UNIDAD I
Concepto de Teología Moral fundamental
“La Moral es la ciencia de lo que el hombre debe ser en función de lo que es”.
a) Aspecto científico: durante años se discutió su cientificidad. Para algunos solo es ciencia el proceso que establece
hipótesis y leyes a partir de la experimentación. Desde este punto de vista, la Moral podría ser considerada ciencia
en la medida en que se limite a descubrir el comportamiento de determinadas personas o de un sector de la
población, y su trabajo no distaría mucho del de la Sociología.
Para otros la Moral estaría ubicada dentro de las ciencias humanas, porque tal estudio posee un estatuto
epistemológico bien definido, con sus principios y su metodología. La cientificidad de la Moral no está reservada a la
ética descriptiva, sino que se aplica también a la ética normativa.
Se trata de un estudio sistemático que cuenta con sus fuentes y sus principios propios, su metodología y sus
conclusiones.
b) Aspecto tensional: la Moral tiene una tensión que apunta hacia la meta dinámica del ser hombre en el mundo y del
ser hombre con los hombres.
c) Aspecto personal: toda reflexión ética estudia en el fondo el proyecto del hombre que lo ha de conducir a la
felicidad, a la identidad consigo mismo.
Implica al sujeto humano libre
Por ética se entiende a la llamada ética filosófica o filosofía moral, que estudia el comportamiento libre a través del cual
el ser humano configura su vida como buena o como mala. La ética se diferencia del conocimiento moral, espontáneo
que guía nuestro obrar en las situaciones concretas, porque a diferencia de este, aquella tiene un carácter reflexivo y
sistemático. Aunque ambos tengan por objeto la verdad acerca de la vida moral, la alcanzan de diverso modo.
A su vez, la ética filosófica debe distinguirse de la teología moral. La primera es una disciplina exclusivamente racional.
La segunda, contiene además todo lo que acerca de ella enseña la fe, fundada en la revelación divina. La moral cristiana
asume la moral humana y la lleva a su plenitud.
La teología moral reflexiona sobre las verdades de fe, pero lo hace con el objeto de clarificar cómo la fe modela la
conducta de los creyentes, tanto de los cristianos individualmente como de la Iglesia. Es un conocimiento práctico en un
doble sentido: versa sobre la praxis, el obrar libre, pero también y sobre todo, tiene por fin no solamente describir sino
orientar la praxis desde la fe.
La experiencia moral debe ser no sólo nuestro punto de partida, sino una referencia permanente. Interpretándola a la
luz de la razón podremos releer los diferentes temas clásicos de la ética filosófica en una perspectiva renovada, de
inspiración personalista (amor interpersonal). Pero dicha experiencia no queda restringida a la dimensión racional;
muestra una apertura que hace posible un nuevo nivel de lectura, a la luz de la fe.
Si diéramos excesivo peso a la dimensión racional, nuestra reflexión parecería ganar en comunicabilidad para con los
que no comparten nuestra fe cristiana, pero suscitaríamos la impresión de que ella no tiene nada propio. Si
acentuáramos demasiado la dimensión de la fe, la afirmación de su especificidad se haría a costa de oscurecer su
continuidad y su armonía con lo que puede alcanzar la razón con sus propias fuerzas, y el diálogo con quienes están
afuera de los límites de la Iglesia sería sumamente problemático.
Partimos de una reflexión racional no iluminada todavía por la Revelación, pero al mismo esencialmente abierta a ella.
En efecto, nada impide que, adoptando el punto de vista racional, hablemos también de Dios. No necesitamos creer en
Dios para tener la experiencia del llamado del bien. Pero la existencia de Dios puede ser postulada como la explicación
última de dicha experiencia: el Ser absoluto percibido implícitamente en el carácter absoluto de las exigencias éticas. Y
Dios puede ser conocido, en este sentido limitado, por la razón, sin necesidad de la fe.
