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Drama en la Cocina de América

El documento presenta un resumen de la escena inicial de la obra teatral "Bendito el Fruto" de Patricia Suárez. En ella, América le cuenta a su amiga Pichona que ató al Profesor en su cama luego de noquearlo con un cucharón, debido a que él quiso matar a su perra. América teme que cuando despierte el Profesor la mate a ella por haberse rebelado, por lo que pide ayuda a Pichona para enfrentar la situación. Pichona inicialmente se niega a involucrarse deb

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Drama en la Cocina de América

El documento presenta un resumen de la escena inicial de la obra teatral "Bendito el Fruto" de Patricia Suárez. En ella, América le cuenta a su amiga Pichona que ató al Profesor en su cama luego de noquearlo con un cucharón, debido a que él quiso matar a su perra. América teme que cuando despierte el Profesor la mate a ella por haberse rebelado, por lo que pide ayuda a Pichona para enfrentar la situación. Pichona inicialmente se niega a involucrarse deb

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BENDITO EL FRUTO

Por Patricia Suárez


Email: cazadoraoculta@[Link]

No den las cosas santas a los perros ni arrojen sus


perlas a los puercos, no sea que las pisoteen con sus
pies y revolviéndose las destrocen”"
(Mat. 7, 11).

Gowin, provincia de Buenos Aires.


Década del ´50

Personajes
AMÉRICA, 35 años
PICHONA, misma edad.
PROFESOR

Escena 1
Una cocina de una humilde casa de campo. La mesa de madera basta, un banco largo
contra una pared. Aperos de gaucho colgados en la pared, una montura, tientos de
cuero crudo, un rebenque, estribos, etc. Dos o tres sillas. Una ventana chica con
visillos. Más allá el fogón, vemos una serie de cacerolas y cucharones, cuchillos, en
cierto desorden porque la dueña de la casa, América, es cocinera en una fonda del
pueblo y suele preparar minucias en la casa.
América, dolida por el acto que acaba de suceder, cubre su boca y se enjuga las
lágrimas con un pañuelito blanco hecho un bollo que llevará consigo toda la obra.
Cuando no está lloriqueando, lo mete en la manga de su vestido.
Entra Pichona, atropellada, con una pila de libros.

AMERICA: Pichona, gracias que vino!

PICHONA: Qué pasó?

AMERICA: El Profesor, el Profesor…

PICHONA: Qué hizo?

AMERICA atragantada de susto y llanto: No le hice caso, Pichona, cuando usted me


advirtió. El se puso hecho una furia. Hice un pecado. Grande.

PICHONA: América, pare de llorar así. No le entiendo nada.

AMERICA: Está atrás, en la pieza.

1
PICHONA con horror: ¿Está muerto el Profesor?

AMERICA: No.

PICHONA: Le dio un ataque?

AMERICA: No… no.

PICHONA: ¿Usted me hace venir acá y resulta que tiene al Profesor durmiendo en la
cama? Como él se despierte y me vea acá a mí se arma la de Dios es Cristo. Me voy a ir.

AMERICA: No, no…

PICHONA: Si se despierta y me ve, ¿usted se piensa que él se va a tragar que somos


amigas? Mejor me voy, América. Las agustinas me tienen cortando, picando, salando;
con el asunto de la Fiesta del Pastelito se olvidaron que atiendo la biblioteca nomás.
Después que me afano como una negra, pellizcan aquí, pellizcan allá y de la fuente no
quedó nada. Más mató la gula que la espada, pero ellas no la entienden. No me
encuentran y se van a impacientar feo.

AMERICA: No se vaya, por favor.

PICHONA: ¡Hacerme venir por esto!! Un día, la madre superiora se levanta con los
pájaros volados y me corre del convento. Ahora andan como locas practicando platos
para la maldita fiesta. No sé qué se piensan que van a ganar haciendo empanadas y
pastelitos. Ni que fuera a venir el Papa a probar bocado aeste pueblo de mala muerte.

AMERICA: Viene el Monseñor.

PICHONA: Con su pan se lo coman. Adiós, América.

AMERICA: No se vaya, Pichona.

PICHONA: ¿Usted participa de la Fiesta del Pastelito?

AMERICA: No. Yo no.

PICHONA: ¿Hace pastelitos de carne en la fonda don Froilán? ¿Le pone ají? Las
monjas me tienen con la razón extraviada con el asunto de si es santo o no es santo
ponerle ají de la mala palabra a la carne para sazón. ¿A quién se le puede preguntar eso?

AMERICA: Pichona…

PICHONA sarcástica: ¡Al Profesor seguro que no!

AMERICA: Pichona, el Profesor está en la cama, sí. Pero está atado.

2
PICHONA: ¿Qué…?

AMERICA: El Profesor está atado.

PICHONA: ¿Cómo atado?

AMERICA: Atado. Con los tientos trenzados que hacía mi difunta mamá. En la fonda
yo no saco mucho y ella…

PICHONA: ¿Qué hace atado el Profesor en la cama?

AMERICA: Venga, mire. (la lleva hacia la puerta para que vea al Profesor desde allí)

PICHONA: ¡No! ¿Mire si me asomo y me ve?

AMERICA: No, no la va a ver.

PICHONA: ¿Por qué? ¿Tiene el sueño profundo ahora?

AMERICA: Está desmayado.

PICHONA tentada de mirar: ¿Está desnudo?

AMERICA: Está desmayado. Yo lo desmayé. No sé cómo me pasó; pero agarré el


cucharón de alpaca y se lo dí acá, en la nuca, con tal mal tino que se desmayó.

PICHONA mirando: Qué chichón está el Profesor.

AMERICA: Todo es malo, pero mejor si lo hubiera matado. Creáme.

PICHONA mirando a R.: ¿Y qué era lo que lo deleitaba sino amar y ser amado?

AMERICA: Cuando él se despierte y vea que yo me le retobé, que le levanté la mano…


Me mata; seguro me mata. Por eso se me ocurrió atarlo. Por qué no me tragará la tierra
en este mismo momento. Lo arrastré a la cama, lo até fuerte con los tientos para que no
se zafe. Unos nudos de manear que me enseñó mi tata. Cuando se despierte me mata
igual. No sé qué hacer; la llamé a usted.

PICHONA: América, yo no tengo nada que ver con el Profesor.

AMERICA: Ayudéme.

PICHONA: Usted sabe que a mí el Profesor me hizo un daño muy feo. Yo se lo conté,
¿se acuerda que le conté? A mí me costó salir adelante después de eso, me llevó mucho
tiempo. Ahora, estoy prometida a Baldomero Luis Arduriz, que es capataz de estancia
en Carmen de Areco y está armando su chacra propia, con sus propios chanchos y todo.
Es chanchero. Media cuadra de tierra con puros chanchos. Qué animal rapaz es el
chancho.

3
Un tiempo, Pichona hace crujir las manos.

PICHONA: ¿Qué decía? Ah, sí. Para mí el Profesor está muerto.

AMERICA: Ay, ¡no diga que está muerto!

PICHONA: Me voy a casar; ¡mire si se entera Baldomero de una cosa así!

AMERICA: Quédese conmigo hasta que él despierte. No se va a enterar nadie.

PICHONA: Porque usted no sabe quién es la hermana Poncia. La crueldad de esa mujer
que tiene manía por la cocina; es demoníaca: cuenta las almendras que hay en el
convento, una por una; los huevos, uno por uno, para hacer la figuritas de mazapán con
miel en las proporciones secretas que ella sabe. Capaz hace brujería. Cómo no me vea
trasegando en la cocina…

AMERICA: Quédese y le habla por mí.

PICHONA: Y si sólo fuera la avaricia. Ahora me quiere experta en el arte de trinchar, ¡a


mí que salí bachillera con honores en Buenos Aires!. Me pone un lechón delante de los
ojos a ver cómo lo trincho; lo trincho mal, va a mi celda, olisquea y rebusca hasta que
encuentra un libro que no es religioso y me lo echa al fogón. Trincho bien y por poco
me besa, babosa y sucia como es. Casi que prefiero al fuego devorando los libros.

AMERICA: Le pide al Profesor que me perdone, que yo lo quiero igual que siempre.

PICHONA: Usted está loca, América. Mejor desate ese hombre.

AMERICA: Pichona, me matará.

PICHONA: Déjelo desatado y váyase del pueblo.

AMERICA: No puedo, ¿adónde voy a ir?

PICHONA: Súbalo a un carro y déjeselo a la esposa en la puerta.

AMERICA: Yo no quiero que él se vaya con la esposa.

Pichona se sienta, se quita la capa, acalorada.

AMERICA: La felicito por el casamiento. No sabía que iba a casarse.

PICHONA: Gracias.

AMERICA: ¿Está muy enamorada de su prometido?

PICHONA: ¿Y a usted qué le importa?

4
AMERICA:

PICHONA: Yo hace dos años, vine y le dije: América, deje a ese hombre, por su bien.
La tiene de manceba, la envuelve en palabras dulces y hace su capricho con usted. La
trata como a un perro. Y el señor, tan campante, sale de su lecho caliente y se mete en la
cama helada de su esposa. No la va a dejar nunca a la esposa, ni ella se va a morir para
darle un gusto a usted, porque esa mujer tiene una salud de hierro. En la Argentina el
divorcio no existe y él dice, a mí me decía, por lo menos, que un Profesor que dejó
tirada a la esposa, no lo vuelve a conchabar el Ministerio de Educación. Entonces él se
muere de hambre.

AMERICA: Me sé todas esas palabras de memoria.

PICHONA: ¿Y por qué no lo dejó?

AMERICA: Porque lo quiero. Cuando usted me vino con el cuento, yo estaba muy
prendada.

PICHONA: Y ahí tiene: hoy come faisán y mañana se come las plumas.

