WAYNE MULLER-Vivir Con El Corazon
WAYNE MULLER-Vivir Con El Corazon
WAYNE MULLER
EDICIONES URANO
Argentina - Chile - Colombia - España México -
Venezuela
2
Título original: Lcyrt ef &e Heert
Reseñados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del
Copyright, bajo las sanciones estableadas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la
distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
info@[Link]
Impreso por Romanyá Valls, S. A. - Verdaguer, 1 - 08786 Capellades (Barcelona) Impreso en España -
Printed in Spam
Este libro ha salido a la luz gracias al cariñoso apoyo de Christine Tiernan, mi esposa, mi mejor amiga, mi
camarada y compañera espiritual. Cada palabra contiene el sonido de su voz, sin su sabiduría y orientación
este proyecto no se habría hecho realidad jamás. En cada paso ella me ha indicado dónde buscar, cómo
escuchar y qué recordar, siempre con inmenso amor e inagotable paciencia. Ella me ha abierto la mente, el
corazón y el espíritu. Con profundo amor y gratitud dedico este libro a Christine.
Lo ofrezco acompañado de una plegaria para que aporte su grano de arena en el alivio del sufrimiento de
todos los seres.
Erados Unidos
Parte de los beneficios de este libro se destinarán a la organización no Lucrativa: read for the Journey", que
asiste a personas y comunidades pobreza, hambre o enfermedades graves de larga duración.
3
Índice
Agradecimientos……………………………………………………………………..6
1. Sufrimiento y perdón……………………………….……………………….11
2. Miedo y fe…………………………………………………………………...27
4. Escasez y abundancia………………………………………………………..59
5. Crítica y clemencia………………………………………………………….70
6. Grandiosidad y humildad…………………………………………………..83
7. Drama y simplicidad……………………………………………………….94
8. Ajetreo y quietud…………………………………………………………...109
9. Decepción y desapego……………………………………………………...126
Notas bibliográficas……………………………………………………………….195
Otras lecturas……………………………………………………………………...199
5
Agradecimientos
Muchas personas amables me han acompañado en el viaje de este libro. Stephen y Ondrea
Levine han sido extraordinariamente generosos con su amistad, con su cariñosa compañía y
su amable ayuda en esta tarea. Sus trabajos en el campo de la curación sirvieron para
preparar el terreno del que nació este libro. Ram Dass, que a muchos nos ha enseñado la
forma de ser juguetonamente curiosos respecto a los asuntos del corazón, me ofreció sus
comentarios y apoyo en el momento preciso en que yo comenzaba a estar muy necesitado
de seguridad en mí miaño: Daniel Goleman me prestó valiosa ayuda, consejos orientación
desde el principio; el doctor Richard Heckler, que veinte años me ha acompañado en
diversos puntos de este naje, me ha ofrecido cariño, humor y compasiva colaboración; Peter
fue el primero que me animó a escribir este libro en 1974; Dianna Whidey se encargó de
que lo enviara a la persona adecuada; la hermana Mary Lou Kownacki, de Pax Christi,
colaboró con algunas de las citas: y Jai Lakshman, cuya amistad, amables atenciones y
entusiasta apoyo en su calidad de hermano de dharma y contrincante en el golf continúan
incomparablemente fuertes.
6
También deseo agradecer especialmente a Liz Perle, mi editora y publicista, su creativa
forma de enseñarme a escuchar mi propia obra y su percepción para distinguir una joya en
el lodo; y, finalmente, doy las gracias a Loretta Barret, mi agente y amiga, por creer en mí
cuando nadie podría haberlo esperado. Su amabilidad, sabiduría y esmero han sido un
alivio v una bendición.
Las llamadas de notas con número remiten a «Notas bibliográficas», pp. 255-259. (N. del
E.)
Preludio
Volver a despertar
Durante los pasados dieciocho años he trabajado en centros de terapia familiar, hospitales,
escuelas, cárceles, iglesias y en mi cónsul-particular, exclusivamente con adultos que se
criaron en familias con problemas. En mi calidad de terapeuta y pastor, he tenido el
privilegio de ver la inmensa valentía de mujeres y hombres, ricos y pobres, negros y
blancos, hispanos e indios, homosexuales y heterosexuales, que deseaban curar la dolorosa
herencia de los sufrimientos de su infancia. Incluso mientras se esforzaban por liberarse, los
ecos de la desgracia familiar continuaban afectando sus vidas de adultos, sus amores e
incluso sus sueños.
Sin embargo, al mismo tiempo he observado también que los adultos que fueron
maltratados de niños demostraban tener una fuerza especial, una profunda sabiduría interior
y una extraordinaria creatividad y percepción. Justo debajo de la herida subyace una fuerte
vitalidad espiritual, un callado conocimiento, una forma propia de percibir lo que es
hermoso, correcto y verdadero. Dado que las experiencias de sus primeros años fueron tan
oscuras y dolo rosas, estos adultos han pasado gran parte de su vida buscando la
amabilidad, el amor y la paz que sólo podían imaginar en la intimidad de sus corazones.
7
Una infancia difícil siempre centra la atención en la vida interior. Como respuesta al
sufrimiento de la infancia, aprendemos a cultivar una mayor atención y a agudizar la
capacidad para discernir cambios y movimientos en nuestro entorno. El sufrimiento de la
infancia nos estimula a observar con más detenimiento las cosas, a escuchar mejor, a
prestar atención a los sutiles desequilibrios que surgen en nuestro interior y más allá de
nosotros. Desarrollamos una exquisita capacidad para captar los sentimientos de los demás
y para tomar conciencia de cada conflicto, de cada indicio de esperanza o desesperación, de
cada información que pueda enseñarnos algo. Así pues, el sufrimiento familiar ha forzado a
nuestro corazón a iniciar un peregrinaje en busca del amor, la sensación de hogar, la
seguridad, la abundancia, la dicha y la paz que no tuvimos en nuestra infancia. Visto desde
esta perspectiva, el sufrimiento familiar no es solamente una herida dolo-rosa que hay que
sobrellevar, analizar y tratar; puede ser la semilla de la que surja nuestra curación y el
despertar espiritual.
Comenzar la práctica
Comprendo que es necesario un gran acto de fe para imaginar que la propia infancia,
marcada por el dolor, el pesar y el sufrimiento, pueda ser de hecho un regalo. Ciertamente
la infelicidad que sentimos no era de suyo algo bueno; pero como reacción a ese dolor
aprendimos a desarrollar una potente intuición, una fuerte sensibilidad y una apasionada
dedicación a curar y a amar que arde en lo profundo de nuestro interior. Esos son regalos
que se pueden reconocer, honrar y cultivar.
Tu vida no es un problema que hay que resolver, sino un regalo que hay que abrir. Así
como las heridas, el dolor y el sufrimiento de la infancia fueron muy reales también lo es la
palpable resistencia de tu Espíritu, igualmente vital y vivo. Este libro te servirá para volver
a despertar esa fuerza interior y descubrir una veraz sensación de seguridad, integración y
paz.
En este libro esbozo doce manifestaciones claras del sufrimiento infantil: heridas
persistentes que se manifiestan como puntos de tensión entre nuestra historia emocional y
nuestro desarrollo espiritual, la capítulo comienza por examinar la forma de una
determinada herida y revela de qué modo la cicatriz de esa herida afecta nuestra «ida
emocional y espiritual. Después observamos, exploramos y cuidamos esos lugares en los
que nos sentimos atrapados, en los que estamos dispuestos a crecer y ansiamos ser libres. Y
8
finalmente escuchamos a los maestros espirituales del mundo definir esos mismos puntos
de tensión como puertas del espíritu, puertas que pueden conducirnos a la curación y la
liberación.
Cuando éramos niños nos resultaba difícil hacer esas preguntas, y responderlas era
imposible. Aislados, solos y desorientados en nuestro interior nos daba miedo pedirle a
alguien que nos ayudara a entender las infinitas complejidades de ser humanos. Ahora, ya
adultos, sentimos el deseo de sanar; es posible que nos resistamos a la idea de que esas
mismas preguntas sean las semillas de nuestro nuevo despertar.
Puedes aprovechar estas enseñanzas espirituales para fomentar la curación que ya está
presente en ti. Puedes explorar las prácticas que se adapten concretamente a tus heridas de
la infancia y utilizarlas para descubrir y volver a activar los recursos que ya tienes para
sanar y crecer. Por último, podrás explorar tu sufrimiento de la infancia en el contexto de la
familia humana más grande, dejando que tu pasado te sitúe en compasivo parentesco con
otras personas que sufren pérdidas, heridas, aflicción o injusticias.
A medida que avances en la lectura de este libro puede que empieces a reactivar la energía,
la curiosidad y la admiración naturales en ti y que redescubras un lugar de tu interior donde
eres fuerte, sereno y sano. A este lugar algunas personas lo llaman alma o espíritu; otras lo
llaman luz interior, que disipa la oscuridad del corazón. Otras lo llaman lo Divino o lo
Bienamado; y otros lo definen como nuestra verdadera naturaleza, o naturaleza Buda. Y
muchas sencillamente lo llamamos Dios.
A lo largo del libro incluyo enseñanzas de las tradiciones cristiana, budista, hebrea, sufí,
hindú e indígena norteamericana. También he incluido pensamientos de escritores y
pensadores de nuestra cultura contemporánea que hablan del corazón y el espíritu con cierta
precisión. Estos santos y guías no son la respuesta a nuestra búsqueda, simplemente nos
indican el camino, como un dedo que apunta. A la luna. Nos ayudan a ver y nos muestran
dónde buscar.
Tómate tu tiempo; ten paciencia contigo mismo mientras lees este libro. Las cicatrices de la
infancia producen largas y profundas sombras en el corazón, y parece que no están
dispuestas a marcharse. Toda curación precisa amabilidad, atención y cariño. Pero ten
9
presente que no necesitas repararte, reconstruirte ni rehacerte para convertirte en otra
persona. Tu tarea consiste simplemente en volver a despertar lo que ya es sabio y fuerte en
ti, recuperar lo que te es pro-fundo y verdadero, redescubrir tu intuición, encontrar el
equilibrio interior y reafirmar tu integridad intrínseca a los ojos cíe Dios.
Hacemos este trabajo en nombre del amor, el amor por nosotros mismos, amor por nuestros
familiares y amigos, amor por todos los niños de la Tierra que han sufrido. A medida que
aumentamos nuestra capacidad de amar, nuestro amor, amabilidad y generosidad llegan
más a los demás, y la familia de la Tierra tiene urgente necesidad de nuestro amor, de
nuestro interés y nuestra participación en el crecimiento y curación de todos. Este libro te
invita a sanar, a volver a despertar el espíritu de vida que hay en ti, a hacer realidad los
sueños de tu corazón y a recuperar el lugar que te corresponde en la familia humana como
miembro valiente y amoroso.
10
1
Sufrimiento y perdón
Todos hemos sufrido cuando éramos niños. Ya fuera provocando el dolor con intención o
sin intensión, sin duda lo experimentamos en cierto grado en nuestras familias. Para
algunas personas fue el dolor físico de la enfermedad, de un accidente o de la violencia
familiar. Para otras fue el sufrimiento emocional de la muerte de un progenitor, del divorcio
de los padres, de un maltrato o de una negligencia. Y en otros casos puede haber sido
simplemente la angustia de hacerse mayores o la pena de las inevitables perdidas y
desilusiones que abundan en la infancia.
Cuando sufrimos pena o dolor es inevitable que surjan preguntas en la mente: ¿Por qué?
¿Por qué a mí? ¿Por qué me ha ocurrido esto? ¿Qué he hecho para merecerlo? Cuando
estamos inmersos en el dolor flexionamos en busca del porqué, convencidos de que si
encontramos la causa tal vez de la alguna manera podemos evitar más sufrimiento.
¿Pero y si no está en nuestra mano evitarlo? ¿Qué es el dolor a fin de cuentas, y cuál es su
función en nuestra vida? ¿Es siempre un error, una especie de desequilibrio que hay que
corregir? ¿O es simplemente una injusticia, algo infligido desde el exterior contra lo cual
hay que luchar y protegerse a toda costa? ¿Es un castigo por mal comportamiento o es más
bien una recompensa, algo que <<nos conviene>>, que se nos da para que desarrollemos
fortaleza y carácter? Y a la inversa, ¿sirve de algo suponer que el dolor tiene otra función
que la de hacernos sentir que hemos sufrido un daño?
El psicólogo y escritor Daniel Goleman ha observado: <<El cerebro tiene capacidad para
percibir el dolor a su discreción […] como ocurre con los otros sentidos, la experiencia
psíquica del dolor depende de mucho más que la mera intensidad de las señales nerviosas:
11
el miedo a la fresa del dentista y la alegría de parto alteran la percepción del dolor dándoles
sentidos totalmente opuestos>>.
Al final de su vida, Jesús fue arrestado por las fuerzas que ocupaban Jerusalén y condenado
a muerte. Le colocaron una corona de espinas en la cabeza y lo obligaron a cargar una cruz
hasta la cima del monte donde seria crucificado; allí atravesaron su pecho con una lanza y
lo ridiculizaron mientras moría lentamente. Antes de perecer, Jesús clamó:<<Dios Mío,
Dios Mío. ¿Por qué me has abandonado?>>.
Todos hemos pasado por momentos en que agobiados por el dolor y el sufrimiento hemos
sentido surgir ese mismo grito de la garganta. Todos nos hemos sentido profundamente
dolidos, heridos o traicionados por alguna persona, por algún acontecimiento o tragedia. Y
sin duda hemos tratado de saber por qué nos ha ocurrido.
¿Cuál es la causa del dolor o el sufrimiento? Cuando éramos niños vivíamos tratando de
explicar el porqué del dolor que sentíamos; queríamos entender por qué nos dolía el
corazón cuando alguien nos chillaba o cuando perdíamos algo querido y valioso. ¿Por qué
me ha gritado mi madre? ¿Por qué me ha pegado mi padre? ¿Por qué no han sido capaces
de escucharme? ¿Por qué no me abrazan? ¿Por qué se enfadan tanto? ¿Por qué no me dejan
en paz?
Cada incidente doloroso nos renovaba el deseo y el empeño por explicarnos las causas del
sufrimiento. Tal vez mi padre se ha enfadado porque no saque buenas notas en la escuela.
¿O será que tuvo un mal día en el trabajo, o había bebido demasiado? Tal vez mi madre me
chillo porque le ayude poco en la cocina, o quizá estaba enfadada con mi padre, o se sentía
indispuesta. Tal vez mi hermano me pego por que no fui simpática con sus amigos. ¿O será
que tuvo problemas en la escuela o con su chica?
La mente trata desesperadamente de encontrar alivio buscando cierta certeza, alguna causa
del dolor que nos rompió el corazón, nos magullo el cuerpo y calladamente nos desgarro el
espíritu. Nos consuela descubrir alguna explicación lógica del sufrimiento, ya que el dolor
es de suyo muy desagradable.
Utilizamos esas explicaciones infantiles de las causas del sufrimiento para dar forma a la
trayectoria de nuestra vida. Si creo que mi sufrimiento se debió a que no era muy capaz,
12
voy a pasarme la vida esforzándome por mejorar. Por otra parte, si me hacía daño porque
no era lo suficientemente atento o simpático, entonces tal vez deba dedicarme a ayudar a la
gente que me rodea. Si sufrí porque el mundo era un lugar peligroso o las personas eran
malas, indignas de confianza, me protegeré entonces y no intimare con nadie.
Sufro, por lo tanto tiene que haber algo roto en mí; si lo reparo tal vez ya no vuelva a sufrir.
Así, todas las explicaciones que dimos al dolor cuando éramos niños se convierten en una
especie de tecnología secreta destinada a prevenir más sufrimiento.
El sufrimiento de la infancia
Cualquier niño que se hace daño busca consuelo en el amor de sus padres. Pero muchas
familias no creen que el niño sufra tanto o simulan que el dolor no es real, que no tiene
motivos y es injustificado, y por lo tanto lo niegan o lo desatienden. La experiencia del
dolor es tan fuerte que cuando los demás no hacen caso parecen que duela más. Esto
enfurece al niño, que entonces intensifica los esfuerzos identificar su sufrimiento y
descubrir su verdadera causa. Así, al dolor inicial le añadimos la rabia porque no nos hacen
caso, o le añadimos confusión o vergüenza.
De esta forma nos apegamos aún más a nuestro sufrimiento, como si fuera lo más
verdadero de nuestra vida: sufrí, me hicieron daño. El recuerdo de ese sufrimiento es tan
fuerte que impregna lo que hemos sido y da forma a lo que somos. El recuerdo de que nos
han hecho sufrir es uno de los lazos que con más firmeza nos une a nuestra familia. Pocos
obstáculos condicionan tanto la libertad emocional como la fascinación obsesiva que
ponemos en las injusticias, las agresiones y los sufrimientos que nos infligieron nuestros
padres biológicos cuando éramos niños. Si bien es importantísimo identificar y superar esos
puntos sensibles, cuando analizamos minuciosamente nuestra niñez puede que nos veamos
involucrados en una búsqueda interminable de aquello que perdimos cuando éramos
pequeños, sea lo que sea. Esta obsesión por descubrir los motivos ocultos de las injusticias
que sufríamos de niños puede a veces cerrarnos el corazón a las inmensas oportunidades de
curación y liberación que se nos ofrecen en este mismo momento. Pero es muy difícil
abandonar la búsqueda de las respuestas a las preguntas ¿Por qué sufrí? ¿Por qué yo?
Hurgamos en nuestras heridas, en las cicatrices del corazón en espera de una respuesta que
tal vez no llegue jamás.
Juntos maría y yo exploramos muchos momentos dolorosos, entre los cuales había también
otra formas de violencia y formas más íntimas de maltrato y abuso. Cada vez preguntaba:
<< ¿Por qué me ocurrió eso?>>
--“¿Cómo es posible que me haya ocurrido esto? Yo trataba de portarme bien, de estar
callada, de no causar problemas, de no molestarlo, y de todas maneras me maltrataba, una y
otra vez. Era horrible; pero era aún más horrible porque yo no lograba entender por qué lo
hacía.”
Un día le pedí que me hablara de su padre y que me contara lo que había sufrido él. Ella
estuvo un rato en silencio y después me conto que su padre había sido adoptado, que no
conocía a sus verdaderos padres y que de niño su padre adoptivo lo golpeaba con
frecuencia. Le pedí entonces que me hablara del padre de su padre, y me dijo que era un
alcohólico, que muchas veces se quedaba sin empleo y se deprimía.
--“¿Por qué te golpeaba? – le pregunte entonces -¿Era por culpa tuya, por no hacerte a un
lado con la suficiente rapidez? ¿Era culpa de él, porque no conseguía dominar su mal genio
ante su frágil hija? ¿Era culpa de su padre por ser un alcohólico? ¿Y quién tenía la culpa del
alcoholismo de su padre?”
Mientras María continuaba haciéndose la pregunta << ¿Por qué me ocurrió esto? >>,
Evitaba sutilmente la muy dolorosa realidad de que le corrió eso.
-- “María – le dije a un día --, eso ocurrió. Fuiste profundamente maltratada, terriblemente
violada. ¿Por qué ocurrió? No lo sé. Lamento que ocurriera, pero ocurrió. Por un momento
imagínate que dejas de lado la pregunta << ¿Por qué?>> y te limitas a decir << sufro, me
duele>>. Nada más, simplemente repite la frase unas cuantas veces, lentamente: <<sufro,
me duele>>.”
Al principio se resistió; insistió en que necesitaba saber el motivo de que la hubieran hecho
sufrir cuando era pequeña. Ningún niño debería sufrir tan terriblemente, decía. Pero muy
lentamente comenzó a musitar las palabras <<sufro, me duele, me duele>>. Y poco a poco
comenzó a sollozos fuertes, desgarrados, pues lloraba el terrible dolor de su corazón. Lo
sintió la tristeza, el dolor, la herida. Le dolía.
Preferimos explicar el dolor a sentirlo. A muchas personas les resulta más fácil decir
<<sufro porque mi padre nunca me comprendió>> que decir <<sufro>>, simplemente.
14
Cuando éramos pequeños añadíamos historias a nuestros sufrimientos, historias sobre el
cómo y porqué sufríamos. Y así ahora, siempre que estamos dolidos o sufrimos, no solo
tenemos la sensación del dolor; sentimos además la historia de nuestro sufrimiento.
<<Sufro porque nunca me abrazaron, sufro porque me golpeaban, sufro porque mis padres
hacían mal esto o aquello. >> Cuando vivimos tan intensamente esas viejas historias
infantiles nos resulta difícil sentir la verdad de nuestro dolor en el momento presente.
Nuestro trabajo en la terapia sirvió para que María comprendiera las causas de ciertos
incidentes de su pasado que fueron muy dolorosos para ella. Logramos que aprendiera a
aceptar la rabia, el miedo y la opresión de su corazón nacidos de esos momentos dolorosos.
Pero lo más importante fue que los sufrimientos de su infancia se habían convertido en la
verdad más profunda del altar de su vida. Y para liberarla de su padre, de su familia, de los
límites de su vida en casa, teníamos que dejar atrás la vieja historia de injusticia y malos
padres, aunque fuera cierta, e invitarla a entrar en el dolor mismo. Tuvo que comenzar
sencillamente a llorar y a dolerse, solo entonces pudo permitirse abrir su corazón, sentir la
profunda curación de rendirse suavemente a sus más hondos sentimientos, no de buscar
explicaciones o culpas a la injusticia, sino simplemente de sentir el indecible dolor de una
niña.
Vivimos en una época en que muchos nos identificamos con aquellas formas de desgracia
que nos han hecho sufrir. Decimos que somos alcohólicos, hijos adultos de alcohólicos,
hijos adultos de familias desestructuradas, drogodependientes o codependientes. Nos
ponemos etiquetas según los acontecimientos que nos hicieron sufrir y, si es posible, las
personas que causaron ese sufrimiento.
Pero oculto en este proceso de ponernos etiquetas está el principio sutil de que el dolor o
sufrimiento es un error. Nos decimos: <<El sufrimiento podría haberse evitado; nunca
debió ocurrir eso. >>
Es una reacción muy humana al dolor. Un asistente social que atendía a personas
moribundas me conto que fue a ver a una anciana de 96 años que tenía una enfermedad
terminal; él se imaginaba que se encontraría con una persona que había vivido una vida
plena y que se preparaba para morir. Pero en lugar de querer reflexionar y rememorar las
alegrías y penas de su vida, la anciana se sentía consternada por su desgracia y dispuesta a
protestar. << ¿Por qué yo?>>, preguntaba.
Incluso a los 96 años queremos saber por qué tenemos que morir. ¿Y si simplemente se nos
da el sufrimiento y la muerte como se nos da la alegría, el asombro, el hambre y el éxtasis?
¿Y si el dolor no es una injusticia, no es algo que deba solucionarse, no es culpa de nadie?
15
Buda decía que en esta vida experimentamos diez mil alegrías y diez mil penas. Entendía
que el sufrimiento es un hilo que se extiende por toda la tela de nuestra vida. Cualquier cosa
que deseemos, cualquier cosa que poseamos, cualquier cosa que ambicionemos, pasara.
Todo lo que tenemos acabara algún día, incluso nuestra vida. Aun en el caso de que
consigamos lo que deseamos, nos preocupa el día en que todo desaparecerá. Y así todos
experimentamos sufrimiento. Esta es la primera verdad noble, dijo Buda.
Jesús lo expreso de otra manera:<< En el mundo habéis de tener tribulaciones>>. Sabía que
a los hijos de la creación nos vendrían penas y sufrimientos, que <<siempre habrá pobres>>
entre nosotros y que ni siquiera él podría escapar al dolor que el mundo le iba a causar.
Pero en lugar de aceptar el dolor que se nos da simplemente como un momento entre otros,
habitualmente nos empeñamos en culpar a las personas que nos <<causaron>> este o aquel
dolor, como si pudiéramos ahorrarnos todo dolor o sufrimiento de no ser por ellas.
Un día mi hija de cinco años derramo un poco de leche fuera de su plato de cereales;
inmediatamente miro a su alrededor, vio a mi esposa en el otro extremo de la habitación y
le dijo: <<Christine, me has hecho derramar la leche. >>
Yo suelo preguntar: << ¿Y si has contraído el sida simplemente porque eso es lo que se te
ha dado? ¿Y su el virus no ve tus fuerzas y flaquezas? ¿No será que el sida es simplemente
una forma de meditación, una meditación muy dolorosa en este momento de tu vida? ¿Hay
en tu corazón suficiente amor y compasión para imaginar que este sufrimiento tal vez no
sea culpa tuya?>>.
Para aceptar el dolor que se nos da necesitamos ablandar el corazón y permitir que el dolor
rompa lo abra, reconocer y llorar la terrible tristeza que acompaña al abandono, el dolor, la
enfermedad y las decepciones. En ese momento nos podemos sentir casi humanos,
emparentados con todas las personas que han sufrido la profunda desesperación de un
corazón roto. No es una resignación furiosa nacida de la derrota, sino una aceptación
16
profunda y llena de amor de que lo que se nos ha dado se ha convertido en nuestro
compañero y maestro, al margen de lo doloroso o injusto que pueda ser.
Me senté y rece con él. Cuando terminamos la oración le hice algunas preguntas sobre su
enfermedad: porque creía que tenía el sida, porque creía que se le había dado esa
enfermedad.
--para que tuviera más tiempo para pensar en Jesús –contestó. ¿Quién sabia por que tenía el
sida, de quien era la culpa o quien se lo había contagiado? Lo único que podía hacer, dado
lo profundo de su miedo y su abatimiento, era escuchar la voz clemente de Dios. Se está
muriendo en medio de fuertes dolores. Pero en ese atroz momento él estaba atento a una
curación más profunda, al amor y la fe que llenarían de gracia su corazón mientras
emprendía el camino de vuelta a casa.
Freud explico una vez que cuando se mira un cristal, el lugar por donde está roto es el que
revela más claramente su estructura. Podemos descubrir su esencial examinando el lugar
por donde se ha quebrado. Del mismo modo, nuestras heridas pueden servirnos para
17
explorar nuestra naturaleza esencial, ya que nos revelan las texturas más profundas del
corazón y el alma, si las acompañamos, nos abrimos al dolor y nos permitimos aprender,
sin reservas, sin culpar.
Hace muchos años, en California, me pidieron que formara parte de una comisión para
evaluar y hacer recomendaciones sobre los problemas de la delincuencia juvenil y la
justicia. Antes de aceptar la tarea pregunté a varias personas interesadas por el problema
que consideraban necesario hacer. La mayoría me dijo que la tarea era imposible y
expresaron gran escepticismo respecto al sistema en general. Descubrí que los comerciantes
culpaban a la escuela por no impedir que los niños anduvieran por las calles y dejaran en
paz las tiendas; los profesores culpaban a los padres por no vigilar con más atención a sus
hijos; los padres culpaban a los niños por no hacerles caso, los niños culpaban a la policía
por darles la tabarra, y la policía culpaba a los niños, a los profesores y a los padres. Era
evidente que teníamos un gran problema.
Volví a la comisión y les dije que aceptaría el trabajo con la condición de que adoptáramos
de inmediato el principio de “el sufrimiento no es culpa de nadie”. En segundo lugar, dije,
debíamos tener enseguida una reunión con representantes de cada grupo de cada
comunidad. Creo que en privado pensaron que yo estaba loco, pero de todos modos
accedieron a adoptar esos principios y me dieron el trabajo.
Lo que ocurrió en aquella reunión fue hermoso. Una vez superado el problema de tener que
acusar o de ser acusados del problema de la delincuencia, los representantes quedaron libres
para abrir las mentes y los corazones y colaborar encantados en algunas iniciativas muy
estimulantes e innovadoras. Tuvimos reuniones en las que profesores, policías, delincuentes
juveniles, padres, oficiales de libertad provisional, miembros de bandas de delincuentes y
estudiantes, todos trabajaron juntos para idear estrategias que todavía están en vigor
después de diez años, porque las personas que las crearon en ningún momento tuvieron que
decidir <<quien tenía la culpa>>. Tan pronto aceptamos que todos sufríamos inmenso dolor
y que grandes eran nuestra aflicción y nuestra decepción, quedamos libres para trabajar en
calidad de aliados, para crear métodos nuevos que calmaran la turbulencia de nuestra
comunidad.
Si nadie tiene la culpa del dolor, entonces no es culpable el padre alcohólico ni la madre
negligente. Nuestro sufrimiento es simplemente un viento que cruza nuestra vida, una
potente meditación que nos abre a lo más profundo de emociones y sensaciones. Una vez
que eliminamos la pregunta << ¿por qué? >> podemos ver nuestro dolor cara a cara y
aceptarnos por lo que es. Entonces podemos comenzar a llorar realmente, lo cual alivia el
dolor. La herida, la rabia y la tristeza profundas pueden entonces conducirnos a olvidar, a
18
personar y sanar Stephen Levine, que con su esposa Ondrea ha hecho un maravilloso
trabajo con personas que sufren, escribe en su libro Healing into Life an Death:
Cuando abandonamos la infancia se nos invita a llorar lo que he perdido. Pero muchas de
las personas que exploran su infancia no están dispuestas a olvidar las viejas historias. En
algunos casos, la ira contra los padres se ha convertido en fuente de poder personal; hemos
sido maltratados y ahora merecemos ser oídos. Igual que María, guardamos un profundo
recuerdo de cómo deberían haber sido las cosas, y deseamos convencer a nuestros padres
de que nos pidan disculpas, que nos amen, que corrijan lo que estuvo tan horriblemente
mal. Aun intentamos solucionar la misma vieja problemática, corregirla, encontrar un final
feliz para los protagonistas de aquella época insatisfactoria.
Tal vez no tuvimos el padre que deseábamos, la amble caricia de un hombre que nos
acunara en sus fuertes brazos, que se sentara a escucharnos cuando hablamos de lo difícil
que es ser pequeño y tener miedo. O tal vez no tuvimos una madre que nos amara de
verdad, que nos secara las lágrimas, que nos preparara fiestas o nos hiciera reír
simplemente porque le encantaba vernos felices. ¿Qué podemos hacer para aceptar que esa
carencia es sencillamente cierta, para sentir la verdad de nuestra orfandad emocional y
saber que no ha cambiado y que probablemente nunca cambiara?
Comenzamos por reconocer que ya pasó esa vieja historia. ¿Cuánto tiempo vamos a
continuar buscando a alguien que pueda cambiarlo todo totalmente? El reto es
simplemente dejar que lo cierto sea cierto: se nos hizo daño, sufrimos; nunca tuvimos los
padres que deseábamos, nunca nos leyeron cuentos para dormirnos. Se nos negó el padre
perfecto con que soñábamos, nunca tuvimos exactamente la madre que deseábamos.
Cuando sentimos la honda tristeza de esa carencia, el dolor y la soledad, simplemente
lloramos la perdida de nuestra infancia, la niñez que nunca fue y nunca será. Esa historia ya
acabo.
A algunos nos cuesta creer que en realidad somos capaces de mirar cara a cara a nuestro
dolor. Nos hemos convencido de que el dolor es demasiado profundo, demasiado tremendo,
que es algo que hay que evitar a toda costa. Pero si finalmente nos permitimos sentir la
profundidad de esa pena para que nos abra suavemente el corazón, podemos sentir una
19
fabulosa libertad, una verdadera sensación de alivio y paz, porque por fin hemos dejado de
huir de nosotros mismos y del dolor que mora en nuestro interior.
Cuando finalmente aceptamos nuestro dolor, comenzamos a percibir que no hemos sido
elegidos para un castigo especial. Simplemente sentimos, como dijo Pierre Teilhard de
Chardin, <<las lágrimas que hay en las cosas>>. Al sentir ese dolor afirmamos nuestra
pertenencia a una nueva familia, la familia numerosa y rica de todas las personas que hay
gozado y han sufrido, que han cantado y llorado igual que nosotros. En la quietud y el
silencio de nuestra pena podríamos incluso sentir que nos abrimos al sufrimiento de otras
personas que fueron maltratadas cuando eran pequeñas.
El maestro sufí Pir Vilayat Khan nos insta a considerar el dolor del modo siguiente:
Superar la amargura que te produce no estar a la altura de la magnitud del dolor que se te ha
confiado. Como la madre del mundo, que lleva en su corazón el dolor del mundo, todos y
cada uno de nosotros, por formar parte de su corazón, estamos dotados de una cierta
medida de dolor cósmico. Participamos de la totalidad de ese dolor. Estamos llamados a
recibirlo con alegría, no con autocompasión.
El perdón
Damos un enorme paso hacia la libertad y el despertar cuando imaginamos que podemos
personar a nuestros padres, los responsables de nuestro sufrimiento. Esta suele ser una
práctica muy difícil, pues se precisan fuerza, valor y una buena cantidad de tiempo. Porque
perdonar a quienes nos han hecho daño es abandonar nuestra identidad de maltratados,
violados, destrozados. Da la impresión de que los malos quedan impunes mientras nosotros
soportamos la carga del sufrimiento.
Pero el perdón no es solo para ellos. No se trata solo de liberarlos a ellos. El perdón, sobre
todo de nosotros mismos, nos permite liberarnos del ciclo interminable de dolor, rabia y
recriminaciones que nos mantienen prisioneros de sufrimiento.
¿Qué necesitamos para perdonar? La persona que ha sido terriblemente maltratada desea
saber hasta qué punto ha de personar y con qué rapidez. ¿Debo de veras perdonar este o
aquel maltrato, aquella injusticia o la tremenda violencia? Aun no estoy preparado, es
demasiado pronto. Todavía me duele demasiado para decir que lo ocurrido ya ha pasado y
que ahora todo va muy bien.
20
Mientras nos aferramos al modo en que esa persona nos hizo daño o deshonro,
permanecemos atrapados en el baile del sufrimiento con esa persona. Cada vez que esa
persona entra en nuestros pensamientos volvemos a sentir el maltrato o el abuso. Una y
otra vez revivimos ese sufrimiento, lo evocamos repetidamente, como si con esa repetición
es reforzar, ahondar, esa huella habitual de la angustia que nos desgarra la psique.
Nos liberamos de ese ciclo de sufrimiento cuando perdonamos a nuestros padres y les
permitimos ser quienes son, nada más ni nada menos. Menos que la madre o el padre ideal,
tal vez, pero hijos de Dios de todos modos, con todos sus sufrimientos y angustias, que
necesitan para sí de toda la gracia y clemencia posibles. Mediante el perdón todos
quedamos libres para andar cada uno su camino y según cada uno su destino.
Pedro le pregunto una vez a Jesús: <<Señor, ¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano
si peca contra mí? ¿Hasta siete veces?>>. Pedro sabía que la ley antigua decía que había
que perdonar cualquier ofensa a las menos tres veces; mas ya era pasarse de rosca. Por eso
cuando pregunto << ¿Hasta siete veces?>> se imaginó que Jesús se maravillaría de su
generosidad, peros Jesús le dijo: <<No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces
Siete>>.
No se nos pide que seamos tan generosos porque el maltrato sufrido no sea doloroso, sino
porque es el perdón el que nos libera, el que sana nuestras heridas indecibles, el que nos
permite crecer en corazón y espíritu. Cuanto más profunda sea la herida y más grande la
injusticia, más se nos invita a llorarla, a sumergirnos en nuestro dolor y a dejarla marchar
con el perdón. Quienes rezan el padre nuestro piden Dios <<persona nuestras ofensas así
como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden>>. Cuando nos perdonamos mutuamente
las torpezas, nos liberamos del pasado y quedamos libres para renacer en este momento, sin
las interminables luchas con las viejas historias.
El perdón no es algo fácil de pedir. ¿Deben los negros de Sudáfrica y de Estados Unidos
perdonar a los blancos que los oprimieron y esclavizaron? ¿Deben los indígenas americanos
perdonar a los conquistadores españoles? ¿Deben los judíos perdonar a los nazis que
mataron a sus padres e hijos en cámaras de gas?
Jack Kornfield, amable y bondadoso profesor de budismo, cuenta que una vez acompaño a
Maha Gosananda, respetado monje camboyano, a los campos de refugiados a donde habían
huido miles de camboyanos del terrible genocidio dirigido por Pol Pot. Todas las familias
habían perdido hijos, cónyuges o padres, y sus casas y templo habían sido destruidos. Haha
Gosananda anuncio a los refugiados que el día siguiente se celebraría una ceremonia
budista y que todos los que desearan asistir serian bienvenidos.
Puesto de Pol Pot había prohibido y profanado el budismo, la gente sentía curiosidad por
ver si iba a asistir alguien. Al día siguiente se congregaron más de diez mil refugiados en el
21
lugar elegido para participar en la ceremonia. Fue una reunión multitudinaria. Maha
Gosananda estuvo sentado un rato en silencio sobre un estrado, delante de la muchedumbre.
Después comenzó a entonar las invocaciones que daban inicio a la ceremonia budista y
todos los presentes empezaron a llorar. Habían sufrido tantas penurias, tantas dificultades,
que el solo hecho de ori aquellas conocidas palabras no tenían precio.
Algunos se preguntaban que iba a decir Maha Gosananda. ¿Qué se podía decir aquella
comunidad? Lo que hizo, en compañía de miles de refugiados, fue empezar a repetir el
siguiente verso del Dhammapada, libro sagrado budista:
Repitió este verso una y otra vez. Eran personas que tenían tantos motivos para odiar como
cualquiera en la tierra. Pero mientras estaba sentado allí y repetía este verso, una a una se
fueron uniendo a él miles de voces, repitiendo al unísono: << El odio jamás se acaba con el
odio; Solo lo sana el amor Esta es una ley antigua y sagrada>>. De las bocas de las miles de
personas que habían sido maltratadas, oprimidas, despojadas de sus casas, agraviadas y
destrozadas por el dolor de la guerra, se elevó una oración que proclamaba la antigua
verdad del amor, verdad que era superior a todos los sufrimientos que habían visto y
sentido.
<<Si quieres conocer a los valientes, busca a aquellos que son capaces de perdonar. Si
quieres conocer a los héroes, busca a aquellos que son capaces de devolver amor por
odio>>. Esta cita del Bhagavad-Gita nos recuerda lo terriblemente difícil que es perdonar a
quienes nos han hecho daño. Exige una inmensa cantidad de valentía y no se consigue
fácilmente. No esperes que el perdón surja simplemente por que acabas de leer este
capítulo. El perdón puede ser muy difícil, para algunas personas el viaje será largo y lleno
de dificultades.
El los retiros que dirijo con mi esposa Christine, cuando hablamos del perdón, algunas
personas que fueron violadas o maltratadas se resisten a perdonar, e incluso se enfadan ante
la sugerencia de que haya que perdonar al agresor. Es cierto que las agresiones y el abuso
sexual de niñas o niños son actos horribles, y que debemos hacer todo lo posible por
impedir esos terribles malos tratos a los niños. Para el perdón, si bien puede traer consigo la
curación, hay un momento. Hay que buscar y favorecer ese momento, pero jamás forzarlo.
Mientras estén ahí, hay que respetar y sentir como auténticos los sentimientos de miedo y
rabia. El corazón sabe cuándo está preparado para perdonar:
El antiguo idioma griego tiene dos palabras para referirse al tiempo. La primera, cronos,
define el tiempo cronológico, su medida en minutos, horas y años. La segunda, kairos,
22
define lo que en la biblia se traduce por << la plenitud de los tiempos>>. Esta percepción
de tiempo define la inmediata disponibilidad de las cosas para nacer y florecer a su debido
tiempo. Eso ocurre con el perdón.
Ette Hillesum, víctima de un campo de concentración nazi, escribe sobre el efecto curativo
de someterse a la aflicción y al perdón.
Y tienes que ser capaz de soportar la aflicción; aunque te parezca que te aplasta, será capaz
de incorporarte nuevamente, porque los seres humanos somos muy fuertes, y el sufrimiento
debe convertirse en parte de ti; no debes huir de él.
EJERCICIO
Un lugar de refugio
Al comenzar esta serie de ejercicios y meditaciones, te será útil crea te un lugar de refugio
en tu casa, un lugar donde te sientas seguro recogido.
Elige un pequeño rincón de tu cuarto o de algún otro lugar tranquilo de la casa. Este será tu
refugio, tu santuario espiritual personal, luchas prácticas espirituales se utiliza algún tipo de
altar, imagen sagrada para centrar la atención en el corazón y el espíritu, una mesita, un
banco o incluso una caja de cartón, fórrala con la tela o papel agradable y úsala como punto
focal para tu viaje.
Dedica un tiempo cada día a estar sentado en tu refugio. Tal vez í ocurra que poco a poco
deseas pasar más tiempo allí, aunque habrá que pasarás menos tiempo. De todas formas,
procura que esto se invierta en una práctica diaria.
En este lugar no tienes nada que hacer. No es necesario que soluciones nada, ni que arregles
algo roto ni que busques iluminación. Lo único que necesitas es estar sentado, sentir y
escuchar. Permite que este sea un lugar sin juicios ni expectativas, un nuevo hogar, un lugar
de reposo.
Meditación
DEJAR ATRÁS EL SUFRIMIENTO FAMILIAR
Muchas formas de meditación usan la respiración como mee para enfocar la atención. Dejar
reposar la mente en la respirada puede generar una experiencia de ese lugar interior en el
que nos encontramos a gusto. Utilizaremos estas técnicas de meditación a lo largo del libro.
Haz una lista de los recuerdos más dolorosos de tu infancia. En la puedes poner los
nombres de las personas que te causaron sufrimiento fuertes sentimientos de pérdida o
decepción, o las situaciones concretas, los incidentes o acontecimientos que te produjeron
tristeza o dolor
Ahora siéntate ante tu mesa en tu refugio, pon junto a ti esos jetos y fotografías y comienza
por elegir aquel que te resulte particularmente doloroso, el que te produzca más aflicción,
24
más ira, más tristeza. Tal vez te convenga comenzar por la persona que te hi profundamente
cuando eras niño/a, tal vez tu padre o tu madre, loca su fotografía o el objeto que te la
recuerda sobre la mesa y sentado/a en silencio posa tus ojos en ella.
Siente los recuerdos a medida que inundan tu corazón. Percibe las sensaciones que surgen
en tu cuerpo al mirar esa foto o ese objeto, siente la opresión en el pecho, respiración
forzada, la rabia, la desilusión y la tristeza. Deja que la conciencia explore y reconozca, con
suavidad y sentimiento, todo el sufrimiento y la aflicción que han vivido dentro de ti. Siente
la resistencia al dolor, la armadura que te has forjado, la renuencia a sentir la profundidad
de tu tristeza. Deja entrar el dolor en tu corazón para que éste sienta la honda pena que te
causan esos recuerdos. Siente la aflicción que has reprimido durante tanto tiempo, hazle
sitio, inspírala hacia tu corazón. Continúa inspirando el dolor hasta que experimentes en su
totalidad todo el que has guardado dentro de ti.
Mientras te despides, deja que el dolor se vaya con tus padres; expulso el dolor de toda una
vida con cada respiración, con cada espiración. Despídete de ellos en cuantos padres y
permíteles que sigan su propio camino. Libéralos y libérate. Ya no eres su hijo/a. «Soy
hijo/a de la Tierra, hijo/a de la Creación, hijo/a de Dios. Ocupo mi lugar entre ellos. Y te
libero para que ocupes tu lugar, para que sigas tu camino».
Continúa este ejercicio hasta que comiences a sentir una verdadera sensación de liberación.
«Por todo lo que puedas haber hecho que me causara sufrimiento, con o sin intención, con
tus actos, palabras o pensamientos, pe mucho que fuera el dolor que me causara lo que
hiciste o dejaste hacer, te perdono. Te perdono. Te libero.» Haz una pausa un me mentó
25
para que ese perdón llegue, para que sean perdonado o pe donada. Derriba los muros del
rencor para que tu corazón pueda libre y tu vida dichosa.
Tómate todo el tiempo que necesites para que surjan en ti toe los sentimientos de tristeza y
liberación. Continúa con esa persona situación hasta que la sensación de alivio te inunde el
corazón y cuerpo. Tal vez te convenga repetir este ejercicio cada día durante y semana,
centrándote en una persona. Puede que sean necesarias n chas sesiones para tener una
profunda sensación de conclusión y vio. Repite la meditación hasta que sientas que has
completado la y rea con esa persona o acontecimiento.
Puedes repetir la meditación con todas las personas, incidente acontecimientos que
necesites. Es posible que para cada persona necesites hacer muchas veces el ejercicio en tu
refugio. Eso está bien Perdón tiene su momento oportuno y no se puede apresurar. Toma
todo el tiempo que necesites. Perdonar, liberar, dejar marchar, quiere tiempo, valor y
compasión. No hay ninguna prisa ni ningún 1 gar adonde llegar. Es sencillamente una
invitación a liberarse del sufrimiento de la infancia y a crearse un nuevo hogar en el propio
cuerpo, en el corazón y el espíritu.
26
2.
MIEDO Y FE
Una escritora me pidió una vez que le ayudara a explorar algunas emociones desagradables
que aparecían de forma periódica en su vida. Comencé por pedirle que escribiera un relato
corto acerca de su infancia. Cuando a la semana siguiente me lo presentó, me impresionó el
título: “Esta es la historia de cómo aprendí a ser miedosa y a qué tenerle miedo”
El relato de su infancia era una historia de miedos. Hija de alcohólica y después alcohólica
ella misma, el miedo era un tema constante en su vida. “Tengo miedo de que me conozcan,
de que me vean, de que intimen conmigo”, escribía.
Igual que el dolor, el miedo es algo que todos experimentamos. Siendo seres humanos, es
natural que sintamos miedo de pasar hambre, de sufrir carencias, de las enfermedades y las
heridas. En el plano emocional, nos asusta el abandono, la crítica, la intimidad y la pena.
También, las penurias económicas y la deshonra social y todos tememos el momento en
que llega la enfermedad o la muerte, a nosotros o a nuestros seres queridos.
Cuando surge el miedo solemos endurecer el cuerpo y el corazón, cerrándonos por dentro
para protegernos. A veces nos sentimos tensos, paralizados, incapaces de movernos; otras,
es posible que corramos para convertirnos en un blanco móvil, que es difícil de acertar.
Construimos murallas y barreras, formamos ejércitos y pagamos a compañías de seguro,
mutuas médicas y al gobierno para que nos protejan del peligro, tratando de reducir al
mínimo los riesgos de ser humanos.
Cuando vivimos con miedo a todo lo que nos podría perjudicar o causar dolor, en realidad
nos aislamos de la propia vida, porque el dolor, la pena, la enfermedad y la muerte son
ingredientes inevitables de la vida. Pese a todas las medidas que tomamos a causa del
miedo, muchas cosas que nos asustan llegarán en algún momento y de alguna manera.
Además de los miedos inherentes al ser humano, también experimentamos otros miedos,
temores aterradores que heredamos de la infancia, esos recuerdos dolorosos que se niegan a
desaparecer. La historia de la escritora continuaba: “Lo que me causaba más miedo era de
qué humor estaría mi madre cualquier día, en cualquier momento. Tenía miedo de que me
castigara por algo, tenía miedo de que me sorprendieran haciendo… casi cualquier cosa,
según el día y la hora”.
Recordamos cada momento en su mínimo detalle, la traición, las mentiras, el maltrato, las
peleas, la negligencia, el abandono. El tierno corazón del niño pequeño es como una página
en la que se imprime de forma indeleble cada transgresión. Para el niño que ha sido
27
maltratado, el miedo no es simplemente una vaga preocupación sobre la posibilidad de
sentir dolor o sufrir; se convierte en una reacción refleja a la certeza de peligro.
Cuando Zenia era niña, su padre solía llegar muy tarde a casa, cuando ya los bares habían
cerrado. Vagaba vociferando y maldiciendo por la casa en la oscuridad hasta que por fin
lograba llegar a la cama. Desde el momento en que su padre entraba en casa, ella yacía
despierta aferrada a los laterales de la cama, mirando la puerta, paralizado por el miedo de
que él irrumpiera en su cuarto. Sólo cuando escuchaba que por fin se desplomaba en la
cama podía relajarse lo suficiente para dormir. Ahora Zenia tiene más de cuarenta años y
todavía siente cuando se acuesta la misma angustia que sentía de niña. Esta mujer lleva en
su interior un miedo implacable nacido en la tierna infancia que aún la perturba durante el
sueño y la vigilia.
El miedo puede tener muchas caras. Nancy, de quien abusó sexualmente un tío que después
se suicidó, recordaba los trayectos en coche con él, cuando era pequeña. Aterrada por la
idea de que él la tocara, no soltaba la manilla de la puerta, lista para saltar fuera. Todavía
siente como si se aferrara a aquella palanca en muchos momentos de su vida.
Richard, a quien su madre acosaba sexualmente, me contó que cuando una mujer se
acercaba a él o trataba de entablar una relación se sentía paralizado por el terror. Ese miedo
acabó con su matrimonio.
¿Por qué al hacernos mayores continuamos tan firmemente aferrados a lo que nos aterraba
de niños? Porque las heridas fueron hondas y graves, y las recibimos cuando éramos niños
tiernos y vulnerables. Cuando éramos pequeños teníamos que depender de poderes
superiores a nosotros para todas nuestras necesidades: alimento, ropa, techo, abrigo y
seguridad. Nuestra vida dependía totalmente de las personas mayores. Así pues, cuando la
madre se fue de casa, o cuando murió el padre, o cuando los padres reñían o se golpeaban o
divorciaron, o uno de ellos se iba para no volver, los sentíamos como una verdadera
amenaza para nuestra vida. Sentíamos miedo de no poder sobrevivir.
28
Nuestros miedos de la infancia se agravaban precisamente porque las personas que debían
velar por nuestra seguridad eran las que nos causaban sufrimiento. El padre que aseguraba
que siempre estaría con nosotros era el mismo que se marchó de casa y nos abandonó. La
madre que decía que jamás permitiría que nadie nos hiciera daño era la misma que nos
regañaba y gritaba. Así, al mismo tiempo que aprendíamos a tener miedo también
llegábamos a creer que no podíamos confiar en nadie para que nos diera cobijo.
