La necesidad del exceso
por PATRICK CALIFIA
(escrito el 1 de octubre de 1998, publicado en POZ)
Más y más que nunca, mientras resistimos otra ronda más de controversias en torno al
sexo inseguro, la promiscuidad y los saunas, la monogamia y el matrimonio, me
encuentro a mí mismo reflexionando sobre el final de los 70s y comienzos de los 80s.
En aquella época, era una lesbiana con tendencias separatistas en San Francisco, y
todavía un dilema: a pesar de que había terminado la escuela y me ganaba la vida, mi
verdadera obsesión era ser capaz de tener el tipo de sexo que quería. Salí a cazar en
las periferias del territorio de los Leathermen porque ellos habían construido toda una
cultura en torno a mi obsesión. El extremismo crudo de la iconografía gay S/M
reflejaba mis propias fantasías. El ethos de asumir los riesgos eróticos me ayudó a
escapar del condicionamiento femenino que veía cada oportunidad sexual como una
amenaza. La practicidad pulcra de los pañuelos para la guasca y el cuidado de no
desperdiciar las botellas de popper era encantador. Aprendí que la calentura tiene todo
y nada que ver con el amor, y que el amor tiene un millón de caras igualmente
fascinantes.
De regreso a aquel entonces, fui una privilegiada por poder pasar el tiempo con Steve
McEachern, que dirigía el Catacombs, un club de fist-fucking en el sótano de su casa
victoriana cada sábado a la noche. Esta conexión se realizó por medio de una mujer
bisexual que fue amante mía, Cynthia Slater. Los Leathermen gays se congraciaron
con Cynthia y la incluyeron en sus juegos porque reconocían a sus apetitos como
afines a los suyos. Su prodigiosa capacidad para emborracharse y drogarse, su
masoquismo rampante, su estilo sucio de labia, toppinera de boca de alcantarilla y su
exhibicionismo desvergonzado fueron tan legendarios como sus manos pequeñas. La
escena hétero S/M apenas existía, y ciertamente no era un campo de juegos lo
suficientemente grande como para las habilidades dramáticas de Slater. Para algunos
Leathermen de aquella era, el hecho de que algunas mujeres compartiesen sus
predilecciones era simplemente afirmación. El consenso era que si vos probabas una
nueva droga o un nuevo kink y no te gustaba, volvieras a probarlo de nuevo bajo
circunstancias ligeramente diferentes. Aún con el estímulo orgiástico, existía un fuerte
sentido de balance: podías ser un* proscript* sexual tan grande como quisieras el
sábado a la noche, pero el poder cocinar una comida fabulosa el domingo era
igualmente importante.
Y por eso es que estoy tan perplejo por aquel guionista demagógico que insta a los
hombres gays a ser más como las lesbianas. Quizás la experiencia de esta persona
no implique a las lesbianas que envidian y emulan la calidad descarada, el a-todo-o-
nada de la libido gay masculina. El triste hecho es que si todos los hombres gays se
asentaran en parejas como animales subiendo al arca de Noé, un mundo de
posibilidades desaparecería. Una cultura que abraza la no-monogamia, el sexo público
casual, el arte erótico, los juguetes sexuales, el vestuario y una actitud teatral hacia el
placer, es un tesoro nacional, no un anacronismo vergonzante.
Hace veinte años atrás, ¿quién habría predecido que cualquier activista gay
reconocido estaría predicando los mismos valores que Anita Bryant? Ésos fueron
tiempos locos, tan maravillosos como terribles. Los hombres gays habían decidido que
nunca más volverían a ser reprimidos; estaban tan hartos de ser discriminados,
golpeados, ridiculizados, patologizados, asesinados, arrestados, aislados y repudiados
que se sublevaron como fuegos artificiales. Ése fue un período frenético de
creatividad, calentura, intoxicación, activismo y hermandad. Tristemente, había una
fuerte oposición a esta lucha por la liberación, y much*s de nosotr*s hambread*s de
libertad, no podíamos permitirnos comer y beber en la mesa de la auto-aceptación. Por
eso mismo también fue una época de violencia, enfermedad y suicidio en todos sus
aspectos urbanos.
El SIDA erradicó la vibración y belleza de aquella década, tomando a Cynthia, a Steve
y al Catacombs, y dejándonos a l*s sobrevivientes avergonzad*s del lugar de donde
vinimos. ¿Cómo no podíamos interpretar algo tan devastador como el castigo que nos
merecíamos? Es más fácil creer que existe una razón por la que hemos muerto en
números tan grandes, aún si refuerza nuestro desprecio hacia nosotr*s mism*s, más
que comprender que hemos sido sesgados por una fuerza de la naturaleza que no
tiene intención ni propósito.
