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Algunos mitos de la autoridad lingüística de las academias
MORENO CABRERA, Juan Carlos, de la Universidad Autónoma de Madrid
NOTA
Este texto es una reescritura de la entrevista del mismo título con el Prof. Juan Carlos
MORENO CABRERA para el Curso MOOC de Corrección y estilo en español, II, de 2015. Ante
cualquier duda sobre alguna referencia de este texto, prevalece, como es obvio, la versión
oral original del entrevistado.
Cita de la entrevista correspondiente
MORENO CABRERA, Juan Carlos, «Algunos mitos de la autoridad lingüística de
las academias», en Alcoba, S. (2015), Corrección y estilo en español II;
http://bit.ly/correccionyestiloenespañol, curso MOOC de la Universidad Autónoma de
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Entrevista a Juan Carlos Moreno Cabrera
[PRESENTACIÓN]
Juan Carlos Moreno Cabrera es catedrático del Departamento de Lingüística, Lenguas
modernas, Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Madrid.
Es autor de numerosos libros entre los que figuran La dignidad e igualdad de las lenguas,
publicado en Alianza, en 2009, y El universo de las lenguas, publicado en Castalia.
Su último libro publicado es el Tratado didáctico y crítico de lingüística general, El Lenguaje
(vol. I) y El lenguaje y las lenguas (vol. II).
[ENTREVISTA]
S. ALCOBA: Profesor Moreno Cabrera, de entre sus numerosas publicaciones de lingüística
general solo voy a mencionar la última, su Tratado didáctico y crítico de lingüística general, en
dos volúmenes (El lenguaje, volumen primero, de 800 páginas, y Las lenguas, volumen
segundo, de en torno a 1000 páginas), publicado en edición digital por Euphonia Ediciones.
Y también tiene un texto extenso titulado La RAE y los mitos del nacionalismo lingüístico
español, donde analiza y argumenta lo que denomina «algunos mitos de la autoridad
lingüística de las academias». Pues bien, en el contexto de nuestro curso MOOC sobre
Corrección y estilo en español puede ser muy ilustrativo conocer algunas de sus autorizadas
opiniones expuestas en ese artículo, en ese largo artículo.
Pero, antes de entrar en materia, ¿podría delimitar y precisar un poco, como aclaraciones
previas, los conceptos de mito y de autoridad lingüística de las academias, que utiliza en ese
trabajo?
J. C. MORENO: En mi artículo “La RAE y los mitos del nacionalismo lingüístico español” analizo
algunos de los mitos sobre la autoridad de las academias respecto de la lengua que están
enraizados en una serie de creencias populares sobre cómo son y cómo deberían ser las
lenguas. Un mito se puede definir como un conjunto de creencias más o menos racionales,
también fantasiosas, incluso hasta a veces literarias, que tratan sobre grandes cuestiones: el
origen de la vida, el origen del ser humano o el origen de las lenguas, entre otros muchos
aspectos de la existencia de los seres humanos y de su entorno.
Y precisamente sobre el origen y, sobre todo, sobre la diversidad de las lenguas existen
muchos mitos. Podemos empezar mencionando el capítulo 11 del Génesis, donde se relata el
episodio de la Torre de Babel, la construcción fallida de la Torre de Babel, que provoca la
creación de la diversidad lingüística. La idea de que la diversidad es mala, de que es algo
negativo para el ser humano está muy extendida porque es frecuente pensar que la
Humanidad se comprendería mejor si utilizara una única lengua.
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Y aquí aparece el otro mito, el mito de la «lengua universal». Ya en el propio episodio del
Génesis al que me he referido se habla de que antes de Babel la Humanidad tenía solamente
una lengua y podía entenderse sin dificultad. Y este mito de la universalidad de la lengua
aparece también proyectado hacia el futuro, y ahora se habla de lenguas globales y de lenguas
mundiales tales como el inglés o el propio español.
Todos estos son mitos que se basan en el miedo a la diversidad y en el anhelo por superarla o
atenuarla. Mi punto de vista, sin embargo, es completamente distinto. Para mí la diversidad es
lo que nos caracteriza como seres humanos; por ello, ese temor a la diversidad en general y a
la lingüística en particular me parece muy perjudicial, porque supone una negación o no
aceptación de una característica esencial de nuestra especie.
