Antonio
Pigafetta llega a España en el año 1519, junto al séquito del nuevo
embajador de Roma para la corte de Carlos V. Al enterarse de la expedición
que Magallanes armaba en Sevilla, solicita permiso y embarca como
sobresaliente en una de las cinco naves que parten con destino a las islas
Molucas. Durante los tres años que dura el viaje, nuestro intrépido
aventurero italiano detalla la belleza, las dificultades, las experiencias y la
dureza de la primera vuelta al mundo. No exento de fantasía y respeto, su
relato, escrito a modo de diario, nos permite acompañarle en un
extraordinario recorrido del que sólo regresaron una nave y dieciocho
tripulantes.
Estamos ante la obra de un cronista privilegiado que participó en una de las
mayores hazañas del siglo XVI: dar la primera vuelta al mundo en la
expedición guiada por Magallanes y Elcano. La descripción detallada de las
nuevas tierras que se descubrieron, así como la narración de los
acontecimientos que tuvieron lugar durante la expedición constituyen un
testimonio de gran valor para conocer la realidad de aquella época decisiva
de la historia. El hecho de estar concebido como un diario hace que el libro
se lea con gran facilidad y que el lector se identifique con el autor-navegante.
Antonio Pigafetta (1491-1534) nació y murió en la ciudad italiana de Vicenza.
En 1519 vino a España, donde, tras enterarse de la expedición que
organizaba Magallanes, pidió permiso al embajador y al rey para embarcarse
en ella. Fue uno de los dieciocho marinos que regresaron. Su diario, Primer
viaje en torno del Globo, que vio la luz en 1880, es un fiel testimonio de
aquella gran hazaña que cambió el rumbo de la historia.
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Antonio Pigafetta
Primer viaje en torno del globo
Edición del IV Centenario
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minicaja 19.08.13
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Título original: Primo Viaggio Intorno al Globo Terracqueo ossia Ragguaglio della Navegazione alle
Indie Orientali por la via d’ occidente fatta dal cavaliere Antonio Pigafetta patrizio vicentino, Sulla
Squadra del Capit. Magaglianes negli anni 1519-1522
Antonio Pigafetta, 1533
Publicado por primera vez en 1880
Traducción: Federico Ruiz Morcuende
Epub maquetado en base al Primer Viaje en torno del Globo. Versión castellana de Don Federico Ruiz
Morcuende. Edición del IV Centenario, Espasa Calpe, Madrid, 1922.
Diseño de portada: minicaja
Editor digital: minicaja
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PREFACIO DEL TRADUCTOR FRANCÉS
En el siglo XV los italianos eran casi los únicos que comerciaban con los
géneros que Asia suministra a Europa, particularmente especias, tales como
pimienta, canela, clavo, jengibre, nuez moscada y otros productos vegetales, tan
buscados siempre, y aun hoy solicitados, más por sus virtudes que por su agradable
sabor. Dichas drogas provenían de ciertas islas situadas cerca del ecuador, desde las
cuales sus habitantes o sus vecinos las transportaban a la parte de las Indias que está
entre estas islas y Europa, y los mercaderes de Europa iban a recogerlas allí. Antes
que los árabes hubiesen ocupado y devastado el Egipto, el comercio se hacía por el
mar Rojo, como en tiempo de los fenicios. Desde las orillas de dicho mar se
transportaban las mercancías a las riberas del Nilo a lomos de camellos, después de
haber ensayado en vano el cavar canales navegables. Conducíanlas por el Nilo en
barcos a los puertos del Egipto, donde los navíos de Venecia, de Génova, de Amalfi y
de Pisa iban a cargar; y cuando los árabes, por intolerancia religiosa, por despotismo
político, o, mejor dicho, por una anarquía siempre favorable a los piratas, cerraron
totalmente el paso al comercio en el golfo Arábigo, los mercaderes tuvieron que ir al
golfo Pérsico, desde el cual, por el Eufrates, por el Indo y por el Oxus, llevaron los
géneros de la India al mar Caspio o al mar Negro, y desde éstos al Mediterráneo,
adonde los italianos iban a buscarlos para repartirlos por todas las costas de Europa y
el interior, hasta las glaciares regiones de la Moscovia y de Noruega, donde tenían sus
factorías.
Se comprende fácilmente que el precio de estos géneros debía de ser muy
bajo originariamente, y que la necesidad de pagarlos muy caros era una
consecuencia de los gastos de transporte y de los riesgos que se corrían, ya en el mar
Rojo, ya en los desiertos, además de la ganancia con que se quedaban aquellos por
cuyas manos pasaban. Sabemos por un tal Bartolomé Florentino, negociante, que
residió veinticuatro años en las Indias, al fin del siglo XV, que pasaban por doce
manos diferentes antes de llegar a nosotros, y que cada uno ganaba el décuplo por lo
menos [1]; pero sobre todo el monopolio elevaba excesivamente el precio.
Cuando los insociables árabes hubieron anulado totalmente el comercio del mar
Rojo, los genoveses se asociaron al emperador cismático de Constantinopla para
establecer el comercio exclusivo en la parte del mar Negro, por Tartaria y Persia; y
cuando el sultán del Egipto, después de haber sojuzgado a los árabes, abrió de nuevo
el camino del Nilo, los venecianos, sus aliados, se apoderaron del comercio de los
genoveses y fueron los únicos que suministraron a Europa entera géneros de la India.
En fin, por un lado o por otro el monopolio hacía tributarias de los italianos a todas
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las naciones. Añádase a esto que hacia mediados del siglo XVI los moros, después de
conquistado las islas que casi exclusivamente producían las especias, aumentaron el
precio, pues conocían su valor mejor que los indígenas [2].
El afán de lucro y el deseo de disminuir las dificultades y los riesgos
hicieron concebir diversos proyectos para encontrar medios de
proporcionarse las mercancías de las Indias de primera mano. Esto sucedió en la
época del renacimiento de las letras y cuando el arte de la imprenta, recién inventado,
había ya esparcido más las luces que los antiguos nos transmitieron acerca de la
navegación y de la figura de la Tierra. Se sabía que algunos navegantes fenicios,
saliendo del mar Rojo, habían entrado en el Mediterráneo, con el mismo navío, por el
estrecho de Gibraltar [3]; por consiguiente, se conjeturaba que del océano Atlántico se
podía llegar por mar a la desembocadura del mar Rojo, y, navegando al Este, arribar a
las islas de las Especias.
Sabíase, además, sin duda ninguna que los antiguos habían conocido la
esfericidad de la Tierra y la existencia de los antípodas, que en el tiempo de la
ignorancia habían sido consideradas, no sólo como un error antifilosófico, sino como
una herejía. Los viajeros que, siguiendo las huellas del veneciano Marco Polo, habían
recorrido todas las costas del Asia, se aseguraron de que la Tierra formaba una curva
del Este al Oeste; y los portugueses, que al comienzo del siglo XV visitaron todas las
costas de Guinea, añadiendo sus conocimientos a los de los navegantes del norte de
Europa, habían demostrado, por la elevación y el descenso de la estrella polar y del
Sol, que la Tierra formaba una línea curva del Norte al Sur; que, por consiguiente,
tenía figura esférica, y que podía darse la vuelta. Todo ello estaba muy de acuerdo
con las observaciones de los astrólogos, quienes, a pesar de proponerse el fin ridículo
de adivinar el porvenir, habían hecho, sin embargo, grandes progresos en astronomía.
Asimismo había relatos, aunque obscuros y vagos, de algunos marineros que
pretendían haber sido transportados a las islas situadas entre Europa y América y aun
hasta un nuevo continente, del que, incluso el nombre, todo era todavía desconocido.
He aquí las bases sobre las cuales se fundaba la esperanza de llegar, saliendo del
estrecho de Gibraltar, inmediatamente a Malucho (así se llamaba entonces a las islas
de las Especias, que hoy denominamos Molucas), costeando África y singlando en
seguida al Este, o atravesando el océano Atlántico hacia el Oeste. Había tal
persuasión de no encontrar ningún obstáculo en esta última ruta, que los más célebres
geógrafos de este tiempo no separaban en sus mapas por ningún continente, sino
simplemente por el Océano, sembrado de algunas islas, las costas occidentales de
Europa y África, del Asia oriental. Aportaré pruebas en la sección XII. Era éste un
error, sin duda, pero muy perdonable a los geógrafos de la época, porque aunque los
antiguos habían medido con bastante exactitud la circunferencia de la Tierra [4] y
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dejado también reglas bastante ciertas para determinar la longitud de los lugares, se
hacía de ellas muy poco caso por no entenderlas bien. A consecuencia de esta
ignorancia del tamaño de la Tierra y de las longitudes, se imaginaba que deberían
encontrarse en seguida al Occidente las islas, de las que sólo al Este y al Sur se
conocía la distancia.
Esta idea embargaba el espíritu de Cristóbal Colón, que acumulaba a los
conocimientos teóricos y prácticos de la navegación las luces que había
recogido de otros navegantes y todo el valor necesario para las grandes empresas.
Convencido de la esfericidad de la Tierra, no hallaba la menor dificultad en atravesar
el océano Atlántico con la ayuda de la brújula, de la que conocía no sólo la
declinación, sino también el medio de corregirla [5]. Pidió a los genoveses, sus
compatriotas, que no tenían otro medio que éste para reanimar su comercio, navíos
para la ejecución de su proyecto; pero los genoveses, ocupados en pequeñas
especulaciones y atormentados sin cesar por las facciones domésticas que les
sujetaban tan pronto a los reyes de Francia como a los duques de Milán, rechazaron
sus proposiciones. Se dirigió entonces al rey de Portugal, que tampoco le escuchó,
porque no creía que se pudiera llegar a las Molucas sino doblando el África; y
únicamente España, después de largas y repetidas solicitudes, se determinó a
confiarle algunos navíos. No obstante, Colón no tocó mas que en las islas de
América, de la que sus sucesores descubrieron el continente, acariciando en vano la
idea de encontrar un camino al oeste de Méjico y por el istmo de Panamá [6].
La navegación de Colón originó disputas entre los españoles y los
portugueses sobre algunas de las islas descubiertas, y aun más sobre las
tierras que se esperaba descubrir después. Los portugueses, cuando emprendieron sus
navegaciones por las costas de África, habían tenido la previsión de aprovecharse de
la opinión, generalmente admitida entonces, que el sucesor de San Pedro podía, como
vicario de Jesucristo, disponer de los reinos que no pertenecían a potencias cristianas.
Los papas Martín V, Eugenio IV y Nicolás V habían ya concedido a los portugueses
el imperio de todo el territorio que acababan de descubrir en las costas de África.
Alejandro VI, al cual, después del viaje de Colón, España y Portugal presentaron al
mismo tiempo sus pretensiones, trazó una línea que, pasando por los polos, cortaba
en dos el globo terráqueo. La isla de Hierro, una de las Canarias, donde Ptolomeo
había fijado el primer meridiano, era el punto por el cual pasaba esta línea, que se
llamó línea de demarcación. Dió, pues, el papa a los portugueses todo lo que
pudiesen conquistar al este, y a los españoles, todo lo que descubrieran al oeste de
esta línea. Pero cuando los portugueses se apoderaron del Brasil y quisieron
comprender esta comarca en la parte oriental de la línea, se alejó 30o al oeste de la
isla de Hierro.
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Mientras que España extendía al Oeste sus conquistas, tanto como los
crímenes y crueldades de sus caudillos, los portugueses, guiados en 1497
por Vasco de Gama, doblaron el cabo de Buena Esperanza, que Díaz, acompañado
del navegante veneciano Cadamosto, había descubierto en 1455 [7]. Costearon el
África oriental y las islas que están entre este continente y Asia, y llegaron a Calicut,
que era la factoría del comercio de las especias. A continuación, no sin sostener
combates y guerras, tanto con los indígenas como con los moros, que habían invadido
una gran parte de este país, alargaron su navegación hasta las islas Molucas; y en
1510 fundaron un establecimiento para monopolizar casi exclusivamente el comercio
de la pimienta y los clavos de especia, que no se obtenían apenas mas que en estas
islas [8].
Los establecimientos portugueses en las Indias tenían entonces por
gobernador y virrey al duque de Alburquerque, quien por su talento y su
valor había sabido hacer abortar todas las empresas de los venecianos, los cuales eran
los aliados de Solimán el Magnifico e hicieron grandes esfuerzos para conservar en el
mar Rojo el comercio, que los portugueses querían transportar a Lisboa [9]. Después
de este virrey fué cuando Magallanes emprendió su expedición para pasar cinco años
en las Indias [10]. Era un hidalgo portugués, y había cultivado las ciencias, habiéndose
ocupado preferentemente de todo lo relativo a la navegación, estudio muy de moda a
la sazón entre los caballeros portugueses; y emprendió este viaje para darse a conocer
en la corte y obtener un empleo adecuado a sus talentos. Desde Calicut fué a Sumatra,
donde tomó a su servicio un esclavo. Parece ser que no alargó su viaje hasta las
Molucas, aunque así lo dicen Angera, Ramusio y otros escritores [11], porque si
hubiese llegado allí habría sabido que están bajo la línea equinoccial, y no hubiera ido
a buscarlas, como lo hizo, a los 14o de latitud septentrional. De las Indias regresó a
Lisboa. Durante este tiempo, Alburquerque había enviado a las Molucas a Francisco
Serrano, pariente y amigo de Magallanes, con orden de erigir allí un fuerte, lo que no
ejecutó porque todos los reyes de estas islas, con insensata ambición, pretendían que
se levantase en su territorio [12]; y Serrano, queriendo someterlos a todos al mismo
tiempo, se proclamó soberano, aunque sólo con el título de pacificador. Ya veremos
de qué manera fué la víctima de su ambición.
Ignoro qué derecho podría tener Magallanes a las mercedes de la corte;
pero sus acciones prueban que poseía tanto valor como conocimientos,
a pesar de que diga lo contrario el jesuíta Maffei, quien le acusa de tener más vanidad
que mérito [13]. Si hemos de dar crédito a nuestro autor, debemos reconocer la
moderación de las pretensiones de Magallanes, pues se limitaban a pedir al rey un
aumento de paga de cien reis mensuales, según algunos autores, o de medio cruzado,
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según otros. Hay, no obstante, motivo para creer que durante su servicio a Portugal
dió pruebas evidentes de valor y habilidad, puesto que el rey de España le hizo
caballero de Santiago y le confió el mando de una escuadra.
Según dice Maffei [14], Magallanes, durante su estancia en Portugal, estuvo
en correspondencia, tan frecuente como la distancia le permitía, con su
amigo Serrano, quien le invitó a volver a las Indias y aun a llegar hasta las Molucas,
indicándole la distancia que les separaba de Sumatra, isla para él muy conocida. Pero
si se nos permite hacer conjeturas y tratar de adivinar las causas por los efectos,
hallaremos que es verosímil que Magallanes se quejase a Serrano de los pretendidos
agravios recibidos en la corte de Lisboa; que Serrano, tal vez amenazado por el
virrey, al cual no había obedecido en la construcción de la fortaleza, le propuso dar
estas islas a España y le proporcionó al mismo tiempo los luminosos datos que pudo
adquirir de los habitantes de las islas más orientales sobre la posibilidad de encontrar
el cabo del continente descubierto por Colón, y de doblarle o quizás encontrar algún
estrecho, pues ya los portugueses poseían el Brasil, descubierto por Cabral en 1500,
en cuya comarca había pasado cuatro años Juan Carvajo, de quien habla
frecuentemente Pigafetta, y en donde Juan de Solís, que buscaba un paso a las Indias,
fué asesinado con sesenta hombres de su tripulación y comido por los caníbales [15].
Acaso no es improbable que Magallanes tuviese por estos medios algún
conocimiento de un paso del mar Atlántico al mar de las Indias; pero, según
comunicó confidencialmente a Pigafetta y a sus compañeros de viaje, fué de otra
manera como él llegó al estrecho. Mientras que pretendía su ascenso en la corte de
Lisboa continuó estudiando la geografía y la navegación, de manera que, según
nuestro autor, llegó a ser uno de los más hábiles geógrafos y navegantes de su tiempo
[16]. Por esta fama se le permitió examinar todo lo que hasta entonces se había
coleccionado sobre dichas materias y que se guardaba cuidadosamente en la tesorería.
El infante D. Enrique, el cual fué el primero que proyectó los viajes para el
descubrimiento de países nuevos, y los príncipes que le sucedieron habían reunido
todas las noticias y los mapas que era posible procurarse por medio de los geógrafos,
los navegantes y los astrónomos, que con la esperanza de recompensas iban allí a
depositar sus descubrimientos. En esta tesorería fué donde Magallanes encontró un
mapa de Martín de Bohemia, sobre el que estaba dibujado el estrecho por el cual se
pasaba del mar Atlántico al que en seguida fué llamado Pacífico.
Para estar ciertos de que Magallanes buscó este paso porque lo había visto
dibujado en el mapa de Martín de Bohemia, basta con leer lo que sobre el
asunto dice Pigafetta. Anotamos sus propias palabras tal como se leen en nuestro
manuscrito [17]. Es extraño que se haya negado esta verdad, que puede encontrarse en
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el extracto del libro de Pigafetta, publicado en francés por Fabre y en italiano por
Ramusio [18]; pero aun es más extraño que esta verdad, tan honrosa para Martín de
Bohemia, o, mejor dicho, Behaim [19], haya sido negada por Murr cuando se proponía
hacer su elogio [20]. No está de más hablar aquí de esta cuestión, que tiene íntima
relación con el punto más interesante de la navegación que me propongo publicar.
Otto, en una memoria inserta en el segundo volumen de las Transactións
philosophiques de la Société de Philadelphie, ha querido probar, entre otras cosas,
que Colón no fué quien descubrió América, ni Magallanes quien encontró el estrecho,
para llegar, atravesándole, a las Indias por Occidente, sino que el mérito de estos
descubrimientos se debe únicamente a Martín Behaim, de Nuremberg.
Efectivamente, este Martín Behaim era uno de los más grandes geógrafos de su
tiempo, y fué uno de los primeros que en 1492 hizo un mapamundi terrestre, que legó
a su patria, donde todavía se conserva; también fué uno de los primeros que pasaron
la línea con el famoso navegante Santiago Cano, en 1484; estuvo casado con la hija
de Huerter, feudatario de la isla de Fayal, una de las Azores, en donde pasó muchos
años, haciendo de vez en cuando viajes a Europa; siendo estimado y consultado por
los sabios de su tiempo, así como por la corte de Lisboa, tuvo todos los medios para
adquirir los más raros y extensos conocimientos geográficos de su siglo. Sin
embargo, se pretende, sin razón, probar que Colón descubrió América después de
Behaim, como lo ha demostrado el conde de Carli, fallecido en 1795 [21]. Apoya Otto
su opinión en una Crónica de Nuremberg, en la que se dice «que descubrió las islas
de América antes que Colón, y el estrecho que tomó en seguida el nombre de
Magallanes antes que Magallanes mismo»; y en el testimonio de Hartmann Schedel,
quien dice que Magallanes y Cano, navegando, se encontraron en otro mundo. Pero
Carli hace notar que la Crónica de Nuremberg no es contemporánea, y Murr ha
comprobado que las palabras de Schedel han sido intercaladas en su manuscrito por
otra mano. En efecto, no se las encuentra en la primera edición de su obra, que
tenemos en nuestra biblioteca. Hay que añadir que la frase In alterum orbem accepti
sunt puede interpretarse en el sentido de que pasaron la línea.
Con menos fundamento aún, Murr pretende que Martín Behaim no tuvo
nunca la menor idea del estrecho de Magallanes. Habiendo tenido
ocasión de visitar los archivos de sus herederos, no encontró, según dice, ningún
rastro de este documento. Además, en su globo terráqueo, que donó a la villa de
Nuremberg, puede verse claramente —añade Murr— que Martín Behaim no
sospechó siquiera la existencia de América. Este globo, del que Murr ha publicado el
hemisferio que comprende la parte occidental de Europa y de África y la parte
oriental de Asia; este globo, digo, permite ver que en este tiempo se creía poder ir por
mar directamente desde las islas Azores a los reinos de Tungut, de Cambalu y del
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Tibet, no encontrando mas que la isla del Catay en todo el Océano que había de
recorrerse. Se imaginaban que desde las islas Canarias podía llegarse a la isla de
Antilia, y por esta razón Colón denominó Antillas a las islas que encontró más acá de
América. De las islas de Cabo Verde, en el globo de Behaim, se iba, sin encontrar
tierra ninguna, a Cipango (el Japón), que Marco Polo había dado a conocer en
Europa, y del que también habla Pigafetta, que creía haber pasado a poca distancia de
allí. Del Japón se iba a Cambaya, y, volviendo al Sur, a la grande y pequeña isla de
Java, situadas sobre el mismo meridiano. Se ve, pues, que en el globo de que
hablamos no hay detalle ninguno sobre América. Sin embargo, todo esto demuestra
que en 1492 Behaim no conocía América, y que, por consiguiente, no podía facilitar
datos a Colón, que partió este mismo año; pero no prueba en modo alguno que desde
este período hasta el año 1506, que fué el último de su vida, no pudiese conocer todo
lo que se había descubierto hasta entonces y trazarlo sobre un nuevo mapa. Sus
viajes, su correspondencia con todos los sabios, sus cargos y empleos en la corte de
Lisboa y, sobre todo, su estancia en las Azores le suministraron los medios, como ya
hemos observado, de adquirir las luces que el azar o las investigaciones
proporcionaban a los navegantes. Varenius [22] pretende que Núñez de Balboa
conoció en 1513 la existencia del estrecho en cuestión por las corrientes que sólo se
producen en un canal abierto por los dos extremos y nunca en una bahía. ¿Por qué
cualquier otro navegante no pudo hacer la misma observación en tiempos de Behaim
y comunicársela a éste? Murr opina que esto es muy posible, pero pretende que no
sucedió, y que Marco Antonio Pigafetta fué quien difundió en su Itinerario,
publicado en Londres en 1585, la fábula del descubrimiento de América por Behaim,
y añade que ignora si se menciona a Martín Behaim en la Relación del Congo de
Felipe Pigafetta. Puede juzgarse, por la manera en que se expresa, que apenas conocía
Murr los nombres y los títulos de los otros dos Pigafetta (Marco Antonio y Felipe), y
que no tenía la más remota idea de nuestro caballero Antonio Pigafetta, ni de su
Relación del descubrimiento de las Indias, ni de los extractos que del mismo se
publicaron, y que tampoco había leído el Itinerario de que habla, porque en él no se
nombra para nada a Martín Behaim. Felipe Pigafetta no le cita ni en su Relación del
Congo, impresa en Roma en 1591, ni en su Itinerario de Egipto, cuyo manuscrito se
halla en la biblioteca de mi amigo el Sr. Malacarne, profesor de cirugía en Padua,
según dicho señor me lo ha comunicado por escrito. No debe, pues, dudarse de que
Magallanes hubiese podido ver dibujado el estrecho en el mapa de Martín Behaim;
pero es preciso decir que no se fió por completo, o que el mapa en cuestión era
bastante inexacto, pues de no ser así, ni hubiese destacado al navío Santiago para
reconocer la costa en que naafragó buscando el estrecho en el grado 52, ni tampoco
se hubiera determinado a remontarse hasta el grado 75 si aquél no le encontraba.
Volvamos a la historia de Magallanes y a nuestro autor. Sea por vengarse de las
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injusticias que él creía haber recibido, tal vez para conseguir el adelanto
que solicitaba, Magallanes pasó a España para ofrecer sus servicios a
Carlos V, con objeto de dirigir una escuadra corriendo siempre al oeste
de la línea de demarcación hasta las islas de las Especias, que se conocían más por los
relatos de los italianos que habían navegado por ellas al Este, que por las relaciones
de los portugueses establecidos allí desde hacía diez años, pero que ponían extremo
cuidado en tener ocultos los descubrimientos que habían hecho, hasta el punto que,
según dice Castañeda, se habría ignorado andando el tiempo el viaje de Gama, si éste
no se hubiera tomado el trabajo de escribirle y publicarle por su cuenta [23]. Carlos V,
o, mejor dicho, el cardenal Cisneros, su primer ministro, regente de España en su
ausencia, escuchó favorablemente el proyecto de Magallanes, quien le convenció de
la posibilidad de ir por el Oeste, asegurándole al mismo tiempo que las islas de las
Especias estaban en la parte del Globo perteneciente a España por la línea de
demarcación, porque sin esto el cardenal virrey no hubiera nunca consentido que se
invadiese un país que el papa había dado a otros. Para persuadirle de que las Molucas
estaban en el hemisferio español, Magallanes no sólo tomó por testigo a Cristóbal
Hara, quien, teniendo en las Indias casas de comercio, decía que estaba seguro por las
instrucciones de sus factores de la verdadera posición geográfica de estas islas [24],
sino que apeló a la autoridad del famoso astrólogo Ruy Faleiro, que compás en mano
demostraba sobre el mapamundi que las islas estaban situadas más acá de 180o de
longitud occidental de la línea de demarcación. Como aun dudase el cardenal
Cisneros, Faleiro dió a Magallanes un método para calcular la longitud, a fin de no
sobrepasar la línea [25]. Para desvanecer todo escrúpulo hubiera podido Faleiro
embarcarse con Magallanes; pero como se preciaba de astrólogo, se excusó diciendo
que preveía que esta navegación le sería fatal. Lo fué, efectivamente, para el
astrólogo Martín de Sevilla que marchó en su lugar, sin prever que debía ser
asesinado, como le acaeció en la isla de Zubu.
Tenemos una prueba de la importancia de las investigaciones sobre las
longitudes hechas durante esta navegación, en la descripción que voy a
publicar. Apenas la escuadra estuvo en el mar Pacífico cuando el caballero Pigafetta
consideró como un deber el señalar en su diario, no solamente la latitud, sino la
longitud de la línea de demarcación; y para evitar toda equivocación advirtió que ésta
se hallaba a 30o al oeste del primer meridiano, situado a su vez a 3o al oeste de Cabo
Verde [26]. Explicándose con tanta precisión, es extraño que Fabre, que dió un
extracto de su relación, no le haya comprendido, y que en lugar de decir grados de
longitud de la línea de demarcación, diga siempre de la línea de su partida, o grado
de longitud del cual partieron; y allí donde debía indicar la posición de esta línea tal
como la señaló nuestro autor, diga y XXX grados del meridiano, el cual está a tres
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grados más al oriente que el cabo de Buena Esperanza. Como se ve, carece de
sentido semejante manera de expresarse. Al traducir Ramusio a Fabre, omitió todo
esto con razón, y hay que perdonarle cuando, por seguir literalmente el texto, en lugar
de decir longitudine dalla linea di divisione, dice longitudine dal luogo donde si eran
partiti; por consiguiente, aumenta en un error de 40o la longitud señalada por
Pigafetta.
Pero los portugueses, interesados en determinar la verdadera longitud de
las Molucas, acusaban a los españoles, no solamente de error, sino
también de mala fe; y Pedro Mártir de Anglería, gentilhombre milanés e historiógrafo
de la corte de España, contaba con bastante gracia en una de sus cartas [27], que
habiéndose escogido veinticuatro astrónomos y pilotos, tanto portugueses como
españoles, después de haber silogismado mucho, concluyeron que no se podía decidir
la cuestión más que a cañonazos; sin embargo, Carlos V calculó que valía más vender
a Juan III, rey de Portugal, en las 150.000 doblas que ofreció, sus pretendidos
derechos sobre las Molucas, y se las cedió. Además, es cierto que estas islas, situadas
por Pigafetta entre los 160o y los 170o de longitud al oeste de la línea de
demarcación, están realmente más allá de 180o; por consiguiente, pertenecían a
Portugal en virtud de la bula del papa Alejandro VI. Sea como fuere, el rey de
España, persuadido de que Portugal le había usurpado lo que le pertenecía, y
dispuesto ya a encomendar a Esteban Gómez unas carabelas para emprender nuevos
descubrimientos, no en confiar a Magallanes una escuadra para esta importante
expedición, quien, con el fin de salvar todos los obstáculos, escogió a Gómez para
que mandase uno de los navíos, elección de la que pronto tuvo que arrepentirse.
Mientras se trataba de este importante asunto en la corte de Madrid,
Antonio Pigafetta, gentilhombre de Vicencio, estaba en Roma, donde
todos los italianos que tenían talento y aspiraban a hacer fortuna acudían, sobre todo
en los buenos tiempos de León X. Era de familia hidalga originaria de la Toscana, y
probablemente hijo del Mateo Pigafetta, doctor y caballero, que ocupó
frecuentemente cargos en la administración pública de su patria [28]. Tan ávido de
gloria como de fortuna, se propuso buscar una y otra en los países lejanos del nuevo
mundo que Colón y Américo Vespucio acababan de descubrir, y donde muchos
italianos habían ya adquirido renombre y riquezas. Siguió a España a su
conciudadano Francisco Chiericato, enviado como orador o embajador a Carlos V,
para comenzar desde aquí sus viajes. Todo salió a medida de sus deseos, y puede
verse en la carta dedicatoria de su obra cómo obtuvo del emperador la licencia de
embarcar en la escuadra de Magallanes.
Pigafetta no era ciertamente muy sabio, aunque Marzari, historiador vicentino, nos
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dice que era célebre en toda Europa por sus excelentes conocimientos
en filosofía, matemáticas y astrología [29]; mas había estudiado la
geografía y la astronomía necesarias para entender el manejo del astrolabio y
determinar la latitud de los lugares; conocía también bastante la teoría de los
fenómenos celestes para poder hacer las observaciones astronómicas, por las cuales
se juzga sobre la declinación del imán, de la singladura de un navío y de las
longitudes. Puede formarse idea de sus conocimientos en esta parte por su Tratado de
navegación.
El afán de instruirse igualaba al saber de nuestro autor y aun le
sobrepujaba. Tenemos una prueba en el estudio que hizo, durante su
viaje, de los diferentes idiomas de los pueblos que visitó, hasta el punto de formar
vocabularios más o menos extensos a medida que encontraba ocasión [30].
Procuraba enterarse siempre de las cosas por sí mismo, y así lo demostró en
frecuentes ocasiones durante la realización de las misiones particulares de que fué
encargado cerca de los reyezuelos de las islas que la escuadra visitó. Veremos por su
relato que nunca dejó de recorrer los campos para examinar el cultivo de las
principales producciones del país, de las cuales escribió la historia natural lo menos
mal que pudo, sin la precisión de un botánico, es cierto, pero con toda la exactitud de
un hombre de buen sentido. No limitándose a lo que se presentaba ante sus ojos, se
esforzaba en instruirse sobre las comarcas donde la escuadra no anclaba, por los
indios que voluntaria o forzosamente navegaban con él. Es preciso, por tanto,
convenir en que no tenía conocimientos bastante extensos de Historia natural y de
Física para apreciar debidamente cuanto veía y para distinguir la verdad de las
fábulas y mentiras que le contaron sobre cosas prodigiosas, sobre los orejones, sobre
las amazonas, sobre los pigmeos, etc., de los que con la mayor buena fe hizo ridículas
descripciones.
Pero aunque no fuese hábil físico ni buen naturalista ni excelente
astrónomo, como lo son, generalmente, los navegantes de nuestros días,
Pigafetta estaba lejos de merecer el injurioso desprecio con que le quiso cubrir De
Paw, quien le llama un exagerado ultramontano, crédulo e ignorante, que, sin empleo
y sin carácter, hizo su excursión en el navío Victoria [31].
Pero ¿puede hacerse el menor caso de las injurias de De Paw? No hay mas que
leer sus Recherches sur les Américains para ver que es un escritor que, por las
aserciones aventuradas, por no decir algo peor, y sin conocer los asuntos de que
habla, como dice Pernetty [32], desde el fondo de su gabinete no se proponía mas que
escribir un libro que pudiera complacer a los seudofilósofos, ya por la novedad de un
ilusorio sistema sobre América, ya por la maledicencia y la religión. Por otra parte,
no conocía mas que el miserable extracto de la obra de Pigafetta, hecho por Fabre, y
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condenó a la obra y al autor como si la hubiese examinado completa. Es verdad que
otros escritores, entre los cuales está el célebre Tiraboschi, han hecho poco caso de la
relación del viaje de Pigafetta; pero esto fué porque se imaginaron que no había
escrito mas que lo que Fabre y Ramusio publicaron.
Pigafetta merece elogios, sobre todo por el cuidado que tuvo en anotar
día por día todo lo que veía, todo lo que oía decir y todo cuanto les
sucedía a él, a sus compañeros de viaje y a la escuadra; tuvo además la suerte de no
estar nunca imposibilitado para escribir, y mientras toda la tripulación sufrió largas
enfermedades, él disfrutó siempre de una salud bastante fuerte para hacer diariamente
sus observaciones; de manera que cuando a su vuelta llegó a las islas de Cabo Verde
y preguntó qué día era de la semana, no se podía persuadir de que se había
equivocado un día entero, habiendo llevado con regularidad su diario. Pigafetta no es
el único que se haya sorprendido de haber perdido un día al dar la vuelta al mundo;
esta pérdida, de la que no había duda, parecía entonces tan inexplicable, que más bien
se pretendía, dice Anglería [33], que nuestros navegantes no habían dado la vuelta a la
Tierra, hasta que los astrónomos, y el cardenal Contarini el primero, demostraron que
esto debía suceder a todos los que daban la vuelta al Globo singlando constantemente
de Oriente a Occidente.
Al cabo de tres años, de los doscientos treinta y siete hombres que
formaban la tripulación y de cinco navíos que componían la escuadra,
no se vieron, dice Anglería [34], llegar de vuelta a Sevilla, de donde habían salido,
mas que diez y ocho hombres y un solo navío ruinoso y acribillado de vías de agua.
Entre los diez y ocho hombres estaba Pigafetta. Cada uno se creyó en el deber de
contar todo lo que le había sucedido, tanto más cuanto la corte de España quería
publicar la relación de un viaje tan importante, porque nadie antes que estos
navegantes había dado la vuelta al mundo. Pedro Mártir de Anglería, a quien
acabamos de citar, del Consejo de Indias por el emperador, que había ya escrito la
historia de la navegación de Cristóbal Colón [35], fué el encargado de recoger todos
los datos que podían lograrse del mísero resto de la tripulación. Probablemente
pondrían en sus manos todos los diarios que se encontraban a bordo del navío, sobre
todo de los que habían perecido; mas parece ser que Pigafetta guardó el suyo, porque
él mismo dice que fué a presentarse al emperador en Valladolid [36], y es presumible
que le ofrecería una copia de su propia mano, guardando las notas originales.
A las órdenes que el emperador dió a Anglería para que escribiese la historia de
esta expedición se unieron las peticiones del papa Adriano VI, al cual le unía gran
amistad desde que éste ocupó en la corte la plaza de preceptor de Carlos V. Escribió,
pues, Anglería esta historia, y él mismo dice que envió su manuscrito a Roma al
papa, quien quería hacerlo imprimir a todo lujo; pero que no llegó a la Ciudad Eterna
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hasta después de la muerte del pontífice [37]. Ramusio [38] añade que este manuscrito
fué pasto de las llamas o perdido para siempre en el terrible saqueo que la capital del
mundo sufrió en 1527.
El mismo Ramusio, uno de los primeros y más sabios compiladores de
navegaciones y viajes, dice, además, a este respecto, que casi se
hubiera perdido el recuerdo de esta magna empresa si un hábil y gentilhombre
vicentino, llamado el señor Antonio Pigafetta, no hubiera hecho una relación curiosa
y detallada, de la que, como veremos en seguida, hizo un extracto en francés, que
tradujo también al italiano, para insertarlo en su colección. Este libro existe en la
Bibloteca Ambrosiana de Milán, y, al parecer, no solamente es inédito, sino que ni
aun ha sido conocido por los que escribieron la historia de la pasmosa expedición. No
es el diario propiamente dicho tal como Pigafetta lo presentó al emperador, sino una
relación muy extensa que escribió, estando en Italia, para obedecer los ruegos de
Clemente VII, al cual se presentó en Monterosi a su vuelta [39], y a los del gran
maestre de Rodas, De Villers Lisle-Adam, al que se dirige frecuentemente en la
relación. Como en este libro añade Pigafetta a su nombre el título de caballero, puede
deducirse que le escribió después del 3 de octubre del año 1524, día en que fué
nombrado caballero [40]. Pero si tenemos pruebas de que la obra la escribió algunos
años después de la vuelta de su viaje, hay también motivos para creer que el caballero
Pigafetta tenía delante las notas originales mientras la redactaba, porque dice
repetidas veces oggi (hoy) copiando lo que había escrito el mismo día del suceso.
Además, no le hubiera sido posible, siguiendo el orden del tiempo más que el de las
cosas, conservar la memoria de una infinidad de objetos para él nuevos y de
acontecimientos extraordinarios, que algunas veces he unido, sin alterarlos, para dar
más continuidad y conjunto a la relación del autor.
Después de haber escrito su libro para el gran maestre de Rodas y de
haber presentado al soberano pontífice una copia, de la que habla
Paulo Jovio [41], envió otra a la reina Luisa de Saboya, regente del reino por su hijo
Francisco I (ocupado entonces con la desdichada guerra de la Lombardía, donde fué
hecho prisionero), a la cual se había presentado Pigafetta cuando regresó a Italia para
ofrecerle algunos productos del otro hemisferio. La reina dió a traducir al francés el
libro al parisiense Antonio Fabre, que tenía reputación de ser un excelente filósofo y
de saber italiano porque había residido mucho tiempo en Padua; pero éste, por
evitarse molestias (per fuggir la fatica, como dice ingenuamente Ramusio), hizo
solamente un extracto, y omitió quizás lo que no entendía; el resto fué impreso en
francés con muchas faltas [42]. A pesar de todos estos defectos, Ramusio, que, como
ya he dicho, quería insertar en su gran colección esta primera navegación, la tradujo
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al italiano y la publicó con otras dos relaciones de menor importancia [43].
No he podido averiguar lo que haya sido de las copias que el autor
presentó a otros grandes personajes. El célebre presidente De
Brosses, que ha recogido con tanto cuidado como inteligencia todo lo que ha llegado
hasta nosotros relativo a los descubrimientos de los europeos en las tierras australes,
hablando de la relación de Pigafetta, dice claramente que se perdió [44]. Parece que en
tiempo de Montfaugon esta relación no existía entre los manuscritos de la biblioteca
real, porque en su catálogo [45] no menciona más que el título de la obra francesa, esto
es, del extracto de Fabre, y hubiera citado, sin duda, el título italiano si hubiese
encontrado el original. El P. Angel Gabriel de Santa María, que ha escrito en muchos
volúmenes la historia literaria de Vicencio, dice decisivamente que hay una copia en
el museo Saibanti, en Verona, y otra en la biblioteca del Vaticano, en Roma; pero lo
mismo que la primera, no existe allí ni estuvo nunca, como me ha asegurado mi
amigo el Sr. Delbene, secretario de la Sociedad italiana, que se ha tomado la molestia
de investigar en los catálogos antiguos y modernos de este museo; en cuanto al
segundo, acabo de recibir una nota de monseñor Marini, director de la biblioteca del
Vaticano, en la cual me comunica que, después de haber hecho las buscas necesarias,
no sólo no ha encontrado esta obra entre los manuscritos de esta biblioteca, sino que
está seguro que tampoco existe en las bibliotecas Urbina, Palatina, Ottoboniana,
Capponiana, etc.
Es preciso, además, conjeturar que las copias eran muy raras, y que ni aun la
familia del autor poseía ninguna, puesto que Felipe y Marco Antonio Pigafetta, de los
que hemos hablado en la sección XII, autor el último de una historia de las Indias
orientales, no mencionan ni el viaje ni la obra de su hermano Antonio, lo que hace
suponer que no la habían leído [46].
He visto en la historia de Castañeda [47] que este escritor consultó un diario de
este viaje, en el que los grados de longitud estaban marcados muy diferentemente, por
lo que dice, de lo que pretendían los españoles para extender sus derechos por la parte
Oeste; y Maffei [48] nos enseña también que el español Barros había escrito la misma
historia, basada en los relatos y diarios de los marineros. Ignoro la suerte de los
diarios de que se sirvieron los historiadores; pero es muy cierto que no se publicaron
nunca.
Podría suponerse que nuestro manuscrito es el mismo que presentó el
autor al gran maestre de Rodas, porque está bastante bien escrito, en
caracteres de la escritura llamada entonces cancilleresca [49], en buen papel, en folio
menor; los mapas están iluminados, y está apropiadamente encuadernado. Podría
creerse también que es la copia que ofreció al papa, pues, según dice Paulo Jovio,
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Pigafetta (al que por error llama Jerónimo) le ofreció, tanto por escrito como en
pintura, las cosas más notables de los países que había visitado [50]. Añádase a esto
que nuestro sabio bibliotecario Sassi, quien en 1712 hizo el catálogo de nuestros
manuscritos, escribió en la portada de éste: «Es, quizás, el original». Sin embargo, a
pesar de todas estas conjeturas, opino que nuestro manuscrito no es mas que alguna
de las copias que fueron presentadas a las personas ilustres de que acabamos de
hablar. He aquí en lo que fundamento mi opinión:
1.o En la portada, y a la cabeza de la epístola dedicatoria, el nombre del autor está
escrito Pigafeta; al final de la carta se lee Pagapheta, y al fin del Tratado de
navegación pone Pigaphetta.
2.o El manuscrito está tan plagado de faltas de ortografía, de lenguaje, de sintaxis
y de lógica, que frecuentemente no tiene sentido ninguno, como podrá juzgarse por
los pasajes que algunas veces citaré en las notas.
3.o Un tercio del volumen está en blanco, lo que hace sospechar que esta copia
estaba destinada a algún aficionado que deseaba añadir otras cosas, y que el caballero
Pigafetta no la vió, pues al menos habría corregido las faltas más burdas y no hubiese,
probablemente, añadido su Tratado de navegación; y, caso de hacerlo, no hubiera
olvidado el poner en esta última parte la figura a la que remite al lector, y que no está.
Pero aunque este manuscrito no haya salido directamente de manos
de Pigafetta, no es menos precioso, puesto que fué escrito en la
época en que vivió el célebre navegante, como acabamos de ver, y que, además, es
auténtico, como puede juzgarse por su concordancia con todo lo que sabemos de esta
navegación y de los países de que habla. Esta concordancia se nota particularmente
en los vocabularios. Por otra parte, hasta los errores y las fábulas que en él se
encuentran prueban la buena fe del escritor, que nos ha trasladado todos los relatos
que se le hicieron y expuesto los fenómenos tal como se presentaron a sus sentidos.
En fin, este manuscrito es único. No he podido descubrir de dónde el cardenal
Federico Borromeo (nombre siempre esclarecido para las ciencias, y sobre todo por la
biblioteca que fundó) obtuvo este manuscrito. Diré solamente que en el interior de la
cubierta se leen estas palabras, roídas en parte por la polilla: Ce livre est du chevalier
de Fórrete; y como sabemos por la historia de Malta que en tiempos del gran maestre
Villers Lisle-Adam y de Pigafetta había dos caballeros jerosolimitanos apellidados
uno Forret y otro De la Forest [51], es probable que perteneciese a cualquiera de los
dos.
Ahora bien: la que voy a publicar es la traducción de este
manuscrito. Le he traducido en buen italiano, por decirlo así, de su
lengua original, que es una mezcla de italiano, de veneciano y de español, porque si
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le hubiese dado a la estampa tal y como está, en lugar de instruir deleitando, este
viaje hubiera seguramente enojado y repelido al lector. Del italiano le he traducido al
francés; pero en las notas frecuentemente he transcrito pasajes exactamente como
están escritos en el manuscrito. He puesto los mismos nombres que el autor ha dado a
los países nuevos que vió, indicando en las notas los que tienen actualmente. Por la
misma razón he dejado en la obra los errores de Pigafetta sobre los objetos de Física
y de Historia natural, contentándome con advertírselo al lector. He expuesto más
decorosamente ciertas costumbres que el autor por sí mismo ha oído contar. No
ignoro que en las narraciones de nuestro viajero hay frecuentemente cosas inútiles y
algunas veces absurdas; pero diré, como el presidente De Brosses [52], que sobre todo
se siente la curiosidad de saber cómo han sido vistas las cosas por el primero de
todos que las ha visto, y que es necesario respetar las observaciones de los más
antiguos viajeros, aunque a menudo carezcan de un recto juicio [53]; y como los
autores célebres han hecho llegar hasta nosotros, aun en los extractos, las faltas e
inexactitudes de sus escritores, pienso que era preciso seguir su ejemplo al publicar
este viaje.
Falta hablar de los mapas que adornan nuestro manuscrito. Hay
veintiuno, en los que Pigafetta delineó la América meridional y
todas las islas del mar Pacífico y de las Indias orientales donde anclaron nuestros
viajeros, las que vieron al pasar o, al menos, les fueron indicadas como situadas en su
ruta. Estos mapas están coloreados: el mar, en azul; la tierra, en color de hollín; las
montañas son verdes, y las casas o chozas, blancas. En uno de los mapas hay una
piragua, embarcación usada por estos pueblos, con dos hombres, y en otro se ve el
árbol que produce el clavo de especia. Para que el lector pueda formarse una idea de
estos mapas, reproduzco cuatro, dibujados e iluminados fielmente según los
originales. El primero representa la América meridional; el segundo, las islas de los
Ladrones, junto a las cuales está la piragua que antes he mencionado; el tercero, la
isla de Zubu, con casas, y la de Matam, donde pereció Magallanes; el cuarto, las islas
Molucas, con una parte de Gilolo y un árbol de clavo de especia. El primero y el
último están reducidos casi a la mitad de su tamaño; los otros, cerca de una tercera
parte. Por estos mapas, así como por los otros, que he creído inútil hacer copiar, se ve
que todo está falto de exactitud; pero también se ve que el autor ha puesto los objetos
tal como los ha visto o como le han sido descritos. Esto nos revela por qué en sus
mapas el Norte está abajo y el Sur arriba, de manera que sería necesario darles la
vuelta para ver los lugares en la posición que los geógrafos les dan comúnmente [54].
Para dar una idea del modo que el caballero Pigafetta dibujó sus
mapas, y para hacer inteligible toda la obra, he añadido dos mapas y
una vista del estrecho de Magallanes, tal como los han dado los modernos, con el fin
[Link] - Página 20
de poder compararlos con el dibujo que hizo el autor. El primer mapa, que va al fin de
esta obra, es un planisferio terrestre en el que está indicado por puntos el viaje de
Pigafetta. El segundo mapa permite ver de una ojeada el conjunto de mapas del
manuscrito, en los que nuestro viajero representó el archipiélago de las Filipinas y de
las Molucas, desde las islas Marianas hasta la de Timor; e igualmente he indicado por
puntos la ruta que el barco siguió en medio de tantas islas, que forman, por decirlo
así, un laberinto en un mar que asusta, aun hoy, a los más atrevidos navegantes. A
primera vista, los mapas de Pigafetta parecen dibujos faltos de sentido o, al menos,
inútiles para la geografía, puesto que no se encuentra ninguna relación entre un mapa
y otro y no tienen marcados los grados de longitud y latitud. Pero cuando se reúnen
todos los mapas, colocándolos sucesivamente según el autor habla de las islas en
ellos representadas, se ve que pueden formar uno solo, y que Pigafetta, con una
exactitud mayor de la que puede esperarse para su tiempo, ha suministrado el primero
de los materiales para la geografía de estos mares. Yo mismo he reunido, no sin
paciencia, todos estos mapas, reduciendo sus dimensiones, conservando, no obstante,
sus proporciones tanto como me ha sido posible, encerrando en un solo cuadro todo
el archipiélago, no omitiendo más que las islas de los Ladrones y las islas
Infortunadas, demasiado alejadas de las otras. Este mapa debe el lector tenerlo
presente para seguir la ruta de Pigafetta desde el momento que abandona las islas de
los Ladrones hasta que vuelve a entrar en el océano Asiático, que él llama Laut-
Chidol, o mar Grande. Los puntos indican la singladura de los barcos y los sitios en
que anclaron. Para colocar las islas en su verdadera posición geográfica he utilizado
los mapas de Robert y de Bellin, en los que tienen frecuentemente los mismos
nombres o, al menos, poco diferentes. No ignoro que hay errores en la posición de las
islas, y que su arrumbamiento no está de acuerdo algunas veces con la latitud y la
longitud dadas por el autor; pero sé también que estos errores no son raros ni aun
entre los navegantes y los geógrafos de nuestros días, que tienen tantos medios para
determinar la verdadera posición de los lugares. Es preciso observar, además, que de
todas las islas que Pigafetta dibujó no vió mas que una parte, y que trazó a menudo
sus mapas siguiendo los datos de los isleños, y sobre todo de los pilotos indios que
navegaban en el mismo barco que él. En una palabra, hizo alguno de sus mapas como
el padre Cantova en 1722 trazó el de las islas Carolinas [55] y como el célebre Cook
ha publicado actualmente el mapa de las islas del mar del Sur sobre las indicaciones
del otaitiano Tupia [56].
