Gerhard Richter y Las Imágenes Incompletas
Gerhard Richter y Las Imágenes Incompletas
Varias
Casi todos los estudios sobre Richter comienzan con preguntas similares, dando
lugar a una serie de frases hechas que remiten a algo obvio, esperado ante tales
cuestiones: la negación del encasillamiento. Artista ecléctico, concentración en
un solo creador de los múltiples caminos artísticos del siglo XX, exploración de
las posibilidades de la pintura o héroe del periodo posthistórico, con palabras de
Danto, pues según él «los verdaderos héroes del periodo posthistórico son los
artistas que son maestros de todos los estilos sin tener un estilo pictórico en
absoluto»[2], son algunas de las frases hechas sobre Richter que todos
conocemos. Sea como sea, y también casi siempre, la conclusión es una
afirmación tan general como, a primera vista, insuficiente: Gerhard Richter
trataría de «trasladar al lienzo la pluralidad del mundo real»[3].
Y, sin embargo, el hecho es que la relación de las obras de Richter con lo real y
sus formas de mostrarse remite a cierta investigación sobre la banalidad que
puede ofrecer las pistas necesarias para una comprensión más detallada del
artista. Es posible aceptar, incluso, que esa banalidad es fundamental y que sólo
1
ella permite entender a Richter. Sin embargo, para poder hacerlo es necesario
asimilar la realidad de la que hablamos, y, sobre todo, conocer el porqué de su
transformación en cuadro. Ello explica la conveniencia de tratar más
detenidamente la primera época del artista, pues la comprensión del inicio de
las fotopinturas facilita el acercamiento al resto de su obra. Pero primero hemos
de introducirnos en su taller. Richter no sólo permite la intromisión en sus
procesos creativos, sino que, de hecho, utiliza todo tipo de estrategias para
dejarse ver. El problema es que cuanto más lo hace, más dificultades nos causa.
El recorrido puede iniciarse ahí, en las estrategias que utiliza Richter para
mostrarse y ocultarse. Pensemos en un emblema de la historia del artista: Mesa
(1962),
una obra en constante evolución formada actualmente por más de 640 paneles
con unas 5.000 imágenes[4] y que debe entenderse en dos sentidos, como
archivo de imágenes utilizado por Richter para iniciar su proceso pictórico y
como obra autónoma.
2
clásicas y que es conveniente tener presentes desde el inicio. Son las dos frases,
las dos declaraciones que aparecen en cualquier texto sobre el artista. La
primera es de 1966, y pertenece al catálogo de la Exposición Richter-Polke, en
un texto firmado por ambos: «considero que muchas fotografías de aficionado
son mejores que el mejor Cézanne»[5]. La segunda apareció en el texto que
preparó Richter para el catálogo de la Documenta 7, en 1982, y procede de
Schopenhauer. Ahí podemos leer que «el arte es la forma más alta de
esperanza»[6].
Pero, si esto es así, ¿por qué resulta tan complejo analizar a Richter? Pues,
expresado de un modo quizá demasiado tajante, porque esos datos, ese dejarse
ver que concede el artista, parece incluir una serie de contradicciones que
impiden una interpretación simple, una lectura unitaria. El ejemplo más claro
de esta aparente contradicción se encontraría en las dos declaraciones citadas:
considerar una foto de aficionado superior a un Cézanne parece algo fácilmente
comprensible en el contexto de la neovanguardia, algo muy pop, muy
warholiano, que remitiría a la superación de la modernidad pictórica, de la
tradición artística clásica; sin embargo, hablar del arte como forma de esperanza
supone un talante moral, moderno, conservador (incluso), que, a primera vista,
es difícilmente comprensible junto a la primera declaración. Pues bien, aunque
sea difícil de comprender, la obra de Gerhard Richter no sólo incluye ambas
adjetivaciones, también las exige, las necesita para su completo funcionamiento.
Esto es lo que hemos de tratar de explicar. Ahora, volvamos a Mesa.
