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CAP1

Este documento describe la evolución de los soportes de escritura a través de la historia, desde las primeras tablillas de arcilla y madera hasta el papel y formatos electrónicos. También explica el desarrollo de bibliotecas antiguas y el papel de los monasterios en la preservación de manuscritos durante la Edad Media.

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CAP1

Este documento describe la evolución de los soportes de escritura a través de la historia, desde las primeras tablillas de arcilla y madera hasta el papel y formatos electrónicos. También explica el desarrollo de bibliotecas antiguas y el papel de los monasterios en la preservación de manuscritos durante la Edad Media.

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Durante siglos, la tecnología ha marcado la historia y evolución de multitud de factores culturales de

nuestro planeta. Así ha ocurrido con los avances tecnológicos que han dejado huella en la historia del
libro: mejora de la calidad de los textos, de su conservación, del acceso a la información, de la
manejabilidad, de los costes y producción y de otros aspectos afines.

Origen

El libro es entendido hoy en día como negro sobre blanco en papel encuadernado, pero no siempre fue
así. El primer soporte de escritura conocido es la piedra, posteriormente la arcilla, la madera, papiro
(Egipto), seda (China), hueso, bronce, cerámica, escamas, palma seca (India), papel, soportes
electrónicos, piel humana (tatuajes), [Link]á

Etimológicamente, las palabras biblos y liber tienen, como primera definición, corteza interior de un
árbol. En chino el ideograma del libro son las imágenes en tablas de bambú.

Las tablillas encontradas en Mesopotamia en el 3.000 a.C. fueron antecesoras del cálamo, un
instrumento en forma de triángulo que servía para imprimir los caracteres en la arcilla antes de ser
cocida. A esta escritura le siguió la cuneiforme, utilizada por asirios y sumerios, que cocían las tablillas
para solidificarlas. En Nínive fueron encontradas 22.000 tablillas del siglo VII a. C., era la biblioteca de los
reyes de Asiria que disponían de talleres de copistas y lugares idóneos para su conservación. Esto
supone que había una organización en torno al libro, un estudio sobre su conservación, clasificación, etc.

El papiro

En el Antiguo Egipto se produjo uno de los avances tecnológicos más prácticos: aligerar el peso de los
«libros». Las tablillas de madera o marfil del IV milenio a. C. fueron reemplazadas por los volumina
(plural de volumen), rollos de papiro, más ligeros y más fáciles de transportar. Fueron los principales
soportes de la escritura en las culturas mediterráneas de la antigüedad, tanto en Egipto, como en Grecia
y Roma.

El proceso para producir papiro pasa por varias fases: se saca la médula de los tallos de papiro, se
humidifican, se encolan, se prensan, se secan y se recortan, obteniendo unos soportes de una calidad
variable; los mejores se utilizaban para las escrituras sagradas. Se escribía en ellos con un cálamo (tallo
de una caña cortado oblicuamente) o utilizando plumas de aves.

Existen dos tipos fundamentales de escritura egipcia: la hierática o sacerdotal y la jeroglífica. Esta última
dispone de signos más simplificados. Los rollos de papiro, resultado del encolado de varias hojas, se
envolvían en un cilindro de madera, enrollándolos. Algunos sobrepasan los cuarenta metros (crónica del
reinado de Ramsés III). Se desenrollaban horizontalmente; el texto está escrito por una sola cara y
dispuesto en columnas. El título se indica por medio de una etiqueta atada al cilindro. Los rollos en
papiro que se conocen provienen de tumbas en las que se depositaban, con plegarias y textos sagrados,
como el Libro de los muertos (II milenio a. C.).

Los cilindros de papiro se llaman volumen en latín, palabra que significa movimiento circular,
enrollamiento, espiral, torbellino, revolución, en fin, rollo de hojas escritas, manuscrito enrollado, libro.
Los romanos utilizaban también tablas de madera untadas con cera en las que se podía imprimir y
borrar los signos con la ayuda de un estilete (que tenía una extremidad acabada en punta y la otra
redondeada). Estas tablas podían estar unidas de manera similar a las de los códices. Servían, por
ejemplo, para enseñar a escribir a los niños (según los métodos descritos por Quintiliano en sus
Instituciones Oratorias). Los únicos volúmenes que en la actualidad se siguen utilizando son los del Torá,
en las sinagogas.

Del papiro al pergamino

La innovación de poder borrar el texto desplaza el uso del papiro a favor del pergamino. El pergamino se
conseguía a partir de la piel de animales como la vaca, el cordero, etc. Este soporte permitía la
conservación de los textos por más tiempo y en mejores condiciones al ser más sólido. Aunque era un
soporte más [Link]

La leyenda atribuye su invención a Eumenes III, rey de Pérgamo, de donde procedería el nombre de
pergamineum que derivó en pergamino. Su producción empezó hacia el siglo III a. C.

