JOHN W. DOWER
CULTURAS DE GUERRA
Pearl Harbor, Hiroshima, 12 de septiembre, Iraq
Traduccion de
DAVID LEON
g
pasapo &{ PRESENTE
BARCELONA9
«LA BOMBA MAS TERRIBLE
DE LA HISTORIA DEL MUNDO»
ZONAS CERO DE 1945
Llegado el mes de agosto de 1945, solo habia un pufado de ciuda-
des japonesas que hubiesen escapado a los B-29 ya la Iluvia de fue-
go que desataban desde el cielo. Sin embargo, semejante suerte re~
sultaba engafiosa, pues sila seleccién de objetivos estadounidenses
enel Japon y en Europa se habia dejado, en general, en manos de los
estrategas que servian en los campos de batatla, en la guerra aérea
emprendida contra la nacién japonesa se dio una excepeién notable
esta norma: siguiende instrucciones de Washington, el mando del
general LeMay excluy6 de su dilatada relacién de blancos wsecun-
darios» varias ciudades a las que estaban reservadas cotas de terror
¥éditas en el plano cualitativo.276 CULTURAS DE GUERRA
Este nuevo horror no era otro que la bomba atémica, y las ciuda-
des elegidas como posibles objetivos por el «Comité Provisional» ul-
trasecreto encargado de determinar si debia emplearse tal arma —y
cémo debia usarse— eran Kioto, Hiroshima, Kokura y Niigata,
amén de un afiadido de diltima hors: Nagasaki. La primera, antigua
capital del Japén y custodia de buena parte de sus mayores tesoros
religiosos, culeurales y arquitecténicos, se excluy6 mis tarde de lalis-
taa instancia del secretario de Guerra, Henry Stimson, quien la habia
visitado en la década de 1920 y habfa quedado prendado de sus en-
cantos. Asimismo, temia que atacar una ciudad que ocupaba un lugar
tan sagrado en la conciencia nacional resultara contraproducente al
endurecer la resistencia y exacerbar los sentimientos contratios a Es-
tados Unidos. Frente a una oposicién enéngica, logré ver aceptada su
propuesta de retirar Kioto dela relacién de objetivos a finales de julio
tras presentirsela directamente al presidente Truman.””
Estados Unidos probé con éxito la primera arma nuclear de la
historia del mundo en el desierto de Alamogordo (Nuevo México),
el 16 de julio. Truman recibié la noticia estando ena ciudad alemana
de Potsdam, adonde habia ido a encontrarse con los ditigentes del
Reino Unido y la Unién Soviética afin de debatir sobre el futuro de
la Europa de posguerra y la direccién de la guerra que aiin se estaba
librando con el Japén. A principios del mes de agosto, los militares
estadounidenses pose‘an dos bombas nucleares fundadas en la fisién
de dos isétopos bien diferentes (el uranio 235 y el plutonio 339). La de
uranio, llamada Little Boy, se lanzé directamente sobre Hiroshi-
‘ma, por mediacién de un paracaidas, alas 8.15 del 6 de agosto —hora
ala que muchas personas se hallaban en la calle, de camino al trabajo
© a otros quehaceres matinales—, y estaba programada para estallar
unos quinientos metros de altitud afin de que causara tantos estra-
{g08 como le fuera posible. La radiacién térmica iberada en el centro
de la explosién fue de entre tres mil y cuatro mil grados centigrados,
Jo que, ademas de la muerte por incineracién inmediata de decenas
de victimas, provocé quemaduras por el calor del fogonazo en todo
aquel que se hallaba sin proteccidn en un radio de tres kilometros, ast
‘como quemaduras menores en quienes se encontraban nada menos
que a 4,5 kilémetros a la redonda. La erupcién simulténea de incen-
dios en toda la zona afectada caus6 una afluencia de «vientos de fue-
MLA BOMBA MAS TERRIBLE [Link] HISTORIA DELMUNDOY 277
go» que alcanzaron, en las horas siguientes, velocidades de entre
cincnenta y sesenta kilémetros por hora aproximadamente: una tor-
‘menta ignea comparable a la que devasté Tokio durante la incur-
sin incendiaria del 9 de marzo.
‘Tres dias més tarde, después de que la densa nubosidad obligara
adescartar Kokura en cuanto blanco de la segunda bomba —deno-
minada Fat Man, «Gordo», a causa de su forma builbosa, y también,
al decir de algunos chistosos, por la semejanza que guardaba con el
corpulento primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill—,
fue atacada la ciudad de Nagasaki. En este caso, la bomba se lanz6 a
las 11.02 y cay6, aproximadamente, tres kilémetros al noroeste del
punto previsto. La Fat Man estall6 a una altitud de algo més de cua-
trocientos metros sobre el distrito de Urakami, y el alcance de la ex-
plosién y del incendio posterior qued6 delimitado por las colinas de
los alrededores. Los fuegos fueron menos intensos que los de Hiro-
shima, y el radio de la zona en que la destrucci6n fue total, menor
quealli. Quienes tienen tendencia a hacer tal cosa encontrarén cierto
simbolismo en el hecho de que esta ilima entrase en accién cerca de
la imponente catedral catélica de Urakami, y la de Hiroshima justo
‘encima de un hospital de grandes dimensiones.®
Las primeras estimaciones efectuadas en la posguerra acerca del
dafio que habian infligido las dos armas nucleares resultaron muy.
precisas en lo tocante al grado de devastacién suftido por la «zona
cero» de cada objetivo: en Hiroshima quedaron arrasados unos once
kilémetros cuadrados y en Nagasaki, unos cinco. Con todo, el nii-
mero de victimas mortales se subestimé de un modo considerable.
