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Formación Teológica y su Importancia Eclesial

Este documento discute la importancia de la formación teológica desde la perspectiva bíblica y eclesiástica. Argumenta que la formación teológica debe ser una interpretación comunitaria de la Palabra de Dios y capacitar al cuerpo de Cristo para cumplir sus propósitos de adorar a Dios, vivir en comunión y servir como agencia misionera. También enfatiza la necesidad de cooperación entre la iglesia y las instituciones teológicas en la preparación de líderes que sirvan al Reino

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Formación Teológica y su Importancia Eclesial

Este documento discute la importancia de la formación teológica desde la perspectiva bíblica y eclesiástica. Argumenta que la formación teológica debe ser una interpretación comunitaria de la Palabra de Dios y capacitar al cuerpo de Cristo para cumplir sus propósitos de adorar a Dios, vivir en comunión y servir como agencia misionera. También enfatiza la necesidad de cooperación entre la iglesia y las instituciones teológicas en la preparación de líderes que sirvan al Reino

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La importancia de la formación teológica desde la perspectiva

bíblico – eclesial
Heinz Dieter Giesbrecht (Dr. Teol.)

La relación entre iglesia e institución teológica es un desafío constante. Teóricamente se parte de la


idea de que la institución teológica se ocupa por un tiempo definido del entrenamiento integral de
los candidatos a liderazgo enviados por la iglesia. Pero, al mismo tiempo, en la práctica se observan
tensiones y dicotomías entre las expectativas de las iglesias y la preparación formal de los
estudiantes de teología.
Desde la perspectiva de la práctica eclesial y misionera, por ejemplo, se escucha la queja de que la
formación espiritual y ministerial de los egresados es insuficiente o de bajo nivel. Se argumenta que
el entrenamiento teológico es muy teórico y racional. Parece una copia del estilo de liderazgo
empresarial, lo que perjudica la espiritualidad e integración ministerial de los egresados en el
contexto eclesiástico. En muchos casos se escucha el lamento de que los estudiantes de teología
pierden su pasión espiritual y misionera.
Por otro lado, las instituciones teológicas cuestionan la elección de los candidatos que las iglesias les
envían. Desde la perspectiva de la institución teológica se percibe un acompañamiento pastoral muy
débil a los estudiantes de teología por parte de las iglesias que los han enviado. Además, los
profesores de las instituciones teológicas observan que sus egresados en muchos casos reciben pocas
oportunidades de practicar lo aprendido o de asumir puestos de liderazgo en la iglesia local.
Esta realidad un poco decepcionante se podría superar trabajando con la visión de que la iglesia y la
institución teológica son socios en la formación de líderes-siervos que se preparan para aplicar sus
dones en el Reino de Dios. Es muy perjudicial para la iglesia y también para la institución teológica
considerarse rivales o socios competitivos.
En esta ponencia me propongo desarrollar cuatro afirmaciones que fundamentan la necesidad de una
cooperación fructífera entre iglesia e institución teológica. El primer argumento se basa en la
autoridad de la Palabra de Dios como nexo entre iglesia e institución teológica. La segunda tesis
afirma que la formación teológica tiene que apuntar hacia el cumplimiento de los propósitos bíblicos
de la iglesia. La tercera afirmación se centra en la formación de la personalidad y de la capacidad de
los líderes-siervos, tarea en la cual iglesia e institución teológica tienen que cooperar. Y el último
argumento para fundamentar la cooperación entre iglesia e institución teológica tiene que ver con la
teología práctica, o sea, con el nexo importante entre la reflexión teológica y la aplicación
ministerial.
Antes de desarrollar las cuatro afirmaciones tenemos que especificar el uso de los conceptos “iglesia
local” e “institución teológica” para las reflexiones que siguen.
Teológicamente hablando, la Confesión de Fe de la Comunidad Internacional de los Hermanos
Menonitas define la iglesia como “…la nueva creación de Dios, su agente de transformación,
llamada a modelar el diseño divino para la humanidad” (Martens & Klassen, 2009, pág. 131).
Desde la perspectiva de la teología práctica, la así llamada “eclesiología bipolar”, concepto
desarrollado por Christian A. Schwarz (2001, pág. 16ss), nos ayuda a integrar el carácter orgánico e
institucional de la iglesia. La iglesia es, como ya lo ha afirmado Dietrich Bonhoeffer en su obra
“Sanctorum Communio”, por un lado el “cuerpo de Cristo”, una realidad espiritual y dinámica, en la

