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2018-08-21 Tesis Lina López Tesis Levantar La Vida PDF

Este documento es la tesis de grado de Lina Yineth López Lara para obtener el título de Antropóloga de la Universidad Externado de Colombia. Presenta los resultados de su investigación etnográfica realizada en la vereda Bajo Curia del municipio de San Juan de Arama, Meta, donde estudió temas relacionados con la crianza, la vida familiar y el trabajo en el campo. El documento está dividido en tres partes que analizan la fortaleza de las mujeres locales, la formación del carácter de los niños a través del trabajo y la masculinidad

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2018-08-21 Tesis Lina López Tesis Levantar La Vida PDF

Este documento es la tesis de grado de Lina Yineth López Lara para obtener el título de Antropóloga de la Universidad Externado de Colombia. Presenta los resultados de su investigación etnográfica realizada en la vereda Bajo Curia del municipio de San Juan de Arama, Meta, donde estudió temas relacionados con la crianza, la vida familiar y el trabajo en el campo. El documento está dividido en tres partes que analizan la fortaleza de las mujeres locales, la formación del carácter de los niños a través del trabajo y la masculinidad

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LEVANTAR LA VIDA.

LECCIONES DE VITALIDAD, CRIANZA Y CARÁCTER


EN SAN JUAN DE ARAMA, META
Trabajo de grado para optar al título de Antropóloga

Lina Yineth López Lara

Área de Salud, Conocimiento Médico y Sociedad


Línea Salud Mental, Violencia y Conflicto

Claudia Platarrueda Vanegas


Carlos Iván Molina Bulla
José Zapata García

Programa de Antropología
Facultad de Ciencias Sociales y Humanas
Universidad Externado de Colombia

Bogotá D.C.
2018
Es libre como el viento, inquieta, curiosa, pero siempre está a mi lado. Sus ojos, que
parecen dos pepas renegridas, tratan de no perderme de vista. Yo intento que su corazón
palpite al lado mío y que mis manos estén ahí para arrullarla.

En la distancia escucho su voz llamándome, me abraza fuerte, enreda sus dedos en


mi cabello y cierra los ojos para darme un beso en la mejilla. Me pide que no la deje sola, y
aunque sé que la llevaré fundida en mis entrañas, algún día ella volará, lo hará, porque a fin
de cuentas en la vida los hijos son prestados.

Para Isabella, que es para mí corazón, suspiro y aliento. Es fuerza que me impulsa.
Contenido
AGRADECIMIENTOS 1

A LO QUE VINIMOS VAMOS 3


Cruce de caminos 3
Escuchar para tener voz 6

PRIMER MOMENTO. UNO NUNCA DEJA DE SER MAMÁ 12

Flor se escribe con F de fortaleza 13


Rosa no es frágil 25

SEGUNDO MOMENTO. FORJAR EL CARÁCTER 37

En una mano el pan y en la otra el rejo 38


Del cielo para abajo, cada uno a su trabajo 44

TERCER MOMENTO. TIEMPOS MACHOS HACEN BESTIAS GUAPAS 56

Las vacas negras dan leche blanca 57


Tener voluntad sin ser voluntarioso 63

HASTA AQUÍ LLEGÓ LA HISTORIA 80

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS 88
Tabla de Fotografías
Fotografía 1. Cerro del Indio Acostado. Vereda Bajo Curia. 2018 3

Fotografía 2. Flor. Vereda Bajo Curía. 2018 12

Fotografía 3. Rosa y sus nietas. Vereda Bajo Curia. 2017. 25

Fotografía 4. Isabella. Vereda Bajo Curia. 2018 37

Fotografía 5. Niño haciendo oficio al encerrar el ganado. Vereda La Lajosa. 2017 44

Fotografía 6. Hernando enseñándole a su nieta los becerros. Vereda Bajo Curia. 2018 56

Fotografía 7. Dulce María y Andrés Julián. Vereda Bajo Curia. 2018 63

Fotografía 8. José Miguel pensativo. Vereda Bajo Curia. 2017 66

Fotografía 9. Isa, Andrés, José, Edilberto y el becerro castrado. Vereda Bajo Curia. 2018 74

Fotografía 10. Isa y yo. Vereda Bajo Curia, 2016 80

Tabla de Ilustraciones
Ilustración 1. Mapa límite político administrativos de San Juan de Arama. 4
AGRADECIMIENTOS

¡Lo logré! ¡Lo logré! Es lo único que me sigo diciendo a mí misma después de
recorrer de arriba para abajo estas hojas. Es para ustedes lo primero que se lee y para mí lo
último que se escribe. Aunque, mi nombre es el que figura como autora de este texto, hay
unas cuantas personas en particular a quienes quisiera reconocer y sin las que esto no podría
haber sido posible.

A mi mamá mumosa, Aracelly, gracias por darme ánimos a lo largo de, estos, mis
veintitrés años de vida; por tener la fuerza que me hacía falta para seguir en los días más
difíciles y enseñarme a siempre, siempre, levantarse de las caídas. Su dedicación y esmero
diario hicieron posible que hoy yo pueda estar aquí escribiendo; sin su ayuda yo no habría
sabido cómo lidiar con las responsabilidades que demanda ser mamá al tiempo que ser
estudiante. Fue gracias a su elección que terminé estudiando Antropología, cuando en aquel
día, hace seis años, decidió comprar el formulario para esta carrera y no para otra. A mi papá,
Luis Ramón, que trabaja todos los días para que sobre la mesa no falte un plato de comida.
Para él, toda mi gratitud. Su paciencia y calma inquebrantables me dejaron ver que al final,
como él dice, “lo que es para uno, es para uno”. Por reiterarme que primero se piensa cómo
se quieren hacer las cosas y luego se hacen. A Diana Rocío, mi hermana, le debo su valiosa
colaboración en la revisión de lo que ahora son las versiones preliminares de este escrito.
También porque sin ser cercana a la Antropología o a las Ciencias Sociales, me enseñó una
ruta para contar la historia que aquí les traigo. Gracias por escucharme y por tener las palabras
adecuadas para guiarme. A Carlos Arturo, mi hermano, le debo muchas risas y sonrisas, que
hicieron más llevaderos algunos momentos de esta escritura. Su aporte invaluable al trabajo
fotográfico y artístico de esta tesis es indescriptible. A Isabella, mi hija, la más pequeña de
todos, que se convirtió en el motivo principal para escribir bonito, con la esperanza de que
en algunos años ella pueda sostener este texto entre sus manos y leerlo.

A Flor Marina, gracias por acogerme como a una hija más en un lugar donde yo era
una desconocida. Mi deuda es grande por todas las historias que me contó, los lugares que
me llevó a conocer y las lecciones sobre la vida que entre palabra y palabra fueron fluyendo.

1
A Hernando, Andrés Julián y José Miguel gracias por contagiarme de la importancia de
encariñarse con el trabajo del campo, del cuidado con los animales y el esfuerzo diario. A los
cuatro les debo la oportunidad de haber conocido San Juan de Arama y la vereda Bajo Curia.
A las mujeres de la vereda que me dejaron conocerlas y me permitieron conocer a sus hijos
y nietos. A los hombres trabajadores que me mostraron otra parte de la historia, de lo que
para algunos son esas tierras extrañas y olvidadas.

Gracias, gracias, gracias al equipo de trabajo de la Línea Salud Mental, Aflicción,


Conflicto y Violencia del Área de Salud de Conocimiento Médico y Sociedad de la
Universidad Externado de Colombia, en especial a Claudia Platarrueda, por acoger y
encaminar este trabajo desde hace ya tres años. Fueron sus intuiciones y sus comentarios, los
que poco a poco, le dieron forma a este espacio y me animaron a seguir volviendo al campo
con la intención de seguir conversando. A Carlos Molina y José Zapata, les agradezco el
interés y las preguntas que les suscitaba mi trabajo en las primeras etapas de su formulación.
Sus palabras me llevaron reflexionar y a reafirmar, en muchas ocasiones, el camino que
decidí emprender para este fin. A Carlos Páramo, Darío Fajardo, Santiago Martínez, Alejandro
Munévar, Carolina Portela, Carlos Benavides y a otros tantos, que han sido en algún momento mis
profesores, les debo la inmensa enseñanza de aprender a entender la vida en los propios términos de
la gente.

Merecen un lugar especial Felipe Torres, Álvaro Vargas, Marco Cortés, Alejandra Ortiz y
Ramiro Gómez, amigos y compañeros de universidad, de carrera y de pasantías, con los que en algún
instante me senté a hablar sobre la tesis. A cada uno, gracias por su voluntad, su honestidad, su tiempo
y sus preciados comentarios sobre mis escritos. Ellos fueron llegando como pistas en medio de un
camino que a veces era confuso y enredado.

A Carlos Páramo y María Clara van der Hammen, jurados de esta tesis, gracias por tomarse
un tiempo para leerme y por las palabras que todavía no están dichas, y que estoy deseosa de escuchar.

A los que mi memoria no alcanza a recordar, pero que también han ayudado a levantar esta
tesis, gracias.

2
A LO QUE VINIMOS VAMOS

Fotografía 1. Cerro del Indio Acostado. Vereda Bajo Curia. 2018

Cruce de caminos

Yo no estaba buscando a San Juan. Su nombre llegó por casualidad un día cualquiera.
Lina “¿Y si le decimos a Flor?” dijo mi mamá. Quizás ella podría ayudarme con todas las
dudas que me revolvían el estómago. Mi mamá que siempre ha sido muy amiguera recordó
que una de sus mejores amigas vivía en los Llanos, en uno de esos lugares que desde Bogotá
parecen ser tan remotos, al ubicarse uno por primera vez en el mapa; uno que se deslinda de
Granada y Lejanías al norte, de Fuente de Oro y Puerto Lleras al oriente, de Vista Hermosa
al sur y de Mesetas al occidente.

Al lugar se le conoce como la puerta de entrada a la Sierra de la Macarena, ubicado


al occidente del departamento del Meta, donde los sonidos del arpa, las maracas y el cuatro
se extienden por toda la altillanura, así como lo hacen las aguas del río Güejar y de los
caudales arenosos que desaguan los ríos y lagunas, o caños, como el Acacias, Guamalito,

3
Tacuya y Curia. Sus aguas corren para entrelazarse en la piel maternal de la sabana, fluyen
sobre el suelo y las piedras, se esconden debajo de los puentes y avanzan en dirección a la
carretera. Durante los primeros seis meses del año son las encargadas de saciar la sed del
ganado bajo el sol cegante y nutrir los pocos cultivos de cacao, plátano y maíz que algunos
ganaderos se atreven a sembrar. En el invierno las aguas se crecen y briosas arrastran con lo
que encuentran a su paso.

Ilustración 1. Mapa límite político administrativos de San Juan de Arama.

A lado y lado de la vía el paisaje es el mismo: extensos pastizales que albergan


rebaños de ganado. Al fondo se dibuja el cerro del Indio Acostado, una formación rocosa de
pendientes y escarpadas que le debe su nombre a la figura de un rostro que alcanza a
vislumbrarse gracias a un conjunto de farallones o rocas altas y filosas que se levantan en la
zona. Al Indio Acostado se le conoce por ser el guardián que custodia la entrada a la Sierra

4
de la Macarena, la llanura; Camaxagua, como le dicen algunos, es una entidad sagrada de los
guayupes, los primeros habitantes de esas tierras. Muy cerca de allí puede verse el cerro Las
Tetas de Amalia, una cadena montañosa entre la que sobresalen dos montículos que se
asemejan a la forma de unos pezones femeninos.

Para llegar a la finca de Flor es necesario recorrer unas tres horas de camino por la
vía que de Villavicencio va a Mesetas. La vía es pareja y sin sobresaltos, sorprende el buen
estado del asfalto. En las primeras horas del día solo transitan por ahí dos buses cimarrones
de la flota La Macarena, que salen de Bogotá a las 4:30 am y a las 10:15 pm con rumbo a
Mesetas, y los minivanes de la Cooperativa de Transportadores del Ariari, que salen de
Granada cada hora con el mismo destino. Luego de estas casi tres horas se llega a un cruce
de dos caminos. Justo en este cruce está la Virgen de San Juan, una figura de cerámica
revestida por una capa de pintura blanca y azul celeste, desteñida y corroída, que todos sus
habitantes distinguen porque está en la “Y”. Siguiendo el camino derecho de esa vía se llega
a la vereda Bajo Curia.

En las décadas del ochenta y del noventa, la que para algunos habitantes fue la época
más cruda de la violencia, esa carretera era una trocha pedregosa, polvorienta y sobre todo
peligrosa. La gente recuerda cómo, por el año de 1997, en un tramo del sendero que se llama
Palma Seca, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, cogieron a plomo a
veintiún soldados jóvenes que se encontraban allí tratando de alcanzar la poca señal de
telefonía del sitio.

Unos veinte años atrás, como por la década de los noventa, el miedo carcomía a los
habitantes de la vereda y por las noches le daban vuelta a la casa; ponían todo patas arriba
para arroparse con los colchones y la ropa que tuvieran encima, intentando protegerse de los
tiros. Desde sus escondites niños, mujeres y hombres atestiguaron el intercambio de balas de
un lado para otro. Muchos de sus familiares, amigos y conocidos no sobrevivieron. Para ese
entonces se vivía con un miedo tremendo por la plomacera que se daban entre guerrilla,
ejército y paramilitares. La guerra era muy brava, tanto así que entre las matas de monte
podían encontrarse desde brazos hasta piernas pertenecientes a los cuerpos de los guerrilleros

5
y los soldados. Fueron días crudos, donde la gente tenía que pasar de largo e ignorar a los
cadáveres que descansaban sobre el agua de los caños que bañaba los suelos. A otros, como
a Andrés Julián, el hijo menor de Flor y de Hernando, les tocó perderse. Durante el año que
Andrés Julián prestó servicio militar él no podía asomarse por la finca porque todos pensaban
que era policía, recuerda Flor.

En el pueblo la guerrilla se metió varias veces. La primera vez ocurrió en 1992 y a


parte de destruir varias viviendas, los ataques desbarataron la iglesia que estaba construida al
lado del cuartel policial. Aunque gran parte de las construcciones en ruinas se recuperaron,
en algunos lotes no se volvió a poner un ladrillo y hoy esos lotes son espacios en blanco del
paisaje. La última toma ocurrió en el año 2000, tras el despeje militar de cuarenta y dos mil
kilómetros en el departamento del Meta, que ordenó el ex presidente Andrés Pastrana (El
Tiempo, 2000). En este período las FARC transgredieron los límites de la zona de distensión
y se radicaron temporalmente en frente de lo que hoy es el acopio lechero Fénix del Ariari a
tomar gaseosa. Cuando los paramilitares supieron que algunas personas “auxiliaban” a la
guerrilla destruyeron las casitas, las canchitas de tejo y las pocas tienditas que había. Sobre
esos escombros se levantó el acopio lechero y algunas viviendas, sitios a los que yo llegué
de manera azarosa e inadvertida.

Escuchar para tener voz

Llegué a Bajo Curia con poco más que una maleta, un diario y un lapicero que por el
calor se reboto y terminó manchando las esquinas de las hojas de la libreta. No tenía certezas,
tampoco respuestas. Supongo que tenía preguntas y muchas; tenía ganas, aunque no sabía
muy bien de qué. Llegué pensando en la crianza y en los niños, me fui pensando en la vida.
Llegué sin rumbo y volví con un horizonte en la cabeza: aprender a tener voz. Ojalá para
encantar con la palabra a quien sea que me esté leyendo; encantar para que se anime a seguir
página tras página. Tener encanto es tener fuerza para atraer, para cautivar y para conjurar al
otro. Conjurar para ligarse o relacionarse fuertemente con alguien. Levantar la vida es, de
una u otra forma, encantar a la persona que se cría y para criar se necesita de encanto, de

6
delicadeza, de fuerza para atraer. Esta tesis trata sobre la vitalidad y sobre la fuerza necesarias
para levantar la vida, en todas sus formas, con más veras en un lugar como San Juan, donde
ha acontecido la muerte, donde la vida misma ha corrido peligro.

Para encantar con la voz hay que tener algo que decir. El tema es que para tener voz
hay que escuchar primero; escuchar lo que los demás tienen por decir, escuchar sus silencios
y prestar atención a su experiencia. Y a partir de ahí tener voz. A veces las palabras van al
aire, otras a la tinta en un papel, están acompañadas; eso me llevó a pensar que uno no está
solo, mi voz está entre muchas otras. De hecho, somos lo que hemos hablado y callado; uno
es resultado de los lugares donde las palabras han aflorado o, por el contrario, donde ellas se
han escondido. No es casualidad que conversar signifiqué hacer conversión, es decir, la
acción y el efecto de convertir o convertirse; de transformarse uno o transformar al otro. Con
la conversa se transforma. Este trabajo no es la excepción.

Como dice Claudia Platarrueda (2009), en La voz del proscrito: conversar implica
“versar” con las personas, lo que significa darse mañas para conocer a la gente como gente y
a que lo conozcan a uno de igual forma. Eso es conversar, “entre”- “vistarse”, encontrarse
con la vista, cara a cara, mientras uno se deja aleccionar por las personas en su conocimiento
y para construir intereses mutuos que nos vinculen, porque ese conocimiento y esos intereses
se hacen, en el encuentro mismo, pertinentes; lo que se logre conocer así es lo más valioso
de la experiencia de campo (Platarrueda, 2009, pp. 47-48).

Durante la escritura de esta tesis me propusé aprender a conversar con la gente y de


aprender a escuchar la propia voz para poder darle un lugar apropiado a esas personas con
las que he conversado en estas, que son sus historias; el reconocimiento que se merecen, para
que su conocimiento no quede velado bajo la etiqueta de “información”, dada por
“informantes” sin voluntad, sin carne, sin sentimientos. Sin vida, solo tinta seca sobre el papel
en el que los “hechos” están escritos como datos. A uno no solo le hablan las personas, las
letras que fluyen de la mano de alguien y que quedan vertidas en el papel también dicen
cosas, porque tienen vida propia. Conversar con los autores me ayudó a aprender a hacer

7
etnografía, a descubrir otras conversaciones con las que puedo dialogar y a construir las
preocupaciones de este texto. Este espacio es para ellos.

Aprendí a hacer etnografía leyendo etnografía, leyendo diversas tesis de


Antropología. He aprendido del quehacer que otros han labrado a pulso. La tesis de Laura
Chaustre (2014), en Tununguá (Boyacá), sobre andar en gallada, sobre los trompos, la música
y los juegos entre los niños, me mostró la importancia de crear lazos en el trabajo y de
considerar que la vida es un juego, que se va desenvolviendo entre vuelta y vuelta; es un
camino del que poco se sabe hasta que se anda por cuenta propia sin agüero. Del trabajo de
Laura Guzmán (2014), sobre los mansos, las vacas y la relación con los animales en Aldana
(Nariño), entendí que no solo las personas tienen voluntad; animales como los perros y las
vacas también tienen licencia para actuar con tono propio; lo que hacen nos deja ver que
tienen un carácter manso o voluntarioso. El Manual de Instrucciones de Sebastián Anzola
(2017), sobre el trabajo campesino y el conocimiento en Sucre (Cauca), me enseñó que para
conocer hay que hacer; afilar el machete, caminar en la loma y cargar al hombro. En otras
palabras, que hay que humanarse en el trabajo.

Sus reflexiones sobre lo que implica ser gente me enseñaron sobre la manera en la
que se configura el carácter; en Tununguá la gente es toreada; tiene carácter y temple para
enfrentarse a este mundo, eso es una cuestión de sangre, que corre por las venas y se hereda.
En Aldana, los animales hacen lo que los humanos no pueden, pueden corretear a quien
quieran y hacer llorar o reír a sus dueños con sus ocurrencias. En Sucre, Cauca, ser gente es
disponer los brazos para ayudar; se empieza a ser persona a través del trabajo, desde la labor
se aprende que las tareas sugieren una forma de hacerse; los oficios le enseñan a uno. Estos
textos, fruto de las conversaciones que se han dado al interior del Grupo de Estudios
Etnográficos, me han mostrado cómo es posible sacar adelante un trabajo donde uno no es
experto, sino aprendiz. Sus textos me han enseñado a seguir las intuiciones, a reparar en los
detalles, a persistir y a volver, siempre volver al campo.

Una promesa es una expresión de la voluntad de uno para dar o hacer algo por alguien;
es, si se quiere, un conjuro, una relación, un vínculo. Yo me prometí hacer de este espacio

8
una apuesta por una escritura propia, una que se esmera por conectar los sentidos, los
significados, los acentos, las formas y lógicas del habla local. Es hacer etnografía. Una
apuesta comprensiva y narrativa donde las personas son lo principal, porque en esa apuesta
se ponen de relieve las vidas, los quehaceres, los sentires, los afectos y las preocupaciones
de personas de carne y hueso. En sí misma, constituye una posibilidad de expresión para
contagiarse de ese mundo. Por eso, escribir ha sido para mí una ruta que voy haciendo a
medida que las líneas en este documento van apareciendo. Ella misma va abriendo caminos.
Implica ir y volver. Preguntar, detenerse y pensar, para seguir preguntando, con el propósito
de comprometerse a trenzar nuevas relaciones y a elaborar mejores preguntas cada vez; por
ello, todo el tiempo las preguntas están haciéndose y rehaciéndose. Claudia Platarrueda
siempre me ha insistido en la necesidad de repensar los detalles y las relaciones entre ellos;
más aún, en la importancia de amarrar lo emergente con lo que se ha venido pensando. En
ese camino, uno se da cuenta que siempre surgen relaciones desapercibidas, inusitadas.