Este método, por inexacto que sea, tiene la inapreciable ventaja de que
las islas fueron indicadas por Pigafetta con los nombres que les daban
los indígenas, lo cual es útilísimo para la geografía, casi ininteligible en seguida
cuando cada navegante ha querido, ya por ignorancia de la verdadera denominación,
ya por vanidad o por adulación, dar a las comarcas descubiertas un nuevo nombre
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tomado de los santos, sus reyes, sus amigos o protectores y su propio país; lo cual ha
lanzado a la geografía en la confusión y en la incertidumbre, como puede
comprobarse comparando los mapas publicados por los diferentes pueblos que se
establecieron sucesivamente en las islas del Sur.
Muchas veces la diferencia del nombre sólo consiste en la pronunciación, lo que
no sorprenderá a los que saben que el mismo nombre, pronunciado por las mismas
personas, ha sido entendido y escrito diferentemente por los navegantes de nuestros
días, tales como Bougainville [57], Cook, Anderson, Forster, etc. Sin embargo, para
que se comprenda mejor a nuestro autor, he añadido a los nombres que cita los
adoptados por otros geógrafos, tanto antiguos como modernos, lo que nos ofrece al
mismo tiempo una prueba de la veracidad de su narración.
Desde este punto de vista, para confirmar y esclarecer lo que dice
Pigafetta he añadido en notas, a los nombres dados por el autor a los
animales y a las plantas, los nombres adoptados por los naturalistas, y que he tomado,
generalmente, de Linneo. He tratado también de rectificar las faltas en que
frecuentemente ha incurrido, sobre todo cuando ha querido hablar de fenómenos que
él había visto o de que le habían hablado.
Pigafetta, como ya he dicho, procuró formar vocabularios de los
pueblos nuevos a medida que los visitaba; pero he creído que sería
más útil y menos enojoso para el lector encontrarlos todos reunidos al fin del viaje, de
modo que pueda apercibirse de las relaciones entre las diferentes lenguas. (Véase el
discurso que he puesto al frente de la colección).
Doy de él un extracto, rogando que se lea el discursito que le precede, para que se
vea cuánto interesa a la historia de la astronomía y de la navegación, aun por sus
errores.
Después de todo lo que acabo de exponer, pienso que no se
juzgará inútil mi trabajo, aunque tengamos ya en otras
colecciones una relación de este viaje. Todo lo que sabemos de éste ha sido
generalmente por el libro de Fabre que ya mencioné en la sección XXIII. Pero Fabre
no publicó mas que un extracto, puesto que él mismo dice: Aquí acaba el extracto de
dicho libro, traducido del italiano en francés.
Debo añadir que el extracto de Fabre es malo; que ha omitido muchas cosas para
evitarse la molestia de traducirlas, como le dice muy bien Ramusio; que ha cometido
muchos errores que no están en el original, así como ya lo he observado en la sección
XIV con respecto a la línea de demarcación. Podría citar otras muchas notadas al
comparar el extracto de Fabre con nuestro manuscrito. Daré una muestra, copiando la
primera página del extracto:
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«El viaje y navegación a las islas Molucas, descrito y hecho por el
gentilhombre Antonio Pigafetta, vicentino, caballero de Rodas, comenzó
dicho viaje el año mil quinientos diez y nueve, y la vuelta fué en mil
CCCCCXXII, el octavo día de septiembre.
CAPÍTULO PRIMERO
El primer capítulo contiene la carta, y cómo cinco navíos salieron del
puerto de Sevilla. El principal capitán era Fernando de Magallanes. Y los
signos que hacían por la noche los navegantes, por medio de hogueras, los
unos a los otros para que supiesen qué tenían que hacer. Y el orden que
llevaban los navíos. Y de las guardias o centinelas que hacían en ellos».
Comparando este pasaje con la traducción que yo publico, se verá que Fabre dice
de una manera ininteligible y en pocas líneas lo que Pigafetta expuso claramente en
nueve páginas. No pretendo, sin embargo, con este ejemplo hacer creer que el
extracto está en todas partes tan reducido como en la primera página; pero, en
general, es demasiado conciso, muy obscuro y poco exacto.
Fabre, y después Ramusio, dividieron la obra en muchos capitulitos; pero yo no
los imitaré, pues esta división no se encuentra en nuestro viajero. No obstante, parece
que Pigafetta cortó su narración según las estaciones de su viaje, y, siguiendo su
ejemplo, dividiré igualmente en cuatro libros la traducción, la cual confío en que será
mirada como una nueva obra, interesante, instructiva y honrosa para Italia.
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VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO
por el Caballero
ANTONIO PIGAFETTA
Gentilhombre de Vicencio.
Publicado en italiano por primera vez, según un manuscrito de la Biblioteca
Ambrosiana, de Milán; con notas, por
CARLOS AMORETTI
Bibliotecario y doctor del Colegio Ambrosiano; ex secretario de la Sociedad
Patriótica de Agricultura y de las Artes; de los XL de la Sociedad Italiana; miembro
del Instituto de Bolonia.
Y traducido en francés por el mismo.
[Link] - Página 28
NAVEGACION Y DESCUBRIMIENTO DE LA INDIA
SUPERIOR
hecha por mí,
ANTONIO PIGAFETTA
Gentilhombre vicentino y Caballero de Rodas.
Dedicada al muy excelente y muy ilustre señor
FELIPE DE VILLERS L’ISLE-ADAM
Gran Maestre de Rodas.
Como hay personas cuya curiosidad no sería satisfecha oyendo contar simplemente
las cosas maravillosas que he visto y las penas sufridas en la larga y peligrosa
expedición que voy a describir, sino que querrían saber también cómo llegué a
superarlas, no prestando fe al éxito de una empresa semejante si ignorasen los
menores detalles, y creído que debía exponer en pocas palabras el origen de mi viaje
y los medios por los que he sido lo bastante dichoso para realizarse.
El año 1519 estaba yo en España en la corte de Carlos V, rey de Romanos [1], con
monseñor Chiericato, entonces protonotario apostólico y predicador del papa León X,
de santa memoria, que por sus méritos fué elevado a la dignidad de obispo y príncipe
de Teramo.
Por los libros que yo había leído y por las conversaciones que tuve con los sabios
que frecuentaban la casa del prelado supe que navegando por el Océano se veían
cosas maravillosas y me determiné a asegurarme por mis propios ojos de la veracidad
de todo lo que se contaba, para a mi vez contar a otros mi viaje, tanto para
entretenerles como para serles útil y lograr al mismo tiempo hacerme un nombre que
llegase a la posteridad.
La ocasión se presentó en seguida. Supe que se acababa de fletar en Sevilla una
escuadra de cinco navíos, destinada a descubrir las islas Molucas, de donde nos
vienen las especias, y que D. Fernando Magallanes, gentilhombre portugués y
comendador de la Orden de Santiago, que ya más de una vez había recorrido el
Océano con gloria, había sido nombrado capitán general de esta expedición. Llegué
inmediatamente a Barcelona para solicitar de su majestad el permiso de ir en este
viaje, y me lo concedió. Desde allí, provisto de cartas de recomendación fui a Málaga
[Link] - Página 29
en barco, y de Málaga me trasladé a Sevilla por tierra, donde esperé tres meses antes
que la escuadra estuviese en situación de partir.
A mi vuelta a Italia, Su Santidad el soberano pontífice Clemente VII [2], al cual
tuve el honor de presentarme en Monterosi y de contarle las aventuras de mi viaje,
me acogió bondadosamente y me dijo que le daría un gran placer si quería regalarle
una copia del diario de mi viaje; fué para mí un deber el satisfacer lo mejor que me ha
sido posible la voluntad del Santo Padre, a pesar del poco tiempo de que entonces yo
disponía.
Lo he escrito todo en este libro, y a vos, monseñor, os le ofrezco, rogándoos que
lo hojeéis cuando los múltiples cuidados de la isla de Rodas [3] os dejen bastante
vagar para ocuparos de él. Es la única recompensa a que aspiro, monseñor, quedando
enteramente a vuestra devoción.
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VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO
POR EL CABALLERO
ANTONIO PIGAFETTA
LIBRO PRIMERO
Partida de Sevilla hasta la salida del estrecho de Magallanes.
1519. — Proyecto de Magallanes. — El capitán general Fernando de Magallanes
[1] había resuelto emprender un largo viaje por el Océano, donde los vientos soplan
con furor y las tempestades son muy frecuentes. Había resuelto también abrirse un
camino que ningún navegante había conocido hasta entonces; pero se guardó muy
bien de dar a conocer su atrevido proyecto, por temor a que se tratara de persuadirle
por los probables peligros que tendría que correr y por no desanimar a su tripulación.
A los peligros anejos naturalmente a esta empresa podía añadirse una desventaja más
para él: los capitanes de los otros cuatro navíos que debían estar bajo su mando eran
sus enemigos por la única razón de que ellos eran españoles, mientras que
Magallanes era portugués.
Señales. — Antes de partir redactó algunos reglamentos, tanto para las señales
como para la disciplina. Para que la escuadra navegase siempre de conserva [2]
estableció para los pilotos y contramaestres las reglas siguientes:
Su navío debía siempre preceder a los otros, y para que no se le perdiese de vista
durante la noche llevaba una antorcha de tea, llamada farol, atada a la popa de su
buque; si además del farol encendía una linterna o un trozo de cuerda de esparto [3],
los otros barcos debían hacer otro tanto, a fin de asegurarse por ello de que le
seguían.
Cuando encendía otros dos fuegos, sin el farol, los navíos debían cambiar de
dirección, ya para moderar su marcha, ya por ser el viento contrario.
Cuando se encendían tres fuegos, era para quitar la boneta, que es una parte de
vela que se coloca sobre la vela mayor cuando hay mar bella para aferrar mejor el
viento y acelerar la marcha. Se quita la boneta cuando se teme la tempestad, porque
entonces es necesario arriarla para que no estorbe a los que deben cargar la vela.
Si encendía cuatro fuegos era señal de que había que arriar todas las velas; pero
cuando estaban plegadas, las cuatro luces ordenaban desplegarlas.
Muchos fuegos o algunos bombardazos [4] advertían que estábamos cercanos a
[Link] - Página 31
tierra o en bajos fondos y que teníamos, por consiguiente, que navegar con mucha
precaución. Había otra señal que indicaba cuándo se debía arrojar el ancla.
Guardias. — Se hacían tres cuartos cada noche: el primero al anochecer; el
segundo, llamado raedora, a media noche, y el tercero, a la madrugada. Toda la
tripulación estaba dividida en tres cuartos: el primero, a las órdenes del capitán; el
segundo, a las del piloto, y el tercero, a las del contramaestre. El comandante general
exigía la más severa disciplina a la tripulación, a fin de asegurar con ella el éxito del
viaje.
10 de agosto. — Salida de Sevilla. — El 10 de agosto de 1519, lunes por la
mañana, la escuadra, llevando a bordo todo lo necesario, así como su tripulación,
compuesta de doscientos treinta y siete hombres, anunció su salida con una descarga
de artillería, y se largó la vela de trinquete. Descendimos por el Betis hasta el puente
de Guadalquivir, pasando cerca de San Juan de Alfarache, antiguamente ciudad de
moros muy poblada, en la que había un puente, del que no quedan vestigios, excepto
dos pilares bajo el agua y de los que hay que guardarse, y para evitar el riesgo se debe
navegar por este lugar con pilotos, aprovechando la marea alta.
Agosto de 1519. — Sanlúcar. — Continuando descendiendo por el Betis, se pasa
por cerca de Coria y de otros pueblos, hasta Sanlúcar, castillo que pertenece al duque
de Medina Sidonia, y puerto en el Océano, a diez leguas del cabo San Vicente, a 37o
de latitud septentrional. De Sevilla a este puerto hay de diez y siete a veinte leguas [5].
El capitán a bordo. — Algunos días después, el capitán general y los capitanes de
los otros navíos vinieron de Sevilla a Sanlúcar en chalupas, y se acabó de
aprovisionar a la escuadra. Todas las mañanas se saltaba a tierra para oír misa en la
iglesia de Nuestra Señora de Barrameda, y antes de partir, el capitán ordenó que toda
la tripulación se confesara; prohibió además rigurosamente que embarcase en la
escuadra ninguna mujer.
20 de septiembre. — Partida de Sanlúcar. — 26. — Tenerife. — El 20 de
septiembre partimos de Sanlúcar, navegando hacia el Suroeste, y el 26 llegamos a una
de las islas Canarias, llamada Tenerife, situada en los 28o de latitud septentrional. Nos
detuvimos tres días en un sitio a propósito para hacer aguada y carbonear; en seguida
entramos en un puerto de la misma isla al que llaman Monterroso, en donde pasamos
dos días.
Árbol que da agua. — Nos contaron un fenómeno singular de esta isla, y es que
en ella no llueve nunca, y que no hay ninguna fuente ni tampoco ningún río; pero que
crece un gran árbol cuyas hojas destilan continuamente gotas de un agua excelente,
[Link] - Página 32
que se recoge en una fosa cavada al pie del árbol, y allí van los insulares a tomar el
agua, y los animales, tanto domésticos como salvajes, a abrevarse. Este árbol está
siempre envuelto en espesa niebla, de la que sin duda absorben el agua las hojas [6].
3 de octubre. — Islas de Cabo Verde. — El lunes 3 de octubre nos hicimos a la
vela directamente al Sur. Pasamos entre Cabo Verde y sus islas, situadas en los 14o
30’ de latitud septentrional.
Sierra Leona. — Después de haber navegado muchos días a lo largo de la costa
de Guinea, llegamos al grado 8 de latitud septentrional, donde hay una montaña
llamada Sierra Leona. Tuvimos vientos contrarios, calmas chichas y lluvia hasta la
línea equinoccial; y el tiempo lluvioso duró sesenta días, contra la opinión de los
antiguos [7].
Hacia los 14o de latitud septentrional sufrimos muchas ráfagas impetuosas que,
unidas a las corrientes, nos impidieron avanzar. Cuando las ráfagas soplaban,
teníamos la precaución de amainar las velas, y poníamos en facha el navío hasta que
el viento cesaba.
Tiburones. — Durante los días serenos y calmosos, unos peces grandes a los que
llaman tiburones (perros marinos) nadaban cerca de nuestro navío. Estos peces tienen
varias hileras de dientes terribles, y si por desgracia encuentran un hombre en el mar,
le devoran en el acto. Pescamos muchos con anzuelos de hierro; pero los grandes no
son del todo comestibles, y los pequeños no valen gran cosa [8].
Fuegos de San Telmo. — Durante las tempestades vimos frecuentemente lo que
se llama Cuerpo Santo, esto es, San Telmo. Una noche muy obscura se nos apareció
como una hermosa antorcha en la punta del palo mayor, en donde flameó por espacio
de dos horas, lo que fué un gran consuelo en medio de la tempestad. Al desaparecer,
proyectó una lumbrarada tan grande, que nos dejó, por decirlo así, cegados. Nos
creímos perdidos; pero el viento cesó en aquel instante [9].
Pájaros raros. — Vimos pájaros de muchas especies. Algunos parecía que no
tenían cola; otros no hacen nido porque no tienen patas, pero la hembra pone y
empolla sus huevos en la espalda del macho, en medio del mar [10]. Hay otros,
llamados cagacela o cacauccello (el estercorario), que viven de los excrementos de
otros pájaros; he visto muchas veces a uno de estos pájaros perseguir a otro
insistentemente hasta que el otro expelió al fin un excremento, sobre el que se arrojó
ávidamente [11]. He visto también peces voladores, y otros pescados apiñados en tan
gran cantidad que parecían formar un banco en el mar.
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El Brasil. — Después de pasar la línea equinoccial, al aproximarnos al polo
antártico perdimos de vista la estrella polar. Dejamos el cabo entre el Sur y el
Suroeste y enfilamos la proa hacia la Tierra del Verzino [12] (el Brasil), en los 23o 30’
de latitud meridional. Esta tierra es una continuación de la en que está el cabo San
Agustín, a los 8o 30’ de la misma latitud.
Ananas, azúcar, anta. — Aquí nos aprovisionamos abundantemente de gallinas,
de patatas, de una especie de fruto parecido a la pina de pino, pero que es dulce en
extremo y de un gusto exquisito [13], de cañas dulces [14], de carne de anta, la cual es
parecida a la de la vaca [15], etc.
Cambios, patatas. — Hicimos también ventajosísimos cambios: por un anzuelo o
por un cuchillo nos dieron cinco o seis gallinas; por un peine, dos gansos; por un
espejito o un par de tijeras, el pescado suficiente para comer diez personas; por un
cascabel o por una cinta los indígenas nos traían un cesto de patatas, nombre que dan
a los tubérculos que tienen poco más o menos la figura de nuestros nabos, y cuyo
sabor es parecido al de las castañas [16]. Cambiamos asimismo a buen precio las
figuras de los naipes: por un rey de oros me dieron seis gallinas, y aun se imaginaban
haber hecho un magnífico negocio.
13 de diciembre. — Entramos en este puerto [17] el día de Santa Lucía, 13 de
diciembre.
Estaba entonces a mediodía el Sol en nuestro cénit, y sufríamos con el calor
mucho más que al pasar la línea.
La tierra del Brasil, abundante en toda clase de productos, es tan extensa como
España, Francia e Italia juntas; pertenece al rey de Portugal.
Los brasileños. — Los brasileños no son cristianos, pero tampoco son idólatras,
porque no adoran nada; el instinto natural es su única ley. — Su longevidad: Viven
muchísimo tiempo; los viejos llegan ordinariamente hasta los ciento veinticinco años,
y algunas veces hasta los ciento cuarenta [18]. — Sus costumbres: Van desnudos del
todo, lo mismo las mujeres que los hombres. — Sus casas: Sus habitaciones
consisten en anchurosas cabañas, a las que llaman boi, y se acuestan sobre mallas de
hilo de algodón llamadas hamacas, colgadas por los dos extremos de gruesas vigas.
La chimenea está en la tierra. Uno de estos bois alberga algunas veces hasta cien
hombres con sus mujeres y niños, y, por consecuencia, hay en ellos siempre mucho
ruido. — Sus barcos: Los llaman canoas y están hechos de un tronco de árbol
ahuecado por medio de una piedra cortante, usada en vez de las herramientas de
hierro, de las cuales carecen. Son tan grandes estos árboles, que en una sola canoa
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caben treinta y aun cuarenta hombres, que bogan con remos parecidos a las palas de
nuestros panaderos. Al verlos tan negros, desnudos completamente, sucios y calvos,
se les hubiera tomado por marineros de la laguna Estigia.
Antropófagos. — Los hombres y las mujeres son tan recios y están tan bien
conformados como nosotros. Comen algunas veces carne humana, pero solamente la
de sus enemigos. No es por apetito ni por gusto por lo que la comen, sino por una
costumbre que, según nos dijeron, empezó entre ellos de la manera siguiente: Una
vieja no tenía mas que un hijo, que fué muerto por los enemigos; algún tiempo
después el matador de su hijo fué hecho prisionero y conducido a su presencia; para
vengarse, la madre se arrojó como una fiera sobre él, y a bocados le destrozó la
espalda; tuvo el prisionero la doble suerte de escapar de manos de la vieja y evadirse
y de volver entre los suyos, a los cuales mostró las huellas de las dentelladas en su
espalda, y les hizo creer (tal vez lo creyó él también) que los enemigos habían
querido devorarle vivo. Para no ser menos feroces que los otros, se determinaron a
comerse de verdad a los enemigos que aprisionaban en los combates, y los otros
hicieron otro tanto; sin embargo, no se los comen en el campo de batalla, ni vivos,
sino que los despedazan y los reparten entre los vencedores; cada uno se lleva la parte
que le corresponde, la seca al humo, y cada ocho días se come un pedazo asado. Esto
me lo contó nuestro piloto Juan Carvajo [19], que había pasado cuatro años en el
Brasil.
Tinte y tatuaje. — Los brasileños, hombres y mujeres, se tiñen el cuerpo y sobre
todo la cara de un modo extraño y de diferentes maneras. Tienen los cabellos cortos y
lanudos y no tienen pelo sobre ninguna parte del cuerpo, porque se depilan [20].
Vestidos. — Llevan una especie de chaquetilla tejida con plumas de papagayo, y
dispuestas de forma que las plumas más grandes de las alas y de la cola forman un
círculo sobre los riñones, lo cual les da una apariencia pintoresca y ridicula.
Adorno de los labios. — Casi todos los hombres tienen el labio inferior horadado
con tres agujeros, por los que pasan cilindritos de piedra de dos pulgadas. Ni las
mujeres ni los niños llevan este incómodo adorno [21]. Añádase que van
completamente desnudos por delante. Su color es más aceitunado que negro. Su rey
se llama cacique.
Hay en este país infinitos papagayos; por un espejito nos daban ocho o diez.
También hay gatos monillos muy lindos, amarillos, parecidos a leoncitos [22].
El pan. — Comen un pan blanco y redondo, que no nos gustó, hecho con la
medula o con la albura que hay entre la corteza y la madera de cierto árbol [23] y que
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tiene alguna semejanza con la leche cuajada.
Animales. — Hay cerdos, que nos parecieron tener el ombligo sobre la espalda
[24], y unos pájaros grandes cuyo pico parece una cuchara, pero que carecen de lengua
[25].
Libertinaje de las muchachas. — Algunas veces, para conseguir un hacha o un
cuchillo de cocina, nos ofrecieron por esclavas una y aun dos de sus hijas [26].
Castidad conyugal: Pero no nos ofrecieron nunca a sus mujeres; además, no hubieran
éstas consentido entregarse a otros hombres que no fuesen sus maridos, porque, a
pesar del libertinaje de las muchachas, su pudor es tal cuando están casadas, que no
toleran nunca que sus maridos las abracen durante el día. Están encargadas de los
trabajos más penosos, y se les ve frecuentemente bajar de la montaña con cestos
colmados de carga sobre la cabeza; mas no van jamás solas; les acompañan sus
maridos, que son muy celosos, armados, con las flechas en una mano y el arco en la
otra. — Armas: Este arco es de madera del Brasil o de palmera negra. Si las mujeres
tienen hijos, los llevan suspendidos del cuello por medio de una cuerda de algodón.
Podría decir otras muchas cosas acerca de sus costumbres, pero las pasaré en silencio
para no ser demasiado prolijo.
Credulidad. — Estos pueblos son extremadamente crédulos y buenos, y sería
fácil convertirlos al cristianismo. La casualidad hizo que concibieran por nosotros
veneración y respeto. Reinaba desde hacía dos meses una gran sequía en el país, y
como en el momento de nuestra llegada el cielo se desató en lluvia, la atribuyeron a
nuestra presencia. Cuando desembarcamos para decir misa en tierra, asistieron en
silencio y con aire de recogimiento, y viendo que botábamos al mar nuestras
chalupas, que estaban amarradas al costado del navío, o que le seguían, se imaginaron
que eran los hijos del buque y que éste les alimentaba.
Robo extraño de una muchacha. — El capitán general y yo fuimos un día testigos
de una extraña aventura. Las jóvenes venían frecuentemente a bordo del navío a
ofrecerse a los marineros, para obtener algún regalo; un día, una de las más bonitas
subió, sin duda, con dicho objeto; pero habiendo visto un clavo de un dedo de largo y
creyendo que no la veían, lo agarró y se lo introdujo prestamente entre los dos labios
de sus partes naturales. ¿Quiso esconderlo? ¿Quiso adornarse? No lo pudimos
adivinar [27].
27 de diciembre de 1519. — Pasamos trece días en este puerto [28]; en seguida
emprendimos de nuevo nuestra ruta y costeamos el país hasta los 34o 40’ de latitud
meridional, donde encontramos un gran río de agua dulce. — Caníbales: Aquí
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habitan los caníbales o comedores de hombres. Uno de ellos, de figura gigantesca y
cuya voz parecía la de un toro, se aproximó a nuestro navío para dar ánimos a sus
camaradas que, temiendo que les queríamos hacer mal, se alejaban del río y se
retiraban con sus efectos al interior del país. Por no perder la ocasión de hablarles y
de verles de cerca, saltamos a tierra cien hombres y les perseguimos para capturar
algunos; pero daban tan enormes zancadas, que ni corriendo ni aun saltando pudimos
llegar a alcanzarlos.
Cabo de Santa María. — Este río contiene siete islitas; en la mayor, que llaman
cabo de Santa María, se encuentran piedras preciosas. Antes se creía que no era un
río, sino un canal por el cual se pasaba al mar del Sur; pero pronto se supo que no era
mas que un río que tiene diez y siete leguas de ancho en su desembocadura [29]. —
Muerte de Juan de Solís: Aquí es donde Juan de Solís, que, como nosotros, iba al
descubrimiento de tierras nuevas, fué comido por los caníbales, de los cuales se había
fiado demasiado, con sesenta hombres de su tripulación.
Pingüinos. — Costeando esta tierra hacia el polo Antártico, nos detuvimos en dos
islas [30] que encontramos pobladas solamente de gansos y de lobos marinos. Hay
tantos de los primeros y tan mansos, que en una hora hicimos una abundante
provisión para la tripulación de los cinco navíos. Son negros y parecen estar cubiertos
por todo el cuerpo de plumitas, sin tener en las alas las plumas necesarias para volar;
y, en efecto, no vuelan y se alimentan con peces; son tan grasosos, que tuvimos que
desollarlos para poder desplumarlos. Su pico parece un cuerno.
Vacas marinas. — Los lobos marinos son de diferentes colores y del tamaño casi
de una vaca, asemejándose su cabeza a este animal. Sus orejas son cortas y redondas,
y sus dientes muy largos. No tienen piernas, y sus patas, unidas al cuerpo, se parecen
a nuestras manos y tienen uñas pequeñas; pero son palmípedos, esto es, que sus dedos
están unidos por una membrana como las patas de un ánade. Si pudiesen correr serían
temibles, porque mostraron ser muy feroces. Nadan muy deprisa y no comen mas que
pescado.
Enero de 1520. — Sufrimos una terrible tempestad en medio de estas islas,
durante la cual los fuegos de San Telmo, de San Nicolás y de Santa Clara se dejaron
ver muchas veces en la punta de los mástiles, y al desaparecer, al instante se notaba la
disminución del furor de la tempestad.
19 de mayo 1520. — Puerto de San Julián. — Alejándonos de estas islas para
continuar nuestra ruta, llegamos a los 49o 30’ de latitud meridional, donde
encontramos un buen puerto, y como el invierno se aproximaba, juzgamos a
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propósito el pasar allí la mala estación.
Un gigante, — Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del
país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se
presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al
mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza [31]. El capitán envió a tierra a uno
de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y
amistad, lo que fué muy bien comprendido por el gigante, quien se dejó conducir a
una isleta donde el capitán había bajado. Yo me encontraba allí con otros muchos.
Dió muestras de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir
que nos creía descendidos del cielo. — Su figura: Este hombre era tan grande que
nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura [32]. De hermosa talla, su cara era ancha y
teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en
forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con
algún polvo. — Su traje: Su vestido, o, mejor dicho, su manto, estaba hecho de
pieles, muy bien cosidas, de un animal que abunda en este país, como veremos a
continuación. — Animal extraño: Este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo
de camello, patas de ciervo y cola de caballo; relincha como este último [33]. Llevaba
este hombre también una especie de zapatos hechos con la misma piel [34]. — Armas:
Tenía en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, algo más gruesa que
la de un laúd, estaba hecha con un intestino del mismo animal; en la otra mano
empuñaba unas cuantas flechas de caña pequeñas, que por un extremo tenían plumas
como las nuestras y por el otro, en lugar de hierro, una punta de pedernal blanco y
negro. Con pedernal hacen también instrumentos cortantes para labrar la madera.
Se le hacen regalos. — El capitán general mandó darle de comer y beber, y entre
otras bagatelas y baratijas, le regaló un espejo grande de acero. El gigante, que no
tenía la menor noción de este utensilio, y que, sin duda, veía por primera vez su
figura, retrocedió tan asustado que derribó a cuatro de nuestros hombres que le
rodeaban. Se le regalaron cascabeles, un espejito, un peine y algunas cuentas de
vidrio; en seguida, y acompañado por cuatro hombres bien armados, se le volvió a
poner en tierra.
Ceremonias. — Su camarada, que había rehusado subir a bordo, viéndole volver,
corrió a avisar y a llamar a los otros, quienes, al apercibir que nuestros hombres
armados se aproximaban, se pusieron en fila, sin armas y casi desnudos; pronto
comenzaron su danza y su cántico, levantando el dedo índice hacia el cielo, para
darnos a entender que nos consideraban como a seres descendidos de lo alto; nos
enseñaron también unos polvos blancos en pucheros de arcilla, no teniendo otra cosa
que darnos de comer. Los nuestros les invitaron por señas a que pasasen a los navíos,
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y ofrecieron ayudarles a transportar lo que quisieran llevar consigo. Vinieron, en
efecto; mas los hombres, que no tenían más que su arco y sus flechas, habían cargado
todo sobre sus mujeres, como si fuesen acémilas [35].
Las mujeres. — Las mujeres no son tan grandes como los hombres, pero, en
compensación, son más gordas. Sus tetas, colgantes, tienen más de un pie de
longitud. Van pintadas y vestidas del mismo modo que sus maridos, pero se tapan sus
partes naturales con una piel delgada. Nos parecieron bastante feas; sin embargo, sus
maridos mostraban estar muy celosos.
Cacería. — Trajeron cuatro animales de los que he mencionado, atados con una
especie de cabestro; mas eran pequeños y de los que utilizan para atrapar a los
grandes, para lo cual atan a los pequeños a un arbusto; los grandes vienen a jugar con
ellos, y los hombres, ocultos en la espesura, los matan a flechazos. Diez y ocho
habitantes del país, hombres y mujeres, habiéndoles invitado nuestros hombres a
acercarse a los navíos, se dividieron en dos grupos, diseminándose por las cercanías
del puerto, y nos divirtieron cazando de este modo.
Otro gigante. — Seis días después, estando nuestra gente atareada en hacer leña
para la provisión de la escuadra, vieron a otro gigante vestido como los que
acabábamos de dejar y armado igualmente con arco y flechas. Al aproximarse se tocó
la cabeza y el cuerpo, elevando en seguida las manos al cielo, gestos que imitaron los
nuestros. El capitán general, al que se avisó, envió el esquife a tierra para conducirle
al islote que había en el puerto, y en el que se había construido una casa para
establecer en ella una fragua y un almacén para algunas mercaderías.
Amigos de los españoles. — Este hombre era más grande y estaba mejor formado
que los otros; tenía también los modales más dulces; danzaba y saltaba tan alto y con
tanta fuerza, que sus pies se elevaban muchas pulgadas en la arena. Pasó algunos días
con nosotros. Le enseñamos a pronunciar el nombre de Jesús, el padrenuestro, etc., y
llegó a recitarlo tan bien como nosotros, pero con voz fortísima. En fin, le
bautizamos, poniéndole el nombre de Juan. El capitán general le regaló una camisa,
una chaqueta, unos calzones de lienzo, un gorro, un espejo, un peine, algunos
cascabeles y otras bagatelas. Se volvió con los suyos muy contento, al parecer, de
nosotros. A la mañana siguiente trajo al capitán uno de estos grandes animales [36] de
los que hemos hablado y recibió otros regalos, por los que nos trajo a su vez más
animales; pero después no le volvimos a ver, y sospechamos que sus camaradas le
mataron por haber estado con nosotros. — Otros gigantes: Al cabo de quince días
vimos venir hacia nosotros otros cuatro gigantes; venían sin armas, mas supimos en
seguida que las habían dejado escondidas entre la maleza, en donde nos las mostraron
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dos de ellos que aprisionamos. Todos estaban pintados, pero de diversas maneras.
Junio de 1520. — Dos de los gigantes son capturados por la astucia. — El
capitán quiso retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con
nosotros durante nuestro viaje y conducirlos después a España; pero viendo que era
difícil prenderlos por la fuerza, se valió de la astucia siguiente: les dió una gran
cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de manera que tuvieron las dos
manos llenas; en seguida les ofreció dos grillos de hierro, de los que se usan para los
presos, y cuando vió que los codiciaban (les gusta extraordinariamente el hierro), y
que, además, no podían cogerlos con las manos, les propuso sujetárselos a los tobillos
para que se los llevasen más fácilmente; consintieron, y entonces se les aplicaron los
grillos y cerraron los anillos, de suerte que de repente se encontraron encadenados.
En cuanto se dieron cuenta de la superchería, se pusieron furiosos, resoplando,
bramando e invocando a Setebos, que es su demonio principal, para que viniese a
socorrerlos.
Se intenta aprisionar a las mujeres. — No contento con tener a estos hombres, el
capitán deseó coger a sus mujeres, para llevar a Europa esta raza de gigantes, a cuyo
efecto ordenó arrestar a los otros dos para obligarlos a guiar a nuestra gente al lugar
en que vivían sus mujeres; apenas bastaron nueve hombres tartísimos de los nuestros
para atarlos y ponerlos en tierra; uno de ellos consiguió libertarse, y el otro hizo tan
grandes esfuerzos, que para sujetarle tuvieron que herirle ligeramente en la cabeza;
mas al fin les obligaron a conducirles donde estaban las mujeres de los dos
prisioneros. Estas mujeres, al saber lo que les había sucedido a sus maridos, lanzaron
tan estridentes gritos que las oímos desde muy lejos. El piloto Juan Carvajo, que
capitaneaba a los nuestros, viendo que se hacía tarde, no se preocupó de prender
entonces a la mujer a cuya mansión le condujeron; pero puso centinelas y se quedó
allí vigilando toda la noche, durante la cual llegaron otros dos gigantes, los cuales, sin
manifestar asombro ni disgusto, pasaron con ellos el resto de la velada; pero al alba,
después de cuchichear algunas palabras con las mujeres, en un instante todos
emprendieron la fuga, hombres, mujeres y niños, corriendo éstos aún más
ligeramente que los otros, abandonando su choza y todo lo que contenía; uno de los
hombres se llevó consigo a los animalitos que les servían para la caza, y otro,
escondido entre la maleza, hirió en el muslo con una flecha envenenada a uno de los
nuestros, que murió en seguida [37].
Aunque nuestros hombres dispararon sus armas de fuego contra los fugitivos, no
pudieron atraparlos, porque no corrían en línea recta, sino zigzagueando, y con la
velocidad de un caballo desbocado; nuestra gente quemó la choza de los salvajes, y
enterró al muerto.
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La medicina de los gigantes. — Aun siendo salvajes, tienen estos indios una
especie de medicina. Cuando están enfermos del estómago, por ejemplo, en vez de
purgarse, como nosotros, se introducen una flecha en la boca todo lo que pueden,
para excitar el vómito, y arrojan una materia verde mezclada con sangre [38].
El color verde proviene de una clase de cardos de que se alimentan. Si les duele la
cabeza, se hacen una cortadura en la frente, y hacen lo mismo en cualquier parte del
cuerpo en que sienten dolor, con el fin de que salga una gran cantidad de sangre del
sitio donde sufren. Su teoría, explicada por uno de los que aprisionamos, explica su
práctica: el dolor —dicen ellos— le causa la sangre que no quiere permanecer en tal o
tal parte del cuerpo; por consiguiente, haciéndola salir, el dolor debe cesar.
Sus costumbres. — Llevan los cabellos cortados en aureola como los frailes, pero
más largos y recogidos por un cordón de algodón alrededor de la cabeza, y en el cual
colocan sus flechas cuando van de caza. Si hace mucho frío, se atan estrechamente
contra el cuerpo sus partes naturales. — Su religión: Parece que su religión se limita a
adorar al diablo. Pretenden que cuando uno de ellos está muriéndose, aparecen diez o
doce demonios cantando y bailando a su alrededor. Uno de los demonios, que
alborota más que los otros, es el jefe o diablo mayor, y le llaman Setebos; los
pequeños se llaman Chelele. Los pintan y representan como a los habitantes del país.
Nuestro gigante pretendía haber visto una vez un demonio con cuernos y pelos tan
largos, que le cubrían los pies, y que arrojaba llamas por la boca y por detrás [39].
Julio de 1520. — Usos. — Estos pueblos se visten, como ya he dicho, con la piel
de un animal, y con esta piel cubren también sus chozas, que transportan aquí y allá,
donde más les conviene, no teniendo punto de residencia fijo, estableciéndose, como
los bohemios, tan pronto en un sitio como en otro. Se mantienen ordinariamente de
carne cruda y de una raíz dulce que llaman capac. Son muy glotones; los dos que
cogimos se comían cada uno un cesto de bizcocho por día, y se bebían medio cubo de
agua de un trago; devoraban las ratas crudas sin desollarlas. Nuestro capitán llamó a
este pueblo patagones. Pasamos en este puerto, al que llamamos de San Julián, cinco
meses, durante los cuales no nos sucedió ningún accidente, salvo los que acabo de
mencionar.
Complot contra Magallanes. — Apenas anclamos en este puerto, cuando los
capitanes de los otros cuatro navíos tramaron un complot para asesinar al capitán
general. Los traidores eran Juan de Cartagena, veedor [40] de la escuadra; Luis de
Mendoza, tesorero; Antonio Coca, contador, y Gaspar de Quesada. El complot fué
descubierto: el primero fué descuartizado, y el segundo, apuñalado. Se perdonó a
Gaspar de Quesada, que algunos días después meditó una nueva traición. Entonces, el
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capitán general, que no se atrevió a quitarle la vida porque había sido nombrado
capitán por el mismo emperador, le expulsó de la escuadra y le abandonó en la tierra
de los patagones, con un sacerdote [41], su cómplice [42].
Naufragio de un navío. — Nos sucedió en este sitio otra desdicha. El navío
Santiago, que se había destacado para reconocer la costa, naufragó entre los escollos;
sin embargo, toda la tripulación se salvó de milagro. Dos marineros vinieron por
tierra al puerto en que estábamos para hacernos saber el desastre, y el capitán general
envió inmediatamente algunos hombres con sacos de galleta. La tripulación
permaneció durante dos meses en el sitio del naufragio para recoger los restos del
navío y las mercancías que el mar arrojaba periódicamente a la orilla, y todo este
tiempo se les envió víveres, aunque la distancia era de cien millas y el camino
incomodísimo y fatigoso, entre espinas y malezas, entre las que había que pasar la
noche, no teniendo más bebida que el hielo, al que había que machacar, cosa que
costaba gran trabajo.
Animales del país. — En cuanto a nosotros, no estábamos mal en este puerto;
había una clase de mariscos muy largos, mas no son comestibles; otros contenían
perlas, pero pequeñísimas. Encontramos también en las cercanías avestruces [43],
zorros, conejos, mucho más pequeños que los nuestros, y gorriones. Asimismo hay
árboles de los que se extrae incienso.
Toma de posesión. — Plantamos una cruz en la cima de una montaña cercana, a la
que llamamos Monte-Cristo, y tomamos posesión de esta tierra en nombre del rey de
España.
21 de agosto de 1520. — Salimos, en fin, de este puerto, y costeando a los 50o
40’ de latitud meridional, vimos un río de agua dulce [44], en el que entramos.
Septiembre de 1520. — Tempestad. — Toda la escuadra estuvo a punto de
naufragar a causa de los furiosos vientos que soplaron y de la mar gruesa. Pero Dios y
los cuerpos santos (esto es, los fuegos que resplandecían en la punta de los mástiles)
nos socorrieron, salvándonos.
21 de octubre de 1520. — Pasamos allí dos meses para repostar a los navíos de
agua y de leña; nos aprovisionamos también de peces muy cubiertos de escamas y de
dos pies y medio de largo, comestibles y sabrosos; pero no pudimos pescar la
cantidad que hubiéramos necesitado [45]. Antes de abandonar este lugar, el capitán
ordenó que todos y cada uno confesásemos y comulgásemos como buenos cristianos.
Cabo de las Once mil Vírgenes. — Estrecho. — Continuando nuestra ruta hacia el
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Sur, el 21 de octubre, hacia los 52o de latitud meridional, descubrimos un estrecho
que llamamos de las Once mil Vírgenes, porque fué en el día que la Iglesia les
consagra. Este estrecho, como pudimos apreciar en seguida, tiene cuatrocientas
cuarenta millas de largo, o sean ciento diez leguas marítimas de cuatro millas cada
una, y media legua de ancho, poco más o menos, y desemboca en otro mar, al que
llamamos mar Pacífico. Está el estrecho rodeado de montañas muy elevadas y
cubiertas de nieve; es muy profundo, hasta el punto de que, aun estando bastante
cerca de tierra, no encontraba el ancla fondo en veinticinco o treinta brazas.
Mapa del estrecho por Martin de Bohemia. — Toda la tripulación creía
firmemente que el estrecho no tenía salida al Oeste, y que no sería prudente el
buscarla sin tener los grandes conocimientos del capitán general, el cual, tan hábil
como valiente, sabía que era preciso pasar por un estrecho muy escondido, pero que
había visto representado en un mapa hecho por el excelente cosmógrafo Martín de
Bohemia [46] y que el rey de Portugal guardaba en su tesorería.
En seguida que entramos en sus aguas, que se creía que no eran mas que una
bahía, el capitán envió dos navíos, el San Antonio y la Concepción, para averiguar
dónde desembocaba, mientras que nosotros, con el Trinidad y la Victoria, les
esperamos a la entrada.
Borrasca. — Por la noche sobrevino una terrible borrasca que duró treinta y seis
horas y nos obligó a abandonar las anclas, dejándonos arrastrar a la bahía a merced de
las olas y del viento [47]. Los otros dos navíos, tan sacudidos como nosotros, no
pudieron doblar un cabo [48] para venir a reunírsenos, de modo que, abandonándose a
los vientos que les impelían continuamente hacia el fondo de lo que suponían bahía,
esperaban encallar de un momento a otro; pero en el instante en que se creían
perdidos vieron una pequeña abertura [49], que tomaron por una ensenada de la bahía,
en que se internaron; y viendo que este canal no estaba cerrado, continuaron
recorriéndole y se encontraron en otra bahía [50], en la cual prosiguieron su ruta hasta
que se encontraron en otro estrecho [51], del que pasaron a otra bahía mucho más
grande que las precedentes. Entonces, en vez de ir hasta el fin, juzgaron conveniente
de volverse para dar cuenta al capitán general de lo que habían visto.
24 de octubre de 1520. — Dos días habían pasado sin que viéramos reaparecer a
los dos navíos que se enviaron para que buscasen el fondo de la bahía, por lo que
creímos que habían naufragado a causa de la tempestad que acabábamos de soportar;
y viendo una humareda a lo lejos en tierra, conjeturamos que los que habían tenido la
fortuna de salvarse encendían hogueras para anunciarnos su existencia y su angustia.
Pero mientras estábamos en esta incertidumbre sobre su suerte, los vimos venir hacia
nosotros, singlando a toda vela y con los pabellones desplegados, y cuando
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estuvieron más cerca tiraron bombardazos y prorrumpieron en exclamaciones de
júbilo. Hicimos nosotros lo mismo, y al saber que habían visto la continuación de la
bahía, o, mejor dicho, del estrecho, nos juntamos todos para seguir la ruta, si era
posible.
Gómez abandona la escuadra. — Al entrar en la tercera bahía de que acabo de
hablar, vimos dos desembocaduras o canales: uno al Sureste y otro al Suroeste [52]. El
capitán general envió los dos navíos, el San Antonio y la Concepción, por el del
Sureste para reconocer si salía a mar abierto. El primero zarpó en seguida, y reforzó
las velas sin querer esperar al segundo, pues quería adelantarle, porque el piloto tenía
la intención de aprovecharse de la oscuridad de la noche para deshacer el camino
recorrido y volverse a España por la misma ruta que acabábamos de hacer. Este piloto
era Esteban Gómez, que odiaba a Magallanes por la única razón de que cuando éste
vino a España para proponer al emperador el ir a las islas Molucas por el Oeste,
Gómez había pedido, y estaba a punto de conseguir, para una expedición el mando de
unas carabelas. La expedición tenía por objeto el hacer nuevos descubrimientos; mas
la llegada de Magallanes dió lugar a que se rehusara su petición y que no pudiese
conseguir mas que una plaza subalterna de piloto; pero lo que más le irritaba era estar
a las órdenes de un portugués. Durante la noche se concertó con los otros españoles
de la tripulación. Encadenaron y hasta hirieron al capitán del navío, Alvaro de
Mezquita, primo hermano del capitán general, y así le condujeron a España.
Contaban también con llevar vivo a uno de los dos gigantes que habíamos
aprisionado y que estaba a bordo de su navío; pero supimos a nuestro regreso que
murió al acercarse a la línea equinoccial por no poder soportar el calor.
El navío la Concepción, que no podía seguir de cerca al San Antonio, no hizo mas
que cruzarse en el canal para esperar en vano su vuelta.
Rio de las Sardinas. — Habíamos entrado en el canal Suroeste con los otros dos
navíos, y continuando nuestra navegación, llegamos a un río que llamamos de las
Sardinas [53], a causa de la inmensa cantidad que vimos de estos peces. Anclamos allí
para esperar a los otros dos navíos, y pasamos cuatro días; pero durante este tiempo
se envió una chalupa muy bien equipada para que reconociese el cabo de este canal
que desembocaría en otro mar. Los marineros de la chalupa volvieron el tercer día, y
nos comunicaron que habían visto el cabo en que terminaba el estrecho y un gran
mar, esto es, el Océano. Todos lloramos de alegría.
Cabo Deseado [54]. — Este cabo fué llamado el Deseado porque, en efecto,
deseamos verle largo tiempo.
Viramos en redondo para reunirnos con los otros dos navíos de la escuadra, y no
encontramos mas que la Concepción. Se preguntó al piloto Juan Serrano qué le había
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sucedido al otro barco, y nos respondió que le creía perdido, porque no le había
vuelto a ver desde el momento en que embocó el canal.
Busca del navío «San Antonio. — El capitán general mandó entonces buscarle por
todas partes, pero particularmente en el canal donde había penetrado; envió a la
Victoria hasta la desembocadura del estrecho, ordenando que si no le encontraba
plantasen en un sitio alto una bandera [55], al pie de la cual debían poner, dentro de
una olla, una carta que indicase la ruta que íbamos a llevar, para que pudiese seguir a
la escuadra. Esta manera de avisarse en caso de separación había sido convenida en el
momento de nuestra partida.
