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Armando Reverón

Armando Reverón fue un pintor venezolano considerado uno de los grandes maestros en la historia del arte del país. Realizó estudios en la Academia de Bellas Artes de Caracas y en España. A lo largo de su vida abordó diversos temas como la religión, la naturaleza muerta y el paisaje. En 1921 construyó su casa y estudio en Macuto llamado El Castillete. Su obra se divide en tres etapas definidas por el color dominante: azul, blanca y sepia. Reverón experimentó con nuevas técnicas y material

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Temas abordados

  • crisis nerviosas,
  • El Playón,
  • muerte y legado,
  • Velázquez,
  • estilo modernista,
  • pintor venezolano,
  • pintura y emoción,
  • influencia europea,
  • Cocoteros,
  • muerte de Josefina
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Armando Reverón

Armando Reverón fue un pintor venezolano considerado uno de los grandes maestros en la historia del arte del país. Realizó estudios en la Academia de Bellas Artes de Caracas y en España. A lo largo de su vida abordó diversos temas como la religión, la naturaleza muerta y el paisaje. En 1921 construyó su casa y estudio en Macuto llamado El Castillete. Su obra se divide en tres etapas definidas por el color dominante: azul, blanca y sepia. Reverón experimentó con nuevas técnicas y material

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  • El Playón,
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  • pintor venezolano,
  • pintura y emoción,
  • influencia europea,
  • Cocoteros,
  • muerte de Josefina

Armando Reverón

(Caracas, 1889 - id., 1954) Pintor venezolano considerado uno de los grandes
maestros en la historia de las artes plásticas del país. Realizó estudios en la
Academia de Bellas Artes de Caracas y, gracias a una beca, siguió estudios en
España y tuvo la oportunidad de visitar París. A lo largo de su vida abordó el tema
religioso, las naturalezas muertas, la figura, el paisaje, el autorretrato y el desnudo
femenino; estos dos últimos fueron los más recurrentes en su producción. En 1921
se mudó a Macuto y construyó con sus propias manos El Castillete, su morada
hoy desaparecida. Se suelen distinguir en su carrera tres grandes épocas: azul
(marcada por la influencia de Nicolás Ferdinandov), blanca (en la que exploró los
efectos de la intensa luz del trópico) y sepia (ya a finales de los 30). En sus
cuadros experimentó con soportes y técnicas inusuales, incorporando materiales
como el musgo y el óxido de hierro; pero fue sin duda la luz el elemento más
explorado. Creó, además de sus pinturas, objetos de la vida diaria, valorados
actualmente como parte de su trabajo artístico.

Armando Reverón

Hijo de un matrimonio de desencuentros y conflictos, el padre, Julio Reverón,


inestable y déspota, desapareció al poco de su nacimiento. La madre, Dolores
Travieso de Reverón, confusa y seguramente sumisa, dejó enseguida al hijo en
manos de una pareja de amigos, los Rodríguez Zocca, que vivían en una hacienda
en Valencia. Sólo años más tarde, tras la muerte de su esposo, su madre haría
permanente su presencia en la vida del hijo.

En la hacienda de los Rodríguez Zocca, en Valencia, Armando Reverón se crió en


familia junto a Josefina, la pequeña hija del matrimonio, que será su hermana
apegada, con y para quien construyó Armando algunos primeros juguetes y
muñecas que serán asociados con los que más tarde realizaría en El Castillete. En
esos años, rodeado de naturaleza y de evidentes distancias, se inició en la pintura
con un tío abuelo materno, Ricardo Montilla. También allí, a los doce años,
Reverón sufre un ataque de fiebre tifoidea que determinará en un futuro
diagnóstico la presencia psicótica.

A los catorce años muere su padre y se muda con su madre a Caracas. En 1908
ingresa en la Academia de Bellas Artes de Caracas, donde los maestros son
Antonio Herrera Toro, Emilio Mauri y Pedro Zerpa. Luego realiza un par de viajes a
Europa: primero a Barcelona, en 1911, para estudiar en la Escuela de Artes y
Oficios; después, en 1912, a Madrid, donde se forma en la Academia de San
Fernando y en el taller de un pintor acomodado y mediocre, José Moreno
Carbonero, y en el de un buen maestro y guía, Antonio Muñoz Degrain. En ese
mismo viaje pasa por París en 1914, pero se sabe muy poco de su estancia.
Aunque su estadía en Europa no se traduce en un real avance en su formación
plástica, determina un momento decisivo, como aprecian algunos de sus
biógrafos. Para José Balza, por ejemplo, ese acontecimiento, más que la llegada y
conocimiento de otros territorios, representa la metáfora del viaje, del cambio
permanente. Para otros, como Mariano Picón Salas, significó el encuentro con
Goya, su descubrimiento y su filiación.

