EL PAPA FRANCISCO
NOS HABLA
DE LA ESPERANZA
Selección de textos:
Matilde Eugenia Pérez T.
PRESENTACIÓN
En estos tiempos tan difíciles que vivimos, los cristianos
tenemos necesidad de la virtud de la esperanza, que
junto con la fe y la caridad, pertenece al grupo de las
virtudes teologales, que Dios mismo infunde en nuestra
alma, en el Sacramento del Bautismo, como una
semilla que nosotros debemos cultivar y hacer crecer,
para bien nuestro y de toda la humanidad, con nuestras
acciones cotidianas.
Necesitamos la esperanza, para vivir cada minuto de
nuestra vida con entusiasmo y alegría, como un regalo
maravilloso de Dios.
Necesitamos la esperanza para mirar siempre adelante, al
futuro que estamos construyendo, sin temores ni
dudas, con la plena certeza de que Dios camina con
nosotros y nos protege y ayuda.
Necesitamos la esperanza, para hacer lo que nos
corresponde con valentía y decisión, y tratar de superar
los problemas y dificultades que se nos van
presentando a medida que vamos caminando.
Necesitamos la esperanza para mirar cada vez más alto en
nuestros deseos y proyectos, en bien nuestro y de
quienes comparten su vida con nosotros.
Necesitamos la esperanza para que la fe que profesamos
pueda desarrollarse a plenitud.
Necesitamos la esperanza para iluminar el mundo con una
vida acorde con el Evangelio de Jesús, que es Buena
Noticia de salvación para la humanidad entera.
Necesitamos la esperanza para no decaer en nuestra lucha
cotidiana por el bien, la verdad, la belleza, la justicia, la
igualdad, la libertad y la paz, que son bienes a los que
todos tenemos derecho.
La esperanza proyecta nuestra vida a la eternidad sin fin, en
la plenitud de la felicidad y el amor de Dios.
Sin la esperanza, sin nuestra esperanza, sin la esperanza
de todos cuantos creemos en Jesús, y en su mensaje
de amor y de salvación, el mundo sería un lugar oscuro
y frío, imposible de habitar; un lugar en el que la muerte
sería dueña y señora, y los seres humanos estaríamos
condenados a la desesperación, que hace imposible
cualquier avance, cualquier crecimiento, cualquier
anhelo.
En sus homilías y catequesis, el Papa Francisco hace
contínua alusión a la virtud de la esperanza, como
virtud fundamental en la vida de todo cristiano, y nos
invita a reflexionar en ella y a pedir a Dios que la haga
crecer en nuestro corazón.
He aquí algunas de sus consideraciones más bellas y
dicientes.
Matilde Eugenia Pérez Tamayo
La esperanza
es la virtud
más pequeña,
quizá la más difícil
de comprender.
A mí me viene a la mente, cuando
pienso en la esperanza, una
imagen: la mujer embarazada que
espera un niño... ¡Está gozosa! Y
todos los días se toca la panza
para acariciar a ese niño, está en
expectativa del niño, vive
esperando a ese hijo... Imagina el
encuentro con su hijo.
La esperanza cristiana
es un don que Dios nos da,
si salimos
de nosotros mismos
y nos abrimos a Él.
El fundamento
de la esperanza cristiana
es el amor que Dios siente
por cada uno de nosotros.
El cristiano
está siempre
lleno de esperanza;
no puede dejarse llevar
por el desánimo.
El cristiano
está siempre
lleno de esperanza;
no puede dejarse llevar
por el desánimo.
La esperanza
es la "gasolina"
de la vida cristiana,
que nos ayuda a ir adelante
cada día.
La esperanza es luchar...
En la lucha de todos los días,
la esperanza es una virtud
de horizontes...
Vivir en la esperanza...
Vivir de la esperanza...
Mirando siempre hacia adelante
con coraje.
La esperanza cristiana
se expresa en la alabanza
y en el agradecimiento
a Dios,
que ha inaugurado
su Reino de amor,
de justicia y de paz.
La oración
te lleva adelante
en la esperanza,
y cuando las cosas
se vuelven oscuras,
más oración...
Y habrá más esperanza.
La esperanza es
como la levadura
que ensancha el alma;
hay momentos difíciles
en la vida
pero con la esperanza,
el alma sigue adelante,
y mira a lo que nos espera.