3
Mesa es una obra fechada en 1962. El año anterior, y justo dos meses antes de
que se levantara el muro de Berlín, Gerhard Richter había emigrado a Alemania
Federal, concretamente a Düsseldorf, después de haber estudiado Bellas Artes
en Dresde, su ciudad natal. Casi inmediatamente a su llegada a Düsseldorf,
donde re-inició sus estudios artísticos, Richter destruyó gran parte de la obra
que había realizado en Alemania del este. Cuando no lo hizo, la entendió como
algo ajeno o sin la suficiente calidad, algo pasado que ya no tenía nada que ver
con él, con el realismo socialista que había practicado en la Alemania oriental,
en un ambiente marcado por la política cultural oficial. Esa política cultural, por
ejemplo, había anulado completamente el legado de las primeras vanguardias
europeas, llevando a artistas —no se olvide, estrictamente formados en una
tradición académica— como Richter a realizar obras del tipo de Bañistas en la
playa:
4
falsos escrúpulos (ante lo tradicional, ante la negación de lo occidental, ante lo
nuevo), se encuentra en la Documenta de 1958 con Pollock y Fontana, esto es,
con dos artistas que, evidentemente, poco tenían que ver con los Bañistas. Y los
interpreta en dos direcciones: la que le llevará más tarde a abandonar la RDA,
esto es, ver que es algo nuevo, revolucionario, un modo de pintar
completamente distinto a lo que él conocía, y, segundo, la dirección que remite a
las ideas y bases que había recibido en la Alemania del este, el componente
moral, incluso liberador. Cuando Richter llega a Düsseldorf descubrirá el pop, a
Rauschenberg, Lichtenstein, Warhol, Oldenburg, y a Fluxus, y a Duchamp, y a
Beuys, y el minimal de Andre, LeWitt..., es decir, toda una serie de autores y
corrientes caracterizados de un modo u otro por una idea antimoderna, en
muchos casos por una negación de la historia del arte anterior y en concreto de
la tradición pictórica encabezada por Pollock.
5
personal anterior.
6
claramente Donald Kuspit, en la entrevista «Buchloh trata de alistar el arte de
Richter para la causa de la noción de que “el arte debería realizar una crítica
política” y servir a fines ideológicos, y de que la pintura está muerta, mientras
que Richter resiste tranquila e insistentemente ambos intentos de
predeterminar sus intenciones». Es éste un buen ejemplo de la insistencia de la
crítica en adecuar prácticas a sus intereses y no adecuar tal crítica a la práctica.
«Buchloh, como un comisario, intenta reeducar a Richter, obligando a que su
arte se adecúe al rígido lecho de Procustes de las propias preconcepciones de
Buchloh. Esto equivale a una “liquidación” de Richter, un término que Buchloh
emplea de un modo que recuerda a los comunistas y a los fascistas»[11].
Pero la pregunta seguía estando ahí, cómo y qué pintar, cómo hacerlo sin
aceptar ninguna ideología, ninguna utopía, ningún estilo, asumiendo tanto las
mentiras del este y su realismo socialista en pintura, como la amnesia colectiva
y el intento de esconder el pasado nazi del occidente capitalista; asumiendo
tanto el pop, el minimal, Fluxus, Beuys... como a Pollock y la tradición pictórica.
Cómo hacerlo desde una situación, la de Richter, que no ve ninguna
contradicción entre figuración y abstracción, pero las conoce perfectamente a
ambas, cómo hacerlo en el contexto de una cultura de la imagen que si, por un
lado, el artístico, se muestra con toda la ironía pop, por el otro, el sociocultural,
disfraza una realidad pasada ofreciendo únicamente restos. Ése es el contexto
que conduce a Richter hasta la fotografía, una determinada fotografía: hasta
1965 las fotopinturas de Richter serán siempre en gamas de blancos, negros y
grises, y hasta 1969 las fotografías siempre serán ajenas, banales fotografías de
aficionado, recortes, imágenes ya saturadas de significado.
Volvamos, entonces, a Mesa, e intentemos por fin superar esa fotopintura que
representa el número 1 del catálogo del artista. El propio Richter explica Mesa
del modo siguiente: «La foto de Mesa proviene, según creo, de una revista
italiana de arquitectura que se llama Domus. La pinté, pero no estaba satisfecho
con el resultado y pegué papel de periódico en algunos trozos. Todavía se
pueden ver las huellas de donde estaba el papel de periódico pegado a la tela
recién pintada. No estaba satisfecho porque la tela tenía demasiada pintura y no
me gustaba, así que pinté encima. Entonces, de pronto, adquirió una calidad
que me atraía y pensé que tenía que dejarlo así, sin saber muy bien por
qué»[12].
