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Kant III

Kant comienza argumentando que los conceptos morales tienen su origen en la razón pura y no en la experiencia. Defiende que una "metafísica de las costumbres" debe basarse en principios morales a priori y no depender de ejemplos empíricos. Sostiene que los deberes morales deben ser válidos para todo ser racional y no solo para el ser humano.
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Kant III

Kant comienza argumentando que los conceptos morales tienen su origen en la razón pura y no en la experiencia. Defiende que una "metafísica de las costumbres" debe basarse en principios morales a priori y no depender de ejemplos empíricos. Sostiene que los deberes morales deben ser válidos para todo ser racional y no solo para el ser humano.
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o Kant: Segundo Capítulo; Tránsito de la filosofía moral popular a una metafísica de las

costumbres.

Kant comienza el capítulo afirmando que, hemos ido sacando nuestro concepto relativo al deber
del uso común de nuestra razón práctica, pero, de esto no se sigue que deba ser considerado
como un concepto empírico. Al contrario, cuando se analiza la experiencia sobre el hacer y el dejar
hacer de los hombres, podremos encontrar que no se puede encontrar un ejemplo íntegro sobre
la intención de un obrar por puro deber, que acontezca algo conforme a lo que manda el deber y
no si ocurre propiamente por deber, y posee un valor moral. El pensador alemán afirma que
múltiples autores han encontrado en la base de las acciones humanas un profundo egoísmo
natural, pero no ponen en duda el concepto de moralidad, dónde se omite por la fragilidad e
impureza de la naturaleza humana, “la cual es lo bastante noble para convertir tan respetable idea
en precepto suyo, pero al mismo tiempo es demasiado débil para cumplirlo y utiliza esa razón que
debiera servirle como legisladora para cuidar del interés de las inclinaciones aisladamente o, a lo
sumo, en su mayor compatibilidad mutua.”

Esto resulta imposible de estipular por medio de la experiencia de un único caso, donde la máxima
de una acción, conforme con el deber, se basa únicamente sobre preceptos y fundamentos
morales y la representación de su deber. Lo problemático se encuentra en que ni las más rigurosas
introspecciones logran evidenciar nada al margen del fundamento moral del deber que sea lo
suficientemente poderoso para que permita movernos a una u otra buena acción. Pero de esto no
se sigue que la causa auténtica que determina la voluntad no sea realmente un impulso por
egoísmo camuflado por el mero espejismo de aquella idea, pues “aunque nos guste halagarnos
atribuyéndonos falsamente nobles motivos, en realidad ni siquiera con el examen más riguroso
podemos llegar nunca hasta lo que hay detrás de los móviles encubiertos, porque cuando se trata
del valor moral no importan las acciones que uno ve, sino aquellos principios íntimos de las
mismas que no se ven.”

Kant afirma que quienes se burlan de la moralidad, al considerarla como un simple delirio de una
fantasía humana impulsada por la vanidad, no se le puede conceder los conceptos del deber, ya
que han de ser extraídos a partir de la experiencia y sólo así se puede asegurar un triunfo seguro.
Pero, quienes conceden que nuestras acciones son conforme al deber, deben mirar de cerca sus
caprichos y preocupaciones, ya que siempre nos es posible tropezar con la idea egoísta del amado
yo y en él encontrar el propósito de la acción y no sobre un mandato del deber. Para realizar dicha
acción, afirma el pensador alemán, no es necesario ser un enemigo de la virtud, sino únicamente
ser un observador sereno que su única motivación sea la del hacer el bien con su autenticidad,
teniendo así, una virtud genuina. Esto debería ser suficiente para abandonar las ideas sobre el
deber y así conservar su respeto hacia su ley y su convicción sobre la acción. Lo importante en este
punto se encuentra en el mandato de la razón sobre el deber, y cómo la experiencia evidencia que
todo aquello que depende de la razón se determina a la voluntad mediante fundamentos a priori.

Si tenemos presente que, si no deseamos cargar de toda la verdad a algún concepto de moralidad,
es importante resaltar que la ley deba tener una significación extendida para todos los hombres y
a su vez, para todo ser racional en general, de modo absolutamente necesario sin ninguna
excepción. Por este motivo, afirma Kant, resultaría obvio que, ninguna experiencia puede dar lugar
a una inferencia de tales leyes convincentes o al menos su posibilidad, porque no tendríamos la
suficiente capacidad de profesar un respeto sin límites como precepto universal para toda

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naturaleza racional, a lo que posiblemente sólo sea válido para unas determinadas condiciones de
la humanidad.
Pero “¿Cómo unas leyes para determinar nuestra voluntad deben hacerse pasar por leyes
destinadas a determinar la voluntad de cualquier ser racional y ser tomadas en cuanto tales por
leyes nuestras, si fuesen meramente empíricas y no tuviesen su origen íntegramente a priori en la
razón práctica pura?” Kant afirma que el peor servicio que se puede rendir a la moralidad es
hacerla depender de los ejemplos, ya que cualquier ejemplo que se presente, debe ser evaluado
previamente por principios morales, y así determinar si puede servir como ejemplo para
suministrar el concepto de moralidad. El pensador alemán afirma que hasta el santo evangelio
debe ser comprobado primero con base al ideal de perfección moral antes de ser comparado
como tal ya que él mismo pregunta: “¿Por qué me llamáis bueno a mí, a quien veis, si nadie es
bueno, el arquetipo del bien, salvo el único Dios, al que no veis?” También ¿De dónde nace que el
concepto de Dios, en tanto supremo bien, sea el ideal de perfección? “Exclusivamente de la idea
sobre perfección moral que la razón proyecta a priori asociándola indisolublemente con el
concepto de una voluntad libre.” Por este motivo, el ejemplo no sirve de apoyo en lo moral ya que
pone fuera de duda que sea viable lo que ordena la ley, hacen intuitivo lo que la regla práctica
manifiesta de la manera más universal y nunca podría justificar el acomodarse a ejemplos y
marginar al auténtico original que se encuentra en la razón.

Con esto, se entiende que no existe ningún principio supremo de moralidad que no descanse
sobre la razón pura y tampoco es necesario cuestionar si resulta conveniente presentar in
abstracto, esos conceptos como se constan a priori junto a los principios que les corresponde a
dicho conocimiento que se debe distinguir del común y merezca ser llamado como filosófico, así
pueda ser necesario resaltarlo como tal, en una época como la nuestra. Porque, si llega a
considerarse si resulta preferible un conocimiento racional puro, que se separe de todo lo
empírico, es decir, una metafísica de las costumbres o una filosofía practica popular, es evidente
hacia qué lado se inclinará la mayoría.

Continuando, la condescendencia hacia los conceptos del pueblo, afirma Kant, es meritoria en el
sentido cuando se verifica con plena satisfacción el ascenso hasta los principios de la razón pura,
ya que significaría fundamentar la teoría de las costumbres sobre la metafísica. Y después de
mantener lo anterior, se procura un acceso a través de la popularidad. “Pero es manifiestamente
absurdo pretender complacer a ésta, ya en esa primera indagación sobre la que descansa
cualquier precisión de los principios.” Dicho proceder jamás podrá reivindicar el mérito de alcanzar
la popularidad filosófica, porque no existe arte alguno en intentar hacerse comprender de una
manera sencilla, cuando se ha renunciado a ello para realizar un examen bien fundado. A
comparación de la mescolanza repulsiva de observaciones mal logradas con principios a medio
razonar, con la que se deleitan las mentes más básicas y banales, intentando encontrar allí algo de
uso en el parloteo diario. Los filósofos que ven éste engaño, pero no le presta demasiada atención
a la presunta popularidad podrán ser seducidos por ella.

Kant muestra que si uno observa los ensayos filosóficos que tocan el tema de la moralidad con ese
gusto particular por lo popular, se encuentra con la determinación de la naturaleza humana donde
se entremezcla la perfección, la felicidad y demás sin centrarse en aquello que donde realmente se
hayan los principios de la moralidad en el conocimiento de la naturaleza humana y su dependencia
con la experiencia. O, por el contrario, de no ser así, los principios podrán ser encontrados
plenamente a priori y libres de cuanto sea empírico en los conceptos de la razón pura. Sin que la
más mínima parte provenga de algún otro lugar, comenzando con el proyecto de asilar esta

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indagación filosófica práctica pura metafísica de las costumbres, para llevarla hasta su mayor
consumación y esperar que el público reclame su popularidad.

La metafísica de las costumbres, completamente aislada de elementos como la antropología, la


teología, la física, etc. No supone un sustrato indispensable de cualquier conocimiento teórico
sobre los deberes, sino que al mismo tiempo constituye un desiderátum para la ejecución de los
preceptos. La representación pura del deber y la ley moral, sin mezcla y adiciones ajenas provistas
por bases empíricas, se ejecuta sobre el corazón humano gracias al camino de la razón que puede
ser práctica por sí misma. La razón es superior al resto de móviles que pueden encontrarse desde
el campo empírico, ya que, aquella representación pura del deber desprecia los móviles empíricos
y con ello, reconoce su dignidad y aprende a dominar poco a poco su lugar como teoría moral
mixta. La cual combina como móviles sentimientos, inclinaciones y al mismo tiempo la razón. Pero,
no se debe dejar que dichas motivaciones nos inclinen hacia el mal.

