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EL TEXTO:
Hechos 2: 1 - 11
1Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.
2De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se
encontraban.
3Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;
4quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía
expresarse.
5Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo.
6Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua.
7Estupefactos y admirados decían: «¿Es que no son galileos todos estos que están hablando?
8Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?
9Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia,
10Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos,
11judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios.»
¿QUÉ DICE EL TEXTO?
El don del Espíritu es, según Juan, consecuencia de la glorificación de Jesús: prometido (14,17) y entregado (20,22; cita
ésta que corresponde al Evangelio de hoy y a la vez es el mismo del primer domingo de Pascua).
En el relato de Juan la entrega tiene cierta intimidad, aunque con resonancias de creación.
Lucas presenta en escena, dramáticamente, el acontecimiento trascendente.
Propone como fecha la fiesta de las Semanas, es decir, las siete semanas después de Pascua; el día quincuagésimo (en
griego pentekoste; Ex 34,22; Nm 28,26).
Esta Fiesta, la ofrenda de primeras espigas, más tarde unida al recuerdo de la alianza del Sinaí. Y describe la venida con
imágenes clásicas de teofanía y los efectos a semejanza de algunos antecedentes.
Entre los símbolos presenta el viento (porque en griego “Espíritu” es la misma palabra que “viento” (cf. Jn 3,8); y el
fuego, elemento de la divinidad. Viento teofánico: Is 30,27; Ez 1,4; fuego: Sal 18,13; 29,7.
“Lenguas de fuego” es metáfora (Is 5,24) que aquí adquiere valor simbólico, porque el don del Espíritu está ordenado a
la proclamación del evangelio y se manifestará en fenómenos de lenguaje. Las lenguas del Espíritu se “reparten” (como
en Nm 11), el Espíritu “se posa” (como en Is 11,3) establemente.
Podemos distinguir dos momentos en el texto:
A) Dentro del Cenáculo (vv. 1-4):
El estruendo llegó de repente, y “llena” toda la casa (quizá signifique que se oye en toda la casa (v.2). Un solo Espíritu se
posa, y se distribuye (1 Cor 12,11), cf. v.3. La información sobre la lengua no es coherente; aquí dice que hablaban
“lenguas extranjeras” facultados por el Espíritu. Más abajo la gente dice que hablan en una lengua, la propia, pero que
cada uno la entiende en la suya.
Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de
una ley que ya no está grabada en la piedra, sino en el Espíritu y la libertad (v. 4; cf. Ez 11, 19; 36, 26). Esta convicción ha
contribuido, sin duda, a la redacción imaginativa del descendimiento del Espíritu. Lo esencial, sin embargo, se encuentra
más allá de las imágenes: Dios no da sólo una ley, sino también su propio Espíritu.
B) Fuera del Cenáculo (vv. 5-11):
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El v. 4, que anuncia el don del Espíritu, sirve de transición entre las dos partes del relato. Después de haber descrito el
descendimiento del Espíritu (vv. 1-3), San Lucas pasa a describir los efectos del carisma de la glosolalia (vv. 5-11).
El evangelista convierte el fenómeno de "hablar a Dios" extático en un "hablar a los hombres" en varias lenguas. Las
naciones sólo se presentan de un modo simbólico, porque la multitud se compone de judíos que dejaron, provisional o
definitivamente, la Diáspora para venir a Jerusalén en peregrinación o para establecerse en esta ciudad (versículos 9-10).
La lista metida a la fuerza en la pregunta de los presentes, quiere dar impresión de pluralidad y totalidad.
¿QUÉ ME DICE A MÍ EL TEXTO?
Me fijo en:
1El día de Pentecostés: Dios renueva su alianza. Se da cumplimiento a la promesa de Jesús, que lleva a plenitud su
pascua. Todos los días es Pentecostés; su Espíritu nos acompaña; está dentro de nosotros hasta el fin de nuestros días.
La iniciativa la toma siempre el Señor. La Iglesia no es una organización; la Iglesia eres tú y soy yo.
Estaban todos reunidos en un mismo lugar: la Iglesia naciente está a la espera del cumplimiento de la promesa. La
comunidad unida y reunida; “todos”: tiene alcance para aquellos que se abren a la gracia; que acogen el don del
discipulado, que creen y esperan en la promesa. Y el lugar, no puede ser otro, sino el corazón de Cristo resucitado que
colma todas nuestras expectativas, nos abre a la esperanza, contra toda esperanza, y al amor, aun en medio de las
dificultades.