Sin embargo, como escuché decir a Luis Alberto Suarez Guava en alguna
conversación, para cambiar el pensamiento hay que cambiar el procedimiento, en este caso
la manera de hacer trabajo de campo. Si yo quería entender cómo se levanta la vida tenía que
participar del levante. Siguiendo esa intuición me la pasé yendo y viniendo de San Juan por
cerca de dos años en lapsos de una, dos o tres semanas; en abril, junio, septiembre y diciembre
del 2016, en enero, marzo, octubre y noviembre del 2017 y en abril y junio del 2018. Conviví
con la familia de Flor y, gracias a ella, conocí la familia de Rosa, a la que visitaba
frecuentemente para conversar. Ellos me enseñaron a untarme de campo. Untarse de campo
es terminar la jornada con la planta de los pies ampollada y las botas embarradas de estiércol
y mugre; es cuidar de los animales; es hacer oficio en la finca; es caminar entre los maizales;
es cocinar y tiznarse los dedos con el hollín del fogón; es comprender otras formas en las que
la vida se puede vivir. Untarse es dejarse tocar por la forma en la que otras personas
encuentran sentido a los oficios que hacen y para comprenderlo hay que trabajar con ellos
hasta que quizás hagan sentido también en una misma.

Yo tuve la suerte de que esta fuera una suerte de etnografía compartida con Isabella,
mi hija, que hoy ya tiene cinco años cumplidos. Ella, mi cómplice; fue, en ocasiones, la

9
causante de muchas conversaciones que me hicieron reflexionar sobre lo que creía estar
aprendiendo. Esas, mis intuiciones, debían ser llevadas a sitios concretos de indagación.
Empecé escuchando las voces que ya había oído; la de los autores de los libros.

A Marcel Mauss lo conocí por boca del profesor Carlos Páramo, en la que fue mi
primera clase de Antropología hace ya cinco años. Yo solía, como ahora, tomar muchas
notas, esperando que algún día las palabras tuvieran sentido y fueran capaces de decir algo.
Casi dos años y medio más tarde, una de esas notas del Ensayo sobre los dones, empezó a
significar gracias a que Claudia Platarrueda lo volvió a poner sobre mis manos. Hubo una
noción en particular que él explica para hablar de la fuerza de las cosas, sobre la cual me
interesa llamar la atención: el maná. Maná (dice Mauss (1979), en el libro Sociología y
Antropología) es:

No sólo una fuerza, un ser, es también una acción, una cualidad, un estado. Es decir,
es a la vez un sustantivo, un adjetivo y un verbo. De una cosa se dice que es mana,
por decir que tiene esa cualidad y en ese caso la palabra es una especie de adjetivo.
De un ser, de un espíritu de un hombre, de una piedra o de un rito, se dice que tiene
maná, <<el maná de hacer esto o lo otro>> (p. 122).

Maná es al mismo tiempo cualidad, sustancia y actividad. Como cualidad es algo que
tiene la cosa, pero no es la misma cosa en sí misma; como sustancia es manejable, contagiosa,
transmisible e independiente; como actividad es una fuerza eficaz que permite la acción de
las cosas (Mauss, 1979, p. 123). Entonces, el maná es la fuerza vital, el aliento, lo que anima.
De una u otra forma, lo que está presente para que se pueda levantar una vida; para Mauss,
lo que le da el valor a las cosas y a las personas. Manar es sinónimo de brotar, emitir o
irradiar, es un verbo que sugiere que las cosas no son estáticas; todo el tiempo están en
movimiento, en transformación.

La vida es en sí misma movimiento, energía, fuerza, aliento, que circula y mana entre
las personas y las cosas. Es lo que a Janet Carsten, durante su trabajo de campo entre los
malayos de la isla Langkawi, le dijeron que era el semangat, el principio vital. En el artículo

10
“La sustancia del parentesco y el calor del hogar: alimentación, condición de persona y
modos de vinculación entre los malayos de Pulau Langkawi”, Carsten (2007) explica que las
personas, los animales y las plantas tienen espíritu o esencia vital que se aprecia, semangat.
Es también el vínculo de germandad; aquellas personas con las que se comparte el alimento
y con las cuales uno está emparentado (p. 522). Volver sobre el trabajo de Mauss y Carsten
me inspiraron a seguir los conceptos y a entender que ellos se materializan en la vida, tienen
contenido y efecto en el mundo. Son cosas concepto, siguiendo al profesor Luis Guillermo
Vasco (2007); es decir, “cosas que al mismo tiempo son abstracciones, pero, a diferencia de
las nuestras, no son solo abstracciones, son también cosas, elementos materiales”. Para
recoger esas cosas-concepto es preciso vivir con las personas y participar de su vida; ellos
aparecen cuando uno menos se lo espera; por eso, hay que afinar la observación y el
pensamiento (pp. 24-37). Para mí este es un diálogo que todavía sigo haciendo. Esta tesis es
el resultado de lo que he entendido de ese mundo de conceptos.

El documento que ahora sostiene entre sus manos está divido en tres momentos, que
se asemejan a la manera en la que está historia fue aconteciendo. En el primer momento están
las consideraciones sobre los personajes de esta etnografía. El segundo momento tiene
reflexiones sobre lo que implica levantar y criar una vida. En el tercero hago evidente cómo
las personas y el ganado se levantan por medio del trabajo, el esfuerzo y el cuidado. Al final
de cada momento hay un cierre que pretende hilvanar y urdir las reflexiones analíticas que
articulan cada parte de la historia. Para facilitar la lectura, anexo al texto usted va a encontrar
un separador de lectura con un esquema de los vínculos familiares de las dos familias con las
que compartí en la vereda. La idea es que usted pueda seguir esos vínculos a medida que
vaya recorriendo la historia a lo largo y ancho de estas hojas. Lo que aquí narro busca que
usted se encante con la vida de las personas, así como ellas me encantaron a mí.

11
PRIMER MOMENTO
UNO NUNCA DEJA DE SER MAMÁ

Fotografía 2. Flor. Vereda Bajo Curía. 2018

12
Flor se escribe con F de fortaleza

Ese día ella se revolvía el cabello con la mano intentando acomodar los mechones
que estaban fuera de lugar. Flor Marina siempre ha tenido el cabello corto, a ras de nuca. De
las cienes le brotan hilos de cabello blanco, canoso, que cubre de tanto en tanto con tintura
color café. Así, también, sus ojos están rodeados de líneas que parecen ir en todas las
direcciones; de hecho, su rostro está cubierto de delicadas arrugas que se acentúan cuando
habla.

La brasa del fogón de leña le calentaba la piel de los brazos y las manos. Todas las
mañanas Flor apretaba la masa y con los dedos desmenuzaba la cuajada campesina para las
arepas, luego revolvía todo con un pocillado de agua fría. Con cada apretón la masa se colaba
por entre los dedos. Se sentía suave. Para darle forma había que apretujar una bola contra las
palmas y seguidamente hacerla rodar sobre sí misma en medio de los dedos pulgar e índice.
Mientras la mano izquierda sostenía la mezcla, los dedos de la derecha pellizcaban con
delicadeza los bordes. Después de un rato la arepa quedaba lista.

A medida que el calor de la estufa de leña iba tostando la masa, Flor servía el
chocolate preparado con leche recién ordeñada. El olor a comida atraía a moscas pequeñas
que revoloteaban por todos lados intentando probar algo del desayuno. Había que comer
rápido, no solo por las moscas sino por el alboroto de los pollos y los ladridos de la Niña y
de Zeus, los perros de la finca. A mí me gustaba ver que cuando los nietos pequeños de Flor
la visitaban, ellos se sentaban en la mesa de madera envejecida que servía de comedor y,
cuando a sus estómagos no les cabía nada más, dejaban caer por debajo de la mesa pequeños
pedazos de arepa que los animales se precipitaban a agarrar con las patas, el hocico o el pico.

No era la primera vez que veía a Flor, de pequeña fui un par de veces a la finca de su
familia en Guamal, Meta. La recordaba como una de las mejores amigas de mi mamá. Ellas
trabajaron juntas por muchos años cuando la Empresa Nacional de Telecomunicaciones
Telecom aún existía y cuando, a falta de internet, correos electrónicos y videoconferencias,
el telegrama y la carta eran los medios de comunicación de preferencia. Ahora, con sus

13
sesenta y tres años, ella me abre espacio en su mesa para ofrecerme una arepa acompañada
de un plato caliente de caldo.

–O sea que el estudio que viene a hacer no es de los suelos, es que yo le entendí a su
mami que usted es estudiante de Geología (me dijo, con cara de tener que buscar a
otras personas para mi trabajo).

–No, Flor, yo estoy estudiando Antropología y la tesis que estoy preparando es sobre
la vida y la crianza de los niños.

–Mejor aún, de ese tema sí sé; dígame usted, con tres hijos y ocho nietos…

Ahora debían ser las diez de la mañana. Flor se acomodó en la silla Rimax plástica
de color rojo y antes que nada me contó sobre sus hijos.

Ferney y Paola, los dos mayores son harina de otro costal, hijos de su primer
matrimonio con un hombre que le daba mala vida y se ensañaba en pegarle después de cada
borrachera; en esas duró como cuatro años. Una noche, cuando Ferney tenía solo cinco años
de edad, Flor le pidió que se escondiera debajo de la cama con la niña, que tenía poquísimos
meses de nacida; Ferney buscó el rincón de la cama, puso en el suelo a la niña y la pegó a su
pecho y allí se quedaron callados, no lloraron, solo se asomaron cuando su mamá les dijo que
lo hicieran. Cuando Pedro llegó borracho, molesto y dispuesto a alzarle la mano para
estamparle un golpe, Flor sacó el cuchillo que sujetaba con fuerza y que escondía detrás de
la espalda y, sin dudarlo, le desgarró parte de la mano y el brazo. Mientras la sangre corría
sentenció: “¡Hijueputa, esto es para que cada vez que se vea esta cicatriz se acuerde de mí!”.

Después de este episodio, la separación fue inminente y ella estuvo sola, al pendiente
de sus dos pequeños por casi siete años, cuando –a pesar de las habladurías del pueblo y de
la oposición explícita de su padre, un llanero conservador y renuente– inició la relación con
Hernando, un muchacho dos años menor que Flor, folclórico, humilde y que solía andar

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descalzo; él se convertiría en su segundo esposo y en el padre de Andrés Julián, su tercer
hijo.

–Sobre el tener una nueva pareja le dije a mi papá: “no se preocupe, mi Dios me lo
dio, mi Dios me lo quitó y mi Dios me lo repuso”.

Andrés Julián nació bonito, blanquito, con los ojos bien verdes y monito; desde
pequeño mostró que tenía el don de ser elocuente y muy participativo. “Cuando estaba en el
jardín y tenían presentaciones o izadas de bandera siempre se aprendía no solo sus diálogos,
sino que también se sabía la parte de sus compañeritos, y los reemplazaba en caso de que no
fueran”. Fue un niño muy feliz y despierto, excepto cuando su papá estuvo trabajando como
comerciante en el Perú. “Ya no era un niño feliz, no tenía un papá como los demás niños del
mundo”, recuerda Flor que así le dijo Andrés, con la pena más grande del mundo, a su
profesora del Jardín.

Las gotas y los cunchos de chocolate que se habían secado en los pocillos de cerámica
volvían a llamar la atención de las moscas que cautivadas por el dulce sabor del cacao se
cundían sobre la loza. Flor se levantaba de la silla y yo llevaba los platos para lavarlos porque
sabía que ella movía sus manos con dificultad. Sin embargo, cuando ella pelaba las papas
para la sopa del almuerzo, sus manos no paraban de moverse hasta que la cáscara se
desprendía por completo al paso del cuchillo sin mayor esfuerzo. En una olla se cocinaba el
arroz, Flor me decía: “llanero sin arroz no es llanero”. En otra olla más grande se preparaba
la sopa; el agua hervía junto con la papa partida, un gajo de cebolla larga, un atado de cilantro,
una zanahoria rallada y dos manotadas de habichuela y de arveja. Con frecuencia, Flor recibía
visitas de sus nietos y ellos siempre estaban por ahí esperando a que hubiera algo para comer;
por eso, ella guardaba siempre un par de arepas o fritaba moneditas de plátano verde para
complacerlos.

En la cocina, a parte del fogón de leña, hay una estufa de pipa de gas que Flor usa
para calentar aceite y hacer tinto. Justo donde termina el mesón de baldosín blanco hay un
pequeño cuarto donde ella guarda ollas, pailas, cacerolas y tapas. La habitación es pequeña,

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pero muy oscura y calurosa. Flor siempre me dijo que tuviera cuidado porque meses atrás
habían encontrado una serpiente cuatro narices toda enroscada en una vasija. Por suerte José
Miguel, el ayudante de la finca, no se había ido a arriar y pudo matarla cortándole la cabeza
con la hoja alargada y filosa de un machete.

Sobre el medio día Flor recorre un pasillo corto que atraviesa la casa para llegar al
antejardín donde está el comedor, pone los platos sobre la mesa y empieza a llamar a todos a
almorzar. Hernando, Andrés Julián y José Miguel siempre son los más demorados en llegar
porque, por lo general, están trabajando en el establo que queda a unos metros de la casa. La
porción de José Miguel siempre es la más generosa, aunque, de todos, él es el más flaco; en
la mesa siempre se comparten las tres comidas diarias. La finca Los Almendros es el hogar
permanente de Flor y de Hernando, desde que, hace dos años, por ires y venires, ella decidió
dejar la ciudad de Villavicencio.

Durante las vacaciones esta finca se convierte en el lugar de descanso para toda la
familia que ya no vive con ellos, en especial para los más jóvenes, los nietos. A Daniel lo
conocí cuando ambos éramos unos niños de unos seis y ocho años. Él es el mayor de los
nietos de Flor, y tiene veinticuatro años. Es calmado, dedicado al estudio, trabajador y el
orgullo de su abuela, porque fue el segundo en la familia que obtuvo un título universitario.
El día que recibió su diploma de Contador mi memoria alcanza a acordarse de que él tenía
sus brazos alrededor de Flor y ella su cabeza apoyada en el pecho. Daniel había dejado de
ser el niñito que ella y su esposo criaron después de la separación entre sus padres, Ferney y
Patricia, y ahora era todo un hombre hecho y derecho. No muy lejos estaba su hermano Juan
Diego, de diecisiete años, que sería el encargado de acompañarme de la finca al pueblo de
San Juan cada vez que coincidíamos en época de vacaciones. Él es un muchacho tímido,
noble, callado.

Rumbo a la finca Los Almendros en San Juan, alguna vez Juan Diego me contó que,
tras la separación, Ferney, su papá, siguió su vida con Sandra, una mujer seria con la que él
no se lleva muy bien. Juan Diego tiene dos medio-hermanos, Valentina y Martín, hijos de
Sandra; a ellos los vi muy pocas veces mientras estuve en San Juan de Arama. Valentina

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acaba de cumplir seis y tiene un aire a su mamá, de piel morena y cabello negro crespo;
Martín fue de esos “ángeles caídos que Dios manda a la tierra para revelarles a las familias
mensajes sobre la importancia de la unión y el apoyo”, dice Juan Diego recordando las
palabras de su abuela sobre el síndrome de Down que afecta a su medio hermano. A Flor se
le humedecen los ojos al contarme cómo, el día en que Martín nació, ella y Ferney lloraron
hasta más no poder en las escaleras del hospital. Flor no habla mucho de ellos, no le gusta
recordar que las responsabilidades de su hijo lo tienen alejado de la familia.

Al llegar a Los Almendros pienso que está es una de las casas más espaciosas que he
visto, tiene un patio trasero enorme en el que los pollos, las gallinas, los gallos, las patas y
los patos se la pasan picoteando. El suelo puede cubrirse de piedras, de pasto verde o de polvo
y mugre; por eso, lo primero que se hace en la mañana, si el sol todavía no está a pleno rayo,
es rastrillar y podar para limpiar el piso sobre el que animales y personas van a caminar. El
gran espacio lo ocupa el corral de las gallinas y pollos, un pozo que cuando llueve se llena
de agua e incontables árboles que dejan caer hojas amarillentas y secas que crujen cuando te
paras sobre ellas. También hay una pequeña huerta con tomates y ajíes rojitos, cebollas
cabezonas y ramas de cilantro macho y orégano; hay varios palos de mandarina, guanábana
y papaya, que endulzan el aire cuando maduran.

El límite del patio es una cerca de alambre electrificada que impide la entrada del
ganado; más allá del patio, en veintidós hectáreas de tierra pertenecientes a la propiedad, está
el establo donde viven las vacas y el área de pastaje. Desde la cerca se observan unas
veinticuatro cabezas de ganado con sus figuras imponentes, huesos grandes y fuertes,
cubiertas de una piel blanca, negra o café. A media mañana, cuando las vacas tienen hambre,
también se escucha su bramido, señal clara de que es hora de alimentarlas.

Por fuera, las paredes de la casa son azules, las rejas de las ventanas blancas y las
tejas grises, oxidadas, de lo mucho que ha llovido a lo largo de los años. Dentro de la casa el
suelo de cemento está rajado y es tibio, se percibe un olor a madera quemada fruto del fogón
de leña; es aquí donde todas las mañanas se cocina la masa de las arepas y se hierve el caldo
para el desayuno. Mientras, se escucha en la radio: “Si esa es la vida, la que nos marca el

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camino que debemos recorrer; para mal o para bien, a mí me tocó esta ruta y qué le vamos a
hacer…”. La señal aquí es pobre y con frecuencia interfiere en la parte de la canción que
conozco y me atrevo a cantar.

Para evitar el silencio Flor y yo nos poníamos a hablar. Más que todo sobre su familia,
las anécdotas más recordadas eran acerca de los hijos de Paola, su hija. Paola es ñoña,
consentida, aunque ya tiene cuarenta. Rubén Darío, su esposo, es el papá de sus tres hijos:
Valeria, de veintidós, Catalina, de dieciséis y Juan Esteban, de nueve. De su primera nieta
me dice que cuando bebecita parecía hija de Andrés Julián, su tío, quien la llevaba en brazos
de un lado para otro, a los salones de clase del colegio y a las casas de sus amigos. Catalina
heredó de la mamá los ojos que son entre color miel y verde y esa chispa para decir lo que
piensa sin tapujos; Juan Esteban, por otro lado, heredó su ternura, la voluntad para escoger
las decisiones correctas y la fuerza para seguir a sus deseos. Los tres hermanos viven y
estudian en Villavicencio, Valeria está iniciando Terapia Ocupacional, Catalina adelanta
décimo grado de bachillerato y Juan Esteban va por tercero de primaria.

Flor cuenta como, aquella vez, Valeria, con unos cuatro años, bregaba por ayudarle a
Flor a llevar unas bolsas con mercado del jeep rojo a la cocina. Ella pujaba intentando hacer
fuerza para levantar el mandado; cuando a rastras por fin logró llevar la bolsa a su destino, le
dijo a Flor, quitándose el sudor de la frente, que ella era muy fuerte, aunque tuviera huesos
sencillos. A Flor esas palabras todavía le dan risa, le alumbran la mirada porque dice que
desde saporrita Valeria mostró que iba a ser guapa, valiente y fuerte; “es que el que ha de
ser caballo desde pequeño es potro”, me dice siempre.

Otro día, Hernando llegó con un talego lleno de mandarinas que estaban empezando
a madurarse; Flor hundía su uña para desgranar una parte del fruto y Hernando le dijo que el
palo de Catalina estaba floreciendo bien bonito. Apenas Flor soltó una risotada, me explicó
que en unas vacaciones cuando Cata era más pequeña, jugaba a la mamá con su hermano
Juanes, él se antojó de una mandarina chiquita que pendía de la rama más alta y ella se trepó
en el árbol para bajarla, con tan mala suerte que después no hallaba como volver al piso. Juan
Esteban sacó a tirones a Flor de la cocina, quien finalmente ayudó a Catalina a bajarse.

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–Mamita, ¿usted porque se subió por allá? No ve que el peso puede ganarle y se puede
ir pegando tremendo golpe en la cara”, le dijo la abuela a la nieta mientras esta respondía:

–“Es que no ve que Juan Esteban quería esa mandarina y yo, como buena mamá que
soy, me encaramé para bajársela”. Lógico, Flor le había enseñado a Catalina a cuidar y a
mimar a su hermano menor cuando ella días atrás, había hecho lo mismo para alcanzarle un
mango. Por eso, siguiendo esa lección de su abuela, no lo había pensado y se había trepado
con ambas piernas en el palo.

Como mamá y abuela, Flor recuerda a sus hijos y nietos en cada conversa. Incluso
ahora, que la mayoría ha crecido y ya no vive con ellos. Cada vez que yo iba y venía me
encontraba con Andrés Julián. –¿Otra vez por aquí?, me decía cuando me veía bajar por el
camino que lleva del portón a la casa. –Otra vez, contestaba yo desde el portón negro. Eso
sucedía las pocas veces que yo me daba mañas de llegar sola a la finca. En varias
oportunidades me perdí intentando llegar a San Juan. Tengo presente dos donde cogí por
otros caminos: en una llegué hasta Vista Hermosa, en otra hasta Mesetas. La más reciente
ocurrió a inicios de este año cuando cogí la flota hasta el pueblo de San Juan y no hasta
Mesetas, como debí haberlo hecho, y tuve que bajarme a una hora y media de camino de Los
Almendros.

Como a Flor ya le daba miedo mi pésimo sentido de ubicación había optado por
pedirle el favor a Andrés de que me recogiera en Villavicencio para llevarme hasta la finca.
Él dice las cosas con desparpajo y por eso me advirtieron que no me fuera a tomar en serio
sus bromas y chanzas. Andrés lleva cotizas o zamarros si va a cabalgar y en su cabeza un
sombrero que fue marcado por el hierro al rojo vivo. Es un enamorado del Llano. Con sus
treinta y cuatro años, es el hijo menor de Flor, el único que tiene un título profesional como
licenciado en Producción Agropecuaria.

Rara vez no estaba en la finca; a pesar de que su casa se encuentra a tres horas de
camino en el municipio de Cumaral, de los tres hermanos él es el que permanece más tiempo
en la finca, ayudando con las vacas, haciendo arreglos, organizando la huerta. Viaja

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acompañado de Jenny, su mujer desde hace cinco años, y de Dulce María, su bebita de dos
años.

