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Staff TEAM ZAFIRO

Moderadoras
Bella' Niika
EstherC Ms. Lolitha Taywong

Traductoras
Bella' Ms. Lolitha
Black Rose Ezven Niika
Cjuli2516zc Lipi Sergeyev Passionate-reader
EstherC maggiih RRZOE
Estrellasx Mave Taywong

Correctoras
BelSan Taywong
Bella’ EstherC Tolola
Cherrykeane LunaPR Vickyra
Clau V Sibilor YaniM

Lectura final Diseño


Cherrykeane & Tolola Larissa
Contenido
Capítulo 1 Capítulo 16
Capítulo 2 Capítulo 17
Capítulo 3 Capítulo 18
Capítulo 4 Capítulo 19
Capítulo 5 Capítulo 20
Capítulo 6 Capítulo 21
Capítulo 7 Capítulo 22
Capítulo 8 Capítulo 23
Capítulo 9 Capítulo 24
Capítulo 10 Capítulo 25
Capítulo 11 Capítulo 26
Capítulo 12 Capítulo 27
Capítulo 13 Epílogo
Capítulo 14 Epílogo extendido
Capítulo 15 Sobre la autora
Prólogo
Recuerdo las luces…
Recuerdo que quería fotografiarlas, la manera en que el rojo y el azul
salpicaban su rostro sin emociones. Pero sabía que, aunque mis pies
hubiesen sido capaces de moverse del lugar en el cual se habían anclado y
correr por mi cámara, no podría haber capturado ese momento. Había
confiado en él, lo había querido, y aun cuando mi cuerpo había cambiado
ese verano, él se había asegurado de ayudarme a aferrarme a lo que yo era
interiormente sin importar como se alterara el exterior.
Pero entonces todo cambió…
Él me robó la inocencia. Asustó mi corazón. Tomó todo lo que creía
saber sobre mi vida y lo tiró rápidamente por la ventana, rompiendo el vidrio
que me mantenía unida en el proceso.
Recuerdo las luces.
Los apasionados, desesperados y calientes rayos rojos. Los ásperos,
crueles y fríos toques de azul.
Simbolizaban todo lo que había soportado ese verano.
Y todo lo que no volvería a enfrentar jamás.
Para Staci y Becca, por creer en mí incluso cuando yo no creía.
Este es para el Tribecycle.
1
Mi mamá y mi padrastro pensaban que no podía oírlos murmurar en
la cocina sobre mi bienestar por encima del volumen del quinto episodio
consecutivo de Perdidos que estaba viendo, pero podía oír cada palabra. Así
que suspiré pesadamente y subí el volumen cuando se acercaron al sofá.
Seguía en pijama, y sabía que al menos debería haberme cambiado a
pantalones cortos y a una camiseta para que pensaran que me había
levantado y vivido un poco ese día. La verdad es que no había hecho ni una
maldita cosa, aparte de ver esa serie tan confusa, de todos modos. Pero perdí
la habilidad de preocuparme después de mi segundo bocadillo Little Debbie.
—Me encanta esta serie —dijo Dale, sentándose casualmente en el
brazo de nuestro sillón de piel marrón oscuro. Me llevé las piernas al pecho
para que mamá pudiera sentarse a su lado—. Pero aun así, odié el final.
—¡Sin spoilers, Dale!
Él levantó las manos en fingida rendición.
—Solo lo digo. Vas a desear no haber perdido las horas.
Mamá examinó mis pantalones de chándal, con los ojos un poco más
abiertos cuando vio los bordes deshilachados donde los había arrastrado
por el suelo. Jillian Poxton no llevaba pantalones de chándal y tampoco creía
que ninguna otra mujer o niña debiera hacerlo. Su elección siempre era un
vestido o una falda bien planchada combinada con un top perfectamente
complementario. Incluso entonces, un domingo por la tarde, horas después
de que terminara la iglesia, se encontraba sentada con las manos en el
regazo y los tobillos cruzados con un brillante vestido azul veraniego que se
ceñía a su pequeña cintura y fluía hasta las rodillas.
—Cariño —dijo en voz baja, extendiendo la mano para apretarme
suavemente la pierna.
—Mamá, por favor. —Me incliné y me alejé de su toque, manteniendo
los ojos fijos en el televisor—. No.
—Cariño, ¿no crees que es hora de salir de esta casa? Te dejé quedarte
en casa toda la semana, pero hoy fue la segunda vez que te saltaste ir a la
iglesia... y ya sabes cómo habla la gente.
Me mordí el labio porque, por mucho que quisiera discutir, tenía
razón. La gente sí hablaba en Poxton Beach, Carolina del Sur. El hecho de
que mi padrastro, Dale Poxton, fuera dueño de casi todo lo que había en el
pequeño mapa turístico tampoco me ayudaba mucho. Sus antepasados
fundaron el acogedor pueblo costero y, sorprendentemente, la familia nunca
levantó raíces y se aventuró a salir. Dale había vivido allí toda su vida y
sabía que moriría allí, su tumba se encontraba justo al lado de la de sus
padres.
Aun así, odiaba lo severa que era mamá conmigo. Dadas las
circunstancias, no creía que fuera tan importante regodearse en la
autocompasión y pasteles de chocolate y nata un poco más. Pero
aparentemente mamá había llegado a su límite. Puede que fuera mi mamá,
pero también era la esposa de Dale Poxton, lo que significa que también
tenían ojos sobre ella. Preguntas. Aun así, no me encontraba lista para
enfrentarme a la música de mi nueva realidad.
Me había graduado de la secundaria apenas una semana atrás y, esa
misma noche, mi novio de dos años me había roto el corazón.
—Exactamente. Sé cómo habla este pueblo. Por eso no me apetece
dejar el sofá en este momento —la reté, intentando de nuevo terminar la
conversación subiendo el volumen de la televisión.
—Escucha, Natalie. —Dale se acercó, agarrando el control remoto de
donde lo había dejado a mi lado. Presionó el botón de pausa y yo suspiré
fuertemente—. Tu mamá y yo entendemos lo que estás pasando, de verdad.
Lo creas o no, nosotros también fuimos jóvenes y estuvimos enamorados
una vez. Pero no puedes desperdiciar tu verano tirada ahí y... —Se calló,
pero sus ojos cayeron al lío de envoltorios de comida procesada en la mesa
de café de caoba.
—¿Comiéndome mis sentimientos?
Él intercambió una mirada de preocupación con mamá y quise
arrastrarme bajo los cojines del sofá y morirme. Odiaba que me miraran,
odiaba que me juzgaran, y sentía que ambas cosas sucedían de las dos
personas en quienes más confiaba y amaba.
Estaba más rellena que la mayoría de las chicas de mi edad, y punto.
Tenía las mejillas gordas, no había ni un solo espacio que mis muslos no
tocaran cuando me ponía de pie con los tobillos juntos, y no podía recordar
una vez que hubiera comprado algo más pequeño que una talla grande
cuando iba de compras con mis amigas.
Siempre había sido la “niña grande” y, hasta ese momento, nunca
había pensado que me avergonzaría de ello. Solo el viernes anterior, en mi
fiesta de graduación, me di cuenta de lo insegura que siempre me había
sentido pero que nunca había admitido. No me di cuenta de eso suavemente.
No, me lanzaron hacia ello como a un tren de alta velocidad. Porque Mason
no rompió conmigo esa noche y ya, no por la razón que me dio. Dijo que nos
estábamos distanciando, que él tenía planes y yo no, que necesitaba
empezar a pensar en su futuro. Pero, cuando empezó a salir con una morena
pequeñita ni siquiera dos días después, supe la verdadera razón por la que
me dejó ir. Ni siquiera sabía quién era, pero vi una foto suya en las redes
sociales y eso me fue suficiente. Era delgada. Era hermosa.
Era todo lo que yo no.
—¿Puedo tener un minuto con ella, Dale? —preguntó mamá, como si
no siguiera en la habitación con ellos. O como si tuviera doce años y no
dieciocho. Él asintió, sonriendo y despeinándome antes de excusarse. Una
vez más, sentí la necesidad de ponerles mi diploma en la cara y recordarles
mi edad. Una vez que se fue, mamá se volvió hacia mí.
—¿Lo quieres recuperar?
Palidecí.
—¿Qué?
—Ya me has oído. ¿Quieres recuperarlo?
—No creo que esa sea una opción, mamá —murmuré, levantando el
esmalte de uñas dorado que ya se había astillado en mi uña del pulgar.
Quería quitarme hasta el último centímetro de esa escuela secundaria para
siempre, incluyendo los colores verdes y dorados que había lucido tan
espiritualmente cada año de mi vida—. Está... —Me detuve, cruzando los
brazos fuertemente sobre el pecho—. Ya no está disponible.
Su cara se suavizó y se acercó a mí, extendiendo la mano para volver
a ponérmela en la pierna. Esta vez no me alejé.
—Oh, cariño, te rindes muy fácilmente. Si lo quieres, lucha por él.
Sacudí la cabeza.
—No es tan fácil, mamá. Esto no es una película.
—Hablo en serio —dijo, bajando la cabeza y obligándome a mirarla a
sus brillantes ojos azules. Eran muy diferentes de los míos color chocolates.
Supuse que tenía los ojos de mi padre, aunque no podía estar muy segura.
Estuvo por aquí un total de diez meses de mi vida, y nunca había visto ni
siquiera una foto de él. No es que hubiera pedido ver una; Dale era el único
padre que necesitaba, en lo que a mí respecta—. ¿Sabes cuál es la mejor
venganza después de una ruptura, verdad?
Levanté una ceja, porque claramente no entendía el tema. Para nada.
Mason era el único novio que había tenido. Estaba pasando por mi primera
ruptura, mi primer corazón roto, y todo lo que sabía era que me dolía como
un infierno y que comer en el sofá parecía una manera perfectamente buena
de pasar el verano, especialmente el verano después de graduarme de la
escuela secundaria. Solo tenía dos meses y medio que sobrevivir y luego me
iría, de todos modos.
Tal vez.
Eso si podía decidir lo que quería hacer con mi vida.
O tal vez seguiría aquí, en este sofá, comiendo pasteles de crema de
avena.
Mamá se puso en pie y me llevó consigo para darme la respuesta a su
pregunta.
—Que estés preciosa la próxima vez que te vea. Y, si puedes conseguir
a algún guaperas que llevarte de paseo por ahí, eso también ayuda.
Me guiñó el ojo y yo me burlé.
—Sí, bueno, no creo que ese plan vaya a funcionar en mi caso —
señalé, haciendo un gesto hacia mi cuerpo con una mano abierta. Claro,
tenía el cabello largo, grueso, rubio oscuro y una piel que se bronceaba
fácilmente con el sol del sur, pero usaba una talla catorce. Y todas las
personas de mi círculo de amigos, incluyendo la nueva... cosa de Mason,
eran una talla cuatro o más pequeña. No era que me sintiera muy segura
de mí misma, pero antes de graduarme no había pensado mucho en mi
tamaño, al menos no lo suficiente como para preocuparme. Ya fuera por el
dinero o por la reputación de Dale, siempre había sido parte de la multitud
y nunca tuve que tratar de ser alguien que no quería ser. Era tímida y
callada, pero divertida una vez que me abría. Al menos eso es lo que me
gustaba pensar.
—Bueno, tengo una idea que podría hacerte cambiar de opinión. Pero
tienes que prometerme que me escucharás antes de decir sí o no.
Crucé los brazos otra vez.
—Esto no suena bien.
—Solo escúchame —insistió ella, extendiendo las manos. Yo ya me
sentía escéptica, dado que las ideas de mi mamá normalmente involucraban
terapia de compras o viajes. No estaba de humor para lidiar con ninguno de
los dos en este momento—. Hay un entrenador personal en el club de
campo. Ha transformado completamente a al menos a una docena de
mujeres miembros. Lo juro, el tipo tiene un don. Y sé que, si le dieras una
oportunidad, te ayudaría a lucir y sentirte increíble.
—¿Un entrenador? ¿En serio, mamá? —Sacudí la cabeza, volviéndome
hacia mi dormitorio. Hice todo lo que pude para parecer molesta pero, en
realidad, me dolía un poco oír a mi mamá básicamente decir que necesitaba
ir al gimnasio—. No va a pasar.
—Solo inténtalo —me suplicó—. Solo por una semana o dos. Si lo
odias, puedes renunciar.
—Tal vez me guste estar gorda —espeté detrás de mí, todavía dando
pisotones hacia mi habitación—. ¿Alguna vez pensaste en eso? —Sabía que
estaba siendo dramática, pero todavía me aferraba a mi adolescencia y la
usaba como excusa para actuar tan desesperadamente como me sentía.
—Al menos prométeme que lo pensarás, Natalie. —Suspiró,
suplicando de nuevo—. No estás gorda y sabes que no pienso eso. Solo trato
de ayudarte a lucir y sentirte lo mejor posible.
Me detuve al pie de la escalera, mirando a mi hermosa madre. Cabello
rubio brillante, cuerpo delgado, pómulos altos. Siempre había sido hermosa,
siempre había sido fácil para ella, y tal vez parte de mí se resintiera con ella
por ello. Tal vez estuviera celosa. Tal vez estuviera en negación, pensando
que mi peso no importaba. Tal vez tuviera miedo de fracasar. A pesar de
todo, asentí, prometiendo pensar en ello, pero sabía que nunca pondría un
pie en el gimnasio del Club Country de Poxton Beach.
Mamá pareció satisfecha con mi promesa. Sonrió y volvió a agarrarse
las manos delante de sí.
—Mason es un gran chico. Es de buena familia, y va a llegar lejos. No
lo abandones tan fácilmente.
No tuve la oportunidad de responder porque Willow atravesó la puerta
principal, tirando de una brillante maleta púrpura detrás de sí.
—Muy bien, ¿en dónde está?
Gemí, con la mano derecha golpeándome la frente con una bofetada
antes de arrastrarla sobre mi cara. Mamá se rio.
Willow y yo habíamos sido mejores amigas desde el jardín de infantes,
y era la clase de amiga que se hacía cargo. Esta era la primera ruptura que
experimentaba en nuestros trece años de amistad, y se puso en acción tan
pronto como sucedió. Si no podía quitarme de encima a mis padres por
haberme pasado el verano comiendo, no había manera de que pudiera
escapar de Willow.
Sus profundos ojos marrones me encontraron al pie de la escalera y
sonrió, con sus blancos dientes brillando contra su oscura piel.
—Ahí estás. De acuerdo, este es el trato. —Subió su maleta la primera
escalera cuando llegó a mí y siguió levantando la maleta, hablando a través
de respiraciones dificultosas—. Vamos a vestirte bien. —Otra escalón—. Te
voy a peinar y maquillar. —Exhaló, todavía tirando—. Esta noche iremos a
Hay Stacks y le mostrarás a Mason lo que se está perdiendo.
—Eso suena como una idea realmente terrible —evalué, apoyándome
en la barandilla de la escalera y observando su lucha. Era realmente cómico,
su delgado cuerpo cargando una brillante pieza de equipaje de al menos el
doble de su tamaño—. ¿Qué tienes ahí, de todos modos?
—Solo lo esencial. Ahora, vamos, tienes que encontrar tu par de botas
más lindas.
Arrugué la nariz, pero mamá me puso una mano delicada en el
hombro, lo que me tranquilizó.
—Tiene razón, cariño. Simplemente ponte guapa y diviértete un poco.
—Estar cerca de Mason no suena nada divertido. —Willow y mamá
suspiraron al mismo tiempo, lo que me hizo reír y levantar las manos—. ¡Aj!
Bien. Pero si esta noche da asco pasaré todo el domingo en ese sofá con
Josh Holloway. —Primero señalé a Willow con el dedo antes de volver a mi
madre—. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —contestó rápidamente Willow desde la parte superior
de las escaleras, agachándose para agarrarse las rodillas y recuperar el
aliento. Le levanté una ceja a mamá, que se estaba mordiendo el labio, pero
finalmente asintió.
—De acuerdo. Esta noche será genial, así que no tengo que
preocuparme.
—Ajá.
Me arrastré por las escaleras sin querer y seguí a Willow hasta mi
habitación. Ella ya había abierto la maleta sobre mi cama con todo lo que
había en su interior esparcido en el edredón blanco y gris. Caí de cara sobre
él y suspiré, dejando que mi cálido aliento calentara la tela fría.
—Tienes diez minutos para deprimirte antes de que empiece a rizarte
el cabello —dijo Willow, entrando en mi baño para enchufar su plancha.
También trajo un pequeño espejo de maquillaje, lo cual fue inteligente
porque sabía que yo no tenía ninguno en mi cuarto o baño.
Nunca me gustaron los espejos. No me gustaba particularmente
mirarme, especialmente porque podía bajar la mirada a mi cuerpo y ver lo
suficiente.
Willow se sentó a mi lado, trenzándose el cabello sobre el hombro
antes de poner una mano sobre el mío.
—Háblame.
Volví a suspirar.
—Mamá está decepcionada porque perdí a Mason.
Por mucho que me doliera, tenía sentido. Después de todo, su familia
era una de las más acomodadas de Poxton Beach, aparte de la nuestra. Se
dirigiría a la universidad en un par de meses para tomar el mismo camino
y ser abogado como su padre. Y, después de la graduación, volvería aquí a
Poxton Beach hasta el día que muriera. Para mi mamá, eso sonaba como la
situación ideal para mi futuro matrimonio.
Pero a mí no me importaba nada de eso.
Lo que me importaba era que Mason ya no me besaría. No me tomaría
de la mano mientras caminábamos por la playa con nuestros amigos. No me
acariciaría el cabello para ponérmelo detrás de la oreja ni se pelearía
conmigo por el control remoto un viernes por la noche en mi casa. Puede
que no estuviera de acuerdo con mi madre sobre por qué debería estar con
Mason, pero ambas sentíamos lo mismo. No era la misma sin él… eso podía
notarlo nada más con la semana que había pasado desde que rompió
conmigo. Por primera vez, tenía que averiguar quién era yo como entidad
solitaria, como Natalie Poxton, sin Mason Carter como mi novio. Y estaba
fracasando.
—No está decepcionada, Natalie, está triste por ti. Todos lo estamos.
Por eso te voy a arreglar y te voy a sacar por ahí para que le muestres a lo
que está renunciando.
—Creo que lo sabe.
Suspiró.
—¿De verdad no quieres ir?
Mordiéndome el labio, pensé mucho en su pregunta. ¿Quería ver a
Mason? Por supuesto. Aun así, sentía como si mi estómago estuviera siendo
apretado por los puños de Hulk cada vez que lo pensaba. Porque si lo veía
lo querría, y por primera vez en dos años no era mío.
Pero no podía pasar todo el verano de luto por él, aunque fuera lo más
fácil. Tendría que enfrentarme a él alguna vez, y tal vez me vería y se daría
cuenta de que cometió un error.
—¿Tienes algún maquillaje mágico que me haga lucir mejor que su
nueva novia?
Willow sonrió, agitando la mano en mi dirección.
—Oh, por favor. Como si alguien pudiera maquillar mejor que yo. —
Me dio un guiño y me agarró las manos, levantándome de la cama y
llevándome al baño. Miré las fotografías que había tomado en nuestras
vacaciones familiares en Hawái hacía unos años mientras ella preparaba
todo en el mostrador. Las imágenes de las chozas de paja y fogatas en la
playa oscura siempre me tranquilizaban.
La fotografía era mi pasión. Lo había sido durante más tiempo del que
recordaba. Fui la fotógrafa principal del anuario durante toda la escuela
secundaria y tenía más archivos digitales de mis amigos y de mi ciudad
natal en mi computadora que espacio en el disco duro para almacenarlas.
Era la única cosa que me hacía sentir cómoda y segura.
Aparte de Mason.
A quien ya no tenía.
—¿Puedo llevar mi cámara esta noche?
Willow frotó algo de base debajo de mis ojos.
—Si quieres. Pero tienes un millón de fotos de todos nosotros en Hay
Stacks.
—Lo sé. Me hace sentir mejor tenerla conmigo.
Se rio.
—Eres un poco rara, Nat. Pero te amo de todos modos.
—Yo también te amo. Gracias por esto —dije, señalando su
exhibición—. Sé que tienen razón. Tengo miedo, pero sé que no puedo
esconderme para siempre.
Willow sonrió, delineándome las cejas con un lápiz claro.
—No te preocupes. Todo va a salir bien.
Intenté devolverle la sonrisa, pero la sentí falsa y en su lugar fijé mi
visión en una foto de Mauna Loa.
Ese fue el primer momento en que sentí el cambio.
Hubo algo en ese verano que me cambiaría, ya estaba empezando, y
una parte de mí lo sabía. Era como si estuviera caminando en la oscuridad
hacia una luz distante, pero no podía arrastrar los pies lo suficientemente
rápido como para darme cuenta de lo que era. Solo podía pensar en una
cosa a la vez y, esa noche, se trataba de estar en el mismo lugar que el chico
que me había roto el corazón apenas una semana antes. Quería estar
preparada, quería tener confianza, quería estar bien, pero la verdad es que
no lo estaba.
Estaba lejos de estar bien.

***

Dos horas más tarde, me limpié mis sudorosas palmas en la tela


áspera de mis jeans mientras Willow y yo serpenteábamos entre la multitud
del fin de semana hacia Hay Stacks. Las multitudes nunca fueron lo mío,
pero me sentía particularmente intranquila esta noche y Willow lo sintió.
Extendió el brazo y entrelacé el mío con el suyo, agarrándome a ella como
un salvavidas cuanto más nos acercábamos a los bares.
The Crawl era una pequeña franja de clubes, bares y restaurantes
cerca del malecón de Poxton Beach y casi el único lugar para salir en un
radio de cincuenta kilómetros. Siempre se hallaba lleno de turistas, pero los
lugareños también se encontraban allí, en medio de una gran multitud.
Poxton Beach era el segundo mejor lugar turístico de Carolina del Sur, justo
detrás de Myrtle Beach, y The Crawl era casi el único entretenimiento para
adultos en la ciudad. Todo lo demás estaba muy enfocado hacia la familia,
tal y como lo querían los antepasados de Dale.
Aunque acababa de cumplir dieciocho años en noviembre, había
estado en The Crawl más veces de las que podía contar. Hay Stacks y
algunos otros bares eran para los mayores de dieciocho años, lo que los
convertía en los lugares favoritos de mi grupo de amigos los fines de semana.
Cuando no estábamos en The Crawl, hacíamos fiestas o fogatas en la playa.
Aun así, esa noche mi estómago se tambaleó cuando el letrero de neón
de Hay Stacks apareció a la vista. Era el único bar country en The Crawl y,
aunque me encantaba la música country, estaba exactamente lo contrario
a emocionada por estar allí. Sabía que Mason estaría en el interior,
probablemente en el mismo bar en el que me había besado la noche después
del baile, y tenía la corazonada de que no estaría solo. Willow trató de
calmarme con su interminable flujo de sabias palabras y clichés, pero nada
de lo que pudiera decir podría hacerme querer menos mi sofá.
—Si no aflojas el agarre no me va a quedar un brazo para que me
pongan la pulsera —dijo Willow cuando llegamos a las puertas. La música
emanaba hacia la pista y juraría que oí a Mason reírse a través del ruido.
—Lo siento —murmuré, quitándole la mano del brazo y estirando los
dedos mientras frotaba el punto al que me había estado agarrando. Mis
manos nerviosas tomaron mi cámara a continuación y, una vez que
encontraron su cómoda ubicación a ambos lados del elegante y negro objeto,
inmediatamente sentí que una sutil calma me bañaba. Ociosamente subí y
bajé los pulgares por el metal frío—. No creo que pueda hacer esto, Lo. Todo
el mundo me va a juzgar.
—Intenta ser una de las únicas tres chicas negras de la ciudad, Nat.
Créeme, te acostumbrarás. —Me guiñó el ojo y yo sacudí la cabeza,
sonriendo un poco. Estaba exagerando, por supuesto, pero no mucho.
Poxton Beach definitivamente no era conocida por su diversidad, y Willow
se destacaba tanto por su color de piel como por su personalidad. Era segura
de sí misma, inteligentísima y, por lo general, el alma de la fiesta.
Así que básicamente era mi polo opuesto.
Sin embargo, confiaba en ella más que en nadie. Cuestionaba muchas
de mis amistades en Poxton Beach, pero nunca la suya. Le gusté antes de
que nos diéramos cuenta de que el dinero significaba algo en el mundo. No
era que pensara que mis amistades eran falsas pero, después de la
graduación y la falta de llamadas telefónicas de mis amigos para ver si
estaba bien, me preguntaba si toda la gente que afirmaba ser mi amigo
realmente lo quería. Tal vez solo querían el privilegio que conllevaba.
Ojalá supieran todo lo que conllevaba. El nombre Poxton se
encontraba salpicado por toda la ciudad, desde la farmacia local hasta el
banco y todo lo demás. Ni siquiera podía entrar a una tienda para comprar
un paquete de chicles sin que todos supieran quién era. Había ojos sobre
mí en todo momento, y eso era más presión de la que sabía manejar la mayor
parte del tiempo. No nací como una Poxton sino que me casé con ello, y a
veces sentía como si defraudara a Dale.
Como ahora, cuando ni siquiera podía lidiar con una estúpida
ruptura.
Cuando empecé a morderme el labio y a hacer clic en los botones del
obturador de mi cámara, Willow se dio cuenta de lo agitada que me sentía.
Respiró hondo y me empujó a un lado del edificio, lejos de la multitud que
esperaba a entrar.
—Escúchame, Natalie —dijo, con sus manos encontrando mis
hombros mientras llevaba mi mirada a la suya—. Mason cometió un gran
error al dejarte ir, y sé que lo reconocerá algún día. No voy a mentirte y
decirte que será esta noche porque probablemente no lo sea. Si tuviera que
apostar, diría que va a tener a esa nueva Barbie morena colgando del brazo
y probablemente fingirá que no existes o que no ha pasado nada entre
ustedes dos y que todo es normal. De cualquier manera, no dejes que te
afecte. Mantén la barbilla en alto y camina por ese bar como si no te hubiera
molestado. Toma chupitos ilegales de esta petaca con tu mejor amiga y baila
hasta que tus lindas botas rojas se hagan pedazos. —Willow sonrió,
sosteniendo su petaca favorita, negra y elegante, con sus dientes blancos y
brillantes brillando contra su piel oscura en la luz de neón de las barras. Su
largo cabello seguía trenzado hacia un costado, alargando su cara aún más
de lo habitual y recordándome lo impecable que era mi mejor amiga. La puse
en la misma categoría que mi madre: Hermosa sin esforzarse.
—Estoy asustada, Willow. Era mi mejor amigo. Lo era todo para mí.
—Decir las palabras en voz alta hizo que me doliera el pecho.
Willow me rodeó el hombro con el brazo y me dirigió hacia Hay Stacks.
—Lo sé, cariño. Y tal vez eso sea parte del problema, ¿sabes? Si lo das
todo a alguien más, date cuenta de que algún día tendrás que cambiar todo
lo que sabes de ti misma.
La empujé juguetonamente.
—Tú y tus palabras de sabiduría.
Se encogió de hombros.
—¿Qué puedo decir? Es un regalo. Ahora pon tu cara feliz y hagamos
esto. Y, por favor, no te escondas detrás de esa lente toda la noche —añadió,
mirando mi cámara.
Suspiré, mirando a la multitud reunida como si alguien de ahí fuera
tuviera la fuerza mental que necesitaba y pudiera robársela con una sola
mirada. Caminamos directas hacia el gorila, ignorando la pequeña fila que
se había formado. Nos sonrió y se levantó el sombrero ante Willow mientras
se hacía a un lado para dejarnos entrar, con mis manos todavía agarrando
la cámara que tenía alrededor del cuello. Escuché algunas quejas de los de
fuera, pero los lugareños ni siquiera pestañearon. Era Natalie Poxton. Y eso
significaba que no tenía que esperar.
Si tan solo fuera tan poderosa por dentro como el nombre que me
habían dado.
Dejé escapar un largo suspiro mientras mis manos apretaban su
agarre alrededor de mi cámara. Me sentía más segura con ella colgando del
cuello, y mis dedos jugaban con el flash, haciendo clic constantemente
mientras nos dirigíamos a la barra de atrás donde nuestros amigos sin duda
estarían reunidos.
Vi a Mason inmediatamente.
Esperaba que no apareciera, pero lo hizo. Y, tan pronto como mis ojos
lo encontraron y fueron testigos de su típica sonrisa que le llenaba la cara
apareciéndole en el rostro, casi caí de rodillas. Lucía más guapo de lo normal
si es que eso era posible, y eso me mató. Me metí el labio inferior entre los
dientes por costumbre y seguí a Willow un poco más de cerca.
—¡Lo! —gritó Stephanie sobre la música, abrazando el cuello de Willow
cuando llegamos al grupo—. Bien, es oficial. Ahora la fiesta puede empezar.
—¡He llegado! —gritó ella en respuesta, y el grupo se rio. Sentí que
una ardiente mirada perforar me mientras agarraba mi cámara aún más
fuerte y esperaba a que la primera persona me hablara. Traté de mantener
la cabeza alta como dijo Willow, pero estaba bastante segura de que
fracasaba miserablemente.
—Me alegro de verte, Natalie —dijo Dustin primero, ofreciendo una
amable sonrisa. Dustin era el mejor amigo de Mason y, por lo que me había
dicho después de la ruptura de la semana anterior, no estaba exactamente
de acuerdo con la elección de Mason. Le devolví la sonrisa y bajé las manos
de la cámara, tratando de relajarme.
—Yo también, Dustin. —Me había comido todo el bálsamo labial que
me había puesto en el viaje en auto, así que saqué un pequeño tubo de mi
bolso y me lo volví a aplicar, usando el viejo hábito para calmar mis nervios
mientras Dustin seguía sonriéndome.
Dustin y Mason eran prácticamente gemelos, aunque los rasgos de
Mason eran perfectamente simétricos, lo que le daba una pequeña ventaja
sobre Dustin. Ambos tenían el cabello castaño y ojos de chocolate a juego.
Aunque Mason siempre estaba bronceado por trabajar en la tierra de sus
padres, la piel de Dustin era clara y se encontraba salpicada de pequeñas
pecas. Y, aunque Mason era alto con hombros anchos, Dustin era por lo
menos quince centímetros más alto, y su figura era delgada en comparación.
Metí el bálsamo labial de nuevo en el bolso justo cuando mis ojos se
movieran hacia Mason, quien oficialmente me miraba fijamente junto con
todos los demás.
—Hola, Mase.
Se detuvo un momento, como si no estuviera seguro de qué decirme,
e hizo que mi estómago se torciera en un nudo horrible. Tragué, pero
mantuve mi postura tan calmada como pude, escuchando las palabras de
Willow en mi mente. Todo lo que quería era que me envolviera con los brazos
y me dijera que todo era una broma, pero sabía que eso no iba a pasar. Así
que al menos tenía que fingir que estaba bien. A este pueblo le encantaban
los chismes y no quería que la pobre Natalie Poxton fuera su siguiente tema
de interés.
—Hola, Nat. —Se detuvo de nuevo y bajó un poco la voz, acercándose
un poco más—. ¿Estás bien?
Sus palabras hicieron que mi estómago se retorciera más, pero los
ojos de Willow entrecerrados detrás de él me recordaron que necesitaba
aparentar estar en control. Aunque estuviera lejos de ello.
Me encogí de hombros.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Hubo algunas cejas levantadas y susurros después de ese comentario
y Willow me dio un sutil signo de un pulgar levantado, pero me sentí fatal.
Nunca le mentía a Mason, y sabía que él podía ver que estaba mintiendo.
Pero no me lo dijo. Simplemente sonrió, asintió y se volvió hacia Dustin. Era
como si su atención estuviera atada a la de todos los demás porque, tan
pronto como él y Dustin comenzaron a hablar sobre béisbol, todos los demás
volvieron también a sus conversaciones.
Stephanie me agarró de la mano y me llevó al baño con ella y Willow.
—¡Bebamos! —Saltó un poco, con una sonrisa brillante mientras nos
arrastraba entre la multitud.
Stephanie era como mucho la chica más linda de nuestra clase,
aunque Willow la rivalizaba estrechamente. Ambas eran altas y delgadas,
pero Stephanie tenía un cabello castaño perfecto y largo que se retorcía con
hermosos rizos sin esfuerzo. Su sonrisa revelaba hoyuelos que volvían locos
a todos los chicos. Siempre fue amable conmigo, pero nunca salíamos a
menos que Willow estuviera involucrada. De hecho, Willow y Mason eran las
únicas dos personas con las que salía aparte de nuestras salidas de grupo.
Después de que Mason me dejara, me quedaba una.
Stephanie y Willow tomaron tragos de sus petacas en el baño de
discapacitados en el que todas nos hallábamos amontonadas, pero agité la
mano cuando me las ofrecieron. Probablemente podría haber usado el
alcohol para calmarme los nervios, pero tenía más miedo de enfermarme
bajo la neblina, así que opté por el agua cuando volvimos al bar.
Beber agua me permitió relajarme un poco y, cuanto más bebían los
demás, mejor me sentía. Por alguna razón, los ojos llorosos eran más fáciles
de soportar que los sobrios.
Terminamos apoyados contra el borde trasero del bar, todavía en el
mismo grupo que Mason y Dustin, pero con suficiente espacio entre
nosotros para mantener conversaciones separadas. Willow y Stephanie
estaban charlando sobre sus asignaciones de dormitorio en la Universidad
Appalachian State mientras yo fingía escuchar. En lo que a mí respectaba,
esa universidad era esencialmente la secundaria parte dos. Además, la novia
de Mason acababa de entrar, y me encontraba mucho más interesada en
torturarme viéndolos juntos. Simplemente entró y se arrojó en sus brazos
mientras todos a su alrededor sonreían. Él la envolvió con los brazos y la
apretó con fuerza contra sí, besándola en los labios como había besado los
míos una semana antes, y no pude evitar darme cuenta de que nunca pudo
envolverme tanto con los brazos a mí.
—¿Y tú, Nat? —preguntó Stephanie, tomando otro sorbo de su petaca
antes de verter la mitad en el refresco que acababa de pedir—. ¿En dónde
te vas a alojar? Me sorprende que tú y Willow no estén juntas.
Me encogí de hombros, inclinando mi vaso de plástico hasta que un
cubo de hielo se deslizó entre mis dientes. Lo aplasté ruidosamente con la
mirada puesta en Mason.
—Aún no he decidido si iré a Appalachian State.
Stephanie palideció y la boca de Willow se abrió hacia un lado. Ella ya
sabía que seguía debatiendo mis opciones, pero para Stephanie y todos los
demás en este pueblo era prácticamente un pecado no ir al Appalachian
State. Era donde iba todo el mundo en Poxton Beach. Estábamos "pegados
todos juntos", como a Dale le gustaba decir, y la mayoría terminaríamos de
vuelta en ese pueblo.
Como dije... la secundaria parte dos.
¿Pero yo? No había hecho ni un solo movimiento hacia la universidad,
aparte de tomar los exámenes estandarizados.
—¿Qué quieres decir? Como, ¿no este semestre? —Stephanie giraba
furiosamente la pequeña pajita negra en su bebida mientras esperaba mi
respuesta.
La vergüenza me sombreó las mejillas, aunque no estaba segura de
que fuera por sus preguntas prejuiciosas o porque los ojos de Mason se
encontraron con los míos brevemente antes de volver a Stephanie. Odiaba
tener que explicar mis decisiones, especialmente cuando tampoco sabía con
seguridad por qué las tomé. Lo único que sabía con seguridad era que no
quería ir a la universidad nada más porque todos los demás lo hicieran.
—Como que tal vez no vaya en absoluto. No lo sé, aún no lo he
decidido.
—¿Pero no tienes que buscar habitación? ¿E inscribirte en clases?
Me encogí de hombros otra vez.
—No estoy preocupada por eso ahora. —Eso no era exactamente
cierto, pero no era exactamente mentira. Me preocupaba por ello, por la
decisión que tenía que tomar, por ir retrasada respecto al resto de mis
compañeros cuando se trataba de conocer mi futuro. Pero también era cierto
que, en ese momento, mi única preocupación real era que Mason tenía la
lengua en la garganta de otra chica.
Willow siguió mi mirada y sacudió la cabeza, tomando un trago de su
petaca antes de agarrarme del brazo.
—No. No vas a sentarte aquí y torturarte toda la noche. Vayamos a
bailar.
Pero antes de que tuviera la oportunidad de alejarme, la novia de
Mason se dirigió hacia nosotras. Primero le sonrió a Stephanie, mirándole
el atuendo.
—¡Me encantan esas botas! ¿De dónde las has sacado?
Stephanie le devolvió la sonrisa, halagada y claramente inconsciente
de mi incomodidad.
—La boutique de botas de la ciudad. ¡Tienen los mejores colores y
estilos! Tendré que llevarte alguna vez.
—Me encantaría —contestó ella genuinamente antes de volver su
mirada hacia mí. Se agrió inmediatamente—. Eres Natalie, ¿verdad?
Tenía la garganta demasiado seca para tragar, lo que significaba que
definitivamente no podía responder, así que asentí.
Su sonrisa tenía pellizcos en las esquinas.
—Encantada de conocerte. He oído hablar mucho de ti de Mason.
Mi corazón dio una voltereta ante sus palabras antes de caer al suelo.
¿Oyó de mí por Mason? ¿Eso era bueno o malo?
—Soy Shay —dijo finalmente, pero no extendió la mano en busca de
un apretón de manos—. Escucha, espero que las cosas no sean raras entre
nosotras. Quiero decir, dado que Mason te dejó para salir conmigo y todo
eso. Somos jóvenes, ¿verdad? Estas cosas pasan. —Ahora sonrió más, feliz
consigo misma.
Esta vez tragué, sintiéndome enferma. Tenía los ojos puestos en mí,
al igual que los de Stephanie, ambas esperando una respuesta. ¿Qué se
suponía que tenía que decir?
Willow entrecerró los ojos, tirando de mi brazo otra vez.
—Vamos, no tienes que jugar a este juego con ella. —Luego se volvió
hacia Shay—. Tal vez deberías volver con tu novio.
Shay se encogió de hombros, entrelazando su brazo con el de
Stephanie para reflejar el de Willow con el mío.
—Probablemente tengas razón. Vamos, Stephanie, ¿no? Quiero oír
más sobre esta boutique de botas.
Stephanie se iluminó, charlando animadamente mientras Shay la
empujaba hacia donde Mason y Dustin se hallaban parados, ignorando lo
que había ocurrido al final de la barra.
Willow me sacó a la gran pista de baile de madera antes de que tuviera
la oportunidad de procesarlo completamente y nos unimos al baile en línea,
encontrando un lugar justo a tiempo para pisotear dos veces y dar una
vuelta antes de que empezara de nuevo desde el principio.
—No dejes que te afecte —gritó Willow por encima de la canción
mientras nos poníamos en línea con los otros bailarines. No diría que era
tímida, pero estaba lejos del tipo de chica que busca atención, que era parte
de la razón por la que me encantaba bailar en línea. Había algo sobre
moverme al ritmo de la música sin tener que sobresalir que me atraía.
—Es difícil no hacerlo, Lo. ¿La viste?
—Sí. ¿Y? —Willow se echó la trenza por encima del hombro mientras
dábamos otra vuelta.
Fruncí el ceño por dentro, fijándome en el pequeño cuerpo de la
morena y sus grandes... partes femeninas. Llevaba pantalones cortos
vaqueros que parecía que habían sido comprados en la sección de niños y
su sonrisa era casi demasiado perfecta. Si ella no era "nada especial",
¿entonces qué demonios era yo?
—¿Quién es, de todos modos? —pregunté cuando la canción cambió
y pasábamos al siguiente baile.
—Chica nueva. Está en el penúltimo año o, bueno, supongo que ahora
está en último. Es del condado Lee pero acaba de ser transferida aquí para
su último año. Supongo que su padre consiguió un nuevo trabajo aquí.
—¿Qué? —Me detuve abruptamente, con cuidado de evitar que otra
bailarina chocara conmigo cuando lo hice—. ¿En dónde?
Willow se encogió.
—Es el nuevo vicepresidente del banco.
Me golpeé la frente con la palma de la mano. Por supuesto.
Simplemente tenía sentido que la nueva novia de mi ex se mudara a la
ciudad porque mi padre contrató al suyo. Impresionante.
Me di vuelta para salir de la pista de baile, habiendo claramente
terminado de bailar pero, antes de tener la oportunidad de registrar lo que
había sucedido, me estrellé contra Colleen Masterson, tirándola
directamente al suelo.
—Dios mío, ¿estás bien? —Me agaché rápidamente con Willow
tomando su otro lado mientras la ayudábamos a levantarse. Colleen era un
par de años mayor que nosotros y la chica más pequeña que conocía. Con
solo un metro y medio de estatura y tal vez cincuenta kilos, tenía el tamaño
perfecto para ser la mejor voladora que el equipo de animadoras había tenido
durante todo su tiempo en la escuela.
Colleen asintió, levantándose mientras Willow y yo ayudábamos a
estabilizarla. Parecía sacudida y yo me sentía como una tonta de remate. De
repente, un fuerte sonido de risa vino de detrás de Willow. Levanté la mirada
más allá de los bailarines que se habían reunido a nuestro alrededor y vi a
Shay señalando en nuestra dirección. Todo el mundo a su alrededor se reía
excepto Mason, que se dirigía hacia nosotras con un preocupado
fruncimiento entre las cejas. Dustin se le unió, pero no sin antes lanzar una
mirada de desaprobación sobre su hombro hacia Shay.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó Mason, sin dirigir la pregunta hacia
Colleen sino hacia mí. No contesté, porque mi atención seguía
completamente centrada en el lugar donde Shay hacía bromas. No podía oír
lo que decía, pero definitivamente me miraba fijamente, y Stephanie se reía
con ella. Tragué, con el calor corriendo hasta mi cara mientras Willow se
giraba para mirar detrás de sí también, justo a tiempo para ver a Shay
llamarme "gorda torpe".
Y esa vez la oí.
—Lo siento, Colleen —murmuré, poniéndome en pie tan rápido como
pude y corriendo hacia la puerta. Willow me persiguió, gritando mi nombre
y pidiéndome que esperara, pero no me detuve. Las lágrimas me picaban en
mis ojos mientras atravesaba a la multitud, usando más fuerza de la
necesaria. Odiaba no poder mantener la compostura. Ni siquiera lloré
cuando Mason rompió conmigo, ¿por qué demonios estaba a punto de llorar
por algo que dijo alguien que ni siquiera me importaba?
Porque a él le importa ella, por eso.
¿Cómo pudo Mason pasar de salir con alguien como yo a salir con
alguien como ella? Era horrible. Se merecía algo mejor, debería querer algo
mejor.
Debería quererme a mí.
Moses hizo que el Range Rover de Dale se detuviera casi tan pronto
como le envié el mensaje y me metí rápidamente en el asiento trasero,
cerrando la puerta detrás de mí como si eso me protegiera de la cruel
realidad que acababa de enfrentar.
—Llévame a casa, Moses —dije a través de las lágrimas que aún se
me acumulaban. Traté de respirar profundamente, pero me sentí jadear
cada vez. Tenía el pecho demasiado apretado. Mis pulmones no eran lo
suficientemente grandes.
Moses no dudó ni hizo una sola pregunta, solo puso el Rover en
marcha y salió rápidamente de The Crawl como si él también sintiera la
urgencia.
Moses solía ser el mayordomo de la familia de Dale, pero se convirtió
en un amigo de la familia cuando mamá y yo llegamos a la tribu Poxton.
Tenía más de sesenta años, aunque su cabeza calva y su piel bronceada lo
hacían parecer más un motociclista a finales de los cuarenta. Apenas tenía
arrugas de las que hablar, y juré que encontraría el secreto detrás de eso.
Me miró con curiosidad un momento por el espejo retrovisor antes de volver
a mirar al frente. Esperé a que llegaran las preguntas, pero afortunadamente
no lo hicieron.
Mi teléfono sonó tan pronto como la luz de The Crawl se desvaneció
detrás de nosotros. El nombre de Willow y su sonrisa llamativa iluminaron
la pantalla y presioné el botón rojo de ignorar apresuradamente antes de
apagar mi teléfono por completo. Sabía que quería ayudar, pero ya había
pasado el punto de ser controlada por las Palabras de Sabiduría de Willow.
Cada kilómetro que recorríamos nos acercaba a casa y nos alejaba del club,
pero todavía sentía que se me rompía el corazón. Cerré los ojos y vi sus
rostros, oí sus risas, sentí la vergüenza. Nunca había sido el blanco de
ninguna de las bromas de mis amigos, al menos no que yo supiera. ¿Por qué
la nueva novia de Mason podía burlarse de mí y salirse con la suya tan
fácilmente? ¿Por qué nadie me defendió?
Pero, ¿podía culpar a Shay por mi vergüenza? No fue ella quien comió
como yo comía. No fue ella la que me vio engordar más y más a lo largo de
los años. No fue ella quien tiró a Colleen al suelo en medio de un bar lleno
de gente. Todas esas cosas eran mi culpa, y la verdad más triste era que ni
siquiera estaba haciendo nada para cambiar mi apariencia. O cómo me
sentía.
Tal vez fuera hora de empezar.
Como una luz estroboscópica de asalto, pequeños momentos en los
que no había pensado dos veces me golpearon violentamente en el asiento
trasero del Range Rover. Recordé cubrirme en la playa mientras todas mis
amigas yacían en un bikini de dos piezas. Recordé que tuve que comprar en
una tienda completamente diferente mi vestido de graduación después de
que el asistente nos dijera a mí y a Willow que no tenían nada por encima
de una talla nueve. Recordé que tuve que pedir un vestido grande para la
graduación, a pesar de que fuera ya muy fluido y suelto. Lo recordé todo, de
repente, todo a la vez, con un detalle sorprendente.
Fue la primera vez en mi vida que me di cuenta de que no me sentía
cómoda en mi propia piel.
Cuando detuvimos en el largo camino de entrada de casa de Dale, mi
mente seguía repitiendo la risa que había escuchado. Mason no se había
unido a ella, pero no la había detenido. Aun así, me preguntó si estaba bien,
y esa era toda la esperanza que necesitaba para pensar que tal vez tenía una
oportunidad de ganarlo de nuevo.
Pero, antes de que pudiera pensar en ir tras él, tenía que ir tras una
vida mejor para mí.
—Gracias, Mo —susurré en voz baja, con la voz tensa. Me ofreció una
suave sonrisa y asintió en respuesta. Una vez más, estuve muy agradecida
de que, de alguna manera en esta ciudad, él hubiera perdido el interés en
descubrir cada detalle de una mala situación.
Ni siquiera era medianoche cuando entré por la puerta de nuestro
gran vestíbulo. Oí a mamá y a Dale hablando en la cocina y dejé que mis
pies me llevaran allí sin siquiera pensar en lo que diría. Dale estaba a medio
mordisco y mamá se reía, parados alrededor de la isla de la cocina, con
grandes tazones de helado frente a ellos, cuando entré.
Dale dejó caer su cuchara cuando me vio y mi mamá se giró de golpe,
interrumpiendo su risa. Inmediatamente corrió hacia mí cuando me vio la
cara y dejé que me arrastrara hacia sí. Para ser una mujer pequeña, tenía
un abrazo fuerte.
—Oh, nena, ¿qué pasó? —preguntó Dale, moviéndose hacia nosotras.
Me alejé de las manos de mamá y sacudí la cabeza, con los ojos cayendo al
piso de madera.
—Creo que cambié de opinión —dije en voz baja, sin saber si
realmente estaba de acuerdo con lo que iba a decir o si estaba actuando en
ese momento. De cualquier manera, las palabras se encontraban ahí—.
Sobre el entrenador.
Mamá miró a Dale, quien se cruzó de brazos sobre el pecho, con una
mirada de preocupación en la cara.
—¿Estás segura? —Asentí, aunque mi mirada permanecía baja. Él
suspiró—. No hagas esto por un chico, Natalie.
—No es por él. —No del todo, al menos. Me aclaré la garganta,
levantando los ojos para encontrarme con los suyos—. Necesito esto. Por mí.
Mamá me atrajo a por otro abrazo.
—Oh, cariño, todo estará bien. Eres muy fuerte. Sé que puedes
hacerlo. Y Mason se pateará para siempre por dejarte ir.
Me encogí de hombros y me puse los brazos sobre el pecho para imitar
a Dale. Me sentía más segura al estar de pie así.
—¿Puedo empezar mañana?
Mamá sonrió suavemente y asintió.
—Llamaré al club a primera hora de la mañana.
Sentí que las lágrimas me hacían arder los ojos de nuevo, pero de
alguna manera me las arreglé para mantenerlas bajo control.
—Gracias, mamá. Dale. De verdad. —Sacudí la cabeza, con la mirada
volviendo a encontrar el suelo—. Lo siento.
Dale frunció el ceño.
—¿Por qué lo sientes, nena?
Me encogí de hombros.
—Esta noche tiré a una chica al suelo. Soy tan grande que... —Un
sollozo finalmente salió de través de mi cerrada garganta y mi mano voló
hacia mi boca. Sacudí la cabeza mientras ambos se movían para
consolarme, rompiendo a llorar con las lágrimas que había estado
reteniendo—. No quiero sentirme así nunca más.
Decir las palabras en voz alta finalmente me hizo darme cuenta de lo
mucho que me había descuidado. No importaba cómo hubiera actuado en
el pasado, mi tamaño siempre me había molestado... solo que no lo
suficiente como para que me importara hacer un cambio. Pero esa noche
fue el punto de inflexión. Sabía que el camino que me esperaba no sería
fácil, pero ya no tenía elección.
Mason me había debilitado. Y esa noche su novia había terminado el
trabajo que él comenzó, rompiéndome en pedazos con éxito. Estaban
esparcidos en el suelo a mi alrededor y sabía que era hora de recogerlos y
empezar a reconstruir.
Esperaba construir un yo mejor.
Un yo más fuerte.
Y, definitivamente, un yo más pequeño.
2
Entré al Club Country de Poxton Beach justo después de las dos de
la tarde del día siguiente. El club se situaba en el borde oeste de la ciudad,
un enorme y grandioso edificio justo enfrente de nuestro único campo de
golf. Solo había estado en el club para las fiestas de Dale y el brunch del
domingo y ni una vez había tenido la curiosidad de preguntar si había un
gimnasio, por no hablar de pedir verlo. Mientras seguía a un socio del club
a través del gran pasillo hacia la parte de atrás del edificio, me lamenté por
mi verborrea con mis padres. Sí, había estado molesta. Sí, quería empezar
a hacer cambios, ¿pero un entrenador realmente era la mejor manera de
hacerlo? Cuando pasamos por las grandes puertas de cristal y me encontré
de pie en una habitación llena de gente delgada, tonificada y hermosa, supe
con seguridad que había tomado una decisión loca por mi prisa.
Definitivamente no pertenecía a esta habitación.
—Tu entrenador está terminando con su último cliente —me informó
la mujer mayor. Inclinó la cabeza hacia un pequeño gimnasio detrás de la
fila de cintas de correr—. Adelante, camina hacia allá. Debería terminar
pronto. —Se detuvo, con su sonrisa aún radiante. Supuse que se
encontraría a finales de los treinta, y la polo del club sobresalía encima de
un par de lo que estaba segura eran unos muy falsos atributos.
Cuando simplemente sonreí y asentí torpemente, se volvió para
disculparse, pero no sin antes añadir:
—Y diviértete. Es el mejor entrenador de este lugar. —Me guiñó el ojo
y sentí que me sonrojaba, aunque no sabía exactamente por qué.
Me dirigí hacia la pequeña habitación a la que se había referido la
mujer, cruzándome de brazos por encima de mi cuerpo mientras pasaba
junto a los distintos miembros con su ajustada ropa de entrenamiento. Yo
iba vestida con pantalones de yoga y una camiseta de mi secundaria de
hacía dos años con mi grueso cabello recogido en un moño alto y
desordenado. Lucía desaliñada y lo sabía pero, con mi cuerpo, no sabía
realmente cómo lucir de otra manera.
Cuando llegué a las ventanas de cristal que separaban la sala de
entrenamiento privada del resto del gimnasio me detuve, observando a las
dos personas en el interior. Había un hombre arrodillado en el suelo,
mostrando su musculosa espalda a través de la camiseta negra de manga
ancha rota que llevaba. Desde el ángulo, podía ver que había una mujer en
una esponjosa alfombrilla negra frente a él.
Estaba a cuatro patas, pero todo lo que podía ver era su pierna trasera
derecha extendiéndose hacia el techo con un pie flexionado mientras el
hombre guiaba suavemente su rodilla. Observé cómo los músculos de sus
brazos se flexionaban mientras se movía, cómo las ondulaciones y las
crestas cambiaban con cada elevación y caída. Nunca había visto músculos
así, al menos no tan cerca. Solo la vista parcial de su trasero me hizo
cruzarme de brazos con más fuerza y desear al menos haber tratado de no
parecer una vaga.
Después de otro minuto, la mujer dejó caer la pierna y se sentó sobre
sus talones, dándole al hombre un choque de manos y una sonrisa tan
grande que hizo que me dolieran las mejillas. Aunque, cuando él se levantó
y se dio la vuelta, entendí completamente por qué.
De repente me costaba respirar.
Tiró una pequeña toalla blanca sobre su cabello oscuro y húmedo,
arrastrándola lentamente por su cara para limpiar el sudor que se había
acumulado. Tenía los músculos de los brazos aún más definidos por delante,
y sus bíceps se tensaban con cada movimiento de su mano. Mientras bajaba
la toalla alrededor de su cuello, me fijé en su fuerte y tensa mandíbula,
cubierta solo con el más leve rastro de barba. Sus ojos verdes y brillantes se
clavaron en la mujer y continuó su lento asalto con esa maldita toalla blanca
mientras ella le hacía preguntas. Estaba frunciendo el ceño, casi como si la
toalla lo hubiera ofendido mucho o estuviera contemplando un problema
mundial y, por alguna razón, ese ceño hizo que mi cuerpo sintiera un calor
que nunca había sentido.
Mi entrenador no era otro que Rhodes, lo más cercano a un chico malo
que había Poxton Beach. Aparte del hecho de que se encontraba en último
año cuando yo estaba en primero y que era absolutamente aterrador,
realmente no sabía mucho sobre él. Pasé un año vagando por los mismos
pasillos que él en la secundaria, pero eso fue todo lo que necesitó saber que
era mejor mantener la distancia. Rhodes era un misterio para la mayor parte
de la ciudad, y el hecho de que se fuera a acercar a mi cuerpo en cuestión
de minutos me ponía de los nervios. Era como un cartel rojo de PELIGRO
que se encendía una y otra vez mientras lo observaba de cerca, el mismo
miedo que sentía hacia él en la escuela. Aun así, mis pies no se movieron.
Cuando la mujer dio un último saludo y salió por la puerta a mi
derecha, yo seguí de pie y observando como una idiota al otro lado del
cristal. Rhodes se pasó la toalla sobre la cara una vez más antes de
levantarse la camiseta, revelando un trozo de piel bronceada mientras metía
una esquina de la ofensiva tela blanca debajo de la banda de sus pantalones
cortos. Fue entonces cuando sus ojos encontraron los míos y, por segunda
vez en veinticuatro horas, sentí un pequeño cambio en mi universo.
Rhodes frunció el ceño, evaluándome a través del cristal, que era mi
única seguridad contra la sensación desconocida que estaba
experimentando en ese momento. Lentamente pasó por la puerta y se apoyó
contra el marco, cruzando los brazos.
—¿Natalie?
Yo seguía a una distancia segura de él, con mi cuerpo inclinado hacia
el cristal. Asentí antes de encontrar finalmente mi voz.
—Sí. Sí, um, soy Natalie. Natalie Poxton. —Extendí la mano hacia la
suya, pero solo levantó una ceja mientras la valoraba antes de mirarme de
nuevo, con la mandíbula erguida. De repente me sentí como una idiota y
dejé caer la mano.
—Ya veo. Yo soy Rhodes; seré tu entrenador. Vamos —dijo, dejando
su postura inclinada sobre el marco para enderezarse—. Vayamos por tus
medidas.
Traté de no analizar lo que eso significaba mientras lo seguía a una
pequeña oficina detrás de la sección llena de pesas. Era diminuta pero
elegante, como lo sería una oficina en Poxton Beach. Había un escritorio y
una estantería a juego que contenía la mayoría de los archivos. El escritorio
se encontraba vacío excepto por una computadora blanca y elegante y un
bloc de notas verde que Rhodes tomó tan pronto como entramos. Señaló a
una gran báscula de vidrio en la esquina trasera cerca de la estantería.
—Acércate.
Moví la cabeza hacia él, pero ya estaba garabateando en el bloc de
notas, dejando que mis ojos suplicantes se posaran en la balanza frente a
mí. Pero esa escala no era comprensiva. Tragué y me moví. Sabía que era
parte del proceso. Eso ya lo sabía. Pero no sabía que Rhodes sería mi
entrenador.
Genial, vida. Genial.
Cuando no me moví, Rhodes levantó la vista de su bloc de notas y usó
el bolígrafo que tenía en la mano para señalar de nuevo el monstruo de
vidrio. Suspiré, sacudiéndome los nervios lo mejor que podía, y di un paso
adelante. Estaba lejos de sentirme emocionada por el número que apareció
en la pantalla digital frente a mi cara, y aún más horrorizada cuando Rhodes
procedió a calcular mi porcentaje de grasa corporal. Cuando puso una larga
cinta métrica azul alrededor de mi cintura, las caderas, los muslos, los
brazos, las piernas y el cuello, estaba bastante segura de que mi cara podría
freír un huevo por sonrojarme tan fuerte. Cuando todos los pinchazos y
pellizcos terminaron, se sentó detrás del escritorio y me pidió que me
sentara en la pequeña silla acolchada de color azul oscuro frente a él.
—Entonces, ¿cuál es tu objetivo? —me preguntó, sacando un nuevo
archivo para almacenar mi información. Todavía tenía los brazos
ligeramente brillantes con un sudor con el que no pude evitar obsesionarme
mientras trataba de pensar en la respuesta a su pregunta.
Recuperar a mi novio.
Sí, de repente eso no sonaba muy genial.
Me moví incómodamente, sin saber qué más decir.
—No sé, supongo que estoy aquí por la misma razón que todos los
demás —le ofrecí, esperando que asintiera y continuara. Pero no lo hizo.
Levantó sus ojos hacia los míos, con el verde penetrante capturando mi
mirada mientras me estudiaba. Después de un momento, suspiró y se
reclinó, equilibrando la libreta sobre su rodilla.
—Bien, ¿quién es? ¿Quién es el tipo?
Palidecí.
—¿Qué?
—El tipo. El que intentas conseguir u olvidar o lo que sea. —Su voz
era grave, pero con un afilado rasposo que de alguna manera la suavizaba.
Me crucé de brazos a la defensiva.
—No hay un tipo. —No uno sobre el que necesites saber, de todos
modos—. Estoy aquí porque yo quiero estarlo.
Se encogió de hombros, sin preocuparse en lo más mínimo por lo que
yo sentí que era un gran acto de mantenerme firme.
—Bien. Entonces, ¿cuál es tu objetivo?
Me mordí el labio inferior, trabajando de izquierda a derecha y de
nuevo a la izquierda. Era un hábito nervioso que había tenido toda mi vida
y tenía que llevar cantidades de bálsamo labial para compensarlo. Los ojos
de Rhodes cayeron a mis labios y cerré la boca. Permanecieron allí un
momento más antes de que volviera a encontrarse con mi mirada. Había
olvidado que me hizo una pregunta hasta que levantó una ceja, esperando.
¿Cuál era mi objetivo?
—Solo quiero ser guapa —contesté finalmente, con mi voz apenas más
que un susurro. Había dejado caer la mirada al suelo, como hice con mis
padres la noche anterior, y cuando los levanté para volver a encontrar los
suyos me arrepentí un poco. Tenías las cejas fruncidas sobre el puente de
su nariz, y sacudió la cabeza antes de garabatear silenciosamente en esa
maldita libreta suya.
Me imaginé que estaba escribiendo algo así como: “No hay posibilidad.
Nunca sucederá. Pobre chica.”
—Está bien. —Se puso en pie y lo seguí, aunque aún no estaba segura
de lo que íbamos a hacer—. Vamos por tu primer entrenamiento. Solo será
una sesión de tonificación de veinte minutos hoy y luego te haré hacer veinte
minutos de cardio. Este será tu día más fácil. Estate preparada para
entrenar conmigo durante dos horas todos los días de la semana excepto
miércoles y sábados. Voy a trabajar en tu plan de comidas y debería tenerlo
listo para la sesión de mañana. Hasta entonces, te daré el nombre de una
aplicación de entrenamiento para descargar en el teléfono para que puedas
empezar a registrar tus comidas. Registra todo, incluso si es malo. Tienes
que ser honesta para que esto funcione. —Asentí febrilmente, aferrándome
a cada una de sus palabras—. Te pesarás una vez a la semana y tomaremos
tus medidas una vez cada tres. Aquí. —Me dio una tarjeta de visita de una
pequeña pila detrás de la computadora—. Mi número de teléfono está aquí.
Puedes llamarme a cualquier hora, de día o de noche, si tienes preguntas
sobre lo que comes o cualquier otra cosa relacionada con tu entrenamiento.
Tomé la tarjeta, sorprendida un poco cuando nuestras manos se
tocaron, y entonces él se puso en movimiento.
—Empezaremos con las piernas. ¿Conoces la forma correcta de hacer
una sentadilla?
Y no la conocía. No tenía la menor idea de cómo ejecutar
correctamente una sentadilla, estiramientos, un levantamiento de
pantorrillas o cualquier otra cosa de las que me mostró en esa loca sesión
de veinte minutos que me hizo pasar ese día. Pero la forma en que me
miraba, la extraña forma en que me valoraba cuando pensaba que no me
daba cuenta, me hizo preguntarme si mi atención debería estar en mi forma
siquiera.
Siempre había habido misterio en los ojos de Rhodes, lo recordaba
desde que fuimos juntos a la escuela. Había peligro. Había hielo. Pero, ese
día, había otro elemento que nunca esperé ver.
Curiosidad.
No podía entender por qué.

***

Pensé que sabía lo que eran las agujetas, pero no tenía ni idea.
Músculos que ni siquiera sabía que existían me dolían, lo que me hacía
gemir cada vez que tenía que ponerme en pie. O sentarme. O moverme de
alguna manera. Solo había entrenado con Rhodes tres días, pero ya me
sentía como si estuviera muriendo de una muerte lenta y torturante. Incluso
después de tener todo el miércoles libre, seguía sin poder caminar y, lo peor
de todo, tenía que salir para el gimnasio en una hora.
Sería mejor que empezara a redactar mi obituario.
Entrando en la cocina, saqué el paquete de apio del tamaño de un
bocadillo del refrigerador y tomé el frasco de mantequilla de maní sin grasa
que había comprado para acompañarlo. No era algo que realmente anhelara,
pero estaba decidida a seguir el plan de comidas que Rhodes había diseñado
para mí. Incluso fui de compras y me preparaba la comida en lugar de dejar
que Christina, la chef de nuestra casa, se encargara de ello. La preparación
de la comida era una nueva aventura para mí, pero Rhodes trató de hacerlo
fácil y Christina me ayudaba cuando se lo pedía. Había estado cocinando
para mí desde que usababa pañales y creo que casi se ofendió por el hecho
de que quisiera hacer esto por mi cuenta. Aun así, me apoyó. Iba a irme a
la universidad en algún momento del próximo año, bueno, quizás; y quería
poder comer sin ella cuando llegara el momento. Sabía que no iba a ser fácil,
pero tenía todo un verano libre de escuela para concentrarme en los hábitos
que necesitaba para crear un estilo de vida.
Así es como Rhodes lo había explicado: un estilo de vida. No paraba
de decirme que no estaba a dieta y que tampoco iba a conseguir un atajo
para adelgazar. Su meta era ayudarme a cambiar mi estilo de vida,
enseñarme a vivir mi vida de una manera más saludable. Y, aunque sabía
que mi principal objetivo era ver la cara de Mason y Shay cuando luciera
increíble en traje de baño en la fiesta de despedida de los de último año,
estaba algo intrigada por su plan a largo plazo. Después de todo, no todo
era sobre Mason. Era sobre mí. Era sobre mi vida y mi futuro.
Según mordía mi cuarto palito de apio, Dale entró en la cocina.
Levantó una ceja cuando se fijó en mi plato y fruncí el ceño.
—Ni siquiera lo pienses, Dale.
Levantó las manos y se rio un poco.
—No voy a decir una palabra. ¿Quién soy yo para juzgar si quieres
comer plantas?
Le saqué la lengua y tomé otro bocado, con el apio y la mantequilla de
maní crujiendo entre mis dientes mientras él buscaba una cerveza en el
refrigerador. La abrió y se recostó contra el mostrador. Dale era alto, tenía
el cabello negro y ojos casi del mismo color. Cuando se paraba al lado de mi
madre, de piel clara y cabeza rubia, sus diferencias saltaban a la vista.
—Con toda seriedad, estoy muy orgulloso de ti, Nat.
—Gracias —murmuré, mirando mi plato—. No siento que esté
haciendo nada especial todavía. Nada está cambiando.
Se rio.
—Ni siquiera ha pasado una semana. Dale tiempo. —Tomando una
trago de su botella, su sonrisa se desvaneció y me evaluó más seriamente—
. Sabes que eres hermosa, ¿verdad, Natalie? —Puse los ojos en blanco y
pensé en tirarle un palito de apio, pero me abstuve. Antes de que pudiera
decir nada, dejó la botella sobre el mostrador y se cruzó de brazos—. Lo digo
en serio. Eres una chica preciosa. Mason es un idiota y ya debería haberse
dado cuenta, independientemente del entrenador.
Dale era genial como padre, aunque no tenía por qué serlo. Aun así,
me di cuenta de que no se sentía más cómodo que yo manejando mi primera
ruptura. Dale y yo éramos muy cercanos, pero nunca hablábamos de cosas
de chicas como esa. Sabía que era insegura, sabía que era dramática, pero
mamá siempre era la que me ayudaba a superar la locura de la escuela
secundaria, no Dale. Me observó de cerca mientras terminaba mi último
palito de apio, sin saber qué decirle.
—Bueno, yo no lo veo, supongo.
Volvió a sonreír, haciendo que la tensión se derritiera un poco.
—Aún no. Pero lo harás. —Agarró su botella y la inclinó hacia mí como
brindando—. Diviértete en el gimnasio.
Gemí, con mis músculos protestando solo por el sonido de la palabra.
Dale se rio y regresó a la sala de estar mientras yo tomaba mi botella de
agua y la metía en mi bolsa del gimnasio antes de salir por la puerta.
Era una hermosa tarde de mayo, con el sol ardiendo en lo alto del cielo
con una suave brisa que llegaba desde la costa este. Sabía que la playa debía
estar llena. Bajando las ventanas del Range Rover de Dale, traté de disfrutar
del clima y relajar la mente mientras conducía los cortos quince minutos
hasta el club. Cuando me detuve, Rhodes me estaba esperando afuera, con
los brazos y los tobillos cruzados apoyado en uno de los pilares delanteros.
Llevaba un par de gafas de sol oscuras, pero aun así tenía las cejas
fruncidas mientras me observaba salir del vehículo. Cuando llegué adonde
se hallaba recostado, se enderezó y descruzó los brazos, dándome acceso
total para mirar los músculos de su pecho estirando la apretada tela de su
camiseta azul marino. Gracias a Dios que yo también llevaba gafas de sol.
—Hoy entrenaremos afuera. ¿Trajiste una toalla?
Metí la mano en el bolsillo delantero de mi bolsa de gimnasio y saqué
la toalla que había empacado, agitándola ligeramente como una bandera
blanca de rendición.
—Bien —evaluó, caminando hacia la parte trasera del edificio sin
comprobar si lo seguía—. La necesitarás. Quítate las gafas.
Tragué pero lo seguí rápidamente, quitándome las gafas y metiéndolas
en mi bolso mientras él hacía lo mismo. Era mi cuarto día con Rhodes, pero
todavía no me había dicho más que unas pocas palabras. Intenté conversar
un par de veces, pero fue en vano. Era frío, reservado y ni un poquito
interesado en hacerse mi amigo.
No es que pudiera culparlo.
Era hermoso. ¿Loco? Tal vez. ¿Intimidante? Definitivamente. Pero,
aun así, hermoso. Y los tipos guapos como él no se hacían amigos de chicas
con mi aspecto.
Aun así, era mi entrenador. Mis padres le pagaban por su servicio. Lo
menos que podía hacer era darme una sonrisa, ¿verdad?
Comenzamos la sesión con una carrera de cinco kilómetros alrededor
de la propiedad del club. Subimos corriendo por las colinas del campo de
golf, a través del jardín, alrededor de las canchas de tenis, y terminamos con
un sprint subiendo las escaleras que conducían al balcón superior del
espacio utilizado para bodas y eventos. Tuve que parar por lo menos diez
veces en el camino, pero cada vez que lo hacía Rhodes me gritaba que
siguiera adelante y me amenazaba con aumentar la distancia. Sentí el
hermoso día que había estado admirando en el viaje más como mi propio
infierno personal a mitad del entrenamiento. Cuando llegamos a la cima de
las escaleras, me sentía completamente agotada.
—Buen trabajo —dijo simplemente, limpiándose el sudor de la cara
mientras yo bebía de mi botella de agua. Se inclinó sobre la barandilla
durante un momento, con su mirada atrapada en algún lugar del recorrido.
Yo jadeaba tan fuerte que tuve que respirar entre sorbos. Sentí que no podía
beber lo suficientemente rápido y él se encontraba ahí parado, tranquilo y
reposando, como si acabáramos de ver una película en lugar de correr
durante casi una hora bajo el calor de Carolina.
—No bebas demasiada agua y demasiado rápido —dijo suavemente,
levantándose de su posición sobre la barandilla—. Tómate unos minutos y
reúnete conmigo abajo cuando estés lista. —Sin decir una palabra más, se
dio la vuelta y volvió a correr por las escaleras que acabábamos de subir.
Observé cómo las crestas de los músculos de su espalda se movían en
sincronía mientras desaparecía de la vista.
No me gustaba maldecir, pero se me ocurrían al menos siete
palabrotas que me daban ganas de gritarle a todo el club en ese momento.
En lugar de eso, me concentré en respirar y beber agua hasta que me sentí
un poco más tranquila antes de bajar las escaleras para unirme a Rhodes.
Estaba montando una especie de carrera de obstáculos con neumáticos,
cuerdas, cajas y barras.
Dios bendito.
No es que no hubiera hecho ejercicio antes de entrenar con Rhodes,
pero nunca había experimentado nada parecido a sus métodos. En ese
momento me di cuenta de que mis clases de gimnasia en la secundaria eran
un completo chiste. Incluso las clases de zumba que me habían pateado el
trasero cuando mamá y yo las tomamos palidecían en comparación con las
sesiones que tenía con Rhodes. Era feroz. Seguramente tuviera una meta en
mente para mí, la tuviera yo o no.
—¿Cómo haces eso sin morir? —pregunté, asintiendo hacia el camino
que acabábamos de recorrer.
Se encogió de hombros, dejando caer otra caja un poco más alta junto
a la que acababa de colocar.
—Solo lo hago.
Jugueteé con la parte inferior de mi camiseta, esperando una
explicación que nunca llegó. Suspirando, lo intenté de nuevo.
—¿Cuántos días a la semana entrenas?
—Siete.
—¿Así que no tienes un solo día libre?
—No.
—Eso es una locura. —No respondió—. ¿Qué te metió en el mundo del
entrenamiento?
Se detuvo tras colocar un plato cargado en la parte más alta de las
dos cajas, con los brazos a los lados. Girando lentamente hacia mí, llevó su
mirada a la mía mientras su boca se aplanaba hasta ser una delgada línea.
Pequeñas gotas de sudor goteaban por las crestas de su nariz y mandíbula
y las miré con fascinación, deseando tener mi cámara conmigo para
capturar esa foto en un impresionante monocromo en blanco y negro.
—Haces muchas preguntas.
—Hice cuatro.
—Eso son muchas.
Hice una mueca de burla, pero no me dio la oportunidad de seguir
discutiendo.
—Empecemos aquí. Agarra estas cuerdas. —Señaló hacia abajo, dos
cuerdas de tejido grueso ancladas a la gruesa columna debajo de las
escaleras que acabábamos de subir. Lentamente me incliné para recogerlas
y sostuve una en cada mano mirando hacia el extremo atado. Eran más
pesadas de lo que esperaba e inmediatamente me preocupé de adónde se
dirigía el entrenamiento.
Rhodes se me acercó con los brazos extendidos, imitando la posición
en la que yo sujetaba las cuerdas.
—Estas son cuerdas de batalla. Van a trabajar un montón de
músculos diferentes simultáneamente y te darán un entrenamiento
completo. Solo vamos a hacer diez minutos, pero lo vas a sentir como horas.
—Tragué, agarrando las cuerdas un poco más fuerte—. Comienza así —
instruyó, parándose con los pies separados a la anchura de los hombros y
doblando ligeramente las rodillas antes de levantar ambas manos y hacerlas
caer con fuerza—. Es una simple doble ola. Levanta las cuerdas con ambas
manos y bájalas tan fuerte como puedas, haciendo una ola.
Levanté las cuerdas tan alto como pude y las bajé con toda la fuerza
que pude reunir, girándome hacia Rhodes buscando su aprobación. Él
asintió, con las cejas arqueadas de esa manera tan bella que había
empezado a darme cuenta de que era una de sus señas de identidad, y
continué. Inmediatamente noté que me ardían los brazos pero, cuanto más
trabajábamos, más se extendía la quemazón por todo mi cuerpo. Me hacía
cambiar de posición cada minuto, a todo desde una ola alterna donde cada
brazo trabajaba opuesto al movimiento del otro hasta los círculos de los
hombros, que eran exactamente como decía su nombre, excepto con
cuerdas pesadas que hacían que mi espalda y mis hombros ardieran como
si estuvieran en llamas.
—Terminemos con las ondas —dijo Rhodes después de lo que
debieron haber sido unos nueve minutos, pero que pareció más bien nueve
días—. Te vas a poner en cuclillas —dijo, ilustrando el movimiento—. Y
extiende los brazos y luego júntalos, pero no los cruces del todo, haciendo
olas de serpiente en el suelo. —Levantó las cejas para preguntarme si
entendía y asentí, volviéndome hacia el ancla. Hice mi primer intento y me
reí a carcajadas por el resultado fallido. Cuando miré a Rhodes, tenía los
ojos más brillantes, las arrugas de su frente aplanadas. Si no supiera que
era imposible, diría que casi sonreía.
—Aquí —dijo, moviéndose detrás de mí. Dejé de respirar cuando sus
manos fuertes encontraron mi cintura, de alguna manera haciéndome sentir
pequeña mientras me hacía ponerme en cuclillas. Poco a poco, metió los
brazos por debajo de los míos y agarró las cuerdas justo encima de donde
mis manos las agarraban. Su pecho duro estaba presionado contra mi
espalda, nuestros cuerpos pegados ligeramente, y su aliento era caliente
contra la piel de mi cuello—. Así. —Movió nuestros brazos hacia afuera y
luego hacia atrás y vi cómo las cuerdas imitaban los movimientos de una
serpiente, tratando de concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera el
zumbido que sentía al estar tan cerca de Rhodes. Lo sentí tragar, con los
músculos de sus brazos tensos mientras esperaba a que hiciera el
movimiento con él.
Cuando estuvo seguro de que lo entendía dio un paso atrás,
enderezándose al terminar. Eventualmente dijo que habíamos terminado y
tiré las cuerdas y me puse en pie, sacudiendo las piernas. Respiraba con
dificultad, aunque no estaba segura de que fuera por las cuerdas. Miré a
Rhodes con las manos en asas en mis caderas mientras trataba de recuperar
el aliento. Me observaba de cerca, con esa misma curiosidad zumbando en
sus ojos. Sentí que tenía una pregunta que hacerme y le rogué que la hiciera,
que dijera cualquier cosa. El aire entre nosotros se encontraba cargado de
una energía inexplicable, y me pregunté si él también la sentía.
Pero se aclaró la garganta e hizo un gesto hacia las cajas que había
preparado antes.
—Toma agua si la necesitas. Vamos a hacer saltos de caja después.
Mi mirada cayó al suelo y me até de nuevo el moño desordenado en la
coronilla mientras mis mejillas se calentaban. Dejando el agua, lo seguí
hasta los saltos de caja, que no pude completar con éxito. Me aterrorizaba
caerme de bruces y sentía como si tuviera los pies pegados al suelo cada vez
que me pedía que saltara. Pasamos a la siguiente parte de su carrera de
obstáculos improvisados y continuamos hasta que empapé tanto mi
camiseta de color naranja claro que se pegó a cada curva de mi cuerpo.
Rhodes me dio una palmada en la espalda como un jugador de fútbol y me
dijo que me diera un baño de hielo; luego se dio la vuelta y desapareció
dentro del club y hacia la pequeña oficina del gimnasio.
Tomé mi primer baño de hielo esa noche, justo después de beber el
asqueroso batido para después del entrenamiento a base de polvo que
Rhodes me dijo que comprara. A medida que me hundía en el agua helada,
con los cubos de hielo temblando y moviéndose mientras me hundía, esperé
que enfriara mucho más que mis doloridos músculos.
3
El entrenamiento del jueves fue difícil, pero el del viernes fue
absolutamente brutal. Rhodes parecía enfadado por alguna razón y,
aparentemente, librarse de su frustración con sus clientes era su
pasatiempo favorito. Así que, cuando finalmente llegó el sábado, estaba más
que agradecida por mi día libre de entrenamiento. Pasar el sábado por la
noche con Willow era justo lo que necesitaba, aunque no estaba segura de
poder salir del reservado cuando la noche terminara.
Las pipas no eran lo mío, pero me encantaba ir a Rook con Willow.
Era un pequeño y oscuro agujero con lujosos sofás de color granate y música
acústica, a veces interpretada por un artista en vivo. Había algo en el
ambiente que me ayudaba a relajarme, incluso con las nubes de humo a mi
alrededor. Cuando Willow me llamó para salir no me emocioné mucho, pero
prometió que seríamos nosotras dos. Noche de chicas. Y ese era el único tipo
de salida con el que estaba de acuerdo en este momento. Además, le debía
una explicación por haberla ignorado después del incidente con Hay Stacks.
Así que cedí y, después de que la parte difícil terminara y me disculpara por
abandonarla, finalmente me relajé y comencé a disfrutar.
Willow hablaba sobre el programa que solicitó en Appalachian State
cuando la camarera nos trajo nuestra segunda pipa. Ella ya había sido
aceptada para el otoño, pero el programa al que esperaba era un programa
de aceptación temprana que iniciaría su carrera académica y la prepararía
con algunos de los mejores profesores y clases más pequeñas e íntimas.
Además, tendría una beca completa si aceptaba. Ella decía si, yo decía
cuándo. Willow era demasiado inteligente para no ser aceptada. De hecho,
podría haber conseguido una beca completa prácticamente en cualquier
parte del país pero, igual que cualquier otro chico normal en Poxton Beach,
quería la universidad de Appalachian State. Una parte de mí también quería
ir, aunque solo fuera para tener al menos cuatro años más con mi mejor
amiga.
—Estoy muy nerviosa —dijo por quincuagésima vez, tomando el
primer trago de la nueva pipa instalada en la pequeña mesa de madera
frente a nosotros—. Quiero esto más que cualquier cosa que haya deseado
en toda mi vida, Nat. ¿Qué pasa si no lo consigo?
Negué con la cabeza, deseando tener un banco de frases
intelectualmente profundas del que tirar como ella siempre hacía. Quería
calmarla, pero solo podía reír.
—Vas a entrar. Yo lo sé, tú lo sabes, todos lo saben. Recibiste tu carta
de aceptación meses antes que nadie y, además, te graduaste con las
mejores calificaciones. Este comité del programa estaría absolutamente loco
de no aceptarte. Y, cuando entres, lloraré durante días preguntándome
cómo voy a pasar el resto del verano sin ti.
Ella sonrió suavemente, extendiendo la mano para acariciarme la
pierna antes de inhalar a través del largo tubo de la pipa de nuevo. Estaba
fumando una combinación de melocotón y vainilla que me hacía la boca
agua un poco. No era que no disfrutara el sabor o que no lo hubiese probado
antes, simplemente no tenía una personalidad adictiva. Podría beber si
quisiera, pero rara vez lo hacía. Podría fumar si quisiera, pero casi nunca
sentía esa necesidad. En general, no necesitaba mucho para pasar un buen
rato, solo a mis amigos. Y a Mason.
Se me revolvió el estómago y me moví en el sofá, acercando las piernas
al pecho. Willow notó mi escudo y entrecerró los ojos, dejando que una nube
de humo escapara de sus labios regordetes. Su cabello era largo y rizado
esta noche, mientras que mis mechones rubios oscuros iban lisos. Incluso
vestida con vaqueros desgastados y una camiseta de Fall Out Boy parecía
impecable. Yo, por otro lado, todavía me sentía menos que la media, incluso
con el maquillaje que había tomado casi veinte minutos aplicarme.
—Será mejor que no pienses en Mason —advirtió, entregándome el
tubo para poder beber de su agua. Ella tenía un extraño estigma sobre no
dejar que el tubo tocara la mesa hasta que la pipa fuera utilizada.
—Todavía no puedo creer lo que sucedió el fin de semana pasado —
confesé, suspirando un poco—. Mason solía ser mi mejor amigo. Quiero
decir, no puede haber cambiado tanto en las dos semanas desde que
rompimos. ¿Cómo podría estar con alguien así? —Negué con la cabeza—.
También podría haberse reído con ella.
Ella se burló y puso los ojos en blanco, tomando un pequeño sorbo de
agua.
—Un hombre inseguro preferiría reírse con las hienas que enfrentarse
a la posibilidad de no correr con los leones.
Arqueé una ceja.
—¿Qué diablos significa eso?
Willow se rio.
—Significa que es una oveja, Nat. Su nueva novia lo tiene prendado
por su atención y hará cualquier cosa para ser lo que ella quiere. Se necesita
un hombre de verdad para defender lo que sabe que es correcto y no tener
miedo de ir en contra de la multitud. Mason es solo un chico.
Suspiré, buscando la boquilla de plástico en el tubo de la pipa.
—Sí, pero solía ser mi chico.
Willow me arrebató el tubo de la mano e inhaló, retrocediendo aún
más contra el sofá.
—¿Quieres saber lo que todavía no puedo creer? —preguntó,
cambiando de tema—. Que estés entrenando con el jodido Rhodes.
Mis mejillas se sonrojaron. Había debatido el decirle a Willow lo de mi
entrenador personal, pero era mi mejor amiga y, de todos modos, se habría
enterado. Aunque juró que guardaría el secreto. Lo último que quería era
que Mason o Shay descubrieran que me había inscrito en el club el día
después de que me humillaran públicamente.
—Espeluznante, ¿eh?
—Eso es decirlo a la ligera. ¿Recuerdas cuando él estaba en último
año cuando comenzamos la escuela secundaria? Amiga, era aterrador.
Estuvo más tiempo en el reformatorio ese año que yo en clase de gimnasia.
Me reí.
—No recuerdo por qué siempre se metía en problemas.
—¿Por qué no se metía en problemas? Él y el grupo de chicos con los
que andaba siempre tramaban algo. Robar, ir de fiesta, conducir en estado
de embriaguez, desnudez pública; lo que fuera, ellos lo hacían.
—Sin embargo, esa es la cosa. Realmente no recuerdo que tuviera
muchos amigos. Siempre fue un poco solitario, ¿no?
Willow exhaló una larga bocanada de humo blanco.
—Supongo. Pero cualquiera con quien pasara el rato era tan rudo
como él.
Aclarándome la garganta, levanté los pies para meterlos debajo de mis
muslos.
—Ahora es diferente.
—Oh, ¿sí? ¿Diferente cómo, Natalie Poxton? —Willow arqueó las cejas.
Me sonrojé más.
—No sé, simplemente lo es. —No estaba exactamente segura de qué
era lo que me hacía pensar que era diferente. Seguía sin hablarme, seguía
siendo terriblemente difícil y seguía teniendo una mirada que podía hacer
que un hombre adulto corriera y se escondiera. No tenía forma de saber si
tomaba drogas o festejaba con matones o les robaba el bolso a ancianas.
Bien podría haber estado haciendo todo eso y más. Pero había algo en él que
me hacía pensar que no era tan aterrador como parecía.
—¿Te estás encariñando con tu entrenador personal, Nat? —bromeó
Willow, moviendo las cejas mientras me entregaba el tubo de nuevo y
tomaba su agua. Estreché mis ojos para mirarla y ella se rio en voz alta
antes de levantar la botella hasta sus labios. De repente, sus ojos se
agrandaron y casi se atragantó con el agua—. Mierda. ¿Ese no es él?
Puse los ojos en blanco.
—Ja, ja, Willow. Eres muy graciosa.
—No. —Tragó saliva, enroscando la tapa en su botella—. En serio,
mira.
Me volví para mirar en la misma dirección que ella y luché por
mantener la compostura cuando me di cuenta de que tenía razón. Rhodes
estaba allí, caminando directamente hacia nuestra mesa. Tenía el brazo
sobre los hombros de una mujer mayor. Una mujer muy, muy bonita.
—¿Y es esa la señora Landers? —preguntó Willow, y su voz subió una
octava. Los ojos de Rhodes se encontraron con los míos justo cuando las
palabras salieron de su boca. Eran oscuros bajo la tenue luz de Rook, pero
aún podía sentir su intensidad. Usaba unos jeans oscuros y una camisa gris
clara de manga abotonada que acentuaba los músculos bronceados de sus
antebrazos. Frunció el ceño cuando me vio y, como una idiota, levanté la
mano en un pequeño saludo.
Su rostro se endureció aún más y pasó junto a nuestra mesa sin decir
una palabra, acercando a la señora Landers hacia sí y quitándole el cabello
del cuello para poder susurrarle. Ella soltó una risita y puso una mano sobre
su estómago mientras él abría la puerta y la acompañaba hacia el exterior,
a la noche.
Lo seguía mirando con la boca abierta cuando Willow chasqueó los
dedos delante de mi cara y agarró el tubo de mi mano.
—¿Hola? ¿Estás ahí, Nat? —Se rio, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué
demonios fue eso? Actuó como si ni siquiera te conociera. ¿Y por qué está
con nuestra profesora de anatomía? Tal vez ella le esté enseñando una o dos
cosas. O viceversa. —Soltó una risita ante su propia broma y finalmente
cerré la boca, cruzándome de brazos sobre el pecho.
—Probablemente deberíamos irnos. Tenemos que ir a la iglesia por la
mañana.
—Uf, no me lo recuerdes —se quejó, dejando caer el tubo sobre la
mesa después de inhalar una última vez—. Amo a Jesús, pero este pueblo
en domingo es otra cosa.
Me reí un poco, pero seguía teniendo el estómago hecho un nudo
mientras caminábamos hacia el Rover y conducíamos a través de la ciudad
hasta mi casa. Rhodes me había ignorado directamente, lo que supongo que
no era diferente de lo que hacía cuando entrenábamos juntos, pero aun así
me molestó. ¿Siempre debía tener un palo metido en el culo? ¿Y por qué iba
todo abrazado a la señora Landers?
Mi cerebro se volvió loco con posibilidades mientras daba vueltas en
la cama esa noche. Cuando finalmente me quedé dormida, soñé con robar
en tiendas con Rhodes y ser arrestada. Pero, por alguna razón, no lloré ni
grité cuando nos pusieron las esposas y nos metieron en la parte trasera de
la patrulla. En cambio, me reí y, por primera vez, Rhodes se rio también.

