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Nikolái Lilin
EDUCACIÓN
S IBERIANA
Traducción del italiano de
Juan Manuel Salmerón
Título original: Educazione siberiana
Imagen de la cubierta: Stefano Fusaro, Kolima, 2009
Copyright © Giulio Einaudi editore s.p.a., Torino, 2009
Copyright de la edición en castellano © Ediciones Salamandra, 2010
Los dibujos que aparecen en el texto son detalles de los tatuajes originales, obra del autor.
Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.
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cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento
informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler
o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-9838-272-3
Depósito legal: B-23.985-2010
1ª edición, marzo de 2010
2ª edición: mayo de 2010
Printed in Spain
Impresión: Romanyà-Valls, Pl. Verdaguer, 1
Capellades, Barcelona
«Unos gozan la vida, otros la sufren,
nosotros la combatimos.»
ANTIGUO PROVERBIO
DE LOS URCAS SIBERIANOS
Contenido
Sé que no se hace ......................................................... 11
La gorra de ocho triángulos y la navaja automática....... 15
Cuando la piel habla..................................................... 79
Boris el maquinista....................................................... 100
El día de mi cumpleaños .............................................. 106
Cárcel de menores ........................................................ 215
Xiusa ............................................................................ 240
Caída libre.................................................................... 329
Sé que no se hace
Sé que no se hace, pero estoy tentado de empezar por el final.
Por aquel día que recorríamos las habitaciones de un in-
mueble en ruinas disparando contra el enemigo casi a bocaja-
rro, por ejemplo.
Estábamos agotados. Los paracaidistas se relevaban, pero
nosotros, los saboteadores, llevábamos tres días sin dormir. Se-
guíamos adelante como las olas del mar, para evitar que el ene-
migo descansara, maniobrara, se organizara contra nosotros;
combatiendo, siempre combatiendo.
Aquel día Zapato y yo subimos al último piso para inuti-
lizar la última ametralladora pesada y lanzamos dos bombas
de mano.
En medio del polvo que caía del techo e impedía ver nos
hallamos frente a cuatro enemigos que, al igual que nosotros,
daban vueltas como gatitos ciegos en una nube de polvo gri-
sáceo, sucio, que olía a escombros y humo.
Allí en Chechenia nunca había disparado tan de cerca
contra nadie.
A todo esto, en la primera planta, nuestro capitán había
hecho un prisionero y abatido a ocho enemigos él solo.
Zapato y yo salimos del edificio completamente aturdi-
dos. El capitán Nosov estaba ordenando a Mosca que vigilara
al prisionero árabe mientras él, Cucharón y Cenit bajaban a
inspeccionar el sótano.
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Me senté en la escalera junto a Mosca y frente al árabe que,
asustado, intentaba decir algo. Mi compañero no lo escucha-
ba, estaba rendido y se caía de sueño, como todos. En cuanto
el capitán se dio media vuelta, Mosca sacó la pistola del chale-
co, una Glock austríaca, uno de sus trofeos, y con expresión
desdeñosa le pegó dos tiros, en la cabeza y el pecho.
El capitán se volvió y sin decir nada lo miró con pena.
Mosca se sentó junto al cadáver y, acometido de un re-
pentino desfallecimiento, cerró los ojos.
El capitán se quedó mirándonos como si sólo entonces
nos reconociera de verdad y dijo:
—Muchachos, ya está bien. Todos a los coches, a reta-
guardia a descansar.
Uno tras otro, como zombis, echamos a andar hacia los
vehículos. Sentía la cabeza tan cargada que, si me hubiese de-
tenido, estoy seguro de que me habría estallado.
Dejamos el frente y volvimos a la zona que nuestra infan-
tería tenía controlada. Nos dormimos al instante, no tuve
tiempo de quitarme el chaleco ni las bolsas atadas al cinturón,
caí como un muerto.
Al poco me despertó Mosca dándome en el pecho del
chaleco con la culata del Kaláshnikov.
Abrí los ojos despacio, con desgana, y miré a un lado y
otro; no recordaba dónde estaba ni lograba enfocar la mirada.