Si la moral tiene que ver con alcanzar la felicidad, en el sentido de la plena realización de nuestras posibilidades, uno de
los bienes que integran esa felicidad, aun en este mundo, es la vinculación con una fuente de sentido que trascienda lo
meramente humano.
Distintos modos de examinar las conductas: perspectivas epistemológicas
Es evidente la necesidad de preguntarse por el puesto que debe y puede ocupar Dios en una Teología de la moralidad.
La Teología Moral no se identifica con la Filosofía Moral. Coincide con ella en afirmar el puesto fundamental del ser
humano en la determinación del bien moral. Pero le aporta el testimonio de la revelación definitiva de ese ser humano,
que ha sido gratuitamente ofrecida en Jesucristo (Hebreos 1:1).
En la encíclica Veritatis Splendor la Teología moral como “reflexión científica sobre el Evangelio como don y
mandamiento de vida nueva, sobre la vida según la verdad en el amor (Efesios 4:15), sobre la vida de santidad de la
Iglesia, o sea, sobre la vida en la cual resplandece la verdad del bien llevado hasta su perfección”.
Piénsese en la orientación cristológica de la moral vivida y la moral formulada de los creyentes en Jesucristo, o en la
necesaria referencia a los valores éticos y las motivaciones específicas de la comunidad eclesial que forma y conforma el
contexto de las decisiones morales del cristiano. El Cristo que vive en la comunidad eclesial constituye la norma
imprescindible y la finalidad del comportamiento moral cristiano. (Colosenses 2:6-7)
Nos encontramos ante una disciplina que pretende ser a un tiempo teológica y moral:
a) En cuanto Teología, la disciplina no puede reducirse a una reflexión filosófica sobre el comportamiento humano
responsable, o a una constatación de los datos aportados por las ciencias sobre tal comportamiento. No se trata de
invalidar las otras ciencias humanas, sino demostrar la importancia de estas ante la atención que se ha de prestar a
la Palabra de Dios:
- Atención que supone un escucha al mensaje revelado, sin manipulaciones ideológicas y sin restricciones o
literalismos ajenos al espíritu del mismo mensaje.
- Atención que nunca debería convertirse en una escucha individualista, sino que nace y se fomenta en el seno de la
comunidad eclesial.
- Atención que valora en primer lugar el “indicativo” del anuncio cristiano para pasar después del “imperativo” de la
exhortación. Es decir, tanto la actuación como la reflexión moral han de subrayar en primer lugar lo que el cristiano
es, por gracia de Dios, para deducir de aquí lo que debe ser, en su esfuerzo diario, siempre iluminado y apoyado por
la fuerza del Esp. Santo.
- Atención que desemboca en la evangelización y el testimonio de un nuevo estilo de vida.
b) En cuanto Moral, no puede eximirse de reflexionar sobre las “costumbres”. Se considera a lo moral como la
cristalización sociológico-cultural de las costumbres.
Entonces, le Teología Moral reflexiona sobre la concretez de las costumbres de unos hombres y mujeres que viven en un
tiempo y en un lugar determinados. Y es consciente de estar prestando atención a la voz de Dios que se manifiesta en la
historia, cuando se dedica a la reflexión sobre las costumbres humanas:
- Reflexión que supone una atención respetuosa y cordial al mundo.
- Reflexión que estudia y acoge con simpatía las costumbres más dignas y los valores más humanizadores de los
hombres y de las culturas.
- Reflexión que, teniendo en cuenta la presencia del mal en la historia, invita a la conversión y purificación de esas
mismas costumbres con el fin de que puedan llevar a ser verdaderamente “humanas” y humanizadoras.
- Reflexión que, centrada en el “imperativo” de la exhortación cristiana, la percibe como un eco de la llamada
liberadora de lo más profundamente humano que existe en el hombre.
La Teología Moral vive en el contexto de una cultura determinada. Reflexiona sobre el mundo concreto en el que le ha
tocado vivir, sin evadirse hacia otro siglo o hacia otro lugar. Pero reflexiona sobre ese mundo sin identificarse
incondicionalmente con sus valores habituales.