***

Me desperté enojada el domingo por la mañana. Pensé que rezar y


cantar en la iglesia me calmaría, pero no fue así. En cambio, me encontré
sin escuchar al pastor Mike y pensando en Rhodes y la señora Landers. Me
convencí de que no era él con ella lo que me molestaba, sino que ni siquiera
reconociera mi existencia. Hasta ese momento pensé que simplemente no le
gustaba hablar mucho, pero actuar como si no me conociera en un lugar
público me dio una nueva idea. Entonces me di cuenta de que tal vez
estuviera avergonzado de mí. Era mi entrenador, no mi amigo, y yo lo sabía,
pero no estaba de acuerdo con que me tratara como si no importara. Puede
que no fuera tan hermosa y apta como las otras mujeres que entrenaba,
pero aún merecía que me trataran como a una cliente que paga.
No me debía nada. No tenía que ser mi amigo. Pero no podía entender
por qué insistía siempre en ser tan idiota. Esquivaba mis preguntas cuando
entrenábamos, optando por el silencio, y me ignoró la única vez que nos
tropezamos con el otro fuera del gimnasio. ¿No quería ser mi amigo? Bien.
Pero era su cliente, y al menos tenía que ser amable conmigo.
Después de la iglesia me cambié rápidamente y salí corriendo de la
casa para dirigirme a mi sesión de entrenamiento. Echaba humo en el auto,
repasando todas las cosas que diría cuando finalmente me encontrara cara
a cara con Rhodes. ¿Cuál es tu problema? ¿De verdad soy tan horrible que
no puedes saludarme? ¿Qué demonios estabas haciendo allí con la señora
Landers?
Por supuesto, tan pronto como entré en la sala de entrenamiento y me
encontré con esos ojos verdes, todo lo que había planeado decir voló hasta
el espacio, dejándome con los brazos cruzados y golpeando el piso esponjoso
del gimnasio con el pie como una imbécil.
Rhodes enarcó una ceja, aunque su boca seguía siendo una delgada
línea.
—Llegas tarde. Súbete a la cinta. Sube la inclinación hasta cuatro y
la velocidad a cinco.
Lo fulminé con la mirada, deseando abrir la boca, deseando que las
palabras que había recitado fluyeran de ella como me imaginaba que harían
si estuviéramos en una película. Pero no pude hacerlo, y no pude soportar
el calor de su mirada más tiempo, así que resoplé y subí a la cinta, haciendo
lo que me dijo.
Rhodes no se lo tomó con calma ese día. Después de cuarenta y cinco
minutos en la cinta rodante cambiando la inclinación y la velocidad cada
tres minutos, estaba empapada y a punto de desmayarme. No podía beber
agua lo suficientemente rápido. Entonces me hizo subir a las máquinas. Era
día de piernas, lo cual era nuevo para mí, y descubrí rápidamente que el día
de piernas daba asco. Pero tenía a la ira de mi parte y superé todo lo que
me hizo pasar.
Traté de tomar cada pregunta que tenía y usarla como combustible
para ir más rápido. Me concentré en la vergüenza y el enojo que sentí cuando
Rhodes me ignoró la noche anterior y centré mi frustración hacia levantar
más y durar más. Estaba haciendo todo lo posible para ignorar lo que sentía
y pensar solo en lo que mi cuerpo hacía.
Casi como si supiera que estaba peleando con algo, Rhodes me
presionó más que toda la semana anterior. Me hizo hacer más repeticiones
cuando pensé que había terminado, me gritó que corriera más rápido
cuando disminuía la velocidad incluso lo más mínimo, y se enfrentó a mí
cuando murmuré que no podía hacer otra serie. Sabía que me sentía
perturbada, pero no me preguntó acerca de eso. Me hizo trabajar con eso. Y
eso solo me molestó más.
Cuando pasaron dos horas y me dijo que subiera a la máquina de
escaleras, ya había tenido suficiente. Traté de hacerlo, pero dos minutos
después sentí que mi desayuno amenazaba con hacer una segunda
aparición.
—He terminado —dije, jadeando en busca de aire al presionar el botón
de parada en la máquina. Las escaleras se detuvieron y descansé en la
superior, apoyando la cabeza en mi resbaladizo antebrazo mientras miraba
mis zapatillas de deporte. De repente, las manos de Rhodes aferraron la
barra y él bajó la mirada a la mía.
Su mandíbula era tan cuadrada, tan fija, que tener su cara a
centímetros de la mía me hacía sentir incómoda. Cuando habló, con la voz
baja pero firme, un escalofrío corrió por mi cuello.
—No, no has terminado.
—Sí. —Levanté la cabeza, limpiándome el sudor que goteaba de mi
frente con mi toalla—. Sí.
—Deja de rendirte. Dile a tu mente que se aparte para que tu cuerpo
pueda trabajar.
—¡He estado trabajando! —grité. Me sorprendió el nivel en que me
salieron las palabras, pero no me arrepentí. Estaba agotada. Enojada. Y
oficialmente al límite.
—Y sigues trabajando. No has terminado. Vamos. —Pulsó el botón
verde y aumentó la velocidad a seis, obligándome a caminar. Aparté su mano
de un manotazo y la detuve de nuevo.
—Voy a vomitar.
Él suspiró.
—No lo harás. Solo te estás haciendo más mal.
—¡NO PUEDO HACER ESTO! —grité al máximo de mis pulmones, y el
pecho se me agitó cuando caí al suelo desde los escalones. Había personas
mirándonos entonces, pero no me importó. Caminé hasta Rhodes,
poniéndome pecho a cuerpo con él. Me sentí intimidada, pero no me atrevía
a mostrarlo—. Todo lo que haces es gritarme y presionarme y siento que
nada está sucediendo más que sentir que quiero morir todas las noches
cuando salgo de aquí. Nunca me dejas respirar, nunca sonríes, nunca me
hablas, y anoche fingiste que ni siquiera sabías quién era. No sé si te da
vergüenza que te vean a mi alrededor o qué, pero no voy a soportarlo. Puedes
ser mi entrenador, Rhodes, pero eso no te da el derecho de ser un imbécil.
Los ojos de Rhodes ardían mientras retrocedía, con los brazos
cruzados, tomando cada latigazo que repartía con mi paliza verbal. Al
principio parecía entretenido pero, con cada palabra, su rostro caía un poco
más.
Satisfecha con su expresión estupefacta, me arrojé la toalla sobre el
hombro y tomé mi bolsa del gimnasio del suelo, en dirección al Rover.
Temblaba al atarme el cinturón de seguridad, una prueba física de
que, aunque mis palabras fueran confiadas y seguras, estaba lejos de
ambas. Arranqué el automóvil rápidamente, salí del club sin mirar atrás
para ver si Rhodes trataba de detenerme. Mi respiración aún era jadeante
en mi pecho y mi corazón martilleaba contra mis costillas cuando llegué a
casa.
La casa estaba en silencio cuando dejé caer la bolsa en la puerta.
Escuché a mamá hablar por teléfono en el pasillo, pero primero me dirigí a
la cocina, tomando un Gatorade de la nevera. Me bebí la mitad antes de
dirigirme hacia donde oía la voz de mamá. No estaba segura de que toda la
cosa del entrenamiento fuera para mí pero, antes de tomar una decisión,
quería su consejo. Levanté la mano para golpear el marco de la puerta
cuando escuché mi nombre. Haciendo una pausa, coloqué la mano de nuevo
a mi lado y me apoyé contra la pared, esforzándome por escuchar lo que
estaba diciendo.
—Estoy orgullosa de ella, solo espero que pueda mantenerlo. Tú y yo
sabemos que los chicos de la universidad no serán tan amables como los
chicos aquí en Poxton Beach. Nadie sabe quién es o quién es su padre. La
juzgarán por su aspecto. Creo que ella también lo ve. Me alegro de que
finalmente esté haciendo algo al respecto.
Mi pecho se apretó y se me cerró la garganta con algo que no podía
tragar. Silencié mi respiración tanto como pude, tratando de escuchar su
suave voz más claramente, pero mi corazón latía como un helicóptero en
mis oídos.
—Sí, exacto. Natalie siempre ha sido bonita, pero no puedo esperar
para ver su aspecto una vez que este entrenador haya terminado con ella. Y
se sentirá mucho mejor cuando no tenga tanto peso.
Un dolor desgarró mi pecho cuando se detuvo en el teléfono, la otra
persona hablando ahora.
—Oh, no, yo, um... creo que está mejorando. No hemos tenido
ninguna instancia recientemente. Es solo un hombre, no tengo nada contra
él.
Había pasado a otra cosa, algo de lo que no tenía ni idea. Pero entendí
claramente la conversación antes de eso. Una picadura familiar me golpeó
la nariz y la moví, limpiándola rápidamente antes de caminar tan rápido y
silenciosamente como pude de regreso a la sala de estar. Tomé mi cámara
de la mesa de café y salí por la puerta principal, cerrándola casi
silenciosamente detrás de mí.
Temblaba aún más y dejé caer las llaves del Range Rover dos veces
antes de finalmente subir al interior, colocando con cuidado mi cámara en
el asiento del acompañante. Mis manos encontraron el volante y lo agarré
con fuerza; el corazón latía en mis oídos y las respiraciones llegaban
erráticamente.
Cuando presioné el botón de arranque y el motor se encendió con un
ronroneo, fue como una especie de entumecimiento sobre mí. Mis músculos
se volvieron más conscientes del infierno por el que los había hecho pasar
esa tarde mientras mi mente intentaba procesar todo lo que acababa de
escuchar.
Mamá tenía razón. Sabía que la universidad sería diferente, si decidía
ir. Sabía que nadie sabría quién era, que tal vez quien era tenía algo que ver
con los amigos que tenía aquí en Poxton Beach. Pero escuchar esas cosas
de ella me mató. ¿Siempre había pensado que tenía sobrepeso? ¿Siempre
había deseado que hiciera algo al respecto? ¿También se avergonzaba de
mí?
Mi mente daba vueltas mientras conducía hacia la playa. Sentí
lágrimas en las comisuras de los ojos, pero no cayeron. Entré en el
estacionamiento reservado de Dale cerca del muelle y me arrojé la correa de
la cámara al cuello antes de quitarme las zapatillas y los calcetines y
caminar lentamente hacia la playa.
Cuando mis dedos tocaron la arena, encendí la cámara y levanté el
visor hacia mi ojo izquierdo, tomando la primera foto.
Clic.
Solo escuchar el suave y familiar sonido dejó que mi respiración fuera
más fácil que antes.
Fotografié todo y nada. El agua, la arena, una concha de mar atrapada
en algas marinas, a un hombre y su hija en la playa construyendo un
castillo, el edificio viejo y en descomposición al otro lado del muelle. Di clic
tras clic hasta que tuve los brazos entumecidos por sostener la cámara y la
cara entumecida por las lágrimas que no había notado que habían
comenzado a caer.
Era la primera vez en mi vida que admitía completamente que no era
feliz.
No era feliz por quien era. O mi aspecto. O cómo me sentía desde que
podía recordar, dependía de la comida para todo: comodidad, celebración,
luto. Y, ahora que finalmente comencé a tomar el control y hacer algo al
respecto, no sentía el apoyo de nadie a mi alrededor salvo Willow, que
probablemente se iría en unas pocas semanas.
Ni siquiera mi entrenador creía en mí.
Era como si todos me miraran con lástima. Pobre Natalie Poxton. Pero
ya no quería ser esa chica. Si mi vida iba a ser una historia, quería tomar el
control de la pluma. Quería cambiar el papel, arrugar lo que se había escrito
hasta ahora y empezar de nuevo.
Solo esperaba poder hacerlo.
No estaba segura de si seguía llorando cuando el sol comenzó a
ponerse, solo que ya no me importaba. Me dejé romper mientras fotografiaba
las rayas rosadas y moradas del cielo de Carolina. Supe en ese mismo
momento, en un cálido domingo por la noche con los pies hundidos en la
arena en el borde del océano, que este verano sería el más duro de mi vida.
Me cambiaría para bien o me destrozaría por completo.
Pero tal vez necesitara romperme, desmoronarme por completo, antes
de poder estar verdaderamente completa.
4
Debatí el no aparecer siquiera a mi sesión de entrenamiento al día
siguiente, pero arrastré mi trasero al gimnasio contra mi voluntad. Sabía
que tendría que enfrentarme a Rhodes después de regañarle el día anterior,
pero esperaba que lo dejara pasar. Eso es lo que estaba dispuesta a hacer.
La noche anterior me había dado una nueva determinación y me encontraba
lista para comenzar a trabajar. Incluso si fuera la única luchando por mí,
iba a hacerlo por un nuevo yo. Se suponía que el verano después de la
secundaria se trataba de cambio, movimiento y progreso. Estaba decidida a
cambiar mi vida y no iba a perder ni un segundo por culpa de un imbécil
que siempre había sido un imbécil, de todos modos. ¿Pensaba que no podía
hacerlo? Bien.
Le probaría que se equivocaba.
Justo como probaría que Mason se equivocaba, y él se daría cuenta
de que renunciar a mí fue un error. Entonces volvería a estar bajo su brazo,
bajo sus sábanas los domingos lluviosos… donde pertenecía.
Incluso con mi nueva determinación, no pude mirar a Rhodes cuando
entré por la puerta del gimnasio. Caminando hacia la cinta, presioné el
botón de inicio rápido y comencé a caminar, mirando directamente hacia la
ventana que daba al campo de golf. Después de un minuto, Rhodes se acercó
para pararse frente a la máquina. Se inclinó e hizo una pausa, apoyando las
manos a cada lado de la pantalla y bloqueando mi visión del curso,
obligándome a mirarlo. Cuando finalmente llevé mi mirada a la suya, sus
rasgos eran más suaves. Traté de no fijarme en la forma en que su cabello
revoloteaba sobre sus cejas cuando se juntaron y exhaló.
—Lo siento, Natalie.
Me estremecí un poco cuando dijo mi nombre, pero no sabía con
seguridad por qué. Tal vez porque lo dijo como una persona normal; sin
embargo, por alguna razón, las tres sílabas que salieron de su lengua
cayeron directamente entre mis muslos.
—No me arrepiento de haberte presionado, pero lamento haberte
molestado. —Sus labios se apretaron un momento antes de continuar—. Y
no me avergüenzo de ti. —Rhodes sostuvo mi mirada. Incluso cuando traté
de mirar el suelo, él movió la cabeza hasta que lo volví a mirar—.
Exactamente lo opuesto, en realidad. Trabajas duro. Quieres esto, por la
razón que sea, y puedo verlo. Por eso te presiono. Sé que puedes trabajar
más duro, ir más rápido, levantar más. Estoy orgulloso de tenerte como
cliente.
Resoplé, y la ira que sentí a partir del sábado por la noche resurgió.
—Oh, ¿sí? Es por eso por lo que me ignoraste por completo en Rook
cuando te vi con tu... —Hice una pausa, poco segura de cómo llamar a la
señora Landers—. ¿Novia?
Su boca se aplanó hasta ser una delgada línea.
—Es una cliente, Natalie.
—¿Es eso cierto? Bueno, diablos, ¿besas los cuellos de todos tus
clientes? Me han estado engañando. —No podía creer que esas palabras
acabaran de salir de mi boca y se me sonrojaron las mejillas de inmediato,
pero me erguí y mantuve mi mirada en la suya.
Me miró un momento, con sus ojos firmes amenazando con debilitar
mi resolución, pero permanecí inmutable.
—No deberías fumar.
Puse los ojos en blanco ante su intento de cambiar de tema.
—No estaba fumando. Si no me hubieras tratado como la peste y
realmente me hubieras hablado, lo sabrías.
Una vez más, me sorprendí por las palabras que salían de mi boca.
Eran mucho más seguras que la chica diciéndolas.
—Solo estaba sosteniendo el tubo para mi amiga. No le gusta dejar
que toque la mesa hasta que termine. —Agité las manos—. Alguna
superstición extraña o algo así.
Rhodes mantuvo la mirada en mí, buscando una mentira que no
estaba allí. Finalmente, asintió.
—Bueno —aceptó, y luego extendió la mano.
La miré un momento antes de agarrarla y dejarlo ayudarme a bajar
de la máquina.
—Necesitamos pesarte. Ha sido una semana. Vamos —dijo, señalando
con la cabeza hacia la oficina—. Hagámoslo antes de beber un montón de
agua.
Lo seguí, con la mano todavía hormigueante donde había tocado la
suya. No podía entender si seguía enojada con él o no, así que fruncí el ceño
por si acaso. Él siempre lo fruncía, tal vez yo debería hacer lo mismo.
Cuando llegamos a la oficina, señaló la alta escala de vidrio mientras
recorría su escritorio en busca de mi archivo. Lo miré en silencio,
preguntándome si tenía más preguntas o si quería gritarle nuevamente. Se
había disculpado por molestarme y dijo que creía en mí, que era
exactamente lo que necesitaba en ese momento, ¿no? Estaba “orgulloso de
tenerme como cliente”, y por eso me presionaba. Tal vez no lo necesitara
como amigo si pudiera tenerlo como un pilar de apoyo en su lugar.
Era demasiado que entender en ese momento, así que suspiré y di un
paso, cerrando los ojos mientras esperaba a que escribiera lo que
probablemente era el mismo número que la semana pasada.
—Bajaste cinco kilos —dijo, y se me abrieron los ojos de golpe—. Buen
trabajo.
Miré el número en la pantalla digital, con la boca colgando abierta. De
ninguna manera.
Rhodes me dejó mirar un momento y, afortunadamente, no se burló
de mí. Cuando finalmente procesé el hecho de que era cinco kilos más ligera
que la semana anterior, bajé lentamente de la báscula, haciendo una mueca
por el dolor que todavía sentía en las piernas después de ayer. Caminar en
la arena toda la noche probablemente no fuera la mejor manera de
recuperarme del día de piernas.
Rhodes debió haberse fijado en mi expresión.
—¿Cómo sientes los músculos?
—Tensos —respondí, sosteniéndome con una mano en la pared
mientras levantaba el pie y lo elevaba hacia mi espalda baja para estirar mi
cuádriceps. Me mató solo levantar la pierna. Cuando lo acerqué a mi cuerpo,
chillé y lo dejé caer al suelo.
Rhodes frunció el ceño.
—Sígueme.
Volvimos al gimnasio y esperé a que me dijera que volviera a la cinta
de correr, pero agarró una esterilla de yoga y una pelota de tenis antes de
llevarme de vuelta adonde tuvimos nuestra primera sesión al aire libre.
Observé su movimiento mientras caminábamos, sus músculos
flexionándose bajo la delgada tela de su andrajosa camiseta azul sin
mangas. Su piel parecía más oscura hoy, y me pregunté si él también había
disfrutado de la playa el día anterior.
Encontró un lugar sombreado en la hierba debajo de un roble español
y tendió la esterilla negra. Hacía calor al sol, pero había una ligera brisa que,
combinada con la sombra, me hizo alegrarme de haber salido.
—Acuéstate —ordenó, y temblé de nuevo. Sus mirada se encontraba
sobre mí mientras se movía para sentarse a mi lado, sosteniendo la pelota
de tenis en la mano—. Voy a estirarte los músculos. También puedes hacer
esto en casa, con un rodillo de espuma, una pelota de tenis o solo con las
manos.
Asentí y lentamente movió su mano derecha hacia mi cuádriceps
derecho. En el momento en que sus manos tocaron mi pierna a través de la
delgada tela de mis pantalones de entrenamiento, respiré hondo y olvidé
cómo soltarlo. Aplicó presión, suavemente moviendo los dedos sobre mis
músculos. Hice una mueca y luego gemí en una mezcla de dolor y placer
cuando golpeó un punto que envió una corriente eléctrica a través de toda
mi pierna y hasta mi cadera.
Sus ojos se fijaron en los míos cuando gemí, pero no dijo nada. En su
lugar, movió la bola para reemplazar su mano y comenzó a rodarla de arriba
abajo por mi cuádriceps. Traté de no hacer ningún ruido pero, cada vez que
golpeaba ese lugar, gemía involuntariamente de nuevo, cerrando los ojos y
dejando que la extraña mezcla de sentimientos me invadiera mientras me
agarraba al borde de la esterilla. Me dolió como un infierno, pero luego fue
increíble. Estaba muy confundida.
—Es un punto de activación —dijo Rhodes finalmente—. Es como un
nudo que se forma en tu músculo. Al estirarlo, lo liberará y le permitirá
moverse correctamente de nuevo sin el dolor que estás sintiendo ahora.
Asentí, pero había perdido las palabras en ese momento. Se movió a
la otra pierna y el proceso comenzó de nuevo. Comenzó increíblemente
doloroso, pero al mismo tiempo lo disfruté y, cuando dejé de gemir, se movió
a un área diferente de mi cuerpo. Trabajó meticulosamente, y eché un
vistazo para mirarlo de vez en cuando, viendo cómo sus ojos pasaban sobre
mi cuerpo mientras trabajaba.
Cuando se movió hasta mi abdomen me encogí, y mis manos volaron
hacia abajo para cubrir mi grasa. Fue entonces cuando me di cuenta de lo
vulnerable que era en esa posición.
Rhodes hizo una pausa, con la pelota justo encima de mi ombligo.
—Está bien, Natalie —dijo en voz baja, agarrándome las manos y
colocándolas de nuevo a los lados—. Necesitas hacer trabajo abdominal hoy
y no va a ser efectivo si te duele tanto.
Me mordí el interior de la mejilla, pero tímidamente recosté la cabeza
y contemplé el musgo que fluía con la brisa. Se movía con fluidez, arrojando
luz solar sobre el rostro de Rhodes mientras tiernamente rodaba la pelota
alrededor de mis abdominales superiores. Cuando su pulgar rozó la parte
inferior de mi sujetador deportivo, tuve que chuparme los dos labios entre
los dientes y morder para no gemir por una razón completamente diferente.
¿Qué me pasaba? Rhodes me miró con cautela, pero no lo reconoció.
—Fuiste a Poxton High —dijo después de un momento. Esperé a que
dijera algo más, pero lo dejó así.
—Sí, era de primero cuando tú estabas en último año. —Gruñí un
poco más fuerte mientras se movía hacia mi pecho superior. Estaba
increíblemente dolorida por las flexiones y saltos que habíamos estado
haciendo.
—Poxton High —reflexionó—. ¿Tiene ese título algo que ver con tu
apellido, por casualidad?
Me reí un poco.
—Mi padrastro. Es como que posee, bueno, casi todo en esta ciudad.
Incluyendo la escuela secundaria.
Asintió, pero no hizo ningún comentario.
—¿Y eras de primero cuando yo estaba en último?
Esta vez asentí, pero él había movido la pelota hasta mis bíceps y me
estaba centrando en no hacer ruidos que hicieran que se me calentaran las
mejillas.
—Gírate —exigió. Mientras lo hacía, noté que tenía las cejas fruncidas
en concentración, incluso cuando no estaba rodando la pelota. No sabía con
seguridad de por qué hablaba conmigo de repente. Tal vez por el ataque del
día anterior. Cualquiera que fuera la causa, no iba a cuestionarlo. Estaba
agradecida de no trabajar en silencio. Y, por extraño que pareciese, poner
esa pelota rodando sobre mis músculos parecía un montón trabajo.
—Simplemente no lo entiendo —dijo mientras comenzaba a rodar la
pelota por mi pantorrilla. Gemí en voz alta, dándome cuenta de que el área
estaba llena de puntos de activación, como él los había llamado.
—¿No entiendes el qué? —pregunté, todavía conteniendo la
respiración mientras rodaba sobre mi otra pantorrilla. Me apoyé sobre mis
codos y giré la cabeza para mirarlo a los ojos.
Hizo una pausa, sosteniendo la pelota en su lugar mientras me
miraba.
—¿Cómo podría nunca haberme fijado en ti antes?
Tragué, casi con más miedo de la breve ternura que capté en sus ojos
en ese momento que la dureza habitual que existía allí.
Encogiéndome de hombros, respondí a su pregunta con poco más que
un susurro.
—Es fácil perderme.
Sostuve sus mirada un momento más antes de recostar el pecho en el
suelo, descansando la cabeza en mis brazos. Empezó a rodar la pelota por
la parte trasera de mi rodilla y cerré los ojos con fuerza. Pensé que podría
explotar por la mezcla de dolor y placer que se mecía a través de mi cuerpo.
Después de unos momentos, habló de nuevo.
—Tal vez simplemente no estuviera mirando.
Mis ojos se abrieron de golpe, pero no respondí.
Rhodes terminó de estirarme los músculos y luego volvimos al
gimnasio sin decir una palabra más. No me hizo entrenar menos que los
días anteriores pero fue más paciente, se tomó el tiempo para explicarme los
ejercicios y asegurarse de que tomara el descanso que necesitaba entre
series. Aun así, me presionó con fuerza, y el sudor goteaba furiosamente por
mi rostro y hasta mis ojos mientras conducía a casa esa noche con las
ventanillas bajadas. El agua salada irritaba mis lentes de contacto, pero no
la limpié. De hecho, ni siquiera me importó. Tenía la mente demasiado
ocupada repasando las palabras que había escuchado decir a Rhodes para
prestar atención a cualquier otra cosa. Se reprodujeron una y otra vez en
mi cabeza hasta que estuve segura de que soñaría con ellas esa noche.
Tal vez simplemente no estuviera mirando.
Sin importar cuántas veces repitiera las palabras, no podía entender
qué quiso decir. Y tenía razón. Lo pensé tanto que, cuando llegó la noche,
soñé con Rhodes por segunda vez.
Y, por lo que sabía, no sería la última.

***

Les dije a mamá y Dale lo de mi peso a la mañana siguiente y ambos


se volvieron locos. Mamá saltó de su taburete de la barra con entusiasmo y
me envolvió con un abrazo aplastante mientras Dale me daba una palmada
en la espalda. Su mano se quedó allí mientras les contaba cómo habían ido
mis sesiones. Dale bromeó sobre llevarnos a comer helado y me encogí de
hombros y lo miré fijamente. Él se rio entonces, y me uní a él. Era feliz. Era
un buen comienzo para lo que esperaba que fuera un verano que cambiara
la vida.
Mi sesión con Rhodes fue cambiada a las seis de la noche y, cuando
terminamos a las ocho, me moría de hambre. Tuvimos otra gran sesión y
sentí que caímos en un ritmo cómodo. Me habló un poco más, lo que me
hizo feliz, y a cambio aprendí a no presionarlo cuando dejaba de hablar y se
concentraba en trabajar. Tal vez nos comprendiéramos, después de todo.
Mi estómago gruñó lo suficientemente alto como para que lo
escuchara mientras hacíamos una caminata de relajación alrededor del
campo de golf y se rio entre dientes, lo cual era una especie de sonido
extraño cuando se trataba de Rhodes.
—¿Hambrienta? —preguntó, con el cielo pasando de un dorado a un
azul claro detrás de él. Era un contraste intrigante, tales características
duras contra un fondo tan suave. No quedaba nadie en el campo excepto
nosotros y, aparte del zumbido de las luces de los senderos y los insectos,
estaba en silencio. Agradecí la tranquilidad.
—No tienes ni idea —murmuré, frotándome el estómago—. Toda esta
comida de conejo me está matando.
—¿Comida de conejo? —Rhodes arqueó una ceja—. ¿Tienes hambre
así todo el tiempo? —Asentí, y él negó con la cabeza—. No deberías si estás
comiendo suficiente proteína. ¿Tienes planes esta noche?
Me detuve a mitad de camino, mirando a Rhodes como si acabara de
pedirme que me quitara los pantalones, pero simplemente esperó mi
respuesta con una actitud calmada.
—Mmm, ¿no?
—Bien. Ven a mi casa y nos prepararé la cena, te mostraré que comer
comida de conejo no es tan malo como parece si sabes cómo hacerlo bien. —
Continuó caminando, pero me tomó un minuto para que mis piernas se
movieran de nuevo. ¿Rhodes acababa de pedirme que fuera a su casa? ¿Y
acababa de decirme que iba a cocinar para mí?
El mismo tipo que apenas me decía más de dos palabras antes me
estaba pidiendo que fuera a cenar a su casa. Había pasado de ignorarme a
pedirme que saliera con él, como si fuéramos amigos.
Sonreí ante esa posibilidad.
—Solo necesito cerrar la oficina muy rápidamente.
Asentí y él salió corriendo mientras yo sacaba mi bálsamo labial
favorito de limonada de fresa, pasándome el tubo sobre los labios
repetidamente mientras esperaba a Rhodes. Contaba mis respiraciones y
tratando de no pensar demasiado.
Solo era mi entrenador haciéndome una comida saludable. Eso es
todo.
Rhodes me llevó a la parte delantera del club después de cerrar.
Cambié mi bálsamo labial por mis llaves mientras él subía a una elegante
moto deportiva negra. La forma en que se sentó a horcajadas resaltó los
músculos definidos en ambos brazos y piernas y no pude evitar mirarlo
mientras se ponía el casco negro a juego.
—No vivo muy lejos de aquí —dijo, asintiendo hacia la calle—. Solo
sígueme y enciende las luces si voy demasiado rápido. ¿Está bien?
—Genial —respondí, pero apenas salió como un graznido. Sonreí para
tratar de cubrir la debilidad en mi voz. Por un momento, pensé que Rhodes
me dedicó la más mínima sonrisa, pero se bajó el casco del todo y no pude
estar segura.
Tiré mi bolso en mi maletero y me coloqué detrás del volante; mis
nudillos se volvieron blancos por el feroz agarre que tenía sobre él. Iba a la
casa de Rhodes. Su casa. Traté de respirar sin parar, pero estaba bastante
segura de que sonaba más como un caballo que cualquier otra cosa.
Respira hondo, Natalie. Respiraciones profundas.
Sí. Es más fácil decirlo que hacerlo.
5
Nos detuvimos en un edificio de apartamentos en menos de diez
minutos. Su casa se encontraba en la dirección exactamente opuesta a mi
casa desde el club y, a pesar de que se encontraba solo a media hora de mi
hogar, parecía que estaba en un país diferente.
Cuando salí del Rover, cerré las puertas y levanté la vista hacia la
descascarillada pintura azul de los paneles de madera del edificio. Los
apartamentos de arriba tenía pequeños balcones en los que podía ver a
algunos residentes sentados. Me observaban como si no perteneciera, con
ojos duros y fríos. Me crucé de brazos sobre el pecho y caminé hacia Rhodes
mientras se bajaba de su moto. Sorprendentemente, empezó a subirla a la
acera hacia el edificio.
—¿No tienes que aparcar eso?
—Lo estoy haciendo —respondió con sencillez. No lo comprendí hasta
que abrió la puerta del apartamento de la planta baja en la parte trasera
derecha del edificio, empujó la moto hasta el interior y la inclinó contra el
pie de apoyo dentro del pequeño recibidor de la entrada. La estaba
aparcando, solo que no afuera.
Dentro del apartamento estaba oscuro y, cuando Rhodes encendió la
luz, parpadeé hasta que mis ojos se adaptaron. Era pequeño, eso era seguro,
pero me sorprendí del aspecto del interior. Era limpio, agradable. Sencillo
pero bonito. Nos hallábamos de pie en el pequeño recibidor con un suelo
básico de baldosas blancas. Este conducía directamente al salón con una
alfombra bereber beige y un sofá de cuero marrón oscuro frente a la pantalla
plana montada en la pared del fondo. Había un aparador lleno de libros de
cocina y películas y una sencilla mesa de café de madera con un centro de
cristal. No había fotos, ni cuadros, ni frases decorativas, solo una limpia y
blanca pared, muebles y el televisor.
Seguí a Rhodes, entrando más en el lugar, mientras él guardaba su
casco en el armario de la entrada, y entreví la cocina. Era bastante grande
teniendo en cuenta el tamaño del apartamento en general, y parecía que
Rhodes la había renovado de la construcción original. Las mesadas parecían
de granito nuevo y había instalado un estante sobre la estufa para colgar
ollas, sartenes y utensilios. El fregadero tenía un grifo sofisticado que
parecía algo que Christina querría instalar en nuestra cocina. Todos los
electrodomésticos eran gris oscuro y parecían nuevos; sobre el refrigerador
había un armario que no tenía puertas. Los estantes almacenaban al menos
una docena más de libros de cocina. Y un solitario delantal colgaba de un
pequeño gancho justo al lado de la alacena.
Rhodes se pasó una mano por su todavía húmedo cabello mientras
me observaba echar un vistazo.
—¿Quieres algo de beber?
Mis ojos encontraron los suyos, pero descendieron un poco para
fijarse en la forma en la que su camiseta seguía pegada a su abdomen.
—Agua está bien.
Asintió y entró en la cocina el tiempo suficiente para agarrar un vaso
y llenarlo con hielo y agua del refrigerador. Dejándolo sobre la mesa frente
a mí, alzó el pulgar y señaló la habitación al final del pasillo tras él.
—Solo necesito una ducha muy rápida. Tú también puedes, si quieres.
Tragué con fuerza, con los ojos prácticamente saliéndoseme de las
órbitas. Y, por primera vez, Rhodes se rio.
Bueno, se rio entre dientes.
—Quise decir cuando yo haya acabado, Natalie.
—Lo sé —dije rápidamente. Realmente no lo sabía—. Lo haré. Cuando
hayas acabado. Tengo ropa extra. —¿Por qué dije eso?
Arqueó una ceja.
—Supongo que entonces esta noche no te veré desnuda. —Creía que
estaba bromeando, pero no podía estar segura dado que lo dejó así, sin otra
sonrisa antes de darse la vuelta y desaparecer por el pasillo.
Rápidamente me tragué el vaso de agua que me había dado y lo
rellené. Necesitaba enfriarme. Profundamente. Era la primera vez que había
visto sonreír a Rhodes, la primera vez que lo había escuchado reír. Pensaba
que sería raro verlo así, pero era exactamente lo contrario. Parecía más
cómodo con una sonrisa en el rostro, sin importar cuán fugaz fuera.
Rhodes salió de la habitación del fondo diez minutos más tarde,
totalmente vestido con unos grandes pantalones de chándal grises y una
sencilla camiseta negra con las mangas cortadas. Tenía el cabello húmedo
y despeinado, y su piel todavía brillaba un poco por el agua. Entró
directamente en la cocina y empezó a sacar platos.
—Las toallas están encima del inodoro y no tienes mucho tiempo con
el agua caliente, así que sé rápida. Puedes usar mi jabón y cualquier otra
cosa que necesites. —No se giró cuando me dijo las palabras y tragué; el
pensamiento de estar en el lugar donde él acababa de estar desnudo me
agitaba más de lo quería admitir.
Pero al final mis piernas comenzaron a moverse y recorrí el pasillo con
mi bolsa de gimnasio. Cuando atravesé la puerta me sorprendió
encontrarme en la habitación de Rhodes. El baño se encontraba justo
enfrente, pero su habitación llenaba el lado derecho del cuarto. Era tan
limpia y sencilla como el salón. Cama doble, un edredón azul oscuro, sin
cabecero, paredes blancas y una vieja televisión colocada sobre una cómoda
marrón oscura. Había una foto enmarcada en una pequeña mesa de noche
que combinaba con la cómoda. La curiosidad me venció, me acerqué y
levanté el marco plateado para examinar la foto en su interior.
Era una chica joven de pie contra una hilera de taquillas color verde
oscuro. Si tuviera que adivinar, habría dicho que tenía unos dieciséis años
cuando la foto fue tomada. Tenía un largo cabello castaño y una oscura piel
olivácea. Al principio pensé que podía haber sido la novia de Rhodes pero,
cuando la estudié más de cerca y noté los familiares ojos verdes me di cuenta
de que era su hermana gemela, Lana.
Realmente no sabía mucho acerca de Lana, aparte de que era la
hermana gemela de Rhodes. Era un poco callada cuando eran de último año
y nosotros de primero. Francamente, de una forma triste, era eclipsada por
Rhodes, todas las chicas lo deseaban y todos los chicos le tenían miedo.
Lana estaba en segundo plano… es decir, hasta que salió en los titulares de
las noticias.
Un fuerte alboroto en la cocina me sobresaltó y rápidamente coloqué
la foto en su sitio y me apresuré a entrar en el baño con mi bolso, cerré la
puerta tras de mí y me apoyé contra ella para inspeccionar el lugar. Era
pequeño, pero también limpio. La ducha era solo eso, no había bañera. Me
desvestí rápidamente, saqué una toalla, la colgué junto a la que Rhodes
acaba de usar y entré.
El agua caliente era increíble en mis recientemente estirados
músculos. A pesar de que dolió cuando Rhodes me rodaba la pelota por las
piernas y espalda, ese dolor casi había desaparecido por completo y el dolor
muscular se desvaneció. Sin embargo, sabía con seguridad que estaría de
vuelta al día siguiente. Rhodes se aseguraría de ello.
Me enjaboné el cuerpo y el cabello con el gel de ducha de Rhodes y no
pude evitar olerme incluso después de haber intentado amarrar mi cabello
en un desarreglado moño, me vestí y me uní a Rhodes en la cocina, lanzando
mi bolso al suelo junto a su moto. Había captado muchas ráfagas del
tentador aroma a tierra y a hoja perenne cuando se encontraba cerca de mí
en el gimnasio, pero ahora estaba intensificado, con nada más para
ahogarlo. Esperaba que no desapareciera.
—¿Que preferirías, pollo o salmón? —preguntó Rhodes salteando
algún tipo de mezcla en una sartén. Sus brazos se flexionaban con cada
movimiento, y no pude evitar estar fascinada. La cocina ya olía
tentadoramente y mi estomago gruñó.
—Pollo. Odio el pescado.
Se detuvo, se dio vuelta para mirarme, y dijo sin expresión:
—¿Vives en una ciudad costera y no te gusta el pescado?
Me encogí de hombros. Él sacudió la cabeza y regresó a lo que fuera
que estaba haciendo mientras yo sacaba uno de los dos bancos y me
sentaba. Durante unos minutos cocinó en silencio, sacando pollo y verduras
y picándolos sobre una tabla de cortar antes de añadirlos a la sartén. Sus
dedos trabajaban rápida y metódicamente, como si cocinar fuese para él lo
que respirar era para mí, natural. El silencio era cómodo mientras lo
observaba, pero no pude dejar pasar mi curiosidad acerca de lo que había
visto en su habitación.
—¿Es tu hermana la de la foto junto a tu cama?
Rhodes se tensó ante mi pregunta, deteniéndose a medio revolver
durante un segundo. Cuando empezó de nuevo, no se giró para mirarme.
—Sí.
—Es hermosa.
—Lo era.
No flaqueó con esas palabras, pero noté que hablaba en pasado.
Recordé cuando Lana fue declarada persona desaparecida cerca del final de
su último año, la pena que inundó la escuela mientras los días se alargaban
sin que nadie la encontrara. Pero, después de un tiempo, la historia de su
desaparición se olvidó. Me di cuenta, mientras estaba sentada en la isla de
la cocina de Rhodes, que nunca oí si la encontraron, aunque su referencia
en pasado me hizo pensar que quizás no quisiera saberlo.
Sentí la incomodidad de Rhodes, así que cambié de tema.
—Me gusta tu casa.
Se encogió de hombros, girando para lavarse las manos en el fregadero
de enfrente de la encimera en la que yo me hallaba sentada antes de volverse
hacia los armarios y levantar el brazo para tomar algunas especias.
—No es mucho.
—¿Cuánto tiempo has vivido aquí?
Se detuvo, sus brazos, todavía extendidos por encima de él mientras
hurgaba entre las especias, revelaban una pequeña franja de piel entre la
parte de arriba de su bóxer y el dobladillo de su camiseta negra.
Enfrentándome otra vez, sus ojos brillaron con la tenue luz de la cocina.
—Ahí vas de nuevo con tus preguntas.
Me ruboricé y murmuré:
—Lo siento.
Sus ojos seguían sobre mí, pero hizo un gesto hacia mi bolso.
—¿Por qué siempre tienes esa cámara contigo?
Seguí su mirada hacia mi cámara, metida en el bolsillo lateral con la
correa para el cuello colgando un poco. Era mi cámara más pequeña, no la
mejor que tenía, pero siempre llevaba una conmigo por si acaso.
—¿Sabes cómo te vuelves un poco friki con todo lo relacionado con el
ejercicio?
Frunció el ceño.
—No me vuelvo friki.
Ahogué una risa.
—Bien, bueno, estaba tratando de decir que así es como soy yo con la
fotografía. Es lo mío, supongo. He estado en ello toda mi vida y quiero ir a
la universidad y hacerlo profesionalmente. —Me detuve ante esa confesión—
. Bueno, quizás. No lo sé, casi siempre tengo una cámara conmigo.
Asintió, los músculos de sus brazos se flexionaban con cada
movimiento de la cuchara de madera en su mano. Mi nariz estaba en un
frenesí y se me hacía agua la boca desde que había salido de la ducha.
—¿Vas a ir a la Appalachian State en otoño?
Suspiré.
—No lo sé. Probablemente debería, pero en realidad no quiero hacerlo.
—Vaya —juzgó, cubriendo la sartén con una tapa de vidrio. Se reclinó
contra la estufa y se cruzó de brazos sobre el pecho—. ¿La princesa Poxton
no quiere seguir los pasos de la familia y hacer lo que hacen los chicos de la
secundaria de Poxton? ¡Qué ironía!
Quería entrecerrar los ojos hacia él y decirle que no me llamase así,
pero todo lo que pude hacer fue moverme incómodamente bajo su mirada.
Era difícil enfrentarse a la persona más atemorizante que había conocido.
Por suerte, fui salvada por el repique de mi teléfono antes de que tuviera la
oportunidad de contestar. Era Willow.
—Lo siento, un segundo.
Rhodes no mostró ningún cambio de emoción. Solo se giró hacia el
fuego de nuevo y volvió al trabajo.
—Hola, Lo.
—¡Hola! ¿Qué vas a hacer el miércoles?
—Um. —El miércoles no era día de entrenamiento, pero no estaba
segura de que fuera a estar de ánimo para lo que fuera que estaba a punto
de proponer. Sin embrago, no podía pensar en ninguna excusa, por lo que
suspiré.
—Nada. ¿Por qué?
—Perfecto. Vamos a ir a la feria de la ciudad con el grupo. Ahora, antes
de que me digas que no porque Mason estará allí, déjame recordarte que
estás súper sexy últimamente y deberías pavonearte frente a él y Shay y
mostrarles que no les tienes miedo. Y podemos ir a comprar algo súper lindo
para que te pongas. —Traté de interrumpirla, pero simplemente habló más
alto que yo—. Y este es nuestro último verano juntas antes de la universidad
y tenemos demasiados recuerdos que forjar como para dejar que ese
estúpido idiota lo arruine.
Me reí de su expresión, pero no pude evitar fijarme la mirada
fulminante de Rhodes cuando mencionó a Mason. ¿Podía escucharla?
—No creo que esto sea una buena idea, Willow.
—Oh, lo que sea, Nat. Es una mierda, y también lo es su nueva Barbie.
Por favor, ¿vienes conmigo? Te protegeré y joderé a cualquiera que trate de
molestar a mi mejor amiga.
Suspiré, pero no pude evitar sonreír. Sabía que hablaba en serio.
—No sé…
—Piensa en ello. Tienes que seguir estando a su alrededor y ser parte
de su vida si el objetivo es recuperarlo, ¿verdad?
Me mordí el labio. Ella tenía razón. No estaba segura de estar
totalmente preparada para ver a Mason todavía, solo había estado
entrenando una semana y media pero, como dice el dicho, ojos que no ven
corazón que no siente. No quería que se olvidara de mí mientras estaba
absorto en Shay.
—Te compraré un pastel de embudo —cantó al teléfono, y me reí otra
vez.
—Bueno, si lo pones así.
—¡Sí! —chilló—. Te pasaré a buscar después de tu entrenamiento el
martes. ¡Te quiero, Nat!
Sacudí la cabeza cuando la línea murió y metí el teléfono otra vez en
mi bolsa antes de sentarme de nuevo en la barra. Rhodes me evaluó
mientras servía nuestra comida. Había pollo sazonado a la perfección, junto
con verduras y arroz integral, nada que me habría sonado bueno hace una
semana, pero todo lo que me hacía babear actualmente.
—Mosquito1, ¿eh? ¿Como el bicho?

