0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas38 páginas

Netzula

Este documento presenta la novela corta Netzula de José María Lacunza. La presentación contextualiza la obra en el siglo XIX y la búsqueda de la identidad nacional en México luego de la independencia. La novela busca definir a los mexicanos como descendientes de los pobladores que habitaban el país antes de la conquista española.

Cargado por

LuiMV
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas38 páginas

Netzula

Este documento presenta la novela corta Netzula de José María Lacunza. La presentación contextualiza la obra en el siglo XIX y la búsqueda de la identidad nacional en México luego de la independencia. La novela busca definir a los mexicanos como descendientes de los pobladores que habitaban el país antes de la conquista española.

Cargado por

LuiMV
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

NETZULA

JOSÉ MARÍA
LACUNZA
NETZULA

JOSÉ MARÍA LACUNZA

Esta colección ofrece un recorrido indispensable por la Alfredo Ruiz Islas


novela corta en México. Las primeras historias ven nacer Presentación
el México independiente; las últimas, el país que surgió
de la Revolución armada de 1910 y sus consecuencias
culturales. No importa que las novelas vayan ligeras de Braulio Aguilar y Karen Chincoya
equipaje, seguramente el viaje será largo. Edición

La novela corta. Una biblioteca virtual


www.lanovelacorta.com

Novelas en Tránsito
Segunda Serie
La novela corta. Una biblioteca virtual
www.lanovelacorta.com
ÍNDICE
novelas en tránsito
Segunda Serie
Presentación. José María Lacunza, Netzula
Gustavo Jiménez Aguirre, director
Alfredo Ruiz Islas 5
consejo editorial
Gabriel Manuel Enríquez Hernández, Verónica
Hernández Landa Valencia, Gustavo Jiménez Aguirre, Netzula
Eliff Lara Astorga y Luz América Viveros I. Eran los últimos días de Moctezuma 19
asistencia editorial II. La hija del guerrero continuó 29
Braulio Aguilar Velázquez y Karla Ximena Salinas Gallegos III. El día de un combate se aproximaba 33
IV. El día se acercaba 41
José María Lacunza, Netzula V. Los hijos de la España se han extendido 47
Primera edición digital: 22 de octubre de 2018
VI. La joven está solitaria y afligida 53
D.R. © 2018 Universidad Nacional Autónoma de México
Instituto de Investigaciones Filológicas VII. Octai, madre tierna 59
Circuito Mario de la Cueva, s. n. VIII. ¿Qué es la vida? 63
Ciudad Universitaria, C. P. 04510, Ciudad de México.

Esta publicación se realizó con apoyo del Fondo Nacional Noticia del texto 69
para la Cultura y las Artes a través del Programa de Fomento
José María Lacunza. Trazo biográfico 71
a Proyectos y Coinversiones Culturales 2017.

Diseño de la colección: Andrea Jiménez


Ilustración de portada: Gonzalo Fontano

ISBN: EN TRÁMITE (de la colección)


ISBN: EN TRÁMITE

Esta edición y sus características son propiedad de la


Universidad Nacional Autónoma de México.
Se permite descargar e imprimir esta obra, sin fines de lucro.
Hecho en México.
P R E S E N TA C I Ó N

José María Lacunza, Netzula


Alfredo Ruiz Islas

El xix es el siglo de los nacionalismos. Una época en la


que, en lugares de Occidente tan disímiles como Polo-
nia, Bélgica y la América hispana, las personas comen-
zaron a preguntarse quiénes eran. De dónde venían.
Qué era lo que, en determinadas circunstancias, podía
hermanar a sujetos enclavados al interior de un conjun-
to dado de fronteras, pero que, en realidad, tenían poco
en común entre sí. Personas que trataban, en algunos
casos con desesperación, de encontrar a quiénes podían
nombrar, con alguna dosis de certeza, “nosotros” para,
a continuación, tomar distancia de esos que, natural-
mente, serían “los otros”.
México no fue ajeno a la dinámica mencionada. En
el siglo xix, de manera sucesiva, tuvieron lugar la crisis
y la subsiguiente disolución de la monarquía hispánica
en ultramar, la proclamación de la independencia y el

5
6 PRESENTACIÓN RUIZ ISLAS 7

continuo experimentar con formas políticas que, por heredero del enemigo multisecular del mundo hispáni-
una razón o por otra, no convencían a unos ni resulta- co, el inglés; en otros casos fue el español, heredero a su
ban funcionales para otros. Los vaivenes de la política vez del conquistador, beneficiario de los excesos del ré-
no permitían, de ninguna manera, dar forma o siquiera gimen colonial, de las matanzas de indígenas, del expo-
poner sobre la mesa asuntos de tipo social que termina- lio de sus riquezas. Fue así, en el ser y el no ser, a caba-
ban por repercutir en la toma de decisiones y la cons- llo entre la argumentación justiciera y la incongruencia
trucción de condiciones para llevar al país adelante. Por manifiesta, que la identidad comenzó a encontrar su
ejemplo, la definición de la identidad nacional: ¿quiénes camino, a extenderse entre la población y a hallar los
eran ésos que, a partir de 1821, pero también desde medios necesarios para ser apropiada por los habitantes
tiempo atrás, se hacían llamar “mexicanos”? ¿Eran de un país profundamente regionalista, donde el tér-
mejores, peores o simplemente distintos de aquellos mino “México” no solía decir nada. O decía muy poco.
criollos que se habían levantado en armas contra el ré- Es en este contexto, entre el rescate de la tradi-
gimen virreinal? ¿Podían los que vivían dentro de las ción indígena y la expresión de rechazo a todo lo que
fronteras de ese inmenso Imperio mexicano conside- tuviera que ver con España y lo español, que vio la luz
rarse todos iguales? Eso mismo, la igualdad, ¿qué im- Netzula, obra de José María Lacunza, nacido en la
plicaba? ¿Era un asunto integral que involucraba a la Ciudad de México en 1809 y muerto en La Habana
persona como tal o sólo se refería al ámbito legal? en 1869. Como cualquiera de su generación —y de las
La definición de lo mexicano se tramó, como cabría subsiguientes— que deseara ser alguien en esta vida
esperar, desde dos polos: uno, el pasado; otro, el presen- y trascender, Lacunza se dedicó a la escritura de li-
te. En el pasado se ubicaron los referentes míticos, los bros y artículos periodísticos, a la política de gabinete
personajes sin mancha, los creadores de grandes civili- y a la diplomacia. Esto mismo le permitió intervenir
zaciones cuyo tránsito glorioso había sido truncado por en los asuntos de interés general del modo en el que
obra de la Conquista. Por su parte, en el presente se en- era habitual para los hombres públicos del siglo xix,
contró lo que no se quería ser, lo que resultaba repug- al ser, por una parte, productores de noticias en su fa-
nante, lo que se abominaba y de lo que, a toda costa, se ceta como integrantes de la administración pública o
trataba de huir: en algunos casos fue el estadounidense, del Congreso, mientras que, por otra, eran quienes se
8 PRESENTACIÓN RUIZ ISLAS 9

encargaban de formar la opinión pública mediante y rechazar de inmediato lo otro, lo que no merecía ser
el análisis vertido en notas, opiniones y comentarios incorporado a ese ser nacional bajo ninguna circuns-
publicados por los diarios. Requería, entonces, ser un tancia: lo español. Incongruente, sin duda, visto que
hombre de su tiempo en toda la extensión de la pala- se vivía en un país profundamente mestizo, pero com-
bra: uno que estuviera al tanto de lo que flotaba en el prensible al considerar los fenómenos que tenían lugar
ambiente, que tuviera capacidad para tomar una pos- más o menos al mismo tiempo que Lacunza daba forma
tura y, quizá lo más importante, que pudiera transmi- a su relato: tres años atrás, el gobierno de Vicente Gue-
tirlo por los canales adecuados a los reducidos grupos rrero había ordenado la expulsión del país de todos los
de lectores que existían en el momento. españoles que no estuvieran casados con mexicanas, que
Netzula, escrita en 1832 y publicada en 1837, es no tuvieran hijos mexicanos o que no padecieran alguna
una toma de postura. Tan simple y tan complejo como enfermedad que los incapacitara. Unos meses antes, en
eso. Una toma de postura frente a un asunto que, según se noviembre de 1828, una turba enfurecida había entrado
ha visto en los párrafos anteriores, requería ser some- al edificio del Parián, donde tenían asiento los principa-
tido a escrutinio y, sobre todo, precisaba de respuestas les comercios españoles de la capital —y probablemente
claras: la identidad nacional. En concreto, quiénes son del país— y había arrasado con todo. El sentimiento
los mexicanos, de dónde vienen, dónde encuentran sus antiespañol era palpable. La necesidad de tomar vengan-
raíces. La respuesta que emana de la lectura de la obra za por los ultrajes recibidos a lo largo de los trescientos
no deja lugar a dudas: los mexicanos descienden de los años de existencia del virreinato de la Nueva España,
pobladores que habitaban el Anáhuac antes de la Con- reales o imaginarios, anidaba en el pecho de muchos y
quista. Heroicos, cierto, pero también sensibles, cultos, sólo buscaba la ocasión adecuada para salir, ya fuera en
inteligentes y civilizados. Nativos que sucumbieron forma de discursos patrióticos, de actos vandálicos o de
ante el acero y la pólvora, que vieron al español irrum- instrumentos legales. O incluso de novelas.
pir en su territorio y tomar todo lo que encontraba a su Netzula es una novela corta, es decir, un texto más
alcance. Indígenas, en suma, cuyas figuras debían ser re- rico en detalles que el cuento, pero menos prolijo que
cuperadas y, al mismo tiempo, situadas frente al enemi- la novela. En este caso, la extensión del relato impone
go para aquilatar lo rescatable de la naciente identidad límites estrictos al mundo novelado y obliga a Lacunza
10 PRESENTACIÓN RUIZ ISLAS 11

