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La Verdad de la Biblia y su Inspiración

1. El documento discute brevemente la historia del problema de la verdad de la Biblia, desde los orígenes hasta el siglo XVI. 2. Señala que aunque la inerrancia de la Biblia se sobreentiende por su inspiración divina, ya existían discordancias aparentes en el Antiguo Testamento y entre el Antiguo y Nuevo Testamento que llevaron a los primeros escritores cristianos a recurrir a interpretaciones alegóricas. 3. Menciona que el caso Galileo Galilei en el siglo XVI planteó por primera vez

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La Verdad de la Biblia y su Inspiración

1. El documento discute brevemente la historia del problema de la verdad de la Biblia, desde los orígenes hasta el siglo XVI. 2. Señala que aunque la inerrancia de la Biblia se sobreentiende por su inspiración divina, ya existían discordancias aparentes en el Antiguo Testamento y entre el Antiguo y Nuevo Testamento que llevaron a los primeros escritores cristianos a recurrir a interpretaciones alegóricas. 3. Menciona que el caso Galileo Galilei en el siglo XVI planteó por primera vez

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Capítulo 15

LA VERDAD DE LA BIBLIA 1

La verdad de la Sagrada Escritura —en términos preconciliares, su


inerrancia— suele ser considerada en los manuales o en los diccionarios entre
los efectos o consecuencias de la Inspiración y, por cierto, como una de las conse-
cuencias más importantes2. En efecto, sólo en virtud de la Inspiración los libros
sagrados de la Biblia son para nosotros Palabra de Dios en lenguaje humano
y ofrecen al hombre la verdad sin error que lo guia hacia la salvación histórica
y escatológica. Por tanto, este capítulo podría figurar perfectamente como una
conclusión de la tercera parte, dedicada a «La Biblia: Palabra de Dios».
Con todo, la verdad de la Escritura puede también considerarse como la
conclusión lógica del «Canon de la Biblia», al menos por estas dos razones: 1.
El significado primero y fundamental de «Canon», es de norma, regla de la verdad
(véase cap. 12, 1); 2. La Biblia constituye una unidad entera y completa, AT
y NT juntos, y solamente en el contexto de este complejo unitario (una «analo-
gía Scripturae» semejante a la «analogía fidei») cada uno de los elementos de
la Biblia puede ser entendido en su auténtico sentido y puede ser afirmado como
verdadero (ver adelante). Establecidos los límites precisos y definitivos del Canon
del AT y del NT, el tema sobre la verdad de la Sagrada Escritura encuentra
sn el Canon su lugar y contexto perfectamente adecuados.

1
Bibliografía
Además de los distintos comentarios a la Dei Verbum (véase la Bibliografía general):
[Link]., La «veritá-della Bibbia nel dibattito attuale, en particular los artículos de N.
LOHFINK, II problema delTinerranza (pp. 21-63); P. GRELOT, La vérite de l'Écritu-
re, en La Bible Parole de Dieu, pp. 96-134; P. BENOIT, La veritá nelia Bibbia. Dio
parla il linguaggio degli uomini (pp. 149-179); A. GRILLMEIER, La veritá della Sacra
Scrittura. Sul terzo cap. della Cost. dog. «Dei Verbum» del Vaticano II (pp. 183-264);
I. DE LA POTTERIE. Veritá della Sacra Scrittura e storia della Salvezza alia luce della
=ost. dog. «Dei Verbum.- (pp. 281-306); O. LORETZ. La Veritá della Bibbia; I. DE
LA POTTERIE, Storia e veritá, en [Link]., Problemi e prospettive di Teología íonda-
mentale, pp. 115-139.
2
Cfr. por ejemplo: [Link]. Mysterium Salutis, vol. I, pp. R.F. SMITH, en Comen-
tario Bíblico «San Jerónimo», V, Ed. Cristiandad. Madrid, 1972, pp. 9-48: C. M. MARH-
Nl - P. BONATTI, II Messagio della Salvezza, vol. I, Introduzione generale. pp. 89-107;
G.M. PERRELLA - L. VAGAGGINI, Introduzione alia Biblia, vol. I. Introduzione gene-
rale, pp. 55-72; W. HARRINGTON, Nuova Introduzione alia Bibbia, pp. 63-74.
LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

1. BREVE HISTORIA DEL PROBLEMA

Que la Sagrada Escritura no engaña ni puede engañar (inerrancia de fa..


y de iure) por ser Palabra de Dios, es algo que se sobreentiende en el mismo
dogma de la Inspiración (véase cap. 8-9) de acuerdo con la fe judía y cristiana.
Basta al respecto recordar lo que Filón afirmaba, cuando resumía la fe de los
judíos: «Las palabras de la Torah fueron puestas a modo de oráculo en la mente
del profeta por Dios mismo, al cual no puede ser atribuido ningún error»;3 pres-
temos atención a algunas afirmaciones del NT: «La Escritura no puede ser destosi-
da» (Jn 10, 35); «La Escritura se debe cumplir»(£c 24, 44; 1, 16); y la fórmula:
«Está escrito», que aduce la Escritura como argumento absolutamente irrefuta-
ble (cfr Mt 4, 4; Hch 15, 15; Rom 1, 17; 1 P 2, 6, etc.).
Sin embargo, ya en el judaismo estaban bien presentes las discordancias, al
menos aparentes, entre los libros del AT; y la tradición rabínica aseguraba que
una de las bendiciones que recibirían a la vuelta de Elias sería la explicación
de las aparentes discordias entre Ezequiel y la Torah (cfr b Menahoth 45 a).
Las dificultades crecían para el cristianismo primitivo, obligado a realizar una
confrontación entre el AT y el NT; pero los escritores cristianos únicamente
pudieron dar una respuesta dictada por la fe: un acercamiento crítico al proble-
ma era imposible.

a. Desde los orígenes hasta el s. XVI

S. Justino, al judío Trifon que pretendía ponerle en aprieto a propósito de


las contradicciones de la Escritura, responde: «Jamás me atreveré a pensar, ni
a decir que las Escrituras presentan contradicciones entre sí; y si alguna Escritu-
ra me pareciera tal, más bien confesaré que no entiendo su significado y trataré
de persuadir a todos aquellos quienes sospechan que en las Escrituras existen
contradicciones, que adopten mi forma de pensar» 4 S. Ireneo escribe: «Si no
podemos encontrar una solución a todas las dificultades que aparecen en la Biblia,
sería la más grande impiedad tratar de hallar un Dios distinto del que es. Debe-
ríamos confiar tales cosas a Dios que nos ha hecho, reconociendo que las Escri-
turas son perfectas por haber sido pronunciadas por la Palabra de Dios y por
su Espíritu». 5
Las divergencias en la Biblia fueron uno de los motivos que llevó a los anti-
guos escritores cristianos a recurrir con frecuencia a la interpretación alegórica
de algunos pasajes bíblicos, como al único recurso que permitía hallar la verdad
divina que de otra manera parecía comprometida. Esto valía para el AT, pero
también para los Evangelios en lo referente a las discordancias entre los Sinópti-
cos y Juan. Así Orígenes, a propósito de los comienzos del ministerio de Jesús
en los Sinópticos y en Juan, escribe: «Es necesario precisar que la verdad, en
lo que se refiere a estos hechos, reside en su significado inteligible; de otro modo,
si no se da una explicación de las divergencias existentes en dichos evangelios
(entre Juan y los otros tres evangelistas), (muchos) pierden la fe en los evange-

3
De praem, et poen.. 55.
4
Dial. c. Triph, 65: PG 6, 625.
5
Adv. Haer., 2, 28. 2: PG 7, 804 s.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 227

líos como si no fuesen verdaderos ni escritos bajo la inspiración del Espíritu


Santo ni precisos al recordar los hechos (...). Ahora bien, aquellos que aceptan
los cuatro evangelios y están convencidos que las divergencias aparentes no se
resuelven con la interpretación analógica, expliquemos entonces, además de las
dificultades indicadas, a propósito de los cuarenta días de las tentaciones, que
no es posible insertarlas en la narración de Juan, dígannos cuándo llega el Señor
a Cafarnaún. Si va a los seis días después del baustismo, dado que en el sexto
sucedió la «economía» en las bodas de Caná, es claro que Jesús no fue tentado,
ni estuvo en Nazaret y Juan aún no había sido encarcelado (...)• Existen otros
muchos puntos en los evangelios que si uno los examina atentamente en cuanto
a sus discrepancias y bajo un aspecto rigurosamente histórico (...) le sobreviene
el desconcierto. Y al llegar a este punto, o renuncia al intento de demostrar la
verdad de los evangelios y entonces, si no se atreve eliminar toda la fe en lo
que se refiere nuestro Señor, se elige uno de los evangelios por capricho y se
adhiere a él; o los acepta los cuatro y dirá que su verdad no consiste en aquello
que es corpóreo» En el fondo se trata de la misma actitud acrítica.
También a propósito de aparentes contradicciones en los Evangelios, en una
larga carta a S. Jerónimo, confesaba S. Agustín: «Si en estos escritos encuentro
alguna cosa que parezca contraria a la verdad, sin la menor duda, no puedo pensar
sino que el códice en el que leo, es defectuoso, o que el traductor no ha sido capaz
de traducir el pensamiento fielmente, o que yo no he entendido nada» 7. Se debe
tener en cuenta que, en lo referente a la pretendida verdad científica de la Biblia,
S. Agustín nos impartió una lección bien precisa, por desgracia demasiado olvida-
da en tiempos de Galileo: «(El Señor) pretende hacer cristianos, no científicos»;
8
y: «El Espíritu de Dios que hablaba a través de los autores sagrados no quiso
enseñar a los hombres cosas que no serían de ninguna utilidad para su salvación». 9
S. Tomás confirmó el principio de la fe: «Quidquid in Sacra Scriptura, verum
est» 10, es decir, la verdad de la Sagrada Escritura no es solamente una cuestión
de facto, sino de iure, porque se deduce del conocimiento profético del que los
autores sagrados se beneficiaron. Pero afirmó también que el dato de fe de la
verdad bíblica debe ser objeto de un examen crítico. Para resolver la dificultad
del primer capítulo del Génesis, S. Tomás afirma que: 1. Es necesario mantener
firmemente la «verdad de la Escritura». 2. Cuando la Escritura se presta a diver-
sas interpretaciones, es necesario rechazar aquellas que la ra:A; i '.¡o-iv-i i Herv-
ías, con el fin de no exponer la Palabra de Dios al escando h':'.Y';d'.:i:>,s
y así cerrarles el camino de la fe. 11

b. El «caso Galileo Galilei»