Desgraciadamente, la existencia del dolor y el sufrimiento en nuestra familia era algo que
se escapaba de nuestro control. El sufrimiento, la confusión, la rabia o la aflicción de
nuestros padres estaban unidos inextricablemente a nuestra historia familiar común, y era
muy poco o nada lo que podríamos haber hecho para impedir que tomar forma en nuestra
vida. Su dolor podía estallar como agresividad, rabia o abandono en cualquier momento. Y
al margen de lo mucho que hubiéramos organizado las cosas para protegernos, siempre nos
olvidaríamos de algo, descuidaríamos algo que no vimos, y vuelta a comenzar el drama. Un
niño no podía hacer nada para impedirlo.
Abrumada por una inseguridad generalizada durante la mayor parte de su vida, Christy me
pidió que le ayudara a descubrir alguna sensación de seguridad, alguna experiencia de
refugio donde encontrarse a salvo. Comenzamos por explorar los miedos infantiles
producidos por su problemática familiar y después le sugerí que hiciéramos una meditación
dirigida. Después de ayudarla a relajarse para entrar en un estado meditativo, la insté a que
dejara surgir una imagen de seguridad, la imagen de un lugar donde se sintiera total y
absolutamente a salvo, y luego descansara un rato en el bienestar inducido por esa imagen.
Cuando acabó la meditación, le pedí que me describiera su imagen de seguridad.
Las dos nos echamos a reír por lo lejos que tuvo que ir para tener la sensación de seguridad.
Aquella fuerte sensación de peligro había impregnado tan profundamente las células de su
cuerpo que solo se podía imaginar a salvo cuando estaba muerta en el espacio exterior.
Ciertamente el miedo se había convertido en una de las voces más potentes del coro de su
psique.
Pero poco a poco, e indiscutiblemente, este tipo de miedo nos va corroyendo la vida. El
doctor Herbert Benson, profesor de medicina en la Facultad de Medicina de Harvard y
autor del libro La Relajación, ha explorado la reacción de lucha o huida propia de los seres
humanos y animales. Cuando se siente miedo, el cuerpo reacciona con cambios concretos
de ritmo cardiaco y la respiración y secreta ciertas hormonas. El cuerpo se prepara para
defenderse o huir. Esta es una reacción biológica muy útil cuando hay un verdadero peligro,
por ejemplo cuando nos atacan físicamente o hemos de actuar con rapidez para impedir que
un niño se ahogue.
Pero Benson advierte que muchas personas mantienen regularmente un nivel de miedo o
estrés excesivamente elevado, incluso cuando no se encuentran ante un verdadero peligro.
Los miedos psíquicos crónicos que conservamos desde la infancia producen un elevado
grado de estrés que invita a entrar en el cuerpo a todo tipo de enfermedades y dolencias.
Cuando vivimos con miedo, al margen de si esos miedos corresponden a un peligro real o
imaginario, nuestra resistencia a la enfermedad disminuye y de hecho producimos las
enfermedades que más tememos.
Además, nuestra cultura reproduce muy bien nuestras preocupaciones infantiles sobre el
miedo y la seguridad. Vivimos en una sociedad peligrosa que nos estimula muchísimo a
protegernos de cualquier peligro. En Estados Unidos se gastan más de 50.000 millones de
dólares al año en equipos de seguridad para proteger casas y propiedades. En cuanta nación
gastamos más de trescientos mil millones de dólares al año en armas nucleares, carros de
combate, armamento y soldados que nos protejan de todos los demás habitantes del planeta.
Gastamos incontables miles de millones en mutuas médicas y seguros de vida para
evitarnos los costos de la enfermedad y la muerte. Y con todos estos gastos, miles de
dólares por hombre, mujer y niño, prácticamente nadie en Estados Unidos se siente
verdaderamente a salvo. Todavía seguimos escuchando ruidos misteriosos de cosas que
caen por la noche.
“Cuando hay miedo perdemos el rumbo de nuestro espíritu” dijo el Mahatma Gandhi.
Cuando sentimos miedo concentramos toda la atención en el peligro y perdemos la
capacidad de encontrar valor, seguridad o paz interior. Nos obsesionamos tanto con lo que
30
nos amenaza que fuerza del corazón resulta inaudible. Tal vez por eso en el Nuevo
Testamento se encuentra más de trescientas veces la frase “No temáis”. Cuando tenemos
miedo perdemos la capacidad de sentir nuestra fuerza interior y la angustia ahoga cosas que
para nuestro interior son preciosas y esenciales. Cuando nos pasamos los días preocupados
por cómo van a ir las cosas, haciendo planes por si no tenemos suficiente alimento, ropa,
dinero o amor, ¿qué tipo de vida protegemos? Pese a nuestros planes y estrategias, nunca
nos sentimos en paz.
En los años cincuenta se descubrió un grupo de soldados japoneses en unas remotas islas
del Pacífico, que aún combatían en la Segunda Guerra Mundial, que en realidad había
acabado hacia años. Fue difícil convencer a esos pobres combatientes de que la guerra ya
había acabado y que podían volver a casa sin ningún temor.
¿Cómo saber cuándo ha terminado la guerra? ¿Cómo saber cuándo protegernos del peligro
y cuándo permitirnos sentirnos a salvo?: Las personas que han crecido en familias
problemáticas no saben distinguir bien entre miedos justificados (miedo a la violación
sexual o la guerra nuclear) y miedos fantasmas de su infancia, miedos que no tienen
ninguna base real. Los miedos de la infancia arrojan sombras tan largas en la psique que
pasado un tiempo casi cualquier cosa puede generar una reacción en ellos. Incluso
aprendemos a esperar que llegue el problema: la pelea, la palabra airada, el portazo; es casi
un alivio que llegue, tan segura consideramos su llegada. Nuestra sabiduría intuitiva y
nuestra sensibilidad emocional tienen por misión predecir cuándo se va a descargar el
golpe, para que podamos hacer lo que hacemos mejor: tratar de protegernos del daño o del
sufrimiento.
Para muchos de los jóvenes que combatieron en Vietnam, lo más real que les ha sucedido
fue la guerra, las trampas explosivas, la muerte durante la noche. Los que lograron volver
habían aprendido a sobrevivir a situaciones de enorme peligro e inmenso terror. Cuando
volvieron a casa, a muchos les resultó difícil adaptarse a la vida “normal”; sólo podían
aplicar sus habilidades en las peligrosas selvas del sudeste de Asia. Poco a poco, muchos
llegaron a recrearse una vida de temerario peligro, buscando terrenos conocidos en los
31
cuales combatir a los enemigos que conocían mejor. Otros quedaron con muchos y
extenuantes miedos que aterrorizaban su vida interior.
¿Cómo saber cuándo nuestros miedos y terrores no nos dicen la verdad, que no es necesario
estar en guardia en todo momento? ¿Y cómo saber cuándo estamos lo suficientemente a
salvo para dejar de lado los miedos y arriesgarnos a tener la vulnerabilidad propia y natural
de un ser humano?
Cuando nos criamos con sufrimiento familiar aprendemos a tener miedo a muchas cosas;
nos da miedo que todo cambie; nos preocupa lo que los demás piensen de nosotros;
tememos el dolor que produce la agresión verbal o física, y tememos el abandono y el
rechazo. Incluso nos preocupamos por nosotros mismos, temerosos de que lo que tenemos
dentro no sea suficiente, que no esté a la altura de la tarea de vivir. Tenemos miedo de que
nuestros dones, nuestra intuición e incluso nuestro espíritu sean trágicamente insuficientes.
En consecuencia, cuando nos hacemos mayores, siempre que sentimos miedo suponemos
de forma natural que tenemos miedo de algo. Suponemos que hay una persona, una
circunstancia, un defecto o un acontecimiento que de verdad pone en peligro nuestro
bienestar. Tan pronto nos sentimos asustados, solemos tratar de identificar un peligro
concreto para justificar el miedo. Si no hay ninguna amenaza inmediata y aparente, incluso
podríamos inventarnos una para darle credibilidad al miedo. Las personas que sintieron
miedo en su infancia suelen relacionar sus miedos con algún recuerdo del pasado; cuando
surge el miedo de inmediato buscan una explicación en su infancia. “Tengo miedo porque
mi padre me pegaba”, o “Tengo miedo porque mi madre jamás me protegió”. En nuestra
prisa por calmar nuestro temor solemos citar primero nuestra infancia para explicarlo o
justificarlo.
El miedo puede presentarse por muchos motivos: tal vez la persona se siente cansada, débil
o frágil ese día, o tal vez esté preocupada, o necesita atención amorosa, o dedicar un
instante a un sentimiento que ha estado rechazando. Es posible que no exista ningún peligro
32
real externo, sino sólo una sensación de angustia que surge del interior. Jack Kornfield dice
que la presencia del miedo en el que “estamos a punto de abrirnos a algo más grande que el
mundo que experimentamos normalmente”.
De niños tenemos lo que nos puede hacer daño, pero de adultos muchas veces surge cuando
nos encontramos inesperadamente ante algo que quiere sanarnos. Cuenta la historia que
cuando nació Jesús en un pequeño pueblo, había en la región unos pastores que
pernoctaban al raso y por la noche hacían turnos para vigilar sus rebaños. Esa noche se les
presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió con su luz, quedando ellos
sobrecogidos y con gran temor. Les dijo el ángel: “No temáis…”. Los pastores se
encontraron ante algo que no habían visto nunca en su vida, y aunque era un momento
milagroso, luminoso, que anunciaba el nacimiento del niño Cristo, de todos modos
tuvieron miedo. Pero el hecho de que sintieran miedo no significaba que estuvieran en
peligro. Se quedaron aterrados simplemente porque se vieron ante algo ajeno a su
experiencia: sin darse cuenta se habían encontrado con Dios.
Miedo y Fe
Puesto que rara vez nos encontramos ante un peligro mortal, podemos deducir que la
mayoría de nuestros miedos los genera la mente.
La mayoría de nosotros gozamos de la suerte de tener suficiente para comer, suficiente ropa
para abrigarnos y un lugar donde dormir por la noche. Y aun cuando estamos
razonablemente seguros y provistos, pasamos por nuestra vida asustada y agitada. ¿Por
qué? No tememos al presente sino al futuro. Casi siempre logramos arreglárnoslas con lo
que se nos da en el presente, pero suponemos que algún día se nos dará algo que supere
nuestra capacidad y nos aterra la idea de que será más de lo que podemos soportar.
Hemos visto cómo el dolor del pasado puede hacer nacer amargura, rabia y aflicción. Así
como sentimos aflicción como respuesta al dolor del pasado, el miedo es nuestra respuesta
al dolor del futuro. Así pues, si queremos comprender nuestros miedos y aprender a sanar
lo que nos asusta, primero tenemos que explorar nuestras respuestas ante la expectativa del
dolor.
El miedo surge cuando creemos que no vamos a tener la fuerza para sobrellevar el dolor
que se nos dará. En cuántos hijos de familias con problemas, recibimos muchas agresiones
y nos sentimos muy pequeños y frágiles; aprendimos poderosas lecciones sobre los tipos de
33
dolor profundo capaces de desgarrarnos el corazón y el cuerpo. Experimentamos lo mucho
que duele el rechazo de nuestros padres, los gritos y las recriminaciones, los golpes o
sencillamente el olvido o la negligencia. Hubo veces en que no sabíamos si seríamos
capaces de soportar más sufrimiento, en que creímos que si empeoraba podríamos
renunciar a intentarlo. No sabíamos si tendríamos la capacidad de sobrevivir a las palizas
físicas y emocionales que recibíamos por ser niños, por ser miembros de nuestra familia.
Cuando nos sentimos inseguros e indecisos respecto a nuestra capacidad para sobrellevar el
dolor de ser humanos, nos preocupamos y tememos. Cuando nos sentimos frágiles o
débiles, cuando estamos convencidos de que el próximo rechazo, fracaso o pérdida va a ser
el que nos parta en dos, nos enfrentamos cada día de nuestra vida a una inquietud terrible.
Ante tan gran peligro, Jesús permanecía en paz. Los discípulos no estarían tranquilos hasta
que no hubiera pasado el peligro, mientras que la sensación de seguridad de Jesús se
asentaba en la fe profunda de que todo iría bien, aun en medio de una peligrosa tempestad.
¿Qué queremos decir cuando empleamos la palabra fe? A muchos, esta palabra nos puede
resultar incómoda, desagradable de oír o entender, e incluso más difícil de emplear, porque
durante siglos ciertas tradiciones religiosas la han interpretado como una prueba de fuego
en la valía espiritual. En estas tradiciones se ha usado una cierta cantidad de “fe” a modo
de requisito de entrada en el reino de Dios. Si la persona tiene “suficiente” fe puede ir al
cielo, es hija de Dios y se le concede todo lo que desea. Si ora lo suficiente, si tiene fe en
Dios y en las doctrinas en la Iglesia, si afirma su “fe” en esas enseñanzas, entonces es digno
se la escucha y atiende y Dios vela su vida.
Sin embargo, con demasiada frecuencia se ha utilizado la celosa aplicación de esta máxima
religiosa para separar a los “fieles” de los “infieles”, como una forma de distinguir entre los
“buenos” y los “malos”. Muchas personas han sufrido agresiones por parte de otras que se
sentían en la obligación moral de juzgar la valía espiritual de los demás según su “fe”. Esta
actitud ha sido particularmente injuriosa al aplicarse a personas pobres, hambrientas,
“diferentes” en lo cultural o social, o enfermas terminales de cáncer o sida. Con demasiada
frecuencia la religión afirma que si estas “desgraciadas” personas tuvieran suficiente “fe”,
Dios las alimentaría, las vestiría y sanaría su “perversión sexual”, su cáncer o sida. Si el
sida o el cáncer no desparecen, entonces la culpa tiene que ser de la víctima; seguro que no
tenía suficiente fe. Así, muchas personas hemos experimentado la “fe” como un arma en
nuestra contra en un juicio implacable y sin piedad, experiencia nada distinta al dolor que
sufrimos en la infancia.
Para los hebreos la fe entrañaba una profunda confianza en el amor vigilante de Dios por
sus hijos. Según el profeta Isaías, aun en medio de las circunstancias más terribles, aquellos
que confían en la fiel protección de Dios “renuevan sus fuerzas, echan alas como de águila,
corren sin cansarse y caminan sin fatigarse”.
La palabra budista sraddha (“fe”) también sugiere mucho más que la creencia en una
doctrina teológica. Literalmente significa “poner el corazón en” e implica confianza,
claridad y seguridad. Etimológicamente está emparentada con la palabra latina cor, de la
que deriva los términos corazón y coraje. Así pues, la práctica de un corazón fuerte y
valiente. “Si es fiel tu corazón te sentirás seguro y no temerás, reposarás tranquilo sin que
nadie te inquiete”, dice el libro de Job.
35
Otra enseñanza budista sobre la fe la encontramos en el concepto de ecuanimidad. La
ecuanimidad es la capacidad de experimentar los cambios, circunstancias y sentimientos
permaneciendo serenos, tranquilos e impasibles. La imagen que suele usarse con más
frecuencia para ilustrar esta cualidad es la de una montaña. La montaña está allí cuando
brilla el sol, cuando la moja la lluvia, la cubre con la nieve y la golpea el rayo. En medio de
todo esto, de todas las cambiantes condiciones, la montaña permanece firme,
inquebrantable. Cuando fomentamos la ecuanimidad aprendemos a parecernos más a la
montaña, encontramos ese lugar de fuerza y valor en nuestro interior que nos capacita para
soportar las piedras y las flechas de la condición humana sin sentirnos abrumados por el
miedo.
Cuando exploramos la práctica de la fe, sraddha, y ecuanimidad, una cosa queda clara. La
verdadera fe nace de la capacidad de confiar en lo que es más fundamentalmente verdadero
en nosotros mismos. Las circunstancias cambiarán, y vendrán y desaparecerán toda clase de
cosas agradables y desagradables; a veces llegará a nuestra vida la alegría y otras
recibiremos enorme dolor y sufrimiento. Muchas veces sentiremos miedo, pero el objetivo
de la fe no es eliminar las circunstancias difíciles, ni tampoco es fe confiar en un Dios que
nos apartará del sufrimiento o nos hará las cosas más fáciles si creemos con la suficiente
fuerza. Cuando inevitablemente se presentan en nuestro camino el dolor y la pérdida,
¿retrocedemos temerosos de ser destruidos o intensificamos la confianza en nuestra
capacidad innata para resistirlos? Esa es la auténtica pregunta acerca de la fe. ¿Podemos
encontrar un corazón fuerte y valiente, un lugar interior de claridad e integridad en el cual
podamos poner nuestra confianza y permitir, con tranquilidad, que el miedo y el dolor
simplemente pasen por nosotros?
36
Enfrentarnos al miedo
Daniel era un hombre que de pequeño había sido acosado sexualmente por su madre, y por
ello en su vida adulta tenía dificultad para mantener relaciones duraderas con mujeres.
Siempre llegaba un momento en que le parecía que querían intimar más, se le acercaban
demasiado, y tenía miedo. En esos momentos sentía la necesidad de huir y generalmente
ahí acaba la relación.
Durante una terapia de grupo explicó que estaba saliendo con una mujer a la que quería
mucho, de modo que deseaba resolver su problema del miedo. Esa mujer era muy cariñosa
y comprensiva y él se sentía muy amado. Al mismo tiempo, ya comenzaba a sentir el
impulso de huir, de esconderse, de acabar la relación. ¿De qué modo podía protegerse y
sentirse seguro con ella cariñoso y receptivo?
Le pedí que eligiera una mujer del grupo para que hiciera el papel de la mujer que quería.
Después hice que se colocaran bastante separados y le pregunté a Dan como se sentía.
37
- Ahora me siento muy mal. Lo único que deseo es escapar, estar en otra parte. Me siento
paralizado, siento náuseas y estoy muy asustado.
En ese momento el cuerpo le temblaba visiblemente y noté que lo único que deseaba era
acabar el ejercicio, volver a su asiento y olvidar todo el asunto.
- Acércate otro poco – le dije.
Le pedí a la mujer que colocar su mano en la de él. En ese momento sus cuerpos casi se
tocaban y Dan estaba a punto de dar media vuelta y echar a correr. Pero pasado un
momento en esa posición noté un cambio. Poco a poco todos vimos cómo se iba relajando y
parecía mucho más tranquilo, e incluso asomó una sonrisa en sus labios.
- Así me siento mucho mejor – reconoció - . A esta distancia le puedo ver lo ojos, y con su
mano en la mía me siento bien. No estoy pensando en ella, simplemente estoy con ella. No
sé por qué, pero así me siento más seguro.
Daniel se había pasado toda la vida huyendo de lo que le causaba miedo. Debido al abuso
sexual de su infancia, lo imprevisible de la intimidad le producía tanto miedo en el cuerpo
que siempre huía. Pero cada vez que huía generaba tanta preocupación y tantas fantasías
angustiosas que inevitablemente creaba más miedo para la siguiente ocasión. Jamás se le
había ocurrido que acercarse más, avanzar hacia ella en lugar de huir, podría producirle
una sensación de seguridad. Cuando se acercó vio en sus ojos algo que le produjo alivio y
serenidad; vio temor, profundo interés por él, incertidumbre y la disposición a ser humana y
vulnerable. Al cambiar su relación con lo que le asustaba descubrió una fe más profunda en
sí mismo, la sensación de que era capaz de arreglárselas en cualquier situación.
Cuando crecemos sintiéndonos pequeños y asustados, llegamos a creer que sólo podemos
tener serenidad y sentirnos protegidos cuando creamos mecanismos infalibles para alejar el
peligro, para ocultarnos, para huir, para no abrirnos a lo que podría hacernos daño. Pero
cuando nos acercamos a nuestros miedos, cuando los aceptamos, los exploramos y
examinamos nuestra respuesta ante la inminencia del peligro, podemos comenzar a
descubrir que lo que tenemos en nuestro interior es lo único que necesitamos para sentirnos
protegidos y seguros. Muchas veces, cuando nos enfrentamos cara a cara con lo que nos
asusta, descubrimos nuestra capacidad para sobrevivir a cualquier circunstancia. Cuanto
más presentes estamos con nosotros mismos durante el miedo, sin huir, sin escondernos ni
envolvernos en armaduras, más confianza desarrollamos en nuestros recursos, en
creatividad, resistencia y sabiduría. Poco a poco comenzamos a cultivar una fe mucho más
profunda en que, pese a las heridas y desilusiones sufridas, de alguna manera todo irá bien
en nuestro interior.
Fe en nosotros mismos
No obstante, la verdad es que con frecuencia somos mucho más fuertes que lo que
imaginamos. Es curioso cómo muy pocos comprendemos cuánta fuerza necesitamos
simplemente para crecer en nuestra familia. Cuando éramos niños hicimos uso de una
tremenda determinación, de ánimo y valor por proseguir nuestra vida cotidiana, para
sobrevivir a las repetidas ofensas y protegernos del peligro. Desarrollamos una intuición
increíble para captar cualquier desequilibrio o irregularidad en nosotros mismos y en los
demás; desarrollamos espíritu de observación y conciencia de los sutiles cambios en la
lealtad, en las estrategias o intenciones de las personas que nos rodeaban, y nos hicimos
expertos en replantear nuevas estrategias en cualquier momento. Además, en respuesta a las
incertidumbres emocionales de nuestros familiares, muchos nos las arreglamos para
descubrir un refugio en lo más profundo de nuestro interior donde encontrábamos una
fuente de fortaleza y consuelo, incluso estando en un ambiente en el que no había sustento,
apoyo ni cariño suficientes.
Para muchos, este extraordinario lugar secreto de fortaleza interior ha sido en realidad
nuestro aliado más íntimo y fiable la mayor parte de nuestra vida y, sin embargo, es un
lugar al que acudimos muy poco. Es un lugar que rara vez tiene el privilegio de ver otras
personas. Solamente cuando nos sentimos terriblemente dolidos, asustados o inseguros de
poder sobrevivir bajamos al fondo de ese lugar interior. Es un lugar al que nos dirigimos
cuando nos parece que todo está perdido, cuando han fracasado todas nuestras estrategias y
manipulaciones y el mundo se ha vuelto inmanejable. Entonces, desesperados, miramos
hacia dentro en busca de nuestra fuerza más profunda.
Por desgracia, muchos de nosotros seremos aniquilados por algún momento trágico antes
de poner, a regañadientes, nuestra confianza en lo más profundo de nuestro ser. Jamás nos
imaginamos lo inmensa que es la fuerza interior que tenemos hasta que nos encontramos
ante una enfermedad terminal, un divorcio, la muerte del cónyuge, un amigo o un hijo.
Enfrentados con una tragedia, con la enfermedad o la muerte, en realidad nos hacemos
menos temerosos, no porque la vida sea menos peligrosa, sino porque en esos momentos
nos vemos catapultados hacia el interior para recurrir a aquello que es fuerte, fiable e
íntegro dentro de nuestro corazón, en nuestro espíritu. Incluso inmersos en un infierno
personal redescubrimos dentro de nosotros un corazón valiente.
39
Bob es un amigo muy querido que recibe tratamiento a causa de su alcoholismo. Gran parte
de su vida la ha dedicado a realizar grandes cosas, a acumular riqueza y a cultivar puestos
de poder. Pero en medio de todo eso siempre temía no ser muy capaz y en cierto modo
trataba de demostrar su valía mediante sus éxitos. Siempre se esforzaba por calmar sus
miedos e inquietudes interiores y rara vez se sentía fuerte o en paz en su interior.
Hace dos años su hijo murió de sida y él y su esposa llevan algún tiempo trabajando con el
problema de la muerte. Su valiente disposición a convertir sus sufrimientos en enseñanzas
para otras personas les ha servido para tener menos miedo respecto de sus propias vidas;
son muy queridos en su comunidad, muy apreciados porque sus vecinos pueden visitarlos
con su sufrimiento y son siempre bien recibidos.
Una mañana, no hace mucho, me llamó Bob para contarme que le habían diagnosticado un
cáncer terminal; los médicos le dijeron que le quedaban pocos meses de vida.
He asistido a seminarios, he leído libros y he pedido a Dios todos los días que me dé
serenidad y paz. Pero ahora que sé que podría morir muy pronto no siento ningún miedo. Es
extraño, pero me siento muy tranquilo. Después de haber soportado la muerte de mi hijo y
al estar ahora tan cerca de mi muerte, algo en mí se siente por fin en paz. Ciertamente no
deseo morir, pero estoy dispuesto a marcharme si es mi hora. Al sentirme tan cerca de la
muerte tengo una fuerte sensación de fe, de que alguna manera, pase lo que pase, todo irá
bien, precisamente lo que he deseado toda mi vida.”
Tal vez el mayor temor es a la propia muerte. Sin embargo, muchos hemos visto a personas
que mientras sufrían las consecuencias del cáncer, del sida o de otras enfermedades que son
un riesgo para la vida, en realidad van volviéndose más serenas y apacibles a medida que se
acerca su muerte. Cuanto más cerca están del momento real de su muerte menos miedos
sienten. Es como si al aproximarse a lo que más temen surgieran de su interior como
respuesta una conciencia de su inmenso valor.
Parece una eficaz y fiable ecuación: a medida que nos acercamos incondicionalmente a lo
que más tememos aparece en nosotros una reserva fuerza que le hace frente, y ya nos
eclipsa el temor. No es sólo el miedo el que nos hace buscar ese lugar, también es la
disposición a enfrentar cara a cara los miedos, abriendo así en nosotros todas las
capacidades latentes de nuestro corazón valiente. Entonces nos dirigimos a nuestro interior
para redescubrir ese lugar de fe, de sraddha, para sentir el consuelo y el poder de nuestro
espíritu, nuestra verdadera naturaleza, que incluso ante la muerte se presenta como un
aliado leal y digno de confianza.
40
¿Cuántos de nosotros hemos perdido ese lugar de fe? ¿Cuántos hemos extraviado esta fe en
nosotros mismos, está firme confianza en nuestra fuerza interior? En realidad nunca
perdemos ese lugar de fuerza interior, pero cuando nos invade el miedo al peligro, en lugar
de recurrir a él, desesperados ponemos la confianza en nuestras estrategias externas para
disipar y neutralizar los peligros del mundo. Nos fiamos de nuestras complejas
manipulaciones psicológicas con el fin de reconstruir un mundo sin dolores ni riesgos, y
tendemos a no ver la realidad constante de nuestra propia fuerza interior.
Buda enseñaba a sus discípulos: Sed lámparas para vosotros mismos; sed vuestra propia
seguridad; ateneos a la verdad de vuestro interior”. ¿Estamos dispuestos a confiar en este
lugar interior? ¿Estamos dispuestos a poner nuestra confianza en la sabiduría del corazón y
del espíritu? ¿Y si cuando sentimos miedo o confusión confiáramos en nuestra intuición?
Dado que desconfiamos de nosotros mismos, solemos poner en duda nuestros sentimientos
y percepciones. Pero ¿y si confiáramos en nosotros mismos, en nuestras capacidades, en
nuestra voz interior? ¿Y si supiéramos que nuestros sentimientos o sensaciones son
correctos y quieren decirnos algo sobre nosotros mismos y el mundo? ¿Y si confiáramos en
nuestro corazón, en nuestra sensibilidad para captar información de las personas que nos
rodean y actuáramos como si lo que sentimos fuera cierto? Cuánto más valientes seríamos
si pensáramos que todas las percepciones del corazón, la mente y el espíritu están intactas,
son totalmente funcionales y actúan perfectamente para nuestro bien.
El siguiente es un ejercicio que ha ido muy bien a muchas personas. Les propongo que
prueben el siguiente comportamiento durante un día: Decide pasar todo un día suponiendo
que eres digno/a de confianza, que todas tus sensaciones son fiables, que todas tus
percepciones e intuiciones son correctas. Al encontrarte ante una persona o una situación
hazte las preguntas: “Si estuviera seguro de que soy absolutamente digno de confianza,
¿cómo manejaría este momento? ¿Qué haría? ¿Qué podría decir que fuera cierto? ¿Cuál
sería el acto correcto para resolver esta situación con claridad y sin peligro?”. Resulta
sorprendente comprobar que, tan pronto comenzamos a imaginar que en nuestro interior
41
tenemos todo lo que necesitamos para responder a los interrogantes de la vida, empiezan a
disolverse rápidamente nuestros miedos habituales.
A lo largo de la vida los trabajos cambian, el cuerpo envejece, las personas vienen y se van,
y tenemos éxitos y fracasos, salud y enfermedad. Nada nos pertenece, nada permanece,
nada continúa igual. Y, sin embargo, en medio de todo eso, continuamos respirando, sigue
latiéndonos el corazón, los días duran desde la mañana a la noche y continuamos presentes
y vivos. Con la ecuanimidad de la montaña, el corazón valiente lo siente todo y sigue fiel y
convencido de que todo irá bien en nuestro interior.
En la tradición zen se cuenta la historia de un general que, durante una guerra civil, llevó a
sus tropas por los campo arrasándolo todo y a todos a su paso. Enterados de estos actos de
crueldad, los habitantes de un pueblo, atemorizados porque supieron que el general
avanzaba en dirección a ellos, huyeron y se escondieron en las montañas. El general entró
en el pueblo desocupado y envió a sus soldados a buscar a todas las personas que quedaran.
Algunos soldados volvieron a decirle que sólo quedaba una persona en todo el pueblo, un
monje zen. El general se dirigió a grandes zancadas hacia el templo y al entrar sacó la
espada y dijo el monje:
- ¿No sabes quién soy? Soy el que puede atravesarte con esta espada sin pestañear.
El maestro zen lo miró y contestó tranquilamente.
- Y yo señor, soy aquel que puede ser atravesado sin pestañear.
Al oír eso el general le hizo una inclinación de cabeza y salió del templo.
La fe no es una fortaleza contra el peligro; la fe se despliega como una flor de loto, que
reposa en lo más recóndito de nuestro interior, en un lugar de quietud y confianza. No es
una fórmula mágica que previene del sufrimiento; es un lugar de fuerza en donde nos
sentimos más presentes en corazón y en espíritu. Hijos del dolor familiar, aprendimos a
soportar los acontecimientos y circunstancias cambiantes que nos encontramos en la vida.
Adultos ahora, podemos redescubrir esa misma fuerza interior y utilizarla para cultivar la fe
en nuestro espíritu, en nuestra verdadera naturaleza y en nuestra profunda sabiduría interior.
Cuando nos concentramos en aquello que es más profundo en nosotros, poco a poco
descubrimos ese lugar de serenidad en el que ni siquiera el recuerdo de un padre borracho o
de una madre furiosa puede agitar las aguas tranquilas de nuestra alma. A muchos nos
resulta muy difícil encontrar ese lugar, y más difícil aún continuar en él. Podemos
fomentar la fe con la práctica diaria de la oración o la meditación, que nos permiten visitar
continuamente ese lugar interior que tiene la fuerza suficiente incluso para dominar lo que
nos asusta y para soportar las penurias de ser humanos. Thomas Merton, monje, poeta y
sabio espiritual, decía que mediante la oración y la meditación podemos encontrar un
42
refugio en los momentos terribles, aquellos en los que encontrar un refugio en los
momentos terribles, aquellos en los que encontrar un refugio parecía imposible. En diálogo
con esas voces del corazón y el espíritu nos refugiamos en Buda, en el corazón de Jesús, en
lo que llamamos nuestro “Dios interior”. Y con la práctica aprendemos a poner la confianza
y la fe en esas voces interiores de claridad, fuerza e integridad.
Por último, incluso podemos descubrir que el sentido del humor, la capacidad para reírnos
de nosotros mismos y de nuestros miedos, puede servirnos para inducir una alegre
sensación de fe en que pese a los golpes y dardos de la vida todo irá bien.
Sally vino a verme porque tenía un miedo terrible a muchas cosas de su vida y deseaba
encontrar la manera de sentirse más segura y tranquila. Pasamos muchas horas explorando
las heridas de su infancia, el dolor provocado por sus padres; hicimos varias meditaciones
guiadas, un diario, dibujos y collages, en fin, todo lo que se nos ocurrió para lograr que se
sintiera protegida. Pero a pesar de todo nuestro trabajo, seguía sintiendo mucho miedo.
Resulta que un día Sally entró en mi consulta muy animada y con paso ágil, una gran
sonrisa en la cara y unas zapatillas de caña alta y alegre color frambuesa.
- Me las compré ayer y me las he puesto porque pensé que llevar zapatillas color
frambuesa ciertamente me protegería. De ahora en adelante llevaré zapatillas frambuesa
todos los días para sentirme segura.
Los dos nos reímos, disfrutando de la libertad que encontró a dejar que su alegría y valor
disiparan algunos de los miedos que le atenazaban el corazón.
Rumi, el poeta sufí, habla del momento en que enfrentamos los miedos con fe, alegría y
amor:
Meditación
CULTIVAR UN LUGAR SEGURO
Siéntate en una posición cómoda en tu refugio. Dedica unos momentos a relajarte, después
cierra los ojos y suavemente dirige la atención a tu respiración, observando las sensaciones
de elevación y descenso del pecho y abdomen mientras el aire entra y sale de tu cuerpo.
43
Siente cómo el ritmo de tu respiración genera tranquilidad y quietud en tu cuerpo y en tu
mente.
Dedica unos momentos a explorar tu cuerpo desde dentro, Comenzando desde la cabeza y
avanzando lentamente hacia abajo, fija en las diversas sensaciones que se van produciendo
en tu cuerpo Siente la parte superior del cráneo, la frente, los ojos, la boca, la le gua y los
dientes. Siente los huesos y músculos de las mandíbulas, cuello y los hombros. Tómate
todo el tiempo que necesites en caer parte del cuerpo y notando cualquier tensión o
relajación que se produzca al centrar tu atención en ella.
La atención discurre ahora por el pecho, espalda, brazos, muñecas, manos y dedos y luego
pasa a los órganos internos, el estómago, los riñones y los intestinos. Siente la parte inferior
de la espalda, y pelvis, la presión de las nalgas contra el suelo. Toma conciencia los muslos,
rodillas, tobillos, pies y dedos de los pies. Continúa observando cualquier sensación que
descubras al hacer este viaje por te tu cuerpo.
Pídele a tu mente que haga surgir una imagen de seguridad de tu interior. Deja surgir una
imagen en la que te sientes absoluta y
Completamente seguro/a. Puede ser un lugar, una persona o una época o momento de tu
vida. Sencillamente permite que surja una imagen conciencia en la cual te sientas
totalmente protegido/a y a salvo de cualquier peligro.
A medida que surge esa imagen fíjate cómo es. ¿Qué observas respecto al color, la
temperatura y la textura? ¿Estás a solas o con al-: -Qué sientes cuando estás en esa imagen?
Déjate envolver por rienda como si fuera una túnica suave y quédate en ella varios s
sintiendo el total agrado y comodidad de estar absolutamente a salvo y protegido/a.
Pasado un rato elige una parte de tu cuerpo donde puedas anclar en. Imagínate que de
verdad colocas esa imagen en algún lugar de tu cuerpo, un lugar donde se quedará y te
acompañará siempre. Puede en el pecho, en el corazón, en un brazo, pierna o una mano, es
decir, en cualquier parte donde creas que te será más útil, puedas acceder a ella siempre que
lo necesites. Asegúrala bien para que sea tu compañera constante.
Cuando creas que tienes la imagen bien instalada en tu interior, vuelve centrar lenta y
suavemente la atención en tu respiración, haciendo que esa imagen se convierta en parte de
ti. Ya vive dentro de o se separará jamás. Con cada respiración esa imagen encuentra lugar
permanente en tu cuerpo.
44
Después de unos momentos, y mientras sigues concentrado/a en respiración, puedes abrir
suavemente los ojos.
Cuando hayas acabado, podría convenirte dibujar la imagen de seguridad que ha surgido en
ti. Con actitud relajada y festiva, dedica minutos a registrar visualmente tu experiencia con
algunos sencillos útiles de dibujo, como lápices de colores o pastel. No importa que no
sepas dibujar muy bien, simplemente elige las imágenes y comas relevantes y dibuja lo que
viste y sentiste.
Si te gusta el dibujo podrías colocarlo en algún sitio donde lo veas menudo, por ejemplo, en
tu dormitorio. Úsalo como recordatorio del lugar de seguridad que llevas dentro
constantemente.
EJERCICIO
Exploración del miedo el cuerpo
La próxima vez que sientas miedo, en lugar de estar pendiente de un peligro exterior
concéntrate en tu respiración un momento. Convierte la respiración en tu foco de atención y
toma conciencia de la sensación física de respirar, cómo sube y baja tu abdomen, cómo se
expanden y se contraen tus pulmones. Cuando comiences a relajarte deja que alcance tu
corazón el objeto de tu miedo. Sin dejarte vencer por él, deja que lo que sea que te lo causa
simplemente exista como imagen en tu mente, sin hacer juicios ni tratar de cambiarlo o
eliminarlo. No tienes por qué protegerte de este momento. Al mismo tiempo, mantén la
atención centrada en tu respiración, que tu respiración sea la montaña de ecuanimidad, el
lugar interior que continúa inalterable.
A medida que aparezca cada impresión o sensación, reconócela en silencio para tus
adentros: «Temor, temor» u «opresión, opresión». También podrías tomar nota de tus
pensamientos: «Desesperación» o «ruina». Con cada respiración comienza a hacer las paces
con lo que te ha sido dado, abre el corazón a la posibilidad de que eso podría no ser un
desastre sino simplemente una inesperada/variación de color o textura de tu día. Tal vez no
haya ningún peligro, sino un simple cambio de sensaciones. Practica esto durante varios
minutos, observando cómo reaccionan tu cuerpo y tu corazón al introducir una presencia
mental consciente en tus sensaciones de miedo.
45
Podrías acabar el ejercicio con una meditación sobre la ecuanimidad. Podrías recitar esta
oración por la serenidad: «Dios mío, concédeme la serenidad para aceptar lo que no puedo
cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para discernir
entre ellas».
También podrías repetir para ti mismo, en silencio, las siguientes frases: «Tenga yo
equilibrio y paz. Que no me alteren los cambiantes: acontecimientos de mi vida ni el mundo
que me rodea. Que tenga fe en mí mismo. Que tenga fe en la fuerza del espíritu que vive en
mí».
Reconoce que todas las cosas creadas vienen y pasan, las alegrías y las penas, los
acontecimientos agradables y los desagradables, los amigos, los seres queridos, e incluso
naciones enteras se forman y desaparecen. «Aprenda yo a ver con ecuanimidad y equilibrio
el surgir y morir de todas las cosas. Que tenga fe en el espíritu que vive en mí. Que sea
receptivo, valiente y sereno».
46
3
Comportamiento y sensación de hogar
Cuando nace un niño, toda la creación se abre para hacerle sitio. Ricos o pobres, blancos o
negros, dotados o tontos, todos somos hijos de Dios y como tales heredamos un lugar
legítimo en el cual vivir y desarrollarnos, libres y sin condiciones. Pero muchos niños
criados en familias desestructuradas rara vez experimentan esa sensación de pertenecer a un
hogar, de tener un ambiente propio y natural. Al mar-; en de lo cariñosos o atentos que
pudieran haber parecido nuestros familiares, continuamos sintiéndonos importunos en
nuestra casa.
Uno de nuestros mayores temores era no contar jamás con un sitio seguro y acogedor que
pudiéramos considerar nuestro hogar. Ciertamente las personas cuyos padres tenían
problemas o eran inestables, agresivos o alcohólicos, rara vez se sintieron en su casa en
ninguna parte. Tal vez al nacer se les concedió un sitio propio, pero muy pronto
descubrieron que su familia ofrecía muy poca seguridad y refugio; eso no era un hogar.
Agradecíamos que se nos permitiera vivir allí, y el miedo y la gratitud se mezclaban en una
letanía secreta y confusa que recitábamos en el interior del corazón:
Me dejan vivir aquí porque siempre procuro que mi madre se sienta mejor. Me tienen aquí
porque me ocupo de mis hermanos. Cuando pelean y acompaño a mi madre cuando llora.
Tienen que quererme porque cuando mi padre me chilla no lloro ni me defiendo. Me
quieren porque nunca pido nada. Sé que me quieren porque me dejan vivir aquí.
Nos sentíamos como si sólo se nos valorara porque no dábamos guerra. Tratábamos de ser
inofensivos y lo menos indeseables posible amputándonos el corazón y reprimiendo los
sentimientos. Sólo entonces podíamos ocupar espacio. Es difícil sentir que se tiene un
hogar cuando los padres son tan inconscientes, tan adictos a algo y están tan heridos que,
inmersos en su desgracia, no pueden hacer un hueco a sus hijos en sus vidas. Ellos también
tienen que haber experimentado mucho sufrimiento y desilusión al no poder disfrutar de la
alegría, de los juegos y de la cariñosa compañía de sus hijos.
47
Así, aunque tal vez se nos hubiera prometido un lugar legítimo al cual pertenecer, no
siempre fue fácil saber cuál era ese lugar. Aprendimos a imaginarlo, a adivinar cuál sería, e
intentamos ganárnoslo de alguna manera. Pero jamás tuvimos la sensación de haberlo
encontrado; era como si en cualquier momento nos pudieran expulsar y enviar al exilio. Por
lo tanto aprendimos a aferramos a cualquier rincón que se nos ofreciera, agradecidos de que
se nos permitiera alojar en alguna parte, en cualquiera. Y así fue como aprendimos a definir
la sensación de hogar: la prórroga temporal de cierto destierro.
Claudia me contó que cuando era niña se convenció a sí misma cié que era adoptada; por lo
que a ella tocaba, no tenía nada que ver 3t» las personas que la estaban criando. Todas las
mañanas contemplaba la calle por la ventana de la casa de sus padres «para elegir una
familia más agradable. Cada día escogía una distinta». Después se pasaba el día simulando
que vivía con su nueva familia. «Me moría de ganas de que me raptaran.»
Hemos atiborrado nuestras vidas con estrategias para ganarnos un hogar, probando
combinaciones de comportamientos e ingenio para hacernos atractivos y valiosos a las
personas que realmente están en su casa para que nos permitan vivir con ellas. Pero querer
ganarse un puesto legítimo en el hogar complaciendo a los demás es como tratar de recoger
mercurio con un tenedor; por mucho que trabajemos siempre se escurre y nos quedamos
con la sensación de no tener casa, de que carecemos de un lugar al que podamos llamar
propio.
Aparcería
La promesa de un lugar propio es difícil de resistir, sea cual sea su precio. Muchas veces
haremos casi cualquier cosa a cambio de un lugar que podamos considerar nuestro. Pero
encontrar un lugar en el que se nos permite quedarnos no es lo mismo que tener un hogar.
Las terribles condiciones en que vivían los aparceros en el siglo XIX nos demuestran cómo
el miedo puede inducir a las personas a hacer tratos desfavorables simplemente por tener un
lugar donde vivir. Los aparceros en Estados Unidos eran pobres, con frecuencia negros, y
trabajaban la tierra que pertenecía de otro a cambio de una pequeña parte de la cosecha que
producían. No les pertenecía nada y cualquier cosa que no declararan al dueño tenían que
mantenerla en secreto. Tenían muy pocos derechos y el propietario podía disponer a su
48
antojo de la casa y las pertenencias del aparcero. Se les concedía un lugar donde vivir con
la condición de someterse a las exigencias del propietario.
Así hablaba en 1907 un aparcero negro llamado Nate Shaw, que trabajaba la tierra de un
propietario blanco, refiriéndose al contrato del aparcero:
Encuentro correcto que yo le pague por usar lo que es suyo, la tierra, los aperos, el arado y
el abono. Pero ¿cuánto debo pagar? La respuesta debe estudiarse muy detenidamente.
¿Cuánto debe pagar un hombre? ¿La mitad de su cosecha? ¿Una tercera parte de su
cosecha? ¿Y cuánto debe quedarse para él? Usted tiene derecho a su parte, el alquiler, y yo
tengo derecho a la mía. ¿Pero quién es el que debe decidir cuánto? ¿El que posee la tierra o
el que la trabaja?
En este corto párrafo, Nate Shaw explica claramente un terrible contrato por el cual sólo se
le permite vivir allí si continúa siendo el cuidador de los bienes de otra persona. No tiene
casa, no tiene refugio, no tiene un lugar al que pueda llamar legítimamente suyo. Ese es el
contrato del aparcero. Y a semejanza del aparcero, muchos niños criados en el sufrimiento
familiar sienten que no tienen lugar propio. También piensan en su corazón que deben algo
a alguien por su derecho a ocupar un lugar, derecho que les puede ser arrebatado en
cualquier momento y en cualquier lugar. Si no hacen a todos felices, podrían expulsarlos
del planeta. Igual que el aparcero, viven con el temor de que jamás se les va a permitir
pertenecer a ninguna parte.
El escondite
Había quien se escondía en su cuarto y quien lo hacía en los libros; algunos se ocultaban en
el bosque o en el ático, otros se creaban su propio mundo con los animales domésticos, e
incluso otros se refugiaban en la televisión. La mayoría encontramos un lugar secreto i el
que creíamos que había menos posibilidades de ser maltratados, lugar al que pertenecíamos
sólo nosotros y nadie más. Brad me contó todas las noches sus padres se enzarzaban en una
riña después de unas cuantas copas. Y así, este niño, a partir de los cinco años, a hurtadillas
de la casa, se subía al coche de la familia y se sentaba allí a esperar que sus padres dejaran
de pelear y se fueran a la cama. Incluso en invierno, ése era su refugio.
49
María hizo un dibujo de una de las cosas que hacía con más frecuencia en su infancia.
Dibujó a una niñita sentada sola en un escalón la puerta de una casa, con la cara apoyada en
las manos. En esos momentos, explicó, sus padres reñían dentro de la casa y ella espera-fea
\ deseaba que acabara la pelea. A veces tenía que esperar a que dejaran de golpear a su
hermano. A veces simplemente esperaba.
Elizabeth
La primera vez que Elizabeth vino a verme, hace unos años, nada más sentarse dijo:
En cierto modo yo podía estar de acuerdo con ese argumento. El Mundo siempre me había
parecido penosamente necesitado de curación, y llevaba años trabajando a mi modesta
manera para ayudar a personas e instituciones a tratarse con más comprensión y compasión
entre ellas. Pero para Elizabeth el problema no estaba en el grado de peligro o seguridad
que existía en el mundo. Su problema era que desde hacía mucho tiempo no se sentía
segura ni siquiera en su cuerpo.
Elizabeth practicaba en serio la meditación y era muy respetada como profesora, sanadora y
amiga. Pero desde siempre había albergado en el corazón un malestar, un dolor profundo, y
deseaba que yo la ayudara «a librarse de él».
Los dos suponíamos que había habido algo traumático en su infancia, y pronto
descubrimos recuerdos reprimidos de abusos sexuales por parte de su padre alcohólico
cuando era muy pequeña. Al verse desamparada por su madre, y por todos los demás, por
lo visto decidió a esa temprana edad que era demasiado aterrador y peligroso ocupar
totalmente su cuerpo. Si este mundo es un lugar donde las niñas de tres años pueden ser
50
violadas tan dolorosamente, prefería no estar aquí, gracias. Decidió no estar presente en su
vida.
Al igual que muchas víctimas de violencia familiar, la niña Elizabeth desapareció. El terror
de su infancia le enseñó a ocultarse, a rechazar la invitación de pertenecer a este mundo.
Durante bastante tiempo trabajamos muchísimo y descubrimos mucho dolor. Durante una
dolorosa sesión, debatiéndose con las imágenes de la violación de su padre, gritó llorando:
« ¡Quítate de encima! ¡No quiero tenerte encima!». Elizabeth era muy valiente y fuerte.
Juntos trabajamos paciente y suavemente el terreno de los recuerdos de su corazón,
sintiendo el terror, la rabia y el miedo que le causaba estar aquí y la idea de volver a ser
alguna vez el blanco de ese tipo de violencia.
Cuando llegamos al fondo de su dolor, como todos los hijos víctimas de abusos, Elizabeth
tuvo que tomar una decisión. Podía aprender a sentirse más a gusto escondiéndose, una
alternativa ciertamente compasiva y justificable, o decidir estar presente en su cuerpo,
aceptar su herencia como hija de la creación y ocupar su lugar en la tierra. Deliberamos
detenidamente sobre el peligro que sentía cuando estaba presente en su cuerpo. Juntos
ideamos estrategias para que se sintiera segura. Hicimos meditaciones que le permitían
experimentar diferentes formas de estar presente, explorar las sensaciones físicas de miedo
y seguridad que surgían a cada paso que daba hacia la meta de sentirse plenamente viva.
Poco a poco comenzó a sentirse ligeramente más a gusto consigo misma. De todos modos
le llevó mucho tiempo concebir que ocupar su lugar en el mundo era preferible a escapar de
él totalmente.
—Siento que por fin estoy aquí —me dijo—. Y no sólo eso, «de-seo» estar aquí. Es
curioso, sobre todo ahora que tengo este cáncer, pero estoy contenta de estar aquí, contenta
de estar viva en este cuerpo. Creo que aceptar finalmente mi lugar aquí será lo que me
ayudará a sanar. —Cerró los ojos y los dos estuvimos en silencio unos minutos. Después,
con tranquila fuerza en su voz, añadió—: Ahora me siento más segura. Aprender a aceptar
mi vida me ha proporcionado una especie de refugio. Tengo un lugar para mi espíritu,
incluso en este cuerpo.