a concentrarse en los elementos de mayor profundi- mática, como sería el caso de los trabajos de Gregorio
dad. Así, el paisaje es solamente bosquejado con trazos López y Fuentes o Rosario Castellanos en el ámbito
gruesos, bastos, de esos que permiten saber dónde tiene nacional, o de Karl May y J. Fenimore Cooper en el
lugar la acción, pero que evitan entrar en detalles al internacional. Conviene entonces preguntarse qué in-
confiar en que el lector será capaz de inferirlos de for- dígenas son esos que pueblan el texto de José María
ma apropiada. Lo mismo sucede con las acciones que Lacunza, de dónde surgen o, quizá, a qué se parecen.
se ubican más allá de la órbita en la que se mueven los Como punto de partida parece adecuado decir
personajes: se esbozan, se comentan más o menos al que, entre los múltiples intereses intelectuales de José
pasar y se deja al lector la tarea de situarlas con mayor María Lacunza, se encontraba la Historia. Muestra de
precisión. Ambos procedimientos le permiten al autor ello es la disputa que sostendría, en la década de 1840,
contar con el espacio suficiente para desplegar frente al con José Justo Gómez, conde de la Cortina, a propó-
lector lo que de verdad le interesa: los sentimientos que sito del método que debía seguirse en la enseñanza
invaden —y que incluso desbordan— a los protagonis- de la disciplina histórica, los fines que debería tener
tas de su relato, los lazos que se tienden entre aquéllos la transmisión de conocimientos históricos a distin-
y los distintos modos en los que sufren alteraciones a tos segmentos de la población y los temas que ten-
medida que el drama se desarrolla y queda de manifies- drían que ser considerados en el proceso. El hombre
to la infructuosa lucha que se traba entre indígenas y hablaba, no desde la intuición, ni tampoco desde la
españoles. ocurrencia. Por el contrario, sus conocimientos le per-
Según afirman los expertos, Netzula es la primera mitían remitirse al mundo clásico, a las figuras desde
novela de tema indígena escrita en México. Es decir, la las que se construía la argumentación histórica en Grecia
primera en la que los indígenas se ubican en los papeles y en Roma, a las características poseídas por el discur-
principales y, desde sí mismos, dan cuenta de su andar so histórico en distintos momentos y escenarios. No
por el mundo, de sus intereses y sus preocupaciones. obstante, aun ahí era notorio que el pasado propio,
Sin embargo, como puede apreciarse desde el primer su pasado en tanto individuo perteneciente a un con-
momento, la novela no se parece en nada a cualquier glomerado humano en particular, le era más bien ig-
otra que pudiera encontrarse dentro de la misma te- norado. Sabía de la antigüedad grecolatina, sí. Y quizá
12 PRESENTACIÓN RUIZ ISLAS 13

sus saberes eran amplios. Por el contrario, de México podía observar el final de una civilización, pero no de
parecía desconocerlo casi todo. Diez años antes, al mo- cualquiera, sino de esa, la prehispánica, la del Aná-
mento de escribir Netzula, esa falta de conocimiento huac, la que el discurso oficial se encargaba, poco a
era aún más notoria. poco, de ubicar como la suya propia. Luego de tomar
El desconocimiento del mundo indígena de que nota de los pormenores asociados al final del mundo
hace gala José María Lacunza a lo largo de su novela, indígena, el lector se compadecía de quienes habían vi-
¿es censurable? ¿Merece realmente el alud de críticas vido esa misma extinción y, a la vez, se preguntaba por
que le han llovido, desde las que lo acusan de falsi- qué las cosas tenían que haber sucedido de ese modo.
ficar el mundo indígena hasta las que lo tachan de ig- Acto seguido enfurecía. A la furia seguía, lógicamente,
norante, ingenuo, crédulo o displicente? Todo depende buscar un responsable, alguien a quién culpar de la tra-
del punto de vista que se asuma al enfrentarse al relato. gedia. No tenía que esforzarse demasiado: el español
Después de todo, es un producto de ficción, una novela, estaba ahí, al alcance de la mano, ya fuera de cuerpo
un texto surgido de la mente de un sujeto en particular presente o a través de sus creaciones y su legado, del
con un fin bien delimitado: hacer justicia a esos indi- modo en el que había transformado la cultura de los
viduos que, en el pasado, habían muerto a manos de indígenas y había dado paso a una nueva forma de ver
sujetos extraños. Dicho de otro modo, es evidente que y entender el mundo. La identidad nacional, aún difícil
lo único que le interesaba a Lacunza era reivindicar al de ubicarse como algo existente en la década de 1830,
indígena, a su cultura, a su mundo. A ese mundo que encontraba un pequeño asidero para levantar la cabeza
se vio finalizado de forma abrupta por obra de la Con- y, aunque fuera en el discurso, hacerse presente a partir
quista o que, en el mejor de los casos, debió retraerse, de uno de sus elementos más básicos: la negación del
esconderse e intentar sobrevivir fuera de la influencia otro como medio para afirmarse a sí mismo.
de esos que no sólo llegaron dispuestos a tomar el oro Cierto es que Netzula es la recreación ingenua del
y las riquezas en general, sino que, más allá, perseguían indígena que vivía en el pasado remoto con base en lo
la completa aculturación de los naturales. que se suponía que debía haber sido. Cierto es, tam-
En este sentido, la obra de Lacunza cumple con su bién, que la construcción del mismo en la obra de La-
cometido: a través de sus páginas, el lector del siglo xix cunza se realizó sin investigar en lo más mínimo y, peor
14 PRESENTACIÓN RUIZ ISLAS 15

todavía, sin voltear a los lados a ver al indígena que se del que da cuenta, ya sea a través de las preguntas que se
tenía cerca, que vivía en condiciones miserables y que, formula, de los temas que aborda o de las imágenes que
de un modo o de otro, traía ese pasado añorado al pre- crea y proyecta. Lacunza escribe en un presente del
sente: como en nada se parecían su miseria y su des- que da cuenta, un presente que determina lo que habrá
amparo a la gloria y la grandeza que se asociaba con lo de decir, que le plantea preocupaciones a las que debe
indígena —con lo realmente indígena—, quedaba des- dar solución y, también, que le muestra los caminos
cartado de antemano como portador de información para lograrlo. Y es en ese presente en el que Lacunza
veraz relacionada consigo mismo y con los que lo habían ve indispensable dotar a los mexicanos de elementos
antecedido. Así, sin remitirse a alguna fuente confia- para construir su identidad, para diferenciarse del resto
ble —Clavijero o Veytia, por ejemplo—, y sin echar un de los pobladores del mundo —o, en un plano más in-
vistazo a su alrededor para, al menos, darse una idea mediato, de quienes vivían en la América hispánica— y
vaga de cómo era que actuaban esos indígenas de los marchar en pos de un futuro que, ya desde ese momen-
que se disponía a hablar, Lacunza terminó por escribir to, se mostraba incierto. No importaba demasiado si
una novela indigenista… sin indígenas. O, al menos, esos elementos eran falsos o extraños, o más propios de
sin unos que lo parecieran porque, si no se reiterara la modernidad occidental que del pasado mesoameri-
continuamente que esos son indígenas, que viven en el cano: importaba darles a los habitantes de ese inmenso
Anáhuac y que pelean contra unos tipos que han llegado México algo de qué asirse, algo para afirmarse, algo por
a dominarlos, los protagonistas de Netzula podrían ser lo que pudieran sentir orgullo. Algo que tal vez, en un
cualquier cosa. Mexicanos del siglo xix, por ejemplo. futuro previsible, eliminaría las fronteras erigidas por
A pesar de lo anterior, es necesario recalcar que, al el regionalismo y daría paso a la aparición de una sola
ser un producto de ficción, no es posible pedir a Netzula identidad. Una identidad verdaderamente nacional,
que la suya sea una visión fidedigna del pasado. Primero, dotada quizá de elementos de mayor solidez en los cua-
porque, como se ha dicho en su oportunidad, su con- les apoyarse.
dición literaria la exime de semejante responsabilidad.
Segundo, porque, como cualquier texto, sea histórico o
literario, se produce en un presente y es de ese presente
NETZULA
I

E ran los últimos días de Moctezuma: el Imperio


volaba a su ruina, y la espada de los españoles
hacía estremecer el trono del monarca; donde quiera se
escuchaban sus victorias, y los hijos de América dobla-
ban el cuello a la cadena de los conquistadores.
Ixtlou, en otro tiempo terror del enemigo en los
combates, se había retirado a la cueva de la montaña,
porque no quería presenciar la esclavitud de la patria.
Allí esperaba la muerte, y el sepulcro debía ser el escudo
que le librase de la furia del vencedor; sólo Netzula, su
hija, sabía el retiro del anciano y le proveía en él de los
alimentos; también Octai era sabedora del refugio de
su esposo.
La noche estaba serena; la luna brillaba en toda su
luz, y la hija del guerrero caminaba tímida y silenciosa
a visitar al héroe, parecía un fantasma que vaga por el
campo de la noche; vestida de blanco y suelto el cabello
se estremecía al oír el ruido de la yerba que movía con
sus pasos, y la sombra de los árboles que se agitaba pau-
sadamente con la brisa la hacía temblar.

