HORACIO ROSATTI
Dr. en Ciencias Jurídicas y Sociales
Profesor de Derecho Constitucional y Derecho Público Provincial y Municipal
Conjuez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación
TEORÍAS SOBRE EL ORIGEN LÓGICO DEL ESTADO
(Extraído del libro de ROSATTI, Horacio, “El origen del Estado”, ed. Rubinzal-Culzoni, 2002)
Introducción
La palabra “origen” puede interpretarse en dos sentidos: como „causa‟ o como
„inicio‟. En el primer caso “origen” es „fundamento‟; en el segundo es
„comienzo‟.
Las dos posibilidades de la expresión plantean distintas preguntas y remiten a
saberes diferentes: el origen como „causa‟ o 'fundamento‟ pregunta „¿por qué?‟
y demanda a la filosofía; el origen como „inicio‟ o „comienzo‟ pregunta
„¿cuándo?‟ e interpela a la historia.
Si la preocupación por el origen se centra en una realidad histórica como el
Estado, pareciera que las preguntas ¿por qué? y ¿cuándo? sólo pueden
responderse a partir de la ciencia que estudia el pasado: “El Estado X surge en
tal fecha y en tal lugar (¿cuándo?) –dirá el historiador- porque se dan
determinadas circunstancias (¿por qué?)”.
Sin embargo, desde el ángulo de la filosofía política, es posible preguntarse
„¿por qué?‟ prescindiendo de un tiempo y un lugar determinados. Si la
asociación entre seres humanos con deseos de permanencia (cualquiera sean
sus formas) constituye una constante histórica: ¿no podría buscarse una
respuesta más genérica -ajena a tiempo y espacio- que anidara en la condición
humana, o en la incidencia de múltiples factores vitales sobre la condición
humana? En este caso, la respuesta de la filosofía política podría formularse a
partir del renunciamiento a las precisiones de la historia. De modo que cuando
un pensador afirme que todo Estado surge de un contrato social o político no
habrá que buscar papeles firmados y sellados para acreditar que está en lo
cierto, dado que lo que está afirmando en realidad es que el fundamento de la
convivencia bajo forma estatal responde a un acuerdo de voluntades.
En las páginas siguientes habremos de consultar a la filosofía política acerca
del origen (entendido como “causa”) del Estado, asumiendo por „Estado‟ –en
sentido amplio- a „toda asociación política, con intención de permanencia,
intentada por los hombres‟.
1. El Estado como vocación social. Naturalismo
Llamamos „naturalismo‟ a la corriente interpretativa según la cual el Estado es
la consecuencia directa e inevitable del instinto gregario del hombre, un
impulso innato que lo lleva a buscar la convivencia con sus congéneres y en
cuya concreción se realiza como persona.
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A. Naturalismo clásico
Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.)
Afirma Aristóteles que “el Estado procede siempre de la naturaleza, lo mismo
que las primeras asociaciones, cuyo fin último es aquél; porque la naturaleza
de una cosa es precisamente su fin, y lo que es cada uno de los seres cuando
ha alcanzado su completo desenvolvimiento se dice que es su naturaleza
propia, ya se trate de un hombre, de un caballo o de una familia. Puede
añadirse que este destino y este fin de los seres es para los mismos el primero
de los bienes, y bastarse a sí mismos es, a la vez, un fin y una felicidad. De
donde se concluye evidentemente que el Estado es un hecho natural, que el
hombre es un ser naturalmente sociable, y que el que vive fuera de la sociedad
por organización y no por efecto del azar es, ciertamente, o un ser degradado,
o un ser superior a la especie humana” (*1).
En una escala asociativa que comienza en la familia y culmina en el Estado el
hombre despliega las potencialidades de su naturaleza, desarrolla su „humana‟
finalidad y alcanza su felicidad.
“No puede ponerse en duda que el Estado está naturalmente sobre la familia y
sobre cada individuo, porque el todo es necesariamente superior a la parte,
puesto que una vez destruido el todo, ya no hay partes, no hay pies, no hay
manos, a no ser que por una pura analogía de palabras se diga una mano de
piedra, porque la mano separada del cuerpo no es ya una mano real” (*2).