Mi compañero tenía cara de cansancio y masticaba un tro-
zo de pan. Fuera estaba oscuro, era imposible saber la hora.
Consulté el reloj pero no veía los números, todo parecía en-
vuelto en niebla.
—¿Qué pasa? ¿Cuánto hemos dormido? —pregunté a
Mosca con voz fatigada.
—Hemos dormido un huevo, hermano... Y creo que
ahora nos tocará estar despiertos un buen rato.
Me llevé las manos a la cara, quise cobrar fuerzas para le-
vantarme y empezar a pensar. Necesitaba dormir más, no po-
día con mi alma. Tenía el uniforme sucio y húmedo, el chale-
co apestaba a tierra y sudor, estaba hecho un guiñapo.
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—Arriba, tíos, en marcha... Que nos necesitan —dijo
Mosca, tratando de despertar a los demás.
Estaban todos extenuados, no querían levantarse. Pero
entre quejas y maldiciones acabaron poniéndose en pie.
El capitán Nosov se paseaba con el auricular pegado a la
oreja, acompañado de un soldado que, con la radio de campo
a cuestas, lo seguía como un animal doméstico. Enfadado, re-
petía a alguien por el auricular que era el primer descanso que
nos tomábamos en tres días, que estábamos exhaustos. Fue
en vano, pues de pronto, con una voz que parecía tabletear,
Nosov dijo:
—¡Sí, mi coronel! ¡A sus órdenes, mi coronel!
Es decir, que nos mandaban de nuevo al frente.
No quise ni pensarlo.
Me acerqué a un bidón lleno de agua que había allí y metí
las manos: estaba fresquísima y sentí un escalofrío. Hundí la
cabeza y, conteniendo la respiración, la mantuve sumergida.
Abrí los ojos y lo vi todo oscuro; me asusté, saqué deprisa
la cabeza y respiré hondo.
Aquella oscuridad me produjo una extraña impresión;
me dije que así podía ser la muerte, algo oscuro y sin aire.
Me quedé contemplando el interior del bidón, donde vi
oscilar mi reflejo mientras pensaba en lo que había sido mi
vida hasta ese momento.
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La gorra de ocho triángulos
y la navaja automática
En Transnistria, febrero es el mes más frío. Sopla un fuerte
viento y el aire es tan helado que casi escuece la cara; la gente
va por la calle abrigada como una momia y los críos, enfunda-
dos en mil prendas y con bufandas que les llegan a los ojos,
parecen muñecos.
Nieva mucho, los días son cortos y oscurece muy pronto.
Vine al mundo ese mes. Era tan poca cosa que en la anti-
gua Esparta me habrían eliminado sin dudarlo. En cambio,
me metieron en una incubadora.
Nací un mes antes de lo debido y salí con los pies por de-
lante, aunque en mí había muchas más cosas irregulares. Una
amable enfermera le dijo a mi madre que debía hacerse a la
idea de que yo no viviría mucho. Mi madre lloraba mientras
un aparatito le extraía la leche que habían de darme en la in-
cubadora. No debió de ser un momento feliz para ella.
Desde mi nacimiento, y quizá por costumbre, he dado
innumerables disgustos y privado de muchas alegrías a mis
padres (a mi madre, mejor dicho, porque mi padre pasaba de
todo, hacía su vida criminal, robaba bancos y permanecía
mucho tiempo en la cárcel). No sé las trastadas que haría de
niño. Pero es natural, me crié en un barrio de mala fama don-
de se establecieron los criminales expulsados de Siberia en los
años treinta; vivía en Bender entre ellos, y los habitantes de
mi criminalísimo barrio formábamos una gran familia.
15
• • •
De pequeño los juguetes no me interesaban. Mi diversión a
los cuatro o cinco años era pasearme por casa esperando a que
mi abuelo o mi tío desmontaran y limpiaran las armas; lo ha-
cían con gran esmero y cariño, y muy a menudo, pues tenían
muchísimas. Mi tío decía que las armas son como las mujeres,
que si no las acaricias bien se te traban y te traicionan.