19
20 NETZULA LACUNZA 21

Se adelantó ligera por el campo y llegó a la habi- montaña; volaría al combate y vertería la sangre del ex-
tación del anciano; estaba sentado sobre una piedra del tranjero, la sangre de los hijos del océano; entonces en
monte, e inmutable, como su desgracia, vio a la virgen el lugar del campo en que cayese herido se alzaría un
y sonrió. recuerdo, y mi alma se uniría a la de los héroes después
—Hija mía —le dijo—, ¿me traes nuevas de los va- de la vida para que me admirasen los hijos del tiempo
lientes de Anáhuac? ¿Han acabado sus días o aún corre por venir.
la sangre del enemigo en la piedra de sus lanzas? Netzula estrechaba una de sus manos con ternura,
—No acabaron, padre, no acabaron —contestó la y alguna vez se sentía alegre al encontrarse sus ojos con
joven—; aún puede su espada abrir el sepulcro a los los de su padre; tal vez suspiraba por su hermano que
opresores, y pronto será la batalla que decidirá la suerte estaba en el ejército, a quien amaba como a su corazón;
de la patria; el arco está en la mano de los valientes, pero la esperanza que se encendía en su alma le ofrecía
y sobre sus hombros refleja la luz en la punta de sus la gloria y el triunfo; así es el espíritu de la juventud:
dardos. le halagan y le consuelan las esperanzas, y no se abre al
—¡Ay! —exclamó el anciano—; así reflejó alguna mal sino cuando es inevitable y le amenaza ya sobre su
vez sobre mi escudo, cuando mi mano era fuerte en cabeza.
los combates; cuando Ixtlou se adelantaba el primero y Antes de amanecer volvió a ver a su madre que la
combatía con los leones del bosque. Entonces me ama- esperaba con el ansia de la incertidumbre. Octai, que
ba la juventud, y tu madre era la envidia de mil donce- en los años de paz se lanzaba a las danzas y a los bailes
llas; pero ahora no me resta sino un brazo que apenas de la juventud, con la ligereza de un joven ciervo que
sostiene mi cuerpo cuando me apoyo en tus hombros, brinca por las rocas, que [era] alegre como la aurora
y mis piernas no ensayan otro camino que el sepulcro. de la primavera, y hermosa como el iris en el centro de
Calló por un momento y continuó con un ardor la oscuridad cuando las nubes son el manto negro del
mayor que el que ofrecían sus años y su cabeza, seme- cielo; Octai, que había encantado el corazón de Ixtlou
jante al ala de la paloma. cuando era general de sus compatriotas en los comba-
—¡Tuviera yo tu fuerza, hijo mío, Utali!, ¡tuviera tes de la gloria, hoy recostada y melancólica bajo una
yo tu fuerza! No estaría ocioso, escondido bajo de la cabaña solitaria recordaba los días pasados, y miraba
22 NETZULA LACUNZA 23

con una lástima mezclada de sobresalto a Netzula que No se atrevía a mirar hacia ninguna parte, y recelaba
resplandecía de juventud y belleza. aun el desengaño que esperaba fuese funesto. Pasado
No le quedaba de los pasados placeres sino el de largo tiempo extendió su vista, pero vio todo en una
tener las noticias que su hija le traía cada noche del tranquilidad capaz de asegurarla; y como no percibió
amado de su corazón, pues postrada por los dolores ya el motivo que la había intimidado, se avergonzó a
caminaba lentamente a visitar a sus abuelos en el fir- sus solas, y resolvió seguir y guardar en silencio aquel
mamento. acontecimiento.
Muchas noches pasaron sin que en ninguna fal- Estaba resuelta a no asustarse de nuevo por estos
tase la hija de Octai en visitar a su padre, y consolar ruidos; pero a pesar de esto, al pasar por aquel lugar
en cuanto podía el agitado corazón de los dos esposos. apresuraba el paso y palpitaba aceleradamente su cora-
Unas veces conversaba con su madre de la hermosu- zón. No tenemos dominio sobre nuestros sentimientos:
ra de los campos y de la vuelta de su hermano, y su nos arrastran involuntariamente y somos su víctima, el
alma bebía el deleite en las ilusiones y en las esperanzas. juguete de las ilusiones del alma.
Pero el anciano gustaba más de oír las hazañas de Casi había olvidado este suceso; pero otra noche, al
su hijo Utali, que era segundo después de Oxfeler, ge- ir a la cabaña de su padre, le pareció escuchar un ruido
neral del ejército de la América; la virgen contaba a su de alguna persona que caminaba por las inmediaciones.
padre los triunfos pequeños de aquellos días, y no podía El temor de su alma no era tan grande como la vez pasa-
menos que estremecerse a las escenas de sangre que se da, pero estaba muy lejos de la tranquilidad. Determinó
renovaban. esperar, y creyó convencerse más y más de que respi-
Ya la luna no brillaba, y sólo las estrellas resplande- raban y aun hablaban una u otra palabra cerca de ella.
cían en la noche. Netzula, que aunque no temía ya en La primera sorpresa había pasado y Netzula per-
la serenidad, se sobresaltaba de cualquier motivo que manecía inmóvil, así por el miedo que no le permitía
le ocurría de nuevo, volvía de la cabaña del anciano, y adelantar un solo paso, como por la curiosidad que le
su pensamiento estaba lleno de las ideas de su familia. inspiraba saber quién en aquella hora podía vagar por
Creyó escuchar de repente un suspiro y se detuvo; aun los árboles del monte. Aplicó su oído y percibió una voz
el aliento había suspendido y temblaba todo su cuerpo. débil que cantaba:
24 NETZULA LACUNZA 25

—Brillante firmamento, habitación del sol que te mosa joven —continuó mirando a Netzula que se había
abandona en este instante, recíbeme, abre tus puertas aproximado lo bastante para que él pudiera distinguir-
que ya voy a ti a unirme con las almas de mis amigos, de la—, hermosa virgen, ¿vienes a auxiliar la desgracia?
mis padres, de mi esposa adorada, a esperar a Oxfeler, a —Soy la hija de tu amigo —exclamó ella—; la hija
mi hijo, el amigo de mi vejez. de Ixtlou, el valiente en los campos de guerra; su espada
”¿Qué soy sobre los campos de Anáhuac? Arbusto no centellea en los combates, pero las memorias de sus
deshojado y seco que el huracán despojó de su vesti- amigos se alzan en su corazón. Los años arrebataron su
dura, y no da sombra al viajero cansado, y estorba a fuerza, pero no sus recuerdos de la antigüedad.
los cazadores. Brillante firmamento, abre tus puertas y —Ven, acércate —exclamó Ogaule—, acércate y
recibe a Ogaule; allá me uniré con Ixtlou, el amigo de que estreche en mis brazos al único resto de mi amigo;
mi juventud”. pronto me uniré a él y le diré allá en el firmamento:
Ogaule era amigo de Ixtlou, y la virgen le había “Tu hija ha descansado su frente sobre mi pecho; ha
oído nombrar muchas veces en las conversaciones de sentido palpitar mi corazón al recordar las acciones que
su padre. Mas ahora, después de una larga ausencia, se ejecutamos juntos”.
le creía generalmente muerto aun por sus más íntimos —Tu amigo no habita en el firmamento —replicó
amigos. ella—, está como tú, habitando en el retiro de la mon-
Netzula con toda la confianza de la juventud, y di- taña; allí se ha sustraído a la dominación del vencedor,
sipados completamente sus temores, se adelantó hacia allí espera la muerte o el triunfo de la patria; ¿por qué
el anciano que estaba recostado sobre el campo al pie no te unes a él y será menos amarga la soledad?
de una roca; él volvió la cabeza, blanca como la escar- —Sí, hija mía —replicó el anciano—; cuando mi
cha de invierno, y exclamó con una voz melancólica: boca empezaba a recibir la sombra de la juventud, ¡oh!,
—¿Quién viene a turbar en medio de la noche la entonces estos brazos, que ahora ciñen débilmente tu
soledad del infortunio? ¿Quién se aproxima al viejo que cuerpo, aterraban a los valientes en las batallas y ahoga-
sólo piensa en volver al sepulcro? ¿Es el hijo del ex- ban a las fieras del bosque; la espada del enemigo estaba
tranjero que viene a abrirme la tumba o el genio del muchas veces a mis pies, y mis manos se empaparon en
consuelo que viene en la noche a aliviar mi dolor? Her- la sangre de los osos; la patria jamás clamó entonces
26 NETZULA LACUNZA 27

en vano, jamás Ogaule llegó el segundo a las filas de —Es tu amigo, es tu amigo que viene a partir hoy
los guerreros, pero hoy los años me han arrebatado mi tus penas como partimos en días más felices la gloria y
fuerza, y no puedo hacer otra cosa que exhalar vanos peligros. No vengo de las habitaciones del cielo, vengo
suspiros por la felicidad de la América. Tú, hijo mío, del retiro del monte, donde esperaba la muerte, donde
Oxfeler, tú serás el apoyo de tus amigos, y los altivos no creí volver a ver a los compañeros de mis años de
hijos del mar temblarán a tu nombre; tu gloria vola- juventud.
rá por tu patria, y recibirás las bendiciones de los que —¿Y vuelvo a oír tu voz, amigo mío, tu voz que era
aman el país de sus padres. Hija mía, vamos, unámo- una tormenta para tus enemigos y suave como la músi-
nos a Ixtlou; y pues que somos iguales en nuestra vejez ca para los que te amaban? Ogaule, amado Ogaule, tú
como lo fuimos en nuestras hazañas de la juventud, llé- me das el único placer que puedo tener antes de dor-
vame, y tendré el consuelo de abrazarlo antes de morir. mir bajo de la tierra; separado de mi amada, sin hablar
La virgen dio su brazo al guerrero y sostenía los con otra persona que mi hija, la melancolía secaba mi
trémulos pasos del anciano. Adelantándose solitarios corazón; pero ahora el lenguaje de la patria sonará otra
por el mundo, parecían el emblema de la prudencia vez en mis oídos, ahora hablaremos de nuestros hijos,
apoyada en la virtud, que camina abandonada y errante compararemos sus hazañas a las de sus padres en los
por el universo, y que rara vez aparece a los ojos de los días de la antigüedad, y arderá de nuevo en mi pecho
mortales. el placer que me causó la gloria. Ven conmigo y esta
Llegaron a la mansión de Ixtlou, que reclinado so- choza será nuestra habitación, hasta que el ángel negro
bre la tierra esperaba a su hija. Ogaule habló el primero señale quién ha de ir primero a esperar a su amigo en la
diciendo: morada de nuestros abuelos.
—Ixtlou, mi amigo querido. El corazón de Ogaule se había abierto al placer con
El anciano levantó lentamente su cabeza y exclamó: un entusiasmo tan puro como en los días de sus amores.
—¿Es la voz del espíritu de mis amigos de los otros Ixtlou olvidó por un momento los dolores que oscure-
días, que vienen a visitarme en mi soledad desde sus ca- cían su alma para gozar de todo el deleite que le ofrecía
sas celestes, o es la ilusión de los sueños que consuelan la presencia del amigo de sus días de gloria. Netzula,
al desgraciado? llena de belleza, de ternura y de fuego, participaba de
28 NETZULA

las emociones de los ancianos y se complacía en la ima-


gen del compañero de su padre. Octai lloró de regocijo
al saber que la soledad no cercaría más la morada de su
amado. II