AMERICA: Estaba sola…

PICHONA: Se hubiera fabricado un príncipe de masa y de pimiento, como hizo la


princesa calabresa del cuento. ¿Conoce el cuento? No conoce el cuento; se lo hago
breve: a la princesa de la Calabria no le gusta pretendiente ninguno; entonces le pide al
rey, el padre, que le consiga harina y azúcar; una artesa, un cernidor. La desgraciada
está seis meses para cernir y seis meses para amasar. Cuando lo termina, no le gusta.
Otros seis meses cerniendo y amasando y le pone un pimiento para que le haga de nariz.
Lo llama el Príncipe del Pimiento. A los seis meses, el Príncipe del Pimiento habla y la
pide a la princesa en casamiento. Hacen el casamiento y al poco tiempo se lo roba la
Turca-Cán que es una reina de Oriente. Así es el mundo.

AMERICA: ¿Esa historia pasó de verdad?

PICHONA: Está anunciada la Sudestada y mejor irme antes que me agarre el viento.

AMERICA: ¡No, no! Ayudéme, Pichona. Quiso matarme la perra, por eso me sulfuré.
Me dijo que la perra, la Blanquita, lo seguía a todas partes y en el pueblo se darían
cuenta que yo iba con él, que era su amante. A la Blanquita la tengo desde que es
cachorra, cómo me la va a matar. Sacó la escopeta de mi tata y le apuntó. Y ahí vi todo
rojo y le propiné el cucharonazo.

PICHONA: …

AMERICA: Ahora tiene la perra pegada a los pies de la cama.

PICHONA: Cuando se despierte la va a llamar a gritos.

5
AMERICA: No, no.

PICHONA: La necesita para que lo desate.

AMERICA: No va a gritar.

PICHONA: ¿Se tragó la lengua cuando se desmayó?

AMERICA: Yo lo amordacé.

PICHONA: …

AMERICA: ¡Las cosas que me hace hacer el miedo!

PICHONA: ¿Qué quiere que haga yo?

AMERICA: Cuando le apuntó a la perra, me dijo: Alegráte que no te disparo a vos.

PICHONA: Estoy de más acá yo.

AMERICA: Y entonces le dí el cucharonazo en la cabeza. El cuerpo se cayó igual que


un muñeco…

PICHONA: Usted es un peligro. Ya veo a los guardas entrar por esa puerta.

AMERICA: ¡¡No!!

PICHONA: Para qué me hace venir. Me odia el Profesor. Usted sabe que me odia.

AMERICA: No sé qué me pasó por la cabeza para darle el golpe así.

PICHONA: Avise a la esposa. Después de todo el Profesor es de ella. Puedo ir yo, si le


parece, y le digo. En confianza. Ella me conoce de cuando le fui por mis cosas hace
cinco años atrás. Después pasó lo que pasó. No crea que usted es la única que estuvo
alguna vez delante del cañón de una escopeta.

AMERICA: El Profesor no me perdonará.

PICHONA: Acá me la apoyó, en la boca. Por buchona, me dijo.

AMERICA: Habléle usted. Pidále que me perdone.

PICHONA: Usted es una estúpida. Estoy perdiendo el tiempo.

Pichona se incorpora para salir.

AMERICA la agarra de las piernas para que se quede: ¡No! Ayúdeme.

6
PICHONA: ¡Salga!

AMERICA aullando: ¡Pichona!

PICHONA: Sueltéme.

Pichona se arregla la ropa que la otra casi le desgarra.

PICHONA: ¡Embrollona! ¡Linda manera de portarse en viernes! Usted no piensa en mí


al hacerme venir. ¿Qué se cree que puede pensar mi novio? ¿Sabe lo que me costó
encontrar un hombre bueno? Porque hay hombres buenos en el mundo; Baldomero
venía día sí, día no al convento; les vendía los lechoncitos a las monjas. Un día sí, un
día no, discutiendo sobre jamón y tocino, con murmurio de recitar poesía. Así aprendí a
quererlo yo. Si yo pierdo a Baldomero, le juro que traigo el hacha de cocina de las
monjas y le rebano el cogote a usted.

AMERICA: Perdone, perdone…

PICHONA: …

AMERICA: Es que me dio tanto miedo.

América llora sentida.

PICHONA: Ya hizo el mal, no tiene caso que llore.

AMERICA:

PICHONA: Me hizo secuaz suya.

AMERICA:

PICHONA: ¿Quiere que la ayude?

AMERICA asiente

PICHONA: Entonces hace lo que le digo.

AMERICA asiente

PICHONA: ¿Entendió?

AMERICA: Sí.

Pichona se pasea de un lado al otro.

7
PICHONA: Haga así: cuando él se despierta, le pone el cuchillo chuletero al cuello y le
dice que si se porta bien, sale andando de acá en cuatro o cinco días, para asegurarse de
que cumplirá la palabra y la buena conducta.

AMERICA: Yo no puedo, no tengo coraje para…

PICHONA: Yo voy a estar atrás de la puerta, por si necesita ayuda.

AMERICA: Me da miedo.

PICHONA: Se porta bien, no le contamos a nadie y él no le cuenta a nadie.

AMERICA:

PICHONA: Pero si grita o no respeta el pacto, sale de acá con los pies para adelante.

Pichona va hasta donde hay una jofaina con agua. Se la entrega a América.

PICHONA: Tíresela en la cara.

AMERICA: …

PICHONA: Para que se despierte. No tengo todo el día.

Fin de Escena 1

Escena 2
Dormitorio sencillo. Una cama con dosel de madera. Una cobija pesada, el Profesor en
camiseta y calzoncillos largos está atado por los cuatro miembros a los postes de la
cama con tientos de cuero y amordazado con trapo. Hay un sol de noche. La perra está
debajo de la cama y de vez en vez, gruñe.
En un banquito, a su lado, está Pichona. América acaba de tirarle un jarro de agua
para despertarlo y sale en puntas de pie de la piea. El Profesor despierta, forcejea,
lucha contra sus ataduras un rato.

PICHONA sarcástica, casi gritando: ¡A cada chancho le toca su San Martín!

El Profesor suspira, doliente.

PICHONA (impaciente): Ya está bien, ya está bien.

El Profesor mira desesperado.

PICHONA sarcástica: ¿Y qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado?

PROFESOR tira con las muñecas del dosel de la cama pero no se desata.

8
PICHONA: Palabras de san Agustín.

PROFESOR: …

PICHONA: Son nudos corredizos. (detiene su debatirse con un gesto): Ella me pidió
que te hable; te tiene miedo. No se anima ni a dirigirte la palabra, pobre infeliz.

Seña del Profesor.

PICHONA: No te puedo desatar. (A la perra que está debajo): Chito, chucho. La perra
no se quiere mover de tu lado, me dijo ella. Qué le habrás hecho a la perra vos para que
te guarde así.

PROFESOR:

PICHONA: Primero hay que hacer un trato y después te suelta. Te vas adonde tengas
que ir. Después de todo hoy es viernes, ya no tenés que dar clases en la escuelita; te
podés tomar un ratito para charlar. ¿Tu esposa te está esperando? Que espere; hace por
lo menos cinco años que no hablás conmigo y ella está bien acostumbrada a esperar.
(Un tiempo, maliciosa) Vos debés masticar tallos de apio todos los días; no vaya a ser
que ella te haya puesto veneno en la comida.

PROFESOR enojo, lágrimas mudas de rabia.

PICHONA: Miráte cómo estás. ¡Y América te tiene miedo!

Pichona le enjuga el rostro.

PICHONA: A veces me das pena.

Pichona se sienta a su lado le da palmaditas en el muslo.

PICHONA: Vos sabés que antes de venir acá ya no me acordaba del odio.

Pichona le arregla a él el pelo.

PICHONA juega: Abuelita, ¿por qué tienes los ojos grandes? Para mirarte mejor.
Abuelita, ¿por qué tienes las orejas tan grandes? Para escucharte mejor. Abuelita, ¿¡por
qué tienes los dientes tan grandes!? Para comerte mejor.

Pichona ríe, escalofriante.

PICHONA: Estás como el Lobo Feroz pero mudo. Te quito la mordaza, y seguro armás
un escándalo. Porque vos no sos un lobo; vos sos de chillar como un marrano.

Pichona se acerca a él, muy íntima.

9
PICHONA: Lo que más rabia de todo me da no es lo que vos debés creer. Que me
hayas abandonado, que te hayas quedado con tu esposa y no conmigo. Porque yo era tu
mujer. A mí era a quien querías. Por lo menos decías eso, aunque después, pájaro que
comió, voló. Lo que más rabia de todo me da, fue haberme quedado de piedra en aquel
momento. No me defendí. ¡Si al menos te hubiera gritado (baja la voz) hijo de una gran
puta, cornudo, mal parido, perro, comido de los alacranes! Hablo bajo porque América
debe estar escuchando a través de la puerta. Esa estúpida te quiere. ¡Hay que ver! Hay
que soportar que te quiere.

PROFESOR se remueve

PICHONA: Igual la estúpida ésa que come de tu mano, te golpeó y te desmayó. Mirá
todo el estropicio que hizo. El tiento este te va marcar los tobillos. No te puedo aflojar.

PROFESOR suplica

PICHONA con voz apenada: No, no puedo.

Pichona le hace una caricia.

PICHONA: Renguearás. Dios usa de misericordia hasta cierto punto, y después castiga.

PROFESOR suplica

PICHONA: Cuando salgas de acá. No vas a poder bailar por un tiempo el vals con tu
esposa, Profesor. Miel sobre hojuelas. Te vieron en el Eduardo Hertz, en el Club
Atlético, bailando con tu esposa. La Hermana Suplicio que hace el pastel de pichones, te
vio. Hay que ver cómo baila tu esposa, comentó, ninguna gracia.

