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NÚMERO 018 2004

Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas

Insight, elaboración y práctica: el papel del conocimiento procedimental

Autor: Rosenblatt, Allan

Palabras clave

Cambio en psicoanalisis, Conocimiento procedimental, Elaboracion, Funcion del insight, Papel de la


practica..

"Insight, working through, and practice: The role of procedural knowledge" fue publicado originariamente en
Journal of American Psychoanalytic Association, vol. 52, No. 1, p. 883-911, 2004. Copyright 2004, American
Psychoanalytic Association. Traducido y publicado con autorización de la revista.

Traducción: Marta González Baz

Revisión: Mª Dolores J. Díaz-Benjumea

Se propone una concepción del insight basada en un marco de trabajo de sistemas y de procesamiento de
información y utilizando los conceptos actuales de la neurociencia, como la integración de la información
que da lugar a una nueva simbolización de la experiencia junto con un cambio significativo en la imagen del
self y la transformación del conocimiento procedimental no declarativo en conocimiento declarativo. Puesto
que la memoria y el conocimiento procedimentales, que se considera que incluyen las cuestiones
emocionales y relacionales, cambian muy lentamente, el cambio emocional y conductual perdurable a
menudo requiere una práctica repetida, una necesidad no abordada explícitamente en la técnica
psicoanalítica estándar. Se considera, así, que la elaboración también abarca factores no dinámicos. La
aplicación de estas ideas a la técnica terapéutica sugiere posibles intervenciones terapéuticas más allá de la
interpretación. Se presenta una viñeta clínica ilustrativa.

El logro del insight ha sido considerado históricamente como el instrumento más importante de cambio en
psicoanálisis. Aunque los teóricos relacionales han introducido explicaciones alternativas para la acción
terapéutica, el insight continúa siendo considerado por la mayoría como un factor importante.

Me interesa explorar en este trabajo lo que sucede (o no) entre la experiencia del insight y cualquier cambio
posterior emocional o conductual. Exploraré las variadas definiciones y concepciones del insight y ofreceré
una (ver Rosenblatt y Thickstum, 1977), basada en un marco de trabajo de sistemas y de procesamiento de
la información y que incluye conceptos actuales de la neurociencia. Llamaré la atención sobre la relevancia
que la práctica reiterada tiene para el cambio efectivo en la conducta y apuntaré las implicaciones que tiene
este marco de trabajo para intervenciones terapéuticas más allá de la interpretación del material
inconsciente.

Han existido varios conceptos y definiciones de insight. En la psiquiatría general, se refiere al


reconocimiento de la conducta propia como anormal. Al principio del desarrollo del psicoanálisis, Freud
(1905; Breuer y Freud, 1895) utilizó el término para referirse a la recuperación consciente de los recuerdos
reprimidos. Con la llegada de la teoría estructural, se consideró que el concepto implicaba la integración de
aspectos del ello en el yo: “Donde estaba el ello, habrá de estar el yo” (Freud, 1933, p. 80).

Neubauer (1979) tras sostener que no existe una definición analítica plenamente satisfactoria, propuso una
definición que invoca explícitamente la teoría estructural y el poder de hacer conscientes recuerdos que
hasta ese momento han permanecido inconscientes. “Esencialmente, el insight durante el psicoanálisis
comprende la expansión del yo mediante la autoobservación, la recuperación de recuerdos, la participación
cognitiva y la reconstrucción en el contexto de una reviviscencia afectiva” (p. 29). Sin embargo, la
recuperación de recuerdos por sí misma no produce insight al menos que exista una comparación con la
experiencia y creencias actuales que haga posible realizar el juicio de que éstas son maladaptativas e
innecesarias. Es más, el insight puede producirse en relación a la experiencia actual, sin la necesidad de
recuperar recuerdos reprimidos.

Se ha hecho comúnmente la distinción entre insight intelectual y emocional. Richfield (1954), en esa línea,
distingue el insight descriptivo, el conocimiento por una descripción de segunda mano, del insight ostensivo,
el conocimiento de primera mano. Anna Freud (1981) distingue de forma similar el insight, la atención al
mundo interno, de la orientación al mundo externo, que para ella constituye la comprensión. Myerson (1965)
denomina al primero “insight psicoanalítico” y al segundo “insight orientado a la realidad”. Más adelante
volveré a esta distinción en relación con el factor de la imagen del self en el insight.
Algunos han definido como insight sólo aquellos “descubrimientos” que son “ciertos”. Todo lo demás es
definido como “pseudo insight” (Kris, 1956). Tal imposición del valor de verdad al concepto parece
convertirlo en rehén de los juicios de valor contemporáneos sobre lo que constituye la “verdad”. Entonces
estaríamos forzados a considerar que ciertos insights equivocados de Freud, que se basaban en un
conocimiento que ahora es obsoleto, no son más que errores. Parecería más útil definir el concepto
fenomenológicamente, en términos de su experiencia, permitiendo la existencia de la categoría de falsos
insights.

Explicaciones de la función del insight

Al igual que sucede con su definición, las explicaciones funcionales de cómo trabaja el insight son diversas.
En Psychoanalytic Terms and Concepts [Términos y Conceptos Psicoanalíticos], Moore y Fine (1990) dicen
“Cuando se interpretan las resistencias, el contenido ideativo reprimido reaparece y es aceptado por el yo,
de modo que se facilita la reorganización psíquica” (p. 99). Al igual que sucede con muchas de nuestras
explicaciones, ésta parece sustituir la descripción por la explicación, utilizando términos que a su vez
necesitan ser definidos. No explica por qué el yo acepta un contenido hasta hace poco reprimido
simplemente a causa de una interpretación, qué constituye la reorganización psíquica o cómo se facilita
ésta.

