CASA DE MUÑECAS.
Henrik Ibsen.
Traducción de Alberto Adell.
Alianza Editorial.
Madrid, 1989, 2008.
Reseña de Magda Robles
Henry Ibsen, nacido en Noruega en 1828, fue uno de los dramaturgos más
controvertidos de su tiempo, y el padre del drama moderno. No podemos
asegurar que esa fuese su intención, pero Casa de muñecas, publicada por vez
primera en 1879, sigue siendo un referente en cuanto a la defensa de los
derechos de la mujer y su rol en una sociedad que aun hoy día sigue siendo
primordialmente, no digamos machista (ojalá este término sea algún día tan
solo un anacronismo), pero si masculina.
Nora es una figura frágil al inicio de la obra, una amante esposa y buena
madre, ocupada en su vida artificial y llena de fruslerías. Lleva casada ocho
años con Torvald Helmer, abogado con una carrera prometedora como director
de banco. Nora se nos presenta como unamuñequita, de ahí el título, una
pequeña "mascota" curiosa para su marido, quien recuerda constantemente lo
atolondrada que es, lo poquita cosa, a través de sus apelativos “cariñosos”:
Nora es una ardillita, una alondra que revolotea por la casa, sin más
preocupación que malgastar dinero en sus pequeños caprichos, sin ser capaz
de afrontar el mundo real. Ni siquiera debe encargarse de la educación de sus
hijos, ya que la niñera lo hace por ella. Es otra niña más, en un cuerpo adulto,
con la única misión de ser feliz y representar su papel de esposa modelo,
guiada por la firme y paternal mano del marido.
Sin embargo, la protagonista va mostrando otra faceta según nos adentramos
en su casa, y en su vida. Nuevos personajes se introducen en la trama: Kristine
Linde, vieja amiga de Nora que se encuentra en una situación delicada, y
parece ser el contrapunto a nuestra descerebrada protagonista. Es una mujer
curtida en los avatares de la vida, la lucha por su propio sustento han eliminado
de su cerebro cualquier fantasía de las que parecen poblar la cabecita de Nora.
También surge Krogstad en la escena, subalterno de Torvald, quien parece
tener algún tipo de poder sobre Nora. Es un personaje desagradable,
manipulador, que a pesar de lamentar de forma hipócrita su forma de ganarse
un sobresueldo con préstamos ilegales, no duda en chantajear para conseguir
sus objetivos. Y por último, el Doctor Rank, amigo íntimo de la familia, y único
personaje que parece gozar de cierta complicidad con Nora. Los tres serán
piezas fundamentales para ir descubriendo a la mujer que realmente se oculta
bajo esa máscara de fragilidad e infantilismo.
Porque esa es realmente la mujer que se esconde tras esa pequeña
atolondrada, insegura y juguetona: una mujer valiente, capaz de doblegarse a
lo que las apariencias, a lo que la sociedad pide de ella, pero luchando en la
sombra, arriesgando su propio honor, para superar sus dificultades e incluso
salvar la vida de su marido. Es esta Nora, quien surge al final de la historia,
quien es capaz de arrojar los convencionalismos a un lado, y tomar las riendas
de su propia vida.
Podría desglosar los personajes, comentar escenas, analizar más temas de los
que Ibsen plasma en este drama de forma maestra, pero prefiero dejar el
teclado por hoy, y esperar la apreciación que al resto de lectores merezca esta
obra. Yo la leí hace años, casi por obligación, y reconozco que empezó
pareciéndome un personaje absurdo el de la protagonista. Pero a día de hoy,
no conseguí olvidar el nombre de Nora y lo que él representa…
CASA DE MUÑECAS: un escándalo en su
época, y ahora.