Continuando, Kant afirma que, de lo anterior dicho, resulta que todos los conceptos morales
tienen su origen a priori en la razón humana. Ya que, la razón humana al ser más común sobre
aquellas cosas que alcanza las más altas especulaciones, resulta también, que los principios no
pueden ser abstraídos a partir del conocimiento empírico. Este conocimiento es contingente y
resulta que, en esa pureza de su origen, es decir la razón, se encuentra su dignidad para servir
como principio práctico. También, resulta que al añadir algo empírico, se sustrae la misma
proporción al auténtico influjo y al valor ilimitado de las acciones, ya que, no lo exige únicamente
desde un punto de vista teórico, limitado a la especulación, sino desde la máxima importancia de
tomar los conceptos y las leyes de la razón pura. Así, exponiéndolos sin mezcla alguna para
determinar el contorno de todo el conocimiento racional practico y puro, esto es para Kant, la
capacidad global de la razón práctica pura, sin hacer aquí una dependencia a los principios de la
particular naturaleza humana. La filosofía especulativa permite encontrar porqué las leyes
morales deben valer para cualquier ser racional y de dichas leyes se deriven conceptos universales
y nos muestre a la moral como algo absolutamente independiente de la antropología, de la que
precisa para su aplicación a los hombres, mostrando a la moral como filosofía pura, como
metafísica. No sería solo en vano determinar con exactitud el enjuiciamiento especulativo lo
relacionado con la moral del deber en tanto es conforme a sí mismo, sino que también resulta
esto imposible dentro del uso común practico.

Kant afirma que, para avanzar en la consolidación de éste tratado, es importante superar la forma
en cómo el enjuiciamiento moral común y la filosofía popular nos conducen hacía la metafísica, ya
que, para el autor alemán, solo avanzan a tientas. Por esto, se ha de observar y describir la
capacidad racional práctica, comenzando por sus reglas de determinación universales, hasta
donde surge el concepto de deber. El pensador alemán afirma que la naturaleza opera conforme a
la ley y únicamente un ser racional es capaz de obrar según la representación de las leyes o
ajustándose a los principios del obrar, con esto el ser racional posee una voluntad. Para que
nuestras acciones sean producidas a partir de leyes es necesario tener la facultad del razonar, por
este motivo, “la voluntad no es otra cosa que razón práctica.” Al considerar a la razón como origen
de la voluntad, todas nuestras acciones que sean consideradas como objetivamente necesarias,
también lo serán subjetivamente, es decir, “la voluntad es una capacidad de elegir sólo aquello
que la razón reconoce independientemente de la inclinación como prácticamente necesario, o sea,
como bueno.” Pero, aclara Kant que, si la razón es incapaz de determinar a la voluntad y la
voluntad está sometida a diferentes motivos que no son los de la razón, obviamente no serán

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objetivas, es decir, si la voluntad no actúa conforme a la razón, las acciones no serán reconocidas
objetivamente, sino serán contingentemente subjetivas. La voluntad que actué de dicha manera
supondría un apremio, es decir, “la relación de las leyes objetivas para con una voluntad que no es
del todo buena será ciertamente representada como la determinación de la voluntad de un ser
racional por fundamentos de la razón, si bien esa voluntad no obedece necesariamente a estos
fundamentos según su naturaleza.”

Continuando, Kant expresa que, cuando la representación de un principio objetivo es motivada


por la voluntad y la razón es un mandato y “la fórmula del mismo se denomina imperativo.” Todos
los imperativos deben ser expresados mediante un deber-ser, mostrando así la relación con la ley
objetiva de la razón y con una voluntad que no está determinada por una modalidad subjetiva.
También, el pensador alemán afirma que sería bueno hacer o dejar de hacer algo, si una voluntad
no actúa bajo la representación de lo bueno, pero, es importante aclarar que el termino de bueno
implica un término práctico. Es determinado por la voluntad mediante las representaciones de la
razón. Esto sería por causas objetivas más no subjetivas, y esta objetividad es entendida como
principios válidos para cualquier ser racional. “Se distingue de lo agradable o aquello que sólo
ejerce influjo sobre la voluntad mediante la sensación basada en causas meramente subjetivas,
que sólo valen para el sentido de éste o aquél y no como principio de la razón que vale para todo
el mundo.”

Lo anterior, se explica de mejor manera en una nota a píe de página, donde Kant explica que la
dependencia de la capacidad de elección sometida al deseo es llamada, inclinación; mientras, la
dependencia de una voluntad contingentemente determinable en relación con los principios de la
razón es llamado, interés. “Este sólo tiene lugar por lo tanto en una voluntad dependiente que no
siempre es de suyo conforme a la razón; en la voluntad divina no cabe imaginar interés alguno.”
Pero, afirma el pensador alemán que la voluntad humana también puede cobrar interés por algo
sin que se obre por interés. Esto dividiría la acción en dos consideraciones, la primera denotaría un
interés práctico por la acción, mientras que la segunda sería un interés patológico por el objeto de
la acción. El interés práctico nos muestra que la voluntad solo depende de los principios de la
razón, mientras que el interés patológico se encuentra en que la voluntad depende de principios
de la razón sometido a la inclinación. La razón en este punto, es únicamente un indicativo de la
regla práctica, sobre cómo remediar la necesidad de la inclinación. Para Kant, la importancia del
primer caso radica en la acción, mientras en el segundo está en el objeto de la acción.
Anteriormente se ha visto cómo una acción por mor al deber no debe enfocarse al interés hacia el
objeto, sino un interés hacia la acción misma y su principio en la razón, es decir, la ley.

Continuando, una voluntad perfectamente buena se encuentra bajo leyes objetivas del bien, pero
no por esto es representada como apremiada para realizar acciones conformes a la ley, ya que,
según su modalidad subjetiva, solo está determinada por la representación del bien. “De ahí que
para la voluntad divina y en general para una voluntad santa no valga imperativo alguno: el deber-
ser no viene aquí al caso, porque el querer coincide ya de suyo necesariamente con la ley.” Por
este motivo, los imperativos, según Kant, sólo se formulan para expresar la relación de las leyes
objetivas del querer en general con la imperfección subjetiva de la voluntad humana o del ser
racional.

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El pensador alemán afirma que los imperativos se expresan de dos maneras: hipotéticamente o
categóricamente. El imperativo hipotético representa la necesidad practica de una acción a
realizar como medio para conseguir alguna otra cosa que se quiere. Mientras que el imperativo
categórico, representa una acción objetivamente necesaria por sí misma, sin ningún fin de por
medio. Kant explica que, como toda ley práctica, la acción se representa de manera buena y
también necesaria para un sujeto susceptible de verse determinado por la razón. Por este motivo,
todos los imperativos son fórmulas para catalogar la acción que es necesaria según el principio de
una buena voluntad y no de ningún otro modo. “Si la acción fuese simplemente buena como
medio para otra cosa, entonces el imperativo es hipotético; si se representa como buena en sí, o
sea, como necesaria en una voluntad conforme de suyo con la razón, entonces es categórico.”

Teniendo en cuenta lo anterior, el imperativo nos dice que acción posible, gracias a mi actuar,
sería buena y representaría la regla práctica en relación con una voluntad que no se ejecuta por el
hecho de ser buena, ya que el sujeto no siempre está en conocimiento si dicha acción es buena y
así lo supiera, sus máximas pueden ser contradictorias a los principios objetivos de una razón
práctica. El imperativo hipotético sólo nos dice que una acción es buena para algún propósito
posible o real, es un principio problemático-práctico, un principio asertórico-práctico. Mientras
que el imperativo categórico, no se refiere a ningún otro propósito que no sea el suyo, su único fin
está en sí mismo, entonces sería un principio apodíctico-práctico.

De lo anterior se sigue que, aquello que es posible gracias a la fuerza de algún ser racional,
también puede ser pensado para cualquier voluntad. Por tal motivo, se pretende que, el principio
de la acción se encuentra en hecho infinitos, comprendiendo que la acción es representada como
necesaria para conseguir propósitos realizables a través del mismo. Para Kant, esto es indiscutible
en todas las ciencias, ya que se evidencia la parte práctica, en donde el problema es relativo a un
fin posible para nosotros y de imperativos sobre cómo podemos lograr dicho fin: “de ahí que tales
imperativos puedan ser llamados de la habilidad. La cuestión aquí no es si el fin es razonable y
bueno, sino solamente lo que uno ha de hacer para conseguirlo.”

Kant afirma que existe un fin que se puede presuponer en todos los seres racionales, y existe un
propósito que lo tienen a partir de su necesidad natural y es el propósito de la felicidad. El
imperativo hipotético, representando la necesidad práctica de la acción, ve esto como medio para
la promoción de la felicidad lo cual es asertórico. No se presenta simplemente como necesario
para un propósito incierto, que a su vez puede ser posible, sino para un propósito que a priori se
presupone con seguridad que es para cualquier hombre, ya que, pertenece a su esencia. El
pensador alemán explica que la habilidad de elegir los medios relativos en búsqueda del mayor
bienestar propio es llamada prudencia. Este término necesita de una aclaración, porque puede ser
considerada de dos maneras: mundana o privada. La prudencia mundana es la habilidad que tiene
un hombre de poseer influjo sobre los demás con el fin de lograr sus propósitos. Mientras que la
prudencia privada es la pericia para lograr todos los propósitos a favor del propio provecho
duradero. “Esta última es aquella a la que se retrotrae incluso el valor de la primera y de quien se
muestra prudente con arreglo a la primera acepción, mas no con respecto a la segunda; sería más
correcto decir que es diestro y astuto, pero en suma es imprudente.” De esto se sigue, que el
imperativo que hace referencia a la elección de los medios para lograr la felicidad propia, o sea, la
prescripción de la prudencia, sigue moviéndose en el campo del imperativo hipotético, en el
sentido que no es para sí sino está guiada como medio para un determinado propósito.

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Pero, existe un imperativo que no coloca condiciones a su fundamento, sino la exigencia de que no
exista ningún otro propósito que sea el proceder por sí mismo, este es, el imperativo categórico.
Este imperativo no concierne a la materia de la acción y lo que posiblemente resulte de ella. Se
enfoca en la forma y al principio de donde se sigue la propia acción y, lo esencialmente bueno de
sí mismo es la intención independientemente de su éxito. Este es el imperativo de la moralidad.

