RECETA PARA EL BUEN VIVIR
ESCRITO POR UN DESCONOCIDO
Todos los días hay que leer algo de las cosas que te son afines, para recordar que uno tiene
que percibir las cosas serenamente y no dejarse llevar por las estupideces de cada día.
(Séneca cartas a Lucilio)
Séneca (3 a 65 dc.)
El estoicismo su doctrina filosófica estaba basada en el dominio y control de los hechos, cosas y
pasiones que perturban la vida, valiéndose de la virtud y la razón del carácter personal, su
característica máxima, en la versión romana, representa enseñanzas y disciplinas muy
contundentes en su sentido práctico para la vida, en base a principios y sentencias; en realidad
recetas para el alma. Su objeto era alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de las cosas
que no tenemos su control.
Epicteto, (Επίκτητος), de los cual hemos tomado su conocimientos, (Disertaciones, IV, t y 4-5),
es uno de sus máximos representantes conjuntamente con Séneca y Marco Aurelio. Nació en
Hierápolis, y vivió entre los años 55 y 135 dc , fue un filósofo griego, de la escuela estoica, que
vivió parte de su vida en Roma. Hasta donde se sabe, no dejó obra escrita, pero de sus enseñanzas
se conservan un Enchiridion (Ἐγχειρίδιον) o 'Manual', y sus Discursos (Διατριβαί) editados por
su discípulo Flavio Arriano. He aquí un resumen de la sabiduría estoica que servirá para nuestro
diario vivir:
1. Libertad y servidumbre espiritual: Saber lo que está en nuestro control y que no
En cuanto a todas las cosas que existen en el mundo unas cosas dependen de uno, otras no.
Nuestras opiniones, movimientos, aspiraciones, deseos y aversiones o cosas que nos repelen,
aquello que depende de nuestros actos. Lo que no dependen de nosotros es nuestra reputación,
honra, los bienes, riquezas, el tipo de cuerpo que tenemos, el haber nacido en la riqueza o el tener
que hacernos ricos, la forma en que nos ven los demás y nuestra posición en la sociedad, es decir,
todo lo que no es nuestra propia acción.
Debemos recordar que estas cosas son externas y por ende no constituyen nuestra preocupación.
Intentar controlar o cambiar lo que no podemos tiene como único resultado el tormento.
Recordemos: las cosas sobre las que tenemos poder están naturalmente a nuestra disposición,
libres de toda restricción o impedimento; pero las cosas que nuestro poder no alcanza son
debilidades, dependencias, o vienen determinadas por el capricho y las acciones de los demás, nos
esclavizan. Si pensamos que podemos llevar las riendas de cosas que por naturaleza escapan a
nuestro control, o si intentamos adoptar los asuntos de otros como propios, nuestros esfuerzos se
verán desbaratados y nos convertiremos en personas frustradas, ansiosas y criticonas. Haber
aprendido a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, serán posibles la tranquilidad
interior y la eficacia exterior.
Serás auténticamente libre y eficaz, pues darás buen uso a tus esfuerzos en lugar de malgastarlos
criticando u oponiéndote a los demás. Si conoces y prestas atención a tus verdaderas
preocupaciones, nada ni nadie te hará actuar contra tu voluntad; los demás no podrán herirte, no
ganarás enemigos ni padecerás ningún mal. Si tienes el propósito de vivir siguiendo estos
principios, recuerda que no será fácil: deberás renunciar por completo a algunas cosas y posponer
otras por ahora. Es probable que debas privarte de la riqueza y el poder si quieres asegurarte de
alcanzar la felicidad y la libertad.
2. El deseo reclama ser satisfecho
Nuestros deseos y aversiones son soberanos veleidosos que reclaman satisfacción. El deseo nos
ordena correr y coger lo que queremos. La aversión insiste en que evitemos las cosas que nos
repelen. Es bastante común que nos decepcionemos cuando no conseguimos lo que queremos y
que nos aflijamos cuando logramos lo que no queremos. En cambio, si evitas sólo las cosas
indeseables que son contrarias a tu bienestar natural y que están bajo tu control, nunca te verás
envuelto en algo que no quieras realmente. No obstante, si tratas de evitar fatalidades como la
enfermedad, la muerte o el infortunio, sobre los cuales no tienes un control real, sufriréis tú y
quienes te rodean.
