El Estrés
El Estrés
Diego Redolar
Director de la colección: Lluís Pastor
ISBN: 978-84-9064-383-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño general y la cubierta, puede ser copiada, reproducida,
almacenada o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio, sea éste eléctrico, químico, mecánico,
óptico, grabación, fotocopia, o cualquier otro, sin la previa autorización escrita de los titulares del copyright.
Autor
Diego Redolar
Diego Redolar es licenciado en Psicología, máster en Neuro-
ciencia y máster en Estadística, y doctor por la Universidad Au-
tónoma de Barcelona. Actualmente es profesor de los Estudios
de Psicología de la Universitat Oberta de Catalunya y de la Uni-
versidad Autónoma de Barcelona. Su actividad investigadora se
ha centrado en el estudio de las bases neurales del aprendizaje y
la memoria, y su modulación y potenciación mediante los siste-
mas neurales del refuerzo; y en el estudio de la recuperación de
déficits cognitivos. Actualmente es codirector del grupo de in-
vestigación «Cognitive Neuroscience and Information Techno-
logy» (reconocido por la AGAUR -2014 SGR 1483-) y cofun-
dador del Cognitive Neurolab. Dispone de amplia experiencia
investigadora en el estudio de las funciones cognitivas mediante
técnicas de estimulación invasiva y no invasiva del sistema ner-
vioso en modelos animales y en humanos. Es autor de diver-
sas obras, entre las que destacan las siguientes: Neuroanatomía
(2004), Neuroanatomía y neuropsicología cognitiva (2007), Ce-
rebro y adicción (2008), El cerebro cambiante (2009), El cere-
bro estresado (2011) y Neurociencia cognitiva (2014).
• ¿Qué es el estrés?
• Si el estrés puede afectar a nuestra salud.
• Cómo el estrés modifica la capacidad para recor-
dar y almacenar información.
• Por qué dormimos y qué relación hay entre sueño
y estrés.
• De qué manera el estrés puede alterar la capacidad
para experimentar placer.
• Qué herramientas tenemos para modular y redu-
cir el impacto del estrés.
Índice
¿QUÉ ES EL ESTRÉS? 13
Agentes estresantes 19
LA RESPUESTA DE ESTRÉS 23
Macarrones a la boloñesa y perros rabiosos 25
Una glándula maestra 29
La respuesta 29
ESTRÉS Y ENFERMEDAD 35
El salmón del Pacífico y los ratones
australianos 39
Azucar, castrati, enanos y mucha dosis de amor 41
Una patata en movimiento 49
¿Problemas de estómago? 52
Una visión general del sistema de defensa 54
9
La psiconeuroinmunología 55
Estrés, cáncer y Actimel 60
ESTRÉS Y MEMORIA 85
Más sabe el diablo por viejo que diablo 87
¿Por qué dormimos? 93
Sueño y memoria 98
No puedo dormir 101
Bibliografía 135
10
EL PODER DEL ESTRÉS
11
dos en época de posguerra que desarrollan después
diabetes y obesidad, niños castrados que no paran
de crecer, niños con poca atención emocional que se
quedan enanos, reyes maquiavélicos que aíslan y en-
cierran a bebés para ver cuál es el lenguaje innato del
ser humano, crías de monos que prefieren peluches
antes de que biberones, virus latentes que despiertan
cuando nuestras defensas están por tierra, animales
y personas que se mean de miedo, úlceras de estó-
mago, adictos al deporte que pierden el deseo sexual
y acaban con los huesos destrozados, personas que
pierden el control de sus vidas y se enganchan a las
drogas.
En este libro se describen estas y otras situacio-
nes, todas con un denominador común: la respuesta
de estrés. El objetivo es ofrecer una visión general
sobre cuál es la respuesta de estrés, este mecanismo
adaptativo que nos ayuda a ajustarnos a las demandas
de un medio cambiante, pero que, bajo determina-
das circunstancias, puede afectar gravemente a la sa-
lud, a la calidad de vida y al rendimiento profesional.
Para esta primera aproximación al tema, he intenta-
do combinar el máximo rigor científico con ejemplos
ilustrativos de la vida cotidiana o del reino animal.
Espero que la lectura sea ágil y amena, y que no
se acabe convirtiendo en otro agente estresante en la
vida de nadie.
12
¿QUÉ ES EL ESTRÉS?
«Dentro del reino animal, hemos sido los únicos con inteligencia
suficiente para inventarnos ciertos agentes estresantes, y los úni-
cos tan estúpidos como para permitir que estos agentes dominen
nuestras vidas». Robert M. Sapolsky.
13
bos no llegan a cubrir los gastos mensuales. No pue-
den vender la casa dado que el precio actual no les
permitiría amortizar la hipoteca. De momento, sub-
sisten con los ahorros.
Óscar está sometido a mucha presión en el traba-
jo. En la multinacional las cosas no le van bien y con-
tinuamente se están llevando a cabo reajustes empre-
sariales. No se puede permitir perder el trabajo, por
eso cada día muestra una dedicación muy por encima
de lo que se le puede exigir. Un día se acuesta en la
cama y se da cuenta de que le cuesta dormir. Son las
tres de la madrugada y solo piensa en cómo afrontar
los gastos del mes y en una importante reunión que
tiene al día siguiente en la oficina. Además, las tareas
pendientes del trabajo le desconciertan y mentalmen-
te intenta ordenarlas para optimizar su tiempo. Pa-
san las horas y no consigue dormir. Piensa que nece-
sita dormir para estar descansado y que cada minu-
to que pasa despierto es tiempo perdido. Finalmen-
te, exhausto y agotado, se queda dormido pero no
consigue tener un sueño reparador. A la mañana si-
guiente se siente fatigado y con un estado de ánimo
considerablemente bajo.
La situación se repite de manera similar durante
las siguientes noches. La sensación de agotamiento
se incrementa, afloran molestos dolores de cabeza
recurrentes, aumenta la sensación de embotamiento
mental y de entumecimiento físico. Finalmente, Ós-
car accede a hacerse una revisión médica. Se encuen-
tra en un perfecto estado de salud pero el médico le
14
recomienda tomarse unos días libres dado que cree
que «está sometido a mucho estrés». Al segundo día
de estar en casa cae enfermo de gripe, lo que demues-
tra que la situación prolongada de estrés había con-
seguido menguar su capacidad de defensa, su sistema
inmunitario.
Ahora imaginémonos que damos un salto en el
tiempo y que nos trasladamos al anfiteatro de los Fla-
via en la Roma imperial, al célebre Coliseo, el alma
de recreo de la urbe romana. Invito al lector a recor-
dar el film Gladiator, de Ridley Scott, concretamen-
te una escena en la que un grupo de esclavos espera
detrás de una compuerta de madera desvencijada el
momento de salir a la arena.
A través de las rendijas de la madera se filtran te-
nues rayos de luz, y se oye el griterío de la multitud.
Los gladiadores no saben qué es lo que se encontra-
rán en la arena. Magistralmente, la cámara es capaz
de capturar el estremecimiento y la agitación antici-
patoria que muestran los esclavos. Uno de ellos, entre
sollozos entrecortados y una respiración profunda e
irregular, se mea encima.
Imaginemos a un prisionero de guerra que ha si-
do adiestrado para el espectáculo. Tiene ante sí a cua-
renta mil espectadores sentados y a cinco mil de pie.
Sabe que si vence en la contienda podrá preservar la
vida, pero si pierde, esta quedará a merced del humor
del público, que decidirá si se le concede el perdón
o si se le condena. Los músculos de este prisionero
deben funcionar perfectamente y resistir un elevado
15
ritmo de trabajo durante cierto tiempo, por eso nece-
sitan energía. Su cuerpo, por lo tanto, empieza a mo-
vilizar glucosa y a conducirla deprisa a los músculos.
Se incrementa el ritmo cardíaco, la presión sanguínea
aumenta y la respiración se modifica para optimizar
el rendimiento físico. La digestión se detiene y los
sentidos se agudizan. Empezada la lucha, parece que
los movimientos se van sucediendo casi de manera
automática, precisos y contundentes. De repente, el
prisionero es herido en el brazo pero, a pesar de que
la sangre le mana a borbotones, no siente el más mí-
nimo dolor, como si la percepción de este estuvie-
ra debilitada. Continúa concentrado en su oponente,
sin apartar los sentidos de los mandobles de su arma.
Su volumen de sangre disminuye debido a la hemo-
rragia, hecho que puede poner en riesgo la capacidad
de suministrar glucosa y oxígeno a los músculos y al
cerebro de una manera eficiente. Sin embargo, su ce-
rebro manda un mensaje a los riñones para que de-
tengan el proceso de formación de orina y la sangre
pueda reabsorber el agua. Finalmente, consigue ven-
cer. A pesar de que la herida ha sido aparatosa y de
difícil pronóstico, consigue curarse.
Podemos decir que ambas situaciones ficticias
presentan un eje vertebral común: el estrés. En la pri-
mera, Óscar se ha enfrentado durante meses a un
conjunto de agentes estresantes psicológicos y socia-
les. Esta resistencia ha puesto en marcha un conjunto
de respuestas fisiológicas que le han permitido man-
tener el rendimiento en el trabajo y preocuparse an-
16
ticipadamente por la posibilidad de quedarse sin sos-
tén económico.
En la segunda situación, un hecho extremada-
mente estresante, la lucha a vida o muerte, ha exigido
una adaptación fisiológica inmediata para que el gla-
diador pudiera luchar al máximo de sus posibilidades
para ganar el combate.
El caso de Óscar ejemplifica una respuesta a lar-
go plazo que no ha resultado adaptativa: ha supuesto
un aumento del riesgo de contraer una enfermedad.
Se ha activado un conjunto de respuestas fisiológi-
cas útiles para responder a emergencias agudas físi-
cas, pero no para responder de manera sostenida a
presiones psicológicas y sociales. En el segundo ca-
so, la respuesta ha sido adaptativa, dado que se han
activado sistemas fisiológicos diseñados para enfren-
tarse a una emergencia física inmediata que no solo
han posibilitado un estado físico óptimo del gladia-
dor para la batalla, sino que también han facilitado
su recuperación.
En una situación aguda como la del gladiador en el
Coliseo, la energía se moviliza rápidamente para que
los músculos tengan los recursos metabólicos nece-
sarios de manera inmediata. De este modo se evita
que se continúe almacenando. También aumenta la
frecuencia respiratoria, se aceleran los latidos del co-
razón y aumenta la presión sanguínea para posibilitar
un transporte rápido de oxígeno y de nutrientes. Del
mismo modo, la percepción del dolor queda nota-
blemente reducida, los sentidos se agudizan y mejora
17
la atención y la capacidad para almacenar informa-
ción. Ante una emergencia parecida, todos los pro-
cesos que suponen un gasto energético innecesario
se suprimen. Por este motivo la digestión del gladia-
dor queda paralizada.
Si la situación de estrés se mantuviera, los efec-
tos sobre el organismo serían una disminución de la
actividad reproductora, el cese del crecimiento y el
debilitamiento del sistema inmunitario, como sucede
en el caso de Óscar.
Imaginad qué sucedería si viviéramos en un esta-
do de emergencia permanente: las reservas energé-
ticas disminuirían y aumentaría el riesgo de desarro-
llar enfermedades; tendríamos dificultades para acti-
var procesos de recuperación tisular e incluso corre-
ríamos el riesgo de inhibir el crecimiento; tendríamos
más probabilidades de sufrir hipertensión, ateroscle-
rosis y daños en el sistema cardiovascular; disminuiría
el impulso sexual; aumentaría el riesgo de sufrir tras-
tornos gastrointestinales; nuestro sueño y nuestro es-
tado de ánimo se verían afectados; el sistema inmu-
nitario dejaría de funcionar correctamente, y ciertas
regiones del cerebro se verían alteradas. Queda claro,
pues, que la respuesta de estrés, si se activa de manera
crónica, o si no se puede desactivar cuando desapa-
rece el agente estresante, puede suponernos graves
problemas de salud.
Ante la evidente complejidad de la respuesta de
estrés, podemos cuestionarnos cómo es posible que
pueda afectar a la salud, y el hecho de que lo haga en
18
función de aspectos como el tipo de agente que des-
encadena la respuesta, la duración de la situación de
estrés, la capacidad de reacción que muestra la perso-
na, la percepción de control que se tiene de la situa-
ción, la predictibilidad del agente estresante, el apoyo
social del que se dispone, etcétera.
Agentes estresantes
19
cíficas. En el caso del capibara, su organismo se pre-
para para evitar el potencial peligro que asoma la ca-
beza entre las aguas de los Llanos. En el caso de la
anaconda, sus respuestas conductuales y metabólicas
la llevan a buscar entornos más húmedos y a econo-
mizar sus recursos.
Ahora bien, existen otros tipos de agentes estre-
santes: los de naturaleza psicológica y social. Volva-
mos al ejemplo de Óscar; el hecho de haber sido so-
metido durante un tiempo sostenido a agentes estre-
santes de esta índole ha comprometido su capacidad
para hacer frente a la situación y ha afectado a su es-
tado de salud.
Podríamos definir a priori un agente estresante co-
mo el estímulo físico, psicológico o social que es ca-
paz de alterar el equilibrio de un organismo. Así, la
respuesta de estrés sería el intento del organismo por
restablecerlo. Sin embargo, el caso no resulta tan sen-
cillo. En primer lugar, es muy complicado delimitar
los agentes estresantes en las categorías que hemos
mencionado. Un estímulo puede ser de naturaleza fí-
sica y provocar alteraciones en la dinámica social de
alguien, o viceversa: el estrés social puede provocar
problemas físicos. Otro aspecto que esta definición
no recoge es la duración, el tiempo que el agente es-
tresante ha estado presente: ¿se trata de un agente
agudo o de uno de presencia sostenida?, ¿se ha cro-
nificado? Además, ¿la respuesta de estrés solo se da
en presencia del agente?, ¿puede que la respuesta de
estrés se active de forma anticipatoria?
20
También podríamos cuestionarnos qué es exacta-
mente una alteración del equilibrio. Walter Cannon
hablaba de homeostasis para referirse a los procesos
que se activan para mantener estable el medio interno
del organismo ante los estímulos que puedan des-
equilibrarlo. El principal problema de implementar
el concepto de homeostasis en el contexto del estrés
es que parte del hecho de que algo tiene que dejar
de funcionar para corregirlo, y esto impide la antici-
pación. Autores como Sterling, Eyer y McEwen pre-
fieren hablar de alostasis, término que permite con-
siderar la expectativa del agente estresante y la apari-
ción de diferentes componentes de la respuesta para
restablecer el equilibrio.
En definitiva, la respuesta de estrés es el intento
del organismo de restablecer el equilibrio alostático
y de adaptarse a unas situaciones biológicas, psicoló-
gicas o sociales que pueden provocar alteraciones de
diferentes sistemas del organismo y trastornos cog-
nitivos y perceptivos. La respuesta de estrés puede
ponerse marcha no solamente ante una lesión física o
psicológica, sino también ante su expectativa, y esto
puede afectar al rendimiento de la persona y su esta-
do general de salud.
La respuesta de estrés puede modularse por to-
do un conjunto de variables cognitivas y personales
del sujeto, y también por factores de ámbito social.
Desde un punto de vista adaptativo, el estrés permite
la movilización inmediata de las reservas energéticas
del organismo e inhibe los sistemas fisiológicos que
21
no tienen la finalidad inmediata de la supervivencia
del sujeto, hecho que, además a largo plazo, posibilita
un ahorro de energía.
22
LA RESPUESTA DE ESTRÉS
23
mandas cambiantes del medio, sino que nos convier-
te en lo que somos, subyace a nuestras emociones, a
la resolución de problemas, a la inteligencia, al pensa-
miento, a capacidades tan humanas como el lenguaje,
la atención o los mecanismos de aprendizaje y me-
moria. Los cambios que encontramos en un cerebro
adulto parece que dependen fundamentalmente de
modificaciones en las conexiones que establecen las
neuronas entre sí (denominadas conexiones sinápti-
cas). Nuestro cerebro es más complejo que una ga-
laxia repleta de estrellas: se considera que en un ce-
rebro humano adulto hay entre 100 y 500 trillones
de conexiones. Las células gliales se encargan sobre
todo de regular el ambiente interno del sistema ner-
vioso y de ayudar en los procesos de comunicación
entre las neuronas. De entrada podemos decir que
se trata de células que constituyen el principal sopor-
te estructural de las neuronas, participan activamente
durante los procesos de desarrollo y formación del
cerebro, parecen ejercer un papel importante en la
aportación metabólica de las neuronas a través de la
circulación sanguínea, participan en los mecanismos
de defensa inmunológica y en los procesos de repara-
ción y regeneración nerviosa después de una lesión,
participan en el mantenimiento del equilibrio quími-
co en el interior del cerebro, separan y aíslan las cé-
lulas nerviosas, recubren partes de estas para acelerar
los procesos de comunicación neuronal, etcétera. La
interacción entre células gliales y neuronas puede re-
sultar importante para el procesamiento de la infor-
24
mación en el cerebro. En los últimos años ha habi-
do un aumento notable de evidencias experimentales
que han relacionado las células gliales con la maqui-
naria implicada en los procesos de transmisión sináp-
tica e incluso en los procesos de plasticidad cerebral.
En el sistema nervioso central (cerebro y médula
espinal) hay una serie de redes funcionales que regu-
lan el equilibrio interno del organismo para que se
pueda adaptar a un medio fundamentalmente cam-
biante que exige flexibilidad en las respuestas fisio-
lógicas y conductuales. En esta función intervienen
principalmente dos sistemas más: el sistema nervio-
so autónomo y el sistema neuroendocrino. Para po-
der entender la fisiología de la respuesta de estrés nos
centraremos en estos sistemas.
25
Por un lado, las aferentes llevan información so-
bre los diferentes órganos internos al sistema nervio-
so central, y, por otro, las eferentes envían informa-
ción a las diferentes glándulas, a la musculatura car-
díaca, a la musculatura lisa de la piel (musculatura que
inerva los folículos pilosos), a la musculatura lisa de
los ojos (que regula la acomodación del cristalino y
la dilatación y contracción de la pupila), a la muscu-
latura lisa de los vasos sanguíneos y a la musculatura
lisa de las paredes de los órganos internos (el tracto
gastrointestinal, el hígado, el páncreas, el sistema res-
piratorio, los órganos reproductores, la vejiga, etcé-
tera). Estas proyecciones eferentes se organizan en
dos ramas diferenciadas: la rama simpática y la rama
parasimpática.