Y entonces ahora hay activistas gays que dicen que necesitamos cerrar los saunas,
terminar con las fiestas y dedicar nuestros esfuerzos a ganar el derecho legal al
matrimonio gay. Exigen el matrimonio como una medida de madurez, monogamia,
membresía en la normalidad y, finalmente, como un escape de lo epidémico; y tienen
poca fe en los condones, el sexo seguro o la vacuna. Esta estrategia ha sido alentada
por recientes reportes que dicen que las estadísticas de ETS están creciendo
nuevamente, aparentemente como resultado de un retorno a gran escala de sexo
inseguro por parte de aquell*s que creyeron falsamente que el SIDA no era más una
enfermedad terminal.
Las parejas del mismo sexo deberían poder casarse, absolutamente. Y para aquell*s
que la escogen, la monogamia es un modo de vincularidad válida para proponer. Pero
los hombres gays que abogan por el matrimonio y la monogamia como nuestra única
fuente de salvación del azote del SIDA, no han hecho sus deberes. Actúan como si el
SIDA fuese la única enfermedad fatal transmitida sexualmente que alguna vez haya
existido. ¿Pero qué hay con la sífilis? Esta enfermedad devastó a Europa y América
solamente hace un siglo.
Tomen nota: la sífilis trazó una brecha profunda entre la población heterosexual. El
acceso efectivo al matrimonio legal no fue ninguna una barrera para la espiroqueta.
Ningún intento de controlar la enfermedad con el rigor del auto-control fue más
vigoroso que el de l*s victorian*s. En Inglaterra, la Ley de Enfermedades Contagiosas
le permitía a la policía detener por un período de tiempo indefinido a cualquier mujer
sospechosa de estar infectada. En América, los departamentos policiales trataron de
eliminar la prostitución reprimiendo los ‘distritos de luz roja’. Aún después de que se
hiciera disponible una forma primitiva para el tratamiento de la sífilis y que los
condones de látex fuesen inventados para prevenir la transmisión, la epidemia
continuó porque las organizaciones religiosas se organizaron para evitar que hubiera
educación pública sobre prevención y tratamiento. ¿Por qué? Para proteger el sagrado
estatuto del matrimonio. La sífilis era considerada el castigo justo hacia l*s
degenerados; el hecho de que ellos también pudieran infectar a sus esposas inocentes
era ignorado. Cuando la penicilina fue descubierta, esto llevó en primera instancia a
una batalla feroz para que los departamentos de salud estuviesen autorizados para
testear y tratar las enfermedades venéreas. L*s moralistas temían que sin la amenaza
de la enfermedad, la esterilidad y la muerte, las personas se volverían licenciosas.
El pánico moral no previene la enfermedad. En cambio, obtura la educación de salud
pública y descarrila el financiamiento para las curas médicas. La sífilis fue derrotada
por la penicilina, no por el amor romántico, las campañas anti-prostitución o el temor
por la locura y la muerte. Y el SIDA está matando a millones más porque continuamos
permitiendo que aquello que deberían ser estándares morales privados dicten políticas
públicas.
La epidemia no terminará hasta que encontremos una vacuna que prevenga la
infección y un tratamiento que elimine el virus del cuerpo de la persona infectada.
Hasta ese entonces, nuestra mejor apuesta es saturar cada población en peligro con
educación preventiva explícita, sexy y divertida, y abogar por terminar con las
restricciones hacia los programas de intercambio de agujas. Cuando exista una
vacuna o tratamiento efectivo o, le pido a la Diosa, ambos, algun*s retornarán al
comportamiento pre-SIDA. Y así es como debiera ser. Porque, en primer lugar, no hay
nada malo con ese comportamiento. De hecho, el exceso sexual tiene un valor
intrínseco y un significado espiritual que lo convierte en una parte vital de la
experiencia humana.
Todos los pelos de mi cuerpo se erizan en asombro: la ilusión de sostener el corazón
palpitante de la otra persona en la palma de mi propia mano. La primera vez estaba
muy drogada y seguía las instrucciones directas de un puto pervertidísimo que pensó
que sería gracioso ver mi rostro apenas mi mano entera se colase dentro de él. Tantos
pensamientos contradictorios me inundaron que apenas podía mantener mi
anteabrazo moviéndose dentro de la cortina caliente de Crisco y las membranas
internas. Sé que sin el MDA, la marihuana, el ácido y los poppers que había ingerido,
esto nunca hubiese sucedido. Pero también sé que había algo sagrado en torno a
nuestra profunda intimidad que era más elevado que cualquier altura a la que un
químico pudiese remontarme, quizás tan elevado como el Cielo mismo.