51
¿Cómo sentirnos respecto a nuestra pertenecía a un hogar o a un lugar? Si tenemos que
trabajar arduamente para que nos permitan quedarnos en casa, o simplemente ocultarnos y
desaparecer, rara vez sentimos que podemos estar en paz y seguridad perteneciendo a un
hogar o a un lugar. Es normal que este tipo de decisiones produzcan una gran ambigüedad
respecto a si deseamos o no pertenecer a algo o alguien. Algunas de las personas que
vienen a consultarme están tan cansadas de intentar ser de alguna parte que están a punto de
abandonarlo todo y buscarse una cabaña en el bosque para esconderse durante el resto de su
vida. Otras me han dicho riendo que el único lugar para ellas debe de ser un convento o un
monasterio, un templo o asram, donde no tengan que hablar ni relacionarse con nadie,
algún lugar aislado del mundo donde puedan encontrar su lugar de seguridad
Hay varias maneras de superar esta ambivalencia. En primer lugar, podemos aceptarla y
bendecir nuestra resistencia a abrirnos al dolor del exilio y del rechazo. Que tengamos
miedo es comprensible: estamos heridos, y muy profundamente. Si nos obligamos a
participar plenamente de la vida en un lugar donde todavía no nos sentimos a gusto, en
nuestro ambiente, no respetamos-ni hacemos caso de ese dolor. Por el momento podemos
permitirnos seguir dudando. No hay ninguna prisa, no hay ningún lugar adonde ir.
Si movemos lentamente la cámara para captar un panorama más amplio de nuestra vida,
comprobaremos que nuestra familia de la infancia no es el único escenario de la batalla por
pertenecer a un hogar Nuestra herencia no consiste sólo en nuestros padres, papá y mamá ni
en la forma como nos trataron ni lo que sentíamos respecto a elle El sentimiento de
pertenencia tiene que ver también con el lugar que nos corresponde en la familia humana,
más numerosa, con la que compartimos nuestro legado común.
Visto de este modo, la tela de nuestra historia en cuanto especie está tejida con los
conflictos entre personas que buscan y han busca do un lugar legítimo donde vivir. Ya
52
fueran los israelitas en lucha ce los egipcios, los griegos con los romanos, los indígenas
americanos con los conquistadores españoles, los aparceros con los terratenientes, los
negros con los bóers, los hindúes con los musulmanes, los ji dios con los nazis, las mujeres
con los hombres, los ricos con los pobres o los hijos con sus padres, hemos sido
terriblemente torpe cuando se trataba de adjudicar un lugar legítimo a todos los hijos de Id
creación. Todos necesitamos un lugar en el cual sentirnos seguros, integrados; todos
buscamos refugio. Nuestros corazones anhelan un hogar.
Incluso la historia de la natividad de Jesús, una de las más conocidas del cristianismo, es la
historia de un niño al que se le negó un lugar donde nacer:
José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama
Belén [...] para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando allí se
cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales
y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en la posada.
Cualquier niño que sufre afirma su parentesco con todos los de-más que viven exiliados de
su verdadero hogar. Estamos fuertemente unidos a todas las personas que sufren y anhelan
amor. ¿Es que no vemos que esta es nuestra familia y que no estamos solos? Por el solo
hecho de nacer heredamos un lugar legítimo en la familia humana. Aceptar esa familia
como nuestra y afirmar nuestro lugar en ella es un paso importantísimo en la curación. Este
parentesco resulta difícil de sentir, difícil de imaginar, a quienes hemos sentido el exilio y
aislamiento emocional en nuestras familias de la infancia, pero está en el corazón de
nuestro viaje.
53
pertenezco a un hogar, entonces me preocupo más de cómo hacerme admirar por ti que de
tus necesidades y deseos personales. Te conviertes en un mero vehículo para mi sensación
de pertenencia, en agente de mi comodidad, ya no eres un hijo de la creación con
esperanzas y anhelos propios. Cuando me acerco a ti no es a ti a quien toco sino a mi
desesperación.
Sin embargo, ningún ser humano puede darnos esa sensación de pertenencia a un hogar.
Los demás no tienen por qué garantizarnos un lugar aquí, puesto que ese lugar ya nos ha
sido dado. El desafío, La tarea, consiste en honrar y respetar el lugar que ocupamos en estos
momentos, inspirar y asimilar el regalo incondicional de hogar.
La búsqueda de un hogar es una antiquísima metáfora espiritual. Como relata el libro del
Éxodo, los israelitas, esclavizados y maltratados en Egipto, gemían bajo el duro yugo de la
servidumbre. Sus clamores llegaron a Dios, que dijo a Moisés: «He visto la aflicción de mi
pueblo, conozco sus angustias, y he bajado para sacarlo de allí y llevarlo a una tierra fértil y
vasta, una tierra que mana en leche y miel». La tierra prometida fue dada
incondicionalmente a los israelitas. Por infiel y sacrílego que fuera su comportamiento
durante el camino, por mucho que se quejara de las dificultades del viaje, el don de la tierra
propia nunca les fue quitado. No se les dio la tierra en recompensa por su comportamiento,
se les dio porque necesitaban un hogar. Puesto que sois los hijos de la Tierra, les dijo su
Dios, podéis vivir en la tierra con mi bendición.
Jelaluddin Rumi, poeta sufí del siglo XIII, describe bellamente la naturaleza incondicional
del don del hogar propio:
La invitación a pertenecer a un hogar se nos hace una y otra vez, pero hemos de ser capaces
de oír la promesa y aceptar el regalo. Para encontrar una tierra propia los israelitas tuvieron
primero que abandonar Egipto, la tierra donde vivían con miedo y en servidumbre. Es
necesario mucho valor para dejar atrás nuestros miedos y hábitos, nuestras estrategias ya
conocidas y nuestras magníficas actuaciones destinadas a impresionar; a los demás. Nos
cuesta creer que se nos naya otorgado incondicionalmente un lugar, un hogar al que de
verdad pertenecer y hace falta no menos valor para creer que somos dignos de semejante
regalo.
Lógicamente, el viaje hacia nuestro nuevo hogar no tiene por qué llevarnos siempre a otro
país o casa. A veces nos lleva a una vocecita suave del interior de nuestra alma, a un
refugio u hogar tan seguro y sereno como la respiración, Los hebreos empleaban la misma
54
palabra, ruach, para referirse al espíritu y a la respiración o aliento. Cuando en el cuerpo
hay un sitio para el aire que respiramos, hay un hogar para nuestro espíritu.
Podemos comenzar a sentir nuestro hogar en la respiración, en ella podemos hacer nuestro
refugio, en ella comenzamos a sentir nuestro lugar en la creación. Refugiándonos en cada
respiración, en cada latido del corazón, encontramos un lugar de paz al cual pertenecer. Las
caóticas exigencias de un mundo imprevisible no nos dan ni nos arrebatan este refugio, este
santuario. Ese lugar nos pertenece y nosotros pertenecemos a él. Allí es donde hacemos
nuestro hogar.
Las enseñanzas espirituales de todos los santos nos animan a bus-: refugio en un lugar que
no se deja perturbar ni estremecer fácilmente. En el budismo, los alumnos de meditación
comienzan su práctica con una promesa de «refugiarse en el Buda». Refugiarse en el Buda
es refugiarse en las cualidades de amor, compasión, sabiduría y audacia que encarna Buda.
Allí hacemos nuestro hogar, en la semilla de luz que hay en nuestro interior.
Los alumnos entonces buscan refugio en el dharma (la enseñanza) y el sangha (la
comunidad). Así, al comienzo de la meditación ocupamos nuestro lugar legítimo en el
corazón de Buda, en sus enseñanzas y en la comunidad de quienes nos acompañan en esta
práctica. Juntos compartimos ese momento, ese aliento o respiración. Estamos en nuestra
casa.
Kabir, el poeta indio del siglo xv, nos insta a buscar a Dios dentro de nosotros:
55
Ni en las sinagogas ni en las catedrales.
No me encontrarás en las misas, ni en los cultos hindúes,
Ni en piernas enrolladas en tu cuello
Ni en sólo comer verduras.
Cuando de verdad me busques, me verás al instante,
Me encontrarás en la más diminuta casa del tiempo.
EJERCICIO
Observar la experiencia de pertenecer a un hogar
A lo largo del día, en el curso de tus actividades cotidianas, presta atención a cómo te
sientes respecto al lugar donde estás, las personas quienes estás y las cosas que haces. Unas
cuantas veces al día dé-te un momento y, tranquilamente, toma conciencia de tu
respiración. ¿Cómo es? Sin tratar de alterarla observa si es rápida, lenta, profunda o
forzada.
Mientras observas tu respiración, hazte en silencio las siguientes puntas: ¿Me encuentro en
mi ambiente aquí? ¿Me siento integra-i en este lugar, contestas personas, en este momento?
¿Deseo estar continuar aquí?
Es posible que a veces te sientas inseguro y pienses: «No sé si deseo ser de aquí o no». No
intentes alterar esa ambivalencia. Observa como es esa sensación de inseguridad respecto a
si estás o no a gusto, integrado. Deja que te impregne esta ambivalencia, y que en este
momento centre ella tu meditación.
Procura que esto sea simplemente un experimento, un interesante ejercicio que te revele
cómo te sientes respecto a tu sensación de pertenencia a un hogar o integración. No te
obligues a sentirte integrado. Toma conciencia del miedo, de la incertidumbre o la cautela,
y respeta cada sentimiento a medida que surja. Que esa toma de conciencia sea amable,
comprensiva, compasiva, simplemente reconociéndote a ti mismo y a tus sentimientos de
exilio o integración tales y como son.
56
Con este ejercicio no nos obligamos a sentir que pertenecemos a ningún sitio. Simplemente
observamos nuestra experiencia. Eso será suficiente por el momento.
Meditación
ENCONTRAR LA SENSACIÓN DE HOGAR EN LA RESPIRACIÓN
Comienza por ir al refugio que te has hecho y delante de la mesita siéntate en posición
cómoda, en el suelo, sobre un cojín o en una silla. Procura tener la espalda, el cuello y la
cabeza en una línea relativamente recta. Coloca las manos relajadas sobre el regazo o
colgando sueltas a los lados. Colócate en una posición en la que puedas sentirte cómodo
durante quince minutos.
Siente el recorrido del aire, cómo pasa por tu nariz, por la garganta, el pecho y el abdomen.
Experimenta la corriente natural del aire al entrar y salir. Sin tratar de controlar ni cambiar
la respiración, déjala ser tal como es, que la respiración respire, sin comentarios. Si es lenta,
que sea lenta, si es superficial, que sea superficial, si es rápida o profunda, que sea rápida o
profunda. No se trata de cambiar la respiración sino de tomar plena conciencia de su
textura, tempera-tura, forma y color, de todas las cualidades del aire que inspiras y espiras.
Percibe cada una de las sensaciones que acompañan la respiración. Observa el intervalo
entre la inspiración y la espiración, percibe la intención de volver a inspirar; momento a
momento ve tomando más conciencia de la calidad de cada respiración.
Busca el lugar del abdomen, justo debajo de las costillas, que sube y baja a medida que
respiras. Lleva a ese punto la atención. Cada vez que el abdomen se eleve piensa en silencio
«se eleva», y cada vez que baja, observa «baja». Se eleva..., baja..., se eleva..., baja. Si
surgen pensamientos, déjalos marchar amablemente y vuelve a centrar la atención en la
respiración. Deja que todos los demás pensamientos pasen, manteniendo suavemente la
atención centrada en la respiración, en el suave movimiento de subir y bajar. No te
desanimes. Al principio tu pensamiento divagará muchas veces. Cada vez que lo haga
sencillamente adviértelo y vuelve a concentrarte en la respiración. También es posible que
te distraigan la atención sensaciones de incomodidad corporal. Tal como has hecho con los
pensamientos, ente vuelve la atención a la elevación y descenso, elevación y descenso del
abdomen con cada respiración.
Cuando estés íntimamente familiarizado con las sensaciones corporales producidas por la
respiración, permítete comenzar a sentirte a gusto, en casa, en tu respiración. Cuando
57
tengas la sensación de la inspiración, el aire que entra por la nariz y se precipita a los
pulmones elevación y descenso del abdomen, puedes comenzar a sentir que Espiración
pertenece a tu cuerpo, que allí el aire encuentra su lugar natural. Siente la forma de ese
lugar, toma conciencia del lugar de interior donde el aire hace su hogar. Al espirar, siente la
relajación lodo el cuerpo que sigue a la respiración.
Imagínate que creas tu hogar en la respiración. Nota la sensación de hogar en ese lugar del
abdomen donde reside el aire inspirado, abierto ese espacio de tu cuerpo y recibe el aliento
que lo hace tu hogar. Pasado un rato podrías acompañar en silencio la espiración a palabra
«hogar». Observa cuando tengas la sensación de hogar; observa cómo se eleva y baja esa
sensación de hogar.
M practicas esta meditación todos los días, aunque sólo sea durante quince minutos, tal vez
descubras que poco a poco te sientes lis a gusto, más seguro y familiarizado con la
experiencia de sentirte B casa en tu respiración. Allí siempre puedes encontrar refugio,
ocupar tu lugar en tu santuario de integración profunda, interior. Estás • casa.
58
4
Escasez y abundancia
Una vez, durante un retiro, Marty comenzó a sentirse muy triste.
Criado con un padre irascible y dominante, había desarrollado una resistencia habitual a
expresar sus sentimientos. Pero hacia poco lo había dejado su esposa y en ese momento
comenzó a sentir nostalgia de ella. Me acerque a él, le coloque la mano en el pecho y le
pedí que respirara lentamente, hacia el corazón. Se echó a llorar. Le pedí que expresara los
sentimientos que le surgían allí.
--Siento como si nunca fuera a haber suficiente para mí –dijo entre sollozos.
Cuando dijo esas palabras tuve la impresión de que era lo más verdadero que podía decir
sobre su vida. Le pedí que repitiera esas palabras unas cuantas veces. Con cada repetición
se fue abriendo más y más, tocando esa terrible tristeza, sintiendo la desesperada aflicción
de un niño que jamás tuvo amor que necesitaba.
Se nos creó así una disyuntiva: si no hay suficiente cariño, entonces hay que decidir,
¿Quién recibe el cariño, tu o yo? Si hay tan poco amor, ¿Quién lo recibe? En una familia en
la que se raciona el amor como el agua en un bote salvavidas, ¿Quién bebe primero? ¿Y
quién lo decide?
Cuando el amor es escaso, parece imposible que todos reciban cariño en la familia. Si lo
cojo yo me voy a sentir mezquino y egoísta, voy a hacer sufrir a otro. Por otra parte, si cedo
el amor, no me voy a sentir querido. Así originamos el contrato de la escasez. Yo te querré
59
si tú prometes quererme. Nos intercambiamos unas gotas de cariño y nunca nos sentimos
satisfechos, rara vez nos sentimos amados.
Cuando crecemos pensando que el amor se agota rápidamente, es inevitable que cualquier
relación de cariño nos exija elegir quién va a ser el que reciba el cariño. No tenemos
ninguna percepción de que hay suficiente para todos, no tenemos ningún recuerdo ni
experiencia que nos diga que hay suficiente para llenar los corazones de todos lo que lo
pidan, suficiente para que nos llene y rebose. El amor se da o se quita. Y todos llevamos la
cuenta.
Esta terrible sensación de escasez nos lleva a veces a aferrarnos a cualquier persona o cosa
que nos presente, solo para tener algo en la vida. Bárbara, criada con padres alcohólicos,
lleva diez años con su marido y aunque se sentía desgraciada en su matrimonio estaba
convencida de que nunca encontraría algo mejor. <<Es que deseo emaciado>>, me decía,
<<sé que puedo conformarme con esto, soy capaz>>. Para ella la felicidad era un sueño y
se sentía indigna de desear más de lo que tenía. << Sería estúpido desear más>>, solía
decir.
¿Cuánto es suficiente?
Pedid y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide, recibe;
quien busca, halla, y quien llama, se le abre. Pues ¿Quién de vosotros si su hijo le pide pan
le dará piedra o si le pide pescado le dará una serpiente?
Siendo así que vosotros sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿Cuánto más Dios dará
cosas buenas a quien se las pide?
Los padres saben dar pan y pescado a sus hijos cuando tienen hambre. Pero hay ocasiones
en que un hijo necesita algo más que pan o pescado, hay veces necesita amor o amabilidad
o seguridad, cosas difíciles de explicar, imposibles despedir. ¿Y todos esos profundos
60
anhelos del corazón tierno de cosas que nunca llegaron, cosas que nuestros padres nunca
nos dieron? ¿A qué puerta llamar, como buscar lo que nunca nos dieron? ¿Y qué podemos
pedir sin sentirnos egoístas?
Cuando estamos convencidos de que podemos contar con muy poco, nos sentimos confusos
respecto a cuanto es suficiente. ¿Cuánto podemos pedir, que podemos esperar? Cuando nos
resignamos a una vida en la que nunca abunda el amor ni la alegría, reducimos las
dimensiones de o que nos es posible, y hacemos nuestra vida pequeña u escasa. << Pedid y
recibiréis>> suena falso en un corazón que se ha acostumbrado a esperar cada vez menos.
Jamás habrá suficiente, ¿para qué molestarse en pedir?
Cuando reducimos las dimensiones de nuestros sueños nos incapacitamos cada vez más
para explicar lo que verdaderamente necesitamos. ¿De veras somos capaces de pedir lo que
necesitamos o solo sabemos pedir lo que esperamos recibir?
Cuando reducimos las dimensiones de nuestros sueños nos incapacitamos cada vez más
para explicar lo que verdaderamente necesitamos. ¿De veras somos capaces de pedir lo que
necesitamos o solo sabemos pedir lo que esperamos recibir? Nuestras peticiones están
moderadas por nuestra creencia en la escasez: puesto que hay tan poco, aprendemos a pasar
son ello. Pero esa no es una aceptación serena de lo que se nos da. En el fondo hay rabia y
dolor, nos sentimos engañados y despojados.
Algunos tratamos de corregir esta sensación de escasez volviéndonos más agresivos cuando
se trata de pedir lo que necesitamos, tratando de crearnos abundancia exigiendo que nos
den lo que nos merecemos. Cuando éramos pequeños no había suficiente, por lo tanto
aprendimos a ceder nuestra parte; ahora que somos adultos somos más fuertes y queremos
que se nos devuelva nuestra parte. Pero si bien esta estrategia es relativamente eficaz, de
todos modos en nuestra petición hay un toque de desesperación que revela una convicción
no desaparecida de que todavía no hay suficiente. No hemos llegado a creer en la
abundancia, simplemente hemos cambiado nuestra reacción ante la escasez: en lugar de
ceder lo poco que hay para ti, me lo quedaré yo.
Eso no es un acto de abundancia, sigue siendo un acto de temor. Aprender a pedir lo que
deseamos, al tiempo que damos una sensación de poder a nuestra vida, puede enmascarar
sutilmente el hecho de que todavía nos hace falta creer que en realidad haya suficiente para
todos. Radicados en una teología de escasez, todavía no hemos llegado a ese punto en el
que creemos que de verdad hay suficiente atención, sustento y cariño para todos.
Cuando Jesús dijo <<Yo he venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia>>, no
prometió a sus seguidores que siempre tendrían todo lo que deseaban. Se refería a la
abundancia que tenemos cuando logramos ver lo que está a nuestra disposición con otros
ojos, con la mente y el corazón abiertos. Si nos aferramos a los deseos frustrados de la
infancia, anhelando el amor que no nos dieron nuestros padres ni nuestra familia, entonces
aplazamos indefinidamente nuestra capacidad de satisfacernos en este momento.
62
esperando indefinidamente que se satisfagan los deseos de la infancia, nos perdemos la
abundancia del aliento de este instante de vida. ¿Y el cuidado que tiene la tierra por
nosotros en este momento, la belleza que hay en la luz del amanecer, la puesta del sol, el
color del cielo? Hay enorme cariño en la sensación de la hierba bajo los pies, profundo
sustento en el agua que nos refresca los labios, tremendo sustento en el aire que nos llena
los pulmones. Mientras esperamos sentados las necesidades insatisfechas de la infancia,
que nuestros padres por fin nos den el cariño y atención con que soñábamos, solo
sentiremos la escasez de lo que hemos perdido para siempre. Pero si comenzamos a dejar
marchar las desilusiones de la infancia nos liberaremos para sumergirnos en un mar de
atención, sustento y cariño que está a nuestra disposición para saturar todo los momentos de
nuestra vida.
La abundancia puede manifestarse cuando cambiamos la percepción. <<Si tus ojos están
llenos de luz, todo tu cuerpo se iluminará>>, dijo Jesús. El amor y la abundancia apresen
cuando atendemos, con admiración y curiosidad, a lo que ya se nos ha dado. Cuando
vivimos pendiente de los lugares de donde nunca nono el amor, tendemos a sentir una
abrumadora escasez. Pero cuando abrimos los ojos al fértil jardín del momento presente
podemos sentir que la tierra no abraza en su amor, como dice el poema Wendell Berry:
A veces nos sentamos a saborear una suculenta comida y nada sabe tal como nos gusta; nos
sentimos insatisfechos. Otras veces, después de un ayuno o una larga meditación, un trozo
de pan y un sorbo de agua nos sabe a banquete. ¿Cuál es la abundancia, la suculenta comida
o el trozo de pan y el sorbo de agua? ¿O es la atención que presentamos a lo que se nos da
lo que nos sirve para determinar nuestra riqueza?
Thich Nhat Hahn, bondadoso maestro budista vietnamita, sugiere que podemos cambiar de
precepciones para dar forma a nuestra experiencia de riqueza y pobreza:
El ser humano es como un televisor con millones de canales. Si ponemos el canal de Buda,
somos Buda; si ponemos el de las tristezas, somos tristezas; si ponemos el de la sonrisa,
somos sonrisa. No debemos permitir que nos domine un solo canal. Témenos en nosotros
semillas de todo y hemos de aprovechar las situaciones que se nos presentan para recuperar
nuestra soberanía propia.
¿Pero y su nada pertenece a nadie? Mahatma Gandhi decía que cuando compramos o
vendemos algo, simplemente contribuimos a la ilusión e propiedad. Según narra el Antiguo
testamento, Dios ordeno a los hebreos que observara el sábado como día de descanso y
contemplación, un día para pesar en la multitud de dones y bendiciones que había recibido
de Dios. También se les exigía hacer un año sabático, un año en el que nadie podía plantar,
ni recoger semillas ni cosechas. Durante ese año todos tenían que depender de los alimentos
que crecieran solo en los campos. Eso era para recordarles que no Vivian solamente gracias
a su trabajo, sino que Dios y la tierra los alimentaban.
Además, cada siete años sabáticos, cada 49 años, debían celebrar el año del jubileo, durante
el cual todas las tierras que habían sido vendidas o confiscadas debían devolverse a sus
anteriores propietarios, había que cancelar todas las deudas. Era como el final de una
partida de Monopoly, cuando todos lo recuperan todo y tienen que comenzar de nuevo. De
ese modo se les recordara a los hebreos que en realidad nada pertenece a nadie. Todo era un
préstamo de Dios.
Hace muchos años un turista estadounidense hizo una visita al famoso rabino polaco Hofetz
Chaim. Le sorprendió ver que la casa del rabino estaba totalmente vacía; era una casa muy
sencilla en la que solo había unos cuantos libros, una mesa y un banco.
--¿los míos? – pregunto extrañado el estadounidense --. Pero si yo estoy solo de paso.
64
No podeos medir la abundancia por lo que acumulamos. La abundancia es una experiencia
del corazón, un viento que sopla a través de nosotros, como si fuéramos una flauta. No hay
nada que asir; ¿Quién puede asir la música?, flota en el aire. Nuestros tesoros están en los
ojos, los oídos y el corazón que sienten la maravilla de las cosas. <<Donde esta vuestro
tesoro allí estará vuestro corazón>>, dijo Jesús.
Hace unos años fui a Perú a visitar al padre Pedro Ruggiere, sacerdote de Maryknoll que
trabajaba con los pobres de pamplona Alta, barrió de las afueras de Lima. Salimos a
recorrer el barrio y todos los niños se acercaban corriendo a saludarnos, nos cogían las
manos y gritaban, riendo felices: <<Hola, padre>>. Todos querían a ese sacerdote que vivía
y trabajaba junto a ellos, que los acompañaba en las enfermedades, en los partos, en la
pobreza y la opresión.
El domingo por la mañana nos dirigimos a la iglesia para la misa y pasamos por las
polvorientas calles, por las cloacas abiertas y entre la basura que se amontonaba en las
callejuelas del barrio. La iglesia era una chabola de hormigón medio derruida, con cristales
rotos por el suelo, en la que solo había una mesa al fondo que servía de altar y nada más.
Comenzó a entrar la gente del barrio, cantando y tocando quenas y tambores peruanos.
Cuando todo el mundo estuvo instalado, el padre Pedro conto la parábola del grano de
mostaza.
--El reino de Dios es como un grano de mostaza –comenzó--, que cuando se siembra es la
más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero cuando ha crecido es la más grande de
todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol con grandes ramas en donde las aves del cielo
hacen sus nidos. Una semilla de mostaza –continúo—es tan pequeñas que si no tienes
cuidado se cae, la puedes perder. Hemos de cuidar muy bien de las cosas pequeñas, porque
pueden crecer hasta ser las más maravillosas.
Pedro llevaba mucho tiempo viviendo con esa gente conocía muy bien su pobreza y
desesperación. Pero también conocía su valor y su alegría, y sabía que el manantial del
espíritu del cual debían era profundo rico. También sabía que a pesar de la terrible pobreza,
de las injusticias y las carencias, había una enorme sensación de abundancia en esa
comunidad, en esa iglesia improvisada.
Cuando me estaba despidiendo para volver a Estados Unidos, un chico se quitó del cuello el
crucifijo y me lo regalo. Me dijo que debía quedármelo porque había hecho un viaje tan
largo para estar con ellos. Se lo agradecí con lágrimas en los ojos, conmovido, abrumado
por la generosidad de alguien que tenía tan poco.
¿Qué es suficiente para nosotros? ¿Cómo saber que somos amados, que señal buscamos?
Muchos pensamos que puesto que no se nos dio suficiente cuando éramos niños, a nuestros
padres les corresponde equilibrar la balanza dándonos más amor, o pidiéndonos disculpas,
65
o haciendo algo para restituir lo que nunca recibimos. Pero hay amor para nosotros aquí y
ahora, en las cosas más pequeñas, basta con querer verlas. Si tenemos de rehenes a nuestros
padres, negándonos a sentirnos amados mientras el amor no nos venga directamente e ellos,
tal vez nos veamos los bienes que están a nuestro alcance en nuestra vida en este preciso
instante.
Así pues, comenzamos a conocer la abundancia cuando nos vaciamos de los deseos
insatisfechos de la infancia. Hay otras semillas, otros lugares donde podemos buscar amor,
armonía y sustento. Nuestros padres no estaban destinados a ser nuestra única fuente de
cariño y abundancia. <<siembra tus semillas por la mañana y por la tarde pues no sabes
cuales resultaran, si estas o aquellas, o tal vez todas>>, dice el Eclesiastés.
Si bien la abundancia no se mide necesariamente por lo que poseemos, hay con todo
millones de niños y familias que experimentan una escasez muy real en sus necesidades
básicas. Cuarenta mil niños, el equivalente a una ciudad de tamaño medio, mueren cada día
de hambre y enfermedades causadas por el hambre. Muchos mueren porque no tienen
vacunas ridículamente baratas. Para esos niños la escasez es un manantial autentico y
papable de sufrimientos.
Cuando los que vivimos una vida más cómoda estamos llenos de sentimientos de escasez,
caemos en la tentación de coger más de lo que necesitamos, de acumular más de lo que
podemos usar, y de gastar miles de millones en protegernos de las carencias y perdidas. Por
ejemplo, lo que en Estados Unidos gastamos en armamentos en un día financiaría los
programas para el hambre de las Naciones Unidas durante un año. Si fuéramos capaces de
superar nuestros miedos respecto a la escasez y la abundancia podríamos atender
plenamente la carencia de todas las personas necesitadas.
Gandhi dijo que Dios inevitablemente llega a los hambrientos en forma de alimento:
Está muy bien hablar de Dios cuando estamos sentados después de un buen desayuno y la
espera de una comida mejor aún, pero ¿Cómo voy a hablar de Dios a los millones de
personas que tienen que vivir sin dos comidas al día? Para ellos Dios solo puede aparecer
en forma de pan con mantequilla. […]
Reduciendo nuestras necesidades podemos ser más conscientes de las necesidades de los
que nos rodean. Si siento una terrible escasez en mi vida, entonces todos los demás serán
66
competidores, contrincantes en el campo de batalla de la supervivencia. Pero si me siento
lleno por lo que he recibido, sea lo que sea, todos los demás serán mis hermanas y
hermanos. Hay suficiente para todos y mi trabajo es contribuir a que todos sean
alimentados.
En realidad necesitamos poco para sentirnos llenos, colmados. Cuando prestamos atención,
una simple respiración puede llenarnos a rebosar, la caricia de un ser querido o un momento
de luz del sol puede deleitarnos el corazón. El simple gesto de la mano de alguien posada
en la nuestra, una simple palabra de amabilidad, o un regalo de aprecio puede ser lo único
que necesitamos para tener una inmensa sensación de cariño y bienestar. Necesitamos muy
poco para sentirnos amados, lo único que tenemos que hacer es comenzar a advertir la
multitud de regalitos y pequeños milagros que se suceden cada día de nuestra vida.
Muchas de las religiones del mundo nacieron en el desierto, lugar donde hay muy poco
alimento y agua. Sin embargo, generaciones de mujeres y hombres han descubierto que
mediante la práctica espiritual y atención consciente a los exquisitos dones de la tierra
pueden experimentar, incluso en medio del desierto, un maravilloso espíritu de abundancia,
como canta Isaías: <<Se mostraran exultantes el desierto y la tierra árida, se regocijara la
estapa como un narciso. Florecerá y se regocijará y entonara canticos de triunfo. >>
El hermano David dice: <<La plenitud nos inunda tanto cuanto nos vaciamos>>. Al abrir
las manos para desprendernos del temor infantil a la escasez, podemos aprender a beber de
un manantial infinito de cariño y cuidados, cariño que podemos sentir y saborear, que nos
llena y sustenta. El poeta Kabir escribe:
Meditación
67
La «mente necesitada» es causa de mucho sufrimiento; es un hábito que se perpetúa a sí
mismo y nos impide experimentar la plenitud del lugar donde estamos y de lo que tenernos
en este momento, induciéndonos a aferramos con desesperación a otra cosa, a algo distinto.
Nos dice que cuando estamos en el aquí y el ahora estamos en cierto modo incompletos, y
que lo que ya tenemos no será nunca suficiente. Nos aparta de la abundancia del momento.
Primera parte
Instálate cómodamente en tu lugar de quietud y refugio y adopta una postura para meditar
durante Alrededor de unos diez minutos. Deja de nuevo que tu atención descanse en tu
respiración. Permite duran-te unos momentos que la atención esté centrada y sea clara.
Cuando ya estés concentrado en las sensaciones que te produce el aire al elevar y bajar el
abdomen, dirige lentamente la atención a los deseos y necesidades que surgen en tu mente.
Durante esos diez minutos, observa cada necesidad y deseo que surja. Puede que se
presenten en forma de imágenes, palabras, sentimientos o sensaciones corporales.
Espera la aparición de cada deseo con la mente en blanco, como un cielo despejado, como
el gato que espera al ratón junto a su madriguera. Puede que al principio se hagan esperar,
pero aparecerán.
Cuando surja un deseo toma nota mentalmente: «un deseo, un deseo». Dirige toda la
atención al examen de ese deseo. Ya sea un deseo de comer, de mover las piernas, de
acabar una tarea, de dormir o de meditar mejor, trata de verlo con la mayor claridad
posible. Observa que tipo de cosas son las que deseas. ¿Es algo material, son cambios en tu
vida, en tus estados emocionales o afectivos? En silencio fíjate en cada deseo tal como se
presenta: «deseo moverme», «deseo comer», «deseo ir al lavabo». ¿Cómo lo sientes en el
cuerpo? ¿Cómo lo sientes en el corazón? Continúa observando y anotando mentalmente
cada «deseo, deseo» hasta que se desvanezca de forma natural. Después vuelve a dirigir
suavemente la atención a tu respiración hasta que surja el siguiente deseo.
Presta mucha atención mientras esperas el siguiente deseo. Algunos se presentan con un
suave susurro y otros llegan gritando con voz pene e imperiosa. Fíjate en cada uno y
observa su naturaleza hasta ce se retire y el cielo quede nuevamente despejado. Pasados
diez minutos relájate y haz un corto descanso.
68
Segunda parte
Durante este periodo visualiza que el aire que inspiras va directamente a tu corazón. A
medida que inspires experimenta el aire como el sustento que entra en tu cuerpo y alimenta
todas y cada una de tus células. Siente cómo se ensancha y cede la cavidad torácica,
relajando expandiendo el tejido muscular. Al espirar siente cómo la relajación te recorre
todo el cuerpo. A medida que sale el espíritu-aliento, toma mental de «suficiente».
De vez en cuando puede que surjan deseos y necesidades. Igual que antes, obsérvalos en
silencio pensando «deseo, deseo» y vuelve la atención a tu respiración. Al espirar deja salir
la palabra «suficiente» junto con el aire. ¿Qué notas? ¿Qué sensación te produce decir
«suficiente»? ¿Cuánto te dura? ¿Qué ocupa su lugar cuando desaparece? Dedica varios
minutos a aprovechar la respiración a modo de herramienta para explorar lo que podría
producirte en el cuerpo la sensación de «suficiente». Después puedes abrir lenta y
suavemente los ojos.
69
5
Crítica y clemencia
—Estás sucia.
En medio del círculo estaba sentada Beverly, escuchando los maliciosos juicios de las
demás personas que participaban en la terapia: grupo. Una a una le decían cosas hirientes
respecto a su talento, su inteligencia y su apariencia, criticándole todo.
En este ejercicio lo que hacían los miembros del grupo era repetir lo que ella les había
dicho que dijeran. Simplemente hacían sonar el coro de voces que habitaba la mente de
ella.
—Vivo escuchándolas —dijo al grupo—. Me dicen que soy fea, tonta, incapaz, etcétera,
etcétera. Lo mismo que decís ahora es lo que dice mi mente. No para nunca.
Criada en una familia agresiva y caótica, Beverly había asimilado incontables insultos,
críticas y juicios negativos. Esas voces se habían alojado en su psique y habían sido sus
compañeras íntimas durante la mayor parte de su vida. Mientras estábamos ahí sentados,
repitiendo como loros las críticas que albergaba su mente, oíamos lo crueles e implacables
que eran. Pasado un rato, la intensidad repetitiva de las voces comenzó a sonar ridícula,
imposible de escuchar. De repente Beverly se echó a reír y muy pronto todos nos reímos a
carcajadas de lo ridículo de la situación. ¿Cómo podía tomarse aquello en serio? Beverly
70
era una buena madre, una esposa atenta y cariñosa, miembro activo de la comunidad,
excelente pintora y generosa con sus amigos y familiares. Por unos instantes, perdió fuerza
y se desvaneció un tanto la persuasiva autoridad de su mente crítica con la alegre y
liberadora risa.
La mayor barrera para nuestra curación no es el sufrimiento, el dolor o la violencia que nos
infligieron cuando éramos niños. El mayor obstáculo es nuestra perenne capacidad para
juzgar, criticar y causarnos enorme daño a nosotros mismos y entre nosotros. Al mismo
tiempo que endurecemos el corazón ante nosotros mismos y acogemos nuestros más tiernos
sentimientos con rabia y condena, creamos una barrera para evitar la posibilidad de
amabilidad, amor y curación.
Por desgracia, los niños que se han criado con malos tratos aprenden a esperar lo doloroso.
En las familias que había situaciones dolorosas o desagradables, sus miembros comentaban
frecuentemente, con elocuencia, lo desagradables que llegaban a ser: el padre no tenía un
buen trabajo, y por ello se sentía miserable; la madre se sentía insatisfecha del padre; los
hijos no eran muy inteligentes, no se aplicaban mucho, no eran respetuosos. La familia no
era feliz porque había algo malo en alguien: si no fuera por los hijos, el padre no bebería; si
no fuera por el mal humor de la madre, la familia estaría más contenta; si no fuera por tal o
cual problema, las notas escolares, el vecino o cualquier circunstancia, todos seríamos
felices.
El catecismo familiar estaba claro: hay sufrimiento porque las cosas van mal. Así pues,
aprendimos a cultivar una mente crítica, una mente capaz de analizar cada momento y
hurgar hasta encontrar las] cosas, personas o acontecimientos que robaban la felicidad
familiar. Creemos que si pudiéramos descubrir e identificar todo lo que estaba mal, que no
funcionó o que era imperfecto o insatisfactorio en nuestra vida, de algún modo podríamos
mejorarlo todo. Incluso aprendimos a sentir alivio cuando descubríamos algún defecto o
malignidad en nosotros mismos, porque al descubrir lo que teníamos de malo, al erradicar
todo defecto, tal vez podríamos finalmente ganarnos el derecho a ser felices.
Nos juzgamos y criticamos porque creemos que así vamos a ser más perfectos y más
aceptables ante nuestros padres, ante Dios y nosotros mismos. Aprendimos a criticarnos
todo: los sentimientos de dolor, la alegría, las habilidades, el intelecto, la apariencia, la
valía, las •perfecciones. Buscábamos todo lo que fuera humano, frágil o sensible en
nosotros y lo atacábamos con furia e impaciencia. Si yo fuera mejor, menos débil, más
perfecto, podría por fin sentirme bien acogido, amado. Pero en la inútil búsqueda de la
aceptación, la violencia de nuestros juicios nos desgarró los corazones y trajo muy poca
felicidad a todos.
71
También aprendimos a juzgarnos a modo de defensa propia: si lográbamos erradicar
nuestros defectos antes que nuestros padres los descubrieran, si lográbamos librarnos de
defectos y errores, tal vez se enfadarían menos con nosotros y se desilusionarían menos.
Nos criticábamos con ingenio y entusiasmo, con la esperanza de impedir que los demás lo
hicieran con más dureza.
La mayoría de los niños que sufrieron en sus familias conocen esta voz: «Soy débil, no
valgo mucho, soy mentiroso, jamás lo conseguiré, no tengo lo que se necesita para triunfar,
ni siquiera tengo lo que se necesita para ser plenamente humano». Al cabo de un tiempo,
las críticas más dolorosas son las que parecen más ciertas, las más creíbles. Nos
apresuramos a creer en lo que está mal o lo que hay que remediar, y somos mucho menos
propensos a tomarnos en serio cualquier fuerza o don que podamos poseer.
De forma implacable, nos juzgamos comparándonos con lo que deberíamos ser, y rara vez
nos aceptamos tal como somos. Sea lo que sea lo que sintamos en este momento lo
juzgamos en relación con algún ideal mítico de cómo deberíamos sentir, que deberíamos
hacer o ser. Si sentimos dolor pensamos que ya deberíamos estar curados; si -.timos miedo
pensamos que deberíamos ser más fuertes; si nos sentimos tristes pensamos que deberíamos
sentirnos felices. Sutilmente juzgamos inaceptable cada momento, cada aliento de nuestra
vida. Nos medimos por el rasero de lo que deberíamos ser ya, y por ello siempre nos
sentimos deficientes.
¿Pero y si los sentimientos que surgen en nosotros cada día, incluso las sensaciones de
tristeza, dolor o desagrado en el corazón y el cuerpo, tienen su propio valor y contienen
alguna enseñanza? Si «no debemos» sentirnos tristes y reaccionamos con rabia o
impaciencia ante esa tristeza, entonces no podremos escuchar lo que esa tristeza podría
enseñarnos. Al no poder sentir esa tristeza, la consideramos un error, algo malo, algo de lo
que hay que librarse. ¿Pero y si esa tristeza no es una prueba contra nosotros, no es una
condena ante la lentitud de nuestra curación, sino sencillamente un momento de tristeza, un
instante de pena que ha surgido en el cuerpo? ¿Y si esa tristeza contiene la semilla de algo
olvidado, de algo que requiere nuestra atención? ¿Quién la va a escuchar? ¿Cómo podemos
permitirnos ser humanos, sentir que sufrimos a veces y no recibir esos sentimientos con
crítica y violencia? ¿Podemos abrazar nuestro dolor y recibirlo con clemencia y cariño?
La mente crítica insiste en que seamos diferentes de lo que somos y caemos presa de la
violencia de esa exigencia. Si nunca somos quienes deberíamos ser, nunca sentimos lo que
deberíamos sentir, quiere decir que siempre estamos haciendo algo equivocado. El padre de
Tom lo criticaba con frecuencia cuando era pequeño. Siempre le decía que estaba
equivocado, que valía muy poco, que era una continua decepción para él. Por cada pequeño
error le chillaba y a veces usaba el cinturón para acentuar la crítica. Tom nunca podía
enfadarse con su padre por la forma como lo trataba, eso sólo provocaba otra paliza. Así
72
pues, aprendió a dirigir contra sí mismo esa violencia, y ya adulto se criticaba
constantemente y se daba palizas verbales. Había aprendido a tratarse igual como lo trataba
su padre, a juzgarse un ser imperfecto e inaceptable, él mismo y sus sentimientos.
Cuando vino a mi consulta por primera vez, Tom llevaba en su cuerpo muchísimo miedo, y
rabia.
—Siempre tengo la impresión de que lo fastidio todo —me dijo—. En el trabajo, con mis
amigos e incluso cuando estoy solo, me siento estúpido, creo que no hago nada bien.
Esas críticas las sentía como un nudo en el estómago y en el gar-ganta. En los peores
momentos casi no podía respirar, se sentía ahogado por las incesantes críticas y el miedo
que le causaban.
Por mi culpa
India dicen que cuando un ladronzuelo se encuentra con un santo sólo le ve los bolsillos.
De igual manera, cuando nos miramos a nosotros mismos y miramos el mundo a través de
ojos críticos, buscan-o sólo lo que está mal o es imperfecto, sólo vemos una pequeñísima
parte de lo que tenemos delante. Cuando estamos sintonizados para captar una determinada
frecuencia, no oímos la sinfonía de lo que somos ni de lo que hemos llegado a ser. A la
mente crítica no le interesa explorar toda la verdad, ni tampoco está hecha para valorar la
riqueza de todo lo que se nos ha dado. Por el contrario, nuestros ojos críticos suelen
mutilarnos los aspectos sensibles, luminosos, alegres y Bondadosos. Nos concentramos
exclusivamente en los aspectos que o nos gustan y solemos dejar de lado, por inoportunos,
los conteni-3os más sensibles y amables de nuestro corazón y nuestro espíritu.
Efectivamente, tal vez nos sentimos perplejos cuando nos encontramos con personas que
nos ofrecen ternura y amor. Cuando oímos a alguien hablar con amabilidad y comprensión,
cuando alguien se nos acerca con el corazón abierto, sentimos desconfianza, sospéchanos.
Tal vez esa persona quiere algo o simplemente no reconoce sus verdaderos sentimientos.
En el pasado, las palabras de cariño casi siempre ocultaban algún peligro o crítica. El
verdadero afecto era algo excepcional, y sigue siendo difícil de aceptar.
Criados en el dolor familiar, nos cuesta desprendernos de nuestra mente crítica. Cuando
deseamos conocer lo más verdadero, el primer impulso es buscar lo que está mal o es débil,
lo que es oscuro y problemático, los defectos. Creemos que desprendernos de la mente
crítica es algo así como renunciar a saber lo que podría hacernos daño, entregar nuestra
arma más potente de supervivencia. Si dejamos de juzgarnos a nosotros mismos y de juzgar
73
a todos los demás con tanto rigor, ¿cómo vamos a saber lo que es cierto? ¿Cómo nos vamos
a proteger del peligro?
Sandra se juzgaba sin piedad por haberse dejado violar por su padre. Siempre que
hablábamos de eso se negaba a considerar la posibilidad de que no hubiera sido culpa suya.
—No parecerá lógico, pero sé que fue por mi culpa. Tengo la impresión de que nunca he
hecho nada bien. Debería haber sido más fuerte cuando era pequeña, debería haber sido
capaz de corregir las cosas. Y ahora, a causa de lo mal que estoy, mi familia está
amenazada.
Su mente estaba anclada en el abuso sufrido en la infancia, y lo usaba como juicio contra
toda su vida. Cuanto más trataba yo de explicarle que una niña de cinco años era impotente
ante un hombre de treinta, más se afirmaba en su espíritu su mente crítica. Al término de
muchas sesiones, ella se mostraba más convencida que nunca de que tenía la culpa de sus
sufrimientos.
Un día, hacia el final de la sesión, le pregunté por sus hijos, un niño y dos niñas a los que
yo sabía que quería muchísimo. Sus hijas tenían tres y siete años respectivamente.
— ¿Y si un día llegaran tus hijas a casa y te dijeran que un hombre las ha manoseado y las
ha obligado a hacer cosas que no querían hacer? ¿Las castigarías, las reprenderías por dejar
que ocurriera eso? ¿Les dirías que tienen la culpa?
— ¡Por supuesto que no! —exclamó horrorizada—. ¡Cómo...! son tan pequeñas, son sólo
niñitas, jamás podría ser culpa de ellas. Las abrazaría, las protegería, las defendería, por
supuesto que no podría ser culpa de ellas...
74
En ese momento, al sentir lleno el corazón de tristeza y compasión, comenzó a llorar por
sus hijas, por sí misma y por toda la violencia y los prejuicios que había conservado durante
tanto tiempo.
Al desprenderse de las críticas contra sí misma, Sandra comenzó a sentir con más
intensidad todas las cosas de su infancia que eran ciertas. La habían herido terriblemente, su
padre era violento, su madre no la protegía, ella era incapaz de protegerse, y tenía en su
interior una tristeza que ansiaba ser llorada. Pero también era fuerte, intuitiva f creativa, y
digna de cariño, clemencia y amor. Y aunque su mente crítica condenaba su incapacidad
para amar, en realidad era muy capaz de amar, y fue el enorme amor por sus hijos lo que le
permitió liberarse.
El pecado del yo
Por desgracia, los momentos en que nos sentimos más rotos o in-completos son también
aquellos en que nos sentimos más indignos de amor. Pensamos que el dolor, la confusión o
el miedo que sentimos i prueba evidente de que debemos de estar haciendo algo muy mal, y
de que hemos de esforzarnos lo indecible para que nos acepten y ganarnos el derecho a ser
amados. Pero la realidad es al revés: es justa-mente cuando nos sentimos rotos cuando
necesitamos más amor.
La pena es que muchos aprendemos a amarnos con lentitud y de mala gana. Betty solía
pasar la primera hora de sus visitas disculpándose por haber venido. «Sé que no debería
necesitar venir», decía. Es increíble que todavía sienta tanto miedo. Estoy hecha un lío.» De
niña, esta mujer había sido profundamente herida por unos padres muy perturbados
emocionalmente, y a sus treinta años se avergonzaba porque aún se sentía dolida y confusa.
—En realidad no fue para tanto. Yo debería ser más fuerte, debería ser capaz de continuar
con mi vida. ¿Por qué soy tan débil, por qué me duele tanto todavía?
Algunos pensamos que detrás de nuestros sufrimientos hay algún pecado, alguna
imperfección; estamos convencidos de que si fuéramos. Es interesante observar que en
griego la palabra <<pecadores>> es Hamartia, antiguo termino que entre los arqueros
75
quería decir <<errar el banco>>. Puesto que por el simple hecho de ser de forma periódica
erraremos el blanco, por definición todos somos <<Pecadores>>. Pero en esta palabra no
hay implícito ningún juicio, solo indica la necesidad de concentrarnos más en la práctica. Si
somos clementes con nosotros mismos, si tratamos con clemencia y amabilidad nuestros
fallos e imperfecciones, estaremos en condiciones de aprovechar nuestros <<errores o
fallos>> como parte del aprendizaje para crecer. No necesitamos ser perfectos para
ganarnos el derecho a ser amaos. El amor y la clemencia no son premios a la buena
conducta; sin ingredientes que nos permiten sanar y ser más plenamente humanos.
La clemencia es una cualidad e la mente que permite que nos aceptemos tal como somos,
amándonos, sin juicios ni violencia. Con un corazón clemente somos capaces de aceptar
con amor y compasión nuestros éxitos y fracasos, nuestros dones y defectos. Podemos
acceder a los aspectos que más duelen con amabilidad, suavidad y sin violencia. Con los
ojos e la clemencia nos liberamos para explorar la tristeza, la torpeza, la alegría, el buen
humor, la confusión, la tensión, el hambre, la risa, y el buen humor, la confusión, la tensión,
el hambre, la risa, y palparlo todo con amor incondicional. Cuanto más nos tratemos con
amor en lugar de violencia y crítica, más disponibles y receptivos estaremos a ser vistos
conocidos e íntimamente atendidos y cuidados por nosotros mismos y por los demás.
Cuando somos clementes aceptamos con amor incondicional la totalidad de quienes somos.
Nos abrazamos sin críticas, sin condiciones y con total perdón. Nos vemos a nosotros
mismos y vemos a los demás con <<ojos dulces>>, como dice Stephen Levine. No con ojos
que deformen o nieguen, sino con ojos que atiendan más amablemente a todo el espectro de
lo que es verdadero.
En sánscrito existe la palabra ahimsa, que se podría traducir por «no dañino» o «no
hiriente». Para Gandhi, ahimsa era la piedra angular de su campaña de resistencia no
violenta a los británicos en India. Cuando comenzó su campaña para la independencia de
India, la llamó «el movimiento de la verdad sin daño». El movimiento satyagraba difundía
76
la creencia de que sólo se puede ver la verdad más profunda en las personas y
acontecimientos a través de los ojos de la no violencia y la compasión. Sabía que si
combatían la violencia con la violencia, la guerra continuaría eternamente. Enfrentados a
esa violencia, sólo un ardiente compromiso con la práctica de no hacer daño podía traer la
paz y la libertad para todos. A la luz de ese compromiso inconmovible a ahimsa por encima
de todo lo demás, estaba claro que a Gandhi no le interesaba tanto la victoria política como
tratar a los amigos y enemigos con respecto, amabilidad y clemencia.
