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Jacques Brel: Vida y Legado del Cantautor Belga

Jacques Brel fue un cantautor belga conocido por canciones como "Ne me quitte pas". Aunque tuvo una familia, también tuvo varias amantes. Escribió "Ne me quitte pas" pensando en su amante Suzanne Gabriello. Tuvo éxito como cantante en París a pesar de dificultades iniciales. Murió a los 49 años de cáncer de pulmón en las Islas Marquesas francesas, donde había trabajado como piloto.

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Jacques Brel: Vida y Legado del Cantautor Belga

Jacques Brel fue un cantautor belga conocido por canciones como "Ne me quitte pas". Aunque tuvo una familia, también tuvo varias amantes. Escribió "Ne me quitte pas" pensando en su amante Suzanne Gabriello. Tuvo éxito como cantante en París a pesar de dificultades iniciales. Murió a los 49 años de cáncer de pulmón en las Islas Marquesas francesas, donde había trabajado como piloto.

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En familia.

El cantautor belga, con su mujer, Miche, y sus tres hijas, France,


Isabelle y Chantal, en 1959. Nunca fue esposo ni padre ejemplar. Escribió su
inmortal «Ne me quitte pas» pensando en Suzanne Gabriello, su amante. (Foto:
Cordon Press).

Historia de un gilipollas
De un fracasado, de un cobarde. Así definió el
cantautor Jacques Brel «Ne me quitte pas», la
canción en francés más radiada de la historia.
Libertario doliente, estrella del olympia o
taxista aéreo, Brel fue, sin embargo, muchas
cosas antes que un gilipollas.

Por Gonzalo Ugidos

'El cura Brel'. Así lo bautizó con sorna


el maestro Georges Brassens. En la
imagen, Brel en 1958.
Hace 30 años cayó el telón en la vida de Jacques Brel. En
alguna ocasión había dicho que «en la vida de un hombre sólo
hay dos acontecimientos importantes: su nacimiento y su
muerte». Tomando sus palabras al pie de la letra su vida
quedaría reducida a una elipsis tan sobria como su epitafio: 1929-1978. Sin embargo, su vida dio para
mucho más. Tanto que el autor de Ne me quitte pas, la canción que, según el libro Guinness, más
veces se ha escuchado en la radio francófona, se ha convertido en una institución. En Bélgica, una
estación de metro, ?0 calles, tres colegios y un tren llevan su nombre; en Francia, 27 calles y 38
colegios. También hay un asteroide llamado Brel.

Nacido en un barrio de Bruselas, sus raíces afloraron en muchas de sus canciones. Su progenitor,
después de haber pasado 20 años en el Congo belga, había fundado una fábrica de cartón y era un
burgués próspero. «Mi padre», escribió Brel, «era un buscador de oro. El problema es que nunca
encontró oro». El hijo compartía con él la avidez de otros mundos y creyó encontrarlos afiliándose a la
Franche Cordée, una tropa católica parecida a los boy scouts que buscaba la libertad y los grandes
ideales en el nacionalismo, las montañas y las obras pías, cuidando enfermos y ancianos. De aquella
educación sentimental le quedó para siempre un poso tradicionalista que se camuflaba con
declaraciones de fe libertaria. Allí conoció a Thérese Michielsen, a quien llamó siempre Miche y con
quien se casó cuando él tenía 21 años y ella 23.

Siempre fue un tipo escindido entre el anhelo de romper todas las ataduras y la culpa por no poder ser
un marido fiel y un padre amantísimo. Frágil, pero nunca débil, estaba dotado de una energía física
colosal y la quemaba en un inconformismo alérgico al entorno burgués. Vivía la seguridad como una
carga y el confort pequeñoburgués como una claudicación; necesitaba la aventura, cualquier cosa, tal
vez montar una granja de pollos. Amaba el paroxismo y abominaba de la tibieza, así en la vida como
en la música.

Por eso, cuando decidió dejar su confortable puesto en la fábrica paterna, no le importó conocer en
París la pobreza y la humillación. Había debutado en el cabaré La Rose Noir de Bruselas, había
grabado una maqueta para el sello Philips y cuando llegó a las manos de Jacques Canetti, exitoso
descubridor de talentos y hermano de Elias, el futuro Premio Nobel, comenzó dos semanas de prueba
en el teatro parisino Les Trois Baudets. El éxito fue discreto, pero a Brel no le quitó el sueño. Pese a
que Miche estaba embarazada de su segunda hija, decidió afincarse en París. Día tras día cantaba
como telonero en cabarés, en circos y mercados de verduras. Sufría continuos desaires y abucheos y
cobraba ?00 francos por tres o cuatro canciones por noche. Era 1953, un litro de vino mediocre
costaba 60 francos; un kilo de pan, 56.

Chófer, secretario y cómplice. Después de grabar su primer LP, que fue un fracaso en toda regla,
conoció a George Jojo Pasquier, que sería su cómplice inseparable en múltiples funciones de chófer,
mánager, secretario y mano derecha. Con su segundo LP, que incluía Quand on n’a que l’amour, el
éxito allanó su vida como una mansa lluvia sobre el secarral. Empezaba a imponer su personalidad
tumultuosa, su primer idealismo viraba hacia el realismo caricatural que lo haría grande.