Poland (1988) afirma que “el insight alivia la ansiedad ampliando la perspectiva, ubicando los conflictos
internos inmediatos en el contexto de una visión más amplia de la dinámica propia y el self genético” (p.
367). Sin embargo, esta explicación no aclara cómo sucede esto, ni tiene en cuenta que, en muchas
ocasiones, el insight aumenta la ansiedad en lugar de disminuirla.

A menudo se invoca a la teoría estructural para afirmar que el insight promueve la “integración del yo”, pero
ésta no especifica realmente qué es esto o cómo sucede. El “yo” es un constructo hipotético, referido a un
grupo de funciones psicológicas supuestamente organizadas. Decir que el yo se vuelve más integrado es
decir simplemente que las funciones organizadas se vuelven más organizadas. Cómo sucede esto, una vez
más, no se especifica.

Algunos han sostenido que el insight sigue al cambio en lugar de provocarlo. Sampson (1991) narra:
“cuando el Sr. A comenzó a cuestionar su dolorosa creencia inconsciente de que su madre lo rechazaba
porque era estúpido, insuficiente y malo, se sintió lo suficientemente seguro como para recordar sus
rechazos y cómo los había experimentado cuando era niño” (p. 206). Sin embargo, uno puede considerar
que el insight, al igual que otros procesos psicológicos, puede producirse en ausencia de conciencia. Kris
(1956) lo insinúa -“antes de que el insight haya alcanzado la conciencia (o, si lo hace, es sólo por momentos
oscilantes)…” (p. 452)- al igual que Poland (1988): “Tal vez, el nivel más profundo es aquél en el cual el
conocimiento se integra más a fondo… sin tener que recurrir al pensamiento consciente” (pp. 347-348). Si
esto es así, entonces el cuestionamiento por parte del Sr. A de su creencia puede ser considerado un
insight inconsciente y, como veremos más adelante, tal alteración de la representación o la imagen del self
puede ser un factor importante en el cambio.

Michels (1986) parece resolver la cuestión sugiriendo que el factor crítico no es el conocimiento adquirido en
el insight, sino el proceso colaborador en busca del mismo, lo que le hace a uno más concienciado
psicológicamente y “más orientado al insight, si no más autoconsciente” (p. 608). Independientemente de los
beneficios de la colaboración, centrarse en el proceso de búsqueda de objetivos no elimina la necesidad de
explicar lo que sucede cuando se logra el objetivo.

Sólo dos escritos apuntan explícitamente que el insight se relaciona estrechamente con la imagen del self
del paciente. Greenson, en un debate reseñado por Altman (1964) es citado diciendo que el insight debe
perseguirse haciendo interpretaciones reconstructivas en las cuales tienen que ser claramente definidas las
imágenes del self específicas del paciente en un momento determinado (p. 627). La implicación parece ser
que los analizandos deben conectar con cómo se veían a sí mismos en el momento de los deseos y miedos
traumáticos que dieron lugar a la represión patológica. Uno puede inferir que el efecto terapéutico incluye la
comparación con la imagen del self actual que tiene el analizando. Pressman (1969a) coincide con él
cuando dice “el insight sucede cuando el impulso o la ansiedad que se siente está vinculada con la imagen
del self del momento presente” (p. 194). Más adelante plantea (1969b): “es inevitablemente importante y
completamente necesario para el paciente tener conocimiento tanto de la actividad y la presencia de la
imagen arcaica del self en la dirección de su vida (para darse cuenta de la verdadera dimensión del
inconsciente), como de la imagen del self del presente (para darse cuenta de su aplicabilidad a sí mismo tal
como es hoy en día)” (p. 349). Tal vez esta sea la diferencia entre el insight intelectual y el emocional. El
primero es acerca de algo, sin cambio alguno en la imagen del self del individuo.

Características esenciales del insight


Antes de abordar lo que yo considero que caracteriza al insight, debo ofrecer unas bases relevantes sobre
las concepciones del procesamiento de información relativas a la percepción y la cognición, ambas
esenciales al insight. La percepción no es simplemente un registro verídico de acontecimientos, como
podría obtenerse con una cámara o una grabadora. Es un proceso complicado que implica la integración
sucesiva de la información a través de la interacción con la información del recuerdo de la experiencia
previa, así como el “conjunto” atencional presente y la actividad en curso.

Esto es procesar información y tiene como resultado el desarrollo del significado. El inicial percep –o
“cepción”, como lo denominó George Klein (1959)- ha sufrido refinamiento y abstracción. En la medida en
que la percepción integrada es no simplemente una reproducción del acontecimiento percibido, sino el
resultado de la abstracción de recuerdos, actitudes, etc., asociados, funciona como un símbolo o elemento
simbólico. Yo uso estos términos no en el sentido lingüístico o psicoanalítico, sino en el sentido de Susanne
Langer de “otro aspecto de los símbolos… la formulación de la experiencia mediante el proceso de
simbolización” (1964, p. 59) (1). La manipulación, elaboración y combinación de dichos elementos
simbólicos constituye la actividad que conocemos como pensamiento o cognición (ver Rosenblatt y
Thickstun, 1977; Noy, 1978; Olds, 2000) (2).

