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Análisis Semiótico y Estructuralismo

Este documento presenta los conceptos teóricos fundamentales del análisis semiótico. Explica que la semiótica busca descubrir las estructuras inherentes a los textos representadas como codificaciones. Luego describe los conceptos clave de Saussure, Peirce y Lotman sobre la significación. Finalmente, introduce conceptos como planos de expresión y contenido, isomorfismo, semisimbolismos e isotopía para analizar la estructura y coherencia de los textos.
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Análisis Semiótico y Estructuralismo

Este documento presenta los conceptos teóricos fundamentales del análisis semiótico. Explica que la semiótica busca descubrir las estructuras inherentes a los textos representadas como codificaciones. Luego describe los conceptos clave de Saussure, Peirce y Lotman sobre la significación. Finalmente, introduce conceptos como planos de expresión y contenido, isomorfismo, semisimbolismos e isotopía para analizar la estructura y coherencia de los textos.
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Marco Teórico Conceptual

El análisis semiótico pretende descubrir las estructuras fundamentales inherentes


a todos los textos, es decir, aquellas relaciones, expresadas como codificaciones,
que permiten la constitución textual. A pesar de que la semiótica aglutina una
pluralidad de enfoques, paradigmáticamente representados en un inicio por
Ferdinand de Saussure y Charles Sanders Peirce, es posible postular un rasgo
común entre la semiología europea de inspiración lingüística y la semiótica
norteamericana, fundada a partir de la pragmática: la significación (o semiosis) no
radica exclusivamente en el texto o en el individuo que usa el texto, sino que su
proceso de producción se extiende a una instancia supraindividual pero con
voluntad. Esta instancia puede ser la cultura configurada como semiosfera, según
lo expuso Yuri Lotman, la semiosis ilimitada en Peirce o la estructura lingüística en
Saussure.

Tanto Lotman como Saussure y Peirce no afirmaban la preeminencia absoluta de


la estructura sobre la acción de los sujetos o la negación de la actuación
individual, sino que, en mayor o menor medida, ellos y sobre todo quienes
continuaron con sus obras, siempre de acuerdo a sus respectivos marcos
categoriales, ponderaron la producción de significaciones más allá del individuo,
convirtiendo a éste último en un momento del proceso. El postestructuralismo
redimensionaría los roles del contexto, la interacción, los individuos, los grupos,
las estrategias y las tácticas, entre otros elementos, adquiriendo mayor relevancia
frente a la estructura.

Sin embargo, la noción de estructura aún resulta una herramienta categorial clave
para entender buena parte de los procesos comunicacionales. Incluso ante las
tecnologías de la información y comunicación contemporáneas, que cuentan entre
sus rasgos fundamentales la reconfiguración permanente, el palimpsesto y lo
intempestivo. Aún en estos escenarios cambiantes, se mantiene como condición
necesaria un mínimo de regularidad para garantizar la posibilidad de que suceda
la comunicación.
Grosso modo y siguiendo la genealogía de Saussure, puede afirmarse que, en su
estructura más elemental, todo signo está compuesto de significado y significante.
A su vez, el signo es producto de relaciones diferenciales dentro de la estructura
lingüística, es decir, el signo no es una esencia positiva, sino que se constituye por
su relación con otros signos, formándose como una identidad afirmada de manera
negativa (es posible identificar A porque no es –A; es posible identificar A porque
no es B). Esta perspectiva introducida por Saussure sienta las bases del
estructuralismo como un paradigma dentro de las ciencias sociales que, más
tarde, sería consolidado por Lévi-Strauss.

A partir del planteamiento de Saussure, Hjelmslev pasa del signo al texto como
unidad analítica de significación, considerando que el texto es cualquier enunciado
compuesto por cadenas de elementos que pueden ser analizados
sistemáticamente. Es decir, el texto está constituido por un complejo de
codificaciones interdependientes, entre las cuales se encuentra el código
morfosintáctico, el código semántico y el código socio-pragmático, entre otros que
pueden irse agregando. Para conferirle a su modelo una mayor capacidad de
análisis sin que se viera abrumado por el potencial de complejidad textual,
Hjelmslev introdujo un principio de organización postulando que todo texto está
integrado por un plano del contenido y un plano de la expresión, equivalentes al
significado y el significante de Saussure, respectivamente.