S. ALCOBA: Entrando en lo concreto, en algunas de sus hipótesis, en algunos de los grandes
conceptos que desarrolla y pormenoriza en ese trabajo suyo sobre la autoridad y el prestigio
popular de las academias, parece que está arraigado el mito, dice usted, de la lengua perfecta
y del carácter universal de esa lengua, de la lengua perfecta.
¿Hasta qué punto se puede sostener esa consideración?
J. C. MORENO: A mi modo de ver, uno de los mitos sobre los idiomas que más arraigado está
en nuestra sociedad es que la lengua vulgar, y por lengua vulgar entiendo la ‘lengua de la
gente’, la ‘lengua del vulgo’, de la que disertaba Dante en su obra inacabada De Vulgari
eloquentia, que el excelso poeta escribió a principios del siglo XIV.
La idea que, en mi opinión, es falsa es que la lengua vulgar, la lengua de la gente (y vulgar no
tiene aquí una connotación negativa ni peyorativa; es simplemente la lengua de la gente
corriente), está llena de imperfecciones porque el vulgo es ignorante, porque no tiene
capacidad de desarrollar lingüísticamente de manera profunda ese instrumento. Por tanto, se
considera que la lengua del pueblo llano está degradada, está llena de errores, es una lengua
errática, caprichosa. Además, se supone que el vulgo habla de manera no constante, sino
variable, y de ahí surge precisamente la diversidad dialectal, la diversidad lingüística que puede
estar ocasionada, según este punto de vista, por la incapacidad de la gente para atenerse a
reglas constantes y homogéneas.
Esto es una falsedad manifiesta, porque, según las averiguaciones de la lingüística moderna, la
lengua que habla la gente se atiene a unas reglas precisas automatizadas de las que los
hablantes no son conscientes. Es lo que llamo «lengua natural vulgar», que es lo que
denominaba Dante la «lengua vulgar»: la lengua que se aprende, decía él, sin ningún tipo de
enseñanza, sino de modo espontáneo. Cuando una persona habla español a lo mejor no sabe,
ni tiene por qué saber lo que es un adjetivo, ni cuántos modos tiene el español, ni qué es una
subordinada adverbial, ni nada de esto. No tiene ninguna noción gramatical explicita y
consciente, pero habla de manera muy precisa y muy concreta, y siguiendo unas reglas muy
estrictas. La demostración de esto es que cuando un extranjero intenta hablar como habla el
vulgo nativo, enseguida se le nota en la pronunciación, en la sintaxis, porque no es capaz de
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seguir esas reglas tan precisas y tan estrictas que tiene la gente corriente; no le vale hablar de
cualquier manera si desea acercarse al habla nativa.
La idea mítica es que, como se supone que el pueblo habla mal, habrá que perfeccionar esa
lengua vulgar, dado que es incorrecta, defectiva e inadecuada para expresar grandes cosas.
Por consiguiente, se mantiene que hay que reformarla, hay que perfeccionarla para conseguir
una lengua de mayor calidad, más perfecta.
De manera que esta lengua perfeccionada además tendría, según este mito, una característica
adicional y es que sería universal, mientras que la lengua vulgar tiende a la dispersión, a la
diferenciación, y por tanto a lo regional o local. Sin embargo, la lengua vulgar perfeccionada
sería mucho menos local y mucho más universal.
S. ALCOBA: Muy bien, muy bien. Y entrando en un aspecto más concreto de esa referencia
general de su trabajo:
¿Cómo considera la función que algunos consideran como principal de las academias: que han
de ser las encargadas de establecer las reglas gramaticales del español correcto y actuar como
jueces, como, diríamos, sancionadores ante el buen decir, o del uso correcto o adecuado, y
tachando los usos o los decires inapropiados o inconvenientes?