El instinto social es lo que diferencia a los hombres de quienes son menos que
él (brutos o idiotas) o de quien es más que él (Dios).
Se comprende que para los griegos el destierro fuese una pena más dura que
la muerte, en la medida en que condenaba a un hombre al desarraigo. Un
desarraigo que, a partir del extrañamiento territorial, le privaba de su vocación
natural de sociabilidad y, consecuentemente, de su posibilidad de humana
realización. Errante como un vagabundo de hombre sólo conservaría su
aspecto exterior
B. Naturalismo teológico
Santo Tomás de Aquino (1225 – 1274)
El pensamiento escolástico continúa la tradición aristotélica agregándole la
necesaria intervención divina. No es la naturaleza el último eslabón de la carga
genética humana sino Dios, quien al insuflarle vida le ha incorporado la „razón‟,
que lo diferencia de los animales y le permite comprender sus debilidades y „la
palabra‟ que le permite comunicarse con sus semejantes y organizar su
vocación social en su construcción terrena.
“Pues la naturaleza misma –dice Santo Tomás de Aquino- proveyó a otros
animales de sustento, de cubierto por la piel, de defensa en los dientes,
cuernos, uñas, o por lo menos en la velocidad de su fuga. Mas el hombre no
fue provisto por la naturaleza de nada de esto, sino que en su lugar se le dio la
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razón. Por ella puede proporcionarse a sí mismo todo mediante la industria de
sus manos, aunque para hacerlo no es suficiente un hombre solo. Un solo
hombre no podría recorrer su camino. Por ello es natural al hombre el vivir
asociado con sus semejantes. Otros animales más fácilmente están provistos
de instinto para captar todo lo que les es útil o nocivo, como la oveja, que
naturalmente siente al lobo como enemigo. Algunos otros animales por puro
instinto conocen ciertas hierbas medicinales y todo cuanto les es necesario
para la vida. Mas el hombre tiene conocimiento de todas estas cosas
necesarias para su vida, solamente en la comunidad, de modo que puede
llegar a conocer todo lo que necesita para vivir, a partir de su razón, que
procede comenzando por principios universales. Y no es posible que el hombre
llegue a conocerlo todo por la pura fuerza de su razón particular. Es pues
necesario que el hombre viva en sociedad, y que uno se ayude al otro, y que
cada uno se desarrolle en un campo de conocimientos, como uno en la
medicina, otro en un campo diverso, etc.” (*3).
No sólo el „instinto gregario‟, connatural a todo hombre, tiene su último
fundamento en Dios; también el „poder‟ que ejercerá el gobernante tiene
idéntico fundamento (*4).
2. El Estado como necesidad social. Contractualismo
Se denomina „contractualismo‟ a la corriente interpretativa según la cual el
Estado es el producto de una decisión racional de los hombres destinada ora a
resolver los conflictos generados por su instinto antisocial, ora a solucionar los
problemas emergentes de la convivencia.
El contrato es un acuerdo de voluntades por el que se crea el mecanismo
institucional de solución de las apetencias o las carencias –según sea el caso-
individuales que llamamos Estado. El contrato constituye un acto de lógica
política, es el producto de una decisión deliberada y racional disparada por la
necesidad de superar las deficiencias o insuficiencias humanas.
El contrato divide –desde un punto de vista lógico antes que cronológico- un
“antes” y un “después” que clásicamente se han denominado „situación pre-
contractual‟ o „estado de naturaleza‟ y „situación post-contractual‟ o „sociedad
civil‟, respectivamente.
La concepción antropológica en la situación pre-contractual determinará el
problema básico a resolver por el contrato (el valor primario a resguardar), fijará
sus términos (medidos por el grado de requerimientos o sacrificios que
padecerá la población) y dará origen a un tipo histórico específico de Estado.
A. El contrato según Thomas Hobbes (1588 – 1679)
a) Concepción antropológica en la situación pre-contractual
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El hombre es un ser agresivo por naturaleza. La agresividad es consecuencia
del deseo de sacar ventaja en un contexto inicial de igualdad fáctica en
términos de fortaleza e ingenio.
