Niñ@ herid@
Dentro de las figuras parentales, vamos a profundizar en el concepto de niño herido,
desarrollando a través de dos temas
1. El concepto del niño herido y como este mediatiza nuestra vida de adultos.
2. La relación niño herido-padre herido y estrategias de sanación
1. El concepto del niño herido y como este mediatiza nuestra vida de adultos.
Cuando somos niños/as recibimos en mayor o en menor medida el amor de nuestros
padres, pero nunca vamos a volver a recibir el estado del que disfrutábamos dentro del
vientre materno. Como decía Maru “Los niños llegan al mundo con un kit de
demandas”. Aunque hayamos sido profundamente amados y respetados por nuestros
padres, en todos nosotros habitan heridas porque nunca recibimos el amor en la forma
y medida que queríamos. Por tanto, dentro de nosotros habita, en mayor o menor
medida, un niño o una niña herido.
Como dice Robert Hoffman, nuestros padres no tienen la culpa de esto, porque
además ellos también fuero niños y niñas heridos.
El niño interior representa las cualidades del corazón como son: pureza,
espontaneidad, inocencia, fragilidad, amor incondicional, alegría, entusiasmo,
vitalidad…
Cualquier trabajo de desarrollo o crecimiento personal que empecemos se dirige hacia
un mismo fin: amarnos y aceptarnos incondicionalmente.
Todas nuestras heridas son infantiles, incluso las que suceden de adultos vienen a ser
una réplica de las que ya nos precedieron. El niño ha sido herido cuando son
reprimidos los sentimientos, sobre todo los de rabia y dolor y se llega entonces adulto
con un niño enfadado y dolido. Esto tiene un claro reflejo en:
o El área laboral
o Pero especialmente en el área familiar (relación paterno filial)
o Y en la vida de pareja.
1) Heridas emocionales sufridas en la infancia
a) El miedo al abandono
Quienes han experimentado el abandono en su infancia consideran la soledad
como su mayor enemigo. Les marcó tanto que se encuentran en constante
vigilancia para no quedarse solos, por lo que en muchas ocasiones tomarán ellos la
iniciativa de abandonar a los demás por temor a revivir la experiencia, como
mecanismo de protección.
Su mayor temor es afrontar una separación, de forma que las relaciones son
vividas con dosis de inseguridad, miedo y recelo, siendo más vulnerables a la
creación de vínculos de dependencia afectiva.
b) El miedo al rechazo
Es una de las heridas más profundas porque implica el rechazo hacia nuestros
pensamientos, sentimientos y vivencias. Tiene su origen en experiencias de no
aceptación por parte de los padres, familiares cercanos o iguales a medida que el
niño va creciendo.
Cuando un niño recibe señales de rechazo, crece en su interior la semilla del
autodesprecio y piensa que no es digno de amar ni de ser amado, interpretando
todo lo que le sucede a través del filtro de su herida. La mínima crítica le originará
sufrimiento y, para compensarlo, necesitará el reconocimiento y la aprobación por
lo demás.
c) La herida de la humillación
Esta herida se abre cuando el niño siente que sus padres lo desaprueban y
critican, afectando directamente a su autoestima, sobre todo, cuando lo
ridiculizan.
Construye una personalidad dependiente que está dispuesta a hacer cualquier cosa
por sentirse útil y válida, lo cual contribuye a alimentar más su herida, ya que si los
demás no lo reconocen, él tampoco lo hará.
Quien ha sufrido la humillación tiene dificultades para expresarse y es especialista
en rebajarse a sí mismo. Se considera mucho más pequeño y menos importante de
lo que en realidad es, olvidándose de sus propias necesidades.
d) La traición o el miedo a confiar
Surge cuando el niño se ha sentido traicionado por alguno de sus padres porque
no ha cumplido una promesa. Esta situación generará sentimientos de aislamiento
y desconfianza que, en ocasiones, pueden transformarse en envidia, debido a que
el niño no se siente merecedor de lo prometido y de lo que otras personas tienen.