Fundandose en datos proporcionados por los japoneses, el cuerpo
estadounidense de Evaluacién del Bombardeo Estratégico dijo, en
junio de 1946, «creer que los muertos de Hiroshima asc[endia]n a
70.000 u 80.000 (con un ntimero comparable de heridos), y los
de Nagasaki, a ms de 35.000, cantidad superada por poco por la de
heridos», Estos calculos tempranos, repetidos en incontables publi-
caciones posteriores, han dado lugar a la tesis, no por petsistente
‘menos engafiosa, de que la primera incursién incendiaria efectuada
sobre Tokio maté a més personas que las bombas atémicas. Las es-
timaciones modernas, aceptadas por la generalidad de los expertos,
sitiian el niimero probable de muertes alrededor de los 130.000 0 losLas zonas cero de agosto de 19.45
Silabombs de Hiroshima, lanzada el 6 de agosto, mast veza 140.000 personas
nsimero de vietimas morales de ls de Nayasak, aeojada es dias despues —y que
ssa aie distancia de! lugar elgio, cera dea eatedra exdica dl distrto de
Urakami—,s sia en torno as 75.000.
snd
59. Lanubede hongo de Nagasaki
6, El desierto nuclear creado en los aledafios de la catedral del distrito de Urakami
58. Encrucijada del desierto de Hiroshima (Nagasaki).280 CCULTURAS DE GUERRA
140.000 en Hiroshima y de los 75.000 en Nagasaki —ocurridas en
su mayoria antes de que llegara a su fin el afio 1945—. Tamafias ci-
fras corresponden, aproximadamente, al so por 100 e la poblacién
delas dos ciudades."
Jamés sabremos con certeza cuntos hombres, mujeres y nifios
‘murieron en aquellos ataques. Dada la confusién imperante en un
tiempo en que las gentes hufan de las ciudades con frecuencia y sus
calles alojaban a menudo a soldados que podian o no estar de paso,
no resulta facil determinar el niimero real de cuantos residian en uno
y otro objetivo a principios de agosto. Quedaron destruidos no solo
barrios enteros y zonas residenciales, sino también los documentos
que podian permitir a los supervivientes investigar la identidad
de cuantos pudieron haberlos habitado antes de la catistrofe. A fin de
evitar la propagacin de enfermedades, se hizo necesario deshacerse
cuanto antes de los cadéveres. Hubo quien incineré por cuenta pro-
pia a cOnyuges, hijos, vecinos y compafieros de trabajo fallecidos.
Los colegiales se congregaron tnos dias después de las explosiones
[para ver a sus compaileros muertos consumirse en aquella escalo-
friante reavivaci6n de las llamas propiciada por la construccién pre~
cipitada de ciclopeas piras de victimas sin identificar. Aios mas tar-
de, a algunos de los supervivientes los acosaba ain el recuerdo de
aquella segunda ronda de incendios deliberados. En Hiroshima en
particular, el paisaje nocturno devastado podia verse, si se contem=
plaba desde cierta distancia, herido por el fulgor rojo anaranjado de
las ubicuas eremaciones. Después, seguirian muriendo personas sin
«que las identificaran necesariamente como vietimas del bombardeo.
ara algunos supervivientes, y para algunos de los parientes de los
fallecidos, el haber sido elegidos para conocer una suette tan horren-
da constituyé un estigma que entendian que debian ocultar.
La mayor parte de las muertes se debi6 a quemaduras por exposi-
cién a las radiaciones de estallido nuclear, a wefectos secundarios de
la explosién» —como, por ejemplo, la caida de cascotes— y a los
incendios que se declararon a continuacién. Tal como lo expresé el
lenguaje frio del cuerpo estadounidense de Evaluacién del Bombar.
deo Estratégico: «muchas de aquellas gentes mutieron varias veces
en teoria, pues estaban sometidas a dafios diversos, cada uno de los
cuales resultaba mortal por si solo». Aunque la mayor parte de las
SB NAN SI PNM act
incest ino
LA BOMBA MAS TERRIBLE DB LA HISTORIA DELMUNDO» 281,
muertes se produjo de manera inmediata u horas después del lanza-
miento, fueron muchas las vietimas que fallecieron tras soportar
dias, semanas o meses de agonia. En un principio, apenas se disponia
de ayuda médica ni de ungiientos, medicinas ni analgésicos —pues
os més de los médicos y las enfermeras habian muerto, y la generali-
dad de las instalaciones sanitarias habia quedado destruida—, y en el
rfodo inmediato que siguié al lanzamiento solo pudieron brindar-
se cuidados inadecuados hasta un extremo lamentable. En los afios y
aun décadas que siguieron no dejaron de producirse muertes debidas
a dafios y enfermedades relacionados con la bomba atomnica.
‘Aparte de las quemaduras provocadas por la radiacién térmica,
la causa més excepcional de mortandad fue la exposicién alos rayos
gamma emitidos por el proceso de fisiOn. Entre los supervivientes
dela explosi6n inicial que habisn estado cerca de su centro, la radio-
toxemia (0 envenenamiento por radiacién) se manifesté transcurri-
dos dos o tres dias; pero quienes habjan estado expuestos a aquella
desde una distancia mayor, y dabana menudo laimpresién de haber
salido ilesos del ataque, no revelaron sintomas antes de un periodo
de entre una y cuatro semanas. Estos, ademés de fiebre, néuseas,
diarrea y sangre en vomito, deyecciones y orina, incluian, confor-
mea la enumeraci6n recogida en los informes del cuerpo de Evalua-
cién del Bombardeo Estratégico, «pérdida de cabello, inflamaci6n y
gangrena de las encfas, inflamacién de boca y faringe, ulceracién
del tracto intestinal distal, pequefias manchas amoratadas ... debidas
al derrame de sangre en los tejidos de la piel o las membranas muco-
sas, y hemorragias més cuantiosas en encias, nariz y piel». Las au-
topsias «revelaron cambios notables en la composicién sanguinea:
ausencia casi total de leucocitos y deterioro de la medula ésea, en
tanto que la membrana mucosa de la garganta, los pulmones, el es-
témago y los intestinos mostraba una inflamacién considerable».
Afios después, uno de los supervivientes de Hiroshima pinté el
rostro de su hermano menor apoyado en la almohada de su lecho de
‘muerte mientras agonizaba victima de aquella plaga misteriosa que
no se achacarfa a la radiacién nuclear sino mucho més tarde. El mo-
ribundo esté sangrando por la nariz y por la boca, y tiene llena de
sangre la escudilla que descansa al lado de la almohada. El rexto que
acompafia a la imagen revela que se hallaba demoliendo edificios a282 CCULTURAS DE. GUERRA
fin de crear cortafuegos cuando estallé la bomba, y lo alistaron, en
consecuencia, para ayudar a dar respuesta a la catéstrofe. «Regres6
a casa el 20 de agosto, por su propio pie y sano a todas luces; pero
alrededor del 25 empezé a sangrar por la nariz y a perder el cabello,
yssele llené el cuerpo de pintas rojizas. El dia 31 murié entre vomni-
tos de sangre.» Los supervivientes que podian haber creado retratos
de familiares semejantes a este se contaban por miles.
