DEREK WALCOTT – POEMAS
III (MIDSUMMER)
En el Hotel Queen's Park, con sus blancos dormitorios de cielos altos
vuelvo a entrar a mi primer espejo local. Una cucaracha babosa
se desvía de su camino al Parnaso en el lavatorio de porcelana.
Cada palabra que he escrito equivocó el sentido. No
puedo relacionar estas líneas con las líneas en mi rostro.
El niño que murió en mí ha dejado su huella sobre
las enmarañadas sábanas, y fue su pequeña voz
la que susurró desde la garganta gutural del lavatorio.
Afuera, sobre el balcón, recuerdo cómo era la mañana
Era cual ángulo de granito en la "Resurrección"
de Piero della Francesca, el pie adormilado y frío
picando como las pequeñas palmeras cerca del Hilton.
En la húmeda Savanah, guiados suavemente por sus lacayos,
bufando, ejercitan corceles de tobillos graciosos
tan graciosos como el humo marrón de las panaderías.
El sudor oscurece sus flancos, y el rocío ha escarchado la piel
de los enormes taxis americanos detenidos durante la noche en la calle.
En oscuras callejuelas de pavimento, iluminadas por un rayo de sol
el rostro hermético de las chozas se conmueve con esa frase de Traherne:
"El maíz era naciente y el trigo inmortal",
y los cañaverales de Caroni. Con todo el verano por delante
una brisa camina hacia los muelles, y el mar comienza.
VII (MIDSUMMER)
Nuestras casas están a un paso de la alcantarilla. Cortinas de plástico
o vulgares reproducciones ocultan lo sombrío tras las ventanas –
la máquina de coser a pedales, las fotos, la rosa de papel
sobre su paño. El sendero de entrada está indicado por tarros rojos.
La altura de un hombre al pasar es idéntica a la de sus puertas
y las puertas mismas, usualmente no más anchas que ataúdes,
han tallado a veces medias lunas en sus grecas.
Los montes carecen de ecos. No el eco de las ruinas.
Los sitios eriazos cabecean con sus palanquines de verde.
Cualquier fisura en la vereda fue labrada por la falla original
del primer mapa del mundo, sus fronteras y poderes.
Cerca de un montón de arena roja, de la siembra, de la gravilla abandonada
cerca de un lote quemado, una selva fresca exhibe sus verdes
y salvajes orejas elefantinas de ñame y dasheen.
Si quisieras, al otro lado del pequeño muro, es posible
recapturar una infancia cuyas enredaderas inmovilizarán tus pies.
Ese es el destino de todo vagabundo, así su marca,
que mientras más vagabundea, más ancho se le hace el mundo.
Por eso, no importa cuan lejos hayas viajado, tus
pasos hacen más hoyos y la maraña se multiplica –
o por qué pensarías tan repentinamente en Tomás Venclova
y ¿por qué ha de importarme a mí lo que fuera que le hicieran a Heberto
cuando los exiliados deben dibujar sus propios mapas, cuando este asfalto
te lleva lejos de la acción, más allá de los setos de flores no alineadas?
XI (MIDSUMMER)
Cansado de la mañana, mi doble cierra la puerta
del baño del motel; luego, mientras limpia el espejo empañado,
se niega a aceptar que yo lo miro fijamente.
Con el más suave gruñido, estira mi cuello, cuidando
de dejarlo limpio, su atención desapasionada
semejante a un barbero que jabona un cadáver - la extrema unción.
El antiguo ritual hubiese sido así de sombrío
si los minúsculos mechones ensortijados ahí en el lavatorio
hubiesen sido, no vellos, sino pequeños serafines.
El poda nuestro bigote con pequeños cortes de tijera,
luego se detiene, y medita como en el aire. Algunos dolores
no son inmensos, más son fatales, algo así como la sensación de pecado
al afeitarse. Y los roperos vacíos donde alguna vez brilló
su ropa. Pero díganme, por qué el tirar una cadena,
con su vorágine en la que giran trocitos de pelo, puede hacer
que algunos hombres aparten sus rasuradoras silenciosamente
y sientan sus venas cual inmundicia que flota río abajo
después del doloroso trabajo del sexo,
es, una pregunta que pueden plantear los cisnes con sus cuellos blancos,
y que el gallo puede contestar sin demora, pisando a sus gallinas.
XIII (MIDSUMMER)
Hoy respeto la estructura, la antítesis del ingenio.
La sobre trabajada inmundicia de mis pinturas, ¡mis líneas deficientes! Más
cuando el aire está vacío, no dejo de escuchar la conversación de los actores
el eco de aquello que es ordinario y sabio a la vez.
Los espectros se multiplican con el tiempo, la cabeza abarrotada
rebasa de personajes inquietos, los oídos están firmemente clausurados;
detrás, escucho el murmullo y el alboroto de los actores –
el escenario iluminado está vacío, el estudio a punto,
y yo no puedo encontrar la llave para dejarlos salir.
Oh Cristo, ¡cuánto demora mi oficio!
A veces, es posible ver el destello, cual súbito alborozo
de relámpagos poniendo a la tierra en su lugar; la piel del asfalto
huele a infancia fresca en la lluvia que se evapora.
Entonces creo que aún es posible la alegría
de la verdad, y el poeta joven que se yergue en el espejo
sonríe con aprobación. Se ve hermoso desde este lugar.
Y espero ser lo que él vio, una ruina perdurable.
XLI (MIDSUMMER)
Los campos mantienen su distancia - castañas marrones y humo gris
enroscadas como alambre de púa. Aún es posible lucrar con la culpa.
Palomas color castaño marchan a paso de ganso, las
ardillas apilan bellotas como si fueran pequeños zapatos,
y el musgo, cual humo silencioso, acalla los cuerpos descascarados
tal como lo hacen las brasas solitarias. En pozas cristalinas atraídas por señuelo
unas truchas gordas burbujean en umlaut*.
Hace cuarenta años, durante mi infancia isleña, pensaba que
el don de la poesía me convertía en un elegido,
que toda experiencia era leña para el fuego de la Musa.