El esquema funcional y anatómico de la regula-
ción del sistema nervioso autónomo puede resumir-
se en un conjunto de interacciones entre los niveles
central y periférico. A nivel central existen una serie
de estructuras que regulan el equilibrio interno. Prác-
ticamente toda la información procedente de estas
áreas y núcleos se integra en el hipotálamo (una pe-
queña estructura situada en la base de nuestros ce-
rebros). Del hipotálamo salen conexiones directas e
indirectas hacia la médula espinal y el tronco del ce-
rebro (también conocido como tronco encefálico). A
partir de este nivel, las neuronas, cuyo soma se locali-
za en el sistema nervioso central, envían sus proyec-
ciones fuera de este para establecer conexión con los
26
ganglios autónomos (agrupación de cuerpos de neu-
ronas ubicados, ya, en el sistema nervioso periférico).
La conexión (sinapsis) entre la neurona proceden-
te del sistema nervioso central (denominada neuro-
na preganglionar) y la neurona que inervará el tejido
diana (neurona posganglionar) se da en el ganglio. En
el caso del sistema nervioso simpático, la mayoría de
los ganglios se encuentran muy cerca de la médula
espinal, formando la cadena denominada paraverte-
bral. En el sistema nervioso parasimpático los gan-
glios se pueden localizar muy cerca del tejido diana o
incluso dentro de él. Este esquema sirve para prácti-
camente todo el componente eferente autonómico,
excepto para las proyecciones que inervan la glándu-
la suprarrenal (una glándula ubicada por encima de
los riñones), puesto que en este caso se trata de la
neurona preganglionar y no de la posganglionar, la
que establece la conexión. Neuroquímicamente, las
neuronas preganglionares simpáticas y parasimpáti-
cas y las neuronas posganglionares parasimpáticas li-
beran una sustancia neurotransmisora denominada
acetilcolina, mientras que las neuronas posgangliona-
res simpáticas secretan noradrenalina. Las células de
la médula de la glándula suprarrenal inervadas por las
neuronas simpáticas liberan adrenalina a la sangre.
Funcionalmente, las dos ramas del sistema ner-
vioso autónomo (la simpática y la parasimpática)
ejercen una regulación antagónica u opuesta de los
órganos y tejidos diana. Resumiéndolo: mientras que
el sistema nervioso simpático permite la rápida mo-
27
vilización de los recursos energéticos para hacer fren-
te a una posible amenaza para el organismo, una si-
tuación estresante o una carencia determinada, el sis-
tema nervioso parasimpático se encarga de regular
aquellos mecanismos que nos permiten conservar
nuestros recursos.
Imaginemos dos situaciones contrarias: en la pri-
mera, estamos cómodamente sentados en nuestra
butaca preferida, después de haber cenado macarro-
nes a la boloñesa, viendo una comedia en la televi-
sión; en la segunda, salimos tarde de trabajar, perde-
mos el último metro y, de camino hacia casa, trope-
zamos con un perro que ladra en un callejón estrecho
y que nos hace correr hasta el final de la calle antes
de llegar al portal del edificio donde vivimos.
En la primera situación, el sistema nervioso para-
simpático es el responsable de los procesos fisioló-
gicos que se ponen en marcha con un carácter repa-
rador, asociados al estado de reposo y a la conserva-
ción de los recursos del organismo. En la segunda
situación se dan unos cambios internos rápidos en
respuesta al estrés que supone la aparición del perro.
Estos cambios se producen como consecuencia de la
activación del sistema simpático adrenomedular, que
provoca un aumento de la irrigación sanguínea a los
órganos que deben responder con rapidez y facilita
una serie de cambios fisiológicos que preparan al or-
ganismo para reaccionar ante la situación.
28
Una glándula maestra
La respuesta
29
Ante un estímulo estresante, la rama simpática del
sistema nervioso autónomo aumenta la secreción de
noradrenalina y estimula directamente la médula de
la glándula suprarrenal a fin de que segregue adrena-
lina, lo que proporciona una rápida movilización de
energía para afrontar la situación.
Si el estrés se mantiene durante cierto tiempo, el
sistema simpático mantiene una actividad elevada, y
esto puede desencadenar varios efectos metabólicos
y fisiológicos: aumento de la frecuencia y la fuerza
del latido cardíaco, contracción del bazo, vasocons-
tricción esplénica, aumento del número de eritroci-
tos circulantes, liberación hepática de azúcar alma-
cenado hacia la musculatura, aumento de glucemia,
redistribución de la sangre que circula por la piel y
las vísceras, incremento de la capacidad respiratoria y
dilatación bronquial, dilatación de la pupila, aumen-
to de la coagulabilidad de la sangre, aumento de los
linfocitos circulantes, inhibición de la segregación de
insulina y estimulación de la secreción de glucagón
al páncreas.
Los cambios neuroendocrinos en respuesta al es-
trés se producen como consecuencia de la activación
del eje hipotálamo-pituitario-adrenal (HPA). La acti-
vación de este eje tiene como resultado la producción
de la hormona liberadora de corticotropina (CRH) y
arginina vasopresina (AVP). Ambos péptidos se libe-
ran en el torrente sanguíneo (eminencia mediana) y
estimulan la producción y secreción de la hormona
adrenocorticotrópica (ACTH) desde la región ante-
30
rior de la hipófisis (también conocida como adenohi-
pófisis). La ACTH estimula la síntesis y liberación de
glucocorticoidas por parte de las células de la corte-
za de la glándula suprarrenal (cortisol en humanos,
corticosterona en otras especies de animales, como
en el caso de las ratas).
El control normativo adecuado del eje HPA es
vital para la salud y la supervivencia, y se consigue
mediante mecanismos de retroalimentación negativa
que impliquen acciones rápidas y genómicas de los
glucocorticoides en la hipófisis y en otras zonas del
cerebro, incluyendo el hipocampo y una zona de la
corteza (la corteza prefrontal). Los glucocorticoides
tienen un papel destacado en distintos mecanismos
implicados en los efectos del estrés sobre el cerebro
y el comportamiento. Debido a su naturaleza, estas
hormonas pueden entrar fácilmente en el cerebro y
en las células; pasan libremente a través de las mem-
branas celulares y pueden unirse a dos tipos de re-
ceptores de corticosteroides intracelulares: el recep-
tor de mineralocorticoides (MR) y el receptor de glu-
cocorticoides (G).
La reactividad del eje HPA en el estrés queda de-
terminada en parte por la capacidad de estos gluco-
corticoides para regular la liberación de CRH y de
ACTH al unirse a los receptores MR y GR. Los bu-
cles de retroalimentación que inactiven el eje y lo
vuelven a un punto homeostático se controlan a va-
rios niveles: desde la glándula suprarrenal hasta el hi-
potálamo y otras regiones cerebrales como el hipo-
31
campo y la corteza prefrontal. Al contrario, la amíg-
dala (una estructura situada en el interior del lóbulo
temporal) activa el eje HPA para potenciar la respues-
ta endocrina al estrés. Las neuronas del hipocampo
presentan una densidad muy alta de receptores de
corticosteroides (tanto MR como GR), y en algunos
núcleos de la amígdala y de la corteza prefrontal tam-
bién aparecen niveles de GR que van de moderados
a altos.
En respuesta al estrés, los glucocorticoides refuer-
zan las acciones del sistema nervioso simpático so-
bre el sistema circulatorio y contribuyen a mantener
los niveles de glucosa a la sangre. También facilitan
la disponibilidad de grasas como fuente de energía.
Por ejemplo, estas hormonas generan una inhibición
del almacenamiento de glucosa en los tejidos perifé-
ricos (por medio de la inhibición de la secreción de
insulina e incrementando la secreción de glucagón),
estimulan la formación de glucosa a partir del hígado
y provocan un aumento de aminoácidos en la sangre
para generar nueva glucosa y reparar los tejidos da-
ñados.
Entre otras acciones, una secreción prolongada
de glucocorticoides inhibe los procesos inflamato-
rios que ayudan al organismo a reducir el daño en
los tejidos en caso de lesiones; reduce la respuesta
del sistema inmunitario y, por lo tanto, disminuye la
resistencia a la infección; retrasa el crecimiento de
nuevo tejido en torno a una herida, y suprime la se-
32
creción de hormonas sexuales y altera el crecimiento
corporal.
Además de estos dos sistemas fundamentales (el
sistema nervioso autónomo y el sistema neuroendo-
crino), en la respuesta al estrés también participan
algunos componentes de los sistemas metabólico e
inmunitario, por ejemplo las citocinas inflamatorias
y otras hormonas metabólicas. Tanto el sistema ner-
vioso simpático como algunos componentes de los
sistemas metabólico e inmunitario afectan a la activi-
dad del eje HPA y pueden modificar su papel funcio-
nal. Por este motivo, los cuatro sistemas estarían im-
plicados en los cambios patofisiológicos que se dan
en respuesta al estrés crónico.
Si hablamos de tiempo, la adrenalina actúa en
cuestión de segundos, mientras que los glucocorti-
coides pueden prolongar su actividad durante mi-
nutos y horas. Por este motivo, los glucocorticoides
pueden participar tanto en la respuesta de estrés co-
mo en los procesos de recuperación que tienen lu-
gar cuando desaparece el agente estresante. Hoy sa-
bemos que no todos los agentes estresantes produ-
cen los mismos patrones fisiológicos de respuesta de
estrés: la velocidad, la magnitud y el patrón en la li-
beración de una hormona puede variar en relación
con el agente estresante.
33
ESTRÉS Y ENFERMEDAD
35
mos por que el proyecto se desarrolle adecuadamen-
te.
Este tipo de situación nos demanda mucha ener-
gía durante un tiempo considerable, de modo que
nuestro sistema de estrés a largo plazo se activa y em-
pieza a responder con la liberación de cortisol. Es-
ta hormona moviliza los recursos energéticos y los
destina a los sistemas que utilizamos para llevar a ca-
bo el proyecto (es decir, aquellos que se encuentran
activos de manera continua), en detrimento de otros
sistemas que, a pesar de ser también necesarios pa-
ra nuestra supervivencia, no son fundamentales pa-
ra la tarea. Una situación de esta índole puede dismi-
nuir nuestra respuesta sexual, deprimir nuestro siste-
ma inmunitario y facilitar que caigamos enfermos.
El estrés depende no solo de los parámetros físi-
cos de la estimulación ambiental, sino sobre todo de
cómo el organismo percibe estos estímulos y cómo
reacciona ante ellos. Por ejemplo, muchas personas
sienten ansiedad al hablar en público, pero otros pue-
den disfrutar haciéndolo. Debemos tener en cuenta
que no hay un único estado fisiológico que sea es-
pecífico del estrés. Está ampliamente aceptado que
niveles elevados de glucocorticoides (en especial el
cortisol) es un indicador del estado de estrés, pero
aun así muchas actividades agradables como comer,
hacer ejercicio o el sexo aumentan los niveles de es-
tas hormonas.
Por otro lado, la percepción de control que tene-
mos del agente que produce el estrés parece tener una
36
profunda influencia en el impacto de una experiencia
aversiva sobre la conducta y la fisiología de un orga-
nismo. Dos animales expuestos a los mismos nive-
les de una descarga eléctrica pueden intentar evitar el
estímulo estresante, pero la experiencia puede tener
efectos muy diferentes sobre su respuesta fisiológica
y conductual. Esta respuesta dependerá de si el ani-
mal tiene o no algún tipo de control sobre la descar-
ga. El elemento de control (y de predictibilidad, muy
relacionada con el control) modula la magnitud de la
respuesta de estrés y la posibilidad de que este estrés
genere secuelas conductuales y fisiológicas.
Para que el estrés tenga consecuencias sobre la sa-
lud, la experiencia deberá ser percibida como aversi-
va. Dicho de otro modo: si el sujeto pudiera, evita-
ría lo que lo estresa, o intentaría atenuar la intensi-
dad. Además, el estrés requiere una alta excitabilidad
cerebral. Esta excitabilidad aumenta tanto en activi-
dades aversivas como en actividades agradables. Por
ejemplo, hablar en público suele producir este tipo
de respuesta en el cerebro y, sin embargo, solo para
algunas personas resulta aversivo y estresante.
Desde los estudios de Seyle, numerosas eviden-
cias experimentales han relacionado el estrés con
varios procesos patológicos. Por ejemplo, en 1953
Cohen y sus colaboradores mostraron que personas
sometidas a estrés crónico (como, por ejemplo, los
supervivientes de campos de concentración) presen-
taban más problemas de salud durante su vida que
otras personas de la misma edad y situación socio-
37
económica que no habían pasado por circunstancias
crónicas estresantes.
La medicina ha avanzado a pasos de gigante y el
concepto de enfermedad ha cambiado en los últimos
años. Actualmente podemos decir que las patologías
más frecuentes en nuestra sociedad son aquellas que
generan un daño acumulativo e interrumpido, como
las enfermedades neurodegenerativas y cerebrovas-
culares, la obesidad, la diabetes, las patologías cardía-
cas y el cáncer. El efecto que este tipo de enferme-
dades puede tener sobre la persona depende de di-
ferentes factores, como la genética, la bioquímica y
la fisiología de la persona, e incluso de los patrones
de personalidad que muestre y de cómo es capaz de
afrontar el estrés emocional y social.
En los siguientes apartados analizaremos el papel
del estrés en el grado de vulnerabilidad a la enfer-
medad. Primero analizaremos dos ejemplos del reino
animal en los que parece que las hormonas del estrés
están vinculadas a un programa de muerte progra-
mada, y después describiremos algunas de las secue-
las que el estrés puede provocar en el estado general
de salud del ser humano.
38
El salmón del Pacífico y los ratones
australianos
39
maduros con la importante degeneración en diferen-
tes órganos y glándulas del animal. Se demostró que
este efecto también aparecía cuando se administraba
de forma exógena cortisol a salmones immaduros.
Extrapolando los resultados, estas observaciones in-
dican que los niveles excesivos de glucocorticoides
pueden inducir a una degeneración sistémica general,
lo que implica, en última instancia, una muerte pro-
gramada. Además, en el año 2000 se descubrió que
los cerebros de los salmones mostraban importan-
tes acumulaciones de una proteína característica de la
enfermedad de Alzheimer: la proteína beta-amiloide.
A principios de los años ochenta, Bradley, McDo-
nald y Lee establecieron una relación entre el estrés
y la mortalidad de los pequeños ratones marsupiales
de Australia. Demostraron que el aumento en la con-
centración de glucocorticoides en sangre provocaba
inmunosupresión y la muerte de los machos después
de la cópula. En 1986, estos mismos autores pusieron
de manifiesto que este efecto se debía a un deterio-
ro en el control de la retroalimentación negativa de
la secreción de la ACTH, lo que provocaba un incre-
mento desmesurado de la concentración de plasma
de glucocorticoides, que tenía unos efectos immuno-
supresores muy fuertes, responsables de la muerte de
los animales.
40
Azucar, castrati, enanos y mucha dosis de amor
41
músculos inactivos en aminoácidos. De este modo,
tanto los aminoácidos como los ácidos grasos llegan
al hígado, lugar donde finalmente serán transforma-
dos en glucosa por medio del proceso de gluconeo-
génesis. La glucosa almacenada al hígado en forma
de glucógeno también se convierte en glucosa.
Durante el estrés se inhibe la secreción de insu-
lina, dado que esta hormona estimula el almacena-
miento de los ácidos grasos como triglicéridos y de
los aminoácidos como proteínas. Sin embargo, siem-
pre puede quedar insulina en circulación, y por ello
los glucocorticoides inhiben el transporte de los nu-
trientes a las células adiposas, contrarrestando el po-
sible efecto de la insulina. Todo este sistema meta-
bólico de respuesta también bloquea la absorción de
nutrientes por parte de los músculos, al menos de
aquellos que están en reposo y no son requeridos pa-
ra la respuesta a la situación de estrés.
Todos estos mecanismos funcionan maravillosa-
mente bien cuando debemos movilizar cantidades
ingentes de energía para dar una respuesta puntual.
Pero ¿qué sucedería si constantemente operáramos
de esta manera? Sencillamente facilitaríamos una re-
sistencia a la insulina. Esta dejaría de funcionar co-
rrectamente y el riesgo de sufrir diabetes aumentaría.
Nuestro estilo de vida nos ha llevado a una situación
en la que la diabetes se ha convertido en una enfer-
medad crítica.
Y otra cuestión: ¿qué es lo que sucede durante el
crecimiento? En primer lugar, es necesario tener pre-
42
sente que el proceso de crecimiento requiere energía.
En este sentido, varias hormonas tienen la función
de movilizar la energía y los materiales necesarios pa-
ra la expansión del cuerpo. El hipotálamo libera, por
medio de la hipófisis anterior (también denominada
adenohipófisis), dos hormonas que regulan la secre-
ción de la hormona del crecimiento (GH): la hormo-
na liberadora de la GH (GHRH) y la somatostatina, o
también hormona denominada inhibidora de la GH.
La fluctuación normal del nivel de GH depende de la
integración de las señales cerebrales de estimulación
por parte de la GHRH con las señales de inhibición
por parte de la somatostatina.
La GH controla el proceso de crecimiento, ac-
tuando directamente sobre las células del cuerpo y
activando la secreción de somatomedinas para que
fomenten la división celular. Las hormonas tiroideas
(T3 y T4) activan la secreción de GH y hacen más
sensibles los huesos ante la acción de las somatome-
dinas. Los estrógenos contribuyen al crecimiento de
los huesos largos y aumentan la secreción de GH. La
testosterona, del mismo modo que el estradiolo, fa-
cilita el crecimiento de los huesos largos y potencia el
crecimiento muscular. A partir de la adolescencia es
cuando dejamos de crecer, dado que los extremos de
los huesos largos se acoplan y se empiezan a unir. No
obstante, se ha podido comprobar que la administra-
ción de testosterona durante la adolescencia reduce
la estatura y su ausencia la aumenta.
43
Los castrati eran niños que habían demostrado sus
dotes especiales para el canto y que en la Italia de
los siglos xvii y xviii eran sometidos a una extirpa-
ción del tejido testicular para preservar su voz (de
soprano, mezzosoprano o contralto). Los castrati se
ganaron una gran reputación y fama, y llegaban a co-
brar cantidades ingentes de dinero por sus obras. Es-
tos cantantes de ópera castrados, además de por su
voz, eran conocidos por su forma corporal: tenían el
tronco prolongado y largo y los miembros muy desa-
rrollados.