Señor, Dios de paz,
escucha nuestra súplica…
Mantén encendida en nosotros
la llama de la esperanza
para tomar con paciente perseverancia,
opciones de diálogo y reconciliación,
para que finalmente triunfe la paz.
Y sean desterradas
del corazón de todo hombre
estas palabras: división, odio, guerra.
(Oración por la paz,
Roma, 8 de Junio 2014)
Nuestra esperanza
no se funda
en nuestras capacidades
y en nuestras fuerzas,
sino en Dios
y en la fidelidad
de su amor.
Esta es
la estupenda realidad
de la esperanza:
confiando en el Señor
nos hacemos como Él;
su bendición nos transforma
en sus hijos
que comparten su vida.
Ver a Dios,
ser semejantes a Dios,
ésta es
nuestra esperanza.
La gran esperanza
hunde sus raíces en la fe,
y justamente por esto
es capaz de ir más allá
de toda esperanza.
Sí, porque no se funda
en nuestra palabra,
sino en la Palabra de Dios.
La esperanza cristiana
está ordenada
al cumplimiento futuro
de la promesa de Dios,
y no se detiene
ante ninguna dificultad,
ya que está fundada
en la fidelidad de Dios,
que nunca falla.
Esperar implica
tener un corazón
humilde, pobre.
Sólo un pobre sabe esperar.
Quien está lleno de sí
y sus bienes,
no sabe poner la confianza
en ningún otro,
sino en sí mismo.
Esperar significa
aprender a vivir en la espera...
Cuando una mujer se da cuenta
de que está embarazada,
cada día aprende a vivir
en la espera
de ver la mirada de ese niño
que llegará...
También nosotros debemos vivir
en la espera, de mirar al Señor,
de encontrar al Señor.
Si esperamos, es
porque muchos
de nuestros hermanos
y hermanas
nos han enseñado a esperar,
y han mantenido viva
nuestra esperanza.
Y entre ellos se distinguen,
los pequeños, los pobres,
los sencillos, los marginados.
El alma
de la esperanza
es el Espíritu Santo.
El modelo de la esperanza
es María,
que en medio
de las tinieblas de la pasión
y de la muerte de su Hijo,
continuó creyendo
y esperando
en su resurrección,
en la victoria
del amor de Dios.
¡Oh Dios de amor,
compasión y salvación!
Confórtanos y consuélanos,
fortalécenos en la esperanza,
y danos la sabiduría y el coraje
para trabajar incansablemente
por un mundo
en el que la verdadera paz y el amor
reinen entre las naciones
y en los corazones de todos.
(Oración en la Zona cero de Nueva York,
25 de septiembre de 2015)
La esperanza
que nos ha sido donada,
no nos separa de los demás.
Se trata en cambio
de un don extraordinario,
del cual estamos llamados
a convertirnos en "canales",
con humildad y simplicidad.
La esperanza cristiana
no puede prescindir
de la caridad
genuina y concreta.
La esperanza
que habita en nosotros,
no puede permanecer escondida
en nuestro corazón;
debe, necesariamente,
difundirse fuera,
tomando la forma exquisita
e inconfundible
de la dulzura, del respeto,
de la benevolencia hacia el prójimo,
llegando incluso a perdonar
a quien nos hace mal.
El amor
es el motor
que hace ir adelante
nuestra esperanza.
Tenemos necesidad
de fortalecer cada vez más
las raíces
de nuestra esperanza,
para que pueda dar fruto.
Para hablar de esperanza
con quien está desesperado,
se necesita
compartir su desesperación;
para secar una lágrima
del rostro de quien sufre,
es necesario unir a su llanto
el nuestro.
La esperanza tiene en pie la vida, la
protege, la custodia y la hace
crecer.
Si los hombres no hubieran cultivado
la esperanza, si no se hubieran
sostenido en esta virtud, no
habrían salido jamás de las
cavernas, y no habrían dejado
rastros en la historia del mundo.
Es lo más divino que pueda existir en
el corazón del hombre.
"Mientras haya vida,
hay esperanza”,
dice un dicho popular;
y es verdad también lo contrario:
mientras hay esperanza, hay vida.
Los hombres tienen necesidad
de la esperanza
para vivir,
y tienen necesidad
del Espíritu Santo para esperar.
Siembra esperanza:
siembra el bálsamo
de la esperanza,
siembra el perfume
de la esperanza
y no el vinagre
de la amargura
y de la des-esperanza.
