
cerca. Entrecierro los ojos. Gracias a años de memoria muscular, mi
cuerpo sabe cómo evitar a la perfección la luz; piensa que está en la
intendencia de Batalla de nuevo intentando buscar una salida. Piensa que
está de nuevo en la pista de aterrizaje de las Colonias intentando encontrar
la manera de acercarse a los aviones.
Me lanzo como una flecha por los tejados. La obra está cada vez más
cerca.
Luego, una bala choca contra el tejado cerca de mí. Falla, pero destroza
en pedazos las baldosas. Mi bota se engancha justo de la manera
equivocada con las losas destrozadas.
Me resbalo.
Intento sujetarme del borde del tejado, pero tengo las manos tan
húmedas por la sangre, que me deslizo y caigo al suelo.
De inmediato, intento trepar de nuevo, pero uno de los guardias me
alcanza.
Un soldado de la República me mira mientras una bala me destroza la
rodilla. Mi grito, la voz enronquecida por la furia y la pena.
El recuerdo es como una chispa que ilumina la oscuridad. Un rugido
salvaje emerge de mi garganta y ataco al guardia, golpeándolo en la
barbilla. Lo golpeo una vez, dos veces…
… y en ese momento las fuerzas me fallan de nuevo y caigo, mareado
por el esfuerzo.
El guardia está de pie sobre mí. Otros se le unen. Bajo la vista al suelo y
me doy cuenta de que no estoy sudando para nada. Ya no queda más agua
en mí.
En ese momento, escucho que alguien dice algo que juro que debe de ser
una alucinación.
—No —dice uno—. Dejadlo ir.
—Acaba de llegar la orden de Hann. Debemos llevarlo de vuelta a la
superficie.
Alzo la vista, creyendo que quizás la debilidad me ha hecho delirar y no
puedo pensar bien. Me están dejando ir.
Debo de estar soñando.
Pero entonces me sujetan de los brazos y me arrastran y me ponen algo
oscuro sobre los ojos. Peleo con toda la fuerza que me queda. No he
entendido bien lo que han dicho, me digo. Es lo único que tiene sentido.
No van a dejarme ir. Hann les ha ordenado que me maten.
Pero espero a que la bala me atraviese la cabeza y no sucede. Mis pies se
arrastran contra el suelo. Entro y salgo de la inconsciencia. Ni siquiera me
doy cuenta de cuando estoy despierto y cuando no, porque en esta
oscuridad sofocante es todo lo mismo.
Eden. Tengo que descubrir dónde lo tienen. Mi mente lucha por recordar
el camino que estamos tomando.
No sé cuándo me arrastran a algo que parece ser un ascensor. Solo puedo
hacer el esfuerzo de recordar cuánto tiempo estamos en él. Cinco
segundos. Quince. Treinta.
Mi consciencia empieza a desvanecerse. Los guardias siguen hablando
encima de mí, ladrándose órdenes el uno al otro, pero ya no puedo
distinguir lo que están diciendo.
Tengo que encontrar a mi hermano.
Y, de pronto, se van. Las manos que me sujetaban desaparecen y me
derrumbo sobre el suelo. Parece asfalto, concreto. La oscuridad se levanta
de mis ojos y de pronto me encuentro tirado en una calle en alguna parte
de la Ciudad Baja, el humo de los puestos de comida cercanos flota por el
aire.
Los agentes del SIA están aquí. Están por todas partes. Los puntos rojos
de sus armas brillan sobre mí y sus gritos son ensordecedores.
«¡Manos arriba! ¡Manos arriba!».
Por un instante, siento que soy un criminal de nuevo.
Luego, alguien grita:
«¡Bajad las armas!».
Es la directora del SIA, Min. Su voz rebota contra las paredes de
concreto y todas las armas descienden en oleada.
«¡Bajad las armas! ¡Es Daniel! ¡Bajad las armas!».
De entre sus filas surge June, además. Sus ojos se clavan en mí y no se
apartan. Debo de estar soñando. Me quedo donde estoy, los bordes de mi
visión lentamente fundiéndose a negro, mientras ella se agacha junto a mí,
sus manos me sujetan la cara. Los agentes nos rodean.
—Estamos aquí —dice. Luego, alza la voz hacia aquellos que se apiñan
a nuestro alrededor, recuperando la autoridad—. Retrocedan. Denle
espacio. ¡Está herido!
La escuchan instintivamente y hacen sitio alrededor nuestro, como si
fueran un banco de peces. Cierro los ojos y saboreo su presencia.
—Lo tienen —susurro a través mis labios resecos—. Eden.
June dice algo más. Creo que me ordena que me relaje, que los
paramédicos me llevarán al hospital, pero su voz suena apagada. Sigue
siendo la voz más adorable que he oído en toda mi vida. Quiero quedarme
despierto para escucharla.
Y luego todo es una bruma de sirenas de ambulancia y un caos de otras
voces. June está cerca, sosteniéndome la mano. Durante todo el rato, sigo
mirando atrás, hacia el lugar donde me han encontrado. Mis pensamientos
se confunden mientras me esfuerzo por entender todo.
Hann ha ordenado que me liberaran. Me han dejado ir. ¿Por qué haría
eso?
¿Qué quiere de Eden?
¿A dónde ha llevado a mi hermano?
EDEN

Dominic Hann cumple con su promesa de liberar a Daniel.


Miro aturdido la transmisión en vivo en mi visualizador esa noche. La
figura de mi hermano es inconfundible; está atado a una silla en alguna
otra parte de la propiedad y lucha con sus ataduras. Luego, contemplo
cómo entabla una refriega con los guardias y, milagrosamente, se suelta.
Se oyen gritos cuando se desliza por una ventana con los demás pisándole
los talones.
A veces, me olvido de que mi hermano solía ser un maestro en evitar a
los soldados de la República. Me marea lo rápido que lo hizo. ¿Cómo haría
para descubrir el camino de vuelta a la superficie? Pero eso parece no
importarle. Sigue moviéndose, aunque se tropiece cada tanto. Lo observo
correr, la garganta tan seca que me da arcadas.
Casi consigue salir solo, sin la generosidad de Hann. Pero, entonces, se
cae. En ese momento, los guardias se le acercan y, por un momento
aterrador, pienso que veré cómo matan a Daniel ahí mismo.
Sería lo que le pasó a John, otra vez.
Pero, en vez de eso, escucho que uno de los guardias dice: «Dejadlo ir».
Sacude la cabeza y ordena a los otros que levanten a Daniel. No doy
crédito a mis ojos cuando veo que le echan una bolsa por encima de la
cabeza y se lo llevan. Lo suben a un ascensor y luego lo dejan en las calles
de la Ciudad Baja. Lo último que muestra la transmisión es al SIA
encontrándolo y rodeándolo. Entre ellos, me parece ver a June Iparis.
No sé qué pensar de toda la escena. No sé por qué Hann aceptaría hacer
algo así.
Daniel está libre. Volverá a buscarme, eso lo sé con total seguridad y una
esperanza feroz. Encontrará el lugar al que me han traído y me llevará de
vuelta a la superficie.
Pero si Hann completa con éxito lo que quiere hacer, no sé si algo de eso
tiene importancia. He sido testigo de lo que su máquina puede hacer
cuando mi motor la alimenta. Es uno de los inventos más espectaculares y
espantosos que he visto.
Ciudad de Ross está a punto de venirse abajo.
DANIEL

Debo de haberme desmayado entre el momento en que June y el SIA me


encontraron y mi llegada al hospital, porque no recuerdo salir de la
ambulancia. No recuerdo subir en el ascensor ni pasar por los pasillos del
hospital.
Solo sé que cuando me vuelvo a despertar, estoy en mi propia cama, una
manta de nubes cubre la ciudad centelleante en la ventana. Es de noche. El
mareo y la debilidad que sentía han desaparecido, y me siento despierto y
alerta, rehidratado, como nuevo.
Cuando miro a un lado, veo una chica dormida al borde de mi cama, la
cabeza hundida en los brazos. Su pelo oscuro le cae por la espalda como si
fuera una manta brillante.
Es June.
De pronto, se mueve, percibe que estoy despierto. Primero, sus ojos
barren rápidamente la habitación, analizándolo todo como suele hacer ella
para asegurarse de que estamos a salvo. Luego, posa la mirada en mi cara.
—Ey —susurra, después de dejar escapar un largo suspiro, y se pone de
pie.
—Ey —respondo, sonriéndole.
Me pone una mano fría sobre la frente.
—No sé cuánto más tiempo nos hubiera llevado llegar a ti si no hubieras
enviado ese mensaje. Estabas bastante mal cuando te encontramos.
—Aún tienen a Eden. ¿Habéis encontrado algo acerca de él, el SIA o tú?
Niega con labios apretados. Es la expresión que pone cuando su mente
da vueltas y me descubro pensando en fragmentos de otros recuerdos, de
cuando nos escapamos de la República.
—No. Pero el SIA está intentando ubicarlo en el área en la que estuviste.
—Están bajo tierra —informo.
—¿Ahí es donde Hann tiene su escondite?
—Un escondite es quedarse corto. Parece una propiedad enorme
enterrada debajo de la ciudad. No sé cuántos otros espacios como ese
tendrá. Pero está construyendo algo. Una máquina.
—¿Recuerdas algo acerca de la ruta por la que te llevaron?
—Me tuvieron con los ojos vendados todo el tiempo —digo, negando—.
El espacio que está debajo de la Ciudad Baja es un laberinto de túneles
viejos y huecos de ascensores abandonados. Llevaría semanas bajar allí y
hacer una buena barrida. Necesitamos encontrar otra manera.
¿Se habrá enterado Eden de que salí? ¿Sabrá que Hann me dejó ir
intencionalmente? ¿Habrá tenido algo que ver con eso? ¿Habrá hecho un
trato con él?
De inmediato, intento salir de la cama. En ese momento, me golpea con
fuerza todo el dolor de mi cautiverio. Me estremezco y bajo la vista hacia
mis muñecas vendadas.
June se levanta en la oscuridad y me empuja hacia la cama.
—No irás a ningún lado —dice con firmeza—. Órdenes estrictas del
médico. Cualquier cosa que necesites hacer podrás hacerla desde la
comodidad de tu cama, ¿entendido? Tu directora dijo que contactará
contigo a la mañana, y empezaremos a partir de ahí.
—¿Y tú? ¿El elector? Él…
—Está al tanto de la situación. Anden te envía sus saludos y comparte tu
preocupación. —June se acerca más a mí. En la noche, sus ojos brillan
como canicas oscuras—. Al parecer, esto es una gran noticia en tu círculo.
El presidente quiere estar al tanto de lo que suceda con Hann.
Me dejo caer en las almohadas de nuevo y aprieto los dientes, frustrado.
Me prometí a mí mismo que mantendría Eden a salvo, pero he fallado de
nuevo. Las pesadillas de la República vuelven para perseguirme. Eden,
cuando se lo llevaron para hacer experimentos; Eden, con los ojos
vendados y débil; Eden, cuando lo abandonaron para que muriera durante
la guerra con las Colonias.
Ahora está en las garras de Hann y no tengo la más mínima idea de lo
que el hombre quiere hacer con él.
June me pone la mano en el hombro. Su calidez es lo único que atraviesa
el torbellino de pensamientos.
—Lo encontraremos. Es un chico inteligente y sabrá cuidarse a sí
mismo. Tu trabajo es asegurarte de estar mejor mañana para enfrentarte a
todo esto. No hay nada que puedas hacer antes de eso. ¿Entendido?
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunto, mirándola.
—Un día —admite.
—¿Y te has quedado aquí? —le pregunto en voz baja—. ¿Todo el
tiempo?
Un destello de miedo le brilla en los ojos y, luego, se desvanece. Aparta
la mirada y contempla la ventana.
—Tenía miedo —murmura— de perderte.
Y, de nuevo, me encuentro pensando en lo que dijo la primera noche que
estuvo aquí, cuando intercambiamos un beso. Cuando me di cuenta de lo
mucho que su vida había avanzado y establecido.
—¿En qué estás pensando? —me pregunta, mirándome—. Me doy
cuenta siempre por el peso en tus ojos.
—Estoy pensando en que soy el catalizador del caos en tu vida. Y que
cuánto lo siento.
—No es necesario —replica. Suspira y baja la vista—. Siempre hemos
sido catalizadores mutuos, ¿no es cierto? No sé si nos hubiéramos
conocido si no lo fuéramos. Y, a veces, me descubro poniendo distancia
porque quiero terminar el ciclo por ti, como si eso fuera a resolverlo todo.
Pienso en la manera en la que June pone distancia en nuestros momentos
de intimidad. Yo hago exactamente lo mismo. Me acerco hacia ella y dejo
que mi mano roce la suya. Por un instante, me parece que se apartará…
pero su mano se queda quieta, y ella se queda donde está.
Conozco el miedo que ha mencionado. El terror de no saber qué nos
sucederá a continuación, de las cosas que podrían salir mal si nos
abriéramos por completo al otro. Terminé herido la última vez que me
permití amarla, y ella también.
Pero, sin embargo, me encuentro sujetándola de la mano con más fuerza,
y atrayéndola hacia mí. Se vuelve para encararme en la noche.
El miedo aún me domina y las palabras que quiero decir se me
amontonan en la garganta. Pero esta vez no puedo dejar de pensar en cómo
ha sido vivir sin ella durante una década.
Esta vez, cuando abro la boca, por fin salen las palabras.
—No merezco tenerte en mi vida —le digo en voz queda—. El dolor y la
tristeza me seguirán siempre, incluso aquí, con todo este lujo de Ciudad de
Ross. Quizás así sea la vida. No mereces compartir ese dolor. —Inspiro
hondo e intento apaciguar mi miedo, la marea que sube con toda la
oscuridad de la República que aún me atormenta—. Pero creo que te
mereces saber lo que siento de verdad. Porque aunque no podamos estar
juntos, me gustaría que lo supieras.
Los ojos de June se ven vidriosos por el reflejo de la luz azul grisácea
que se filtra por las ventanas.
—¿El qué? —susurra.
—Que te quiero —susurro—. Que he estado enamorado de ti durante
años, incluso cuando estuvimos separados. Especialmente entonces. He
vivido contigo en mi vida, y he vivido sin ti. No importa qué clase de
miedo sienta ante la posibilidad de que estemos juntos, el miedo de estar
separado de ti es algo que no creo que pueda soportar. —Bajo la vista—.
Tengo pesadillas en las que te pierdo de nuevo. Todo el tiempo.
Ya está. Mi corazón abierto de par en par y expuesto ante ella. Toda la
inseguridad que me invadía desde antes ruge en mi mente mientras espero
su respuesta.
Quizás todo esto sea un error. No debería haberle dicho eso. Es
demasiado pronto.
Entonces, June se acerca más.
—Nunca tuve la oportunidad de decírtelo, antes de que Eden y tú
vinierais a la Antártida, que yo también te quiero. Con tanta ferocidad que
me asusta. —Le tiembla la voz.
Te quiero. Te quiero. Jamás he escuchado esas palabras de June antes y
ahora me llenan el corazón hasta explotar, me hacen sentir entero de un
modo que no creí posible.
Sonríe un poco y ahora noto que tiene los ojos húmedos.
—Aunque no sepamos qué sucederá con nosotros en el futuro, quizás
nuestras vidas estaban destinadas a colisionar una y otra vez. Quizás
estemos destinados a ser el catalizador del otro para siempre.
Para siempre. Es una frase que jamás me he animado a usar con June.
Quizás exista una oportunidad de un para siempre en nuestras vidas.
—Me he pasado el tiempo mirando por encima del hombro durante una
década —susurro—, preguntándome qué me faltaba en la vida. Resulta
que, después de todo este tiempo, eras tú.
Me acerco más y, esta vez, la beso.
Casi se derrumba en mis brazos. Sus labios son tan suaves y familiares
contra los míos, todo lo que he echado de menos en los años que hemos
pasado separados. Nuestras conversaciones serán incómodas y corteses, y
nuestra actitud cuando estamos juntos forzada y distinta, pero esto, esto lo
siento correcto de todas las maneras posibles.
Este es su lugar, en mis brazos, y este es el mío, dándole mi corazón
entero.
Unas ansias profundas se despiertan en mí. Esta vez, no desperdicio ni
un segundo. La rodeo con mis brazos y la empujo contra la cama. Mi piel
hormiguea de placer donde quiera que ella me pasa los dedos. Me pasa las
manos por el pelo y suspira, satisfecha, contra mí. Su cintura, su cuello
elegante, la curva de sus caderas… Me estremezco al sentir su calor. Todo
en ella me hace sentir en un sueño febril. Quiero conservar esto. Quiero un
millón más de estos momentos.
Me desabotona la camisa. Le quito la suya por encima de la cabeza. Mis
dedos recorren sus cicatrices nuevas, aquí y allí, un rasguño ya sanado, un
moretón viejo. Es mayor, y yo también, y somos diferentes de lo que
éramos. La quiero aún más por ello, desearía haber podido compartirlo
todo con ella durante los últimos años. Me besa las mejillas mientras me
dejo caer en ella. Sus manos bajan por mi espalda. Me estremezco ante
cada toque.
El resto de la planta está en silencio. En el exterior, oigo el paso de los
aviones. Lejos, en la distancia, se oye música. Millones de luces destellan
más allá de la ventana y contra la noche, cada una es una vida diferente, un
momento distinto al nuestro.
Pero, esta noche, nos permitimos entrelazarnos juntos, como si todo
fuera a seguir siendo tan perfecto como este momento. Como si este
pudiera ser nuestro futuro.
EDEN

No sé cuándo planea Hann lanzar la señal auténtica. Solo sé que, más tarde
esa noche, Hann viene a verme a la habitación improvisada que me ha
ofrecido en la propiedad.
Me sobresalto un poco cuando entra a la habitación con dos de sus
guardias.
—No era mi intención sorprenderte —me dice, alzando ambas manos.
Luego, asiente en dirección a los guardias—. Ya no os necesito. Quisiera
un momento a solas con el señor Wing.
Los guardias lo obedecen. Salen y, de pronto, quedamos solo él y yo en
la habitación.
Hann se sienta en una silla delante de mí y apoya la barbilla en la mano.
—Se comenta que tu hermano ha vuelto sano y salvo al SIA.
—Gracias por cumplir su promesa —replico.
—¿Sabes por qué estoy aquí ahora?
Lo miro, receloso.
—¿Por qué?
Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta de su traje y extrae lo que
parece ser una bolsa llena. Con un gesto displicente, me lo lanza.
Lo sujeto con torpeza cuando aterriza sobre mi pecho con un tintineo
metálico.
—¿Qué es?
—Tu pago, por supuesto —responde Hann. Asiente—. Pago solamente
con corras de oro auténtico. Pronto, la moneda virtual de este lugar será
inútil una vez que el sistema de niveles quede deshabilitado. Me he
imaginado que querrías dinero de verdad.
Lo miro con furia y luego echo un vistazo dentro del bolso.
Hay cientos (miles) de monedas de oro aquí dentro. Cada una vale mil
corras. La bolsa debe de contener por lo menos un millón.
Lo miro con intensidad. Me había prometido un pago generoso por lo
que he hecho, pero ni me había imaginado esta cantidad de dinero.
—¿Sorprendido? —Me sonríe—. He reunido una fortuna haciendo lo
que hago. Es una inversión valiosa para mí si gasto ese dinero en talento
como el tuyo.
Esta cantidad de dinero es más de lo que incluso la mayoría de los
residentes de los Pisos del Cielo pueden ganar. Es dinero suficiente para
sacar a Pressa y a su padre de la Ciudad Baja por completo. Es dinero
suficiente con el que comprar el nivel que permitiría estar a salvo para
siempre.
Es también el tipo de dinero que está manchado con la sangre de las
personas que han pagado un alto precio por cruzarse con alguien como
Hann.
Cierro la bolsa y la arrojo al suelo entre nosotros.
—¿Cuánto tiempo me mantendrá aquí abajo? —pregunto, rápidamente
—. ¿Hasta que mi hermano venga a buscarme? ¿Hasta que el SIA caiga
sobre usted? Aunque deshabilite el sistema de niveles pueden encontrar
igual el modo de perseguirlo.
Hann sonríe, indiferente a la manera en la que he rechazado su dinero.
—No te mantendré en ningún lado —contesta, asintiendo con la cabeza
en dirección a la puerta—. Eres libre de irte, cuando quieras. Mis guardias
están listos para acompañarte de vuelta a la superficie de la Ciudad Baja
cuando lo desees.
Se está burlando de mí. Me río y sacudo la cabeza.
—¿Qué tipo de juego quiere que juegue?
—No juego a juegos con la gente que respeto. ¿O has vivido en una
sociedad ludificada durante tanto tiempo que ya no sabes cómo reaccionar
ante personas que están fuera del sistema?
—¿Por qué me dejaría ir? —exijo saber—. Soy un recurso valioso. Sé
dónde está este lugar. He visto su rostro y podría ir directo al SIA en
cuanto me libere.
—Lo sé —dice, encogiéndose de hombros.
—Entonces, ¿eso es todo? —añado, abriendo los brazos—. ¿Me dejará
ir?
A modo de prueba, me levanto de la silla y camino hacia la puerta. Todo
me dice que se trata de una trampa, que el instante en el que intente salir al
pasillo, me encadenarán o me matarán de un disparo.
Pero Hann me contempla mientras me voy.
—Vete.
No cedo, por lo que se inclina hacia adelante en su asiento y me
contempla concentrado.
—¿Quieres saber por qué te estoy dejando ir? ¿Quieres saber por qué
estoy dispuesto a darte millones? —sonríe—. Porque volverás.
—¿Qué?
—Volverás y me buscarás. Veo el fuego en tu mirada, el modo en el que
intentas ocultar la satisfacción de ver esa máquina trabajar con tu motor.
Sé que crees en las mismas cosas en las que creo yo. —Entrecierra los ojos
—. Te ha perseguido durante todo el tiempo que has pasado en la
Antártida, ¿verdad? ¿La manera en la este lugar maneja su Ciudad Baja?
¿La manera en la que el gobierno maneja la pobreza? ¿El sistema de
niveles que tiene tanto de corrupción como de innovación? Odias todo eso,
al igual que yo.
Sacudo la cabeza.
—Una vez que salga de aquí, no pienso volver.
Hann se recuesta en el asiento y suspira.
—Sí, lo harás —afirma—. Lo harás, porque cuando veas el caos que
reinará en la ciudad después de que el sistema de niveles quede
deshabilitado, cuando veas el cambio que provocará en la gente de clase
alta a la que desprecias… te darás cuenta de que lo que hago aquí es la
causa noble. Quieres ser parte de algo significativo, ¿no es cierto? Todas
las personas con tu talento desean marcar la diferencia. Y yo puedo
ayudarte a hacerlo. Puedes pasar de estar en la oscuridad de la sombra de
tu hermano a volverte uno de los generadores de cambio más importantes
que el mundo haya visto jamás. —Mueve la cabeza en dirección al bolso
en el piso—. Y piensa en tu amiga Pressa. Puedes cambiarle la vida para
siempre con eso. Con un trabajo nuevo a mi lado.
Empiezo a temblar.
—Me está ofreciendo un trabajo —repito, incrédulo.
—Sí. —Asiente—. Te ofrezco la posibilidad de trabajar para mí,
permanentemente. Piensa en las cosas que podrías hacer, Eden, si no se te
impusiera ninguna limitación. Piensa en no tener que satisfacer a nadie en
cuanto a tus horarios y tu vida. —Entrelaza los dedos—. Eres libre de ir y
venir como te plazca. Si quieres contactar conmigo de nuevo, puedes usar
esto.
Una serie de seis números aparece en mi visualizador. La contemplo por
un instante para memorizarla, antes de que se desvanezca.
Hann sonríe brevemente.
—Jamás fue mi intención hacerte prisionero, Eden, y ahora quiero
probártelo de la manera más obvia posible.
No confío en él. No le creo.
Y, sin embargo, creo que me dice la verdad. De alguna manera, este
asesino (el criminal más buscado en toda Ciudad de Ross, alguien a quien
Daniel teme y odia, una persona que ha gobernado la Ciudad Baja con
puño de hierro) es la única persona que parece haber comprendido mi
esencia a la perfección.
Ahora, me ofrece la oportunidad de trabajar con él.
—No puedo hacer esto —le digo—. No somos la misma persona. No
tenemos las mismas creencias.
Hann se mantiene calmado.
—Puedes decirte lo que quieras a ti mismo. Entiendo que sería difícil
hacer esto, porque te separarías por completo de tu hermano. Pero sé que
esto es lo que tienes en el corazón. Quieres cambiar las cosas, al igual que
yo. Y estás cansado de que otra gente te entorpezca el camino. Cansado de
no poder ayudar a quienes más te importan. Cansado de no ser visto.
Me quedo en el lugar, mi mente dando vueltas, confundida.
Superficialmente, es alguien a quien debería evitar a toda costa. Pero
esto…
—¿Qué sucede si decido no trabajar para usted? ¿Me dejará ir de todos
modos?
Hann asiente.
—Si decides no hacerlo, ¿para qué retenerte aquí? La vida es demasiado
agotadora como para tener como rehén a alguien cada vez que necesito
hacer algo. —Gesticula hacia la puerta—. Vete. Habla con tus amigos.
Encuentra a tu hermano. No vuelvas a verme. No te perseguiré en las
carreras. No haré que mis guardias te vigilen. Solo te diré que estás a
punto de ver lo que Ciudad de Ross podría ser de verdad, una vez que se
alce de sus cenizas. Es hora de que otra persona controle este lugar. —Se
inclina hacia adelante sobre sus rodillas—. Pronto te encontrarás
preguntándote… ¿a quién estás ayudando, exactamente, al rechazar mi
oferta?
No sé qué decirle. No sé cómo probar que está equivocado. No sé lo que
va a suceder en Ciudad de Ross.
Lo único que hago es avanzar hacia la puerta. Atravieso el umbral y
salgo al pasillo. Tal y como ha dicho, sus guardias están esperando para
llevarme a donde quiera ir. Y Hann sigue detrás de mí, sentado en mi
habitación.
Le doy la espalda a la propiedad. Las palabras de Hann tintinean en mi
mente, no desaparecen, me persiguen.
¿A quién estás ayudando, exactamente, al rechazar mi oferta?
Y justo cuando estoy pensando en sus palabras, un sonido agudo estalla
alrededor de nosotros.
Me pongo las manos sobre las orejas. El chip implantado cerca de mi
sien parece calentarse. El corazón me sube a la garganta.
Luego, todo se queda en silencio.
Termina tan rápido como ha empezado, un impulso eléctrico que ha
atravesado las paredes y los suelos y a nosotros. Los guardias también lo
sienten, se encorvan por un instante y se estremecen, y luego se miran
unos a otros, perplejos, antes de que todo se acomode de nuevo.
Pero falta algo. Abro los ojos y no veo nada virtual flotando en mi
visualizador. Ni números, ni cuenta, ni la advertencia constante que me
indica que no puedo conectarme aquí abajo. El silencio tiene un peso, el
tipo de silencio que se oye cuando se está realmente alejado de la
civilización. El murmullo y el zumbido de la tecnología. Ha desaparecido,
por completo.
Lo ha hecho. Ha funcionado.
Dominic Hann ha ordenado que se active la señal. Y acaba de eliminar el
sistema entero de Ciudad de Ross.
DANIEL

Sucede a la mañana siguiente, justo cuando June y yo llegamos a la sede


central del SIA.
Me despierto al amanecer, y me pongo la camisa y los pantalones, y
tironeo del traje para alisarlo. Junto a mí, June ya está lista,
impecablemente arreglada como cualquier soldado entrenado en la
República.
No sé qué decir acerca de lo que pasó entre nosotros anoche. Ella
tampoco, me parece. Lo único que hacemos es mirarnos de reojo de vez en
cuando mientras nos preparamos. Cuando digo algo, es acerca de Eden.
—El SIA me envió un mensaje —le cuento cuando salimos del
apartamento al pasillo—. No han podido encontrar la ubicación de Eden.
Pero mi descripción de la propiedad subterránea ha limitado la búsqueda a
un área aproximada de la ciudad.
—¿Qué área?
Hago aparecer un mapa entre los dos mientras entramos a la estación de
ascensores y señalo un punto en una sección de la cuadrícula.
—Esta zona fue desarrollada en un momento para expandir la Ciudad
Baja por debajo de la superficie —explico—. Iban a alojar a residentes de
la Ciudad Baja allí, en espacios subterráneos reducidos. Resultó ser un
desastre; no había suficientes rutas de escape hacia la superficie en caso de
incendio o inundación, ni suficientes ventilaciones de emergencia. Hubo
un incendio enorme que destrozó el lugar. Después de eso, nadie se
preocupó más por el laberinto de túneles.
—¿Y se parece a lo que viste cuando estabas allí abajo?
Asiento.
—El tipo de edificio que vi, la obra en construcción… tenía el tipo de
infraestructura que me hizo recordar aquella historia.
June mira hacia abajo por los ventanales de cristal del ascensor.
—Bajaremos allí, ¿verdad? —Me echa un vistazo escéptico—. ¿Estás
seguro de que puedes hacerlo?
—Tengo que hacerlo —replico—. No voy a quedarme descansando
arriba, a la espera de que el SIA encuentre algo.
En mi desesperación, abro la cuenta de Eden e intento localizarlo una
vez más.
En ese momento, lo siento.
Una chispa de algo eléctrico, como si cada partícula del aire se hubiera
cargado de pronto, seguida de un ruido agudo en los oídos. Es tan intenso
que me estremezco. June hace lo mismo al mismo tiempo.
—¿Qué ha sido eso? —exclama.
Pero en cuanto lo dice, nuestros niveles parpadean y se apagan. El
nombre y el nivel de June desaparecen. El tenue brillo en las patillas de
sus gafas se desvanece. Los números y barras de mi visualizador se funden
a la nada. El ascensor se detiene con una sacudida en uno de los pisos
intermedios del edificio. Cuando alzo la vista hacia el techo, noto que se
ha cortado la electricidad. Ninguno de los paneles del ascensor está
encendido.
¿Qué ha sucedido? ¿Un cortocircuito en el sistema?
Mi primera reacción es encender la cuadrícula, pero no aparece. Nada
funciona en mi sistema. Es como si estuviera apagado.
June me mira con el ceño fruncido.
—Parece que no es solo este edificio —comenta, señalando con el
mentón hacia la ciudad.
Efectivamente, tiene razón: todos los edificios cercanos parecen estar
sin energía, sin ningún tipo de información virtual flotando por ningún
lado.
—¿El SIA? ¿Puedes ponerte en contacto con ellos? —me pregunta June.
Niego.
—No. Todo mi sistema está deshabilitado. Ven.
Salgo del ascensor y le indico con un gesto que bajemos por las
pasarelas. Salimos corriendo por los pasillos. Aquí y allí, nos cruzamos
con algunas personas que bajan de los ascensores con expresiones de
perplejidad.
—¿Sus sistemas funcionan? —nos grita una mujer cuando pasamos a su
lado.
—No —exclamo, negando.
No está limitado a nuestras cuentas, entonces. Una sensación de
pesadumbre me empieza a invadir el pecho. Algo va muy mal, y una parte
de mí me dice que tiene que estar relacionado a lo que Hann estaba
haciendo.
Para lo que secuestró a mi hermano.
Mientras corremos escaleras abajo, casi me choco con Jessan y la
directora justo cuando entran a las escaleras de la sede central.
—¡Wing! —exclama la directora Min—. Se supone que no tiene que
estar levantado…
Ignoro su comentario y continúo andando.
—¿Vuestros sistemas? —pregunto—. ¿Alguno funciona?
Min está pálida y sacude la cabeza.
—Nuestros niveles, todo, los datos, toda la información que el gobierno
muestra, registra y guarda. Todo ha desaparecido, no reiniciado, o
nivelado, ha desaparecido. Borrado.
Siento que un puño frío me aprieta el pecho. Es imposible, quiero decir,
por todo lo que sé acerca de la infraestructura del sistema, lo extendida
que está por la ciudad y lo descentralizado. Pero he sido testigo de cómo
demasiadas malditas imposibilidades pueden volverse realidad para creer
en eso.
—¿Es toda la ciudad? —pregunta June.
Jessan asiente con severidad.
—Por lo que sabemos hasta ahora. No podemos contactar con nadie. No
entran ni salen llamadas.
Si el sistema completo de la ciudad ha fallado… el caos en las calles de
la Ciudad Baja debe de ser inimaginable. Mi corazón se estremece ante la
idea de que Eden sigue atrapado bajo tierra por algún lado.
—He visto lo que sucede cuando hay un apagón total en una ciudad tan
dividida como esta —me dice June mientras corremos. Su expresión se
ensombrece—. Cuando las personas que han sido aplastadas durante años
se dan cuenta de pronto que sus cadenas han desaparecido, las cosas se
vienen abajo rápidamente. Lleva menos de una hora que una sociedad se
desestabilice.
—¿Qué quiere decir? —le pregunta Jessan a June.
—Quiero decir que más vale que se aseguren de tener al ejército abajo
en la Ciudad Baja ahora mismo, antes de que las cosas se descontrolen —
responde June.
Pienso en los apagones constantes que teníamos en Lake, la inquietud
que se apoderaba de las calles. June tiene razón. Hubo un apagón en
particular que afectó a la totalidad de Los Ángeles y, en menos de una
hora, estallaron incendios por toda la ciudad mientras los sectores pobres
se enfrentaban con los sectores Gema. Recuerdo ver a los tanques rodando
por las calles para restaurar el orden. Mi madre nos había obligado a no
salir durante dos semanas mientras la policía se desplegaba por los
barrios.
—Ciudad de Ross no es la República —observa, cortante, la directora.
—No —responde June, con la misma severidad—. Es peor. Este lugar
está aún más polarizado y el efecto se notará con mayor rapidez. Por lo
que puedo ver, sin el sistema, la Ciudad Baja se vendrá abajo, y ocurrirá
pronto si no consiguen volver a hacer funcionar el sistema.
Maldita sea, echaba de menos escucharla hablar cuando analiza una
situación. Min frunce el ceño ante la franqueza en la voz de June, pero esta
vez no discute. Intenta volver a llamar al presidente.
—La energía de emergencia aún no funciona —dice, insultando por lo
bajo, después de un rato.
—Ve hacia el noreste en cuanto lleguemos al suelo —le digo a June—.
Iremos a la zona aproximada en la que hemos estado buscando a Eden.
Asiente sin vacilaciones. No tengo ni idea de lo que haremos después de
eso, o cómo nos las arreglaremos para bajar, pero es la mejor opción para
encontrar a mi hermano.
Por fin llegamos a la planta baja. Las escaleras nos conducen a una serie
de altas puertas de metal enrejadas y, cuando las deslizamos para abrirlas,
nos revelan las calles de la Ciudad Baja.
Entramos en una escena caótica.
A nuestro alrededor, los nombres y la información que flota encima de
cada puesto callejero, cada tienda, cada persona, han desaparecido. Cuando
alzo la vista, noto que las capas virtuales también han desaparecido de las
estaciones de elevadores. Todo lo que vemos es real.
Mis ojos buscan a June, pero ella mira la calle. Ya hay personas
aprovechándose de la situación, y el espacio frente a la estación está
empezando a llenarse de gente. Mi primer pensamiento fugaz es que todas
las estaciones también se han apagado súbitamente; si los niveles de todos
se han reducido, todo el mundo ha quedado atrapado donde estuviera.
Pero ese pensamiento es reemplazado casi enseguida por otro: nuestros
niveles no han sido reducidos, han sido eliminados. De un plumazo, el
sistema de niveles de Ciudad de Ross (el sistema de clases por el que
siempre he discutido con el SIA, el mismo sistema contra el que Eden se
rebelaba todo el tiempo al bajar aquí) ha sido liquidado.
La gente puede ahora entrar a las estaciones y a las escaleras, sin
importar su nivel. La policía que patrulla las calles lucha en vano por
contener el flujo de gente. Peleas pequeñas y aisladas han empezado a
producirse entre las autoridades y los ciudadanos.
Detrás de nosotros llegan varios agentes del SIA. La directora se da
prisa para reunirse con ellos.
—¡Coordínese con la policía de este sector! —me grita, señalando la
calle—. Dígales que estamos pidiendo refuerzos. Ley marcial de
emergencia, de inmediato. ¿Entendido, Wing? No hay tiempo que perder.
Asiento.
—Sí, señora —respondo.
Luego, sale disparada junto a los otros agentes en dirección a la jefatura
de policía más cercana, para hacer funcionar las líneas de emergencia.
Hay cristales rotos sobre el asfalto y, no lejos de nosotros, algunas
personas fuerzan la entrada de una tienda y empiezan a llevarse cosas con
avidez. Carritos repletos de comida que no podrían haber comprado jamás
con su nivel, pilas de ropa, electrodomésticos y muebles. A su alrededor,
otros empiezan a darse cuenta de la situación. Oigo los gritos que se
elevan por toda la calle.
—¡Rápido! —grita alguien—. ¡Antes de que vuelva el sistema!
Sigo corriendo en la dirección en la que quizás esté mi hermano. ¿Cómo
demonios haré para encontrarlo en este lío? Llego a una intersección
atestada y me detengo en el centro, mirando desesperado hacia las
muchedumbres que invaden ambas calles. A mi lado, June me toma de la
mano y la aprieta una vez. La miro y odio la sensación de impotencia que
me invade.
De pronto, siento que estoy de nuevo en el fragor de la guerra con las
Colonias, buscando frenéticamente a mi hermano en territorio enemigo.
Y, de pronto, percibo algo familiar.
Allí. En mitad de la calle. El destello de un cabello rubio ondulado que
me resulta conocido, y el brillo de sus gafas metálicas. Un milagro en
medio del caos absoluto.
Primero, creo que estoy alucinando. No puede ser que sea Eden.
Pero parpadeo y no desaparece. Allí veo su pelo de nuevo. June también
me sujeta la mano con más fuerza y señala en su dirección.
—¿Es él? —exclama.
No sé cómo se ha escapado de Hann. No sé cómo ha encontrado el
camino de vuelta a la superficie de la Ciudad Baja. No sé nada más aparte
de que quizás estaba volviendo en dirección a nuestra casa y que por eso
nuestros caminos se han cruzado.
Alzo la voz y, en ella, oigo mi propio terror.
—¡Eden! —grito—. ¡Eden!
Alza la cabeza de pronto. Me mira. En la distancia, noto que me
reconoce.
—¡Daniel! —exclama, y es como si lo viera de niño de nuevo.
Me inunda la adrenalina. Empiezo a abrirme paso hacia él. June me
sigue. Tengo que llegar a mi hermano antes de que algo le suceda. El
miedo de mi corazón está a punto de estallar.
Eden se abre paso a empujones. Parece que le lleva una eternidad abrirse
paso a través de la muchedumbre. Por un instante, creo que nunca nos
alcanzaremos. Se acabó, pienso. Estoy perdido en una de mis pesadillas.
Corro y corro hacia mi hermano y jamás llegaré a él.
Pero, súbitamente, está delante de mí. Y no estoy soñando. Y lo
envuelvo en un abrazo feroz. Me devuelve el abrazo.
Es Eden, y se ha librado de las garras de Hann.
EDEN