J. C. MORENO: Bueno, por un lado hemos de partir de la primera idea que yo quiero
establecer aquí y que ya he mencionado antes, de que las lenguas vulgares se atienen a unas
reglas específicas aunque no sean conscientes de ellas quienes las usan.
Por otro lado, la lengua vulgar, la lengua del pueblo se puede someter a muchos procesos de
elaboración con diversos fines, que pueden ser rituales, religiosos, sociales, culturales o
científicos entre otros muchos.
En consecuencia, se pueden hacer intervenciones sobre esas lenguas naturales; intervenciones
que cambian algunos ámbitos del léxico, sobre todo, algunos aspectos de la gramática y
algunos aspectos de la pronunciación. Lo que se intenta, entre otras cosas, es eliminar o limitar
severamente la variación, que es absolutamente esencial para el desarrollo de una lengua
natural. La variedad, la variación, la variabilidad es lo que ha dado origen al cambio lingüístico
y es lo que permite que las lenguas se vayan perpetuando en el tiempo y adaptándose a las
circunstancias.
Como acabo de decir, se puede intervenir de muy diversas maneras para modificar por
elaboración una lengua natural. A resultas de esas intervenciones lo que se obtiene es un tipo
de lengua distinto que yo llamo «lengua cultivada» y a la que se refiere Dante precisamente
como «vulgar ilustre».
Una lengua elaborada como lengua normativa, por ejemplo, es caracterizada a partir de unas
reglas explícitamente establecidas que hay que aprender, que hay que estudiar a propósito y
que hay que seguir de modo consciente e intencionado, no de modo automatizado y sin
ningún tipo de consciencia, que es lo que ocurre con las reglas de las lenguas naturales.
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En su De vulgari eloquentia Dante dice de esta segunda lengua, de esta lengua elaborada con
unas reglas explícitamente formuladas y asimiladas mediante estudio consciente, que no todo
el mundo llega a dominarla, dado que para conseguirlo realmente se necesita mucho tiempo,
mucho esfuerzo, y a la postre nunca llegamos a ponerla en práctica de manera perfecta, tan
fiel como hacemos con la lengua vulgar.
Hay una cosa respecto de esto que hay que decir, y es que esta lengua cultivada, que es una
elaboración cultural con diversos propósitos de la lengua natural, es una especie de parásito
de la lengua vulgar que cambia algunos aspectos de ella pero que no la puede sustituir porque
los demás elementos que quedan sin cambiar no están especificados en las reglas, y respecto
de ellos se sigue recurriendo a la lengua vulgar cotidiana.
De manera que la lengua cultivada, la lengua culta, la lengua que se atiene a unas normas
establecidas no puede abarcar todas las posibilidades de la lengua vulgar, sino solo algunas, y
además elimina parte de la variación esencial para el desarrollo de una lengua; la fija, de una
manera u otra, de forma que lo que se obtiene es lo que llamo yo una «lengua parasitaria»,
parásita respecto de la lengua vulgar. Es una lengua que, cuando se intenta poner en práctica
de manera espontánea, se va a acabar naturalizando porque las reglas que dirigen, que
establecen la actividad lingüística natural son absolutamente inevitables y son las mismas
reglas que provocan la variación y el cambio lingüístico.
S. ALCOBA: Perfecto. Hemos visto un concepto de distinción entre lengua «de arte» o «lengua
de creación» y «lengua ordinaria», lengua «vulgar» en el sentido de ‘popular’, popular o ‘de los
hablantes en general’.
Vamos a ver otro concepto de ‘sanción’ en el sentido del papel normativo de las academias
cuando se afirma que solo sancionan los usos generalizados. Parece contradecir la hipótesis
anterior: por un lado sanciona si esto es correcto o incorrecto; pero por otro lado supone que,
al final, la lengua está, como usted acaba de apuntar, en el pueblo, en los hablantes en
general, y la academia, o las academias, lo que hacen es sancionar… esos usos más extendidos,
más generalizados, más populares, más… coloquiales o, perdón, más generalizados, y
extendidos.