La combinación de la „ambición‟ y la „igualdad fáctica‟ genera un ambiente de
permanente conflictividad y recelo; la guerra sobrevuela la convivencia social.
El valor básico amenazado es la vida misma, puesta en disputa por el estado
de guerra (actual o latente) de todos contra todos. A partir de esta situación
inicial de inseguridad ninguna empresa humana tiene sentido.
“... durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que les
obligue a todos al respecto, están en aquella condición que se llama guerra; y
una guerra como de todo hombre contra todo hombre. Pues la guerra no
consiste sólo en batallas, o en el acto de luchar; sino en un espacio de tiempo
donde la voluntad de disputar en batalla es suficientemente conocida”.
“Lo que puede en consecuencia atribuirse al tiempo de guerra, en el que todo
hombre es enemigo de todo hombre, puede igualmente atribuirse al tiempo en
el que los hombres también viven sin otra seguridad que la que les suministra
su propia fuerza y su propia inventiva. En tal condición no hay lugar para la
industria; porque el fruto de la misma es inseguro. Y, por consiguiente, tampoco
cultivo de la tierra; ni navegación, ni uso de los bienes que pueden ser
importados por mar, ni construcción confortable; ni instrumentos para mover y
remover los objetos que necesitan mucha fuerza; ni conocimiento de la faz de
la tierra; ni cómputo del tiempo; ni artes; ni letras; ni sociedad; sino, lo que es
peor que todo, miedo continuo, y peligro de muerte violenta; y para el hombre
una vida solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta” (*5)
b) Términos del contrato
La transferencia de facultades desde la comunidad hacia el Estado, operada
por el contrato, debe cubrir –en toda instancia- la posibilidad de que el Estado
tenga las herramientas necesarias para garantizar la vida de los concedentes.
(“Sin la espada los pactos no son sino palabras”, dirá Hobbes).
El Estado absorberá todo el poder posible de la población y conformará –para
lograr su objetivo- una estructura institucional que en la práctica se presentará
virtualmente autosuficiente, por la magnitud de sus atribuciones,
autorreferencial por los fundamentos de su poder, hermética por su nula
permeabilidad frente a los reclamos de los súbditos, incondicional porque el
cumplimiento de sus fines es incompatible con la formulación de reservas de
parte de los contratantes al momento de contratar, impune pues toda
pretendida sanción al soberano sería una sanción del súbdito contra sí mismo,
e irreversible por los peligros que entrañaría retornar a la situación
precontractual (*6).
b) Tipo histórico de Estado emergente
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El producto institucional del contrato hobbesiano es el Estado absolutista que él
denomina “República”, un verdadero “Leviatán” (o “dios mortal” como elige
llamarlo Hobbes) de cuño monárquico.
Su poder se desplegará en las facultades de legislación, de enjuiciamiento y
decisión de controversias sobre la ley civil o natural o sobre cuestiones de
hecho, de regular a su arbitrio la libertad de expresión de sus súbditos
(pudiendo prohibirla), de conducir la milicia, de hacer la guerra o concertar la
paz tanto internamente cuanto fuera de su reino, de elegir y remover
consejeros y ministros en tiempo de paz y guerra, de recompensar con
riquezas y honor a quien considere conveniente y de establecer títulos de
honor y jerarquías sociales entre sus súbditos (*7).
Tales atribuciones no estarán sujetas a evaluaciones periódicas porque ello
debilitaría el accionar del soberano con el riesgo cierto de incumplir su objetivo.
Su poder se reafirmará por el temor que suscita la posibilidad de su
desaparición y la consecuente reaparición de un escenario de guerra de todos
contra todos.