El deseo y la aversión, aunque poderosos, no son más que hábitos. Y podemos ejercitarnos en
tener mejores hábitos. Restringe el hábito de verte rechazado por todas esas cosas que escapan a
tu control y céntrate, en cambio, en las cosas nocivas que sí puedes combatir. El objeto de tus
temores es evitar lo que temes, quien no lo logra sus deseos es desafortunado, y quien cae en lo
que teme es miserable.
Si tiene un deseo mantente firme en la unidad de lo que deseas y lograra tus objetivos. De lo
contrario, haz todo lo que esté en tu mano para refrenar el deseo. Pues si deseas algo que escapa a
tu control, seguramente acabarás decepcionado; mientras, estarás descuidando las cosas
que están bajo tu control y que son merecedoras de deseo.
3. Veamos las cosas tal como son en verdad
Las circunstancias no se presentan para satisfacer nuestras expectativas. Las cosas suceden por sí
mismas. La gente se comporta tal como es. Aprovecha lo que realmente obtienes. Abre los ojos:
tienes que ver las cosas tal como son y así te ahorrarás el dolor de los falsos vínculos y de la
decepción evitable.
Piensa en lo que te deleita, las herramientas con las que cuentas, las personas a quienes quieres.
Pero recuerda que tienen su propio carácter específico, el cual poco o nada tiene que ver con la
forma que tenemos de verlo.
Recuerda, por ejemplo, cuando abraces a las personas que amas, estás abrazando a un mortal. De
ese modo si murieran, podrías soportarlo con entereza.
Cuando algo acontece, lo único que está en tu mano es la actitud que tomas al respecto; tanto
puedes aceptarlo como tomarlo a mal.
Lo que en verdad nos espanta y desalienta no son los acontecimientos exteriores por sí mismos,
sino la manera en que pensamos acerca de ellos. No son las cosas lo que nos trastorna, sino
nuestra interpretación de su significado.
¡Deja de asustarte a ti mismo con ideas impetuosas, con tus impresiones sobre el modo en que las
cosas son! Las cosas y las personas no son lo que deseamos que sean ni lo que parecen ser. Son lo
que son.
4. Los acontecimientos no nos hacen daño, pero nuestra visión de los mismos nos lo puede
hacer
Lo que turba a las hombres no son las cosas sino la las opiniones que de ella se hacen. Cuando
estamos contrariados, turbados o tristes no acusemos a los otros, ni a nosotros si a nuestras
opiniones. Acusar a otros por nuestros fracasos es de ignorantes. Las cosas, por sí mismas, no nos
hacen daño ni nos ponen trabas. Tampoco las demás personas. La forma en que veamos las cosas
es otro asunto. Son nuestras actitudes y reacciones las que nos causan problemas.
Por consiguiente, ni siquiera la muerte tiene gran importancia por sí misma. Es nuestro concepto
de la muerte, nuestra idea, lo que es terrible, lo que nos aterroriza. Hay formas muy distintas de
pensar sobre la muerte. Examina a fondo tus conceptos sobre la muerte y sobre todo lo demás.
¿Son realmente ciertos? ¿Te hacen algún bien? No temas a la muerte y al dolor; teme al temor a la
muerte y al dolor. No podemos elegir nuestras circunstancias externas, solo podemos elegir la
forma de reaccionar ante ellas.
5. Ni vergüenza, ni culpa
Si lo que sentimos acerca de las cosas es lo que nos atormenta, más que las cosas en sí mismas,
resulta absurdo culpar a los demás. Por consiguiente, cuando sufrimos un revés, una molestia o
una aflicción, no les echemos la culpa a los demás, sino a nuestra propia actitud. La gente
mezquina suele reprochar a los demás su propio infortunio. La mayoría de la gente se lo reprocha
a sí misma. Quienes se consagran a una vida de sabiduría comprenden que el impulso de culpar a
algo o a alguien es una necedad, que nada se gana con culpar, ya sea a los demás o a uno mismo.
Uno de los signos que anuncian el alborear del progreso moral es la gradual extinción de la culpa.
