EL DIOS CELOSO
I
"El Dios celoso‖... suena ofensivo, ¿no es cierto? Porque conocemos el celo, "ese monstruo de ojos
verdes", como un vicio, uno de los defectos más voraces y destructivos que existen, mientras que
Dios, lo sabemos muy bien, es perfectamente bueno. ¿Cómo, entonces, es posible que alguien
pudiera imaginar jamás que haya celo en él? El primer paso en la elaboración de una respuesta a
esta pregunta es el de aclarar que no se trata de imaginar nada. Si estuviéramos imaginando un
Dios, entonces, naturalmente, le asignaríamos únicamente características que admira más, y el celo
no entraría en escena para nada. A nadie se le daría por imaginar un Dios celoso. Pero no estamos
fabricando una idea sobre Dios en base a nuestra imaginación; más bien, estamos procurando
escuchar la voz de la Sagrada Escritura, en la que Dios mismo nos dice la verdad sobre sí mismo.
Porque Dios, nuestro Creador, ha quien jamás hubiéramos podido descubrir mediante el ejercicio
de la imaginación, se ha revelado a sí mismo. Ha hablado. Ha hablado mediante muchos agentes
humanos, y en forma suprema por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Y no ha dejado que sus
mensajes, y el recuerdo de sus portentosos hechos, fuesen torcidos y perdidos por los procesos
deformatorios de la transmisión oral. En vez de esto, ha dispuesto que quedasen registrados en
forma de escritos permanentes. Y allí en la Biblia, el "registro público" de Dios, como la llamaba
Calvino, encontramos que Dios habla repetidas veces de su celo.
Cuando Dios sacó a Israel de Egipto y lo llevó al Sinaí, para darle la ley y el pacto, su celo fue uno
de los primeros hechos que le enseñó en cuanto sí mismo. La sanción del segundo mandamiento,
que le fue dado a Moisés en forma audible y escrita "con el dedo de Dios" en tablas de piedra (Exo.
31:18), se hizo con estas palabras: "Yo soy Jehová tu Dios celoso" (20:5). Poco después Dios le dio
a Moisés el mismo concepto en forma más sorprendente: "Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios
celoso es" (34: 14). Por encontrarse en el lugar que se encuentra, este texto resulta sumamente
significativo. El hacer conocer el nombre de Dios -es decir, como siempre en la Escritura, su
naturaleza y su carácter- constituye un tema básico de Éxodo. En el capítulo 3 Dios había
declarado que su nombre era "Yo soy el que soy", o, simplemente, "yo SOY", y en el capítulo 6,
"Jehová" ("el SEÑOR"). Dichos nombres hacían referencia a su existencia propia, su
autodeterminación, y su soberanía. Luego, en el capítulo 122
34: 5ss, Dios había proclamado a Moisés su nombre diciéndole que Jehová es "misericordioso y
piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;' que guarda misericordia que perdona
la iniquidad que visita la iniquidad... ". He aquí un nombre que destacaba su gloria moral.
Finalmente, siete versículos más adelante, como parte de la misma conversación con Moisés, Dios
resumió y redondeó la revelación sobre su nombre declarando que era "Celoso". Está claro' que
esta palabra inesperada representaba una cualidad en Dios que, lejos de ser incompatible con la
exposición anterior de su nombre, era en algún sentido su resumen. Y como esta cualidad era en el
sentido verdadero su "nombre", es evidente que era muy importante que su pueblo la
comprendiera. En realidad, la Biblia habla bastante sobre el celo de Dios. Hay otras referencias a él
en el Pentateuco (Núm. 25:11; Dt. 4:24; 6:15; 29:20; 32:16,21), en los libros históricos (Jos. 24: 19;
