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La Importancia de Pensar en la Vida

El documento discute qué es pensar y si todos los humanos piensan. Sostiene que (1) todos los humanos tienen la capacidad de pensar a un nivel básico, aunque no todos sean pensadores expertos; (2) el pensar nos diferencia de los animales y nos permite interactuar con el mundo de manera creativa; y (3) la filosofía implica un nivel más profundo de pensar deliberado para comprender el mundo.
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La Importancia de Pensar en la Vida

El documento discute qué es pensar y si todos los humanos piensan. Sostiene que (1) todos los humanos tienen la capacidad de pensar a un nivel básico, aunque no todos sean pensadores expertos; (2) el pensar nos diferencia de los animales y nos permite interactuar con el mundo de manera creativa; y (3) la filosofía implica un nivel más profundo de pensar deliberado para comprender el mundo.
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¿QUÉ ES PENSAR?

LOS HOMBRES PENSAMOS


Se cree, frecuentemente, que pensar es propio de algunos intrépidos que se entregan
de lleno a este oficio, los llamados filósofos. Estos seres, especie de iniciados en
“ocultas prácticas”, tienen por profesión “pensar”. ¿Cómo les puede gustar dedicarse a
algo que “nadie espontáneamente” hace? Los pensadores deben encontrar alguna
satisfacción, de lo contrario serían masoquistas. El resto de los “mortales” se contenta
con vivir sin hacerse tantos problemas. De problemas no quiere saber más el hombre.
¿Dónde está el “chiste” de indagar tanto la realidad, de ponerse a pensar?, ¿para qué
sirve esto en nuestra agitada vida cotidiana?

Examinemos esta opinión más o menos generalizada: “Pensar es cosa de expertos, no


una necesitad para la vida”. En esta afirmación hay algo de cierto y también un
prejuicio. Lo cierto es que, los que se dedican a pensar por vocación y en forma
profesional, son los llamados filósofos. Sin embargo, es dudoso decir que el pensar sea
innecesario para vivir. La razón de esto es que el pensar no es exterior a nosotros.
Nuestra existencia está atravesada de punta a cabo por esta capacidad básica y
primitiva de pensar.

La actitud pensante es la que nos hace estar en medio de las cosas y no al lado de
ellas. Nosotros interactuamos con las cosas que nos rodean y modificamos lo que está
dado; nos distanciamos de la naturaleza, la trascendemos. Somos algo así como
“espectadores” del mundo natural. Nuestro modo pensante de ser humanos nos
diferencia de los animales, de las plantas, de las piedras, etc. Todo lo que hacemos
está moldeado por este sello.

Un ejemplo: alimentarse, acto propio del animal, adquiere en el hombre una investidura
especial. El comer, tiene una dignidad propia. En ese primitivo impulso de
supervivencia está presente nuestra forma de ser, humana, creativa, abierta al mundo.
Lo instintivo se mezcla con lo cultural. Las costumbres alimenticias de un pueblo nos
hablan de su nivel de desarrollo.

En otras palabras, todos pensamos. Se puede decir que en todo hombre habita un
filósofo escondido. Por el mero hecho de existir, poseemos un saber pre-reflexivo (no
conceptual), espontáneo, que orienta nuestro ser en el mundo. Según la metáfora del
pez, éste está habilitado para vivir en el agua, se mueve con soltura bajo ella. Del
mismo modo, el hombre habita en el mundo circundante como en su “medio”.
Interactúa con otros y modifica lo que le rodea sin estar habitualmente perplejo ante lo
que ve, sino más bien en sintonía con ello. El ser humano sabe a qué atenerse, posee
un suelo firme. El pensar es esta posibilidad de instalarse en el mundo, de modificar el
entorno y, a la vez, de poner en crisis la forma de vida heredada.
Pensar es, en este contexto, nuestro modo comprensivo de estar en el mundo. Todos
nuestros actos son, según esto, pensantes. Pueden ser actos impulsivos, instintivos,
irracionales, mas no por ello pierden su carácter de pensante. 1

En el lenguaje corriente, cuando se dice que alguien “no piensa”; que “no tiene
cabeza”, etc., entendemos esto literalmente. En el fondo, esto es inexacto. Todos
pensamos, en la medida en que respiramos. Pero, no por esto somos todos
pensadores. Es decir, pensamos en un nivel básico y podríamos aprender a pensar de
una manera más penetrante y sistemática.

