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El Avaro

En la escena, Harpagón intenta organizar una cena con poco dinero y le pide ayuda a su cocinero y cochero Maese Santiago. Sin embargo, las sugerencias excesivas de comida de Maese Santiago enfurecen a Harpagón. Valerio interviene ofreciéndose a organizar la cena él mismo con frugalidad. Maese Santiago le advierte a Harpagón sobre los halagos de Valerio y las burlas que circulan sobre la avaricia de Harpagón.

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El Avaro

En la escena, Harpagón intenta organizar una cena con poco dinero y le pide ayuda a su cocinero y cochero Maese Santiago. Sin embargo, las sugerencias excesivas de comida de Maese Santiago enfurecen a Harpagón. Valerio interviene ofreciéndose a organizar la cena él mismo con frugalidad. Maese Santiago le advierte a Harpagón sobre los halagos de Valerio y las burlas que circulan sobre la avaricia de Harpagón.

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ACTIVIDADES

Tenemos a continuación la escena V del acto III de El avaro, de


Molière. En ella intervienen Harpagón, el viejo avaro, que quiere
ofrecer una cena a la joven con la que pretende casarse, Mariana, y
a la madre de esta; Valerio, el enamorado de la hija de Harpagón,
que ha conseguido entrar al servicio de este y finge servirlo con
esmero para ganarse su favor; y maese Santiago, cochero y coci-
nero de la casa. Lee la escena con atención y responde a las cues-
tiones que se plantean. (Con números de color verde se numeran las líneas
del fragmento)

ESCENA V
(HARPAGÓN, VALERIO y MAESE SANTIAGO)