Cuando, en el transcurso de dicho procesamiento, se produce una configuración de símbolos o de


elementos simbólicos significativamente nueva, puede llegar a sentirse como pensamiento creativo o
insight. Un insight puede tener que ver con un afecto, deseo, idea o relación. El término implica una
sensación de descubrimiento, una conexión. Así, en una publicación previa (Rosenblatt y Thickstun, 1977)
el insight era conceptualizado como una nueva simbolización de la experiencia.

Desde un punto de vista que tiene que ver con esto, el cerebro humano se considera esencialmente como
un órgano categorizador o de comparación con patrones (Celso, 1995). Los patrones y las categorías son
abstracciones creadas y, como tales, funcionan como elementos simbólicos. Edelman (1989) considera que
la actividad cerebral básica consiste en la categorización y la recategorización; en otras palabras, la
comparación con patrones. Proporciona así una base neuroanatómica para el desarrollo de grupos
neuronales que generan patrones y establecen comparaciones con los mismos. Rosenfeld (1988),
basándose en las ideas de Edelman, sostiene que los recuerdos y las percepciones no son “huellas
mnémicas” discretas, localmente almacenadas, sino recategorizaciones de acontecimientos previamente
experimentados (3).
La intuición, por ejemplo, es una conciencia más o menos repentina y verdadera acerca de una conclusión o
juicio, sin conciencia de los pasos cognitivos previos. Representa una cognición inconsciente de
comparación con patrones (sólo escasamente relacionados con el proceso primario) que puede hacerse
consciente bajo ciertas condiciones (ver Rosenblatt y Thickstun, 1994).

Del mismo modo, el insight puede considerarse una forma inconsciente de reconocimiento y comparación
con patrones, que puede volverse consciente. Hablamos de “afecto inconsciente” para designar un proceso
psíquico que, si se hace consciente, será experimentado como afecto. De forma similar, podemos
considerar el insight inconsciente como un proceso psíquico que, de hacerse consciente, sería
experimentado como insight. Si bien los términos se suelen utilizar de manera intercambiable, el término
intuición suele aplicarse más a menudo al descubrimiento de conexiones en el mundo externo (p. ej. una
comprensión intuitiva de relaciones espaciales), mientras que insight, en el campo psicoanalítico, se refiere
a descubrimientos sobre el mundo interno propio o de otra persona (p. ej. un insight sobre las motivaciones
propias).

En el insight psicoanalítico el proceso final esencial es el descubrimiento de una falta de ajuste entre un
patrón recientemente reconocido y otro existente, el cual resulta en el establecimiento de un nuevo patrón.
Por ejemplo, la comparación puede ser entre una imagen del self infantil de la que se acaba de tomar
conciencia y una imagen del self madura existente, lo cual resulta en el pensamiento esquematizado “He
estado comportándome como si siguiera siendo ese niño pequeño… Pero ahora me veo de forma
diferente”. Puede ser con otro objeto interno, con el descubrimiento “Es como si yo sintiera que Vd. es mi
madre… ¡Pero Vd. no es mi madre!” Generalmente, este tipo de descubrimiento también implica el
reconocimiento de un patrón relacional diferente, como “Aun cuando Vd. se comporte como ella, yo ya no
soy un niño, de modo que no necesito reaccionar más así”. De modo que, una vez más, el proceso implica
una comparación con una imagen del self actual. La reducción de la ansiedad, si se produce, puede ser
resultado de una valoración diferente desde el punto de vista de una imagen del self madura: “Tal vez ya no
haya nada que temer/de lo que sentirse culpable”.

Recapitulando, el insight es resultado de una actividad inconsciente de comparación con patrones, en la que
se encuentra una falta de coincidencia, lo cual provoca una nueva constelación o patrón que representa una
nueva simbolización de la experiencia, implicando de forma crucial una imagen del self modificada. Ahora
puede estar más claro por qué un insight puede ser correcto o no, exactamente igual que sucede con un
juicio intuitivo. El insight es confirmado o contradicho por la actividad cognitiva posterior, que pertenece más
al proceso secundario.
La elaboración

Casi todos los autores reconocen que el insight por sí mismo no da lugar automáticamente al cambio
conductual. La suposición del cambio automático ha sido tipificada como la teoría del insight “¡Ajá!”,
representada frecuentemente en las películas, en las que el actor exclama, por ejemplo, “¡Ajá! ¡Recuerdo
que cuando tenía cinco años quería matar a mi hermano, de modo que ahora lo entiendo todo y estoy
curado!”

Existen casos en los que el insght puede ocasionar un cambio en la representación que un individuo tiene
de sí mismo y provocar por sí mismo un cambio interno, antes de que pueda llevarse a cabo ninguna acción
posterior al insight. El individuo puede experimentar un aumento significativo de la autoestima y sentirse
considerablemente mejor (p. ej. menos culpable y más competente). Sin embargo, casi todos los trastornos
emocionales que observamos en el tratamiento implican componentes conductuales maladaptativos que
emergen como respuesta a estados internos de conflicto, ansiedad, depresión y otros por el estilo. Si bien
es cierto que el insight libera al paciente para que pueda elegir modos de conducta más adaptativos, es
necesario que esos modos alternativos de reaccionar sean probados (ver Valenstein, 1983). Muchos
comentan que un factor clave en la efectividad del insight es la capacidad del paciente para traducirlo en
acción, pero casi ninguno explora qué hay implicado en esa capacidad.