Continuando, “el querer según estos tipos de principios se diferencia también claramente por la
desigualdad en el apremio de la voluntad.” Kant señala que la diferencia se ajusta a su
jerarquización y los denomina como: reglas de la habilidad, consejos de la prudencia o mandatos
(leyes) de la moralidad. El pensador alemán afirma que, únicamente la ley conlleva el concepto de
una objetiva necesidad incondicionada, es por lo tanto válida universalmente. Los mandatos son
leyes que hay que obedecer, y se cumplen aun estando en contra de las inclinaciones. Los consejos
también implican una necesidad, pero están bajo la condición contingente de la subjetividad y del
valor que le dé determinado individuo, pero el imperativo categórico actúa de manera contraría,
ya que no se ve afectada por ninguna condición y al ser absolutamente necesaria, desde el punto
de vista práctico, es llamado con propiedad como un mandato. El filósofo alemán, también
asegura que se pueden denominar a los primeros imperativos como técnicos, a los segundos como
pragmáticos, los cuales se pueden definir como “las sensaciones que no emanan propiamente del
derecho de los Estados, sino de las providencias para el bienestar general. Una historia es
entendida como pragmática cuando nos hace prudentes, es decir, instruye al mundo cómo puede
procurar su provecho mejor o, cuando menos, tan bien como en tiempos pasados.” Mientras que
a los terceros se les denomina como morales, es decir, relativos a la conducta libre, es decir, a las
costumbres.

Pero Kant ahora nos plantea la siguiente pregunta: ¿Cómo son posibles todos esos imperativos? La
pregunta no busca averiguar cómo se puede pensar la culminación de la acción que opera sobre el
imperativo, sino al contrario, el cómo puede ser pensado el mandato de la voluntad que el
imperativo se expresa en el problema. Para el filósofo alemán, pensar en la existencia de un
imperativo de la habilidad es algo que no necesita de un gran debate. Porque, quien desea un fin
en tanto la razón motiva su acción, buscará los medios para tener todo lo que desea en su poder.
“Esta proposición es analítica en lo que atañe al querer, pues en el querer un objeto como efecto
mío está ya pensada mi causalidad como causa agente, o sea, el uso del medio, y el imperativo
extrae el concepto de las acciones necesarias para este gin a partir del concepto de querer dicho
fin. (determinar los propios medios de un propósito en liza es algo que sin duda les corresponde a
proposiciones sintéticas, pero éstas no conciernen al motivo, el acto de la voluntad, sino a la
realización del objeto.)” Para entender esto de mejor manera, Kant ejemplifica utilizando la
división de una línea, en donde al querer dividirla en dos partes iguales, utilizaremos un principio
que afirma que debemos de trazar dos arcos cruzados desde sus extremos, esto es una
proposición sintética enseñada por la matemática. Pero, cuando sabemos que solo puede darse el
efecto pensado a través de una acción y queremos el efecto, también querremos la acción que se
requiere para dicha acción. Lo anterior sería una proposición analítica, ya que al representar algo
como un efecto posible gracias a mí y, a su vez, representarme a mí actuando de una determinada
manera con vistas a ello.

Para Kant, los imperativos de la prudencia se relacionan con los de la habilidad y son igualmente
analíticos, en tanto fuese sencillo dar una definición de felicidad. Se puede afirmar que quien

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quiere un determinado fin también querrá, en una necesaria conformidad con la razón, los medios
para que todo esté en su poder. El autor alemán afirma que la noción de felicidad es un concepto
demasiado impreciso. Así el hombre busque conseguir la felicidad, nunca podrá decir con
exactitud y de acuerdo consigo mismo lo que realmente quiere y desea. El motivo está en que
todos los elementos que pertenecen al concepto de felicidad son empíricos, es decir, tienen que
ser tomados de la experiencia, para que sea absoluta y nos asegure un máximo de bienestar en
todas las posibles circunstancias. Pero, es imposible que un ser finito, así sea perspicaz y logre
tener una idea precisa de aquello de lo que realmente quiere. El pensador alemán demuestra
cómo es imposible lograr esto: si queremos riquezas ¿Cuántas preocupaciones, envidias y
acechanzas nos traerían pretender tender una gran riqueza? “Si quisiera tener grandes
conocimientos y ser muy perspicaz, acaso esto le dotara tan sólo de una mayor agudeza en su
mirada para mostrarle como más horribles unos males que ahora le pasaban desapercibidos y
sigue sin poder evitar, o quizá sus apetitos impusieran unas nuevas necesidades a satisfacer.” Si
queremos una larga vida ¿cómo sabríamos si ésta estaría llena de calamidades? Si queremos gozar
de una gran salud ¿cómo podemos evitar cualquier achaque del cuerpo? No somos capaces de
precisar lo que nos hará realmente felices, porque para ser felices, no podemos obrar según
principios bien precisos. Sólo podemos seguir consejos empíricos que nos ha enseñado la
experiencia y nos brindará mayor bienestar.

De lo anterior podemos afirmar que, los imperativos de la prudencia no pueden presentar


objetivamente las acciones como práctico-necesarias y deben ser tenidas más bien como
recomendaciones mas no como mandatos de la razón. El problema de cómo determinar precisa y
universalmente que acción nos encaminará en la felicidad de un ser racional es completamente
irresoluble. Por esto, un imperativo es imposible que nos haga felices, porque la felicidad no
depende de la razón, sino de la imaginación: “El concepto de felicidad no es abstraído por el
hombre a partir de sus sentidos; es más bien una mera idea de un estado, a la que el hombre
pretende adecuar dicho estado bajo condiciones meramente empíricas.” Es un ideal que está
sobre fundamentos empíricos de los cuales es vano esperar que determinen una acción que,
gracias a la cual se alcance la totalidad de consecuencias que es realmente infinita.

El imperativo de la prudencia es una posición analítico-práctica, que admite que los medios para la
felicidad se señalan con certeza y sólo se diferencia del imperativo de la habilidad en el sentido
que, para éste, el fin es posible. Pero, mientras para el de la prudencia, es algo que ya viene dado.
Ambos ordenan el medio para aquello que se supone que es el fin, el imperativo que busca querer
los medios y querer también el fin es al final analítico.

Kant afirma que, a comparación de lo anterior, el imperativo de la moralidad es la única pregunta


necesitada de una solución. Al no ser hipotético, la necesidad representada objetivamente, no
puede sostenerse sobre ninguna presuposición, como si sucedía en los imperativos hipotéticos.
También es importante resaltar que no se puede estipular a partir de ningún ejemplo, es decir,
empíricamente. Si hay por doquier un imperativo semejante, es posible que detrás de un
imperativo categórico se oculte un hipotético. Para entender esto de mejor manera Kant nos da
un ejemplo: cuando decimos «No debes prometer con engaño», asumimos que la necesidad de
abstenerse no sólo está en el simple consejo para evitar algún mal. Pero si dijéramos «No debes
prometer mintiendo para evitar quedar desacreditado si fueras descubierto», la acción de este
tipo debe ser considerada como mala y así el imperativo de la prohibición es categórico. Pero, no

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se puede probar con certeza mediante ningún ejemplo, donde la voluntad quede determinada
simplemente por la ley sin que intervenga otro móvil, ya que es posible que, en secreto, tenga
influencia sobre la voluntad, el miedo a la vergüenza o el temor a otros peligros. “¿Quién puede
demostrar la inexistencia de una causa mediante la experiencia, cuando ésta se limita a
enseñarnos que no percibimos dicha causa?

El imperativo moral, que se evidencia como categórico e incondicionado, es una prescripción


gramática que nos hace estar atentos a nuestro provecho y nos enseña a tenerlo en cuenta. Por
esta razón, debemos indagar completamente a priori la posibilidad de un imperativo categórico,
sin tener la ventaja de su realidad que está dotada por la experiencia y así su posibilidad sólo será
necesaria explicarla y no para estipularla. Kant afirma que el imperativo categórico es el único que
se expresa en forma de ley práctica y, los demás pueden denominarse como principios de
voluntad, pero no leyes. Por esto, lo que es necesario para conseguir un propósito arbitrario
puede ser considerado como suyo de manera contingente y, podremos zafarnos de la prescripción
si renunciamos del propósito. A comparación del mandato incondicionado, éste no deja libre a la
voluntad para tener algún margen discrecional con respecto a lo contrario, siendo así, el único que
lleva consigo esa necesidad que reclamamos a las leyes.

Continuando, el imperativo categórico o ley de la moralidad nos presentan una serie de


dificultades para captar su posibilidad: Kant afirma que se trata de una proposición sintético
práctica a priori, dónde se asocia con la voluntad el acto a priori sin presuponer alguna condición
por parte de algún deseo o inclinación y, por tanto, es necesariamente, pero, sólo objetivamente,
bajo la idea de una razón que tenga control sobre los motivos subjetivos. La proposición práctica
no se deduce analíticamente, ya que el querer una acción a partir de otra que ya está presupuesta.
Se asocia, más bien, inmediatamente, el querer con el concepto de la voluntad, una voluntad de
un ser racional, como algo que no está dentro de dicho concepto. Las proposiciones sintético-
prácticas, son de gran dificultad en el conocimiento teórico, y también lo son en el conocimiento
práctico.

