Utopía y mundo de las ideas
¿POR QUÉ habríamos de suponer, entonces, que es necesario hablar de la utopía
y del mundo de las ideas? ¿Por qué no deberíamos preferir el seguro regazo del entorno
material, en lugar de echar a volar hacia una región en apariencia más allá del tiempo y
el espacio? Pues bien, la alternativa a la que nos enfrentamos no es si deberíamos vivir
en el mundo real o, por el contrario, perdemos en ensoñaciones utópicas, porque los
hombres están constituidos de tal forma que, sólo mediante una disciplina deliberada
—como es el caso del asceta hindú o del hombre de negocios americano—, se pueden
eliminar de su conciencia uno u otro mundo. La auténtica alternativa para la mayoría
de nosotros está entre una utopía de escape sin rumbo definido y una utopía intencional
de reconstrucción. Parece que, en un mundo tan lleno de frustraciones como el mundo
«real», de un modo u otro debemos pasar buena parte de nuestra vida mental en la
utopía.
Lo anterior precisa, sin embargo, de alguna matización. Es evidente que cierto
tipo de personas no siente la necesidad de una utopía privada y que, en ciertas
comunidades, ni siquiera parecen existir. Los salvajes de las Marquesas que describiera
Herman Melville parecían estar tan feliz y completamente adaptados a su entorno que,
a excepción de los ataques de las tribus hostiles —los cuales, según se demostró, eran
fundamentalmente un ejercicio para estimular el apetito antes del festín que venía
después—, todo lo necesario para la vida buena en los mares del Sur podía conseguirse
por vía directa. Los habitantes de las Marquesas no necesitaban soñar con una
existencia más feliz; sólo tenían que tomarla.
En ocasiones, tal vez durante la infancia, la vida adquiere ese mismo tipo de
plenitud. Y es innegable que hay muchas personas maduras que, a partir de sus
limitaciones y sin aportar nada más, han elaborado una respuesta bastante adecuada a
su restringido entorno. Tales personas no sienten la necesidad de la utopía. Mientras
consigan mantener su aislamiento, sólo un ataque deliberado del mundo exterior puede
crear esa necesidad. Son como el enfermo de la parábola de aquel poeta persa, cuyo
único deseo era poder desear algo, y no hay motivo alguno para tenerles envidia. La
gente que no se aventura mar adentro paga el precio de no haber sentido nunca el fulgor
del peligro y, en el mejor de los casos, conoce tan solo la mitad de la vida. Lo que ese
tipo de gente podría llamar «vida buena» sencillamente no es lo bastante buena. No
podemos contentarnos sólo con un segmento de vida, al margen de lo seguros y
adaptados a ella que estemos, cuando con un pequeño esfuerzo podríamos trazar el
círculo completo.
Con todo, han sido muy pocas las regiones, los órdenes sociales y la gente que
han disfrutado de una adaptación completa. Frente a los continuos obstáculos y
dificultades —el viento y el clima, los impulsos de otros hombres y las costumbres
superadas por el tiempo—, existen, a grandes rasgos, tres formas en las que un hombre
puede reaccionar: salir corriendo, mantener el tipo o atacar. Si echamos un vistazo a
aquellos de nuestros contemporáneos que han sobrevivido a la guerra, queda
perfectamente claro que, en su mayoría, se encuentran en la primera fase de pánico y
desesperación. En un interesante articulo sobre The Dénouement of Nihilism, Edward
Townsend Booth caracteriza a la generación nacida a finales de los ochenta como
enferma de una parálisis de la voluntad o, como él mismo dice, «si aún les queda un
resto de iniciativa, emigran a Europa o a las islas de los mares del Sur, o bien se
arrastran hasta algún rincón tranquilo de los Estados Unidos, pero la mayoría se queda
en el mismo lugar donde cayeron llevando una existencia de muertos vivientes» (The
Freeman).
Hablando en términos más generales, salir corriendo no siempre significa
emprender una huida física, ni «atacar» significa necesariamente realizar una acción
práctica e instantánea. Permítasenos utilizar la imagen de John Dewey y supongamos
que a un hombre se le niega mantener contacto con sus amigos distantes. Una de sus
reacciones posibles pasa por «imaginar» que se reúne con ellos y, sirviéndose de la
fantasía, asistir a todo el ritual del encuentro, la charla distendida y el intercambio de
ideas. Otro tipo de reacción, como señala Dewey, consistiría en estudiar las condiciones
necesarias para permitir la comunicación entre los amigos separados e inventar el
teléfono. El llamado «extrovertido», el tipo de hombre que no tiene necesidad de
utopías, satisfará su deseo hablando con el ser humano que tenga más a mano.
(«Intentará apañárselas»). Pero es más que evidente que, debido a la propia debilidad
e inconstancia de sus objetivos, es incapaz de contribuir con algo más que su «buena
disposición» a la vida buena de la comunidad; y es probable que, en sus manos, tanto el
arte como la inventiva llegasen perecer.
