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Ecce Homo.
Habitación de San Juan de Ávila. Montilla.
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AÑO JUBILAR AVILISTA
Con motivo del 125º aniversario de la beatificación de san Juan
de Ávila, el 450º aniversario de su muerte y el 50º aniversario de su
canonización, del 6 de abril de 2019 al 31 de mayo de 2020, los ancianos,
enfermos y todos cuantos por grave causa no puedan salir de casa podrán
obtener la Indulgencia Plenaria, si, arrepentidos de cualquier pecado y
con la intención de cumplir en cuanto sea posible las tres condiciones
habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por
las intenciones del Sumo Pontífice), se unen espiritualmente a las
celebraciones jubilares, ofreciendo a Dios misericordioso sus preces y sus
dolores o incomodidades de su propia vida.
NOVENA A SAN JUAN DE ÁVILA
Del 1 al 9 de mayo
ORACIÓN INICIAL
San Juan de Ávila. Sermón 49. Infraoctava del Corpus.
«Señor mío, ¡cuántos milagros hiciste en este mundo,
cuántos muertos resucitaste, cuántos cojos sanaste,
a cuántos ciegos diste lumbre,
a cuántos sordos diste oídos!
Ves aquí un muerto
que no tiene más que la lengua de vivo;
aplica en mí lo que padeciste,
ayuda a mi flaqueza, alumbra mis ojos,
haz que oigan mis oídos tus palabras de vida,
despierta mi alma de tan profundo sueño,
haz que mi corazón oiga tus palabras,
de tu dulzura da gusto a mi paladar
y haz que pierda el sabor que toma de mis pecados.»
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PENSAMIENTOS DEL MAESTRO ÁVILA
Día primero
Carta 24. A una señora monja atribulada.
Si a Dios tenéis, dondequiera os irá bien
«No se aduerma en vos la fe en Cristo, que Él no dormirá para
vuestro remedio. Pruebas son éstas que Él suele hacer a quien
ama para probarlos si le aman entre los trabajos y confían en
Él entre los peligros. Si de una vez os fiaseis de Dios y os
ofrecieseis a Él, no habría cosa que os espantase; de la poca
confianza nace la turbación, y por eso decía el Señor: No se
turbe vuestro corazón ni tema; creéis en Dios; pues creed en
mí (Jn 14, 1). De manera que la fe es sosiego del corazón. No
son, hermana, grandes nuestros trabajos, mas es pequeño
nuestro amor. Esto tomad por señal: si tenéis poco amor, que
os pesarán mucho los trabajos; y si mucho amor, ni aun
miraréis en ello. Todas las cosas podréis en Él. Si a Dios tenéis,
dondequiera os irá bien; y si no, dondequiera os irá mal.»
Día segundo
Sermón 27. Infraoctava de la Ascensión.
No pienses que es voz muda la que tienes en el cielo
«Todos estamos tristes, todos hemos menester un consuelo. El
Espíritu Santo tiene por oficio de consolar a todos. Dice
nuestro Redentor: Busqué quien me consolase, no lo hallé, me
dieron en manjar hiel, cuando había sed, me dieron a beber
vinagre (Sal 68, 21-22); estaba con tantas tristezas de dentro
y de fuera, que dijo Él mismo: Triste está mi alma hasta la
muerte (Mt 26, 38). ¡Qué de cansancios, qué de hambre, qué
de sed, qué de sudor por esos caminos! Fue tanto, hermanos
míos, lo mucho que nuestro Señor pasó; fueron tantos los
tormentos que pasó, los azotes, corona de espinas, las
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bofetadas que en su divino rostro le dieron. ¿Qué es la causa
de tantos dolores, Señor? Los dolores, los tormentos, ¿no son
pena de los pecados y castigo de los malos? A los que mal
hacen les conviene el castigo; vos, Señor mío, ¿qué mal fue el
que hiciste, que tantos tormentos pasaste? ¿Por qué tantos
dolores? Dice nuestro Redentor Jesucristo: ¿Qué deben
éstos? Señor, muchos pecados han hecho. Pues quiero
-dice Jesucristo- caiga sobre mí el castigo. Ten, pues,
hermano, confianza. No pienses que es voz muda la que tienes
en el cielo en tu defensa; los merecimientos de Jesucristo
están allá abogando por ti. Por la hiel que Él bebió estando
puesto en la cruz, te darán a ti la miel del Espíritu Santo.»