¿El estrés puede afectar al crecimiento? Para con-
testar a esta pregunta, debemos intentar entender qué
sucede con la GH en una situación de estrés. Al prin-
cipio de la respuesta de estrés se elevan los niveles
de la GH, dado que esta hormona puede contribuir
a la movilización de energía, y esto, en un escenario
de emergencia, es adaptativo. Aun así, el organismo
solo puede utilizar la GH durante cierto periodo para
movilizar la energía sin potenciar el crecimiento y la
división celular; por este motivo, los niveles de la GH
se reducen cuando la respuesta de estrés perdura, da-
do que lo que se quiere es minimizar el gasto energé-
tico y movilizar y utilizar la energía para los órganos
implicados en la reacción al agente estresante.
En definitiva, al principio de la respuesta de es-
trés, tener los niveles adecuados de GH es adaptati-
vo: ayuda a movilizar la energía sin potenciar el cre-
cimiento y los procesos de recuperación tisular a lar-
go plazo. Sin embargo, cuando el agente estresante
44
perdura en el tiempo, los niveles de la GH se reducen
de manera contundente y el crecimiento se puede ver
afectado. Un ejemplo de esto es un estudio llevado
a cabo en dos orfanatos estatales alemanes después
de la Segunda Guerra Mundial, que demostró que los
niños cuidados con afecto tenían un índice de creci-
miento muy superior que el de los niños que no lo
recibieron.
Este estudio nos muestra que la atención que un
niño recibe es importante para su desarrollo normal.
Varios trabajos con ratas y otros animales han de-
mostrado que la privación maternal provoca modi-
ficaciones a largo plazo en los animales: ante la pre-
sencia de un agente estresante liberan más cantidad
de glucocorticoides que otros animales y presentan
una peor recuperación cuando el agente estresante ha
desaparecido. Además, un estudio de 2003 demostró
que el aislamiento social llevado a cabo en crías de
rata disminuía el nacimiento de nuevas neuronas.
El panorama no parece muy alentador: una res-
puesta más intensa al estrés cuando se es adulto y un
número menor de neuronas. ¿La situación podría ser
más grave? Una historia llevada al extremo es la que
sucedió en la corte del rey Federico II de Sicilia. Es-
te rey era un investigador pertinaz y, dado que era el
rey, sus intereses científicos no debían ser aprobados
por ningún comité de ética antes de ser sometidos a
comprobación empírica. Intrigado por la lengua ori-
ginaria del hombre, el rey pensó que el contacto con
otros seres humanos es lo que hace que un neona-
45
to aprenda una lengua; entonces encerró a un grupo
de niños y solo se encargó de satisfacer sus necesida-
des nutricionales y físicas elementales. No sabremos
si estos niños llegaron a hablar algo, dado que todos
murieron. ¿Si privamos de las caricias a un neonato,
este puede llegar a morir? ¿Tan importantes son?
Un trabajo de Tiffany Field publicado en los años
ochenta intentó analizar los efectos del contacto físi-
co en bebés prematuros. El estudio mostró que los
neonatos sometidos a sesiones de estimulación tác-
til de cuerpo crecían significativamente más y mos-
traban un desarrollo más rápido y una conducta más
activa. Las investigaciones llevadas a cabo en anima-
les han obtenido conclusiones muy parecidas. La es-
timulación táctil hace que las crías presenten unos ni-
veles de GH adecuados.
En los años cincuenta, Harry Harlow, un investi-
gador de la Universidad de Wisconsin, llevó a cabo
una serie de investigaciones en primates no humanos
que hoy en día no podrían hacerse por cuestiones
éticas. Harlow quería estudiar qué era más importan-
te para una cría de mono: que le proporcionaran ali-
mentación o que le facilitaran contacto físico. Para
hacerlo, crió monos rhesus en un contexto de aisla-
miento social y comprobó las preferencias que los
animales mostraban ante dos «madres» artificiales: las
dos presentaban una cabeza parecida, a imitación de
la de una hembra, pero una de las «madres» de pega
tenía el tronco de rejilla metálica y la otra de felpa.
La «madre» metálica tenía un dispositivo a modo de
46
biberón mediante el cual podía proporcionar leche a
la cría, mientras que la de felpa no tenía dispositivo
para suministrar alimento. ¿Cuál fue la «madre» pre-
ferida por las crías de mono? Las crías eligieron a la
«madre» de felpa.
Trabajos posteriores han mostrado que una sepa-
ración prolongada de las madres aumenta el riesgo de
sufrir depresión en la edad adulta. Numerosos datos
señalan la influencia que tienen las relaciones socia-
les en la esperanza de vida. Cuando hablamos de la
esperanza de vida de alguien, inmediatamente pen-
samos en la cantidad de deporte que realiza este in-
dividuo, si es obeso o si sufre hipertensión, si fuma
o si tiene problemas de azúcar. No nos pasa por la
cabeza que sus relaciones sociales puedan aumentar
su esperanza de vida.
Sin embargo, los datos de diferentes estudios van
en esta dirección: personas con un número menor
de relaciones sociales tienen más probabilidades de
morir que aquellas que disfrutan de numerosas rela-
ciones. En este sentido, se ha podido comprobar que
mujeres con cáncer de mama y con pocas relaciones
sociales presentan una menor reactividad en uno de
los componentes del sistema inmunitario encargado
del control tumoral. Del mismo modo, enfermos de
sida aislados socialmente desarrollan una reducción
importante de un tipo específico de linfocitos. Todos
estos datos ponen de manifiesto el gran valor de las
relaciones sociales en la edad adulta y la importancia
47
del contacto y del afecto en las primeras etapas del
desarrollo, por encima, incluso, de la alimentación.
No obstante, la nutrición también tiene su impor-
tancia. Supongamos que estamos en 1938, en ple-
na Guerra Civil española. Una mujer embarazada ha
quedado aislada en un pequeño pueblo con su madre
anciana y sus dos hijos, de tres y seis años. Su marido
ha muerto en combate y ella debe hacerse cargo de
todo en un contexto terriblemente estresante. Hay
hambre y el acceso a los alimentos es difícil. La mujer
no puede ingerir las calorías necesarias y, por lo tanto,
el feto en formación dentro de su vientre tampoco.
¿Qué sucede entonces? Si finalmente la mujer pue-
de tenerlo, el neonato habrá desarrollado un sistema
metabólico ahorrativo. El cerebro controla práctica-
mente la mayoría de las funciones del organismo y lo
hace de una manera flexible y plástica para adaptar-
se tanto como pueda a las demandas cambiantes del
medio en el que se encuentra. Mediante complejos
mecanismos, el cerebro ayuda a configurar un siste-
ma metabólico que no derroche: si los recursos son
exiguos, entonces es adaptativo vivir con menos y
evitar procesos «caros».
Hasta aquí todo parece muy adaptativo, pero ¿qué
le pasará a este niño nacido en plena guerra civil
cuando tenga acceso ilimitado a la comida? Supon-
gamos que estamos a comienzos de los años noven-
ta y que nuestro niño tiene 56 años. Sin restricciones
alimentarias, es probable que sufra obesidad, riesgo
de enfermedades cardiovasculares y diabetes.
48
Las hormonas del crecimiento también participan
en la reparación del tejido óseo. La GH, las soma-
tomedinas, la hormona paratiroidal y la vitamina D
hacen que las partes viejas de los huesos se desinte-
gren y se vayan renovando constantemente. Las hor-
monas del estrés alteran el tránsito de calcio e impo-
sibilitan la renovación ósea. Los glucocorticoides in-
hiben el crecimiento de huesos nuevos, dado que in-
terrumpen la división de las células precursoras del
hueso en sus extremos. Tal como hemos visto, du-
rante el estrés a corto plazo se estimula la secreción
de GH, dado que esta hormona facilita la descom-
posición de los nutrientes almacenados y contribuye
a la movilización de energía. A largo plazo la secre-
ción de GH se inhibe, dado que su función principal
consiste en estimular el crecimiento, proceso que re-
quiere mucho gasto energético. El estrés a largo pla-
zo aumenta el riesgo de osteoporosis y puede causar
atrofia esquelética.
49
Volvamos a nuestro gladiador. Si en la contien-
da ha sufrido una herida, la hemorragia ha hecho
que perdiera mucha sangre. Cuando perdemos mu-
cha sangre, ¿qué puede hacer nuestro organismo para
aumentar la presión sanguínea y poder así transportar
el oxígeno y los nutrientes con rapidez a los músculos
activos y al tejido nervioso? Para mantener constan-
te el volumen de sangre se necesita agua. Gran parte
del agua corporal se elimina por medio de la orina;
entonces, el cerebro enviará la orden a los riñones de
que detengan la formación de orina y el agua pueda
ser reabsorbida por la sangre. La sustancia implicada
en esta vía de señalización es una hormona liberada
por la hipófisis posterior (neurohipófisis) en respues-
ta a la estimulación de las neuronas del hipotálamo.
La sustancia en cuestión se denomina vasopresina, y
además de aumentar la presión sanguínea bloquea el
proceso de diuresis.
Supongamos que en una tienda de animales, un
cliente toca un conejo enano de los que hay expues-
tos. El conejo, estresado por la manipulación, es pro-
bable que se orine encima. ¿Por qué debe perder es-
ta cantidad de líquido si hemos visto que en una res-
puesta de estrés es adaptativo parar la eliminación?
Resulta que la orina que ha perdido el conejo es orina
que ya estaba en la vejiga, imposible de ser reabsor-
bida por la sangre. En este caso es un peso muerto
que el conejo lleva encima. Deshacerse de este hace
que se pueda mover más ligero. En definitiva, orinar-
se encima es una reacción adaptativa dado que nos
50
libera de un peso muerto, y esto, en situaciones de
emergencia, puede facilitar nuestra huida. En el caso
del ser humano, un hombre adulto tiene una capaci-
dad vesical de unos 500 a 600 mililitros. Imaginad la
de un antílope, y el problema que supone si es perse-
guido por una leona en pleno desierto de Serengueti.
¿Qué pasa cuando dejamos el conejo en su jau-
la, o cuando el antílope ha podido escapar de la leo-
na? Cuando desaparece el agente estresante en cues-
tión, el sistema nervioso parasimpático se activa y ha-
ce disminuir el ritmo cardíaco, y poco a poco la res-
puesta va disminuyendo.
La respuesta de estrés hace que tanto el cora-
zón como los vasos sanguíneos trabajen durante más
tiempo, lo que aumenta el desgaste fisiológico. De
hecho, con el estrés se produce un incremento en
la fuerza motriz del flujo sanguíneo, y esto aumenta
la probabilidad de aparición de pequeñas lesiones en
los vasos si se mantiene esta respuesta a largo pla-
zo. Las grasas, la glucosa y las células sanguíneas de
coagulación (plaquetas) que circulan por la sangre se
adhieren a la capa dañada del revestimiento interno
de los vasos y los hacen más gruesos. De este modo,
los vasos sanguíneos empiezan a obstruirse y, en con-
secuencia, disminuye el flujo de la sangre. Tanto la
adrenalina como los glucocorticoides agravan la for-
mación de estas obturaciones, denominadas placas
arterioscleróticas. Ante una situación de estrés, el co-
razón consume más glucosa y oxígeno y, por lo tan-
51
to, necesita una vasodilatación; la presencia de placas
arterioscleróticas provocará vasoconstricción.
Cada vez hay más evidencias de que el estrés cró-
nico puede aumentar la probabilidad de sufrir enfer-
medades cardiovasculares. Sin embargo, tanto la per-
sonalidad como la capacidad de enfrentarse al estrés
pueden explicar la gran variabilidad de alteraciones
sobre nuestra salud cardiovascular.
¿Problemas de estómago?
52
der examinar su sistema digestivo: el preso que había
echado la siesta había realizado mejor la digestión.
La respuesta de estrés disminuye el flujo sanguí-
neo que llega al estómago para poder suministrar oxí-
geno y glucosa a otras partes del cuerpo. Hay que te-
ner presente que una úlcera es una lesión en la pared
de un órgano; cuando esta lesión se produce en el es-
tómago o en los órganos adyacentes, podemos hablar
de úlceras pépticas. La respuesta de estrés afecta a la
sobreproducción de ácido clorhídrico en el interior
del sistema gastrointestinal y disminuye las defensas
del estómago ante el efecto de este ácido sobre las
células que constituyen sus paredes. Esto facilita que
determinadas bacterias infecten y echen a perder las
paredes del aparato digestivo.
En 1943 se publicó un trabajo que recogía las ob-
servaciones de Wolf y Wolff sobre un sujeto neo-
yorquino (Tom) que a los 9 años se quemó el esófa-
go cuando comía sopa. Este sujeto se alimentaba in-
troduciendo directamente la comida en el estómago
mediante una fístula. Este accidente sirvió a Wolf y
a Wolff para observar los cambios generados en la
mucosa estomacal mientras Tom experimentaba di-
ferentes estados emocionales. Con este estudio mos-
traron que las reacciones emocionales pueden reper-
cutir sobre los cambios en los sistemas fisiológicos
corporales. Partiendo de todos estos datos, inicial-
mente se pensó que el estrés era el principal factor
para explicar la aparición de las úlceras gástricas. Sin
embargo, hoy en día sabemos que detrás de estas en-
53
fermedades del sistema digestivo hay una bacteria,
la Helicobacter pylori, a pesar de que la presencia de la
bacteria no es suficiente para explicar la enfermedad.
Algunos autores creen que el estrés podría ser un fac-
tor facilitador de la enfermedad.
54
inmunidad innata y la inmunidad adaptativa. La pri-
mera se basa en una respuesta inespecífica a la lesión
del tejido por parte de un organismo invasor, me-
diante la cual se incrementa la circulación sanguínea,
se produce una respuesta inflamatoria y se intenta
destruir el patógeno. Esta respuesta es muy rápida,
tiene lugar de la misma forma cada vez que se repi-
te una infección y se caracteriza por desarrollar un
mecanismo inespecífico de reconocimiento del pató-
geno.
En la inmunidad adaptativa, por otro lado, se pro-
ducen dos tipos de reacciones específicas: una gene-
rada por células y la otra dirigida químicamente. Se
trata de una respuesta de acción lenta y cuenta con
mecanismos muy específicos de reconocimiento del
patógeno, con una extraordinaria capacidad de me-
moria inmunológica, de modo que la magnitud y la
capacidad de respuesta aumenta con cada exposición
al patógeno. Los responsables principales de este me-
canismo de defensa son los linfocitos B y T.
La psiconeuroinmunología
55
general de salud de una persona. La psiconeuroin-
munología se gestó gracias a tres factores desencade-
nantes: 1) Riley y colaboradores demostraron que el
estrés psicológico en animales aumentaba la morbi-
lidad y la mortalidad producidas por tumores indu-
cidos experimentalmente; 2) varios estudios demos-
traron que el estrés y la ansiedad eran capaces de dis-
minuir la respuesta del sistema inmunitario y de au-
mentar la probabilidad de sufrir enfermedades infec-
ciosas, y 3) en los años ochenta, Robert Ader y Ni-
cholas Cohen demostraron que la inmunodepresión
puede convertirse en una respuesta condicionada.
Ader (1981) estaba investigando la aversión al gus-
to aplicando una droga que producía dolor de estó-
mago a ratas que ingerían agua con sacarina. Las ra-
tas desarrollaron aversión al sabor del agua edulco-
rada. Ader extinguió este acondicionamiento expo-
niendo a las ratas al agua con sacarina sin la droga, du-
rante varios ensayos. Aproximadamente un mes des-
pués, algunos animales murieron, dado que la dro-
ga, además de producir dolor de estómago, genera-
ba inmunosupresión. No obstante, una sola exposi-
ción a la droga en cuestión no podía producir tanta
inmunosupresión para explicar la muerte de los ani-
males. Lo que sucedió es que Ader consiguió condi-
cionar la respuesta inmunitaria: la sola presencia de
agua edulcorada era capaz de suprimir la respuesta
inmune. ¿Cómo es posible?
El tejido inmunitario es sensible a muchas hormo-
nas segregadas por la hipófisis bajo control neural.
56
Probablemente, uno de los ejemplos más claros de
la influencia del sistema nervioso sobre el sistema in-
munitario sea el paradigma de inmunosupresión con-
dicionada. En 1982, Ader y Cohen estudiaron una es-
pecie de ratones que desarrollaban enfermedades es-
pontáneas por medio de un mecanismo de hiperacti-
vidad inmune. Estos investigadores demostraron que
mediante técnicas de condicionamiento clásico po-
dían sustituir una droga inmunosupresora (para con-
trolar este exceso de actividad inmunitaria) por un
estímulo condicionado y modificar, de este modo, el
sistema inmunitario de los animales.
Puede ser que prevalezca la idea de que el sistema
inmunitario trabaja de manera autónoma e indepen-
diente. A pesar de esto, es una idea que debemos ob-
viar, dado que este sistema establece relaciones fun-
cionales con el sistema endocrino y el sistema ner-
vioso, constituyéndose como una unidad general e
integrada de defensa que hace posible, en último tér-
mino, la adaptación del organismo a un entorno fun-
damentalmente cambiante. Hoy sabemos que el sis-
tema inmunitario puede alterar la actividad de los sis-
temas nervioso y endocrino y que estos, a su vez, son
capaces de modificar la actividad del sistema inmuni-
tario. Hace cincuenta años no se conocía la existen-
cia de ninguna vía de comunicación procedente del
sistema inmunitario que fuera capaz de enviar algún
tipo de señal al sistema neuroendocrino para modi-
ficar su funcionamiento. Trabajos de aquella época
hacían pensar que debía existir alguna ruta de acceso,
57
dado que la activación del sistema inmunitario podía
modificar la actividad del hipotálamo y del tronco del
encéfalo.
Supongamos que un patógeno invade nuestro or-
ganismo. Para luchar contra él y eliminarlo es necesa-
rio activar de una manera coordinada diferentes com-
ponentes endocrinos, metabólicos y conductuales en
conjunción con el sistema propio de defensa inmu-
nitaria. Por lo tanto, nuestro sistema neuroendocrino
debería contar con la información procedente del sis-
tema inmunitario. De esto se encarga el hipotálamo,
una parte de nuestro cerebro muy bien comunicada
con diferentes sistemas neurales centrales y periféri-
cos.
