SAN AGUSTÍN (354 – 430)
I. DATOS BIOGRÁFICOS
Nace al norte de África el 354, es hijo de padre pagano que poco antes de
su muerte se convierte al cristianismo; por el contrario, su madre es una
piadosa mujer, de nombre Mónica que es ejemplo de una madre cristiana.
+ En su evolución espiritual recorrió varias etapas:
a) El evangelio de Cristo se le presentó como fuente de toda
sabiduría, pero le pareció que para un hombre culto, era
demasiado ambiguo.
b) El maniqueísmo al que se adhirió durante nueve años, le ofreció la sabiduría como una copa
de oro que se encontraba vacía.
c) Luego el escepticismo académico, que fue una consecuencia del desengaño.
d) Como cuarta etapa, fue el neoplatonismo, que le impresiono de tal manera, que guardo de
por vida este estilo de filosofía.
e) Por último, la Iglesia Católica fue el final de su evolución, porque en ella encontró un magisterio
firmemente articulado y una autoridad que no le hacía sufrir desengaño.
San Agustín en su filosofía aporta dos grandes temas: Dios y Alma. En lo primero, el centro de la
especulación será Dios y de ahí nace su labor metafísica y teológica, hasta llegar por último, en la
relación del espíritu que vive en el mundo con Dios; San Agustín desarrolla estos tres problemas en
todas sus obras.
En relación al maniqueísmo (punto b)
“Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el
desprecio de Dios, la terrena. Y el amor de Dios hasta el desprecio de sí
mismo, la celestial” (De Civitate Dei. XIV, 28)
Entre las corrientes filosóficas a las que Agustín adhirió, una de las más significativas fue el
maniqueísmo. Esta doctrina dualista, tiene a la base la creencia en la existencia de dos principios
contrarios y en constante lucha: El principio de la luz versus el principio de las tinieblas. Esta lucha
que es en definitiva la lucha entre el bien y el mal, se da en toda la creación, y de manera especial al
interior de cada ser humano. Se podría graficar esta situación de la siguiente forma: El hombre y su
alma son como un campo de batalla en donde dos ejércitos luchan cruelmente por prevalecer. El
campo de batalla no es responsable de las atrocidades que en él, los dos bandos cometan. Así, se
libera al hombre de la responsabilidad personal ante los actos. Esto produjo cierta comodidad a
Agustín, ya que como él mismo lo señala especialmente en el libro II de su obra Las Confesiones,
vivió una juventud disoluta. Pero el maniqueísmo nunca terminó de satisfacer sus ansias de verdad.
Esta doctrina le prometía encontrar respuesta a todas sus preguntas, y después de confrontar
personalmente al obispo maniqueo Fausto, termina por dejar esta filosofía, en búsqueda constante de
la verdad definitiva. Una vez convertido al cristianismo, va a exponer su doctrina del mal en las obras
De Civitate Dei, De libero Arbitrio, así como en las Confesiones. Así, el obispo de Hipona va a señalar
que el mal existe (cosa que es evidente), pero existe en tanto ausencia, en tanto privación. El mal
sería así ausencia de Bien, no poseería entidad y no sería un principio (como lo señalan los
maniqueos). El mal de este modo sería Causa deficiente:
“Una cosa si se, y es que la naturaleza de Dios jamás, en ninguna parte, y de
ningún modo puede fallar, y que sí pueden fallar las naturalezas hechas de la
nada. Estas cuando en la cumbre de su ser hacen el bien, tienen causa
eficiente. En cambio cuando hacen el mal, ¿qué hacen entonces sino la pura
nada? Tienen causa deficiente” (De Civitate Dei. XII, 8)
Dios nos crea libres, y es precisamente esta facultad esencial al ser humano, lo que nos pone en
posibilidad de hacer el mal. Dios prefiere, es más perfecto un ser que en libertad pueda hacer el mal,
a un ser que mecánicamente y sin libertad este imposibilitado de hacer el mal. (De libero arbitrio) Del
mismo modo, incluso los males están ordenados para un bien superior, que nosotros, por nuestra
limitación esencial.