Los medios por los cuales el insight se traduce en acción han sido atribuidos al proceso de elaboración.
Suele pensarse que este proceso consiste en interpretaciones reiteradas de una cuestión dinámica, tanto en
contextos de experiencia iguales como diferentes (ver Fenichel, 1938). Este procedimiento supone no sólo
que el insight inicial no es necesariamente perdurable ni generalizable, sino también que la acción efectiva
no emerge sistemáticamente. Así, los deseos, miedos y fantasías inconscientes puede hacerse conscientes
reiteradamente, cada vez que se producen, sea en el mismo contexto o en otro diferente.

Se han ofrecido varias explicaciones para explicar este proceso necesario. Abarcan desde la resistencia del
ello que planteaba Freud, la adhesión de la libido y la compulsión a la repetición (Freud, 1926 a, b) hasta la
reticencia del analizando a probar nuevas conductas distintas frente a la ansiedad (Valenstein, 1983;
Cooper, 1989) o el no querer renunciar a ciertas gratificaciones (para revisiones de la literatura al respecto,
ver Brenner, 1987; Aron, 1991). Los evolucionistas como Shane y Shane (1995) afirman que la elaboración
supone un proceso evolutivo “de relacionarse auténticamente y de ser capaz de beneficiarse de esa
intimidad madura dentro de la díada analítica y de contribuir a ella” (p. 373).
Brenner (1987) ha sostenido que dichas explicaciones son “si no meras reformulaciones, sí, en el mejor de
los casos, explicaciones ad hoc” (p. 101), dado que en último caso son reformulaciones de varios aspectos
del análisis del conflicto intrapsíquico. Yo estoy de acuerdo con Brenner pero, mientras que él sostiene que
lo único que lleva tanto tiempo es el análisis de los patrones defensivos del paciente, yo creo que existen
otros factores aparte de la ansiedad y los conflictos inconscientes no analizados que explican la demora en
el cambio tras el insight.

Varios autores han llamado la atención sobre los elementos no conflictivos que influyen en la transformación
del insight en acción. Al principio, Alexander (1940) obviaba el concepto de compulsión a la repetición
considerándolo una abstracción irrelevante para la comprensión clínica de los pacientes. Él invocaba al
proceso de aprendizaje, afirmando que “la mejor prueba para tal tendencia repetitiva es la que ofrece… el
violinista [que] tiene una gran dificultad para abandonar movimientos defectuosos que se han hecho
automáticos por la práctica defectuosa” (p. 14). Tenzer (1984) ha apuntado al énfasis de Piaget en la
necesidad de repetición para la adquisición de nuevas estructuras cognitivas, de modo que puedan ser
integradas con otras anteriores.

Stewart (1963) señaló que el uso inicial que Freud hacía del término elaboración se refería a la resistencia
del ello, que él distinguía claramente de otros tipos de resistencia. La adhesión de la libido y la inercia
psíquica, como componentes de la resistencia del ello, eran consideradas por Freud como “factores
independientes”, lo cual implicaba que no estaban necesariamente vinculadas a conflictos dinámicos y en el
fondo estaban determinados constitucionalmente. Según Stewart, implicaban capacidades tales como “la
capacidad para aceptar la frustración [y] el deseo de testar la realidad y la capacidad para hacerlo” (p. 483).

Un notable defensor de las intervenciones técnicas “más allá de la interpretación”, Gedo (1995) se basó en
conceptos de la neurociencia para afirmar que la elaboración implica “el establecimiento de nuevas redes
neuronales mediante la habituación gradual… [Se] entiende mejor como un proceso educativo…, ‘una
tecnología de instrucción’… [que enseña] varias habilidades procedimentales…” (pp. 339, 350). Él creía que
“cuando las interpretaciones requieren una repetición frecuente, es muy probable que sean de escasa
relevancia, si es que no carecen en realidad de validez” (p. 386).

Novey (1962) explicó el tiempo requerido para la elaboración con referencia al núcleo infantil de la neurosis,
dependiente de patrones afectivos automatizados de percepción y respuesta, que son más resistentes al
cambio que los patrones cognitivos. “La terapia representa, por tanto, un medio para establecer nuevos
automatismos liberando la represión y mediante los modos transferenciales de ‘ver la vida de otro modo’,
aun cuando sólo experimentalmente. Tal punto de vista aboga por la incorporación de la teoría del
aprendizaje en un marco de referencia psicoanalítico” (p. 673).

El papel de la práctica

Ahora quiero llamar la atención sobre un elemento que rara vez se aborda explícitamente en la literatura,
esto es, sobre la función de la práctica a la hora de traducir el insight en una conducta consistente y más
adaptativa.

Casi ningún insight se traduce en una conducta perfecta y consistente al primer intento. Requieren práctica,
como el aprendizaje de cualquier nueva habilidad. El uso común del término elaboración para referirse a la
aparición de conflictos y patrones de conducta en psicoanálisis combina dos procesos separables.