Ante este problema, Kant afirma que es necesario primero conocer si, el simple concepto del
imperativo categórico no suministra, en sí, la fórmula del mismo y que también contenga la única
proposición que pueda ser un imperativo categórico. Al pensar un imperativo hipotético, no
sabemos su contenido hasta que se nos da la condición, pero, cuando pensamos en un imperativo
categórico, sabemos inmediatamente que contiene. Porque, sabemos que este imperativo,
además de ser ley, sólo contiene la necesidad de la máxima de ser conforme a la ley. Kant
comprende que una máxima es un principio subjetivo del obrar y se diferencia del principio
objetivo, es decir, de la ley práctica. La máxima contiene la regla práctica que la razón determina
conforme a las condiciones del sujeto, es el principio conforme se obra. La ley es el principio
objetivo del obrar del ser racional, es el principio por el cual un sujeto debe obrar, es un
imperativo. Continuando, la ley no entraña condición alguna a la que se vea limitada, es la
universalidad de la ley general, y está conforme a la máxima de la acción y es así como el
imperativo se representa como necesario.

En este punto, Kant define el imperativo categórico en donde, “obra sólo según aquella máxima
por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en una ley universal.” Teniendo este
único imperativo, podemos deducir todos los demás imperativos del deber, incluso si dejamos de

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decidir si aquello que denominamos como deber, no sea un concepto vacío, podremos demostrar
lo que pensamos y así darnos a entender que definimos sobre el concepto de deber. “Como la
universalidad de la ley por la cual tienen lugar los efectos constituye aquello que propiamente se
llama naturaleza en su sentido más layo, o sea la existencia de las cosas en cuanto se ve
determinada según leyes universales, entonces el imperativo universal del deber podría rezar
también así: obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley
universal de la naturaleza.”

Kant enumera algunos deberes a partir de la usual división de los mismos en deberes, deberes
hacia nosotros mismos y hacia los demás, en deberes perfectos e imperfectos:

1. Alguien que, por una serie de eventos desafortunados, entre en una obscura depresión,
desesperación y un profundo hastío por la vida. Usando su razón encuentra que la mejor
salida para acabar con tan semejante agobio sea arrebatarse la vida. Deberá entonces
considerar su acción como si fuese una máxima universal de la naturaleza: “Su máxima
sería esta: «En base al egoísmo adopto el principio de abreviarme la vida cuando ésta me
amenace a largo plazo con más desgracias que amenidades prometa».” ¿Puede ser un
principio de egoísmo una ley universal de la naturaleza? Kant afirma que es contradictorio
pensar en el suicidio cuando parece ser que la naturaleza actúa en pro de su conservación,
por tal motivo, es imposible que ésta sea una ley de la naturaleza, ésta máxima no tiene
principios en la naturaleza y contradice el principio supremo del deber.

2. Otro se ve forzado a perder todas sus riquezas y su único sustento ahora se encuentra en
pedir dinero prestado. Se sabe bien que no podrá pagar, pero también se sabe que la
única forma de conseguir dinero será mintiendo. A pesar que se ve obligado a mentir, aún
con uso de razón se cuestiona si realizar dicha acción es la única forma de superar la
pobreza. “Suponiendo que con todo se decidiese a ello, la máxima de su acción sería del
siguiente tenor: «Cuando me crea sumido en un apuro económico, pediré dinero a crédito
y prometeré devolverlo, aunque sepa que nunca sucederá tal cosa».” El principio egoísta
del auto-convencimiento que a futuro podría ser beneficioso en tanto pueda superar la
pobreza. Pero ¿Esto es justo? ¿Es suficiente para mentir? La pretensión egoísta se
transforma en ley universal y es evidente que nunca podría ser ley de la naturaleza. Al ser
ley universal, todos sabríamos que estamos mintiendo, lo cual sería imposible que alguien
crea mi mentira y así no recibiría beneficio económico para superar mi indigencia.

3. Una persona encuentra verse talentoso en determinada cualidad y prevé que con cierto
cultivo de esta cualidad podrá convertirlo en algo útil para cumplir diversos propósitos.
Pero, agradecido con las comodidades prefiere someterse bajo el deseo que comenzar con
un cultivo de sus habilidades. “Pero todavía se pregunta, si al margen de su máxima sobre
descuidar sus disposiciones naturales coincida de suyo con su propensión hacia lo
placentero, se compadece también con aquello que se llama «deber».” Kant manifiesta
que la naturaleza puede subsistir ante esa ley universal, así los hombres dejen enmohecer
su talento y reduciendo sus vidas al goce. Pero ¿Queremos que ésta sea una ley universal?
El pensador encuentra esperanza en los seres racionales y desea que todos desarrollen sus

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capacidades, ya que, al final de cuentas, les será útil no sólo para ese sujeto sino
posiblemente para todos.

4. Esta persona disfruta de una buena vida, pero ve que a las demás personas luchan en
contra las dificultades de la vida. Pero, a esta persona no le importa, realmente es apático
con las personas que lo rodean, ya que él sabe que no puede cambiar esa situación y en
realidad no le interesa hacerlo. “Desde luego, si semejante modo de pensar se convierta
en una ley universal de la naturaleza, el género humano podría subsistir y, sin duda, mejor
todavía que cuando todo el mundo habla mucho de compasión y benevolencia,
apresurándose a ejercitarlas ocasionalmente, pero en cambio miente allí donde puede,
trafica con el derecho de los hombres o lo quebranta de algún otro modo.” Pero, al
considerarse como una posible ley universal ¿Realmente queremos vivir así? Si una
voluntad opera de dicha manera, se contradice a sí misma, ya que existen casos donde se
precisa amor y compasión por los otros.

Kant afirma que estos son algunos de los muchos deberes reales. Podemos querer que una
máxima de nuestra acción se convierta en una ley universal: “tal es el canon del enjuiciamiento
moral de una máxima en general.” Varias acciones están hechas de una forma en que su máxima
no puede ser pensada sin contracción como ley de la naturaleza y menos pretender que deban ser
leyes universales de la naturaleza. Pero, existen otros casos en dónde no es posible encontrar la
contradicción interna, pero si resulta imposible querer que esa máxima sea elevada a ley universal
de la naturaleza, ya que la misma voluntad entraría en contradicción consigo misma. “Se advierte
fácilmente que la primera contradice al deber más estricto (ineludible), la segunda al más alto
(meritorio) y así, por lo que atañe al tipo de obligatoriedad (no al objeto de su acción) todos los
deberes quedan cabalmente ordenados por estos ejemplos en su dependencia del único
principio.”

El pensador alemán afirma que, al poner atención a nosotros mismos, en cada transgresión al
deber, nos damos cuenta que nuestras máximas están lejos de querer ser leyes universales. Esto
es imposible, y más bien, se debe considerar como ley aquello que esté en contra de dicha
máxima, y nos tomamos la libertad de hacer excepción a esa ley para nosotros en provecho de
nuestros deseos. Si logramos evaluar todo desde el punto de vista y el uso de la razón, podríamos
ser capaces de encontrar una contradicción en nuestra voluntad y determinaríamos que principio
objetivo es necesario como ley universal a pesar que subjetivamente no tenga una validez
universal, sino que debería presentarse a excepciones.

En el primer caso, Kant encuentra que nuestra acción parte del punto de vista de una voluntad
enteramente conforme a la razón y luego, una voluntad completamente afectada por la
inclinación. En este punto no existe contradicción sino más bien, una resistencia de las
inclinaciones sobre los preceptos de la razón (antagonismus), por lo cual, la universalidad del
principio (universalitas) se transforma en una validez general (generalitas), dependiendo a que el
principio práctico de la razón debe reunirse con la máxima a mitad de camino. “Aun cuando esto
no puede justificarse en nuestro propio juicio imparcial, ello sí demuestra que reconocemos
realmente la validez del imperativo categórico tan sólo nos permitimos (con todo respeto hacia
esa validez) algunas excepciones que se nos antojan tan insignificantes como acuciantes.”

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En este punto, Kant ha demostrado que el deber debe entrañar una legislación real para nuestras
acciones y sólo pueden ser expresadas en imperativos categóricos, pero no en imperativos
hipotéticos. También se ha mostrado claramente su uso y el contenido del imperativo categórico
que debe albergar en sí y este es, el principio de todo deber. Pero, afirma el pensador alemán que
estamos lejos de demostrar a priori que un imperativo tiene lugar realmente, es decir, que existe
una ley práctica que manda sobre cualquier móvil y a su vez, el cumplimiento de la ley está
cumplir con el deber. Para esto es importante resaltar que no tiene sentido alguno deducir la
realidad de ese principio a partir de algún atributo de la naturaleza humana. Porque el deber es
una necesidad-práctico incondicionada, valiendo para todo ser racional y a su vez para la voluntad
humana.

Pero, lo que sea deducido a partir de las peculiaridades de la disposición natural de la humanidad
y se deduzca de ciertos sentimientos, propensiones y de una particular orientación que sea propia
de la razón humana, no se tiene que valer para la voluntad de todo ser racional. Esto, afirma Kant,
es algo que puede proporcionarnos una máxima, pero no una ley, nos puede servir al
suministrarnos un principio subjetivo que nos permita tener inclinaciones sobre el obrar, pero, no
sería un principio objetivo donde nos vemos obligados a obrar, independiente si nuestra
inclinación y orientación natural, estuviese en contra. “Es más, la sublimidad y la dignidad interna
en un deber quedan tanto más demostradas cuantas menos a favor y más en su contra estén las
causas subjetivas, sin que por ello se debilite lo más mínimo el apremio instado por el deber ni
disminuya un ápice su validez.”

Kant afirma que en este punto podemos ver a la filosofía colocada sobre un delicado criterio que
debe buscar ser firme, a pesar que no está dependiendo del cielo ni se apoya sobre la tierra. La
filosofía prueba su lealtad en este punto, siendo garante de sus propias leyes y no como un
heraldo de aquellas que le son susurradas por sentidos inculcados de una naturaleza
indeterminada. Es en estas últimas que puedan existir bases que son mejor que no estar sujeto a
nada, pero no por ello son capaces de suministrar principios que dicte la razón y tengan fuente a
priori que les dote de autoridad imperativa. El pensador alemán afirma que no debemos esperar
nada de la inclinación del hombre, sino más bien, esperar del poder supremo de la ley y del debido
respeto a ella.