7
El resultado es una obra que incluye el elemento representativo en un gesto pop,
y el abstracto, con la función autorreflexiva inherente: parecía como si «el
difuminado pictórico del motivo fotográfico resolviera el problema de dar
cuerpo a la imagen»[13], pues «la imagen elaborada exclusivamente con la
escala tonal de grises, es la versión pictórica, por lo tanto manual, de la
reproducción fotográfica, tecnológica y objetiva, de un mueble común. El acto
artístico es mimético y gestual, mecánico e irrepetible, ya que el objeto
representado desaparece parcialmente perdido en la extensión de la mancha de
pintura sobre la tela que lo cubre y que sólo significa por sí misma en cuanto
gesto mecánico. Sin embargo las pinceladas circulares, aparentemente
desorganizadas, sobreimpuestas a la representación mimética (la mesa),
además de ser rasgos “per se”, poseen un contenido alegórico, al colapsar,
cubriéndolo, el posible “sentido” representativo de la obra. Del mismo modo, el
acto mimético desafectado, poco expresivo, perturba cualquier esperanza de
encontrar en el gesto la clave expresiva que justificaría la obra»[14].
Todos ellos son elementos que caracterizarán la obra de Richter casi totalmente
durante algunos años y parcialmente durante muchos más. Richter había
iniciado en 1962 este sistema de «proyectar en la tela imágenes obtenidas de
periódicos y revistas. Pronto se centró en la inmediatez que le ofrecía la
fotografía de aficionados, ya que estilísticamente le interesaba sobre todo el
material referente en bruto, desprovisto al máximo de todo valor estético.
Encontró en ella una fuente referencial libre de los impuestos ideológicos del
medio artístico»[15]. Por eso Mesa es tan importante, por eso marca una línea
fundamental en la biografía de Richter respecto a su historia, o prehistoria,
personal, por eso es el número 1 de su catalogación. En este sentido, no es
casual el borrado, el difuminado gestual de la mesa. Mesa ejecuta una función
simbólica que supera el ámbito artístico: si por un lado encontramos la
expresión de una conjunción entre figuración y no figuración, entre fotografía y
pintura, entre poder y pobreza de la imagen técnica, es decir, todos esos
caracteres artísticos fundamentales en el Richter de este momento, por el otro
no podemos obviar el gesto de borrado, de pantalla, el gesto de represión.
8
la banalidad, a la fotografía de aficionado, es decir, al “muchas fotografías de
aficionado son mejores que el mejor Cézanne”, pero también a la difícil
situación de Richter, que había salido del este para huir de una realidad falseada
y se encuentra en el oeste con una amnesia colectiva respecto al pasado. Esas
dos direcciones convergen y explican la trayectoria de Richter. Por esto, Mesa
debe observarse junto a los primeros paneles del Atlas, las imágenes pop de
campos de concentración, por ejemplo,
pero también, y sobre todo, junto a otras obras marcadas por la referencia
histórica, sea propia o ajena. «Si por un lado las obras de aquella época
expresan una aparente gran frialdad autorial, los motivos escogidos delatan
fijaciones obsesivas del artista. Intereses escatológicos cuando elige los sujetos
pictóricos de los aviones bombarderos Stuka (1963), las enfermeras asesinadas
(1966)...»[16].
Es decir, los motivos que estaba utilizando Richter remitían tanto a la banalidad
pop de los anuncios publicitarios (en ocasiones utilizando ya el color),
9
Gerhard Richter, Tío Rudi, 1965
En este sentido, el borrado de Mesa y el del retrato de ese militar que posa con
su uniforme nazi, procedente de una fotografía del album familiar, apuntan a
provocaciones similares, pero en contextos diferentes, el artístico y el social.