El hombre es transformado por la gracia que le comunican los sacramentos
1691- “Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la
bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido
arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios” (San León Magno, Sermo 21, 3).
1692- El Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios al hombre por la obra de su creación, y más aún, por
la redención y la santificación. Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican: por “los sacramentos que les han
hecho renacer”, los cristianos han llegado a ser “hijos de Dios” (Juan 1,12 ;1 Juan 3,1), “partícipes de la naturaleza
divina” (2 Pedro 1,4). Los cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una
“vida digna del Evangelio de Cristo” (Filipenses 1,27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo y los
dones de su Espíritu que les capacitan para ello.
1693- Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre (Juan 8,29). Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De
igual modo sus discípulos son invitados a vivir bajo la mirada del Padre “que ve en lo secreto” (Mateo 6,6) para ser
“perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mateo 5,48).
1696- El camino de Cristo “lleva a la vida”, un camino contrario “lleva a la perdición” (Mateo 7,13; Deuteronomios 30,
15-20). La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la
importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. “Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte;
pero entre los dos, una gran diferencia” (Didaché, 1, 1)
1697- En la catequesis es importante destacar con toda claridad el gozo y las exigencias del camino de Cristo (CT 29). La
catequesis de la “vida nueva” en Él (Romanos 6, 4.) será:
— una catequesis del Espíritu Santo, Maestro interior de la vida según Cristo, dulce huésped del alma que inspira,
conduce, rectifica y fortalece esta vida;
— una catequesis de la gracia, pues por la gracia somos salvados, y también por la gracia nuestras obras pueden dar
fruto para la vida eterna;
— una catequesis de las bienaventuranzas, porque el camino de Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único
camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre;
— una catequesis del pecado y del perdón, porque sin reconocerse pecador, el hombre no puede conocer la verdad
sobre sí mismo, condición del obrar justo, y sin el ofrecimiento del perdón no podría soportar esta verdad;
— una catequesis de las virtudes humanas que haga captar la belleza y el atractivo de las rectas disposiciones para el
bien;
— una catequesis de las virtudes cristianas de fe, esperanza y caridad que se inspire ampliamente en el ejemplo de los
santos;
— una catequesis del doble mandamiento de la caridad desarrollado en el Decálogo;
— una catequesis eclesial, pues en los múltiples intercambios de los “bienes espirituales” en la “comunión de los santos”
es donde la vida cristiana puede crecer, desplegarse y comunicarse.
La interdisciplinariedad en especial vinculación con la propia disciplina
Ya se ha dicho que el objeto de la Teología Moral es el comportamiento humano responsable, en cuanto orientado hacia
el bien y considerado a la luz de la revelación y de la fe. Pero la misma reflexión sobre la existencia humana, originada y
recreada en la sociedad, nos lleva a considerar como objeto de la reflexión moral el nudo de interrelaciones humanas
que configuran las estructuras sociales. Los reduccionismos simplifican la complejidad de la realidad. O bien
consideramos como objeto de la reflexión moral al hombre individual, o bien nos fijamos solamente en la moralidad o
inmoralidad de las estructuras. La Moral no podrá “comprender” adecuadamente su objeto si no presta atención a lo
que sobre él han descubierto otras disciplinas que fijan también su atención sobre él.
Teología Moral y las ciencias humanas
El dialogo con las ciencias humanas puede ser altamente beneficioso para la Teología Moral si procura evitar la tentación
de las servidumbres ideológicas o apriorísticas. No es suficiente tener una “idea” sobre el hombre. Nuestro tiempo está
marcado por el predominio de la experimentación.
Por lo que se refiere a la moral, también la actuación ética del hombre es analizada por unas cuantas ciencias
experimentales, como la Psicología, la Sociología, la Medicina, la Bioética y la Pedagogía, entre otras.