Nunca he visto ciudad de Ross sin sus capas de realidad aumentada. Me


parece que no ha sido diseñada para ser vista así.
No hay carteles o nombres de calles, no hay mensajes flotantes, ni
cuadrículas. Por encima de todo, no hay niveles sobre la cabeza de nadie.
Es como si todo lo que mantenía a la ciudad en una pieza (el alumbrado
público, las normas de tránsito, la policía) hubiera desaparecido en un
abrir y cerrar de ojos.
Los disturbios estallan tan rápidamente que (desde la sede central del
SIA en los Pisos del Cielo) vemos cómo surge el caos en tiempo real en
sus pantallas. Al principio, la gente se queda parada en las aceras, perpleja,
murmurando unos con otros para preguntarse si sus niveles han
desaparecido de súbito. Coches y camiones autónomos se detienen en
medio de las calles. El tránsito empieza a atascarse.
Poco a poco, veo cómo la Ciudad Baja toma consciencia. Recorre las
calles como una ola. Los murmullos se convierten en exclamaciones y
luego en gritos.
«El sistema se ha caído».
«¡Los niveles han desaparecido!».
Y así, sin más, la ola se convierte en maremoto. El sistema se ha caído,
los niveles han desaparecido, el sistema se ha caído, los niveles han
desaparecido.
Después de la escena en la Ciudad Baja, los Pisos del Cielo parecen
sumidos en una calma inquietante. Es medianoche y, aunque estamos a,
por lo menos, cien pisos de distancia, veo el brillo naranja del fuego que
proviene de la Ciudad Baja allí abajo. Columnas de humo se elevan
cuando la ciudad lleva al ejército para intentar contener el caos.
La mismísima sede central del SIA está luchando para mantenerse en
funcionamiento. En el vestíbulo principal, una pantalla grande reproduce
una transmisión en vivo desde la Ciudad Baja con comentarios frenéticos
de un locutor. Es raro ver video así, sin el sistema de niveles.
—¿Por qué te ha dejado ir Hann? —me pregunta Daniel mientras voy y
vuelvo sin parar junto a los ventanales—. ¿Te ha hecho algo?
—No —respondo, distraído. Estoy intentando llamar manualmente por
teléfono a Pressa, pero sin éxito. Al duodécimo intento, maldigo por lo
bajo y me vuelvo hacia mi hermano—. No me ha hecho nada. Me dijo que
me liberaría si lo ayudaba a instalar el motor de mi dron en su máquina.
—¿Y entonces?
—Y entonces… —vacilo, y me pregunto si debería contarle a Daniel la
historia de Hann. Mis ojos se posan en el dedo vendado de mi hermano.
Hann había prometido que no le haría daño, pero su promesa era cierta a
medias. Daniel estuvo en el hospital por deshidratación. Los guardias le
rompieron un dedo.
Por mi culpa, Hann hizo daño a mi hermano. El pensamiento me da
tanto asco que tengo que tomarme un momento para luchar contra las
náuseas.
—Después de que terminara de instalar la máquina, Hann me contó que
me dejaría ir como gesto de buena voluntad. Pero me dijo que volvería.
Sabía, básicamente, que Daniel y yo nos encontraríamos de nuevo en
una encrucijada. Que yo no soy como mi hermano.
—No tiene sentido —masculla Daniel, frunciendo el ceño.
—Hann dijo que no tenía interés en obligarme a trabajar para él.
Además, ya había conseguido lo que quería.
Me vuelvo hacia los ventanales, donde se ven las columnas de humo
elevándose desde las calles de abajo.
—Está jugando contigo —dice Daniel, entrecerrando los ojos—. Se lo
conoce por eso. He visto varios casos en los que él se ha ganado a víctimas
de sus préstamos al darles la ilusión de que están a salvo con él.
Algo en la manera en la que Daniel asume sin más que Hann está
jugando me hace sentir receloso. Es cierto que es un hombre peligroso;
nos secuestró a los dos, después de todo, y nos mantuvo como rehenes. El
hecho de que nos haya dejado ir a su antojo… bueno, es algo que solo un
criminal seguro de sí mismo haría.
Pero no puedo evitar pensar en lo que me contó. En lo que les sucedió a
su hijo y a su esposa. La pena sincera que se le había grabado en el rostro.
La manera en la que parecía saber exactamente lo que me pasa por la
cabeza, mejor aún que Daniel.
La llamada que estoy intentando hacer vuelve a fallar. Aprieto los
dientes, frustrado y arrojo el teléfono a un sofá cercano. Luego, me giro
para mirar a los ascensores que salen de la sede central del SIA.
—No bajarás —dice Daniel automáticamente, observándome.
—Tengo que hacerlo. No puedo llamar a Pressa. Si la sede central del
SIA está limitada en términos de tecnología, la Ciudad Baja debe de estar
completamente desconectada.
Daniel aprieta los labios.
—No. —Señala con la cabeza en dirección a la pantalla, donde están
mostrando las calles de abajo. Hay barricadas en algunas zonas de la
Ciudad Baja, pero no sirven de mucho contra las multitudes furiosas que
se organizan para saltar sobre ellas. Algunas personas marchan por la calle
a gritos. Otras rompen vitrinas e invaden las tiendas.
—¿Ves eso? —me dice, clavándome una mirada severa—. El presidente
mismo se irá mañana por su propia seguridad, y se llevará a su custodia
con él.
—Anden se ha ofrecido a alojarlo en la República —añade June—. Nos
ha invitado a irnos con él.
Hasta el presidente está abandonando esto. La idea de que todos nos
vayamos volando me provoca un miedo que se apodera de mi cuerpo.
¿Qué pasará con Pressa y su padre? No puedo dejarlos aquí y huir como un
cobarde. E incluso aunque fuera así, falta mucho para mañana. Daniel
bajará a la Ciudad Baja en unas horas con el resto del SIA para intentar
controlar la situación.
Miro a mi hermano con decisión.
—¿No te toca bajar dentro de poco a la Ciudad Baja?
—Es mi trabajo contener este lío.
—Tu trabajo. Siempre tu trabajo. —Alzo las manos—. ¿Crees que no
me preocupo por lo que te sucederá a ti cada vez que te metes en eso?
Corres peligro todos los días. Pero no me dejas entrar. No me permites
acompañarte.
—Yo lo hago para que tú no tengas que hacerlo —exclama.
—¡Tengo que hacerlo! —escupo de pronto. El enojo me quema la
garganta—. Cuando bajas y no vuelves hasta tarde, cuando te captura un
criminal peligroso, yo tengo que lidiar con eso. Yo tengo que soportar la
idea de perderte. No puedes pedirme que deje a Pressa para que se las
arregle sola allí abajo. Tú no harías eso. —Respiro hondo y le lanzo una
mirada feroz—. Si June estuviera abajo, destrozarías todas las calles de la
Ciudad Baja para encontrarla. No te detendrías hasta estar muerto, y no te
importaría qué demonios te dijera yo.
June carraspea, incómoda, ante mis palabras. Delante de mí, Daniel está
callado. Se ha puesto pálido, como si estuviera recordando algo del
pasado.
—Las cosas empeorarán —dice June, después de un rato. No sé
interpretar si está de mi parte o no—. Las personas que han sufrido
durante tanto tiempo, que no tienen la habilidad de atacar a los poderes
más altos, se atacan unas a otras. Destruirán cada tienda y puesto y casa, y
lo harán rápidamente. Así que si vamos a sacar a alguien de la Ciudad
Baja, tenemos que hacerlo ahora. Está a punto de volverse imposible.
Daniel aparta la mirada de los ventanales oscuros y me mira.
—Está bien. Pero no irás solo. Voy contigo —dice, por fin, la voz llena
de tensión.
—Yo también —añade June.
A pesar de este acuerdo, siento cómo crece el abismo entre nosotros.
Diga lo que diga Daniel, me hace sentir diminuto, como un hermano
pequeño pidiendo permiso para hacer cualquier cosa. Le doy la espalda,
disgustado conmigo mismo, y me dirijo hacia los ascensores.

Aunque es pasada la medianoche, las calles de la Ciudad Baja están


completamente iluminadas: por las luces del sistema eléctrico de
emergencia, por lámparas manuales, varillas de luz, antorchas y pantallas
portátiles que alzan los manifestantes, y por los focos instalados en las
barricadas, que son vigiladas por la policía y el ejército.
Estoy corriendo por la calle con Daniel y June a mi lado. Nos llegan
gritos desde todas las direcciones. Las calles, siempre llenas, están
atestadas de gente en todos los estados posibles de celebración y
confusión. Algunos dudan, de pie frente a sus puestos o tiendas,
retorciendo las manos y mirando tímidamente a la policía que pasa por
allí. Otros miran a través de las ventanas de los pisos más altos,
entornando los ojos, incrédulos, al ver la falta de capas de realidad
aumentada en los demás edificios. Varios sacan fotografías con cámaras
antiguas, ahora que el sistema está deshabilitado.
Pero otros están furiosos, felices de poder desatar su enfado atacando a
sus vecinos con el tipo de violencia que en circunstancias normales te
dejaría sin nivel. Algunos se aprovechan de la desaparición del sistema
para entrar en tiendas y abastecerse de todas las cosas que nunca pudieron
comprar. Pasamos junto a varios jóvenes que rompen la calle sin motivo,
rompiendo motocicletas y tableros y autobuses autónomos y echándoles
litros de pintura encima. En la noche, sus figuras proyectan sombras largas
contra la pared.
—La cosa se está deteriorando rápidamente —exclama June mientras
corremos—. Eden, no tenemos mucho tiempo antes de que la situación
haga que no sea razonable quedarnos aquí. ¿Podremos llegar hasta tu
amiga antes de eso?
Pressa. Escucho su nombre una y otra vez. La botica de su padre está
metida en el corazón de la Ciudad Baja, justo en el centro de la acción.
—Llegaremos a ella —exclamo cuando llegamos a una intersección y
giramos bruscamente—. Tenemos que hacerlo.
Un coche autónomo volcado en la calle nos detiene en seco. Lo rodean
tantas personas que no es fácil sortearlo. Cerca, las llamas brillan doradas
en la noche.
Maldigo.
—No podemos pasar.
Daniel mira hacia adelante y me indica con una inclinación que lo siga.
—Hay una manera —replica.
Llega al final de la calle y luego sale disparado a un callejón angosto
entre dos manzanas. Sus movimientos son tranquilos y seguros, como si
hubiera estado aquí una docena de veces.
Llegamos a un camino sin salida con una puerta cerrada. Pero Daniel no
deja de moverse. Se impulsa de una patada contra la pared y sube al
primer piso en segundos, salta del borde hacia arriba de la puerta.
Desaparece de la vista. June corre hacia allí justo cuando Daniel emerge al
otro lado y abre la puerta desde adentro.
—Daos prisa. —Jadea mientras nos hace pasar. Corremos por un sendero
privado antes de salir de vuelta a la calle.
Dos manzanas más abajo, la veo. La botica.
Una turba tiene rodeada la tienda y ya han roto la vitrina. De pie en la
entrada está el padre de Pressa, su cuerpo frágil presionado valientemente
contra la entrada, suplicándole a la gente que mantenga el orden. Junto a
él, Pressa y el asistente de su padre, Marren, empujan a cualquiera que se
ponga muy agresivo.
—¡Largaos! —grita Pressa—. ¡Volved a la calle! ¡No podéis entrar aquí!
Otras personas intentan ayudarlos. Reconozco a algunos de los clientes
habituales de la tienda. Varios hombres más corpulentos han formado una
barricada humana a un lado de la tienda, y otros dos están colocando tablas
para cerrar la ventana rota al otro lado.
Mi corazón se aligera un poco ante el espectáculo, aunque la situación
parece estar al borde de algo peligroso.
—¡Pressa! —grito, a todo pulmón, mientras nos acercamos. Alzo las
manos al aire.
Gira la cabeza en mi dirección y sus ojos oscuros me buscan en la
multitud. Finalmente, se posan en nosotros.
—¿Eden? —dice, incrédula. Su actitud se anima al verme.
No dudo. Empiezo a abrirme paso a empujones por la turba para llegar a
donde está de pie con su padre. Me sujeta del brazo con todas sus fuerzas.
Tiene los ojos bien abiertos y desesperados.
—Se está viniendo todo abajo —me dice rápidamente—. La gente está
intentando robarnos los medicamentos.
Detrás de mí, Daniel y June también se han abierto paso hacia lo alto de
los escalones. Cuando un hombre empuja al padre de Pressa en un intento
por entrar a la tienda, June le da un codazo tan rápido que le rompe la
nariz antes de que pueda reaccionar. Grita del dolor y se aparta.
June lo mira con los ojos entrecerrados y alza la voz por encima de la
muchedumbre.
—¡Policía! —grita—. ¡Retrocedan, ahora!
La autoridad de su voz es tan militar que, al menos por un instante,
todos la escuchan. Junto a ella, Daniel aleja de un empujón a dos personas.
Me vuelvo hacia Pressa.
—Tu padre y tú tenéis que salir de aquí —le digo—. Dejad la tienda.
Dominic Hann ha acabado con el sistema de niveles; no volverá por ahora.
Esta situación se va a desbordar.
Pressa mira desesperada a su padre, que hace guardia frente a la puerta.
—No hay manera de que nos vayamos. No puedo dejar que se quede, y
él no abandonará el trabajo de toda su vida.
Aprieto los dientes y tironeo de ella para llevarla conmigo.
—¿No entiendes lo peligroso que es esto? —La presiono—. ¡Se trata de
vuestras vidas!
Se desprende de mi agarre. Sus ojos se llenan de furia y miedo.
—¿Crees que soy estúpida? —exclama—. ¡Esto es todo lo que tenemos,
Eden! ¡Todo!
—¡Es una tienda, Pressa, no sus vidas!
—Esta tienda es algo que mi padre ha construido durante toda su vida.
Es lo único que impide que nos quedemos en la calle. No huirá, y yo no
voy a abandonarlo. —Me echa una mirada amarga—. No espero que un
chico del cielo como tú lo entienda.
La suelto y se da prisa en volver junto a su padre. El señor Yu está
suplicándoles a las personas que intentan hacerlo a un lado.
—¡Por favor! —exclama—. ¡Os conozco desde hace años!
Pero las ansias y el caos están llegando al límite. Veo cómo dos hombres
destrozan de golpe una de las ventanas laterales. Entran a la tienda y
empiezan a echar todas las hierbas y latas que encuentran en una bolsa.
Otros avanzan hacia el interior.
Maldigo ante la escena. Daniel está luchando para impedir que la marea
de gente entre por la ventana lateral rota, mientras que June está de pie,
imperturbable, frente a la entrada. Aparto de un empujón a una mujer que
está intentando meterse por otra vidriera abierta.
Pressa protege a su padre y, con Marren, lo obligan a apartarse. Está
sollozando, le corren riachuelos por las mejillas mientras intenta en vano
rogarle a la gente que deje de llevarse sus medicamentos.
—¡Por favor! —grita una y otra vez, sujetando cuando puede una
manga, un brazo o una pernera de pantalón cuando pasan junto a él—.
¡Basta! ¡Por favor!
Algo malo va a suceder. La idea se amplifica en mi cabeza hasta
convertirse en un aullido. Se me acelera el pulso hasta que siento que mi
corazón va a explotar. Es la misma sensación de estar siendo atado a una
camilla justo antes de que un soldado le dispare a mi madre.
Algo muy, muy malo va a suceder.
Lo veo en cámara lenta.
Un hombre joven, delgado hasta los huesos y con las mejillas hundidas,
avanza directo hacia la entrada de la tienda e intenta pasar por debajo de
los brazos extendidos del señor Yu. Con las prisas, se tambalea, se cae y se
golpea fuerte la cara contra el borde del marco. Se le hace un tajo
profundo en las mejillas.
El señor Yu se vuelve hacia él. Veo la preocupación en su mirada y, en
vez de obligar al joven a que salga de la tienda, se agacha para ayudarlo.
—Tranquilo —le dice el señor Yu al joven, que está en el suelo con la
cara entre las manos, gimiendo—. Es un corte feo. Te ayudaré a
vendarlo…
Pero el hombre ataca al señor Yu con una furia ciega. Pressa ve el brillo
en el aire al mismo tiempo que yo. Grita y sujeta a su padre para apartarlo,
con las vendas en la mano. Abro la boca y me lanzo en su dirección.
Ninguno de los dos lo alcanza a tiempo. El cuchillo del joven se hunde
profundamente en el abdomen del padre de Presa. Una vez. Dos veces.
En ese momento, me arrojo sobre el hombre y le quito el cuchillo, que
sale volando hacia el piso mientras él y yo caemos. Por encima de mí,
Pressa sostiene a su padre, que se sujeta del abdomen, los ojos llorosos
abiertos por la impresión.
El joven lucha conmigo. Tiene una fuerza sorprendente para su talla,
como si estuviera luchando por su vida. Por fin, le pego con la fuerza
suficiente como para enviarlo patinando contra la pared. Se golpea la
cabeza y la sacude, atontado por un momento.
Daniel nota el jaleo y corre hacia nosotros, pero ya es demasiado tarde.
El padre de Pressa cae de rodillas en el centro de la tienda mientras la
gente corre a su alrededor y se da prisa en aferrar todo lo que puede de los
estantes. El rostro del señor Yu está pálido como el papel y tiembla sin
cesar. De los dedos con los que se aferra el estómago surge una sangre
oscura.
—¡Padre! —le grita Pressa mientras lo ayuda a recostarse contra la
pared de la tienda. Presiona la herida sangrante con su mano. La sangre le
mancha la piel. Alza la mirada hacia mí, impotente—. ¡Padre! ¡Pide una
ambulancia! ¡Ahora!
Pero sin el sistema de niveles, no es posible llamar a nadie. Salgo
disparado hacia la calle para intentar llamar al primer agente de policía
que vea, pero hay tanta gente allí, unos abriéndose paso a empujones de
camino a otras tiendas, otros intentando detenerlos. Vuelvo corriendo, me
agacho junto al señor Yu y me quito mi chaqueta, que es liviana.
El señor Yu parpadea débilmente, me mira y luego mira a Pressa. Su
respiración es irregular. Le susurra algo que suena a que le está diciendo
que salga de aquí. Ella lo ignora y sigue intentando detener el flujo de
sangre.
Sujeto la mano del señor Yu y se la aprieto fuerte. Sin que podamos
hacer nada más, sus ojos se apagan, su brillo se desvanece en la nada. Deja
de temblar. En la mano aún sujeta las vendas que tenía listas para ayudar a
su asesino. Ahora están manchadas de rojo.
Pressa aún tiene las manos sobre las heridas de su padre. A nuestro
alrededor, la gente sigue pasando por encima de su cuerpo como si no
fuera más que un obstáculo, tropezando hacia delante para sujetar de los
estantes puñados de hierbas y polvos.
Me doy cuenta de que estoy tironeando a Pressa del brazo, le digo que
tenemos que irnos. Intenta deshacerse de mí y seguir con lo que está
haciendo. Solo cuando June y Daniel se me unen conseguimos sacudir a
Pressa de su ensueño y empezamos a alejarla de la tienda. Marren corre a
la calle y se vuelve para contemplar con impotencia cómo la gente invade
el local. En ese momento, Pressa rompe en llanto en mis brazos.
Me obligo a apartar la vista del espectáculo que nos rodea. Por más
fuerte que un país parezca, por más invencible que uno parezca ser…
siempre hay un punto de quiebre. Siempre existe algo que puede hacer que
la casa entera se venga abajo.
DANIEL

Sé cómo se siente uno al verse obligado a abandonar el hogar. Sé cómo se


siente uno al perder un padre. Sentirse impotente mientras el mundo arde a
tu alrededor.
La chica llamada Pressa se queda en silencio cuando dejamos el hospital
la mañana siguiente, donde ya han cubierto el cuerpo de su padre. No me
mira. Apenas si habla con Eden, que la rodea con el brazo en un abrazo
protector.
Siento pena por ella. En sus ojos, veo reflejada mi propia pena pasada.
Oigo el eco de mis gritos y la sangre en el suelo.
—El avión del elector despega en media hora —me dice June en voz
baja mientras caminamos hacia los ascensores—. Tenemos que darnos
prisa. Vuestro presidente saldrá pronto.
Asiento y vuelvo la vista hacia mi hermano y su amiga. En este
momento, es como si estuviéramos de vuelta en las calles de la República,
evacuando porque las Colonias nos tenían cercados. Pero esta no es una
batalla con una fuerza externa. Esta es la consecuencia de un sistema
fallido, algo que se había estado pudriendo debajo de un exterior
reluciente.
En las pantallas del vestíbulo del SIA vemos a la policía obligando a
retroceder a la muchedumbre, las cachiporras al aire, las armas
centelleando. La gente cae.
Aparto la vista del espectáculo y avanzo. Mi trabajo es mantener a Eden
a salvo. Y ahora el único camino a la seguridad está fuera de este país.
Entramos al ascensor, que funciona con el sistema de electricidad de
emergencia.
A medida que subimos hacia el último piso, el avión privado del elector
aparece ante nuestros ojos. Le clavo la mirada, las vetas de pintura negra y
roja en los costadosde la nave, la nariz angular. La escena parece
surrealista.
Camino detrás de June, mi hermano y Pressa caminan en silencio a mi
lado. ¿En qué estará pensando? ¿Cómo fueron sus últimos momentos con
Dominic Hann? Pero no tengo tiempo de detenerme demasiado en eso
antes de encontrarme dentro del avión y frente a Anden.
Cuando los motores se encienden y el avión se eleva en el aire, miro por
la ventana hacia la ciudad debajo de nosotros. Volutas de humo suben
desde las calles inferiores, cubriendo cual bruma las luces aún
centelleantes de los pisos más altos. Sin las coloridas capas virtuales, la
ciudad parece más vulnerable de lo que jamás me hubiera imaginado: los
edificios completamente blancos, vacíos de contenido. Las personas
parecen puntitos minúsculos que corren de un lado a otro por las pasarelas
que conectan a cada edificio como una tela de araña.
Se parece a una guerra. Se parece a algo de lo que ya he visto demasiado
en mi vida. Cuando nos elevamos más arriba y la escena de abajo se
desvanece detrás de las nubes, me encuentro preguntándome si alguna vez
en la historia hubo paz, si podemos alguna vez encontrar la manera de
escapar del ciclo de destrucción que creamos nosotros mismos.
Si existe, desde luego yo no la he visto.
LOS ÁNGELES
República de América
EDEN

Me paso las doce horas completas en el avión dibujando diagrama tras


diagrama.
Es el hábito que emerge siempre que quiero distraerme de mis
ansiedades. Dibujo lo que recuerdo de trabajar en el dispositivo de
Dominic Hann, pero no es suficiente; no me dieron acceso a todo y, por
consiguiente, termino con una idea inacabada de cómo se las arregló para
acabar con el sistema antártico completo de Ciudad de Ross de un
plumazo.
—Eden.
Me lleva un rato darme cuenta de que Pressa está llamándome. Dejo de
dibujar, sobresaltado, y la descubro mirándome fijamente, con una taza de
té humeante en las manos. La posa en la mesa delante de mí.
—Gracias —murmuro y me obligo a relajarme en el asiento y a sujetar
la taza entre mis manos. El calor me quema la piel, pero la impresión
inmediata también me sienta bien.
Pressa dirige sus ojos oscuros hacia la ventanilla. Se coloca el pelo
detrás de las orejas.
—Gracias por traerme contigo —dice en voz baja.
Ha estado en silencio la mayor parte del viaje, con los ojos vacíos y
enrojecidos por la tristeza. Ahora, echa un vistazo, incómoda, al avión del
elector. Es lujoso, con su techo alto redondeado y los laterales cubiertos de
elegantes sofás y sillas. Detrás de nosotros, dos camas grandes con
cortinajes gruesos se ubican en la parte posterior del avión, junto a un
cuarto de baño que compite con el que tenemos en nuestro piso.
Mira una y otra vez al elector, que está sentado en el extremo opuesto en
el frente del avión y habla en voz baja con June. Daniel descansa
relajadamente junto a ella, mirando el paisaje por la ventanilla con aire
distraído. A pesar de que se está esforzando por fingir que no está
prestando atención a lo que están hablando, me doy cuenta de que no se
pierde ni una palabra. También sabe dónde estoy y qué estoy haciendo,
aunque jamás lo demuestre.
Pressa baja la mirada por un instante hacia mis diagramas, y luego me
mira.
—Necesitas descansar si quieres avanzar más, ¿sabes? —murmura, por
fin—. Has estado trabajando sin parar durante todo el vuelo.
—Lo sé. —Me froto los ojos, llorosos de cansancio—. Es que… El
sistema de niveles fue destruido por mi culpa. Mi motor le dio energía a
esa máquina, y yo permití que sucediera. Tengo que descifrar esto.
Su mirada se suaviza.
—No fue tu culpa —dice.
—Pero lo fue, ¿no es cierto? —Bajo la taza, disgustado.
—No debería haberte llevado a la carrera de drones.
—¿Qué opción tenías? Estabas intentando ayudar a tu padre. Y en vez de
hacer eso, yo le di a Hann la última pieza que le faltaba del rompecabezas.
Y ahora el señor Yu se ha ido. Noto el dolor en la cara de Pressa y hundo
la cabeza en las manos. Números y esquemas invaden mi mente exhausta.
Por fin, Pressa sacude la cabeza.
—Hann lo habría conseguido de todos modos, con o sin ti. Si no, no
habría actuado tan rápidamente. —Se apoya sobre los codos en la mesa
que nos separa—. ¿Cuánto tiempo le habrá llevado montar eso? ¿Meses?
¿Años?
Hojeo sin cesar mis inútiles bocetos.
—Lo suficiente como para que nadie notara que estaba construyendo ese
tipo de infraestructura.
Mi único consuelo es que al menos usó una parte de algo que creé yo.
Me da un punto de partida para entender el resto del rompecabezas, al
menos. Pero no tengo demasiado tiempo para hacerlo.
Cuando pienso en Hann, siento un tirón en el pecho de algo que no sé
qué es. Recuerdo sus ojos serios y la historia que me contó acerca de lo
que sucedió con su familia.
«Me recuerdas a mi hijo».
Esas palabras no deberían afectarme. Por lo que sé, podrían ser mentira.
Pero la tristeza en su mirada cuando las dijo…
Dejó que mi hermano se fuera. Me dejó ir.
Hizo caer el sistema contra el que Daniel discutió con sus superiores, el
sistema que yo odié y desafié siempre que pude.
Es culpa suya que el padre de Pressa esté muerto, me digo a mí mismo.
¿Pero fue Hann el que lo mató o el sistema de Ciudad de Ross?
El avión baja un poco el morro y el capitán hace un anuncio. Miro por la
ventana y descubro el contorno familiar que emerge por debajo de las
nubes. La curva de la costa de California.
De pronto, los pensamientos acerca de Hann se apagan cuando me doy
cuenta de que estamos, oficialmente, sobre aguas de la República.
Al otro lado del avión, Daniel se pone tenso y se endereza en el asiento.
Por un instante, intercambiamos una mirada. Recuerdo la última vez que
vinimos, lo incómodo que se había sentido al regresar a nuestra madre
patria.
Ahora, hemos vuelto.
Y la República nos ha salvado, extrañamente.