Exulta en la esperanza.
Exulta en la esperanza,
porque el Señor te ama
como padre
y como madre.
Dios de Misericordia…
Te confiamos
a quienes han realizado
este viaje,
afrontando el miedo,
la incertidumbre y la humillación,
para alcanzar un lugar
de seguridad y de esperanza.
(Oración por los inmigrantes,
Lesbos 16 de abril de 2016)
La esperanza
ha entrado en el mundo
con la Encarnación
del Hijo de Dios.
¿Y cuál es
esta esperanza?...
La Vida eterna.
La Navidad tiene un sabor de
esperanza porque, a pesar de
nuestras tinieblas, la luz de Dios
resplandece. Su luz suave no da
miedo.
Dios, enamorado de nosotros, nos
atrae con su ternura.
Naciendo pobre y frágil en medio de
nosotros, como uno más, viene a
la vida para darnos su vida; viene
a nuestro mundo para traernos su
amor.
El pesebre y el árbol de navidad
son un mensaje de esperanza
y de amor,
y nos ayudan a crear
el clima navideño favorable,
para vivir con fe
el misterio del nacimiento
del Redentor,
venido a la tierra
con sencillez y mansedumbre.
El nacimiento de Cristo,
inaugurando la redención,
nos habla de una esperanza
segura, visible
y comprensible,
porque está fundada en Dios.
Jesús, Dios,
es hombre verdadero,
con su cuerpo
de hombre.
¡Está en el cielo!
Y esta es
nuestra esperanza.
Nuestra esperanza
no es un concepto,
no es un sentimiento,
no es un montón de riquezas.
¡No! Nuestra esperanza
es una Persona,
es el Señor Jesús,
que lo reconocemos vivo
y presente en nosotros
y en nuestros hermanos,
porque ha resucitado.
Esperar
es para el cristiano,
la certeza
de estar en camino
con Cristo,
hacia el Padre.
Yo espero,
tengo esperanza,
¡porque Dios
camina conmigo!
Camina
y me lleva de la mano.
Visitados y liberados por Jesús,
pidamos la gracia
de ser testigos de vida
en este mundo que tiene sed,
testigos que suscitan y resucitan
la esperanza de Dios,
en los corazones cansados
y abrumados por la tristeza.
Nuestro anuncio es la alegría
del Señor viviente.
La fe y la esperanza
son un don de Dios,
y debemos pedirlos:
¡Señor, dame – danos – la fe;
dame – danos – la esperanza!
¡Las necesitamos tanto!
Dios de misericordia
y Padre de todos,
Ayúdanos a compartir
las bendiciones
que hemos recibido de tus manos
y a reconocer que juntos,
como una única familia humana,
somos todos emigrantes,
viajeros de esperanza hacia Ti,
que eres nuestra verdadera casa,
allí donde toda lágrima será enjugada,
donde estaremos en la paz
y seguros en tu abrazo.
(Oración por los inmigrantes,
Lesbos 16 de abril de 2016)
Lo que hace a los cristianos
valerosos,
es la ESPERANZA.
La esperanza es el ancla
a la que aferrarse,
para luchar también,
en los momentos difíciles.
La esperanza es don de Dios.
Está ubicada
en lo más profundo del corazón
de cada persona,
para que pueda iluminar con su luz
el presente,
muchas veces turbado y ofuscado
por tantas situaciones
que conllevan tristeza y dolor.
Esta es
nuestra esperanza cristiana:
La luz de Jesús,
la salvación
que nos trae Jesús
con su luz que nos salva
de las tinieblas del pecado
y de la muerte eterna.
La esperanza cristiana
no es sólo un deseo,
no es optimismo;
para un cristiano
la esperanza es espera,
espera ferviente, apasionada,
por el cumplimiento último
y definitivo de un misterio,
el misterio del amor de Dios,
en el que hemos renacido
y en el que ya vivimos.
La esperanza
abre nuevos horizontes,
hace capaz de soñar
lo que no es
ni siquiera imaginable.
La esperanza hace entrar
en la oscuridad
de un futuro incierto,
para caminar en la luz.
Frente a la cizaña
presente en el mundo,
el discípulo del Señor
está llamado a alimentar
la esperanza
con el apoyo
de una inquebrantable confianza
en la victoria final del bien,
o sea de Dios.