La aplicación de un insight a varios contextos, para resolver defensas y para profundizar y ampliar la
comprensión, se produce ciertamente y es parte esencial de un análisis. A menudo, cuando uno visita de
nuevo un sistema defensivo se obtienen más insights y más profundos, por encima de lo que permitía la
interpretación original. Sin embargo, el término también se utiliza para referirse a juicios repetidos en el
mismo contexto, por los cuales un nuevo patrón se hace progresivamente más consistente, automático y
resistente a los trastornos. Esta última es una forma de aprendizaje mediante la práctica, perfectamente
descrita en la psicología académica y, aunque está sujeta a factores conflictivos intrapsíquicos, no es
necesariamente producto de dinámicas inconscientes. (Nótense las referencias a los automatismos y a la
teoría del aprendizaje en los autores citados más arriba).

Claramente, el insight no es la única motivación (dentro y fuera del tratamiento) que puede dar lugar a
esfuerzos por modificar un patrón de relación. En el tratamiento, la identificación con el analista, el aumento
de la autoestima gracias al apoyo de éste, y otros numerosos factores pueden proporcionar este ímpetu.
Sea cual sea la motivación, sin embargo, el cambio puede requerir práctica. Con ella, la conducta
recientemente consciente se vuelve automática, sobrescribiendo la antigua. El procedimiento antiguo no
suele ser eliminado, sino que permanece dispuesto a reafirmar su dominancia si el nuevo se viera
trastornado por un estrés que provoque regresión. Alternativamente, el éxito repetido de una acción para dar
lugar a consecuencias deseables refuerza su lugar estable en el repertorio conductual de la persona. Es
importante enfatizar que el insight, representando una nueva simbolización de la experiencia o un nuevo
patrón, dirige la práctica consiguiente.
Por decirlo de otro modo, la práctica es casi siempre necesaria, pero es de ayuda tener el insight para saber
qué poner en práctica y cómo hacerlo. La práctica formalizada en la terapia cognitivo conductual estándar
generalmente se centra en la alteración de la conducta observable o de las actitudes y sentimientos
conscientes. Yo me refiero, en cambio, a los intentos de “sujetarse” uno mismo una vez que los
determinantes inconscientes de la conducta se han hecho conscientes, y de recordarse conscientemente a
uno mismo el punto de vista y la conducta modificados que ahora son posibles. A menudo esta práctica de
nuevos patrones tiene lugar dentro de la relación terapéutica, a medida que terapeuta y analizando aclaran
las reacciones transferenciales. Con los pacientes más integrados, esta práctica de insights adquiridos
sucede tan suave y discretamente que pareciera que el insight produce automáticamente el cambio. Pero no
es así.

La progresión del insight a la acción efectiva puede ser ralentizada o inhibida por cuatro clases de
condiciones:

1. Cuestiones dinámicas directamente relevantes para el contenido del insight, incluyendo cuestiones
transferenciales, que aún no han sido analizadas. Por ejemplo, tras un insight sobre la evitación de las
relaciones íntimas debido al miedo de vulnerabilidad al abandono, la inhibición puede continuar a causa de
una ansiedad de castración no analizada o por oposición transferencial. Otros muchos autores y yo mismo
hemos delineado estos factores dinámicos que militan contra el cambio (ver Presuman, 1969 a, b; Rangell,
1981; Valenstein, 1983; Rosenblatt, 1987).

2. Cuestiones dinámicas no relacionadas directamente con el contenido sino en torno a la cuestión de la


práctica activa. Estas incluyen permanentes fantasías inconscientes de gratificación mágica sin esfuerzo y la
imagen de uno mismo como indefenso y dependiente (Rangell, 1981; Valenstein, 1983). El anverso
dinámico es el miedo a cualquier esfuerzo activo como provocador del abandono o la retaliación.

3. Cuestiones “estructurales” que pueden haber emergido en una ocasión del conflicto dinámico pero que
han resultado en una carencia no dinámica de capacidades (no relacionadas con el contenido simbólico), a
menudo denominada condiciones de déficit. Un ejemplo sería una imagen del self deficiente ante cualquier
sensación de ser agente efectivo. Los individuos inhibidos por esta condición no tienen la concepción de ser
capaces de poner algo en práctica mediante su esfuerzo. Otro ejemplo sería la deficiente tolerancia a la
frustración y al afecto fuerte, por la cual los inevitables fallos iniciales en la práctica activa provocan la
rendición y el abandono (Rosenblatt, 1981).
4. Las limitaciones neurofisiológicas del CNS y el proceso de aprendizaje, donde el cambio al control
consciente supone errores antes de que pueda alcanzarse la automatización fluida. Como se ha señalado,
la conversión de una conducta automática a una conducta consciente controlada, que puede ser así
modificada y reconvertida a un nuevo procedimiento automático, no se produce de forma impecable. Aquí
es donde la práctica no se hace perfecta de forma inmediata, sino que se cometen errores en el intento de
hacer operativo un insight.

Implicaciones para el tratamiento

Si la práctica activa es necesaria, junto con algunos fallos iniciales, surge la cuestión de si el analista
debería animar a la práctica activa de algún modo como parte de un tratamiento analítico. (Por lo que sé,
esto no se enseña como parte de la técnica analítica estándar). El alentamiento puede ser sólo implícito en
forma de alguna intervención educativa. Puede resultar de ayuda transmitir al paciente el hecho de que
fracasar en los primeros intentos de modificación de la conducta es prácticamente inevitable; no debería
suponerse que siempre existen conflictos no analizados para explicar estas fallas iniciales. Esto puede ser
especialmente útil cuando el analizando responda a esas fallas autocondenándose punitivamente. Esta
información sobre factores no dinámicos puede combinarse, entonces, con una interpretación dinámica de
la disposición del analizando a reprenderse a sí mismo/a y, tal vez, de la expectativa grandiosa de
perfección inmediata por parte del analizando. Aquí la exploración dinámica se centra en las consecuencias
del fracaso, más que en sus causas no analizadas.