Vemos la futilidad de la acusación. Cuanto más examinamos nuestras actitudes y trabajamos
sobre nosotros mismos, menos susceptibles somos de ser barridos por reacciones emocionales
tormentosas en las que buscamos explicaciones fáciles a sucesos espontáneos. Las cosas son
sencillamente lo que son. Los demás que piensen lo que quieran; no es asunto nuestro. Ni
vergüenza, ni culpa.
6. Acepta con calma los acontecimientos tal como ocurren
No exijas que los acontecimientos sucedan como deseas. Acéptalos tal como son realmente. Así te
será posible la paz.
7. Tu voluntad está siempre bajo tu poder
En verdad nada te detiene. Nada te retiene realmente, puesto que tu voluntad está siempre bajo tu
control.
La enfermedad puede desafiar a tu cuerpo. ¿Pero acaso eres sólo cuerpo?
La cojera puede afectarte las piernas. Pero no eres sólo piernas. Tu voluntad es mayor que tus
piernas. Tu voluntad no tiene por qué verse afectada por ningún incidente, a no ser que tú lo
permitas. Recuérdalo cada vez que te ocurra algo.
8. Ocúpate de lo que tienes, no hay nada que perder
En verdad nada nos puede ser arrebatado. No hay nada que perder. La paz interior comienza
cuando dejamos de decir, a propósito de las cosas, «lo he perdido», y en su lugar decimos «ha
regresado al lugar de donde vino». ¿Ha muerto tu hijo? Él o ella ha regresado al lugar de donde
vino. ¿Tu marido o tu esposa han muerto? Él o ella han regresado al lugar de donde vino. ¿Te han
arrebatado posesiones y propiedades? Éstas también han regresado al lugar del que vinieron.
Tal vez estás enfadado porque una mala persona ha robado tus pertenencias. ¿Pero por qué
debería preocuparte quién devuelve tus cosas al mundo que te las dio?
Lo importante es ser muy cuidadoso con las cosas que tienes mientras el mundo te permite
tenerlas, tal como un viajero cuida de su habitación en una posada.
9. La buena vida es la vida de la serenidad interior
El signo más claro de una vida superior es la serenidad. El progreso moral tiene como resultado
liberarse de la confusión interior. Puedes dejar de preocuparte por esto y aquello.
Es mucho mejor morir de hambre libre de pesares y temores que vivir en la abundancia acosado
por la preocupación, el pavor, el recelo y el deseo desenfrenado.
Emprende en seguida un programa de autodominio. Pero empieza con modestia, por esas
pequeñas cosas que te molestan. ¿Tu hijo ha derramado algo? ¿No encuentras la cartera? Debes
decirte a ti mismo: «Hacer frente con calma a este inconveniente es el precio que pago por mi
serenidad interior, por verme libre de toda perturbación; nadie consigue algo a cambio de nada».
Cuando llamas a tu hijo, debes estar preparado para que no te responda, y si lo hace, tal vez no
haga lo que le pides. En tal caso, tu inquietud en nada le ayuda. Tu hijo no debería tener la
facultad de causarte ningún trastorno.
10. No prestes ninguna atención a las cosas que no te atañen
El progreso espiritual nos exige hacer hincapié en lo esencial y hacer caso omiso de todo lo
demás, ya que sólo se trata de trivialidades que no merecen nuestra atención. Además, en verdad
es bueno que nos consideren estúpidos e ingenuos en relación con los asuntos que no nos atañen.
No te preocupes por la impresión que causes en los demás. Están deslumbrados y engañados por
las apariencias. Sé fiel a tu objetivo. Sólo así reforzarás tu voluntad y darás coherencia a tu vida.
Abstente de intentar granjearte la aprobación y la admiración de los demás. Tu camino va más
arriba. No anheles que te consideren sofisticado, único o sabio. De hecho, debes recelar cuando
los demás te vean como alguien especial. Ponte en guardia contra la presunción y la vanidad.
Mantener la voluntad en armonía con la verdad y preocuparse de lo que escapa al propio control
son acciones que se excluyen mutuamente. Cuando estés absorto en una, descuidarás la otra.