Según lo anterior, aquello que sea empírico no es rechazado inmediatamente, ya que puede servir
como suplemento del principio de moralidad. Pero si se representa como nocivo para la pureza de
las costumbres, las cuales el valor intrínseco de la voluntad buena queda realzado por encima de
cualquier precio y está en que el principio de la acción se vea libre de influencia ejercida por
fundamentos contingentes que sólo son dadas por la experiencia. “Contra esa negligencia o banal
modo de pensar que rebusca el principio entre motivaciones y leyes empíricas tampoco cabe
promulgar con excesiva frecuencia demasiadas advertencias, porque, para no extenuarse, a la
razón humana le gusta reposar sobre tal almohada y, al soñar con simulaciones más melifluas,
suplanta a la moralidad por un híbrido cuyo bastardo parentesco es de muy distinto linaje y que se
parece a cuanto uno quiera ver en él, sin bien jamás le confundirá con la virtud aquel que haya
contemplado una sola vez su verdadero semblante.”

Para Kant, la cuestión sería la siguiente: ¿Supone una ley necesaria para todos los seres racionales
enjuiciar siempre sus acciones según máximas acerca de las cuales ellos mismos podrían querer

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que sirvieran como leyes universales? Si existe una ley, ésta deberá hallarse vinculada con el
concepto de la voluntad de un ser racional. Para descubrir dicha vinculación, es necesario
adentrarse en la metafísica, en específico a la metafísica de las costumbres. En una filosofía
practica no nos concierne admitir los fundamentos de aquello que sucede, sino las leyes de lo que
debe suceder, independientemente si sucede o no. Estas leyes objetivo-prácticas, no requieren
una indagación sobre los fundamentos si algo es agradable o desagradable, ni tampoco cómo el
deleite de la mera sensación es distinto del gusto y si esto se distingue también, de un deleite
universal de la razón. Porque no se precisa en indagar en que descarga el sentimiento del placer,
ni cuál es el origen de los apetitos e inclinaciones y finalmente máximas gracias al uso de la razón.
Al pertenecer todo a la psicología empírica que constituye la teoría de la naturaleza, al
considerarla como filosofía de la naturaleza en tanto está sostenida en leyes empíricas. “Pero aquí
se trata de leyes objetivo-prácticas, o sea, de la relación de una voluntad consigo misma, en tanto
que dicha voluntad se determina simplemente por la razón y todo cuanto tiene relación con lo
empírico queda suprimido de suyo; porque, si la razón por sí sola determina la conducta, ha de
hacerlo necesariamente a priori.”

En este punto, la voluntad es pensada como la capacidad para auto-determinarnos a obrar según a
la representación a ciertas leyes y ésta facultad sólo es encontrada en los seres racionales. Kant
afirma que, el fin es aquello que le sirve a la voluntad como fundamento objetivo de su
autodeterminación y si dicho fin es dado por la razón, vale igualmente para todos los demás seres
racionales. Lo anterior es contrario a lo que entraña en el fundamento de la posibilidad de la
acción, donde su efecto es el fin que se denomina medio. “El fundamento subjetivo del deseo es el
móvil, mientras que el motivo es el fundamento objetivo del querer; de ahí la diferencia entre los
fines subjetivos que descansan sobre móviles y los fines objetivos que desprenden de motivos
válidos para todo ser racional.”

Los principios prácticos, afirma Kant, son formales cuando hacen abstracción de todo fin subjetivo,
pero son materiales cuando dan motivo a los fines subjetivos, es decir, a ciertos móviles. Los fines
que son propuestos arbitrariamente por un ser racional como efectos de su acción, son todos
relativos, ya que, su relación con una distintiva capacidad optativa del sujeto se le da un
determinado valor y no brinda principios necesarios que valgan para ser leyes prácticas. Por esta
razón, todos los fines relativos son sólo el fundamento de los imperativos hipotéticos. Pero,
“suponiendo que hubiese algo cuya existencia en sí misma posea un valor absoluto, algo que como
fin en sí mismo pudiera ser un fundamento de leyes bien definidas, ahí es donde únicamente se
hallaría el fundamento de un posible imperativo categórico, esto es, de una ley práctica.”

Por este motivo, para Kant, todo ser racional es un fin en sí mismo, no es un simple medio para ser
utilizado por una voluntad, sino que las acciones orientadas a sí mismo y hacia los demás seres
racionales, siempre el hombre debe ser considerado como un fin. “Todos los objetos de la
inclinación solo poseen un valor condicionado, pues, si no se dieran las inclinaciones y las
necesidades sustentas en ellas, su objeto quedaría sin valor alguno.” Pero, cuando reconocemos
que también somos fuentes de necesidades, las inclinaciones nos obligan a tener en ellas un valor
absoluto para desearlas, y eso nos orienta a desear estar libre de ellas. El valor de todos los
objetos que deseamos obtener por medio de nuestras acciones, siempre estará pre-condicionado.
Pero, si analizamos los seres que su existencia no descansa en la voluntad sino en la naturaleza,
tienen un valor relativo como medio, siempre que sean seres irracionales y por eso se le

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denominan como cosas. Mientras que, por otro lado, los seres racionales reciben el nombre de
personas, la naturaleza los destaca como fines en sí mismo y, no son limitados como un medio.
“Las personas, por lo tanto, no son meros fines subjetivos cuya existencia tiene un valor para
nosotros como efecto de nuestra acción, sino que constituyen fines objetivos, es decir, cosas cuya
existencia supone un fin en sí mismo y a decir verdad un fin tal en cuyo lugar no puede ser
colocado ningún otro fin al servicio del cual debiera quedar aquel simplemente como medio,
porque sin ello no encontraríamos en parte alguna nada de ningún valor absoluto; pero si todo
valor estuviese condicionado y fuera por lo tanto contingente, entonces no se podría encontrar en
parte alguna para la razón ningún principio práctico supremo.”

Con lo anterior, se debe dar un supremo principio práctico y un imperativo categórico con relación
a la voluntad humana. Y ha de ser así, ya que la representación de lo que supone un fin para
cualquiera por suponer un fin en sí mismo es un principio objetivo de la voluntad y así nos puede
servir como ley practica universal. El fundamento de este principio, se encuentra en que la
naturaleza racional existe como fin en sí mismo. Se representa al hombre necesariamente a su
propia existencia, y así es como se supone un principio subjetivo de las acciones humanas y así se
representará, de igual manera, a cualquier ser racional, ya que el mismo fundamento racional que
opera sobre mí, también lo vale para los demás. Esto también supone un principio objetivo, donde
el fundamento práctico supremo, tiene el poder de derivarse de todas las leyes de la voluntad. “El
imperativo práctico será por lo tanto éste: Obra de tal modo que uses a la humanidad tanto en tu
persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca
simplemente como medio.” Dada la anterior definición, Kant desea reevaluar los ejemplos
anteriores.

1. Según el concepto del necesario deber para con uno mismo, alguien que piense sobre el
suicidio, debería preguntarse si su acción puede evaluarse con la idea de la humanidad
como fin en sí mismo. Si considero que para escapar de la dolorosa situación está el
destruirme a mí mismo, estoy utilizándome como un simple medio para lograr el fin, el fin
de mi vida. Esto es completamente contradictorio con el imperativo práctico, en el sentido
de que el hombre no es un fin y no podemos disponernos como un fin.

2. Sobre el deber necesario y obligatorio para con los demás: la persona que se propone a
realizar promesas a los demás sabe muy bien que está sirviéndose de algún otro hombre,
lo está usando como medio sin que dicho hombre implique un fin en sí. “Pues es del todo
imposible que aquel a quien quiero utilizar para mis propósitos mediante una promesa
semejante pueda estar de acuerdo con mi modo de proceder hacia él, y, por lo tanto,
resulta imposible que pueda albergar el fin de esta acción.” En este punto es muy evidente
que quien calcula con los hombres, y se sirve de las personas como medios sin considerar
que también es un ser racional y debe ser apreciado como fin en sí mismo, es decir,
personas que albergan en sí el fin de sus acciones.

3. En este punto, la contradicción no se encuentra en que nuestra acción vaya en contra de


los principios de las leyes de la naturaleza, sino al contrario, debemos buscar concordar
con ellas. “Ahora bien, en la humanidad existen disposiciones tendentes a una mayor
perfección que pertenecen al fin de la naturaleza con respecto a la humanidad en nuestro

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sujeto; descuidar dichas disposiciones podría muy bien subsistir con el mantenimiento de
la humanidad como fin en sí mismo, mas no con la promoción de tal fin.”

4. Kant afirma que en realidad la humanidad puede subsistir sin que nadie contribuya a la
felicidad ajena, también con el propósito de no sustraerle nada. Pero, esto nos plantea
una postura negativa de la humanidad y no reconocemos a la final que la humanidad
también es un fin en sí mismo y sería menesteroso esforzarnos por promover los fines
ajenos. “Pues los fines del sujeto que es fin en sí mismo tienen que ser también mis fines
en la medida de lo posible, si aquella representación debe surtir en mí todo su efecto.”

El principio de la humanidad y de cualquier ser racional en general como fin en sí mismo no es


tomado desde la experiencia, porque, en primer lugar, a causa de su universalidad, en tanto
abarca a todos los seres racionales en general y esto es algo que ninguna experiencia alcanza a
determinar. Y, en segundo lugar, porque es en el principio, la humanidad no es representada como
fin de los hombres, es decir, como un objeto que uno se fije realmente de suyo como fin, sino
como fin objetivo sin tener en cuenta los fines que queramos, se debe constituir como ley la
condición restrictiva de cualquier fin subjetivo, siendo su origen la razón pura.