1 Gnat, mosquito en inglés, se confunde con su apodo, Nat.


Arrugué la nariz, desviando mi atención de la erótica comida
provocadora de saliva.
—¿Qué?
—Tu apodo.
—Oh, no. —Sacudí la cabeza—. Es Nat. Como, el diminutivo de
Natalie.
—Ah —dijo pasándome mi plato. Inclinó la cabeza hacia el sofá y le
seguí hacia este—. Creo que me gusta más bicho.
Fruncí el ceño, preguntándome a qué se refería, pero no hice más
comentarios. Rhodes encendió el televisor y se relajó en el sofá, apoyando el
pie sobre la mesa de café. Me apoyé en el brazo del sofá opuesto a él y me
crucé de piernas, equilibré mi plato sobre una mano y tomé el primer bocado
con la otra. Cuando lo hice no pude evitar gemir.
—Oh, Dios mío, esto es increíble.
Rhodes sonrió, lo cual me hizo flaquear a pesar de que ya lo había
visto sonreír esa noche. Era una cosa rara, increíble.
—Esto no es nada. Sencillo. Solo pollo.
—Bueno, es mejor que cualquier pollo que yo haya hecho alguna vez.
O probado. —Estaba devorando bocados entre palabras, pero ni siquiera me
arrepentía—. ¿Cocinas así siempre?
Se encogió de hombros.
—Dijiste que me volvía un friki por el ejercicio, pero creo que la mejor
comparación habría sido cocinar. Veo un montón de programas de cocina,
leo libros de cocina, mejoro mi cocina cuando la economía lo permite. Hay
algo en la creación de comida sana que también sabe bien. Es difícil hacerlo.
Un reto, ¿sabes?
Asentí, aunque no tenía ni la más mínima idea, pero era la primera
vez que Rhodes hablaba de algo que le apasionaba y era algo bastante
increíble de presenciar.
Se rio entre dientes.
—Tendré sorprenderte la próxima vez.
Espera.
¿Dijo la próxima vez?
Me tragué el bocado que había estado masticando y lo seguí con un
largo trago de agua. Me miró por encima de su plato, y el canal de deportes
que puso en la televisión llenaba el silencio.
—¿Por qué aceptaste ir a la feria si no querías ir?
Fruncí el ceño preguntándome cuánto de mi conversación con Willow
había escuchado.
—No lo sé. Willow me quiere ahí. Es mi mejor amiga. Da igual. —
Recogí otro trozo de pollo con mi tenedor—. Además, vamos todos los años.
Sería extraño si no aparezco.
Me observó durante un momento antes de comer otro bocado y girarse
de nuevo hacia el televisor.
—Eres tan amable que haces que otras personas agradables parezcan
imbéciles.
Me reí nerviosamente, me sonrojé y bebí otro trago de agua para
enfriarme las mejillas. Me miró por el rabillo del ojo con la ceja arqueada y
una sonrisa en la cara.
Comimos el resto de la cena en silencio y lo ayudé con los platos,
aunque él trató de discutir conmigo por ello. El único electrodoméstico que
faltaba en su cocina era un lavavajillas, por lo que yo lavé y él secó. Y me
enseñó qué otros alimentos comer para mantener el hambre a raya mientras
yo fingía escuchar, pero prestaba más atención a la manera en la que los
músculos de sus antebrazos se movían mientras secaba cada pato.
Y hablamos.
Escuchó cuando yo hablé y no me castigó al no decir nada en
absoluto. Él también habló. Sobre el club, sobre los planes que todavía tenía
para su cocina. Y, cuando terminamos y me acompañó a mi auto, había
visto a Rhodes sonreír más que durante todos los años que lo había conocido
antes de esa noche.
Conduje a casa en silencio, sin encender la radio siquiera. Analicé
cada palabra, cada risa y cada detalle en mi cabeza. Y mi camiseta seguía
oliendo a su gel de ducha, mezclado con el pollo que había cocinado. No me
cambié antes de meterme en la cama y dejar que el agotamiento del día se
fusionase con la saciedad de mi estómago adormeciéndome hasta un
estupor. Mamá se asomó para comprobar cómo estaba en algún momento,
pero fingí estar dormida y se fue de nuevo. Justo cuando iba a quedarme
dormida, mi teléfono sonó. La brillante luz me cegó cuando revisé la
pantalla, pero después se me abrieron los ojos de golpe cuando enfoqué y
leí la palabras.
Hola. ¿Estás despierta?
Mason.
6
El día siguiente fue miserablemente gris y húmedo, con tormentas
eléctricas durante todo el día. Coincidía perfectamente con mi estado de
ánimo, y me encontré deseando que el sol no apareciera en absoluto. Dale
tenía que ir a la ciudad para un banquete, por lo que se ofreció a llevarme a
mi sesión de entrenamiento. Miré por la ventana y pensé en mi llamada
telefónica con Mason la noche anterior.
Solo llamó para ver cómo estaba, pero era la primera vez que
realmente hablábamos desde la ruptura. Creo que casi había olvidado lo
mucho que me había roto hasta que escuché su voz diciendo mi nombre
como solía hacerlo. Y luego diciendo el de Shay exactamente de la misma
manera. Me mató escucharlo hablar de ella, aunque sabía que en su cabeza
hacía lo que creía correcto. Me estaba mostrando simpatía y misericordia,
pero no la quería. Entrenar con Rhodes me endurecía la piel y adormecía la
mente. Me gustaba estar adormecida. Adormecida no dolía.
Suspiré, descansando la frente contra la ventanilla del lado del
pasajero del Corvette de Dale. Estaba lloviendo, así que no tenía idea de por
qué eligió ese auto en primer lugar. No es como si pudiera bajar la capota.
Pero así era Dale, le gustaba alardear de sus juguetes.
—Te escuché hablando por teléfono anoche —dijo, sacándome de mis
pensamientos. Lo miré, observándome con atención. Solo suspiré
nuevamente y volví a apoyar la cabeza en la ventana—. ¿Era Mason?
—Sí.
Hizo una pausa, agarrando el volante un poco más fuerte.
—¿Y?
—Y me habló de su nueva novia. —Me volví para mirarlo, esperando
que mis ojos transmitieran que no quería hablar de eso. La verdad era que
me dolía, y me di cuenta hablando por teléfono con él que lo quería
recuperar incluso más de lo que creía. No quería escucharlo hablar de Shay
porque quería ser la única chica en su mundo.
Dale frunció el ceño, pero asintió.
—¿Cómo va el entrenamiento? —preguntó, cambiando de tema.
Mi estómago dio un pequeño vuelco cuando pensé en Rhodes y la
noche anterior. La cena, emparejada con la llamada de Mason, hizo la noche
interesante.
—Va bien —dije sonriendo.
Él me evaluó cuidadosamente.
—Ya puedo ver una diferencia ¿sabes? —dijo—. Sé que ha pasado
poco más de una semana, pero se nota. En la forma en que te mueves.
—¿Qué quieres decir?
Dale sonrió, sacudiendo la cabeza.
—No sé, realmente no puedo explicarlo. —Me miró de nuevo—.
Siempre has sido hermosa, Natalie, pero la confianza que estás ganando con
este entrenamiento te lleva a otro nivel.
Sonreí, tratando de aceptar el cumplido, pero sin sentirme realmente
a la altura de las circunstancias. Mi autoestima era baja y, aunque Dale
siempre pareciera ver lo mejor de mí, no podía verlo yo misma. Ajustando el
moño desordenado en mi cabeza, sonreí.
—Esperemos que llevarlo a otro nivel no signifique subir el nivel en la
cinta, porque no creo que pueda lidiar con eso.
Él se rio cuando entramos en el estacionamiento del club. Rhodes se
encontraba fuera, debajo del alero, protegiéndose de la lluvia. Tenía los
brazos cruzados y se hallaba apoyado contra el ladrillo. Su pose
característica. Tragué al verlo y solté mi cinturón de seguridad, con mis ojos
aún en los suyos.
—Ven aquí —dijo Dale mientras estacionaba el auto. Me atrajo para
un abrazo largo, apretándome con fuerza y, cuando se alejó, me miró a los
ojos—. Eres una chica increíble, Natalie. Nunca lo olvides. Puedes hacer lo
que quieras. Hablar con Mason duele ahora mismo, pero un día te vas a
despertar y ni siquiera te importará lo que diga o haga porque lo habrás
superado.
—¿No es idea de mamá que vuelva con él?
Él hizo un gesto con la mano.
—Tu mamá y yo no estamos de acuerdo en todo.
Sonriendo, me incliné sobre la consola y agarré mi bolsa del gimnasio
del pequeño asiento trasero.
—Gracias por el consejo paterno, Dale.
—Siempre.
—No olvides que me quedaré a pasar la noche con Willow. Me pasará
a buscar después de mi sesión —agregué.
—Entendido. Diviértete esta noche. Te lo mereces. —Me lanzó otra
amplia sonrisa cuando salí del auto, abriendo mi gran paraguas burbuja.
Le devolví la sonrisa, sintiéndome un poco más capaz de superar mi sesión
de entrenamiento, y me despedí antes de volverme hacia Rhodes. Cuando lo
hice, mis pies no se movieron.
Rhodes miraba fijamente el Corvette mientras salía del
estacionamiento, con sus ojos verdes atravesando la lluvia como rayos láser.
Miré atrás y vi a Dale mirando a Rhodes con la misma desaprobación.
Cuando me volví hacia Rhodes, él movió su mirada hacia mí en un instante
y mantuvo la misma expresión oscura mientras me movía hacia él.
—¿Quién era ese? —espetó.
—Mi padrastro —respondí vacilante—. ¿Por qué?
Palideció.
—¿Ese es Dale Poxton?
Asentí. La mayoría de la gente en esta ciudad sabía quién era Dale,
pero casi ninguno sabía cómo era, no a menos que estuvieran en su círculo.
A Dale le gustaba mantener cierto tipo de público.
Rhodes todavía no se había movido. Tuvo una mirada dura un
momento más antes de negar con la cabeza, patear la pared y dirigirse hacia
el gimnasio
—Vamos.
—Espera —dije trotando un poco para alcanzarlo—. ¿Por qué? ¿Por
qué preguntaste quién era?
—No es nada. Solo te miró raro, no estaba seguro... —Su voz se
desvaneció hasta ser un murmullo bajo y sacudió la cabeza otra vez—. Nada.
Me equivoqué. ¿Cómo están tus músculos hoy? ¿Sigues dolorida?
Lo miré con cautela, pero le permití cambiar de tema. Me encontraba
lista para trabajar.
—Me siento mucho mejor. Un poco dolorida, pero puedo moverme.
—Bien —dijo, dando unas palmaditas en la cinta cuando entramos al
gimnasio—. Sube y pon la inclinación en seis, velocidad al cuatro.
Gruñí, pero arrojé mi bolsa al rincón e hice lo que me dijo.
Trabajamos en silencio casi una hora mientras me movía por el
gimnasio. Él había establecido una pista de obstáculos similar a la de la
semana anterior, completa con cuerdas y todo. Cuando me puse en cuclillas
para hacer el movimiento de la serpiente en la hierba, me estremecí al
recordar sus brazos alrededor de mi cintura cuando me mostró cómo
hacerlo anteriormente.
—Bueno, ¿qué vas a hacer mañana por la noche? —pregunté mientras
atravesaba gimnasio haciendo estocadas con dos pesas plateadas en las
manos. Sentía los músculos de mis piernas más fuertes, más estables, lejos
del desastre tembloroso en que se encontraban la primera vez que hice una
sentadilla.
—Mañana no entrenamos, es tu día libre —respondió simplemente,
con la cabeza gacha y los ojos en su portapapeles.
Resoplé, esforzándome contra el dolor en mis cuádriceps.
—Lo sé. Entonces, ¿Qué vas a hacer? ¿Quieres venir a la feria conmigo
y mis amigos?
—No.
Solté los platos y me puse las manos en las caderas, girándome para
mirarlo.
—¿Por qué no?
—Levanta las pesas, no has terminado —respondió, enderezándose
antes de soltar el portapapeles y cruzarse de brazos sobre el pecho. Lo imité
en la postura y al instante me sentí más dura.
—No hasta que me digas por qué no vendrás mañana por la noche. —
¿Desde cuándo tenía el coraje de pedirle a Rhodes que saliera conmigo?
Suspiró, pasándose una mano por su húmedo cabello.
—Natalie, anoche solo estaba enseñándote cómo cocinar una comida
decente, ¿está bien? Era sobre tu entrenamiento. Eres mi cliente. Tenemos
una relación en el gimnasio, pero no fuera de ella.
Me tragué lo que parecía un corcho de vino envuelto en papel de lija y
descrucé los brazos, levantando las pesas otra vez. Tenía razón, por
supuesto, y lo sabía. Aun así, fue amistoso anoche, nos divertimos.
Esperaba que no fuera solo una vez.
Lo cual fue estúpido de mi parte.
Porque Rhodes era Rhodes y yo era yo. Podía pasar el rato con quien
quisiera, incluidas las hermosas mujeres a las que entrenaba con quienes
parecía encontrar compañía a menudo. ¿Por qué diablos querría pasar
tiempo conmigo?
—Bueno. Lo siento.
Asintió, con sus ojos observándome cuidadosamente.
—Tres series más. Cuida la espalda, te estás inclinando demasiado.
Murmuré en voz baja, pero mantuve la mirada al frente y volví a cruzar
la habitación, arremetiendo a cada paso. Mis dientes seguían mordiéndome
mi labio inferior mientras pensaba en la noche anterior, preguntándome si
vi demasiado en ello. ¿Estaba actuando como un amigo o realmente solo me
estaba mostrando que comer sano podría funcionar? No recordaba que
realmente habláramos mucho de comida, excepto cuando lavamanos los
platos, pero aun así hablamos de otras cosas también.
Suspirando, negué con la cabeza. Lo que sea. Estaba bien porque
seguía siendo mi entrenador, que era lo que necesitaba que fuera. Sabía
cómo ayudarme a alcanzar mis objetivos, y eso era suficiente para mí.
Cada estocada ardía más que la anterior, y supe que estaba a punto
de alcanzar mi límite. Cuando llegué al otro lado y di la vuelta, golpeé algo
con la pesa de mi mano izquierda.
—¡Oh! —Me giré para ver qué pasaba, pensando que me disculparía
con algún miembro del club con pantalones cortos y un sujetador deportivo
pero, cuando me encontré cara a cara con Mason, solté ambas pesas y
tropecé un poco hacia atrás. Una de ellas cayó sobre mi pie y aullé de dolor
mientras caía al suelo.
Rhodes maldijo y corrió hacia mí mientras Mason se inclinaba hasta
estar mi nivel.
—Oh, Dios mío, Natalie. ¿Estás bien? —Se movió para tocarme la
pierna, pero Rhodes lo golpeó, tirando de mi pie y quitándome la zapatilla
para inspeccionarlo mientras se sentaba a mi lado. Su pulgar se movió a
través de la delicada piel de mi tobillo y siseé por el dolor cuando los
escalofríos subieron por mis piernas y directamente hasta estar entre mis
muslos. Rhodes siguió los escalofríos y levantó los ojos hacia los míos. Me
sonrojé y aparté la mirada.
Lo cual me dejó mirando a Mason.
Observó a Rhodes e hizo una mueca antes de volverse hacia mí y hacer
la misma pregunta otra vez.
—¿Estás bien? ¿Qué estás haciendo aquí?
Rhodes soltó mi pie suavemente, dejando la zapatilla mientras me
ayudaba a ponerme en pie. Mason se levantó con nosotros. Sus ojos nunca
dejaron los míos y me apoyé en Rhodes, poniendo peso en mi pie tan
lentamente como pude. Estaba bien, pero me dolía.
—Yo... entreno aquí. —Tragué saliva. No me sentía preparada
exactamente para que lo supiera, pero creo que no tenía otra opción.
—Oh —dijo simplemente. Esta vez sus ojos se movieron hacia Rhodes
y luego hacia mí antes de volver a hablar—. No sabía que entrenaras.
Me encogí de hombros.
—Es, uh, un nuevo pasatiempo.
Asintió.
—Genial. Bueno, no quiero interrumpir tu sesión ni nada. Iba a dejar
una bolsa de donaciones de mi madre para la recaudación de fondos este
fin de semana y te vi por la ventana. Quería saludarte.
Sonreí, aunque estaba tensa.
—Hola.
Se rio entre dientes, y por un momento sus ojos chocolate brillaron
como solían hacerlo cuando me miraba. Cuando era suya. Me calentó el
estómago y me hizo querer vomitar al mismo tiempo, disparando un dolor
demasiado familiar directamente hasta mi pecho.
—Fue agradable hablar contigo anoche. He extrañado eso, nuestras
llamadas telefónicas a altas horas de la noche. —Se movió—. ¿Es raro?
Sentía todos los músculos de mi cuerpo demasiado tensos, pero negué
con la cabeza.
—No. Lo entiendo.
Él sonrió, solo una pequeña curva en sus labios.
—¿Vas a la feria mañana?
Eché un vistazo a Rhodes. Seguía agarrándome el antebrazo y
equilibrándome, aunque casi había puesto todo mi peso en mi pie otra vez.
—Sí, Willow me ha arrastrado —dije, todavía mirando a Rhodes.
Cuando volví a mirar a Mason, su sonrisa era cálida.
—Genial. Bueno, te veré mañana, entonces. —Sus ojos se posaron en
Rhodes de nuevo y lo miró de arriba abajo lentamente, mordiéndose el labio
suavemente. Esperé a que extendiera una mano para sacudir la suya o al
menos presentarse, pero no hizo ninguna de las dos cosas.
No estaba segura de cómo Mason sobrevivía a la mirada de Rhode.
Después de un momento, asintió una vez más, y su sonrisa regresó
antes de que saliera del gimnasio y yo estuviera a solas con Rhodes otra vez.
—Gracias —le dije, liberándome de su agarre y moviendo el tobillo
antes de inclinarme para ponerme la zapatilla y recuperar las pesas otra
vez—. Estoy bien. ¿Quieres que haga otra serie?
Rhodes me miraba, con su rostro completamente vacío de emoción.
—No es un chico, ¿eh?
Tragué, y de repente sentí las pesas demasiado pesadas para
sostenerlas. Las volví a colocar en el estante y me volví para enfrentar a
Rhodes. No se había movido.
—Es mi ex.
—Sí, entendí eso después que dejaras caer una pesa sobre tu pie al
verlo.
Me sonrojé.
—Realmente no lo he visto mucho desde que sucedió todo. Me atrapó
desprevenida.
Se cruzó de brazos.
—Me dijiste que esto no iba de un hombre.
—No lo es —intenté decir, y se burló, dirigiéndose hacia el fondo de la
sala. Continué—: No lo es, lo juro. Esto es sobre mí. Sí, al principio, se
trataba de él. —Y sigue siendo así—. Pero también quiero esto por mí.
Se detuvo a mitad de camino y se giró para mirarme. Mis ojos se
encontraban al nivel de su pecho y tuve que forzar el cuello para mirarlo.
—¿Lo quieres recuperar?
Me mordí el labio inferior, insegura de cómo responder. Los ojos de
Rhodes cayeron adonde mis dientes se clavaban en la tierna piel y observé
cómo los músculos de su mandíbula se tensaban antes de encontrarse con
mi mirada otra vez.
—Es lo que pensé. Esto es sobre él.
—No se trata solo de él.
Tragó, pero no discutió. En cambio, suspiró, su pecho se desinfló y
dio un paso atrás para poner distancia entre nosotros.
—Está bien. En realidad, tiene sentido ahora.
—¿Qué?
Sacudió la cabeza.
—Nada. Te ayudaré a recuperar a tu novio, Natalie. —Señaló la
elíptica—. Termina con el ejercicio de cardio que hicimos el otro día. Los
intervalos. Haz treinta minutos. —Se sacó la toalla blanca del bolsillo y se
secó la frente antes de darse la vuelta.
—Espera —dije, intentando detenerlo, pero siguió caminando—.
¿Adónde vas?
—Tengo otro cliente que atender. Hemos terminado con las pesas hoy,
así que simplemente termina con el ejercicio cardiovascular y puedes irte.
Te veré el jueves.
No volvió a mirarme mientras decía las palabras. Simplemente las tiró
sobre el hombro y dejó que la puerta se cerrara detrás de sí mientras salía
del gimnasio. Me quedé allí un momento mirando fijamente la puerta por la
que había salido, como si fuera a abrirse de nuevo, pero no fue así.
Suspirando, me subí a la máquina elíptica y bebí un largo trago de mi botella
de agua antes de comenzar la sesión.
Rhodes me dijo que hiciera treinta minutos, pero hice una hora. Le
envié un mensaje de texto a Willow cuando terminé y le dije que iba a usar
la bañera de hidromasaje, pero que podía comenzar a dirigirse hacia aquí.
Acababa de terminar su semana improvisación de poesía en una cafetería,
que estaba a una media hora del club, así que funcionó a la perfección.
Me puse mi traje de baño de una pieza rápidamente y agarré una
toalla del vestuario antes de dirigirme a la piscina. La lluvia se había ido,
pero el pavimento seguía mojado mientras mis pies recorrían la pequeña
área del jardín hacia donde se escondían la piscina y la bañera de
hidromasaje. Había una luna llena y la luz de ella se reflejaba en el suave
azul del agua de la piscina, proyectando un brillo fresco sobre las blancas
sillas plegables alineadas a cada lado. Lancé mi bolsa y mi toalla a una silla
cerca del extremo poco profundo de la piscina justo cuando escuché una
risa ligera.
Siguiendo el sonido, miré hacia la bañera de hidromasaje al otro
extremo de la piscina y suspiré cuando noté que no se encontraba vacía.
Probablemente dos viejos y borrachos miembros del Club de Playa de Poxton
haciendo Dios sabe qué. Demasiado por vaporizar el dolor en mis músculos.
Agarré mi toalla y me envolví con ella nuevamente, aunque mis músculos
gritaron en desacuerdo. Sin embargo, no había forma que me fuera a unir a
cualquier fiesta de allí. Me puse la correa de mi bolsa del gimnasio sobre el
hombro pero, cuando giré para volver a entrar, eché un vistazo al jacuzzi.
Y me encontré con unos feroces ojos verdes.
Rhodes me estaba mirando con las cejas bajas, su boca reducida a
una línea recta. Una mujer mayor que no reconocí le besaba en el cuello.
Ella atrapó el lóbulo de su oreja con su boca y envolvió sus largas y cuidadas
uñas alrededor de su mandíbula, atrayéndolo hacia su contacto.
Tragué, pero no pude apartar la mirada. Rhodes me miró con
atención, pero su mirada era tan firme como la mía. Cuando la mano de la
mujer se sumergió debajo de la línea de flotación, se me hizo un nudo en el
estómago y sentí que algo ondulaba a través mí. ¿Náusea? ¿Celos? No estaba
segura, pero ya había tenido suficiente. Desviando la mirada, coloqué mi
toalla alrededor de mí con más fuerza y evité volver al interior, yendo
directamente hacia la entrada.
Pensé que tal vez vendría a buscarme. Pensé que tal vez me diría que
no me preocupara, que solo era una cliente, bla, bla, bla. Pero nunca vino.
Entonces me di cuenta, ¿por qué pensaría que lo haría? Rhodes no me debía
nada, y menos una explicación por tener las manos de una mujer dentro de
su bañador. Estaba tratando de descubrir por qué me molestaba tanto, pero
pasaron quince minutos con mi cabeza dando vueltas y sin respuestas.
Willow se detuvo en su Jeep rojo cereza y me sacó del hechizo.
—Ay, ay, ay —silbó cuando se detuvo—. No puedo creer que pueda
pasar toda la noche con esta bestia sexy. Y robé un poco de vino de la reserva
de mis padres. Oh, sí, esta noche habrá problemas. —Me guiñó un ojo y
arrojé mi bolsa en la parte trasera antes de sentarme a su lado y abrocharme
el cinturón de seguridad. Cuando no sonreí ni bromeé en respuesta frunció
el ceño, pero no me preguntó qué pasaba. Simplemente puso en marcha el
auto y subió el volumen de la radio.
Me pediría detalles cuando llegáramos a su casa. Lo sabía. Esto era
solo un alivio temporal. Y sabía que tendría que decirle lo que sentía. Tendría
que contarle lo que sucedía con Mason, con Rhodes.
El problema era que no estaba realmente segura de saberlo yo misma.
7
La feria que llegaba a Poxton Beach a fines de mayo no se parecía en
nada a la feria estatal que recorría Carolina del Sur cada octubre, pero era
un evento que atraía a todos los lugareños además de los turistas que
pasaban por allí. Estaba ambientada en torno al maíz, ya que se celebraba
justo en el medio de la temporada de cosecha y había concursos de comida,
exhibiciones de Future Farmers of America y paseos para una noche
prometedora de entretenimiento. Siempre me emocionaba por eso, pero
Willow prácticamente tuvo que arrastrarme de su casa esta vez.
—Prometo que nos divertiremos, Natalie —dijo por séptima vez
mientras nos dirigíamos a través del estacionamiento de tierra hasta la
entrada. Estaba luchando, tratando de equilibrarme y caminar con un poco
de gracia con los zapatos color nude de plataforma que me había obligado a
llevar—. Simplemente ignora a Mason y a Shay. Probablemente estarán
haciendo lo suyo, de todos modos.
—Eso espero.
Ella me miró, aplicándose otra capa de brillo de labios.
—Bien. —Suspiré—. Lo intentaré. Por ti y solo por ti, Lo. —Me detuve,
mirándome los pies mientras caminábamos—. Tienes razón, no tenemos
mucho más tiempo juntas. Quiero pasar un verano divertido contigo,
independientemente de ellos. En especial porque probablemente también
me dejarás antes de tiempo. Porque todos sabemos que vas a entrar al
programa avanzado.
Willow me envolvió con sus pequeños brazos y me dio un apretón.
—¡Te amo! Sin embargo, no me pongas triste ahora. Esta noche es
sobre divertirnos. —Sacó una botella brillante de color púrpura—. Y esa
diversión comienza ahora. —Me guiñó un ojo, tomó un trago y me lo pasó.
Sonriendo, acepté su oferta y tomé un trago. La última vez que salimos
cometí el error de rechazar el alcohol. Esta vez, no sería tan estúpida.
aceptaría cualquier cosa que adormeciera todos los sentimientos que
burbujeaban dentro de mí.
—Desearía que me hubieras dejado usar zapatillas de deporte —me
quejé—. Es una feria. Es en su mayoría suciedad y cemento sucio cubierto
de comida. ¿Por qué tenemos que arreglarnos tanto?
—Porque Mason va a estar aquí y, si quieres recuperarlo, tienes que
estar increíble cada vez que te vea. Cuanto más vea que te está yendo bien,
más rápido se dará cuenta de lo mucho que lo arruinó.
—No he cambiado —señalé cuando un conductor nos indicó que
pasáramos frente a su auto en el estacionamiento de grava—. Aún no. Sigo
siendo la misma chica que abandonó hace menos de tres semanas. Además,
me vio ayer cuando estoy bastante segura de que parecía una morsa
sudorosa.
Ella se rio, pero me detuvo justo antes de la entrada.
—Sí has cambiado, Natalie. Ya estás caminando con la barbilla más
alta y, créelo o no, puedo notar que has perdido peso. Especialmente en la
cara.
—Ni siquiera han pasado dos semanas, Willow.
—Bueno, entonces Rhodes debe hacer magia. —La miré y, aunque
traté de no hacerlo, me sonrojé. Rhodes definitivamente tenía algún tipo de
jugo de vudú—. Además, por lo que me dijiste ayer, Mason dijo que te echaba
de menos.
—Dijo que extraña nuestras llamadas.
—Exactamente. Lo que me recuerda que te llamó a la mitad de la
noche la noche anterior. No creo que recuperarlo sea tan difícil como
piensas. Especialmente después que te vea con este vestido. —Sonrió.
Me inquieté, cambiando el peso de un ya dolorido pie a otro. Cada vez
que oía el nombre de Mason, mi estómago se contraía. Pero no podría decir
si era por las mismas razones que antes.
—Amo a Mason, Lo. Tú lo sabes. Yo lo sé. Pero esto también se trata
de mí. Se trata de recuperarme. O más bien conseguir un nuevo yo. Un yo
que nunca existió. Un yo mejor.
Ella sonrió ante eso, entrelazando su brazo con el mío y guiándonos
para cruzar la entrada.
—Cada cambio que altera la vida proviene de una serie de enmiendas
pequeñas, aparentemente sin sentido. —Me guiñó el ojo mientras
escaneaban nuestros boletos, y negué con la cabeza. Mi mejor amiga era
una loca.
Pasamos junto a Dale y mi madre camino al lugar donde el grupo
había acordado encontrarse. Estaban juzgando la competencia de pan de
maíz, contra la voluntad de mi madre, estoy segura. Odiaba comer cualquier
tipo de carbohidratos, prefería beberlos. Willow y yo les deseamos suerte y
luego continuamos a través de la feria, dando tragos furtivos de la botella
que había empacado mientras caminábamos.
Realmente me encantaba el ambiente de la feria y, con cada paso que
daba, comencé a relajarme un poco. Podría haber sido el alcohol, o podrían
haber sido las luces brillantes, la música fuerte y pegajosa, la variedad de
aromas que flotaban a nuestro alrededor. Además de los pocos niños que
lloraban, todos se encontraban de buen humor en la feria; era difícil no
estarlo. Y, aunque seguía teniendo el estómago hecho nudos por todos los
pensamientos confusos girando en mi cabeza, hice todo lo posible para
alejarlos y centrarme en divertirme.
Cuando nos encontramos con el grupo junto al Himalaya, Mason y
Shay ya se encontraban con ellos. Shay puso los ojos en blanco cuando me
vio y, se echó su largo cabello castaño sobre el hombro antes de susurrar
algo al oído de una chica que no reconocí. Tenía el cabello rubio platino y
largas piernas bronceadas como las de Shay. Realmente parecían muñecas
Barbie.
Dustin me dio un abrazo cuando me vio y lo apreté en respuesta,
agradecida de tenerlo en mi vida sin importar lo que sucediera entre
nosotros y Mason.
—Oí que estabas entrenando en el club —dijo mientras retrocedía—.
Eso es genial.
Shay se burló.
—Una pérdida de dinero, si me preguntas. Ninguna cantidad de
entrenamientos puede compensar el peso en comida frita y dulces.
Mis mejillas se sonrojaron y sentí una punzada de dolor en la parte
posterior de mi estómago cuando Shay y su amiga se rieron. Miré a Mason,
esperando que la pusiera en su lugar, pero fue Dustin quien negó con la
cabeza.
—Basta, Shay. No es gracioso.
Ella se encogió de hombros, con los ojos clavados en sus uñas como
si las estuviera rellenando con rayos láser. Seguía sonriendo.
—Quizás no para ti.
En silencio le di las gracias a Dustin con una sonrisa suave y él solo
asintió, frunciendo el ceño en dirección a Shay.
Willow se perdió la interacción, se había escapado al baño cercano
pero, cuando regresó, pudo sentir la tensión. Mason parecía un poco
incómodo, pero aun así abrazó a Shay con fuerza mientras Willow los miraba
a los dos antes de volverse hacia mí.
—¿Qué pasó?
Suspiré, sin querer arruinar nuestra noche durante los primeros cinco
minutos.
—Nada. Vamos a subirnos a algo.
—¿A algo o a alguien? —Movió las cejas y le di un golpe en el brazo
juguetonamente antes dirigirnos con el resto del grupo para subirnos a una
atracción giratoria de alta velocidad, que estaba absolutamente segura de
que no podía ser segura. Willow me entregó la botella para terminarla
cuando ocupamos nuestro lugar en la fila; el brillo púrpura se pegó a mis
manos un poco cuando tomé el último sorbo. La metí en mi bolso justo
cuando Mason se acercaba a mi lado.
—Oye —dijo en voz baja, con sus ojos marrones cálidos a la luz de la
feria. Parecía que había estado bebiendo y, sin Shay de su brazo, casi se
parecía al viejo Mason. Cabello castaño revuelto y ralo en el viento del paseo,
con la misma sonrisa familiar en su rostro.
Me dolió el estómago.
—Hola. —Le devolví la sonrisa, pero no estaba segura de qué sentir.
Ayer fue agradable en el club, pero luego dejó que Shay dijera lo que dijo sin
siquiera una mirada de desaprobación. No podía entenderlo.
—Estás muy guapa esta noche. ¿Es un vestido nuevo?
Traté de luchar pero mis mejillas ardieron y asentí. Era un vestido
nuevo: un vestido crema hasta la rodilla con dibujo de una rosa color rosa
salpicado sobre él. Willow y yo habíamos ido de compras al centro comercial
ese día, y prácticamente enloqueció cuando vio la forma en que acentuaba
mi escote y hacía que mi cintura pareciera más pequeña de lo que realmente
era. Me dolió el corazón cuando me di cuenta de que Mason era el único en
mi vida que notaría algo como un vestido nuevo. Nadie más me prestaba
tanta atención.
—Bueno, me gusta. —Sonrió más ampliamente, metiendo las manos
en los bolsillos delanteros—. Entonces, ¿estás entrenando con Rhodes?
Me mordí el labio, debatiendo una respuesta. No quería que se
enterara de mi entrenamiento y, ahora que lo sabía, seguía sin estar segura
de lo que quería decirle sobre eso. ¿Creía que estaba haciendo esto por él?
No tuve la oportunidad de responder. Shay se colocó junto a Mason y
envolvió con sus brazos su cintura, acercándolo hasta que tuvo el brazo de
él alrededor de su hombro, con sus agudos ojos color avellana sobre mí como
si fuera un insecto que necesitaba ser asesinado.
—¿De qué le estás hablando, cariño? —Le hizo la pregunta a él, pero
su mirada seguía fija en mí.
Mason le sonrió y la besó en la frente. Una pequeña parte dentro de
mí se rompió en ese momento.
—Simplemente charlando. ¿Estás lista? —preguntó justo cuando la
línea se movió y tuvimos que meternos en el artilugio de la muerte. Ella soltó
una risita y lo tomó de la mano, guiándolo hacia adelante y arrojando otro
ceño fruncido en mi dirección. Cuando apartó la mirada, Mason me miró,
con una disculpa en los ojos.
Simplemente suspiré.
Independientemente de los intentos de Shay de arruinar la noche con
sus miradas furiosas y comentarios sarcásticos, la promesa de Willow fue
cierta. Nos lo pasamos bien. Fuimos de atracción en atracción y tomamos
fotos ridículas con mi cámara. Incluso tomé algunas fotos de Shay y Mason,
aunque casi me mató el hacerlo. Quizás Rhodes tuviera razón. Tal vez
realmente fuera muy amable.
Willow no fue la única que trajo una botella. Todos en el grupo las
pasaron toda la noche y, cuando se acabaron, encontramos a un local
ambulante que me conocía. Nos dio vasos de Coca Cola llenos de alcohol y
estuvimos más o menos cubiertos después de eso. Nadie cuestionó el vaso
rojo y, para las once, la mayoría de nosotros nos encontrábamos borrachos.
Había evitado comer toda la noche, tratando de mantenerme en el
plan de comidas que Rhodes había prescrito, pero los antojos se estaban
poniendo al día conmigo. Cuando la pandilla comenzó a dirigirse hacia la
rueda de la fortuna, le dije a Willow que tenía que orinar y me escabullí
hasta el baño para comer la barra de proteína que había empacado en mi
bolso. Era un poco raro comer en el baño, pero era mejor que hacerlo frente
a Shay. Solo podía imaginar los comentarios que me haría al verme
comiendo una barra de proteína.
Cuando terminé, me permití hacer pis, lo que siempre me hacía sentir
aún más intoxicada cuando volvía a levantarme. Los pensamientos sobre
Rhodes y la bañera de hidromasaje entraron lentamente mientras me lavaba
las manos, pero no tuve tiempo para pensar en ellos porque, mientras me
secaba las manos sobre una dura toalla de papel marrón, la puerta del baño
se abrió y Shay entró con su amiga.
Mi corazón se aceleró.
—Oh, hola, Natalie —tarareó dulcemente, pero bloqueó la salida y
supe que la dulzura estaba llena de veneno—. Qué bien encontrarte aquí.
—No quiero ningún problema contigo, Shay —dije, lanzando la toalla
de papel que había usado en el bote de basura—. Volvamos con los demás
y terminemos la noche. Ambas somos lo suficientemente maduras para
hacer eso, ¿verdad? —Incluso cuando las palabras salieron de mis labios,
me estremecí. No confiaba en mi capacidad para ser madura más que en la
suya.
Lanzó una risa áspera que parecía demasiado grande para su cuerpo.
—Oh, Natalie. Dulce e ingenua Natalie. ¿No lo entiendes? —Hizo una
pausa, con los labios apretados como si fuera una niña pobre a un lado de
la carretera y me estuviera ofreciendo un queso asado—. Ya no perteneces
aquí.
Sus palabras se estrellaron contra mí duramente, pero levanté la
barbilla. Estaba decidida a permanecer de pie. Pareció darse cuenta, así que
se acercó a mí, sus ojos al nivel de los míos. Eran muy amenazantes para
algo tan pequeño.
—No le importas a nadie, Natalie. ¿No puedes ver eso? —Señaló hacia
la puerta—. Todos en ese grupo te usan porque puedes conseguirles cosas.
Tu padrastro es dueño del pueblo y tienes privilegios. Eres útil. Pero a nadie
le importas. Tal vez a Willow, por razones que nunca entenderé, pero a nadie
más. Stephanie no se preocupa por ti, Dustin no se preocupa por ti, Mason
no lo hace y nunca lo hizo. Todos sienten pena por ti, Natalie. Eres la chica
gorda con mucho dinero a la que viene bien tener alrededor. Eso es todo lo
que eres. Y eso es todo lo que siempre serás para ellos.
Mi resolución se quebró y mis hombros se desplomaron, con las
lágrimas picándome en los ojos. Traté de parpadear, pero el líquido solo se
acumuló entre mis párpados, nublando mi visión.
—Ay, mira Tawnya. Está llorando. —Ambas se rieron y las empujé
para pasar, limpiándome la cara mientras lo hacía. Cuando salí el cálido y
espeso aire golpeó mi piel, con Mason a solo unos pasos de la puerta del
baño. Todos los demás se encontraban a varios metros de distancia, riendo
y mirando algo en el teléfono de Willow, pero Mason se hallaba demasiado
cerca para fingir que no sabía lo que acababa de pasar. Había escuchado
todo, lo sabía, así que esperé. Esperé a que me defendiera, que se pusiera
de mi lado, que pusiera a Shay en su lugar pero, cuando Shay salió detrás
de mí, sin dejar de reír, deslizó su mano en la de él y él la tomó.
Me desplomé cuando levanté los ojos de sus manos para mirar a
Mason, con la boca abierta. Todavía mostraba un atisbo disculpas en sus
ojos, pero ninguna palabra para apoyarlas. Fue entonces cuando me golpeó.
Ya no era mi Mason.
—¿Quién eres? —pregunté, y mi voz se rompió. Negué con la cabeza,
con las lágrimas todavía corriendo por mis calientes mejillas. Luego, antes
de avergonzarme aún más, me dirigí a través de mi grupo de amigos, o los
que siempre pensé que eran mis amigos, y corrí hasta el estacionamiento.
Willow me persiguió.
—¡Natalie! Natalie, ¿adónde vas?
—Me voy, Willow. No puedo hacer esto —grité detrás de mí, con la
mirada hacia adelante.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Qué pasó? Pensé que nos
estábamos divirtiendo —suplicó mientras me alcanzaba. Tenía una
expresión confusa y me desgarró pensar que tal vez la hubiera retenido
todos estos años. Era amiga de la perdedora gorda.
—Tú te estás divirtiendo —la corregí, girando para mirarla y
detenerme en seco—. Yo soy miserable. Lo he sido desde que llegamos aquí.
Shay simplemente me destrozó en el baño, y estaba enojada con ella al
principio, pero ahora casi quiero agradecerle —admití, y una breve risa
escapó de mis labios—. Porque tiene razón, Willow. No pertenezco aquí. Ni
a este grupo, ni a esta feria. —Hice un gesto a los paseos a nuestro
alrededor, con mi brazo cayendo a mi lado con una bofetada. Tomando mi
labio inferior entre los dientes, negué con la cabeza—. Ni a esta ciudad.
—Natalie. —Alargó la mano para tocarme, pero me encogí.
—Te llamaré mañana. Por favor, no me sigas.
Con eso, giré sobre mis talones y caminé tan rápido como pude con
los estúpidos zapatos que llevaba, alejándome del grupo. No estaba segura
de que habían escuchado lo que le dije a Willow. Parte de mí esperaba que
no, a una parte de mí no le importaba. Traté de mantenerme firme mientras
me abría paso entre la multitud pero, cuanto más lejos estaba, más parecía
que la cuerda que me ataba al suelo se trituraba hasta no ser nada. Me
costaba respirar, las lágrimas inundaron mis ojos y corrieron por mi cara, y
sentí un dolor como nada de lo que había experimentado pasar por mi
pecho.
No era nada. No encajaba.
Casi había llegado a la salida cuando paré en la cola de un puesto de
comida frita. Sabía que no debería, pero no pude contenerme. La comida
siempre era mi respuesta. Cuando me dolía, recurría a la comida. Y en ese
momento, no tuve fuerza para detenerme.
—¿Qué le gustaría, señorita? —Me preguntó el hombre cuando llegué
al frente de la fila. Tenía la piel oscura como el cuero y líneas en su rostro
que me dijeron que había trabajado toda su vida. Me miró con cautela y me
di cuenta de que probablemente tuviera manchas de maquillaje en todas
partes. Me mordí el labio, algo dentro de mí seguía tratando de luchar contra
lo que estaba a punto de hacer.
—¿Señorita? —preguntó de nuevo.
Me ahogué con un sollozo, sintiendo cómo me rompía de nuevo,
cuando unos cálidos brazos me envolvieron. Ni siquiera sabía a quién
pertenecían, aunque al mismo tiempo lo sentí, de alguna manera. Me
derrumbé, apoyando mi peso de nuevo contra su duro cuerpo, dejándolo
sostenerme.
—Ha cambiado de opinión. —Me volví para mirar los intensos ojos de
Rhodes y me empujó hacia sí, con su brazo apretado alrededor de mi
hombro. Algo cambió en ese momento: algo pequeño, casi demasiado
pequeño para reconocerlo. Era como si el mundo se hubiera apartado de su
camino solo un milímetro, pero sentí que sacudía todo dentro de mí.
—¿Señorita? —preguntó el hombre de nuevo. Parecía alarmado por la
forma en que Rhodes me miraba. No puedo decir que estuviera solo en ese
sentimiento.
Negué con la cabeza, apartando la mirada de Rhodes hacia él.
—Lo siento, estoy bien. No tan hambrienta como pensaba.
El hombre nos evaluó cuidadosamente, y luego negó con la cabeza.
—Que tengan una buena noche, amigos.
—Gracias —dije en voz baja cuando Rhodes me alejó del puesto y en
la dirección opuesta a la que había estado caminando. No dijo nada más,
pero fue entonces cuando me di cuenta de que me sostenía mi mano.
—¿Tienes hambre? —preguntó detrás de él mientras caminábamos—
. Se honesta.
—Sí.
Frunció el ceño cuando volvió a mirarme.
—Has estado llorando.
Tragué saliva, con la mirada fija en mis pies mientras forzaba una
débil sonrisa y me encogía de hombros. Él apretó el agarre en mi mano.
—Vamos. Te haré comida.
—Es casi medianoche.
—Entonces prepararé el desayuno.
Casi me reí, pero no pude encontrar la fuerza. Me empujaba hacia la
salida sur, el lado opuesto de donde había estado tratando de irme. Recé
para que no nos encontráramos con el grupo y, afortunadamente, no lo
hicimos. Me encontraba lejos de estar lista para enfrentarlos. No estaba
segura de poder volver a hacerlo nunca más.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté mientras caminábamos—. Pensé
que estabas ocupado.
Él tragó.
—Una de mis clientes quería encontrarse aquí. Iba en camino a
encontrarla cuando te vi.
Una extraña ola de náuseas pasó a través de mí.
—¿Por qué te encuentras con una cliente aquí?
Él no respondió, y las visiones de verlo en el jacuzzi la noche anterior
me golpearon una vez más. Quería preguntarle más al respecto, pero no
tenía la energía, así que lo dejé pasar. No era asunto mío, de todos modos,
lo había dejado claro el día anterior. Justo cuando llegamos a la puerta, un
gran cañón de confeti se desató, anunciando el espectáculo final de fuegos
artificiales. Pequeños pedazos de papel de colores comenzaron a llover sobre
nosotros y retiré mi mano de la de Rhodes antes de tomar mi cámara de mi
bolso.
Se volvió y me observó con atención mientras ajustaba la lente y el
foco, tomando diferentes tomas de la lluvia de papel.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó después de un momento.
Sonreí.
—Encontrar algo hermoso en el caos.
Rhodes no compartió mi sonrisa, pero tampoco me alejó. Se quedó ahí
y me dejó tomar fotos hasta que casi todos los trozos de papel hubieran
caído y el último fuego artificial explotó en el cielo. Cuando revisé las
imágenes en la pantalla, negué con la cabeza.
Hay algunos lugares en la vida, algunos pequeños momentos, que
nunca son tan bonitos en una imagen como en la vida real. No podía
capturar la profundidad con mi cámara, no la verdadera profundidad, de
todos modos; como la profundidad del cielo nocturno oscuro que rodeaba
cada bocado de colores del arcoíris mientras caía en la brillante luz de los
fuegos artificiales. No podía registrar la forma en que me sentí cuando ese
papel suave tocó la piel de mis mejillas manchadas de lágrimas. O la forma
en que sentí el pecho pesado cuando tomé cada foto, sabiendo que él me
estaba mirando. Fue un momento impresionante, congelado en el tiempo
por una fotografía sin importancia.
Pero viviría en mi memoria para siempre.
8
Fui en la parte trasera de la motocicleta de Rhodes a su casa, ya que
Willow nos llevó a la feria y no tenía el Rover. Era aterrador y estimulante y
yo era un completo desastre, así que todo se intensificó cuando el viento
azotó mi cabello que colgaba bajo mi casco. No tenía uno extra, ya que no
estaba exactamente contando con encontrarse conmigo, así que usé el suyo
y él fue sin uno, a pesar de que intenté pelear con él. Rhodes parecía
completamente a gusto con mis brazos envolviéndole la cintura, pero podía
sentir los abdominales cincelados que aún no había visto debajo de su
camisa y me dificultaba el respirar.
Cuando llegamos a su apartamento, él metió la motocicleta en su
vestíbulo, y encendió algunas luces antes de sumergirse en su dormitorio.
Permanecí de pie junto a la isla de la cocina un momento, mirando a mi
alrededor, preguntándome cómo había vuelto a su casa. Después de un
momento, mis pies me recordaron cuánto me odiaban con una punzada de
dolor y lentamente me quité los zapatos de plataforma. Moviendo los dedos
de los pies, gemí de alivio mientras me quitaba cada zapato y los dejaba caer
al suelo. Rhodes apareció nuevamente y me miró, sacudiendo la cabeza
mientras se dirigía directamente a la cocina y precalentaba el horno.
—¿Por qué diablos usaste esas cosas para la feria, de todos modos?
—Frunció el ceño, apoyándose contra la encimera y cruzándose de brazos
sobre el pecho. Iba vestido de manera más informal ahora que cuando me
recogió, con una camiseta de color gris jaspeado con Halterofilia de PBHS
escrito en la parte delantera y pantalones cortos de baloncesto negro y verde
oscuro. También llevaba una gorra plana, que nunca lo había visto usar.
Enmarcaba su rostro de una manera que de alguna manera hacía que su
definida mandíbula pareciera aún más fuerte: cuadrada, simétricamente
perfecta.
Cuando no respondí a su pregunta, el reconocimiento golpeó sus ojos
y él asintió.
—Ah. Lo entiendo. Los llevabas por tu ex, ¿verdad?
Me encogí de hombros
—Fue idea de Willow.
—Mmm —murmuró en voz baja. Me miraba con más cuidado que de
costumbre esa noche, con preguntas que no diría en voz alta escondidas
detrás de su mirada. El silencio de su apartamento nos envolvió mientras
sus ojos bajaban hasta el borde de mi vestido y volvían a mi boca. Quería
romper el silencio, preguntarle por qué me miraba así, pero se volvió
demasiado rápido y comenzó a tomar ingredientes de la nevera.
—¿Cuál es tu comida favorita, Bicho?
Arrugué la nariz.
—No sé, probablemente perritos fritos en palo. Y no me llames Bicho.
—¿Por qué? —preguntó, volviéndose para dejar caer una brazada de
comida y condimentos en el mostrador frente a mí—. Tus amigos te llaman
mosquito. Es lo mismo.
Solté una risita.
—Está lejos de ser lo mismo.
—Es similar —argumentó, señalando el tenedor que acababa de sacar
del cajón—. Y te hizo sonreír, así que puedes garantizar que lo diré de nuevo.
—Sus ojos brillaban, y no podía entenderlo por nada. Anoche, estaba
enojado conmigo y envuelto por una mujer mayor en el jacuzzi. No es que
no pueda ser amable conmigo y hacer lo mismo, pero aun así. Era diferente
entonces; enojado, distante. Ahora, sonreía y hacía bromas. Y cocinaba para
mí. De nuevo.
Dijo que solo éramos entrenador y cliente, pero esta era la segunda
vez que me invitaba a su casa. Y me trajo aquí porque había estado llorando
y quería ayudarme a no pensar en eso. Eso parecía algo que haría un amigo.
Iba a necesitar un quiropráctico para el cambio repentino.
Rhodes se puso a trabajar en todo lo que estaba haciendo y, en el
momento en el que empezó a oler, mi boca comenzó a salivar. Seguía un
poco mareada, lo que me hizo sentirme más hambrienta. Después de que
levantara rápidamente lo que parecían magdalenas y las metiera en el
horno, fijó el temporizador a diez minutos y nos trasladamos al sofá. Se
sentó en un extremo y yo en el otro, como si tuviera miedo de tocarlo a pesar
de que acababa de envolverme a su alrededor en el camino.
—¿Cómo están tus pies? —Hizo un gesto hacia donde yo estiraba los
dedos de los pies. Había marcas rojas de las correas dentadas a lo largo de
los puentes de mis dos pies, con los bordes de ellas marcados por la
suciedad.
Me encogí de hombros.
—Han estado mejor, eso seguro.
—Aquí —dijo, inclinándose hacia adelante y levantando mi pierna
derecha hasta su regazo. Lo retiré instintivamente.
—Agh, no, ni de broma. No me vas a tocar los pies, especialmente
después de andar en plataformas toda la noche.
Él se rio entre dientes, y reveló una sonrisa que no le había visto antes.
Era traviesa, curiosa e increíblemente sexy.
—Relájate, Bicho. He tratado con cosas mucho más sucias que tus
pies.
Sus ojos eléctricos brillaron ante ese comentario y sostuvo su sonrisa.
Vacilante, dejé que tomara mi pierna de nuevo. En el momento en que sus
manos fuertes comenzaron a trabajar las puntas de mis pies, me derretí
contra el sofá.
—Oh —gemí, retorciéndome bajo su toque. Se detuvo, pero solo un
segundo antes de continuar su lento asalto. Observé sus manos
cuidadosamente pero sentí sus ojos en mí, no en el trabajo que estaba
haciendo.
—Bebiste esta noche. —No era una pregunta, pero sentí que me
reprendían.
—Necesitaba beber, Rhodes.
Hizo una pausa, cambiando a mi pie izquierdo.
—Lo entiendo, pero el alcohol no te ayudará a alcanzar tu meta —dijo
con severidad—. No digo que nunca puedas beber, pero no debería ser a
menudo. Y, cuando lo hagas, intenta beber vodka y agua mineral bajos en
calorías. No sabe tan bien, pero sigue funcionando igual y no destruirá tu
nutrición durante el día.
Asentí.
—Entendido, jefe.
Él sonrió, pero la sonrisa torcida cayó tan rápido como había llegado.
—¿Por qué necesitabas beber esta noche? ¿Qué pasó?
Un dolor recorrió mi estómago y retraje pierna instintivamente.
Rhodes no intentó detenerme. Me dejó retroceder, levantando su tobillo
derecho para descansar sobre su rodilla izquierda mientras esperaba a que
le explicara.
—Bueno, la nueva novia de mi ex básicamente me dijo que a ninguno
de mis amigos le importo, ni nunca les he importado. Soy la "chica rica y
gorda" —me desahogué—. Sus palabras, no las mías. Aunque realmente no
puedo discutírselo.
Rhodes cerró las manos en puños, pero no dijo nada. Solo mantuvo
su mirada en la mía, esperando.
—Willow, mi mejor amiga, no la oyó decirlo, pero Mason lo hizo. Y no
hizo nada al respecto. —Mi estómago se tensó ante la admisión y sentí que
las lágrimas me picaban en los ojos otra vez, pero las sacudí—. Entonces
hui. Y solo quería sentirme bien, quería algo que me hiciera feliz, así que fui
a buscar comida. Como siempre. Aunque sabía que me arrepentiría. Y… —
Me detuve—. Bueno, ya sabes el resto.
Pareció masticar lo que acababa de decirle, con su mandíbula
flexionándose bajo su impecable piel. Estaba salpicada del más leve rastrojo,
que funcionaba con la sombra de su gorra para enmarcar su mandíbula
bajo la luz tenue.
—No deberías pasar el rato con personas que te tratan así, Natalie.
Me encogí de hombros, sacando las piernas de entre mis brazos y
poniéndolas debajo de mí.
—Mis amigos no son los que lo hacen. Es Shay.
—Pero, como dijiste, Mason no la detuvo. ¿Lo hizo alguien más?
No respondí.
—Exactamente. No dejes que estas personas te hagan sentir así,
Bicho. Ni ellos, ni nadie. Sé que parece que lo que piensan sobre ti importa
en este momento, pero no es así. —Se inclinó un poco más, tratando de que
lo mirara—. ¿Recuerdas lo que dije en el gimnasio después de que me
regañaras?
—¡Oye! No te regañé. Te grité. Y lo merecías.
Rhodes se rio, bajo y gutural.
—La cuestión es que te presiono porque creo en ti. Entonces, cuando
se te metan en la cabeza, solo piensa en eso. Quizás es hora de que tú
también creas en ti misma.
Podía oler el leve olor a menta en su aliento cuando golpeó mi piel,
provocando una oleada de escalofríos. No sabía qué más decir sobre mí, así
que le di la vuelta para centrarme en él.
—¿Era esa tu novia anoche?
Suspiró, echándose atrás y frotándose con las manos la cara justo
cuando el temporizador del horno sonó.
—No lo hagas, Natalie.
Fruncí el ceño cuando se movió del sofá a la cocina.
—¿Qué? ¿No puedo preguntar?
—No cuando sabes la respuesta.
Me mordí la mejilla, levantándome y moviéndome hasta el otro lado
de la isla de la cocina para verlo terminar la cena. O desayuno. Lo que fuera
que consideres que sea la comida después de medianoche.
—Pero es eso —lo corregí—. No lo sé. No del todo.
Rhodes retiró cuidadosamente la sartén del horno y la colocó encima
de la estufa.
—No es mi novia, Bicho. Ninguna lo es. Son mis clientas.
Negué con la cabeza, la palabra clienta envió un zumbido familiar pero
incómodo a través de mi pecho.
—¿Qué? ¿Pagaron por el paquete platino para obtener ese tipo de
tiempo extra? —me burlé—. Recuérdame cambiar mi membresía antes de
nuestra próxima sesión de entrenamiento. No quiero perderme las ventajas.
—Me encogí un poco ante mis palabras, sorprendida de que salieran de mi
boca
Rhodes estaba sirviéndonos la comida, pero mis palabras también lo
detuvieron, sus manos cayeron para agarrar con fuerza el mango del horno.
Vi como sus nudillos se ponían blancos y él bajó la cabeza, sacudiéndola
solo un poco. Casi hablé de nuevo cuando él silenció mi descaro con un
fuerte golpe de su mano sobre la encimera. La fuerza sacudió nuestros
platos y se dirigió hacia mí, fijando mis caderas en la encimera con las suyas
antes de que comprendiera lo que estaba sucediendo. Estaba enrojecido
contra mí, y deslizó sus manos en mi cabello como si fuera mi dueño.
—¿Es esto lo que quieres, Natalie? —Se lamió el labio inferior antes
de pasar sus dientes a través de la tierna carne. Lo miré fascinada, mi
aliento atrapado en mi garganta—. ¿Quieres que te bese en el jacuzzi? ¿Te
toque en el sauna? —Su voz era baja pero brusca, cada pregunta mezclada
con lujuria que nunca había experimentado antes. Flexionó sus caderas
hacia adelante y yo inhalé con rigidez—. ¿Qué te folle en la cinta?
No respondí. No podía respirar, y mucho menos formar palabras.
Rhodes se quedó allí un momento, su cuerpo ahora firmemente entre mis
piernas, sus manos aun agarrando mi cuello. Tragó saliva, sus fervientes
ojos cayeron a mis labios brevemente antes de soltar su agarre y retroceder.
Exhalé en el momento en que lo hizo, el oxígeno me encontró apurado.
Se sintió como mi primer aliento y el último, también.
—¿Qué pasaría si yo quisiera esas cosas? —murmuré,
sorprendiéndome a mí misma más que a él, estaba segura—. No importaría,
¿verdad? No soy lo suficientemente sexy. No soy lo suficientemente
delgada… —Mi voz se apagó—. No soy como ellas.
—¿Por qué no lo entiendes? —gruñó bruscamente, metiendo la mano
en el gabinete sobre la estufa antes de cerrarla de golpe otra vez. Entonces
se volvió hacia mí y sus ojos eran penetrantes, como la cuchilla más afilada
atravesando mi frágil defensa. De repente, y por primera vez en mi vida, me
sentí pequeña—. Tienes razón. No eres como mis otras clientas. ¿Ellas? —
Hizo un gesto en dirección a la puerta, su voz se elevó—. No tienen objetivos.
Son egoístas, codiciosas y tienen derecho. Se inscriben para las sesiones
conmigo, así tienen una excusa sólida cuando quieren escabullirse de sus
ricos esposos para venir a follarme. —Golpeó su mano contra el pecho
cuando se refirió a sí mismo y me estremecí por su honestidad. Rhodes tragó
saliva. Sabía que había tocado un nervio, pero siguió adelante.
»No soy una buena persona, ¿de acuerdo? Entreno y ando con otras
personas que son igual de mierda que yo. —Se acercó, sus palmas se
aplanaron en el mostrador frente a mí mientras sus ojos se nivelaban con
los míos—. Es por eso por lo que cuando entraste al gimnasio, no pude
entender por qué.
Respirar fue algo fugaz.
—¿Por qué? ¿Porque soy la única que es realmente gorda? —susurré.
Ciertamente tenía más sobrepeso que esas otras mujeres con las que lo
había visto. Esperé a que me regañara, o rodara sus ojos, o suspirara, pero
solo me miró. Él me estudió. Y luego, sus ojos se suavizaron.
—No lo estás, Natalie. Tú. —Hizo una pausa, levantando su gorra para
pasarse las manos por el cabello antes de volver a ponérsela—. Eres
ingrávida. El mundo aún no te ha tocado. No cargas con el peso del dolor,
la culpa y el egoísmo. —Negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior de
la misma manera que hizo que mi piel se calentara unos momentos antes—
. Eres ligera. Nunca pierdas eso. No dejes que el mundo te pese como a ellos.
—Se movió, mirando hacia otro lado—. Como a mí.
Dicho eso, se volvió hacia la cocina y terminó de preparar nuestra
cena, terminando de manera efectiva nuestra conversación mientras sus
palabras aún giraban en mi cabeza. Volvimos al sofá y nuevamente me
encontré abrazándome. Tenía muchas preguntas. ¿Qué lo había agobiado?
¿Por qué pensó que este era su único camino en la vida? ¿Con cuántas
mujeres se acostaba? ¿Le gustaba? Pero ya había terminado de hablar de
eso, lo sabía, así que volví a cambiar de tema.
—¿Nos hiciste magdalenas? —le pregunté cuando hizo clic en el
televisor.
—Son magdalenas de banderillas. Ochenta calorías cada una. —
Sonreí ante su consideración y él se encogió de hombros, la luz parpadeante
de la televisión bailando en su rostro—. Querías comida justa, así que te la
estoy dando. Solo modificado.
—Gracias, Rhodes. Por esta noche. Por... todo, realmente.
Él cambió de posición.
—No hice mucho.
—Es mucho para mí.
Noté que su manzana de Adán se sacudía en su garganta, pero él solo
asintió. Vimos el canal de deportes que él había puesto y comimos nuestro
bocadillo de medianoche en silencio. Fue delicioso y me costó mucho no
comer quinientas calorías por esas magdalenas de baja concentración. Me
aseguré de decirle al menos ocho veces antes de ir a su motocicleta. Eran
casi las dos de la madrugada, pero me sentía completamente despierta.
Condujo más despacio camino a mi casa que antes en el camino hacia
la suya. El aire de la noche era cálido, pero el viento era frío, y la luna era
lo suficientemente brillante como para iluminar nuestro camino sin su faro.
No sabía qué pensar de lo que había dicho antes o de lo que había hecho
por mí, así que traté de no pensar en ello, pero mi mente estaba corriendo
tan rápido como la motocicleta. Mi corazón latía rápido, mi boca estaba seca,
y sentí que me inclinaba más y más hacia un borde del que no estaba segura
de estar preparada para caerme.
Cuando llegamos a mi casa, apagó el motor y apoyó su motocicleta en
el soporte al final de la carretera. Mis padres no me esperaban hasta tarde,
aun así, ciertamente no esperaban que yo llegara en la parte trasera de una
motocicleta, así que lo detuve junto a nuestro buzón de ladrillo. Rhodes me
quitó el casco y se rio entre dientes mientras trataba de domar mi cabello.
Cuando suspiré y desistí, él mantuvo su sonrisa.
—¿Puedo preguntarte algo antes de que te vayas?
Se inclinó hacia atrás, medio sentado en su asiento de la motocicleta
y cruzando los brazos sobre mi casco. Sus ojos adquirieron una apariencia
completamente nueva a la luz de la luna. Eran más oscuros, pero el verde
todavía brillaba durante toda la noche.
—Tú y tus preguntas.
Me sonrojé, pero pregunté de todos modos.
—Tu hermana… —Se puso rígido, y casi no pregunté, pero no pude
contener las palabras—. Dijiste que era bonita. ¿Ella… nunca lo hicieron…
qué significa eso?
Su mandíbula se tensó.
—Ella está muerta.
Dos palabras. Él las dijo con tanta firmeza, como si no tuvieran el peso
que tenían. Sabía que probablemente debería haber dicho que lamentaba
su pérdida, pero Rhodes no me parecía alguien que quisiera escuchar eso.
No era personal, no era sincero, estaba mezclado con una mierda que no
quería alimentarlo. Entonces, hice otra pregunta.
—¿Qué pasó? —Negué con la cabeza—. Quiero decir, lo sé, más o
menos. Recuerdo cuando ella… cuando dijeron que había desaparecido.
Rhodes no me miraba. Miraba hacia el cielo, hacia la izquierda de la
carretera, hacia abajo, hacia sus zapatillas de deporte, pero nunca hacia mí.
—Ella simplemente desapareció. Condujimos a la escuela juntos, la vi
en el almuerzo, y luego otra vez justo antes de la práctica de levantamiento
de pesas, pero ella nunca llegó a casa esa noche.
Tragué saliva.
—¿Qué hay de tus padres? ¿Intentaron buscarla?
—No tengo padres, Bicho. Estábamos en un hogar.
Mi corazón se rompió. Todo estaba empezando a tener sentido.
—Sé que ella desapareció, pero ¿cómo sabes que está muerta?
¿Ellos... la encontraron? —Me sentí mal incluso preguntando, y no pude
agregar cuerpo al final de esa pregunta.
—Nunca la encontraron. —Respiró lentamente—. No estoy seguro de
que esté muerta, pero tengo que creer que lo está.
—¿Por qué?
Él se encogió de hombros, y sus ojos finalmente se encontraron con
los míos otra vez. Había un dolor que era indescriptible, un dolor que sabía
que nunca podría comprender del todo.
—Porque es mejor que la alternativa.
Mordí mis labios contra las lágrimas que amenazaban la parte
posterior de mis ojos. No tenía derecho a llorar.
—Lo siento, Rhodes —susurré.
—¿Has terminado con tus preguntas? —preguntó, poniéndose de pie.
Asentí. Sin decir una palabra más, se guardó el casco en la mochila que
llevaba y se puso el suyo, se subió en la motocicleta y la arrancó. Me miró a
través de la lente por un corto segundo antes de alejarse, dejando una ligera
nube de humo.
Me quedé inmóvil, regañándome por hacer preguntas, por arruinar la
noche. Él era lo único bueno con respecto a la mía, y yo acababa de
destrozar la suya. Suspiré, arrastrando mis pies adentro y arriba a mi
habitación, mi cabeza no giraba menos de lo que había hecho cuando me
desperté esa mañana.
Antes de dejarme ir a la cama, me di una ducha caliente y abrasadora.
Intenté quemarme la noche, las palabras que Shay me dirigió, las palabras
que Mason no dijo para corregirla, las palabras que deseaba recuperar y que
le había dicho a Rhodes. Imaginé que el agua las lavaba y las tiraba por el
desagüe, junto con todo el daño que habían causado.
Pero cuando sucumbí en mi cama y levanté las mantas por encima de
mi cabeza, aún las sentía sobre mí.
No soñé con Rhodes esa noche.
No dormí nada.
9
Tenía el estómago revuelto cuando me vestí para mi sesión de
entrenamiento al día siguiente. Estaba nerviosa de enfrentar a Rhodes
nuevamente después de lo que le pregunté sobre su hermana la noche
anterior. ¿Estaría enojado? ¿Herido? ¿Triste? ¿Alguna vez volvería a querer
hablar conmigo?
No ayudó que pudiera escuchar a mamá y Dale discutiendo por el
pasillo. Tragué saliva cuando la voz de Dale se hizo más fuerte mientras
empacaba lo último en mi bolsa de gimnasia. Cerré la cremallera, la arrojé
sobre mi hombro y salí apresuradamente de mi habitación y bajé las
escaleras, haciendo todo lo posible por no escuchar lo que se decía. Todo lo
que había recogido era que Dale había estado borracho la noche anterior,
que no era nada nuevo, y que mamá estaba enojada, de nuevo, no había
nada nuevo. No era que pelearan todo el tiempo, pero Dale solía meterse en
problemas cuando bebía. No estaba segura de lo que era, si se avergonzaba
a sí mismo o a mamá o ambos, pero siempre parecía haber una pequeña
riña después de que él tenía una noche de bebida.
Caminé por el pasillo hasta la cocina, donde pensé que sus voces casi
se habrían ahogado, sacando el plan de comidas que Rhodes desarrolló para
mí. La preparación de la comida todavía estaba lejos de mi pasatiempo
favorito, pero estaba mejorando.
—¿Quieres ayuda con eso? —preguntó Christina, envolviendo un
delantal alrededor de su cintura cuando entró en la cocina. Sonreí y asentí
con la cabeza, y en sus ojos suaves y almendrados, pude ver que los oía
pelear también.
Christina había estado cocinando para mí desde que podía recordar.
Ella era de Venezuela y su familia se mudó a Poxton Beach cuando era una
adolescente, huyendo de las condiciones peligrosas de su país de origen.
Tenía dos niños pequeños, Junior y Luis, y me trataba como a la hija que
nunca tuvo. Siempre recibía con agrado sus consejos, pero me encantaba
aún más cuando sabía que no quería hablar en absoluto. Ella y Moses eran
muy parecidos en ese aspecto.
Cortamos, cocinamos y preparamos durante los siguientes treinta
minutos, sin hablar realmente, pero tampoco nos sentimos incómodas en el
silencio. Eso fue, hasta que ya no hubo silencio.
—No me importa cómo lo llames, Dale. ¡Si no lo tienes bajo control,
vas a tener que despedirte de la mujer que lo ha dejado pasar por tanto
tiempo! —Mi madre bajó corriendo las escaleras y yo me quedé congelada
con dos contenedores Tupper-Ware llenos en mi mano, esperando para ir a
la nevera. Christina ya se había excusado, dejándome a enfrentarlo sola.
La cara de mamá estaba manchada de lágrimas con vetas de rímel
que le marcaban las mejillas como cicatrices. Cuando me vio, esnifó, sacudió
la cabeza y se rio.
—Hombres —dijo, limpiándose la nariz con un pañuelo en la mano—
. A veces son tontos, ¿no?
—Mamá… —Dejé caer los contenedores y me moví hacia ella. Llegaría
tarde si no me iba pronto, pero no me importó. Habían peleado antes, pero
nunca había visto a mi madre llorar así, nunca—. ¿Qué está pasando?
—No es nada cariño.
—Vamos, mamá. Está bien. Háblame.
Ella suspiró, sacudiendo la cabeza de nuevo y agarrando los
contenedores que había abandonado. Los colocó con cuidado en el
refrigerador y luego se volvió para mirarme, apoyándose contra el
mostrador.
—Estoy bien. Todo estará bien.
Solo la miré, tratando de descifrar si ella estaba mintiendo. Me hizo
un gesto para que me fuera.
—Lo prometo. Estamos teniendo una discusión. Se dará cuenta de
que estoy en lo cierto y vendrá. Él siempre lo hace. —Sonrió—. ¿Te diriges a
ver a tu entrenador?
Asentí, dejándola cambiar de tema, y su sonrisa se amplió. Mamá
realmente nunca me hablaba sobre los problemas de su relación, lo cual
tenía sentido, ya que ella era mi madre. Aun así, también éramos mejores
amigas, y odiaba no saber qué la hacía llorar.
Se levantó del mostrador y me metió un mechón detrás de la oreja.
—Realmente está haciendo un gran trabajo, Natalie. Puedo decirlo.
Me encogí de hombros, de repente sintiéndome rara bajo sus ojos
vigilantes. Estaba preocupada por su pelea con Dale, pero todavía no había
olvidado su conversación por teléfono que había escuchado. Al fin me estaba
viendo convertir en la hija de la que podía estar orgullosa. Solo deseé que
no fuera porque estaba perdiendo peso.
—¡Oh! —Aplaudió— ¡Vamos de compras después de tu sesión!
Apuesto a que necesitas ropa de entrenamiento nueva. Invita a Willow. ¡Será
divertido!
—Mamá… —gruñí—. No quiero comprar ropa para gorda.
—Oh, para —regañó, chasqueando la lengua—. No deberías llevar
camisetas viejas de la escuela secundaria al club y podría usar el tiempo de
chicas. ¿Por favor?
Suspiré, no entusiasmada con la idea de ir de compras, pero también
sabía que la terapia minorista era su favorita. Esta era la forma en que
mamá me decía que me necesitaba.
—Bueno. Llamaré a Willow.
Necesitaba llamarla de todos modos. Había prendido mi teléfono toda
la noche y la mañana tratando de disculparse por lo de anoche.
—¡Perfecto! —Mamá corrió hacia las escaleras—. Voy a ducharme y
vestirme. Para el momento en que entrenes, regreses, te bañes y te prepares,
ya casi habré terminado.
Me reí de eso.
—Probablemente podría comer y tomar una siesta de antemano,
también.
Ella soltó una risita, pero no lo negó, antes de trotar por las escaleras.
Al menos, parecía mejor que cuando bajó por ellas. Tomaba mucho para
derribar a mi madre por más de unos minutos. Después del infierno al que
mi papá la sometió cuando era más joven, no había mucho que la
desconcertara. Sin embargo, cuando me contó historias sobre ella antes de
Dale, siempre fue tan difícil para mí imaginarlo. Para mí, ella siempre había
sido una mujer rica, elegante y refinada. Era difícil imaginar la versión pobre
y áspera de ella.
De hecho, realmente no sabía mucho sobre ese momento en su vida.
Mi papá la dejó cuando yo nací, ni siquiera me dejó ni una nota. Conoció a
Dale dos años después y solo un año después se casaron. Él había estado
toda mi vida. Dale era mi padre, en lo que a mí respecta. Aun así, mi abuela
a menudo me contaba cómo Dale sacó lo mejor de mi madre y la salvó de
un momento realmente oscuro en su vida. Supongo que de alguna manera,
Dale también me salvó.
Me sacudí la sensación de la casa mientras me dirigía al Rover. No
diría que estaba necesariamente emocionada de ir al gimnasio, pero
tampoco temía. Estaba nerviosa de ver a Rhodes, pero ansiosa por entrenar.
Había muchas cosas en las que quería dejar de pensar y, a diferencia de mi
madre, las compras no ayudarían. Pero, ejercitarse podría.
En mi camino al club, llamé a Willow. Ella respondió en el primer
timbre.
—Está bien, he decidido que no puedes odiarme. Porque eres mi mejor
amiga, Nat, y si me odias, mi vida caerá en una espiral descendente el verano
previo a la universidad y nunca volveré de ella. No entraré en el programa
de admisión temprana, probablemente fallaré en la universidad en mi
primer año por depresión, y luego viviré el resto de mi vida tratando de ser
una feriante en la feria de Poxton Beach y preguntándome en dónde me
equivoqué esa fatídica noche hace años.
Willow estaba sin aliento cuando terminó de contar su historia y no
pude evitar reírme.
—Lo, no estoy enojada contigo.
—Oh, Dios mío —dijo, exhalando un largo suspiro—. Me he estado
volviendo loca toda la noche. Lo siento mucho. Pasara lo que pasara, lo
siento mucho. No debería haberte obligado a salir con todos. No sé lo que
está pasando con Mason y su chica, pero lamento haberte presionado. No
tenemos que pasar el rato con nadie más el resto del verano. Solo tú y yo.
Lo prometo. Lo siento mucho.
—Lo —la interrumpí—. Está bien. Lo prometo. Estoy bien.
—¿Qué pasó?
Suspirando, le di la versión resumen en los cinco minutos que me
quedaban antes de entrar al club. Maldijo todo el tiempo y juró estrangular
a Shay la próxima vez que la viera, lo que me hizo reír más.
—¿Así que solo fuiste a casa? ¿Llamaste a Dale? ¿O tu madre?
Dudé.
—Um...
Willow esperó un momento antes de volver a hablar.
—¿Qué? ¿Qué es?
—Bueno, no te asustes, pero puede que haya ido a casa con Rhodes.
—Oh. Dios mío. —Pronunció la primera palabra con un golpe y luego
las dos restantes—. Cállate.
Me encogí.
—Bueno, él como que me encontró. Y...
Willow chilló, ahogando mi explicación.
—Necesito detalles. Ahora. Todos ellos.
Esta vez me reí.
—Vas a tener que esperar. Estoy yendo al club para mi sesión de
entrenamiento. Pero —comencé justo cuando ella comenzó a gimotear—, mi
madre quiere ir de compras esta tarde. ¿Vienes con nosotras?
—Cómo si tuvieras que preguntar. Llámame cuando estés en camino.
Y será mejor que tenga cada detalle contigo haciéndome esperar así.
Con eso, Willow terminó la llamada y arrojé mi teléfono a mi bolsa de
gimnasia y entré corriendo al gimnasio. Cuando entré por las puertas dobles
de cristal y vi a Rhodes corriendo en la cinta, con el sudor cayendo por su
cara y empapando la parte superior de su camiseta, los nervios que sentía
antes se apresuraron a regresar con toda su fuerza. Sus ojos se levantaron
tan pronto como entré y él apagó a la máquina, limpiándose con una
pequeña toalla blanca mientras se dirigía hacia mí.
—Llegas tarde.
—Lo siento —murmuré—. Mis padres estaban... bueno, no importa.
Estoy aquí.
Asintió, y esperé a que me atacara. Sobre anoche, sobre llegar tarde,
cualquier cosa para que terminara con todo antes de que comenzáramos.
Pero, sorprendentemente, no lo hizo.
—¿Sabes cómo controlar tu ritmo cardíaco?
Arrugué mi nariz.
—Quiero decir, lo veo cuando estoy en la cinta o el Stairmaster.
—¿Pero sabes cómo controlarlo sin una máquina?
Negué con la cabeza.
—Está bien —comenzó, acercándose a mí—. ¿Recuerdas cómo te digo
que mantengas tu frecuencia cardíaca hasta por lo menos ciento sesenta
latidos por minuto cuando estamos haciendo ejercicios de caminadora? —
Asentí—. Eso es porque a ese ritmo, estás en la zona de cardio duro. Si
tienes entre uno cuarenta y sesenta, estás en cardio. Uno veinte a uno
cuarenta, quema grasa. Algo más de un ochenta es el máximo esfuerzo y
cualquier cosa menos de uno veinte es calentamiento.
Lo estaba mirando como si acabara de decirme que tengo una brecha
en el muslo.
Él se rio entre dientes.
—Te conseguiré un gráfico. Pero, el punto que estoy tratando de hacer
es que deberías ser capaz de hacerlo por tu cuenta, sin una máquina.
Siempre debes controlar su ritmo cardíaco para saber en qué zona te
encuentras, independientemente de si estás ejercitando afuera o en una
cinta de correr.
—Bien, entonces, ¿cómo hago eso?
Rhodes tomó mi muñeca y se me contrajo el estómago, pero no lo dejé
ver. Girando mi brazo para que mi palma mirara hacia arriba, presionó dos
dedos en mi piel en el lado del pulgar de mi muñeca.
—Usando dos dedos, empuja con fuerza entre el hueso y el tendón
sobre la arteria radial, justo aquí. Luego, cuenta cuántos latidos sientes en
quince segundos y multiplícalos por cuatro para obtener tu ritmo cardíaco.
—¿Puedes sentir mi corazón ahora mismo?
Sus ojos se alzaron hacia los míos y la más leve sonrisa se curvó en
sus labios.
—Sí. Sí, puedo sentir tu corazón. —Por un momento, se quedó
mirándome así, pero luego se aclaró la garganta y dejó caer mi muñeca—.
Puedes comprobarlo también en tu cuello, pero me gusta la forma de la
muñeca. Inténtalo.
Lo hice, y me avergoncé de lo rápido que latía mi corazón mientras
estábamos parados allí. Sabía que él también lo había sentido, lo que solo
profundizó esa vergüenza aún más.
—¿Lo tienes?
Asentí.
—Sí, eso creo.
—Bueno. No quiero que tengas que depender de la máquina. —Hizo
una pausa, luego sacó algo de su bolsillo—. Dicho eso, te conseguí algo.
Abrió su mano y reveló una pequeña caja blanca con un reloj
representado en el paquete. Era algo voluminoso, pero era rosado y
femenino al mismo tiempo.
—¿Qué es?
—Es muchas cosas. Es un monitor de ritmo cardíaco, un reloj y un
sistema de GPS. Puede registrar cuánto corres cuando corres afuera. Es
resistente al agua, por lo que incluso si está lloviendo, todavía puedes
usarlo. Y tiene una función de memo de voz para que puedas grabar cómo
te sientes en ciertos momentos durante tu entrenamiento. Puedes hacer un
seguimiento de tus entrenamientos todos los días y observar los datos que
comparan la cantidad de calorías que quemaste durante las semanas y
meses y cuál fue tu frecuencia cardíaca promedio. Y hasta puedes alternar
un ajuste para que te entrene mientras entrenas. —Se encogió de hombros—
. Es como un mini yo en tu muñeca.
Sonreí, pero mi estómago quedó atrapado en una ola, sumergiéndose
y subiendo una y otra vez. Rhodes me estaba dando un regalo, y no tenía
idea de cómo reaccionar.
—Vaya.
Se movió sobre los talones, encogiéndose de hombros mientras
pasaba su mano libre a través de su cabello húmedo.
—Sí, quiero decir que es algo que me gusta darle a mis clientas para
que me ayuden. —Me lo arrojó rápidamente—. Adelante, póntelo y te
mostraré cómo funciona.
Hice lo que me dijo, pero no pude evitar la decepción que sentí cuando
me di cuenta de que no era solo algo que él había hecho por mí. Pero, ¿por
qué estaba decepcionada? Era el entrenador, dando un regalo relacionado
con el entrenamiento a la persona que estaba entrenando. Tenía sentido que
lo hiciera por todas.
Estaba muy molesta con mis emociones.
Una vez que habíamos jugado con eso y descubrimos cómo
funcionaba, comenzamos el programa de entrenamiento del día. No
hablábamos mucho, pero eso era principalmente porque apenas podía
respirar, y mucho menos hablar. Rhodes fue un poco más duro conmigo
todos los días, pero lo más loco fue que estaba empezando a ser capaz de
manejarlo. De hecho, casi quería que él me presionara más. La adrenalina,
la avalancha de endorfinas, el dolor en mis músculos, todo me encantaba.
¿Quién era yo?
—Mañana es nuestro último entrenamiento antes de tu segundo
pesaje el domingo —me dijo, arrojándome mi botella de agua cuando
terminamos la última ronda de pesas—. Voy a hacer una de mis sesiones
más avanzadas contigo, si estás preparada.
Asentí, aunque en mi cabeza estaba tratando de descubrir cómo
podría ser más intenso de lo que ya era.
—Adelante.
Casi sonrió, pero abrió la boca y se mordió el interior de la mejilla,
mirándome divertido.
—Vas a desear tanto no haber dicho eso. Trae tu reloj. No puedo
esperar para ver cuántas calorías explotamos. —Me guiñó un ojo antes de
girar hacia las duchas y dejé escapar un largo y lento suspiro tembloroso.
Estaba aliviada. No habló de la noche anterior, no me ignoró ni me
atacó, y en todo caso incluso iría tan lejos como para decir que era amable
conmigo. No sabía qué pensar del reloj, pero decidí no pensar en ello. Tenía
dos chicas esperándome para desatar sus bestias internas de compras y no
quería que esperaran.
Recogiendo mi bolso rápidamente, me dirigí al automóvil. Al salir, pasé
junto a varias mujeres, dos de las cuales sabía que eran clientes de Rhodes.
Tragué saliva cuando pasé junto a ellas, sus palabras de la anoche
resonaron en mi oído.
No soy una buena persona, ¿de acuerdo? Entreno y ando con otras
personas que son tan malas como yo.
Una de las mujeres, una pelirroja alta y de ojos azules, me miró
cautelosamente al pasar, casi como si no perteneciera allí. Y supongo que
de alguna manera, no lo hacía. Realmente no pertenezco a ningún lado. Pero
estaba tratando de descubrir quién era exactamente, porque necesitaba
saber eso antes de poder encontrar en dónde ubicarme. Entonces, levanté
mi barbilla y paseé junto a ellos sin acobardarme.
Una sonrisa se unió a mis labios cuando me di cuenta de que ninguna
de las dos con los que sabía que Rhodes se había entrenado usaba relojes
como el mío. Algo me dijo que Rhodes había mentido.
Pero por una vez, estaba bien con eso.
10
Willow me hizo desvelar todos los detalles cuando fuimos de compras
esa noche, y por supuesto ella analizó todo en exceso, esa era su
especialidad después de todo. Estaba convencida de que Rhodes estaba
interesado en mí, que era lo más ridículo que había escuchado. Cuando
volvió la conversación hacia Mason, la ira me invadió.
Todo el verano había estado trabajando para recuperarlo, pero esa
noche en la feria cuando se había negado a defenderme, me di cuenta de
que ni siquiera conocía al tipo por el que estaba luchando. Entonces, cambié
de posición. ¿Todavía quería que me viera cuando bajara de peso y me viera
increíble? Sí. Pero ahora, no se trataba tanto de recuperarlo como de
demostrarle que podía hacer lo que quisiera, tanto si creía en mí como si no.
Willow me apoyó.
Al día siguiente, Rhodes cumplió su promesa, asesinándome por
completo en el gimnasio. Pero valió la pena cuando me pesó el domingo.
Había perdido otros tres kilos, lo que significaba que ya había bajado ocho
kilos en solo dos semanas.
Fue difícil para mí entender esto. Solo habían pasado dos semanas,
pero parecían años. Ya podía sentir que mi cuerpo cambiaba, pero al mismo
tiempo me costaba creer que ya podría haber perdido casi nueve kilos. Pero
el número en la escala no mentía.
Pasó otra semana y sentí que comenzaba a caer en una rutina. Comer
bien comenzaba a ser menos tarea y más instinto. Todavía anhelaba los
dulces y la comida rápida preparada con sodio, por supuesto, pero era más
fácil luchar contra esos antojos cuando sabía lo duro que tenía que trabajar
para obtener la misma cantidad de calorías de esa barra de chocolate en mi
reloj.
El reloj se había convertido en una obsesión para mí. Me encantaba
ver como mi ritmo cardíaco incrementaba cuando estaba trabajando duro y
el número de “calorías quemadas” ascendía junto con él. Rhodes me regañó
cuando acabé la batería en los primeros días. Accidentalmente dejé
encendida la función de memoria de voz después de haber notado cuánto
más fácil estaba respirando durante una carrera y eso acabó la duración de
la batería. Pero, estaba aprendiéndole el truco, y fue de lejos el mejor regalo
que me habían dado en años.
Rhodes y yo no habíamos vuelto a salir desde esa noche, pero entrenar
con él se estaba volviendo divertido. Él era diferente conmigo ahora,
mostrándome un lado más suave. No era un pequeño gatito maullando de
ninguna manera, pero tampoco era el pitbull al que me había acostumbrado.
Me hablaba más y escuchaba mis inquietudes, ayudándome a ver la línea
de meta cuando no podía. Ya no estaba cocinando para mí ni me esperaba
fuera del gimnasio, pero estábamos cayendo en una zona cómoda.
Entrenador y cliente. Jedi y Padawan.
Por otro lado, Mason me había enviado más de diez mensajes de texto
desde la noche de la feria. Los textos iban desde las disculpas hasta
simplemente preguntar cómo estaba o recordarme las bromas privadas que
teníamos. Todavía tenía que responderle, pero no lo había hecho porque no
estaba segura de qué decir. O pensar, realmente. Mientras mi cuerpo estaba
progresando, mi mente parecía caer más y más en un confuso pozo de
sentimientos. Quería descifrarlos, pero me concentré en entrenar y comer
bien. Pensamientos y sentimientos podrían esperar.
El problema era que cuando Mason me enviaba un texto, todavía
sentía ese mismo tirón hacia él que siempre sentía. Sabía que mis
prioridades habían cambiado y que el cambio de estilo lo estaba haciendo
por mí, pero no podía imaginar si Mason también era parte de mi deseo de
entrenar más duro. Mentiría si dijera que no había momentos en los que
quería recuperarlo, y una parte de mí esperaba que también pensara lo
mismo de mí. Aun así, anhelaba el viejo Mason, el que no estaba segura si
todavía existía. Quería nuestras cómodas noches de citas, nuestras noches
locas con nuestros amigos, la forma en que me sonreía de reojo cuando me
metía debajo de su brazo. Lo extrañaba.
Cuando no estaba entrenando o saliendo con Willow, seguía viendo
Perdidos, y estaba en la mitad de la cuarta temporada el sábado por la noche
antes de mi tercer pesaje cuando Willow me llamó con noticias para las que
no estaba preparada.
—Entré.
Dijo las palabras con una mezcla de entusiasmo y precaución, y me
tomó un momento darme cuenta de lo que significaba esa palabra. Se refería
al programa universitario avanzado. Cuando la noticia se asentó, me levanté
del sofá donde estaba descansando y me puse el teléfono en la oreja derecha.
—¡Dios mío, Willow! ¡Felicidades! —Tragué saliva, apagando la
televisión por completo—. Estoy tan feliz por ti.
Y lo estaba. Realmente lo estaba. Pero al mismo tiempo, era egoísta.
Willow era la única amiga que tenía en Poxton Beach, la única verdadera
amiga de todos modos, y con todo el drama que estaba pasando con Mason
y Shay, no quería que se fuera. Sabía que eso me convertía en una amiga
malvada, pero no pude evitarlo. La necesitaba.
Willow dejó escapar un suspiro.
—Oh Dios, estoy tan feliz de que estés feliz. Estaba nerviosa de
llamarte.
—¿Por qué?
—Porque si... —Su voz se apagó—. Sé que tienes mucho que hacer
ahora mismo. No quiero que pienses que te estoy abandonando.
Alcanzando mi bálsamo labial en forma de huevo sobre la mesa de
café, lo pasé por mis labios para comprarme un minuto antes de exhalar un
largo suspiro.
—¿Estás bromeando, Lo? Tú eres mi mejor amiga. Y esta es una
noticia sorprendente. ¿Puedo ir para celebrar?
—Mis padres me invitaron a cenar, en realidad —respondió.
—Ah. Bueno, eso está bien. ¿Puedo pasarme mañana?
—Bueno... —Algo en mis entrañas me dijo que no me gustaría lo que
Willow iba a decir a continuación—. No voy a estar aquí mañana. Quieren
que vaya a mi orientación el lunes y mamá quiere ir mañana para hacer el
recorrido.
Mi estómago se hundió junto con mis hombros.
—Ah. Bien. Bueno, nos reuniremos cuando regreses. ¿Cuándo te vas
al programa?
Escuché a Willow tragar.
—En tres semanas.
—¿Tres semanas? —repetí en un tono agudo que no sabía que mi voz
fuera capaz de hacer. Aclarándome la garganta, traté de calmarme—. Eso
es muy pronto.
—Lo sé.
Estuvimos en silencio por un momento, y supe que estaba haciendo
que su logro pareciera algo por lo que debería estar triste. Lo cual era
dramático e inmaduro, y yo estaba tratando de ser mejor en ambos, así que
forcé una sonrisa.
—Bueno, tenemos muchas compras por hacer en tres semanas si
vamos a prepararte para la universidad.
Willow gritó.
—Oh, Dios mío, Nat. ¡Entré! ¡Voy al programa avanzado de la
Universidad Estatal de los Apalaches!
Las dos gritamos juntas y sentí una oleada de orgullo por mi mejor
amiga. No quería que se fuera, pero estaba orgullosa de ella. Se merecía todo
el éxito que sabía que lograría.
Simplemente no estaba segura de dónde encajaría yo en sus nuevos
planes.
O cuáles serían mis planes.
—Tengo que irme, acabamos de llegar al restaurante. ¡Te amo!
—También te amo, Lo.
Cuando colgamos, miré el teléfono que tenía en la mano, el pesado
silencio de la casa vacía me puso la piel de gallina. Mamá y Dale estaban
fuera de la ciudad durante la semana viajando por negocios y para visitar
algunos amigos de la familia. Aparte de Christina, toda nuestra otra ayuda
tenía libre la semana también. Estaba sola, y la única persona a la que
llamaría para consolarme era quien actualmente estaba causándome dolor.
No tenía derecho a molestarme porque Willow se estaba yendo, eso lo
sabía. Aun así, fuera ese el caso o no, sentía que una parte de mí estaba
siendo arrancada. Willow había sido mi mejor amiga desde que éramos
pequeñas. Nunca pasábamos más de una semana sin vernos. Se suponía
que íbamos a ir a la universidad juntas, siempre estuvo en nuestros planes.
Pero ella iba a la universidad y yo me estaba quedando en Poxton Beach.
No tenía idea de cómo manejar eso.
Peor aún, era mi culpa que me estuviera quedando. Podría haberme
unido a Willow un par de meses más tarde en el otoño, pero ni siquiera
había mirado cuánto era la tarifa de solicitud para la estatal de los
Apalaches, y mucho menos había aplicado. Porque al final del día, todavía
no sabía lo que quería hacer. Estaba perdida. Estaba inactiva. Y el mundo
seguía girando sin mí.
No era que no hubiera pensado en mis opciones, porque lo había
hecho. La verdad es que la mayor parte de mí realmente quería ir a una
escuela de arte, si es que iba a estudiar algo. Pero admitirme eso a mí misma
no era ni remotamente tan difícil como decirle a mamá y a Dale. Me querían
en la Estatal de los Apalaches. Con mi mejor amiga yendo allí, no debería
haber sido tan importante para mí no ir, pero lo era. No quería ser como
todos los demás en Poxton Beach. De hecho, quería salir de la ciudad por
completo.
El impacto de esa admisión me golpeó en el pecho y exhalé un largo
suspiro.
Pasé por mis contactos, aterrizando en el número de Mason y
mirándolo. Mi pulgar se cernió sobre el ícono de llamar, mi aliento
agitándose mientras trataba de averiguar qué hacer. Necesitaba salir de la
casa, necesitaba estar con alguien, pero sabía que Mason no era ese alguien.
Podría llamar a Christina, pero ella estaba con sus hijos, y no quería alejarla
cuando por fin estaba teniendo un momento de calidad con ellos ahora que
mamá y Dale no estaban.
Mi rodilla rebotaba mientras pensaba mucho sobre a quién llamar.
Rhodes apareció en mi mente de la nada y sacudí la cabeza, pero luego me
detuve. Tal vez él podría ayudar. De alguna manera me salvó de mis
pensamientos después de esa noche en la feria, y estábamos bromeando
más. Él no era Willow, de ninguna manera, pero se preocupaba por mí.
¿Verdad?
Antes de que pudiera pensarlo demasiado, marqué su número.
—Oye, ¿todo está bien? —respondió después de cinco tonos, y pude
decir por su voz entrecortada que estaba ocupado.
Cuando no contesté de inmediato, amortiguó el teléfono con la palma
de su mano, pero aún podía oírlo hablar con alguien a través de este. Mi
garganta se sentía espesa con algo que no podía tragar mientras mi mente
se aceleraba, preguntándome quién estaba allí con él. Cuando el teléfono se
aclaró, volvió a hablar.
—¿Qué pasa?
—¿Puedo ir?
Hizo una pausa.
—Eh, realmente no es un buen momento. ¿Pasó algo? ¿Estás herida?
—Por favor, Rhodes. —Odiaba la forma en que sonaba mi voz a medida
que le suplicaba—. Realmente no tengo a nadie más a quien llamar ahora
mismo. Mis padres están fuera de la ciudad y Willow... bueno, ella no está
disponible. Es una larga historia, pero realmente necesito aclarar mi mente
ahora mismo. Sal a correr conmigo o cocina para mí o algo así, cualquier
cosa. Solo necesito... tengo que hacer algo.
Rhodes exhaló un largo aliento mezclado con palabras de maldición y
yo caminaba mientras esperaba a que él respondiera.
—Bueno. Dame treinta.
Colgó antes de que pudiera responder, pero exhalé, sintiendo una
especie de esperanza inexplicable de que él tuviera la llave para hacerme
sentir mejor. Entonces me di cuenta de que Rhodes a menudo me daba
esperanzas que nadie más podría, y ese reconocimiento me asustó.
Me vestí con ropa de entrenamiento, puse mi cabello en un moño
antes de empacar una bolsa con ropa extra por si acaso hacíamos algo
después. No sabía por qué esperaba que Rhodes quisiera pasar la noche del
sábado conmigo, y supongo que eso no era realmente lo que estaba
preguntando. Solo necesitaba pasar el rato, salir de mis pensamientos y
entrar en mi cuerpo por un tiempo. Rhodes era realmente un profesional en
ignorarme y no hablar, que era más de lo que necesitaba en ese momento.
Tal vez por eso fue que le llamé, simplemente tenía sentido.
Salí de mi casa antes de lo necesario, sobre todo porque ya no podía
soportar estar sola allí. No podía creer que estaba tomando la noticia de que
Willow se iba tan duro. No era como si pensara que ella no entraría en el
programa. Aun así, el éxito de sus noticias se estrelló en mis ya temblorosas
emociones y me encontré dando vueltas. Necesitaba algo para conectarme.
Acercándome al complejo de apartamentos de Rhodes diez minutos
antes de lo que me había pedido, intenté pasar el tiempo jugando en mi
teléfono en la camioneta. Imágenes de Mason y Shay junto con mensajes de
felicitación a Willow inundaron mis redes sociales y arrojé mi teléfono al
asiento del pasajero, dejando escapar un suspiro de frustración.
Golpeé los dedos en el volante, me puse otra capa de protector labial,
limpié mis Ray Bans con el extremo de mi camiseta antes de volver a
colocarlas en su caja. Introduje un chicle y lo mastiqué por un minuto antes
de escupirlo por la ventana. Ni siquiera habían pasado sesenta segundos.
Sabía que estaba con alguien cuando llamé, pero seguramente ya
había tenido tiempo de volver a casa, ¿no? No vi su motocicleta, pero de
nuevo no la vi porque la estacionaba adentro. Suspirando, dejé de intentar
esperar.
—Al diablo.
Agarré mi bolso y salté de la camioneta, cerrándola detrás de mí.
Cuanto más cerca estaba del apartamento de Rhodes, más me consumían
los nervios familiares que mi cuerpo asociaba con su proximidad. Siempre
me ponía ansiosa y no tenía idea de por qué.
Cuando llegué a la puerta de entrada, levanté la mano para golpear,
pero se abrió de par en par antes de que mis nudillos pudieran tocar el
exterior azul claro. Rhodes estaba parado en la entrada, pero él no estaba
solo. Una mujer tetona con el cabello oscuro corto a la barbilla y un
bronceado falso estaba envuelta alrededor de él, con los labios duros sobre
los suyos. Ella se estaba riendo, pero se sobresaltó cuando Rhodes arrancó
su boca de la de ella para mirarme.
—Mierda.
Salí de mi trance y dejé que mis ojos cayeran al suelo.
—Ay, lo siento.
—Todo está bien, cariño —dijo la mujer, su mano suave tocando mi
brazo mientras se excusaba del apartamento de Rhodes—. Acabamos de
terminar. —Le guiñó un ojo y mi estómago se sacudió, mis mejillas ardían—
. Nos vemos en el club el lunes, semental.
Con eso, se balanceó por el pasillo, intoxicada por un subidón que
estaba segura solo Rhodes podía proporcionar. Ella ni siquiera tenía sus
zapatos puestos. Iba caminando descalza, con sus tacones altos
enganchados en dos finos dedos sobre su hombro.
Rhodes y yo la miramos hasta que desapareció de nuestra vista.
Levanté los ojos para encontrarme con los suyos otra vez, pero él ya me
había dado la espalda, dejando la puerta abierta detrás de él.
—¿Quién era esa? —pregunté, siguiéndolo. Cerré la puerta y arrojé mi
bolsa al piso.
—Una cliente.
—Sí claro.
Niveló sus ojos con los míos.
—No vuelvas esto sobre mí. Te dije treinta minutos. Han pasado
veinticinco.
—Bueno, por lo menos tienes tus tiempos claros —me burlé.
—¿Por qué estás aquí?
Su pregunta noqueó la arrogante sonrisa de mi rostro.
—Willow entró al programa de admisión temprana. Se va en tres
semanas.
Rhodes no suavizó su mirada ni ofreció una disculpa. Simplemente
asintió, volviéndose hacia su habitación.
—Déjame cambiarme y podremos correr.
Y correr fue lo que hicimos. No hablamos todo el tiempo, salvo por
cosas al azar que gritaba en mi reloj, como que el primer kilómetro que
corrimos fue el kilómetro más rápido hasta el momento. Rhodes me guio a
través del sendero que se alineaba por la parte trasera de su complejo de
apartamentos, mostrándome un lado de Poxton Beach que nunca había
visto antes. Pasamos corriendo junto a unas pocas colonias de personas sin
hogar, sus ojos sombríos recelaban de nosotros como lo hicimos nosotros
de ellos. Tragué saliva, corriendo más rápido para estar cerca de Rhodes.
No estaba segura de lo lejos que corrimos, pero estuvimos fuera al
menos durante una hora antes de volver a su lugar. Ninguno de los dos dijo
una palabra mientras nos turnamos para ducharnos, y supe que realmente
era a él a quién más necesitaba en ese momento. Ya me sentía mejor sobre
Willow, la carrera ayudó a resolver mis pensamientos, y Rhodes no me pidió
que hablara si no quería.
Aun así, después de nuestras duchas, me senté en uno de los
taburetes de la barra de la cocina con el cabello recogido en un moño
húmedo y desordenado y observé mientras calentaba el horno, sintiendo
finalmente que tal vez quería hablar. Incluso si fuera solo un poco.
Esperé mientras que Rhodes comenzó a tirar ingredientes y utensilios
de cocina al mostrador, preguntándome si tal vez me pediría que hablara,
pero nunca lo hizo. Eso era parte de su atractivo, lo que yo ya sabía, por lo
que la pelota estaba en mi cancha si quería hablar. Por un rato, solo lo vi
cocinar en silencio. De vez en cuando me miraba a los ojos, pero luego su
atención se centraba en la comida. Parecía estar pensando en algo, también.
Incluso mientras corríamos, pude sentir algo de emoción saliendo de él
también.
—Ella es mi mejor amiga —comencé mientras cortaba un mango—.
Siempre hemos sido ella y yo. Teníamos nuestro grupo de amigos y todos
amamos a Willow, pero al final del día, siempre fuimos las dos. Se suponía
que íbamos a ir a la universidad juntas. Queremos tener casas una al lado
de la otra. Ese siempre fue el plan. Casarse, tener hijos... —Me detuve—.
Sueno tan estúpida, ¿no?
Rhodes se encogió de hombros.
—Vas a extrañarla. No hay nada de estúpido en eso.
—Pero no tendría que extrañarla si fuera con ella.
—Entonces, ¿por qué no vas?
Suspiré.
—No quiero hacer lo que hacen los demás en esta ciudad. Ir a la
Estatal de los Apalaches, viajar por un tiempo y luego regresar aquí. Es
como el ciclo de vida por aquí.
—Claro —dijo Rhodes con sarcasmo, el cuchillo en su mano golpeando
contra la tabla de cortar—. Suena horrible.
—Oh, como si quisieras estar aquí más que yo.
—Algunos de nosotros no tenemos otra opción. —Me miró con ojos
duros. Volcando el mango en un tazón junto con los tomates cortados en
cubitos, continuó—. Además, la Estatal no es la única universidad que
existe. ¿Qué te impide ir a otro lugar?
—Mi familia.
Mezcló algunas especias, pero no me miró cuando respondió.
—No es la vida de tu familia la que estás viviendo. Es la tuya.
Sopesé eso, quedándome en silencio. Él tenía un punto. No estaba
segura de qué era exactamente lo que me impedía tomar decisiones sobre
mi futuro. Parte de mí quería ir a la Universidad Estatal de los Apalaches.
Tenían un gran programa de fotografía y Willow estaría allí. Pero, de nuevo,
también lo haría Mason. Podría irme a otro lado, como una escuela de arte
de elite donde realmente aprendería más sobre fotografía, pero Dale pelearía
conmigo y no era una batalla que quisiera enfrentar. Me sorprendió que
incluso me dejara pasar la excusa de tomarme un tiempo libre para no
presentarme en la Estatal de los Apalaches justo después del examen
calificador. Tal vez ni siquiera era sobre la universidad. Tal vez era por lo
que sentía hacia mí misma, la sensación que intentaba cambiar al entrenar
con Rhodes.
Estaba perdida. Estaba frustrada. Y aunque sabía en mi cabeza que
tenía el poder de cambiarlo, aún me sentía tan impotente.
Suspiré, sorbiendo el agua que Rhodes me había servido. No tenía
derecho a molestarme porque Willow se fuera. Podría extrañarla, pero no
podía sentir mucho más que eso. Ella estaba siguiendo sus sueños y no
podía culparla por eso solo porque yo no sabía los míos.
Mirando a Rhodes trabajar, me pregunté quién era la mujer de antes
y qué habían hecho. Era estúpido preguntarse en realidad, porque la
implicación era bastante clara, pero no podía entender por qué hacía lo que
hacía. Era joven, atractivo, inteligente, podía tener a cualquier chica que
quisiera. ¿Por qué eran las amas de casa estiradas las que podían vivir entre
sus sábanas? ¿Era la única forma en que podía mantener su trabajo? ¿Por
qué no solo trabajaba en otro lado, si ese era el caso?
Seguí el borde de mi vaso con la yema del dedo, con los ojos patinando.
—Tú sabes que puedes presentar demandas de acoso sexual contra
los miembros del club. No pueden obligarte a hacer el entrenamiento extra...
Rhodes se burló.
—No seas ingenua.
—¿Escoges hacerlo, entonces?
—Sí —espetó—. Elijo hacerlo. Y deja de rodear la palabra. Las follo,
Natalie. Duro. Largo. Y hasta que gritan como solían hacerlo cuando tenían
veintitantos años.
Traté de tragar, pero no encontré humedad para ayudar en el proceso.
El ceño fruncido de Rhodes era intimidante, pero lo vi temblar levemente. Y
fue entonces cuando me golpeó.
Estaba avergonzado.
Había una razón por la que me pidió que apareciera después de que
esa mujer se hubiera ido. No le gustaba esta parte de sí mismo, lo que
provocó mi siguiente pregunta.
—¿Por qué?
—Porque no todos nosotros tenemos un papi rico. —Cerró de golpe el
refrigerador con esas palabras, levantando la tapa de una botella de cerveza.
—Eso no es justo.
—No me hables de lo que es justo —dijo, llevándose la botella a los
labios. Después de algunos sorbos, la colocó sobre el mostrador y extendió
sus palmas, de frente a mí—. Mi hermana gemela desapareció cuando
estaba en el último año de secundaria y tan pronto como me gradué, mis
padres adoptivos me echaron. El dinero se detuvo, ¿verdad? Entonces, ¿por
qué querrían quedarse conmigo? —Negó con la cabeza—. Me alegré de irme,
Natalie. Porque estar en las calles sin una idea de qué hacer con mi vida era
mejor que ser golpeado por mi padre adoptivo alcohólico todas las noches.
Mi garganta estaba tan apretada, tan seca. Quería decir algo, pero no
tenía idea de qué.
—Pero lo hice por mi cuenta. No fue fácil, pero aprendí muy rápido
que ganar lo suficiente para vivir significa no siempre hacer lo que quieres
hacer. Viví en las calles durante meses antes de darme cuenta del tipo de
trabajo que podía hacer para ganar dinero real. Primero fueron las drogas,
y luego se convirtió en… otras cosas.
—¿Te pagan? —pregunté suavemente.
—Por supuesto que jodidamente me pagan. —Se apartó del
mostrador—. Y no mierditas, tampoco. Saco más de una sesión con ellas
que un mes entero de trabajo en el club. Lanzan cientos como restos de
comida. —Dio otro largo trago a su cerveza, sus ojos salvajes. Era como si
quisiera evitar hablar, pero estaba en un punto en donde no podía—. ¿Crees
que puedo pagar un apartamento por mi cuenta con los veinte dólares por
sesión de capacitación que los clientes me pagan? ¿Crees que podría pagarle
al investigador privado que ha estado buscando a mi hermana durante los
últimos tres años con los cheques de pago del maldito club de campo? —No
estaba gritando, pero sentí que la ira se derramaba de él—. Follo a tristes
mujeres ricas para pagar mis cuentas. Soy una puta mierda. ¿Es eso lo que
querías escuchar, Natalie?
Se movió de la cocina a la sala de estar y se dejó caer en el sofá, drenó
el resto de su cerveza antes de golpear la botella sobre la mesa de café. Salté,
pero él solo se quedó mirando sus manos entrelazadas, sus codos sobre sus
rodillas y su cabeza hacia abajo.
Cautelosamente, me acerqué para sentarme a su lado. Había algo
acerca de la tortura en sus ojos y la tensión de su mandíbula que me hizo
querer fotografiarlo. Sus bordes eran tan duros, pero en momentos así podía
ver su suavidad. Casi alcanzo mi cámara, pero lo pensé mejor.
—Lo siento, Rhodes —susurré mientras me hundía en el cojín del sofá
junto a él.
Rhodes se encogió, sacudiendo la cabeza.
—No.
Me mordí el labio. Sabía que decir lo siento no lo haría sentir mejor.
No solo estaba enojado, estaba avergonzado, y era mi culpa.
—¿Pagas un investigador? —pregunté y él asintió, su cabeza todavía
en sus manos. Tragué—. ¿Ha encontrado algo?
—Todavía no —respondió bruscamente—. Pero tengo que creer que
algún día lo hará. O creer que ella está muerta. Alterno entre ambas
diariamente.
Mis ojos patinaban sobre su piel mientras respiraba constantemente,
tratando de calmarse. Observé cómo se elevaba y caía su pecho, observé
como los músculos de su espalda se tensaban y estiraban contra la fina tela
de su camiseta cortada. Creo que debería haber estado asqueada con su
confesión sobre las mujeres del club, pero solo me encontré anhelando
quitarle el dolor con el que se relacionaban sus palabras. Sabía lo que era
sentirse avergonzado, no sentirse lo suficientemente bueno.
Antes de que supiera lo que estaba haciendo, mis dedos se
extendieron, tocando la suave piel de su antebrazo. Se puso rígido mientras
los deslizaba más abajo, envolviéndolos alrededor de su muñeca. Levantó la
cabeza para mirarme e incliné su muñeca hacia el techo, mi corazón latía
fuertemente en mis oídos. Era la primera vez que era lo suficientemente
valiente como para tocarlo.
—Lo siento —susurré de nuevo. La nariz de Rhodes se ensanchó, sus
ojos se cerraron con fuerza. Yo estaba temblando, insegura de los
movimientos que mi cuerpo estaba haciendo con tanta confianza sin mí,
pero Rhodes estaba completamente quieto. Con cuidado, mis dedos
encontraron el interior de su muñeca y apreté con fuerza—. Puedo sentir tu
corazón también, Rhodes. Eres más de lo que crees que tienes que ser.
Su frente se arrugó como si mis palabras le hubieran causado dolor y
sus ojos conectados con los míos, quedándose allí por un momento,
estudiándome, pidiéndome algo antes de que cayeran aún más lentamente
que antes para descansar en mis labios. Se me hizo un nudo en el estómago
cuando su respiración se hizo más fuerte y la mía también, como si
estuviéramos respirando en un fuego, llenando nuestros pulmones de
humo, muriendo de hambre por oxígeno. Fue la primera vez que me lo
admití a mí misma.
Quería que Rhodes me besara.
Esperé, las puntas de mis dedos todavía presionadas dentro de su
muñeca. Se inclinó hacia adelante, solo una fracción, apenas lo suficiente
para que yo lo notara, pero lo suficiente como para hacer que nuestros
corazones latieran más rápido. Lo sentí a través de la vena en su muñeca y
la mía golpeando fuerte en mis oídos. Cuando me lamí los labios, Rhodes
volvió a cerrar los ojos y dejó escapar un suspiro de frustración por la nariz.
Su áspera mano se arrastró por mis brazos y se enganchó alrededor de mi
mano en su muñeca, agarrándola por solo un momento antes de apartarla.
—Deberíamos comer.
Dejó caer mi brazo al sofá y se levantó, dirigiéndose a la cocina. Me
senté allí, mi aliento aún tembloroso, mis labios separados. Una ola de
vergüenza se estrelló sobre mí, fuerte y despiadada.
Intenté besar a Rhodes, y él me rechazó.
Crucé los brazos sobre mi pecho y luché contra cualquier emoción que
estuviera surgiendo en mí, pero ya era demasiado tarde. Con las mejillas
calientes, salí disparada del sofá y agarré rápidamente mi bolso del suelo.
—En realidad, no tengo hambre.
—Natalie —comenzó Rhodes, pero ni siquiera volteé a reconocerlo. La
puerta se cerró de golpe detrás de mí, y no estaba segura si fue intencional
o no, pero no me detuve a contemplarlo. No paré en absoluto hasta que
estuve en mi automóvil y a mitad de camino.
Los neumáticos de la camioneta chirriaron cuando entré en el
estacionamiento de una gasolinera, detuve el auto y dejé caer la cabeza
sobre el volante.
Pensé que sabía lo que era avergonzarme, sentirme como una niña
ingenua, pero nada comparado con lo que sentía mientras trataba de
mantenerme en ese estacionamiento. Cerré los ojos con fuerza, los abrí,
intenté con todo lo que me quedaba respirar normalmente bajo la ola. Pero
no pude luchar más. Me estaba rindiendo. Estaba dejando que me hundiera.
Y fue en ese momento cuando me di cuenta de que Rhodes era como
un rayo. Blanco y eléctrico, pero fugaz y peligroso. Hermoso de ver, pero
peligroso de tocar.
Pero ya era demasiado tarde para las señales de advertencia.
Me había golpeado.
11
Rhodes canceló nuestro entrenamiento al día siguiente y yo entrené
con una entrenadora que solo había visto en el club unas cuantas veces. Su
nombre era Sophia y tenía una hermosa piel bronceada y el cuerpo más
compacto que jamás había visto. Perdí otro kilo, y aunque debería haber
estado feliz por ello, no pude encontrar en mí nada más que decepción.
Porque tan avergonzada como estaba la noche anterior, todavía quería que
Rhodes estuviera allí para el pesaje. Como habían pasado tres semanas,
Sophia también tomó mis medidas, por primera vez desde que comencé a
entrenar. Estaba más delgada en cada área, y oficialmente, era una talla
doce.
Ni siquiera festejé con una sonrisa.
Sophia me entrenó durante una hora después del pesaje, pero su
sesión fue un paseo en comparación con la de Rhodes. Cuando volvió a
cancelar el lunes, ni siquiera fui al club. Corrí por mi vecindario, en cambio.
Dos veces. Corrí y corrí hasta que mis piernas quedaron entumecidas y mi
reloj alcanzó cuatro dígitos, luego colapsé en mi camino de entrada, mirando
el azul cielo de Carolina. Al hacer clic en el botón de grabación de mi reloj,
decidí hablar, incluso si no era para una persona real.
—Mis músculos duelen hoy, pero ni la mitad de malo que mi corazón
—comencé, pero luego sacudí la cabeza, dándome cuenta de lo estúpido que
era. No necesitaba impresionar el reloj con mis palabras. Entonces, comencé
a hablar libremente—. No sé lo que está pasando en mi cabeza. —Suspiré—
. No puedo dejar de pensar en Mason. Sé que está con Shay, pero no verlos
juntos ha hecho que sea más fácil pretender que tal vez no es así. Quiero
creer que todo lo que estoy haciendo para cambiar mi vida es completamente
para mí, pero luego pienso en él y en ella y yo solo... —Mi voz se desvaneció
y vi como una suave nube blanca flotaba lentamente frente al sol,
otorgándome un alivio temporal de sus rayos—. Él era mi mejor amigo. No
sé cómo lo perdí a él y a Willow, a ambos. —Tragué saliva. Decir las palabras
en voz alta me asustó y, por primera vez, me pregunté si realmente quería
estar con Mason o si simplemente no quería estar sola.
»Y luego está Rhodes. —Solo decir su nombre envió una punzada
familiar a través de mi pecho—. No sé qué decir de él. —Dejé que el reloj no
grabara nada más que mi respiración por un momento—. Me pone tan
enojada, como si lo forzara a ser mi amigo. Pero la verdad es que entre todo
esto sé que ese no era el caso. Él fue quien me hizo sentir de esa manera,
porque me invitó a pasar. Y él me dio consejos. Y me hizo creer que se
preocupaba por mí. —Suspiré—. No lo sé. Él solo me hace sentir que tal vez
tengo la habilidad de ser alguien que solo soñé que podría ser. Me hace
sentir poderosa, fuerte y, a veces... hermosa. —Parpadeé, sabiendo que
estaba a punto de admitirlo en voz alta por primera vez—. Y quería que él
me besara.
Una punzada me dio una patada en el estómago y me senté derecha,
terminando la grabación de voz en mi reloj. Tenía un dolor de cabeza por
intentar resolver todo. Hablar de eso no ayudó como pensé que haría. Tal
vez fue porque estaba hablando solo conmigo en lugar de alguien que
pudiera ofrecer una resolución.
Suspirando, levanté lentamente mi cuerpo dolorido del cemento del
camino de entrada y caminé hacia la casa, marcando a Willow como lo haría
normalmente. Ella no respondió y recordé que todavía estaba en orientación.
Y mamá y Dale todavía estaban fuera de la ciudad.
Me sentía tan sola y vacía como la casa en la que vivía.