1 Rey. 14:22), en los profetas (Eze. 8:3-5; 16:38,42; 23:25; 36:5ss; 38: 19; 39:25; Joel 2: 18; Nah.
1:2; Sof. 1: 18; 3:8; Zac. 1: 14, 8:2), y en los Salmos (78:58; 79:5). Se lo presenta constantemente
como motivo para la acción, ya sea en ira o en misericordia. "Me mostraré celoso por mi santo
nombre" (Eze. 39:25); "Celé con gran celo a Jerusalén y a Zion" (Zac. 1: 14); "Jehová es Dios
celoso y vengador" (Nah. 1: 2). En el Nuevo Testamento Pablo les pregunta a los insolentes
corintios: "¿Provocaremos a celos al Señor?" (I Cor 10: 22); Santiago 4:5, versículo de difícil
interpretación, dice así en la RVR: "El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela
celosamente. "
II
Empero, ¿de qué naturaleza es este celo divino? nos preguntamos. ¿Cómo puede ser una virtud en
Dios cuando es un defecto en los hombres? Las perfecciones de Dios son asunto para la alabanza;
pero, ¿cómo podemos alabar a Dios por ser celoso? La respuesta a estas interrogantes la
encontraremos teniendo en cuenta dos factores. Primero: las afirmaciones bíblicas acerca del celo
de Dios son antropomorfismos, vale decir, descripciones de Dios en lenguaje tomado de la vida
humana. La Biblia está llena de antropomorfismo -el brazo, la mano, el dedo de Dios, su facultad de
oír, de ver, de oler; su ternura, enojo, arrepentimiento, risa, gozo, etcétera. La razón de que Dios'
emplee estos términos para hablamos acerca de sí mismo es la de que el lenguaje tomado de
nuestra propia vida personal constituye el medio más preciso de que disponemos para comunicar
nociones 'sobre él. El es un ser personal, y también lo somos nosotros, de un modo que no lo
comparte ninguna otra cosa creada. Sólo el hombre, de todas las criaturas físicas, fue hecho a la
imagen de Dios. Como nos parecemos más a Dios que ningún otro ser que conozcamos, resulta
más instructivo, y menos desconcertante, que Dios se nos ofrezca en términos humanos de lo que
lo sería si se valiese de cualquier otro medio. Esto ya lo dejamos aclarando en el capítulo 15.
Ante los antropomorfismos de Dios, sin embargo, es fácil tomar el rábano de las hojas. Hemos de
tener presente que el hombre no es la medida de su Hacedor, y que, cuando se emplea para Dios
el lenguaje relacionado con la vida de los seres ,humanos no debe suponerse que están incluidas
las limitaciones de la criatura humana de conocimiento, poder, visión, fuerza, o consistencia, o
cualquiera otra semejante. Y debemos recordar que aquellos elementos de las cualidades humanas
que evidencian el efecto corruptor del pecado no tienen contrapartida en Dios. Así, por ejemplo, su
ira no es esa innoble erupción de cólera humana tan frecuente en nosotros, señal de orgullo y
debilidad, sino que es la santidad que reacciona ante el mal, de un modo que resulta moralmente
justo y glorioso. "La ira del hombre no obra la justicia de Dios" (San. 11: 20), pero la ira de Dios es
precisamente su justicia 123
manifestada en acción judicial. Del mismo modo, el celo de Dios no es un compuesto de frustración,
envidia, despecho, como lo es tan a menudo el celo humano, sino que aparece en cambio como un
fervor (literalmente) digno de alabanza para preservar algo supremamente precioso. Esto nos lleva
al segundo punto. Segundo: hay dos clases de celos entre los hombres, y sólo uno de ellos
constituye un defecto. El celo vicioso (la envidia) es una expresión de la actitud que dice: "Yo quiero
lo que tienes tú, y te odio porque no lo tengo." Se trata de un resentimiento infantil que brota como
consecuencia de la codicia no reprimida, que se expresa en envidia, malicia, y mezquindad de
proceder. Es terriblemente potente, porque se nutre y a la vez es alimentado por el orgullo, la raíz
principal de nuestra naturaleza caída. El celo puede volverse obsesivo y, si se le da rienda suelta,
puede llegar a destrozar totalmente una personalidad que antes era firme. "Cruel es la ira, e
impetuoso el furor; mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?", pregunta el sabio (Pro.