Más señales para el navío perdido. — Pusiéronse otras dos señales semejantes,
en sitios elevados, en la primera bahía y en una islita de la tercera [56], en la cual
vimos muchos pájaros y lobos marinos. El capitán general con la Concepción esperó
el regreso de la Victoria cerca del río de la Sardinas, e hizo plantar una cruz en otra
islita, al pie de dos montañas cubiertas de nieve, en donde el río tiene su origen.
Proyecto de Magallanes. — En caso de que no hubiéramos descubierto el
estrecho para pasar de un mar a otro, el capitán general había determinado continuar
su ruta al Sur hasta los 75o de latitud meridional, donde durante el estío no hay noche,
o, al menos, muy poca, como no hay día en el invierno. Mientras estuvimos en el
estrecho no tuvimos mas que tres horas de noche, y fué en el mes de octubre.
Noviembre de 1520. — Descripción del estrecho. — La tierra de este estrecho,
que a la izquierda se vuelve hacia el Sureste, es baja. Le dimos el nombre de estrecho
de los Patagones [57]. Cada media legua se encuentra un puerto seguro, con agua
excelente, madera de cedro, sardinas y abundantísimos mariscos. Había también
yerbas, algunas de las cuales eran amargas, pero otras eran comestibles, sobre todo
una especie de apio dulce que crece junto a las fuentes, del que comíamos a falta de
mejores alimentos [58]. En fin, yo creo que no hay en el mundo mejor estrecho que
éste.
Peces voladores. — En el momento que desembocamos en el Océano, fuimos
testigos de la caza curiosa que algunos peces daban a otros peces. Los hay de tres
clases, esto es, doradillas, albícores y bonitos, que persiguen a los llamados
golondrinas, especie de peces voladores [59]. Estos, cuando son perseguidos salen del
agua, despliegan las aletas natatorias, que son bastante largas para servirles de alas, y
vuelan a la distancia de un tiro de ballesta; en seguida vuelven a caer en el agua.
Durante este tiempo sus enemigos, guiados por su sombra, los siguen, y en el
momento en que se zambullen de nuevo en el agua los cogen y se los comen. Estos
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peces voladores tienen más de un pie de largo y son un alimento excelente.
Vocabulario patagón. — Durante el viaje entretuve lo mejor que pude al gigante
patagón que llevábamos en nuestro navío, y por medio de una especie de pantomima
le preguntaba el nombre patagón de muchos objetos, de manera que llegué a formar
un pequeño vocabulario [60]. Estaba ya tan acostumbrado, que apenas me veía coger
la pluma y el papel, venía en seguida a decirme los nombres de los objetos que
alcanzaba su vista y de las operaciones que veía hacer. Nos enseñó, entre otras cosas,
el modo de encender lumbre en su país, frotando un pedazo de madera puntiagudo
contra otro, hasta que el fuego prende en una clase de medula de árbol que se coloca
entre los dos pedazos de madera. Un día que le mostré la cruz y que la besé delante
de él, me dijo por señas que Setebos entraría en mi cuerpo y me haría reventar. —
Muerte del gigante: Cuando se sintió en las últimas en su postrera enfermedad, pidió
la cruz, la besó, y nos rogó que le bautizáramos, lo que hicimos, poniéndole el
nombre de Pablo.
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Lámina 1 — Mapa de la América meridional (Estrecho de Magallanes), según
Pigafetta. (Mapa sureado). Se advierten el cabo de Santa María, el río de la Plata —
descubierto por Juan de Solís—, la región patagónica, el mar Océano, el cabo de las
Once mil Vírgenes, el estrecho patagónico, el cabo Deseado y el mar Pacífico.
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LIBRO II
Desde la salida del estrecho hasta la muerte de Magallanes, y nuestra
partida de Zubu.
28 de noviembre de 1520. — Salida del estrecho. — El miércoles 28 de
noviembre desembocamos del estrecho para entrar en el gran mar, al que en seguida
llamamos mar Pacífico, en el cual navegamos durante tres meses y veinte días sin
probar ningún alimento fresco. — Mala alimentación en el mar Pacifico: La galleta
que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían
devorado toda la substancia y que tenía un hedor insoportable por estar empapado en
orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber era igualmente pútrida y
hedionda. Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos del
cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase
las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan
duro que había que remojarle en el mar durante cuatro o cinco días para ablandarle un
poco, y en seguida lo cocíamos y lo comíamos. — Penuria extrema: Frecuentemente
quedó reducida nuestra alimentación a serrín de madera como única comida, pues
hasta las ratas, tan repugnantes al hombre, llegaron a ser un manjar tan caro, que se
pagaba cada una a medio ducado[1].
Escorbuto. — Mas no fué esto lo peor. Nuestra mayor desdicha era vernos
atacados de una enfermedad por la cual las encías se hinchaban hasta el punto de
sobrepasar los dientes, tanto de la mandíbula superior como de la inferior, y los
atacados de ella no podían tomar ningún alimento[2]. Murieron diez y nueve, entre
ellos el gigante patagón y un brasileño que iban con nosotros. — Enfermedades:
Además de los muertos, tuvimos de veinticinco a treinta marineros enfermos, que
sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo; pero
curaron. En cuanto a mí, nunca daré demasiadas gracias a Dios porque durante todo
este tiempo, y en medio de tantas calamidades, no tuve la menor enfermedad.
Mar Pacífico. — Durante estos tres meses y veinte días recorrimos cuatro mil
leguas poco más o menos en el mar que llamamos Pacífico, porque mientras hicimos
nuestra travesía no hubo la menor tempestad[3]. — Islas Infortunadas: No
descubrimos en este tiempo ninguna tierra, excepto dos islas desiertas, en las que no
encontramos mas que pájaros y árboles, por cuya razón las designamos con el
nombre de islas Infortunadas. No encontramos fondo a lo largo de estas costas, y no
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vimos mas que muchos tiburones. Están a doscientas leguas una de otra. La primera
está a los 15o de latitud meridional; la segunda, a los 9o [4]. Según la singladura de
nuestro navío, que tomamos por medio de la cadena de popa (la corredera),
recorrimos cada día de sesenta a setenta leguas; y si Dios y su Santa Madre no nos
hubiesen concedido una feliz navegación, hubiéramos todos perecido de hambre en
tan vasto mar. Pienso que nadie en el porvenir se aventurará a emprender un viaje
parecido[5].
Enero de 1521. — Si al salir del estrecho hubiéramos continuado corriendo hacia
el Oeste por el mismo paralelo, hubiéramos dado la vuelta al mundo, y, sin encontrar
ninguna tierra, hubiésemos llegado, por el cabo Deseado, al cabo de las Once mil
Vírgenes, puesto que los dos están en el 52o de latitud meridional.
El polo Antártico. — El polo antártico no tiene las mismas estrellas que el Ártico;
se ven allí dos aglomeraciones de estrellitas nebulosas, que semejan nubéculas, a
poca distancia una de otra[6]. En medio de estas aglomeraciones de estrellitas se
descubren dos muy grandes y muy brillantes, mas cuyo movimiento es poco aparente;
las dos indican el polo Antártico. Aunque la aguja imantada declinase un poco del
verdadero Norte, sin embargo buscaba siempre el polo Ártico, pero no giraba con
tanta fuerza como cuando está hacia su propio polo. Cuando estuvimos en alta mar, el
capitán general indicó a todos los pilotos el punto adonde debían ir, y Ies preguntó
qué ruta puntuaban[7] en sus cartas. Todos respondieron que puntuaban según las
órdenes que les había dado; replicó que puntuaban falsamente, y que era preciso
ayudar a la aguja, porque, encontrándose en el Sur, para buscar el verdadero Norte no
tenía tanta fuerza como cuando estaba dirigida hacia el Norte mismo. —
Constelación de la Cruz: Estando en alta mar descubrimos al Oeste cinco estrellas
muy brillantes, colocadas exactamente en forma de cruz[8].
Navegamos entre el Oeste y el Noroeste cuarto Noroeste hasta que llegamos bajo
la línea equinoccial a 122o de longitud de la linea de demarcación[9]. Esta línea de
división está a 30o al oeste del meridiano[10], y el primer meridiano está a 3o al oeste
del cabo Verde.
Cipangu. — En nuestra ruta pasamos cerca de las costas dos islas muy elevadas,
una de las cuales está en los 20o de latitud meridional y la otra en los 15o. La primera
se llama Cipangu, y la segunda, Sumbdit-Pradit[11].
Después que pasamos la línea navegamos entre el Oeste y el Noroeste cuarto
Oeste. En seguida corrimos doscientas leguas al Oeste, después de lo cual cambiamos
de nuevo de dirección, corriendo a cuarto de Suroeste hasta que estuvimos en el 13o
de latitud septentrional[12]. Esperábamos llegar por esta ruta al cabo de Gatticara, que
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los cosmógrafos han situado bajo esta latitud; pero están en un error, porque este cabo
se encuentra 12o más al Norte. Es preciso, sin embargo, perdonarles este error, puesto
que ellos no han visitado estos parajes como nosotros[13].
6 de marzo de 1521. — Islas de los Ladrones. — Después de haber corrido
setenta leguas en esta dirección, estando hacia el 12o de latitud septentrional y por el
146o de longitud, el 6 de marzo, que fué un miércoles, descubrimos al Noroeste una
islita, y en seguida otras dos al Suroeste. La primera era más elevada y mayor que las
otras. El capitán general quería detenerse en la mayor para aprovisionarse de víveres
y refrescos[14]; pero no fué posible, porque los isleños venían a nuestros barcos y
robaban tan pronto una cosa como otra, sin que pudiéramos impedirlo. Pretendieron
también obligarnos a amainar velas y conducirnos a tierra, y con gran destreza nos
arrebataron el esquife, que estaba atado a nuestra popa. Entonces el capitán, irritado,
saltó a tierra con cuarenta hombres armados, quemó cuarenta o cincuenta casas, así
como muchas de sus canoas, y les mató siete hombres[15]. De esta manera recobró el
esquife, pero no juzgó conveniente detenerse en la isla después de estos actos de
hostilidad.
En el momento en que saltamos a tierra para castigar a los isleños, nuestros
enfermos nos rogaron que si matábamos a alguno de los habitantes de la isla les
llevásemos sus intestinos, pues estaban persuadidos de que Ies servirían para curarse
en poco tiempo.
Perfidia de los isleños. — Cuando los nuestros herían a los isleños con sus
flechas (que éstos no conocían), atravesándoles de parte a parte, los desdichados
intentaban arrancárselas de sus cuerpos, lo mismo por un lado que por otro, después
de lo cual mirábanlas con sorpresa, y frecuentemente morían de la herida, lo que nos
causaba compasión. Sin embargo, cuando vieron que partíamos nos siguieron con
más de cien canoas, enseñándonos pescado como si quisieran vendérnoslo; pero
cuando estuvieron cerca de nosotros nos tiraron piedras y huyeron. Pasamos a toda
vela por en medio de ellos, pero supieron esquivar con gran habilidad el choque con
nuestros navíos. Vimos también en las canoas algunas mujeres que lloraban y se
arrancaban los cabellos, probablemente porque habíamos matado a sus maridos.
Costumbres. — Estos pueblos no conocen ninguna ley y no siguen otra norma
mas que su propia voluntad. No tienen rey ni jefe. No adoran a nada y van
completamente desnudos. Algunos llevan larga barba, los negros cabellos anudados
sobre la frente cayéndoles hasta la cintura. Llevan también sombrerillos de palma.
Son fornidos y recios. Su tez es de color aceitunado, pero nos dijeron que nacen
blancos y se vuelven morenos con la edad. Se colorean con arte los dientes,
pintándoselos de rojo y de negro, lo que pasa entre ellos por una belleza[16]. — Las
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mujeres: Las mujeres son pálidas, de buena talla y menos morenas que los hombres.
Tienen los cabellos muy negros, lacios y tan largos que arrastran sobre la tierra. Van
desnudas como los hombres, aunque a veces cubren sus partes sexuales con una tira
estrecha de tela, o, mejor dicho, con una corteza blanda como el papel, que se extrae
del tallo de la palmera. No trabajan mas que en sus casas y hacen esteras y cestas con
hojas de palmera y otras labores semejantes para los usos domésticos. Unos y otras se
untan los cabellos y todo el cuerpo con aceite de coco y de séseli[17].
Este pueblo se nutre de aves, de peces voladores, de patatas, de una especie de
higos de medio pie de largo[18], de cañas de azúcar y de otros frutos parecidos. —
Casas: Sus casas son de madera, cubiertas de tablas sobre las que extienden hojas de
sus higueras de un largo de cuatro pies[19]. Tienen habitaciones bastante decentes, con
vigas y ventanas, y sus lechos, muy cómodos y blandos, son de esteras de palma
finísimas, extendidas sobre paja. — Armas: No tienen más arma que unas lanzas
guarnecidas en la punta con una espina de pescado puntiaguda. Los habitantes de
estas islas son pobres, pero muy diestros, y, sobre todo, hábiles salteadores, por lo
cual les llamamos islas de los Ladrones[20].
Canoas. — Su diversión favorita es pasearse con sus mujeres en canoas
semejantes a las góndolas de Fusina (cerca de Venecia)[21], pero son más estrechas;
todas están pintadas en negro, en blanco o en rojo. La vela es de hojas de palmera
cosidas, y tiene la forma de una vela latina. Está siempre colocada a un costado, y al
opuesto, para equilibrarla, y al mismo tiempo para sostener la canoa, sujetan una
gruesa viga puntiaguda por un extremo con pértigas entrecruzadas[22]. Así navegan
sin peligro. El gobernalle semeja a una pala de panadero, puesto que es una pértiga al
extremo de la cual sujetan una tabla. No diferencian la proa de la popa, y por ello
tienen un timón en cada punta. Son buenos nadadores y no temen aventurarse en alta
mar como los delfines[23].
Tan maravillados y sorprendidos quedaron al vernos, que pensamos que hasta
entonces no habían visto otros hombres que los habitantes de sus islas.
16 y 17 de marzo de 1521. — El decimosexto día del mes de marzo, a la salida
del Sol, nos encontramos cerca de una tierra elevada, a trescientas leguas de la isla de
los Ladrones. Nos apercibimos pronto de que era una isla, a la que llaman Zamal[24].
Detrás de esta isla hay otra deshabitada, y en seguida supimos que la llamaban
Humunu[25]. El capitán general decidió tomar tierra a la mañana siguiente para hacer
aguada con más seguridad y disfrutar de algún reposo después de un tan largo y
penoso viaje. Hizo armar en seguida dos tiendas para los enfermos y ordenó que se
matase una marrana[26].
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18 de marzo de 1521. — Visita de los isleños. El lunes, 18 del mes, por la tarde
vimos venir hacia nosotros una barca con nueve hombres. El capitán general mandó
que nadie hiciese el menor movimiento ni dijera la menor palabra sin su permiso.
Cuando saltaron a tierra, su jefe se dirigió al capitán general, testimoniándole por
gestos el placer que tenía al vernos. Cuatro de los más adornados de entre ellos
permanecieron cerca de nosotros; los demás fueron a llamar a sus compañeros, que
estaban ocupados pescando, y volvieron con ellos.
El capitán, viéndolos tan pacíficos, hizo que les diesen de comer y les ofreció al
mismo tiempo algunos gorros rojos, espejitos, cascabeles, bocacíes[27], algunas joyas
de marfil y otras bagatelas semejantes. — Productos de la isla: Los isleños,
encantados con la cortesía del capitán, le dieron pescado, un vaso Heno de vino de
palmera, que ellos llaman uraca, bananas de más de un palmo de largo, otras más
pequeñas y más sabrosas y dos frutos del cocotero[28]. Al mismo tiempo nos
indicaron por gestos que entonces no tenían nada más que ofrecernos, pero que al
cabo de cuatro días volverían y nos traerían arroz, que ellos llaman umai, nueces de
coco y otros víveres.
Cocoteros. — Las nueces de coco son los frutos de una especie de palmera de la
que obtienen su pan, su vino, su aceite y su vinagre. Para conseguir el vino hacen en
la copa de la palmera una incisión que penetra hasta la medula, de donde brota gota a
gota un licor parecido al mosto blanco, pero un poco más agrio. El licor cae en un
recipiente de caña del grueso de la pierna, que se ata al árbol, y que es preciso vaciar
dos veces al día, por la mañana y por la tarde. El fruto de esta palmera es tan grueso
como la cabeza de un hombre y a veces más. La primera corteza es verde, tiene dos
dedos de espesor y está compuesta de filamentos que usan para trenzar cuerdas con
las que amarran sus barcas. Después hay otra segunda corteza más dura y más espesa
que la de la nuez, la cual queman para extraer un polvo que usan. Hay en el interior
una medula blanca, de un dedo de espesor, que se come a guisa de pan con la carne y
el pescado. En el centro de la nuez y en medio de esta medula se encuentra un licor
límpido, dulce y corroborativo. Si después de haber echado este licor en un vaso se le
deja reposar, toma la consistencia de una manzana. Para obtener el aceite se deja
pudrir la medula con el licor, en seguida se cuece, y de ello resulta un aceite espeso
como la manteca. Para conseguir el vinagre se deja reposar el licor sólo, y
exponiéndole al sol se vuelve ácido y semejante al vinagre que se hace con vino
blanco. También nosotros hicimos un licor que se parecía a la leche de cabra[29],
raspando la medula, remojándola en su mismo licor y pasándola en seguida por un
lienzo. Los cocoteros se parecen a las palmeras que producen los dátiles[30]; pero sus
troncos no tienen tantos nudos, aunque tampoco son lisos. Una familia de diez
personas puede subsistir con dos cocoteros, haciendo agujeros alternativamente cada
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semana en uno y dejando reposar el otro, a fin de que un derrame continuo no le
seque haciéndole perecer. Nos dijeron que un cocotero vive un siglo completo.
Los isleños se familiarizaron tanto con nosotros, que por este medio pudimos
aprender los nombres de muchas cosas, y sobre todo de los objetos que nos rodeaban.
Por ellos supimos que su isla se llamaba Zuluán. No es muy grande. Eran corteses y
honrados.
Productos de la isla. — Para demostrarnos su amistad llevaron en sus canoas a
nuestro capitán a sus almacenes de mercancías, tales como clavo de especia, canela,
pimienta, nuez moscada, macias[31], oro, etc., etc., y por sus gestos nos dieron a
comprender que los países hacia los cuales dirigíamos nuestro rumbo suministraban
abundantemente todos estos géneros. El capitán general les invitó a su vez a que
subiesen al navío, en el que instaló todo lo que asombrarles podía por la novedad. En
el momento en que iban a marcharse mandó disparar una bombarda, lo cual les
espantó sobremanera, de tal modo, que muchos estuvieron a punto de arrojarse al mar
para huir, pero fácilmente se les persuadió de que no tenían nada que temer, y así nos
dejaron tranquilamente y satisfechos, asegurándonos que volverían repetidas veces,
como antes habían prometido. — Oro: La isla desierta en la que nos habíamos
establecido la llamaban Humunu los isleños, pero nosotros la denominamos la
Aguada de las Buenas Señales (Acquada da li buoni segnali), porque en ella
encontramos dos fuentes de agua excelente y descubrimos los primeros indicios de
oro en este país. — Frutos: Se encuentra también coral blanco, y hay árboles cuyos
frutos, más pequeños que nuestras almendras, semejan a los piñones del pino.
También hay muchas especies de palmeras, de las que unas dan frutos comestibles y
otras no producen nada.
17 de marzo de 1521. — Archipiélago de San Lázaro. — Habiendo notado a
nuestro alrededor el quinto domingo de Cuaresma, que se llama de Lázaro, unas
cuantas islas, les dimos el nombre de archipiélago de San Lázaro[32]. Está situado a
10o de latitud septentrional y a 161o de longitud de la línea de demarcación[33].
22 de marzo de 1521. — Regalos de los isleños. — El viernes, 22 del mes, los
isleños cumplieron su palabra y vinieron con dos canoas llenas de nueces de coco,
naranjas, un cántaro con vino de palmera y un gallo, para que viésemos que tenían
gallinas. Les compramos todo lo que trajeron. Su jefe era un viejo; tenía pintada la
cara y llevaba en las orejas pendientes de oro. Los de su séquito llevaban brazaletes
de oro en los brazos y pañuelos alrededor de la cabeza.
Pasamos ocho días cerca de esta isla, y el capitán saltaba diariamente a tierra para
visitar a los enfermos, a los que llevaba vino de cocotero, que les sentaba muy bien.
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Grandes agujeros en las orejas. — Los habitantes de las islas cercanas de la en
que estábamos tenían tan grandes agujeros en las orejas y el extremo de ellas tan
alargado, que se podía por ellos meter el brazo[34].
Costumbres. — Estos pueblos son cafres, esto es, gentiles[35]. Van desnudos, no
teniendo más que un trozo de corteza de árbol para ocultar las partes naturales, que
algunos de los jefes cubren con una banda de tela de algodón bordada en seda en los
dos extremos. Son de color aceitunado, y generalmente metidos en carnes. Se tatúan
y se engrasan todo el cuerpo con aceite de cocotero y de jengelí, para preservarse,
según dicen, del sol y del viento. Tienen los cabellos negros, y tan largos que les
pasan de la cintura. Sus armas son machetes, escudos, mazas y lanzas guarnecidas de
oro. Usan como instrumentos de pesca los dardos, arpones y redes semejantes a las
nuestras. Sus embarcaciones se parecen también a las que utilizamos nosotros.
25 de marzo de 1521. — El autor en peligro. El lunes santo, 25 de marzo, corrí
un grandísimo peligro. Estábamos a punto de hacernos a la vela, y yo quería pescar;
habiendo puesto el pie sobre una verga mojada por la lluvia, para hacerlo más
cómodamente, me escurrí y caí en el mar sin que nadie me viese. Afortunadamente la
cuerda de una vela que pendía sobre el agua apareció ante mis ojos; me agarré a ella,
y grité con tanta fuerza, que me oyeron y me salvaron con el esquife, lo que, sin duda,
no hay que atribuir a mis merecimientos, sino a la misericordiosa protección de la
Santísima Virgen.
Cénalo, Abarien. — Partimos el mismo día, y gobernando entre el Oeste y el
Suroeste pasamos por medio de cuatro islas llamadas Cénalo, Huinangan, Ibusson y
Abarien.
28 de marzo de 1521. — El jueves, 28 de marzo, habiendo visto durante la noche
hogueras en una isla, por la mañana pusimos proa hacia ella, y estando a poca
distancia vimos una barquita, que se llama bototo, con ocho hombres, aproximándose
a nuestro navío. — Lengua malaya: El capitán tenía un esclavo nacido en Sumatra, a
la que antiguamente llamaban Taprobana[36]; probó a hablarles en la lengua de su
país; le comprendieron[37] y se colocaron a alguna distancia de nuestro navío; pero no
quisieron subir a bordo y aun parecían temer el acercarse demasiado. El capitán,
viendo su desconfianza, lanzó al mar un gorro rojo y algunas bagatelas atadas a una
tabla. Las recogieron demostrando una gran alegría, mas se marcharon pronto, y
supimos en seguida que iban presurosos a advertir a su rey nuestra llegada.
Dos horas después vinieron hacia nosotros dos balangués (nombre que dan a sus
barcos grandes) llenos de hombres. El rey estaba en el más grande, bajo una especie
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de baldaquino de esteras. Cuando el rey estuvo cerca de nuestro navío, el esclavo del
capitán le habló algunas palabras, que comprendió muy bien, porque los reyes de
estas islas hablan muchas lenguas, y ordenó a algunos de los que le acompañaban que
subiesen a nuestro navío; pero él permaneció en su balangué, y tan pronto como los
suyos regresaron, partió.
Isleños de Butuan. — El capitán acogió afablemente a los que subieron abordo y
les hizo también algunos regalos. Habiéndolo sabido el rey, antes de partir quiso dar
al capitán un lingote de oro y una cesta llena de jengibre; pero el capitán,
agradeciéndoselo, rehusó aceptar el presente. Al anochecer, la escuadra ancló cerca
de la casa del rey.
29 de marzo de 1521. — Visita del rey. — Al día siguiente el capitán mandó a
tierra al esclavo que le servía de intérprete para que dijese al rey que, si tenía algunos
víveres que enviarnos, se los pagaríamos bien, asegurándole al mismo tiempo que no
veníamos hostilmente, sino como amigos. El rey mismo vino al navío en nuestra
chalupa, con seis u ocho de sus principales personajes. Subió a bordo, abrazó al
capitán y le regaló tres vasos de porcelana llenos de arroz crudo, cubiertos con hojas,
dos doradas muy gordas y otras cosas. A su vez el capitán le ofreció una túnica de
tela roja y amarilla, hecha a la turca, y un gorro fino rojo. También regaló algunos
objetos a los hombres de su séquito: a unos les dió espejos; a los otros, cuchillos. En
seguida mandó servir el desayuno, y ordenó al esclavo intérprete que dijera al rey que
quería vivir fraternalmente con él, lo que pareció complacerle en extremo.
Astucia del capitán. — Puso en seguida delante del rey telas de diferentes colores,
paños, coral[38] y otras mercancías. Le enseñó todas las armas de fuego, incluso la
artillería gruesa, y mandó tirar algunos cañonazos, de que se espantaron los isleños.
Hizo armarse a uno de los nuestros con todas las piezas de la armadura, y ordenó a
tres hombres que le diesen sablazos y le apuñalasen para demostrar al rey que nada
podía herir a un hombre armado de esta manera, lo que le sorprendió mucho, y
volviéndose hacia el intérprete le hizo decir al capitán que un hombre así podía
combatir contra ciento.
«Sí —respondió el intérprete en nombre del capitán—; y cada uno de los tres
navíos lleva doscientos hombres armados de esta manera». Se le enseñó después
separadamente cada pieza de la armadura y todas nuestras armas, mostrándole la
manera de servirse de ellas.
Después de esto le condujo al castillo de popa, y haciéndose llevar el mapa de
marear y la brújula, le explicó, siempre con ayuda del intérprete, cómo había
encontrado el estrecho para llegar al mar en que estábamos, y cuántas lunas había
pasado en el mar sin ver tierra.
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El rey, extrañado de lo que veía y oía, pidió licencia al capitán, rogándole que
enviase con él a dos de los suyos para que viesen asimismo algunas particularidades
de su país. El capitán me nombró juntamente con otro para que acompañase al rey.
El autor va con el rey. — Cuando pisamos tierra, el rey elevó las manos al cielo y
se volvió en seguida hacia nosotros, que hicimos otro tanto, así como todos los que
nos seguían. Tomóme después el rey de la mano, y uno de los principales hizo lo
mismo con mi camarada, y de este modo llegamos bajo un cobertizo de cañas en el
que había un balangué de cerca de cincuenta pies de largo, semejante a una galera.
Nos sentamos en la popa, y procuramos hacernos entender por gestos, porque no
teníamos intérprete. Los del séquito rodeaban al rey, en pie, armados con lanzas y
escudos. — Merienda: Nos sirvieron en seguida un plato de carne de cerdo, con un
gran cántaro lleno de vino. A cada bocado de carne bebíamos una taza de vino, y
cuando no la apurábamos del todo (lo que apenas sucedía) se vertían las sobras en
otro cántaro. La taza del rey estaba siempre cubierta, y nadie se atrevía a tocarla mas
que él y yo. — Ceremonias al beber: Siempre que el rey quería beber, elevaba las
manos al cielo antes de coger la taza, dirigiéndolas después hacia nosotros, y en el
momento que la cogía con la mano derecha, extendía hacia mí la izquierda con el
puño cerrado, de manera que la primera vez que hizo esta ceremonia creí que me iba
a dar un puñetazo; en esta actitud permanecía durante todo el tiempo que bebía;
notando yo que los demás le imitaban en esto, hice otro tanto con él. Así tomamos
nuestro refrigerio, y no pude por menos de comer carne, aunque fué un viernes santo.
Antes que llegase la hora de cenar, di al rey muchas cosas que para este efecto
llevaba conmigo, y al mismo tiempo le pregunté el nombre de muchos objetos en su
lengua; quedaron muy sorprendidos al vérmelos escribir.
Cena. — Llegó la cena; trajeron dos grandes platos de porcelana y otro con cerdo
cocido en su propio jugo. Hubo las mismas ceremonias que en la merienda. Desde
allí pasamos al palacio del rey, que tenía la forma de una pila de heno. Estaba
cubierto con hojas de banano, sostenido y aislado del suelo a bastante altura por
cuatro gruesas vigas, por lo cual necesitamos una escalera para subir.
Cuando estuvimos en él nos hizo sentar el rey sobre esteras de cañas, con las
piernas cruzadas. Media hora después trajeron un plato de pescado asado, cortado en
trozos, jengibre recién cogido y vino. El hijo mayor del rey vino y su padre le hizo
sentarse a mi lado. Sirvieron después otros dos platos, uno de pescado en salsa y otro
de arroz, los cuales comí en compañía del príncipe heredero. Mi compañero de viaje
bebió sin tasa y se embriagó.
Sus luces están hechas con una especie de goma que extraen de un árbol[39], a la
que llaman anime, envuelta en hojas de palmera o de higuera.
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La cama. — El rey, después de habernos hecho señales de que deseaba acostarse,
se fué, y nos dejó con su hijo, con el que dormimos sobre una estera de cañas,
apoyando la cabeza en almohadas de hojas de árboles.
30 de marzo de 1521. — A la mañana siguiente vino el rey a verme muy
temprano, y tomándome de la mano me condujo al cobertizo en que habíamos cenado
la víspera, para desayunarnos juntos; pero como nuestra chalupa había venido a
buscarnos, di mis excusas al rey y partí con mi compañero. El rey estaba de muy
buen humor; nos besó las manos y nosotros a él.
Su hermano, que era rey de otra isla[40], nos acompañó con tres hombres. El
capitán general le retuvo hasta la hora de comer y le regaló algunas bagatelas.
El rey de Butuán. — El rey que nos acompañó nos dijo que en su isla había
pepitas de oro tan gruesas como nueces, y aun como huevos, mezcladas con la tierra,
cribando ésta para encontrarlas, y que todos sus vasos y platos y hasta algunos
adornos de su casa eran del mismo metal[41]. — Sus vestidos: Estaba muy bien
vestido según la moda del país, y era el hombre más guapo que vi entre estos pueblos.
Sus cabellos negros le caían sobre la espalda; un velo de seda cubría su cabeza, y
llevaba en las orejas dos pendientes de oro en forma de anillo. — Adornos: De la
cintura a las rodillas le cubría una tela de algodón bordado en seda; llevaba al costado
una como daga o espada con largo mango de oro; la vaina era de madera muy bien
trabajada. Sobre cada uno de sus dientes relucían tres motas de oro[42], de manera que
se hubiera dicho que sus dientes estaban sujetos con este metal. Se perfumaba con
estoraque y benjuí. Su piel, aceitunada, ostentaba dibujos en colores.
Residía ordinariamente en una isla en que están los países de Butuán y de
Calagán[43]; pero cuando los dos reyes querían conferenciar juntos, lo hacían en la
isla de Massana, en la que estábamos entonces. El primero se llamaba rajá (rey)
Colambu, y el otro, rajá Siagu.
31 de marzo de 1521. — Misa dicha en tierra. El domingo de Pascua, último día
de marzo, el capitán general envió a tierra muy temprano al capellán con varios
marineros para que preparasen lo necesario para decir misa, y al mismo tiempo
despachó al intérprete con el fin de comunicar al rey que iríamos a la isla, no para
comer con él, sino para celebrar una ceremonia de nuestro culto; el rey lo aprobó todo
y nos mandó dos cerdos recién sacrificados.
Bajamos cincuenta hombres, sin la armadura completa, mas armados, sin
embargo, y vestidos lo mejor posible. En cuanto nuestras chalupas tocaron a la orilla,
se dispararon seis bombardazos en señal de paz. Saltamos a tierra, donde los dos
reyes, que habían salido al encuentro, abrazaron al capitán y le pusieron en medio de
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ellos.
Fuimos así formados hasta el lugar en que se diría la misa, que no estaba muy
lejos de la orilla. Antes de comenzar la misa, el capitán roció a los dos reyes con agua
almizclada. En la oblación fueron como nosotros a besar la cruz, y en la elevación
adoraron la eucaristía con las manos juntas, imitando siempre lo que hacíamos. En
este momento los navíos, previa señal, hicieron una descarga cerrada con la artillería.
Después de la misa comulgaron algunos de los nuestros, y en seguida, por orden del
capitán, ejecutamos una danza de espadas que agradó muchísimo a los dos reyes. —
Se planta la cruz: Inmediatamente mandó traer una gran cruz con los clavos y la
corona de espinas, delante de la cual nos prosternamos, imitándonos también los
isleños. Entonces el capitán, por medio del intérprete, dijo a los reyes que esta cruz
era el estandarte que le había confiado su emperador para plantarla allí donde pisase,
y que, por consiguiente, quería elevarla en esta isla, a la cual el santo signo sería
además favorable, porque todos los navíos europeos que en adelante la visitasen
conocerían al verla que a nosotros nos habían recibido como amigos y no harían
ninguna violencia ni a ellos ni a sus propiedades, y que en el caso de que alguno de
ellos fuese hecho prisionero, no tendría más que mostrar la cruz para que en el acto le
pusiesen#en libertad. Añadió que era preciso colocar la cruz sobre la más elevada
cima de las cercanías, a fin de que todos pudiesen verla, y que cada mañana debían de
adorarla, pues siguiendo su consejo ni el rayo ni las tormentas les ocasionarían daños.
Los reyes, que no dudaban de ningún modo lo que el capitán acababa de decirles, le
dieron las gracias y le aseguraron por el intérprete que estaban muy satisfechos y que
tendrían un gran placer en ejecutar lo que acababa de proponerles.
Religión. — Les preguntó cuál era su religión, si eran moros o gentiles, y
respondieron que no adoraban a cosa terrestre, e hiciéronle comprender, elevando las
manos juntas y los ojos al cielo, que adoraban a un Ser supremo que llamaban Abba,
lo que complació a nuestro capitán. Entonces, el rajá Colambu, elevando las manos al
cielo, dijo que hubiera deseado darle algunas pruebas de su amistad. El intérprete le
preguntó que por qué tenía tan pocos víveres, y él respondió que la razón era porque
no residía en esta isla, adonde solamente venía para cazar o para reunirse con su
hermano, y que su residencia ordinaria la tenía en otra isla, donde vivía también su
familia.
El capitán dijo al rey que, si él tenía enemigos, que se juntaría gustoso a él con
sus navíos y sus guerreros para combatirlos. El rey respondió que, en verdad, estaba
en guerra con los habitantes de dos islas, pero que no era ocasión oportuna para
atacarlos, y le dió las gracias. Acordaron que al mediodía se plantaría la cruz en la
cumbre de una montaña, y la fiesta terminó disparando nuestros mosqueteros
formados en línea de batalla, después de lo cual el rey y el capitán general se
abrazaron y volvimos a nuestro navío.
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Terminada la comida saltamos a tierra sin armas, en jubón, y acompañados de los
dos reyes subimos a Ja cima de la montaña más elevada de los alrededores y
plantamos la cruz. Durante la ceremonia, el capitán insistió en enumerar las ventajas
que de ello resultarían para los isleños. Adoramos todos la cruz, incluso los reyes. Al
descender atravesamos por extensos campos cultivados y llegamos al cobertizo en
que estaba el balangué, donde nos sirvieron unos refrescos.
El capitán general preguntó cuál era el puerto cercano más a propósito para
avituallar sus navíos y traficar con sus mercancías, y le dijeron que había tres, a
saber: Ceylon, Zubu y Calagán[44], pero que Zubu era el mejor; y como le vieron
decidido a ir allí, le ofrecieron pilotos para conducirle. Acabada la ceremonia de la
adoración de la cruz, el capitán fijó nuestra partida para la mañana siguiente, y
ofreció rehenes a los reyes para responder de la vuelta de los pilotos. Los reyes
consintieron.
1, 2, 3 y 4 de abril. — Recolección del arroz. — Por la mañana, ya a punto de
levar anclas, el rey Colambu dijo que de buena gana nos serviría de piloto él mismo;
pero que tenía que permanecer allí unos días para la recolección del arroz y otros
productos de la tierra, y rogaba al mismo tiempo al capitán que le hiciese el favor de
enviarle algunos hombres de la tripulación para acabar más pronto el trabajo. El
capitán le mandó, efectivamente, algunos de los nuestros; pero los reyes habían
comido y bebido tanto el día precedente, que ya por hallarse indispuestos, ya a
consecuencia de la borrachera, no pudieron dar ninguna orden, y nuestras gentes no
hicieron nada. Los dos días siguientes trabajaron mucho y acabaron la tarea.
Usos y costumbres. — Pasamos siete días en esta isla, durante los cuales tuvimos
ocasión de observar sus usos y costumbres. Se pintan el cuerpo y van desnudos,
cubriendo solamente sus partes naturales con un trozo de tela. Las mujeres llevan una
faldeta de corteza de árbol, de cintura abajo. Sus cabellos negros les llegan algunas
veces hasta los pies. Las orejas, horadadas, se las adornan con aretes y pendientes de
oro. — Areca: Son buenos bebedores, y mascan continuamente un fruto llamado
areca[45], parecido a una pera. — Betel: Le cortan en pedazos y le envuelven en hojas
del mismo árbol, llamado betre[46], que semejan a las de la morera, mezclándolo con
un poco de cal. Después de haberlo mascado bien lo escupen, y su boca se pone toda
roja. Todos los isleños mascan el fruto del betre, pues, según ellos, refresca el
corazón y morirían si no lo hiciesen. — Animales: Los animales de esta isla son los
perros, los gatos, los cerdos, las cabras y los pollos. — Vegetales: Los vegetales
comestibles son el arroz, el mijo, el panizo, el maíz, las nueces de coco, la naranja, el
limón, la banana y el jengibre. También hay cera. — Oro: El oro abunda, como lo
prueban dos sucesos de que fui testigo. Un hombre nos trajo un tazón de arroz e
higos, y pidió en cambio un cuchillo. El capitán, en vez del cuchillo, le ofreció
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algunas monedas, entre ellas una dobla de oro; pero las rehusó y prefirió el cuchillo.
Otro ofreció un grueso lingote de oro macizo por seis hilos de cuentas de vidrio; pero
el capitán prohibió expresamente el hacer este cambio, temiendo que por ello
comprendiesen los isleños que apreciábamos más el oro que el vidrio y las otras
mercancías.
La isla de Massana está a 9o 40’ de latitud Norte y 162o de longitud occidental de
la línea de demarcación, y a veinticinco leguas de la isla de Humunu[47].
Desde allí, dirigiéndonos al Sureste, partimos, y pasamos por entre cinco islas,
que se llaman Ceylon, Bohol, Canigán, Baybay y Gatigán[48]. — Murciélagos: En
esta última vimos murciélagos del tamaño de águilas. Matamos uno y nos lo
comimos, encontrándole un sabor a pollo. — Anades: Hay también pichones, tórtolas,
papagayos y otras aves negras y grandes como una gallina, que ponen huevos tan
gordos como los del ánade y que son comestibles. Nos dijeron que la hembra pone
sus huevos en la arena, y que el calor del sol basta para incubarlos. De Massana a
Gatigán hay veinte leguas.
6 de abril de 1521. — Polo, Ticobón y Pozón. — Partimos de Gatigán dejando el
cabo al Oeste, y como el rey de Massana, que quería ser nuestro piloto, no podía
seguirnos con su piragua, le esperamos cerca de tres islas llamadas Polo, Ticobón y
Pozón[49]. Cuando nos alcanzó, le hicimos subir a nuestro navío con algunos de su
séquito, lo que le gustó mucho, y llegamos a la isla de Zubu. De Gatigán a Zubu hay
quince leguas.
7 de abril de 1521. — El domingo, 7 de abril, entramos en el puerto de Zubu.
Pasamos cerca de muchas aldeas, donde vimos casas construidas sobre los árboles.
Cuando estuvimos cerca de la villa, que tiene el mismo nombre que la isla, el capitán
mandó izar todos los pabellones y amainar velas, y se disparó en descarga cerrada
toda la artillería, lo que causó gran alarma entre los isleños.
Embajada al rey. — El capitán envió entonces a uno de sus discípulos, con el
intérprete, de embajador al rey de Zubu. Llegados a la villa, encontraron al rey
rodeado de una inmensa multitud, alarmada por el estruendo de las bombardas. El
intérprete comenzó por calmar al rey, diciéndole que era una costumbre nuestra, y
que este estrépito no era mas que un saludo en señal de paz y amistad para honrar al
mismo tiempo al rey y a la isla. Con ello se aquietó todo el mundo. El rey, por
intermedio de su ministro, preguntó al intérprete qué podía atraernos en su isla y qué
queríamos. El intérprete respondió que su amo, comandante de la escuadra, era
capitán al servicio del rey más grande de la Tierra, y que el objeto de su viaje era
llegar a Malucco; pero que el rey de Massana, en donde había tocado, le hizo grandes
elogios de su persona, habiendo venido para tener el placer de visitarle, y al mismo
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tiempo para avituallarse, dando en cambio nuestras mercancías.
El rey mandó que le dijeran que le daba la bienvenida, pero que al mismo tiempo
le advertía que todos los navíos que entraban en su puerto para comerciar debían
empezar por pagarle un impuesto, y para probarlo añadió que no hacía cuatro días
que este tributo le había pagado un junco[50] de Ciam[51], que compró esclavos y oro;
llamó en seguida a un comerciante moro que venía también de Ciam con el mismo fin
para que él atestiguase la verdad de lo que acababa de anticipar.
El intérprete respondió que su amo, por ser capitán de un monarca tan grande, no
pagaría impuestos a ningún rey de la Tierra; que si el rey de Zubu quería la paz, traía
la paz; pero que si quería la guerra, le haría la guerra. El comerciante de Ciam,
aproximándose entonces al rey, le dijo en su lenguaje: Cata rajá chita, esto es:
«Señor, tened cuidado. Estas gentes (nos creían portugueses) son los que han
conquistado Calicut, Malacca y todas las Grandes Indias». El intérprete, que había
comprendido lo que el comerciante acaba de decir, añadió que su rey era mucho más
poderoso por sus ejércitos y por sus escuadras que el de Portugal, de que el siamés
acababa de hablar; que era el rey de España y el emperador de todo el mundo
cristiano, y que si hubiera preferido tenerle más por enemigo que por amigo, habría
enviado los bastantes hombres y navíos para destruir por completo su isla. El moro
confirmó al rey lo que acababa de decir el intérprete. El rey, encontrándose confuso,
dijo que lo trataría con los suyos y a la mañana siguiente daría la respuesta.
Entretanto, hizo servir al diputado del capitán y al intérprete un desayuno de muchos
platos, todos de carne, en vasos de porcelana.
Después del desayuno, nuestros comisionados volvieron a bordo y relataron todo
lo que les había sucedido. El rey de Massana, que, salvo el de Zubu, era el más
poderoso de estas islas, saltó a tierra para anunciar al otro rey las buenas
disposiciones del capitán general para con él.
Al día siguiente, el escribano de nuestro navío y el intérprete fueron a Zubu. El
rey salió a su encuentro acompañado de sus jefes, y después de que se sentaron
delante de él, les dijo que, convencido por lo que acababa de saber, no solamente no
pretendía ningún impuesto, sino que, si se le exigía, estaba presto a ser él mismo
tributario del emperador. — Tratado concluso entre el capitán y el rey: Se le contestó
que no se pedía otra cosa que el privilegio de tener el comercio exclusivo de la isla.
— Ceremonia en señal de amistad: El rey accedió y les encargó que asegurasen a
nuestro capitán que si quería ser verdaderamente su amigo no tenía mas que sacarse
un poco de sangre del brazo derecho y enviársela, y que por su parte haría otro tanto,
lo cual sería la señal de una amistad leal y sólida. El intérprete aseguró que todo se
haría como deseaba. El rey añadió que todos los capitanes, sus amigos, que venían a
su puerto le hacían regalos, y que en reciprocidad ellos recibían otros; que dejaba al
capitán la elección de ser el primero en dar los regalos o en recibirlos. El intérprete
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respondió que puesto que, al parecer, concedía tanta importancia a esta costumbre, no
tenía mas que comenzar; el rey consintió.
9 de abril de 1521. — Mensaje del mercader moro: El martes por la mañana, el
rey de Massana vino a nuestro navío con el comerciante moro, y después de haber
saludado al capitán de parte del rey de Zubu, dijo que traía el encargo de prevenirle
que el rey se ocupaba en reunir todos los víveres que podía encontrar para
regalárselos, y que por la tarde le enviaría a su sobrino con algunos de sus ministros
para establecer la paz. El capitán les dió las gracias y les hizo ver al mismo tiempo un
hombre armado de pies a cabeza, diciéndoles que en caso de que fuera preciso
combatir todos nos armaríamos de la misma manera. El moro tembló de miedo
viendo a un hombre armado de este modo; pero el capitán le tranquilizó,
asegurándole que nuestras armas eran tan ventajosas a nuestros amigos como fatales
a los adversarios. Que estábamos dispuestos a aniquilar a los enemigos de nuestro rey
y de nuestra fe con la misma facilidad con que nos enjugábamos el sudor de la frente
con un pañuelo. Esto lo dijo el capitán en tono fiero y amenazador, para que el moro
lo contase al rey.
Embajada al capitán. — Efectivamente, después de comer vimos venir al
sobrino[52] del rey, que era su heredero, con el rey de Massana, el moro, el
gobernador o ministro y el preboste mayor, con ocho jefes de la isla, para concertar
un tratado de paz con nosotros. El capitán les recibió con mucha dignidad: se sentó en
un sillón de terciopelo rojo, dando sillas de la misma tela al rey de Massana y al
príncipe; los jefes se sentaron en sillas de cuero y los otros en esteras.
Alianza. — Preguntó el capitán, por el intérprete, si era su costumbre hacer los
tratados en público, y si el príncipe y el rey de Massana tenían los poderes necesarios
para concluir un tratado de alianza con él. Respondieron que estaban autorizados y
que se podía hablar en público. El capitán les hizo comprender las ventajas de esta
alianza, rogó a Dios que la confirmase en el cielo y añadió otras muchas cosas que les
inspiraron amor y respeto por nuestra religión. Preguntó si el rey tenía hijos varones,
y le contestaron que no tenía mas que hijas, de las cuales la mayor era la mujer de su
sobrino el enviado como embajador y que a causa de este matrimonio se le
consideraba como príncipe heredero. — Sucesión de los hijos: Hablando de la
sucesión entre ellos, supimos que cuando los padres tienen cierta edad, sin
consideración ninguna el mando pasa a sus hijos. Esto escandalizó al capitán, que
condenó esta costumbre diciendo que Dios, creador del cielo y de la Tierra, ordenó
expresamente que los hijos honrasen a su padre y a su madre, amenazando con el
castigo del fuego eterno a los que transgrediesen este mandamiento; y para que se
compenetrasen mejor con la fuerza de este divino precepto, les explicó que todos
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estamos igualmente sujetos a las leyes divinas, porque todos descendemos de Adán y
Eva. — Comienza la conversión: Continuó exponiéndoles otros pasajes de la Historia
Sagrada, que agradaron a los isleños, excitando en ellos el deseo de instruirse en los
principios de nuestra religión, de tal manera que rogaron al capitán que cuando
marchase les dejara uno o dos hombres capaces de enseñarles y que los honrarían
debidamente; pero el capitán les dió a entender que la cosa más esencial era que se
bautizasen, lo que podían hacer antes de su partida; que no podía ahora darles
ninguna persona de su tripulación, mas que volvería otra vez trayendo sacerdotes y
frailes para que les instruyeran en los misterios de nuestra santa religión.