11. Conforma tus deseos y expectativas a la realidad
Para bien o para mal, la vida y la naturaleza se rigen por leyes que no podemos cambiar. Cuanto
antes lo aceptemos, más tranquilos estaremos. Serías un necio si desearas que tus hijos o tu esposa
vivieran para siempre. Son mortales, igual que tú, y la ley de la mortalidad está completamente
fuera de tu alcance.
De modo semejante, es estúpido desear que un patrono, un pariente o un amigo no tengan tacha.
Ello supondría controlar cosas que en verdad no podemos controlar.
Bajo nuestro control está que no nos decepcione el deseo si nos ocupamos del mismo de acuerdo
con los hechos, en lugar de dejarnos llevar por él. En el fondo estamos controlados por aquello
que otorga o suprime lo que buscamos o evitamos. Si lo que buscas es la libertad, no desees ni
rehúyas nada que dependa de los demás, o siempre serás un esclavo desvalido.
Comprende en qué consiste realmente la libertad y cómo se alcanza. La libertad no es el derecho
o la capacidad de hacer lo que te venga en gana. La libertad viene de comprender los límites de tu
propio poder y los límites naturales establecidos por la divina providencia. Al aceptar las
limitaciones y las inevitabilidades de lavida y trabajar con ellas en lugar de combatirlas, nos
hacemos libres. Si, por el contrario, sucumbimos ante el deseo pasajero por cosas que escapan a
nuestro control, perdemos la libertad.
12. Evita adoptar los puntos de vista negativos de los demás
Los puntos de vista y los problemas de los demás pueden ser contagiosos. No cometas sabotaje
contra ti mismo inconscientemente adoptando actitudes negativas e improductivas fruto de tu trato
con terceros.
Si te encuentras con un amigo descorazonado, un pariente afligido o un colega que ha sufrido un
revés de fortuna, procura no verte superado por el aparente infortunio. Acuérdate de discriminar
entre los hechos en sí y la interpretación de los mismos. Recuérdate esto: «Lo que hace daño a
esta persona no es el suceso en sí mismo, puesto que otra persona podría no sentirse en absoluto
oprimida por la misma situación. Lo que está haciéndole daño es la respuesta que él o ella ha
adoptado sin ningún sentido crítico.»
Contribuir a dar rienda suelta a obstinados sentimientos negativos no constituye una demostración
de amabilidad o amistad para con las personas por quienes nos interesamos. Seremos de mucha
más utilidad, tanto para los demás como para nosotros mismos, si permanecemos al margen y
evitamos las reacciones melodramáticas.
Con todo, si te encuentras conversando con alguien que está deprimido, lastimado o frustrado,
muestra amabilidad y escúchale con compasión, pero no permitas que termine por desanimarte a ti
también.
13. La felicidad sólo puede hallarse en el interior
La libertad es la única meta que merece la pena en la vida. Se consigue prescindiendo de las cosas
que escapan a nuestro control. No podemos tener un corazón alegre si nuestras mentes son un
afligido caldero de temor y ambición.
¿Quieres ser invencible? Entonces no entables combate con aquello sobre lo que no tienes un
control real. La felicidad depende de tres cosas, y las tres están bajo tu poder: la voluntad, las
ideas respecto a los acontecimientos en los que estás envuelto y el uso que hagas de esas ideas.
La auténtica felicidad siempre es independiente de las circunstancias externas. Practica la
indiferencia para con las circunstancias externas. La felicidad sólo puede hallarse dentro.
Con cuánta facilidad nos deslumbran y nos engañan la elocuencia, los cargos, los títulos, los
honores, las posesiones, la ropa cara o un porte afable.
No cometas el error de dar por sentado que las celebridades, los personajes públicos, los líderes
políticos, los ricos o quienes poseen grandes dotes intelectuales o artísticas son necesariamente
felices. Hacerlo es dejarse desconcertar por las apariencias y sólo hará que dudes de ti mismo.
Recuerda: la esencia real de la bondad sólo se halla entre las cosas que están bajo tu control. Si no
olvidas esta premisa, no te encontrarás en falso sintiendo envidia o desolación, comparando
lamentablemente tus logros con los de los demás.
Deja de aspirar a ser otro que tú mismo, pues esto está bajo tu control.