–Lina, aquí va a dormir (me dijo Flor). Este es el cuarto de Andrés Julián; por estos
días está trabajando con la Fundación Aguaclara y no va a quedarse.

Es la habitación más completa de la casa, pienso; una de las dos camas tiene un
toldillo atado con una soga y un aro de metal que oscila en el techo; en las paredes están
empotradas tres repisas de madera y unos largueros que le dan forma a un armario. En la
repisa más alta veo una gallina empollando; como no tiene plumas en el cuello, es una gallina
piroca, como me dijo Flor. Con los días descubriría que la gallina a veces se caga dentro del
cuarto, dejando en el lugar un olor de excremento seco que impregna la nariz incisivamente.
Necesité la compañía de aquella gallina para darme cuenta que la casa es tanto de las personas
como de los animales; a fin de cuentas, es su presencia lo que hace que sea una casa
campesina y que ellos sean animales tan domésticos.

Flor siempre me habla de la vida de sus hijos y de sus nietos, se entusiasma de sus
logros y se preocupa con sus tropiezos. Andrés Julián solía decirme que su mamá se dejaba
afectar con facilidad por las equivocaciones, por los problemas y las responsabilidades de los
demás; quizá por eso, cuando me contaba las preocupaciones de sus hijos y nietos, no
parecían ajenas sino propias. Poco a poco, entendía yo que, para Flor, contarme sobre sus
hijos y nietos era hablarme sobre lo que había sido su vida. Ella hacía parte de cada historia.
Para sus nietos, Flor es la fuerza de la familia, ella los motiva a hacer las cosas, lo que no
sabe se lo inventa con tal de no dejarlos solos. Es el apoyo incondicional que muchas veces
los ayuda a levantarse de las peores caídas.

En sus seis décadas de vida a Flor la vida la ha apretado, de la misma manera en la


que ella estruja la masa para las arepas, entre palma y palma. Ha estado contra la espada y la
pared tantas veces que ya perdió la cuenta. Flor aprendió con los años que levantar no solo
es sacar algo hacia arriba y hacia adelante, sino también moldear y dar forma. Levantar es
moldear constantemente la vida. Después de mucho pensar el tema vengo a caer en cuenta

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que todas las mañanas en la cocina lo que Flor hacía era eso mismo. Si la masa está muy
seca, se le pone más agua con mesura, si por el contrario está muy aguada, se le añade más
harina. En teoría, uno es dueño de la masa y puede elegir qué forma darle. Si usted ha hecho
arepas alguna vez, sabrá por experiencia que en el primer intento nunca quedan del todo
redondas y bien aplanadas; por lo general quedan ovaladas y gruesas, imperfectas. Incluso si
la flama no es lo suficientemente potente quedan crudas, pero si se excede, pueden quemarse
en cuestión de segundos. Hay que manejar y controlar el vigor de la brasa. En la brega diaria
de la vida se aprende a moldear las soluciones que deben darse frente a las dificultades.

A medida que el cielo iba coloreándose de anaranjado, rojo y azul oscuro, Flor y yo
nos tomábamos un tinto endulzado con panela, porque en cocina que se respete la panela
nunca puede faltar. La panela es tanto alimento como medicina. Ella dejaba escapar unas
cuantas palabras; luego, para humedecerse los labios y aclarar la garganta, tomaba un sorbo
de tinto antes de empezar a hablar. Una vez me preguntó cómo yo, siendo una niña con apenas
diecisiete años, había quedado embarazada. Yo tomé aire y me preparé para contarle mi vida,
así como ella me contaba la suya. Flor me escuchó con atención, se quedó mirándome hasta
que yo concluí; así, las dos nos quedamos calladas y justo cuando parecía que no había nada
más por decir, se echó para atrás en la silla y volvió a emitir palabra:

–Perro viejo late echado; como quien dice, la inocencia escucha mientras la
experiencia habla.

Y ella empezaba a hablar. Me repetía la misma frase, una y otra vez. “Uno nunca deja
de ser mamá”. Supongo que yo la anotaba en mi diario porque me parecía importante, pero
no me daba cuenta de que Flor trataba de enseñarme lo primordial, lo que para ella había
significado ser madre y ser abuela. Entrada la noche los zancudos, los jejenes y las polillas
se apiñaban sobre el bombillo. Flor sacaba un tarro transparente lleno de repelente y Menticol
para que me untara en la piel expuesta y no fuera objeto de las incómodas picaduras de los
insectos. Luego, hablábamos sobre su familia hasta que una de las dos empezaba a bostezar.
Yo me iba para mi cuarto y ella se iba a rezar el rosario, todas las noches sin excepción pide
a Dios por sus familiares. De no hacerlo a esa hora, debido al cansancio del trajín diario, muy

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a las cuatro de la mañana, antes de levantarse de la cama, se despierta a orar por la vida de
cada uno. El hecho de que nuestras conversaciones tratarán sobre el modo en que ella
levantaba a sus hijos y a sus nietos, al final, fue determinante. De eso trata esta tesis.

–Uno nunca deja de ser mamá (escribí). Yo llegué a entender esas palabras tiempo
después, un día que viajábamos de Granada a San Juan en la camioneta de Ferney, el hijo
mayor de Flor.

Unos meses más adelante, me encontré con Flor y su familia en Villavicencio, pero
esta vez íbamos más personas acompañando el viaje y la camioneta se hacía pequeña, en la
silla de atrás hacía mucho calor y solo cabían tres personas, aunque estábamos sentadas
cuatro, que llevábamos sobre el regazo bolsas con arroz, costales con maíz, un guacal que
encerraba a un gallo, las maletas de cada uno y, para rematar, unos tubos nuevos para el
establo. Costaba respirar, nuestras cabezas si acaso lograban sobresalir entre la torre de
encargos, con esfuerzo tomaban el poquísimo aire que circulaba y volvían a esconderse.

Era mediodía y toda la mañana habíamos estado recorriendo la carretera; la tripa


estaba vacía, rugía, teníamos hambre y sed, así que paramos en un caserío que hay a mitad
de la vía. En la radio se escuchaba una de las tantas canciones llaneras populares en la región;
el locutor de “Camaxagua Stereo, El Guardián de la Sabana” era dueño de tremendo
vozarrón¸ grave y misterioso. Yo me secaba con un pedazo de papel higiénico trajinado los
goterones de agua de la cara, del cuello y de la nuca; pensé que todavía faltaba como media
hora para llegar.

Estando en Punta Brava, que es donde habíamos parado, Hernando compró una bolsa
de roscones rellenos con bocadillo de guayaba y una gaseosa Sprite de un litro y medio. No
había acabado de dar el primer mordisco cuando Flor se quitó de la boca el suyo para dárselo
a Juan Diego. Ese gesto me conmovió las entrañas, por dentro; sabía que ella, al igual que
todos, tenía hambre, pero había renunciado a su porción para que Juan Diego comiera más.
En ese instante comprendí la frase que durante los meses anteriores había anotado en mi

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diario casi que de forma mecánica. “Uno nunca deja de ser mamá”. La vida se levanta con la
vida misma, se pone en juego el pellejo propio y es interminable.

No hay una única forma de levantar, tampoco hay límites. Aquellos que dicen que
una madre es capaz de hacer cualquier cosa por sus hijos en cierta medida tienen razón. “Uno
se desjeta, da lo mejor de sí y hasta más”, me asegura Flor. Ella se hizo cargo de la crianza
de los primeros hijos de Ferney y de Paola, cuando ellos todavía eran jóvenes, inexpertos y
cuando la paternidad y la maternidad los había cogido sin experiencia. Primero arrancaba
para la finca, con Daniel en una mano y con Valeria en los brazos; con los meses se le fueron
sumando Juan Diego y Catalina. Flor les enseñó a comer de todo sin ayuda de nadie, con su
propia manito; sufrió con ellos cada gripe, cada dolor de cabeza y de estómago que tuvieron
en su infancia. Esos chinitos la quieren mucho, al verla se quedan recostados entre su seno
mientras sienten el aroma de su perfume, mezclado con el olor a humo de la cocina. Ella
procura lo mejor para ellos.

Claro, esa dedicación y ese desvelo empezaban a hacer de las suyas. Sus rodillas
flaquean, sus manos frágiles se mueven lento, sus ojos ya no ven tan bien. Ella está
envejeciendo y no tiene la energía que la ha caracterizado siempre. A pesar de ello, Flor es
de esas mujeres llaneras que hablan duro; ella se hace sentir, mueve sus manos al hablar, se
emociona y es capaz de estremecer con sus palabras a quien la escucha. Con su metro y medio
de estatura, su tez trigueña, el cabello corto y una sonrisa abierta, es la columna vertebral y
la fuerza de la finca, nada se mueve sin su voluntad. Su dedicación se refleja en esa fuerza
que saca todos los días para levantarse a bregar con el oficio diario, a pesar del dolor en su
cuerpo y del cansancio.

Esta era la experiencia de la que Flor me venía hablando: la destreza para levantar
vidas, la constancia para permanecer y la fuerza para no decaer. Uno nunca deja de ser mamá
porque constantemente está bregando para que los hijos y sus familias estén lo mejor posible.
En otras palabras, Flor lucha día a día para sacarlos adelante. Sus bregas tienen rostro,
nombre y apellido, son en cierta medida la fuerza que la motiva a seguir viva, pero también
el cansancio que la agota. Es interminable porque, según Flor, uno siempre lleva arraigado

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en el cuerpo el rastro de que engendró, de que allí hubo vida; se trata de un vínculo que lo
acompaña a uno hasta el instante donde se deja ir el último aliento y los ojos no vuelven a
parpadear; por eso, “uno nunca deja de ser mamá”.

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Rosa no es frágil

Fotografía 3. Rosa y sus nietas. Vereda Bajo Curia. 2017.

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Los cultivos de palma aceitera, el Alto de San Juan y el Acopio de Leche Fénix del
Ariari anticipan la llegada a la vereda Bajo Curia. Muy cerca del Acopio, lugar donde todos
los ganaderos de la zona dejan la leche que ordeñan temprano en la mañana, yendo por un
caminito estrecho, se adentra uno a las demás fincas; mis pies recuerdan lo resbaladizo del
barro, mis oídos el forcejeo de las llantas del jeep rojo para no atascarse, mi nariz, el olor a
tierra humedecida por la lluvia. Campo abierto las vías son pedregosas y ajadas. Cada vez
que las gotas se resbalan del cielo para tocar la superficie van dejando un rastro pantanoso
sobre el que es difícil transitar. El paso de las vacas ha ido resquebrajando el terreno, abriendo
grietas, las mismas que se desbordan de agua cuando llueve, haciendo que se inunden los
senderos.

A veces, los obstáculos, las incomodidades y la escasez acercan a las personas; en el


campo todos se ayudan entre sí; cuando uno no tiene y el otro sí, los vecinos se dan la mano,
se cuidan unos a otros, están pendientes. Incluso, circulan de voz a voz cuidados y
tratamientos cuando la atención en el centro médico es distante, “si le duelen las manitos coja
jabón Rey, refriéguese, verá cómo le dejan de doler”; “aproveche que tiene las vaquitas
paridas, tómese un vasito de calostro, eso es de lo mejor que hay”. Se comentan entre
paisanos en las visitas de médico, esos encuentros cortos que suelen tomar lugar a mitad del
camino, donde todos se saludan con todos.

Una de esas trochas me llevó al hogar de Rosa Ruíz, una casa hecha con tablones de
madera, ladrillos, latas y lona, sin portón que impida el ingreso y guarde la privacidad; solo
se observa una estaca alambrada que se levanta con facilidad. La casita de palitos, como la
llama Rosa, tiene dos habitaciones y una cocina armada con una batea sobre la cual cocinan
con leña y gasolina. Allí vive Rosa con su esposo Jaime, dos llaneros de unos cincuenta y
tantos viviendo en compañía de sus dos nietas, Sofía de nueve años y Nicol de seis, además
de dos perros, Sabori y Rocky. Cuando lo conocí, Rocky estaba agonizando en los huesos,
quizá, no se sabía con certeza, a causa de la picadura de una serpiente o por haberse comido
una araña; lo cierto era que estaba sufriendo. Él era gordo, parecía que iba a estallarse cuando
estaba sano, pero la enfermedad lo secó hasta que finalmente murió.

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Para sobrevivir, la familia ordeña las vacas que compraron con un crédito otorgado
por el Banco Agrario por dos millones de pesos y que incluye un monto para pagar vacunas,
purga y otros cuidados necesarios. Con el sueldo que Jaime recibe por su trabajo en el Acopio
abonan a las cuotas mensuales y con lo que ella gana vendiendo la leche compran la comida
y cancelan las facturas de los servicios. Más se demoran ellos en trabajar que el dinero en
esfumársele de los bolsillos con los gastos que ellos deben cubrir en el día a día.

Rosa es una mujer de cabello negro y corto, viste con pantalones holgados, botas
pantaneras, camisetas anchas y jeans; buzos ceñidos y tenis, si va a salir. Siempre que la
visité tenía los nudillos y las uñas llenas de tierra por el trabajo en su finca. Rosa conoció a
Jaime cuando rondaba los dieciséis, se casaron y tuvieron tres hijos: Jairo, Yeimy y Steven.
Jairo se fue de casa estando joven, consiguió mujer y en cuestión de meses formó una familia
con Marcela; vivían en Mapiripán con su bebita Laura, de donde tuvieron que salir volando
debido a la matazón entre guerrilla y Ejército que, por aquel entonces, era el pan de cada día
en esas tierras. Regresó a San Juan y con ayuda de sus papás levantó, ladrillo por ladrillo, un
rancho donde vive junto a Marcela, a Laura y a otros dos muchachitos que se les colaron,
Maicol de siete años y Lizeth de tres. “Steven vive en San Juan, con una señora que le dobla
sus veinticuatro añitos; de vez en cuando viene, me visita y se devuelve. Él si piensa con la
cabeza y no se ha metido a criar aún” recuerda Rosa. Pero Yeimy es otra historia.

–Yeimy siempre fue la más arrebatada e impulsiva, de pequeña quiso vivir de todo
antes que las demás niñas de su edad, nada ni nadie la detenía (me dijo Rosa mirando
el suelo, como evadiendo la mirada).

Rosa siempre la amó más porque es su única hija, pero Yeimy eran tan necia, tan
testaruda que no quiso escuchar ni dejarse guiar. Deambuló en discotecas y en fiestas donde
terminó consumiendo drogas; no tardaron en seducirla y, entre tanto acelere, no sorprendió
que quedará en embarazo. “Cuando nació Sofía fue como un respiro al desenfrene de Yeimy,
esa niña la hizo sentar cabeza por unas semanas”, aunque pronto todo volvió a ser como
antes, me contó Rosa, mientras vigilaba el juego de las niñas.

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Pasaron dos años y cuando Rosa pensaba que nada podía cambiar, Yeimy salió con
la noticia de un segundo embarazo. Nicol sacó los ojos verdes de su abuelo Jaime y ella fue
la alegría más grande de esa casa en sus primeros meses de vida. Tanto Sofía como Nicol
viven en la actualidad con los dos abuelos, son ellos quienes asumen la crianza de las niñas
y Yeimy las visita muy esporádicamente. Aunque ella sea la mamá biológica, Rosa siente
desconfianza cuando se lleva a Nicol.

–Una tarde, la niña pequeña estaba con la mamá, no había nadie más en la casa porque
tanto Jaime como yo tuvimos que hacer diligencias y nos llevamos a la más grandecita
que ya caminaba. Yeimy andaba por esos días deprimida, inestable, mal. Cuando
llegué estaba muy pálida, como pasmada. No estaban solas, también había un vecino
que escuchó ruidos y el llanto de un niño. Intrigado por el llanto persistente se asomó
hasta la casa de Rosa y cuando entró al cuarto encontró a Yeimy tratando de asfixiar
con sus manos a la niña. Desde ese momento me encargué de las dos chinitas y ellas
ya me dicen mamá.

Yeimy estuvo por un tiempo en una clínica psiquiátrica donde fue tratada por
depresión y a su salida le entregó a su mamá la custodia de las niñas; de acuerdo con algunos
vecinos, ella ahora es trabajadora sexual en Granada, un municipio cercano. Hace poco le
confesó a Rosa que el psicólogo del Colegio intentó abusar de ella cuando tenía nueve años.
Rosa culpa a esa experiencia de ser la responsable de los problemas que Yeimy ha tenido
desde entonces.

Sofía y Nicol le dan camello a Rosa y la ponen a voltear todo el día; a primera hora
les hace el desayuno y las manda para la escuela, acto seguido ordeña las vacas y deja la
leche en el Acopio; a eso de las once prepara el almuerzo y está pendiente para recibir a las
niñas que ya vienen de estudiar, les da el almuerzo y revisa las tareas. Ya por la tarde encierra
el ganado, esperan a Jaime para comer y se acuestan a dormir. Al día siguiente, otra vez lo
mismo.

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Como esta zona no tiene servicio de acueducto ni de alcantarillado, los habitantes
utilizan bocatomas para desviar hasta los predios el agua proveniente del Caño Curia. Cuando
la bocatoma se totea, Rosa tiene que ir al caño a lavar la ropa y, en varios trayectos, recoger
agua en baldes para lavar la loza y trapear el piso. Ese trajín la cansa y la agota. Ese día,
mientras Rosa me contaba su historia, se le acercó Sofía, le pidió que la sentara en sus piernas
y comenzó a jugar con el cabello de la abuela; le daba besos en la frente, en los ojos, en las
mejillas y con cada gesto le prometía que iba a estudiar y a trabajar mucho. A Rosa se le
aguaron los ojos.

Su día empezó con el sonido del gallo que despertó a Sofía y a Nicol, muy a las seis,
mientras afuera la luz azul claro del cielo iluminaba tenuemente el establo; ellas se revolvían
entre las cobijas para no levantarse, pero Rosa las halaba de un tirón y sus cuerpos quedaron
expuestos a la claridad de la mañana. Sus ojos todavía estaban soñolientos, luchando por
mantenerse despiertos hasta que el agua reposada en la alberca los tocó y la espuma de un
jabón de avena removió el sudor de la frente, fruto de las horas de sueño. Así recuerda Rosa
el primer día de clase de las niñas.

La noche anterior había llovido como nunca, caía mucha agua, casi como si fuera el
cielo el que se estuviera resquebrajando; la fuerza del agua al estrellarse contra las tejas de
aluminio había empezado a agujerear la superficie y, ahora, gota tras gota, caían precipitadas
sobre mi colchón. Cuando encendí la luz vi los chorros de agua escurrirse por la pared.
Parecía que en cualquier momento el ventarrón iba a desprender una de las tejas que cubrían
el techo. Casi no pudimos dormir por estar poniendo baldes y ollas para recoger el agua que
caía por las goteras. A la mañana siguiente, el único rastro de la tempestad era el pasto
mojado.

Luego del baño y antes de salir para la escuela, Sofía y Nicol alisan la sobresábana y
las dos cobijas que se tienden en su cama, juntan las almohadas de espuma y encima colocan
dos osos de peluche que Rosa les regaló en el cumpleaños de cada una. Ambas desayunan
sobre una mesa azul de plástico adornada con un mantel de flores blanco. A la escuela se va
con la barriga llena de leche recién ordeñada, endulzada con chocolate, cola granulada o café;

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las niñas disfrutan remojar el pan blandito o la arepa delgadita hecha con maíz y cuajada
campesina en el líquido de sus pocillos.

Se come sin desgano, cada cucharada llega a la boca, no se queda dando vueltas en el
plato; al estómago, la comida cae calientica para que aproveche. Rosa insisté en que las niñas
deben comer cuando todavía de los platos sale el vapor que indica que hace poco la comida
se retiró de la olla. Para ella, la comida es más nutritiva así, porque deja ver el amor y el
cariño con el que se cocina. Un plato caliente de comida es seña de que hay alguien detrás
que se preocupa por uno y que está atento.

Todos los días, después del desayuno, Rosa saca a las niñas a la carretera pavimentada
donde pasa la ruta que las lleva de la vereda al colegio del pueblo. Ir de la vereda Bajo Curia
a San Juan de Arama tarda unos quince minutos, cuando hay algún transporte disponible. Al
llover se arman unos barriales de los que es imposible salir con los zapatos limpios. Sofía y
Nicol llegaron vueltas nada ese primer día de clases; sus medias blancas habían quedado
todas manchadas de barro, al igual que su jardinera de cuadros; tenían las palmas embarradas
y estaban despeinadas de un resbalón que se habían dado. De vuelta en el rancho, Rosa me
contó que ese era el pan de cada día de esas niñas.

Aprovechando que ellas se van a estudiar, Rosa siempre trabaja en el potrero donde
tiene sus diez vaquitas, ella las ordeña una a una por cerca de una hora y media. En los días
lluviosos se pone encima una capa verde hecha con una bolsa y un cordón para amarrarse la
capota al cuello, eso la mantiene seca del rocío mañanero. Hay días en que las cantinas se
rebosan y ella brega a montarlas en su vieja moto de lo pesadas que van; en otras ocasiones
el líquido no llega ni a la mitad.

De regreso a la casa Rosa pone a guisar el arroz blanco y a salar las papas pastusas en
una olla con agua, aceite, sal y el rabo de una cebolla larga. En una jarra plástica, larga y
transparente exprime el jugo de unos cinco limones que ella recoge de un palo cercano;
además, parte un pedazo de panela que se va desliendo, endulzando el preparado. A menudo
los sobrantes de aceite y de manteca espesa vuelven a usarse para freír los cortes mutilados

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de carne de res, que se adquieren cuando algún matarife de la vereda sacrifica una de sus
vacas. En un recipiente hondo Rosa sirve el arroz, la papa y el pedazo de carne, que aún
chispea gotas de aceite hirviendo. Ella aprovecha el trayecto que debe recorrer entre la casa
de palitos y el acopio para llevarle el almuerzo a Jaime, su esposo, que hace dos años trabaja
en el Acopio Fénix del Ariari. Rosa descarga las cantinas con leche y él se cerciora del buen
estado del líquido blanco, mientras tacha en una hoja la cantidad que le trae.