No importa que hagamos daño a los demás o a nosotros mismos, el resultado es el mismo:
sin darnos cuenta, perpetuamos la violencia que nos causó sufrimiento cuando éramos
niños. Cualquier pensamiento, sentimiento o acto de violencia que cometamos contra
nosotros mismos simplemente origina más violencia en la Tierra; en lugar de sanar los
sufrimientos de la infancia los aumentamos. Del mismo modo, cualquier violencia que
concibamos contra otras personas acrecienta inevitablemente la reserva de dolor que
llevamos dentro, ¿Cómo nos sentimos cuando odiamos a alguien? ¿Cómo se siente nuestro
cuerpo? Cuando juzgamos a otra persona y definimos como «hostil» alguna cualidad o el
comportamiento de alguien, normalmente nos preparamos para recibir aversión y odio.
Soportamos el tremendo dolor de nuestra rabia, nos cerramos y endurecemos, y sólo oímos
cómo se repite una y otra vez en nuestra mente el eco de ese dolor y de esa rabia. Por
dentro nos sentimos agredidos cada vez que surge el odio o la crítica. La rabia y las críticas
77
contra los demás, dice Thomas Merton, sólo nos provocan más pena en el corazón. «El
arma con la que queremos destruir al enemigo debe pasar por nuestro corazón para llegar a
él», dice. Nuestros abuelos transmitieron sus sufrimientos a nuestros padres, y nuestros
padres a su vez introdujeron sus sufrimientos en nuestra familia. ¿Cuánto tiempo vamos a
seguir aferrados a la rabia, a la impaciencia y a las críticas violentas que hay en nuestros
corazones y en nuestras mentes? ¿Cuándo vamos a encontrar el valor para ser amables y la
sabiduría para tomar el camino de la no violencia, del no hacer daño, para que nuestros
hijos puedan comenzar a aprender los hábitos de la amabilidad, de la curación y la paz?
Gandhi decía que «la no violencia no es un traje que uno se pone y se quita a voluntad. Su
sede está en el corazón y debe ser una parte inseparable de nuestro ser». En el Bhagavad-
Gita de Gandhi, en el precepto de Jesús de amar a nuestros enemigos o en el voto de no
dañar que proponía Buda, se nos dice que el camino hacia la curación y la paz comienza
con la amabilidad y la no violencia hacia nosotros mismos y los demás.
Podemos empezar a sanar la violencia de nuestra mente Crítica rancio de poner en práctica
el precepto no hacer daño o herir, Durante cierto periodo del día podríamos dedicarnos a
observar cuántas veces juzgamos, criticamos o menospreciamos nuestros sentimientos
exactos. Cada vez que te observes criticar o juzgar de alguna manera, haz nuevamente la
promesa de no utilizar ninguna forma de violencia. Observa cuántas veces y de qué
maneras hieres tus sentimientos y a ti mismo.
Jamie, que era particularmente propensa a juzgarse y criticarse, me dijo que haría la
promesa de no herirse durante toda una semana. En la siguiente sesión me comentó que se
había sorprendido al comprobar con qué frecuencia era hiriente y cruel consigo misma.
—Ha sido la semana más ocupada de mi vida —me dijo—. No tenía idea de lo mucho que
me meto conmigo misma por todo. Pero ha sido un alivio notarlo, y tratar de superarlo. De
vez en cuando lograba parar la guerra en mi cabeza y conseguía paz y quietud. Ha sido
fabuloso.
Fomentar la no violencia hacia nosotros mismos es un paso gigantesco para permitir que el
amor sanador entre en nuestros corazones rotos, sobre todo para quienes, con la punzada
del dolor físico o emocional sufrido en la infancia, hemos interiorizado en el alma gran
parte de esas críticas y de esa violencia. Estamos muy necesitados de clemencia y cariño y
somos muy torpes para hacerlos nacer en nuestra vida.
Del mismo modo, mientras trabajamos para fomentar la práctica de no herir a otras
personas, necesitamos muchísimo valor para enfrentar el clima de violencia que impregna
nuestra cultura. Mi amigo y colega Walter Murray fue el primer director negro de Acción
Afirmativa en la Universidad Vanderbilt. Un día en que estábamos analizando el
78
movimiento satyagraba de Gandhi y sus efectos en la lucha por los derechos civiles en
Estados Unidos, me contó la siguiente historia:
Nos preparábamos para participar en la marcha por los derechos civiles en Birmingham
(Alabama) cuando estaba en plena efervescencia el conflicto entre los defensores de los
derechos civiles y la policía de esta ciudad. Habíamos programado una manifestación no
violenta por la ciudad, pero Bull Connor (concejal de seguridad ciudadana) había preparado
a sus hombres y perros para un enfrentamiento con los manifestantes. Yo ocupé mi lugar en
la fila. A mi lado iba un buen amigo mío, un futbolista altísimo, acompañado por su novia,
que era bajita y no le llegaba ni a los hombros.
De pronto, los policías y los perros recibieron la orden de atacar y en un instante todo a
nuestro alrededor eran porras re-partiendo golpes a diestro y siniestro. Un policía golpeó en
la cabeza a la chica de mi amigo, que cayó desvanecida al suelo. El futbolista, que la vio
caer, se quedó mirando fijamente al policía. Sólo lo miró a los ojos, profundamente, durante
un rato que a mí j me pareció larguísimo. Después se agachó, la recogió, la acomodó entre
sus musculosos brazos y continuó caminando.
Fue increíble su fuerza de voluntad y su compromiso. Y así tenía que ser; sabíamos que
teníamos que atenernos a la no violencia. Era nuestra única esperanza de conseguir un
cambio.
Los sufíes dicen que la verdad siempre se expresa con amor, y que cada palabra Que
decimos debe pasar primero por tres puertas: <<En la primera puerta nos preguntamos: «
¿Son ciertas estas palabras?>>, si lo son, las dejamos pasar. En la segunda puerta
preguntamos << ¿Son necesarias?». Y en la última puerta preguntamos: « ¿Son
amables?>>
79
Y eso hemos de preguntarnos, ¿somos amables? ¿Somos capaces de tratarnos con
amabilidad, de ser cariñosos y afectuosos con nosotros mismos, con nuestra torpeza, con
nuestra lentitud para cambiar, nuestros hábitos, con nuestros corazones sensibles y dolidos?
Gandhi, que consagró su vida a la curación y la paz, creía fervientemente que la
amabilidad, la clemencia y la actitud no hiriente las únicas vías para sanar la propia causa
de la violencia, vale decir, los corazones endurecidos y rotos de mujeres y hombres:
EJERCICIO
Este ejercicio consta de dos partes. En la primera exploraremos las formas en que somos
violentos con nosotros mismos. En la segunda, comenzaremos a fomentar la práctica de la
actitud no hiriente.
Proponte hacer este ejercicio durante todo un día. Puedes hacerlo cualquier día, un día
laborable, un día que estés en casa con tu familia o durante un viaje. Desde la mañana a la
noche, simplemente explorarás las formas en que te críticas, juzgas o te hieres a ti mismo.
Vas a comenzar desde el momento en que te levantas por la mañana y dedicar la primera
mitad del día a observar cada vez que te juzgas o críticas por algo, por cualquier cosa.
Observa con qué frecuencia te juzgas por retrasarte, por tu apariencia o por lo que sientes.
Pon atención a la forma como críticas lo que haces y juzgas tus palabras y actos. Está atento
a todas las voces críticas a medida que surjan. En silenció, podrías decirte «crítica, crítica»
cada vez que te surge un pensamiento crítico. ¿Cómo te sientes? ¿Te hacen sentir más
relajado o más tenso? Presta atención a lo que ocurre en tu cuerpo cuando están presentes
esos pensamientos. En esta fase nuestra finalidad no es eliminar esas voces sino entenderlas
con atención receptiva y consciente.
Fíjate con qué frecuencia te juzgas, incluso por las cosas más in-significantes. ¿Ocurren
estas críticas algunas veces cada hora? ¿Cada pocos minutos? Observa cualquier periodo de
tiempo en que no haya ninguna crítica importante. ¿Qué le ocurre a tu cuerpo cuando esas
voces están calladas?
Es posible que comiences a sentir cierto desagrado o agitación al tomar más conciencia de
la letanía de juicios que a veces llenan tus horas de vigilia. Tal vez empieces a enfadarte o
experimentes incluso una sensación de náuseas al darte cuenta de la violencia de ese
maltrato incesante. Esa es la forma como te tratas cada día. Al escuchar esas voces críticas
80
sin eliminarlas puedes tomar conciencia de hasta qué punto esas críticas constantes
bombardean sin piedad tu corazón y tu cuerpo.
Cuando haya transcurrido la mitad del día y estés familiarizado con la clase y frecuencia de
estos juicios, podrías comenzar a practicar la actitud no hiriente. Dedica un momento a
prometerte en silencio que a partir de este momento vas a practicar la no violencia en
palabras, pensamientos y obras. Haz el voto de dejar de usar cualquier tipo de juicio o
crítica para herirte. Si te sorprendes juzgándote, simplemente para, acalla las voces respira
hondo y vuelve a hacer la promesa. Podrías decir: <<No me voy a juzgar ni herir con
pensamientos ni críticas. Ahora solo me tratare con amor y amabilidad>>
Es posible que necesites volver a hacer la promesa unas cien veces al día para experimentar
algún alivio. Procura no juzgarte por criticarte, eso sólo mantiene ocupada la mente crítica.
Cada vez que adviertas una voz crítica, simplemente reafirma tu promesa de no herirte.
Presta atención a la calidad de tu experiencia cada vez que te haces la promesa. ¿Afecta a tu
cuerpo la promesa? ¿Se van alargando paulatinamente los periodos sin crítica con cada
reafirmación de la promesa? ¿Qué notas en tus sentimientos hacia ti al practicar la no
violencia interior? ¿Qué observas en tus sentimientos hacia los demás?
Fomentar la actitud no hiriente es uno de los pasos más eficaces camino de la clemencia, de
la curación y la liberación. Cuando comienza a desvanecerse la cacofonía de voces críticas,
hacemos las paces con nosotros mismos e inducimos una clemente comprensión en el
corazón, el cuerpo y el espíritu.
Meditación
CULTIVAR LA CLEMENCIA
Esta meditación se puede practicar en cualquier momento y sólo lleva unos minutos. Está
basada en la práctica budista metta, y se usa para enviar bondad de amor a todos los seres
que habitan la Tierra. Con este ejercicio dirigiremos la bondad de amor hacia nosotros
mismos.
81
Después di las siguientes palabras en silencio, o grábalas en una cinta y escúchalas para
repetirlas:
Repite lentamente cada frase, aprovechando cada respiración para intensificar la capacidad
de tu corazón para escuchar, para oír cada palabra. Déjate ir, suavizar, recibe el sustento y
calor del amor de la bondad. Acunado en tu cariño y cuidados, puedes susurrar una y otra
vez estas frases hasta que comiences a sentir una verdadera sensación de clemencia y amor
por ti mismo.
Esta oración para meditar del amor de la bondad puede convertirse en parte de tu práctica
diaria. Con ella puedes favorecer tu práctica de la actitud no hiriente y fomentar una
conciencia meditativa de ti como hijo de la creación, un ser precioso que recibe los dones
de la clemencia y el amor.
82
6
Grandiosidad y humildad
Muchos aferramos a la idea de que tenemos terribles heridas. Pues que sufrimos alguna
forma de daño cuando éramos niños, sentimos que hemos sido especialmente maltratados,
especialmente escogidos para el sufrimiento. Tenemos la impresión de que nadie podrá
conocer jamás la intensidad de nuestro dolor. Es como si nuestras heridas nos hicieran
especiales, víctimas únicas de una terrible injusticia, y nos sentíamos aislados, en cierto
modo diferentes de todos los demás.
En el camino hacia la libertad y la curación, muchas veces nos resistimos a abandonar esa
profunda convicción de que somos especiales. Al margen de si nos sentimos especialmente
dotados o especialmente heridos, nuestro ser «especial» considera que es su derecho, un
motivo secreto de orgullo, saber que nadie se va a sentir jamás exactamente igual a
nosotros.
Grandiosidad y humildad
Pero si todas esas cosas corrían debido a lo que hacíamos ¿cómo podíamos explicar
entonces la situación cuando las cosas iban terriblemente mal? ¿De quién era la culpa de
que el padre se enfadara o de que la madre bebiera demasiado, o de que nos maltratar
violaran de alguna manera?
Una explicación era que sencillamente nuestros padres escapaban a nuestro control, y que
nos podrían hacer daño en cualquier mentó. En nuestra familia el sufrimiento llegaba al
azar. Pero para el niño que depende totalmente de sus padres para su sustento, incluso para
vivir, la idea de un ambiente amenazante o imprevisible era algo demasiado aterrador, de
modo que la explicación preferida, la que a cierta sensación de control, era que el
sufrimiento llegaba que habíamos hecho. Si era así por ser quienes éramos, entonces
podíamos rectificar, enmendarnos, para evitar que volviera a ocurrir. Fomentamos la ilusión
de control decidiendo que éramos los principales arquitectos de nuestra experiencia en la
familia.
Bill era psiquiatra y tenía muchísimo trabajo. Trabajaba muchas para diversos centros de
tratamiento y se obligaba a ser un esposo y un padre cariñoso y atento para su familia. Pero
decía que había muy poca alegría en su vida, ya que se sentía agobiado por sus
responsabilidades. Se entregaba tanto a las necesidades de tantas personas que le quedaba
muy poco para él. Y aunque se sintiera abrumado jamás pedía ayuda ni a familiares ni a
amigos; creía que debía todo él solo. La primera vez que vino a verme me dijo que se
agotado.
84
Hijo de un padre alcohólico y de mal genio, había aprendido a escenario todo solo. Creía
que era su responsabilidad hacerlo todo bien, jamás pedir ayuda y procurar que todos
estuvieran bien atendidos. De este modo había aprendido a sentirse importantísimo, tan
importante que no podía permitir que nadie le ayudara a llevar su carga. Durante una sesión
le pedí que cerrara los ojos y explorara en sí-su cuerpo en busca de alguna sensación fuerte.
Me dijo que notaba que el corazón le latía con fuerza, que trabajaba mucho.
—Dígame qué le dice su corazón. Si pudiera hacer que hablara, ¿qué diría?
Estuvo en silencio un momento, prestando atención a la voz de corazón. Después dijo lo
que escuchó:
—Estoy cansado. Siento que debo estar siempre latiendo, siempre trabajando, si no todo
morirá. Nunca puedo descansar. Estoy siempre esforzándome para mantenerlos vivos a
todos. Todo depende de mí. No puedo abandonarlos. No puedo parar nunca.
Comenzó a sollozar. Le pedí que con los ojos todavía cerrados se imaginara un color capaz
de calmar la tensión del corazón, que respirara ese color y lo llevara hacia las cavidades y
vasos sanguíneos de su corazón.
—Deje que el corazón descanse y se relaje. Sienta cómo la sensación de alivio de la tensión
llega a todas las células y músculos cardiacos. Permita que descanse.
Cuando dejó que la inspiración sanadora le abriera y dilatara la tensión que rodeaba el
corazón, comenzó a respirar más pausadamente, de forma más uniforme. Pareció más
relajado.
Después de la meditación me contó que hacía poco había ido al médico porque se le había
presentado una arritmia en el corazón, periódicamente se saltaba un latido. Le
recomendaron que se medicara, pero él no quería tomar nada, y en ese momento
comprendió que el trastorno del corazón reflejaba el trastorno de su vida.
Vio con claridad el esfuerzo que se exigía, a sí mismo y a su corazón, al cargar con tan
tremenda responsabilidad. Su insistencia en ser la fuente de toda vida para los que lo
rodeaban le había producido graves consecuencias físicas y emocionales. Tras algunas
semanas de hacer meditación junta le desapareció la arritmia.
Bertrand Russell dijo una vez que «una de las señales de un colapso nervioso inminente es
la creencia de que nuestro trabajo es terriblemente importante». Cuando nos ponemos el
manto de «especiales», invariablemente nos engañamos con la medida de nuestra
importancia. Seducidos por la idea de que nuestro trabajo es indispensable para la
85
continuación de la especie, nos sentimos siempre cansados, asustados y solos, aferrados a
un profundo sufrimiento secreto que nadie puede comprender. Sólo abandonando esa
exagerada sensación de importancia podemos comenzar a encontrar la compañía y la
curación que se produce al ser sencillamente seres humanos.
Grandiosidad y sufrimiento
Una segunda forma, más sutil, de grandiosidad nace de nuestra experiencia de sentirnos
rotos. Cuando comenzamos una terapia, cuando étimos a seminarios o leemos libros y
hablamos con amigos, nuestro tema más frecuente de conversación es nuestra calidad de
rotos. Nuestras heridas, dolores y sufrimientos se convierten en nuestra ida, en algo que
llevamos como presente al altar. Cuando éramos y nos hacían daño, nada nos parecía tan
real o sagrado como nuestro dolor. Estamos convencidos de que los sufrimientos de la
infancia nos incapacitan.
Doug tiene treinta y tantos años y es albino. Sus cabellos, que se los ha dejado crecer hasta
los hombros, son blancos como la nieve, y también su barba. Tiene la piel muy blanca y su
apariencia general es llamativa, incluso atractiva, aunque él siente más vergüenza que
orgullo por su apariencia. Con ese color de piel podría quemarse muy fácilmente si
permaneciera mucho rato bajo el sol. Sin embargo, cuando era niño su padre lo llevaba
regularmente a la playa y lo obligaba a tomar el sol para que «se endureciera un poco». En
la escuela los niños solían pegarle por su apariencia; cuando se lo contaba a sus padres,
éstos no le daban importancia y no hacían nada al respecto. Sufría mucho y nadie le hacía
caso.
En una de las sesiones, mientras explorábamos los sufrimientos de su infancia, me dijo que
temía que nunca encontraría consuelo a su trastorno físico y al dolor de su infancia. Su
afección era muy evidente, todo el mundo se lo quedaba mirando y él no podía hacer nada
para cambiarlo. Creía que sus problemas particulares eran demasiado únicos, demasiado
especiales para que una terapia pudiera aliviarlos.
—Usted no tiene idea de lo mucho que he sufrido, de lo difícil que ha sido. «Soy»
diferente, no tiene más que mirarme. La gente se para a mirarme. No puedo salir a la calle
en verano, y cuando era niño me pegaban casi todos los días. Tengo problemas que nadie
puede entender siquiera.
Doug había transformado su herida en algo sagrado e importan te. Su herida se había
convertido en su compañera más íntima, el cris-tal a través del cual contemplaba la vida. Su
herida lo identificaba y lo hacía especial.
86
A cualquiera le resulta difícil dejar de sentirse roto. Mientras sintamos cierto orgullo por lo
heridos y mal comprendidos que fuimos como hijos de una familia desestructurada, nos
aferraremos con tenacidad a la convicción de que somos especiales. Pero ¿y si ya no
estamos enfermos, si ya no somos discapacitados? ¿Y si sencillamente nos hemos hecho
adictos a la idea de estar especialmente enfermos, hasta el extremo de ofendernos si alguien
nos dice que somos personas corrientes, sin necesidades ni problemas especiales?
Durante varias semanas insistí ante Doug, en tono desenfadado que era la persona más
normal que había conocido en mi vida. Un día entró en la consulta y me dijo:
Nadie especial
«En nuestra vida cotidiana —dijo el maestro zen Suzuki Roshi—, m noventa y nueve por
ciento de nuestros pensamientos están centrado en nosotros mismos: "¿Por qué tengo que
sufrir?", "¿por qué tengo problemas?".» Este tipo de pensamientos hace que sintamos apego
a la idea de que somos importantes, a lo importante que debe de sed nuestro sufrimiento.
«Uno es simplemente uno mismo, nada especial.»
Cuando éramos pequeños, rara vez (si hubo alguna) nuestros miliares hablaban con
franqueza de sus sentimientos más vulnerables, de sus emociones. Así, cuando sentíamos
tristeza o miedo suponíamos que éramos los únicos que sentían esas cosas. Pero todos
sentían algún sufrimiento, aunque no lo supiéramos nosotros; nuestros padres, nuestras
hermanas y hermanos, todos ellos, sentían miedo, tristeza, soledad y confusión de cuando
en cuando. Aunque no se expresaban, los sentimientos dolorosos los sentían todos en casa.
Muchos sufrimos de lo que Walker Percy llama «la gran adulación del yo». Cuando
creemos que el mundo ha conspirado para hacernos sufrir, sin duda sobrestimamos nuestra
87
importancia relativa en disposición planetaria de las cosas. Esta sugerencia podría ser
considerada un insulto por algunas personas, pero también puede darnos una enorme
libertad. Si no somos tan importantes, ya no tenemos la responsabilidad de vivir a la altura
de expectativas imaginadas de un Universo encaprichado por cada uno de nuestros
movimientos. Quedamos libres para vivir cada momento pendientes de lo que es cierto
nuestro cuerpo, en el corazón, la mente y el espíritu, sin tener que buscar señales de
grandeza en cada uno de nuestros actos o movimientos.
Durante el siglo II de nuestra era, un buen número de monjes, a los que después se ha
llamado Padres y Madres del Desierto, establecieron comunidades espirituales en el
desierto de Egipto. Uno de estos padres, Abba Or, dijo: «Huye de la gente o ríete del
mundo y de la gente que vive en él, y ponte en ridículo en muchas cosas». Cuando dejamos
de tomarnos tan en serio nos liberamos para participar más alegremente en el mundo en
que vivimos. Somos libres para explorar nuestros límites y para experimentar con lo que es
posible. Cuando comenzamos a ser «nada especial», no tenemos nada que defender,
podemos ser quienes quieran que seamos, libremente.
Humildad
Kurt Vonnegut dijo una vez que el ser humano es «un barro que se yergue». La palabra
humildad procede de humus, que significa tierra o lodo. Ser «humildes» es sentirnos parte
de la tierra, hechos polvo para volver al polvo. La tradición judía de la creación dice que
Dios creó a los seres humanos mezclando tierra y espíritu. Así, incluso la palabra humano
refleja nuestra unión con la tierra.
Pero ya me he sorprendido, sorprendido deseando que esa personar sienta pena por mi
dolor o que admire mi vida. En uno y otro caso, la he convertido en objeto de mi juego, no
88
en sujeto de mi corazón. Cuando necesito que alguien me considere especial, me concentro
sobre todo en mi necesidad y no soy capaz de oír la profundidad y amplitud de quién es esa
persona en ese momento. En mi urgencia por ser especial no respeto la humanidad común
que me une con los demás.
La verdad es que nadie es más especial que otra persona. Toda y cada uno recibimos una
determinada combinación de agravios, dones, talentos e imperfecciones que simplemente
dan textura a la calidad de nuestras experiencias. Nuestras heridas y dones no nos hacen
diferentes, son simples cualidades humanas que nos unen. Joseph Campbell define esta
cualidad de ser humano como una puerta hacia, el amor y la comprensión. «El punto
umbilical, la humanidad, eso que nos hace humanos y no sobrenaturales ni inmortales, eso
es lo de ser amado».
Tal vez podríamos aprender a enfocar la vida como principiantes. Si no estamos bajo una
presión constante para demostrar lo extraordinarios que somos, podremos comenzar el día
con la mente de un aprendiz. Nadie es experto en estar vivo. Somos simples seres humanos,
actores en la que a veces triunfamos y a veces no. Cuando fingimos tener más
conocimiento, más talento o éxito del que realmente tenemos, nos desconectamos de la
maravilla de nuestra curiosidad y del descubrimiento de nuevas experiencias. «En la mente
del principiante hay muchas posibilidades —decía Suzuki Roshi—. En la mente del experto
hay pocas.»
Todos somos seres humanos que nacemos, tratamos de sobrevivir aprendemos a amar y nos
preparamos para vivir y morir con dignidad y paz. Nada más ni nada menos. Aprender la
humildad es respetar que tu sufrimiento y mi sufrimiento son uno, que mi vida y la tuya son
piezas de la misma tela y que compartimos la amable comunión de ser humanos.
Así como nos refugiamos en ser especiales, podemos aprender a refugiarnos en ser
normales, en no estar al mando, en no ser el centro del Universo. En realidad, tal vez el
primer paso para la curación es capaz de reconocer un cierto grado de ignorancia e
impotencia en nuestra vida. ¿Cuántos sabemos de verdad lo que estamos haciendo?
¿Cuántos pensamos de verdad que somos expertos en la práctica de vida, que lo tenemos
todo bien organizado? Rumi nos recuerda festivamente:
Humildad y consecución
89
Algunos tratamos de crearnos la ilusión de que somos importantes mediante nuestros logros
en el mundo. Tratamos de elevar nuestra valía demostrando todo el trabajo que somos
capaces de hacer y lo bien que sabemos hacerlo. Alcanzando más y más objetivos
finalmente no, damos otra alternativa al mundo que reconocer nuestros talentos y dotes
especiales. Es posible incluso que sintamos cierto orgullo secreto por lo eficaces y creativos
que somos al hacer lo que otros no han sido capaces de hacer antes.
Pero los que pretendemos sentirnos importantes mediante consecuciones hemos de tener
especial cuidado. Cuando nos esforzamos por realizar más y más cosas tendemos a
tomarnos muy en serio a nosotros mismos y nuestro trabajo, hasta que con el tiempo nos
sentimos cada vez más cansados, poco valorados, agobiados y aislados. Cuanto más
convencidos estamos de que nuestro trabajo es especia mente importante, menos capaces
nos sentimos de pedir el apoyo, sustento o la compañía de los demás. El monje tibetano
Tara Tulk Rinpoche advirtió una vez que «la intensidad de está directamente relacionada a
ser impotentes».
En algunas culturas, las personas que construyen, dirigen, enseñan o sanan son ciertamente
consideradas importantes, pero no se les da más importancia ni tratamiento especial que a
cualquier otra persona. Trabajar mucho y bien simplemente forma parte del trabajo
corriente de ser seres humanos y no merece una recompensa especial doctor Richard Katz,
antropólogo en Harvard, escribe acerca de sus experiencias entre los dirigentes tribales,
maestros y sanadores de una comunidad de Fiji: «Ser sanador en Fiji no entraña ninguna
recompensa económica ni mayor categoría social. Según diversos indicad res económicos y
sociales, los sanadores son iguales que los no sanadores. No se les concede ningún
privilegio especial para que realicen su trabajo de sanadores».
La práctica de la humildad nos invita a considerar que si bien hay mucho trabajo importante
que hacer en el mundo, nuestro trabajo i nos hace importantes. Nuestra importancia, nuestra
valía y nuestra dignidad radican en el hecho de que somos hijos de Dios en la Tierra.
No necesita nada más. Nosotros, como todas las personas, merecemos alimento,
vestimenta, albergue y amor no porque seamos especiales, no porque hayamos realizado lo
que nadie más logró realizar; merecemos nuestro lugar propio simplemente porque somos
humanos.
Kip Tiernan es una carismática y entregada organizadora social fundó Rosie's Place, un
albergue para mujeres sin hogar en Boston. Un día asistió a una reunión en la que varios
invitados hablábamos de los pobres de la ciudad y de la manera en que podíamos ayudarlos.
Comenzó por contarnos sus primeras experiencias en Roxbury, un barrio de Boston
con muchos problemas:
Llegué a Roxbury a fines de los años sesenta. Fui con toneladas de documentos, pues
suponía que entre ellos encontraría todas las respuestas para los problemas de Roxbury. Las
gentes de allí me trataron con amable preocupación. Se reían de mí seriedad y me decían:
90
«No te preocupes, Kippy, nada va a cambiar mucho porque estés aquí, pero nos alegra que
estés aquí». Fue una de las mejores lecciones que espero haber aprendido acerca de mí
misma.
Cometemos el error de pensar que llevamos en nuestros hombros los problemas de todo el
mundo y que de nosotros de-pende solucionarlos. Bueno, pues no. Debo recordarme a mí
misma que formo parte del problema y que lo único que realmente se espera de mí es que
celebre las pequeñas victorias y que me divierta en el camino.
Las palabras humildad y humor comparten la misma raíz. Mírarse bajo una amorosa luz
humorista hace más difícil considerarse la medida de todas las cosas.
Cuando alguien destaca y deja una huella evidente en nuestro mundo, por ejemplo Gandhí,
que con una oportuna combinación de intuición, creatividad y devoción consiguió
muchísimo en la fase humana, la historia suele juzgarla como a persona especial, diferente
del resto de la comunidad de humanos de la cual procede. Pero la historia suele confundir
éxito y consecución con importancia. Porque si bien los talentos de Gandhi eran
ciertamente admirables y únicos, él mismo enseñaba que sus dotes no lo hacían más
importante que cualquier otra persona entregada a la lucha por la libertad. Gandhi no
atribuía más valor a su vida que el que atribuía a sus padres, que lo dieron a luz y lo
educaron, a los agricultores que cultivaban los alimentos que lo nutrían o a sus seguidores
que hacían una buena parte del trabajo. «Afirmo que no soy más que una persona normal,
con menos capacidad que la normal», escribió. «No tengo ni una sombra de duda de que
cualquier hombre o mujer puede hacer lo que yo he hecho si pone la misma cantidad de
esfuerzo y cultiva la misma fe y la misma esperanza».
Gandhi se creía simplemente otro peregrino más en el camino común de la paz. De igual
modo, cualquiera de nosotros que lea sus escritos e intente a su manera cambiar el mundo
en que vive es, igual que él, un hijo de la Tierra, capaz de grandes éxitos y grandes
fracasos, capaz de dar y de recibir, capaz de tocar la chispa divina que tiene en lo más
hondo, un ser humano corriente, bendecido por el tremendo don de la vida.
Cuanto más capaces somos de trabajar con espíritu desinteresa-do, más nos acercamos a
trabajar por Dios en lugar de por nosotros mismos, y menos tensión generamos en nuestro
sistema nervioso. No nos preocupan tanto las cosas y por lo tanto no nos confundimos ni
agotamos tanto.
91
obsesionados por un trabajo que parece ir mal, quiere decir que estamos trabajando para
nosotros mismos y estamos sufriendo las consecuencias.
Pero cuando estamos libres trabajamos con una facilidad que nos pasma. La mitad de las
veces, sin ninguna necesidad reflexión especial, parece que Dios nos elimina los obstáculos
nos hace la mitad del trabajo. Cuando Dios quiere que se haga algo, la velocidad con que
logra su conclusión y éxito casi nos deja mudos de asombro.
EJERCICIO
Varias veces al día, estés donde estés, dedica un momento a examinar tu relación con las
personas que te rodean. Ya vayas conduciendo por una carretera, estés en una reunión o en
la cola del supermercado, observa cómo te ves en relación con las demás personas. ¿Te
sientes especial, diferente en algo de todos los demás? ¿En qué? ¿Te sientes más
inteligente, más complejo/a, más difícil de entender? ¿Te encuentras más introspectivo/a,
más sensible, más profundo/a que los demás que están en la cola en el banco? Tal vez te
sientes más herido, más intuitivo o tal vez sólo piensas que tienes más (o menos) opacidad
latente que los demás.
Observa con qué frecuencia, y de qué forma, te sientes cualitativamente diferente de tus
colegas humanos ¿Qué sensaciones tienes cuando observas tu «calidad de especial»?
¿Sientes deseos de ocultarte o huir, o intimar, conectar de alguna manera?
Una vez que hayas examinado la sensación de ser «especial», dedica un momento a
imaginar la posibilidad de que en realidad podrías ser muy normal; que de hecho no eres
nada especial. Imagínate diciéndole a la persona que tienes más cerca: «Soy igual que
usted. Somos exactamente iguales. En mi no hay nada especial que me haga distinto/a de
usted. Soy tan normal como todo el mundo».
¿Te resulta fácil (o difícil) decirlo? ¿En qué te quedas atrapado/a? Hazte la pregunta: « ¿A
qué tendría que renunciar para ser normal, para ser igual a todos los demás? ¿De qué don
único o sagrado, de qué herida o talento hago uso para impedirme reconocer de verdad que
en realidad no soy especial?».
Permítete actuar y divertirte con la libertad que da el ser normal y corriente, nadie especial.
La presión desaparece, puedes relajarte, no se espera nada especial de ti, nadie te está
vigilando. ¿Por qué habrían de vigilarte? Sólo eres un hijo más de la Tierra, perfectamente
normal, perfecto/a tal como eres.
93
7
Drama y simplicidad
En nuestra búsqueda de la intimidad y la confianza con las personas que amamos, sea el
conyugue, el novio o la novia, el amante, los amigos o los familiares, en realidad solo
necesitamos dos habilidades de comunicación fundamentales. La primera es la capacidad
de identificar y expresar los deseos y necesidades; saber decir lo que pasa por nuestro
corazón de modo que nos oigan. Somos capaces de intercambiar pensamientos y
sentimientos con otras personas y contamos con que nos entienda; aprendemos hablar con
claridad y precisión no solo de lo que nos gusta, sino también de lo que consideramos
difícil; y con nuestros amigos y con nuestra pareja compartimos el compromiso mutuo de
prestar atención junto a lo que es verdadero y necesario.
Cuando intercambiamos cariño, expresamos nuestro amor mutuo sin miedo. Estamos
atentos a lo que es doloroso o difícil y trabajamos junto con las personas que amamos para
hacer los ajustes o adaptaciones que producirán la curación y la paz. Podríamos escuchar el
corazón de la otra persona sin pensar que siempre se resta importancia a nuestras
necesidades, y podríamos expresar nuestra verdadera preocupación y afecto por el bienestar
de la otra persona de modo que sienta que puede confiar en nuestro cariño.
El enfado, por ejemplo, rara vez era simple cuestión de diferencia de opiniones. Lo más
seguro es que lo acompañaran las amenazas, las discusiones a gritos, el lanzamiento de
objetos o los duros castigos. Mark me contó que su padre le gritaba durante media hora si
se olvidaba de sacar la basura. Ellen recordaba una ocasión en que su padre, molesto por
algo que había dicho su hermana durante la cena, volcó la mesa y salió hecho una furia.
Cuando tememos que no nos van a es-cuchar, recurrimos a gestos cada vez más dramáticos
para hacernos oír.
Muchas personas tienen recuerdos de peleas familiares que acabaron en violencia, de niños
sacados de casa durante la noche envueltos en una manta, de penosos divorcios, de
espectaculares reconciliaciones y de fabulosas promesas de cosas que no iban a suceder
jamás.
Incluso el amor se puede expresar con mucho dramatismo. Anna me contó que todas las
noches su madre le decía antes de que se acostara: «Anna, vas a ser la mejor bailarina del
mundo». No le bastaba con apoyar simplemente la afición de la niña por el baile, no, tenía
que ser la «mejor». A Sylvia su madre le decía que era «mucho mejor que todos los otros
niños de su clase». Esas eran las mismas madres que se encolerizaban cuando sus hijas
llegaban a casa con malas notas. Tanto el amor como la crítica eran expresados con una
emotividad desproporcionada, inflada.
Cuando estas peleas a gritos, las críticas amenazantes y las confesiones llorando salpican
sin cesar la historia familiar, el oído se hace más receptivo al drama de gran intensidad.
Sólo cuando la vida se intensifica hasta proporciones desmedidas logramos oír; el oído se
nos ha acostumbrado a poner más atención en esos momentos para escuchar lo que es
importante y significativo. En consecuencia, cuando nos hacemos mayores, nos
precipitamos en una crisis tras otra, perfeccionando nuestra capacidad para extraer
significado de los escombros de cada sucesivo terremoto emotivo. Aprendemos a provocar
confrontaciones dramáticas, a aplazar nuestras tareas y responsabilidades hasta que
alcancen proporciones de crisis y a soplar las llamas de la explosividad en nuestras
relaciones amorosas y laborales. Los incidentes más dolorosos y dramáticos se convierten
95
en nuestros maestros más interesantes y dignos de confianza, mientras no prestamos
atención ni hacemos caso a las vocecitas discretas de nuestro espíritu.
Drama y complejidad
Para muchas personas la infancia no sólo fue dramática, sino también muy complicada.
Con frecuencia los actos y frases más simples ocultaban complicados mensajes, y
rápidamente aprendimos a descifrar todo tipo de significados en las palabras y gestos de las
personas que nos rodeaban.
Por ejemplo, si mamá decía que papá no era alcohólico, a veces quería decir: «Papá es
alcohólico y todos lo sabemos, pero me da mucho miedo decirlo». Si alguien nos decía:
«No te preocupes, todo va bien», igual quería decir que algo iba terriblemente mal. O si
decían: «Limitémonos a pasarlo bien», generalmente significaba que se sentían fatal. Todo
significaba otra cosa. La verdad no se encontraba en lo que se decía, estaba incorporada a lo
que se decía, o a lo que no se decía. Oíamos las palabras, ¿pero qué significaban en
realidad?
Cuando llegaba de la escuela, antes de entrar en casa, Susan se fi-jaba si las persianas
estaban abiertas o cerradas. Si estaban cerradas quería decir que dentro había alguien
96
bebido, con resaca o enzarzado en una riña; si estaban abiertas, por lo general quería decir
que no había ningún peligro. Bill aprendió a darse cuenta de si su padre estaba de buen o
mal humor por la forma como colgaba la chaqueta. Todo se podía interpretar con el código
familiar.
Este lenguaje secreto suele quedar grabado en la historia familiar durante mucho tiempo,
incluso cuando ya los hijos son adultos y se han marchado de casa. A sus 42 años, Paul fue
a casa a visitar a su padre y su madrastra durante las vacaciones. Después de cenar cogió su
plato y lo colocó en el fregadero, con la intención de lavarlo más tarde esa noche. Cuando
su madrastra vio el plato sucio en el fregadero se enfureció. « ¿Cómo te atreves a dejar ese
plato allí para que lo friegue yo? Siempre lo he sabido, ¡nunca me has respetado y por lo
visto no me vas a respetar jamás!» Eso no es una pelea a causa de un plato. El plato es un
mero símbolo que representa otra cosa, alguna herida no expresada o no resuelta que ha
permanecido enterrada en la psique familiar durante generaciones. Y mientras continuemos
comunicándonos con códigos familiares complejos, lo más probable es que sigamos sin
expresar ni superar nuestros sufrimientos y temores, que seguirán ocultos en un fregadero
sucio.
Nos acostumbramos a considerar el mundo una sinfonía de signos y señales que sólo tenían
importancia en la medida que revelaban lo que enmascaraban u ocultaban. El acto de
preparar té, por ejemplo, sólo tiene importancia si logramos descubrir por qué se prepara,
quién lo prepara y para quién es. Es una recompensa o un castigo; ¿el té es bueno o es del
barato; es un regalo o un soborno; qué van a querer a cambio?
Mientras la mente busca con desesperación entre las complicadas capas de intención y
significado que envuelven a la persona que está preparando el té, no es posible disfrutar de
la taza de té, ni apreciar el sonido del agua al caer en la taza o la imagen del vapor que se
eleva suavemente o el aroma de hierba fresca empapada en el líquido caliente, el exquisito
97
color, la agradable sensación en la garganta al tragarlo. En la urgencia por explorar los
significados más profundos y ocultos nos perdemos la delicadeza de esos simples
momentos.
En busca de la simplicidad
Cuando nos habituamos a buscar dramas intensos, intrigados por la infinita complejidad de
las cosas, solemos pasar por alto el poder sencillo de un acto, de una simple palabra o de un
gesto no complicado. Pensamos que nada importante es nunca evidente, y que el valor de
cualquier verdad reside en la dificultad de encontrarlo. Nos enorgullecemos de la
complejidad de nuestra mente; encontramos consuelo en nuestra capacidad para mirar
apariencias del pasado y descubrir la verdad oculta. Poco a poco establecemos una jerarquía
en nuestra percepción de la realidad: cuanto más complicado o dramático es un
acontecimiento más creemos en su valor intrínseco. Pero a medida que vamos elevando el
grado de dramatismo y complejidad de nuestra vida nos cegamos a los dones y beneficios
que podrían surgir cuando contemplamos el mundo de un modo más simple.
Criados en medio del drama y la complejidad perdemos la capacidad de ver con ojos
sencillos. Nos aburren rápidamente las personas y acontecimientos que no entrañan alguna
gran intriga o espectáculo. Pronto encontramos aburrida y poco interesante la compañía de
personas que no nos ofrecen materia prima para nuestro melodrama. Atrapado por la tiranía
del drama intenso, nuestro corazón comienza a perder interés en lo que es sencillo y no
tiene adornos.
Sin embargo, puede que en un momento de lucidez, las cosas sencillas y simples, como el
contacto de la mano de un niño en la mejilla, el color del cielo en la puesta de sol, el olor de
la lluvia en vera-no, el sabor de una fruta fresca, hagan vibrar las fibras de algo pro fundo y
verdadero en el corazón. Muchas prácticas espirituales se basan en la sabiduría y belleza de
esta simplicidad. En el budismo, por ejemplo, a los alumnos de meditación se les enseña a
prestar atención a la entrada y salida del aire en la respiración. Nada más dramático o
98
complejo se necesita para comenzar a fomentar la presencia mental profunda. Observando
la respiración, prestando atención a las sensaciones que producen la elevación y el descenso
del abdomen dentro del cuerpo, podemos experimentar una enorme paz y serenidad. De
igual modo, en el cristianismo, el centro mismo de la liturgia es el acto de la comunión, que
consiste en compartir con otros un trocito de pan y un sorbo de vino. Muchos de los más
sublimes sacramentos son actos de extraordinaria simplicidad.
La dificultad de la simplicidad
Aun en el caso de que la persona decida renunciar a la complejidad y a los dramas intensos,
es posible que descubra que está muy apegada a su naturaleza complicada. No sólo hemos
aprendido a considerar complicado el mundo, además hasta cierto punto nos
enorgullecemos de nuestra propia complejidad. Nuestra autoestima queda reforzada por lo
difícil que resulta entendernos, por lo complejos y sutiles que son nuestros problemas, por
lo excepcionalmente complicada y enrevesada que es nuestra vida particular.
Los padres de France se divorciaron cuando ella era muy pequeña. Vivía con su madre,
pero su padre la visitaba regularmente y solía llevarla a pasear al parque por la tarde. Dado
que su padre sufría de diversos trastornos mentales, las visitas solían acabar mal; siempre
ocurría algo que lo molestaba o enfadaba; entonces le ordenaba que subiera al coche y la
llevaba directamente a casa, la dejaba en la puerta y se marchaba sin decir palabra. Ella,
que lo quería mucho, sé quedaba dolida y confusa.
De adulta, France se sentía insegura respecto a lo que era en su interior y le parecía que
jamás lograría entenderse. El amor, la seguridad, el afecto, todo eso lo encontraba muy
complicado. El intercambió de cariño le parecía muy complejo, casi imposible.
99
Desesperada, muchas veces renunciaba a intentarlo y se retiraba a su apartamento, y pasaba
triste y sola varios días.
Trabajamos durante algunos meses los dolorosos recuerdos de su infancia, analizando los
mensajes que recibía de su padre y tratando de captar lo que pensaba del amor. En una de
nuestras sesiones le re-comendé la meditación; le expliqué que con la práctica de la
respiración consciente podría comenzar a liberarse de esas viejas y complicadas historias y
crearse un hogar lleno de amor en su propio cuerpo. Ante mi sorpresa, se le llenaron los
ojos de lágrimas y me dijo que se sentía terriblemente herida.
—Cuando me dice que trate de meditar tengo la impresión de que no me ve, de que no ve lo
dolorosos y delicados que son mis problemas. ¿Cómo puedo hacerle entender que estos no
son problemas normales, que son mucho más sutiles? Yo creía que usted comprendía lo
complicados y difíciles que son mis sentimientos, pero cuando me dice que me limite a
meditar, lo encuentro demasiado sencillo. Tengo la impresión de que no me comprende en
absoluto.
Así pues, esperamos una curación que, si llega, será espectacular y compleja, una curación
que esté a la altura de la complicada naturaleza de nuestra aflicción. Una palabra o
contacto, una respiración sanadora, la simple sinceridad de un momento de amor, todo eso
pare-ce insuficiente, inadecuado. Nos sentimos impotentes ante nuestra complejidad; todo
lo nuestro es demasiado complicado. No se nos puede responsabilizar de nuestra aflicción;
por mucho que lo intentemos, esta es demasiado grande para sanarla. Así nos lavamos las
manos y no nos responsabilizamos de nuestro destino.
«Tal vez sería mucho más fácil si me hiciera una lobotomía», me decía Joseph. Siempre
que llegábamos a un punto demasiado sensible durante nuestro trabajo junto, bromeaba con
hacerse una lobotomía. Encontraba tan complicada y difícil su vida que la lobotomía le
parecía una excelente solución a sus problemas. Un corte con el bisturí y todo iría bien.
Lo irónico es que esta no era una petición poco común. A lo largo de los años me la habían
sugerido en broma muchas otras personas, además de Joseph, sobre todo cuando el proceso
de curación les parecía demasiado largo o doloroso. Lo que me choca del método
«lobotomía» es su inherente teatralidad, el recurso al drama de gran intensidad como cura
definitiva. «Lo que tengo —parece que quieren expresar— no es simple dolor y aflicción.
100
Lo que tengo es un mal funcionamiento emocional tóxico, potente, incurable,
agresivamente complejo, absolutamente invencible. Necesitaré una operación especial, una
magia poderosa, toda la tecnología de la medicina occidental y unos cuantos milagros para
mejorar, porque lo que tengo es especial y terriblemente complicado.»
A veces nos enamoramos de las historias que tejemos alrededor de nuestros sufrimientos:
sufro debido a aquello y entonces ocurre esto y me hace sufrir y después viene otra cosa y
también me hace sufrir, etcétera. Cuando alguien me habla así de sus sufrimientos suelo
interrumpirlo y le pido que se limite a decir «sufro, me duele», sin añadir nada más,
simplemente «sufro». Por eso muchas veces, cuan-do decimos simplemente eso, «sufro»,
salen las lágrimas libres y fácil-mente. Liberados de las historias e interpretaciones que
hemos injertado en nuestro sufrimiento, cuando decimos «sufro» o «me duele», no se
interpone nada, no hay ninguna complicación, sólo hay pena, dolor. Eso produce una
tremenda sensación de alivio, como una bendición. Incluso el dolor puede sentirse como
bendición cuando se ex-presa con sencillez y claridad.
Hay una canción sobre la simplicidad que procede de la comunidad de Shakers. Muchos la
aprendimos cuando éramos niños:
101
Nos quedamos atrapados con facilidad en los desesperados «porqués» de nuestra infancia.
Carol, por ejemplo, criada en una familia de alcohólicos, había hecho un excelente trabajo
en sanar las heridas! y hacer las paces consigo misma, pero de vez en cuando se veía
atrapada en alguna dificultad o problema y venía a verme y me decía «Me siento muy
decepcionada conmigo misma. Creía que había solucionado todas estas cosas y aquí estoy,
nuevamente, como al comienzo. ¿Por qué hago esto? ¿Cómo es que me quedo atascada en
lo mismo? ¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo solucionar esto de una vez por todas?».
Cada vez que se sentía estancada, se reprendía con infinitos «porqués»: por qué hice esto,
por qué soy así, por qué no lo consigo. Yo le recordaba amablemente que era posible que la
aflicción y la pena siempre formaran parte de su vida, que fueran parte del trato. Tal vez el
sentirse dolida, estancada o enfadada no tuviera nada que ver con ella misma, con su
familia o con su infancia. Podía ser simplemente dolor, miedo o rabia, sentimientos
humanos corrientes que surgen en un ser humano corriente. Tal vez sólo fuera su parte de
dolor como ser humano, sentimientos que había observado en ella miles de veces antes.
Pasado un tiempo logró dejar de lado las preguntas y acusaciones y los dos nos reímos de lo
fácil que es quedarse atrapado en el deseo de saber primero el «porqué» para dejar que
desaparezca cualquier cosa dolorosa o desagradable. En nuestra búsqueda del significado
de la mínima irregularidad en la pantalla de nuestra vida, solemos quedarnos atrapados y
atascados, deambulando por infinitos e insignificantes detalles, buscando el esquivo
«porqué» que nos conducirá a la libertad.
Una vez un hombre buscaba a Buda para hacerle unas cuantas preguntas, entre otras, si el
Universo era eterno o no, si era infinito o finito, si el alma era igual o diferente al cuerpo.
«Si el Buda sabe explicarme estas cosas, me quedaré y lo seguiré», decía. «Si no lo hace,
sabré entonces que no es el Bendecido y me marcharé».
—Supongamos que un hombre es herido por una flecha envenenada y sus amigos lo llevan
al médico. Entonces el hombre dice: «No permitiré que me quiten la flecha mientras no
sepa quién me la disparó, cómo se llama y de qué familia es, si es alto, bajo o de estatura
mediana, si es negro, moreno o rubio, y de qué ciudad o pueblo pro-cede. No permitiré que
me saquen esta flecha mientras no sepa con qué arco fue disparada, qué tipo de cuerda tenía
el arco, de qué estaba hecha la flecha y la punta de la flecha y qué tipo de pluma llevaba».
»Ciertamente, el hombre morirá sin saber ninguna de esas cosas —continuó Buda—. Sean
cuales sean nuestras creencias respecto a estos temas, nacemos, envejecemos, morimos y
sufrimos. Si insistimos en saber «por qué» antes de empezar, seguro que moriremos. No
siempre es útil saber por qué. A veces tenemos que ponernos en acción, aprender a quitar la
flecha, para liberarnos.
102
La claridad de acción la ilustra un famoso baiku (poema) japonés:
Viejo estanque.
La rana se zambulle de un salto.
¡Plop!
Cuando somos adultos rara vez permitimos que una rana simple-mente se zambulla en un
viejo estanque. Tenemos que saber primero por qué va a saltar, cómo llegó allí, qué más
sucedió y qué significa todo para sentirnos cómodos dejando que salte y se zambulla en el
estanque.
Para ser capaces de ver con sencillez tenemos que desprendernos de la creencia Benque
sólo las cosas dramáticas .tienen verdadero valor y que el verdadero sentido de las cosas
reside en su complejidad. Sólo entonces empezaremos a descubrir que las cosas sencillas
tienen enorme poder. Una pequeña cantidad de levadura es capaz de leudar un pan entero.