Ahora la veo en otoño sentada sobre ese banco de pino,
su color nuez marrón ideal, con trenzas de oro y lederhozen*,
las gotas de sangre de unas amapolas bordadas sobre su blanco corsé,
el espíritu del otoño para cada Hans y Fritz
cuyas miradas escudriñaban el rastrojo de los campos en el preciso momento
en que el grito ahumado
de los cuervos era casi humano. Apoyaron su causa
en el pelillo de su corona y en su harina de maíz,
aventadores de hollejos para quienes las swastikas brillan
en cosechas esqueléticas. Mas, si hubiese sabido yo entonces
que la vegetación de mi isla era objeto de tortura y su arena la ceniza
de campos lejanos, ¿hubiese roto yo mi lapicera
de saber que las pastorales de este siglo estaban siendo escritas
por las chimeneas de Dachau, de Auschwitz, de Sachsenhausen?
NEGACIONES
Un recorte de diario, la invasión a Biafra:
negros cadáveres envueltos en luz solar
tendidos en el brillo blanco que entra en ¿cómo-es-que-se-llama la ciudad principal?
Alguien que es blanco
ilumina las noticias detrás de la noticia,
quizás, sus ojos brillan de lástima:
"Los Ibos, sabe Ud., son como los judíos,
bastante similar a la situación en la Alemania de Hitler,
me refiero al resentimiento de los Hausas". Yo trato de entender.
Nunca te conocí. Cristopher Okigbo,
sólo logré verte cuando un actor gritó "¡Las Tribus!
¡Las Tribus!" Columbro
esos rostros ardientes,
e incendiados de los Ibos,
esos tartamudeantes prisioneros de ojos saltones
a merced de un consejo de guerra celebrado en el campo de batalla.
Las sombras con cascos de soldados
podrían haber sido blancas y tuyo
uno de esos cuerpos acariciados por el sol sobre el camino blanco
entrando en escena ... las tribus, las tribus, su vergüenza -
¡Cristo!, esa ciudad principal, ¿cuál será su nombre?
DESENLACE
Yo vivo solo
al borde del agua. Sin esposa ni hijos.
He girado en tomo a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:
una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.
más somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad
de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a
la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,
y en una vida inundada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.
Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida
CAÑAVERAL MARINO
La mitad de mis amigos ha muerto.
Te haré unos nuevos, dijo la tierra.
No, grité. Devuélvemelos
tal como eran, con sus fallas y todo.
Esta noche puedo arrebatar su conversación
a la pálida resaca monótona
entre los cañaverales, pero no puedo caminar
sobre las hojas marinas iluminadas por la luna
solo, por ese camino albo
o flotar en el estado de sueño
en que las lechuzas abandonan la carga del mundo.
Oh tierra, el número de amigos que tú guardas
excede en mucho al de aquellos que quedan por amar.
Los cañaverales marinos al borde del acantilado despiden
un fulgor verde y plata;
eran ellos las lanzas seráficas de mi fe,
pero de aquello que se ha perdido nace algo aún más fuerte
que posee el brillo racional de la piedra,
que resiste el claro de luna, más allá de la desesperación,
tan fuerte como el viento, que nos apersona a aquellos que amamos
por entre los cañaverales divisores, tal como eran,
con fallas y todo, no perfectos, simplemente así.
SARGAZOS
Esa vela que descansa en la luz,
hastiada de las islas,
una goleta que surca el Caribe
en dirección al hogar, podría ser Odiseo,
camino a casa en el Mar griego;
aquel ansia de padre y esposo
bajo las arrugadas uvas agrias, es
como aquél adultero que escucha el nombre de Náusica
en el grito de cada gaviota.
Esto no tranquiliza a nadie. La vieja batalla
entre la obsesión y la responsabilidad
no terminará nunca y ha sido la misma
tanto para el navegante como para el que se retuerce allá en la orilla
sobre sus sandalias al encaminar sus pasos hacia el hogar,
desde que Troya suspiró su última llama,
y la roca del gigante ciego sacó la batea
de cuyo pozo surgen los grandes hexámetros
que terminan en marejadas exhaustas.
Los clásicos pueden consolar. Más no lo suficiente.
VOLCAN
Joyce temía al trueno,
mas durante su funeral los leones del zoológico de Zurich rugieron
¿Fue en Zurich o en Trieste?
No importa. Son leyendas, así como
es leyenda la muerte de Joyce,
o el rumor obsesivo de que Conrad
ha muerto, y Victoria es irónica.
Desde esta casa en el acantilado
sobre la franja del horizonte nocturno
es posible ver el resplandor de dos grúas a lo lejos
en el mar
hasta la hora del amanecer; es como
el resplandor del cigarro
y el resplandor del volcán
al final de Victoria.
Uno podría abandonar la escritura
por esas señas de los grandes
que lentas se consumen, y ser en cambio,
su lector ideal, meditativo y
voraz, haciendo que el amor por las obras maestras
sea superior al intento
de repetirlas o mejorarlas,
y ser así el mejor lector del mundo.
Por lo menos eso necesita del asombro
que se ha perdido en nuestro tiempo;
tanta gente lo ha visto todo
tanta gente es capaz de predecir
tanta que se niega a aceptar el silencio
de la victoria, el desinterés
que arde en la médula,
tantos no son más que
ceniza erguida cual cigarro,
tantos dan al trueno por hecho.
¡Cuán común es el relámpago, qué perdidos están los leviatanes
que ya ni siquiera buscamos!
Habían gigantes en aquel entonces.
En aquel entonces se liaban buenos cigarros.
Debo leer con más cuidado.
EL AMOR DESPUES DEL AMOR
El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
FAMA
Esto es la fama: domingos,
una sensación de vacío
como en Balthus,
callejuelas empedradas,
iluminadas por el sol, resplandecientes,
una pared, una torre marrón
al final de una calle,
un azul sin campanas,
como un lienzo muerto
en su blanco
marco, y flores:
gladiolos, gladiolos
marchitos, pétalos de piedra
en un jarrón. Las alabanzas elevadas
al cielo por el coro
interrumpidas. Un libro
de grabados que pasa él mismo
las hojas. El repiqueteo
de tacones altos en una acera.
Un reloj que arrastra las horas.
Un ansia de trabajo.