En realidad la primera vez que se discutió el principio de la verdad de la


Sagrada Escritura fue en la época moderna a propósito del caso-Galileo, que

6
ORIGENES, In Joh. 10, 2: PG 14, 3009-311 (Commento al Vangelo di Giov.,
UTET, Torino 1968, p. 382 s.).
7
Epist. 82. 1, 3: PL 33, 277 (Le Lettere, vol I, Citta Nuova, Roma 1969, pp. &/•>&//,.
8
De Aclis cum Felice Manieh. 1, 10: PL 42, 525.
9
De Gen. ad litt. 2, 9: PL 34, 270 cfr. Ibid. 2, 10: OL 34 2/1 s.
10
Quodl. 12, q. 17, a. 1, ad I; cfr. Summa Theol. IÍ-IX, q. i / 1 , A-
11
Cfr. Summa Theol., I, q. 68, a. 1.
228 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

en el fondo no fue otro que el de una discusión acerca de la inerrancia bíblica,


en confrontación con las Ciencias Naturales. Al hacer girar la Tierra en torne
al Sol, Galileo, según sus jueces, atribuía un error a la Biblia que al parecei
afirmaba lo contrario. En realidad, la postura exegética de Galileo, al menor
la que resulta de su «Carta a Cristina de Lorena Gran Duquesa de Toscana» de
año 1615, era extremadamente precisa y, en la práctica, se anticipaba a la adop-
tada por el Papa León XIII en su Encíclica «Providentissimus Deus» del año 1893
Después de haber referido las palabras de S. Agustín (ver anteriormente) segur
el cual «el Espíritu de Dios que habló a través de los autores sagrados no preten-
dió enseñar a los hombres cosas que no serían de ninguna utilidad para su salva-
ción», Galileo escribía:

«De las cuales cosas descendiendo a nuestro particular, se sigue necesariamente que. no habien
do querido el Espíritu Santo enseñarnos si el cielo se mueve o está quieto, ni si su figura tiene la
forma de esfera o de disco o es plano, ni si la Tierra se halla en el centro de él o a un lado, nc
habrá tenido intención de cerciorarnos tampoco de otras conclusiones del mismo género y relacio
nadas con las mencionadas, que sin su determinación no se puede asegurar ésta o aquella parte;
como son la de determinar sobre el movimiento o quietud de la Tierra y del Sol. Y si el mismo
Espíritu Santo no ha pretendido enseñarnos proposiciones semejantes, ya que quedan fuera de su
intención, nuestra salvación, ¿cómo podrá afirmarse que el defender este extremo y no aquel, sea
tan necesario que el uno sea de fe y el otro erróneo? ¿Podrá, por lo tanto, ser herética una opinión
que nada tiene que ver con la salvación de las almas? O ¿acaso podrá decirse que el Espíritu Santo
no ha querido enseñarnos verdades que se refieren a nuestra salvación? Yo diré lo que oí decir a
una persona eclesiástica en grado eminentísimo (el Cardenal Baronio), que el Espíritu Santo preten
de enseñarnos cómo se va al Cielo y no cómo va el cielo»12.

Y a propósito del «Detente, oh Sol» de Josué, 10, 12-14, Galileo escribe:

«...Dado que sus palabras (de Josué) iban dirigidas a gente que tal vez no tenía otro conocimien-
to de los movimientos celestes que aquel generalísimo y ordinario de oriente a poniente, acomodán
dose a su capacidad y no tratando de enseñarles nada sobre la constitución de las esferas, sino di-
que comprendieran la grandeza del milagro de haberse alargado el día, habló conforme a su entendí
miento». 13

c. Hacia el Concilio Vaticano II14

El problema de la inerrancia de la Biblia se agudiza aún más en el s. XIX


con el progreso de las ciencias y de la historia en particular. A la teoría evolu-
cionista de Darwin se opone el «concordismo»: por ejemplo, en los días do ii;
creación de la narración P del Gen 1 se pretendía hallar los diversos período:;
geológicos de la ciencia evolucionista. Pero los métodos concordísticos se mani-
festaron precarios e inútiles, bien sea por el continuo desarrollo de los sist-:- VKIS

12
G. GAL1LEI, Lettera alia Serenissima Madama la Granduchessa Madre (Cristina
di Lorena), en Le opere di Galileo, ed. Nazionale, G. Barbera, Firenze 1895, vol. V,
p. 319.
13
Ibid., p. 344.
14
Cfr. J. LEVIE, La Bible parole húmame et message de Dieu. pp. 9-226; L. P/r'->
MIO, en [Link]., I libri di Dio, pp. 172-194.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 229

científicos, o por el desajuste crítico de una exégesis concordística: en el caso


de Gen 1, por ejemplo, resulta demasiado claro que el autor P entiende los días
de la creación como los días solares (cfr. el estribillo: se hizo la tarde y la maña-
na, primer día», etc.).
El problema era todavía más serio en el campo de la ciencia Mstóríca. Con
los progresos de la arqueología y el estudio de las lenguas orientales y de las
literaturas extra-bíblicas, el conocimiento del Próximo Oriente y de su historia
se hizo más preciso y parecía negar el valor de la Biblia como fuente de infor-
mación histórica. Las respuestas de la exégesis católica fueron al principio de
un cierto tipo: limitar el campo de la inerrancia de la Sagrada Escritura. El Carde-
nal Newman defendía que la inspiración (y por lo tanto, la inerrancia) no se exten-
día a los obiter dicta de la Escritura, es decir, al material de escasa importancia
y meramente anecdótico, que no tenía conexión con materia de fe y de moral.
Más tarde, el Padre F. Prat, en una serie de artículos en la revista Études de
1900 a 1902, elaboró la teoría de las citas implícitas, según la cual los autores
sagrados, cuando refieren narraciones ajenas sin citar la procedencia, no darían
garantía de ellas. Pero la «Pontificia Comisión Bíblica» responde justamente el
año 1905 que, aun suponiendo que existan citas implícitas en la Biblia, se presu-
pone que el autor las hace propias por el hecho de no citar su fuente: lo contra-
rio debe ser claramente probado (cfr EB 160).
La respuesta que más impacto produjo fue la que limitaba la inerrancia bíbli-
ca a sólo los contenidos de fe y moral. Mons. Maurice D'Hulst, Rector del Insti-
tuto Católico de París, en un artículo aparecido en Le Correspondant de enero
de 1893 bajo el título La question Biblique, formulaba su teoría de la siguiente
manera: 15 «Una cosa es revelar y otra inspirar. La revelación es una enseñanza
divina, que no puede menos de referirse a la verdad. La inspiración es una acción
impulsora que determina al escritor sagrado a escribir, lo guía, lo estimula, lo
vigila. Esta moción, según la hipótesis que yo expongo, garantizaría el escrito
de cualquier error en materia de fe y de moral; pero podría admitirse que la
preservación (de errores) no se extiende más allá: tendría en tal caso los mismos
límites que la infabilidad de la Iglesia». D'Hulst proseguía, citando a J. Didiot,
Rector del Instituto Católico de Lille, y haciendo propias sus reflexiones: «La
Iglesia, cuando ejercita en los concilios su autoridad como intérprete infalible
de la Escritura, la aplica o la supone aplicada siempre a las cosas de la fe y de
la moral, mas no a otras cosas. Ahora bien, es poco probable —a lo que parece—
que Dios haya hecho la Biblia infalible en algunos puntos y en algunos temas
en los cuales la Iglesia no lo haya sido ni haya pretendido serlo. Es difícil creer
que la infalibilidad del guardián sea menos amplia que la del tesoro que debe
custodiar».
La teoría de D'Hulst parecía haber resuelto definitivamente la cuestión bíbli-
ca, pero en realidad partía de una distinción artificiosa y acababa por prejuzgar
la afirmada universalidad de la inspiración: «Una distinción de este tipo entre
la doctrina religiosa y las cosas profanas de la Biblia, resulta bastante artificial.
Por una parte, presupone una concepción intelectualista de la revelación, como
si Dios se hubiese revelado comunicando al hombre nada más que doctrinas;

15
Cit. en F. SPADAFORA - A. ROMEO - P. FRANGIPANE, II libro sacro, vol.
I. Introduzione generale, pp. 163 s., notas 467 y 469.
230 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

concepción que ha sido felizmente superada en el Concilio (...)• Por otra parte,
la limitación de la inerrancia a sólo las cosas religiosas implicaría necesariamente
que en la Biblia muchas cosas son puramente profanas. Pero ¿cómo admití • .:
Dios haya inspirado a los autores sagrados con el fin de hacerles escribir cosas
profanas? Es preciso decir, en cambio, que la Palabra de Dios, siempre y en
todas partes, dice referencia al Plan de Dios; es obvio, por lo tanto, que la F: •
tiene siempre de alguna manera un caracter religioso» 16
La Encíclica Providentissimus Deus de León XIII no tardó (el artículo de
D'Hulst es de enero de 1893 y la Encíclica de diciembre del mismo año) en conde-
nar expresamente la solución de D'Hulst; y él mandó inmediatamente a Roma
su retractación. La Encíclica afirmaba: «Es totalmente ilícito o restringir la inspi-
ración únicamente a algunas partes de la Escritura o conceder que el mismo autor
sagrado se equivocó. Ni se puede tolerar el modo de hablar de quienes, por salir
al paso de las objeciones (contra la verdad de la Sagrada Escritura) no tiener
inconveniente en afirmar que la inspiración divina concierne a las cosas de fe
y moral, y a nada más... La inspiración divina es incompatible con cualquier
error: por su misma esencia no sólo excluye todo error sino que lo excluye cor
la misma necesidad por la que Dios, suma Verdad, no puede ser el autor de
ningún error. Esta es la fe antigua y constante de la Iglesia» (EB 124; FC 69)
La condena de la limitación material de la inspiración y de la inerrancia bíbiier
volvió a repetirse en las Encíclicas Spiritus Paralictus de Benedicto XV en 1920
(cfr EB 454), Pascendi de Pío X del año 1907 (cfr EB 279) y Divino Afflanü-
Spiritu de Pío XII del año 1943 (cfr EB 539 s). A pesar de todo, hay que recono-
cer que en la posición de D'Hulst se daba una intuición certera, la de que k
verdad bíblica hay que interpretarla de alguna manera bajo el aspecto religioso,
como lo dirá el Concilio Vaticano II en la DV (véase el apartado 2).
Tras la «Providemtissimus Deus» fueron apareciendo otras respuestas, inade-
cuadas o falsas. La teoría de la verdad relativa y de una falibilidad parcial de!
escritor sagrado (de hecho se admitían errores en la Biblia en lo tocante a cues-
tiones científicas e históricas, pero no en cuestiones religiosas y morales) defen-
dida entre otros por el modernista A. Loisy, fue condenada en la Pascendi de
Pío X (cfr EB 279). M.J. Lagrange y F . von Hummelauer dieron vida a la teorúi
de las apariencias históricas la cual extendía a las secciones narrativas históri-
cas de la Biblia lo mismo que se puede y debe decir de las cuestiones científicas
(lo afirmaba también la Providentissimus Deus: (cfr EB 121). Según estos auto-
res, el hagiógrafo, como no describe la esencia íntima del fenómeno científico
sino sólo su apariencia sensible, lo mismo puede exponer no la realidad objetiva
de los hechos sino los hechos tal como son presentados por la narración popu-
lar. Pero también aquí, aun admitiendo que a veces la narración de la historia
en la Biblia podía adoptar el género literario de la narración popular, el equívo-
co era grande. No existe punto de comparación, en orden a la Revelación bíbli-
ca, entre los fenómenos de la naturaleza y los acontecimientos históricos dentro
de la historia de la salvación. ¿Qué clase de historia sería una historia «según
las apariencias»? Y de hecho la Encíclica Spiritus Paraclitus de Benedicto XV
rechazó enérgicamente esta interpretación, dando la puntilla a la teoría de las
«aparencias históricas»: «¿Qué semejanza puede existir de hecho entre las cosas

