De ira, Séneca (protocolo)
Por: Andrés Portilla.
Se presentaron las ponencias La ira y la tragedia en la Roma de Séneca, a cargo de Óscar
Jiménez y La ira y la tragedia en la Roma de Séneca, a cargo de Juan David Acosta. La
ponencia de Acosta empieza por situar al autor en un contexto de deterioro moral en Roma, en
que el vicio aparece como un tema central en la reflexión del filósofo. La ponencia de Jiménez
gira en torno al concepto de imitación trágica, a partir de la relación que podría establecerse entre
Platón, Aristóteles y Séneca. En los dos casos parece sugerirse la noción de la capacidad de la
tragedia de influir sobre el espectador, o lector, si se asume que la obra de Séneca, sus tragedias,
fueron escritas para un público específico estoico. Dos conceptos son importantes para la
discusión: fantasía y emoción.
Uno de los puntos importantes de la discusión es la dificultad en establecer paralelos
particularmente entre Aristóteles y Séneca, lo que puede extenderse también a Platón. Para
Aristóteles parece ser más claro que esa capacidad de la tragedia es positiva; sería negativa en
Platón, opinión que parece compartir Séneca. A pesar de que los temas de fondo son los mismos,
no es claro que puedan analizarse comparativamente, pues hay diferencias significativas en
concepción de la tragedia en cada autor. Aquí, por ejemplo, se sugiere que para Séneca no
resultaría posible que un espectador pueda sentir alguna emoción, o su antecedente, porque ello
es exclusivo de quien la padece.
Una diferencia fundamental en la concepción de tragedia de Séneca y Aristóteles es sobre
el fin de la representación: la aristotélica implica solamente la moderación de las pasiones:
purificar una emoción es deseable; mientras que en Séneca implica su eliminación: lo deseable es
no dar lugar a la emoción, pues ella implica, automáticamente, el nublarse la razón. Así, si la
tragedia tiene una función terapéutica como objeto público, no puede ser dejar aflorar las
pasiones. En esto pues, es donde se encuentra la coincidencia con el pensamiento platónico: las
tragedias deben moderarse.
Sobre la vinculación entre Platón y Séneca, se sugiere que es mejor no considerarla.
Porque lo importante en el segundo es que la tragedia enseña a sentir: a no dar lugar al cambio
entre el cosquilleo y la emoción: ese cosquilleo, justamente, es, para Séneca, el que hace pensar.
Luego, se aclara que la tragedia en sí misma no es una forma de emoción; por lo que lo
máximo a que puede aspirar es producir proto-pasiones. Por tanto, no puede sugerirse que
Séneca tuviera una opinión necesariamente desfavorable de la tragedia. Aquí, además, se
pregunta ¿cómo logra la tragedia movilizar al espectador? ¿se puede producir un juicio si no se
está vinculado con las acciones representadas? Desde esta perspectiva, parece claro que el
espectador no podría tener juicios sobre lo que ve, es decir, ver representada la ira no podría
producir un espectador irascible, lo que parece ser el temor que subyace en Platón. Se considera,
aquí, que Séneca y Platón subvaloran a la audiencia.
Las diferencias entre Aristóteles y Séneca son cada vez mayores. La ira en uno y otro no
es lo mismo, en esa medida, la tragedia tal como la entiende cada uno deben buscar fines
distintos, conforme son distintas las pasiones que representan. Esto lleva, a su vez, a pensar si
Aristóteles no fue reduccionista al plantearla solo como compasión y temor y si Séneca, o en
general, no podría pensar que esos dos términos en realidad apelan a las pasiones en general.
Aquí surge la pregunta de la relación entre un tipo de emoción que podría llamarse dramático
frente a las pasiones del público.
Con el ejemplo de Áyax, un pasional, que no se deja persuadir, que no oye razones, se
intenta, esta vez, responder si el temor en torno a la tragedia en el estoico es una especie de
contagio emocional. Este contagio no es exclusivo, sin embargo, de la tragedia, pues puede
también el retórico contagiar sus emociones al auditorio. Aquí, sobre una posibilidad de una
neutralidad del público, es decir, que no puede contaminarse de la emoción escenificada, se
afirma que el auditorio reacciona ante lo que ve: no puede ser neutral, por ejemplo, frente a la
injusticia que se comete contra Áyax. No obstante, este hombre, que ha dado paso al desenfreno,
no podría, de ningún modo ser un héroe para Séneca.