La oración y el amor a Dios fortalecen nuestra unión con los hermanos, sobre todo, los pobres, donde Él se revela.
2De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se
encontraban.
El Espíritu es movimiento, es vida, es dinámico; es plenitud que llena, colma, zarandea. Es la Ruah, el soplo de Dios que
infunde vida, calor, y que como en Juan 20,22, regenera nuestra condición caída, y nos levanta con la fuerza de su amor.
Sin tu Espíritu, Señor, no soy nada. Quiero dejarme llevar por ti, muriendo a mi yo, esperándolo todo de ti.
3Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;
El fuego, como manifestación del poder de Dios (ver Ex 19,18) nos remite a la presencia del Espíritu de Dios. Esa
presencia que ya Jesús nos había anunciado: “Volveré”, no os dejaré huérfanos”. El Espíritu nos enciende en el amor de
Dios y por tanto, en caridad para con los hermanos. Somos capaces de solidaridad con todos, porque el Espíritu obra en
nosotros el amor.
4 quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía
expresarse.
La promesa se cumple. La fe en Jesús resucitado nos llena del poder de su Espíritu para hablar el lenguaje del amor,
comprensión, verdad, justicia, paz, consolación, y tantas lenguas que el Espíritu suscita que hablemos para que el mundo
crea en su enviado.
Todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios.»
El lenguaje del amor se da en la comunidad. Las maravillas de Dios son el kerigma: lo que Dios Padre hizo en su Hijo, por
medio de su Espíritu para la salvación de toda la humanidad. Es el momento de la conversión; de una comunidad que ya
no vive para sí sino para Dios; que ha salido de sí, de su encierro y sus miedos, y puede apostarle ahora a la donación,
comprendiendo ya todo el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
En palabras del papa Francisco podríamos apropiarnos de lo siguiente:
El Espíritu Santo “nos hace abundar en la esperanza” y aseguró que Pentecostés "es el cumpleaños de la Iglesia".
“El Espíritu es el viento que nos empuja adelante, que nos mantiene en camino, nos hace sentir peregrinos y forasteros, y
no nos permite aburguesarnos y convertirnos en un pueblo ‘sedentario’”, explicó.
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El Papa afirmó que “la esperanza es como una vela” que “recoge el viento del Espíritu y los transforma en fuerza motriz
que empuja la barca”. “Los hombres tienen necesidad de esperanza para vivir tienen necesidad del Espíritu Santo para
esperar”, añadió.
En este sentido, “abundar en la esperanza significa no desanimarse nunca, significa esperar ‘contra toda esperanza’, es
decir, esperar también cuando viene de menos cada motivo humano que esperar, como fue para Abraham cuando Dios
le pidió sacrificar a su único hijo, Isaac, y como fue, todavía mayor aún, para la Virgen María bajo la cruz de Jesús”.
Francisco subrayó que “el Espíritu Santo hace posible esta esperanza invencible dándonos testimonio interior de que
somos hijos de Dios y sus herederos”[1].
¿QUÉ ME HACE DECIR EL TEXTO A DIOS?
Gracias Señor por tu Espíritu derramado en nuestros corazones en Pentecostés, fecha del nacimiento de la Iglesia para
siempre.
Gracias por sellar con nosotros la verdadera alianza que nos une a ti, por tu sangre derramada y tu cuerpo entregado.
Alianza que nos abre a la libertad interior capaz de trascender los muros físicos, materiales y visibles, para movernos con
las alas del Espíritu que nos da la osadía suficiente para proclamarte, anunciarte y dar testimonio de ti en todos los
ámbitos donde nos encontremos.
Gracias porque en la comunión has derramado tus dones; por eso gracias por el don de la comunidad que reunida en una
sóla fe, en un sólo bautismo, y en un sólo Señor reconoce la Trinidad Santa obrando con su gracia la plenitud de tu
Espíritu.
Gracias, porque no estamos solos ciertamente, porque cumples tus promesas una y otra vez. Auméntanos la fe, para que
mantengamos viva nuestra esperanza en ti, para que no nos dejemos llevar por el desánimo ni de ninguna sombra que
opaque tu presencia misteriosa en lo cotidiano donde se va renovando Pentecostés.