14. El progreso espiritual pasa por hacer frente a la muerte y a las calamidades
En lugar de apartar la vista de los acontecimientos dolorosos de la vida, míralos de frente y piensa
en ellos a menudo. Al hacer frente a las realidades de la muerte, la enfermedad, la pérdida y la
decepción, te liberas de falsas ilusiones y esperanzas, al tiempo que evitas pensamientos
desdichados y envidiosos.
15. El carácter importa más que la reputación
La preocupación y el temor son una pérdida de tiempo y no suponen un buen ejemplo. Esto es
especialmente cierto en lo concerniente a tu reputación e influencia.
¿Por qué vivir con temor a cosas como si obtendrás reconocimiento público en tu profesión o
comunidad, o si conseguirás las oportunidades y gratificaciones que otros consiguen?
No te preocupes por cuestiones como «La gente no tiene una buena opinión de mí, soy un don
nadie». Incluso si tu reputación fuera una cuestión de importancia, no eres responsable de lo que
los demás piensan de ti. ¿Qué diferencia real supone para tu carácter y bienestar que goces de una
posición ventajosa o que te inviten a fiestas elegantes? Ninguna. Entonces, ¿qué descrédito puede
haber en no ser un agente del poder ni una celebridad? ¿Y por qué deberías preocuparte de si eres
un don nadie cuando lo que importa es ser alguien en las áreas de la vida sobre las que tienes
control y en las cuales puedes marcar una diferencia real?
«Pero sin poder y reputación no podré ayudar a mis amigos», podrías decir. Es cierto que no les
darás acceso al dinero ni a los pasillos del poder. ¿Pero acaso alguien espera realmente este tipo
de ayuda de ti y no de algún otro? ¿Cómo pueden esperar que des algo que no tienes? «Aun así,
sería estupendo tener poder y dinero para compartirlos con mis amigos». Si puedo hacerme rico y
poderoso conservando mi honor, la lealtad a la familia, los amigos, los principios y el amor
propio, dime cómo se hace y lo haré. Pero si tengo que sacrificar mi integridad personal, es
estúpido y ridículo que me sigas animando. Por otra parte, si tuvieras que elegir entre una
determinada cantidad de dinero o tener un amigo leal y honorable, ¿con qué te quedarías? Es
mejor que me ayudes a ser una buena persona en lugar de incitarme a hacer cosas que amenazan a
mi buen carácter.
Cualquier posición que puedas mantener conservando el honor y la fidelidad a tus obligaciones
está bien. Pero si tu deseo de contribuir en la sociedad compromete tu responsabilidad moral,
¿cómo puedes servir a tus conciudadanos si te has convertido en un irresponsable sinvergüenza?
Más vale ser una buena persona y cumplir con tus obligaciones que tener renombre y poder.
16. El dominio de uno mismo es el objetivo al que la voluntad divina desea que aspiremos
El mal no reside de forma natural en el mundo, en los acontecimientos ni en las personas. El mal
es consecuencia del descuido, la pereza o la distracción: aparece cuando perdemos de vista el
verdadero propósito de nuestra vida.
Cuando recordamos que el propósito es el progreso espiritual, volvemos a esforzarnos en dar lo
mejor de nosotros mismos. Así es como se alcanza la felicidad.
17. Las relaciones con los demás nos revelan nuestros deberes
No eres una entidad aislada, sino una parte única e irreemplazable del cosmos. Eres una pieza
esencial del rompecabezas de la humanidad. Todos formamos parte de una comunidad humana
vasta, intrincada y perfectamente ordenada. ¿Más dónde encajas en esta telaraña de humanidad?
¿A quién le estás obligado?
Busca cuáles son y comprende tus relaciones con las demás personas. Al reconocer las relaciones
naturales e identificar los deberes definimos nuestra situación en el esquema cósmico. Los
deberes resultan naturalmente de relaciones tan fundamentales como la familia, el vecindario, el
lugar de trabajo y el estado o la nación.
Debes adquirir el hábito de examinar regularmente tus funciones y los deberes naturales que
conllevan. Una vez que sepas quién eres y a quién estás vinculado, sabrás lo que tienes que hacer.