B. El contrato según John Locke (1632 – 1704)
a) Concepción antropológica en la situación pre-contractual
Para John Locke los hombres en estado de naturaleza son libres “para ordenar
sus actos y para disponer de sus propiedades y de sus personas como mejor
les parezca, dentro de los límites de la ley natural, sin necesidad de pedir
permiso y sin depender de la voluntad de otra persona” y son iguales, “puesto
que no hay cosa más evidente que el que seres de la misma especie y de
idéntico rango, nacidos para participar sin distinción de todas las ventajas de la
naturaleza y para servirse de las mismas facultades” sean también iguales
entre ellos, sin subordinación ni sometimiento (*8)
En este contexto pre-contractual los hombres buscan su progreso personal,
pero en esta procura no tardan en encontrar a otros hombres que buscan lo
mismo. Los límites de la ambición humana, necesarios para garantizar la
seguridad y el derecho de propiedad de todos, deben ser establecidos por un
tercero imparcial.
El pensamiento de Locke ubica al hombre no como un ser envidioso por
naturaleza –tal como pensaba Hobbes (*9)- sino como un ser egoísta.
La diferencia entre un ser egoísta y un envidioso radica en que el primero sólo
quiere su progreso personal con prescindencia de la situación de los demás,
mientras que el segundo toma como referencia de su situación la de los demás;
al punto que estaría dispuesto a resignar su propio progreso si con ello lograra
que los demás no progresaran más que él.
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El ser egoísta se asemeja al envidioso por su falta de altruismo; se diferencian
porque el primero es individualista y el segundo es comparatista.
b) Términos del contrato
La dosis de poder concedida voluntariamente por contrato al gobernante debe
ser la mínima posible para asegurar el cumplimiento de las reglas de
procedimiento y actuación necesarias para garantizar el máximo disfrute de los
derechos y libertades de una persona compatible con idéntica prerrogativa por
parte de los demás.
El Estado debe fijar las reglas (legislación), difundir su conocimiento
(educación), evitar su violación (seguridad) y castigar su incumplimiento
(justicia) (*10).
Los habitantes tienen el derecho de resistir la opresión del gobernante que se
ha excedido en los términos del mandato otorgado por el contrato. “Únicamente
debe oponerse la fuerza –dice Locke- a la fuerza injusta e ilegal” (*11).
c) Tipo histórico de Estado emergente
La resultante institucional del contrato según Locke es el Estado liberal de
derecho, estado “mínimo” en lo atinente a sus facultades, estado “garantista”
en cuanto a los derechos de los habitantes y estado “policía” o “preventor” en
cuanto al bajo nivel de su intervención directa en la generación de políticas
activas en materia económica y social.
C. El contrato según Jean-Jacques Rousseau (1712 – 1778)
a) Concepción antropológica en la situación pre-contractual
El hombre es un ser bueno por naturaleza. „Nació libre pero vive encadenado‟.
¿Por qué?, se pregunta Rousseau (*12).
La respuesta a este interrogante crucial lo acerca a las corrientes del
romanticismo y lo coloca en la cúspide de la „teoría del buen salvaje‟. Es el
llamado „progreso‟, la „civilización‟ la que ha permitido el avance en las
comodidades al precio de un retroceso en las libertades.
Pero ya no es posible „volver atrás‟: el buen salvaje pertenece a un pasado al
que no es posible retornar por los mismos motivos por los que no puede
recuperarse la virginidad perdida. Hay que mirar hacia adelante y ocuparse de
la convivencia futura.
b) Términos del contrato
Rousseau introduce una variante interesante en la corriente interpretativa
contractualista. Él sostiene que los pactos son dos y no uno, porque antes de
interrogarse sobre las características del contrato de la comunidad con el
gobernante (contrato político) hay que preguntarse sobre las causas “por las
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que un pueblo es un pueblo” (contrato social), “pues siendo este acto
necesariamente anterior al anterior al otro, es el verdadero fundamento de la
sociedad” (*13).
La fortaleza del contrato societario (que da origen a lo que Rousseau llama
„voluntad general) es la clave de los términos del subsiguiente contrato político
y no al revés, como tal vez podría creer Hobbes, para quien la amalgama social
era generada por el „Estado-Leviatán‟, único garante de la subsistencia física
de la población.