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cual Cristo obra por medio de su Espíritu. Al mismo tiempo, afirma Bonhoeffer, la iglesia constituye
una realidad social visible, tiene una estructura y un orden institucional y se la considera
sociológicamente como una organización. Bonhoeffer combina el doble carácter de la iglesia local
como organismo y organización afirmando que “la iglesia es Cristo existiendo como comunidad”
(Segura, 2011, edición digital sin numeración de páginas). En la iglesia local existe entonces una
cooperación entre el obrar sobrenatural de Dios y el actuar concreto y visible de seres humanos que
se han entregado al servicio del reino de Dios.
El carácter institucional de la iglesia se extiende y se concreta entre otras cosas en la creación de
instituciones teológicas. Estas son instituciones académicas enfocadas hacia la formación de
colaboradores y líderes-siervos para la iglesia local por medio de la enseñanza, la convivencia, la
investigación y el entrenamiento práctico para diferentes servicios y ministerios.

1) Formación teológica desde la perspectiva eclesiástica es


interpretación comunitaria de la Palabra de Dios.
El nombre del IBA ciertamente no es casual. En vez de hablar de un “Seminario Teológico” los
fundadores optaron por la designación “Instituto Bíblico”. Para la iglesia como pueblo del libro (o
sea de la Palabra de Dios) el entrenamiento bíblico tiene una prioridad fundamental.
La importancia otorgada a la Biblia por las iglesias Hermanos Menonitas se resume en la confesión
de fe que se redactó en el marco de la ICOMB, donde se declara “Pueblo de la Biblia”, y que “La
Biblia tiene autoridad pues es Palabra de Dios y guía infalible para la fe y la vida”. Después de esta
declaración básica se detallan las consecuencias prácticas en tres aspectos. Se afirma que la Biblia
determina nuestra cosmovisión pues nos “provee el marco de referencia para nuestra comprensión
del mundo”. En cuanto a la interpretación de la Biblia se enfatiza que toda la Escritura se centra en
la “persona, enseñanza y vida de Jesucristo”. La Palabra de Dios es fuente de edificación y
crecimiento personal de cada discípulo, pero debe ser escudriñada en la “comunidad de intérpretes”
con el fin de discernir la voluntad de Dios para la vida contemporánea. (Martens & Klassen, 2009,
pág. 132).
Esta declaración de fe es esencial para la formación teológica, pues determina que el criterio
fundamental para una enseñanza teológica es su base bíblica. La Biblia como Palabra de Dios
inspirada (2 Tim 3:16s; 2 Pe 1:21) es autoridad absoluta y el criterio básico para evaluar si una
doctrina es sana o dañina para el pueblo de Dios. La teología bíblica es leal y coherente con la
Palabra de Dios en el hablar y en el actuar. La cosmovisión, o sea el conjunto de valores que
determinan el pensar, sentir, hablar y actuar del pueblo de Dios, debe orientarse y nutrirse en la
Biblia.
Esta convicción de fe por un lado no es negociable. Por otro lado, sin embargo, cada iglesia y más
aún cada institución teológica tiene el desafío de interpretar la Biblia. Cada lector de la Palabra de
Dios tiene sus preconceptos y también sus experiencias previas. Por eso los lectores de la Biblia
llegan también a conclusiones diferentes. Pero el proceso de interpretar la Biblia tiene que respetar
ciertas reglas. Por eso la hermenéutica como arte de interpretar la Biblia es una de las disciplinas
más importantes en la formación teológica. Y justamente la hermenéutica debe tener un carácter
comunitario, así como el pueblo de Dios. La hermenéutica comunitaria, a la que se hace alusión en 1
Tes 5:20-21, es un diálogo constante con otros lectores de la Biblia. La conversación entre
estudiantes, líderes de iglesias y profesores con la Biblia abierta en una institución teológica es un
contexto ideal para experimentar esta hermenéutica comunitaria.