LAS GAVIOTAS DISCUTEN CON EL ROCÍO DE LAS OLAS
Las gaviotas discuten con el rocío de las olas, mientras los rabihorcados
hacen círculos durante horas, en un batir de alas, alrededor del arrecife
donde un pontón se oxida. Un año ha finalizado sus tormentas, y los hombres
llenos de miedo han escudado las vidas como faroles de sus ventoleras,
o caído juntos en hogueras. Pero ahora se abren espacios azules como
hendiduras en el humo, los pájaros se pliegan en grietas de rocas
cuya arena ha sido rastrillada de huellas. La mar,
que se precia de que ningún hombre la marque,
aún ofrece tales lugares para la pluma egoísta,
y la isla de coral del cerebro tiene lugares donde la república
del pólipo fue construida para nosotros -cuevas hipnotizadas
que se agitan con la luz de la ola, jaras que blanquean
con indiferencia creciente madera flotante o barcos que se fueron a pique.
Tras un año podrías llamar guerra a la conmoción
de los bancos de arena cañoneados por las olas,
y los robos a pico armado que las gaviotas practican entre sí
porque todo es en honor del dios gaviota. Pero hay islotes donde nuestra
sombra es anónima, con pececillos cuya similitud se nos
escapa mientras la cadena del ancla matraquea desde la proa.
PUEDO SENTIRLA VINIENDO DE LEJOS
Puedo sentirla viniendo de lejos, también, Mamá, la marea
desde el día ha pasado su vez, pero aún noto
que como una gaviota blanca relampaguea sobre el mar, su lado inferior
atrapa el verde, y yo prometo usarlo después.
La imaginación ya no se aleja con el horizonte,
mas no hace sino volver. En el borde del agua
devuelve cosas limpias y fregadas que el mar, a modo
de basura, ha blanqueado, casto. Escenas dispares.
Las casas de los esclavos, azul y rosa, en las Vírgenes
bajo los vientos alisios. Mi nombre atrapado en
la almendra de la garganta de la abuela.
Un patio, un viejo bronceado con bigote
como el de un general, un chico dibujando hojas de aceite de castor
con mucho detalle, esperando ser otro Alberto Durero.
Los he mimado más que a la coherencia
mientras la misma marea para los dos, Mamá, se aproxima –
las hojas de parra poniendo medallas a una vieja cerca de alambre
y, en el patio pecoso de sombras, un anciano como un coronel
bajo las verdes balas de cañón de la calabaza.
VALLE ROSEAU
Una palada de mirlos
salió disparada desde el borde de la carretera
y la memoria trinó retrocediendo
más allá de la estremecida apisonadora
que asfaltaba el camino
este amanecer a través de Roseau
hasta la fábrica de azúcar, que rugió
al detenerse, y del eco cada vez más amplio
de la caña, cuando solían cultivarla
en este dulce valle;
entonces, desde las flechas de las cañas,
salieron disparados los mirlos, andanada
tras andanada de acólitos,
convirtiendo todos los días en domingo
tras la huelga. Ahora no hay luz
en la fábrica abandonada.
Las vagonetas se oxidan sobre vías muertas.
Se empezó a cultivar el plátano
y el paraíso de un muchacho
cayó segado en gavillas de aleluyas.
Entre angostas trochas la hierba
se espesa. Un cruce esperará
en vano el paso de las viejas estrofas de hierro
con su fragante carga.
El techo galvanizado y descolorido
de la fábrica cede. Las planchas combaten
las palanquetas del viento que arrancan
sus últimos clavos, pero la capilla
de Jacmel, cuyas oraciones encadenan delicadamente
las muñecas unidas de los trabajadores (sus hombros
aún doblados como la susurrante caña,
sea cual sea la cosecha), sigue siendo tan vieja
como el valle, y la letanía
fluye con el acento de melaza
de los sacerdotes locales, no los de Bretaña
o Alsacia-Lorena. El incienso
sigue el mismo camino
que el humo de carbón vegetal sobre una colina
que conecta Roseau con el paraíso,
pero la fábrica perdió el aliento.
¡Cuán verde y dulce la conservé
junto a mi envejecida alma! Resplandece
aunque un fornido viento la ha barrido
con su impalpable guadaña, pero ¿a dónde
condujeron mis líneas? No aportaron
consuelo como los sacerdotes franceses
o el Himno de los Trabajadores, que disociaba
el paraíso de un incremento salarial,
ese lenguaje ofrecía un amor que sólo unos pocos
podían leer, a cambio de unas monedas de cobre,
sólo aquellos labradores que compartían los beneficios
de la comunión o del sindicato.
¿De qué sirvieron a esa amable gente del valle
mis loas a su serena luz verde?
Sobre las chimeneas y las chabolas
se cerró y oscureció el puño de una nube
gesticulando ante los relámpagos
de crepitantes, amplificados discursos
que dieron paso a un rugido de lluvia
procedente de las acequias de riego,
y la inundación convocadora de camisas
se embalsó con toda su fuerza
en torno a las puertas de la fábrica, desviándose después
desconcertada, sin saber qué camino seguir.
Todos los espantapájaros surgidos
de la cuneta con un grito crucificado
habían de alarmar a la sirena de la fábrica
o al ojo del campanario,
hasta que, como las desarrapadas cañas
una vez quemada la cosecha,
sus calcinados tallos fueron aplastados
de nuevo por la Iglesia y el Gobierno,
pero un lunes marcharon ocupando toda
la carretera, con gavillas en el puño,
mientras las motocicletas de la policía ronroneaban
junto a ellos en dirección a la sede del gobierno,
y el río moreno fluyó colina arriba,
su griterío serpenteó en torno al Morne,
abandonando a su suerte a la vieja fábrica de azúcar
para que se ocupara de la caña ella sola.
Mi mano compartía la inquietud de
los trabajadores, pero ¿cuáles eran sus poderes
ante esos andrajosos peones
que pasaban las hojas de mi Libro de las Horas?
Los demonios enseñan los dientes en una bandera y
el humo se eleva en espirales sobre un turiferario,
el aliento del dragón del opio
hace un Lenin de Lucifer.
La sombra de guadaña de una
bandera segadora recorre
los campos de cereales, la caña
partió con la flecha del mirlo,
y, junto con su cosecha, ¿qué desapareció?
¿Mi fantasía que en tiempos la convirtió en
«trigo oriental e inmortal»
o el peso de la indiferencia?