II. FE Y RAZÓN
Para San Agustín, razón y fe son cosas distintas, pero la razón halla su complemento en la
plenitud de la verdad descubierta por la fe, siendo de esta forma la religión la que pone en movimiento
su filosofía; con él, surge el postulado “Conoce para creer; cree para conocer”, es decir, la fe y la
inteligencia se necesitan, puesto que la inteligencia prepara para la fe y la fe dirige e ilumina la
inteligencia, desembocando de esta forma en el amor como operación principal de la voluntad “Ama y
haz lo que quieras”. Dando como resultado completo: el entender al creer, del creer al entender y del
creer y el entender al amor.
Por lo tanto, la fe de San Agustín no aspira sólo a sentir, sino sobre todo a comprender, porque
la fe llega donde la razón no puede llegar, pero la razón, es el bien más alto y un instrumento
maravilloso para investigar la verdad.
El origen del conocimiento es obra del alma, esta vigila la variación de los sentidos
respondiendo con la verdad, afirmando que las ideas eternas e inmutables proceden de Dios que nos
ilumina con su luz divina, iluminación sobrenatural que conviene a cada hombre: Por la luz creada
conocemos las cosas corpóreas, por la luz de la razón las verdades naturales y por la luz de la gracia
las verdades reveladas. La verdadera luz es Dios.
III. DIOS
San Agustín, postula que se llega a Dios desde la realidad creada y sobre todo desde la
intimidad del hombre, porque Dios es el centro de todas las cosas. Primero, como Ser Supremo,
creador y fuente del ser de todas las realidades. Segundo, como Verdad Suprema y luz intelectual,
fuente de la verdad de todas las cosas. Y tercero, como Bondad suprema y fuente de Bondad de todas
las cosas.
IV. El ALMA
Para San Agustín, el alma es algo espiritual. El carácter de lo espiritual no es simplemente
negativo, es decir, la inmaterialidad, sino algo positivo, a saber, la facultad de entrar en sí mismo. El
alma que por su razón natural conoce las cosas así misma y a Dios, puede por una iluminación
sobrenatural elevarse al conocimiento de las cosas eternas.
Para San Agustín, el origen del alma en el niño es un brote del alma de los padres, que se va
transmitiendo en el proceso de generación, pero postulando que para cada alma individual hay en la
mente de Dios una idea propia.
En San Agustín, la inmortalidad del alma, es necesaria para entender el ser del hombre, que
busca la felicidad plena, él sostiene que el alma es una sustancia independiente que permanece, es
decir, postula la inmortalidad del alma, y ésta, está unida a la verdad y por ser la verdad idéntica a
Dios por su relación con lo eterno el alma debe ser inmortal.
V. EL HOMBRE
Tiene un concepto dualista del hombre, integrado por dos sustancias, una material y otra
espiritual, éste es a su vez racional – como el ángel – y mortal - como el animal, tiene un puesto
intermedio. Pero sobretodo es imagen de Dios, por ser una mente, un espíritu.
San Agustín encuentra una triplicidad del alma, memoria, inteligencia y voluntad o amor. La
persona que tiene estas tres facultades, no es ninguna de ellas, sino la del yo que recuerda, entiende
y ama, manteniendo la unidad de vida, mente y esencia.
La idea central de la historia humana, es una entera lucha entre el reino de Dios (el de la luz),
y el reino del mundo (el de las tinieblas), el amor y el odio; el cielo y la tierra terminando con el juicio
final que separa estos reinos, que significa el triunfo definitivo del bien sobre el mal, es decir, un plan
que comienza y termina en Dios centrado en la figura de Jesús. La ciudad de Dios, tiene la finalidad
de fortalecer la fe de los cristianos, confianza en la providencia divina y en la seguridad del triunfo final
del bien sobre el mal.