Si un hombre es tu padre, por ejemplo, deberás satisfacer determinadas exigencias emocionales y
prácticas. El hecho de que sea tu padre implica un vínculo fundamental y duradero entre vosotros
dos. Por naturaleza estás obligado a cuidar de él, a escuchar su consejo, a tener paciencia con sus
opiniones y respetar sus indicaciones. Si no un buen padre, tal vez sea necio, ignorante, grosero o
sostenga opiniones muy distintas de las tuyas. ¿Acaso la naturaleza le da a cada uno el padre
ideal, o siquiera un padre? Cuando se trata del deber fundamental como hijo o hija, el carácter, la
personalidad y los hábitos de tu padre, sean cuales sean, son secundarios. El orden divino no
diseña las personas ni las circunstancias a nuestro gusto. Tanto si te resulta agradable como si no,
ese hombre es, al fin y al cabo, tu padre, y debes cumplir con tus obligaciones filiales. Sigue
existiendo el imperativo moral de reconocer y mantener tus deberes fundamentales para con él.
Tu propósito debería buscar la armonía con la naturaleza. Pues éste es el verdadero camino hacia
la libertad. Deja que los demás actúen como quieran; de todos modos eso escapa a tu control y por
consiguiente no te concierne. Comprende que la naturaleza en conjunto está ordenada de acuerdo
con la razón, pero que no todo en la naturaleza es razonable.
Cuando pones empeño en llevar a cabo acciones propias de una persona sabia y prudente,
intentando conformar tus intenciones y actos a la voluntad divina, no te sientes víctima de las
palabras o las acciones de los demás. En el peor de los casos, esas palabras y acciones te
parecerán divertidas o lamentables.
Salvo en el caso de malos tratos físicos extremos, los demás no pueden hacerte daño, a no ser que
se lo permitas. Y esto sigue siendo cierto aunque la persona en cuestión sea tu padre, hermano,
hermana, maestro o patrono. No consientas que te hagan daño y no te lo harán. Sobre esta
elección sí tienes control.
La mayor parte de la gente tiende a engañarse a sí misma pensando que la libertad consiste en
hacer lo que te hace sentir bien o lo que favorece el bienestar y la tranquilidad. Lo cierto es que
quien subordina la razón a la sensación del momento, de hecho es esclavo de sus deseos y
aversiones. Está mal preparado para actuar con eficacia y nobleza cuando se presentan desafíos
inesperados, cosa que inevitablemente se da. La auténtica libertad exige mucho de nosotros. Sólo
si descubrimos y comprendemos nuestras relaciones fundamentales y cumplimos con entusiasmo
con nuestro deber, la verdadera felicidad, a la que todo el mundo aspira, será efectivamente
posible.
18. La esencia de la fidelidad
La esencia de la fidelidad reside ante todo en sostener opiniones y actitudes correctas con respecto
a lo absoluto. Recuerda que el orden divino es inteligente y fundamentalmente bueno. La vida no
es una serie de episodios fortuitos y sin sentido, sino un todo ordenado y elegante que obedece a
leyes en el fondo comprensibles. La voluntad divina existe y dirige el universo con justicia y
bondad. Confía en que existe una inteligencia divina cuyas intenciones dirigen el universo. Haz
que tu objetivo supremo sea gobernar tu vida de acuerdo con la voluntad del orden divino.
Cuando te esfuerces en conformar tus intenciones y acciones al orden divino, no te sentirás
acosado, indefenso, confundido o resentido ante las circunstancias de tu vida. Te sentirás fuerte,
decidido y seguro.
La fidelidad no es creencia a ciegas; consiste en practicar con constancia el principio de rehuir las
cosas que no están bajo nuestro control, dejando que se resuelvan de acuerdo con el sistema
natural de responsabilidades. Deja de intentar anticiparte o controlar los acontecimientos.
Acéptalos, en cambio, con gracia e inteligencia.
Es imposible mantenerse fiel a un propósito ordenado si tiendes a imaginarte que las cosas que
escapan a tu poder son inherentemente buenas o malas. Cuando esto sucede, se establece sin más
el hábito de culpar a los factores externos por nuestra suerte en la vida, y nos perdemos en una
espiral negativa de envidia, discordia, disgusto, ira y reproche.
La fidelidad es el antídoto de la amargura y la confusión y nos confiere la convicción de estar
preparados para cualquier cosa que la voluntad divina nos destine. Debemos aspirar a ver el
mundo como un todo integral, inclinar fielmente todo nuestro ser hacia el bien supremo y adoptar
la voluntad de la naturaleza como si fuera la propia.
