Marco teórico:
De acuerdo a lo que sostienen muchos profesionales de la medicina, la psicología y la
sociología, la convivencia resulta ser un factor trascendente para el bienestar emocional y
para la salud de los individuos.
En tanto, para lograr lo que se denomina una convivencia positiva en armonía, serán
condiciones fundamentales el amor, el respeto y la tolerancia hacia los demás, aun cuando
sus opiniones y acciones se encuentren en la vereda opuesta a la nuestra. De lo contrario, de
manifestar una actitud a la defensiva y siempre en pie de guerra, seguramente, la
convivencia resultará muy pero muy difícil con aquella persona que se manifieste de esta
manera. Entonces, es imposible coincidir con papá, con mamá, con un hermano, con un
amigo, con un par del trabajo y con la pareja en un ciento por ciento, pero si las diferencias
logran zanjarse de una manera adulta, respetuosa y con mucho cariño será simple lograr
una buena convivencia
Según Magendzo, al vincular la convivencia escolar con el currículum se está, por un lado,
preguntando por cuáles son los aprendizajes que debieran intencionarse deliberadamente
con el fin de promover la convivencia escolar y por el otro, se desafía a interrogar la cultura
escolar con el fin de tomar conciencia de cuáles son los mensajes ocultos que desde ella se
están enviando en relación con la convivencia. Se suma a esto, la necesidad de indagar y
cuestionar por qué ciertos aprendizajes vitales para la convivencia escolar como son los
relacionados, por ejemplo, con la educación en derechos humanos, educación para la paz,
educación para la resolución de conflictos en términos pacíficos, educación para la
tolerancia y la no-discriminación, educación para la intersubjetividad y la alteridad, tienen
escaso poder, legitimidad y presencia en el currículum (Magendzo en Ruz, 2003).
La convivencia es un intento de equilibrio entre lo individual y lo colectivo, entre el deseo
y la ley. Esto implica una renuncia de los sujetos en pro del bien común, del colectivo
institucional: ésta, necesaria para la construcción de la convivencia escolar, provoca
malestar. La convivencia no se puede separar del conflicto (institucional, grupal, singular).
La convivencia escolar es entonces, una construcción y es sinónimo de prevención de
conflictos que, al incidir directamente sobre la convivencia institucional, afectan los
vínculos interpersonales que se establecen, repercuten en las interrelaciones entre los
actores de la escuela, e influyen en los procesos de socialización de los alumnos. La
convivencia se manifiesta en un entrecruzamiento de planos constituidos por la institución
misma, con su propio modo organizacional, su historia, sus rasgos y redes de interrelación:
los protagonistas del proceso educativo y el quehacer propio de la escuela, es decir, el
enseñar/aprender. Evidentemente, los conflictos interpersonales se presentan como
elementos de convivencia que existen y a los que hay que dar salida. Precisamente la forma
de hacerlo será la que nos proporcionará un aprendizaje positivo o no (lo que haría de las
consecuencias del conflicto, algo positivo) (Ianni, 2003).
Según Ianni y Pérez (1998), la interrelación alumno-docente está dañada puesto que los
vínculos estrechamente ligados a la tarea no se consolidan, no se convive. Es decir, el
aprendizaje significativo está empobrecido, tanto en lo referente a contenidos curriculares
como aspectos vinculares, pues lo vincular se aprende vivencialmente a través de la tarea.
Es decir, también se considera aprendizaje significativo, a
“todas aquellas otras acciones no académicas, que son propias del quehacer de la escuela y
están estrechamente ligadas al proceso de socialización: la comunicación, el diálogo, el
respeto mutuo, la participación, el compromiso. Todas ellas serán palabras carentes de
significado, vacías de contenido, si no se las reconoce en actos, si no se las vivencia. Para
que cada uno pueda apropiarse de estos "contenidos para la vida" hay que probarlos,
ensayarlos, ejercitarlos, practicarlos, repetirlos, es decir, vivirlos en el quehacer cotidiano
de la vida escolar” (Ianni, 2003: 4)
Podemos decir entonces que la convivencia se aprende y esto sólo sucede a partir de la
experiencia, si se convierte en una necesidad, si se logran cambios duraderos en la
conducta, que permitan hacer una adaptación activa al entorno psicosocial de cada uno.
La convivencia también enseña, de ella se aprenden contenidos actitudinales, disposiciones
frente a la vida y al mundo que hacen posible el aprendizaje de otros contenidos
conceptuales y procedimentales. En este sentido son importantes los valores que
trascienden a la tarea. Los valores constituyen un proyecto compartido que da sentido y
orienta la formación de actitudes en la escuela. Esta espera una serie de comportamientos
adecuados a los valores que inspiran el proyecto educativo. Una de las formas más eficaces
para alcanzar la convivencia es a través de proyectos institucionales que sean convocantes,
significativos para los actores institucionales y de utilidad a la institución y también “Extra
institucionalmente”. Por estos proyectos, las relaciones cotidianas y rutinarias se modifican;
varían los roles y cada integrante asume nuevas responsabilidades, la tarea nuclea a los
distintos actores.
Ianni propone que la convivencia se construye en el aula, y que sólo a partir de considerar
lo que acontece en el aula, podemos pensar en la convivencia de la 36 escuela. La
construcción y conocimiento de la escuela como totalidad se construye a partir de las
experiencias vividas en ese ámbito. El aula sería: el primer espacio de vida pública de los
niños, adolescentes y jóvenes, donde construyen las relaciones sociales y desde su ingreso
aprende gestos y rituales. Es importante como lugar propicio para incorporar formas de
convivencia ligadas a la práctica de la vida democrática ya que, desde el inicio de su
escolaridad, el niño aprende distintas actividades que se realizan cotidianamente y regulan
las interrelaciones con sus pares y adultos: es el ámbito en el que se convive, se habla y se
aprende sobre convivencia. En este sentido
“La función socializadora se manifiesta en las interrelaciones cotidianas, en las actividades
habituales; también se hacen explícitas en las charlas espontáneas o en discusiones y
diálogos planificados para reflexionar sobre esas interrelaciones, para reconocer los
acuerdos, las diferencias, las formas de alcanzar el consenso, de aceptar el disenso. Sólo de
esta manera se aprende a convivir mejor.” (Ianni, 2003: 2) El desafío de la escuela es
convertirse en propulsora de estos procesos de democratización y participación, lo cual sólo
será posible si el aula es la unidad operativa donde además de las acciones propias se
gestionan las acciones institucionales.
Bibliografía:
Lanni, N.; Pérez, E.: La convivencia en la escuela: un hecho una construcción. Hacia una
modalidad diferente en el campo de la prevención. Grupos e Instituciones. Ed. Paidós.
Buenos Aires. 1998.
IANNI, N. (2003) La convivencia escolar: una tarea necesaria, posible y compleja. En Ruz,
R & Coquelet,. J. Editores: Convivencia escolar y calidad de la educación. Santiago:
Ministerio de Educación - Organización de Estados Iberoamericanos.