El psicoanálisis es concebido por algunos como un modelo “acotado” a ciertas coordenadas, de tal
suerte que no puede hacérselo extendido a otros registros; léase: sus postulados sólo son aplicables
a cierta configuración en la cuál se disponen ciertos elementos y lo cuál produce ciertos efectos.
Para decirlo sin demoras: consultorio, analizante y analista bajo transferencia, efectos analíticos.
Para posicionarse de esta manera, se suele apelar al término “cosmovisión”, con un carácter
peyorativo que no falta, y se recurre a la figura de los maestros, Freud y Lacan, quienes habrían
prevenido contra este terrible peligro: cosmovisionar el psicoanálisis. Los más radicales, puristas de
la clínica, negarán la validez de intentar emplear un “concepto” psicoanalítico fuera del “encuadre”
que lo circunda. Si se dice de alguien que es “obsesivo”, sólo podría plantearse como tal a partir de
la lectura, “bajo transferencia”, del “material de la(s) sesión(es)”. Hasta aquí nada que objetar, pero
que luego se pretenda que esa lectura solo se sostiene para el hic et nun del consultorio y que, para
caricaturizar (aunque sin deformar ni simplificar en nada la postura), una vez se “cortó” la sesión
este “diagnóstico” no aplica más, no podemos menos que sentirnos algo estafados. ¿Qué tiene para
ofrecer un psicoanálisis que se plantea en discontinuidad total? ¿No hay punto de conexión entre la
“lógica de un caso” y la “piscopatología de la vida cotidiana”, las inhibiciones, síntomas y angustias
que se transitan más allá del diván, los actings, pasajes al acto, que se producen en la vía pública?
¿Habrá que ofrecer un espacio donde el analizante pueda dormir, para que luego al despertar nos
comunique sin mediaciones el sueño, todo bien encuadrado? Estas preguntas, obtusas como suenan,
retoman el problema de la cosmovisión. ¿Dónde se detiene esa máquina de lectura que es el
discurso analítico? (dándole su acepción de teoría). El riesgo, que intentan conjurar, los que
predican la “extraterritorialidad” de la práctica analítica (la “experiencia analítica” incluso),
pareciera ser que la teoría psicoanalítica (si es que aceptamos que hay una, o varias, lo mismo da,
teorizar es sostener una teoría, los interdisciplinarios se engañan), terminara recubriendo todo el
campo de lo “humano”. Claro que eso implica tener una visión cósmica del ser humano, tal que
quién quisiera colocarse al mismo nivel sería un cosmovisionario. Es decir, si intentar ser
exhaustivo en relación a la “realidad humana” es caer en una cosmovisión, hay que deducir que la
“realidad humana” es el cosmos. De lo contrario, ¿a qué tanto prevenirse? Creemos poder avizorar
el “objeto” de la angustia de los psicoanalistas “vacuola”. Si algo pasa del otro lado de la
membrana, quiere decir que algo puede entrar de este lado. ¿Querrán defender a toda costa un
núcleo duro intocable de su “experiencia”? Ese temor a la “mancha” en su mirada los hace deudores
de la “buena forma” y de un “centro” inaprensible (seguramente también incomunicable),
dejándonos la libertad de llamarlos “eucariotas”. Así inscriben el punto de fuga, representante del
“todo” del que pretenden abjurar, en la forma de una escena, acotada y pobretona, denotada bajo el
signo: consultorio. ¿Sostén del “Deseo del Analista”? Planteamos nuestra objeción a tan
fantasmática propuesta, que no deja de intentar conjurar la figura espectral de un proto-plasma que
goza de todas las células, cosmonauta ilimitado.