J. C. MORENO: Es parte de lo que acabo de explicar antes; es que la intervención sobre la
lengua natural, que es la lengua sobre la que se basa la culta, la lengua cultivada, la lengua
normativa, a lo que da lugar no es a una elaboración o reestructuración total de la lengua
vulgar, sino solo de algunos aspectos parciales y a veces superficiales. Por eso he mencionado
antes el carácter parasitario de las lenguas elaboradas culturalmente a partir de los idiomas
naturales. Entonces, claro, el problema está en que en todos aquellos aspectos para los que no
hay normas establecidas, que son la mayor parte de los aspectos de la lengua, porque las
normas son pocas y afectan solo a unos pocos aspectos, hay que recurrir constantemente a la
lengua natural de partida sobre la que se realiza esa elaboración. De manera que las
academias no tienen más remedio que acudir continuamente a la lengua vulgar, cotidiana, a
sus normas ya establecidas y generalizadas entre la gente, y solamente insistir en aquellas
reglas en las que difiere la lengua culta de la lengua vulgar en que se basa y que se utilizan
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para tildar de incorrectas expresiones de esa lengua vulgar que son perfectamente regulares,
sistemáticas y determinadas por reglas gramaticales precisas.
Por poner un ejemplo: cuando alguien dice habían muchos, este agua o es por eso que vino, y
expresiones similares no está hablando incorrectamente, por más que estas formas de hablar
pretendan ser desterradas de la lengua normativa y, por tanto, calificadas de incorrectas o
defectivas. No; vamos a ver. Estas expresiones devaluadas por las instituciones normativas se
atienen a reglas gramaticales de la lengua vulgar, y por tanto no son expresiones arbitrarias ni
formas de hablar que obedezcan simplemente a la ignorancia o al descuido, como se dice a
veces; por ejemplo, en el diccionario panhispánico de dudas. Se afirma allí que proferir este
agua se debe a una especie de virus que se está extendiendo y que se dice que se origina en el
descuido y en la ignorancia de los hablantes. Hay que insistir en que esta actitud no es
lingüísticamente plausible: este agua obedece a unos principios de analogía que están
absolutamente generalizados en la evolución de las lenguas, y la gente se atiene a ellos de
modo inconsciente, ya que está siguiendo inexorablemente los principios de la evolución y
variación de las lenguas, y no los caprichos y la arbitrariedad causados por la ignorancia.
En la gramática normativa se elige una de las diversas posibilidades existentes en la lengua
vulgar, ya que hay personas que dicen esta agua y otras que dicen este agua. Ambas se
atienen a reglas gramaticales precisas que se pueden formular y estudiar científicamente. Al
actuar así, lo que estamos haciendo es cercenando, limitando uno de los elementos
fundamentales de todas las lenguas naturales, que es la variación.
Elegimos un elemento y proscribimos otros. Pero, claro, el problema está en que si hacemos
esto de manera continuada y sistemática se puede producir que la norma se vaya alejando
paulatinamente y cada vez más del habla vulgar; se crea una distancia tan grande que llega un
momento en el que, evidentemente, la norma se convierte en una lengua muerta, en una
lengua que no usa prácticamente nadie. Por consiguiente, para que no se produzca esa
separación, las academias no tienen más remedio que doblegarse y ceder ante su amo; y su
amo es la lengua del pueblo.
S. ALCOBA: Sí, de ahí puede ser que, quizás, se explique ese resurgir, ese renacimiento del
interés por la lengua de los Casiodoro, Agustín, etc., todo esto que en un tiempo se consideró
la famosa edad del «latín de plata» o latín en decadencia, etc., y que de pronto algunos
autores consideran como, pues tan edad de oro, y tan magnífica como pueden ser la edad de
Cicerón o Tito Livio, p. ej., ¿no? En ese sentido, a lo mejor, eso ilustra su hipótesis...