Esta herida emocional construye una personalidad fuerte, en la que predomina la
necesidad de control para asegurar la fidelidad y lealtad, que muchas veces no
permite respirar a los demás.
e) La injusticia
Esta herida emocional se origina cuando los progenitores son fríos y rígidos, con
una educación autoritaria y no respetuosa hacia los niños. La exigencia constante
generará sentimientos de ineficacia, inutilidad y la sensación de injusticia.
Esta herida emocional genera adultos rígidos que no serán capaces de negociar ni
de mantener diálogos con opiniones diversas. Sus intenciones girarán en torno a
ganar poder e importancia, siendo fanáticos del orden y el perfeccionismo.
Algunas de las formas en las que el niño herido sabotea la vida es adulto son:
-Generando codependencia: Esto ocurre cuando perdemos el contacto con nuestros
sentimientos, perdiendo de adulto además cierta identidad. Los niños necesitan
seguridad y buenos modelos para entender sus propias señales internas, si por
ejemplo el niño se ha criado en un ambiente familiar violento dirige gran parte de su
atención al exterior generando una pobreza emocional interna y una codependencia
de los otros para desarrollar su autoestima.
En este apartado nos vamos a profundizar en las consecuencias que esto tiene en el
adulto. En como ese niño o esa niña herida sabotea tu vida de adulto y especialmente
en la relación hijo-padre, entendiendo y asimilando el concepto de niño-herido a
padre-herido.
-Otra forma en la generación de narcisismo. Cada niño necesita de un amor
incondicional, al menos al principio. Sin poder reflejarse en un padre o una madre
benévolos el niño no tiene forma de saber quien es. De adulto nunca será suficiente el
amor recibido por su pareja, por los demás. Les decepcionará una relación tras otra,
buscarán el amor perfecto, pueden generar adicciones, buscan bienes materiales y
dinero…
-Generando desconfianza: Cuando los padres no son merecedores de una total
confianza el niño desarrolla desconfianza. Aquí nos podemos encontrar con adultos no
solo desconfiados sino con necesidad de “controlarlo todo”. Esto supone
especialmente un problema en las relaciones de pareja. No hay manera de tener
intimidad con una pareja que desconfía de ti. La intimidad requiere que cada parte
acepte a la otra tal y como es.
-La exteriorización o re-actuación. Esta es una de las formas más devastadoras en que
el niño interno sabotea nuestras vidas. Al no solucionarse ni expresarse un dolor, el
adulto trata de resolverlo por si mismo. Por ejemplo un niña que ha sido testigo de
violencia de género puede terminar con parejas que abusan de ella o terminar
trabajando en un servicio de ayuda a mujeres maltratadas.
Si un niño no logra satisfacer en su desarrollo las necesidades de su edad, se detendrá
en esa etapa de crecimiento, pasando a la edad adulta de alguna forma cristalizado en
dicha etapa.
En general el niño herido provoca que el adulto se componer del modo en que se
supone que debería comportarse para sentirse amado. Ese yo falso se desarrolla con el
tiempo y se convierte en lo que la persona cree que es en realidad. Se olvida que ese
yo es una adaptación, una actuación de un guión.
2. La relación niño herido-padre herido y estrategias de sanación
Tanto el padre como la madre desarrollan la identidad masculina y femenina. En este
momento profundizaré en el establecimiento de la identidad masculina a través de la
relación del hijo con el padre.
Dentro del niño herido me gustaría profundizar en la relación hijo-padre. Porque si hay
un hijo herido, es porque también hay un padre-herido. Y esta cadena de heridas
generacionales se va transmitiendo de generación en generación. Quiero profundizar
en:
1. La relación hijo-herido y padre-herido.
2. Las estrategias de sanación
A los 3-5 años los niños, y dijo los niños y no las niñas empiezan a buscar un modelo
masculino para seguir desarrollando su identidad y para ello realizan dos movimientos:
1. Separación de la madre
2. Identificación y vinculación con el padre.
Pero puede ocurrir que esta figura masculina que sirve de referente, sea una figura
tosca, lejana, ausente y/o poco sensible a las necesidades emocionales del niño.