Media hora más tarde, salimos del avión y bajamos por el terraplén. Sigo
en silencio a June y al elector. Junto a mí, Pressa me aferra con fuerza del
brazo mientras examina la entrada al aeropuerto de Los Ángeles. Todo se
ve tan distinto aquí, como si hubiéramos retrocedido en el tiempo a otra
época. Altas y severas columnas cubiertas de llamativos estandartes rojos
y negros que anuncian el regreso al país del elector. Ventanales
rectangulares altos y toscos. Nada de capas de realidad aumentada o
imágenes virtuales flotantes.
Daniel está más callado que de costumbre; mantiene la cabeza gacha y
las manos metidas en los bolsillos. Los soldados de la República, con sus
característicos uniformes rojos y negros, se ponen en posición de firmes
cuando pasamos junto a ellos. Noto que mi hermano se estremece un poco
cuando se mueven. Incluso cuando estuvimos aquí semanas atrás para mi
entrevista habló menos de lo habitual. Todos sus instintos le deben de estar
diciendo que esos soldados están aquí para matarnos, para arrestarlo, para
llevarse a su familia.
De pronto, siento una punzada de culpa al pensar en los días que pasó
deambulando sin parar por la Ciudad Baja. Una cosa es escucharlo hablar
de lo mucho que quiere dejar atrás el pasado. Otra cosa es ver cómo el
pasado ataca cada línea de su cuerpo.
Cuando entramos en el aeropuerto, una muchedumbre de periodistas que
nos estaban esperando se apiña en tropel junto a la baranda que los
contiene. Se genera un estrépito de cámaras disparando y nos traga un mar
de luces cegadoras y voces que nos gritan.
—¡Señor Wing, señor Wing! ¡Daniel!
—¡Comandante Iparis!
—¡Elector! ¡Elector, aquí!
Parpadeo, desconcentrado ante el ataque. Delante de mí, Daniel se pone
aún más rígido junto a June y mantiene la cabeza gacha mientras los
equipos de noticias avanzan hacia nosotros. Instintivamente, rodeo a
Pressa con el brazo, que se ha quedado perpleja ante el jaleo.
June es la más tranquila de todos. Alza la cabeza y chasquea los dedos
para llamar la atención de los otros guardias que caminan junto al elector,
que cierran la formación para protegerlo. Luego, se aprieta contra Daniel,
lo suficiente como para que sus hombros se toquen. Cuando un periodista
muy entusiasta acerca demasiado la cámara a la cara de Daniel, June lo
empuja hacia atrás sin contemplaciones.
—¡Abran paso! ¡Despejen esta zona! —La voz de June es firme y
eficiente. Los periodistas obedecen y se abren, pero nos siguen de cerca en
una marea continua.
—¡Daniel! ¡Eden! ¡Aquí!
Me vuelvo al oír una voz conocida.
Allí, en medio de las multitudes reunidas para recibir al elector (y a
Daniel), está Tess, el rostro alegre como siempre, agitando el brazo por
encima de las cabezas de los demás.
No intenta avanzar hacia June, quien técnicamente sigue en formación
para proteger al elector, pero veo que ambas intercambian una sonrisa y un
guiño. Luego, Tessa se aparta del séquito del elector y se dirige
directamente hacia nosotros.
La vi por primera vez hace un mes, cuando volvimos a la República para
mi entrevista. No había reconocido en ella mucho de la niña que yo
recordaba, pequeña, insegura, encorvada y perpleja, siempre retorciendo
las manos. Ahora es alta y con buena postura, lleva el pelo castaño en un
bob corto, se mueve con confianza y precisión, a tono con su actitud de
cirujana. Pero el brillo en sus ojos, el eco alegre de su voz… eso no ha
cambiado. Y sigue aquí.
Espera a que salgamos y que la escolta le permita pasar; avanza hacia
nosotros y le da un abrazo a Daniel.
Mi hermano no vacila. La envuelve en sus brazos y la abraza tan fuerte
que la levanta un poco del suelo. Las cámaras se vuelven locas alrededor
nuestro. Cuando la baja, le retuerce la nariz de la misma manera que a mí
cuando era pequeño. Ella protesta y le da un empujón en el hombro. Como
si fuera una hermana más. Daniel se ríe.
Me doy cuenta de que hace mucho tiempo que no lo oigo emitir un
sonido tan alegre.
—¡Bienvenidos! —exclama Tess, radiante, y nos mira a Pressa y a mí.
Me da una palmada en la mejilla—. No has estado durmiendo bien desde
la última vez que nos vimos.
—Ahora ya estoy bien —respondo, haciendo un esfuerzo para que no se
note mi vergüenza. Cerca de nosotros, Pressa nos observa con una
expresión insegura en el rostro.
—Esta es Pressa —le digo—. Una amiga mía.
Lo que quiero decir es que es mi mejor amiga, mi confidente, la chica
que me hace más audaz de lo que creo que puedo ser. Pero me sale decir
una amiga mía. Suena desconsiderado, hasta frío.
—Encantada de conocerte —le dice Tess, y se las arregla para sonreírle.
—Igualmente —responde Pressa. Pero percibo una ligera tensión en la
manera en la que se aleja de mí.
Nos esperan varios coches en la zona de carga del aeropuerto. Pressa y
yo seguimos a Daniel al segundo coche. June y Tess se sientan en los
asientos frente a nosotros. Las puertas se cierran y el estrépito externo se
reduce a un zumbido. Aquí dentro, Daniel relaja los hombros y se recuesta
contra el reposacabezas de cuero. La República no tendrá la tecnología
avanzada de la Antártida (no hay coches autónomos ni rieles por todas
partes) pero es algo reconfortante. El conductor, un soldado de la
República, nos saluda con una inclinación lacónica antes de seguir la fila
de coches del elector que avanzan por la calle delante de nosotros.
—Las noticias de la Antártida han estado en todos los canales de
noticias de aquí —nos cuenta Tess, girándose hacia atrás en el asiento para
poder mirarnos—. ¿Es cierto lo que sucedió con el sistema de niveles?
Creí que era completamente seguro.
—Nada es completamente seguro —observa Daniel, en el silencio que
sigue a la pregunta—. No sabíamos lo rápido que se vendría abajo, eso sí.
Todo funciona hasta que deja de hacerlo.
—¿Ahora qué? —June nos mira a Daniel y a mí, con esos ojos que
parecen de mercurio en las vetas de luz y sombra que se deslizan por el
interior del coche—. ¿Cuál es el plan de ese hombre?
Daniel sacude la cabeza.
—Haces caer los cimientos de un lugar, destrozas sus muros, y cualquier
cosa puede meterse dentro. Hay incendios en la calle, todo es un caos. Y
caos es precisamente lo que más disfruta alguien como Dominic Hann.
En su voz se percibe furia de verdad. Con este golpe, Hann se valdrá de
su máscara de liberador para apropiarse del poder. En el caos, los
monstruos ascienden rápidamente.
Que Hann sea o no un monstruo de verdad… Aún no lo tengo claro.
Tess frunce el ceño y sacude la cabeza.
—Todos sabemos lo que el caos puede hacer —dice, impaciente,
agitando una mano—. Pero creo que lo que June quiere saber es qué quiere
hacer con el caos. Específicamente.
Al oír eso, Pressa se endereza a mi lado, sacudida del estupor que le ha
provocado la llegada a la República. Ladea la cabeza en dirección a Tess.
—No había pensado en eso —dice—. Hann ha hecho que el sistema
entero caiga. ¿Y si sabe lo suficiente como para hacer que vuelva a
funcionar? ¿Ponerlo en funcionamiento y modificarlo según su
conveniencia?
Tess asiente.
—Eso es lo que haría un dictador. No quieren la anarquía pura.
Una idea cae en su lugar. A veces, me olvido de que Tess es una chica
que vivió en las calles y que casi no sobrevivió a la misma revolución que
vivimos nosotros. Entiende bien cómo se viene abajo una sociedad.
Parece el paso lógico. ¿Por qué Hann se tomaría el trabajo de hacer caer
un sistema de control para no usarlo?
Y, de pronto, me descubro pensando en mis esquemas desde una
perspectiva diferente. Rebusco en mi bolsillo y extraigo todos los papeles,
que forman un arrugado montón. Luego, los aliso sobre la falda. Pressa
mira por encima de mi hombro mientras tanto.
Con razón me parecía que había muchas partes de la máquina que no
tenían sentido. Quizás era porque el dispositivo nunca fue pensado para
solamente hacer caer el sistema de niveles. Quizás el invento de Hann
también fue diseñado para reinstalarlo.
Cuando alzo la vista, Daniel tiene la mirada clavada en mí. Esto, al
menos, es algo que él reconoce en mí, la chispa de una idea en mi cara.
—¿En qué estás pensando, Eden? —me pregunta.
«Es hora de que otra persona maneje este lugar». Me acuerdo de las
palabras finales de Hann, claras como el agua.
—¿Y si Hann piensa reconstruirlo? —digo, automáticamente—. El
sistema de niveles, quiero decir.
Señalo partes de la máquina que no había entendido antes.
—¿Y si piensa instaurar un sistema nuevo, uno que lo tenga a él al
mando? —añado.
La pausa que sigue es densa e inquietante.
June, después de un rato, asiente.
—¿Cuánto sabes acerca del dispositivo? —me pregunta.
—No lo suficiente.
—Algo es mejor que nada. —Alza una ceja—. Odio tener que decirlo,
pero tu intromisión quizás sea lo que acabe con Hann.
DANIEL

Todo en la república se siente familiar y extraño a la vez.


Camino en silencio con June al atardecer por las calles de los barrios
pobres de Los Ángeles, donde nos conocimos hace tanto tiempo. Cuando
volví por primera vez con Eden, no tuve tiempo ni el valor de deambular
por mi antiguo territorio. Ahora que lo estoy haciendo, recuerdo por qué
dudé antes.
June camina conmigo, satisfecha con dejarme disfrutar todo. Los
elegantes rascacielos y los caóticos pisos amontonados de la Antártida son
completamente diferentes a este lugar. La bruma rojiza dorada que flota
sobre el lago en el centro de Los Ángeles, las ruedas hidráulicas de hierro
girando en el agua. El aroma a masa frita y huevos de ganso hervidos y
perritos calientes de cerdos pigmeos invade las calles. La división entre
ricos y pobres, los sectores Gema y el resto de los sectores, aún marcada.
Estas imágenes son claras entre los huecos de mi memoria y, con ellas, me
parece que puedo reconstruir lo que falta de lo que debe de haber sido mi
infancia en estas calles.
Pero hay cosas que no reconozco. Ya no hay equis pintadas sobre las
puertas. Ya no hay más patrullas de plaga recorriendo las calles de mi
barrio. Ahora hay huertas, áreas de verde veteando el suelo aquí y allá, el
resultado de permitirle a la gente crear y vender productos. Y, por encima
de todas las cosas…
Andamios. Por todos lados. Se derriban edificios (torres ruinosas,
viviendas mediocres) para hacerlos de nuevo y los huesos de acero de las
obras en construcción llenan el horizonte. Planes para parques, tiendas
privadas, barrios más seguros.
—Ha pasado una década —dice June que nota que mi vista se posa en el
horizonte de grúas—. Pero el cambio es lento. Anden ha intentado reducir
la brecha con proyectos nuevos. No podemos permitirnos nada de esto,
pero Anden confía en que podremos conseguir las inversiones
internacionales necesarias para mantener el ritmo. Espero que tenga razón.
Mis pensamientos pasan de la República a la sensación de la mano suave
de June deslizándose en la mía. Se acerca más a mí cuando nos acercamos
al agua. La incomodidad entre nosotros sigue presente, pero al menos ha
disminuido. Saboreo su toque. El recuerdo de ella en mis brazos hace
varias noches me envuelve en una oleada de tibieza. De alguna manera,
junto a ella, el torbellino de recuerdos perdidos y lugares oscuros se
calma, y soy capaz de recordar mejor las cosas.
Hago una pausa ante una intersección limitada, a un lado por el lago y
por un par de torres, al otro. Una de las torres es vieja, tal y como la
recuerdo, capas destartaladas de concreto veteadas por el agua y la roña, el
piso más bajo es la entrada poco iluminada a un bar y los pisos superiores
resultan coloridos por las cuerdas para tender la ropa y las plantas que
caen de cualquier manera por los bordes oxidados de los balcones.
La otra torre es nueva, una estructura de líneas rectas y piedra pulida, los
muros vestidos con estandartes carmesíes de la República. Sobre la
escalinata que conduce a la entrada veo grabadas unas palabras que jamás
he visto aquí: Museo de Historia de la República.
Miro a June y ella asiente.
—Vamos. —Me tironea un poco de la mano y empieza a subir la
escalinata—. Lo han acabado este año.
Asiento sin pronunciar una palabra y la sigo. Es mejor que quedarme
parado en medio de la calle, perdido en recuerdos que no quiero.
Intentando mantener a raya el miedo a mi pasado.
Dentro, hay conservadores vestidos de rojo y negro a la entrada de cada
una de las muchas salas del museo. Nos saludan con una reverencia al
reconocernos. Nuestras botas taconean contra los suelos de piedra.
Contemplamos la exhibición en silencio. Es un memorial de los horrores
pasados. El uniforme tamaño infantil de alguien que participa en la
Prueba, simple y blanco, encuadrado y colgado. Un uniforme de la patrulla
de plaga encerrado en cristal, la máscara de gas oxidada e impersonal.
Retratos del último elector y de los que vinieron antes que él, cubriendo la
pared del fondo. Anden prohibió que su retrato se colgara poco después del
final de la guerra con las Colonias. Supongo que uno de ellos terminó aquí.
Recorremos las salas sin hablar. Hay videos viejos de las pantallas
gigantes, el juramento que debíamos recitar todas las mañanas, mapas
enormes colgando del techo de cables de acero que muestran cómo
cambiaron las fronteras de América a lo largo de los años. Incluso hay
salas dedicadas a América antes de la República, cuando estábamos unidos
a las Colonias. Contemplo, abrumado, los carteles que describen los
hechos que condujeron a la guerra que nos dividió. La llaman la Guerra de
Coranda, por el joven general que fue quien llevó a cabo un golpe de
Estado y se convirtió en el primer Elector Primo de la República.
No la llaman guerra civil. Ya había habido una que había dividido a la
nación antes de eso, hace cientos de años, en una época en la que la
esclavización de seres humanos era legal basada en nada más que en el
color de la piel. Hay una sala entera dedicada a eso, a la América siniestra
y unida que había antes de que existiéramos.
Permanecemos en esa sala tanto tiempo que los conservadores nos
tienen que pedir que nos retiremos porque tienen que cerrar por hoy. No
digo una palabra. Quizás los Estados Unidos estuvieron unidos solamente
para unos pocos. Quizás este lugar ha sido siempre una distopía.
El sol se oculta detrás de las nubes cuando emergemos del museo y la
luz que choca contra la bruma del lago pinta el cielo y el agua de dorado.
Me quedo aquí con June por un momento, contemplando la escena.
—Solía haber una hilera de tiendas de empeño y puestos de comida
donde está ahora el museo —digo, después de un rato, y señalo al bar de
enfrente—. Conocí a Kaede por primera vez allí.
Los recuerdos están dispersos e incompletos: una imagen borrosa de un
interior poco iluminado, una chica asiática con un tatuaje de una vid en el
cuello inclinándose por encima de la barra para darme una pista. Después,
un callejón estrecho, un grupo de gente reunida formando círculos sucios y
lóbregos, las voces roncas de tanto gritar. Yo, observando a una joven Tess
atravesando la muchedumbre para hacer una apuesta por los dos.
—Aquí te vi por primera vez —digo en voz baja, posando la mirada en
la calle angosta entre las dos torres. El espacio está vacío ahora, los gritos
de los apostadores en la pelea de skiz no son más que un eco del pasado.
June está seria. No se vuelve a mirar la calle y me doy cuenta con un
sobresalto que es porque le recuerda a la época más oscura de su vida,
porque veo la misma luz sombría que vi en sus ojos entonces. El recuerdo
despierta en mí, clara y precisa, otra pieza de su rompecabezas.
—No me gusta venir aquí —dice en voz baja—. Me recuerda demasiado
a su muerte. A todo lo que sucedió después.
No necesita decir el nombre de su hermano. Metías. Intento recordar la
primera vez que lo vi, pero no puedo. Para mí no es más que un uniforme
de la República borroso en la noche. En vez de eso, veo una imagen de
John, con la chaqueta al hombro, dirigiéndose a casa después de un largo
turno en la fábrica. Lo recuerdo leyendo a la luz de las velas, una palabra
después de otra, lenta y constantemente.
June se ha adaptado mejor que cualquiera de nosotros. Pero, a pesar de
eso, tiene miedo del pasado. Igual que yo. Quizás no seamos las mismas
personas que solíamos ser. Quizás nunca podamos volver a ese lugar. Pero
tenemos las mismas cicatrices de las mismas viejas heridas.
Me estiro para tocarle la mano.
—Estás aquí —replico, atrayéndola hacia mí—. Viviendo en el futuro,
cambiando el mundo que te rodea. Él siempre será parte de tu historia.
Se apoya en mí; cierro los ojos mientras ella coloca la barbilla contra
mis hombros, su cuerpo recto y seguramente exhausto, de pronto. No
responde. Sabe que entiendo lo que es querer a un hermano, sufrir su
ausencia y preocuparse por el que aún sigue aquí.
—Tienes que hablar con él —afirma, apartándose demasiado pronto.
Alza la vista—. Eden. Es tú ahora, está en el lugar en el que tú estuviste
alguna vez.
Meto las manos en los bolsillos de nuevo y contemplo el agua
centelleante.
—Es el único de nosotros que comprende el trabajo de Dominic Hann.
No es la primera vez que el peso de una nación entera descansa sobre su
espalda. Necesita saber que lo entiendes, Daniel. Que ves el pasado como
él, no como nosotros. Que lo acompañarás. No puede avanzar y resolver
esto sin ti.
Que ves el pasado como él.
Miro en dirección a nuestra residencia actual, un bloque de
apartamentos impecable, lejos, en uno de los sectores Gema. Pienso en la
mirada perdida de Eden, en su expresión asustada cuando la casa está en
silencio y piensa que nadie lo ve. Pienso en la furia desafiante en su
mirada cada vez que discutimos. Aprendió eso de sus dos hermanos
mayores, de John y de mí. Y, quizás, en mi necesidad inquebrantable de
protegerlo, nunca he sabido reconocer que es capaz de usar su actitud
desafiante igual que nosotros. Para cambiar las cosas.
Algunos pasados no pueden dejarse atrás. Hay que luchar contra ellos.

Cuando, por fin, cae el sol, Los Ángeles se transforma en la visión


nocturna que conozco muy bien; las calles oscuras y roñosas, las zonas sin
luz de la ciudad porque hay apagones programados para ahorrar
electricidad.
Estoy encaramado a un borde que da a nuestra casa cuando Eden se
dirige a la entrada. Me espera, porque automáticamente alza la cabeza sin
que yo mueva un músculo.
—¿Espiando de nuevo? —exclama, con una ceja alzada.
Me encojo de hombros y contemplo las luces de la ciudad que centellean
hacia el horizonte.
—Haciendo tiempo mientras espero a que vuelvas a casa. Como si no
hubiera precedentes de ti metiéndote en problemas al desaparecer.
Bajo del borde de un salto y me recuesto contra la entrada del piso. Está
pálido, y me doy cuenta de que debajo del exterior vacilante hay una
corriente profunda de culpa por todo lo que ha sucedido. Tiene círculos
oscuros y profundos debajo de los ojos.
Siento una punzada de dolor. Hann le hizo esto. Pero yo también.
—Ey —digo en voz baja, señalando con la cabeza el horizonte del sector
Lake. El solo hecho de examinar el familiar paisaje urbano hace que me
invada otra oleada de miedo y preocupación. Pero esta vez, me obligo a
hacerla a un lado. Tengo que hacer esto por él—. Salgo a correr. ¿Quieres
venir conmigo?
Eden abre los ojos, sorprendido. Sabe que nunca he confiado mucho en
su capacidad física y la invitación lo encuentra desprevenido. No hace más
que retorcer el puñal más profundamente en mi pecho. ¿He estado
intentando protegerlo todo el tiempo solo para convertirme en otra persona
más que le ha hecho daño?
Entonces, para mi alivio, Eden asiente. Una sonrisa leve flota sobre sus
labios.
—Claro. Pero tendrás que enseñarme el camino.
EDEN

La definición de correr de Daniel, por supuesto, es distinta a la de los


demás. En todos los años que se ha pasado corriendo sobre tejados y
deslizándose hábilmente entre balcones y barandillas, jamás me ha pedido
que lo acompañe o me ha enseñado cómo lo hace o me ha dicho a dónde
va. La única vez que intenté seguirlo y subí a una pared, cuando tenía
catorce, me caí de espaldas y me golpeé la rabadilla tan fuerte que anduve
cojeando varios días.
—¿A dónde vamos? —le pregunto mientras salimos del complejo de
apartamentos. Vamos vestidos con ropa cómoda, pantalones sueltos
ajustados a los tobillos, suaves chaquetas con capucha, zapatos con buen
agarre. Siento que me vibra la cabeza de energía nerviosa.
A Daniel parece darle igual. Camina delante de mí con la seguridad
absoluta de alguien que sabe a dónde va. Su pelo rubio despeinado se
alborota a cada paso. Intento seguir el ritmo de sus zancadas.
—¿Cómo de bien crees que conoces el sector Lake? —me pregunta por
encima del hombro.
Me encojo de hombros. Es difícil pensar en nuestro barrio de antes
cuando nos estamos quedando en el centro de este sector Gema.
—Recuerdo nuestra calle —respondo—. La fábrica de John. El lugar
donde trabajaba mamá. Los callejones donde solíamos jugar a hockey
callejero. ¿Por qué?
En la noche, las sombras cruzan el rostro de Daniel y esconden su
expresión. Me echa un vistazo de reojo mientras nos conduce en dirección
a los sectores más humildes. Es fácil distinguirlos desde esta colina, las
zonas de la ciudad donde las luces escasean.
—Sígueme —dice y dobla hacia una calle angosta que termina en unas
vías—. Me imagino que es hora de que te muestre qué aspecto tienen mis
recuerdos de nuestro pasado.
Es una vieja estación de subterráneo, el concreto cubierto de capas de
grafiti. Mi hermano asiente en dirección a la vía donde los primeros
destellos de las luces de un tren parpadean en la oscuridad.
—Mantente cerca de mí —me ordena—. Vamos a tomárnoslo con calma
hoy, pero, con el tiempo, te mostraré cómo me muevo por las zonas más
peligrosas de la ciudad.
Con el tiempo.
—¿Quieres decir que me llevarás contigo en algunas de tus salidas en
Ciudad de Ross?
Sonríe brevemente mientras el metro se detiene.
—Lo pensaré —responde—. Si hay una Ciudad de Ross a la que volver.
Luego, nos subimos al tren y las puertas de cristal se cierran detrás de
nosotros.
Media hora después, emergemos a las humildes y agrietadas calles de
Lake.
Tengo un vago recuerdo de esta intersección; por aquí pasaba de camino
a la escuela, al menos antes de que sucediera todo. Observo con curiosidad
cómo Daniel se acerca a la pared de un edificio junto a un callejón y
prueba una bota contra el ladrillo agrietado. Luego, da un paso atrás y
señala para enseñarme.
—¿Ves este? —dice, tocando las grietas en el ladrillo—. Si pisas a esta
altura, puedes alcanzar el borde del primer piso.
Antes de que pueda decir nada, retrocede un poco, corre hacia la pared y
patea el ladrillo. Se sujeta del borde y se balancea, y se desliza hacia el
balcón más cercano. Me quedo pasmado mientras pasa las piernas por
encima de la barandilla del balcón y salta para posarse sobre ella.
—Está bien —digo lentamente y analizando el ladrillo—. Dame un
momento.
En mi primer intento, la bota se me resbala del ladrillo y me caigo de
espaldas. Me lleva cuatro intentos más conseguir un buen agarre para, por
fin, sujetarme del borde del primer piso. Luego, hago un esfuerzo para
alzarme centímetro a centímetro hasta que alcanzo el balcón. Daniel me
sujeta del brazo y me ayuda a trepar.
Lo miro, esperando que me regañe por haber sido descuidado, que
aparezca la expresión preocupada en sus ojos. Pero se encoge de hombros.
—Cuanto más practiques, más fácil te resultará —comenta—. Si te
encuentras de nuevo en problemas en la Ciudad Baja, sabrás cómo escapar
rápidamente.
—¿En serio te parece bien que baje a la Ciudad Baja solo? —pregunto,
sorprendido.
Me fulmina con la mirada.
—¿Después de todo lo que hemos pasado con Hann? Que deambules por
la Ciudad Baja suena como ir al jardín de infantes. —Ladea la cabeza en
dirección al lateral del edificio, donde un grueso par de cables cruza el
callejón entre los dos edificios—. Vamos. Te enseñaré dónde solía
quedarme.
Lo sigo con cautela por los cables. Camina rápido por encima, tan
seguro como si estuviera caminando en la calle. Donde solía quedarme.
—John siempre decía que nunca te quedabas lejos de la casa —exclamo
mientras intento mantener el equilibrio.
—Nunca le conté a John los lugares a los que iba —responde—. Era más
seguro así.
Daniel espera con paciencia a que me tome unos minutos más para
cruzar los cables. Después seguimos hacia un tejado plano y desde allí,
subimos una escalera de metal hacia un piso más arriba. Con cada paso
entramos más profundamente en el corazón de Lake, hasta que veo la vasta
y oscura costa, el agua chapoteando perezosamente debajo de nosotros.
Estoy bañado en sudor y respiro con agitación al intentar mantener el
ritmo de Daniel.
Por fin, se detiene en una calle repleta de cobertizos torcidos y puestos
cerrados por la noche. Nunca he estado por aquí antes. Hay basura apilada
a ambos lados de la calle y ropa hecha jirones cuelga a cada lado de los
puestos. Parece una especie de mercado.
Daniel asiente en dirección al primer piso de puestos que está sobre los
primeros. Señala uno vacío, y a las sombras detrás de él. Lo sigo mientras
escalamos los puestos del primer nivel hasta que nuestras botas taconean
contra los techos metálicos. El segundo nivel de puestos es tan bajo que
tenemos que mantener la cabeza agachada. Daniel nos conduce a las
sombras donde los puestos se apoyan contra la pared.
Aquí, la pared se está viniendo abajo, y se han formado huecos cóncavos
de ladrillos sueltos que quedan escondidos detrás de las ropas que cuelgan
de los puestos del segundo nivel. Es el espacio suficiente como para
permitir que una persona se haga un ovillo allí sin que nadie la vea.
Daniel se pone de cuclillas un momento aquí, la mirada perdida. Su
cuerpo está tenso y no deja de mover las manos. Traga. Parece que le está
costando un esfuerzo enorme el volver aquí.
—Cuando empecé a deambular por la calle, terminaba buscando estos
huecos en los mercados. Estaban altos y secos, en general, y la policía no
te molestaba si hacían una redada por el barrio. Podías dormir bien y nadie
se enteraba nunca de que habías estado allí.
Me quedo mirando incrédulo el espacio minúsculo. Está sucio y oscuro,
cubierto de ladrillos y mugre.
—¿Dormías aquí? —susurro.
Asiente.
—Durante años. No era tan malo. Me gustaba que quedara justo en los
mercados. Me hacía más fácil robar comida.
Tiene los labios apretados. Lo miro y me pregunto qué clase de esfuerzo
tiene que hacer para sacar a la luz esos recuerdos. Jamás ha hablado
conmigo acerca de los detalles de su vida en la calle. No sabía nada acerca
de cómo había sobrevivido, lo que se había visto obligado a hacer, dónde
había tenido que vivir. Intento imaginarme a mi hermano, la leyenda de la
República, la estrella de Ciudad de Ross, hecho un ovillo en este lugar
penoso, pidiendo comida.
Y jamás lo entendí. Jamás me preocupé por entender su repugnancia por
este tipo de lugar.
Sacude la cabeza y empieza a trepar de nuevo por el lateral de los
puestos. Lo sigo.
Me conduce a los callejones detrás de los mercados y señala los cubos
de basura. Están a rebosar y rodeados por pilas de desechos amontonados
alrededor de ellos.
—Esto no ha cambiado mucho desde la época en la que vivía aquí —me
dice mientras caminamos—. Otro lugar donde conseguir comida, en las
noches más desesperadas. A veces, Tess y yo acampábamos en callejones
como este. La policía hacía redadas por aquí muy de vez en cuando,
¿sabes? Falta de fondos y personal.
Se detiene al final del callejón y señala hacia el agua.
—¿Ves eso? —me pregunta.
Observo con cuidado. Del agua, a unos cuarenta y cinco metros de la
costa, emerge un rascacielos antiguo, abandonado, que ha sido vaciado y
destripado por partes; su esqueleto se eleva oscuro y amenazante en la
noche. Existen estructuras así por todo el lago.
Daniel salta sobre un muelle ruinoso y abandonado que lleva hacia el
agua. Asiente para que lo siga. Lo hago. Juntos avanzamos sobre las tablas
podridas del muelle, sorteando de un salto las partes que se han
desplomado en el lago. Cuando llegamos al final, Daniel salta al piso más
bajo del rascacielos que sale del agua.
Corro y me derrumbo sobre las rodillas junto a él. Me sonríe, serio,
mientras nos acomodamos sobre el borde del edificio.
—John siempre nos decía que debíamos mantenernos alejados del lago
cuando éramos niños —digo, sin aliento—. Decía que estos rascacielos
estaban llenos de gente peligrosa.
Daniel asiente.
—No estaba equivocado. Había que tener cuidado en qué torres te
quedabas, a qué pisos entrabas. Había pandillas en rotación en estas
estructuras. Me aseguraba de mantenerme fuera de su camino y de
recordar sus cronogramas. Pero es el lugar más agradable que Tess y yo
pudimos encontrar. Cuando nos quedábamos en las torres del lago
considerábamos que era un día afortunado.
Siento que una piedra se me hunde en el fondo del pecho. Siempre he
sabido, hasta cierto punto, por qué no me contó nunca sus historias, por
qué no parece querer recordar nuestro hogar o por qué desea tanto
quedarse en los Pisos del Cielo de Ciudad de Ross. Lo sabía y, sin
embargo, no sabía nada. Jamás he recorrido estas calles como él lo ha
hecho, jamás supe lo que tenía que afrontar cada día, un niño con una
familia con la que no podía contactar.
Siempre me he sentido atraído hacia las calles humildes de Lake,
siempre he despreciado la ignorancia lujosa de nuestro actual hogar.
Pero yo nunca tuve que arreglármelas solo en Lake.
Los gritos, la nube de soldados en casa. El sonido del disparo en la
cabeza de nuestra madre. El pasado me invade la cabeza, fuerte e
implacable.
Daniel me observa en silencio. Qué ve en mi expresión, no lo dice, pero,
después de un rato, aparta la mirada y se recuesta sobre un brazo.
—¿Cuánto recuerdas de John?
Un recuerdo viejo y oxidado aparece, Daniel y yo sentados a la mesa,
esperando impacientemente a que John volviera de su turno para poder
comer. La sonrisa cansada de mi hermano mayor, sus mejillas aún
sonrojadas por el calor y el agotamiento, los brazos abiertos para
recibirme cuando salía disparado de la mesa para saludarlo.
Pasan muchas noches en las que me olvido de que tuvimos otro
hermano. Me sonrojo de vergüenza al darme cuenta.
—No tanto como quisiera —contesto.
—¿Sabes? John fue quien me enseñó a cambiarte los pañales —me dice
sonriendo Daniel.
—No pensé que la conversación iría en esa dirección. —Es mi turno de
sonreír.
—¿Quién crees que te cuidaba cuando eras bebé y nuestra madre tenía
que hacer turnos de noche? —Daniel alza una ceja—. John me arrastraba
hacia la mesa sobre la que te cambiaba y los dos discutíamos acerca del
mejor método para colocar un pañal de tela mientras tú chillabas como un
cerdo. Era la peor tarea del mundo. Me enseñó cómo hacerte dormir y
cómo darme cuenta de si estabas enfermo. Una vez casi quemo la casa
cuando quise hervir zanahorias para hacerte puré. John casi me mata.
Intento imaginarme a dos niños discutiendo mientras yo en versión bebé
los miro. Intento imaginarme a Daniel apagando frenéticamente el
incendio en la cocina y a John contemplándolo horrorizado. La idea es tan
ridícula que no puedo evitar que se me escape una carcajada.
Daniel también se ríe una vez y sacude la cabeza.
—Me peleaba más con él que contigo ahora. Todo era una lucha. Él no
soportaba mi impulsividad, cómo me paraba en la calle a veces y me
quejaba de la policía en voz alta para que todos me oyeran. Todas las
preguntas que le hacía acerca de por qué los soldados de la República
habían maltratado a nuestro padre, o dónde se había ido. Perdí la cuenta de
la cantidad de veces que me tuvo que arrastrar a casa después de una pelea
con niños en el colegio acerca de la historia de la República. Estaba
convencido de que haría que me mataran alguna vez por mi falta de
cuidado, o de que tú te copiarías de mis malos hábitos —suspira—.
Supongo que no estaba equivocado.
Una brisa sopla entre nosotros y nos trae el aroma de una noche en Lake;
comida frita callejera, humo, agua salada. Me cruzo de piernas e intento
ignorar el nudo que se forma de pronto en mi garganta.
—Yo te hubiera escuchado —digo, por fin, en voz tan baja que apenas
me oigo a mí mismo.
—No pude protegerte a ti más de lo que John pudo protegerme a mí. Has
visto los males de este mundo, fuerzas poderosas que ningún hermano
podría ocultarte. Y no importa lo que John haya hecho, o lo que yo haya
hecho, esas cosas nos acompañan para siempre.
Niego.
—John no debería haber cargado con eso. Tú tampoco.
—Protegerte de las verdades del mundo no sirvió más que para
perjudicarte más. —Daniel me sonríe, triste—. Este lugar también fue tu
hogar. Cada una de estas calles podridas, de estos callejones. Aquí
crecimos todos, ¿verdad? Pero le tengo tanto miedo, Eden. Tengo miedo
incluso ahora. Quería protegerte de eso, como si eso fuera a impedir que
sintieras la necesidad de volver, para que nunca tuvieras que saber cómo
era.
Sacude la cabeza y contempla el agua.
—Como si, de alguna manera, al dejar todo esto atrás, dejara de existir.
Contemplo la oscuridad, las voces que me invaden la cabeza. Como
siempre, siento que empiezo a poner distancia, que intento ocultarle a
Daniel el lío que hay en mi cabeza, que lo mantengo dentro y lo dejo dar
vueltas hasta que vuelva a pasar a un segundo plano. Pero eso no sucede.
Daniel me mira, y me doy cuenta de que es porque me caen las lágrimas
por las mejillas. No me he dado cuenta de que estaba llorando.
Avergonzado, me las seco, enfadado, e intento obligarme a recuperar la
calma. Pero las lágrimas siguen saliendo. No puedo pararlas.
Daniel se estira y me sujeta de ambas muñecas.
—Mírame —dice, con sus ojos clavados en los míos. Relucen
ferozmente en la noche, y en ellos veo al mismo hermano que una vez se
enfrentó a un país entero—. No es debilidad abrir tu corazón. No te hace
menos hombre pedir ayuda. Recurrir a alguien cuando te sientes
vulnerable. Necesitar un hombro sobre el que llorar. No tienes que cargar
con el peso de nada solo. ¿Me entiendes? Sé cómo es verse obligado a
hacer todo solo. Nunca quise que te sintieras así.
Me descubro asintiendo a través de las lágrimas y deseando haber
recurrido a él antes, anhelando parecerme más a él.
—Los veo todas las noches —le digo, con la voz entrecortada—. Están
aquí cada vez que abro los ojos. Me sobresalto con cada ruido. Veo un
soldado en cada persona que se para en una esquina. Creí que... creí que si
lo tapaba todo en la Ciudad Baja, si podría reemplazarlo con otra cosa
fuerte y abrumadora, quizás desaparecería, pensé que si podía volver de
nuevo a la República, volver a casa y entender el pasado…
El dolor en la mirada de Daniel es puro y real. El miedo a eso fue lo que
hizo que no dijera nada durante tanto tiempo. Asiente una vez y posa las
manos con firmeza sobre mis hombros.
—Yo también los veo —susurra—. Debería haberte contado lo de mis
pesadillas. No puedo esperar que te abras conmigo si yo no lo hago.
Asiento de nuevo.
—Lo siento. Yo….
—No. —Su mirada se suaviza y me abraza—. No has hecho nada malo.
El abrazo es lo que finalmente hace caer la última barrera. Lloro, lloro y
lloro. Lloro porque nunca me permití entender de verdad a mi hermano,
porque nunca me entendí a mí mismo. Lloro por todas las vidas a las que
nuestro pasado hizo cambiar de destino; la pérdida de su familia en el caso
de June, la pérdida de la infancia en el caso de Tess, en el caso de Daniel el
tener que convertirse en padre cuando no era más que un niño. Lloro
porque estoy agradecido de que, a pesar de todo, nos hayamos encontrado.
Porque, a veces, las piezas rotas encuentran la manera de crear un todo
nuevo.
DANIEL

Cuando por fin volvemos a nuestro apartamento en las horas oscuras de la


mañana, Eden se ducha y se sume en un sueño profundo. No vuelve a
moverse de nuevo hasta que el sol está alto en el cielo. Por lo menos no
parece estar soñando.
Paso la mayor parte del tiempo despierto, recostado contra la barandilla
del balcón y mirando los titulares y videos en rotación en las pantallas
gigantes de la ciudad. El flujo de noticias de lo que está sucediendo en la
Antártida es incesante. En las pantallas veo tanques rodando por la Ciudad
Baja, abriéndose paso en calles llenas de fogatas y gente enfadada. La
policía lucha por contener el caos.