El plano de la expresión consiste en lo exterior, aquello sensiblemente manifiesto


sobre los estados de cosas dispuestos espacialmente y que por lo tanto
corresponde a lo perceptible, relacionado con lo objetivo que resulta asequible si
es mensurable y, por lo tanto, tiende a planteamientos de índole cuantitativa. El
plano del contenido se refiere a lo interno, organizado por los estados de ánimo y,
consecuentemente, está configurado desde la subjetividad, por lo que se asocia a
lo inteligible, que resulta susceptible de registro, preferentemente, desde una
perspectiva cualitativa.

Ambos planos cuentan además con sus respectivas materia, sustancia y forma. La
materia se refiere al continuum de diferentes manifestaciones de la energía que se
convierte en unidades discretas gracias a las formas aplicadas intelectualmente.
Cuando se le aplica forma a la materia, se obtiene una sustancia, es decir, una
concretización donde a la materia se suma la forma. Si a la sustancia le
quitáramos la forma, obtendríamos nuevamente materia. Por ejemplo, si
tomáramos barro -aunque “barro” ya es una forma aplicada a cierta materia de
orden mineral y, en el caso concreto de “esta porción de barro”, una sustancia- y le
aplicamos la forma “caballo”, obtendríamos una sustancia: esta figura concreta de
un caballo elaborada con la materia barro.

Tanto el plano de la expresión como el plano del contenido deben ser


considerados como funtivos solidarios, es decir, tienen una relación de implicación
mutua, tal como sucede con las dos caras de una moneda, por utilizar una
comparación clásica. La concepción de funtivos, como componentes de una
función, refuerza la idea de que la estructura no está integrada por elementos
definidos esencialmente de modo positivo, sino a partir de sus relaciones
diferenciales de manera negativa e introduce la configuración de uso sustancial,
es decir, los funtivos se definen en cada ocasión concreta en que se pretenda la
función de representar algo a través de otro. Lo que puede aparecer organizado
como plano de la expresión y del contenido en algún uso concreto, puede
alterarse bajo otra circunstancia, es decir, son contexto-dependientes.

Isomorfismo

La solidaridad mutua de los planos del contenido y la expresión se conoce como


isomorfismo y está fundada en el supuesto de que la relación entre los planos de
la expresión y del contenido es arbitraria y, por lo tanto, no hay una esencia que
los mantenga unidos. Sujetos a convención y cualquier cambio en algún plano
supondría una afectación en el otro plano. Debido al carácter contingente de esta
relación se mantiene una recíproca necesidad entre los planos de la expresión y el
contenido, dando lugar a dos funciones elementales:
a) Función de sustitución. Al efectuar un cambio de un elemento por otro
dentro de cualquier plano, no se produce repercusión alguna en el otro
plano.
b) Función de conmutación. El cambio de un elemento por otro dentro de
cualquier plano afecta al otro plano.

El isomorfismo es expresado a través de semisimbolismos, que consisten en


relaciones entre cuatro elementos, donde la razón establecida entre el primero y el
segundo elemento es la misma que entre el tercero y el cuarto. Por ejemplo,
dentro de un determinado texto, un cuento, el estado de ánimo “esperanza” como
significado se relaciona con la imagen que manifiesta el estado de cosas “día” en
el plano de la expresión, de la misma manera que, dentro del mismo texto,
“desesperanza” en el plano del contenido se relaciona con la imagen “noche”
como significante (véase la tabla 1).

Semisimbolismo
Expresión Día Noche
Contenido Esperanza Desesperanza

Tabla 1. Semisimbolismo ejemplificado.

El ocaso, el amanecer, los pajarillos del alba, la aurora o cualquier otro elemento
dentro del cuento tendrían un sentido de acuerdo a este semisimbolismo. En este
sentido, los pajarillos del alba podrían ser emisarios melodiosos de la esperanza.
A partir de estos elementos, las transformaciones a lo largo del texto seguirán
manteniendo esta razón como principio de su relación, aunque se alterase el
orden de los elementos superficiales desplegados en la historia.