Un largo silencio.

PICHONA calma: Te pusiste viejo y gordo en estos años. Yo me voy a casar, pronto.
Baldomero Arduriz se llama mi novio; iletrado, analfabeto, pero muy cristiano. Estoy
conforme, estoy contenta. Trabajador, leal, sincero.

El Profesor, neutro.

PICHONA: ¡Estoy satisfecha de mí misma!

Llora, vencida.

PICHONA: No puedo.

Pichona se repone.
Pichona se arregla el cabello, la falda.

PICHONA: Por las cuentas que saqué, te veías con ésta mientras estabas conmigo.
Hasta un cerdo ciego encuentra una bellota.

1
PROFESOR empalidece.

PICHONA: Te veías con América.

PROFESOR hace que no con los ojos.

PICHONA: Sí, no. Sí, no. Siempre igual; ya no tiene importancia.

PICHONA se levanta, pasea.

PICHONA: Ahora ninguno de tus devaneos tiene la menor importancia. Creéme.

Pichona suspira, le hace una crucecita al Profesor en la frente.

PICHONA: Vos estás acá como en tu hora de muerte. Vengo yo y te doy la


extremaunción: es un sacramento que inventó San Agustín cuando estaba en el lecho de
muerte. Dijo: todos tienen que largar la lista de sus pecados y tragar la hostia.

PROFESOR llora con llanto cascado

PICHONA: Calmáte, no te voy a pedir la lista de tus pecados. No tengo toda la noche.
Aparte viene la Sudestada y las monjas me tienen muy vigilada en la cocina con esto de
la comilona para la Fiesta en Gowin. Pensar que antes leíamos el Dante vos y yo,
después del amor, y ahora me la paso moliendo menudencias de cerdo con el mortero.
No llores más, Profesor. La última vez que lloraste así, estábamos juntos.

PICHONA lo mira dolorosamente.

PICHONA: Ésta te quiere soltar si le perdonás el mal trago. Te violentaste y se ofuscó.


Tenés que arreglar con ella. A mí, de verte sufrir así, Profesor, se me hace agua la boca.
Me abre el apetito verte sufrir. Capaz que la amargura no es más que un hambre, algún
desvarío del hambre…

PICHONA sale y vuelve sobre sus pasos, busca en la carterita que siempre tiene
colgada del antebrazo.

PICHONA: Me acuerdo especialmente de una vez. Usaste una palabra fuerte para
hablarme. Vos, que sabés todas las palabras, te empeñaste ese día en usar palabras
fuertes. Me puse a llorar, soy floja. Te hiciste un festín con mi llanto; lloré hasta que me
ardieron los ojos. Las monjas dicen que hay que perdonar las ofensas; hay que tomar el
ejemplo de San Ambrosio. Cuando un asesino atentó contra su vida, el santo agarró y le
dio una plata para que viviera con decencia. Cuánta plata tendría que pagarte yo a vos…
Plata, plata…

Pichona encuentra lo que buscaba

PICHONA; Ah, acá está.

1
Saca de su pechera un frasquito de perfume y va hacia el Profesor.

PICHONA: Esto, me quedé con ganas de hacer.

PICHONA le vuelca el frasquito de perfume en los ojos. El Profesor está aterrorizado.


El PROFESOR aúlla.

PICHONA: Duele un poco.

Entra AMERICA; arrebatada.

AMERICA: ¿Qué paso?

PICHONA; Nada, hace espamento.

AMERICA: ¿Le dijo?

PICHONA: Parece que no entiende. Ya sabe que es porfiado.

Fin de Escena 2

Escena 3
Un rato después.
América le limpia con algodón, muy delicada, los ojos irritados.
El le indica que le limpie la comisura de los labios.

AMERICA: No debería quitarte la… Espere un ratito que termine con los ojos. Pero
prométame que no gritará. Si? Me promete?

El Profesor asiente. Finalmente le quita la mordaza.

PROFESOR dolido: ¿Qué es esto, Quita?

AMERICA:

PROFESOR: ¿Por qué pasan estas cosas entre nosotros? ¿Qué hace esa mujer en tu
casa? Yo creí que éramos el uno para el otro, que nos teníamos el uno para el otro, y
resulta que me hace traición.

AMERICA: No, no, no. No es una traición, nada más…

PROFESOR: Nada más qué, Quita? Me dejaste de querer. Es eso? Ustedes las mujeres
se cansan rápido. ¡Y yo que te quería enseñar a tocar el violín! Si hasta fui a Buenos
Aires y le encargué a un luthier un violincito chico, de niño, en esos que aprendían los
indios, para que vos hicieras música y supieras algo de lo que es el mundo.¡Qué
estúpido, qué infeliz que soy! (El profesor gime o llora con llanto cascado, seco)

1
AMERICA enternecida, le hace una caricia: No llore, mi cholito.

PROFESOR: Cómo hiciste esto, Quita. Llora tosido con más energía.

AMERICA: Me pasó. Ya no llore, pobrecito.

PROFESOR: No ves que no puedo llorar, ni siquiera? No ves que esa zanguanga me
quemó los ojos y no me salen las lágrimas. Zorra rastrera, esos perfumes que compra
son frutos de la prostitución que ejerce. Solamente el mal sale de esa mujer. ¡Cómo
pude yo enredarme con ella, con esa crápula! Ella te llenó la cabeza, usó tu cabecita de
chorlito como un odre viejo y lo llenó de carne podrida. Mala coneja, mala hembra. Si
la tuviera a la mano, si la tuviera a tiro nomás… Ella es la madre del cordero.

AMERICA titubeando: Habla de Pichona?

PROFESOR furibundo: ¿Qué?!

AMERICA: Me dijo que no la quería.

PROFESOR: A quién?

AMERICA: A Pichona.

PROFESOR: ¡Estoy para hablar de quereres yo!

AMERICA: A ella le compró un violín, un instrumento.

PROFESOR iluminado, mefistofélico: No, no. Otra vez con los celos no. (Patético) ¿No
ves cómo estoy yo por culpa de tus celos? Estoy hecho una piltrafa, un gusano, ni
siquiera humano es esto que me hacés, Quita.

AMERICA: Qué instrumento le compró.

PROFESOR llora: No voy a hablar.

AMERICA: Un violín?

PROFESOR: No quiero más lamento. Voy a quedar ciego. Voy a tener que tocar la
armónica en la puerta de una iglesia y mendigar limosna, como cualquier cieguito. Por
la perrada que me hacen ustedes dos.

AMERICA: Ella aprendió a tocar?

PROFESOR: Si querías matarme, Quita. Me hubieras matado.

AMERICA: Usted le enseñó. O le enseñaron las monjas?

PROFESOR: Y si querías dejar de quererme, me hubieras matado también.

1
AMERICA: Le enseñó usted, ya lo sé.

PROFESOR: Sí.

AMERICA: La quería.

PROFESOR: Sí.

AMERICA dolida se retuerce: La quería más que a mí. La quiere.

PROFESOR: Un hombre no dice esas cosas.

AMERICA: La quiere. ¡La quiere!

PROFESOR: Esto no hubiera sido capaz de hacerlo nunca Pichona. Ella antes que
hacerme un daño se mataba, se ahorcaba de la viga del convento, se echaba al pozo.
Pero hacerme un daño, no. Esto no era capaz ella.

AMERICA: Me quiso matar la perra. Me abofeteó.

PROFESOR: No, Quita. No fue así. Vos me faltaste y yo soy un hombre. Así es como
pasó. Ahora, obrá como una cristiana y soltáme las ataduras.

AMERICA: No. La quiere a ella, que lo suelte ella.

América se empieza a ir.

PROFESOR: Tené dignidad entonces. Dejáme ir vos. Para qué me querés.

AMERICA: No lo voy a soltar para que se vaya con ella.

America se acerca para ponerle la mordaza.

PROFESOR: Querés seguir enemistada conmigo. Vos que sos tan buena. Cuando
querés sos buena,pero ahora no querés. Un día no me vas a tener más y te vas a olvidar
de mí. Como aquella, que ya se olvidó todas las melodías que le enseñé en el violín.
Paradita, desnuda al lado de la cama, se cargaba el violincito en el hombro y yo la
abrazaba de atrás para explicarle el funcionamiento del arco. Nunca en mi vida vi una
mujer más hermosa, nunca amé…

América, presa de odio, le pone la mordaza.


El profesor ríe a carcajadas hasta el ahogo.

PROFESOR entre balbuceos: Qué zonza sos, Quita. Zonza! Sos tan estúpida que al
final parecés linda. Mirá si la otra bestia bruta va a saber tocar el violín. Vos sos la
mujer que quiero, vos sos el amor de mi vida. ¡Quita, Quitá, vení!

1
El profesor ríe.
América sale, ofuscada, herida.

Escena 4
La noche, las dos sentadas en la cocina en penumbras, abatidas. Se oyen los grillos, el
viento. De vez en cuando una especie de mugido del Profesor que está en la habitación
y algún ladrido de la perra. En el fogón, hierve la pava. Hablan en susurros.

PICHONA: Estamos acá como el hambre y las ganas de comer.

AMERICA: …

PICHONA: Diga que las monjas se creyeron el cuento de mi hermana enferma. Pobre
Alcira, que tiene una salud de hierro. Si no, no puedo faltar. Deben estar como locas
salando carne, picando, condimentando para la Fiesta del Pastelito. Qué festejo más
odioso.

AMERICA: …

PICHONA: Estamos acá como en un velorio.

AMERICA: Qué quiere que haga?

PICHONA: Haga lo que tenga que hacer.

AMERICA: Ya hice. Le di de comer, le puse el papagayo.

PICHONA: La papilla que le traje de las agustinas. Pimentón a troche moche.

