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16 - Nº 1
Resumen
Este trabajo, como investigación documental, busca encontrar en la litera-
tura disponible la práctica de la brujería como resistencia femenina al patriar-
cado. Se trata de un rastreo por los arquetipos que remiten a la brujería y su
persecución en la edad media. Se toman fuentes documentales claves y se acu-
de a una literatura secundaria significativa. Como resultados, se observa que
la tradición de las brujas tiene por lo menos cuatro fuentes, Lilith (Babilonia),
Morgana y Melusina (celtas), Circe y Medea (griegas) y los tríos de brujas (de la
novela barroca). Se hace un seguimiento a estas tradiciones que son expresión
de la resistencia femenina al patriarcado y se concluye que la resistencia feme-
nina al patriarcado se ha expresado en una multitud de figuras de quienes se
sigue pensando que hay algo de brujas en ellas.
Palabras claves: Brujería; Patriarcado; Resistencia femenina; Cacería de
brujas.
1. Introducción
La práctica de la brujería es tan antigua como prohibida. Pero el significado de la brujería
no ha sido el mismo siempre. La palabra bruja o brujo no se refiere a las mismas prácticas.
En el código de Hammurabi se establece la prohibición de la brujería y se castiga mediante
la prueba del agua:
2 § Si un hombre le imputa a otro hombre actos de brujería pero no puede pro-
barlo, el que ha sido acusado de magia tendrá que acudir al divino Río y echarse
al divino Río y, si el divino Río se lo lleva, al acusador le será lícito quedarse con
su patrimonio. Pero si el divino Río lo declara puro y sigue sano y salvo, quien
le acusó de magia será ejecutado. El que se echó al divino Río se quedará con
el patrimonio de su acusador (Hammurabi, 1760 ac).
Según Oliver Landolt (2000), el término bruja solo aparece en los Libros sobre el crimen
(Frevelbüchern) en Suiza, en el cantón de Escafusa (Schaffhausen) a finales del siglo XIV. En
un principio, las sentencias contra las brujas no eran especialmente drásticas en Europa, y
1 Comunicador social. Escritor de narrativa, poesía y ensayo. Candidato a doctor en ciencias sociales, niñez y
juventud. Magíster en comunicación. Docente e investigador Universidad de Caldas. Correo electrónico: da-
[email protected]
más bien se castigaba con la muerte a quien acusara a una persona de brujería y la matara
por eso, como se establece en el concilio Paderborn, en el año 785 d.C.:
Quienquiera que, cegado por el demonio e infectado con errores paganos,
tome a otra persona por una bruja que come carne humana y, por lo tanto, la
queme, coma su carne, o la de a otros a comer, será castigado con la muerte
(Enciclopedia Católica, 2014).
Los brujos, en cambio, según este concilio, debían “ser reducidos a la servidumbre y quedar
al servicio de la Iglesia” (Enciclopedia Católica, 2014). Solo en 1478, el papa Sixto IV expidió la
bula Instructio proformandis processibus in causis strigum sortilegiorum et maleficorum que
desata la cacería de brujas en todo el continente europeo (Durschmied, 2009). Pocos años
después, en 1487, dos monjes inquisidores dominicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger,
publicaron el Malleus Maleficarum (2004), que es una especie de manual contra la brujería,
con numerosas ediciones ulteriores y un influjo creciente en los juicios de la inquisición hasta
el siglo XVII.
En un principio, la iglesia católica solo participaba en los juicios, pero entregaba la sentencia
al brazo secular que ejecutaba la condena. El procedimiento de las indagatorias solía ser la
tortura y no había posibilidades de abogados defensores porque nadie se arriesgaba a ser
acusado él mismo por herejía si defendía a un condenado. Al respecto, fue famoso Torque-
mada quien escribió varios libros (Torquemada, 1982) y fue implacable torturador en España.
Arturo Morgado García, en su libro Demonios, magos y brujas en la España moderna, con gran
profusión de fuentes, documenta este momento contra las brujas en la Edad Media (1999).
María Teresa Fúster (2011) se refiere al Canon Episcopi del siglo IX en el que se niega la
realidad de la brujería, pero se condena la práctica de quienes creían en ella, con lo cual, para
la autora, se prepara la persecución que se desatará posteriormente. Lo interesante del trabajo
de Fúster es que muestra en la historia cómo la persecución de las brujas se fue preparando
lentamente en la conciencia de la iglesia y de la cristiandad, hasta que, con la llegada de la
peste, se desata la cacería.