Las fuentes posteriores tienden a aprobar la estimaci6n de 1946
del cuerpo de Evaluacién del Bombardeo Estratégico, segiin el cual
wentre el 15 y el 20 por 100 de las muertes, si no mas, se debieron ala
radiacién». Al mismo tiempo, los investigadores estadounidenses
legaban a la conclusién de que, «de haber estado ausentes los efec~
tos de la explosi6n y el fuego, el nimero de muertos entre quienes
se encontraban en un radio de ochocientos metros de la zona cero
hhabria sido casi igual que el que se dio de hecho, y las muertes entre
quienes se encontraban a un kilémetro y medio habrian sido solo
ligeramente menos numerosas. La diferencia habria radicado, sobre
todo, en el momento en que se habrian producido, pues en lugar de
haber fallecido de inmediato, como ocurrié ala mayorfa de las vieti-
‘mas, estas habrian subsistido algunos dfas, o aun tres 0 cuatro sema-
‘nas, antes de sucumbir de radiotoxemia».
‘Aunque no ¢s facil evaluar los efectos de la radiacién residual,
5 posible que algunos de cuantos acudieron a las ciudades atacadas,
antes de que transcurriese un centenar de horas de las incursiones se
expusieran a ella, Por mas que el cielo estuviera despejado en Hi-
roshima y nublado en Nagasaki cuando se lanzaron las bombas, las
explosiones alteraron la atmésfera, y la humedad que se condens6
en las cenizas y el polvo que se elevaron los convirtié en «lluvia ne~
grav radiactiva en ambas ciudades. En los afios siguientes, los wefec-
tos retardados» de la radiotoxemia y otros trastornos relacionados
con la bomba atémica adoptaron la forma de incidencias estadistica~
mente andmalas de cataratas; neoplasias hematolégicas como la
eucemia 0 el mieloma miiltiple, o tumores malignos entre los que se
incluian el céncer de tiroides, de mama, de pulmén, de est6mago, de
glindula salival y el linfoma maligno. Las
vieron, a menudo, formarse en sus heridas cicatrices proruberantes
de aspecto poco agraciado conocidas como queloides.
fctimas de quemaduras
¥
cine stiairee Mane ES
4 BOMBA MAS TERRIBLE DE LAHISTORIA DEL NUNDOY 283
La radiacién, agravada por otros efectos de la agresién atémica,
afect6 también a la reproduccién de los supervivientes. Los andlisis
de semen efectuados poco después de los ataques entre os varones de
Hiroshima que se hallaban a menos de un kilémetro y medio del
centro de la explosién revelaban una reduccién drastica del mimero
de espermatozoides, aunque él dafio provocado a las embarazadas y
a sus fetos resultaba més evidente y descarnado. El informe del
cuerpo de Evaluacién del Bombardeo Estratégico lo resumia en los
términos siguientes:
‘Todos los casos conocidos de mujeres en diversos estados de gesta-
ci6n que se encontraban a menos de un kilometro de la zona cero han
acabado en aborto. Aun las que estaban a una distancia de hasta dos
kilometros han sufrido interrupet6n del embarazo o han alumbrado
‘premataros que han muerto poco después de nacer. Del grupo de las
que se hallaban entre los dos y los tres kilémetros, una tercera parte
aproximads ha tenido hijos normales en apariencia, Dos meses des-
pués dela explosién, la proporei6n total deabortos y nacimientos pre-
‘maturos era del 27 por 100, cuando la tasa habitual es del 6 por 100.
Muchas de las mujeres que se encontraban en las dieciocho pri-
‘meras semanas de gestaci6n cuando se vieron expuestas 2 las explo-
siones térmicas radiactivas dieron a luz @ nifios con malformaciones
congénitas. Se dieron casos de microcefalia, dolencia caracterizada
pore! ramafo en exceso reducido de la cabeza que en ocasiones va
acompafiada de retraso mental, en unos sesenta de los nacidos que
ain se encontraban en el seno materno en el momento de la agre-
sidn. Afios después, cuando crecieron hasta hacerse adolescentes y
adultos, se convirtieron en uno de los muchos simbolos lamentables
del legado perdurable de aquellas bombas.*
Mis de una década después, ain era raro que el piblico general
de dentro y fuera del Japén se preguntara o se preocupara por ver
ofr lo que comportaba estar desfigurado de por vida por mutilacio-
nes o cicatrices; vivir preguntindose si la propia sangre habia que-
dado 0 no intoxicada por la radiacién, o en los casos en que se sabia
ue la respuesta era afirmativa, si tal dolencia se transmitiria tam-
bién a los hijos y a fas generaciones aiin por nacer. El traumatismo284 CULTURAS DE GUERRA
psicolégico y el estigma social que acarreaba el haber sido victima
de la bomba atémica —Io que en ocasiones se denominaba, en el
léxico de la afliccién nuclear recién nacido en la nacién, «leucemia
del alma» 0 wqueloides del coraz6n»— resulta imposible de cuanti-
ficar. Muchos supervivientes se vieron acosados para siempre por el
sentimiento de culpa que les provocaba el hecho de haber seguido
ccon vida mientras morian tantos a su alrededor, incluidos los seres
mas queridos, sin que ellos pudiesen hacer nada por ayudarlos. Para
muchos, vivir tras el mes de agosto de 1945 implicaba un wencuen-
tro constante con la muerte», conforme ala expresién empleada mis,
tarde por el psiquiatra Robert Jay Lifton.“
LOS PREPARATIVOS PARA LA ZONA CERO
Descrito de este modo sobrio, el impacto que tuvieron las bombas
atémicas sobre el ser humano parece obra de una malevolencia fuera
de lo comin. Se diria que se imagin6 de antemano lo que podia ocu-
rrir, y en cierto modo extrafiamente distante, asi fue. El DIX grupo
rmixto, creado en septiembre de 1944 afin de adiestrar a las dotacio~
nes aéreas que debian llevar a térnino la mision nuclear, por ejem-
plo, centré su atencién en los bombardeos de precisién efectuados
desde altitudes excepeionales—de hasta nueve mil metros—. Al de-
cir de determinado documento, «lanz6 en el desierto 155 unidades de
prueba [sin carga nuclear] de la Little Boy y de la Fat Man», y consa-
{276 un ndimero incontable de horas perfeccionar inclinaciones late-
rales tras el lanzamiento de las bombas afin de evitar que el aparato
se viera arrastrado por la explosién atémica que se caleulaba. Se sux
ponia que el érea de peligro acababa a los ocho kil6metros de la ex-
plosién, distancia que debfa doblar el B-29 para considerarse a salvo.