16
I. DE LA POTTERIE, en La «vertía» della Bibbia, pp. 283-284.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 7

naturales y la historia, cuando las cosas físicas hacen referencia a todo lo que
se manifiesta sensiblemente y por ello deben concordar con el fenómeno , mien-
tras que la ley fundamental de la historia es ésta: la necesidad de que las cosas
escritas concuerden con las cosas sucedidas tal como realmente sucedieron?» (EB
457).
La Encíclica Divino Afilante Spiritu de Pío XII el año 1943 abrió un camino
nuevo para la solución del problema de la inerrancia en la Biblia, en lo referente
a las narraciones históricas. Tras haber recordado que los antiguos escritores
exponían los hechos con una técnica expositiva y lingüística distinta a la nues-
tra, la Encíclica afirma: «Cuando algunos creen poder echar en cara a los auto-
res sagrados determinados errores históricos o inexactitudes cuando narran los
hechos, si se observa atentamente podremos comprobar que se trata sencilla-
mente de aquellas formas usuales de narrar, de decir o contar que los antiguos
solían utilizar en el intercambio de ideas dentro de la convivencia humana y que
solían emplearse lícitamente por común tradición». Es decir, que la Divino Afilante
Spiritu reconoce en la Biblia una variedad en el «género literario» histórico e
invita a los exegetas a un uso amplio y correcto de dichos «géneros» para resol-
ver el problema de la verdad bíblica en las narraciones históricas (ver adelante,
apartado 3 b).
La reflexión sobre el problema de la verdad de la Escritura continuó entre
los exegetas y los teólogos católicos incluso después de la Divino Afilante Spiri-
tu, poniendo así las bases de la solución sancionada por el Concilio Vaticano
II; recogeremos algunas de estas contribuciones en el párrafo final (ver adelan-
te, apartado 3), tras haber puesto de relieve el miliario que la Dei Verbum ha
plantado en el camino de la exégesis y de la teología.

2 . L A VERDAD DE LA SAGRADA ESCRITURA SEGÚN EL CONCILIO VATICANO II

La DV se expresa de la siguiente manera:

«Ya que todo aquello que los autores inspirados o hagiografos afirman hay que reconocer que
ha sido afirmado por el Espíritu Santo, consecuentemente hay que reconocer también que los libros
de la Escritura enseñan con certeza, fielmente y sin error la verdad que Dios, para nuestra salvación
quiso que quedara consignada en las Sagradas Letras» (DV 11)

Para entender el significado del texto conciliar y su alcance histórico, es preci-


so hacer un breve recorrido sobre las sucesivas redacciones que sufrió el texto
a través de los debates conciliares,17 antes de adoptar su forma definitiva. Trans-
cribimos en forma de sinopsis los diversos esquemas para facilitar la confronta-
ción crítica del lector.

17
Cfr. A. GRILLMEIER, en La «veritá» della Bibbia, pp. 181-264.
232 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

ESQUEMA I ESQUEMA II ESQUEMA DI ESQUEMA IV ESQUEMA1

preconciliar - recha- elaborado (C. mixta) reelaborado (C. doc- discutido (cuarta promulgado (cuarta
zado (primera sesión - no disc. (segunda tr.) disc. (ter. sesión sesión) 20-22 set, sesión) 18 nov. 1965
20 nov, 1962) sesión, 1963) 30 set.-6 oct. 1964) 1965

12. La inerrancia 11. Inspiración e 11. Inspiración e 11. Inspiración y 11. Inspiración y
consecuencia de la inerrancia inerrancia VERDAD VERDAD
inspiración

De esta extención de Puesto que Dios es Dado que todo cuan- Puesto que todo aque- Dado que todo aque-
la divina inspiración declarado autor prin- to el autor inspirado llo que el autor inspi- llo que los autores
a todo, deriva direc- cipal de toda la Escri- afirma... ha de admi- rado... afirma ha de inspirados o hagió-
ta y necesariamente tura y lo es verdade- tirse que es afirmado admitirse como afir- grafos... afirmaron
la inmunidad absolu- ramente, se sigue de por el Espíritu Santo, mado por el Espíritu debe admitirse que ha
ta de error en toda la ello que toda la ha de admitirse Santo, ha de admitir- sido afirmado por el
Sagrada Escritura... Escritura divinamen- consecuentemente se también conse- Espíritu Santo,
(la fe) nos enseña que te inspirada se halla también que los cuentemente que los consecuentemente
sería ilícito a todas absolutamente inmu- libros enteros de la libros enteros de ia debe admitirse que
luces admitir que el ne de todo error. Escritura enseñan sin Escritura... enseñan los libros de la Escri-
autor sagrado se ha ningún error la con seguridad, fiel, tura enseñan con
equivocado, ya que VERDAD. íntegramente y sin certeza, fielmente y
la divina inspiración error la VERDAD sin error la
excluye por sí misma salvífica. VERDAD que Dios,
y rechaza tan nece- PARA NUESTRA
siamente todo error, SALVACION, quiso
en cualquier cosa que quedara en las
religiosa o profana Sagradas Letras.
consignada por Dios
como es necesario,
12. Cómo hay que 12. Cómo hay que 12. Cómo hay que 12. Cómo debe ser
que Dios suma
interpretar la Sagra- interpretar la Sagra- interpretar la Sagra- interpretada la
Verdad, no sea autor
da Escritura da Escritura da Escritura Sagrada Escritura
de ningún error.
Pero ya que Dios ha ... el intérprete de la ...el intérprete de la ... el intérprete de la
13. Cómo se juzga la escrito por medio de Sagrada Escritura, Sagrada Escritura, Sagrada Escritura,
inerrancia hombres... el intér- para entender correc- con el fin de captar para comprender
prete de la Sagrada tamente qué debidamente lo que debidamente lo que
Sin embargo, esta Escritura, con el fin VERDAD ha queri- Él ha querido comu- El ha querido comu-
inerrancia habrá que de que aparezca qué do El (Dios) comuni- nicarnos, debe inves- nicarnos, debe inves-
juzgarla de acuerdo VERDAD ha queri- carnos, debe investi- tigar diligentemente, tigar diligentemente
con el modo en que do comunicarnos, gar diligentemente qué es lo que los qué es lo que los
nos llega la debe indagar diligen- qué han querido los hagiógrafos han hagiógrafos intenta-
VERDAD en el libro temente qué es lo que hagiógrafos signifi- pretendido realmente ron en realidad signi-
sagrado. el hagiógrafo ha car y ha querido Dios significar y ha queri- ficar y a Dios ha
... el modo de alcan- querido en realidad manifestar por medio do Dios manifestar complacido manifes-
zar la Verdad depen- significar... el modo de sus palabras. con sus palabras. tar con sus palabras.
de del sentido que el de alcanzar la ... el intérprete inda- ...el intérprete inda- ... el intérprete
hagiógrafo expre- VERDAD se juzga gue el sentido que el gue el sentido que el busque el sentido
só... la VERDAD y por el sentido que el hagiógrafo trató de hagiógrafo trató de que, el hagiógrafo
la credibilidad de la hagiógrafo trató de expresar y expresó... expresar y expresó... trató de expresar y
Escritura, o sea, lo expresar y expresó... En realidad la En realidad la expresó...
que el autor quiso La VERDAD, por lo VERDAD, o sea VERDAD, o sea.
Para entender recta-
realmente decir en lo tanto, es decir, aque- aquello que el autor aquello que el autor mente lo que el autor
que escribe, con llo que el autor sagra- sagrado quiso signifi- sagrado quiso afirmar sagrado quiso afirmar
frecuencia no se do quiso significar car con lo que escri- con lo que escribió,
con lo que escribió,
puede entender con lo que escribe, be, no puede enten- no puede entenderse
se debe prestar la
correctamente si no no se entiende debi- derse rectamente, si debidamente, si no se
debida atención, etc.
se tiene en cuenta los damente, si no se no se tiene en cuen- presta la debida aten-
modos habituales de tiene en cuenta con ta, etc. (cfr. Esque- ción, etc.
pensar, hablar o esmero las formas ma n).
contar, que estaban habituales de pensar,
LA VERDAD D E LA BIBLIA 233

vigentes en los tiem- hablar o contar que


pos del hagiógrafo. estaban en vigor en
... no se les debe tiempos del hagió-
acusar de error más grafo y que eran de
que cuando formulan uso común en las
semejantes o análo- relaciones mutuas de
gas se solían usar en los hombres.
el lenguaje coti- ... no se deben
diano... acusar de error más
que cuando fórmulas
semejantes o análo-
gas solían usarse en
el lenguaje cotidiano.

a. Del esquema preconciliar al esquema IV

a.l. El esquema preconciliar

Tiene un tono eminentemente negativo. Abundan los términos de inerrancia


y de error. El término verdad aparece tres veces en el n. 13, pero sin ninguna
referencia explícita a la revelación o a la salvación: «verdades sólo conformidad
con la realidad objetiva que el autor sagrado quiere contar por escrito.
Ante todo, el esquema afirma que la Inspiración excluye necesariamente todo
error, «en cualquier cosa sea religiosa o profana», dando un paso sobre la Provi-
dentissimus Deus (ver 1 c). Esta se había limitado a afirmar (en respuesta a la
distinción de D'Hulst entre verdad religiosa y profana en la Sagrada Escritura)
que la inerrancia no podía circunscribirse a una parte del contenido bíblico, es
decir, sólo a las verdades de fe y de moral. El esquema preconciliar hace suya
la distinción en la Biblia entre contenido religioso y profano y afirma la Inspira-
ción e inerrancia de la Biblia incluso en los presuntos contenidos profanos. En
él se cita la Providentissimus Deus y la Divino Afflante Spiritu, las cuales afir-
maban que la Biblia no contiene ni puede contener error en ninguna de sus partes;
pero pasa por alto citar el criterio positivo indispensable para aplicar la inerran-
cia absoluta, y que fue formulado por S. Agustín y al que recurrió León XIII
a la hora de dilucidar los problemas de la ciencia: «El Espíritu Santo, quien ha
hablado a través de los autores, no ha pretendido enseñar a los hombres estas
cosas (es decir, la íntima constitución de las cosas visibles) que no serían de
ninguna utilidad para su salvación (nulli saluti profutura)» (EB 121; FC 67).
Todo el esquema preconciliar, tras una movida discusión que se prolongó
desde el 14 hasta el 20 de nov. de 1962, fue rechazado en la primera sesión
del Concilio por 1.368 Padres conciliares. No habiéndose logrado la mayoría
de los dos tercios, de acuerdo con el reglamento, la discusión debía continuar
sobre la base del primer texto. 18 De repente se produjo un ambiente de malestar
profundo entre los Padres; y el Papa Juan XXIII, por propia autoridad, decidió
hacer una revisión general del texto, confiándola a una comisión mixta formada
por miembros de la «Comisión doctrinal» y mienbros del «Secretariado para la
unidad de los cristianos».