Día tercero
Carta 20. A una mujer que sentía mucha ausencia y disfavores de
Nuestro Señor.
Vuestro es mi Corazón, ¿qué teméis olvido?
«¡Oh si viésemos cuán metidos nos tiene en su corazón! Sea
para siempre Cristo bendito, éste es a boca llena nuestra
esperanza, que ninguna cosa tanto me puede atemorizar
cuanto Él asegurar. Por eso nos dices: Vuestro es mi Corazón,
¿qué teméis olvido? No hay cosa que os pueda dañar si me
amáis y de mí os fiáis… por el corazón, el cual se abrió en la
cruz por vosotros, para que ya no pongáis duda en ser
amados en cuanto es de mi parte, pues veis tales obras de
amor de fuera y corazón tan herido con lanza y más herido
de vuestro amor por de dentro. ¿Cómo os negaré a los que me
buscáis para honrarme, pues salí al camino a los que me
buscaban para maltratarme? ¡Qué poca confianza es ésta!
Bastarle debe que no está en otras manos sino en las mías,
que son también suyas, pues por ella las di a clavos de cruz.»
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Día cuarto
Sermón 13. Miércoles IV de Cuaresma.
Todos los engaños vienen de no orar
«Si tuvieseis callos en las rodillas de rezar y orar, si
importunaseis mucho a Nuestro Señor y esperaseis de Él que
os dijese la verdad, otro gallo os cantaría. ¿Quieres que te dé
su luz y te enseñe? Ten oración, pide, que darte ha. Todos los
engaños vienen de no orar. ¿No oras, no te encomiendas a
Dios? No te espantes que todo te derribe y todo te engañe.
Consulta a Cristo, aconséjate con Él. ¡Oh si me creyeseis! ¿De
qué os aprovecha Cristo, si andáis a vuestra voluntad y como
vos queréis y se os antoja? Leemos al Crucificado y muerto en
la cruz, y estamos nosotros vivos a las pasiones. Leo con
corazón, y me río de lo que leo. Leo palabras, no hay en mí
obras ningunas. Vino el maestro de los hombres, ¿y estás en
otras cosillas como si no hubiera venido Jesucristo? El mundo
está lleno de guerras. Cáese el mundo y estánse nuestros
pecados en pie. Hermanos, amansemos a Dios, tomemos en
nuestros corazones a Jesucristo, llevemos su cruz,
enmendemos nuestras vidas, pidámosle misericordia, que
hacérnosla ha.»
Día quinto
Carta 102. A una señora trabajada.
La cruz le dan, confíe que le dan al que se puso en ella
«Con estos tales golpes se fabrica la corona…Ya sabe que no
hay amor sin dolor, y mucho mayor en el de Dios, porque es
más verdadero amor, el cual ha de ser probado con trabajos,
como oro con fuego; y el que queda en pie, aquél es el fino y el
que hace que el Señor diga: Vosotros sois los que
permanecisteis conmigo en mis tentaciones; yo os dispongo el
reino, como mi Padre lo dispuso a mí (Lc 22, 28ss). En guerra
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está, tenga esperanza de la corona. La cruz le dan, confíe que
le dan al que se puso en ella, que Él y ella casados son; y por
eso está fijado con clavos, porque sepan todos que quien a
ella tiene, tiene a Él, y quien a El quisiere llevar, ha también
de llevar a ella; porque a los que Dios juntó, el hombre no los
aparte (cf Mt 19, 6). Consuélese, pues, vuestra merced en sus
peregrinajes y trabajos, que pues tiene la esposa, que es la
cruz, no se le negará el Esposo, que es el Crucificado.»
Día sexto
Carta 74. A una persona religiosa.
Corramos tras Dios, que no se nos irá; clavado está en la cruz
«Y sobre todo alleguémonos al fuego que enciende y abrasa,
que es Jesucristo nuestro Señor, en el Sacramento Santísimo.