¿Pero era realmente un reino diferente
el mío? Las mitras y los peones pueden desplazar
las sombras de un cambio de régimen
sobre las casillas de los campos, pero mi regalo,
que no puede recompensar suficientemente
a esta isla, que no aportó una comunión
de las lenguas, cuya mano izquierda
nunca apretó las gavillas en unión,
sigue exudando la resina que gotea
de la cálida axila de una colina, mientras
mi elección del camino va emergiendo
de los anfiteatros del mar
para inhalar un vigorizante horizonte
por encima de los campanarios o las chimeneas donde
el latido de la apisonadora muere en el
aire indivisible, azul.
SI ESTUVIESE AQUÍ, EN ESTE CUARTO BLANCO
Si estuviese aquí, en este cuarto blanco, en este hotel,
cuyas bisagras permanecen calientes, incluso bajo el viento marino,
te repanchigarías, dejado inconsciente por la hora de siesta;
no podría levantarte la campana de la resurrección
ni el gong del mar con su retintín plateado, seguirías echado.
Si te tocaran sólo cambiarías esa posición por la de un corredor en el
maratón del sonámbulo. Y te dejaría dormir. Las cosas se
desploman gradualmente
cuando el despertador, con su batuta de director,
empieza a la una: las reses doblan las rodillas
en los pastos tranquilos, sólo el rabo de la yegua se menea,
dándole con el plumero a las moscas, melones borrachos caen rodando
a las cunetas, y los mosquitos siguen volando en espiral a su paraíso.
Ahora el primer jardinero, bajo el árbol de la sabiduría,
olvida que es Adán. En el aire acostillado
cada parche de sombra se dilata como un oasis
por la fatigada mariposa, una laguna verde para fondear.
Playa blanca abajo, calmada como una frente
que ha sentido el viento, un estatismo sacramental
te traería el sueño, que es la corona del verano,
el sueño que divide sin rencor a sus amantes,
el sudor sin pecado, el horno sin fuego,
el sosiego sin el auto, el agonizante sin miedo,
mientras la tarde retira esas barras de la ventana
que rayaron tu sueño como el de un gatito, o el de un prisionero.
LOS MARISCADORES DE CARACOLAS
Dado que la peluda ortiga, la bifurcada mandrágora y la maligna
seta, la baba de sapo o el afilado y espinoso erizo
son, por su naturaleza, venenosos, no deberíamos dudar de
lo que murmuran haber visto con sus ojos de luna los mariscadores de
caracolas.
¿Quién es este príncipe? ¿Qué yelmo lleva?
Vemos volar alto a los rabihorcados carroñeros, cada vez más abundantes,
vemos que nuestro aliento traza formas vacilantes,
pero ¿qué es lo que le perturba en los empapados acantilados,
mientras mira las estrellas insomne como el mar?
¿Qué embozados rumores atraviesan el reino,
ocultándose de las linternas de los vigilantes nocturnos en las calles mojadas?
Abofeteados por nuestros inquisidores, los mariscadores de caracolas sólo
farfullan:
«Es como una concha soldada a la roca del mar,
y no hay cuchillo que pueda desprenderla».
Los sutiles torturadores fingen creerlo. El moderno sermón del prelado
muestra que no hay mal, tan sólo voluntad mal orientada,
pero los ojos de los pescadores de caracolas son grises como ostras
y la negra vela se desliza lentamente bajo su quilla musgosa.
«Es Abdón el usurpador, a cuyo corazón se adhiere el sapo.»
«No hay nada bajo su yelmo salvo vuestro miedo».
«Ha bebido las cuencas sorbidas de sus propios ojos,
y escamosas garras aferran la empuñadura de su espada».
«¿Y reaparece una vez que habéis hecho la señal de la cruz?»
«Sí. El escorpión de mar acude a su silbido como un perro».
«Bajo su saliva ácida los buitres despliegan sus paraguas,
y el mar reluce como su cota de malla a través de la niebla.
Se aferra al cuello de este mundo y no hay forma de desprenderle».
Cuando les damos caldo, y esto se prolonga durante noches,
el más joven mira el vapor hasta que se enfría.
«Si es Abdón el usurpador, ¿qué usurpará?»
Se estremece. «Ojalá se le enfrenten plateadas legiones de serafines».
Les explicamos que es la luz de la luna amotinada sobre las olas,
el espejismo de los pescadores, que tan sólo están enloquecidos
por la sal en los cortes de las palmas de sus manos, pero todos creen
que es Abdón, que lo que se yergue en el empapado rompeolas,
haciendo temblar sus alas nervudas como un perro mojado,
erecto como una pastinaca, es una manta, no el demonio;
pero el más joven repite con voz inhumana
por la afonía, como el cansino retirarse de las olas
sobre la roca ulcerada por las caracolas: «Si no es él, ¿por
qué entonces desgarran la luna las nubes de negro manto
y ahogan su redondo grito como el de una loca?»
Ojos salvajes como caracolas sobre la cuchara alzada.
Recuerdo las ciudades que nunca he visto
exactamente. Venecia con sus venas de plata, Leningrado
con sus minaretes de toffee retorcido. París. Pronto
los impresionistas obtendrán sol de las sombras.
¡Oh! y las callejas de Hyderabad como una cobra desenroscándose.
Haber amado un horizonte es insularidad;
ciega la visión, limita la experiencia.
El espíritu es voluntarioso, pero la mente es sucia.
La carne se consume a sí misma bajo sábanas espolvoreadas de migas,
ampliando el Weltanschauung con revistas.
Hay un mundo al otro lado de la puerta, pero qué inquietante resulta
encontrarse junto al propio equipaje en un escalón frío cuando el alba
tiñe de rosa los ladrillos, y antes de tener ocasión de lamentarlo,
llega el taxi haciendo sonar una vez la bocina,
deslizándose hasta la acera como un coche fúnebre y subimos.
OMEROS
CAPÍTULO 1
“Así, una mañana talamos las canoas.”
Filoctete sonríe a los turistas que le roban
el alma con las cámaras. “Si el viento trae noticias
a los laurier-cannelles, las hojas tiemblan
no bien las hachas de sol golpean los cedros,
porque en nuestros ojos pueden verlas.
Viento eleva los helechos. Suenan como el mar
que nos alimenta siempre, y el helecho dice, “Sí,
los árboles mueren.” Nosotros, puños al bolsillo,
ya que la altura enfría y nuestro aliento es de plumas
como la niebla, pasamos el ron. Y éste al volver
nos da el valor para ser asesinos.