En mi casa, como en los demás hogares siberianos, las ar-
mas se guardaban en sitios muy concretos. Las pistolas «pro-
pias», esto es, las que los criminales siberianos llevan siempre
encima y usan a diario, se dejan en el estante del llamado «rin-
cón rojo», que es donde se cuelgan los iconos de la familia así
como las fotos de los parientes muertos y de los que están en
la cárcel. Dicho estante se halla cubierto con una tela roja y en él
siempre hay varios crucifijos siberianos. Cuando un criminal
entra en una casa, enseguida se dirige al rincón rojo, deja la
pistola en el estante, se santigua y coloca un crucifijo encima.
Esta antigua tradición garantiza que en los hogares siberia-
nos no se usen armas; de lo contrario, sería imposible seguir
viviendo en la casa en cuestión. El crucifijo es una especie de
sello que sólo se quita cuando el criminal abandona la casa.
Las pistolas propias, llamadas «amante», «tía», «tronco»,
«cuerda», no significan gran cosa ni tienen mucha importan-
cia, son simples armas, no objetos de culto como la «pica», la
navaja tradicional; son, en definitiva, instrumentos del oficio.
Además de las pistolas propias, en las casas de los crimi-
nales siberianos hay otras armas, divididas en dos grandes ca-
tegorías: las «honestas» y las «pecaminosas». Son «honestas»
las que solamente se emplean para cazar en el bosque. Según
la moral siberiana, la caza es una práctica purificadora que de-
vuelve al ser humano a la condición en que se hallaba cuando
Dios lo creó. Los siberianos nunca cazan por placer, sino para
alimentarse, y solamente en los bosques de su patria, en la tai-
ga. No practican la caza en lugares donde puede conseguirse
comida sin matar animales salvajes. En una semana de cace-
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ría en el bosque, los siberianos no suelen matar más que un
jabalí; se pasan el tiempo caminando. En esta práctica no
cabe otro interés que el de la super vivencia, circunstancia que
influye profundamente en la ley siberiana y constituye un
fundamento moral de humildad y sencillez, así como de res-
peto a la libertad de cualquier ser vivo.
Las armas honestas que se usan para cazar se guardan en
un lugar especial llamado «altar», junto a los cinturones his-
toriados de los dueños de la casa y sus antepasados. De estos
cinturones siempre penden cuchillos de caza y bolsas con ta-
lismanes, objetos mágicos del paganismo siberiano.
Las armas pecaminosas son las empleadas con fines cri-
minales. Suelen guardarse en el sótano y en escondites en el
patio. Todas las armas pecaminosas llevan grabada en algún
punto la imagen de una cruz o un santo, y han sido «bautiza-
das» en iglesias siberianas.
Las armas preferidas de los siberianos son los fusiles de
asalto Kaláshnikov. En jerga criminal, cada modelo, calibre y
tipo de munición reciben un nombre, y no se usan abreviatu-
ras ni siglas. Por ejemplo, el viejo AK 47 calibre 7,62 se deno-
mina «sierra», y sus proyectiles, «cabecillas». El más moderno
AKS calibre 5,45 con culata plegable se llama «telescopio», y
sus balas, «astillas». También las diversas clases de proyectiles
tienen nombres jergales: los de cabeza negra con el centro de-
sequilibrado se llaman «chichas»; los de cabeza blanca capa-
ces de perforar vehículos blindados, «clavos»; los de cabeza
blanca y roja, explosivos, «chispas».
Lo mismo vale para el resto de las armas: los fusiles de pre-
cisión se llaman «caña de pescar» u «hoces», y si llevan silencia-
dor integrado, «látigo». Los silenciadores se denominan «za-
patón», «terminal» o «gallo del bosque».
Según la tradición, las armas honestas y las pecaminosas
no pueden estar en la misma estancia; en caso contrario, el
arma honesta se contamina y ya no puede usarse jamás, pues
trae mala suerte a la familia. Entonces hay que destruirla si-
guiendo un ritual específico: se la entierra envuelta en una sá-
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bana sobre la que haya dado a luz una mujer. Según las creen-
cias siberianas, todo lo relacionado con el parto está cargado
de energía positiva, porque los recién nacidos son puros y se
hallan libres de pecado. Se cree que la pureza tiene el poder
de conjurar la desgracia. Allí donde se entierra un arma con-
taminada se planta un árbol, para que, si la maldición se acti-
va, destruya el árbol y no se extienda.