Abramos la boca del alma, que es el deseo, y vamos sedientos
a la fuente de agua viva; que, sin duda, poniendo la miel en la
boca, algo gustaremos, y el fuego en el seno calentarnos ha. Y
después y antes del comulgar tengamos algún aparejo; y los
mejores son la fe cierta que vamos a recibir a Jesucristo
nuestro Señor, y el pensamiento y amor de su pasión, pues en
su memoria se hace. Corramos, pues, tras Dios, que no se nos
irá; clavado está en la cruz; allí le hallaremos muy cierto;
metámosle en nuestro corazón y cerremos las puertas de él
porque no se nos vaya. Muramos a las cosas visibles, pues las
hemos por fuerza de dejar. Renovémonos con novedad de
espíritu (cf Ef 4, 23), pues tanto tiempo hemos vivido en vejez.
Crezcamos en conocimiento y amor de Cristo, que es sumo
bien.»
Día séptimo
Carta 6. A un sacerdote.
El corazón del Señor, horno encendido de amor
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«¡Oh señor, y qué siente un alma cuando ve que tiene en sus
manos al que tuvo nuestra Señora! Mucho se mueve el alma
considerando: «A Dios tengo aquí»; mas cuando considera
que del grande amor que nos tiene -como desposado que no
puede estar sin ver y hablar a su esposa ni un solo día- viene a
nosotros, querría el hombre que lo siente tener mil corazones
para responder a tal amor. ¡Y tanto deseo tienes de verme y
abrazarme, que, estando en el cielo con los que tan bien te
saben servir y amar, vienes a este que sabe muy bien
ofenderte y muy mal servirte! ¡Que no te puedes, Señor, hallar
sin mí! ¡Que mi amor te trae! ¡Oh, bendito seas, que, siendo
quien eres, pusiste tu amor en un tal como yo! Y que vengas
aquí con tu Real Presencia y te pongas en mis manos, como
quien dice: «Yo morí por ti una vez y vengo a ti para que
sepas que no estoy arrepentido de ello; mas si me has
menester, moriré por ti otra vez». ¿Quién, Señor, se esconderá
del calor (cf. Sal 18, 7) de tu corazón, que calienta al nuestro
con su presencia, y, como de horno muy grande, saltan
centellas a lo que está cerca? ¡Tal, padre mío, viene el Señor
de los cielos a nuestras manos, y nosotros tales lo tratamos y
recibimos!»
Día octavo
Carta 4. A un predicador.
Más imprime una palabra después de haber estado
en oración que diez sin ella
«No tiene Dios negocio que más le importe que el de las
almas; y por ellas lo crió todo, y Él mismo se hizo hombre,
para en la carne que tomó, poder comunicarse con los
hombres. No miremos a otra parte sino a la gloria de Dios, y
ésta busquemos, y de ésta seamos pregoneros. Enviados
somos que quieran a Cristo; miremos no nos busquemos a
nosotros, que sería extrema traición. Fidelísimo fue Cristo a
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su Padre, cuya gloria siempre predicó y buscó. Nunca pierda
su oración y recogimiento; y en esto mire muy mucho, porque
he visto algunos que han dado cuanto tenían, y quedáronse
pobres para sí y para otros. Más imprime una palabra
después de haber estado en oración que diez sin ella. No en
mucho hablar, mas en devotamente orar y bien obrar está el
aprovechamiento. Y por eso así hemos de mantener a los
otros, nunca nos apartemos de nuestro pesebre y nunca falte
el fuego de Dios en nuestro altar.»
Día noveno
Sermón 62. Natividad de la Virgen.
Puerta es del cielo esta niña
«Dice la Sagrada Escritura que en el tiempo que reinó Joatán
(2Re 15, 35), edificó una puerta altísima. La Virgen María es
esta puerta. ¡Oh benditísima Virgen María! ¡Y cuántos
pensando en ti han sido librados de las puertas del infierno, se
han apartado de la suciedad de la carne y se han recogido en
tu humildad, se han abajado! ¡A cuántos descaminados has
guiado para Dios! ¡A cuántos enamora tu hermosura y por tu
servicio y limpieza no se han querido casar, sino ser vírgenes
y limpios por parecerte! Si veis una puerta tan linda, bien
edificada, muy rica, decís: «¡Oh santo Dios, y qué rica puerta!