L a hija del guerrero continuó en llevar todo lo ne-


cesario a los dos ancianos; sola en el universo, su
alma no experimentaba otras emociones que las del
amor hacia estos objetos de su ternura, y su corazón ar-
diente deseaba estas impresiones vivas, aunque estaban
muy distantes de satisfacerle.
Una noche encontró a su padre muy pensativo; pa-
recía que toda el alma y toda la existencia del anciano
estaban envueltas en sus pensamientos. En vano procuró
Netzula distraerlo y arrebatarlo de sus meditaciones;
él la estrechó en sus brazos, le habló fríamente de su
madre y de su hermano, y parecía que la contemplaba
con más cariño que otras veces. Ogaule le dirigió mi-
radas muy tiernas, pero calló igualmente sobre el asun-
to que llenaba el alma de su amigo.
Recibieron noticias de Utali: su valor sobresalía en
la guerra; Oxfeler le miraba como a un amigo íntimo, y
era el confidente de sus determinaciones, y su defensor
en los combates. Los ancianos vertían lágrimas de amor
y de entusiasmo con la fama de las hazañas de sus hijos; y

29
30 NETZULA LACUNZA 31

cada una de las distinciones de Oxfeler a Utali era un madre partiría con ellos el placer que las esperanzas de
vínculo más para los dos amigos. este enlace les ofrecían.
—Hija mía —dijo Ogaule a la joven en una de las La hermosa se retiró llena de las ideas de la noche;
noches de la cabaña del monte—, hija mía, tú eres la nada veía, ni el campo, ni la naturaleza; y su alma estaba
más hermosa de las vírgenes de Anáhuac, y mi Oxfeler absorta en las ilusiones y en la esperanza; el amor del
tiene un lugar entre los guerreros que aspiran al pre- primer guerrero, del defensor de Anáhuac, del hijo de
mio del valor y a la corona de la patria. ¿Rehusará la Ogaule, halagaba su corazón y experimentaba un movi-
belleza unir su suerte al defensor de los pueblos? miento de orgullo de contemplarse esposa de Oxfeler;
Netzula dirigió una mirada a su padre, bajó los pero cuando pasaban estas consideraciones, su alma se
ojos y sus mejillas se colorearon como las manzanas hallaba sumergida en un vacío inexplicable. ¡Ay!, ¿es lo
del otoño; guardó silencio. Ixtlou estrechó la mano mismo la admiración que el amor? ¿Puede llenar un
de su hija y sonrió; ella callaba, pero el guerrero dijo simple orgullo el lugar del más puro sentimiento del
a su amigo: hombre?
—Un solo placer me resta sobre la tierra; cuando Octai supo con placer quién era el esposo de su hija
mi hija venga a aumentar los lazos que unen a nuestras y vertió lágrimas al recuerdo de la juventud de Ixtlou;
familias, la espada de los extranjeros no será terrible a sólo le disgustaba la idea que de tiempo en tiempo se
mis ojos y la tierra del sepulcro será lecho muy dulce presentaba a su alma, a saber, que Netzula no conocía
a mi sueño. aún al hombre con quien debía unir su suerte; pero el
—Sí —exclamó Ogaule—, tú serás la esposa de mi corazón de la virgen era tan puro como el primer rayo
Oxfeler; él te amará y tú le amarás, y los votos de mi alma de luz de la mañana, y la madre esperaba que aquel
estarán colmados; habla, hija mía, dame este día de amor la llenaría del todo, que haría la felicidad de su
placer y volverá a levantarse en mi pecho la alegría. hija.
Netzula contestó que nada podría ella negar de lo La joven se había llegado a familiarizar con la
que hubiese de complacer a su padre, pero que espe- imagen de Oxfeler; éste, a quien su padre había dado
raba saber los pensamientos de Octai; los ancianos es- noticia de la mano que le preparaba, había contestado
trecharon en sus brazos a su hija, y conocieron que su a su esposa con toda la ternura de la juventud y todo
32 NETZULA

el entusiasmo de un guerrero, y ambos estaban satisfe-


chos y esperaban el fin de la guerra, o alguna ocasión
favorable, para unir su suerte. III
Los días de Netzula pasaban con tranquilidad, y
las noches en el regazo de sus padres; su agitación sola-
mente eran los ausentes, a quienes amaba en el campo.
Su hermano y Oxfeler eran los que solían arrancar un
suspiro de su corazón; alguna vez fijaba su atención en su
madre, que oprimida por la edad volaba a la tumba. La
E l día de un combate se aproximaba; y aunque no
era éste el que debía decidir la suerte de América,
Ixtlou y su familia lo esperaban con ansia. Octai solía
juventud se complace en distraerse, aun en medio de estar agitada por tristes presentimientos; temía que la
los peligros, y las ideas lúgubres son desechadas de su muerte cubriese la hermosura de Utali. Netzula se es-
pensamiento. tremecía al pensar en los peligros de los que amaba.
El día llegó; mil veces la flecha se tiñó de sangre
de los hijos del océano; pero el rayo que lanzaban des-
hizo las fuertes columnas de Anáhuac y los guerreros
abandonaron el campo. Netzula se paseaba en el jardín
de su casa con la inquietud de la esperanza y el temor;
oyó un leve ruido entre los árboles y vio una figura im-
ponente que se acercaba a ella; se detuvo y esperó con
resolución.
Era un guerrero; su cabeza estaba cubierta con
plumas blancas y encarnadas; el oro y las piedras cu-
brían su cuerpo; una grande hacha en su mano y un
escudo de un tamaño enorme en su izquierda; su talla
era gigantesca, y un manto encarnado guarnecido de
oro contribuía a hacer su aspecto majestuoso. Estaba

33
34 NETZULA LACUNZA 35

fatigado, y sus facciones conservaban aún el ademán pero mañana buscaremos la muerte en las armas del
terrible del combate. enemigo; el lugar que ocupe nuestro cuerpo tendido
Netzula resolvió momentáneamente mil pensa- por los campos será cubierto con gloria. Utali, el más
mientos; pero la vestidura, que indicaba ser el guerrero valiente de los jóvenes de Anáhuac, derramará sobre él
de los principales jefes del ejército, le volvió la tran- las lágrimas de la amistad y levantará mi fama; vive aún,
quilidad, aunque su corazón palpitaba fuertemente. y él será el consuelo de sus padres y la delicia de las
Permaneció inmóvil y silenciosa con los ojos fijos en hermosas de Anáhuac”.
el jefe. La virgen había escuchado en silencio la relación
El guerrero rompió el silencio: de la muerte, pero las últimas palabras del héroe habían
—Bella joven —exclamó—, ¿rehusarás la fruta de alegrado su corazón; sus ojos estaban animados y mi-
tus jardines al defensor de tu patria? raba al jefe como al amigo de su hermano; quiso pre-
Netzula le presentó las más frescas y se atrevió a guntarle por Oxfeler, pero un rubor secreto coloreó
preguntar por Utali y el ejército; el joven sació la sed sus mejillas y las palabras se disiparon en sus labios;
que le devoraba y habló así: después de un momento de pausa, convidó al jefe a
—El extranjero se presentó sobre las montañas; los descansar en su casa, pero el guerrero exclamó:
fuertes de América estaban sobre el valle firmes, inmó- —La patria me llama, no me detendré, linda virgen;
viles, apoyados sobre sus armas, como la encina cuyas tu memoria me seguirá a todas partes y tu imagen vi-
ramas se asientan en su ancho tronco; el sol estaba en sus virá siempre en mi corazón; volveré a verte cuando el
armas; los hijos del océano se adelantan hacia nosotros, fuego de los combates haya consumido al poderoso ex-
y un torrente de fuego va delante de ellos; el humo los tranjero, cuando las aves del cielo celebren festín sobre
envuelve, y el sol se oculta en un velo de nubes y sangre; el campo de su derrota.
el campo es todo un lago rojo, un sepulcro de héroes. El guerrero partió. Netzula fija en un lugar, estaba
”La noche nos cubre entretanto, y la oscuridad llena de pensamientos; la derrota de su país, el valor y
envuelve el combate; nosotros nos retiramos al monte, la vida de Utali, la duda sobre Oxfeler y el amor de las
y volveremos a unirnos en el bosque para luchar con últimas palabras del hijo de la guerra habían agitado su
los hijos del mar. Hoy estamos abrumados por la fatiga, corazón; pensaba en sus padres y en su madre mori-
36 NETZULA LACUNZA 37