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Daniel Schipani resume en forma muy acertada el desafío de una teología que se entiende como
interpretación comunitaria de la Palabra de Dios:
“Los pastores, los maestros, y otras personas con ministerios especiales trabajan con un marco y una
perspectiva de la sabiduría presentada en la Escritura como una manera especial de hacer teología.
Este marco referencial está en armonía con la afirmación de que la Escritura revela en forma veraz y
confiable la naturaleza y el destino humanos, con una visión de la vida plena, cuando se la interpreta
en armonía con Jesucristo, la Palabra encarnada, Sabiduría de Dios, según la guía del Espíritu y en
medio de una comunidad que busca y discierne la voluntad divina. Tal marco referencial y
perspectiva determinan decisivamente nuestra visión de la realidad, del conocer y de la verdad; de la
formación y la transformación; de la naturaleza del bien, y de la plenitud humana, y del diario vivir
con sabiduría (o sea, inteligencia moral y espiritual) para amar y trabajar”. (Schipani, 2006, pág.
126)

2) Formación teológica desde la perspectiva eclesiástica es


capacitación del cuerpo de Cristo en el cumplimiento de sus
propósitos.
En una publicación que analiza la educación teológica a nivel mundial desde una perspectiva
anabautista, Daniel S. Schipani ha diseñado una eclesiología trinitaria partiendo de la idea de que el
pueblo de Dios tiene la misión de representar el carácter trinitario de Dios en nuestro mundo. De
acuerdo a este concepto, la iglesia es el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu
Santo. Como pueblo de Dios la iglesia tiene el llamado de adorar a Dios. Reconoce y celebra el
reinado de Dios en este mundo y obedece a la voluntad revelada de Dios. Como cuerpo de Cristo el
desafío de la iglesia es vivir en comunión, encarnando así el reino de Dios en un contexto histórico y
social concreto. Como templo del Espíritu Santo tiene el llamado a ser una agencia misionera
enviada al mundo, es decir, vivir como embajadora del Reino de Dios, participando en sus
manifestaciones espirituales (Schipani, 1997a, pág. 10ss).
Evaluando este concepto eclesiástico trinitario, se puede concluir que la formación teológica debe
considerar tres aspectos fundamentales en la preparación de los líderes: Su espiritualidad
(adoración), sus competencias ministeriales y sociales (comunión) y su capacidad de integrarse
como testigos del Reino de Dios en el mundo (misión).
Esto constituye un fundamento general y válido para el discipulado en la iglesia y para la formación
teológica en un instituto bíblico. Sin embargo, debemos especificar y profundizar en detalles las
implicancias de esta afirmación. Considerando el llamado del pueblo de Dios, Alfred Neufeld (2006,
pág. 275ss) formula cinco propósitos que Dios tiene con la iglesia. Toda formación teológica debe
apuntar a estos propósitos, si quiere ser un instrumento útil que ayuda a la iglesia a cumplir su
misión en este mundo.
El primer propósito de la iglesia se puede resumir con el término griego “latreia”, lo que literalmente
significa culto. La iglesia tiene el propósito de adorar y glorificar a Dios, fundamentalmente como
actitud personal de cada creyente, pero también a través de la liturgia, el arte y la creatividad. La
liturgia cumple un rol importante en la vida eclesiástica y abarca diferentes elementos como la
alabanza y adoración, los sermones, las lecturas bíblicas, la confesión y los testimonios y las
prácticas sacramentales como el bautismo, la cena del Señor, la disciplina eclesial, la ordenación
ministerial, las decisiones congregacionales, etc. (Neufeld, 2006, pág. 278ss)