Testimoniaron su satisfacción después de estos discursos, afirmando que les
contentaría recibir el bautismo, pero que antes querían consultar al rey sobre el
asunto. Les advirtió el capitán que no debían bautizarse solamente por el temor que
pudiéramos inspirarles o por la esperanza de obtener ventajas materiales, pues su
intención era no inquietar a ninguno de ellos porque prefiriese conservar la fe de sus
padres; sin embargo, no disimuló que los que se hiciesen cristianos serian los
preferidos y los mejor tratados. Todos exclamaron que no era por miedo ni por
complacencia su deseo de abrazar nuestra religión, sino por impulso de su propia
voluntad.
El capitán les prometió darles armas y una armadura completa, según la orden
que recibió de su soberano, advirtiéndoles al mismo tiempo que deberían también
bautizarse sus mujeres, sin lo cual tendrían que separarse de ellas y no tener
relaciones carnales con ellas, so pena de caer en pecado mortal. Habiendo sabido que
pretendían tener frecuentes apariciones del diablo, lo que les causaba mucho miedo,
les aseguró que si se hacían cristianos, el diablo no se atrevería a presentarse ante
ellos hasta el instante de la muerte[53]. Los isleños, convencidos y persuadidos de
todo lo que acababan de oír, respondieron que tenían plena confianza en él, por lo que
el capitán, llorando de ternura, los abrazó a todos.
Alianza con España. — Tomó la mano del príncipe y la del rey de Massana y dijo
que por la fe que tenía en Dios, por la fidelidad debida al emperador su señor, y por el
hábito[54] que llevaba, establecía y prometía paz perpetua entre el rey de España y el
de Zubu. Los dos embajadores prometieron lo mismo.
Regalos del rey. — Después de esta ceremonia se sirvió el desayuno, e
inmediatamente los indios presentaron al capitán, en nombre del rey de Zubu,
grandes cestas llenas de arroz, cerdos, cabras y gallinas, excusándose de que el regalo
que le ofrecían no fuera digno de tan gran personaje.
Regalos del capitán. — Por su parte, el capitán general dió al príncipe una tela
blanca finísima, un gorro rojo, algunos hilos de cuentas de vidrio y una taza de vidrio
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dorado[55]. No regaló nada al rey de Massana, porque acababa de donarle una túnica
de Cambaya[56] y otras cosas. También hizo regalos a todos los que acompañaban a
los embajadores.
Pigafetta lleva los regalos al rey. — Después que se fueron los isleños, el capitán
me envió a tierra con otro para llevar los regalos destinados al rey, los cuales
consistían en una túnica a la turca de seda amarilla y violeta, un gorro rojo, varios
hilos con cuentas de cristal, todo en un plato de plata, y dos tazas de vidrio dorado
que llevábamos a la mano.
El vestido y los adornos del rey. — Llegados a la villa, encontramos al rey en su
palacio acompañado de un gran cortejo. Estaba sentado en el suelo sobre una esterilla
de palma. Desnudo del todo, excepto las partes naturales cubiertas con una tela de
algodón, un velo bordado a mano alrededor de la cabeza, un valioso collar y en las
orejas grandes aretes de oro rodeados de piedras preciosas. Era pequeño, gordo y
pintado caprichosamente a fuego[57]. A su lado, sobre otra esterilla, había dos vasos
de porcelana con huevos de tortuga, que estaba comiendo, y delante tenía cuatro
cántaros de vino de palmera, cubiertos con plantas aromáticas. En cada uno de los
cántaros había una caña hueca, por la que chupaba cuando quería beber[58].
Después de saludarle, el intérprete le dijo que el capitán, su amo, le daba las
gracias por el regalo que le hizo, y a su vez le enviaba algunas cosas, no como
recompensa, sino como muestra de la amistad sincera que acababa de concertar con
él. Terminado el preámbulo, le pusimos la túnica, le colocamos el gorro sobre la
cabeza y le presentamos los otros regalos que para él llevábamos. Antes de ofrecerle
las tazas de vidrio, las besé y las puse sobre mi cabeza, y el rey hizo lo mismo al
recibirlas. En seguida nos invitó a comer con él los huevos y a beber con las cañas, y
mientras comíamos, los que estuvieron en el navío le contaron todo lo que el capitán
dijo relativo a la paz y la manera en que les exhortó a abrazar el cristianismo.
Música. — El rey quería que nos quedásemos también a cenar, pero con su
permiso nos excusamos. El príncipe, su yerno, nos condujo a su propia casa, en
donde encontramos a cuatro muchachas que tocaban a su manera una extraña música:
una golpeaba un tambor parecido a los nuestros, pero puesto en el suelo[59]; otra
redoblaba alternativamente en dos timbales, empuñando sus manos sendas clavijas o
macitos con una punta guarnecida con tela de palma; la tercera hacía lo mismo en un
timbal más grande, y la cuarta manejaba diestramente dos cimbalitos que producían
dulces acordes. Llevaban tan bien el compás, que se veía que eran muy inteligentes
en música. Los timbales, que son de bronce o de otro metal, se fabrican en el país del
Sign Magno[60] y les sirven también de campanas; les llaman agón. Tocan, además,
los isleños una especie de violín con cuerdas de cobre.
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Desnudez de las muchachas. — Estas muchachas eran muy bonitas y casi tan
blancas como los europeos, y no por ser ya adultas dejaban de estar desnudas;
algunas, sin embargo, llevaban un trozo de tela de corteza de árbol desde la cintura
hasta las rodillas; pero las otras estaban completamente desnudas; el agujero de sus
orejas era muy grande, y le llevaban guarnecido de un cilindro de madera para
ensancharle y redondearle[61]; tenían los cabellos largos y negros, y un velillo ceñía
su cabeza. No llevan nunca sandalias ni otra clase de calzado. Merendamos en casa
del príncipe y volvimos en seguida a nuestros navíos.
10 de abril de 1521. — Entierro. — Murió uno de los nuestros durante la noche,
y volví el miércoles por la mañana con el intérprete a casa del rey a pedirle permiso
para enterrarle y que nos indicase el sitio. El rey, al que encontramos rodeado de un
numeroso cortejo, respondió que puesto el capitán podía disponer de él y de todos sus
súbditos, con mayor razón podía disponer de su tierra. Añadí que para enterrar al
muerto teníamos que consagrar el lugar de la sepultura y plantar una cruz. El rey, no
sólo dió su consentimiento, sino que prometió adorar la cruz.
Para inspirar a los indios una buena opinión de nosotros, consagramos según los
ritos de la Iglesia, y lo mejor que fué posible, la plaza de la villa, destinándola a
cementerio de los cristianos, y enterramos en seguida al muerto. El mismo día por la
noche enterramos a otro.
Comercio. Pesas y medidas. — Desembarcamos muchas mercancías y las
almacenamos en una casa bajo la protección del rey y la custodia de cuatro hombres
que el capitán dejó allí, para traficar al por mayor. Este pueblo, amante de la justicia,
tiene pesas y medidas. Sus balanzas son un palo de madera, pendiente en medio de
una cuerda; a un lado un platillo suspendido de tres cordelitos, y al otro un peso de
plomo equivalente al del platillo, y al que añaden pesas equivalentes a las libras,
medias libras, etc., después de poner las mercancías en el platillo, para hacer las
pesadas. Tienen también medidas de longitud y de capacidad.
Se entregan apasionadamente los isleños al placer y a la ociosidad. Ya dijimos
cómo tocan los timbales, y añadimos que también tocan una especie de dulzaina muy
parecida a la nuestra y a la que llaman subin.
Casas. — Hacen sus casas con vigas, tablas y cañas, y tienen habitaciones como
nosotros. Están construidas sobre estacas, de manera que debajo hay un espacio vacío
que sirve de establo y de gallinero, para los cerdos, las cabras y las gallinas.
Aves que matan a las ballenas. — Nos dijeron que en estos mares hay unas aves
negras, semejantes a los cuervos, que cuando una ballena aparece en la superficie del
agua esperan que abra la garganta para lanzarse dentro y van derechas a arrancarle el
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corazón, que arrebatan para comérselo. La única prueba que nos dieron acerca de esto
es que se ve al ave negra comiéndose el corazón de la ballena, y que se encuentra la
ballena muerta sin corazón. Llaman al ave negra lagan; tiene el pico dentado, las
plumas negras, pero tiene la carne blanca y comestible[62].
12 de abril de 1521. — Tráfico. — El viernes abrimos nuestro almacén y
expusimos nuestras mercancías, que los isleños admiraron extrañados. Por objetos de
bronce, hierro y otros metales nos daban oro. Nuestras joyas y otras bagatelas se
convertían en arroz, en cerdos, en cabras y otros comestibles. Por catorce libras de
hierro nos daban diez piezas de oro, de un valor equivalente a ducado y medio cada
una. El capitán general prohibió que se demostrase demasiada codicia por el oro; sin
esta orden, cada marinero hubiera vendido todo lo que poseía para procurarse este
metal, lo que hubiera arruinado para siempre nuestro comercio.
14 de abril de 1521. — Bautismo del rey de Zubu. — Prometió el rey a nuestro
capitán abrazar la religión cristiana; se fijó para la ceremonia el domingo.
14 de abril. — Se aderezó, al efecto, en la plaza ya consagrada un tablado
adornado con tapicerías y ramas de palmeras. Saltamos a tierra cuarenta hombres,
más dos armados de pies a cabeza, que daban guardia de honor al pendón real. Al
pisar tierra los navíos dispararon toda la artillería, lo que asustó a los isleños. El
capitán y el rey se abrazaron. Subimos al tablado, en el que había para ellos dos sillas
de terciopelo verde y azul. Los jefes isleños se sentaron en cojines, y los otros en
esteras.
Ventajas para el rey de hacerse cristiano. — Hizo el capitán decir al rey que,
entre las muchas ventajas de que iba a gozar haciéndose cristiano, tendría la de
vencer más fácilmente a sus enemigos. El rey respondió que estaba muy contento de
convertirse, aun sin beneficio ninguno; pero que le agradaba el poder hacerse respetar
de ciertos jefes de la isla que rehusaban sometérsele, diciendo que eran hombres
como él y no querían obedecerle. Entonces el capitán mandó que los trajeran, y les
dijo que si no obedecían al rey como soberano, los haría matar a todos y confiscaría
sus bienes en provecho del rey. Con esta amenaza todos los jefes prometieron
reconocer su autoridad.
A su vez el capitán aseguró al rey que a su vuelta a España volvería a su país con
fuerzas mucho más considerables, y que le haría el más poderoso monarca de
aquellas islas, recompensa merecida por haber sido el primero que abrazó la religión
cristiana. El rey dió las gracias levantando las manos al cielo, y le rogó
insistentemente que dejase algunos hombres con él para que le instruyesen en los
misterios y deberes de la religión cristiana, lo cual prometió el capitán; mas a
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condición de que le confíase dos hijos de personajes de la isla para llevarlos con él a
España, donde aprenderían la lengua española, para que a su vuelta pudiesen dar una
idea de lo que hubieran visto.
Después de haber plantado una gran cruz en medio de la plaza se pregonó que
cualquiera que quisiese cristianarse debería destruir todos sus ídolos, colocando la
cruz en su lugar. Todos consintieron. El capitán, tomando al rey de la mano le
condujo al tablado; vistiéronle enteramente de blanco, y se le bautizó con el rey de
Massana, el príncipe su sobrino, el mercader moro y otros muchos, hasta quinientos.
Al rey, que se llamaba raja Humabon, se le puso el nombre de Carlos, por el
emperador; los demás recibieron diversos nombres. Se dijo en seguida misa, después
de la cual el capitán invitó al rey a comer; pero éste se excusó y nos acompañó hasta
las chalupas, que nos volvieron a la escuadra; al llegar dispararon otra descarga
cerrada.
Bautizo de la reina. — Acabada la comida fuimos a tierra muchos con el capellán
para bautizar a la reina y a otras mujeres. Subimos con ellas al tablado, y yo mostré a
la reina una imagen pequeña de la Virgen con el niño Jesús, que le agradó y
enterneció mucho. Me la pidió para colocarla en lugar de sus ídolos, y se la di de
buena gana[63]. Se puso a la reina el nombre de Juana, por la madre del emperador; el
de Catalina a la mujer del príncipe, y el de Isabel a la reina de Massana. Bautizamos
este día más de ochocientas personas entre hombres, mujeres y niños.
Los vestidos de la reina. — La reina, joven y bella, vestía por completo de tela
blanca y negra; se tocaba con un gran sombrero de hojas de palmera en forma de
quitasol, y en la copa, también de las mismas hojas, una triple corona la asemejaba a
la tiara del Papa; no salía nunca sin ella. Llevaba la boca y las uñas teñidas de un rojo
muy vivo. A la caída de la tarde el rey y la reina vinieron hasta la orilla en que
estamos anclados, y oyeron complacidos el estruendo inocente de las bombardas, que
tanto les había asustado antes.
22 de abril de 1521. — Religión. — Durante todo este tiempo bautizamos a los
indígenas de Zubu y de las islas adyacentes. Sin embargo, hubo una aldea en una de
las islas en que los habitantes nos desobedecieron; la quemamos y plantamos una
cruz porque eran idólatras; si hubieran sido moros, esto es, mahometanos,
hubiésemos plantado una columna de piedra para representar el endurecimiento de su
corazón.
El capitán general bajaba a tierra todos los días a oír misa, a la que acudían
muchos nuevos cristianos, para los cuales hizo un catecismo explicándoles muchos
misterios de nuestra religión.
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La reina oye misa. — Un día, con pompa extraordinaria, vino la reina a oír misa.
La precedían tres jóvenes, que llevaban tres de sus sombreros; vestía una túnica
blanca y negra, y un gran velo de seda a rayas de oro cubríale cabeza y espaldas.
Acompañábanla muchas mujeres, que llevaban un velillo bajo un sombrero, sueltos
los cabellos, desnudas hasta los pies, excepto una tela de palmera que les ocultaba las
partes naturales. La reina, después de haber hecho una reverencia ante el altar, se
sentó sobre un cojín de seda bordada, y el capitán le roció a ella y a su séquito con
agua de rosas almizclada, olor que agrada infinito a las mujeres de este país.
Juramento de los jefes al rey. — Con el fin de que el rey fuese más respetado y
obedecido aún, nuestro capitán general le hizo un día venir a misa vestido con su
túnica de seda, y mandó que trajeran a sus dos hermanos, llamados uno Bondara, que
era padre del príncipe, y el otro Cadaro, con muchos jefes llamados Simiut, Sibuaia,
Sisacai[64], Magalibe, etc. Les exigió juramento de obediencia al rey, y después que le
besaran la mano.
Juramento del rey a España. — Inmediatamente el capitán hizo jurar al rey de
Zubu que permanecería sometido y fiel al rey de España. Jurado que hubo, el capitán
general depositó su espada delante de la imagen de Nuestra Señora, y dijo al rey que,
después de tal juramento, debía morir antes que faltar a él, y que él mismo estaba
presto a perecer mil veces antes que faltar a sus juramentos por la imagen de Nuestra
Señora, por la vida de su señor el emperador y por su hábito. En seguida le regaló una
silla de terciopelo, advirtiéndole que debía hacerla llevar por un jefe delante de él,
adondequiera que fuese, y la manera de conducirse.
Joyas para el capitán. — El rey prometió al capitán acatar exactamente lo que
acababa de decirle, y para demostrarle su adhesión personal mandó preparar las joyas
que quería regalarle, y que consistían en dos pendientes de oro muy grandes, dos
brazaletes y dos ajorcas de oro, adornados con piedras preciosas. Estas alhajas son el
adorno más bello de los reyes de estas comarcas, que van siempre desnudos y
descalzos, no llevando, como ya he dicho, más vestido que un pedazo de tela desde la
cintura a las rodillas.
Continúa la idolatría. — El capitán, que había conminado al rey y a los otros
neófitos a quemar sus ídolos, cosa que todos habían prometido, viendo que no sólo
los conservaban sino que les hacían sacrificios según su antigua costumbre, se
lamentó de la desobediencia y les regañó. No pretendieron negarlo; pero creyeron
disculparse diciendo que no hacían los sacrificios por ellos, sino por un enfermo,
cuya salud esperaban de los ídolos. El enfermo era el hermano del príncipe,
considerado como el hombre más sabio y más valiente de la isla, y su mal había
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llegado hasta el punto de perder el habla hacía cuatro días.
Curación milagrosa. — Oyó el capitán el relato, y animado de un santo celo, dijo
que si tenían verdadera fe en Jesucristo, quemaran todos sus ídolos y bautizasen al
enfermo, que curaría, pues estaba tan convencido de ello, que apostaba la cabeza a
que lo que prometía sucedería inmediatamente. El rey asintió. Fuimos, entonces, con
la mayor pompa posible, en procesión desde la plaza en que estábamos a la casa del
enfermo, que encontramos, efectivamente, en tristísima situación, inmóvil y sin poder
hablar. Le bautizamos, y a dos de sus mujeres y diez hijos. El capitán,
inmediatamente después del bautismo, le preguntó qué tal se encontraba, y él
respondió repentinamente que, gracias a Nuestro Señor, ya estaba bien. Fuimos todos
testigos de vista de este milagro, dando gracias a Dios, especialmente el capitán. Dió
al príncipe una bebida refrescante, enviándosela a diario hasta que se restableció por
completo, y al mismo tiempo le mandó un colchón, sábanas, un cobertor de lana y
una almohada.
Destrucción de los ídolos. — Al quinto día sanó el enfermo y se levantó. Su
primer deseo fué quemar en presencia del rey y del pueblo un ídolo al que veneraba
grandemente y que algunas viejas guardaban con mucho cuidado en su casa. Mandó
derribar muchos templos que había a orillas del mar, en los que el pueblo se reunía
para comer la carne consagrada a los ídolos. Todos los indígenas aplaudieron su
resolución y se dedicaron a destruir ídolos, incluso los de la casa del rey, al grito de
¡Viva Castilla!, en honor del rey de España.
Su figura. — Los ídolos de este país son de madera, cóncavos o vaciados por
detrás, con los brazos y las piernas separadas y los pies vueltos hacia arriba; la cara
grande, con cuatro colmillos semejantes a los del jabalí[65]; generalmente están
pintados.
Bendición del cerdo. — Puesto que hablamos de ídolos, voy a contar a vuestra
señoría algunas de sus ceremonias supersticiosas, entre ellas la bendición del cerdo.
Comienzan redoblando grandes timbales; en seguida traen tres grandes platos: dos
llenos de pescado asado, tortas de arroz y mijo cocido, envueltos en hojas, y otro con
telas de Cambaya y dos tiras de tela de palma. Extienden en el suelo uno de estos
lienzos, y aparecen dos viejas con sendos trompetones de caña[66]. Se colocan sobre
la tela, saludan al Sol, y se envuelven en los otros paños que había en el plato. La
primera vieja cubre su cabeza con un pañuelo, atando las puntas en forma de cuernos,
y con otro pañuelo en la mano, baila y toca la trompeta, invocando de vez en cuando
al Sol. La otra coge una de las dos tiras de tela de palma, toca la trompeta, y
volviéndose hacia el Sol murmura algunas palabras. A continuación, la primera coge
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la otra tira, arroja el pañuelo de la mano, y las dos tocan las trompetas y danzan un
buen rato alrededor del cerdo, que yace en el suelo bien atado, hablando y
respondiendo en voz baja al Sol respectivamente. Coge una taza de vino la primera
sin dejar de bailar ni de dirigirse al Sol, y finge beber cuatro o cinco veces, vertiendo
el líquido sobre el corazón del cerdo. Deja la taza y toma una lanza, que blande,
siempre bailando y hablando, amagando al corazón del cerdo muchas veces, hasta
que, al fin, le atraviesa de parte a parte con golpe rápido y certero. En seguida de
arrancar la lanza, curan la herida, cerrándola con yerbas salutíferas. Durante la
ceremonia alumbra una antorcha que la vieja que atravesó al cerdo apaga al final
metiéndosela en la boca. La otra vieja moja su trompeta en la sangre del cerdo, y con
ella toca y mancha la frente de los asistentes, empezando por su marido; pero no lo
hizo con nosotros. Acabado todo, se desnudan las viejas, comen lo que había en los
dos platos, e invitan a hacer lo mismo a las mujeres, pero no a los hombres, y
chamuscan y afeitan al cerdo. Nunca comen carne de este animal que no hayan
purificado antes de esta manera, y solo las viejas pueden realizar esta ceremonia.
Ceremonias fúnebres. — Cuando muere un jefe se celebran también singulares
ceremonias, de las que fui testigo. Las mujeres más respetadas del país fueron a casa
del muerto, cuyo cadáver estaba en una caja, alrededor de la cual innumerables
cuerdas, sujetando ramas de árboles, formaban una especie de muralla, de la que
pendían telas de algodón en pabellones, bajo los que se sentaron las mujeres dichas,
cubiertas con un trapo blanco. A cada mujer le daba aire con un abanico de palma una
criada. Las demás, con semblante triste, se sentaron alrededor de la habitación. Una
cortó lentamente con un cuchillo los cabellos del muerto. Otra, que había sido su
mujer principal (porque, aunque cada hombre puede tener tantas mujeres como le
plazca, una sola es la principal), se tendió sobre él de modo que puso su boca, sus
manos y sus pies sobre la boca, las manos y los pies del cadáver, y mientras la
primera cortaba los cabellos, ella lloraba, y cuando se paraba la primera, cantaba.
Alrededor de la habitación había muchos braseros, en los que a menudo se echaba
mirra, estoraque y benjuí, que esparcían un olor muy agradable. Duran estas
ceremonias cinco o seis días, con el cadáver en casa, yo creo que con el deseo de
embalsamar al muerto con alcanfor para preservarle de la putrefacción. Se le entierra
en la misma caja, clavada con clavijas de madera, en el cementerio, que es un lugar
cerrado y cubierto con tablones.
Pájaro de mal agüero. — Me aseguraron que todas las noches, de madrugada,
venía un pájaro negro, del tamaño de un cuervo, a posarse sobre las casas, y con sus
gritos espantaba a los perros, que aullaban toda la noche, no cesando de ladrar hasta
el alba. No quisieron nunca decirnos la causa de este fenómeno, del que todos fuimos
testigos.
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Infibulación. — Añadiré otra observación sobre sus extrañas costumbres. Ya dije
que van estos indios desnudos por completo, salvo un paño de tela de palmera para
cubrir sus partes naturales. Todos los hombres, viejos y jóvenes, tienen una especie
de infibulación en el prepucio, por la cual pasan un cilindrito de oro o de estaño, del
grueso de una pluma de oca, que le horada de alto a bajo, con una abertura en medio
para dejar paso a la orina, y en los extremos con dos cabezas parecidas a las de
nuestros clavos grandes, algunas veces erizadas con puntas en forma de estrella.
Me dijeron que no se quitaban nunca este adorno, ni aun durante la cópula, que
eran las mujeres quienes lo querían, y asimismo ellas preparaban la infibulación de
sus hijos desde la infancia[67]; ignoro lo que habrá de cierto, pero a pesar del extraño
aparato, todas las mujeres nos preferían a sus maridos[68].
Productos de la isla. — Abundan los víveres en la isla. Además de los animales
ya citados, hay perros y gatos, que también se comen. Produce arroz, mijo, panizo y
maíz, naranjas, limones, cañas de azúcar, nueces de coco, calabazas, ajos, jengibre,
miel, vino de palmera y otras cosas, y mucho oro.
Hospitalidad. — Cuando bajábamos a tierra, fuera de día o de noche, encontraba
siempre indios que nos invitaban a comer o beber. Cuecen a medias solamente sus
guisos, y los salan excesivamente, lo que les obliga a beber mucho y frecuentemente,
chupando con cañas huecas el vino de los vasos. Pasan cinco o seis horas
ordinariamente a la mesa.
Las ciudades y sus jefes, — En esta isla hay muchas ciudades, con personajes
respetables que son sus jefes. He aquí algunos: Cingapola, sus jefes son Cilatón,
Ciguibucan, Cimaninga, Cimaticat, Cicambul; Mandani, que tiene por jefe a
Aponoaan; Lalan, cuyo jefe es Tetén; Lalutan, jefe Japall; Lubucin, jefe Cilumai.
Todas nos obedecían y nos pagaban un tributo.
Matán. — Cerca de la isla de Zubu hay otra llamada Matán, con un puerto de
igual nombre, donde anclaron nuestros navíos. La ciudad principal de esta isla se
llama también Matán, y sus jefes eran Zula y Cilapulapu. En esta isla estaba la ciudad
de Bulaia, que nosotros quemamos.
26 de abril de 1521. — Zula contra Cilapulapu. — El viernes, 26 de abril, Zula,
uno de los jefes de la isla de Matán, envió al capitán a uno de sus hijos con dos
cabras, para decirle que si no le enviaba todo lo que le había prometido no era culpa
suya, sino de Cilapulapu, el otro jefe, que no quería reconocer la autoridad del rey de
España; mas que si el capitán quería socorrerle, solamente con una chalupa de
hombres armados, a la noche siguiente se comprometía a combatir y subyugar
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completamente a su rival.
Bajamos a Matán. — Con este mensaje, el capitán se determinó a ir en persona
con tres chalupas. Rogárnosle que no fuese; pero contestó que un buen pastor no debe
nunca abandonar a su rebaño.
Salimos a media noche sesenta hombres armados con casco y coraza. El rey
cristiano, su yerno el príncipe y muchos jefes de Zubu, con bastantes hombres
armados, nos siguieron en balangués. Llegamos a Matán tres horas antes del alba. No
quiso el capitán atacar entonces, sino que envió a tierra al moro para que dijese a
Cilapulapu y a los suyos que si querían reconocer la soberanía del rey de España,
obedecer al rey cristiano y tributar lo que se le pedía, serían considerados como
amigos; pero, si no, que reconocerían la fuerza de nuestras lanzas. Los isleños no se
amedrentaron con nuestras amenazas, y respondieron que también las tenían, aunque
fuesen de cañas y de estacas aguzadas a fuego. Suplicaron sólo que no los atacáramos
de noche, porque esperaban refuerzos y serían muchos más después; fué un ruego
capcioso para encorajinarnos y que les atacásemos inmediatamente, esperando que
caeríamos en los fosos que cavaron entre la orilla del mar y sus casas.
27 de abril de 1521. — Combate. — Esperamos el día, efectivamente, y saltamos
a tierra con agua hasta los muslos, pues las chalupas no podían aproximarse por los
arrecifes. Eramos cuarenta y nueve, porque dejamos a once guardando las chalupas.
Necesitamos andar por el agua un rato antes de ganar tierra.
Los isleños eran mil quinientos y estaban formados en tres batallones, que apenas
nos vieron se lanzaron contra nosotros con un ruido horrible; dos batallones nos
atacaron de flanco y el tercero de frente. Nuestro capitán dividió su tropa en dos
pelotones. Los ballesteros y los mosqueteros tiraron desde lejos durante media hora,
causando al enemigo poco daño, porque aunque las balas y las flechas, atravesando
las delgadas tablas de los escudos, les hiriesen algunas veces en los brazos, esto no
les detenía, porque no les mataba instantáneamente como se habían imaginado; al
contrario, les enardecía y enfurecía más. Confiando en la superioridad del número,
nos arrojaban nubes de lanzas y estacas agudizadas a fuego, piedras y hasta tierra,
siéndonos muy difícil defendernos. Algunos lanzaron estacas con punta de hierro
contra nuestro capitán general, quien, para alejarlos e intimidarlos, ordenó que
incendiásemos sus casas, lo que hicimos inmediatamente. Al ver las llamas se
enfurecieron y encarnizaron aún más; corrieron algunos a sofocar el incendio y
mataron a dos de los nuestros en la plaza. Su número parecía aumentar, así como la
impetuosidad con que nos acometían. Una flecha envenenada atravesó la pierna al
capitán, que mandó la retirada en orden; pero la mayor parte de los nuestros huyeron
precipitadamente, quedando sólo siete u ocho con el capitán.
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Muerte de Magallanes. — Comprendiendo los indios que sus golpes a la cabeza o
al cuerpo no nos dañaban por la protección de la armadura, pero que las piernas
estaban indefensas, a ellas nos tiraron flechas, lanzas y piedras, tan abundantes que
no pudimos resistir. Las bombardas que llevamos en las chalupas eran inútiles,
porque los arrecifes impedían acercarse bastante. Nos retiramos lentamente,
combatiendo siempre, y estábamos a tiro de ballesta, con agua hasta las rodillas,
cuando los isleños, siempre a nuestros alcances, volvieron a coger y nos arrojaron
hasta cinco o seis veces la misma lanza. Como conocían a nuestro capitán, contra él
principalmente dirigían los ataques, y por dos veces le derribaron el casco; sin
embargo, se mantuvo fírme mientras combatíamos rodeándole. Duró el desigual
combate casi una hora. En fin, un isleño logró poner la punta de la lanza en la frente
del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela clavada. Quiso sacar
la espada, pero no pudo, por estar gravemente herido en el brazo derecho; diéronse
cuenta los indios, y uno de ellos, asestándole un sablazo en la pierna izquierda le hizo
caer de cara, arrojándose entonces contra él. Así murió nuestro guía, nuestra luz y
nuestro sostén.
Al caer, viéndose asediado por los enemigos se volvió muchas veces para ver si
nos habíamos salvado. No le socorrimos por estar todos heridos; y sin poderle vengar,
llegamos a las chalupas en el momento en que iban a partir.
A nuestro capitán debimos la salvación, porque en cuanto murió todos los isleños
corrieron al sitio en que había caído.
Pudo socorrernos el rey cristiano, y lo hubiera hecho sin duda; pero el capitán
general, lejos de prever lo sucedido, cuando pisó tierra con su gente le ordenó que no
saliese del balangué y que permaneciera como mero espectador viéndonos cómo
combatíamos. Lloró amargamente al verle sucumbir.
Elogio de Magallanes. — Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte.
Adornado de todas las virtudes, mostró inquebrantable constancia en medio de sus
mayores adversidades. En el mar se condenaba a sí mismo a más privaciones que la
tripulación. Versado más que ninguno en el conocimiento de los mapas náuticos,
sabía perfectamente el arte de la navegación, como lo demostró dando la vuelta al
mundo, lo que nadie osó intentar antes que él[69].
La desdichada batalla se dió el 27 de abril de 1521, que fué un sábado, día que
escogió el capitán por tenerle particular afición. Ocho de los nuestros y cuatro indios
bautizados perecieron con él, y pocos volvieron a los navíos sin heridas.
Imaginaron al fin protegernos con las bombardas los que en las chalupas
quedaron; pero por estar tan distantes nos hicieron más daño que a los enemigos, los
cuales, sin embargo, perdieron quince hombres.
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Rehúsan devolvernos el cuerpo del capitán. — Por la tarde, el rey cristiano, con
nuestro consentimiento, envió a decir a los habitantes de Matán, que si querían
devolvernos los cadáveres de nuestros soldados muertos, y particularmente el del
capitán, Ies daríamos las mercancías que pidiesen; pero respondieron que por nada se
desprenderían del cadáver de un hombre como nuestro jefe, y que le guardarían como
trofeo de su victoria sobre nosotros.
Gobernadores de la escuadra. — Al saber la pérdida del capitán, los que estaban
en la ciudad para traficar hicieron transportar inmediatamente las mercancías a los
navíos. En su lugar elegimos dos gobernadores: Odoardo Barbosa[70], portugués, y
Juan Serrano, español.
Disgusto del intérprete. — Enrique, nuestro intérprete, el esclavo de Magallanes,
resultó ligeramente herido en el combate, lo que le sirvió de pretexto para no bajar a
tierra, donde se necesitaban sus servicios, y pasaba el día entero ocioso, tumbado en
su estera. Odoardo Barbosa, gobernador del navío que antes mandaba Magallanes, le
reprendió severamente, advirtiéndole que, a pesar de la muerte de su amo, continuaba
siendo esclavo, y que a nuestra vuelta a España le entregaría a doña Beatriz, viuda de
Magallanes, amenazándole con azotarle si inmediatamente no bajaba a tierra para el
servicio de la escuadra.
Conjuración contra los españoles. — El esclavo se levantó tranquilamente, como
si no hubiera oído las injurias y amenazas del gobernador, y una vez en tierra fué a
casa del rey cristiano, a quien dijo que esperábamos partir a poco, y que, si quería
seguir su consejo, podría apoderarse de los navíos con todas sus mercancías. El rey le
escuchó favorablemente, y urdieron juntos la traición. Volvió en seguida el esclavo a
bordo, y mostró más actividad e inteligencia que antes.
1 de mayo de 1521. — La traición. — La mañana del miércoles primero de
mayo, el rey cristiano envió a decir a los gobernadores que tenía preparado un regalo
de piedras preciosas para el rey de España, y que para dárselas les rogaba que
viniesen a comer con él, acompañados de algunos de su séquito. Fueron, en efecto,
veinticuatro, entre ellos nuestro astrólogo, llamado San Martín de Sevilla. Yo no fui
porque tenía la cara hinchada por haberme herido en la frente una flecha envenenada.
Sospechas. —Juan Carvajo y su ayudante volvieron inmediatamente a los navíos,
sospechando la mala fe de los indios al ver, según dijeron, que el enfermo curado
milagrosamente conducía a nuestro capellán a su casa.
Asesinato. — Apenas habían terminado sus palabras cuando oímos gritos y ayes.
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Levamos anclas en seguida y nos acercamos a la costa, disparando muchos
bombardazos contra las casas.
Juan Serrano, abandonado. — Vimos entonces cómo conducían hasta la orilla
del mar a Juan Serrano, herido y agarrotado. Rogó que no disparásemos más, porque
le asesinarían. Le preguntamos qué les había sucedido a sus compañeros y al
intérprete, y respondió que a todos los degollaron, excepto al esclavo, que se pasó a
los isleños. Nos conjuró a que le rescatásemos por mercancías; pero Juan Carvajo, su
compadre, con algunos más, rehusaron intentar siquiera su rescate, y no consintieron
que las chalupas se aproximaran a la isla, porque el mando de la escuadra les
correspondía por la muerte de los dos gobernadores.
Juan Serrano siguió implorando la compasión de su compadre, diciendo que en
cuanto nos hiciésemos a la vela le asesinarían; y viendo, al fin, que sus lamentaciones
eran inútiles, lanzó terribles imprecaciones, rogando a Dios que el día del juicio final
hiciera dar cuenta de su alma a Juan Carvajo, su compadre.
Partida de Zubu. — Pero no le hicieron caso y partimos, sin haber tenido nunca
noticias de su vida o de su muerte.
La isla de Zubu es grande; tiene buen puerto, con dos entradas, una al Oeste y
otra al Estenordeste. Está a 10o de latitud Norte y a 154o de longitud de la línea de
demarcación. En esta isla tuvimos noticias acerca de las islas Malucco, antes de la
muerte de Magallanes[71].
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Lámina 2 — Isla de los Ladrones, según Pigafetta. La barca está
emparejada con otra a modo de balancín o batanga.
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Lámina 3 — Isla de Cebú, según Pigafetta. Islas Filipinas. Al norte, Isla de
Mactán, donde murió Magallanes.
[Link] - Página 78
LIBRO III
Desde la partida de Zubu hasta la salida de las islas Malucco.
Isla de Bohol. — Dejamos la isla de Zubu y anclamos en la punta de una isla
llamada Bohol, a diez y ocho leguas de Zubu. — Quemamos un navío: Viendo que
las tripulaciones, disminuidas por tantas pérdidas, no eran suficientes para los tres
navíos, decidimos quemar uno (la Concepción), después de transportar a los otros dos
todo lo que podía sernos útil. — Panilongón: Pusimos rumbo al Suroeste, costeando
una isla llamada Panilongón, cuyos indígenas son negros como los etíopes.
Seguimos la ruta y llegamos a una isla que se llama Butuán[1], donde anclamos.
Alianza con el rey. — El rey de la isla subió a nuestro navío, y para darnos una
prueba de amistad y de alianza se sacó sangre de la mano izquierda y untóse con ella
el pecho y la punta de la lengua; nosotros hicimos lo mismo. — Pigafetta va solo con
él: Cuando se marchó fui solo con él para ver la isla. Entramos en un río[2], en donde
encontramos muchos pescadores que ofrecieron pescado al rey, el cual, como todos
los indígenas de estas islas, iba desnudo, sin más que un trozo de tela para cubrir las
partes sexuales, cuya tela también se quitó; los personajes de la isla que iban con él
hicieron lo mismo; empuñaron los remos y comenzaron a bogar cantando. Pasamos
de largo muchas casas situadas a la orilla del río, y a las dos de la madrugada
llegamos a la del rey, que estaba a dos leguas de distancia del sitio en que habíamos
anclado.
Cena. — Cuando entramos nos salieron al encuentro con antorchas de cañas y
hojas de palmera arrolladas e impregnadas con la goma llamada anime. Mientras
preparaban la cena, el rey, con dos de sus mujeres, bastante bonitas, y dos de sus
jefes, vaciaron un gran vaso de vino de palmera, sin comer nada. Me invitaron a
beber; pero me excusé diciendo que había ya cenado y que no bebía mas que una vez.
Al beber hacían las mismas ceremonias que el rey de Massana.
Sirvieron la cena, compuesta solamente de arroz y de pescado muy salado, en
tazones de porcelana. Comían el arroz a guisa de pan. — Cocción del arroz: El arroz
le cuecen así: ponen en un puchero de tierra, parecido a nuestras marmitas, una hoja
grande que cubre enteramente su fondo; echan agua y arroz, y lo tapan, dejándolo
cocer hasta que el arroz tiene la dureza de nuestro pan, y lo sacan en trozos. De este
modo cuecen el arroz en todas las islas de estos parajes.
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Camas. — Terminada la cena, el rey mandó que trajeran una estera de cañas, con
otra de palmera y una almohada de hojas. Eran mi cama, en la que me acosté con uno
de los jefes. El rey se acostó en otra parte con sus dos mujeres.
Excursión por la isla. — Al día siguiente, mientras preparaban la comida, hice
una excursión por la isla; entré en muchas casas, construidas como las que ya
habíamos visto, y noté que tenían muchos utensilios de oro, pero pocos víveres. Volví
a casa del rey, y comimos arroz y pescado.
Visito la casa de la reina. — Traté de hacer comprender por gestos al rey que
deseaba ver a la reina. Me hizo signos de que le agradaba, y nos encaminamos a la
cima de una montaña, donde estaba la morada de la reina. Hícele al entrar una
reverencia, que me devolvió; me senté cerca de ella, que estaba tejiendo esteras de
palma para una cama. Toda la casa la adornaban vasos de porcelana pendientes de las
paredes, así como cuatro timbales: uno muy grande, otro mediano y dos pequeños; la
reina se entretenía tocándolos. Tenía para servirla esclavos de ambos sexos. Pedimos
permiso para retirarnos, y volvimos a casa del rey, quien me hizo servir un desayuno
de cañas de azúcar.
Minas de oro. — Encontré en la isla cerdos, cabras, arroz, jengibre y todo lo que
vimos en las otras. Pero lo que, sin embargo, abunda más es el oro. Me señalaron, por
gestos, unos vallecitos, dándome a entender que en ellos había más oro que pelo
teníamos en la cabeza; pero que, no teniendo hierro, se necesitaba un gran trabajo
para explotarlo, y habían renunciado a ello.
Castigo de los malhechores. — Por la tarde pedí que me llevasen a nuestros
navíos, y el rey, con algunos de los personajes de la isla, quiso acompañarme en el
mismo balangué. Durante el descenso por el río vi a la derecha, en un montículo, tres
hombres suspendidos de un árbol, y a mis preguntas respondieron que eran
malhechores.
Esta parte de la isla, llamada Chipit, es una prolongación de la misma tierra que
Butuán y Calagán; va por sobre Bohol y limita con Massana. El puerto es bastante
bueno. Está a los 8o de latitud Norte, a 167o de longitud de la línea de demarcación y
a cincuenta leguas de Zubu[3]. Al Noroeste yace la isla de Lozón[4], a dos jornadas; es
grande, y a ella vienen todos los años seis o siete juncos de los pueblos llamados
lequies[5], para comerciar. Más adelante hablaré de Chipit.
Junio de 1521. — Cagayán. — Partimos de esta isla, y navegando al
Oestesuroeste anclamos junto a una isla casi desierta. Los pocos habitantes son moros
desterrados de una isla llamada Burné (Borneo). Van desnudos como los de otras
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islas, y sus armas son cerbatanas, carcajes llenos de flechas y una yerba para
envenenarlas. Tienen también puñales con mangos de oro y piedras preciosas, lanzas,
mazas y coracitas de piel de búfalo. Creyeron que éramos dioses o santos. Hay en la
isla grandes árboles, pero pocos víveres. Está a 7o 30’ de latitud septentrional y a
cuarenta y tres leguas de Chipit. Se llama Cagayán[6].
Penuria de la tripulación. — Desde esta isla, siguiendo el mismo rumbo
Oestesuroeste, llegamos a otra mayor, que encontramos bien provista de toda clase de
víveres, lo que fue una fortuna para nosotros, porque estábamos tan hambrientos y tan
mal aprovisionados, que estuvimos muchas veces a punto de abandonar los navíos y
establecernos en cualquier tierra, para terminar en ella nuestros días.
Esta isla, llamada Palaoán[7], nos proporcionó cerdos, cabras, pollos, gallinas,
bananas de muchas clases, algunas de un codo de largo y gruesas como el brazo;
otras de un palmo de largo, y otras más pequeñas, que eran las mejores; hay también
nueces de coco, cañas de azúcar y raíces parecidas a los nabos. Cuecen el arroz en
cañas huecas o en cuencos de madera, conservándose éste mejor que el cocido en
marmitas. Obtienen del arroz, por medio de una especie de alambique, un vino más
fuerte y mejor que el de palmera. En una palabra, fue para nosotros esta isla una tierra
de promisión. Está a los 9o 20’ de latitud septentrional y a 171o 20’ de longitud de la
línea de demarcación.
Alianza con el rey. — Nos presentamos al rey, que concertó alianza y amistad con
nosotros, y para garantía, con un cuchillo nuestro se pinchó en el pecho, sacándose
sangre, con la que se mojó la frente y la lengua; nosotros repetimos la misma
ceremonia.
Costumbres. — Los indígenas de Palaoán van desnudos como todos estos
pueblos, pero les gusta adornarse con sortijas, cadenas de latón y cascabeles; pero lo
que más les gusta es el alambre, al que atan sus anzuelos. Casi todos cultivan sus
propios campos.
Armas. — Tienen cerbatanas y gruesas flechas de madera de un palmo de largo y
con arponcillo; en otras la punta es una espina de pescado, y en otras de caña
envenenada con cierta yerba; el contrapeso no es de plumas, sino de una madera muy
blanda y ligera. En la punta de las cerbatanas sujetan un hierro, y cuando se les
acaban las flechas la usan como lanza.
Riña de gallos. — Crían unos gallos grandes, que no se los comen por
superstición, pero los adiestran en combatir, haciendo apuestas y ganando premios los
propietarios de los vencedores.
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Desde Palaoán, con rumbo Suroeste, después de navegar diez leguas,
reconocimos otra isla. Al largo de la costa nos pareció subir[8]. La costeamos
cincuenta leguas al menos[9] antes de encontrar fondeadero. Apenas anclamos se
desencadenó una tempestad, el cielo se obscureció y vimos el fuego de San Telmo
sobre nuestros mástiles.
9 de julio de 1521. — Embajada del rey. — Al día siguiente el rey envió una
linda piragua, con la popa y la proa doradas. En la proa flotaba un pabellón blanco y
azul, con un penacho de plumas de pavo real en el tope del palo. Venían en la piragua
músicos que tocaban cornamusas y tambores, y otras muchas personas. — Regalos:
La piragua, que es una especie de fusta o de galera, remolcaba dos almadías, que son
barcos de percadores. Ocho personajes viejos de la isla subieron a bordo y se sentaron
sobre un tapiz que les habíamos preparado en la popa. Nos ofrecieron un cuenco de
madera cubierto con un paño de seda amarilla lleno de betel y de arec, raíces que
mascan continuamente, con flores de azahar y jazmín; dos jaulas llenas de gallinas,
dos cabras, tres vasos de vino de arroz destilado y cañas de azúcar. Hicieron el mismo
regalo al otro navío, y después de abrazarnos, nos pidieron licencia y se marcharon.
El vino de arroz es tan claro como el agua; pero tan fuerte, que muchos de nuestra
tripulación se emborracharon. Le llaman arach.
15 de julio de 1521. — Otros regalos del rey. — Seis días después el rey nos
envió otras tres piraguas muy adornadas, que, al son de cornamusas, timbales y
tambores, dieron una vuelta alrededor de nuestros navíos, saludándonos los hombres
quitándose y agitando sus gorros de tela, tan pequeños que apenas les cubre la
coronilla. Correspondimos al saludo con una salva de las bombardas, sin carga de
piedras. Nos trajeron muchos platos, todos de arroz, ya en trozos oblongos y
envueltos en hojas, ya en forma cónica de panal, ya en tortas con huevos y miel.
Después de habernos entregado los regalos en nombre del rey, nos dijeron que le
agradaría que hiciésemos en la isla provisión de leña y de agua y que podíamos
traficar cuanto quisiéramos con los isleños. — Regalos para la corte: Nos
determinamos al oírlo a ir siete para entregar nuestros regalos al rey, a la reina y a los
ministros. Los del rey consistían en una túnica a la turca de terciopelo verde, una silla
de terciopelo violeta, cinco brazas de paño rojo, un gorro, una taza de vidrio dorado,
otra también de vidrio con tapadera, un tintero dorado y tres cuadernos de papel; los
de la reina: tres brazas de paño amarillo, un par de zapatos plateados y una caja de
plata llena de alfileres; para el gobernador o ministro del rey, tres brazas de paño rojo,
un gorro y una taza de vidrio dorado; para el rey de armas o heraldo que vino con la
piragua, una túnica a la turca de paño rojo y verde, un gorro y un cuaderno de papel;
a los otros siete personajes que le acompañaron les hicimos también regalos, tales
como algunas varas de tela, un gorro o un cuaderno de papel. Cuando todos
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estuvieron preparados entramos en una de las tres piraguas.
Ceremonias. — Al llegar a la ciudad tuvimos que esperar dos horas en la piragua
a que vinieran dos elefantes cubiertos con gualdrapas de seda y doce hombres con
sendos vasos de porcelana cubiertos de seda para colocar en ellos los regalos.
Montamos en los elefantes, y precedidos de los doce hombres portadores de los vasos
con los regalos, llegamos a casa del gobernador, que nos dio una cena de muchos
platos. — Camas: Pasamos la noche acostados en colchones de seda rellenos de
algodón, con sábanas de tela de Cambaya.
16 de julio de 1521. — El palacio real. — La mañana del día siguiente
transcurrió sin que hiciésemos nada en la casa del gobernador. A mediodía fuimos al
palacio real montados en los mismos elefantes y precedidos de los hombres con los
regalos. Desde la casa del gobernador hasta el palacio real, todas las calles estaban
guardadas por hombres armados con lanzas, espadas y mazas, por orden expresa del
rey.
Entramos en el patio del palacio, echamos pie a tierra y subimos por una escalera
acompañados del gobernador y algunos oficiales; en seguida entramos en un gran
salón lleno de cortesanos, a los que llamaremos barones del reino. Allí nos sentamos
en un tapiz con los regalos cerca.
Al extremo de este salón había otra sala, un poco más pequeña, tapizada con
paños de seda, en donde alzaron dos cortinas de brocado que nos dejaron ver dos
ventanas que daban luz a la sala. Había allí trescientos hombres de la guardia real,
armados con puñales, cuya punta apoyaban en el muslo. — El rey de Borneo: Al
fondo de esta sala había una gran puerta oculta con otra cortina de brocado, que
alzaron igualmente, y entonces vimos al rey sentado ante una mesa, con un niño y
mascando betel. Detrás de él no había mas que mujeres.