bunda, a quien podría conducir al sepulcro la caída de la derrota era considerable, el valor, más fuerte que las
los bravos de Anáhuac. armas, ardía aún en el pecho de los soldados; dentro de
La promesa de volver, que había pronunciado el poco combatirían por la última vez, y anhelaban por-
valiente, ocupaba su alma; pero podría ser la expresión que llegase el momento de la batalla; las almas de Ixtlou
de la gratitud y no del amor. y Ogaule crecían en los peligros, envidiaban la penosa
La juventud vacila siempre en sus ideas; el joven muerte de los que habían perecido en el combate, y
había conmovido el corazón de Netzula; pero ¿por qué habrían querido participar de la gloria que esperaba a
siempre el recuerdo de Oxfeler se unía a la imagen del sus hijos.
guerrero de los jardines? Netzula por un movimiento Estrecharon a Netzula alternativamente en sus
involuntario resolvió no decir nada de aquel aconte- brazos y le recordaron la unión de Oxfeler; la virgen
cimiento a su madre; cualquiera impresión profunda prometió su mano de nuevo al general de su patria y
podría agravarla, y ella sería entonces acaso la causa de se sonrió con el entusiasmo de los ancianos; pero esta
su muerte. Así encontramos en todas ocasiones razones sonrisa tenía cierta melancolía amarga, como la que
plausibles para apoyar nuestras ideas. Volvió a su casa y inspiran los sentimientos secretos y tristes del corazón
aparentó tranquilidad, aunque su alma estaba llena de cuando prevemos un mal indefinido e incierto.
recuerdos y la memoria de Oxfeler se unía a todos sus Cuando volvía a su casa era cerca de amanecer, y
pensamientos. la luz débil del oriente empezaba a iluminar los obje-
La derrota de América se extendió pronto y estaba tos; pero la virgen estaba llena de los acontecimientos
coloreada de negro; sólo Utali y Oxfeler habían escapado del día; la idea del guerrero de los jardines vivía en su
de la muerte; el campo era el sepulcro del ejército; el alma. Así pasaron muchos días, y la imagen del general
desaliento era general y el miedo hacía grandes los es- del ejército había sido casi borrada poco a poco de su
tragos; se supo por fin que la mayor parte había llegado corazón; como a nadie había comunicado su encuentro,
al bosque en que deberían reunirse, y que muy pronto no volvió a oír hablar de él, y Oxfeler, cuyo nombre oía
volvería a encenderse la hoguera de la guerra. todos los días, ocupaba de nuevo su alma. Nuestras im-
Netzula dio aquella noche la noticia a los ancianos, presiones más vivas pasan ligeras y sólo vuelven a noso-
y les llevó cartas de Oxfeler; en ellas vieron que aunque tros como la imagen de un sueño que nos conmovió; las
38 NETZULA LACUNZA 39

cartas del hijo de Ogaule no hablaban ya de Netzula, dad; Netzula también estaba silenciosa; pero sus ojos
pero los ancianos lo atribuían a la guerra que llamaba estaban llenos de lágrimas, porque su pensamiento re-
toda su atención, y este silencio era acaso lo que hacía cordaba a Utali, al amigo de su juventud y de su niñez.
crecer el interés de la joven.
En una noche de las que vino la virgen al asilo de la
ancianidad, dijo a Ixtlou:
—Padre mío, pasado el día de mañana habrán
brillado sesenta primaveras sobre vuestra frente; en
otros días más felices estaba yo al lado de mi herma-
no, y todos reunidos formábamos la alegría del cora-
zón; pero hoy en los combates… acaso… mejor fuera
que estuviese a nuestro lado y que se separase de los
peligros…
—Calla, hija mía —interrumpió el anciano—; tus
palabras son de una doncella tímida, hablas como una
mujer débil. Jamás el hijo de Ixtlou huirá de los pode-
rosos en la guerra; jamás llegará el postrero al comba-
te del valor. Hijo mío —continuó después de un corto
silencio—, el alma de tu padre se regocija en tus hazañas,
y tu fama que se levanta es el placer de mi ancianidad;
no temo tu muerte, todos tus abuelos murieron en los
campos del bravo; temo que antes de tu caída no ciña
tu frente el laurel de la gloria.
El anciano cesó de hablar; sus ojos brillaban en su
rostro surcado por las arrugas y contrastaba el fuego
que ellos despedían con el aspecto frío de la anciani-
IV

E l día se acercaba, y la hija de Ixtlou marchaba por


el monte llena de sus pensamientos, oyó el brami-
do de una fiera muy próxima y se paró helada de terror;
un sudor frío corría por sus miembros y el cabello se
erizó sobre su frente; temblaba como un ciervo cuando
es sorprendido por el cazador.
Oyó [por] segunda vez un grito del animal; pero
no era el acento ya del furor, sino el último gemido
de uno que va a expirar, dilatado y profundo como los
dolores de la postrera agonía de la vida. Osó sacar la
cabeza del árbol en que se había ocultado, y vio un lobo
expirando a los pies de un hombre que aún conservaba
en su mano el dardo ensangrentado con que le había
herido. Netzula estaba aún más sorprendida; el cazador
podía investigar la morada de los ancianos, y esta idea
era cruel para la hija de ellos.
La luz resplandece en el oriente y la joven no pue-
de ocultarse ya; el cazador la conoce y se aproxima a
ella; el héroe de los jardines es también conocido por la
virgen de la noche; el jefe no estaba cubierto de oro ni

41
42 NETZULA LACUNZA 43

su cabeza de plumas, pero una piel de oso sobre sus es- jefe, y esta memoria era como una nube que se levanta,
paldas y un arco con sus dardos en su mano realzaban la vaga y empañada, y se interpone entre la luna apacible
hermosura del cazador; fijó en tierra la punta del dardo, y el campo solitario.
sus ojos en la hija de Ixtlou, y exclamó: Pasaron algunos días, pero no se olvidaba este
—Querida de mi corazón, tu imagen ha sido mi pensamiento; y si la hija de Ixtlou hubiese sabido di-
compañera desde el día de los jardines en el día y en bujar, habría podido retratar al joven que había debido
la noche; en la caza y en el sueño, en las batallas y en el a su generosidad los socorros del jardín. El silencio de
descanso has venido a encantar mis meditaciones; ¿re- Oxfeler hacía de cuando en cuando sospechar a la vir-
husará la hermosa del Anáhuac el apoyo del fuerte para gen que estaba olvidada en el corazón del héroe, que
restituirse a la casa de sus padres? sólo anhelaba la sangre y la gloria. “¿Qué soy yo —se
La joven calló; pero sus mejillas estaban más en- decía a sí misma—, en comparación de la perspectiva
carnadas que el oriente. Por fin, dijo al cazador que los de fama que él tiene ante sus ojos? Anhela los combates
caminos eran seguros y que podría volver sola al asilo y no aprecia ni mi afecto ni mi amor”.
de su habitación; el héroe marchó pensativo, y la joven Sin embargo, esta idea no la afligía mucho. Esta
aún palpitaba cuando llegó a la casa de Octai. falta del héroe le volvía en parte su libertad, y ella se
¡Qué impresiones ocupaban de nuevo el alma de la conocía dispuesta a desterrarlo de su pensamiento. Su
hija de Anáhuac! Había vuelto a ver a este guerrero, a idea favorita era entonces ceñirse la banda de las sacer-
este hombre que la había sorprendido con todo el es- dotisas del Sol y vivir separada del universo. En los
plendor de la gloria y con todo el interés de la desgracia. pensamientos tristes nos fijamos en la religión y ella
Ahora no estaba tan lleno de brillo como el día de los es el consuelo de las calamidades del dolor en la vida.
jardines; pero su rostro no estaba abatido, y era más ¡Oh, la joven bellísima del Anáhuac no tenía escrita la
hermoso por sí solo con el vestido de cazador que con felicidad en su hoja del libro del destino!
el uniforme sobresaliente y el plumaje de los guerreros. En aquellos días se recibió una carta del hijo de
“Así será Oxfeler”, se dijo en su interior la virgen, Ogaule, en que hacía mención de Netzula. Estaba llena
y este recuerdo de Oxfeler la amargaba en aquel mo- de un fuego que aun en sus primeras cartas jamás ha-
mento. Se acordaba del compromiso que la unía con el bía usado. Los ancianos la leyeron a la hermosa, y en
44 NETZULA LACUNZA 45

el encarnado de su rostro creyeron leer el placer mal Ogaule; se ofrecía al sacrificio, y si lo resistía su vo-
disimulado de su corazón; pero los pensamientos de la luntad, encontraba un apoyo en su conciencia y en la
doncella se habían oscurecido con estas expresiones del razón, pues ningún título podía tener a su amor un
amor. desconocido a quien sólo había visto dos veces, y cuya
Vuelta a la casa de su madre, meditaba en estos alma y costumbres estaban cubiertas con un velo.
acontecimientos, y en su alma luchaba una multitud de Contestó, pues, la carta del héroe con todo el en-
irresoluciones. Oxfeler es su amante, el amante de la tusiasmo, que si no inflamaba su corazón, al menos
elección de su padre, el que ha tenido ya su palabra y su era correspondiente a sus deseos y a los propósitos
consentimiento; pero a pesar de las expresiones de ter- que había formado. Le ofreció de nuevo confirmar sus
nura que le prodiga, a pesar de las esperanzas de fortuna promesas con la solemnidad más fastuosa, luego que el
y de gloria unidas a este enlace, ¡qué vacío deja en su laurel de la guerra cediese su lugar al mirto del amor.
corazón!, ¡qué imposible es para ella desterrar de su alma —He aquí —dijo una noche al despedirse de su
a ese guerrero desconocido que no tiene otro mérito padre— mi respuesta al electo de vosotros; y sonrosán-
que la impresión repentina que ha hecho sobre su alma! dose partió al momento.
Pero ya es casi público el matrimonio tratado entre Ixtlou leyó la carta y abrazó ardientemente a
el jefe glorioso y la hermosa de Anáhuac, y no pudiera, Ogaule diciéndole:
sin manchar su fama, ofrecer a otro un corazón en que —Amigo mío, he aquí el alma, he aquí la voz de mi
había ofrecido colocar al héroe de la patria; este respe- Octai; cuando luchábamos en los juegos de la fuerza,
to a nuestro honor y a la fama pública es la pasión de así me hablaba la virgen de mi amor.
las almas grandes; si a Netzula sólo se hubiese ofrecido Los ancianos sintieron una lágrima correr por
por inconveniente la pérdida del puesto glorioso que la sus mejillas y gozaron anticipadamente el placer de la
esperaba al lado de Oxfeler, no hubiera vacilado un solo unión de sus hijos.
momento para romper el compromiso que la unía con
él, pero no podía resolverse a sacrificar su honor.
De esta manera resolvió separar de su corazón el
recuerdo del cazador y consagrarse entera al hijo de
V