El mensaje eterno del Evangelio ha de ser transmitido con categorías actuales de forma que pueda ser aceptado por los
hombres de hoy. Juan Pablo II decía: “Hay que reconocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los
principios teológicos, sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psicología y en sociología,
llevando así a los fieles a una más pura y madura vida de la fe”.
La atención a las ciencias es absolutamente necesaria. El ser humano es el centro común del interés de ambas
disciplinas. El diálogo es necesario, aunque a veces sea difícil. Según la encíclica Veritatis splendor, la Teología Moral no
puede reducirse a un saber elaborado sólo por las ciencias humanas, cuya aportación ha de ser siempre valorada con
relación a la cuestión primigenia “¿Qué es el bien o el mal? ¿Qué hacer para obtener la vida eterna?”.
Teología Moral y filosofía
Hay que considerar la relación de la Teología Moral y la Ética filosófica. Ambas se preguntan ¿Por qué hay que ser
morales?
La Teología Moral cristiana corre el riesgo de ignorar que son muchos los que pretenden convertir la ética en teología.
Pero también corre el riesgo de desencadenar un peligroso cortocircuito fideísta. Lo primero ocurre cuando la eticidad
se resuelve en un sistema de codificación a las respuestas ante los estímulos del medio. Una ética de la posmodernidad
parece primar el placer como máximo valor y prescindir de la racionalidad necesaria en la selección de las respuestas
humanas ante el medio. Lo segundo ocurre cada vez que el Magisterio eclesiástico, la Teología Moral o la predicación y
la catequesis desdeñan la fundamentación antropológica de un determinado comportamiento y su justificación racional
para imponerlo (o prohibirlo) desde los presupuestos de la doctrina revelada.
La referencia a la filosofía será necesaria en cada problema abordado por la moral especial. Pero será mucho más
urgente en la articulación de la moral fundamental. Detrás de toda actitud ética consciente se agazapa siempre un
planteamiento filosófico.
- La filosofía aristotélica ofrecía una determinada ética, utilizada por Sto. Tomás de Aquino. En nuestro siglo, la ética
en general y la moral cristiana en particular han tenido que aceptar el desafío y el enriquecimiento que le venían,
por ejemplo, del Personalismo, del Existencialismo y aun del Marxismo.
- El Personalismo ha significado una huida del academicismo de la Escolástica renovada del último siglo. Pero ha sido
necesario, tras el triunfo de los totalitarismos, subrayar la dignidad única de la persona humana como sujeto de
deberes y derechos. El Concilio Vaticano II recuerda que “las relaciones humanas se multiplican sin cesar y, al mismo
tiempo, la propia ‘socialización’ crea nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el adecuado
proceso de maduración de la persona y de las relaciones auténticamente personales”. El criterio para juzgar el
progreso o regreso de la cultura es precisamente el descubrimiento de la dignidad de la persona humana y la
subordinación del orden social y su progresivo desarrollo al bien de la persona.
- El Existencialismo se plantea el problema de la decisión libre del hombre, que se encuentra a la base de su
responsabilidad ética. El hombre, según el existencialismo, se va haciendo a sí mismo en sus decisiones, en la
conciencia de su existencia.
El ateísmo de Camus o de Sartre son profundamente éticos. Prescindir de Dios no es para ellos la ocasión para
descubrir que “todo me está permitido”, sino el desafío que exige actuar en cada momento en la menesterosidad de
la responsabilidad particular. La Ética de la Situación.
- El Marxismo ha subrayado hasta el extremo la primacía de la praxis como clave hermenéutica de la verdad. La
bondad del hombre no depende tanto de lo que piensa como de la eficacia de su actuación “práxica”. El desafío de
esta corriente ha exigido a la ética cristiana examinar sus propios principios y preguntarse por qué parece haber
abandonado la primacía de los “frutos buenos”, por lo que se reconoce al árbol bueno (Mateo 7:16-20). De ahí en
adelante, anotada la semejanza, habrá que anotar también las diferencias. La “praxis” cristiana no se funda en la
búsqueda de la eficacia, sino en el absurdo de la cruz; no se apoya en una ideología, sino en el seguimiento de una
persona muerta por los hombres y glorificada por Dios.