¡Qué tal debe ser la casa que tal puerta tiene!». Luego os da
gana de entrar a ver la casa. Puerta es del cielo esta niña. Si a
la gloria habéis de ir, por esta puerta habéis de entrar. Hizo el
rey Joatán una puerta muy alta. Es muy grande la
misericordia de la Virgen. Misericordia tiene para cuantos se
la piden; blandas entrañas tiene llenas de amor y caridad.
¿Ves a esta nacida para ser madre de Dios y nuestra? Estad
en la puerta continuamente, que el cojo muchos días estuvo.
Si luego se fuera, no alcanzara la limosna que San Pedro le
dio (Hch 3, 2-6). Vete y di: «¡Señora, limosna! Muy malo he
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sido, pecador; muchas ofensas he hecho a Dios; no tengo cara
para parecer; no tengo ojos para hablar a vuestro Hijo.
Limosna os pido. Rogad por mí, alcanzadme perdón, rogad a
vuestro Hijo bendito por mí».
O bien:
Sermón 70. Asunción de María
La Virgen María, Pastora de las ovejas del Pastor
«Muy bien supo el Señor lo que hizo en dejar tal Madre en la
tierra, y muy bien se cumplió lo que estaba escrito de la
buena mujer, que confió en ella el corazón de su marido (Prov
31, 11). Porque lo que su esposo e Hijo Jesucristo había
ganado en el monte Calvario derramando su sangre, ella lo
guardaba y cuidaba y procuraba de acrecentar como
hacienda de sus entrañas, por cuyo bien tales y tantas
prendas tenía metidas. ¡Dichosas ovejas que tal pastora
tenían y tal pasto recibían por medio de ella! Pastora, no
jornalera que buscase su propio interés, pues que amaba
tanto a las ovejas (cf. Jn 10, 12), que, después de haber dado
por la vida de ellas la vida de su amantísimo Hijo, diera de
muy buena gana su vida propia, si necesidad de ella tuvieran.
¡Oh qué ejemplo para los que tienen cargo de almas! Del cual
pueden aprender la saludable ciencia del regimiento de
almas, la paciencia para sufrir los trabajos que en
apacentarlas se ofrecen. Y no sólo será su maestra que los
enseñe, mas, si fuere con devoción de ellos llamada, les
alcanzará fuerzas y lumbre para hacer bien el oficio.»
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ORACIÓN DE PETICIÓN
Señor y Dios nuestro, que en el Corazón traspasado
de tu Hijo, herido por nuestros pecados, nos has mostrado
las riquezas de tu amor, y en san Juan de Ávila nos has dado
un pregonero de ese amor divino para todos los hombres.
Concédenos por su intercesión que todo tu pueblo
santo, sacerdotes, consagrados y fieles laicos, crezcamos en
la santidad a la que Tú nos llamas, descubriendo y
acogiendo la hermosura de quien es todo hermoso:
Jesucristo.
Que, como él, seamos asociados a la pasión
redentora de Cristo para salvar por las lágrimas a muchos
hermanos. Danos espíritu de oración abundante, adoración
continua a la Santísima Eucaristía y devoción a la Virgen
Santísima.
Que por su intercesión crezcan las vocaciones al
sacerdocio ministerial y la renovación de la Iglesia en
nuestro tiempo venga precedida y alentada por la reforma
del clero y el fervor en los Seminarios.
Que el Espíritu Santo, fuego de amor en el que ardió
y se consumió el Maestro Ávila, doctor de la Iglesia
Universal, arda en nuestras vidas para que emprendamos
con nuevo ardor y nuevo entusiasmo los caminos de la
nueva evangelización para nuestra generación.
Que al venerar su memoria, alcancemos la gracia que
te pedimos por su intercesión. Amén.
Padre nuestro.
Credo.
Ave María.
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V./ Ruega por nosotros, san Juan de Ávila.
R./ Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de
nuestro Señor Jesucristo. Amén.
ORACIÓN FINAL
h Dios, que hiciste de san Juan de Ávila
un maestro ejemplar para tu pueblo
por la santidad de su vida
y por su celo apostólico,
haz que también en nuestros días
crezca la Iglesia en santidad
por el celo ejemplar de tus ministros.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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FESTIVIDAD DE SAN JUAN DE ÁVILA
10 de mayo
ORACIÓN EN LA CASA DEL SANTO MAESTRO
En 1554 el padre Ávila se retira a Montilla. Aquí podría trabajar
con el sosiego que necesitaba y con la limitación que las
enfermedades le imponían. Rehusando la habitación que la
marquesa de Priego le había preparado en su palacio, el maestro
Ávila se retiró a esta pequeña casa propiedad de la marquesa, de
paredes blanqueadas, de suelo tosco y empedrado, adornada por
parras y un pozo de agua en el patio, que fue testigo del gran
predicador de Andalucía durante los quince últimos años de su
vida.