Sólo hay algo que parecía estar claro: todo debía ser, y parecer, real, debía eludir
los determinados referentes de “lejanía aurática” que tradicionalmente
acompañaban a la pintura y, a la vez, respecto a la fotografía, y con palabras de
Richter, «impartirle validez, hacerla visible... en una palabra, hacerla (incluso a
riesgo de realizar una cosa peor que la propia fotografía). Y cuando lo hago, no
puedo entenderlo, meditarlo ni planificarlo. Por eso pinto y sigo pintando a
partir de fotografías, porque no lo entiendo, porque lo único que se puede hacer
con fotografías es pintar a partir de ellas, porque me gusta verme tan a la
merced de una cosa, dominándola en un grado tan ínfimo»[19]. Necesidad, por
tanto, de fotografía, pero una fotografía que debe ser pintada, transformada en
imagen pictórica.
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El primero, de no estilo, no invención, apoyado en la banalidad de la fotografía
de aficionado; el segundo, de intenciones concretas, de motivos elegidos por su
contenido. El primero remite a una serie de decisiones artísticas, y puede ser
interpretado en el contexto de indiferencia, de negación, de antiestética, anti (o
post) modernidad en lo que se ha entendido como una retórica de la pintura
(Buchloh). El segundo se encuentra inmerso en la necesidad de representar
pictóricamente a partir de unos motivos seleccionados, una meditada elección
de contenidos que, evidentemente, no parece coincidir con el primer aspecto. El
primero permite una interpretación, coherente, artísticamente correcta, sobre
una retórica de la pintura, pero que elude al autor; el segundo implica la
intención de Richter... y en ella no hay problema para vincular la resonancia
moral con la banalidad pop de la imagen de aficionado.
Podemos ver ambas direcciones en dos textos del propio Richter. El primero es
una nota escrita en estos años, entre 1964 y 1965:
¿Sabe lo que me encantó? El darme cuenta de que una cosa tan idiota, tan
absurda como el simple hecho de copiar una postal podía dar lugar a un cuadro.
Y también la libertad de poder pintar todo lo que más me gusta: ciervos,
aviones, reyes, secretarias. De ya no tener que inventar, de poder olvidar todo lo
que significa la pintura —color, composición, espacio— y todo lo que uno sabía y
había pensado. Todo esto dejó de repente de ser una condición previa del
arte.[22]
Pintar lo que más me gusta, sin necesidad de inventar, pintar ciervos, reyes... o
secretarias, secretarias como ésta, a la que alude la cita.
11
[...] Pelo negro corto, gafas estilizadas, carmín intenso en labios apretados bajo
una nariz puntiaguda [...], su apariencia es cuidada, erotizada con aplicación;
[...] Esta mujer de impecable esbeltez se ve aspirada por el torbellino de sus
tareas urgentes. Su aspecto y el movimiento del cuerpo traicionan la
identificación con las limitaciones de una función. Realizado a partir de una
fotografía ya existente, el cuadro de Richter no es ni caricaturesco ni pretende
hacer denuncia. Al seleccionar esa situación, ese instante, ese personaje, focaliza
la atención sobre un arquetipo contemporáneo fijado en una definitiva
rigidez»[24].
Pero Richter va más allá de Warhol, y va más allá de Warhol porque a este
primer elemento ha de unírsele el segundo: arquetipos no inventados en
Secretaria, pero recuérdese que, por desgracia, tampoco era inventado el
arquetipo de Tío Rudi. Ahí, el arquetipo, la no invención o el olvido de todo lo
que significa la pintura, remitía únicamente a la imagen fotográfica, al hecho de
ser imagen; pero el tema, el motivo, impedía, al contrario que en Warhol, la
elusión de la memoria. De hecho, la banalidad arquetípica de Richter tenía un
sentido muy concreto, uno que, en el fondo, le enfrenta a Warhol y al pop:
«Utilizo lo que llaman banal —afirma en 1985— para demostrar que lo banal es
importante y humano. Las personas cuyas imágenes vemos en los periódicos no
son banales, sólo son banales porque no son famosas»[27]. Maravillosa
contestación a los conocidos quince minutos de fama de los que hablaba
Warhol, que podría encontrar su representación gráfica en el retrato de la actriz
Liz Kertelge.