“Al ámbito de lo que se llama pensar arribamos cuando nosotros mismos


pensamos. Para que nuestro intento sea coronado por el éxito, es menester que
estemos dispuestos a aprender a pensar”.2

La famosa afirmación de Descartes: “pienso, luego existo”, nace de una experiencia


filosófica, metafísica. Quien arriba a ese instante de claridad, en el que de un solo
golpe comprende su ser, ha abierto las puertas de la filosofía. Nosotros estamos, por
ahora, en el umbral.

PENSAR Y FILOSOFAR
Una primera cuestión es dilucidar es la relación que hay entre pensar y filosofar. Hay
que determinar qué es lo que se puede pensar. Si nos proponemos “ver”, parece obvio;
no hay misterios; ver remite a una acción concreta. Se pueden ver las cosas visibles,
en cambio, un olor no se ve. Pero si decimos “pensar”, ¿cuáles son las cosas
pensables? Parece que antes de precisar qué se puede pensar hay que saber algo
sobre lo qué es pensar.

Esta ambiciosa pregunta ha desvelado por largos siglos a los filósofos. Cada sistema
filosófico considera, explícita o implícitamente, que pensar es tal o cual cosa. Para los
filósofos es muy importante esta cuestión, porque refleja el carácter propio de la
filosofía misma. Pensar es un elemento que define a esta actividad. Podríamos decir
que el pensar es para la filosofía como el agua para el pez.

Los filósofos estarían de acuerdo en que el pensar es su elemento. Sin embargo, cada
cual comenzaría a “pensar” qué entiende por pensar. Esa sería su primera tarea. En
cambio, cuando decimos “biología” o “matemática”, el objeto de dichas ciencias parece
estar definido, acordado. Pueden variar los paradigmas de una época a otra, pero no
se cuestiona el objeto de investigación. La filosofía, en cambio, cada vez que se pone
en práctica, empieza por definir su campo, y cada sistema filosófico importante, intenta
satisfactoriamente esta cuestión.

Tratemos nosotros también de averiguar cómo se caracteriza el pensar filosófico. Ya


hemos dicho que contamos con un saber previo, un pensar que llamaremos “de primer
orden”. Este ha sido caracterizado como un nivel básico del pensar, según el cual
todos nuestros actos son pensantes; por ello, nos diferenciamos de los animales y de
los computadores.
1
Actos pensantes no quiere decir actos buenos o malos. La reflexión ética está en un nivel distinto al de esta
descripción.
2
Heidegger, M., Qué Significa Pensar.
Ahora veamos un nivel más profundo del pensar. Se trata de pensar como actividad
deliberada de un sujeto que intenta hacer explícita su comprensión del mundo.
Quien piensa, en este contexto, ausculta lo que ve, no se conforma con recibir
pasivamente lo que hay, sino que intenta comprenderlo. El pensar es, entonces, un
modo de comportarse frente a las cosas. Todo es susceptible de ser pensado, si por
ello entendemos e paso de un estado habitual de ignorancia de lo que ocurre a un
estado de alerta, inquisitivo y explicativo de lo real. Esto no es algo que cualquiera
sepa hacer. S aprende, exige rigor, dedicación y, sobre todo, paciencia. Al adagio
“nadie nace sabiendo”, se agrega “nadie muere sabiéndolo todo”. El pensar está
determinado más como tarea que como meta.

Por eso, la filosofía, no sirve para habitar este mundo. La filosofía ayuda, en cambio, a
“deshabitarlo”. Algo es inhabitable cuando ya no os es cómodo, placentero. La filosofía
provoca incomodidad, pues cambia nuestra mirada ingenua de las cosas en una
mirada inquisitiva. El pensar es la vía de la que se sirve. Pero ahora, pensar no es una
experiencia espontánea, sino, deliberada, filosófica.

“…nuestro pensar se esfuerza en despensar todos los …pensamientos que en


nuestra vida pensamos”.3

Despensar significa, en este contexto, aclarar, hacer nítido algo que no ha sido
cuestionado, que está allí sin previo examen. Llamaremos a este pensar –según
nuestra terminología- “pensar de segundo orden”. Ese consiste en reparar en algo que
“está ahí” ya, hacerlo nuestro: convertirlo en tema pensable.