Levanto el hacha y pido fuerza en las manos
Para golpear un cedro. El rocío me nubla,
pero antes otro tanganazo. Y así seguimos.”
Por un poco más de plata, bajo un almendro-
malabar, enrolla la pierna con un gemido
estridente de concha y exhibe la cicatriz
que le dejó un ancla oxidada. Como corola
de erizo, la herida; mas él no explica la cura.
“Tiene sus cosas”—sonríe—“pero valen más que un dólar.”
Permite que una cascada elocuente
vierta su secreto en La Sorcière, ya que
laureles cayeron, para que el canto
sexual de la tórtola suene en azules montañas
tácitas cuyos arroyos parlantes, camino al mar,
se vuelven pozos donde los peces brotan
y una garceta acecha juncos a los gritos
mientras levanta un pie en el lodo y lo apuñala.
Serrucha en dos el silencio una libélula
y anguilas trazan sus nombres en la arena blanca
cuando el sol alumbra el río y su memoria
y olas de helechos asienten ante el sonido del mar.
Así el humo olvide la tierra de donde asciende,
y la ortiga custodie el hoyo en que fue muerto el laurel,
la iguana escucha las hachas que nublan cada lente
de su antiguo nombre, la isla llamada
‘Iounalao’, ‘Donde la iguana es fecunda’.
Aunque, a su debido tiempo, la iguana trepará
los viñedos en un año, con la papada abierta,
los codos flexionados, la cola ensimismada
marchando al ritmo de la isla. La abertura de los párpados
maduró en un hiato que se prolongó por siglos,
que ascendió con humo de los Aruacs hasta que
la nueva raza desconocida mensuró los árboles.
Éstos, los pilares que cayeron, y dejaron espacio azul
para un solo Dios, donde se alzaban los dioses viejos.
El primer dios fue un gommier. El motor
comenzó a gemir, y un tiburón—mandíbula de lado—
lanzó virutas por los aires como verdeles sobre el agua
contra las algas trémulas. De pronto apagan la sierra,
aún caliente y vibrante, para examinar la herida.
Tras quitar el musgo y la gangrena, libran
la llaga de las vides que la mantenían unida
a esta tierra, y asienten. Retoma el trabajo
el motor; y más astillas por los aires
si los dientes roen parejo. Ellos cubrían sus ojos
de los fragmentos del nido. Ahora la isla levanta los cuernos
sobre los campos de banana. La luz del sol
fluye en sus valles, sangre salpica los cedros,
desborda el bosque la luz del sacrificio.
Y entonces un gommier se quiebra. Las hojas enormes
como carpas sin dintel. El crujido
alertó a los pescadores, mientras sobre las camas
de helechos caía el lento mástil; hasta que el suelo
se estremeció bajo los pies en olas, que como olas pasan.
ARCHIPIÉLAGOS
Al final de esta frase, empezará a llover.
Y al filo de la lluvia, una vela.
Lentamente la vela perderá de vista las islas;
La creencia en los puertos de toda una raza
Se perderá entre la niebla.
La guerra de los diez años ha terminado.
El pelo de Helena, una nube gris.
Troya, un foso de ceniza blanca
Junto al mar donde llovizna.
La lluvia se tensa como las cuerdas de un arpa.
Un hombre con los ojos nublados la toca con los dedos
Y tañe el primer verso de La Odisea.
EL MAR DEL VERANO, LA CARRETERA
El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive, esta
hierba, estas chozas que me hicieron,
jungla y cuchilla siembran hierba brillando tenuemente junto a la cuneta,
el filo del arte;
las cochinillas bullen en el bosque sagrado,
nada puede hacerlas salir con fuego, están en la sangre;
sus bocas rosas, como querubes, cantan de la lenta ciencia
del morir -todo cabezas, con, en cada oreja, un ala diáfana.
Arriba, en la Reserva Forestal, antes de que las ramas irrumpan en el mar,
miré por la ventana móvil y herbosa y pensé «pinos»
o coníferas de algún tipo. Pensé, deben de sufrir
en este calor tropical con su idea infantil de Rusia.
Entonces, de pronto, de sus troncos pudriéndose, signos perturbadores
de la fe que traicioné, o la fe que me traicionómariposas
amarillas alzándose en la carretera a Valencia
balbuciendo «sí« ante la resurrección: «sí, sí es nuestra respuesta»,
El Nunc Dimittis de su coro verdadero.
¿Dónde está mi libro de himnos de niño, los poemas ribeteados
con hoja de oro, el cielo que adoro sin fe en el cielo,
mientras el Verbo, apenado, se volvió hacia la poesía?
¡Ah, pan de vida que sólo el amor sabe leudar!
Ah, Joseph, aunque ningún hombre muera jamás en su propio país,
la hierba agradecida brotará espesa de su corazón.
HAS OLVIDADO EL CALOR
Has olvidado el calor. Podría venir ardiendo de una cerca de zinc.
Ni siquiera las palmeras de la orilla del mar se agitan en paz.
El Imperio se mofa de todos los pensamientos en futuro.
Sólo los bajíos de este océano interior murmuran
versos de otro mar, al que éste recuerdamitos
de islas análogas de olivo y mirto,
el sueño del Golfo adormilado. Aunque sus templos,
bloques blancos contra el verde, sean hoteles, y sus pórticos
centros comerciales, con el tiempo harán buenas ruinas;
por lo tanto ¿qué más da si la mano del Imperio es tan lenta como
una tortuga firmando el oleaje en lo que se refiere a tratados?
El genio llegará a contradecir la historia,
y está ahí en sus cuerpos tostados, en las olivas de los ojos,
como cuando los chulos de la Atenas demótica entretejieron el caos
de Asia, y las chicas de las aldeas de estacas, putas teñidas de alheña,
eran las hetairas. La marea vespertina baja, y el hedor
de imperios ulteriores -alzándose de bayas que orlan
los dobladillos de tiranos y playas- alcanza un tribunal
donde las nubes descienden sus escalones como senados que pasan,
no diferentes de cuando, bajo hojas de mirto que canturrean,
compartieron una sombra, el poeta y el asesino.
EN LOS OTROS OCHENTA, CIEN VERANOS QUE MARCARON
En los otros ochenta, cien veranos que marcharon
como la luz de un paraíso doméstico, la idea del cielo
de un hedonista era el aparador de una cocina francesa,
manzanas y garrafas de arcilla de Chardin a los Impresionistas,
el arte era une tranche de vie, queso o pan horneado en casala
luz, en su opinión, era lo mejor que el tiempo ofrecía.