En casa de mis padres había armas por todas partes, mi
abuelo tenía un cuarto lleno de las de tipo honestas: fusiles de
varios calibres y marcas, cuchillos y munición de diferentes
clases. Sólo podía entrar allí acompañado de un adulto, y una
vez dentro procuraba quedarme todo el tiempo posible. Co-
gía las armas, las examinaba de arriba abajo y hacía tantas
preguntas que al final me decían:
—¡No preguntes más! Ten paciencia, cuando seas mayor
podrás probarlas todas...
Y, claro está, estaba deseando ser mayor.
Miraba encantado a mi abuelo y mi tío manejando las ar-
mas, y al tocarlas me parecían criaturas vivas.
Mi abuelo me llamaba a menudo, me sentaba enfrente
de él y, poniendo sobre la mesa una vieja Tókarev, pistola bo-
nita y potente, que se me antojaba el arma más fascinante del
mundo, me decía:
—¿Ves esta pistola? Pues no es una pistola normal, sino
mágica. Cuando ve a un policía cerca le dispara sola, sin que
haya que apretar el gatillo...
Como yo creía realmente en los poderes de aquella arma,
una vez que los policías hicieron una redada en casa monté una
buena.
Ese día mi padre acababa de regresar de un largo viaje a Rusia
central, donde había estado desvalijando furgones blindados.
Habíamos cenado toda la familia y algunos amigos íntimos,
los hombres seguían sentados a la mesa hablando de asuntos
criminales y las mujeres estaban en la cocina fregando los pla-
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tos mientras entonaban canciones siberianas y recordaban
entre risas historias pasadas. Estaba sentado junto a mi abue-
lo en el banco, bebiendo una taza de té caliente y escuchando
a los adultos. A diferencia de lo que sucede en otras comuni-
dades, en la siberiana los niños son respetados y se conversa
en su presencia de cualquier tema, sin misterio ni reserva.
De pronto oímos gritar a las mujeres, y luego voces ner -
viosas; y en unos segundos la casa se llenó de hombres con la
cara tapada que nos apuntaban con Kaláshnikov.
—¿Tú qué miras, puto viejo? ¡Te digo que mires al suelo!
—gritó uno de ellos con voz de loco, acercándose a mi abue-
lo y apuntándolo con el fusil.
Yo no estaba asustado, aquellos hombres no me daban
miedo: el hecho de estar con toda la familia me infundía valor
y me sentía el ser más fuerte del mundo. Pero me irritaba el
modo como aquel hombre trataba a mi abuelo. Los policías
habían rodeado nuestra mesa y nos encañonaban con sus ar-
mas. Al cabo de unos segundos mi abuelo, sin mirar al policía
pero con la cara bien alta, llamó a mi abuela:
—¡Svetlana! ¡Svetlana! Ven un momento, querida, que
has de transmitir unas palabras mías a esta basura...
Según las normas de conducta criminales, un siberiano
no puede hablar con un policía. Le está prohibido dirigirle la
palabra, contestar a sus preguntas y tener cualquier trato con
él. El criminal debe comportarse como si los agentes no exis-
tiesen, y usar de intermediaria a una mujer de la familia o pró-
xima a ella, siempre que sea de origen siberiano. El delincuente
comunica a la mujer lo que quiere decir en lengua criminal, y
ella lo repite en ruso al policía, aunque éste lo haya entendido
todo perfectamente. Cuando el agente responde, la mujer se
vuelve y lo traduce de nuevo en nuestra lengua. El criminal no
debe mirar al policía a la cara, y si lo menciona debe referirse
a él en términos despectivos como «basura», «perro», «gallina»,
«cobarde», «bastardo», «aborto»...
Aquella noche el más anciano del cuarto era mi abuelo:
a él correspondía, según las normas de conducta criminales, el
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derecho de hablar; los demás debían permanecer callados o, si
querían inter venir, pedirle permiso. Mi abuelo era bien cono-
cido por su talento para resolver situaciones críticas.