CIUDAD DE ROSS EN LLAMAS MIENTRAS LAS TROPAS, SIN SISTEMA VIRTUAL,


LUCHAN

El presidente ha convocado a una reunión de emergencia en Batalla.


Pero mientras todos los políticos intentan diseñar un plan, el tiempo sigue
pasando. Aprieto los labios, frustrado. La ventaja de Hann ha sido siempre
su habilidad para ignorar las leyes por completo. También fue mi ventaja
cuando vivía en la calle. Cuando no eres responsable de nada, puedes
moverte bastante rápido.
Aparto la mirada, repugnado al ver cómo la policía rodea a una
manifestante y la golpean con sus porras. El resto de la multitud alza los
puños y ovaciona a Hann. Él quería dejar su punto de vista claro acerca del
sistema corrupto de la ciudad. Pero está dispuesto a sacrificar a la gente
por la que dice estar peleando en el proceso.
Cuando mi hermano se levanta, el sol ha empezado a pintar el cielo de
dorado.
Le echo un vistazo y sonrío, irónico.
—Tienes un aspecto espantoso —le digo.
Eden deja escapar una carcajada y cojea en mi dirección. Lleva el dron
en una mano, el motor brilla con una tenue luz azul.
—No sé cómo arreglármelas para trepar por toda la ciudad sin quedar
totalmente destrozado al día siguiente. Las piernas me están matando.
Le ofrezco un sorbo de mi café. Lo toma y sostiene el tazón caliente con
ambas manos, y nos quedamos en silencio durante un rato mientras la luz
cobra poco a poco más intensidad. Eden arroja el dron al aire y lo
observamos flotar en su lugar, estable y recto. Él parece estar perdido en
sus pensamientos, pero no lo presiono. El silencio entre nosotros tiene una
calma nueva.
Por fin, se endereza y señala con la cabeza hacia el horizonte, en
dirección a la Antártida.
—He visto las noticias —dice—. El ejército antártico ha impuesto la ley
marcial en Ciudad de Ross.
Sacudo la cabeza.
—No sale ninguna transmisión de la ciudad en este momento. Es como
si nadie supiera cómo funcionar sin el sistema de niveles.
Para nosotros, que venimos de las humildes calles de Lake, funcionar en
los días en que no había electricidad era algo a lo que estábamos
acostumbrados. ¿Pero un lugar como Ciudad de Ross, que se encuentra de
pronto sin tecnología?
Eden mueve los dedos distraídamente en el aire y el dron se mueve para
imitar el gesto, virando a la derecha y luego a la izquierda. Frunce el ceño,
pensativo.
—Hann dijo que su dispositivo acabaría por completo con el sistema de
niveles. Pero algo que dijo Pressa ayer se me quedó rondando por la
cabeza. Dijo que quizás Hann eliminó el sistema entero para poder
reinstalarlo. Para reemplazarlo con algo que le sirva más.
Asiento.
—¿Pero?
Sacude la cabeza. Mueve los dedos de nuevo y el dron obedece, y da un
salto en el aire.
—Es una estupidez desmontar un sistema entero para volver a
reconstruirlo de nuevo. No creo que lo haya eliminado del todo. Creo que
lo ha puesto en pausa, de alguna manera, que hizo algo para atacar la
implementación del sistema pero que sigue allí, en algún lado. Intacto.
Trabajar con algo así le resultaría mucho más sencillo. —Se encoge de
hombros—. Yo no desmontaría mi dron por completo si quisiera
modificarlo. Solo lo corregiría.
Lo miro y me maravillo ante su dron, que vira a un lado y otro, su fuente
de energía poderosa y estable.
—¿Quieres decir que quizás sepas cómo ha conseguido hacerlo?
Hay una pausa larga, pero Eden finalmente asiente, y veo la luz en su
mirada.
—Quiero decir que puedo encontrar la manera de revertirlo. Está usando
el motor que yo construí para alimentar su máquina. Si puedo
introducirme de nuevo en su círculo, puedo encontrar el modo de apagarlo
todo y volver a instalar el sistema de niveles.
Para demostrar su argumento, realiza un gesto que hace que el dron
vuelva al balcón y flote entre nosotros. Luego, se estira y desliza un dedo
debajo del motor que brilla. El motor hace un ruido súbito y extraño, se
apaga de pronto y cae con estrépito al suelo del balcón.
Miro a mi hermano. Mis antiguos temores resurgen y me pasan
imágenes por la mente de él prisionero en la Ciudad Baja, el rostro pálido
y asustado.
—Pero tendrás que volver a caerle en gracia para hacerlo. Tendrás que
encontrarlo, ¿verdad?
Asiente.
—La máquina lleva un chip físico. Tengo que hacerlo manualmente.
El terror de no saber a dónde lo había llevado la República, la
incertidumbre ante lo que le estaban haciendo, la paranoia que me provoca
dejarlo ir de nuevo. Todo se me agolpa en la garganta. Eden lo nota,
porque se inclina hacia adelante y me mira fijamente a los ojos.
—Me dijiste anoche que no tengo por qué hacer las cosas solo. Bueno, lo
mismo va para ti. Puedo hacer esto, si me dejas. Pero voy a necesitar tu
ayuda. La de June también.
Todo mi ser quiere detenerlo, decirle que se quede aquí, a salvo. Pero sé
que tiene razón. Su figura es larga y desgarbada ahora, ya no es más el
niño pequeño que cargué por una calle destrozada por la guerra. No existen
garantías de que saldrá ileso de todo esto, ninguno de nosotros, en
realidad. Pero también sé, sin duda alguna, que es el único que puede
hacerlo.
Por fin, asiento.
—¿Qué necesitas que hagamos?
—Una distracción. Necesito convencer a Hann de que he decidido
desentenderme de lo que sea que tú y los otros tenéis pensado, que quiero
participar de sus planes. Vuelve conmigo a Ciudad de Ross. Busquemos
maneras de retrasarlo. Si June y tú os ponéis a buscar el dispositivo con lo
poco que sabemos, si tú actúas desde afuera, quizás pueda convencer a
Hann de que estoy ayudándolo a mantenerlo a salvo de ti.
Es ridículo. Es demasiado peligroso jugar a ese juego con un mafioso
que ha sobrevivido a toda una vida de trucos y traiciones. Hann lo
descubrirá todo, y mi hermano quedará completamente a su merced.
Pero me descubro asintiendo.
—Cuenta conmigo —afirmo.
Parpadea, y me doy cuenta de que esperaba que me opusiera.
—¿Vamos a ver al presidente con este plan hoy? ¿Crees que estarán de
acuerdo?
Me encojo de hombros.
—Ni en un millón de años, al menos no en una reunión. Pero eso no
cambia nada de lo que estamos planeando. No tenemos tiempo para
esperar mientras debaten los inconvenientes.
Me mira, confundido.
—¿Me estás diciendo que irás por detrás del SIA? ¿Del gobierno?
Sus palabras me hacen sonreír. Mi hermano, el quebrantador de reglas
que me ha hecho entrar en pánico incontables veces, jamás se ha rebelado
en el escenario mundial. Mi antiguo yo, el salvaje de la calle, el chico que
se pasó la vida corriendo por la ciudad y escapando de la República, se
revuelve.
Sacudo la cabeza.
—Soy muy mala influencia.
—Quieres decir que, ¿nos vamos, sin más? —me pregunta, sonriendo a
su vez.
—En cuanto podamos escabullirnos de este país. Para cuando lo
discutamos con ellos, no les quedará otra opción que aceptar.
—Nos matarán por hacerlo.
Tuerzo la sonrisa.
—Que lo intenten.
Nos reímos un poco, y nos sumimos en el silencio de nuevo.
—¿Y si estamos equivocados, Daniel? —me pregunta Eden, la voz seria
de nuevo—. ¿Y si restaurar el sistema es justamente lo que no debería
suceder?
Miro a mi hermano y respiro hondo.
—Entonces, quizá, no tenemos que restaurarlo igual que como estaba
antes.
Estudio su rostro, muy serio.
—¿Qué estás pensando?
—Puedo agregar un chip a la máquina que modifique cómo se maneja el
sistema de niveles. —Extrae papeles de los bolsillos y me hace gestos para
que lo acompañe al escritorio. Allí, nos inclinamos sobre ellos mientras
me muestra dónde está instalado su motor y escribe—. La máquina emite
una señal por todo el sistema de niveles de la ciudad. Así que emitimos
una señal nueva que le diga al sistema de niveles qué hacer. Quizás
podamos añadir algunas cosas a esa señal que cambie cómo juzga el
sistema a las personas que lo usan.
—¿Y podrás hacer esto antes de que nos marchemos?
—Lo que es complicado de montar es la máquina. No la señal. Una vez
que entiendes cómo funciona, puedes hacer que emita otra señal sin
problemas. Los observé mientras hacían una prueba y no les llevó más de
unos minutos.
Pienso en las noches que lo he visto desvelado, como niño y como
hombre joven. La luz creativa le brilla en la mirada y considero lo que me
ha dicho, mis emociones vacilan entre la incertidumbre y una esperanza
cauta.
—Una rebelión dentro de otra rebelión —murmuro.
Eden sonríe levemente.
—Que nunca se diga que buscamos el camino más fácil.

June parece menos convencida por el plan que yo. Pero de todos modos
aparece en nuestro apartamento a última hora de la tarde, vestida con un
sencillo conjunto negro y hablando en voz baja. Junto a ella, Pressa tiene
una mochila que la hace parecer aún más pequeña de lo que es, pero se
mantiene derecha y segura de sí misma, la tristeza en su mirada es
reemplazada por decisión.
—Si persiguen al avión y nos vemos obligados a detenernos, dejad que
me encargue yo —dice June—. Juro que estas cosas solamente me pasan
cuando estoy con vosotros dos.
Me apoyo contra el marco de la puerta y le sonrío.
—Has aceptado ayudarnos.
—No he dicho que no vaya a ir. —Se encoge de hombros—. Anden me
perdonará. Es necesario hacer esto.
Estiro la mano y le rozo los dedos con los míos.
—Gracias —murmuro.
Miro a Pressa, que ha abierto la mochila y le está entregando algo a
Eden. Parece un paquete pequeño, unos frasquitos de cristal.
—Es un suero para tratar la enfermedad pulmonar de Hann —explica
Pressa—. La manera en la que Eden describe su ronquera me recuerda a
las últimas etapas de la enfermedad de mi padre. Solía prepararle este
suero con algunas de las hierbas que vendíamos. No es una cura, así que no
le digas que lo es. No te creerá. Pero debería hacerlo sentir mejor si lo
toma todos los días.
Vuelve a guardar los frasquitos y le da la mochila a Eden.
—¿Y tiene que beberlo? —pregunta Eden.
—Sí —asiente Pressa—. Pero he modificado algo. El suero de Hann
contiene un poderoso somnífero. Lo dejará noqueado y le dará una fiebre
ligera que afectará a su juicio y su fuerza. Si se le da una dosis importante,
le detendrá el corazón por completo.
Intentar envenenar a Hann es una jugada arriesgada. Apuesto a que ha
sobrevivido a docenas de atentados similares. Sin embargo, Eden asiente,
serio. Los sentimientos de mi hermano por ella son evidentes. Lo noto en
la manera en la que la abraza y lo fuerte que la sujeta, cómo se sonroja
cuando ella sonríe y le devuelve el abrazo. En ellos, veo los indicios de
cómo, a pesar de nuestras diferencias, June y yo terminamos juntos.
Por fin, estamos listos para irnos.
—¿La señal? —le pregunto a Eden.
Asiente. Está más pálido de lo habitual y le tiemblan un poco las manos.
Pero se lo ve lo suficientemente calmado como para alzar un chip
minúsculo, tan diminuto que podría caber en la punta del más pequeño de
sus dedos.
—La tengo —responde.
Mientras el presidente se prepara para su reunión política con el elector,
nos subimos a un coche militar camuflado como particular y nos dirigimos
al campo de aviación y al avión que June se las ha arreglado para
conseguir. La soldado que nos saluda al subir está sudando a mares. No nos
mira a los ojos. June se toma un momento para ponerle una mano
tranquilizadora sobre el hombro.
—Yo responderé por usted —le dice—. Gracias por su ayuda. El elector
mismo la perdonará, tiene mi palabra.
La soldado taconea.
—Por supuesto, comandante.
Despegamos en silencio. El avión lleva apenas media hora en el aire
cuando llega una llamada, justo cuando dejamos atrás las aguas de la
República. La voz de la piloto surge entrecortada de arriba y alzamos las
cabezas para oír sus palabras de disculpa que llenan el aire.
—Comandante Iparis —dice con pesar—. El Elector Primo me ha
ordenado que lo ponga al habla. Quiere hablar con usted.
June ni siquiera parpadea.
—Por supuesto, señora —responde. Me descubro admirando, una vez
más, lo fría y calmada que se mantiene en las circunstancias más
estresantes.
Hay una pausa, interrumpida por la voz grave y familiar de Anden.
Parece más agotado que enfadado.
—Hola, comandante —dice, dirigiéndose a June—. ¿Asumo, como suele
ser habitual, que tiene una buena razón para dejar el país sin
notificármelo?
—Como siempre —afirma June, que parece un poco culpable al oírlo—.
Tiene que ver con la emergencia que está discutiendo actualmente con el
presidente Ikari. Nos pareció mejor discutirlo con usted una vez que el
plan estuviera en acción. No hay tiempo que perder.
—¿Daniel Wing está con usted, entonces? —Otra voz aparece, la de la
directora Min. Suena menos formal que Anden, y mucho más furiosa.
—Aquí estoy —digo, mirando a mi hermano—. Con Eden.
—¿Y tiene alguna explicación para esto? ¿O voy a tener que juzgarlos
en Consejo de Guerra en cuanto aterricen en Ciudad de Ross? —Min
suspira—. Les informo de que el presidente está sentado con nosotros en
este momento. Le gustaría saber por qué no puedo controlar a uno de mis
propios agentes.
—Sabe que no tiene nada que ver con usted, directora —replico
serenamente—. Presidente Ikari, señor, la directora no ha sido más que
amable conmigo. Pero existen normas en Ciudad de Ross que le atan las
manos y, a su vez, me las atan a mí. Con el más profundo respeto, señor, la
mejor manera de enfrentarnos a esta crisis es actuar en contra de esas
normas que están en funcionamiento.
Sonrío un poco, aunque sé que no pueden vernos.
—Por supuesto, podemos discutirlo ahora. Si usted quiere.
Hay una pausa, y luego el suspiro de un hombre con el que nunca he
hablado directamente.
—Explíquenos, entonces, señor Wing. —Es una voz que solo he oído en
transmisiones o en pantallas. Ahora se dirige a mí por nombre. De pronto,
siento la osadía de lo que estamos haciendo, yendo en contra del líder de la
Antártida.
Eso no quiere decir que sepa qué demonios está haciendo, me recuerdo.
Así que respiro hondo y me enderezo en el asiento.
—Mi hermano, Eden, ha tenido contacto personal con Dominic Hann
antes —explico—. Yo también. Hemos echado un vistazo a cómo funciona
la operación de Hann. Eden piensa que, en oposición a lo que creemos que
pasó, Hann no eliminó el sistema de niveles por completo. Ha sido
temporalmente deshabilitado. A menos que actuemos rápidamente, él
puede tener planes de modificarlo para que lo favorezca. No sé qué diablos
piensa hacer. Lo único que sé es que tenemos que encontrar la manera de
detenerlo antes de que lo haga y altere la capital de nuestro país.
Miro a Eden, y Eden asiente.
—Creo que sé cómo hacerlo —dice—. Si puedo acercarme a Hann de
nuevo.
El presidente deja escapar una carcajada, incrédulo.
—¿Es el chico quien habla? ¿Eden? ¿Se enfrentará a Hann solo?
—Solo no —replica. Tiene tanta confianza y tranquilidad en la voz que
no puedo evitar sentirme orgulloso.
La directora permanece en silencio.
—¿Qué planean hacer cuando aterricen? —pregunta, pensativa.
Eden vacila e intercambia una mirada rápida con Pressa.
—Encontraré la manera de establecer contacto con Hann. Está usando el
motor que yo diseñé, no es tan imposible creer que quizás quiera sumarme
a su equipo. Él mismo me dijo que esperaba que volviera a su redil. Pressa
conoce bien el trazado de la Ciudad Baja y nos llevará a algún lugar donde
podamos llamar su atención.
—¿Y Daniel? ¿Y June?
—Montaremos una distracción —explica June—. Intentaremos atacar el
sistema de Hann desde fuera, con un ataque que atraiga su atención.
Cuando Eden le advierta de lo que estamos haciendo, esperamos que eso
convenza a Hann de permitirle entrar de nuevo a su círculo.
—Por supuesto —añado—, sería muy útil contar con el apoyo del SIA y
del ejército durante todo esto. Ser arrestados por uno de los nuestros en
cuanto aterricemos no nos ayudaría demasiado. Así que nuestros destinos
están en sus manos.
Hago una pausa, de pronto me preocupa que no acepten el plan. Que
hayamos firmado nuestras propias sentencias de prisión. La ironía,
después de todo lo que hemos padecido, casi me hace reír. Delante de mí,
June tiene los ojos oscuros y lógicos clavados en mí. Siento una punzada
de nostalgia, la sensación de tenerla luchando a mi lado, de trabajar juntos
por un objetivo común otra vez.
Hay un silencio, seguido por una serie de murmullos que no llegamos a
descifrar.
Min habla primero.
—Usted es, de lejos, el peor agente que jamás haya reclutado. Una vez
que termine todo esto, será juzgado, al igual que su hermano y aquellos
que trabajen con usted.
—No será la primera vez que soy juzgado —respondo, secamente.
—Después de que esto termine. El presidente emitirá un perdón
temporal para vosotros. Cuando aterricéis, el ejército os recibirá para
brindaros su asistencia en lo que necesitéis. Contareis con los recursos del
SIA —suspira—. Espero, por vuestro bien, que vuestro plan funcione. No
me hagáis pagar vuestros funerales con el presupuesto del SIA, Wing. No
tengo los fondos suficientes.
—No tendrá que hacerlo —respondo—. Quizás deba reservar fondos
para un desfile.
—Lo odio, Wing.
—Y yo la quiero, directora.
Se oye de nuevo la voz de Anden.
—Comandante —dice—. Espero que tenga cuidado. No quiero tener que
nombrar a nadie nuevo. ¿Entendido?
June hace una reverencia.
—Por supuesto, elector.
Y eso es todo. La llamada termina y, mucho más abajo, las nubes se
cierran.
EDEN

Mis ideas son un embrollo cuando aterrizamos. A través de la ventanilla


del avión, veo los rascacielos de Ciudad de Ross emergiendo por debajo
mientras flotamos sobre la pista de aterrizaje en el último piso de un
edificio.
El paisaje urbano me da escalofríos. Columnas de humo emergen desde
la Ciudad Baja y llegan hasta el cielo, coloreándolo con vetas oscuras y
claras. Los enormes letreros virtuales que suelen flotar sobre la ciudad, los
nombres de los edificios y el puntaje colectivo de sus residentes, las luces
que bañan los edificios de colores brillantes… todo eso está apagado. Han
sido reemplazados por batallones de tropas ubicados en varios de los pisos
más altos para vigilar los ascensores.
Recuerdo escenas así de la República, de los días en los que no sabíamos
si el país seguiría existiendo al final de la guerra. Pero ver a Ciudad de
Ross, la Antártida, sin su manto de tecnología es ver a un superpoder de
pronto vulnerable y expuesto.
Me recuesto contra el asiento y cierro los ojos por un segundo cuando
empezamos a aterrizar. El rostro de Hann aparece en la oscuridad, serio y
mortífero.
—Ey.
Abro los ojos para encontrar a Pressa junto a mí. Siento su mano tibia en
la parte superior del brazo.
—No estarás solo allí abajo —me recuerda.
Si estuviera solo, todo esto sería abrumador. Con Pressa, sin embargo,
quizás, quizás, podamos conseguirlo. A pesar de eso, cuando la observo
rebuscar en la mochila para verificar las provisiones que ha traído con
ella, siento una punzada de miedo. Esto ya no es un juego en el que estoy
arriesgando solo mi vida.
Daniel se acerca a nosotros, pero cuando me mira, no dice nada acerca
de mi palidez. En vez de eso, sostiene en la mano un pequeño teléfono
plano y un dron minúsculo que parece un insecto.
—El teléfono es para que contactes con Hann —dice en voz baja, de
manera que solo él y yo lo oigamos—. Es probable que te lo confisque en
cuanto entres, así que no tiene nada. Y una vez que estés dentro, no nos
vamos a comunicar mediante ningún tipo de señal.
Estudio el dron que me entrega. Contiene un chip minúsculo del tamaño
de una uña. Es la actualización que voy a instalar en el sistema de niveles
cuando intente habilitarlo. Una actualización que alterará el sistema y lo
convertirá en algo distinto. Una revolución dentro de la revolución.
—Extiende la muñeca —me pide Daniel.
Lo obedezco. Sujeta un paño húmedo, me lo pasa por la muñeca y luego
por el dron. De inmediato, se enciende una marca con un tenue brillo
verde, y luego vuelve a su color negro.
—Esto te rastreará y entregará cualquier mensaje que necesitemos
enviarte. Empléalo para enviarnos mensajes de respuesta. Envía una sola
ronda de mensajes antes de autodestruirse. Cualquier persona que no seas
tú o yo y que intente manipularlo se llevará una sorpresa desagradable
cuando simule una picadura de insecto y borre su disco. ¿Entendido?
Mi mente ya está concentrada en entender cómo funciona el insecto
dron. Funciona con energía solar, me doy cuenta por el brillo de su
caparazón, y su cuerpo metálico se parece tanto a una cucaracha de verdad
que me dan ganas de retroceder cuando lo veo mover las antenas.
—Entendido —repito—. No podré enviarte mensajes, no hasta que
descubra cuáles son las opciones si llegamos a Hann.
—Cuando llegues —me corrige Daniel con firmeza. Percibo inseguridad
en sus ojos, pero aparta la mirada y se recuesta hacia atrás.
Los agentes del SIA nos esperan cuando bajamos del avión. Sus
uniformes negros se funden en uno cuando se ponen en fila al final de la
escalinata y saludan con una respetuosa inclinación de la cabeza a June.
También saludan a Daniel, pero con recelo. Además hay varios soldados,
con sus uniformes grises y verdes.
Los sigo de cerca y avanzamos hacia el ascensor. A través de los
ventanales de cristal, podemos ver mejor el caos que ha hundido la ciudad.
—Las cosas están un poco más tranquilas —nos cuenta un agente—. La
ley marcial está firmemente establecida. El toque de queda es a las nueve
de la noche.
—¿Y la Ciudad Baja? —pregunta Daniel, escéptico.
El tono de su voz hace que el agente se sonroje.
—Está bajo control —replica, a la defensiva—. Hemos atrapado y
encarcelado a muchos manifestantes.
Frunzo el ceño, igual que mi hermano.
—Eso no servirá para controlar a la gente. Por lo último que vimos, la
Ciudad Baja entera estaba en abierta rebelión. ¿Quiere decirme que han
apresado a todo el mundo?
—Estamos conteniendo la situación —insiste el hombre, enrojeciendo
de nuevo.
Es lo único que necesitaba escuchar para saber que las cosas allí abajo
no están bajo control. Incluso una ciudad como está tendrá dificultades
para sobreponerse a una eternidad de abuso contra una población entera.
—El presidente nos ha dado órdenes explícitas respecto a todos vosotros
—continúa, deseoso de cambiar de tema. Me mira—. ¿Eres el hermano?
—Soy el hermano —respondo, acostumbrado a la pregunta, pero Daniel
entrecierra los ojos.
—Se llama Eden. Yo soy el hermano.
Miro de reojo a Daniel, sorprendido, pero no me está mirando. Tiene la
atención concentrada en los pisos que aparecen uno a uno a medida que
nuestro ascensor disminuye la velocidad. Cuanto más cerca estamos de la
Ciudad Baja, más evidente resulta el caos. Hay barricadas importantes en
todos los cruces de calles y muchas de las plantas más bajas tienen la
entrada bloqueada, con centinelas frente a cada entrada a los ascensores.
Finalmente, llegamos a la planta donde nuestra escolta descenderá para
unirse al resto de las tropas antárticas. Aquí también se bajarán Daniel y
June. Pressa y yo continuaremos solos.
June y yo intercambiamos una mirada firme, una mirada que nace de
una vida sobreviviendo juntos. Luego, se vuelve para apretarme el
hombro.
—Te veré pronto. Estaremos aquí, atentos.
Asiento e intento imitar su tranquilidad. Cuando era joven, cuando pasó
por lo peor de la guerra de la República, ¿habrá sentido miedo alguna vez?
Parece imposible al ver sus ojos serenos.
June alienta a Pressa con una inclinación de la cabeza, y Daniel y yo no
sabemos qué hacer. Cuando era pequeño, solía arrojarme en sus brazos sin
pensarlo dos veces. Le sujetaba la mano siempre que podía. Le rodeaba el
cuello con los brazos y balbuceaba palabras afectuosas hasta que me
quitaba de encima de él.
Pero ahora, no sabemos cómo despedirnos. Nos quedamos de pie un
momento, arrastrando los pies, incómodos. Al final, no lo hacemos. Me da
una palmada en el brazo antes de sonreírme con su sonrisa torcida.
—No llegues tarde —me dice.
Asiento e intento decir algo, pero Daniel ya me da la espalda y se dirige
hacia el ascensor. Al principio, creo que es porque no quería quedarse más
tiempo. Pero después me doy cuenta de que es porque no soporta verme
partir.
Pronto nos encontramos solos en el ascensor, Pressa y yo. Estamos
bajando a la Ciudad Baja. A través de los cristales, oigo las sirenas que
llegan desde abajo, los gritos de un oficial a través de un megáfono.
Se parece demasiado a la República. El sonido me envuelve como una
manta y, de pronto, me pregunto si estoy en una de mis pesadillas, si
quizás todo esto es mi inconsciente que me engaña. Me empiezan a sudar
las palmas de las manos. Miro al lado. Pressa también está pálida y sus
hombros se estremecen ligeramente.
Su presencia me da la fuerza que necesito. Me estiro para tocarle el
brazo y sonrío.
—Me alegra que estés aquí.
La saco de lo que sea que estaba pensando. Se vuelve hacia mí
sonriendo, aliviada, y se aprieta contra mí cuando llegamos al último piso
y salimos al caos de la Ciudad Baja.
El camino a la tienda de Pressa está completamente bloqueado. Pasamos
junto a barricadas policiales y militares que llenan las calles, junto a
residentes de la Ciudad Baja que miran con recelo a los soldados o que
forman grupos detrás de las vallas, y gritan, enfadados.
Pressa me aprieta la muñeca más fuerte.
—Por aquí —susurra, y con la cabeza señala un callejón estrecho que se
aparta de las calles principales.
Avanzamos hasta dejar atrás los puestos militares. Aquí, las calles están
oscurecidas por las sombras de los rascacielos, las calles más agrietadas y
rotas.
Me detengo cerca de donde Pressa y yo solíamos bajar a la Ciudad Baja.
Las calles están más tranquilas aquí, de una manera inquietante. Estamos
en territorio desconocido. Me paro en medio del camino y llamo a Hann
desde el teléfono al número que me dio.
Durante un momento, me parece que nadie atenderá la llamada. Quizás
haya cambiado de número, o nunca pensó que lo fuera a usar.
Luego, se oye una voz. No es Hann, por supuesto, sino una de sus
cómplices. Sus palabras me llenan los oídos.
—Sal de las sombras, para que te podamos ver mejor —dice—. El jefe
quiere saber por qué has vuelto a su barrio.
Se me erizan todos los pelos de la nuca. Nos están observando. Miro a
Pressa y le indico que debemos avanzar hacia la luz.
—¿Quién es la chica que está contigo?
—Una amiga —respondo. A modo de respuesta, Pressa revuelve su
mochila y extrae una caja con frasquitos—. Hann la recordará de las
carreras de drones. Ha venido a darle algo para su enfermedad.
Supongo que la cómplice no estaba preparada para escuchar eso. Hace
una pausa larga. Cuando vuelve a hablar, sigue hablando conmigo.
—¿Y tú que quieres?
—He venido a ayudarlo. Si aún quiere. Dile que tenía razón acerca de
todo. —Ruego que no perciba la falsedad de mis palabras—. Y he venido a
advertirle. El SIA está planeando atacar el sistema pronto.
El teléfono se queda en silencio. Espero unos segundos más.
—¿Hola? —pregunto, pero ha desaparecido.
Pressa me mira de reojo.
—¿Crees que se lo transmitirá a Hann? —susurra.
—Pronto lo sabremos —mascullo con los labios apretados.
Nos quedamos en el mismo lugar durante lo que parece ser una
eternidad. Alzo la vista. Los rascacielos se hunden en el cielo y, si los miro
demasiado rato, su infinitud me marea. Quizás Hann tiene a gente
observando y esperando por todas partes desde allí arriba, la vista clavada
en nosotros en caso de que el trato salga mal. Miro a nuestro alrededor. En
este momento somos muy vulnerables. Si quisiera, podría dispararnos aquí
mismo. Y, por un instante, es exactamente lo que creo que hará.
Entra una llamada. Respondo. Me tiembla la mano.
Antes de que hable, sé que es él. Su presencia se siente en el aire.
—Tu hermano me está llamando para pedirme que me encuentre con él
—me dice—. ¿Sabe que estás aquí abajo?
Así que Daniel y June ya han hecho su jugada. Subo la cabeza hacia la
transmisión de sus voces. Es tenue y proviene del corazón de la ciudad
donde los anuncios se amontonan lo más cerca posible de los rascacielos.
—No —contesto.
No percibo si me cree o no.
—¿Y eso por qué? ¿Has cambiado de idea? —me pregunta, con un toque
de diversión en la voz.
Jamás seré capaz de engañarlo. Esto saldrá terriblemente mal. Pero, de
todos modos, respiro hondo y le contesto.
—Quiero que nos encontremos de nuevo, nada más.
Se queda callado por un momento. Mis ojos se posan en una figura que
aparece a la entrada de un bar tapiado que está más adelante. Es uno de sus
hombres, lo reconozco porque fue uno de los que me mantuvo como rehén
en la Ciudad Baja. Junto a mí, Pressa se pone tensa.
Se acerca a nosotros. Su mirada es inexpresiva.
—Venid conmigo —nos dice.
DANIEL