Modo de hablarle. — Uno de los cortesanos nos advirtió que no se permitía
hablar al rey; pero que si queríamos decir algo podíamos dirigirnos a él, quien lo diría
a un cortesano de categoría superior, quien lo diría al hermano del gobernador, que
estaba en la salita, el cual, por medio de una cerbatana colocada en un agujero del
muro, expondría nuestras peticiones a uno de los oficiales principales cerca del rey, el
que se las diría.
Reverencia y mensaje. — Nos advirtió que debíamos hacer tres reverencias al rey,
elevando juntas las manos por encima de nuestras cabezas, y levantando
alternativamente los pies. Después de las tres reverencias que nos habían indicado
hicimos saber al rey que pertenecíamos al rey de España, que deseaba vivir en paz
con él y no pedía otra cosa que poder traficar en su isla.
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Respuesta del rey. — El rey mandó que nos respondiesen que estaba contento de
que el rey de España fuese su amigo, que podíamos aprovisionarnos en sus estados de
madera y de agua y traficar libremente.
Ofrecimos después los regalos que le llevábamos, y a cada cosa que recibía hacía
un leve movimiento de cabeza. Nos dieron a cada uno paños de brocatel, de oro y de
seda, poniéndonoslos sobre la espalda, a la izquierda, y quitándolos en seguida para
guardárnoslos. Nos sirvieron un desayuno de clavos de especia y canela, después de
lo cual dejaron caer las cortinas y cerraron las ventanas.
Lujo de los cortesanos. — Todos los que estaban en el palacio real llevaban a la
cintura paños de oro para cubrir las partes naturales, puñales con mango de oro con
perlas y piedras preciosas, y muchas sortijas en los dedos. Montamos de nuevo en los
elefantes, y volvimos a casa del gobernador. Siete hombres, con los regalos que nos
dio el rey, nos precedían, y cuando llegamos nos los entregaron, colocándonoslos en
la espalda como habían hecho antes. Dimos de propina dos cuchillos a cada uno de
los siete hombres que nos acompañaron.
Inmediatamente llegaron a casa del gobernador nueve hombres con sendos platos
de madera, en cada uno de los cuales traían diez u once tazones de porcelana, con
carne de diferentes animales: de vaca, de capón, de gallina, de pavo y de otros, con
muchas clases de pescados; sólo de carne había más de treinta platos diferentes.
Cena. — Cenamos sentados en el suelo sobre una estera de palma. A cada bocado
bebíamos en una taza de porcelana del tamaño de un huevo el licor destilado del
arroz. Comimos también arroz y otros platos preparados con azúcar, con cucharas de
oro parecidas a las nuestras.
Nos acostamos en el mismo sitio que la noche antes, y mientras dormíamos
lucieron dos velas de cera blanca en dos candelabros de plata y dos grandes lámparas
de aceite de cuatro mecheros. Hicieron guardia dos hombres toda la noche.
17 de julio de 1521. — La ciudad de Burné. — Al día siguiente volvimos a la
orilla del mar, en donde encontramos dos piraguas para conducirnos a nuestros
navíos.
La ciudad está construida en el mar mismo, excepto la casa del rey y las de
algunos jefes. Se compone de veinticinco mil hogares o familias[10]. Las casas son de
madera, sobre gruesas vigas para aislarlas del agua. Cuando sube la marea, las
mujeres que venden mercancías atraviesan la ciudad en barcas. Protegiendo el palacio
real hay una gran muralla de gruesos ladrillos, con barbacanas a manera de fortaleza,
sobre la cual se ven cincuenta y seis bombardas de bronce y seis de hierro; dispararon
muchas veces durante los dos días que pasamos en la ciudad.
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El rey, que es moro, se llama rajá Siripada. Es muy gordo, y tendrá unos cuarenta
años. Le sirven solamente mujeres, hijas de los principales habitantes de la isla.
Nadie puede hablarle mas que por medio de una cerbatana, como nos obligaron a
hacerlo. Tiene diez escribas, dedicados únicamente a escribir lo que le interesa, en
cortezas muy delgadas de árbol, que llaman chiritoles. No sale nunca de su palacio,
salvo para ir de caza.
19 de julio de 1521. — Alarma. — La mañana del 29 de julio, que fue lunes,
vimos venir hacia nosotros más de cien piraguas, dividadas en tres escuadras, y otros
tantos tungulis, que son sus barcos pequeños. Como temíamos que nos atacasen a
traición, inmediatamente nos hicimos a la vela, con tanto apresuramiento que nos
vimos obligados a abandonar un ancla. Nuestras sospechas aumentaron cuando nos
fijamos en muchas embarcaciones grandes, llamadas juncos, que el día antes anclaron
alrededor de nuestros navíos, por lo que tuvimos miedo de que nos asaltasen por
todas partes. Nuestra primera precaución fue desembarazarnos de los juncos, contra
los que hicimos fuego, matando a mucha gente. Cuatro juncos llegaron a nuestra
proa; los otros cuatro se salvaron varando en tierra. — El hijo del rey de Lozón,
prisionero: En uno de los juncos que cogimos estaba el hijo del rey de la isla de
Lozón, que era capitán general del rey de Burné y venía de conquistar con los juncos
una gran ciudad llamada Laoé[11], construida en una punta de la isla, hacia la gran
Java. En esta expedición saqueó esta ciudad porque sus habitantes preferían obedecer
al rey gentil de Java en lugar del rey moro de Burné.
Puesto en libertad. — Juan Carvajo, nuestro piloto, sin advertírnoslo, le puso en
libertad, cohechado, como después supimos, por una fuerte suma de oro que le
prometió. Si hubiésemos retenido a este capitán, el rey Siripada nos hubiera dado por
su rescate cuanto hubiésemos querido, porque le temían formidablemente los
gentiles, que son enemigos del rey moro.
Ciudad de los gentiles. — En el puerto en que estábamos, además de la ciudad en
que manda Siripada, hay otra habitada por gentiles, construida igualmente en el mar y
mayor que la de los moros. La enemistad entre los dos pueblos es tan grande, que no
pasa día sin disturbios y combates. El rey de los gentiles es tan poderoso como el de
los moros, y no es tan vano sin embargo; me pareció fácil introducir entre los suyos el
cristianismo[12].
Supo el rey moro el daño que hicimos a sus juncos y se apresuró a hacernos saber
por uno de los nuestros que sus embarcaciones no iban contra nosotros, sino para
guerrear contra los gentiles; y para probarlo nos enseñaron algunas cabezas de éstos
últimos, muertos en la batalla. Hicimos decir al rey que, siendo así, debía devolvernos
los dos hombres que estaban en tierra con nuestras mercancías y el hijo de Juan
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Carvajo; pero el rey no quiso acceder.
Así fue castigado Carvajo con la pérdida de su hijo (que nació durante su estancia
en el Brasil), que hubiera recobrado sin duda en cambio del capitán general, al que
libertó por oro.
Moros prisioneros. — Retuvimos a bordo diez y seis personajes de la isla y tres
mujeres, que esperábamos conducir a España para presentarlas a la reina; pero
Carvajo se las apropió.
Agosto de 1521. — Costumbres y supersticiones. — Los moros van desnudos
como todos los habitantes de estos parajes. Aprecian sobre todo el azogue, el cual
beben, pretendiendo que preserva la salud y cura las enfermedades. Adoran a
Mahoma y siguen su ley; por esta razón no comen cerdo. Se lavan la parte posterior
con la mano izquierda, que no usan nunca para comer, y no orinan de pie, sino en
cuclillas. Se lavan la cara con la mano derecha; pero jamás se frotan los dientes con
los dedos. Están circuncisos como los judíos. No matan cabras ni gallinas sin antes
dirigirse hacia el Sol; cortan la punta de las alas a las gallinas y la membrana de las
patas e inmediatamente las hienden en dos; no comen ningún animal que no hayan
matado ellos mismos.
Productos de la isla. — Esta isla produce alcanfor[13], especie de bálsamo que
destila gota a gota de entre la corteza y la madera del árbol; las gotas son pequeñitas,
como las briznas del salvado; si se deja el alcanfor expuesto al aire se evapora
insensiblemente. El árbol que lo produce se llama capor. Hay también canela,
jengibre, ciruelas amarillas, naranjas, limones, cañas de azúcar, melones, calabazas,
rábanos, cebollas, etc. Entre los animales hay elefantes, caballos, búfalos, cerdos,
cabras, gallinas, ocas, cuervos y otras muchas clases de aves.
Perlas enormes del rey. — Dicen que el rey de Borneo tiene dos perlas tan
gruesas como huevos de gallina y tan perfectamente redondas, que, puestas sobre una
tabla completamente lisa, no pueden estar quietas. Cuando le llevamos los regalos di
a entender por señas que deseaba mucho verlas; prometió enseñárnoslas, pero no las
vimos; algunos de los jefes me dijeron que ellos las conocían.
Tráfico. — Los moros de este país tienen una moneda de bronce perforada para
ensartarla; en el anverso lleva cuatro letras, que son los cuatro caracteres del rey de la
China; le llaman pici[14]. En nuestro tráfico nos daban: por un cathil (peso de dos
libras) de azogue, seis tazones de porcelana; por un cuaderno de papel recibíamos aún
más; el cathil de bronce valía un vasíto de porcelana; tres cuchillos, un vaso más
grande; un bahar (peso equivalente a doscientos tres cathiles) de cera, por ciento
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sesenta cathiles de bronce; por ochenta cathiles, un bahar de sal, y por cuarenta
cathiles, un bahar de anime, especie de goma con la que calafatean los barcos, pues
en este país no hay brea. Veinte tabiles hacen un cathil. Las mercancías más buscadas
son el cobre, el azogue, el cinabrio, el vidrio, los paños de lana, las telas y, sobre
todo, el hierro y los espejos.
Juncos. — Los juncos de que hemos ya hablado son sus mayores embarcaciones.
He aquí como son: las obras vivas, hasta dos palmos de las obras muertas, están
hechas de tablas unidas con clavijas de madera y su construcción es bastante sólida.
En la parte superior son de cañas gruesas, que sobresalen fuera del junco para hacer
contrapeso[15]. Soportan los juncos una carga tan fuerte como nuestros navíos. Los
mástiles son de cañas también, y las velas, de corteza de árbol.
Porcelana. — Viendo tanta porcelana en Borneo, procuré tomar algunas notas
sobre ella. Me dijeron que la hacen con una tierra muy blanca, que se deja en el suelo
durante medio siglo para refinarla, por lo que tienen un proverbio que dice que al
padre se entierra por el hijo. Aseguran que si en uno de estos vasos de porcelana se
echa veneno, en el acto se vuelve inofensivo.
La isla de Burné (Borneo) es tan grande, que para dar la vuelta a ella con una
embarcación se tardarían tres meses. Está a los 5o 15’ de latitud septentrional y a 176o
40’ de longitud de la línea de demarcación[16].
Salida de Borneo. — Al salir de esta isla volvimos atrás para buscar un lugar a
propósito para carenar nuestros navíos, pues uno tenía una vía de agua, y el otro, falto
de piloto, había chocado con un arrecife, cerca de la isla llamada Bibalón[17], aunque,
gracias a Dios, pudimos ponerle a flote. Corrimos otro gran peligro: un marinero, al
despabilar una luz, tiró inadvertidamente el pabilo encendido sobre una caja de
pólvora; pero lo retiró tan pronto que la pólvora no se prendió.
Captura de una piragua. — En la ruta encontramos cuatro piraguas; capturamos
una cargada de nueces de coco para Burné, pero su tripulación se salvó en un islote;
las otras tres escaparon por detrás de otros islotes.
Cimbombón. — Entre el cabo norte de Burné y la isla de Cimbombón, a 8o 7' de
latitud septentrional, encontramos un puerto muy cómodo para carenar nuestros
navíos; pero como nos faltaban muchas cosas necesarias para ello, tuvimos que
emplear cuarenta y dos días. Todos y cada uno trabajábamos lo mejor que sabíamos:
unos de una manera, otros de otra. Lo más fatigoso era ir a buscar madera en los
bosques, porque el terreno estaba cubierto de zarzas y arbustos espinosos e íbamos
descalzos.
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Jabalíes. Cocodrilos. Tortugas. — Hay en esta isla grandísimos jabalíes.
Matamos uno cuando pasaba a nado de una isla a otra; tenía su cabeza dos palmos y
medio de larga, con gruesas defensas[18]. También se encuentran cocodrilos anfibios,
ostras, mariscos de todas clases y tortugas muy grandes; de éstas cogimos dos; sólo la
carne de una pesaba veintiséis libras, y la de la otra, cuarenta y cuatro. Cogimos
también un pescado cuya cabeza, parecida a la de un cerdo, tenía dos cuernos, el
cuerpo revestido con una substancia ósea y sobre el dorso una especie de banquillo;
no era muy grande.
Hojas animadas. — Lo que hallé más extraño fueron unos árboles cuyas hojas, al
caer, se animaban. Son semejantes a las de morera, o más largas, con pecíolo corto y
puntiagudo, y cerca del pecíolo, a ambos lados, tienen dos pies. Si se les toca, se
escapan; pero al partirlas no sale sangre. Guardé una durante nueve días en una caja,
y cuando la abría se paseaba alrededor; opino que viven del aire[19].
Septiembre de 1521. — Captura del gobernador de Pulaoán. — Al dejar esta
isla, mejor dicho, el puerto, encontramos un junco que venía de Burné. Le hicimos
señas para que se detuviese; pero como no quiso obedecer, le perseguimos, le
cogimos y le saqueamos. Conducía al gobernador de Pulaoán, con uno de sus hijos y
su hermano; le emplazamos a que en el término de siete días pagase por rescate
cuatrocientas medidas de arroz, veinte cerdos, otras tantas cabras y ciento cincuenta
gallinas. No sólo dio todo lo que pedíamos, sino que añadió espontáneamente nueces
de coco, bananas, cañas de azúcar y vasos llenos de vino de palmera. Para
corresponder a su generosidad le devolvimos una parte de sus puñales y fusiles y le
dimos un estandarte, una túnica de damasco amarillo y quince brazas de tela; a su
hijo le regalamos un manto de paño azul, etc., y su hermano recibió una túnica de
paño verde. Hicimos también regalos a los que les acompañaban, de manera que nos
separamos buenos amigos.
Cagayán y Chipit. — Retrocedimos y volvimos a pasar entre la isla de Cagayán y
el puerto de Chipit, navegando al Este cuarto Sureste para buscar las islas Malucco.
Pasamos cerca de ciertos islotes, donde vimos el mar cubierto de yerbas, aunque
había gran profundidad; nos pareció estar en otros parajes[20].
Dejando Chipit al Este, reconocimos al Oeste las dos islas de Zoló[21] y
Taghima[22], donde, según nos dijeron, se pescan las perlas más bellas. — Perlas del
rey de Zoló: Allí encontraron las ya citadas del rey de Burné; he aquí cómo las
poseyó: este rey se había casado con una hija del rey de Zoló, quien le dijo un día que
su padre tenía dos gruesas perlas; envidioso el rey de Burné, una noche salió con
quinientas embarcaciones llenas de hombres armados, se apoderó del rey de Zoló, su
suegro, y de dos de sus hijos, y les libertó a condición de que le darían dichas dos
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perlas.
Cavit, Subanin, Monoripa. — Singlando al Oeste cuarto Nordeste costeamos dos
lugares habitados que se llaman Cavit y Subanin, y pasamos cerca de una isla,
también habitada, llamada Monoripa, a diez leguas de los islotes mencionados. Los
habitantes de esta isla no tienen casas; viven siempre en sus barcas.
Butuán y Calagán. — Las ciudades de Cavit y Subanín están en las islas de
Butuán y de Calagán, donde crece la mejor canela. Si hubiéramos podido detenernos
hubiésemos cargado el navío; pero no quisimos perder tiempo para aprovechar el
viento, porque teníamos que doblar una punta y pasar algunos islotes que la rodeaban.
Navegando vimos isleños, que se aproximaron a nosotros, dándonos diez y siete
libras de canela por dos grandes cuchillos de los que cogimos al gobernador de
Pulaoán.
Octubre de 1521. — Canelo. — Puedo describir el canelo por haberlo visto.
Tiene cinco o seis pies de altura y el espesor de un dedo. Nunca tiene más de tres o
cuatro ramas; su hoja semeja la del laurel; la canela que usamos es su corteza, que se
cosecha dos veces al año; la madera y las hojas verdes tienen igual sabor que la
corteza; le llaman cainmana (de donde viene el nombre de cinnamomum), porque
cain significa madera, y mana, dulce.
Octubre de 1521. — Maingdanao. — Con rumbo al Nordeste llegamos a una
ciudad llamada Maingdanao[23], situada en la misma isla donde están Butuán y
Calagán, para averiguar exactamente la posición de las islas Malucco.
Captura de un bignadai. — Encontramos en la ruta un bignadai, barco parecido a
una piragua, y nos decidimos a capturarle; pero como hicieron alguna resistencia,
matamos siete hombres de los diez y ocho que componían su tripulación. Estaban
mejor formados y eran más robustos que los que hasta entonces vimos. Eran jefes de
Maingdanao, entre los cuales estaba el hermano del rey, que nos aseguró que sabía
muy bien la posición de las islas Malucco.
Por sus noticias cambiamos de rumbo, poniendo la proa al Sureste. Estábamos
entonces a 6o 7’ de latitud Norte y a treinta leguas de distancia de Cavit.
Los Benayanos, antropófagos. — Nos dijeron que en un cabo de esta isla, cerca
de un río, había unos hombres velludos, grandes guerreros y excelentes arqueros,
armados además con dagas de un palmo de largo, y que cuando cogen a algún
enemigo, se le comen el corazón crudo, con zumo de naranja o de limón. Les llaman
Benayanos[24].
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Ciboco, etc. — Encontramos con rumbo al Sureste cuatro islas llamadas Ciboco,
Biraham, Batolach, Sarangani y Candigar[25].
26 de octubre de 1521. — Tempestad. Luces eléctricas. Devoción a San Telmo.
— El sábado 26 de octubre, al anochecer, costeando la isla de Biraham-Batolach,
sufrimos una borrasca, durante la cual recogimos velas y rogamos a Dios que nos
salvase. Vimos entonces en el tope de los mástiles a nuestros tres santos, que
disiparon la oscuridad durante más de dos horas: San Telmo en el palo mayor, San
Nicolás en el de mesana y Santa Clara en el trinquete. En reconocimiento de la gracia
que nos concedieron, prometimos a cada uno un esclavo, y les hicimos ofrendas.
Sarangani. — Prosiguiendo la ruta entramos en un puerto que hay en medio de la
isla de Sarangani, hacia Candigar; anclamos cerca de unas casas de Sarangani, donde
abundan las perlas y el oro. Está el puerto a 5o 9’ a cincuenta leguas de Cavit. Los
habitantes son gentiles, y van desnudos como los demás pueblos de estos parajes.
28 de octubre de 1521. — Nos detuvimos allí un día, y a viva fuerza cogimos
dos pilotos para que nos condujesen a las islas Malucco. — Cheava, Caviao y etc.:
Por su consejo navegamos al Sursuroeste, y pasamos por entre ocho islas, mitad
habitadas y mitad desiertas, que forman como una calle. He aquí sus nombres:
Cheava, Caviao (sic), Cabiao, Camanuca, Cabaluzao, Cheai, Lipan y Nuza; al final
de éstas nos encontramos enfrente de una isla bastante bella[26], pero teníamos viento
contrario y no pudimos doblar la punta, dando bordadas durante toda la noche. —
Nuestros cautivos se salvan a nado: Aprovechando esta ocasión, los prisioneros que
cogimos en Sarangani saltaron del navío y se escaparon a nado, con el hermano del
rey de Mindanao; pero, según supimos después, su hijo no pudo sostenerse sobre las
espaldas del padre, y se ahogó.
Sanghir. — Siendo imposible doblar la punta de la isla grande, pasamos de largo
cerca de muchos islotes. La isla se llama Sanghir y tiene cuatro reyes: rajá
Matandatu, rajá Laga, rajá Bapti y rajá Parabú; está a 3o 30’ de latitud septentrional y
a veintisiete leguas de Sarangani.
Noviembre de 1521. — Chéoma, Carachita, etcétera. — Navegando siempre en
la misma dirección pasamos cerca de cinco islas: Chéoma, Carachita, Pará,
Zangalura, Ciau[27], distante la última diez leguas de Sanghir; vimos allí una montaña
bastante extensa, pero de poca elevación; su rey se llama rajá Ponto.
Paghinzara. — Divisamos la isla de Paghinzara[28], en la que hay tres altas
montañas; su rey se llama rajá Babintan. A doce leguas al este de Paghinzara, además
[Link] - Página 90
de Talaut, dos islitas habitadas: Zoar y Meán[29].
6 de noviembre de 1521. — El miércoles 6 de noviembre, después de pasar estas
islas, reconocimos otras cuatro bastante altas, a catorce leguas al Este.
7 de noviembre de 1521. — Vemos las islas Malucco. — El piloto que cogimos
en Sarangani nos dijo que eran las islas Malucco. Dimos gracias a Dios, y en señal de
regocijo disparamos toda la artillería. No debe extrañar nuestra gran alegría al ver
estas islas, si se tiene en cuenta que hacía veintisiete meses menos dos días que
corríamos los mares y que habíamos visitado una infinidad de islas, buscando
siempre las Malucco.
Impostura de los portugueses. — Los portugueses han propalado que las islas
Malucco están situadas en medio de un mar innavegable a causa de los arrecifes que
se encuentran por todas partes y de la atmósfera nebulosa y empañada de espesas
nieblas; sin embargo, es todo lo contrario, y nunca, hasta las mismas Malucco, hubo
menos de cien brazas de agua.
8 de noviembre de 1521. — Llegada a Tadore. — El viernes 8 de noviembre,
tres horas antes de la puesta del Sol, entramos en el puerto de una isla llamada
Tadore[30]. Anclamos cerca de tierra, con veinte brazas de agua, y disparamos toda la
artillería.
9 de noviembre de 1521. — Visita del rey. — A la mañana siguiente vino el rey
en una piragua y dio la vuelta en torno de nuestros navíos. Salimos a su encuentro en
las chalupas para testimoniarle nuestro reconocimiento; nos hizo entrar en su piragua
y nos colocamos a su lado. Estaba sentado bajo un quitasol de seda, que le cubría
enteramente. Delante de él, en pie, un hijo suyo llevaba el cetro real; dos hombres
con sendos vasos de oro llenos de agua para lavarse las manos, y otros dos con dos
cofrecillos dorados llenos de betre (betel).
Nos dio la bienvenida, diciéndonos que desde hacía mucho tiempo había soñado
que algunos navíos debían venir de países lejanos, y que para asegurarse de si el
sueño era verdadero había examinado la Luna, en la cual había notado que,
efectivamente, arribarían, y que era a nosotros a quien esperaba.
Subió en seguida a bordo y todos le besamos la mano. Le llevamos al castillo de
popa, donde, por no agacharse, entró por la abertura de encima. Allí le sentamos en
una silla de terciopelo rojo y le pusimos una túnica a la turca de terciopelo amarillo, y
para demostrarle mejor nuestro respeto nos sentamos en el suelo enfrente de él.
Acogida del rey. — Cuando supo quiénes éramos y el objeto de nuestro viaje, nos
dijo que él y todos sus pueblos tendrían gran alegría siendo amigos y vasallos del rey
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de España; que nos recibiría en su isla como a sus propios hijos; que podíamos bajar
a tierra y estar en ella como en nuestras casas; y que, por amor a nuestro soberano,
era su voluntad que desde aquel día en adelante su isla dejase el nombre de Tadore y
tomase el de Castilla.
Regalos al rey. — Le regalamos la silla en que estaba sentado y la túnica que
tenía puesta; una pieza de paño fino, cuatro brazas de escarlata, una túnica de
brocado, un paño de damasco amarillo, otros paños indios tejidos en oro y seda, una
pieza de tela de Cambaya, muy blanca, dos gorros, seis hilos de cuentas de vidrio,
doce cuchillos, tres espejos grandes, seis tijeras, seis peines, algunas tazas de vidrio
doradas y otras cosas. A su hijo le dimos un paño indio de oro y de seda, un espejo
grande, un gorro y dos cuchillos. Cada uno de los nueve personajes que le
acompañaban recibió un paño de seda, un gorro y dos cuchillos. También regalamos
un gorro, un cuchillo, etc., a cada uno de los de su séquito, hasta que el rey nos
advirtió que no diésemos más. Dijo que estaba disgustado por no tener nada que
regalar digno del rey de España, mas que le ofrecía su persona. Nos aconsejó que
aproximásemos los navíos a las habitaciones, y que si alguno de los suyos osaba
durante la noche intentar robarnos, que le matásemos de un balazo. Después partió
muy satisfecho, pero no quiso inclinar nunca la cabeza, a pesar de las muchas
reverencias que le hicimos; disparamos la artillería cuando salía.
Vestidos del rey. — Este rey es moro, esto es, árabe, de unos cuarenta y cinco
años de edad, de buen aspecto y fisonomía. Sus vestidos consistían en una camisa
muy fina con mangas bordadas en oro; un paño le cubría desde la cintura hasta los
pies; un velo de seda ceñido a la cabeza, y sobre el velo una guirnalda de flores. Su
nombre es rajá sultán Manzor. Es un gran astrólogo.
10 de noviembre de 1521. — Curiosidad del rey. — El domingo 10 de
noviembre tuvimos otra entrevista con el rey, quien nos preguntó cuáles eran nuestros
sueldos y qué ración nos daba a cada uno el rey de España. Satisficimos su
curiosidad. Nos rogó también que le diésemos un sello del rey y un estandarte real,
pues quería, según dijo, que tanto su isla como la de Tarenate[31], en la que se
proponía proclamar rey a su sobrino Calanogapi, fuesen en adelante tributarias del
rey de España, por quien en lo futuro combatiría, y que si por desdicha sucumbiese a
sus enemigos, iría a España en uno de sus barcos, llevando consigo el sello y el
estandarte. Nos rogó en seguida que le dejáramos algunos de los nuestros, que le
serían más preciados que todas las mercancías, las cuales. —añadi. — no le
recordarían tanto tiempo como los hombres al rey de España y a nosotros.
Viendo nuestra prisa por cargar los navíos con clavos de especia, nos dijo que los
de la isla no estaban bastante secos para nuestro objeto y que los buscaría en la isla de
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Bachián, en donde esperaba encontrar cantidad suficiente.
No hicimos ninguna compra aquel día, porque era domingo. El día de fiesta de
estos isleños es el viernes.
Detalles sobre las islas Malucco. Gobiernos. — Os será sin duda agradable,
monseñor, conocer algunos detalles sobre las islas en que crecen los árboles que
producen los clavos de especia. Son cinco: Tarenate, Tadore, Mutir, Machián y
Bachián[32].
Tarenate (Ternate) es la principal. El citado rey dominaba casi completamente en
las otras cuatro.
Tadore (Tidor), en la que estábamos, tiene su rey propio, así como Bachián. Mutir
y Machián no tienen rey; su gobierno es popular, y cuando hay guerra entre los reyes
de Tarenate y Tadore, ambas repúblicas democráticas suministran combatientes a los
dos partidos. Toda la provincia donde crece el clavo se llama Malucco (Molucas).
Francisco Serrano. — Al llegar a Tadore nos dijeron que ocho meses antes había
muerto un tal Francisco Serrano, portugués. Era capitán general del rey de Tarenate,
que estaba en guerra con el de Tadore, al que obligó a dar su hija en matrimonio al
rey de Tarenate, exigiendo además, en rehenes, a casi todos los hijos varones de los
personajes de Tadore.
Con este arreglo hicieron las paces, y del matrimonio nació el nieto del rey de
Tadore, Calanogapi, ya mencionado. Sin embargo, el rey de Tadore no perdonó jamás
sinceramente a Francisco Serrano, y juró vengarse de él.
Serrano muere envenenado. — En efecto, algunos años después Serrano se
dispuso un día a ir a Tadore para comprar clavos de especia, y el rey le envenenó con
un tósigo preparado en hojas de betel, no sobreviviendo mas que cuatro días. Quiso el
rey hacerle funerales y entierro según los usos del país; pero tres criados cristianos
que tenía Serrano se opusieron. Al morir Serrano dejó un hijo y una hija, niños, que
tuvo con una mujer con la que se casó en Java. Toda su fortuna consistía en
doscientos bahars de clavos de especia.
Invitación de Serrano a Magallanes para venir a Malucco. — Serrano fue gran
amigo y creo que pariente de nuestro desdichado capitán general, y fue quien le
decidió a emprender este viaje, porque durante la estancia de Magallanes en Malaca
supo por sus cartas que Serrano estaba en Tadore, donde se podía hacer un comercio
ventajoso. Magallanes no olvidó lo que Serrano le escribió cuando el difunto rey de
Portugal, D. Emanuel, rehusó aumentar su sueldo en un testón[33] al mes, recompensa
que creía sobrado merecida por los servicios prestados a la corona.
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El rey de Tarenate envenenado por su hija. — Diez días después de la muerte de
Serrano, el rey de Tarenate, llamado rajá Abuleis[34], que se había casado con una hija
del rey de Bechián, declaró la guerra a su yerno y le expulsó de su isla. Su hija
intervino como mediadora entre su padre y su marido, y envenenó a aquél, que
sobrevivió solamente dos días a la ponzoña. Murió dejando nueve hijos: Chechili-
Momuli, Jadore-Vunghi, Chechilideroix, Cilimanzur, Cilipagi, Chialiu-chechilin,
Cataravajecu, Serich y Calanogapi.
11 de noviembre de 1521. — Visita de Chechilideroix. — El lunes 11 de
noviembre, Chechilideroix, uno de los hijos del rey de Tarenate que acabamos de
mencionar, se acercó a nuestros navíos con dos piraguas, en las que había músicos
con timbales. Vestía una túnica de terciopelo rojo. Supimos que traía consigo la viuda
y los hijos de Serrano; sin embargo, no se atrevió a subir a bordo, ni tampoco le
invitamos nosotros a ello sin el consentimiento del rey de Tadore, su enemigo, en
cuyo puerto estábamos, a quien preguntamos si podíamos recibirlo, contestándonos
que éramos dueños de hacer lo que quisiésemos. En este intervalo, Chechilideroix,
viendo nuestra incertidumbre, concibió algunas sospechas y se alejó, por lo que
tuvimos que ir a buscarle con la chalupa, regalándole una pieza de tela india de seda y
oro, algunos espejos, tijeras y cuchillos, que aceptó de mala gana, y partió.
Manuel. Pedro Alfonso de Lorosa. — Tenía con él un indio que se había hecho
cristiano, llamado Manuel, criado de Pedro Alfonso de Lorosa, que después de la
muerte de Serrano había venido de Bandán a Tarenate. Manuel hablaba el portugués;
subió a bordo y nos dijo que los hijos del rey de Tarenate, aunque enemigos del rey
de Tadore, estaban dispuestos a abandonar a Portugal para incorporarse a España.
Escribimos por su conducto una carta a Larosa invitándole a venir a vernos sin el
menor temor. A continuación veremos cómo aceptó.
Costumbres del rey de Tadore. — Informándome de las costumbres del país, supe
que el rey puede tener para su placer tantas mujeres como le parezca; pero una sola es
su esposa, y las demás, esclavas. — Su serrallo: Tenía fuera de la ciudad una gran
casa, donde vivían doscientas de sus más bonitas mujeres, con igual número de
criadas. El rey come siempre solo o con su esposa en una especie de estrado elevado,
desde donde ve a todas las otras mujeres, sentadas alrededor, y después de haber
cenado, escoge la que compartirá su lecho aquella noche. Cuando el rey termina su
comida, sus mujeres comen todas juntas si él lo consiente, y si no, cena cada una en
su habitación. Nadie puede ver a las mujeres del rey sin su permiso especial, y si
algún imprudente se acercara a su habitación, de día o de noche, le matarían en el
acto. Para proveer el serrallo real, cada familia tiene la obligación de dar una o dos
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hijas. El rajá sultán Manzor tenía veintiséis hijos, ocho varones y diez y ocho
hembras[35]. Hay en la isla de Tadore una especie de obispo[36], que tenía cuarenta
mujeres y muchos hijos.
12 de noviembre de 1521. — Tráfico. — El martes 12 de noviembre el rey
mandó construir un cobertizo, que acabaron en un día, para nuestras mercancías; allí
llevamos todo lo que destinábamos para cambiar, y quedaron guardándolo tres de los
nuestros. El valor de las mercancías que íbamos a dar en trueque de clavos de especia
se fijó de esta manera: por diez brazas de paño rojo de buena calidad debían darnos
un bahar de clavos; el bahar equivale a cuatro quintales y seis libras, y cada quintal
pesa cien libras; por quince brazas de paño de clase mediana, un bahar de clavos; por
quince hachas, un bahar; por treinta y cinco tazas de vidrio, un bahar (todas las tazas
de vidrio las cambiamos así con el rey); por diez y siete cathiles de cinabrio, un
bahar, y lo mismo por otro tanto de azogue; por veintiséis brazas de tela, un bahar, y
de tela más fina sólo dábamos veinticinco brazas; por ciento cincuenta cuchillos, un
bahar; por cincuenta pares de tijeras o por cuarenta gorros, un bahar; por diez brazas
de paño de Guzzerate[37], un bahar; por un quintal de cobre, un bahar. Llevábamos
una gran partida de espejos; pero se quebraron la mayor parte en la travesía, y el rey
se apropió casi todos los que habían quedado enteros. Parte de estas mercancías
provenían de los juncos que apresamos. Hicimos, como se ve, un tráfico muy
ventajoso, no sacando, sin embargo, todo el provecho que hubiéramos podido, porque
deseábamos apresurar en lo posible el regreso a España. Además de los clavos,
hacíamos a diario buena provisión de víveres; los indios venían sin cesar con sus
barcas para traernos cabras, gallinas, nueces de coco, bananas y otros comestibles,
que nos daban por cosas de poco valor. — Agua caliente: También nos
aprovisionamos de un agua excesivamente caliente, pero que expuesta al aire durante
una hora se ponía muy fría. Dicen que esto proviene de que el agua mana de la
montaña de los árboles del clavo[38]. Reconocimos por esto la impostura de los
portugueses, que quieren hacer creer que falta por completo el agua dulce en las islas
Malucco, y que deben ir a buscarla muy lejos en otros países.
13 de noviembre de 1521. — Prisioneros en libertad. — Al día siguiente el rey
envió a su hijo Mossahap a la isla de Mutir para buscar clavos y que pudiéramos
prontamente acabar nuestro cargamento. Los indios que habíamos capturado en la
travesía hallaron ocasión de hablar al rey, quien se interesó por ellos, y rogó que se
los entregásemos para enviarlos a sus países acompañados de cinco isleños de
Tadore, que tendrían en el camino ocasión para elogiar al rey de España, y
conseguirían que el nombre español fuese querido y respetado por todos estos
pueblos. Le enviamos las tres mujeres que esperábamos presentar a la reina de
España y todos los hombres, excepto los de Borneo.
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El rey nos pidió otro favor: que matásemos a todos los cerdos que teníamos a
bordo, por lo que nos ofreció amplia compensación en cabras y en volatería. Le
complacimos una vez más, y los degollamos en el entrepuente para que los moros no
se apercibiesen, porque sentían tal repugnancia por estos animales, que cuando por
casualidad encontraban alguno, cerraban los ojos y se tapaban la nariz para no verlos
ni olerlos.
Relato de Lorosa. — La misma tarde, el portugués Pedro Alfonso de Lorosa vino
a bordo del navío en una piragua. Supimos que el rey le envió a buscar para advertirle
que, aunque él fuese de Tarenate, debía guardarse muy mucho de mentir en las
respuestas a nuestras preguntas. Efectivamente, cuando vino nos dio todas las noticias
que podían interesarnos. Dijo que estaba en las Indias hacía diez y seis años, diez de
los cuales los pasó en las islas Malucco, adonde llegó con los primeros portugueses,
que verdaderamente se habían establecido allí desde diez años antes; mas que
guardaron el más profundo silencio sobre el descubrimiento de estas islas; añadió que
hacía once meses y medio un gran navío vino de Malaca a las islas Malucco para
cargar clavos de especia e hizo su cargamento, pero que el mal tiempo les retuvo
algunos meses en Bandán. Procedía el navío de Europa, y el capitán portugués, que se
llamaba Tristán de Menezes, dijo a Lorosa que la noticia más importante por entonces
era que una escuadra de cinco navíos, al mando de Fernando Magallanes, había
partido de Sevilla para ir a descubrir las Malucco en nombre del rey de España; y que
el rey de Portugal, tanto más disgustado de la expedición, cuanto que aquél era uno
de sus súbditos que buscaba su daño, envió navíos al Cabo de Buena Esperanza y al
cabo de Santa María[39], en el país de los caníbales, para interceptarle el paso en el
mar de las Indias; pero que no le habían encontrado.
Supo enseguida que pasó por otro mar y que iba a las islas Malucco por el Oeste,
y ordenó a D. Diego López de Sichera, su capitán en jefe en las Indias[40], que
enviase seis navíos de guerra a Malucco contra Magallanes; mas que a Sichera llegó
la nueva de que en este tiempo los turcos preparaban una flota contra Malaca, y se vio
obligado a mandar sesenta barcos de guerra al estrecho de la Meca, en la tierra de
Judá[41], los cuales encontraron las galeras turcas encalladas a la orilla del mar, cerca
de la bella y fuerte ciudad de Adem, y las quemaron todas. Esta expedición impidió al
capitán general portugués hacer lo que le habían encargado contra nosotros; mas poco
después envió a nuestro encuentro un galeón a dos manos de bombardas[42], mandado
por el capitán Francisco Faría, portugués; no llegó el galeón a las islas Malucco,
porque, ya por los arrecifes que hay cerca de Malaca, ya por las corrientes y vientos
contrarios que encontró, tuvo que volver al puerto de donde había salido. Lorosa
añadió que, pocos días antes, una carabela con dos juncos habían venido a las islas
Malucco para obtener noticias sobre nosotros; los juncos esperaron en Bachián para
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cargar clavos de especia, llevando a bordo siete portugueses, los que, a pesar de las
amonestaciones del rey, no quisieron respetar ni a las mujeres de los indígenas ni a
las del mismo rey, y fueron todos asesinados. Al saber esta noticia el capitán de la
carabela juzgó oportuno partir a toda prisa y volverse a Malaca, abandonando en
Bachián los dos juncos con cuatrocientos bahars de clavos y mercancías bastantes
para cambiarlas por otros ciento.
Comercio de Malaca. — Nos dijo también que anualmente van muchos juncos de
Malaca a Bandán a comprar macis y nuez moscada, y desde allí a las Malucco para
cargar clavos. En tres días se hace el viaje de Bandán a las islas Malucco, y en quince
se va de Bandán a Malaca. Este comercio, decía, es, entre el de estas islas, el que
rinde más beneficio al rey de Portugal, por lo cual tiene gran cuidado en ocultárselo a
los españoles.
Lo que Lorosa acababa de decir era en extremo interesante, y procuramos
persuadirle a que se embarcase con nosotros para Europa, prometiéndole grandes
gajes de parte del rey de España.
15 de noviembre de 1521. — El viernes 15 de noviembre el rey nos dijo que iba
a Bachián para apoderarse de los clavos de especia que los portugueses habían
dejado, y nos pidió regalos para los gobernadores de Mutir, a los cuales se los
entregaría en nombre del rey de España. Se divirtió mucho en nuestro navío
viéndonos manejar las armas: la ballesta, el fusil y el bersil[43], que es mayor que un
fusil; tiró tres ballestazos, pero no quiso ni tocar los fusiles.
Giailolo. — Enfrente de Tadore hay una isla muy grande llamada Giailolo[44],
habitada por moros y gentiles. Los moros tienen dos reyes, y, según nos dijo el rey de
Tadore, uno tenía seiscientos hijos, y el otro, quinientos veinticinco. Los gentiles no
tienen tantas mujeres como los moros, ni son tan supersticiosos; la primera cosa que
encuentran por la mañana es el objeto de su adoración durante todo el día; su rey se
llama rajá Papua, es riquísimo en oro y habita en el interior de la isla. Crecen entre las
rocas cañas tan gruesas como la pierna de un hombre, llenas de un agua excelente
para beber[45]; compramos muchas. La isla de Giailolo es tan grande, que una canoa
apenas puede dar la vuelta completa en cuatro meses.
16 de noviembre de 1521. — Visita del rey de Giailolo. — El sábado 16 de
noviembre, uno de los reyes moros de Giailolo vino con muchas embarcaciones a
bordo de nuestros navíos. Le regalamos una túnica de damasco verde, dos brazas de
paño rojo, algunos espejos, tijeras, cuchillos, peines y dos tazas de vidrio dorado, que
le gustaron mucho. Nos dijo muy graciosamente que, puesto que éramos amigos del
rey de Tadore, debíamos serlo suyos, porque amaba a éste como a un hijo. Nos invitó
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a ir a su país, asegurándonos que nos rendiría grandes honores. Este rey es muy
poderoso y respetadísimo en todas las islas cercanas; es de bastante edad y se llama
rajá Jussu.
17 de noviembre de 1521. — Al día siguiente, domingo, por la mañana, el
mismo rey volvió a bordo, deseoso de ver cómo combatíamos y disparábamos las
bombardas, lo que ejecutamos con gran satisfacción suya, porque en su juventud fue
muy guerrero.
El mismo día bajé a tierra para examinar el árbol del clavo y ver cómo produce su
fruto. He aquí lo que observé: tiene una gran altura y su tronco es de grueso como el
cuerpo de un hombre, más o menos, según su edad; sus ramas se extienden mucho
hacia el medio del tronco, pero en la copa forman una pirámide; su hoja se asemeja a
la del laurel, y la corteza es de color aceitunado; los clavos nacen en la punta de las
ramitas, en grupos de diez a veinte; da más fruto en un lado que en otro, según las
estaciones; los clavos son al principio blancos, al madurar rojizos y al secarse negros;
se cosechan dos veces al año, la primera por Navidad y la segunda por San Juan, esto
es, poco más o menos, hacia los dos solsticios, estaciones en que el aire es más
templado en este país; que en el solsticio de invierno es más cálido porque el Sol está
entonces en el cénit. Cuando el año es cálido y hay poca lluvia, la cosecha de clavos
es en cada isla de tres a cuatrocientos bahars. El árbol crece solamente en las
montañas, y perece cuando se le trasplanta al llano[46]; la hoja, la corteza y la parte
leñosa del mismo árbol tienen un olor y sabor tan fuertes como el fruto, el cual, si no
se coge en plena madurez, engorda tanto y se pone tan duro, que no sirve de él mas
que la corteza; no hay árboles de clavo mas que en las montañas de las cinco islas
Malucco, y algunos en la isla de Giailolo y en el islote de Mare, entre Tadore y Mutir,
pero sus frutos no son tan buenos; dicen que la niebla le da cierto grado de
perfección; lo cierto es que a diario vimos una niebla, en forma de nubecitas,
rodeando tan pronto una, tan pronto otra de las montañas de estas islas; cada
habitante posee algunos árboles, que vigila y recoge los frutos, pero sin pensar
siquiera en el cultivo; en cada isla se llama de modo diferente a los clavos: gomode
en Tadore, bongalavan en Sarangani y chianche en las islas Malucco.
Nuez moscada. — También produce la isla nuez moscada[47], parecida a nuestras
nueces, tanto por el fruto como por las hojas. La nuez moscada, cuando se la cosecha,
semeja al membrillo por su forma, color y pelusilla que la cubre, pero es más
pequeña; su primera corteza es tan espesa como el pericarpio de nuestra nuez; debajo
hay una tela delgada, o mejor dicho, de cartílago, bajo la cual está el macis, de un
rojo muy vivo, que envuelve la corteza leñosa que contiene la nuez moscada
propiamente dicha.
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Jengibre. — Produce asimismo la isla, jengibre, que comimos verde como si
fuera pan; no nace en un árbol, sino en un arbusto con tallos a flor de tierra de un
palmo de largo, parecidos a los pimpollos de las cañas, a los que también se asemeja
en las hojas, aunque las del jengibre son más estrechas; no sirven para nada los tallos;
sólo se aprovecha la raíz, que es el jengibre usual en el comercio; el jengibre verde no
es tan fuerte como el seco; para secarle se espolvorea de cal, pues de otro modo no
podría conservarse.
Casas. — Las casas de estos isleños están construidas como las de las islas
vecinas, aunque no tan elevadas sobre la tierra, y rodeadas de cañas en forma de seto.
Mujeres y hombres. — Las mujeres de este país son feas; van desnudas como las
de las otras islas, cubriendo sus partes sexuales con un paño hecho de corteza de
árbol; los hombres van igualmente desnudos, y a pesar de la fealdad de sus mujeres,
son muy celosos; se enfadaban mucho al vernos llegar a tierra con las pretinas
abiertas[48], porque se imaginaban que esto podría inducir a malas tentaciones a sus
mujeres; hombres y mujeres van descalzos.
Paños de corteza de árbol. — Sus telas de corteza de árbol las hacen del siguiente
modo: cogen un trozo de corteza y la ponen en agua hasta que se ablanda; la golpean
después con una especie de látigos para extenderla a lo largo y a lo ancho, según
creen conveniente, hasta que parece una tela de seda cruda con hilos entrelazados
interiormente, como si fuese tejida[49].
Pan de madera. — Con la madera de un árbol parecido a la palmera hacen su
pan, así: toman un trozo de esta madera y la quitan ciertas espinas negras y largas; en
seguida la machacan y hacen un pan al que llaman sagou; llevan provisión de este
pan en sus viajes por mar. Los isleños de Tarenate venían diariamente con sus canoas
a ofrecernos clavos de especias; pero como esperábamos que el rey los trajera, no
quisimos comprarlos de los otros isleños, contentándonos con tomarles víveres; los
indígenas de Tarenate se lamentaban mucho de esto.
24 de noviembre de 1521. — La noche del domingo 24 de noviembre volvió el
rey al son de timbales y pasó por entre nuestros dos navíos. Le saludamos con salvas
de las bombardas para testimoniarle nuestro respeto. Nos dijo que, a consecuencia de
las órdenes que dió, nos traerían, durante cuatro días, una considerable cantidad de
clavos.
25 de noviembre de 1521. — En efecto, el lunes nos trajeron ciento sesenta y un
cathiles, que pesamos sin descontar la tara. Descontar la tara es tomar las especias a
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menos peso del que realmente tienen, porque entonces están frescas; pero después,
indefectiblemente, disminuyen en peso y en calidad al secarse. Los clavos enviados
por el rey eran los primeros que embarcábamos y constituían el principal objeto de
nuestro viaje; disparamos la artillería, al almacenar los primeros, en señal de regocijo.
26 de noviembre de 1521. — Invitación del rey. — El martes 26 de noviembre
nos visitó el rey para decirnos que, saliendo de su isla, hacía por nosotros lo que
nunca hicieron sus predecesores; pero que le placía determinarse a darnos esta
muestra de su amistad al rey de España y a nosotros, a fin de que pudiéramos cuanto
antes partir hacia nuestro país y volver en poco tiempo con más fuerzas para vengar
la muerte de su padre, a quien mataron en una isla llamada Buru[50], y cuyo cadáver
echaron al mar. Añadió que era costumbre en Tadore, cuando se cargaban clavos en
un navío o en un junco por primera vez, que el rey diese un festín a los marineros y a
los mercaderes del barco, y al mismo tiempo rogar al cielo para que llegasen
felizmente a sus casas. Esperaba aprovechar la ocasión para dar un banquete al rey de
Bachián, que venía a visitarle con su hermano, para lo cual hizo limpiar las calles y
los caminos.