Carlo Ginsburg (1991), por su parte, sostiene dos tesis que pueden ser iluminadoras. La
primera es que la peste llega a Mesina en 1347, proveniente de Asia, y se propaga rápidamente
por Europa, y de esa plaga son culpados especialmente los judíos y los leprosos, a quienes
se les atribuye el envenenamiento de las aguas y se les persigue con saña. La mortandad, al
menos de manera conjetural, que no puede ser sino cosa del demonio, ante la imposibilidad
de culpar a los judíos, pasa a ser acción de las brujas como consecuencia de su pacto con el
diablo. La segunda tesis de Ginsburg, que se refiere a la práctica de la cacería, es que muchos
juicios se hacen contra un saber popular proveniente de culturas chamánicas, migrantes del
norte, y se condenan por brujos a muchos sabios extranjeros de estas comunidades.
La carnicería duró hasta finales del siglo XVII:
Al final del siglo XVII la persecución comenzó a debilitarse casi en todas partes.
A principios del siglo XVIII, prácticamente cesó. La tortura fue abolida en Prusia
en 1754, en Bavaria en 1807 y en Hanover en 1822. El último juicio por bruje-
Lilith es la mujer solitaria que se resiste al dominio masculino, enemiga de las otras muje-
res, y que no descansa nunca porque jamás será satisfecho su deseo voraz. Sólo en el fin de
Edom, según el profeta Isaías, cuando Yahvéh arrase con todas las naciones movido por su
cólera infinita: “Tenderá Yahvéh sobre ella la plomada del caos y el nivel del vacío” (Is: 34:11).
Entonces, las ciudades de los hombres serán habitadas por las bestias y: “También allí reposará
Lilit y en él [en Edom destruido] encontrará descanso” (Is: 34:14).
Lilith solo descansará con la destrucción de las ciudades. Es decir, con el fin de la civilización
masculina que la expulsó de su deseo. No quiere ella tampoco la domesticidad del hogar. Purga
un crimen eterno porque ha matado a sus hijas y por causa de ese crimen no puede someter
a los hombres. Por eso, solo quiere amargamente destruirlos, puesto que han herido su sexo
hasta convertirla en ese terrible súcubo que no puede perdonarse. Ella es la hechicera.
En la tradición griega también hay hechiceras solitarias como la diosa Circe de la isla de
Eea y su sobrina Medea, hija de Eates de Cólquida y de la ninfa marítima Idía. Tanto la tía
diosa como la sobrina humana eran hechiceras poderosas que usaban brebajes para obtener
efectos devastadores, como la ayuda que Medea le presta a Jasón para afrontar el reto que
le impusiera Eates, el padre de la enamorada muchacha, para obtener el vellocino de oro. Sin
embargo, en la mitología griega, las hechiceras actúan como las diosas, de manera capricho-
sa guiadas por su corazón. En cambio, las hadas y Lilith tienen un sino trágico de repudio al
mundo masculino y sus poderes siempre los usan para destruir a sus agresores los hombres.
Una cuarta tradición de la brujería proviene quizás del mito griego de las ternas de mujeres
como las parcas, que invitan a pensar en un carácter gregario femenino, que es demonizado
en el patriarcado medieval. Las dos tradiciones pueden dar origen a las dos prácticas que son
la hechicería como arte solitario y la brujería como práctica comunitaria (Caro Borja, 1997).
Las brujas son la comunidad femenina conformada por la joven deseante, la madre protec-
tora y la anciana sabia. Este tipo de comunidad local femenina creó la sospecha en la iglesia de
la edad media de una secta satánica de brujas que copulaban con el diablo. El trío de brujas
puede ser una forma de proyectarlas a una comunidad femenina, dado que la trinidad es
figura del grupo social, el núcleo ternario indica la transitividad social. En una pareja no hay
proyección. Se necesita el tercero para poder hablar de comunidad (Hutchinson, 1992, p. 36).
De esta manera, tanto la hechicera Lilith como la comunidad de brujas tienen un signo dia-
bólico para los aterrados hombres medievales que en todo veían la presencia de un principio
absoluto del mal, especialmente cuando no podían dominar lo que se oponía a su acostumbrada
seguridad. Por eso, todas las mujeres eran peligrosas y, de alguna manera, en todas residía
Lilith. El mundo femenino no termina de someterse jamás y por eso infunde tanto miedo.
lica. Son signo de herejía porque invocan fuerzas adversas al culto de la luz, donde reina una
oficialidad moral, religiosa y científica. Es decir, donde se oficializa el dominio sobre el misterio
y las relaciones entre los hombres. Las brujas perecen con la luz y, por supuesto, con el fuego.