Amanecer desde Punta Brisas (1944), de Armando Reverón


En 1915 vuelve a Venezuela y participa en las sesiones del Círculo de Bellas Artes
de Caracas, fundado en 1912 por algunos de sus viejos compañeros, entre ellos
Cabré y Monsanto, que se rebelaron en contra de la enseñanza rancia que se
impartía en la academia y que tuvieron la necesidad de imprimir energía a los
primeros años de la atrasada y desestimulante dictadura de Juan Vicente Gómez.
Su principal aporte fue sacar a los pintores del estudio y llevarlos al contacto
directo con la naturaleza, donde fueron atrapados por los colores y los árboles del
trópico, las montañas y los valles, y donde aprendieron a internarse, cual
exploradores, en la selva de un cromatismo propio, local. De todos estos pintores,
Armando Reverón fue y es el más extraño y el más personal. Estos años, de 1915
a 1920, aún se presentan como un rito iniciático, como el impulso de un hombre
que se dirige hacia un lugar, o mejor, que se retira y decide encontrarse en esa
renuncia.
En 1917 recibe un golpe que puede considerarse fundamental: la muerte de
Josefina, su hermana de juegos, su conexión natural y temporal con el mundo
familiar infantil, lo que lo lleva al extrañamiento. En ese momento ya están
claramente definidos el pintor y sus dotes, la fluidez de su pincelada. Ya la retina
está sellada por Goya y también por Velázquez y sus alucinantes y
extrañas Meninas, por la vibración y el cromatismo impresionista. Ya en
Venezuela se suman, a las anteriores, las influencias europeas del rumano Samys
Mützner o del francovenezolano Emilio Boggio, ambos postimpresionistas, pero
sobre todo del ruso Nicolás Ferdinandov, ilustrador simbolista que le enseñó el
aprecio por un azul obsesivo, el de los fondos marinos, ese azul que cercano se
batía contra la arena de Punta de Mulatos, lugar que escogió Ferdinandov para
vivir y que conoció en largas excursiones por el litoral con su amigo Reverón.

Un nuevo acontecimiento preparó el terreno para el alejamiento definitivo: Juanita


Mota. El agitado carnaval de La Guaira de 1918 presencia el encuentro de un
dominó que recibe con sorpresa a un misterioso torero, que es, por supuesto,
Reverón. El disfraz de dominó esconde a una pequeña de catorce años: Juanita.
Una banda suena. Puede que bailen. Hablan y él le ofrece pintarla. Y en una
narración oscura y carnavalesca se entrelazan, quién sabe si por azar, quién si por
necesidad, los dos personajes que se acompañarán para siempre y que habitarán
juntos un arcádico y fortificado espacio de vida: El Castillete.

En Macuto, cerca de Las Quince Letras, levantó Reverón su casa en 1921, en un


terreno que compró Dolores Travieso (toda esa zona y buena parte del kilometraje
que bordea el litoral central fue tragado por montaña y mar, con sus habitantes, a
mediados de diciembre del 1999). Allí, junto a Juanita, pasaría el resto de sus
días, dedicado a pintar cuadros y a construir objetos cotidianos o artísticos, como
su serie de muñecas. Hacia el final de su vida, una serie crisis nerviosas lo
obligaron a ser ingresado en distintas ocasiones y a abandonar su trabajo
pictórico. El alejamiento definitivo fue en octubre de 1953 en el sanatorio de San
Jorge, con José Báez Finol como médico psiquiatra de cabecera. Ese mismo año
obtuvo el Premio Nacional de Pintura en el Salón Oficial. Falleció un año después,
el 18 de septiembre de 1954.

Para describir las que serían las etapas pictóricas de Reverón se puede echar
mano al estudio de Alfredo Boulton, que se ha tomado como canónico, donde
están diferenciadas las etapas de Reverón por la dominante cromática. Así,
tendríamos el período azul, desde su regreso de España hasta 1924; el período
blanco, que se extiende por diez años hasta 1936; y, por último, el período sepia.
El fuerte dominante azul de los primeros años responde por un lado al encuentro
con lo marino y con el mundo de Ferdinandov, y es también heredado del
tenebrismo de Ignacio Zuloaga (al que conoció en su taller de Segovia) y de
algunos pintores catalanes.

La Cueva (1920), de Armando Reverón


De esta herencia se destacan el Retrato de Enrique Planchart y El Calvario. Ya
en La Cueva (1920) aparece un Reverón más propio, un azul más interno, más
cerca de lo que sería su lenguaje, que se sintetiza hasta encontrarse en sí mismo.
Allí, en La Cueva, Pérez Oramas lee no sólo a Goya, sino al Giorgione de La
tempestady a una tradición occidental. Y en un gesto profundamente moderno,
frente a la ruina de la tradición, Reverón hace de la obra la aparición de lo
inalcanzable, como su luz, que se desvanece en un brumoso azul y deja ver el
lienzo, mostrando los cuerpos en disolución: "Así están hechas muchas obras de
Reverón: con golpes de pincel, con brochazos, veladuras, raspaduras y empastes,
casi siempre directos e instintivos, que traducen cerros, nubes, espumas, carnes y
todo cuanto había en el universo visual que él contemplaba", observaría
atinadamente Miguel Arroyo en El puro mirar de Reverón.
Toda la obra de Reverón debe ser leída como un camino, desandado, de lo
representable, que se dirige hacia su pureza, hacia el despojo de cualquier
exceso, en una continua transmutación. Pasamos por el Retrato de Casilda,
la Figura bajo un uvero, el retrato Juanita (1920-1922) y notamos que el azul se
diluye en una ráfaga que ya apunta a esa luz apasionada que cae a toques de sus
brochazos, que se hace golpe y tela. La trinitaria (1922) está a punto de ser
tragada por la sombra-luz, y los Uveros azules (1922) recuerdan el efecto de
arena en los ojos que nos acerca al extrañamiento. En el polvo levantado de
muchedumbre en Fiesta en Caraballeda (1924), en el batir de los Cocoteros en la
Playa (1926), en la desaparición tras la tela porosa que como la arena borra las
huellas que se dejan en Rancho en Macuto (1927), en El Playón (1929) y en la
ironía bailarina de carnaval translúcido de Cocoteros (1931), se observan las
mismas constantes: los árboles, rostros, cuerpos y paisajes van difuminándose, y
toda presencia referencial parece dormir en el poético espacio de la atenuación y
el desvanecimiento.

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