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Ensayo Teorico Alvarez

Este documento discute la historia y desarrollo del feminismo en Latinoamérica. Explica que el feminismo surgió en olas que representan diferentes demandas a lo largo de la historia. La primera ola se centró en la igualdad de derechos civiles y políticos para las mujeres. La segunda ola cuestionó los roles de género y la opresión de las mujeres. En Latinoamérica, el feminismo se desarrolló más tarde que en el norte global, influenciado por los movimientos contraculturales y en el contexto de las dictad
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Ensayo Teorico Alvarez

Este documento discute la historia y desarrollo del feminismo en Latinoamérica. Explica que el feminismo surgió en olas que representan diferentes demandas a lo largo de la historia. La primera ola se centró en la igualdad de derechos civiles y políticos para las mujeres. La segunda ola cuestionó los roles de género y la opresión de las mujeres. En Latinoamérica, el feminismo se desarrolló más tarde que en el norte global, influenciado por los movimientos contraculturales y en el contexto de las dictad
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Magister en Ciencias Sociales


Teoría Feminista y Génjero
Profesoras: Mariana Valenzuela / Kathya Araujo
Estudiante: Imara Álvarez Garrido
Fecha: 12 de mayo de 2019

Discusión teórica sobre feminismo y su instauración en Latinoamérica

El presente ensayo teórico abordará los planteamientos de diversas autoras sobre las
principales ideas, preocupaciones y cuestionamientos del feminismo, de qué manera esta
teoría se ha planteado a lo largo de la historia y de forma general, algunas diferencias sobre
cómo se ha desarrollado en los países del norte del planeta y en Latinoamérica, haciendo
énfasis en las variadas/heterogéneas corrientes feministas que han surgido y su vínculo con
la institucionalización. Para finalmente hacer una reflexión breve sobre el estado actual del
movimiento feminista en Chile.

La historia del movimiento feminista se ha planteado a partir de “olas” que representan


distintos momentos/demandas/acciones, algunas autoras señalan que en la actualidad
vivimos una cuarta ola feminista, pero otras han señalado que aún no termina la tercera. Si
bien se ha cuestionado la utilidad del concepto de “olas”, afirmando que el feminismo ha
estado presente incluso antes de la denominada “primera ola”, la cual abarca desde el 1800
aproximadamente, esta podría ser una categoría analítica pertinente (Archer y Huffman,
2005). Además, se ha indicando que es complicado definir cuándo empiezan/terminan, pero
se rescata que permiten identificar distintas características que ha tenido el feminismo y sus
formas de organización en distintos momentos históricos (Nicholson, 1997).

El feminismo se ha planteado como una perspectiva política que busca, de manera general,
romper con el esencialismo que posiciona a las mujeres como subordinadas y poner fin a la
discriminación histórica que han tenido las mujeres en razón de su sexo. En base a lo
planteado por Zerelli (2008), el origen del feminismo ha estado muy dividido, con
marcadas diferencias sobre causas de movilización, formas de opresión, significados de
liberación, igualdad, entre otras, que han implicado que el feminismo tenga divisiones
internas muy profundas. El feminismo de la primera ola, se caracterizó por dos
dimensiones: a) igualdad: demanda por inclusión/inserción al “mundo de los hombres” y b)
demanda por participación en la política. Se caracterizó por ser separatista y surgió como
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una lucha por derechos civiles y políticos que solo eran reconocidos para los hombres, por
lo que las mujeres demandaban ser reconocidas como sujetas de derecho, como, por
ejemplo, el derecho a poder opinar en lo público, argumentando igualdad ante los hombres
y derecho a acceder a la educación (Zerelli, 2008). El término de la primera ola está
determinada en función de la fecha en que se le otorgó el voto a las mujeres en los diversos
países, se ha planteado por alguna autoras como Simone De Beauvoir, que pese a que a las
mujeres se les dio el derecho a votar, no lograron una emancipación ya que siguen siendo
consideradas en función de los hombres, por lo que se mantenían las dificultades de las
mujeres para, por ejemplo, acceder a cargos públicos (Molyneux, 2003).