18
Acta Synodalia, vol. I, pars III, pp. 254-255.
234 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

a. 2. Del esquema II al IV

En el esquema II de la comisión mixta (que no fue discutido en el Aula conci-


liar, sino distribuido sencillamente a los Padres para que hicieran sus observa-
ciones por escrito) resulta soprendente la frase incriminada de la inerrancia bíblica
«en cualquier cosa ya religiosa ya profana». Por otra parte, en el n. 12, que lleva
un título más positivo («Cómo se ha de interpretar la Sagrada Escritura»), el térmi-
no «verdad» adquiere aquí un contenido teológico, en el sentido de que resalta
su dimensión vertical con una explícita referencia a la Revelación: «... a fin de
que aparezca qué Verdad ha querido (Dios) comunicarnos...».
El esquema III constituye un verdadero tournant en la génesis del texto conci-
liar. En el n. 11, finalmente, de una formulación hasta ahora negativa («La Sagra-
da Escritura divinamente inspirada es absolutamente inmune de todo error») se
pasa a una formulación positiva, que pone el acento en la finalidad de la Biblia
inspirada, la de «enseñar sin ningún error la Verdad». La Biblia es el libro de
Dios, no porque está exenta de error, sino porque enseña sin error la Verdad
de Dios: precisamente «la Verdad que Dios ha querido comunicarnos..., ya que
Dios ha querido manifestarse con las palabras de los hagiógrafos» (n. 12).
De esta nueva formulación surgió espontánea una pregunta, a la que los Padres
conciliares no pudieron sustraerse: ¿ Qué verdad enseña la Biblia?
Una primera respuesta nos la ofrece el esquema IV. En él se cambia el título
del n. 11, formulado ahora positivamente: «Se establece el hecho de la inspira-
ción y de la verdad de la Sagrada Escritura»; especialmente el término nuevo
«Verdad» se especifica como «Verdad salvífica (veritatem salutarem)». El adje-
tivo «salutarem», que especifiaba la verdad de la Biblia, jugó un papel de prota-
gonista en las últimas y tenaces polémicas dentro y fuera del Aula conciliar.
¿Cómo se llegó a esta nueva formulación? Durante la discusión en el aula
del esquema III, que tuvo lugar del 2 al 6 de octubre de 1964, algunos de los
que intervienieron solicitaron que «lealmente, sin ambigüedad, ni artificio» se
especificase qué verdad había querido enseñarnos la Biblia, teniendo en cuenta
que tal vez, en cuestiones de historia y de ciencias naturales, ella «déficit a veri-
tate». Así el cardenal Kónig de Viena, hablando en nombre de la Conferencia
episcopal de habla alemana, llamaba la atención hacia los datos descubiertos en
Oriente y afirmaba que, si por una parte habían confirmado la credibilidad del
AT, por otra habían ofrecido otro resultado que no sería fácilmente contradicho
por el progreso de la ciencia.: «Laudata scientia rerum orientalium insuper demos-
trat in Bibliis sacris notitias históricas et notitias scientiae naturalis a ventóte
quandoque deficere». A fin de confirmar esto, Kónig aducía algunos ejemplos:
Me 2, 26 confrontado con 1 Sm 21, 1 ss. (no se trata del sumo sacerdote Abiatar
sino de su padre Aquimelec); Mt 27, 9 (en realidad se cita Za 11, 12 y no Jere-
mías); Dn 1 , 1 (el asedio de Jerusalén no tiene lugar en el tercer año del rey
Joakin sino tres años más tarde); y añadía; «Aliae indicationes geographicae et
chronologicae eodem modo citandae essent»19. En las cosas que se refieren única-
mente al ropaje exterior de la Revelación se manifiesta la «condescensio Verbi
Divini» de la que habla la DV 13: y su falibilidad no pone en tela de juicio la

19
Cfr. la intervención entera del Card. KÓNIG, en Acta Synodalia, vol. III, pars
III, pp. 275-276; para el comentario, cfr. A. GRILLMEIER, o.c., pp. 197-199.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 235

Verdad de la Biblia, que es únicamente la Verdad revelada, aquella de la que


se habla en toda la Constitución DV. En estos términos se especificaba la «Verdad»
de la Biblia.
Tras las huellas de Kónig, los obispos brasileños intervinieron para confir-
mar la tesis y, haciendo propia una propuesta de los profesores del «Pontificio
Instituto Bíblico» de Roma, propusieron una fórmula equivalente: «la Verdad,
o sea la Revelación sin error», apelando al Concilio Vaticano I, que ya había
usado esta expresión (cfr EB 77). Como conclusión de la intervención se afir-
maba: «Criterium veritatis Sacrae Scripturae non est illa accurata adaequatio cum
facíis praeteritis, quam periti scientiae historicae profanae obtinere conantur, sed
est intentio auctoris inspirati, quae semper aliquo modo se refert ad revelatio-
nem salutis»20.
Sobre la base de esta y otras intervenciones orales y escritas, la Comisión
mixta eligió la fórmula veritatem salutarem, aun cuando así —tal como suena-
no fue propuesta por ningún Padre. El motivo de la elección fue: «Con esta expre-
sión {veritatem salutarem) se recogen también todos los hechos que están rela-
cionados en la Escritura con la historia de la salvación»21. La «verdad salvífica»
contenida en la Escritura es el desarrollo de la historia de la salvación y por
lo tanto se refiere no sólo a las palabras y las doctrinas sino también a los hechos.

b. Hacia el texto definitivo (esquema V)

La fórmula «verdad salvífica» ya había sido usada en el Concilio Tridentino


a propósito del Evangelio llamado «la fuente de toda verdad salvífica» (fontem
omnis... salutaris veritatis»: cfr EB 57); además aparecía en la misma DV 7,
cuando habla del Evangelio «como fuente de toda verdad saludable y de toda
regla moral». Pero resultaba «nuevo» el hecho de aplicarla al problema de la
inerrancia bíblica: nuevo y —según muchos— «ambiguo y peligroso». Con estos
adjetivos fue calificada la fórmula «veritatem salutarem» en un fascículo que,
durante el intervalo entre la tercera y cuarta sesión del Concilio, el llamado «Comi-
té episcopal internacional» divulgó en muchos países. 22En las votaciones sobre
el cap. III de la Dei Verbum, al comienzo de la cuarta y última sesión, los «placel
iuxta modum» fueron 324 y de éstos unos 200 se referían a dicha fórmula: 23
la cual parecía limitar la inerrancia bíblica a sólo las «rei fidei et morum», en
contra de la Encíclica Providentissimus Deus y el Magisterio ulterior de la Iglesia.
El 14 de octubre de 1965 un grupo de Padres conciliares escribió directa-
mente al Papa Pablo VI: «La fórmula veritatem salutarem ha sido introducida
expresamente para reducir la inerrancia únicamente a las cosas sobrenaturales,
relacionadas con la fe y las costumbres; contrasta abiertamente con la constante
enseñanza de la Iglesia; supone abrir la puerta a la audacia de los exegetas y
asestar un rudo golpe a la vida de la Iglesia». El Papa, a través de una carta

20
Cfr. Acta Synodalia, vol. III, pars III, p. 448.
21
«Commissioni visum est adhibendum esse appositum: salutarem ad veritatem quo
verbo cointelliguntur facta quae in Scriptura cum historia salutis iunguntur»(A-r« Syno-
dalia, vol. IV, pars I, p. 359).
22
Cfr. G. CAPRILE, Aspettipositivi della terza sessione del Concilio, in CC 116/1
(1965), p. 329, nota 16.
23
Cfr. Acta Synodalia, vol. IV, pars II, p. 10.
236 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

de! Secretario de Estado al Cardenal Presidente de la Comisión doctrinal, invi-


taba a esta Comisión «a volver a considerar de nuevo con seria reflexión la conve-
niencia de omitir en el texto la expresión ventas salutaris relativa a la inerrancia
de la Sagrada Escritura..., ya porque se trata de una doctrina que todavía no
es común en la enseñanza bíblico-teológica de la Iglesia, ya porque no parece
que la fórmula haya sido suficientemente discutida en el aula conciliar, o bien
porque, ajuicio de eminentes autoridades en la materia, dicha fórmula se presta
a indebidas interpretaciones: Parece prematuro que el Concilio se pronuncie ;••.<.• r-
ca de un problema tan delicado... No se cierra con su omisión la posi'b':'úi-.o
de un estudio ulterior del problema». 24
La Comisión, aun habiendo declarado ya anteriormente que la fórmi ••. ;r,
trataba de introducir ninguna limitación material de la verdad bíblica, y qu: [Link],
trataba de precisar su «especificación formal», debió renunciar a la fórmula. Se
reunieron el 19 de octubre y se adoptó una equivalente, de manera que evitase
el equívoco de una limitación material de la inerrancia bíblica y al mismo :••••
po se pusiera en claro el objeto formal específico de toda verdad bíblica 25 . Es
la formulación que leemos en el texto definitivo y que transcribimos en latín:

«Cum crgo ornne id, quod auctores inspirati seu hagiographi asserunt, retinen debeat assertum
a Spiritu Sancto, inde Scripturae libri veritatem, quam Deus nostrae salutis causa Litteris Sacris
consignan voluit, firmiter, fideliter et sine errore docere profitendi sunt» (DV 11).

c. La verdad de la Biblia según la «Dei Verhum»

¿Cuál es, por tanto, la respuesta del Concilio Vaticano II a los muchos proble-
mas planteados sobre la inerrancia bíblica? En otras palabras, ¿cuál es el signi-
ficado y el alcance del texto conciliar, interpretado a la luz de la compleja histo-
ria de su redacción?

1. 0 El Concilio adoptó una actitud positiva ante el problema. Hasta enton-


ces se había hablado de inerrancia bíblica, y precisamente: Se la debía defender
sobre el mismo terreno de quienes la impugnaban en tales términos que compro-
metían los objetivos mismos de la Revelación bíblica. Un tratamiento eminente-
mente apologético cedía el paso a un planteamiento positivo: la interpretación
de la Escritura debe tratar ante todo de descubrir y explicar la Revelación y la
realidad salvífica que Dios nos ha comunicado en Jesucristo. No se acude a la
Escritura simplemente porque «no se equivoca», sino porque en ella se nos permite
encontrar el «Verbum salutis», «la Palabra de la Salvación» (Hch 13, 26).