El hombre que me estaba cogiendo no era una linda persona, ni tenía ningún afecto
particular por mí; después de que terminamos, él se buscaría a alguien con un puño
más grande y un brazo más grueso, o simplemente se dispondría a alinear una serie
de dildos (desde tamaño grande hasta gargántuelico) y se sentaría en ellos hasta el
amanecer. Así y todo, sentí un amor tan grande por su cuerpo, que se había abierto,
me había aceptado y me había bendecido; y de su cuerpo, me llegaron ondas de
gratitud por el placer. Fui absolutamente consciente de la vulnerabilidad de este
hombre cuyas piernas estaban aprisionadas y dobladas, sus pies moviéndose sobre
sus orejas, pero también sucumbí frente al poder de su guarrería, esclavizada por la
fuerza agresiva de su agujero lascivo. Ahí estábamos, un hombre y una mujer,
encerrado en un congreso sexual – pero nada podría haber sido más queer.
El cuerpo es como la X de ‘vos estás aquí’ en el mapa de un centro comercial. Es el
lugar donde tenemos que comenzar. A pesar de nuestra mortalidad, la carne es la
única ruta que podemos adoptar para alcanzar la eternidad. El deseo del toque de otr*
es nuestra primera protesta contra la soledad existencial que persigue a la conciencia
humana. Buscamos otra persona que nos provea de reafirmación, distracción, con la
mueca doliente de la gratificación erótica. Por unos pocos segundos, quizás, sentimos
lo que podría llegar a ser darle la bienvenida a otr*, para luego retornar a un estado de
añoranza y vacío. Y repetimos el mismo ciclo, una y tra vez, hasta que quizás
comencemos también a mirar una comunión más sublime con nuestr* Creador*, que
tiene el poder de convertir nuestras preguntas más dolorosos en paz y recibir nuestra
rabia y miedo con amor inquebrantable.
El deseo se volvió una parte de nuestra naturaleza no sólo para acercarnos a algún*
otr* sino para instarnos a nuestro último recurso y descanso. Cuando amparamos los
deseos de otr*, aún aquellos que son extraños o degradantes, obtenemos una suerte
de pequeña gracia divina y proveemos una versión más pequeña del refugio de aquel
amor trascendental. Después de todo, ¿no es allí donde la vida comenzó, en barro y
sangre, saliva y guasca? ¿Es que acaso no son sagrados? El hombre que se prepara
a sí mismo en un sling, esperando por la unción del Crisco, ha ingresado en un amor y
confianza perfectas, como un* niñ* en un bautismo. La calentura puede ser un
sacramento que nos limpia de la envida, el orgullo y la anomia, y nos regresa a la vida
diaria con un corazón satisfecho, esperanza renovada y una mayor compasión. La
boca no es el único orificio que genera poesía; debemos aprender a escuchar los
himnos de nuestras otras aberturas, nuestros otros labios. Si la “literatura gay” no hizo
más que rescatar nuestros genitales de la revulsión y, en su lugar, celebrarlos, eso es
heroico.
Mi amigo Skip Aiken, un Leatherman de la Vieja Guardia si es que eso existió alguna
vez, solía decir, “los hombres deberían compartir guasca entre sí”. (También decía:
“nunca supe lo que quería en la cama hasta que tuve sexo con 300 personas
diferentes”). Su doctor diría que Skip murió de un ataque al corazón, no de SIDA, pero
yo creo que su corazón se rompió de tantas pérdidas y duelo. A pesar de todo, él
nunca alteró su convicción de que había algo importante en ese intercambio, más allá
del orgasmo que esto haya implicado. ¿Quién más, sino los hombres gays y
bisexuales son capaces de amar a otros hombres lo suficiente como para cambiarlos
paciente y cuidadosamente? Nosotr*s (como human*s) siempre seremos de todos
modos una especie egoísta y cruel, capaz de canibalismo, genocidio y violación. El
miedo del hombre heterosexual hacia otros hombres es una violencia que ha creado
milenios de sufrimiento. El odio hacia la homosexualidad está arraigado con la
violencia desde su raíz. Pero, ¿no existe forma alguna canalizar esa agresión,
transformarla en pasión y placer en lugar de muerte y destrucción? Algún día, una
salpicadura de semen será un beso de bendición, no una maldición. Dejemos que un
millón de aquellas flores blancas florezcan.
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PATRICK CALIFIA es el autor de Rough Stuff: Tales of Gay Men, Power and Sex. Este
artículo apareció originalmente en POZ: [Link]
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