Rehusamos. — Nos inspiró la invitación sospechas, porque supimos que en el
lugar en que hacíamos la aguada tres portugueses fueron asesinados por isleños
ocultos en un bosque vecino. Además, frecuentemente conferenciaban los de Tadore
con los indios que hicimos prisioneros, de modo que, a pesar de la opinión de algunos
de los nuestros, que aceptaron gustosos la invitación del rey, el recuerdo del funesto
festín de Zubu nos hizo rehusarla. Sin embargo, enviamos al rey nuestras gracias y
excusas, rogándole que viniese lo antes posible a los navíos, para entregarle los
cuatro esclavos que le prometimos, pues nuestra intención era partir en cuanto hiciese
buen tiempo.
Vino el rey el mismo día y subió a bordo sin mostrar la menor desconfianza,
diciendo que entre nosotros se hallaba como en su propia casa, asegurándonos que le
era muy sensible una partida tan repentina y tan poco corriente, porque todos los
navíos empleaban ordinariamente treinta días en completar su carga, y nosotros lo
hicimos en mucho menos tiempo; añadió que si nos ayudó hasta saliendo de su isla
para que cargásemos más pronto los clavos, no pensó con esto acelerar nuestra
marcha, a más que la estación no era propia para navegar en aquellos mares, porque
hay rompientes cerca de Bandán, y que también podríamos encontrar algunos barcos
de nuestros enemigos los portugueses.
Cuando vio que todo lo dicho no bastó para retenernos, repuso: «¡Está bien! Os
devolveré lo que me habéis dado en nombre del rey de España, porque si partís sin
darme tiempo para preparar a vuestro rey otros regalos dignos de él, todos los reyes
vecinos dirán que el rey de Tadore es un ingrato, por recibir beneficios de un rey tan
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grande como el de Castilla sin enviarle nada a su vez. Dirán también que partís tan
precipitadamente por miedo a una traición mía, y toda mi vida llevaré la afrenta de
traidor». Entonces, para asegurarnos contra toda sospecha que pudiéramos tener de su
buena fe, mandó que le llevasen su alcorán; le besó devotamente y púsole sobre su
cabeza cuatro o cinco veces, mascullando entre dientes ciertas palabras que eran una
invocación llamada zambehan. Después dijo en voz alta, en presencia de todos, que
juraba por Alá (Dios) y por el corán, que tenía en la mano, que sería siempre un fiel
amigo del rey de España. Profirió todo esto casi llorando y con tal aspecto de
sinceridad, que le prometimos pasar quince días más en Tadore.
Dímosle el sello del rey y el estandarte real. Supimos a poco que algunos de los
personajes de la isla le aconsejaron, efectivamente, que nos asesinase a todos, con lo
que hubiera conseguido la benevolencia y el reconocimiento de los portugueses, que
le hubiesen ayudado mejor que los españoles a vengarse del rey de Bachián; pero el
rey de Tadore, leal y fiel al rey de España, con el cual había jurado la paz, respondió
que nada le induciría a tal perfidia.
27, 29 y 30 de noviembre de 1521. — El miércoles 27 el rey mandó pregonar un
aviso para que todo el que quisiera nos vendiese libremente clavos; aprovechamos la
ocasión y compramos gran cantidad.
El viernes vino a Tadore el rey de Machián con muchas piraguas; pero no quiso
saltar a tierra porque su padre y su hermano, desterrados de Machián, se habían
refugiado en esta isla.
El sábado vino el rey a los navíos con el gobernador de Machián, su sobrino
Humai, joven de veinticinco años, y al saber que no teníamos paño, envió a buscar a
su casa tres aúnas de paño rojo y nos las dio, para que, con otros objetos que aún
teníamos, pudiésemos hacer al gobernador un regalo digno de su rango, como lo
cumplimos; a su partida disparamos muchos bombardazos.
1, 2, 4, 5 y 6 de diciembre de 1521. — Fiesta de Santa Bárbara. — Compramos
a poco precio clavos de especia. — El domingo, primero de diciembre, se marchó el
gobernador de Machián; nos dijo que también el rey le hizo algunos regalos para que
cuanto antes nos enviase clavos.
El lunes el rey hizo fuera de su isla otro viaje con el mismo objeto.
El miércoles, día de Santa Bárbara, para festejarle, y en honor del rey, que había
regresado, hicimos una descarga cerrada de la artillería, y por la noche quemamos
fuegos artificiales, que divirtieron mucho al rey.
El jueves y el viernes compramos muchos clavos que nos ofrecieron muy baratos,
porque sabían que estábamos a punto de partir; nos dieron un bahar por dos aúnas de
cinta y cien libras por dos cadenitas de latón, que no costaban más que un
márcelo[51]; y como cada marinero quería llevar a España, cambiaron todos hasta sus
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ropas por clavos.
7, 8 y 9 de diciembre de 1521. — Visita de los hijos del rey de Tarenate. — El
sábado, tres hijos del rey de Tarenate, con sus mujeres, hijas del rey de Tadore,
vinieron a los navíos. El portugués Pedro Alfonso iba con ellos. Regalamos sendas
tazas de vidrio dorado a los tres hermanos, y a las mujeres, tijeras y otras bagatelas;
también enviamos algunas baratijas a otra hija del rey de Tadore, viuda del rey de
Tarenate, que no quiso subir a bordo.
El domingo, día de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, disparamos con
gran regocijo bombardazos, bombas y cohetes.
El lunes por la tarde el rey vino a bordo con tres mujeres que llevaban su betel.
Debo advertir que solamente los reyes y los miembros de la familia real tienen
derecho a llevar consigo mujeres. El mismo día volvió por segunda vez el rey de
Giailolo para ver el manejo de la artillería.
Como el día fijado para nuestra partida se aproximaba, el rey nos visitaba con
frecuencia y se le veía verdaderamente conmovido, diciéndonos, entre otras cosas
lisonjeras, que le parecía ser cual un niño de pecho a quien su madre va a destetar.
Nos rogó que le dejáramos algunos bersiles para su defensa.
Aviso del rey. — Nos advirtió que no navegásemos durante la noche, por los
escollos y arrecifes que hay en este mar; y cuando le dijimos que nuestra intención
era navegar día y noche para llegar lo más pronto posible a España, nos respondió
que en ese caso no podía hacer nada mejor que pedir y mandar que rogasen a Dios
por la prosperidad de nuestra navegación.
Lorosa viene a bordo. — Durante este tiempo, Pedro Alfonso de Lorosa vino a
bordo con su mujer y todos sus efectos, para volver con nosotros a Europa. —
Chechilideroix quiere llevársele: Dos días después, Chechilideroix, hijo del rey de
Tarenate, vino con una canoa, repleta de hombres armados, y le invitó a que se fuera
con él; mas Pedro Alfonso, sospechando su mala intención, se guardó muy bien de
ello, y nos advirtió que no le dejásemos subir al navío; seguimos su consejo. Después
supimos que Chechili, gran amigo del capitán portugués de Malaca, tenía el proyecto
de apoderarse de Pedro Alfonso y enviárselo. Cuando vio frustrado su intento, gritó y
amenazó a los de la casa en que se alojó Lorosa, por haberle dejado partir sin su
permiso.
15 de diciembre de 1521. — Casamiento de una hija del rey. — El rey nos
previno de que el rey de Bachián iba a venir con su hermano, que debía casarse con
una de sus hijas, y nos rogó que hiciésemos en su honor una descarga de artillería.
Vino, en efecto, el 15 de diciembre por la tarde, y cumplimos lo que el rey pidió,
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aunque sin disparar la artillería gruesa, porque los navíos estaban demasiado
cargados.
El rey de Bachián, con su hermano, el futuro esposo de la hija del rey de Tadore,
vinieron en un gran barco, con tres filas de remeros a cada lado; ciento veinte
hombres en total. Estaba el barco adornado con muchos pabellones de plumas de
papagayo, blancas, amarillas y rojas; mientras bogaban, los timbales y la música
acompasaban el movimiento de los remos. En otras dos canoas estaban las
muchachas que debían presentar a la esposa. Nos saludaron dando la vuelta alrededor
de nuestros navíos y del puerto.
Etiquetas y ceremonias. — Como la etiqueta no permite que un rey pise la tierra
de otro, el rey de Tadore visitó al de Bachián en su propia canoa. Este, al verle llegar,
se levantó del tapiz en que estaba sentado y se colocó al lado, cediendo el sitio al rey
de Tadore, el cual, por cortesía, tampoco quiso sentarse en el tapiz y se puso al otro
lado, dejando el tapiz en medio de los dos. Entonces el rey de Bachián ofreció al de
Tadore quinientos patolles, como compensación por la esposa que daba a su
hermano. Los patolles son paños de oro y seda fabricados en China y muy apreciados
en estas islas; vale cada uno tres bahars de clavos, poco más o menos, según el
trabajo y el oro que tenga; cuando algún personaje del país muere, los parientes, para
honrarle, se visten con estos paños.
16 de diciembre de 1521. — El lunes el rey de Tadore envió una cena al de
Bachián; llevábanla cincuenta mujeres, cubiertas de paños de seda desde la cintura a
las rodillas, yendo de dos en dos, con un hombre en medio, con sendos platos
grandes, en los que había otros platitos conteniendo diferentes guisos; los hombres
llevaban grandes vasos de vino; diez mujeres de las de más edad hacían de maestras
de ceremonias. Llegaron en este orden al barco y presentaron todo al rey, que estaba
sentado sobre un tapiz bajo un dosel rojo y amarillo.
A su regreso, las mujeres se juntaron a algunos de nosotros, a los que la
curiosidad impelió a ver el convoy, y no pudieron librarse de ellas sino después de
hacerles algunos regalitos. El rey de Tadore nos envió en seguida víveres, tales como
cabras, cocos, vino y otros comestibles.
Este mismo día pusimos en los navíos velas nuevas, sobre las que pintamos la
cruz de Santiago de Galicia, con esta inscripción: ESTA ES LA FIGURA DE NUESTRA
BUENAVENTURA.
17 de diciembre de 1521. — Regalos al rey. — El martes dimos al rey algunos
de los fusiles que cogimos a los indios cuando nos apoderamos de sus juncos, y
algunos bersiles, con cuatro barricas de pólvora.
Embarcamos en cada navío ochenta toneles de agua; la leña la tomaríamos en la
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isla de Mare, cerca de la cual íbamos a pasar, y adonde el rey había enviado cien
hombres para prepararla.
Alianza con el rey de Bachián. — El mismo día, el rey de Bachián obtuvo
permiso del rey de Tadore para venir a tierra y pactar una alianza con nosotros. Le
precedían cuatro hombres con largos puñales en la mano; dijo, en presencia del rey de
Tadore y de todo su séquito, que estaría siempre pronto a ponerse al servicio del rey
de España; que guardaría para él solo los clavos de especia que habían dejado los
portugueses en su isla hasta la llegada de otra escuadra española, y no los cedería a
nadie sin su consentimiento, y que por medio de nosotros iba a enviarle un esclavo y
dos bahars de clavos; hubiera gustosamente dado diez, pero nuestros barcos estaban
tan cargados, que ya no soportaban más.
Aves del Paraíso. — Nos dio también para el rey de España dos pájaros muertos
muy hermosos; tenían el tamaño de un tordo: la cabeza, pequeña; el pico, largo; las
patas, del grueso de una pluma de escribir y de un palmo de largo; la cola, parecida a
la del tordo; sin alas, y en su lugar largas plumas de diferentes colores, parecidas a
penachos; las plumas, obscuras, salvo las de las alas; no vuelan mas que cuando hace
viento; dicen que vienen del Paraíso terrestre, y les llaman bolondinata, esto es,
pájaro de Dios[52].
Extraña costumbre del rey de Bachián. — Representaba el rey de Bachián unos
setenta años. Nos contaron de él una cosa muy extraña: siempre que iba a combatir a
los enemigos, o cuando iba a emprender algo de importancia, se entregaba antes dos
o tres veces a los placeres de uno de sus criados destinado a tal fin, así como César,
según el relato de Suetonio, acostumbraba a entregarse a Nicomedes.
Brujos. — Un día el rey de Tadore envió a decir a los nuestros que guardaban el
almacén de nuestras mercancías, que no saliesen durante la noche, porque había
isleños que por medio de ciertos ungüentos tomaban la figura de un hombre sin
cabeza; de este modo se paseaban por la isla, y cuando encontraban alguno a quien no
querían, le tocaban untándole la palma de la mano, por lo que el hombre caía enfermo
y moría al cabo de tres o cuatro días; si encontraban tres o cuatro personas a la vez,
no les tocaban, pero poseían el arte de aturdirías. Añadió el rey que era preciso velar
para conocer a estos brujos, y que ya habían prendido a muchos.
Casa nueva. — Antes de habitar una casa nueva recién construida encienden
alrededor una gran hoguera y celebran muchos festines; en seguida cuelgan del techo
una muestra de todo lo bueno que produce la isla, y están muy persuadidos de que así
no faltará en ninguna ocasión nada a los que han de habitarla.
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18 de diciembre de 1521. — Retrasamos la partida por tener una vía de agua el
«Trinidad». — El miércoles por la mañana todo estaba dispuesto para partir. Los
reyes de Tadore, de Giailolo y de Bachián, así como el hijo del rey de Tarenate,
vinieron para acompañarnos hasta la isla de Mare. El navío Victoria desplegó velas el
primero y ganó el largo, donde esperó al Trinidad; pero éste levó anclas con mucha
dificultad, y los marineros descubrieron que sufría una vía de agua en la cala. Volvió
a anclar entonces el Victoria donde estaba antes. Se descargó en gran parte el
Trinidad para buscar la vía y taponarla; pero aunque se le acostó de babor, el agua
entraba cada vez con más fuerza, como por un caño, sin que pudiéramos encontrar la
vía; este día y el siguiente dimos a las bombas sin cesar, pero sin éxito.
Se busca la vía de agua en vano. — Llegó la noticia a oídos del rey de Tadore, y
vino al navío para ayudarnos. — Buzos: Mandó que se sumergiesen cinco de sus
buzos, acostumbrados a permanecer mucho tiempo bajo el agua; trabajaron más de
media hora sin encontrar el agujero por donde entraba el agua, y como, a pesar de las
bombas, el agua subía siempre, envió a buscar al otro extremo de la isla a tres buzos
más hábiles aún que los primeros.
19 de diciembre de 1521. — Proyecto de abandonar al «Trinidad». — Volvió al
día siguiente de madrugada. Bucearon los hombres en el mar, con la cabellera
flotante, porque se imaginaban que el agua al entrar por la vía arrastraría sus cabellos,
indicándoles así el lugar del agujero[53]; pero después de una hora subieron
definitivamente a la superficie del mar sin encontrar nada. El rey pareció que se
afectaba vivamente con este contratiempo, hasta el punto de que se ofreció él mismo
para ir a España y relatar al rey lo que nos sucedía; pero le respondimos que, teniendo
dos navíos, podríamos hacer el viaje con el Victoria solo, que no tardaría en partir
aprovechando los vientos del Este que empezaban a soplar; durante este tiempo
carenarían al Trinidad, el cual podría aprovechar en seguida los vientos del Oeste
para ir a Darién, al otro lado del mar, en la tierra del Diucatán[54]. Dijo entonces el
rey que tenía a su servicio doscientos cincuenta carpinteros, a los que emplearía en
este trabajo bajo la dirección de los nuestros, y que aquellos de nosotros que se
quedaran en la isla serían tratados como sus propios hijos. Pronunció estas palabras
con tanta emoción, que a todos nos hizo derramar lágrimas.
Se aligera el «Victoria». — Los que tripulábamos el Victoria, temiendo que su
carga fuese excesiva, por lo que podría abrirse en alta mar, decidimos enviar a tierra
sesenta quintales de clavos, y los llevamos a la casa en que se alojaba la tripulación
del Trinidad. Hubo algunos, sin embargo, que prefirieron quedarse en las islas
Malucco mejor que volver a España, ya por temor de que el navío no resistiera tan
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largo viaje, ya porque el recuerdo de lo que sufrieron antes de llegar a las Malucco les
amedrentase, pensando que morirían de hambre en medio del Océano.
21 de diciembre de 1521. — Salida del «Victoria». — El sábado, 21 del mes, día
de Santo Tomás, nos trajo dos pilotos, que pagamos por anticipado, para que nos
condujeran fuera de las islas. Nos dijeron que el tiempo era excelente para el viaje y
que debíamos partir cuanto antes; pero tuvimos que esperar a que nos trajesen las
cartas que nuestros camaradas que se quedaban en las Malucco mandaban a España,
y no pudimos levar anclas hasta el mediodía. Entonces, los barcos se despidieron con
una descarga recíproca de la artillería; nuestros compañeros nos siguieron en su
chalupa tan lejos como pudieron, y nos separamos, al fin, llorando.
Juan Carvajo quedó en Tadore con cincuenta y tres europeos. Nuestra tripulación
se componía de cuarenta y siete europeos y trece indios.
Cargamos madera en Mare. — El gobernador o ministro del rey de Tadore vino
con nosotros hasta la isla de Mare, y apenas llegamos allí, cuando cuatro canoas se
acercaron, cargadas de madera, que en menos de una hora pasó a nuestro navío.
Productos de las islas Malucco. — Todas las islas Malucco producen clavos de
especia, jengibre, sagú (que es la madera de que se hace el pan), arroz, nueces de
coco, bananas, higos, almendras más gordas que las nuestras, granadas dulces y
agrias, caña de azúcar, melones, cohombros, calabazas, un fruto que llaman
comilicai[55], muy refrescante y del tamaño de una sandía, otro fruto parecido al
melocotón, que llaman guave[56], y otros vegetales comestibles; también hay aceite
de coco y de ajonjolí. De animales útiles tienen cabras, gallinas y una especie de
abeja no más grande que una hormiga, que hace su colmena en los troncos de los
árboles, donde deposita su excelente miel. Hay muchas variedades de papagayos,
entre otros unos blancos que llaman catara, y otros rojos llamados nori, que son los
más apreciados, no sólo por la belleza de su plumaje, sino porque pronuncian más
claramente que los otros las palabras que aprenden. Un papagayo vale un bahar de
clavos.
Conquista de las islas Malucco. — Apenas hace cincuenta años que los moros
conquistaron y habitan las islas Malucco, adonde llevaron su religión. Antes de la
conquista de los moros no había mas que gentiles, los cuales no se preocupaban casi
de los árboles del clavo. Aun se encuentran algunas familias de gentiles, que se
retiraron a las montañas, lugares muy convenientes para el desarrollo de dichos
árboles.
Posición de las islas Malucco. — La isla de Tadore está a 27’ de latitud
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septentrional y a 161o de longitud de la línea de demarcación. Dista 9o 30’ de Zamal,
primera isla de este archipiélago, al Sureste cuarto Sur.
La isla de Tarenate está a 40’ de latitud septentrional.
Mutir está exactamente bajo la línea equinoccial.
Machián está a 15’ de latitud Sur.
Bachián, a 1o de la misma latitud.
Tarenate, Tadore, Mutir y Bachián tienen altas montañas piramidales, en que
crecen los árboles del clavo. Bachián no se divisa desde las otras islas, aunque es la
más grande de las cinco. Su montaña con los mencionados árboles no es tan alta ni
tan puntiaguda como las de las otras islas; pero su base es más ancha[57].
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Lámina 4 — Islas Molucas (o Malucco), según Pigafetta. Antípodas
portuguesas.
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LIBRO IV
Regreso a España desde las islas Malucco.
Diciembre de 1521. — Muchas islas. — Los pigmeos de Cafi. — Continuamos
nuestra ruta, pasando por entre muchas islas, llamadas: Cayoán, Laigoma, Sico,
Giogi, Cafi, Laboán[1], Tolimán, Titameti, Bachián[2], de la que hemos ya hablado;
Latalata, Jaboli, Mata y Batutiga. Nos dijeron que en la isla de Cafi los hombres son
pequeños como pigmeos; están sometidos al rey de Tadore. Pasamos al oeste de
Batutiga y pusimos rumbo al Oeste Suroeste. Al Sur vimos muchas islas.
Aconsejaron los pilotos molucenses que anclásemos en algún puerto para no chocar
durante la noche con los islotes y los arrecifes. Navegamos al Sureste, y anclamos
junto a una isla que está a 3o de latitud Sur y a cincuenta y tres leguas de distancia de
Tadore.
Antropófagos. — Esta isla se llama Sulach[3]; sus habitantes son gentiles y no
tienen rey; son antropófagos, y hombres y mujeres van desnudos, sin más que un
pedacito de corteza de árbol, de dos dedos de largo, delante de las partes naturales;
cerca de ella hay otras islas cuyos indígenas comen carne humana; se llaman Silán,
Noselao, Biga, Atulabaón, Leitimor, Tenetum, Gonda, Kayalruru, Manadán y
Benaya[4].
Costeamos las islas de Lamatola y Tenetum.
Después de recorrer diez leguas, desde Sulach, en la misma dirección, anclamos
junto a una isla grande llamada Buru, donde encontramos víveres en abundancia:
cerdos, cabras, gallinas, cañas de azúcar, nueces de coco, sagú, unos platos
compuestos de bananas, a los que llaman canali, y chicares, que aquí les llaman
nanga. Los chicares[5] son frutos parecidos a la sandía, pero su cáscara está llena de
nudos; dentro están llenos de semillitas rojas parecidas a las pepitas de melón, sin
cáscara leñosa, de una substancia medular como las judías blancas, pero más grandes,
muy tiernas y con sabor a castañas.
Comilicai. — Encontramos otro fruto en forma de piña, pero de color amarillo,
blanco por dentro, y al cortarle tiene alguna semejanza con la pera, pero mucho más
tierno y de un sabor exquisito; le llaman comilicai.
Los habitantes de esta isla no tienen rey, son gentiles y van desnudos como los de
Sulach. La isla de Buru está a 3o 30’ de latitud meridional y a setenta y cinco leguas
de distancia de las islas Malucco[6].
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Ambón. — A diez leguas al oeste de Buru hay una isla mayor que confina con
Giailolo; llámase Ambón; está habitada por moros en la costa y por gentiles
antropófagos en el interior. Los productos son los mismos que en Buru.
Entre Buru y Ambón hay tres islas rodeadas de escollos: Vudia, Kailaruru y
Benaya[7], y a cuatro leguas al sur de Buru está la de Ambalao[8].
A treinta y cinco leguas de Buru, al Suroeste cuarto Sur, se encuentra la isla de
Bandán, con otras trece. En seis de ellas hay macis y nuez moscada; la mayor es
Zoroboa, y las pequeñas, Chelicel, Saniananpi, Pulai, Puluru y Rasoghin[9]; las otras
siete son: Univeru, Pulán, Baracán, Lailaca, Mamicán, Man y Meut[10]. Cultivan
sagú, arroz, cocoteros, bananeros y otros árboles frutales; están muy cerca unas de
otras, y habitadas por moros que no tienen rey. Bandán está a 6o de latitud meridional
y a 163o 30’ de longitud de la línea de demarcación. Se hallaba fuera de nuestra ruta y
por eso no fuimos a ella.
Zolor, Nocemamor y Galián. — Desde Buru, al Suroeste cuarto Oeste, después de
recorrer 8o de latitud, llegamos a tres islas cercanas unas de otras: Zolor[11],
Nocemamor y Galián.
10 de enero de 1522. — Tempestad. — Mientras navegábamos por estas islas
sufrimos una tempestad que puso en peligro nuestras vidas, e hicimos el voto de ir en
peregrinación a Nuestra Señora de la Guía si nos salvábamos. — Malina: Con viento
en popa navegamos hacia la isla de Mallua, bastante elevada, en donde anclamos;
pero antes de llegar tuvimos que luchar contra las corrientes y las ráfagas que
soplaban de las montañas.
Usos y costumbres de sus habitantes. — Los indígenas de esta isla son salvajes,
más parecidos a bestias que a hombres, antropófagos, y van desnudos, con un trocito
de corteza de árbol tapándoles las partes sexuales; pero cuando van a combatir se
cubren el pecho, la espalda y los costados con pieles de búfalo adornadas con
corniolas y colmillos de cerdo, atándose por detrás y por delante rabos de piel de
cabra[12]. Llevan los cabellos levantados sobre la cabeza por medio de una peineta de
caña con largos dientes, que pasan de lado a lado; envuélvense la barba en hojas,
encerrándola en estuches de caña, moda de que nos reímos mucho. En una palabra,
son los hombres más feos que encontramos durante todo nuestro viaje.
Tienen sacos hechos con hojas de árboles, en los que guardan su comida y bebida;
sus arcos y flechas son de cañas. En cuanto nos divisaron sus mujeres, avanzaron
contra nosotros, arco en mano, en actitud amenazadora; pero con algunos regalitos
nos hicimos amigos pronto.
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Animales y productos. — Pasamos quince días en esta isla para carenar los
costados de nuestro navío, que habían sufrido mucho. Encontramos cabras, gallinas,
pescados, nueces de coco, cera y pimienta; por una libra de hierro viejo nos dieron
quince libras de cera.
Pimienta. — Hay dos clases de pimienta: larga y redonda; el fruto de aquélla se
asemeja a las flores amentáceas del avellano, y la planta, como la hiedra, se enlaza
igualmente a los troncos de los árboles, pero sus hojas se parecen a las del moral;
llámase luli. La redonda crece de la misma manera, pero sus frutos nacen en
mazorcas como las del maíz y se las desgrana también lo mismo; llámase lada. Los
campos están cubiertos con pimenteros formando bóvedas.
Tomamos a nuestro servicio en Mallua un hombre, que se encargó de conducirnos
a una isla en la que abundaban muchísimos víveres. Mallua está a 8o 30’ de latitud
meridional y a 169o 40’ de longitud de la línea de demarcación.
Arucheto. — Pigmeos. — Nos contó nuestro piloto moluqués que en estos parajes
hay una isla, llamada Arucheto, cuyos habitantes, hombres y mujeres, no tienen más
de un codo de alto, y con orejas más largas que todo el cuerpo, de tal manera que
cuando se acuestan una les sirve de colchón y la otra de manta; van desnudos y
rapados; su voz es áspera, y corren ágilmente; habitan en subterráneos, y se alimentan
de pescado y de una clase de fruto blanco y redondo como los confites, que
encuentran entre la corteza y la madera de cierto árbol, al que llaman ambulón[13].
Hubiéramos ido de buena gana a esta isla, si los escollos y las corrientes no lo
hubiesen impedido.
25 y 26 de enero de 1522. — Conseguimos víveres. — El sábado 25 de enero, a
las veintidós (dos horas y media), partimos de Mallua, y después de navegar cinco
leguas al Sursuroeste, llegamos a la gran isla de Timor. Fui a tierra solo para tratar
con el jefe de la población, llamada Amabán, para obtener algunos víveres; me
ofreció búfalos, cerdos y cabras; pero al fijar las mercancías que daríamos en cambio
no nos pusimos de acuerdo, porque él quería mucho y nosotros teníamos ya muy
pocas cosas que dar. Tomamos la resolución de retener en el navío a otro jefe llamado
Balibo, que de buena fe había subido a bordo. — A la fuerza: Le dijimos que si quería
recobrar la libertad debía procurarnos seis búfalos, diez cerdos y otras tantas cabras;
temiendo que le matásemos, ordenó inmediatamente que nos llevasen lo que
pedíamos, y como no poseía más que cinco cabras y dos cerdos, nos dió siete búfalos
en vez de seis; le enviamos libre a tierra, muy contento de nosotros, porque le
regalamos una tela, un paño indio de seda y algodón, varias hachas, cuchillos indios y
europeos y unos espejos.
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Usos y costumbres. — El jefe de Amabán, en cuya casa estuve, no tenía a su
servicio mas que mujeres, que iban desnudas como las de las otras islas; en las orejas
llevaban aretes de oro con flequitos de seda, y en los brazos, hasta el codo, brazaletes
de oro y de latón; los hombres, también desnudos, con collares de chapas redondas de
oro, sujetos los cabellos con peinetas de caña, adornados con aretes de oro; algunos
llevaban en las orejas el cuello de una calabacita seca.
Sándalo blanco y otros productos. — El sándalo blanco sólo se encuentra en esta
isla. Hay búfalos, cerdos, cabras, gallinas, papagayos de diferentes colores, arroz,
bananas, jengibre, cañas de azúcar, naranjas, limones, almendras, judías y cera.
Ciudades. — Anclamos en un sitio en que había algunas ciudades habitadas con
sus jefes; en otra parte de la isla, en cuatro poblaciones, llamadas Oibich (que es la
mayor), Lichsana, Suai y Cabanaza, vivían los cuatro reyes, que eran hermanos. Nos
dijeron que en una montaña cercana a Cabanaza había mucho oro, con cuyos granos
compran los indígenas cuanto necesitan. Los de Malaca y Java hacen aquí todo el
tráfico de madera de sándalo y cera. Encontramos un junco que llegó de Lozón para
comerciar en sándalo.
Usos y creencias. — Estos pueblos son gentiles. Nos dijeron que, cuando van a
cortar el sándalo, el demonio se les aparece en diferentes formas y les pregunta muy
cortésmente si necesitan algo; pero, a pesar de esta cortesía, su aparición les da tanto
miedo, que caen enfermos durante algunos días[14]. Cortan el sándalo en ciertas fases
de la Luna, para que sea mejor. — Comercio: Las mercancías apropiadas para
cambiarlas por sándalo son: paño rojo, telas, hachas, clavos y hierro.
La isla, completamente habitada, se extiende mucho de Este a Oeste; pero es muy
estrecha de Sur a Norte. Está a 10o de latitud meridional y a 174o 30’ de longitud de
la línea de demarcación.
Mal de Job. — En todas las islas de este archipiélago que visitamos reina el mal
de Job, y sobre todo aquí, donde lo llaman for franchi, esto es, enfermedad
portuguesa[15].
Islas cercanas a Timor. — Nos dijeron que a la distancia de una jornada al
oestenoroeste de Timor está la isla Ende, en la que hay mucha canela; habitada por
gentiles, sin rey. Cerca se extiende una cadena de islas hasta Java la mayor y el cabo
de Malaca. Se llaman Ende, Tanabutón, Crenochile, Birmacore, Azanarán, Main,
Zubava, Lumboch, Chorum y Java la mayor, a la que los indígenas llaman Jaoa.
Las mayores poblaciones del país están en Java, y la principal es Magepaher,
cuyo rey, el rajá Patiunus Sunda, cuando vivía, se le reputaba como el monarca más
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grande de las islas que hay en estos parajes. Cosechan mucha pimienta. Las otras
islas son: Dahadama, Gagiamacla, Minutarangam, Ciparafidain, Tubancressi y
Cirubaya. A media legua de Java la mayor están las islas Bali o pequeña Java, y
Madura de la misma extensión las dos.
Costumbres de Java. — Las mujeres se queman con los cadáveres de sus
maridos. — Nos dijeron que es costumbre en Java quemar los cuerpos de los
personajes que mueren, y que su mujer favorita la queman viva en la misma hoguera;
adornada con guirnaldas de flores, cuatro hombres la conducen en una silla de mano
por toda la ciudad, y con aspecto tranquilo, sonriendo, anima a sus parientes, que
lloran su próximo fin, diciéndoles: «Esta noche voy a cenar con mi marido, y después
me acostaré con él». Ya junto a la pira, les consuela de nuevo con frases parecidas y
se arroja a las llamas, que la devoran. Si rehusase hacerlo, la mirarían como a una
mujer deshonesta y mala esposa.
Cascabeles en el prepucio. — Nuestro viejo piloto nos contó una costumbre aun
más extraña: cuando los jóvenes se enamoran de alguna mujer y pretenden sus
favores, se atan cascabelitos entre el glande y el prepucio, y van así bajo las ventanas
de su querida, a la que excitan con el tintín de los cascabeles; aquélla exige que no se
los quiten.
Isla habitada por mujeres. — También nos dijeron que en la isla Ocoloro, más
abajo de Java, no hay mas que mujeres, a las que fecunda el viento; cuando paren, si
es varón le matan inmediatamente; si es hembra, la crían; matan a los hombres que se
atreven a visitar su isla.
Historia fabulosa de unas aves colosales y un árbol gigantesco. — Nos contaron
otras historias. Al norte de Java la mayor, en el Golfo de China, que los antiguos
llamaron Sinus Magnus, hay, según decían, un árbol enorme, llamado campanganghi,
donde se posan ciertas aves, a las que denominan guruda, tan grandes y tan fuertes
que pueden elevar un búfalo y hasta un elefante, y le llevan volando al lado del árbol
llamado puzathaer; el fruto del árbol, al que designan con el nombre de
buapanganghi, es mayor que una sandía. Los moros de Borneo nos dijeron que
habían visto dos de estas aves, que su rey recibió del reino de Ciam; no puede nadie
aproximarse al árbol por los torbellinos que en torno de él forma el mar hasta la
distancia de tres a cuatro leguas. Añadieron que todo lo que nos contaban lo supieron
del modo siguiente: Un junco fué arrebatado por estos torbellinos cerca del árbol,
donde naufragó; perecieron todos los hombres, excepto un niño, que se salvó
milagrosamente sobre una tabla; gateó por el árbol y se ocultó bajo el ala de una de
estas colosales aves, sin que lo notase; a la mañana siguiente, el ave descendió a tierra
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para arrebatar un búfalo, y entonces el niño, de un salto, se salvó. Así supieron la
historia de las aves y de dónde venían los grandes frutos que frecuentemente se
encontraban en el mar.
Febrero de 1522. — Malaca. — Aves. — Camogia. — Chiempa. — Ruibarbo. —
El cabo de Malaca está a 1o 30’ de latitud Sur. Al Este hay muchas ciudades y villas,
a saber: Cingapola, sobre el cabo mismo; Pahán, Calantán, Patani, Bradlini, Benán,
Lagón, Cherigigharan, Trombón, Jorán, Ciu, Brabri, Banga, Judia (residencia de Siri
Zacabedera, rey de Ciam), Jandibún, Laún y Langonpifa. Todas construidas como las
nuestras y sujetas al rey de Ciam. Nos dijeron que a orillas de un río de este reino hay
grandes aves, que sólo se alimentan de carroñas, pero que no las comen sin que antes
otras aves hayan devorado el corazón.
Más allá de Ciam está Camogia, cuyo rey se llama Saret Zarabadera; después,
Chiempa: su rey es el rajá Brahanu Martu. Crece en este país el ruibarbo[16], que
recogen así: un grupo de veinte o veinticinco hombres pasa la noche en los bosques,
subidos a los árboles para librarse de los leones y de otras fieras, y al mismo tiempo
para olfatear mejor el olor del ruibarbo, que el viento lleva hacia ellos; por la mañana
se dirigen al lugar de donde el olor venía y buscan el ruibarbo hasta que lo
encuentran. El ruibarbo es la madera podrida de un árbol grueso que adquiere su olor
con su misma putrefacción; la mejor parte es la raíz, aunque el tronco, llamado
calama, tiene las mismas virtudes medicinales.
Cocchi. ~China. — Viene después el reino de Cocchi; el rey se llama raja Siri
Bummipala. Inmediatamente se encuentra la Gran China, cuyo rey Santoa, rajá, es el
más poderoso príncipe de la tierra. Dependen de él setenta reyes coronados, y, a su
vez, de cada uno de éstos, otros diez o quince. El puerto de este reino es Guantán[17],
y entre sus numerosas ciudades, las dos más importantes son Nankín y Comlaha, en
la que el rey reside.
Cerca de su palacio están sus cuatro principales ministros, en las cuatro fachadas
orientadas a los cuatro puntos cardinales; cada uno da audiencia a todos los que de
aquella parte vienen.
Todos los reyes y señores de la India mayor y superior tienen la obligación de
poner, en señal de dependencia, en medio de la plaza la estatua en mármol de un
chinga, animal más fuerte que el león, que también está grabado en el sello real; y
todos los que quieren entrar en su puerto deben llevar sobre el navío la misma figura
en marfil o en cera. Si alguno, entre los señores de su reino, se niega a obedecerle,
desuéllanle, y su piel, seca al sol, salada y empajada, la ponen en lugar ostensible de
la plaza, con la cabeza baja y las manos juntas sobre la cabeza, en actitud de zonga,
esto es, de reverencia al rey[18]. No está nunca visible para nadie, y cuando quiere ver
a los suyos se hace llevar sobre un pavo real hecho con mucho arte y ricamente
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adornado, acompañado de seis mujeres vestidas exactamente como él, de modo que
no se le puede diferenciar de ellas. En seguida se coloca dentro de la figura de una
serpiente llamada naga, soberbiamente decorada, que tiene un cristal en el pecho, por
el cual el rey ve sin ser visto. Se casa con sus hermanas, para que la sangre real no se
mezcle con la de sus súbditos. Rodean a su palacio siete murallas, y en cada recinto
hay diariamente de guardia diez mil hombres, que se relevan cada doce horas. Cada
recinto tiene una puerta, y cada puerta, su guardián; en la primera hay un hombre con
un gran látigo en la mano; en la segunda, un perro; en la tercera, un hombre con una
maza de hierro; en la cuarta, otro con un arco y flechas; en la quinta, otro con una
lanza; en la sexta, un león, y en la séptima, dos elefantes blancos. Tiene su palacio
setenta y nueve salas, constantemente alumbradas por antorchas, y en las cuales no
hay más que mujeres para el servicio del rey.
Se emplea un día, al menos, para dar la vuelta al palacio por fuera. En un extremo
del mismo hay cuatro salas, donde los ministros hablan con el rey; en la primera las
paredes, la bóveda y el pavimento están adornados con bronce; en la segunda, con
plata; en la tercera, con oro, y en la cuarta, con perlas y piedras preciosas. Ponen en
ellas el oro y todas las riquezas que tributan al rey.
Yo no he visto nada de todo lo que acabo de contar; pero escribo estos detalles
simplemente según el relato de un moro que me aseguró haberlo visto.
Los chinos son blancos y van vestidos; tienen, como nosotros, mesas para comer,
y en sus casas se ven cruces, aunque ignoro el uso que de ellas hacen.
Almizcle. — De la China viene el almizcle; el animal que le produce es el castor,
especie de gato parecido a la civeta, que se alimenta con un árbol dulce, del grueso de
un dedo, llamado chamaru. Para extraer el almizcle de este animal se le aplica una
linta o sanguijuela, que se aplasta cuando está repleta de sangre, la cual se recoge en
un plato para secarla al sol durante cuatro o cinco días; así mejora. Cualquiera que
alimente un castor tiene que pagar un tributo. Los granos de almizcle que llevan a
Europa no son mas que pedacitos de carne de cabrito mojados en el verdadero
almizcle. La sangre sale algunas veces en grumos, pero se purifica fácilmente.
Siguiendo la costa de China se encuentran muchos pueblos, a saber: los chiencis,
que habitan las islas en que se pescan las perlas y donde hay también canela; los
lecchiisy que habitan la tierra firme cercana a estas islas; la entrada de su puerto está
atravesada por una gran montaña, por lo que hay que desmantelar los juncos y navíos
que quieran entrar en él. El rey de este país se llama Moni, y obedece al rey de la
China, pero él tiene bajo su obediencia a veinte reyes.
Catai. — Su capital es Baranaci, donde está el Catai oriental.
Han es una isla alta y fría, en que hay cobre, plata y seda; su rey es el rajá Zotru.
Mili, Jaula y Gnio son tres países muy fríos del continente. Friagonla y Frianga son
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dos islas en las que hay cobre, plata, perlas y seda. Bassi es una tierra baja en el
continente. Sumbdit-Pradit es una isla riquísima en oro, donde los hombres llevan
una gruesa ajorca de este metal en el tobillo. En las montañas vecinas habitan pueblos
que matan a los padres cuando llegan a cierta edad para evitarles los males de la
vejez. Todos los pueblos citados son gentiles.
11 de febrero de 1522. — Salida de Timor. — El martes 11 de febrero, por la
noche, salimos de la isla de Timor y entramos en el gran mar llamado Laut-Chidol.
Con rumbo al Oestesuroeste dejamos al Norte, a la derecha, por miedo a los
portugueses, la isla de Sumatra, llamada antiguamente Taprobane; Pegu, Bengala,
Urizza, Chelim, en la que viven los malayos, súbditos del rey de Narsinga, como los
de Calicut; Cambaya, habitada por los Guzzerates; Canamor, Goa, Armus[19] y toda
la costa de la India mayor.
En este reino hay seis clases de personas: nairi, panicali, franai, pangelini,
macuai y poleai. Los nairi son los principales o jefes; los panicali son los ciudadanos;
estas dos clases conviven juntas. Los franai cosechan el vino de palmera y las
bananas; los macuai son pescadores; los pangelini son marineros, y los poleai
siembran y cosechan el arroz[20]. Estos últimos habitan siempre en los campos y no
entran nunca en las ciudades. Cuando se les quiere dar alguna cosa, se tira ésta al
suelo y ellos la recogen. Cuando van por los caminos, gritan continuamente: po, po,
po, esto es: ¡cuidado! Nos contaron que un nairi, al que casualmente tocó un poleai,
se hizo matar para no sobrevivir a tan gran infamia.
Abril de 1522. — Cabo de Buena Esperanza. — Para doblar el Cabo de Buena
Esperanza nos elevamos hasta los 42o de latitud Sur, y tuvimos que permanecer
nueve semanas enfrente de este Cabo, con las velas recogidas, a causa de los vientos
del Oeste y del Noroeste que tuvimos constantemente y que acabaron en una horrible
tempestad. El Cabo de Buena Esperanza está a 34o 31’ de latitud meridional, a mil
seiscientas leguas del cabo de Malaca. Es el más grande y peligroso cabo conocido de
la tierra.
Proyecto de quedar en Mozambique. — Algunos de nosotros, y sobre todo los
enfermos, hubieran querido tomar tierra en Mozambique, donde hay un
establecimiento portugués, porque el barco tenía vías de agua, el frío nos molestaba
mucho y, sobre todo, porque no teníamos más alimento que arroz ni más bebida que
agua, pues toda la carne, por no tener sal con qué salarla, se pudrió. Sin embargo, la
mayor parte de la tripulación, esclava más del honor que de la propia vida, decidimos
esforzarnos en regresar a España cualesquiera que fuesen los peligros que tuviéramos
que correr.
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6 de mayo de 1522. — Paso del Cabo. — Finalmente, con la ayuda de Dios,
doblamos el terrible Cabo; pero tuvimos que aproximarnos a él a una distancia de
cinco leguas, sin lo cual nunca le hubiéramos pasado.
Junio de 1522. — Observaciones sobre los cadáveres. — Navegamos en seguida
hacia el Noroeste, durante dos meses enteros, sin descanso, y en este intervalo
perdimos veintiún hombres, cristianos e indios. Hicimos una observación curiosa al
arrojarlos al mar: los cadáveres de los cristianos quedaban siempre cara al cielo, y los
de los indios, boca abajo, cara al mar.
9 de julio de 1522. — Islas de cabo Verde. — Carecíamos completamente de
víveres, y si el cielo no nos hubiera concedido un tiempo favorable, hubiésemos
muerto todos de hambre. El miércoles 9 de julio descubrimos las islas de Cabo Verde,
y anclamos en la que llaman Santiago.
Mentimos para no ser detenidos. — Como sabíamos que allí estábamos en tierra
enemiga y que sospecharían de nosotros, tuvimos la precaución de que los de la
chalupa que enviamos a tierra a por víveres dijeran que recalábamos en este puerto
porque nuestro mástil de trinquete se rompió al pasar la línea equinoccial; perdimos
mucho tiempo en componerle, y el capitán general, con otros dos navíos, continuó su
ruta a España. De tal manera les hablamos, que creyeron de buena fe que veníamos
de las costas de América y no del Cabo de Buena Esperanza; dos veces recibimos la
chalupa llena de arroz en cambio de nuestras mercancías.
Nos damos cuenta de haber ganado un día. — Para ver si nuestros diarios eran
exactos, preguntamos en tierra qué día era de la semana, y nos respondieron que
jueves, lo cual nos sorprendió, porque según nuestros diarios estábamos a miércoles.
No podíamos persuadirnos de que nos habíamos equivocado en un día, y yo menos
que ninguno, porque sin interrupción y con mucho cuidado marqué en mi diario los
días de la semana y la data del mes. Supimos pronto que no era erróneo nuestro
cálculo, pues habiendo navegado siempre al Oeste, siguiendo el curso del Sol, al
volver al mismo sitio teníamos que ganar veinticuatro horas sobre los que estuvieron
quietos en un lugar; basta con reflexionar para convencerse.
La chalupa detenida con trece hombres. — Volvió la chalupa a tierra para
cargarla por tercera vez, y como tardaba, nos dimos cuenta que la retenían,
sospechando por las maniobras de algunas carabelas que intentaban apresar también
el navío, y decidimos hacernos a la vela inmediatamente.
Continuamos el viaje. — Supimos que se apoderaron de la chalupa porque uno de
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los marineros descubrió nuestro secreto, diciéndoles que el capitán general había
muerto y que nuestro navío era el único de la escuadra de Magallanes que volvía a
Europa.
6 de septiembre de 1522. — Llegamos diez y ocho a Sanlúcar. — Gracias a la
Providencia, entramos el sábado 6 de septiembre en la bahía de Sanlúcar, y de sesenta
hombres que componían la tripulación cuando salimos de las islas Malucco, no
quedábamos mas que diez y ocho, la mayor parte enfermos. Los demás, unos se
escaparon en la isla de Timor, otros fueron condenados a muerte por los crímenes que
cometieron, y otros, en fin, perecieron de hambre.
Longitud del viaje. — Desde nuestra salida de la bahía de Sanlúcar, hasta el
regreso, calculamos que recorrimos más de catorce mil cuatrocientas sesenta leguas,
dando la completa vuelta al mundo, navegando siempre del Este al Oeste.
8 y 9 de septiembre de 1522. — Llegada a Sevilla. — El lunes 8 de septiembre
echamos anclas junto al muelle de Sevilla y disparamos toda la artillería.
El martes saltamos todos a tierra, en camisa y descalzos, con un cirio en la mano,
y fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la de Santa María de la
Antigua, como lo habíamos prometido en los momentos de angustia.
Desde Sevilla fui a Valladolid, donde presenté a la sacra majestad de don Carlos
V, no oro ni plata, sino algo más grato a sus ojos. Le ofrecí, entre otras cosas, un
libro, escrito de mi mano, en el que día por día señalé todo lo que nos sucedió durante
el viaje.
Dejé Valladolid lo más pronto que me fué posible y llegué a Portugal para relatar
al rey Juan lo que había visto. Pasé en seguida a España, y luego a Francia, donde
regalé algunas cosas del otro hemisferio a la regente, madre del cristianísimo
Francisco I.
Regresé, por fin, a Italia, donde me consagré para siempre al excelentísimo e
ilustrísimo señor Felipe de Villers l’Isle-Adam, gran maestre de Rodas, a quien
también entregué el relato de mi viaje.
El caballero Antonio Pigafetta.
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V O C A B U L A R I O S
de los pueblos en que el
CABALLERO PIGAFETTA
hizo escala durante su viaje.
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PREFACIO DEL TRADUCTOR FRANCÉS
Es una gran desventaja, sin duda, para el hombre que viaja por países lejanos, no
poder expresar sus deseos o sus ideas, viéndose obligado a indicar lo que siente por
signos, siempre insuficientes y con frecuencia equívocos. Para evitar este
inconveniente, los navegantes han tratado de proporcionarse intérpretes o un
vocabulario de los pueblos que visitaban, y cuando no le había, han procurado formar
uno.
Cuando Magallanes concibió el proyecto de ir al mar del Sur por el Oeste sabía
muy bien que Juan Carvajo, que pasó cuatro años en el Brasil, y su esclavo Enrique,
natural de Sumatra, le ayudarían grandemente, uno en las costas de América y otro en
las de las Indias; pero no tenía vocabulario para la parte más meridional de América,
ni para las islas del mar del Sur.