Vale preguntarnos en que se autoriza una práctica como la del psicoanálisis. Precisemos. Freud
postuló “fuerzas” primitivas, tanto como un plasma germinal, que actúan en todo lo animado
haciéndolo tender hacia lo inanimado. En fin. Si eso no es una cosmovisión, el peligro de caer en
una es casi nulo, ¿quién se atrevería a postular algo más abarcativo? De esta forma, las pulsiones
(de vida y de muerte), al ser el motor mismo de la actividad humana, no pueden dejar de postularse
en el origen de todo. Así se replica en la sociedad la lucha entre el impulso destructor y el sintético,
que atraviesa la vida de las personas. Sólo hay una diferencia de escala, quien quiera separar la
“experiencia analítica” del resto de la “dimensión humana” (e incluso de la “animal”), no es por
aquí que encontrará sus argumentos. Esta cadena argumental, tiene un eslabón débil (al menos uno)
sino que perdido. Aquél que una las palabras y las cosas, o mejor dicho, las palabras y las
“excitaciones” somáticas producidas por los estímulos externos. Y es un problema porque el
psicoanálisis nació de una abstracción, un miembro (por ejemplo: “brazo”) paralizado, no según las
conexiones nerviosas sino según un concepto (“brazo”, “pierna”, más cerca de lo que alguien podría
dibujar si se le requiriera que ilustrara esas “partes” del cuerpo, de lo que un anatomista podría
discriminar) No hay asociación que resuelva esto; ya los que sostienen la teoría de las
“onomatopeyas” y postulan un lenguaje mítico, aún anterior al “indoeuropeo” en que las palabras
nacieran de los sonidos que hacen las cosas, se verían en apuros, ¿hace “br”, “bra”, “ra”, “raz, “az”,
“azo”, “zo”, un “brazo”? ¿Un conjunto de homínidos se pusieron de acuerdo en que el sonido de un
brazo es tal o cual? ¿Un brazo cuándo? ¿Cuando cae, se golpea, se agita, se corta? ¿Cuando duele?
¿La “pierna” suena distinto? Una teoría sin pies ni cabeza, ¿o la cabeza hace un sonido también?
Nos atenemos al axioma de Saussure, la relación entre significante y significado es arbitraria, es
decir, no hay tal relación por fuera de la estructura del lenguaje, como lo demuestra cualquier
análisis mínimamente orientado. No que el lingüista halla resuelto esto.
Ubiquemos los limites de la concepción saussureana del lenguaje para reclamar allí lo que
corresponde al psicoanálisis. La unidad lingüística para el ginebrino es el signo concebido según la
siguiente lógica: “La unidad lingüística es una cosa doble, hecha con la unión de dos términos(...)
íntimamente relacionados y que se reclaman recíprocamente” (p.127 y p.129) Entonces, se define
signo como combinación del concepto (el concepto que tenemos de “brazo”) y la imagen acústica
(la huella mnémica del sonido brazo). (Signo) = (significante + significado). Este lazo que los une
es arbitrario, pero la arbitrariedad corresponde al signo, es decir que para Saussure el significante no
es arbitrario ni tampoco el significado. Pero ¿qué es propiamente el significado? Para el lingüista es
una idea previa aportada por el pensamiento del individuo que utiliza la lengua para expresarlo. A
esto lo llama “La carta forzada”: para poder expresar una idea (un concepto) se nos fuerza a
emplear cierto signo que la incluye. Se trata de un prejuicio psicologisista: alguien usa la lengua
para expresar una idea preexistente. Una idea que es indistinguible de una pura “excitación
somática”, según la concepción clásica, el bebé aprende que eso que siente se llama “hambre”,
“frío”, “sueño”, ¿“amor”?, ¿“algo del orden del goce”?. Pero la pregunta más fundamental es:
¿Cómo se distingue qué es lo que constituye el significado? De este modo “la arbitrariedad” no
implica libre elección sino que el lazo es “inmotivado”. Si tomamos las ideas de Jakobson y Lacan,
podemos reconducir el carácter de “arbitrariedad” hacia el significante mismo, pero para ello
debemos postular que el significado, en rigor, no existe. ¿Por qué podemos argumentar esto? Pues
aquello que se connota como “significado”, no puede postularse más que apelando a alguna