La diferencia principal entre el ejército antártico y el de la República es


que, cuando estábamos en la República, sabíamos exactamente contra
quién estábamos luchando. Las Colonias avanzaban sobre nuestras
fronteras y sus naves llenaban los cielos.
Aquí, sin embargo, se esconden en las sombras. Somos nuestros propios
enemigos. Y por eso es mucho más difícil luchar.
Frunzo el ceño mientras examinamos una zona en la que queremos
intentar hacer un anuncio para llamar la atención de Hann. Ciudad de Ross
solía estar repleta de vallas publicitarias virtuales que cubrían los laterales
enteros de los rascacielos. Los anuncios 3D se paseaban por cada planta
hasta el nivel más bajo. Ahora, con el sistema de niveles caído, solo
funcionan algunas pantallas, las que fueron instaladas y se operaban
manualmente antes de que se implementara el sistema de niveles.
Tecnología anticuada.
June me da un dispositivo.
—Ten —dice, dándole un golpecito a la pantalla, que se enciende con un
brillo azul.
—¿Qué es esto? —pregunto mientras lo estudio con el ceño fruncido.
—Cuando le enviemos nuestros mensajes a Hann, enviaremos distintas
versiones en frecuencias diferentes. Con todos los sistemas de Ciudad de
Ross caídos, Hann usará medios de comunicación más primitivos, como
nosotros. Esto nos dirá si está escuchando o no alguna de nuestras
frecuencias.
—Enviaremos un mensaje distinto en cada frecuencia —respondo,
intentando entender lo que propone—, y según la respuesta, tendremos una
idea aproximada de dónde puede estar.
Se sonroja levemente.
—Así fue cómo te encontré en Lake.
Una figura oscura de pie en mitad de una calle a la medianoche sostenía
frasquitos que contenían la cura para la plaga. Yo, agachado en las
sombras sobre el borde de un primer piso, hablando por un altavoz
chisporroteante. El recuerdo flaquea en mi mente.
—Así lo hiciste, entonces —murmuro.
June aparta la mirada y contempla la ciudad, como si lamentara haberlo
mencionado. Dejo pasar un momento antes de estirar la mano para tocar la
suya. Tiene la piel fría.
Nuestro silencio se ve interrumpido cuando un oficial se acerca para
ajustar las frecuencias del dispositivo. June señala con la cabeza la
plataforma desde donde estaremos reproduciendo mis comunicados.
—Estamos listos para empezar cuando tú lo estés.
Asiento, me incorporo y me dirijo con June hacia la plataforma. Allí,
repasamos las distintas versiones del mensaje que haremos circular.
Finalmente, me aclaro la garganta, empiezan a grabarme y comienzo con
el primer comunicado.
—Estamos dispuestos a llegar a un acuerdo —digo, obligándome a
mantenerme calmado, con la barbilla alta—. Sé que hay algo en esta
ciudad que usted quiere y que nosotros podemos darle. Pero queremos
reunirnos, cara a cara.
Mi voz reverbera en el micrófono. El silencio a mi alrededor mientras
grabo es discordante. ¿Eden ya habrá vuelto con Hann? ¿El hombre le
habrá prestado atención?
—Estamos preparados para hacerle una buena propuesta —continúo—.
Pero la ciudad no puede seguir así. Usted y yo lo sabemos. Así que
encontremos la manera de negociar, a menos que quiera seguir en punto
muerto. Lo esperamos en dos horas en la Ciudad Baja, en el cruce que
divide los cuatro cuadrantes de Ciudad de Ross. Si decide no aparecer, nos
veremos obligados a hacerlo salir. Hagamos lo posible para evitar un final
sangriento.
Termino. El mensaje empieza a reproducirse desde el comienzo de
nuevo, en un bucle continuo hasta la hora del encuentro. Lo escucho varias
veces. Cuando estamos seguros de que suena bien, pasamos al comunicado
siguiente.
Grabar cada comunicado lleva una media hora. Cambian los lugares
donde le pedimos a Hann que se encuentre con nosotros, el tipo de trato
que le ofrecemos. Me siento vacío en el proceso. Quizás no nos escuche
para nada, o ya ha descubierto lo que estamos haciendo. Pero no importa si
funciona o no.
Lo único que estamos haciendo es ganar tiempo para Eden.
June me indica con una inclinación de la cabeza que hemos terminado, y
empieza a transmitir los mensajes en distintas frecuencias.
—Llama a Eden —me dice en voz baja. Para que sea creíble que Eden y
yo estamos enfrentados, necesito intentar contactar con él.
Lo llamo. Como es de esperar, no atiende. Aunque sé que no debe
hacerlo, se me estruja el corazón del miedo.
Lo llamo varias veces más. Es buena señal que Eden no atienda, me digo
a mí mismo. Lo más probable es que Pressa y él ya estén adentro, y que ya
no tengan señal.
June está revisando los arneses que tiene en la cintura y en las piernas.
Va a conducir a un equipo pequeño a una de las intersecciones en las que le
pedimos a Hann que se presente, para vigilar en caso de que aparezca.
Llevo puesto un conjunto similar: ganchos, arneses y una variedad de
cuchillos y armas. Mi equipo se dirigirá en la dirección opuesta al suyo.
Otros equipos están de camino al resto de los puntos de encuentro.
La observo trabajar. No está con sus equipos de la República, pero
incluso aquí, ante una patrulla de soldados extranjeros a su entera
disposición, exuda un liderazgo nato que hace que esperen sus
indicaciones respetuosamente.
Súbitamente, me vuelve un fragmento de un recuerdo. Su cola de caballo
oscura balanceándose, de pie en un callejón, la mano sobre la cadera y la
barbilla alzada, el brillo de invencibilidad en su mirada, lanzando un
desafío de skiz. La primera vez que la vi. El primer momento que me llamó
la atención. ¿Cómo es posible que no me diera cuenta de quién era en ese
momento, inmediatamente?
June se da cuenta de que la estoy mirando. Una sonrisa curiosa le baila
en los labios y ladea la cabeza.
—¿Qué? —me pregunta.
—Nada —niego, avergonzado—. Estaba asegurándome de que tuvieras
todo, ¿lo tienes?
Señalo el arma que lleva en la cadera y los ganchos que le cuelgan del
cinturón.
—Si, por algún motivo, Hann aparece…
—… entonces nuestros equipos estarán listos, escondiéndose en cada
rincón de la intersección —continúa June y señala con la cabeza en
dirección a la calle. Ahora está vacía, las hileras habituales de tiendas y
letreros de neón apagadas y cercadas—. Y si no aparece…
—Esperemos que sea porque ha hecho caso a la advertencia de Eden y lo
ha aceptado en su círculo. —Respiro hondo y repaso el plan en mi cabeza,
y bajo la vista hacia mi reloj pulsera—. Deberíamos tener novedades en él
en unas cuantas horas.
June se me acerca. Estira la mano para tocarme la muñeca y
amablemente me hace bajar el brazo.
—Sabremos de ellos antes —me promete—. He visto a Eden en
situaciones peores.
—Lo sé. —Me paso la mano por el pelo e intento mantener la vista fija
en el horizonte en vez de en ella para que no vea mi preocupación—. Estoy
repasándolo todo, nada más.
June vacila y luego se acerca más. Sus labios rozan los míos en un beso
suave. Por un instante, es como si ella hubiera creado un espacio para
nosotros, aquí, en una torre con vistas a un enfrentamiento. Cierro los ojos
y me permito apoyarme en ella y disfrutar de este breve instante de paz.
Después de un rato, nos separamos.
—Más te vale ser cuidadoso —me advierte June.
Le sonrío.
—Sabes que siempre lo soy.
Se aparta, y el momento ha pasado. Nos enderezamos y nos marchamos
en dirección a nuestros respectivos equipos. Me detengo, eso sí, a echarle
una mirada más por encima del hombro. Son raras las ocasiones en las que
uno se arrepiente de lo que ha hecho, pero siempre se arrepentirá de lo que
no. Un último vistazo de June alejándose. Luego, llega a su grupo de
soldados, y yo sigo mi camino.
Lara y Jessan están aquí, junto a otros dos agentes del SIA. Nos
acompañan además un puñado de soldados antárticos. Me miran con
recelo cuando me uno a ellos. Supongo que deben de saber bastante sobre
mi reputación y están nerviosos. Mejor así.
—Faltan provisiones de una de las fábricas de las afueras de la ciudad
—me informa Jessan.
—¿Armas?
Asiente, seria.
—No me parece que esto sea una simple operación para desestabilizar la
ciudad. Hann está listo para empezar una guerra con nosotros.
Allí es donde Eden y Pressa están en este mismo momento. Aprieto los
dientes y aparto el pensamiento, e inclino la cabeza en dirección al cruce
de calles.
—Sé de guerras —replico—. Debería tener más cuidado con lo que
desea.
Moverme sigilosamente con todos estos artilugios encima es una
sensación rara para mí. Estoy acostumbrado a apañármelas solo, a correr y
esconderme sin más ayuda que la de un buen par de botas. Si hubiera
tenido todas estas cosas conmigo en las calles de Lake, quizás la
República no me hubiera atrapado nunca.
Me lleva un instante trepar encima de una tienda tapiada y deslizarme
hasta la primera planta, avanzar entre las ventanas hasta que me encaramo
en el punto panorámico que necesito. Desde aquí, tengo una vista perfecta
de la calle. Abajo, los demás se colocan lentamente en posición,
agazapados en las sombras de los callejones que se abren hacia la calle,
escondiéndose detrás de autobuses aparcados y en estaciones.
June debe de estar en posición también. Miro el reloj. Es casi la hora. Se
me acelera el corazón. Me siento mareado. Sigo imaginándome la figura
fría y delgada de Hann caminando por la calle, con Eden como rehén. ¿Y
si hemos subestimado su deseo de contar con el trabajo de Eden en su
proyecto? ¿Y si ya ha adivinado lo que estamos haciendo?
Los segundos se arrastran. Llega la hora de que Hann haga su aparición.
No aparece nadie.
Contengo la respiración. No debería aparecer. Si todo sale bien, no
debería moverse. Quizás nos envíe una transmisión, como hicimos con él.
Me sudan las palmas de la mano y las presiono, distraídamente, contra la
pared. Deberíamos recibir el insecto dron de Eden más tarde, contándonos
que están dentro. Contándonos lo que está haciendo.
El silencio continúa. Sobre la ciudad, mis comunicados se siguen
transmitiendo. Empiezo a permitirme creer que Eden ha conseguido entrar.
Pero no estoy preparado para lo que ocurre a continuación. Porque justo
cuando pienso eso oigo un ruido fuerte que llega del otro lado de la calle.
Giro la cabeza hacia donde June y su equipo están posicionados.
No tengo tiempo de hacer nada más cuando una explosión se traga el
edificio.
EDEN

Lo primero que hacen es vendarnos los ojos. Me quedo callado e intento


recordar cada escalera y giro que tomamos. Mis zapatos taconean contra
un suelo metálico, luego contra madera. Además de mí, lo único que
escucho es la respiración de Pressa, suave y acelerada. No dice una
palabra.
No tengo ni idea de cuánto tiempo caminamos, pero en un momento nos
detenemos de pronto. Me quedo quieto y escucho atentamente los
murmullos bajos que intercambian los guardias. No puedo entender lo que
dicen.
Luego, unas manos bruscas me quitan la venda y entrecierro los ojos en
la repentina luz artificial.
No es el mismo lugar donde me tuvieron prisionero la primera vez. En
vez de la propiedad lujosa a la que Hann me llevó la vez anterior, ahora
estamos en un balcón con vistas a lo que parece ser una serie de complejos
amurallados. Me doy cuenta de que estamos justo en la frontera de Ciudad
de Ross, donde termina el biodomo. Cuando miro más allá, veo la
extensión de tundra congelada que todavía constituye la mayoría del
terreno de la Antártida.
—Has vuelto. Tal y como pensaba.
Su voz tranquila y suave es como un cuchillo que me raspa la piel. Me
doy la vuelta y me encuentro cara a cara con Hann.
Está más pálido que la última vez que lo vi. Parece que su piel por poco
no tiene color, casi blanca como la leche, y nuevas ojeras de agotamiento
le marcan la parte inferior de los ojos. Pero su mirada sigue aguda y fría
como siempre, y la sonrisa es la misma: segura, reservada e intimidante.
Pressa se pone tensa. Instintivamente, estiro la mano para tocar la suya y
se sobresalta ante el gesto.
Al notar mi vacilación, Hann da un paso hacia nosotros y pone las
manos a la espalda.
—Te ha llevado más tiempo de lo que esperaba, eso sí —continúa—.
Tienes una alta tolerancia a observar cómo se desarrolla el caos. Debería
habérmelo imaginado, dado tu pasado.
Recuerda por qué estás aquí. Las palabras me atraviesan y me obligo a
tragar y a abrir la boca.
—¿Dónde estamos? —pregunto, con la voz ronca—. ¿Y qué está
haciendo aquí?
Se encoge de hombros y contempla el desierto helado.
—El caos de la ciudad no durará para siempre. Pero, mientras dure, este
es el mejor lugar para nosotros. A ver, ¿le transmitirás eso al ejército o
estás aquí de verdad por alguna razón que me afecte?
Alzo las manos. Mi pulso se ha acelerado a un ritmo frenético.
—Nadie sabe que estoy aquí. O, al menos, no saben a dónde he ido.
Hann no parece creerme. Hace un gesto con la cabeza a dos de los
guardias que están detrás de él, que avanzan para registrarnos. Levanto los
brazos. Pressa hace lo mismo.
—Sé que te fuiste de la ciudad con tu hermano —dice mientras nos
revisan—. ¿De qué has estado hablando con él estos últimos días?
—No hablamos mucho, más bien discutimos. —Espero que la amargura
de mi voz sea persuasiva. Junto a mí, Pressa se queja a la mujer que la está
registrando y la mujer la empuja bruscamente contra el muro de cristal.
Avanzo hacia ellas—. Ey, ¿qué tal si le dice a su gente que se tranquilicen?
Hann sonríe, divertido.
—¿Qué es esto? ¿Has traído a tu amiga contigo? Quizás seas sincero,
después de todo, si estás dispuesto a arriesgar su vida. ¿Qué estás haciendo
aquí otra vez, Eden?
Los dos guardias terminan su inspección, por fin. Pressa se alisa la
camisa y masculla por lo bajo, y se me acerca de nuevo. Si su intención es
parecer inocente y confundida, está haciendo un buen trabajo.
—He venido a buscarlo sin que mi hermano lo sepa. En este momento,
es probable que esté enviando equipos de rescate para encontrarme —
inspiro hondo—. La última vez que nos vimos, usted me dijo que quería
contar con mi ayuda en sus planes de reestructuración del funcionamiento
del sistema de niveles en Ciudad de Ross. He vuelto porque quisiera saber
si aún me necesita.
—¿Por qué has cambiado de idea? —me pregunta Hann, entrecerrando
los ojos.
Dudo. Estamos aquí porque estamos intentando engañar a Hann, pero de
pronto siento que estoy aquí por voluntad propia. Él me examina con la
misma preocupación e interés que demostró la primera noche de las
carreras de drones. E, incluso ahora, que sé qué tipo de persona es, siento
la necesidad de impresionarlo.
—Hice lo que usted dijo —murmuro, obligándome a seguir adelante con
la mentira—. Tuve una reunión con mi hermano y el SIA. Están
estudiando el caos que ocurre en la ciudad en este momento.
—¿Y qué dijeron?
—La solución para ellos es sacrificar sin más a la gente de la Ciudad
Baja. —Hago una pausa y bajo la vista al piso—. Le dije a Daniel que no
podía permitir que eso sucediera. Creí que él lo entendería, mejor que
nadie.
Cuando me callo, Dominic Hann me examina cuidadosamente el rostro.
—Pero él está de parte del SIA, ¿verdad?
Alzo la vista y lo miro a los ojos. Siguen examinándome y me pregunto
si en este momento le recuerdo a su hijo.
—Quieren atraerlo con un trato. Es probable que ya lo hayan
transmitido, que están dispuestos a encontrarse con usted en algún lado
para negociar una tregua, a cambio de que deshabilite su sistema.
No sé si Daniel y June ya han hecho su jugada, pero cuando un brillo de
reconocimiento aparece en la mirada de Hann, lo confirmo.
—Están tendiéndole una trampa —continúo, con mayor urgencia—. Así
que he venido a decírselo, como gesto de buena voluntad. Le puedo dar los
detalles de lo que están planeando.
—Un gesto de buena voluntad. —Hann sigue mirándome con su mirada
mortífera y me recorre un escalofrío. No parece convencido.
Echo un vistazo de reojo a Pressa que, a tiempo, extrae los frasquitos de
cristal que empaquetó cuidadosamente.
—Me llamo Pressa —dice, con un poco de timidez—. Yo era la que
tenía dinero falso en la carrera de drones.
—Te recuerdo —le dice, después de asentir una vez.
Pressa habla bajo pero claro, su voz suena más segura que la mía, y me
encuentro admirando su calma.
—Eden me contó lo de su enfermedad, así que he traido esto de la botica
en la que trabajaba mi padre.
—¿Trabajaba? —pregunta Hann, alzando una ceja.
Pressa se estremece. Hann lo nota y, para mi sorpresa, descubro
compasión en su mirada.
—Lo siento —le dice Hann con amabilidad.
A pesar de todo, me doy cuenta de que Pressa quiere aceptar su
compasión. ¿Tenía yo este aspecto cuando el carisma de Hann me atrajo
por primera vez? Siento furia, súbitamente. El señor Yu sufrió con el
sistema de niveles, pero murió porque Hann generó caos en la Ciudad
Baja.
Hann será una figura paternal, un hombre con un pasado doloroso. Pero
también es un excelente manipulador.
Pressa no le contesta. Aprieta los labios y presenta los frasquitos.
—Es un suero que calma los síntomas de su enfermedad respiratoria.
Solía prepararlo para mi padre, que padecía la misma enfermedad. No es
una cura. Pero es lo más cercano.
Hann parece sorprendido. Abre los ojos un poco más y parpadea una vez.
Me echa un vistazo de reojo antes de volver a concentrarse en Pressa.
—¿Y por qué me ofrecerías eso?
Su mirada fulminante no altera a Pressa, que alza la barbilla.
—Pasé muchos años en la Ciudad Baja, ayudando a mi padre con la
botica. Su salud débil fue la razón por la que empecé a apostar en las
carreras de drones. Sé cómo es luchar como usted lo ha hecho. Y aunque
no estoy de acuerdo con sus planes, sí creo en su causa. Así que aquí
estamos, ayudándolo. La pregunta es si usted nos devolverá el favor.
Si Pressa tiene dudas, no noto ninguna en su discurso. Está relajada y
tranquila. Es como si recordar la muerte de su padre le hubiera brindado
fuerzas nuevas.
Hann no se mueve, pero noto que la audacia de Pressa ha alcanzado
alguna vulnerabilidad oculta suya, por más pequeña que sea. Su mirada se
posa en los frasquitos. Yo le estoy ofreciendo mis habilidades, pero ella le
está ofreciendo la promesa de recuperar su vida.
—¿Creéis que esto es suficiente para aceptaros en mi círculo? —
pregunta, frunciendo el ceño—. ¿Os atrevéis a jugar con mi vida en mi
cara?
Quizás hemos ido demasiado lejos, quizás nos hemos extralimitado. El
miedo que me recorre hace lugar a la furia.
—Está bien —exclamo—. ¿Quiere saber la verdadera razón por la que
estamos aquí, por la que le estamos ofreciendo esto? Es porque estoy
cansado de ver cómo usted y el gobierno antártico juegan con la Ciudad
Baja mientras la gente es la que sufre sus jueguecitos. Estoy harto. Ha
visto las revueltas, ¿verdad? Yo los vi destruir la botica de Pressa y a su
padre… Bueno, ya no queda nada. Tuvo que huir. ¿Por eso está luchando?
¿Así defiende los derechos de las clases bajas, convirtiendo su hogar en un
campo de batalla? Estamos aquí ahora, ofreciéndole todo lo que tenemos,
porque no soporto más verle hacer esto. Deje de hacer daño a la gente que
dice querer ayudar. Detenga todo esto y le juro que lo serviré en lo que
necesite. Lo ayudaré a construir un sistema que ponga patas arriba todo lo
que la Antártida tuvo. Lo que usted quiera. Pero póngale fin a todo esto.
Cuando me callo, me doy cuenta de que estoy temblando. Me he
expresado con convicción. Aunque todo ha salido hecho un lío y no
recuerdo mucho, oigo la furia de mi voz vibrando aún en el aire.
Hann está callado, serio, la mirada pensativa.
Pressa alza su voz firme y calma.
—Cree que está corriendo un gran riesgo al confiar en nosotros. Pero
estamos arriesgándolo todo. Nuestras amistades. La gente que queremos.
Nuestras vidas.
No sé lo que Hann está pensando. Quizás nos mate aquí mismo, furioso
porque hemos mencionado sus problemas personales. O quizás juegue con
nosotros y me haga prisionero para usarme de nuevo como peón. O quizás,
quizás, le hemos tocado la fibra correcta.
Hann avanza unos pasos más en nuestra dirección. Tiene la cabeza
gacha, como perdido en sus pensamientos. Se detiene frente a nosotros.
—Afortunadamente para vosotros, el SIA y tu hermano han intentado,
de hecho, hacer un trato con nosotros hace una hora. Lo anunciaron en el
centro de la ciudad y luego enviaron a su gente a atraparme. —Alza las
manos y continúa—. Como podéis ver, sigo aquí y ellos han fallado. Pero
parece que tu información era cierta.
Así que la trampa ha sido activada. Dejo escapar un suspiro, y espero
que mi alivio se entienda en relación a que lo que le he dicho a Hann era
cierto.
Hann extiende una mano enguantada en mi dirección.
—Aún no estás fuera de sospecha, Eden. Te observaré muy de cerca, al
igual que a tu amiga. Pero si hacéis lo que habéis prometido, entonces
aceptaré cambiar mis tácticas. Espero que cumpláis vuestras promesas.
Sonríe un poco. Hay algo ahí que se parece a la confianza. Algo sincero.
E, incluso ahora, siento que quiero creer.
Asiento y estrecho su mano. Pressa hace lo mismo. Pero su expresión
me da miedo al mismo tiempo que siento una punzada de compasión por
él. Mis palabras han sonado reales y verdaderas porque una parte de mí
cree en lo que he dicho. Porque aún creo que, aunque sea solo un poco, la
misión de Hann es buena.
¿Qué quiere decir eso? Cuando llegue la hora de que lo ataquemos,
¿podré hacerlo? ¿Y qué ocurrirá cuando se dé cuenta de que lo hemos
traicionado?
Me estremezco ante la idea cuando Hann se vuelve y nos indica con un
gesto que lo sigamos.
Si nos descubre, nos matará.
DANIEL

Se me nubla la vista. No siento las manos. Un grito se escapa de mi pecho.


Antes de que registre lo que estoy haciendo, salgo corriendo hacia las
escaleras para bajar a la calle, en dirección a donde ha tenido lugar la
explosión.
June. Estaba allí. Allí mismo, justo donde ha tenido lugar la explosión.
Miles de imágenes, una más horrible que la otra, me pasan por la
cabeza. Me acomodo el micrófono de la oreja y sigo gritando en él,
incluso cuando la policía me rodea en una escena caótica.
—¡June! ¿June? ¿Me escuchas? ¿Qué ha pasado?
No hay respuesta. Escupo una maldición y llego a la escalera. No me
molesto en bajar los escalones; de un salto, estoy sobre la barandilla
brincando de un tramo de la escalera a otro, sujetándome con las manos y
balanceándome para bajar cada piso hasta que aterrizo con suavidad en la
planta baja del edificio. Salgo disparado a la calle.
Escombros y polvo oscurecen el aire. Entrecierro los ojos mientras
avanzo a toda prisa. Una patrulla de soldados ya está en el lugar para
ayudar a miembros del grupo de June a salir en dirección al edificio
principal. Ninguno parece herido, pero se los ve confundidos, las caras
cubiertas de ceniza.
—¡June! —grito de nuevo y me detengo frente a la pila de concreto
destrozado que solía ser el edificio donde se supone que ella estaba
posicionada. Es un lío de piedra y metal roto. Me recorre el cuerpo un
mareo, y me tambaleo. Debe de estar allí, en algún lado, atrapada debajo
de los escombros, debe de estar herida, muerta…
Una mano se materializa en el polvo blanco y me sujeta de la muñeca.
Giro la cabeza violentamente hacia un lado.
Es ella.
June sonríe muy seria.
—No habrás pensado que eso podría acabar conmigo, ¿verdad?
Cada hueso de mi cuerpo se convierte en gelatina al verla. Tiene el pelo
revuelto y sucio, y las mejillas manchadas de ceniza, pero, aparte de eso,
parece ilesa.
—Eres lo peor —le grito—. ¿Qué demonios ha pasado? Te he visto ahí,
y después he visto la explosión…
Me aparta de un tirón y me lleva con ella de vuelta a la torre de donde he
venido. Tiene la mirada oscura y grave.
—Has pensado que me veías —me corrige—. Instalé un equipo de
señuelo, totalmente consciente de los riesgos de sufrir un probable ataque
de Hann. —Me aprieta la mano a modo de disculpa—. Perdón por no
habértelo contado. Quiero que Hann crea que ha tenido éxito, y pensará
eso al ver tu reacción de sorpresa.
Estoy tan aliviado de que esté sana y salva que no me quedan fuerzas
para enfadarme.
—Juegas a juegos peligrosos —le digo, sacudiendo la cabeza.
June extrae el dispositivo de antes y me muestra una transmisión que
parece haber llegado de algún lugar bajo tierra.
—Obviamente, ha oído esta transmisión —comenta—. Y con semejante
despliegue, pensará que nos ha dado un buen golpe. Debería hacer que
Eden le parezca fiable, además, ya que fue a advertirlo de un plan que ha
ocurrido de verdad y que claramente tú no querías que ocurriera.
Caminamos en silencio durante un rato antes de volver al centro de
comando. Allí se analizan las demás transmisiones. Ninguna ha generado
una explosión similar.
Señalo una zona debajo de la frontera oriental de la ciudad. Está cerca de
las afueras, donde el biodomo termina y empieza el desierto antártico.
—Esta zona aproximada —reflexiono—. Es probable que su gente esté
cerca de aquí, si no hubiéramos visto reacciones a las otras transmisiones.
—Y parece que Eden ha contactado con él con éxito —añade June.
Eden. Se me estruja el corazón ante la idea de que mi hermano esté de
nuevo bajo el control de Hann. June señala la grabación de la explosión
que se reproduce en bucle en una de las pantallas de la sala.
—Es lo que Eden dijo que le sugeriría a Hann que hiciera como
respuesta a nuestra propuesta.
—¿Alguna novedad de él?
—Nada aún —replica June, sacudiendo la cabeza—. Pero debería
llegarnos alguna esta noche.
Asiento e intento no dejar ver mi miedo. Me aparto de la mesa y me
paro frente al ventanal con vistas de la ciudad. En los altavoces del centro
de comando, oigo a la directora Min hablar con sus oficiales y enterarse de
lo que está sucediendo.
Cuanto más rápido termine todo esto, más rápido volveremos a la
normalidad. Pero mientras contemplo la ciudad, al caos que ha invadido
las calles de la Ciudad Baja, me pregunto si esa normalidad es posible.
Una revolución dentro de la revolución.
June no es la única que trabaja sin compartir cada detalle con los demás.
El cambio no ocurre jamás si no lo fuerzas.
EDEN

Me doy cuenta de que es de noche solo por la negrura de los tragaluces del
edificio. En el exterior, más allá del biodomo de Ciudad de Ross, la tundra
debe de parecer un océano oscuro como la boca de lobo. Incluso desde
aquí adentro oigo el rugido del viento soplando por las llanuras vacías.
Pressa y yo estamos solos con Hann, en una sala que parece ser su
oficina. Al otro lado de la puerta, sus guardias vigilan. Dentro, está él solo,
sentado en una silla, cansado; por primera vez parece vulnerable.
Pressa está de pie junto a él y le ofrece un frasquito.
—Quizás esto lo haga toser un poco al principio —advierte mientras le
pone un frasco en la palma de la mano—. Pero empezarán a hacer efecto
rápidamente una vez que los beba. Debe tomar uno al día.
Hann la mira con recelo pero no la detiene. Los guardias no miran hacia
fuera, al resto del edificio, sino hacia adentro, a nosotros. Tienen las armas
alzadas. Si huelen el más mínimo indicio de que estamos intentando
envenenar o sabotear a Hann, nos llenarán de balas antes de que podamos
explicar nada. Así que Pressa se mueve con lentitud, recalcando cada una
de sus palabras.
Me encuentro fascinado de nuevo por lo tranquila que se mantiene.
—¿Cuánto tiempo ha vivido tu familia en la Ciudad Baja? —le pregunta
Hann mientras ella vierte el contenido del frasquito en una taza y lo
mezcla con agua caliente.
Pressa no dice nada por un segundo. Se concentra en la mezcla que está
preparando.
—Desde que tengo memoria —responde—. Mis abuelos vinieron a
Ciudad de Ross huyendo del caos de su país. Terminaron en la Ciudad
Baja. Mi padre me contó que la botica era de ellos.
—Entiendo —dice él.
La está poniendo a prueba, me doy cuenta, por la manera en que la
observa revolver el brebaje. Está buscando algo distinto en su mirada, el
secreto de por qué estamos aquí realmente.
Pero no la detiene mientras trabaja. Me doy cuenta de que, quizás,
sinceramente espera que esto funcione.
Mientras Pressa hace lo suyo, hablo. Me aclaro la garganta y me inclino
hacia delante en el escritorio donde estoy sentado.
—Como dijo —le digo a Hann—, el ejército no retrocederá para
siempre. No tenemos mucho tiempo. ¿Qué necesita que se haga en el
sistema?
Hann ladea la barbilla en mi dirección.
—Estarás a cargo de instalar una modificación en el sistema que
redirigirá todos los niveles para que estén bajo mi control —responde.
Se me hiela la sangre, tan fría como el viento invernal que sopla fuera.
Nuestras suposiciones eran correctas, después de todo. Se convertirá en el
único dictador de lo que es legal e ilegal. Parpadeo y finjo sorpresa ante la
complejidad de la actualización.
—¿Un programa que haga eso? —pregunto—. Llevará demasiado
tiempo.
Hann me observa con su mirada penetrante.
—No si tú trabajas en ello. Me han dicho que no se necesitará más que
instalar un nuevo chip en el sistema. Te ocuparás de eso mañana por la
noche.
Mañana a la noche. Será demasiado tarde. Si voy a llevar adelante
nuestro plan, necesito desmantelar cosas e instalar nuestro chip antes de
eso.
—Muéstreme el sistema esta noche —le digo a Hann con el ceño
fruncido—. Si es necesario hacerlo manualmente, voy a necesitar todo el
tiempo posible.
Hann estudia el líquido de la taza. Cerca, Pressa contiene la respiración.
—Lo harás cuando yo te diga —responde. Su voz de mando es fría e
indiferente; está tan habituado a ser obedecido que ni siquiera se cuestiona
mi obediencia.
—Pero… —protesto.
En un abrir y cerrar de ojos, estira la mano y sujeta a Pressa de la
muñeca, justo cuando ella se estaba alejando de él.
Pressa lanza un grito ahogado. Yo me paralizo.
Hann la mira sin parpadear y, finalmente, la suelta. Sus palabras cargan
con una amenaza implícita cuando vuelve a mirarme. Sospecha de que
quiera acceder tan rápido al sistema, de que no cuestione su ambición. Me
está diciendo que puede quebrarle las muñecas a Pressa en un santiamén,
que podría cortarme la garganta y dejar nuestros cuerpos en la calle como
ha hecho con tantos otros.
Es fácil olvidar que Hann es conocido por ser un asesino despiadado. El
cambio súbito entre esta personalidad y su ser vulnerable y agotado me
estremece.
—Después de ti —le dice a Pressa, y le ofrece la taza que ella le ha
dado.
Para mi asombro, Pressa no vacila. Asiente y alza la taza. Bebe un largo
sorbo. Tengo que contenerme para no reaccionar y descubrirnos, pero se
me debilitan los músculos de los nervios. ¿Querrá decir esto que los
efectos también la afectarán a ella? ¿Se habrá imaginado que esto podría
suceder?
—Se sentirá un poco débil esta noche —le dice a Hann después de tragar
un poco de la bebida. Su voz tiene un ligero temblor pero se las arregla
para hablar lenta y mesuradamente—. Puede ser que tosa un líquido
transparente, pero es señal de que el tratamiento está funcionando. Si el
líquido es oscuro, tendremos que darle antibióticos.
Hann espera. La observa. Pero ella le devuelve la mirada con su nueva
expresión de calma y, si no fuera porque sé lo que estamos haciendo,
creería que es sincera, que no está haciendo más que cumplir con lo
prometido.
Por un momento, pienso que no nos saldremos con la nuestra.
Luego, su mirada fría se desvanece. Se recuesta y parece satisfecho
ahora que Pressa ha bebido bastante del suero.
—Te enseñaré el sistema esta noche —me dice—. Mañana por la
mañana, espero que tengas una solución eficiente para implementar lo que
quiero. Debería quedar claro por qué eres el mejor estudiante de toda
Ciudad de Ross.
Sonríe al decir eso último.
Asiento y suspiro cuando se pone de pie. Se acomoda la chaqueta, mira a
Pressa y la saluda con una escueta inclinación de la cabeza.
—Mañana volveremos a hablar. Te agradezco la ayuda.
No lo dice con gratitud. Está la promesa, la confirmación de que mañana
tendremos que enfrentarnos a él otra vez. Sigo a Pressa y murmuro mi
aprobación, y luego salgo de la sala detrás de él. Mantengo la vista baja
pero prestándole atención a ella, que camina junto a mí.
Si conseguimos sobrevivir a la noche, quizás salgamos de aquí. Pero si
las cosas salen mal, será la última vez que me extralimite.