El ojo era la única verdad, y aquello que atraviesa
la retina se desvanece al amanecer; la profundidad de nature morte
era que la propia muerte es sólo otra superficie
como el lienzo, pues pintar no puede capturar el pensamiento.
Cien veranos que se fueron, con el acordeón que hace olas,
faldas almohadilladas, grupos en botes, golpes blancos como zinc en el
agua,
muchachas cuyas mejillas ruborizadas no sobrevivieron a sus rosas.
Entonces, como tubos desecados, los soldados retorcidos
se amontonaron en el Somme y Verdun. Y los muertos
menos reales que una explosión fatal de crisantemos,
idéntico carmesí para la naturaleza muerta y la matanza
de jóvenes. Tenían razón -todo le vale
al pintor con su caballete puesto como un fusil en los hombros.
GROS-ILET
De esta aldea, empapada como un trapo gris en agua salada,
llegó un lenguaje guarnecido de conchas marinas,
con una sombra de bayas en sus axilas
y codos como flexibles remos. Toda ceremonia comenzaba
en las vaguadas, los estercoleros, los funerales al alba y el ocaso
a los que asistían los cangrejos. El mar reforzaba
los olores. El ancla de las islas penetraba a gran profundidad
pero se veía siempre clara en las arenas. Muchos tiburones
y a menudo la raya, cuyas aletas son anchas como velas,
ascendían con mirada insomne desde los ondeantes corales,
y un pescador sacaba un bagre como una cabeza con tentáculos.
Y el anochecer con sus inevitables, inextinguibles candiles,
era como la Noche de Todos los Santos vuelta del revés, igual que el
murciélago obtiene su propia visión del mundo. Así, sus ojos miran hacia
abajo,
divertidos, consideran que caminamos de modo extraño, y se preguntan
sobre
nuestro sentido del equilibrio, sobre cómo dormimos
como si estuviéramos muertos, cómo confundimos
los sueños con cosas corrientes como clavos, o rosas,
cómo envejecen rápidamente las rocas con el musgo,
cómo el mar traza surcos que no tienen nada que ver con el tiempo,
y la arena se alza en torbellinos que no tienen nada que hacer en absoluto,
y las sombras sólo responden ante el sol.
Y ocasionalmente, como un viejo neumático,
el negro lomo de un delfín. Elpenor, tú
que te rompiste el culo, borracho, tambaleándote escotillón abajo,
y tú timonel, que navegas como la raya bajo el aliento de las olas,
seguid vuestro camino, aquí no hay nada para vosotros.
En este lugar las velas y las costumbres son distintas, los muertos
son distintos. Sus tumbas las guardan conchas distintas.
Hay diferencias más allá del paraíso
de nuestro horizonte. Esto no es el Egeo púrpura como la uva.
Aquí no hay vino, no hay queso, las almendras son verdes,
las uvas de playa amargas, el lenguaje es el de los esclavos.
CUL DE SAC VALLEY I
Un recuadro de amanecer
en un taller en la falda de la colina
dio a estas estrofas
su zancuda forma.
Si mi oficio es bienaventurado;
si esta mano fuera tan
esmerada, tan honesta
como las de su carpintero,
cada marco, resuelto
en sus ángulos, se haría
eco de esta construcción
de madera sin pintar
como las consonantes, volutas
salidas de mi cepillo de carpintero
en el criollo fragante
de su veta natural;
desde una mesa de caballetes
se enroscarían a mis pies,
ces y erres, con raíz francesa
o africana occidental
de un rico dialecto,
nunca leído
pero ligero sobre la lengua
de su senda nativa;
pero los árboles se acercan
a mi cordel calibrado
en forma de tablas biseladas
de pino sin pintar,
como el murmullo de la caracola,
la exhalación de la madera refresca
la memoria con su aroma;
bois canot, bois campêche,
siseando: Lo que quieres
de nosotros nunca podrá ser,
tus palabras son inglés,
CUL DE SAC VALLEY II
En la grava del riachuelo
empiezan las suaves guturales,
en el valle, un perro mestizo
que ladra una negra vocal
emite óvalos que se desvanecen;
junto a un puente de hierro rojo,
trabajadores con palas
rastrillan asfalto borboteante,
cada áspero chirrido
trae hasta esta altura
una lengua que hablan,
pero no saben escribir.
Como la idea perdida
del alma visible
que aún arde aquí,
sobre una tierra analfabeta,
el humo azul se eleva a gran altura,
su columna inalterada,
desde esa cicatriz ocre
del desmonte de una carbonera.
La corteza de las nubes se abre
como la de las hogazas
envueltas en hojas de higuera
en un ennegrecido horno de arcilla.
En un barril de lluvia, el agua
se alisa como un espejo;
la hija de un árbol de la lima
estudia en él su rostro.
El joven árbol se desdobla
en una muchacha que corre escaleras arriba
desde el patio, para incorporarse a
esta estrofa. Ahora las lágrimas
se agolpan en sus ojos,
lágrimas de un espejo, al tirar del nudo
en su nuca el peine de su
madre; ésta se da cuenta
y dice: «En Su semblante
resplandecen todos los valles.»
Rápidas, sus manos
peinan la trenza del arroyo.
Las flores de tiza garabateadas
en la pizarra negra del asfalto
y la campanilla del hibisco
le dicen que llega tarde,
mientras el oleaje en las ramas
crece como el cardumen
de pupitres blancos y azules
de la escuela pública,
recitando este lenguaje
que, sobre un encerado,
la ciega como una página
de fulgor sobre la carretera,
así que, deambula hacia
el silencio interior a lo largo de
un rojo sendero que el bosque
engulle como una lengua.
CUL DE SAC VALLEY III
Mediodía. Las secas cigarras gimen
como los pedales oxidados
de la máquina de su madre,
de repente se detienen. Pétalos de lima
vuelan a la deriva como retales
en el silencio hilvanado;
como el polen, su abundancia
es su provisión.
El mediodía perfila a un limero
con una sombra irregular;
su espalda está cansada
de tanta simetría.