27:4). Lo que con frecuencia se denomina el celo sexual, la loca furia de un pretendiente rechazado
o suplantado, es de este tipo. Pero hay otra clase de celo: el celo por proteger una I relación
amorosa, o por vengarla cuando ha sido rota. Este celo opera igualmente en la esfera del sexo; allí,
sin embargo, aparece, no como la reacción ciega del orgullo herido sino como fruto del afecto
conyugal. Como lo ha expresado el profesor Tasker, las personas casadas "que no sintieran celo
ante la irrupción de un amante o un adúltero en el hogar carecerían por cierto de percepción moral;
porque la exclusividad en el matrimonio es la esencia del mismo" (The Epistle 0f James/La Epístola
de Santiago, p. 106). Este tipo de celo es una virtud positiva, por cuanto denota una real
comprensión del verdadero significado de la relación entre marido y mujer, juntamente con el celo
necesario para mantenerla intacta. El Antiguo Testamento reconocía la justicia de dicho celo, y
especificaba una "ofrenda de celos", y una prueba con una maldición aparejada a ella, por la que el
esposo que sospechaba que su mujer le había sido infiel y que en consecuencia estaba poseído de
un "espíritu de celos", pudiera salir de la duda, en un sentido u otro (Núm. 5: 11-32). Ni aquí ni en la
otra referencia al esposo ofendido, en Proverbios 6: 34, sugiere la Escritura que el "celo" sea
cuestionable en este caso; más bien, trata su decisión de cuidar su matrimonio contra la invasión, y
de tornar medidas contra cualquiera que ose violarlo, corno algo natural, normal y justo, y como
prueba de que valora el matrimonio corno corresponde. Ahora bien, para la Escritura,
invariablemente, el celo de Dios es de este último tipo: vale decir, corno un aspecto de su amor
hacia su pueblo del pacto. El Antiguo Testamento considera el pacto de Dios corno su casamiento
con Israel, que lleva en sí la demanda de un amor y una lealtad incondicionales. La adoración de
ídolos, y toda relación comprometedora con idólatras no israelitas, constituía desobediencia e
infidelidad, lo cual Dios veía corno adulterio espiritual que lo provocaba al celo y la venganza.
Todas las referencias mosaicas al celo de Dios tienen que ver con la adoración de ídolos de un
modo o de otro, todas tienen su origen en la sanción del segundo mandamiento, que citamos
anteriormente. Lo mismo se puede decir de Josué 24: 19; 1 Reyes 14:22; Salmo 78:58, y en el
Nuevo Testamento 1 Corintios 10:22. En Ezequiel 8:3, a un ídolo que se adoraba en Jerusalén se le
llama, "imagen de celos, la que provoca a celos", En Ezequiel 16 Dios caracteriza a Israel como su
esposa adúltera, embrollada en impías alianzas con ídolos e idólatras de Canaán, Egipto, y Asiría, y
pronuncia sentencia corno sigue: "Yate juzgaré por las leyes de las adúlteras, y de las que
derraman sangre; y traeré sobre ti sangre de ira y de celos" (v. 38; cf. v. 42; 23:25).
Por estos pasajes podemos ver claramente lo que quería decir Dios cuando le dijo a Moisés que su
nombre era "Celoso". Quiso significar que exige de aquellos a quienes ha amado y redimido total y
absoluta lealtad, y que vindicará .su exigencia mediante acción rigurosa contra ellos si traicionan su
124
amor con infidelidad. Calvino dio en el clavo cuando explicó la sanción del segundo mandamiento
corno sigue: El Señor con frecuencia se dirige a nosotros en el carácter de esposo... Así corno él
cumple todas las funciones de un esposo fiel y verdadero, requiere de nosotros amor y castidad; es
decir, que no prostituyamos nuestra alma con Satanás... Así como cuanto más puro y casto sea un
marido, tanto más gravemente se siente ofendido cuando ve que su mujer se vuelve hacia un rival;
así también el Señor, que en verdad nos ha desposado consigo, declara que arde con el celo más
ardiente cada vez que, ignorando la pureza de su santo matrimonio, nos contaminamos con
concupiscencias abominables, y especialmente cuando la adoración de su Deidad, que tendría que
haber sido mantenida incólume con el mayor cuidado, se transfiere a otro, o se adultera con alguna
superstición; por cuanto de este modo no sólo violamos nuestro desposorio sino que contaminamos
el lecho nupcial, permitiendo en él a los adúlteros (Institutes, II, viii, 18; Institución de la Religión
Cristiana, Países Bajos: Fundación Editora de literatura Reformada, 1968, en dos volúmenes).