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El segundo propósito se indica con el término “koinonia”, lo que se traduce como comunión. El dar,
recibir y vivir como miembro del cuerpo de Cristo describe “la calidad de relaciones dentro de la
iglesia” (Neufeld, 2006, pág. 280) e implica diferentes prácticas como la hospitalidad, la solidaridad
en momentos difíciles, el estímulo mutuo, la intercesión y la disciplina en la familia de fe. La cena
del Señor es una celebración que combina los dos aspectos de la comunión con Dios y con los
hermanos y hermanas.
Con el término “katartismos” se describe la capacitación de los creyentes por medio del discipulado
y entrenamiento ministerial. Este término aparece en Efesios 4:11-12 y describe la función de los
líderes-siervos de perfeccionar o capacitar a los santos para la obra del ministerio. El liderazgo en la
iglesia local no es un privilegio de algunos pocos, sino un servicio de empoderar a todos los
creyentes para que cada uno pueda aplicar sus dones dentro o fuera de la comunidad de fe. El
concepto de líderes-siervos que facilitan el desarrollo de todos los creyentes es la alternativa bíblica
a la “tradición sacramental, que hace del clero un canal extraordinario y especial de distribución de
la gracia divina, y la tradición empresarial, que hace máximos ejecutivos de los pastores” (Neufeld,
2006, pág. 283). Con la práctica de la capacitación de todos los creyentes la iglesia cumple su rol de
“semillero de obreros” (Neufeld, 2006, pág. 282).
El cuarto propósito de la iglesia local se puede resumir con el término “diaconía”, es decir, servicio.
Cristo es el Mesías-siervo que determina la cultura de servicio en su casa, la iglesia. Dentro de esta
cultura de servicio los creyentes descubren los dones que han recibido por gracia de Dios y se les
concede ministerios o tareas de acuerdo a estos dones. La ordenación de siervos-líderes, pero
también el servicio social de la iglesia en su contexto, la búsqueda del bienestar comunitario, de la
sanidad y de la reconciliación son expresiones concretas de la diaconía (Neufeld, 2006, pág. 284ss).
El último de los cinco propósitos se llama “martyria”, lo que se puede traducir como testimonio.
Consiste en “dar testimonio de lo que Dios ha hecho en Cristo a favor del mundo” (Neufeld, 2006,
pág. 286). Testimonio verbal y testimonio de vida deben darse la mano. La fe auténtica se manifiesta
en obras visibles. La predicación de la Palabra y la enseñanza de los mandamientos de Cristo son
parte del testimonio verbal.
Estos cinco propósitos de la iglesia local pueden ser aplicados como criterios válidos para evaluar la
eficiencia del currículum de una institución teológica. La pregunta esencial al evaluar las materias y
disciplinas académicas debería ser: ¿Cómo ayudarán estas al egresado para que se cumplan a través
de su servicio los cinco propósitos de la iglesia? Dicho en forma más específica se podría formular
las siguientes preguntas de acuerdo a los cinco propósitos:
- Latreia: ¿Cómo ayudará esta materia al estudiante a glorificar a Dios por medio de su vida y
por medio de su aporte en la liturgia?
- Koinonia: ¿Cómo ayudará esta materia al estudiante en su crecimiento personal, en el
desarrollo de su madurez espiritual y social y en su expresión de solidaridad hacia otras
personas?
- Katartismos: ¿Cómo podrá el estudiante aplicar lo aprendido y enseñarlo a otros con el fin de
capacitar a todos los creyentes?
- Diaconia: ¿Cómo ayudará esta materia al estudiante en el desarrollo de un liderazgo de
servicio y en el cumplimiento de su responsabilidad social?
- Martyria: ¿Cómo ayudará esta materia al estudiante en su testimonio público hacia el mundo,
sea por medio de sus actos o por medio de sus palabras?