Es España quizás donde menos se persiguió a las brujas en Europa, con excepción del cita-
do Torquemada, no obstante el miedo a esa comunidad perversa y que se escapa del poder
masculino es similar al del resto del continente. Es famosa Barahona de Soria como lugar de
brujería y de allí provienen relatos como el que refiere Diego de Torres y Villarroel (1693-1770)
(Flores Arroyuelo)2:
(...) me enterró la voz en el estómago un infernal tropel de viejas todas en cueros,
que danzaban en el ayre, sin otro abrigo sobre sus carnes que una liga de cáñamo
en las cinturas, á donde estaba ahorcado un pucherillo, rebosando pringue y
ungüento. A la luz de unas moribundas candelillas que como cuernos llevan en
la cabeza, se dexaban ver tan horribles que parecían precitos á medio chamuscar
en las calderas de Pedro Botero, ó cuerpos chismosos á medio podrir que iban
á tomar la Barca de Aqueronte. Baxaron á tierra arremolinadas, formando más
estruendo que una legión de Vizcaynos, y tanto se asustaron nuestras cabalga-
duras con el ruido que nos vertieron en el suelo con alguna crugia del costillage,
y reconociendo por lo escandaloso del sitio que serían Brujas, nos incorporamos
con menos susto y vimos que había formado la maldita tropa un círculo, cuyo
horrible centro ocupaba un cabrón con dos miramelindos de Xarm en la cabeza,
cabra de las ancas abaxo, y el resto de catadura humana (1985, p. 150).
En este relato, hasta aquí, se describe el escenario en el que el observador está muerto
de miedo por lo que parece la formación de un aquelarre diabólico de brujas y demonios. De
modo que el detalle con el que se refiere a la desnudez de las viejas, que solo tenían atado a
la cintura un cordel, despierta cierta sospecha. Continúa el relato:
Por aquellos campos se dexaban ver tendidos diferentes demonios en figuras
de bueyes, chivos, castrones, osos y borricos, que éstos son los Martinelos o
Súcubos, é Incubos que las conducen á los conciliábulos para tener los actos
torpes. Repicó el cabrón un golpe en un panderillo, y llegó una vieja arrugada
tan lleno su cuerpo de rasgos, rayas y palotes, que parecía esportio de pasas de
Ceclavin, el rostro empedrado de tarascadas, chirlos y roturas, como zapatos de
gotoso, empañado entre un par de abarcas, que tenía por orejas, y alzándole la
cola al castrón, se refregó los hocicos entre los pliegues de la boca trasera del
estómago, y todas las otras no hicieron más que besar. Luego que tocaron con
las barbas la nefanda posteridad, empezó el cabrón á tocar, y todas las brujas
(cuyos nombres son los que van escritos á la margen) baylaban á la redonda
desgajándose á coces y brincos, y en cada circulo á unísonos del pandero des-
pedían una pestífera solfa de regüeldos traidores y estornudos descaminados,
más amargos á las narices que la hiel á la boca (1985, p. 150).
2 Flores (1985) lo transcribe del libro de Torres Villarroel como extracto de los pronósticos del Gran Piscator de
Salamanca desde el año 1725 hasta 1753.
En este relato, llama la atención el detalle con que describe la escena, que se supone
es observada de lejos y a escondidas. Los elementos, como el vuelo nocturno, el diablo en
forma de cabrón o de sátiro, la referencia a los martinelos, los íncubos y los súcubos que
acompañaban al diablo, los detalles de la bruja que besa el trasero del cabrón, hacen notar
las referencias a una tradición difundida y el artificio del relato. A continuación, el narrador
refiere la cantinela que sirve en el aquelarre de conjuro y que tiene un tono obsceno, pero
una iteración del coro infantil:
Servía de estribillo á la hedionda música esta conterilla:
Cabrón: Ande la rueda,
el cuesco, el respingo,
la coz y la brega.
Cantó la primera copla el Cabrón, que era el Maestro de Capilla de aquel coro
infernal, y luego siguieron todas cada qual con la suya, y al fin repetían la con-
terilla, haciendo torno y sonando cada vez más huecos los malditos baxones.
Las coplas que se me fixaron en la memoria, son las siguientes:
Cabrón: No todo ha de ser chupar,
brujas mías, porque quiero
que al Astrólogo embustero
se la demos á mamar:
si soplos viene á buscar
á la boca del Ayrón,
echadle con ton y son
muchos soplos de Occidente,
de modo, que ayrosamente
á todos mentirles pueda.