19. Define claramente la persona que quieres ser
¿Quién quieres ser exactamente? ¿Qué clase de persona quieres ser? ¿Cuáles son tus ideales
personales? ¿A quién admiras? ¿Cuáles de sus rasgos característicos te gustaría hacer tuyos?
Ya va siendo hora de dejar de ser un vago. Si deseas convertirte en una persona extraordinaria, si
quieres ser sabio, tienes que identificar explícitamente el tipo de persona que quieres ser. Si llevas
un diario, escribe lo que estás intentando ser, de modo que puedas utilizar esa autodefinición
como referencia. Describe con precisión la conducta que quieres adoptar, de forma que puedas
observarla tanto cuando estés a solas como con más gente.
20. Cuidado con las compañías
Al margen de lo que los demás pretendan, puede que en realidad no vivan siguiendo valores
espirituales. Vigila con quién te relacionas. Imitar los hábitos de quienes tratamos es humano. Sin
advertirlo, adoptamos sus intereses, opiniones, valores y manera de interpretar los
acontecimientos.
El mero hecho de que la gente sea amable contigo no significa que debas pasar el tiempo con
ellos. Que te busquen y se interesen por ti y tus asuntos no quiere decir que debas relacionarte
con ellos. Sé selectivo a la hora de hacer nuevos amigos, colegas y vecinos. Todas esas personas
pueden tener efectos sobre tu destino.
El mundo está lleno de semejantes agradable y con talento. La clave es asociarse sólo con
personas que te eleven, cuya presencia saque lo mejor de ti mismo. Pero recuerda que la
influencia moral es una calle de doble dirección, y por eso debemos asegurarnos de que nuestros
pensamientos, palabras y actos constituyan una influencia positiva en aquellos con quienes
tratamos. La verdadera prueba de la excelencia personal radica en la atención que prestamos a los
pequeños detalles de la conducta, la cual con tanta frecuencia descuidamos.
Debemos preguntarnos regularmente: « ¿Cómo son los pensamientos, palabras y actos a las
personas que quiero o amo? ¿Estoy poniendo algo de mi parte para contribuir al progreso
espiritual de todos aquellos con quienes estoy en contacto?» Haz tuya la idea de sacar lo mejor de
los demás predicando con el ejemplo.
21. El dominio de sí mismo depende de la honestidad con uno mismo
Ante todo debes saber quién eres y de qué eres capaz. Así como nada grandioso se crea en un
instante, lo mismo sucede con el perfeccionamiento de nuestros talentos y aptitudes. Siempre
estamos aprendiendo, siempre estamos creciendo. Lo correcto es aceptar los desafíos. Así es
como se progresa hacia el siguiente nivel de desarrollo intelectual, físico o moral. Con todo, no te
hagas ilusiones: si intentas ser algo o alguien que no eres, empequeñeces a tu verdadero yo y
terminas por no desarrollarte en campos donde podrías destacar de forma natural. En el orden
divino cada uno tiene su vocación. Descubre tu destino y síguela fielmente.
22. Empieza a vivir tus ideales
Ha llegado el momento de que te tomes en serio vivir tus ideales. Una vez que hayas determinado
los principios espirituales a los que quieres servir de ejemplo, acata esas reglas como si fueran
leyes, como si en efecto fuera pecaminoso incumplirlas. No debe importarte que los demás no
compartan tus convicciones. ¿Cuánto más tiempo vas a ser capaz de postergar a quien realmente
quieres ser? Tu yo más noble no puede seguir esperando.
Pon en práctica tus principios, ahora. Basta de excusas y dilaciones. ¡Esta es tu vida! Ya no eres
un niño. Cuanto antes emprendas estos conocimientos de orden espiritual, más feliz serás. Cuanto
más esperes, más vulnerable serás ante la mediocridad y te sentirás lleno de vergüenza y
arrepentimiento, porque sabes que eres capaz de más. A partir de ahora, promete que dejarás de
defraudarte a ti mismo. Sepárate de la multitud. Decide ser extraordinario y haz lo que tengas que
hacer para que seas el que verdaderamente eres. No dejes que la vida se te escurra.
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