12
Gerhard Richter, Liz Kertelge, 1966
13
había dado cuenta de que eran más convincentes que las fotos en color, porque
lo mostraban de manera más directa, menos artística y, en consecuencia, más
creíble. Por eso elegí fotos de aficionados, fotos de objetos corrientes,
instantáneas[29].
Con el dibujo surge, afirma Richter, «una abstracción que deforma la realidad y
14
favorece una estilización específica», pero con la fotografía puede «dejarlo todo
como está»[33], en un giro que elude la monumentalización de la imagen
pretendida por el fotorrealismo y, a cambio, entrega una realidad tal como se
nos ofrece, o como se merece: convertida en pura imagen, en pura apariencia. Y
eso, pintar apariencias acordes al tiempo presente, sólo se podía hacer mediante
la fotografía, pintando como una cámara, siendo indiferente el partir de fotos o
no. En esto Richter no ofrece duda: «podría prescindir de la fotografía y el
resultado seguiría presentando el aspecto de una fotografía copiada»[34]. Ello
se debe a que pinta cosas que aparecen, y hoy se aparece mediante la imagen
técnica, no mediante la pintura: «la fotografía ha cambiado la manera de ver y
de pensar las cosas: las fotografías se consideran verdaderas y los cuadros
artificiales. Ya no se podía creer en el cuadro pintado»[35] sino en las fotos: sólo
había que darles validez, hacerlas visibles... mediante la pintura.
15
posteriores a las primeras fotopinturas.
que restituye hábilmente el flou (la técnica deliberada del contorno borroso)
fotográfico, esta imagen pintada sustituye el maquinismo duchampiano de
principios de siglo por una imagen íntima sin ironía, que desafía en varios
aspectos las normas de las vanguardias. Desde este punto de vista, Richter
parece volver de Duchamp a una representación clásica»[39].
En una entrevista con Jonas Storsve, en 1991, Richter declaró que el Desnudo de
Duchamp le irritó, y que esa fue la razón de pintar Ema: «No podía aceptar que
ello hubiera terminado, de una vez y para siempre, con un determinado modo
16
de pintar. De modo que hice justo lo contrario y pinté un “desnudo
convencional”»[40], afirma. Un desnudo que gustará al espectador medio, que
hace concesiones a la belleza y que, curiosamente, lo hace en la representación
de lo familiar, como lo hará más tarde con el retrato de su hija, Betty (1988),
17
números de la lotería”»[42].
«El color más neutro de todos sirve para construir una imagen sin forma en la
que el gris sobre el gris era en su opinión “la única posibilidad de responder a la
indiferencia, a la negativa de proponer, a la falta de opinión, a la falta de forma”
(Harten)»[44]. El gris de estos cuadros, que parece realizar con las fotopinturas
anteriores la misma estrategia que las gamas de colores con posibles pinturas en
color, «no se liga a un tema —aunque sea insignificante— y no se desdobla
claramente en sus componentes blanco y negro como en otros cuadros de su
gama. No transporta referencias extrañas. Se limita a presentarse en el
cuadro»[45].
Parece como si, con estos cuadros, tanto los grises como los paneles de colores,
Richter intentara mostrar que la fotopintura en blanco y negro ya no era
suficiente, que la estrategia de banalidad e indiferencia y su selección de
motivos, ya no enfatizaba la estrategia perseguida. Pero, en el fondo, el objetivo
es muy similar al puro hacer, al hacer fotos, no pintarlas, que definía la razón de
las fotopinturas. Ahora es la realidad-cuadro la que se hace, y el medio de la
18
fotografía es sustituido por el medio de la pureza del color o la monotonía del
gris. La indiferencia de la fotografía de aficionado es sustituida por la del
material-color, que también se escoge, como la fotografía, o la indiferencia del
gris, un gris monocromo que más que a la tradición de Ryman o Klein ha de
remitirse a las fotopinturas: como si éstas hubiesen borrado completamente el
tema, como si pudiésemos pensar que debajo del gris se escondiera una
fotopintura desaparecida ahora ya en la realidad-cuadro. Utilizar el color o
utilizar el gris, como continuaba utilizándose la fotografía para las fotopinturas.