A todo lo anterior lo cruza también la virtud. Para Aristóteles es claro que la ira podría ser
una virtud, desde luego, si se modera. Pero Séneca, se insiste, no la considera tal. Ahora, se
aclara que, más allá de la falta de definición de Aristóteles de compasión y temor, ni él ni Séneca
sugirieron que el auditorio debiera sentir lo mismo que el héroe u otro personaje, sino solamente
que es por medio de esas dos pasiones, al menos en el caso del primero, que se podría llevar a
cabo la expurgación (catarsis), una función terapéutica en todo caso.
La ira, ejemplo más sobresaliente de la emoción, sería en todo caso una opinión, en
principio, exclusiva del hombre, por lo que implica un juicio. Pero el mismo Séneca no es claro
en cuanto al significado de “ira”: a veces parece ponerla como una emoción y a veces, más bien,
como el motor de otras pasiones. Aquí, se observa que Séneca no tiene interés de que la emoción
se prolongue por su representación trágica, sino que lo que está buscando es producir un juicio
del auditorio sobre la emoción escenificada. Sobre el espectador, además, se observa, que debe
distinguirse en ambos filósofos: en Séneca es un lector instruido, que ya tiene una instrucción
moral; en Aristóteles parece ser que era un público más general.
Sobre el espectador, nuevamente, se afirma que comparte un juicio por el personaje; él
tiene una impresión; tiene impresiones; tiene reacciones; pero son involuntarias, pero no son
pasiones. Son, en todo caso, opiniones, a las que subsiste un juicio. Para experimentar la ira debe
compartirse el mismo juicio sobre la ira que tuvo el personaje, Áyax, es el ejemplo. Bien, así,
podría ser que la tragedia produzca elementos de juicio que solo el auditorio sería capaz de
conocer.
Luego, se comenta que indistintamente de que se trate de un proceso de ficcionalización,
hay una afectación de los sentidos del auditorio, en esa medida hay también sentimientos y, por
ello mismo, podría llegar a producir proto-pasiones, lo que resultaría ser peligroso de acuerdo
con el pensamiento de Séneca. Por tanto, para este filósofo, el espectador no necesita hacer
valoraciones. Por ello mismo, la tragedia debe tener historias ejemplarizantes, pero no son
ejemplarizantes vía las emociones, por lo que surge, en Séneca mismo, una tragedia de tipo
filosófico. Aquí se admite que Aristóteles jamás compartiría la idea de que pueda existir
voluntad en las pasiones, aunque sí la moderación. Séneca, por su parte, al admitir el juicio en el
origen de la emoción, hace que el juicio implique una acción: el temor es distinto frente a lo que
se ve si se sabe que es representación o no.
Existe, pues, una relación entre la valoración, el asentimiento, juicio, y ese cosquilleo
motor de la emoción. Se sugiere aquí que no son separables, por ejemplo, la valoración de un
hecho y el asentimiento del juicio. Con esto, se llega a la discusión de los pasos de la ira. Lo
único que sería involuntario totalmente sería el primer momento, la proto-emoción: el deseo de
venganza solo puede surgir luego de un consentimiento de la voluntad. Con todo, la ira
implicaría la emisión de un juicio, que en el caso de una pasión sería por una razón equivocada,
por estar puesta la razón en una voluntad no inclinada.
Los pasos, o momentos, de la ira, fueron un tema sobre el que giró también la discusión,
pero no logró esclarecerse totalmente. Entre la posibilidad de que fueran dos o tres, o dos con
pequeños inter-pasos, aunque algunos son más claros: lo primero es una impresión, luego debería
venir (o no) el asentimiento; luego una fantasía; y, quizá, por último, la ira. La clasificación, el
orden, y la posibilidad o imposibilidad de sean voluntarios o no estos pasos, no fue discutida de
modo determinante. En todo caso, subyace una estructura de place-displacer y acto. El juicio,
aquí, juega un papel determinante, aunque no es claro cuál: ¿se puede separar la emoción del
juicio?
Se concluye que, siendo Séneca estoico, su conclusión frente a la pasión, a la ira, para ser
exacto, la única reacción posible sería no darle cabida. En ello, pues, estaría la concepción del
filósofo de la manera de sobrellevar lo que en todo caso implica un hecho involuntario, al menos
en su momento más primario.