***

Rhodes finalmente apareció para nuestra sesión de entrenamiento el


martes por la tarde. Estaba empapado en sudor cuando llegué al gimnasio
y tuve la sensación de que ya había estado allí durante horas. Sus ojos
ardientes atraparon los míos tan pronto como entré y mis piernas se
debilitaron instantáneamente. No estaba segura de que fuera por mi carrera
el día anterior o las emociones conflictivas que corrían por su rostro, pero
sentí que me caería de rodillas en cualquier momento. Cuando de alguna
manera logré llegar a él, dejé caer mi bolsa de deporte al suelo.
Rhodes no dijo nada al principio. Se secó el sudor del rostro con una
pequeña toalla blanca y se la metió en la parte trasera de los pantalones
cortos, frunciendo el ceño mientras sus ojos se posaban en mi cuerpo. Juré
que cada parte de mi piel se encendió mientras sus ojos se posaban sobre
mí.
—¿Ropa nueva?
Me reí, poniendo los ojos en blanco y cruzando los brazos con fuerza
sobre mi pecho.
—¿De verdad? ¿Eso es lo primero que vas a decirme? —Rhodes tenía
una manera de sacar a alguien de dentro de mí que nunca había existido
antes. Era audaz con él, descaradamente atrevida. Se sentía extraño e
increíble al mismo tiempo.
Rhodes tragó saliva.
—Tenemos que entrenar, Natalie. He estado fuera por dos días.
—¿Oh, ahora soy Natalie? ¿Ya no soy Bicho? Y tienes razón. —Señalé
su pecho—. Has estado fuera por dos días. ¿Por qué? ¿No apareciste el
sábado por la noche? —Era como un violento vómito que no podía controlar.
Rhodes me confundía, y no podía entender por qué permití que me hiciera
sentir avergonzada y triste en un momento, pero luego enojada al siguiente.
Antes de volver a verlo en el gimnasio, sentí que me había juntado. Pensé
que cuando finalmente lo viera, estaría bien. Pero la verdad es que quería
gritarle, sacarle una reacción, cualquier reacción.
En vez de eso, simplemente se sentó allí, luciendo tranquilo y recogido
y completamente inafectado por mi posición.
—Tenía algunas cosas de las que encargarme. —Señaló con la cabeza
hacia la cinta junto a él—. Sube y sube la inclinación hasta cuatro, velocidad
dos. Vamos a calentarte.
—¿Entonces volveremos a ti siendo solo mi entrenador? ¿Es eso lo que
es?
Rhodes dejó escapar un suspiro de frustración y saltó de la cinta,
aterrizando con fuerza frente a mí. Sus ojos se nivelaron con los míos bajo
un ceño fruncido.
—Solo soy tu entrenador. Ahora puedes subirte a la maldita cinta y
calentar o puedes marcharte. De cualquier manera, me pagan. La elección
es tuya. —Me sacó la botella de agua vacía de las manos y caminó hacia la
fuente de agua, llenándola junto con la suya.
Fruncí mis labios, pero decidí no discutir más. Una vez más, me sentí
un poco avergonzada por mis acciones. Me hizo sentir como una amiga... tal
vez incluso algo más. Pero ahora insistía en que solo era mi entrenador y yo
su cliente, ni más, ni menos. Negué con la cabeza, tratando de aclararlo.
Necesitaba entrenar después de estar lejos de él durante dos días y más que
eso, quería entrenar. Quería calcular cada gramo de ira, dolor y tristeza que
tenía dentro de mí. Y en ese momento, tuve suficiente para trabajar durante
horas.
Así que lo hicimos.
Cada vez que Rhodes intentaba finalizar la sesión de entrenamiento,
le pedía más. Estaba agotada, vomité, mis piernas y brazos tenían
calambres, pero no me detuve. Cada gota de sudor parecía tomar un
pequeño gramo de mi frustración mientras rodaba por la punta de mi nariz.
Cuando trabajaba mi cuerpo, mi mente estaba en silencio, y eso es
exactamente lo que quería.
Finalmente, después de apenas cuatro horas, Rhodes me llamó.
—Tienes que parar, Natalie. Necesitas descansar. Ir a la ducha y
cambiarte.
—Voy a ir a la piscina —dije en voz baja, limpiándome el sudor del
rostro y buscando mi bolso. La mano de Rhodes salió disparada y atrapó mi
muñeca.
—Lo digo en serio. Has terminado por el día.
—No quiero parar —dije en voz alta, poniéndome de pie tan alto como
podía para mirarlo a los ojos—. Tengo muchas cosas en la cabeza ahora y el
único momento en el que no pienso en todo eso es cuando estoy aquí.
Las cejas de Rhodes cayeron sobre sus ojos y soltó su agarre.
—Bien. Pero, al menos, vayamos al sauna. No tienes que ir a casa y
será bueno para tus músculos. ¿Trato?
Asentí, agarré mi bolso y me dirigí al vestuario. Después de
cambiarme rápidamente a una sola pieza, me uní a Rhodes en la sauna.
Pero cuando abrí la puerta y el calor me golpeó apresuradamente, todavía
estaba congelada en su lugar.
Rhodes era el único que estaba dentro y yo titubeé al verlo.
Cada centímetro de su cuerpo estaba cubierto de una fina capa de
sudor, haciendo que su piel brillara en la suave y cálida luz de la sauna.
Sus ojos brillantes contrastaban con la oscuridad y la única ropa que llevaba
era una toalla blanca solitaria envuelta alrededor de su mitad inferior.
Estaba inclinado, con los codos sobre las rodillas, como había estado el
sábado por la noche cuando tuve la audacia de tocarlo por primera vez. Para
tener sus labios sobre los míos. Cuando me vio, su boca se separó
ligeramente y miró brevemente mis curvas antes de volver a clavar sus ojos
en los míos. Su mandíbula se tensó y lo observé tragar, su manzana de Adán
se tensó.
—¿Estás bien? —preguntó cuando no me moví.
Me mordí el labio y dejé que la pesada puerta de madera del sauna se
cerrara detrás de mí, dejándonos solos y bloqueados del mundo. En un
instante, el sábado por la noche volvió a fluir hacia mí, junto con la
vergüenza y la ira que había sentido.
—No. No, Rhodes, no estoy bien —traté de decir las palabras con
confianza, pero mi voz temblaba con cada sílaba. No tenía idea de lo que iba
a decir, pero no tuve la oportunidad de pensarlo—. Estoy totalmente
confundida. Dices que eres solo mi entrenador, pero luego me miras así...
—Empujé mi mano hacia él—. Como si tuvieras que sentarte en tus manos
para evitar tocarme. —Palidecí ante mis propias palabras y la boca de
Rhodes se endureció en una delgada línea, pero seguí adelante—. Nunca
esperé que fuésemos nada, ¿está bien? No estoy tratando de forzarte a ser
mi amigo, pero me haces sentir como si lo fueras, cuando en realidad, eres
tú quien difumina la línea. Me invitaste dos veces. Pasas de hablar conmigo
y darme un consejo un minuto para hacerme sentir como si te molestara al
siguiente. —Tiré las manos, exasperada—. ¿Quieres que ser mi amigo?
Estupendo. Me gustaría eso. ¿Quieres ser profesional? Eso está bien,
también. Pero decídete y deja de azotarme como una maldita muñeca de
trapo.
Abrí la puerta de nuevo y pensé en correr hacia el Rover, pero decidí
caminar. Sabía que él no me perseguiría, y yo mantuve la cabeza en alto con
la dignidad que todavía podía aferrarme. Sin embargo, busqué a tientas las
llaves, la adrenalina corría por mis venas como nunca. Los temblores no se
detuvieron hasta quince minutos después cuando llegué a mi casa y cerré
la puerta principal detrás de mí. Christina estaba a punto de salir, con sus
bolsas colgando de su hombro, pero se detuvo cuando me vio.
—¿Todo está bien, señorita Natalie?
Cerré los ojos, suspiré y asentí.
—Estoy bien. ¿Sales? —Forcé una sonrisa, pero ella me miró
inquisitivamente.
—Lo hago. Junior tiene un torneo de béisbol en Charlotte. Aunque
volveré el sábado. ¿Estará bien hasta entonces?
—Estaré bien, Christina —la tranquilicé—. Si todo lo demás falla,
siempre habrá una eliminación.
Se rio de eso y sus hombros liberaron la tensión que habían estado
sosteniendo desde que entré por la puerta.
—Bueno. Tienes mi celular si me necesitas. Y no hay necesidad de
cocinar —dijo mientras abría la puerta—. Hay cenas en la nevera con
instrucciones de calentamiento. —Con eso, ella guiñó un ojo y se disculpó.
Tomé un baño de hielo en lugar de una ducha, tratando de calmar
tanto mi ira como el furioso dolor que despertaba en mis músculos. Entrenar
durante cuatro horas me pareció un plan sólido cuando estaba en el
gimnasio, pero ahora me arrepentía.
Cuando terminé, me vestí con una camiseta grande y pantalones
cortos para chicos y me dejé caer en el sofá de la planta baja. Incluso la idea
de alcanzar el control remoto hizo que mi cuerpo gimiera en protesta, así
que suspiré audiblemente cuando sonó el timbre. Sin ayuda para abrir la
puerta como de costumbre, me levanté en un solo movimiento para sacar el
dolor de una vez y fui al vestíbulo. Mirando a través del agujero, mi estómago
cayó.
Era Rhodes.
Abrí la puerta lentamente, tratando de esconderme detrás de ella. Mi
cabello todavía estaba mojado y empapaba mi camiseta y mis pantalones
cortos eran mucho más cortos que los pantalones que solía llevar al
gimnasio. Pero cuando Rhodes me vio, sus ojos no cayeron en mi cuerpo.
Se quedaron en mis ojos cuando noté su cabello aún húmedo y las bolsas
de la compra en sus manos.
Él se encogió de hombros.
—¿Hambrienta?
—Depende.
—¿De qué?
Me moví.
—¿Soy Natalie o Bicho en este momento?
Rhodes sonrió y su visión casi derriba el aire de mi pecho.
—Bicho. Es decir, si todavía tengo el privilegio de llamarte así. —
Frunció el ceño otra vez, esperando a que yo respondiera.
Lentamente, abrí más la puerta.
—Adelante.
Los hombros de Rhodes seguían tensos mientras entraba. Cerré la
puerta detrás de nosotros, pero él se quedó en el vestíbulo. Sus ojos se
movieron por toda la casa, observando la sala de estar y el gran techo
abovedado por encima de ella, antes de decidirse mirar a la pequeña parte
de la cocina que se podía ver desde donde estábamos. El tragó.
—Tu casa es... caramba.
Me encogí de hombros, agarrando las bolsas de comestibles de sus
manos.
—No es mi casa. Es de Dale. Y no estás cocinando esta noche.
Rhodes me siguió a la cocina.
—Sin embargo, me muero de hambre.
—Yo también. Pero siempre cocinas y esta noche quiero que
hablemos. —Puse sus compras en la nevera y los gabinetes antes de sacar
una de las comidas que Christina había preparado. Er pollo al limón hecho
al horno con calabacín y calabaza. Precalentando el horno, seguí sus
instrucciones escritas en la nota adhesiva en la parte superior del
contenedor y luego volví a Rhodes—. ¿Qué significa que estés aquí?
Rhodes hizo una pausa, apoyando los codos en el borde de la isla de
nuestra cocina.
—No lo sé.
Negué con la cabeza.
—No, no hagas eso. Eso es lo que nos trajo aquí en primer lugar.
Entonces, ¿somos amigos o qué?
—O qué. —Se rio, pero fruncí los labios y se aclaró la garganta,
pasándose una mano por el cabello—. No lo sé, Natalie. ¿Qué pasaría si te
dijera que todavía estoy averiguándolo?
Abrí la boca para discutir, pero luego la cerré de golpe. Yo todavía
estaba averiguando muchas cosas también, ¿así que realmente podría estar
molesta con él por sentir lo mismo?
—Está bien.
—¿Está bien? —preguntó, su frente se disparó—. ¿Eso es todo?
Asentí.
—Eso fue honesto. Así que, es todo lo que puedo pedir.
Y así fue. Por lo menos, esperaba que fuera honesto conmigo más a
menudo, incluso si eso significaba escuchar algo que yo no quería. Por
ahora, no quería pensar demasiado en eso, él estaba aquí, lo que significaba
que se preocupaba por mí, y eso era suficiente. Lo necesitaba a mí lado.
Después de todo, ya había perdido a Mason y estaría perdiendo a Willow
pronto. Estaba agradecida de no haber perdido a Rhodes por completo.
Nos sentamos en la cocina mientras preparaba la cena, hablando un
poco de todo. Me preguntó más sobre Willow y su programa y le pregunté
más sobre sus habilidades en la cocina. Tuve cuidado de no bucear en el
territorio de la familia, ya que no quería una repetición de la noche del
sábado. Rhodes pareció relajarse cuanto más hablábamos y después de la
cena, nos servimos una copa de vino antes de irnos a la sala de estar.
—Sabes que no deberías beber si quieres mantenerte en tu plan de
comidas —me regañó Rhodes.
Me burlé y alcancé el control remoto para encender el estéreo. La
música suave se derramó por los altavoces y Rhodes miró a nuestro
alrededor, asombro iluminando su rostro.
—Sabes que he tenido una semana de mierda y no me importa
exactamente mi plan de comidas en este momento, ¿no?
—No puedo discutir eso, supongo. —Chocó su copa con la mía y
ambos tomamos un sorbo, pero sus ojos me estaban evaluando—. Estás
maldiciendo más ahora que cuando te conocí.
—Creo que tengo más por lo qué maldecir.
Rhodes se rio, arremolinando el vino en su copa.
—Si esa es la forma en que se mide, entonces debería ser un marinero.
—Prácticamente sí lo eres.
—Tal vez soy la mala influencia —reflexionó. Sus ojos eran
juguetones, su sonrisa fácil. La mayoría de las veces, Rhodes estaba
protegido bajo un duro exterior, pero en ese momento, estaba abierto. No
iba a perder la oportunidad de descubrir más sobre él.
—Entonces —dije tirando de una pequeña almohada sobre mi regazo.
Estaba más que un poco consciente de los pantalones cortos que todavía
llevaba puestos—. ¿Alguna vez pensaste en ir a la escuela culinaria?
—Por supuesto que sí.
—¿Y?
—Y no tengo el dinero para eso —dijo, pero no estaba molesto. Él solo
estaba siendo honesto.
—Puedes sacar un préstamo.
—No es tan fácil, Bicho. Hay cosas que todavía me atan a Poxton
Beach... algunas cosas que necesitan ser resueltas.
Tomé otro sorbo de mi vino, la amarga dulzura me hormigueó en la
lengua.
—¿Tu hermana?
Rhodes tragó saliva y tomó un largo trago de su copa. Inmediatamente
me arrepentí de haberla traído de nuevo y maldigo en voz baja.
—Lo siento. No es asunto mío.
—Está bien. —Respiró, pero noté la forma en que apretó el vaso con
más fuerza—. No quiero no hablar de ella. Ella merece que se hable. —Hizo
una pausa, con los ojos en las manos—. Y sí, ella es la mayor razón por la
que no puedo irme todavía.
Me mordí el labio.
—¿Crees que ella querría que te quedaras?
—Joder, no —dijo las palabras con absoluta certeza—. Probablemente
me patearía el trasero si supiera que todavía estoy aquí, especialmente si
supiera lo que he hecho desde que desapareció—. Sus ojos se fijaron en los
míos por un momento y volvió a mirar su regazo. Estaba pensando en las
drogas, las mujeres, y la vergüenza le sombreó las mejillas—. Ella me decía
que me largara de aquí y viviera mi vida. Pero no puedo hacer eso todavía.
—Sacudió su cabeza, levantando sus ojos hacia los míos otra vez—. No era
solo mi hermana, era mi gemela, estamos unidos de maneras en que otros
hermanos simplemente no lo están. Y algo dentro de mí me dice que, si miro
lo suficiente, si lo intento lo suficiente, puedo descubrir qué le sucedió. Y se
lo debo a ella. —Hizo una pausa—. No puedo irme sin respuestas, Natalie.
—¿Y si nunca llegan?
Sus hombros se levantaron levemente y drenó el resto de su copa a
pesar de que todavía le quedaba más de la mitad.
—Entonces tal vez nunca me iré. —Poniéndola sobre la mesa de café,
se puso de pie y miró alrededor de la habitación, terminando la conversación
de manera efectiva. Pero lo dejé, porque sabía que con Rhodes tenía la suerte
de obtener todo lo que tenía.
—Oh, Dios mío, soy tan grosera —dije, rápidamente de pie para
unirme a él—. Mi madre me asesinaría si supiera que todavía no te he dado
el recorrido.
—Eso es un poco extremo —dijo Rhodes, con una leve sonrisa en los
labios.
—Bueno, ella es una mujer extrema —dije—. Vamos.
Primero recorrimos la planta baja, todo, desde la oficina de Dale hasta
el garaje para cuatro autos. Lo llevé al piso de arriba y lo observé de cerca
mientras íbamos de habitación en habitación. Tenía los ojos muy abiertos,
pero no dijo mucho. Simplemente asimiló todo lo que le dije sobre cada
habitación y bebió lentamente la segunda de vino que le había servido.
Cuando llegamos a mi habitación, caminó lentamente por las paredes, sus
ojos escaneando las fotografías que cubrían cada centímetro de la pintura
suave de color menta. Mi habitación era pequeña para la casa, pero
gigantesca en comparación con la suya. Mamá odiaba que cubriera las
paredes con fotos, pero sabía que no había forma de detenerme. La fotografía
era la única cosa en el mundo que me apasionaba sin remordimiento.
—Así que es por eso por lo que siempre tienes esa maldita cámara
contigo.
Cada pared estaba llena de recuerdos. Algunos de mi familia, algunos
de mis amigos y algunos de los paisajes de Poxton Beach. Una de mis
paredes estaba dedicada por completo a los lugares que había recorrido con
Dale y mamá. Mis favoritos eran Mykonos, una isla en Grecia a la que
viajamos el verano pasado. Rhodes deslizó su dedo sobre el agua azul
brillante en un disparo que había tomado en la playa, la hermosa
arquitectura griega que bordeaba el horizonte de fondo.
—Impresionante, ¿verdad? Es incluso mejor en persona.
—Es hermoso —dijo, sacudiendo la cabeza—. Ni siquiera puedo
imaginarme viendo un lugar como este.
—Tal vez lo hagas algún día.
Una risa breve y suave escapó de sus labios. Cuando sus dedos
rozaron ligeramente la última adición a la pared, una de las fotos de la noche
de la feria, hizo una pausa y me pregunté si tal vez se había dado cuenta de
que era mucho mejor verla en la vida real de la misma manera que yo.
Ambos estuvimos callados durante un largo momento.
—¿De qué tienes miedo, Rhodes? —pregunté suavemente,
moviéndome un poco más cerca de él. Él se mantuvo de espaldas, sus dedos
aun ligeramente sobre la foto, y por un momento pensé que no respondería.
—Morir de hambre. —Apenas susurró la palabra, pero fue lo
suficientemente fuerte como para dejar de lado cualquier otro pensamiento
de mi mente—. Sé lo que se siente estar hambriento. En muchos aspectos.
—Entonces se giró hacia mí, sus ojos brillando ligeramente, como si ya no
estuviera allí—. Nada me asusta más que la posibilidad de que nunca pueda
curar esa hambre.
Tragué saliva, pero no hice ningún comentario. Sus ojos cayeron sobre
el resto de las fotos en la pared y luego se volvió, escaneando a los demás.
—No hay fotos tuyas. Están tu familia, tus amigos. —Se volvió hacia
mí—. Pero ninguna tuya.
Me reí ligeramente.
—Sí, bueno, no merezco exactamente tomarme una fotografía —Las
cejas de Rhodes se estiraron hacia adentro y él fue a hablar, pero luego miró
alrededor nuevamente.
—Espera. ¿En dónde está tu baño?
—Um, a través de esa puerta —respondí, señalando. Pasó junto a mí
y cruzó la puerta del baño, encendiendo la luz. Miró alrededor por un
momento y luego se volvió hacia mí.
—No tienes ni un solo espejo en tu habitación. Ni siquiera aquí.
Me encogí de hombros.
—Los espejos tampoco son lo mío, Rhodes.
—¿Por qué?
Dejé escapar una risa aguda esta vez, haciendo un gesto hacia mi
cuerpo escondido detrás de la holgada camiseta.
—¿En serio?
Su rostro se endureció y dejó caer su copa sobre mi mesita de noche
antes de quitarme la mía también. Agarrando mi mano en la suya, me llevó
por el pasillo.
—¿Qué estás haciendo?
Rhodes no respondió. Abrió puerta tras puerta hasta que encontró
nuestra habitación principal de invitados. Era la favorita de mi madre, la
que ella siempre reservaba para los invitados más importantes que
alojábamos. Cuando Rhodes me jaló frente al gran espejo de cuerpo entero
colocado junto a la cama, me encogí.
—Detente, Rhodes —dije, empujando contra su pecho para tratar de
moverlo hacia la puerta de nuevo.
—No, Natalie. —Me agarró de los brazos y me volvió hacia el espejo.
Rhodes estaba detrás de mí, alto y pintoresco como siempre. Su cabello se
había secado naturalmente y estaba ligeramente curvado. Su mandíbula
definida se correspondía con los músculos cortados que corrían a lo largo
de los brazos que todavía tenía sosteniéndome firmemente en su lugar y sus
ojos eléctricos eran duros con los míos—. Dime lo que ves.
—Te veo.
—No me mires —ordenó, con voz firme—. Mírate a ti misma y dime lo
que ves.
Suspiré, pero dejé que mis ojos cayeran de los suyos a los míos. Eran
de un marrón apagado, sin vida brillante detrás de ellos. Tenía la piel
aceitosa, el rostro suave y sin maquillaje, y mi cabello rubio oscuro estaba
casi pegado a mis hombros. Tragué saliva mientras dejaba que mis ojos
cayeran aún más. No era que nunca me mirara en un espejo, me veía en los
espejos del gimnasio y cuando estaba en cualquier lugar en público, pero
nunca me estudié de esta manera.
Vi que había perdido peso, pero todavía estaba lejos de parecerme a
Willow o Shay. Tenía curvas. Tenía senos grandes, muslos gruesos y caderas
grandes.
—Veo todo en lo que todavía tengo que trabajar y todo lo que no quiero
ver cuando me mire en el espejo dentro de cinco años.
Rhodes suspiró pesadamente detrás de mí, pero no dijo nada. Observé
su rostro en el espejo y vi una mezcla de emociones cruzarlo: del dolor a la
confusión y todo lo que había en el medio. Lentamente, se movió hacia mi
izquierda, mirándome intensamente mientras todavía miraba al espejo.
—Muéstrame.
La forma en que dijo esas dos palabras me hizo estremecer. Él llamaba
la atención, siempre lo hacía.
—¿Qué te muestre qué?
Rhodes tragó saliva, acercándose un poco más.
—Muéstrame lo que odias.
Dejé escapar un suspiro tembloroso, mis ojos vagando por todas las
imperfecciones de mi cuerpo.
—Bueno, mi estómago...
—Muéstramelo —interrumpió Rhodes—. No me digas.
Tragando, levanté mis manos de donde descansaban a mis lados y
toqué suavemente mi estómago. Sabía que era más pequeño que unas pocas
semanas antes, pero todavía era grueso, todavía había un rollo cuando me
sentaba y tenía blusas que caían sobre mis diminutos pantalones cortos.
—Levanta tus brazos.
Miré a Rhodes inquisitivamente, pero por la forma en que miraba, sus
ojos eran intensos y decididos, no lo interrogué en voz alta. Levanté mis
brazos sobre mi cabeza y esperé. La garganta de Rhodes se estrechó y él
parecía estar luchando contra lo que estaba a punto de hacer, pero antes de
que tuviera la oportunidad de pensarlo un poco, agarró el dobladillo de mi
camiseta y cuidadosamente la levantó por encima de mi cabeza.
Mi corazón aceleró de un trote lento a un galope a toda velocidad. Él
me estaba desnudando. Rhodes me estaba quitando la ropa.
Lentamente, se arrodilló y me miró. Nunca podría olvidar la forma en
que me miró arrodillado debajo de mí, vulnerable, pero aún tan fuerte.
Apartó sus ojos de los míos el tiempo suficiente para envolver sus grandes
manos alrededor de mi cintura y presionar sus labios suavemente en mi
estómago.
Y recuerdé que dolió la primera vez que me tocó. No porque fuera
doloroso, sino porque era todo lo contrario. Me dolió desde algún lugar muy
dentro de mis entrañas que me dijo que nunca llegaría a tenerlo, a
mantenerlo, o a sentir lo que sentía con sus manos sobre mí con cualquier
otra persona sin importar cuanto tiempo lo intente.
—¿En dónde más?
Sus ojos se elevaron a los míos, y aunque mi corazón todavía estaba
acelerado, de alguna manera logré mover mi mano para tocar la parte
superior de mi brazo opuesto. Rhodes se puso de pie, agarró mi mano con
la suya para enderezar mi brazo, y luego besó donde acababa de tocar.
Me estaba poniendo al día.
Mi respiración era irregular, pero moví mi mano a la siguiente área
sin que él me preguntara. No sabía si se suponía que debía estar mirándome
en el espejo, pero no podía apartar los ojos de su vista. Se inclinó y se movió
con cada nuevo lugar que toqué, siguiéndolo con un sensual beso.
Me quedé sin aliento cuando toqué mi cara interna. No podía creer
que estaba haciendo esto, que estaba parado frente a un espejo
prácticamente desnuda con Rhodes tocándome en zonas que nunca hubiera
imaginado. Se pasó la lengua por los labios antes de caer de rodillas y
metiendo las yemas de los dedos en la banda superior de mis pantalones
cortos. Jadeé al tacto, y él sacó la tela de mis caderas lentamente antes de
dejarlas caer al piso.
Estaba parada frente a Rhodes con nada más que mi sostén y mis
bragas, y aunque sentía ganas de retorcerme, esconderme o huir, el peso de
su mirada me mantuvo fija en el lugar. Sus ojos se movieron a los míos y
los mantuvo allí mientras se inclinaba para presionar sus labios contra mi
muslo izquierdo. No pude evitarlo, gemí por lo bajo y él apretó la parte
posterior de mis piernas más fuerte mientras sus labios se movían hacia el
otro muslo.
Cuando volvió a mirarme esperando la siguiente dirección, tragué
saliva. Sabía que era un movimiento audaz, pero me sentí viva en ese
momento, completamente imparable. Con las yemas de los dedos
temblorosas, estiré la mano y apenas toqué mis labios.
Rhodes se levantó del suelo, elevándose sobre mí una vez más. Pude
ver cómo lo estaba afectando a través de la delgada tela de sus pantalones
cortos de gimnasio y mi respiración se hizo más difícil. Lo estaba excitando.
Parecía imposible y sin embargo era cierto, lo que solo alimentó mi
confianza.
—¿Odias tus labios?
No contesté. No odiaba mis labios. De hecho, probablemente eran lo
que más me gustaba de mi cuerpo. Eran regordetes, de un color rosa
intenso, y yo usaba protector labial religiosamente para mantenerlos
suaves.
Rhodes sabía que habíamos dejado de tocar lo que odiaba de mi
cuerpo. Yo quería que me besara. No sabía si debería desear eso, si pudiera
permitirme desearlo, pero no peleé en ese momento. Solo esperé. Rhodes se
mordió el labio inferior, con las cejas caídas sobre sus brillantes ojos
esmeralda. Volvieron a mi boca y luego subieron a mis ojos varias veces,
como si estuviera debatiendo los mismos pensamientos que acababa de
tener.
—Natalie —advirtió, pero al mismo tiempo sus manos se movieron
para acunar mi rostro entre ellas. Mis labios se separaron y dejé que mis
ojos cayeran sobre los suyos. Desesperadamente quería probarlo.
—Rhodes. —Respiré, mis manos encontrando su cintura. Las dejé
descansar allí, todavía esperando. Rhodes exhaló un suspiro, sacudió su
cabeza apenas lo suficiente para que yo lo notara, y luego cerró el espacio
entre nosotros.
El calor nunca es un signo de algo bueno. Es un indicador de que está
quemándose, un síntoma de una infección, un efecto secundario de la fiebre.
Pero el calor que sentí cuando Rhodes me tocó, cuando me besó, fue la mejor
sensación. Hacía calor y era electrizante. Me quemaba la piel y resplandecía
en cada centímetro de mi cuerpo. Me quemó. Memarcó. Pero me encantó.
Mis manos se apretaron en su camiseta mientras él profundizaba el
beso. Su lengua se deslizó adentro para masajear la mía y gemí en su boca,
haciendo que la erección en sus pantalones cortos se hiciera aún más
notable. Apresuradamente, me llevó de vuelta a la cama de invitados y nos
caímos en el suave edredón de pluma de oca, la tela tragándonos como una
nube.
Las manos de Rhodes exploraron mi cuerpo mientras me besaba. Él
chupó mi labio inferior entre sus dientes antes de pasar a mi cuello y a
través de mi clavícula. Estaba respirando tan fuerte que estaba segura de
hiperventilar. Nunca había experimentado un beso tan apasionado, tan
mezclado con el deseo.
Su mano era áspera, callosa por las barras de peso mientras la
arrastraba por mi cuello, sobre mi pecho, sobre mi estómago y finalmente
descansaba justo encima del dobladillo de mis bragas. Me retorcí bajo su
toque, ansiosa por sentir su mano un poco más abajo.
Rhodes suspiró, deteniendo sus movimientos y apoyando su frente
contra la mía.
—Hay tanto que quiero hacerte, Bicho. Estoy luchando contra eso en
este momento.
—No lo hagas. —Respiré mientras hablaba.
—No lo entiendes.
Pasé mis dedos por su cabello y lo acerqué más, besándolo con más
confianza de la que sabía que tenía.
—Entonces ayúdame. Ayúdame a entender.
Gimió contra mis labios y pude sentirlo presionarse contra mi muslo.
Él estaba tan duro, tan listo, y yo estaba físicamente incómoda esperando a
que él se entregara.
—No esta noche —dijo finalmente, suspirando—. Esta noche se trata
de que veas que eres hermosa. ¿Me oyes? —Esperó a que levantara mis ojos
a los suyos. De repente, la confianza que tenía antes había desaparecido por
completo—. Lo eres, Natalie.
Asentí, pero no estaba segura de creer realmente en sus palabras. Yo
era linda, tal vez, e incluso eso lo estaba presionando. Pero cuando Rhodes
bajó sus labios hacia los míos y me besó como si le doliera no hacerlo, pensé
que tal vez había algo que él veía que yo simplemente no.
Nos quedamos enredados en las sábanas durante horas, pero todo lo
que hicimos fue besarnos. Sus manos exploraron mi cuerpo y yo exploré el
suyo. Él nunca se desnudó conmigo, y nunca me acerqué para volver a
ponerme la ropa.
Nos enterramos bajo las sábanas, convirtiéndonos en una mezcla
caliente y sudorosa de labios, respiraciones y gemidos.
Ahora entendía a qué se refería cuando dijo lo que dijo antes, porque
esto distaba mucho de cómo trataba a alguien que era solo un amigo.
En algún momento alrededor de la medianoche, Rhodes hizo una
pausa.
—Debería irme.
Estaba sin aliento, con las mejillas acaloradas, el cabello desordenado
mientras lo miraba. No quería que se fuera, pero no podía pedirle que se
quedara, no cuando ya me había dado tanto esta noche.
—Bueno. Déjame salir.
Después de que me vestí y arreglé mi cabello en un moño lo mejor que
pude, lo acompañé hasta la puerta principal, con la mente acelerada. Tenía
muchas preguntas, pero ninguna de ellas se formaría en mi lengua.
—Desearía que no tuvieras que irte.
Me dio una sonrisa perezosa, con el cabello todavía despeinado por
nuestras actividades.
—Me verás el jueves.
Mi corazón se hundió. En cierto modo, me estaba diciendo que no lo
vería en mi día libre de entrenamiento mañana. Cuando notó que me ponía
triste, me empujó hacia él para darme un beso largo y suave, deslizando su
dedo índice hasta descansar en el interior de mi muñeca como lo hizo la
primera vez que me dijo que sentía mi corazón. Fue una promesa no
expresada, pero se separó demasiado rápido para mi gusto y corrió hacia su
motocicleta. Tardó menos de un minuto en abrocharse el casco y luego
desapareció.
Cerré la puerta aturdida. Me sentía entumecida, pero todos los nervios
de mi cuerpo habían despertado. Tropecé con el sofá y caí contra los fríos
almohadones de cuero, aunque no hicieron nada para evitar el calor que
crecía dentro de mí. Todavía podía sentir a Rhodes presionado contra mí.
Podía sentir sus labios sobre los míos. Algo profundo en mis entrañas me
dijo que debería tener miedo, que debería preocuparme por lo que estaba
sucediendo entre nosotros. Y, aunque quería ignorarlo, una pequeña parte
de mí pensó en Mason en ese momento. Pensé en lo diferente que era besarlo
y me pregunté qué sentiría si supiera que otro hombre me había besado de
la forma en que lo hizo Rhodes.
Una sonrisa se extendió por mi rostro y me tapé los ojos con las
manos, dejando escapar un pequeño chillido. Me rehusé a pensarlo
demasiado. Al final del día, sin importar lo que vendría, lo había disfrutado.
Fue el mejor beso de mi vida.
12
Al día siguiente estaba hecha un desastre. Me sentía eufórica, pero
sobre todo enferma, apenas comí, lo que era una nueva sensación para mí
ya que solía comer cuando estaba demasiado emocionada. La noche anterior
cuando estuve con Rhodes, todo se sintió bien, pero al momento en que se
fue, la inquietud se apoderó de mí. Empecé a dudar de todo, preguntándome
qué versión de Rhodes encontraría la próxima vez que lo viera. Cuanto más
pensaba en lo rápido que se había ido, más me preocupaba. ¿Se había ido
a ver a otra mujer? ¿Una clienta? La idea me paralizó, lo cual también me
aterrorizó, porque estaba sintiendo cosas muy intensas por él en muy poco
tiempo.
¿Y si solo intentaba alejarse de mí? ¿Y si había cambiado de opinión?
¿Y si no me quería de la manera en que yo lo quería?
Miré episodios de Perdidos y me preocupé todo el día por preguntas
que no podía responder. De alguna manera, la euforia que había sentido
después de que sus labios dejaran los míos esa noche fue reemplazada por
la idea enfermiza de que podía no haber significado nada. Tenía una
punzada en el corazón que me decía que iría al gimnasio al día siguiente y
él no estaría allí. O peor, estaría, pero no de la forma en la que yo quería que
estuviera.
Entonces, cuando esos sentimientos tomaron el control, me sentí
conmocionada ante el hecho de que yo lo deseaba. Deseaba a Rhodes. No
estaba segura de qué quería de él, pero sabía que era algo más que una
sesión de entrenamiento cinco días a la semana. Mason todavía estaba en
mi cabeza, lo que simplemente complicaba las cosas. Yo era un desastre, y
sin mi madre o Willow para poder hablar, estaba segura de que me volvería
loca.
Vestida con uno de los nuevos atuendos para entrenar que habíamos
comprado con mamá, traté de mantener mi barbilla alta cuando entré al
club ese jueves.
Lo vi antes de que él me viera.
Estaba acostado en un banco de levantamiento de pesas, con sus
fuertes piernas apoyadas a cada lado, los músculos de sus brazos se
tensaban y relajaban mientras levantaba más peso del equivalente a mi
cuerpo. Nadie lo estaba vigilando, pero lo hacía parecer tan fácil, como si no
necesitara ayuda y nunca la fuese a necesitar.
Me pregunté si eso sería cierto en muchos aspectos de su vida.
Después de unas pocas repeticiones más, colocó la barra en su lugar
y se sentó lentamente, limpiándose la frente con la misma toalla blanca que
siempre tenía. La metió de nuevo en la banda trasera de sus pantalones
cortos, y luego posó sobre mí sus ojos color esmeralda.
No podía respirar.
Esperé a que frunciera el ceño, o maldijera, pusiera los ojos en blanco
o sacudiera la cabeza. Esperé a que me mandara a una cinta de correr o me
preguntara qué diablos estaba haciendo, perdiendo el tiempo de
entrenamiento simplemente mirándolo como una idiota. Esperaba todas
esas cosas.
Pero Rhodes solo sonrió.
Esa sonrisa quitó la presión de mi pecho e inhalé como si fuera mi
primer aliento.
No había sido un sueño. Fue real. Todo era real.
Los ojos de Rhodes permanecieron fijos en los míos mientras cruzaba
la habitación hacia donde yo estaba parada. Cruzó los brazos, las piernas
abiertas el ancho de los hombros en una postura confiada.
—¿En serio? —preguntó, sacudiendo la cabeza. Sus ojos se desviaron
de los míos para absorber mi apariencia completa—. ¿Eliges hoy para usar
pantalones cortos por primera vez?
Eché un vistazo a los pantalones negros ajustados que mi madre me
había convencido de comprar. Mis piernas se estaban tonificando y tenía
que admitir que las sentadillas estaban dando buenos resultados en el área
de los glúteos, pero sabía que estaba lejos de parecerme a las otras chicas
en el club. Mirando a Rhodes a través de mis pestañas, metí un mechón de
cabello detrás de mi oreja.
—Me veo estúpida, ¿no?
Su sonrisa se desvaneció.
—Difícilmente. —Rhodes miró alrededor de la habitación, como si no
fuera seguro hablar, y luego señaló con la cabeza hacia la oficina trasera—.
Vamos, revisemos tus números.
Fruncí el ceño.
—Pero solo es jueves.
Me dio una mirada penetrante que me dijo que no hiciera más
preguntas antes de ir a la parte de atrás. Una vez que la puerta se cerró
detrás de nosotros, hizo un gesto hacia la balanza y yo di un paso al frente.
Rhodes se acercó furtivamente a mi lado, mirando los números en la báscula
que yo simplemente me negué a saber. Lo miré a él, en cambio.
—¿Olvidaste todo lo que te dije la otra noche?
Me reí, pero Rhodes no.
—No creo que olvide nunca nada sobre esa noche. —Me sonrojé ante
la admisión, pero Rhodes solo me ofreció una sonrisa suave.
Se inclinó más cerca, pero se detuvo, apoyando su mano en mi
espalda tan suavemente que pensé que podría estar imaginándolo.
—Eres hermosa, Natalie —susurró. Un escalofrío me recorrió cuando
su mano tocó mi piel y viajó en todas las direcciones hasta que cubrió mi
cuerpo por completo—. No puedo tocarte de la manera que quiero mientras
estamos aquí para demostrártelo, como lo hice hace dos noches. Entonces,
necesito que empieces a creerlo.
Asentí, aunque estaba lejos de creer que era hermosa. Rhodes
claramente debía usar anteojos.
Aun así, al escuchar sus palabras, quise creerle, quise sentirme
hermosa.
Se aclaró la garganta y retiró la mano rápidamente.
—Bueno. Vamos, tenemos trabajo que hacer. Solo dos sesiones más
hasta el día del pesaje.
No me dijo cuáles eran los números en la báscula y lo agradecí. El
resto de mi vida era un desastre.
Necesitaba algo programado, algo confiable y estable. El día de pesaje
era el domingo. Necesitaba eso para esperar y temer todo al mismo tiempo.
Rhodes me hizo trabajar duro ese día, como solía hacerlo. Casi parecía
normal, excepto que sus manos me tocaron más, sus ojos casi nunca me
abandonaron, y la energía entre nosotros era incendiaria.
Cuando terminó nuestra sesión y casi cojeé hasta mi bolso, esperé el
próximo movimiento de Rhodes. Una parte de mí deseaba que me despidiera
como de costumbre, pero otra parte esperaba ansiosamente algo, cualquier
cosa, que significara que no tendría que despedirme todavía.
Rhodes levantó su mano para chocar los cinco y requirió más energía
de la que estaba dispuesta a admitir encontrar su mano con la mía.
—Buen trabajo hoy. ¿Te veo mañana a la misma hora?
Sonreí, pero no pude evitar la decepción que sentí cuando me di
cuenta de que la primera parte de mí estaba en lo cierto.
—Seguro.
Sonrió, una sonrisa sexy, no segura para el gimnasio, y luego se volvió
hacia el vestuario de los hombres. Fue cuando su mano dejó la mía cuando
me di cuenta de que me había dejado un pequeño papel doblado.
Cena. En mi casa. Ocho en punto.
Trae tu cámara.
Mordiéndome el labio inferior, metí la nota en mi bolso y salí del
gimnasio. El entrenamiento había terminado, pero el ritmo cardíaco en la
pantalla de mi reloj subió más.
Tomó diez palabras para poner mi cuerpo a toda marcha. Solo diez
palabras garabateadas en una hoja de papel blanco.
Rhodes era mejor cardio que una maratón.

***

—¿Trajiste tu cámara? —me preguntó Rhodes mientras lavaba los


platos de nuestra cena. Estaba llena, dolorida y agotada, pero estar con
Rhodes de alguna manera me hacía sentir que podía correr kilómetros.
Asintiendo, me deslicé a su lado, tomé la suave toalla azul que colgaba
del horno y la usé para secar cada plato que él me pasaba.
—Sí. ¿Por qué?
—¿Todavía conservas las fotos que tomaste en la feria?
—¿Sí? —dije la palabra casi como una pregunta.
Asintió.
—Ve y tráela.
Rhodes tomó el último plato de mis manos y terminó de secarlo antes
de secarse las manos con la toalla y seguirme hasta el sofá. Cayó sobre este
con facilidad, apoyando los pies sobre la mesa mientras yo hurgaba en mi
bolso buscando mi cámara. Cuando la encendí y encontré las fotos a las que
hacía referencia, me senté cuidadosamente en el cojín del medio del pequeño
sofá. Aunque no estaba abrazada al brazo opuesto como siempre, todavía
me ponía nerviosa sentarme demasiado cerca de Rhodes. Me sentía como si
él fuera un animal enjaulado. Un movimiento incorrecto podría hacerlo
correr o atacar. No estaba segura de qué era peor.
Pero tan pronto como me senté, Rhodes me atrajo hacia él,
envolviendo su brazo alrededor de mi hombro. Me puse rígida antes de
relajarme, concentrándome en mi respiración. Iba vestido con pantalones
de dormir y una camiseta de levantamiento de pesas de la Escuela
Secundaria Poxton. Su cabello todavía se encontraba húmedo por la ducha,
revuelto y sexy. Siempre era tan sexy.
¿Recién ahora lo notaba? ¿O simplemente recién ahora lo admitía?
—Muéstrame las fotos que tomaste esa noche.
—Las odio todas, solo para que lo sepas —le adelanté, desplazándome
por las fotos con él mirando por encima del mi hombro—. No pude capturar
lo que se siente estar allí.
Rhodes estudió cada foto cuidadosamente, deteniéndome si me
desplazaba demasiado rápido. Cuando llegamos al final, miré su rostro con
curiosidad. Tenía las cejas fruncidas, los ojos contemplativos.
—No te sientes en control de tu vida.
Dijo las palabras como una declaración, no como una pregunta, y por
eso no respondí. Mantuve mis ojos fijos en los suyos, aunque de repente fue
difícil tragar.
—Al mirar las fotos en tu pared y las que acabas de mostrarme se ve
tanto control en cada toma. Es casi demasiado manual, como si la fotografía
fuese lo único que crees que puedes controlar completamente y seguir un
método para resolverlo.
Sus palabras me golpearon en el estómago y tuve que luchar contra
el impulso de doblarme por su peso.
—No es que no saques fotos hermosas, porque lo haces —aclaró,
sentándose más erguido. Apartó el brazo de mi hombro en el proceso y
extendí la mano para tocar su pierna, desesperada por estar en contacto—.
Pero veo lo que no ves, Natalie. Veo la belleza en las imperfecciones del
mundo. Creo que debes mirar un poco más cerca.
Mi respiración era fuerte, mi voz ronca.
—No ves la belleza en ti.
El rostro de Rhodes se endureció y se apartó de mi agarre, apoyando
los codos sobre sus rodillas y juntando las manos. Miró hacia la televisión,
aunque no estaba encendida.
—No hay nada bello en mí.
Me dolió el corazón, y me acerqué para tocarlo una vez más. Se
estremeció cuando mis dedos encontraron su espalda, y se quedó quieto,
casi petrificado, mientras las arrastraba suavemente hasta que encontré su
cuello, su cabello, y lo acerqué a mí.
—Me dijiste que tenía que empezar a creer que era hermosa —le dije,
más fuerte que antes, pero justo por encima de un susurro—. Si lo hago,
entonces tú también.
Presionando su frente contra la mía, Rhodes sacudió la cabeza
ligeramente.
—No soy como tú, Natalie. ¿No puedes verlo? —Exhaló, el aire
abandonando sus pulmones y metiéndose en los míos—. Me mantuve
alejado de ti por tanto tiempo porque sé quién soy. Sé de lo que soy capaz.
—Se retiró, sus ojos intensos se fijaron en los míos—. Ambos sabemos que
voy a hacerte daño. Es una de las razones por las que evitamos esto por
tanto tiempo. Admítelo —dijo, tragando saliva—. Sabes que no soy bueno
para ti.
Me mordí el labio inferior, mirando ciegamente los ajustes de mi
cámara hasta que supe que estaban donde los quería. Su evaluación no
podía estar más lejos de la verdad, en mi mente al menos. Él era quizás lo
único bueno en mi vida ese verano. Lentamente, levanté la cámara y tomé
una sola foto. Se encontraba cerca, demasiado cerca para hacer foco sin
tomarme más tiempo, pero no sabía si lo tendría. Esperaba que Rhodes se
escondiera o se estremeciera o alejara su cuerpo, pero no lo hizo. Apunté
con la lente hacia su ojo izquierdo, el que siempre entrecerraba ligeramente
cuando yo sabía que estaba pensando en algo que no diría en voz alta.
Echando un vistazo a la foto en la pantalla de la cámara, sonreí y se lo
mostré a Rhodes.
—¿Qué te parece esta para verla un poco más de cerca?
Rhodes sonrió, con los ojos fijos en la foto como si fuera la única en
la que había salido alguna vez. Por lo que sabía, muy bien podría haberlo
sido. Lentamente, deslicé mi mano en la suya y presioné mi dedo índice con
fuerza en el interior de su muñeca. Sentí su corazón latiendo a través de la
vena, fuerte y constante, pero no tan rápido como el mío. Movió su propio
dedo para reflejar el mío, y estábamos conectados, mano a mano, de corazón
a corazón, y nunca me había sentido más cerca de nadie en toda mi vida.
Envolvió su dedo índice en mi muñeca para unir el resto de sus dedos
y se agarró con fuerza, atrayéndome hacia él y acortando la distancia entre
nosotros. Sus labios encontraron los míos en una mezcla de pasión y
necesidad. Gemí instintivamente, lo que solo hizo que me besara con más
fuerza.
Pude sentir que se contenía. Sus manos me agarraron con fuerza y
me estremecí, aunque no por el dolor, sino por el sorprendente placer. Aun
así, frunció un poco el ceño y me besó más suavemente, tomándose su
tiempo. Cuando deslicé mi mano bajo su camiseta y toqué el dobladillo de
su bóxer, gruñó, me levantó apresuradamente del sofá. Lo rodeé con mis
piernas y se sintió natural, como si no pesara tanto como sabía que pesaba.
Me sostuvo como si fuera una muñeca delicada, pero me miró como si fuera
una zorra. Me deseaba. Podía sentirlo derramándose de cada centímetro de
su cuerpo, y nunca había experimentado un impulso de poder tan fuerte.
Me arrojó sobre la cama cuando llegamos a su habitación, quitándome
rápidamente mis ajustados pantalones mientras yo me quitaba la camiseta.
Mi corazón golpeaba contra mis costillas a un ritmo inestable mientras me
desnudaba por segunda vez frente a Rhodes. La primera vez me había
sentido consiente de todo e insegura, pero esta vez, mi necesidad de
sentirme piel con piel con él superaba mi vergüenza. Por un momento, me
permití creer que era hermosa, justo como él había dicho.
Rhodes cayó sobre mí, apoyándose en los codos. Mis dedos
encontraron los duros músculos de su bíceps y los agarré con fuerza, como
si mi vida dependiera de ello. Me levantó lo suficiente como para
desabrocharme el sujetador y tirarlo a un lado y luego llevó su boca sobre
mi pecho, chupando con fuerza, despertando cada célula dormida en mi
cuerpo.
Me mordí el labio, gemidos suaves escaparon por la leve apertura de
mi boca. Rhodes pasó su áspera mano por mi piel, dejando un fuego
eléctrico a su paso, hasta que encontró mi centro. Ni siquiera se molestó en
quitarme las bragas. Rápidamente las movió a un lado y antes de que mi
cerebro pudiera procesar lo que estaba sucediendo, deslizó dos dedos dentro
de mí.
Grité, por el intenso placer que me rodeaba.
—Cristo —murmuró Rhodes, y no estaba segura de que fuera una
maldición o una oración. Retiró sus dedos lentamente antes de volver a
entrar una vez más. Sus brazos estaban tensos y sentí que se concentraba
en su respiración. Se estaba refrenando, tocándome suavemente como si
temiera romperme.
Mi excitación aumentaba lentamente, y me retorcí bajo su mano,
pidiéndole sin palabras que se moviera más rápido, más duro, más
profundo. Cedió, me dio lo que quería, y luego tiró de las riendas una vez
más. Ahuecando su mano a mi alrededor, su palma masajeaba mi clítoris
cada vez que sus dedos se deslizaban dentro, la combinación agitaba una
energía dentro de mí. Me mordí los labios con fuerza, sofocando mis
gemidos. Cada vez que los soltaba, Rhodes los atrapaba con sus propios
labios. Estaban hinchándose, hinchándose por la presión y el placer.
Me ardían las mejillas mientras me retorcía, conteniendo la
respiración. Algo se estaba formando lentamente dentro de mí. Era un fuego
fresco, y lo abracé tanto como me encogí de miedo.
—Está bien que me dejes saber qué te gusta, Natalie —murmuró,
ralentizando sus movimientos. Sentí cada centímetro de sus dedos largos
cuando los deslizó dentro y luego los retiró. Era estable, calculado, la
ecuación perfecta para la satisfacción imposible—. Puedes gemir, o gritar...
—Sus palabras se desvanecieron y chupó mi pezón. Muy fuerte—. O decir
mi nombre.
Gemí, arqueándome hacia él. Su erección estaba presionada contra
mi muslo y lo quería dentro de mí desesperadamente, pero sabía que esa no
era su intención. Quería deshacerme con el toque de sus dedos, y le faltaba
poco.
—Déjalo salir —exigió, esta vez un poco más fuerte. Movió la mano
más rápido, golpeando con los dedos un lugar dentro de mí que nunca había
sabido que existía. Gemí un poco más fuerte, pero no fue lo suficientemente
bueno. Rhodes flexionó sus caderas, encendiendo mis entrañas. Gruñí, pero
de nuevo, sabía que él quería más.
Retiró los dedos el tiempo suficiente para quitarme rápidamente las
bragas, y luego me encontraba completamente desnuda en su cama. Él
todavía tenía puesta toda su ropa, pero yo estaba completamente expuesta,
extendida, jadeante y necesitada. Rhodes me devoró con los ojos, el aliento
golpeando su pecho como un puño. Fue una batalla constante; me tomaba
con fuerza un momento y retrocedía al siguiente. Yo era el elixir para la vida
eterna y él quería beberme lentamente y, sin embargo, consumirme
rápidamente, todo a la vez. Sentí su propia necesidad irradiando en el calor
de su cuerpo, pero la sometió con cada respiración.
Rodeando con sus manos mis caderas, Rhodes tiró de mí hasta el final
de la cama y luego se detuvo, cayendo de rodillas lentamente y encontrando
mis ojos con los suyos antes de deslizar dos dedos dentro de mí una vez
más. Sus dientes rasparon la carne de su labio inferior cuando gemí y
lentamente, con moderación, bajó su boca a mi clítoris.
Oh. Mi. Dios.
Tan pronto como su ardiente boca rodeó mi sensible piel, gemí
incontrolablemente. Cada movimiento de su lengua se mezcló con la presión
de sus dedos dentro de mí en un baile mortal. Mis gemidos se convirtieron
en gritos, y aunque sujeté las sábanas y traté de contenerme, caí por el
borde, perdiendo cada gramo de equilibrio que quedaba en mi ya inestable
mundo.
Fue como una ola, lenta y constante al principio y luego se estrelló
sobre mí todo a la vez. Me estaba ahogando, sofocando, luchando por
respirar mientras la corriente eléctrica me atravesaba. No solo grité el
nombre de Rodhes, lo gemí, y lloré, y se lo ofrecí a los dioses como una
excusa por el pecado que sabía que nunca dejaría ir.
Cuando la sensación pasó, mis piernas se relajaron contra las
sábanas y cerré los ojos con fuerza. No tenía ni idea de cómo había sonado
todo para Rhodes, pero mis mejillas se sonrojaron por la vergüenza en el
momento en que la pasión desenfrenada se desvaneció. Besó mi cuerpo
lentamente, tomándose su tiempo, sin dejar ni un centímetro de piel para
sentirse celoso de otro. Cuando sus labios encontraron los míos otra vez,
me besó más lento, más suave, y tenía los ojos abiertos, fijos en los míos.
—Eso fue increíblemente sexy.
Negué con la cabeza.
—Eso, yo, nunca, yo no... —Las palabras se perdieron. Yo estaba
perdida.
Los ojos de Rhodes se agrandaron y se retiró, apoyándose en un codo.
—Espera —dijo la palabra tentativamente, apartando un mechón de
cabello de mi rostro—. ¿Ese fue tu primer orgasmo?
—¡¿Era eso?! —Se rio un poco ante mi reacción y me sonrojé más,
cubriéndome la cara con las sábanas—. Pensé que había tenido uno antes.
Pensé que sabía lo que se sentía. Pero eso…
—Eso... ¿Qué? Di lo que quieras decir, Bicho.
Dejando caer las sábanas, me incliné para reflejar su posición.
—Eso fue lo mejor que jamás haya experimentado.
Rhodes sonrió, lentamente arrastrando los dientes sobre la carne
tierna e hinchada de su labio inferior. Deslizando una mano por mi cuello
hasta que su pulgar rozó mi mandíbula, su sonrisa se desvaneció.
—Eres la primera chica con la que he querido tomarme mi tiempo —
susurró, sacudiendo la cabeza—. Pero, de nuevo, siento que estoy corriendo
contra el reloj. Como si solo tuviera un tiempo limitado para tocarte.
Cubrí su mano apoyada en mi mejilla con la mía, inclinándome hacia
él. No sabía qué decir, porque por mucho que quisiera decirle que tenía todo
el tiempo del mundo, tenía algo de razón sobre lo que dijo antes. Yo sentía
lo que él sentía, como si lo que teníamos fuera fugaz.
Una sonrisa suave encontró sus labios otra vez cuando no respondí.
—Eso no fue nada, por cierto. No tienes idea, Natalie.
Y tal vez era así.
Pero no podía esperar para descubrirlo.
13
Así era como funcionaba.
Rhodes me entrenaba como lo hacía normalmente, y nunca me tocaba
de manera inapropiada en el gimnasio. Éramos clienta y entrenador,
comportándonos bien y con naturalidad. Él me presionaba un poco más, y
yo luchaba un poco menos. Él sonreía más, lo cual provocaba que yo lo
hiciera también.
A Rhodes le encantaba tocarme cuando no estábamos en el gimnasio.
Me provocaba placer de maneras que nunca había experimentado
antes, incluso a pesar de que aún no lo habíamos hecho todo. De hecho,
aún no le había dado un orgasmo, lo cual me molestaba. Cada vez que
intentaba hacerlo, me decía que esperara. Que esperase qué, no sabía. Pero,
no discutía, la realidad era que me gustaba recibir su atención. Éramos
prácticamente inseparables, y aprendía más sobre él con cada día que
pasaba. Incluso estaba comenzando a ser más abierto acerca de su
hermana, aunque aquellas conversaciones se daban muy de vez en cuando.
Cuando permitía que viera aquella parte de él, cuando se abría a mí…
aquellos eran los momentos en los que lo amaba más que nunca.
Con Mason, el sexo siempre había sido apresurado. Era torpe y
siempre tenía un propósito determinado, lo hacíamos hasta que gruñía al
venirse y se desplomaba sobre mí. Creía que eso era lo único de lo que se
trataba sexo, pero incluso antes que de Rhodes hubiera llegado a siquiera
tocarme, cuando solo había hecho ascender mi temperatura con su mirada,
supe que había más.
Y Dios, Rhodes realmente me había mostrado más.
Perdí el deseo de hablar con Mason totalmente. Luego de cómo me
había decepcionado en la feria, no estaba siquiera segura de quién era él. Y
cuanta más atención recibía de Rhodes, menos me importaba la falta de
atención que recibía de Mason. Pronto, sus mensajes se convirtieron en
menos y menos, se rindió en hacerme hablar con él, y yo caí fácilmente en
mi nueva realidad con Rhodes.
Pero de vez en cuando, Rhodes volvía a ser la persona que había
conocido al principio del verano. Se cerraba, no me permitía llegar a él, o
tomaba una actitud evasiva. A veces, tenía que irse de mi casa para “ir a un
lugar” o “hacer algo”, pero nunca me decía qué. Lo cuestioné algunas veces,
pero siempre cambiaba de tema o me decía que no me preocupara, lo cual
solo hacía que me preocupara aún más. No quería sospechar que había otra
mujer, no con la manera en la que me miraba, pero era allí a donde mi mente
inmediatamente iba. A veces podía asegurarme a mí misma de que no era
ese el caso, pero entonces mi cabeza iba hacia lugares más oscuros. Porque
si no era otra mujer, ¿qué era exactamente? La mayor parte del tiempo,
simplemente sentía la incertidumbre en mi estómago. Algo estaba yendo
mal, pero él no quería decirme qué.
Fue solo una semana después de nuestra sesión de pesaje del
domingo que supe que lo estaba volviendo a perder.
—Ay, no… —Observé el número sobre el gran vidrio en la oficina de
entrenamiento de Rhodes, el mismo que había visto el domingo anterior, y
sentí cómo mi estómago daba un vuelco. Eso era todo, había llegado a mi
límite. Estaba fallando.
—Sucede, Bicho —dijo Rhodes, pero parecía distraído mientras
anotaba algo en mi archivo—. Cambiaremos tu dieta y tu cardio, veremos si
funciona y seguiremos desde allí.
—¿Y si no funciona?
Rhodes juntó los labios, sacudiendo ligeramente la cabeza.
—Encontraremos otra manera.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque sé lo que hago. He entrenado a cientos de mujeres. Le pasa
a todo el mundo. Se llama plateau.
Me encogí cuando mencionó a todas las mujeres a las que había
entrenado, porque ambos sabíamos lo que eso significaba usualmente. Volví
a estremecerme cuando me di cuenta de que, técnicamente, yo era una de
ellas.
Pero eso era mentira.
Porque sabía, en lo más profundo de mí, que yo significaba más para
él. O tal vez solo quería saberlo. Necesitaba esa seguridad. Eso era lo que
me aterrorizaba y me daba esperanza al mismo tiempo. Rhodes no era una
persona fácil. Sabía que me quedaba mucho por descubrir de él. Pero así
como él no me trataba como a ninguna otra mujer en su vida, yo estaba
decidida a ayudarle a darse cuenta de lo que valía. Me miraba como si fuera
una inversión, algo en lo que creía, y yo lo veía de la misma forma.
—Siento como si estuviera fracasando.
Rhodes se presionó el puente de la nariz.
—Natalie, perdiste once kilos. En poco más de un mes. Créeme, estás
bien.
Podía notar que lo estaba poniendo nervioso, pero no pude evitar
hablar.
—¿He hecho algo que te molestara?
—¿Además de quejarte de un problema que no es real? No. —Abrí la
boca. Alzó la vista de donde estaba escribiendo en su anotador y suspiró,
dejándolo caer sobre el escritorio—. Lo siento. Es solo que están pasando
algunas cosas.
Me mordí el labio inferior y luché contra la necesidad de acercarme a
él. Rhodes se había mantenido firme acerca de que nuestra relación fuera
privada, si podía considerarse siquiera así. Lo que fuera que fuésemos,
existía solo fuera del club. Aquí, éramos simplemente una clienta y un
proveedor de servicios.
—Cuéntamelo. Tal vez pueda ayudar.
Rhodes se rio burlonamente, y el sonido fue tan áspero que crucé los
brazos con fuerza sobre mi pecho.
—Créeme. No puedes.
—¿Cómo lo sabes si no me lo cuentas? —pregunté, a la defensiva.
—¿No puedes simplemente dejarlo pasar? —rogó, sus ojos finalmente
chocando con los míos. Estaban más oscuros de lo usual, un bosque verde
con una tormenta amenazante sobre él—. ¿Por favor?
Suspirando, asentí, pero no me sentí bien con eso. Quería que me
hablara, y aquella fue la primera vez que me di cuenta de que lo que
teníamos, lo que sea que fuese, funcionaba bajo sus términos.
—Demonios —murmuré bajo mi respiración al mirar mi reloj—. Creo
que volví a gastar la batería.
—¿Dejaste el grabador de voz encendido?
Silencio.
Suspiró, y yo casi deseé poder sacarle una sonrisa, pero no sucedió.
En cambio, simplemente buscó dentro del cajón superior del escritorio y me
entregó una batería nueva. Habíamos terminado de hablar por hoy.
Rhodes anotó sugerencias para mi plan de comidas y me envió a hacer
cardio. Luego, sin una sola palabra, se fue. Observé cómo los músculos de
su espalda se flexionaban mientras se alejaba de mí. Cuando desapareció a
través de la puerta del vestuario de hombres, fruncí el ceño.
Apenas había logrado que se abriera un poco y ya estaba volviendo a
perderlo. Me estaba alejando, y mi corazón dio un vuelco al pensar en lo que
sucedería si lograba hacerlo del todo.
***

Mamá y Dale llegaron a casa de su viaje esa noche. Dale estaba


borracho, o drogado, o algo así. Era la primera vez que lo veía así, realmente
así, y mamá intentó pero falló en esconderlo.
Lo envió al cuarto rápidamente cuando llegaron a casa. Yo estaba
echada en el sillón viendo Perdidos, debatiendo sobre llamar a Willow. No
nos habíamos visto desde que había regresado de la orientación y su fiesta
de despedida era en menos de una semana. Siendo sincera, estaba un poco
fuera de órbita. Mamá y Dale se habían ido, Willow se estaba preparando
para la escuela, y no tenía ninguna otra distracción para alejarme de
Rhodes. Incluso Mason me había dejado.
Oí a mis padres discutiendo escaleras arribas, sus voces acalladas
pero lo suficientemente fuertes para que supiera que lo que fuera que estaba
sucediendo no era bueno. No era que nunca hubieran peleado antes, todas
las parejas tenían sus problemas, ¿o no?, pero parecía más intenso este
verano, más saturado.
Cuando un portazo sonó desde el piso de arriba, pausé la televisión,
esperando. Mamá bajó las escaleras, su mano rozando la barandilla
ligeramente, sus ojos hinchados y cubiertos de máscara de pestañas.
Incluso así, seguía siendo hermosa. Mamá era siempre tan hermosa.
Rhodes me había evitado en el gimnasio antes y sabía que mamá
intentaría hacer lo mismo. Todo el mundo estaba tratando de esconderme
algo, de protegerme, pero no quería vivir en un mundo en el que todos
supieran la verdad menos yo.
Mamá se dejó caer en el sofá a mi lado y yo la abracé con suavidad,
apoyando mi barbilla sobre su hombro mientras ambas mirábamos la
televisión pausada. Ya había dejado de llorar, o eso parecía, y observé cómo
las lágrimas se secaban en sus mejillas. Luego de un momento, finalmente
alcé la voz.
—Mamá, ¿qué sucede contigo y Dale?
Sacudió la cabeza.
—No es nada, cariño. Va a estar bien. —Me acarició la pierna y yo
presioné los dientes.
—Para con eso. Cuéntame, mamá. ¿Qué está sucediendo?
Mamá hizo una pausa, pero pude notar que había sentido mi
insistencia. No iba a dejarla escapar tan fácil.
—No sé, nena. Dale tiene una… adicción.
El aire en la sala de estar se volvió más denso, y sentí su peso
alrededor de mis oídos.
—¿Qué quieres decir?
—Ay, cariño, no quiero hablar sobre esto. Está bien. Él está bien.
Todos estamos bien. Lo prometo. —Me sonrió, pero aun así me costó tragar.
¿Dale tenía una adicción? ¿Cómo es que nunca había notado las señales?
Dale tenía algunas noches de borrachera, seguro. Le gustaba salir de fiesta,
le gustaba soltarse… ¿pero una adicción?
Me estremecí ante la idea.
Y entonces, estudié a mi madre más de cerca, y me pregunté qué
significaba esta adicción para ella. Ni una sola vez había pensado en la
posibilidad de que él le pusiera una mano encima, pero viéndola tan molesta
este verano me hizo pensarlo dos veces. Mi madre era fuerte, siempre
intentaba hacerse cargo de sus problemas por sí misma, pero, ¿realmente
me escondería algo así?
Sollozó, separándose de mí apenas un centímetro.
—Mamá, sé que crees que tienes que ser fuerte por mí, pero si te está
lastimando, puedes decirme. Podemos irnos. Podemos resolverlo juntas.
Se rio ante eso, sacudiendo la cabeza y limpiándose la nariz con un
pañuelo de papel.
—Oh, para. Ambas sabemos que Dale nunca me lastimaría —
pronunció todas aquellas palabras, y casi las creí, pero algo en sus ojos me
dijo que incluso ella dudaba de su verdad también. Hizo que mi estómago
se encogiera.
—Te amo —susurré. No se lo decía mucho a mamá, pero lo hacía… la
amaba con locura. Había dado más por mí de lo que yo jamás sabría cuando
era una niña, y no estaba segura de que algún día pudiera pagárselo.
Pensando en Rhodes y lo fácil que había sido para sus padres simplemente
abandonarlo cuando estaban en una situación similar, caí en la cuenta de
lo afortunada que era.
—Yo también te amo, cariño. Así que —dijo, secándose las lágrimas
que aún quedaban en su rostro y reemplazándolas por una sonrisa—,
cuéntame todo lo que ha sucedido desde que me fui.
A pesar de que quería hacer más preguntas acerca de ella y Dale,
sabía que eso no era lo que mamá quería, así que la complací. Le conté
acerca del programa de Willow y sobre la fiesta de despedida del sábado. La
puse al día en los últimos avances de Perdidos, lo que la hizo reír. Hablé de
cada estúpido y aburrido detalle sobre mi vida en las últimas semanas.
Y evadí todo acerca de Rhodes.

***
Más tarde esa misma noche, Rhodes me envió un mensaje diciendo
que estaba afuera. No pregunté nada, simplemente me escabullí de la casa,
casi corriendo hacia el final de la calle en donde él me había dejado aquella
noche después de la feria.
Estaba apoyado contra su motocicleta, un pie sobre el costado de esta,
los brazos cruzados, la cabeza inclinada hacia abajo, solo la luna revelaba
que se encontraba allí en absoluto. Casi se camuflaba con la oscuridad.
Supongo que, de alguna manera, él era algo así como oscuridad, y yo era
simplemente una pequeña vela intentando iluminarlo.
Cuando llegué a él, reduje mi velocidad, dudosa de acercarme
demasiado. Teniendo en cuenta la manera en que estaba actuando antes,
no estaba segura de cuál era el objetivo de su visita… ¿Terminaría las cosas?
¿Había siquiera algo que pudiera terminar?
Levantó los ojos lentamente hasta encontrarse con los míos y me frené
frente a él.
—¿Puedo llevarte a algún lado?
No respondí. Simplemente tomé el casco de repuesto de donde lo
había apoyado sobre el asiento, me lo abroché, y me senté a horcajadas
sobre la moto. Rhodes montó delante de mí, la encendió, y aceleró.
Condujo por casi una hora, y noté que estábamos algo lejos de Poxton
Beach. Cuando finalmente desaceleró, entramos en un parque pequeño, y
Rhodes estacionó con rapidez antes de bajarse de la moto suavemente y
ayudarme a hacer lo mismo. Sostuvo mi mano mientras nos dirigíamos
hacia una de las mesas de picnic debajo de un pequeño techo.
El parque no tenía luz alguna, y honestamente, estaba menos cuidado
que cualquiera en los que hubiera jugado cuando era pequeña. La pintura
rojo oscuro se estaba descascarando en las mesas y las bancas, a dos de los
columpios les faltaba una cadena o un asiento, y el trepador necesitaba una
cirugía estética urgentemente.
Me senté en el borde de la mesa de picnic a la que Rhodes nos llevó,
pero él se mantuvo de pie. Observó el parque, con las manos en los bolsillos,
sus ojos brillantes y más abiertos de lo que jamás los había visto. Aguardé
a que soltara la bomba. Podía sentirlo, iba a terminarlo, terminaría con
nosotros. Ni siquiera estaba segura de qué éramos, pero sabía con más
seguridad de la que había tenido alguna vez que no quería que terminara.
No aún. No así.
Soltó la respiración por su nariz, quedando ésta suspendida entre
nosotros. Aguanté mi propia respiración, con miedo de contaminar la suya,
asustada de lo que aquello significara.
—Solíamos venir aquí todos los domingos cuando éramos pequeños.
—Rhodes flexionó los brazos, y hundió las manos aún más en sus bolsillos—
. Nuestros padres adoptivos siempre tenían su juego de cartas los domingos,
y la casa se llenaba de extraños, humo, y alcohol. Así que Lana y yo
veníamos aquí con nuestras bicicletas. Mi antigua casa se encuentra al final
de esta calle —dijo con un asentimiento hacia la calle por la que habíamos
pasado hacía un momento. Noté que la llamó casa, y no hogar—. Jugábamos
por ahí un rato, pero eventualmente siempre terminábamos en los
columpios. Yo intentaba columpiarme más alto que ella, y siempre caía
sobre mi trasero intentándolo. —Sonreí, pero la expresión de Rhodes no
había cambiado. Se humedeció el labio inferior con la lengua y tragó,
sacudiendo la cabeza—. Hoy es su cumpleaños.
Sus palabras me golpearon con más suavidad de la que deberían,
porque no comprendí su magnitud. Había perdido a mi abuela cuando era
muy pequeña, pero no tenía idea de cómo se sentía una verdadera pérdida.
Observando su rostro mientras su propia pérdida lo engullía, estuve segura
de que nunca quería saberlo.
Rhodes se estaba abriendo a mí, y era una ocurrencia tan poco
frecuente que no me atreví a interrumpirlo con mis palabras. Mantuve
dentro el lo siento que sostenían mis dientes y lo dejé continuar.
—Cumpliría veintidós. Probablemente tendría novio, o un prometido.
Siempre decía que quería ser abogada, del tipo que se asignaban a niños en
adopción, así que tal vez estaría graduándose este año con una licenciatura.
Tal vez estaría solicitando la entrada a la escuela de leyes. O tal vez le
quedarían un par de años hasta eso. No tengo ni idea porque no he
alcanzado una maldita cosa en mi vida. No tengo concepto de escuela o
metas o lo que se necesita para ser algo como persona.
Quería interrumpirlo, decirle todo lo que valía, pero él sacudió la
cabeza para frenarme.
—Y me comporté como un total imbécil contigo porque no sé cómo
lidiar con el hecho de que ella ya no está —dijo, sus ojos encontrándose
finalmente con los míos. Su voz no se quebró, pero pude notar lo destrozado
que estaba bajo aquel barítono—. Y lo siento. Porque no te lo merecías. No
mereces nada de toda la mierda que te pongo encima.
Me puse de pie en ese momento, rodeándolo con mis brazos y dejando
pequeños besos en la piel expuesta de su brazo. Él se tensó al principio, sin
corresponder el abrazo, pero al final, sus brazos se aflojaron y su frente
descendió hasta apoyarse sobre la mía.
Y fue entonces que caí en la cuenta.
—Si es su cumpleaños, eso significa…
Asintió contra mi hombro.
—Es mi cumpleaños también.
Una punzada de angustia viajó por mi pecho, y lo sostuve con más
fuerza.
—Cada año en este día, recuerdo que yo estoy aquí y ella no. Ni
siquiera puedo pensar en celebrar otro año de mi vida cuando no puedo
estar seguro de cuándo terminó la suya. O si se terminó. —Alzó la cabeza,
sus ojos sobre los míos—. Y la peor parte es que nunca sabré cuál de las
dos es la respuesta.
—Lo sé —susurré, acercándolo más a mí, tocando apenas mi frente
contra la suya—. Estoy aquí, Rhodes. Estoy justo aquí.
Inspiró una vez.
Dejó salir el aire.
Y entonces me besó.
Se inclinó hacia atrás, sentándose en la mesa y alzándome para que
me acomodara sobre él. Mis piernas colgaron a sus lados, apoyé mis pies
sobre el banco, mi corazón presionado contra el suyo. Rhodes tomó mis
caderas con fuerza y yo tomé su camiseta en un puño, devolviendo la
urgencia, haciendo que sintiera el deseo. Él movió sus caderas para
encontrarse con las mías y la fricción hizo que un gemido gutural brotara
de mis labios.
Intenté borrar aquel ceño fruncido con cada beso, pero no lo logré.
Rhodes me besó, me tocó y me llevó al éxtasis con toda nuestra ropa aún
intacta sobre una mesa de picnic frágil y mal cuidada, con una expresión de
dolor en su rostro todo el tiempo. Me tocaba como si doliera. Me besaba
como si fuera a ser la última vez.
Y en algún lugar dentro de mi corazón, también sentí la pérdida.
14
Dale se disculpó conmigo mientras cocinaba una tortilla de clara de
huevo a la mañana siguiente. Sus ojos oscuros estaban enmarcados por
círculos aún más oscuros y su cabello negro caía grasosamente sobre su
rostro. Se veía como una mierda, y en cierto modo, esperaba que también
se sintiera así.
Quería compensar la noche anterior, a pesar de que en realidad era
con mamá con quien debería estar disculpándose, así que me preguntó si
podía llevarme de compras. Había notado que mi ropa me quedaba más
suelta con todo el peso que había perdido, y quería que tuviera algo perfecto
para llevar a la fiesta de Willow el sábado. Aunque quería enojarme con él,
mamá ya lo había perdonado, y lo amaba lo suficiente como para querer
hacer lo mismo.
Además, realmente quería lucir bien para la fiesta de Willow. Sería la
primera vez que Mason y todos los demás me verían desde la feria, y estaba
ansiosa por ver sus reacciones. Nerviosa, pero curiosa también. Ya no se
trataba de querer volver con Mason, porque no quería, pero aún quería que
él se diera cuenta de lo que estaba haciendo, estaba cambiando mi estilo de
vida, no por él, sino por mí.
Al darme cuenta de que su fiesta estaba tan cerca, invité a Willow a
que nos acompañara. Extrañaba a mi mejor amiga, y pronto estaría lo
suficientemente lejos como para no poder dejar de extrañarla, solo con una
llamada telefónica y un viaje al centro comercial. Quería aprovecharlo tanto
como pudiera.
—¡No puedo creer que hayas esperado hasta ahora para contarme
todo esto! —me susurró Willow en el vestidor de una elegante boutique. Le
había contado sobre la situación con Rhodes que se había desarrollado
rápidamente en su ausencia, y estaba perdiendo la cabeza—. Quiero decir
honestamente —agregó, levantando sus pequeños pechos en el vestido de
color rosa brillante que se estaba probando—, esto es una locura. Tú. Y
Rhodes. ¿Oyes lo extraño que suena eso? —Hizo una pausa—. ¿Tiene
siquiera un primer nombre? Solo lo conozco como Rhodes.
Solté una risita.
—En realidad, no lo sé. Solo lo conozco como Rhodes también. —Hice
una nota mental para preguntarle sobre eso más tarde—. Y créeme, puede
parecer de esa manera, pero no es tan extraño como crees que es. Nosotros
como que... encajamos. Nos equilibramos el uno al otro.
—Entonces, ¿estás saliendo con él ahora? —Frunció el ceño.
—No, no exactamente.
—¿Qué exactamente significa no exactamente?
—Significa que no sé lo que somos. Nos estamos divirtiendo, supongo.
Willow gimió, giró y me hizo señas para que le bajara la cremallera.
—No, Nat. No dejes que juegue a eso contigo. Si no le ponen un título
o le dan algún tipo de definición, uno de ustedes terminará herido. —Se giró
para mirarme una vez que le bajé la cremallera hasta la parte inferior de la
espalda, saliendo de la suave tela—. Mi apuesta eres tú.
—Sí, lo entiendo —dije, suspirando—. Ahora deja de ser mi mamá y
déjame contarte acerca de los alucinantes orgasmos. —Me sonrojé ante mis
propias palabras y la boca de Willow se abrió de golpe.
Trenzando su largo cabello oscuro a un lado mientras salíamos del
camerino, dijo efusivamente:
—No omitas detalles, mujer. Los quiero todos.
Cuando Dale no estaba, hablamos sobre Rhodes, que fue más
terapéutico de lo que pensaba. No le había contado a nadie sobre él, y decirle
a Willow lo que había estado experimentando con él hizo que todo se sintiera
real. También me hizo hablar sobre Mason, lo que solidificó que realmente
no tenía el deseo de volver con él otra vez. Aun así, ella y yo nos preguntamos
cómo sería la próxima vez que lo viera cara a cara, lo que ocurriría en su
fiesta ese fin de semana.
Encontramos mi atuendo para la fiesta casi tres horas después de
nuestro viaje de compras. Sorprendentemente, Dale fue paciente con
nosotras todo el día, y solo me entusiasmó cada vez que me probaba algo
nuevo. Con cada minuto que pasaba, lo perdoné más, y me di cuenta de que
no estaba en condiciones de juzgarlo cuando tenía que lidiar con mis propios
problemas.
Después de dejar a Willow en su casa, Dale apagó la radio en el Vette.
Era un día caluroso y la parte superior estaba baja, pero el aire era seco, y
sabía que se desvanecería a medida que avanzáramos hacia el verano.
Eventualmente, el aire sería tan pegajoso que sería difícil respirar.
—Sé que me disculpé esta mañana, pero quería decir que lo siento
nuevamente. No puede ser fácil ver llorar a tu madre y odio ser la razón de
sus lágrimas. —Lo escuché atentamente, con las manos cruzadas sobre mi
regazo, pero su mirada se mantuvo en el camino—. Lucho con muchas
adicciones internas, Natalie, pero no soy un demonio. Estoy bajo control y
estoy trabajando en el manejo de las partes pequeñas de mí mismo que aún
no domino por completo. Creo que todos tenemos demonios, ¿verdad?
Se volvió hacia mí entonces, y sus ojos oscuros estaban tan tristes,
tan desgarrados, que sabía que lo que había sucedido la noche anterior le
estaba pasando factura. Sonreí, tomando su mano con la mía.
—Todo está bien, Dale. Sé que amas a mi mamá, y ella te ama. Estoy
segura de que resolverán lo que esté sucediendo entre ustedes.
Dale me apretó la mano una vez y me alejé, mirando por la ventanilla.
Pensé que tal vez Dale diría más, pero simplemente alcanzó a subir el
volumen de nuevo. Antes de hacerlo, le di las gracias: por el día fuera de la
casa, por la ropa nueva y por su honestidad. Sonrió, tragó saliva y asintió.
Todavía había muchas preguntas en mi cabeza, sobre Rhodes, sobre
mis padres, sobre la vida en general, pero al mismo tiempo, sentía que
finalmente encontraba algún tipo de equilibrio. Mi cuerpo estaba
cambiando, y parecía que estaba cambiando mi mente, mis metas, mis
expectativas y mucho más al mismo tiempo. No sabía en dónde terminaría
el verano, pero en ese momento, no me importó. Con el sol sobre mi piel y
el viento en mi cabello, me sentí viva; aventurera, libre y tal vez confiada
también, aunque sea solo un poco.