AMERICA: Sí.

PICHONA: El picadillo de los pasteles.

AMERICA: No me animé a quitarle la mordaza. Es como usted dice. Si le quito la


mordaza, empieza el griterío. Se la pasé por un costadito. Igual no se va morir por no
comer en tres días, pero se puede debilitar.

PICHONA: La esposa no lo busca.

AMERICA: No. Fue a la Misa esta mañana con los ojos bajos. La acompañaba la prima,
del brazo. No estaba sonriente; la prima dijo a la gente por lo bajo que el Profesor se
fugó con la sobrina.

PICHONA: ¿Qué sobrina?

AMERICA: A Claromecó, con la sobrina.

1
PICHONA: ¿Tiene una sobrina en Claromecó?

AMERICA: Tiene una sobrina.

PICHONA: ¿De parte de él o de ella es la sobrina?

AMERICA hace el gesto que no sabe

PICHONA: Pero la esposa, la Renata, no lo busca.

AMERICA: No, no lo manda buscar. Porque se fugó con la sobrina.

PICHONA: ¡No lo manda a buscar! No lo puedo creer.

AMERICA: Está con la sobrina.

PICHONA: ¡Basta, América! No está con la sobrina. Está acá tirado, lo tiene usted
maniatado, amordazado. El Profesor no puede ni levantarse a mear. Es un delito lo que
está haciendo, va contra la Ley tener a alguien enclaustrado contra su voluntad.

AMERICA: Me lo tiene que recordar.

PICHONA: Es que a veces usted no pisa la tierra.

AMERICA: En el pueblo creen que se fugó con la sobrina.

PICHONA: Usted es una delincuente.

AMERICA: Pero no me puede denunciar al comisario.

PICHONA: Callése.

AMERICA: Porque usted está conmigo. Es cómplice.

PICHONA: ¡Cómplice, cómplice! Desagradecida! ¡Vine a ayudarla y me lo agradece


así!

AMERICA: Me ayuda y es cómplice.

PICHONA: Pero esta idea… ¡esta idea es suya!

AMERICA: No fue una idea; salió así.

PICHONA: No llore otra vez, no la resisto. Tráguese las lágrimas.

AMERICA llora

PICHONA: Mire, no lo podemos soltar.

1
AMERICA: Terminaremos entre rejas.

PICHONA: A veces el amor también es una prisión.

AMERICA: Ayer le lavé los pies. Qué limpios lleva los pies.

PICHONA: No se apiade del Profesor, América. Así lo va a soltar y a nosotras después,


él nos mata o vamos presas. No se puede tener piedad; usted ni lo mire ni le hable. Al
diablo no se le dirige la palabra. Lo tratamos cristianamente y después… Después es
después. Pero si le tiene piedad y lo compadece, estamos fritas.

AMERICA: Le lavé los pies y después la Blanquita se los lamió.

PICHONA: La perra suya es salvaje.

AMERICA: Es cariñosa.

PICHONA: Usted piense que le quiso matar primero la perrita y después a usted. Y a mí
también me quiso matar. Y seguro que a la esposa también, aunque la odie. La odiemos.
Seguro que el Profesor o la quiso matar o le levantó la mano.

AMERICA: Tiene el carácter fuerte.

PICHONA: No, América, no. San Pablo tenía el carácter fuerte; el Profesor es el aborto
de la abuela del diablo. No confunda; no empiece con la confusión porque vamos por
mal camino.

AMERICA: Usted le quitó el anillo y se lo robó.

PICHONA: Qué anillo?

AMERICA: El anillo de casamiento. Adentro decía: Renata-Reynaldo, gravado con


firuletes. Había una fecha también.

PICHONA: Enero, 1935. Yo no le quité nada.

AMERICA: El Profesor lo llevaba en el dedo del corazón.

PICHONA: Y sí. En ese dedo va el anillo.

AMERICA: No lo tiene más.

PICHONA: Se lo habrá robado usted.

AMERICA: Yo no fui.

PICHONA: ¿Está segura que traía el anillo puesto?

1
AMERICA: Se hace la zonza. Usted se lo robó. Porque la odia a la esposa.

PICHONA: ¿Usted no la odia?

AMERICA: Pero quería el anillo para mí. Lo busco y no está en el dedo.

PICHONA: No lo puede vender; en el pueblo todos saben que es el anillo del Profesor.

AMERICA avergonzada: Me lo quería poner yo en el dedo.

Estertores.

PICHONA: Escuche… ¿se estará ahogando?

América se levanta urgente y quiere ir. Pichona la detiene.

PICHONA: Espere, espere. Capaz está haciendo teatro.

Los estertores se calman.

PICHONA: Está haciendo teatro.

América se sienta, respira aliviada.

AMERICA: Le aplasto una batata con miel y se la doy por el agujerito de la mordaza.

PICHONA: Comió a la tarde.

AMERICA: Por ahí tiene hambre.

PICHONA: ¿Otra vez?

AMERICA: ¿El la quería a usted?

PICHONA: Sí.

AMERICA: ¿Cuánto?

PICHONA hace unas medidas con las manos, como si estuviera sosteniendo un pollo
crudo: Una olla entera.

AMERICA: Pero ya no la quiere.

PICHONA: No.

AMERICA: Está segura.

1
PICHONA: Nunca se sabe con él.

AMERICA: Me quiere a mí.

PICHONA: ¿Cree eso?

AMERICA: ¿Para qué tanto sino? Si no me quiere no viene más y listo. Pero si viene y
me pelea es porque me quiere.

PICHONA: ¿Y si la mata?

AMERICA: Es por mucho amor.

PICHONA: Pero usted se muere, la entierran. Capaz el va preso;… difícil que el


Profesor vaya preso. Al año, año y medio, se busca otra mujer y empieza el mismo
vodevil. Míreme a mí. No la mire a la esposa, porque a la esposa la tiene de rehén. No
sabe lo que es un rehén. La esposa lo pasa peor que usted y que yo juntas.

AMERICA: El me quiere. Todo esto es porque me quiere.

Sonido cascado.

PICHONA: Escuche.

AMERICA: ¡Se está ahogando!

PICHONA: No. Se ríe.

Fin de escena 4

Escena 5
Entran las dos a la habitación con el Profesor amarrado. Pichona lleva una cazuela y
América una cuchara sopera, un plato, una gran servilleta que le acomoda apenas se
acerca.

PICHONA: Esto está hecho un chiquero.

AMERICA A Pr: Ahora va a comer. ¿Verdad? Cocido de gallina…

PICHONA: ¿Mató una gallina para darle?

AMERICA: La merece, pobrecito.

PICHONA: ¡Pero esto no es un hotel!

AMERICA: Sufrido así, por lo menos masque algo rico.

1
PICHONA: Siempre fue un glotón. A Pr. Sí, un glotón. A A Si habrá comido conmigo la
leche asada, las migas de gato, la torta de limones verdes, las hostias al ajonjolí; todas
las delicias que hacen las agustinas, todas. Las hostias al ajonjolí el monseñor las tiene
prohibida hacer por ahora, por blasfemia. ¡Será de Dios que eran las que más te
gustaban!

AMERICA: No sé qué son las hostias al

PICHONA: Ajonjolí.

AMERICA: Eso. Yo conozco las de la Iglesia.

PICHONA: ¿Usted va a Misa y comulga?

AMERICA: Cuando puedo sí.

PICHONA: ¿Confiesa?

AMERICA: No.

PICHONA: ¿Por qué?

AMERICA: El Profesor se lo puede decir mejor que yo.

El Profesor hace que sí, que le quiten la mordaza. Ellas dicen a la vez.

AMERICA y PICHONA: No.

PICHONA a Pr: ¡Le pediste que no confiese!

AMERICA: Igual es desabrida la hostia.

PICHONA: Te abusaste de esta infeliz que te cree. ¡Te cree! Pero bueno, qué decir de la
brutalidad humana si hasta san Agustín creía que si le arrancás las hojas a la higuera, la
higuera llora. ¡Y era san Agustín!

AMERICA: Ayúdeme que le abrimos un poquito la mordaza. Poco, porque tira a


morder.

Las dos con extremo cuidado lo hacen, él se revuelve.


A América le tiembla la cazuela.

PICHONA: Tenga cuidado no me manche con el potaje.

AMERICA: Quédese quieto, Profesor.

PICHONA: Basta, América. Dejélo. Sino quiere comer, que no coma. De hambre no se
va a morir.

2
AMERICA: Usted qué sabe.

PICHONA: Mire las chichas que tiene.

AMERICA: Se nos puede morir igual; poca comida y mala y la rabia.

PICHONA al Pr: ¿Qué? ¿Te pensás morir ahora? No sabés el bien que le hacés, a esta,
a mí, hasta a tu esposa. A todo el pueblo le hacés un bien, Profesor. Te créés que te
echan de menos. No; en absoluto. Dicen que te fugaste con tu sobrina; nadie perdió el
apetito por la noticia.

AMERICA: La sobrina de Claromecó. Hay mar en Claromecó. Todos dicen que a usted
le gustaba el mar; yo no lo sabía.

PICHONA: ¡Jah! Y tu esposa ya está resignada. Nadie, Profesor, nadie, ni los chicos te
aprecian. Vos te pensabas que porque vas compuesto y sos gentil y simpático, la gente
te va a estimar. Que los paisanos te perdonan que les codicies las esposas. Que las
monjas te honran porque les tocás el culo una que otra vez.

AMERICA: Nunca le toca el traste a las hermanas.

PICHONA: ¡¡A las novicias, América!! Entra él al noviciado a dar una clase de latín y
se alborotan todas las novicias como tórtolas que salen volando. Lo he visto yo hacerlo;
le brillan los ojitos de zorro al muy puerco cuando lo hace y después lo cuenta como
una gracia.