Vuelve a su finca sobre las once de la mañana, el calor del sol la hace sudar y para
calmar la sed toma un trago largo de preparado que para ese momento había concentrado el
frío de la nevera. A las niñas les compone una ensalada con lechuga, tomates y cebolla, les
arregla un caldo con pollo o pescado. “Lo más importante es que no les falte la sustancia”,
recalcó Rosa a la par que puso una presa de pollo en la olla. “A esas chinitas les gusta comer
arvejas, fríjoles, garbanzos, lentejas, pescado y gallina. ¡De todo!”. Claro que Sofía no come
carne, porque, como a los cuatro años se le escapó a Rosa y se fue a ver cómo su abuelo y su
tío degollaban por el cuello a una ternera, la sangre y los chillidos del animal padeciendo la
dejaron privada e hicieron que le cogiera repugnancia a la carne.

Rosa dice que es muy juiciosa con sus nietas, les compra leche Klim, Kola Granulada,
Chocolisto, muchas vitaminas para que crezcan sanas. Sagradamente, cada seis meses purga
a Sofía y a Nicol, haciéndoles comer a cada una cabeza de ajo crudo; reúne unas hojas de
paico, que ayudan a expulsar o a matar las lombrices de los intestinos y, con ellas, hace una
infusión que se toman a lo largo de siete días, por las mañanas, en ayunas. La purga las hace
eliminar los parásitos y mantener el apetito. “Eso es fácil saber si un niño tiene parásitos, el
solo color los delata. Un niño pálido y ojeroso sin duda tiene lombrices, póngale la firma que,
además de eso, no come y anda desganado”. A Sofía le pasó así. Un día ella me contó que
estaba débil porque, la comida le producía vómito, comía poquito, casi nada. Rosa la purgó
y, en efecto, a los días su semblante dejó de verse cansado y descolorido.

A la una de la tarde llegó Sofía con el cabello recogido en una cola alta de la que se
desprendían mechones de color café claro que hacían juego con sus ojos color miel. Detrás
de ella, iba más despaciosa Nicol, cargando su maleta; la recuerdo con esa sonrisa amplia

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que dejaba ver sus dos dientes de ratón y un par de hoyos en cada cachete. Me mostraron el
barro seco de sus uniformes y lo que anotaron en sus cuadernos ese día de clase. Después de
almorzar, nos sentamos Sofía, Nicol y yo a jugar a unos pocos pasos de donde Rosa lavaba
la ropa sucia. Las tres alcanzábamos a oler la espuma del jabón Rey; entre tanto, la abuela
nos vigilaba de reojo y se aseguraba de que estuviéramos bien.

–¿Usted cree que yo salgo si no tengo quién me cuide a estas chinitas? (me preguntó,
explicándome que ella planeaba su día en función de sus nietas).

–¡Pues no! Yo no tengo corazón para dejarlas solitas (se respondió a sí misma).

Yo me había distanciado de las niñas y la acompañaba a extender las jardineras en las


cuerdas de alambre, que estaban apartadas del caño. La verdad es que el cuidado de las niñas
ocupaba toda la atención de Rosa, ella nunca las dejaba solas. De hecho, cuando salía en la
moto había dos brazos que se enganchaban a su espalda, a Nicol la ponían en el medio y a
Sofía atrás, sujetando a su hermana. Ellas dos son la vida de Rosa, están por encima de todo;
me insiste que quiere lo mejor para ellas y por eso lucha para sacarlas adelante. De un tiempo
para acá se le ha metido en la cabeza la idea de dejar San Juan para irse a Granada, pero
¿quién se haría cargo de sus vacas? Ellas también dan camello, trabajo duro. Sin duda, eso la
detiene.

El viento de la tarde nos enfriaba las mejillas, Rosa nos ofrecía un vaso de preparado
a cada una que dejaba una marca de agua sobre el mantel. La última media hora la habíamos
pasado corriendo de un lado para otro jugando con Sabori, que para ese momento de la tarde
paseaba con la lengua afuera. A Sabori le gusta corretear a Sofía y a Nicol hasta la entrada
de la finca. Como Rocky estaba enfermo, los esperaba echado en el pasto con la cabeza
recostada sobre sus patas delanteras. En ocasiones, su abuela se animaba y se apresuraba para
alcanzarlos, ellas regresaban cansadas y sudorosas. Yo las veía sonreír, despeinarse,
compartir tiempo juntas.

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¡Ella siempre está ahí para sus nietas! En eso yo pensaba cuando afuera todo estaba
oscuro. Los cabellos canos que le brotaban por encima de la frente se ocultaban con el reflejo
del bombillo del cuarto. Rosa hacía el último esfuerzo del día, acostar a las chinitas; les
humedecía un rincón de la cara con el beso de las buenas noches, sus dedos carrasposos se
deslizaban en forma de cruz sobre sus pijamas, las bendecía y con esas palabras Sofía y Nicol
encontraban el sueño.

Rosa ama a las niñas como si fueran propias, por eso siempre está guiando sus pasos
y perseverando para darles lo mejor. Su vida me hace pensar en la mía, ella me recuerda a mi
mamá y a mi hermana, que nunca me han dejado sola, sobre todo cuando me he equivocado.
Ellas dos han bregado por sacar adelante a mi hija Isabella y a mí. Yo he aprendido de todas
ellas que levantar conlleva acompañar, guiar, no dejar solo; mejor dicho, estar pendiente.
“¿Cómo la vamos a dejar sola?”, decía mi mamá cada vez que sabía que yo iba a viajar a San
Juan, mientras empacaba en una maleta un par de camisas suyas y las de mi hija.

Por supuesto, uno no deja solos a los suyos porque se preocupa por el bienestar de las
otras personas y está dispuesto a dar lo mejor de sí. Esa era la razón por la que Rosa hacía
muchas navidades no podía ponerse siquiera un par de medias nuevo. “Yo prefiero ellas. Por
encima de todo, ellas”, reiteraba. Las estrellas habían cubierto todo el cielo, no había una sola
nube y la luna llena brillaba por todo lado. Rosa apoyaba la cabeza sobre la almohada de
flores y el sueño la vencía inmediatamente. Al día siguiente debía repetir la rutina otra vez.

***

No sé con exactitud en qué momento me percaté de lo que se viene pierna arriba


cuando uno decide levantar una vida. Es una elección de darse toda a los hijos. Darse toda
sin descanso. Un hijo no da espera, los niños requieren dedicación, esmero, empeño. El punto
es que uno no se levanta por cuenta propia, necesita de otros para formarse y para aprender
sobre la vida. Cuando uno es pequeño hace muchas preguntas, algunas tienen respuesta, otras
se van resolviendo con los años, las más difíciles nunca abandonan nuestra cabeza y

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permanecen irresueltas. Todos los días Isabella, mi hija, me recuerda que en los primeros
años es fácil hacer preguntas, no tanto por querer soluciones sino por arriesgarse a saber que
hay cosas nuevas, desconocidas. Apenas ella empezó a soltar la lengua preguntaba ¿qué es
eso? Seguido del famoso ¿por qué esto?, ¿y por qué? Para mí, esas preguntas tienen que ver
con lo que niñas y niños quieren decir sobre lo que entienden y les despierta la curiosidad
acerca del mundo. A mí, muchas de las preguntas o frases que mi hija ha dicho me han
enseñado a ver y a entender que lo complicado puede responderse de manera muy simple.
Para Isa, todo lo roto se puede arreglar con pegamento. Todo se vuelve a intentar cuando la
primera vez sale mal.

A ella le debo, en gran parte, lo que he podido reflexionar sobre lo que significa
levantar la vida. Una mañana, no muy distinta a la que escribo esto, me quedé pensando de
qué manera quería escribir esta tesis; al mismo tiempo, Isa me llamaba para salir a jugar a
los superhéroes. Era la tercera vez que yo le decía que primero tenía que escribir la tesis.
“Ay, mami, tengo una gran idea, yo voy a ayudarte a escribir”, me contestó ella muy decidida.
De hecho, ella sola digitó esta frase mientras yo le ayudaba a encontrar las letras en el teclado.
Ese día me di cuenta que para entender la experiencia de Flor y de Rosa debía hacerlo en
relación con sus hijos, nietos y familias, porque ellas no están solas. Este primer momento
trata de esto y de las luchas que han librado para sacarlos adelante.

La vida está hecha de luchas y de batallas, unas más tenaces que las otras. Son
incesantes, extenuantes, de largo aliento. A mí me conmueve que el levante encarna esa idea
de pelear por lo que se quiere lograr, no es simple. Uno se esfuerza porque cree que vale la
pena hacerlo. Valer la pena significa que uno importa, que merece el trabajo de los demás,
incluso el sufrimiento. Lo que intento decir es que levantar no es ni sencillo ni fácil. Por el
contrario, es una lucha constante y diaria. Estando allá, las experiencias de Flor y de Rosa
me hacían pensar en un proverbio mexicano que hace tiempo escuché y que ahora no me
puede parecer más cierto. Si mi memoria no me engaña, rezaba algo así como: “la casa no se
levanta sobre la tierra sino sobre los hombros de una mujer”. Mujeres que son madres,
abuelas, tías, hermanas. A ellas las caracteriza la fuerza de su hacer y el cariño que son
capaces de sentir hacia los demás y que hacen posible levantar la vida.

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Es su elección ser mamá y abuela, Flor ha elegido estar ahí para sus hijos, incluso
ahora que cada uno tiene más de treinta años. Rosa también eligió no dejar a dos de sus nietas
solas, cuando Yeimy, su hija, no quiso hacerse cargo de ellas. ¿Ha escuchado ese dicho de
que todo en la vida tiene solución menos la muerte? Eso decían Flor y Rosa, frecuentemente,
frente a las dificultades. Desde chiquito uno tiene problemas: que se cayó en el recreo y se
raspó, que se le perdió un juguete o que la amiga del jardín de repente ya no quiere juntarse
más con uno. Uno vive entre tensiones, uno vive tratando de solucionarlas. Se crece con esa
base, sabiendo de antemano que los problemas son comunes. “Si por allá llueve, por acá no
escampa”, comentan los camaritas de cara a las preocupaciones, algunas de las cuales son
compartidas.

Solo una vez vi a Yeimy y ese encuentro desencadenó otro tipo de reflexiones para
esta escritura. Recién ocurrió este año, 2018, a inicios de junio. Yo había llegado a la casa
de palitos preguntando por Rosa, y por Sofía y Nicol; escuché una voz en la cocina y la seguí
hasta la parte de atrás de la casa. No muy lejos distinguí una sombra. Me imaginé que debía
ser una de las nueras de Rosa, así que saludé, pero nadie respondió. En cambio, unos ojos
negros se quedaron mirándome fijamente. Era Yeimy. Como todavía estaba temprano tenía
puesta su pijama y llevaba el cabello revuelto, desordenado. El tiempo que estuve allí ella
solo quiso recostarse en la cama sin cruzar una palabra. Sofía intentaba hacerla hablar
conmigo diciéndole que saliera de la habitación. Su contestación fue tan breve como tajante:
“Usted sabe que a mí no me gustan esas maricadas”. Yeimy había sido clara, no se sentía a
gusto con que yo estuviera ahí, haciendo preguntas.

De ella escuché, más que nada, sobre su acelere y sobre su falta de control. Por alguna
razón no quiso ser madre. Rosa se siente responsable por su forma de actuar y me comenta
que a lo mejor le faltó más rejo, que no debió permitirle tanto desmando.

Aquella mañana me quedó claro que en San Juan de Arama no todas las mujeres
eligen ser madres y tampoco todas, así lo intenten, logran serlo. También aprendí que no hay
una sino muchas formas en las que la maternidad puede ser posible, o no serlo. Entre tanto,

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una siente culpa y remordimiento si los hijos se descarrían a causa de la mala crianza; es
decir, esa que es condescendiente y que permite que el niño haga siempre su voluntad sin
guiar o sin frenar sus acciones. Esa reflexión me llevó a considerar que la vida está llena de
matices, que constituyen tristezas, alegrías, remordimientos; deseos y disputas. Ser mamá
aquí es un juego constante entre apretar y aflojar, soltar la cuerda y recogerla, si ella llega a
excederse.

Yo reconozco que los años lo hacen a uno mesurado, prudente; consciente de los
errores cometidos, consciente de que todo paso en falso ha servido para entender dónde se
debe poner el pie antes de lanzarse. En últimas, aprendizajes de que la vida es dura y se
necesita fuerza para levantarse y para afrontarla a diario. Flor y Rosa aman a sus hijos y a sus
nietos. Ese amor las lleva a cuidarlos, a no dejarlos solos y a que sean la prioridad en sus
vidas. Su lucha es por sacarlos adelante, por levantarlos, por bregar que estén bien. Aunque
ellas estén agotadas siguen en pie. Criar es jugarse una vida por otra. La vida de otros se
levanta con la vida propia.

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SEGUNDO MOMENTO
FORJAR EL CARÁCTER

Fotografía 4. Isabella. Vereda Bajo Curia. 2018

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En una mano el pan y en la otra el rejo

Todo empezó porque Isabella, mi hija de dos años, lloraba, se había puesto roja como
un tomate y le costaba respirar. Yo no entendía muy bien qué le había pasado, el caso era que
esta chinita gritaba a puro pulmón. Antes debería comenzar diciendo que yo solía viajar a
San Juan en cualquier momento del año; en enero, marzo, abril, junio, julio, septiembre,
octubre o noviembre, pero aquella vez llegué con mi mamá e hija en diciembre; para ser más
exacta, en vísperas de Navidad.

Para esa época se estaba celebrando la novena de Aguinaldos. En las fincas no había
pista de esa navidad mágica y comercial que se descubre en las propagandas de Coca Cola y
de Galletas Noel. Lo más cercano a eso era un árbol hecho con llantas desgastadas, unas
sobre otras, todas pintadas de verde pino, encadenadas con un cable delgado del que
afloraban bombillas titilantes. De las veinticinco familias que vivían en Bajo Curia solo
cuatro se comprometieron con la novena, las mismas cuatro que reunían a todos los niños
por las noches para festejar.

Era dieciséis de diciembre y aún no se había armado el pesebre. Estaban esperando a


Flor, como siempre lo hacían. Sin duda ella es la líder, fue idea suya hacer la novena,
organizarlos, repartir las tareas y elegir quién se encargaría de preparar el avío para cada
noche. María, José, Jesús, el burro, la vaca y la oveja eran pequeños en comparación con el
follaje del pasto sobre el cual estaban postrados. Una lámina de cartón trozado les había
servido de casa y varias manotadas de arena formaron una playa donde se anclaron unos
patos que no se mantuvieron a flote en el agua. Era un pesebre pequeño, sencillo y modesto,
que todos los niños ayudaron a montar.

Isabella había congeniado con Emmanuel, un pelaito de cinco años que acompañaba
a su mamá, Dehaisa, cuando ella iba a ayudarle a Flor por días con los oficios de la finca. En
esos tiempos los dos fueron uña y mugre; juntos, de arriba para abajo en el establo, en la
hamaca con hilachas azules, en el patio. Eran como las cinco de la tarde cuando Isabella,
Enmanuel, Flor, Dehaisa, mi mamá y yo llegamos a Fénix; teníamos afán porque habíamos
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llegado sobre el tiempo y aún las porciones de maíz, papas fritas, salchichas y plátano no
estaban servidas en los platos de icopor. Me encarté ayudando a Flor, mientras Isabella y
Enmanuel estiraban la cabeza para medio ver qué había dentro de la nevera de helados. Lo
último que recuerdo es que ella preguntaba por un Heladino, mientras Amanda, la tesorera
de Fénix, le decía que no había. Eso fue lo peor que le pudieron haber dicho porque
inmediatamente se atacó a llorar. Las lágrimas le caían de los ojos sin esfuerzo alguno.

Emanuel decía: “Ya, ya, ya, no llores”. Lo único que nos faltó a mí mamá y a mí fue
pararnos de cabeza para que ella pensará en otra cosa y se le olvidara el asunto del helado.
Su llanto se había prolongado por quince minutos y no parecía tener intención de parar. Los
demás niños cantaban los villancicos y de tanto en tanto nos miraban con disimulo. Ya habían
terminado de rezar la novena y las miradas de todos los asistentes estaban encima de los
cuatro. En un momento yo me fui a ayudar a Flor a servir la gaseosa y mi mamá se quedó
con ellos, al instante se levantó de la silla en la que estaba, se quitó una chancla y le dijo:
“Como no quiere dejar de llorar, tocó reprenderla”. Le pegó un chancletazo en la cola que
dejó a Isabella muda. Sin palabras también quedaron los demás, incluida yo.

Todavía le salían lágrimas sobre el rastro de aquellas que se le habían secado en las
mejillas, pero ella ya no decía nada. Yo la senté en mis piernas y le di un par de sorbos de
gaseosa, a la vez que con el dorso de la mano le limpiaba las últimas gotas que se habían
quedado a medio camino entre sus ojos y los cachetes. Isabella volvió a respirar con
normalidad y al rato se fue con Emanuel a jugar a las cogidas con los otros chiquitines,
quienes al verla le preguntaron si estaba bien. Yo volví a coger colores, los que había perdido
de la vergüenza, esa que se siente cuando una situación se sale de las manos. Todos se
comieron con ganas el maíz pira y la gaseosa, hasta que, uno a uno, se fueron despidiendo.
Al final quedamos Isabella, Emanuel, Dehaisa, Flor, Hernando, mi mamá, Amanda, su
esposo Francisco y yo.

“Re-pren-der”, dijo mi mamá despacito y tratando de vocalizar bien clarito. “Es que
abuela que quiere a sus nietos los reprende”. Aunque nadie esperaba el chancletazo, tanto
Flor, Hernando, como Francisco y su esposa, coincidieron en qué a los niños y niñas tocaba

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reprenderlos. Reprender es formar, educar, contener y enseñar a los niños sobre cómo hay
que comportarse. Esa noche hablaron sobre cómo se reprendía a un niño; yo aprendí que
corregir es una forma de enderezar a los pequeños, de evitar que se malacostumbren y que
entiendan que sus acciones se desenvuelven en un margen de posibilidad, aquel que al
cruzarse tiene consecuencias, unas más severas que otras.

Francisco. –Un niño necio es culpa de los papás, por no ponerle freno en el momento
que es; no después, porque ya para qué.

Amanda. –Sí, Pacho, pero hay que saber reprender. Mire, la chancla los vuelve más
necios. Yo le voy a decir por qué: le harán caso las primeras veces hasta que le dejan
de tener miedo, no cogen escarmiento.

Bueno, en realidad se trata de saber cómo reprender a los niños cuando ellos, llevados
por la emoción, la vitalidad, la necedad y la imprudencia de su edad, se portan mal, como me
lo explicaron más tarde esa noche. Isabella se había desmandado en su forma de llorar,
porque, a pesar de que se le había dicho que no había ese helado, ella podía haber escogido
entre otras opciones disponibles en la nevera. Sin embargo, ella prefirió ponerse rebelde
porque no había podido tener lo que quería. En resumidas cuentas, no sé podía permitir que
esa rebeldía cogiera larga; debía reprenderse porque esa necedad malacostumbraba a la niña.
Malacostumbrarse es, de esa forma, enseñarse a tener todo lo que uno quiere en el momento
exacto que lo quiere. “Y ¡No!, señoras y señores, la vida no funciona así”.

Por un lado, reprender tiene que ver con corregir los berrinches y las pataletas de los
chiquillos, pero también implica, como lo dijo Amanda tras frotarse los ojos del cansancio
del día, moldear el carácter. Ella había formado el carácter de sus tres hijos para que fueran
guapos o valientes y también tranquilos; es decir, para que se enfrentaran a los problemas
con entereza, con temple y con coraje. Levantar a un niño o a una niña conlleva guiarlo para
que aprenda a ser persona, pero no cualquier persona, sino una persona guapa. Por lo tanto,
las reprendidas servían para cumplir ese propósito.

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Hernando. –Lo que le faltaba era una buena calentada para que dejara de molestar
(dijo, refiriendo al momento en el que mi mamá reprendió a Isa).

Francisco. –Así lo educaron a uno. ¿Se acuerda, compadre?, que a uno le bajaban los
pantaloncitos que tenían como un resorte en la costura de la cintura y le estampaban
su golpe.

Hernando. –Claro, compadre, eso no se olvida. Eso lo formó a uno. Ni qué hablar
cuando les daba por coger el zurriago…

¿Sabe lo que tienen en común todas esas formas de reprender? Pues las calentadas,
ese calorcito que se siente como consecuencia de los roces bruscos con la piel, ya sea por el
contacto con la palma de la mano, con la suela de goma de la chancla o con el zurriago. Antes
de reprender a sus nietos, Hernando, a manera de advertencia, decía: “No busque que lo
calienten”, o daba un golpe en el aire simulando una palmada que dejaba calientes las manos.
Tras el llamado de atención, la mayoría de las veces los niños obedecían; las veces que no,
el segundo manotazo se estrellaba contra la piel sin hacerse esperar. Tras el guantazo, la piel
quedaba marcada con la forma de los dedos, el zapato o las tiras del látigo; dependiendo de
la fuerza, la huella podía negrearse en cuestión de horas o de días. Por supuesto, esas no son
las únicas opciones para reprender; menos usados, pero igual de efectivos, son los correazos
con verbena. La verbena es una planta espinosa al tacto que se utiliza, entre otras cosas, para
combatir el estrés, el cansancio, la ansiedad y el dolor de cabeza; y para castigar, puede llegar
a hacer brotar sangre si se golpea con fuerza contra la piel.

Los niños y niñas le tenían miedo a esas calentadas, que dejaban adoloridas las
piernas, los brazos y la cola. Yo pienso que, con el tiempo, a uno esos golpes lo vuelven
guapo, resistente, fuerte, en la medida que se aprende a soportar y a aguantar que a uno lo
levanten. Un solo juetazo basta para que el muérgano haga caso; el mismo juetazo que se les
da a los caballos cuando no quieren andar, cuando son voluntariosos y no hacen caso. “Uno
solo, pero bien dado, decía mi mamá”. La idea tampoco era coger a las criaturitas como violín

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prestado y pegarles con reiteración. Hay una delgada línea entre pegar para reprender y
hacerlo para maltratar.