Entretanto mi abuela, trapo de colores en mano, había
acudido de la cocina. Detrás de ella, mi madre, agitadísima,
miraba a mi padre con aire acongojado, como si estuviera mu-
riéndose.
—Esposa querida, que Dios te guarde, dile a este mierda
que en mi casa, mientras yo viva, nadie andará amenazando
con un arma, ni a mí ni a mis amigos... Pregúntale qué quie-
ren y, por amor de Dios, que bajen esos chismes, o alguno sal-
drá agujereado de aquí.
Mi abuela repitió al policía las palabras de mi abuelo y,
aunque el agente había asentido con la cabeza dando a enten-
der que lo había entendido, ella, por respeto a la tradición, no
calló hasta que lo hubo traducido todo. Era una especie de re-
citado, de teatro, pero había que terminar la representación
por pura dignidad criminal.
—¡Al suelo! Tenemos una orden de arresto contra...
El policía no pudo acabar la frase porque mi abuelo, con
una sonrisa amplia y un tanto maligna, es decir, con su sonrisa
habitual, lo interrumpió.
—¡Por los clavos de Cristo, que murió y resucitó por no-
sotros, pecadores! —dijo a mi abuela—. Svetlana, cariño, pre-
gunta a esta estúpida y a sus amigas si es que vienen de Japón.
Mi abuelo se había referido a los policías en femenino,
que es el recurso que los delincuentes usan para humillarlos.
Todos los criminales soltaron una carcajada.
—No me parecen japoneses, o sea que no tienen madera
de kamikazes... —prosiguió mi abuelo—. ¿Por qué creen que
pueden presentarse armados en pleno Río Bajo e irrumpir en
casa de un criminal honesto que está compartiendo unos mo-
mentos de alegría con otra buena gente?
Las palabras de mi abuelo estaban convirtiéndose en lo
que los criminales llaman «canción», es decir, en esa última
forma de comunicación con los policías que consiste en ha-
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blar el criminal como si estuviese razonando para sí. Expresaba
en voz alta lo que pensaba sin cuidarse de contestar posibles
preguntas ni de mantener contacto alguno. Se procede así
cuando se quiere demostrar al policía que se está diciendo la
pura verdad y que no existe escapatoria.
—¿Por qué veo gente deshonesta con la cara tapada? ¿Por
qué viene esta presencia oscura a deshonrar mi casa y la buena
fe de mis familiares y amigos? ¿Por qué acuden estos hijos
de Satanás a este barrio de gente sencilla y humilde, sierva de
Nuestro Señor y de la Madre Iglesia ortodoxa siberiana, y hie-
ren el corazón de nuestras amadas esposas y queridos hijos?
Entretanto había entrado un policía y le había dicho a su
superior:
—Mi capitán, con su permiso...
—Diga —repuso el otro, un hombre bajo y macizo con
una voz que parecía proceder del más allá. Apuntaba con el
fusil a la nuca de mi padre, quien con cínica sonrisa seguía be-
biendo su té y masticando con no poco ruido los caramelos de
nuez hechos por mi madre.
—¡Estamos rodeados de gente armada, han bloqueado
todos los accesos y tienen de rehén a la patrulla que vigilaba
los vehículos!
En la estancia se hizo el silencio, tan tenso y prolongado
que sólo se oían dos ruidos: el que hacía mi padre al mascar
los caramelos y el leve silbido que producían los podridos
pulmones de mi tío Vitali.
Miré el rostro de un policía que tenía cerca: por los orifi-
cios de la capucha vi que estaba pálido y sudaba. Me recordó
la cara de un cadáver que mis amigos habían sacado del río
meses antes: de piel blanquísima, las venas se le veían negras y
los ojos parecían dos hoyos profundos y sucios. Y en la frente
tenía un orificio: le habían disparado en la cabeza. Aquel po-
licía no tenía ningún agujero, pero creo que en ese momento
los dos pensamos lo mismo: cómo le quedaría una buena bre-
cha en la frente. Esta idea no me causaba impresión alguna,
pero en cambio mi encapuchado parecía muy preocupado.