AMERICA: Profesor, diga que no es cierto.

El Profesor hace que no con la cabeza.


Después, que no quiere comer.

PICHONA: Déjelo, que se quede con hambre.

El Profesor hace que quiere beber.

AMERICA: Quiere agua.

PICHONA se acerca y le da de una botella: Acá hay agua.

El Profesor bebe.

PICHONA: No tomés tanto; dejá lugar en la panza que falta. (a A) Páseme el licorcito
del Padre Kerman.

El Profesor hace que no.

PICHONA: Vas a tener que tomar. Sí. Así dormís.

2
AMERICA: Sí, Profesor. Así descansa.

PICHONA a A: Agarréle fuerte la cabeza.

América le da de beber, él se atraganta se chorrea.

AMERICA: ¡Pero! Se chorreó todo.

PICHONA: Te chorreaste, qué asco.

El Profesor tiene un ataque de tos.

PICHONA: Golpéele la espalda.

América lo hace.
El Profesor se ahoga cada vez más.

AMERICA: Ayudéme, le quito la mordaza para que respire.

PICHONA: ¡¡No!!

Pichona la agarra a América y la saca a la rastra de al lado del Profesor.

PICHONA: ¡No! ¡Es un truco!

El Profesor sigue tosiendo con ahogos. Contra una pared, Pichona tiene abrazada a
América para que no vaya a auxiliarlo. El Profesor las ve así, se calma de a poco.

PICHONA suave: Está haciendo teatro.

Las dos recogen la cazuela tirada, la botella, la servilleta.


Bajan la luz del sol de noche y salen.
Apagón.
Fin de escena 5

Escena 6
Pieza del Profesor.
Entra Pichona, tranquila, le quita la mordaza y se sienta a su lado.

PICHONA: No quiero nada de monerías, nada de chiquilinadas.

PROFESOR: Pensé que nunca te ibas a atrever.

PICHONA: Parece que no cambiaste nada.

PROFESOR: Vos nunca me perdonaste.

2
PICHONA: Pensé que eras así por mí. Resulta que sos así, sin que yo mueva un pelo.

PROFESOR: Decíle a Quita que me suelte. O soltáme vos y terminemos esta payasada.
Vos sos una mujer inteligente; tengámonos el respeto suficiente para salir lo mejor
posible del frenesí de esta loca.

PICHONA: Le hiciste creer que sé tocar el violín.

PROFESOR: Prestás oídos a una necia.

PICHONA: Yo no puedo tocar ni una aldaba. Pobrecita cómo lloraba de rabia. Hasta me
quiso rasguñar; es una incauta. Igual, yo te admiro. Si tengo que decir la verdad, te
admiro, José. Cómo podés hacerle creer a las mujeres cosas que no son, que no fueron
nunca. Vos tendrías que haber sido actor de cinematógrafo.

PROFESOR: A vos te hablé siempre con el corazón.

PICHONA: Elegiste mal el oficio. Pudrirte en este pueblo roñoso; vos tendrías que estar
haciendo radioteatro, radionovelas. Capaz que hasta vivir en Hollywood.

PROFESOR: Estás sentida.

PICHONA: América dice tu nombre y tiembla. Qué vas a hacer cuando te vayas de acá.

PROFESOR: Estoy mal, Pichona.

PICHONA: Ella tiene miedo de que la quieras matar.

PROFESOR: ¿Quita?

PICHONA: Le decís Quita y me ponés más nerviosa. América tiene miedo.

PROFESOR: Vos tendrías que tener miedo.

PICHONA: Yo no te tengo miedo. A mí me das la misma lástima que la larva de la


Foridae que se come a los cadáveres.

PROFESOR la mira sorprendido por el dato

PICHONA: Estudio; soy culta.

PROFESOR: Yo te enseñé a estudiar.

PICHONA: Yo ya era una persona antes de conocerte.

PROFESOR: Malagradecida.

2
PICHONA: Tenés el coraje de torearme.

PROFESOR: Casi dejo todo por vos y me insultás asi.

PICHONA: Casi es casi.

PROFESOR: Eras la luz de mis ojos.

PICHONA: Me gusta cuando te sale el poeta. Yo leo mucho a Amado Nervo; vos te das
un aire a Amado Nervo.

PROFESOR: Mirá, Pichona. Si no me querés más, terminemos con este asunto. Decíle a
la estúpida esa que me desate y me voy a mi casa. Que se quede tranquila, no la vuelvo
a molestar. No piso la fonda ni por una grapa. Que siga su vida ella, como la seguiste
vos.

PICHONA: Ella no está tan segura de tu buena voluntad.

PROFESOR: Quita es un alma de Dios, no tiene maldad.

PICHONA: Yo no pude seguir con mi vida. Yo estuve como muerta cuando me dejaste.

PROFESOR: Perdonáme entonces.

PICHONA: Es tarde.

PROFESOR: No lo hagas peor; no le estés metiendo cosas en la cabeza a Quita.

PICHONA: América tiene sus razones.

PROFESOR: Y yo tengo las mías. Decíle que me desate. Después, voy a casa. Busco lo
que tengo, voy al convento y hago lo que siempre tuve que hacer y no fui capaz. Te
llevo conmigo.

PICHONA: …

PROFESOR: Sí, te llevo conmigo.

PICHONA: …

PROFESOR: Yo nunca te olvidé, Pichona.

PICHONA: Casi disparás el gatillo contra mi pecho, aquella vez.

PROFESOR: Casi.

PICHONA: Cómo esperás que te crea…?

2
PROFESOR: Vos me querés?

PICHONA dubitativa

PROFESOR: Vos me querés todavía. Yo lo de la larva del mosquito no me lo creo. Vos


me querés, porque como nosotros nos quisimos, no quiere cualquiera. No se borra, no se
olvida.

PICHONA titubeando: La larva de la mosca.

PROFESOR: Basta, Pichona, sacáme de acá. Vení, acercáte.

Pichona se acerca.

PROFESOR suplicante: Besáme.

Pichona se acerca a su boca tímidamente.

PROFESOR susurra: Seamos otra vez los dos uno, el uno para el otro. Hay un campo
en Montiel, es lejos. Te puede gustar, podemos tener hijos, Pichona. Una familia. Mi
esposa nunca pudo y yo… ¡yo no quiero quedar sin semilla!

Pichona se desespera, va hasta él, lo acaricia, lo besa con pasión.


De improviso, entra América con un rebenque en la mano.

AMERICA: Me figuraba que estaba pasando algo así.

Pichona se reporta, se arregla la ropa

AMERICA a Pich: La engatusa.

PROFESOR: No te metas, Quita.

AMERICA a Pich: Al final, usted es más tarada que yo.

PICHONA: No sé, yo…

AMERICA a Pich: Este hombre es el mismo diablo. El día que lo asen en las parrillas
del infierno, después no se lo come nadie. Los demonios no se comen entre ellos.

De rabia, América da fustazos por la habitación.

PROFESOR: Quita, dejáme que te explique.

AMERICA le da un rebencazo en el rostro o cerca: Callado.

PROFESOR; Pichona, salváme.

2
Pichona hunde la cara entre las manos y llora.

AMERICA: Pichona, póngale la mordaza.

Pichona hace lo que dice Quita, llorando.


Fin de Escena 6

Escena 7
Las dos están sentadas con un brasero cerca.
Pichona talla figuras en una remolacha. Pela las remolachas con un cuchillo
mondador y después, con ese mismo cuchillo, talla en ellas.

PICHONA: Mire, ¿se parece a La Dolorosa?

AMERICA hace que no

PICHONA: No sé por qué no aprendo. La hermana Poncia me tiene hace dos días
tallando papas, tallando remolachas. ¿El Profesor duerme?

AMERICA hace que sí

PICHONA: ¿Qué pasa? ¿Le comieron la lengua los ratones?

AMERICA: Duerme profundo.

PICHONA: El licorcito del Padre Kerman nunca falla. La hermana Poncia se toma un
traguito para dormir. Espero que no necesitemos más botellas, porque las van a echar de
menos en la bodega…

AMERICA: Está borracho noche y día.

PICHONA (Observa la remolacha a la distancia). Parece un Santo Tomás sentado; era


tan gordo santo Tomás que debían cortar una media luna en la mesa para que pudiera
sentarse… Más o menos como debe pasar con la esposa del Profesor. Está muy gorda
esa mujer.

AMERICA: Es robusta.

PICHONA: El dice que era delgada cuando joven. Pero las monjas dicen que siempre
fue gruesa.

AMERICA: Es linda de cara.

PICHONA: Redonda y roja como esta remolacha.

AMERICA: A él le gustarán las gordas, llenas de hoyuelos, coloradas. Altas como un


pino.

2
PICHONA: Yo no la entiendo a usted. ¿Usted se miró?

AMERICA asiente.

PICHONA: ¿Me vio a mí?

AMERICA asiente.

PICHONA: ¿Nosotras somos gordas, coloradas, altas como un pino?

AMERICA: Nosotras no somos la esposa.

PICHONA: Estoy cansada, América.

AMERICA: Es que las tallas las tiene que hacer en mazapán. En las ferias siempre hay
las tallas de mazapán, bien colorinche, las venden caro y después la gente de un
mordisco las embucha.

Pichona toma ropa y una manta, la hace un bollo, se la mete debajo de la blusa y de la
pollera, de suerte que parece más gorda.

PICHONA: Dígame Renata.

AMERICA: …

PICHONA: Haga de cuenta que soy Renata.

AMERICA: Cómo le va, doña Renata.

PICHONA: Usted es la puta sucia que se acuesta con mi marido.

AMERICA: Doña Renata no habla así.

PICHONA: Contésteme, América Cordera.

AMERICA: No, yo no. Doña Renata.