Para Kant, el fundamento de toda legislación practica se encuentra objetivamente en la regla y la


forma de la universalidad que la habilita como ley, a partir del primer principio, pero se encuentra
subjetivamente en el fin, según el primer principio. “Pero el sujeto de todos los fines es cualquier
ser racional como fin en sí mismo, con arreglo al asegundo principio; de aquí se sigue ahora el
tercer principio práctico de la voluntad, como suprema condición de la concordancia de la
voluntad con la razón práctica universal, la idea de la voluntad de cualquier ser racional como una
voluntad que legisla universalmente.” Según este principio, se establece que quedan vetadas
aquellas máximas que no se puedan compadecer con la legislación universal de la voluntad. No se
trataría únicamente de que la voluntad quede sometida a la ley, sino también, que se somete la
voluntad a la ley como auto-legisladora y por esta razón es que queda sometida a la ley, de la cual
ella puede considerarse autora.

Los imperativos, afirma Kant, que siguen este modelo de representación, es decir, la universal
legalidad de las acciones en concordancia al orden natural o la universal preeminencia teleológica
de los seres racionales en sí mismos, excluyen la autoridad imperativa a cualquier mezcla de algún
interés como móvil. Porque, son representados como categóricos y solo fueron catalogados como
tal cuando había que asumir que tales imperativos definían el concepto de deber. “Más merced a
ello no podía demostrarse que hubiera enunciados prácticos que mandaran categóricamente, ni
esto es algo que pueda ocurrir tampoco ahora en este apartado; lo único que si podía suceder era
esto:” La renuncia de todo interés en el querer a favor del deber, éste como signo distintivo que
diferencia al imperativo categórico del hipotético, queda insinuada en el mismo imperativo
mediante una determinación intrínseca, esto sucede en la tercera fórmula del principio, es decir,
en la idea de la voluntad de cada ser racional como voluntad universalmente legisladora.

Si bien la voluntad que se halla bajo leyes pudiese estar vinculada a esa ley mediante algún interés,
al pensar una voluntad semejante resulta imposible que dependa de algún interés, porque ella
misma legisla por encima de todo. Esta voluntad es dependiente aun, necesita ella misma de

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alguna otra ley que restringa los intereses del egoísmo natural, por la condición de una validez
como ley universal. De esto se sigue que, el principio de toda voluntad humana como de una
voluntad que legisla universalmente a través de todas sus máximas, al ser igualado de manera
exacta, resulta bastante conveniente como imperativo categórico, ya que a causa de la idea de
legislación universal no está fundamentada sobre el interés y sería el único imperativo que puede
ser incondicionado. Kant, enunciando la formula al revés afirma que, “si hay un imperativo
categórico, sólo puede mandar hacerlo todo merced a la máxima de su voluntad, como una
voluntad que al mismo tiempo pudiera tenerse por objetos a sí mismo como universalmente
legisladora, pues sólo entonces el principio práctico y el imperativo al que obedece dicha voluntad
es incondicionado, habida cuenta de que no puede tener interés alguno como fundamento.”

Continuando, Kant afirma que no resulta sorprendente que, si analizamos en retrospectiva los
intentos para descubrir el principio de la moralidad, es evidente que todos han fracasado en
conjunto. Todas pretendían vincular al hombre y a la ley, únicamente a través de su deber, pero en
realidad, sólo se encuentra sometido a su propia y universal legislación. La cual solo obliga a actuar
conforme a su propia voluntad. Ya que, cuando se pensaba que, al estar sometidos a una
determinada ley, el cumplimiento radicaba en el uso de estímulos o coacciones ya que, no lo hacía
motivado por su voluntad, sino que ésta se quedaba forzada por alguna otra instancia a obrar de
cierto modo en conformidad con la ley. Pero, debido a esta conclusión, queda perdido todo
intento a encontrar realmente el fundamento supremo del deber y no se alcanzaba el deber, sino
una necesidad de la acción mantenida a partir de cierto interés, el cual puede ser propio o ajeno.
“Más entonces el imperativo tenía que acabar siendo siempre condicionado y no podía valer en
modo alguno como mandato moral. Así pues, voy a llamar a este axioma el principio de la
autonomía de la voluntad, en contraposición con cualquier otro que por ello adscribiré a la
heteronomía.”

La afirmación de que cada ser racional, es considerado como legislando universalmente a través
de todas las máximas de su voluntad, para juzgarse a sí mismo y a las acciones desde dicho punto
de vista, nos conduce a un concepto intrínseco y al mismo tiempo y muy provechoso: un reino de
los fines. Kant comprende por reino la conjunción sistemática de distintos seres racionales gracias
a leyes comunes. Las leyes que determinan los fines a partir de su validez universal, resultará que,
si logramos abstraer la diversidad personal de todos los seres racionales y además el contenido de
sus fines privados, podríamos pensar un conjunto de todos los fines dentro de una conjunción
sistemática, es decir, que el reino de los fines es posible teniendo en cuenta los anteriores
principios.

Para Kant, los seres humanos están todos bajo la ley de que cada cual nunca debe tratarse a sí
mismo, ni tampoco a otro, tan sólo como mero medio, sino siempre y al mismo tiempo como un fin
en sí mismo. De aquí nace una conjunción sistemática de los seres racionales, dependiendo de
leyes objetivas y comunes, permiten el nacimiento de un reino que, como dichas leyes tienen
justamente por propósito la relación de todos los seres que son fines en sí, se aclara porqué es
denominado como reino de los fines. “Un ser racional pertenece al reino de los fines como
miembro si legisla universalmente dentro del mismo, pero también está sometido él mismo a esas
leyes. Pertenece a dicho reino como jefe cuando como legislador no está sometido a la voluntad
de ningún otro.”

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El ser que es racional, debe siempre considerarse como legislador en un reino de los fines, que
depende de la libertad de la voluntad, bien siendo miembro o jefe. Pero no puede pretender ser lo
último, ya que simplemente depende a la máxima de su voluntad, sino sólo cuando se trate de un
ser completamente independiente y sin ningún tipo de necesidad que opaquen su capacidad de
adecuarse a la voluntad.

Kant afirma que la moralidad consiste en la relación de cualquier acción con la única legislación
por medio de la cual es posible un reino de los fines. Dicha legislación tiene que ser encontrada en
todo ser racional, además de ser emanada por su voluntad y su principio es el siguiente: “no
acometer ninguna acción con arreglo a otra máxima que aquella según la cual pueda
compadecerse con ella el ser una ley universal y, por consiguiente, sólo de tal modo que la
voluntad pueda considerarse a sí misma por su máxima al mismo tiempo como universalmente
legisladora.” Las máximas que ya no son necesariamente relacionadas por su naturaleza con el
principio objetivo de los seres racionales, la necesidad de la acción según el principio se denomina
de manera práctica, es decir, el deber. El deber no es de importancia para el jefe en el reino de los
fines, pero si lo es para cada uno de los miembros, de igual medida para todos.

La necesidad práctica de obrar bajo el principio del deber, no reposa en los sentimientos, ni en los
impulsos, ni en las inclinaciones, sino al contrario, en la simple relación de los seres racionales
entre sí. En dicha relación, la voluntad de un ser racional tiene que estar considerada al mismo
tiempo como legisladora, porque, si no es así, no podría pensarse como fin en sí mismo. La razón
refiere a cada máxima de la voluntad como universalmente legisladora a toda otra voluntad y
también a cualquier acción de uno mismo. El origen de esto no es por un motivo práctico o de
algún provecho a futuro, sino está en la idea de la dignidad de un ser racional que no obedece a
ninguna otra ley, a no ser que se da simultáneamente él mismo.

Continuando, en el reino de los fines, Kant afirma que todo tiene un precio o una dignidad. El lugar
de lo que tiene un precio, puede ser colocado algo equivalente, mientras que lo que está por
encima de todo precio y no tiene equivalencia alguna y posee una dignidad. “Cuanto se refiere a
las universales necesidades e inclinaciones humanas tiene un precio de mercado; aquello que sin
presuponer una necesidad se adecua a cierto gusto, esto es, a una complacencia en el simple
juego sin objeto de nuestras fuerzas anímicas, tiene un precio afectivo; sin embargo, lo que
constituye la única condición bajo la cual puede ser fin en sí mismo no posee simplemente un calor
relativo, o sea, un precio, sino un valor intrínseco: la dignidad.” Kant afirma que la moralidad es la
única condición por la cual, un ser racional puede ser un fin en sí mismo, ya que es sólo a través
suyo es posible ser un miembro legislador en el reino de los fines. La moralidad y la humanidad, es
lo único que posee dignidad.

Afirma Kant que “La destreza y el celo en el trabajo tienen un precio de mercado; el ingenio, la
imaginación vivaz y el humor tienen un precio afectivo; en cambio, la fidelidad en las promesas o
la benevolencia por principios (no por instinto) poseen un valor intrínseco.” La naturaleza y el arte
no mantienen nada que puedan colocar en su lugar si falta la fidelidad y la humanidad, ya que su
valor no se encuentra en los efectos que surgen de ellas, ni tampoco, en el provecho y utilidad que
nos reporte, sino en realidad en las intenciones, es decir, en las máximas de la voluntad que están
rápidamente manifestadas en modos de acciones independientemente si es premiado con éxito.
Dichas acciones no necesitan ningún tipo de recomendación de alguna disposición o gustos

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subjetivos para contemplarlas de manera inmediata y complacientemente, sin tener en cuenta
ninguna propensión o sentimiento. Estas acciones se presentan a la voluntad que las ejecuta como
objeto de un respeto inmediato y no se necesita sino solo la razón para imponerlas a la voluntad,
más no, para obtenerlas por astucia, esto supondría una contradicción entre los deberes. La
anterior valoración nos permite reconocer el valor de pensar la dignidad y colocarla por encima de
todo precio, ya que a esto es imposible establecer tasación o comparación sin así profanar su
santidad.