Pressa y yo podemos quedarnos en la misma habitación, con un par de


literas, una encima de la otra. Hay centinelas haciendo guardia frente a
nuestra puerta. Debemos cenar allí y se me mostrará dónde se guarda el
sistema.
En cuanto cerramos la puerta, Pressa mete la mano en el bolsillo y se
pone una pastilla en la boca.
—¿Qué es eso?
—El antídoto —murmura antes de tragar la pastilla. Hace una mueca—.
Uf, es tan amarga.
—¿El antídoto? —sacudo la cabeza, incrédulo—. Te imaginabas que iba
a pedirte algo así.
Parpadea.
—Por supuesto —responde—. Siempre hay que tener un antídoto para
los brebajes que prepares. Le damos esto a nuestros clientes.
Me doy cuenta de que aún habla de la botica como si su padre siguiera
vivo.
—Te has comportado como si supieras hacerlo desde siempre.
Niega y hace un gesto para indicarme que me siente junto a ella en la
cama.
—Con suerte, pasará la noche sintiéndose mal y febril, dando vueltas en
la cama. No espero que se despierte temprano.
Asiento.
—Nos dará tiempo suficiente para trabajar.
Me mira. La sonrisa torcida que conozco tan bien le aparece en los
labios y, por un segundo, parece que se va a inclinar hacia adelante para
besarme. El corazón me salta de miedo y entusiasmo ante el mero
pensamiento.
No sé si Pressa nota algo en mi expresión, porque de pronto se aparta y
carraspea.
—¿Recuerdas la primera carrera de drones a la que te llevé? —dice—.
Temblabas tanto que pensé que te ibas a desmayar.
Me río con ella, nervioso. Fue hace unos pocos años, pero me sentía mil
años más joven entonces.
—Fue la primera vez que bajé a la Ciudad Baja. No me diste ninguna
advertencia. Me arrojaste en plena plaza con las apuestas y la multitud.
—Te estaba ahorrando tiempo. Es mejor saltar de golpe al agua fría en
vez de meterte poco a poco.
—Es cierto.
Nos quedamos callados un momento.
—Digamos que tenemos éxito con esto —digo en voz baja—. Digamos
que todo vuelve a ser como era antes. ¿Estarás bien? ¿Tu padre…? ¿La
tienda?
Pressa se encoge de hombros y reacciona con mayor calma de la que sé
que siente.
—Si salimos de esta en una pieza, quizás el SIA ayude con la botica de
mi padre, quizás me den una retribución que me permita pagar las
reparaciones.
Se le apaga la voz y, durante un momento, nos quedamos sentados en
silencio, sintiendo el peso de la muerte de su padre.
—Bueno, yo tengo algunos contactos —le digo. Pero siento una punzada
en el pecho. Si por algún motivo el plan de interferir el sistema de niveles
no funciona, Pressa volverá a su vida en la Ciudad Baja, luchando para
abrirse paso por los niveles como todos los demás. Veo el conflicto en su
mirada cuando piensa lo mismo.
—Si conseguimos salir de todo esto —dice, bajando la vista—, me
gustaría irme de la Ciudad Baja. Ir a algún lugar nuevo. Encontrar alguna
aventura. —Guarda silencio por un segundo—. Me quedé por mi padre.
Ahora se ha ido, y no sé qué hacer.
Se ríe y niega con la cabeza, como si fuera un sueño totalmente fuera de
su alcance.
Le rozo la mano.
—Ya lo sabrás. Siempre lo sabes.
Pressa me sonríe con una sonrisa cansada. Nos quedamos sentados sin
hablar hasta que ella me mira de nuevo.
—¿Sientes pena por Hann? —me pregunta, la voz más suave—. Quiero
decir… no digo que tengamos que sentir compasión por él, pero…
¿Siento pena por él? Estoy a punto de decir que no, por supuesto que
no… pero algo me detiene. Pienso en la manera en la que Hann se ve
obligado a probar sus medicamentos.
—Un poco —respondo. Y me doy cuenta de que tal vez me lo está
preguntando porque ella siente lo mismo.
Pressa hace un gesto con la cabeza en dirección al maletín de
medicamentos que ha arrojado sobre la litera entre nosotros dos.
—Creo que debió de haber confiado, hace mucho tiempo. Tiene las
características de alguien de la Ciudad Baja, ¿sabes? Siempre encuentras
la manera de hacer que las cosas funcionen, hasta que el mundo te lo hace
imposible. E incluso entonces, tienes que resistir.
Me quedo callado mientras habla. El mundo ha rechazado a Pressa y, sin
embargo, se las ha arreglado para no perder su bondad, jamás se ha alejado
en serio del camino correcto. Y me descubro pensando acerca de las líneas
delgadas que cruzan nuestras vidas y que nos envían en una u otra
dirección; las penurias que mi hermano y June padecieron los enviaron en
una dirección, mientras que Hann fue en otra.
—Cuando todo esto termine —digo, por fin—, volveré a la República.
Pressa sonríe de nuevo. Esta vez, con una expresión más triste, como si
siempre lo hubiera sabido, y la tristeza me hace un nudo en el corazón.
—Nunca pensé que te fueras a quedar aquí en la Antártida.
La miro.
—¿No?
—Eden, has vivido toda la vida con los pies apuntando en dirección a la
República. Ese brillo está en tu mirada cada vez que te veo. Es tu lugar.
Me pone la mano sobre el brazo y me acuerdo de cómo me ayudó
cuando los demás en la universidad me empujaron al suelo. Pienso en lo
que está haciendo ahora, conmigo. Si vuelvo a la República, no contaré
más con Pressa.
—Yo… —No sé cómo terminar la frase. ¿La echaré de menos? ¿Me ha
gustado desde que nos hicimos amigos? ¿Que cuando salimos tarde por la
noche, me encanta ver cómo sus preciosos ojos centellean en la penumbra
y reflejan el brillo de todo lo que la rodea?
Sonríe y se acerca más.
—Visítame de vez en cuando, ¿de acuerdo? —susurra—. Así me
enteraré de cómo estás.
Trago y busco una manera adecuada de decirle cómo me siento. Y, en
medio de esa búsqueda, me doy cuenta de que lo único que he querido
hacer desde siempre es demostrárselo.
Me inclino hacia ella en silencio. Y la beso.
Es un beso suave, mis labios se posan delicadamente sobre los suyos. Se
pone rígida por la sorpresa, lo suficiente como para que me aparte y la
mire con vacilación. Quizás no debería haber sido tan atrevido.
Pero antes de que pueda pedirle disculpas, Pressa me abraza y me atrae
hacia ella. Me besa de nuevo, con urgencia esta vez.
Se desvanece cualquier tipo de pensamiento. No puedo creer que jamás
supiera que esto era lo que debía suceder entre nosotros, que nunca
intentara nada antes. Nuestro beso tiene cierta amargura que me recuerda
el poco tiempo que quizás nos quede. La acerco más, quiero más, me
arrepiento de haberme contenido durante tanto tiempo.
Por fin nos despegamos, los alientos entrecortados. Pressa baja la vista,
una fragilidad que no es habitual en ella se refleja en su rostro. Se ríe un
poco.
—Siempre he querido que hicieras eso —murmura, mirándome a través
de un manto de pestañas.
—Bueno —susurro—, menos mal que he hecho algo al respecto.
Nuestra conversación es interrumpida cuando llaman abruptamente a la
puerta. Nos separamos rápidamente justo cuando entra uno de los
guardias. No nos sonríe. Me clava una mirada fría y sin sentimientos.
—Daos prisa, los dos —nos dice—. Hann no puede perder todo el día
enseñándote las instalaciones.
Me incorporo y le sostengo la mirada al hombre. Junto a mí, Pressa se
levanta y alza la barbilla, manteniéndose calmada.
—Te seguimos —le digo al guardia.
Me mira con rabia, le echa una mirada desagradable de reojo a Pressa y
se gira, indicándonos con un gesto que lo sigamos. No falta mucho para
que nuestros planes alcancen un punto crítico. Pressa y yo intercambiamos
una mirada rápida antes de seguir al hombre.
En este momento, me doy cuenta de que el minúsculo insecto dron que
Daniel me dio ya no está en mi bolsillo.
Una oleada de pánico me recorre mientras intento mantener la calma.
Pero Pressa nota mi temor súbito. Me hace una pregunta con la mirada y
pronto se da cuenta de lo que ha sucedido. Sus ojos se abren como platos.
Quizás el dron se me haya caído del bolsillo. Pero la inquietud crece en
mi pecho. Sé, de alguna manera, que no se trata de un accidente.
Simplemente, lo sé.
Dominic Hann me lo ha quitado.
DANIEL

Otra noche durmiendo mal.


Esta vez, sueño con el pasado, otra serie de fragmentos que me cuesta
relacionar. Algunos no tienen sentido, un puñado de margaritas de mar
flotando en el medio del océano, una figura solitaria luchando por avanzar
por la tundra helada. Pero cuando el sueño se asienta, lo hace con un
recuerdo de la infancia.
Es de la época en la que llevaba viviendo un año en la calle. Tess no está,
aún no la había conocido. A esa edad, cojeaba mucho y, cuando finalmente
consigo avanzar sobre los tejados hasta instalarme detrás de una chimenea
cerca de la casa de mi madre, estoy bañado en sudor.
Mis manos sangran y están en carne viva por sujetarse de los salientes.
El vacío de mi tripa parece una caverna. Me había pasado el día entero
intentando encontrar comida suficiente para llenar ese vacío, pero había
sido un día difícil. No había encontrado basura. Había guardias patrullando
los barcos de víveres. Me había escapado por los pelos del vendedor de un
pequeño puesto del mercado, que vendía pinchos de entrañas de cerdo
pigmeo. El aroma era tan embriagador que me había olvidado de todo y
me había quedado demasiado tiempo. El vendedor se me lanzó encima con
un cuchillo de cocina. Conseguí escapar, pero no antes de que me rozara
con el borde del cuchillo y me cortara en el costado.
Debilitado, me tambaleaba. Mantuve la presión sobre la piel con la
mano pero la sangre seguía brotando de la herida y manchando todo de
negro. Miré con desesperación hacia la casa de mi madre. Las velas
estaban encendidas. Estaba en casa, y probablemente también mis
hermanos. Como si lo hubiera ensayado, veo la silueta de John pasar por la
ventana.
No saben que estoy vivo. Si aparezco, ¿cómo reaccionarán? ¿Qué les
hará la República si alguien los obligara a hablar?
Otra punzada me recorre el costado y dejo escapar un gemido de dolor.
Me recuesto contra la chimenea y cierro los ojos. No puedo seguir así. Si
no hago algo, moriré. Por la mañana, alguien encontrará mi cuerpo
exánime sobre el techo y un coche vendrá a arrastrarme hacia una fosa
común sin nombre.
La puerta del lateral de casa se abre de par en par, y un rectángulo de luz
dorada ilumina el callejón por un momento. John emerge cargando con
una bolsa de basura. La puerta mosquitera se cierra detrás de él cuando se
dirige manzana abajo para arrojar la bolsa en uno de los contenedores.
Vacilo de nuevo y parpadeo para apartar el sudor de mis ojos. El mundo
me da vueltas y estoy mareado por la pérdida de sangre. A pesar de eso,
me contengo.
Una oleada de náuseas me invade. Aprieto los dientes y maldigo. Por
fin, empiezo a bajar trabajosamente por el lateral del edificio. Me sujeto
con desesperación al canalón que baja por la pared. El metal frío y
resbaladizo me resulta difícil, y casi me caigo varias veces.
Por fin, llego al suelo y me dejo caer con un gruñido. Me incorporo con
gran esfuerzo, avanzo tambaleándome hacia la casa justo cuando John
emprende la vuelta. Se mete dentro y me da la espalda.
Abro la boca para llamarlo, pero estoy demasiado débil. Cuando la
puerta mosquitera se cierra y él traba la puerta de adentro, me arrastro
sobre los escalones. Uno, dos, tres. Me estiro hacia la puerta cerrada,
reúno mis últimas fuerzas y llamo.
Por un instante, me parece que el sonido no ha sido lo suficientemente
fuerte. Espero unos segundos y escucho, y luego vuelvo a llamar. Nada.
Me dejo caer sobre los escalones y cierro los ojos, y disfruto el frío de la
piedra. Quizás me encuentren muerto aquí por la mañana. Mi madre
gritará. John fruncirá el entrecejo por la pena. Y Eden…
Entonces, la puerta se entreabre de pronto. Alzo la vista y me encuentro
contemplando los ojos azules de mi hermano mayor.
No me reconoce, por lo menos no al principio. Su boca se tuerce de una
manera que conozco muy bien y, por un instante, me siento como si nunca
me hubiera ido de casa. Le sonrío débilmente.
—Soy yo —grazno. Aparto las manos de la herida para mostrarle la
sangre que me empapa la camisa—. Me vendría bien un poco de ayuda,
John.
En ese momento, se da cuenta. Conoce mi voz, recuerda cómo lo llamé a
los gritos cuando el tren me llevó después de mi Prueba fallida. Palidece y
abre los ojos de la impresión.
—¿Daniel? —susurra.
Pero ya no puedo responderle. Me desplomo sobre los escalones y hago
un gran esfuerzo para concentrarme en ellos. Siento unos brazos que me
rodean y me alzan. Tiemblo de frío. Después, estoy sobre una mesa
iluminada por una luz intermitente, contemplando la cara perpleja de mi
hermano.
—Es imposible —dice una y otra vez. Se pasa la mano por el pelo
mientras aferra un cuchillo y me abre la camisa—. Los vi cuando te
llevaron, nos dijeron que estabas, que estabas…
—No se lo cuentes a nuestra madre —susurro—. No se lo cuentes a
Eden. —Se me escapa un sollozo ronco cuando me envuelve la cintura
herida con algo—. No me ha quedado otra opción que venir aquí. Pero si
se enteran de que estoy aquí, los matarán a todos.
John deja de trabajar un momento. Inclina la cabeza y la posa sobre mi
hombro. Me lleva un momento, en mi delirio, darme cuenta de que está
llorando. Intento rodearle los hombros con el brazo y decirle que estaré
bien. Pero entonces algo interrumpe mi sueño.
Esto no es real. Porque John está muerto.
Intento concentrarme en el techo. Gira y se transforma, y luego yo soy el
que está de pie junto a la mesa del comedor. John ya no está; lo he
reemplazado. Y el que está sobre la mesa no soy yo, sino Eden, una
versión infantil de él, con las mejillas regordetas y grandes ojos inocentes,
en estado de shock al ver que la sangre le brota del pecho.
Intento frenéticamente detener el sangrado de mi hermano pequeño,
pero no lo consigo.
—¿Eden? —lo llamo—. Eden. Mírame.
Tengo las manos de color escarlata. Por más que apriete la venda sobre
la herida, la sangre sigue saliendo. ¿Qué ha hecho? Salvar a otros, como
siempre. Pero ahora se está muriendo y yo no puedo hacer nada. Alzo la
vista y pido ayuda a los gritos.
Pero no hay nadie aquí. Estamos los dos solos.

Me despierto sobresaltado. Siento unas manos suaves en la cara, pero me


lleva otro rato darme cuenta de que pertenecen a June. Apenas puedo verle
los ojos. Me está mirando con preocupación.
—Ey, ey —me dice con ternura—. Estás bien. Estás aquí.
Tengo el cuerpo bañado en sudor y estoy temblando de la cabeza a los
pies. Me he derrumbado en el sofá y me he quedado dormido mientras
esperábamos que llegue el mensaje de Eden, diciéndonos que ya está a
salvo en el círculo de Hann. La imagen de un Eden joven desangrándose
sobre la mesa sigue fresca en mi mente. Cierro los ojos para intentar
borrarla, pero permanece como una mancha en mi mirada.
—Estoy bien —susurro, por fin, y asiento—. Una pesadilla, nada más.
Está bien.
Por su expresión, me doy cuenta de que June sabe instintivamente que
mi pesadilla tiene que ver con Eden. Pero no me presiona. En vez de eso,
asiente y mira hacia la ventana. El metal de sus hombreras tintinea
suavemente.
No me había dado cuenta de que iba vestida con su uniforme completo.
Sus ojos están alertas y brillan en la oscuridad.
—¿Qué sucede? —pregunto, quitándome poco a poco de encima la
niebla de terror del sueño. Enfoco la sala. Por la ventana veo la silueta de
las afueras de Ciudad de Ross.
—Eden…. ¿Sabemos algo de él?
June niega y antes de que empiece a hablar, siento que se me cae el alma
a los pies.
—Nada. Son las cero trescientas horas. Debería haber respondido hace
horas.
Nada de rodeos. No tiene sentido hacerlo y June lo sabe. Lucho por
contener mis temores, pero ella los nota en mi expresión. Me incorporo en
el sofá.
—¿Alguna señal del dron que Eden llevó? ¿Sigue en el mismo lugar?
June me mira muy seria.
—Daniel, ya no aparece la señal de localización.
No más señal de localización. Solo puede significar tres cosas. Eden ha
decidido quitarla, por su seguridad y la de Pressa. El dron no funciona
más. O…
Hann lo ha descubierto y la ha deshabilitado.
EDEN

Mi mente es un torbellino frenético cuando el guardia nos indica con un


gesto que lo sigamos.
Hann me ha quitado el dron. Tiene que haber sido él.
Por un instante, pienso que estamos perdidos. Nos han descubierto y no
hay nada que podamos hacer para que Hann no nos asesine.
Delante de nosotros, el guardia hace un gesto impaciente con la mano.
—Hann os está esperando.
Pressa echa un vistazo a la puerta y mueve los labios para formar una
palabra. Vamos.
No sé de dónde sale nuestra valentía. De la desesperación,
probablemente.
Pressa alza las manos y sujeta al guardia de la muñeca. Antes de que
tenga tiempo de emitir un grito de sorpresa, lo mete de un tirón en la
habitación y lo empuja contra la pared.
El guardia jadea, gruñe e intenta sujetarla por la garganta.
Le doy un puñetazo fuerte en la mandíbula antes de que llegue a tocarla.
Si he aprendido algo de mi hermano, es cómo lanzar un puñetazo
después de ser atacado.
Le doy en el punto justo. Las rodillas del guardia ceden y cae
lentamente, sin fuerzas, al piso.
—Buen golpe —me dice Pressa, impresionada.
—El beneficio de tener un hermano que es agente del SIA —respondo,
encogiéndome de hombros.
Salimos de la habitación sin perder más tiempo y la cerramos. El reloj
no se detiene. No hay vuelta atrás. Acelero el paso por las escaleras
metálicas que conducen a los niveles más altos del edificio.
Aquí, reconozco el espacio cavernoso que alberga la obra en
construcción. Todo está sumido a medias en la penumbra, como si hubiera
siluetas de centinelas en cada esquina. Nos movemos con lentitud,
sobresaltándonos en cada hueco de las escaleras.
Por fin, llegamos a la obra que recuerdo de la primera vez que estuve
prisionero aquí. La laberíntica cueva llena de filas de máquinas titilantes
sigue siendo tan amenazante y fascinante como siempre, su brillo lo baña
todo de azul pálido.
Hago que Pressa se agache antes de llegar al último descansillo de las
escaleras. Nos quedamos agazapados en las sombras y observamos a los
dos guardias que están de pie junto a la barandilla metálica que conduce a
la planta principal.
Pressa contempla los interminables pasillos de ordenadores,
boquiabierta. Luego, me mira.
—¿Cómo hacemos para bajar? —me dice formando las palabras pero sin
emitir sonido.
Echo un vistazo a los guardias. Están mirando al suelo, hacia el otro
lado. Si conseguimos pasar sin que nos vean, podemos ocultarnos en el
laberinto de pasillos y llegar hasta la plataforma de control ubicada al otro
lado del edificio.
Estudio las barandillas. Si Daniel estuviera aquí, evitaría los guardias y
se deslizaría por el lateral de la barandilla y se dejaría caer en silencio piso
a piso hasta llegar a la planta baja. Nunca notarían su presencia.
Antes de que mi hermano me llevara en su recorrida por el sector Lake,
me habría reído ante la mera idea de intentar hacer algo así. Pero ahora me
encuentro contemplando el descansillo y preguntándome si existe la
manera de bajar al menos un piso y evitar a los guardias. No poseo la
agilidad de Daniel, pero quizás encuentre un modo de hacerlo con mis
propios trucos.
Me empiezo a quitar la chaqueta. Pressa me mira con curiosidad.
Le indico por gestos que haga lo mismo que yo y señalo las barandillas y
al suelo.
Pressa parpadea.
—¿Te has vuelto loco? —murmura.
—Si quieres luchar con esos guardias, adelante —le respondo en
susurros.
Me deslizo hacia las barras de metal de la barandilla y paso mi chaqueta
por entre los espacios. La parte inferior de la barandilla tiene el ancho
justo como para que pase por debajo de ella. Hay que apretarse un poco,
eso sí.
Pressa me observa por un momento antes de acercarse a mí.
Me pongo de espaldas y me introduzco por la parte inferior de la
barandilla, me dejo caer con cautela, las mangas de mi chaqueta
firmemente enrolladas en mi puño izquierdo. Cuelgo del borde, una figura
perdida en las sombras. Arriba, los guardias no se mueven.
Me balanceo un poco hacia adelante y hacia atrás. Me suelto. Me sujeto
de la barandilla del piso de abajo y me las arreglo para aterrizar en
cuclillas con elegancia. Me quedo quieto un segundo, sin aliento, para
escuchar si los guardias han notado algo. Nada.
Pressa se me une pronto. Cuelga en el aire por un segundo, hace lo
mismo que yo y se acuclilla junto a mí. Su aterrizaje es más silencioso que
el mío, pero los cordones de una de sus botas choca contra la barandilla
metálica. Produce un leve eco.
Nos quedamos congelados. No oímos nada por un momento.
Luego, una de los guardias se mueve.
—Eso ha venido de abajo.
—¿Segura? —responde el segundo guardia—. Me ha parecido que eran
movimientos del edificio.
—Es probable. —La primera guardia se mueve—. Iré a echar un vistazo,
por si las moscas.
Tenemos que movernos, ya. Sujeto a Pressa de la mano y empezamos a
correr lo más rápido posible por la pasarela en dirección a la escalera
siguiente. Arriba, la guardia taconea ruidosamente por las escaleras. Si nos
alcanza antes de que lleguemos al piso más bajo, nos verá y hará sonar la
alarma. Corremos en silencio escaleras abajo. Llegamos a la planta baja
justo cuando la guardia camina por la pasarela del primer piso. Miro a mi
alrededor. El laberinto de pasillos se extiende en todas las direcciones.
—Por aquí —susurro y elijo uno de los pasillos que parece conducir en
la dirección de la plataforma de control. Pressa se da prisa para seguirme
en silencio.
Detrás de nosotros, la guardia ha llegado a la planta baja. Se detiene un
momento y busca la fuente del sonido.
Las palmas de mis manos chorrean sudor. Lo único que quiero es que
Daniel esté aquí, pero aparto el pensamiento de inmediato. Me concentro
en la tarea actual. No puedo hacer otra cosa. Avanzamos por el pasillo.
Detrás de nosotros, la guardia empieza a volverse hacia el pasillo por el
que corremos.
Llegamos al final. Pressa gira bruscamente a la derecha y tira de mí
hacia ella. Nos agachamos en el nuevo pasillo y nos llenamos los
pulmones de aire.
La guardia avanza hasta la mitad del pasillo que acabamos de abandonar.
Me preparo para correr de nuevo. Pero la guardia se detiene, en silencio,
durante un momento. Esperamos, dos figuras tensas y paralizadas.
Por fin, la guardia suspira y vuelve por donde ha venido. Sus pisadas se
alejan hasta que oigo el sonido familiar de sus pasos subiendo por las
escaleras metálicas para unirse a su compañero.
Pressa deja escapar un suspiro entrecortado. Echo un vistazo. Nos
ponemos de pie.
—No estamos lejos —le susurro.
Corremos por los pasillos. No tenemos tiempo. Hann probablemente
esté delirando de fiebre en este momento. Es nuestra única oportunidad.
El pasillo se alarga hasta el infinito, los ordenadores que lo bordean con
sus luces parpadeantes son interminables y empiezo a pensar que nos
hemos equivocado de camino cuando, por fin, más adelante, veo que los
pasillos terminan.
Delante de nosotros está la plataforma de control circular.
Me detengo con un patinazo. Luego, me agacho y extraigo del lateral de
mi tobillo, con dedos temblorosos, el chip. Pressa contempla el lugar
boquiabierta.
Enciendo el sistema. El círculo virtual forma un arco a nuestro
alrededor, seguido por el estallido de nodos blancos brillantes. Me
arrodillo en el círculo e intento recordar cómo me enseñó Hann a acceder
al sistema principal. Ya casi estamos. Pressa custodia y está atenta a los
guardias que puedan aparecer por los pasillos.
Finalmente, lo encuentro. El sistema se inicia y me muestra la cuenta de
Hann. Siento tanto alivio que casi grito. En la palma de la mano tengo el
chip que contiene la señal que creé. Lo toco una vez y la información que
contiene aparece de pronto flotando sobre mi mano.
Ahora lo único que queda por hacer es descargarla en el sistema.
Pero no llego a hacerlo. Porque en el instante en que el sistema se inicia,
oigo una voz familiar a mis espaldas. Es Pressa, pero su voz está llena de
pánico.
—Eden —dice.
Sé que está aquí sin ni siquiera darme vuelta. El pelo de la nuca se me
eriza. Miro por encima del hombro para encontrar a Hann de pie, la vista
clavada en mí. No parece estar enfermo. Sonríe levemente.
—Me estaba preguntando cuándo harías tu jugada —comenta. Sus ojos
se posan con calma en Pressa—. Y la doctorcita. Se la ve muy despierta,
señorita.
Pressa se queda paralizada. No le responde nada. Hann se está refiriendo
al hecho de que no se ha visto afectada como debería por el brebaje que le
dio. Me acerco un poco a ella en actitud protectora.
Al ver su expresión, Hann sonríe con frialdad y pasa su atención a mí.
Tengo el corazón en la garganta. Examino su rostro para intentar estimar
sus sentimientos. Está pálido y un sudor ligero le cubre la frente. Pero
aparte de eso, parece alerta. Debe de haber entendido lo que le provocaría
el suero de Pressa a tiempo de tomar algún tipo de antídoto o quizás no
bebió mucho.
Detrás de él hay por lo menos media docena de guardias apuntándonos
con sus armas. Hann chasquea los dedos una vez. El sistema virtual que
flotaba a mi alrededor se mueve y lo rodea.
—Este lugar solía ser parte de la red en la que Ciudad de Ross solía
guardar la información del sistema de niveles —me explica Hann—.
Ahora es parte de mi sistema.
Espero que mencione el dron que tiene que haberme quitado. No lo hace.
Se comporta de manera natural, como si no supiera nada acerca de
nuestros planes. Me da escalofríos.
—Siempre ha querido algo más grande que simplemente deshabilitar el
sistema de niveles —digo—. Quería controlarlo.
—Exactamente —confirma. Mueve una mano delante de mí y cuando lo
hace, de pronto puedo mover los nodos flotantes—. Y una vez que
empieces a comportarte como parte de mi equipo, tendrás acceso a todo
esto cuando ayudes a reconstruirlo para que sirva a su nuevo propósito.
Una vez que empieces a comportarte. Ahora, cuando miro a Hann, veo
un brillo peligroso en sus ojos. El padre afligido que alguna vez vi ha
desaparecido, el hombre que había perdido a su esposa y a su hijo. Este es
el asesino, el criminal.
—Encontré tu pequeño e ingenioso dron —me dice Hann con dulzura—.
¿Pensabas contármelo en algún momento?
Camino lentamente alrededor del círculo, mi atención concentrada en
parte en los nodos. Cada uno marca una manera de subir de nivel, al menos
en el nuevo mundo de Hann.
—¿De qué sirve hacer esto? —pregunto, de pronto—. ¿Corromperlo
todo, destruir el sistema de niveles y reemplazarlo con un sistema propio?
¿Qué pasa con todo lo que dijo acerca de la ciudad, que no creía en que la
gente debiera ser tratada de esa manera? ¿Ahora usted hará lo mismo?
—A veces, no es la idea la que está corrupta, sino quienes la ponen en
práctica —responde Hann con una sonrisa—. ¿Te gustaría que
elimináramos por completo el sistema de niveles? Has visto el caos que
reina en las calles sin él.
Es casi como si supiera lo del chip que tengo planeado instalar en el
sistema de niveles. Lo odio por obligarme a seguir pensando en una zona
gris.
—Piensa en la cantidad de personas que deben de estar aterrorizadas
ahora, sin el sistema de niveles en funcionamiento —continúa—. Los
civiles de la Ciudad Baja han sufrido, han sido reprimidos y han sido
obligados a volver a su lugar a golpes. Ahora, imagina que yo soy quien
reemplaza al gobierno de esta ciudad. Yo soy quien hace que el sistema de
niveles vuelva, pero funciona como a mí me parece. Los residentes de los
Pisos del Cielo pierden su poder. Se lo entrego a la población de la Ciudad
Baja. La gente odia el caos, ya lo sabes. Si les devuelves el control de sus
vidas, caerán de rodillas ante ti y te colmarán de gratitud.
Frunzo el ceño.
—¿Entonces quiere que la gente lo considere un salvador, después de
haber padecido el caos que usted mismo generó?
Hann asiente. Por un segundo, su aspecto paternal regresa y se le suaviza
la mirada.
—Mi hijo, Erick, era brillante como tú. Me hubiera gustado que lo
conocieras. Era un chico tan inteligente, tan lleno de potencial. Tan
prometedor como tú.
Aunque estoy aquí en calidad de cautivo y enemigo, me doy cuenta de
que cuando me mira, se imagina a otra persona en mi lugar.
El momento pasa y su mirada vuelve a endurecerse.
—¿Creías que te había dejado volver sin sospechar nada? ¿Que creía que
de repente habías cambiado de idea y le habías dado la espalda a tu
hermano? —Sacude la cabeza; parece casi triste—. ¿Pensábais de verdad
que me había creído que queríais curarme?
—La medicación era real —lo interrumpe Pressa, con el ceño fruncido.
—Ah, lo sé. —Alza una ceja—. Y aprecio que me la hayas administrado.
Me perdonarás por vaciar los contenidos de mi estómago a continuación.
He oído que esas hierbas causan unas fiebres terribles. ¿O ya lo sabías?
Pressa aprieta los dientes. Abre la boca para decir algo, pero antes de
que lo haga, Dominic Hann tiene un arma en la mano y la apunta con el
cañón brillante.
Me muevo hacia Pressa, pero él es demasiado rápido.
Le dispara.
DANIEL