La segunda ola del feminismo, se describe a partir de los movimientos sociales que
comenzaron en la década de 1960, los que tuvieron radicales cuestionamientos sobre roles,
en ámbitos de la vida pública y privada. Así, según Nicholson (1997) se plantea que surgió
el movimiento por la liberación de las mujeres, a partir de grupos de izquierda que tuvieron
la tarea de explicar de manera teórica la opresión de la mujer, estuvo altamente influido por
el marxismo. Esta teoría se enfrentó en los inicios de 1970 a una paradoja: las diferencias
entre hombres y mujeres son profundas y tienen su raíz en la naturaleza, y, por otro lado,
que hombres y mujeres son (básicamente) lo mismo. El feminismo de segunda ola se basó
en esta segunda premisa, por lo que se ha afirmado que “la preocupación fundamental de
los feminismos en los años ochenta se orientó básicamente a recuperar la diferencia y
develar el carácter político de la subordinación de las mujeres en el mundo privado y sus
efectos en la presencia, visibilidad y participación en el mundo público” (Vargas, 2008,
p.137). El feminismo de la diferencia se elaboró en términos de situación y características
únicas de las mujeres, pero se ha señalado que esta diferenciación en función a los
hombres, plantea una homogenización de las condiciones de las mujeres, sin tomar en
cuenta las distintas condiciones que enfrenten las mujeres, en aspectos sobre la raza, clase,
etc. (Nicholson, 1997). Por lo que ha habido una crítica a la construcción de la sujeta
política feminista, como muy eurocéntrica y universalizante (Coba y Herrera, 2013).

En este sentido, es que, además, dentro del movimiento feminista existen diversas
corrientes de mujeres que tienen distintos objetivos y concepciones. El feminismo de la
segunda ola se enfrentó a distintas búsquedas de espacios y conflictos internos, que derivan
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en distintas visiones sobre el papel que tiene que tener el feminismo, como movimiento
político (Vargas, 2008). En base a esto, es que los diversos grupos de mujeres, al interior
del movimiento feminista, se han organizado de distintas maneras, lo que demuestra que es
un movimiento altamente heterogéneo. Según plantea Molyneux (2003), ha existido un
amplio debate sobre la autonomía y la organización interna en el feminismo, para lo que la
autora plantea tres tipos ideales de “dirección” en la transmisión de autoridad, que son
relevantes para comprender el feminismo. A) Movimientos independientes:
organizaciones autónomas, organizadas entorno a auto actividad, deciden sus propias
formas de organización y lucha, tiene control sobre su agenda, pero pueden llevar a una
marginación y menos efectividad política. B) Vinculación asociativa: organización casi
independiente, realiza alianza de intereses, el poder y la autoridad son negociados, pueden
ser efectivas para obtener agendas concretas de reformas, pero siempre con condiciones a
las organizaciones para poder asociarse. C) Movilizaciones dirigidas: en estos casos la
autoridad viene del exterior y está por sobre la colectividad, la cual está sujeta siempre a la
autoridad (institucional), hay poco/nulo espacio de negociación de objetivos. Según
Molyneux (2003), esta última es la principal forma de movilización femenina y se ha
adoptado de diversas maneras, desde movilizaciones por alcance de objetivo general (ej.
contra dictadura) hasta movilizaciones que defiendan causas que podrían revocar derechos
adquiridos en nombre de un interés colectivo (ej. Alemania nazi).

Para el caso específico de Latinoamérica, se plantea que le feminismo se desarrolló con


mayor fuerza fines de los 70, principio de los 80, como heredero de una política de
izquierda y como proyecto ideológico con raíces socialistas, reaparece en la escena política
como una propuesta de transformación radical (Ríos et al, 2003). Se instauró de manera
tardía (en comparación a los países del norte), asociado al contexto particular que se daba
en Latinoamérica, primero este renacer se planteó en función al surgimiento de
movimientos contraculturales que termina con la revolución del ’68, planteándose (en
Latinoamérica) un énfasis más político y no tan cultural como en el norte; segundo, en
Latinoamérica el Estado era muy débil/frágil, usado muchas veces por el poder de las élites,
había muy poca institucionalidad; y como último factor, los gobiernos estaban muy ligados
al populismo. Estos factores implicaron que no existía mucho lugar para demandas
feministas dentro de los partidos de izquierda, quedando las demandas de las mujeres
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siempre fuera de lugar y englobadas dentro de la lucha por la “revolución”. Así, surgió un
doble movimiento de mujeres: mujeres politizadas/educadas y, por otro lado, pobladoras/
sectores populares, a diferencia de cómo se dio en EEUU.