Todas: Y ande la rueda,
el cuesco, el respingo,
la coz y la brega
Camacha: Pues escuche sin recelo
el Lunario advenedizo,
cosas, que son un hechizo,
y estudiadas en un vuelo:
no hemos asomado al Cielo
á registrar un coluro,
y sabemos lo futuro,
que cada bruja en su armario
tiene cierto Kalendario
que pronostica y enreda.
Todas: Y ande la rueda, etc. (p. 151).
El anterior relato, como la mayoría de los que se refieren al sabbat o a los aquelarres, es
referido por un varón asustado que, sin embargo, consigue retener en la memoria largas coplas
que transcribe literalmente. Esta referencia es sospechosa y conviene examinarla a la luz de
la historia. Los elementos descritos en el relato: vuelo nocturno, canibalismo, orgía sexual,
adoración del diablo, son antiguos y aluden a las acusaciones que se profirieron contra los
judíos hacia el año 1000. Estos relatos recuerdan, además, las acusaciones que se les hacían
a los primeros cristianos por los propios judíos, a quienes, a su vez, San Agustín acusó de las
mismas prácticas (Ginsburg, 1991, p. 72). Esto significa que el tal testimonio no es más que
un estereotipo que se replica en toda Europa (Russell, 1998). Son los inquisidores varones
quienes juzgaron y condenaron a miles de brujas, persiguiendo una mítica secta femenina, en
la cual se copulaba con el diablo y que fue acusada de crímenes atroces como infanticidios,
orgías, hechicería y otras diabluras.
(…) no te dé pena alguna este suceso, que ya sabes tú que puedo yo saber que
si no es con Rodríguez, el ganapán tu amigo, días a que no tratas con otro; así
que este perruno parto de otra parte viene y algún misterio contiene (Cervan-
tes, 1981, p. 338).
El trío hija, madre y abuela está en toda mujer y por eso en todas habita el diablo. En todas
reside el súcubo que pone en peligro al poder de Adán. En todas reside Lilith, agazapada en
los pliegues del sexo.
En Shakespeare, la comunidad de brujas tiene un carácter oracular y con ello invoca el
mundo clásico y lo encarna en la terna medieval. En la tragedia de Macbeth (Shakespeare),
las brujas son tres:
Bruja 1: ¿Cuándo volveremos a encontrarnos las tres en el trueno, los relám-
pagos o la lluvia?
Bruja 2: Cuando finalice el estruendo, cuando la batalla esté ganada y perdida.
Bruja 3: Eso será antes de ponerse el sol.
Bruja 1: ¿En qué sitio?
Bruja 2: Sobre el páramo.
Bruja 3: Allí nos encontraremos con Macbeth.
Bruja 1: ¡Voy, Mari–Gris! (es el nombre de un gato).
Bruja 2: Padddock (nombre de un sapo) me llama.
Bruja 3: ¡En seguida!
Todas: Lo hermoso es feo, y lo feo es hermoso. ¡Revoloteemos por entre la
niebla y el aire impuro! (salen) (1951, p. 1551).
Las tres brujas inauguran la tragedia con este diálogo misterioso y sirven de oráculo en
toda la obra. Esta comunidad de brujas ha sido tradicional en la literatura y, a diferencia
de las hechiceras solitarias, que son descendientes de los monstruos femeninos, las brujas
juegan en comunidad. Rara vez ejercen una crueldad mortal sobre nadie. Su fama de matar
niños puede ser espuria, puesto que tenían el oficio de parteras y solían preocuparse por la
salud de las madres y los críos. Las brujas de Shakespeare, como las de Torres y Villarroel,
preparan pócimas en un ritual que acompañan con coplas. En Macbeth, las brujas entonan
una cantinela que recuerda las rondas infantiles y los cuentos en los que se evocan las
pócimas de las brujas:
Acto cuarto
Escena primera
Una caverna oscura. En el centro, una caldera en ebullición.
Bruja 1: Tres veces el gato listado maulló.
Bruja 2: Tres, y una el erizo a lamentos implora.
Bruja 3: La arpía ha gritado: “¡Ya es hora, ya es hora!”
Bruja 1: Giremos en torno de la ancha caldera,
y cuaje los filtros la roja lumbrera.