Empero, si hemos de ver la cuestión en su verdadera dimensión, tendremos que aclarar algo más.
El celo de Dios por su pueblo, como hemos visto, presupone el amor que' responde al pacto; y
dicho amor no es un afecto transitorio, accidental y sin objeto, sino que es la expresión de un
propósito soberano. El objetivo del amor de Dios en el pacto es 1 el de contar con un pueblo en la
tierra mientras dure la historia, y posteriormente el de tener a todos los fieles de todas las épocas
consigo en la gloria. El amor pactado es el centro del plan de Dios para su mundo. Y esa la luz del
plan total de Dios para su mundo que debe entenderse, en último análisis, su celo. Porque el
objetivo último de Dios como lo declara la Biblia, es triple: el de vindicar su gobierno y su justicia
mostrando su soberanía al juzgar el pecado; el de rescatar y redimir a su pueblo elegido; y el de ser
amado y alabado por ellos por sus gloriosos actos de amor y auto vindicación. Dios busca lo que
nosotros deberíamos buscar -su gloria, en y a través de los hombres-, y su celo tiene como fin
asegurar al cabo dicho propósito. Su celo es, precisamente, en todas sus manifestaciones, "el celo
de Jehová de los ejércitos" (Isa. -9:7; 37:32; cf. Eze. 5:13) para lograr el cumplimiento de su
propósito de Misericordia y justicia. De manera que el celo de Dios lo lleva, de un lado, a juzgar y
destruir a los infieles entre su pueblo, los que caen en la idolatría y el pecado (Deu. 6:14s; Jos.
24:19; Sof. 1: 18) ;y, más aun, a juzgar a los enemigos de la justicia y la misericordia en todas
partes (Nah. 1:2; Eze. 36:5s; Sof. 3:8); también lo lleva, de otro lado, a restaurar a su pueblo luego
que el juicio nacional los ha castigado y humillado (el juicio de la cautividad, Zacarías 1: 14; 8:2; el
juicio de la plaga de langostas, Joel 2: 18). ¿Y qué es lo que motiva estas acciones? Simplemente
el hecho de que se muestra "celoso por [su] santo nombre" (Eze. 39:25). Su "nombre" es su
naturaleza y su carácter como Jehová, el Señor, soberano de la historia, el "nombre" que debe ser
conocido, honrado, alabado. "Yo Jehová, este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi
alabanza a esculturas." "Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea mancillado mi
nombre, y mi honra no la daré a otro"(Isa. 42:8; 48: 11). He ahíla quintaesencia del celo de Dios.
III
¿Qué relación práctica tiene todo esto con los que se dicen pueblo del Señor? La respuesta
podemos dada bajo dos encabezamientos.