PICHONA: ¡Claro que sí! Lo seguí cuando salía de la escuela y vine detrás de él. Tocó
la aldaba y usted lo hizo pasar. Después espié y usted lo llenaba de besos.

AMERICA: No puede ser, doña Renata.

PICHONA: ¡Mentirosa del infierno! ¡Claro que sí!

AMERICA: Si el Profesor me besa, la perra le salta a la yugular. La Blanquita es muy


celosa.

2
PICHONA fuera del rol: ¿Qué? ¿No la besa?

AMERICA hace que no.

PICHONA: ¿Nunca?

AMERICA: Mucha baba, dice.

PICHONA: ¿Usted tuvo otros hombres?

AMERICA: Sí. Uno.

PICHONA: ¿La besaba?

AMERICA dulce: Sí.

PICHONA: ¿Vé? Los novios dan besos.

AMERICA: El Profesor no es un novio.

Pichona va hasta su cartera, saca el carmín de ahí.

PICHONA: Venga.

Pichona le pinta los labios con el dedo a América y le pone los trapos que ella usó para
hacer de barriga y de cadera.

PICHONA: Ahora usted es la esposa. Renata.

AMERICA hace una pantomima y se corta.: ¿Y qué digo?

PICHONA: Lo que quiera. Lo que dice la esposa.

AMERICA como una nena: Querido, hoy viene de visita mi hermana la Gumer y quiero
que te bañes y te perfumes. Voy a matar la gallina gorda, la aso con batatas como te
gusta. Vos ponéle el apero al Moro y andá a buscarla a la estación de tren. Llevate una
vianda de ropa vieja para el camino, que te va a dar hambre con la fresca.

PICHONA: No, no. Diga lo que la esposa del Profesor dice, lo que dice Renata.

AMERICA: Yo no sé lo que la doña dice.

PICHONA: Piense.

AMERICA: ¿Cómo voy a pensar lo que no sé?

PICHONA: ¿Usted cree que la esposa es mala?

2
AMERICA: Sí. Es ladina: se hace la que no ve, la que no sabe y sabe todo. Le consiente
la perdición al marido y eso está muy mal.

PICHONA: El es un calavera, ella no debe poder.

AMERICA: Ella puede, ella puede.

PICHONA: Una vez la enfrenté; yo estaba loca por el Profesor y él me quería dejar. Lo
mismo que usted ahora. Junté valor y fui a ver a la esposa; estaba pálida y balbuceaba.
Me miraba así, directo a los ojos como si yo hablara arameo y ella no entendiera la
lengua. Llegué a pensar que era falta de acá.

AMERICA: Es una viva ésa. Ella no se aguanta ningún disgusto.

PICHONA: Después se le nublaron los ojos de lágrimas y me quiso cerrar la puerta.


Pero yo puse el pie para trabar la puerta; creo que me rompí unos huesitos chiquitos del
pie, al lado del juanete. ¿Cómo se llamarán esos huesitos? Le dije, le grité: ¡Me tiene
que escuchar! ¡El me quiere a mí!

AMERICA: A ella no la quiere.

PICHONA: Ella, humilde, susurró: Quédeselo. Me cerró la puerta en la cara.

AMERICA: Ahí tiene. Ella no lo quiere; ella se lo regaló.

PICHONA: Fui y le conté a él. No sé cuánto tarde en hacer las diez cuadras hasta la
escuela. Yo no podía ni pisar el suelo cuando le conté, de cómo me dolía el pie.
Todavía, me acuerdo y me duele. El estaba con los cuadernos de los chicos; ya eran más
de las seis. Esa era la hora en que yo lo encontraba; hacía que llevaba libros para la
escuela, libros que las agustinas le prestaban al Profesor. Tenía el corazón en la boca
cuando le hablé. Ahí fue que él me puso la escopeta, primero en el pecho y después acá
(se señala la boca).

AMERICA: Ella lo habrá mandado para que la mate.

PICHONA: Después, yo me conformé pensando que él la quiere a la esposa.

AMERICA: No, no la quiere.

PICHONA: Apareció usted. Ahí me di cuenta que él no quiere a nadie.

AMERICA: Pero a mí me quiere.

PICHONA le quita los trapos, le despinta la boca: No. No quiere a nadie.

Fin de Escena 7

2
Escena 8
La pieza con el Profesor atado.
Entra América con una cazuela y una bombilla.

AMERICA: Le traje caldo de gallina.

El Profesor hace que no con la cabeza, sin entusiasmo.

AMERICA: Hace una noche que no come. Así se pone débil. La gallina es buena contra
la debilidad.

America se sienta en la punta de la cama, le acaricia los pies.

AMERICA: Tiene morado el tobillo. Pero no lo puedo desatar. Lo desato y me come


cruda.

El Profesor hace que no, de nuevo.

AMERICA: Sí, me come cruda. No me perdona.

El Profesor hace que sí.

AMERICA: Primero el caldito. Hoy la carne de la fonda no le pude traer.

El acepta.
America se acerca, le da de beber.

AMERICA: Herví las verduras rato largo. Ajoporro, zapallo, de la quinta. La hervía y
pensaba en usted. Pensaba en cuando me tocaba, en cuando me agarraba. En el pecado
que hacía por la noche cuando venía, y cuando no venía, en el pensamiento lo tenía
igual, sin quebranto. Eso debe ser querer, digo yo. Cuando no se puede dejar de pensar
en el otro. Hay quien dice que no es eso. Que eso es el mal; que el mal se engendra así.
Que la lujuria es un muladar, dicen. Yo no sé, no sé. Yo creía que eso era querer.

América le acaricia la frente, con ternura.

AMERICA: Usted, el delito mío de mis noches. Tome, tome la sopita, el caldo. La
carne picantita es de las agustinas; la machuqué y la herví, para que no se le note el
pasado. En la fonda, el patrón hace eso con la carne pasada. Yerve y pica, después carne
mechada y deshilachada en guiso para los paisanos. Para que lo mantenga fuerte es la
carne; es unos días nomás, Profesor. Unos días más.

El Profesor bebe, la mira con cara de carnero degollado.

AMERICA: Los ojos suyos, ¿de qué color son?

América cierra los ojos.

3
AMERICA: Cierre los ojos usted también.

El Profesor lo hace.

AMERICA: Así los pienso. (Un momento) Amarillos, como los gatos. Amarillos…
(Ordena) ¡Abra los ojos!

El Profesor hace que no con la cabeza, mantiene los párpados apretados.


América lo sacude.

AMERICA: ¡Abra los ojos, le digo! ¡Abra!

El Profesor hace que no con la cabeza

AMERICA: ¡Ahora tiene que hacer lo que le digo!

El Profesor aprieta los ojos y se niega.

AMERICA tira la sopa, todo. Furiosa: Busco la tenaza y se los arranco! ¡Le arranco los
ojos y entonces los voy a poder ver todo el día, a mi gusto! ¡¡¡Lo dejo sin ojos, se los
quito!!!

América busca debajo de la cama

AMERICA: Los pongo en la mesilla de luz. Para mirarlos cuando quiero.

América revuelve cosas en busca de algo, las tenazas tal vez, tira todo por el aire.

AMERICA: Le quito los ojos y nunca, nunca más lo desato. Hasta el Día del Juicio se
va a pasar acá. Lo voy a usar cuando quiera, para lo que quiera, aunque esté ciego. Me
lo voy a montar todo el día, cuando me vengan ganas. No asoma más la nariz a la calle,
no sabrá qué color pinta el cielo. ¡Acá un punzón! Sirve igual.

El Profesor, aterrorizado, abre los ojos.

AMERICA volviendo en sí: Ah. (Decepcionada) Los tiene gris.

América recoge las cosas del suelo. Se sienta a su lado otra vez, es una persona amable
y tosca de nuevo.

AMERICA: ¿Por qué se me habrá puesto que eran amarillos?

El Profesor la mira, angustiado.

AMERICA: No me gusta tocarlo tanto. Me gustaba adentro, no en la mano. Espere un


poco y le pongo el papagayo. Quiero hablarle. Le pedí que me perdone, sabe que yo soy
más buena que el pan y que lo quiero como a un hijo y como a un padre también. Que
no me guardé nada para mí. Pero me hizo un feo. A mí puede hacerme lo que quiera,

3
porque soy suya. Puede matarme si quiere. Pero a la Blanquita no me la puede tocar,
porque no tiene derecho. Ningún derecho sobre la Blanquita. ¿Entiende, Profesor? Por
eso me porté como me porté.

El Profesor asiente.

AMERICA: Me dice que entiende y lo suelto. Después se marcha, adonde sea, porque
la doña no lo quiere de vuelta. No lo mandó buscar, dice a todo el mundo que usted se
fugó con su sobrina. ¿Qué sobrina tiene que le anda atrás? La gente la compadece; este
es un pueblo de charlatanes. Hacé lo que yo digo, pero no lo que yo hago. Dice que no
le perdona el adulterio.

El Profesor hace que no.

AMERICA: De verdad que me dá pena; usted no tendría que haber dejado sola a la
doña para irse atrás de la sobrina. La Pichona me contó un cuento de las monjas. Una
historia de san Agustín. Ella sabe muchas historias, todas de san Agustín, las lee entre
los libros del convento. ¿Le contaba cuentos a usted la Pichona? Capaz le cuento la
historia de san Agustín y ya la conoce, y ya se la contó ella.

Un silencio largo

AMERICA: Tiene novio; se va a casar la Pichona. Ella ya lo olvidó a usted. Baldomero


se llama el novio. Al final a usted lo olvida todo el mundo.

América se acomoda la ropa, inspira.