—¡Daniel, espera!
No escucho a June que me llama mientras me doy prisa para salir de las
salas de espera del edificio en dirección a la zona de control principal,
poniéndome la chaqueta por el camino. En el exterior, el aire es frío y
límpido, y la simulación nocturna es pesada, interrumpida por algunas
pantallas que reproducen publicidades.
—Day.
El sonido de mi nombre callejero es lo único que me hace detenerme y
darme vuelta. June me alcanza, el pelo agitado por el viento, y me sujeta
del brazo con la mano.
—No bajarás solo —dice con firmeza.
—Tengo que hacerlo.
—No sabemos por qué Eden no ha enviado el mensaje. Quizás se ha
retrasado por alguna razón o está intentando arreglar el dispositivo.
Existen muchas posibilidades. Si bajas ahora, podrías arruinar su tapadera.
—¿Y si está en problemas?
—Si es así, Hann te lo hará saber pronto, sin lugar a dudas —June se
cruza de brazos—. ¿Crees que dejaría pasar la oportunidad de usar a Eden
en tu contra, si ha descubierto el plan?
Alzo las manos.
—Todo eso tiene sentido; lo entiendo. Pero si se está preparando para
usar a Eden en mi contra, entonces ya es demasiado tarde. No lo dejará ir
de nuevo. Y si sabe que sabemos lo que está haciendo, que vamos tras él,
nos estará esperando. —Sacudo la cabeza—. No puedo quedarme sentado
sin hacer nada.
June suspira y aparta la mirada durante un segundo. En sus ojos veo un
destello de frustración. Recuerdo, súbitamente, el modo en el que
discutíamos cuando la República estaba en el fragor de su guerra, y una
parte del corazón se me retuerce de culpa.
—Me conoces, ¿verdad? —digo, acercándome e inclinándome hacia ella
—. Sabes que puedo hacer esto. Lo he hecho toda la vida. Déjame ir solo.
Me será más fácil esconderme si estoy solo. Quédate aquí y cúbreme las
espaldas. Rastrea mi ubicación. Y cuando veas que estamos saliendo, dile
al SIA que esté listo para nosotros.
Se vuelve hacia mí. La frustración ha cedido ante el miedo y, dentro del
miedo, descubro la misma preocupación que yo siento cada vez que ella
arriesga su vida.
—Date prisa, entonces —dice, por fin, inclinándose hacia mí. Su voz es
suave y calmada—. Estaremos listos. Te lo prometo.
Pienso en la noche que compartimos, todos nuestros momentos de
incomodidad, la danza lenta de volver a conocernos. El potencial de una
vida entera con June. Si existe una razón para volver a la superficie, es
esa… y maldita sea si Dominic Hann me quita esa posibilidad. He
sobrevivido a revoluciones y guerra, masacres y enfermedad. Voy a
sobrevivir a esto, y también lo hará mi hermano.
Me agacho hacia ella. Mis labios se posan con suavidad sobre los suyos
y, durante un momento, nos quedamos entrelazados. Luego, me aparto.
—Estaré de vuelta en un santiamén —prometo.
El aire fresco de la noche me muerde las mejillas. El localizador que June
me ha colocado, un trozo de metal en mitad de la espalda, me resulta frío
contra la piel. Tengo una gorra que me cubre hasta los ojos y media
máscara negra que me cubre la parte inferior de la cara. A medida que me
introduzco más profundamente en las afueras silenciosas de Ciudad de
Ross, me vuelve la sensación familiar de estar solo en la calle. Es
reconfortante, de una manera extraña. Me bajo más la gorra, acelero el
paso y corro entre las sombras.
Dado que el sistema de la ciudad está caído, no puedo abrir un mapa
como suelo hacer. Solo puedo confiar en mi recuerdo de la ubicación que
June me ha mostrado en un mapa en el control central, la última ubicación
que recibimos de Eden cuando bajó con los hombres de Hann. Nadie me
guiará a donde sea que estén. Tendré que hallar el camino por mi cuenta.
Por fin, llego a la intersección más cercana a la ubicación de Eden. La
esquina parece abandonada, pero los guardias de Hann pueden estar
escondidos en algún edificio, atentos a cualquier cosa sospechosa.
Me detengo en las sombras de uno de los edificios, me alzo hasta el
saliente del primer piso y extraigo una pequeña esfera de metal del
bolsillo. El SIA tiene una gran cantidad de armas que me recuerdan a las
de la República. Esta se parece a una bomba de humo casera que yo solía
hacer en Lake, excepto que tiene mucha más potencia y el humo se
expande por una zona más amplia.
Echo un vistazo a los edificios que me rodean en búsqueda de cualquier
signo revelador; un destello de luz, el brillo de un espejo, cualquier cosa
que indique que alguien está al acecho.
Durante un rato, no veo nada.
Entonces, noto un movimiento mínimo en una de las ventanas. Hay
alguien allí arriba.
Sonrío un poco. Avanzo por el lateral del primer piso hasta que llego a
un balcón. Me agacho en las sombras y alzo la bomba de humo. Luego, la
arrojo lo más lejos que puedo de la intersección.
Tintinea una vez cuando choca contra el piso. Luego explota.
El humo estalla en todas direcciones y llena cada grieta y callejón a su
paso.
Me vuelvo para mirar la ventana en la que he visto movimiento. Y, por
supuesto, veo otro destello y, un instante después, sombras que se mueven
en la oscuridad de la calle debajo de mí. Los secuaces de Hann, que salen a
comprobar lo sucedido.
Subo la máscara sobre mi rostro. Cuando la calle parece estar despejada,
me dejo caer a la planta baja en silencio y salgo disparado hacia el último
edificio, donde había aparecido el marcador de ubicación.
El lugar parece una fábrica al borde de la ciudad. Es enorme. El exterior
solo está interrumpido por una hilera de ventanas que dan la vuelta a la
parte superior del edificio, y que reflejan las luces de la ciudad.
Detrás de mí, los gritos de los guardias empiezan a acercarse. Están
volviendo. Corro hacia el edificio y lo examino en busca de entradas. Todo
parece cerrado a cal y canto. Alzo los ojos hacia las ventanas. Me paro
sobre los goznes de un canalón metálico y comienzo a subir por la pared.
Voy por el segundo piso cuando dos de los guardias regresan a sus
puestos. Es evidente que están agitados, hablan con voces tensas y ásperas.
No hay duda de que Hann ya ha sido advertido acerca de la bomba de
humo. Pero no tengo tiempo de pensar qué harán a continuación. Si Eden
no ha contactado con nosotros, es porque ya está en problemas.
Me quedo congelado en el tercer piso, justo por debajo de las ventanas,
cuando uno de los guardias apunta una linterna en mi dirección. La luz
casi me roza. Me cae el sudor por la frente. Si consigo saltar y sujetarme
del alféizar de la ventana, puedo alzarme y ponerme a resguardo del
guardia. Mientras se acerca, me deslizo poco a poco por el saliente de la
pared hasta girar en la esquina. Luego, salto y estiro el brazo para
aferrarme al alféizar. Lo alcanzo. Con todas mis fuerzas, me alzo y empujo
un poco la ventana. Se entreabre.
Dentro del edificio, una luz tenue se filtra a través de las ventanas e
ilumina lo que parece ser un laberinto infinito de ordenadores. Sus
sensores azules parpadean al unísono.
Esta es la obra en construcción que había visto de reojo cuando me
capturaron por primera vez.
Un instante más tarde, noto una plataforma circular en el centro. El
disco de metal sobre el suelo brilla con una luz tenue y una serie de
hologramas virtuales (una red de nodos blancos) flota sobre él.
Echo un último vistazo por encima del hombro hacia los guardias que se
acercan al edificio por abajo. Luego, me deslizo dentro del edificio, cierro
la ventana detrás de mí y desciendo con cuidado en las sombras que
ocultan la pared. Me quedo colgado del alféizar con una mano y me
sostengo con puntos de apoyo que encuentro para los pies.
Un ruido proveniente del centro de la sala me llama la atención. Tres
figuras iluminadas han subido a la plataforma circular. Cuando las
reconozco, se me hace un nudo en el pecho.
Son Eden y Pressa enfrentados a un hombre que indudablemente es
Hann. Los guardias se les acercan desde las sombras de los pasillos.
Los han atrapado.
EDEN

Pressa se sacude hacia atrás y lanza un grito ahogado de sorpresa. la


sangre mancha el suelo cuando la bala le atraviesa con fuerza el hombro
izquierdo. Cae de rodillas.
Me pongo delante de ella sin pensar.
—Sabe que yo soy quien está detrás de todo esto —le grito. El olor
metálico de la sangre invade el aire. Detrás de mí, Pressa contiene un grito
ahogado.
Hann no parece conmovido en lo más mínimo. Apunta el arma a la
pierna de Pressa.
—Sigue hablando mientras trabajo —dice—. Te lo haré saber cuando
sea tu turno.
Se prepara para disparar de nuevo. Me arrojo entre los dos.
—Espere —grito, alzando las manos—. ¡Por favor! Espere un momento.
Yo…
Pero no está interesado en hablar. Mueve el arma un poco y le apunta al
brazo izquierdo.
Mi mente da vueltas, enloquecida.
—Déjela ir y haré lo que quiera. Úseme como rehén, máteme, lo que
quiera.
Me echa una mirada fría.
—Ya tengo planeado usarte como rehén —observa, encogiéndose de
hombros.
—¿Y qué pensaría su hijo de todo esto? —le reclamo.
—Pensaría que estás intentando ganar tiempo —dice Hann. No hay
compasión en sus ojos, solamente una pequeña llama que arde ante el
atrevimiento de nombrar a su familia. Apunta el arma a la cabeza de
Pressa. Me sitúo frente a ella, pero es un gesto inútil.
—¿Esto es lo que habría imaginado para usted, si su hijo y su esposa
estuvieran vivos? —exclamo—. ¿Piensa que es la única persona que ha
experimentado sufrimiento? ¿Cree que esta es la solución para todo lo que
le ha salido mal?
Esta vez, la furia le cruza el rostro. Mueve el arma y me apunta a mí.
—No tengo manera de saberlo, ¿verdad? Porque se han ido. Y esta es la
última vez que vuelves a mencionar a mi familia.
La adrenalina me invade las venas. Va a dispararme. Pienso en mi
familia, en mi hermano, al que he dejado solo esperando mi señal. No
pienso permitir que este hombre me mate aquí. Saldré vivo de esta, de una
u otra manera.
Como si el universo se hubiera alineado con mi pensamiento, algo me
lleva a mirar detrás de Hann, hacia las ventanas que rodean la parte
superior del edificio. Allí, contra las sombras, veo la silueta de un joven
agazapado sobre una de las montañas de ordenadores.
Daniel está aquí.
No necesito ver más.
Me lanzo súbitamente hacia Hann.
Lo sorprendo; lo único que sabe de mí es que soy el hermano torpe, el
tímido, el que aún tiene que usar gafas para ver en la oscuridad. Me
agacho cuando lo alcanzo. Antes de que consiga dispararme, me arrojo
hacia sus piernas y le hago perder el equilibrio. Recuerda lo que Daniel te
enseñó. Las palabras me recorren como una corriente eléctrica. Con un
solo movimiento, le quito el arma de la mano y la sostengo contra su sien.
Los guardias se quedan paralizados ante el espectáculo.
—¡Apartáos de ella! —les grito, y hago un gesto con la cabeza en
dirección a la figura arrodillada de Pressa—. ¡Tirad las armas!
Sujeto a Hann, que se ríe. Solo ahora me doy cuenta de que está mucho
más débil en comparación con la primera vez que lo vi. O ha bebido el
suero de Pressa (al contrario de lo que nos ha dicho), o su enfermedad ha
empeorado significativamente. Quizás sean las dos cosas.
—Bueno —dice—. Menos mal que todavía tienes guardadas algunas
sorpresas bajo la manga.
Un codo me golpea muy fuerte en la barbilla. Veo las estrellas y no me
queda otra opción que soltarlo. Sigue siendo más rápido que yo. Gira, me
toma del brazo y me sujeta en una llave. Me las arreglo para escapar de su
agarre, pero me quita el arma de la mano. Cae ruidosamente al suelo.
Hann se estira para aferrarla. Al mismo tiempo, extraigo el chip y paso
toda la información al sistema de la plataforma.
La red de nodos completa parpadea en rojo. Me permito esbozar una
sonrisa seria de satisfacción. El sistema de Hann se estremece, se
corrompe y desaparece. Casi de inmediato, los marcadores virtuales
reaparecen sobre la cabeza de Pressa, sobre Dominic Hann mismo, sobre
los guardias… El sistema original de la ciudad ha sido rehabilitado.
Es lo único que me ayuda a ganar algo de tiempo. Dominic Hann se
queda paralizado, sorprendido ante el espectáculo de su sistema deshecho.
No espero más. Me lanzo hacia Pressa, que se las ha arreglado para
ponerse de pie. En el caos del momento, la sujeto de la mano y tiro de ella
hacia mí. Me atrevo a echar una sola mirada por encima del hombro.
Daniel ya no está agazapado en la ventana. Si está aquí, ya debe de haber
alertado al SIA acerca de nuestra ubicación. Las tropas llegarán en
cualquier momento. Hann me mira fijamente, y la furia que descubro en
ellos hace que me invada el terror. Me vuelvo y corro más rápido.
—Aguanta —le digo, sin aliento, a Pressa.
Ella aprieta los dientes y se esfuerza por seguirme el paso.
—He pasado por cosas peores —responde.
Una bala rebota cerca de nosotros. Me agacho instintivamente mientras
doblamos la esquina hacia un pasillo. Los gritos de los guardias de Hann
resuenan detrás de nosotros. Me inclino por un segundo e intento ordenar
mis frenéticas ideas. Tenemos que aguantar hasta que lleguen los
refuerzos.
De pronto, un ruido seco llega desde el techo. Alzo la vista y descubro
que los rociadores del techo se han encendido todos a la vez; el lugar se
llena de una niebla espesa. Es material ignífugo original del edificio,
pensado para apagar incendios en el laberinto de ordenadores sin
arruinarlos con agua. La niebla es tan densa que nos cubre como si fuera
una manta. Apenas si puedo ver a Pressa a mi lado. Empieza a sonar una
alarma.
Sonrío levemente. Daniel debe de haberla activado.
Pressa me da un golpecito. En la niebla espesa, se ve una luz de
emergencia, el brillo verde atraviesa el velo de bruma al otro extremo del
edificio.
—Una salida —me susurra.
Asiento.
—Vamos —la urjo y la sujeto de nuevo de la mano. ¿Dónde está Daniel?
¿Puede vernos a través de todo esto?
Corremos entre la niebla gris, rozando los ordenadores con las manos
para guiarnos. Siento pánico ante la ceguera que experimentamos (la
espesura que nos rodea, los gritos), todo me recuerda al ataque final de las
Colonias. Al salir a trompicones de la niebla, llamo a mi hermano por su
nombre. El corazón me late acelerado. Me obligo a calmarme y me digo
que no estoy de vuelta en la República.
Otra bala rebota con una chispa en un ordenador cercano. Nos
estremecemos y nos ponemos de rodillas. Se están acercando.
Entonces, de pronto, oigo un grito de sorpresa y un sonido seco que debe
de ser la cabeza de alguien. Daniel. ¿Lo han atrapado? Intento mirar más
allá a través de la niebla, pero no puedo distinguir nada. Otro ruido seco,
seguido de una refriega.
Luego, de la niebla surge una cara familiar cubierta de una media
máscara negra y una gorra. Los ojos azules de mi hermano se cruzan con
los nuestros.
—Están en camino —me dice antes de agacharse para ayudarme a alzar
a Pressa, que sisea de dolor.
Es lo único que evita que me venga abajo frente a Daniel. Está aquí. Ha
venido a buscarme. Empiezo a decir algo, pero una oleada de disparos
detrás de nosotros nos obliga a tirarnos al suelo de nuevo. Las balas silban
contra los ordenadores.
—Vienen del lateral —nos dice a toda prisa Daniel—. Nos están
bloqueando la salida.
—¿A dónde vamos? —jadea Pressa.
Daniel alza la vista, donde un entramado de escalones sube hacia una
pasarela metálica.
—Arriba —responde—. Los alejaremos de ti. Corre. ¿Entiendes?
Pressa parece dispuesta a discutir, pero los ojos de Daniel tienen el color
del metal. Se da por vencida, aprieta los labios y asiente.
Daniel me mira.
—¿Recuerdas nuestra escalada? —me pregunta.
Asiento en silencio.
—Bien. —De un salto, sube sobre el primer nivel de ordenadores y me
tiende la mano—. Vamos, entonces.
Le sujeto la mano y me alzo hacia arriba. Abajo, Pressa se agazapa en
dirección a la salida. Daniel echa un vistazo a las sombras de los guardias
que se mueven a través de la niebla. Me hace un gesto con la cabeza y
forma un apoyo con las manos.
Retrocedo unos pasos y luego me alzo con su ayuda y me estiro para
alcanzar la barandilla de la primera escalera. Cierro los dedos alrededor de
una de las barras metálicas. Me impulso hacia arriba. Mientras lo hago,
Daniel está a mi lado, moviéndose con facilidad en la niebla.
Las balas chispean debajo de nosotros. Espero que no estén apuntándo a
Pressa. Ya no puedo verla en la bruma.
Me paro encima de la primera barandilla y salto hacia la siguiente.
Daniel ya la ha subido y se estira para ayudarme. Trepo por encima de la
barandilla de la segunda escalera. Ahora podemos contemplar el depósito
envuelto en niebla. Encima de nosotros está la pasarela que conduce a la
parte superior de edificio y que luego baja en una curva hacia la salida.
Nos falta poco. Al otro lado, más allá de la salida, está el ejército
antártico. June.
—Vamos —me apura Daniel. Subimos rápidamente el último nivel de
escaleras y alcanzamos el borde de la pasarela que está suspendida sobre
el edificio.
En ese momento, me quedo paralizado.
De pie al otro lado de la pasarela está Dominic Hann. Debe de habernos
visto subir, incluso con la niebla, y supo que iríamos a esa salida. Nos está
bloqueando el paso. Sus ojos brillan oscuros y furiosos en la bruma.
Detrás de nosotros, oigo el estrépito de las pisadas de los guardias en la
escalera más baja. Estamos atrapados.
Daniel estira un brazo para cubrirme.
—Mantente detrás —me susurra, la mirada clavada en Hann.
—No —respondo. Esta ha sido siempre mi pelea, el comienzo de mis
obsesivos descensos a la Ciudad Baja, la lucha por entender quién soy. Así
que hago a un lado a mi hermano y sacudo la cabeza. Cuando se resiste, lo
miro directamente a los ojos—. Puedo hacer esto.
Algo en mi expresión lo convence. Me examina la cara, dudoso, y se
obliga a dar un paso atrás.
—Está bien. Pero ni en un millón de años te dejaré solo.
Una sonrisa me baila en las comisuras de los labios.
—Nunca he dicho que no quisiera tu ayuda —replico.
Hann avanza hacia nosotros. Una luz roja (que debe de haberse
encendido con la alarma) empieza a filtrarse por el edificio y baña al
hombre de color escarlata, como si estuviera cubierto de sangre. Nos
muestra los dientes.
—¿Dónde crees que terminarás? —me grita. Incluso ahora, en su
angustia, su voz es suave y grave—. ¿A dónde crees que te conducirá esa
salida?
—A un lugar que usted no controla —respondo.
Se ríe con amargura.
—¿Hay diferencia? Estarás bajo el control de otra persona. Y yo podría
haberte mostrado algo mucho mejor.
Tiene algo en la mano; un destello metálico brilla en la niebla. Se lanza
hacia mí.
Es tan rápido que apenas si me da tiempo a arrojarme al suelo. Daniel se
encarama a la barandilla de un salto, gira y cae al otro lado de Hann. Pero
el hombre sigue avanzando. Me ataca una vez, dos veces. Retrocedo.
Cuando la hoja brilla una vez más, lanzo una patada hacia arriba. Le
golpeo la mano con la bota. No basta para hacerle soltar el cuchillo, pero
sirve para darme tiempo a levantarme y echarme encima de él.
Se tambalea hacia atrás. Me revuelvo en sus brazos y no consigo
clavarme el cuchillo; le retuerzo la muñeca hacia un lado. Junto a él,
Daniel estira la pierna y lo hace tropezar. Se cae y me arrastra consigo.
Pero en un instante está nuevamente de pie. Tiene un puñal en la otra
mano. Ataca a mi hermano. Daniel arquea la espalda hacia atrás pero una
de las hojas lo alcanza y atraviesa limpiamente su camisa. Daniel se
estremece y una mancha roja aparece en la tela.
Todo a mi alrededor se desvanece al ver eso. Aprieto los dientes. Los
músculos de mis brazos se tensan.
—Me has preguntado si esto era la solución para todo lo que ha ido mal
en mi vida —grita Hann. Me ataca y salto hacia atrás. Los guardias están
subiendo por las escaleras detrás de mí; estarán aquí en cualquier
momento—. Nada puede arreglar el pasado, Eden. ¿No lo has aprendido
todavía? ¿Dónde está tu madre? ¿Tu hermano?
Me vuelvo a lanzar hacia él. Esta vez, en mi furia, le pateo la mano y me
las arreglo para hacerlo soltar uno de los puñales. Cae ruidosamente al
suelo de la pasarela. Se está cansando. Tiene la frente cubierta de sudor.
—¡Esto no tiene nada que ver con arreglar el pasado! —le grito—.
¡Tiene que ver con reparar el futuro! Y lo único que está haciendo es…
—… ¡mejorarlo! —termina Hann y me vuelve a atacar. El cuchillo me
atraviesa la manga. Siento la mordedura de la hoja mientras me agacho en
busca del puñal que ha dejado caer. Daniel, que sigue sujetándose el pecho,
gira para enfrentarse al primer guardia que llega al final de la pasarela.
Esquiva un golpe y lo patea contra la barandilla.
Hann respira con dificultad. Oigo el estertor de sus pulmones.
—¿Crees que la ciudad dejará de hacer lo que está haciendo? Ahora que
has eliminado nuestras posibilidades de cambiar las cosas, ¿piensas que la
ciudad hará lo correcto? ¿Que te van a escuchar? —Señala con la cabeza
en dirección a la salida—. ¿Crees que tu joven amiga podrá hacer otra cosa
que volver al sufrimiento de la Ciudad Baja?
Incluso aquí y ahora, sus palabras encuentran la manera de afectarme.
Recuerdo el modo en el que le disparó a Pressa, en que le hubiera metido
una bala en la cabeza si yo no hubiese intervenido.
—La ciudad no intentó matarla —exclamo y le arrojo otro puñetazo—.
Ni mató a su padre.
Esquiva el golpe y me lo devuelve, con fuerza. Me golpea la mandíbula.
Veo las estrellas. Me derrumbo sobre la pasarela. A lo lejos, oigo a Daniel
gritar. Y (¿oigo bien?) un grito desde fuera del edificio, a través de un
megáfono. Una luz abrasadora inunda el depósito a través de las ventanas.
Ha llegado el SIA.
Entonces, una bota me patea el estómago. El dolor me atraviesa. Ahogo
un grito y me hago un ovillo.
—¿Crees que le irá mejor si sobrevive? —La voz de Hann está ronca de
ira, como si ya no estuviera hablando de Pressa, sino de otra persona—.
¿Para luchar día tras día para seguir adelante, con su nivel manipulado?
¿Piensas que seguirás en contacto con ella cuando estés haciendo tus
prácticas de élite? Volverás a tu vida en los Pisos del Cielo y ella se
arrugará un poco más cada año.
Me sujeta del cuello de la camisa y me arrastra hacia arriba. Tengo la
cara tan cerca de la suya que veo la película de lágrimas que le cubre los
ojos.
—Yo veo todo eso —continúa—, porque lo he visto antes. Llámame
como quieras. No soy yo el villano que buscas.
—Tiene razón —le grito a la cara. Y estoy diciéndole la verdad. No lo es
—. Pero usted también tiene la mirada puesta en el villano equivocado.
Me lanzo con las botas de punta y lo pateo con todas mis fuerzas. Me
suelta.
—Si se ve obligado a vender el alma en el proceso de mejorar las cosas
—le digo entre dientes—, entonces jamás tendrá éxito.
Me estampa de espaldas contra la barandilla. Detrás de él, veo que
Daniel salta sobre el lateral de esta y se escapa de las manos de uno de los
guardias. Cada vez son más.
Hann me mira directamente a los ojos.
—Conviértete en su títere, entonces —gruñe—. Que ellos den vida a tus
miembros rotos.
Me sujeta y me arroja al vacío desde el balcón.
Daniel grita mi nombre. Intento encontrar un asidero. Mientras caigo,
me las arreglo, por un pelo, para sujetarme del lateral de la barandilla y
evitar una caída de tres pisos.
Debajo, la salida se abre de pronto. Un enjambre de gritos invade el
espacio. Las tropas. Los agentes. Tienen las armas desenfundadas y nos
apuntan.
Lucho para no caerme. Encima de mí, Hann se prepara para
desprenderme los dedos y hacerme caer.
Le clavo la mirada pero no con ira, sino con determinación ciega.
—Ellos no hubieran querido esto —le digo.
Me retuerzo hacia arriba. Me viene a la mente la lección de Daniel. Me
balanceo hacia un lado, me sujeto de la barandilla con la otra mano y uso
el impulso para mover las piernas hasta que mi bota hace pie a la altura de
mis manos. En una última demostración de fuerza, trepo hacia arriba.
No sé si lo que acabo de decir ha hecho que Hann vacilara por un
instante. Quizás se le hayan aparecido las caras de la familia que perdió.
Quizás lo que lo ha dejado paralizado por esa milésima de segundo fue el
pensar en aquellos que alguna vez quiso.
Sea cual sea la razón, Hann no llega a atacarme cuando paso por encima
de la barandilla.
Mis botas impactan en el centro de su pecho. La fuerza del golpe hace
que se vaya hacia atrás. Se tropieza, se choca contra la barandilla y cae por
encima de ella. Por un segundo, parece que logrará sujetarse. Pero no lo
consigue.
Siento el impulso súbito de atraparlo. Me invade el pánico. Pero ya es
demasiado tarde. Durante un momento, parece congelado en la caída.
Luego, choca contra las torres de ordenadores y cae al suelo.
Los agentes rodean su cuerpo y lo apuntan con sus armas. Los guardias
de Hann ya se han alejado de Daniel; levantan las manos después de dejar
las armas en el suelo a medida que los soldados suben hacia la pasarela.
Entre ellos, veo a una joven delgada con el pelo hasta los hombros que
flota en el aire mientras corre escaleras arriba hacia nosotros. June.
Caigo de rodillas. Miro a mi hermano que se tambalea hacia mí, con el
pecho aún sangrando. Se agazapa junto a mí con una expresión de
cansancio. Estamos los dos magullados y golpeados, pero estamos vivos.
Parece que fue hace años cuando Pressa y yo nos inscribimos en las
carreras de drones, cuando yo no podía soportar estar lejos de la Ciudad
Baja, donde aún podía sentir los ecos de mi pasado. Quizás no haya
cambiado tanto desde entonces. Esta noche, cuando me vaya a la cama,
¿me seguirán persiguiendo las pesadillas? ¿Veré a Pressa cayendo al suelo,
sangrando? ¿Cruzará Hann una última mirada conmigo mientras cae desde
la pasarela?
No sé si está muerto. No sé si estaba tan equivocado.
Daniel me pone la mano en el cuello. La oleada súbita de adrenalina se
está calmando y nos recostamos el uno contra el otro, exhaustos. Nuestras
vidas han sido siempre una guerra. Quizás la guerra nunca termine. Pero,
al final de todo, todavía nos tenemos el uno al otro. Esa idea me mantiene
entero.
Mientras los soldados antárticos se nos acercan, retrocedo para sonreírle
a mi hermano con cansancio.
—Seguimos aquí —le digo.
Me devuelve la sonrisa.
—Aquí seguimos —repite—. Y sin planes de irnos por ahora.
DANIEL

June nos cuenta que Dominic Hann ha sobrevivido a las heridas. Sé por
experiencia personal que es posible sobrevivir a una caída de cuatro pisos,
si sabes lo que estás haciendo y aprendes a caer correctamente. Hann no es
el tipo de hombre que es fácil de matar. Pero sus días de aterrorizar a
Ciudad de Ross se han terminado. No saldrá de prisión en mucho tiempo,
no con el nivel de seguridad con el que lo controlan.
Eso no quiere decir que la situación en Ciudad de Ross se haya resuelto.
Eden y yo recibimos las novedades en el hospital, donde los médicos nos
curan las heridas. Mi hermano no ha hablado mucho desde que nos
escoltaron desde las afueras de vuelta al centro de la ciudad. La mayoría
del sistema de niveles ha sido habilitado, y con él, todo lo demás: los
letreros flotando sobre los edificios, bancos y tiendas virtuales, los
ascensores que limitan el acceso de las personas a los pisos donde sus
niveles les permiten ir. Todo está funcionando otra vez, como si nada
hubiera sucedido.
Casi.
Estoy solo en la sala de espera, contemplando la ciudad mientras Eden
visita a Pressa en su habitación. Desde aquí, estoy tan arriba que no puedo
distinguir la Ciudad Baja. Antes de que sucediera todo lo que pasó con
Hann, me permitía creer que era un alivio el no tener que ver todo el
tiempo los problemas de allí abajo. Ahora, me provoca inquietud que
desde este punto de vista sean invisibles.
Los argumentos que Eden defendió en el pasado resuenan en mi mente.
¿Cómo me he permitido alejarme tanto del mundo? ¿Por qué ha hecho
falta que se viniera todo abajo para que yo entendiera lo que Eden
intentaba decirme desde hace años?
Bajo la vista hacia mis manos y contemplo las tenues cicatrices aquí y
allí. Rasguños viejos de los días pasados corriendo por edificios. Cortes de
las peleas en las que solía meterme. Son recuerdos de un pasado del que no
quería saber nada. Después de todo, Hann se había dejado consumir por su
pasado, había permitido que lo retorciera cada vez más hasta que no quedó
nada más que furia.
Pero tampoco puedo fingir que mi pasado nunca sucedió. El consuelo de
no recordar es artificial. Froto las manos, suspiro y las apoyo sobre las
rodillas. Las cicatrices siguen ahí, hace tiempo que se han curado.
—Ey.
Me muevo instintivamente al sentir su mano en mi brazo. Es June. Hoy
no lleva puesto su uniforme militar formal, sino una camisa liviana atada a
la cintura, y lleva el pelo atado de manera relajada en una trenza baja y
despeinada. Me sonríe y se sienta junto a mí.
—Mañana vuelvo a la República —me dice.
Intento ocultar la decepción que siento.
—Tan pronto —respondo.
Titubea.
—Anden está hablando ahora con tu presidente, ultimando los detalles
para que nosotros podamos reiniciar las rutas comerciales. —Hace una
pausa breve. Algunos mechones se le han soltado de la trenza y reprimo el
deseo de colocárselos detrás de las orejas—. Me he enterado de que el
sistema de niveles ha vuelto a funcionar.
Lo dice con un interrogante que queda flotando al final. Tampoco le
respondo de inmediato. Me vuelvo hacia la ciudad.
—Más o menos —observo.
Pero no ha vuelto de la misma manera. El chip de Eden instaló algo más
en el sistema, unas pocas alteraciones. June también lo sabe y, cuando la
vuelvo a mirar a los ojos, no parece sorprendida.
—He oído que habrá una protesta mañana en la Ciudad Baja.
Con el antiguo sistema de niveles, les habría resultado muy difícil
participar en una manifestación a los residentes de la Ciudad Baja con
niveles bajos de una sola cifra. El castigo por estar en contra del gobierno
era reducir el nivel a la mitad y aplicar penas severas a futuros niveles.
Pero con el nuevo chip de Eden y sus modificaciones, ya no sucederá
eso. A lo largo de Ciudad de Ross, las personas se enterarán poco a poco
de que no se las penalizará por protestar. O marchar. No se les castigará
por hacer lo que Pressa hizo por su padre: intentar transferirle sus propios
puntos para que pudiera alcanzar un nivel que le permitiera comprar los
medicamentos que necesitaba. Existe una docena de diferencias que hemos
instalado en secreto en el sistema de niveles.
Que la ciudad permita que sigan activas, es otra cuestión. Tendré que dar
explicaciones de todo al SIA.
—¿Cuándo les contarás lo que habéis hecho? —me pregunta June
después de un rato.
—Quieren vernos esta tarde, en cuanto Eden y yo salgamos del hospital
—carraspeo.
Asiente.
—Si necesitas que responda por ti…
Le sonrío y me estiro para tocarle la mano.
—Lo sé —respondo.
No mueve la mano, y sujeta con ternura la mía.
—No podemos salvar al mundo —dice en voz baja.
—Pero podemos intentarlo. Día a día.
Me aprieta más fuerte la mano. Me pregunto si alguna vez estuvimos tan
relajados como ahora, demostrándonos nuestro mutuo amor sin una nube
negra rondándonos todo el tiempo. Es una sensación nueva y extraña, esta
libertad.
—Las prácticas de Eden en Batalla comenzarán pronto —le cuento—.
Iré para tu lado en breve.
Sonríe.
—¿Estás preparado?
Me parece que no. Quizás nunca lo esté. Pero el corazón se me acelera al
pensar en estar en el mismo país que ella y aparto la mirada, nervioso.
—Nunca he pertenecido a este lugar —le digo, en vez de eso—. Me
parece que la República ha sido siempre mi hogar. Ya era hora, ¿verdad?
Ha hecho falta que Eden me diera el empujoncito necesario.
Una sombra de desilusión aparece brevemente en la cara de June y no
deseo más que saber por qué.
Dejo mi mano en la de ella y la acerco hacia mí. La beso, nuestros labios
apenas se tocan, lo más gentilmente que puedo.
—Mi hogar está donde estés tú —murmuro.
Su expresión se suaviza y se recuesta contra mí; su cuerpo está tibio. Me
hace sentir, como siempre, bien.
—Vuelve pronto a casa, entonces —susurra.