Es necesario recalcar que el término “razón” significa una regla de relación entre
valores, sin importar su contenido: si dentro del cuento “día” se volviese la
expresión de la desesperanza, entonces “noche” pasaría a ser el significante de la
esperanza y todos los demás elementos variarían en este sentido.
Isotopía: coherencia, cohesión y congruencia

Además del isomorfismo, otro principio que rige la estructura textual es la isotopía,
propiedad del texto que consiste en las iteraciones que le dan coherencia,
cohesión y congruencia (Mondoñedo, 2017).

Si todo texto consiste en un enunciado, la unidad que lo compone radica en el


sentido producido gracias a sus articulaciones entre las dimensiones profundas y
superficiales. En su aspecto superficial, las codificaciones sintácticas le brindan
cohesión al texto. Se dice que hay cohesión, por ejemplo, cuando los elementos
que integran una construcción nominal concuerdan en aspectos como el género y
el número y, a su vez, hay concordancia entre el sujeto y su predicado. Por su
parte, en su aspecto profundo las codificaciones semánticas le brindan coherencia
al texto. Si en alguna parte del texto se habla, por ejemplo, de “bancos” y su
clasema se refiere a instituciones bancarias dado que el tema del texto es
financiero, debe cuidarse que, dentro del mismo texto, “bancos” no cambie,
súbitamente y sin previo aviso, al clasema que hace referencia a muebles para
sentarse, como si el tema del texto fuera la carpintería, a menos que se trate de un
texto humorístico, donde la ambigüedad o el doble sentido juegan un papel
central. Esta última consideración, el carácter general de un texto a juzgar por su
estilo o ámbito temático, sea científico, humorístico, literario o coloquial, entre
otros, es el que nos indica la congruencia, propiedad del texto que se refiere al
manejo de la pluri-isotopía textual, estableciendo la articulación entre cohesión y
coherencia, así como entre varias dimensiones para establecer homologías
parciales, como ocurre cuando se establece una metáfora, de manera que dos
elementos de órdenes distintos puedan ser relacionados para establecer una
comparación con criterios científicos o poéticos. La decisión afectará justamente a
la congruencia del texto. Si se emplea una metáfora que se considere “fuera de
lugar”, “poco seria” o “inoportuna” para el texto, se considerará un error estilístico o
disciplinario y, finalmente, una incongruencia.
Categorización

La isotopía depende fundamentalmente de las formas de categorización con que


se representa a la realidad y que expresan una relación tensiva entre la identidad
que puede atribuirse a uno, haciéndolo caer en alguna categoría, y la que puede
atribuirse a varios. En este sentido, hay por lo menos cuatro formas de
categorizaciones:

a) Serie. Procede a partir de un conjunto de rasgos comunes que se


encuentran distribuidos de manera uniforme. De este modo, cada integrante
se constituye como un espécimen, dado que en él se produce la ocurrencia
particular de una regla que opera de manera generalizada. Los estados de
ánimo que puede suscitar este tipo de categorización corresponden, en
términos eufóricos, a la confianza, por el cumplimiento de la regla o, en
sentido disfórico, al aburrimiento provocado por una rutina que se cumple
previsiblemente.
b) Conglomerado. Opera a través de un término de base, a partir del cual se
construye una frágil unidad. Así, todos los miembros del conglomerado son
diferentes entre sí, excepto por un único rasgo que los vincula. Los estados
de ánimo que puede provocar esta clase de categorización son las ansias,
que pueden ser eufóricas y la angustia, que tiene un sentido disfórico,
debido al débil nexo entre los integrantes del conglomerado, en permanente
riesgo de disolución.
c) Parangón. Está organizada alrededor de un espécimen considerado como
representativo, sea porque destaca en tanto es visible y localizable, o bien
porque posee todas las propiedades que se encuentran parcialmente en
otros especímenes. Su manejo puede incentivar estados de ánimo
eufóricos tales como esperanza y calma, debido que se trata de presentar
una ocurrencia, un individuo que encarna todas las virtudes deseables y, de
alguna manera, redime a la especie. En términos disfóricos, puede provocar
envidia y celos, porque frente a otros individuos, la comparación siempre
favorecerá al ejemplar-modélico.
d) Familia. Se caracteriza por una distribución no uniforme de los rasgos
pertinentes entre los elementos agrupados. Las características comunes
aparecen distribuidas como sucede en una familia: hay un juego de
combinaciones, que constituye un complejo de ausencias y presencias
permitiendo hablar de “un aire de familia” entre los miembros integrantes.
Los estados de ánimo que esta forma de categorización contribuye a crear
son intriga y desazón, debido a que las claves de la configuración del texto
pueden presentarse de manera enigmática, con suspense o vueltas de
tuerca (Mondoñedo, 2017).