Frente a la dificultad de encontrar un hombre que te reciba algunos niños van creando
su identidad masculina en parte, en oposición denigrante a lo femenino,
especialmente en situaciones de un padre ausente o distante.
En este punto cabe indicar que este padre, también fue un niño herido, por lo que el
hijo también está construyendo su identidad basada en un hombre-herido.
La ausencia física y emocional de los padres es uno de los dramas de la humanidad.
Algunos padres-heridos buscan su padre en el trabajo, en el deporte, en la exigencia,
en el éxito. Es nuestra forma de agradar, complacer y ganarnos la estima de papá. Ser
padres proveedores.
De adultos tratamos de ser diferentes a nuestros padres, ser diferentes de nuestros
referentes. Ser mejores padres.
La evolución social en el que los hombres atravesamos una crisis de referencia, una
crisis de identidad reabre heridas y sentimientos de perdida. Los hombres vivimos en
un momento de incertidumbre acerca de lo que supone ser hombre.
Pero parece ser que el desarrollo de lo masculino pasaría por enfrentarse a mostrar
nuestra vulnerabilidad y debilidad. Dejar de saber, dejar de hacer, pero entonces yo
me pregunto ¿Entonces qué? ¿Ser? ¿Ser quién? Hasta ahora la aprobación de papá y
también de mamá que hacíamos los hombres se basaba en hacer las cosas que
teníamos que hacer y además hacerlas bien.
La consecuencia es que los hombres-heridos viven los asuntos inconclusos de la
relación con sus padres principalmente en dos áreas:
1. El área laboral
2. Su relación de pareja.
Y viven esto, viven estas áreas desde una suficiente masculina alejada de mostrar
vulnerabilidad.
Los niños establecimos una relación ambivalente con el padre: Quiero ser un hombre,
pero hay aspectos de mi padre que me asustan, no me gustan o no encuentro. Esto
produjo así mismo una dificultad para soltar a nuestra madre. Cuando llevamos esa
situación a estas dos áreas (trabajo y pareja), nos encontramos con un
posicionamiento muy común en los hombres: “Yo trabajaré duro para cuidarte”.
Durante la infancia e incluso durante los primeros años de la edad adulta, los hombres
tenemos una visión de nuestro padre filtrada. Hemos establecido unos filtros para
responder a la pregunta ¿Quién era mi padre? Estos filtros en ocasiones polarizan la
visión de nuestro padre: idealizándolo o condenándolo.
Pero es a partir de los 30, 40 años , con paternidad cuando muchos hombres sienten la
necesidad de recuadrar la relación con su padre.
Los padres que no supieron o pudieron amar a sus hijos tiene hijos que no pueden
amar.
Ante la ausencia del padre los hijos idealizamos a nuestro padre o lo denigramos. Nos
formamos una imagen creada de él. En ocasiones, de adulto, incluso una imagen
infantilizada de su padre. El amor de muchos padres se expresa a distancia
(trabajando) y esto es lo que dificulta que el hijo conozca al padre.
Podemos encontrar distintas formas de Padre Herido:
-El padre sufrido: Como adultos vivimos de acuerdo al sacrificio que nuestro padre
hizo por nosotros y nos posicionamos también en mártires que se matan a trabajar
porque es una forma habitualmente masculina de sacrificio.
Ser un buen hijo, por tanto, es trabajar duro. Además, resulta difícil, disfrutar y
compartir de la alegría y la felicidad cuando el padre tuvo esta posición tan infeliz.