Ahora bien ¿Qué es lo que autoriza a la buena intención moral o a la virtud a tener tan altas
pretensiones? Es la participación en la legislación universal, que le delega al ser racional, la
intención de ser bueno dentro de un reino de los fines, donde ya estaba destinado por su propia
naturaleza como fin en sí mismo y es quien justamente legisla en el reino de los fines, libre con
respecto a todas las leyes de la naturaleza al obedecer únicamente aquellas leyes que se da él
mismo y según las cuales sus máximas pueden pertenecer a una legislación universal, donde de
igual manera, se someterá él también, ya que nada tiene un valor al margen del que determina la
ley. “Si bien la propia legislación que determina todo valor ha de poseer por ello una dignidad, o
sea, un valor incondicionado e incomparable para el cual tan sólo la palabra respeto aporta la
expresión conveniente de la estima que ha de profesarle un ser racional. Así pues, la autonomía es
el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional.”

Las anteriores maneras de representar el principio de moralidad, en el fondo, sólo son otras varias
formulaciones de la misma ley, en donde, cada una de ellas se incorpora dentro de sí. Si existe una
diferencia en ellas más subjetiva que objetivo-práctica al aproximar la razón con la intuición y
también al sentimiento. Por esto Kant afirma que todas las máximas tienen:

1. Una forma que consiste en la universalidad y es en este punto donde la fórmula del
imperativo categórico es expresada de la siguiente manera: “«Que las máximas han de ser
escogidas como si fuesen a valer como leyes universales de la naturaleza».”

2. Una materia, es decir, un fin y la formulación es la siguiente: “«El ser racional como fin
según su naturaleza y, por tanto, como fin en sí mismo tendría que servir para toda
máxima como condición restrictiva de todo fin meramente relativo y arbitrario».”

3. Una determinación cabal, de todas las máximas según la siguiente fórmula: “«Todas las
máximas de la propia legislación deben concordar a partir de una legislación propia con
posible reino de los fines, como un reino de la naturaleza».”

La continuación sigue aquí como mediante las categorías de la unidad de la forma de la voluntad y
de su universalidad; de la pluralidad de la materia, es decir, de los fines y de la totalidad del
sistema. Pero, afirma el pensador alemán, es mejor que el enjuiciamiento moral se proceda
siempre según el método más estricto y coloque como fundamento la fórmula universal del
imperativo categórico: “obra según la máxima que pueda hacer de sí al mismo tiempo una ley
universal.” Pero, si deseamos procurar al mismo tiempo un acceso a la ley moral, es importante
guiar mediante los tres conceptos nombrados a una y la misma acción y acercarla con ello tanto
como sea posible a la intuición. En este punto podemos terminar en donde comenzamos, es decir,

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en el concepto de una voluntad incondicionalmente buena. La voluntad es absolutamente buena y
no puede ser mala, y su máxima nunca podrá auto-contradecirse cuando es transformada en una
ley universal. Este principio también supone una ley suprema: “«Obra siempre según aquella
máxima cuya universalidad como ley puedas querer a la vez».” Esta sería la única condición en la
que una voluntad puede estar en condición consigo misma y tal imperativo es categórico. La
validación de la voluntad en tanto es ley universal para acciones posibles, tiene relación con la
concatenación universal de la existencia de las cosas, a partir de leyes universales, que es lo formal
de la naturaleza de forma general, siendo así, el imperativo categórico se puede formular también
así: “«Obra según máximas que al mismo tiempo puedan tenerse a sí mismas por objetos como
leyes universales de la naturaleza». Así está constituida por lo tanto la fórmula de una voluntad
absolutamente buena.”

“La naturaleza racional se exceptúa de las demás por fijarse a sí misma un fin” y sería la materia de
una buena voluntad. Pero, en la idea de una voluntad absolutamente buena sin restricciones a
partir de condiciones, es necesario realizar abstracción de todo fin a realizar y éste fin no debe ser
pensado como un fin a realizar, sino como un fin establecido por cuenta propia y, tiene que ser
pensado sólo negativamente, es decir, como algo contra lo que jamás es imposible ser
considerado como un medio, sino que siempre tiene que ser estimado como un fin. Éste no puede
ser otro que el mismo sujeto de todos los fines posibles, en tanto éste es al mismo tiempo el
sujeto de una voluntad absolutamente buena, ya que esta voluntad no puede incurrir en
contradicción, ser menos estimada que cualquier otro objeto.

El principio «Obra con respecto a todo ser racional de tal modo que él valga al mismo tiempo en tu
máxima como fin en sí» es idéntica a la siguiente: “«Obra según una máxima que contenga dentro
de sí a la vez su propia Valdez universal para todo ser racional».” Al decir que debo restringir mi
máxima en el uso de los medios hacia todo fin a la condición de su universalidad como ley para
todo sujeto, es igual a afirmar que el sujeto de los fines, es decir, el propio ser racional, tiene que
ser colocado como fundamento de todas las máximas de las acciones nunca simplemente como
medio, sino como suprema condición restrictiva en el uso de los medios, siempre y
simultáneamente como fin.

De lo anterior se sigue que todo ser racional, entendido como fin en sí mismo, ha de poder
considerarse a sí mismo como legislador universal en relación a todas las leyes que pueda verse
sometido, ya que, justamente esa aptitud de sus máximas para una legislación universal es lo que
distingue como fin en sí mismo y también su dignidad está por encima de todos los seres naturales
y siempre se adaptaran a partir de sus máximas y desde su punto de vista. Sin embargo, al mismo
tiempo, hay que asumirlo desde cualquier punto de vista de otros seres racionales y legisladores.
De tal modo, es posible un mundo de seres racionales de igual manera como el reino de los fines y
es por la propia legislación de todas las personas como miembros de éste mundo.

Todos los seres racionales deben obrar como si dependiesen a sus máximas y como si fuese
miembro legislador del reino universal de los fines. Kant presenta el principio de la siguiente
manera: “«Obra como si tu máxima fuese a servir al mismo tiempo de ley universal (de todo ser
racional)».” En el reino de los fines solo es posible por similitud con un reino de la naturaleza, si
todos se rigen por medio de máximas y leyes auto-impuestas y también, según leyes de causas
eficientes cuyo apremio es externo. “Aún, cuando se le considere como a una máquina, también al

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conjunto de la naturaleza, en la medida en que tiene relación con seres racionales como fines
suyos, se le otorga por este motivo el nombre de reino de la naturaleza. Este reino de los fines
tendría realmente lugar mediante las máximas cuya regla prescribe el imperativo categórico a
todos los seres racionales, si fuesen observadas universalmente dichas máximas.” Aunque el ser
racional no pueda contar con que él mismo detalle a profundidad esa máxima, de esto, cualquier
otro sería fiel justamente a esa misma máxima, ni tampoco pueda contar igualmente con que el
reino de la naturaleza y su ordenación teleológica concuerde con él, en tanto miembro idóneo en
el reino de los fines posible por él mismo, es decir, no pueda contar con que se favorezca su
expectativa de felicidad, a pesar de la existencia de la ley que afirma: “«Obra según máximas de un
miembro que legisla universalmente para un reino de los fines simplemente posible».” Y es en
este punto donde Kant encuentra una paradoja: “al margen de cualquier otro gin o provecho
alcanzable a través suyo, la simple dignidad de la humanidad como naturaleza racional, el respeto
a una simple idea, debería servir como inexorable precepto de la voluntad, y en esa independencia
de las máximas respecto de todos esos móviles consiste su sublimidad y la dignidad de todo sujeto
racional a ser un miembro legislador en el reino de los fines.” Ya que, lo contrario, tendrán que
verse representados únicamente como sometidos a las leyes naturales de sus necesidades.

El reino de la naturaleza y el reino de los fines aun siendo pensados como reunidos bajo un jefe, el
cual su reino dejará de ser una simple idea para cobrar realidad efectiva, esa idea recibirá un
incremento de un gran móvil, pero nunca un aumento de su valor intrínseco, ya que, pese a todo,
el único legislador absoluto ha de ser representado siempre como él mismo enjuicia el valor de los
seres racionales y tan sólo el desinteresado interés suyo que le es mandado por aquella idea. Por
lo anterior, la esencia de las cosas no cambia por sus relaciones externas, sin que aquello repare
en esto último y constituye el valor absoluto del hombre es también aquello que depende de lo
que ha de ser juzgado por cualquiera, incluido el ser supremo. Kant en este punto afirma que:
“Moralidad es, por lo tanto, la relación de las acciones con la autonomía de la voluntad, esto es,
con la legislación universal posible gracias a sus máximas.” Se aclara que las acciones que pueden
compadecerse con la voluntad es lícita, mientras aquella que no lo sea es ilícita. La voluntad y sus
máximas coinciden con las leyes de la autonomía, sería entonces una voluntad santa y
absolutamente buena y la dependencia de una voluntad que no es buena, a partir del principio de
autonomía, supone la obligación. Esta obligación no puede ser aplicada a un ser santo, y la
necesidad objetiva de una acción por obligación es denominada como deber.