2.° En la nueva y definitiva fórmula, el «nostrae salutis causa»(ca«sa es


ablativo) califica el verbo «consignari voluit» y no directamente la palabra «veriía-

24
Citado en G. CAPR1LE, Tre emendamenti alio schema della Rivelazione, en CC
117/3 (1966), p. 225.
25
«Voce salutis nullo modo suggeritur S. Scripturam non esse integraliter inspira-
tam et verbum Dei (...). Ut autem omnis abusus in interpretatione praecaveatur, admittit
commissio eraendationem a 73 Patribus propositan!, i ta ut textos sit: Cum ergo omne
id, quod auctores, etc.» (Acta Synodalia, vol. IV, pars V, pp. 708-709).
LA VERDAD DE LA BIBLIA 237

eni»: es decir, interpreta la línea de las intenciones de Dios que inspira y del
¡agiógrafo inspirado que escribe (téngase en cuenta que el verbo en pasiva consig-
nan deja espacio a la aportación activa del escritor sagrado). Inspiración e inerran-
cia deben entenderse ante todo a la luz de la voluntad divina. Mediante los escri-
tores sagrados, Dios quiere comunicarnos su Verdad salvífica, de manera que
los libros de la Sagrada Escritura la contienen «firme, fielmente y sin error».
Más aún, para subrayar con mayor claridad aún el alcance salvífico de la inspi-
ración, se cita 2 Tm 3, 16-17, que pasa a ser así texto conciliar: «Por lo tanto
toda Escritura divinamente inspirada, es también útil para enseñar, convencer,
corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto
y adiestrado en toda obra buena» (DV 11).

3.° Mientras que la formulación anterior «veritatem salutarem» se prestaba


a los equívocos que ha hemos señalado, con la nueva formulación ya no es posi-
ble una interpretación equivocada de la verdad bíblica, como si la Escritura se
hallara dividida materialiter en una parte inspirada (y sin error) y otra no inspi-
rada (y expuesta al error). El texto conciliar no introduce ninguna limitación
material en la inspiración, ni en la inerrancia, únicamente indica «su especifica-
ción formal». El «para nuestra salvación» de DV 11 constituye el principio formal,
según el cual es preciso juzgar lo que Dios ha intentado comunicar y aquello
que el hagiógrafo pretende decir. El punto de vista específico, el ángulo visual
desde el cual se han de considerar todas las afirmaciones de la Sagrada Escritu-
ra, las que una exégesis ponderada demuestre ser tales, no es otro que el proyecto
revelatorio y salvífico de Dios. A la luz de este principio formal, que invade
todo el contenido de los libros sagrados, se pueden y se deben resolver incluso
las dificultades de inexactitudes geográficas y cronológicas de la Biblia. El Conci-
lio nos ha dado una doctrina, no ha querido construir una teoría; el itinerario
de la investigación exegética y teológica está aún por recorrer (ver 3 a), mante-
niendo siempre que la «verdad» que hay que hallar en la Sagrada Escritura será
siempre, en última instancia, «la verdad en sentido plenamente bíblico», es decir,
la voluntad salvífica de Dios sancionada solemnemente en la antigua y en la nueva
alianza, aquella voluntad que Dios ha querido revelar precisamente a través de
la Sagrada Escritura. 26

3. PRINCIPIOS FUNDAMENTALES QUE PRESIDEN LA VERDAD DE LA BIBLIA

La especificación formal «Salvífica» de la Verdad bíblica, afirmada por la


DV, no agota ni resuelve todos los problemas planteados por la inerrancia bíbli-
ca; por otra parte, tampoco es la única indicación conciliar sobre el problema.
En este párrafo intentamos resumir todos los principios fundamentales, afir-
mados por el Concilio Vaticano II o que no se hallan en contradicción con lo
dicho por el Concilio, como principios que presiden la verdad de la Biblia y
su determinación dentro de una hermeneútica bíblica católica. Es evidente que

26
Acerca del concepto bíblico de Verdad, cfr. O. LORETZ, La veri ta della Bibbia;
I. DE LA POTTERIE, La Vérité dans Saint lean, tom. I, pp. 23-26 y tom. II, pp.
1003-1060.
238 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

las reflexiones de los exegetas y de los teólogos contemporáneos, algunos de


los cuales aportaron en calidad de «expertos» una contribución decisiva al Conci-
lio, encuentra aquí su lugar preciso.

a. El objeto formal de la Revelación y de la Verdad bíblica

No trato de repetir aquí cuanto llevamos dicho sobre el texto definitiva


la DV 11 acerca de la Verdad de la Sagrada Escritura; quiero únicamente r; :.:.]-
tar cómo dicho principio puede expresarse dentro de un proyecto hermenéu ico
y aplicarse en concreto.
La Revelación histórica de la Biblia comprende contenidos que son tairV ;r
objeto —ñata propia principia— de la filosofía, de la historia y de las ciencias
exactas. Para juzgar sobre la «verdad» de estos contenidos —afirma Grillmeier—
«no se debe partir de su realidad profana aislada, sino desde el punto de vista
específico de cómo y en qué medida se realiza en ellos el objeto formal de la
inspiración, el «salutis causa» (...). Comunicar la «verdad salvífica» es el objeto
formal constante de la Sagrada Escritura. De esta forma las verdades o noticias
profanas adquieren un carácter salvífico. Han sido seleccionadas y puestas por
escrito en consideración a la salvación. Y no contienen error en cuanto noticias
que contienen la actuación o la revelación salvífica de Dios o en proporción,
mayor o menor, a la relación que tienen con ese actuar divino (...). Inspiración
e inerrancia (o positivamente verdad) se extienden a toda la Sagrada Escritura,
la segunda en grados diferentes, según como se actúe el objeto formal de la Escri-
tura inspirada. Las afirmaciones reveladas saludables en sentido propio, o también
si pretendidas por Dios, determinadas verdades asequibles naturalmente o hechos
naturales constatables, son como tales esencialmente inerrantes; el resto tiene,
respecto a la verdad revelada «nostrae salutis causa», una función de servicio;
es medio o marco de las verdades propiamente pretendidas y por ello participa
de la inerrancia sólo en virtud de este servicio a la Palabra de Dios en el sentido
propio y verdadero. De manera que en la Sagrada Escritura todo participa de
la «ventas quam Deus nostrae salutis causa Litteris Sacris consignari voluit» o
directa y esencialmente, o indirectamente y en virtud de su servicio a la verdad
salvífica. Precisamente en esta gradación se nos da la garantía del «firmiter, íide-
liter et sine errore docere». Mas en los libros sagrados todo está bajo el carisma
de la inspiración».27 P. Grelot28 aplica el principio del objeto formal de la Reve-
lación y de la Verdad bíblica a los ámbitos en los que quedan interesadas la meta-
física, las ciencias naturales y la historia.

a. 1. En el ámbito de la metafísica

«En cuanto a la metafísica, los libros sagrados no tratan de dar ninguna expli-
cación racional de las cosas, elaborada por el camino de la reflexión abstracta
que conduce a la construcción de un sistema coherente como el de Platón, Aris-
tóteles o Filón. Desde este punto de vista técnico, la Biblia no enseña nada. En
compensación contiene la afirmación expresa o implícita de ciertas realidades

27
A. GRILLMEIER, en La «veritá» della Bibbia, pp. 252-254.
28
Cfr. P. GRELOT, en La «verita» della Bibbia. pp. 106-124.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 239

y de ciertos valores que no caen bajo la acción de nuestros sentidos y que de


alguna manera rigen toda la metafísica: la unicidad del Dios vivo, la relación
del mundo con Dios definida en términos de creación, la antropología que rechaza
cualquier dualismo, etc.; al afirmarlos, la Revelación rectifica datos racionales
que permanecían oscurecidos, relacionándolos al mismo tiempo con el plan salví-
fico» 29.

a.2. En el ámbito de las ciencias naturales

Al hablar de caso Galileo (véase 1 b) hemos visto ya que la Biblia no trata


de instruirnos sobre la conformación física de las cosas; los autores sagrados
nos hablan de ellas siguiendo las opiniones comunes de su época, como lo habían
ya intuido S. Agustín y S. Tomás. Las ideas pueden cambiar, la ciencia puede
y debe avanzar, sin que el mensaje bíblico sufra detrimento por ello. Al afrontar
estos problemas es fundamental que no se cometan extrapolaciones. El biblista
y el teólogo deben vigilar para no atribuir a la Biblia afirmaciones que ella no
hace; pero al mismo tiempo también el científico debe atender para no introdu-
cir dentro de su teoría, de forma subrepticia, afirmaciones metafíisicamente erró-
neas. «Por ejemplo, la idea de creación, debidamente entendida, deja intacta la
cuestión de cómo Dios crea, qué partes confía a las causas segundas en la produc-
ción de los efectos debidos a su acto creador, qué etapas ha atravesado la histo-
ria de la evolución de lo creado, etc.» 30. Incluso en la delicada cuestión de la
afirmación bíblica acerca de la unidad del género humano y de nuestra universal
solidaridad «en Adán», confrontada con el problema paleontológico del «mono-
filetismo» o «polifiletismo» (éstos, más bien que «monogenismo» o «poligenis-
mo», son los términos científicos del problema) hay que ser muy cautos. La misma
Encíclica Humani generis de Pío XII del año 1950 usaba un lenguaje un tanto
desvaido y negativo: «... Por el momento no aparece de ningún modo cómo estas
afirmaciones puedan armonizarse (no dice: «de ningún modo pueden armoni-
zarse») con cuanto las fuentes de la Revelación y los actos del Magisterio de
la Iglesia nos enseñan acerca del pecado original...» (DS 3897; FC 179-180).
Y de hecho la reflexión de los teólogos está empeñada en dar razón de la doctri-
na bíblica y católica del pecado original, incluso dentro de un contexto de hipó-
tesis «filetística» sobre la creación del hombre. 31

a.3. En el ámbito de la historia

El problema de la «historia» en la revelación bíblica y en su interpretación


implica muchos aspectos, de los que no es el menos importante el de la variedad
del género literario «histórico»(ver adelante b); aquí interesa que aplicar el obje-
to formal específico de la revelación bíblica en el ámbito de la historia.
Es de nuevo P. Grelot quien escribe: «La concepción positivista de la ciencia
histórica, que ha dominado todo el s. XIX y de la que son todavía tributarios