La esperanza
que nos ofrece el Evangelio
es el antídoto contra
el espíritu de desesperación
que parece extenderse
como un cáncer,
en una sociedad
exteriormente rica,
pero que a menudo experimenta
amargura interior y vacío.
La esperanza que nos ofrece
el evangelio de la gracia
y de la misericordia de Dios
en Jesucristo;
la esperanza que inspiró
a los mártires...
Esa es la esperanza
que estamos llamados a proclamar
en un mundo que,
a pesar de su prosperidad material,
busca algo más, algo más grande,
algo auténtico y que dé plenitud.
El cristiano es un misionero
de esperanza.
No por su mérito,
sino gracias a Jesús,
el grano de trigo
que cae en la tierra,
ha muerto
y ha dado mucho fruto.
Que el Señor nos libre
de esta terrible trampa
de ser cristianos
sin esperanza,
que viven como si el Señor
no hubiera resucitado,
y nuestros problemas fueran
el centro de la vida.
Jesús crucificado,
refuerza en nosotros
la fe;
que no caiga
frente a la tentación.
Reviva en nosotros
la esperanza;
que no se desvanezca
siguiendo las seducciones
del mundo.
(Oración al terminar el Via Crucis,
Roma, Viernes Santo 3 de abril de 2015)
Esperar
es una necesidad primaria
del hombre;
esperar en el futuro,
creer en la vida.
Esperar significa e implica
un corazón humilde, pobre.
Solo un pobre sabe esperar.
Quien está lleno de sí
y de sus bienes,
no sabe poner la confianza
en ningún otro
sino en sí mismo.
Los pobres son siempre
los primeros portadores
de la esperanza.
Y en este sentido podemos decir
que los pobres,
también los mendigos,
son los protagonistas de la Historia.
Para entrar en el mundo,
Dios ha necesitado de ellos:
de José y de María,
de los pastores de Belén.
Los que esperan son aquellos que
experimentan cada día, la prueba, la
precariedad y el propio límite...
Nos dan el testimonio más bello, más
fuerte, porque permanecen firmes en
la confianza en el Señor, sabiendo
que más allá de la tristeza, de la
opresión y de la inevitabilidad de la
muerte, la última palabra será la
suya, y será una palabra de
misericordia, de vida y de paz.
En estos tiempos
que parecen oscuros,
y en los que tantas veces
nos sentimos perdidos
ante el mal y la violencia
que nos circundan,
y ante el dolor
de tantos hermanos nuestros,
necesitamos la esperanza.
La única seguridad
que nos salva
es la esperanza en Dios,
que también
nos hace caminar en la vida
con alegría,
con ganas de hacer el bien,
con ganas de ser felices
para toda la eternidad.
Cuando se desvanece
la esperanza humana,
comienza a brillar la divina:
“Lo que es imposible
para los hombres
es posible para Dios”.
La esperanza
en el Señor
no decepciona.
¡Las palabras
de Jesús
dan siempre
esperanza!
No estamos solos
en el combate
contra la desesperación.
Si Jesús ha vencido al mundo,
es capaz de vencer en nosotros
todo lo que se opone al bien.
Si Dios está con nosotros,
nadie nos robará
la virtud de la esperanza
que todos necesitamos para vivir.
Señor Jesús,
danos fortaleza;
danos un corazón libre;
danos esperanza;
danos amor,
y enséñanos a servir.
Amén.
(Oración con los Jóvenes,
Asunción Paraguay, 12 de Julio de 2015)
El cristiano
es una mujer,
es un hombre,
de esperanza.
Hay “algo más” que habita
en la existencia cristiana,
y que no se explica simplemente
con la fuerza de ánimo
o un mayor optimismo.
Nuestra fe, nuestra esperanza,
no son sólo optimismo;
son otra cosa más.
Es como si los creyentes
fuéramos personas
con un “pedazo de cielo” de más
sobre la cabeza.
La esperanza cristiana
se basa en la fe en Dios
que siempre crea novedad
en la vida del hombre,
crea novedad
en la historia
y crea novedad
en el cosmos.
Es un buen ejercicio
decirse a sí mismo:
Dios me ama.
Esta es la raíz
de nuestra seguridad,
la raíz de la esperanza.
La esperanza en Dios
no es una huída
de la realidad,
no es una coartada;
es poner manos a la obra
para devolverle a Dios
lo que le pertenece.