1. El celo de Dios exige que seamos celosos para con Dios
125
Como la respuesta adecuada al amor de Dios para con nosotros es amor para con él, así también
la respuesta adecuada a su celo por nosotros es el celo para con él. Su ' interés en nosotros es
grande; por ello nosotros también r debemos ocupamos grandemente de él. Lo que implica la 1
prohibición de la idolatría en el segundo mandamiento es que el pueblo de Dios ha de dedicarse en
forma positiva y apasionada a su persona, su causa, y su honor. La palabra bíblica para tal
devoción es justamente celo, a veces denominado precisamente celo de Dios. Dios mismo, como
hemos visto, ostenta dicho celo, y los fieles han de manifestarlo también. La descripción clásica del
celo de Dios la hizo el obispo C. Ryle. Lo citamos extensamente: El celo en lo religioso es un deseo
ardiente de agradar a Dios, hacer su voluntad, y proclamar su gloria en el mundo en todas sus
formas posibles. Es un deseo que ningún hombre siente por naturaleza -que el Espíritu pone en el
corazón de todo creyente cuando se convierte-, pero que algunos creyentes sienten en forma
mucho más fuerte que otros, al punto de que sólo ellos merecen que se los considere "celosos‖... El
hombre celoso en lo religioso es prominentemente hombre de una sola cosa. No basta con decir
que es diligente, sincero, inflexible, cabal, activo, ferviente en espíritu. Sólo ve una cosa, está
envuelto en una sola cosa; y esa sola cosa es agradar a Dios. Sea que viva o que muera: sea que
tenga salud, sea que padezca enfermedad; sea rico o sea pobre; sea que agrade a los hombres o
que los ofenda; sea que se lo considere sabio, o que se lo considere tonto; sea que reciba alabanza
o que reciba censura; sea que reciba honra o pase vergüenza; al hombre que tiene celo nada de
esto le importa. Siente fervor por una sola cosa; y esa sola cosa es agradar a Dios y proclamar su
gloria. Si ese fervor ardiente lo consume, esto tampoco le importa; está contento. Siente que, como
una lámpara, ha sido hecho para arder; y si se consume al arder, no ha hecho más que cumplir con
la tarea para la que Dios lo ha señalado. Tal persona siempre encontrará campo para su celo. Si no
puede predicar, trabajar, dar dinero, podrá llorar, suspirar, orar. ... Si no puede luchar en el valle con
J Josué, hará la obra de Moisés, Aarón, y Hur en el monte (Exo. 17:9-13). Si se le impide trabajar a
él mismo, no le dará descanso al Señor hasta que la ayuda necesaria surja de alguna parte y la
obra se realice. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de "celo" en lo religioso (Practical
Religión/Religión práctica, ed. 1959, p. 130). El celo, anotamos, es un mandato en las Escrituras.
Se lo alaba. Los cristianos han de ser "celosos de buenas obras" (Tit. 2: 14). Por su "celo", luego de
haber sido reprendidos, los corintios fueron aplaudidos (II Coro 7: 11). Elías sintió "un vivo celo por
Jehová Dios de los ejércitos" (1 Rey. 19: 10,14), y Dios honró su celo enviando un carro de fuego
que lo llevase al cielo y eligiéndolo como el representante de la "compañía de los profetas" para
estar con Moisés en el monte de la transfiguración y hablar con el Señor Jesús. Cuando Israel
provocó la ira de Dios por su idolatría y su prostitución, y Moisés hubo sentenciado a los culpables a
muerte y el pueblo lloraba, y un hombre eligió ese momento para aparecer con una mujer madianita
del brazo, y Finees, prácticamente loco de desesperación, alanceó a ambos, Dios ensalzó a Finees
por haber tenido "celo por su Dios", "llevado de celo entre ellos; por lo cual yo no he consumido en
mi celo a los hijos de Israel" (Núm. 25: 11,13). Pablo era un hombre celoso, concentrado
enteramente en la obra para su Señor. Estando en peligro de ser encarcelado, y del sufrimiento
consiguiente, declaró: "De ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con
tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio
del evangelio de la gracia de Dios" (Hec. 20: 24). Y el propio Señor Jesús fue un ejemplo supremo
de celo. Cuando lo vieron limpiar el templo "se acordaron sus discípulos de que está escrito: El celo
de tu casa me consume" (Juan 2:17). 126
¿Y qué de nosotros, entonces? ¿Nos consume el celo por la casa de Dios y la causa de Dios?
¿Nos posee? ¿Arde realmente en nosotros? ¿Podemos decir, con el Maestro, "Mi comida es que
haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra" (Juan 4: 34)? ¿Qué clase de discipulado
es el nuestro? ¿Tenemos o no necesidad de orar, con aquel ardiente evangelista, George
Whitefield -hombre tan humilde como lo era celoso-, "Señor, ayúdame a comenzar a comenzar"?