***

Perdí mi sesión de entrenamiento con Rhodes el día de compras, así


que en su lugar hice una larga carrera. Correr se estaba convirtiendo en una
especie de desahogo para mí. Hacía clic en la grabadora de voz de mi reloj
de vez en cuando para hablar sobre algunas de mis dificultades o
simplemente anotar cosas al azar que quería recordar más tarde, y estaba
mejorando al recordar apagarla al final, aunque no estaba segura de no
agotar otra batería o dos.
Rhodes canceló nuestra sesión el martes, y sus textos fueron pocos y
distantes. Para el final del miércoles, mi día libre, prácticamente habían
disminuido por completo. De repente, la felicidad que sentí antes en la
semana se había desvanecido junto con ellos. Cuando estacioné el Rover
frente al club el jueves, tuve que animarme a entrar.
Quería creer que todo estaría bien, pero lo sabía mejor.
Mi primera pista debería haber sido las oscuras nubes de tormenta
que estaban llegando. No pensé mucho en ellas, sin embargo, solo me ajusté
la ligera chaqueta mientras entraba. Tres mujeres increíblemente hermosas
que salían de la sala de entrenamiento me hicieron aminorar mis pasos.
Todas se estaban riendo, y la líder de la manada, una morena alta con
piernas largas y cirugía de nariz, claramente tenía la divertida historia
responsable de sus risas.
—Es divertido presionar sus botones —dijo en una voz demasiado
nasal para mi gusto—. Quiero decir honestamente, él debe saber que sus...
servicios... es todo para lo que es bueno.
Mantuve mis ojos bajos, ajustando mi bolso en mi hombro, pero
disminuí la velocidad aún más para captar la siguiente parte de la
conversación.
—Es decir, para ser basura de Poxton Beach, definitivamente tiene
más de unos pocos talentos escondidos bajo ese ceño fruncido. —Todas se
rieron y apreté el puño alrededor de la correa a la que me aferraba. Golpeé
a la mujer un poco más fuerte de lo necesario cuando pasé junto a ella y
ella tropezó un poco.
—Discúlpate —se burló antes de regresar a su puesto. Seguí
caminando, y ella siguió siendo una perra—. Es una pena. Nunca será más
que un buen acostón, pero supongo que hay cosas peores.
Esas fueron las últimas palabras que escuché antes de entrar a la sala
de entrenamiento que las mujeres acababan de dejar. No tuve que
esforzarme para encontrar a Rhodes. Estaba corriendo en la cinta, su pista
inestable se balanceaba cada vez que sus pies entraban en contacto. Miraba
al frente, con la boca fruncida, la expresión dura y mi corazón se apretó.
No tenía idea de lo que la señora Rinoplastia había dicho de él, pero
si sus ojos tensos jade eran realmente ventanas para su alma, podía ver lo
mal que lo habían herido. Él ya sentía que no era nada, y estas mujeres
sabían exactamente qué decirle para mantener esos pensamientos en su
lugar.
—Oye —dije tímidamente, dejando caer mi bolsa al piso frente a su
máquina. Continuó corriendo, manteniendo sus ojos entrenados en la
ventana delante de él, pero aminoró el paso—. ¿Listo para entrenar?
Fue como si esas palabras lo sacaran de su aturdimiento.
—Síp. —La palabra se le escapó de los labios y se dejó caer con fuerza
a mi lado, señalando hacia donde acababa de estar—. Súbete. Estamos
comenzando con cardio.
Intenté no analizarlo, pero Rhodes permaneció callado durante toda
la sesión de entrenamiento. Quería que se disculpara de nuevo, que dijera
que no merecía su tratamiento silencioso, que no era mi culpa, pero no lo
hizo. Después de dos horas y una de las sesiones más agotadoras que
habíamos tenido hasta ahora, intenté abrirme paso.
—¿Estás ocupado el sábado por la noche?
—Probablemente.
Tartamudeé por su franqueza, pero traté de tragarme la vergüenza.
—Ah. Bien, es la fiesta de despedida de Willow. Esperaba que vinieras
conmigo.
—No.
—¿No? —pregunté, pero Rhodes simplemente agarró su botella de
agua y se fue en la dirección opuesta. Lo seguí—. ¿Por qué no?
—Porque podría tener planes.
—¿Podrías? No harás planes conmigo, tú... —Me detuve. ¿Qué era yo
para él?—. ¿No harás planes conmigo porque podrías tener planes?
—Maldita sea, Natalie —resopló Rhodes, mirando a su alrededor a
quién podría estar escuchando. Éramos los únicos en la sala de
entrenamiento, así que lo desafié a tratar de crear esa excusa—. No iré a la
fiesta de tu amiga. O a cualquier cita, para el caso.
No hubiera clasificado exactamente la fiesta de Willow como una cita,
pero escucharlo decir eso descarriló mis pensamientos.
—¿Por qué no?
—Porque eres mi cliente.
—¿Eso es todo? —pregunté, mi voz se rompió. Pude sentir mi corazón
pisándole los talones—. ¿Hemos vuelto a esto de nuevo?
No respondió, y su silencio alimentó mi enojo.
—En serio. Já. Bueno, supongo que decidiste ofrecer tus servicios
adicionales sin cargo, ¿verdad? ¡Qué amable! —Lamenté las palabras tan
pronto como salieron de mi boca, pero mi orgullo no me permitió
retractarme.
Rhodes se detuvo a mitad de camino. Se alejaba de mí, pero mi
comentario lo hizo detener. Por un momento, solo me miró, sus ojos vacíos,
y casi cuestionando. Era como si no pudiera creer que le hubiera dicho eso,
como si no estuviera preparado para ese golpe, no de mí. Pensé que lo vi
hacer una mueca de dolor, abrió un poco la boca antes de volver a cerrarla.
Entonces, sonrió, pero no de manera amistosa. Rhodes sonrió de una
manera que me hizo querer esconderme en el rincón más alejado de la
habitación.
—Sí, Natalie, supongo. —Negó con la cabeza—. De nada. Espero haber
cumplido con mi reputación.
Suspiré.
—Rhodes —comencé, sintiéndome como una tonta, pero mi disculpa
fue interrumpida. Una de las mujeres que había estado con la manada antes
se acercó furtivamente junto a Rhodes. Sus ojos se habían intensificado a
casi un verde neón y permanecieron fijos en mí cuando él le pasó el brazo
por el hombro.
—Iuuu —dijo la pequeña rubia, golpeándolo juguetonamente. Era la
más baja del grupo que había visto antes, pero de lejos la más bonita—.
Estás todo sudado. —Se rio un poco antes de evaluarme, su sonrisa titubeó
levemente—. ¿Quién es ésta?
—Esta es Natalie. Es una cliente —dijo las palabras con tanta dureza,
como si fueran clavos para aclarar su punto. Sus ojos lucían salvajes.
Reflejaban el ritmo de mi corazón—. Y acabamos de terminar. ¿Nos vemos
mañana? —me hizo la pregunta, pero los dos sabíamos que no esperaba
una respuesta.
—Rhodes —solté, alcanzando audazmente su brazo. Se encogió de
hombros por debajo de mi toque como si lo ofendiera—. Soy yo. Por favor.
No hagas esto.
La mujer bajo su brazo parecía aburrida, y sacó su teléfono celular
para escribir un mensaje de texto. Creí ver a Rhodes vacilar, creí verlo
ablandarse, pero frunció el ceño tan rápido que no podía estar segura de no
haberlo imaginado.
—¿Hacer qué? —Su mandíbula se tensó.
Me acerqué, susurrando para que solo él pudiera oírme.
—No te vayas con ella. Por favor, Rhodes. Este no eres tú. No puedes
hacer esto. No después de todo lo que hemos hecho... todo en lo que nos
hemos convertido.
Su nariz se ensanchó y sus ojos no se encontraron con los míos.
Esperó. Por qué, no estaba segura. Claramente, nada de lo que pudiera decir
lo detendría ahora. Me dio el empujón final, tirándome al piso frío y duro, y
aunque me mató, no intenté volver a levantarme.
Podría dejarlo alejarse de mí, pero no podría soportar mirar esta vez.
Así que me di la vuelta primero.
Mis pies, aturdidos, me llevaron a través del club y hacia mi
automóvil. Arranqué el motor, puse el engranaje en la unidad y el resto
quedó borroso. Mi mente se aceleró, los pensamientos se mezclaron en un
colorido desastre mientras conducía. Rhodes se iba a casa con esa mujer
esta noche, y me sentí físicamente enferma al darme cuenta. Peor aún, lo
había empujado a eso. Sabía que estaba molesto, sabía que esas mujeres le
habían dicho algo, pero en lugar de darle espacio o tratar de ayudarlo con
cuidado cuando se alejó, le lancé su forma de vida a la cara. Mencioné sus
servicios, burlándome de él, dejándolo pensar que lo veía de la misma
manera que todos los demás.
Ahora me sentía enferma por una razón completamente diferente.
Finalmente, me encontré en el parque al que me había llevado solo
unos días antes. Saqué mi cámara y tomé fotos sin estudiar el marco.
Cuando el suave botón del obturador sonó una y otra vez, me pregunté si
Rhodes habría sido diferente si su hermana no hubiera desaparecido.
Fotografié los columpios, sus asientos vacíos soplando en el viento de la
tormenta inminente, y me imaginé a un Rhodes más joven allí. Me pregunté
si habría lucido tranquilo, si hubiera sonreído, si se hubiera reído, todas las
preguntas a las que no tenía respuesta.
Me senté en el mismo banco de picnic en el que me había besado unas
noches antes. Todavía podía sentir sus labios sobre los míos, escuchar sus
palabras en mi oído cuando me dijo que no me merecía la mierda que me
daba. Pero lo extraño era que yo quería ese dolor. Quería ayudarlo cuando
se sentía mal, empujarlo a tierra firme, cargarlo cuando no podía soportarlo.
Pero él no me quería.
Incluso después de todo, se acostaría con otra mujer esta noche, y lo
que más me mataba era que yo sabía que él era mejor que eso.
El primer eco del trueno retumbó en el parque a mi alrededor y se
filtró a través de mi núcleo, retorciéndose para llenar los espacios entre mi
culpa y mi ira. Me estremeció tanto que solté mi cámara, la correa alrededor
de mi cuello fue lo único que evitó que se rompiera.
Si al menos yo hubiera tenido una correa de seguridad también.
15
El sueño no llegaba esa noche. Estaba inquieta, dando vueltas y
vueltas, retorciendo las sábanas y resoplando de frustración cuando mi
mente todavía no se apagaba. Cuando finalmente amaneció, fingí estar
dormida el tiempo suficiente para que mamá me despertara y desayunara
con ella. Ella y Dale se iban en unas pocas horas para otro viaje de negocios,
y mamá quería hacerme panqueques, aunque no estaban en mi plan de
comidas y Christina ya estaba allí y podría haber cocinado en su lugar.
No peleé con ella por eso.
Una vez que se fueron, el silencio de nuestra gran casa me rodeó, pero
me parecía extrañamente reconfortante. Esperaba sentirme más rota de lo
que me sentía. ¿Estaba entumecida? Tal vez. O tal vez sabía que esto pasaría
todo el tiempo. ¿Alguna vez pensé realmente que podría quedarme con
Rhodes?
Mi cita de entrenamiento vino y se fue conmigo todavía tumbada en
la cama. No me molesté en llamar o enviarle un mensaje de texto a Rhodes
para hacerle saber que no iba a ir y él tampoco se acercó a mí.
De alguna manera me las arreglé para encontrar suficiente motivación
para llamar a Willow, que luego condujo tan rápido como pudo. Me recibió
con helado, pero le pedí que fuera a correr conmigo. Y aunque Willow era
pequeña y estaba en forma, mantuve su ritmo, y cuando ella quiso dejarlo,
todavía me quedaba vapor. Era la primera vez que me daba cuenta de que
era más fuerte.
Tal vez en más de una forma.
Willow se quedó a dormir, pero se fue temprano a la mañana siguiente
para prepararse para la fiesta. Todavía me sentía extraña esa mañana, pero
no tan entumecida como el día anterior. En cierto modo, estaba lista. Estaba
lista para celebrar los logros de mi mejor amiga. Estaba lista para
despedirme de ella, al menos por el resto del verano. Y estaba lista para
enfrentarme a Mason y al resto de Poxton Beach. Porque por mucho que
Rhodes me hubiera herido, él me había fortalecido de todos modos.
Sabía que al final, tendría que enfrentarme a él de nuevo. Tendría que
aceptar el hecho de que no podía tenerlo, no de la manera en que yo quería
y no estaba segura de que volvería a haber una amistad entre nosotros. Tal
vez volvería a ser mi entrenador. Tal vez me pasaría a otra persona. No podía
estar segura, pero decidí tratar de no detenerme en ello.
Por una noche, iba a ser una chica de dieciocho años.
Iba a divertirme.

***

Moses me llevó a casa de Willow alrededor de las nueve. Planeaba


beber mucho y Moses estaba feliz de ser mi viaje seguro. Probablemente no
se dio cuenta de que también sería mi confidente.
—Estoy nerviosa, Mo.
Sonrió, mirándome rápidamente antes de volver a mirar hacia el
camino.
—¿Por qué, señorita Natalie?
Tiré de la tela de cuero blanco y negro de mi falda. Era una especie de
patrón de piel de serpiente, de cintura alta y la había emparejado con una
blusa sin mangas de cuello corto, de color negro, igualmente adelgazante.
Mis piernas y brazos recién tonificados estaban en exhibición, mis accesorio
eran ruidosos y cegadores, mi cabello caía en suaves ondas sobre mis
hombros. Llevaba un atuendo que exigía atención, y no estaba segura de
estar preparada para manejarlo.
—¿Recuerdas cuando me recogiste en The Crawl a principios de
verano y yo era un completo desastre? Bueno, me enfrento a la gente que
me puso así esta noche y pensé que estaba lista, pero cada kilómetro que
conduces hace que me duela más el estómago.
Moses se rio, pero no dijo nada. No esperaba que lo hiciera. Eso era
parte del llamado de Moses; él escuchaba. Así que seguí hablando. Para
cuando llegamos a la casa de Willow, en donde la fiesta parecía estar en
pleno apogeo, no solo le había confiado mis temores sobre la noche, sino
también todas mis preocupaciones relacionadas con Rhodes. No sabía si
Moses me juzgaría, pero si lo hizo, no mostró ninguna indicación de ello.
Estacionó el Rover en el estacionamiento y puso sus manos ligeramente en
su regazo.
—Estará bien, señorita Natalie. No es tan tímida como cree. Puedo ver
una versión más fuerte y segura de usted misma esperando emerger. Solo
tiene que dejarla salir. —Me guiñó el ojo—. ¿Me manda un mensaje cuando
esté lista?
Sonreí, asentí y puse mi mano en la manija de la puerta. Dudando,
rápidamente envolví a Moses en un fuerte abrazo y le di las gracias. Aunque
no había dicho mucho, había sido exactamente lo que necesitaba. En cierto
modo, sabía que tenía razón; sentía una yo más fuerte justo debajo de la
superficie. Solo esperaba poder llevarla a tomar el aire.
Moses me devolvió el abrazo y me dio una sonrisa tranquilizadora
cuando me retiré. Respirando profundamente, ignoré los nervios y abrí la
puerta.
No había nadie afuera, pero podía oír la música filtrándose en la
entrada. A Willow le encantaba celebrar, y yo sabía que iría por todas en su
última fiesta en Poxton Beach.
Sorprendentemente, no me caí de bruces al subir por su camino
empedrado hacia la puerta. Llevaba tacones altos, no plataformas, ni
tacones franceses, sino zapatos altos y rojos. Eran el único estallido de color
en mi vestuario con excepción del lápiz labial rojo que dejé a Willow
convencerme de emparejar con ellos. Cuando llegué a la puerta, puse mi
mano derecha en la manija y sentí la música y la risa vibrando a través de
ella. Respirando profundamente por última vez, relajé mis hombros, tragué
y suavemente la abrí.
No era como una película, no todos pararon lo que hacían para girarse
y mirar hacia mí. De hecho, nada se detuvo cuando entré. Los grupitos
estaban esparcidos por toda la casa, y sonreí a unas cuantas personas que
reconocí mientras andaba por ahí buscando a Willow. Fue en su gran sala
de estar en donde noté el efecto que tenía en la gente que aparentemente
llegó una vez que ya había pasado. Oí un silencioso susurro y cuando miré
por encima de mi hombro, varias cabezas se voltearon en la dirección
opuesta. Me miraban fijamente.
Oh Dios, no estaba lista.
—¿Natalie? —Dustin fue el primero en acercarse a mí. Sus ojos que
me recordaban tanto a los de Mason estaban casi tan grandes como su
boca—. Wow. Te ves...
—¿Sorprendente? ¿Increíble? ¿Sexy como el infierno? —Willow había
salido de la cocina y gritaba hacia mí, su voz mucho más fuerte de lo que yo
prefería, llamando aún más la atención—. ¿Todo lo anterior?
Me dio un fuerte abrazo cuando se acercó a mí y yo se lo devolví,
tratando de ignorar los ojos que tenía de prácticamente todas las personas
en la habitación. Cuando Willow se retiró, me dio un guiño tranquilizador y
yo sonreí a cambio.
—Casi todo eso —dijo Dustin, riendo.
—Gracias —murmuré. Metí un mechón de mi cabello rizado detrás de
la oreja y me aclaré la garganta, mirando a Willow como si tuviera la
respuesta para lo que necesitaba hacer en esta situación.
—Démosle un trago a mi mejor amiga.
—Vamos.
Todavía teníamos muchos ojos en la espalda cuando nos retiramos a
la cocina, pero el ruido de la fiesta aumentó gradualmente hasta que volvió
a la normalidad. Me tomé la primera bebida frutal que Willow mezcló para
mí, lo que la hizo reír y mezclar una nueva junto con un trago directo del
ron que había usado para hacerla. Ella también se sirvió uno para sí misma,
y juntamos nuestros vasos de chupito antes de tomarlos. Mis extremidades
se calentaron y sonreí.
—¿Te sientes rara? —preguntó Willow, sorbiendo de su propio vaso
rosa brillante. Por supuesto que no podía ir con los rojos normales en su
fiesta de despedida. El rosa no era su color favorito, pero le encantaban
todas las cosas femeninas. Además, los vasos combinaban con su atuendo:
pantalones cortos de color rosa brillante que mostraban sus largas y
bronceadas piernas combinados con una blusa crop top blanca. Era lo más
brillante de la casa. En mi opinión, ella era lo más brillante sin importar en
dónde estuviera.
—Yo debería preguntarte lo mismo.
Se encogió de hombros.
—Aún no lo siento. Quiero decir, sé que me voy el lunes, pero supongo
que sé que a veces volveré los fines de semana y en vacaciones. Se siente
como una despedida temporal, nada serio.
—Al menos es una excusa para hacer una fiesta, ¿no?
Willow me señaló:
—Exactamente. —Riendo, ella envolvió su brazo a través del mío y me
arrastró a su patio en donde acababan de encender su fogón.
La energía que irradiaba Willow era contagiosa. Ella estaba tan
burbujeante y segura de sí misma y yo la absorbí como una esponja. Nos
reíamos a carcajadas, hacíamos chistes, bailábamos y jugábamos a juegos
de beber que solo había visto desde fuera. Mason y Shay aparecieron media
hora después que yo, pero apenas los noté. Estaba demasiado ocupada
soltándome para que me importara si estaban allí.
Ellos, sin embargo, definitivamente parecían notarme.
Después de perder finalmente un juego de voltear el vaso después de
una racha de ganar tres juegos, Willow y yo fuimos a la cocina para agarrar
un poco de agua. Queríamos durar toda la noche, así que era hora de
rehidratarnos un poco. Estábamos sorbiendo de nuestros vasos, todavía
riendo, cuando entraron Shay y su amiga de la feria.
Me puse tensa inmediatamente.
—Interesante elección de vestuario, Natalie —se burló—. Quiero decir,
para una chica de tu tamaño. —Su amiga, quien recordé se llamaba Tawnya,
puso una mano en su cadera y se rio. Estaba esperando a que chocaran los
cinco por su genialidad. ¿Cómo pude temerles a estas dos? ¿Cómo me
intimidaron estas matonas egocéntricas?
—Perra, voy a cortar...
Levanté mi mano, deteniendo la frase de Willow. Las miró
maníacamente antes de volverse hacia mí con una mirada más inquisitiva.
Solo sonreí y agité la cabeza.
—Oh, ¿de verdad vas a intentar defender esa horrible falda? Esto
debería ser bueno. —Shay empujó a Tawnya, empujando sus largos y
marrones mechones sobre su hombro.
Me estremecí ante su insulto, tocando el dobladillo de mi falda, pero
la inseguridad solo duró un momento. Cuanto más veía sus labios curvarse,
más fuerte se volvía mi impulso de patearla en la cara. Como no estaba
segura de seguir en pie si trataba de equilibrar mi peso con uno de los
tacones que llevaba puestos, decidí usar mis palabras con cuidado en lugar
de mi pie.
—¿Sabes qué, Shay? Esta es mi ciudad. Estos son mis amigos, esta es
la fiesta de mi mejor amiga, y tú estás aquí solo porque tomaste las sobras
de mi exnovio y pensaste que eso te convertiría en uno de nosotros. Bueno,
¿adivina qué? No lo hace. —Pude sentir el mismo silencio que me rodeó
cuando entré por primera vez a la fiesta arrastrándome de nuevo. Todos nos
miraban—. Todavía estoy tratando de averiguar de dónde vino el lapsus de
juicio de Mason cuando decidió que sería una buena idea salir contigo, pero
ya que tienes que estar aquí hasta que se dé cuenta de que puede hacerlo
mejor, tal vez podrías dejar de obsesionarte con mi aspecto y con lo que llevo
puesto y preocuparte por ti misma.
La boca de Shay se abrió y Tawnya la siguió. La adrenalina corría por
mis venas a la velocidad de un tren de carga. Por dentro estaba temblando,
pero no lo dejé ver.
—Vamos, Willow. —Envolví mi brazo a través del suyo y me pavoneé
hacia la puerta trasera—. Tenemos un juego que ganar. Oh, y ya que sé que
estás mirando —agregué, echando una última mirada sobre mi hombro a la
cara pálida de Shay—. ¿Cómo se ve mi trasero, Shay?
La cocina y la sala de estar rompieron en una mezcla de risas y ooohs.
Willow se estaba volviendo loca y yo contuve mi impulso de hacer lo mismo.
Cuando finalmente logramos salir, lo dejé salir.
—¡Oh, Dios mío! No puedo creer que eso haya pasado. Te jodidamente
quiero. —Willow me envolvió en un abrazo aplastante antes de volver a la
fiesta que estaba afuera—. ¡Mi mejor amiga es la perra más sexy del mundo!
—Todos se rieron y algunos de los chicos silbaron. Solo me sonrojé a cambio.
No vi a Shay ni a Mason en la siguiente hora. Se fueron o se quedaron
dentro, cualquiera de las dos opciones funcionaba para mí. Me sentí bien al
estar de pie por mí misma, incluso si tuve que rebajarme a su nivel para
hacerlo, pero después de que la adrenalina se estrelló, me dirigí a la
habitación de Willow para recomponerme. Pensé que había escapado sola,
pero Willow me siguió, cerrando la puerta suavemente y cayendo para
sentarse en la cama conmigo.
—Estoy bien, Lo —dije con un suspiro—. Vuelve a la fiesta.
—Escucha, por mucho que quiera creerlo, especialmente con tu
pequeño espectáculo en la cocina, sé que hay algo que te molesta. —Guiñó
un ojo cuando mencionó mi enfrentamiento con Shay, pero su sonrisa cayó
rápidamente—. Estás pensando en Rhodes, ¿no?
Me mordí el labio y asentí, la mera mención de su nombre hizo que se
me revolviera el estómago. El subidón de adrenalina prácticamente me había
despejado, lo que hizo que todos los pensamientos consumidos por él se
estrellaran al mismo tiempo.
—Yo solo... casi desearía que nada de esto hubiera pasado, Lo. Ojalá
hubiera dejado de entrometerme. Si hubiera podido dejarlo en paz, dejarlo
entrenarme y luego irme a casa y olvidarme de él hasta la próxima sesión,
tal vez nada de esto hubiera pasado. O me va a tratar como si fuera una
cliente otra vez o va a llegar a donde nunca tenga que verme. Cualquiera de
las dos opciones me mata.
Y lo hacía. Mi estómago pudo haber caído ante el sonido de su nombre,
pero se retorció y me dolió la idea de perderlo por completo. Estaba enojada
con él, herida, confundida, pero todavía lo anhelaba. No tenía ni idea de
cómo manejar lo que estaba pasando.
Fue el turno de Willow de suspirar. Ella agitó la cabeza, agarró mi
mano y la apretó suavemente.
—La peor parte de todo esto es que ahora sabes cómo es tener más de
él. Eso es lo que lo cambia todo y es por eso por lo que luchas por quererlo
de vuelta y desear que nunca ocurriera. —Se encogió de hombros, sus ojos
marrones suavizándose—. La ignorancia es una bendición tanto como una
maldición. No puedes anhelar lo que no sabes que existe.
La verdad de su observación me golpeó más fuerte que cualquier cosa
que Rhodes me había dicho dos noches antes. No estaba segura de lo que
estaba sintiendo hasta que Willow me lo expuso como una fotografía.
Un golpe a la puerta nos asustó a las dos. Se abrió lentamente, y de
repente mi adrenalina volvió. ¿O fueron los nervios? No podía estar segura.
Mason estaba de pie en el marco, las manos en los bolsillos de sus jeans
descoloridos, el cabello castaño desordenado rizándose en sus orejas y
cayendo ligeramente en sus ojos.
—Oye —dijo tímidamente, mirándome primero a mí y luego a Willow—
. ¿Podría...? ¿Te importaría si hablo con Natalie un segundo?
La cara de Willow era de piedra. Invitó a Mason y a Shay solo después
de que la convenciera de que lo necesitaba. Ella estaba empeñada en
mantenerlos alejados después de que se enteró de lo que había pasado en
la feria, pero sabía que mataría a Mason si no estaba allí para su última
noche en la ciudad. Mason y Willow eran casi tan cercanos como Mason y
yo, y no quería que Willow tuviera que elegir. Aun así, mientras Mason
esperaba a que ella respondiera, juré que podía sentir las dagas que ella
estaba lanzando en su camino perforando mi propia piel.
—Depende. ¿Vas a ser un imbécil como intentó serlo Shay?
—Willow —dijo Mason suavemente, agitando la cabeza—. Sabes que
nunca lo haría. Es parte del por qué estoy aquí. —Se aclaró la garganta—.
Solo quería disculparme.
Willow inhaló profundamente, aparentemente debatiendo su
sinceridad. Después de mirarme para ver si me parecía bien, tiró de su
cabello largo hacia un lado y se levantó de la cama.
—Bien, pero no me hagas patearte el trasero, Mason Carter.
Una vez que Willow cerró la puerta detrás de ella, Mason entró en la
habitación y estábamos los dos solos. La última vez que estuvimos solos en
una habitación juntos fue bajo circunstancias muy diferentes, y me puse
las manos bajo las piernas en la incómoda comparación.
Después de un minuto de silencio, Mason sonrió torcidamente,
agitando la cabeza.
—Natalie, te ves increíble.
Mis mejillas se calentaron y miré mis tacones rojos, cruzando mis
tobillos.
—Gracias, Mase.
—Siento mucho lo que pasó con Shay.
—Está bien. Lo manejé.
Ante eso, Mason se rio.
—Sí. Eso escuché. —Sintiéndose más cómodo, tomó el espacio vacío
en la cama junto a mí—. No recuerdo que te hayas defendido así, Natalie.
Me encogí de hombros.
—Bueno, nunca me había sentido lo suficientemente fuerte para
hacerlo antes.
Los ojos de Mason se suavizaron y me di cuenta de que era por
lástima. Lástima por mis inseguridades o por su propia ignorancia de ellas,
no estaba segura. De cualquier manera, me miraba de una manera familiar
que me hacía querer acurrucarme bajo las sábanas con él. No quería nada
más que el amigo que me había dejado atrás. No podía decidir si estaba más
enojada conmigo misma por querer algo de él o confundida porque antes de
Rhodes, yo quería mucho más.
—¿Por qué estás con ella, Mason? —No pude evitar preguntar—. Ella
no es buena para ti. Es horrible.
—Ella no siempre es así —la defendió, pero incluso así pasó su mano
por su desordenado cabello y suspiró—. Supongo que esperaba que estar
conmigo la cambiaría. La primera noche que la conocí, me mostró un lado
vulnerable. No se lo muestra a nadie más. La mayor parte del tiempo,
levanta la guardia. —Sus ojos se encontraron con los míos—. Algo así como
lo que hizo esta noche contigo.
—No creo que eso sea levantar la guardia, Mase. Creo que es ella
siendo una perra. —Me sonrojé ante la maldición y Mason se rio.
—Tal vez tengas razón. No lo sé, me preocupo por ella pero... —Tragué
mientras sus palabras se calmaban porque se había acercado a mí, sus
pantalones tocando mi pierna desnuda—. Tengo que admitirlo, algo falta.
No tuve que adivinar a qué se refería con algo porque su nuez de Adán
se agitó y sus ojos cayeron sobre mis labios. Estaba pensando en besarme
y mi corazón se aceleró ante el pensamiento.
De repente, la puerta de la habitación de Willow se abrió.
—Uh, ¿Natalie? —preguntó Willow, pánico evidente en su voz—.
¿Invitaste a Rhodes?
Mason y yo saltamos de la cama, cada uno por una razón diferente.
—¿Está aquí?
Ella asintió.
Miré brevemente a Mason, su cara tan conmocionada como la mía,
antes de pasar junto a Willow y bajar las escaleras volando. Willow me
seguía, gritando que acababa de entrar y se sirvió un trago. Ella le preguntó
qué hacía allí y él dijo que yo lo había invitado.
Y técnicamente, lo había hecho.
Traté de mantener la calma mientras mi pie golpeaba la escalera de
abajo. No tardé nada de tiempo en encontrarlo. La habitación estaba
despejada en donde él estaba parado, estaba al borde de la chimenea en la
sala de estar de Willow. Estaba apoyado casualmente en ella, una mano
metida en su bolsillo y la otra levantando un vaso rosa a sus labios. Era casi
cómico, excepto que no podía encontrar en mí una sonrisa.
Probablemente no se dio cuenta, pero yo sabía que el volumen de la
fiesta había disminuido. La gente lo miraba fijamente, aunque trataban de
no hacerlo obvio, y los susurros volaban por todas partes. Viéndolo de pie
tan fuerte y sin estar afectado, me costó respirar y cuando sus ojos se
encontraron con los míos, me agarré a la barandilla de las escaleras para
estabilizarme. Necesitaba saber por qué estaba allí y lo que eso significaba,
pero antes de que pudiera fortalecerme para cruzar la habitación, la voz de
Mason se abrió paso.
—Espera, Natalie —suplicó, agarrando mis dos manos—. No sé qué
pasa entre tú y ese tipo, pero tienes que saber tus opciones antes de hacer
tu próximo movimiento. —Tragó y yo me asusté internamente—. Me he
estado volviendo loco tratando de averiguar qué le falta a Shay, y viéndote
esta noche, ahora sé lo que es. Eres tú. Somos nosotros. Es nuestra amistad
y nuestro amor único en la vida lo que estúpidamente tiré. —Me apretó las
manos y se acercó—. Quiero nuestras noches de cine y nuestros largos
paseos por la ciudad. Quiero nuestras comidas familiares y días en la playa.
Quiero besarte cuando me apetezca. —Mason se acercó aún más y yo
retrocedí—. Te quiero, Natalie. Quiero que vuelvas.
Mis ojos miraron a Rhodes e incluso desde la distancia pude ver su
mandíbula tensa. Su mano estaba agarrando el vaso que sostenía con más
fuerza de la necesaria, el plástico rosa hundiéndose por la fuerza. Necesitaba
decir algo, pero no tenía ni idea de qué.
Volví a mirar a Mason, que sonrió suavemente.
—Por favor, di que sientes lo mismo. —Sus manos ahuecaron mi cara
y lentamente llevó mis labios hacia los suyos. Mi aliento se detuvo, todo se
detuvo y mi interior gritaba para que reaccionara, pero no podía.
—Mason, espera.
—He estado esperando toda la noche para decir esto —dijo, sus labios
peligrosamente cerca de mí—. No voy a esperar más.
Estaba borracho, podía oler el licor en su aliento, pero no era por eso
por lo que no quería que me besara. Debería haberlo querido, ese siempre
fue el plan, pero no lo hacía. Traté de encontrar las palabras para explicar,
pero no pude.
O debería decir, que no tuve la oportunidad.
Justo antes de que nuestros labios se encontraran, las manos de
Mason se arrancaron de donde estaban acunando mi cara cuando un puño
se estrelló contra su costado. En un instante, estaba en el suelo, enroscado
en posición fetal, gritando de agonía. Sus manos volaron rápidamente para
cubrir la herida, pero la sangre fluía a través de ellas. Miré fijamente a la
fuerza responsable y me encontré con la dura mirada de Rhodes. Su nariz
estaba ensanchada, sus ojos enloquecidos, y miró una vez a Mason en el
suelo antes de girarse y correr hacia la puerta.
—¡Oh, Dios mío! —Willow saltó a la acción, cayendo al suelo en donde
Mason aún gritaba. Dustin nos siguió rápidamente y el resto de la sala se
amontonó a nuestro alrededor. Mis ojos encontraron a Mason antes de
volver a buscar a Rhodes entre la multitud. Mi corazón estaba acelerado.
Mis dedos estaban helados.
—Natalie —gimió Mason, acercándose a mí. Le miré la mano, pero
luego miré hacia la puerta. Cuando volví a mirar hacia atrás, Mason tenía
los ojos muy abiertos. Dejó caer la mano que cubría su cara y yo me
estremecí al ver su ojo y su pómulo. Ambos ya estaban hinchados, su frente
estaba abierta y la sangre se le filtraba por un lado de la cara—. No te vayas.
¿Viste lo que acaba de hacer? Me dio un puñetazo. Casi te pega, Nat. ¡El tipo
es un monstruo!
Tragué, buscando en mi corazón la respuesta correcta. Mason casi me
había besado y la yo que existía hace apenas un mes habría apreciando eso.
Ella habría caído al suelo con él, lo habría abrazado, le habría dicho que
todo estaría bien. Ella lo habría aceptado de nuevo. Pero la nueva yo, la yo
que existía en ese momento, de pie en la sala de estar de Willow con todo el
mundo a su alrededor, no sentía ninguno de esos deseos. No quería que
Mason volviera.
Quería a Rhodes.
—Lo siento —susurré, mis ojos moviéndose de Mason a Willow. Me
estaba disculpando con los dos, pero en realidad no lo sentía en absoluto.
Las cejas de Willow se arrugaron, pero solo de una manera que me advirtió
que tuviera cuidado. Sabía que ella me apoyaría pasara lo que pasara.
El resto de la habitación haría exactamente lo contrario.
Aun así, me fui.
Separé a la multitud con Mason llamándome. Pasando la puerta
principal, mis ojos buscaron en la oscuridad a Rhodes. Estaba a punto de
llegar a su motocicleta, así que me saqué los tacones de una patada y corrí.
Sabía que me sentía venir. Escuchó como gritaba su nombre, pero no se
detuvo; no hasta que me acerqué y le jalé el brazo para que me mirara. Sus
ojos aún eran salvajes.
—Vuelve adentro, Natalie.
—No.
—Natalie.
—No —le advertí—. ¿De qué iba eso?
Se encogió de hombros y caminó con más determinación hacia su
motocicleta.
—Nada. Vuelve adentro. Ya oíste a tu noviecito. Quiere que vuelvas.
—No me importa. Te quiero a ti. Te elijo a ti.
Se rio.
—Decisión equivocada.
Las lágrimas me llenaron los ojos y mi pecho se llenó de un dolor
familiar.
—¡Para esto, Rhodes! —Él seguía caminando conmigo justo en sus
talones—. Un minuto me besas y al siguiente me dices que no soy nada para
ti. Ahora estás aquí. —La desesperación se desencadenó a través de mí—.
¿Por qué no me dejas entrar? —Me ahogué.
Rhodes giró alrededor, las venas de su cuello a la vista.
—¡Porque no puedes jodidamente arreglarme, Natalie!
—¡Pero tú me arreglaste!
El dolor se desprendió de mi pecho y se envolvió alrededor de todo mi
cuerpo, haciendo que las lágrimas bajaran por mis mejillas. Rhodes tragó,
sus ojos fijos en los míos, su cara arruinada en una mezcla de dolor y
confusión. Me miraba como si no tuviera ni idea de cómo podría cuidar de
él. Me quedé mirando, preguntándome cómo podía estar tan ciego para no
verlo él mismo.
—Viniste aquí por una razón esta noche, Rhodes. ¿Por qué? ¿Por qué
estás aquí?
Su mandíbula tembló.
—Vine a disculparme.
Ya no se alejaba, así que di un paso seguro hacia él.
—Entonces, discúlpate.
—No tuve... no fui a casa con esa mujer. Del club.
—Lo sé.
Rhodes palideció.
—¿Lo sabes?
Asintiendo, volví a avanzar, esta vez invadiendo su espacio hasta el
punto de casi tocarlo.
—Sabía que no me harías eso. Sabía que estabas sufriendo y no me
dijiste por qué. Eso es lo que no entiendes, Rhodes. Puede que no quieras
dejarme entrar, pero voy a seguir aquí, empujando, pinchando y forzando
cada cerradura hasta que finalmente lo hagas.
—No me merezco eso, Bicho. —Tragó, pero mi corazón golpeó fuerte
contra mi caja torácica al mencionar mi apodo—. ¿No me ves? ¿No ves la
clase de persona que soy?
Y supe en ese momento que debería haberlo dejado ir. Cada nervio
estaba en atención, como si estuviera en presencia de un fantasma. Tal vez
eran los fantasmas en sus ojos, los de su pasado, o tal vez era el fantasma
de un futuro que sabía que no podíamos tener. Debería haber corrido. Pero
en cambio, lo busqué.
—Eso es. —Respiré, agarrando su tenso brazo en mi temblorosa
mano. Le puse el dedo índice en la muñeca y presioné con fuerza—. Te veo.
Veo tu corazón, Rhodes. —Tragué—. Lo siento.
Rhodes hizo un gesto de dolor como si mis palabras lo hubieran
marcado permanentemente, entonces sus manos estaban en mi cabello y él
me estaba besando.
—Intenté alejarme de ti —murmuró contra mis labios antes de
reclamarlos de nuevo.
—Lo sé.
—No puedo.
Temblé al agarrarlo, sus besos despertando cada emoción que había
guardado en mi interior durante tanto tiempo.
—Lo sé.
Sus labios eran fervientes, su cuerpo apretado contra el mío como si
no me sintiera en todas partes, entonces yo no era real en absoluto.
Retirándose, Rhodes pasó su pulgar sobre mi labio inferior, sus ojos neón
brillando en la oscuridad mientras buscaba en los míos. Estaba buscando
una respuesta a una pregunta que tal vez yo ni siquiera había escuchado, y
yo esperaba con cada mililitro de sangre en mi corazón que él la encontrara.
—No quiero estar sola esta noche —susurré.
Rhodes levantó su mochila de su motocicleta y sacó su casco de
repuesto, dándomelo como respuesta. En cierto modo, ese casco decía más
de lo que nunca podría haber dicho con palabras. Quería que me fuera con
él. Lo había planeado.
—¿Tu casa o la mía?
16
Rhodes estaba callado cuando frenó en la entrada. Lo hice estacionar
su motocicleta en la parte trasera solo en caso de que alguno de mis vecinos
decidiera ser fisgones, y lo guie adentro.
—¿Quieres algo para beber o alguna otra cosa? —pregunté con
nerviosismo, dejando mis tacones en la entrada. Mis pies estaban sucios por
perseguirlo, pero lo acepté.
—Estoy bien.
Asentí, aplanando mi falda con mis manos húmedas.
—Puedo cocinar algo, si quieres.
Rhodes sonrió con suficiencia, y sus ojos, feroces, ardieron con ello.
—Comí antes.
—Ah. Está bien. —Mordí mi labio y él se acercó un poco más.
—¿Estás nerviosa, Bicho?
Reí, con un sonido agudo que nunca había salido de mi boca. Ni
siquiera podía intentar negarlo luego de eso, así que me encogí.
—Sí. Y no sé por qué.
Eso era mentira. Sí sabía por qué. Rhodes estaba solo conmigo en mi
casa y quería que me tocara. Quería todo de él. Simplemente no sabía si me
permitiría tenerlo.
Rhodes rio, estirando sus brazos hacia mí y acercándome a su pecho.
Lo rodeé con los míos e intenté calmar mi respiración. Con lentitud, alzó mi
barbilla y unió nuestros labios.
Me besó con delicadeza al principio, pero yo comencé a tirar de su
camiseta, demandando un poco más de intensidad. Gruñendo, Rhodes me
dio lo que quería, dejando entrar su lengua en mi boca y tirando muy
ligeramente de mis rizos. Abrí la boca en un gemido y él se movió hacia abajo
para besar mi cuello, moviéndose hacia mis clavículas antes de tomar el
lóbulo de mi oreja entre sus labios.
—Llévame a tu cuarto.
Nuestras bocas volvieron a colisionar mientras subíamos las
escaleras, quitándonos la ropa en el camino. Las manos de Rhodes se
sostenían con fuerza de mis caderas mientras hacía que mi espalda golpeara
contra la barandilla, rompiendo el beso durante el tiempo suficiente para
quitarse la camiseta. Sus labios se encontraron con los míos con
desesperación y me alzó, mis tobillos apoyándose contra la parte trasera de
su cintura mientras él subía el resto de las escaleras. Un momento después,
mi espalda chocó con la pared y bajé mis piernas de su cuerpo para que
pudiera quitarse los pantalones al tiempo que yo me quitaba el sostén.
Éramos todo manos, respiraciones agitadas y labios, la ropa cayendo sobre
el suelo a cada paso. Para cuando aterrizamos sobre mis sábanas, estaba
completamente desnuda y Rhodes solo tenía puesto su bóxer. Subiéndome
a horcajadas sobre él, empujé su pecho y recorrí su abdomen con los dedos.
—Esta es la primera vez que realmente te veo sin camiseta. —Sus
abdominales eran tan duros y definidos como me había imaginado que
serían, y las yemas de mis dedos trazaron delicadamente cada hendidura.
Leves temblores se transmitían desde donde lo tocaba hacia el resto de su
cuerpo, y sonreí ante eso.
—No soy nada especial.
Fruncí el ceño cuando noté que había algunas cicatrices apenas
visibles sobre su estómago. Cuando las toqué, Rhodes tomó mis muñecas
con firmeza y nos dio la vuelta, golpeando sobre mis caderas y besándome
con fuerza.
—Te quiero esta noche, Rhodes. Por favor —rogué, besando la piel
desnuda de su hombro. Podía sentir su erección a través de la tela de su
ropa interior. Cuando gemí contra su piel y mordí su hombro con delicadeza,
él se puso aún más duro.
—Jesús —susurró, hundiendo su rostro en mi cuello—. No sé cómo
hacer esto. No eres como las mujeres con las que he estado antes. Quiero
tratarte con cuidado, despacio, pero no sé cómo.
Mi respiración se aceleró ante su honestidad.
—Entonces tómame como quieras. Fuerte, rápido, brutal… —Me solté
de su agarre y pasé mis uñas por su espalda—. No quiero que me trates con
cuidado.
Rhodes soltó un gemido desde lo más profundo de su pecho ante el
contacto, pero negó con la cabeza, alzándola para mirarme.
—Pero eso es todo. Me desconecto cuando tengo sexo, Bicho. Nunca…
nunca ha significado nada para mí. —Tragó, su pulgar trazando el borde de
mi mandíbula—. Pero esta noche sí significa algo. Y quiero sentir cada
momento que pase contigo.
Volvió a besarme, más lento esta vez, sus labios pegándose a los míos
cada vez que se alejaba. Cuando su dedo índice encontró la parte interna de
mi muñeca y presionó con delicadez, suspiré alegremente, copiando su
movimiento y sintiendo su corazón también. El mío no era el único que latía
muy rápido.
Introduje mis dedos bajo el elástico de su bóxer y lo deslicé hacia abajo
antes de que Rhodes tomara el control. Lo pateó lejos, presionando contra
mi entrada al tiempo que se apoyaba sobre sus brazos temblorosos. Mi
respiración se entrecortó. Cada uno de mis nervios estaba en estado de
alerta. Estaba tan cerca, y nunca había querido algo tanto como quería
cerrar la distancia entre nosotros.
Con rapidez, Rhodes rompió el paquete del condón que había sacado
de sus pantalones cuando estábamos en las escaleras. Alejándose un poco,
lo deslizó sobre su longitud. Era más grande de lo que creía, incluso luego
de sentirlo duro a través de sus shorts muchas noches antes, y mi
respiración estaba demasiado agitada como para exhalar solamente por mi
nariz. Mi boca se abrió cuando se posicionó entre mis muslos nuevamente,
mi pecho tenso en anticipación.
Él sintió el peso también, porque me besó con suavidad una vez más
antes de murmurar:
—¿Estás segura?
Asentí, clavando mis talones en su espalda para acercarlo. Su glande
tocó mi entrada húmeda y ambos gemimos al mismo tiempo. Rhodes mordió
mi labio y luego me llenó. De una sola vez. Completa y desvergonzadamente.
Gimió, retrocediendo antes de volver a entrar en mí una vez más. Dolía
un poco, y me sostuve de él con más fuerza.
—¿Estás bien?
Volví a asentir, sin ser capaz de pronunciar más palabras a ese punto.
Sentía cómo se estaba conteniendo, igual que había hecho yo todas aquellas
noches antes. Entró en mí despacio, con cuidado, pero cada movimiento
llegaba más profundo, y cuando tomó un ritmo, ya no pude controlar mis
gemidos. Resonaron por mi habitación y por el pasillo, y era como si oírlos
rompiera con todo el control que tenía sobre sí mismo. Rhodes tomó mi
cabello en su puño y echó mi cabeza hacia atrás, tomando mi pezón
izquierdo en su boca y entrando en mí con más fuerza, golpeando un punto
dentro de mi cuerpo que no sabía que existía.
Rhodes me penetró una y otra vez hasta que pude soportar su longitud
con más comodidad, y entonces me dio la vuelta hasta que estuve sobre mis
manos y rodillas. Tomando la parte trasera de mi cuello, presionó mi rostro
contra el cálido edredón y luego puso sus manos sobre mi espalda antes de
volver a entrar en mí. Grité, pero no de dolor. Rhodes dentro de mí no me
daba más que un placer puro e inimaginable.
—Sí —suspiré, pero aún estaba insegura en cuanto a mi voz cuando
estaba en la cama con él. Rhodes sostuvo mis caderas con fuerza y volvió a
entrar—. Sí —grité, más alto. Llenaba cada parte de mí en esa posición.
Podía sentir mi orgasmo acercándose, y rogué porque llegara.
Pero Rhodes esperó.
Volvió a moverme para que estuviera sobre él, pero esta vez se
mantuvo sentado. Todas las partes de nuestros cuerpos se tocaban. Mis
piernas estaban alrededor de su cintura, su boca era dura contra la mía, y
entraba en mí con una presión tan calculada que gemí ante la sensación.
—Me encanta cómo te sientes —gruñó, moviendo sus manos desde mi
cintura hasta mis hombros. Era como si estuviera haciendo flexiones, pero
en cambio, me acercaba hacia él, hundiéndose más dentro de mí—.
Estrecha. Húmeda. —Flexionó sus caderas—. Jodidamente increíble.
Sus palabras me encendieron, desde la parte más profunda de mi
corazón, hasta los vellos erizados por su contacto. Sentía como si me
estuviera hundiendo en un fuego salvaje, quemándome y jadeando en busca
de aire limpio. Y, aun así, quería inhalar su humo, quería que me
consumiera por completo. Era la contradicción más espantosa y la más
excitante al mismo tiempo.
—Más duro —susurré, y mis mejillas se sonrojaron inmediatamente.
Rhodes sonrió, mordiendo su labio inferior y dejando que sus dientes
rozaran la suave carne.
Se incorporó, con mis piernas aun rodeando su cintura, y luego me
dejó caer en la cama y tomó mis tobillos, alzándolos para posarlos sobre sus
hombros. Estaba totalmente expuesta mientras Rhodes hacía caso a mi
pedido, y cada vez que entraba en mí, mis senos saltaban ante la fuerza.
Debería estar avergonzada, pero me miraba con tanto deseo en sus ojos que
solo podía sentirme sexy.
Y nunca me había sentido así antes.
—Oh —gemí, agarrándome de las sábanas y del borde de la cama—.
Sí, Rhodes. Sí.
Deslizó su mano por mi muslo y aplicó una mínima pizca de presión
sobre mi clítoris, pero eso fue suficiente para enviarme en una espiral de
placer. La combinación de él dentro de mí y la fricción de su tacto golpeó
mis sentidos desde todas partes, tragándose el mundo a mi alrededor hasta
que me encontré en un frenesí de sensaciones. Sentía todo. Y no sentía
nada. Estaba entumecida. Estaba en llamas.
Se vino conmigo, y observar su rostro mientras lo llevaba a su
orgasmo solo provocó que me viniera más fuerte. Me sentía poderosa,
deseada, y hermosa.
Por una vez, sentía lo que me había estado diciendo durante tanto
tiempo.
Rhodes gruñó y me bajó. Estaba aún dentro de mí, y ambos
temblábamos. Me besó suave y largo, sus dedos rozando mi cabello. Nos
mantuvimos enredados sobre el suelo, respirándonos el uno al otro,
tocándonos ligeramente y besándonos. Pero luego de un rato, Rhodes estaba
duro otra vez, y yo necesitaba más.
No dijimos una sola palabra más esa noche.
Rhodes se tomó su tiempo explorando mi cuerpo hasta mucho
después de que el sol se asomara por entre las cortinas blancas de mi
ventana. Solo detuvimos porque no había más condones, y Rhodes se negó
a seguir sin que yo tuviera algún tipo de control de natalidad. Cómo fue
capaz de pensar con lucidez en aquel momento, nunca lo sabría.
Estaba totalmente saciada cuando finalmente Rhodes me rodeó con
sus brazos, acunando mi cuerpo contra el suyo. Su respiración se acompasó
antes que la mía, pero pronto esta me arrulló lo suficiente para que me
durmiera también. Y por primera vez desde que lo conocí, no deseé soñar
con Rhodes. En aquel momento, la realidad era mejor.

***

Me desperté más tarde. El sol aún estaba brillando a través de la


ventana, llenando mi habitación de brillo naranja. En silencio, salí de la
cama y tomé mi cámara. Luego de configurarla correctamente, tomé una
simple foto de Rhodes durmiendo. Sabía que la fotografía no podría
compararse jamás a la visión real, pero tenía que capturar aquello de alguna
forma.
Luego de que Rhodes hubiera notado que no tenía un espejo en mi
habitación, le pedí a Dale que me comprara uno. Era uno de cuerpo
completo con un marco de madera celeste. Titubeante, me moví hasta estar
de pie frente a él.
Mis rizos estaban intactos, incluso a pesar de estar desordenados y
salvajes por la noche. Mis mejillas estaban sonrosadas, mis labios oscuros
e hinchados, y mis ojos muy abiertos. Despacio, posicioné la cámara contra
mi pecho y moví el lente hacia arriba para enfocar mi rostro en el espejo. Y
entonces, por primera vez, me tomé una foto a mí misma.
Clic.
Era un sonido tan simple, demasiado simple para cómo se sentía en
aquel momento. Era suave y casi inexistente, lo cual era totalmente lo
contrario a lo que estaba sintiendo.
Las manos de Rhodes tocaron mis codos y salté, para luego apoyarme
contra él mientras trazaba mi piel por mis manos. Tomó la cámara, y yo la
solté, dejándolo tomar el control. Giré mi cabeza hacia él al tiempo que
miraba por el visor y volvía a presionar el botón. Sonreí.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, con la voz áspera.
Él sonrió, también.
—Encontrando algo hermoso entre todo el caos.
Rhodes me fotografió desde todos los ángulos imaginables. Se centró
en mis labios, mis manos, mis ojos. A veces lo capturaba todo, y a veces solo
a mí. Lo dejé fotografiar hasta que decidió que era suficiente, y entonces giré
la cámara sobre sus manos y me acerqué a él, apoyando mi cabeza contra
su pecho y tomando una foto de los dos, asegurándome de que solo se vieran
nuestros rostros. Era nuestra primera fotografía, y ambos lucíamos
tranquilos, satisfechos… felices.
Rhodes me besó en la mejilla mientras volvía a apoyar mi cámara en
la mesita de noche y yo rodeé su cuello con mis brazos.
—¿Cuál es tu primer nombre?
Me besó en respuesta, sus manos sobre mi cintura.
—Rhodes.
—¿Tu nombre es Rhodes Rhodes? —Sonreí, dándole un suave
empujón.
La mandíbula de Rhodes se movió al tragar. Nunca se me había
ocurrido que tal vez no se lo había dicho a alguien jamás. ¿Por qué querría
alguien esconder su nombre?
—Es William.
Sonreí.
—William. —Se estremeció cuando las sílabas dejaron mis labios—.
Me gusta ese nombre.
17
Rhodes y yo eventualmente llegamos al gimnasio ese domingo para mi
pesaje, después de permanecer en la cama toda la tarde y la noche. Bajé
oficialmente trece kilos, y había perdido otros diez centímetros de mis
caderas y ocho centímetros de mi cintura desde mi última medición hace
tres semanas. Fue un gran hito, y lo celebramos, aunque Rhodes me advirtió
que sería más difícil perder desde ese momento.
Era surrealista para mí. En seis semanas, perdí más peso de lo que
creía que era capaz de hacer. Más que eso, había ganado músculo y fuerza,
en más de un sentido. Al comienzo del verano, me sentía como si estuviera
flotando. Estaba tratando de encontrar un propósito, un impulso, una
pasión, pero me quedé corta. Cuanto más cambiaba mi cuerpo, más me
permitía ver la belleza de mi vida y mis elecciones. Tal vez no estaba en el
camino tradicional que la sociedad había alineado para mí. ¿Eso realmente
significaba que no encontraría mi propio camino?
Después de nuestra sesión, conduje directamente a casa de Willow
para pasar su última noche en la ciudad, aunque fue extremadamente difícil
despedirse de Rhodes. Sabía que había tomado la decisión de no luchar
contra lo que fuera que tuviéramos, pero, aun así, algo dentro de mí sabía
que lo que teníamos era fugaz. Cuando estábamos separados, él tenía la
oportunidad de pensar, y cuando tenía tiempo de pensar, pensaba en todas
las razones por las que no podríamos estar juntos. Yo tenía un dolor
constante en el pecho que me decía que no me aferrara demasiado, pero solo
me hacía apretar los puños con más fuerza.
Willow había empacado completamente y estaba lista para salir
cuando llegué, así que me di una ducha rápida y nos dejamos caer en su
sofá para ver una serie de películas que habíamos visto mil veces antes. Ni
siquiera habíamos pasado los créditos de 10 Cosas que odio de ti cuando
Willow se giró hacia mí, mostrando un gusano gomoso en su boca.
—Está bien, ahora que tenemos ruido de fondo, necesito saber cada
detalle de tu noche después de que te fuiste anoche.
Reí entre dientes.
—Ya te dije. Rhodes y yo hablamos, luego volvimos a mi casa.
—¿Y? —Arrastró la palabra, girando el gusano en su mano. Reí.
—Y —exageré—. No es asunto tuyo.
—¡Buu! —Willow arrojó su gusano medio comido hacia mí, los
cristales de azúcar volando sobre mis pantalones de chándal—. Eres la peor.
No puedes follarte al chico malo de Poxton High y no decirle a tu mejor amiga
lo grande que es su wang2.
—¿Su Wang, Lo? ¿En serio?
—¡Sí, en serio!
Reí, recuperando el gusano aerotransportado y mordiendo su cola.
—Bien. Digamos que todavía estoy adolorida... y no de las sentadillas
de hoy.
—CÁLLATE.
—Está bien, detente. —Me sonrojé, sentándome más recta—. Eso es
todo lo que obtienes. ¿La gente se volvió loca cuando me fui?
Me di cuenta de que Willow quería preguntar más, pero aceptó.
—Oh, por supuesto.
—Estoy segura de que todavía están hablando —gimoteé.
—Lo que sea. La gente siempre va a hablar, podría darles algo por lo
que hablar. Y créeme, tú y Rhodes son sin duda dignos de chismes.
—Siento que ya somos muy complicados, lo último que necesitamos
es a todos los demás en nuestros asuntos. Pero sé que así será. —Podía
sentir cuán frágil era nuestra relación, y me preguntaba si Rhodes sentía lo
mismo. Él siempre tenía más confianza que yo, pero no estaba segura de si
eso se aplicaba a nosotros o nada más a mi entrenamiento—. ¿Y qué si
tienen razón? Quiero decir, ¿qué piensas? ¿Cometí un error al elegir
Rhodes? ¿Soy demasiado ingenua para ver las señales de algo que terminará
por aplastarme? Quiero decir, míralo. —Hice un gesto hacia la puerta y
luego volví a mi propio cuerpo—. Y mírame.
Willow se levantó del sofá y saltó a una gran bolsa de compras
apoyada en la chimenea. Volviendo a caer en los cojines, lo empujó hacia
mí.
—Olvida lo que piensan. O lo que digan. Saliste por esa puerta porque
sabías en tu corazón que era lo correcto, ¿no?
Asentí.
—Nunca he estado segura de nada en toda mi vida.
Ella negó con la cabeza, sus ojos oscuros eran sinceros, una pequeña
sonrisa alcanzando sus labios.
—Solo tenemos mucho tiempo para ser, Natalie. Así que sé salvaje,
enloquece, sé espontánea y sé apasionada. Nunca lo lamentes. Y cuando

2 En la jerga estadounidense se utiliza para referirse al aparato reproductor masculino.


alguien te diga que lamentarás tu elección más adelante, ten confianza en
el hecho de que no lo harás.
Saqué un trozo de tela lisa y roja de la bolsa. Era la parte superior de
un traje de baño. Lo que significaba que había un fondo. Lo que significaba
que eran dos piezas, no una.
Willow sonrió más ampliamente, señalando la cuerda que colgaba de
mis dedos.
—Y este fin de semana, cuando estés celebrando el cuatro de julio con
Rhodes, sé muy sexy.
Solté una carcajada.
—No puedo usar esto. Es un juego de dos piezas.
—Y tú eres una zorra. Lo digo en serio —dijo, bajando la cabeza para
encontrarse con mi mirada—. Solo prométeme que lo probarás. ¿Por favor?
Asentí.
—De acuerdo.
Aunque el pensamiento me aterrorizaba, tal vez era hora de comenzar
a encontrar consuelo en mi nueva piel. Las palabras de Willow jugaban una
y otra vez en mi cabeza, creciendo en volumen cada vez. No sabía si lo que
tenía con Rhodes duraría. Podría terminar en un cielo dichoso o podría caer
al piso y romper en un millón de pedazos pequeños. De cualquier manera,
no iba a desperdiciar ninguno de los momentos que tuviera con él.
Tirando de Willow para un largo abrazo, dejé que mis ojos se llenaran
de lágrimas sabiendo que ella se iría en tan solo doce cortas horas.
—Gracias. No sé qué haré sin ti aquí.
—No te preocupes —dijo, apretándome a cambio—. Y algo me dice que
Rhodes y su wang te mantendrán ocupada.
—No digas wang nunca más.
—No lo prometo.

***

Los primeros días de julio pasaron volando en un frenesí acalorado.


Rhodes me entrenó más duro durante los días y me amaba más durante las
noches. Si pensé que el calor que sentía por él era peligroso antes, estaba
prácticamente saltando a un volcán en este momento. Pero anhelaba la
quemadura.
De pie frente a mi espejo de cuerpo entero en nada más que un
pequeño traje de baño el cuatro de julio, me sentí particularmente sudorosa.
Frotando mis palmas contra la parte superior de mis muslos, giré hacia la
izquierda, inspeccionando mi piel expuesta. La parte superior de color rojo
cereza y los fondos blancos brillantes resplandecían contra mi bronceado,
aunque mi estómago era un poco más claro. Estaba lejos de poder caminar
sin sacudirme, pero al mismo tiempo, mis curvas estaban más definidas que
antes. Mi cintura era más pequeña, la piel alrededor de mis caderas más
tensa, sentía que tal vez podría lograrlo.
Soltando un largo suspiro, me puse mi sombrero azul marino de playa
antes de poder convencerme de no hacerlo. Justo cuando estaba a punto de
salir por la puerta para encontrar a Rhodes, mi teléfono sonó.
—¡Hola chicos! —dije cuando el video de mamá y Dale se enfocó.
Estaban pasando las vacaciones en los Hamptons con los amigos de Dale
de Nueva York.
—¡Oh, cariño! —chilló mamá, sus manos volando hacia su boca—. ¡Te
ves tan bien!
—Mamá, acabas de verme la semana pasada.
—Se siente como más tiempo.
Dale rio.
—Ella tiene razón, Natalie. ¿Cómo fue el pesaje?
Los llené en la fiesta de Willow y mi hito de pesaje. Dejé todo sobre
Rhodes aparte de nuestras sesiones de entrenamiento, por supuesto. Sabía
que al final lo descubrirían, pero todavía no estaba segura de cómo mamá
me llevaría a elegir a Rhodes sobre Mason. Esa era definitivamente una
conversación en persona.
Dale chocó los cinco conmigo a través de la pantalla por enfrentarme
a Shay y mamá le dio un manotazo, pero parecía estar orgullosa también.
Dale entró en detalles sobre su día planeado en el yate, también, lo que me
hizo echarlos de menos más de lo que me di cuenta. En cierto modo, deseé
que estuvieran en casa, incluso si estuviera disfrutando el tiempo a solas
con Rhodes.
Mamá asintió con Dale mientras hablaba, su cabello rubio soplaba
ligeramente con la brisa del porche donde estaban parados. Ella sonreía,
aunque parecía más cansada de lo normal. Noté la piel oscura sobre sus
mejillas y los bordes tensos de sus ojos. Me pregunté si Dale todavía estaba
trabajando en su adicción, pero no tuve la oportunidad de preguntar.
Después de soplar a cada uno un beso, terminé la llamada y corrí hacia la
puerta del Rover.
Todavía estaba nerviosa cada vez que sabía que estaba a punto de ver
a Rhodes. Cuando salió corriendo de su apartamento, con su mochila
colgando de su hombro y una amplia sonrisa en sus labios, titubeé, casi
acelerando el motor. Abrió la puerta y arrojó su bolsa por la espalda antes
de agarrar mi rostro entre sus manos y besarme como si no hubiera pasado
la noche anterior en mis sábanas.
—Bonito sombrero —dijo, sacudiéndolo con su dedo mientras se
reclinaba y se abrochaba el cinturón de seguridad. Iba vestido con un
bañador simple y gris y una camiseta blanca que sabía que eventualmente
sería arrancada para revelar su divido abdomen. Al darme cuenta de que
estaría mostrando mi propio estómago pronto, tragué.
—Estás de buen humor.
—¿No debería de estarlo? —Levantó una ceja justo por encima del
borde de sus oscuros aviadores, con una sonrisa aún pegada a su rostro—.
Tengo el día libre, nos dirigimos a la playa. —Rhodes se inclinó sobre la
consola, deslizando su mano áspera por el interior de mi muslo—. Y puedo
pasar todo el día contigo.
—Será mejor que frunzas el ceño o algo así —bromeé—. La gente
podría pensar que te gusto.
Sonrió, moviendo mi mano a sus labios para un beso rápido antes de
recostarse en su asiento.
—La gente podría tener razón, entonces.
El camino hacia la playa era lento, el tráfico aumentaba a pesar de
que habíamos salido del apartamento de Rhodes poco después de las nueve.
Poxton Beach siempre estaba lleno el cuatro de julio. Con una mezcla de
turistas y clientes habituales, era casi imposible encontrar estacionamiento
o un lugar en la playa después de las once.
Sin embargo, realmente no teníamos que preocuparnos por eso. Nos
estacioné en el lugar reservado a la derecha de Dale por una de las pasarelas
que conducen a la playa y dirigí a Rhodes a nuestra cabaña frente al Poxton
Inn. Había dos tumbonas, un pequeño sofá, una hamaca, una mesa de café
y un pequeño bar completo con una pequeña nevera dentro y que estaba a
solo nueve metros del agua.
Rhodes negó con la cabeza, dejando caer su mochila en el sofá
mientras sacaba una botella de agua fría de la nevera.
—Entonces así es como vive la otra mitad. Y yo que pensé que
tendríamos que arrastrarnos con toallas en la playa como la gente común.
—Tener un padre dueño del pueblo tiene algunos beneficios.
—Esa es la subestimación del año. —Rhodes me vio inclinar la botella
de agua en mis labios antes de quitarse rápidamente la camisa—. ¿Quieres
entrar al agua?
Mi ritmo del corazón se aceleró. Era una maldita cosa buena que no
estuviera usando mi reloj, porque sabía que sería un número vergonzoso en
esa pequeña pantalla.
—Oh, sí. Por supuesto.
Enrosqué la tapa en el agua más lento de lo necesario y la metí de
nuevo en la nevera. Rhodes solo me miró, con una expresión divertida en su
rostro.
—¿Llevas puesto tu vestido?
Tragué, pero no respondí. Agarrando el dobladillo de cada lado,
lentamente levanté mi cubierta, la dejé caer en el sillón y estiré mi largo
cabello rubio para proteger cualquier pedazo de piel que pudiera. Quería
cerrar los ojos y de alguna manera teletransportarme al océano, pero sabía
que no sería tan afortunada. Levantando mi mirada a través de mis
pestañas, mordí mi labio e intenté levantar mi cabeza más alto.
—Jesucristo, Bicho —gimoteo Rhodes, sacudiendo la cabeza. Cruzó el
espacio entre nosotros y extendió la mano, sus manos apenas rozando mis
caderas desnudas. Me estremecí.
—¿Te gusta el traje?
—No estoy mirando el traje —murmuró, arrastrando los dedos sobre
mi sensible piel antes de encontrar mis ojos con los suyos—. Tu confianza
es lo más sexy que tienes ahora.
Me sonrojé.
—No estoy segura de recordar ese accesorio, ahora que lo mencionas.
—Estoy en desacuerdo. La chica que entró a mi gimnasio hace casi
dos meses nunca se habría puesto esto. Y ella malditamente seguro no se lo
habría puesto delante de mí. Te ves increíble, Natalie, y lo sabes. Y eso está
bien. Está bien sentirse bien contigo misma.
Sonreí, mordiendo el interior de mi mejilla. Era uno de esos momentos
en que Rhodes estuvo completamente desinhibido. De repente, quería
rechazar el día de playa y llevarlo de vuelta a mi casa y debajo de mis
sábanas. Lo que sea que él viera en mí, también comenzaba a desvanecerse
de mí. Quería absorberlo.
—Vamos —dijo, agarrando mi mano. Sus ojos verdes bailaron a la
brillante luz de la mañana—. Vamos a mostrarte.

***

Nunca había visto a Rhodes más libre de espíritu que ese día en la
playa.
Jugamos en el agua, chapoteando y riendo y de vez en cuando
buceando en busca de conchas marinas. Cuando necesitábamos un
descanso del sol, nos retiramos a nuestra cabaña para descansar a la
sombra, pero la mano de Rhodes nunca se alejó de la mía. Construimos un
castillo de arena de aspecto triste e incluso nos unimos en un juego de
voleibol con algunos de nuestros compañeros de clase, aunque fuimos más
una distracción que otra cosa. Cuanto más ocupada estaba la playa, más
ojos sentía pegados a mi espalda.
—La gente nos está mirando —dije mientras Rhodes me balanceaba
en una tabla boogie que habíamos alquilado. Había muchas mujeres del
club mirándonos, pero sentí una mirada particular del grupo con el que
había pasado todos mis días de Independencia pasados. Mason incluido.
—Déjalos mirar.
Sonreí, evaluándolo a través de los húmedos mechones de mi cabello.
—¿Qué te pasa?
Él se encogió de hombros, su sonrisa cayendo.
—Anoche, te quedaste dormida en mis brazos, y seguía pensando que
no te merezco. —Fui a interrumpirlo, pero continuó—: Pero luego me di
cuenta de que había tenido muchos años de mierda en mi vida, tal vez
demasiados. Pero no soy una mala persona, al menos, tal vez no tan mala
como siempre he creído. —Se quitó las gafas y entrecerró los ojos para
mirarme a los ojos—. Tú eres la que me hizo darme cuenta de eso, Bicho.
Me haces sentir que tal vez merezco más. Como si tal vez mis sueños
importaran. ¿Te das cuenta de lo mucho que eso significa para mí? —Negó
con la cabeza, su mandíbula apretada. Deslizando las gafas a su lugar, me
empujó más hacia las olas—. Nunca dejaré que eso se vaya.
Sonreí.
—¿Sería raro si te llamara William?
—Sí.
—¿Por qué?
—No es mi nombre.
Fruncí el ceño, luchando por encontrar mi equilibrio en el tablero.
—Bueno, técnicamente, lo es. Simplemente no me queda.
—¿Qué quieres decir?
Rhodes suspiró, negando con la cabeza, pero todavía sonriendo.
—Siempre con las preguntas. Te lo diré, pero no quiero hablar de eso
en este momento. Hoy no. ¿De acuerdo?
Mi curiosidad se despertó aún más, pero había aprendido a no
presionar a Rhodes.
—De acuerdo.
Incluso con volver a aplicar protector solar cada hora, mi piel estaba
tensa y tenía un ligero tono rosado cuando el sol comenzó a hundirse en el
oeste. Recogí mi cabello en un moño desordenado y me puse la playera de
manga larga de Rhodes sobre mi traje, amando que el olor de él me rodeara.
Agarramos nuestras toallas de playa y caminamos más cerca del agua,
encontrando el lugar perfecto para el espectáculo de fuegos artificiales.
Observé a Rhodes con fascinación mientras él extendía ambas toallas
y luego se sentaba fácilmente, dando palmaditas en el lugar junto a él. Era
tan diferente, tan feliz, y me deleité en el hecho de que tuve parte en hacerlo
de esa manera. Estaba a punto de inclinarme hacia él cuando la voz de
Mason me sacó del trance en el que había estado todo el día.
—Hola Natalie —dijo tímidamente, sus ojos se movieron de los míos a
Rhodes y viceversa. Me estremecí al ver su rostro magullado—. ¿Puedo
hablar contigo por un minuto?
Dudé, mirando a Rhodes rápidamente antes de encontrar la mirada
de Mason de nuevo.
—Mmm, seguro.
La mandíbula de Rhodes se tensó mientras caminaba a unos metros
de distancia con Mason, pero me aseguré de mantenerme a una distancia
segura. Esto no era un concurso sobre molestar. Había elegido a Rhodes, y
quería que supiera que yo era sólida en esa elección.
—¿Cómo estás? —preguntó Mason, metiendo las manos en los
bolsillos de su bañador. Su desordenado cabello castaño estaba soplado por
el viento y todavía húmedo del océano.
—Estoy bien, Mase. ¿De qué querías hablar?
Suspiró, mirando hacia el agua antes de atraer su atención hacia mí.
El sol se estaba desvaneciendo más rápido, proyectando sombras en la
playa.
—¿Qué estás haciendo con él? Él no es bueno para ti.
—Mason.
—Lo digo en serio. ¿No recuerdas su reputación de la escuela
secundaria? ¿Todas las veces que estuvo en detención juvenil? ¿O qué hay
de su reputación actual en el club? —Tragué, lo que pareció alimentar el
fuego de Mason—. Sí, entiendo por esa expresión que sabes de sus
actividades. Entonces, ¿qué diablos estás haciendo? ¿Crees que va a
cambiar por ti, Natalie? Él es peligroso. Todo esto va a explotar en tu rostro.
—Lo que pase entre nosotros no es de tu incumbencia, Mason.
Renunciaste al privilegio de opinar sobre lo que hago y lo que no hago con
mi vida —dije las palabras con convicción, pero estaba temblando bajo el
suéter de Rhodes.
—Lo sé, ¿de acuerdo? —Pasó las manos por su cabello, mirando una
vez más a donde Rhodes estaba sentado detrás de mí—. Solo por favor, ten
cuidado. Y piensa en lo que estás haciendo. Simplemente no quiero verte
lastimada.
—Estaré bien.
Él asintió.
—Espero que estés bien. Disfruta el espectáculo. —Con una última
mirada dura a Rhodes, Mason regresó a donde nuestro grupo de amigos
estaba reunido en la playa. Noté que Shay no estaba presente.
—Lo siento por eso —dije, cayendo sobre la toalla junto a Rhodes. Él
tiró de mi espalda contra su pecho, envolviendo sus brazos a mi alrededor.
Estuvo tenso por un momento, pero luego lo sentí suspirar y relajarse contra
mí. Sus labios se movieron hacia mi cuello tímidamente, besándome como
si tuviera tanto miedo de haberme lastimado como Mason.
Rhodes estuvo en silencio después de eso cuando vimos los primeros
fuegos artificiales que se encendían desde los botes en la distancia. El gran
espectáculo aún no había comenzado, así que presioné mi suerte para
profundizar en sus pensamientos.
—Allí está ese ceño fruncido que he estado buscando todo el día.
Rhodes sonrió, abrazándome más fuerte.
—Solo estaba pensando. Acerca de Lana.
Me puse rígida, pero me acurruqué más.
—¿Qué hay de ella?
Estuvo en silencio un momento, pero esperé, dejando que se tomara
su tiempo.
—Me pregunto si ve algo de esto. Quiero creer que lo hace, que todavía
está por ahí en alguna parte, viviendo. Pero sé que soy estúpido por pensar
de esa manera. —Tragó—. A veces es más fácil que enfrentar la verdad de
que si ella está viva, no está lo suficientemente segura como para llamarme
y avisarme.
—¿Sientes que ella lo está?
Rhodes aclaró su garganta.
—A veces. De vez en cuando, la siento, como su presencia. Es casi
como si ella estuviera vigilándome.
—Tal vez lo está.
Sonrió, acercándome más.
—Tal vez.
Sonó el primer fuerte crujido del espectáculo de fuegos artificiales del
muelle y la playa vitoreó. Recostándome del agarre de Rhodes, saqué mi
cámara de mi bolsa de playa y miré los ajustes. Justo cuando la levantaba
para centrarme en un fuego artificial rojo y blanco, Rhodes agarró mis
manos.
—¿Por qué siempre haces eso?
—¿Hacer qué?
—Tratar de fotografiar cada momento. Confía en mí —dijo, bajando
mis manos en mi regazo y sacando la cámara de mi mano. La dejó caer sobre
la toalla junto a nosotros y tiró de mí hacia él—. A veces, es mejor con tus
propios ojos.
Y eso fue. Cada fuerte estampido resonó en el agua y reverberó a
través de mi pecho mientras los fuegos artificiales iluminaban la playa. Traté
de mantener mis ojos en el cielo, pero cada vez que su rostro se iluminaba
me atraía Rhodes. Su fuerte mandíbula, su barba apenas visible, su cabello
playero. A pesar de que sus ojos adquirieron el color que decidieron los
fuegos artificiales, aún podía ver el verde brillante que brillaba a través de
él.
—¿De qué tienes miedo, Natalie? —preguntó, su voz justo encima de
un susurro mientras repitió la pregunta que le hice la primera vez que puso
un pie en mi habitación. Se sintió más pesado esta vez. Todo con Rhodes se
sentía más pesado.
—De amarte.
Frunció el ceño, dos líneas perfectamente simétricas formadas en su
frente. Mordiendo mi labio, volví a mirar hacia el cielo, temiendo que tal vez
hubiera dicho demasiado. ¿Ya lo amo? Me encantaba estar con él. Me
encantaba la forma en que me hacía sentir. Para mí, eso estaba
peligrosamente cerca. Y era la verdad: no había nada de lo que tuviera más
miedo que despertarme una mañana y descubrir que mi corazón pertenecía
al único hombre que sabía que podría romperlo.
Un solo fuego artificial rompió la barrera del sonido antes de que
comenzara el final. Mientras las luces y los estruendos se perseguían sobre
el agua, Rhodes inclinó mi barbilla hacia él, atrapando mis ojos con los
suyos. Luego, cerró la distancia y presionó sus labios en los míos. Fue un
beso lento, apasionado y calculador. Tal vez me estaba diciendo que estaba
bien tener miedo, o que también sentía el mismo miedo.
O tal vez, él estaba diciéndome que saltara.
18
—Natalie —advirtió Rhodes, apoyando su amplio pecho contra mi
tendón de la corva para aplicar presión de nuevo. Sentí el estiramiento
profundo en mis músculos y gemí más fuerte. Rhodes instantáneamente
soltó mi pierna, dejándola caer al suelo mientras se sentaba sobre sus
talones.
—¿Qué? —Fingí inocencia—. Se siente tan bien, Rhodes. No puedo
evitarlo.
Negó con la cabeza.
—Vas a hacer que me despidan.
—¿Cómo? Me estás estirando. Soy tu clienta.
—Sí, pero si estirarte te hace gemir, lo que a su vez me lleva a follarte
contra la pared en la sauna, creo que eso puede ir en contra de la política
del club.
Mi boca se secó por la imagen que había pintado y mordí mi labio. Al
levantar mi muñeca izquierda, de deslicé sobre las opciones de mi reloj hasta
que encontré la grabadora de voz.
—Nota personal: Pedirle a Dale que instale un sauna en la casa de la
piscina.
—¿Tienes una casa de la piscina?
—Sí. Ven esta noche y te la muestro.
Rhodes rio entre dientes, poniéndose de pie y caminando hacia la
oficina trasera.
—No puedo, Bicho.
—¿Por qué no? —pregunté, poniéndome en pie para seguirlo. No fue
fácil, e internamente gemí. Rhodes me había estado presionando duramente
toda la semana. Me estaba volviendo más fuerte, y estaba probando mis
límites, aunque realmente no me podía quejar. Cada vez que me mostraba
cómo bajar a una nueva posición de sentadillas o ilustraba un ejercicio de
glúteos, aprovechaba, tocándolo más de lo necesario o apoyando mi cuerpo
en el suyo. Estábamos obteniendo miradas de casi todas las mujeres en el
gimnasio, pero no me importaba.
Lo estaba marcando, justo como él me había marcado.
—Tengo que estar en algún lado.
Tragué, mirando mis zapatillas mientras Rhodes archivaba el papeleo
en su escritorio. Su camiseta estaba rasgada en las mangas y los costados
caídos, dándome acceso visual completo de su abdomen marcado. Los
músculos se flexionaban con cada pequeño movimiento mientras mezclaba
los archivos aleatorios de los clientes en su lugar.
No había pensado en la posibilidad de que todavía pudiera ofrecer sus
servicios fuera de horas. Apreté mi estómago.
—¿Estás... tienes que verte con otra clienta?
Los ojos de Rhodes se encontraron con los míos, sus cejas se juntaron
en confusión.
—¿Qué? —Cuando finalmente entendió, dejó caer los papeles en su
mano y cruzó la habitación hacia mí en dos zancadas—. Oh mierda, Natalie,
no. He terminado con eso. Somos tú y yo ahora, ¿de acuerdo? Solo te estoy
tocando a ti. Y tú eres la única que me toca a mí. —Entrelazó sus manos en
mi cabello aún húmedo y me obligó a mirarlo a los ojos—. Lo juro.
Suspirando, asentí.
—Lo siento.
—No lo hagas. Tienes todo el derecho a asumirlo. —Aclarando su
garganta, dio un paso atrás, filtrando a través de los papeles una vez más—
. Eso es en realidad parte de por qué no puedo pasar el rato esta noche.
Tengo una entrevista de trabajo.
—¿Una entrevista de trabajo?
Asintió.
—Es en este nuevo bar que acaban de abrir en The Crawl. Nada
grande, pero será suficiente para cubrir lo que el entrenamiento no puede.
—Oh Dios. —Mis manos volaron a mi rostro—. Tienes que conseguir
un segundo trabajo. Por mí.
Rhodes rio entre dientes, lanzando un clip en mi dirección. Rebotó de
mi antebrazo y aterrizó al lado de mi zapatilla deportiva.
—Detente, Bicho. Esto es una cosa buena. No quiero hacer lo que he
estado haciendo para ganarme la vida. —Lo miré a través de mis dedos y su
nariz se ensanchó un poco—. Valgo más de lo que creen que soy.
Mi corazón se apretó y una sonrisa se encontró con mis labios. ¿Era
posible que Rhodes finalmente viera lo que siempre había visto en él?
Incluso así, sabía que el dinero extra que ganaba no solo lo gastaba en cosas
materiales sin valor. Fruncí el ceño.
—¿Qué hay del investigador privado de tu hermana?
Se movió hacia mí otra vez, tomándome en sus brazos.
—Le estoy dando su último pago esta noche. Es hora de que empiece
a dejarlo ir, y este es el primer paso.
—Espera. —Empujé mis manos en su pecho—. Puedo ayudar. Le
pagaré para que siga buscando. Esto es culpa mía, y sé que todavía crees
que ella está allí afuera. —Su mandíbula se tensó—. Por favor, déjame
ayudarte. ¿Cuánto le pagas?
—Detente. —Rhodes se pellizcó el puente de su nariz, pero aún
mantuvo el otro brazo sujeto a mi cintura—. No le vas a pagar. Después de
esta semana, sus servicios están terminados. Y eso es todo. Y no hablamos
de eso otra vez. ¿De acuerdo?
No estaba feliz con esa decisión, pero asentí. Sabía que no tenía
sentido discutir con Rhodes, pero una parte de mí todavía dolía al pensar
que posiblemente yo fuera responsable de que abandonara la búsqueda de
su hermana.
Forzando una sonrisa, Rhodes me jaló para un beso rápido.
—Está bien —prometió contra mis labios—. Creo que estoy listo. Creo
que necesito comenzar a dejarlo ir.
Empuñando las manos en su camiseta mojada, lo jalé más cerca.
—Puedo ayudar.
Su garganta se contrajo y deslizó su mano en la mía, presionando su
dedo índice con fuerza en mi muñeca.
—Ya lo hiciste.