El asunto es que los adultos también se desmandan, pierden los estribos y se salen de
sus casillas; cruzan esa delgada línea. Mi mamá siempre ha tratado de actuar con paciencia,
sabiduría e inteligencia cuando se trata de reprender a Isa; claro que a ella a veces su nieta le
saca la piedra cuando se pone regodienta, caprichosa y hace berrinche. Yo me he exasperado
por esas pataletas y he llegado a darle más de una palmada a mi hija. A uno se le suben los
ánimos a la cabeza, se acalora, porque a lo mejor es hora de comer y los pequeños contestan:
¡No quiero!, como un signo de protesta para saltarse los límites. Esa respuesta lo enciende a
uno, lo arrebata; la rebeldía enoja a cualquiera. Me acuerdo que Rosa me contaba que ella les
cascaba a sus nietas si no hacían caso, las niñas en respuesta cogían su celular y la grababan
en secreto. “¡Esas chinas son abejas! Luego, por la noche, le mostraban a Jairo. Y usted ya
se puede imaginar que yo me ganaba mis vaciadas”. Rosa les daba correazos, juetazos,
guantazos, palmadas; las calentaba y, al hacerlo, ella misma se calentaba, se enervaba de ver
que no la obedecían.

Cuando a uno se le salta el genio no respeta nada, se le olvidan los modales, la cortesía
y la amabilidad. Flor siempre les dijo a sus hijos que la respetarán; incluso, el día que muriera,
en su tumba, en ese pedacito de tierra, tenían que respetarla. Ella estaba dispuesta a hacer
cumplir esas palabras. Me contó que una vez estaban Ferney, un cliente, y ella; su hijo le alzó
la voz en frente del señor y dijo algo que no correspondía; la humilló, a lo que ella, sin
dudarlo, contestó con una cachetada que, en seco, frenó a Ferney. Se salió de control.

Esos golpes secos y bruscos en la piel, el rejo y el ramo espinoso de verbena, fueron
dejando marcas; “esas marcas levantaron buenos muchachos, buenas familias”, me aseguró
Flor. Pero no solo se trataba de las reprendidas, era necesario que aprendieran el valor del
trabajo.

A la mañana siguiente de haber corregido a Isabella, mi mamá y Flor sorbían de a


pocos el tinto endulzado con panela que por lo caliente hacía tibia la cerámica del pocillo.

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Isabella estaba sobre las piernas de su abuela esperando a que el café se enfriará lo necesario
para poder tomarlo con pan. Mientras esperaba, apoyaba su cabeza en el pecho de mi mamá,
y suspiraba con cada beso que ella le daba en la cabeza. Ahí Flor nos miró a las dos y dijo –
En una mano el pan y en la otra el rejo. Lógicamente ella se refería a que ella ya había recibido
rejo y ahora era hora de recibir el pan.

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Del cielo para abajo, cada uno a su trabajo

Fotografía 5. Niño haciendo oficio al encerrar el ganado. Vereda La Lajosa. 2017

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Sofía tenía un miedo tremendo hacia esas bichas alargadas con piel escamosa de
colores brillantes y ojos chiquiticos negros. Ellas se la pasaban buscando agujeros estrechos
donde enroscarse. Pues resulta que una vez, en la casa de palitos, duraron como cuatro días
sin que llegará el agua; era raro, porque la bocatoma estaba bien y la llave abierta hasta su
máxima capacidad. La presión del agua represada al interior de la manguera al final sacó
disparado lo que parecía ser el cadáver seco y achicharrado de una de esas bichas. “Tal vez
estaba buscando casa y se metió en la manguera; entonces, cuando empezó a salir el agua, se
quedó atascada y se ahogó; después, cuando el agua cayó con más presión, salió”, dijo Sofía,
intuyendo lo que debió haber pasado para que se impidiera el paso del agua.

Terminamos hablando de culebras porque empezamos hablando de perros, de perros


enfermos. Huber era un cachorro que murió a los pocos días de empezar a cagar sangre.
Nicol estaba más que recontra segura de que él había muerto por la picadura de una serpiente.
De pronto la responsable había sido una bicha con rayas blancas, rojas y negras; esas eran
muy frecuentes de encontrar dentro de los palos secos. Sofía, Nicol y yo estábamos cerca de
un palo similar, solo que de él pendían dos cuerdas metálicas; extendíamos camisas, medias,
shorts e interiores acabados de lavar. La tarea nos había dado tiempo para hablar de todo,
hasta de las temidas culebras.

Por las mañanas solo se escuchaba al viento mover las hojas de los árboles y sacudir
las prendas en las cuerdas. Hacía un mes el televisor no se prendía por la señal entrecortada
y la falta de pago del servicio de Tv Cable. Desde entonces el silencio se había convertido en
el protagonista durante las primeras horas del día y era el causante de que uno pudiera
escuchar a la perfección el paso de los carros sobre la pavimentada. En medio de la llanura
las niñas tenían mucho espacio para correr, eso les gustaba mucho, y más, si se trataba de
correr para jugar baloncesto o fútbol. Sin embargo, antes del juego venían las
responsabilidades, más concretamente los oficios como el que Sofía y Nicol hacían al
extender la ropa limpia.

Nicol se empinaba en la punta de sus pies para colgar un par de pantalones. Pasó un
largo rato hasta que desocupamos la caneca de pintura que servía de balde. Para ese momento

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el sol había secado la tela y ésta apenas se sentía húmeda al tacto. En vacaciones las dos
hermanas aprendían de Rosa los oficios de la casa y el cuidado de la finca. Por la mañanita
bien madrugadas salían al establo a ordeñar. A Sofía no le gustaban las vacas, a pesar de eso
se preocupaba por ellas y les tenía cariño. Nicol, en cambio, llevaba en su piel las marcas que
los animales habían dejado por los mordiscos y rasguños que en su momento hicieron perros,
gatos, pollos, vacas y gallinas.

Rosa. –Yo les enseñó a ellas a hacer de todo en la finca, a ordeñar, a encerrar, a hacer
aseo, a hacer oficio; en conclusión, todo lo que implica hacerse cargo diariamente de
una casa.

Sofía interrumpió. –¿Por qué, mamá, si yo lo que quiero es estudiar? (decía mientras
miraba a su hermana cogerle las tetas a Patepalo).

“Es verdad que sin educación uno no vale un peso, pero en la vida usted tiene que
aprender a hacer de todo, porque de pronto le puede tocar como a uno. Vaya más bien y me
alcanza la tableta para empezar a despuntar los cuartos”. Antes de ordeñar tocaba sacar un
chorro de cada cuarto, es decir, de cada ubre de las vacas, en un pequeño pozo de la tableta
para revisar el estado del líquido blanco. Luego se les daba de comer y se arriaban al sitio de
pastaje. Más adelante les iré contando la experticia que se requiere para cuidar del ganado,
pero por ahora no olvide que las niñas y los niños participan de ese trajín como parte de su
crianza. Esto quiere decir que hacen del trabajo ganadero un oficio, un hacer para sus vidas.

Hacía poco, entre el potrero y la casa, había un corral con cincuenta pollos copetones.
Unos grandes, otros pequeños, todos para la venta. Con la primera manotada de granos de
maíz criollo salían par patadas a correr dejando a los más pequeños apartados del comedero,
de ahí que a los más pequeños les dejaran el maíz molido en una pequeña jaula que no podían
atravesar los demás. Nadie entendía por qué, de una semana, a otra empezaron a morir, al
punto que quedaron solo diez. Rosa sospechaba del corral, a lo mejor cuando las niñas
limpiaron no lo hicieron bien y esa mierda se fue acumulando hasta causar una infección que
se propagó. A leguas se les veía la tristeza a Sofía y a Nicol con lo sucedido y a Rosa la

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angustia por la deuda que tenía pendiente a causa del préstamo con el que había comprado
los pollos y que ahora no podría pagar sino difícilmente.

Este solo era el inicio del día que venía por delante, faltaba principiar con el oficio
de la casa: camas destendidas, ropa cochina, loza sin lavar, piso sucio. Yo crecí escuchando
a mi mamá decir que ese oficio era el más desagradecido de todos; la suciedad y la mugre
pronto retornan como si uno no hubiera limpiado. Usted puede o no ser consciente del
esfuerzo diario que requiere mantener una casa limpia y ordenada. Para resumirlo en palabras
de Rosa: “es desgastante”. Más o menos se limpia para volver a ensuciar y, así,
sucesivamente. De vuelta en la casa, Sofía y Nicol parecían abejas revoloteando para todos
lados, haciendo aquí y allá. En menos de lo que canta un gallo tendían camas, sacaban la ropa
para lavar y barrían para después trapear con una camiseta vieja impregnada de cloro.

Pero mire, ellas siempre andaban ocupadas haciendo algún oficio en la casa o en el
potrero con los animales. Incluso a veces, para hacerlo, se quitaban los zapatos, porque les
gustaba sentir el suelo en la planta de sus pies. “¡Eso es de guapos!”, decía Flor cuando las
veía descalzas. Le cuento que entre el pasto hay unos bichitos, que se llaman colorados, son
unos ácaros imperceptibles a la vista que habitan el prado de lugares cálidos, ellos pican; sus
picaduras dejan unas ronchas rojas semejantes a unos granos o ampollas que suelen aparecer
en grupo alrededor de la cintura o los tobillos, inflamando la piel. Ese sarpullido rasca mucho,
demasiado. Mientras que Isabella se entraba al pasto con tenis y todo su cuerpo untado de
Vick Vaporub y repelente para ahuyentar a los insectos, Nicol lo hacía sin chanclas y con
una pantaloneta que le llegaba arriba del muslo. Con todo y eso, Isabella no lograba salir
inmune; en cambio, Nicol sí.

Flor Marina y Rosa solían decirme que a las niñas y niños tocaba dejarlos hacer las
cosas por sí mismos, “sin perturbarles la cabeza con tanta quejadera”. Marcela, la nuera de
Rosa, llegó a contarme que una sobrina suya no era sanita ni aliviadita como sus hijos,
porque más se demoraba en empuercarse que su cuñada cositera en correr a limpiarla con
pañitos o, en su defecto, a bañarla y a cambiarla de ropa. La pobre niñita vivía metida en el
hospital de Granada debido a que a cada rato le daba fiebre, vómito, diarrea y resfriado. A

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todos los niños no se les trataba así. “¡Imagínese que Claudia, la más pequeña de la familia
de Rosa, se cayó y se abrió la cabecita!”. Algunas personas hubieran arrancado para el
médico. Pero no, Marcela lo único que hizo fue limpiarla hasta que por si solita le empezó a
salir una chacharita, una costra que le fue cerrando la herida. “Sin quejadera y sin botar
misterio”.

Rara vez, por no decir nunca, escuché a las nietas de Rosa quejarse. Sin duda alguna,
ellas se raspaban, sentían dolor de barriga, de cabeza; incluso, a Nicol, algunas noches le
dolían las piernas. Con eso yo me acordé de Delia, una mujer campesina, oriunda de
Sumapaz, cuando en alguna conversa decía: “Uno en el campo se las ingenia”. Así mismo,
le tocaba a Rosa con sus chinitas al verse enfermas. La historia es que, con ese dolor de
piernas, lo que Rosa hacía era masajearle la piel con alcohol y envolverle las piernas con una
sábana. Ni ella misma sabía de dónde había sacado esa idea, lo verídico era que servía. Ve,
ella se las ingenia.

Ni por esas yo les conocí un lloriqueo a las niñas. Es que ellas se levantaron a punta
de trabajo en la finca, el suficiente para que no se moreniaran y el necesario para que le
fueran cogiendo cariño al campo y al ganado. Cuando se trabaja en el campo la piel se
broncea, se morenea por efecto del calor que quema las mejillas, la frente, las manos y todo
lo que está expuesto a los rayos del sol. Si se recibe mucho sol, sin estar acostumbrado, lo
más seguro es que uno se insola; en ese caso, uno se cubre de maicena para desacalorarse. A
los niños se les va enseñando a calentarse de a poco, sin que se vayan a asolear; si lo hacen
de totazo, corren el riesgo de enfermarse.

Las dos niñas son sanitas. Tienen color en las mejillas, los ojos luminosos, los labios
rosaditos y la piel del rostro rozagante, fresca. Son agraciadas y sencillas con sus jeans y
pesqueros azules, camisetas estampadas y moñas para el cabello. Los vecinos le dicen a Rosa
que debe cuidarlas por lo bonitas. Yo había notado que las mujeres guapas son fuertes,
audaces, pero ignoraba que también fueran esbeltas y atractivas. En alguna revisión de las
muchas que se han hecho a este escrito, Claudia Platarrueda me ayudó a ver que una mujer
blandengue, enclenque y esgalamida no es guapa. Se es guapa por tener temple, pero finura

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y encanto, a la vez, para hacer las cosas. Además, de lo bonitas, a las niñas se les notaba la
voluntad y el ánimo para responder por el oficio diario. Si bien eran pequeñas, ellas alzaban
solas las cantinas llenas de leche, los baldes con la tracalada de ropa, entre otras tantas cosas
tan pesadas que, al levantarse, dejaban las manos marcadas, rojas y adormecidas.

Rosa. –Ellas tienen que aprender, porque cómo van a hacer cuándo yo haga falta
(decía al ver a sus nietas bregar, haciendo algún oficio).

A las niñas les gustaba jugar a la casita, jugábamos a que alistábamos el almuerzo
para los peluches. Primero reuníamos palos y piedras para componer el fogón, las flores,
algunas semillas y los restos de hojas secas nos servían de comida. Uno de los perros, se
quedaba cuidando nuestro juego mientras salíamos a buscar vasos, platos, cucharas y la jarra
para preparar el jugo. Si teníamos suerte, había un galón de plástico y quizás dos o tres piedras
aplanadas sobre las que se podían poner cosas encima. Comíamos hasta que se nos inflaba la
pipa de mentiras. Nicol abrazaba uno de sus peluches, lo ponía en la tierra recostado a su
lado y simulaba darle cucharadas de sopa o seco. Las tres jugábamos a hacer oficio.

Usted puede estarse preguntando qué tiene que ver el hacer oficio con el levante de
los niños; si es así, usted no es el único, porque yo estaba en las mismas. Verá, yo seguía sin
entender por completo la importancia de hacer oficio. Para mí era clarísimo que había cosas
que uno debía hacer, porque son necesarias para la vida. Al menos así me lo repitieron a mí
cuando era pequeña y estaba acostumbrada a ayudar a mi abuela y a mi mamá en el aseo y
en la cocina. De tanto escuchar a Rosa decirles a sus nietas que ellas tenían que aprender a
hacer oficio recordé que yo también fui criada con esas palabras. Sobre mis veintitrés años
empecé a pensar que eso de hacer oficio no estaba limitado a ser capaz de limpiar y de
cocinar, más bien tenía que ver con el levante y con el hacerse gente.

Un oficio es un trabajo constante que lo acompaña a uno todos los días de su vida.
Aprenderlo toma tiempo, esfuerzo y dedicación. Yo me pregunto si después de todo ese
esfuerzo será posible desaprenderlo. Sucede que el hacer continuo y repetitivo le enseña a
uno a responsabilizarse de sí mismo, eso significa que no se depende de nadie para hacer las

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cosas; por ello, lo que está en juego es saber cómo manejarse uno mismo. La base para
empezar a manejarse es hacer las cosas por cuenta propia, sin pasarse por la galleta las
responsabilidades, sin evadirlas.

Entonces yo, todo ese tiempo, estaba pasando por alto un detalle que era tan evidente
como inadvertido: las niñas y los niños que hacen oficio aprenden a ocuparse de sí, no se
atortolan y no se asustan al hacer las cosas. De ahí la importancia de las palabras de Rosa:
“Yo les enseñó el oficio para que el día de mañana esas chinitas sean acomedidas”. Comedir
es servir y ayudar, pero también es moderarse y contenerse. En la práctica, el oficio hace que
las niñas y los niños se mesuren; como me lo reiteraron varias mujeres, enseña a saber
mandarse al ruedo, para no salir como caballos desbocados a los que les han quitado la
rienda. Entonces, al comedirse uno, el carácter se forma, a la vez que se contiene. Fue tiempo
después que caí en cuenta que el hacer oficio supone una responsabilidad, no solo de hacer
las cosas bien hechas sino de criarse y de levantarse. Sofía me enseñó a verlo.

Lina. –¿Qué te gustaría estudiar cuando salgas del colegio?

Sofía. –Mmmm, ser esas cosas de investigación.

Lina. –Por ejemplo…

Sofía. –Por ejemplo, ser una astronauta, esas cosas; pero mi mamá dice que para esas
cosas uno tiene que estudiar mucho. En mi colegio ya han hecho las pruebas esas del
ICFES del primer, segundo y tercer período, y yo todas las he ganado.

Lina. –¡Uy! Entonces, te debe ir muy bien.

Sofía. –Sí. Es que yo quiero estudiar para que mi mamá no siga trabajando tanto.

Lina. –¿Del oficio de la finca?

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Sofía. –Ajá. A mí no me gusta verla toda cansada, por eso le ayudo. Mi mamá dice
que eso está bien, que así no me acostumbro a ser buchipluma.

Lina. –¿Buchipluma?

Sofía. –Sí, floja. Mire que a mí tampoco es que me guste quedarme sin hacer nada,
yo prefiero hacer algo y no quedarme como las otras peladitas del colegio, pensando
en tener novio y esas cosas.

Rosa escuchaba callada y cuando su nieta ya no estaba por ahí cerca me dijo: “Si ve,
por eso yo le digo que Sofía es una niña muy madura para tener nueve años”. Sofía viene de
una palabra griega que en español significa sabiduría; es una persona pensante, hábil,
inteligente. Tiene sentido, sabiendo que sus notas son las mejores del curso y sus manos las
más habilidosas para arriar y para encerrar al ganado. Mientras que otras niñas de su edad
hablaban del novio, de pintorretearse con polvos y brillos de colores, ella me hablaba de las
vacas, de su miedo a las serpientes, de sus ganas por salir adelante y de su mamá Rosa.

Yo me atrevo a pensar que el hacer oficio permite varias cosas. La primera es que el
carácter se contiene; ser acomedido y comedir no es más que aprender un oficio que conlleva
a aprender a manejarse a sí mismo, a contenerse. Lo segundo es que, en esa reprensión, o en
esa contención del carácter, uno se hace gente, va empezando a ser consciente de que las
cosas requieren de trabajo; para ser más precisa, de trabajo duro. En consecuencia, eso le
pone a uno un rumbo, un propósito; ¿cómo le dijera yo?, algo por lo que hay que camellar,
trabajar, esforzarse tanto. Lo tercero es que reprender a los niños y ponerlos a hacer oficio
les enseña a ser guapos, valientes y vigorosos. Ya he dicho que las niñas se enferman, eso
nos pasa a todos al ser pequeños; la diferencia es que no se corre al médico cuando una no es
tan cositera, o sea, que no se debe ser excesivamente melindrosa en cosas que pueden ser no
más que insignificantes.

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–No le ponga misterio (me decían a mí al ver mi cara de preocupación cuando Isa
hurgaba la tierra con las uñas e inocentemente se las llevaba a la boca). Déjela que
aprenda, que conozca, que viva.

***

Este trabajo para mí ha significado mucho más que una tesis. Me gusta pensar en él
como un aprendizaje a largo plazo, que va más allá de mi vida universitaria. Las
repercusiones de cada conversación trascienden estas páginas, me han hecho pensar y
reflexionar sobre lo que es la vida. A veces tanto, que me ha llevado a reconsiderar de mil
maneras esta escritura; una de esas enseñanzas se refiere a lo que significa ser niño y ser
guapo. En una ocasión me preguntaron y sugirieron que, si los papás de un niño no eran
guapos, entonces el niño tampoco lo sería. Yo me quedé pensando hasta el día de hoy en una
posible respuesta. Después de mucho cavilar, entendí que las niñas y niños también tienen
voluntad y, aunque no parezca claro, ellos pueden decidir cómo ser. En otras palabras, tienen
la capacidad de labrar su propio mundo, aun cuando sean acogidos en uno que ha sido creado
antes que ellos.

Las niñas y los niños son sujetos de su crianza, son activos, tienen carácter y con ello
decisión sobre las cosas. Tienen voces, opiniones, deseos, gustos, sueños, aspiraciones;
similares o diferentes a las de los adultos. Son capaces de construir su propio mundo, porque
tienen voluntad. De las niñas con las que he hablado y jugado he aprendido que uno puede
forjar sus propios caminos o andar sobre aquellos que ya han sido formados; uno tiene la
posibilidad de ser y hacer lo que quiere, por medio del trabajo y el esfuerzo diarios. Yo me
demoré en entender que los niños también se esfuerzan, se empeñan en hacer las cosas y
hacen sacrificios por lo que quieren. Mientras pensaba en eso, me perdí en las notas de mi
diario buscando alguna señal de cómo seguir trenzando esta reflexión, me quedé en blanco
por un rato, para luego encontrarme recordando pedazos de lo que había visto y escuchado
sobre Sofía y sobre Nicol, esas dos niñas tan particulares.

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Desde muy chiquitas, a las dos les ha tocado batallar con las uñas. Ellas son guapas.
Ser guapo, en parte, es una forma de ser que se aprende de alguien, uno ve a otras personas
encararse frente a las dificultades y las toma como ejemplo. Mirando se aprende. En los
problemas se encuentra la fuerza para sobreponerse y para seguir adelante. Ser guapo implica
tener fuerza, vitalidad, ánimo para trabajar, para hacer oficio, para esforzarse. Por las tardes,
Sofía, Nicol y yo hacíamos eso, ya fuera porque estuviéramos ayudando con la lavada o
porque nos poníamos a recoger vestigios del suelo para armar nuestro juego de la casita. Las
muñecas no hacían falta, se trataba más que nada del hacer; hacer de comer, hacer el oficio,
hacer tareas; hacer de todo en la finca. Ese hacer es el que lo enseña a uno y el que vuelve a
uno guapo en los momentos difíciles. Alguien guapo se mide por lo que se atreve a hacer;
por ejemplo, arriesgarse a meterse sin pantalón en el pasto plagado de bichos deseosos de
picar la piel descubierta.