Consolidada la „voluntad general‟ (por la participación de todos en el contrato
social) el paso subsiguiente es lograr que el gobernante sepa interpretarla. La
voz del pueblo es siempre una y su participación en los asuntos públicos la
garantía de la legitimidad de las decisiones del gobernante (*14).
c) Tipo histórico de Estado emergente
El resultado institucional de este doble contrato de Rousseau es el Estado
democrático social de derecho. Se trata de un Estado representativo, donde el
Parlamento es el instrumento fundamental de la „voluntad general‟ expresada
por medio de la ley.
3. El Estado como represión social
A. Marxismo clásico. Karl Marx (1818 – 1883) - Friedrich Engels (1820 – 1895)
Como corriente de pensamiento contemporánea, el marxismo es heredero de
la filosofía alemana, la sociología francesa y la economía política inglesa.
La peculiaridad del marxismo consiste –según Lenin (*15)- en haber combinado
con originalidad estos tres valiosos precedentes del pensamiento europeo,
tomando de la filosofía alemana el método dialéctico hegeliano de análisis de la
realidad; de la sociología francesa su preocupación por la igualdad social y de
la economía política inglesa de Adam Smith y David Ricardo los conceptos
básicos de capital, mercancía, dinero, mercado, etc., que permiten comprender
el funcionamiento del sistema capitalista.
Las desigualdades económico-sociales observables en la economía capitalista
en ebullición a mediados del Siglo XIX movilizan la preocupación del marxismo
tradicional. Esta preocupación reconoce precedentes en las corrientes
socialistas del Conde de Saint-Simon y sus seguidores, los saint-simonianos
(*16), de Charles Fourier y sus seguidores, los fourienistas (*17) y de Pierre-
Joseph Proudhon (*18). Se trata de ideas renovadoras (la unidad de los que
trabajan, sean industriales u obreros, contra los que se dedican al ocio; la
división „voluntaria‟ del trabajo según la vocación de los trabajadores) y de
experiencias altruistas (la fábrica asumida como una gran familia, el reparto de
las ganancias entre los obreros, etc.) generadas por espíritus inquietos. Para el
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marxismo estas experiencias reformistas son insuficientes; constituyen arrestos
individuales que no atacan la raíz del problema, porque no se han planteado el
problema sobre bases científicas sino sobre carriles voluntaristas.
El marxismo clásico (el de Karl Marx y Friedrich Engels) opone a los
socialismos previos, a quienes rotula peyorativamente como „utópicos‟, un
socialismo „científico‟ (*19). Científico porque parte de premisas concretas
(derivadas de los contenidos de la economía política clásica), porque analiza la
realidad con un método riguroso y porque exhibe sus conclusiones de un modo
sistemático y global.
El método dialéctico de análisis de la realidad, que Marx toma prestado de
Hegel, permite acceder al conocimiento a partir de sucesivas aproximaciones
generadas por la dinámica confrontativa que se plantea entre dos ideas
(asumida la primera como tesis y la segunda como anti-tesis) de cuyo
enfrentamiento surge una tercera idea (síntesis) que es un producto superador
de las anteriores. Esta síntesis volverá a ser confrontada, renovando el
enfrentamiento bipolar (tesis-antitesis) y dará lugar a un nuevo producto
superador (síntesis), reiterándose este proceso de diálogo que permitirá
aproximarse gradualmente al conocimiento de la realidad.
El marxismo ortodoxo adhiere al método dialéctico pero no a la impronta
idealista que le asigna Hegel; en lugar de las ideas -como factor dominante de
la realidad- introduce a la „materia‟ (materialismo dialéctico), entendida la
„materia‟ en su proyección social, es decir en la forma de las relaciones de
producción.
“En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas
relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de
producción que corresponden a una determinada fase de sus fuerzas
productivas materiales... El modo de producción de la vida material condiciona
el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la
conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, es su ser
social el que determina su conciencia” (*20).
En su interpretación de la historia, el marxismo emplea la dialéctica como
método, la materia como objeto de análisis y las clases sociales enfrentadas
como protagonistas del devenir. Ello le permite distinguir una sociedad antigua
en la que se enfrentan el amo y el esclavo; una sociedad feudal que enfrenta al
noble y al vasallo y una sociedad capitalista que enfrenta al burgués y al
proletario. El enfrentamiento de estamentos sociales se produce entre una
clase opresora y otra oprimida; en la sociedad antigua el amo es dueño y señor
del esclavo; en la sociedad feudal el noble tiene el dominio sobre el vasallo a
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través de la posesión de la tierra y de las relaciones que surgen de este factor y
en la sociedad capitalista el burgués domina al asalariado porque tiene la
posesión de los medios de producción (*21).