***

Willow me llamó al día siguiente para ponernos al día durante mi día


libre. Estaba muy entusiasmada con su programa y con todas las personas
que estaba conociendo en la Universidad. Si no tuviera a Rhodes, habría
estado celosa. Dado que lo tenía, podía estar completamente feliz por ella.
Solo hablamos durante veinte minutos antes de que ella tuviera que correr,
pero fue agradable escuchar su voz. Especialmente cuando chilló después
de escuchar que me había puesto el traje de baño que me compró.
Era un miércoles perezoso, que en realidad aprecié. Pasé el día viendo
más episodios de Perdidos e incluso tomé una siesta, algo que no recordaba
haber hecho durante todo el verano. Tenía una gran noche planeada con
Rhodes, y quería estar despierta y con energía.
Cuando desperté alrededor de las cinco, recibí un mensaje de Mason.
Estoy preocupado por ti. ¿Pensaste en lo que dije?
Puse los ojos en blanco, sofocando un bostezo mientras avanzaba por
el frío suelo de madera hasta las escaleras. Qué gracioso, Mason parecía más
interesado en mi bienestar ahora que en los dos años que habíamos salido.
Por una vez, comenzó a no importarme lo que Mason pensara de mí. O a
alguien más, para el caso.
Me tomé mi tiempo para vestirme, aplicando mi maquillaje con
cuidadosa precisión. Dio resultado cuando Rhodes se deslizó en mi asiento
de pasajero con un silbido justo después de las ocho.
—Te ves hermosa —dijo, plantando un dulce beso en mis labios
mientras lanzaba la Rover a la autopista—. Entonces, ¿vas a decirme a
dónde me llevas?
—Eso arruinaría la sorpresa, tonto.
Gruñó.
—Soy demasiado impaciente por las sorpresas.
—Claramente. —Me reí, pero el sonido quedó atrapado en mi garganta
cuando su mano alcanzó la consola y corrió por el interior de mi muslo.
Llevaba un vestido blanco corto línea A con un top modesto.. Cuanto más
avanzaban sus dedos hacia el norte, más me retorcía.
—Rhodes —advertí.
—¿Qué? ¿Te estoy distrayendo?
Dudé más de lo normal cuando la luz roja se volvió verde, que era toda
la respuesta que Rhodes necesitaba. Rio entre dientes desde un lugar
profundo en su pecho.
—Jodidamente me encanta la forma en que te afecto —susurró,
arrastrando su mano más arriba. Agarré el volante.
—Rhodes, en serio. —Mordí mi labio, nerviosa de decirle exactamente
por qué tenía que parar, pero cuando sus dedos se arrastraron aún más
alto, las palabras volaron de mi boca—. ¡No llevo bragas!
Había susurrado con un grito, apenas audible por el sonido de la
radio, pero también podría haberlo anunciado a través de un micrófono en
un estadio. Rhodes se detuvo, su mano a pocos centímetros de mi centro, y
una sonrisa diabólica se curvó en sus labios.
—Bueno, definitivamente no me estoy deteniendo ahora.
El aire acondicionado estaba en pleno funcionamiento, pero de
repente se sentía demasiado caliente para respirar.
—Mueve tu asiento hacia atrás tanto como puedas para poder
conducir.
Mi mano temblorosa encontró el control en la puerta y mi asiento se
deslizó lentamente unos centímetros más.
—Pon ambas manos en el volante —exigió después—. Y mantenlas
ahí.
Agarré el volante a las dos y diez, mis nudillos se pusieron blancos
con la fuerza. Rhodes besó mi cuello y chupó el lóbulo de mi oreja en su
boca, su mano subió más y más por mi muslo.
—Inclina tus caderas hacia adelante —susurró, y cuando lo hice, me
llenó con dos dedos. Jadeé, mis ojos se cerraron—. Y no te estrelles.
Mis ojos se abrieron de nuevo.
Con sus dedos todavía bailando dentro de mí, Rhodes besó y chupó la
sensible piel de mi cuello, haciendo prácticamente imposible mantener mi
concentración en el camino. El sol aún no se había puesto del todo, pero la
Range Rover tenía ventanas tintadas ilegalmente oscuras, lo que casi
eliminó mi preocupación de que los autos que pasaran pudieran echar un
vistazo al espectáculo. Por una vez, estaba agradecida por la obsesión de
Dale con sus autos.
—Es una buena cosa que no estés usando bragas. —Suspiró Rhodes,
retirando los dedos lentamente antes de empujarlos una vez más—. Porque
definitivamente estarían empapadas ahora.
Gemí, mordiendo mi labio inferior con suficiente presión para extraer
sangre. Los ojos de Rhodes captaron el movimiento y él se deslizó para
reemplazar mis dientes con los suyos. Estaba tratando desesperadamente
de prestar atención al camino, pero su boca estaba en todas partes y sus
dedos me empujaron implacablemente más cerca de la liberación que estaba
ansiosa por encontrar.
Mis manos temblaban en el volante. Mi respiración era difícil. La
adrenalina bombeaba por mis venas como si hubiera robado el auto que
estábamos manejando. Mi corazón estaba tenso, mis piernas tensas, y podía
sentirme al borde del deseo.
Rhodes maniobró su brazo izquierdo desde donde lo había estado
sosteniendo en la consola y agarró la parte inferior del volante.
—Pulsa el control de crucero.
Hice lo que me dijo antes de volver a poner mis manos en su lugar.
Estaba retorciéndome en su mano, los gemidos salían de mi garganta.
—No te vas a venir a menos que te sueltes.
Mirándolo con pesados párpados, palidecí cuando me di cuenta de lo
que quería decir.
—No puedo —comencé, pero su pulgar encontró mi clítoris y gemí en
lugar de terminar mi oración.
—Créeme. Tengo el control. Déjate llevar, Natalie.
Dudé, pero lentamente, mis manos cayeron a los lados del volante.
Una se apoderó de la puerta mientras la otra descansaba encima de donde
estaba la suya entre mis muslos. Empujándolo dentro de mí con más fuerza,
apreté mis caderas contra su palma debajo de la mía, encontrando la
fricción perfecta para enviarme en espiral. Mis ojos se cerraron, mis labios
se abrieron, y caí. Era una liberación diferente a todas las que había tenido
antes: rápida, eléctrica y prohibida.
Increíble.
Cuando volví a abrir los ojos, volví a colocar las manos en el volante y
me di cuenta de que Rhodes solo manejaba con la mano izquierda. Lo
mantuvo firme, pero mi mente saciada aún temía perder el control.
Rhodes solo sonrió, retirando lentamente sus dedos antes de
llevárselos a los labios. Me quedé sin aliento cuando los deslizó dentro de su
boca, aspirando mi deseo de su piel. Todavía estaba jadeando, mi mente
corriendo con lo que acabábamos de hacer.
Recostado en su asiento, Rhodes se abrochó el cinturón de seguridad
y no dijo una palabra más.

***

Diez minutos más tarde, nos detuvimos en el estacionamiento de


LaRue's, un pequeño restaurante frente a la playa conocido por su
experiencia gastronómica de alta gama. A Dale y a mamá les gustaba comer
allí al menos una vez al mes y, por lo general, mientras había un evento o
espectáculo especial. Esperaba dar a Rhodes una introducción más
práctica.
—No podemos comer aquí —dijo Rhodes, negando con la cabeza
mientras estacionaba la Rover. Estaba mirando el logo del restaurante con
los ojos muy abiertos. Arreglé la tela ligeramente arrugada de mi vestido, el
corazón aún acelerado.
—No solo estamos comiendo aquí.
Rhodes ladeó la cabeza, cuestionando.
—Estamos cocinando aquí.
Antes de que pudiera hacer preguntas, salí del auto y me dirigí hacia
la entrada. Traté de ocultar la sonrisa en mi rostro mientras corría para
alcanzarme justo cuando la puerta de cristal y caoba se abría suavemente.
—Buenas noches, señorita Poxton —saludó el caballero que sostenía
la puerta. Era alto, con la piel tan oscura como la de Willow y los brillantes
ojos color avellana—. Siempre es un placer verle.
—Y a ti, Marcus.
—Este debe ser el señor Rhodes. —Marcus extendió su mano y Rhodes
la miró por un momento antes de sacudirla con firmeza—. Nuestro chef
ejecutivo está listo para usted en la cocina. Por aquí por favor.
Marcus nos escoltó a través del agradable restaurante lleno de gente
a la cocina de atrás. Observé los ojos de Rhodes cuando pasamos por cada
sección intrincada del comedor. LaRue's era famoso por sus diversos
ambientes gastronómicos, desde el acogedor rincón del palacio adornado
con ricos rojos y marrones hasta los blancos y azules brillantes de la
experiencia exterior con temas de playa. Rhodes tenía tantos primeros míos,
que era agradable finalmente experimentar uno de los suyos.
Cuando Marcus nos condujo a través de las puertas dobles, una
atmósfera completamente nueva nos envolvió. Había chefs corriendo por
todas partes, llamas encendidas, órdenes gritando. En un universo normal,
podría haberme alarmado, pero en el actual con los ojos abiertos de Rhodes
y una curiosa sonrisa, no estaba más que emocionada.
—¡Ah! ¡Señorita Poxton! —El chef Karsak se secó la frente con una
toalla de color blanquecino y la metió en el bolsillo trasero justo a tiempo
para tenderme su mano. La besó con una amplia sonrisa con dientes y le
devolví la sonrisa—. Es un gran honor tenerte en mi casa. Vamos, vamos.
—Hizo un gesto hacia la estufa en la que estaba trabajando—. Gracias,
Marcus. Lo tomaré desde aquí.
—Esto es increíble —murmuró Rhodes, asimilando el caos de la
cocina. El chef Karsak sonrió, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿No es así? Nunca pasa de moda. Supongo que debe ser el señor
Rhodes. —De nuevo, Rhodes dudó un momento antes de estrecharle la
mano. El chef Karsak gritó unas cuantas palabrotas a un chef al otro lado
de la cocina antes de volver a mirar a Rhodes, todavía sonriendo—. Soy
Joseph Karsak, el chef ejecutivo aquí en LaRue's. La señorita Poxton dijo
durante nuestra llamada telefónica que tú también eres cocinero. ¿Es
cierto?
Por primera vez, Rhodes casi parecía avergonzado. Se aclaró la
garganta y asintió levemente.
—Genial. Comencemos, señor Rhodes. —El chef Karsak juntó las
manos. Era un poco más bajo que Rhodes, pero era fácil ver que Rhodes lo
admiraba de todos modos. Los dos se pusieron a trabajar, mezclando,
cocinando, lanzando y horneando. Ayudé un poco aquí y allá, pero en su
mayor parte, solo observé. Era fascinante ver a Rhodes en su elemento.
Entendió todo lo que dijo el chef Karsak, mientras que yo, por otro lado,
estaba tan confundida como cuando pedía del menú. Ninguna de las
técnicas de cocina o nombres de platos tenían sentido para mí, pero eran
como un segundo idioma para Rhodes.
Solo había pedido una hora del chef Karsak, pero la pareja se llevaba
tan bien que terminamos quedándonos hasta que se preparó el último plato.
Fue cómico a veces, verlos trabajar juntos, porque eran tan opuestos. El
chef Karsak tenía cabello rubio ceniciento y ojos color chocolate oscuro, un
fuerte contraste con el cabello oscuro y los ojos brillantes de Rhodes. Gritaba
y maldecía, y en general era un personaje más grande que la vida, pero
Rhodes era callado, concentrado y meticuloso. Rhodes era alto y fornido, las
herramientas de la cocina casi se le veían demasiado pequeñas, ya que
estaba acostumbrada a verlo rodeado de pesas, mientras que el chef Karsak
era más bajo pero delgado y casi a la perfección con su cocina. Y donde el
chef Karsak parecía hacer todo con precisión, Rhodes tenía un estilo más
esporádico, aunque todavía era controlado. El fuego en sus ojos era tan
caliente como en las estufas y sabía que finalmente encontraría una forma
de hacer de esto su vida. Tenía que hacerlo.
Cuando llegó la medianoche, el resto de los cocineros de la cocina
todavía estaban limpiando y preparando los ingredientes para el día
siguiente, mientras el chef Karsak tiraba de Rhodes para darle un abrazo
viril y una dura palmada en la espalda.
—Sabes, creo que podría haber aprendido una cosa o dos de ti esta
noche —dijo con una sonrisa.
—Esto ha sido increíble. —Los ojos de Rhodes encontraron los míos—
. No creo que pueda agradecerle lo suficiente.
—El placer fue mío. —El chef Karsak me besó en las mejillas y Rhodes
y yo salimos, pero él nos detuvo por última vez—. Escucha, ve a obtener tu
grado en artes culinarias, afina tus habilidades y refuerza tus métodos, y
tienes un lugar en mi equipo. —Rhodes se quedó boquiabierto, pero el chef
Karsak solo sonrió, entregándole una tarjeta de visita—. No pierdas el
tiempo. Necesita estar en la cocina, señor Rhodes. Es tu casa, y has estado
fuera demasiado tiempo ya. —Asintió hacia mí una vez más—. Cuídese,
señorita Poxton.
—Gracias de nuevo, chef.
Con un último guiño, el chef Karsak desapareció detrás de las puertas
batientes, instrucciones saliendo de su boca de inmediato. Llevé a Rhodes
por la puerta trasera del restaurante y bajé a la playa, quitándome las
sandalias cuando llegamos a la arena. Todavía no había dicho nada, así que
deslicé mi mano en la suya.
—Estás callado. ¿Debería estar asustada?
Rhodes negó con la cabeza, una mirada pacífica en su rostro mientras
miraba las olas iluminadas por la luna. No estaba sonriendo, pero tampoco
fruncía el ceño. Solo parecía satisfecho. Pensativo.
—¿Al menos te divertiste?
Rhodes se detuvo entonces, su mano todavía firmemente agarrando
la mía. Me quedé sin aliento por la forma en que la suave luz azul de la
noche se reflejaba en sus ojos.
—¿Estás bromeando? Natalie, esta es una de las mejores noches de
mi vida, justo detrás de la noche en que me elegiste fuera de la casa de
Willow. —Mi corazón saltó—. Todavía no puedo entender lo que acaba de
pasar.
—Estuviste increíble allí.
La esquina izquierda de sus labios dibujó una leve sonrisa.
—Nadie me ha llamado señor Rhodes. —Negó con la cabeza,
humedeciendo sus labios—. Nadie ha sacudido mi mano de esa manera.
Como si importara. Como si yo significara algo.
Fruncí el ceño.
—Tú sí importas, Rhodes.
Sus ojos brillaron.
—Estoy empezando a creerte.
Tentativamente, sus manos encontraron mis caderas. Me atrajo más
cerca, presionando su frente contra la mía, y envolví mis brazos alrededor
de su cuello, besándolo suavemente.
—¿Podemos quedarnos por un rato?
Tirando de él hacia la arena conmigo, respondí sin palabras.
Estábamos cerca de la orilla del agua, las olas rodaban suavemente sobre
la punta de los dedos de los pies. Rhodes se quitó los zapatos y se unió a
mí, y nos sentamos en un cómodo silencio, nuestras mentes repitieron la
noche.
Me sentía viva con Rhodes junto a mí en este estado. Había cambiado
mucho desde el comienzo del verano. Quería decir que era como si estuviera
pelando sus capas, pero la verdad era que Rhodes no trabajaba de esa
manera tan simple. No podría simplemente derribar una pared y pasar
fácilmente a la siguiente. Era un laberinto en constante cambio, un cubo
complejo de Rubik que no estaba segura de entender alguna vez.
Pero sabía absolutamente que Rhodes era como la arena húmeda que
intenté agarrar tan desesperadamente esa noche. Podía sentirlo, era real, y
poco a poco me dejó moldearlo como lo había visto en mi mente todo el
tiempo. Pero eventualmente, la luna se desvanecería, la marea retrocedería,
y la arena se secaría bajo el calor del sol, deslizándose sin esfuerzo entre
mis dedos.
Aun así, me agarré fuerte, de todos modos.
19
Ese viernes en el entrenamiento, sentí que había regresado con el
Rhodes que conocí el primer día. Él estaba callado, melancólico, y estaba en
mi culo como si tuviera algo que probar. Yo estaba empapada en sudor y
solo teníamos cuarenta y cinco minutos en nuestra sesión.
—¿Está todo bien? —pregunté finalmente, comenzando con mi tercer
conjunto de flexiones.
—Bien.
Puse los ojos en blanco.
—¿En serio? ¿Volvemos a esto?
—¿De vuelta a qué? —Inhaló profundamente Rhodes, presionando
suavemente sobre mis hombros para obligarme a bajar. Me temblaban las
piernas y apreté los dientes.
—Rhodes.
Suspiró, dándome la señal de que podía pararme y exhalé con gran
alivio, sacudiendo las piernas.
—Lo siento. Estoy bien. Solo tuve una noche larga.
No podía ignorar la forma en que se me revolvía el estómago ante su
insinuación de una noche en la que yo no formaba parte.
—¿Pero estamos bien?
Sus cejas se inclinaron sobre sus intensas piscinas esmeralda, pero
asintió.
Sabía que no debía presionarlo, pero, aun así, su reflexivo estado de
ánimo me molestaba. Él no era como una montaña rusa, era como un
accidente automovilístico, uno que sentía que tendría que vivir una y otra
vez para siempre. Quería que se quedara de la forma en que fue en la playa
el cuatro de julio, como hacía solo dos noches atrás en LaRue. Pero esos
tiempos brillantes fueron fugaces.
De alguna manera logré pasar el resto de la sesión sin vomitar, pero
apenas. Cuando estaba a la mitad de la recuperación en la cinta, mi teléfono
sonó en mi bolsa de gimnasia.
—¿Quieres que te consiga eso? —preguntó Rhodes, limpiando su
máquina.
—Sí, podría ser Dale.
Rhodes sacó mi teléfono y la pantalla se iluminó nuevamente cuando
me lo tendió.
Con el nombre de Mason.
Su mandíbula se contrajo, sus ojos tomaron un oscuro color verde
bosque. Lanzando su toalla blanca sobre su hombro, Rhodes se dirigió a la
oficina sin decir una palabra más. Gruñí.
—Espera, Rhodes —llamé, terminando mi sesión y corriendo detrás
de él.
—¿Todavía sigues follando con él? —preguntó tan pronto como cerré
la puerta de la oficina detrás de nosotros. Mi boca se abrió.
—¿En serio me lo estás preguntando?
—¿Por qué no? Tu cuerpo está cambiando más cada día, se está
notando claramente, y la razón por la que entraste en este gimnasio fue por
su culpa. Tiene perfecto sentido para mí.
—Rhodes, no quiero a Mason. Te elegí a ti ¿recuerdas?
—Sí. ¿Exactamente por qué, Natalie?
Sin previo aviso, mis dedos comenzaron a temblar, reflejando mi
inestable latido del corazón. Rhodes me estaba mirando como si lo hubiera
traicionado, y no tenía idea de por qué.
Negué con la cabeza, confundida.
—¿Qué quieres decir? Ya te dije todo esto, Rhodes. ¿No es obvio?
—Bien, eso creía, pero ya no lo sé.
—No hagas esto —le supliqué, tendiéndole la mano. Él sacudió su
brazo hacia atrás—. Por favor. Háblame.
—¿Qué me ocultas, Natalie? —Rhodes golpeó con sus puños el
escritorio y yo salté. Su voz resonó con ira, pero sus ojos brillaban de miedo.
Fue la combinación más extraña.
Me quedé allí, estupefacta, como si su pregunta fuera en un idioma
extranjero. ¿Qué quiso decir? No era más que abierta y honesta con Rhodes.
—¡Joder! —gritó, volteando una pila de papeles. Ellos revolotearon en
el suelo y Rhodes pasó sus manos bruscamente sobre su cabeza. Las
sostuvo allí por un momento antes de meter lentamente la mano en el
bolsillo y recuperar un pequeño trozo de papel doblado. Me lo tendió sin
mirarlo.
Vacilante, lo tomé de su agarre, desplegándolo como si estuviera atado
a un explosivo. Cuando leí las palabras escritas en letra clara en el centro
del papel, mi corazón se detuvo.
Mantente lejos de Natalie Poxton.

Leí esas cinco palabras lentamente, luego todas a la vez, luego una a
una, hasta que dejaron de tener sentido. No es que lo tuvieran para empezar.
Fruncí el ceño y levanté mis ojos hacia Rhodes, los dejé caer de nuevo a la
nota, y los levanté de nuevo. Su expresión era ilegible.
—¿Qué es esto?
—Lo encontré pegado al parabrisas de mi motocicleta cuando salí del
gimnasio anoche.
—Yo —susurré, mi voz ronca—. No entiendo.
Rhodes exhaló por su nariz, mordiendo su labio inferior.
—Si hay algo que no me estás diciendo…
—¡No lo hay! —lo interrumpí, alcanzándolo de nuevo. Se apartó y mis
ojos se volvieron borrosos, sus labios temblaban—. Rhodes, por favor, tienes
que creerme. No sé lo que esto significa.
Se quedó en silencio por un momento, su mandíbula tensa, sus brazos
cruzados. El sudor se había secado sobre mi piel y de repente me estaba
congelando. Rhodes no me miraba, pero podría decir que estaba batallando
con lo que significaba la nota también.
Entonces eso me golpeó.
—Dios —Mi mano encontró mi frente y cerré los ojos con fuerza—. Es
Mason. Tiene que ser eso. —Cuando abrí los ojos para encontrar a Rhodes,
ya estaba negando con la cabeza—. No, escúchame. Me dijo que eras malo
para mí cuando me pidió hablar el cuatro de julio. Me envió un mensaje de
texto unos días después preguntándome si había pensado en lo que dijo. Y
me acaba de mandar un mensaje de texto pidiéndome que lo llame.
—Natalie —argumentó Rhodes, diciendo mi nombre como una
advertencia, pero no le di la oportunidad de terminar el pensamiento.
—Él está celoso. Y es un niño pequeño e inmaduro. Está jugando un
estúpido juego. Por favor, tienes que creerme.
—No puedo.
Sacudí mi cabeza, mi boca aún abierta, mis manos extendidas hacia
él. Tenía tanto frío. Todo estaba tan frío.
—¿Por qué no?
Rhodes hizo crujir su cuello, inclinándose ligeramente y extendiendo
sus manos sobre el escritorio. Los músculos de sus brazos se tensaron, y
miró la superficie de madera entre sus pulgares. Cuando levantó la vista
hacia mí desde debajo de su ceño aún surcado, esperé su respuesta. Nunca
podría haber imaginado las palabras que salieron de su boca después.
—Porque esa es la letra de mi hermana.
20
Convencí a Rhodes para que me dejara llevar la nota a casa conmigo.
Había algo al respecto, algo familiar, pero no sabía qué. Al principio
dudó, pero dado que yo era su tema principal, aceptó dejarme estudiarlo por
un tiempo.
La casa se sintió más vacía que de costumbre esa noche. Estaba tirada
en el piso de la sala de estar, mirando la lámpara sobre nuestra mesa de
café, reproduciendo la escena en el gimnasio. Rhodes me dejó tomar la nota,
y aunque quería que me creyera, sabía que una parte de él todavía era
cautelosa. ¿Cómo podría no serlo? La nota tenía una advertencia clara, una
que no pude entender, y estaba escrita con la letra de su hermana.
Rhodes me abrazó después de dejar caer la bomba sobre su hermana,
pero todavía sentía cierta vacilación incluso con sus brazos a mi alrededor.
Estaba tratando de resolverlo todo, y aunque no hubiera querido creer que
podía lastimarlo, su instinto básico le decía lo contrario. No podría culparlo.
Mi único sospechoso era Mason, pero ¿sabía algo de la hermana de
Rhodes? Supongo que todos en la ciudad lo hicieron el año en que sucedió.
Aun así, no pude verlo siendo tan cruel para tratar de hacer la ilusión que
ella escribió. Con él tachado de la lista, no tenía otras ideas sobre quién
podría haber escrito la nota.
A menos que sí fuera su hermana.
Esa posibilidad me conmovió profundamente.
Si ese era el caso, eso significaba que Lana estaba viva. Además,
significaba que estaba viva y que me odiaba, o al menos quería que su
hermano se mantuviera alejado de mí.
¿Pero por qué?
Gimiendo, agarré una almohada del sofá y me cubrí la cara con ella
antes de arrojarla a un lado otra vez. Mi cabeza daba vueltas sin posibilidad
de encontrar un terreno firme en el corto plazo. Todo lo que pensé que sabía
sobre Rhodes estaba de regreso en el limbo, en un lugar donde no podía
estar segura de nada.
Sacando mi teléfono del cargador, deslicé mi dedo a través de los
contactos. Debatí llamar a Willow, pero era viernes por la noche y se suponía
que estaría en su primera fiesta universitaria. Una parte de mí deseaba estar
allí con ella, una parte de mí era lo suficientemente egoísta como para desear
que estuviera en casa conmigo. Mamá y Dale todavía estaban en el norte y
no regresarían por unos días más. Pude haberlos llamado, pero no sabían
de mi relación con Rhodes, por lo que tampoco podrían ayudar.
Suspirando, dejé caer mi teléfono al suelo y seguí mirando hacia el
techo. Un fuerte golpe en la puerta me despertó de mi ensoñación unos
minutos más tarde y de mala gana me puse en pie. Caminando hacia el
vestíbulo, eché un vistazo por la mirilla y no supe cómo sentirme cuando lo
vi de pie allí.
Lentamente, desbloqueé la puerta y la abrí con mi cadera.
—Hola.
Rhodes frunció el ceño.
—Lo siento, lo siento tanto, Bicho.
Abrí la boca para hablar, pero simplemente la cerré de nuevo. No
esperaba una disculpa.
—No puedo creer que te haya tratado así hoy. No puedo dejar de
pensar en eso. No tengo idea de lo que significa esa nota, pero sé que
alejarme de ti no mejorará nada en mi vida. Eres la única luz que tengo,
Natalie.
Mi estómago se sentía liviano y pesado al mismo tiempo. Esperaba
que Rhodes me llamara mañana y me dijera que tenía un nuevo entrenador.
Pensé que se había ido. Pensé que lo había perdido. Pero habíamos crecido
en el poco tiempo que nos conocíamos. Él parado en mi porche era una
prueba viviente de eso.
Mi voz se rompió junto con mi fuerza.
—No sé lo que significa la nota. Te juro que no.
—Lo sé —dijo rápidamente, extendiendo la mano y atrayéndome hacia
él. Metí mi nariz en el hueco de su cuello, apretando mis ojos con fuerza—.
No quiero pensar en eso ahora.
Me alejé.
—No sé cómo no pensar en eso.
Rhodes agarró mi mano en la suya y me llevó de vuelta a la casa.
Estirándose en el sofá, me arrastró hacia abajo con él y envolvió sus brazos
alrededor de mi cintura. Mi espalda estaba contra su pecho y besó
suavemente la piel de mi cuello.
—Quiero llevarte a algún lado mañana.
Suspiré, mi pecho apretado. Estaba emocionalmente agotada por el
día, sin embargo, sus manos en mi cintura y sus palabras en mi piel fueron
todo lo que necesité para sentirme completa nuevamente.
—Cualquier lugar —respondí, deslizando mi mano en la suya.
Presioné mis dedos índice y medio en el centro de su muñeca, exhalando a
través del dolor en mi pecho cuando sentí sus constantes latidos cardíacos—
. Iría a cualquier lugar contigo.

***

Rhodes me despertó temprano a la mañana siguiente. Insistió en que


dejara que empacara mi bolso para lo que sea que estuviéramos haciendo,
y supongo que una chica normal se habría opuesto. Sin embargo, era de
muy poco mantenimiento, aunque estaba más emocionada por el hecho de
que me estaba sorprendiendo. No podía recordar un momento en que Mason
hubiera pensado en sorprenderme con algo. No quería compararlos siempre,
pero como Mason era el único ejemplo de una relación que había tenido,
sucedía con frecuencia.
Rhodes lo superaba en todas las categorías.
Estábamos en la carretera a las seis, Rhodes al volante del Rover.
Tenía una mano fija en la parte superior del volante y la otra firmemente en
mi muslo. Era tan cliché, Willow lo habría odiado, pero me hizo sonreír por
primera vez en veinticuatro horas.
No hablamos mucho mientras conducía. Miré por la ventana,
bebiendo el batido tropical que había recogido en la gasolinera antes de salir
de Poxton Beach. No sabía a dónde íbamos, pero me sentí aliviada de que
estuviéramos saliendo de la ciudad, aunque solo fuera por un tiempo.
Un poco menos de tres horas más tarde, nos detuvimos en un
pequeño estacionamiento de grava frente a un edificio tipo mirador de
madera abierta. Rhodes saltó y estrechó la mano de un gran hombre
barbudo que le hizo algunas preguntas antes de lanzarme un guiño y salir
corriendo.
—Vamos —dijo Rhodes, abriendo mi puerta. Salí y lo ayudé a cargar
las pocas bolsas y hieleras que había empacado. Nos dirigimos a un pequeño
transbordador, metiendo nuestros artículos alrededor de nuestros pies
mientras el mismo hombre con barba se subía al asiento del conductor.
—Bien, todos ustedes. ¿Están listos para pasar un tiempo en Edisto
River?
Sonreí.
—¿Haremos canotaje?
—Lo haremos.
—¿Todo el día?
Esta vez, Rhodes sonrió.
—Algo como eso.
Arqueé una ceja en pregunta, pero solo besó mi mano aún enlazada
en la suya.
El viaje fue corto, pero nuestro conductor, Clint, conversó
animadamente sobre el río todo el tiempo. Era uno de los ríos de aguas
negras más largos de América del Norte y discurría hasta su final en Edisto
Beach, donde se unía al Atlántico. Seguíamos estábamos en el mismo
estado, a unas cuantas horas de Poxton Beach, pero era como si
estuviéramos en un país completamente diferente. Era tan silencioso, nada
más que la vida silvestre y el suave crujido del viento a través de las hojas.
Clint nos ayudó a descargar la canoa cuando llegamos al punto de
bajada, y disminuyendo constantemente al agua. Rhodes aseguró nuestras
bolsas dentro de la canoa antes de amarrar la pequeña hielera a la parte
posterior. Flotó fácilmente, y me maravillé con el chico malo Rhodes
mostrando sus habilidades de boy scout.
—¿Lista? —me preguntó, todavía estabilizando la canoa con sus
manos. Me estaba mirando a través de su cabello ligeramente más largo de
lo habitual con una sonrisa infantil.
Asentí, su emoción contagiosa. Rhodes y Clint me ayudaron a entrar
a la canoa, lo que realmente no era necesario, pero acepté la ayuda
adicional. Dios sabe que estaba lejos de ser elegante.
—Los veré a los dos mañana. ¡Diviértanse! —Clint estrechó la mano
de Rhodes rápidamente antes de regresar al transbordador.
—¿Mañana?
Rhodes sonrió, subiendo para sentarse en el pequeño banco detrás
del mío en la canoa. Cada uno de nosotros tenía un remo, y Rhodes usó el
suyo para alejarnos de la orilla del río.
—Relájate. No estamos remando todo ese tiempo.
—Entonces ¿a dónde vamos?
—Ya verás.
El río Edisto era tranquilo y fácil de maniobrar, sus aguas oscuras
reflejaban el brillante cielo azul y los altos árboles verdes que lo rodeaban.
Pasamos junto a otras canoas y kayaks y ocasionalmente una tabla de
paddle en el camino, pero en su mayor parte, teníamos el río para nosotros.
Cada kilómetro albergaba algo nuevo para ver, desde tortugas hasta
columpios de árboles, y Rhodes me sorprendió sacando mi cámara de una
de las bolsas que empacó para poder capturar los momentos. Intenté
enfocarme en lo que había dicho antes, en no esforzarme por controlar tanto
mis disparos. Jugué con configuraciones, filtros, zoom e iluminación, sin
dejar que mi necesidad de encontrar la toma perfecta me guiara.
Fue liberador.
Nos detuvimos en una sección poco profunda para el almuerzo,
saltamos de la canoa y entramos en el agua fría después de que comimos.
Rhodes había empacado sándwiches simples para el almuerzo, pero pude
ver otros ingredientes en la nevera que eran más adecuados para cocinar,
lo que hizo que mi curiosidad creciera.
Una vez que volvimos a la canoa, Rhodes se encargó de remar por
completo, dejándome frente a él y relajándome un poco. Él era
absolutamente hermoso de ver. Los músculos de su pecho y brazos se
flexionaban con cada remada, y tenía una sonrisa permanente pegada a la
cara. Sus fieros ojos verdes estaban brillantes entre el fondo del agua oscura
y los cipreses.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Oh, oh —respondió Rhodes, sonriendo.
—¿Por qué no dejas que nadie te llame por tu nombre?
Suspiró, dejando caer los remos de vuelta al agua antes de inclinarse
hacia atrás y empujar suavemente hacia adelante. Durante un largo
momento, guardo silencio, y casi le dije que no tenía que decirme nada,
aunque deseaba saberlo desesperadamente. Pero después de buscar las
palabras correctas, finalmente habló.
—¿Sabes lo que significa el nombre William?
Sacudí mi cabeza.
—Protector decidido. —Rhodes entrecerró los ojos para evitar el sol
que se abría paso entre los árboles—. Creí en eso cuando era más joven.
Una de mis primeras madres adoptivas, la única que recuerdo que no era
una perdedora drogadicta, me dijo que eso significaba que había nacido para
proteger a los que me rodeaban, así que eso fue lo que hice. Defendí aquellos
que no podían defenderse, ya sea que fuera un niño en la escuela siendo
intimidado o que una de mis madres adoptivas fuera golpeada por su pedazo
de marido de mierda. —Me estremecí ante esa imagen, preguntándome
cuánto tenía que haber visto Rhodes en sus años formativos. Ya no tenía
que preguntarme de dónde venían las cicatrices en su abdomen.
»Eso es parte del por qué fui visto como un delincuente cuando estaba
en la escuela secundaria. Sí, tuve muchas peleas y me atraparon en muchas
situaciones malas, pero siempre estaba en esas situaciones porque estaba
ayudando a alguien más. Era lo único a lo que me aferraba. Quería valer
algo para alguien. Protegía a niños, maestros, amigos, extraños, hermanos
de crianza, mascotas. —Tragó saliva, su nuez de Adán se balanceaba bajo
su cuello cubierto de barba—. Y, por encima de todo, protegía a Lana.
No tuvo que decir una palabra más para que entendiera por qué no
permitía que nadie lo llamara William. Él era su protector, pero no fue capaz
de salvarla. Ya no sentía que se mereciera el título.
—No sé, después de que desapareció, sentí que este último fracaso se
filtró en mis huesos. Era como si el único reclamo que valía lo hubieran
robado. O, mejor dicho, lo había dejado ir. Hubo signos que llevaron a su
desaparición. Moretones, arañazos. Y siempre estaba triste. Cansada. —
Sacudió su cabeza—. Le pregunté algunas veces, pero dijo que estaba bien.
Mi instinto me decía que era algo más. Un acosador, un novio loco, algo.
Pero siempre trató de protegerme. Y yo la dejé. No hice una mierda al
respecto. Solo dejé que todo pasara. —Su mandíbula estaba tensa mientras
remaba—. Entonces, dejé de proteger. Dejé de tratar de encontrar valor en
mí mismo. Dejé casi todo.
Consideré sus palabras, anhelando extender la mano hacia él, pero
no estaba segura de que me dejaría abrazarlo o no. Me mataba saber que de
alguna manera se sentía responsable de Lana. No era el tipo de culpabilidad
fácil de soltar.
—¿Puedo preguntarte algo más?
Rhodes parecía estar todavía atrapado en sus propios pensamientos,
pero asintió.
—Ayer, eras el mismo Rhodes que conocí al comienzo del verano. Me
alejaste. —Frunció el ceño, pero no discutió—. Pero luego apareciste en mi
puerta anoche. Y ahora estamos aquí. Parecía que estabas tan seguro de
que te había traicionado. —Metiendo mis manos entre la madera y la parte
posterior de mis muslos, lo miré a través de mis pestañas—. ¿Qué te hizo
cambiar de opinión?
Dejó de remar, dejando que la suave corriente del río se hiciera cargo.
Sus ojos estaban fijos en los míos.
—Me acabo de dar cuenta de que he vivido una vida sin amor, sin
preocuparme por otra persona o dejar que se preocupen por mí. Y no quiero
que sea la única clase de vida que tenga. —Se encogió de hombros—. Me
decidí esa noche en que te entregaste a mí que nunca iba a alejarme de ti o
a la posibilidad de sentir que tenía un propósito otra vez. No voy a dejar que
una nota cambie eso.
Mi corazón saltó ante la palabra amor que salió de sus labios. No
estaba diciendo que me amaba, pero no estaba diciendo que no podía. Para
mí, eso era igual de emocionante.
Nos detuvimos nuevamente cuando encontramos un gran columpio
de cuerda, turnándonos para montarlo sobre el agua antes de caer con un
chapoteo. Estaba en otro traje de baño de dos piezas, uno que había
comprado yo misma, y Rhodes me tomó una foto en medio del balanceo. Me
hizo un gesto una vez que resurgí para enseñármelo y sonreí. Me veía tan
libre, tan feliz y tan segura.
Mientras Rhodes miraba el mapa que había aceptado de Clint, me
puse sobre mi toalla blanca y descansé sobre un gran tronco extendido sobre
el agua cerca del columpio. Me recosté sobre mi espalda, viendo las nubes
flotar en dirección opuesta a la corriente, el sol brillando detrás de ellas.
Hubo una brisa suave y fresca sobre el agua que fluyó por mi cabello
mientras me daba vueltas sobre mi estómago.
Estaba cara a cara con mi reflejo en el río oscuro mientras colgaba del
tronco, con un brazo colgando hacia el agua. Estudié a la chica mirándome,
su largo cabello rubio oscuro, ligeramente más claro en los extremos del sol
de verano. Tenía los ojos muy abiertos, las mejillas altas, una sonrisa
genuina. Estaba lejos de la chica rota que había visto en el espejo la primera
noche que Rhodes me tocó.
Ese verano cambié, no solo por fuera, sino también por dentro. No
veía la vida como una carga o un rompecabezas en el que ya no encajaba.
En cambio, era un hermoso desafío, uno que no tenía que enfrentar sola. La
chica que me miraba desde el río podía ser doce kilos más ligera que la chica
que entró ese verano, pero también era treinta veces más fuerte. Ella era
más inteligente, más experimentada y no tenía límites.
Extendiendo mi dedo índice, la punta apenas tocó la superficie del
agua, provocando una onda que distorsionó mi cara primero antes de llevar
el resto de mi cuerpo con ella. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi
vida era mía. Podría hacer cualquier cosa, ser alguien, si tenía el coraje.
Cuando Rhodes dijo mi nombre, haciendo un gesto hacia la canoa,
con una sonrisa infantil en su rostro, asentí y me apoyé en el tronco. Pero
antes de saltar al agua, volví a mirar a la Natalie del río una vez más,
apreciando lo lejos que había llegado y sabiendo que aún había mucho más
por venir para ella.
Había estado tan concentrada en perder peso, en llegar a cierto punto
en donde pensé que encontraría la felicidad. Resultó que la alegría no la
hacia el destino, sino que se revelaba en el viaje.
Esperaba mi próximo kilómetro.
21
Aproximadamente una hora después, encontramos una gran casa en
el árbol que se extendía unos seis metros sobre el agua. Había una fogata
justo debajo y una hamaca colgando entre dos árboles que sobresalían del
agua del río.
—Cielos. —Respiré—. ¿Qué tan fantástico es esto?
—Me alegra que te guste nuestra casa por esta noche.
Me di la vuelta.
—¿En serio?
Rhodes sonrió, dirigiendo la canoa hacia la casa. Una vez que llegamos
a la orilla, él saltó y la estabilizó, lo mismo yo hice antes de saltar a la orilla.
Cada uno agarramos una bolsa y Rhodes levantó la hielera.
—¿Nos quedaremos aquí?
—Nos quedamos. Es toda nuestra esta noche.
No pude evitar la sensación vertiginosa que se apoderó de mí. Nunca
fui una gran chica de acampar, pero siempre quise una casa en el árbol.
Dale nunca me construyó una, dijo que sería un adefesio en nuestro patio
perfecto.
Esta casa era lo más alejado de un adefesio.
Subimos los escalones de madera a la entrada, revelando un área de
comedor al aire libre completa con una mecedora y antorchas tiki. Justo
dentro había un futón pequeño pero limpio y acogedor, una cocina
improvisada con parrilla de gas y utensilios de cocina y muchas velas de
aceite. Era como cualquier casa del árbol con la que hubiera soñado alguna
vez, excepto que del tamaño para un adulto. Todo lo que necesitaba era un
cartel de No se permiten chicos. Al echar un vistazo al trozo de piel entre el
dobladillo de la camisa de Rhodes y su bañador mientras él extendía la mano
para meter nuestro refrigerador en un estante en la cocina, tragué saliva.
No te preocupes por ese cartel.
—¿Tienes hambre ahora?
—Realmente no. ¿Podemos explorar?
Rhodes sonrió.
—Absolutamente.
Pasamos el resto de la tarde caminando, columpiándonos sobre el río
y descansando en la hamaca del frente. Hablamos un poco de todo, incluso
de cómo Rhodes había estado investigando las escuelas culinarias. Era
como si encontráramos nuestra confianza juntos: yo en mi cuerpo, Rhodes
en su capacidad de ser mejor que su pasado. Es increíble cómo el simple
hecho de que alguien que crea en ti puede hacer que, de repente, algo que
parece tan imposible de lograr se siente que solo es cuestión de tiempo.
Después de la cena, Rhodes y yo nos sentamos alrededor de la
hoguera escuchando la naturaleza a nuestro alrededor. Hicimos s'mores,
que me sorprendió ya que nunca había visto a Rhodes comer algo fuera de
su estricto plan de comidas, y jugué con mi cámara, atrapando diferentes
tomas de Rhodes a través de las llamas del fuego.
—¿Por qué amas la fotografía?
Sonreí, tomando otra foto de él. El resplandor naranja del fuego
jugaba contra las sombras de la noche en su rostro.
—Te lo dije una vez antes. ¿No te acuerdas?
—Me dijiste que eras una nerd al respecto y es tu pasión. Pero nunca
me dijiste por qué.
Fruncí el ceño, dándome cuenta de que realmente no sabía la
respuesta.
—Creo que me encanta el poder de congelar temporalmente un
momento en el tiempo, incluso si no es tan bueno como el real. Me gusta
poder tomar una foto, cerrar los ojos y sentir ese lugar una y otra vez. —
Hice algunos ajustes en mi cámara y tomé otra foto—. Tenemos miles de
recuerdos y nuestro cerebro es como un archivo sin fin. Pero a veces te
olvidas de algo hasta que alguien te recuerda que sacaste ese archivo. Eso
es lo que las fotos hacen por mí. Me llevan de vuelta.
—¿Y qué hay del futuro?
Dejé caer mi cámara en mi regazo, ajustando mi posición en el
pequeño tocón de árbol.
—No lo sé. Siempre quise tomar fotos para el futuro, fotos que me
conducirían y harían que otros que no estaban en mis recuerdos sintieran
algo poderoso. Pero, supongo, para ser sincera, me falta inspiración.
Me dolió admitirlo, porque siempre había pensado que la fotografía
era la única cosa en mi vida sobre la que tenía control total, pero la verdad
era que sabía que tenía tanto trabajo que hacer para perfeccionar realmente
mis habilidades. Era parte de la razón por la que quería ir a una escuela de
arte, no a una universidad estatal.
Rhodes parecía perdido en sus pensamientos al otro lado del fuego.
Después de un momento, lentamente se levantó y me ayudó a ponerme de
pie también. Deslizando sus manos en mi cabello, presionó sus labios en los
míos, reclamando mi boca. Fue un beso posesivo. Era necesitado, pero
paciente y seguro. Él lo rompió lo suficiente para susurrar contra mis labios.
—Entonces déjame inspirarte.
De repente, el calor del fuego parecía tan inútil.
En un movimiento fluido, Rhodes me levantó y yo envolví mis piernas
alrededor de su cintura, bloqueando mis tobillos. Su boca nunca dejó la mía
mientras subía las escaleras. Me acostó suavemente en el futón y se levantó,
agarrando su camiseta en la parte posterior de su cuello y tirando de ella
hacia arriba y por encima de su cabeza. A la luz de las velas, las crestas de
su abdomen se destacaban aún más de lo habitual. Me mordí el labio antes
de tenerlo presionado contra mí.
Moviéndome al borde del futón, deslicé mis manos sobre sus
músculos, y cada uno se tensó con el toque. Presioné mis labios sobre su
piel, besándolo una y otra vez. Sus manos encontraron mi cabello, y las
ganas de tomar el control me golpearon.
—Quiero probar algo —le susurré, desatando sus pantalones cortos.
Tiré de ellos hacia abajo sobre sus caderas y cayeron al suelo. Rhodes estaba
tan duro, tan listo. Pateó los pantalones cortos a un lado y me miró mientras
lo tomaba en mi mano. Gimiendo, se flexionó en mi agarre mientras movía
mi mano arriba y abajo de su longitud a un ritmo lento y constante.
Vacilante, me incliné hacia adelante y apenas toqué su punta con mis labios.
Rhodes gruñó, agarrando mi barbilla entre su índice y pulgar e
inclinando mi cara para encontrar la suya.
—Natalie —dijo en voz baja. No estaba segura de sí era una
advertencia o una súplica.
—Quiero intentarlo —repetí, tragando—. Pero necesito que me
enseñes cómo. —Nunca lo hice con Mason, sobre todo porque nunca había
deseado verlo deshacerse ante mi toque. Con Rhodes, es todo lo que
anhelaba. Quería hacerlo sentir de la manera en que me hacía sentir:
poderoso, querido y sexy.
Maldijo, mirando hacia el techo como si Dios pudiera ayudarlo a
mantener la compostura. Lo tomé como un permiso, deslizando mi lengua
contra su longitud antes de llevarlo a mi boca. Él gimió, rodando sus caderas
al ritmo de mi boca, con cuidado de no empujar demasiado profundo.
Agarrando mi mano en la suya, me mostró cómo acariciarlo en donde
mi boca no alcanzaba. Me enseñó cómo rodearlo con mi lengua y cuando lo
llevé demasiado profundo y tuve arcadas, él gimió. Aparentemente, las
arcadas eran algo bueno.
¿Quién lo diría?
Lo hice de nuevo, tirando de él un poco más profundo y dejando que
mis verdaderos reflejos tomaran el control. Esta vez, maldijo y retrocedió.
—Estás tratando de matarme.
—Todo lo contrario. Estoy tratando de hacerte venir.
Rhodes sonrió con satisfacción por mi impulsividad y me sonrojé. Se
inclinó sobre mis labios, cubriéndolos con los suyos y lentamente me recostó
sobre el delgado colchón. Sin esfuerzo, me quitó la ropa, pieza por pieza,
llenando la casa del árbol con ellas a medida que lo hacía. Cuando se deslizó
entre mis piernas, presionando su dureza contra mi muslo interno, mi
respiración se detuvo y me agarré fuertemente a sus bíceps. Buscó a ciegas
su billetera, pero agarré su mano con la mía.
—Solo te quiero a ti.
Rhodes frunció el ceño, inseguro. Había estado en control de natalidad
durante dos semanas y no quería nada más que sentirlo, solo a él, dentro
de mí. Me dolía físicamente por esa conexión sin protección.
—Por favor. —Empujé mis caderas para encontrar las suyas, su punta
deslizándose hacia mi abertura húmeda. Inhaló con fuerza, presionando su
frente contra la mía.
—Eres tan liviana, Natalie. —Sacudió la cabeza, pero me agarró con
fuerza—. Temo que te arruinaré con mi oscuridad.
Lo besé con fuerza, tirando de su labio inferior con mis dientes
mientras luchaba por una manera de hacerlo entender.
Presionando mis manos firmemente contra su pecho, me deslicé
debajo de él y crucé la habitación. Apagué la vela en la mesita de café antes
de pasar a la siguiente en la pequeña cocina. Una por una, apagué las llamas
antes de regresar a él.
Él me jaló para sentarme a horcajadas sobre su regazo y cerré mis
dedos detrás de su cuello. Apenas podía verlo, solo la suave luz natural de
las estrellas y la luna que entraba furtivamente por las ventanas abiertas
iluminaban la casa. Aun así, podía sentir cada centímetro de él presionado
contra mí, podía oír su corazón martilleando en su pecho, podía oler el
aroma de su cuerpo limpio mezclado con su deseo.
—A veces, la oscuridad es en donde te encuentras a ti mismo. —Con
cuidado, me deslicé sobre su longitud, sintiendo cada centímetro desnudo
de él por primera vez mientras tomaba el control—. Déjame encontrarme en
ti.
Rhodes gimió, su mandíbula aflojándose mientras inclinaba sus ojos
hacia el cielo.
Rodó sus caderas hacia mí y jadeé ante la plenitud. Ciegamente nos
sentimos el uno al otro, besándonos y tocándonos para encontrar en donde
queríamos estar. Su respiración estaba en mi oído, su lengua estaba en mi
piel. Él estaba en todas partes. Yo no estaba en ninguna.
Me rodeaba completamente.
Al igual que la oscuridad.
Fue en las sombras iluminadas por la luna de esa noche que me
encontré. Rhodes quería inspirarme, pero la verdad era que era la
posibilidad de lo que podríamos ser juntos lo que más me inspiraba. Por
una noche, incluso si eso era todo lo que podía haber, viví dentro de una
pasión que nunca pensé que existiría con un hombre que nunca vi venir.
Rhodes era una tormenta imprevista.
Y bailé en su lluvia.
22
—Así que déjame ver si entiendo —dijo Willow, metiendo sus largas
piernas color caramelo debajo de ella. Oscuras contra el suave amarillo de
su nuevo edredón—, Rhodes es en realidad su apellido, pero ¿no me puedes
decir cuál es su nombre porque es personal?
Asentí, sonriendo a la pantalla de mi laptop en donde Willow estaba
enmarcada en una ventana de video chat. Era miércoles, mi día libre de
entrenamiento, así que nos aseguramos de programar el tiempo para
ponernos al día. Ya me había mostrado su habitación y me había contado
todos los detalles sobre su primera fiesta universitaria, y ahora nos
trasladamos a Rhodes, que siempre era su tema favorito de conversación.
—Y el mismo Rhodes que hizo a Nathan Arnold mearse durante la
práctica de levantamiento de pesas, simplemente gritándole que moviera los
bancos, ¿te llevó en un viaje en canoa por el río Edisto a una hermosa casa
del árbol escondida, en donde dejaste que te enseñara a chuparle la polla?
Me sonrojé y cubrí mi rostro con una almohada.
—¡Lo!
—Bueno, ¿voy por buen camino?
Poniendo los ojos en blanco, agité mi mano para que continuara,
arqueando una ceja con diversión.
—Así que tuvieron este fin de semana súper romántico juntos, que ya
es extraño porque es Rhodes, pero sobre todo, lo hicieron sabiendo en el
fondo de sus mentes que encontró una nota en su motocicleta en donde
decía que se mantuviera alejado de ti y ¿él piensa que está escrito con la
letra de su hermana muerta?
—Willow —advertí, sacudiendo la cabeza—. Ten un poco de respeto.
—Bien, su supuesta hermana muerta.
—Eso no es mejor.
—Pero, ¿tengo razón?
Suspiré, acercando más la almohada a mi pecho y apoyando mi
barbilla en el borde.
—Bastante.
Willow chasqueó su lengua.
—Caramba, chica. Creo que tu verano es más interesante que toda mi
vida. —Reí entre dientes, sin mover la cabeza de su lugar de descanso sobre
la almohada. Me miró a través de la pantalla por un momento—. Realmente
te gusta, ¿verdad?
Asentí.
—Te asusta demasiado, ¿no? —lo dijo como una declaración, no como
una pregunta. Simplemente asentí de nuevo.
—Es solo que, cuando lo conocí, estaba tan cerrado a mí. Al mundo.
Y ahora que me deja entrar, es como si me empujara rápidamente hacia un
océano de sentimientos que nunca antes había sentido.
—¿Y crees que te ahogarás?
Tragué.
—Sé que lo haré. Soy el barco, él es el agua. Nunca termina bien para
mí cuando hay una tormenta.
Willow parpadeó.
—¿Te estás convirtiendo en mí? Eso suena totalmente como una
mierda que diría yo.
—Alguien en Poxton Beach tiene que tomar tu lugar. Bien podría ser
yo.
—Por favor —dijo, agitando su mano hacia la pantalla y comprobando
el esmalte de sus uñas—. Nadie puede pensar en clichés idiotas como yo.
Pero es un esfuerzo valiente, Nat.
Ella guiñó y ambas nos reímos. Lo tomó como una oportunidad para
cambiar el tema, lo cual agradecí.
—¿Así que, tu mamá y Dale llegan a casa esta noche?
—Sí, deberían estar aquí en un par de horas.
—¿Vas a contarles sobre lo tuyo con Rhodes?
Fruncí el ceño.
—No lo sé todavía.
Willow negó con la cabeza.
—¿No podrías simplemente caer por el hijo de un banquero? ¿O
esperar hasta la universidad y encontrar un futuro abogado? ¿Algo aburrido
y predecible que podría ahorrarte este tira y afloja emocional y hacer felices
a tus padres?
—Hice aburrida toda mi vida —dije, encogiéndome de hombros—.
Tomaré cualquier dolor que venga para avivar esto por un tiempo más.
Willow sonrió, trenzando su largo cabello hacia un lado.
—Mi mejor amiga está creciendo.
—Pronto tendré arrugas.
—O canas.
—Probablemente ambas.
—No te preocupes —me aseguró—. Leí publicaciones en blogs sobre
antienvejecimiento. Conozco justo la crema y el tinte para arreglar todo eso.
Mientras tu vagina no se seque, deberíamos estar bien.
Me reí.
—Te extraño.
—Te extraño más.
Después de escuchar historias de terror respecto a su compañera de
habitación y de negarme a contarle algo sobre mi experiencia al descender
en Rhodes, de mala gana terminamos nuestro video chat justo cuando oí
que la puerta de entrada se abría en la planta baja. Christina ya se había
ido a casa por la noche, así que supe que eran mamá y Dale.
Tirando mi cabello en un moño desordenado, salté escaleras abajo,
emocionada por escuchar acerca de su viaje al norte. Tan pronto como mis
pies tocaron el escalón inferior y vi la cara surcada de rímel de mi madre,
mi estómago cayó.
—¿Mamá?
Se ahogó en un sollozo, su mano volando para cubrir sus labios.
—Oh Dios mío, ¿qué sucede? ¿Qué pasó? —Volé desde mi lugar y tiré
de ella en un abrazo. Se inclinó hacia mí fácilmente, dejando todo su peso
para que yo lo sostuviera. Sentí las lágrimas correr de sus ojos y empapar
mi camiseta, pero solo la abracé más fuerte.
Cuando otra puerta de auto se cerró de golpe, mamá levantó la cabeza.
Limpiándose la cara, me instó a subir las escaleras.
—Ve arriba, cariño. Iré a tu habitación en un momento.
—No, no iré a ningún lado. ¿Está drogado?
Sonrió, pero otra lágrima cayó desde su mejilla al suelo de madera.
—Está bien, cariño. Solo quiero llevarlo a la cama y luego subiré. Lo
prometo.
—Puedo ayudarte —dije, moviéndome hacia la puerta.
—¡No! —El tono de su voz me sorprendió y me detuve—. ¡Maldición,
Natalie, haz lo que te digo y ve a tu habitación! —Mi boca se abrió y mamá
se mordió el labio, cerrando los ojos con fuerza—. Lo siento. Por favor, cielo,
solo dame unos minutos.
La puerta se abrió tras ella y Dale tropezó a través del marco. Su
cabello oscuro estaba cubierto de sudor, sus ojos enrojecidos. Cuando
encontraron los míos, tragué saliva.
Siempre vi a Dale como alguien cariñoso, algo así como el padre que
nunca tuve. Era amable y tranquilo, paciente y comprensivo. Era un hombre
de negocios, firme pero compasivo. Pero esa noche, todo lo que noté cuando
lo miré a los ojos fue una calma amenazante que me asustó más de lo que
admitiría.
—Natalie, por favor —suplicó mi mamá. La miré una vez más,
sintiendo un dolor en el corazón al ver sus lágrimas, antes de hacer lo que
me pidió. No tuve la oportunidad de volver la vista a Dale cuando corrí por
las escaleras y entré en mi dormitorio. Cerré la puerta detrás de mí, busqué
mi teléfono y rápidamente le escribí un mensaje a Rhodes. Estaba
trabajando el primer turno de noche en su nuevo trabajo, sirviendo como
uno de los cocineros en el pequeño restaurante justo al otro lado de la calle
de la escuela secundaria. No era todo lo que deseaba, pero era un comienzo.
Y ahora mismo, representaba un gran inconveniente para mí. Odiaba lo
egoísta que me sentía, pero lo necesitaba. Cuando transcurrieron diez
minutos sin que él respondiera, supe que no tendría noticias suyas hasta
que terminara su turno.
Luchando por contener mis propias lágrimas, me derrumbé en las
sábanas de mi cama y las envolví a mi alrededor. Miré fijamente mi puerta
cerrada, escuchando las voces mezcladas y amortiguadas de mamá y Dale
al final del pasillo. No tenía idea de lo que pasaba. ¿Era por la adicción de
Dale? ¿A qué era exactamente adicto? ¿Golpeó a mamá? ¿Golpearía a
mamá?
Parecía que había transcurrido una eternidad cuando mamá
finalmente se deslizó por mi puerta, sosteniendo un dedo sobre sus labios
para pedirme que me quedara callada. Simplemente levanté las mantas para
que pudiera meterse en la cama conmigo. Al hacerlo, envolví mis brazos
alrededor de ella y le dije que la amaba.
Y lloró.
Deseaba preguntarle qué pasó. Quería que dejara de actuar como si
no fuera lo suficientemente mayor como para manejar lo que sea que
estuviera sucediendo. Pero, en ese momento, fui consciente de que todo lo
que necesitaba era que yo estuviera allí, así que no pedí nada en lo absoluto.
La abracé y le hice saber que ella no estaba sola. Eso era lo que necesitaba.
Mamá se quedó dormida después de un rato, e intenté descansar, pero
fallé. Alrededor de la una, me besó en la frente y se levantó de la cama. Fingí
dormir, pero escuché sus pies deslizarse por el pasillo hasta la habitación
que compartía con Dale. Una vez que estuvo adentro, alcancé mi teléfono y
suspiré de alivio cuando vi el mensaje de texto de Rhodes.
Ven.

Me puse un par de pantalones de yoga y una sudadera con capucha


antes de escabullirme. Aunque probablemente no necesitaba estar callada
en absoluto, Dale se encontraba claramente drogado y sabía que mamá salió
de mi habitación para ir a tomar una pastilla para dormir. Se automedicó
casi todas las noches del verano y creía que no lo había notado.
Rhodes estaba afuera cuando estacioné en su apartamento. Abrió la
puerta del conductor y salté a sus brazos, enterrando mi rostro en su cuello.
Me abrazó con fuerza, tomó suavemente las llaves de mi mano, cerró el Rover
y me llevó adentro.
Me ayudó a sentarme en el sofá y me trajo un vaso de agua, pero lo
dejé a un lado sin tomar un trago. Extendió su brazo para mí y me
acurruqué contra su pecho.
—¿Quieres hablar de ello?
Negué con la cabeza, besando la caliente piel de su cuello. Ya se había
puesto unos pantalones cortos de baloncesto azul marino y una camiseta
blanca y tenía el cabello mojado por la ducha, pero todavía olía ligeramente
a grasa.
—¿Estás segura?
—Realmente no sé lo que pasa, para ser honesta. Dale tiene un
problema, mamá me trata como si fuera demasiado joven para entenderlo,
y simplemente no quiero estar en casa ahora mismo.
Asintió.
—Conozco ese sentimiento. ¿Tienes hambre?
—En realidad no.
—¿Cansada?
—Definitivamente no.
Frunció el ceño.
—Dime cómo ayudarte, Bicho. —Levantó mi barbilla con su nudillo,
sus virtuosos ojos moviéndose de un lado a otro entre mis iris chocolate. Mi
vista se posó en sus labios y, sin vacilar, respondió a la petición que no tuve
que decir en voz alta.
Hizo una mueca cuando sus labios se encontraron con los míos, como
si mi boca quemara la suya, y tal vez sí. Sentí el calor cada vez que me
tocaba, y en este punto, no descartaba que quizás tenía el poder de hacer lo
mismo con él.
No importaba cuántas veces me hubiera besado, mi corazón aún
martilleaba en mi pecho cada vez que su lengua se acercaba a la mía. Lo
percibió, acostándome suavemente en el sofá. Se movió entre mis muslos,
su mano áspera subió uno y lo colocó alrededor de su cintura. Jadeé ante
la sensación de él presionado en mí y sonrió contra mis labios.
—¿Cómo haces eso? —dije en voz baja.
Me chupó el labio inferior entre los dientes y lo soltó con un
chasquido.
—¿Hacer qué?
—¿Hacerme olvidar todo el dolor?
Se detuvo, su pulgar rozando suavemente la piel expuesta entre mis
pantalones y mi sudadera. Sus ojos buscaron los míos antes de que me
levantara lo suficiente como para quitarme el suéter por la cabeza.
Dejándolo caer al suelo, pasó la yema de su pulgar por mi labio inferior,
donde sus dientes me marcaron como suya.
—No lo sé, pero no quiero parar nunca. —Su boca encontró la sensible
piel de mi cuello, mi clavícula, la hinchazón de mi pecho. Usó ambas manos
para empujar la parte superior de mi camiseta para poder besar mi ombligo.
Cuando sus dientes rozaron mi hueso de la cadera, me sacudí, y lo tomó
como un permiso para deslizar mis pantalones hasta mis rodillas.
Apoyándose sobre sus talones, agarró lentamente la tela que se amontonaba
sobre mi pierna izquierda y la quitó, sus ojos clavados en los míos todo el
tiempo. Hizo lo mismo con lo que quedaba colgando de mi pierna derecha
antes de tirarlos al suelo junto a mi sudadera.
Rhodes me jaló para sentarme derecha. Mis pies estuvieron en el piso
solo un momento antes de que se posara en el suelo y subiera ambas rodillas
sobre sus hombros. Me quedé sin aliento al ver sus ojos neón perforar la
oscuridad mientras me miraba.
—Dame todo tu dolor, Natalie —susurró, su piel caliente contra mi
centro. Debido al contacto, escalofríos corrían en todas direcciones,
cubriéndome por completo—. Permíteme tomarlo como propio.
Dejó caer su boca en mi clítoris, rodeándolo de éxtasis húmedo y
caliente. Gemí, agarrándome del borde del sofá y luchando contra la
necesidad de aplastar mis caderas contra él. Estaba chupando, lamiendo,
besando, volviéndome loca.
Deslizó un dedo dentro de mí y mis manos encontraron su cabello,
agarrándome fuerte preparándome para el orgasmo que sentía
construyéndose con cada movimiento de su lengua.
—No te contengas —gruñó, deslizando otro dedo dentro. Se introdujo
sin esfuerzo y agité mis caderas—. Toma el control.
Poniendo mis manos en su cabeza, guíe su boca, tirando de su cabello
cuando encontró el punto dulce. En el instante en que chupó mi clítoris con
fuerza entre sus dientes, grité, moliendo mi pelvis contra él. Me agarró el
trasero con su grande mano y me acercó aún más, mordiéndome y
succionándome cada vez más cerca del borde.
—Estoy tan cerca —jadeé, mis manos volando hacia el sofá de nuevo.
Seguí intentando tomar el fuerte placer que sentía flotando en el espacio
entre nosotros. Estaba justo allí, pero no podía agarrarlo.
Él estaba tan caliente contra mi piel sensible, que cada vez que
retrocedía el agudo contraste del aire frío de su apartamento enviaba una
sacudida a través de mí. Cuando sentí que me acercaba al borde otra vez,
apreté los ojos con fuerza, moviendo mis caderas al ritmo de su lengua y sus
dedos.
La mano libre de Rhodes encontró mi pezón y lo hizo rodar en sus
dedos, añadiendo una nueva sacudida de placer. Agarrando nuevamente su
cabello, moví mis caderas y metió sus dedos más profundo, alimentando mi
necesidad. Entonces, me miró, arrastrando su lengua por mi hendidura
antes de chupar mi clítoris con fuerza mientras empujaba aún más
profundo.
Eso es todo lo que se necesitó.
Caí sobre el acantilado, cayendo para siempre en la nada. La
oscuridad invadió mi visión y el calor se extendió de su boca a cada extremo
de mi cuerpo. Sentí que la sangre corría hasta mis pies.
Cuando bajé de la cima, Rhodes se arrastró por mi cuerpo y besó cada
centímetro del camino hasta llegar a mi boca. Me probé en sus labios. Sentí
mi alma en sus ojos.
No solo tomó mi dolor. Lo arrancó todo de mí.
Y a cambio, yo solo quería todo de él.
23
A regañadientes, salí de la cama de Rhodes y conduje a casa justo
antes del amanecer. Aunque apenas dormí esa noche, me quedé en la cama
hasta poco después del mediodía, arrastrándome escaleras abajo con el
tiempo suficiente para comer algo ligero y digerirlo antes de mi sesión de
entrenamiento. Estaba agotada, pero lista para trabajar. Ahora que sabía
que mi cuerpo tenía la capacidad de cambiar, quería presionar más; ver
hasta dónde podía llegar. No obstante, los músculos de mi cadera estaban
deliciosamente doloridos por mi noche con Rhodes y no deseaba multiplicar
esa cantidad por diez.
Cuando doblé la esquina hacia la cocina, mamá estaba recostada
contra la encimera, bebiendo de una gran taza blanca que decía: "Pero
Primero, Café". Por lo que parece, ella tampoco se había levantado hace
tiempo.
—Buenos días —dijo alegremente, sonriendo por encima del vapor.
Los círculos oscuros bajo sus ojos eran un sutil recordatorio de la noche
anterior.
—Hola mamá. ¿Cómo te sientes?
—Oh, estoy genial, cariño. Todo está bien.
Fruncí el ceño.
—Mamá. Deja de mentirme.
Bebió otro poco, mirando fijamente a través de la cocina y por la
puerta corrediza de vidrio a nuestra área de la piscina. Suspirando, me puse
frente a ella y agarré sus muñecas con mis manos.
—Mamá, si Dale te lastima, o si no estás contenta con él, podemos
irnos. Solo di la palabra.
Rio, aunque su rostro se torció de una manera que creí que podría
volver a llorar.
—No miento, cariño. Todo está bien. Dale y yo somos como cualquier
otra pareja. Tenemos nuestros problemas. Pero al final del día, nos amamos.
De hecho —añadió, tomando un último sorbo de café antes de verter el resto
por el desagüe—. Salió temprano esta mañana. ¿Cuánto apuestas a que
atraviesa esa puerta con flores en cualquier momento?
—¿Las flores arreglan lo que sucedió anoche?
Se encogió de hombros.
—Son un comienzo.
Se me hizo un nudo en el estómago. Sabía que existía más de lo que
no me contaba, pero no podía sacárselo a la fuerza. Mamá y yo nunca
habíamos hablado sobre su relación con Dale. Sabía que comenzaron a salir
poco después de que mi padre nos abandonara y Dale se llevó a mamá en
un romance relámpago. Toda mi vida, lo vi amarla como quisiera que un
hombre me amara algún día. Ahora, me sentía como si hubiera estado
parada en una gruesa capa de niebla que de repente estaba siendo
combatida por el sol.
—Así que —dijo mamá, aclarándose la garganta y ordenando una pila
de papeles en el mostrador—. Escuché que Mason te invitó a salir en la fiesta
de Willow.
Me burlé:
—En primer lugar, ¿cómo es que escuchas historias sobre una fiesta
de instituto? Y, en segundo lugar, no, no lo hizo. —Cambié de tema—. Puede
que haya dicho algo como que desea que volvamos, pero no me pidió una
cita.
—Natalie —dijo mamá, cruzando los brazos sobre su pecho. Ella
todavía vestía ropa de dormir. Así fue como supe que tuvo una noche difícil.
Jillian Poxton no se paseaba en pantalones de pijama y una camiseta. Debió
robarlos de mi tocador—. Eso es esencialmente lo mismo. ¿Y por qué me
cuentas esta historia como si no hubieras aceptado su oferta?
Me encogí de hombros y me serví un vaso de agua.
—Porque no lo hice.
La boca de mamá se abrió.
—Ya no quiero estar con Mason —expliqué, bebiendo del vaso—. No
me di cuenta cuándo ocurrió, pero creo que romper conmigo fue una de las
mejores cosas que pudieron suceder.
—No entiendo. —Mamá negó con la cabeza, sus cabellos rubios caían
de la cola de caballo suelta que portaba—. Mason es de una buena familia,
Natalie. Él podría hacerte feliz. Y estarías cómoda.
—No quiero estar solo cómoda, mamá. Deseo un amor que me haga
sentir todo menos confortable. Si no me vuelve loca, si no me rompe el
corazón ante la idea de perderlo, si no me empuja a nuevos lugares y me
obliga a crecer… ¿qué tipo de amor es realmente?
Mamá me evaluó por un momento, mordiendo el interior de su mejilla.
—Hablas de ello como si ya lo hubieras encontrado.
Bajé mi mirada a mi agua, trazando la tapa de vaso con mi dedo
índice.
Ella suspiró.
—Cariño, como mujer, a veces debes hacer sacrificios. En ocasiones
tienes que tomar decisiones sobre lo que necesitas en la vida y cómo
obtenerlo.
—¿Tuviste que hacer sacrificios con Dale? —Levanté mis ojos a los de
ella otra vez.
Tragó saliva.
—Sí. Y con tu padre, también. Pero cada elección que hice fue para
mejorar mi vida. Y la tuya. —Se aclaró la garganta, tocando los pantalones
de deporte que llevaba puestos, como si acabara de darse cuenta de que los
vestía—. No siempre fueron las opciones más fáciles, pero las mujeres no lo
tienen fácil cuando se trata de la batalla de la vida contra el amor.
Encogiéndome de hombros, terminé la última gota de agua y dejé caer
el vaso en el fregadero.
—No creo que los dos tengan que estar en lados opuestos de la línea
de guerra.
Mamá me miró de nuevo, abriendo la boca para decir más antes de
cerrarla rápidamente y ponerse más derecha.
—Supongo que es algo que tendrás que aprender por ti misma, cariño.
—Chasqueó los dedos—. ¡Oh! Eso me recuerda. Necesito comenzar una lista
de compras para Christina. ¿Tienes alguna solicitud?
Me reí entre dientes, viéndola volver al modo negocios.
—¿La vida, el amor y la batalla te recordaron las compras?
Me sacó su lengua y solté una risita, pero cuando mis ojos se
enfocaron en el bloc de notas en el que escribía, la risa se me enganchó en
la garganta.
—Oh, Dios mío —susurré.
—¿Estás bien, cariño? —Mamá había dejado de escribir, pero mis ojos
seguían pegados a la página.
Saliendo de mi bruma, tomé las llaves del Rover y corrí hacia la
puerta, agarrando mi bolsa de gimnasia del sofá cuando pasaba.
—¿Cariño?
—¡Todo bien, mamá! —grité por encima de mi hombro mientras salía
por la puerta principal—. Solo llego tarde al entrenamiento. ¡Nos vemos más
tarde!
Golpeando la puerta detrás de mí un poco más fuerte de lo que quise
hacer, corrí hacia el auto y lo arranqué a la primera, saliendo del camino de
entrada. Mi pie pisando a fondo fue el acelerador hasta el gimnasio y
aparqué en dos lugares de estacionamiento antes de dejar mi bolso y correr
directamente a la sala de entrenamiento.
Rhodes vigilaba a una de sus clientas mientras ella se sentaba en una
de las barras. Estuve tentada a poner los ojos en blanco por la forma en que
babeaba cuando lo miraba, pero tenía emociones más importantes que
fluían a través de mí.
—Sé de dónde vino la nota —espeté. Frunció el ceño y me miró con
curiosidad. No estaba segura de que fuera porque estaba una hora antes del
entrenamiento, por lo que acababa de decir o por ambas cosas.
—¿Qué?
—Solo —detuve su pregunta con la mano, haciendo un gesto a la
mujer en el banco—. Termina esto y regresa a la oficina.
—Estoy en medio de una sesión, Natalie —advirtió. A pesar de que
tenía su nuevo empleo en el restaurante, aún necesitaba su trabajo de
entrenador y yo lo sabía. Pero esto no podía esperar.
Le di una mirada penetrante para enfatizar la urgencia y respiró
profundamente por la nariz, haciendo un gesto con la cabeza para que
volviera a la oficina. Le oí decir a su clienta que tomara un descanso para
beber agua e hiciera cardio. Ella gimió, literalmente gimió, y rechiné mis
dientes. Antes de actuar en mi enojo, cerré la puerta de cristal de la oficina
detrás de mí y caminé alrededor del escritorio.
Rhodes abrió la puerta momentos después y comencé a divagar antes
de que él tuviera la oportunidad de cerrarla de nuevo.
—Es del muelle. La nota. Es de la papelería de Dale. Sabía que había
visto esta marca antes. —Desplegué el papel y lo alisé sobre el escritorio,
señalando las pequeñas marcas de color naranja donde se encontraba la
línea desgarrada. La nota estaba rota en el borde inferior, como si alguien
intentó arrancar el logotipo, pero incluso con una parte allí, lo reconocí.
—No entiendo. —Negó con la cabeza, con el ceño fruncido.
—Esta es la parte superior del logotipo. Pero ¿ves cómo es un feo color
naranja? —Él asintió—. Se supone que es rojo. A veces, los cuadernos como
el de este papel se imprimen incorrectamente. Eso vuelve loca a mi madre
porque es una perfeccionista. Pero, ella también odia el desperdicio. No
permite que Dale los use para la interacción con los clientes, por lo que ella
toma todos los que tienen errores de imprenta y los lleva al depósito del
puerto deportivo de Poxton Beach. Siempre escriben notas y las colocan en
los botes para que los empleados sepan dónde colocarlos, qué clientes y
demás. Ya que son solo ellos quienes lo ven, mamá cree que es una forma
de sacar provecho de la papelería sin dañar la "marca" de Dale o lo que sea.
Rhodes levantó una ceja.
—Tu madre es extraña.
—Rhodes, ¿oíste lo que dije? —pregunté, ignorando su intento de
humor—. La nota vino del muelle. Estaba con la escritura de tu hermana.
—Tragué saliva—. Quizá podamos encontrar algunas respuestas. Es posible
que podamos encontrarla.
Frunció el ceño, apoyándose contra el borde del escritorio. Deslizó sus
manos por la incipiente barba antes de cruzar los brazos con fuerza sobre
su pecho.
—¿Cómo?
—Sé dónde guarda Dale sus llaves —le susurré—. Todas sus llaves.
—Sus ojos se abrieron ante mi implicación—. ¿Estás preparado para una
pequeña misión de reconocimiento?
24
—Ni siquiera entiendo el concepto de este lugar —susurró Rhodes
cuando abrí la gran puerta que protegía el granero. Solía encontrarlo
divertido cuando mamá lo llamaba así, pero eso es exactamente lo que era
en realidad: un enorme granero de metal lleno de botes.
—Es solo una forma diferente de guardar tu bote. En realidad, es
mejor para muchos de los de por aquí. Evita que se asienten en agua salada
y esas cosas.
Él no hizo más comentarios mientras atravesamos la puerta. La cerré
de nuevo detrás de nosotros y nos dirigimos hacia el gran edificio.
El aire de la noche era cálido y húmedo contra mi piel y los pequeños
mechones de cabello que colgaban del moño en mi cuello ya estaban
empapados. Rhodes no parecía nervioso o tenso cuando nos acercamos a la
entrada del edificio.
Yo sí lo estaba.
Contemplamos las columnas y filas de barcos una vez que entramos
al edificio. Hice clic en la linterna que saqué del garaje de Dale para
iluminarlos mejor y escaneé la longitud del lugar. Estaban apilados en un
espacio muy amplio, todos frente a nosotros.
—¿Qué buscamos?
—No sé, Rhodes. Cualquier cosa que pueda conectar esa nota con tu
hermana. —Tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada—. ¿Por qué tengo
la sensación de que no quieres estar aquí?
Suspiró.
—Lo siento. Simplemente no estoy seguro de cómo sentirme acerca de
todo esto. —Fue entonces cuando noté la preocupación escondida detrás de
sus fuertes ojos. Sabía lo que sentía. No quería tener esperanzas solo para
sentirse decepcionado. O tal vez temía lo que encontraría. De cualquier
manera, era evidente que no estaba nervioso o tenso, pero sí claramente
incómodo.
—Intenta no pensar demasiado en ello. Si encontramos algo, genial.
Si no, entonces avanzamos y pensamos en algo más. ¿Bien?
Tomó un momento para procesarlo antes de asentir suavemente.
—De acuerdo.
Tomando su mano, apunté con la linterna hacia adelante y nos
sumergimos más profundamente en el granero.
Caminamos lentamente por el pasillo principal, iluminando entre
cada hilera de botes y subiendo por las distintas columnas. Ninguno de los
dos habló, y ninguno encontró nada de qué hablar. Cuanto más tiempo
estábamos allí, más me preocupaba si había tomado una decisión estúpida.
¿Qué esperaba encontrar exactamente?
—Oye, espera un segundo —susurró, con los ojos fijos en la fila de
botes a nuestra derecha—. ¿Qué es eso?
Apunté con la linterna para seguir su mirada, iluminando algo
brillante y pequeño cerca de la pared del fondo. Rhodes me miró
inquisitivamente antes de dar un paso.
Mi corazón martilleaba en mis oídos mientras avanzábamos entre los
barcos. Cuando rodeamos la parte delantera del bote, se inclinó lentamente,
recuperando el objeto en el suelo.
—¿Qué es eso? —pregunté, con la voz justo encima de un susurro.
Rhodes miraba lo que sostenía en sus manos tan intensamente que me
cuestioné si me había escuchado.
—Oh Dios mío.
—¿Qué? —Me incliné para mirar más cerca—. ¿Qué es?
Agitó la cabeza, el ceño fruncido.
—Es de ella. —Me mostró el objeto: un brazalete. Colgaba sobre su
dedo índice cuando sus ojos encontraron los míos—. Es de Lana. Lo usaba
todos los días. —Tragó saliva—. Fue mi regalo cuando cumplimos dieciséis
años.
Mi corazón se detuvo.
Era una pulsera pequeña y delicada, una fina cadena con un solo
amuleto de perlas. Su piedra de nacimiento Cuidadosamente, extendí la
mano para tocar la plata fresca y enrollé la perla entre mis dedos, trayendo
una capa de polvo con ellos.
—No parece que se haya usado por un tiempo.
—¿Qué diablos? —Negó con la cabeza y yo también perdí las palabras.
Nada tenía sentido—. ¿Crees que es la persona que la tomó? ¿Será que
sucedió aquí?
—Tal vez —dije, mi estómago se anudó ante la idea. El suave clic del
obturador sonó cuando saqué mi cámara y tomé una foto del brazalete que
todavía colgaba de sus dedos. Todos los vellos de mi cuerpo se erizaron, mis
instintos de lucha o de huida entraban en acción. No tenía miedo antes,
pero ahora sí—. No sería raro que solo lo dejara. Estos son los barcos de
vacaciones. Los empleados tienen suerte si son enviados aquí más de una
vez al año para sacar uno de estos botes.
—¿Y estás segura de que la nota debió venir de este sitio?
Eché un vistazo alrededor, tratando de encontrar alguna de las notas
de papelería pegadas en la ventana de uno de los botes que nos rodeaban.
Al escanear los parabrisas, finalmente encontré una hoja cuatro filas más
abajo. Quitándola de su cuidadosa ubicación, la sostuve para que Rhodes
la inspeccionara.
—¿Ves el logo inferior? —pregunté. Asintió, y saqué de mi bolsillo la
nota que encontró en su motocicleta. Cuando los puse uno al lado del otro,
no existía nada que refutar. Solo había un pedacito del logotipo en la parte
inferior de la nota de su hermana, pero estaba allí. Saqué otra foto.
Se pellizcó el puente de la nariz. Sabía que su cabeza también daba
vueltas.
—¿Qué carajos pasa?
—Exactamente mis pensamientos —respondió una áspera voz.
Giramos rápidamente y nos encontramos con una luz blanca cegadora.
Instintivamente, Rhodes se arrojó entre el intruso y yo, sirviendo como
escudo humano.
La luz disminuyó, y mi estómago cayó justo cuando me di cuenta de
quién la sostenía.
Un policía.
—Mierda —murmuró Rhodes.
El policía era joven, tal vez en sus treintas, con piel de caramelo y un
cabello oscuro. Sus ojos sombríos, pero suaves, como si no le gustara
atraparnos más de lo que a nosotros nos gustaba ser arrestados. Mis ojos
se ajustaron a la diferencia de luz y noté que su placa identificativa decía
MARTINO.
—¿Se dan cuenta de que están invadiendo en este momento?
—Lo siento señor —probé, maniobrando alrededor de Rhodes—. Es mi
culpa. Solo quería…
—¿Y te das cuenta de que debido a que trepaste esa valla para entrar
en una propiedad claramente privada, podrías enfrentar un cargo de
allanamiento en primer grado? —Sacudió la cabeza, casi como si fuera
nuestro padre, antes de decir algún tipo de código en su radio junto con
nuestra ubicación—. No pudieron ser inteligentes al respecto. ¿Linternas?
¿En serio? Los vi desde el camino.
—¿Y tú te das cuenta de que estás siendo un sujeto de mierda clase A
en este momento?
—¡Rhodes! —advertí, sorprendida por su falta de respeto. Intentaba
sacarnos de esta situación, y él estaba listo para empeorar las cosas.
—Espera —interrumpió el oficial Martino—. ¿Rhodes? ¿Como William
Rhodes?
No respondió. Su mandíbula crujió y mantuvo sus ojos duros en el
oficial, que ahora lo miraba de una manera completamente diferente. Era
como si lo reconociera, o como si viera a un fantasma de su pasado surgir
de la tierra. Sabía que estuvo entrando y saliendo de la correccional cuando
éramos más jóvenes, pero ¿esa reputación realmente se mantuvo por tanto
tiempo?
—Copiado. Llamando al dueño de la propiedad ahora —dijo una voz
femenina por la radio sujeta a la cadera del policía, rompiendo el incómodo
silencio que se extendía entre nosotros. Fue mi turno de agregar otro giro a
la noche.
—Un momento —le ofrecí, buscando en mi bolsillo mi teléfono. El
oficial sacó su arma, apuntándome directamente al pecho.
—¡Oye, oye, oye! —Rhodes volvió a ponerse delante de mí, frunciendo
el ceño al policía—. ¿Estás jodidamente loco?
—¡Mantén tus manos donde pueda verlas!
Entré en pánico, dejando caer mi teléfono por completo y permitiendo
que se rompiera en el suelo mientras levantaba los brazos sobre mi cabeza.
—Lo siento —dije con voz temblorosa. Sonaba débil, y en ese
momento, tal vez lo era. Nunca tuve problemas con la ley. No sabía cómo
actuar. No entendía por qué este hombre me miraba como un criminal—.
Iba a llamarlo por ti.
—¿De qué hablas?
Moviéndome sobre mis pies, miré a Rhodes antes de responder.
—Soy Natalie Poxton. —Mis ojos enfocándose en el oficial justo a
tiempo para ver el reconocimiento—. El dueño de la propiedad es mi papá.