De hecho, puede establecerse una conexión coherente con las fotopinturas que
Richter seguía realizando, como si los grises y gamas de colores debieran
interpretarse también, al margen de su poder pictórico, como ayuda para
comprenderlas. Es posible bifurcar esta conexión en dos direcciones: los grises
con las fotopinturas de ciudades, las gamas de colores con las de paisajes
naturales. Ambos, tanto las ciudades como los paisajes, y observados
respectivamente bajo el prisma de los cuadros grises y las gamas de colores,
pueden entenderse en el sentido de «trampolines para la abstracción»[46],
como si, con palabras de Donald Kuspit, la intención de Richter fuera mostrar
que la representación puede ser una clase de abstracción. Una abstracción, por
tanto, procedente de lo real, o, mejor, de lo real en su apariencia, en su imagen.
Cuando Benjamin Buchloh en 1986 preguntaba a Richter acerca de esos
cuadros, los basados en paisajes y en ciudades, Richter contestaba: «Se
realizaron cuando no me apetecía seguir haciendo las fotopinturas figurativas.
Buscaba un cambio respecto a la declaración inequívoca, la narrativa legible y
limitada. [...] Fue un intento de transmitir contenido de un tipo más
universal»[47].
que deja percibir la conexión con las fotopinturas anteriores en blanco y negro y,
simultáneamente, vinculada a los grises, enfatiza su papel de trampolín a la
abstracción. Imagen de ciudad presenta «una pintura pastosa, ruda incluso, una
plétora de formas individuales blancas y grises que se mueven y empujan, que
19
se añaden a un detalle arbitrario de la vista de una ciudad densamente
urbanizada. Así, el Stadtbild de 1970, sólo puede identificarse como tal desde la
distancia. El que le suma ópticamente lo minúsculo de las pinceladas y manchas
aplicadas con rapidez unas al lado de otras, se encuentra ante la desconcertante
visión de fragmentos de periferia urbana con la trama de sus vías de acceso,
plazas y edificios»[48]. Desconcertante visión que impide una identificación,
que remite, sobre todo, a ese contenido de un tipo más universal con explícitas
muestras de abstracción. A ello contribuye significativamente el hecho de que
Richter ha evitado todo aquello que permita el reconocimiento, incluso deja
fuera de los cuadros los monumentos que se podían identificar en las
fotografías, como en Stadtbild Paris,
Gerhard Richter, Imagen de París, 1968 – Gerhard Richter, Atlas, panel 119
(fragmento)
donde «el modelo correspondiente (panel 119) nos muestra que Richter sólo
seleccionó un detalle y eliminó la inconfundible plaza Charles de Gaulle con el
Arco de Triunfo en el centro»[49].
Lo curioso del tema es que, si esta obra y otras similares pueden entenderse
fácilmente en su sentido de trampolín para la abstracción, mucho más lo hacen
las imágenes de ciudades en las que se apoyaron este tipo de cuadros.
Observándolas autónomamente, y, por tanto, entendiendo el Atlas como obra
independiente de las fotopinturas, la sensación que desprenden esos paneles
formados por fotografías aéreas de ciudades es una extraña mezcla de igualdad
y diferencia, de realidad e irrealidad.
20
de nuevo nos volvemos a encontrar, ahora en este trampolín para la abstracción
que son los cuadros de ciudades, elementos muy similares a los que hallábamos
en Tío Rudi. Como si Richter no pudiese dar el paso a la abstracción desde las
fotopinturas sino mediante la ineludible conexión de las dos estrategias en la
imagen fotográfica, la de la elusión del tema y la de la presencia de la memoria;
como si, en el fondo, la realidad en su abstracción, o en su apariencia, sólo
pudiese ser gris.