La tensión operada entre dominantes y dominados (lucha de clases) en cada
período va generando el paso de un esquema productivo al subsiguiente,
renovándose el enfrentamiento en un ciclo de tesis-antítesis-síntesis que
permite explicar el curso del devenir humano (materialismo histórico). La
brecha entre opresores y oprimidos va disminuyendo en cada etapa, puesto
que el asalariado en el capitalismo tiene más derechos que el vasallo en el
feudalismo y que el esclavo en la sociedad antigua. Dicho de otro modo: la
síntesis a la que se arriba luego de cada enfrentamiento constituye un
momento superador de la instancia histórica que lo originó. El marxismo se
plantea como una corriente de pensamiento optimista (vamos desde lo peor
hacia lo mejor) y nos espera –según su profecía- una instancia final de la lucha
de clases que enfrentará a burgueses y proletarios y dará paso, a partir del
triunfo de los últimos, al advenimiento de una sociedad igualitaria (socialismo).
Del „gobierno de los hombres‟, típico de los sistemas de dominación, se pasará
a la „administración de las cosas‟.
El Estado ha sido, en todo este proceso histórico, un aparato de dominación al
servicio de la clase opresora, un instrumento del que se ha valido el poderoso
de turno para mantener y reproducir su situación de predominio. Al igual que el
derecho, la filosofía o la religión, el Estado es siempre consecuencia de las
relaciones de producción imperantes en la época; el objetivo de estos „saberes‟
e „instituciones‟ es fundamentar, justificar y convalidar un determinado tipo de
relación económico-social de dominación (*22). Estos saberes e instituciones
constituyen la „superestructura‟ de la sociedad (“lo que se ve” en la superficie)
pero lo determinante subyace debajo (como los cimientos de un edificio o la
base de un iceberg); y lo que está debajo (en la „estructura‟ o „infraestructura‟)
es un cierto tipo de relaciones de producción (producción esclavista, feudal o
capitalista), que plantea un sistema de dominación social.
Con el advenimiento del socialismo y la sociedad igualitaria (sin clases sociales
y, consecuentemente, sin lucha de clases) el Estado –en tanto aparato de
dominación- carecerá de sentido y languidecerá hasta morir. Su cadáver será
exhibido como pieza de museo “junto a la rueda y al hacha de bronce”, según
la ingeniosa expresión de Engels (*23).
B. El pensamiento de Freud (1856 – 1939)
Para Sigmund Freud el ser humano está tensionado por los instintos de Eros
(amor) y Tanatos (muerte). Se trata de disposiciones innatas que compiten
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buscando la supremacía; Eros se presenta como un instinto vital y constructivo
y Tanatos como un instinto mortal y destructivo.
Pero el desborde tanto de uno como de otro instinto tornaría imposible la
convivencia humana, de modo que es necesario colocar frenos culturales. La
cultura es definida por Freud como „la suma de las producciones e instituciones
que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales‟ (en los
que dominan los instintos) produciéndose la „sustitución del poderío individual
por el de la comunidad‟ basada en el derecho (*24).
El Estado es un típico producto cultural edificado como una „manufactura‟ a
partir de los instintos primarios que constituyen la „materia prima‟. Esta
represión aparece sutil o asordinada en los sentidos del hombre
contemporáneo, tanto más cuanto mejor funciona el Estado en términos de
justicia e igualdad. Pero siempre habremos de estar „sentados sobre una
bomba de tiempo‟, percibiendo un malestar que no es sino el resabio de la
insatisfacción que generan los instintos reprimidos (aquellos que colocarían al
prójimo como un objeto sexual, como un factor de trabajo al que se puede
explotar, como un sujeto al que se puede humillar, martirizar o matar, como un
botín cuyas riquezas se pueden confiscar, etc.). “El hombre es lobo del
hombre” –recuerda Freud en clave de Hobbes- para preguntarse luego:
“¿Quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias
de la vida y de la historia?” (*25).