Esquemas de tensiones

Si, tal como lo estableció Saussure, se considera que todo signo es un funtivo
producido a partir de una relación que lo define de manera puramente negativa,
puede afirmarse que toda función es tensiva, es decir, que siempre se deriva de
poner en relación un programa y su respectivo contraprograma. Toda realización
en un relato supone, para que tenga sentido, que hubo una no realización: todo
“triunfo” implica una “derrota”, de otra manera, no tendría sentido hablar de
“triunfo”. Por lo tanto, podemos afirmar que el funtivo “triunfo” ha incorporado una
implícita tensión con “derrota”.

La tensividad de los elementos o funtivos –signos- y de sus funciones –


significaciones- se extiende a los procesos, de manera que esta perspectiva que
se desprende de Saussure y Greimas ha ido ampliándose hasta convertirse en
una semiótica post-greimasiana desarrollada por Jacques Fontanille y Claude
Zilberberg.

Un primer paso de la semiótica de Greimas a la semiótica de la Tensividad


consiste en reconocer que ya no sólo se trata de una lógica binaria con dos
opuestos contrarios o contradictorios, sino de los grados que pueden encontrarse
como intervalos en medio de una relación entre dos semas opuestos. Pasamos
así del “Blanco” versus “Negro” al reconocimiento de segmentos que identifican
una escala de grises entre ellos.

Para plantear la posibilidad de segmentar el espacio, es necesario recuperar la


categoría greimasiana de aspectualización, la cual supone un hacer y un sujeto
que observa ese hacer. Hay aspectualización cuando un observador descompone
analíticamente un hacer, lo convierte en proceso y lo hace susceptible de
relacionarse con los semas de durabilidad / puntualidad, perfectividad /
imperfectividad y de incoactividad / terminatividad. La aspectualización consiste
precisamente en las categorías que establecen que todo proceso puede
considerarse en relación con su capacidad de durar o de ser percibido como
instantáneo (durable o puntual), como algo acabado o sin concluir (perfecto o
imperfecto) y como algo que comienza, o bien, como aquello que ha finalizado
(incoactivo o terminado).

Sin embargo, las aspectualzaciones de Greimas están limitadas al relato y


Zilberberg las replanteó para volverlas más abarcadoras al aumentar su
abstracción. La aspectualización implica la división en segmentos de un proceso,
donde cada intervalo tiene un valor distinto otorgado por la relación establecida
con otros segmentos y por la posición que ocupan dentro del proceso. En un
intervalo, sea este S1-S4, se reconocen al menos cuatro segmentos: S1, S2, S3 y
S4, donde S1 y S4 son los extremos y se constituyen como supercontrarios,
mientras que S2 y S3 se consideran como subcontrarios. Estos segmentos
describen la valencia intensidad, donde, si la dirección es de disminución y S1 es
el punto máximo y S4 es el punto de nulidad, entonces de S1 a S2, hay un
movimiento de atenuación y de S3 a S4 se produce un movimiento de
aminoración. Si la dirección es de aumento, de S4 a S1, entonces, el paso de S4 a
S3 supone un repunte, mientras que el paso de S2 a S1 constituye un
redoblamiento. Atenuación, aminoración, repunte y redoblamiento son los
intervalos (aspectualizaciones) de las dos funciones básicas de la intensidad:
aumento y disminución.
La valencia intensidad es una de las dos dimensiones dentro del modelo tensivo.
La dimensión complementaria es la valencia extensión, que aparece como el
rango sobre el cual se aplica la intensidad.

Las funciones elementales de la extensión son la clasificación (cuando aumenta la


diversidad y / o el número) y la mezcla (cuando disminuye la diversidad y / o el
número). Por lo tanto, en la extensión puede presentarse el caso de un individuo o
de varios. Además, puede presentarse un tipo de individuo o varios tipos de
individuos y sus combinaciones posibles: aislados o mezclados en diversos
modos. Finalmente, lo que se percibe en la extensión son estados de cosas
concentrados o difusos.