La fila de esfinges
sobre la que descansan mis ojos
son colinas tan invariables como
su pétrea pregunta:
«¿Puedes decir en voz alta
el nombre correcto de cada cordillera
mientras cambian nuestros rasgos
entre luces y nubes?»
Pero mi memoria es tan corta
como leve el sonido del mar,
lo que vagamente recuerdo
es una línea de arena blanca
y vetas en la caoba
de rostros curtidos y guijarros
que murmuran en un
río pedregoso, pero las preguntas
al disolverse desatarán
sus propios nudos?arroyos de
montaña cuya grava
enronquece con las lluvias?
al igual que se relaja un leñador
para escuchar como se abre el cielo
segundos después del golpe
de su hacha, los nombres se ajustan
a su eco: ¡Mahaut!
¡Forestière! ¡Y a lo lejos,
el ronco eco de hojas
de Mabouya! Y, ¡ah!
la colina se levanta
CUL DE SAC VALLEY IV
Al oeste de las estrofas
escritas por el amanecer,
las plantaciones de plátanos responden
a su luz; por encima,
un halcón que describía círculos
con mi corazón en su pico
hasta el borde del mundo,
lo trae de vuelta
al puente que se desvanece,
al río que se revuelve
en su lecho, al risco
donde regresa el árbol
tras sus lecciones, tarde.
¿Cuál era su cabaña?
Ella asciende en línea recta
por los escalones de este verso,
y se sienta para cenar
pan y pescado frito
mientras los árboles repiten su
umbrío inglés.
Las ventanas de la cabaña resplandecen.
Las verdes luciérnagas describen arcos,
incendiando Forestière,
Orléans, Fond St. Jacques,
y el bosque se duerme,
sus ojos cerrados,
a excepción de una mirada
desde una choza iluminada;
ahora, por encima del libro cerrado
de pequeñas cabañas que se deslizaban
bajo los faros del coche, la cima
de una colina como una pirámide.
En la noche caliente como un horno
vuelan las brasas. La puerta de una tienda
proyecta un recuadro de luz
sobre la carretera y un olor
a pescado en salazón. Un montón de arena seca
se esparce en estrellas.
Similar a un gato, la isla de la Paloma
aferra el mar con sus garras.
UNA VEZ LE DI A MIS HIJAS
Una vez les di a mis hijas, por separado, dos caracolas
extraídas del arrecife, o vendidas en la playa, no me acuerdo.
Las usan como topes de puerta o reposalibros, pero sus paladares,
húmedos y rosados, son el canto insonoro de ángeles.
Una vez escribí un poema llamado «El Cementerio Amarillo»
cuando tenía diecinueve. La edad de Lizzie. Tengo cincuenta y tres.
Esos poemas que he alzado no se vinculan a traducción alguna
como si fueran hitos musgosos; cada uno baja como una piedra
al fondo del mar, asentándose, pero déjalos yacer, con suerte,
donde las piedras están profundas, en la memoria marina.
Déjalos estar, en agua, como mi padre, que hacía acuarelas
se adentraba en su trabajo. Llegó a ser una de sus sombras,
dubitante y difícil de ver bajo la luz solar del verano.
Se llamaba Warwick Walcott. A veces creo
que su padre, por amor o bendición amarga
lo llamó así en honor de Warwickshire. Las ironías
se mueven. Ahora, cuando reescribo un verso,
o esbozo en el papel que se seca rápido las frondas de cocos
que él hizo tan tenuemente, las manos de mi hija se mueven en las mías.
Las caracolas se mueven por el fondo marino. Acostumbraba a mudar
la tumba de mi padre de las ennegrecidas lápidas anglicanas
en Castries adonde pudiera amar a los dos a la vezel
mar y su ausencia. La juventud es más fuerte que la ficción.
Un pensamiento que tiembla
Un pensamiento que tiembla, no mayor que un reyezuelo
herido, se hincha al pulso de mi alma redondeada,
punza mientras su arañazo señala semejante a un montón de porquería,
alas ovales sonando monótonamente como un corazón apanelado.
Me das pena, reyezuelo; más de la que tú das al gusano
He visto ese pico sin piedad golpeando suave al gusano
como una aguja de calcetar a la lana, el temblor que das
tragando ese flácido fideo, su meneo de consumación
semejante al de una semilla tragada por la raja de una tumba,
después tu guiño de rectitud ante la religión de un reyezuelo;
pero si murieses en mi mano, ese pico sería la aguja
en la que el mundo negro siguió girando en silencio,
tu música tan medida en surcos como lo era la de mi pluma.
Sigue picando en esta vena y verás lo que pasa:
las madejas rojas se partirán en dos como lo hace la calceta.
Se acanala en mi palma, como el latido, baqueteando para irse,
como si compartiera el conocimiento de un reyezuelo en otra parte,
más allá del mundo anillado en su ojo, estación y zona,
en el iris radial, la mirada fija, apuntada, apuntando.
SILABARIO ESCOLAR
No tenía dónde registrar
el avance de mi trabajo
salvo el horizonte, ningún lenguaje
salvo los bajíos en mi largo paseo
hasta casa, por lo que extraje toda la ayuda
que mi mano derecha pudiera aprovechar
de las algas cubiertas de arena
de lejanas literaturas.
El rabihorcado era mi fénix,
yo estaba embriagado de yodo,
una gota de la púrpura del sol
teñía de vino el tejido de la espuma;
mientras araba blancos campos de olas
con mis canillas de muchacho, me
tambaleaba al deslizarse el banco
de arena bajo mis pies,
entonces encontré mi más profundo deseo
en las oscilantes palabras del mar,
y el esquelético pez
que era aquel muchacho tomó cuerpo en mí;
pero vi como el broncíneo
atardecer de las palmeras imperiales
curvaba sus frondas convirtiéndolas en preguntas
sobre los exámenes de latín.
Yo odiaba los signos de escansión.
Aquellos trazos a través de las líneas
llovían sobre el horizonte
y ensombrecían la asignatura.
Eran como las matemáticas
que convertían el deleite en designio,
clasificando los palillos lanzados al aire
de las estrellas en seno y coseno.
Enfurecido, hacía rebotar una piedra
sobre la página del mar; seguía
barriendo su propia sílaba:
troqueo, anapesto, dáctilo.
Miles, un soldado de infantería. Fossa,
una trinchera o tumba. Mi mano
sopesa una última bomba de arena para lanzarla
hacia la playa que se desvanece lentamente.