El tema es que, si esa fuerza para arriesgarse no se contiene, se sale de las manos y
termina siendo puro y físico desmando, mero arrebato incontrolado. Como Yeimy, que se
soltaba toda, sin miramiento. Ella siempre estaba sin rienda, para atreverse a decir las cosas.
Esa característica suya era lo que impedía que fuera considerada una buena madre. Una
madre se contiene. Contenerse significa reprimir el impulso y también llevar o encerrar
dentro de sí otra cosa. Bonito es que uno se hace mamá porque contiene otra vida en el vientre
y después se contiene para levantarla. Sofía, sabiendo o sin saber, me hablaba del contenerse,
de ser capaz de dominar las emociones y el comportamiento frente a la vida. Ella decía que
no era buchipluma; que es como tener plumas en el buche, en el estómago, o sea, es no tener
nada, no tener nada adentro de sí. Uno es buchipluma si es flojo y alguien flojo es aquella
persona que no se esfuerza por hacer algo provechoso. Aprender a hacer oficio es aprender a
tener contenido y tener contenido es ser guapo. Podría decirse que como Yeimy era
desbocada no había aprendido a hacer oficio, es decir, no había aprendido a ocuparse de sí,
por “andar pensando en novios y esas cosas”. Por supuesto, ella tenía mucha fuerza, aunque
no necesariamente bien encaminada.

Ahora voy a empezar a devolverme, de adelante para atrás; primero con las
reprendidas y luego con el arrebate o el desborde. Las reprendidas ocurren porque los niños

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se arrebatan y se salen de las manos con su comportamiento. De niña sentía un miedo
aterrador cada que mi mamá me regañaba. Para mí, eso podía significar dos cosas: grito o
reprendida. Mi mamá es de armas tomar, más acciones que palabras; pese a eso, ella prefería
dar un grito o una palmada al aire como señal de advertencia, antes de “pasar a las manos”.
Reprender viene de prender, que es asir, agarrar o sujetar algo; se prende lo que se sale de
control, es semejante a recoger; coger lo que se está soltando. Reprender también tiene que
ver con reaprender, es decir con volver a aprender a hacer las cosas. A mí me reprendían
estando grandecita si no ordenaba mi reguero, me reprendían si lloraba sin control. En ambos
casos, hacía las cosas mal. Las reprendidas lo hacen guapo a uno; esa guapura es
consecuencia de lo que uno es y de lo que uno hace. El hacer es importante, de ahí que al
hacer oficio uno aprende a ser independiente, comedido, mesurado con sus cosas. Sofía y
Nicol entendían eso, casi al punto que Rosa no tenía que decirles nada. Ellas se iban criando
solitas.

¿Por qué se reprende? Uno reprende algo que se está soltando, con esa acción se
detiene lo que está cogiendo larga. Si las personas se desatan hay necesidad de sujetarlas; si
no, no. Es decir, para mesurar algo primero eso se tiene que arrebatar. La crianza de los niños
conlleva a reprenderlos y a contenerlos cuando se arrebatan y se cruzan las fronteras de lo
que es permitido. Yo pienso que los niños son capaces de reconocer esos márgenes, lo saben
la mayoría de las veces que alguien dice ¡No! Y ellos continúan haciendo lo que hacen por
necedad. Soltarse es ir más allá de. Isabella fue más allá con su llanto y rebeldía, se exacerbó
ella misma y con ello exacerbó a los demás. Sí, entre hijos y padres existe cierta
correspondencia y, a menudo, cuando los demás piensan algo como “estos chinos si
fastidian”, uno se arma de paciencia y resistencia para reprender su desobediencia. Es
verídico. Tanto como que uno, de mamá, se suelta de vez en vez si le sacan la piedra. Se
reprende a todo el que se arrebate o se desmande, sea niño, niña, mujer u hombre. Flor le
puso su taque quieto a su primer esposo, cuando él cogió confianza y se ensañó en pegarle;
también a su hijo mayor, estando grande, porque él le habló duro a ella frente a otras personas.

Le pido que ahora piense en los momentos donde se ha sentido exasperado, fuera de
sí, desbocado, arrebatado. Quizá no se ha percatado que en esas oportunidades se ha

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acalorado, la sangre le ha hervido y se ha encontrado enrojecido; más de lo normal.
Desbordarse tiene que ver con acalorarse, esto es, con el calor. Arrebatarse es dejarse llevar
por un impulso sin contenciones; es calentarse; enfurecerse; salirse de sí mismo, incluso casi
que al punto de volverse loco. Todos en algún momento hemos sido presa de esa sensación
que se propaga con rapidez. Nunca me ha gustado sentirme así, sin saber a ciencia cierta qué
esperar de mí o de los demás.

Las personas me han demostrado que vivir se trata de arrebatarse, de contenerse, de


reprenderse, de ocuparse de sí mismo; esforzarse, caerse, levantarse. Hay contrastes de
personas, lugares, momentos, formas de pensar y sentir que van dejando ver lo distinta que
la vida puede ser. Vivir es capotear al toro por los cuernos, aguantar sus embestidas, enlazar
bien la soga para arriar al ganado bravo; es caerse de la silla la primera vez que se monta un
caballo sin amansar, pero volver a intentarlo. Es una faena en la que uno se arriesga a jugar
con otros más experimentados o igual de novatos que uno, y donde cada movimiento puede
hacer que uno gane o salga de la partida.

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TERCER MOMENTO
TIEMPOS MACHOS HACEN BESTIAS GUAPAS

Fotografía 6. Hernando enseñándole a su nieta los becerros. Vereda Bajo Curia. 2018

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Las vacas negras dan leche blanca

Ella da mucha lora, tanta que si uno la pone con unas loras no se sabe quién da más
lora, si ella o las loras. Dulce María habla y habla y habla; o, digamos, balbucea muchas
palabras a media lengua, eso le es suficiente para hacerse entender. Se despierta con los gallos
o, si le digo, más antecito para ir a saludarlos. ¡Quiquiriquí!, les dice a los más grandes, a los
pequeños, pío, pío, pío. Tiene un balde rosado de juguete pequeñito donde va la leche que
ordeñan ese pite de manos suyas. De las vacas se sabía esa canción sobre la vaca Lola que
tiene cabeza, tiene cola y hace muuu. Andrés Julián, su papá, la llevaba al establo desde que
estaba en brazos. La primera vez que entró pudo haber sido cuando la bañaron en la leche de
una vaca toda negra para que agarrara fuerza. En abril de este año se cumplieron dos años
de eso.

Yo conocí a Dulce María en el establo, justo en el momento en que la estaban


bañando. Estaba empapada de leche y miraba para todo lado. El baño había consistido en un
chorro de leche que le mojaba la piel mientras su papá la sostenía debajo de las ubres de esa
vaca negra. Tiene que ser negra porque ellas poseen la leche de mejor calidad, la que tiene
más fuerza. Apenas terminaron secaron a Dulce con una toalla blanca y ella, quizás
desconcertada por lo ocurrido, prefirió dormirse. Cómo es de importante para los bebés
dormir, toca no despertarlos; ellos duermen al calor de sus orines, eso les permite crecer.
Flor, su abuela, no es partidaria de despertar a la niña cada tres o cuatro horas, como
aconsejan los pediatras, para que coma. Ni siquiera de recién nacida se levantaba a tomar
leche, bueno, leche no, eso no es lo que a uno de mujer le sale los primeros días; lo que sale
es calostro, un líquido amarillento y dulzón. Como leche condensada, decía Flor. El calostro
es vital, porque contiene muchos anticuerpos y proteínas que protegen al bebé de enfermarse,
lo nutren de alimento para crecer. A los grandes también se les da en el café o en el chocolate,
por nada del mundo se puede desperdiciar. Por nada.

Me quedó muy claro que el calostro y la leche no se pueden malgastar desde las
primeras veces en que ayudaba a Flor a preparar el desayuno. En una de esas tantas
oportunidades, mientras yo ponía la olleta con leche recién ordeñada en la estufa, ella partía

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con una piedra tres pastillas de chocolate Corona. Se me hizo fácil dejar las pastillas en la
olleta y darme vuelta a picar el cilantro y la cebolla para el caldo y no vi que ella estaba
esperando a que yo hiciera algo más. Ella se metió al pequeño cuarto donde estaban las tapas
de aluminio, cogió una pequeña y la puso encima de la olleta. Yo me quedé mirándola y ella,
a lo mejor sintiéndose observada, dijo:

–Si estuviera por aquí Hernando diría… ¿cómo es qué dice él?

Lina. –¿Sobre qué, Flor?

Flor. –Sobre la leche que dejó en la estufa.

Lina. –¿Cómo así, no tocaba ponerla a hervir?

Flor. –No, niña, si tocaba. Ah, ya me acordé. Olla destapada, mujer dejada. No ve que
la leche se puede regar si uno no la tapa y las tetas de las vacas se me pueden secar
porque uno no las cuida. No ve que ellas se ponen bravas.

Lina. –No sabía, Flor. Mi mamá es de muchos dichos, pero ese no lo había escuchado.
No le entendí. O sea, las vacas se ponen bravas, pero qué hacen.

Flor. –Esconden la leche o tiran a secarse.

Lina. –¿Solo a las vacas les pasa eso?

Flor. –Pues aquí sí, solo hay vacas. Pero cualquier animal se seca si uno le bota la
leche y eso es mortal.

Lina. –Me imagino, los deja sin la leche para la comida.

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Flor. –No solo eso, yo soy de las que usa la leche para cuando los nietos se enferman.
Usted sabe que los niños son muy propensos a coger gripas y a que se les congestionen
los pulmones. Si Andrés trae a la niña y está malita, yo cojo la leche de las vacas
negras, la pongo a entibiar con miel, sábila o menta y se la doy a la niña. En paro se
le quita la moquiadera. Lo importante de esos remedios es hacerlo con constancia
para que cojan fuerza.

No niego que el calostro y la leche contengan sustancia que alimenta y cura, pero me
atrevo a pensar que no es lo único que fortalece a los niños. Por ahora lo importante es saber
que ambas sustancias ayudan a levantar la vida de niñas como Dulce María, a las que muy
poco se les ve enferma, con el semblante decaído y sin ganas de jugar.

Dulce ha crecido tanto desde su bautizmo, el que ocurrió temprano, motivado


principalmente por el interés de Andrés Julián, quien no quería que su niña cumpliera el año
sin recibir el sacramento. Pensar que la conocí siendo del tamaño de mi antebrazo y que hoy
ya rebasa la altura de mis rodillas. Es alta, más bien larga, con piernas delgadas y fuertes.
Ah, muy fuertes. Antes de aprender a caminar ella se plantaba sobre el lomo de los becerros,
si bien sus paticas quedaban colgando, apretaban el cuerpo del animal para no caerse. No
había silla para montar, lo único era su pañal que hacía fricción con el pelaje. La cosa se
ponía interesante debido a que, en el corral, ningún becerro está amarrado de las patas o del
cuello, por el reducido espacio con el que cuentan; se mueven poquito pero igual se mueven.
Jenny, la mamá de Dulce, metía sus manos por entre las axilas para sostenerla mientras el
becerro se echaba a andar. Al inicio, el becerro no quería dar paso y estaba agarrando mañas
para no moverse. Luego, Andrés Julián dijo: “Gonzo, Gonzo, Gonzo”, y Gonzalo partió a
correr con la niña a las espaldas.

La Juanita es una potranca de dos años, herrera, es decir, sin amansar. Esa potranca
era de Andrés Julián y luego pasó a ser de Dulce María, a los seis meses. Esa es cafecita,
tranquilita y dócil, usted viera cómo se desvive la niña por cogerle la cara cuando la ve, no
se halla de la felicidad. No hay poder humano que evite que la monten una vez está cerca. La
Juanita se deja tocar y anda despacito, y para donde quiera que Andrés mueva la rienda. En

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ocasiones, Dulce monta sola y Jenny la coge de la cintura para asegurarse de que no se caiga;
otras veces se monta con uno de sus papás o con el ayudante de la finca. Dan una o dos
vueltas caminando por los linderos de Los Almendros hasta que la silla empieza a tallar en
la entrepierna. Con tranquilidad uno puede decir que Dulce María aprendió primero a montar,
antes que a caminar.

Uno de sus lugares favoritos en la finca es el establo. Además de encontrarse con La


Juanita están La Tuca, La Vieja, La Parda, Princesa, Maravilla, Valentina, Valeria, Catalina,
entre las otras vacas y sus becerros. A Dulce le gusta meterse con su papá mientras es la hora
del ordeño, cuando son aproximadamente las seis o siete de la mañana y solo están el
ayudante, las vacas y ellos dos. El ayudante conoce el establo, se mueve con tranquilidad
entre los animales. A pesar de que la piel de la yema de sus dedos es áspera y rasposa, a su
tacto las vacas permanecen mansas porque ellas reconocen su presencia, su olor, según él me
cuenta. Es que José Miguel tiene la experiencia de un ganadero resabiado, aunque su rostro
no cuente con las arrugas para probarlo. Él trabaja en la finca, cuidando el ganado; prepara
el forraje, arría, encierra, ayuda a curar, está pendiente de él todo el tiempo.

José aprendió el oficio del ganado con apenas tres años, en Tierralta (Córdoba), su
ciudad natal. Hoy ya tiene diecinueve y piensa que el ganado fue como una salvación. Es un
quehacer que le permitió hacerse un lugar en Los Almendros, como ayudante, cuando él y su
papá salieron de su tierra, hace ya cinco años, por la dificultad para rebuscarse el pan.

José. –Señorita, al principio yo la tuve difícil como todo cuando uno no sabe. La
inexperiencia ¿Me hago entender?

Lina. – ¿Cómo cuando uno hace algo por primera vez?

José. – Eso mismo.

Lina. – Casi siempre uno tiene alguien quién le enseñe, ¿no?

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José. – A mí me enseñó mi papá, así como hace don Andrés con la hija que la trae
para que ella mire y aprenda y le vayan quedando cositas.

Andrés. –Conmigo fue mi tío Fabio Villar y ahora con Dulce soy yo o mi papá. Yo la
traigo al establo para que reconozca los animales y no les tenga miedo.

Lina. –¿Y qué más hacen?

Andrés. –Uno la lleva para que les eche la comida a los animales, por decir algo.
Como a mí me gusta tanto el Llano, yo le regalé su caballo y mi mamá una vaquita.
Ambas son viejitas.

Lina. –Sí, la vi ayer montando a la yegua, lo más de linda. ¿Monta a la viejita por lo
que es pequeñita y casi no pesa?

Andrés. –No, no, no es por eso. Es porque, como ya no se asusta con cualquier cosa,
se deja tocar por todo lado y no se extraña de ver gente desconocida. Las jóvenes, en
cambio, pueden ser hasta traicioneras y si uno se descuida le pegan su embestida.

José. –Ya tienen experiencia.

Precisamente por esto se deja que Dulce participe del trabajo, así sea como
espectadora. Ella va conociendo a las vacas y las vacas, a su vez, la van conociendo a ella.
Ojo con esto, es clave para entender la relación entre la crianza y el ganado. Yo digo que en
ese espacio uno aprende la forma de conocer, de trabajar y de tratar a los animales; en
definitiva, uno aprende a levantar. Levantar es cuidar de la vida para que está salga adelante,
es una y muchas acciones, a la vez que se van haciendo en el transcurso del día a día. Lo más
bonito de ver es a los niños ayudar a levantar el ganado, es que con eso se están levantando
ellos mismos. Más o menos como si el esfuerzo por mantener la vida de otro hiciera posible
que la vida de uno se levante.

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Por si no se ha percatado: así como Dulce aprendía del campo en sus visitas a la finca
de sus abuelos paternos, algo similar pasaba conmigo. Al igual que Dulce, yo fui cogiéndole
cariño al trabajo, a la vez que experimentaba la delicadeza, la paciencia, el esmero y, más
que todo, la voluntad que implica cuidar el ganado. Lo que se enseña con el trabajo es a
levantar a los animales, a levantar la vida, yo creo. Le digo que, a mí, Flor, Andrés o José
me llevaban a ordeñar, a arriar, a encerrar e, inclusive, a curar al ganado; a veces, por
iniciativa mía, y otras, por sugerencia de ellos. Ellos pretendían enseñarme a mí el
conocimiento que implica ese trabajo para que yo se los pudiera contar a ustedes. Siempre
quisieron que usted supiera del trabajo que implica cuidar el ganado, de la brega por levantar,
porque ellos sabían que yo iba a escribir para usted acerca de eso. Para los tres es importante
darse la oportunidad de encariñarse con el campo, quién quita que usted lo haga desde donde
esté leyendo estas páginas y se anime un día a aprender o, si por lo menos le queda la
inquietud, se atreva algún día a conocerlo.

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Tener voluntad sin ser voluntarioso

Fotografía 7. Dulce María y Andrés Julián. Vereda Bajo Curia. 2018

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A estas alturas, tenía mucha curiosidad por saber qué se enseña a los niños del trabajo
ganadero y cómo se hace eso. Voy a empezar hablando de sus protagonistas: las vacas. En
Los Almendros, Flor tiene trece cabezas de ganado destinadas para la lechería, de sus treinta
y nueve vacas. Todas, sin excepción, llevan un nombre al que responden cuando las llaman.
A La Tuca le pusieron así dado que nació sin pelos en la cola, los que son el repelente natural
del ganado para espantar las moscas. De ahí que le dijeran “de malas, como una vaca tuca,
que no tiene pelos para taparse la cuca”. La Parda se llama así en vista de que es toda parda,
castaña. Valeria, Catalina y Valentina son los nombres de las nietas de Flor, que por
casualidades de la vida estaban de vacaciones en la finca, los días en los que nacieron las
becerras, por eso los animales se llaman así.

Los nombres de las vacas se van poniendo a medida que nacen o llegan a la finca. En
una ocasión, a Andrés Julián un conocido le regaló dos becerros Jersey, que son una raza de
ganado a la que el brío les llega muy jóvenes. Ese día yo iba con él y con Hernando de camino
a la finca cuando paramos a recogerlos. Les pregunté que cómo les iban a poner y entonces
Hernando dijo: “Deberíamos ponerle a uno Lina, porque se parecen; a los dos les llegó la
calentura bien jóvenes, usted hasta terminó embarazada”. A Andrés Julián y a mí nos cayó
en gracia la chanza de Hernando y nos reímos. Como los dos animales eran machos, a Andrés
Julián se le ocurrió decir “No, toca es decirle Jersey a Lina”. Todos reímos nuevamente.

Aunque por encima todas las vacas parecen iguales, en realidad no lo son. El ganado
blanco, garcero, de ceba, es más recio, más guapo. El de lechería es mucho más delicado y
propenso a enfermarse, “solo basta con que se le pare una hijueputa mosca”. Por esa razón,
el primero se manda a un potrero, al pastaje, y el segundo se deja en la finca, donde puede
cuidarse de cerca. Un dato importante es que el Llano era una región rica en ganado de cría
para la venta. Era –en tiempo pasado–, puesto que en la época de violencia y conflicto armado
murió tanta gente como cabezas de ganado, acabando casi por completo la ganadería de cría.
Nada qué hacer, les tocó ingeniárselas por otro lado, el de la lechería.

Lo que conozco sobre el ordeño se lo debo en gran parte a José Miguel, él me llamaba
para ir a ordeñar muy a las cuatro o cinco de la mañana. Afuera todavía estaba oscuro. Para

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las vacas ese era un momento muy especial pues José les permitía estar con sus becerros. En
promedio, eran quince minutos con cada una, sin algarabía y sin aspaviento, en parte gracias
a que él les cantaba. Tarareaba, “Ay, ay, quieta Princesa, mi compañera, que ya vamos a
ordeñar”. Se me ha olvidado decir que en el establo nunca hay silencio, no tanto por el
bramido del ganado o por el canto de José, sino por la música que él pone para calmarlo. En
realidad, lo que se escuchaba cada mañana era vallenato ventiao, la música que lo hacía
evocar aquellos años en Tierralta, en Córdoba, y que a las vacas parecía gustarles. No sé a
quién un día se le ocurrió decirle que a las vacas tocaba ponerles era música clásica y no los
clásicos del vallenato, como los que él sintonizaba en la radio. Esa sugerencia le sacó una
risita burlona. Zapatero a tus zapatos, dice el dicho. Él es el que las conoce y, por ende, él es
el que sabe lo que les gusta.

La primera en alistarse para el ordeño era Princesa, ella no tenía las patas traseras
atadas con un pedazo de cuerda. No estaba maniada sino que, junto a ella, su becerro mamaba
para estimular la salida de la leche. Una vez apartada de la teta la boca de su cría, unas manos
diligentes removieron con agua los restos de saliva y con el papel periódico secaron lo
mojado; después, esas mismas manos se deslizaron sobre la ubre, apretando suave para
permitir el paso del líquido blanco hacia el balde de aluminio. Suena fácil. Y en esencia no
es tan complicado, uno hace pequeñas pulsaciones hacia abajo con los dedos meñique,
anular, medio e índice, sin jalar ni apretar con brusquedad. Lo difícil es que, si la vaca lo
desconoce a uno, esconde la leche y así uno sea la persona más experimentada no hay nada
que hacer.

Hay vacas resabiadas que esconden la leche y becerros jodidos que se resisten a
mamar de la ubre. Como Tomás, que durante sus primeros días no mamó y fue José Miguel
quien se encargó de darle, a duras penas, un poco del calostro envasado en una botella vacía
de vino Cariñoso con un chupo enroscado. Aunque José le metía dos de sus dedos a la boca
buscando que él empezará a chupar, Tomás nada que aprendía; para colmo de males, su
mamá también había dejado de comer por la pena moral de ver que su cría no mamaba.