Yaa mediados del mes de mayo, dos antes de que estuviese lista
para ser probada la nueva arma, J. Robert Oppenheimer, director
cientifico del Proyecto Manhattan, que desarrollé en secreto la
bomba bajo la égida del Ejército, abord6 desde otra direcci6n dis-
tinta el peligro excepcional al que se exponia la tripulacién encarga-
da de arrojarla. Las minutas de la presentacin que ofrecié a los es-
GLA BOMBA MAS TERRIBLE DELA HISTORIA DEL MUNDO» 285
scategas militares «acerca de los efectos radiol6gicos del artilugion
que era la palabra en clave que se empleaba por lo comiin para
designar el prototipo— compendian en los siguientes términos sus
recomendaciones basicas al respecto: «1) por motivos radiolégicos,
no deberd haber avin alguno a menos de 4 km del punto de detona-
cién (distancia que debera ser mayor para evitar la explosién); 2)
Jos aparatos deberdn evitar la nube de materiales radiactivos». En
otra ocasién posterior, Oppenheimer informaria al Comité Provi-
sional de que, con toda probabilidad, la radiactividad «seria peligro-
san... un radio de al menos un kilémetron.6°
Tan escrupulosas precauciones relativas a la seguridad de los
bombarderos se hicieron extensivas a las pruebas llevadas a cabo en
el desierto de Nuevo México a mediados de julio con el nombre
enclave de Trinity. En elas, el centenar y medio de oficiales militares
y cientificos que contemplaron la explosién lo hicieron desde zanjas
de un metro de profundidad, dos de ancho y ocho de largo cavadas
‘en un «campamento base» situado a catorce kilémetros de la zona
cero. Los puntos de observacién mas cercanos, entre los que se en
contraba el centro de mando, se hallaban a unos nueve mil metros
delatorre de acero de treinta metros en que se habia situado la bom-
ba, ¢ incluian refugios reforzados con cemento y enterrados a gran
profundidad. Aun los observadores colocados a treinta kilémetros
de distancia habfan recibido instrucciones de «tumbarse boca abajo
cen el suelo de inmediato, con el rostro y los ojos hacia tierra y la ca-
beza alejada de la zona cero» en el momento en que la sirena anun-
ciara que quedaban dos minutos para la detonacién. Se les dieron
gafas oscuras de soldador para que pudiesen contemplar el especté-
culo que seguiria al cegador resplandor inicial, y rdenes de perma-
necer boca abajo a fin de evitar dafio alguno del material que caeria
del cielo. Asimismo, hubjeron de asegurarse de dejar abiertas las
ventanillas de los automéviles para que no las hiciese aficos la ex-
plosién.
No hubo eriatura viviente —reptil, alimaiia o insecto— en un
radio de kilometro y medio del centro de esta que no sufriera exter-
y la luz cegadora que produjo el estallido sobre el cielo noc-
tumo fue lo bastante potente para causar casos de ceguera temporal
(de hecho, cuando en la isla de Tinin se informé por vez primera aPruebas Trinity
61 y 62. Labolade fuegoalos 0,035 segundos y los 0,090 segundos.
653. Formacién de la nube de hongo a
64. Lanube de hongo a los dir segun-
los dos segundos, dos
las dotaciones elegidas para bombardear Hiroshima y Nagasaki de
cual era su misién, se les dieron unas gafas de aviador polarizadas
junto con la alarmante advertencia de que «a un soldado apostado a
treinta kilémetros [del lugar en que se efectuaron las pruebas} lo
cegé el fogonazo aun estando dentro de una tienda»). El equipo se-
lecto de cientificos conformado por estadounidenses, britinicos y
exiliados procedentes de Europa que planeé y puso por obra el de-
sarrollo y el uso de las bombas, e inauguré con ello una nueva era de
destruccién masiva, lo hizo, por lo tanto, con los ojos bien abiertos,
aunque protegidos, aunque no lo bastante para imaginar a las perso-
nas a las que iban a matar, la despreocupacién con la que iban a ha-
cerlo ni la magnitud real de la matanza que iban a provocar. En lo
Tr
ieee
pssst
MLA RONDA MAS TERRIBLE DELA HISTORIA DEL MUNDO» 287,
que respectaba a esto tiltimo, Oppenheimer se atrevié a suponer que
tal vez cada una de las bombas pudiese quitar la vida a unos veinte
mil japoneses.*
Al mismo tiempo, sin embargo, los dirigentes estadounidenses
y briténicos, incluidos los cientificos, reconocieron de inmediato el
potencial que posefa la nueva arma para provocar catéstrofes capa-
ces de transformar el mundo. Antes de que los ataques de Hiroshi-
ma y Nagasaki confirmaran que era posible causar con una sola
bomba I2 misma destruccién que se habfa logrado con las incursio-
‘nes acometidas con anterioridad contra ciudades alemanas y nipo~
nas mediante el uso de cientos de aviones dotados de colosales car-
gas de bombardeo; antes de que nadie hubiese tenido ocasi6n de
contemplar las fotografias aéreas de las zonas cero arrasadas de las,
dos poblaciones japonesas que habjan sido reducidas a escombros
—o de vivir en su propia carne la catdstrofe—; antes de que el cuer-
po estadounidense de Evaluacién del Bombardeo Estratégico ela-
borase su influyente informe sobre uel impacto de las bombas
at6micas en Hiroshima y Nagasakin; antes de que los técnicos cal-
culasen que la Little Boy habia sido 6.500 veces més eficaz que el
comin de las bombas de gran potencia conforme al niimero de
muertos y heridos; antes de todo esto, ya se habian introducido en la
jerga bélica expresiones apocalipticas.