***

Nunca miré mis pies durante tanto tiempo.


Mis ojos trazaban los puntos en mis Keds, siguiendo el forro de los
cordones a través de cada aro y de vuelta. Podía oír a mamá golpeando con
el dedo el borde del mostrador de la cocina y, a pesar de que aún no había
mirado, podía sentir los ojos de Dale en el punto de contacto donde la mano
de Rhodes sostenía la mía. Ninguno de nosotros dijo una palabra desde que
el oficial Martino se fue, y definitivamente no quería ser la primera en romper
ese silencio.
Decepcionar a mamá y a Dale no era algo a lo que estaba
acostumbrada. Hasta ahora, mis únicas ofensas fueron los incidentes
menores en las fiestas por los que solían regañarme antes de estallar en
carcajadas. Era un juego de niños. Algo por lo que pasaban todos los
adolescentes en Poxton Beach.
Esto, sin embargo, no fue así.
—Señor y señora Poxton —comenzó Rhodes, su profunda voz de
barítono sonaba tan extraña bajo el manto de silencio en el que estuvimos—
. Solo quiero disculparme por nuestras acciones de esta noche. Natalie no
tuvo nada que ver con lo sucedido. Fue mi idea.
Dirigí mi atención a él, con la boca abierta y lista para corregirlo, pero
me dirigió una mirada severa que me hizo cerrarla.
—Bueno, eso es obvio —respondió Dale—. Pero eres famoso por las
malas ideas, ¿verdad, Rhodes?
—¡Dale! —Rhodes apretó mi mano más fuerte, sin embargo, me negué
a dejar que le hablara de esa manera.
—No levantes la voz, jovencita —advirtió mamá. No podía recordar la
última vez que me llamó jovencita.
—Mamá, no fue su culpa. Fue mi idea irrumpir en el cobertizo de botes
esta noche.
—Cariño —dijo el sobrenombre cariñoso con un toque de simpatía,
como si no supiera lo que decía.
—¡Es verdad! Fue mi idea. Y lo siento. Pero mira, no tomamos nada,
no rompimos nada. Solo estábamos... —Mi voz se apagó cuando me di
cuenta de que no podía decirles exactamente lo que hacíamos.
—¿Estaban exactamente qué, Natalie? —sondeó Dale. Sus cejas
estaban colocadas en una firme línea recta sobre sus ojos duros.
—No puedo decírtelo —murmuré las palabras, apenas audibles sobre
el zumbido del refrigerador.
—¿Por qué? —preguntó mamá. Estaba acalorada, más enfadada de lo
que nunca la vi. Miré a Rhodes, pero eso solo avivó su fuego—. Está claro
que lo que sea que estuvieras haciendo, era algo que no querías que
descubriéramos. Y eso no volará en esta casa.
—Lo siento. No sucederá…
—¿Otra vez? —cuestionó Dale, riendo un poco—. Oh, apuesta tu
trasero a que no. No sé en quién te has convertido juntándote con este
delincuente —agregó, señalando a Rhodes—. Pero robar mis llaves e
irrumpir en una propiedad que sabes que está prohibida es absolutamente
inaceptable.
—¡Deja de hablar de él como si no estuviera parado junto a mí!
—Bicho, está bien —me tranquilizó, frotando su pulgar a lo largo de
mi mano—. Esperaré afuera.
—Oh no, no lo harás, joven —dijo mamá. Temblaba levemente, con el
rostro rojo y lleno de manchas—. Nunca más volverás a ver a mi hija. Nunca.
¿Me escuchas?
—¡Mamá! —me atraganté, mi corazón saltó ante su implicación. No se
aceleró lentamente. Saltó. Galopaba. Sentí que amenazaba con romper los
confines de mi caja torácica.
—¡No discutas conmigo, Natalie! Ya tuve suficiente de estas tonterías.
Rhodes era tu entrenador y eso era todo lo que debía ser. Claramente te
sedujo, eso es obvio, pero todo termina esta noche. No voy a tolerar esto por
más tiempo.
—¿Hablas en serio? —chillé incrédula. Solté la mano de Rhodes y di
un paso hacia ella—. ¿Te oyes? ¿Escuchas la forma en que hablas de un ser
humano que está parado aquí en tu cocina?
—Esto no es discutible.
—¡No puedes decidir lo que hago con mi vida!
—Mientras vivas bajo este techo, lo haremos. Ahora deja de faltarle el
respeto a tu madre y sácalo de aquí —exigió Dale. Ni siquiera pronunció su
nombre.
—¡Entonces me mudaré!
—¿Y a dónde irás? —preguntó mamá incrédula—. No estás inscrita en
la universidad, no tienes un trabajo, y no tendrás un centavo a tu nombre
si nos desobedeces.
—No me alejaré de él. —Negué con la cabeza, mis ojos se nublaron
con lágrimas que rápidamente burbujearon y cayeron sobre mis mejillas.
Débilmente, escuché que nuestra puerta de entrada se cerraba, y di media
vuelta para encontrar que Rhodes se había ido—. ¿Rhodes?
—Solo déjalo ir, cariño —Mamá se acercó para tocar mi mano, pero
me eché hacia atrás. Le supliqué con los ojos que se detuviera, que
despertara y se diera cuenta de lo que hacía, pero no se conmovió.
—Son horribles —susurré, mis ojos rebotaban entre los dos—. Solo
porque tengan su propia montaña de mierda no significa que deban
arrastrarme con ustedes.
—¡Natalie! —me reprendió Dale, pero giré sobre mis talones y salí
corriendo por la puerta sin decir una palabra más.
Esperaba que Rhodes se hubiese ido, pero aún seguía de pie en el
camino de entrada, con las manos en los bolsillos, mirando a la carretera.
La luna era apenas una astilla esa noche, y la oscuridad solo me hizo sentir
más impotente mientras caminaba lentamente hacia él. Mis pasos eran
suaves, la noche era silenciosa, un contraste tal con la guerra que bullía
dentro de mí.
Deslizando mis manos a través del espacio entre sus brazos y sus
costados, me envolví a su alrededor, presionando mi frente en los duros
músculos de su espalda. Él temblaba, solo un poco, apenas lo suficiente
para darse cuenta.
—Lo siento mucho.
Se aclaró la garganta, levantando un brazo para llevarme a su lado.
—No lo hagas.
—No puedo creerlo. Si piensan que los voy a escuchar, han perdido la
cabeza seriamente.
—Tienen razón, Natalie.
Levanté mi cabeza de su pecho y miré su expresión estoica.
—¿Qué? Rhodes, no, no lo hacen. No saben nada de ti.
—¿Y tú sí? —desafió, soltando su agarre sobre mí. De repente, tuve
mucho frío.
—Sí —susurré, aunque la forma en que me veía me hizo sentir que no
debería estar tan segura. Sus ojos color esmeralda eran salvajes, la boca
apretada en una línea delgada, la mandíbula tensa.
—No soy bueno para ti, Natalie. No encajo en esta vida. En tu vida.
—Detente, Rhodes. Sabes que no soy yo.
—Pero esta es tu vida, Natalie —dijo de nuevo—. Así es como se
supone que es para ti. Es lo que te mereces. Grandes padres, una bonita
casa, un marido rico con los medios para cuidarte. —Se lamió el labio
inferior, frunciendo las cejas—. Mereces una buena vida, una sin el dolor
que ya te traje y que sé que traeré continuamente, una y otra vez. Soy
problemas. Estoy jodido. Tengo equipaje. Tengo peso.
—¡No eres nada de eso! —discutí—. Eres fuerte. Y apasionado. Y me
has empujado a ser alguien que nunca pensé que podría ser este verano.
—Y eso es todo —dijo—. Eso es todo lo que soy para ti, Natalie. Sí,
creo que te cambié este verano, tal como tú me cambiaste. Y ahí es donde
termina. No soy tu príncipe, Bicho. No soy con quien te casarás y llevarás
una vida larga y feliz, con quien tendrás hijos, con la que te sentarás en una
mecedora cuando seas vieja. —Sacudió la cabeza, pero yo la agité la mía con
más fuerza. Podía sentirlo. Estaba retrocediendo, retirándose al mismo
caparazón en el que lo había encontrado hacía solo dos meses—. Yo. No.
Encajo. Soy una etapa para ti. Un capítulo. Y esta es la última página.
—Por favor, Rhodes —supliqué, pero pasó dirigiéndose a un lado de
la casa donde estacionó su moto. Lo seguí—. No quieres decir eso. Dijiste
que te habías prometido terminar de alejarte de mí. Sabes que esto no es
todo. Esto no ha terminado. —Lo seguía a cada paso, pero mantuvo el ritmo
hasta que llegó a su moto. Se subió, sin decir una palabra más—. ¡Maldita
sea, Rhodes, mírame!
Fue entonces cuando noté lo fuerte que respiraba. Su pecho subía y
bajaba en un ritmo inestable, el temblor aún evidente en sus manos. Agarró
su casco, pero se detuvo, volviéndose para mirarme. Su manzana de Adán
se balanceó mientras esperaba mi movimiento. Sabía que no quería dejarme,
pero por alguna razón sentía que tenía que hacerlo.
Si se iba a marchar, no dejaría que lo hiciera sin saber la verdad.
—Te elegí a ti. ¿Recuerdas?
—No te pedí que me eligieras.
—Tampoco me pediste que te amara.
Frunció el ceño, pero lo vi romperse debajo.
—No me amas, Natalie.
—No me digas lo que siento —lloré. Mi voz era temblorosa,
rompiéndose con cada palabra—. Desearía no amarte, pero lo hago. —Sus
ojos se suavizaron, pero sus labios aún estaban presionados. Pude verlo.
Intentaba no sentir, y yo estaba decidida a hacerlo—. Me golpeó todo a la
vez, como un pensamiento o un recuerdo de algo que siempre he sabido. No
tengo otra opción, Rhodes. Te amo porque no hay otra opción para mí.
Sabía que no lo diría de regreso, y no esperaba que lo hiciera. Solo
deseaba que se quedara. Porque en mi corazón, ya sabía que él me amaba.
Me amaba con tanta intensidad que debería aterrorizarme. En cambio,
estaba fascinada. Y desesperada por más.
Mi corazón no estaba listo para dejarlo ir.
Tragó saliva, y sus ojos se posaron en mis labios. Por un momento,
pensé que podría alcanzarme. Su mano tembló donde sujetaba las correas
de su casco, y oré que siguiera adelante con la intención.
Pero no lo hizo.
No había paredes físicamente, pero aún observé cómo se
derrumbaban a su alrededor. Vi sus ojos brillar. Noté formarse el ceño
fruncido sobre sus suaves rasgos, endureciéndolos nuevamente, quizás
incluso más que antes.
Deslizando el casco sobre su cabeza, abrochó las correas y se agarró
al manubrio, volteándose para mirar al camino.
—Te dije esa noche que tomabas la decisión equivocada —dijo, con la
voz baja. Dudó por un momento antes encender el motor—. Debiste
escucharme.
Cerré los ojos con fuerza y dejé que dos lágrimas cayeran paralelas
por mis mejillas. Los mantuve cerrados y lo escuché alejarse. Incluso
cuando el último sonido del motor se había desvanecido y estaba sola de
nuevo en el aire inmóvil de la noche, me negué a abrirlos. No lo vería irse.
No enfrentaría el hecho de que él se había marchado. No admitiría que se
fue, no después de lo que le dije.
Todo ese tiempo, sentí venir el final. Noté las señales de advertencia.
Ambos lo hicimos. Supongo que, de alguna manera, sabíamos que era solo
cuestión de tiempo antes de que el frágil caparazón de nuestra relación se
resquebrajara bajo el peso de la realidad. Estuve contenta de vivir en ese
sueño con él hasta que todo se derrumbó y los escombros nos mataron a los
dos, pero se fue sin mí. Ahora, estaba sola, aferrada al qué pasaría si que él
se negó a escuchar. La grieta se extendía cada vez más rápido, y miraba
impotente cómo crujía la única base que había construido.
Me quedé allí, esperando ser aplastada, rezando para ser salvada.
Y el único consuelo que encontré fue que, independientemente del
resultado, todo terminaría pronto.
25
Hay algo tan extrañamente satisfactorio sobre los corazones rotos. Es
casi como si pudieras sentir tanto por cualquier cosa, quizás la vida valga
la pena. Había un dolor constante en mi pecho después de que Rhodes se
fuera. Sin embargo, no era sordo ni muy agudo, pero siempre estaba
presente. Pensar en él me llenaba de esperanza tanto como me aplastaba.
Me dije a mí misma que debería olvidarlo, pero escuché canciones con
palabras que me hicieron pensar en él. Era una forma repetitiva y moderna
de tortura en la que de alguna manera encontré consuelo.
Ni siquiera intenté contactarlo durante el fin de semana. Me pesé sola
en la balanza de mi madre en la casa. Bajé otro kilo, que era más de lo que
había perdido en mucho tiempo. Supongo que cuando pasas horas y horas
corriendo y te enfermas incluso con solo pensar en la comida, eso suele
suceder. No era una dieta saludable, pero no sabía de qué otra manera
manejar mi nueva realidad.
Pero era lunes y para mí, era como un nuevo comienzo.
Me levanté de la cama y me convencí a mí misma de vestirme,
tomándome el tiempo para ponerme algo presentable. Willow me hizo
prometer que la llamaría después de su clase matutina. Se había encargado
de controlarme, como si pudiera desaparecer de la faz de la tierra si no lo
hacía.
Ojalá fuera así de fácil.
—Espera, ¿estás usando maquillaje? —preguntó Willow tan pronto
como se conectó el video chat.
—Creo que voy a ir a verlo.
Su rostro cayó.
—Um ¿qué?
—Escúchame —le ofrecí, levantando mis manos—. Nuestra sesión de
entrenamiento normal comienza en una hora. Pensé que solo aparecería. Si
él está allí, entonces tal vez podamos hablar. Y si no lo está, bueno...
entonces lo tomaré como mi señal para dejarlo en paz.
—¿No crees que el que se fuera de tu camino de entrada debería haber
sido tu señal para dejarlo en paz?
—Él no se fue, Willow.
—¡Podría haberlo hecho! —El rostro de Willow se suavizó un poco
cuando vio la tristeza que sabía perfectamente estaba eclipsando mi
maquillaje. Dijo en voz baja—: Mira, no puedo decirte qué hacer. Sé que él
significa mucho para ti. Y ha tenido un gran impacto en tu vida. Pero mira
lo mucho que estás sufriendo —dijo—. ¿Qué pasa si él está allí con una
clienta? No quiero que mi mejor amiga se rompa, Nat. Todavía te necesito
cerca.
—No lo sé. Siento que no puedo no luchar por él.
—Le dijiste que lo amabas —me recordó suavemente, aunque de todos
modos sentí una torcedora de cuchillo entre mis costillas.
—Bueno, puedo intentar otra cosa.
—¿Cómo qué?
—¡No lo sé! —grité las palabras, respirando más fuerte. Estaba
perdiendo el control con cada momento que pasaba—. No tengo idea de lo
que diré o haré si él está allí hoy, Lo. Pero no puedo simplemente sentarme
aquí. Me estoy volviendo loca.
—Ven a Boone —insistió—. Puedes quedarte conmigo en mi
dormitorio por un tiempo. Saldremos a algunas fiestas, puedes sentarte en
clase conmigo. Ya lo verás. La vida es mucho más grande que Poxton Beach.
Mi estómago se retorció, porque hace solo dos meses me había dicho
a mí misma esas mismas palabras. Ahora, parecía que nada era más grande
que Rhodes. Era todo lo que podía respirar. No quería imaginar una vida
fuera de Poxton Beach a menos que él estuviera también en ella.
—Solo prométeme que lo pensarás, ¿de acuerdo?
Asentí.
—De acuerdo.
—Y si vas hoy, prepárate para lo peor.
—Creo que ya lo he experimentado.
Encogió sus hombros.
—Aun así. Nunca puedes ser demasiado cuidadosa con tu corazón.
Me reí a medias.
—Suena como algo que deberías coser en una almohada.
—Es posible que sí.
Un suave golpe en la puerta de mi habitación me sobresaltó y cuando
mi madre se asomó, tragué saliva.
—Te enviaré un mensaje de texto esta noche, Lo.
Asintió, mirando hacia donde estaba mi madre en la puerta antes de
soplarme un beso y terminar la conversación.
—¿Qué? —pregunté, sin siquiera molestarme en mirar a mi mamá. El
ser irrespetuosa con ella era una experiencia nueva para mí, pero ella me
había enseñado toda mi vida a nunca darle respeto a alguien que no se lo
había ganado.
En este momento, ella era la última persona que merecía mi respeto.
—Honestamente, no puedes seguir enojada conmigo.
No respondí. Ya estaba vestida para el gimnasio, pero empaqué ropa
extra en mi bolsa de gimnasio de todos modos. Cualquier cosa para evitar
mirarla.
—Estoy haciendo esto porque te amo, cariño. Créeme. Sé que no
parece ser así ahora, pero un día vas a mirar hacia atrás y agradecerme. En
este momento, parece que Rhodes es todo para ti. Pero es solo porque eres
muy joven, Natalie. Cuando seas mayor comprenderás que esto fue solo una
fase.
—Oh, corta la mierda, mamá —dije molesta y finalmente encontré mi
mirada con la suya.
Frunció los labios.
—No me hables en ese tono. Soy tu madre y sé lo que es mejor para
ti.
—Oh, ¿es así? —resoplé—. ¿De verdad crees que algo sobre Poxton
Beach ha sido bueno para mí? ¿Crees que solo porque te casaste con un
hombre rico y yo tenía ropa nueva y mucho dinero para salir, debería haber
sido completamente feliz?
—Amo a Dale —dijo con voz temblorosa. Estaba empezando a ponerse
roja de nuevo como lo había hecho en la cocina unas noches antes—. No te
atrevas a insinuar lo contrario. Y el hecho de que seas desagradecida por
todo lo que nos ha dado solo me muestra lo inmadura que eres.
—No soy malagradecida. Sí, sé que somos afortunadas. Pero el dinero
y el estatus no son importantes para mí. Nunca lo han sido. Todo lo que
quería en toda mi vida era sentirme amada sin tener que cambiar. Durante
mucho tiempo, pensé que tal vez lo tenía todo, que tal vez era extraña porque
no era feliz a pesar de que mi vida era perfecta. Pero la verdad es que me he
quedado atrapada en esta falsa sensación de seguridad y pertenencia toda
mi vida. —Sacudí la cabeza, la realización me golpeó cuando las palabras
salieron de mis labios—. Willow era mi única amiga verdadera en esta
ciudad y ahora se ha ido.
—Tienes muchos amigos.
—No, no es así. No los tengo. Y está bien que no hayas visto eso antes
porque yo tampoco. Fue necesario que Rhodes me amara exactamente por
lo que soy y no por lo que podría ser o debería ser para que me diera cuenta.
—Él no te ama, cariño —dijo con un suspiro—. Mason te amaba. Y es
un buen chico que un día se convertirá en un buen hombre. Sé que no lo
ves en este momento y me mata que estamos peleando, pero créeme. Algún
día lo entenderás. Si me escuchas, tu vida será mejor.
Cerrando mi bolso con fuerza, lo colgué sobre mi hombro.
—He terminado con esta conversación. Iré al gimnasio. Estaré de
vuelta más tarde.
—No debes verlo, jovencita —exigió a mi espalda mientras me alejaba.
—Intenta detenerme.

***

Mis manos temblaban cuando llevé el Rover al estacionamiento del


club. Apagando el motor, agarré el volante con más fuerza y no me moví.
¿Por qué estaba aquí? Rhodes se había alejado de mí. ¿Tenía algo más que
decir que lo hiciera cambiar de opinión?
Suspirando, lentamente salí del auto y caminé temblorosamente hacia
la entrada. Cuanto más me acercaba al gimnasio, más fuerte respiraba, pero
todo eso cambió cuando entré por la puerta. Lo vi inmediatamente, casi
como si no hubiera nadie más en la habitación. Debe de haberme sentido,
porque sus ojos brillantes se alzaron hacia los míos y frunció el ceño. Ya no
estaba respirando con fuerza. No estaba respirando en absoluto.
Había una mujer con él, pero no era una clienta; era la misma mujer
que me había llevado al gimnasio ese primer día hacía más de dos meses.
Estaba firmando papeles y cuando terminó, se estrecharon la mano y ella
miró con ojos tristes mientras caminaba hacia mí.
Excepto que él no se detuvo.
Rhodes pasó junto a mí, su jabón corporal dejando un olor demasiado
familiar a su paso. Por un momento me quedé atónita, pero rápidamente
sacudí mi aturdimiento y corrí tras él.
—Rhodes, espera —supliqué justo cuando salíamos del club. Era uno
de esos espantosos días de verano donde el calor te sofoca, trabajando en
constante medida con el constante golpeteo del sol. Ya era tan difícil respirar
que la humedad no ayudaba a hacerlo más fácil.
No se detuvo. Colocándose la mochila sobre sus hombros, Rhodes
avanzó a zancadas hacia su motocicleta. Sentí que las lágrimas empezaban
a picar en las comisuras de mis ojos, pero me negué a llorar. No es para lo
que yo había venido.
—Escucha. Sé que las cosas son complicadas entre nosotros. Sé que
no tiene sentido que estemos juntos, al menos no para nadie más. —
Intentaba decir cualquier cosa, todo para hacerle cambiar de opinión. Nunca
había balbuceado tanto en mi vida—. Pero tú eres todo lo que tiene sentido
para mí. —Todavía estaba caminando. Vi como sus músculos se movían
bajo la suave tela de su camisa azul marino—. Mis padres son unos idiotas.
No me importa lo que piensen. No me importa lo que piense alguien en esta
ciudad. —Se subió a su motocicleta, pero se detuvo con su casco en sus
manos. Una gota de sudor solitaria se concentró en su cuello antes de caer
lentamente—. Y sé que a ti tampoco.
Esperé y por un momento se quedó allí sentado, mirando fijamente a
donde sus manos se aferraban a las correas de su casco. Finalmente,
levantó sus ojos hacia los míos. Eran suaves, casi pidiendo disculpas. Me
hizo temerle más que cuando estaban debajo de su ceño fruncido.
—Me voy de Poxton Beach. —Las palabras salieron de sus labios como
si fueran fáciles de decir, aunque sus ojos me dijeron lo contrario—. El
viernes.
Traté de tragar, pero ni siquiera el aire seco lo haría caer. Hipé un
poco, tratando de controlar las emociones que sabía que se desplazaban por
mi rostro, pero fallé miserablemente.
—¿Tú qué? —Sacudí la cabeza—. No. No, oh mi Dios. ¿Es Dale? ¿Hizo
que te despidieran? —Rhodes no respondió, pero observé que su garganta
se contraía, con la misma emoción que se apoderaba de mi cuerpo y supe la
respuesta sin que él dijera otra palabra.
—No importa. No pertenezco a esta ciudad y no quiero estar más aquí.
No hay nada aquí para mí y lo sé desde hace años. Me estaba estancando.
Me estaba aferrando a algo imposible.
—¿Qué hay de mí?
Se mordió el interior de la mejilla, la mandíbula tensa, sus ojos
mirando casi a cualquier lugar menos a mí.
Mi estómago se desplomó y envolví mis brazos fuertemente a mi
alrededor.
—Oh Dios —susurré. Me sentía enferma y entumecida. Y más que
nada, me sentía impotente—. Rhodes —suspiré su nombre y me recorrió un
escalofrío—. Por favor. No te vayas. No te vayas. —Me acerqué, mi mano
temblaba mientras la estiraba y buscaba a Rhodes. Él se estremeció, pero
no se apartó mientras deslizaba mi dedo índice por su antebrazo para
presionar fuertemente en el interior de su muñeca—. Siento tu corazón. Es
mejor que el mío. Y sé que también me amas.
Sus fosas nasales se abrieron, frunció el ceño y el más mínimo tic se
extendió por su labio inferior. La visión de ello casi a punto de romperse fue
todo lo que se necesitó para romper por completo la frágil parte de mí misma
a la que estaba tratando de aferrarme. Cuando encogió sus hombros, me
atravesó un sollozo y de repente la desesperación que sentía era demasiada.
Me abalancé sobre él, empujándolo lo suficiente como para hacerlo perder
el equilibrio. Agarró el peso de su motocicleta y cerró los ojos, pero me dejó
golpearlo una y otra vez.
—¡Bien! ¡Vete! —grité tan fuerte que me dolió la garganta, mi voz era
como una línea de hojas de afeitar en mi esófago mientras mis pequeños
puños golpeaban su pecho—. Esto es lo que haces, ¿verdad? ¿Así es como
va? ¡He memorizado cada centímetro de tu espalda de todas las veces que
te has alejado de mí este verano!
Rhodes se mordió la esquina de su labio, una lágrima fresca caía en
la misma línea por su mejilla. También estaba herido. ¿Por qué estaba
haciendo esto?
Lo golpeé una vez más antes de que mis manos volaran para cubrir
mi boca y sollocé. Enderezándome, inhalé y sacudí mi cabeza.
—Esta vez no serás tú quien se vaya. —Todavía no me miraba. Estaba
cansada de tratar de obligarlo a hacerlo.
Le di una última mirada de anhelo, mi cuerpo recordando todo lo que
me había hecho sentir ese verano todo a la vez y luego me volví. Pensé que
volvería a encender su motocicleta y me dejaría otra vez en el polvo, pero no
lo hizo. Me miró irme.
Una penitencia final.
Siempre había sentido que había una cuerda invisible entre Rhodes y
yo, unida a su corazón y al mío. Me había arrastrado hacia él todo el verano,
dejándome entrar y cuando subí al Rover y me alejé, sentí que la cuerda se
rompía y me lanzaba con fuerza. Me atraganté, tapándome la boca con la
mano no pegada al volante, amortiguando mis gritos.
Me estaba dejando, realmente dejándome y no había nada que pudiera
hacer al respecto. En menos de una semana, estaría libre de Poxton Beach
y de mí. Pero yo nunca me liberaría de él.
Estaba recibiendo un curso intensivo de amor y pérdida, y sabía en
mi corazón que no sería capaz de sobrevivir a los restos sin Rhodes para
ayudarme a encontrar el resto de mis piezas faltantes. Pero él no me estaba
dando esa opción.
Tenía que recomponerme sola o quedarme rota.
Odiaba ambas opciones.
26
Resultaba interesante comparar mi separación con Mason con la de
Rhodes. Aun cuando técnicamente no habíamos estado en una relación
oficial, sentí más por él en dos meses de lo que jamás había sentido con
Mason durante los dos años que habíamos salido.
Aun así, era como si mi mente no me permitiera hacer pucheros como
había hecho con Mason. Casi podía oír a Rhodes en mi cabeza, gritándome
que no me revolcara, diciéndome que fuera fuerte y me levantara. Que
siguiera adelante. Que olvidara. Que lo dejara atrás.
No volví a intentar contactarme con él. En su lugar, puse toda mi
atención en mí misma. Durante dos días, solo pensé, salía a correr para
pensar, tomaba baños fríos para pensar, me sentaba a la orilla de la piscina
a pensar, llamaba a Willow para pensar en voz alta y dormía lo poco que
podía. Me estaba haciendo a mí misma todas las preguntas difíciles que me
había permitido ignorar durante todo el verano. ¿Qué quería hacer ahora?
¿A dónde quería ir? ¿Qué era lo que me importaba?
De algún modo, había estado evadiendo el tomar alguna decisión
porque Rhodes estaba aquí, en Poxton Beach y entonces, aquí es donde yo
quería estar. Y antes de conocerlo, antes de que él fuera mi ancla,
simplemente no había pensado en qué era lo que realmente quería aparte
del hecho de que no quería ir a los Apalaches y ser igual a todos los demás
de mi clase.
Así que, después de tragarme todos los miedos y las dudas propias,
presenté mi solicitud para la Escuela de Arte y Diseño de Savannah. No se
lo dije a mamá o a Dale, no es que estuviera hablando con ellos, pero si le
conté a Willow, quien gritó en el video chat por más de sesenta segundos.
Medio gritaba porque estaba emocionada por mí y medio gritaba porque si
entraba, no iba a estar cerca de ella. Todo en lo que podía pensar mientras
hablábamos era en que realmente quería decírselo a Rhodes. Quería ver una
amplia sonrisa extenderse por su rostro y mirar sus ojos brillando con
orgullo. Quería que me atrajera para darme un largo beso. Quería que él
estuviera allí.
Pero no lo estaba.
Aun así, lo sentía alrededor de mí. Una parte de mí se preguntaba si
siempre tendría esa sensación. Era tan extrañamente reconfortante como
agonizante.
Mi madre siempre me dijo que antes de que pudiera amar a alguien
más, debería aprender a amarme a mí misma. Pero ya no creía eso.
Empezaba a darme cuenta de que hacía falta un corazón especial que te
amara, uno más grande que el propio, para darse cuenta que tal vez había
algo especial allí para amar después de todo. Tal vez se trataba de encontrar
el amor en la persona que te amaba antes de tener la oportunidad de amarse
a uno mismo.
Para mí, ese alguien era William Rhodes.
Y había cambiado para siempre debido a su amor, sin importar el
hecho de que no me quedaría con él.

***

No podía quedarme quieta la noche antes de que Rhodes se fuera del


pueblo.
Me había despertado esa mañana con un peso enfermizo en mi
estómago. Mirando atrás, era como si pudiera sentir lo que venía, casi como
si hubiese sabido que ese día, el veintitrés de julio, era el último día en el
que iba a ser la persona que era. Algo estaba pasando, solo que yo no lo
sabía.
En mi intento desesperado de mantenerme ocupada y no pensar en
Rhodes y en el hecho de que él se iba en menos de veinticuatro horas, había
decidido mirar los últimos tres episodios de Perdidos. Pero cuando el
episodio final terminó, simplemente apagué el televisor y me quedé mirando
a la pantalla en negro, pensando en el comienzo del verano.
Dale tenía razón. No debería haberlo visto.
Mamá asomó la cabeza en mi habitación justo cuando estaba
atándome el cabello en un moño desordenado sobre mi cabeza.
—¿Vas a correr?
Asentí, ajustándome la coleta y revisando la batería de mi reloj.
—No me siento muy bien, así que creo que me voy a ir a la cama. —
Esperó a que reconociera sus palabras. Tal vez deseaba que le dijera que
ojalá se mejorara. Tal vez simplemente pretendía que comprendería su
“sabia” mirada del mundo. Tampoco lo hacía.
Resopló.
—Te amo, cariño. Sé que me odias en este momento y me encantaría
que supieras cómo eso me rompe el corazón. —Sus ojos se inundaron de
lágrimas y sentí ese cosquilleo familiar en la punta de mi nariz. Mamá y yo
siempre habíamos sido unidas y nunca habíamos peleado así. Aun así, no
me sentía capaz de perdonarla sin una disculpa primero—. Solo quiero que
sepas que siempre estaré aquí. Sin importar qué. Y realmente me preocupo
por lo que es mejor para ti.
Puse mis ojos en blanco ante la última frase.
—De acuerdo. Voy a correr algunos kilómetros. Volveré pronto.
Una sola lágrima cayó desde su mejilla y la limpió rápidamente
—Buenas noches, cariño.
Salí de mi dormitorio justo detrás suyo. Ella giró a la izquierda hacia
la habitación principal y yo giré a la derecha, troté rápidamente escaleras
abajo y finalmente salí al cálido aire de la tarde. El sol estaba empezando a
ocultarse, llenando el cielo con brillantes colores rosas y naranjas. Encontré
la lista de reproducción correcta en mi teléfono, lo sujeté a mi brazo,
programé mi reloj y corrí.
Cada paso golpeaba cada nervio en mi cuerpo. Sentí que me
desarmaba y renacía, todo a la vez. Me sentía en un lugar tan poco familiar
en mi mente que la única forma que conocía de alejarme de allí era
concentrándome en mi cuerpo.
Así que me enfoqué en cada paso que golpeaba el pavimento. Traté de
contar los pasos, mientras mi reloj contaba las calorías, cuando lo cambié a
modo de grabación de voz, cada palabra que salió de mi boca fue acerca de
Rhodes. Algunas de las cosas que dije en mi reloj tenían sentido, otras eran
solo frases rotas sobre recuerdos y sentimientos que nunca entendería ni
olvidaría. Corrí y corrí hasta que me dolió el pecho y el sudor corrió sobre
mis ojos reemplazando las lágrimas que había derramado. No era que
estuviera triste, pero tampoco estaba bien. Estaba estancada en un limbo
de confusión, algo así como un purgatorio de sanación.
Cuando no pude correr más, caminé. Cuando casi no pude caminar,
cojeé. Se estaban formando ampollas en mis talones y las piernas me ardían
ferozmente, pero seguí andando. Volqué mis pensamientos en el reloj y mi
sudor en el camino. Finalmente, justo pasadas las once, me arrastré dentro
de la casa hacia las escaleras y luego a mi habitación. Desparramándome
en el suelo me quedé mirando el techo, pero mis ojos perdieron rápidamente
el enfoque.
No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez fue una hora, tal vez solo fue un
minuto, pero en algún momento mi aturdimiento fue interrumpido por la
suave vibración de mi teléfono en la alfombra. Lo busqué a ciegas, contesté
sin mirar la pantalla y lo puse en mi oído.
—Estoy bien Willow.
—¿Bicho?
El sonido de su voz me levantó de un golpe
—¿Rhodes?
Silencio.
—No puedo no verte esta noche —dijo finalmente. Podía oír el dolor en
sus palabras. Era como si hubiera estado luchando con ellas por tanto
tiempo que el finalmente dejarlas salir lo hubiese matado un poco—. Me voy
en la mañana y no puedo prometerte nada más que esta noche. Sé que te
traté como una mierda, porque de alguna forma siempre me las arreglo para
arruinar las mejores cosas de mi vida. —Exhaló, lentamente devolviéndome
la vida—. No merezco que vengas esta noche. Pero te lo pido de todos modos.
Me mordí mi labio inferior con la fuerza suficiente para lastimarlo. El
alivio se deslizó sobre mí al mismo tiempo que el delicioso dolor de la carrera
hizo eco a través de mis músculos. Quería verme. Nada más y nada menos,
pero era justo lo necesario para reafirmar la esperanza a la cual me había
estado aferrando.
—Dame quince minutos.
—¿Bicho?
—¿Sí?
Hubo una pausa y sentí mi pulso acelerarse.
—Apúrate.
Me debatí entre no ducharme, pero una mirada al espejo me hizo
cambiar de opinión. Casi no podía mantenerme de pie mientras el agua
caliente corría sobre mí. Mi cuerpo estaba atrapado en una mezcla entre la
ansiedad de ver a Rhodes y la fatiga extrema de mi carrera. La adrenalina
podría hacerme andar hasta cierto punto antes de que el dolor de mis
músculos tomara el control. Me apuré en la ducha y me puse unos
pantalones cortos y una camiseta, atando mi cabello mojado en una coleta.
Después de un poco de maquillaje, me miré al espejo una vez más antes de
escabullirme silenciosamente de mi habitación.
Bajando las escaleras de puntillas, le ordené a mi corazón que se
calmara para poder hacer el resto del camino fuera de la casa sin ser
detectada. Mamá me había fastidiado después de que me hubiera escapado
para ver a Rhodes en el club hace una semana. No quería arriesgarme a que
me atrapara ahora y me mantuviera alejada de él.
Mi mano alcanzó el picaporte de la puerta principal justo cuando una
voz profunda atravesó la oscuridad.
—¿Vas a algún lado?
Me sobresalté, girándome rápidamente y escaneando la oscura
estancia hasta que encontré a Dale. Estaba recostado en una reposera al
lado del sofá, con las manos dobladas sobre su regazo y una sonrisa en su
rostro. Casi no podía verlo, pero la suave luz que venía de la cocina lo
iluminaba lo suficiente para que notara que no estaba sobrio.
Genial.
—Jesús, Dale —dije soltando un suspiro—. Me asustaste.
No respondió.
—Um, solo voy a correr un poco. Sé que es tarde pero no puedo
dormir.
—¿Sí? ¿A correr?
Tragué, dándome cuenta de que probablemente no estaba siendo muy
convincente. Por suerte, me había olvidado de quitarme mi reloj. Alzando mi
muñeca, sonreí.
—Síp. Tengo mi reloj configurado y mis zapatillas están en el auto.
Solo tengo que cambiármelas y podré comenzar. No iré demasiado lejos.
Se rio, pero no era la risa que me era tan familiar. Parecía siniestra y
de repente, los vellos de mis brazos se erizaron.
—¿De verdad esperas que me crea eso? —Sacudió la cabeza,
enderezando con un golpe el respaldo de la reposera. Ahora estaba sentado
derecho, su mirada severa sobre mí, aún con la poca luz—. Tu cabello sigue
mojado de la ducha que acabo de escucharte tomando arriba. Fuiste a correr
más temprano y lo sé porque tu mamá me lo dijo justo antes de tomar sus
pastillas para dormir. Puedo ver por qué pensaste que serías capaz de
escabullirte fácilmente, ya que esas cosas la dejan fuera de combate, pero
desafortunadamente para ti, yo todavía estoy aquí. Y puedo ver a través de
tu pequeña farsa. Te estás escapando para verlo, puedo decirte justo ahora
que eso no va a suceder.
Mi garganta se había cerrado, mis manos estaban heladas.
—Dale, por favor —rogué. Odiaba el temblor en mi voz. Quería que
demandara respeto, quería simplemente largarme, pero conocía a Dale.
Necesitaba sentir que todo era su decisión. Mi única oportunidad para ver
a Rhodes era hacerlo pensar que era así—. Tienes lo que querías. Rhodes se
va. Nunca lo voy a volver a ver. Por favor… solo dame esta noche. —Con la
esperanza de caer en la interpretación de la relación entre padre e hija
incluso traté de hacer una broma—. Hoy vi el último episodio de Perdidos.
Ten algo de piedad. —Me reí y una sonrisa se dibujó en sus labios, pero se
desvaneció demasiado rápido para mi gusto.
Poniéndose de pie caminó dentro del salón mientras cruzaba los
brazos sobre su pecho. Me escaneó de pies a cabeza con los ojos vidriosos y
esa sonrisa presumida reapareció mientras lo hacía. Podía ver que se había
tomado algo, pero no sabía qué.
—¿Realmente hizo un buen numero en ti? ¿No es así?
Me atraganté, dando un paso atrás en dirección a la puerta
—Dale… no estás pensando claro. Creo que deberías ir a la cama.
Dio un paso más cerca, podía olerlo claramente, había estado
bebiendo. Whiskey. Pero por la forma en la que estaba actuando no había
manera de que solo estuviera ebrio. Algo más lo estaba intoxicando.
—Es simplemente increíble. Siempre fuiste hermosa, pero él te hizo…
—Su voz se apagó y sacudió la cabeza mientras extendía una mano para
levantar mi barbilla. Me alejé de su agarre—. Solo digamos que puedo ver
porqué fue tan rápido en reclamarte como suya.
—Dale. Basta. Estas siendo escalofriante. —Traté de sonar firme,
presionando mis puños sobre su pecho para poner espacio entre nosotros.
Se acercó más, envolviendo sus dedos alrededor de mi muñeca. Por alguna
razón, ese movimiento me asaltó más que sus palabras. Solo quería los
dedos de Rhodes en mi muñeca.
—¿De verdad quieres verlo esta noche?
Asentí, tragándome una bola áspera mientras se inclinaba más cerca.
Apretó mi muñeca con la fuerza suficiente para hacer que mis nervios
cobraran vida. Algo estaba mal. Y en ese mismo momento, noté que le tenía
miedo a mi padrastro.
—Bueno, puedo dejarte ir sin decirle a tu mamá —dijo y aunque esas
palabras deberían haberme aliviado, solamente me hicieron temblar bajo su
agarre. Su próxima frase me probó que mi miedo estaba justificado—. Pero
tendrás que hacer algo por mí.
Sonrió ampliamente, lamiendo su labio inferior mientras sus ojos
caían sobre los míos. La bilis me llenó la garganta y no pude ocultar el horror
que rápidamente apareció en mi rostro.
—Oh por dios, Dale. —Traté de apartarlo, pero él simplemente agarró
mi otra muñeca y ahora me tenía por ambas en un agarre apretado. Mi
corazón latía en mis oídos. Hablaba en serio. Oh Dios, hablaba en serio.
Una mezcla de miedo y asco corrió a través de mí y sacudí mis brazos
con toda la fuerza que fui capaz, pero casi ni lo moví. Mis músculos estaban
exhaustos y Dale era más fuerte. No me tomó mucho caer en la cuenta de
lo que implicaban esas dos cosas.
—Dale, por favor. Déjame ir —gimoteé, sacudiendo mis brazos de
nuevo. Me acorraló fuerte contra la puerta, sacando el aire de mis pulmones.
Con los ojos desorbitados y temblando, alcé mi rodilla y alcancé su
entrepierna. Dale tosió y se inclinó hacia adelante, pero mantuvo el agarre
en mis muñecas. Forcejeé contra su agarre y traté de liberarme, mientras él
recuperaba el aliento. Pero estaba atrapada. Y cuando alzo la cabeza, sus
ojos oscuros eran venenosos. Soltó una de mis muñecas el tiempo suficiente
para abofetearme la cara.
La fuerza me volteó y golpeé el duro piso de madera. Gruñendo, agarré
mi cabeza entre las manos, tratando de enfocar mi visión. El dolor hizo eco
a través de mi cráneo mientras trataba de enfocar la pata de la mesa de café
al otro lado de la habitación. Pestañé una y otra vez, pero la habitación
seguía sacudiéndose de izquierda a derecha en mi rango de visión. Cerré los
ojos con fuerza, animando a mi cabeza a que se asentara, rezando porque
el mareo cesara.
Dale se tiró encima de mí, sosteniendo mis muñecas sobre mi cabeza.
Mi pecho estaba apretado, me costaba respirar. Sentí el pánico apoderarse
de mí y no podía pensar bien. Sacudiendo mi cabeza salvajemente, me
debatí contra su agarre, mis ojos desorbitados, la visión todavía borrosa.
—¡Dale! ¡Detente, por favor! —grité llamando a mamá, pero eso solo lo
hizo reír. Él sabía tan bien como yo que ella estaba inconsciente y que ni
mis gritos la despertarían. Cuando una sonrisa enfermiza se dibujó en sus
labios me di cuenta que esto era lo que le gustara. Quería que yo peleara.
Quería que luchara.
Me tragué el ácido que subía por mi garganta, cerrando mis ojos con
fuerza otra vez. Esto no está pasando, Esto no está pasando.
—Dios, hueles tan bien —susurró, inhalando profundamente contra
mi cuello. Apreté más fuerte mis ojos mientras lágrimas calientes caían de
ellos. Me enfoqué en ellas como si quemaran un sendero desde mis pómulos
hacia mis orejas. Cuando sentí a Dale desatando el cordón de sus
pantalones deportivos, mis ojos se abrieron.
Me retorcí bajo él, insultando, pateando, gritando y llorando. Un golpe
de adrenalina había cobrado vida y traté con todas mis fuerzas de que se
mantuviera. Traté de darle un cabezazo, de patearlo, pero cada intento fue
inútil. Mis músculos no iban a cooperar y Dale no iba a retroceder.
—Dale —gruñí, las lágrimas corrían y mi garganta ardía—. Dios, por
favor. Por favor detente. Por favor —dije la palabra una y otra vez, rogando
porque Dios o su humanidad o quien fuera escuchara.
—Shhhh —susurró, poniendo un dedo sobre mis labios mientras su
otra mano aun retenía mis muñecas con fuerza. Sacudí mi cabeza ante su
toque—. Solo relájate.
Ahogué un sollozo, retorciéndome bajo él. Mi corazón latía en mis
oídos. Latía tan deprisa. Muy deprisa. Me iba a desmayar. Estaba segura de
ello.
Mis ojos se abrieron, los latidos volviéndose cada vez más fuertes en
mis oídos. Dale estaba diciendo algo, pero ya no podía oírlo. Todo estaba
mudo, la visión era como la de un sueño o mejor dicho una pesadilla.
Simplemente me quedé mirando el candelabro, viéndolo brillar como si la
horrible escena bajo él no fuera real. Como si no fuera real. Como si no
existiera.
Todo estaba en cámara lenta. El tiempo se había deformado. Inhalar.
Exhalar. Las manos de Dale se deslizaron en mi entrepierna y dos lágrimas
más se deslizaron para unirse a los charcos que se estaban formando en
mis orejas. Un grito salió de mis labios, pero no lo escuché. No escuchaba
nada. No olía o sentía o saboreaba. Solo veía el candelabro, distorsionado y
borroso. El candelabro era todo lo que existía.
Algo apareció en el borde de mi visión, pero aun así no vino ningún
sonido. Hubo una conmoción, voces lejanas y gritos atravesaron la barrera.
Pestañeé. Dale ya no estaba encima de mí. Volví a pestañear. De nuevo el
candelabro. Pestañé una vez más.
Rhodes.
Todos mis sentidos regresaron de golpe.
Me ahogué mientras el aire volvía a golpear mis pulmones. Con los
ojos grandes me aferré a Rhodes mientras me levantaba contra él. Envolvió
sus brazos a mí alrededor. Besaba mi cabello. Él decía algo. ¿Qué estaba
diciendo? Nada tenía sentido. Mi cabeza. Busqué con mis manos un punto
que dolía en la parte de atrás de mi cráneo. Mis manos estaban mojadas.
Sangre.
Dale estaba en el suelo. Una mujer estaba de pie sobre él. Tenía un
arma. ¿Quién era ella?
La risa de Dale fue el primer sonido que registré de verdad. Me abrí
paso a través de la niebla y fue como si estuviera escuchando por primera
vez.
—Tú —dijo con furia—. ¡Bueno, bueno, miren quién se ha levantado
de entre los muertos! —Su boca sangraba, manchando sus dientes mientras
nos sonreía. La mujer todavía lo apuntaba con el arma. Todo lo que podía
ver era la parte de atrás de su cabeza. Tenía el cabello marrón corto y el
tatuaje de una paloma en la nuca.
—Te encantaría que estuviese muerta ¿verdad? —Su voz era dulce
pero firme. Sus manos temblaron solo un poco mientras ajustaba el agarre
sobre el arma.
Dale se rio de nuevo.
—¿Vas a dispararme, corazón? Hazlo. Me encantaría ver tu hermoso
trasero en la cárcel.
—Lana, no lo hagas —le advirtió Rhodes cuando los dedos de la mujer
titubearon sobre el gatillo. Jadeé.
—¿Lana?
Sus ojos se movieron hacía mí, pero todo lo que veía era a Rhodes.
Ella se veía igual que él. Los mismos ojos verdes, la misma mandíbula fuerte
y las mismas cejas. Miró los brazos de Rhodes alrededor de mí por solo un
segundo, luego volvió su atención a Dale.
—Por mucho que me gustaría ser yo quien te mate. Prefiero verte
pudriéndote en prisión.
Dale se rio más fuerte y Rhodes se lanzó hacia él. Lana levantó una
mano para detenerlo. Yo sabía mejor que nadie que él podría pasar
fácilmente sobre ella, pero no lo hizo.
—No sé qué es lo que no entiendes de esta situación, amor. Yo soy
Dale Poxton. Esto es Poxton Beach. Soy el dueño de este jodido pueblo.
—He estado reuniendo testigos. Tengo catorce chicas dispuestas a
testificar contra ti.
—Y yo tengo tres doctores respetados que van a diagnosticar a cada
una de ellas con alguna clase de inestabilidad mental —discutió, sin
siquiera perturbarse un poco. Se levantó del piso, sentándose; pero
apoyando su espalda contra la pared—. Es mi palabra contra la de ustedes.
Y la de ellas. El asalto sexual es uno de los crímenes más difíciles de probar,
amor y déjame asegurarte, yo soy el único que saldrá ganando al final.
Vi el semblante de Lana venirse abajo. Rhodes se abalanzó
nuevamente.
—¡Tú, pedazo de hijo de puta! —Esta vez, Lana no lo detuvo y observé
mientras su puño golpeaba el rostro de Dale. Su cabeza voló a la izquierda
con un fuerte crujido, la sangre saltó de su boca manchando la pared.
—Está bien. —Lana trató de calmar a Rhodes, pero ella misma no
sonaba segura—. Phil sabrá qué hacer. Tenemos a las testigos. Podemos
hacer esto.
—¿Quién demonios es Phil? —preguntó Dale.
—No todos los policías de este pueblo son corruptos —escupió
Rhodes. Sus ojos se encontraron con los míos y el reconocimiento me golpeó.
El oficial Martino.
Dale sacudió la cabeza, limpiándose con el pulgar la sangre fresca de
su labio inferior
—Aun así, no hay evidencia. —Negó, todavía sonriendo—. Sabía que
todavía andabas por ahí. Una a una las chicas en las que había puesto el
ojo empezaron a desaparecer. Se mudaron. Ninguna de ellas fue a la policía,
pero sabía que algo estaba pasando. Y simplemente tenía el presentimiento
de que eras tú. —Sus ojos eran muy oscuros y venenosos—. Me orillaste a
beber bastante este verano, pequeñita. Pero déjame recordarte, tienes a un
solo policía y a quince chicas mentalmente inestables contra un hombre
cuya familia ha poseído este pueblo desde que se fundó. ¿Quién crees que
tiene las de ganar pastelito?
Me estremecí ante el modo en el que llamó a Lana. Ella respondió algo,
pero no la escuché porque tuve una idea que hizo que mi corazón se
acelerara una vez más. Recorriendo los ajustes de mi reloj puse fin al modo
de grabar y me moví a la opción de reproducción. Cuando presioné
reproducir los gritos en la habitación cesaron.
—Es simplemente increíble. Siempre fuiste hermosa, pero él te hizo… —
Se escuchó un sonido bajo—. Solo digamos que puedo ver porqué él fue tan
rápido en reclamarte como suya.
Me estremecí ante la grabación y la adelanté. Los ojos de Rhodes eran
salvajes mientras reconocía la situación. Escuchó lo que Dale me había
dicho y arremetió contra él otra vez, su puño retrocediendo antes de
golpearlo una y otra vez, pero le grité que se detuviera.
—¡Solo espera! —Volví a tocar reproducir. Ahora uno de los ojos de
Dale sangraba.
—He estado reuniendo testigos. Tengo catorce chicas dispuestas a
testificar contra ti.
—Y yo tengo tres doctores respetados que van a diagnosticar a cada
una de ellas con alguna clase de inestabilidad mental. Es mi palabra contra
la de ustedes. Y la de ellas. El asalto sexual es uno de los crímenes más
difíciles de probar, amor y déjame asegurarte, yo soy el único que saldrá
ganando al final.
La voz de Dale era suave, pero podía reconocerse. Mis fosas nasales
se abrieron mientras sostenía el reloj en alto.
—Veamos si puedes refutar eso en la corte.
Los ojos de Lana brillaron mientras una sonrisa se extendía en su
rostro. Luces rojas y azules irrumpieron en la noche y las sirenas nos
rodearon. Vi las luces danzar sobre el gesto horrorizado en la cara de Dale
mientras los policías irrumpían a través de la puerta destrozada de nuestra
casa.
—¡Oh, por Dios! —La voz de mi mamá vino de la escalera. Las bajó
corriendo, cubriéndose con su bata y su cabello rubio desordenado—. ¡¿Qué
demonios está pasando?!
—Dale Poxton, está bajo arresto por el ataque sexual a Lana Rhodes
—dijo un oficial, mientras colocaba las esposas en las muñecas de Dale. Él
se rio, pero el policía claramente no estaba divertido mientras continuaba
leyéndole sus derechos. Lana lo miró con incredulidad mientras el oficial
Martino se paraba a su lado. Se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza.
—No lo entiendo —dijo retrocediendo para mirarlo.
—¿Qué? ¿Piensas que soy el único buen policía en la jefatura de
Poxton?
Le sonrió abiertamente y ella le devolvió la mirada como si fuera su
héroe. Y por lo que sabía, él lo era.
—¿Qué están haciendo? ¡Déjenlo ir! —Mi mamá corrió tras los policías
mientras arrastraban a Dale fuera de la casa, aun recitándole sus derechos
durante el camino. Todos los seguimos afuera, aunque Rhodes tuvo que
sostenerme mientras caminábamos. Temblaba tan violentamente que no
podía mantenerme de pie.
La escena en el patio frontal era surrealista. Debería haberme
enfocado en los brazos de Rhodes alrededor de mí o en el rostro de Lana
mientras sonreía a través de las lágrimas de felicidad en sus ojos. Debería
haber corrido hacia mi mamá para explicarle lo que había pasado, excepto
que no me reconocía a mí misma. Me gustaría recordar cómo se sintió estar
nuevamente a salvo, pero no lo hago.
Recuerdo las luces.
Recuerdo que quería fotografiarlas. La forma en la que el rojo y el azul
salpicaban su rostro sin emociones. Pero sabía que, aunque mis pies
hubiesen sido capaces de moverse del lugar en el cual se habían anclado y
correr por mi cámara, no podría haber capturado ese momento. No había
ninguna velocidad de disparo, ninguna lente, ninguna técnica que pudiera
encapsular debidamente todo lo que sentí cuando miré en sus ojos. Había
confiado en él, lo había querido, y aun cuando mi cuerpo había cambiado
ese verano, él se había asegurado de ayudarme a aferrarme a lo que yo era
interiormente sin importar cómo se alterara el exterior.
Pero luego todo cambió.
Él se robó mi inocencia. Asustó mi corazón. Tomó todo lo que yo creí
que sabía de mi vida y lo aventó por la ventana, rompiendo en mil pedazos
el vidrio que sostenía mi mundo.
Recuerdo las luces.
Los apasionados, desesperados y calientes rayos rojos. Los filosos,
crueles y fríos toques de azul.
Simbolizaban todo lo que había soportado ese verano.
Y todo lo que no volvería a enfrentar jamás.
Cerré mis ojos con fuerza, como si fuesen las luces las que me habían
atacado, y no Dale. Rhodes me acercó a él y enterré mi cabeza en su pecho.
—Confié en él —dije ahogándome.
—Lo sé, Bicho. —Deslizó sus manos rudas por mi cabello tratando de
calmarme, pero fallando.
—Me duele —gruñí, tocándome el corazón a través de la fina tela de
mi camiseta. Mi pecho ardía, como si ácido estuviera goteando lentamente
entre mis costillas. Nuevas lágrimas cayeron por mis mejillas siguiendo el
mismo curso que habían recorrido anteriormente—. Duele físicamente.
Demasiado. ¿Por qué duele?
Rhodes suspiró, apretándome más fuerte. Me sostuvo tan cerca de él
como pudo, escudándome de Dale, de las luces y del dolor
—Es el peso de ello —dijo, besando mi cabello. Y ahí fue cuando lo
sentí, todo de una sola vez—. Ese es tu peso.
27
Tomó horas para presentar los informes policiales y obtener la
autorización médica. Tenía una horrible cortada en mi cabeza de cuando
Dale me golpeó contra el piso, pero aparte de eso, simplemente estaba
“conmocionada”, al menos eso fue lo que dijo el paramédico. Parecía
demasiado simple para describir cómo me sentía en ese momento, pero
estaba agradecida de que Rhodes llegara allí cuando lo hizo. No podía
imaginarme qué hubiera pasado si no hubiera aparecido.
No sabía qué hora era cuando nuestro patio finalmente se despejó de
todas las patrullas. Nuestros vecinos todavía se encontraban en el césped o
en el exterior de las ventanas, con los teléfonos móviles en los oídos, sin
duda difundiendo la noticia por toda la ciudad de que Dale Poxton había
sido arrojado a la parte trasera de una patrulla policial. Cuando la última
patrulla, que era la del Oficial Martino, se dispersó éramos solo él, Rhodes,
Lana, mamá y yo. Todos nos miramos, nadie se movió, nadie sabía
realmente qué hacer a continuación.
—Creo que deberíamos hablar —dijo finalmente Lana, aclarando su
garganta—. ¿Podemos? —Hizo un gesto hacia la casa y yo asentí,
guiándonos a todos adentro.
Mamá estaba en una especie de estado zombi, su cabello salvaje y sus
ojos pesados, pero preparó café para todos cuando nos reunimos alrededor
de la isla de la cocina. Rhodes tomó el taburete de la barra junto al mío y
me acercó, apoyando su mano en mi pierna. No había dejado de tocarme
desde que se llevaron a Dale. Estaba agradecida, porque era lo único que
me impedía perderme.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —intentó Lana, mirando al Oficial
Martino en busca de ayuda. Él sonrió alentadoramente y le frotó la parte
inferior de la espalda.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó Rhodes.
Sus labios estaban apretados, su mandíbula tensa, pero sus ojos eran
verdes y suaves. Estaba tan confundido, tan perdido, que ni siquiera podía
imaginarme lo que estaba pasando por su cabeza. Su hermana, quien él
asumía estaba muerta horas antes, ahora estaba en la cocina con nosotros.
Lana suspiró, retorciendo su corto cabello castaño alrededor de sus
dedos antes de dejar que volviera a su puesto.
—No puedo comenzar allí. Se remonta más allá de eso.
—Entonces comienza desde el principio.
Lana se tomó un momento, una mirada meditabunda en su rostro.
Era como si estuviera buscando en su cerebro las palabras correctas para
decir, o tal vez estaba sacando un recuerdo de un océano tan profundo que
nunca pensó que volvería a verlo. Tomé un sorbo de café y miré a mi madre
mientras esperábamos. Me pregunté cómo se sentía, y aunque estábamos
en términos extraños, me encontré queriendo abrazarla.
—Cuando cumplí los dieciochos años, comencé a hacer las prácticas
en el bufete de abogados de Poxton Beach. Quería ir a la facultad de derecho,
pero necesitaría muchos años como camarera para ahorrar dinero para
poder pagar el ingreso. Pensé que una pasantía sería el mejor modo de
seguir siendo relevante en ese tiempo de inactividad, y por suerte para mí,
un lugar acababa de abrirse —dijo por suerte sarcásticamente, y sabía que,
si pudiera regresar en el tiempo, no habría aplicado en lo absoluto.
»Sabía que Dale estaba en la junta, obviamente, siendo el propietario
de la empresa, pero no me di cuenta de que era abogado y que trabajaba en
los casos. Por lo tanto, estaba sorprendida y emocionada, por decir lo menos,
cuando fui asignada al caso en el que estaba trabajando en ese momento.
—Noté que mamá se estremeció a la mención de Dale, pero ella siguió
revolviendo su café.
—Recuerdo cuando comenzaste allí —dijo Rhodes—. Ibas a la escuela
todo el día, luego a la pasantía, y luego servías después. —Sacudió la
cabeza—. Estaba tan impresionado.
—Era importante para mí. Y Dale me hizo sentir como si fuera
especial, como si fuera única. Al principio, era normal, nada alarmante. Fue
mi tutor, mi instructor. Muchos de los internos se quedaban atrapados
empujando papeleo, pero él siempre me hacía preguntas y me hacía pensar.
Confiaba en mí y yo confiaba en él. —Tragó—. Una noche, me pidió que me
quedara hasta tarde con él para completar el papeleo de un caso. Me sentí
honrada, ni siquiera le pidió a ninguno de los socios que se quedara. Pero
esa fue la noche que cambió mi vida.
—Oh Dios —susurró mamá, sus dedos temblorosos tocaron sus
labios.
El rostro de Lana estaba pálido y pude ver sus brazos temblar un
poco. El oficial Martino le apretó la cadera para hacerle saber que estaba
allí.
—Cuando terminó conmigo, me amenazó. Dijo que, si le decía a
alguien, me despediría de mi pasantía y sería puesta en la lista negra de
todas las universidades a una distancia de cinco estados. Dijo que, si
trabajaba con él, podía hacer realidad todos mis sueños, pero que tenía que
estar dispuesta a darle algo a cambio.
Me estremecí ante la similitud entre esas palabras y las que me había
dicho antes.
—Entonces, naturalmente, porque soy una Rhodes, le dije que se
fuera a la mierda. Le dije que lo denunciaría a la policía, aunque él me dijo
que nunca ganaría. —Traté de forzar una sonrisa, porque parecía una cosa
muy Rhodes, pero no estaba segura de si en realidad se notó—. Eso solo
alimentó su enojo. Así que fue tras lo que él sabía que era lo más importante
en el mundo para mí, la única forma en que sabía que podía hacer que
mantuviera la boca cerrada. —Sus ojos encontraron a Rhodes y su nariz se
sonrojó—. Dijo que te mataría.
Rhodes negó con la cabeza.
—¿Por qué no me lo dijiste? Lo habría matado, Lana.
—Por eso —dijo—. O él te habría matado, o tú lo habrías matado y
terminado en la cárcel por el resto de tu vida. Ambos escenarios significaban
que te perdería para siempre.
Rhodes se mordió la lengua, pero su agarre se apretó en mi pierna.
—Yo era tu hermana gemela, William. Todos los demás que debían
cuidarte en tu vida habían fracasado. No podía ser la siguiente. —Se detuvo
por un momento—. Entonces, hice lo que tenía que hacer. Solo necesitaba
tiempo para hacer un plan, pero mientras tanto, jugué su juego.
El Oficial Martino y Rhodes apretaron los dientes ante eso.
—Pero cada vez que él me agredía, empeoraba más. Empezó a dejar
moretones, marcas que llamaban tu atención.
—Pensé que tenías un novio imbécil —dijo Rhodes—. Estaba tratando
de descubrir quién era para poder darle una buena paliza.
—Y me estabas haciendo preguntas. Demasiadas preguntas. Sabía
que era solo cuestión de tiempo antes de que te enteraras y fueras tras Dale.
No podía arriesgarme. Me negaba a perderte ante un monstruo. —Tragó—.
Así que me fui.
Sentí que los brazos de Rhodes se aflojaban a mi lado, y encontré su
mano, apretándola con la mía. Todavía estaba temblando, todavía estaba
rota por la noche que había tenido, pero traté de ser su fuerza.
—¿Entonces te has estado escondiendo desde entonces? —pregunté.
Ella se rio un poco.
—Desearía que hubiera sido así de fácil. La primera noche que me fui,
me quedé en un hotel con un nombre falso. Pagué con efectivo. Pero cuando
salí a buscar comida, volví a una habitación destruida, todas mis
pertenencias habían desaparecido o estaban hechas trizas. Fue Dale. Él no
iba a dejarme irme. No sabía a dónde ir, pero sabía que no podía quedarme
allí, así que empecé a caminar. Empaqué la manta de la cama del hotel y
una almohada y yo solo caminé. Fue entonces cuando encontré el astillero.
—Así que es por eso por lo que encontramos tu pulsera allí —dije en
voz baja.
Lana asintió.
—Debe haberse enganchado en uno de los elevadores cuando me fui.
Me quedé allí por dos semanas. Estaba tratando de esconderme, averiguar
cuál sería mi siguiente movimiento, pero estaba asustada. Los policías
corruptos de Dale ya habían atacado dos hoteles cercanos y sentí que se
acercaban. Apenas comía, estaba deshidratada, llena de cicatrices,
deprimida y aterrorizada.
—Y fue entonces cuando la encontré —dijo el oficial Martino,
acercándola un poco más. Ella sonrió a sus ojos oscuros y él cepilló su
cabello detrás de su oreja.
—Fue entonces cuando me encontró.
—¿A dónde fuiste? —preguntó mamá. Casi había olvidado que ella
estaba en la habitación.
—Phil me llevó a su lugar. Vive solo a unos treinta kilómetros de la
ciudad, nunca lo visitan amigos, ya que su lugar está muy lejos y todos los
demás viven cerca de la estación. Fue bastante fácil esconderme, aunque
tuvimos algunas llamadas cercanas.
»Él me alimentó, me devolvió la salud y confié en él. Conocía a Dale y,
aunque ya lo sospechaba, me confirmó que no era la primera chica a la que
le había sucedido esto.
Un pequeño grito escapó de los labios de mamá.
Me volví hacia ella de nuevo, una realización enferma se instaló.
—¿Sabías de esto? —pregunté, mi rostro se retorció con disgusto—.
¿Esta era su adicción, mamá?
—Sabía que era adicto al sexo —dijo tosiendo—. Y que me engañaba,
también lo sabía. Pero nunca supe que... no me di cuenta de que era con...
que él... que ellas no... Oh Dios. —Ella negó con la cabeza, tapándose la
boca con ambas manos mientras apretaba los ojos con fuerza.
—Está bien —la tranquilizó Lana—. Créeme, Dale era bueno en cubrir
sus huellas. Sus amigos policías y médicos eran prácticamente los únicos
que sabían. Y les pagaba muy, muy bien para mantenerlo así.
—Yo solo... me siento responsable. Soy su esposa, debería haberlo
sabido.
—No es su culpa. Usted no es él, señora Poxton. —Mamá apretó los
ojos más fuertes y negó con la cabeza ante su propio apellido. Ya no era un
nombre de privilegio. Estaba manchado, deshonrado.
—¿Así que te quedaste escondida en su casa por tres años? —
preguntó Rhodes, volviéndonos a la historia.
—Phil y su compañero estaban hartos de la mierda de Dale, pero
cualquiera que lo enfrentaba era despedido rápidamente y se iba sin otras
posibles perspectivas de trabajo. Dale no tenía miedo de exudar su poder.
Entonces, mantuvieron la paz en el trabajo, hicieron lo que tenían que hacer
para volar por debajo del radar, pero en secreto, me ayudaron a encontrar
otras chicas que habían pasado por lo mismo que yo. Comenzamos con
viejos informes policiales, localizamos a algunas chicas, encontramos a las
otras a través de ellas, fue una cadena de descubrimientos. Una dolorosa,
pero que lentamente desentrañamos hasta que tuvimos un caso sólido.
—No queríamos intentar ir tras él con nada menos que diez víctimas
creíbles —explicó el oficial Martino—. Y estuvimos estancados en siete
durante dos años.
—Hasta hace aproximadamente un mes, cuando aparecieron otras
siete chicas en la casa de Phil diciendo que escucharon que era un refugio
seguro. Todas habían vivido según las reglas de Dale, pero poco a poco se
corrió la voz sobre lo que estábamos haciendo. —Miró a mamá—. Creo que
es por eso por lo que Dale comenzó a actuar como loco. Lo estaba perdiendo,
sabía que estábamos tramando algo, simplemente no sabía qué.
Mamá apretó sus ojos con fuerza y pensé en el verano del infierno que
ella había soportado. De repente, todo tuvo sentido. Tal vez no me contó qué
estaba sucediendo con Dale porque realmente ni ella misma lo sabía.
Lana se encogió de hombros.
—Una vez que vinieron a nosotros, sabíamos que teníamos suficiente,
y fue entonces cuando comenzamos a planear nuestro siguiente
movimiento.
—¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no me dejaste una nota? ¿Por
qué no me dejaste saber que estabas viva?
Lana tragó, sus ojos se volvieron brillantes.
—Yo quería, William. Odiaba dejarte atrás, verte sufrir, verte
preocupado. Pero Dale también te estaba vigilando. El detective privado que
estabas pagando era uno de sus policías corruptos. Estaba controlándote,
haciéndote creer que me buscaban cuando no era cierto. Estaba ejerciendo
control sobre la situación al atrofiarlo y, al mismo tiempo, advirtiéndome.
Es como si me estuviera dejando saber lo fácil que sería para él terminar
contigo. —Negó con la cabeza—. Dale se estaba volviendo loco cuantas más
chicas desaparecían. Escuché a chica tras chica contarme historias de
terror sobre sus familias o novios asesinados en “accidentes extraños”. No
quería que fueras el próximo.
—¿Mató a gente? —preguntamos mamá y yo al mismo tiempo. El
horror en su rostro coincidía con lo que sentía profundamente en mis
entrañas, pero no estaba segura de sí estaba mostrando alguna emoción.
Lana tragó, sus cejas se inclinaron en simpatía por nuestra
ignorancia.
—No lo hizo, no... pero hizo que se encargaran de ellos... otros.
Mamá sollozó y yo cubrí mi boca con mi mano, mi estómago se hundió
aún más bajo cuando los escalofríos estallaron en mis brazos.
—Pero ella todavía te cuidaba, y se aseguró de que yo también lo
hiciera —dijo el Oficial Martino, volviendo nuestra atención a la historia—.
Sé que parece que te abandonó, pero tuve que pelear con ella todas las
noches para que se mantuviera alejada. Eres lo único que le importa,
William. Ella te quería a salvo.
—Pero se supone que soy yo quien la protege —dijo con voz
temblorosa. Apreté su mano más fuerte.
—Esto era algo que tenía que hacer sola, William. Fue caótico, y tu
participación solo habría empeorado la situación.
—Pero le dejaste una nota —señalé. Moviéndome incómodamente
sobre el taburete de la barra, bajé la cabeza—. La que fue sobre mí.
El rostro del oficial Martino se endureció y Lana se encogió.
—Lo siento mucho, Natalie. No fuiste a la única a la que lastimé con
esa nota. En serio, yo misma y toda nuestra investigación estuvimos en
riesgo, pero no pude evitarlo. —Suspiró—. Siempre vigilaba a William, y
cuando descubrí que él era tu entrenador, quise ser cautelosa. Pero una
noche, saliste de su casa tarde, y lo vi salir corriendo después de que ya te
hubieras alejado. Él estaba parado allí con sus manos sobre su cabeza y esa
mirada en su rostro... supe en ese momento que se estaba enamorando de
ti, y todas estas banderas rojas volaron en mi cabeza. Tú eras la hija de
Dale. Dale quería matar a William. Sentí que tenía que advertirle.
—Aunque hice que me jurara que no lo haría —murmuró el oficial
Marino con los dientes apretados.
—Lo hizo. Y le supliqué que me dejara acercarme a ti, pero él se negó.
Estábamos muy cerca, solo necesitábamos un poco más de tiempo. Pero no
pude soportarlo. Me escapé de su casa y volví al astillero con una botella de
whisky que robé debajo de su fregadero. —Miró hacia donde las manos de
mi madre estaban agarradas alrededor de su taza de café—. No lo sé. Estaba
tan inestable, tenía tanto miedo de lo que sucedería. Por un tiempo,
simplemente me senté allí, preguntándome si todo lo que hice hasta ese
momento era correcto. Estaba bebiendo, estaba emocional, y al final de la
noche decidí que no podía simplemente sentarme más. Entonces escribí esa
nota. Pensé que rompí por completo el final, pensé que no había forma de
que descubriera de dónde venía.
—Cuando los encontré a ustedes dos allanando, descubrí que ella no
mantuvo su promesa a mí —agregó el Oficial Martino—. Ya había llamado
por radio cuando me di cuenta de que eran ustedes dos. Para entonces, ya
era demasiado tarde; ya habían llamado a Dale.
Mi cabeza estaba dando vueltas. Pellizcando el puente de mi nariz,
intenté darle sentido a todo.
—Todavía no entiendo esta noche. ¿Cómo supiste que él... que Dale
me iba... —Ni siquiera pude terminar mi frase.
—No lo hicimos —dijo Rhodes, frotando mi mano aún entrelazada en
la suya—. Inmediatamente después de que terminé la llamada contigo, Lana
apareció en mi puerta. —Hizo una pausa, su rostro tan blanco como si
todavía estuviera viendo a Lana como un fantasma—. Ella estaba tratando
de contarme la misma historia, sobre Dale, sobre por qué se fue, sobre
finalmente poder regresar ahora que tenía un caso. Ella quería que me fuera
con ella para terminar lo que había comenzado. Estaba lista. Estaba
hablando muy rápido, pero yo no entendía nada porque lo único que sabía
era que llegabas tarde. Deberías haber estado en mi casa para entonces. No
lo sé... —Su voz se apagó—. No puedo explicarlo. Simplemente lo sentí. Supe
que algo estaba mal. Luego traté de llamarte y tu teléfono fue directo al
correo de voz.
Fue entonces cuando me di cuenta de que había dejado mi teléfono
arriba después de la ducha.
—Agarramos mi motocicleta, llegamos aquí tan rápido como pudimos
y te oí gritar desde el camino de entrada. —Su mandíbula sonó y apretó el
puño que no sujetaba el mío—. No sabía qué esperar cuando atravesé esa
puerta.
Mi madre lloró y yo solo miré la puerta aún rota a la que se refería.
Todo era demasiado. No podía concentrarme en el vertedero de información
que acabábamos de experimentar.
Todo el dolor que Rhodes había experimentado en los últimos tres
años y medio se debía a mi padrastro. El mismo padrastro que crecí
amando, confiando e idolatrando. Yo quería ser como él. La idea ahora me
enfermaba y salté de mi taburete, alcanzando el fregadero justo a tiempo
para perder la poca comida y café que me quedaba en el sistema. Rhodes
corrió a mi lado, tirando de mi cabello hacia atrás y frotándome la espalda.
—Sé que esto es mucho —dijo el oficial Martino en voz baja—. Creo
que todos necesitamos una noche para procesar todo. Señora Poxton,
debería descansar un poco.
—Tampoco me siento muy bien —dijo Lana, apoyando su peso en su
hombro.
—Vamos, déjame llevarte a casa.
—Espera. —Rhodes se aseguró de que yo estuviera bien cuando volteé
a mirar la habitación de nuevo. Me ofreció una taza de agua y la tomé con
gratitud mientras cruzaba la habitación hacia su hermana. Por un
momento, se miraron el uno al otro, y el resto de nosotros se quedó mirando
lo similares que se veían. Rhodes la atrajo hacia él, aplastándola con un
abrazo tan feroz, tan fuerte, construido a partir de más de tres años de
pérdida y dado con un suspiro de alivio. Ella apretó los ojos con fuerza, las
lágrimas se deslizaron por los pliegues de su piel mientras enterraba el
rostro en su hombro.
—Te amo, William. Lamento mucho haberte dejado. Lo siento mucho
por todo.
—No —la interrumpió—. Estás viva. Estás aquí. Eso es todo lo que me
importa.
Se abrazaron un poco más antes de que Rhodes finalmente
retrocediera, dejando que el Oficial Martino escoltara a Lana afuera.
Prometimos que todos nos reuniríamos para un almuerzo tardío al día
siguiente para hablar más. Había mucho que hacer ahora que Dale estaba
en la cárcel y se reunieron los testigos. Todos sabíamos que no lo detendrían
por mucho tiempo. Probablemente pagaría fianza por la mañana. No
estaríamos realmente libres de él hasta después del juicio.
Rhodes y yo empacamos bolsas para mi madre y para mí, agarrando
todo lo que pensamos que necesitaríamos. No teníamos forma de saber si
Dale volvería o cuándo lo haría, pero sí sabíamos que no sería seguro para
nadie permanecer en la casa. Mamá era un completo desastre. Ella había
dejado de hablar, y Rhodes tuvo que llevarla al Rover. Condujimos en
silencio a su casa, Rhodes nos siguió detrás en su motocicleta.
Cuando llegamos al departamento de Rhodes, él esperó en la cocina
mientras dejaba a mamá en su cama. Ella estaba temblando levemente, así
que le puse las mantas hasta su barbilla.
—Lo siento mucho, bebé —susurró, lágrimas frescas brillaron en sus
ojos antes de caer sobre las sábanas—. No lo sabía. Pensé que nuestros
problemas eran entre nosotros: Un marido infiel, una esposa fiel. Nunca lo
supe... nunca lo hubiera imaginado...
—Lo sé, mamá. No es tu culpa.
Apretó sus ojos con fuerza, luchando por contener un sollozo.
—Pero lo es. Te crie en la misma casa que un monstruo. Te puse en
peligro. Él casi... podría haber... Oh, Dios, bebé, ¡lo siento tanto! —Ella se
acercó a mí y la abracé ferozmente, sacudiendo mi cabeza contra ella.
—No lo sabías, mamá. No es tu culpa. Estoy bien. Estamos bien.
Ella lloró, y yo la abracé, tratando de ser el apoyo que necesitaba
mientras todavía luchaba con la noche que había tenido por mi cuenta.
Después de un rato, sus gritos se suavizaron y ella cerró los ojos,
descansando contra las almohadas de Rhodes. Le llevé un vaso de agua y lo
puse en la mesita de noche antes de cerrar en silencio la puerta de la
habitación detrás de mí y reunirme con Rhodes en la cocina.
Nos miramos el uno al otro por lo que se sintió como la primera vez
esa noche.
—¿Podemos ir a algún lado?
Rhodes no respondió, solo agarró las llaves de su moto.
Llamé a Christina, le conté lo que podía sobre lo que sucedió y le pedí
que fuera al lugar de Rhodes para vigilar a mamá. Esperaba que durmiera,
pero por las dudas, no quería que estuviera sola.
El sol estaba en el horizonte mientras conducíamos hacia la playa.
Rhodes estacionó su moto en uno de los lugares reservados de Dale y
sostuvo mi mano mientras nos dirigíamos al agua. Caí en la arena justo al
borde del agua y Rhodes lentamente maniobró para sentarse a mi lado.
—Daría hasta el último centavo en mi cuenta de ahorros para saber
lo que estás pensando en este momento —susurró sobre las olas. Sus ojos
estaban puestos en mí, los míos estaban en los suaves amarillos y azules
del amanecer sobre el océano.
—Mi padrastro es la razón por la que pasaste los últimos tres años de
tu vida en el infierno absoluto —dije—. Estoy atada al mayor dolor de tu
vida. No puedo creer que nunca lo haya visto por lo que era. No puedo creer
que confié en él. Lo amaba. Pensé que me amaba.
Mi voz se quebró un poco, pero me aclaré la garganta. Me negaba a
derramar más lágrimas sobre Dale Poxton.
—Bicho, él fue el motivo de lo que le sucedió a Lana. Y a mí. No tú.
—¿Estás bien? —le pregunté, girándome para mirarlo. No quería
hablar más de Dale.
—¿Honestamente? No —respondió. Sus brillantes ojos verdes estaban
teñidos de una especie de aguamarina con el azul del cielo jugando en
ellos—. Pero creo que lo estaré. Estoy más preocupado por ti en este
momento.
—¿Por mí?
Asintió.
—Estoy bien. Conmocionada fue mi diagnóstico —bromeé. Rhodes no
devolvió mi sonrisa.
—Lo que te pasó esta noche fue serio, Natalie.
—No sucedió. Me salvaste.
Tragó.
—Aun así. No estuve allí para evitar que él te pegara, o te dijera lo que
solo puedo imaginar fueron palabras que nunca olvidarás.
Un dolor se apretó alrededor de mi corazón y me agarré a la tela de mi
camiseta sin mangas. Rhodes me atrajo hacia él, besándome el cabello.
—Creo que estaré bien, también —susurré finalmente en su pecho.
—Tal vez los dos lo estaremos.
Respiré.
—¿De verdad te vas?
Rhodes suspiró, inclinando mi barbilla para mirarme a los ojos.
—No sin ti.
Capturó mis labios con los suyos, promesas bailando entre nosotros
a la luz de la mañana. Enredé mis dedos en su cabello y él me abrazó más
fuerte, profundizando nuestro beso. Ninguno de nosotros tenía idea de a
dónde iríamos desde ese momento, pero finalmente, y sin ninguna duda,
sabíamos que nunca nos enfrentaríamos a lo que fuera sin el otro.
—Te amo —susurró contra mis labios—. No quiero que pienses que
solo lo estoy diciendo ahora por lo que sucedió esta noche. Lo he sentido por
semanas, tal vez más. Debería haberlo dicho cuando lo hiciste, o demonios,
antes de eso. Dijiste que te golpeó en un momento, pero yo sentí cada
centímetro de la caída. Intenté con todas mis fuerzas luchar contra eso, no
dejarme ser tan egoísta como para amarte sabiendo quién soy y de lo que
soy capaz.
—Para —dije en voz baja, besándolo de nuevo—. Lo sé. Nunca has
tenido que decirlo.
Frunció el ceño, sus ojos en los míos.
—Bueno, ahora nunca voy a parar.
Sonreí contra su boca mientras me besaba otra vez, más duro esta
vez, con promesa y propósito, codicia y cuidado. Sus cejas se juntaron, y me
pregunté si alguna vez sería capaz de besarme sin sentir que no lo merecía.
—Yo también te amo, William —dije en voz baja. Se retiró, sus ojos
cuestionando el nombre. Abrió la boca para discutir, pero después de una
pausa, simplemente la cerró una vez más. Porque él sabía todo lo que había
sabido desde el principio.
Él era mi protector decidido ahora.
Deslizando su mano en la mía, presionó dos dedos firmemente contra
mi muñeca interna. Sentí que el latido de mi corazón latía bajo su toque y
moví mis propios dedos para imitarlo. Mi corazón estaba acelerado, pero el
de él estaba lento y constante. Pronto, se igualaron, golpeando como uno
juntos. William presionó su frente contra la mía e inhalé el primer aliento
de mi nueva vida.
Ese verano me había cambiado en más formas de las que podía
entender. Me desafié a mí misma y encontré la fuerza que no sabía que tenía.
Había asumido riesgos, riesgos que conducen a una pasión y amor diferente
a cualquier cosa que haya experimentado antes. Y sí, había perdido una
inocencia que hasta ese momento había jugado un papel muy importante
en lo que yo era.
Pero al final, había salido al otro lado del verano lista para arrojar mis
hojas junto con los árboles de otoño. La verdad era que William había dado
vida a un gigante dormido. Me sentí una nueva yo, una mejor yo, esperando
justo debajo de la superficie para su oportunidad de brillar en la primavera.
No escudriñé mis ojos cuando la luz de la mañana se hizo más y más
brillante en la playa que nos rodeaba. Simplemente me agarré con más
fuerza a la única persona cuya oscuridad ofrecía el equilibrio perfecto.
El sol estaba saliendo.
Y nosotros con él.
Epílogo
Dos años después
Alisé mis manos sobre la delgada tela negra de mi vestido,
volviéndome a inspeccionar en el espejo una vez más. Mi nuevo cabello
rubio, más corto y brillante, estaba ligeramente rizado y enmarcaba mi
rostro en la barbilla. No se veían protuberancias debajo del ajustado vestido,
pero lo estiraba y alisaba una y otra vez.
—Te ves perfecta. —La voz profunda de William resonó por nuestro
dormitorio mientras se deslizaba detrás de mí, abrazándome por la cintura.
—Creo que es demasiado corto.
Una sonrisa burlona se curvó en sus labios.
—Que la talla sea de un solo dígito no significa que sea demasiado
pequeño, Bicho. —Besó mi sien y yo me volví en sus brazos, subiendo mis
manos por sus bíceps actualmente cubiertos por una chaqueta.
—Creo que nunca me acostumbraré a una talla ocho. Supongo que
tengo que agradecértelo a ti.
—No me agradezcas —dijo, besando mi nariz—. Agradece a las
sentadillas.
Me reí.
—¿Listo?
Lamiendo mi labio inferior, deslicé mis manos por su pecho y las
enganché en la banda de sus pantalones de vestir. Inhaló un aliento fuerte
y lo sentí endurecerse a través de la tela.
—¿Estás seguro de que tenemos que salir de la casa?
Gruñó, pasando sus manos por mi cabello y tirando suavemente,
forzando mi rostro hacia la suya. Presionó sus labios contra los míos y
mordió mi labio inferior que acababa de lamer para burlarme de él.
—Adelante. Búrlate de mí todo lo que quieras esta noche, Bicho. Solo
recuerda eso más tarde cuando te lo devuelva.
Sus palabras enviaron una sacudida entre mis piernas y mis muslos
se tensaron. Sin embargo, William no rompió el beso, sino que lo profundizó,
deslizando sus ásperas manos por la parte trasera abierta de mi vestido para
palparme el trasero con firmeza. Me quejé en su boca y finalmente se alejó,
dejándome jadeante por más.
—Lo estoy deseando —dije, sin aliento. Fui a robar otro beso, pero
Zipper corrió entre nuestras piernas, la cola moviéndose furiosamente,
dándonos a los dos un paso atrás.
—¿Qué dices, Zip? ¿Vas a estar bien mientras no estemos?
Nuestro pitbull rugoso se sentó rápidamente, plantando sus patas
delanteras y mirándonos con los ojos abiertos y la lengua fuera. Le froté la
mancha blanca en la cabeza antes de inclinarme hacia abajo para besarle
la nariz, a lo que respondió con un estornudo y otra carrera por la casa.
Rescatamos a Zipper la Navidad pasada y desde entonces ha sido
parte de nuestra pequeña familia disfuncional. Era hiperactivo, se metía en
problemas la mayoría de los días, y yo había perdido la cuenta de cuántos
pares de zapatos habían caído víctima de su hábito de masticar. Aun así,
me recordaba mucho a Rhodes cuando nos conocimos por primera vez, la
gente le tenía miedo, parecía peligroso, pero por dentro era amable, cariñoso
y valiente. Una semana más en el refugio y lo habrían sacrificado. Algunos
dicen que lo salvamos, pero creo que podría ser al revés. Donde la terapia
falló en los últimos meses, Zipper tuvo éxito.
Corrió a toda velocidad por la casa, usando la puerta principal como
tablero de apoyo antes de volver hacia nosotros.
William se rio, viendo a Zipper correr otra vuelta antes de golpearme
el trasero juguetonamente mientras hacía un gesto hacia la puerta. Si no
fuera una cena tan importante, probablemente habría continuado con mis
bromas hasta que él se rindiera y me dejara quedarme en casa con él. Así
las cosas, se esperaba que nos reuniéramos con su hermana y mi mamá, a
quienes ya no veíamos mucho.
El viaje al restaurante fue corto, pero miré por la ventana todo el
tiempo. Aunque habíamos vivido en Savannah durante más de un año,
todavía me maravillaba de lo hermosa que era la ciudad. Había tanta
historia, pero más que eso: La vida. Cada plaza de la ciudad estaba llena de
belleza y emoción.
A pesar de todo, cada vez que me quedaba callada, se me metía el
ruido en la cabeza. Había recorrido un largo camino en los dos años
transcurridos desde que todo sucedió, pero no estaba segura de poder seguir
adelante y olvidar. La terapia me había ayudado, al menos al principio, pero
al cabo de un tiempo me di cuenta de que la única persona con la que quería
hablar de todo era William. Me conocía mejor de lo que yo me conocía. Así
que nos apoyábamos el uno en el otro, en los buenos y en los malos tiempos,
y nuestros cimientos, que una vez habían sido agrietados y quebrados,
fueron reconstruidos lenta y firmemente. Ahora era más fuerte que nunca.
La mano de William apretando suavemente mi rodilla atrajo mi
atención de nuevo dentro del auto. Sabía cuándo me iba a la deriva, pero el
solo hecho de sentir su piel en la mía me traía de vuelta al momento… de
vuelta a él.
—Tengo noticias emocionantes.
Arqueé una ceja.
—¿Sí?
Asintió, la sonrisa más linda apareciendo en la comisura de sus
labios.
—Solicité un trabajo de verano hace un tiempo. No quería decirte nada
porque pensé que, con toda la competencia en la escuela, probablemente no
lo conseguiría. Pero... bueno... lo conseguí.
Sonreí, arrugando mi nariz.
—Y... ¿qué estás haciendo?
William se mordió el labio.
—¿Sabes que Bradley Schumaker de Food Network es el chef invitado
en ese pequeño restaurante italiano del centro?
—Oh Dios mío... ¿estarás ahí?
Volvió a asentir, esta vez con una gran sonrisa iluminando su rostro.
Era del tipo que aún tenía el poder de sacarme el aliento del pecho.
—Voy a ser uno de sus cocineros.
—¡William! —Puse mi mano alrededor de la que tenía en mi rodilla y
la apreté—. ¡Eso es increíble! —Agité la cabeza, abrumada por el orgullo. El
hombre que conocí ese verano hace dos años no tenía ninguna confianza en
su forma de cocinar. El hombre a mi lado estaba a punto de terminar su
carrera culinaria e iba a estar cocinando todo el verano con uno de los chefs
más calientes de la industria.
Se encogió de hombros.
—Solo trato de seguirle el ritmo a mi novia estrella.
—No creo que trabajar en el museo de arte califique como una estrella.
o se pueda comparar con lo que harás de cualquier manera.
—Te piden que seas coadjutor y sigues en la escuela, Bicho. Y tus
fotos son las primeras en venderse cada vez que les permites mostrarlas.
Deja de menospreciarte.
Me sonrojé.
—La confianza es todavía un trabajo en progreso para mí.
—Lo sé. Por eso siempre estoy aquí para recordártelo. —Me guiñó un
ojo justo cuando entrábamos en el pintoresco restaurante de mariscos
donde mamá nos había pedido que nos reuniéramos con ella y Lana. William
estacionó nuestro pequeño Camry y corrió a abrir mi puerta, extendiendo
una mano para ayudarme. No era el Rover o un Corvette, pero era nuestro,
ambos habíamos trabajado duro para conseguirlo. Y solo por esa razón,
estaba orgullosa cada vez que entraba en él.
No pude evitar mirar a William mientras caminábamos hacia la puerta
principal. Su cabello castaño estaba cuidadosamente peinado, su traje
crujiente, y el ligero rastrojo en su barbilla hacía que pareciera que ni
siquiera se esforzaba demasiado por verse de esa manera. Sus ojos verdes y
brillantes eran felices, los más felices que había visto en mi vida. Ya casi
nunca fruncía el ceño, la expresión tan rara que casi olvido cómo era. Hoy
en día, siempre llevaba la sonrisa más cómoda.
Completaba su atuendo.
Antes de que llegáramos a la mesa, mamá se levantó y salió de su
asiento, envolviéndome en un abrazo aplastante. La abracé, riendo un poco
cuando se echó hacia atrás golpeando la humedad de sus mejillas.
—Oh cielos, te he echado mucho de menos, cariño.
—Yo también te he echado de menos, mamá. —Se veía bien, increíble,
en realidad. Su largo cabello rubio estaba atado en un elegante peinado y
sus ojos estaban libres de las ojeras que habían usado durante tanto tiempo
después del incidente con Dale. Parecía estar feliz. Esperaba que lo fuera de
verdad.
—No, pero en serio, te ha echado de menos. Creo que ahora conozco
toda tu vida. Ella habla de ti todas las noches —dijo Lana con una sonrisa,
envolviéndome en un abrazo ligero—. Me alegro de verte, Natalie. Te ves
increíble.
—Gracias, tú también. —Compartimos una sonrisa antes de
sentarnos a la mesa. Un camarero puso nuestras servilletas en nuestros
regazos y nos dejó con los menús después de que pusimos nuestra orden de
bebidas—. ¿Cómo estuvo la gira hoy? —le pregunté, mirando a Lana
mientras escribía un mensaje de texto en su teléfono. Tenía una sonrisa en
el rostro y no necesitaba más que adivinar a quién estaba enviando
mensajes de texto. Al principio, ella y el Oficial Martino habían sido tímidos
con respecto a su relación, inseguros de ello, al igual que Rhodes y yo al
principio. Pero ya no se podía negar.
—Muy bien —contestó mamá—. Siento que realmente estamos
haciendo una diferencia en la vida de algunas de estas jóvenes. Es como si
mientras hablamos, las miro y puedo decir cuáles han pasado por algo. No
puedo explicarlo, pero puedes verlo en sus ojos. Están escuchando, quieren
saber sus opciones.
—En cierto modo, es aterrador —agregó Lana, al volver a poner el
teléfono en sus manos.
Mamá asintió.
—Lo es. Pero eso es lo que me recuerda por qué hacemos esto. —
Compartieron una sonrisa conocedora y William encontró mi mano debajo
de la mesa, dándole un suave apretón.
Después del juicio, Lana y mamá se hicieron muy amigas. Fue
interesante, ya que estaban en dos lados muy opuestos de lo que pasó con
Dale, pero realmente parecían ayudarse mutuamente. Decidieron escribir
un libro juntas y, sobre todo debido a la popularidad del caso de Dale en
todo el país, se vendió tremendamente. Ahora, estaban reservadas hasta
diciembre con paradas de gira por todo el país para hablar en escuelas
secundarias, universidades, grupos de mujeres y más. Estaban firmando y
vendiendo libros y contando su historia, dando a otras mujeres esperanza y
fuerza para luchar en sus propias situaciones. En realidad, era bastante
increíble.
—¿Cómo han estado ustedes dos? ¿Cómo va la escuela?
William les habló de su nuevo trabajo de verano y yo les informé sobre
los últimos proyectos en el museo. Era la semana de los finales en la escuela
e iba a tomarme el verano libre para concentrarme en curar y perfeccionar
mis propias habilidades. Esperaba con ansias los meses libres,
especialmente porque significaba más tiempo con William.
—¿Si vendrá Willow a visitarte este verano?
Sonreí.
—Sí, vendrá la semana que viene. Se supone que trae consigo su sabor
del semestre, así que esto será interesante. —Willow era la única amiga con
la que seguía en contacto de Poxton Beach. Mason había ido a verme
después de que todo sucedió, pero una vez que él se fue a la universidad y
yo me fui a Savannah, perdimos contacto por completo. En cierto modo, lo
prefería así. Poxton Beach estaba en mi pasado, justo donde lo quería.
Mamá y William se rieron mientras el camarero rellenaba nuestros
vasos. Levantando el suyo alto en el aire, mamá le aclaró la garganta.
—Un brindis —dijo. Todos levantamos nuestras copas para unirnos a
las suyas al unísono—. Por la supervivencia. Y la curación. Y la familia.
—Salud —brindamos todos juntos. Choqué mi copa con la de Lana y
la de mamá antes de terminar con la de William. Sostuvo mi mirada durante
un momento, y sus ojos pronunciaron más palabras que cualquier brindis.
El amor que sentía por esos dos irises de jade a veces me asombraba.
Mientras sorbíamos de nuestras copas, no pude evitar pensar en
todas las cosas asombrosas que habían surgido de una experiencia tan
horrible. Dale finalmente estaba pagando por el dolor que había causado a
tantas mujeres, William tenía a su hermana de vuelta en su vida, mi mamá
finalmente había encontrado algo que le apasionaba, y yo estaba siguiendo
un sueño en el que no tenía confianza antes.
Tal vez todo sucede realmente por una razón.
Pensé más en eso mientras conducíamos a casa, la radio sonando
suavemente mientras William pasaba su pulgar a lo largo de la piel desnuda
de mi rodilla. Los dos estábamos callados, reflexivos, y me di cuenta de que,
de alguna manera, tenía que agradecerle a Mason por traerme con él. Si él
no hubiera sido mi primer novio, mi primer corazón roto, puede que nunca
hubiera encontrado el valor o la motivación para dar ese primer paso en el
Club de Poxton Beach. Y seguramente nunca hubiera sabido lo que me
esperaba detrás de sus puertas.
O, mejor dicho, quién.
Zipper me saltó encima en cuanto William abrió la puerta de nuestro
apartamento. Sus grandes patas se conectaron con mis hombros y me apoyé
contra la pared del vestíbulo, pateando mis talones mientras me lamía el
rostro. Esta era nuestra rutina, y siempre me hacía sonreír.
—Hola, Zip. Yo también te extrañé, amigo.
Cayó de nuevo al suelo y se sentó, esperando pacientemente mientras
William se quitaba la chaqueta de su traje y la colgaba sobre una de las
sillas de nuestro comedor antes de agarrar la correa de Zipper.
—Voy a pasearlo muy rápido y volveré —dijo, inclinándose para
besarme la mejilla. Se quedó allí un momento, besándome el oído antes de
susurrar—: No te desvistas demasiado antes de que vuelva.
Me estremecí, mordiéndome el labio mientras él retrocedía con un
guiño y sacaba a Zipper por la puerta.
Arrojando mi bolso de mano sobre la mesa de la cocina, agarré mis
tacones del suelo y lentamente caminé de regreso a nuestro dormitorio, con
el estómago lleno y los ojos pesados por la noche. Seguí mis dedos a lo largo
de la pared de fotos que bordeaban el pasillo, cada cuadro lleno de un
recuerdo de William y mío. La primera foto que habíamos tomado juntos
estaba allí, la que tomamos esa noche después de que me tomó por primera
vez. Estaba en el medio, rodeada de nuevos recuerdos, de todo, desde
nuestros perezosos picnics dominicales en el parque y sudorosos después
del gimnasio hasta noches disfrazadas en la galería y aventuras con Zipper.
Una sonrisa se enganchó en mis labios mientras dejaba caer mis
tacones en el fondo de nuestro armario y me desabrochaba los pendientes.
Ni siquiera saqué el segundo antes de oír la puerta principal abrirse y
cerrarse, seguida de una estampida de patas cuando Zipper se volvió loco
una vez más. Tiré su hueso sobre su cama cerca del pie de la nuestra y él
cayó felizmente, royendo con su cola todavía moviéndose.
—Déjame ayudarte con eso —murmuró William, deslizándose detrás
de mí antes de quitarme el cabello del cuello. Su mano encontró la
cremallera en la parte posterior de mi vestido y lentamente lo guio hacia
abajo, plantando pequeños besos en mi cuello mientras lo seguía hacia
abajo. La tela resbaló, dejando que golpeara el piso antes de girar y
enganchar mis brazos alrededor de su cuello.
Los ojos de William me miraron lentamente y agitó la cabeza.
—Eres tan hermosa.
Sonreí.
—Gracias.
Ya no tenía que esforzarme para creerle.
Esperaba que me tomara en ese mismo instante, pero me dejó ir lo
suficiente para que cada uno de nosotros nos vistiéramos en pijama antes
de arrastrarnos entre las sábanas. Solo la lámpara de cabecera de William
iluminaba la habitación mientras se apoyaba en un codo, con los ojos
pensativos.
—¿En qué estás pensando? —pregunté, enarcando una ceja. Pasó su
mano libre por mi cabello con una sonrisa perezosa antes de tragar fuerte.
—Tengo algo para ti.
Rodó, abriendo el pequeño cajón de su mesita de noche antes de volver
a cerrarlo suavemente. Cuando se volvió hacia mí, sostuvo una caja que
reconocí, la que traía mi reloj cuando me la dio hace dos años en el club.
—Sabes que mi reloj sigue funcionando, ¿verdad? —pregunté con una
sonrisa, apoyándome contra las almohadas—. Acabo de agotar la batería.
De nuevo.
William sacó la caja de todos modos y yo la tomé, mirándole con
curiosidad mientras la abría. Cuando volví a mirar hacia abajo, no era un
reloj.
—Dios mío —respiré, los ojos fijos en William—. ¿Qué es esto?
Fue una pregunta estúpida porque sabía lo que era. Era un anillo, un
hermoso anillo, delgado y dorado con un símbolo de infinito que unía dos
pequeños corazones. Mis ojos se movían entre él y William una y otra vez.
—Es una promesa —dijo finalmente, tratando de agarrar la caja de
mis manos temblorosas. Quitó el anillo, poniendo la caja a un lado antes de
que sus ojos volvieran a encontrar los míos—. De que estoy aquí. De que
siempre estaré aquí, a través de tus tiempos oscuros y tu luz, cargando con
cualquier peso que no puedas llevar por ti misma. Es una promesa de que
siempre te ayudaré a sentirte hermosa cuando no lo sientas tú misma, que
te abrazaré cuando necesites llorar y te giraré en mis brazos cuando
necesites celebrar. —Los dos nos reímos un poco, lágrimas desbordando mis
ojos por el recuerdo de él haciendo justamente eso en medio del gimnasio el
día que alcancé mi peso objetivo—. Y un día, cuando estemos listos, lo
reemplazaré por un anillo que promete un para siempre, aunque no lo
necesites, no realmente. Porque la verdad es que me has tenido desde el día
que nos conocimos, y ya tienes mi para siempre... si quieres.
Sostuvo el anillo, los ojos en los míos, esperando. Pero no lo dudé.
Extendí la mano, con los dedos abiertos, y él la deslizó sobre el nudillo del
dedo anular de mi mano derecha con un suspiro.
—¿Tienes que preguntar? —Deslicé mi mano en su dedo índice,
presionando contra el pequeño círculo tatuado en la parte interior de su
muñeca. Hizo lo mismo, encontrando el círculo correspondiente en mi
muñeca mientras susurraba lo que ambos sabíamos desde el principio—.
Quiero todo de ti, William.
Me contestó con un beso, sus manos encontrando mi cabello mientras
rodaba, mis muslos enmarcando su fuerte centro mientras me presionaba
contra las sábanas. A veces todavía me besaba como si le doliera, como si
tuviera miedo de que me hiciera daño, y esta era una de esas veces. Pero
eventualmente, el pliegue entre sus cejas se desvaneció, cada nuevo toque
y beso lo borraba lentamente. Me besó hasta que me sentí hermosa y yo lo
besé hasta que se sintió digno, y sin importarnos cuánto tiempo nos llevó
llegar allí.
Siempre he odiado el peso.
Antes de conocer a William, odiaba el peso que llenaba mi cuerpo,
haciéndome sentir inadecuada en todos los aspectos de mi vida. Luego,
cuando empecé a entrenar con él, me empujó más fuerte que nadie. Cada
vez que pensaba que finalmente me estaba elevando para cumplir con sus
estándares, él añadía más peso a mi set, haciéndome trabajar más duro,
forzándome a encontrar la motivación para superarlo.
Y tal vez eso es lo que pasa con el peso, aunque duele cuando sentimos
su presión adicional en nuestras vidas, solo nos hace más fuertes al final.
Mirando a William ahora, no podría imaginarlo sin el peso que lo había
formado. Su pasado lo convirtió en el hombre que amaba, sin importar
cuánta cicatriz. Él fue el hombre que me arregló, que me cambió, y que me
ayudó a cargar con mi propio peso cuando se hizo demasiado pesado para
manejarlo por mi cuenta.
Estaba empezando a darme cuenta de que el peso no era algo malo,
después de todo.
Epílogo extendido
Promesas, promesas