El Marxismo subraya también el puesto de la utopía, como horizonte futuro que funciona como catalizador del
presente. La Ética ha recibido de esta institución su carácter de creatividad y fantasía. Pero también aquí la moral
cristiana puede y debe apelar a las hondas razones de su esperanza. Vivir aguardando “la venida gloriosa” del Señor,
lejos de constituir una excusa para la evasión y la nostalgia, exige una ética de la sobriedad ante las cosas, de justicia
ante los hermanos, de piedad ante Dios. La esperanza activa y generosa conforma así las relaciones del creyente con
lo otro, con los otros y con el Absolutamente Otro (Tito 2:11-13).
- La antropología de la posmodernidad, es una filosofía, o mejor aún, una ficción, que se plantea la crisis misma de la
modernidad y la racionalidad. “El post de postmoderno indica una despedida de la modernidad, en la medida en que
quiere sustraerse a sus lógicas de desarrollo”.
El talante de la postmodernidad se nutre de muchas fuentes. Del desencanto ante la frialdad y la miseria de la razón.
De la sensación de que el hombre es un ser descentrado y desfuturizado que nada serio puede construir ni nada
plenificante puede esperar. De la satisfacción acomodada en un mundo placentero en el que el disfrute
descomprometido se convierte en actitud primordial. Pero la postmodernidad no es sólo una reflexión teórica sobre
el mundo y la historia. Es también una actitud ética, más o menos racional, más o menos fundamentada.
El diálogo con la postmodernidad exigirá a la moral cristiana una mayor atención al tiempo oportuno en el que se
adensa la llamada de Dios a los hombres y a las estructuras humanas. Este diálogo debería ayudar tanto a los
cristianos como a los teólogos a redescubrir el valor de la virtud de la prudencia. Y podría ayudar a unos y a otros a
ejercitar el discernimiento sobre lo más humano y humanizador. Habrá que descubrir que el hombre no se identifica
con sus logros y sus posesiones.
El diálogo, además de ayudar a la moral cristiana a redescubrir algunos valores, habrá de exigirle al mismo tiempo una
palabra de clarificación sobre el mismo movimiento con el que dialoga.
La Teología Moral en el marco de la Teología
Ya Sto. Tomás se preguntaba por qué la reflexión sobre el hombre y su comportamiento responsable ha de entrar en el
ámbito de la “Teología”, que en principio debería reservarse a la reflexión sobre Dios. El santo subraya el papel que la
gracia, como ley interior, juega en este comportamiento por el que el hombre mismo se hace a sí mismo, cumpliendo los
mandamientos. También es Teología la que considera las acciones del hombre, creado por Dios. Acciones que, a fin de
cuentas, en Él tienen origen y sólo en su contemplación como sumo Bien encuentran su orientación definitiva.
La Teología Moral no debería perder de vista la teología dogmática. A los teólogos moralistas, en conexión con la
teología bíblica y la dogmática, les compete “subrayar en la reflexión científica el aspecto dinámico que ayuda a resaltar
la respuesta que el hombre debe dar a la llamada divina en el proceso de su crecimiento en el amor, en el seno de una
comunidad salvífica”.