El sistema inmunitario utiliza unos agentes para la
comunicación entre sus componentes: las citocinas.
Hoy sabemos que estas sustancias no son exclusivas
del sistema inmunitario, sino que pueden ser secre-
tadas por otros sistemas y tejidos, entre ellos el siste-
ma neuroendocrino. Las citocinas pueden modificar
el funcionamiento del sistema neuroendocrino, alte-
rando los niveles hormonales y de sustancias neuro-
transmisoras. Por eso, tanto el sistema nervioso (neu-
ronas y células glials) como las células del sistema en-
docrino cuentan con receptores para citocinas. Ade-
más, algunas células del sistema inmunitario también
pueden liberar sustancias neurotransmisoras como la
serotonina, la noradrenalina y la acetilcolina, además
de algunos péptidos y hormonas como los opioides
endógenos, la sustancia P y la ACTH. Mediante la li-
58
beración de estas sustancias, el sistema inmunitario
tiene otra forma de comunicarse con el sistema neu-
roendocrino.
Por otro lado, el sistema neuroendocrino puede
modificar la actividad del sistema inmunitario me-
diante la liberación de diferentes sustancias neuro-
transmisoras y de hormonas, sobre todo mediante
los componentes autonómicos y endocrinos. La ra-
ma simpática del sistema nervioso autónomo envía
proyecciones noradrenérgicas tanto a los órganos lin-
foides primarios como a los secundarios. Además, di-
ferentes células del sistema inmunitario tienen recep-
tores para la noradrenalina. Aparte de las proyeccio-
nes simpáticas, algunas células del sistema inmunita-
rio tienen receptores para otros neurotransmisores:
la acetilcolina, la dopamina, la serotonina y algunos
neuropéptidos (péptidos opioides, endorfinas, ence-
falinas, etc.). También se ha comprobado que en di-
ferentes células del sistema inmunitario hay recepto-
res para hormonas, como la hormona de crecimien-
to, las hormonas esteroides, las hormonas tiroides, la
ACTH, la prolactina, las catecolamines y varias hor-
monas hipotalámicas.
Teniendo en cuenta todo lo que hemos comen-
tado hasta aquí, podríamos pensar que los factores
psicológicos y sociales también pueden modular el
funcionamiento del sistema inmunitario. Hemos vis-
to, por ejemplo, que la respuesta inmunitaria se pue-
de condicionar. Trabajos recientes han mostrado que
diferentes patrones cognitivos y emocionales, y algu-
59
nos rasgos de personalidad, modifican el estado fun-
cional del sistema inmunitario, potenciándolo o de-
primiéndolo. En el siguiente apartado analizaremos
el efecto que puede tener el estrés sobre el sistema
inmunitario.
60
explicarse por la acción de los glucocorticoides, no
todos los efectos dependen de las mencionadas hor-
monas.
Uno de los efectos de las citocinas sobre el siste-
ma neuroendocrino es la estimulación del eje HPA,
hecho que incrementa los niveles de CRH, ACTH y
glucocorticoides. Dado que estas hormonas presen-
tan un efecto inmunosupresor, algunos autores su-
gieren que la activación del eje HPA por parte de las
citocinas podría ser una manera de control de la fun-
ción inmune por parte del sistema nervioso, que re-
duciría la funcionalidad del sistema inmunitario si es-
ta llegara a ser perniciosa y pusiera al organismo en
peligro.
Hoy sabemos que las neuronas de una parte de
la amígdala (el núcleo central) se proyectan hacia las
neuronas del núcleo paraventricular del hipotálamo
que segregan CRH; y teniendo presente la gran im-
portancia de la amígdala en el procesamiento de la
información emocional, es lógico pensar que la res-
puesta emocional negativa esté muy relacionada con
la respuesta de estrés y la inmunosupresión. Varios
estudios sugieren que la inmunosupresión que no se
debe a la secreción de glucocorticoides podría estar
sometida a control neural directo, dado que tanto la
glándula del timo como la médula ósea y los nódu-
los linfáticos reciben inputs neurales. El sistema in-
mune es sensible a muchas sustancias segregadas por
el sistema nervioso. Shavit observó que una descarga
eléctrica intermitente que fuera inevitable reducía la
61
sensibilidad al dolor y suprimía la producción de cé-
lulas NK del sistema inmunitario en los animales ex-
perimentales, mediante la liberación de opiacios en-
dógenos.
Pero ¿por qué hay que suprimir el sistema inmu-
nitario? Después de leer detenidamente los prime-
ros capítulos del libro, se ve muy clara la respuesta:
mantener el sistema inmunitario implica mucho gas-
to energético, y en una situación de estrés es adap-
tativo minimizar este gasto para movilizar la energía
que tenemos disponible y dirigirla a los órganos que
deben responder ante la situación de emergencia.
Sin embargo, volvamos a nuestro gladiador en el
Coliseo. Dado que ha sobrevivido a la contienda, la
herida que le ha infringido su adversario puede ha-
berse infectado, y si su sistema inmunitario no fun-
cionara correctamente no moriría por la espada, pe-
ro probablemente sí que lo haría a causa de una in-
fección. En estas circunstancias no sería adaptativo
disminuir nuestras defensas contra la infección. Re-
sulta que en los primeros momentos de la respues-
ta de estrés muchos de los componentes del sistema
inmunitario se ven reforzados, en especial aquellos
que participan en la inmunidad innata. Parece tener
mucho sentido que en situaciones agudas de estrés
reforcemos inicialmente la inmunidad innata. Se trata
de una respuesta muy rápida e inespecífica a la lesión
del tejido, mediante la cual se incrementa la circula-
ción sanguínea, se produce una respuesta inflamato-
ria y se intentan destruir los posibles patógenos.
62
Con esta respuesta podemos frenar el acceso de
un patógeno al organismo y erradicarlo o impedir
que se desarrolle en los tejidos invadidos. En una si-
tuación de emergencia aumentan las probabilidades
de que suframos una lesión y que los microorganis-
mos penetren en el cuerpo. En el caso del gladiador
es obvio, pero no lo es en el caso de Óscar y de su
preocupación por la hipoteca.
Si el estrés se prolonga durante más tiempo, el
sistema inmunitario se suprime y vuelve a unos ni-
veles normales de respuesta, y de este modo se evi-
ta que haya un exceso de reactividad de este sistema
que pueda llevarnos a una enfermedad autoimmune,
es decir, que el sistema sea tan reactivo que pueda
llegar a atacar nuestras propias células. Supongamos
que unos manifestantes inician una protesta pacífica
y se concentran en un determinado lugar. Para evi-
tar problemas, las autoridades envían varias unidades
de policía a la concentración. La marcha transcurre
sin problemas y los efectivos de la policía únicamente
controlan que no haya ningún tipo de alteración del
orden público. Pero si en lugar de enviar algunas uni-
dades las autoridades deciden enviar un fuerte dispo-
sitivo policial que rodee a la multitud, es probable que
los ánimos se crispen, que se produzca un enfrenta-
miento y que incluso se llegue a hacer uso de las ar-
mas. Con el sistema inmunitario puede suceder algo
parecido. Si potenciamos la función inmune muy por
encima de la línea basal de respuesta, puede suceder
que células y sustancias que en condiciones normales
63
protegerían a las células del organismo de posibles
invasores en esta situación pongan en marcha un ata-
que contra algunos de los componentes del propio
cuerpo. Algunos datos recientes apuntan a la idea de
que si se pone en marcha la respuesta de estrés de
manera temporal pero frecuente, aumenta el riesgo
de que la carga policial irrumpa contra la multitud,
es decir, el riesgo de sufrir una autoimmunidad. Su-
bidas y bajadas de la función inmune llevadas a cabo
de manera reiterada hacen que el sistema reaccione
por encima del nivel basal normal, y esto provoca que
haya mucha policía armada hasta los dientes.
Dejando de lado las manifestaciones y las cargas
policiales, ahora supongamos que el agente estresan-
te se cronifica. En este caso, mantener «despierto»
el sistema inmunitario tiene un coste energético que
no podemos asumir si queremos asegurar la movili-
zación de los recursos de manera correcta en relación
con la respuesta de estrés sostenido, y por ello tiene
lugar una inmunosupresión que deja nuestro sistema
de defensa por debajo de sus niveles basales.
Resumiendo, la aparición aguda de un agente es-
tresante favorece la función inmunitaria. Si este agen-
te perdura en el tiempo, se ponen en marcha meca-
nismos que deprimen el sistema inmunitario para de-
jar su funcionalidad a niveles basales y, de este modo,
evitar la autoinmunidad. Por otro lado, si la aparición
del agente estresante se cronifica, entonces nuestro
sistema inmunitario se deprime y funciona por deba-
64
jo de lo que sería su respuesta normal, lo que aumen-
ta el riesgo de enfermar.
Varios trabajos han demostrado que muchos es-
tímulos estresantes pueden aumentar la susceptibili-
dad de sufrir ciertos procesos patológicos, como por
ejemplo enfermedades infecciosas (por ejemplo, el
resfriado común). Si analizamos la incidencia de ca-
sos de gripe en los estudiantes en época de exáme-
nes, veremos que se dispara en comparación con la
de otros intervalos de tiempos (como, por ejemplo,
las vacaciones). Diferentes investigaciones han mos-
trado que algunos virus latentes en nuestro organis-
mo tienen más probabilidad de «despertarse» en si-
tuaciones de estrés. Es el caso del virus del herpes.
Este virus tiene la capacidad de migrar a los ganglios
de las raíces dorsales de la médula espinal y quedar
latente durante tiempo. El virus del herpes es sensi-
ble a los niveles de glucocorticoides, de manera que
cuando estos aumentan hasta un determinado valor,
besan a la bella durmiente para que despierte de su largo letar-
go. Se trata de una estrategia muy astuta: permanecer
dormido y callado en un rincón hasta que el sistema
inmunitario esté muy debilitado, y entonces aflorar y
actuar, por ejemplo, contra nuestro tejido nervioso.
En el caso del sida, diferentes trabajos han pro-
bado que el estrés puede alterar el curso de esta en-
fermedad. En este proceso infeccioso, parece que la
actividad del sistema nervioso simpático es más im-
portante que la del eje HPA. Recientemente, Burchell
(2010) ha mostrado que el estrés de tipo psicosocial
65
aumenta el riesgo de sufrir una infección del virus
de inmunodeficiencia humana. De hecho, el estilo de
vida parece que es uno de los medios importantes en
la relación entre el estrés y la función inmunitaria (tal
como sucede en el caso del cáncer). Por ejemplo, Na-
kimuli-Mpungu mostró en 2009 que el estrés psico-
social constituye un factor de riesgo importante para
disminuir la obediencia a la prescripción médica de
la terapia retroviral.
¿Qué sucede en el caso del cáncer? Los procesos
tumorales requieren mucha energía para su desarro-
llo. Podríamos pensar, de entrada, que la respuesta
de estrés en cuanto que facilita la disponibilidad de
glucosa en sangre podría influir en el ritmo de creci-
miento de un tumor. Otro aspecto que se debe tener
en cuenta es que el estrés puede afectar a la efectivi-
dad de los linfocitos citolíticos naturales. Teniendo
presente que este tipo de células ayudan a evitar que
los tumores se desarrollen, podríamos pensar que el
estrés tiene un papel importante en el desarrollo de
un proceso tumoral. En modelos animales se ha visto
que el estrés puede acelerar el crecimiento tumoral.
Sin embargo, hasta hoy no hay evidencias sólidas en
seres humanos que aseguren una relación directa en-
tre cáncer y estrés, ni en relación con la incidencia, ni
en la recaída o en el curso de la enfermedad. Autores
como Robert M. Sapolsky creen que existen múlti-
ples razones para creer que el estilo de vida ejerce un
papel clave en la conexión entre estrés y el curso del
cáncer.
66
Llegados a este punto, podemos preguntarnos có-
mo podemos mejorar nuestro sistema de defensa y
evitar, por ejemplo, que el estrés que tiende a croni-
ficarse haga que enfermemos. Los medios nos bom-
bardean con publicidad de diferentes productos pro-
bióticos que supuestamente «ayudan a nuestras de-
fensas». Las bacterias productoras de ácido lácteo
pertenecen a una comunidad microbiana presente en
el intestino de muchos animales. Estas bacterias ejer-
cen un papel importante en el ser humano y en otras
especies de animales como moduladores del sistema
inmunitario. Algunas de estas bacterias (por ejemplo,
Lactobacillus acidophilus, Lactobacillus bulgaricus, Lactoba-
cillus casei, Lactobacillus plantarum, Lactobacillus rhamno-
sus, etc.) son muy conocidas por el público, dado que
la industria láctea las ha utilizado ampliamente en la
elaboración de alimentos probióticos. Son bacterias
que, en cantidades adecuadas, han mostrado eficacia
en el tratamiento y la prevención de algunos trastor-
nos y en la mejora de la digestión y la absorción de
nutrientes. En los últimos años, se han utilizado para
conseguir una respuesta inmunitaria o para transpor-
tar componentes como vacunas orales.
Recientemente, Dong y colaboradores (2010) han
demostrado que el Lactobacillus casei es capaz de pro-
mover la actividad de los linfocitos citotóxicos y de
inducir la producción de algunas citocinas, lo que po-
tencia tanto la respuesta inmunitaria innata como la
adaptativa para facilitar la destrucción de las células
67
del organismo infectadas. Esta bacteria también es
capaz de modular los procesos inflamatorios.
En 2010, Baldwin y colaboradores evaluaron el
efecto del Lactobacillus acidophilus y del Lactobacillus ca-
sei sobre el cáncer colon-rectal. Estos autores demos-
traron que estas bacterias podían provocar un au-
mento de muerte programada en las células tumora-
les, lo que hizo pensar que se podían utilizar como
tratamiento de refuerzo en la quimioterapia. Parece,
por lo tanto, que beber estos preparados lácteos en
proporciones adecuadas puede ayudar a nuestro sis-
tema inmunitario. Sin embargo, por ahora faltan evi-
dencias sólidas sobre su eficacia para minimizar los
efectos del estrés crónico en nuestro sistema inmuni-
tario. Quizá de aquí a pocos años las casas comercia-
les podrán afirmar que su producto nos ayuda no so-
lo a aumentar nuestras defensas, sino también a mi-
nimizar los efectos del estrés sobre la salud.
68
SEXO, PLACER Y ESTRÉS
69
En la región sacra de la médula espinal, las neuronas
parasimpáticas se pueden activar directamente gra-
cias a los axones de los mecanorreceptores de los ge-
nitales y a los axones descendentes del cerebro. El
incremento de volumen y la erección del pene y del
clítoris dependen del flujo sanguíneo. El sistema pa-
rasimpático estimula la liberación de acetilcolina, un
polipéptido intestinal vasoactivo y óxido nítrico di-
rectamente a los tejidos eréctiles. Durante la cópula,
el sistema parasimpático también estimula la libera-
ción de sustancias lubricantes de las paredes vagina-
les (glándulas de Bartholin en la mujer) y de la glán-
dula bulbouretral (en el hombre). Cuando la estimu-
lación sexual es bastante intensa, las neuronas des-
cendentes del cerebro y los terminales procedentes
del pene y del clítoris activan las neuronas simpáti-
cas ubicadas en los segmentos lumbar y torácico de
la médula espinal. En el hombre, los terminales efe-
rentes simpáticos desencadenan los procesos de emi-
sión y eyaculación del semen, y en las mujeres, la ac-
tivación simpática genera fuertes contracciones mus-
culares durante el orgasmo, dilatación del conducto
cervical y un aumento de la motilidad del útero y de
las trompas de Falopio, lo que facilita el transporte
de los espermatozoides hacia el óvulo.
En definitiva, para poder iniciar la conducta se-
xual necesitamos una activación del sistema nervio-
so parasimpático. Tal como se ha explicado anterior-
mente, las dos ramas del sistema nervioso autóno-
mo (simpático y parasimpático) son antagónicas, es
70
decir, no se pueden activar a la vez. O se activa una
o se activa la otra. En una situación de estrés agudo
se activa el sistema nervioso simpático; ya podemos
pensar lo que esto supone.
Imaginemos la siguiente situación. Israel y Neus
llevan saliendo unas semanas. Han ido a cenar y des-
pués de una romántica velada deciden ir a la casa de
Israel. Allí, el desenfreno sexual los conduce en un
abrir y cerrar de ojos al dormitorio, y se acuestan con
la mitad de la ropa puesta y la otra mitad perdida por
el pasillo. El frenesí del momento hace que la estan-
tería que queda cerca de la cama se caiga al suelo y
produzca un ruido repentino y ensorcededor. Am-
bos pierden repentinamente su excitación sexual: el
sistema simpático se activa y el parasimpático se in-
hibe por la caída de la estantería.
En algunos animales, en lugar de inhibirla, el es-
trés estimula la erección. Esto pasa, por ejemplo, en
el caso de la hiena manchada (Crocuta crocuta). Las
hembras de esta especie tienen un clítoris muy desa-
rrollado, de tal manera que cuando experimentan una
erección clitoriana parece que se trate del pene erec-
to de un macho. Estas hembras tienen una erección
para mostrar subordinación social a otro animal que
está por encima en la jerarquía establecida (en una
emoción existen diferentes componentes, algunos de
ellos sirven como vehículo de comunicación entre
los individuos de una misma especie o, incluso, de
especies diferentes, en este caso la erección sirve para
comunicar subordinación al orden social).
71
¿Qué pasa con las hormonas? En condiciones
normales, las células hipotalámicas liberan en el sis-
tema porta-hipotálamo-hipofisiario la hormona libe-
radora de gonadotropinas (GnRH), que estimula la
secreción al torrente circulatorio de la hormona lu-
teinizante (LH) y de la hormona folículo-estimulan-
te (FSH). La LH y la FSH hacen que las gónadas
sexuales (testículos y ovarios) segreguen las hormo-
nas sexuales propiamente mencionadas (fundamen-
talmente estradiol en hembras y testosterona en ma-
chos). Además, la corteza de la glándula suprarrenal
también produce hormonas sexuales. Otras hormo-
nas son la oxitocina y vasopresina (ambas liberadas
por la hipófisis). La oxitocina tiene un papel regula-
dor sobre la conducta sexual y parental de los ma-
míferos, actuando en el cerebro (fundamentalmente
sobre ciertas regiones del hipotálamo) para potenciar
la inducción de deseo sexual. Esta hormona también
interviene en los mecanismos de erección peneana y
eyaculación. Por su parte, la vasopresina (además de
participar en la regulación de la producción de orina
y en la presión sanguínea) interviene en las conduc-
tas sexuales relacionadas con el establecimiento de
jerarquías de dominancia social.