J. C. MORENO: Sí, totalmente, porque el propio Dante fue el que, además de presentar los
conceptos de «lengua vulgar» y de «gramática», que es como dice Dante que llamaban los
romanos a lo que yo denomino «lengua cultivada», introduce un tercer concepto que es
fundamental: se trata del «vulgar ilustre». Dante se atrevió a afirmar que las lenguas vulgares
procedentes del latín como la suya propia, podían valer para determinados usos que se
consideraban privativos del latín porque eran excesivamente excelsos como para que una
lengua vulgar de gente ignorante pudiera acceder a ellos. Evidentemente, ese concepto de
«vulgar ilustre» es justamente la idea de la elaboración del vulgar para alguna determinada
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función, y lo revolucionario de Dante es que, contrariamente a lo que se suponía en su época,
él pensaba que esas lenguas vulgares sí podían elaborarse de tal manera que pudieran ser
utilizadas para temas literarios o científicos, sí podían sistematizarse, elaborarse,
normativizarse, homogeneizarse, generalizarse o universalizarse para expresar los más altos
sentimientos u opiniones. Esta es una de las revoluciones de Dante.
S. ALCOBA: Los sentimientos más excelsos. Bien, yo creo que esto nos está conduciendo a otro
aspecto, que usted desarrolla, que es el aspecto del mito del concepto de la imperfección y la
idea de generación de la lengua vulgar que, según algunos, justifica la autoridad correctiva y
preceptiva de las academias.
¿Cómo se justificaría eso, y qué relación tendría ese concepto que usted desarrolla?
J. C. MORENO: De acuerdo con lo que acabo de explicar, la lengua cultivada, la lengua culta, la
lengua normativa, la lengua literaria se elabora a partir de la lengua vulgar.
Además esa elaboración es, como he dicho antes, parcial, modifica solo algunos aspectos
gramaticales y elimina la mayor parte de la variación. Dante pensaba que las lenguas vulgares
podían ser modificadas con el fin de hacerlas aptas para determinados usos cultivados.
Evidentemente se puede decir sin reparo alguno que una lengua culta es una elaboración
cultural, y por lo tanto valiosa, de la lengua vulgar, pero de aquí no se puede deducir, porque
es absurdo, que la lengua vulgar es una degeneración, una desviación de esa lengua elaborada.
Es igual que si decimos que la piedra es una degeneración de la escultura basada en ella.
Las piedras no son degeneraciones de las esculturas; lo que hay que decir es que la escultura
es una elaboración cultural de la piedra. Pero sin la piedra no hay escultura, igual que sin
lengua vulgar no hay lengua culta. Por tanto, creo que es correcto decir que la lengua culta es
una elaboración cultural, por supuesto, muy interesante, muy rica, muy digna de ser
estudiada, de ser utilizada. La relación entre una y otra es de elaboración cultural y por tanto el
resultado obtenido, la lengua cultivada, tiene un valor cultural importante e indudable.
Ahora bien, si enfocamos la cuestión desde la lengua cultivada hacia la lengua vulgar en la que
aquella se basa, no podemos en modo alguno afirmar que la lengua vulgar es una
degeneración, deformación o realización defectiva de la lengua cultivada sustentada en ella
igual que no podemos decir que una piedra es una escultura degenerada o defectiva. La piedra
precede a la escultura, es su base material pero en modo alguno se puede concebir como una
especie de deformación de la escultura que se realiza con ella.
Cuando la gente dice cantao (una de las formas vulgares posibles) no se puede afirmar que ha
emitido una especie de degeneración o realización defectiva de cantado (la forma ortográfica
“esculpida” sobre las formas vulgares) que es la expresión elegida por la gramática y la
ortografía normativas. Esa forma considerada vulgar no es una expresión basada en la
ignorancia y en el descuido sino en la actuación de unas estrictas reglas fonéticas (cuyo efecto
se elimina artificialmente en la forma ortográfica) que regulan la variación y el cambio de las
lenguas naturales y que las transforman, como ocurrió en el caso del latín vulgar, que
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experimentando ese tipo de reglas fonéticas, fue transformándose en diversas lenguas
romances, como el español.
S. ALCOBA: Muy bien. Yo creo que estamos, casi casi, cerrando el círculo de…, como la
pescadilla, que se muerde la cola. Porque ahora precisamente le iba a preguntar por otro
concepto, que usted desarrolla, que es el de la influencia que ejerce el mito de la lengua
universal en las novísimas concepciones del panhispanismo de las academias, que desde
hace…, unas tres décadas más o menos, o cuatro, está alimentando una gran industria de la
lengua hispana, ¿no?