En la línea de este pensamiento inquietante, Freud advierte que cuando en una
comunidad se agita el ímpetu libertario, cuando el malestar es indisimulable, la
respuesta puede encontrarse en el mal funcionamiento de un Estado que es
llamado a corregirse en sus errores, defectos o iniquidades. Pero no hay que
descartar otra respuesta posible: que el malestar social sea el reflejo de una
parte de nuestra personalidad primitiva que se niega a ser „culturizada‟ por la
domesticación de sus instintos primarios (*26).
4. El Estado como comunidad o como sociedad. Max Weber (1864 – 1920)
Afirma Max Weber que las relaciones sociales pueden fundarse “en el
sentimiento subjetivo (afectivo o tradicional) de los partícipes de „constituir un
todo‟” o pueden fundarse “en una compensación de intereses por motivos
racionales o también en una unión de intereses con igual motivación”. En el
primer caso la relación social se denomina “comunidad”, en el segundo
“sociedad”. Las sociedades que se afirman en un acuerdo racional pueden a su
vez orientarse „con arreglo a valores‟ (cuando reposan en la convicción del
acierto de la propia vinculación) o „con arreglo a fines‟ (cuando reposan en la
convicción de la utilidad de la lealtad de la otra parte) (*27).
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Agrega Weber que la inmensa mayoría de las relaciones sociales contienen
componentes tanto „comunitarios‟ cuanto „societarios‟; no obstante, es posible
encontrar mayor afinidad en „una familia‟ o en „una tropa unida por sentimientos
de camaradería‟ con el tipo “comunitario” y mayor vinculación en „una relación
económica emergente del mercado‟ con el tipo “societario”.
Proyectando estas categorías al caso del Estado podríamos preguntar: ¿es el
Estado un típico caso de comunidad?, ¿es, por el contrario, un ejemplo de
sociedad?, ¿participa de ambos tipos asociativos? Y en este último caso,
¿cuáles son los factores que propician la „comunidad‟ y cuáles los que
propician la „sociedad‟? ¿Es posible formular una respuesta unívoca o toda
contestación posible remite a factores históricos, con lo cual quedaría frustrada
la pregunta sobre el origen lógico situada en un nivel de abstracción ajeno a un
tiempo y lugar específicos?
Desde una perspectiva lógica, es posible reconocer parentescos entre las
respuestas „naturalistas‟ sobre el origen del Estado (Aristóteles - Santo Tomás)
y el tipo asociativo “comunitario”; y entre las respuestas „contractualistas‟ y el
tipo “asociativo” societario (sociedad con arreglo a fines en el caso de Hobbes y
Locke; sociedad con arreglo a valores en el caso de Rousseau).
Sería mucho más complejo (y con dudosos resultados) procurar encontrar
paralelismos entre la clasificación weberiana de relaciones sociales y las
respuestas sobre el origen del Estado en Marx y en Freud.
(*1) ARISTÓTELES, “La política”, Libro Primero, Capítulo 1 (Origen del Estado y de la
sociedad).
En la edición de Espasa Calpe, Madrid, 1982, trad. Patricio de Azcárate, pág. 23.
(*2) Idem.
En la edición citada, pág. 24.
En el mismo sentido: ARISTÓTELES, “Ética a Nicómaco”, Libro I, 2.
En la edición del Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1970, trad. María Araujo y Julián
Marías, pág. 2.
(*3) TOMÁS DE AQUINO, “Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes”, Libro Primero,
Capítulo I.
En la edición de Ed. Porrúa, México, 1985, trad. Carlos Ignacio González S. J., pág. 257 y sgte.
(*4)TOMÁS DE AQUINO, op. cit., Libro Tercero, Capítulos I, II y III.
En la edición citada, págs. 308 a 312.
(*5) HOBBES, Thomas, “Leviatán”, Parte Primera (Del hombre), Capítulo XIII (De la condición
natural del género humano, en lo que concierne a su felicidad y miseria).