De esta manera, pueden sostenerse los siguientes postulados teóricos de la


semiótica tensiva:

1. La intensidad se refiere a los estados de ánimo y la extensión se refiere a


los estados de las cosas. En este sentido, la intensidad constituye el plano
del contenido o los significados, mientras que la extensión constituye el
plano de la expresión o los significantes.
2. La intensidad se refiere al enfoque, la perspectiva y la extensión se
relaciona con el registro.
3. La intensidad gobierna o controla la extensión.
4. Cada valencia posee dos subdimensiones: la intensidad tiene ritmo y tono.
Por su parte, la extensión tiene temporalidad y espacialidad.
5. La intensidad es un asunto de percepción (interocepción) y la extensión es
un asunto de captación (exterocepción). Como mediador entre el adentro y
el afuera, se ubica el cuerpo desde donde se ejerce la propiocepción.

6. El cuerpo propio es la sede del efecto de la presencia sensible.

7. La correlación entre las valencias produce un valor: la toma de posición


relativa de un cuerpo propio. El valor no consiste en la posición aislada,
sino en la relación que sostiene a partir de la diferencia, con otras
posiciones posibles.
Una representación gráfica del esquema tensivo a través del plano cartesiano,
distribuye la valencia de intensidad en el eje de las ordenadas o “y” (plano vertical)
y coloca la valencia de extensión en el eje de las abscisas o “x” (plano horizontal).
La intensidad y la extensión están sujetas a variación en una escala continua del
cero al máximo (o incluso al infinito) a partir del punto de cruce entre las
ordenadas y las abscisas (origen) (véase la figura 1).

Valor (confluencia de las valencias)

Intensidad
(Plano del
Contenido)

- Extensión (Plano de la Expresión) +

Figura 1. Representación gráfica de la correlación entre las valencias de intensidad y extensión


para producir valor (posición relativa) del cuerpo propio, basado en los planteamientos de Mondoñedo
(2017).

Las posiciones de valor posibles dependen de las múltiples combinaciones que


resultan de la correlación entre la valencia de la intensidad y la valencia de la
extensión. Estas combinaciones generan una nube de puntos que pueden
agruparse en dos grandes áreas: la zona de correlación inversa y la zona de
correlación conversa o directa.
En la zona de correlación inversa hay dos tendencias: En una, a menor intensidad,
hay una mayor extensión. En la otra, a mayor intensidad, se presenta una menor
extensión.

En la zona de correlación conversa, a mayor intensidad, mayor extensión o bien,


dada una menor intensidad, se presenta una menor extensión (véase la figura 2).

Zona de
Zona de
correlación
correlación
inversa
conversa
+

+-
Figura 2. Representación gráfica de las correlaciones inversa y conversa entre la intensidad y la
extensión, tomado de Blanco (2006, p. 18).

A partir de estas zonas de correlación es posible inferir cuatro grandes zonas de


categorización que se corresponden con las formas citadas anteriormente:

1. Una zona de correlación donde la intensidad se manifiesta de manera


fuerte y la extensión es débil o concentrada y que se corresponde al modo
de categorización denominado parangón.
2. Una zona de correlación en la que la intensidad es fuerte, al mismo tiempo
que la extensión es difusa o fuerte, correspondiendo a la serie como tipo de
categorización.
3. Una zona de correlación de intensidad débil con una extensión difusa (o
fuerte) dando lugar al estilo categorial conocido como familia.
4. Una zona de correlación donde tanto la intensidad como la extensión son
débiles, produciendo el modo de categorización llamado conglomerado
(véase la figura 3).
Figura 3. Asimilación entre la correlación entre valencias y los estilos categoriales, tomado de Blanco
(2006, p. 19).

En el caso del periodismo, es posible trasladar estos estilos categoriales a


estrategias de punto de vista. Un punto de vista es el producto del desajuste entre
la mira (intensidad) y la captación (extensión). Usualmente la mira exige más de lo
que la captación puede recabar. Aquí es donde el cronista puede comenzar a
inventar la información, distorsionando los hechos. Sin embargo, también es
posible que ocurra un proceso de optimización, donde se reducen las pretensiones
de la mira para ajustarlas a la captación, convirtiendo los obstáculos en parte del
horizonte del campo. Las combinaciones entre mira y captación generan cuatro
estrategias del punto de vista (véase la tabla 2).

Débil o Fuerte o
concentrado difuso

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