En definitiva, las hormonas sexuales (fundamen-
talmente las esteroides gonadales, como por ejemplo
la testosterona y el estradiol) activan la conducta se-
xual humana. ¿Qué pasaría si redujéramos su presen-
cia en el organismo? Cuando aparece un agente es-
tresante disminuye la concentración de GnRH, y por
72
lo tanto se reducen los niveles de FSH y de LH; esto
implica una menor liberación de testosterona y estra-
diol por parte de las gónadas.
Supongamos que estamos trabajando en una em-
presa donde las revisiones médicas son obligatorias.
Una de las pruebas consiste en un análisis de orina. Si
tuviéramos que orinar en un bote de muestra delante
de todo el cuadro médico que realiza la exploración,
seguro que los niveles de hormonas sexuales que en-
contrarían al analizar la orina serían bien bajos.
En una situación de estrés, se liberan unas sustan-
cias denominadas opioides endógenos. Estas sustan-
cias pueden inhibir la producción de GnRH y, por
ello, afectar a los niveles de hormonas sexuales cir-
cundantes. ¿Cuáles son exactamente los opioides en-
dógenos? Volvamos al gladiador y a la descripción de
su combate en el Coliseo, cuando a pesar de haber
sido herido no sentía dolor y estaba concentrado so-
lo en las reacciones de su oponente y en sus propias
acciones. La causa de esta aparente analgesia son los
opioides endógenos, que tienen una estructura quí-
mica muy parecida a la de opiáceos como la morfina.
Podemos distinguir tres grupos de opioides en-
dógenos: péptidos derivados de la proencefalina (en-
cefalinas), péptidos derivados de la proopiomelano-
cortina (endorfinas) y péptidos derivados de la prodi-
norfina (dinorfinas). En el cerebro, las neuronas que
sintetizan endorfinas se localizan en el hipotálamo y
envían sus largas proyecciones a una región denomi-
nada sustancia gris periacueductal. Esta región es crí-
73
tica para modular la información nociceptiva y para
producir analgesia. En los años setenta y principios
de los ochenta se comprobaron los efectos del estrés
sobre la percepción del dolor. Ante la exposición a
descargas eléctricas que el sujeto no podía controlar,
se elevaba el umbral del dolor (era necesario aumen-
tar la intensidad de la descarga para experimentar do-
lor), y este efecto podía ser bloqueado parcialmente
por naloxona (una sustancia que bloquea los recep-
tores para opiáceos en el sistema nervioso).
Posteriormente, otros trabajos han intentado pro-
fundizar en esta relación mostrando que el control
que el sujeto tiene sobre el agente estresante puede
ser uno de los factores principales para que se pro-
duzca la analgesia inducida por estrés (si no hay con-
trol de la situación, se produce analgesia). También
se ha podido comprobar que el efecto de la analgesia
puede disminuir al aparecer el agente estresante de
manera repetida. Algunos trabajos recientes ponen
de manifiesto la existencia de otros mecanismos pa-
ralelos no opiáceos que podrían participar en la anal-
gesia inducida por estrés. Por ejemplo, hoy en día sa-
bemos que la oxitocina bloquea la sensibilidad al do-
lor en las vías neurales que transmiten la información
nociceptiva en el cerebro.
Los opioides endógenos se liberan en otras situa-
ciones. Por ejemplo, se ha podido comprobar que la
acupuntura puede estimular la liberación de estas sus-
tancias. También se liberan cuando hacemos deporte.
Es muy adaptativo liberar opioides endógenos cuan-
74
do hecemos deporte, dado que producimos un des-
gaste de ciertos tejidos que nos producirían dolor.
Para evitarlo se liberan estas sustancias que nos «en-
ganchan» a la actividad física. ¿No habíamos dicho
que se asemejaban a la morfina?
Si los opioides endógenos ayudan a bloquear la
secreción de GnRH en el hipotálamo, ¿qué les pasa a
las personas que hacen mucho deporte? Resulta que
las personas que hacen mucho ejercicio presentan ni-
veles más bajos de hormonas sexuales y esto, a lar-
go plazo, puede afectar a algunos aspectos de la fun-
ción reproductora (movilidad del esperma, alteracio-
nes del ciclo menstrual, etc.).
Supongamos que trabajamos para una empresa en
el distrito 22@ de Barcelona. A mediodía, antes de
comer, nos calzamos las zapatillas deportivas y nos
ponemos a correr por la rambla de Poble Nou, ba-
jamos hasta la playa y realizamos varios recorridos
en paralelo al mar Mediterráneo. Volvemos al traba-
jo habiendo corrido unos diez kilómetros. Si hiciéra-
mos esto cada día, aumentaría notablemente nuestro
riesgo de descalcificación de los huesos, de disminu-
ción de la masa ósea y de problemas estructurales en
la columna vertebral. Recordemos lo que hemos ex-
plicado en el capítulo anterior sobre el papel que tie-
nen las hormonas sexuales en el crecimiento y la re-
cuperación ósea. Si disminuimos constantemente sus
niveles, podemos ver comprometida no solo nuestra
respuesta sexual, sino también nuestra capacidad pa-
75
ra mantener en buenas condiciones nuestro aparato
esquelético.
Además de los opioides endógenos, en la respues-
ta de estrés también se puede liberar prolactina, lo
que disminuye la sensibilidad de la hipófisis en la
GnRH. Además, se ha podido comprobar que los
glucocorticoides bloquean la sensibilidad de la hipó-
fisis en la GnRH y reducen la respuesta de las góna-
das a la LH y que la secreción de CRH fomenta la
inhibición de la GnRH. El resultado final es una dis-
minución de la liberación de hormonas sexuales en
la sangre.
En el sistema endocrino de las hembras hay una
pequeña cantidad de hormonas masculinas, proce-
dentes de las glándulas suprarrenales. En las células
adiposas femeninas hay una enzima, la aromatasa,
que convierte estas hormonas masculinas en estró-
genos (hormonas femeninas). El estrés reduce el nú-
mero de células adiposas y, por lo tanto, disminuyen
las cantidades de aromatasa; de este modo se inhiben
algunos aspectos del sistema reproductor femenino.
El estrés inhibe los niveles de progesterona, con lo
que se interrumpe la maduración de las paredes ute-
rinas. También puede aumentar el riesgo de errores
en la implantación del óvulo cuando es fecundado e,
incluso, dado que la irrigación sanguínea fetal se al-
tera, disminuir la probabilidad de que el embarazo se
lleve a cabo.
76
En términos generales podemos decir que el es-
trés puede alterar los ciclos reproductivos e influir
negativamente sobre el deseo sexual.
El dormilón
77
nos describe una sociedad futura que huye de las an-
tiguas costumbres. En el mencionado contexto, lle-
var a cabo el acto sexual mediante los métodos tra-
dicionales es tildado de anticuado y repulsivo. Para
poder llegar a un orgasmo, una pareja debe estar co-
nectada únicamente por un dispositivo electrónico,
sin llegar a tocarse físicamente. En la película de Trey
Parker Orgazmo, el orgazmorator era un dispositivo
con forma de pistola de agua diseñado para generar
orgasmos múltiples y sucesivos en el hombre. Estos
son algunos ejemplos de cómo el placer, íntimamen-
te ligado al sexo y a la tecnología, ha preocupado a
la industria del cine.
Nuestra sociedad vive inmersa en un continuo
bombardeo de estímulos que buscan el placer de las
personas. Placer mediante la comida, el sexo e inclu-
so el bienestar físico y la relajación del cuerpo. Ima-
ginemos que tenemos en nuestras manos un mando
parecido al de la famosa consola de videojuegos Wii.
Cada vez que pulsamos el botón principal del mando,
una oleada de inmenso placer recorre nuestro cuer-
po. Es como si tuviéramos un orgasmo pero multi-
plicado con creces. ¿Qué es lo que sucedería? Segu-
ramente se convertiría en un problema social a gran
escala que llevaría a las autoridades a prohibir taxa-
tivamente el uso del voluptuoso mando. El ser hu-
mano con un artefacto de esta índole bajo su poder
podría dejar de lado otras conductas necesarias para
la supervivencia y la perpetuación de la especie. Nos
78
engancharíamos inevitablemente a esta puerta direc-
ta a la máxima expresión de placer.
¿Esto puede llegar a suceder algún día? Es cierto
que estamos más cerca de ello de lo que pensamos.
En los años cincuenta, James Olds y su alumno Pe-
ter Milner investigaban los procesos de aprendizaje
y memoria en ratas. Estos investigadores partían de
la hipótesis de que la estimulación eléctrica de cier-
tas regiones del cerebro podía llegar a facilitar la me-
moria de sus animales experimentales. Para compro-
bar esta hipótesis, implantaban electrodos en diferen-
tes zonas del cerebro y las estimulaban eléctricamen-
te después del aprendizaje de una determinada tarea.
Observaron que uno de los animales cada vez que
recibía una descarga de estimulación eléctrica se que-
daba muy quieto. Cuando no se le estimulaba, vol-
vía a la parte del habitáculo experimental donde lo
había recibido previamente. Era como si la descarga
eléctrica que recibía su cerebro le gustara y volviera
a buscar más.
Olds y Milner idearon un dispositivo para com-
probar si la descarga producía placer al animal. En
el habitáculo experimental, dispusieron una pequeña
palanca conectada al dispensador de corriente eléc-
trica del electrodo que llevaba implantado el animal,
de manera que cada vez que la rata accionara la pa-
lanca se autoadministraría la descarga estimulante. El
resultado fue que la rata enloqueció a causa de la pa-
lanca. La accionaba una y otra vez sin que nada de lo
que sucedía a su alrededor le interesara lo más míni-
79
mo. Estos investigadores demostraron azarosamente
que la estimulación eléctrica del cerebro podía pro-
ducir placer.
La estimulación eléctrica de algunas zonas del ce-
rebro puede resultar agradable y placentera para di-
ferentes especies de animales, y también para el ser
humano. En los años sesenta, un grupo de investi-
gación de la escuela de medicina de Tulane Univer-
sity mostró que la estimulación eléctrica de diferentes
áreas del cerebro humano tenía propiedades reforza-
doras. Este fenómeno ha sido muy útil para enten-
der los mecanismos cerebrales del refuerzo, es decir,
aquellos que se activan en relación con el placer que
sentimos cuando tenemos un orgasmo, comemos un
alimento que nos gusta o, incluso, recibimos un ma-
saje.
El descubrimiento de que las ratas podían apren-
der a estimularse eléctricamente algunas de las regio-
nes cerebrales, obtenido por J. Olds y P. M. Milner en
1954, se convirtió en el punto de partida de muchos
estudios experimentales sobre la fisiología del sustra-
to nervioso del refuerzo, de los circuitos de nuestro
cerebro sobre los cuales actúan los efectos reforza-
dores de las cosas que nos producen placer. En de-
finitiva, en los cincuenta dos investigadores ya ha-
bían comprobado empíricamente lo que veinte años
después fue un tópico tratado con prodigalidad en la
Slepper de Woody Allen y en posteriores trabajos de
otros directores de cine.
80
Las drogas también actúan sobre los mecanismos
cerebrales del refuerzo, sobre todo aumentando los
niveles de un neurotransmisor: la dopamina. No to-
dos los sujetos presentan un riesgo equivalente pa-
ra ingerir drogas, ni de acabar dependiendo de ellas.
Muchos sujetos que experimentan con drogas duran-
te largos periodos de tiempo (de manera esporádica o
continuada) no se vuelven adictos a estas. Del mismo
modo, hay múltiples evidencias clínicas que ponen de
manifiesto que no todos los adictos responden igual
a los tratamientos implementados en el ámbito de la
terapéutica de la adicción. Cada una de estas diferen-
cias interindividuales parece que es un reflejo de la
interacción entre múltiples factores genéticos y am-
bientales. Es aquí donde el estrés podría ejercer un
papel esencial. Por ejemplo, se ha podido comprobar
que las ratas que muestran más probabilidad de auto-
administrarse una droga cuando se les da la oportu-
nidad de hacerlo son aquellas más reactivas a la res-
puesta de estrés, es decir, aquellas que liberan durante
más tiempo glucocorticoides en respuesta al agente
estresante. Además, durante la primera exposición a
la droga, parece que esta liberación de glucocorticoi-
des también está relacionada con un mayor aumento
de la liberación de dopamina en el circuito nervioso
del refuerzo.
Existe una relación muy fuerte entre estrés y adic-
ción. En diferentes modelos animales y en seres hu-
manos, se ha podido comprobar que el estrés aumen-
ta el riesgo de caer en una adicción y es capaz de
81
provocar el restablecimiento del uso de la droga. Por
ejemplo, si se induce estrés de manera impredecible
a una rata antes de intentar establecer un programa
de autoadministración de una droga, es más probable
que la rata se vuelva adicta a la sustancia en cuestión.
Del mismo modo, diferentes trabajos han compro-
bado que la presencia de agentes estresantes duran-
te la fecundación y en edades tempranas del desarro-
llo aumenta la probabilidad de que el sujeto se auto-
administre drogas cuando sea adulto. Esto se ha ob-
servado en ratas, en monos y en seres humanos. Pa-
ra que el estrés afecte años después sobre la conduc-
ta de un individuo en este sentido, debe haber podi-
do generar modificaciones estructurales en el circui-
to nervioso del refuerzo.
Hoy en día, sabemos que el estrés puede activar (e
incluso modificar) el sustrato nervioso del refuerzo
actuando mediante la liberación de glucocorticoides,
adrenalina, CRH, opiacios endógenos y otras sustan-
cias. Parece que los circuitos de la corteza prefron-
tal tienen un papel clave en los efectos del estrés so-
bre la adicción. Diferentes autores han sugerido que
la respuesta de estrés podría estar relacionada con la
adicción actuando por medio de dos sistemas clara-
mente diferenciados: la activación del eje HPA y los
cambios que ocasiona en la corteza prefrontal. Tal
como hemos visto anteriormente, los glucocorticoi-
des tienen un papel fundamental en el control de la
actividad del eje HPA mediante un efecto de retroali-
mentación negativa en la hipófisis, el hipotálamo, el
82
hipocampo y en la corteza prefrontal. ¿Qué sucede-
ría si los sistemas funcionales de la corteza prefrontal
no funcionaran correctamente?
Se ha podido comprobar que la aparición transi-
toria de determinados agentes estresantes puede ele-
var los niveles de dopamina, lo que aumneta el po-
der gratificante de una droga. Sin embargo, cuando
se retira una droga después de un consumo reiterado,
aumentan los niveles de glucocorticoides. El estrés
aumenta las recaídas de un adicto. Algunos autores
sugieren que los mecanismos subyacentes a las recaí-
das inducidas por el estrés podrían implicar la acti-
vación del circuito nervioso del refuerzo y podrían
asemejarse más a una reexposición a la droga que a
los síntomas asociados a la retirada de esta.
83
ESTRÉS Y MEMORIA
85
atentado de las torres gemelas del 11 de septiembre
de 2001.
Autores como Larry Cahill y James L. McGaugh
sugieren que los acontecimientos emocionalmente
activadores y estresantes aumentan la memoria por-
que ponen en marcha sistemas que regulan el alma-
cenamiento de la información que se está adquirien-
do. La hipótesis de estos autores se conoce como hi-
pótesis de la modulación emocional de la memoria, que enfa-
tiza el papel de la amígdala en la facilitación del pro-
ceso de consolidación de la memoria en otras regio-
nes del cerebro después de que la situación emocio-
nal haya tenido lugar. Según esta hipótesis, las princi-
pales sustancias implicadas en los efectos de la amíg-
dala (fundamentalmente, la amígdala basolateral) so-
bre diferentes sistemas de memoria serían tres: adre-
nalina, noradrenalina y glucocorticoides. La influen-
cia de estas tres sustancias sobre la amígdala parece
resultar primordial para la modulación del almacena-
miento de la información en la corteza, afectando a
los procesos de consolidación de la memoria en cur-
so. Esto explicaría por qué el estrés agudo y de inten-
sidad moderada puede llegar a facilitar los procesos
de aprendizaje.
Los efectos del estrés dependen de su magnitud
y de su duración. Ciertos niveles de estrés en mo-
mentos puntuales (tal como acabamos de ver) pue-
den facilitar los procesos de aprendizaje y memoria.
Sin embargo, si aumentamos la duración y la magni-
tud del estrés, este puede ocasionar modificaciones
86
en los mecanismos de plasticidad sináptica, cambios
morfológicos en el cerebro e incluso la muerte celu-
lar y la supresión del nacimiento de nuevas neuronas.
87
neuronas del hipocampo. Al parecer, estas hormonas
del estrés dañan las neuronas al disminuir la entrada
de glucosa y la obtención de una sustancia transmi-
sora llamada glutamato. Esto deja a las neuronas en
un estado de máxima vulnerabilidad, de modo que
si se produce algún cambio que afecta al medio en
que se encuentran, es probable que estas neuronas
acaben muriendo.
Durante el envejecimiento, es bastante habitual
que haya cambios en la cantidad de flujo sanguíneo
que llega al cerebro, dado que el sistema vascular tam-
bién envejece. En condiciones neuronales normales,
estos cambios podrían pasar desapercibidos. Sin em-
bargo, si nos topamos con neuronas vulnerables, los
cambios pueden resultar letales. Durante la vejez, se
dan niveles elevados de glucocorticoides, debido a un
error en la retroalimentación inhibitoria de los glu-
cocorticoides presentes en sangre sobre la liberación
de CRH y ACTH. Este déficit de retroalimentación
se debe al hecho de que, cuando se es viejo, el hipo-
campo, una estructura muy rica en receptores para
glucocorticoides, degenera; y tal como hemos visto
parece que lo hace por la exposición a los mismos
glucocorticoides durante toda la vida. Estamos ante
un pez que se muerde la cola.