No se tienen muchas referencias acerca de los libros concernientes a la Grecia clásica. Algunos vasos del
siglo V a. C. y del siglo VI a. C. representan unos volumina. No existía, sin duda, el comercio con el libro,
pero existían algunos lugares dedicados a la venta de los mismos. La difusión, la conservación y la
reflexión sobre la catalogación del libro y la crítica literaria se desarrollaron durante la época helenística
con la creación de grandes bibliotecas, que respondían al deseo enciclopédico que se puede encontrar,
por ejemplo, en el afán de Aristóteles y que respondían también, sin duda, a razones de prestigio
político.

Bibliotecas

Se crearon bibliotecas con la intención de conservar un ejemplar de cada libro, traducir volúmenes en
otros idiomas y crear catálogos de libros. Las bibliotecas más destacadas fueron: la de Atenas (el
Ptolemaion fue la que tuvo más relevancia tras la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. Importantes
fueron también la biblioteca de Pantainos, hacia el 100; y la biblioteca de Adriano, en 132); la de Rodas,
la de Antioquía y la más famosa de todas ellas: la biblioteca de Alejandría (creada por Ptolomeo I Sóter y
constituida por Demetrio de Falero. Llegó a contener 500.000 volúmenes (en la parte del Museion) y
40.000 en el templo de Serapio (Sérapeion). El Museion fue destruido parcialmente en el 47 a. C. en
Pérgamo, la biblioteca fundada por Átalo I, contenía 200.000 volúmenes que fueron llevados al Serapeo
por Marco Antonio y Cleopatra tras la destrucción del Museion. El Serapeo fue destruido, en parte, poco
después, 391 por los cristianos y los últimos libros desaparecieron en 641 con la conquista árabe).

En Roma se comenzaron a editar libros influenciados por los griegos en el siglo I a. C., sobre todo desde
el punto de vista literario. Ático fue, por ejemplo, el editor de Cicerón. Pero el comercio del libro fue
extendiéndose progresivamente por todo el Imperio romano. El libro se difundió, por tanto, gracias a la
extensión del Imperio que implicó la imposición de la lengua latina en la mayoría de los pueblos (España,
África, etc.)

Las bibliotecas eran privadas o bien eran creadas por algunos particulares. Julio César quiso crear una
biblioteca en Roma: una biblioteca era, ya por entonces, un instrumento de prestigio político.

En el siglo IV existían en Roma 28 bibliotecas y muchas bibliotecas menores en las provincias.

Del pergamino al papel, del volumen al códice

Poco a poco el papel fue reemplazando al pergamino porque abarataba costes, lo que permitió una
mayor difusión de los libros.

Al final de la Antigüedad, entre los siglos II y III, y , sobre todo, en la Edad Media, el códice sustituyó al
volumen. El códice se entiende ya como el libro que conocemos hoy en día, con forma rectangular, dejó
de ser un rollo continuo y se convirtió en un conjunto de hojas cosidas. Desde ese momento fue posible
acceder directamente a un punto preciso del texto. El códice o libro resultaba más práctico ya que podía
ponerse sobre una mesa facilitando que el lector pudiera tomar notas o escribir mientras leía. El
formato de los códices fue mejorando con la separación de las palabras, las mayúsculas y la puntuación;
después se añadieron las tablas de las materias y los índices, que facilitaron el acceso directo a la
información requerida.

Este es el formato que hoy en día se usa, un formato con validez desde hace 1.500 años.

Los monasterios se convirtieron en la piedra angular de la edición y conservación de los códices. En el


siglo IV, durante los períodos convulsos de las invasiones, los monasterios pudieron conservar, para
Occidente, textos religiosos y algunas obras de la antigüedad. Asimismo, Bizancio dispuso de
importantes centros de copia. Era necesario hacer copias de determinadas obras ya que la lectura era
una actividad de gran relevancia en la vida religiosa (plegarias, trabajo intelectual, cánticos…). Existían
scriptoria (lugares dedicados a copiar códices y volúmenes) en bastantes monasterios con la intención
de copiar estos escritos considerados relevantes. Pero, sin embargo, algunos ejemplares no fueron
copiados por los monjes debido a la intensa censura a la que los códices eran sometidos; los libros
entendidos como «peligrosos» no eran copiados. Por lo tanto, la supervivencia de los libros dependía de
luchas políticas e ideológicas que llevaron a la pérdida irremisible de códices de incalculable valor hoy en
día (se perdieron muchos libros de incalculable valor en las disputas iconoclastas entre el 730 y el 840).

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