‘Asi, por ejemplo, en el informe que redacté tras ser testigo de la
prueba del 16 de julio, el general de brigada Thomas Farrell se dioa
pensamientos de divinidad, transgresion y condenacién: «un rugido
clamoroso, sostenido e imponente —escribié— que parecfa anun-
ciar la presencia del juicio final y que hizo que nos sintiéramos seres
insignificantes que pecaban de blasfemos al tratar de jugar con las
fuerzas que hasta entonces habfan estado reservadas al Todopode-
roso». George Kistiakowsky, experto en quimica y explosivos de
Harvard, obsesionado con aguelia misma imagen, no pudo menos
de describir el espectéculo de la prueba como «lo mis cercano al
juicio final que pueda concebir nadie». «Estoy convencido —fue-
ron las palalyras que puso en boca de Kistiakowsky el iinico perio-
dista presente— que cuando llegue el fin del mundo, en la iltima
milésima de segundo de la existencia de nuestro planeta, el tltimo
hombre que haya sobre su faz. vera lo que hemos visto nosotros.»Tr
288 ‘CULTURA DE GUERRA
Cuando llegé a Potsdam la noticia del éxito de fa prueba, Churchill
describié la nueva arma como «el segundo Advenimiento... con e6-
era», Truman también recurrié a las profectas biblicas a fin de ex.
presar sus sentimientos, y asi, en un diario manuscrito elaborado en
hojas sueltas en aquella ciudad alemana, escribié el 25 de julio: ehe-
mos descubierto la bomba més terrible de la historia del mundo, que
bien podria ser el fuego destructor que se vaticinaba en la era del
valle del Bufrates, después de Noé y su Arca fabulosav.*
‘Oppenheimer también acudié a otra teologia del juicio final, de
tradicién hinds al objeto de dar con la expresién adecuada para lo
que sintieron él y sus colegas cuando abrieron la puerta a aquel ins-
trumento sin precedentes de homicidio en masa. «Sabfamos que el
mundo jams iba a volver a ser e! mismo —fue la célebre frase que
pronuncié cuando le pidieron que describiese lo que sintieron al sa-
erse dominadores del poder destructivo del étomo—. Algunos
rieron y otros lloraron, aunque la mayoria permanecié en silencio.
Yo recordé en aquel momento un verso del Bégavad Guita hinds,
\Visn estd tratando de persuadir al principe a cumplir con su deber,
y para impresionarlo, adopta su forma humana de miltiples brazos y
ie dice: “Ahora me presento convertido en muerte, en el destructor
de los mundos”. Supongo que, de un modo u otro, fuue eso lo que
pensamos todos.»
CoNVERTIDOS EN MUERTE
A despecho de tales imgenes apocalipticas, los estadistas, los cien-
tificos y los oficiales del Ejército que se habisn consagrado ala labor
de transformarse en muerte se las iageniaron para adornar y suavi-
zar sus visiones del juicio final envolvigndolas en eufemismos y en
negaciones reconfortantes. Jamis llegaron a considerar en serio la
idea de ao emplear aquella nueva arma devastadora, pero tampoco
shablaron nunca de reducir a cenizas a las madres japonesas e itra-
diar aun a los fetos que atin estaban por nacer. Dieron la espalda a
todo debate relativo a blancos alternativos, pese a la insistencia de
‘no pocos cientificos situados por debajo de ellos en el escalafén.
LA YOMBA MAS TERRIBLE DE LA HISTORIA DBL MUNDO 289)
“Tampoco prestaron ninguna atenci6n seria ala pregunta de si debia
dejarse transcurrir un lapso de tiempo dilatado tras la primera agre~
sidn para que los extenuados dirigentes japoneses pudieran respon-
der antes de emprender la segunda, Por el contrario, los cientificos
tedricos, los diseftadores de armamento, los constsuctores de bom
bas y los estrategas prefirieron adoptar el lenguaje comodo e hipé-
crita que hablaba de destruir blancos militares y al que ya se habia
sacado brillo durante la campaita de bombardeo de saturacién con
la que se devastaron 64 ciudades antes de Hiroshima y Nagasaki.
E] Comité Provisional habia sentado los eriterios que debian
cumplir los posibles blancos de ataques con bomba at6mica cuando
tocaba a su fin el mes de abril, y aunque atin quedaban varios meses
para que iniciara LeMay el bombardeo incendiario de ciudades ni-
nas «secundarias», las circunstancias prioritarias en la determina-
nde los objetivos nucleares eran muy similares. Tal como recor-
daria més tarde el general Leslie Groves, principal coordinador
militar del Proyecto Manhattan, el «factor capital» consistia en que
fuesen «lugares cuyo bombardeo afectara del modo més adverso
posible ala voluntad del pueblo japonés de seguir luchando». Con-
sideraciones militares tales como la existencfa de puestos de mando,
concentraciones de tropas o establecimientos vinculados a la pro-
duccién bélica revestian una importancia secundaria. A esto habia
«que afiadir las condiciones propias de todo experimento minucio-
so: que fa ciudad elegida no hubiese sido victima de incursiones
anteriores y que tuviese «la extensién apropiada para que la zona
dafiada no excediera sus limites, de tal modo que pudiéramos deter-
rminar cual era el aleance de la bomba».””
El seeretario de Guerra Stimson, uno de los principales enlaces
que unian a Truman con los estrategas militares, muy admirado,
ademés, porla seriedad con que abordaba los asuntos éticos, consti-
tuye un ejemplo excelente de este ejercicio peculiar de raciocinio
evasivo. El 31 de mayo, hizo constar que el Comité Provisional ha-
bia legado a la conclusion de wque no podiamos poner sobre aviso a
los japoneses; que no podfamos concentrarnos en un érea civil, y sin
embargo, debiamos tratar de causar una impresién psicol6gica pro-
funda al mayor néimera posible de habitantes». Stimson se mostr6
de acuerdo con ia propuesta de James Conant, integrante también290 CouTonas DE GUERRA
del Comité y, desde 1933, rector de Harvard, de «que el objetivo
mis deseable serfa una fabrica de guerra de importancia vital en la
que operase un nfimero considerable de obreros y que estuviera ro~
deada por casas de trabajadores», Los santones de Boston y los inte-
lectuales que vivian entronizados en su torre de marfil ast como
zodos los estadistas del consejo planificador del Comité Provisio-
rnal—no consideraban, al parecer, que hubiese contradiccién algu-
‘na en elegir como blanco una zona residencial obrera populosa con
elarma mas mortifera que hubiese conocido el ser humano a tiempo
que se propo
Fue através de semejante gimnasia ret6rica—a través de lo que
Kai Bird y Martin Sherwin denominan con cautela wdelicados eufe-
mismos» y considera Gerard DeGroot wescaparatismo destinado a
mitigar el sentimiento de culpa de cuantos hallaban dificil de acep-
tar los bombardeos terroristas»— como se adopté la decision de
destruir aquellas dos ciudades de densa poblacién mientras se nega
ba que tal cosa constituyese un ataque deliberado al paisanaje. El
diario de Stimson y fas observaciones que, de manera informal,
cemitié ante otros resultan tan enrevesados como sus declaraciones
piiblicas mas formales, y las fantasias en las que se embareé mien-
tras planeaba la destruccién de los mundos se transmitieron, sin hi-
‘gara dudas, a su comandante en jefe. En la misma entrada de aquel
«diario de Potsdam» correspondiente al 25 de julio en la que escri-
bié acerca de la posesién de «la bomba més terrible de la historia del
mundo», también sefalé lo siguiente:
no «concentrarnos en un area civil».”"