Viñeta clínica

Julie, de treinta y ocho años, casada y con dos hijas, acudió a tratamiento a causa de su ansiedad social y
por una relación problemática con la menor de ellas. La paciente sentía reacciones críticas, enojadas, hacia
la conducta de su joven hija adolescente y entonces se sentía arrepentida y culpable por ser excesivamente
punitiva. Se sentía especialmente enfadada por lo que sentía como la irresponsabilidad de su hija,
especialmente por la preocupación que esta mostraba por su aspecto y su popularidad. La describía como
pasando horas frente al espejo, pavoneándose o agonizando por una pequeña imperfección, y temía que su
hija se convirtiera en alguien egocéntrico, superficial, que no aspirase a nada en la vida.
La paciente creció en una familia con un padre perfeccionista, que esperaba de ella un funcionamiento
perfecto, y una madre narcisista, que favorecía y elogiaba con extravagancia a la hermana pequeña de Julie
como “la guapa”, pero que le reconocía a la paciente que ella era “la elegante”. Julie organizó una parte
importante su autoestima en torno a su identidad de “la elegante” y se identificó con el perfeccionismo de su
padre.

Aun cuando al principio negó cualquier sentimiento competitivo o de enfado hacia su hermana, con el
progreso del análisis quedó claro que desplazaba la hostilidad que sentía hacia su hermana sobre su hija
pequeña, que era más guapa que la mayor. Después de una visita de su hermana, Julie se mostró
excesivamente crítica con su hija pequeña, y el analista pudo interpretar el desplazamiento de un modo que
a la paciente le resultó emocionalmente convincente. Respondió con una intensa autocrítica, prometiendo
no atacar “nunca más” a su hija injustamente.

Poco tiempo después, Julie acudió a la sesión deprimida y agitada porque había regañado a su hija con
severidad por “perder el tiempo” “arreglándose” para una cita. Se dio cuenta demasiado tarde de que estaba
actuando nuevamente su resentimiento prolongado hacia su hermana, y se mostró implacable en su
autoinculpación. “¿Cómo puedo ser tan estúpida?”, repetía una y otra vez. “¡Debí haberme dado cuenta! ¡Ya
habíamos hablado de ello y, sin embargo, volví a hacerlo!”

En este momento, el analista exploró otras motivaciones para sus reacciones. Se trajo a foco la envidia de
Julie por la belleza y popularidad de su hija, relacionada con sus sentimientos de falta de atractivo, de
timidez social y torpeza. Julie tenía la esperanza de que esta comprensión adicional le permitiera apoyar
más a su hija. Además, el analista se preguntó si ella podía tener sentimientos mezclados hacia las
interpretaciones, apreciándolas pero también sintiéndose en cierto modo dañada y enojada. Con las
expectativas perfeccionistas que tenía de sí misma, le dijo, podía haber esperado haber sabido esas cosas
por sí misma sin que nadie tuviera que decírselas. Ella se mostró de acuerdo con reticencia y recordó las
expectativas de su padre, que ella había convertido en propias.

A pesar de la exploración de la envidia hacia su hermana, la identificación con su padre y el daño narcisista
ocasionado por las interpretaciones, se produjo otro incidente de enfado y crítica hacia su hija. La paciente
se mostró muy desanimada y autocrítica, y el analista le contó la historia del turista que se perdió de camino
a un concierto, paró a un hombre mayor en la calle y le preguntó: “Disculpe, señor, puede decirme cómo
llegar al Carnegie Hall?” El anciano lo miró y le dijo amablemente: “¡Práctica, hijo, constante práctica!”
Julie permaneció en silencio, aparentemente asombrada. Luego dijo que nunca había pensado en practicar
algo para llegar a dominarlo. En cierto modo le parecía que tenía que hacerlo bien desde la primera vez.
Entre lágrimas habló de la dura crítica de su padre hacia cualquier error que ella cometiera mientras
aprendía a esquiar (donde uno tiene que practicar para hacer lo opuesto a la tendencia “instintiva” para
inclinarse hacia la pista).

Discutió con interés lo que la práctica podía suponer, y junto con el analista llegó a la conclusión de que
requería numerosas cosas. Le pareció importante intentar estar alerta en los intercambios con su hija a las
señales de irritación creciente y “sujetarse” antes de que se le escapara de las manos, recordándose a sí
misma “es mi hija, no mi hermana”. También le pareció importante la oportunidad de discutir una vez más en
las sesiones analíticas las dinámicas de su vulnerabilidad a dichas interacciones con su hija de un modo no
crítico, de manera que pudiera “sabérselas mejor”. Se llegó al acuerdo de que era útil examinar en
retrospectiva lo que podía haber desencadenado el “desliz”, sin castigarse por ello. El analista estuvo de
acuerdo en que todo ello era importante para interrumpir la secuencia automática de conducta
maladaptativa y para esforzarse conscientemente por sustituirla con respuestas más apropiadas, de modo
que la práctica reiterada convirtiera la nueva conducta en automática. En los encuentros posteriores con su
hija fue capaz de aceptar los “deslices” por su parte con mucha menos condena hacia sí misma y con más
atención puesta en identificar y modificar sus respuestas automáticas, de lo cual fue cada vez más capaz.

