Riesgo
Joanna Russ
A nuestro viejo amigo John Hemingway London Rockne
Knivel Dickey Wayne no le gustaba ese mundo del futuro, oh
no, para nada. No había suficiente riesgo. Había sido
conductor de carros de carreras en el pasado (antes de
quedar congelado) y por eso no soportaba los vehículos que
ofrecían protección para las colisiones frontales y las
carreteras que en principio no permitían estrellarse con
nada. Tampoco le gustaban los desarrollos de la medicina
que habían hecho imposible morir de cualquier cosa (excepto
la vejez extrema) o los deportes que se practicaban por salud
o para divertirse (pero nunca en pos del peligro). Y tampoco
era posible ser mejor que los demás en algo.
Es decir, era posible serlo, pero ¡a quién le importaba!
Quería sumergirse en la profundidad del mar, estrellar
planeadores, escalar montañas, luchar contra cocodrilos,
disparar a los leones, escribir novelas y hacer cosas aun
peores. Por eso se presentó ante un parlamento de los
sensibles pero sonsos hombres y mujeres que lo habían
resucitado de las cámaras criogénicas del pasado y les dijo,
con voz fuerte y las piernas separadas: —¡LA VIDA NO ES
VIDA SI NO EXISTE EL RIESGO!
Y añadió, aun con más fuerza: —¡LOS HOMBRES, LA
IDENTIDAD, INCLUSO LA VIDA, EXIGEN SER PUESTOS A
PRUEBA CONSTANTEMENTE POR EL PELIGRO!
—Ay, por favor —dijeron ellos, con los ojos muy redondos.
Murmuraron preocupados entre sí. Él pensó que tendría que
hacer un berrinche (como aquellos que le salían tan bien
frente a las cámaras de los noticieros) pero no fue necesario.
Ellos debatieron con cortesía. Se llevaron las manos a la cara.
Dijeron que, al parecer, a la mayoría de la gente
descongelada le gustaba ese mundo nuevo. Dijeron que, la
verdad, no había una explicación para los gustos, no señor.
Pero al final dijeron: —Pues bien, tendrá su Riesgo.
Y le inocularon la peste bubónica.
Ingenuidad
Joanna Russ
Debo ser la última en el mundo, porque nadie más entiende.
Siegfried, por ejemplo... bueno, su nombre era algo así. No
había aprendido nada, aparte de los datos de su cuna, de lo
cual se sentía bastante orgulloso. Era un hombre grueso y
nos llevaba de un lado a otro entre las estrellas. Yo era una
pasajera, nada más, tan negra como un lunar, pero él era
muy cortés y no le daba importancia. Me acompañó a la sala
de máquinas y me mostró el cuadro de instrumentos que
relucían contra los muros grises, y los grandes catálogos y las
ventanas para contemplar las estrellas. Luego me dijo que yo
era muy ingenua y que no debería salir sola.
—¿Qué sabe usted? —me preguntó, y cuando le contesté que
conocía algunos relatos se echó a reír.
Reía muy alto, echando atrás la cabeza, de forma que la luz
de la lámpara iluminaba su cabellera. Bajé la cabeza y me reí
modestamente.
—¿De veras? —se burló—. Entonces cuéntemelos.
Le hablé de la hermosa y blanquísima ciudad cuyo nombre
había olvidado. Ah, tiene unas montañas muy arboladas,
donde cantan los manantiales y el agua brilla como el cristal
en el cielo. La gente sale todos los años de las montañas y
forma procesiones en oro y rojo que llevan los enjambres de
montañeses a la ciudad.
Era una historia divertida, pero él la escuchó atentamente.
—¿Sacó eso de un libro? —preguntó al fin.
Negué con la cabeza.
—Entonces, estuvo allí.
—No, claro que no.
Quiso escuchar algo más.
—Debió ser en el pasado —rezongó al fin—. Nunca he visto
un lugar semejante, y he estado en toda la galaxia. Debió ser
miles de años atrás.
—Todavía existe —repliqué—, pero es un sitio muy viejo. De
diez mil millones de años, lo sé.
—¡Imposible! —objetó tajante, sin explicar por qué.
Añadió que probablemente yo no lo entendería. Esto fue la
segunda vez. A la tercera lo asaltó una nueva idea.
—Simplemente, olvidó dónde está —aseguró con firmeza—.
No tiene memoria para los datos. Intente recordar.
Naturalmente, no pude, y tuvo que contentarse con escuchar
todo lo referente a la ciudad, aparte de su situación y
nombre.
—Debe estar escondida en alguna parte —gruñó enojado,
pateando el fuego artificial—. Algún sitio remoto, fuera de
todo camino, naturalmente primitivo, que usted debería
recordar.
Solo era un juego. Le dije que allí había fuego de verdad, con
llamas amarillas que utilizaban como adorno y que parecían
transparentes contra las piedras. Se enfadó y dio vueltas por
la sala llamándome tonta, idiota. ¿No recordaba los datos?
Bien, esto fue todo lo que supo.
Luego dio media vuelta y me disparó un sinfín de preguntas
respecto a las estadísticas, la población y cosas similares.
—¿En qué se ocupan? —quiso saber.
—En nada —respondí—. En nada, exceptuando, claro, la
artesanía del oro, la magia y cosas por el estilo.
Yo solo pretendía divertirlo.
—Quiero ir —decidió—. Usted debe haber visto fotos, claro.
Nunca he estado en un sitio semejante y me gustaría
visitarlo.
No tardó en acusarme: —¡Usted sabe dónde está! ¡Y lo
oculta! Debe pensar que llevaré a otras personas y lo
estropearé todo. Pero no es así, claro que no. Tiene que
decirme dónde está. No descansaré hasta estar allí. Puedo
comprar una nave, pequeña, claro, no muy cara, y largarme.
Sí, puedo hacerlo. Es tan distitnto de los demás sitios... Ah,
quisiera pasar allí el resto de mi vida. No sé por qué, pero
estoy seguro de que podría quedarme allí.
—¡Ay, por favor! —exclamé.
Él miraba el techo, como aturdido.
—¿Sabe? —continuó en voz baja—. Creo que allí no moriría.
Lo presiento. Esto es lo que usted ha hecho.
—No está en ningún sitio —repliqué—. Me lo inventé todo,
absolutamente todo. No ha existido nunca.
—Lo olvidó —insistió—, porque es tonta. Pero yo voy a
comprar una nave y viajar sin descanso hasta encontrar esa
ciudad. Sí, yo no soy tonto y la encontraré.
Después salió de la sala con paso firme.
Y lo hizo. El estúpido héroe se encuentra ahora entre Antares
y Deneb, o algo así. Nadie tiene el menor sentido común.
Debo ser la última porque nadie me comprende. ¡Ingenuos!
El universo está lleno de ellos.