Cuando el SIA nos manda a buscar, nos llaman a ambos, a Eden y a mí.
Nos encontramos de pie en el centro de un círculo en el último piso de la
sede central del SIA, rodeados por un arco de políticos y directores de la
agencia.
No solo tenemos que darle explicaciones al SIA, sino al presidente y a
su consejo también. Parece un maldito juicio.
Junto a mí, Eden está tranquilo, el rostro sereno y la barbilla levantada.
Busco señales de sus ansiedades habituales; el retorcer de las manos, la
mandíbula apretada, la espalda rígida. Pero no hace nada de eso hoy.
El presidente Ikari frunce el ceño al notar nuestra calma. Se inclina
hacia adelante en su estrado elevado y entrecruza los dedos. Me clava la
mirada.
—Cuatro días atrás, el hombre conocido como Dominic Hann corrompió
el sistema de niveles y encabezó un motín que dejó a Ciudad de Ross en
llamas y en ruinas. Por lo que entiendo de lo que la directora Min me ha
contado, usted y su hermano actuaron por cuenta propia para detenerlo.
¿Es correcto?
—Sí, señor. —Asiente Eden.
—Sí, señor —repito.
—Se me ha informado de que —menciona el presidente Ikari,
frunciendo el ceño—, en vez de restaurar el sistema de niveles tal y como
estaba anteriormente, usted ha modificado partes del sistema a su antojo.
¿Ha hecho eso, Daniel Altan Wing?
—He sido yo. —Alza la voz Eden—. Implementé el nuevo sistema
cuando borré la modificación de Dominic Hann.
Todo el mundo se revuelve en sus asientos. Un coro de murmullos llena
la habitación. Echo un vistazo rápido en dirección a la directora Min. Nos
indica con una leve inclinación de la cabeza que continuemos. No estoy
seguro aún de contar con su apoyo, pero le devuelvo una inclinación de la
cabeza casi imperceptible y vuelvo la vista al presidente.
El presidente Ikari suspira.
—¿Y por qué haría semejante cosa? —pregunta.
Eden vacila. Ante el silencio, tomo la palabra.
—Porque a veces, señor, la única manera de hacer que un gobierno te
escuche es obligándolo.
Otra ronda de susurros y exclamaciones ahogadas. Me hace recordar al
Senado de la República, a cuando June se había sentido tan infeliz al
intentar maniobrar entre sus filas. Es un infierno muy particular, el que se
experimenta al hablar con franqueza en un sistema que no premia para
nada la sinceridad.
—Con todo respeto, presidente Ikari —continúo—, sé cómo es vivir en
un lugar donde las personas no tienen opciones. ¿Qué pasa en un mundo
así, donde no es posible expresarse en contra de lo que se considera
equivocado?
Ikari frunce el ceño.
—¿Pretende comparar la Antártida con la República de América, señor
Wing?
Alzo las manos.
—Sé lo diferentes que son. Pero la República fue construida en base al
miedo. Las personas permitieron que el primer elector tomara el poder
porque tenían miedo de todo y de todos los demás. Se encerraron en sí
mismos, bloquearon las fronteras y renunciaron a sus libertades a cambio
de seguridad. Y, entonces, un día, nos despertamos y nos dimos cuenta de
que habíamos entregado tanto que nos habíamos entregado a nosotros
mismos. Sé muy bien lo que es sentirse así. Es una de las razones por las
que dejamos la República para venir aquí.
No sé si mis palabras hacen mella en el consejo, pero escuchar lo que la
República hizo mal parece hacerlos sentarse más derechos en sus sillas.
Como si supieran que su país es mejor. El presidente me examina durante
un momento y luego inclina la cabeza en dirección a Eden.
—Es usted el mejor estudiante de Ciudad de Ross. ¿Por qué no nos
explica sus motivaciones para hacer esto, y si está de acuerdo o no con su
hermano?
Pienso en Eden levantándose temprano a la mañana para ir a la
universidad, con esa expresión tensa, preparándose para enfrentarse a otro
día difícil. Pero ahora no vacila. Mira al presidente directamente a los ojos
y le responde.
—La Antártida fue fundada bajo el principio de la innovación. ¿No es
cierto? —Mira alrededor al consejo y, para mi satisfacción, parecen
contentos con sus palabras. Eden también sabe cómo jugar a este juego—.
Lo aprendí cuando vine a estudiar aquí. Se lo enseñan a todos los
ciudadanos. Este país fue construido con las ideas de progreso y
experimentación. Todo esto (los niveles, el biodomo) provino de personas
jóvenes que crearon cosas nuevas, grandes, osadas, que conquistaron el
mundo. Muchos vinieron aquí con la esperanza de que encontrarían la
libertad necesaria para ser quienes querían ser. Vinieron en bandada a esta
tierra desconocida y estéril porque les entusiasmaba lo que podía llegar a
convertirse. Quedaron fascinados por la brillante y la atemorizante
tecnología que estaba cambiando las cosas a diario. Así se convirtió la
Antártida en lo que es hoy. Sigue siendo joven, es un país relativamente
nuevo y, sin embargo, tiene mucho poder.
Sacude la cabeza y señala las ventanas, cuyo cristal nos separa del cielo
más allá.
—Esta ya no es la Antártida del pasado. Ciudad de Ross ya no premia
los principios sobre los que fue fundada. Es un lugar donde las personas se
ven obligadas a cumplir con lo que este consejo cree que es correcto o no.
No pueden hablar acerca de sus frustraciones y penurias. El sistema de
niveles fue pensado como un sistema que fomentaría el buen
comportamiento y el éxito. Ahora, no es más que un sistema que frena a la
mitad de la población. Las personas que viven en la Ciudad Baja no tienen
esperanza. ¿Para qué?
—Así que decidió asignarse el derecho de cambiar lo que le pareció que
estaba mal —dice el presidente Ikari, entrecerrando los ojos.
Eden inspira hondo.
—Hice algunas modificaciones —responde, encogiéndose ligeramente
de hombros. En el gesto, reconozco un destello de mí mismo—. ¿No es así
como ocurre el cambio? ¿Alguien tiene que hacerlo primero?
El jefe de la policía resopla al oír esas palabras y mira al presidente.
—El chico ha hecho que ya no se resten puntos por manifestarse en
contra del gobierno. Ya hay una protesta programada para mañana al
amanecer. Los puntos relacionados con la salud y la asistencia social han
sido detenidos. Han alterado los puntos que se eliminan por cometer
crímenes.
—¿Qué crímenes? —lo interrumpe Eden—. ¿No tener casa? ¿Quitarles
los niveles por no poder pagar algo? Permitid que las personas se
manifiesten sin sufrir castigos. Permitidles que tengan la oportunidad de
ayudar a sus familias. Hacedles saber a aquellos que padecen dificultades
en los niveles más bajos de la ciudad que vosotros aún os preocupáis por
ellos.
El presidente fulmina a Eden con una mirada helada.
—Lo que has hecho es el colmo de la arrogancia, joven.
—Tal vez. —Eden da un paso hacia adelante—. Pero es porque me
importa. Porque, a veces, ser patriótico significa señalar los problemas que
están haciendo que tu país se pudra. No digo que no queramos trabajar con
vosotros. Pero representamos a millones de voces que vosotros no estáis
escuchando en este momento. Si queréis preservar el espíritu de lo que
hizo que la Antártida se convirtiera en un líder mundial para empezar,
tenéis que prestar atención a vuestros puntos ciegos.
Los murmullos retumban entre los miembros del consejo. Miro a Eden.
Está pálido y asustado, pero se mantiene firme con los puños apretados a
los costados, y lo único en lo que puedo pensar es el recuerdo que me
viene a la mente, el momento en el que se ofreció, sin dudar, a ayudar a la
República a encontrar una cura para la plaga. Pienso en la determinación
en su mirada, en la resolución que había demostrado al salvar a un país
que le había quitado todo. Pienso en sus planes para la República ahora,
sus sugerencias para reconstruir los viejos estadios de la Prueba y los
antiguos salones militares.
A pesar de los demonios que lo persiguen, nunca ha dejado de ser una
luz. Y me siento más orgulloso que nunca de él. Cuando me mira en busca
de aprobación, asiento y sonrío.
—Os quedaréis en Ciudad de Ross —declara, por fin, el presidente. Los
murmullos se apagan—. Hasta que decidamos el castigo apropiado para
las acciones que ambos habéis cometido. El sistema de niveles será
restaurado a su estado original.
Jamás esperé que la ciudad nos diera su aprobación. Tampoco Eden.
Pero, incluso ahora, mientras el presidente habla, veo que hay personas
incómodas en la sala. No existe un acuerdo unánime al respecto.
El presidente Ikari suspira.
—Mientras tanto —continúa—, convocaré a un consejo especial para
tratar posibles soluciones a algunas de las cuestiones que habéis
mencionado. Se os notificará en el caso de que requiramos nuevamente de
vuestros servicios.
No es mucho. Los cambios nunca ocurren rápidamente. Pero algo en su
tono me quita un peso del pecho e intercambio una mirada con mi
hermano. Él ha conseguido esto. Pase lo que pase aquí, él ha sido quien ha
plantado la semilla.
Espero a medias que Eden dude al hablar. Pero no lo hace. Su voz es
firme y está derecho. Inclina ligeramente la cabeza ante el presidente,
como si estuviera acostumbrado a hacerlo todos los días.
—Por supuesto, señor —dice.
EDEN

El veredicto final llega una semana más tarde.


Dos cargos de insubordinación cada uno; uno por volver a Ciudad de
Ross sin notificárselo a nadie y otro por instalar modificaciones en el
sistema de niveles original. Nos reducen los niveles a la mitad. Daniel es
dado de baja del SIA.
El presidente mismo nos indulta y no tenemos que cumplir tiempo de
prisión. Nos ha permitido volver a la República a tiempo para comenzar
mis prácticas en la intendencia de Batalla. Para volver a la Antártida,
cuando sea, necesitaremos su autorización personal.
Sale todo bien, al final. Me parece que nuestro tiempo en la Antártida ha
llegado a su fin.

Un mes más tarde, en nuestro último día en Ciudad de Ross, vuelvo a la


Ciudad Baja. Mi sistema rastrea cada uno de mis movimientos; Daniel
sabe exactamente a dónde estoy yendo, al igual que todo el gobierno. Pero
he obtenido un permiso para hoy. Hoy veo a Pressa, a quien le han dado el
alta del hospital por su herida en el hombro.
Las cosas parecen distintas cuando llego a la Ciudad Baja. La calle sigue
sucia, claro, el humo sigue saliendo de las parrillas de los puestos bien
apretujados, los letreros de neón a medio funcionar siguen colgando sobre
las abarrotadas entradas de las tiendas. Sigue habiendo personas sin nivel
apiñadas contra las paredes, intentando dormir en medio de todo el ajetreo.
Pero también veo un cuerpo nuevo, recientemente designado,
trabajando. El presidente Ikari ha cumplido con su promesa, según parece;
personas con brazaletes azules en el brazo están encuestando a los civiles
de la Ciudad Baja, entrevistándolos y escuchando sus quejas. Aquí y allí
veo grupos dispersos de personas reunidas para escuchar a alguien dando
un discurso, o grupos de manifestantes que alzan carteles en el aire. Los
niveles que flotan sobre sus cabezas no se reducen porque esten
protestando.
La tienda que solía ser del padre de Pressa está aún en reparaciones. Uno
de los vecinos está clavando una ventana nueva, y otros dos están
colocando un nuevo letrero de neón sobre la tienda. Me detengo para
disfrutar del espectáculo con una sonrisa.
Pressa está afuera del local, gritándoles instrucciones a los dos que están
trabajando en el letrero. Tiene el brazo izquierdo enyesado, pero parece no
tener problemas para desplazarse con él mientras dirige el proceso.
Al verme, se detiene y me da una palmada en el hombro.
—Qué bien que hayas venido hoy —me dice.
—Qué bien verte sonreír —respondo, y ella sonríe con esa familiar
sonrisita suya, y se inclina sutilmente contra mi hombro al hacerlo. Me
hace sentir una oleada de tibieza en el pecho.
—Te he traído algo —le digo; rebusco en mi mochila y extraigo un
marco que encierra un delicado arreglo de flores secas. Es la primera vez
que le doy algo así y me sonrojo al sostenerlo—. He pensado que quedaría
bien en la tienda de tu padre, ya sabes, por lo de las hierbas y eso.
Presa sostiene el cuadro frente a ella con una expresión maravillada.
Tiene los ojos húmedos.
—Ay, Eden —susurra, golpeando suavemente el cristal con el dedo—.
Es precioso. Gracias.
Me siento feliz y liviano al oír sus palabras. Luego, meto la mano en el
bolsillo y saco una flor fresca, un pequeño capullo amarillo que he secado
para el cuadro.
—Y una para ti —agrego, y se la coloco cuidadosamente detrás de la
oreja.
Alza la vista hacia mí con una sonrisa que ilumina todo a nuestro
alrededor. Se la ve más contenta que la última vez que la vi, y aunque la
muerte de su padre aún está presente en su mirada, también se le nota un
sentido de propósito: que podrá seguir encontrándose a su padre si
conserva la tienda. Le sonrío y admiro su belleza, y siento el dolor intenso
de tener que abandonarla.
Me aclaro la garganta e intento no pensar en ello.
—¿Cómo le va a Marren con la administración de la tienda? —le
pregunto.
—Bien —dice, mirando a través de la vitrina de la tienda, donde el
asistente de su padre está inclinado sobre el mostrador, pesando
cucharadas de hierbas para un cliente—. Deberías haberlo visto los
primeros días. Corría por todos lados como una gallina sin cabeza. Pero
me parece que ya tiene una rutina.
Contemplamos a Marren que busca algo en vano en los estantes, y se
rasca la cabeza mientras intenta recordar dónde ha guardado todas las
medicinas nuevas que ahora se pueden comprar en la tienda. No puedo
evitar reírme un poco.
—Eso parece —digo.
—Siempre la ha tenido —sonríe Pressa.
Daniel, en su acto final como agente del SIA, habló a favor de la tienda
del señor Yu. La directora Min la legalizó después de que pasara una
inspección de la ciudad, y se le dio un permiso para vender los
medicamentos de mejor calidad que antes se conseguían únicamente en los
Pisos del Cielo. Sin el miedo a ser arrestados y con la presencia de los
nuevos medicamentos, las personas han estado viniendo de todas partes de
la Ciudad Baja. La tienda es más grande que antes, también, gracias a la
compensación que la ciudad les otorgó para su reconstrucción.
No arregla todo lo que está mal con el sistema aquí abajo, por supuesto;
aún existen muchas personas que no pueden permitirse el lujo de la
asistencia sanitaria. Pero, al menos, el recuerdo de su padre quedará
preservado.
Pressa me mira.
—Te has cortado el pelo —observa y me pasa una mano juguetona por
mi cabellos recién cortados—. Estás listo para dejar tu marca en la
República, ¿verdad?
Está haciendo un gran esfuerzo para ocultar la tensión en su voz, pero la
percibo. Refleja mi reticencia a irme. Me paso una mano distraída por mis
rizos e intento sonreírle.
—Veremos si causo impresión —respondo—. Empiezo enseguida, la
semana que viene.
Arrastra los pies y baja la vista hacia el cuadro de las flores, y vuelve a
mirarme.
—¿Estás nervioso?
—¿Después de lo que vivimos? No, me siento bastante tranquilo —
vacilo—. Pero te echaré de menos.
Se estremece al oír mis palabras y eso es lo único que me impide
tomarla en mis brazos y darle un beso.
—¿Te irás pronto?
Asiento.
Nos quedamos callados en un silencio incómodo.
—Gracias —dice por fin Pressa—. Por interceder a favor de la tienda de
mi padre y asegurarte de que la comunidad se mantenga intacta.
—¿Qué harás aquí abajo? —le pregunto—. Ahora que Marren se
encargará de la tienda.
Se encoge de hombros y mira alrededor, insegura.
—No lo sé. Ya se me ocurrirá algo —responde, encogiéndose de
hombros. Hay algo perdido en su mirada—. Me dijeron que podía solicitar
entrar a la universidad, incluso con mi nivel. Hasta puede que me den una
beca. Pero…
—¿Pero? —pregunto.
Me mira y luego baja los ojos.
—No lo sé.
En su mirada veo la misma inquietud que siempre he sentido, la
sensación de no encajar, la misma necesidad de hacer algo más grande, de
encontrarme en este mundo extraño. La misma cosa que nos llevó a ser
amigos al principio.
—Estoy lista para dejar la Ciudad Baja —dice por fin—. Solo que no sé
a dónde ir.
—Ven conmigo.
Las palabras se escapan de mi boca sin aviso previo. Pressa me mira
sorprendida.
—¿Ir… contigo? —murmura.
No había pensado en nada de eso. Pero cuando vuelvo a hablar, me
encuentro sujetándola de las manos y acercándola a mí.
—Ven conmigo —repito, con más intensidad esta vez. Me resulta muy
evidente ahora—. Siempre has dicho que nunca has sentido que
pertenecieras a la Ciudad Baja, que había una aventura esperándote en
algún lado, esperando que la emprendas. Ven a Los Ángeles, a la
República. Por favor. Podrías cambiar todo para mejor allí. Podrías hacer
todo lo que siempre has querido hacer. Y yo podría estar contigo,
podríamos…
Dejo que mis palabras se pierdan, demasiado tímido como para pedirle
que esté conmigo. Pero veo el brillo que se enciende en sus ojos, esa
energía vital adictiva que Pressa posee y que siempre he admirado. Sus
labios se curvan en una sonrisa. Esta es la aventura que había estado
esperando.
—Está bien —dice, en voz baja, y luego sonríe de oreja a oreja—. ¡Está
bien!
Luego, me rodea con su brazo ileso sin previo aviso, en la mano aún
sujetas las flores enmarcadas y me encuentro devolviéndole el abrazo, y
los dos nos reímos por el ángulo incómodo de su abrazo con un solo brazo.
Me siento tan bien con ella en mis brazos que no puedo imaginarme
dejarla ir alguna vez.
Impulsivamente, la beso.
Se inclina hacia mí y me devuelve el beso, con pasión y firmeza. Es el
beso más perfecto del mundo. La abrazo fuerte. A nuestro alrededor,
alguien silba, y los trabajadores que están sobre la escalera se burlan
cariñosamente de nosotros y se ríen. No me muevo. Mantengo los brazos
alrededor de Pressa, abrazándola fuerte, sintiéndome seguro sobre nuestro
futuro por primera vez, sintiéndome más feliz de lo que me he sentido en
mucho tiempo.
El mundo se mueve, se inclina, a veces se derrumba. Pero, a veces, se
inclina hacia ti y todo va bien.
Para cuando llego a casa esa noche, el piso ya está repleto de cajas de
embalaje. Daniel deambula inquieto, revisándolo todo dos veces para
asegurarse de que lo hemos guardado todo.
Cuando me ve, se endereza e intenta disimular su ansiedad.
—¿Estás listo para volver mañana? —me pregunta.
Camino hacia el sofá y me dejo caer en él por última vez.
—Lo suficiente —respondo mientras él se acerca para unírseme.
De inmediato, sonríe.
—¿Qué? —le digo.
—Te ha pasado algo muy bueno —afirma, estudiando mi expresión—.
Es Pressa, ¿verdad?
Me río un poco. Qué bien me siento al tener un hermano que puede
interpretar mis emociones de nuevo, que me conoce. Asiento.
—Pressa también vendrá a la República. Está buscando cómo
organizarlo en este momento.
Daniel sonríe y me da un codazo en el hombro.
—Bien. Siempre me pareció que Pressa estaba destinada a más que a la
Ciudad Baja. Me alegra que os tengáis mutuamente.
Mis ojos se posan en una pequeña caja cuadrada que tiene en el bolsillo.
—¿Qué es eso? —le pregunto.
Duda, y su sonrisa flaquea. Se recuesta contra el respaldo del sofá y
cierra los ojos.
—Nada. No lo sé.
Me toca a mí leerle la mente. Tiene esa expresión que pone únicamente
cuando piensa en June. Me pregunto si se le extiende una existencia entera
frente a él, si se la imagina a su lado, dándole la mano. Me pregunto si
tiene miedo de esa existencia, de lo fácilmente que podría cambiar según
la dirección en la que lo conduzca el presente. En cómo sean las próximas
semanas.
—Daniel —digo suavemente, y se vuelve hacia mí—. Te quiere con
locura. Y tú has estado obsesionado con ella desde que tengo memoria. Es
obvio para todos.
Baja la vista hacia sus manos. No deja de moverlas; entrelaza y separa
los dedos una y otra vez. Incluso ahora parece incapaz de quitarse de
encima el pasado, la sensación de que quizás jamás debería estar con
alguien de una posición tan elevada como la de June.
Me pregunto si alguna vez podrá escapar de verdad de nuestra historia.
Pero cada paso hacia adelante nos lleva a un lugar mejor.
—Si necesitas ayuda con cualquier cosa que se relacione con June, sabes
que tienes un hermano con el que puedes contar. —Me encojo de hombros
—. En caso de que tengas pensado algo en particular.
Me mira y sonríe un poco. Hay esperanza en su mirada pero, mejor aún,
hay confianza. Quizás luchemos siempre con nuestros pasados, pero
tenemos la seguridad de que siempre contaremos con alguien que nos
ayude a salir adelante. En este momento, al menos, el miedo a irme a la
cama y enfrentarme a mis pesadillas parece algo distante.
—Me alegra que digas eso —responde, por fin—. Me parece que voy a
necesitar tu ayuda.
DANIEL

Hubo una época en que mi cartel de SE BUSCA aparecía en todas las


pantallas gigantes de Los Ángeles. Sigue siendo raro estar en la República
sin ver esos avisos, saber que ya no soy un criminal que camina por estas
calles. Maldita sea, es extraño caminar por estas calles y saber que no voy
a dormir acurrucado contra la pared de un callejón, que ya no tengo que
estar preocupándome por la próxima comida.
Eden y yo volvimos a la República hace poco más de dos semanas.
Detrás de nosotros y cruzando océanos, la Antártida ha dado comienzo a
una primera fase experimental para mejorar el sistema de niveles. Aunque
el presidente no quiere admitirlo, han incorporado muchas de las
modificaciones que Eden había aplicado originalmente. Maneras en las
que las personas que viven en la Ciudad Baja puedan redimirse,
exenciones de nivel para cosas como medicamentos y comida y vivienda.
Mayor libertad y menos castigos en relación a lo que se puede decir y
expresar.
Son pequeños pasos, por supuesto, como el progreso de la República.
Alrededor del mundo, todos intentamos avanzar gradualmente.
Las calles aún están mojadas por una leve lluvia que ha caído por la
tarde, antes, y el aire huele a limpio y fresco, la brisa me enfría las
mejillas. Me tomo mi tiempo caminando por el complejo en el que June
vive, y cuento mis pasos. Mis dedos rozan la pequeña caja que tengo en el
bolsillo. No la he abierto desde que la guardé. Me da demasiado miedo.
Llego a la entrada principal de su complejo e intercambio una
inclinación de la cabeza con el guardia de seguridad. June y yo hemos
tenido varias citas desde que llegué. Nos hemos puesto al día durante
cenas tranquilas en los rincones de restaurantes y acompañados de bebidas
en la oscuridad de su sala de estar, mientras contemplamos las luces de la
ciudad. Hablo con ella todos los días. Me ha contado cómo Anden ha
conseguido financiación para reconstruir la República. Le he contado lo
rápido que Eden se ha adaptado a las prácticas y a vivir de nuevo aquí.
Repaso mentalmente todo lo que quiero decir. Quizás me diga que estoy
apresurando demasiado las cosas. La idea me hace sentir una inseguridad
que me recorre entero mientras subo en el ascensor hasta su piso. June es
una persona práctica, después de todo. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde
que nos reencontramos? Apenas unos pocos meses, con muchísimo caos
de por medio.

Llego a su puerta. Toco el timbre y me quedo allí un momento, intentando


calmar mi ansiedad.
Sigo debatiendo conmigo mismo cuando la puerta se abre para revelar a
June.
Al verla, las preguntas nerviosas que me llenan la mente cesan de
inmediato. Esta noche lleva el pelo suelto y le cae hasta los hombros,
oscuro y ondulado, y se lo ha sujetado a un lado con un delicado broche
floral. Tiene puesto un vestido claro que brilla ligeramente con la luz.
Verla con su uniforme completo siempre me corta la respiración, pero es
cuando está así, fuera de servicio, con la guardia baja y la sonrisa en los
labios, la mirada relajada, que me encuentro casi incapaz de soportar lo
bonita que es. Está tan preciosa que me la quedo mirando, perplejo.
Se ríe de mí, da un paso adelante y me da un beso.
—Buenas noches —dice, y alza una ceja—. Un placer verte a ti también.
¿Sospechará algo? Le sonrío, intento parecer relajado y le ofrezco mi
brazo.
—Para que lo sepas —le digo mientras caminamos y nos dirigimos
hacia el pasillo—. No me he quedado completamente abrumado por lo
preciosa que eres. Eso sería una estupidez.
—Claro —me mira, ladeando la cabeza—. ¿Entonces por qué te has
quedado mirando a la nada?
—Tenías una araña en el pelo.
Se ríe de nuevo, y me doy cuenta de que jamás me cansaré de ese
sonido.
—Gracias por no decírmelo.
Charlamos y bromeamos mientras salimos del complejo hacia la noche
límpida. La guío alrededor de los charcos que aún hay en las aceras y
observo como la luz le baila en el pelo. Nuestras conversaciones son más
fáciles ahora y, de alguna manera, siento que hemos vuelto a la época en la
que nos conocimos.
—¿Dijiste que encontraste un café que abrió hace poco cerca de la
estación de trenes? —me pregunta con curiosidad mientras caminamos
calle abajo—. ¿Cómo puede ser que no lo haya oído nombrar nunca?
Sonrío.
—Eden me lo contó. Creo que han abierto hoy y no han hecho
publicidad. Dice que es ideal para una noche tranquila.
June frunce el ceño y se concentra en intentar entenderlo.
—En general me entero de todas las inauguraciones en la zona. Sus
permisos tienen que pasar por un proceso de inspección estricto, y si
consiguieron que se los aprobaran, me habría enterado y hubiera mandado
a alguien a inspeccionar.
La estación de tren a la que la llevo es la misma en la que la vi pasar
hace varios meses atrás, por primera vez en diez años. Me quedo callado
mientras nos dirigimos a ese lugar. Está en calma ahora, la zona
recientemente pavimentada está vacía porque los trenes no pasan durante
la noche. Alrededor de las rejas que rodean la estación hay sectores de
césped. La zona está débilmente iluminada, solo unas pocas farolas brillan
en la noche.
El recuerdo de ese encuentro está muy presente en mi mente. Eden
caminaba a mi lado después de la primera entrevista para las prácticas,
estaba de buen humor mientras me contaba todo lo que quiere hacer para
la República. Yo tenía las manos en los bolsillos y sonreía al escucharlo.
June iba caminando hacia mí desde la acera opuesta. La manera en la que
me detuve cuando pasó junto a mí, la manera en la que todo su ser (sus
ojos, su caminar, su presencia) me habían enganchado como un anzuelo.
Pienso en cómo la seguí, en cómo nos presentamos mutuamente después
de haber pasado tanto tiempo separados.
Hola, soy Daniel.
Hola, soy June.
Ahora, la estoy trayendo de vuelta. La miro mientras caminamos con un
nudo en la garganta. ¿Estará pensando en ese momento también? Está
callada, y su mirada está perdida en el horizonte.
Eden debe de estar ya en posición, listo para cumplir con su parte en mi
sorpresa. Echo un vistazo hacia el saliente del primer piso de la estación.
Debería de estar por ahí arriba ya. Me late el corazón por la expectativa.
Es ahora o nunca.
De pronto, mientras caminamos, filas de lucecitas se iluminan sobre
nosotros. Hay miles de ellas y cuelgan formando arcos entre los árboles y
los postes, señalándonos el camino.
June alza la vista, sorprendida. Ahoga un grito.
Le aprieto la mano y la llevo hacia adelante. Mientras caminamos, más
filas de luces se encienden para guiarnos, una tras otra, su brillo dorado y
centelleante se refleja en la acera mojada hasta que parece que estamos
caminando en un país de ensueño.
June me mira, las luces le iluminan los ojos. Sonríe con curiosidad y
perplejidad.
—¿Lo has hecho tú? —me pregunta, contemplando las luces
maravillada.
Sonrío y me inclino hacia ella.
—Sígueme —le susurro.
Las luces siguen iluminándonos, fila tras fila, guiándonos hacia el final
del sendero, donde hay un parque pequeño rodeado de árboles a la vuelta
de la esquina. Cuando llegamos a él, siento que June se estremece. Se
detiene un momento.
El sendero que rodea el espacio cuadrado está iluminado con velas.
Miles de lucecitas cuelgan de los árboles, más adelante. Delicadas esferas
de cristal cuelgan de las ramas, llenas de intrincados ramos de flores
secas; canastas con rosas decoran el césped a nuestro alrededor formando
un bellísimo motivo y perfumando el aire con su aroma.
La conduzco hacia el centro del espacio y me giro para encararla, mis
ojos cruzándose con los suyos, oscuros. Una brisa susurra entre las hojas.
Estoy temblando, además, y no sé si podré hacer esto.
—Cada recuerdo que tengo de ti, lo guardo en un lugar preciado de mi
corazón —le digo—. Aquí ocurrió uno de mis preferidos. Tú también lo
recuerdas, ¿verdad? ¿Cuándo nos volvimos a ver, por primera vez en diez
años?
June tiene los ojos bien abiertos ahora, llenos de amor y miedo e ilusión.
—Por supuesto —susurra.
Bajo la vista un instante; la timidez me impide sostenerle la mirada. La
sonrisa me ladea un costado de la boca.
—He pensado en ese encuentro cada día durante los últimos meses. En
este mundo enorme, de alguna manera, me encontré de vuelta en esta
ciudad, en este lugar y, de alguna manera, después de todo, el mundo
decidió volver a introducirnos en la vida del otro.
Alzo la vista y la miro a los ojos.
—La República es un lugar que contiene algunos de nuestros peores
recuerdos, tanto para ti como para mí. Has sufrido mucho, y yo también.
Hemos sufrido juntos y, de algún modo, lo hemos superado para
encontrarnos otra vez aquí, uno junto al otro.
Me sonríe. Una película de lágrimas le cubre los ojos y en ellos se
reflejan un millón de estrellas.
—¿Por eso nos has traído aquí? —murmura.
Me acerco más a ella y bajo la vista a nuestras manos entrelazadas.
—June —susurro con la voz ronca—. Estoy enamorado de ti. Siempre lo
he estado, desde el primer momento en que te conocí. No hay nada que me
haga sentir mejor que estar contigo. Y me di cuenta de que jamás podría
sentir eso si me quedaba en la Antártida. Por eso volví a buscarte.
Se inclina hacia mí y me mira a los ojos.
—Gracias por volver —susurra.
Alzo la vista hacia las lucecitas titilantes.
—Quería traerte aquí porque creo que este lugar guarda mi recuerdo
preferido de los dos. Que seguimos aquí, de hecho. —Meto la mano en el
bolsillo y extraigo una pequeña caja cromada. He pasado mucho tiempo
preparándome para este momento, pensando obsesivamente en él, pero
ahora no puedo hacer más que seguir adelante—. Yo… he querido traerte
aquí porque me gustaría quedarme aquí, junto a ti, pase lo que pase. He
pensado que este lugar podía ser un buen lugar para empezar el próximo
capítulo de nuestras vidas.
Vacilo, avergonzado.
—Es decir, si tú también quieres estar aquí conmigo.
Sus manos tiemblan en las mías cuando me arrodillo frente a ella y abro
la caja para mostrarle el anillo.
Es un anillo de plata simple incrustado con pequeños diamantes
separados a intervalos regulares, diseñado con un intrincado motivo
trenzado que se parece al anillo de clips de papel que le di hace años, y al
que ella me hizo a mí. Se lo había pedido a un orfebre hace años y lo había
guardado con la esperanza de poder regalárselo algún día. Diez años
perdidos intentando ser compensados con una vida entera juntos.
—Hace mucho tiempo, te di un anillo que contenía mi corazón entero —
le digo—. Pero representa el pasado. Quiero darte algo que sea el futuro.
Una posibilidad.
June me mira con los ojos repletos de esperanza y miedo.
—¿Y cuál es ese futuro?
Y le hago la pregunta en la que he estado pensando hace tanto tiempo, la
pregunta a la que me ha conducido la vida desde la primera vez que la
conocí, cuando éramos tan jóvenes, cuando no sabíamos qué sucedería al
día siguiente, cuando nos aferrábamos el uno al otro con desesperación al
encontrarnos juntos, la pregunta que me ha traído de nuevo aquí con ella,
con el corazón desnudo, vulnerable, temeroso y esperanzado.
—¿Quieres casarte conmigo? —le digo.
Y, por un instante, siento que estoy soñando. Voy a despertarme y todo
esto desaparecerá. O quizás no estamos destinados a estar juntos; ella se
irá, o se negará, y este futuro en particular no ocurrirá jamás.
Pero las lágrimas de June le caen por las mejillas, y su sonrisa es la luz
más brillante que he visto jamás, y me envuelve el cuello con los brazos,
llorando y riendo y temblando, y me siento tan abrumado por la alegría
que lo único que puedo hacer es abrazarla. Tomo el anillo nuevo y se lo
deslizo en el mismo dedo en el que una vez lució unos clips de papel
retorcidos que representaban nuestra historia.
Un pasado. Un futuro. Algo nuestro.
Me doy cuenta de que yo también estoy llorando, porque la última pieza
del rompecabezas de mi corazón ha encajado en su lugar.
La respuesta de June flota en el aire nocturno y resuena en el paisaje
urbano, una de las millones de cosas que suceden en cada una de nuestras
vidas, los pequeños pasos que tomas que son invisibles para todos los
demás. Los pasos que, sin embargo, son los que más importan.
Sí.
Siempre.
Por siempre.
Agradecimientos

La idea de Rebel me llegó mientras estaba escribiendo Champion, pero me


llegó en fragmentos: una sociedad ludificada, realidad aumentada y un par
de hermanos recuperándose después de una guerra. Tuve que escribir una
bilogía completamente diferente (Warcross) antes de entender qué quería
para esta historia final en la línea temporal de Legend y, durante un
tiempo, pensé que nunca llegaría a hacerlo. Durante esos años, seguía
volviendo a esta idea porque los lectores querían saber qué había sucedido
después del final de la trilogía original. Así que gracias, para empezar, a
mi maravilloso público. Todos vosotros me inspiráis siempre.
A Jen Besser, que ha sido mi editora, mi campeona y mi amiga desde el
principio. No puedo expresarte lo feliz que me ha hecho el poder trabajar
contigo en las cuatro novelas de Legend. Eres una entre un millón.
Al equipo entero de Macmillan Children, que nos ha dado la bienvenida
a mí y a mis historias con tanta calidez y entusiasmo. Me siento
increíblemente honrada de trabajar con todos vosotros.
Kristin, no sé dónde estaría si no fuera por ti. Eres la mejor agente que
una escritora pueda desear, y me entusiasma pensar en todas las historias
en las que seguiremos trabajando juntas.
Legend no sería lo que es sin el apoyo de tantos bibliotecarios y
profesores de escuela. Os estoy eternamente agradecida a todos por haber
llevado mis libros a sus aulas y bibliotecas, y enterarme de que vuestros
alumnos están leyendo la serie es un gran honor. Gracias.
A mis maravillosos amigas por apoyarme cuando les hablaba sin parar
acerca de este libro. Tahereh, Leigh, Amie, Dianne, Sabaa y Renée: tengo
mucha suerte de teneros en mi vida.
Por último, a Primo, por siempre mi confidente y mejor amigo. Te
quiero, siempre.

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