2. El celo de Dios amenaza a las iglesias que no tienen celo de Dios
Amamos a nuestras iglesias; ellas tienen para nosotros recuerdos sagrados; no podemos imaginar
que desagraden a Dios, por lo menos, no seriamente. Pero el Señor Jesús en ' cierta ocasión le
mandó un mensaje a una iglesia muy parecida a algunas de las nuestras -la engreída iglesia de
Laodicea- en el que le decía a la congregación que su falta de celo constituía fuente de supremas
ofensas para él. "Yo conozco tus obras, ni eres frío ni caliente. ¡Ojala fueses frío o caliente!"
¡Cualquier cosa hubiera sido mejor que esa apatía satisfecha de sí misma! "Pero por cuanto eres
tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca... Sé, pues, celoso, y arrepiéntete" (Apo. 3: 15s,
19). ¿Cuántas de nuestras iglesias en el día de hoy son ortodoxas, respetables... y tibias? ¿Cuál ha
de ser entonces, la palabra de Cristo para ellas? ¿Qué esperanza podemos alentar, a menos que,
por la misericordia de ese Dios que en su ira recuerda la misericordia, encontremos el celo
necesario para el arrepentimiento? ; Avívanos, Señor, antes de que se desencadene el juicio.
LECTURA 3: VANDER POL – DIOS EN TRES PERSONAS – CAPÍTULOS 1 – 6
INTRODUCCIÓN
Como sugiere el título, este libro es acerca de la Trinidad. Como sabrás, la palabra "Trinidad" es
una combinación de dos números - tres y uno - en una palabra. Tenemos que reconocer que la
palabra "Trinidad" no se encuentra en la Biblia, pero es el término que usamos para referimos a una
de las enseñanzas bíblicas fundamentales acerca de Dios: el hecho de que él es tres y uno. Si
conocemos lo que la Biblia enseña acerca de la Trinidad, poseeremos una de las verdades
vitalmente importantes que necesitamos para conocer a Dios. Este libro ha sido escrito para ayudar
a los lectores a adoptar esta verdad fundamental, en vez de sólo conformarse con una noción vaga
acerca de cómo es Dios. Estas nociones pueden venir de nuestros propios pensamientos o de las
opiniones populares acerca de Dios. En la incertidumbre y caos resultante apenas podríamos decir
que conocemos a Dios. Para nuestro conocimiento de Dios es esencial tener un marco de
referencia seguro. Este libro fue escrito para ayudar a los lectores a descubrir qué dice la Biblia
acerca de Dios. Pero este libro también tiene la intención de llenar ciertas necesidades específicas
en nuestra búsqueda de conocer a Dios. Primero, fue escrito para aquellos que están investigando
la religión cristiana y aquellos que son nuevos cristianos - aquellos que desean aprender lo básico
de la fe cristiana. Segundo, fue escrito para aquellos creyentes cristianos que están considerando
ser miembros profesos de una iglesia o congregación cristiana; al aprender acerca de la iglesia,
necesitan entender las verdades básicas, incluyendo la Trinidad, la cuál es enseñada por la iglesia.
Tercero, fue escrito para aquellos que han seguido una religión que niega la doctrina de la Trinidad
y que necesitan una guía franca de la Biblia para asegurarles que la Trinidad ciertamente es una
realidad bíblica. 127
No obstante, todos los que desean conocer a Dios necesitan conocer la enseñanza de la Trinidad.