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CAPILLA-ORATORIO
Cada mañana hacía dos horas de oración y se preparaba para
decir la Misa, en la cual gastaba todo el tiempo que la devoción le
dictaba, prolongándola a veces hasta casi dos horas. Estudiaba los
sermones que predicaba, de rodillas, puesto en oración. Por la
tarde, después de las visitas a los hospitales y las cárceles y la
enseñanza del catecismo a los niños, se recogía en casa para
entregarse durante otras dos horas a la oración. Tenía un crucifijo
de talla y su modo de hacer oración, como no podía estar de
rodillas por sus enfermedades, era asirse con una mano del clavo
de los pies y, sustentándose en pie, de esta manera se estaba las
horas en oración. Así recibió favores singulares, como el que ha
recogido la tradición iconográfica de haber oído de labios de Cristo
crucificado: “Juan, tus pecados te son perdonados”.
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De un sermón del padre Ávila
Sermón 10. Jueves I de Cuaresma
Necesidad e importancia de la oración
«No hay puerta cerrada para Dios. Siempre, de noche y de
día, podéis entrar a negociar con Él muy de gana. Y te oirá y
consolará y hará todo lo que fuere menester que convenga a
tu provecho. Gran misericordia es tener a ese Señor tan de la
mano, con quien tantos negocios y de tanta importancia
tenemos. Conviene, pues, siempre orar y estar siempre
delante de Él. Y cualquier cosa en que entiendes está ya bien
enhilada y acabada, no por eso te descuides de llamar al
Señor para que venga su ayuda y favor, sin el cual ni se
comenzara, ni se mediara, ni tuviera buen fin ese negocio en
que entiendes. No penséis que cosa buena podéis hacer sin su
consejo, antes sin él en todo erraréis.»
De una plática sobre la alteza del oficio sacerdotal
Enviada al P. Francisco Gómez, S. I., para ser predicada en un sínodo
diocesano de Córdoba. 1563 n.6
El sacerdote debe ser santo
«Mirémonos, padres, de pies a cabeza, alma y cuerpo, y
vernos hechos semejables a la sacratísima Virgen María, que
con sus palabras trajo a Dios a su vientre, y semejables al
portal de Belén y pesebre donde fue reclinado, y a la cruz
donde murió, y al sepulcro donde fue sepultado. Y todas estas
cosas santas, por haberlas Cristo tocado; y de lejanas tierras
las van a ver, y derraman de devoción muchas lágrimas, y
mudan sus vidas movidos por la gran santidad de aquellos
lugares. ¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar
donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en
los otros lugares? Y el sacerdote le trae con las palabras de la
consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la
Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de
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decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran
santidad. ¿Quién será aquel tan desventurado que, siendo
Dios tan preciado y honrado, dé consigo en el lodo y hediondo
cieno de los pecados? ¡Oh padres míos! Bienaventurados
somos si sabemos conocer y nos queremos aprovechar del
gran precio y estima con que somos honrados de Dios. Y ¡ay!,
¡ay!, ¡ay de nosotros si, siendo tan preciados de Él, no nos
preciamos a nos ni lo preciamos a Él!»
DESPACHO
A medida que su actividad exterior se reducía, el maestro Ávila se
concentró cada vez más en el apostolado de la pluma. Es ahora cuando
escribe gran parte de su epistolario. Desde Montilla redacta los
memoriales que dirige al concilio de Trento, los consejos que da al
arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, y los dos escritos que dirigió a
los concilios de
Granada y Toledo.
Corrige el tratado del
Audi Filia y examina
la Vida de santa
Teresa. Aquí
despachaba
correspondencia,
respondía a las
consultas que se le
hacían y recibía a los
que venían a visitarle
para hablar con él de
cosas del espíritu.