21
Richter «combinó fotos individuales entre sí y no titubeó en “embellecer” la
naturaleza. [Otros paisajes de estos mismos años] [...] son escenarios que tanto
en lo que se refiere a su decisión temática como a su transparencia no difieren a
primera vista de los románticos alemanes [...] [En Marina con nubes] una clara
línea horizontal divide [el cuadro] en dos zonas que separan cielo y agua,
posibilitando una referencia sin la cual se confundirían. Los horizontes se han
puesto deliberadamente muy en el fondo para hacer sitio al patético espectáculo
de formaciones nubosas y a las relaciones lumínicas cambiantes por momentos,
que cargan la atmósfera de manera tan vehemente que uno comienza a tomarse
en serio el cliché de una naturaleza sobrecogedora»[52]. La alusión a la
naturaleza, al romanticismo y a Friedrich, por tanto, incluye simultáneamente
una serie de referencias que se entrecruzan y completan el tema de trampolines
para la abstracción[53].
22
pastiche o la ironía: «la exigencia de presente debe actualizarse sin olvidar (ni
reprimir) el pasado romántico»[59]. La cultura de masas ha convertido el
romanticismo en una imagen kitsch, banal, de un pasado idealizado. Por ello,
«al definir su uso pictórico de la fotografía —o más exactamente, su concepción
fotográfica de la pintura— como una “auténtica referencia histórica al
romanticismo”, Richter transforma el kitsch romántico de la cultura de masas.
De este modo, recupera una actualidad crítica para el romanticismo en un arte
expuesto a la reificación nostálgica y a la apropiación de la industria
cultural»[60]. En el fondo, Richter lleva a cabo una actualización del
romanticismo mediatizándolo a través de la fotografía: la apropiación está, por
tanto, íntimamente unida a su tratamiento en los medios de comunicación, con
lo que Richter reactualiza la utopía romántica, pero siendo consciente de su uso,
bien ideologizado, bien convertido en algo kitsch, por la industria cultural. Se
trata de aprovechar ese juego de memorias, de recuerdos, de vínculos entre
presente, pasado y futuro que, por su mismo carácter, aparece constantemente
en cualquier uso del medio fotográfico. Es en esta negación de la inocencia, en
esta coherencia en la recuperación del romanticismo mediatizado por la
fotografía, donde aparece el modo como Richter entiende la naturaleza.
Mis paisajes son, claro está, no sólo bellos o nostálgicos, románticos o clásicos,
encantadores como el paraíso perdido, sino, sobre todo, “embusteros” [...], y con
“embusteros” quiero decir la dicha con que nosotros contemplamos la
naturaleza, una naturaleza que en todas sus formas está siempre contra
nosotros porque no conoce ni sentido, ni bondad, ni compasión, porque no
conoce nada, es absolutamente banal, todo lo contrario a nosotros, es
absolutamente inhumana. Toda la belleza que vemos en el paisaje, todo el
colorido, el carácter pacífico o violento de una disposición, el delicado trazado
de líneas, el grandioso espacio y más cosas que podría citar, es una proyección
nuestra, que podemos anular para ver en el mismo momento sólo la fealdad y la
monstruosidad más espantosas. / La naturaleza es tan inhumana que ni siquiera
es criminal. Ella es lo que en esencia debemos superar, rechazar —pues a pesar
de toda la perversidad, la crueldad y la ruindad que nos caracterizan, todavía
somos capaces de producir una brizna de esperanza [...]—. La naturaleza no
tiene nada de eso, su estupidez es absoluta[61].
23
De este modo se vincula en los paisajes de Richter su sentido de (1) trampolín
para la abstracción, (2) reactualización de un romanticismo mediatizado por la
fotografía, (3) ironía respecto a la belleza kitsch, y embustera, de la naturaleza y
(4) enfatización en la distancia que separa a Richter del fotorrealismo. Si, con
todo esto, aludimos a los abstractos de Richter a los que conducen los cuadros
de ciudades y los paisajes[62], las estrategias confluyen, aunque siempre bajo la
complejidad que caracteriza al autor para encontrar una línea definida.
24
afrontar la crudeza de aquello que lo niega como tal se transforma en gélido
aislamiento y desesperación»[64].
25
de octubre de 1977, como si en ellos la emoción resultara de algún modo
incomunicada, como defendiéndose contra ella»[67].