Esta arma debe emplearse contra el Japén entre este momento y el
dia 10 de agosto. He pedido al sefior Stimson, secretario de Guerra,
«que la use de tal modo que los blancos sean objecivos militares, solda-
dos y marineros, y no mujeres ninifos. Por salvajes, ceueles, despia-
datlos y fansticos que sean los japoneses, no podemos, en cuanto res-
ponsables maximos del bienestar comin del mundo, lanzar una boraba
tan terrible en la vieja capital ni en la nueva [es decir, Kioto y Tokio].
Los dos estamos de acuerdo. El blanco seré puramente militar, y
publicaremos una declaracién de advertencia para pedir a los japone-
ses que se rindan e impidan asi que se pierdan més vidas, Aunque es-
toy convencido de que no van a hacerlo, les habremos ofrecido la oca-
r-
LA BOMBA MAS TERRIBLE [Link] DEL MUNDO” 291
sin. Sin duda es bueno para el mundo que ni la gente de Hitler nila
de Stain hayan descubiero esa bomb atémica, pues da laimpresin de
ser el hallazgo més terrible que se haya hecho nunca, y también el que
puede ser de més utilidad.”*
En la Declaracién de Potsdam del 26 de julio, Estados Unidos,
el Reino Unido y la China hicieron un llamamiento al Gobierno ni-
pon para que aceptara la rendicién incondicional si no queria en-
frentarse a una wdestruccién inmediata y total». A eso se redujo la
adeclaracién de advertencian, cuya vaguedad, de hecho, equivalid
en la practica ala decisién de no advertir al Japén adoptada por el
Comité Provisional el 31 de mayo. Mas chocante ain resulta, sin
embargo, la caracterizacién de los objetivos nucleares como «pura-
mente militar[es)» y sin «mujeres ni nifios». En el comunicado ra-
diofénico que siguié al lanzamiento de la bomba atémica sobre Hi-
roshima, Truman insistié en describir el blanco como «una base
militar ... porque desedbamos evitar en este primer ataque, en la me-
dida de lo posible, la muerte de paisanos», y asimismo, en sus me-
‘morias caracteriz6 la ciudad como «centro de produccién bélica de
primera importancia military,
Lo que sugiere el diario, y también [as conversaciones informa-
les que mantuvieron, en general, los encargados de planificar cuan-
to concernia a las bombas nucleares, es que toda esta construccién
de mitos fue més allé de la tergiversaci6n deliberada. Ello resulta
mds ficil de entender si hablamos del autoengaifo, la elusién psico-
llgica y la evasion moral que acompafiaron de manera casi necesa-
ria la Hamada «guerra aérea estratégicay en general. (El diario que
escribié en Potsdam el presidente constituye un registro esponta-
neo de sus pensamientos cotidianos que pas6 décadas enteras perdi-
do entre los papeles de uno de los funcionarios menores que part
paron en la conferencia, sin que los investigadores tuvieran noticia
alguna de él.) La fe en su propia persona y en lo justo de la causa
promovida por su nacién, y en cierto grado su misma cordura per-
sonal, exigian que bloquease cualquier reflexidr desenvuelta y sos-
tenida de lo que se habia hecho de la guerra moderna.”
‘Como todas las ciudades niponas de cierta entidad, Hiroshima y
Nagasaki participaran, de forma innegable, en la empresa bélica der-
292 CULTURAS DE GUERRA
su nacién, Ademas de contar con fabricas relacionadas con esta y
con cierta presencia de tropas, la primera revestia no poca impor-
tancia en calidad de centro de mando y de punto de partida para los
combatientes que embarcaban en direcci6n al continente y a desti-
nos meridionales. Llegado el mes de agosto de 1945, sin embargo
—y dado que la Armada y la marina mercante japonesas se hallaban
en el fondo del océano; Okinawa, en manos aliadas, y el pais, aisla-
do de los recursos procedentes del exterior; as bombas incendiarias
habjan reducido a cenizas ya seis de los municipios més importantes
del pais y 58 de los secundarios, y se sabfa que los dirigentes de la
nacién estaban buscando a tientas un modo de salir de las hostilida-
des con la menor pérdida posible—, no tenfa sentido hablar de ellas,
‘como «blancos militares» en un sentido convencional: eran objeti-
vos de guerra psicolégica, una cota de terror nunca vista, sanque
‘econ otros pretextos».
‘Tal como lo expresé el cuerpo estadounidense de Evaluacién
del Bombardeo Estratégico: «Las dos incursiones estaban destina-
das a afectat a todo el Japén: las potencias aliadas pretendian acabar
con el espiritu combativo del pueblo nipén y de sus dirigentes, y no
solo de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki». Oppenheimer le-
g6 ala misma conclusién tras las explosiones, y la expres6 en térmi-
znos afin mas contundentes al reflexionar sobre el mundo que habia
propiciado con su contribucién al Proyecto Manhattan. «En Hiro-
shima se ha sentado el patrén de uso de las armas nucleares —escri-
bi6 cuando aiin no habfan transcurrido cuatro meses desde el final
de la guerra—. Se trata de ingenios de agresién, de sorpresa y de
terror. Sillegan a emplearse de nuevo, tal vez sea en ntimero de mi-
les, o quiza de decenas de miles. Puede que cambie el modo de ha-
cerlas llegar al enemigo, que tengan que adaptarse a posibles me-
dios de intercepcién y respondan a estrategias diferentes de las
utilizadas contra un enemigo derrotado en esencia; pero es un arma
para agresores, y los elementos de sorpresa y terror le son tan pro-
pios como el micleo fisionable.»”*
En los afios posteriores al fin de su presidencia, Truman no esca-
timé elogios, rayanos en la adulacién, a su franqueza y su sentido
comin. El que un hombre préctico como él, situado en ia olla a pre-
sidn de la guerra y en lo mis alto del escalafén, aprobase un dia la
sheet
Ln BOMBA MAS TERRIBLE DELA HISTORIA DEL MUNDO” 293,
dleccién de ciudades de gran densidad de poblacién en calidad de
blanco, hablara al siguiente de su terrible arma nueva comparéndola
con el fuego destructor de la profecfa del Nuevo Testamento y cre-
yyese, aun asi, que las mujeres y los nifiosiban a verse exentos de todo
dao dice mucho del grado en que la guerra psicolégica se habia
‘welto indisoluble de la negacién dela realidad y el autoengaiio.