“Casa de muñecas” (Henrik Ibsen 1879) es la obra de teatro que, si no hubiera sido
escrita en su momento por Ibsen, alguien habría acabado haciéndola. Rebelde,
escandalosa, en su momento sus
afirmaciones y su crudo desenlace hicieron temblar todas las butacas del teatro y, a
día de hoy, no es difícil que más de uno ponga el grito en el cielo. Eso es lo que
diferencia, no una buena obra de una mala, sino una gran obra de una imperecedera.
Los temas que toca “Casa de muñecas” (amor, chantaje, fidelidad, búsqueda de uno
mismo, supervivencia, cosificación de la mujer) son universales, pero el tratamiento
que ofrecen al espectador es tan novedoso que parece como si fuera la primera vez
que se tratan.
Nora es la esposa y madre perfecta. Alegre, cariñosa, vive a la sombra de su marido,
Torvald Helmer, cumpliendo su papel para con lo que la sociedad espera de ella.
Sin embargo, esconde un secreto: años atrás, falsificó una firma para conseguir dinero
con el que curar a su marido enfermo, quedando a merced de un prestamista.
Su acto de amor no justificaba en aquella época el haber pedido prestado
dinero (y más aún el haber actuado a espaldas de una figura masculina de autoridad)
puesto que el honor del marido estaba en juego, así que Nora esconde esta deuda y
va devolviendo los pagos trabajando a escondidas y privándose de todo gasto.
El mayor peligro que podemos tener cuando vemos una película de época, o leemos
un libro de antes de la revolución femenina, o asistimos a una obra de teatro clásica,
es creer que las cosas antes eran como ahora en materia de igualdad de derechos.
Por supuesto que no ignoramos que las cosas antes eran diferentes para el sector
femenino, pero no somos realmente conscientes de que lo que ahora
es escandaloso, antes era la normalidad. Por ello, debemos situarnos en el contexto
histórico y no dejar que nuestro progresista sistema se indigne ante unos hechos que
consideramos anormales.
Pero esta obra va de la revolución de una mujer ¿verdad?
Sí, y de una manera radical y en todos los sentidos, pero el contexto histórico en el
que se representó esta obra no era así, era una sociedad en la que las mujeres no
sólo debían obediencia a sus maridos, sino que conocían y aceptaban su papel dentro
de la sociedad, y desde luego que no tenía que ver con traer el pan a casa. De hecho,
uno de los personajes femeninos, Cristina tiene que trabajar, y ello es casi visto como
algo malo. Por todo esto esta obra, casi un estandarte de la revolución feminista,
resultó tan chocante, tan trastocadora.
Así, “Casa de muñecas” resulta una crítica a las normas matrimoniales del [Link].
Posiblemente Ibsen se basó en la cultura noruega que conocía, pero también vivió
mucho tiempo en Italia y Alemania, lo cual nos lleva a pensar que esta situación podía
darse prácticamente en toda Europa.
Y de esta forma ha sido representado en teatro hasta nuestros días, pero también el
cine le ha ofrecido un amplio espacio en forma de películas, sobre todo a lo largo
de los años 70. Quién sabe si como crítica, otra vez, a las normas matrimoniales que
se vivieran en aquel entonces. Nora se presenta como una revolución, un personaje
femenino de gran relevancia para la literatura tanto de la época como de ahora, al
igual que Jane Eyre (1847), Madame Bobary (1857), Ana Karenina (1877) y otras
mujeres descritas en la literatura, que escandalizaron por su conducta y posiblemente
insuflaron en la mente de otras mujeres la idea de equiparar, no sólo sus derechos a
los de los hombres, sino que aquello por lo que se podía condenar a una mujer,
también podía ser condenable en el hombre.
Y es que no todas las acciones que emprende Nora son justificables. Su radicalismo
es cuestionable, sus secretos son cuestionables, sus decisiones en lo que atañe a su
familia son cuestionables. Y que, mal que nos pese, Nora no es una heroína, quiere
descubrirse a sí misma, pero sus acciones pueden llegar a ser egoístas; y todos
podemos ser Nora si no nos damos cuenta.