L os hijos de la España se han extendido por los


campos de Anáhuac, como la tormenta que cruza
por el inmenso cielo; el camino que conduce a la
mansión del monte de los ancianos está cada día más
peligroso e inseguro; ya las marchas de la virgen se re-
tardan, y sólo se desliza por los campos cuando la llama
la necesidad o puede servirla de asilo el oscuro seno de
una noche lóbrega.
La mano dura de la enfermedad se asienta sobre su
frente y el color de la rosa desaparece de sus mejillas;
los pesares y los tristes presentimientos de su corazón
agravan sus males. Se presenta una noche a propósito
para ir a la cueva; la virgen procura esforzarse, pero
Octai más prudente se ofrece ir a ella, y logra con
trabajo que su hija permanezca en la casa.
Ha partido ya; pero también el sueño está muy lejos
de los ojos de Netzula; Octai no volverá hasta el ama-
necer, pero su hija ha resuelto esperarla y no gozará de
la tranquilidad antes de su vuelta. La inquietud por las
personas que amamos es uno de los tormentos de la vida.

47
48 NETZULA LACUNZA 49

Netzula se ha colocado en una ventana y espera sobresaltada, se precipita a la puerta, donde encuentra a
con ansia a la madre a quien debe el ser; la noche está su madre en pie al lado del extranjero; la joven reconoce
oscura, las nubes presentan un cielo negro y uniforme, en éste al guerrero que la había acompañado en la noche.
como el velo de un sepulcro; una estrella brilla solitaria —Hija mía —exclama Octai—, reconoce a mi li-
por un momento y va a perderse en la oscuridad; así el bertador; perdida en los montes, abrumada por la tem-
rayo de la dicha para los hombres brilla un instante y pestad, desfallecida por el cansancio, esperaba la muerte
desaparece en la inmensidad de los dolores. recostada sobre la yerba; pero este hombre se presentó
Dentro de poco el agua cae impetuosamente, y el al socorro de mi desgracia y vuelvo a ver a la hija de mi
corazón de la doncella late con violencia; sabe que el ca- amor.
mino de la montaña está cortado por muchos despeña- El guerrero permanece en pie en la puerta de la casa;
deros; oye distintamente el ruido de los torrentes que fijos los ojos en la virgen, la clavaba con sus miradas;
se precipitan de la altura y, entre tanto, se aproxima la Netzula, a su vez, parecía pedir al héroe la explicación
hora en que Octai debe volver. de aquel suceso, y como preguntarle silenciosamente
Esta hora ha pasado y nadie se presenta, el albergue por qué motivo había podido hallarse en tan horrenda
paternal no ha oído otra voz que las violentas exclama- noche sobre la montaña.
ciones de la hija del héroe. Quiere salir, ¿mas adónde De todas maneras, después de la última resolu-
puede dirigir sus pasos por un suelo cortado en aquella ción en que se había determinado a acompañar al altar
hora por mil torrentes? Así pasa hasta el amanecer la a Oxfeler, esta aparición repentina del desconocido, a
noche en una mortal inquietud. quien a pesar suyo se inclinaba su corazón, cuya imagen
Al empezar la luz mira aproximarse entre las som- aún vivía en él, era una especie de fatalidad unida a su
bras del campo una figura elevada, y su pensamiento se destino; el nuevo mérito que acababa de contraer era
fija por un momento en la idea halagüeña de que será una circunstancia que contribuía a avivar en su alma
su madre; mas las grandes formas del que se aproxima este sentimiento que tantas veces había querido des-
le hacen conocer que no es ésta la delicadeza de Octai. terrar de ella; el héroe era el libertador suyo, el salva-
Muy pronto no puede dudar ya que es la misma dor de su madre, y este hombre era al mismo tiempo el
Octai que viene en los brazos de un hombre. Netzula, amado de su corazón.
50 NETZULA LACUNZA 51

Octai se retiró un momento a mudar su vestido que el poder, la opulencia, todo estará a vuestros pies y, más
estaba empapado con el agua de la pasada tormenta, y que todo, mi alma que os adora; o si os agrada, a todo
Netzula, sola con el guerrero, teme una explicación. renuncio; vendré a vuestro lado a vivir feliz y a haceros
Para aparentar serenidad, y evitar si era posible el entu- dichosa con vuestra madre; vuestro amor lo prefiero a
siasmo de su amante, le pregunta con interés el modo todo.
con que ha podido encontrar a su madre. El guerrero —Imposible, imposible —responde confusa y pre-
levanta su cabeza, y con acento apasionado responde: cipitadamente Netzula—; consagrad vuestro corazón a
—A vos era a quien yo buscaba. otras hermosas, vos seréis su delicia; ¡ah!, puedo ama-
La joven se sonrosea y guarda silencio. Él continúa: ros, pero unirme con vos, jamás, jamás.
—Desde la noche en que os encontré por el monte, —Vuestra madre se acerca —replica el héroe—,
he venido a él frecuentemente, esta habitación ha sido concededme a lo menos una gracia; decidme dón-
mis delicias; esta noche encontré a una mujer tendida de puedo veros y todos los obstáculos desaparecerán.
y casi moribunda por la tempestad; pero estaba muy Hermosa de Anáhuac, ¿desecharéis a un jefe cubierto
lejos de creer que era yo útil a vuestra madre. Hermosa de gloria?
joven, ¡ah!, una mirada y quedarán compensadas todas —No puedo veros —contesta la doncella casi llo-
mis penas. rando—; he ofrecido a otro mi corazón, no hay reme-
La doncella, cada vez más embarazada, desearía dio, no hay remedio; mi pecho debe estar ya cerrado
poner fin a las palabras del hombre; pero ellas causan al amor.
placer secreto a su corazón; sus hermosos ojos se fijan Octai les interrumpe en este instante; atribuye la
en él por un momento y vuelven a clavarse en la tierra; turbación de su hija a la conmoción que ha experimen-
una sola mirada, pero en ella ¡cuánta gratitud, cuánto tado en su ausencia y, en la exaltación ardiente de su
interés, cuánto amor! gratitud, prodiga con ternura mil expresiones de amis-
—Sed mía —exclama el extranjero—, sed mía, tad al extranjero; éste la escucha silencioso; sus mira-
estoy cubierto de gloria, mi presencia es el terror del das, que de tiempo en tiempo caen en Netzula, llevan
enemigo y mi corazón es todo vuestro; sed mía, no impresa la compasión, el amor y la desesperación, todo
temáis; nadie puede oponerse a mi voluntad; la gloria, a un tiempo.
52 NETZULA

Octai procura hacerle aceptar algunos regalos, en


vano; el guerrero dirige algunas palabras amistosas y
melancólicas a la madre de la hermosa, y ha partido ya. VI

L a joven está solitaria y afligida; mas los pensamien-


tos del guerrero desconocido cubren su alma; su
pecho se levanta de tiempo en tiempo con los suspiros
de amor; pero la memoria de Oxfeler viene a oscurecer
su corazón como una visión fúnebre que se aparece en
medio de la oscuridad de la noche.
Octai habla del libertador y dirige a su hija palabras
que respiraban toda su gratitud; alaba su hermosura, su
gracia, y el valor y la fuerza sin igual con que había
atravesado, con ella en los brazos, todos los torrentes,
todos los precipicios. Netzula sonríe al escucharla; mas
esta sonrisa estaba muy lejos de ser la expresión pura
de la felicidad.
Octai, entretanto, había perdido en aquella noche
todas las fuerzas que le quedaban; la edad había desluci-
do el esplendor de su frente y el sueño del sepulcro pe-
saba ya sobre sus lindos ojos negros, sus lindos ojos que
fueron en los días de su juventud el amor de los héroes.
La hermosa, ya restablecida, protesta a su madre
que no volverá a permitir que se arroje a las montañas,