PONER FIN A LA GUERRA Y SALVAR VIDAS
ESTADOUNIDENSES
La negacién de la realidad y el autoengafio iban de la mano de la
preocupacién clara y conereta que, como cabe entender, domina el
anilisis convencional de la decisi6n de acabar con aquellas dos ciu-
dades japonesas: poner fin a la guerra y salvar vidas estadouniden-
ses. El equivalente a esta preocupacién tras el 11 de septiembre re~
sultaba igual de convincente, aunque no por ello dejara de ser
paraddjico. Si en agosto de 1945, Ia meta declarada era la de salvar
vidas estadounidenses desatando las armas de destruccién masiva
‘més terribles que hubiera conocido el mundo, la de después de los
atentados de 2001 fue la de salvar vidas estadounidenses evitando
que terroristas sin Estado 0 con patrocinio de alguna nacién reco-
giesen el horrendo testigo de Hiroshima y Nagasaki.
Después de la rendicin de los japoneses, la de cudntas vidas de
ciudadanos de Estados Unidos se habfan salvado al lanzar las bombas
atémicas y precipitar asi la capitulacién sin tener que invadir las islas
centrales del pais se trocé en una cuestién muy discutida, Truman
asegura en un momento de sus memorias que se prevefa medio mi-
lon de victimas, y en otro habla de medio millin de muertes—estas,
las heridas de combate no mortales de
bajas por enfermedad fisica o la invalidez psicol6gica por neurosis
de guerra se combinaban 0 confundian con facilidad en las predic-
ciones efectuadas en tiempos de guerra y, més adn, en los anilisis de
posguerra—. Durante un debate piblico celebrado muchos afios
mis tarde en la Universidad de Columbia, asever6 como de cos-
tumbre, en tono desafiante, no haberse arrepentido de su decisién, y
iversa consideracién y las204 CCULTURAS Dk. GUERRA
ofrecié un calculo atin mayor de vidas salvadas. «No eran sino un
arma mas de las del arsenal de la rectitud moral», asegur6, para afia.
dir a continuacién que «salvé millones de vidas ... Fue una decisién,
puramente militar destinada a poner fin a la guerra.»”" Churchill,
haciendo balance, dio a entender en determinada ocasién que el mi.
mero de vidas aliadas salvadas por tal accién bélica fue de 1,2 millo~
ines —de los cuales uno correspondia a estadounidenses— y justifi-
6 el uso de las bombas con su proverbial elocuencia en el volumen
iltimo de su aclamada historia de la segunda guerra mundial: «E
poder evitar una carniceria colosal e indefinida, propiciar el final del
conflicto, llevar la paz al mundo, posar tna mano sanadora sobre
sus pueblos atormentados mediante una manifestaciin de poder
abrumador y a costa de unas cuantas explosiones nos pareci6, des-
pués de todos nuestros empefios y los peligros que habfamos cono-
cido, un milagro liberadory.7*
Otros de los que participaron en la dec
bombas hicieron hincapié, de igual modo, en la preocupacién por
el coste humano, cada vez mayor, de la campaia contra el Japén y el
ingente ntimero de bajas estadounidenses que presagiaba este hecho
respecto de cualquier invasién que pudiera proyectarse. Ningin di-
rigente militar ni civil responsable podia haber pensado de otro
modo. Tal como lo expresé en 1947 Stimson, antiguo secretario de
Guerra y hombre siempre reflexivo —aunque no siempre coheren-
te ni comunicativo—, en un articulo muy debatido publicado en
Harper's: «Tenia, por encima de todo, la intencién de concluir la
guerra con resultado de victoria y con el menor coste posible en vi-
das entre las fuerzas armadas que yo mismo habia ayudado a eri-
girs.” George Marshall, antiguo jefe de estado mayor del Bjército y
también dirigente militar admirado por su integridad ética, record6
asimismo la ferocidad de lu negativa a rendirse de que habjan dado
muestra los japoneses en Okinawa y la resistencia de la moral nipo-
nna aun tras la devastadora incursién aérea sobre Tokio y los ataques
incendiarios a distintas ciudades que la siguieron. «Nos parecié,
pues, necesario —sefialaba— empujarlos a actuar en la medida de
nuestras posibilidades» mediante el uso de las bombas atmicas, y
conclufa: «Tenfamos que poner fin a la guerra; teniamos que salvar
vidas estadounidenses».™*
n de hacer uso de las
¥
sissies
SLA BOMBA MAS TERRIBLE DE LA HISTORIA DBLMUNDO® 295
Nada de esto respondia a una racionalizaci6n posterior a los,
acontecimientos, ni reflejaba una interpretacién errénea del fanatis-
mo con que rechazaba el Japén la idea de rendirse. En realidad, los
dirigentes nipones albergaban la esperanza de que las batallas de~
fensivas suicidas que comenzaron con Saipan a mediados de 1944 y
se extendieron a Iwo Jima y Okinawa disuadieran a las potencias
aliadas de perseguir una victoria total y las llevaran a negociar al-
gin género de solucién intermedia para la paz, En esencia, los cau
dillos de Tokio seguian cautivados por el mismo pensamiento ilu-
sorio sobre la debilidad psicolégica y la irresolucién del enemigo
estadounidense que los habia empujado a atacar Pearl Harbor. A
principios de 1945, el emperador Hirohito hizo caso omiso del con-
sejo de acabar con la guerra y opts, en cambio, por apoyar a quienes
abogaban por una defensa enérgica de Okinawa con la esperanza de
«que tal proceder convenceria a Estados Unidos de que la nacién es-
taba resuelta a luchar hasta el final. (Esta idea de emprender una
batalla decisiva por tierra recuerda a la fe errénea que profesaban
{os walmirantes de acorazado» nipones ala posibilidad de desmora-
lizar y derrotar por entero al enemigo mediante una tinica batalla
naval decisiva.) Fl plan basico de la defensa final de la patria, cono-
cido con el nombre en clave de Ketsu-Go (literalmente, «operaci6n
decisivas) se aprobé y distribuyé entre los comandantes que ser-
vian en el campo de batalla a principios de abril. En él se hacia un
lamamiento a la resistencia suicida, que comenzaria con la empresa
de ataques kamikazes contra la flota invasora; proseguiria con una
intensa oposicién militar en las cabezas de playa, y se harfa extensi-
va, de ser necesario, al sacrificio activo de todos los stibditos adultos
leales al emperador, fueran hombres 0 mujeres. Era razonable pre-
decir que el caso de Okinawa se habrfa repetido un buen niimero de
veces en cualquier invasi6n que se hubiera proyectado, y los docu-
mentos internos del lado estadounidense confirman en qué grado
habia atraigado tal convencimiento en sus estrategas.””