AMERICA: El cuento dice así: cuando san Agustín era chiquito había un huerto al lado
de la finca suya. Había un peral, pero las peras no eran lindas; tenían machucones.
Igual, va por la medianoche con otros chicos de su edad y sacude el peral, para robarse
las frutas. (Empieza a desabrocharle el pantalón). Prueban una fruta, prueban otra fruta.
Pero no tienen deseos, están satisfechos antes de comerlas. ¿Y qué hacen? Juntan todas
las peras y van y se la echan a los chanchos.

América le baja el pantalón al Profesor y lo toquetea un poco.

AMERICA: Sí, a los chanchos.

América empieza a levantarse la pollera.

AMERICA: Porque lo importante es hacer lo prohibido.

América se sube encima del Profesor

AMERICA: ¿Le contó esta historia, la Pichona? Me alegro. Besos, quiero peras, besos.

America besa al Profesor en el rostro.


America le hace el amor al Profesor.

3
Apagón
Fin de escena 8

Escena 9
Al atardecer, unos días después. Entra a la casa Pichona, muy encapotada. Afuera hay
un ventarrón que cierra la puerta de un golpe detrás suyo. Hace sonar los postigos.

PICHONA: Parece que se está formando un tornado del viento que hay.

AMERICA: Ojalá.

PICHONA saca un paquete de su bolso y lo deja en la mesa. Guirlache, que hacen las
agustinas; le traje un poquito. Están alzadas con la Fiesta del Pastelito, se pasan el día
cocinando: helado de praliné, palitos de chocolates, dedos de dama, granizado de limón,
¿para qué? Porque encima se roban todo; ayer la fuente del helado estaba despoblada.
Golosas como gatas viejas. Van a reventar las monjas éstas. Ahora les dio por saltar
buñuelos de seso en aceite fino y manteca de cerdo. Tengo el olor a cerdo metido acá
(se señala la nariz). La hermana Jesusa predica que en la cocina todo lo cura la sal
gorda y el azúcar negra. ¿Está despierto?

AMERICA masticando el guirlache: ¿Cómo se llama esto?

PICHONA: Cuando venía para acá me la topé a la esposa de frente. Dicen que llora;
que hace que llora.

AMERICA: Hace la chancha renga.

PICHONA: Porque vino un Inspector de la ciudad y removió el avispero. Un Inspector


del Ministerio de Educación, no de la Policía. Anduvo preguntando cómo desapareció el
Profesor.

AMERICA: Repugna de dulce.

PICHONA: Capaz es un ciclón lo que viene.

AMERICA: Apareció la sobrina. El Profesor no está con la sobrina. Contaron en la


fonda.

PICHONA: Por eso, al Ministerio le llama la atención que haya desaparecido.

AMERICA: Deidamia se llama la sobrina, y parece que no estaba con ella…

PICHONA: Está acá el Profesor.

AMERICA: Buen ver tiene la sobrina, dicen en la fonda. Cualquiera se hubiera fugado
con la sobrina. Los parroquianos calculan: El Profesor se fue unos días con la sobrina y
después se marchó a otra parte.

3
PICHONA: La gente murmura cualquier cosa.

AMERICA: Ella es muy linda cuentan. Capaz se fue con ella…

PICHONA: Está ahí atrás amarrado, América. Terminéla con la sobrina.

AMERICA: Era una buena historia que contar la de la sobrina.

PICHONA: La esposa me la topé ahí afuera, levantó los ojos, se me quedó mirando. Me
hace una reverencia con la cara, así; y dice: Señorita Constancia… y sigue su camino.
Señorita Constancia, dice: nada de perra arrastrada, de puerca, de bárbara, de tarasca,
como decía el Profesor que ella me llamaba. Nada, una reverencia me hace.

AMERICA: ¿Cree que la esposa sospecha? El estaba con la sobrina.

PICHONA: Ella sabe que NO estaba con la sobrina.

AMERICA: Porque ahora se marchó y la dejó a la sobrina.

PICHONA: La esposa sabe que nunca estuvo con la sobrina.

AMERICA: Eso no lo puede saber. La sobrina puede mentir.

PICHONA: El Profesor está acá.

AMERICA: La esposa no lo sabe.

PICHONA: Pero a lo mejor supone.

AMERICA: ¿Por qué no puede haberse ido y haber dejado a la sobrina?

PICHONA: No puedo con usted.

Un largo silencio.

PICHONA: Digo que la esposa está conforme con la falta del Profesor. Capaz hasta está
contenta; bastante pan de perro le habrá dado a ella también.

AMERICA: La esposa es la viuda alegre.

PICHONA: ¿El qué hace?

AMERICA: ¿El dulce que trajo era para mí o para él?

PICHONA: Vamos a tener que soltarlo, América.

AMERICA: ¡No! Eso no.

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PICHONA: Vendrá el comisario; seguro husmea…

AMERICA: Lo libera y nos mata. A usted también la mata.

PICHONA: Está asustado. No hará nada.

AMERICA: No me fío.

PICHONA: Lo hacemos con cuidado.

AMERICA: Este dulce rompe los dientes.

PICHONA: Pero se lo comió todo.

AMERICA: Me dice tragona.

PICHONA: Dicen eso en la fonda.

AMERICA: Porque me traigo comida para el Profesor, la carne. La paso por el


molinillo de café. Le di patas de puerco, para que esté fuerte. Le hago el guisado.

PICHONA: Usted es estúpida todas las horas del día. Nos convenía débil, no fuerte.

AMERICA: Chorizo de herradura le robé.

PICHONA: El chancho es rey en este pueblo. Por toda la pampa, vacas. Acá, chancho.

AMERICA: El novio suyo cría chanchos.

PICHONA: Cría chancho, faena chancho, pica chancho.

AMERICA: Entre las dos lo hacemos.

PICHONA: Lo soltamos.

AMERICA a disgusto: Está bien.

PICHONA: Aleluya. Entró razón.

AMERICA: Oiga el viento. Es el gruñido del cerdo, un cerdo majestuoso, gigante, que
se lo come todo, todo, todo; un cerdo con un hambre tremendo.

Fin de escena 9

Escena 10
Pieza de América.

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Entra Pichona.

PICHONA alegre: Buen día!

Profesar despierta.

PICHONA: Buen día, buen día. Yo cuando entro en un lugar digo buen día. ¿O acaso
dormimos juntos?! Tres cosas aprendió San Agustín de San Ambrosio y tres cosas
aprendí yo: No meterme a casamentera buscando esposo para nadie; no alentar la
vocación militar en un muchacho y no asistir a ningún banquete al que no me hayan
invitado. Pensándolo bien, no sé qué hago acá.

La perra gruñe debajo de la cama.

PICHONA: ¡América, saque la perra de debajo de la cama! Enciérrela afuera.

Entra America, se lleva a la rastra a la perra.

AMERICA: Vamos, Blanquita. Sé buena, vamos.

PICHONA al Pr: Le habla a la perra como vos le hablás a ella, seguro.

AMERICA: Yo al Profesor le quiero.

PICHONA; Sí, América. Sí.

América entra, se queda compungida en la puerta.

PICHONA: Hoy es el día, Profesor.

América sonríe, contenta también.

AMERICA: Estos días quedarán en el recuerdo.

PICHONA: ¡Claro que sí! De estos días nadie se acordará. Porque lo que es de los
otros…! (bailotea y canta) “Si piensas que son ganancias/ las que contigo he tenío/ he
perdío la salú/ y el tiempo que t’he querío”. ¿Quién escribió la cancioncita…? San
Agustín no sería…

Se retuerce las manos.

PICHONA: Y sí, tomé un traguito del licor del Padre Kerman. Todo esto me pone muy
nerviosa.

AMERICA: Dígale, Pichona, qué hacemos.

PICHONA: Profesor, de acá te vas a tu casa o donde sea. Te quedás tranquilo,


descansás bien y reponés fuerza. Haremos como que no pasó nada. Pasado mañana, te

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levantás con ánimo, vas a la Fiesta del Pastelito. Te comés un pastelito, dos pastelitos.
Le hacés una reverencia al Monseñor que bendecirá los pastelitos…

El Profesor las observa, neutro.

PICHONA: Igual, los pastelitos que son bendecidos y los que no son bendecidos, tienen
el mismo sabor.

Al cabo de unos instantes, el Profesor asiente.

PICHONA: Después, boca cerrada. Porque ¿quién te creerá que dos mujeres que pesan
cada una lo que un costal de papas te van a tener así dominado? Es de poco hombre, la
dominación de las mujeres. Te vas a volver el payaso del pueblo contando estas cosas…
Me entendés, ¿cierto?

El profesor asiente.

PICHONA: Te preguntan donde estuviste y les contás una mentira. Mucho no te va


costar. Pero ¡ojo! Un cuento que se puedan tragar los del pueblo; no los que le hacés a
esta infeliz o a mí. Ya viste: mentir y comer pescado hay que hacerlo con cuidado.

El Profesor cierra los ojos, enojado.

PICHONA: Ya pusiste ceño. Estás ofuscado.

AMERICA: Dejélo, Pichona. No lo provoque.

PICHONA: Está bien. Me callo. ¿Quedamos todos amigos?

Los dos asienten.

PICHONA: Viene como una calentura con el licorcito del Padre Kerman.

Pichona sonríe.

PICHONA: Haga, América.

Comienzan a desatarlo, desconfiadamente al principio y más seguras después. América


llora y besa el miembro desatado. Pichona sólo lo desata, práctica.
América le quita la mordaza y al hacerlo el Profesor respira una bocanada de aire.
El Profesor está débil; queda sentado sobre sus ijares, respirando ahogado.

PROFESOR inaudible, un quejido: Estoy mal.