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3) Formación teológica desde la perspectiva eclesiástica es parte de
un discipulado integral que apunta al ser (corazón), saber (cabeza)
y saber hacer (mano) de los líderes-siervos.
Daniel Schipani describe en forma integral las implicancias de un discipulado que se enfoca en
Cristo como sabiduría personificada (1 Co 1:24b.30b; 2:16b) y conduce a un liderazgo de servicio
como expresión de madurez espiritual. De acuerdo a Schipani los líderes-siervos, que ministran
como representantes de Cristo, “atienden a su propio crecimiento espiritual y procuran practicar su
ministerio a la manera de Cristo”. Esto incluye “ciertas maneras de percibir y conocer (visión), de
ser y de amar (virtud), y de vivir y trabajar (vocación)” (Schipani, 2006, pág. 124), es decir, se trata
de un discipulado y crecimiento integral de saber (cabeza), ser (corazón) y saber hacer (mano).
En forma muy similar Bernhard Ott, en su manual de la educación teológica, habla de la necesidad
de integrar la teoría y la práctica en la formación teológica. Ott menciona y explica en este contexto
los tres términos griegos “praxis” (= espiritualidad y madurez personal), “teoria” (= capacidades
intelectuales e investigación científica) y “poiesis” (= competencias y habilidades para diferentes
ministerios). (Ott, 2007, pág. 10) Aplicando estos tres conceptos específicamente al desafío del
liderazgo eclesiástico se puede hablar de tres funciones de los líderes-siervos: La función
motivacional, que tiene que ver con el corazón del líder-siervo, su capacidad de relacionarse y de
crear un ambiente de crecimiento espiritual y de confianza. La función orientadora del líder-siervo,
que tiene que ver con sus capacidades intelectuales (cabeza) y se manifiesta sobre todo en la
capacidad de desarrollar visiones. La función coordinadora del líder-siervo, que se refiere a la
elaboración y al manejo de estructuras de organización y al desarrollo de los recursos necesarios
para lograr objetivos específicos (mano). (Ott, 2007, pág. 13).
Tradicionalmente la institución teológica se ha enfocado sobre todo en el desarrollo y crecimiento
intelectual de los estudiantes (aspecto de la cabeza). Esto tiene que ver con el hecho de que se trata
de una casa de estudio, en la cual la lectura, la enseñanza y el aprendizaje en el aula y en la
biblioteca, la investigación científica por medio del trabajo académico, la interpretación de textos y
la reproducción de datos en los exámenes demandan gran parte del tiempo y esfuerzo de los
profesores y estudiantes. También es necesario ser realistas en cuanto a las expectativas hacia la
institución teológica. Lo cierto es, que el entrenamiento académico como parte de la preparación de
los líderes-siervos difícilmente lo puede ofrecer una iglesia local. Tal entrenamiento necesita de
especialistas y de una disciplina mental en el ambiente de una institución educativa formal.
El entrenamiento ministerial (aspecto de la mano) es también una exigencia muy fuerte de las
iglesias hacia la institución teológica. Se espera que los estudiantes aprendan las habilidades
necesarias para servir y liderar con métodos profesionales y actualizados. En las materias y pasantías
prácticas se puede responder en parte a esta necesidad. Pero el ambiente de una institución teológica
formal no es idéntico al ambiente de una iglesia. Muchos egresados se frustran con la realidad de
que los “nuevos” métodos que desean aplicar en su iglesia después de terminar el estudio no son
muy bien recibidos o que se les concede pocos espacios de liderazgo, en los cuales podrían aplicar
lo aprendido. Por eso un programa de seguimiento de los egresados en sus primeros años de
reintegración en el ambiente eclesiástico es una necesidad urgente y sería al mismo tiempo una
oportunidad excelente de practicar la cooperación entre iglesia e institución teológica y aprender los
unos de los otros.
La formación espiritual y personal (aspecto del corazón) tiene que ver con un discipulado que
apunta hacia la madurez integral. Es un hecho que la iglesia tiene el llamado específico de su Señor
de hacer discípulos por medio del evangelismo y de la enseñanza. El contexto eclesial es el más

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oportuno para crecer en el discipulado, si la iglesia tiene el carácter de una familia espiritual. Así
como la familia natural es el ambiente propicio para la socialización del niño, así la iglesia
constituye el espacio más apropiado para la “socialización” de los discípulos en el reino de Dios.
Los líderes-siervos de la iglesia local tienen el mandato de promover la madurez espiritual y
personal de sus miembros. Este mandato puede ser delegado solamente en parte y para cierta etapa a
la institución teológica. Lo ideal es, si miembros espiritualmente maduros entran en un programa
formal de capacitación teológica. Por eso muchas instituciones teológicas exigen por lo menos un
año o más de membresía comprometida a los candidatos que se inscriben para el estudio teológico.
Esperar que el instituto bíblico o el seminario teológico sean escuelas de introducción al discipulado
no es conveniente y causa muchas frustraciones. Pero sí, la institución teológica tiene que buscar
formas y métodos para favorecer el crecimiento espiritual y el discipulado avanzado de sus
estudiantes. La pastoral estudiantil, que también podría ser elaborada como un proyecto cooperativo
entre iglesias locales e institución teológica es esencial para lograr este objetivo.