-El padre santo o heroico: En este caso el padre es como un santo o un héroe que
despierta la admiración de los demás y cuya imitación como modelo o referente por
parte del hijo lo coloca en la misma posición vital.
-El padre secretamente vulnerable: De forma paradójica, al esforzarse tanto transmite
al mismo tiempo la idea de vulnerabilidad. “Como puede fallar tengo que esforzarme
mucho”. Obviamente esto se transmite de forma indirecta. El padre no mostrará
abiertamente dicha vulnerabilidad y entonces suele ser la madre quien “explica a los
hijos como se encuentra el padre”. “No gritéis que papá tiene que descansar”. De esta
forma el padre se va colocando en la periferia del mapa emocional del sistema familiar.
-El padre enojado: Aquí el padre no está a gusto con el mandato recibido y se muestra
continuamente enfadado. La consecuencia es que los hijos nos hacemos responsables
del enfado del padre. Pensamos que es nuestra culpa y arrastramos la idea que el otro
está enfadado o puede enfadarse con nosotros. Actuaremos para que eso no ocurra.
A los hombres nos enseñan a amar o a proveer pero no las dos cosas al mismo tiempo.
Como proveedores, trabajamos y establecemos una relación con nuestros superiores
como si fuesen nuestros padres, en ámbitos laborales donde lo común es que importe
mucho más la productividad que las emociones. “Hacer lo que tienes que hacer” sin
importar como te sientas.
No cumplir con las obligaciones laborales es sentirse, es ser un mal hijo. La
individualidad se crea por identificación y posterior separación, pero este segundo
movimiento puede vivirse como una traición al padre: cambiar determinado estilo de
vida, renunciar a un trabajo…no hacer lo que se espera de ti como hombre.
El hombre que sintió a su padre distante y lejano de experiencia afectivas, recibió poco
elementos que le permitirán comprender y explorar los sentimientos que producen el
fracaso, el divorcio, la infertilidad o cualquier fatalidad semejante.
El hijo que es padre
Con la paternidad un hijo puede acoger al padre tanto como el padre acoge al hijo (los
besos, los abrazos, el contacto íntimo que no tuvo por parte de una figura
masculina…), aunque también puede verse excluido de la relación madre-hijo. Si esto
ocurre, la madre debería dejarle experimentar ese nuevo rol de padre. Que
experimente una nueva forma de paternidad en la que, sin duda, se sentirá vulnerable
e inseguro. Vulnerable si explora el rol, tradicionalmente femenino, de cuidar.
Sanar: redefinir la imagen del padre. Hablar con él, reconociendo las heridas de
nuestro padre. De nada sirve la culpa hacia nuestro padre porque eso te impide
ocuparme realmente de mi. La sanación es un reconocimiento tácito del amor de
ambos. Sanar al padre herido supone reconocer nuestra pròpia soledad y renunciar en
el fondo al deseo de ser cuidado para empezar a cuidarse uno. Dejar de luchar. Hay
dolor en la perdida de la fantasia que hay un papà todopoderoso que me ayudará.
El miedo al abandono: Trabajando el miedo a la soledad, el temor a ser rechazados y
las barreras invisibles al contacto físico. Es el niño interior, y no el adulto, quien teme
que lo dejen, por lo que hay que abrazarlo para que se sienta seguro y sea capaz poco a
poco de disfrutar de sus momentos de soledad.
El miedo al rechazo: Empenzando a valorarse y reconocerse por sí mismo, obviando los
mensajes que el crítico interno le envía, procedentes de su infancia.
La herida de la humillación: La humillación se erige como una carga emocional pesada
en la espalda que necesita ser soltada a través del perdón hacia las personas que lo
dañaron, haciendo las paces con el pasado
La traición o el miedo a confiar: Hay que trabajar la paciencia, la tolerancia, la
confianza y la delegación de responsabilidades en los demás
La injusticia: La forma de curarse es trabajar la rigidez mental, cultivando la flexibilidad
y la confianza hacia los demás