Este vocabulario no existía. El primero a quien se le ocurrió compilar uno fué el
caballero Pigafetta; pero parece que no pensó en ello hasta que había ya desembocado
del estrecho de Magallanes, puesto que del Brasil no recogió mas que diez o doce
nombres; y aunque pasó muchos meses en la bahía de San Julián, tampoco pensó en
formar un vocabulario del lenguaje patagón hasta que navegaba ya tranquilamente
por el mar Pacífico, donde, quizás ocioso, pasaba el tiempo haciéndose dictar por el
patagón que llevaban a bordo los nombres de las cosas que veía o de las que podía
acordarse.
Es probable que en las islas Marianas hubieran sido mejor recibidos los españoles
si hubiesen podido decir a los indígenas sus pacíficas intenciones y el mal y el bien
que podían hacerles. En el barco de Magallanes había un esclavo de Sumatra, pero no
hablaba más que la lengua malaya, que no se extendía entonces, ni ahora tampoco,
más allá de las islas Filipinas[1]. Pigafetta no pudo recoger ninguna palabra de las
islas Marianas.
En las Filipinas sintió más de una vez el disgusto de no entender la lengua de los
pueblos que las habitan, porque, aunque el esclavo Enrique fué su intérprete, tuvo
nuestro autor que tratar solo con los indígenas en varias ocasiones; y esto sucedió
continuamente cuando el esclavo les traicionó y abandonó en Zubu. Fué el encargado
de tratar con el rey de Chipit, en la isla de Mindanao, después con el de Borneo y con
todos los de las islas en que anclaron los españoles, particularmente con los reyes de
las Molucas.
De esta manera Pigafetta compuso un vocabulario de ciento sesenta palabras en
Zubu, y otro de cuatrocientas cincuenta en las Molucas. ¿Por qué Fabre, que dio todas
las palabras brasileñas y casi todas las de los patagones, no copió ni una sola de las
Filipinas y sólo cuarenta y seis de las Molucas? Quizás para evitarse la molestia,
como lo ha hecho notar su traductor Ramusio.
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Pigafetta colocó las palabras recogidas al fin de la descripción de los países a que
pertenecen; pero he creído más conveniente reunirías todas aquí, al fin del viaje. He
puesto en dos columnas contiguas las de las Filipinas y las de las Molucas, para que
se vea mejor la analogía. El autor las escribió según las aprendía; pero pienso que era
más útil colocarlas por orden de materias, excepto los verbos, que no son casi
susceptibles de este arreglo. Si Pigafetta hubiera recogido más palabras brasileñas, las
habría yo colocado al lado de las patagonas, para que se notase mejor la relación
entre estas palabras y las que dio el padre Hervás[2].
Todos los que han fijado su atención sobre las lenguas del mar del Sur han
observado que el mismo idioma se encuentra en casi todas las islas, al menos en las
que se extienden desde la Nueva Zelandia hasta California; y Forster[3], para probar
esta aserción nos ofreció un cuadro de los nombres que los habitantes de las
diferentes islas dan a los mismos objetos; nombres que se parecen y que
indudablemente tienen una raíz común.
Comparando este cuadro con las notas de Pigafetta, se notará tal analogía, que no
se podrá dudar de la verdad de lo que él dice relativo a este asunto; pero para que se
pueda juzgar más sabiamente, añadiré á las dos columnas de Pigafetta otras dos, una
de las palabras recogidas por Forster, otra de las malayas reunidas por David Haex
para uso de los establecimientos holandeses y traducidas al latín para el uso de la
Congregación de la Propaganda[4].
De esta identidad o analogía del lenguaje, algunos escritores deducen que estos
pueblos tienen un origen común, y juzgan que sus emigraciones se han hecho del
Asia hacia el Oriente. Pigafetta creyó que los reyes de las islas del mar del Sur habían
estudiado las lenguas extranjeras; pero se equivocó, sin duda, en esta conjetura como
en otras muchas, siempre que quiso explicar fenómenos físicos.
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VOCABULARIO BRASILEÑO
Rey - Cacich.
Bueno - Tum.
Casa - Boi.
Cama - Hamac.
Peine - Chipag.
Cuchillo - Tabe.
Cascabeles - Hanmaraca.
Tijeras - Pirame.
Anzuelo - Pinda.
Barco - Canoe.
Mijo - Maíz.
Harina - Hui.
VOCABULARIO PATAGON
Demonio (grande) - Setebos.
Demonio (pequeño) - Cheleule.
Núbil - Benibeni.
Casado - Babai.
Joven - Calemi.
Guía - Anti.
Tuerto - Calischen.
Cabeza - Her.
Ojo - Oter.
Cejas - Ochecel.
Párpado - Sechecel.
Nariz - Or.
Fosas nasales - Oresche.
Bocas - Chian.
Labios - Schiaine.
Dientes - For.
Lengua - Scial.
Barbilla - Secheri.
Barba - Archi.
Orejas - Sane.
Garganta - Ohumez.
Cuello - Scialeschiz.
[Link] - Página 122
Espaldas - Pelles.
Pecho - Ochii.
Corazón - Tol.
Senos - Otón.
Cuerpo - Gechel.
Partes del hombre - Sachet.
Negro - Oinel.
Amarillo - Peperi.
Sol - Calexchem.
Estrellas - Settere.
Fuego - Gialeme.
Agua - Holi.
Nieve - Theu.
Humo - Giache.
Mar - Aro.
Viento - Oni.
Huracán - Ohone.
Oro - Pelpeli.
Joya - Sechey.
Marmita - Aschame.
Partes de la mujer - Isse.
Culo - Schiaguen.
Nalgas - Hoii.
Testículos - Sachancos.
Muslos - Chiave.
Rodilla - Tepin.
Pierna - Coss.
Tobillo - Ti.
Talón - Tire.
Planta del pie - Caostschoni.
Uña - Colmi.
Brazo - Riaz.
Sobaco - Salischin.
Mano - Chene.
Palma de la mano - Caneghin.
Dedo - Cori.
Pulso - Holion.
Perro - Holl.
Lobo - Ani.
[Link] - Página 123
Oca - Cache.
Grajo - Cleo.
Pez - Hoi.
Ostra - Siameni.
Raíz que sirve de pan - Capac.
Paño - Terechai.
Cinturón - Cathechin.
Gorro - Aichel.
Rojo - Aichel.
Escudilla - Etlo.
Flecha - Seche.
Ir - Rei.
Coito - Hor.
Combatir - Ohomagse.
Cubrir - Tiam.
Cocer - Irocoles.
Pedir - Gheglie.
Rascar - Gechare.
Comer - Mechiere.
Olfatear - Os.
Mirar - Conne.
Venir - Hai.
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VOCABULARIO DE LAS ISLAS DEL MAR DEL SUR
Español - Filipinas - Molucas - Malaca - Islas Vecinas
Dios - Abba - Allá - x - x
Mezquita - x - Meschit - x - x
Sacerdote - x - Maulana Lebe - x
Devoto - x - Mussai - x - x
Ceremonias - x - Zambahcan - x - x
Cristiano - x - Naceran - x - x
Idólatra - x - Cafre - x - x
Moro - x - Islam - Isalam - x
Turco- x - Rummo - x - x
Hombre - Barán - Orán - Orang - x
Mujer - Parampuán - Porampuán - Parampuán - x
Niño - Canacana - x - x - x
Núbil - Ugan - x - Bongiang - Nongare
Casado - Sudababini - x - x - x
Viejo - Tua - Patua - Tuwa - x
Padre - Bapa - Papa - Bappa - x
Madre - x - Mama, Ambui - Ibu - x
Hijo - x - Anach - Anac - x
Hermano - x - Sandala - Sandara - x
Abuelo - x - Nini - Nini - Buno
Suegro - x - Nintua - Nintuwa - Tometua
Yerno - x - Minantu - Menanton - x
Primo - x - Sopopa - x - x
Discípulo - x - Lascar - x - x
Amigo - x - Sandara - Canda - x
Enemigo - x - Sanbat - Sobat - x
Rey - Rajá - Rajá - Rajá - Ragiá.
Reina - x - Putli - Putriz - Putri
Señor - x - Tuán - Tuán - x
Esclavo - x - Alipin - x - x
Escribano - x - Chiritotes - Surat tulis - x
Intérprete - x - Globaza - Jurebassa - x
Alcahuete - x - Zoroanpagnoro - Soroang - x
Hombre adornado - Pixao - x - x - x
Grande - Bassal - Bassal - Besar - x
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Pequeña - x - Chechil Kilsgil - x
Cabeza - Capala - Capalla - Tacupo - x
Cabellos - Boho - Lambut - Rambut - Buc
Frente - Guai - Dai - Daia - x
Ojo - Matta - Matta - Matta - x
Cejas - Chilei - Chilai - x - x
Párpados - Pilac - Cenin - x - x
Nariz - Ilón - Idón - Ilón - Edón, Idong
Boca - Baba - Mulut - Mulut - x
Labios - Olol - Bebere - Bibir - Olou
Dientes - Nipin - Gigi - Ghigi - Enichio
Encías - Leghex - Issi - x - x
Lengua - Dilla - Lada - Lida - x
Lenguaje - x - Baasa - x - x
Palacio - x - Langhi - x - x
Barbilla - Silán - Agai - Dagou - x
Barba - Bongot - Jangut - Jangut - Giangot
Bigotes - x - Missai - x - x
Mandíbula - Apin - Pipi - x - x
Oreja - Delengan - Talinga - Talinga - Telinga
Garganta - Lioch - Laer - Leher - x
Cuello - Tangip - Tundum - Tingio - x
Espaldas - Baga - Diard - Bahow - Tua
Lomo - Malacan - Balacan - x - x
Pecho - Dugan - Dada - Dada - x
Corazón - x - Atti - At - Aotu
Senos - x - Sussu - Susu - x
Ombligo - Pusut - x - Lusat - Pitu
Estómago - x - Parut - x - Paraca
Cuerpo - Tiam - Iundum - x - x
Partes del hombre - Utim - Boto - x - x
Partes de la mujer - Billat - Buthi - x - x
Testículos - Boto - x - Boapelet - x
Nalgas - Samput - Buri - Pantat - x
Muslos - Pana - Taha - Paha - Pia
Rodillas - Tuhud - x - Lutut - x
Piernas - x - Mina - x - x
Hueso de la pierna - Bassag - Tula - x - x
Pantorrilla - Bittis - Tilurcaci - x - x
[Link] - Página 126
Tobillo - Bolbol - Buculali - x - x
Pie - x - Batis - Bitis - x
Talón - Tiochis - Tuni - Tumit - x
Planta del pie - Lapalapa - Empacaque - x - x
Uña - Coco - Cucu - x - x
Sobaco - Hot - x - x - x
Brazo - Bochen - Langan - Lingan - x
Codo - Sicu - Sicu - Sicon - x
Mano - Chamat - Tangan - Sangan - x
Palma de la mano - Palari - x - x - x
Dedo - Dudlo - Idun - x - x
Pulgar - x - Iduntangan - Iboutangan - x
Índice - x - Iduntungun - x - x
Dedo medio - x - Idungeri - x - x
Anular - x - Idunmani - x - x
Meñique - x - Iduncalinghim - x - x
Sangre - x - Dara - Dara - Toto
Vena - x - Dovese - Urat - x
Pulso- Molangai - x - x - x
Piel - x - Culit - x - x
Frío - x - Dinghin - Dingin - x
Caliente - x - Panas - Pannas - x
Gordo - x - Gamut - Gomoc - x
Flaco - x - Golos - Gutus - x
Bueno - x - Main - Maic - x
Elefante - x - Gagia - Gagia - x
Caballo - x - Cuba - Cuda - x
Búfalo - x - Carban - Carban - x
Vaca - x - Lambu - Lembu - x
León - x - Uriman - x - x
Ciervo - x - Roza - Roussa - x
Cerdo - Babui - Babi - Babi - Babui
Cabra - Candin - Cambin - Cambang - x
Oveja - x - Biri - x - x
Perro - x - Cuin - x - x
Liebre - x - Buaya - x - x
Gato - x - Cochin, Putir - Contsing - x
Gato almizclero - x - Mozán - x - x
Rata - x - Tienst - Tivo - x
[Link] - Página 127
Animal del almizcle - x - Castore - Casthouri - x
Pájaro - x - Bolón - Bourong - Elo
Oca - x - Itich - Itich - x
Ánade - x - Ansa - Ansa - x
Gallo - x - Sambungan - x - x
Gallina - Monah - Acabatina - Ayam - Moa
Huevo - Silog - Talor - Telur - x
Carne - x - Dagni - Daging - x
Pez - Issida - Icán - Icán - Isda
Pez rojo - Timuán - x - x - x
Pez de colores - Panap-sapun - x - x - x
Cangrejo - Cubán - x - x - x
Carcoma - Capanlotos - x - x - x
Pólipo - Calabutón - x - x - x
Sanguijuela - Linta - x - x - x
Serpiente - Ullat - x - x - x
Abeja - Aermadu - x - x - x
Cera - Lelin - x - Lilling - x
Miel - Gula - x - x - x
Trigo - Dana - Gandun - x - x
Panizo - Humas - x - x - x
Mijo - Batat - x - x - x
Trigo de Turquía - Maïs - x - x - x
Arroz - Barax - Bugax - Bras - x
Torta de arroz - Tinapai - x - x - x
Nabo - x - Ubi - x - x
Patata - x - Gumbili - x - Gomola
Coco - Lupi - Biazzao, Nior - x - x
Banana - Saghin - Pisan - Pissang - x
Chiaccare (sic) - x - Mendical, Sicu - x - x
Calabaza - Baghin - x - x - x
Melón - x - Antimón - Antimón - x
Sandía - x - Labu - Labo - x
Caña de azúcar - Tubo - Tubu - Tebu - Etu
Vino - Nionipa - x - x - x
Vinagre - Zeluca - x - x - x
Aceite de coco - x - Mignach - x - x
Aceite de ajonjolí - x - Lana-linga - x - x
Naranja - Acfua - x - x - x
[Link] - Página 128
Ajo - Laxima - x - x - x
Jengibre - Luga - Hia - Ahia - x
Ruibarbo - x - Calama - x - x
Pimienta redonda - Manissa - Lada - Lada - Ava
Pimienta larga - x - Subi - x - x
Nuez moscada - x - Buapata, Gologa - Palla - x
Clavo de especia - Chianche - Chianche - Ginche - x
Canela - Mana - Cainmana - Cayumanis - x
Civeta - x - Jabat - x - x
Sal - Acin - Garansira - Garan - x
Yerba venenosa - x - Ipu - x - x
Madera de castores - x - Comorin - x - x
Dulce - x - Manis - x - x
Amargo - x - Azón - x - x
Vestidos - Abaya - Chebun - x - Chenines
Paño - x - Cain - x - x
Seda - x - Sutra - Sutra - x
Tela - Baladán - x - x - x
Una braza - x - Dapa - x - x
Medida - x - Socat - x - x
Velo - Gapas - x - x - x
Gorra - x - Dastar - Distar - x
Camisa - Sabún - Baín - x - x
Sombrero - x - Sundun - x - x
Rojo - x - Mira - Mera - x
Negro - x - Itán - Itam - x
Blanco - x - Pute - Puti - x
Verde - x - Igao - Igio - x
Amarillo - x - Cunin - x - x
El mismo - Siama-siama - Siama-siama - x - x
Corto - x - Sandach - Pandach - x
Igual - x - Casi-casi - x - x
Villa - x - Naghiri - Negri - x
Castillo - x - Cuta - Cotta - x
Casa - Balai - Ruma - Ruma - Balai
Cojín - Ulimán - Bantal - Bantal - x
Estera - Jaghican - Tical - x - x
Marmita - x - Prin - x - x
Plato de madera - Dulam - Dulam - Dulang - x
[Link] - Página 129
Plato de barro - x - Pingam - Pingón - x
Cuba - x - Calimpan - Balunga - x
Escudilla - Taga - Manchu - x - x
Porcelana - Molobut - x - x - x
Cuchara - Gandán - Sandoch - Sondoch - x
Cuchillo - Copol, Sunda - Ficao - Pissau - x
Tijeras - Catle - Guntim - Gonting - x
Peine - Cutiel, Misamis - Sussri - Sisir - x
Espejo - x - Chielamin - Gieremin - x
Sortija - x - Sinsin - Sintsing - x
Joya - x - Premata - Permatta - x
Perla - Mutiara - Mutiara - x - x
Madreperla - Tipai - x - x - x
Cuentas de vidrio - Tacle, Balus - Manich - x - x
Cascabel - Colón-colón - Giringirin - x - x
Abanico - x - Chipat - x - x
Cornamusa - Subin - x - x - x
Timbal - x - Agón - x - x
Cuerda de violín - Gotzap - x - x - x
Aguja - Dagu - Talun - Giarong - x
Hilo - x - Pintal - Benang - x
Martillo - x - Palme, Colbasi - x - x
Clavo - x - Pacu - Pacu - x
Mortero - x - Lozón - x - x
Pilón - x - Atán - Antang - x
Balanzas - Timbán - x - x - x
Peso - Tahil - x - x - x
Cepos - x - Balangu - Barraga - x
Horca - Boll - x - x - x
Carta - x - Surat - Surat - x
Papel - x - Cartas - x - Chartas - x
Pluma - x - Calam - Calam - x
Tintero - x - Padantam - x - x
Madera - Tatamue - x - x - x
Anzuelo - x - Matacaine - Cail - Gayl
Cuerda - x - Trinda - x - x
Seda, pelo - x - Cupia - x - x
Cebo - x - Umpán - x - x
Red - Pucatlaya - x - x - x
[Link] - Página 130
Cañita - Bombón - x - Boulo - Bambú
Caña - Canagán - x - x - x
Cerbatana - x - Simpitán - x - x
Arco - Bossug - Boscón - x - x
Flechas - Ogón - Damch - x - x
Carcaj - x - Bolo - x - x
Coraza - Baluti - x - x - x
Broquel - Calassán - x - x - x
Lanza - Bancán - x - x - x
Espada - Calix, Baladae - Gole, Padán - Bantang - Tao
Estilete - Campilán - Calix, Goloc - x - x
Manga - x - Dagarián - x - x
Mundo - x - Bumi - Bumi - x
Fuego - x - Appi Api - x
Humo - Assu - Asap - Assap - x
Ceniza - x - Abu - Abu - Aldao
Agua - Tubin - Tubi - Etanbang - Tubig
Sol - Adlo - Mutahari - Matahari - Intai
Luna - Songot - Bulán - Bulai - Bulan
Estrella - Bolan, Bantar - Bintam - Bintang - x
Lluvia - x - Unjau - Ugiang - x
Trueno - x - Guntur - Gontor - x
Río - Tari - Songai - Songhei - x
Año - x - Tan - Tawon - x
Mes - x - Bullán - x - x
Día - x - Alli - Hari - Mara
Aurora - Mene - x - x - x
Mañana - Verna - Patán, patán - x - x
Tarde - x - Mallamani - x - x
Ayer - x - Calamari - Calamarín - x
Anteayer - x - Lirza - x - x
Mediodía - x - Tambahalli - Tangahari - x
Noche - x - Mallán - Malam - x
Mar - x - Laut - Laut - x
Puerto - x - Labuán - x - x
Tierra firme - x - Buchit - tana - x - x
Isla - x - Polán - Polón - x
Promontorio - x - Gonumbuchlt - x - x
Montaña - x - Gonum - Gunung - Mona
[Link] - Página 131
Barcos grandes - Balangai - x - x - Hurugán
Barquitos - Boloto - Parao, Prao - x - x
Navío - Benaoa - Capal - Cappal - x
Galera - x - Gurap - x - x
Lancha, bote - Sampán - x - Sampac - x
Popa - x - Biritán - Boritán - x
Proa - x - Allón - x - x
Mástil - x - Tián - Tiang - x
Cofa - x - Simbulaya - x - x
Verga - x - Layán - x - x
Vela - x - Leyer - Layar - Evier
Remo - x - Darin - Dayong - x
Ancla - x - Sau - Sau - x
Cable - x - Danda - x - x
Pabellón, bandera - x - Tongol - x - x
Bombarda - x - Badil - x - x
Viento - x - Anghin - Angin - x
Norte - x - Trapa - x - x
Sur - x - Salatán - Salatán - x
Este - x - Timor - Timor - x
Oeste - x - Baratapat - Barat - x
Nordeste - x - Utara - x - x
Suroeste - x - Berdaya - x - x
Noroeste - x - Bardant - x - x
Sureste - x - Tungara - x - x
Oro - Baloain - Amax - Mas - x
Plata - Pirat - Pila - Perac - x
Hierro - Butan - Baci - Bessi - x
Cobre - Bucach - Tombaga - x - x
Plomo - x - Tima - Tima - x
Alambre - x - Canat - x - x
Azogue - x - Raza - Rassa - x
Cinabrio - x - Galugasadaligán - x - x
Piedra - x - Batu - Batu - x
Verdad - x - Benar - Benar - x
Mentira - x - Dusta - Dustahan - x
Dolor - x - Sacher - Sucar - x
Salud - x - Bai - Bai - x
Beso - x - Salap - Sium - x
[Link] - Página 132
Agalla - x - Codis - Cudis - x
Viruela - Alupalan - For, Franchi - x - x
Ahora - x - Saracán - Sacatán - x
Antes - x - Satucali - Sacali - x
¡Buenos días! - x - Salam alicum - Salamat - x
(Respuesta) - x - Alicum salam - x - x
¡Buenas tardes! - x - Sabal Chaer - x - x
(Respuesta) - x - Chaer sandat - x - x
Sí - x - Ca, Ue - Be, Ta - x
No - x - Tida, Le - Tida - x
Ciertamente - x - Zengu - Songo - x
Poco - x - Serich - x - x
Mitad - x - Satana - x - x
Mucho - x - Bagna - Baniac - x
Aquí - x - Sini - Ini - x
Allí - x - Sana - Sanna - x
Lejos - x - Jau - Giau - x
Cuanto - x - Barapa - Barappa - x
Uno - Uso - Sarus - Sa - Isa
Dos - Dua - Dua - Dua - Dua
Tres - Tolo - Tiga - Tiga - Toro
Cuatro - Upat - Ampat - Ampat - Apat
Cinco - Lima - Lima - Lima - Rima.
Seis - Onom - Anam - Onam - Onón
Siete - Pitto - Tugu - Tuju - Tiddo
Ocho - Gualu - Dualapán - Dualapán - Varu
Nueve - Ciam - Sambelán - Sambilán - Iva
Diez - Polo - Sapolo - Sapolo - Polo
Veinte - x - Duapolo - Duapulo - x
Ciento - x - Saratas - Ratos - x
Doscientos - x - Duaratus - x - x
Mil - x - Salibu - Ribus - x
Dos mil - x - Dualibu - x - x
Diez mil - x - Salaeza - x - x
Veinte mil - x - Dualazca - x - x
Cien mil - x - Sacati - x - x
Doscientos mil - x - Duacati - x - x
Dos cosas - x - Malupo - x - x
Sentarse - x - Duado - Duodoc - x
[Link] - Página 133
Tener - x - Ada - Adda - x
Golpear - x - Bripocol - Pucol - x
Beber - Mimiacubil - x - Minom - x
Cazar - Hagabalal - x - x - x
Cohabitar - Tiam - Amput - Tali - x
Combatir - x - Guzar - x - x
Comerciar - x - Biniaga - x - x
Cocinar - x - Azap - x - x
Coser - x - Banam - x - x
Danzar - x - Manari - x - x
Pedir - x - Panghil - x - x
Dar - x - Amil, Miuta - Ambil, Bry - x
Dormir - x - Tidor - x - x
Escribir - x - Mangura - Manjurat - x
Oír - x - Tao - Itia - x
Fatigar - x - Carajar - x - x
Gozar - x - Mamain - x - x
Levantar - x - Pandan - Ancat - x
Comer - Macán - Macán - Necal, Macán - Malán
Navegar- x - Belayar - x - x
Pagar- x - Bayari - Bayar - x
Hablar- x - Cata - Catta - x
Peinar - Monsugut - x - x - x
Llevar - Palatur - Birican - x - x
Tomar - x - Na, Ambil - Ambil - x
Mirar - x - Liat - Niata - Liat
Despertar - x - Ranunchen - Bongon acán - x
Esquilar - Chuntinch - x - Goting acán - x
Matar - x - Mati - Matte - Mattiacán
Venir - x - Dinama - Datang - x
Robar - x - Manchiurl - Mantsiuri - x
[Link] - Página 134
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[Link] - Página 139
ANTONIO PIGAFETTA. Célebre viajero italiano nacido en Vicenza hacia 1490
y muerto en la misma ciudad en 1534, a quien también se conoce por el nombre de
Antonio Lombardo o con el de Francisco Antonio Pigafetta. Ligado inicialmente a la
Orden de Rodas, de la que era caballero, pasó a España en 1519, acompañando a
monseñor Francisco Chiericato, y se puso a disposición de Carlos V para impulsar la
empresa iniciada por los Reyes Católicos en el Atlántico. Pronto trabó una gran
amistad con Magallanes, a quien acompañó, junto a Juan Sebastián Elcano, en la
célebre expedición a las Molucas comenzada en agosto de 1519 y terminada en
septiembre de 1522. Fue herido en la batalla de la isla de Cebú (Filipinas) en la que
Magallanes halló la muerte. La salida de Sevilla la hizo a bordo de la Trinidad; el
regreso, junto a un puñado de supervivientes (17 de los 239 que partieron a esta
aventura), en la Victoria, nave con la que entró en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en
el 6 de septiembre del año señalado. En los últimos años de su vida, viajó por tierras
de Francia para regresar por fin a Italia en 1523. Escribió la relación de aquel viaje,
que supuso la primera vuelta al mundo, en lengua italiana y con el título de Relazioni
in torno al primo viaggio di circumnavigazione. Notizia del Mondo Nuovo con le
figure dei paesi scoperti, que fue publicado ya póstumo, en 1536.
[Link] - Página 140
Notas
[Link] - Página 141
Notas Prefacio
[Link] - Página 142
[1] Así se encuentra anotado en el mapamundi de Behaim, del que hablaré en la
sección XII.
[<<]
[Link] - Página 143
[2] Los historiadores nos hablan de la invasión de los musulmanes en las Molucas;
tenemos un testimonio en nuestro mismo autor: Sono forsi cinquanta anny —dice—
chequesti mori habi-tano in Malucho prima li habitavano gentilli. (Pag. 203.)
Transcribo literalmente las palabras del manuscrito de Pigafetta, y así lo haré,
siempre que haya ocasión, para dar idea de su estilo.
[<<]
[Link] - Página 144
[3] Heródoto, lib. IV, cap. IV; Estrabón, lib. I, y otros, que pueden verse en Riccioli,
Geogr., lib. III, cap. XX.
[<<]
[Link] - Página 145
[4] Aristóteles (De Caelo, lib. II) habla de ello como de cosa conocida. Parece que los
matemáticos de Egipto habían medido un grado en la latitud de Menfis, esto es, a 30o
de latitud boreal, cuando determinaron la posición y tamaño de las pirámides, porque
cada uno de los cuatro lados de la Gran Pirámide tiene de anchura 1/500 de grado; de
modo que se debe conjeturar que dividieron el grado en mil partes, y han dado a cada
lado de la pirámide 2/1.000. (Venini, Delle misuri francesi, opuscul. Scelti, tomo XX,
pág. 98). Se sabe, además, que Hiparco, tres siglos antes de la era vulgar, había
determinado la longitud y la latitud de muchas estrellas en el cielo, y que Ptolomeo,
en el siglo II, determinó por su método la posición geográfica de muchos lugares de
la Tierra con una precisión que supone observaciones astronómicas. (Robertson, An
historical disquisition concerning antient India, sect. II.) esta ignorancia del tamaño
de la Tierra y de las longitudes, se imaginaba que deberían encontrarse en seguida al
Occidente las islas, de las que sólo al Este y al Sur se conocía la distancia.
[<<]
[Link] - Página 146
[5] Tiraboschi, Storia della letter. Ital., tomo VI. Sin embargo, el conocimiento de la
desviación no debía ser muy común entonces, puesto que lo ignoraban los pilotos de
la escuadra de Magallanes.
[<<]
[Link] - Página 147
[6] Léase Fernández de Navarrete, Viajes de Cristóbal Colón, volumen número 18 de
la colección de Viajes clásicos editada por Calpe.
[<<]
[Link] - Página 148
[7] Este cabo había sido dibujado en 1450 por Fr. Mauro, camandulense del convento
de Murano, cerca de Venecia, sobre un mapamundi que yo vi en 1790 y que aun está
en dicho convento.
[<<]
[Link] - Página 149
[8] Si hemos de creer a nuestro autor, éste encontró en 1521, en las Molucas, a Pedro
de Lorosa, quien le dijo: Como ja sedizi anni stava ne la India ma X in Malucho, e
tanti erano che Malucho stava discoperto ascosamente.
[<<]
[Link] - Página 150
[9] Robertson, loc. cit., sect. 4.
[<<]
[Link] - Página 151
[10] Petri Anglerii, Opus, epist., epist. 767.
[<<]
[Link] - Página 152
[11] Hist. génér. des voyag., tomo I, pág. 126, edición de Paris.
[<<]
[Link] - Página 153
[12] Hist. génér. des voyag., tomo I, pág. 125, edición de París.
[<<]
[Link] - Página 154
[13] Hist. rer. indic., lib. VIII.
[<<]
[Link] - Página 155
[14] Idem id. id.
[<<]
[Link] - Página 156
[15] Léase López de Gomara, Historia general de las Indias, en la colección de Viajes
clásicos editada por Calpe.
[<<]
[Link] - Página 157
[16] Egli più giustamente che homo fossi al mondo carteava et navigava.
[<<]
[Link] - Página 158
[17] II oapitano generale che sapeva de dover fare la sua navigazione per uno streto
molto ascoso, como vite ne la thesoraria del re de Portugal in una carta fata per
quello excelentissimo huomo Martin de Boemia, mando due navi, etc.
[<<]
[Link] - Página 159
[18] Véase párrafo XXIII.
[<<]
[Link] - Página 160
[19] Es cierto que su verdadero nombre era Behaim. Cluverius dice que se le apelaba
de Bohemia porque sus antepasados eran originarios de este reino, o porque él se
estableció allí a causa del comercio.
[<<]
[Link] - Página 161
[20] Notice sur le chevalier Martin Behaim, célebre navigateur portugais, avec la
description de son globe terrestre.
[<<]
[Link] - Página 162
[21] Oppuscoli scelti di Milano, tomo XV, pág. 72.
[<<]
[Link] - Página 163
[22] Geogr. gener., cap. 12.
[<<]
[Link] - Página 164
[23] Historia della conquista delle Indie orientali, prefacio.
[<<]
[Link] - Página 165
[24] Epistola de Massimiliano Transilvano, presso Ramusio, tomo I, pág. 348.
[<<]
[Link] - Página 166
[25] Castaneda, loc. cit.
[<<]
[Link] - Página 167
[26] La linea de la repartitione e trenta gradi longi dal meridionale; el meridionali e
tre gradi al levante longi da Capo Verde.
[<<]
[Link] - Página 168
[27] Epístola 797.
[<<]
[Link] - Página 169
[28] Angel Gabriele de Santa María, Biblioteca e Storia de’ scrittori Vicentini, vol. IV,
pág. 1. «Hice investigaciones en Vicencio para obtener datos sobre la persona y
familia de nuestro viajero, pero sin lograr mucha luz. En un manuscrito que tiene por
título Genealogica Storia delle famiglie nobili vicentine, vol. II, se lee que era hijo de
Domitio qm. Antonio y de Bartolomea Marostica, y que fue elegido jurisconsulto en
1470, lo que no concuerda con el caballero Antonio, a menos que el jurisconsulto no
sea su padre Domitio. En lo que respecta al caballero Antonio, sólo hay dos líneas en
el epitaHo que el caballero Capra, heredero de los bienes de Felipe Pigafetta, hizo
poner en la iglesia de dominicos, en la que se lee: Philippus Pigafeta… Peregrinandi
cupidus, et Antonii gentilis sui eq. hierosolim., qui primus terrarum orbem circumiit,
gloriae emulus, abditissimas regiones adivit, etc. Aun existe en Vicencio su casa, en
la calle de Luna; es de estilo gótico, y fue construida por sus antepasados en 1481;
pero a su vuelta hizo adornar la puerta con un festón de rosas, en el que mandó
esculpir estas palabras: II. Nest. Rose. sans. espine, quizás aludiendo a la gloria
conquistada por su circunnavegación y las penalidades sufridas en ella. Debo estos
pormenores a los condes Francisco de Thiéne y Francisco de San Giovanni, a los
cuales me complazco en testimoniarles aquí públicamente mi reconocimiento».
[<<]
[Link] - Página 170
[29] Storia di Vicenza, alV anno 1480.
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[Link] - Página 171
[30] Véase la sección XXXII de esta Introducción.
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[Link] - Página 172
[31] Recherches sur les Américains, tomo I, pág. 289.
[<<]
[Link] - Página 173
[32] Prefacio a la disertación sobre los Recherches.
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[Link] - Página 174
[33] Epístola 770.
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[Link] - Página 175
[34] Epístola 767.
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[Link] - Página 176
[35] Pe tri Martyris ab Angleria. De rebus Oceanicis et orbe novo, 1516.
[<<]
[Link] - Página 177
[36] Partendome da Seviglia andai a Vagliádolit ove apresentai a la sacra majestà de
D. Cario, non oro ne argento, ma cose da essere assai apreciati da un simil Signore.
Fra le altre cose li detti uno libro scripto de mia mano, de tucte le cose passate de
giorno in giorno nel viaggio nostro.
[<<]
[Link] - Página 178
[37] Epistola 797.
[<<]
[Link] - Página 179
[38] Discorso sopra il Viaggio fatto dagli Spagnuoli intorno al mondo, tomo I, pág.
346.
[<<]
[Link] - Página 180
[39] Véase la Epistola dedicatoria.
[<<]
[Link] - Página 181
[40] Véase el Ruolo generale de cav. gerosoliminis, di Fr. Bartolomeo del Pozzo,
Torino, 1714, donde hay que notar que el autor no pone mas que los nombres, las
dignidades y los cargos de los otros caballeros; pero al hablar de Pigafetta, después de
haber dicho comendador de Norsia, añade: célebre por sus viajes en las Indias.
[<<]
[Link] - Página 182
[41] Historia sui temporis, lib. XXXIV.
[<<]
[Link] - Página 183
[42] Ramusio, loe. cit.
[<<]
[Link] - Página 184
[43] Me había fiado de Ramusio, quien se expresa de tal manera que hace creer que
fué el primero que pensó en traducir al italiano el Extrait du voyage de Pigafetta
hecho por Fabre y la carta de Maximiliano Transilvano; pero después he averiguado
que Ramusio no hizo mas que copiar una traducción impresa en Venecia en 1536, en
4.o menor, con el título de II viaggio fatte dagli spagnuoli atorno al mondo,
MDXXXVI. No cambió mas que muy pocas palabras. Abrevió el discurso preliminar,
suprimió los números de los ciento catorce capítulos en que Fabre había dividido la
obra, y añadió los títulos de los capítulos en que la dividió. Copió las más torpes
faltas, puesto que tradujo la palabra veílles por vele, que significa gardes. (Véase el
párrafo XXXIV de mi Introducción). También hay alguna diferencia en lo que dice
acerca de la infibulación de los habitantes de Zubu, como haré notar. Falta decir que
ningún bibliógrafo conocía esta traducción, que nuestra biblioteca acaba de adquirir
por una dichosa casualidad.
[<<]
[Link] - Página 185
[44] Navigation aux Terres Australes, tomo I, pág. 121.
[<<]
[Link] - Página 186
[45] Bibliotheca bibliothecarum, pág. 185, b. in bibliotheca regis, núm. 10.270.
Existen actualmente en la Biblioteca Nacional de París dos manuscritos de una
traducción francesa del Voyage d’Antoine Pigafetta: uno, en papel, que parece el más
antiguo, con el número 10.270; el otro, en vitela, con el número 4.537. Este proviene
de la biblioteca de la Valliére. No tienen fecha, y no consta que sea la traducción de
Fabre que cita Amoretti, y de la cual son diferentes hasta en el título: Navigation et
descouvrement de la Indie supérieure faicte par moy Antoyne Pigaphete, vicentin,
chevallier de Rhodes.
[<<]
[Link] - Página 187
[46] Loe. cít.
[<<]
[Link] - Página 188
[47] Idem id.
[<<]
[Link] - Página 189
[48] Idem id.
[<<]
[Link] - Página 190
[49] La escritura cancilleresca se parece un poco a la que hoy llamamos financiera.
[<<]
[Link] - Página 191
[50] Multa admiranda observandaque posteris pictura et scriptis adnotata deposuit,
etc. Loe. cit.
[<<]
[Link] - Página 192
[51] Filiberto de la Forest vivía en 1513, y Juan de Foret estaba sitiado en Rodas en
1522. (Bosso, Istoria della sacra religione e illma. milizia Gerosolimitana, parte II.)
[<<]
[Link] - Página 193
[52] Loe. cit., tomo I, pág. 97.
[<<]
[Link] - Página 194
[53] Tomo I, prefacio.
[<<]
[Link] - Página 195
[54] Otros geógrafos antiguos, y particularmente Ramusio y Urbano Monti, han puesto
en la misma posición en sus cartas a los lugares de que hablan. El último, al que
citaré con frecuencia, era un gentilhombre milanés que en 1590 dibujó e hizo grabar
un gran mapa geográfico que comprendía toda la tierra conocida de su tiempo. Está
compuesto de sesenta y cuatro hojas que, formando cuatro elipsoides, parecen
destinadas a cubrir un globo. A cada hoja añadió el autor una descripción muy
extensa de la historia política, religiosa, civil y natural del país representado. Toda la
obra estaba preparada para imprimirse; pero, sin embargo, no se publicaron mas que
las planchas. Este manuscrito se encuentra en nuestra biblioteca, y Sassi habla de él.
[<<]
[Link] - Página 196
[55] Histoire générale des voyages, tomo XV, pág. 77, edición de Holanda.
[<<]
[Link] - Página 197
[56] Léanse los Viajes de James Cook, volúmenes 11, 12, 13, 14, 15 y 16 de la
colección de Viajes clásicos editada por Calpe.
[<<]
[Link] - Página 198
[57] Léase Bougainville (L. A. de), Viaje alrededor del mundo, en la colección de
Viajes clásicos editada por Calpe.
[<<]
[Link] - Página 199
Notas Navegación y descubrimiento de la India Superior
[Link] - Página 200
[1] Carlos V fué elegido emperador el 28 de junio de 1519; por consiguiente, no era
mas que rey de Romanos cuando Pigafetta llegó a Barcelona.
[<<]
[Link] - Página 201
[2] Clemente VII, de la casa de Médicis, fué elegido pontífice en 1523 y murió en
1534.
[<<]
[Link] - Página 202
[3] Los turcos acababan de adueñarse de la isla de Rodas, y preocupaban entonces los
medios de reconquistarla o de establecerse en otro sitio la Orden de los Caballeros de
San Juan de Jerusalén, para lo cual el emperador Carlos V les dio en 1530 la isla de
Malta. Esperando esto, la Orden se había establecido en Viterbo.
[<<]
[Link] - Página 203
Notas Libro Primero
[Link] - Página 204
[1]
Pigafetta escribe Magaglianes; los portugueses Maga-Ihaens; los españoles,
Magallanes; y los franceses, Magellan.
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[Link] - Página 205
[2] De conserva: juntos. (N. del T.).
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[Link] - Página 206
[3] Esta cuerda se llama en español strenghe, y se hace de esparto macerado en agua,
seco después al sol o al humo; es muy apropiada para este uso. (En español se llama
estrenque. N. del T).
[<<]
[Link] - Página 207
[4] Pigafetta dice siempre bombardas; pero es sabido que en aquel tiempo se llamaba
también así a los cañones, y que se los cargaba frecuentemente de piedras en vez de
balas.
[<<]
[Link] - Página 208
[5] La legua de que habla nuestro autor es de cuatro millas marítimas, como se verá
claramente a continuación.
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[Link] - Página 209
[6] Esto es un cuento viejo. Los sabios pretenden que esta isla es la Pluviala o la
Ombrion, citadas por Plinio (Iib. VI, capítulo XXXVII), poniéndolas entre las
Canarias, y dice que en la primera sólo se bebe agua de lluvia, y que en la segunda no
llueve nunca; mas que los habitantes recogen el agua que destilan las ramas de un
árbol. Los navegantes que después visitaron esta isla no hablaron del fenómeno.
[<<]
[Link] - Página 210
[7] Los antiguos creían que no llovía nunca entre los trópicos, y por esta razón se
imaginaban que esta región era inhabitable.
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[Link] - Página 211
[8] Hay muchas clases de tiburones. El célebre Spallanzani, profesor que fué de la
Universidad de Pavía, es el naturalista que estudió mejor a este pez, particularmente
en lo relativo a la forma, disposición y uso de sus dientes (Viaggi alie due Sicilie,
tomo IV). Tenemos en el museo de nuestra biblioteca una cabeza de tiburón, cuya
garganta tiene dos pies y medio de abertura perpendicular, con cinco filas de dientes,
cada uno de pulgada y media de largo. En el mismo museo poseemos algunos dientes
fósiles de tiburón, que tienen tres pulgadas de largo, por lo que puede imaginarse a
qué enorme animal pertenecieron. Es probable que Septala encontrase estos dientes
en las colinas del Tortonois (véase Mus. Septal., pág. 225), en donde yo mismo
encontré algunos cuando han reconstruido el castillo.
[<<]
[Link] - Página 212
[9] En todos los tiempos se han visto estos fuegos en la punta de los mástiles durante
la tempestad, y se les ha considerado siempre como un signo de la protección del
cielo. Los idólatras veían en ellos a Castor y Pollux, y los cristianos a sus santos, y,
sobre todo, a San Telmo. Cuando había tantos fuegos como mástiles, además de San
Telmo se creía que aparecían San Nicolás y Santa Catalina. Los marineros ingleses,
poco amigos de los santos, forjaron de este fenómeno un duendecillo, al que llaman
Davy Jones (Dixon, Voy age autour dn monde, 1785-88). En nuestro siglo, los físicos
han descubierto que esta luz no es otra cosa que el efecto de la electricidad, la cual,
más o menos abundante, tan pronto positiva como negativa, se agita con mayor o
menor vivacidad; y como la electricidad es la causa de la tempestad, es natural que
cese en el momento en que los fuegos desaparecen de lo alto de los mástiles. De esta
manera se explican físicamente los fenómenos que admiraba el caballero Pigafetta en
estos fuegos, y de los cuales habla frecuentemente.
[<<]
[Link] - Página 213
[10] Se creía antiguamente que el ave del paraíso, de la que hablaremos en el libro III,
careciendo de patas, no anidaba, y que la hembra empollaba sus huevos en la espalda
del macho; pero el autor se refiere a otra ave acuática que tiene las patas muy cortas y
cubiertas de plumas, de manera que parece que no las tiene, y aunque anida en tierra,
la madre transporta sobre su espalda a los polluelos apenas salen del cascarón.
Bougainville vió estos pájaros en las islas Malvinas. (Tomo I, pág 117.)
[<<]
[Link] - Página 214
[11] Las cagacelas o estercorarios (Larus parasitus, de Linneo) son aves de rapiña
que, no siendo anfibios, acechan para alimentarse de pescado a que los anfibios
salgan del agua con su presa; entonces los persiguen hasta que les abandonan la
pesca, de la que se apoderan. La presa que dejan caer es la que, equivocadamente, se
ha tomado por su excremento.
[<<]
[Link] - Página 215
[12] El verzino, o madera del Brasil, es el nombre de la madera roja que se importaba
antes de Asia y de Africa, y que ahora se trae casi únicamente del reino al que ha
dado su nombre, a causa de la abundancia de sus árboles. Américo Vespucio, que
estuvo en ella en 1502, cuando dio su nombre a América, dice que encontró infinito
verzino e molto buono. (Bartolozzi, Ricerche storiche sulle scoperte d’Amerigo
Vespucci).
[<<]
[Link] - Página 216
[13] Este fruto es la anana (Bromelia ananas, de Linneo), tan conocido hoy; se parece
efectivamente al fruto del pino. Los españoles le llaman pina de América, y los
ingleses, applepine.
[<<]
[Link] - Página 217
[14] Son las cañas de azúcar (Arundo saccharifera, de Linneo).
[<<]
[Link] - Página 218
[15] El anta (Tapir americanus, de Linneo) es como un cerdo grande.
[<<]
[Link] - Página 219
[16] La batata o patata es el solanum, o, mejor dicho, el Helio~ tropium tuberosum, de
Linneo.
[<<]
[Link] - Página 220
[17] En seguida se llamó Río Janeiro.
[<<]
[Link] - Página 221
[18] Vespucio cuenta la misma cosa; dice también cómo por medio de guijarros le
calcularon sus años, y cómo le probaron su longevidad presentándole el hijo, el
padre, el abuelo y el tatarabuelo, todos vivos. (Lettres d’Americ Vespuce, en
Bartolozzi, loe. cit.)
[<<]
[Link] - Página 222
[19] En nuestro manuscrito se le llama unas veces Carruaio y otras Caruaio; pero no
cabe duda que es Juan Carvalhos, de quien hablan Castañeda y otros autores de la
época.
[<<]
[Link] - Página 223
[20] Muchos pueblos salvajes hacen hoy lo mismo, sirviéndose de conchas bivalvas
por no tener pinzas.
[<<]
[Link] - Página 224
[21] Vespucio (Lettera al Gonfalon. Soderini, en Ramusio, tomo I, pág. 131) vió estos
cilindros a los habitantes del Brasil. Cook se los vió a los habitantes de California, y
Stedman a los de Surinam. Keate (An account of the Pelen Islands) cree que estos
cilindros fueron al principio de maderas aromáticas, y que los pasaban a través del
cartílago de la nariz para disfrutar continuamente de un olor agradable.
[<<]
[Link] - Página 225
[22] Especie de monos que en el Brasil se llaman aquiqui. (Hist. gen. des voyages,
tomo XX, pág. 552.)
[<<]
[Link] - Página 226
[23] Todos los navegantes que han viajado por el Sur hablan del sagú, pan hecho con
la medula de una clase de palmera. Se le llama palmito (Stedman, Voy age a Surinam,
tomo II, pág. 226.)
[<<]
[Link] - Página 227
[24] Este cerdo es el pécari o tajacu, que tiene una glándula dorsal creída ombligo
para los primitivos exploradores de Indias. (Nota D.).
[<<]
[Link] - Página 228
[25] Son las espátulas (Anas rostro plano ad verticem dilatato, de Linneo).
[<<]
[Link] - Página 229
[26] Esta manera de pensar y obrar, que a nosotros nos parece muy extraña, es común
a todos los habitantes de las islas del mar del Sur. (Cook, Viaje hacia el Polo Sur y
alrededor del mundo).
[<<]
[Link] - Página 230
[27] Ni Fabre ni Ramusio hablan de esta aventura; pero, en cambio, dicen que en el
momento en que los navíos se acercaron a la costa pusieron en tierra a unas mujeres
esclavas que estaban embarazadas y que se encontraban en los barcos; que salieron
solas completamente, parieron, y cogiendo a sus hijos en brazos volvieron a los
buques. Pigafetta no dice de esto ni una palabra, por lo que no parece posible.
Además, hemos visto que Magallanes había dado órdenes rigurosas para que ninguna
mujer fuese a bordo durante el viaje.
El autor pone aquí una lista pequeña de palabras brasileñas, que nosotros añadimos al
vocabulario del fin del viaje.