Un simple grano de mostaza es capaz de transformarse en un árbol de inmensas
proporciones. Suzuki Roshi acentúa el valor de la observación sencilla: «Una mala hierba,
que para la mayoría de las personas no vale nada, para el alumno de zen es un tesoro. Con
esta actitud, cualquier cosa que hagas se convierte en arte».
William Blake se hace eco de esta llamada a atender los más pequeños detalles:
Los actos sencillos pueden convertirse en semillas plantadas en el jardín de nuestras vidas.
Todo lo que crece lo hace a partir de semillas de alguna clase. La semilla inicia el proceso,
induciendo el milagro del crecimiento para convertirse en flor completa. La semilla es
103
simplemente una maestra; sola no puede hacer crecer nada; necesita tierra, aire, sol y agua
para florecer y dar fruto. El poder de la semilla está en que tiene la información: conoce la
historia, la de la planta, la de su organismo, la de su ser, y puede enseñar esa historia a la
tierra, al aire, al sol y al agua. La semilla hace de paciente narradora y los cuatro elementos,
una vez oída la historia, reactivan y repiten la historia, una y otra vez, célula a célula, lenta
y pacientemente, hasta que la historia se hace cierta, palpable, increíble e inexplicablemente
cierta.
Igual que la siembra de una semilla, la repetición de un solo acto puede dar origen a una
nueva forma de vida, a una nueva forma de ser. Durante la parte más intensa de la campaña
por la independencia de la India, Gandhi cogió una rueca y se puso a hilar. Dijo que si
todos comenzaban a hilar su algodón, este sencillo acto de laboriosidad y creatividad podría
encender los sueños de la nación. Esa rueca fue la semilla que creció y floreció en los
corazones de todo un pueblo.
Todos los actos que realizamos con presencia mental y cariño pueden sembrar una semilla
de despertar. Los budistas dicen que incluso cortar leña y acarrear agua puede conducirnos
a la curación e iluminación si ponemos en ello toda nuestra amorosa atención. La Madre
Teresa dijo: «No hacemos grandes cosas; sólo hacemos cosas pequeñas, con mucho amor».
La práctica de la simplicidad
Durante un viaje por Sudamérica tuve la maravillosa oportunidad de estudiar con Gustavo
Gutiérrez, sacerdote peruano muy querido y respetado por haber desarrollado una teología
de la liberación para los pobres y oprimidos de Latinoamérica. Sentado en un aula de la
Universidad Católica, llena de jóvenes peruanos deseosos de servir a los necesitados,
escuché al padre Gutiérrez hablar de los comienzos de Jesús:
—Todos los expertos decían «Nada bueno sale jamás de Galilea». Galilea era una región
pequeña, demasiado primitiva para ser la cuna de un personaje importante. Todos insistían
en que cuando viniera el Mesías, nacería en un lugar de gloria, de una familia de honor y
refinamiento. Por eso, cuando Jesús nació en un pesebre y se crió en la pequeña Galilea
nadie reconoció que Dios había nacido entre ellos.
104
»Por eso también —continuó—, ahora dicen que de los pobres de Latinoamérica, África y
Asia no puede salir nada de valor. Pero no nos dejemos desanimar, porque el espíritu de
Dios está en todas partes.
Si graduamos los ojos para ver sólo las cosas dramáticas, refina-das o espectaculares, tal
vez no veamos el nacimiento de algo fuerte, sencillo y hermoso delante de nuestras narices.
Estamos envueltos en detalles, protegidos del contacto directo con el espíritu de vida. Pero
cuando aprendemos a observar la respiración, la semilla, la taza de té o al recién nacido,
comenzamos a valorar el inmenso poder del espíritu que toma forma en todo lo que vive.
No es fácil poner en práctica la sencillez. Tendemos a desear que el viaje sea más atractivo,
la meditación emocionante, nuestro progreso llamativo e impresionante. Incluso durante la
meditación estamos pensando en lo bien que lo hacemos; durante la oración solemos
criticar en secreto nuestro progreso espiritual desde la última vez que oramos. Sujata dijo:
«Los santos son personas muy sencillas cuando caminan, caminan, cuando hablan, hablan y
eso es todo. No piensan mientras escuchan, no sueñan mientras caminan, no ven mientras
tocan. Eso es muy difícil, por eso son santos»
Sé cuenta la historia de un Roshi [maestro] zen que siempre enseñaba a sus alumnos a
practicar la simplicidad de acción y atención: cuando comas, come, cuando camines,
camina. Una mañana un alumno lo encontró tomando el desayuno, comiendo cereales y
leyendo el diario. Confundido, el alumno lo interpeló:
—Siempre nos dices que actuemos con simplicidad, que pongamos atención: cuando
comas, come; cuando camines, camina. ¿Cómo es que en este momento estás comiendo
cereales y leyendo el diario al mismo tiempo?
—Eso también es simple —le contestó el maestro sonriendo—. Verás, cuando comas y
leas, pues come y lee.
La práctica de la sencillez nos exige prestar atención. Cuando caminamos, comemos, nos
movemos y hablamos, simplemente ponemos atención a cada momento. Si ponemos total
atención al acto de coger una taza de té, o de decir una palabra de amabilidad, eso puede
servirnos para estar despiertos en ese momento. Si estamos vivos en este instante nos es
105
mucho más difícil verlo a través de la óptica de nuestra infancia. Si dedicamos el tiempo a
pensar en este momento nos podemos quedar atrapados analizando de qué modo este
momento refleja nuestra infancia. Pero si sencillamente experimentamos este momento,
atentos a la experiencia de caminar, respirar y tocar, entonces estamos libres de nuestra
historia, estamos más completamente vivos.
Ralph Waldo Emerson escribió: «Cuando la mente es simple es capaz de recibir sabiduría
divina; las cosas viejas se desvanecen; vive el ahora y asimila el pasado y el futuro en la
hora presente». En la simplicidad del momento presente, afirma, todas las cosas adquieren
nueva vida, todas las cosas se hacen poderosas, ricas e incluso sagradas.
Coloca el pie sobre el suelo como un emperador colocaría su sello en un decreto real.
Un decreto real puede llevar felicidad o desgracia al pueblo. Puede derramar gracia sobre
ellos o arruinar sus vidas. Nuestros pasos pueden hacer lo mismo. Si son apacibles, el
mundo tendrá paz. Si podemos dar un paso apacible, podemos dar dos. Podemos dar ciento
ocho pasos apacibles.
EJERCICIO
Meditación caminando
106
Esta meditación la puedes hacer dentro de casa o al aire libre. Comienza por buscar un
lugar donde puedas estar de pie en silencio, concentrando la atención en tu cuerpo. Pasado
un momento comienza a caminar con mucha lentitud, a una fracción de la velocidad con
que caminas normalmente. Que cada paso dure unos cuantos segundos. Encuentra un ritmo
que no sea tan lento que te haga perder el equilibrio, ni tan rápido que te haga difícil centrar
la atención en cada paso. El objetivo no es llegar a alguna parte sino observar lo que sientes
al caminar.
Suavemente, toma conciencia de los tres movimientos distintos de que consta cada paso
que das. El primer movimiento es levantar el pie del suelo. Al levantar el pie del suelo,
hazte la observación silenciosa «levantando». El segundo movimiento es «mover», es decir,
mueves el pie alzado para avanzar. Cuando esto ocurra, hazte también la observación
«moviendo». Por último, cuando colocas el pie en el suelo y completas el paso, observas
«colocando».
Mientras avanzas lentamente, dirige la mirada a un punto a unos metros al frente. De lo que
se trata es de no avanzar mirando de lado a lado como harías cuando das un paseo por el
parque. El objeto de esta meditación es experimentar y estar atento a las muchas
sensaciones que surgen cuando usamos el cuerpo sólo para caminar, paso a paso. Una vez
hayas avanzado unos cuatro o cinco metros de esta forma, podrías girarte lentamente,
diciéndote en silencio «giro» y volver al punto de donde comenzaste. Si vaga la mente,
vuelve la atención con suavidad a las sensaciones de levantar, mover y colocar el pie.
Puedes repetir este ciclo cuantas veces quieras.
Pon atención a las características únicas de cada movimiento. Siente la simplicidad de cada
acto de levantar, mover y apoyar el pie en el suelo. Observa las sensaciones que surgen en
ti con cada movimiento. ¿Qué notas? Haz este ejercicio durante quince minutos. Observa lo
que ocurre con tu concentración. Más adelante puedes pro-longar la práctica a media hora.
107
Así comenzamos a valorar cada acto no porque con él se consiga algo, sino porque la
simplicidad del propio acto revela una belleza intrínseca. De este modo inducimos una
profunda valoración de las cosas simples que embellecen nuestra vida cotidiana.
EJERCICIO
Dedica algo de tiempo a sentarte en tu refugio, delante de tu mesa. Relájate hasta estar
tranquilo y reposado, usando la respiración para instalarte en tu cuerpo y corazón.
Después, con sencillez, repasa tu vida actual. Trae a la mente varios aspectos importantes,
entre ellos tu trabajo, tus relaciones o tu vida familiar, tu situación económica, tus
actividades de ocio, tus per-tenencias, tus objetivos y tu vida espiritual. Uno a uno, a
medida que estos aspectos acudan a tu mente, hazte las siguientes preguntas: ¿Qué
supondría simplificar esta parte de mi vida? ¿De qué podría desprenderme, que podría
hacer para hacer más tranquilo y sencillo este aspecto de mi vida?
Deja que las imágenes y las respuestas surjan en tu mente. Continúa sentado en silencio,
reflexionando sobre las elecciones que se te presentan. Observa qué te resulta
inmediatamente agradable y qué te resulta difícil o temible. El objetivo no es cambiar nada
de inmediato. En este momento sólo estás observando en qué aspecto de tu vida de-seas
más simplicidad y darte cuenta de qué cambios podrías considerar para hacer sitio a esa
simplicidad. Tómate todo el tiempo que necesites en cada aspecto de tu vida, tomando
conciencia de los pasos que podrías dar, sean cuales sean. Después, toma la decisión de
comenzar a hacer cambios conscientes en cada aspecto.
108
8
Ajetreo y quietud
En su poema «A callarse», el poeta chileno Pablo Neruda invita a un momento de quietud:
Sería un minuto fragante, sin prisa, sin locomotoras, todos estaríamos juntos en una
inquietud instantánea.
Espera un momento, dice Neruda, escuchemos. Nuestra vida está contaminada por la
continua prisa por movernos, por un ajetreo habitual y constante. Siempre hablamos
demasiado, gesticulando con los brazos, llenando tiempo y espacio. Estamos saturados de
ocupaciones, la vida gira y gira cada vez más rápido, al ritmo del acelerado mundo que nos
rodea. Detengámonos un momento, dice, descansemos un poco en la quietud;
explorémonos cada uno y el uno al otro. Tal vez entonces podamos escuchar con más
claridad las calladas vocecitas de nuestras almas.
Cuando éramos niños y nos sentíamos abrumados por el sufrimiento familiar aprendimos a
huir de ese dolor. Aprendimos a movernos más rápido, a eludir el contacto íntimo, a
convertirnos en blancos móviles porque son difíciles de acertar. Incluso empleábamos el
drama intenso para protegernos de las heridas que salpicaban nuestra convivencia. Si nos
quedábamos quietos nos sentíamos demasiado vulnerables y expuestos; el movimiento se
convirtió en una defensa, en la estrategia para protegernos de los ataques del sufrimiento
familiar. Cuanto más rápido nos movíamos, menos nos podían ver y conocer, más
invisibles éramos y más seguros nos sentíamos. Nos refugiábamos en la velocidad, la
productividad y el ajetreo; camuflados en la actividad implacable jamás nos quedábamos en
un sitio el tiempo suficiente para ser cogidos.
Eran raros los momentos de quietud y silencio en nuestra familia. Que las cosas estuvieran
tranquilas solía ser el anuncio de que se ges-taba alguna crisis. En los momentos de
silencio, cuando no estábamos ocupados en alguna actividad que nos distrajera, podía
estallar una pelea o drama por cualquiera de las aflicciones, rencores o desagrados latentes
en la familia. Así pues, todos huíamos de la quietud; era demasiado imprevisible,
demasiado peligrosa. Aprendimos a llenar rápidamente esos momentos con actividades que
109
sirvieran para desviar la atención, de nosotros y de los demás, de esos sentimientos que
podían surgir en la quietud. Intentábamos ocuparnos en alguna tarea, distracción o drama,
nos dedicábamos plenamente a planear, pensar, ordenar, a cualquier cosa que amortiguara
el sonido de las voces sensibles, de los miedos y las penas que nos preocupaban al corazón.
Eran raros los momentos en que la familia podía sentarse junta en silencio a escuchar la
suave y callada serenidad de ser simplemente una familia. Lo más habitual era encontrarnos
en medio de alguna catástrofe en potencia que nos obligaría a escabullimos, en frenética
reacción, con maniobras estratégicas o defensivas. A medida que la actividad y el ajetreo sé
iban convirtiendo en nuestra vocación primordial, poco a poco fuimos perdiendo la
capacidad de escuchar con atención las verdades más profundas acerca de nosotros mismos.
La velocidad y la actividad nos hacían insensibles a los delicados anhelos de nuestro
corazón y de nuestro espíritu.
Y así, nos resulta muy difícil instalarnos en la quietud. Cuando nos acercamos a un
momento de paz, el primer impulso es echar a correr, generar actividades, justificarnos,
señalar alguna consecución, aturdimos a toda costa. Cuando exploramos la práctica de la
quietud, inevitablemente encontramos dos formas distintas de inquietud o desasosiego: la
del cuerpo y la del habla.
Llevamos una vida muy ajetreada. Seamos médicos, obreros, pintores, maestros, camareras,
sacerdotes, cocineros, terapeutas, a todos nos agrada pensar que nuestro trabajo es valioso y
bueno. Cada uno se esmera por ser digno de confianza, productivo, útil a sus familiares,
110
amigos y vecinos. Pero es tanta nuestra impaciencia por ser productivos que tal vez nos
hacemos cargo de demasiadas cosas, hasta que el trabajo nos agobia y el ajetreo es
frenético, a tal punto que amenaza con ahogarnos el espíritu, nos debilita el entusiasmo y la
vitalidad.
«La vida consiste en algo más que en ir deprisa», decía Gandhi. Muchos creemos que esta
velocidad nos liberará: cuanto más impresione y satisfaga a los demás, cuanto más cosas
haga, mejor me voy a sentir. Cuanto más realice, más digno me sentiré de estar aquí y más
pronto llegaré a la serenidad. Pero ciertamente jamás conseguiremos tenerlo todo hecho.
Nos negamos a descansar alegando que hay demasiadas cosas que hacer, demasiadas
personas que atender. Nuestro trabajo es tan esencial y nuestras responsabilidades tan
importantes que dejar algo sin hacer serían irresponsables e impensables.
Uno de los peligros del ajetreo y del exceso de trabajo es que perdemos la capacidad de
percibir con claridad de que va realmente nuestro trabajo. En la prisa por movernos nos
olvidamos de nuestros dones, nos desconectamos de nuestros talentos e intuiciones,
hacemos oídos sordos a nuestra auténtica sabiduría interior. Thomas ton dice que cuando
sucumbimos a este ajetreo, en realidad generamos una forma sutil de violencia:
El frenesí de nuestra actividad neutraliza nuestro trabajo la paz; destruye nuestra capacidad
interior para la paz, la fecundidad de nuestro trabajo, porque mata la raíz de la sabiduría
interior que lo hace fructífero.
El hermano David Steindl-Rast nos recuerda que la palabra china que significa «ocupado»
está compuesta de dos caracteres: <corazón» y «matar». Cuando nos ocupamos de tantas
cosas que siempre vamos corriendo para «hacer» o «acabar» esto o aquello, mátame algo
esencial en nosotros, y ahogamos la callada sabiduría del corazón. Cuando revestimos de
crítica e impaciencia el trabajo, siempre afanados por la rapidez y la eficiencia, perdemos la
capacidad de valorar el millón de momentos tranquilos que pueden proporcióname paz,
belleza o alegría. Cuando buscamos la salvación mediante nuestra frenética productividad,
el ansia de alcanzar metas, dilapidamos las enseñanzas que podrían estar presentes en ese
mismo momento, en la riqueza de esa determinada respiración.
111
En el Eclesiastés hay un proverbio que dice: «Más vale una sola mano llena de paz que las
dos llenas de fatiga por cazar viento». Faltos de práctica en el arte de la quietud, esperamos
encontrar la seguridad, la sensación de hogar y la curación en un mayor nivel de
rendimiento. Pero, en realidad, el frenético ajetreo nos impide acceder a lo que es sanador y
sagrado en nosotros mismos y en los demás.
Así como la velocidad puede apagar las voces del espíritu, el exceso en el hablar también
puede apartarnos de nuestra sabiduría interior. De niños aprendimos a emplear las palabras
a modo de arma para defendernos. Empleábamos el lenguaje para justificarnos y
defendernos, tanto a nosotros mismos como nuestro comportamiento. Usábamos las
palabras para tranquilizar y engatusar, para manipular y causar buena impresión.
Aprendimos a captar lo que nuestros padres deseaban oír y rápidamente inventábamos las
frases que los satisficieran. El lenguaje era el medio para convencer al mundo de que
éramos importantes, de que teníamos talento y éramos valiosos.
Llegamos a usar el lenguaje con más frecuencia para enmascarar la verdad que para
revelarla. Poco importaba que lo que dijéramos fuera cierto, lo importante era lograr que los
demás creyeran que lo era. Nuestras palabras iban destinadas a manipular o aplacar a las
personas que creíamos que nos podían herir. Inventábamos cualquier historia que creíamos
necesaria, y la contábamos de forma que causáramos buena impresión a las personas que
nos rodeaban. «Sí, papá, te quiero», decíamos, fuera cierto o no. Si nos lo preguntaban,
insistíamos asustados: «No, no tengo miedo»; inducidos por el dolor contestábamos
valientemente: «No pasa nada, no me duele». El lenguaje se convirtió en nuestra primera
línea de defensa contra el dolor; sólo muy de vez en cuando lo empleábamos para decir la
verdad.
Hace unos años Ron asistió a uno de nuestros retiros. Como siempre, pedimos a los
participantes que pasaran la mañana en silencio. Cuando salimos de ese silencio él
comentó:
—Esta ha sido la primera vez en mi vida que he estado con personas calladas que no
estuvieran enfadadas. En mi familia, cuando una persona estaba callada significaba que
estaba furiosa o que alguien iba a recibir una paliza. Encuentro increíble lo que he sentido
esta mañana, sentado con todos, desayunando, sin que nadie hablara, y que nadie estuviera
enfadado conmigo. Al principio me sentí aterrado, pero después, cuando me di cuenta de
que no había ningún peligro, lo encontré fabuloso. Ha sido increíble.
El exceso de palabras puede servir para perpetuar nuestro desasosiego. El doctor James
Lynch, psiquiatra investigador, descubrió que la simple acción de hablar, al cabo de menos
de medio minuto de una conversación normal y tranquila, eleva la tensión arterial entre 1 y
5 puntos. La simple acción de hablar produce en realidad cierto grado de tensión en el
cuerpo que luego se refleja en la elevación de la tensión arterial. Al parecer, este es un
«reflejo normal», dice.
La brevedad y simplicidad del lenguaje puede servirnos para fomentar un lugar de paz
interior. Sin embargo, podemos comprobar que cada vez inventamos más palabras para
compensar la paz que creemos perdida. Alguien observó una vez que el Padre Nuestro en
inglés contiene 56 palabras; el Salmo 23, 118 palabras, y el discurso completo que
pronunció Lincoln (Gettysburg Address) en la consagración del cementerio de Gettysburg,
considerado una obra maestra, sólo contiene 226 palabras, mientras que la ordenanza del
Departamento de Agricultura de Estados Unidos para poner precio a las coles contiene
15.629 palabras. Fácilmente podríamos concluir que damos más valor a los precios de las
coles que a la libertad, a la oración o la serenidad. Sin embargo, ciertamente estamos
anegados en un mar de palabras que han perdido su significado.
Quietud y curación
En la infancia nos servíamos de las prisas y la actividad para producir seguridad y consuelo.
Si creemos que la curación vendrá mediante el esfuerzo y la actividad, entonces
recelaremos de cualquier curación que resulte de la quietud. Pero muchas culturas y
sistemas de curación respetan el poder del reposo, la meditación, la paz y el silencio para
113
fomentar el proceso curativo. ¿Cómo podemos esperar que se produzca la curación si nos
negamos a dejar que haya un ritmo entre la actividad y la quietud en nuestra vida?
Nuestra predisposición a estar ocupados nos hace sentir más a gusto cuando podemos
emprender una actividad. Recelamos de los métodos curativos que hablan de equilibrio
interior, de los métodos que recetan estar en silencio, sentados, sin hacer nada. Al estar
sencillamente sentados en silencio con nosotros mismos, tendemos a sentir con mayor
intensidad el dolor, experimentamos la profundidad y textura de nuestro corazón roto,
sentimos las fuertes punzadas de las lágrimas que aún no hemos derramado. En la quietud,
sin la distracción de una actividad, contactamos con nuestro paisaje interior con dolo-rosa
intimidad y tal vez sentimos por primera vez hasta qué punto han sido magullados nuestros
sentimientos.
Así pues, nos resistimos a estar quietos. Pero al mismo tiempo, si rendimos el corazón y la
mente a la quietud silenciosa, podremos des-cubrir que todo lo que estábamos buscando ya
lo tenemos en nuestro interior, en nuestro espíritu. Si fuera paz lo que buscábamos,
podríamos encontrar paz; si fuera curación, podríamos encontrar curación; si buscábamos a
Dios, podríamos encontrar el reino de Dios vivo en nuestro corazón. Tal vez no hay nada
que hacer, ningún lugar adonde ir; todo lo que buscamos ya está aquí.
El último lugar donde solemos buscar la curación es en nuestro interior. Cuanto más tiempo
estamos sentados solos y cuanto más nos acercamos a la raíz de nuestra aflicción, más
peligroso nos parece. Nos avergonzamos de lo que somos y nos asusta lo que podríamos
ser, por eso usamos la cortina de humo de la actividad para enmascarar nuestro interior.
Pero quizá la mejor curación viene solamente cuando nos escuchamos en silencio y
atentamente, a nosotros mismos y a nuestras aflicciones. Tal vez no haya nada que
exteriorizar, nada que reparar, nada que hacer, sólo conectar conscientemente con nuestro
corazón y nuestro espíritu, con atención callada y amorosa. Con sólo estar sentados quietos
podríamos sentir el amor que Dios ya nos tiene e incluso ex-plorar el amor que nos
tenemos. Entonces saborearíamos la gracia que ya llena nuestro ser y beberíamos de la
fuerza que ya existe en los lugares más sensibles de nuestro corazón.
114
Thomas Merton escribe:
No te muevas,
Escucha las piedras de la pared.
Calla, que desean decir tu nombre.
Escucha los muros vivos.
¿Quién eres?
¿Quién
Eres?
« ¿Existe alguien que sepa hacer límpida el agua enfangada?», pregunta el Tao Te King.
«Pero si la dejamos tranquila poco a poco quedará clara». Muchas tradiciones espirituales
hablan de un momento en la curación en el que no nos queda nada por hacer, nada que
podamos realizar con nuestra voluntad o nuestras estrategias. En esos momentos hemos de
rendirnos a las enseñanzas curativas que sólo se presentan cuando estamos quietos y
callados. Ese es el momento en que Dios nos «conduce a las aguas tranquilas y nos
restablece el alma». «El agua tranquila —dice Chuang Tze— es como un cristal, su
superficie es perfectamente lisa. Si el agua está tan límpida y tranquila, su superficie tan
lisa, cuánto más el espíritu del hombre. El corazón del sabio está tranquilo, es el espejo del
cielo y la tierra [...] El vacío, la quietud, la tranquilidad, el silencio, la inacción..., esto es el
Tao perfecto. Aquí encuentran su reposo los sabios».
Conversación y silencio
115
¿Cómo vencer el miedo al silencio? Adictos al ajetreo y la actividad, tenemos miedo a la
quietud y el silencio como tememos a la muerte; nos aterra abandonarnos, rendirnos a un
vacío desconocido, temerosos de lo que pueda salir del silencio sin formas.
Los Padres y Madres del Desierto, huyendo de la ortodoxia de la iglesia, adoptaron estilos
de vida sencillos, y sus prácticas espirituales consistían en orar, trabajar y hacer
contemplación silenciosa. Creían que el alma se enciende con el calor del interior profundo
y que por eso hay que intentar no disipar el fuego interior con exceso de con-versación.
Pero, al mismo tiempo, cuando nos apresuramos a corregir los silencios del pasado
acentuando las propiedades curativas de «comunicarse», a veces abandonamos el poder de
la quietud y el silencio como parte esencial de la curación. En nuestra cultura
116
contemporánea se receta «hablar» como cura para toda enfermedad. Se nos dice que todos
nuestros sentimientos, emociones y calladas agitaciones del alma sólo tienen valor cuando
se comunican. Expresiones como «gracias por contarme esto» o «me ha ayudado decírtelo»
indican que se espera que la puerta de la sauna esté abierta la mayor parte del tiempo. Así,
nuestro actual modelo de comunicación obligada podría resultar tan doloroso y tiránico
como el del silencio obligado. Cuando se nos decía que teníamos que ocultar nuestros
sentimientos nos sentíamos aprisionados desde dentro; si ahora se nos obliga a comunicar
siempre nuestros sentimientos, podríamos sentirnos aprisionados desde fuera.
Bien hablar
Cuando hablamos, ¿cuánto tenemos que decir y con qué frecuencia? ¿Hemos de hablar todo
el tiempo y decir todo lo que sabemos? ¿De qué modo podríamos compartir con los demás
lo que es profundo y verdadero sin sucumbir a un exceso de conversación que nos distraiga
de nuestra sabiduría más profunda y silenciosa? El Lankavatara Sutra, texto budista muy
antiguo, dice que si no tenemos cuidado, podríamos encontrarnos «atascados en las
palabras como se atasca un elefante en el fango».
Buda enseñaba que tenemos que elegir cuidadosamente las palabras cuando hablamos para
decir sólo lo que tiene amor y es cierto. Enseñaba a sus discípulos a practicar el «bien
hablar», es decir, a no emplear el lenguaje para decir mentiras, para hacer daño a otra
persona, para crear discordia o para entablar chácharas inútiles. El bien hablar es amable y
bondadoso, significativo y útil. No debemos hablar a la ligera, decía Buda. Sólo hemos de
hablar en el momento y lugar oportunos, y si lo que tenemos que decir es inútil, deberíamos
guardar un «noble silencio».
Érase una vez un hombre que estaba muy enfermo y sus amigos y familiares estaban
reunidos alrededor de él. Lo habían atendido durante muchísimo tiempo, lo habían llevado
a todo tipo de médicos y sanadores, pero sin conseguir nada. Ya habían abandonado toda
esperanza de recuperación y simplemente lo estaban cuidando hasta que muriera.
Un día llegó a la aldea un maestro zen y salió mucha gente a recibirlo. En medio de la
muchedumbre estaba el hombre enfermo; sus amigos lo habían llevado ante el maestro. Le
preguntaron si podía curarlo. El maestro lo miró y se quedó en silencio.
—Sí —dijo al cabo de un momento. Se acercó al hombre enfermo y le susurró unas cuantas
palabras. Después se irguió y dijo a los allí reunidos—: Este hombre se pondrá bien muy
pronto.
Entre la multitud se encontraba un amigo íntimo del hombre enfermo, que lo había cuidado
día y noche y conocía la fatal naturaleza de su enfermedad. Se impacientó con el maestro
117
zen, le molestó ese desconocido que trataba la gravísima enfermedad de su amigo con un
método tan simple.
— ¿Cómo puedes hacer esto? —le preguntó—. Este hombre está terriblemente enfermo.
¿Cómo es posible que puedas curarlo con sólo unas cuantas palabras?
—Tú no sabes nada de estas cosas —le dijo enfadado—. ¡No eres más que un tonto
ignorante!
Al oír eso el hombre se enfureció e hirvió de cólera. El cariño por su amigo y la rabia hacia
el desconocido le produjeron un intenso odio; se le enrojeció la cara y se abalanzó para
golpear al maestro, pero justo en ese instante este levantó la mano y le dijo:
—Espera. Mírate y observa el cambio que has experimentado. Si unas cuantas palabras no
amables de mi parte han podido producirte ese enorme cambio, ¿no podrían unas cuantas
palabras amables producir también mucha curación?
El bien hablar nace del silencio atento. Cuando estamos quietos y en silencio oímos con
más claridad lo que es verdadero, apreciamos los colores de las cosas y sentimos el peso y
la textura de lo que tenemos en las manos. Sentimos nuestros pasos en el suelo, oímos el
sonido que hacemos al andar. En el silencio estamos libres para ir más allá de los hábitos de
la infancia, para desarrollarnos más allá de lo que ya está en nuestros pensamientos para
decir más de lo que ya está en nuestra boca. Cuando no paramos de hablar sólo oímos lo
que ya hemos deducido acerca de nosotros mismos y del mundo: El silencio nos permite
descubrir cosas sobre nosotros que todavía no hemos imaginado.
En el silencio oímos las «numerosas voces del río». Cuando aprendemos a escuchar
podemos oír más voces, más posibilidades, más frecuencias. El oído puede percibir nuevos
sonidos, sonidos que trascienden aquellos a los que nos acostumbramos en la infancia.
Cuando estamos en silencio comenzamos a oír que somos algo más que niños heridos, no
somos solamente una esposa o un marido, un hijo o una hija; somos un cristal con muchas
facetas, y en el silencio podemos comenzar a verlas con más claridad. Sólo cuando nos
permitimos escuchar en silencio podemos valorar la exquisita abundancia de todo lo que
somos.
Nos cuesta abstenernos de hablar. Estamos tan habituados a usar palabras que con
frecuencia nos salen de la boca antes de haber pensado en hablar. Se cuenta la historia de
cuatro alumnos zen que pro-metieron observar siete días de silencio:
El primer día estuvieron todos en silencio y la práctica fue bastante bien. Pero cuando llegó
la noche y las lámparas comenzaron a apagarse, uno de ellos no pudo evitar ordenar al
sirviente:
La práctica de la quietud
¿Cómo introducir quietud en nuestra ajetreada vida? Como nos dice la Biblia, la
observancia del descanso del sábado (Shabbat) tenía por finalidad establecer un ritmo entre
119
la actividad y la quietud, disponer de un día a la semana en el cual dejar de lado el trabajo y
atender a las cosas más tranquilas del espíritu. Según un escritor hebreo, el Shabbat les
servía
Así pues, nos tomamos un periodo de tiempo, veinticuatro horas completas, para cambiar
nuestra relación con el mundo, para abstenernos de actuar en él y apartarnos y celebrar la
grandeza y el misterio de la creación. [...]
En las tradiciones cristiana y budista, los fieles hacen retiros periódicamente, dejando a un
lado las preocupaciones y las responsabilidades de la vida cotidiana para poder escuchar
con más atención la gracia y sabiduría nacidas del silencio. Con cada día, con cada
respiración, en oración y meditación, se atiende en silencio a los dones y verdades que sólo
germinan cuando el corazón está sosegado.
Otros, entre ellos los hindúes y los musulmanes, hacen un peregrinaje, emprenden un viaje
hacia un santuario o lugar santo. El viaje en sí se convierte en meditación, en tiempo para
una reflexión silenciosa. Con cada paso, mientras siguen un camino que los acerca aún más
al Bienamado, se van desvaneciendo las distracciones del ajetreo diario.
No es necesario esperar a tener tiempo para hacer un retiro largo o un gran peregrinaje. A
muchos, unos momentos de silencio cada día nos proporcionan una nueva textura en
nuestras vidas. Uno de los Padres del Desierto explicaba: «Sólo hay un método: estar
inmóvil con la atención puesta en el corazón. Todas las demás cosas no vienen al caso».
¿Cuántos momentos de quietud silenciosa solemos llenar con alguna actividad o discurso?
Podríamos comenzar a fijarnos en los momentos aislados que surgen de tanto en tanto,
momentos en los cuales no hay absolutamente nada que necesitemos hacer o decir. Podría
ser mientras vamos sentados en un autobús, o estamos en una cola, o cuando disponemos
de unos inesperados minutos entre reunión y reunión o entre cita y cita. En lugar de correr a
coger una revista o iniciar una conversación, ¿podemos simplemente dejar que ese
momento sea de silencio y quietud? Podríamos cerrar los ojos o descansar tranquilamente
la mirada en un punto frente a nosotros, y así descansar en el silencio, observando todos los
pensamientos y sensaciones que surjan. ¿Qué observamos? ¿Cuáles son las imágenes y
sentimientos que surgen? ¿Qué sensaciones o pensamientos profundos comienzan a
120
aparecer pasados unos instantes? ¿Qué preguntas o soluciones se presentan tan sólo pasado
un corto periodo de quietud?
¿Podemos aprender a admitir el silencio? ¿Podemos sentirnos tranquilos sin hacer nada?
Fíjate con qué frecuencia generamos actividad simplemente por la actividad, cuántas veces
nuestra conversación consiste en una cháchara fútil, cuántas veces empleamos palabras
simplemente para sentir que participamos en la conversación o para evitar los incómodos
silencios. El poeta Nanao Sakaki comenta con ironía:
En la quietud y el silencio hay enormes posibilidades. Nuestros ojos y oídos están más
receptivos a las voces del espíritu, a las enseñanzas que están presentes y vivas en nuestro
corazón. Con ese espíritu acaba Pablo Neruda su poema «A callarse»:
121
EJERCICIO
La práctica de la conversación atenta
Con frecuencia hablamos para estar ocupados y distraídos. Levantamos una cortina de
humo de actividad verbal para protegernos del mundo y aislarnos de nuestros sentimientos
íntimos.
Observa tus impulsos de hablar. ¿De qué sientes deseos de hablar? ¿Cuáles son las cosas
que más te cuesta no decir? ¿Qué notas acerca de la forma como empleas el lenguaje? ¿Qué
sientes al quedarte callado cuando normalmente hablarías? ¿Qué sentimientos o emociones
observas al estar en silencio?
El objetivo de este ejercicio no es tanto guardar silencio como observar la calidad de lo que
hablas, lo activa o animada que es tu conversación y las veces que es inconsciente.
Emprender la práctica de observarnos mientras hablamos puede conducirnos a un empleo
más consciente y atento del lenguaje. Tenemos un impulso reflejo e inmediato a llenarnos
la vida con la actividad de la conversación. Si dejamos que se debilite ese impulso
podríamos descubrir un sutil sosiego de la mente y experimentar una mayor percepción de
nuestras voces interiores.
Meditación
EXPLORACIÓN DE LA QUIETUD DEL CUERPO
Organiza las cosas para disponer de una hora en que puedas estar solo/a y sin
interrupciones. Tal vez desees hacerlo en casa o al aire libre, en la naturaleza.
Este ejercicio tiene la finalidad de explorar las prácticas de la quietud y el silencio. Toma la
decisión de no hablar, leer, escribir ni comunicarte durante una hora. No harás ningún
trabajo, ningún recado ni quehacer. Tu única tarea será escuchar, observar y experimentar
tu vida sin distracciones durante una hora.
Pasado un rato, adopta una posición cómoda de meditación y cierra los ojos. Déjate guiar
por tu respiración para entrar suavemente en tu cuerpo. Que la respiración te indique dónde
estás tenso/a y dónde estás relajado/a. Permítete atender las muchas sensaciones de presión,
temperatura, textura, velocidad y paz que circulan por ti. Cuando se haga predominante una
determinada sensación, examina sus características: ¿Es dura o blanda, caliente o fría,
tensa, relajada u hormigueante? Observa qué ocurre mientras la observas. ¿Se hace más
fuerte o más débil, aumenta o disminuye? ¿Comienza a desvanecerse? Toma nota mental de
esa sensación, observando «presión», «tensión», «dolor», etcétera, hasta que se desvanezca.
Después vuelve la atención a la respiración. Cada vez que surja una nueva sensación
corporal, atiéndela hasta que se desvanezca y dirige nuevamente la atención a la
respiración.
Observa cualquier impulso a moverte, a hacer algo, a levantarte y correr. Aplícate a esta
meditación durante veinte minutos. Después, si lo deseas, puedes abrir los ojos. Podrías
incorporarte y caminar lenta-mente. ¿Qué notas en tu cuerpo al moverlo? ¿Cómo decides
qué dirección tomar, hacia dónde caminar? Presta atención a la forma como trabajan en
concierto tu mente, tu corazón y tu cuerpo para impulsar tu cuerpo al andar. En cada paso
continúa atento a cualquier sentimiento o sensación que surja en tu interior.
EJERCICIO
Un día de silencio
A medida que profundizamos en la práctica, tal vez sintamos deseos de pasar todo un día en
silencio. Esto podría resultar difícil a muchas personas, pero también puede ser una forma
de aumentar la capacidad de escuchar con más atención las suaves vocecitas del interior.
Este será un día para caminar, observar, comer, meditar y descansar si te apetece. Será un
día para evitar la mayoría de las demás actividades, entre ellas escribir, leer, ver televisión,
dibujar o escuchar música. Puesto que no vas a hablar durante todo el día, tendrás que
tomar algunas medidas. Lo ideal es que este día lo pases solo/a en casa o en algún lugar de
retiro. Si las circunstancias de tu casa o familia hacen necesaria la presencia de otras
personas, prepáralas de antemano para que te permitan pasar el día sin interrupciones de
123
conversación o actividad. Organiza las cosas de modo que no tengas ninguna obligación
externa que atender y que dispongas de los alimentos que vas a necesitar durante el día.
Siéntete en libertad para desconectar el teléfono.
Tan pronto despiertes el día de silencio, comienza con tu presencia mental, incluso al
bajarte de la cama. Concentra la atención en tus actividades normales de la mañana, como
ducharte, lavarte los dientes, peinarte y vestirte. Tal vez podrías tratar de hacer con más
lentitud estas actividades, para observar el proceso con más precisión. Emplea en silencio
nombres o etiquetas sencillas para mantener la atención centrada en el momento presente,
por ejemplo «lavarme, lavarme», «vestirme, vestirme», «comer, comer», etcétera.
A medida que avance el día, sin duda tendrás momentos de desasosiego. Sin juzgarte ni
criticarte, observa la sensación de desasosiego cuando surja en tu cuerpo. Tal vez sientas un
irresistible deseo de moverte, de hacer algo, de comer, de dedicarte a alguna actividad.
Aplaza un rato ese movimiento y observa qué sientes al contener por un momento el
impulso de ocuparte en algo. Quédate unos instantes sentado/a quieto/a antes de precipitarte
a hacer algo inconscientemente. Deja que el deseo surja al menos tres veces y sólo entonces
realízalo conscientemente. Tal vez de tanto en tanto, a lo largo del día, sientas el deseo de
meditar en tu refugio concentrándote en la respiración. Otras veces, sencillamente podrías
quedarte sentado/a en silencio y escuchar a tu cuerpo. Aplícate a escuchar los cambios,
pensamientos, deseos y sentimientos sutiles que pasen por tu corazón y tu mente cuando
estés sentado/a o caminando en silencio. ¿Qué observas? Tal vez tus percepciones te
revelen detalles nuevos e interesantes acerca de ti mismo/a o de tu casa que normalmente
no notas cada día.
Dedica tiempo a explorar lo que sientas en los ojos y oídos, en el tacto, olfato y gusto.
Cuando comas, hazlo poco a poco, notando las sensaciones mientras preparas la comida,
mientras la masticas y tragas y mientras limpias las cosas después de comer.
Puesto que se ha hecho bastante más lenta tu rutina normal, es posible que notes una
sensación de cansancio. En realidad, esto podría ser una auténtica necesidad de descansar,
ahora que por fin has escuchado el cansancio de tu cuerpo, en cuyo caso te convendría
hacer una corta siesta.
No obstante, el cansancio también podría ser una señal de resistencia a un estado mental o
corporal desagradable o doloroso: no quieres sentir algo desagradable, por lo tanto sientes
sueño. Si adviertes que esa somnolencia es en realidad una profunda renuencia a sentir algo
en tu interior, puedes hacer unas cuantas respiraciones pro fundas, intensificar tu
concentración y explorar lo que hay bajo la superficie de tu conciencia.
La práctica del silencio permite acallar la mente, estar consciente y prestar sincera atención
en ti mismo en el momento presente. A veces esto proporciona una sensación de alegría o
124
de bienestar, o de paz. Cuando nos apaciguamos comenzamos a beber de la plenitud de
nuestro ser.
Al finalizar el día, tal vez desees ofrecer una oración o meditación de agradecimiento por el
exquisito abanico de experiencias que has recibido durante este periodo de quietud y
silencio.
125
9
Decepción y desapego
Nos enteramos de lo que es la decepción cuando algo que deseamos no se hace realidad.
Cuando éramos pequeños tal vez deseábamos un juguete nuevo, un buen amigo, unas
vacaciones de verano más largas o una aventura fabulosa. También podríamos haber
deseado pertenecer a otro tipo de familia, unos padres más jóvenes o más alegres y
juguetones, o una familia más acogedora y cariñosa. Pero cuando las cosas no resultaban tal
como deseábamos, cuando los juguetes, las aventuras o nuestros padres resultaban no ser
como los soñábamos, nos sentíamos tristes, defraudados y decepcionados.
En la infancia solíamos tener ideas muy claras respecto a cómo debían de ser las cosas. Los
padres no debían pelearse, las madres debían ser dignas de confianza, los padres no debían
golpear ni gritar a sus hijos, las familias debían ser cariñosas y felices. Teníamos un claro
concepto de lo que era justo, y creíamos firmemente que todo el mundo debía ser amable,
que los padres no debían tratarnos mal y que nadie debía enfadarse. Cuanto más
experimentábamos los sufrimientos, la rabia o la impaciencia de la familia, más nos
aferrábamos a la expectativa de que debería haber más amor. Incluso a medida que se
desplegaba el repertorio familiar de peleas, alcoholismo o divorcio, en secreto
continuábamos esperando que, de alguna manera, repentinamente, todos fueran a cambiar y
convertirse en la familia acogedora y cariñosa que nunca tuvimos.
Pero es inevitable recibir menos de lo que se espera: Beth deseaba una madre que no la
dejara sola en casa durante horas; Don deseaba un padre que no lo golpeara; John esperaba
que su padre fuera más comprensivo; Mary soñaba con el día en que su padre le dijera que
la quería; Rick deseaba una madre que no necesitara pedirle consejo en todo; Laurie
deseaba una madre que no bebiera ni la obligara a estar con ella toda la noche hablando;
Carole deseaba tener un hermano que no la manoseara; Diana soñaba con una madre que no
se suicidara. Cada vez que esperábamos más de lo que recibíamos, los deseos del corazón
no hechos realidad nos decepcionaban más y más.
Por supuesto, siempre habría alguna ocasión, un momento especial, algún día, en que las
cosas resultaban tal y como deseábamos que fueran. Siempre habría un día en que las cosas
126
eran alegres y felices en la familia, una ocasión en que salimos a pescar con papá o que
mamá nos ayudó en los deberes, o que todos reímos y jugamos juntos, o dimos un paseo y
todos lo pasamos muy bien. Pero aun cuando se presentaba inesperadamente un momento
de felicidad, de todos modos nos sentíamos recelosos y estábamos vigilantes, a la espera del
momento en que acabaría la felicidad. Aunque hiciéramos todo lo posible por disfrutar de
cualquier momento de felicidad que se presentara, estábamos tan acostumbrados a la
decepción por las promesas no cumplidas de nuestra historia familiar que muy pronto
aprendimos a escudriñar detrás de la felicidad, en busca del inevitable sufrimiento, la
trampa escondida, la decepción segura que iba a venir.
Llegamos a la conclusión de que las personas que parecían felices eran aquellas que no
veían lo que veíamos nosotros, que eran demasiado tontas o ignorantes para ver la verdad
«real» y dolorosa de las cosas. Incluso nos enorgullecíamos de nuestra capacidad para
descubrir sufrimiento donde parecía que había alegría; era una cuestión de inteligencia y
sensibilidad distinguir los defectos en la hermosa historia. Lo veíamos todo a través de la
lente de nuestro corazón roto.
Cuando nos hacemos mayores continuamos deseando y esperando las cosas que no
tenemos. Si bien puede que cambien las cosas que deseamos (por ejemplo, en lugar de un
juguete nuevo podríamos desear un coche nuevo, o un trabajo mejor, una casa más grande o
un cónyuge más compatible), de todos modos cuando estas cosas no resultan exactamente
tal como las esperábamos nos sentimos decepcionados. Y como cada nueva frustración
hace vibrar los recuerdos de la infancia, entonces la decepción, amplificada por los
repetidos y viejos' pesares, se convierte en una especie de hamaca a la que podemos
retirarnos cómoda y confiadamente.
Este baile de expectativas y decepciones nos sigue adondequiera que vamos. Si nos
fijamos, descubrimos que siempre deseamos algo diferente de lo que tenemos. Cuando
estamos en la ciudad soñamos con el campo, y en el campo echamos de menos los
estímulos de la ciudad. Cuando estamos solos nos hace falta compañía y cuando estamos
127
entretenidos con la familia deseamos tener más tiempo para nosotros. Nos ahogan los
deseos y las preferencias siempre cambiantes. En la implacable búsqueda de la satisfacción
de nuestros volubles deseos .y necesidades queremos reducir al mínimo los sufrimientos
tratando de ordenar el mundo de la forma que lo deseamos; pero, pese a nuestros esfuerzos
para organizarlo bien, nos resulta insatisfactorio en algo; no dura lo suficiente o dura
demasiado, las personas no responden como queremos, algo no está del todo bien, y
nuevamente nos sentimos decepcionados.
Decepción y desesperanza
¿Cuántas veces durante el día nos sorprendemos imaginando qué podría ir mal? ¿Cuánto
tiempo dedicamos a pronosticar cómo nos va a estallar en la cara este trabajo, esta relación
o este proyecto? Incluso cuando las cosas van sobre ruedas, ¿cuántas horas desperdiciamos
tratando de imaginar en qué momento se estropeará algo, a la espera del momento en que
algo bueno se torne malo? Dado que se nos ha roto el corazón con tanta frecuencia, dado
que se han desvanecido tantos sueños, el fracaso y la desilusión comienzan a parecemos
más fiables y duraderos que la felicidad y la dicha. En realidad, contamos con la
inevitabilidad de la decepción, y sentimos cierto alivio cuando se estropea algo, cuando se
arma la gorda, cuando por fin descubrimos que todo lo que parecía estar bien estaba mal.
En su primer trabajo como terapeuta infantil, Erik Erikson observó a niños pequeños que
manifestaban claros síntomas de desesperanza. Parecía en realidad que estos niños y niñas
buscaban el fracaso, rompiendo juguetes o peleándose con sus compañeros de juego tan
pronto les parecía que algo podía ir mal, y después se replegaban en la desesperación
cuando todo resultaba mal. Erikson observó indicios de triunfo y satisfacción en las caras
128
de esos niños cuando se producía el inevitable fracaso en una situación. Pero también se dio
cuenta de que se repliegue en la desesperanza era una defensa, una protección. Su miedo al
fracaso era tan intenso que de hecho provocaban el desastre para así poder terminar de una
vez. Pero, en sus corazones, dice Erikson, «esos niños deseaban y les gustaba ser amados, y
preferían con mucho la alegría de la consecución al triunfo del odioso fracaso».
Es posible que algunos hayamos visto una desesperanza similar en nuestros padres,
observado cómo se rendían a la desalentadora inevitabilidad de lo que el destino les
deparaba. Vimos sus sufrimientos, sus desilusiones y la sensación de derrota que les
inundaba la vida. Muchos aceptamos los sufrimientos de nuestros padres como una especie
de mapa de nuestro destino, empleando la medida de sus sufrimientos para calibrar los
límites de nuestra felicidad. Movidos por el cariño y compasión por nuestros padres,
algunos hicimos la promesa secreta e inconsciente de no permitir jamás que nuestra
felicidad superara la que ellos tuvieron. Si fuéramos demasiado alegres y demasiado libres,
sería como robarles su felicidad; ellos tenían tan poca alegría que desear tener más sería un
terrible egoísmo. Al aceptar su legado de penas nos sentíamos en cierto modo hijos o hijas
más leales y amantes.
Esta decisión nunca la tomamos conscientemente; es más bien una decisión tomada en un
lugar profundo de nuestro interior, un lugar rodeado por un estrecho lazo que nos une con
quienes nos dieron la vida. Al elegir la infelicidad para que nuestros padres pudieran ser
felices pensamos, tal vez, que les hacíamos un regalo precioso, pues sacrificábamos nuestra
dicha en aras de su sufrimiento. Pero, cierta-mente, ese es un regalo que no beneficia a
nadie.
129
desesperados, ponemos una armadura al corazón, preparándonos para lo peor. Pero cuando
dedicamos toda la atención a prepararnos para el sufrimiento, ahogamos lentamente la
posibilidad de conocer alguna vez la alegría y la dicha verdaderas.
Si nunca podemos escapar del dolor de ser humanos, ¿cómo entonces podemos curarnos de
la decepción y de la desesperanza que queda? Estamos atrapados entre dos formas de
pensar. Por un lado mantenemos la vehemente creencia infantil de que el mundo debe
cambiar y de que todas las personas deben dejar de morirse, de marcharse o de ser
mezquinas. La gente sencillamente debería unirse para reconstruir el mundo del modo
como debería haber sido desde el principio. Si bien este es un hermoso sueño, y algo a lo
que podríamos consagrar la vida, el mero hecho de tener un deseo en el corazón no
significa que deba hacerse realidad.
Una alternativa, sin embargo, es esperar lo peor. Muchos de los que hemos experimentado
repetidas decepciones acabamos siendo escépticos y en tono petulante citamos la ley de
Murphy cuando algo va mal. Pero si bien aprender a esperar desastres podría servirnos para
sentirnos menos vulnerables ante la decepción, ese fatalismo produce una sombra muy
larga en el alma y mata cualquier posibilidad de alegría que pudiera surgir en nuestro
espíritu. A medida que perfeccionamos la habilidad para predecir lo negro y doloroso, poco
a poco vamos perdiendo la capacidad para reconocer lo que es vital hermoso y vivo.