4) La teología práctica como disciplina que se dedica específicamente


a la dinámica entre reflexión y acción es necesaria para no caer en
un pragmatismo eclesiástico.
Cuando hablamos de pragmatismo eclesiástico nos referimos a la copia espontánea y arbitraria de
modelos o recetas ministeriales por el simple hecho de que funcionan o atraen a la gente, sin
analizar profundamente su trasfondo teológico ni su función en el cumplimiento de los propósitos de
la iglesia local. Lastimosamente en el contexto evangélico las estrategias de marketing funcionan
muchas veces mejor que la capacidad de “examinar todo y retener lo bueno” (1 Tes 5:21).
Rick Warren convence con su observación de que una ausencia de visión y de propósitos en una
iglesia local conduce automáticamente a un liderazgo que se deja influenciar por motivos
pragmáticos muy cuestionables, como por ejemplo la tradición (“Siempre lo hemos hecho así”), la
personalidad del líder (“¿Qué desea el líder?”), las finanzas (“¿Cuánto costará?”), las programas
(“¿Cómo mantenemos o introducimos este programa?”), los edificios (“¿Cuándo tendremos nuestro
templo preferido?”), el activismo (“¿Cómo mantenemos ocupada a nuestra gente?”) o los
inconversos (“¿Qué desean los inconversos?”) (Warren, 1998, pág. 81ss)
Refiriéndose específicamente al contexto latinoamericano, Alberto Guerrero expresa también su
preocupación por los motivos muy cuestionables que determinan en muchas iglesias el estilo de
liderazgo, como por ejemplo la búsqueda de poder, la respuesta a la presión de la masa, los intereses
personales puestos encima de los valores históricos de la iglesia, las eventualidades o fenómenos
sociales y el surgimiento de una religiosidad popular evangélica (Guerrero, 2003, pág. 181s).
Guerrero concluye su análisis crítico afirmando: “Lo cierto y lo real es que se han instalado en
nuestro medio modelos que muestran una fuerte tensión entre lo que propone el Nuevo Testamento
como fundamento del rol de los líderes-siervos – incluyendo el paradigma de Jesús – y los proyectos
individualistas de ciertos líderes, quienes desarrollan la eclesiología que más conviene a sus
propósitos personales. Esto se debe al deseo cada vez más fuerte de desarrollar iglesias totalmente
independientes, aun cuando forman parte de una denominación”. (Guerrero, 2003, pág. 182)
Estos ejemplos de nuestro contexto eclesial contemporáneo demuestran la necesidad de una
reflexión profunda de la práctica, basada en la Palabra de Dios. Sin esta reflexión nuestro liderazgo
se convierte en pragmatismo y puede conducirnos por caminos que después de ver las consecuencias
podríamos lamentar.

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Aquí entra lo que hoy en día se define como un nuevo paradigma de la Teología Práctica. La
Teología Práctica no es pragmatismo teológico y tampoco una acumulación indiscriminada y
arbitraria de modelos y formas de liderazgo eclesiástico. La Teología Práctica tiene que ver con los
tres pasos importantes de ver (observar y analizar aplicando instrumentos de investigación), juzgar
(evaluar a base de la revelación divina dentro del paradigma del Reino de Dios) y actuar (aplicar en
un contexto determinado) (Schipani, 1997, pág. 34).
En este sentido Daniel Schipani afirma que la Teología Práctica se enfoca “en la realidad concreta e
histórica de las comunidades de fe y praxis cristiana” (Schipani, 2006, pág. 119), aplicando
instrumentos de investigación social para observar y describir sistemáticamente la experiencia
humana en el contexto eclesiástico y social. En la Teología Práctica se interpreta la Biblia, la
tradición eclesiástica, las prácticas y valores de la iglesia y la cultura contemporánea. El resultado
concreto de este proceso hermenéutico consiste en la elaboración de estrategias y guías de acción
para la formación y transformación de personas, grupos y comunidades (Schipani, 2009, pág. 119).
En la misma dirección argumenta también Helge Stadelmann, cuando explica que la Teología
Práctica contemporánea, a diferencia de la Teología Pastoral tradicional, analiza en forma científica
desde una perspectiva histórica y teológica, y con ayuda de métodos empíricos y sociológicos la
práctica de la iglesia con el fin de transformarla. El resultado de este proceso debería ser la
propuesta de opciones prácticas que ayuden a la iglesia local a mejorar sus diferentes ministerios,
siendo fiel a lo que manda la Palabra de Dios, pero respondiendo al mismo tiempo a los desafíos del
contexto cambiante. El entrenamiento de las habilidades necesarias para ampliar o mejorar los
ministerios es parte de la Teología Práctica (Stadelmann, 2001, pág. 70ss).
La Teología Práctica es, entonces, el campo de encuentro y cooperación entre la ciencia teológica y
el contexto eclesiástico, entre lo académico y lo práctico o entre la institución teológica y las iglesias
locales. La Teología Práctica, de acuerdo a este concepto, se dedica a la contextualización de los
propósitos y ministerios eclesiásticos.
Una institución teológica que no sirve a las iglesias locales se ha convertido en un fin en sí mismo y
no cumple su misión. Iglesias locales que ignoran o rechazan el análisis académico se exponen a
cualquier onda pragmática en el mercado de los modelos ministeriales y difícilmente puedan
desarrollar una identidad fuerte que les ayude a representar en forma digna el Reino de Dios en esta
tierra. Por eso, la institución teológica debe ser siempre un instrumento en el cumplimiento de los
propósitos y ministerios eclesiásticos y las iglesias locales deben ser abiertas a aprender, crecer y
transformar su praxis, dialogando y conversando con la Teología como ciencia académica.
Aplicando esta cooperación a un nivel personal se puede concluir también que los profesores de la
institución teológica deberían estar fuertemente arraigados e integrados en el contexto ministerial de
su iglesia local y que los pastores y líderes eclesiásticos deberían buscar constantemente el diálogo
con los profesores y estudiantes de la institución teológica.