Si ahora dejamos de lado al extrovertido, veremos que las dos formas de reacción
restantes han encontrado expresión en todas las utopías históricas. Aunque tal vez sea
mejor que, en primer lugar, las contemplemos en su escenario normal y cotidiano, antes
de lanzamos a explorar las commonwealths ideales del pasado.
Quien más quien menos, todos hemos vislumbrado la utopía de escape: se
construye, hunde y vuelve a levantar casi cada día. En medio de la ruidosa maquinaria
de una fábrica de papel, una vez me topé con el retrato de una actriz de cine pegada a la
pieza averiada de una máquina. No resultaba difícil reconstruir la utopía del pobre
desgraciado que se ocupaba de las palancas ni representarse el mundo en el que se
refugiaba del estruendo ensordecedor y de la suciedad de la maquinaría que lo rodeaba.
¿Qué hombre, a partir del despertar de su adolescencia, no ha vivido ya dicha utopía: el
deseo de poseer y ser poseído por una mujer hermosa?
Tal vez esa pequeña utopía privada sea, para la gran mayoría de hombres y
mujeres, la única por la que mantienen un interés perpetuo y reconfortante, y la única
también a la que cualquier otra utopía pueda traducirse en términos íntimos. Su
conducta nos lo revela, aunque no lo confiesen con palabras. Salen de sus deprimentes
oficinas y de sus mugrientas fábricas e inundan, noche tras noche, las salas de cine para
poder vivir por un momento en una tierra poblada por mujeres bellas y seductoras y
por hombres tiernos y vigorosos. ¡No es extraño que la grande y poderosa religión de
Mahoma sitúe semejante utopía en la base misma de su más allá! En cierto sentido, se
trata de la más elemental de las utopías, pues, conforme a la interpretación
psicoanalítica, traduce el profundo anhelo de regresar y descansar para siempre en el
útero materno, el único entorno perfecto que ni toda la maquinaria y ni toda la
legislación de este codicioso mundo han sido nunca capaces de reproducir.
En su expresión más básica, esta utopía de escape requiere una ruptura total con
el carnicero, el panadero, el tendero y toda la gente real, limitada e imperfecta que se
agita a nuestro alrededor. Para hacerla aún más perfecta, eliminamos al carnicero y al
panadero y nos transportamos a una isla autosuficiente en los mares del Sur. Por
supuesto, se trata esencialmente de un sueño ocioso y, si no nos libramos de él,
tendremos en todo caso que añadirle otras condiciones; aunque para buena parte de
nosotros la única alternativa sea el ocio sin el sueño. De tales fantasías de felicidad plena
y perfección, que, incluso cuando afloran ocasionalmente, sucumben ante la vida real,
brotan en gran medida nuestro arte y nuestra literatura. Es difícil concebir un orden
social tan completo y satisfactorio que nos privase de la necesidad de recurrir de vez en
cuando a un mundo imaginario en el que nuestros sufrimientos pudieran ser purgados
e incrementado nuestro deleite. Incluso en el gran idilio pintado por William Morris, las
mujeres son veleidosas y los amantes están desengañados. Y cuando el mundo «real»
se hace un tanto pesado y sombrío, debemos refugiarnos, si queremos recuperar el
equilibrio, en otro que responda de forma más perfecta a nuestros más profundos
intereses y deseos: el mundo de la literatura.
Una vez capeado el temporal, resulta peligroso permanecer en la utopía de
escape, pues se trata de una isla encantada y quedarse en ella significa perder la propia
capacidad para enfrentarse a las cosas tal como son. La joven que durante demasiado
tiempo se entregó a las caricias del príncipe Encantado sólo podrá sentir repulsión ante
los torpes abrazos del muchacho que la lleva al cine y que se pregunta cómo demonios
pagará el alquiler si pasan más de una semana de luna de miel. Por otro lado, la vida
resulta demasiado fácil en la utopía de escape, demasiado insípida en su perfección: no
representa reto alguno. No ha sido esto lo que ha empujado a los hombres a internarse
en la selva y cazar alimañas, ni aquello por lo que han estimulado la fecundidad de
plantas y tubérculos o desafiado, a bordo de frágiles embarcaciones, las acometidas de
los vientos y los mares. Si no queremos perder fuerzas, nuestra dieta diaria debe
contener algo más de fibra que la que pueden ofrecemos tales ensoñaciones.
En el curso de nuestro viaje hacia utopía, nos detendremos un tiempo en las
utopías de escape, pero no será mucho. Tales utopías abundan y salpican las aguas de
nuestro mundo imaginario como las islas del mar Egeo que visitó Ulises. Pertenecen,
sin embargo, a los departamentos de literatura pura, e incluso en dichos departamentos
ocupan una posición menor. Con gusto prescindiríamos de todas ellas a cambio de otra
Ana Karenina o de unos nuevos Hermanos Karamazov.