Desde luego no era un triunfito, una estrella prefabricada, sino un artista que se iba cociendo en los
hervores de una biografía intensa. Tampoco era ya «el cura Brel», como socarronamente lo llamaba
Georges Brassens por la candidez samaritana de sus letras y porque, como confesaba él mismo,
«tenía el ojo del pastor, pero el corazón del cordero». Más allá de sus poses libertarias, postulaba
cierta perennidad tradicionalista, una moral en la que el pobre siempre es bueno, el rico, arrogante y
el tiempo, lacerante.

Más noctófago que noctámbulo, era un bulímico de los encuentros nocturnos, de los vasos, los besos y
los espejismos de la noche. El amor era una conquista deseable y una derrota inevitable.
Musicalmente flotaba sobre dos o tres acordes de guitarra; su voz tenía un timbre neto, pero sin
amplitud y recordaba a la de un aficionado con ciertas dotes y gusto por el expresionismo.

En una gira por Grenoble encontró al pianista y compositor François Rauber, quien le explicó que con
sólo tres acordes la inspiración llevaba plomo en las alas y nunca remontaría el vuelo. Nunca dejaron
de trabajar juntos, Rauber fue la otra mitad del éxito: el arreglista de todas sus canciones.
Con el tercer LP vendió 40.000 copias en dos meses, cantidad respetable en ?958. Miche, en Bruselas,
estaba embarazada de nuevo y Jacques preparaba su debut en el Olympia de París, a pesar de la
hostilidad del director de la sala, Bruno Coquatrix, que despreciaba a aquel tipo desgalichado, con
su ?,82 de altura, dentón y mal vestido. En la première Brel levantó tanto entusiasmo que parecía que
la sala iba a desplomarse. Sólo le faltaba un disco con canciones inmortales.

Salió en 1959 con temas como La valse à mille temps, Les Flamandes, La colombe y, sobre todo, Ne
me quitte pas. En seis meses vendió medio millón de copias. Aquel año glorioso dio más de 300
recitales y aguantó el tipo sin apenas dormir. Largas fueron las noches en las barras de los bares,
bebiendo cerveza, fumando como una chimenea, tentando al deseo y reinventando el mundo con su
inseparable Jojo.

Su mujer y sus tres hijas seguían en Bruselas, pero todo París sabía de los amores adúlteros de un
Brel atormentado por la culpa. La Rapsodia número 2 de Liszt y su amante, Suzanne Gabriello,
inspiraron la música y la letra del Ne me quitte pas. Ella tenía 23 años cuando se conocieron, cabellos
cortos y negros, ojos sombríos y una pizca de impertinencia. Fueron cinco años de ducha escocesa:
ahora me voy, ahora me quedo, no volveremos a vernos, ni contigo ni sin ti. Una decena de falsas
separaciones unen a Brel y a Zizou, como él la llamaba.

Cuando ella quedó embarazada, él prometió que se divorciaría, pero no aceptó la paternidad y además
compartió a Zizou con otra amante. Ella intentó suicidarse y lo abandonó. Fue entonces cuando,
desgarrado por el miedo, Brel escribió Ne me quitte pas (No me dejes). Algunos años después diría:
«Es la historia de un gilipollas, de un fracasado, de un cobarde».

En francés, la cantarían Edith Piaf, Nina Simone, Sylvie Vartan, Nana Mouskouri, Johnny Halliday o
Sting. En su versión inglesa, If you go away, estremeció a los públicos de Ray Charles, David Bowie,
Neil Diamond, Julio Iglesias, Frank Sinatra, Cindy Lauper o Patricia Kass. Así hasta más de 3.000
versiones de esta canción desesperada.

Con el éxito llegó el afán de consumar sus sueños infantiles. Quiso ser cineasta y trabajó en una
docena de películas, dos de ellas las escribió y dirigió personalmente. Lo operaron de un cáncer de
pulmón y cuando se extendieron los rumores de su enfermedad, zarpó en su barco, el Askoy, y se
instaló como taxista aéreo en las islas Marquesas, en la Polinesia francesa. Su bimotor prestaba
servicio entre Hiva-Oa y Tahití, 1.430 kilómetros que salvaba en cinco horas de vuelo. La enfermedad
le acosaba y la muerte se anunciaba en vómitos de sangre. Tres años le duró la inocencia de los Mares
del Sur junto a Maddly Bamy, una mulata joven, de cabellos cortos y silueta de pantera.

Tosía, se convulsionaba, deliraba. Tuvieron que llevarlo a un hospital francés. Murió de una embolia
pulmonar, a las 3 de la mañana del 9 de octubre de 1978, en la habitación 305 del hospital Avicena,
en la banlieu parisina. Había escrito que «morir no es nada, pero envejecer...¡ah, envejecer!». Tenía
49 años. Tres días después, voló por última vez desde Francia hasta el pequeño cementerio polinésico
de Atuona, en Hiva-Oa, donde descansa a unos pocos metros de la tumba de Paul Gauguin.

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