Conclusión
El tema de este ensayo tiene que ver con la importancia de la formación teológica desde la
perspectiva de la iglesia local. Después de haber analizado este tema en cuatro pasos podemos
concluir que la iglesia local y la institución teológica son socios que deberían cooperar y
complementarse en la interpretación comunitaria de la Biblia, en la realización de los propósitos

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que Dios tiene con su pueblo en cada contexto local, en la formación integral de líderes-siervos para
el Reino de Dios y en la contextualización fidedigna y eficiente de los ministerios eclesiásticos.

Fuentes citadas
Guerero, A. (2003). Líderes-siervos: facilitadores de la misión integral. En C. R. Padilla, & T.
Yamamori (Edits.), La iglesia local como agente de transformación: Un eclesiología para la
misión integral (págs. 179-211). Buenos Aires: Kairos.
Martens, E. A., & Klassen, P. J. (Edits.). (2009). Conociendo y viviendo tu fe: Un estudio de la
confesión de fe: Comunidad Internacional de los Hermanos Menonitas. Asunción: IBA.
Neufeld, A. (2006). Vivir desde el futuro de Dios: Introducción a la teología cristiana. Buenos
Aires: Kairos.
Ott, B. (2007). Handbuch theologische Ausbildung: Grundlagen - Programmentwicklung -
Leitungsfragen. Witten: SCM R. Brockhaus.
Schipani, D. S. (1997). Educating for Social Transformation. En J. L. Seymour (Ed.), Mapping
Christian Education: Approaches to Congregational Learning (págs. 23-40). Nashville:
Abingdon Press.
Schipani, D. S. (1997a). The Church and Its Theological Education: A Vision. En N. R. Heisey, &
D. S. Schipani (Edits.), Theological Education on Five Contintents: Anabaptist Perspectives
(págs. 10-30). Strassburg: Mennonite World Conference.
Schipani, D. S. (2006). La teología práctica en perspectiva anabautista: Cinco pistas normativas. En
M. Rindzinski, & F. Martínez (Edits.), Comunidad y misión desde la periferia: Ensayos en
celebración de la vida y ministerio de Juan Driver (págs. 119-133). Buenos Aires: Kairos.
Schwarz, C. A. (2001). Cambio de Paradigma en la Iglesia: Cómo el desarrollo natural de la
iglesia puede transformar el pensamiento teológico. Terrassa: Clie.
Segura, E. D. (2011). Dietrich Bonhoeffer: Un teólogo a contratiempo: Comprender la iglesia
desde Cristo (3 ed.). Nashville: Ediciones Noufront.
Stadelmann, H. (2001). Gegenstand und Methode der Praktischen Theologie. Jahrbuch für
evangelikale Theologie, 15, 69-79.
Warren, R. (1998). Una iglesia con propósito: Cómo crecer sin comprometer el mensaje y la
misión. Miami: Editorial Vida.

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