Habi
Guillermo Samperio
Ilustración Martha Adams
Habi
Texto: Guillermo Samperio
Ilustración: Martha Adams
T
u madre tiene razón, hijo —explicó papá
elefante.
2
—Pero ella no me deja ir a ningún lado…
—replicó Habi molesto.
—Bueno, puedes ir a jugar con tus amigos,
pero no te alejes demasiado.
—Sí, papá —dijo el pequeño elefante.
De inmediato, Habi fue a buscar a los otros
elefantitos, y no encontró a ninguno.
—Al fin que ni los necesito —pensó.
Y decidió dar una vuelta. Cerca del pan-
tano escuchó un escándalo de voces. Aplas-
tando unos arbustos, se dirigió hacia allá y vio
un grupo de ranas que lo invitó a que admirara
3
sus acrobacias. Habi aceptó, pues le encantaba
divertirse. Cuando las ranas repitieron el acto
de cuerda, él se despidió y se encaminó hacia
la casa de los changos. Pero, en cuanto estuvo
frente a ella…
—No te acerques, Habi —dijo uno.
—Si a ti te gusta perder el tiempo, allá tú;
pero no nos vengas a quitar el nuestro —añadió
otro.
4
—Vuelve dentro de un mes, a ver si para
entonces te recibimos —prosiguieron.
—Vete, Habi —gritaron por fin, a coro, los
cinco changos.
Disgustado y muy digno, Habi se fue sin
dirigirles la palabra. Al poco rato de vagar y
ya medio aburrido, se topó con unas cabras.
Acordaron jugar tope-borrego. Con dos o tres
trompazos, el pequeño elefante las dejó aton-
tadas. Mientras ellas se reponían, se escuchó:
5
—¡Habi, muchacho del demonio! Enton-
ces, Habi quiso esconderse; pero la que había
gritado, que era su mamá, lo agarró de la cola
y se lo llevó arrastrando hasta su casa. Ella lo
regañó, le dio sus buenas trompadas y lo man-
dó a dormir. Al siguiente día, muy tempranito,
Habi desayunó abundantemente. Estaba muy
enojado con mamá elefanta.
—Me trata como a un bebé —pensó—.
Yo también puedo ir de aventura como papá
—renegó en voz baja.
6
Lleno de coraje y sin lavarse la trompa, se
internó en la selva, decidido a llegar hasta el fin
del mundo. Después de andar a la deriva una
media hora, encontró un chango que le dijo:
—Siempre de flojo, Habi.
—Es cosa mía, ¿no?
Cortando el diálogo, Habi comenzó a correr.
Mientras avanzaba y se alejaba cada vez más
de su casa, se sintió ligero, libre, emocionado,
pero también cansado. Detuvo su paso para
7
reposar y se echó al pie de un gran árbol. En lo
que imaginaba que volaba, alguien habló.
—¡Qué tal, Habi!
Sorprendido, el elefante se levantó rápida-
mente y, con voz débil, dijo:
—¿Sííí?
Y se disipó su sorpresa al ver al señor Ri-
noceronte.
—¿Qué andas haciendo por aquí? —dijo
Rinoceronte.
8
—Voy a dejarle un recado a la señora Ji-
rafa, de parte de mi mamá —mintió Habi.
—¿Y conoces el camino de regreso?
—¡Claro! He venido muchas veces por
acá —siguió mintiendo.
—¡Qué bueno! Hasta pronto, Habi. Me sa-
ludas a tu papá, por favor.
—Sí, señor Rinoceronte. Adiós.
En cuanto Rinoceronte se perdió de su
vista, Habi emprendió una nueva carrera, hasta
encontrarse rodeado por una tupida maleza. Se
detuvo, y miró hacia todos lados como buscan-
do por dónde seguir.
De repente, sintió que muchos ojos lo ob-
servaban. Para su tranquilidad, entre la hierba,
fueron apareciendo picos, cabezas, alas, bigotes,
orejas y cuerpos y, al fin, distinguió al tucán, al
tigre, al búho y a otros muchos animales.
—¡Hola! —dijo Habi.
Pero nadie contestó a su saludo, con lo que
su seguridad comenzó a quebrarse. Todos lo
miraban fijamente.
—¡¡¡Hola!!! —insistió.
9
Y una vez más, nadie respondió; Habi
sintió que el silencio se hacía más grande. Lo
miraban como si se tratara de un bicho extraño.
Pensó que, a lo mejor, solo era su imagina-
ción. Sin atinar a hablar, se fue haciendo para
atrás, les dio la espalda a los silenciosos y se
alejó. Se metió entre unos arbustos, aplastán-
dolos. Luego escuchó varias risotadas que, por
supuesto, provenían de los animales que no le
habían hecho caso.
—Fue una broma muy pesada —pensó el
pequeño elefante.
10
En tanto que renegaba, se encontró ro-
deado por una verdadera pared de vegetación.
Buscó intranquilo un hueco entre dos árboles y
avanzó por ahí. De repente, no pudo ya seguir
porque se topó con algo duro para sus fuerzas.
—¡Rrr… Clac! —se escuchó.
11
Sin atinar a reconocer este sonido, inten-
tó regresar reculando por el mismo hueco;
pero chocó nuevamente con algo duro para
sus fuerzas. Con trabajos giró sobre sí, descu-
brió una especie de barrotes que lo cercaban y
escuchó voces extrañas:
—¡Ya está! Bajen de ahí.
—¡Viva! Ya cayó otro.
—Sí, es un elefante.
¡Lo habían atrapado!