29
P. GRELOT, La Bibbia e la Teología, p. 118; más extensamente en La «veritá»
della Bibbia, pp. 107-109 (La Bible Parole di Dieu, pp. 109-111).
30
ID., en La «veritá» della Bibbia, p. 110.
31
cfr. M. FLICK - Z. ALSZEGHY, II peccato origínale, Queriniana, Brescia 1972,
pp. 305-335.
240 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

muchos de nuestros contemporáneos, deja todavía sentir su peso sobre las discu-
siones referentes a este campo. La historia no es un objeto de la ciencia como
los demás; más allá de los fenómenos externos que trata de reconstruir para poder-
se llamar exacta, necesita empalmar con la experiencia humana que constituyó
su unidad y les dio sentido: únicamente bajo esta condición se hacer ••:• •:':•:.'•_•-
ra... Bajo esta perspectiva, es importante no confundir historia exacta con historia
verdadera.
La enseñanza de los libros sagrados no puede ignorar la historia ya que la
revelación no dice referencia a verdades abstractas o a una espiritualidad descar-
nada, sino a un hecho: la realización de la salvación por medio de Cri:. • • '.".•.no
punto culminante de una larga preparación histórica'y punto de partida de una
nueva etapa en el plan salvífico de Dios. Se ve en seguida en qué perspectiva
se sitúa la Escritura al hablar de historia: considera los acontecimientos desde
el punto de vista de las relaciones entre los hombres y Dios, del drama c: • 'v.'.d
en el que estas relaciones vienen a la luz gracias a la situación particular del
pueblo de Dios. Los acontecimientos van adquiriendo un sentido en cua r :••;;.•:
de Dios en el tiempo ...Es evidente que la materialidad de los hechos a .;.•••••.' i-j-.;
es aquí menos importante que su relación con el misterio de la salvación, que
determina su significado. La experiencia pasada del pueblo de Dios e; • .".••'
de esta manera a un nuevo nivel de profundidad: aquel al que sólo se tiene acce-
so por la fe. En suma, la enseñanza positiva de los autores sagrados hace reve-
rencia a la historia como misterio, cualquiera que sea la naturaleza de los mate-
riales que emplea para expresar el aspecto fenoménico». 32.

b. Los «géneros literarios» y la verdad de la Biblia

Asentado el principio teológico fundamental del objeto formal específico de


las afirmaciones bíblicas («en orden a la salvación»), nos hallamos todavía lejos
de haber resuelto todas las cuestiones referentes a la verdad de la Biblia y al
modo de alcanzarla.
El principio teológico del carácter revelatorio-salvífico de la verdad bíblica
no debe hacernos olvidar un principio de crítica literaria, consagrado por la Divino
Afflante Spiritu y confirmado por la Dei Verbum: la determinación y el uso de
los «géneros literarios», indispensables para poder acceder a las auténticas afir-
maciones de la Biblia y a su verdad (véase cap. 18).
Dimos ya la definición de «género literario» (véase cap. 6, 3a), cuya especi-
ficidad es la íntima conexión entre forma literaria y contenido que se quiere expre-
sar y comunicar; de aquí la necesidad de precisar el género literario de un libro
o de un texto de la Biblia, si queremos dar con su significado. Dado que, en
cada época de la historia bíblica, la cultura humana del ambiente ha condiciona-
do el lenguaje y las formas literarias empleadas por la Escritura, ya la Divino
Afflante Spiritu recordaba al exegeta el deber de «indagar de qué manera la forma
de hablar o el género literario del hagiógrafo pueden conducir a la verdadera

32
P. GRELOT, La Bibbia e la Teología, p. 119 s.; más extensamente, cfr. ID.,
en La «veritá» della Bibbia, pp. 111-124 (Scrittura e storia) y pp. 130-145 (II problema
del mito. II problema della storia nell'AT e nel NT): La Bible Parole de Dieu, pp. 112-12C
y 124-133.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 241

exacta interpretación» de los textos bíblicos (EB 560). La Dei Verbum hace
¿5 ello un verdadero imperativo:

«Para recabar la intención de los hagiógrafos, se debe tener en cuenta entre oirás cosas los géne-
ros literarios. La verdad es diversamente propuesta y expresada en los textos de varias maneras
históricos, proféticos, poéticos, o en otras formas de decir. Por otra paite es necesario que el intér-
prete investigue el sentido que el hagiógrafo trató de expresar y expresó en determinadas circunstan-
cias, según las condiciones de su tiempo y de su cultura, por medio de los géneros literarios usados
entonces. Para comprender en su justo valor lo que el autor sagrado ha querido afirmar al escribir,
se debe prestar la debida atención tanto a los modos habituales y originales de entender, expresar
y narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a los que entonces estaban en uso en la comu-
nicación humana» (DV 12; para un examen detallado de este texto, véase cap. 18, A. 2).

Pongamos el ejemplo del libro de lonás. Nos produce la impresión de una


narración histórica: la narración de la histórica misión de un profeta que tiene
por nombre Jonás. Mas esta impresión se halla después contradicha por una serie
de datos de la narración que no resisten a una crítica histórica; 33 y la historia
del gran cetáceo no sólo se desarrolla en la frontera de lo imaginario y milagre-
ro, sino que —desde el punto de vista literario y etnológico— se inserta en el
contexto de los mitos de engullimiento bastante difundidos en aquel tiempo y
relacionados con la ciudad de Haifa (la Joppe de Jonás). J .L. McKenzie34 describe
así la formación de la narración bíblica: Una leyenda popular surgida en la ciudad
de Haifa o en su entorno se infiltró también en la tradición griega (cfr el mito
de Perseo-Andrómeda) y hasta en los mismos hebreos; en Israel, la historia quedó
relacionada con el nombre del profeta Jonás (del que 2 Re 14, 25 nos proporcio-
na únicamente el nombre) tal vez porque Jonás significa en hebreo paloma, que
encarna maravillosamente al pueblo de Israel (cfr. Os 7, 11) ingenuo y culpable
al mismo tiempo.
En Israel y en la cultura de su tiempo se enseña contando; y en la narración,
no pueden faltar sucesos y personajes, que deben ante todo despertar la curiosi-
dad, agradar y divertir. «El libro (de Jonás) se propone agradar y también isntruir:
es un escrito didáctico. Su enseñanza señala una de las cumbres del Antiguo
Testamento... Rompiendo con el particularismo en el que se veía tentada a ence-
rrarse la comunidad postexílica, predica un universalismo extraordinariamente
abierto... En Mt 12, 14 y Le 11, 29-32, nuestro Señor pondrá como ejemplo
la conversión de los ninivitas, y Mt 12, 40 verá en Jonás, encerrado en el vien-
tre del monstruo, lafigurade la permanencia de Cristo en el sepulcro. Este empleo

33
Por ejemplo, en la época de Jeroboam II y de Jonás, de quienes trata 2 Re 12,
Nínive no era ni siquiera la residencia del Rey de Asiría; no se podía hablar a la sazón
de Nínive como de una metrópoli: las ruinas de la ciudad, excavadas por los arqueólo-
gos, no corresponden a una ciudad que para atravesarla eran necesarios tres días de camino;
una ciudad que tiene 120.000 niños supone una población de un millón de habitantes,
cifra imposible para Nínive: el título de «Rey de Nínive» no aparece jamás en los docu-
mentos bíblicos ni asirios, en los cuales se habla siempre del Rey de Assur; si la Biblia
fuera del libro de Jonás, ni los anales asirios contienen una palabra sobre la misión de
un profeta y la conversión sensacional de Nínive; la lengua hebrea en que está redactado
el libro de Jonás es reciente y tiene paralelos con la de Esdras-Nehemías y Crónicas:
estamos por tanto en el post-exilio; etc.
34
Cfr. voz Ciona, en DB, pp. 415 s.
242 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

de la historia de Jonás no debe invocarse como prueba de su historicidad: Jesús


utiliza este apólogo del Antiguo Testamento como los predicadores cristianos
utilizan las parábolas del Nuevo; se trata del mismo afán de enseñar por medio
de imágenes familiares a los oyentes, sin emitir ningún juicio sobre la reí ,-':'•
de los hechos» 35. En lo que respecta al uso tipológico de la historia de Jonás
en Mt 12, 40 debemos recordar que existen en el NT «tipologías» no sólo histó-
ricas, sino también literarias.
Nos encontramos con un caso parecido en Hb 7, 1-3, a propósito de Melqui-
sedee al que en la narración de Gn 14, 17 ss se le presenta «sin padre, sin madre,
sin genealogía», cosa insólita dentro de los personajes bíblicos importantes, y
que por lo tanto resulta literariamente un «tipo» de Jesucristo que permanece
«Sacerdote eterno», sin genealogía.
Asentando también este indispensable instrumento, debe todavía afirmarse que
el uso de los «géneros literarios» no constituye una «panacea» que resuelve todos
los problemas: «Con tanto hablar de los géneros literarios, se da la impresión c:
que todas las dificultades acerca de la inerrancia bíblica pueden ser resueltas fácil-
mente llevando a cabo un buen análisis del género literario de los textos en cues-
tión. Pero en realidad no es así»36: la investigación debe intentar nuevas direcciones.

c. Progreso de la Revelación y verdad de las afirmaciones bíblicas

La Biblia es el libro del pueblo de Dios, el instrumento de su divina educr-


ción. El misterio de la salvación se revela en la historia y a través de la historia,
por lo tanto se desarrolla con el tiempo. Dios conduce a los hombres gradúa-
mente hasta el conocimiento de Cristo y la vida en El; «Dios, que había hablad .;
en los tiempos antiguos muchas veces y de diversas maneras a nuestros padres
por medio de los profetas, últimamente, en estos días, nos ha hablado a nosotros
por medio del Hijo...»(ffi> 1, 1-2). La misma DV subraya repetidas veces y de
diversas formas la dimensión histórica y el carácter progresivo de la Revelación
bíblica (véase cap. 3, 6), y no teme reconocer que los libros del AT «contiene''
cosas imperfectas y temporales».

«La economía del AT estaba sobre todo ordenada a preparar, a anunciar proféticamente (cfr Le 24,
44; Jn 5, 39; 1 P 1, 10) y a significar mediante diversos tipos (cfr 1 Co 10, 11) la venida de Cristo
redentor del universo y del Reino Mesiánico. Además los libros del AT de acuerdo con la condición
del género humano antes de los tiempos de la salvación llevada a cabo por Cristo, ponen de manifiesto
a todos el conocimiento de Dios y del hombre y la manera con que Dios justo y misericordioso se comporta
con los hombres. Los cuales libros, aun cuando contienen cosas imperfectas y temporales (quamvis etiam
imperfecta et temporánea contineant), demuestran con todo una verdadera pedagogía divina...» (DV 15).