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En esto se abrió la puerta de la calle y seis hombres, uno
tras otro y desplazando bruscamente al policía que acababa de
dar el fatal parte, irrumpieron en la estancia, todos amigos
de mi padre y mi abuelo. El primero era el tío Viga, guardián de
nuestra zona; los otros, sus ayudantes más cercanos. Mi abue-
lo, haciendo ya caso omiso de los agentes, se levantó y fue a
recibir a los recién llegados.
—¡Por santo Cristo y por todos los parientes benditos!
—exclamó Viga, abrazando a mi abuelo y estrechándole la
mano con afecto—. ¡Abuelo Boris, gracias al cielo que todos
estáis bien!
—¡Ya ves qué tiempos, Viga! ¡No puede uno estar tran-
quilo ni en casa!
Mi tío empezó a referir a mi abuelo lo ocurrido, aunque
en realidad se dirigía a los policías:
—¡Pero no desesperemos, abuelo Boris! Aquí estamos
todos contigo como siempre, en los buenos y en los malos
momentos... Sabes, mi querido amigo, que sin nuestro per-
miso nadie entra ni sale del barrio, menos aún si trae malas
intenciones... —Se acercó a la mesa y uno tras otro fue salu-
dando a todos los criminales, besándolos en la cara y expre-
sándoles el típico deseo siberiano—: ¡Paz y salud a todos los
hermanos y hombres honestos!
—¡Muerte y maldición a los policías y los cobardes!
—contestaban ellos, como manda la tradición.
Los agentes no podían sino asistir impotentes a aquella
emocionante salutación, con los fusiles bajados y abatidos.
Los ayudantes de Viga, por intermediación de las muje-
res, instaron a los policías a abandonar la casa.
—Esperemos que ahora los polis aquí presentes aban-
donen este hogar y no vuelvan nunca jamás. Tenemos a sus
compañeros, a los primeros que cogimos, y no los soltaremos
hasta que hayan salido del barrio... —explicó Viga en tono
plácido y reposado, tanto que de no ser por lo que decía se ha-
bría creído que estaba contando un cuento o una fábula para
dormir a un niño.
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Los agentes estaban aterrados, por la ventana veían el
patio lleno de gente armada hasta los dientes.
Nuestros amigos les hicieron pasillo y uno tras otro em-
pezaron a desfilar cabizbajos.
Yo no cabía en mí de alegría, me daban ganas de bailar,
gritar, cantar, expresar algo importante que no acababa de en-
tender. Sentía que pertenecía a un mundo fuerte y toda la
fuerza de ese mundo crecer en mi interior.
Y sin saber ni cómo ni por qué, salté del banco y corrí
como una exhalación a la sala de estar, al rincón rojo. En el es-
tante, sobre un pañuelo carmesí con bordados de oro, vi las pis-
tolas de mi padre, mi tío, mi abuelo y los invitados. Sin pen-
sármelo, eché mano de la mítica Tókarev de mi abuelo y corrí
detrás de los policías apuntándolos. No sé exactamente qué me
pasaba por la cabeza en aquel momento, sólo que experimen-
taba una especie de euforia, de gozo de vivir. Los policías iban
saliendo despacio. Me planté delante de uno y lo miré a la cara:
tenía los ojos cansados y como inflamados, una mirada triste,
desolada. Recuerdo que por un instante sentí sobre mí el peso
de su odio. Lo miré a la cara y apreté el gatillo con todas mis
fuerzas, pero no logré desplazarlo ni un milímetro. La pistola
me pesaba cada vez más y me costaba sostenerla en alto.
—¡Ven aquí, pie descalzo! ¿No sabes que en casa no se
dispara? —me dijo mi padre, echándose a reír.
Los policías salieron y fueron escoltados por un grupo de
criminales hasta los confines del barrio. Cuando la escolta
volvió, también el coche de los policías rehenes partió, prece-
dido, eso sí, por otro conducido por hombres de Viga que ro-
daba despacio para que los policías no pudieran acelerar y la
gente los increpara a voluntad mientras los acompañaban a
las afueras del barrio en una especie de desfile de la victoria.