[<<]
[Link] - Página 231
[28] Los salvajes con que al presente se topara Magallanes en la costa del Brasil eran
de la gran familia Tupi-guaraní. Vivían en ranchos temporales y mudables (tabas);
cultivaban algodón, maíz y mandioca o cazabe. El jefe guerrero —morubixabá—, de
autoridad omnímoda en tiempo de guerra, venía condicionado en tiempos de paz por
las decisiones de un consejo (nhimongaba). Eran antropófagos y polígamos, y
reconocían un poder superior, llamado Tupa (¿Quién eres?), y muchos espíritus
malignos con supervivencias del remoto chamanismo asiático. (Nota D.).
[<<]
[Link] - Página 232
[29] El río de que se trata es el de la Plata, en el que Solís, su descubridor, murió
devorado por caníbales. (Nota D.).
[<<]
[Link] - Página 233
[30] Se detuvieron en Puerto Deseado, donde hay dos islas, llamada una isla de los
Pingüinos y la otra isla de los Leones. Pigafetta llamó a aquéllos gansos y a éstos
lobos. Los primeros son los Aptenodita demersa, y los segundos, la Phoca ursina, de
Linneo, llamada comúnmente vaca marina o foca.
[<<]
[Link] - Página 234
[31] Los habitantes de las islas del mar del Sur se echan agua en la cabeza en señal de
paz. (Cook, Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo).
[<<]
[Link] - Página 235
[32] Monsieur de Paw, del cual he hablado en la Introducción (párrafo XIX), para
sostener su sistema sobre América, que, según él, es un país nuevo surgido de las
aguas, donde la Naturaleza está degradada, no queriendo admitir la existencia de
gigantes patagones, cosa que argumentaría contra su sistema, dice que Pigafetta no
vio bien a estos hombres y que aumentó mucho su verdadero tamaño natural, para
tener maravillas que contar. Pero Paw no merece ciertamente tanta fe como Pigafetta,
que ha sido un testigo ocular siempre fiel y seguro cuando se refiere a lo que él
mismo vió. Halló que los brasileños eran de la forma y estatura ordinaria del hombre,
y dijo: «Sono disposti homini e femine come noi». Así, cuando asegura que los
patagones eran gigantes, hay motivo para creer que le parecieron de una estatura
gigantesca. No se puede suponer razonablemente que se equivocara, puesto que vivió
mucho tiempo con ellos, confrontó sus dimensiones con las suyas propias, habló
frecuentemente con ellos, aprendió muchas palabras de su lengua, y le sorprendieron
su voz, su peso, su fuerza y la enorme cantidad de comida y bebida que necesitaban;
de manera que todo estaba proporcionado a su tamaño. He aquí las palabras exactas
de nuestro viajero: «Vene uno de la statura casi como uno gigante nella nave
capitanía… Haveva una voce simile a uno toro… Fugendo facevano tanto gran
passo, che noi saltando non potevano avanzare li suoi passi… Vene uno homo de
statura de gigante… Questo era tanto grande che li davamo alla cintura e ben
disposto, haveva la faza grande et dipinta… Certamente questi giganti coreno più
che cavalli… Ognuno de li due che pigliassemo mangiava una sporta de bescoto, et
beveva in una fiata mezo sechio de hacqua et mangiava li sorgi senza scorticarli».
Podría, sin embargo, permitirse a Paw tener dudas sobre las aserciones de nuestro
autor, si no hubieran sido confirmadas por otros viajeros. El célebre presidente De
Brosses (Navig. aux Terres Austr., tomo II, pág. 324) ha recogido todos los
testimonios de los que han visto a los patagones y que han hablado de ellos como de
hombres de un tamaño extraordinario. Los navegantes que estuvieron allí después de
aparecer su obra, tales como Biron, Wallis, Carteret, Coolc y Forster, han confirmado
todos esta opinión, después de haber examinado bien a esta raza monstruosa, sobre la
existencia de la cual había muchas dudas. Es cierto que Winter y Narbourough, y
últimamente Bougainville, han dicho que los patagones no tienen más de seis pies y
medio de altura; pero ¿debe preferise su aserción negativa a tantos testigos positivos
que hablan de lo que han visto, examinado y medido? De Brosses ha hecho notar que
pueden conciliarse estos testimonios a pesar de las contradicciones que parecen
ofrecer. Los habitantes de las costas más meridionales de América no son todos de
gigantesca estatura, sino únicamente los individuos de algunas tribus tienen esta talla
alta. Como no habitan siempre en el mismo sitio, ha sucedido que algunos navegantes
[Link] - Página 236
no los vieron Pigafetta, que los vió, pudo hablar con conocimiento de causa (*).
(*) Los patagones, chonek o maken, esto es, hombres, son de alta talla (1,73 a 1,83
metros), no tanta como en un principio se supuso. Estaban en los últimos grados del
salvajismo, carentes de organización social. Comían moluscos y lobos marinos, a más
de guanacos, con cuyas pieles sin adobar se cubrían escasamente. (Nota D.).
[<<]
[Link] - Página 237
[33] Este animal es el guanaco (Camelus huanacus, de Linneo), semejante al que los
naturalistas denominan llama y vicuña, especie de camello o de oveja, muy conocido
por su preciosa lana. La descripción que da el autor de este animal conviene
perfectamente al guanaco, y todos los navegantes dicen que los patagones se visten
con su piel. Tenemos en nuestro museo una pata de este animal, que tiene un exacto
parecido con la descripción hecha por Buffon (Supplém., tomo VI, pág. 204). Tiene la
pata un pie y doce pulgadas de largo, aunque está cortada por bajo de la rodilla.
[<<]
[Link] - Página 238
[34] Por estos zapatos, que hacían parecerse los pies del gigante a las patas de un oso,
Magallanes los llamó patagones.
[<<]
[Link] - Página 239
[35] Es observación general de todos los países y tiempos que cuanto menos
civilizados son los hombres, tanto más maltratadas son las mujeres.
[<<]
[Link] - Página 240
[36] En donde puede estudiarse cuanto toca al guanaco y sus costumbres es en Darwin
(C.), Diario del Viaje de un naturalista alrededor del mundo, tomo I, en la colección
de Viajes clásicos editada por Calpe.
[<<]
[Link] - Página 241
[37] Sabido es que los salvajes envenenan sus flechas, y nuestros viajeros tuvieron
más pruebas que ésta.
[<<]
[Link] - Página 242
[38] Debry ha dibujado un patagón en esta actitud; se ve cómo ingurgita una flecha
para curarse, vomitando la indigestión. Algunas veces los salvajes ante sus ídolos se
meten una varita en la boca para demostrarles que no tienen nada impuro dentro del
cuerpo.
[<<]
[Link] - Página 243
[39]
La religión era el chamanismo, que todavía practican muchos pueblos, y
especialmente mongoles siberianos. Léase Orjan Olsen, Los soyotos: Nómadas
pastores de origen mongol, en la colección de Viajes modernos editada por Calpe.
[<<]
[Link] - Página 244
[40] Vehador o veador, en antiguo portugués, significaba el administrador de un
conjunto de hombres; en español se le llama veedor, de la palabra veer, que significa
ver o inspeccionar. Algunos escritores han pretendido demostrar que Juan de
Cartagena era obispo; pero Pigafetta no hubiera olvidado el mencionar esta
circunstancia, y Magallanes no le hubiera castigado tan cruelmente si hubiese
ostentado esta dignidad.
[<<]
[Link] - Página 245
[41] Este clérigo era Sánchez Reina.
[<<]
[Link] - Página 246
[42] Cuando Gómez, mandando el navío San Antonio, después de haber abandonado a
Magallanes en el estrecho, pasó de nuevo por el puerto de San Julián, recogió a los
dos a bordo y los llevó otra vez a España.
[<<]
[Link] - Página 247
[43] El avestruz de América es mucho más pequeño que el de Africa. Los brasileños le
llaman manduguacu, y Linneo, Struthio rhea.
[<<]
[Link] - Página 248
[44] Es el río de Santa Cruz, que Cook situó en los 51o de latitud meridional. Le
llamaron así porque entraron en él el 14 de septiembre, día de la exaltación de la Cruz
(Véase el Anoyme portugais, en De Brosses).
[<<]
[Link] - Página 249
[45] Es cierto que mientras la escuadra estaba en este río, el 11 de octubre hubo un
eclipse de Sol, del que hablan todos los que han escrito acerca de la historia de esta
navegación, y que está anotado en las tablas astronómicas. Asimismo pretenden que
Magallanes se aprovechó de este eclipse para determinar la longitud. Mas Pigafetta
no dice nada, ni debía decirlo, porque este eclipse, visible para nosotros, no pudo
serlo en el extremo meridional de América.
[<<]
[Link] - Página 250
[46] Véase la Introducción, párrafo XI y siguientes.
[<<]
[Link] - Página 251
[47] Véase para la topografía del estrecho de Magallanes el mapa de Bougainville, en
el Viaje alrededor del mundo, tomo I, volumen 3 de la colección de Viajes clásicos
editada por Calpe; iluminada damos la parte meridional de América, tal como se
encuentra dibujada y pintada en el manuscrito de Pigafetta. El dibujo está lejos de ser
exacto; mas los geógrafos del siglo xvi no lo hacían mucho mejor, como puede
cualquiera convencerse examinando la geografía de Hortelius. La bahía de que habla
aquí Pigafetta es la bahía de la Posesión.
[<<]
[Link] - Página 252
[48] Cabo de la Posesión.
[<<]
[Link] - Página 253
[49] Primer canal.
[<<]
[Link] - Página 254
[50] Bahía Boucault.
[<<]
[Link] - Página 255
[51] Segundo canal.
[<<]
[Link] - Página 256
[52] El canal al Sureste es el que se encuentra cerca del cabo Monmouth, llamado
Detroit Supposé en el mapa de Bougainville.
[<<]
[Link] - Página 257
[53] Los navegantes posteriores no mencionan este río, el cual desciende
probablemente de la Tierra del Fuego. No hablan tampoco de las sardinas que
sorprendieron a nuestro autor por su gran cantidad, lo que no es extraño, porque estos
peces, en sus emigraciones, permanecen muy poco tiempo en el mismo sitio.
[<<]
[Link] - Página 258
[54] El cabo Deseado forma el extremo occidental de la costa meridional que costeó la
chalupa; pero los navíos navegaron cerca de la costa septentrional, y se alejaron de
América en el cabo Victoria, llamado así del nombre del navío que le dobló primero y
que volvió solo a Europa.
[<<]
[Link] - Página 259
[55] La montaña que Bougainville llamó el Padre Aymón.
[<<]
[Link] - Página 260
[56] La isla de los Leones.
[<<]
[Link] - Página 261
[57] Como es sabido, se le llamó en seguida estrecho de Magallanes, del nombre de
este navegante.
[<<]
[Link] - Página 262
[58] Apium dulce; Cook le encontró también, asi como mucha codearía, y a causa de
esta abundancia de yerbas antiescorbúticas creyó preferible el paso del estrecho al del
cabo de Hornos.
[<<]
[Link] - Página 263
[59] Trigla volitans, de Linneo. Probablemente, el pez de que habla el autor es el
Exocetus volitans.
[<<]
[Link] - Página 264
[60] Daremos este vocabulario a continuación del viaje.
[<<]
[Link] - Página 265
Notas Libro II
[Link] - Página 266
[1] No es raro que el hambre fuerce a los marineros a comer ratones y el cuero de los
cables. En 1540, una rata valía cuatro escudos en la escuadra de Pizarro. Las
tripulaciones de Bougainville (tomo II) y de Cook (Tercer viaje, tomo I) comieron
también cuero.
[<<]
[Link] - Página 267
[2] Efectos del escorbuto.
[<<]
[Link] - Página 268
[3] Quirós, Bougainville y Cook no fueron ciertamente tan dichosos.
[<<]
[Link] - Página 269
[4] Pigafetta no nos da los datos suficientemente precisos para determinar la posición
de las islas Infortunadas. Hay en nuestro manuscrito una figura por la cual se ve
solamente que la segunda está al noroeste de la primera; pero leyendo su relación y
suponiéndola exacta, hallaremos que pertenecen a las islas de la Sociedad, al norte y
al nordeste de Otaiti, pues Pigafetta dice que saliendo del estrecho navegaron por el
Noroeste cuarto Oeste; en seguida en dirección del Noroeste hasta la línea
equinoccial, que pasaron por el 122o de la línea de demarcación, esto es, por el 152o
del primer meridiano. Luego si desde este punto trazamos una línea del Noroeste al
Sureste, pasará entre las islas de la Sociedad al norte y después al este de Otaiti. Las
islas Infortunadas debían, pues, encontrarse sobre esta línea. Por consiguiente, Jaillot
y Nolin las han colocado fuera de su verdadera posición geográfica. Sin embargo, no
están mal los nombres que les dieron de San Pedro a una y de Tiburón a otra, porque
el Anónimo portugués les da los mismos. El Transilvano dice que nuestros
navegantes se detuvieron allí dos días para pescar.
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[Link] - Página 270
[5] Cincuenta y seis años transcurrieron antes que otro navegante diese la vuelta al
Globo. Drake, en 1578, fué el primero después de Magallanes que atravesó este mar.
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[Link] - Página 271
[6] Dos nubéculas, esto es, dos aglomeraciones de estrellas señalan los astrónomos en
el polo austral: una encima y otra debajo de la Hidra. Se ven cerca del polo muchas
estrellas que forman la constelación del Octante; pero como estas estrellas son de
quinta o sexta magnitud, parece ser que las dos estrellas grandes y brillantes de que
habla Pigafetta son la gamma y la beta de la misma Hidra.
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[Link] - Página 272
[7] Puntuar, esto es, utilizar la punta de un compás para encontrar el aire del viento
que ha de soplar para llegar al lugar donde se quiere ir, siendo conocido el Norte por
la brújula. Ayudar a la aguja es añadir o quitar grados en su dirección para hallar la
verdadera línea meridiana, por medio de procedimientos de que hablaremos en el
Tratado da Navegación al fin de este Viaje.
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[Link] - Página 273
[8] Dante (Purgai., lib. I) habla de esta cruz en los versos siguientes:
«I’ mi volsi a man destra, e posi mente all’ altro polo, e vidi quattro stelle non viste
mai fuorché alla prima gente.
Goder pareva il ciel di lor fiammelle Oh! septentrional vedovo sito, poiché privato sei
di mirar puelle!».
[<<]
[Link] - Página 274
[9] Linea ideal que, partiendo el Globo en dos hemisferios, separaba las conquistas de
los portugueses de las hechas por los españoles, según la bula del papa Alejandro VI.
(Veáse la Introducción, párrafo V).
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[Link] - Página 275
[10] Esto es, el primer meridiano.
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[Link] - Página 276
[11] Cipangu es el Japón, que tiene este mismo nombre en el globo de Behaim, donde
se dice que es la isla más rica del Oriente. Sumbdit-Pradit es quizás la Antilia del
mismo globo, llamada también Septe-Ritade. Pero en dicho globo estas dos islas
están en el hemisferio boreal, una hacia los 20o y la otra hacia los 24o. Ramusio
(tomo I, tab. III) sitúa Cipangu hacia los 25o; pero en el mapa XIX de Urbano Monti
encuentro Sumbdit en los 9o de latitud meridional. Delisle, ignoro con qué
fundamento, las coloca en los 17o y 20o de latitud meridional. Sin embargo, debe
observarse que Pigafetta no dice que estuvo en ellas, sino que pasó a poca distancia,
esto es, que creyó haberse aproximado; como Marco Polo había hecho creer que
Cipangu era la isla más oriental del mar de las Indias, por consiguiente, nuestro
navegante, yendo por Occidente, debía encontrar la primera; pero no habiéndola
encontrado, se imaginó haber pasado a poca distancia de ella. De vuelta en España
(libro IV) habla de Sumbdit-Pradit como de una isla situada cerca de las costas de la
China.
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[Link] - Página 277
[12] Con estos datos he marcado en el mapa el camino que recorrió la escuadra desde
el estrecho hasta las islas de los Ladrones. Tracé una línea del cabo Victoria hacia el
ecuador por el Oestenoroeste cuarto Noroeste. En seguida, partiendo del 122o de
longitud de la línea de demarcación bajo el ecuador, de Noroeste al Sureste, tracé una
línea que encuentra a la primera y forma con ella un ángulo obtuso en el sitio en que
la escuadra cambió de dirección. Más allá del ecuador, en el hemisferio septentrional,
tracé una línea por el Oestenoroeste cuarto Oeste, de un largo de ochocientas millas
hasta el 13o de latitud Norte, y desde allí hasta las islas de los Ladrones. Reconozco
que, no siendo completamente exactos los grados de longitud, lo demás es poco
cierto; pero esta línea al menos no ofrece ninguna dificultad y parece tener algún
fundamento. El camino de Magallanes trazado por los otros geógrafos es totalmente
imaginario.
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[Link] - Página 278
[13] El cabo Cattigara, que nuestro autor llama Gatticara, estaba, según Ptolomeo, a
180o de longitud de las islas Canarias y al sur del ecuador; pero Magallanes sabía que
estaba al norte, y, efectivamente, lo está, a los 8o 27’ de latitud septentrional; por
consiguiente, para llegar a este cabo se había imaginado que debía encontrar las islas
Molucas. Hoy se llama cabo ComOrin. Vespucio se equivocó aún más en la latitud,
porque le creyó un cabo occidental del continente al cual dió su nombre. (Bartolozzi,
locución citada).
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[Link] - Página 279
[14]
La isla en que ancló Magallanes es probablemente la isla de Guahan, que
Maximiliano Transilvano llama Ivagana. Podría creerse que es la isla Rota, donde
Jorge Manriques, comandante de un navío de la flota de Loaisa (que en 1526 fué del
Perú a las Marianas), encontró a Gonzalvo de Vigo, uno de los marineros de
Magallanes, que se estableció allí voluntariamente; pero este Vigo pudo pasar a la isla
Rota desde Guahan. (De Brosses, tomo I, pág. 156.)
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[Link] - Página 280
[15] El autor de la Histoire générale des voyages dice que los isleños conocieron
entonces el fuego por primera vez, y cita a Pigafetta, el cual no dice nada. Parece más
bien que no conocían el uso de las flechas.
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[Link] - Página 281
[16] El uso de ennegrecerse los dientes se practica aún en las islas Pelew, cerca de las
Marianas. Sus habitantes hacen con yerbas una especie de pasta que se aplican
durante algunos días sobre los dientes, a pesar de las molestias que les produce.
(Keate, An account of the Pelew islands, pág. 314.)
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[Link] - Página 282
[17] Especie de simiente oleaginosa muy común en China. Es el Raphanus oleifer
sinensis, de Linneo.
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[Link] - Página 283
[18] Estos higos son las bananas o frutos de la Musa (Masa paradisiaca). En lo
sucesivo emplearé el nombre de banana, en lugar del de higo, que usa el autor.
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[Link] - Página 284
[19] Son las hojas del bananero o plátano.
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[Link] - Página 285
[20]
En seguida se llamaron islas de las Velas Latinas, por el gran número de
embarcaciones que por allí pasaban, y en tiempo del rey de España Felipe IV se les
llamó Marianas, en honor de su esposa, María de Austria. Noorth observa que, aun
en su tiempo (1599), merecían apropiadamente el nombre de islas de los Ladrones.
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[Link] - Página 286
[21] Gondolitas largas y estrechas con las que los de Fusina van a Venecia.
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[Link] - Página 287
[22] Es el balancín, muy bien ideado por estos pueblos para no zozobrar, teniendo
barcos muy estrechos con velas de esteras bastante pesadas. Anson y Cook elogian
grandemente la construcción de estas embarcaciones con balancín o batanga.
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[Link] - Página 288
[23] Quizás por ello se denomina isla de los Nadadores a una situada cerca de las
Marianas.
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[Link] - Página 289
[24] En los mapas más modernos se la denomina Samar, y está situada, efectivamente,
a los 15o, que hacen un poco menos de trescientas leguas marinas, al oeste de
Guahan. Prevot, fiándose del extracto de Fabre, dice que Samar no está más que a
treinta leguas de las Marianas (tomo X, pág. 198).
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[Link] - Página 290
[25]
Humunu, que se llamó en seguida la isla Encantada (Histoire general des
voyages, tomo XV, pág. 198), está situada cerca del cabo de Guigan, de la isla de
Samar.
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[Link] - Página 291
[26] Había, sin duda, cogido esta marrana en la isla de los Ladrones, donde todos los
navegantes posteriores han encontrado muchos cerdos. (De Brosses, tomo I, pág. 55.)
[<<]
[Link] - Página 292
[27] El bocací es una clase de tela muy usada antiguamente. (Veáse Du Cange).
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[Link] - Página 293
[28] Cocos nucífera, de Linneo. Tenemos en nuestro museo muchos frutos del
cocotero, de los cuales alguno es más grueso que la cabeza de un hombre; otros
tienen la corteza filamentosa.
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[Link] - Página 294
[29] En 1864, un misionero aprendió en Cowley a hacer de esta manera la leche de
coco, que encontró excelente. (De Brosses, tomo II, pág. 55.)
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[Link] - Página 295
[30] Pheenix dacty tiferà, de Linneo.
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[Link] - Página 296
[31] Macias. Nuestro autor la llama matia: es la segunda corteza de la nuez moscada,
que tiene cuatro; es muy apreciada por su sabor aromático. (Macis officinalis, de
Linneo).
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[Link] - Página 297
[32] Se Ies llamó después islas Filipinas, del nombre de Felipe de Austria, hijo de
Carlos V.
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[Link] - Página 298
[33] Las Filipinas están situadas entre los 125o y 135o de longitud occidental de la isla
de Hierro; por consiguiente, entre los 195o y los 205o de la línea de demarcación.
Este archipiélago no está, pues, en los 161o de longitud de esta línea. Ignoro si al
determinar la longitud Magallanes y su astrólogo San Martín obraron de buena fe, o
si lo afirmaron así para encontrar las Molucas más acá de los 180o. Sin embargo, es
cierto que antes de Dampierre se equivocaban en 25o en la longitud. (De Brosses,
tomo II, pág. 72.)
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[Link] - Página 299
[34] Todos los navegantes hablan de las grandes orejas de los pueblos nuevamente
descubiertos. El autor cuenta, además, cosas fabulosas.
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[Link] - Página 300
[35] Después de haber conquistado los mogoles las Indias, estos países fueron
habitados por dos naciones diferentes, es, a saber: los moros y los indígenas, a los que
nuestro autor llama tan pronto cafres como gentiles. Los moros recibieron este
nombre porque son mahometanos, como los moros de España. Las dos naciones se
encuentran aún hoy en muchas de estas islas, casi todas sometidas a los europeos;
mas los gentiles disminuyen de día en día de población y de poder y casi no habitan
más que las montañas. (SONNERAT, Voyage aux Indes. tomo I, pág. 35.) A los moros
les sucede lo mismo en el centro de Africa. (Voyage de Mungo-Park dans l’intérieur
de Afrique.).
[<<]
[Link] - Página 301
[36] La Taprobana de los antiguos es la isla de Ceilán, no Sumatra.
[<<]
[Link] - Página 302
[37] Desde las Filipinas hasta Malaca, se habla en todas partes la lengua malaya. No
es, pues, extraño que a un hombre de Malaca le entiendan en Filipinas.
[<<]
[Link] - Página 303
[38]
Ramusio dice cuchillos (coltelli), lo que parece más verosímil, pero nuestro
manuscrito pone corali; sabido es que frecuentemente los navegantes traficaron
ventajosamente con el coral.
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[Link] - Página 304
[39] Seguramente resina.
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[Link] - Página 305
[40] Veremos a continuación que los reyes de que se trata poseían dos países en la
costa oriental de la isla de Mindanao, de los cuales uno se llamaba Butuán, y
conserva aún el mismo nombre, y el otro Calagán, y ahora Caragua. El rey de Butuán
lo era tam bien de Massana o Mazzana, que es, probablemente, la Limassava de
Bellin.
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[Link] - Página 306
[41] Sonnerat (tomo II, pág. 117) habla también de Mindanao como de una isla en que
abunda el oro. Por esta razón se ha creído que las Filipinas eran las islas de Salomón.
[<<]
[Link] - Página 307
[42] Fabre y Ramusio dicen que en cada dedo tenía tres sortijas de oro, pero en nuestro
manuscrito se lee claramente: in ogni dente haveva tre machie d’oro che parevano
fosseno legati con oro. Esto parecerá menos extraño sabiendo que en Macassar, isla
poco lejana de las Filipinas, algunos se arrancan los dientes naturales para
substituirlos con otros de oro. (Hist. gén. des voyaoes, tomo XV, pág. 97.)
[<<]
[Link] - Página 308
[43] Esto es, Mindanao.
[<<]
[Link] - Página 309
[44] Ceylon es la isla de Leyte, que Pigafetta ha dividido en dos, llamando a la parte
septentrional Baybay, que es el nombre de un puerto; Calagán es Caragua, en la isla
de Mindanao, y Zubu es la isla de Sebu, de la que hablará mucho el autor.
[<<]
[Link] - Página 310
[45] El uso de mascar la areca (Areca cathecu, de Linneo) envuelta en hojas de betel
continúa aún.
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[Link] - Página 311
[46] Es el betel.
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[Link] - Página 312
[47] Limassava está ciertamente en la latitud indicada por el autor; pero hay un gran
error en la longitud.
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[Link] - Página 313
[48] Bohol ha conservado su nombre. Canigán y Gatigán se encuentran en los mapas
antiguos, y particularmente en el mapa XVIII de Urbano Monti. Bellin puso estas
islas sin nombre.
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[Link] - Página 314
[49] Polo y Pozón, islas que se ven también en los mapas de Monti y de Ramusio, pero
demasiado alejadas una de otra.
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[Link] - Página 315
[50] Junco, navío grande.
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[Link] - Página 316
[51] Siam.
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[Link] - Página 317
[52] El heredero presunto del trono.
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[Link] - Página 318
[53] Candish y Noorth (Hist. gén. des voyages, tomo XV, página 222) hablan del
miedo que los habitantes de Filipinas tienen a la aparición del diablo.
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[Link] - Página 319
[54] Probablemente el hábito de la orden de Santiago, de la que era comendador.
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[Link] - Página 320
[55] Estos pueblos aprecian mucho el vidrio.
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[Link] - Página 321
[56] Cambaya, una de las ciudades más comerciales de la India, particularmente en
telas.
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[Link] - Página 322
[57] Hoy los salvajes no usan el fuego para tatuarse; pero se hacen incisiones en las
que vierten líquidos colorantes, o se aplican jugos cáusticos.
[<<]
[Link] - Página 323
[58] La costumbre de beber por cañas la observó también Noorth entre estos pueblos.
[<<]
[Link] - Página 324
[59] Aun hoy, los tambores y los címbalos son los principales instrumentos músicos de
los habitantes de las islas del Sur.
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[Link] - Página 325
[60] El Sinus Magnus, de Ptolomeo, que es el golfo de China.
[<<]
[Link] - Página 326
[61] Cook (Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo) explicó la manera de
dilatar los agujeros hechos en el lóbulo de las orejas, por medio de cilindros elásticos
de hojas de cañas.
[<<]
[Link] - Página 327
[62] Este es uno de los cuentos que Pigafetta oyó y que cuenta de buena fe. Sin
embargo, se ha observado que muchas aves viven de la carne de las ballenas muertas
y lanzadas por las olas sobre la orilla. Un cuervo que haya entrado en la garganta
abierta de una ballena muerta, tal vez dió origen a este cuento.
[<<]
[Link] - Página 328
[63] La casualidad o el cuidado de algún indígena que la miraría como un ídolo la
conservaron hasta 1598, en que, habiendo vuelto los españoles con misioneros, la
encontraron y la expusieron a la veneración; por ello pusieron el nombre de ciudad de
Jesús a la que construyeron. (Hist. genérale des voy ages, tomo XV,pág. 35.)
[<<]
[Link] - Página 329
[64] Parece que el prefijo si o ci en nombres propios es un título de honor.
[<<]
[Link] - Página 330
[65] Visnú, en una de sus encarnaciones, es representado con cara de jabalí. (Sonnerat,
tomo I, pág. 161.)
[<<]
[Link] - Página 331
[66] Entre los instrumentos músicos de los indios, Sonnerat encontró y dibujó un
trompetón igual a los que aquí menciona el autor.
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[Link] - Página 332
[67] En la primera traducción del extracto de Pigafetta, se lee: Grandi et picoli hanno
il membro bucato da una parte all’altra appresso il capo, e in quel buco hanno messo
come una verghetia d’oro grossa come una penna d’oca; i altri mettono come una
stella acuta sopra la testa del membro pur d’oro.
[<<]
[Link] - Página 333
[68] He abreviado mucho por decencia; sin embargo, doy a contínuación el original
del manuscrito: Grandi et picoli hanno passato il suo membro circa de la testa de
luna parte a laltra con uno fero de oro hovero de stanio grosso corno una penna de
ocha e in uno capo e laltro del medesimo fero alguni anno como una stella con ponte
soura li capi altri como una testa de chiodo da caro assaissime volte lo volfi vedere
da molti cosi vequi como joveni perchè non lo poteva credere nel mezo del fero e un
buio per il qualle urinano il fero e le stelle sempre stanno ferme. Loro dicono che le
sue moglie voleno cussi et se fossero de altra sorte non uzariano con elli. Quando
questi vogliono uzare loro medesime lo pigliano non in ordine… Questi popoli
uzanno questo perchè sono di debile natura… A tuete da sey anni insù apoco apoco li
aprono la natura per cagione etc. No debe sorprender la lubricidad de las mujeres de
este país que han imaginado esto, después de leer en los relatos de los viajeros cuáles
son sus costumbres y su industria en este respecto. (Veáse la carta de Américo
Vespucio en Ramusio, tomo I, pág. 131; y Paw, Recherches sur les Amé rie a in s,
parte I.) Noorth y Candisch, que viajaron por el mismo mar en 1600, y encontraron la
misma costumbre; pero dicen que se podían quitar el cilindro, y les contaron que esta
infíbulación la imaginaron las mujeres para impedir la pederastia. (Hist. genérale des
voy ages, tomo X, pág. 357.) La moda debe haber pasado, porque los navegantes
modernos no hablan de ello.
[<<]
[Link] - Página 334
[69] Magallanes no dió mas que la mitad de la vuelta al mundo; pero Pigafetta dice
con razón que la dió casi entera, porque los portugueses conocían muy bien lo que
faltaba de la ruta de las islas Molucas a Europa por el Cabo de Buena Esperanza.
[<<]
[Link] - Página 335
[70] Odoardo Barbosa había estado ya en las Molucas, por el Cabo; dejó una Relación
de las Indias muy interesante (Ramusio, tomo I, pág. 288). Uno de sus compañeros
escribió también una Relación abreviada del mismo viaje.
[<<]
[Link] - Página 336
[71] En el manuscrito de Pigafetta hay aquí un vocabulario de los isleños de Zubu, que
daremos al fin del viaje.
[<<]
[Link] - Página 337
Notas Libro III
[Link] - Página 338
[1] Parte de Mindanao.
[<<]
[Link] - Página 339
[2] Río que forma la bahía de Chipit.
[<<]
[Link] - Página 340
[3] Es la isla de Mindanao, que nuestro autor escribe Maing-danao. En el mapa de
Bellin, como en el de nuestro manuscrito, se ven los puertos de Chipit, de Butuán y
de Calagán. Se extiende más allá de Bohol, y limita su punta septentrional con
Massana.
[<<]
[Link] - Página 341
[4] Luzón o Manila.
[<<]
[Link] - Página 342
[5] En la lámina III de Ramusio se lee al oeste de Luzón (que escribe él Pozón):
Canali donde vengono gli Lequii.
[<<]
[Link] - Página 343
[6] En la lámina III de Urbano Monti, la isla de Cagayán, rodeada de islitas, está
marcada en la misma dirección. Igualmente cercada de islas está en el atlas de
Robert.
[<<]
[Link] - Página 344
[7] En los mapas antiguos, Palaoán está al noroeste de Manila; por consiguiente, esta
isla no se encontraba en la ruta de nuestro viajero, porque Manila (está al
nordnordeste de Cagayán. En esta ruta se encuentra la isla de Paragua o Paragoia, y
leo Palaoán en un globo de cuatro pies de diámetro perteneciente a la familia Cusani,
en cuya casa he tenido la dicha de vivir desde hace casi treinta años; aprovecho
expresamente esta ocasión para testimoniarle públicamente mi reconocimiento. Este
globo, lo mismo que otro celeste, los hizo, hacia mediados del siglo XVII, el padre
Silvestre Amangio Moroncelli di Fabriano monje celestino. En el mapa adjunto al
viaje de Macartney, se lee cerca de esta isla Palawan o Paragua, lo que prueba que
Palaoán y Paragua o Paragoia no son mas que el mismo nombre, o dos nombres
diferentes de la misma isla.
[<<]
[Link] - Página 345
[8] Esto es, ir contra la corriente.
[<<]
[Link] - Página 346
[9] Fabre señala diez leguas y Ramusio dice cinco leguas; en nuestro manuscrito se
lee claramente cincuenta, y ésta es la distancia verdadera.
[<<]
[Link] - Página 347
[10] Parece exagerado el número. Actualmente no hay más de dos o tres mil casas.
(Hist genérale des voyages, tomo XV, página 138.)
[<<]
[Link] - Página 348
[11] Laoe no es una ciudad, sino una islita cerca de la punta meridional de Burné.
Pigafetta, como no estuvo en ella, comprendió sin duda mal lo que le dijeron acerca
de esto.
[<<]
[Link] - Página 349
[12] Los portugueses introdujeron allí el cristianismo, que se mantuvo hasta el 1590.
(Sonnerat, loe. cit.; donde dice también que los moros forzaron a los gentiles a
abandonar la orilla del mar y a retirarse a las montañas).
[<<]
[Link] - Página 350
[13] El mejor alcanfor viene ahora de Borneo (Hist. genérale des voyages, loe. cit.,
pág. 140.)
[<<]
[Link] - Página 351
[14] El pici, que hoy llaman pecia, es la moneda más pequeña de las Indias Orientales.
[<<]
[Link] - Página 352
[15] Es el balancín. El texto no dice que las cañas de bambú sobrepasan las bordas del
junco; pero es preciso creerlo, puesto que nuestro autor dice que sirven de contrapeso.
[<<]
[Link] - Página 353
[16] En esta latitud está la punta septentrional de Borneo. La longitud no es exacta,
como puede verse en un mapa. Tuvo cuidado Pigafetta de señalar en el dibujo de la
isla de Borneo su viaje a cincuenta leguas de la punta al puerto, y Laoe en la punta
meridional de la isla. No oyó hablar de los otros países, y dió a la isla forma
triangular, colocando las dos ciudades situadas sobre la bahía.
[<<]
[Link] - Página 354
[17] Hoy Balaba.
[<<]
[Link] - Página 355
[18] Es el babirusa (Susbabirussa, de Linneo), que sabe nadar, y cuyo hocico alargado
está armado con largas defensas. (Véase la descripción de este animal en Voyage par
le Cap de Bonne-Espérance et Batavia á Samarang, a Macassar, á Amboine et á
Surate, par Stavorinus, tomo I, pág. 254, en el que también está dibujado).
[<<]
[Link] - Página 356
[19] Otros viajeros han visto hojas semejantes y las han examinado mejor. Algunos
creen que las hojas se movían por un insecto en ellas alojado. (Hist gen. des voyages,
tomo XV, pág. 58); otros han notado que no son hojas, sino una clase de saltamontes
cubiertos con cuatro alas de forma oval y de cerca de tres pulgadas de largo,
replegadas las alas superiores de tal manera que semejan exactamente una hoja
obscura con sus fibras. (Stedman, Voyage a Surinam, tomo II, pág. 261.)
[<<]
[Link] - Página 357
[20] Stedman, casi en la misma latitud, encontró el mar cubierto de yerbas en el
océano Atlántico. (Tomo III, pág. 211.)
[<<]
[Link] - Página 358
[21] Bellín le llama Joló, y Cook, Sooloó.
[<<]
[Link] - Página 359
[22] Hoy Basilán.
[<<]
[Link] - Página 360
[23] Maingdanao es Mindanao, ciudad situada cerca de un lago, del mismo nombre de
la isla.
[<<]
[Link] - Página 361
[24] Benayán, cabo septentrional de la isla del mismo nombre.
[<<]
[Link] - Página 362
[25] En el mapa de Bellin no encuentro mas que dos islas, de las cuales una tiene el
nombre de Saranga. En la nota de las ochenta y dos isla que en 1682 pertenecían al
rey de Ternate se cita a Sarangani. (Hist. genérale des voyages, tomo XI, pág. 17,
edición de Holanda). Esta isla tiene un excelente fondeadero para aprovisionar los
barcos.
[<<]
[Link] - Página 363
[26] Las islas aquí mencionadas pertenecen al grupo en que los geógrafos modernos
sitúan a Kararotán, Linop y Cabrocana, después de las cuales se encuentra Sanghir,
que es la isla bastante bella de que habla el autor. Al sursuroeste de esta isla hay
muchos islotes, de los que habla Pigafetta más adelante. Cabiou, Cabalousu, Limpang
y Noussa se citan en la nota de islas pertenecientes en 1682 al rey de Ternate.
[<<]
[Link] - Página 364
[27] En el atlas de Robert hay aquí muchos islotes, y entre ellos Regalarda y Siapi,
nombres que tienen alguna semejanza con Zangalura y Ciau o Siau. Sonnerat habla
también de esta última. En la nota de las islas del rey de Ternate se lee Karkitang,
Pará, Sangalouan, Siau.
[<<]
[Link] - Página 365
[28] Paghinzara, Talaut y Mahono están en la nota dicha.
[<<]
[Link] - Página 366
[29] Zoar y Meán están en el lugar en que Robert situó a Sarambal y Meyán.
[<<]
[Link] - Página 367
[30] Hoy Tidor.
[<<]
[Link] - Página 368
[31] Hoy Ternate.
[<<]
[Link] - Página 369
[32] Se creía que dichos árboles no crecían mas que en estas cinco islas, llamadas
propiamente las Molucas; pero en seguida se encontraron en otras muchas, a las
cuales, por esta razón, se extendió también el nombre de Molucas, de manera que con
él se comprenden todas las islas que hay entre las Filipinas y java. Los holandeses,
para tener el comercio exclusivo de los clavos de especia, trataron de destruir, por
fuerza o astucia, todos los árboles de este género; pero no lo consiguieron. Después
de la revolución francesa, hubo muchos cambios en el mar del Sur. Pigafetta dibujó
las Molucas, y junto a ellas un árbol del clavo, que apenas se parece a los naturales.
[<<]
[Link] - Página 370
[33] El testón valía medio ducado, y el ducado, un zoquí.
[<<]
[Link] - Página 371
[34] Cuando Brito o Breo fue enviado de gobernador a las Molucas en 1511, el rey
Abuleis reinaba en Ternate con el nombre de rajá Beglid.
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[Link] - Página 372
[35] Forster (Cook, Tercer viaje, tomo V, pág. 356) observa que donde los hombres, y
aun los animales, son polígamos, nacen más hembras que machos; lo que puede
explicarse muy bien por las moléculas orgánicas de Buffon. La familia del rey de
Tador sirve para probar este aserto.
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[Link] - Página 373
[36] Esto es, un mufti.
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[Link] - Página 374
[37] Guzzerate era un reino de los indios sometidos al rey de Cambaya, de que habla
Barbosa, compañero de Pigafetta. (Véase Ramusio, tomo I, pág. 295.)
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[Link] - Página 375
[38] Se ha observado que muchas islas del mar del Sur son volcánicas; por
consiguiente, este agua caliente será sencillamente un agua termal, y no un agua
calentada por los árboles del clavo.
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[Link] - Página 376
[39] Cabo septentrional de Río de la Plata.
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[Link] - Página 377
[40] Boismelé, Histoire de la marine, dice que López de Sichera fue a las Indias en
1518.
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[Link] - Página 378
[41] Después Idda, en el mar Rojo, puerto utilizado para el comercio de la Meca. Esto
se refiere a la desdichada expedición que Solimán el Magnífico emprendió, a
instigación de los venecianos, contra los establecimientos de los portugueses en las
Indias, para atraer al mar Rojo el comercio que la navegación de los portugueses por
el Cabo de Buena Esperanza había anulado. Los venecianos les proporcionaron para
ello maderas de construcción y armas. (Robertson, Disquis. on ant. india, sect. III.)
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[Link] - Página 379
[42] Con dos filas de cañones.
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[Link] - Página 380
[43] El bersil es una especie de gran ballesta.
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[Link] - Página 381
[44] Gilolo.
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[Link] - Página 382
[45] Bambú, caña que contiene naturalmente un licor muy bueno.
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[Link] - Página 383
[46] Los holandeses comprobaron que el árbol del clavo crece muy bien en las
llanuras.
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[Link] - Página 384
[47] Myristica officinalis, de Linneo.
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[Link] - Página 385
[48] Esto se refiere al antiguo traje español.
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[Link] - Página 386
[49] Hoy se hace una clase de tela, o mejor dicho, de paño de corteza de árbol de la
misma manera, como puede verse en la descripción que da Cook (Primer viaje, tomo
II).
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[Link] - Página 387
[50] Bouro, de que se hablará después.
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[Link] - Página 388
[51] Monedita de Venecia que el dogo Nicolás Marcello acuñó en 1473 y que valía
unos diez sueldos franceses.
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[Link] - Página 389
[52] El caballero Pigafetta fue quizás el primero que enseñó a los europeos que el ave
del Paraíso (Avis paradisiaca, de Linneo) tiene patas como las otras aves, pues tan
persuadidos estaban antes de que no las tenían (porque se las cortaban a todos los que
empajaban para venderlos), que el gran naturalista Aldovrando (De Avibus, tomo I,
pág. 807) vitupera a nuestro autor, que al hacer la descripción se las atribuye.
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[Link] - Página 390
[53]
Pudo suceder esto que el autor cuenta; los cabellos flotantes hubieran sido
seguramente atraídos por el agua que entraba en el barco, al acercarse a la vía. Ahora
se ponen estopas en una vela que se pasa bajo el barco; el agua arrastra adentro las
estopas, y de esta manera se sabe dónde está la vía de agua.
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[Link] - Página 391
[54] El Yucatán, en América, cerca del golfo de Méjico, donde está el istmo de Darién.
Sin embargo, el navío permaneció en Tidor y fue apresado por los portugueses. (Hist.
genérale des voyages, tomo XIV, pág. 99.)
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[Link] - Página 392
[55] Especie de ananás o piña de América.
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[Link] - Página 393
[56] Guayaba, fruto del guayabero. (Psidium pyriferum, de Linneo.) las palabras que
aprenden. Un papagayo vale un bahar de clavos.
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[Link] - Página 394
[57] El autor pone aquí el vocabulario de las Molucas, que nosotros damos al fin del
viaje.
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[Link] - Página 395
Notas Libro IV
[Link] - Página 396
[1]
Laboán o Labocca, considerada hoy como formando parte de Bachián. (Hist.
genérale des voyages, tomo XI, pág. 14.)
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[Link] - Página 397
[2] Bachián, una de las cinco principales islas Molucas. Casi todas estas islas están
marcadas en el mapa XVIII de Monti, que no dice sobre qué datos las dibujó. Muchos
de los nombres de estas islas figuran en la nota de los dominios del rey de Ternate.
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[Link] - Página 398
[3] Xulla, de Robert, y Xoula, de los mapas holandeses.
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[Link] - Página 399
[4] El autor, como escribió los nombres con los datos que le daban los pilotos, es
frecuentemente inexacto. Cita diez islas y no dibujó mas que seis, y de las diez,
cuatro vuelve a mencionarlas más adelante. Leytimor no es sino una península unida
a Amboine.
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[Link] - Página 400
[5] Quizás la Cucurbita verrucosa, de Linneo.
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[Link] - Página 401
[6] Bougainville llama Boero a esta isla, la coloca en la misma latitud, y en su mapa
XVII ha puesto Sulla, Boero, Kilang y Bonoa, que son: Sulach, Buru, Kailaruru y
Benaya, de nuestro autor. (Léase Bougainville, L. A. de), tomo II de su Viaje
alrededor del mundo, en la colección de Viajes clásicos editada por Calpe.)
tropófagos en el interior. Los productos son los mismos que en Buru.
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[Link] - Página 402
[7] En el atlas de Robert se ven aquí las islas de Menga, Kelam y Bone; en el mapa de
los holandeses (Hist. genérale des voyages, tomo XI), las de Manipa, Kelam y
Bonoa.
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[Link] - Página 403
[8] Actualmente Amblau.
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[Link] - Página 404
[9] En el mapa holandés: Guananapi, Puloay, Pulorhun y Rosingen.
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[Link] - Página 405
[10] El Recueil des voy ages pour l’établissement de la Compagnie des Indes, tomo II,
pág. 213, habla de las islas de Vayer, Tonjonburong y Mamuak.
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[Link] - Página 406
[11] Solor en los mapas modernos.
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[Link] - Página 407
[12] Las corniolas a que alude el autor parecen ser conchas univalvas, etc.
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[Link] - Página 408
[13] Es notable que ya en Estrabón se lea esta fábula burda (Geogr., lib. XV), el cual la
copia de Megasteno, uno de los capitanes de Alejandro Magno. Aun hoy estos isleños
se divierten contando a los extranjeros cosas maravillosas. A Cook le quisieron hacer
creer que en una isla eran tan fuertes y grandes los hombres, que fácilmente hubieran
transportado su navío.
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[Link] - Página 409
[14] Bomare dice que los que cortan el sándalo (Santalum álbum, de Linneo) caen
enfermos por los miasmas que exhala esta madera.
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[Link] - Página 410
[15] Si el mal de Job era el virus venéreo, según la opinión general, le encontramos en
las Molucas y en las Filipinas al comienzo del siglo XVI; y como allí le llamaban mal
portugués, debemos creer que fueron los portugueses quienes le llevaron. Verdad es
que la palabra franchi servía para designar a todos los europeos; pero también es
cierto que solamente los portugueses habían llegado entonces a las islas del mar del
Sur. Sin embargo, el mal de Job podría ser asimismo la lepra, tan común en Asia.
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[Link] - Página 411
[16] La descripción que da Pigafetta del ruibarbo está lejos de la exactitud; pero hay
que tener en cuenta que al autor le refería estos cuentos un moro que iba en el navío.
Fabre añade que no lo creía.
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[Link] - Página 412
[17] Cantón.
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[Link] - Página 413
[18]
Bruce (Voyage aux sources du Nil) vió más de una vez en Abisinia a los
personajes rebeldes castigados de esta manera.
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[Link] - Página 414
[19] Ormus.
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[Link] - Página 415
[20] Estas clases, llamadas castas, existían ya en la India en tiempo de Alejandro, y
aun continúan. (Estrabón, Geogr., lib. XV; Diódoro, lib. II; Sonnerat, Voyage aux
Indes).
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[Link] - Página 416
Notas Vocabulario
[Link] - Página 417
[1] El capitán Wilson lo experimentó al naufragar en las islas Pelew en el mes de
agosto de 1783, entre las Marianas y las Filipinas. Su intérprete, Tom Rose, que
hablaba el malayo, no pudo hacerse comprender mas que por medio de otro malayo
que le sirvió de intérprete en su lengua porque había residido algún tiempo en Pelew.
(An account of the Pelew Islands, por G. Keate, pág. 22, edición de Basel).
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[Link] - Página 418
[2] Delle lingue dell’America, pág. 16.
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[Link] - Página 419
[3] Cook, James, Segundo viaje.
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[Link] - Página 420
[4] Dictionaríum malaico-latinum. Roma, 1631.
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[Link] - Página 421