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En la edición de Ed. Nacional, Madrid, 1983, trad. Antonio Escohotado, pág. 223 y sgte.
(*6) HOBBES, T., op. cit., Segunda Parte (De la República), Capítulo XVII (De las causas,
generación y definición de una República).
En la edición citada, págs. 263 a 268.
(*7) HOBBES, T., op. cit., Segunda Parte (De la República), Capítulo XVIII (De los derechos de
soberanos por institución).
En la edición citada, págs. 268 a 278.
(*8) LOCKE, John, “Ensayo sobre el gobierno civil”, Capítulo II (Del Estado natural).
En la edición de Ed. Aguilar, Madrid, 1980, trad. Amando Lázaro Ros, pág. 5.
(*9) HOBBES, T., op. cit., Segunda Parte, Capítulo XVII.
(*10) LOCKE, J., op. cit., Capítulo VIII (Del comienzo de las sociedades políticas).
En la edición citada, págs. 73 a 97.
(*11) LOCKE, J., op. cit., Capítulo XVIII (De la tiranía).
En la edición citada, pág. 155.
(*12) ROUSSEAU, Jean-Jacques, “El contrato social”, Libro Primero, Capítulo I.
En la edición de Ed. Aguilar, Madrid, 1978, trad. Consuelo Bergés, pág. 6.
(*13) ROUSSEAU, J. J., op. cit., Libro Primero, Capítulo V (De cómo hay que remontarse
siempre a una primera Convención).
En la edición citada, pág. 15.
(*14) Idem, Libro Primero, Capítulo VI (Del pacto social).
En la edición citada, págs. 16 y 55.
(*15) LENIN (Ulianov, Vladimir Ilich), “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo”.
En la edición de Ed. Polémica, Buenos Aires, 1973, s/trad., págs. 19 a 26.
(*16) COLE, G. D. H., “Historia del pensamiento socialista”, Ed. Fondo de Cultura Económica,
México, 1980, trad. Rubén Landa, t. I (Los precursores), Capítulos IV y V.
(*17) FOURIER, Charles, “Doctrina social” (El falansterio), Ed. Júcar, Madrid, 1980, trad. José
Menéndez Novella; COLE, G. D. H., “Historia...”, op. cit., t. I (Los precursores), Capítulo VI.
(*18) COLE, G. D. H., “Historia...”, op. cit., t. I (Los precursores), Capítulo XIX.
(*19) ENGELS, Friedrich, “Del socialismo utópico al socialismo científico”.
En la edición de Ed. Anteo, Buenos Aires, 1974, págs. 49 a 105.
(*20) MARX, Karl, “Contribución a la crítica de la economía política”, Prefacio.
En la edición de Ed. Polémica, Buenos Aires, 1974, s/trad., pág. 7.
(*21) MARX, Karl – ENGELS, Friedrich, “Manifiesto del Partido Comunista” (I. “Burgueses y
proletarios”).
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HORACIO ROSATTI
Dr. en Ciencias Jurídicas y Sociales
Profesor de Derecho Constitucional y Derecho Público Provincial y Municipal
Conjuez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación
En la edición de Ed. Anteo, Buenos Aires, 1975, s/trad., págs. 31 a 49.
(*22) ENGELS, Friedrich, “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”.
En la edición de Ed. Sarpe, Madrid, 1983, trad. Ed. Progreso (Moscú), pág. 293.
(*23) Idem.
En la edición citada, pág. 296.
(*24) FREUD, Sigmund, “El malestar en la cultura”, 3.
En la edición de Ed. Alianza, Madrid, 1987, trad. Ramón Rey Ardid, págs. 33 y 39.
(*25) Idem, 5.
En la edición citada, pág. 53.
(*26) Idem, 3.
En la edición citada, págs. 39 y 40.
(*27) WEBER, Max, “Economía y sociedad”, Primera Parte: Teoría de las categorías
sociológicas. I. Conceptos sociológicos fundamentales.
En la edición de Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1980, trad. José Medina
Echavarría, Juan Roura Parella, Eugenio Imaz, Eduardo García Máynez y José Ferrater Mora,
pág. 33 y ss.
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