—¿Bicho?
Oí la voz de William a lo lejos, como si estuviera en alguna parte de
las nubes que miraba por la ventana del avión en vez de en el asiento de al
lado. A medida que descendíamos, las nubes se adelgazaron, y el hermoso
país de Italia apareció a la vista. Debería haberme robado el aliento, debería
haberme mareado y haberme agarrado al brazo de William mientras chillaba
de alegría, pero en cambio, vi el paisaje desplegarse con ojos rojos y
cansados.
No era mi primera vez en Italia, pero era la primera vez que viajaba
internacionalmente con William, y eso hacía que este viaje fuera tan
especial. Había soñado con nosotros comiendo helado y caminando por las
viejas calles empedradas de Roma desde que accedió a venir conmigo. Nos
imaginé caminando de la mano mientras reíamos y nos empapábamos de la
lengua extranjera que nos rodeaba, imaginé charlas nocturnas en el balcón
de nuestro hotel, lo vi besando mi mejilla después de capturar una foto de
cada una de las atracciones turísticas que podía imaginarse con mi cámara
fotográfica. Imágenes de pasta y vino y los ojos de William habían llenado
mis sueños durante semanas.
Pero esos sueños habían sido silenciados, perdidos en la niebla de mis
pensamientos desde el anuncio que recibimos de su hermana esa mañana,
justo antes de salir para el aeropuerto.
—¿Bicho? —preguntó William de nuevo, y esta vez se acercó,
apretando mi mano.
Parpadeé, apartando la mirada de la ventana para verlo. Sus cejas se
juntaron mientras sus irises de jade buscaban en los míos, y por un
momento me dejé llevar; su cabello arenoso un poco más corto ahora que
cuando nos conocimos hace cinco años, su mandíbula limpiamente
afeitada, tal y como le gustaba al restaurante, aunque sabía que luciría una
ligera barba para el momento que volviésemos a casa. Sus bíceps estirados
contra la tela de su camiseta, su pecho más ancho que nunca, su cuerpo
menos el de un niño y más el de un hombre cada día.
Ambos habíamos crecido tanto desde ese verano que nos conocimos.
—¿Has dormido algo? —preguntó.
Forcé la mayor cantidad de sonrisa que pude.
—Un poco —mentí—. ¿Qué hay de ti?
—Dormí como una roca, honestamente. ¿Está todo bien? ¿Algo de lo
que quieras hablar?
Mi estómago se apretó, porque William había sido a quien había ido
con cualquier cosa de lo que había estado en mi mente durante cinco años.
Y, sin embargo, no podía hablar con él sobre esto.
—Estoy bien —volví a mentir—. Es difícil dormir en un avión. Y creo
que ya extraño a Zipper.
William se rio.
—Estoy seguro de que él también te extraña. Pero Willow lo tiene, y
sabes que ella lo cuidará. Ella ama a ese perro tanto como nosotros.
Le di una sonrisa genuina ante eso, porque sabía que era verdad. Mi
mejor amiga se había mudado a Savannah tan pronto como terminó la
universidad, y aunque sabía que estaba feliz de estar más cerca de mí, me
preguntaba si se había mudado más por Zipper que por nosotros. Ella
siempre le llevaba golosinas y juguetes, ofreciéndose a vigilarlo cuando
William y yo teníamos eventos de trabajo o queríamos salir una noche o salir
un fin de semana.
Teníamos suerte de tenerla.
—¿Quieres ir a tomar una siesta en el hotel antes de salir? —preguntó
William.
Agité la cabeza.
—Eso solo empeorará el desfase horario. Estaré bien.
William asintió, pero sus cejas se juntaron aún más, revelando ese
pliegue entre sus ojos que yo conocía tan bien. Abrió la boca, como si
quisiera preguntar más, pero luego pareció pensar mejor en ello. Después
de un momento, sonrió.
—Estamos en Italia, Bicho.
Le devolví su sonrisa, pero se sentía muerta en mis labios.
—Nuestro primer viaje internacional.
—Y tu primera subasta internacional de arte. ¿Estás emocionada por
ver las piezas que tendrán a la venta?
No sabía cómo responder a eso, ya que no me entusiasmaba ni una
sola cosa en ese momento. Debería haberlo hecho, y me di cuenta de ello,
pero esa mañana se me había escapado una ansiedad desconocida.
Porque después de cinco años juntos, no sabía si ese hombre que me
sostenía la mano sería mi para siempre.
Nunca lo había cuestionado antes, al menos no en voz alta. No de una
manera que detuviera todos mis otros pensamientos amorosos que tenía
para él. Era mi compañero, mi compañero de equipo, mi mejor amigo, mi
todo. Claro, ya no salíamos tanto como antes, no con él trabajando largas
noches en el restaurante, y yo balanceando mi último semestre de
universidad con la curaduría de tiempo completo para el museo, pero al final
del día, todavía así, nos arrastramos juntos a esa cama gigante. Todavía así,
descansaba mi cabeza sobre su pecho y sentía que sus brazos me envolvían
mientras un suspiro de satisfacción dejaba sus labios antes de que cada
uno de nosotros se durmiera.
Nunca lo había cuestionado, nunca nos había visto en ningún otro
lugar que no fuera exactamente donde debíamos estar.
Pero esa mañana, su hermana nos había llamado para darnos la
noticia de que estaba embarazada, y por alguna razón, esa noticia no me
había entusiasmado.
Me había deprimido.
Alayna y el oficial Martino, ahora conocido como Philip por nosotros,
habían estado juntos más o menos la misma cantidad de tiempo que William
y yo. Sí, habían pasado más años juntos antes de hacer las cosas oficiales,
pero su relación había comenzado más o menos al mismo tiempo que la de
William y la mía. Y desde entonces, se habían movido tan rápido.
Consiguieron una casa juntos después de que Alayna terminara su
gira del libro con mi madre.
Se casaron al verano siguiente.
Ahora, estaban embarazados de su primer hijo.
Y William y yo seguíamos en el mismo lugar, viviendo en un
apartamento con un perro, jugando a la casita, sin planes firmes de seguir
adelante.
Tenía la palabra de William de que era mío para siempre, y un símbolo
de esa promesa en la forma de un anillo de eternidad que iluminaba mi dedo
anular en la mano que él sostenía en la suya ahora. Me había prometido
que sería mío para siempre, que un día, reemplazaría ese anillo por uno que
dijera que yo era su esposa. Y desde esa noche, eso ha sido suficiente para
mí, ese anillo de compromiso.
Pero algo en las noticias de su hermana me había provocado, me había
hecho preguntar si eso era suficiente.
Y creo que sabía la respuesta, aunque no quisiera admitirlo.
Habían pasado tres años desde que me dio ese anillo. Cinco años de
estar juntos. Y aunque sabía que él era mío, y yo era suya, y no había razón
para querer o necesitar un pedazo de papel que lo solidificara legalmente,
me di cuenta de que quería uno.
Admitirlo en voz alta lo había cementado en mi cerebro, y ahora no
podía dejarlo ir.
—Estoy tan emocionada —volví a mentir, respondiendo a la pregunta
de William sobre la subasta—. Solo un poco cansada. Me animaré después
de un café.
Odiaba haber sentido que no podía decirle la verdad pero, en el fondo,
sabía que estaba emocionada en algún lugar bajo toda mi ansiedad. Esta
era mi oportunidad de restaurar una nueva línea para el museo, tomar fotos
en un nuevo lugar y posiblemente poner a la venta mi propio trabajo en la
próxima exposición local. Y, aunque el restaurante había dudado en dejar
que William se tomara tanto tiempo libre, el amor de mi vida estaba aquí
conmigo.
Nuestro primer viaje internacional.
Sin embargo, todo en lo que podía pensar era en si sería el último.
—Te conseguiremos algo de café. Y luego, exploramos. —Me apretó la
mano de nuevo, y yo se lo devolví mientras dirigía su atención a la ventana
por la que había estado mirando antes.
Mis ojos simplemente cayeron al anillo otra vez.
—Esta va a ser la mejor semana del mundo —dijo William, con una
sonrisa como la de un niño cuando las ruedas tocaron el suelo.
Cerré los ojos, tratando de cavar profundamente dentro de mí para
encontrar un poco de alegría, un poco de emoción por este increíble paso en
nuestra relación. Quería que fueran sus mejores vacaciones, que llenaran
cada día de recuerdos que guardara para siempre.
Pero, ahora, me preguntaba si su para siempre seguía siendo conmigo
o, si en algún momento del camino, con ambos ocupados persiguiendo
nuestros sueños, había cambiado de opinión.
Mis ojos se abrieron de par en par, mi visión se nubló al encontrarse
con el anillo de nuevo. Una vez me había traído tanta alegría, tanto consuelo,
pero ahora lo sentía más como un recordatorio de lo que se había prometido
y nunca se había cumplido.
—Sí —dije finalmente, suspirando, tragándome la ansiedad que
deseaba no haber reconocido en absoluto—. La mejor.
William me apretó la mano de nuevo.

***

Me desperté a la mañana siguiente sintiéndome como el más apestoso


pedazo de basura.
Había estado del peor humor de la historia durante todo el primer día
en Roma, y, donde William tenía los ojos brillantes, estuvo enérgico y
emocionado por explorar, yo solo quería sobrevivir hasta el final del día
cuando pudiera arrastrarme hasta la cama y dormir un poco. Ahora que lo
había hecho sentía aún más ansiedad que antes, pesando sobre mi pecho
como un yunque.
Nos encontrábamos en Roma, y yo estaba siendo una compañera de
viaje miserable.
Sabía que William podía sentir que andaba distraída, aunque,
afortunadamente, no mencionó nada. En vez de eso, me trajo un desayuno
lleno de proteínas que había tomado de uno de los pequeños cafés de abajo.
Entonces, me dijo que me vistiera para nuestro entrenamiento.
Todavía era difícil de creer que yo era esa chica cuando me puse mis
leggins de Lululemon y los combiné con una camiseta sin mangas holgada.
Durante tanto tiempo fui la chica que nunca hacía ejercicio, y mucho menos
cuando estaba de vacaciones. Pero William me había inspirado ese primer
verano y, una vez que ese impulso se me había inculcado, nunca se fue.
Me fijé en mi reflejo en el espejo de cuerpo entero, con un hilo de
incredulidad que bajaba por mi columna vertebral mientras examinaba la
delgada figura. Tenía las piernas y brazos tonificados, mi estómago y mis
caderas aún curvados pero sanos. A veces, me miraba al espejo y ni siquiera
podía recordar cómo lucía antes, antes de conocer a William. Pero otras
veces, como hoy, me miraba en el espejo y me preguntaba si el reflejo estaba
deformado, de alguna manera.
Estaba claro que esa mujer no podía ser yo.
Y no era que no pudiera creer que no fuera mi cabello platino en una
cola de caballo alta, o mis ojos color chocolate subrayados por sombras
profundas por la falta de sueño, o mi cuerpo sano en el que había trabajado
tanto a lo largo de los años. No, esta mañana era que no podía creer que
fuera esa mujer tan absorta en sus pensamientos que no podía disfrutar de
estar en un país extranjero con su novio por primera vez.
Mi estómago se agrió con el término novio, pero no tuve tiempo de
concentrarme en ello antes de que William estuviera parado detrás de mí en
el espejo.
Me envolvió con los brazos la cintura y me puso un beso en el cuello
con un gemido.
—Soy el hombre más afortunado del mundo. —Me hizo girar,
presionando sus labios contra los míos en un beso que terminó demasiado
rápido para mi gusto—. ¿Lista para sudar?
Me reí.
—Sabes, estamos de vacaciones. Podríamos saltarnos los
entrenamientos una semana y estar bien.
—Podríamos —concordó, con sus ojos examinando mi cuerpo—. Pero
entonces me perdería la oportunidad de ver tu trasero en estos pantalones.
Y eso sería una tragedia.
Me golpeó el trasero, haciéndome reír en sus brazos antes de que lo
alejara de un empujón. Y en ese momento, una verdadera sonrisa encontró
mis labios. Recordé al William que era tan frío, duro, reservado; el que me
había alejado antes de que me diera cuenta de que quería que me dejara
acercarme. Tanto había cambiado ese primer verano que pasamos juntos, y
aún más a lo largo de los años desde entonces. Sonreía mucho ahora, como
si no tuviera ni una sola razón para fruncir el ceño.
Me sentía aún más tonta ahora.
—William, lo siento —dije suspirando, moviendo la cabeza mientras
mis manos se cruzaban sobre su pecho. Me miré los dedos, el anillo—. Ayer
fui una aguafiestas. Ojalá tuviera una excusa, pero me siento ansiosa y lo
siento.
Las cejas de William se juntaron, y metió los mechones de cabello
sueltos de mi cola de caballo detrás de mi oreja.
—Nunca tienes que disculparte conmigo por ser humana, Natalie.
Mis hombros cayeron aún más entonces, con la cara arrugada
mientras me inclinaba hacia su pecho. Me envolvió con sus brazos,
abrazándome fuertemente, y sentí esa protección como un escudo invisible
que nada podía penetrar.
—¿Es sobre la subasta? —preguntó.
Era mi oportunidad de decirle la verdad, de abrirme a él sobre lo que
había estado sintiendo, pero ahora que me daba cuenta de lo tonta que era,
solo quería dejarlo pasar.
—Sí —dije, levantando la cabeza de su pecho para morarlo a los ojos—
. Estoy nerviosa por encontrar las piezas adecuadas para nuestra
exposición, y que me confíen una responsabilidad tan grande.
—Confían en ti porque eres la mejor, Bicho —dijo, sonriendo mientras
me tocaba la nariz con un dedo—. Vas a estar increíble. Lo prometo.
Y, cuando su mano se deslizó contra la mía, con los dedos alrededor
de mi muñeca antes de que su dedo puntero presionara ese punto blando
que había reclamado hacía tantos años, suspiré, con el corazón
expandiéndoseme con el amor más poderoso que jamás había conocido. Ese
amor pareció borrar la ansiedad que había sentido antes, y me sumergí en
la nueva sensación como si fuera un baño de burbujas caliente.
—Terminemos con este entrenamiento para que podamos comer todo
el helado que Roma tiene que ofrecer.
William se rio, apretando donde me agarraba la muñeca con la mano
antes de volver a golpearme el trasero y dirigirnos hacia la puerta.
—Parece que vamos a necesitar hacer muchas flexiones de piernas.

***

Los siguientes días en Roma fueron todo lo que imaginé que serían
antes de que las noticias de Alayna hubieran hundido el barco de mis
sueños.
Nos levantamos temprano, haciendo nuestros ejercicios antes de
llegar a nuestra primera parada. Cada día se llevaron a cabo nuevas
aventuras: Una visita al Coliseo, una puesta de sol en Aventine Hill, una
clase de cocina en la Toscana, que nos tomó un día entero y nos sacó del
ajetreo y el bullicio de la ciudad. Nos tomamos de las manos mientras
caminábamos por los escalones de España, nos quedamos callados uno al
lado del otro mientras tomábamos las maravillas de la Capilla Sixtina, y nos
frotábamos la barriga después de comer helado después de cada comida.
Llevaba mi cámara conmigo a todas partes, fotografiando los
hermosos edificios históricos y capturando a los nativos de su tierra natal:
una madre cuidando a un niño pequeño mientras colgaba sábanas en una
línea de ropa, un camarero sonriéndonos mientras nos ofrecía vino con la
cena, un perro callejero haciendo amistad con un turista en bicicleta en las
afueras del distrito comercial. Pero fueron los momentos en que el objetivo
encontró a Rhodes los que me permitieron encontrar las mejores fotografías,
aunque sabía que nunca podría capturar realmente lo que él sentía. Sus
ojos estaban tan abiertos que su sonrisa dominaba todo su rostro mientras
contemplaba cada nueva visión y experiencia.
Fue absolutamente perfecto.
La noche antes de la subasta, me senté frente a William mientras
esperábamos nuestra cena. Estábamos asentados en la mesa de la esquina
fuera del restaurante, el aire cálido del verano invadiéndonos mientras el sol
se ponía por toda la ciudad. Su pulgar alisaba sobre mi muñeca, donde
nuestras manos se encontraron en el centro de la mesa, y lo observé
mientras él observaba a la gente que pasaba, su sonrisa floreciendo de vez
en cuando.
—¿Qué está pasando dentro de tu cabeza? —pregunté, maniobrando
nuestras manos para que la mía estuviera sobre la suya. Pasé las yemas de
mis dedos por encima de su muñeca, rodeando cada vena antes de seguirle
la pista a la palma de su mano.
Sonrió, manteniendo los ojos en una pareja que cruzaba la calle.
—Estaba pensando en lo hermoso que es este lugar, lo hermoso que
es el mundo. Es una locura que haya vivido toda mi vida en los mismos dos
estados, sin saber que esto existía. —Me miró entonces, sus ojos de color
verde esmeralda brillante—. A veces es difícil de creer. ¿Sabes? Pensar en
dónde he estado, el infierno que he vivido, todas las noches que pasé con
hambre, los días que trabajé haciendo algo que detestaba solo para llegar a
fin de mes...
Negó con la cabeza, y mi corazón se rompió por los recuerdos que
aparecieron en su rostro.
—Y entonces te conocí —susurró—. Y fue como si todo por lo que
había pasado, todo me llevó a ese momento, a ese verano. Desde que llegaste
a mi vida, todo ha cambiado para mejor.
Casi lloré cuando me acerqué a la mesa, poniendo mi mano en su
mejilla.
—Yo siento lo mismo.
William sonrió, apoyándose en mi tacto antes de girarse y presionar
sus labios contra mi palma. Luego, me envolvió ambas manos en las suyas,
llevándolas de vuelta a la mesa mientras se inclinaba hacia adelante.
—He estado pensando en algo.
—¿Oh?
Asintió.
—¿Sabes cómo Lorenzo me dijo que mantuviera los ojos abiertos para
nuevas ideas de recetas mientras estaba aquí?
Lorenzo era el jefe de William en el restaurante italiano en el que había
trabajado durante casi tres años. Le habían ofrecido un trabajo de verano
allí cuando aún estaba terminando su carrera culinaria, trabajando bajo la
dirección de un chef invitado famoso que se enamoró del estilo de cocina de
William. El restaurante lo había contratado a tiempo completo después del
concierto de verano, y se había ido abriendo camino en los años que había
estado allí.
Sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que William se alejara
completamente de ellos, abriendo su propio restaurante. Era demasiado
bueno para no hacerlo.
Asentí.
—Lo sé. ¿Has encontrado algo de inspiración?
La sonrisa de William partió su rostro.
—Este lugar está repleto de ella. Pero, pensé en volver con un nuevo
plato italiano, o una nueva versión de un clásico que ya ofrecemos. Pero
cuanto más estoy aquí, más me doy cuenta de que lo que hace que la comida
italiana sea tan especial aquí es que está en Italia. Claro, podría llevarme
algunas ideas para platillos como los que hemos comido aquí en casa
conmigo, pero no sería lo mismo en Savannah. Porque Savannah no es
Roma.
Asentí, pero mis cejas se fruncieron.
—A… já...
Rio entre dientes.
—Lo sé, pero ten paciencia conmigo. Creo que lo que nos vendría bien
no es nueva comida italiana, sino nueva comida italiana georgiana.
—¿Italiana georgiana? —Arrugué la nariz—. De acuerdo, me has
perdido.
William rio de nuevo, y esta vez salió a carcajadas. No pude evitar
sonreír también, su energía era contagiosa. Lo que sea que no entendí, era
suficiente inspiración para marearlo.
Y me encantaba.
—Savannah es esta renombrada ciudad del sur —explicó cuando las
risas se calmaron—. Es conocido por su historia, como lo es Roma. Y hay
tantos alimentos icónicos que la gente espera con ansias cuando los visita:
tomates verdes fritos, sémola, nueces, melocotones, pralinés. —Hizo una
pausa—. Estaba pensando... ¿y si en vez de concentrarnos solo en la comida
italiana, trajéramos un toque sureño a los clásicos italianos?
William me observó atentamente para ver si reaccionaba, y cuanto
más se hundía la idea, más mis ojos se abrían de par en par. Su emoción se
había infiltrado en mí, y sentí que mi corazón aceleraba su ritmo bajo mi
caja torácica.
—Piénsalo —continuó—. En vez de un fettucine alfredo, podríamos
hacer camarones y sémola en nuestra famosa salsa alfredo. En lugar de solo
ofrecer lasaña, podríamos poner tomates verdes fritos con nuestra deliciosa
salsa roja y carne molida, bañándola con una combinación de mozzarella y
nuestro plato de macarrones con queso del sur.
Se me hizo agua la boca.
—William...
—Sé que parece una locura —dijo, interrumpiéndome mientras
agitaba la cabeza, con mis manos todavía en las suyas.
—Suena genial —corregí.
Sus ojos se dirigieron a los míos, su sonrisa se extendió tan rápido
que pensé que se deslizaría de su rostro.
—¿De verdad?
—Um, sí, ¡en serio! ¿Estás bromeando? —Negué con la cabeza,
apretando sus manos—. Tienes que hacer esto. Si no les gusta la idea,
entonces hazlo por ti mismo.
—¿Por mi cuenta?
—Sí. Como en, abre tu propio restaurante si no quieren tus brillantes
ideas.
La sonrisa de William se deslizó, y sus ojos miraron los míos mientras
una mirada reverente ensombreció su rostro.
—¿Qué? —pregunté.
—Crees en mí —susurró—. Como... más que nadie en toda mi vida.
No me apoyas solo porque soy tu novio. Realmente crees en mí.
Sonreí, inclinándome sobre la mesa para presionar mis labios contra
los suyos.
—Siempre he creído en ti —susurré—. Así como creíste en mí el primer
verano que nos conocimos. Ahora, es hora de que tú también creas.
William negó con la cabeza, mirándome como si no pudiera creer que
yo fuera suya antes de que cerrara la distancia entre nosotros y me besara
de nuevo. Me sostuvo allí, sus manos metiéndose en mi cabello, el beso se
hizo más profundo hasta que nuestro camarero aclaró su garganta.
Me sonrojé cuando me aparté, el camarero dejó nuestra comida y llenó
hasta el borde nuestras copas de vino con una sonrisa cómplice antes de
volver a desaparecer. William simplemente sonrió aún más ampliamente,
alzando su copa e inclinándola hacia mí.
—Por la inspiración —dijo.
Alcé mi copa, chocándola con la suya.
—Y por la confianza.
Mantuve los ojos sobre él mientras tomábamos un sorbo, y mi corazón
se hundió un poco cuando me di cuenta de lo que acababa de aclamar.
Confianza.
Si le estaba pidiendo a William que creyera en sí mismo, ¿no debería
de pedirme a mí misma que creyese en nosotros?
Qué importaba que no estuviéramos comprometidos. Qué más daba
si no estábamos casados, o hablando de niños o de una gran casa en la
montaña. Estaba persiguiendo mis sueños, y él estaba persiguiendo los
suyos, y estábamos haciéndolo: juntos.
No importaba lo que los demás hicieran. Lo que teníamos era
suficiente.
Esto es suficiente, pensé.
Y sellé esa afirmación con otro sorbo de vino, tragándolo como un
fresco y nuevo aliento.

***

La subasta de Arte de Castello no era lo que esperaba.


Cuando asistía a subastas en Estados Unidos, a menudo eran
frenéticas, al menos mil personas, un subastador hablando a cien por hora
mientras hacía ofertas para cada artículo, personas estiradas sentadas a mi
lado fingiendo que no existía o que estaba por debajo de ellos.
A veces, me preguntaba si lo estaba.
Pero, esta subasta se parecía más a una fiesta íntima y privada con
amigos.
Ni siquiera podían ser cien personas, si estaba juzgando
correctamente por el vistazo que eché por la casa. Aunque casa era una
burda subestimación para la hermosa villa Toscana. Todas las ventanas y
puertas estaban abiertas de par en par, el cálido viento italiano entraba por
estas y atravesaba mi cabello. Luz natura iluminaba los muebles de oscura
madera de cerezo, la chimenea de ladrillo multicolor, la alfombra persa de
un profundo color borgoña en la que se equilibraban mis tacones.
Estábamos todo reunidos en una sala que suponía que normalmente era
una sala de estar pero que ahora había sido despejada, se había colocado
un pequeño escenario frente a docenas de filas de hermosas sillas de
madera. Fotos y cuadros que no estaban a la venta decoraban todas y cada
una de las paredes, llenando la sala de color y cultura.
Era impresionante.
Había mesas de centro por los bordes de la sala y ahí es donde estaba
todo el mundo en este momento, bebiendo vino y charlando con los demás
entusiasmados como si todos acabara de llegar a casa para unas vacaciones
en familia. Me volví a meter en una esquina, en una mesa vacía, observando
y preguntándome qué estaban diciendo mientras hablaban en diferentes
idiomas. Noté acento americano en un par de ellos, pero por el momento
estaba satisfecha con simplemente observar de lejos.
Ojalá hubiera traído mi cámara para capturar este momento.
La subasta comenzaría en menos de una hora, y dejé que mis ojos
deambularan sobre la historia del subastador que nos fue proporcionada en
folletos traducidos del italiano al español y al inglés. No pude evitar echar
un vistazo a la sala, preguntándome cómo Luca Castello eligió quién sería
invitado al prestigioso evento. Sabía que mi jefe tenía lazos con muchos
conservadores de arte en Italia, pero esto parecía una proeza incluso para
ella.
Estaba sonriendo mientras leía el pasado del señor Castello cuando
un hombre mayor se unió a mí en la mesa.
—Me encanta la escritura —dijo, su acento italiano fue exuberante
cuando lentamente enunció cada palabra—. Pero a veces me temo que nos
falla.
Dejé caer el folleto de mis manos sobre la mesa, sonriéndole. Estaba
calvo a excepción de un poco de pelusa de cabello blanco que se aferraba
entorno a sus orejas y a la parte inferior del cuello, y sostenía un hermoso
y magnífico bastón en una mano. Todo en él gritaba lujo, desde su nuevo y
limpio esmoquin hecho a medida hasta sus mocasines italianos de cuero.
Me devolvió la sonrisa, agarrando el folleto que yo acababa de soltar.
—¿Puedo? —preguntó, asentí mientras él llevaba el papel hasta su
vista. Entonces su sonrisa cayó un poco y sacudió la cabeza, haciendo un
sonido de chasqueo con la lengua—. Ves, esta parte está completamente
mal. Hacen que parezca que los cuadros que recolecté con los años, las
fotografías que conservé, como si fueran toda mi vida. Pero verás, solo fueron
una pequeña parte de ella.
Mis ojos se abrieron como platos.
—¿Señor Castello?
—Ciao, bella —dijo con una sonrisa, extendiendo una mano hacia la
mía—. ¿Y tú eres?
—Soy Natalie Poxton —dije justo cuando alzó mi mano hacia sus
labios—. Estoy aquí de parte del Museo de Arte Moderno de Savannah.
—Ah, sí —dijo, dándome una palmada la mano cuando estuvo de
nuevo sobre la mesa. Volvió a agarrar el folleto y sus ojos deambularon sobre
este mientras me hablaba—. La signora Morgan me dijo que mandaría a su
conservadora más brillante en su lugar. Ese es un gran honor, viniendo de
ella. —Me miró con una sonrisa curiosa por encima de sus anteojos antes
de regresar al folleto.
—Estoy tan agradecida de estar aquí —dije—. Gracias por acogerme
en su hermosa casa.
Asintió, pero su concentración estaba en el texto.
—Resumen de la parte más importante de mi vida en una frase, como
si fuera posible comprender la relevancia de cualquiera de estas obras de
arte sin primero entender amore mio.
»¿Estás enamorada, Natalie? —preguntó levantando la mirada hacia
la mía.
Me sonrojé.
—Lo estoy, señor Castello.
Sonrió, asintiendo mientras sus ojos deambulaban sobre mis rasgos,
como su ahora pudiera verlo.
—Sí, por supuesto que lo estás. Emite el mismo júbilo que yo emití
hace tiempo, esa inflexible felicidad, incluso en momentos de oscuridad.
Mi corazón dolió cuando le escuché hablar, porque no tenía que atar
muchos cabos para deducir que su amor ya no estaba.
—Conocí a Martina en un museo de arte cuando acaba de cumplir los
diecinueve —dijo, mirando su foto—. Había una exhibición de un artista
local y ella lo conoció en la escuela. —Soltó una risa—. En ese entonces yo
no sabía ni una cosa sobre el arte. De hecho, pensé que todo en ese museo
era carísimo y absurdo. Pero había una hermosa obra de arte en ese museo,
y ella era fácil de localizar.
Sonreí.
—Me gasté una pequeña fortuna esa noche comprando todos sus
cuadros favoritos de ese artista. Le dije que eran suyos, que podríamos
colgarlos en nuestro dormitorio de nuestra casa. Pensó que estaba
bromeando, pero no lo estaba. —Se detuvo con el fantasma de una sonrisa
en sus labios—. Pensó que estaba loco. Y eso lo tengo que admitir.
Me reí, el calor se extendió sobre mí como mantequilla mientras le
dejaba llevarme al pasado. Podía imaginarlo, un torbellino de amor a
primera vista.
¿No sentí lo mismo con William?
—Nos movimos demasiado rápido —dijo después de un momento—.
Nos casamos a los dos meses de conocernos, y tuvimos que dejar Roma y
mudarnos porque su padre no lo aprobó. No era que no tuviera dinero,
estatus, o algo que ofrecerle a su hija, solo que él sentía que fue demasiado
rápido. Estábamos demasiado motivados por la lujuria. Pero eso no era
cierto. Fue amor desde el principio, y ambos lo sabíamos.
Un suspiro audible salió de mi pecho.
—Eso es lo que nadie en esta subasta entiende —dijo, dejando caer el
panfleto sobre la mesa cuando sus ojos oscuros encontraron los míos—. Si
no fuera por Martina, nunca me hubiera enamorado del arte. Si no fuera
por el amor que encontré en ella, nunca habría apreciado el mundo, desde
la forma en que se ve a través de los ojos de los artistas.
Tragué el nudo en mi garganta.
—Eso es muy hermoso, señor Castello.
Él asintió, aunque todavía parecía perdido en el pasado.
—¿Estás casada?
Mi estómago se hundió y mis mejillas se sonrojaron con un nuevo tipo
de calor mientras me ponía el cabello detrás de una oreja.
—No señor. Aún no.
—¿Y por qué esperas?
Me reí, sacudiendo mi cabeza mientras veía mis dedos envolverse
alrededor de mi copa de vino.
—Para ser sincera, no estoy muy segura.
El señor Castello me miró un momento, con curiosidad en sus ojos.
Cuando pasó tanto silencio que me pregunté si aún me estaba mirando,
extendió la mano y cubrió mi mano con la suya.
—Si es amor, bella, confía en mí cuando te digo que no esperes. No
esperes el momento adecuado o las circunstancias correctas. La vida no es
más que un momento fugaz, un simple vistazo antes de que pestañeemos y
se haya ido de nuevo. Si eres una de los afortunadas que encuentra el amor
en el corto período de tiempo que estamos aquí, agárralo y decláralo a las
estrellas. Hazle saber que él es tuyo y que tú eres suya. —Él tocó con los
dedos mis nudillos—. Y si es él quien duda, entonces quizá no sea él,
después de todo.
Mi corazón saltó a mi garganta y mis ojos salvajes se conectaron con
los de Luca. Sus cejas se suavizaron, juntándose en el medio mientras
tocaba mi mano una vez más antes de agarrar su bastón.
—Si me disculpan, debería comenzar esta subasta —dijo—. Gracias
por dejar que un viejo recuerde.
—Fue un placer —dije, pero mi voz era débil, suave, casi distante,
como si no me perteneciera en absoluto.
Cuando Luca se fue, mi corazón todavía latía erráticamente en mi
pecho. Sentí cada golpe como la carga de una pistola, una que era inestable
y segura de disparar en cualquier momento. Cambié mi vino por agua,
drenando el vaso entero en un esfuerzo por refrescarme, pero mi pulso solo
pareció acelerarse, la sangre hirviendo.
Quizás él no sea el indicado, después de todo.
Pensarlo me hizo secar la garganta, humedecer las manos y tener el
estómago revuelto. Me aseguré que no podía ser posible. William era mi todo.
Era mi persona, para siempre, incluso si todavía no me había pedido
oficialmente que fuera su esposa.
Pero, cuando pensé en Luca y su esposa, en Alayna y Philip, en tantos
otros en mi vida que había visto casarse dentro de un año o dos de salir, no
pude evitar compararme.
¿Qué lo detenía? ¿Por qué esperaba? Si ya me hizo la promesa, si ya
sabía que quería que fuera suya para siempre... ¿Por qué no lo hacíamos
oficial, le decíamos al mundo que estamos enamorados, cambiando mi
apellido y profesando nuestros sentimientos frente a todas las personas
cercanas a nosotros?
Cerré los ojos, forzando una respiración tranquilizadora cuando una
joven habló primero en italiano, luego en inglés, dándonos la bienvenida a
la subasta. Tenía que guardar esos sentimientos y pensamientos por ahora,
al menos hasta después de la subasta. Mi jefe confiaba en mí para traer de
vuelta las piezas perfectas para nuestra colección, y esta era mi oportunidad
de demostrar que estaba lista para más.
Entonces, por el momento, metí mis dudas en una caja y las guardé.
Pero sabía que no podría mantenerlas ahí por mucho tiempo.

***

El viaje de regreso a Roma fue tranquilo, pero dentro de mi cabeza,


era una zona de guerra.
Estaba contenta con el resultado de la subasta. Había asegurado más
de lo que imaginé que podría con nuestro presupuesto, y ya tenía ideas de
dónde encajarían las nuevas piezas, cómo podríamos crear una exhibición
estéticamente agradable con ellas. Tenía una idea de cuáles conservaríamos,
cuáles venderíamos, cuáles detendrían nuestros visitantes, los haría
reflexionar mientras paseaban por nuestros pasillos. Me hice amigo de otros
curadores, me conecté en la red después de la subasta e incluso tuve otra
conversación maravillosa con Luca Castello.
Pero por dentro, mi ansiedad se había convertido en un monstruo, y
su hambre ya no se podía calmar.
Todo lo que antes parecía tan seguro de repente parecía tan inestable.
Sabía sin lugar a duda que William me amaba, pero ahora me preguntaba
si me amaba lo suficiente. Sabía sin pausa que él me quería, pero ahora, me
preguntaba si solo me quería ahora, hasta que apareciera alguien mejor.
Sabía sin vacilar que William era el indicado para mí, pero ahora, no podía
responder definitivamente que yo era la indicada para él.
Era como si hubiera estado caminando por un puente que cruzaba un
abismo, las vistas eran hermosas y desconcertantes, y de repente, había
llegado al centro de ese puente y me di cuenta de que faltaban tablas y las
cuerdas estaban destrozadas. Y tenía que tomar una decisión.
Saltar al otro lado o regresar por donde vine.
Tenía el pecho apretado cuando salí del autobús en la parada más
cercana a la Fontana de Trevi, despidiéndome del último de los otros
curadores y dando propina al conductor. William me había pedido que lo
encontrara aquí esta noche. Él traía mi cámara para que yo pudiera
capturar la maravilla de la fuente sin la gran multitud de turistas, aunque
estaba segura de que todavía habría unos pocos.
Era lo que había estado esperando desde que me desperté esa
mañana, pero ahora, sentía que mis pies estaban hechos de plomo mientras
los arrastraba sobre el adoquín.
La calle estrecha que me conducía a la fuente estaba en su mayoría
oscura, en su mayoría vacía, con solo unos pocos turistas que pasaban. Pero
cuando doblé la esquina y vi por primera vez la Fuente de Trevi, me detuve
en seco, un jadeo audible tocó mis labios.
Había visto maravillas por toda Europa mientras viajaba con mi
familia cuando era niña, pero tal vez fue el envejecimiento lo que trajo más
aprecio por una maravilla tan magnífica como esa fuente. Mis ojos bebieron
en cada curva y baño de la suave y brillante piedra de travertino blanco, los
rostros de las figuras que creó agitaron mi alma. Estaban iluminados por el
agua turquesa eléctrica de la fuente, que se hizo aún más brillante por las
luces que se filtraban desde el fondo y el costado de la fuente. Algunos
turistas se quedaron en el borde, tomando fotos o arrojando monedas sobre
sus hombros.
Por mucho tiempo, solo me detuve y me maravillé.
Fue similar a los momentos que intenté y no pude capturar con mi
cámara, de pie al borde de esa obra de arte histórica. No pude comprender
completamente todo el tiempo, el pensamiento y el esfuerzo que se
necesitaron para su creación. No podía entender a los millones de personas
en todo el mundo que lo habían visto, tocado, sentido su poder de la misma
manera que yo ahora.
Era solo una pequeña especificación en el mapa de nuestro
maravilloso mundo, pero era más grande que la vida.
Escaneé a la multitud en busca de William, pero no vi su forma
familiar, su cabello desordenado, sus ojos de piedras preciosas. Entonces,
me dirigí hacia la fuente para mirar más de cerca mientras esperaba.
Mientras bajaba los escalones, vi a un niño arrojando una moneda
sobre su hombro, su madre capturaba el momento en su teléfono. Sonreí,
sentándome en la repisa al frente de la fuente y dejando que mis ojos
vagaran por las tallas de piedra. Había tanto que ver, tanto que ver, y cuando
mis ojos se desviaron hacia la vista debajo del agua, sonreí.
Cubriendo cada centímetro del fondo de esa fuente había pequeñas
monedas, euros, cuartos, centavos y más, cada una de ellas representaba
un deseo que era mucho más grande que sí mismo.
Dejé caer las yemas de los dedos sobre el agua, los bordes
burbujearon alrededor de mi piel mientras arrastraba mi mano sobre la
superficie fría. Era como si pudiera sentir cada deseo surgir a través de esa
fuente: Deseos de salud, fortuna y amor.
Amor.
Pensé que entendía ese concepto tan claramente, que éramos viejos
amigos, y ahora, no estaba segura de conocer el amor en absoluto. No estaba
segura de haber entendido lo que alguna vez había sido sentido común.
Todo mi mundo se había dado cuenta de su acceso y la peor parte era
que ni siquiera había un verdadero catalizador.
Se me había escapado, primero con las noticias de Alayna y luego con
la historia de Luca. Ninguno de los dos debería haberme hecho estallar,
gotear por mi columna como un goteo frío de cruel realidad, pero lo hicieron.
Mi mano derecha todavía estaba húmeda cuando la saqué del agua,
hurgando en mi bolso hasta que encontré un euro. Miré el chapado en oro
y plata, trazando cada cresta con el pulgar antes de cerrar los ojos. Solté
una respiración larga, lenta y calculada, despejando mi mente tanto como
pude. Entonces, conté hasta tres en mi cabeza, pedí un deseo y arrojé la
moneda sobre mi hombro izquierdo.
Ni siquiera golpeó el agua antes de que mi cara fuera enterrada en mis
manos, las lágrimas se abrieron paso a través de mis párpados cerrados
mientras sucumbía a las emociones que había estado reprimiendo.
Cada preocupación, cada miedo, cada pizca de rechazo y dolor se
acumularon y se derramaron de mí al pie de esa fuente. Mis hombros
temblaron, mi cara se contorsionó cuando cada nuevo sollozo suave y
silencioso abandonó mis labios.
No podía estar segura de cuánto tiempo estuve allí sentada llorando
antes de finalmente obligarme a calmarme, levantar la cabeza y limpiar los
rastros húmedos de lágrimas de mis mejillas. Pero cuando dejé que mis ojos
se abrieran, vi mi propio desamor reflejado en el hombre que estaba frente
a mí.
La cara de William estaba iluminada por la luz de la fuente, sus
hombros caídos, la cara arrugada cuando me vio. Sostenía un ramo
impresionantemente hermoso de ciclaminos de color rosa brillante, sus
dedos agarraban los tallos y mi cámara colgaba de su cuello. El traje que
llevaba se ajustaba su cuerpo inmaculado de la manera perfecta: los
pantalones colgando de sus caderas, las mangas de la chaqueta abrazando
sus brazos, la línea blanca y crujiente de su camisa que contrastaba con la
piel bronceada de su pecho.
Sus ojos me buscaron antes de dar un paso tentativo hacia adelante,
y luego otro, y otro, hasta que estuvo sentado en la piedra a mi lado, la
fuente detrás de nosotros. Y aunque su pierna tocó la mía, su codo rozó mi
antebrazo, me sentí a un millón de kilómetros de él en ese momento.
Después de un largo momento, William se aclaró la garganta:
—Quiero envolverte en mis brazos ahora mismo —dijo, su voz baja,
mezclándose en un susurro con el suave ruido de la fuente—. Quiero hacerte
sentir mejor. Pero algo me dice que, de alguna manera, yo soy la causa de
esas lágrimas.
—¿Por qué piensas eso? —pregunté en un resoplido.
Se encogió de hombros y lo miré, pero sus ojos estaban bajos.
—Porque tengo la tendencia a joderlo cuando se trata de los que más
amo.
Mi corazón se apretó al verlo así y sacudí mi cabeza, enterrando mi
rostro en mis manos una vez más. Necesitaba hablar con él, decirle lo que
sentía, pero no sabía por dónde empezar.
Me insté a ser paciente, a esperar las palabras correctas, pero ahora
que él estaba aquí y mis sentimientos estaban expuestos, la ansiedad se
apoderó como el maremoto más grande. Ya no tenía el control, y cuando
finalmente abrí la boca, lo peor que pude haber dicho se me escapó.
—Si ya no quieres estar conmigo, por favor, solo dímelo ahora.
Mi cabeza reapareció con las palabras, y William frunció el ceño, sus
ojos buscando los míos salvajemente.
—¿Qu... qué?
—Solo dime. Déjame ir. Si ya no soy lo que quieres, si cambiaste de
opinión... —Mis ojos se nublaron con lágrimas y antes de que pudiera
siquiera tratar de detenerlas, se derramaron sobre mis mejillas calientes—.
No quiero retenerte si no soy la indicada para ti. Y lo entenderé, con el
tiempo, creo. —Sollocé, sacudiendo la cabeza—. Pero ya no puedo sentarme
y preguntarme. No puedo dudar de todo lo que tenemos cuando miro este
anillo de promesa —dije, levantando mi mano—. Han pasado cinco años,
William. Ya deberías saberlo. —Ante eso, resoplé otra vez, dejando que mi
mano cayera sobre mi regazo—. Lo sé.
Le lancé otra mirada y su boca estaba floja, un solo parpadeo fue la
única señal de que me había escuchado. Y en lugar de esperar a que él
respondiera, mi ansiedad tomó las riendas de nuevo.
—Sé que tú eres el indicado para mí. Sé que eres mi alma gemela, mi
para siempre, mi todo. Sé que todo mi mundo cambió cuando te conocí, que
toda mi vida cambió contigo y que no puedo imaginar un futuro en el que
no existes. Sé que eres mi persona favorita para despertar al lado, que
nuestra pequeña familia tiene todo mi corazón —dije, con los ojos llenos de
lágrimas de nuevo mientras sostenía mi mano sobre mi pecho—. Y eso es
solo con un perro, ni siquiera con un niño. Pero cuando somos tú, yo y
Zipper, me siento completa. —Hice una pausa—. Bueno, casi completa.
William me alcanzó, pero yo me alejé.
—Pensé que estaba de acuerdo con esperar, sin mencionar esto
nunca. Pensé que, con el tiempo, volverías a las promesas que hiciste, que
me pedirías que fuera tu esposa. Y esperaría para siempre —dije, pero las
palabras se perdieron en un sollozo—. Al menos, pensé que lo haría. Pero,
la verdad es que no sabemos cuánto tiempo será para siempre, William. Y
no puedo soportar perder otro momento no siendo tuya. Verdaderamente
tuya. —Mis ojos encontraron los suyos, y con un labio tembloroso, susurré—
: Tu esposa.
La palabra se sintió extraña en mis labios y tan pronto como salió, el
pánico se apoderó de mí.
Mis ojos se movieron de un lado a otro entre los suyos mientras corría
sobre todo lo que acababa de admitir, todas las palabras que acababa de
dejar escapar en un ataque de ansiedad. Me había parecido tan necesitado,
tan poco agradecido, tan... tan...
—Por favor, di algo —le supliqué, mis propios pensamientos estaban
tan confusos que ni siquiera podía procesarlos para descubrir cómo me
sentía sobre todo lo que acababa de decir. Necesitaba que dijera algo,
cualquier cosa.
Necesitaba saber que no estaba loca, cuando eso era exactamente lo
que sentía.
En el reflejo de la fuente, los ojos de William eran de un verde
esmeralda brillante y se encontraron con los míos con una confianza tan
feroz e imperdonable en ese momento que me olvidé de lo que había dicho
en absoluto. ¿Qué había estado esperando, exactamente? ¿Qué le había
preguntado? ¿Qué quería que dijera?
Después de un largo momento, la comisura izquierda de su boca se
levantó solo un centímetro y la mano que no sostenía las flores llegó hasta
debajo de la chaqueta de su traje.
Cuando la retiró, sus enormes dedos protegían una pequeña caja azul.
Jadeé, con las manos volando para cubrir mi boca mientras mis ojos
encontraban la suya. Aún sonreía, moviendo la cabeza casi
imperceptiblemente.
—Es una locura lo fácil que puede ser que la vida se nos escape —dijo
tragando mientras sus ojos se dirigían hacia la caja—. He tenido esto por...
bueno, por mucho más tiempo del que debería. Y cada vez que planeaba
sacarlo, revelarte el anillo dentro, arrodillarme y pedirte que pasaras el resto
de tu vida conmigo... Encontraba una excusa para no hacerlo.
Sus ojos me encontraron de nuevo, entonces, el pliegue entre su frente
se engrosó incluso en la luz de la noche.
—Estabas demasiado ocupada con la escuela o yo estaba demasiado
ocupado con el restaurante, o tenías un gran proyecto en el museo, o Zipper
estaba enfermo, o el restaurante no era lo suficientemente agradable o no
había un evento lo suficientemente grande para llevarte, o las palabras que
quería decir no estaban bien... —Su voz se desvaneció y dejó caer las flores
en el borde de la fuente, llegando a rascarse la mandíbula—. Nunca estuve
listo. Al menos, eso es lo que me convencí a mí mismo. Pero no era porque
no te amara, Natalie. —Sus ojos buscaron los míos—. No era porque no
supiera que eras todo para mí. —Tragó con una especie de sonrisa en los
labios mientras encogía sus hombros—. Era porque no podía entender un
mundo en el que yo pudiera serlo todo para ti.
Me quedé boquiabierta.
—Fuiste la luz que trajo calor a mi mundo cuando pensé que existiría
para siempre en una oscuridad fría y húmeda. Fuiste la primera persona
que vio al verdadero yo cuando intenté esconderme detrás de las cicatrices
que la vida me había dejado. Me presionaste a ser mejor y no solo cuando
nos conocimos por primera vez, sino todos los días desde entonces. Y cada
día contigo ha sido un regalo.
Respiró temblorosamente, poniéndose de pie solo un momento antes
de arrodillarse frente a mí. Mi corazón latía tan fuerte en mis oídos que
apenas podía oír las siguientes palabras que dijo.
—No se ha desperdiciado ni un solo momento contigo, aunque
lamento haber sido tan cobarde que me tomó tanto tiempo hacerte la
pregunta que he querido hacerte desde el primer verano que nos conocimos.
Pero, solo porque no hayamos seguido la línea de tiempo de todos los demás,
solo porque no hayamos hecho lo que tal vez otras personas pensaron que
debíamos hacer, lo que nosotros pensamos que debíamos hacer, no significa
que nuestra historia no sea bella. Porque lo es. —Sus ojos brillaron y me
mordí el labio inferior para combatir otra oleada de lágrimas—. Es mi
favorita, en realidad. Cada golpe y vuelta de locura, cada día de alegría y
cada oscuro momento de tristeza. No sé cuánto tiempo tenemos, o por qué
dejé que el miedo a que me rechaces me detenga durante tanto tiempo, pero
sé que tienes razón. Después de cinco años, debería saberlo. Y si quieres la
verdad, lo supe después de cinco días.
La cajita se abrió de golpe y mis ojos miraron el anillo de diamantes
dentro de él solo brevemente antes de que volvieran a fijarse en el hombre
al que amaba más que a nada en el mundo.
—Mi corazón late solo por ti. Mi promesa sigue siendo tan cierta hoy
como lo fue esa noche que te pedí que usaras ese anillo. Y esta noche, te
pido que lo reemplaces por este, que tomes de mi mano a través de mi propio
miedo mientras damos el siguiente paso en nuestro viaje. Juntos. —Su
mano libre alcanzó la mía mientras sus dedos envolvían mi mano y la mía
la suya, nuestros dedos índices presionando en el suave centro de las
muñecas del otro, sentí latir su corazón.
Y todavía reflejaba el mío, incluso después de todos estos años.
—Cásate conmigo, Bicho. Sé mía ahora, mañana y todos los días
hasta que uno de nosotros deje la Tierra. —Se detuvo y añadió riendo—: Y
espero que sea yo primero, porque ya sé que no sobreviviré ni un solo día
en este planeta sin ti.
Una mezcla entre una risa y un sollozo surgió de mí y envolví mis
brazos alrededor de su cuello, casi lo derribé mientras apoyaba todo mi peso
sobre él. Me atrapó fácilmente y a través de los lejanos aplausos de los otros
turistas que nos rodeaban, a través del suave ruido de la fuente, a través de
todos los pensamientos ansiosos que me habían perseguido esa semana,
solo escuchaba su corazón.
—Será mejor que Dios nos lleve juntos, si sabe lo que es bueno para
él.
William se rio, retrocediendo lo suficiente como para besarme antes
de que sus dedos encontraran los míos. Me quitó el anillo de compromiso
que me había dado tres años antes y lo reemplazó instantáneamente con el
nuevo y más pesado anillo de la caja azul de Tiffany. Brillaba en la luz de la
fuente y moví mi dedo, mordiéndome el labio inferior al verlo.
—Pero yo estaba equivocada —susurré, poniendo mis manos
alrededor de su cuello mientras ambos estábamos de pie. Presioné mis
dedos de los pies, encontrando mis labios a los suyos y saboreando la dulce
y familiar presión de su boca sobre la mía—. Y tú tenías razón.
—¿Sobre qué?
Sacudí la cabeza.
—No se ha desperdiciado ni un solo momento contigo. Y siento haber
dicho eso. Siento no haber confiado en ti... es solo que mi cabeza estaba
nublada y cuando Alayna nos dijo que estaba embarazada...
—Lo sé —dijo con un suspiro—. Lo sé. Yo me sentía de la misma
manera. Y nunca te disculpes por sentirte normal, sentimientos humanos.
Estoy aquí para ti, siempre. Los tiempos oscuros y la luz, lo fácil y lo no
tanto. ¿De acuerdo?
Asentí, presionando mi frente contra la suya.
—De acuerdo.
En algún lugar cercano, alguien tocó una suave melodía en una
guitarra acústica, y William me envolvió en sus brazos, balanceándome
suavemente. Con cada momento que pasaba, mi ritmo cardíaco se
ralentizaba, mi respiración se calmaba hasta que era como si estuviéramos
en una nube; solo nosotros dos.
—Odio hacer llorar a mi chica —dijo, besando mi mejilla—.
Recuérdame que no vuelva a hacer eso.
—Trato hecho —dije riéndome—. Pero, no te preocupes. Te lo
devolveré.
—Oh, lo harás, ¿eh? —preguntó, tirando hacia atrás con una sonrisa
perezosa mientras me quitaba el cabello de la cara.
Asentí.
—Mmm.
—¿Cómo es eso?
—Cuando camine por el pasillo hacia ti el día de nuestra boda.
El rostro de William se puso sobrio y dejó de moverse, sus ojos muy
abiertos mientras buscaban en los míos.
—Mierda —susurró finalmente—. Realmente me vas a hacer llorar.
Me reí, moviéndonos de nuevo mientras presionaba mis labios contra
los suyos una vez más. Y en un país nuevo, rodeada de una docena de
extraños, bailé con mi prometido frente a la fuente más famosa del mundo.
Pensé en los amantes que habían venido antes que nosotros, en las
propuestas que el agua había visto, en las lágrimas y en la alegría que cada
una de esas figuras de piedra había presenciado mientras millones de
personas entraban y salían de su vista.
Pensé en las monedas brillantes, en los deseos que llevaban consigo.
Y al acercar a William, le agradecí a esa fuente por concederme el mío.

Fin
Sobre la autora
Kandi Steiner es una autora bestseller
y conocedora de whisky que vive en Tampa,
Florida. Mejor conocida por escribir
“montañas rusas emocionales”, le encanta
hacer vivir a personajes imperfectos y escribir
sobre romance real y puro, en todas sus
formas. No hay dos libros de Kandi Steiner
que sean iguales y, si eres un amante de las
lecturas angustiosas, emotivas e
inspiradores, es tu chica.
Ex alumna de la Universidad de
Central Florida, Kandi se graduó con un
doble grado en Escritura Creativa y
Publicidad y Relaciones Públicas con una
mención en Estudios de la Mujer. Comenzó a
escribir en cuarto curso, después de leer el
primer libro de Harry Potter. En sexto,
escribió y editó su propio periódico y lo
distribuyó a sus compañeros. Al final, el director se enteró y rápidamente
puso freno al periódico, aunque Kandi trató de luchar por su “libertad de
prensa”. Sintió un interés particular por escribir romance después de la
universidad, ya que siempre ha sido una completa romántica
desesperanzada y le gusta destacar todos los desafíos del amor, así como
sus triunfos.
Cuando Kandi no se encuentra escribiendo, puedes encontrarla
leyendo libros de todo tipo, hablando con su muy parlanchín gato y pasando
tiempo con amigos y familia. Le gustan la música en directo, viajar,
cualquier cosa con muchos carbohidratos, los días de playa, maratones de
películas, la cerveza artesanal y el vino dulce, aunque no necesariamente en
ese orden.
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El paraíso solo existe en los libros…

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