La esperanza en Dios
nos hace entrar,
por así decir,
en el radio de acción
de su recuerdo,
de su memoria
que nos bendice
y nos salva.
No pongamos jamás
condiciones a Dios,
y dejemos en cambio
que la esperanza venza
nuestros temores.
El Señor nos enseña
a no tener miedo
de seguirlo,
porque la esperanza
que ponemos en Él
no será defraudada.
Podemos hacernos
una pregunta:
¿Yo camino con esperanza,
o mi vida interior
está detenida, cerrada?...
¿Mi corazón es un cajón
cerrado
o es un cajón abierto
a la esperanza,
que me hace caminar,
no solo, sino con Jesús?...
Permanezcamos estables
en el camino de la fe,
con una firme esperanza
en el Señor.
Aquí está el secreto
de nuestro camino.
Bienaventurada María,
Virgen de Fátima…
Custodia nuestra vida
entre tus brazos:
bendice y refuerza
todo deseo de bien;
reaviva y alimenta la fe;
sostiene e ilumina la esperanza;
suscita y anima la caridad;
guíanos a todos nosotros
por el camino de la santidad.
(Oración a Nuestra Señora de Fátima,
Jornada mariana, 13 de Octubre de 2013)
Cuando en ciertos momentos
de la vida
no encontramos vía de escape
a nuestras dificultades,
cuando nos precipitamos
en la oscuridad más densa...
No debemos enmascarar
nuestro fracaso,
sino abrirnos confiadamente
a la esperanza en Dios,
como hizo Jesús.
La esperanza no es sólo
la certeza que te da seguridad
ante las dudas
y las perplejidades.
La esperanza es también
no tener miedo
de ver la realidad como es
y aceptar las contradicciones.
¡Cuántas tristezas,
cuántas derrotas, cuántos fracasos
existen en la vida de cada persona!
Pero Jesús camina
con todas las personas
desconsoladas,
y, caminando con ellas,
de manera discreta,
logra dar esperanza.
Yo espero, tengo esperanza,
¡porque Dios camina conmigo!
Camina
y me lleva de la mano.
¡Dios no nos deja solos!
El Señor Jesús
ha vencido el mal
y nos ha abierto el camino
de la vida.
Los discípulos de Jesús
están llamados a ser
sus testigos humildes pero valientes
para reencender la esperanza,
para hacer comprender que,
a pesar de todo,
el reino de Dios sigue siendo
construido
día a día,
con el poder del Espíritu Santo.
El creyente es aquel
que haciéndose cercano
al hermano,
abre caminos en el desierto,
es decir,
indica perspectivas de esperanza
incluso en aquellos contextos
existenciales difíciles,
marcados por el fracaso
y la derrota.
Jesús nos ha abierto
la puerta de la esperanza,
la puerta para entrar
al lugar donde contemplaremos
a Dios.
Jesús nos ha abierto
la puerta de la esperanza,
la puerta para entrar
al lugar donde contemplaremos
a Dios.
Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al
Padre celeste a la humanidad –
nuestra humanidad – que había
asumido en el seno de la Virgen
Madre, y que nunca dejará.
Como un ancla, fijemos nuestra
esperanza en esa humanidad colocada
en el cielo a la derecha del Padre.
Que esta esperanza sea el impulso de
nuestra vida. Una esperanza que nos
sostenga siempre, hasta el último
suspiro.
La fe que profesamos
en la resurrección
nos lleva a ser
hombres de esperanza
y no de desesperación,
hombres de la vida
y no de la muerte,
porque nos consuela la promesa
de la Vida eterna
enraizada en la unión
con Cristo resucitado.
Cuando pensemos en el fin,
con todos nuestros pecados,
con toda nuestra historia,
pensemos en el banquete
que gratuitamente nos será dado
y levantemos la cabeza.
Ninguna depresión,
¡esperanza!
Virgen Santa e Inmaculada…
Haz que nunca perdamos
el rumbo en este mundo:
que la luz de la fe
ilumine nuestra vida,
que la fuerza consoladora
de la esperanza
dirija nuestros pasos,
que el ardor entusiasta del amor
inflame nuestro corazón,
que nuestros ojos estén fijos en el Señor,
fuente de la verdadera alegría.
(Oración a la Virgen Inmaculada,
Roma 8 de diciembre de 2013)
Las esperanzas terrenas
caen ante la cruz,
pero renacen
esperanzas nuevas,
aquellas esperanzas
que duran por siempre.