La referencia a la noche en la traducción literal las ubica justo en la media noche. Esta
referencia tenebrosa, no obstante, se contrarresta con el tono juguetón de los versos de la
preparación del filtro que convierte a esta comunidad de brujas en un doble signo: por un
lado, la necesidad del oráculo en Shakespeare, proveniente de los fantasmas, del más allá,
del designio eterno, del destino. Y, por otra parte, el juego femenino de las pitonisas que no
asustan sino que divierten y que son una comunidad, aproxima a una cotidianidad infantil,
de las cocinas, de la tibieza doméstica.
Es preciso observar que el saber femenino, originado en el hogar y en la medicina casera,
es muy diferente al saber masculino. Ellas son parteras y conocen los secretos del misterio de
los nacimientos, ellas manejan la huerta y de allí sacan infusiones para la diarrea, el mal de
madre, el dolor de cabeza y los cólicos, conocen los vermífugos y los eméticos. Ellas dominan
los secretos de la levadura, de los fermentos y de los venenos. Y ese saber es trasmitido de
generación en generación. Es, además, un saber que no es conocido por los hombres que andan
muy ocupados buscando la piedra filosofal y los poderes de los elementos de la alquimia. El
saber femenino es eficaz y abierto. El saber masculino es ilusorio y cerrado. Y es a ese saber
femenino, al menos en términos de hipótesis, al que le temen los hombres.
En esta forma, las viejas brujas que acaso no sean más que las parcas, doncella, madre y
vieja, que viven en comunidad, son el contramito, el contrarrelato de la hechicera solitaria.
El clan de las brujas es grupo y sexo. El de la hechicera es enemistad femenina y celibato que
ya no espera el destino femenino de ser madre de un hogar. En el clan de las brujas, por el
contrario, las mujeres son compinches juguetonas de los hechizos. En Macbeth, las brujas
son oraculares y sus brebajes no son más que invocaciones a los espíritus que pueden abrir
los libros eternos del destino.
5. El vuelo nocturno
En todos los relatos ocurre el vuelo nocturno para el cual se convierten en pájaros o murcié-
lagos para viajar al aquelarre, es decir, al ritual de capacitación con el diablo, que es el mismo
macho que solo interviene como maestro, pero que no tiene importancia en su actividad. El
aquelarre o sabbat es fiesta y ocurre en lugar apartado. En Macbeth, se dan cita en el páramo.
En la Cañizares en el campo. Y en Fausto, en la gran fiesta de las brujas en la noche de Walpurgis
en el pináculo de Brochen. Esta última es la irrupción del sentido nocturno de las brujas en el
romanticismo del siglo XIX. El Fausto, que transcurre casi siempre de noche, culmina con esa
gran fiesta de misterio en la que las fuerzas sombrías conviven en el alma universal con las
claridades iluministas (Goethe, 1967).
La eterna mujer nocturna que copula con el diablo, cuya madre es Lilith, junto a la cas-
tradora vagina dentada, constituyen la hechicera medieval, contrapuesta a la comunidad de
brujas, con un signo erótico, que viven entre ellas un mundo que se resiste a la tradicional
sociedad femenina patriarcal. El carácter nocturno de la bruja es opuesto al día, razón lumi-
nosa, seguridad en el dominio de los burladeros del pensamiento masculino que se siente
impotente ante el dominio de los embrujos de la noche. La mujer fue expulsada del mundo
del pensamiento y por eso mismo se hizo más temible, porque ella dominó otro mundo: el
ensueño, el sexo y la noche.
las perversiones, parodias del acto sexual y simulaciones invertidas del coito
natural. Mas la mujer, para ser impura, no necesita del concurso del diablo:
la repetición regular del ciclo menstrual la señalaba, en la tradición hebraica,
como naturalmente (si bien de modo provisional) impura. Paré se apoya en la
autoridad del profeta Esdras cuando escribe que las mujeres manchadas por
la sangre menstrual engendrarán monstruos. En conclusión, es algo sucio y
bárbaro tener relaciones con una mujer mientras se purga (Paré, citado por
Kappler, 1986, p. 301).
Ese miedo masculino es irreductible. Supera el miedo atribuido al pueblo en los relatos
épicos en los que los valientes son los nobles magnificados por hazañas que la gente del pue-
blo no puede realizar (Delumeau, 1989). Es un miedo íntimo a la castración que proviene de
la madre que no puede ser derrotada. Pero la madre, hija de Eva y de María, es la madre del
patriarcado. Es la madre sumisa confinada al ámbito de la reproducción.
Referencias
Arendt, H. (1993). La condición humana. Barcelona: Paidós.
Boia, L. (1997). Entre el ángel y la bestia. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello.
Bornay, E. (2005). Las hijas de Lilith. Madrid: Catedra.