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Fotografía 8. José Miguel pensativo. Vereda Bajo Curia. 2017

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–¿Eso es grave? (me animé a preguntarle a Flor al ver que arrugaba el ceño de la sola
angustia que le producía saber que Tomás no se estaba alimentando con la leche).

–Sí claro, si no mama no recibe la leche calientica que es el amor, que es la vida de
un recién nacido, dijo ella.

–Pero, se la están dando con el tetero. Algo debe quedarle. Le contesté.

–Sí, pero eso no es lo mismo. Yo digo que eso es como si fuera huérfano, no reciben
la leche calientica, afirmó. Flor tenía razón, la leche ya no estaba caliente, a lo sumo tibia,
más propensa a enfriarse. Cuando el bebé toma leche del pecho de su mamá siente la tibieza
de su cuerpo, recibe el amor y el cariño de ella. Ese afecto es fuerza es fundamental para
levantar la vida de alguien o de algo.

La paciencia de José Miguel por fin surtió efecto y Tomás empezó a mamar de la teta
los rezagos del calostro. Gran parte de él había sido ordeñado en un balde rojo de plástico y
puesto en la nevera para conservarse hasta que alguien se lo tomara o se lo comiera. José
Miguel era el único en comerse los calostros, que son la “harinita” que queda después de
hervir por mucho tiempo el calostro. Esa harinita se mezcla con panela rallada para
endulzarla. Resulta que eso es lo que se les da a los hombres para ponerlos arrechos,
excitados, y a los caballos para que monten a las yeguas por primera vez.

La panela es una fuente tremenda de fuerza y de energía, tanto que Flor la usa para
todo. Cuando los animales tienen heridas abiertas o rozaduras, encimita se les pone panela
rayada para facilitar su cicatrización. Incluso, si uno se raspa, calienta un pedazo de panela
al fuego, la deja entibiar para no quemarse y se la pone encima de la piel. A las vacas que
son malas lecheras les dan melaza, que es panela derretida con sal, y ellas encantadas se
relamen el cuero. Si una mujer no tiene mucha leche se le da aguadepanela, sola o con
infusiones de hinojo, y en cuestión de días los senos empiezan a llenársele. Para los niños es
de mucho alimento tomarse un biberón de tetero, que es aguadepanela con leche. Antes de

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partir al potrero José Miguel se toma un pocillo de tinto preparado con panela para tener
energía, la verdad es que el día se empieza con esa primera taza de café.

Luego de que el estómago está medio lleno con el agua del tinto, José Miguel se va
por las vacas al potrero. Una de las primeras cosas que se aprende con el ganado es a arriarlo
y a encerrarlo. Las veintidós hectáreas de Los Almendros son ácidas, es decir dan poco
pastaje, y por lo tanto insuficientes para que el ganado se alimente; entonces, de la finca se
lleva a pastar a otro lugar. Entre el establo y el lugar donde las vacas pastan se gastan unos
treinta minutos caminando, diez a caballo. José desentierra la estaca de madera forrada por
un alambre de púas que les frena el paso a las vacas y se va diciendo pa’ afuera, ay, ay, pa’
afuera. Es necesario hablarles tanto como se pueda; con las palabras se educa y se forma a
los animales. Él les habla para que tengan disciplina y obedezcan, para apaciguar su carácter
impetuoso.

Durante el recorrido, José inicia con un ¡Ayyyy! que le nace en la garganta. Ellas le
contestan con un mugido agudo y sentido. Juntos hacen una tonada alargada que retumba en
la llanura silenciosa.

–¡Ayyy! Filas de ganadito por las huellas del cabrestero, ponerle amor al camino y
olvida tu comedero, ¡Ayyy!

A veces les silva como un pajarito. Y ellas se enfilan una tras otra detrás de él, saben
que no andan libres por la sabana, sino que van sometidas a su mando. Hay que estar en la
juega, pendiente, porque algunas vacas pueden descarriarse y una moto o un carro las puede
coger. Si no atendían a sus órdenes golpeaba el zurriago o un palo contra un árbol, no les
ponía una mano encima. Nunca. Al ganado hay que tratarlo bien, “con delicadeza”, me decía,
pero sin olvidar quién manda a quien. No se maltrata, porque las vacas esconden la leche y
sin ella no hay dinero que cobrar, ni forma de levantar a los terneros.

En el establo quedaban montañas de estiércol y charcos de orina, era imposible


caminar sin pisarlos. Al volver del potrero José amontonaba los cagajones lejos de donde

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ordeñaba o dejaba a los becerros más jóvenes. El resto del lugar se cubría de una capa
abultada y blanda de estiércol seco, la muñega, sobre la que se recostaban las vacas en la
noche. Aunque la mierda es usada para abonar la tierra, si no se recoge puede enfermar e
infectar a vacas y a sus recién nacidos. Primero los debilita, ellos dejan de comer y de mamar,
se secan y se les nota las costillas, babean; si caminan lo hacen con las patas temblorosas,
cabizbajos, apartándose del rebaño. Sus ojos se asemejan a los de una persona muerta, opacos
y chiquitos. Las hembras merman la cantidad de leche y su vagina, que es de color rosada,
se empalidece y blanquea. Al caer víctimas de la enfermedad, son presa de las moscas que
siembran su piel de larvas. Lentamente se quedan sin vitalidad hasta que mueren. Son casos
extremos que se evitan al máximo haciendo dos cosas básicas, dar buen forraje y curar.

Empecé aprendiendo lo primero, que es el dar buen forraje o alimentar. Me lo


contaron varias veces, pero yo no era capaz de entender por más que preguntara y preguntara
y ellos me repitieran y repitieran siempre lo mismo. Por fin pude ver qué hacían y entendí.
El esposo de Flor, Hernando, con ayuda de José Miguel, muele los granitos amarillos de maíz
y otras plantas para darles de comer a las vaquitas después de haber dejado fermentar lo
molido durante cuarenta y cinco días en un silo o chorizo. El forraje son hierbas secas que se
dan al ganado para alimentarlo. Para mí esa fue una sorpresa, yo me imaginaba que las vacas
solo rumiaban pasto, y no. Ellas comen tallos de plátano, maíz y sorgo, hojas de matarratón,
leucaena, totumo, casut, botón de oro y caña dulce o melaza. El silo se prepara con dos meses
de anticipación, más que nada antes de la llegada de enero, que es la época de verano cuando
hay escases de comida. Una vaca bien alimentada es gorda, ñoña, de lo contrario tira a verse
raquítica, con las costillas forradas exclusivamente por el pelaje y sin carne.

Le venía diciendo que a las vacas toca alimentarlas bien y curarlas. Curar si tiene que
ver con sanar algo que está enfermo; más aún, con la acepción de someter una cosa a la acción
de algo para que se conserve por mucho tiempo; eso ocurre con la piel del ganado, el cuero.
A las bestias les toca ser guapas, aún más cuando de su gruesa e impenetrable piel hay que
hacerle brotar nuches o gusanos. Inmóviles, atornillados a la carne. Flor me habló de los
nuches, esos gusanos gruesos, pálidos, de color blanco, rellenos de una sustancia suave,
cremosa y clara. Yo quería verlos, por eso se animaron a llevarme al establo.

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Era jueves, aunque bien pudo haber sido cualquier otro día de la semana, más o menos
a eso de las dos de la tarde, en ese punto donde el sol empezaba a no calentar tan fuerte.
Hernando, Flor, Andrés y yo estábamos en el jeep rojo, camino al potrero donde estaban las
vacas. Íbamos a curarlas, a desparasitarlas. Esa tarde me convertí en la desnuchadora oficial,
ya verán por qué. Si ellas no hacían caso, Hernando les daba juetazos en el lomo para
dirigirlas desde el corral hacia un corredor construido con tubos oxidados pintados de azul.
En cada extremo del pasillo había una palanca que solo permitía el paso de una vaca a la vez,
una a una caminaban hasta quedar atrapadas, una detrás de la otra. Hernando había traído una
lata a medio llenar con aceite quemado de carro, el que se untaba sobre la herida, con el
amero pelado de una mazorca. En teoría, el aceite taponaba los poros de la piel, impidiendo
la entrada de aire, asfixiando y haciendo asomar al nuche.

La piel se pone como de gallina, se eriza y los poros se brotan, así como lo hace el
cuero del ave al desplumarla, cuando recuerdo cómo mis dedos apretaban las bolas que se
formaban sobre sus lomos. Los ojos de las vacas parecían salirse, movían la cola de un lado
para otro, intentaban retroceder o avanzar; algunas mugían mientras batían sus cabezas. Pero,
a fin de cuentas, se aguantaban, resistían. Gotas de sangre roja espesa, carmesí, resbalaban
por el ‘pelaje. Luego, el nuche, a medio salir, se asomaba hasta que caía en la tierra tibia del
corral. Según Flor, al día siguiente, las gallinas se darían un festín. En más de un apretón,
salían hasta seis o siete nuches. Yo apretaba con gusto y estaba toda entusiasmada, tanto que,
a lo último, ellos ya no sacaban ninguno por dejármelos a mí. Después de semejante faena,
las vacas salieron del corral en dirección al potrero, para rumiar.

Qué impresión daba el ver el suelo convertido en una gusanera, colmado de gusanos,
nuches y larvas de mosca. Horroroso. Para los ganaderos resabiados ver eso en los cuerpos
de sus animales significa que los descuidaron, de pronto porque una herida no se cuidó bien
o le dio mucho el sol. La maña para que esto no ocurra está en embadurnar la herida a mano
limpia con veneno, una pomada roja, espesa, que no deja enconar la carne expuesta. En
ningún momento uno usa guantes y a veces hasta los zapatos estorban, porque lo mejor es
sentir cómo la tierra, el estiércol y el barro abrazan la palma de los pies. Al final siempre se

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sale del establo embarrado, sudado, con las manos manchadas de sangre e impregnado del
olor a mierda.

Pensé mucho cómo decirle lo siguiente. En la última hora esta línea se ha escrito y
reescrito muchas veces. Ninguna opción me ha hecho sentir lo suficientemente cómoda, por
más que yo la haya pensado de mil maneras. Siendo honesta, en ocasiones no hay mejor
lenguaje que aquel que es descarnado por ser real. Estoy por contarle otro de los cuidados
que implica tener ganado. Uno que me hizo pensar en que el desmando no es exclusivo de
las personas, los animales también se arrebatan y, al igual que en los primeros, su desmando
trae consecuencias que toca afrontar.

Las cosas pasaron así. Una mañana Dulce María e Isabella coincidieron en Los
Almendros. Juntas le tenían pánico a una gansa gris traicionera; esa bicha lo veía a uno
distraído y en paro salía a mandársele, como a picarlo a uno. Andrés Julián había optado por
darle a Dulce una zurriaga. Con ese palo largo y ligero del que se desprendían unas cuerdas,
que pegaban duro, las niñas se defendían de la intimidante ave. Eso mantuvo a la gansa a
metros, mucho más cuando vio a José Miguel agarrar dos gallinas para el almuerzo y
sospechó que, si se quedaba ahí, su destino podría haber sido la olla. Hasta ahí todo normal.
Las dos gallinas aleteaban mientras de sus patas una cuerda las sostenía colgadas boca abajo.
De cualquier modo, no alcanzaron a sacudirse mucho, puesto que el filo de un cuchillo
penetró el cuero de sus gargantas causando que un chorro de sangre cayera con rapidez al
suelo. En medio de la alharaca uno de ellos dijo:

Andrés. –Hoy vamos a capar a unos becerros, que están jodiendo mucho a las novillas.

Lina. –¿Cómo así, jodiendo?

Andrés. –Sí, para decirlo vulgarmente, están muy arrechos, libidinosos y, por andar
jodiendo a las novillas, no comen.

Jenny. –Toca castrarlos…

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Lina. –¿Y a qué edad hay que castrarlos?

Andrés. –Eso depende. Hay unos que lo hacen apenas se destetan, otros esperan a que
hayan ganado suficiente peso para no pararles el crecimiento. Pero, en promedio, es
como a los dos años y medio, dos años.

Lina. –¿Y sí o sí, toca castrarlos?

Jenny. –Lo que pasa es que, en una finca grande, pues, hay una parte solo para las
novillas, otra para los becerros y así; pero como está es pequeña, pues, todo está
revuelto con todo.

La idea de capar sonó excesivamente dolorosa. Ah, y significativa si se conoce que


supone debilitar algo. Yo no sabía que el ganado de ceba crece relativamente rápido y, sobre
los seis meses, machos y hembras empiezan a tener libido. En los becerros machos la
arrechera es tanta que el animal deja de comer por andar fregando. Literalmente,
molestando. Los becerros no solo intentan, sin resultado, montar a las novillas, sino que se
bravean al no poder. Por lo general, se ponen toreados, fieros. También se corre el riesgo de
que un becerro de baja calidad se junte con una hembra de mejor raza. En resumidas cuentas,
el animal tiene mucha fuerza y bien se sabe que, en exceso, todo es malo, por eso la castrada
es necesaria.

Lo primero que toca hacer es arriar y encerrar a las bichas en el corral. Estando allí,
Hernando atajaba con la soga la cabeza de uno de los becerros; una vez lo tenía enlazado del
cuello, lo llevaba a una parte del corral donde solo habíamos personas. Luego, pasaba una
cuerda por debajo de su vientre para doblegarlo y otra para amarrarle las patas traseras,
mientras Andrés, José Miguel y Edilberto –un vecino de la vereda– hacían fuerza para
tumbarlo. Ellos se reían y le decían a José Miguel “¡Coléelo!, ¡Coléelo!”. Él le cogía la cola
y se la metía por entre las piernas. En ese punto, el becerro estaba tendido sobre el piso y a
José apenas se le brotaban las venas de las manos de la fuerza que hacía al tirar. Andrés Julián

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terminaba por maniar una de sus patas, envolviendo la soga alrededor de la cabeza y las patas
delanteras, de tal forma que el animal quedaba amansado con sus cuatro patas maniadas.

Hernando. –José, no se le vaya a ocurrir soltarlo (él se refería a soltarle la cola).

José Miguel. –Tranquilo, don Hernando, que así es como lo hacemos en la Costa.

Andrés sacó de una bolsa negra su navaja, palpó con las manos las güevas del becerro
y cortó por encima el escroto casi a la medida de su dedo índice. Metió dos dedos por la
hendidura y empezó a jalar lo que estaba cerca para sacar los testículos. De la incisión
provenía un cordón de piel blancuzco, delgado y terso, que él iba jalando. Había piel sobrante
que a mí me parecía fibrosa, nervuda. Figúrese como si fuera un tendón, tal vez un ligamento.
Esa se troceaba con la ayuda del filo y de los dedos que intentaban desgarrarla. La güeva ya
afloraba por la rajadura, lo que motivaba a Andrés a seguir jalando. Tanto el testículo como
el pedazo de piel se sujetaban para empezar a torcerse. Al estrangular la piel se mermaba la
hemorragia; en realidad, era muy poca la sangre que teñía el pelaje pardo y el suelo
enlodazado. El becerro intentaba cancanear pese a que lo tenían domado por todo lado. La
membrana que cubría los testículos no se cortaba, se empuñaba y con un meneo vigoroso de
la mano se volvía a meter en el corte.

Isa y yo estábamos a unos pasos, siguiendo con la mirada atenta lo que hacían Andrés
Julián y los otros dos hombres. Dulce estaba alzada en los brazos de su mamá. Yo me
acercaba con despacio, intentando no asustar al becerro que podía desconocerme. Al darme
vuelta, vi que Isa, no muy lejos, se había acurrucado y observaba cada uno de los
movimientos del becerro, que había dejado de parpadear y tenía sus ojos cerrados. Medio
alcancé a decir: “–¡Quieta ahí!”, cuando Hernando me contestó “–Déjela, no moleste”, a lo
que Flor dijo: “–Más guapa que la mamá y que la abuela”. Y sí, para ser su primera vez en
medio de las vacas, teníamos mucho más miedo mi mamá y yo que ella.

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Fotografía 9. Isa, Andrés, José, Edilberto y el becerro castrado. Vereda Bajo Curia. 2018

–Lina, venga y recíbame acá (me dijo Andrés, mientras sostenía uno de los testículos
en el aire).

Las güevas no pesaban mucho, se sentían más bien livianas y tibias, calienticas.
Andrés Julián había tomado otra parte de la piel para sacar la otra güeva. No era un
movimiento delicado, tampoco brusco. Era persistente y fino, elegante. Yo tenía los dos
testículos sujetados y miraba a Andrés Julián ponerle una inyección de antibiótico al animal,
casi al instante le esparcía el veneno sobre el pelaje y ya estaba. Cuando los tres hombres
soltaron las cuerdas, el animal se incorporó en sus cuatro patas sin bramar. Pensándolo bien,
después de eso, ¿quién queda con ganas de relinchar? Esas bestias sí que son guapas, de eso
no hay duda.

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Después de castrar a los becerros, José Miguel volvía a abrir el cerrojo del corral para
dejarlos salir. Acomodaba la silla para montar antes de subirse al lomo del animal y encajaba
sus botas de caucho en el espacio de los estribos, agarraba la rienda con una mano y con la
otra le cuadraba la jáquima al caballo. Estando montado, estiraba el brazo para desenterrar la
estaca de la cerca y darles paso a las bichas. Era hora de llevarlas al potrero a pastar.

***

Un par de semanas después, diga usted, tres o cuatro, ese trajín de dar forraje, ordeñar,
curar, capar, arriar y encerrar empezaba a desgastar. Uno puede pensar qué los mantiene en
la brega diaria, uno puede creer saber qué es. Yo sería capaz de buscar, entre un montón de
elogios, cuál se acomoda más para describir su entrega con el ganado, y creo que aún, con
todos, me quedaría corta. Así fue, hasta que una palabra se me cruzó en el camino: voluntad.
La voluntad es la disposición para hacer algo; cuando uno quiere algo tiene la voluntad de
hacerlo, las ganas, el empuje, los motivos. Y lo hace con tesón; con firmeza, con
determinación y con perseverancia. Esa fuerza es la vida en sí misma. Piense que levantar la
vida es darle la posibilidad a otro de poder ser. A mí, la dedicación con la que los ganaderos
cuidan el ganado me enseñó que vivir es tener voluntad de levantar. Tener voluntad viene
siendo una forma de decir que uno es capaz de hacer algo y lo hace. No creo que esto sea
sencillo. Por el contrario, es de lo más difícil, siempre va a ser más simple no hacer nada.

Dulce María nunca se aburría en la finca, siempre había algo qué hacer, y ese algo, la
mayoría de las veces, involucraba a las vacas. Fácil. Ellas requieren de trabajo, uno que no
termina los fines de semana o los días festivos. Es interminable, sin descanso. Uno da y espera
recibir, uno recoge lo que siembra, le pone esmero, empeño y dedicación a las cosas que
hace; pone su vida en función del cuidado de los demás. El cuidado diario del ganado es
capaz de mostrar lo que significa siempre estar ahí para no dejar solo, enseña a esforzarse, a
moreniarse, por medio del quehacer cotidiano de arriar, de encerrar, de curar, alimentar y
castrar. Hace posible que uno palpe con las manos la forma en que la persona se fortalece y
agarra fuerza.

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Hacerse fuerte es cultivarse por medio del trabajo y el esfuerzo diario, claro, haciendo
oficio, pero sin dejar de lado la brega con las vacas. Lo primero que hace Dulce María, cuando
va de visita a Los Almendros, es levantarse por la mañana para echarle una mano a José
Miguel con el ordeño de la leche. Ella sabe que las vacas están en el potrero y que toca
arriarlas hasta la finca con ayuda de un palo, con el zurriago. Ella va ayudando a levantar al
ganado y con eso se va formando, va llenándose de contenido, de conocimiento, a sí misma.
Cierto, sin embargo, uno no se levanta a punta de solo trabajo y esfuerzo. No. Uno se fortalece
con sustancias, como el calostro o la leche o la panela, que son vitales. Como quien dice, uno
se relaciona con las cosas y esas cosas se relacionan con la vida de uno.

El calostro y la leche concentran fuerza, potencia, energía; tienen lo que hace falta
para levantar una vida y por eso no se desperdicia. Siempre que he intentado escribir sobre
el levante de las vacas, no he podido dejar de pensar que eso debe tener alguna relación con
la crianza y la infancia de niñas y niños. Trato de pensar en la insistencia de las mujeres para
que los bebes tomen leche y de tener en cuenta que hemos sido levantados por la leche que
tomamos de pequeños. La leche alimenta, anima a las personas y a los animales; como a
Tomás, les da fuerza vital, la posibilidad de crecer y de vivir. Me pregunto si será por eso
que las niñas y los niños son vitales, llenos de energía, de fuerza para hacer, para descubrir y
para aprender.

No se trata de cualquier leche. De hecho, no hay una sola leche sino muchas que se
van haciendo en función de su uso. En apariencia, la leche que Flor usa para curar la varicela
es igual a la leche que usa para curar la anemia. Pese a la semejanza de su aspecto, la primera
se deja hervir con un trapito anudado que lleva por dentro mierda de vaca fresca y un par de
hojas de toronjil. La segunda se cocina con una herradura de caballo usada hasta que el hierro
se pone al rojo vivo. Con esto estoy tratando de decir que leche es lo que es en relación con
otras sustancias y preparaciones. En últimas, de acuerdo a su contexto. La forma en la que se
entretejen esas relaciones hace que la fuerza de la leche levante o, por el contrario, enferme.
Si la vaca está enferma, su leche también lo está. Flor me decía que esa leche a uno lo puede
hasta matar. Ella estaba hablando de la leche que proviene de una vaca en cuarentena, ya sea
porque tiene brucelosis, mastitis, infecciones o está consumiendo algún antibiótico. Ninguna

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de esas leches se toma, tampoco se les hecha a los perros o a los marranos; en definitiva, es
mortal. Con el tiempo se aprende a reconocer la leche que enferma por su olor ácido, amargo
y por su color amarillento.