Si esperar lo mejor nos trae decepciones, y esperar lo peor nos duce a la desesperanza, nos
sentimos condenados sea cual sea el lado hacia el cual nos volvamos. ¿Cómo imaginar que
alcanzaremos alguna vez la paz? ¿Cómo podemos ser felices alguna vez?
Un método es experimentar con la idea de que podríamos dejar que todas nuestras
expectativas (las buenas y las malas, las grandes y las pequeñas) fueran gradualmente
perdiendo importancia, colocándolas en un segundo plano en nuestra vida. Esta es una
práctica muy difícil. Tenemos la vida saturada de expectativas para cada situación. Nos
aferramos a viejos y obsoletos planos, a los mapas de seguridad y protección que dibujamos
cuando éramos pequeños y teníamos miedo. Después vamos a trompicones de sitio en sitio,
exigiendo al mundo que se acomode a la perfección a esos planos, y nos sentimos aterrados
pensando que no resultan como deseamos, y decepcionados cuando resultan como
130
temíamos. Únicamente cuando nos liberamos de la prisión de nuestras expectativas
podemos experimentar, el mundo de nuevo y verlo con otros ojos. Si nos liberamos de
aquello a lo que estamos aferrados, aunque sea por un instante, somos más libres para
valorar lo que se nos ha dado y para ver con más claridad la totalidad de lo que hemos
llegado a ser.
La mente no cesa de generar miles de pequeñas expectativas cada día, expectativas que
colorean sutilmente la lente a través de la cual percibimos nuestro mundo. Hace unas
semanas, me despertó a las seis de la mañana mi hijo Maxwell, de un mes de edad. Deseaba
la atención habitual que necesita un bebé: alimento, cambio de pañales, un momento de
ternura entre mis brazos, en mi pecho. Puesto que mi esposa Christine se había levantado a
atenderlo durante la noche, me sentí feliz de pasar un tiempo con mi nuevo hijo.
Resultó que esa mañana su necesidad de que lo meciera en mis brazos era al parecer más
fuerte que otras veces. Al final estuvimos sentados en la mecedora casi una hora, él muy
despabilado y protestón. De pronto comencé a sentir hambre, de modo que supuse que era
la hora de tomar mi desayuno. Tan pronto hice esa suposición, empecé a mecerlo con más
131
determinación, tratando de hacerlo dormir, para poder ir a comer. Lógicamente, mientras
más hambre tenía yo, más despierto y agitado parecía Maxwell.
Al cabo de unos diez minutos ya me había creado un dilema: ¿cuándo podría tomar mi
desayuno? Me impacienté, frustrado porque Maxwell era incapaz de relajarse y dormirse.
Al fin y al cabo yo también tenía que comer. Ese delicioso momento, sentado apacible-
mente con mi hijo a primera hora de la mañana, meciéndonos suave-mente junto, se había
convertido en un momento de decepción, frustración e impaciencia.
¿Qué había cambiado? Max seguía siendo mi bebé, la mecedora seguía meciéndose
dulcemente. La única diferencia era que yo había comenzado a suponer que iba a tomar
pronto mi desayuno. Esa pequeña expectativa había convertido un momento de armonía en
un momento de molestia. En ese instante tenía dos opciones: o bien continuaba
meciéndome, pensando «desayuno, desayuno», o dejaba momentáneamente en segundo
plano la idea del desayuno y pensaba «meciéndome, meciéndome». Tan pronto abandoné la
idea de un desayuno inmediato, el momento volvió a ser dulce y tranquilo. Podía continuar
sentado, podía mirar los ojos de Maxwell y sentir su tibio y tierno cuerpecito contra el mío.
Más pronto o más tarde habría desayuno para todos.
¿Cuántos momentos agradables envenenamos cada día cuando nos aferramos a nuestras
expectativas? Cuando imaginamos el desayuno mientras mecemos al bebé, perdemos la
alegría de mecerlo, perdemos un precioso momento con el bebé, y de todos modos
perdemos el desayuno. Cuando nos limitamos a mecer mientras estamos meciendo, y luego
comemos cuando estamos comiendo, nos abrimos más a los beneficios y gracias contenidas
en ese momento.
Es muy difícil renunciar a algunas expectativas. Muchos de nosotros aún esperamos que
nuestros padres, amigos o cónyuges sean las personas cariñosas que siempre deseamos que
fueran. Nos preguntamos cómo habrían ido las cosas si nos hubieran presentado a la
persona o la profesión adecuadas. Algunos continuamos tan aferrados a esas esperanzas que
todavía no hemos comenzado a vivir la vida en serio. Aún esperamos pacientemente que el
mundo sea igual a nuestra idea perfecta. ¿Cuánto tiempo podemos esperar?
El desafío es aprender a experimentar lo que tenga que llegar a cada momento sin
condiciones, sin compararlo con lo que debería haber sido. Practicando el desasimiento,
abandonando las expectativas y experimentando el momento cara a cara, nos liberamos
para valorar y apreciar lo que tenemos delante, sea lo que sea, para disfrutar de lo que es
vivo y hermoso en ese instante. Al no aferramos a lo que debería o no debería haber sido,
estamos en condiciones de ser sorprendidos por la vida, de experimentar la maravilla de
nuestra vida tal como es, con todas las penas y alegrías que sólo proporcionan el color y la
textura. Cuando no sabemos qué esperar, podemos incluso tratar la tristeza con curiosidad y
132
el corazón abierto Cuando nos desasimos de nuestras expectativas, todo se convierte en
sorpresa.
Pero al ser hijos del sufrimiento familiar, hemos aprendido a de-testar las sorpresas. Las
sorpresas solían alterar nuestros complejos esquemas para arreglárnoslas con el drama
familiar. Las sorpresas solían venir acompañadas de algún incidente desgraciado, doloroso;
cualquier cosa que llegara inesperadamente por lo general venía acompañada por algún
problema o sufrimiento. Lo habitual era que sorpresa significara que algo había cambiado
de mal a peor; las sorpresas agradables eran raras. Así pues, nuestra estrategia general
dependía de nuestra habilidad para evitar las sorpresas.
Sin embargo, «la sabiduría del corazón dichoso comienza con la sorpresa», dice el hermano
David Steindl-Rast. Si cultivamos el desasimiento de nuestras expectativas, si podemos
saborear este determinado momento tal como es, seremos libres para que la vida nos sor-
prenda. El mundo nos brinda muchos inesperados momentos de maravilla, belleza y
armonía, momentos que sólo podemos apreciar cuando estamos dispuestos a dejarnos
sorprender. Podríamos sentirnos encantados por un inesperado gesto de cariño,
sorprendidos por una agradable sensación corporal o embelesados por una vista de la
ciudad en la que nunca nos habíamos fijado antes; como cuando de pronto aparece un
arcoíris en el cielo después de una lluvia de verano: aunque sabemos cómo se forma un
arcoíris y podríamos haberlo esperado, puesto que no lo esperábamos en ese momento
determinado, nos sentimos absolutamente sorprendidos y encantados por su presencia.
El problema de la felicidad
Una de las recompensas de estas prácticas espirituales es que pasado un tiempo, y sin aviso,
podemos caer en la cuenta de que empezamos a sentirnos más ligeros, más alegres, más
presentes y tranquilos en nuestra vida. Poco a poco, con suavidad, a medida que la curación
toma forma en nuestra vida, comenzamos a entender que en realidad podríamos sentirnos
felices.
Ahora bien, en muchos casos, la decepción y el pesar se han integrado de tal forma en
nuestra vida que la idea de felicidad puede ser desconcertante, incluso un poquitín
perturbadora. Las decepciones nos han mantenido seguros; la felicidad es demasiado
imprevisible, demasiado fugaz, muy poco digna de confianza. La posibilidad de felicidad
inminente, la invitación a salir de nuestro capullo de desilusión para adherirnos más
plenamente a la riqueza de nuestra vida puede asustar al principio: nos sentimos muy
vulnerables, muy ex-puestos. Lo interesante es que nos encontramos ante una inquietante
ambigüedad respecto a nuestra felicidad.
No estamos preparados para la felicidad: tal vez nos sentimos indignos, que no la
merecemos del todo, o culpables, porque recibimos más de lo que nos corresponde, o tal
133
vez ni siquiera sabemos si en realidad nos sentimos felices o simplemente nos inventamos
una forma más compleja de negación. ¿Podemos confiar en ella? ¿Cuánto va a durar? La
fascinación permanente por el fracaso y la decepción hace que sea dificilísimo disfrutar de
la sencilla felicidad del momento.
La experiencia de la alegría
Muchas tradiciones hablan de la alegría como de uno de los frutos de la práctica espiritual.
Un corazón alegre intensifica nuestra capacidad para amarnos a nosotros mismos, amar la
Tierra, amarnos mutuamente y amar a Dios. En el salmo 98 se nos dice: «Saltad de júbilo
ante el Señor toda la tierra, estallad en cánticos de alegría». «Conoce la naturaleza de la
alegría», dicen los Upanishad hindúes. «Donde hay alegría hay creación.» Las escrituras
cristianas dicen que los ángeles anunciaron el nacimiento de Jesús diciendo: «No temáis, os
traigo una buena nueva, una gran alegría, que será para todos».
134
Dado que estamos tan aferrados a nuestros miedos y desilusiones, hemos de emplear
diversos recursos y técnicas para librarnos de la desesperanza. A algunos, abandonar las
expectativas puede servirnos para mostrarnos flexibles y receptivos ante las alegrías del
momento. También puede resultarnos más fácil encontrar la alegría en compañía de otras
personas. Muchas veces, cuando estamos aislados y solos comenzamos a sentirnos tensos y
temerosos; cuando nos reunimos con otras personas para cantar, bailar o conversar de
nuestras historias, abrimos esas partes en que estamos endurecidos y estancados, atrapados
por la inercia de nuestra desesperanza.
A uno de nuestros retiros asistió una mujer llamada Jean que había tenido una infancia muy
difícil a causa de una familia de alcohólicos. Era excepcionalmente responsable y le costaba
muchísimo relajarse; le daba tanto miedo desprenderse de su necesidad de cuidar de todo el
mundo que rara vez se sentía feliz. Al final del retiro solemos dedicar un tiempo a orar, a
compartir una comida sagrada y a entonar cánticos hindúes o viejas canciones espirituales
negras. Jean se sintió especialmente conmovida por el espíritu de grupo cuando se permitió
a ella misma participar en la celebración. Poco a poco, la música y las canciones, mientras
todos nos cogíamos de las manos, la ayudaron a disipar el miedo, y en su rostro apareció
una expresión de relajación y receptividad. Fue como si por primera vez se sintiera lo
suficientemente a salvo y acogida como para permitirse ser feliz, y no porque fuera útil ni
porque hubiera hecho buenas obras, sino simplemente porque en ese momento había alegría
y se sintió a gusto participando de ella.
Cuando acabaron los cantos y nos preparábamos para marcharnos, se acercó a mí y me dijo:
«Lo he entendido. Por fin lo he entendido. Sencillamente puedo ser feliz. Es fantástico
sentirse a gusto. Eso es lo que usted intentaba decirme todo el tiempo. Casi no puedo
creerlo, me siento realmente feliz».
Durante los últimos años en Santa Fe nos hemos reunido para celebrar una ceremonia que
llamarnos «Celebra el corazón de la curación», Es un servicio para personas enfermas de
sida, para sus familiares, amigos y seres queridos. Durante unas horas nos reunimos para
cantar, orar, contar historias y encender velas. Aunque tenemos la oportunidad de hablar de
nuestras penas, el objetivo de esta reunión especial es celebrar los inmensos bienes que han
recibido en la vida las personas que han sido afectadas por el virus de sida. Hablamos de
abrir el corazón, de los cambios que se han producido en sus vidas, de las relaciones
recuperadas y de las familias reunidas en el amor mientras se enfrentan con la inmediatez
de la vida y la muerte.
Cuando discutimos por primera vez la idea, muchas personas pensaron que celebrar una
ceremonia de agradecimiento sería un gesto de insensibilidad ante la profunda aflicción de
tantas personas que habían experimentado dolorosas pérdidas en su vida. Al fin y al cabo,
el sida es una enfermedad terrible e incurable, dijeron, y no deberíamos tratarla con ligereza
135
y alegría. Suponían que si nos reuníamos alrededor del sida debía ser para una ceremonia
triste y sensiblera.
Pero las personas que convivían con el sida manifestaron gratitud, al instante se ofrecieron
muchas para ayudar. Hubo quien dijo: «Estamos cansados de asistir a funerales, es
refrescante poder reírnos y honrar todo lo que se nos ha dado». Uno de los médicos de la
ciudad, especializado en sida, comentó: «Nos reímos más con los pacientes de sida que con
todos los demás. Todos somos tan claramente conscientes de lo que es importante y de lo
que no lo es que nos resulta mucho más fácil atender a lo que es precioso».
Llegado el momento de la ceremonia, la sorpresa fue que se llenó la iglesia; asistieron más
de mil personas. Cuando acabaron los cánticos, las meditaciones, las oraciones y, tras
encender las velas, todas las personas enfermas de sida, sus compañeros, amigos, madres y
padres formaron un gran círculo cogidos de las manos. Todos lloramos, reímos y
celebramos de todo corazón el maravilloso don de estar vivos.
Suponemos y esperamos que una enfermedad que amenaza la vida sólo poder producir
aflicción, y nos sorprende descubrir que también hay alegría, risa, curación y amor. Una de
las razones para reunimos a cantar, o alrededor de una mesa en los programas de doce
pasos o en círculos sanadores, es recordar, en mutua compañía, que la tristeza no es lo
único que se nos da. Aislados en la desilusión, podríamos pasarnos el tiempo recordando
solamente nuestra tristeza y sufrimiento. Pero cuando nos reunimos con otros nos
aferramos menos a la desesperanza y tomamos conciencia de lo tenaz y digno de confianza
que es un corazón alegre.
El apego a la felicidad
Muchas veces, cuando nos topamos con un momento de felicidad o alegría, es tan grande el
miedo de perderlo que tratamos de apresarlo y tenerlo siempre firmemente cogido. Tal vez
tratamos de reproducir las mismas circunstancias, hacer lo mismo que hicimos, emplear las
mismas palabras, los mismos gestos, con la esperanza de inducir una sensación igual de
bienestar una y otra vez. Esa es la mente adicta, que repite ansiosamente el mismo acto
esperando que produzca el mismo resultado. Pero cuanto más tratamos de aferramos a la
alegría, con más rapidez se desvanece, porque la alegría no surge de aferrarse sino de
liberarse. William Blake dice:
136
No podemos atarnos a la alegría; la alegría es, una cualidad que nace del desasimiento; es
una sorpresa, un regalo, una experiencia que nace cuando estamos mirando hacia otra parte.
Cuanto menos planeamos, cuanto menos esperamos, más fácil resulta que la felicidad y la
alegría encuentren un hueco en nuestros corazones.
De todos modos, es difícil no tratar de asir la felicidad. Nos aferramos a nuestros modelos,
nos cogemos firmemente a nuestras estrategias para ser felices: «Si hubiera tenido una
infancia feliz, ahora podría ser feliz», o «Ay, si lograra encontrar un buen terapeuta», o
«Tan pronto haya organizado mi profesión, la vida será fabulosa». Poner condiciones a la
intervención del espíritu y la gracia en nuestra vida reduce las posibilidades de que la
felicidad y el crecimiento nos sorprendan dondequiera que estemos. Si logramos reducir las
exigencias que nos imponemos a nosotros mismos, al mundo e incluso a Dios, dejaremos
espacio para la felicidad. El tercer patriarca zen, Seng-ts ‘an, comienza su «Discurso sobre
la Mente Fiel» diciendo: «El Gran Camino no es difícil para aquellos que no se aferran a
sus preferencias».
Desapego y gratitud
Buda dijo que en la vida experimentaríamos diez mil alegrías y diez mil penas. Aquellos
que experimentamos muchas penas a edad temprana nos sentimos reacios a entregarnos a
las alegrías que también son posibles. Si bien debemos dejar que nuestro corazón
experimente toda la aflicción por los sufrimientos que hemos recibido, podemos también
celebrar la alegría cuando se presenta, ¿verdad? ¿Estamos receptivos y atentos a los dulces
momentos en que desaparece la pena y surge la alegría?
Parte de la práctica de liberarse, de desasirse, es fomentar la, gratitud por lo que nos ha
dado. La gratitud es una práctica que hace posible la alegría. Muchos creemos
erróneamente que sólo podemos sentir gratitud cuando las cosas resultan exactamente como
las habíamos planeado, cuando todo sale bien. La felicidad, entonces, sólo está reservada a
personas que no tienen ninguna preocupación, a quienes todo les resulta como quieren.
Creemos que la alegría es el privilegio de las personas ricas, de las que viven en la playa, de
las que no tienen ninguna preocupación, nada que temer, personas que no tuvieron una
infancia dolorosa. Pero el hermano David dice que cometemos un grave error cuando
equiparamos felicidad y gratitud con una vida sin problemas:
Tendemos a entender mal la relación entre alegría y gratitud. Observamos que las personas
alegres son agradecidas y suponemos que están agradecidas por su alegría. Pero es lo
contrario: Su alegría nace de su gratitud.
Si una persona tiene toda la buena suerte del mundo, pero no la agradece, esa buena suerte
no le proporciona alegría [...] No es la alegría la que nos hace agradecidos, es la gratitud la
que nos hace alegres.
137
De niños, cuando nos aislábamos de las penurias del sufrimiento familiar, también
disminuíamos nuestra capacidad de recibir casi cualquier cosa, fuera agradable" o
desagradable. Puesto que hemos dejado entrar tan poco, puesto que rara vez nos permitimos
recibir algo, no tenemos experiencia en ser agradecidos.
Algunas personas creen que ser agradecidos consiste sobre todo en aprender a aceptar de
mala gana cualquier cosa. Pero la gratitud es una práctica que hace mella en nuestra más
profunda renuencia a estar despiertos y vivos, que nos enseña a abrazar incluso lo que no
podemos cambiar ni controlar, y a ser capaces de agradecerlo. Esa es la esencia de la
liberación. Porque, ¿quién sabe qué enseñanza, qué regalo está oculto en este momento, en
este inesperado acontecimiento o cambio de planes?
«Estad siempre gozosos [...] y dad en todo gracias», escribió san Pabilo. ¿Cómo aprender
dar las gracias en todo? El poeta zen Gary Snyder sugiere que comencemos sencillamente
dando las gracias diariamente por nuestra vida, nuestros alimentos, nuestros amigos,
nuestra respiración. «La gracia es el primero y el último poema», dice.
Aprendiendo a agradecer nos despejamos los ojos y preparamos la mente para aceptar que
lo que se nos ha dado, sea lo que sea, puede, en efecto, ser un regalo. El místico Meister
Eckhart dice: «Si la única ración que dices en tu vida es «gracias», será suficiente».
Aceptación de la alegría
138
dando gracias a Dios, al espíritu, a la Tierra y a todos los seres vivos, reconociendo
agradecidos todo lo que se nos ha dado. La Madre Teresa dice: «La que da más es la que da
con alegría [...] La mejor manera de demostrar nuestra gratitud a Dios y a las personas es
aceptarlo todo con alegría. Un corazón alegre es la consecuencia normal dejar de arder de
amor».
Buda enseñaba a sus discípulos a «vivir en la alegría». El rey de Kosala dijo una vez que
encontraba excepcionalmente alegres a los discípulos de Buda, que en realidad parecían
disfrutar de su vida espiritual. Buda decía que eso era la vida espiritual. El juego es una
con-secuencia natural del desasimiento; tenemos menos miedo de cómo irán las cosas. El
juego es la actitud alegre de los hijos de Dios. Cuando somos espontáneos y felices
bailamos con la luz divina de todas las cosas Sasaki Roshi escribió este corto poema acerca
de su vida con Dios:
Si queremos continuar nuestra curación espiritual no podemos seguir con ese miedo a la
alegría. Por muy fiables y familiares que nos parezcan nuestras penas y desilusiones, no son
las únicas cosas que son verdaderas de nuestra vida, de nuestro corazón y nuestro destino.
El espíritu nos invita a estar alegres, despiertos, a permitir valientemente que este momento
viva en nuestro corazón, profundo, completo e intenso, a permitirnos la alegría, a vivir, a
celebrar entusiasma-I dos los dones de los hijos de Dios.
Para conocer la alegría hemos de despertar, no debemos dormirnos en las expectativas y las
decepciones. Prestando atención a cada molécula que .nos embellece el cuerpo con calor y
sustento, agradecemos la propia vida. Cuando nos olvidamos dé dar las gracias nos
hundimos en una vida sin alegría.
Cuando nos aferramos a nuestras exigencias y expectativas, nos buscamos una vida de
decepciones y desesperanza. Cuando dejamos que esas expectativas se desvanezcan, nos
abrimos más a la plenitud del momento, nos hacemos receptivos para apreciar y valorar los
139
bienes que hay en nuestra vida. Y cuando aprendemos a dar las gracias ?or todo, nos
hacemos más plenamente vivos.
El reverendo Eido Tai Shimano, maestro zen japonés, habla de un momento inesperado, un
momento de sorpresa y gratitud:
EJERCICIO
Observar el movimiento hacia la decepción
La decepción suele ser la hamaca a la que nos retiramos al instante siempre que nos
encontramos ante personas y situaciones que no satisfacen nuestras expectativas. Este
ejercicio nos servirá para observar con qué rapidez pasamos a un estado de desilusión y nos
permite ver cómo afecta esa fase a nuestros sentimientos y a nuestro comportamiento.
Durante una semana observa con qué frecuencia te sientes decepcionado o defraudado por
las circunstancias o las personas que te rodean. Observa atentamente qué te ocurre cuando
algo resulta de un modo que no esperabas o no resulta como deseabas. Observa cómo
reacciona tu mente a este cambio. Fíjate también con qué rapidez tu mente comienza a
imaginar lo peor, y cómo te proteges y te preparas ante una decepción inminente.
140
Aprovecha este ejercicio para observar atentamente el baile de expectativas y decepciones
que se representa en tu mente y corazón. Cuando tengas más conocimiento de tus
expectativas y decepciones, podrías comenzar a imaginar otras reacciones, otras
alternativas. ¿Qué tienes a tu disposición además de la decepción? ¿Qué otras opciones son
posibles? ¿Qué expectativas puedes cambiar y cuáles puedes abandonar? Reconoce en tu
interior que todas las cosas vienen y van, que todas las alegrías y penas son temporales.
Poco a poco puedes comenzar a cultivar la práctica del desasimiento, cambiando y
haciendo que se desvanezcan algunas expectativas y dejando espacio para una mayor
aceptación de lo que se ha dado.
Meditación
MEDITACIÓN DE GRATITUD
Cierra los ojos y deja que surjan uno a uno los acontecimientos o incidentes importantes.
Contempla una a una las experiencias agradables y agradecen los dones o regalos que han
llegado a tu vida hoy. En silencio, identifica cualquier sentimiento de gratitud que sientas
por cada persona o acontecimiento, y tómate tiempo para abrir el corazón y recibir el regalo
de esa experiencia. Dando las gradas por cada regalo, deja que surja y desaparezca cada
imagen que te sientas completo/a.
Después comienza a recordar las experiencias desagradables del día. Centra la atención en
un incidente o encuentro particularmente doloroso. Trata de poner gratitud en ese recuerdo.
¿Qué observas cuando practicas el agradecimiento por algo doloroso? ¿Qué emociones te
surgen? ¿Te calma o te enfurece? ¿Te resulta fácil o difícil? Continúa con una imagen,
dando las gracias repetidamente por el hecho de que esa persona o acontecimiento haya
formado parte de tu día. Agradece la enseñanza que te ha aportado, aquello que te ayudó a
observar o conocer de ti mismo/a. Uno a uno, ve poniendo gratitud en cada recuerdo
doloroso.
Por último, da gracias por tu vida. Dedica un momento a enumerar explícitamente todos los
aspectos de tu vida por los que sientes gratitud. Ejercítate en citar con gratitud tu
respiración, tu cuerpo, las personas que quieres, tu cónyuge, compañero/a, novio/a, o hijos,
los colores del día, tu casa, tu alimento. Contempla todos los regalos o dones que te vengan
a la mente, y di una palabra de gratitud por todo lo que tienes y por todo lo que has llegado
a ser.
Observa qué ocurre en tu cuerpo cuando practicas la gratitud. ¿Qué emociones surgen?
Podrías practicar esta meditación diariamente. Al cabo de una semana, ¿qué observas en tu
141
percepción de la vida? Con la práctica de la gratitud podernos comenzar a cambiar la
inercia habitual que impulsa la maquinaria de la expectativa y la decepción. Con la gratitud
abrimos la puerta a la alegría.
142
10
Hábito y presencia mental
De niños aprendimos a observar con mucha atención las cosas. Examinábamos todo lo que
ocurría alrededor de nosotros. Nos especializamos en discernir cualquier indicio de peligro
o dolor inminente y agudizamos los sentidos para detectar cualquier asomo de problema.
Siempre estábamos pendientes de cualquier cosa no habitual, el momento preciso de
avanzar o retroceder, lo correcto que había que decir o hacer. Nos entrenamos en el arte de
la observación, alertas a los más pequeños detalles, receptivos a los más ligeros cambios en
el ambiente familiar.
Melody era una mujer atractiva, creativa y muy popular debido a su generosidad y buen
talante natural. Era muy querida, inteligente y tenía mucho sentido del humor. Sin embargo,
su padre murió cuando era muy pequeña y tuvo un padrastro que según ella nunca la quiso.
Así, su experiencia de carecer de un padre cariñoso en la infancia la había convencido de
que no era digna de amor; tenía que haber algo muy malo en ella. ¿Por qué, si no, sus
padres la habían tratado tan mal, pues uno la había abandonado y el otro no la quiso jamás?
Melody pasaba buena parte de cada sesión tratando de convencerme de lo destrozada que
tenía que estar, de lo mala, egoísta e indigna de amor que era. No quería dejarse convencer
de lo contrario. Pese a los muchos amigos que tenía, pese a su popularidad y talento, estaba
convencida de que no la amaban y que era indigna de amor por naturaleza.
Nuestra comprensión de aquello que hay de cierto en nosotros viene inducida por lo que
nos fascina, y lo que nos capta la atención in-fluye en nuestros sentimientos y en nuestro
comportamiento. Si dirigimos la mirada hacia Aquello que sentimos roto en nosotros, no
veremos lo que ya tenemos completo y sano. Si dirigimos la mirada hacia el peligro, por lo
general actuaremos para protegernos; si somos expertos en percibir escasez, aprenderemos
a acumular aquello que ya tenemos. La forma como percibimos e interpretamos el mundo
que nos rodea cambia de modo importante nuestra reacción a él y, con el tiempo, genera un
contexto general para la experiencia de nuestra vida.
143
Si, debido al miedo o a la aflicción, centramos la atención sola-mente en esos aspectos que
nos causaron sufrimiento en la infancia, nuestra comprensión de nosotros mismos y de los
demás seguirá sien-do pequeña e incompleta. Muchos usamos las observaciones de la
infancia para inventarnos una historia sobre nosotros mismos y el mundo, historia que
llegamos a creer que es la única verdad. Las historias que inventamos eran sencillas y
claras: «Jamás me han querido y probablemente nunca me querrán. Jamás habrá suficiente
para mí. Siempre tendré decepciones. Por mucho que lo intente, jamás valdré lo suficiente.
Jamás estaré seguro en el mundo. Me hicieron tanto daño que ya no tengo remedio. Nadie
me entenderá jamás. Jamás se harán realidad mis sueños».
Igual que Melody, pasado un tiempo aprendemos a buscar sola-mente a esas personas,
experiencias; o acontecimientos que den validez a nuestra historia, que confirmen que
nuestra limitada manera de ver es la correcta. Aprendemos a considerarnos víctimas,
personas impotentes y violadas, y que en cierto modo merecemos nuestro triste destino.
Consideramos el mundo como algo doloroso, peligroso, mezquino y cruel. Nos inventamos
una fórmula que explica cómo funcionan las cosas y la utilizamos para interpretar todo lo
que nos ocurre. Aunque la historia sea dolorosa, mientras permanezca constante, podemos
desarrollar estrategias para hacer frente a lo que se nos da. Nuestra manera de considerar el
mundo se convierte en una aliada, que nos proporciona las herramientas para explicar
nuestras historias de decepciones, escasez, miedo y desesperanza que llevan en sí su
cumplimiento.
Pero cuando somos cautivos de estos hábitos de observar el mundo y a nosotros mismos de
un modo determinado ahogamos la capacidad del corazón para crecer, aprender y sanar.
Cuando nos hacemos mayores, aunque hayan cambiado los actores y las circunstancias,
continuamos llegando a situaciones en que las viejas historias se hacen ciertas. Nos
aferramos a nuestras formas habituales de ver y sentir, a nuestra única verdad, y
permanecemos ciegos a cualquier información nueva. Buda contaba la siguiente historia:
Un joven viudo que amaba muchísimo a su hijo de cinco años tuvo que ausentarse de su
casa por negocios. Durante su ausencia, unos bandidos incendiaron la aldea y se llevaron a
su hijo. Cuando el hombre volvió a casa y vio las ruinas se aterró. Vio el cuerpo calcinado
de un niño pequeño y creyendo que era su hijo comenzó a mesarse los cabellos y golpearse
el pecho, llorando desconsoladamente. Organizó una ceremonia de cremación y colocó las
cenizas en una hermosa bolsa de terciopelo. Nunca se separaba de la bolsa con las cenizas,
ya estuviera trabajando, durmiendo o comiendo.
Ocurrió que un día su hijo escapó de los ladrones y logró encontrar el camino a la aldea.
Llegó a medianoche a la nueva casa de su padre y golpeó la puerta. Como bien podemos
imaginar, su padre todavía llevaba consigo la bolsa con cenizas y continuaba llorando.
144
— ¿Quién es? —preguntó.
—Soy yo, papá —contestó el niño—. Ábreme la puerta, soy tu hijo.
En su estado de agitación, mental, el padre pensó que se trataba de algún niño travieso que
quería burlarse de él, le gritó que se marchara y continuó llorando. El niño volvió a golpear,
una y otra vez, pero su padre se negó a abrir la puerta. Así pasó un rato hasta que
finalmente el niño se marchó. Desde ese momento, padre e hijo jamás volvieron a verse.
A veces tomamos algo por cierto. Si nos aferramos mucho a ello, cuando la verdad se
presente en persona y llame a la puerta no le abriremos.
Así como el padre que sólo ve las cenizas de su hijo «muerto», muchos de los que hemos
experimentado profunda infelicidad nos acostumbramos a ver solamente el dolor, el temor
y la decepción. Cogemos un sentimiento, una historia de nuestra infancia, y la colocamos
en el altar de nuestra vida, considerándola verdad sagrada, haciéndola más verdadera que
cualquier otra cosa en el mundo. Cuando viene el sufrimiento decimos: «Ah, aquí está otra
vez la verdadera historia de mi vida». Cuando surge una decepción, un miedo o un enfado,
nos consuela saber que estamos en territorio conocido. La decepción, el miedo, el enfado,
esa es nuestra verdadera historia.
Al cabo de muchos años, esa manera habitual de verse se hace tan crónica que resulta
difícil imaginarse cualquier otra. Ya no se es simplemente un niño, un ser humano; se ha
convertido en la persona No Amada, la Vulnerable, la Decepcionada, la Terriblemente
Rota. Al despertar por la mañana y prepararse para el día, se pone su historia como una
vieja bata y un par de cómodas zapatillas. Estamos tan acostumbrados a ponernos en el
papel de la víctima de nuestra historia que en realidad tenemos sentimientos encontrados
respecto a cambiar o no, o incluso a desearlo. Nuestra vida se convierte en un hábito
monótono y conocido.
Cuando venía a verme, Sonia solía comenzar por contarme todas las cosas maravillosas e
interesantes que estaba haciendo. Era una profesional muy expresiva, muy respetada en su
campo, y disfrutaba contándome sus victorias y aventuras. Pero a mitad de la sesión
comenzaba a sentir el peso de su vida, se entristecía y se echaba a llorar. «Me siento muy
mal», decía. «En el fondo me siento sola, dolida y triste,»
Ahora bien, Sonia tenía muchos buenos amigos y amigas con quienes podía hablar, amigos
capaces de compartir sus sentimientos más profundos. Pero siempre que se sentía triste se
aislaba, se encerraba en sí misma y se aferraba a esos sentimientos durante horas. Hija de
un padre que la maltrataba, muchas veces había tenido la experiencia de sentirse sola, no
amada e indigna de amor. Así pues, había decidido, en su interior más profundo, que así
tenía que ser ella en realidad. En esos momentos, sus amigos, sus triunfos y sus logros no
145
significaban nada; su tristeza solitaria era la verdad más profunda que conocía. Siempre que
le surgía la tristeza, pensaba que era la «verdadera Sonia la que surgía.
Rick era un joven homosexual muy capaz en su trabajo; dirigía, y muy bien, muchos
programas en favor de los necesitados, y era un administrador y supervisor muy respetado.
Pero cuando era niño, su padre lo rechazaba y criticaba con frecuencia y además sentía el
peso de su incipiente sexualidad. Muy pronto decidió que era muy débil, que no tenía
ninguna fuerza interior. Siempre que hablaba de sí mismo en la terapia de grupo, se sometía
a la opinión que de él tenía otra persona, y pedía consejos y orientación a cada momento.
Creía que no poseía la fuerza suficiente para encontrar las respuestas en su interior. Pese a
sus éxitos como director de programas y líder de su comunidad, continuaba convencido de
que no tenía fortaleza interior. Aunque deseaba mucho sentirse fuerte y valiente, temía estar
destinado a sentirse débil y herido.
Si bien es posible .que; una parte de nosotros anhele liberarse para crecer y cambiar, otra
parte no está muy segura de estar preparada para encontrar una nueva historia. Las viejas
estrategias funcionan muy bien. En lugar de cambiar nuestra historia, algunos preferimos
buscar otras personas que nos ayuden a compartir la vieja historia de otra manera; o tal vez
practicamos nuevas formas de analizar las mismas verdades: «Sé que, estoy roto; ahora sólo
deseo descubrir cómo ocurrió exactamente», o «Me siento muy triste. Necesito descubrir de
dónde viene toda esta tristeza»
Un antiguo proverbio chino dice: «Si no cambiamos de rumbo llegaremos a dónde vamos».
Nos construimos la vida sobre los cimientos de lo que creemos que será nuestro destino. Si
146
tenemos el hábito emocional de sentirnos dolidos, tristes, incomprendidos o decepcionados,
orquestaremos nuestras amistades, nuestra profesión y nuestro matrimonio para que reflejen
y apoyen esas viejas historias. Perpetuamos la vieja historia, una y otra vez; comienza a
parecemos previsible, coherente y manejable; nos protege del cambio; de tanto que la
conocemos nos hace sentir seguros. En el siguiente relato, [Link] por el poeta James Tate,
vemos la ingeniosidad de la mente que se ha habituado tanto a su vieja historia que se niega
a aceptar algo nuevo:
Un hombre con la pierna de palo escapa de la cárcel. Lo cogen y le quitan la pierna de palo.
Cada día debe caminar por una extensa colina y cruzar a nado un ancho río para llegar al
campo donde debe trabajar todo el día con una sola pierna. Esto continúa así durante un
año. Para la fiesta de Navidad le devuelven su pierna de palo, pero él ya no la quiere. Tiene
bien planeada su fuga y sólo necesita una pierna para hacerlo.
Miedo al cambio
Por cómodos y conocidos que sean los hábitos, se basan en la suposición de que las cosas
no cambian nunca. «Las cosas serán siempre tal como eran en mi familia». «Así han sido
las cosas para mí, y así seguirán siempre.» «Puesto que he estudiado la situación y conozco
todas as reglas, sé que mis estrategias me van a servir durante el resto de mi ida.»
Escuchemos, en este mismo momento, ¿qué oímos? Los sonidos surgen y se desvanecen,
los pensamientos y sentimientos vienen y van, por el cuerpo y la mente pasan sabores,
olores y recuerdos; sólo se quedan un breve instante y se marchan, siendo reemplazados por
nuevos pensamientos, nuevos sentimientos y nuevas sensaciones. ¿Qué permanece, qué
continúa siendo igual? ¿Dónde está el ayer, la semana pasada, el año pasado? ¿Dónde está
nuestra infancia? Todo cambia; todo se desvanece muy rápidamente.
Incluso el cuerpo cambia. Las células del cuerpo se reemplazan totalmente cada siete años,
lo cual significa que ya no somos las mismas personas que éramos hace siete años.
¿Adónde fuimos? El cuerpo siente los efectos de la edad, la mente aprende cosas nuevas y
olvida otras, el corazón se abre y se cierra. Estamos inmersos en un mar de cambios.
147
Buda enseñaba que cada momento surge por un instante y después, al cambiar, aparece un
momento nuevo y diferente. Esta es la ley fundamental de la temporalidad universal. En el
Eclesiastés, el maestro coincide con esto cuando dice que «todo es vanidad», es decir, todo
es temporal, todo cambiará; todo lo que existe ahora va a desaparecer. Un momento será
reemplazado por otro diferente, cada uno con su propia vida y su hora:
Sin embargo, con todo lo que sabemos sobre la inevitabilidad del cambio, continuamos
resistiéndonos a él. El cambio nos asusta. Cada día vemos a nuestro alrededor personas que
envejecen y mueren, y seguimos intentando que eso no nos ocurra nunca a nosotros. Nos
imaginamos una vida en que no haya enfermedad, tragedia ni muerte. Tratamos de que todo
sea agradable, bueno y simpático, y si nos encontramos con un momento de alegría,
tratamos de repetirlo exactamente al día siguiente y al subsiguiente, con la esperanza de que
dure eternamente. Y mientras tanto nos aterra que sobrevenga un cambio que se lo lleve
todo.
Para el niño pequeño también el cambio puede ser muchas veces desagradable y temible.
Un niño ve durante la cena cómo una discusión aparentemente tranquila se convierte en una
riña familiar; otro ve que su madre cariñosa se convierte en una persona que llora y chilla
borracha después de unas cuantas copas; otro, cómo sus hermanos y hermanas se cierran
emocionalmente y cada vez son más reservados a medida que se hacen mayores, y otro
incluso advierte que su entorno familiar se va haciendo más y más peligroso con cada
estallido de cólera, con cada ausencia de sus padres, con cada pelea, con cada abandono.
Las familias se unen, se separan, y este ciclo se repite una y otra vez. Para estos niños todo
cambio les parece para peor.
Así aprendemos a temer cualquier indicio de cambio. Nos destruye ese poco de tranquilidad
y paz que habíamos logrado crearnos Parece que el cambio siempre trae problemas, dolor o
aflicción. Justo cuando volvemos a tener las cosas tranquilas y seguras, aparece otro
148
problema. Después de un tiempo, en el corazón y la mente d niño asustado, el cambio
comienza a parecer el enemigo.
El hábito de aferrarse
En Asia existe un tipo de trampa especial para monos. Se le quita el contenido a un coco, se
le hace un agujero en la parte inferior y se lo sujeta firmemente a un árbol con una cuerda;
se colocan dulces dentro y se deja allí. El agujero es lo suficientemente grande para que el
mono meta la mano estirada, pero no para que la saque con los puños cerrados. El mono
huele los dulces, mete la mano, los coge y entonces no puede sacar la mano con los dulces:
la mano cerrada no puede pasar por el agujero. Cuando llegan los cazadores, el mono se
desespera pero no puede huir. No hay nada que lo atrape excepto la fuerza con que se aferra
a los dulces. Lo único que tiene que hacer es abrir la mano, sacarla y escapar. Pero es raro
que un mono lo haga.
Una vez instaurado en la mente este conjunto de verdades, el mono es incapaz de aceptar
ninguna información nueva. La presencia de los cazadores es desesperante para él, porque
contradicen lo que él ya ha decidido que es cierto, pero la información de que vienen los
cazadores es causa de molestia o sufrimiento, no de libertad. Cuanto más se aferra a lo que
ya «conoce», cualquier información nueva que contradiga su hábito simplemente le
produce sufrimiento. Si fuera capaz de soltarse de esas viejas verdades podría aprovechar la
nueva información «vienen los cazadores» como oportunidad de cambiar su modo de
pensar y liberarse rápidamente.
Nuestros hábitos de ayer, aunque están destinados a protegernos del peligro, llegan a
hacerse tan imprecisos y defectuosos que comienzan a traernos más sufrimiento que
seguridad. Sin embargo, continuamos haciendo caso omiso de cualquier información nueva
sobre nosotros mismos y sobre el mundo, y preferimos repetir las mismas viejas estrategias
con renovado ardor. El defecto no está en la estrategia, pensamos, sino en su ejecución. Así
pues, lo seguimos intentando, más rápido, con más fuerza o durante más tiempo, con la
esperanza de que todo funcione nuevamente, como antes, si conseguimos continuar
intentándolo, si continuamos aferrados.
El hábito de esperar
Pero algunos de nosotros, después de años de ver cómo fracasan nuestras relaciones, hasta
qué punto resulta insatisfactorio el trabajo o cómo mueren nuestros sueños sin que se hagan
realidad, comenzamos a sospechar que tal vez debamos cambiar nuestra visión de nosotros
mismos y del mundo. Tal vez (comenzamos a pensar) no es el mundo el que nos produce
tanto sufrimiento, sino el modo como vemos el mundo. Pero incluso cuando surge este
pensamiento nos encontramos con un profundo miedo al cambio. Una parte de nosotros
desea liberarse, pero otra parte tiene miedo, está convencida de que no hay que abandonar
esos hábitos de ver y comportarse. Aunque nos sentimos limitados y aprisionados por
nuestros viejos hábitos de pensar y sentir, al menos sabemos que saldremos adelante con las
cosas como están. El dolor que ya conocemos es en cierto modo aceptable y conocido;
sabemos lo terrible que puede llegar a ser y sabemos sobrevivir a lo peor. Cualquier
sufrimiento que tengamos en este momento nos parece ciertamente menos peligroso que lo
que podría ocurrimos si comenzaran a cambiar las cosas.
Una vez un amigo psicoterapeuta hizo una lista de las cosas que al parecer estaban
esperando sus pacientes. Así comenzaba:
150
6. Conocer todas las reglas.
7. Un empujón o una patada.
8. Las condiciones perfectas.
9. Consenso.
10. Certeza
11. Una invitación.
12. Que llegue mi momento.
La lista continúa. Entre otras cosas, incluye: tenerlo todo organizado, tocar fondo, que el
tiempo casi se haya acabado; el motivo correcto, permiso, ser mayor.
La familiaridad con nuestra historia puede ser tan habitual que incluso cuando decidimos
cambiar nos dejamos seducir por la resignación de que somos impotentes para actuar o
crecer, y entonces, esperamos. Durante la espera perdemos la esperanza, nos establecemos
en la desesperanza y dejamos que se marchiten nuestros sueños de alegría y realización.
Cuando más esperamos para estar totalmente vivos, más va muriendo algo vital en nuestro
interior.
Despertar
Los hábitos son formas de pensar y comportarnos que nacieron en el pasado para
protegernos del futuro. La mente habitual se pone en marcha por el dolor de tiempos
pasados; se erige en baluarte contra el cambio, contra el peligro, contra la sorpresa.
Obsesionada por la perspectiva de más sufrimientos, idea estrategias y fórmulas para
protegernos de los imprevisibles sufrimientos del futuro.
Pero, inevitablemente, llega un momento en nuestra vida en que ya no nos basta con
dejarnos arrastrar por la corriente, en que nuestros comportamientos habituales, seguros y
conocidos, ya no sacian la intensa hambre de vitalidad, creatividad, entusiasmo y
crecimiento. Cuando llega este momento, aparece el desafío de deshacernos de esas ideas
preconcebidas respecto a cómo será nuestra vida y a cultivar la mente del principiante,
mente que no sólo es capaz de ver las enmarañadas historias del pasado y los nefandos
peligros del futuro, sino que también es capaz de valorar con valentía los dones
inexplorados del momento presente.
Para la mente habitual, el momento presente sólo es útil en cuanto nos da pistas valiosas
respecto al pasado o al futuro. Usa la información del momento o bien para confirmar
nuestras teorías acerca del pasado o para reevaluar nuestras estrategias para protegernos en
el futuro Si hacemos algo bien, la mente se apresura a usar esa información para confirmar
que en el pasado tomamos la decisión correcta o supone que eso significa que vamos a
continuar haciéndolo bien en el futuro. Rara vez saboreamos el momento presente, este
instante, simplemente por lo que es. Vivimos el momento presente con la velocidad de un
151
tren que pasa por una estación, y miramos por la ventanilla sólo para comprobar que
viajamos en la dirección correcta.
Poco después de su iluminación, Buda pasó junto a un hombre que iba por el mismo
camino. El hombre se quedó pasmado por su extraordinario resplandor y por la paz que
emanaba su presencia.
—Amigo —le dijo el hombre—. ¿Quién eres? ¿Eres un ser celestial o un dios?
—No —contestó Buda.
— ¿Eres entonces un mago o un hechicero o eres un hombre muy especial? —siguió
preguntando el hombre.
—No —respondió Buda.
—Entonces, amigo mío, ¿qué eres?
—Estoy despierto —dijo Buda.3
Para Buda, despertar es tomar conciencia de cada momento, de cada pensamiento, de cada
paso que damos por el camino. Cuando entrenamos la mente para que preste más atención a
todos los detalles de nuestra vida, no sólo a los detalles que nos recuerdan nuestros viejos y
gastados hábitos, comenzamos a descubrir que cada persona y cada situación con que nos
encontramos pueden contener alguna enseñanza, alguna orientación, y puede ser una puerta
para nuestro despertar.
Cuando llevamos en la mente las viejas categorías de lo que es posible, limitamos lo que
somos capaces de sentir, oír, percibir y conocer. Por otro lado, cuando fomentamos la
atención consciente de todo lo que tenemos delante, podemos aprender a ver lo que no
hemos visto nuca antes.
Distraídos por las viejas historias de nuestra infancia, obsesiona-dos por los miedos al
futuro, ¿cuántos momentos durante el día estamos totalmente presentes y vivos? ¿Con qué
frecuencia prestamos verdadera atención a los alimentos que comemos, saboreando,
apreciando la textura y sabor de cada bocado que masticamos y tragamos? ¿Con qué
frecuencia percibimos el tacto de las ropas que nos ponemos en el cuerpo, su color y
152
textura, y sentimos el calor y la comodidad que nos producen? ¿Con qué frecuencia
prestamos atención a la tierra, a la temperatura del aire, a la dureza o blandura del suelo, al
paso sutil de las estaciones, a los cambios graduales de la luz y de la duración de los días?
En lugar de explorar las sensaciones del momento, la mente habitual prefiere comparar toda
información nueva con la información vieja que ya tiene almacenada. Supongamos, por
ejemplo, que una persona se encuentra en medio de un grupo de desconocidos y nota que se
le forma un nudo en el estómago. De inmediato su mente habitual explicará el nudo a partir
de alguna experiencia de su infancia: «Nunca me sentí segura en mi familia, así que todavía
me siento insegura con cualquier persona»; o «Puesto que mis padres nunca me quisieron,
siempre he tenido poca autoestima, así que me pongo muy nerviosa cuando estoy en un
grupo». En cada caso la mente desvía automáticamente nuestra atención de una fuerte
sensación del presente y comienza una revisión de nuestras viejas historias de la infancia.
Ya no estamos presentes, ya no estamos vivos con la sensación del momento, hemos
escapado con la mente hacia el pasado, donde nada puede cambiar, donde repetiremos
eternamente la misma historia.
Pero la práctica de la presencia mental nos invita a continuar presentes y a explorar todas
las sensaciones del cuerpo y el corazón, incluso los nudos en el estómago, no como indicios
del pasado ni presagios de cosas por venir, sino como informaciones actuales, útiles y
valiosas sobre nosotros mismos. Si permanecemos atentos a la sensación del nudo en el
estómago, por ejemplo, ¿qué notamos? ¿Tiene peso, temperatura? ¿Cuál es su textura? ¿Su
forma? Colócate la mano sobre el nudo, ¿cambia en algo? Si tuviera voz, ¿qué te diría?
¿Qué información te daría sobre lo que necesitas en este momento? Mientras exploras las
sensaciones del estómago, ¿comienzas a notar otras sensaciones en el resto del cuerpo?
¿Cuáles son?
153
Aquellas ocasiones en que estamos obsesionados por algo del pasado son un buen momento
para comenzar la práctica de la presencia mental. Si notas que estás sumido en
pensamientos sobre alguna herida de tu infancia o alguna preocupación sobre cómo irán las
cosas en el futuro, para y prueba a hacer el siguiente ejercicio de presencia mental para
reorientarte y volver al momento presente.
Tan pronto te notes preocupado u obsesionado, deja lo que estés haciendo. Como hemos
visto en capítulos anteriores, podemos comenzar la práctica de la presencia mental con la
respiración. Primero centra la atención en tu respiración y observa las sensaciones de la
garganta, los pulmones y el abdomen. ¿Cómo notas la respiración? Cierra los ojos si eso te
va bien para concentrarte. Sigue la trayectoria del aire al entrar y salir suavemente de tu
cuerpo y observa dónde fluye con facilidad y también dónde se queda atrapado. Sin
cambiar el ritmo, observa si tus inspiraciones y espiraciones son largas o cortas, rápidas o
lentas, superficiales o profundas. No se trata de cambiarla, sino de observar y estar presente
en cada respiración.