Existe, por lo tanto, una historia de la Revelación, de la que se deriva una


serie de consecuencias desde el punto de vista dogmático y moral.

c.l. Desde el punto de vista dogmático

«Desde el punto de vista dogmático, ningún texto del AT presenta un doctri-


na completa sobre un determinado punto de la fe. Hay que releerlos todos ellos

35
Biblia de Jerusalén, p. 1055.
36
N. LOHFINK, en La «veritá» della Bibbia, p. 56.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 243

s partir de Cristo, proyectando sobre ellos su luz, para poder entender su alcan-
ce exacto. Esto no significa que ellos no tengan en sí mismo ningún elemento
positivo, pero al mismo tiempo se hacen eco de las ignorancias humanas (por
ejemplo, a propósito de la retribución en la otra vida), o bien usan fórmulas imper-
fectas a las que la historia de Cristo dará el verdadero sentido (por ejemplo, con
relación al mesianismo real). La verdad de estos textos no es por lo tanto abso-
luta bajo todos los aspectos: sino proporcional a la luz que Dios infunde a sus
autores, en atención a la situación en la que se encontraba en aquel momento
la comunidad de salvación y al cometido que ellos debían llevar a cabo dentro
de la pedagogía divina». 37

c.2. Desde el punto de vista moral

«Desde el punto de vista moral sucede lo mismo. La revelación de la ley de


perfección ha llegado solamente con Cristo, y con ella el don del Espíritu que
permite al hombre cumplir los mandamientos. Anteriormente, nos encontramos
en la Escritura más de una vez imperfecciones, a causa de la «dureza de cora-
zón» (Mí 19, 8), que Jesús deberá corregir para llevar a cumplimiento la Ley
y los Profetas (Mt 5, 17-19). Por lo tanto, el contenido positivo de los textos
puede ser valorado únicamente con la ayuda de un criterio proporcionado por
el NT. Así la verdad de los textos bíblicos resulta de la totalidad de la Biblia
de manera que la teología bíblica es histórica por naturaleza: debe seguir el desa-
rrollo de las ideas y de los argumentos de cabo a rabo de los dos Testamentos
para asentar las bases de la dogmática y de la moral cristiana» 38 .

c.3. Algunas dificultades concretas de «moral» en la lectura del AT

Establecido que el objeto de la verdad bíblica no es el comportamiento de


las personas como tal sino el juicio que de ellas nos da el autor sagrado; esta-
blecido asimismo que —conforme a la DV 15 y al principio expuesto más
arriba en c.2— el criterio de honestidad moral, sobre el que los autores del
AT (especialmente los más antiguos) juzgan las acciones y el comportamiento
de los personajes, no es el criterio de la moral del Evangelio, examinemos algu-
nos casos concretos de discutida moralidad o de inmoralidad que se hallan en
el AT. 39.

I o La costumbre del jerem, o del entredicho lanzado sobre las ciudades


enemigas de Israel, con la consecuente muerte total (o casi) de sus habitantes
incluidos mujeres y niños (cfr. Jue 6-8; 10, 28; 11,20).
—El jerem era una costumbre de las guerras de aquellos tiempos. Un ejem-
plo: en la «Stela de Mesha» se nos cuenta como Mesha, rey de Moab, enemigo
de Israel, combatió contra las ciudades israelitas, las asedió y las entregó al entre

37
P. GRELOT, La Bibbia e la Teología, p. 120: cfr. ID., en La «venta» della Bibbia,
pp. 125-127.
38
Ibid., p. 121; cfr. ibid., 127 s.
39
Para un tramiento más amplio, cfr. J. LEVIE, La Bible parole humaine et messa-
ge de Dieu, pp. 261-275.
244 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

dicho para hacer homenaje a su Dios, al Dios Kamosh. 40. El rey se sentía vica-
rio y lugarteniente de la divinidad; su victoria era victoria de su Dios; la ciudad
enemiga se convertía en objeto de una ofrenda sacrificial en honor a Dios, protec-
tor del país y del ejército.
—El jerem del libro de Josué resulta mucho más moderado. La destrucción
de los centros cananeos debió de ser mucho más limitada, si de hecho —a juzgar
por el libro de los Jueces— los israelitas, aun después de la destrucción llevada
a cabo por Josué en virtud del jerem, fueron obligados a vivir codo con codo
con los cananeos y a sufrir sus influjos idolátricos. Josué es un libro de caráct: •
épico, con todas las exageraciones y simplificaciones típicas de las narraciones
de este género.
—En los libros históricos del AT, el jerem desaparece tras la guerra de Saúl
contra los Amalecitas (cfr Srn 15, 1 ssj. Señal de que la práctica del jerem, recuer-
do de los tiempos primitivos y bárbaros, desaparece entre los israelitas con el
progreso religioso y moral del pueblo de Dios.
—La dificultad más grave surge frente a ciertos pasajes del Deuteronom'
(cfr Dt 2, 34; 7, 1-7; 13, 13-19; 20, 10-15: el jerem aplicado a las «cuidades
lejanas»; cfr Dt 20, 16-18: el aplicado a las «cuidades vecinas») donde paree:
ser que el jerem no sólo era agradable a Dios sino incluso mandado por Dios.
A este propósito y nunca prescindiendo de la revelación histórica y progresi-
va de la Biblia, se deben tener en cuenta dos hechos. Primero: el jerem íie-r;
diversos grados de intensidad y extensión según la mayor o menor proximid-.-J
de la ciudad enemiga Israel (ver los textos del Dt citados arriba): Señal de que
en el fondo del jerem bíblico está la preocupación y el intento de salvaguarcr.r
a Israel de la idolatría, que constituía el peligro mortal del Yahvismo. Segunda:
se puede distinguir entre «voluntad-mandato»de Dios e «interpretación humar:*
contingente y temporal del querer y del mandato divino. La idea religiosa q.'o
inspira el entredicho es el deber por parte de Israel de permanecer fiel a Yahvé
y a su alianza y por lo tanto de evitar todo peligro de contaminación idolátrica:
tan verdad es esto que también se aplicaba el jerem a una ciudad israelítica que
estuviese contaminada de idolatraía (cfr Jos 13, 13-19). Pero las medidas toma-
das, es decir, el jerem concreto, son las que imponían las costumbres del tien>
po; ellas constituían la inevitable (entonces) interpretación humana y contingen-
te del imperativo divino contra la idolotría.

2. 0 La matanza sobre el monte Carmelo por obra de Elias el Profeta (IR lo)

—Pareció a los contemporáneos la justa réplica a la matanza de profetas «.'.o


Yahvé decretada por Jezabel, mujer del impío Acab (cfr. 1 R 18, 4; 19, 10-14).
—Todo el conjunto del «ciclo de Elias» tiene claramente el carácter de trac-
ción popular, con las simplificaciones y exageraciones típicas de este género
literario.
—La matanza parecida de Jehú frente a Jezabel y los descendientes de Acab.
aprobada en 2 R 9, 30-10, 1 ss, aparece condenada expresamente en el profeui
Oseas (cfr Os 1, 4-5).

40
Para el texto de. la «estela de Mesha», cfr. G. RICCIOTI, Storia dTsraele, vol.
I (Dalle origini all'esilio), SEI, Torino 1960, parr. 439.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 21

—El Espíritu que está a la base de estas típicas aplicaciones de la antigua


«ley del talión», queda anulado y rechazado por Jesús (cfr. 2 R 1, 10 y Le 9,
54; Ex 21, 24 y Mt 5, 38-42).

3.° Venganza y salmos imprecatorios

—La «Ley del talión» (Ex 21,23-24), presente también el el códice de Hamniu-
rabi, imponiendo un castigo igual al daño sufrido, trata por sí de limitar los exce-
sos de la venganza privada a la que enaltece el canto de la espada de Lamec
(cfr Gn 4, 23-24). En la sociedad nómada o seminómada del desierto, ausentes
la policía y los tribunales, la ley del talión constituía un correctivo a la venganza
ilimitada e indiscriminada, el único instrumento de defensa que tenía la perso-
na, la familia, el clan, la tribu.
—En cuanto a los «salmos imprecatorios» o «de maldición», no sólo contra
los enemigos de la nación (cfr Sal 137) sino también contra los enemigos perso-
nales (cfr Sal 58, 4-12; 109, 1-20, etc.), es preciso tener en cuenta dos factores:
Primero, se invoca la venganza divina porque se tiene un concepto sumamente
sensible de la justicia del Dios Yahvé, quien ha prometido dar a cada uno según
sus obras y debe hacer justicia del impío y de su impiedad por los daños que
ha inferido al justo. Pero, en una etapa todavía incompleta de la Revelación,
la idea de una justa retribución escatológica (más allá de la muerte) no podía
intervenir en la teología de los salmistas; para ellos la justicia de Dios encuentra
en la vida temporal el único lugar donde se pone de manifiesto y se realiza. Segun-
do. La verdadera solución está en el Nuevo Testamento y más en concreto en
el Evangelio: por una parte, Dios es amor misericordioso y quiere que así lo
sean sus hijos (cfr Mt 18, 21-22; Luc 6, 36; 1 Jn 4, 7-11); por otra parte el
reino escatológico de Dios será la última y definitiva verificación de la justa retri-
bución de Dios a los hombres.

d. La verdad de cada uno de los textos dentro de la globalidad de todo el


mensaje del AT y NT

Este es, a mi parecer, un punto de vista más amplio respecto a la dimensión


histórica y progresiva de la Revelación bíblica, de la que hablamos en c. Es el prin-
cipio hermenéutico de la analogía Scripturae, consagrado por la misma Dei Verbum:
«para recabar con exactitud el sentido de los textos sagrados, se debe atender con
no menor diligencia al contenido y a la unidad de toda la Escritura» (DV 12). Escribe
P. Grelot: «Ministros de la Palabra de Dios en su tiempo, los escritores bíblicos
integraron su mensaje personal dentro de un mensaje global que forma un todo,
desde Adán a Cristo y hasta el último de los apóstoles. De esta forma cada texto
se relaciona orgánicamente con una arquitectura de conjunto que le comunica sus
justas proporciones» 41. Ya Hugo de S. Víctor decía muy acertadamente que «toda
la Escritura divina es un solo libro y que este único libro es Cristo mismo (Omnis
scriptura divina unus líber est et Ule unus liber. Christus est». La Biblia es en reali-
dad un único gran libro, en el que todo vive en virtud del todo. 42

41
P. GRELOT, en [Link]., La Révélation divine, tom. II, p. 376.
42
Cfr. H. DE LUBAC, Esegesi Medie vale, pp. 592-616 (Concordia dei Testamen-
tí), en particular pp. 607-609.
246 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

