EL MODELO TRANSACCIONAL
La teoría transaccional de la lectura y la escritura. Louise Rosenblatt
El proceso de lectura. Transacción con el texto
Todo acto de lectura es una transacción que implica un lector en particular y un patrón de signos en
particular, un texto, que ocurre en un momento particular y dentro de un contexto particular. En lugar
de dos entidades fijas que actúan una sobre la otra, el lector y el texto son dos aspectos de una
situación dinámica total. El significado no existe de antemano en el texto o en el lector, sino que
adquiere entidad durante la transacción entre el lector y el texto.
El término texto en este análisis denota un conjunto de signos capaces de ser interpretados como
símbolos verbales. El texto es simplemente marcas en el papel, hasta que algún lector efectúa una
transacción con un texto; el término texto implica una transacción con un lector. El significado es
aquello que sucede durante la transacción. Por ejemplo, la palabra “pain”, para un lector francés se
conectará con el concepto de pan y para el inglés con el concepto de dolor o sufrimiento. Ni siquiera
la sintaxis (el orden y la relación de las palabras o sintagmas en la oración) tiene una entidad dada
previamente en los signos del texto:
Flying planes can be dangerous
-Los aviones en vuelo pueden ser peligrosos
-Volar aviones puede ser peligroso
Solo después de haber seleccionado un significado podemos deducir la sintaxis a partir del mismo.
Distintos factores entran en juego en la transacción total, tales como, el contexto y el propósito del
lector que son los que determinan la elección del significado por parte del lector.
Podemos distinguir entonces al “texto físico”, definido como un patrón de signos y lo que
normalmente se llama “el texto”, un conjunto de símbolos verbales con un patrón sintáctico que
asume entidad durante la transacción con los signos dispuestos en la página.
Cuando vemos un conjunto de tales marcas sobre una página recurrimos a nuestro cúmulo de
experiencias para darle un significado en mayor o menor grado coherente. Estas experiencias no son
solo de índole lingüística, sino también factores físicos, personales, sociales y culturales que
interactúan para llegar a un significado.
La lectura es una “actividad de elecciones”. Desde el comienzo mismo, muchas veces incluso antes,
un posible sentimiento, una expectativa, idea o meta inicia el proceso de lectura y guía la selección,
síntesis y organización de esa lectura. La experiencia pasada con el lenguaje y con distintos textos
genera expectativas, otros factores son los intereses o la situación presente del lector.
El texto es parte de lo que está en construcción. Se abren posibilidades de significado que se está
creando y afectan las elecciones de dicción (conjunto de características que definen la manera de
hablar y escribir de una persona), sintácticas y lingüísticas. A medida que los ojos del lector se
deslizan por la página, las simbolizaciones recién evocadas van comprobando si hay correspondencia
con los posibles significados ya generados, y cada nueva elección apunta a ciertas opciones y
excluye otras, el significado evoluciona. Lector y texto están inmersos en una transacción compleja,
no lineal, recurrente y autocrítica. De ese juego de idas y venidas entre texto, lector y contexto surge
una síntesis u organización, más (o menos) coherente y completa.
Para los lectores experimentados gran parte del proceso de lectura es automático los aspectos del
proceso tienden a ser descriptos en términos mecánicos e impersonales. Los psicólogos procuran
saber cada vez más acerca de lo que sucede en el primer contacto visual del lector con las marcas que
aparecen en la página y la interpretación de las mismas. En este sentido, estudios ópticos de Adelbert
Ames (1955) y Ames-Cantril (1963) demostraron que la percepción depende mucho de la selección y
organización de pautas visuales por parte del observador según sus intereses, necesidades,
expectativas, y experiencia pasada. La percepción se refiere a las transacciones continuas entre el
sujeto que percibe y el objeto percibido.
La postura del lector
Esencial a cualquier lectura es la adopción por parte del lector (ya sea consciente o inconsciente) de
una “postura” que guía la actividad selectora en el continuo fluir de la consciencia. Cualquier hecho
lingüístico conlleva tanto aspectos públicos como privados. A medida que la transacción con el texto
impreso agita elementos de la experiencia lingüística, el lector adopta una postura, enfocando la
atención en ciertos aspectos y dejando de lado otros hacia la periferia de la conciencia. La postura
refleja el propósito del lector, y junto con la situación, las experiencias, los signos en la página
ingresan en la transacción y afectan el grado de atención que reciben los significados y las
asociaciones.
El continuo eferente – estético
El acto de lectura debe ubicarse en algún punto de línea continua, definido por el lector al adoptar
una postura “predominantemente estética” o una postura “predominantemente eferente”. Que van a
determinar la proporción de elementos públicos y privados de sentido que recaen dentro de la
atención selectiva del lector. Metafóricamente, de la atención prestada a la punta o a la base del
iceberg del sentido. Esas diferencias de posturas pueden representarse solo mediante una línea
continua; el continuo eferente estético.
La postura eferente
El término eferente (del latín effere, conducir fuera) se refiere al tipo de lectura en la cual la atención
se centra predominantemente en lo que se extrae y se retiene luego del acto de la lectura. Un ejemplo
extremo es el hombre que por accidente ha ingerido un líquido venenoso y rápidamente lee la
etiqueta de la botella para saber cuál es el antídoto. La atención selectiva se va a centrar en los
elementos que sirven a su interés presente; averiguar qué debe hacer al terminar la lectura. Se
concentra en aquello que apuntan las palabras, dejando de lado todo lo que no implique sus
referentes públicos. En la lectura eferente enfocamos la atención de modo principal en la “punta
pública del iceberg” del sentido.
La postura estética
En este tipo de lectura, el lector centra la atención en las vivencias que surgen durante el acto de la
lectura. Estético porque la raíz griega del término sugiere percepción a través de los sentidos, los
sentimientos y las intuiciones. Ingresan ahora a la conciencia no solo los referentes públicos de los
signos verbales sino también la parte privada del “iceberg” del significado; las sensaciones, los
sentimientos y las ideas relacionados con dichas palabras. El lector estético presta atención a las
cualidades de los sentimientos, de las ideas, las situaciones, las escenas, personalidades y emociones
a medida que van presentándose.
Este significado, conformado durante la transacción estética, constituye la obra literaria, el poema o
la obra de teatro. Esta evocación es la respuesta e interpretación del lector durante y después de la
lectura propiamente dicha.
La confusión respecto al contenido de la postura resulta del hábito de concebir el texto como eferente
o estético, narrativo o poético, literario o no literario, etc. Quienes aplican esos términos a un texto
en realidad lo que están haciendo es dar su propia interpretación de la intención del escritor en
relación con el tipo de lectura que debería hacerse de ese texto. Eferente y estético se aplican a la
actitud selectiva del escritor y del lector respecto del continuo fluir de sus conciencias durante sus
respectivos actos lingüísticos.