Alguien había atado a la trasera del coche policial una cuerda
que arrastraba todo tipo de prendas interiores: bragas, calzon-
cillos, sujetadores, toallas, trapos y hasta una camiseta, contri-
bución de mi padre a la obra denigratoria. Una multitud ha-
bía salido de sus casas para contemplar aquel espectáculo de
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serpenteante ropa íntima, y los críos corrían tras el vehículo
lanzándole piedras.
—¡Vaya con los asquerosos polizontes! ¡Mira que venir al
Río Bajo a robarnos los calzoncillos! —gritaba alguno, entre
silbidos e improperios.
—¿Para qué los querrán? Seguro que el gobierno les ha
cerrado el grifo y se han quedado hasta sin eso.
—¿Y qué hay de malo, hermanos, en ser pobre y no po-
der comprarse ni siquiera un par? Si vienen con honradez y
como hombres de bien, a cara descubierta, nosotros le regala-
mos a cada cual un buen par de calzoncillos siberianos...
—¡Claro que se los regalamos! Pero que avisen antes,
para que se los llenemos...
La gente bromeaba y reía. El abuelo Castaña había cogi-
do un acordeón de su casa y seguía el coche tocando y cantando,
mientras algunas mujeres bailaban. Con toda la potencia de
su voz, alzando la cabeza tocada con una gorra de ocho trián-
gulos y cerrando los ojos como un ciego, entonaba una vieja
canción siberiana que reza así:
1
¡Dime algo, hermana Lena; tú también, hermano Amur!
He recorrido mi tierra a lo largo y a lo ancho,
asaltando trenes y haciendo cantar mi fusil,
¡sólo la vieja taiga sabe a cuántos policías he matado!
¡Y ahora que estoy en apuros, ayúdame, Jesucristo,
ayúdame a empuñar mi pistola!
¡Y ahora que hay policías por doquier, madre Siberia,
madre Siberia, sálvame la vida!
1. Lena y Amur son dos ríos siberianos. Según la tradición, la suerte de un
delincuente depende de ellos; se los adora como a divinidades, se les hacen
ofrendas y se les pide protección en el desempeño de las actividades crimi-
nales. Aparecen mencionados en numerosos proverbios, cuentos, canciones
y poemas. De un criminal afortunado se dice que «su destino lo arrastra
el Lena».
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También yo corría y cantaba, alzándome sin cesar la vise-
ra de la gorra de ocho triángulos, que era demasiado grande y
se me calaba hasta los ojos.
Pero al día siguiente se me pasaron las ganas de cantar,
porque mi padre me azotó con su manaza. Yo había violado
tres reglas sagradas: coger un arma sin permiso de un adulto;
tomarla del rincón rojo, retirando la cruz que mi abuelo ha-
bía puesto encima (sólo aquel que pone la cruz sobre el arma
puede quitarla); y por último, tratar de disparar en casa.
Con el culo y la espalda escocidos por la tunda paterna,
fui, como siempre, a que me consolara mi abuelo. Me escu-
chó con gesto muy serio, pero de vez en cuando le retozaba en
los labios una sonrisita que significaba que quizá mis proble-
mas no eran tan graves como parecían. Me habló largo rato,
aunque en sustancia vino a decir que yo había cometido una
soberana estupidez. Y cuando le pregunté por qué motivo la
pistola mágica no había disparado ella sola a los policías, me
contestó que la magia sólo funciona cuando el arma se usa con
inteligencia y permiso de los adultos. Empecé a sospechar en-
tonces que mi abuelo me contaba cosas que tenían poco que
ver con la realidad, porque no me hacía ninguna gracia la idea
de que la magia solamente funcionara con el permiso de los
mayores...
Desde ese día empecé a confiar menos en la magia y a
obser var más las manos de mi tío y mi abuelo cuando mani-
pulaban las pistolas; y pronto descubrí la función de esa parte
importantísima del mecanismo de cualquier arma que se lla-
ma «seguro».
En la comunidad siberiana se aprende a matar desde peque-
ño. Nuestro concepto de la vida está muy ligado a la muerte, y
a los niños se les enseña que el riesgo y la muerte son elemen-
tos propios de la existencia, y que por tanto quitar la vida o
morir es algo normal si hay un buen motivo. Enseñar a morir
es imposible, porque nadie ha sobrevivido a la muerte ni tele-
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