También la nueva visión del Canon, o mejor de su lento proceso evolutivo,


sobre todo para muchos libros del AT, acaba por dar una dimensión ulterior
a la analogía Scripturae, como definitivo criterio hermenéutico de cada uno de
los textos o de cada uno de los libros. «La formación del Canon (del AT) post-
exílico, al menos en cuanto podemos saber a este propósito, parece una simp.:
continuación de la formación de nuevos libros, verificados antes del exilie.
Nuevos estratos van superponiéndose a los anteriores; se van introduciendo nuevos
textos, dando lugar a compleejos más vastos. En realidad no existe diferencia
entre la relación que guardan entre sí las diversas obras: Yahvista, Elohista, Sacer-
dotal y la que relaciona la historia deuternimística y la de las Crónicas, aun cuando
las primeras están reunidas en un solo libro (la Torah), mientras que las segur-
das lo están únicamente en el Canon. En ambos casos se han unido diferentes
ensayos históricos, que se corrigen y complementan mutuamente, formando en
su conjunto, en cuanto al significado, un nuevo complejo más vasto. El misir-;.
fenómeno ha tenido lugar en el canon con los libros sapienciales. Ellos se comple-
tan y critican entre sí, formando todos ellos una maravillosa unidad, que es un;,
especie de contrapunto al Pentateuco y a los Profetas (...). Lo antiguo volví:.;
a ser de nuevo iluminado, explicado, completado y reelaborado. Nada quedahu
marginado; todo se retomaba en el camino hacia nuevas metas sólo conocid;;.
por Dios. Cuando un libro era recogido en el canon, su redacción, salvo peque-
ñas añadiduras o glosas, quedaba fija e inmutable. Pero esto valía únicamente
para las palabras, no para las ideas. Ellas en realidad se transformaban cada vez
que un nuevo texto entraba a formar parte del conjunto. De esta forma todo el
canon tendía siempre hacia su sentido pleno y definitivo». 43
De ahí que la «verdad» de cada uno de los textos y de cada uno de los libros
del AT no tendría un carácter de definitividad, sino de apertura y complementarie-
dad» con relación a todo el conjunto de los libros del AT reconocidos en el Canon:
«El todo comprende y conserva también lo particular. En relación al todo, cao;;
libro, cada afirmación, más aún cada uno de los estratos de sentido (colocados,
desde el punto de vista histórico, uno sobre otro) participan de la única inerranck;
de la Biblia. Esta participación es proporcional a la medida en que, dentro del sentido
general de la Escritura, han contribuido a realizar el mensaje total» 44
No sólo eso; sino que el mismo AT en sí mismo considerado no posee un
significado definitivo, ni siquiera tomado en el conjunto de libros reconocidos
en el canon veterotestamentario. En realidad, con la aceptación del canon del
AT por parte de Jesucristo, de los apóstoles y de la Iglesia primitiva, el AT reci-
be del NT su último y definitivo sentido, su última y definitiva «verdad»: «Fueron
Jesús, los apóstoles y la Iglesia primitiva los que realizaron respecto del canon
hebreo, llegado hasta ellos, la decisión de que, precisamente como Antiguo Testa-
mento, debía constituir la prehistoria permanente y el documento auténtico del
Nuevo Testamento, realizado en Jesucristo... Casi podría decirse, con una fórmula
paradójica, que, según la doctrina dogmática de la Inspiración, el Nuevo Testa-
mento fue un «Hagiógrafo» del Antiguo. Propiamente su último hagiógrafo, ya
que él fue el último desarrollo al que fue sometido el Antiguo Testamento» 45

43
N. LOHFINK, en La «verita» della Bibbia, pp. 37-40.
44
Ibid., p. 46.
45
Ibid., p. 42; cfr. todo el párrafo con el significativo título «L'ultimo vero autore
dell'AT», pp. 41-43.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 247

e. Valor perenne del AT

No obstante, una cosa debe quedar bien clara, con el fin de evitar peligrosos
equívocos sobre el AT, sobre su significado y su verdad. La globalidad del sentido
de la Escritora y de su verdad no debe tomarse tínicamente en la dirección AT
NT, sino también en la dirección NT AT. O dicho de otro modo, no sólo el
AT es iluminado por el NT, sino que el NT es iluminado por el Antiguo: «In
Vetere Novum latet, et in Novo Vetus patet»46. La difícil selección que la Igle-
sia ha realizado durante los tres primeros siglos de la era cristiana, es decir,
la del canon que comprende también el canon del AT, es un acontecimiento
dogmático de fundamental importancia. A veces, quizá inconfesadamente, nos
sentimos tentados de pensar: «Si el AT es provisional e incompleto, tomemos
el NT y nos basta». Esto sería herejía, y gravísima pérdida hermenéutica. Cristo
no deroga la Ley y los Profetas, sino que los «lleva a cumplimiento» (Mt 5, 17).
La DV dedica todo el capitulo IV (DV 14-16) al AT y reafirma: el valor
perenne de sus libros, divinamente inspirados; su carácter de economía revela-
toria y salvífica como preparación a la definitiva economía de Cristo redentor;
los tesoros religiosos y morales en él presentes y perennemente válidos, no obstan-
te «las cosas imperfectas y temporales que contiene» (véase c); la unidad y comple-
mentariedad de los Testamentos, que S. Agustín consagró con aquella frase lapi-
daria citada más arriba y recogida en la DV 16.
El tratado de un tema tan articulado sobre el AT no entra en nuestro plan:
remitimos al lector a algunos comentarios del cap. IV de la DV 47 y a algunas
monografías sobre las relaciones entre el AT y el NT 48 . Me parece oportuno
poner el acento sobre la actualidad de las palabras de Pío XI en la Encíclica contra
el Nacismo Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación) del 14 de marzo
de 1937, a la que también hace referencia la DV 15:
«Los libros santos del AT son todos ellos palabra de Dios, parte orgánica de su revelación. Conforme
al desarrollo gradual de la revelación, se va abriendo sobre ellos el crepúsculo del tiempo que debía
preparar el pleno mediodía de la redención. En algunos de sus pasajes se habla de la imperfección huma-
na, de su debilidad y del pecado, como no puede ser de otra manera, cuando se trata de libros de historia
y de legislación. Además de innumerables cosas sublimes y nobles, nos hablan de la tendencia superficial
y material, que aparecía varias veces en el pueblo del antiguo pacto, depositario de la revelación y de
las promesas de Dios. Mas para todo aquel que no está cegado por el prejuicio o la pasión, no puede
menos de resplandecer de forma luminosa, a pesar de la debilidad de la que nos habla la historia bíblica,
la luz divina del camino de la salvación, que triunfa al final sobre todas las debilidades y pecados.
Y es precisamente sobre este fondo, no pocas veces oscuro, donde la pedagogía de la salud eter-
na amplía sus perspectivas, las cuales al mismo tiempo dirigen, amonestan, sacuden, levantan y

46
S. Agustín, Quaest. in Hept. 2. 73: PL 34, 623.
47
Cfr. L. ALONSO SCHÓKEL, en [Link]., La Révélation divine, tom. II, pp.
383-400; ID., en [Link]., La Bibbia nella Chiesa dopo la «Dei Verbum», pp. 109-133;
A. KERRIGAN, en [Link]., Commento alia Cost. Dog. sulla divina Rivelazione, pp.
155-185; A. PENNA, en [Link]., La Cost. Dogm. sulla divina Rivelazione, pp. 323-366.
48
Cft'r. P. GRELOT, Sentido cristiano del Antiguo Testamento; ID., La Bibbia e
la Teología, prima parte: L'antica Alleanza, pp. 1-79; C. LARCHER, L'Actualité chré-
tienne de l'Ancien Testament («Lectio divina», 34), Du Cerf, París 1962; J. COPPENS,
Les Harrnonies des deux Testaments. Desclée, Tournai-Paris. 1949; H. DUESBERG,
Les valeurs chrétiennes de l'Ancien Testament. Casterman, Tournai-Paris 1950; S.
AMSLER, L'Ancien Testament dans l'Église, Delachaux, Neuchatel 1960.
248 LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS

traen la felicidad. Sólo la ceguera y la obstinación pueden hacer que cerremos los ojos a los tesoros
de saludables enseñanzas, escondidos en el AT. Por lo tanto quien pretenda eliminar de la lgles 'u
y de la enseñanza la historia bíblica y las sabias enseñanzas del AT, blasfema de la palabra di
Dios, blasfema del plan salvífico del Onminopotente y erige en juez de los planes divinos un estre
cfw y raquítico pensamiento humano»*"'.

El antisemitismo es una constante tentación y suele llevar consigo tambiéi


un desprecio por el AT. Pues bien, el Concilio Vaticano II nos recuerda que
una sólida educación religiosa y moral de los cristianos pasa a través de una
lectura asidua y devota del AT, para aprender de él la sublime lección del progre-
sivo actuarse de la revelación y de la salvación, del sentido religioso de la presen-
cia de Dios como Dios viviente, de la saludable sabiduría incluso humana que
debe guiar la existencia del hombre, del difícil, pero maravilloso arte de la
oración. La DV no pretende darnos una síntesis de teología y de espiritualidad
bíblica, pero sí nos ofrece ejemplos de gran actualidad. Pensemos, entre otros
ejemplos, en la creación cósmica entregada a la custodia activa y responsable
de los hombres, en los valores perennes de la antropología bíblica,50 en la dimen-
sión histórica y social de la salvación (véase cap. 18 B, 5) particularmente subra-
yadas en el Exodo y en los Profetas.
En mis conversaciones, me gusta repetir: «Es preciso que seamos sanamente
veterotestamentarios para llegar a ser buenos neotestamentarios, buenos cristianos»

Conclusión—Si he dedicado un largo capítulo al problema de la verdad sir


error en la Biblia, es porque el problema es real y no se resuelve con respuestas
simplonas, repletas de frases manidas. El cristiano que cree en la Inspiración
y en la Verdad del mensaje bíblico, debe aprender a dar razón, en nuestros días,
de su propia fe.
El Concilio Vaticano II ha prestado indudablemente un servicio histórico <
la fe de los cristianos, con el nostrae salutis causa de la DV 11.
Pero, una vez profesada la verdad de la Escritura en el sentido global expli-
cado y en base a la naturaleza de la Biblia como mensaje de salvación, nos encon-
tramos todavía lejos de haber resuelto todas las cuestiones referentes al sentido
de tal o cual afirmación y a sus límites, de haber eliminado todas las dificulta-
des. El mismo principio de los «géneros literarios», instrumento que no pode-
mos dejar de lado en nuestros días, no resuelve todas las dificutades y exige
honestidad y rigor científico, unidos a valentía y apertura. Por otra parte, no
debe jamás olvidarse que también las proposiciones de la Sagrada Escritura han
sido pronunciadas dentro de unos horizontes de comprensión, histórica, cultura]
y teológicamente condicionados.
Finalmente, un católico que trata de hallar la verdad de la Biblia, «debe tener
en cuenta la tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe» (DV 12).
criterios de los que hablaremos en el capítulo 18.
Sólo teniendo en cuenta y aplicando estos principios y teniéndolos simultá-
neamente presentes (por lo tanto no aislados, ni absolutizando ninguna de las

49
PIO XI, Mil brenneder Sorge 3 (I. GIORDANI, La Encieliehe social i dei Papi,
Studium, Roma 19564, p. 579 s. .
50
Cfr. V. MANNUCCI, Ecco l'uomo. Appunti per una «antropología bíblica», pp.
LA VERDAD DE LA BIBLIA 249

pistas de reflexión a seguir), sin recurrir a la estrategia de arreglos arbitrarios


o camuflando vilmente las dificultades, no sólo se sale al paso satisfactoriamen-
te a las muchas dificultades que la lectura de la Biblia presenta a! hombre contem-
poráneo, sino que se abre la mente y el corazón a la Verdad de la Biblia, una
verdad que debe ser comprendida, defendida y sobre todo vivida:

«Hijo de hombre, los hijos de tu pueblo hablan de ti junto a las paredes y a las puertos de sus
casas y se dicen unos a otros: Vamos a oír qué palabra sale del Señor. Y vienen a ti en tropel y
mi pueblo se sienta delante de ti; escuchan tus palabras, pero no las ponen por obra. Porque hay
amores en su boca, pero su corazón va tras su avaricia.
Tú eres para ellos como una canción de amor: bella es la voz y agradable el acompañamiento
musical. Ellos escuchan tus palabras, pero no las practican. Mas cuando esto llegue, y ya está llegando,
sabrán que había un profeta en medio de ellos» (Ez 33, 30-33).

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