Se admite hoy que la crisis de la Teología Moral se debe, entre otras cosas, a su separación de la Escritura y la Teología
dogmática. La Sagrada Escritura debe volver a ocupar un puesto de relevancia en la reflexión moral cristiana. De las
páginas de la Biblia ha de surgir ese espíritu que libere a la reflexión moral cristiana del excesivo legalismo que la
caracterizó en otros tiempos. La Teología dogmática, a su vez, no sería completa ni coherente si no contemplara las
consecuencias prácticas de la fe sobre la que reflexiona. Algunas sugerencias:
a) El tratado sobre el Dios de la revelación cristiana ayudará a la Teología Moral a articular sus reflexiones sobre la
dignidad de la persona humana a partir de la fe en la Trinidad y unidad de Dios. La fe en el Dios creador implica
inmediatamente una reflexión-exhortación sobre la responsabilidad humana ante el mundo creado en el que se
desarrolla la vida y ante el mismo don de la vida. El misterio de la Creación ilumina ya la posibilidad de una
revelación natural y de una “ley natural” accesibles al ser humano por su propia inteligencia.
b) El tratado de Cristología no puede eximirse de subrayar la importancia que el seguimiento de Cristo implica para la
moral cristiana. La “nueva ley” evangélica es inseparable de la vida, los gestos y las palabras de Jesús de Nazaret.
Pero tampoco puede olvidar que el Cristo resucitado vive y actúa como sujeto moral en los que creen en él y, al
mismo tiempo, es atendido por los hombres que demandan atención amorosa y cuidados compasivos.
c) La Eclesiología, al estudiar el misterio de la Iglesia, no puede olvidar la misión de la comunidad. La misión de la
Iglesia, como la de Jesús, pasa por el servicio a los hombres.
d) La Antropología Teológica no se limita a reflexionar sobre el ser del hombre, sino que incluye orientaciones
inestimables sobre su quehacer.
La reflexión teológico-dogmática sobre el pecado original, sus componentes y sus consecuencias, ilustra de forma
cada vez más clara la naturaleza misteriosa de todo pecado personal, y el tratado sobre la Gracia de Cristo implica
múltiples reflexiones sobre la nueva vida y la nueva actividad de los redimidos por Jesucristo, como vida en la
caridad.
e) La Escatología muestra que para que la promissio de Dios alcance su eficacia y verificabilidad en el testimonio de su
interlocutor humano, éste ha de vivir la libertad y disponibilidad necesarias para su missio en el mundo.
f) La Sacramentología, si en otro tiempo los sacramentos formaban parte del “objeto” de la Teología Moral, hoy
deberían encontrarse entre sus fuentes. Esto se logra al ver cómo y con qué coherencia la celebración sacramental
de la salvación se traduce en comportamientos morales concretos.
g) La clásica división entre Teología Moral y Teología Espriritual ha terminado por modelar una cierta mentalidad.
Como si la Teología Espiritual hubiera de estudiar el comportamiento positivo y la Teología Moral el
comportamiento negativo.
Algunos ejemplos ilustrativos
Es posible examinar las conductas humanas desde la perspectiva racional, partiendo de los elementos que nos da la
realidad, ese es el caso de la Ética Filosófica o Filosofía Moral. Pero también es posible un enfoque teológico; es decir,
partiendo de un dato revelado por Dios, contenido en las Sagradas Escrituras, que es aceptado por la fe. Esto último es
propiamente lo que hace la Teología Moral.
En este sentido, el documento Guadium et Spes (Gozo y esperanza) del Concilio Vaticano II acerca de cómo se posiciona
la Iglesia en el mundo actual desarrolla al ser humano como un ser social:
Interdependencia entre la persona humana y la sociedad
25. La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad
están mutuamente condicionados. porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la
persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social. La vida social no es, pues,
para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del
diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su
vocación.
De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos, como la familia y la comunidad política,
responden más inmediatamente a su naturaleza profunda; otros, proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra
época, por varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias; de aquí nacen diversas
asociaciones e instituciones tanto de derecho público como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de
socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas ventajas para consolidar y desarrollar las
cualidades de la persona humana y para garantizar sus derechos.