La intervención descrita más arriba sería considerada, en el modelo psicoanalítico de Eissler (1953), un
“parámetro” que diverge del ideal de emplear únicamente la interpretación en la sesión analítica, si no
realmente una contaminación del psicoanálisis con un enfoque de modificación de la conducta. En los
últimos años, sin embargo, la técnica psicoanalítica ha trascendido cada vez más las limitaciones del
modelo de Eissler (ver, p. ej. Greenberg y Mitchell, 1983; Renik, 1993, 1996; Ehrenberg, 1992). Debería
señalarse que Freud (1940) creía que las técnicas educativas no eran antitéticas del proceso psicoanalítico
en tanto en cuanto respetaran la individualidad del paciente. Algunos autores han introducido las técnicas
psicoeducativas en la terapia analítica para manejar las “apraxias” o deficiencias en ciertas habilidades
(Gedo, 1979, 1988) y para fomentar las habilidades para hacer frente a las situaciones de forma competente
(Basch, 1988).

Otros autores han utilizado la teoría relacional para justificar el uso de intervenciones cognitivo-conductuales
formales. Frank (1993) ha afirmado que “las técnicas orientadas a la acción…, utilizadas con cautela,
pueden en ocasiones ser compatibles con la terapia psicoanalítica, y para muchos pacientes estas técnicas
pueden mejorar sustancialmente dicha terapia” (p. 537). Wachtel (1993) afirma que “las reacciones de un
paciente a las denominadas intervenciones no son menos analizables que los sucesos de experiencias que
se producen en un análisis conducido de un modo más tradicional… Las intervenciones son sucesos
relacionales y la exploración de su significado para el paciente es una parte crucial de su utilización efectiva”
(p. 595).

Conocimiento procedimental vs. conocimiento declarativo

Si la práctica es realmente necesaria para obtener un cambio perdurable y efectivo, surgen cuestiones como
por qué esto es así y cómo funciona la práctica para operar los cambios. Yo creo que los conceptos
actuales de la neurociencia ofrecen respuestas posibles a estas cuestiones.

Los apuntalamientos neurofisiológicos de la necesidad de practicar pueden ser los dos tipos de memoria, la
memoria declarativa y la no declarativa, que almacenan diferentes tipos de conocimiento (ver Squire y
Schacter, 2002) (4). Implican sustratos cerebrales anatómicamente distintos, la memoria declarativa está
ubicada principalmente en hipocampo mientras que la no declarativa tiene otras ubicaciones neuronales (p.
ej. la amígdala, el estriatum [Nota de Redacción: conjunto formado por el putamen y el núcleo caudado] o el
cerebelo). El conocimiento declarativo es el conocimiento de hechos o sucesos que pueden ser
directamente recordados (p. ej. lo que sucedió la semana pasada o cuántos gramos constituyen un kilo). Un
tipo de conocimiento no declarativo (a menudo denominado conocimiento implícito) es el conocimiento
procedimental, que subyace a las habilidades o procedimientos y codifica la información que no puede
describirse fácilmente con el lenguaje. Por ejemplo, es difícil expresar en palabras lo que uno sabe (lo que
tiene almacenado en la memoria) sobre el procedimiento para montar en bicicleta, uno simplemente sabe
cómo hacerlo (5).

No todos los procedimientos son automáticos, como montar en bicicleta. También existen procedimientos
controlados, determinados por el input declarativo consciente de normas, que son lentos y requieren una
gran atención. Pero son flexibles, capaces de ser modificados alterando el input declarativo. El tipo
automático está determinado por la información procedimental y no requiere atención: aunque fluido y
eficiente, es difícil de modificar. La práctica mediante la repetición permite que los procedimientos que hasta
el momento ha sido controlados y conscientes se vuelvan automatizados, proceso mediante el cual el input
declarativo se transforma en información y memoria procedimental inconsciente. Por ejemplo, conducir un
automóvil es inicialmente para el principiante un procedimiento controlado, que requiere prestar atención a
muchas reglas, pero con la práctica se vuelve automático e inconsciente.
Una configuración relacional y sus emociones asociadas parece estar procedimentalmente organizada (ver
Clyman, 1992; Grigsby y Stevens, 2000; Westen y Gabbard, 2002). Es decir que una relación se representa
por lo que uno hace con otro y cómo interactúa. Así, el procedimiento en sí mismo es inconsciente, y uno
sólo es consciente de las consecuencias. Estos procedimientos son estrategias inconscientemente
desarrolladas (heurísticas) para satisfacer varias necesidades emocionales. Pueden ser adaptativas en el
momento en que se adoptan pero no serlo en contextos posteriores.

Sin embargo, el conocimiento procedimental es más difícil de alterar que el declarativo. (Pensemos en el
dinero que se gasta en obtener lecciones de golf para corregir un mal swing). Estos procedimientos se
modifican interrumpiendo la puesta en acto automática del procedimiento y convirtiéndola en un
procedimiento consciente controlado, que entonces puede ser modificado proporcionando información
declarativa inmediata.