—¿Quiénes serán esos malditos? —pen-
saba desesperado Habi.
Y comenzó a lamentarse de su destino. ¿Lo
harían cachitos para venderlo en el mercado?
¿Lo utilizarían para transportar cargas pesadas?
¿Algún rajá habría mandado por él para ponerlo
a su servicio? ¿Y mamá y papá, y sus amigos?
Al recordar su casa, se puso triste y no pudo
evitar las lágrimas. Se sintió perdido.
Pero pronto se resolverían sus dudas.
Junto con una gran cantidad de animales, lo
llevaron al puerto al día siguiente. Y en cues-
tión de unas cuantas horas, lo embarcaron. Le
dieron de comer mientras el búque se hacía a
la mar.
12
Antes de que el barco arribara a su des-
tino, Habi decidió hacer frente a la situación,
aunque se puso un tanto nostálgico.
Llegaron a un puerto destartalado; en lo
que desembarcaban las jaulas, mucha gente se
reunió frente al barco. Iban y venían vendedores
de tortas, de paletas, de frutas, de dulces, en fin,
vendedores de todo; pero, más que nada, había
muchos niños: chicos, medianos y grandes.
13
Al pequeño elefante lo subieron a una
carreta jalada por bueyes, los que, a duras pe-
nas, podían mover el rústico transporte. Habi
se encontraba azorado ante la multitud que
lo observaba y lo saludaba y le gritaba. Al ver
que atraía demasiado la atención, Habi se cre-
yó muy importante y hasta llegó a pensar que
su triunfo estaba cercano. Pero, en medio del
gozo, le entró la duda.
—¿A dónde me llevarán? —se preguntó—.
Nunca me imaginé que el fin del mundo fuera
así y que en él viviera gente con esos som-
breros tan extraños y con esa ropa tan rara.
14
A medida que la caravana se alejaba del
muelle, el bullicio se fue apagando. Luego se
hizo el silencio. Las carretas se detuvieron a
la entrada de una gran carpa. Ahí comenzaron
a bajar los animales. Sacaron al pequeño ele-
fante de la jaula para bajarlo y, en el momento
de llegar al suelo, de un trompazo derribó al
carretero. Entre aullidos, chillidos y gritos todos
festejaban el incidente. Pero, a pesar de la ale-
gría, Habi ya tenía una respuesta: él trabajaría
en un circo y se pasaría la vida encerrado, sin
su tan preciada libertad.
15
—No volveré a pasear — pensaba mientras
miraba los montes en la lejanía—, ni a jugar
con mis amigos, ni a platicar con las ranas.
Ni los changos me regañarán, ni jugaré tope-
borrego con las cabras, ni… —se detuvo por-
que se puso muy, muy triste y empezó a llorar.
—Ni volveré a ver a mamá, ni a papá,
ni… —siguió pensando en tanto que los mocos
le escurrían lánguidamente.
Ya entrada la noche, en la oscuridad de la
carpa, Habi se desesperó.
16
—No permitiré que me hagan esto —dijo
enojado en voz baja—. No es justo.
Y sin meditarlo más, jaloneó fuerte la cuer-
da con que estaba amarrado. Por fin pudo des-
atarse. En silencio abandonó la carpa, se alejó
del pueblo a la luz de la Luna y se internó en
la vegetación. Durante varias horas, subió y
bajó montes y montañas hasta que lo venció
el cansancio.
ueña explan
peq ad
ay
na
e u se
d qu
ba
er
hi
ed
la
ó
re
do
b
so
rm
hó
Se ec
id
o.
Pasó mucho tiempo roncando. Al des-
pertar, ya entrado el día, Habi se dio cuenta de
que, sobre su lomo, se había establecido toda
una colonia de insectos y plantas. Esto le pro-
vocó un gran gusto porque los animalitos serían
sus amigos, y de esa manera, siempre viviría
acompañado.
17
Así que, vagando y disfrutando del aire
fresco, Habi se dedicó a cuidar y a regar ese
jardín botánico que transportaba en la espalda
y que tanta felicidad causaba a sus pequeñísi-
mos compañeros. Jardín que, a fin de cuentas,
representaba un pedacito de naturaleza ambu-
lante y la libertad para Habi.
18
Créditos
Texto: Guillermo Samperio
Ilustración: Martha Adams
Diseño original: Cynthia Valdespino Sierra
19
Por esta edición digital
Consejo Nacional de Fomento Educativo
Coordinación general
Carmen Gladys Barrios Veloso
María del Carmen Herrero Mejía
Pedro Antonio López Salas
Coordinación editorial
Samuel Josué Aguayo Mejía
Rosa María Díaz Álvarez
Verónica Noyola Valdez
Coordinación de Normatividad, Producción
y Vinculación Editorial
Producción digital
Dulce Mariko Lugo García
Abigail Orduña Ruiz
Maresa Oskam Roux
Jorge Eduardo Rodríguez Uribe
Paola Zorrilla Drago
20
Directorio
Esteban Moctezuma Barragán
Secretario de Educación Pública
Cuauhtémoc Sánchez Osio
Director General del Consejo Nacional de Fomento Educativo
Samuel Torres Pérez
Director de Educación Comunitaria e Inclusión Social
René Fujiwara Apodaca
Director de Educación Inicial
Sagrario Conde Valerio
Directora de Cultura y Difusión
21
Habi
Edición 2020
D.R. © Consejo Nacional de Fomento Educativo
Avenida Universidad 1200, Xoco,
Ciudad de México, C.P. 03330
ISBN