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Del Tratado del Amor de Dios nn.13-14
Cristo continúa presente
«No mires a tus fuerzas solas, que te harán desmayar, sino
mira a este remediador, y tomarás esfuerzo. Si, pasando el
río, se te desvanece la cabeza mirando las aguas, levanta los
ojos en alto y mira los merecimientos del Crucificado, que te
esforzarán a pasar seguro. Si te atormenta el espíritu malo de
la desconfianza, suena el arpa de David, que es Cristo con la
cruz (cf. 1 Sam 16, 23). Echa tus cuidados en Dios (Sal 53, 23)
y asegúrate con su providencia en medio de tus tribulaciones;
y, si crees de veras que el Padre te dio a su Hijo, confía
también que te dará lo demás, pues todo es menos.
No pienses que, porque se subió a los cielos, te tiene olvidado,
pues no se puede compadecer en uno amor y olvido. La mejor
prenda que tenía te dejó cuando subió allá (cf. 2 Re 2, 13),
que fue el palio de su carne preciosa en memoria de su amor.
Mira que no solamente viviendo padeció por ti, mas aun
después de muerto recibió la mayor de sus heridas, que fue la
lanzada cruel (cf. Jn 19, 34); porque sepas que en vida y en
muerte te es amigo verdadero y para que entiendas por aquí
que, cuando dijo al tiempo del expirar: Acabado es (Jn 19, 30),
aunque acabaron sus dolores, no acabó su amor. Dice San
Pablo: Jesucristo ayer fue, y hoy es también, y será en todos
los siglos (Heb 13, 8); porque cual fue en este mundo,
mientras vivió, para los que le querían, tal es ahora, y será
siempre, para todos los que le buscaren.»
Laus Deo
Alabado sea Dios
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HABITACIÓN Y LECHO DE SU MUERTE
Juan de Ávila vivió entregado a una vida austera de oración,
penitencia y trabajo apostólico. Su mobiliario era pobre y reducido:
unas tablas apoyadas sobre cuatro pies de madera como lecho y un
colchón que hubo de aceptar más tarde, obligado por mandato del
médico. Los jueves y los viernes no se acostaba, pasando la noche
entera en oración, en recuerdo de la Pasión del Señor. Completando
en su carne los dolores de Cristo, sufriendo por su Iglesia, de aquí
voló al cielo el 10 de mayo de 1569.
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De los últimos momentos y de la dichosa muerte
del padre Ávila, recogidos por sus biógrafos
Ya no tengo pena alguna en este negocio
A tal punto llegaron los dolores una noche, que el
Maestro pidió a Dios que se los quitase. Desapareció el
dolor, y a la mañana siguiente dijo a uno de sus discípulos:
“¡Ay, hermano, qué bofetada me dio esta noche el Señor! Me
ha humillado, dándome conocimiento de mi flaqueza, pues
rehusé como flaco llevar la carga”.
Los males fueron en aumento. El Maestro presentía
ya el fin. Le preguntaron si quería hacer testamento.
Contestó que no, porque no tenía nada que dejar a nadie.
Pidió confesarse. “Quisiera -dijo- tener un poco más de
tiempo para prepararme mejor para la partida”. Confesó y al
ver entrar al sacerdote en su habitación pidió el viático con
tierno y amoroso afecto diciendo: “Denme a mi Señor, denme
a mi Señor”. El padre le pidió que les dijese alguna cosa de
edificación antes de administrárselo. Él respondió “que el
Señor que quería recibir en aquel Santísimo Sacramento
había descendido de los cielos a la tierra para remedio,
sanidad y consuelo de pecadores arrepentidos; y que él era
uno de ellos y como tal pedía que se lo diese”.
Al poco vino el padre superior del Colegio de la
Compañía y dijo al Maestro, con intención de consolarle,
que Dios le daría en aquel trance muchas consolaciones. El
Maestro le miró y repuso: “No, padre, muchos temores por
mis pecados”. Recibió la extremaunción. Por la tarde
estaban junto al lecho del moribundo varios padres de la
Compañía, que procuraban consolarle. El padre Ávila se
volvió a ellos y les preguntó: “Padres míos, ¿qué es lo que
suelen decir cuando acompañan a los que van a morir por sus
delitos?” La respuesta fue clara: palabras de confianza en la
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misericordia de Dios y olvido de sí mismo. “Pues eso, eso,
padres míos; díganme mucho de eso”.