El feminismo en Latinoamérica se dio casi de manera paralela a lo largo de la década de


1980, en el contexto de dictaduras, y “se orientó a la recuperación de la democracia y a
politizar el malestar de las mujeres en lo privado –violencia contra las mujeres,
sexualidad, violación en el matrimonio, aborto– y a fortalecer su autonomía organizativa
frente a los partidos políticos y frente a los Estados” (Vargas, 2008, p. 151). Se ha
planteado que fueron las mujeres las primeras en denunciar en las calles la violación a los
derechos humanos y pedir información sobre el paradero de sus familiares víctimas de la
represión de las dictaduras, además crearon espacios colectivos que hicieran frente a los
problemas de subsistencia económicas en los sectores populares, destacando como ejemplo
la realización de ollas comunes en las poblaciones (Ríos, et al, 2003).

Los feminismos latinoamericanos se han desarrollado con distintos ritmos desde fines de
1970 con una un evidente predominio de vertientes de izquierda, las que “mantuvieron una
perspectiva subversiva, de transformación de largo aliento y un compromiso por unir las
luchas por la transformación de las subordinaciones de las mujeres con las
transformaciones de la sociedad y dela política” (Vargas, 2008, p,136). Esta movilización
de mujeres fue muy significativa en la década de 1980, con movimientos de mujeres
populares, marcado por dictaduras militares y una fuerte desconfianza hacia espacios
públicos-políticos. Esta organización de mujeres de expresó de dos maneras
principalmente: profesionales en temas de mujeres y, militantes de movimientos en
formación, que confluyeron en una identidad feminista con movilizaciones en las calles,
con propuestas que ligaban la lucha de las mujeres con la lucha por la recuperación de la
democracia, siendo una de sus consignas más recordadas “democracia en el país y en la
casa” (Vargas, 2008).

En este sentido, en Latinoamérica se ha caracterizado el movimiento feminista como un


campo discursivo de actuación/acción y no como un movimiento social en el sentido
“clásico”, pero que, sí ha significado manifestaciones en las calles y organización, siendo
en la actualidad un campo muy amplio, heterogéneo y multifacético. Además, en función a
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las categorías planteadas por Molyneux, se ha desplegado en distintos espacios de


organización, como en talleres de reflexión popular, sindicatos, partidos, organizaciones
autónomas, parlamentos, la academia, movimientos estudiantiles, etc. (Álvarez, 1998).

En resumen, en los países del sur se presentaron dos problemas en cuanto al feminismo, por
un lado, que de manera muy tardía asumió una posición relacional con los hombres, es
decir, estuvo muy enfocado en las mujeres y que, por muchos años, el feminismo olvidó
cambios culturales, de cuestiones más cotidianas, estaba muy enfocado en grandes cambios
y no en prácticas ordinarias. Esto se debió, en parte, a la unión y organización de mujeres
en función de la dictadura, confluyeron, en una lucha por la democracia, como una
oposición política a la dictadura militar pero no de manera tan clara como organizaciones
feministas en sí, lo que significó una complicación y desafío para el feminismo en el
retorno a la democracia, ya que se hizo más difícil tener puntos en común entre mujeres
(Álvarez, 1998).