53
54 NETZULA LACUNZA 55

que en dos o tres días ya estará ella misma capaz de Netzula pasa por el monte con la misma velocidad
visitar a los ancianos, y que el gozo de estrechar contra que ha venido, y va llena del amor de sus padres; mas
su pecho a su padre se aumentará con la idea de dejarla las caricias de Ogaule tienen algo de triste para ella, le
en seguridad. recuerdan a Oxfeler, y esta memoria es penosa para su
Llega por fin la noche de la partida al monte, y alma.
Netzula siente aproximarse la hora de su marcha como Ha salido ya de la montaña, y repentinamente se
un momento de infortunio. El desconocido le ha dicho encuentra rodeada por cuatro soldados cuya lengua es
que la noche de la tempestad a ella era a quien esperaba ignorada de ella; no puede dudarlo, ha caído en manos
en el monte; ¿por qué no la esperará hoy? Su vista era de los españoles; conoce todo el horror de su desgra-
para ella un placer profundo; pero sin embargo hubiera cia y se resigna al sufrimiento; todo lo ha perdido para
deseado no verlo más. siempre, sus padres, su patria y aun su amante. La me-
La luna no se presenta sobre el horizonte, pero moria de la aflicción de su querida madre no es el menor
las estrellas centellean con todo su brillo; la virgen las de sus tormentos. Inclina la cabeza, derrama una lágri-
mira y parte entre los latidos de su corazón; desearía ma y marcha como la víctima al sacrificio del Sol.
que hubiese pasado ya aquella noche, y sin embargo la Pocos pasos ha caminado, y sus opresores han
consuela la vista de los ancianos. huido abandonándola sobre el campo solitario; la luz
Con la rapidez de una fugitiva ha atravesado el del oriente ilumina ya todos los objetos, y brilla sobre
monte: las armas y el plumaje del héroe de los jardines que
—Padre mío —exclama arrojándose a los brazos se presenta a su lado. Netzula, sorprendida, guarda
de Ixtlou. silencio.
El anciano la estrecha sobre su corazón y Ogaule —Hermosa joven —exclama el guerrero—, he pa-
viene a unir sus caricias a las de Ixtlou, y entre ambos sado las noches en la montaña esperándoos, y en ésta
disipan el pesar de la esposa de Oxfeler. La noche pasa os he visto atravesarla; no he querido desobedeceros
sin sentirlo y las horas de la felicidad se acercan a su fin. presentándome a vos, y era mi resolución contentar-
—Anda —exclama Ixtlou—, hija mía, va a amane- me con solo vuestra vista; pero los hijos del océano os
cer y es necesario separarnos. Tu madre te llama. sorprendieron, y no he podido dejar de libertaros; si
56 NETZULA LACUNZA 57

ellos se hubiesen defendido, mi muerte era cierta pues —Nunca seré de otro —dice Netzula con toda la
estaba solo; mas han creído por mi traje que el ejército emoción del amor—, pero no puedo ser tuya —con-
me seguía. tinúa con firmeza—: guerrero, la patria es tu primer
—Valiente guerrero —dice Netzula levantando su deber, no la prives por una pasión del auxilio que debe
frente—, todo os lo debo; huid, estos hombres vendrán esperar de ti en los días de su conflicto; vuelve al ejérci-
dentro de un instante y seremos sus prisioneros; huid, to y consuela con la gloria tu dolor.
huid. —Si la patria me llama —repite el héroe—, com-
—Huyamos —contesta el desconocido—, huya- batiré por ella; pero buscaré la muerte en los combates,
mos —e hincándose frente a la joven continúa—: sí- pues no hay felicidad para mí. ¡Adiós, mujer incompa-
gueme, sígueme, ven a gozar en mis brazos de toda la rable, adiós! Cuando la voz de mi muerte haya herido
felicidad; ven, la gloria, el poder, el amor, todo te llama tus oídos, recuerda toda la violencia de mi amor. ¡Adiós!
a ser mi esposa, sígueme al altar. El héroe ha marchado con la celeridad de la des-
—¡Nunca! —exclama Netzula llorando—, ¡nunca! esperación; Netzula, no menos llena de dolores, pero
La felicidad no se hizo para mí; estoy cerca de la casa conociendo el peligro, ha vuelto aceleradamente a la
de mi madre, huid vos, huid. casa de su madre.
—Pues que no podéis ser mía —grita furioso el
guerrero, poniéndose en pie—, pues que no podéis ser
mía, id a gozar en los brazos de otro de los placeres; yo
voy a buscar la muerte entre los enemigos —y se dirige
apresuradamente en seguimiento de los españoles.
Netzula, sobresaltada, quiere detenerlo; pero él se
ha separado bastante lejos de ella.
—Jamás seré de otro —exclama la virgen.
Suspirando el héroe vuelve apresuradamente y, to-
mándole una mano que estrecha en sus labios, le repite:
—Sígueme, sígueme.
VII

O ctai, madre tierna, esperaba a su hija con la im-


paciencia del afecto y de la incertidumbre; luego
que la vio procuró informarse de la causa de su dilación,
y la joven le refirió todo lo acontecido sin ocultar otra
cosa que las protestas de amor del guerrero y la pro-
mesa que le había hecho ella de no ser jamás de otro.
El alma de Octai se exhaló en expresiones de grati-
tud al desconocido, y las exaltadas palabras de la madre
se encontraban en una armonía perfecta con el corazón
amante de la hija.
Entretanto, los males de la ancianidad no pierden
nada de su fuerza y cada día aproximan al sepulcro a la
esposa de Ixtlou. Las continuas agitaciones de su alma
conspiran con su debilidad para conducirla acelerada-
mente a su fin.
Netzula por su parte se ha resuelto ya; tomará
la banda de las sacerdotisas del Sol y renunciará para
siempre al poder, a la gloria y a los hombres; sin em-
bargo, esta renuncia ha hecho correr sus lágrimas. Para
renunciar a Oxfeler bastaba renunciar [a] las grandezas

59
60 NETZULA LACUNZA 61

del mundo; pero para renunciar a los hombres era pre- Octai la recibe con todo el afecto de una madre;
ciso renunciar a su querido, al desconocido libertador pero su voz está débil y lánguida, como una sombra,
suyo y de su madre. como una voz de las personas que ya no existen. No hay
Pero no hay remedio; ha prometido su mano a ya esperanzas; va a abandonar a su hija para siempre y
Oxfeler; puede todavía renunciarle, pero no puede es- ésta determina avisar a su padre.
coger otro esposo. Satisfecha de su resolución, recobra Ixtlou no teme a los peligros cuando se trata de ver
su tranquilidad, pero está grave y triste como la música por la última vez a la querida de su juventud; ha dejado
de un funeral. la cueva del monte y lo acompaña Ogaule; ambos es-
Los males de Octai no permiten a su hija que le tán al lado del lecho de muerte. Octai fija sus miradas
comunique una cosa que, causándole una emoción vio- alternativamente sobre todos sus amigos y, sin poder
lenta, puede agravarla; pero la comunicará a su padre, y hablar, recomienda en palabras interrumpidas a su hija
remitirá a Oxfeler una carta en que renuncie a su enlace. que cuide a Utali.
Esto le parece lo mejor y el único partido que le resta. Su hija estrecha contra sus labios la mano helada
Ixtlou oye silencioso la resolución de su hija; y aun- de la moribunda. Octai fija sobre ella una mirada, y sus
que penetrado del más profundo dolor, no se atreve a ojos están inmóviles para siempre. Está concluido: la
oponerse a ella; cree este acto obra de la religión, y espe- hermosa, la brillante Octai, la que era la admiración
ra que el tiempo acaso destruirá en el corazón de Netzula de su juventud y a cuyo lado se agolpaban los amantes,
el entusiasmo de la que ve poseída. Conviene, sin em- ha muerto sola con su esposo y su hija y el amigo de
bargo, en que se avise a Oxfeler; y se reserva el volver a ambos.
unir este enlace cuando se haya terminado la guerra y la La hija conserva su serenidad exterior, pero la di-
presencia de Oxfeler pueda hablar en su favor a Netzula. cha no volverá a lucir para ella; procura consolar a su
La joven, como descargada de un grave peso, vuelve padre, mas ella misma necesita más que nadie de los
a la casa de su madre; ya no hay aquella lucha de afectos consuelos. ¡Cuánta tristeza ha caído sobre ella en tan
que destrozaban su seno; pero la imagen del desconoci- pocos días!
do parece un tormento que la hace detestar esa banda Ve conducir a su madre al sepulcro; las lágrimas
sagrada que va a ceñirse y que ha escogido por él. corren en silencio sobre sus mejillas; pero ningún grito,
62 NETZULA

ningún acto de dolor estrepitoso se le ha escapado. Es-


tas almas que reconcentran el dolor en sí mismas sufren
más y, como si los pesares no hallasen salida, se fijan de VIII
un modo firme en su corazón.
Entretanto, ha llegado un correo del ejército, trae
la respuesta de Oxfeler; manifiesta un sentimiento frío
por la resolución de Netzula, y comunica que está para
darse una batalla general que será casi decisiva.
Este aviso ha distraído a Ixtlou de su pesar; las
Q ué es la vida? El sueño del infortunio. El llanto
en la cuna, los pesares en la juventud, el sepulcro
por término de la carrera. Tal es la suerte del hombre.
memorias de sus pasados años renacen en su alma; Abatida por los dolores, la hija de Ixtlou sentía ar-
recuerda los combates de su juventud y, en unión de der sobre su frente la fiebre que la conducía a la tumba;
Ogaule, ha determinado ir a presenciar el día de la ba- pero no queriendo afligir a su padre, callaba, y miraba la
talla; marcharán, y sólo encargan a sus hijos que les den muerte como el lecho de su descanso, el asilo contra
el aviso oportuno para presentarse en el campo. la tormenta.
Conversan entre sí y se cuentan las hazañas que Una noche que el sueño había huido de sus ojos, se
hicieron en los otros tiempos. Netzula los escucha y encaminó a la roca que guardaba el cuerpo de su madre.
el recuerdo de su guerrero desconocido entretiene su El cielo brillaba en su esplendor; la naturaleza está sere-
pensamiento, mientras que los ancianos se pasean sobre na, pero el alma de la virgen, como cubierta de un velo
los días pasados. negro, no pueden penetrar a ella las ilusiones agradables.
Netzula no ha vuelto a hablar del templo del Sol, y Se sienta sobre la roca y se entrega a su llanto y a
su padre, que aún conserva la esperanza de unirla al jefe su meditación; las ideas tristes pasan rápidamente por
de Oxfeler, no quiere apresurar la ejecución de un pro- su alma, pero dejan en ella rastros profundos. Se ha se-
yecto, que aunque en secreto, pero ha sido reprobado; renado un poco; sus palabras son ya más claras, y el
así pasan los días entre los diversos afectos del corazón aire de la noche recibe el acento melodioso de la joven.
de la joven y la lucha de los sentimientos impetuosos. —La noche está alrededor de mí, mi madre a mi
lado, el dolor sobre mi corazón; madre mía, tú eras