J. C. MORENO: Aquí vemos otro mito que es el de la fijación y universalización de la lengua.
Tenemos una lengua cultivada, una lengua culta, que normalmente suele ser escrita; como
sabemos, la lengua escrita tiene muchísima menos variación que la lengua hablada. Y de aquí
surge la impresión de que la lengua natural se ha fijado, se ha universalizado. En efecto, la
lengua escrita es muchísimo más homogénea, muchísimo menos variable, muchísimo más
universal, vamos a decirlo así, que la lengua natural hablada. Pero la lengua escrita, como toda
lengua cultivada, es una lengua artificial, no es una lengua natural, y por tanto no se atiene a
los mismos parámetros que he mencionado anteriormente.
Hay que decir que en realidad no existen las lenguas universales. Yo ya sé que esto podría
resultar polémico. No: el inglés no es una lengua global, ni el español es una lengua
panhispánica, ni nada de esto; entre otras razones porque el español y el inglés no existen. No
existe ninguna lengua homogénea. Lo que existen son muchísimas variedades, tanto de inglés
como de español. Cada una de ellas perfectamente locales. Es decir, el español de México no
es el español universal, ni el español de España, ni el español de Argentina: ninguno de estos
españoles es el panhispánico, el universal.
Todas las lenguas del mundo son locales. El inglés es una lengua local porque el inglés escrito
puede ser universal, pero la gente, por definición no habla inglés escrito ni tampoco habla
español escrito porque las lenguas escritas no se pueden hablar, a diferencia de lo que nos
dicen. Un australiano y un inglés, un argentino y un colombiano escriben igual, pero en modo
alguno hablan igual.
Cuando se intenta hablar una lengua estándar escrita… ¿qué ocurre? Inevitablemente se
naturaliza, y al naturalizarse se introduce variación, se introduce todo tipo diferencias respecto
de esa lengua normativa. Y, por tanto, se practican o se realizan de acuerdo con los acentos
locales, con el vocabulario local, etcétera.
Por tanto, esto de que existen lenguas universales y lenguas particulares, desde mi punto de
vista es una cuestión puramente ideológica que intenta justificar un determinado tipo de
imperialismo que consiste en decir: «aprendan todos inglés porque así se podrán comunicar
con todo el mundo».
Esto es falso, esto no es verdad. No todo el mundo en el planeta habla inglés ni tiene por qué
hablarlo. Pero el inglés, el español y otras grandes lenguas, como el francés no son lenguas
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universales, son lenguas locales, porque el español no tiene 400 millones de hablantes. No
existe ninguna lengua homogénea que tenga tantísimos hablantes. Los tiene si vamos
sumando los hablantes de México, de la Argentina, de los diversos países americanos, de
España, de Estados Unidos... Pero lo que obtenemos al sumar las maneras de hablar de todas
esas personas es un conjunto de variedades. Pero en ningún caso una lengua homogénea
invariable.
S. ALCOBA: No, no, pero se iba a apuntar ese concepto indirectamente... Con el nombre de la
lengua, del español, no, no me resisto…, a apuntarle el hecho de cómo con el nombre estamos
designando como español una lengua que nadie habla porque todo el mundo habla o
castellano, o mexicano…, español de México, o español de Andalucía, o español de Canarias, o
español de Argentina, o español de Chile, o español de Venezuela... Pero español español,
evidentemente, nadie lo habla…
J. C. MORENO: Claro. Así es.
S. ALCOBA: En este sentido, el nombre de nuestra lengua es una especie de…, ‘comodín’, me
da la impresión, ¿no?, en el sentido de que se refiere a todas las variedades de habla y a
ninguna en particular. Y no tiene por qué provocar ‘celos’ en nadie, porque, cuando uno dice
que habla español, quiere decir que no se refiere a su variedad de habla: ni castellano, ni
mexicano, ni argentino, etc. Es el nombre que le sirve muy bien a los extranjeros, a los no
nativos, porque los nativos o hablan español de Argentina, o hablan español de México, o
hablan español de Castilla, o castellano, ¿no? ¿Qué nos puede decir?