El retorno a la democracia implicó para el movimiento feminista un cambio radical, lo que


ha implicado diferencias entre grupos, esencialmente por las distintas visiones que tienen
respecto al Estado. El movimiento feminista pasó de ser anti-estatista pasó a negociar con
el Estado (algunas organizaciones), lo que deriva en un cambio en el nivel de confrontación
que tiene el movimiento y ha significado una pérdida de radicalidad, siendo las
organizaciones institucionalizadas mucho más dialogantes, ya que el Estado es concebido
como un interlocutor que puede canalizar las demandas feministas. Esto se ha potenciado
además con el énfasis que han puesto algunos Estado en la promoción de la “equidad de
género”, promoviendo políticas y programas con “perspectiva de género” (Álvarez, 1998).
El caso más evidente en Chile se dio con la creación del SERNAM, lo cual fue visto (en
primera instancia) como una ganada del movimiento feminista, ya que representaba un
espacio institucional que “atendía demandas de igualdad”, en la actualidad es altamente
criticado por ser una institución solo ejecutora de programas y por tener un papel
excesivamente de consulta técnica (Barrig, 1998).

De esta forma, hacia la década de 1990, se ha señalado que hubo un predominio de


feminismo liberal, que no cuestiona tanto, sino que más bien se adapta a la gobernanza
neoliberal hegemónica del Estado, lo que está estrechamente ligado a la institucionalización
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de los feminismos, su estatización, “oenegeización” y despolitización (Coba y Herrera,


2013). En torno al tema de la institucionalización/oenegeización y la autonomía del
movimiento, existe un debate importante. Por un lado, se ha valorizado la importancia de la
autonomía dentro del movimiento, destacándola como una práctica política que ha sido
motor de la capacidad de interrogar la realidad de las actoras, desde distintas perspectivas,
vibilizando distintas propuestas feministas y para validad al movimiento como interlocutor
político y social. La autonomía ha permitido desplegar un universo de interacciones muy
amplio, con intereses variados e identidades flexibles, inscribiéndose en una lucha por
autonomía más amplia, de la sociedad civil frente al Estado neoliberal (Vargas, 2008).

Por otro lado, se ha señalado que las ONGs feministas han jugado un papel fundamental en
la formación y sustentación de las diversas formas de articulación formal e informal de las
mujeres siendo puntos nodales donde el fragmentado discurso feminista ha logrado
converger discursivamente. En Latinoamérica la mayoría de las ONGs feministas surgieron
en la segunda ola enfocadas en la educación popular y el “empoderamiento” de mujeres de
clases populares (Álvarez, 1998). Se ha planteado que las ONGs feministas tienen una
identidad híbrida, por un lado como centros de trabajo y por otro espacios de movimiento
social, pero que esta bifurcación llevó a la larga a un decaimiento de la protesta social,
pasando a ser actores en sí mismas (las ONGs), criticando su escasa participación en la
década de 1990, indicando que la ongeización tiene el riesgo de caer en la despolitización
de las demandas feministas y de ser silenciadas por las instituciones políticas (Barrig,
1998).

Otra crítica que han tenido las instancias entregadas por el Estado han apuntado a que estas
aprovechan las desigualdades de género que existen, para promover determinadas reformas
estructurales y para crear nuevas desigualdades, asignando nuevos roles/responsabilidades a
las mujeres, lo que se ha vinculado a que al discutir discursos feministas en espacios de
poder masculinizados (como el Estado), son resignificados y en algunos casos,
tergiversados y despolitizados (Álvarez, 1998). En relación con esto, Sonia Álvarez (1998),
plantea un ejemplo que parece clave, en el caso de Chile, se promulgó la “ley de violencia
intra-familiar” y no una ley contra el abuso sexual contra las mujeres, promoviendo el
“fortalecimiento de la familia”, dejando absolutamente de lado la postura feminista sobre
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que la familia es la primera institución que somete a la mujer y las relaciones de poder que
se dan en ella.

En esa línea, se ha denunciado que la institucionalización del feminismo ha implicado dejar


las calles y una “domesticación” de sus prácticas/experiencias, acusado de negociar con las
estructuras de poder y de ser cooptadas por instituciones burguesas (Vargas, 2008). De esta
forma, “el retorno a la calle, la emergencia de voces localizadas y periféricas, de
disidencias al interior de las mismas organizaciones de la diversidad o el tratamiento de
temas como la religión y el aborto fueron silenciados para dar paso al discurso de
igualdad (Coba y Herrera, 2013, p.19). En base a esto, se ha planteado a la necesidad de
inventar nuevas y más atrevidas formas de intervención feminista en lo público, ya que
muchas desigualdades y violencias cotidianas de las que son víctimas las mujeres, no serán
atendidas solo por la vía institucional (Álvarez, 1998).