Algunos que leen este libro pueden haber sido cristianos profesos por muchos años; otros pueden
estar investigando la religión cristiana por primera vez. Seamos jóvenes o ancianos, avanzados en
el entrenamiento teológico o novatos en cuanto las enseñanzas bíblicas, a todos nos hará bien
entender las verdades encontradas en este libro. Esto es así, no porque este libro presente ideas
recién encontradas que prometan reemplazar todo lo que se ha dicho acerca de Dios. En vez de
eso, la enseñanza que encontramos aquí es útil porque declara lo que la iglesia cristiana ha sabido,
desde sus orígenes, acerca de Dios y lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo desde el
establecimiento del mundo. No podemos enfatizar demasiado cuán importante es creer lo que la
Biblia enseña respecto a la Trinidad. Este no es un tópico para ser considerado cuando nos sobre
tiempo. Sea que la creamos o no, esta enseñanza determina si conocemos o no al Dios verdadero.
Determina si hemos encontrado o no el camino para ser salvos por Dios. Las ideas falsas acerca de
Dios son como direcciones equivocadas que sólo asegura que la carta no llegará a su destinatario.
Debemos conocer cómo es Dios para alcanzarle. Además es urgente conocer este tópico debido a
cómo responde Dios a aquellos que tergiversan su identidad. Dios dice, «Yo soy Jehová tu Dios,
fuerte, celoso» (Éxodo 20:5). Dios continúa explicando cómo castiga severamente a los que le
odian y lo demuestran tergiversando su identidad. Si alguien escribe mal tu nombre o lo pronuncia
equivocadamente puede lastimarte porque los demás no han sido lo suficientemente cuidadosos
para aprender a referirse de ti. Dios es "celoso" y protege su nombre. Quiere ser entendido
correctamente y llamado apropiadamente. Si hacemos caso omiso a lo que la Biblia dice acerca de
Dios y decidimos hablar de él simplemente como elijamos hacerlo, estamos atrayendo su castigo
sobre nosotros. Con seguridad, debemos desear conocer las verdades básicas acerca de Dios para
que podamos comunicamos con él. Estudiaremos la Biblia para examinar la enseñanza crucial de la
Trinidad. Comenzaremos con Jesucristo, aquel por medio de quien Dios se rebeló más
concretamente; investigaremos en la Biblia quién es él y qué vino a hacer. Seguidamente,
estudiaremos lo que la Biblia dice acerca del Padre de Jesucristo y cómo el Padre está asociado
con Jesús. Tercero, averiguaremos lo que la Biblia enseña acerca del Espíritu Santo y cómo se
relaciona con el Padre y con el Hijo. Cuarto, reuniremos, a manera de resumen, la enseñanza
bíblica expuesta en los capítulos 1 al 3. Quinto, examinaremos algunos pasajes de la Escritura
donde las tres personas de la Trinidad se mencionan lado a lado; observaremos cómo ilustran lo
que se haya dicho hasta ese punto. Finalmente, trataremos de responder las preguntas de aquellos
que niegan esta enseñanza bíblica de la Trinidad. Quizá debamos dar consejo sobre cómo leer este
libro. Aunque es breve, los lectores deben tomar tiempo para comprender cada capítulo antes de
continuar con el siguiente. También, aquellos que prefieran leer una traducción diferente de la Biblia
de la que se usa aquí, se les anima a consultar la traducción de su elección cada vez que se cita la
Escritura. Cualquier traducción de la Biblia que sea fiel a los lenguajes originales presentará la
misma enseñanza acerca de Dios que la encontrada aquí. Espero que este libro sea usado por el
Padre, Hijo y Espíritu Santo para ayudar a todos los lectores a conocerle. 128
PREGUNTAS
1. ¿Qué está mal con adorar a Dios de acuerdo con las ideas que deseemos tener acerca de él?
2. ¿Por qué es necesario conocer y entender la enseñanza bíblica acerca de la Trinidad?
3. ¿Qué quiere decir Dios cuando se llama a sí mismo un Dios "celoso"?
4. ¿Qué enseñan los siguientes versículos acerca del deseo de Dios para nosotros?
a. Jeremías 9:23-24
b. Jeremías 24:7
c. Salmo 36:10
5. Si la Biblia presenta la enseñanza de la Trinidad, ¿cómo debemos considerar a los grupos
religiosos y sus "libros santos" que niegan esta enseñanza? Explica tu respuesta.