HARPAGÓN: Valerio, ayudadme en esto. Veamos, maese Santiago; os


he dejado para el último.
MAESE SANTIAGO: ¿Es a vuestro cochero, señor, o a vuestro cocinero, a
quien queréis hablar? Pues yo soy lo uno y lo otro.
HARPAGÓN: Es a los dos.
MAESE SANTIAGO: Mas, ¿a cuál de los dos primero?
HARPAGÓN: Al cocinero.
MAESE SANTIAGO: Esperad entonces, por favor. (Maese Santiago se
quita su casaca de cochero y aparece vestido de cocinero.)
HARPAGÓN: ¿Qué diantre de ceremonia es esta? 10
MAESE SANTIAGO: No tenéis más que hablar.
HARPAGÓN: Me he comprometido, maese Santiago, a dar una cena esta
noche.
MAESE SANTIAGO: (Aparte.) ¡Gran maravilla!
HARPAGÓN: Dime: ¿nos darás bien de comer?
MAESE SANTIAGO: Sí; si me facilitáis dinero.
HARPAGÓN: ¡Qué diablo, siempre dinero! Parece que no saben decir
otra cosa: ¡dinero, dinero, dinero! ¡Ah! ¡Solo tienen esa palabra en la
boca: dinero! ¡Hablar siempre de dinero! El dinero es su muletilla.
VALERIO: No he oído nunca una respuesta más impertinente que es- 20
ta. ¡Vaya una maravilla dar una buena comida con mucho dinero! Es
la cosa más fácil del mundo, y no hay mísero ingenio que no haga otro
tanto; mas para obrar como un hombre hábil hay que saber ofrecer
una buena comida con poco dinero.
MAESE SANTIAGO: ¡Buena comida con poco dinero!
VALERIO: Sí.
MAESE SANTIAGO: (A Valerio.) A fe mía, señor intendente, os queda-
remos muy agradecidos si nos reveláis ese secreto y ocupáis mi
puesto de cocinero; así seréis dentro el factoton.
HARPAGÓN: Callaos. ¿Qué necesitaremos? 30
MAESE SANTIAGO: Aquí tenéis a vuestro señor intendente, que os dará
bien de comer por poco dinero.
HARPAGÓN: ¡Arre! Quiero que me respondas.
MAESE SANTIAGO: ¿Cuántas personas seréis en la mesa?
HARPAGÓN: Seremos ocho o diez; mas solo hay que contar ocho.
Donde comen ocho pueden comer muy bien diez.
VALERIO: Eso por descontado.
MAESE SANTIAGO: ¡Pues bien! Se necesitarán cuatro grandes ollas de
sopa y cinco platos... Sopas... Principios...
HARPAGÓN: ¡Diablo! Eso es para dar de comer a una ciudad entera. 40
MAESE SANTIAGO: Asa...
HARPAGÓN: (Tapando la boca de Maese Santiago con la mano.) ¡Ah,
traidor! Te comerás mi fortuna.
MAESE SANTIAGO: Entremeses...
HARPAGÓN: (Volviendo a poner su mano sobre la boca de Maese San-
tiago.) ¿Más aún?
VALERIO: (A Maese Santiago.) ¿Es que pensáis atiborrar a todo el mun-
do? ¿Y el señor ha invitado a unas personas para asesinarlas a fuerza
de condumio? Id a leer un rato los preceptos de la salud y a preguntar
a los médicos si hay algo más perjudicial para el hombre que comer 50
con exceso.
HARPAGÓN: Tiene razón.
VALERIO: Sabed, Maese Santiago, vos y vuestros compañeros, que
resulta una ladronera una mesa llena de viandas en demasía; que para
mostrarse verdaderamente amigo de los que uno invita es preciso que
la frugalidad reine en las comidas que se den, y que, según el dicho
antiguo, «hay que comer para vivir y no vivir para comer».
HARPAGÓN: ¡Ah, qué bien dicho está eso! Acércate que te abrace por
esa frase. Es la más hermosa sentencia que he oído en mi vida: Hay
que vivir para comer y no comer para vi... No; no es eso. ¿Cómo 60
has dicho?
VALERIO: Que hay que comer para vivir y no vivir para comer.
HARPAGÓN: (A Maese Santiago.) Sí. ¿Lo oyes? (A Valerio.)¿Quién es el
gran hombre que ha dicho eso?
VALERIO: No recuerdo ahora su nombre.
HARPAGÓN: Acuérdate de escribirme esas palabras: quiero hacerlas
grabar en letras de oro sobre la chimenea de mi estancia.
VALERIO: No dejaré de hacerlo. Y en cuanto a vuestra cena, no tenéis
más que dejarme hacer; yo lo dispondré todo como es debido.
HARPAGÓN: Hazlo, pues. 70
MAESE SANTIAGO: ¡Tanto mejor! Menos trabajo tendré.
HARPAGÓN: Harán falta cosas de esas que se comen apenas y que har-
tan en seguida; unas buenas judías magras con algún pastel en olla,
bien provisto de castañas.
VALERIO: Confiad en mí.
HARPAGÓN: Y ahora, Maese Santiago, hay que limpiar micarroza.
MAESE SANTIAGO: Esperad; esto va dirigido al cochero.(Maese Santiago
se vuelve a poner su casaca.) ¿Decíais...?
HARPAGÓN: Que hay que limpiar mi carroza y tener preparados mis
caballos para llevar a la feria... 80
MAESE SANTIAGO: ¡Vuestros caballos, señor! ¡Pardiez!, no se encuen-
tran en estado de caminar. No os diré que estén echados en su cama:
los pobres animales no la tienen, y sería mentir; mas los hacéis obser-
var unos ayunos tan severos, que ya no son más que ideas, fantas-
mas o figuraciones de caballos.
HARPAGÓN: ¡Van a estar muy enfermos no haciendo nada!
MAESE SANTIAGO: Y, aunque no se haga nada, señor, ¿es que no se
necesita comer? Mejor les valdría a las pobres bestias trabajar mucho
y comer lo mismo. Me parte el corazón verlos así, extenuados. Pues,
en fin: siento talcariño por mis caballos, que me parece que soy yo 90
mismo, cuando los veo sufrir. Me quito para ellos, todo los días, las
cosas de la boca; y es tener, señor, un temple muy duro no sentir
piedad alguna por el prójimo.
HARPAGÓN: No será un trabajo grande ir hasta la feria.
MAESE SANTIAGO: No, señor; no tengo valor para llevarlos, ni podría
darles latigazos; en el estado en que se hallan, ¿cómo queréis que
arrastren la carroza? ¡Si no pueden tirar de ellos mismos!
VALERIO: Señor, rogaré al vecino Picard que se encargue de guiarlos, y
de este modo podremos contar con este aquí para preparar la cena.
MAESE SANTIAGO: Sea. ¡Prefiero que se mueran bajo la mano de 100
otro que bajo la mía!
VALERIO: Maese Santiago es muy sensato.
MAESE SANTIAGO: Y el señor intendente muy dispuesto y decidido.
HARPAGÓN: ¡Haya paz!
MAESE SANTIAGO: Señor, no puedo soportar a los aduladores; y veo que
lo que él hace, sus continuas requisas sobre el pan y el vino, la leña, la
sal y las velas son únicamente para halagaros y haceros la corte. Eso
me enfurece, y me enoja oír a diario lo que se dice de vos, pues,en fin,
os tengo afecto a mi pesar y, después de mis caballos, sois la persona
a la que quiero más. 110
HARPAGÓN: ¿Podría yo saber de vuestros labios, maese Santiago, lo
que se dice de mí?
MAESE SANTIAGO: Sí, señor, si tuviera la seguridad de que eso no os iba
a enojar.
HARPAGÓN: No; en modo alguno.
MAESE SANTIAGO: Perdonadme; sé muy bien que os encolerizaría.
HARPAGÓN: En absoluto. Al contrario, es darme gusto, y me complace
saber cómo hablan de mí.
MAESE SANTIAGO: Señor, ya que lo deseáis, os diré francamente que se
burlan en todas partes de vos, que nos lanzan cien pullas a cuenta 120
vuestra y que nada los embelesa tanto como morderos y estar murmu-
rando siempre sobre vuestra tacañería. El uno dice que mandáis impri-
mir almanaques especiales, en los que hacéis duplicar las Témporas y
las Vigilias, a fin de aprovecharos de los ayunos a que obligáis a vues-
tra gente; el otro, que siempre tenéis preparada una riña con vuestros
criados en época de aguinaldos, o cuando salen de vuestra casa, para
tener así un motivo de no darles nada. Aquel cuenta que una vez hicis-
teis emplazar judicialmente al gato de vuestro vecino por haberse
comido en vuestra cocina los restos de una pierna de cordero. Este,
que se os ha sorprendido una noche sustrayendo vos mismo la 130
avena a vuestros caballos, y que vuestro cochero, mi antecesor en el
puesto, os dio en la oscuridad no se cuántos palos, lo cual no quisis-
teis divulgar. En fin: ¿queréis que os lo diga? No se puede ir a ningún
sitio donde no se oiga haceros trizas. Sois el tema de irrisión de todo el
mundo, y siempre se os designa bajo los nombres de avaro, roñoso,
ruin y usurero.
HARPAGÓN: (Golpeando a Maese Santiago.) Sois un necio, un bergan-
te, un pícaro y un descarado.
MAESE SANTIAGO: ¿Lo veis? ¿No lo había yo adivinado? No quisisteis
creerme. Ya os dije que os enojaríais al deciros la verdad. 140
HARPAGÓN: Aprended a hablar.

Molière, El avaro

a
Resume brevemente la escena.
b
¿Qué nos da a entender el hecho de que maese Santiago sea a la
vez cochero y cocinero?
c
Señala algunas de las numerosas muestras de la avaricia de
Harpagón. (Recuerda que su pasión llevada al extremo es lo que lo
convierte en un personaje prototípico.)
d
La avaricia ciega a Harpagón hasta el punto de que no advierte la
intención aduladora de Valerio. Señala cómo se muestra esta
intención del joven.
e
Entre maese Santiago y Valerio hay un intercambio de halagos
claramente irónicos. Indícalos.
f
La penúltima intervención de maese Santiago es especialmente
significativa. En ella se ofrecen los comentariosque circulan sobre
Harpagón y que lo convierten en un ser ridículo. Ponlo en relieve.

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