63
64 NETZULA LACUNZA 65

mi encanto en las horas de la infancia. ¡Ay!, los días bri- los héroes, yo me regocijaré en las fiestas de la juven-
llantes de mi juventud han pasado, no miro tu sonrisa, tud, y será pacífico después mi sueño sobre el lecho de
ni oigo tu voz en la casa de mi padre. tierra. ¡Ah!, ¿por qué mi brazo no puede sostener ya la
”Ahora mi frente está abrasada, abrasada como la espada de los combates?
hoguera del sacrificio; pero mañana estará a tu lado El anciano calla; Netzula sigue a su padre, y Ogaule
fría, helada, como el monte de la nieve; madre mía abre e Ixtlou se apoyan sobre el hombro de la joven; el ca-
tus brazos, haz un lugar en el lecho de tu descanso a tu mino es silencioso, pero los pensamientos llenan el alma
hija, tu hija a quien tanto amabas en tu vida. de los viajeros. Ixtlou y Ogaule están entregados a la
”¡Adiós, Ogaule! ¡Adiós, Utali, hermano mío! ¡Ixtlou, gloria de sus hijos. Netzula piensa en la suerte de su
mi padre, héroe de los pasados días, adiós! ¡Y tú, guerre- amante de los jardines.
ro desconocido, amado mío, tú, cuya presencia me ha El campo está lejos, y el mediodía los abrasa con
encantado, cuya imagen está fija en mi corazón, ya no todo su fuego antes de llegar; mas parece que los ancia-
volveré a verte! nos han cobrado nuevas fuerzas. Netzula, ardiente por
”Yo era en otros tiempos la hermosa de Anáhuac, la fiebre que la devora, tiene en sí misma todas las que
toda la belleza de la juventud estaba sobre mi frente; necesita, y nadie siente el cansancio.
ahora las esperanzas de fortuna, de gloria, de amor, Se han aproximado; el rumor de las armas y de la
todo está concluido; amado mío, si en algún día tu voz batalla hiere sus oídos; el aire está cargado de voces de
llamare a tu amada sobre su sepulcro, mi sombra ven- muerte; los ojos de los ancianos parecen haber reco-
drá a corresponder con una sonrisa tu memoria”. brado el fuego de sus primeros días; sólo el alma de la
El canto de la noche ha cesado. Netzula ha bajado joven está triste con aquel rumor sangriento.
de la roca y camina por el campo triste y solitaria. Ixtlou Un guerrero se presenta entonces a los viajeros;
se le acerca con el paso grave de la edad y le dice: la palidez de la muerte lo cubre, y el terror está en
—Hija mía, sígueme, vamos a los campos de los su frente; sus vestiduras están abrasadas y llenas de
guerreros; mañana debe ser la gran batalla; si los nues- sangre.
tros cayeren, cúbranos su tumba; mis ojos no verán la —¿Dónde está la batalla —exclamó Ixtlou—, dón-
ignominia de la patria; si el triunfo corona a los hijos de de los valientes de Anáhuac?
66 NETZULA LACUNZA 67

—Los hijos del océano prevalecen —contesta el La joven levanta los ojos y cree reconocer el pluma-
guerrero—, el fuego de sus armas nos devora; la cabe- je del moribundo; fija sobre él sus miradas, y este Oxfe-
llera de nuestros bravos rueda por el polvo. ler, a quien ella misma había despreciado; este héroe,
—¿Dónde está Utali? —exclama Netzula en su cuya unión ha rehusado, es el mismo guerrero de los
dolor. jardines, es su libertador y el de su madre.
—Utali y Oxfeler —responde el soldado— es- La joven se precipita sobre él y exclama:
tán en ese bosque; su espada ha sido el terror de los —¡Amado mío, amado mío, tuya para siempre!
enemigos; pero heridos mortalmente, han sido reti- El moribundo entreabre sus ojos y, estrechando
rados aquí a morir en paz; su gloria se levantará en con una mano a su amada, sonríe tristemente, y le se-
los campos de los héroes; pero el Sol favorece a los ñala con la otra su herida; ha querido hablar, mas las
extranjeros. palabras no han podido llegar a sus labios.
Los ancianos se encaminan al bosque; los heridos El héroe expira en los brazos de Netzula.
y moribundos están allí, y las vestiduras de la hija de —Pues que no he podido acompañarte en mi vida
Ixtlou se han salpicado de sangre; el anciano ha cono- —exclama ésta—, te seguiré a lo menos al sepulcro.
cido a Utali. Procura incorporarse, en vano; toda su fuerza la ha
—Hijo mío —exclama—, has muerto como los abandonado; los españoles llegan en este instante; su
valientes; pero tu padre no te sobrevivirá; el hijo del espada completa la destrucción de la batalla; los deseos
extranjero ha destrozado la patria, pero tu gloria se le- de Netzula están cumplidos: su sangre se ha mezclado
vantará sobre tu sepulcro. a la del jefe de Anáhuac.
Utali ha expirado ya. Netzula en pie al lado de
su hermano le contempla con toda la amargura de su 27 de diciembre de 1832
amor; siente desfallecer sus fuerzas y va a caer al lado
de su hermano.
Ogaule llama la atención de Ixtlou:
—He aquí a mi hijo —le dice, y le señala un gue-
rrero extendido sobre la yerba.
NOTICIA DEL TEXTO

Netzula se publicó por primera vez en la Ciudad de


México entre las páginas del primer tomo de El Año
Nuevo de 1837, edición de la cual se desprende la pre-
sente.
En 1985, con un ensayo de Jorge Ruedas de la Ser-
na, Celia Miranda Cárabes recopiló el texto en La no-
vela corta en el primer romanticismo mexicano (Universi-
dad Nacional Autónoma de México, Nueva Biblioteca
Mexicana, 96).
La colección Al siglo XIX. Ida y Regreso, de la
Coordinación de Humanidades (UNAM), retomó la serie
de cuatro tomos (1837, 1838, 1839 y 1840) de El Año
Nuevo para publicarlos en versión facsímil en 1996.
Ángel Muñoz Fernández recogió esta novela corta
en la antología Los muchachos de Letrán en 2004 (Facto-
ría Ediciones, La Serpiente Emplumada, 32).

69
JOSÉ MARÍA LACUNZA
TRAZO BIOGRÁFICO

Nació en la Ciudad de México el 10 de agosto de 1809;


fue periodista, narrador, político y poeta. Hijo de Ana
María Blengua y del magistrado Juan María Lacunza,
quien escribió algunas poesías con el anagrama de
Can-Azul. Tras la muerte de los padres, los pequeños
José María y su hermano, Juan Nepomuceno, quedaron
a cargo de su tía, Guadalupe Blengua.
Estudió la carrera de leyes en el Colegio de San
Juan de Letrán, del que más tarde sería docente y
rector. Aprendió de manera autodidacta distintos idio-
mas, entre ellos, el italiano, el francés y el inglés. Miem-
bro fundador de la Academia de Letrán (1836) junto a
su hermano, Manuel Tossiat y Guillermo Prieto.
Su obra literaria se encuentra dispersa en varios pe-
riódicos y revistas, principalmente: El Año Nuevo (1837,
1838, 1840), El Mosaico Mexicano (1837), El Recreo de las
Familias (1838), El Semanario de las Señoritas Mexicanas
(1842), El Siglo Diez y Nueve (1842, 1843, 1851, 1853,
1856), El Ateneo Mexicano (1844, 1845), Museo Mexicano

71
72 TRAZO BIOGRÁFICO

(1845) y Presente Amistoso (1847). En El Año Nuevo de


1837 publicó Netzula, considerada la primera narración
mexicana que incluye personajes indígenas.
Entre el 8 de febrero y el 21 de marzo de 1844,
sostuvo una polémica, mediante una serie de cartas pu-
blicadas en El Siglo Diez y Nueve, con José Gómez de la
Cortina acerca del método de impartición de Historia,
cátedra recientemente abierta por decreto guberna-
mental.
Netzula, se terminó de editar en el
En su carrera política se desempeñó como ministro Instituto de Investigaciones Filoló-
de Relaciones Exteriores y de Hacienda durante el pe- gicas de la UNAM, el 22 de octubre
de 2018. La composición tipográfica,
riodo presidencial de José Joaquín de Herrera (1849);
en tipos Janson Text LT Std de 9:14,
en 1857 fue asignado como magistrado de la Suprema 10:14 y 8:11 puntos; Simplon Norm
Corte de Justicia y, desde el cargo de diputado federal, y Simplon Norm Light de 9:12, 10:14
y 12:14 puntos, estuvo a cargo de Norma
se opuso a la suspensión del pago de la deuda exterior B. Cano Yebra. La edición estuvo al
(1862). cuidado de Rosalía Chavelas Peña.
Durante el gobierno de Maximiliano de Habs-
burgo fue nombrado ministro de Hacienda (1866) y
presidente del Consejo de Estado. Tras la muerte de
Maximiliano, fue exiliado en La Habana, Cuba, donde
murió el 19 de junio de 1869.

También podría gustarte