Una emoción que, como ha insistido Félix Duque, remite al más íntimo terror:
«En un dificilísimo equilibrio entre la (bien fácil) participación simbólica en los
atentados terroristas, por un lado, y la asepsia informativa (igualmente fácil) del
periodista que “cubriera” esos luctuosos sucesos sine ira et studio, como si se
tratase de un ejercicio de entomología, Richter muestra unas imágenes borrosas
[...] más parecidas a radiografías que a cuadros, en donde las formas se
difuminan, de modo que el horror del evento concreto (por ejemplo, en el caso
del ahorcamiento “voluntario” de una de las componentes, o en el del sepelio
colectivo) deja entrever el terror de una situación generalizada de la que no hay
escapatoria, y en la que todos estamos comprometidos. ¿Cómo no estar enfermo
dentro de una sociedad congénitamente enferma, y cómo hacerse ilusiones de
escapar de ella, o de transformarla de raíz, mediante acciones que participan de
la espectacularización y banalidad que ellas pretenden criticar?»[68].
parece incluir referencias a los grises, a las inicios con la abstracción, incluso a
los restos de paisajes románticos que pintó en los años 70. Sin embargo,
quisiera concluir con un texto, una nota escrita por Richter el 12 de octubre de
1986. Son palabras que pueden actuar como resumen, y, simultáneamente,
muestran el esfuerzo del artista por intentar explicarse a sí mismo, mediante el
lenguaje escrito, aspectos que quizá sólo pueda hacerlo con el pictórico. Escribre
Gerhard Richter:
26
forma, y recibirlo todo: composición, objeto, forma, idea, pintura. Incluso
cuando era joven, cuando ingenuamente tenía “temas” (paisajes, autorretratos),
enseguida fui consciente del problema de no disponer de tema. Por supuesto,
me serví de motivos y los representé, pero lo hice con la sensación de que no
eran reales, sino impuestos, trillados, artificiales. La pregunta “¿Qué pintaré?”
puso de manifiesto mi propia desesperación y a menudo envidiaba (y sigo
envidiando) a los pintores más mediocres, las “preocupaciones” que tan tenaz y
mediocremente representan (básicamente, los desprecio por ello). En 1962,
descubrí mi primera compuerta para escapar: al cambiar la pintura por la
fotografía me liberé de la necesidad de elegir o construir un tema. Claro está que
tenía que elegir las fotografías, pero podía hacerlo de forma que evitara
cualquier compromiso con el tema, utilizando motivos que contenían pocas
imágenes y que eran anacrónicos. El hecho de apropiarme de las fotografías, de
copiarlas sin modificarlas y sin traducirlas a una forma moderna (como hacen
Warhol y otros), representaba el principio de la evasión del tema. Este principio
se ha mantenido hasta la actualidad con escasas excepciones (puertas, ventanas,
sombras, que detesto). Pinturas Grises, Gráficos en Color, Inpaintings,
pequeñas abstracciones (repletas de arbitrariedades planeadas para estar
igualmente desprovistas de mensaje), abstracciones “suaves” que tomaban
prestado la ausencia de tema de las pequeñas abstracciones y que empleaban el
difuminado y la ampliación para crear una variante del No-mostrar. Y es
igualmente válido en el caso de las grandes abstracciones; como contraposición,
siempre existe la intención, la esperanza, de conseguir un tema que me pongan
en bandeja como si no lo hubiera inventado yo y, por ese motivo, más universal,
mejor, menos perecedero, más válido en general. Por supuesto, no es cierto, ya
que estoy constantemente componiendo y, sobre todo, borrando (es decir,
evitando) y me limito a un repertorio muy limitado, lo que significa que actúo
deliberadamente. Después está la relación con la música, en mi esfuerzo
constante por crear una estructura en términos musicales y una
instrumentación variada. ¡Tantos fracasos! Me resulta increíble que las
fotografías lleguen en ocasiones a mostrar un matiz de distinción, porque,
básicamente, son exhibiciones lamentables de la incapacidad y el fracaso
(fracaso al intentar superar esa incapacidad). Sin embargo, tampoco es cierto
que no tengo nada específico en mente. Como con mis paisajes: veo
innumerables paisajes, pero fotografío apenas 1 de cada 100.000 y pinto apenas
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1 de cada 100 de los que fotografío. Por lo tanto, estoy buscando algo bastante
específico; en consecuencia, concluyo que sé lo que quiero.[69]
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