Pero esta mirada es completada con el hecho de que la aspiración del hombre a formar comunidad está fundamentada
en realidad en el hecho de haber sido creado por un Dios que es Comunidad y que creó al ser humano para vivir en
comunión con Él. Fragmento también de Guadium et Spes:
El Verbo encarnado y la solidaridad humana
32. Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios "ha querido
santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo
que le confesara en verdad y le sirviera santamente". Desde el comienzo de la historia de la salvación, Dios ha elegido a
los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también a cuanto miembros de una determinada comunidad. A los
que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12), con el que además estableció un pacto en
el monte Sinaí.
Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso participar
de la vida social humana. Asistió a las bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores.
Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las relaciones más comunes de la vida social y
sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su
patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia, fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un
trabajador de su tiempo y de su tierra.
En su predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como hermanos. Pidió en su oración que todos
sus discípulos fuesen uno. Más todavía, se ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene
mayor amor que este de dar uno la vida por sus amigos (Io 15,13). Y ordenó a los Apóstoles predicar a todas las gentes
la nueva angélica, para que la humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor.
Primogénito entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu, una nueva comunidad fraterna entre todos
los que con fe y caridad le reciben después de su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que
todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según la variedad de dones que se les hayan
conferido.
Esta solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su consumación y en que los hombres, salvador
por la gracia, como familia amada de Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta.
Otro ejemplo ilustrativo de la diferencia y complementariedad de una perspectiva ética y una teológica, lo ofrece el
vínculo matrimonial. Guadium et Spes dice:
El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos
52. La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misión se requieren un
clima de benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en
la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de los hijos; pero también
debe asegurarse el cuidado de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso a
un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta
puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es
el matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de
los padres o de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto, al tratar de fundar
una familia, evitando, sin embargo, toda coacción directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada
persona.
Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a
armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la
sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso
del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza
del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad
doméstica. Hay que salvaguardar el derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos. Se
debe proteger con legislación adecuada y diversas instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos que
desgraciadamente carecen del bien de una familia propia.
Pero es el documento Familiaris Consortio, sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual, escrito por Juan
Pablo II, el que da un enfoque claramente teológico: el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia:
El hombre imagen de Dios Amor
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo
tiempo al amor.
Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola
continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la
capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de
todo ser humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre
está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace
partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al
amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad
más profunda del hombre, de su «ser imagen de Dios».
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y
exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en
cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el
hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no
fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la
persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsable, la
cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una
serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y concorde de los
padres.
El único «lugar» que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección
consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo,
que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la
sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal
que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios
Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la
hace partícipe de la Sabiduría creadora.
Matrimonio y comunión entre Dios y los hombres
12. La comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido fundamental de la Revelación y de la experiencia de fe de
Israel, encuentra una significativa expresión en la alianza esponsal que se establece entre el hombre y la mujer.
Por esta razón, la palabra central de la Revelación, «Dios ama a su pueblo», es pronunciada a través de las palabras
vivas y concretas con que el hombre y la mujer se declaran su amor conyugal.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a Dios con su pueblo. El mismo pecado que
puede atentar contra el pacto conyugal se convierte en imagen de la infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría es
prostitución, la infidelidad es adulterio, la desobediencia a la ley es abandono del amor esponsal del Señor. Pero la
infidelidad de Israel no destruye la fidelidad eterna del Señor y por tanto el amor siempre fiel de Dios se pone como
ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben existir entre los esposos.
Similar es el planteo sobre el tema de la muerte. A partir de experiencias concretas, de contradicción entre lo que
queremos y de lo que hacemos, de fracaso de un proyecto personal, cultural, social, político, de limitación colectiva, de
egoísmo e insolidaridad, nuestra vida individual y comunitaria se ve amenazada radicalmente por la muerte. Sin
embargo, desde una perspectiva teológica, en Jesucristo la resurrección revela que la vida tiene una promesa de futuro
definitivo que vence a la muerte misma. La plenitud del Reino anunciado por Jesús se dará en cada persona y en todos
los hombres. Jesucristo se presenta como revelador del sentido último del amor, de la muerte y del futuro definitivo del
hombre en una vida plena para siempre.