En este punto, debo dejar claro que mientras que el conocimiento procedimental es inconsciente
estructuralmente, también puede estar sujeto a cuestiones dinámicas, interpretándolo también como
inconsciente dinámicamente. Generalmente es esta situación dual con las relaciones la que encontramos en
la clínica. Una vez resueltas las cuestiones dinámicas defensivas con el logro del insight y del nuevo
conocimiento declarativo, la estructura del conocimiento procedimental sigue pendiente de resolver.

Para abordar la cuestión de cómo la práctica da lugar al cambio, uno puede especular sobre el medio por el
cual la práctica transforma el conocimiento y el recuerdo declarativo en procedimental. Tras muchas
repeticiones, los pesos sinápticos de una red neuronal se vuelven más diferenciados, puesto que las
actividades superfluas no se repiten con tanta frecuencia como las esenciales. De modo que en la red
neuronal se crea un “surco” sináptico. Las perspectivas actuales sostienen que la ambigüedad provoca
conciencia, de modo que puedan hacerse, o al menos revisarse, elecciones complejas. Según se va
reduciendo la ambigüedad, también lo hace la necesidad y la señal para la elección consciente. El resultado
es un procedimiento ajeno a la conciencia, o automatización.

Conclusión

No sólo los continuos descubrimientos de la ciencia cognitiva pueden iluminar la teoría psicoanalítica;
también prometen mejorar la efectividad terapéutica de los analistas. La conceptualización del insight dentro
de un marco de trabajo de procesamiento de la información permite una integración de la teoría
psicoanalítica con la neurociencia actual, al igual que sucede con el reconocimiento del papel de la práctica
en el cambio conductual tras el insight. Es más, el reconocimiento de los factores de aprendizaje no
dinámicos, relacionados con la memoria procedimental y su resistencia al cambio rápido, tiene implicaciones
para la técnica psicoanalítica. En lugar de diluir nuestra disciplina, las aplicaciones innovadoras de estos
descubrimientos pueden enriquecer nuestro armamento terapéutico.

NOTAS

(1)- Langer coincide con Ernst Cassirer (1957) al considerar que los símbolos tienen principalmente una
función formulativa que implica la abstracción. Afirma que los individuos responden a estímulos externos
“produciendo imágenes, nociones, invenciones de todo tipo que sirven como símbolos para las ideas… Este
es el sentido de decir que tenemos ideas sobre lo que en realidad vemos” (p. 126). Afirma que “cualquier
mecanismo por medio del cual hacemos una abstracción es un elemento simbólico, y toda abstracción
implica simbolización” (p. 60).

(2) – Aunque el conexionismo radical (ver O’Brien y Opie, 2002) afirma que la cognición no implica nunca un
medio simbólico, los símbolos rechazados son principalmente lingüísticos con referentes fijos, no del tipo de
los discutidos. Puede considerarse una red neuronal como base anatómica de un elemento simbólico
funcional, representando un patrón o categoría. Es más, Marcus (2001) ha mostrado cómo los sistemas
neuronales pueden organizarse de modo tal que manipulen símbolos.

(3) – Al afirmar que la información no es una “huella mnémica” registrada pasivamente por el cerebro, sino
más bien resultado de la categorización, Rosenfeld plantea “no existen símbolos en el cerebro; son patrones
de actividad que adquieren diferente significado en diferentes contextos” (p. 136). Sin embargo,
considerando el contexto de su afirmación, él estaba argumentando contra la concepción de huellas
mnémicas anatómicamente específicas más que contra entidades funcionales, como son los elementos
simbólicos de Langer.

(4) La realidad biológica de los sistemas de memoria múltiples se acepta ya comúnmente, con escasas
excepciones (ver Whittlesea y Price, 2001). Los neurocientíficos supondrían que cualquier conducta
posterior a una experiencia emocional, como una puesta en acto o una fobia, que se expresa mediante la
actuación más que con el recuerdo y no está relacionada de forma consciente con ningún suceso del
pasado, resulta de la memoria no declarativa (procedimental) (Squire y Schacter, 2002). Shevrin (1999),
suponiendo que una experiencia determinada resulta en un recuerdo declarativo, afirma “un recuerdo
episódico [declarativo] puede formarse inconscientemente y preparar para una conducta posterior sin que
exista conciencia de ello… [Por tanto] las puestas en acto, la transferencia, u otras, no reflejan
necesariamente recuerdos procedimentales”. Sin embargo, el aprendizaje de un suceso determinado no
necesita ser declarativo (ver LeDoux, 1996). Es más, un suceso emocional puede resultar tanto en
recuerdos declarativos como no declarativos.

(5) – Bucci (1997) en su teoría de código múltiple, diferencia de forma similar entre los sistemas simbólico y
subsimbólico de procesamiento de la información. La integración de los dos sistemas se logra mediante un
“proceso referencial”. Sin embargo, el uso que ella hace de lo “simbólico” emplea una definición más
estrecha de símbolo. “Los símbolos”, afirma ella, “son entidades discretas: imágenes o palabras” (p. 159).
Aunque su procesamiento subsimbólico se equipara a un modelo conexionista, como las concepciones del
conocimiento procedimental, ella no aborda las funciones fundamentales de la memoria, la mayor
resistencia del “procesamiento subsimbólico” al cambio, o la relevancia de la práctica. (Ver reseña de la
teoría de Wilma Bucci sobre los códigos subsimbólico y simbólico en Aperturas Psicoanalíticas)

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