Aprender a prestar más atención a nuestra vida podría, en muchos casos, requerir una
cantidad nada pequeña de disciplina. Pero no debemos tener miedo a la disciplina; la
palabra disciplina deriva de la palabra discípulo, que en su esencia significa «ir en pos de lo
que amamos». Así pues, la disciplina de la presencia mental nos induce a cultivar un
profundo amor y una disposición a prestar atención a los momentos cotidianos y preciosos
de nuestra vida, y nos permite recibir y experimentar cada nuevo momento de forma nueva.
Con la presencia mental comenzamos realmente a conocer el amor, porque aprendemos a
valorar nuestras experiencias en su totalidad con aceptación incondicional. Aprendemos a
acoger la calidad de la respiración, la textura de la tierra cuando recibe nuestros pasos, el
sabor del aire, los sonidos de la ciudad, el contacto de la mano de otra persona y nuestras
sensaciones corporales. Vemos con entusiasta vitalidad la maravilla de todas las cosas, las
grandes y las pequeñas. Como una lluvia suave, nuestra atención se posa por igual en todas
las cosas, con aceptación comprensiva de lo que somos, tal como somos, y de lo que
sentimos, tal como lo sentimos. Todo el universo de nuestra experiencia ya no es el de
nuestra infancia, sino que nace de nuevo en cada instante, con cada respiración,
simplemente si abrimos los ojos y el corazón para recibirla.
Cuando miramos con los ojos endurecidos por el hábito, tendemos a ver repetida nuestra
infancia una y otra vez en el momento presente. Pero si estamos verdaderamente atentos,
¿dónde está nuestro padre en este momento? ¿Dónde está nuestra madre? ¿Dónde está
nuestra infancia en esta respiración, en este paso, en este bocado? El dolor, la pérdida, el
maltrato, sólo los vemos en el recuerdo, no en este momento. Cuando conectamos con todo
lo que sentimos y estamos, con atención consciente y amorosa, en el momento presente,
somos capaces de liberarnos de los demonios de nuestra recordada infancia, de liberarnos
para crecer y cambiar, y prosperar de modos que jamás imaginamos posibles.
Sí tu ojo es puro todo tu cuerpo estará iluminado, dijo Jesús. Cuando nuestra atención está
receptiva, tolerante, todo lo que vemos se convierte en objeto de meditación, en fuente de
aprendizaje. Cuando experimentamos su presencia en el momento presente, incluso los
sentimientos y las emociones más difíciles y dolorosas pueden convertirse en nuestros
maestros y compañeros. Según Kabir, el poeta indio del siglo XV, «Cuando están abiertos
los ojos y los oídos, incluso las hojas de los árboles enseñan como páginas de las
escrituras».
155
¿Dónde poner la atención? A medida que avanzamos por los días de nuestra existencia,
¿cómo conservar los ojos sanos, el corazón abierto y el espíritu vivo y despierto en el
momento presente? Si nos pasamos todo el día pensando en si somos o no somos amados, o
en cómo protegernos del peligro, o en cómo causar buena impresión en los demás con
nuestras habilidades y nuestros logros, entonces estamos condenados a languidecer en una
prisión hecha por nosotros mismos. El dónde miramos y el cómo dan origen al tipo de vida
que vamos a vivir. Si sólo vemos peligro, vivimos en el miedo; si buscamos lo apacible y
verdadero nos encontraremos en el camino de la serenidad y la paz. Todo lo que somos es
consecuencia de lo que vemos y pensamos dijo Buda.
Jesús dijo que podemos encontrar la belleza, la verdad y el espíritu de Dios en todas las
cosas y en todo momento. «Romped un trozo de madera y allí estaré; levantad la piedra y
allí me encontrareis». Todo lo que existe proclama la palabra de Dios; todo nos enseña el
Dharma. Toda persona con quien nos relacionamos, toda hoja, toda piedra, toda flor, todo
árbol nos enseña lo que es posible para nosotros en este instante. En todo instante podemos
descubrir aquello que nos faltó en la infancia, porque todo momento contiene alguna
enseñanza sobre el amor, el equilibrio, la curación y la verdad.
La atención consciente en el momento presente es una práctica que puede ofrecernos toda
una vida de libertad y curación. Thich Nhat Hanh habla de la importancia de la práctica
diaria de la presencia mental:
Mientras lavas los platos podrías estar pensando en el té o en el café que vas a beber
después y entonces tratas de hacerlo lo más rápido posible para poder sentarte a tomar el té.
Pero eso significa que mientras lavas los platos eres incapaz de vivir. Cuando estás lavando
los platos, hacer eso debe ser lo más importante de tu vida. Igualmente, cuando estás
bebiendo el té, beber té debe ser lo más importante de tu vida. Cuando estás usando el
váter, usar el váter debe ser lo más importante de tu vida. Y así con todo.
Cortar leña es una meditación. Llevar agua es una meditación. Está presente las
veinticuatro horas del día, no sólo durante la hora que tal vez dedicas a la meditación
formal o a leer las escrituras y recitar oraciones. Cada acto debe hacerse con atención
consciente. Cada acto es un rito, una ceremonia. Llevarte la taza de té a la boca es un rito.
156
¿Te parece muy solemne la palabra rito? Empleo esa palabra para que comprendas la
importancia vital de la conciencia.
EJERCICIO
Identificación de los hábitos emocionales
Hay unas cuantas creencias básicas que llevamos con nosotros para explicar el mundo y
nuestro lugar en él. Junto con estas creencias llevamos ciertas emociones con las que
estamos más familiarizados y nos resultan más fiables; estas son las que sentimos con más
frecuencia cuando estamos afligidos o molestos. Vamos a hacer este ejercicio para
identificar claramente nuestros estados emocionales habituales.
La próxima vez que sientas una reacción emocional particular-mente fuerte ante una
persona o un acontecimiento, detente un momento. Tal vez hayas tenido una pelea con una
persona querida, haya ocurrido algo que te ha asustado o alguien ha dicho o hecho algo que
te ha dolido profundamente. Observa qué sentimientos surgen en ti.
Ahora bien, imagínate que en el mismo instante en que estás experimentando el poder de
ese sentimiento, yo me acerco a ti y te pido que completes la frase siguiente: «Verás,
siempre lo he sabido,………..». ¿Qué te viene inmediatamente a la mente? Sin censurar tu
reacción, ¿cómo completarías la frase?
Casi todo el mundo tiene una o dos frases para explicar al instante por qué van mal las
cosas, frase que describe sucintamente nuestro destino. Podría ser: «Verás, siempre lo he
sabido, siempre es-taré solo/a». O tal vez, «jamás habrá suficiente para mí», o «sé que
nadie me quiere», o «siempre tendré que trabajar más que nadie» o «jamás se me permitirá
ser feliz». En cualquier caso, si ponemos atención para escucharla, casi siempre habrá una
frase que se presentará instantáneamente para explicar por qué has tenido ese fuerte
sentimiento de tristeza, dolor, rabia o rechazo esta vez. Esa frase define la naturaleza
esencial de tu hábito emocional.
Cada frase se corresponde de forma natural con un sentimiento. Si creemos que siempre
vamos a estar solos, entonces cuando sintamos soledad e incomprensión probablemente
estaremos en nuestro estado emocional habitual. Si estamos convencidos de que jamás
habrá suficiente para nosotros, entonces cuando nos sintamos estafados, con exceso de
trabajo o celosos del éxito de otras personas, estaremos firmemente asentados en nuestro
hábito. Cada persona tiene su particular conjunto de emociones que afloran con más
frecuencia que otras. Cuando exploramos estos estados mentales y emotivos habituales y
alertamos el oído para que escuche la frase que define nuestra filosofía emocional, podemos
aprender muchísimo acerca de dónde estamos atrapados, dónde estamos estancados en el
pasado. Entonces podemos desarrollar poco a poco la capacidad para dejar que se
desvanezcan de modo natural esos hábitos y estar conscientemente receptivos a nuestros
157
sentimientos en el momento presente. Dedica tiempo a experimentar con las palabras que
usas para expresar esa frase hasta que la consideres exacta y precisa. Después, durante unos
días, cada vez que te sientas mal por algo que te haya sucedido, repite en silencio la frase:
«Verás, siempre lo he sabido, jamás seré feliz», etcétera. ¿Qué sientes al decir la frase de
forma tan explícita? ¿Qué emociones surgen? Repite la frase unas cuantas veces, con
diferentes tonos de voz, una vez en tono triste, después en tono enfadado, después en tono
jocoso y guasón.
Esas son las frases que nos acompañan sin saberlo nosotros. Al hacerlas explícitas, al
traerlas a la percepción consciente, pierden fuerza, pierden la capacidad de influir en
nuestro estado mental emocional. Si logras aprender a juguetear con estas voces puedes
despojarlas poco a poco de su capacidad para mantenerte estancado en los 1 mismos viejos
estados y te liberas con más rapidez para pasar a un estado mental y emocional diferente.
¿En qué tipo de cosas te fijas? ¿Qué personas, temas o relaciones te llaman la atención?
Enfoca y toma todas las «fotos» que quieras, ya que no hay película y ninguna necesidad de
hacer una «buena» foto. El objetivo es sencillamente descubrir en qué te fijas. Pasado un
rato, ¿qué norma o hábito de percepción se te hacen evidentes? ¿Qué cosas aparecen con
más frecuencia en el visor? ¿Qué cosas te parecen importantes, qué cosas te conmueven el
corazón? Pasadas una o dos horas, reflexiona sobre la manera como tus ojos te conducen
por la experiencia. Toman conciencia de las cosas, las personas, las situaciones y los
acontecimientos que al parecer tienen más sentido para ti. Este ejercicio podría servirte para
que te dieran cuenta de los sentimientos y emociones que te son más familiares, más
habituales y más poderosos en la historia de tu vida.
Meditación
AMPLIAR LA PRÁCTICA DE LA PRESENCIA MENTAL
Siéntate en posición cómoda en tu refugio. Esta vez vas a estar sentado/a durante media
hora y usarás técnicas para ampliar la práctica de la presencia mental que hemos explorado
en los capítulos anteriores.
Cierra los ojos y haz que tu atención se dirija hacia la respiración. Poco a poco, a medida
que el aire entra y sale de tu cuerpo, ve tomando conciencia de la sensación de respirar.
Observa las características de tu respiración, percibe la velocidad, profundidad y textura de
cada inspiración y espiración. Para ayudarte a concentrarte en la respiración podrías
comentar en silencio lo que ocurre en el abdomen: «se eleva», «baja».
158
Cuando tengas el cuerpo más relajado y sereno, comienza a observar cualquier sensación
física que surja. Presta atención a cualquier dolor o tensión, a cualquier opresión no
relajación que ocurra en el cuerpo. Centra la atención con suavidad en esa parte del cuerpo
y observa las características de esa sensación. ¿Cómo sientes el dolor o la opresión? ¿Es
agudo o apagado, vibra u hormiguea, es caliente o frío? Observa la forma y la cualidad de
la sensación, tomando nota mental de su característica predominante: «opresión, opresión»;
«dolor, dolor», o «tensión, tensión». Observa la sensación hasta que comience a
desvanecerse de forma natural. Después dirige de nuevo la atención a la respiración.
Ahora comienza a observar cualquier reacción de la mente ante las diversas sensaciones
corporales. Por ejemplo, cuando notas sensaciones dolorosas, al mismo tiempo podrías
sentir aversión, impaciencia o miedo. Toma nota de estos estados mentales, observando sus
características hasta que surja el siguiente estado mental o corporal. A veces
experimentarás sensaciones corporales agradables, que irán acompañadas por el
correspondiente estado mental de felicidad o apego. También toma nota de esto.
Por último, podrías explorar tu paisaje emocional interior. ¿Qué emociones sientes en tu
interior? ¿Te sientes relajado/a, impaciente o enfadado/a? ¿Te sientes triste, cansado/a o en
paz? Sin tratar de cambiarlos, observa qué sentimientos parecen más fuertes o intensos.
Elige uno e investígalo con más detenimiento. Si te sientes triste, por ejemplo, ¿qué
sensaciones surgen con la tristeza? ¿Notas tal vez calor en el estómago o rigidez en el
cuello? Es posible que notes una sensación de vacío o tensión en alguna parte del cuerpo.
Tómate todo el tiempo que necesites para explorar el sentimiento o sensación que haya
surgido y quédate con él hasta que pase.
Aunque suponemos que los sentimientos durarán mucho tiempo, tal vez adviertas que la
mayoría pasan en unos instantes, dando paso a una emoción diferente. Un momento de
orgullo puede disolverse en un momento de rabia; un sentimiento de tristeza puede derivar
en un momento de autocompasión; una voz crítica puede dar paso a una voz de coraje. Si
observamos nuestras emociones durante un rato podemos ver que experimentamos muchos
159
estados de sentimientos y sensaciones en rápida sucesión. Cada voz expone sus argumentos
para defenderse hasta que se funde automáticamente con la siguiente. Cuanto más presentes
y atentos estamos a las emociones del interior de nuestro cuerpo y nuestro corazón, mejor
veremos lo inestables que son en realidad nuestros sentimientos. Transcurridos treinta
minutos, puedes abrir los ojos.
EJERCICIO
Desarrollo de la atención cotidiana 1
Este ejercicio dura un mes. Al comienzo de cada semana elige una actividad sencilla y
normal de tu vida que realices inconscientemente, con piloto automático. Decide convertir
esa determinada actividad en un recordatorio, en algo que despierte tu presencia mental.
Por ejemplo, la actividad podría ser preparar té o café, afeitarte, ducharte o tal vez el simple
hecho de subir al coche. Decide que harás una pausa de un par de segundos antes de
comenzar esa actividad. Después realízala con atención amable y total, como si fuera la
esencia de un retiro de meditación.
Durante toda la semana, trata de poner toda tu atención y cuidado al realizar ese acto cada
vez que lo hagas. Hasta las actividades más sencillas pueden ser potentes recordatorios e
inducir la sensación de presencia y gracia. Si eliges la actividad de abrir las puertas durante
el día, puedes abrir cada puerta como si fueras a pasar por ella acompañado/a de Jesús o de
Buda. Si eliges la actividad de preparar el té o el café, puedes hacerla como si fuera la
elegante ceremonia japonesa del té.
Al final de la semana añade otra actividad, hasta que al final del mes hayas incorporado
cuatro nuevos aspectos de tu vida en la presencia mental diaria. Después, si lo deseas,
continúa con este ejercicio durante un segundo y un tercer mes, llevando el poder de la
atención a más y más aspectos de cada día.
1
Gracias especiales a Jack Kornfield y Joseph Goldstein por este ejercicio. (N. del A.)
160
11
Aislamiento e intimidad
Nuestra experiencia como individuos únicos está en perpetua contra-posición con nuestra
experiencia como miembros de una comunidad. ¿Dónde acaba nuestra individualidad y
comienza nuestra implicación con los demás? ¿Cuándo guardarnos el corazón para nosotros
mismos y cuándo buscar los corazones de nuestros familiares, amigos y vecinos? ¿Cuándo
estar solos y cuando buscar la compañía de las personas que amamos?
Estas preguntas suelen ser difíciles y dolorosas para los hijos de familias con problemas.
Para muchos, la experiencia de ser un individuo único con frecuencia va acompañada de
una enorme sensación de miedo y aislamiento. Nuestro sentido de la individualidad está
teñido por los recuerdos de sentirnos indeciblemente solos, incomprendidos, no escuchados
e invisibles; no podíamos hablar de los incidentes dolorosos y guardábamos las heridas y
temores en secreto silencio. Cuando había dolor, nadie hablaba de él; cuando había
sufrimiento, nadie lo reconocía. Y así aprendimos a retirarnos dentro de nosotros mismos, a
mantenernos a distancia de los demás.
Aprendimos a usar esa distancia a modo de protección, como un escudo contra el dolor,
como una fortaleza secreta contra el miedo y la intimidad. Pero si bien al principio
podíamos pensar que el aislamiento nos mantenía a salvo, con el tiempo se intensificaban el
dolor, la tristeza y la timidez no expresados. La tendencia a aislarnos dio origen a una
terrible soledad, a un profundo sentimiento de estar desconectados del resto de la familia,
del resto de la humanidad. Finalmente llegamos a temer que jamás podríamos intimar con
nadie aparte de nosotros mismos.
El padre de Alice era alcohólico y su madre siempre se negó a hablar de este problema con
ella, ni aun cuando ella se marchó de casa. De niña aprendió a observar en secreto las
borracheras y las riñas, mientras su madre aseguraba que no pasaba nada. Muy pronto se
dio cuenta de que no podía hablar con sinceridad de lo que veía y sentía y desarrolló el
hábito de quedarse en su habitación leyendo y de guardarse las cosas para ella.
Rachel, que se crió en una familia «normal», tenía quince años cuando se enamoró de un
chico mayor que se alojaba en su casa por el programa de intercambio de estudiantes.
Pasado un tiempo, el chico la llevó a la cama y ella quedó embarazada. Sus padres,
anonadados por la vergüenza y la humillación, la enviaron a un establecimiento para
madres solteras; allí, justo antes de Navidad, y sin la presencia de ningún familiar ni
persona amiga, dio a luz sola a un bebé al que entregó en adopción. Actualmente, ya adulta,
dice que se siente terriblemente sola la mayor parte del tiempo, incluso cuando está en
compañía de otras personas. Piensa que debe hacerlo todo solo y que no puede fiarse de
161
nadie para que la ayude. Hace mucho tiempo que decidió que era más seguro estar sola.
Con los años, sus sentimientos, sueños y anhelos fueron quedando enterrados en el asustado
aislamiento de su corazón.
A medida que perfeccionábamos nuestra habilidad para retirarnos, se nos fue haciendo cada
vez más difícil formar alianzas o relaciones que nos parecieran seguras o fiables. Cuando
les pregunto a las personas « ¿Quiénes eran tus aliados durante tu infancia?», la respuesta
más frecuente es una mirada asombrada, una expresión de confusión e incredulidad. « ¿Qué
quiere decir? Jamás pude confiar en nadie.» Tal vez una tía o una abuela las acogió, alguien
las escuchó o confiaban en alguna persona. Pero los recuerdos más vividos suelen ser los de
haber estado solas, desatendidas, separadas, dolorosamente desconectadas del resto del
mundo.
De igual modo, cuando nuestros miedos y penas nos distancian de nuestra familia,
comenzamos a considerarnos un tipo de persona y al resto del mundo otro tipo. Cuando uno
se considera «yo» y todos los demás son «los otros», rebajamos a la categoría de cosa a los
demás seres humanos, hasta el punto de que ya no les concede las cualidades de un ser
humano. Simplemente son «los otros», o incluso peor, «los peligrosos» o «los enemigos».
Si podemos diferenciarnos totalmente de ellos, nos resulta más fácil encontrar el permiso
que necesitamos para marginarnos totalmente, para sentirnos desconectados de sus actos,
sus sentimientos, sus vidas y su humanidad. No son como yo, no son mi familia, no tengo
ninguna relación con ellos.
162
Cuando nos encerramos en nosotros mismos, nos creamos una esfera de seguridad que se
va haciendo cada vez más pequeña, hasta que sólo tiene espacio suficiente para nosotros
mismos, al margen de todo, de toda persona que pueda amarnos, que pueda acariciarnos o
sanarnos. Aislados en nuestros secretos sufrimientos y penas, no hay espacio para que nos
ayude nadie, no hay espacio para la curación. «En la separación está la gran desgracia del
mundo», dijo Buda.
Pasamos gran parte de la infancia y de la vida adulta tratando de des-cubrir quién soy «yo»,
quién eres «tú» y de resolver el rompecabezas de cómo «tú» y «yo» podríamos convertirnos
en «nosotros». Si comenzamos la vida con esa dolorosa confusión acerca de cómo
encontrar un lugar propio y seguro en afectuosa comunidad con otras personas, ¿cómo
podemos entender bien una experiencia del «nosotros»?
Tal vez podríamos comenzar por explorar nuestra percepción del «yo». Hay mucha
literatura psicológica occidental respecto a la necesidad de desarrollar una identidad, un
«yo» separado y distinto de la madre, del padre, de los hermanos y de los compañeros. Este
proceso de «individuación» se considera de vital importancia para la salud psíquica, para
que podamos desarrollar un fuerte sentido de identidad y la capacidad para actuar como
individuos en la sociedad. Sin embargo, algunos reaccionamos a los sufrimientos de la
infancia «individuándonos» en exceso, de un modo no sano, pues nos aislamos totalmente
para protegernos del peligro.
Pero aún en el caso de que nos individuemos bien y aprendamos a establecer fronteras
claras para el ego, y límites precisos en nuestra identidad personal, la construcción de un
ego fuerte y bien protegido no puede ser nunca el final de la historia. Cuando acentuarnos
excesivamente la necesidad de un fuerte sentido del «yo», cuando aprendemos a «fijar
límites», a «pedir lo que deseamos», y a estar atentos a «cuidar de nosotros mismos»,
perpetuamos sutilmente nuestro aislamiento oponiendo «nuestras» necesidades a las de
«ellos». Así, aunque finalmente logremos reunir el valor necesario para extraer «nuestra»
parte de «ellos», «ellos» continúan pareciéndonos el enemigo. Aunque «obtengamos» lo
que «deseamos», de todas formas terminamos sintiéndonos aislados, distintos y al margen
de la verdadera comunidad con aquellas personas que pueden ser nuestras parejas, nuestros
aliados y la familia de nuestro espíritu.
La evolución más importante de nuestro sentido del «yo» sigue siendo incompleta porque,
de hecho, nuestro «yo» jamás se sostiene solo; somos inextricablemente interdependientes
con todos los demás seres que comparten nuestra amistad, nuestro linaje familiar y nuestro
planeta. Nuestro sentido del «yo» florece plenamente en una comunidad sana y apacible de
«nosotros». Por desgracia, los niños que han vivido el sufrimiento familiar se hacen
163
terriblemente sensibles a la confrontación entre el «yo» y el «nosotros». Nuestros contactos
con los demás revelan cierto desasosiego, e incluso comienzan a parecemos enemigas las
personas más íntimas. ¿A quién puedo recurrir con toda confianza? ¿Quién es capaz de oír
realmente mi dolor? ¿Hay alguien que pueda entender mi corazón? ¿Hasta dónde puedo
dejarte entrar y sentirme segura? ¿No será mejor continuar solo, desconectado y protegido?
Aislamiento e interdependencia
Después de toda una vida de retiro y aislamiento, muchos desarrollamos una fuerte
ambivalencia respecto a que nos vean o conozcan otras personas. Utilizando nuestra
invisibilidad como escudo contra el sufrimiento, nos sentimos cómodos en nuestro
anonimato y no sabemos muy bien qué grado de intimidad deseamos tener realmente,
incluso con las personas más próximas. Al mismo tiempo que nos sentimos incapacitados
por nuestra marginación, ansiamos unirnos a nuestros amigos, a nuestros familiares y a
Dios. Experimentamos el profundo conocimiento de que el exilio no es para nosotros.
Percibimos la posibilidad de una exquisita conexión con los demás, pero nos cuesta
entender dónde está nuestro lugar y pensamos que tal vez nunca seremos bien recibidos.
Los que habitualmente nos retiramos para sentirnos a salvo tenemos un tanto deteriorada la
capacidad para sentirnos integrados en un todo más grande. Renuentes y con mucho miedo,
poco a poco hacemos nuestro hogar en el aislamiento.
Aunque por miedo o hábito nos arropemos en la desconexión, la verdad es que seguimos
conectados, íntimamente ligados unos con otros. Resulta dificilísimo mantener la ilusión de
separación cuando observamos lo intrincado que es el tejido que formamos todos juntos.
«Formo parte del todo», decía Gandhi, «y no puedo encontrar a Dios fuera del resto de la
humanidad». Thich Nhat Hanh explica bellamente la sutil interacción de los factores que
nos conectan a todos, tomando el ejemplo de la fabricación de una hoja de papel:
Si eres poeta verás claramente que en esta hoja de papel flota una nube. Sin una nube no
hay agua; sin agua los árboles no pueden crecer, y sin árboles no se puede hacer papel. Así
pues, hay una nube aquí. La existencia de esta página depende de la existencia de una nube.
El papel y la nube están muy unidos.
Pensemos en otras cosas, la luz del sol, por ejemplo. La luz del sol es muy importante
porque no puede haber bosque sin luz del sol, y los seres humanos no podemos
desarrollarnos sin luz del sol. Así pues, el leñador necesita luz del sol para cortar el árbol, y
el árbol necesita luz del sol para ser un árbol. Por lo tanto podemos ver la luz del sol en este
papel.
Y si miras más profundamente, con los ojos de un bodhisatva, con los ojos de aquellos que
están despiertos, verás no sólo la nube y la luz del sol, verás que todo está en ella: el trigo
164
que se convirtió en pan para que comiera el leñador, el padre del leñador..., todo está en
esta hoja de papel.
Igual que la hoja de papel, nosotros también llevamos dentro todas las cosas y a todas las
personas que nos han enseñado, abrazado, sustentado y amado: el alimento que comemos,
las personas que lo cultivaron y cosecharon, las plantas y animales que han dado su vida
para nuestro bienestar, las personas que fabricaron los materiales y nos construyeron la
casa, la ropa que nos ponemos, y las personas que tejieron las telas y cosieron nuestras
vestimentas. En todo momento, en cada paso, vivimos en íntima comunión con todos los
seres y elementos que trabajan para darnos vida, alimento, música, techo, transporte y ropa.
En resumen, no estamos nunca solos. Estamos inmersos en un mar de intimidad e
interdependencia con todos los seres.
Primero fui a la tienda de muebles de segunda mano a hablar con el hombre que me había
vendido el refrigerador. Me dijo que daba la impresión de que al aparato le faltaba una
determinada pieza eléctrica que me costaría unos pocos dólares, y me indicó dónde
comprarla. Fui a la tienda de artículos eléctricos y el hombre que me vendió la pieza me
explicó cómo instalarla. Entusiasmado y bastante complacido conmigo mismo, me fui a
casa con mi preciosa pieza y me las arreglé para instalarla en una hora más o menos. El
refrigerador comenzó a funcionar.
Más avanzado el día, cuando comencé a reflexionar sobre mi logro, me pasó por la cabeza
la pregunta ¿quién reparó el refrigerador? ¿Fui realmente yo o fue el hombre que me dijo
qué pieza faltaba y debía comprar? ¿O fueron las personas que hicieron la pieza en alguna
fábrica lejana? ¿O tal vez fue quien me dio el dinero para poder comprar la pieza, o tal vez
el hombre que me la vendió y me explicó cómo instalarla? ¿Quién reparó el refrigerador?
165
inseparablemente mezclados en el baile común de la vida qué sólo un enorme miedo y una
inmensa resistencia pueden mantenernos separados. Todos dependemos los unos de los
otros para el alimento, el cariño, el amor, para la vida misma. Si bien a veces es posible que
encontremos difícil estar unidos, lo cierto, en realidad, suele ser lo contrario. Es necesaria
una enorme cantidad de energía para permanecer separados.
En África, los bantúes tienen el dicho: «Una persona es persona a través de otras personas».
Nuestra experiencia psíquica podría con-vencernos de que estamos aislados y marginados
de los demás, y los recuerdos residuales de miedos no expresados pueden inducirnos a
rehuir la intimidad. Pero pese a todos nuestros temores y estremecimientos, compartimos en
todo momento con toda la creación el aire que respiramos. Nuestra pertenencia a la familia
de la Tierra es tan fuerte, tan profunda, que las desconexiones mental y emocional no
pueden mantenernos realmente separados. «Cuando cogemos algo aislado lo encontramos
unido a todo lo demás del Universo», dijo John Muir.
Joanne siempre se sintió incomprendida y sola cuando era niña; sus padres rara vez tenían
tiempo para escuchar sus miedos o preocupaciones y tampoco la ayudaban a desarrollar sus
dones y talentos. Aprendió a pensar que el mundo es sencillamente una colección de
personas que siempre la interpretarían mal y decidió que permanecería sola toda su vida.
Asistió a una de nuestras terapias de grupo, pero al cabo de unas cuantas semanas me dijo
que empezaba a sentirse diferente de todos los demás y no sabía si podía integrarse en el
grupo.
Me dijo que preferiría que la atendiera individualmente. Aunque le sugerí que podría
trabajar esos sentimientos de aislamiento con el grupo, sus sentimientos de desconexión
eran muy fuertes y la impulsaban a abandonarlo.
—Simplemente no me siento cómoda aquí —me dijo—. Mis necesidades son muy
diferentes de las de todos los demás.
—Joanne —le dije—, ciertamente eres muy dueña de dejarlo y eres igualmente dueña de
continuar. Debes seguir los dictados de tu corazón.
Decidimos tener unas cuantas sesiones privadas. En ellas habló largo y tendido sobre su
habitual necesidad de ser especial y diferente de todos los demás. Toda su vida se había
sentido incomprendida, pues las personas que la rodeaban ni la escuchaban ni la veían.
Habló de lo penoso que era estar marginada, pero también de lo terrible que resultaba salir
de la conocida seguridad de sus barreras y fronteras. Percibí su profunda confusión y
tristeza. Noté con qué desesperación deseaba sentirse bien acogida en compañía de otras
personas, y al mismo tiempo el fuerte impulso que sentía de retirarse, de huir. Pasadas unas
semanas le pedí que intentara expresar esos sentimientos ante el grupo, aunque sólo fuera
166
para ver qué ocurría. Si continuaba sintiéndose incómoda podía marcharse sabiendo que lo
había intentado con la mejor voluntad. Accedió a hacer la prueba.
A la semana siguiente explicó al grupo su sensación de ser diferente de todos los demás,
habló de que, en su opinión, sus problemas y su forma de trabajar en sí misma no
encajarían en el grupo y que deseaba dejarlo. Algunos participantes comentaron que habían
notado que había llegado tarde a varias sesiones y que sus disculpas por haber faltado a
otras eran malas, y se preguntaban si tal vez no tendría miedo de integrarse en el grupo.
Otras le dijeron que cuando estaba presente la encontraban siempre comprensiva y
perceptiva, que creían que simplemente no lograba decidirse si quería continuar. Sugirieron
que tal vez eso era una pauta en su vida puesto que había cambiado de pareja, profesión y
estilo de vida muchas veces. Otras personas hablaron del cariño y afecto que le tenían y de
la decepción que sentirían si dejaba el grupo.
Joanne parecía un poco sorprendida por la sinceridad y cariño que le ofrecían los demás.
Tal vez se había imaginado que se iban a molestar o que se lo reprocharían, que la
rechazarían de alguna mañera. Pero vio que se manifestaban más receptivos y sinceros, e
incluso que se le acercaban más. Al notar su confusión, me senté junto a ella y
amablemente la invité a mirarme a los ojos.
—Sé que te sientes marginada de nosotros y que eso te produce mucha pena. Pero, Joanne,
¿de dónde sacaste la idea de que las personas que estamos aquí no somos tus hermanas y
hermanos? ¿Cómo has podido creer que no somos ya tu familia?
Nuestra marginación es una dolorosa ficción, un mecanismo psíquico que empleamos para
sentirnos protegidos, una simple ilusión de la mente. Porque si miramos con sinceridad
nuestra infancia, ¿había realmente alguien en nuestra familia libre de penas? Una vez
inyectado el dolor en el torrente sanguíneo de la familia, ¿quedó alguien inmune al
sufrimiento? Aunque tal vez nos sentíamos solos en nuestro sufrimiento, estábamos
sutilmente conectados por él, unidos mientras cada uno a su manera participaba de los
sensibles sufrimientos de nuestra familia común.
El hábito de la reclusión emocional sólo sirve para añadir más violencia a nuestras vidas,
pues nos negamos el regalo de participar con todos los seres vivos de las penas y alegrías
167
de ser humanos. La palabra persona está compuesta por per (a través de) y sonare (sonar).
Cada persona es sencillamente un canal por el cual pasa suavemente el espíritu de la vida,
espíritu que nos entrelaza a todos en el tejido de la familia humana. Es imposible pensar
que podemos marcharnos realmente, ¿adónde iríamos? Jamás estamos verdaderamente
separados del cuerpo al que pertenecemos.
E incluso otros descubrimos una gratificante intimidad al ofrecer atención a una persona
necesitada. Últimamente he visto esta compasiva reciprocidad entre personas que conviven
con el sida. Lamentablemente, cuando llegó a conocimiento del público esta enfermedad,
algunos aprovecharon el contagioso virus del sida para reafirmar su desconexión de sus
hermanos y hermanas. Comenzaron a hablar el idioma de la "subespeciación", etiquetando
frenéticamente a quienes tenían el sida y a quienes no. Pero con el tiempo, cuando muchos
hemos estado sentados con amigos que morían de los efectos del sida, cogidos de la mano
escuchando sus miedos y penas, estamos más dispuestos a ver nuestra humanidad común
que nuestra desconexión. Sentimos un profundo parentesco espiritual cuando participamos
de las experiencias de la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, el miedo y el amor.
¿Cómo fomentar esa intimidad? ¿De qué prácticas disponemos que nos permitan superar
poco a poco nuestro aislamiento? Primero hemos de reconocer que con mucha frecuencia el
miedo, la tristeza y el dolor nos impulsan hacia el aislamiento. Cuando estamos en
compañía de otras personas y nos sentimos tristes, temerosos o dolidos, el instinto de
168
supervivencia nos impulsa a escondernos, a desaparecer, a empequeñecernos, a protegernos
y estar solos. Suponemos que si nos distanciamos de todos los demás podremos liberarnos
de los sentimientos dolorosos, desagradables.
Lo irónico, como hemos visto, es que nuestro aislamiento en realidad puede servir para que
aumente el sufrimiento. Cuando nos separamos por miedo, los miedos se pueden
multiplicar, la tristeza se congela y nuestras heridas continúan germinando en el fértil
invernadero de nuestro retiro. Por lo tanto, el primer paso para sanar el aislamiento nos
exige invertir nuestras tendencias naturales a ocultar el miedo y camuflar la aflicción. En
lugar de escondernos, el reto es decir lo que es cierto, comunicar los tiernos contenidos de
nuestro corazón, explicar a otros la geografía emocional de nuestras inquietudes más
profundas. Encerrando nuestros sentimientos más terribles, lo que hacemos es mantenerlos
vivos y fuertes; prestándoles .atención, explorándolos y reconociéndolos conscientemente
expresándolos en voz alta en compañía de otras personas hacemos que retrocedan, que se
desvanezcan y que ocupen, poco a poco, menos espacio en nuestro cuerpo y nuestra alma.
Sólo entonces podemos abrirnos a la comunión intimaron otras personas.
En una de mis terapias de grupo observé que algunas personas comenzaban a retraerse, a
hablar y participar menos. Llevábamos unos cuantos meses juntos y ya varios participantes
habían comentado que el grupo les estaba ayudando mucho en la curación. De todas
formas, algunas personas habían comenzado a estar cada vez más silenciosas durante las
últimas semanas y pronto advertí que esas personas eran mujeres. Así pues, una noche, les
pedí a las tres mujeres que estaban presentes en esa sesión que formaran un círculo en
medio del grupo para constituir un grupo propio. Les pedí que durante una hora hablaran
sobre cómo había sido ser niñas pequeñas en sus familias y cómo era ser mujeres en la
actualidad. A los hombres que estaban fuera del círculo les pedí que se limitaran a escuchar
en silencio.
Al principio hablaron con cierta timidez, pero muy pronto cada una se lanzó a hablar con
vehemencia acerca de los miedos y sufrimientos que experimentaron de niñas. Hablaron de
las aflicciones, de los malos tratos, las violaciones y las traiciones que asolaron sus
infancias. Hablaron de las promesas no cumplidas, de los dulces momentos de cariño y de
las terribles decepciones que tuvieron con sus madres. También comentaron lo doloroso
que era no sentir nunca una verdadera intimidad con sus padres, maridos o novios. Cada
una a su vez lloró, recordando lo difícil que había sido ser pequeña y de la pena, el miedo y
la rabia no expresados que llevaban corno mujeres adultas, solas y desatendidas durante
tanto tiempo. Al final de la sesión, todas coincidieron en que había sido muy gratificante
para ellas estar en compañía de otras mujeres que eran capaces de escuchar y manifestar
comprensión y cariño. Algunos hombres tenían los ojos llenos de lágrimas.
169
¿Qué había ocurrido? Ciertamente, lo único que hice fue pedir-les que se reunieran unos
momentos a hablar de la verdad de sus corazones y a expresar el miedo y la tristeza que
habían llevado en secreto. Poco a poco se desvaneció el aislamiento, cuando cada una sintió
la compañía de las otras y expresó el terrible dolor de sentirse aislada, dolida y sola. En ese
momento, cada una de ellas activó en las demás la sensación de cariño, respeto y confianza
mutuos. Después de esa noche aumentó muy rápidamente la intimidad entre los miembros
del grupo. No es de extrañar que los hombres preguntaran si podían hacer el mismo
ejercicio. Cuando les tocó a ellos formar el círculo interior, surgieron muchas de las mismas
emociones, ya que esos hombres también habían aprendido a aislarse a edad muy temprana.
Sean cuales sean nuestros sentimientos y emociones, y por profundos que sean, la mayoría
aprendemos a camuflarlos. Soló mostramos al mundo lo que creemos que será aceptable, y
el resto lo ocultamos, lo guardamos en secreto. Así, nadie nos ve en realidad, nadie nos
conoce jamás tales como somos. Y si hay personas que nos aman, aman lo que fingimos
ser, de modo que nunca nos sentimos amados de verdad. Pero cuando identificamos y
expresamos sinceramente nuestros sentimientos, primero a nosotros mismos y luego a los
demás, cuando hablamos de la pena, el terror y la aflicción, inducimos una oleada de
vibraciones de compasión en las personas, que de pronto se sienten en libertad para entrar
en nuestra vida, para ser aliadas, para amarnos y comunicarse con nosotros de corazón a
corazón. La verdad nos libera para entrar plenamente en una relación con otra persona,
abriendo la puerta al amor y el apoyo mutuos. Ya estemos con nuestra pareja, con un amigo
o una amiga íntimos, con un grupo de apoyo, con un terapeuta o en un retiro espiritual,
damos el primer paso para salir del aislamiento cuando hablamos a la otra persona o
personas de lo que es más profundamente auténtico en nuestro corazón.
Hay un rico y extenso linaje de maestros espirituales y santos que sostienen que la
membrana que separa el «yo» del «tú» no es tan sólida como podríamos pensar. Explican
que las enérgicas distinciones que hacemos entre «yo» y «tú» son simplemente cuestión de
percepción, el torpe mecanismo de una mente asustada. Es decir, en lugar de sentirme
separado de ti, sería más correcto reconocer que, como dice el proverbio maya «soy tu otro
yo». Cuando se reúnen los cuáqueros, hablan de honrar «aquello de Dios que hay en cada
persona»; en la tradición hindú, el saludo Mamaste se podría traducir «Veo y honro lo
divino que hay en ti así corno tú ves y honras lo divo que hay en mí».
A los niños acostumbrados al aislamiento emocional, esta práctica puede resultarles difícil
al principio. Pero cuando aprendemos a tener la confianza suficiente para ver e identificar
lo que es más auténtico en nosotros mismos, solemos comprobar que adquirimos más
destreza para identificar lo que es auténtico y hermoso en los demás. Con el tiempo, a
medida que cultivamos la capacidad de vernos con clemencia y amabilidad, a medida que
170
aumentamos la sensibilidad para percibir dónde hay miedo, dolor, ternura o amor dentro de
nosotros, comenzamos a reconocer esos mismos sentimientos en los demás. Aprendemos a
considerar hijos de Dios a todos los seres, hijos que comparten nuestras penas y alegrías,
nuestro linaje y nuestro espíritu. Cuando identificamos con más precisión el perfil de
nuestro espíritu, comenzamos a buscar ese mismo espíritu en las personas con quienes nos
encontramos. Poco a poco nos sentiremos menos solos y más integrados en una familia de
hijos, todos los cuales sufrimos, todos los cuales ansiamos amor.
Jesús decía que cualquier cosa que una persona haga a otro ser, cuando lo alimenta o lo
visten, cuando lo ayuda o lo hiere, cuando lo enfurece o lo sana, se lo hace a Dios. Todo
ser, por torpe o poco atractivo que sea, lleva en su interior una chispa de lo divino. Cuando
somos capaces de distinguir el mismo espíritu en nosotros mismos y en los demás, nos
hacemos más flexibles y comienza a ampliarse de forma natural nuestra experiencia del
«nosotros», alimentada por una tolerancia, una paciencia, un amor y una confianza
mayores. Si todas las personas son reflejos de mi espíritu, ¿cómo puedo expulsarte de mi
corazón sin producirnos mucho dolor y angustia a ti y a mí?
Joseph Campbell cuenta la historia de dos policías de Hawái que circulaban en coche por
un puente cuando vieron a un chico al otro lado de la baranda de seguridad a punto de
lanzarse al vacío. El policía que conducía frenó y el otro salió corriendo a coger al joven,
pero alcanzó a cogerlo justo en el momento en que saltaba y fue arrastrado por él. El otro
policía llegó a tiempo para sujetarlos a los dos e impedir que cayeran. Campbell comenta:
171
¿Nos damos cuenta de lo que le ocurrió de repente a ese policía al lanzarse a la muerte con
ese joven desconocido? Todo lo demás desapareció: sus deberes para con su familia, sus
deberes para con su trabajo, sus deberes para con su propia vida; desaparecieron todos sus
deseos y esperanzas para su vida. Estaba a punto de morir.
« ¿Por qué?», pregunta Campbell. ¿Por qué habría de desafiar un ser humano la ley de la
auto conservación, que supuestamente es la primera ley de la naturaleza? Tal vez, dice, se
debe a que en nuestro interior funcionan leyes más profundas. En nuestro interior vibra una
profunda reciprocidad, el conocimiento de que compartimos la misma vida, el mismo aire,
el mismo espíritu y de que el sufrimiento de un solo ser en cierto modo nos disminuye a
todos. «Nuestra verdadera realidad está en nuestra identidad y en nuestra unidad con todo
lo que vive», dice Campbell.
Katie era una joven que asistía desde hacía unos meses a mi consulta particular. Deseaba
aliviar el dolor que sentía a causa de haber sufrido abusos sexuales en su infancia y
descubrir alguna manera de estar menos encerrada en sí misma, de ser menos rígida y
sentirse menos sola. Juntos exploramos cómo su cuerpo se protegía tras una coraza en
respuesta a la intimidad, el miedo y el dolor que albergaba en lo profundo de su interior.
Pasado un tiempo le sugerí que tal vez le convenía apuntarse a una de mis terapias de
grupo, donde tendría la oportunidad de explorar nuevas formas de intimar con otras
personas en el ambiente seguro de un grupo.
Ella aceptó y comenzó a participar con entusiasmo en las sesiones, sirviéndose del grupo
como de un laboratorio, para hablar de sí misma y de sus sentimientos en compañía de otras
personas. Hablaba de sus delicados sentimientos, de sus miedos, de su sufrimiento e incluso
172
de su rabia. Explicaba que se sentía aislada y estancada, y nos hablaba de la insensibilidad
con que trataba de protegerse del peligro. Permitía que los demás le hicieran preguntas,
discutieran sus pensamientos y sentimientos y la invitaran a profundizar más en sí misma.
Con el tiempo fue aprendiendo a sentirse mucho más integrada en la vida de los demás y se
convirtió en un valioso miembro del grupo.
Pero continuaba sintiéndose sola debido al abuso sexual sufrido en su infancia. Se sentía
destrozada de un modo único y terrible, y estaba convencida de que en alguna parte de su
interior estaba el secreto de su curación. No podría descansar mientras no hubiera
descubierto todas las violaciones, las heridas y los errores que experimentó cuando era
pequeña. Debido a que había sido violada, tenía que haber algo terriblemente malo en ella,
algo que necesitaba corregir, y mientras no descubriera qué era exactamente lo que estaba
roto y el modo de arreglarlo, nunca podría dejar entrar a nadie para que la ayudara, la
consolara y la amara. Su resolución y perseverancia para sanar, aunque admirable, servía
también para mantenerla cerrada, inflexible e inaccesible. Al margen de lo mucho que se
comunicaba con los demás, aún se sentía aislada en sus sentimientos. Después de todo ese
buen trabajo aún se sentía frustrada y desilusionada de sí misma.
Vi claramente que Katie había particularizado tanto el abuso sexual que creía que el
sufrimiento de su infancia, además de haberle ocurrido a ella, había sido a causa de ella.
Estaba convencida de que si lograba descubrir la verdad de lo que le había ocurrido (a ella)
podría por fin saber lo que necesitaba saber acerca de ella. Toda su vida se había convertido
en un problema a resolver, y mientras no lo resolviera no podía dejar entrar a nadie en su
corazón.
173
—A mí me parece que todavía te consideras un problema a resolver. Da la impresión de
que crees que el abuso que sufriste tiene que ver contigo en particular, como si fuera algo
tuyo, por tu causa. Pero ese abuso no tuvo nada que ver contigo, nada en absoluto. El dolor
llega a los niños de muchas maneras. Algunos niños nacen judíos en Alemania en los años
treinta; otros nacen negros en Sudáfrica; otros nacen durante una guerra civil, o durante una
hambruna o una sequía. A ti te ocurrió que naciste en una familia de personas desorientadas
sexualmente, que te hicieron un daño terrible a causa de su incapacidad y torpeza. Nunca
tuvo nada que ver contigo, tú no tuviste nada que ver en eso. En realidad, el hecho de que
abusaran de ti no tiene nada que ver contigo personalmente, nada en absoluto. Fue
simplemente algo que surgió en el panorama emocional de tu vida. Durante esta semana,
cuando pienses en ti misma, en tu infancia y en tu dolor, tal vez te convendría hacer el
experimento de no particularizar la historia de tu vida, de no tomártela como una ofensa
personal. Imagínate que lo que te ocurrió fue simplemente algo que le ocurrió a un hijo de
Dios, y que no ocurrió por ningún motivo particular aparte de que ocurrió, y fue muy
terrible, muy lamentable y te hirió profundamente. Tal vez esta perspectiva podría
comenzar a liberarte, del sentimiento de estar tan manchada por el pincel deja historia de tu
infancia.
Yo no sabía muy bien cómo reaccionaría Katie; a veces nos aferramos con fuerza a las
peculiaridades únicas de nuestro sufrimiento. Pero me dio la impresión de que estaba
realmente dispuesta a abandonar esa investigación minuciosa e interminable que sólo le
había servido para sentirse decepcionada, frustrada, incapaz y sola. A la semana siguiente,
me miró con expresión mucho más relajada.
—Me siento mucho más ligera, como si me hubieran quitado de encima un enorme peso —
me dijo—. He visto que es muy cierto lo que me dijo, y me ha servido para soltarme un
poco, para no personalizar tanto lo que me ocurrió, para no sentirlo como algo personal.
Cuando pienso que simplemente nací en una familia de personas sexualmente ineptas,
torpes, y que igual podría haber nacido en Alemania o en Sudáfrica, no sé, en cierto modo
consigo no sentirme tan responsable de entenderlo y solucionarlo todo. No cambia lo
ocurrido, y ni siquiera me evita el sufrimiento. Simplemente hace que me sienta menos
sola. Recibí una parte del sufrimiento que reciben todos, y no fue culpa mía, y no tengo por
qué arreglarlo. Simplemente no tuvo nada que ver conmigo en particular.
Stephen Levine nos recuerda que cuando dejamos de considerar «mío» o «nuestro» el
sufrimiento particular y comenzamos a experimentarlo simplemente como «el» dolor, el
dolor de toda la creación, de todos los seres, dejamos de estar marginados y solos, y nuestro
sufrimiento se convierte en una puerta por la que entramos en la comunidad con la familia
de la Tierra. El dolor que hemos sentido está íntimamente conectado al dolor que siente una
174
mujer al dar a luz, al dolor que sienten las familias desgarradas por una guerra civil, al que
sufren los niños que mueren de cáncer, y al de sus padres, que los sostienen mientras
mueren, y al que sienten todos aquellos que sufren hambre, guerra u opresión. A todos y a
cada uno se nos da cierta cantidad de sufrimiento, a algunos más que a otros, a algunos de
forma más violenta, a otros de forma más sutil. Pero, el dolor que sentimos jamás ha sido
sólo nuestro, propio de cada uno; es simplemente un fragmento del sufrimiento que ha sido
dadora todos, como, hijos de la carne y el espíritu. La forma del sufrimiento puede cambiar
de persona a persona, pero la realidad del sufrimiento es algo que inevitable-mente tenemos
en común con todos los seres sensibles.
¿Has entrado alguna vez solo/a en un templo, una iglesia o una sinagoga en un momento en
que estaba vacía y en silencio? En esos momentos, si pones atención, puedes oír a veces el
eco de las miles de oraciones que han rezado en ese lugar miles de corazones doloridos.
Puedes sentir las lágrimas, los sollozos, las peticiones que han expresado padres, hijos,
amigos o amantes que ansiaban algún tipo de curación, don, milagro o bendición para
alguien que estaba sufriendo. En ese lugar podemos sentir cómo nuestras oraciones y
plegarias se mezclan con las de todas las personas que han estado allí antes y que vendrán
después.
Los santos del mundo insisten en que cada uno de nosotros es un miembro precioso de la
familia de la creación. Los cristianos enseñan que cada uno es una célula brillante del
cuerpo de Cristo. Los budistas, que cada uno tiene en su interior la naturaleza buda y que
puede encontrar refugio formando parte del sangha, siendo un miembro de la familia de
todos los seres sensibles que desean sanar. Gandhi decía que estamos tan íntimamente
unidos en una familia común que todo lo que hacemos y decimos tiene un efecto en toda la
tela de la humanidad. A modo de recordatorio de esta delicada interdependencia,
recomendaba que siempre que tuviéramos que tomar una decisión importante,, primero nos
imagináramos que teníamos sentada delante a la persona más pobre del mundo. No
pretendía inducir en nosotros un sentimiento de culpabilidad, sino recordarnos que estamos
íntimamente relacionados con todos nuestros hermanos y hermanas y que cualquier
decisión que tomemos respecto a nosotros mismos debe tener en cuenta el efecto que va a
tener en la familia a la cual pertenecemos innegablemente.