J. C. MORENO: El nombre que se da a las lenguas es en general una cuestión cultural,
ideológica y política. No es, por tanto, una cuestión estrictamente lingüística. Si en
determinadas comunidades se hablan diversas variedades que están relacionadas
históricamente, como ocurre con el español, se puede concebir que eso que hablan constituye
una lengua ideológica o culturalmente reconocida como tal.
Pero yo querría resaltar en una cosa: se insiste muchas veces en los rasgos comunes o
compartidos a la hora de dar nombre a una lengua. El español se define a veces por todo lo
que tienen en común todas las variedades. Pero si ponemos el acento en esto, lo que
obtenemos de eso que tienen en común todas las variedades del español, es una lengua muy
limitada, esquemática, empobrecida, una lengua inservible, una especie de espantajo.
¿Dónde está la fortaleza de una lengua como el español, que está tan extendida? Si hacemos
énfasis en lo que es igual, lo que estamos haciendo es reducir la lengua convirtiéndola en un
idioma en miniatura o simplemente esbozado con un vocabulario reducido, con multitud de
huecos morfológicos y sintácticos, con infinidad de recovecos vacíos, y que es absolutamente
inútil para la comunicación efectiva. Entonces lo interesante de una lengua grande es
justamente la variedad, porque es, podríamos decir, como variaciones sobre un mismo tema.
Si siempre tocamos el mismo tema una y otra vez acabaremos aburriéndonos. Lo interesante
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son las variaciones. Y precisamente ahí está la grandeza de una lengua, en la variación. Y
justamente, la lengua normativa, la lengua estándar intenta eliminar esa variación. Pero no lo
conseguirá nunca; la variación acabará triunfando. Por eso hablamos lenguas romances y no
hablamos latín.
S. ALCOBA: Muy bien, muy bien. De acuerdo. Entonces, para concluir, profesor Moreno
Cabrera, con mi agradecimiento y el de los seguidores de este curso, me gustaría permitirle
que, a pesar de su extensa defensa de algunos conceptos esenciales, si le parece, todavía
pueda insistir en algo o destacar algún aspecto en particular, que considere de mayor
relevancia.
J. C. MORENO: Bueno, ya que me brinda esta oportunidad, quisiera hacer referencia al libro al
que me refería al principio de mi presentación. Se trata de un manual de lingüística general
titulado Del lenguaje a las lenguas. Tratado didáctico y crítico de lingüística general. Y quiero
manifestar que lo que he intentado hacer con este libro es algo que yo siempre he deseado, y
es lo siguiente: poner al día lo que yo considero que es el libro más revolucionario que se ha
escrito en la historia de la lingüística, que es el De vulgari elocuentia de Dante, mencionado al
principio.
Intento seguir los pasos de Dante, sus revolucionarias distinciones, entre lengua vulgar,
gramática y vulgar ilustre, mediante los conceptos de lengua natural y lengua cultivada.
Y lo más interesante es que yo considero que esta obra de Dante sigue siendo revolucionaria
hoy en día. Lo que he intentado en este libro es modernizar, poner de acuerdo todas esas
ideas de Dante con los avances de la lingüística contemporánea y darle así una nueva vida a
esa obra de Dante. De hecho, en la portada de mi libro en la versión digital, el editor, con muy
buen criterio, utiliza en la portada un retrato de Dante.
S. ALCOBA: Ya. Insisto, muchas gracias por su intervención. Pero desde luego, la metáfora de la
piedra y la escultura merece ser destacada, y recordarla, porque es francamente reveladora y
absolutamente definitoria de los conceptos que usted ha desarrollado aquí, extensamente, y
con detalle. Porque yo creo que, si algo lo resume, es esa genial metáfora que ha podido usted
apuntar, así, colateralmente. Porque yo creo que es especialmente significativa y definitoria de
todo lo que nos ha dicho. Muchas gracias, profesor Moreno Cabrera.
J. C. MORENO: Muchas gracias.