Pichona le alcanza a América el pantalón del Profesor y América se lo empieza a


poner. El se apoya en ella para levntarse y que ella le abroche la bragueta. Pichona
busca por la habitación el resto de las prendas: el chaleco, la camisa. América lo

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sienta en la cama y se agacha para ponerle las medias. El Profesor apenas susurra. La
perra ladra afuera.
En un instante rapidísimo, el Profesor se tensa, se yergue su cuerpo en la cama y pega
un rodillazo brutal para apartar a América que queda tirada en el piso. Toma de
improviso a Pichona que no ha visto lo que sucede y la agarra del cuello sin darle
tiempo a defenderse. La lleva ahorcando desde la pieza hasta la cocina, pateando las
cosas que están en el camino; al tiempo que grita:

PROFESOR: ¡Vos tenés la culpa! Cerda, más que cerda, ¡puta!

Pichona chilla al principio, hasta que va quedándose sin aire.

PROFESOR: ¡Vos planeaste todo esto! Pedazo de basura, porquería. Todo es culpa
tuya, todo desde el principio. Tendría que haberte matado aquella vez. Me diste pena y
no lo hice. No te maté ¿sabés por qué?, porque yo no voy a ir preso por una basura
como vos. Estiércol. Venís haciendo destrozos igual que un lechón guacho. Bosta de
caballo, mierda de gato, plasta. Te gustan los analfabetos ahora, ¡puta! Te acostás con
las bestias. ¡Me das asco, me viene el vómito!

El Profesor tiene a Pichona apretada contra la pared, manoteando, acogotada.


América viene por detrás y con el mismo cucharón del principio, le pega en la nuca y el
Profesor cae. Cuando cae, ella le sigue pegando en la cabeza. Pichona cae al suelo, en
cuclillas, ahogada, tratando de recuperar el aire.

PICHONA con un hilo de voz, agudo: ¡Basta, América!

América se detiene con el cucharón en alto, inmóvil. Arroja el cucharón y se tira sobre
el cuerpo sin vida de el Profesor. Llora desconsoladamente.
Breve apagón, penumbra.
Entre las dos arrastran el cuerpo a la pieza.

PICHONA: Termine de llorar.

AMERICA: Lo maté.

PICHONA: Van a sospechar en la fonda. No llore más.

America, cansada, se suena la nariz, se acomoda el pelo.

PICHONA: Ahí, debajo de la cama.

Con esfuerzo lo meten.

AMERICA: ¿Qué haremos?

PICHONA: Hoy nada.

AMERICA: Va a heder.

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PICHONA: Después vemos que hacemos.

AMERICA: No me abandone, Pichona.

PICHONA: …

AMERICA: Yo la salvé.

PICHONA: Déjeme respirar.

Fin de Escena 10

Escena 11
Es la noche.
Entra Pichona a la casa, alboratada por el viento. Trae una canasta.

AMERICA: ¡La esperaba! ¡Me tenía en ascuas!

PICHONA: Ya estoy.

AMERICA: Cada paso que oía, cada sombra ¡me mataba el sobresalto!

PICHONA: ¿Está en la pieza?

AMERICA: Sí…

PICHONA: Ponga la caldera grande en el fuego.

América va al fogón (que no vemos), trasiega con las caldera.


America vuelve.

AMERICA: ¿Tiene todo?

PICHONA saca uno por uno los cuchillos: Sí. Hay que tener cuidado con el cuchillo
carnicero, tiene el mango flojo. Traje el afilador, por las dudas. Y el hacha de cocina.
Acá, deja un paquete a un lado)la grasa de cerdo. Qué olor maldito.

AMERICA: ¿Llevo el mortero?

PICHONA: Déjelo acá.

AMERICA: ¿La maza?

PICHONA: Haremos ruido con la maza ahora. Después.

AMERICA: Tengo el corazón destrozado, Pichona.

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PICHONA: Por lo menos tiene.

Pichona y América pasan a la pieza. Sonidos de hachazos y ayes se oyen un buen


tiempo, un tiempo incómodo.
Pichona sale asqueada de la pieza, a tomar aire.

PICHONA ensangrentada, se toma la cabeza de las manos, gime: ¡Cómo pudimos


hacer esto! ¡Cómo pude!

Pichona llora deshecha


Fin de escena 11

Escena 12
La madrugada.
Hablan en susurros.
Están en la cocina, estirando masa y friendo.

PICHONA: La hermana Suplicio dice que el adobo de chancho es con lomo y costillar.
Pero la verdad se hace con lo que se puede. Pica todo y para matar los microbios del
chancho, se le adereza fuerte: un litro de buen vinagre, cuatro cabezas de ajo molido,
pimienta, cominos también molidos, una cabeza de cebolla bien picada, orégano en
polvo, sal, y dos hojas de laurel. Todo eso le pusimos. No vamos a poder colgarlo un día
entero en la vasija al sereno, pero…

AMERICA: Cuando hace calor, hay que hundir las muñecas en el vinagre.

PICHONA: Sí, sí.

AMERICA: Hace que los melancólicos estén menos melancólicos. Que los que tienen
la vista nublada, la tengan más nublada.

PICHONA: Entonces viene bien tanta vinagre.

AMERICA: Debe ser. Seguro los pastelitos se van a vender en la fonda.

PICHONA: Seguro.

AMERICA: Tengo algo acá que no me pasa.

PICHONA: Lo que has de comer, no lo veas hacer. Dice el dicho.

AMERICA: Mire si estos pasteles ganan en la Fiesta del Pastelito…

PICHONA: Festejarán las monjas.

AMERICA: No irá a enfermarse la gente.

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PICHONA: Le reprocharán a las monjas que se los vendieron.

AMERICA: ¿La cabeza?

PICHONA: La cabeza, de ternera, de cualquier modo que se haya aderezado antes de


servirse a la mesa, tiene entre sus trozos mejores, y que deben preferirse y ofrecerse, en
primer lugar, los ojos y sus ruedos y circunferencia, y las quijadas, subiendo hasta las
orejas. Se separan en seguida los huesos, se descubren los sesos, y se sirven con una
cuchara sobre cada uno de los trozos cortados, a medida que se hayan presentado.
La lengua se debe cortar al través en pedazos delgados y debe cuidarse el servirla
caliente, pues fría pierde mucho de su mérito. Arte de trinchar de la Hermana Poncia...

AMERICA: No, la cabeza de

PICHONA: La cabeza de cerdo o jabalí, que regularmente se sirve entera, se parte al


través empezando un poco más arriba de los colmillos; se cortan después lonjas
delagadas a lo ancho así por arriba como por abajo, uniendo las partes que quedan una
con otra para impedir el contacto del aire y mantenerlas en su calor. Arte de trinchar
de…

América sale y entra con la cabeza del Profesor envuelta en trapos.

AMERICA: La cabeza.

PICHONA: Iré a ver a Baldomero.

AMERICA: ¿A su prometido?

PICHONA: Los chiqueros de chancha paridas. Están siempre hambrientas.

AMERICA (llora de repente): La tirará ahí.

PICHONA: Salga, que me moja el hojaldre con las lágrimas.

AMERICA: …

PICHONA: ¿Encendió el horno?

AMERICA: Sí.

PICHONA: Traiga el relleno. Hacemos el primer pastel.

AMERICA lleva de la caldera el ají: Todo el ají que encontré, le puse. Todo el puta
parió.

PICHONA: Hizo bien.

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America echa el relleno en la masa y Pichona empieza a amasar.

AMERICA: ¿Se siente mal?

PICHONA: No. Comeré yuyos de acá en más.

AMERICA: No hable, no piense.

PICHONA: Ya sé.

AMERICA: El a usted no la quería.

PICHONA: Ya sé.

AMERICA: A mí no me quería. A nadie quería al final.

PICHONA: Haga silencio, América.

AMERICA: No puedo…

PICHONA: Mejor que pueda. Nada mejor que el silencio al final.

AMERICA: Tengo una congoja…

PICHONA: El silencio hace levar la masa.

Pichona cierra un gran pastel, y se lo entrega a América para que lo meta en el horno.
Un tiempo después, las dos de brazos cruzados mirando el horno.

PICHONA: La princesa calabresa del cuento estuvo por meses y meses buscando al
Príncipe del Pimiento. La ayuda un brujo para encantar a la Turca-Cán y regresarle el
marido a su palacio. Cada día, le vende alhajitas de oro a la sultana a cambio de pasarse
una noche con el supuesto esposo de la sultana. Que es el Príncipe del Pimiento. Pero él
no se dá cuenta, porque la Turca-Cán lo tiene atontado con el opio; opio para dormir y
opio para estar despierto. Pero un día, los presos encarcelados que no pueden dormir le
dan aviso al Príncipe del Pimiento. Le preguntan: ¿Estás estúpido que no oyes que una
mujer clama por ti hasta arrancarse los cabellos? Esa noche el Príncipe se hace que bebe
el opio pero lo escupe y cuando llega la Princesa él la reconoce y le dice Amor mío,
estabas aquí. Estabas acá, amor mío. Repite ella. Y se abrazan y se besan como se
abrazan y se besan los que de verdad quieren estar juntos. Después se escapan los dos
del reino de la Turca-Cán. Este es un libro que la hermana Poncia me quemó, por eso
tanto lo recuerdo. Cuando la Princesa y el Príncipe del Pimiento llegan a Calabria, el rey
es todo contento. Hubo fiestas y algarabía; pero nosotros… Nosotras, América, siempre
con las manos vacías.

AMERICA: …

PICHONA: Atienda el horno, que se quema el pastel.

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AMERICA: Está a punto. ¿Lo prueba?

PICHONA: No.

AMERICA: Yo tampoco.

PICHONA: ¿Qué hago?

AMERICA: Mejor deje que se queme un poco y después raspamos.

PICHONA: Sí.

AMERICA: Amainó la Sudestada.

PICHONA: Todo pasa.

Apagón y cae lentamente el TELÓN.


Fin de escena 12
Fin de la obra Espíritu de Cuerpo

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