Parece interesante analizar, desde este planteamiento, la ola de protestas feministas


ocurridas en mayo del año 2018 en Chile, la cual irrumpió en las calles e incluso el
parlamento, con diversos repertorios de acción colectiva que se caracterizaron por ser muy
performáticos, destacando por ejemplo, la “yeguada latinoamericana” de mujeres
demandando “abortar” el Estado patriarcal y su justicia1, mujeres marchando a torso
desnudo, manifestaciones de mujeres con calzones simulando menstruación, entre otras,
que han causado gran revuelo en la opinión pública, que han logrado posicionar demandas
feministas y han llevado a que la ciudadanía en general, discuta sobre el movimiento. Estas
manifestaciones han sido tan relevantes, tanto por su impacto mediático como por su
masividad, que algunas autoras han planteado que estamos ante la “cuarta ola” del
movimiento, que llevado a cuestionar aspectos cotidianos que no habían sido tensionados
anteriormente, como en el caso del abuso/acoso en las universidades, con importantes
demandas contra profesores y las denuncias contra el acoso callejero, que ha sido “acogido”
de parte del Estado, que recientemente ha penalizado por ley este acto.

Finalmente, en base a esta reflexión (a modo personal) se puede plantear que la


institucionalización de las demandas feministas deriva en que se pierda el foco de cambio

1
Para más información sobre esta intervención se puede consultar:
[Link]
[Link]
8

radical que se propone el feminismo, al transar y ser parte de la institucionalidad, el


movimiento se ve restringido en cuanto a sus formas de manifestación y radicalidad de las
demandas que este tenga, ya que deja de ser un movimiento contra el orden neoliberal
hegemónico, para ser parte de su aparato estatal. Como señalan Coba y Herrera (2013) se
produce un cierre de los canales de participación de organizaciones sociales en pos de un
predominio del Estado como regulador de las relaciones sociales. Es fundamental el
posicionamiento de las demandas feministas en las calles, denunciando la violencia ejercida
contra las mujeres de parte de la institucionalidad y en las prácticas cotidianas que han sido
normalizadas.
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Bibliografía

Álvarez, Sonia. (1998). Feminismos Latinoamericanos. Revista Estudios Feministas, 6 (2).

Archer, Susan y Huffman, Douglas. 2005. The Decentering of Second Wave Feminism and
the Rise of the Third Wave. Science & Society, 69 (1), 56–91

Barrig, Maruja. (1998). Los malestares del feminismo latinoamericano. Disponible en


[Link]
pdf/malestares_feminismo_latinoamericano.pdf

Coba, Liset y Herrera, Gioconda. (2013). Nuevas voces feministas en América Latina:
¿continuidades, rupturas, resistencias? Iconos, 45, 17-23

Molyneux, Maxine (2003). Movimientos de mujeres en América Latina. Estudio teórico


comparativo. Madrid: Cátedra. (capítulo 5. Pp. 217-251).

Nicholson, Linda (ed.) (1997), The second wave. A reader in feminist theory, Nueva York:
Routledge. (pp. 1-5)

Ríos, Marcela., Godoy, Lorena y Guerrero, Elizabeth (2003): ¿Un nuevo silencio
feminista? La transformación de un movimiento social en el Chile posdictadura.
Santiago de Chile: CEM/Cuarto Propio. (Capítulo I. Pp.39-110).

Vargas, Virginia. (2008). Feminismos en América Latina. Su aporte a la política y a la


democracia. Lima: Centro de la mujer peruana Flora Tristán. (Pp. 135-158).

Zerrelli, Linda. (2008). El feminismo y el abismo de la libertad. Buenos Aires: FCE


(Introducción, Pp.19-75).

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