Dios no dejará jamás
de querernos mucho.
Dios caminará con nosotros
siempre, siempre.
Esta es nuestra esperanza.
La verdadera esperanza
no es jamás
a poco precio;
pasa siempre
a través de la derrota.
Las dificultades,
las persecuciones,
cuando se viven
con confianza y esperanza,
purifican la fe
y la fortalecen.
Iluminados por la luz del Evangelio
y sostenidos por la gracia
de los Sacramentos,
especialmente la Eucaristía,
nosotros podemos orientar
nuestras elecciones al bien,
y atravesar con valentía
y esperanza,
los momentos de oscuridad
y los senderos más tortuosos,
que hay en la vida.
Jesús no quiere discípulos
capaces sólo
de repetir fórmulas aprendidas
de memoria.
Quiere testigos:
personas que propagan esperanza
con su modo de acoger,
de sonreír, de amar.
Cuando nos acercamos
con ternura
a los que necesitan atención,
llevamos la esperanza
y la sonrisa de Dios,
en medio
de las contradicciones
del mundo.
Toda la Iglesia está
en espera
de la venida de Jesucristo.
Jesús regresará,
y esta es
la esperanza cristiana.
La esperanza no es una idea...
La esperanza es concreta,
es de todos los días
porque es un encuentro.
Y cada vez que encontramos a Jesús
en la Eucaristía, en la oración,
en el Evangelio, en los pobres,
en la vida comunitaria,
damos un paso más
hacia este encuentro definitivo
con el Señor de la Vida.
Alimentados
por el Pan de la vida,
también nosotros,
junto a cuantos
nos han precedido,
esperamos con firme esperanza
el día del encuentro cara a cara
con el rostro luminoso
y misericordioso del Padre.
Oh María, Madre nuestra…
Saber que Tú,
que eres nuestra Madre,
estás totalmente
liberada del pecado,
nos llena de esperanza
y de fortaleza
en la lucha diaria
que debemos realizar,
en contra de las amenazas
del maligno.
(Oración a la Virgen Inmaculada,
Roma 8 de diciembre de 2014)
¿A quién hemos contagiado
con nuestra fe?...
¿A cuántas personas hemos alentado
con nuestra esperanza?...
¿Cuánto amor hemos compartido
con nuestro prójimo?...
Son preguntas
que nos hará bien formularnos?
Cada uno de nosotros
puede pensar
en el ocaso de su vida:
¿Cómo será mi ocaso?...
¿Lo miro con esperanza?...
¿Lo miro con la alegría
de ser acogido por el Señor?...
Este es un pensamiento
cristiano que nos da paz.
Jesús siempre está
junto a nosotros
para darnos esperanza,
para encender nuestro corazón
y decir:
“Ve adelante, yo estoy contigo".
Jesús ofrece
a las personas
que se han equivocado
la esperanza
de una vida nueva.
¡Cuántas veces las abuelas
saben decir la palabra justa,
la palabra de esperanza,
porque tienen
la experiencia de la vida,
han sufrido mucho,
se han encomendado a Dios,
y el Señor les da este don
de darnos consejos
de esperanza.
La esperanza
es espera de alguien
que está por llegar:
Cristo, el Señor,
que se acerca cada vez más
a nosotros,
día tras día,
y que viene
a introducirnos finalmente
en la plenitud de su comunión
y de su paz.
La esperanza es el hilo
de la historia de la salvación.
La esperanza
de encontrar al Señor
definitivamente.
El Reino de Dios
se vuelve fuerte
en la esperanza.
Cristo Jesús es
nuestra gran esperanza.
Contigo nada está perdido.
Contigo puedo siempre esperar.
Tú eres mi esperanza.
Como siervos alegres
de la esperanza,
estamos llamados a anunciar
al Resucitado,
con la vida
y mediante el amor.
Somos polvo que aspira al cielo. Débiles
en nuestras fuerzas, pero potente el
misterio de la gracia que está
presente en la vida de los cristianos.
Somos fieles a esta tierra, que Jesús ha
amado en cada instante de su vida,
pero sabemos y queremos esperar en
la transfiguración del mundo, en su
cumplimiento definitivo, donde
finalmente no habrá más lágrimas, ni
maldad ni sufrimiento.
A.M.D.G