sustancia externa al lenguaje. Es decir, en el signo saussureano, el significado entra como una
entidad “oscura” que en principio es una “masa indiferenciada”. Lo que nunca se podrá evitar es
cierto asociacionismo entre la lengua como “producto heredado” y la “mente” del individuo donde
se sitúa el pensamiento que luego ingresará, mediante un lazo “inmotivado” con una imagen
acústica en el signo. Según Saussure el hecho de que la lengua sea siempre un producto heredado
debería hacernos desechar el problema del origen del lenguaje, “ya que ni siquiera es cuestión que
se deba plantear”. Esto marca la diferencia con el psicoanálisis, el cual plantea justamente la
cuestión del origen como la pregunta por excelencia del sujeto (¿de la ciencia?). Para Saussure:
“cada pueblo está generalmente satisfecho de la lengua que ha recibido”. Otro planteo que se puede
llevar al campo del psicoanálisis y expresar que nadie está satisfecho con la lengua que lo ha
recibido. Tal y como lo enuncia Lacan, la palabra nace siempre frustrada desde el campo del Otro,
pero no como un signo, sino como significante. Es importante situar la aporía teórica de sostener
que el concepto o la idea preexiste a la palabra que luego la representa. En principio, no habiendo
lazo entre uno y otro, se tendría que recurrir a una operatoria de asociación entre ambos en la mente
del individuo digna de Pavlov que no resiste análisis en el plano del ser humano. El salto entre
aprender conexiones arbitrarias y el complejo mecanismo de una lengua es insalvable. Y por otro
lado, esto nos reduciría a ejecutores de un código que no hace justicia a la concepción saussureana
de la posibilidad de desplazamiento entre significado y significante. La única posible vía para
resolver esa encrucijada es sostener que el significante puede ocupar distintas posiciones.
Prejuicio de Saussure: carácter lineal del significante (“se presentan uno tras otro, forman una
cadena”, p.133). Que excluye la posibilidad de que dos elementos se produzcan simultáneamente en
el mismo lugar.
De suma importancia es que el carácter arbitrario del signo “pone al abrigo a la lengua de toda
tentativa que pueda modificarla(…) Pues para que una cosa entre en cuestión es necesario que se
base en una norma razonable” (p.137).
La lengua que está en el Otro resiste inercialmente toda innovación lingüística, “es en cada instante
tarea de todo el mundo” (p. 138), al mismo tiempo, “en todo instante la solidaridad con el pasado
pone en jaque la libertad de elegir”. Por ser arbitrario el signo no puede encontrar su fundamento
más que en un tiempo anterior, el signo según esta clave: es lo que era.
Ahora bien, la arbitrariedad introduce (mediante el tiempo) la posibilidad de un desplazamiento “de
la relación entre el significante y el significado” (p. 140) “La lengua se transforma sin que los
sujetos hablantes puedan transformarla. Se puede decir también que la lengua es intangible, pero no
inalterable”.
Saussure distingue la lengua (incapaz de defenderse contra la mutabilildad) de otras instituciones
que están fundadas en “la relación natural entre las cosas”.
¿Cómo congeniar esta introducción del tiempo como efecto de desplazamiento sin apelar a un
“usuario” de la lengua?
Eje de simultaneidades: relaciones entre cosas coexistentes, excluida toda intervención del tiempo.
A esto hay que darle el estatuto de mítico.
Eje de sucesiones: en el cual se considera sólo una cosa por vez, pero donde están situadas todas las
cosas del eje de simultaneidades con sus cambios respectivos. Esto último puede plantearse como
fantasma.
El hecho diacrónico tiene su razón de ser en sí mismo (p. 153), es autotélico. No es significativo
como el hecho sincrónico. Este pone en relación dos hechos simultáneos (metonimia), aquí
podemos precisar que un hecho sea la falta de origen, el vacío constitucional. En el hecho
diacrónico hay sustitución(metáfora). El desplazamiento no pertenece ni al equilibrio anterior ni al
posterior. Tiene efectos incalculables.