Las previsiones relativas alas bajas constitufan, alo sumo, conje-
turas razonadas, y los planes de invasién de las islas niponas no solo
estaban sujetos a constantes revisiones, sino que, por lo comin, res-
pondian a un procedimiento muy compartimentado en el que p:
cipaba un nimero considerable de ramas y de unidades militares. Sin4s. ata escena de tes soldadosesalonnidenses muertos ena playa de Bama (Pa
ta. Ntevs Got) marcbun camo defintvo ene enfogue dl goer del Pas
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we pea dln cana ofl de acetals aspects poitvosy no moss
cs de spas menon © Heridos de gravedad a publcacin deena de
ar dccrafa sna mare lial deal cera ylcomienz deunoror
Fuera cual fuese el niimero de bajas, lo cierto es que debia evi-
tarse a toda costa. El 16 de junio, por ejemplo, la Comision Cientifi-
ca de alta categoria que asesord al Comité Provisional abraz6 de
inmediato el uso de las bombas nucleares por el siguiente motivo:
‘«ereconocemos que estamos obligados a servir a nuestra nacién em-
pleando las armas para ayudat a salvar vidas estadounidenses du-
rante la guerra con el Japén».** Durante una reunién decisiva cele-
brada en la Casa Blanca dos dias més tarde —el 18 de junio, tres
antes de que se anunciara Ja conclusién, al fin, de la batalla de Oki-
nawa—, el general Marshall expresé el convencimiento comin de
que la invasion iba a wentraftar mucha mas dificultad que la de Ale-
mania». Truman aprovech6 la ocasién para expresar su esperanza
de uque existiese la posibilidad de evitar que se repita lo de Okinawa de
tuna punta a otra del Japon." Un mes mas tarde, durante la prueba
Trinity, las primeras palabras que dirigié el general Farrell al gene-
ral Groves fueron:
—Se acabé la guerra.
A lo que el otro respondié:
—Sisen cuanto lancemos dos bombas sobre el Japén.
Cuando el coronel Paul Tibbets, piloto del Enola Gay —el B-29
cencargado de arrojar la bomba atémica de Hiroshima—, arengé a
su dotacién antes de despegar, habl6 del honor que suponia haber
sido elegidos para llevar a término aquella incursi6n y predijo que
iba aayudar a ahorrar al menos seis meses de hostilidades. «Nos dio.
Ja impresién —puede leerse en el diario de uno de sus subordina-
dos— de que de veras pensaba que aquella bomba iba a terminar
con la guerra. Y punto.»"*
Truman concluyé cierto informe sobre la Conferencia de Pots-
dam, transmitido por radio el 9 de agosto, refiriéndose a «la tragica
significaci6n de la bomba atémicay lanzada sobre Hiroshima y evi-
tando los pronésticos exagerados sobre matanzas que mas tarde do-
minarian las racionalizaciones que se elaborarian —que elaboraria
también él mismo— en la posguerra a fin de justficar su uso. Ase~
guré que se habia recurrido a ella «para hacer més breve la agontia
de la guerra y salvar asi las vidas de miles y miles de estadouniden-
r
Pmt ARATE INE ER 8
18 BOMBA WAS TERRIBLE DE LAISTORIA DEL MUNDO" 303
ses jOvenes». En un mensaje sobre energia atémica leido ante el
Congreso el 3 de octubre, también hablé de «la salvacién de una
cantidad indecible de miles de soldados estadounidenses y aliados
.e, de lo contrario, habrian muetto en combate»."”
‘Cuando habla de «miles de miles» y de «una cantidad indecible
de milesn, std empleando un sinénimo, retGrico, de demasiadas. AL
‘mismo tiempo, tales expresiones son indicativas de lo que se habian
alejado los estrategas civiles y militares estadounidenses de las consi-
deraciones morales que habfan preocupado a muchos de ellos apenas
unos afios antes, cuando estadistas como Franklin Roosevelt decla-
raban, antes del ataque a Pearl Harbor, cosas como: «El bombardeo
despiadado ... que se ha traduucido en la mutilacién y muerte de miles,
de hombres, mujeres ¥ nifios, ha repugnado en 'o mas hondo a toda
persona civilizada y conmovido profundamente la conciencia de a
humanidad»; y cuando, en los afios primeros de la posterior guerra
aérea, los estadounidenses que abogaban por los bombardeos de pre~
cisidn atin hablaban en serio del imperativo ético de evitar, en la me~
dida de lo posible, una cantidad indecible de miles de victimas entre
Jos ciudadanos no combatientes del enemigo.
‘Todo aquello formaba ya parte del pasados habia quedado susti-
tuido por un modelo diferente para los ¢jercicios futuros de guerra
psicolégica, tertor, confianza en el empleo extremo e indiscrimina-
do de la fuerza y desarrollo obsesivo de armas de un poder destrc-
tivo cada vez mayor.620 CULTURAS De GUERRA
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alguna. pal qoe el informe de Hoover, ab por sentado qo se sufican prices ene
Sn, conc que i mr saro es ue egos quem ncn de lines de pene,
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