Llegó la marquesa de Priego, aquella mujer que tanto
había admirado al padre Ávila, y preguntó al Maestro que
qué quería que hiciera por él. “Misas, señora, muchas Misas y
aprisa” fue su respuesta. La marquesa le preguntó dónde
quería que fuese sepultado, mostrando que sería su gusto y
el de la condesa, sor Ana de la Cruz, se enterrase en santa
Clara. Pero él respondió que no, sino en el Colegio de los
Padres de la Compañía.
Era ya la tarde y el dolor iba subiendo al pecho; y
uno de sus discípulos que tenía un crucifijo en las manos, se
lo entregó; y él lo tomó con ambas manos y le besó los pies
y la llaga preciosa del costado con gran devoción y lo abrazó
consigo. Era ya noche y le apretaba mucho el dolor, y decía
a Nuestro Señor: “Bueno está ya, Señor; bueno está”. Llegó el
dolor hasta las once o doce de la noche, y él perseveraba
diciendo muchas veces, aunque ya con voz flaca: “Jesús,
María y José”.
Poco tiempo antes de morir le dio una gran congoja y
dando muestras que estaba con pena se volvió a la pared, a
un cuadrito que tenía de un Ecce Homo y habiendo estado
un rato mirándole, volvió con suma serenidad y dijo: “Ya no
tengo pena alguna en este negocio”. En todo este tiempo
ninguna mudanza hizo en su rostro ni en los ojos, de los que
suelen hacer los enfermos; mas antes la serenidad de
rostro, que siempre tuvo en la vida, conservó en la muerte.
El dolor no cesaba, ni él de invocar a Dios y repetir los
nombres de Jesús, María y José. Y apenas estuvo un cuarto
de hora sin habla, con esta paz y sosiego de espíritu a
Nuestro Señor. Las luces del amanecer comenzaban a
despuntar en el horizonte. Juan de Ávila había muerto. Era
el 10 de mayo de 1569, dies natalis del santo Maestro.
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PRECES
Demos gracias a Cristo, el buen pastor que entregó la
vida por sus ovejas y glorificó a su siervo Juan de Ávila, y
supliquémosle diciendo: Apacienta a tu pueblo, Señor.
Señor Jesucristo, que enseñaste a tus discípulos a orar,
haz que, como nos enseña el maestro Ávila, nuestra alma se
comunique contigo en el habla secreta e interior de la
oración.
Señor Jesucristo, que elevado sobre la cruz atrajiste a
todos hacia ti, haz que, como el maestro Ávila, siempre
tengamos los ojos puestos en ti, Dios humanado y
crucificado.
Señor Jesucristo, que cuidas de las ovejas de tu rebaño,
danos, por tu misericordia, espíritu, no de este mundo, sino
de tu Espíritu Santo, para que alumbrados y fortificados con
Él, conozcamos y agradezcamos tus inefables bondades.
Señor Jesucristo, que nos llamas a seguirte guiados por
tu vara y tu cayado, concede que siempre oigamos de buena
gana tu llamamiento, no nos hagamos sordos y te sigamos
con diligencia como hizo el maestro Ávila.
Padre nuestro.
ORACIÓN
h Dios, que hiciste de san Juan de Ávila
un maestro ejemplar para tu pueblo
por la santidad de su vida
y por su celo apostólico,
haz que también en nuestros días
crezca la Iglesia en santidad
por el celo ejemplar de tus ministros.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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Nuestra Señora de la Paz.
Capilla de la casa de san Juan de Ávila. Montilla.
«¿Qué será la alegría del hombre que entre en el cielo y vea la
hermosura y grandeza de la sacratísima Virgen María y vea a
su sacratísimo Hijo Jesucristo nuestro Señor, figurado por
Manasés, del cual dijo su padre Josef cuando nació: “Me ha
hecho Dios olvidar todos mis trabajos pasados”? Olvido de los
trabajos de la Virgen sagrada y de todos los que al cielo
fueren es Jesucristo, hijo de ella y señor nuestro. Entretanto,
subamos con el corazón y pidámosle nos alcance fuerzas para
la imitar en escoger la mejor parte, como ella la escogió.»
Sermón 71. Asunción de María
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