A partir de lo anterior, afirma Kant, ahora es sencillo explicar, cómo es que el concepto del deber
es pensado como una sumisión bajo la ley, y al mismo tiempo, nos representamos en relación a
ello: una sublimidad y la dignidad en aquella persona que cumple sus deberes. Ya que, no hay
sublimidad alguna en esa persona, en tanto está sometida a la ley moral, pero si está en tanto es
legislador de dicha ley y así está sometido a ella. También, se ha mostrado como ni el miedo, ni las
inclinaciones, son los móviles para otorgar valor moral a la acción, ya que en realidad todo es un
proceso de respeto hacia la ley moral. Nuestra voluntad, en tanto obra bajo la condición de una
legislación universal posible por sus máximas, es una voluntad posible para todos, en la idea es el
auténtico objeto del respeto. La dignidad de la humanidad, reside en esa capacidad para
determinar leyes universales, aunque con la condición de estar sometidos a esas mismas leyes
universales.

 La autonomía de la voluntad como principio supremo de la moralidad.

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La autonomía de la voluntad es aquella modalidad de la voluntad por la que ella es ley de sí
misma. Kant explica que el principio de autonomía es el siguiente: “No elegir sino de tal modo que
las máximas de su elección estén simultáneamente comprendidas en el mismo querer como ley
universal.” Esta regla práctica es un imperativo, y la voluntad de todo ser racional está vinculada
necesariamente a ella como condición, y no puede ser probada por el simple análisis de los
conceptos de los que consta, ya que se trata de una proposición sintética. En este punto, se
tendría que superar el conocimiento de los objetos y realizar una crítica del sujeto y de su razón
práctica pura. El principio de la moral es algo que se deja exponer en relación al simple análisis de
los conceptos de moralidad y en ello se descubre que el principio deber ser un imperativo
categórico, independientemente si no manda ni más ni menos que esa autonomía.

 La heteronomía de la voluntad como fuente de todos los principios espurios de la


moralidad.

“Cuando la voluntad busca la ley que debe determinar en algún otro lugar que no sea la idoneidad
de sus máximas para su propia legislación universal y, por lo tanto, cuando sale de sí misma a
buscar esa ley en la modalidad de cualquiera de sus objetos, comparece siempre la heteronomía.”
La voluntad no se da entonces la ley a sí misma, sino quien da esa ley es el objeto en relación con
la voluntad. Dicha relación está al margen de que descanse sobre la inclinación o se apoye sobre
representaciones de la razón, ya que solo nos daría como resultado imperativo hipotético: “ «Debo
hacer algo, porque quiero alguna otra cosa».” Mientras que, los imperativos categóricos, es decir,
morales actúan de una manera distinta: “«Debo obrar así o asá, a pesar de que no quiera ninguna
otra cosa».” También, Kant nos plantea el siguiente ejemplo: el primero afirma: “«No debo mentir,
si quiero conservar mi reputación».” Un segundo diría: “«No debo mentir, aunque no me reporte
menor deshonra».” Este último realiza una abstracción del objeto, para que no exista ningún
influjo sobre la voluntad, ya que, la razón práctica, es decir la voluntad, no sea administrada por
los intereses ajenos, sino evidencie su propia autoridad legislativa. También, podemos, por
ejemplo, promover la felicidad ajena sin importarnos de la existencia de los demás, ya sea por una
inclinación a ello o por alguna complacencia indirecta a través de la razón, pero, es simplemente
porque nuestra máxima que la excluye no puede verse vislumbrada en uno y el mismo querer
como ley universal.

 División de todos los posibles principios de la moralidad a partir del admitido concepto
fundamental de la heteronomía.

La razón humana, tanto aquí como en cualquier lugar que sea un su uso puro, le falta la crítica de
intenta ensayar todos los posibles caminos que son equivocados para encontrar el verdadero. Kant
afirma que todos los principios a evaluar, tienen su origen ya sea desde la razón o desde la
experiencia. Los principios empíricos parten del principio de la felicidad y se construyen sobre un
sentimiento físico o sobre un sentimiento moral. Los principios de la razón parten del principio de
la perfección, y se rigen bajo el concepto racional de dicha perfección como un efecto posible, o
también, sobre el concepto de una perfección independiente como causa originaria de nuestra
voluntad.

Kant afirma que los principios empíricos no sirven para fundamentar y servir de base a las leyes
morales. “Pues esa universalidad con que las leyes deben valer para todos los seres racionales sin
distinción, esa necesidad práctica incondicionada que por ello se les impone, queda suprimida

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cuando su fundamento es tomado de la peculiar organización de la naturaleza humana o de las
contingentes circunstancias en que se ve emplazada.” Por esto, el principio de la felicidad propia
sería el más incalificable, no sólo porque su causa sea falsa ya la experiencia rechace dicha
pretensión, ya que el bienestar se adapta es a la buena conducta. Ni tampoco porque, no
contribuye en modo alguno al fundamento de la moralidad, ya que es algo completamente
distinto hacer a un hombre feliz, que hacerlo bueno. Es muy distinto convertirlo en un hombre
prudente y atento a su provecho que hacer de él alguien virtuoso. Este concepto es el más
reprensible, en el sentido de que coloca en un mismo nivel a las motivaciones de la virtud junto
con el vicio y nos enseña es a realizar mejores cálculos, eliminando la diferencia específica entre
ambas.

Por otro lado, el sentimiento moral se muestra en un sentido especial “(por trivial que resulte la
invocación del mismo, pues quienes no pueden pensar creen salir del apuro gracias al sentir
incluso en aquello que concierne simplemente a las leyes universales, siendo así que por
naturaleza los sentimientos se diferencian infinitamente entre sí en el grado, no suministran una
medida uniforme del bien y del mal, ni tampoco puede uno juzgar válidamente a otros por medio
de su sentimiento)”, se mantiene más próximo a la moralidad y a su dignidad, en tanto, fructifica a
la virtud el honor de atribuirle inmediatamente la complacencia, ya que es su provecho lo que nos
une a ella.

Ahora bien, dentro de los fundamentos racionales de la moralidad, el concepto ontológico de


perfección es, a pesar de todo, mejor que el concepto teológico, que desprende la moralidad de la
perfecta voluntad de Dios. En tanto, no somos capaces de comprender dicha perfección y sólo
podemos derivarla de nuestros conceptos, en donde surge el concepto de moralidad, sino en
tanto, si no realizamos esto, el concepto que nos queda de su voluntad a partir de las propiedades
del afán de dominio y ambición. Tales propiedades se transformarían en el sistema de costumbres,
lo cual está completamente en contra al de la moralidad.

Kant afirma que, si debemos elegir entre el concepto del sentido moral y el de la perfección en
general, es evidente que elegiríamos la segunda opción. Ya que, al menos dicho principio despoja
a la sensibilidad el dictamen de la cuestión, enviándolo al tribunal de la razón pura y, a pesar de
que dicho tribunal no dictamine aquí nada, mantiene sin adulterar esa idea indeterminada y nos
deja el camino óptimo para encontrar una definición. Además, considera el autor, que se puede
continuar refutando dichos conceptos, pero la refutación nos alejaría de la cuestión inicial, la cual
es: saber que los principios establecen por dondequiera como primer fundamento de la moralidad
a la heteronomía de la voluntad y que justamente por ello han de estropear necesariamente su
fin.

En cualquier lugar donde un objeto de la voluntad ha de ser colocado como fundamento para
señalar a la voluntad la regla determinada, tal regla no es otra cosa que heteronomía. El
imperativo se encuentra condicionado: si o porque uno quiere este objeto y ha de obrar así o asá.
Este imperativo nunca podrá mandar moralmente, ni categóricamente. “Ya sea que el objeto
determine a la voluntad mediante la inclinación, como el principio de la felicidad propia, o
mediante la razón orientada hacia los objetos de nuestro querer posible en general, como en el
principio de la perfección, el caso es que la voluntad no se determina jamás a sí misma
inmediatamente por la representación de la acción, sino sólo a través del móvil que supone para la

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voluntad el efecto previsto de la acción; debo hacer algo, porque quiero alguna otra cosa, y aquí
todavía ha de ser colocada como fundamento en mi sujeto otra ley, según la cual quiero
necesariamente es otra cosa y dicha ley precisa a su vez de un imperativo que restrinja esa
máxima.” Puesto que, el impulso que la representación de un objeto posible por nuestras fuerzas
según la modalidad natural del sujeto debe ejercer en su voluntad pertenecería a la naturaleza de
dicho sujeto, sea por la sensibilidad o del entendimiento y la razón, ya que se ejercitan con
simpatía sobre un objeto según la característica organización de su naturaleza, entonces, la
naturaleza daría propiamente la ley que, no solo debe de ser reconocida y demostrada por la
experiencia, lo cual nos dará un resultado contingente en sí, lo cual es inválida para la regla
apodíctico-práctica que es la regla moral, sino que es siempre sólo heteronomía de la voluntad.
Esta voluntad no se da a sí misma la ley, sino, la ley le viene dada por un impulso ajeno, mediante
la naturaleza del sujeto afinada para la receptividad de dicho impulso.

Continuando, para Kant, la voluntad absolutamente buena, y su principio es un imperativo


categórico. Ya que alberga la forma del querer en general y ciertamente como autonomía, es decir,
la propia capacidad de la máxima de toda buena voluntad para convertirse en ley universal, es la
única ley que se impone a sí misma en ley universal. Es la única ley que se impone a sí misma, es la
voluntad de todo ser racional y sin colocar como fundamento de dicha voluntad algún tipo de
interés.

“Cómo sea posible semejante proposición sintético práctica a priori y por qué sea necesario es un
problema cuya solución no se halla dentro de los confines de la metafísica de las costumbres,
siendo así que tampoco hemos afirmado aquí su verdad, ni mucho menos hemos pretendido tener
en nuestro poder una demostración del mismo.” Al desarrollar el concepto de moralidad, sólo se
ha mostrado que la autonomía de la voluntad está completamente asida a dicho concepto y
también sirve como fundamento suyo. La moralidad no es ninguna fantasmagoría y requiere de un
posible uso sintético de la razón práctica pura, donde no podemos aventurarnos sin criticar esa
misma capacidad racional.

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