“Yo no reparo en el sillón en que estoy sentado…, pero cuento con él. Si alguien
lo mueve reparo que algo en él ha cambiado, esto es, que antes estaba de otro
modo y, sin embargo, antes yo o reparaba en él. Existía, pues, para mí, pero no
conscientemente. Estaba ante mí, constituía un elemento presente de mi vida en
ese ahora, me había “enterado” de él, en suma, contaba con él, pero no pensaba
en él”.4

Este pensar es “secundario” porque cuenta con una experiencia previa de las cosas,
que las descubre originariamente. Pensar, no es lo primero que podemos hacer con las
cosas. De hecho, suele ser lo último que nos atrae en relación con algo que nos sale
ordinariamente al paso.

Si para plantar un árbol comenzaremos a indagar cómo es posible esto, describir las
etapas, distinguir los obstáculos, describir el tipo de tierra, etc., lo más probable es que
nos demoraríamos mucho en realizar esta acción. Nuestra operación se vería
bloqueada por la reflexión. Lo que nos interesa es que el árbol viva y crezca, y para
eso no necesitamos ser expertos, sino “tener buena mano”.

PARA QUÉ SIRVE PENSAR

3
Ortega y Gasset, Unas Lecciones de Metafísica.
4
Idem.
Cuando plantamos una semilla y fructifica, tenemos un árbol. También en el arte, su
fruto es la obra; en la ciencia, el resultado es la teoría y luego su aplicación técnica. En
el pensar, ¿cuál es el producto?, ¿provoca algún resultado?

Esta pregunta habla en nombre de nuestra época y fuera ya de la filosofía misma. Los
filósofos mirarían muy mal si se les preguntara ¿para qué sirve lo que hacen? A lo más
se podría preguntar: ¿cuál es el campo de la filosofía? Lo cierto es que el lego siente
una tentación irresistible por saber qué persigue esta actividad. Como la filosofía no es
ajena a la época, es lícito que pueda responder a la pregunta acerca de su utilidad.

El pensar se encamina hacia un objetivo. Transita desde le no sabe hacia el saber, y


busca el ser de las cosas, no su posesión. En este tránsito ininterrumpido, cuyo
comienzo es una ausencia (se desconoce algo), lo que se busca es lo que resta,
aquello que se sustrae a la mirada: esto “otro” (ajeno), es lo que pone en movimiento al
pensar. Cuando nos ponemos a pensar acerca de una cosa:

“Si el término y cumplimiento de mi pensar sobre ella es saber lo que es,


evidentemente, el comienzo de mi pensar sobre ella será no saber lo que es. El
pensar que culmina en saber, comienza por ser ignorar”. 5

¿Qué ha pasado e este recorrido? El protagonista se ha modificado. La expectativa de


encontrar algo, la necesidad de obedecer a ese llamado, o la “vocación para lo
extraño”, han cambiado su modo de habitar el mundo. No hay ganancias concretas,
más bien, él ha perdido muchas certezas que poseía, pero es “otro”, porque ha estado
en una tierra fértil: que ofrece nuevas tareas que realizar. El que piensa, junto con
modificarse, puede llegar a influir en su mundo.

“En la experiencia moderna, la posibilidad de instaurar al hombre en un saber, la


simple aparición de esta nueva figura en el campo de la episteme, implicaron un
imperativo que obsesiona al pensamiento desde su interior; poco importa que
esté amonedado bajo las formas de una moral, de una política, de un
humanismo… lo esencial es que el pensamiento es para sí mismo y en el
espesor de su trabajo a la vez saber y modificación de lo que sabe, reflexión y
transformación del modo de ser de aquello sobre lo cual reflexiona”. 6

YO PIENSO, TÚ PIENSAS. El Maravilloso Proceso de


desarrollar el Pensamiento.
Beatriz Contreras T.
Trinidad Goycoolea M.
Darío Oses M.
Ediciones Universidad Católica de Chile – Colección TELEDUC, 1989

5
Idem.
6
Foucault, Michel, Las Palabras y las Cosas.

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