Yo pasé mucho tiempo tratando de rebuscar una respuesta sobre el porqué la leche de
la vaca negra era la mejor de todas. Me aferraba a la idea de que allí había algo velado, oculto,
algo que yo desconocía o, por lo menos, ignoraba, y que era vital. Hubo un momento en que
esa inquietud me hizo darle muchas vueltas al tema, casi al punto en que ya me estaba
quedando sin ganas para volver a escribir. Bueno, el caso es que la vida es mucho más sabia
y supo en qué instante darme luces sobre lo que yo buscaba con tanta entrega. Cualquier día,
Andrés Julián y yo hablábamos sobre cómo había surgido el Acopio Fénix del Ariari. Ariari
fue el nombre dado en honor al río Ariari, uno de los ríos más importantes del Llano. Fénix
fue por el ave fénix que resurgió de sus cenizas, como ellos renacieron después de la matazón
y de la plomacera que se vivió durante el conflicto armado en la región. El Acopio les
permitía a los ganaderos cobrar un ingreso mensual por la venta de la leche, cuando la
mayoría se había quedado sin mucho más que algunas de sus vacas. Él me explicó que eso
había ocurrido como una alternativa para los ganaderos acostumbrados a encebar sus vacas
para venderlas. La leche los levantó a ellos como pueblo, los ayudó a vencer la escasez de
dinero y les dio fuerza para seguir viviendo.

En esas, Andrés Julián me dijo que el ganado no era de esa tierra, sino que había
llegado muchos años atrás, por la conquista y colonización española. A San Juan llegaron
más que todo vacas con sangre europea, razas que son más mansas y delicadas. A diferencia
del Casanare, donde llegó ganado más arisco, recio, resistente y temperamental, por su origen
africano. Ese ganado es todo negro. Como es más guapo, los ganaderos bregan más. Tienen
que salir temprano con el atajo, un grupo de caballos que se seleccionan el día anterior para
montar, a la luz del bueyero, un lucero muy brillante que aparece a las tres de la mañana y
les sirve de reloj. Adelante va un puntero dirigiendo al resto, como no hay cercas, los límites
son las matas de monte y los meandros de los ríos. Al bañar a Dulce María con leche de ese
ganado, ella se impregna de vigor, de energía; en palabras de Andrés Julián, ella “agarra
fuerzas”, la fuerza del ganado, del ganado guapo, del ganado bravo, del ganado negro.

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El ganado tiene fuerza, a veces tanta que se debe regular, ya sea con el golpe del juete
o con el corte de la castración. Las vacas hacen exigencias; braman cuando quieren comer,
tienen carácter; pueden ser resabiadas o mansas, son capaces de esconder la leche o de dejarse
tocar de cualquiera, por todo lado, sin problema. Si se salen de control, se les calienta con el
zurriago, no sin antes advertirles golpeando las cuerdas del látigo contra un árbol o el piso.
Se parece al momento en el que se reprende a los niños. Primero se calienta otro lugar, dando
una palmada al aire, como señal de advertencia, como un llamado de atención que incita a
ponerse las pilas sobre algo que se está haciendo mal. Casi que se hace sentir el calor de la
palmada o del golpe, sin que en realidad se sienta. Esos son signos o gestos de contención
que muestran cómo, todo el tiempo, se va conteniendo a las personas y a los animales para
no tenerlos que calentar con las manos o el zurriago. Toca calentar un poquito, pero no tanto,
se invoca el calor para prevenir la calentada de facto.

Al calor de esas palmadas y de esos golpes, las vacas se van arriando, los niños se
van criando; la vida se va levantando. Hasta el máximo, se procura que los niños y las vacas
no se calienten directamente, porque de tanto darles empiezan a dejar de hacer caso y entre
más les cascan, más se desmandan. El calor opera como un estímulo que anima a echarse a
andar, a seguir caminando o a avivar el paso. Anima a que los niños le vayan cogiendo cariño
al campo y se les caliente la piel durante el trabajo; que se morenien, con delicadeza. Ahora,
ese calentarse tiene que ver con llenarse de contenido por medio del esfuerzo que se hace al
trabajar. Incluso alienta a los niños a crecer; el calor de los orines es tibio, confortante y, con
él, los bebés crecen. Lo mismo pasa con la leche que mama el bebé recién nacido de la teta
de la madre, así como con aquella que se baña a Dulce María, es calientica y vigorosa, llena
de ánimo y de fuerza para levantar. Aún más, la leche que se toma para aliviar malestares
como la tos, o el sarpullido, es tibia; si no, no se aprovecha igual. Yo me atrevo a pensar que
en ese calor está la fuerza que se necesita para levantar una vida y permitirle crecer.

Hay otro lugar del calentarse que es el arrebato, es decir, acalorarse por el desmando
y por el desborde. Estoy hablando del momento de la calentura donde uno alcanza su límite,
el margen, antes de ser capaz de comprender qué se debe remediar. Podría ser en ese instante
en que uno se atreve a desamarrarse, para andar sin rienda, que se está arrebatado y hace

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cualquier cosa como sacar un cuchillo para ensartarlo en el cuerpo de otra persona a manera
de atajo o reprensión. Yo considero que ese calentarse está ligado a un proceso de largo
aliento en el que uno aprende a contenerse y a ser mesurado. Criar consiste en estar pendiente
de que los niños se contengan, para reprenderlos si no lo hacen; es también dejar ser, para
que los niños se llenen de contenido a sí mismos. En últimas, se trata de tener voluntad sin
ser voluntarioso. A largo plazo, los errores enseñan a ser contenido, sabio, le muestran a uno
que para contener al otro hay que contenerse uno primero. Aunque, no todas las veces sucede
así, Yeimy se desmandó, se desamarró por completo, sin dársele nada. Ella se volvió
resabiada, escondió la leche y, a su manera, se rehúso a criar a sus dos hijas.

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HASTA AQUÍ LLEGÓ LA HISTORIA

Fotografía 10. Isa y yo. Vereda Bajo Curia, 2016

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Voy a terminar contando cómo empezó esta historia. Empezó el día en que con
diecisiete años una ecografía reveló que tenía algo creciendo en mi barriga. Todavía conservo
esa fotografía, cada vez más descolorida y desvanecida, porque me recuerda el momento
exacto en que mi vida cambió. Esa fue la primera foto de Isabella con cuatro semanas de
vida. Gracias a ella, usted está leyendo esto de esta forma; de lo contrario, el resultado habría
sido otro muy distinto y este momento no hubiera sido posible. Por ella, me interesé en el
levante de los niños. Quiero creer que esa curiosidad me llevó a quedarme en San Juan para
conversar con niños, niñas, mujeres y hombres sobre sus vidas, sus experiencias; para
dejarme enseñar lo que significa levantar, criar, trabajar, hacer, esforzarse y hacerse gente.
Levantar, del verbo levare, es aliviar, aligerar, en cierta medida es alentar; dar ánimo, ayudar
a cobrar y a recobrar el aliento. Criar viene del latín creare: engendrar y producir. Es crear,
dar forma a otra persona, moldear. El levante o la crianza se desenvuelve entre esos dos
quehaceres y propongo que pueden resumirse en una sentencia: dar fuerza.

Quisiera, ahora, despuntar las últimas costuras del tejido que he venido hilvanando.
Es ante todo una reflexión sobre lo que significa hacerse y ser gente. Mi propósito es hacer
evidentes las relaciones que se tejen alrededor del levante, la infancia, la crianza del ganado,
el trabajo diario, y el modo en que la relación, no necesariamente evidente, entre todo ello
hace sentido para la gente de San Juan. Es decir, busco develar que los conceptos que operan
en los ámbitos de la vida social están interrelacionados, por eso permiten, como dice Claudia
Platarrueda, y seguramente otras etnógrafas y etnógrafos antes que ella, juntar lo que en
apariencia está aparte. Porque eso es lo que es la etnografía. Se trata de mostrar una
conversación sobre la vida y sobre esas muchas relaciones posibles que se involucran, en este
caso, en el levante.

Esta tesis no es inocente, ni ajena a la historia, por ello brevemente voy a guiar su
atención sobre ciertos momentos que fueron definitorios para comprender las preocupaciones
de este escrito. Mi intención no es hacer una pesquisa histórica exhaustiva, más bien busco,
como expone Margarita Serje (2005), en El revés de la nación, territorios salvajes, fronteras
y tierra de nadie, establecer conexiones entre tiempos y espacios lejanos, que conforman una
lectura e interpretación de la realidad (p. 48).

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Habría que empezar diciendo que la expansión española en los Llanos Orientales trajo
consigo el crecimiento de una economía próspera, respaldada por la entrada del ganado.
Durante los siglos XVII y XVIII, las misiones franciscana y jesuita, a pulso lograron, enseñar
a los indígenas el arte de las actividades ganaderas (Pérez, 1998). La propagación de la
ganadería extensiva en tierras llanas, bajo la tutoría de los religiosos ayudó a germinar las
primeras generaciones de hombres que se apropiaron de los oficios ganaderos y dieron inicio
a los cantos de trabajo del llano. El ganado hacía parte de la base alimenticia de los
conquistadores: grandes consumidores de carne, que durante la avanzada y la conquista
exigieron la presencia obligada de hatos para alimentar a la población (Sourdis, 2012).
Cuando los sacerdotes jesuitas recibieron autorización de la Corona española, para abastecer
de carne de res al mercado de Bogotá, empezaron las travesías (Rey, 1977).

Muchas de las trochas que se abrieron por aquella época fueron labradas por el rastro
de arrieros transportando mercancías a distintas regiones del país, como lo fue “el camino
sanjuanero construido por las misiones religiosas para sacar el ganado atravesando el río
Ariari” (Molano, 1987, p. 21). Esta senda había sido utilizada por los jesuitas para sacar el
ganado de los hatos que se habían fundado en el siglo XVI. A menudo los recorridos
atravesaban despeñaderos, precipicios llenos de peñas y peñascos donde los rebaños
encontraban su fin; otras veces, la polvareda del verano o los lodazales y barrizales del
invierno ocasionaban caídas en zanjas y barrancas que en el mejor de los casos fracturaban
las patas de las bestias (Sourdis, 2012). Sobre las huellas de vacas y mulas, caminamos
nosotros.

Conocer esta parte de la historia regional significó para mi entender que en sí la


historia no es un puñado de libros empolvados que pocos se acomiden a leer, así como el
ganado no solo es un montón de vacas dispuestas para que de ellas se extraiga leche y carne;
ambas están inscritas en la piel, en los recuerdos y en la forma en la que las personas viven.
Era necesario ubicarme y ubicarlo a usted, mínimamente, sobre el contexto en el que San
Juanito está levantado para entender lo que viene de aquí para abajo.

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Lo que había detrás de las historias, que aquí tomaron lugar, era un diálogo, que yo
no veía, sobre el don y la fuerza. Hubo dos momentos claves que me hicieron ver la fuerza
que tiene el ganado. Uno fue cuando a Dulce María la bañaron con la leche de la vaca negra
para que, como decía Andrés Julián, agarrara “fuerza”; dos, cuando me contaron que ellos,
los ganaderos de la vereda, se habían vuelto a levantar gracias al Acopio Fénix del Ariari.
Con mayor precisión puedo decir que estaban hablándome de la fuerza que tiene la leche.

La leche como todas las cosas vivas, tiene fuerza. Puede tener más o menos fuerza
dependiendo de la alimentación que se tenga. Así lo expone Laura Beltrán Solano (2013),
citando a Vanessa Fernández (2013), en su etnografía sobre las experiencias del secreto, los
pactos y los encantos en Guacamayo y Contratación (Santander): la fuerza de la sangre
depende de la alimentación; de alimentos que estén “apenas” de sal. Con mucha sal pueden
ser enfermizos y con poca no alimentan (p. 84). Buena leche es sinónimo de buen forraje. La
leche que es, más bien, nociva, se caracteriza por ser salada; como dije antes, está leche puede
provenir de vacas en cuarentena, con brucelosis o que consumen antibióticos.

Ella siempre fluye, circula, se mueve; de la ubre al balde, del balde hacía la olleta, de
la teta a la boca del recién nacido. Incluso, cuando se hace cuajada campesina,
constantemente hay que revolverla y moverla con la mano para que la harinita se vaya
compactando, cuajando. Si se queda quieta, se apelmaza y forma grumos que han de terminar
en una mastitis que enferma a las mujeres y a las vacas. En “Substance and relationality:
blood in contexts”, Janet Carnsten (2011) considera que a la sangre se le atribuye ser “esencia
viva” debido a que es amorfa, móvil y circulante. Destaca el hecho de que “en muchos
contextos culturales la transferencia de fluidos corporales, como la leche materna o la saliva,
tiene un efecto transformador directo en la naturaleza de la persona y las relaciones que esa
persona entabla con los demás [traducción mía]” (p. 25). Según entiendo, la fuerza de las
sustancias tiene el poder de incidir sobre la vida social; a veces, conviene captarla, y otras,
evitarla. Tiene sentido; resulta preciso conservar el calostro y desechar la leche que enferma.
Vamos viendo que en términos generales la leche contamina, altera, contagia y afecta a la
gente que entra en contacto con ella, como entona una canción, “para bien o para mal”.

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En “Juan Díaz engañado por la riqueza”, Luis Alberto Suárez Guava (2008) afirma
que las cosas que tienen vida por dentro son encantos; un “encantao” es una figura de oro o
dorada que tiene vida propia y tiene la facultad de moverse. Tiene voluntad por dentro y eso
conduce su movimiento; eso nos está hablando de cierta personalidad que tienen las cosas
(p. 264). El profesor Carlos Páramo, en su conferencia sobre los lugares sagrados y sobre las
vicisitudes de una política pública (ICANH y Universidad Nacional de Colombia, 2017),
enfatizaba que voluntad significa dar y recibir. Lo sagrado es aquellas expresiones de la
voluntad del mundo que dan, por ejemplo, en los lugares; así, el mundo tiene vida, que es
fuerza y energía circulante. Lo que me interesa hacer notar de ambos argumentos es que la
fuerza puede obrar de tal manera que es ingobernable, indómita. En las cosas y en los lugares,
la fuerza, en ocasiones, se suelta, se potencia; es decir, se hace posible que los límites no
existan o, al menos, no de manera clara.

No está demás decir que, en la crianza de los niños, lo que en realidad ocurre es que
se manipula o se moldea su fuerza vital por medio de ciertas prácticas y del contacto con
ciertas sustancias. Las prácticas, como el reprender y el enseñar a hacer oficio, pretenden
formar el carácter, lo que tiene que ver con conducir la fuerza y la vitalidad, mientras que el
contacto con sustancias, como la leche, que se caracterizan por su propia fuerza vital,
impregnan de sí a la propia fuerza vital de la persona. Son dos fuerzas vitales las que se ponen
en contacto y se potencian, en momentos de apaciguamiento, o de calentamiento o de
debilitamiento de la propia fuerza vital.

Todo el tiempo la leche se está dando entre gente y animales, personas y vacas. Se
trata de un don. También es don el hecho de que, para hacerse gente, las personas se deban
las unas a las otras. Me atrevo a decir que, para Flor y para Rosa, en eso consiste la
maternidad, en darse todas. Es don, porque es dado, recibido y devuelto. Por supuesto que
darse tiene sus límites; una se da toda, pero a cambio de respeto, un don merece otro don.
Opera, como lo analiza Marcel Mauss (1979), en relación con el potlach, como obligación
absoluta de devolver los dones bajo la pena de perder el maná. Es una obligación de las cosas;
de recibir, de hacer, por un lado, y la de devolver, por el otro (pp. 162-169). Quizá, es por
esta razón que a Yeimy no la consideran mamá; a ella le dieron el don de ser mamá, pero lo

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rechazo, de modo que, lo que ha debido ser su propio don, no ha sido devuelto. Sin embargo,
para conocer la historia de Yeimy haría falta más tiempo y dedicación para propiciar un
encuentro, lo que permitiera comprender su historia desde lo que ella misma piensa de sí;
entender que es aquello que ha dado y que ha recibido; aquello que no ha podido dar o se ha
negado a devolver, así como aquello que anhela que le devuelvan. Este trabajo queda en
deuda con conocer a Yeimy, para intentar hacerle justicia a su historia, y a ella, con su propia
voluntad y su propio carácter.

Hacerse gente supone deberle a alguien más lo que uno sabe hacer, deberse a otros
que, porque, al fin de cuentas, uno tiene contenido gracias a ellos. Es como lo dijo Claudia
Platarrueda, en el Conversatorio “El Oficio del Etnógrafo” (ICANH y Universidad Nacional
de Colombia, 2018), uno habría de empeñarse en “reconocer el aliento de la mamá en uno”,
la fuerza vital que queda en uno de aquella persona que le dio contenido a lo que uno es. La
fuerza vital de la madre y, por supuesto, de otras cosas y de otras personas que a uno lo han
moldeado. Uno se hace con ayuda de otros y también ayuda a los otros a hacerse a sí mismos.
El don se da y el don se devuelve. A Sofía, Rosa le enseñó a hacer oficio y ella le enseña a
Nicol, su hermana, a ser comedida con las tareas de la finca. Andrés Julián le muestra a Dulce
María lo que significa el cuidado del ganado, de la misma forma en la que su papá y su tío lo
llevaron a él al establo para que viera e hiciera lo que debería hacer por sí mismo. Es un deber
que no solo comprende a la gente, de él participan en gran medida los animales, como las
vacas, que dan de su fuerza para levantar y para curar, aquella fuerza que ha sido levantada
y contenida gracias a la voluntad de quienes las levantan. El trabajo diario para levantarlas
hace que el carácter de los niños se forme, se afine; evita que uno sea desatado y ande por
ahí sin rienda y sin rumbo. Afinar entre otras cosas es perfeccionar o precisar algo para que
tenga finura (Anzola, 2018). Y en San Juan tener finura es ser guapo, valiente, decidido.

A mí no deja de sorprenderme la capacidad que tienen los niños para crear y


reinventar lo que de los adultos reciben. “Voces de niños” es un ensayo precioso sobre las
voces de los niños en la sociedad india, en el que Veena Das (2016) hace explícita la
capacidad transformadora de los niños y niñas. Dice que los niños son acogidos en un mundo
que ha sido creado antes que ellos, pero que, aun así, ellos tienen la habilidad de labrar su

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propio mundo (p. 37). Ellos tienen voluntad y son sujetos de su crianza, tienen voz y se
relacionan con el mundo de los adultos en sus propios términos. Ellos reciben y crean, como
Sofía, que en lo único que piensa es en estudiar para ser alguien y devolverle a Rosa, su
mamá, todo lo que ella le ha dado. Porque ellos han recibido, van aprendiendo a dar a su
manera, de acuerdo a su voluntad y a su carácter, que es lo que los hace gente.

Entonces, uno debe ser fuerte, arriesgado, contenido y comedido, para ser gente. La
vida es fuerza y energía; levantarla implica dejarla ser, soltarla y prenderla si se sale de
control. Dejarla ser es darle la oportunidad a las personas de que formen su propia voluntad
y su propio carácter para afrontar los problemas; significa también llenar esa vida de
conocimiento, de aprendizajes y de experiencias, de aciertos y desaciertos, que le van
enseñando a la persona a manejarse en los momentos de calentura, de tensión y de conflicto.
Creo que, al final, eso es lo que lo hace a uno guapo, encontrar la forma en la que se torean
las dificultades, sin sentarse a llorar ni a quejarse. Hay que tener la voluntad necesaria para
evitar que la leche se derrame; pero, si no, de nada sirve llorar sobre la leche derramada.
No tiene sentido lamentarse por lo que ya pasó y por lo que no se puede cambiar. Hay que
seguir adelante.

Este no es el final. La historia está en suspenso, en puntos suspensivos. Este apenas


fue un primer dedal de muchos que vienen por delante, de las tantas conversas que todavía
no están dichas sobre la vida y el levante, de lo mucho que me falta por seguir aprendiendo.
Entre ellas, le debo una conversa a los hombres y a las mujeres que, aunque me dieron a
conocer su experiencia y su conocimiento, ameritarían otras historias con otras preguntas y
con otras respuestas.

La vida continua para mí y para las personas que me ayudaron a hacer este trabajo.
Hoy, 6 de agosto del 2018, fecha en la que terminé de escribir esta tesis, Flor se encuentra
acompañando a su hijo Ferney, que fue diagnosticado con cáncer de colón, en el proceso de
recuperación después de haber terminado exitosamente las sesiones de radioterapia y
quimioterapia. A finales de este mes, él tendrá una cirugía, la que, todos esperamos, sea el
último paso para finalmente vencer al cáncer. Andrés Julián sigue viajando constantemente

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a San Juan, más ahora que él y su papá, Hernando, se encargan del trabajo de la finca, debido
a las ocupaciones de Flor. José Miguel sigue trabajando en la finca, pero quiere empezar a
estudiar Veterinaria. A finales del año pasado la nostalgia le ganó y viajó a Tierralta, en
Córdoba. Dulce María vive en Cumaral, con Jenny, su mamá; hace poco empezó a tomar
clases de Joropo con una vecina en una academia cercana a su casa. El otro año empezará a
asistir al jardín.

Yeimy le cedió la patria potestad a Rosa, quien le permite llevarse a Nicol cada que
se acerca la fecha de su cumpleaños y la Navidad. Sofía fue escogida como una de las mejores
estudiantes de su colegio gracias a que obtuvo uno de los puntajes más altos en las pruebas
que hizo el ICFES. Nicol espera poder celebrar su cumpleaños en octubre, ojalá con una
fiesta donde haya torta, gaseosa y, si alcanza, varias bombas de colores. De hacerlo nos
invitaría a Flor y a mí. Rosa sigue ocupándose del cuidado de sus dos nietas, y junto con
Jaime, su esposo, trabajan para poder pagar las deudas que tienen pendientes. Sus otros dos
hijos la visitan más frecuentemente, ahora que ambos se encuentran trabajando cerca de San
Juan como ayudantes.

En este punto final me quedo pensando un rato. Isabella me llama y pienso…


¡Levantarse es de guapos!

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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