Desde que Bruce McEwen describió que el hipo-
campo era muy sensible a las hormonas del estrés, da-
do que disponía de grandes cantidades de receptores
para estas hormonas, numerosas investigaciones han
señalado que la sobreexposición a estas sustancias
88
presenta un claro efecto tóxico sobre las neuronas del
hipocampo. Puede ser muy angustiante el hecho de
pensar que todos los episodios estresantes que han
tenido lugar a lo largo de nuestras vidas puedan haber
aumentado la probabilidad de que suframos proble-
mas de memoria durante el envejecimiento. En esta
línea, un estudio llevado a cabo en 1996 con ancianos
sanos demostró que aquellos que presentaban nive-
les más altos de cortisol en sangre tenían más proble-
mas para resolver una determinada tarea de aprendi-
zaje. En los años ochenta, un grupo de investigadores
mostró que personas jóvenes que habían sido some-
tidas a torturas presentaban una atrofia cerebral acu-
sada. Además, estudios de neuroimagen han mostra-
do la presencia de atrofia hipocampal asociada al es-
trés y con las alteraciones cognitivas y psiquiátricas
relacionadas con los glucocorticoides.
En ratas, parece que una parte del hipocampo (la
región CA1) es particularmente vulnerable a los efec-
tos del estrés crónico. Otras investigaciones en pri-
mates han puesto de manifiesto que la exposición
aguda a un estímulo estresante puede afectar al fun-
cionamiento normal del hipocampo. Así, en 1989,
Uno y colaboradores estudiaron una colonia de cer-
copitecos verdes en Kenia (Cercopithecus aethiops). Es-
tos monos catarrinos se encuentran en amplias zo-
nas del África subsahariana, tanto en zonas de saba-
na como de bosque, y disponen de una sociedad muy
jerarquizada, de modo que los sujetos que ocupan las
posiciones más bajas de esta estratificación son per-
89
seguidos por los miembros que se encuentran por
encima de ellos. Los investigadores observaron que
algunos de estos primates morían aparentemente de-
bido al estrés; de hecho, los análisis post mortem des-
cribieron la presencia de úlceras gástricas, hipertrofia
de la glándula suprarrenal y destrucción de neuronas
de CA1 en el hipocampo.
En el caso de la amígdala, la exposición a un estrés
repetido en ratas potencia la sensibilidad de las neu-
ronas en una región de la amígdala, la amígdala ba-
solateral. Este efecto parece que depende del tipo de
estímulo estresante utilizado. Todavía no está claro si
esta sensibilización o activación de la amígdala como
consecuencia del estrés sostenido podría ser un com-
ponente importante en relación con la modulación
de la memoria por el estrés. Lo que sí queda claro, tal
como hemos visto al principio del capítulo, es que la
amígdala basolateral es la estructura subcortical críti-
ca que nos permitirá consolidar una información de
una manera muy fuerte. Esto explicaría por qué re-
cordáis qué estabais haciendo cuando os enterasteis
del atentado del 11 de septiembre en Nueva York.
El estrés repetido que causa la remodelación de
las neuronas y las conexiones a la amígdala también
produce una remodelación neuronal simultánea en
el córtex prefrontal y en el hipocampo, dos estructu-
ras que regulan la actividad del eje HPA. La exposi-
ción a estrés crónico o a niveles altos de glucocorti-
coides puede suprimir el nacimiento de nuevas neu-
ronas en una parte de la formación hipocampal (el
90
giro dentado). El estrés, además, puede comprome-
ter la supervivencia celular exacerbando la neuroto-
xicidad de otros estímulos que puedan afectar al hi-
pocampo. Estudios con ratas han puesto de mani-
fiesto que la exposición a estrés crónico genera re-
modelaciones neuronales, atrofia y pérdida neuronal
en la región medial de la corteza prefrontal. Mayori-
tariamente, estos cambios inducidos por el estrés en
el hipocampo y en el córtex prefrontal medial son re-
versibles, al menos en los modelos con animales que
hasta ahora se han investigado. Dado que las regio-
nes del cerebro están conectadas entre sí, es probable
que la remodelación estructural de una región influya
en las funciones de otras regiones del cerebro.
Diferentes trabajos de electrofisiología han mos-
trado de manera consistente que el estrés crónico de-
teriora los mecanismos de plasticidad sináptica, po-
siblemente como consecuencia funcional de las alte-
raciones estructurales comentadas anteriormente.
Por otro lado, investigaciones recientes han inten-
tado relacionar unas sustancias concretas, las molé-
culas de adhesión neural (NCAM), con el déficit de
memoria generado por la exposición al estrés. Las
NCAM ejercen un papel muy importante en el reco-
nocimiento de célula con célula y en la estabilización
de las sinapsis (contactos entre las neuronas). Ade-
más, estas moléculas también participan en la expan-
sión del cuerpo de una neurona, en la activación de
las cascadas de transducción de señales, en la forma-
ción y eliminación de sinapsis, etcétera. Por otro la-
91
do, las NCAM se han relacionado con la inducción
de potenciación a largo plazo (PLP) en el hipocam-
po, que se trata de un modelo experimental de plas-
ticidad relacionado con la formación de la memoria.
Hoy sabemos que las NCAM son sensibles al es-
trés. De este modo, se ha podido comprobar que, en
ratas, el estrés crónico genera drásticas reducciones
de los niveles de NCAM en el hipocampo. Dado que
estas moléculas en el hipocampo son importantes pa-
ra la consolidación de la memoria, autores como Car-
men Sandi sugieren que la reducción de los niveles de
NCAM hipocampal encontrada después de la apari-
ción de agentes estresantes podría contribuir al dete-
rioro de la consolidación y de los procesos de recu-
peración de la información almacenada.
Hasta aquí, hemos visto cómo el estrés puede
afectar a nuestra capacidad para almacenar la infor-
mación. Múltiples evidencias científicas relacionan el
sueño con la consolidación de la memoria. Además,
se ha podido comprobar que la privación de sueño
puede resultar un importante agente estresante. To-
dos somos conscientes de que cuando algo nos preo-
cupa mucho nos cuesta conciliar el sueño. ¿Existe al-
guna relación entre memoria, sueño y estrés? Antes
de contestar esta cuestión analizaremos algunos as-
pectos fundamentales del sueño y su relación con la
memoria.
92
¿Por qué dormimos?
93
serie de modificaciones en la homeostasis corporal
que se deben corregir de alguna forma para restaurar
el cuerpo y volver a los niveles basales. De esta ma-
nera, dormir permite recuperar el equilibrio interno.
El tercer grupo de teorías se centra en la conserva-
ción energética, independientemente de si tiene im-
plicaciones reparadoras o evolutivas en relación con
los ritmos circadianos (ciclos rítmicos de aproxima-
damente veinticuatro horas). De este modo, la fun-
ción del sueño podría orientarse a recuperar los nive-
les de glucógeno perdidos durante las horas de vigi-
lia. Además, durante los periodos de oscuridad nor-
malmente se da un descenso de las temperaturas. En
este contexto, si quisiéramos estar activos durante la
noche, necesitaríamos más cantidad de energía para
mantener nuestro equilibrio interno en relación con
la temperatura corporal. Hoy sabemos que la tempe-
ratura corporal sigue un ciclo de aproximadamente
veinticuatro horas: durante la noche, esta es más ba-
ja, y así la pérdida de calor corporal disminuye. Tal
como podría esperarse según esta teoría, el metabo-
lismo medido por el consumo de oxígeno disminuye
durante la noche. Sin embargo, esta teoría no podría
explicar, por ejemplo, por qué algunos mamíferos co-
mo las ratas muestran actividad nocturna y duermen
durante las horas de sol. Un mamífero como el león
tiene muy pocos peligros en su hábitat natural. So-
lo algunas veces su tranquilidad puede verse afectada
por el hombre o por animales como el elefante. Esta
disposición hace que pueda dormir con tranquilidad
94
después de una comilona sin poner en peligro su su-
pervivencia.
Las serpientes son animales ectotermos, es decir,
animales que toman su temperatura del medio. La re-
gulación corporal no se da por proceso metabólico,
como en el caso de los mamíferos, sino por una acti-
vidad específica: la búsqueda de calor de fuentes ex-
ternas. Además, una serpiente puede estar semanas
sin probar bocado. Son animales poco activos y que
pasan muchas horas durmiendo. Según las teorías de
la recuperación, estos animales duermen para recu-
perar el equilibrio homeostático interno. Sin embar-
go, las teorías circadianas argumentarían que dormir
es una estrategia para mantenerse inactivo mientras
no haya que llevar a cabo actividades necesarias para
la propia supervivencia y, de este modo, conservar los
recursos energéticos de una manera más eficiente.
El delfín del río Indo de Pakistán (Platanista indi)
es una especie que no tiene cristalinos, y como en
aquellas aguas la visión no le sirve de mucho es ciego.
Aunque está capacitado para diferenciar la intensidad
y la dirección de la luz, navega y caza por ecolocaliza-
ción. Este mamífero marino no puede dejar de nadar.
Por eso el hecho de dormir representa un grave pe-
ligro para el animal. No obstante, y aunque evoluti-
vamente no sea la mejor estrategia adaptativa, en es-
ta especie el sueño se ha conservado. Estos animales
duermen unas siete horas diarias, pero a intervalos
que duran entre cinco y cincuenta segundos. Otros
95
mamíferos marinos presentan un sueño unihemisfé-
rico, y alternan los hemisferios.
Dormir se ha conservado evolutivamente en ani-
males que van desde la mosca de la fruta hasta el pro-
pio ser humano. Además, el sueño es necesario para
la supervivencia. La privación del sueño en mamífe-
ros produce pérdidas de peso, errores en la regula-
ción de la temperatura, alteraciones de la respuesta
inmunitaria, reducción de las capacidades cognitivas,
alteración del estado de ánimo, alucinaciones e inclu-
so la muerte.
Según las características observadas en diferentes
parámetros electrofisiológicos, el sueño de los mamí-
feros y las aves puede subdividirse en sueño REM
(REM son las siglas de la expresión inglesa rapid
eye movement, movimientos oculares rápidos) y sueño
NREM (sin movimientos oculares rápidos). El sueño
REM también ha recibido el nombre de sueño para-
dójico por el hecho de que muchas de las caracterís-
ticas que lo definen se asemejan más al estado de vi-
gilia que al de sueño. En este sentido, por ejemplo, el
registro de la actividad eléctrica del cerebro muestra
un patrón de actividad rápido y desincronizado que
recuerda al patrón de actividad cerebral de la persona
cuando está despierta. Por otro lado, y como indican
las siglas REM, el registro de la actividad ocular se
caracteriza por la presencia de movimientos oculares
rápidos durante buena parte del estadio. Otra carac-
terística esencial del sueño REM es la parálisis tem-
poral de la musculatura estriada de todo el cuerpo
96
(excepto para los músculos controlados por los pares
craneales del tronco encefálico, que permiten, entre
otros cosas, que se muevan los ojos). Se trata de un
mecanismo que protege al organismo de posibles le-
siones, dado que impide que se representen los soni-
dos vívidos característicos del sueño REM. Imaginad
que estáis soñando que os encontráis en medio de un
partido de baloncesto. Sin este mecanismo, podríais
despertaros con la lámpara de la mesilla de noche en
vuestras manos intentando hacer una cesta sobre la
cómoda de la habitación.
El sueño NREM tiene como principal caracterís-
tica la subdivisión en cuatro estadios (I, II, III y IV),
a lo largo de los cuales el sueño se muestra progresi-
vamente más profundo. El sueño del estadio III y del
estadio IV se denomina sueño de ondas lentas (SOL)
porque, en él, el patrón de actividad cerebral sigue un
ritmo de ondas de baja frecuencia y de alta intensidad
resultado de la actividad conjunta de muchas pobla-
ciones de neuronas. Es como si las neuronas del ce-
rebro se hubieran puesto de acuerdo para responder
de una forma muy sincrónica. Autores como Siegel
(2003) sugieren que el SOL podría servir para poner
en marcha mecanismos de recuperación celular para
eliminar los radicales libres asociados a la alta activi-
dad metabólica del periodo de vigilia. Esta hipótesis
se apoya en datos que sugieren que la privación de
sueño genera un aumento de radicales libres en el te-
jido nervioso, lo que causa estrés oxidativo a las célu-
las. Por otro lado, hay que tener presente que la mayor
97
proporción de sueño REM en el ser humano tiene
lugar durante el desarrollo cerebral. A pesar de esto,
las personas adultas también tienen sueño REM, así
que su función no solo se centra en los procesos de
desarrollo del tejido nervioso.
Sueño y memoria
98
fiesto que el sueño podría tener especial importancia
para el aprendizaje y la memoria. Una hipótesis muy
reciente intenta conjugar las teorías que dan al sueño
la función de conservar la energía con las teorías que
veíamos antes de que lo relacionan con el aprendiza-
je y la memoria. Según la hipótesis de homeostasis
sináptica, el sueño disminuye los contactos entre las
neuronas (sinapsis). Dado que las sinapsis más fuer-
tes requieren más energía y más espacio, esta atenua-
ción sináptica ayudaría al cerebro a conservar tanto
energía como espacio.
Con relación a esta hipótesis, Gilestro, Tononi y
Cirelli (2009) mostraron que los niveles de diferentes
proteínas propias de los contactos entre las neuronas
aumentaban durante la vigilia y disminuían durante
el sueño. Muchas formas de aprendizaje tienen lugar
por un fortalecimiento de las conexiones entre las
neuronas. Esto hace que el aprendizaje y la memoria
sean mecanismos que implican un gran gasto energé-
tico. Las sinapsis más fuertes consumen más energía
y espacio y requieren una cantidad mayor de alimen-
to por parte de la célula (aumento en la superficie de
contacto, de la frecuencia de mensajeros químicos,
etcétera). Se calcula que las neuronas utilizan más de
un 80% de su energía en la remisión y la recepción de
las señales eléctricas, proceso que comporta el for-
talecimiento de las conexiones sinápticas. Este pro-
ceso no se puede dar de forma indefinida. Tononi y
Cirelli sugieren que es necesaria una reducción glo-
bal del número y de la intensidad de las conexiones
99
entre neuronas. El sueño podría ejercer un papel im-
portante en la normalización de los cambios sinápti-
cos causados por el aprendizaje acontecido durante
la vigilia.
Hoy sabemos que el sueño es importante para la
consolidación de la memoria y que la formación de
la memoria a largo plazo se encuentra modulada por
mecanismos circadianos. De hecho, en 2007, Ji y Wil-
son mostraron que el patrón de activación neuronal
durante la vigilia se repetía en el hipocampo y en la
corteza de una forma coordinada durante el SOL,
el cual podría acontecer un mecanismo importante
para la consolidación de los recuerdos formados re-
cientemente durante la vigilia. Múltiples estudios han
mostrado que las experiencias recientes se reactivan
durante el sueño.
Una teoría de la consolidación de la memoria que
disfruta de apoyo empírico es aquella que asume
que la interacción entre diferentes regiones cerebra-
les transforma lo que es memoria reciente en el hi-
pocampo en una memoria a largo plazo en la corteza
cerebral. Este resultado podría indicar que las trazas
de memoria cortical tenderían a reflejar los recuer-
dos antiguos, mientras que las trazas hipocampales
tenderían a reflejar los recuerdos recientes. Las on-
das lentas observadas en las mismas regiones del ce-
rebro que se utilizan en una tarea de aprendizaje po-
drían indicar que los circuitos cerebrales implicados
se están reactivando durante el sueño. La menciona-
da reactivación explicaría por qué los participantes
100
de los estudios realizan las tareas con más precisión
después de una noche de sueño.
Después del aprendizaje aumenta la necesidad de
dormir. Así, se ha podido comprobar que el apren-
dizaje que implica regiones cerebrales específicas in-
duce cambios locales en la intensidad del sueño. En
definitiva, la actividad neural durante el sueño puede
reactivar circuitos neurales implicados en el aprendi-
zaje y este puede modificar los patrones del sueño.
No puedo dormir
101
la CRH, puesto que en diferentes estudios con ani-
males se ha podido comprobar que la administración
cerebral de esta hormona suprime el sueño. Además,
parece que se decanta por el SOL, puesto que cuan-
do las personas están estresadas durante la vigilia o
se les administra glucocorticoides mientras duermen
presentan un SOL menos efectivo.
¿Qué sucede con las hormonas del estrés durante
el sueño? Durante el SOL disminuyen los niveles de
glucocorticoides y la actividad del sistema nervioso
simpático. Durante el sueño REM, al contrario, se da
un patrón opuesto. En muchos estudios se ha podido
comprobar que la falta de sueño provoca un aumen-
to de los niveles tanto de glucocorticoides como de
actividad simpática. Sapolsky sugiere que los niveles
altos de glucocorticoides generados por la privación
de sueño podrían relacionarse con el debilitamiento
de algunas formas de energía almacenadas en el ce-
rebro, de modo que esto, junto a muchos de los efec-
tos que tienen los glucocorticoides sobre la memoria,
podría ayudar a explicar por qué la memoria se ve tan
menguada cuando estamos faltos de sueño.
Las hormonas del estrés en condiciones normales
aumentan aproximadamente una hora antes de des-
pertarnos. Parece que esta liberación hormonal es ne-
cesaria para finalizar el sueño. Seguro que alguna vez
os ha pasado algo similar. Imaginad que estáis acos-
tumbrados a levantaros siempre a las siete de la ma-
ñana. Llega el sábado y decidimos poner el desperta-
dor a las diez, pero cuando se dan las siete nos des-
102
pertamos. Del mismo modo, hay personas que no ne-
cesitan despertador para levantarse, parece que pue-
dan controlar en qué momento se despiertan. Supon-
gamos que nos vamos de viaje y debemos levantar-
nos a las cinco. Ponemos el despertador para no dor-
mirnos, pero resulta que a las cinco menos diez nos
despertamos. ¿Cómo es posible que estemos acos-
tumbrados a despertarnos cada día a las siete y hoy
nos despertemos antes de que la alarma suene a las
cinco? Jan Borne y colaboradores publicaron en 1999
un trabajo en la revista Nature. Estos investigadores
demostraron que la expectación de que el sueño fi-
nalizará a una hora determinada hace que la concen-
tración de la ACTH en sangre aumente una hora an-
tes de despertar. Estos investigadores dijeron a un
grupo de sujetos que los despertarían a las seis de la
mañana. Resulta que a las cinco los niveles de ACTH
aumentaron intensamente. Con este trabajo se ha de-
mostrado que la regulación de la liberación de ACTH
durante el sueño refleja un proceso preparatorio en
la anticipación del final del sueño.