Desmond Tutu contaba que una vez recibió una carta de una mujer de California, en la que
le decía que todas las noches se despertaba a las dos de la mañana a rezar por la paz y
curación de la gente de Sudáfrica. Ahora bien, en vista de todos los conflictos políticos,
militares y económicos de su país, el obispo Tutu podría haber considerado demasiado
insignificantes y tardías estas oraciones, pero dijo: « ¿Cómo sé si no será esta mujer quien
nos salvará a todos? Cada oración, cada palabra de esperanza es un bien, una bendición
para nosotros, una parte preciosa de nuestro trabajo por la paz. Así pues, le escribí y le dije:
"Siga rezando. Todos formamos parte del cuerpo de paz. Todos somos necesarios"».
175
Cada uno de nosotros es necesario. Cuando nos aislamos y retiramos de la humanidad, no
sólo nos negamos el amor, el consuelo y cariño de nuestros amigos, familiares y prójimos
sino que también negamos a los demás el acceso a nuestros dones, a nuestra sabiduría, a
nuestro corazón y a nuestro espíritu. La familia mundial anhela los re-galos que podemos
aportar cada uno mientras buscamos la curación política y ecológica entre los pueblos y
especies de la Tierra. Toda la creación aguarda nuestros regalos.
Fue como si de pronto viera la belleza secreta de sus corazones, [...] la persona que cada
uno es a los ojos de Dios. Ojalá pudieran verse tales como son. Si pudiéramos vernos así
los unos a los otros en todo momento, no habría más guerras, no habría odio, no habría
crueldad, no habría codicia. [...]
Supongo que el gran problema sería que todos caeríamos de rodillas y nos adoraríamos
mutuamente.
EJERCICIO
Decir la verdad
Uno de los métodos más poderosos de curación es decir la verdad. Muchas veces usamos el
silencio, la mentira y el lenguaje complicado para escondernos y marginarnos del resto de
la humanidad. O nos aturdimos para dejar de oír lo que es verdadero, o tememos decir la
verdad porque creemos que eso nos haría vulnerables y nos dejaría indefensos. Aprender a
decir la verdad con claridad y valentía es una poderosa manera de entrar en íntima
comunidad con los demás, de relacionarnos.
Elige una persona con quien desees hacer este ejercicio. Deberá ser una persona con quien
te sientas a gusto, por ejemplo, un amigo o una amiga íntima, tu pareja, tu novio o tu novia.
Pídele que se siente contigo durante diez minutos y que escuche en silencio lo que tienes
que decirle.
Aprovecha este tiempo para hablar con sinceridad, claridad y de-liberadamente acerca de lo
que siente tu corazón. Elige con cuidado tus palabras, procurando hablar con lentitud y
precisión. Podrías contarle un secreto que has tenido guardado, algo acerca de ti o sobre lo
que piensas y sientes respecto a él o ella. Si hay algún sentimiento de miedo o desagrado
del que nunca has hablado, aprovecha este momento para decirle la verdad de lo que
sientes. ¿Hay alguna experiencia o preocupación que no le hayas contado nunca? ¿Qué te
gustaría que supiera de ti? Dile algo que te resulte cómodo y sea verdad. No se trata de que
salgas de los límites en que te sientes cómodo y seguro, sino de identificar sinceramente y
con precisión la naturaleza de tus sentimientos más íntimos.
176
¿Qué notas mientras hablas? Observa cualquier impulso a censurar o alterar tus
sentimientos. Observa si te sientes aislado o conectado y observa qué sentimientos hacen
que desees retroceder o intimar más con tu compañero/a. Observa qué ocurre a medida que
te vas acercando a la verdad. Está atento/a a cualquier miedo o incertidumbre que surja y
observa de qué modo afectan tu modo de hablar. En cada palabra intenta expresar con toda
la precisión posible esas cosas que son profundamente ciertas de ti.
Transcurridos diez minutos pide a tu amigo/a que resuma lo que ha oído. Pregúntale si tiene
alguna pregunta que hacer. Observa tus reacciones ante sus preguntas y reacciones en
relación a tus sentimientos más íntimos y tu capacidad para responder francamente.
Observa si comienzas a sentir confusión por lo que es verdadero o si tiendes a presentarte
bajo una luz diferente según la pregunta.
Al cabo de cinco o diez minutos puedes poner fin al diálogo. ¿Cómo te sientes ahora? ¿Te
sientes más abierto/a, más cerrado/a, más conectado/a, más aislado/a? ¿Has dicho realmente
la verdad? ¿Qué partes te resultaron más difíciles? ¿Qué te produjo la mayor sensación de
alivio?
Podrías practicar la veracidad con otros amigos, en grupos e incluso en reuniones sociales o
de negocios. En cada situación trata de determinar si lo que estás diciendo es claro y
verdadero. Observa cuándo tratas de ocultar o manipular y cuándo dices lo que sincera-
mente tienes en la mente y en el corazón. No se trata de usar la sinceridad para ser cruel o
hiriente, sino para dar una imagen más exacta de nosotros mismos en la comunicación y la
comunidad con los demás. A medida que nos sintamos más cómodos diciendo la verdad se-
remos más capaces de salir del aislamiento.
Meditación
CONECTAR CON EL SUFRIMIENTO DE LOS DEMÁS
Nunca estamos solos en el sufrimiento. El dolor de ser humanos lo compartimos todos los
que estamos vivos. En esta meditación aprovecharemos nuestro sufrimiento para conectar
con el sufrimiento de los demás seres.
Siéntate en posición cómoda en tu refugio. Cierra suavemente los ojos y dirige la atención a
tu respiración. Toma conciencia poco a poco de las sensaciones que te produce respirar,
comentando el movimiento del abdomen con cada inspiración e inspiración: «se eleva»,
«baja». Dedica unos momentos a esta práctica para serenarte y con-centrarte en el cuerpo.
Pasado un rato dirige la atención a tu corazón, y observa tus sensaciones en la zona del
pecho. Profundiza más y está atento/a a cualquier lugar en donde haya tristeza o aflicción.
Deja que surjan las imágenes una tras otra y siente la profundidad de tu tristeza. Reconoce
que todos tus amigos, hijos y familiares morirán algún día; siente ese lugar que sabe que tú
177
también morirás algún día, dejando tal vez mu-chas cosas sin hacer. Toma conciencia de
todas las cosas que han que-dado sin expresar, de todo el amor que no recibiste ni diste, de
todas las penas y decepciones que ha habido en tu vida. Acoge estos sentimientos a medida
que se presentan; permite que te alcancen y siéntelos todo lo que puedas. Siente la
profundidad de las penas que han venido y las que vendrán, que formarán parte de tu vida
hasta que mueras.
Haz unas cuantas respiraciones hacia la zona del corazón para limpiarlo. Mientras espiras,
expulsa con el aire el apego y la tensión que rodean la pena. Deja que el dolor se ablande,
se suelte y deje en libertad a tu corazón.
Ahora, cambiando la perspectiva, deja que surja suavemente la imagen de una persona
íntima a la que quieras mucho. Lleva tu atención a sus sufrimientos, a las veces que en su
vida ha sentido tristeza, dolor, aflicción por una pérdida. Toma conciencia de las profundas
penas que ha sufrido esa persona en el curso de su vida. Tómate todo el tiempo que
necesites para sentir su pena, su tristeza, su dolor, cualquier angustia o aflicción que haya
recibido. Trata de sentirlo en tu corazón y en tu cuerpo.
¿Cómo cambian tus sentimientos respecto a esta persona? ¿Qué observas respecto a tu
sufrimiento, a tu pena? ¿Qué palabras surgen dentro de ti, qué crees que deseas ofrecer a
esa persona? En silencio, imagina que le ofreces algún consuelo, que le expresas tu interés,
tu cariño, tu afectuosa amabilidad. Percibe la intimidad que se hace posible cuando
compartes la pena profunda con otra persona.
Pasado un rato haz que surjan las imágenes de otras personas. Comienza por las que te son
más cercanas y que sufran por una enfermedad, una aflicción, por algún malestar físico o
una angustia emocional. Toma conciencia de la naturaleza de su dolor, de la tristeza y
aflicción que sienten en lo más profundo. Siente cómo su sufrimiento es un reflejo de la
pena que llevas en tu interior. Siente cómo el sufrimiento os conecta y siente también cómo
el hecho de palpar juntos ese dolor, con atención consciente, abre una puerta hacia el amor
y la intimidad mutuos.
A continuación haz que surjan otras imágenes: las de hombres, mujeres y niños que sufren
los horrores de la guerra; de las madres a las que la violencia y la enfermedad les arrebatan
sus hijos; de las madres y padres que mueren de hambre tratando de evitar que sus hijos
mueran de hambre; las de ancianos y ancianas recluidos en hospitales, residencias o asilos
que se sienten incómodos y solos; las de hombres y mujeres que duermen a la intemperie
porque carecen de techo. Retén cada imagen un momento, una a una, sintiendo la
profundidad de su sufrimiento y aflicción, tomando conciencia de la afinidad del dolor que
tú sientes en tu vida con el dolor que sienten todos los demás seres. Permite que ese dolor te
178
abra y ablande el corazón con compasión, para que entre tu corazón y el corazón de todas
las personas que sufren exista una vibración compasiva.
Envuelve cada imagen en perdón, clemencia y amor, tocando su dolor con tu corazón,
tocando con tu corazón a todos los seres que sufren. Este es el legado de la familia de la
creación. Esta es tu familia.
Siente la profunda conexión con todos los seres mientras con-viertes el sufrimiento en una
puerta hacia la comunicación y la comunidad con tu familia más grande. Siente la verdad
de tu pertenencia a una familia, de tu lugar en ella. Poco a poco dirige de nuevo la atención
a tu respiración, al aire que naturalmente entra y sale de tu cuerpo; siente tu cuerpo como
una diminuta célula del cuerpo más grande que todos compartimos. Cuando estés
preparado, puedes abrir suavemente los ojos.
Después tal vez desees hacer un collage que celebre la familia de todos los seres. Con fotos
tomadas de revistas, fotos de la familia o dibujos hechos por ti, reúne una gran cantidad de
imágenes que hablen a la multitud de las alegrías y penas que experimentamos todos los
seres vivos. De esa colección de imágenes elige las que describan con más exactitud el
pulso común que todos compartimos como hijos de la Tierra. Disponías para hacer un
collage de la comunidad más grande a la que perteneces. También podrías utilizar el
collage para identificar tu lugar en la familia humana.
179
12
Obligación y amabilidad amorosa
Cuando nos llegue el momento de la muerte, es probable que surjan algunas preguntas en
nuestro corazón: ¿He amado bien? ¿He sido generoso y amable? ¿Me he dejado amar?
¿Cómo he compartido ese amor con los demás?
Son muy pocas las personas que al enfrentarse con su muerte se preocupan por no haber
pasado suficiente tiempo en el trabajo; no son muchas las que se preguntan si ganaron
bastante dinero o si asistieron a bastantes reuniones. Lo normal es que cuando se preparan
para morir, se centren en el profundo amor que sienten por sus familiares, por sus hijos y
amigos. ¿Qué podría ser más importante?, Abrazar a nuestros seres queridos, dar nuestro
amor gratis, ser sinceros y generosos con nuestro cariño y nuestra atención, ese es el
baremo de nuestras vidas, esas son las recompensas sin precio del tiempo que hemos vivido
en la Tierra.
Tal vez el legado más doloroso de nuestra infancia es que tenemos pocos recuerdos (si es
que hay alguno) de haber intercambiado cariño y afecto incondicional, con confianza, con
alguna persona de nuestra vida. En las familias de muchos de nosotros había confusión
respecto al amor; el amor no se daba ni recibía con comodidad, había desconfianza e
inseguridad respecto a la forma de querernos y atendernos mutuamente. Éramos torpes y
tímidos respecto a nuestros sentimientos. Incluso cuando la intención era dar cariño, solía
ser mal interpretado o se consideraba sospechoso.
180
Muy pronto aprendimos a utilizar el cariño y la amabilidad como armas de defensa,
inventando frases de compasión y actitudes cariñosas para cualquiera que se nos pusiera
delante. Pero eso no era verdadero amor ni generosidad; era una reacción desesperada ante
una temida obligación. Incluso mientras perfeccionábamos nuestra habilidad para cuidar y
atender a otras personas, con el fin de generar en ellas una amabilidad recíproca, solíamos
tener el corazón cerrado, vacío y ausente. Todas las apariencias externas pueden dar la
impresión de que ofrecemos cariño y atención gratis a toda persona que lo necesite, lo que
es una hermosa acción y una encantadora práctica, pero en realidad, cuando atendemos a
los demás como método para defendernos, sin ninguna esperanza de beber también
nosotros del manantial de la amabilidad amorosa, establecemos una situación de
desequilibrio, de resentimiento y ausencia de sinceridad con la cual nos quemamos muy
rápido. En último término, estas obligaciones al parecer interminables de dar cariño y
atención simplemente nos hunden aún más en el aislamiento y la desesperanza.
Cuando Bill era niño, su madre necesitaba constantemente cui-dados y atención y acudía a
él en busca de consejo. Aunque era pequeño, él pensaba que su madre deseaba que él
cuidara de ella, y no al revés. Puesto que él naturalmente deseaba su amor, siempre trataba
de ayudarla; tal vez si le daba bastante cariño y atención ella se pondría fuerte para cuidar
de él. Pero pasado un tiempo de darle a su madre repetidos consejos para su vida, sus
amistades, para el matrimonio y la familia, se sintió agotado y vacío. Por último decidió
que su madre nunca sería capaz de quererlo y cuidarlo. Además, llegó a la conclusión de
que jamás sería amado sin pagar primero un elevado precio. Así, poco a poco dejó de
buscar amor y afecto en su madre. Con el tiempo dejó también de esperarlo de nadie. Había
llegado a considerar males necesarios el cariño y la atención; algo que le exigía de forma
implacable el mundo que lo rodeaba, pero algo que no esperaba recibir jamás.
Nos sentimos obligados a ^.tender y cuidar de otros para ganarnos nuestro lugar, para
aplacar a quienes nos rodean, para ser aceptados y para protegernos del sufrimiento. Con el
tiempo comenzamos a considerar objetos el cariño y la atención, algo que «tenemos» y que
estamos obligados a «dar» para satisfacer las inacabables exigencias de un mundo
desesperado, por si así logramos finalmente «recibir» algún cariño y atención nosotros.
Como si lo extrajéramos de un escondite secreto, tenemos que determinar cuándo dar el
cariño y atención que tenemos, quién lo necesita más, la forma de repartirlo para que todo
el mundo quede satisfecho y la forma de calcular cuánto queda en el fondo del barril.
Después, cuando estamos «vacíos», tenemos que descubrir la manera de «conseguir» un
poco más. Esto nos obliga a «cuidar de nosotros» hasta que estamos llenos de nuevo, y
entonces volvemos a reactivar el ciclo de «dar».
Cuando amamos, ¿hacemos algo en realidad? De hecho, es más probable que nos sintamos
más amados simplemente abrazándonos. Una simple caricia, un pequeño gesto de cariño,
una sola palabra de amabilidad, nos sirven para recordar que en lo profundo de nuestro
interior hay un lugar donde ya sabemos que somos amados y estamos atendidos por Dios,
por el espíritu por la propia Tierra. Un solo y sencillo momento de cariño o atención puede
recordarnos que estamos íntegros y a salvo. El momento en que conectamos con ese lugar
interior es muy poderoso. Nuestro trabajo consiste en continuar recordándonos mutuamente
ese lugar, recordarnos con corazón amable el inmenso cariño que está a disposición de cada
uno en cada paso que damos.
Incluso en las situaciones más difíciles o dolorosas podemos experimentar cariño y amor
inmensos. Cuando nos encontramos con alguien que está sufriendo el dolor de un divorcio
o la pérdida de un fa-miliar o de un amigo, cuando nos sentamos junto a un compañero que
está enfermo de cáncer o de sida, cuando hablamos con personas que sufrieron terribles
heridas en la infancia, incluso en medio de nuestras más dolorosas pérdidas, podemos sentir
de todos modos una afectuosa conexión como miembros de una familia común. En ella no
hay ningún contrato ni obligación; nadie «tiene» el cariño, nadie lo da, nadie lo quita.
Cuando, compartirnos el dolor de ser; humanos, también compartimos el amor que forma
parte de nuestra convivencia.
Cariño y falsedad
182
crear una actitud cariñosa y atenta incluso cuando nuestros sentimientos no son esos.
Aprendemos a justificar nuestra falsedad emocional en nombre de la amabilidad.
Cuando Betty era niña, su madre solía beber y emborracharse por la noche. Entonces la
despertaba, la obligaba a sentarse en la cama y a hacerle compañía mientras ella bebía.
Medio dormida, Betty se esforzaba por parecer interesada y atenta para que su madre no se
enfadara y le chillara. Pero durante ese tiempo, mientras soportaba un monólogo de
alcohólica tras otro, lo único que deseaba era que la dejara en paz para volverse a dormir.
Hasta ahora Betty tiene fama de ser una persona capaz de estar sentada escuchando los
problemas de cualquier persona, y todas se marchan sintiéndose mejor. Pero ella me confió
que en realidad muchas veces no siente el menor cariño por esas personas, la verdad es que
siente rabia y resentimiento porque le roban mucho tiempo. «Encuentro increíble que me
deje agotar por gente tan pesada. Siempre pienso que si las escucho un rato por fin se irán y
me dejarán en paz.»
Pero negar la verdad en realidad sirvió para prolongar nuestro sufrimiento familiar. En
realidad habría sido mucho más amable si alguien de nuestra familia hubiera tenido el valor
de llamar por su nombre nuestras penas, miedos y heridas. Al no decir la verdad sobre
nosotros mismos intensificamos nuestros sufrimientos secretos e hicimos imposible
cualquier intercambio de amor autentico. ¿Cómo podríamos sentirnos amados si
simulábamos ser otra persona? No es que fuéramos mentirosos por malevolencia, ocultar la
verdad era sólo un hábito inducido por el miedo, no conocíamos otra manera de ser
amables; la amabilidad y la sinceridad se: habían hecho aparentemente incompatibles.
Pero, como hemos visto, decir la verdad suele ser la semilla que da origen al amor. Cuando
somos capaces de identificar sinceramente el miedo, la tristeza y la confusión que sentimos,
y cuando somos capaces de conocernos tal como somos, con aceptación y compasión,
entonces fomentamos la posibilidad de una auténtica amabilidad amorosa hacia nosotros
mismos. Es imposible la propia aceptación si no somos capaces de hablar con sinceridad de
nosotros mismos. Sin la verdad, podemos aprender a aceptar lo que parece ser, pero lo que
aceptamos es una mentira. Decir conscientemente dónde estamos atascados, asustados o
183
atrapados, abre la puerta a la amabilidad amorosa para que nos aceptemos a nosotros
mismos y a los demás. Jack Kornfield, afable profesor de meditación budista, dice que la
esencia de la práctica espiritual es aprender a aceptarnos a nosotros mismos:
[...] Es la base de la cual puede surgir cualquier otra libertad o comprensión. Nuestro
trabajo es comenzar a escuchar dónde es-tamos cerrados a nosotros mismos, a nuestro
cuerpo, a nuestros sentimientos, a nuestro corazón. [...] y esto puede producir una apertura
muy profunda, y el perdón, y la curación del corazón.
Sufrimiento y amor
Hay un cuento tradicional vietnamita que explica la diferencia entre el cielo y el infierno.
En el infierno, a todos se les da abundante alimento y unos palillos de un metro de largo.
Cada persona tiene todo el alimento que necesita pero jamás puede llevarse el alimento a la
boca porque los palillos son demasiado largos.
Se cuenta una historia de la época de Buda: La joven Kisa Gotami se casó con un hombre
que la amaba muchísimo y, a su tiempo, dio a luz a un hijo que llenó de alegría al
matrimonio, y continuaron viviendo muy felices. Cuando el pequeño tenía dos años ocurrió
la desgracia que enfermó y murió muy rápidamente. Kisa Gotami se sintió aniquilada, su
corazón destrozado. Estaba tan terriblemente afligida que se negó a admitir que su hijo
había muerto y llevaba su cuerpecito a todas partes, y a todas las personas con quienes se
encontraba les pedía algún remedio para sanarlo.
Kisa Gotami fue a ver a Buda y le suplicó que hiciera algo para curar a su hijo. Buda la
miró con profundo amor.
—Sí, te ayudaré —le dijo—, pero primero necesito un puñado de semillas de mostaza.
184
Feliz, ella le prometió ir a reunir inmediatamente las semillas, y entonces él añadió:
—Pero las semillas habrás de recogerlas de una casa en la que nadie haya perdido a un hijo,
un marido, una esposa, un padre o una madre, ni un amigo. Cada semilla debe provenir de
una casa que no haya conocido la muerte.
Kisa Gotami fue de casa en casa pidiendo semillas de mostaza, y siempre la respuesta era la
misma: «Si, estaremos encantados de darte semillas de mostaza, pero, eso sí, aquí los vivos
son pocos y los muertos son muchos». En cada casa alguien había perdido a su padre o a su
madre, a su marido o a su esposa, a su hijo o a su hija. Visitó una casa tras otra y en todas le
contaron la misma historia. Cuando llegó al final de la aldea, ya había abierto los ojos y
visto la universalidad del sufrimiento. Todos habían experimentado una gran pérdida, todos
habían sentido inmensa aflicción. Kisa Gotami comprendió que no estaba sola en su
sufrimiento; su pena había dado origen a la compasión por la familia humana más
numerosa. Así, finalmente fue capaz de llorar la muerte de su hijo, hacer luto y enterrarlo.
Después volvió a ver a Buda para agradecerle y recibir sus enseñanzas.
Todos hemos pasado por momentos en que, sentados junto al lecho de muerte de una
persona, rodeada por sus amigos y familiares, por la comunidad de seres queridos, hemos
visto cómo la presencia del dolor compartido ha abierto el corazón de todos. La tristeza, el
dolor y la aflicción permitieron superar poco a poco nuestras diferencias, los desacuerdos, y
fuimos capaces de sentir un amor inmenso por la persona moribunda y una enorme
compasión mutua. Pudimos sentir el dolor de los demás y, simplemente cogiéndonos las
manos, sentados en silencio, o incluso preparando un té, un café o una comida juntos,
fuimos exquisitamente conscientes de nuestra comunidad cuidando de sí misma. En una
reunión familiar, todos unidos por la aflicción o la muerte, sentimos la inmensa abundancia
del amor que está a la disposición de todos. «El amor», dijo Teilhard de Chardin, «es capaz
de unir los seres vivos de un modo que los completa y los llena, porque sólo él los coge y
los une por aquello que es más profundo en ellos.»1
Érase una vez un joven rabino que vivía en una pequeña aldea de la montaña. Era un joven
listo que se creía muy sabio, y sentía un inmenso deseo de que le reconocieran sus
fabulosos dones. Pero resulta que la gente de la aldea jamás lo había honrado a su entera
satisfacción, y eso lo decepcionaba y lo amargaba y hacía crecer en él el resentimiento.
Un día llegó a la aldea un anciano rabino muy famoso por su sabiduría. El joven rabino vio
su gran oportunidad en esa visita; al día siguiente por la mañana el anciano maestro iba a
hablar ante una congregación de aldeanos y el joven decidió ponerle una prueba. En el
momento oportuno, cuando estuvieran todos reunidos, se acercaría al anciano con un
pajarillo pequeño oculto en la mano y le haría la siguiente pregunta: «Rabí, tengo un pájaro
185
en la mano, ¿podrías decirme si está vivo o está muerto?». Si el rabino le contestaba «El
pájaro está vivo», él podía matar al animalito de un apretón y enseñarlo para que todos lo
vieran, demostrando así que el anciano se había equivocado. Y en el caso de que contestara
«Está muerto», él abriría la mano y el pájaro saldría volando hacia el cielo, con lo cual
demostraría que su inteligencia y sabiduría eran grandes.
Al día siguiente, cuando el rabino tomó asiento delante de los aldeanos reunidos, el joven
se levantó y lo desafió con la pregunta:
—Rabí, todos sabemos que eres inteligente y sabio; pero, por favor, señor, si te place,
¿puedes decirme si el pájaro que tengo en la mano está vivo o muerto?
En este momento de nuestra vida, tenemos en nuestras manos la llave para nuestra
curación. Las heridas de la infancia están en el pasado lejano, y hemos explorado
exhaustivamente las cicatrices que tiñen nuestro paisaje emocional. Hemos aprendido a
hablar con sinceridad de nuestras penas y aflicciones, y a explicar con claridad y precisión
nuestra geografía interior. También hemos comenzado a descubrir que, siendo hijos de una
familia más grande, tenemos a nuestra disposición una riqueza de prácticas curativas
legadas por las tradiciones espirituales del mundo.
Comenzando en este momento, empezando con esta respiración, nuestra curación depende
de nosotros. A medida que se nos hace más evidente la exquisita mezcla de penas y
sabiduría que satura nuestra vida, a medida que exploramos a conciencia la enorme
profundidad de quiénes somos realmente, el desafío es integrar estas prácticas curativas en
nuestra vida cotidiana. Cada herida emocional que hayamos identificado, cada ejercicio,
cada meditación, y cada práctica de la presencia mental sirve en última instancia para
generar reconocimiento, gratitud y confianza en el profundo espíritu de fuerza, sabiduría,
salud e integridad que llevamos en nuestro interior.
186
¿Añadiré más violencia a mi interior o fomentaré el amor y la amabilidad incondicional por
todo lo que he sido y todo lo que he llegado a ser?
Cada día, cada momento que vivimos, nos ofrece una nueva oportunidad de ser más
amables y cariñosos con nosotros mismos y con los demás. Comenzamos por aprender a
encontrar nuestro hogar en el refugio de nuestra respiración, a sentirnos más a gusto en
nuestro cuerpo, más confiados y seguros de nuestro lugar legítimo como miembros de la
familia humana. Esto nos capacita para aceptarnos con entusiasmo a nosotros mismos y a
los demás, tal como somos, sembrando así las semillas de una experiencia auténtica y
segura de hogar.
En segundo lugar, a medida que perdonamos y hacemos las paces con la infancia que se
nos dio, somos más capaces de reaccionar con compasión ante las personas que, con o sin
intención, nos causa-ron daño. Cuando nos liberamos de las ataduras con que nos aferramos
a las viejas historias de la infancia, comenzamos a cultivar una gratitud consciente por
nuestros dones y capacidades actuales. Nos liberamos para ser más creativos y espontáneos
en nuestra generosidad para con nosotros mismos y para con los demás.
Del mismo modo, a medida que suavizamos la tiranía de nuestra mente crítica, a medida
que abandonamos la exagerada percepción de nuestra importancia, comenzamos a
experimentar clemencia y paz interior. Al aceptarnos a nosotros mismos mediante la
clemencia y la humildad, nos liberamos para cuidar de nosotros mismos y de los de-más
con menos resentimiento, con menos rabia, con menos miedo. Y cuando poco a poco
vamos reconociendo que hay amor suficiente para todos, llegamos a sentir que podemos
ofrecer gratuitamente nuestra amabilidad y afecto sin juzgar ni temer que se agote.
Toda práctica espiritual es un acto de amor. Cada acto de presencia mental, de meditación y
de compasión, nos libera del temeroso apego al pasado y nos permite hablar con más
claridad y precisión a partir del corazón. Cada vez que atendemos conscientemente el
momento presente hacemos espacio para más curación. Cada vez que abrazamos el dolor
con amor y clemencia eliminamos un momento de miedo, eliminamos un acto de crítica,
eliminamos una ocasión de hacernos daño a nosotros mismos o a otras personas. Con cada
gesto de clemencia y compasión nos negamos a aumentar la montaña de sufrimientos que
todos compartimos. Cada momento en que nos tratamos con amabilidad amorosa
187
realizamos un acto revolucionario. Con el tiempo, el potente efecto de mil momentos de
amor se combina inexorablemente para modificar en profundidad las suposiciones
emocionales que han gobernado nuestra vida.
A muchos se nos ha hecho prácticamente imposible sentir amor auténtico por los demás
cuando se nos ha dado tan poco amor a nosotros mismos. Siempre que hay crítica, miedo o
apego en nuestro interior, es inevitable que haya resistencia a ser sinceros y pródigos en
nuestro amor por los demás. Si nos criticamos a nosotros mismos, criticaremos al mundo; si
nos enfadamos e impacientamos con nosotros mismos, nos enfadaremos y nos
impacientaremos con nuestros amigos y familiares. La paz y la curación del mundo han de
comenzar dentro de cada uno. El sabio indio Ramana Maharshi dijo una vez: «como somos,
así es el mundo».
El tema de la paz mundial verdadera y duradera preocupa a los seres humanos, por lo tanto
también están en sus raíces los sentimientos humanos básicos. La auténtica paz mundial se
puede conseguir mediante la paz interior. En esto está muy clara la responsabilidad
individual; primero tenemos que crear un ambiente de paz dentro de nosotros y luego
ampliar poco a poco ese ambiente para incluir a nuestras familias, comunidades y
finalmente a todo el planeta.
En las escrituras judeocristianas, los sabios y los profetas habían anunciado durante siglos
que vendría un gran salvador que sería el Rey de Reyes, el Señor de los Señores. Pero
cuando llegó Jesús el Salvador, llegó en forma de pequeño e impotente bebé, hijo de padres
pobres. Todo suponía que Dios los salvaría, los amaría y cuidaría de ellos, pero cuando
llegó Jesús, se encontraron inesperadamente con que tenían que alimentar y cuidar a un
pequeño bebé divino.
188
corazón. La práctica de la amabilidad amorosa insiste en que tratemos a ese hijo de Dios
con ternura y clemencia: como hijos de Dios, nos merecemos todo el amor del mundo.
¿Cómo aprender a amar y respetar al Dios que vive en nosotros? ¿Cómo aprender a abrazar
con clemencia y amabilidad amorosa al espíritu divino que vive en el interior de todos los
seres?
Este tipo de amor no necesita religión, teología ni iglesia; el simple acto de amabilidad es
un sacramento precioso y un momento de amor es una Epifanía. Sólo se nos pide esto: que
nos amemos a nosotros mismos y los unos a los otros con amabilidad y clemencia, porque
todos y cada uno llevamos dentro el tierno corazón de Dios.
Muchas personas enfermas de sida me han hablado de una cierta calidad de atención
amorosa que ahora se hacen a sí mismos y a otras personas a consecuencia de su
enfermedad. «Siempre me ha costado muchísimo quererme», me dijo Angela, amiga
enferma de sida. «Pero desde que estoy enferma he estado mirando mi vida y he aprendido
a ser más amable y cariñosa conmigo misma. Es agradable. Estoy muy agradecida.»
Criados con escasez de amor y atención en nuestras familias, muchos nos resistimos a ser
generosos o cariñosos con nosotros mismos. Ser amable con uno mismo nos parece egoísta.
Pero el amor por nosotros y el amor por los demás no se excluyen mutuamente. Un corazón
compasivo no hace diferencias: Eres hijo de Dios y yo soy hijo de Dios, y los dos
necesitamos cariño y atención. El verdadero amor no sacrifica a otras personas para
satisfacer nuestras necesidades, ni tampoco sacrifica las nuestras para satisfacer a los
demás. La amabilidad amorosa no necesita que decidamos quién va a ser despojado; hay
cariño suficiente para todos. Dijo Jesús: «Id pues y entended qué significa: "Misericordia
quiero, no sacrificio" ».
189
La práctica de la amabilidad amorosa ha de encontrar su raíz en lo profundo de nuestro
interior. Se cuenta que Mahatma Gandhi se instaló una vez en una aldea y en seguida
comenzó a atender las necesidades de sus habitantes. Un amigo le preguntó si sus objetivos
al servir a los pobres eran puramente humanitarios. «Nada de eso», contestó él. «He venido
aquí solamente para servirme a mí mismo, para encontrar mi propia realización mediante el
servicio a la gente de esta aldea».
Como señala sabiamente Gandhi, incluso cuando servimos a otras personas estamos
trabajando por nosotros mismos; cada acto, cada palabra, cada gesto de verdadera
compasión, nutre de forma natural también nuestro corazón. No se trata de quién es sanado
primero. Cuando nos atendemos con compasión y clemencia, hay más curación disponible
para los demás. Y cuando servimos a otros con corazón abierto y generoso, nos llega
mucha curación.
Cuando curamos las heridas del pasado llevamos menos dolor al mundo, menos confusión
y rabia, y aportamos más claridad y paz. Nuestro trabajo entonces no se limita a obtener un
beneficio personal; se convierte en nuestro regalo, en nuestra ofrenda a la familia humana,
y al espíritu divino que mora en todos. Albert Schweitzer, después de toda una vida
dedicada a un servicio compasivo, observaba una profunda relación entre nuestra felicidad
y la felicidad de los de-más: «Una cosa sé —dijo— y es que los únicos de entre nosotros
que van a ser verdaderamente felices son aquellos que han buscado y encontrado la manera
de servir».
Buda dijo: «Si supieras lo que yo sé sobre el poder de dar, no dejarías pasar ninguna
comida sin compartirla de algún modo». La mayoría somos de natural compasivos, pero en
algunos, las heridas de la infancia han ahogado esta natural generosidad con nosotros
mismos y con los demás. Muchas veces nos sentimos tristes y con problemas porque no
sabemos muy bien cómo amar, no sabemos la manera de ser útiles para nosotros mismos y
190
para los demás, no sabemos cómo podemos ser útiles a la familia de la Tierra. La tarea no
es aprender a querer, el amor ya lo tenemos, vivo y pleno. El trabajo es fundir el miedo y la
armadura que nos aprisionan el corazón. Entonces florecen fácilmente nuestro impulso a
amar y nuestra inclinación a ser generosos y amables.
Estos son los frutos de nuestra práctica: generar amor y cariño hacia nosotros mismos y
hacia los demás. El doloroso legado del sufrimiento familiar hizo que nos encerráramos en
nosotros mismos asustados, que nos distanciáramos de nuestros dones y los unos de los
otros. Estas prácticas revelan suavemente la riqueza de valor, sabiduría y amabilidad
amorosa que ha estado presa, desterrada, oculta en lo más profundo de nuestro cuerpo y
nuestro corazón durante gran parte de nuestra vida.
En chino, las palabras «mente» y «corazón» tienen la misma raíz. Así, cuando practicamos
la presencia mental para sanar las heridas residuales de la infancia, podría ser más exacto
decir que estamos fomentando la cordialidad, la valiente; disciplina de escucharnos y
atendernos con el corazón abierto. La práctica de la «cordialidad» y la presencia mental es
un poderoso método que nos capacita para salir con suavidad del seductor pantano de los
recuerdos de la infancia. La amabilidad amorosa consciente podría ser nuestro instrumento
de curación más poderoso, y sólo se encuentra en el momento presente. Tenemos a nuestra
disposición toda la curación ahora, tal como somos y estamos, no cuando seamos mayores,
o estemos más evolucionados, más libres de las dificultades de ser humanos. La curación
llega cuando somos; capaces de vernos y aceptarnos a nosotros mismos y a los demás tal
como somos con aprecio, gratitud y compasión incondicionales.
El amor no es algo que se pueda extraer del pasado. Si buscamos en el pasado el amor que
nunca recibimos, seguiremos eternamente enredados en las pesarosas obsesiones de
nuestras decepciones. Y es igualmente imposible encontrarlo en el futuro. Por mucho que
hagamos planes y montemos estrategias con el fin de conseguir que nos amen, ¿cuántas
veces nos sentimos realmente amados mientras soñamos con el futuro? Es más probable
que, mientras ponemos en prácticas esos planes desesperados, los sueños de contar con
amor en el futuro nos causen más preocupación y ansiedad, y pese a todos nuestros
esfuerzos con frecuencia acabaremos insatisfechos y decepcionados.
Nuestra única esperanza de amabilidad amorosa está en hoy, en este momento, en este
instante, no existe otro suelo donde pueda crecer el amor. Si el corazón está abierto, sólo
puede ocurrir en esta respiración. ¿Qué esperas? ¿Cómo puedes ser más amable o afectuoso
contigo mismo en este momento? ¿Dónde vas a colocar tu cariño y atención? ¿Qué parte de
tu cuerpo o de tu corazón está más necesitada de atención especial? ¿Qué personas o
situaciones de tu vida se beneficiarían de un momento de amorosa amabilidad?
191
Los actos de amor suelen ser sencillos, pequeños gestos que re-quieren muy poco esfuerzo:
una mano en el hombro, una palabra de afecto o gratitud, una taza de chocolate, un baño
caliente o una nota de agradecimiento. Podría ser muy sencillo, muy fácil, ser más amoroso
en este instante. La amabilidad amorosa es la enzima más potente de la curación, y está
siempre a nuestro alcance en este preciso momento. ¿Cuánto tiempo podemos permitirnos
esperar? Y, lo más importante, ¿cómo podemos empezar?
Tal vez podríamos comenzar por nosotros mismos. Podrías dedicar unos momentos cada
día a fomentar la sencilla práctica de la amabilidad amorosa. No hace falta mucho tiempo.
Podrías comenzar en este mismo instante: Tómate un minuto para encontrar una posición
cómoda y dirige con suavidad la atención en tu respiración; pasado un momento, sentado/a
quieto/a, comienza a recitar lentamente esta oración de amorosa amabilidad:
¿Qué te ocurre cuando repites una y otra vez esta oración en silencio dentro de tu corazón?
¿Notas alguna resistencia o vacilación para ser amable y cariñoso/a contigo mismo/a? ¿Qué
pensamientos o preocupaciones te impiden amarte en este momento? Observa cualquier
sensación corporal que sientas, cualquier conflicto en la mente o en el corazón. Mientras
repites la oración permanece también atento/a a la liberación, a la relajación. Observa
cualquier sensación de cariño o simpatía que surja en ti. ¿Cómo te sientes?
Al final del mes, puedes ampliar la práctica de tu metta incluyendo a otras personas,
comenzando por tus familiares, después a tus amigos, a tu comunidad, y continuar
ampliándola hasta abarcar a todos los seres, incluso la propia Tierra. Practicando
diariamente esta meditación de amorosa amabilidad comprobarás que te resulta más fácil
cuidar de ti y de otras personas. Tal vez te sientas menos inclinado/a a dejar para más tarde
la realización de un acto de amabilidad. A medida que te sea más natural, aprenderás, como
dice el Lotus Sutra, «a mirar a todos los seres con los ojos de la compasión».
192
«Si tienes amor todo lo harás bien», escribió Thomas Merton. Cuando recuperamos nuestra
fuerza, la sabiduría y la flexibilidad interior, ocupamos el lugar que nos corresponde como
hijos de la Tierra. Mediante todas las prácticas que hemos explorado, fomentando la
clemencia, la simplicidad, la humildad, el desapego, la amabilidad amorosa, creamos, día a
día, con pasos pequeños, un mundo en el que habrá más amabilidad, paz y amor para
nuestros hijos, y para todos los hijos de la Tierra durante esta y generaciones venideras.
El Dalai Lama explica que la esencia de toda curación, el centro de toda enseñanza
espiritual, se puede encontrar en la práctica de la amabilidad de corazón:
193
No cesaremos de explorar,
y el final de nuestra exploración
será llegar donde comenzamos
y conocer el lugar por primera vez.
Cruzar lo desconocido, la recordada puerta
cuando lo último de la Tierra quede por descubrir,
eso es lo que existía al principio;
en la fuente del río más largo
en la voz de la oculta cascada
y los hijos junto al manzano.
Desconocido, porque no era buscado,
pero oído, medio oído, en la quietud
entre dos olas del mar.
Rápido ahora, aquí, ahora, siempre,
un estado de completa simplicidad
(que no cuesta menos que todo)
y todo estará bien,
y todos los tipos de cosas estarán bien,
cuando las llamaradas se plieguen
dentro del nudo de fuego coronado
y el fuego y la rosa sean uno.
194
Notas bibliográficas
Preludio
1. Henry David Thoreau, «Where I Lived, and What I Lived For», Thoreau's Vision,
Charles R. Anderson (ed.), Prentice-Hall, Engle-wood (Nueva Jersey), 1973, p. 167.
1. Daniel Goleman, Vital Lies and Simple Truths, Touchstone, Nueva York, 1985, p. 30.
2. Stephen Levine, Healing into Life and Deatb, Anchor/Doubleday, Nueva York, 1987, p.
103. Hay traducción al español: Sanar en la vida y en la muerte, Los Libros del
Comienzo, Madrid, 1996.
3. Pir Vilayat Khan, Introducing Spirituality in Counseling and Therapy, Omega Press,
Nueva York, 1982.
4. The Bhagavad Gita, Nilgiri Press, Berkeley, 1985.
Capítulo 2: Miedo y fe
1. Dr. Herbert Benson, The Relaxaiion Response, Morrow, Nueva York, 1975. Hay
traducción al español: La relajación, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1997.
2. Mahatma Gandhi, The Message of Jesús Christ, Bharatiya Vidya, Bombay, 1971. 255
3. Jelaluddin Rumi, Open Secret, traducido al inglés por John Moyne y Coleman Barks,
Threshold Books, Vermont, 1984.
1. Nate Shaw, All God's Dangers: The Life ofNate Shaw, Theodore Rosengarten (ed.),
Knopf, Nueva York, 1974.
2. Jelaluddin Rumi, citado en Joseph Goldstein y Jack Kornfield, Seeking the Heart
ofWisdom, Shambhala, Boston, 1987.
3. Kabir, The Kabir Book, Robert Bly (ed.), Beacon Press, Boston, 1977.
1. David Steindl-Rast, Gratefulness, the Heart of Prayer, Paulist Press, Nueva York,
1984.
2. Wendell Berry, The Country ofMarriage, Harvest/Harcourt Brace Jovanovich, Nueva
York, 1973, p. 19.
3. Thich Nhat Hanh, Being Peace, Parralax Press, Berkeley, 1987, p. 7. Hay traducción al
español: Ser paz y el corazón de la comprensión, Neoperson, Madrid, 1994.
4. Martin Buber, Tales of the Hasidim, traducido al inglés por Olga Marx, Schocken
Books, Nueva York, 1948. Hay traducción al español: Cuentos jasídicos, Paidós
Ibérica, Barcelona, 1994.
5. Mahatma Ghandi, citado en Peacemaking: Day by Day, Pax Christi, Erie ([Link].),
1989, p. 50.
195
Capítulo 5: Crítica y clemencia
1. Shunryu Suzuki, Zen Mind, Beginner's Mind, Weatherhill, Nueva York, 1983.
2. Walker Percy, Lost in the Cosmos, Washington Square Press, Nueva York, 1984.
3. Yushi Nomora, Desert Wisdom, Image/Doubleday, Nueva York,
4. 1984.
5. Thomas Merton, The Way ofChuang Tzu, New Directions, Nueva York, 1965. Hay
traducción al español: Por el camino de Chuang Tzu, Cosmos, Valencia, 1978.
6. Kurt Vonnegut, Cat's Cradle, Dell, Nueva York, 1970. Hay traducción al español: Cuna
de gato, Plaza & Janes, Barcelona, 1994.
7. Joseph Campbell con Bill Moyers, The Power ofMyth, Doubleday, Nueva York, 1988.
Hay traducción al español: El poder del mito, Emecé, Barcelona, 1991.
8. Jelaluddin Rumi, Open Secret. Richard Katz, Boiling Energy, Harvard University Press,
Cambridge, 1982.
9. Mahatma Gandhi, citado en Peacemaking: Day by Day, p. 8
1. Terry Tempest Williams, Pieces ofWbiíe Shell, Scribner's, Nueva York, 1984.
2. 257
3. Walpola Rábula, Whaí the Buddha Taught, Gordon-Fraser, Londres, 1982.
4. William Blake, The Poetical Works of William Blake, John Sampson (ed.), Oxford,
1913. Hay traducción al español: Blake, obra poética, Ediciones 29, Barcelona, 1997.
5. Sujata, Beginnmg to See, Celestial Arts, Berkeley, 1987.
6. Ralph Waldo Emerson, The Portable Emerson, Penguin Books, Nueva York, 1987.
7. Thich Nhat Hanh, A Guide to Walking Meditation, Parralax Press, Berkeley, 1985.
196
1. Pablo Neruda, en el original inglés, «Keeping Quíet», de Extravagaria, traducido del
castellano por Alastair Reid, Parrar, Straus, Giroux, Nueva York, 1972. En esta
traducción, el poema original «A callarse», de Estravagario, en la edición de Seix
Barral, Barcelona, 1982.
2. Thomas Merton, citado en Peacemaking: Day by Day, p. 140.
3. David Steindl-Rast, Gratefulness, the Heart of Prayer.
4. Thomas Merton, «In Silence», The Collected Poems of Thomas Merton, New
Directions, Nueva York, 1977, p. 280.
5. Chuang Tzu, Inner Chapter, traducido al inglés por Gíafu Feng y Jane English, Knopf,
Nueva York, 1974.
6. Matthew Fox, Meditations with Meister Eckhart, Bear and Co. Santa Fe, 1983.
7. Henri Nouwen, The Way ofthe Heart, Seabury Press, Nueva York, 1981, pp. 52, 53.
8. Joseph Goldstein y Jack Kornfield, Seeking the Heart ofWisdom.
9. Paul Reps, Zen Flesh, Zen Bones, Anchor/Doubleday, Nueva York, 1961. [Link]
Teresa, citada en Malcolm Muggeridge, Something Beautifulfor God, Image/Harper
and Row, Nueva York, 1977. Hay traducción al español: Madre Teresa de Calcuta, Soc.
de Educación Atenas, Madrid, 1980.
10. Nanao Sakaki, Break the Mirror, North Point Press, San Francisco, 1987. 258
1. Erik Erikson, Childhood and Socieiy, Norton, Nueva York, 1963. Hay traducción al
español: Infancia y sociedad, Paidós Ibérica, Barcelona, 1983.
2. David Steindl-Rast, Gratefulness, the Hearí ofPrayer.
3. William Blake, The Poetical Works ofWilliam Blake, op. cit.
4. Mother Teresa, Sómething Eeautifulfor God, op. cit.
5. Sasaki Roshi, Buddha h the Center ofGravity, Lama Foundation, 1974.
6. Eido Tai Shamano, citado en David Steindl-Rast, «A Deep Bow: Gratitude as the Root
of a Common Religious Languaje», Mt. Savior Monastery.
197
1. Thich Nhat Hanh, Being Peace, op. cit. Mahatma Gandhi, citado en Peacemaking: Day
by Day, p. 14.
2. Linnie Marsh Wolfe, John Muir: Son of the Wilderness, University of Wisconsin Press,
Madison, 1978.
3. Jelaluddin Rumi, Speaking Fíame, traducción al inglés de Andrew Harvey, Meeramma,
Ithaca, 1989. 259
4. Joseph Campbell, The Power ofMyth, op. cit.
5. Thomas Merton, citado en Peacemaking: Day by Day, p. 7.
1. Fierre Teilhard de Chardin, Building the Earíh, Dimensión Books, Wilkes-Barre, 1965.
2. Tenzin Gyatso, el Dalai Lama de Tíbet, Ocean ofWisdom, Clear Light, Santa Fe, 1989.
3. Jag Paresh Chander, Teachings of Mahatma Gandhi, The India Book Works, 1945, p.
345.
4. Thomas Merton, «Marxism and Monastic Perspectives», en John Moffit (ed.), A New
Chapterfor Monasticism, Notre Dame, 1979, p. 80.
5. T. S. Eliot, «The Four Quartets», Complete Poems and Plays, Harcourt Brace, Nueva
York, 1952. Existen diversas traducciones al español.
198
Otras lecturas
Budismo
1. Robert Aiken, The Mind o/Clover, North Point Press, San Francisco, 1984.
2. Joseph Goldstein, The Experience of Insight, Shambhala, Boulder, 1983. Hay
traducción al español: La experiencia del conocimiento intuitivo, Ed. Dharma, Novelda
(Alicante), 1995. Jack Kornfield y Paul Breiter, A Still Forest Pool, Theosophical
Publishing House, Wheaton, 1987.
3. Thich Nhat Hanh, Oíd Path White Clonas, Parallax Press, Berkeley, 1991.
Cristianismo
1. Brother Lawrence, The Practice of the Presence of God, traducción al inglés de John J.
Delaney, Image/Doubleday, Carden City, 1977. Hay traducción al español: La práctica
de la presencia de Dios, Clie,Terrassa (Barcelona), 1989.
2. Stephen Clissold, The Wisdom of St, Francis and his Companions, New Directions,
Nueva York, 1978.
3. M. Basil Pennington, Centering Prayer, Image/Doubleday, Carden City, 1982. Hay
traducción al español: Oración centrante, Narcea, Madrid, 1986.
4. Mathew Fox, Original Elessing, Bear and Co., Santa Fe, 1983.
Poesía
1. Stephen Mitchell, The Selected Poetry of Rainer María Rílke, Vinta-ge/Random House,
Nueva York, 1984. Existen diversas traduc¬ciones de las obras de Rilke al español.
2. The Poelry of the Enlightened Heart, Harper and Row, Nueva York, 1989.
1. Ram Dass y Paul Gorman, How Can I Help?, Knopf, Nueva York, 1985.
2. Erik Erikson, Gandhi's Truth, Norton, Nueva York, 1969.
3. Dominique Lapierre, City ofjoy, Warner Books, Nueva York, 1986. Hay traducción al
español: La ciudad de la alegría, Seix Barral, Barcelona, 1997.
4. Stephen Levine, Meeting at the Edge, Anchor/Doubleday, Nueva York, 1984. Hay
traducción al español: Encuentros en la orilla, Los Libros del Comienzo, Madrid,
[Link] Dies?, Anchor/Doubleday, Nueva York, 1982. Hay traduc¬ción al español:
Sanar en la vida y en la muerte, Los Libros del Co-mienzo, Madrid, 1996.
5. Thomas Merton, The Asían Journal, New Directions, Nueva York, 1975.
199
Vivir con el corazón
200