En invierno, cuando empieza la temporada de es-
quí, intento buscar tiempo para dejar que mis esquíes
se deslicen por la nieve andorrana. Para aprovechar
el día al máximo y poder estar en las pistas a prime-
ra hora tengo que levantarme a las cuatro y media
de la mañana. A pesar de que mi despertador fun-
ciona perfectamente, la noche de antes compruebo
varias veces que la alarma esté bien puesta. Cuando
me voy a dormir noto como si el sueño fuera mu-
103
cho más ligero y de peor calidad. Tengo sueños de
contenido bastante inconexo que me dejan un poco
ansioso y me levanto varias veces para ir al baño. A
veces, incluso, me despierto justo antes de que sue-
ne el despertador. Cuando llego a las pistas me noto
muy cansado. Este cansancio podría atribuirse al he-
cho de que he dormido menos horas. Sin embargo,
aunque me vaya a dormir antes y duerma las mismas
horas que suelo dormir entre semana, el cansancio
sigue ahí. ¿Por qué sucede esto? Probablemente, mi
sueño durante la noche antes de disfrutar de la nieve
no es tan reparador como debería serlo. Es posible
que el mero hecho de pensar que no podré dormir
y que el despertador sonará a las cuatro y media pro-
voque que los niveles de las hormonas del estrés se
incrementen durante la noche.
¿Qué les ocurre a las personas que por guardias en
el trabajo son víctimas de constantes privaciones de
sueño, sufren cambios de turno o experimentan des-
fases horarios importantes? En 2001 Kwangwook
Cho publicó en la prestigiosa revista Nature Neuros-
cience un estudio en el que comparaba a los auxilia-
res de vuelo de dos compañías aéreas que realizaban
trayectos transcontinentales. En una de las compa-
ñías, los trabajadores disponían de dos semanas de
descanso después de un vuelo transcontinental con
gran desfase horario. En la otra compañía solo dis-
ponían de cinco días. Los trabajadores que conta-
ban con menos tiempo para recuperarse presentaron
unos niveles más altos de cortisol. El estudio demos-
104
tró que mantener niveles elevados de cortisol duran-
te demasiado tiempo tenía como consecuencias un
lóbulo temporal (que es donde se encuentra el hipo-
campo) más pequeño y alteraciones de memoria y de
aprendizaje espacial. Además, estos déficits cogniti-
vos resultaban más evidentes después de cinco años
de exposición a niveles altos de este glucocorticoide.
105
LIQUIDACIÓN POR CIERRE:
¿REALMENTE NOS AFECTA El
ESTRÉS?
107
La respuesta de estrés puede modularse por todo
un conjunto de variables cognitivas y personales del
sujeto, y también por una serie de factores de ámbi-
to social. Desde un punto de vista adaptativo, el es-
trés permite la movilización inmediata de las reser-
vas energéticas del organismo; además, a más largo
plazo, posibilita un ahorro de energía, inhibiendo los
sistemas fisiológicos que no tienen la finalidad inme-
diata de la supervivencia del sujeto. Ante un agente
estresante, se genera todo un conjunto de cambios
orgánicos con un patrón muy general de respuesta.
Dependiendo del tipo de estrés y de la duración, la
frecuencia y la naturaleza del estímulo, se producirán
respuestas a corto o a largo plazo, con objeto de ade-
cuar el medio interno del individuo a las demandas
del medio externo.
La respuesta de estrés, por lo tanto, tiene un al-
to valor adaptativo, puesto que genera cambios en el
organismo para facilitar el afrontamiento de una si-
tuación de amenaza, pero también puede repercutir
sobre el rendimiento de la persona y su estado gene-
ral de salud. Un exceso de estrés aumenta el riesgo
de sufrir hipertensión y otras enfermedades cardio-
vasculares, diabetes, osteoporosis, descenso del de-
seo sexual y alteraciones reproductivas, supresión del
sistema inmunitario, alteraciones hipocampales, alte-
raciones amnésicas y de los patrones de sueño, etcé-
tera.
El estrés depende no solo de los parámetros fí-
sicos de la estimulación ambiental, sino sobre todo
108
de cómo el organismo percibe y reacciona ante es-
tos estímulos. La percepción de control que tenemos
del agente que produce el estrés es fundamental en el
impacto del estrés sobre nuestra conducta y nuestra
fisiología. El elemento de control y de predictibilidad
determina la magnitud de la respuesta de estrés y la
susceptibilidad que este estrés pueda generar secue-
las conductuales, cognitivas y fisiológicas sobre el in-
dividuo. Para que el estrés tenga consecuencias nega-
tivas sobre la salud, la experiencia tendrá que ser per-
cibida como aversiva. Dicho de otro modo: si el su-
jeto pudiera, evitaría la situación, o la atenuaría. Hay
que tener presente que la falta de previsión y de con-
trol es lo primero que normalmente se quiere evitar.
Recordemos que, a pesar de que no existe un úni-
co estado fisiológico específico del estrés, está am-
pliamente aceptado que niveles altos de glucocorti-
coides (en especial el cortisol) y otras hormonas co-
mo la adrenalina son indicadores del estado de es-
trés. Además, el estrés requiere una alta excitabilidad
cerebral. Ahora bien, debemos tener presente que la
excitabilidad cerebral aumenta tanto en actividades
aversivas como en actividades agradables. Por ejem-
plo, hablar en público provoca este tipo de respues-
ta cerebral en casi todas las personas y, sin embar-
go, para unas se trata de una situación desagradable,
y para otras, no. Después de que Hans Selye intro-
dujera los aspectos vertebrales de su síndrome ge-
neral de adaptación, numerosos estudios se centra-
ron en la respuesta fisiológica del estrés. Poco a po-
109
co se fue gestando una idea en la comunidad cientí-
fica: pueden existir factores de origen psicológico y
social capaces de modular la respuesta fisiológica de
estrés. Numerosas evidencias experimentales indica-
ban que ante agentes estresantes de magnitud y natu-
raleza idéntica, la respuesta de estrés podía ser mayor
o menor. ¿Podía ser que estos agentes estresantes se
percibieran de manera diferencial? Hoy sabemos que
la respuesta de estrés puede ser modulada por dife-
rentes factores. Los principales factores psicosocia-
les que pueden modular la respuesta de estrés son los
siguientes: la percepción de control, la capacidad de
predicción, los recursos para hacer frente a la frus-
tración, el apoyo social, la percepción del desarrollo
de la situación, la novedad de la situación y la volun-
tad o la determinación de hacer algo.
110
es controlable genera respuestas de estrés más pro-
nunciadas que la exposición al mismo agente pero
con la posibilidad de controlarlo.
Jay Weiss, de la Universidad Rockefeller, mostró
en 1968 que las ratas que tenían la posibilidad de es-
capar o de evitar las descargas eléctricas presentaron
una menor pérdida de peso, desarrollaron menos úl-
ceras de estómago y mostraron menos miedo en una
situación estresante que las ratas que, habiendo re-
cibido exactamente la misma cantidad de descargas
eléctricas, no tenían la posibilidad de evitarlas o de
escaparse de ellas. Un trabajo previo publicado diez
años antes había obtenido resultados opuestos a los
de Weiss. En este estudio, conocido como el expe-
rimento del mono ejecutivo, Joseph Brady, Robert
Porter, Donald Conrad y John Manson encontraron
en cuatro parejas de monos que los animales que po-
dían evitar las descargas eléctricas desarrollaban pa-
tología gastrointestinal severa y finalmente morían,
mientras que los animales que recibían la misma can-
tidad de descargas pero no podían realizar ninguna
respuesta para evitarlas no desarrollaban ningún tras-
torno.
¿Cómo es posible que experimentos tan similares
puedan llegar a conclusiones contrarias? En primer
lugar, es necesario tener presente que los estudios se
llevaron a cabo en especies diferentes. En segundo
lugar, en el caso del trabajo de Brady y colaborado-
res, los monos que podían evitar la descarga (monos
ejecutivos) no fueron seleccionados al azar, sino que
111
después de una sesión de entrenamiento previa, de
cada pareja de monos fue seleccionado como animal
experimental el que respondió con una tasa más alta,
mientras que el que mostró una tasa menor siempre
fue el animal control. Una tercera posibilidad sería
la presencia de señales de aviso y señalización de la
descarga eléctrica. En los estudios iniciales de Weiss,
donde los animales que podían ejercer una respues-
ta de afrontamiento para evitar la descarga eléctrica
desarrollaron menos sintomatología que sus contro-
les (sin capacidad de respuesta), la descarga siempre
era precedida por una señal de aviso (un tono). El
tono, de este modo, anunciaba la descarga eléctrica y
era utilizado por el animal como una señal para po-
der responder en el momento oportuno. En el expe-
rimento de Brady y colaboradores, la descarga eléc-
trica no venía precedida de ninguna señal. En esta
situación, el mono podía posponer la descarga eléc-
trica con cada respuesta, pero no tenía ninguna señal
externa que le informara de la inminencia de la des-
carga. De esta manera, los monos ejecutivos debían
llevar a cabo una discriminación temporal para pre-
ver la descarga eléctrica y responder adecuadamente.
Tener que mantener una respuesta de afrontamiento
sin poder prever lo que sucedería podría ser más es-
tresante que el hecho de no poder evitar la descarga
eléctrica.
¿Tan importante es la capacidad de predicción?
Supongamos que estamos volando de Toronto a Bar-
celona. Hace un par de horas que hemos salido del
112
aeropuerto de Pearson y los miembros de la tripula-
ción están a punto de servirnos la cena. De repente,
el avión empieza a agitarse de un manera estrepitosa.
Las perturbaciones y el movimiento son muy fuertes.
Por la ventana podemos observar bajo el avión una
estampa bastante descorazonadora: nubes negras y
relámpagos que surgen de forma intermitente y que
parecen fragmentar el cielo. Los miembros de la tri-
pulación dejan los carros de la comida fijados en los
pasillos y toman rápidamente sus asientos. No reci-
bimos ningún comunicado del comandante y las tur-
bulencias empeoran. Ahora imaginemos la siguien-
te situación: estamos haciendo el mismo trayecto en
avión pero, cinco minutos antes de que aparezcan las
perturbaciones, el comandante informa a los pasaje-
ros de que en unos minutos el avión pasará por una
zona de fuertes turbulencias. A la mayoría de las per-
sonas nos disgusta e incluso nos puede llegar a asus-
tar el hecho de experimentar fuertes zarandeos cuan-
do nos encontramos a 30.000 pies de altura. Sin em-
bargo, si nos avisan, la situación se hace más soporta-
ble. Esto es lo que denominamos tener capacidad de
predecir una situación. Ahora bien, ¿esta capacidad
de predecir puede hacer que los agentes estresantes
tengan un menor impacto?
En 1970, Jay Weiss analizó en cuatro experimen-
tos diferentes efectos de la predictibilidad de un
agente estresante en un conjunto de aspectos: pre-
sencia de úlceras de estómago, concentraciones de
glucocorticoides en sangre y modificaciones del peso
113
corporal. Este autor mostró que los animales (en este
caso, ratas) que recibían el agente estresante (una des-
carga eléctrica) sin poder predecirlo mostraban más
secuelas en comparación con los animales que reci-
bían el mismo número de descargas eléctricas pero
que podían predecirlas mediante una señal. El análi-
sis posterior de estos animales mostró que las ratas
que recibieron la descarga eléctrica sin ningún tipo
de señal predictiva desarrollaron considerablemente
más lesiones gástricas que los animales que recibie-
ron el mismo número de descargas eléctricas pero
acompañadas de una señal de aviso o que los anima-
les que no recibieron descargas eléctricas. Con rela-
ción a los niveles de glucocorticoides, al cabo de cin-
co horas de manipulación experimental, estos eran
más elevados en las ratas que recibieron la descarga
eléctrica en comparación con los sujetos que no re-
cibieron descargas. Sin embargo, cuando se compa-
ran a los sujetos que tenían capacidad predictiva con
los que no la tenían, los últimos mostraron unos ni-
veles superiores. Pasadas veinticuatro horas, no había
diferencias entre el grupo de control y el grupo de
animales que recibió las descargas previsibles, a pe-
sar de que los niveles de estas hormonas todavía eran
elevados en el caso de los sujetos que recibieron las
descargas no previsibles; esto sugiere dificultad pa-
ra la recuperación de la respuesta de estrés. Por otro
lado, durante las sesiones de estrés, las ratas que re-
cibieron las descargas eléctricas no previsibles mos-
traron una pérdida significativamente mayor de peso
114
corporal, en comparación con los sujetos que reci-
bieron las descargas previsibles y de los sujetos con-
trol que no recibieron descargas. En sus experimen-
tos, Weiss también mostró que la administración de
las descargas no previsibles también provocaba una
disminución de la ingesta de alimento y bebida de los
animales. En definitiva, Weiss demostró que un mis-
mo agente estresante produce diferentes efectos de-
pendiendo de si el sujeto tiene o no la capacidad para
predecir su ocurrencia.
¿Por qué es importante la capacidad de predic-
ción? Podríamos pensar que la respuesta de estrés se
reduce cuando un animal recibe una señal de aviso
y sabe que el agente estresante se presentará. Martin
Seligman sugirió en 1968 que la respuesta de estrés
se reduce ante señales predictivas porque el animal
puede determinar cuándo tendrá lugar el agente es-
tresante en cuestión, y que el animal está menos asus-
tado (o menos estresado) cuando el agente estresante
está señalizado, dado que la ausencia de señal queda
asociada a la ausencia del agente estresante y, por lo
tanto, a un periodo de seguridad. Según esta hipóte-
sis de Seligman, lo más importante para reducir el es-
trés sería la seguridad que proporciona la capacidad
de predicción.
En 1971, Weiss analizó los efectos que tenía en
los animales el control en diferentes condiciones de
señalización. Weiss separó a los sujetos experimen-
tales en grupos de tres. En cada uno, una rata podía
escapar o evitar la descarga eléctrica (tenía capacidad
115
de control del agente estresante), una segunda rata
recibía las mismas descargas eléctricas que la primera
pero no tenía control de la situación (no podía evitar
las descargas) y una tercera rata no recibía descargas
eléctricas. Las ratas que recibían las descargas eléc-
tricas también tenían capacidad de predicción, dado
que recibían las mismas señales de aviso de la admi-
nistración de la descarga. En la primera condición de
señalización, un tono anunciaba la descarga eléctrica.
En la segunda condición no había ningún tono.
Poder prever la llegada de un agente estresante
ayuda a reducir los efectos que este puede tener sobre
nuestro organismo. Además, la pérdida de la capaci-
dad de predicción ante otro tipo de estímulos que
pueden ser importantes para el sujeto puede llegar a
ser estresante en sí misma. Imaginemos la situación
siguiente. Suponed que a finales de cada mes la em-
presa para la que trabajáis ingresa en vuestra cuenta
corriente el salario correspondiente a ese mes. No re-
sulta difícil imaginar, dado que es lo que suele pasar.
Ahora suponed que en lugar de esto vuestra empre-
sa ingresa el dinero en pequeños pagos, de manera
que no sabéis cuándo tendréis disponible el dinero en
vuestra cuenta. Al final, la cantidad de dinero ingre-
sada es la misma en ambas situaciones. Sin embargo,
la incertidumbre que nos genera la segunda situación
hace que preferamos cobrar puntualmente la canti-
dad total a final de mes. Con ratas, se ha podido com-
probar que si le aplicamos a un animal un progra-
ma de refuerzo en el que siempre le proporcionamos
116
comida a intervalos temporales regulares (de manera
que el animal pueda llegar a predecir cuándo recibirá
su refuerzo), al cambiarle el patrón de alimentación y
proporcionarle la misma cantidad de comida pero en
momentos elegidos al azar (de modo que el animal
pierde la capacidad de predecir cuando llegará la co-
mida), se incrementa el nivel en plasma de glucocor-
ticoides. Por lo tanto, perder la capacidad de predic-
ción de algo importante puede llegar a ser estresante
en sí mismo.
En definitiva, tanto el control como la capacidad
de predicción son dos factores importantes para mo-
dular la respuesta de estrés. Glass y Singer mostra-
ron la importancia que tiene la percepción de con-
trol aunque no haya control. En este sentido, se so-
metió a un grupo de personas a un agente estresante
(ruidos estridentes e intensos). A pesar de que nin-
guna conducta que llevaran a cabo los participantes
en el experimento podía disminuir la probabilidad de
la presencia del ruido, las personas que disponían de
un botón, tanto si lo pulsaban como si no lo hacían,
se mostraban menos hipertensas que los participan-
tes que no tenían el botón en cuestión. Entonces, la
percepción que uno tiene de control (tanto si esta
posibilidad de control es real como si no lo es) resul-
ta un factor importante para modular la respuesta de
estrés.
117
Ratas frustradas
118
El grupo de Weiss mostró que las ratas a las que
se les daba la posibilidad de mordisquear una barra
de madera después de administrarles una serie de
descargas eléctricas presentaban una menor pérdida
de peso, desarrollaron menos úlceras de estómago y
mostraron menos miedo a una situación estresante
que las ratas que, habiendo recibido exactamente la
misma cantidad de descargas eléctricas, no tenían la
posibilidad de morder el trozo de madera. Lo mismo
sucedía cuando después de las descargas se les permi-
ta correr en una rueda giratoria. Sobre la base de es-
tos resultados, entendemos la importancia que podía
tener para Andrew cortar la madera con el hacha. Los
seres humanos buscamos continuamente evasiones
y salidas a la frustración. Algunas de estas evasiones
pueden ser imaginarias. Supongamos que una perso-
na hace huelga de hambre. Al cabo de unos días de
no comer empezará a imaginarse y a soñar despier-
to con la comida. Imaginará que cocina suculentos
platos, que se encuentra en un restaurante degustan-
do menús que deleitan su paladar. Lo mismo puede
ocurrir con una persona que vive en una gran ciudad
en un apartamento de 40 metros cuadrados: soñar
despierto con la decoración de una casa e imaginar-
se cómo adorna y cultiva un jardín puede convertirse
en su evasión o fuga de la frustración de vivir en un
espacio minúsculo.
119
Apoyo social
120
papión oliva (Papio anubis) que vivían en libertad en
un parque nacional de África. Observaron que, en
jerarquías estables, estos primates muestran perfiles
distintivos de secreción de glucocorticoides y de tes-
tosterona. Según estos autores, estos rasgos endocri-
nos no se constituyen como un marcador específico
de dominio social, sino que solo se encuentran entre
los machos dominantes con determinados estilos de
conducta social. De este modo, vieron que los ma-
chos que estaban implicados con mayor frecuencia
en conductas de cortejo mostraban niveles basales
más bajos de cortisol y una menor respuesta de es-
ta hormona al estrés. También vieron que el grado
de afiliación social (desparasitar e interaccionar con
hembras no receptivas sexualmente y con sus crías)
era un aspecto fundamental. De modo que los ma-
chos que se encontraban altamente afiliados presen-
taron concentraciones basales más bajas de cortisol
y una respuesta de esta hormona atenuada en situa-
ciones de estrés.
Maslova, Bulygina y Amstislavskaya (2010) han
mostrado que un aislamiento social prolongado y la
exposición a un contexto social inestable en ratas
adolescentes tiene importantes secuelas fisiológicas y
conductuales, inmediatas y a largo plazo.
En seres humanos, diferentes trabajos han des-
crito que la respuesta de estrés puede verse reduci-
da por el apoyo social. Por ejemplo, en esta línea Le-
pore, Allen y Evans (1993) mostraron que el apoyo
social podía minimizar la reactividad cardiovascular
121
ante un agente estresante agudo. Recientemente, un
grupo de la Universidad de Iowa ha puesto de mani-
fiesto que el aislamiento social parece estar relacio-
nado con los niveles de noradrenalina intratumorales
en el carcinoma ovárico. La noradrenalina se ha rela-
cionado con el crecimiento y la progresión del cán-
cer de ovario. En modelos animales de cáncer, se ha
podido comprobar que la noradrenalina intratumo-
ral aumenta con el estrés. Lutgendorf y colaborado-
res (2010) han demostrado que los niveles más altos
de noradrenalina se encuentran en los estadios más
avanzados y en los tumores más grandes, y que los
sujetos con falta de apoyo social muestran una con-
centración de noradrenalina intratumoral mayor. Te-
niendo presente la importancia que posee esta sus-
tancia en el crecimiento de este tipo de tumor, este
trabajo ha puesto de manifiesto la relevancia de la re-
lación entre un factor psicosocial de modulación de
la respuesta de estrés y la progresión de una enfer-
medad.
Novedad
122
almohada, ella y su marido, Daniel, deciden mudarse
a una población más pequeña, dado que creen que ha
llegado el momento de tener hijos y prefieren vivir en
un lugar más tranquilo, con más zonas verdes y me-
nos agitación. Mañana Lucía empezará en su nueva
empresa. Se trata de una pequeña empresa de publi-
cidad orientada a un mercado más reducido. Su tarea
será prácticamente la misma que llevaba a cabo para
su antigua empresa. A pesar de ello, está muy nervio-
sa. Se trata de un entorno nuevo para ella, de nuevos
compañeros de trabajo, de un nuevo jefe.
Seguramente el lector es consciente, por su pro-
pia experiencia, de que la novedad puede resultar un
agente estresante. Diferentes trabajos han puesto de
manifiesto que la respuesta del eje HPA también es
sensible a la novedad de la situación. Por ejemplo,
en ratas se ha podido comprobar que la exposición
de los animales a una situación no familiar provoca
un aumento de corticosterona en sangre tan impor-
tante como el provocado por una descarga eléctri-
ca. De hecho, parece que el eje HPA en estos anima-
les muestra una remarcable sensibilidad a pequeños
cambios en la novedad del entorno. Esta sensibilidad
es más acusada que en el caso de otro tipo de agentes
estresantes.
En primates también se ha encontrado una res-
puesta de este eje endocrino a la novedad del en-
torno. Sin embargo, esta respuesta depende de las ca-
racterísticas específicas del animal para relacionarse
con el ambiente.
123
¿Qué sucede en el ser humano? Igual que en los
modelos animales, diferentes trabajos han mostrado
que las primeras exposiciones a situaciones nuevas y
emocionalmente cambiantes provocan aumentos del
cortisol en sangre. Esto no sucede en bebés: los be-
bés que tienen su primera experiencia de baño en una
piscina (situación muy nueva para el niño) no mues-
tran aumentos del cortisol en sangre. No sabemos
por qué el eje HPA de los bebés no responde an-
te primeras experiencias o experiencias notablemen-
te nuevas. Algunos autores sugieren que esto se po-
dría deber al hecho de que la situación en la que se
suele dar la novedad está altamente controlada y que
los progenitores del niño intentan que sea segura pa-
ra el bebé y reconfortante. Hoy sabemos que el apo-
yo que los adultos demuestran a un niño constituye
uno de los factores cardinales para minimizar la res-
puesta de estrés infantil.
124
go, después de una lesión el reemplazo neuronal es
más bien gradual y no una reconstrucción del tejido a
gran escala. Se ha podido comprobar que ratas adul-
tas que se encontraban acostumbradas a ambientes
con gran cantidad de estímulos (ruedas de ejercicio,
toboganes, tubos de plástico, etcétera, todo un Walt
Disney World Resort para ratas) generaban un 65%
más de nuevas neuronas en el hipocampo que las ra-
tas adultas que habitaban en jaulas de tipología están-
dar. Este efecto opuesto en los ambientes enriqueci-
dos parecía depender de la actividad física y del ejer-
cicio. Dicho de otro modo, no es la profusión de es-
tímulos lo que induce al nacimiento de nuevas neu-
ronas en nuestro hipocampo, sino el ejercicio que se
lleva a cabo en este tipo de ambientes. Si compara-
mos una jaula de una rata con un ambiente enriqueci-
do con una jaula estándar, lo primero que nos llama la
atención es que en un ambiente lleno de estímulos la
rata está mucho más activa, dado que interactúa con
los diferentes objetos emplazados en la jaula, corre
por la rueda de ejercicio, baja por los toboganes, etc.
Recordemos que el hipocampo es fundamental para
la formación de nuevos recuerdos, con lo que estos
datos pueden aportar nuevas perspectivas terapéuti-
cas en personas con problemas mnésicos. El ejercicio
no solo es beneficioso para fomentar el nacimiento
de nuevas neuronas, sino que también ayuda a man-
tener un equilibrio y un entorno óptimo en nuestro
cerebro. Cuando vamos a correr o cuando descende-
mos por una pista de alta montaña, nuestro corazón
125
bombea la sangre más deprisa, hecho que, a la larga,
fortalece la circulación que proporciona el oxígeno y
los nutrientes al cerebro. El cerebro es un órgano que
consume grandes cantidades de energía. Además, es-
tá formado por un tipo de tejido muy susceptible a
la falta de oxígeno: impedir durante unos instantes
que el oxígeno llegue a las neuronas puede tener con-
secuencias nefastas. El ejercicio también estimula la
liberación de una molécula que es importante para
hacer efectivas las reorganizaciones que se dan en el
cerebro con relación a la experiencia.
También hemos ido viendo a lo largo del libro que
la dopamina ejerce un papel crucial en la atención,
la novedad, el refuerzo, y que ayuda a mantener los
mecanismos plásticos a través de diferentes sistemas.
Mantenernos estables en una ubicación, quietos y sin
llevar a cabo ejercicio físico reduce significativamente
los niveles de este neurotransmisor. El ejercicio es
muy beneficioso para nuestra salud, y hoy sabemos
que también puede ayudarnos a reducir el estrés.
Partiendo de todo esto, no vamos desencamina-
dos cuando decimos que vamos al gimnasio para re-
ducir el estrés. Podemos estar una hora en la elípti-
ca haciendo ejercicio y sentirnos como en una nube
después de ducharnos. Aun así, ¿qué pasaría si nos
obligaran a correr en una cinta?, ¿este ejercicio se-
ría igualmente desestresante? En ratas, se ha podido
comprobar que si le dejamos a un animal hacer ejer-
cicio de manera voluntaria aumenta su tasa de gene-
ración de nuevas neuronas en la formación hipocam-
126
pal, y los niveles de estrés se reducen. Sin embargo,
en el año 2000 Moraska y colaboradores mostraron
que si obligamos a la rata a realizar la misma canti-
dad de ejercicio, se produce una intensiva respuesta
de estrés.
En definitiva, un factor que también puede mo-
dular la respuesta de estrés es la voluntad o la deter-
minación de hacer algo.
127
patrones de actividad neuronal diferentes en sujetos
sometidos a estrés?
Diferentes trabajos de los años setenta, ochenta
y principios de los noventa analizaron la actividad
neuroquímica en el cerebro de los animales que eran
capaces de controlar un agente estresante (animales
con control) para compararla con la que mostraban
los animales expuestos al mismo agente estresante
sin poderlo controlar (animales sin control). La ma-
yoría de los trabajos encontraron que los animales sin
control presentaban más actividad neuronal en dos
de los sistemas de neurotransmisión: el serotoninér-
gico (sobre todo en el núcleo dorsal del rafe) y el no-
radrenérgico (fundamentalmente en el locus coeru-
leus). El núcleo dorsal del rafe proporciona la mayor
parte de la inervación serotoninérgica de la corteza y
del sistema límbico, y sucede lo mismo con la inerva-
ción noradrenérgica con relación al locus coeruleus.
¿Esta actividad serotoninérgica y noradrenérgica
se debe a la falta de control, o es una actividad indu-
cida directamente por el estrés? Para contestar a es-
ta pregunta, Amat y colaboradores (2005) evaluaron
el papel de la corteza prefrontal sobre el control de
un agente estresante. Estos autores mostraron que
las regiones infralímbicas y prelímbicas de la corteza
prefrontal medial ventral en ratas eran capaces de de-
tectar si un agente estresante estaba bajo control del
organismo. Así, cuando un agente estresante es con-
trolable, la activación del núcleo dorsal del rafe indu-
cida por el estrés es inhibida por la corteza prefrontal
128
medial ventral, y esto bloquea las secuelas conduc-
tuales que supone estar sometido a estrés sin tener
control de la situación. Este trabajo sugiere que la
presencia de control en una situación estresante in-
hibe la actividad neural en el tronco del encéfalo (rafe
dorsal) que es inducida por el estrés, en contraposi-
ción con la hipótesis de que esta actividad es inducida
por la falta de control. El núcleo dorsal del rafe (igual
que el locus coeruleus) es una pequeña estructura del
tronco del encéfalo que no recibe información direc-
ta de ninguna región sensorial primaria ni motora.
Es difícil creer que este núcleo, por sus implicaciones
funcionales y sus características anatómicas, sea ca-
paz de llevar a cabo un procesamiento complejo de
la información para detectar si existe una contingen-
cia entre la conducta de un organismo y el resultado
de esta, ni para saber si un agente estresante es o no
controlable. La corteza prefrontal se encuentra im-
plicada en las funciones ejecutivas, en la flexibilidad
de la conducta y en el procesamiento de la informa-
ción emocional.
En 2006, estos mismos autores llevaron a cabo un
experimento para analizar el papel de la corteza pre-
frontal medial ventral en los efectos que tiene la expe-
riencia previa de control de los sujetos. La experien-
cia previa que tiene un sujeto con agentes estresan-
tes controlables bloquea las consecuencias conduc-
tuales de la exposición posterior a agentes estresan-
tes no controlables. Es lo que diferentes autores de-
nominan una inmunización conductual. Parece que
129
la experiencia inicial con un agente estresante con-
trolable bloquea la intensa activación de las neuro-
nas serotoninérgicas del núcleo dorsal del rafe. Amat
y colaboradores demostraron que la inactivación de
la corteza prefrontal medial ventral en el momento
de la experiencia inicial con el agente estresante con-
trolable, y también durante la exposición posterior
al agente estresante incontrolable, bloqueaba, en am-
bos casos, la inmunización conductual. Así, la inhi-
bición de la síntesis de proteínas (administrando el
antibiótico anisomicina) en esta región de la corteza
en el momento de la experiencia inicial con el agente
controlable también bloqueaba la inmunización con-
ductual. Sin embargo, no tenía efecto si el antibió-
tico se administraba durante la exposición posterior
al agente estresante incontrolable. Según estos resul-
tados, los autores concluyeron que esta región de la
corteza debe de estar implicada tanto en el proceso
de información sobre la controlabilidad de un agen-
te estresante como en el uso de esta información pa-
ra regular las respuestas de estrés posteriores. Así, la
corteza prefrontal podría ser el lugar donde se pusie-
ran en marcha diferentes mecanismos de plasticidad
cerebral para consolidar la información relacionada
con la controlabilidad de la situación.
En 2005, Michael Coco y Jay Weiss encontraron,
en los animales que tenían control del agente estre-
sante, once regiones cerebrales con un nivel alto de
actividad. De estas regiones, seis formaban parte de
los sistemas dopaminérgicos mesocortical y meso-
130
límbico. Según los autores, este trabajo sugiere que
estos sistemas que utilizan la dopamina como neu-
rotransmisor podrían ser importantes para la organi-
zación y la ejecución de la conducta de control y/o
porque estén relacionados con las consecuencias que
el control tiene en la reducción del impacto del estrés.
Cuestiones finales
131
La falta de control, de predictibilidad, de apoyo
social y la novedad, así como otros factores emocio-
nales, cognitivos y sociales, aumentan la reactividad
del eje HPA tanto en modelos animales como en el
ser humano. Por ejemplo: en seres humanos, dife-
rentes trabajos han mostrado que la activación del
eje HPA puede verse reducida con la familiaridad, el
apoyo social y el control de la situación. La mayoría
de estos factores moduladores del eje HPA requie-
re un procesamiento cognitivo: identificar una ayu-
da como disponible, ver un desafío como familiar o
sentirse capaz de manejar una situación implica un
procesamiento de la información y, por lo tanto, po-
ne en marcha diferentes procesos cognitivos.
La importancia de los factores psicológicos y so-
ciales en la modulación de la actividad del eje HPA
queda manifestada por las evidencias experimentales
que han mostrado los efectos del control y de la fa-
miliaridad.
En 2005, James Abelson y colaboradores eva-
luaron diferentes moduladores psicosociales del eje
HPA en seres humanos utilizando paradigmas de ac-
tivación farmacológica. Dentro de estos paradigmas
destaca una sustancia: la pentagastrina. La pentagas-
trina es un agonista del receptor de la colecistoquini-
na B. Esta sustancia provoca una liberación dosis-de-
pendiente de ACTH y cortisol. Es decir, cuanto más
pentagastrina, más liberación de ACTH y de cortisol.
Estos autores demostraron que la activación farma-
cológica del eje HPA mediante la administración de
132
pentagastrina podía ser modulada con una interven-
ción cognitiva breve en sujetos sanos. Este mismo
efecto lo encontraron en personas con trastorno de
pánico (un trastorno de ansiedad). La intervención
cognitiva que utilizaron estos autores reducía la no-
vedad, aumentaba la sensación de control y propor-
cionaba estrategias cognitivas de afrontamiento en
los participantes del estudio. Abelson y colaborado-
res pudieron comprobar que esta intervención redu-
cía de manera importante los niveles de cortisol en
las personas que la recibían.
En 2008, este mismo grupo de investigación in-
tentó analizar cuál era el factor determinante en la re-
ducción de la actividad del eje endocrino. Estos auto-
res encontraron que la intervención psicológica redu-
cía la actividad del eje HPA, y que las estrategias cog-
nitivas de afrontamiento eran el factor que se mos-
traba más eficaz, dado que su impacto para reducir
la actividad del eje HPA era el mismo que el que se
obtenía combinando diferentes factores.
En definitiva, podemos decir que las manipulacio-
nes psicológicas pueden alterar la respuesta del eje
HPA. La familiaridad, el acceso al control y las res-
puestas de afrontamiento modifican de manera im-
portante la actividad del eje HPA. Dentro de estos
factores, parece ser que las estrategias cognitivas de
afrontamiento resultan críticas. Sin embargo, se re-
quieren más trabajos de investigación que ayuden a
aclarar cómo los estímulos emocionales, cognitivos y
sociales interactúan en la modulación de la respuesta
133
de estrés, para poder desarrollar técnicas y estrategias
que nos ayuden a tratarlo.
Podemos concluir el libro con una idea clara: el
estrés tiene un valor adaptativo como respuesta, pe-
ro en determinadas ocasiones puede comprometer
nuestra salud, nuestro bienestar psicológico y nues-
tro rendimiento. Asimismo, existen un conjunto de
variables psicológicas y sociales que pueden modular
esta respuesta y modificar su impacto sobre la per-
sona.
134
Bibliografía
135
Kim, J. J.; Song, E. Y.; Kosten, T. A. «Stress effects in the hippo-
campus: Synaptic plasticity and memory». Stress., 2006; 9:1.
Kudielka, B. M.; Wüst, S. «Human models in acute and chronic
stress: Assessing determinants of individual hypothalamus-pitui-
tary-adrenal axis activity and reactivity». Stress., 2010; 13(1):1-14.
Lightman, S. L. «The neuroendocrinology of stress: A never ending
story». J Neuroendocrinol., 2008; 20(6):880-4.
Lupien, S. J.; McEwen, B. S.; Gunnar, M. R.; Heim, C. «Effects
of stress throughout the lifespan on the brain, behaviour and cog-
nition». Nat Rev Neurosci., 2009; 10(6):434-45.
McEwen, B. S. «The brain is the central organ of stress and adapta-
tion». Neuroimage, 2009; 47(3):911-13.
McEwen, B. S.; Gianaros, P. J. «Central role of the brain in stress
and adaptation: links to socioeconomic status, health, and disease».
Ann NY Acad Sci., 2010; 1186:190-222.
McIntyre, C. K.; McGaugh, J. L.; Williams, C. L. «Interacting brain
systems modulate memory consolidation». Neurosci Biobehav Rev,
2012; 36(7):1750-62.
Rodrigues, S. M.; LeDoux, J. E.; Sapolsky, R. M. «The influence
of stress hormones on fear circuitry». Annu Rev Neurosci., 2009;
32:289-313.
Roozendaal, B.; McEwen, B. S.; Chattarji, S. «Stress, memory and
the amygdala». Nat Rev Neurosci., 2009; 10(6):423-33.
Sandi, C.; Haller, J. «Stress and the social brain: behavioural ef-
fects and neurobiological mechanisms». Nat Rev Neurosci, 2015;
16(5):290-304.
Sapolsky, R. M. «The influence of social hierarchy on primate health».
Science, 2005; 308(5722):648-52.
136
Sorrells, S. F.; Caso, J. R.; Munhoz, C. D.; Sapolsky, R. M.
«The stressed CNS: when glucocorticoids aggravate inflamma-
tion». Neuron, 2009; 64(1):33-9.
Ulrich-Lai, Y. M.; Herman, J. P. «Neural regulation of endocri-
ne and autonomic stress responses». Nat Rev Neurosci., 2009;
10(6):397-409.
137