No obtuve matrícula
en matemáticas; aprobé; después,
enseñé el latín básico del amor:
Amo, amas, amat.
Vestido con una chaqueta de tweed y corbata,
maestro en mi escuela,
vi como las viejas palabras se secaban
como algas en la página.
Meditaba desde el acogedor puerto
de mi mesa, las cabezas
de los muchachos se hundían suavemente
en el papel, como delfines.
La disciplina que predicaba
me convertía en un hipócrita;
sus esbeltos cuerpos negros, varados en la playa,
morirían en el dialecto;
Hacía girar el meridiano del globo,
mostraba sus sellados hemisferios,
pero ¿a dónde podían dirigirse aquellos entrecejos
si ninguno de los dos mundos era suyo?
El silencio taponó mis oídos
con algodón, el ruido de una nube;
escalé blancas arenas apiladas
intentando encontrar mi voz,
y recuerdo: fue
un sábado casi a mediodía, en Vigie,
cuando mi corazón, al volver la esquina
de Half-Moon Battery,
se detuvo a mirar cómo el sol
de mediodía fundía en bronce
el tronco de un gomero
sobre un mar sin estaciones,
mientras la ocre Isla de la Rata
roía el encaje del mar,
un rabihorcado llegó volando
a través del entramado de un árbol para izar
su emblema en los cirros,
con su nombre, fruto del sentido común
de los pescadores: tijera de mar,
Fregata magnificens,
ciseau-la-mer, en patois,
por su vuelo, que corta las nubes;
y esa metáfora indígena
formada por el batir de los remos,
con un golpe de ala por escansión,
esa V que se abría lentamente
se fundió con mi horizonte
mientras volaba sin cesar
más allá de las columnas, mordisqueadas por las ovejas,
de árboles de mármol caídos,
o de los pilares sin techo que fueron en tiempos
sagrados para Hércules.
NUNCA HE PRETENDIDO QUE EL VERANO FUESE EL PARAÍSO
Nunca he pretendido que el verano fuese el paraíso,
o que esas vírgenes fueran virginales; en sus bandejas de madera
están los frutos de mi conocimiento, radiante de morbo,
y te ofrecen esto, en sus ojos de almendras marinas maduras,
los pechos de arcilla brillando como lingotes en un horno.
No, lo que he chapado en ámbar no es un ideal, tal como
Puvis de Chavannes lo deseaba, sino algo corruptola
mancha en la vulva de la azucena amarillenta, los falos del llantén,
el volcán que irrita como un chancro, el humo de la lava
que trepa con su siseo hacia la diosa sibilante.
He horneado el oro de sus cuerpos en esa aleación;
decidle a los evangelistas que el paraíso huele a sulfuro,
que he sentido las cuentas del rosario en mi erupción sanguínea
mientras mi pincel les daba en la espalda, la cerviz
de un jesuita secularizado llevándole el rosario.
Coloqué una mascarilla mortuoria azul en mi Libro de Horas
para que aquellos que sueñan con un paraíso terrenal puedan leerlo
en tanto que hombres. Mis frescos en arpillera a la diosa Maya.
Los mangos enrojecen como carbones en un hoyo para asados,
paciente como las palmeras del Atlas, la papaya.
GRANADA
Tierra roja y cruda, los muñones de olivo, verde oliva y plata
en el golpe de viento como una capa que diera forma al coche,
los atormentados olivos más pequeños de lo que pensabas,
como una tristeza no incalculable sino medida,
su distancia acortándose en la espiral que late en la carretera,
se ensancha la asombrosa Granada. Así es como hay que leer
a España, hacia atrás, como la memoria, como el árabe, montañas y cipreses
profetizados que confirman que el único tiempo es el pasado,
donde yace un pecado que pertenece a toda España.
Se retuerce en el tronco del olivo, mira asombrado desde el eco ocre
de una ladera de piedra, como la boca seca de un pozo: "Lorca".
Las aceitunas negras de sus ojos, el pan mojado en el plato.
Un hombre con la camisa blanca desgarrada y con manchas de vino,
traje negro y suelas de cuero golpeando sobre las piedras.
No puedes mantenerte fuera, aparte, y los otros
a campo abierto, el staccato del fuego de las metralletas,
los tacones del bailarín, el Ay del cantaor flamenco
y la boca de la guitarra: están ahí, en Goya,
el payaso que muere, con los ojos abiertos, en El tres de mayo
donde está el corazón de España. Por qué España sufrirá siempre.
¿Por qué vuelven desde esta distancia, esta lejanía
desde los cipreses, las montañas, los olivos que se tornan plata?
SIGNOS
Para Adam Zagajewski
En el siglo diecinueve Europa realizó su silueta
con estaciones de vapor, lámparas de gas, enciclopedias,
crecidos talles de imperios, con hambre de inventarios
en las novelas, como un mercado en el que bullen las ideas.
Los volúmenes semejaban urbanos edificios de párrafos
con adornados portales de paréntesis, en un margen las multitudes
esperando para cruzar a la página siguiente, como palomas que gorjean
epígrafes
para el próximo capítulo, en el que viejos adoquines construyen
el laberinto de una trama enrevesada; quedas herejías
en las anárquicas tazas de cafés llenos de vaho —demasiado frío afuera—.
Frente a las puertas cerradas de la Ópera dos verdes caballos de bronce
guardan, como dos sujetalibros, una plaza cerrada, mientras los aromas
del siglo decadente se alejan sin rumbo por entre los jardines
con el olor de los libros encadenados en la National Library.
Cruzad, por un pequeño puente, hacia nuestra época bajo las perdonanzas
de santos medievales poco importantes, y la luz se vuelve corriente.
Mirad hacia atrás, hacia el bulevar de los tilos que se desvanece
en una verde neblina que envuelve a sus caballos, a sus sombreros de seda,
a los carruajes, a la amplitud moral que era la de, digamos, Balzac;
Volved, entonces, a este siglo de lívidas y peladas casas,
al humo que se eleva, como una pluma, en las lejanas chimeneas.
ii
Lejos de las calles atestadas, como novelas, con los pesares del siglo,
de los dibujos a carboncillo de Kollwitz, el dolor del emigrado
es sentir su idioma traducido, la sintética aura
de una ajena sintaxis, la alterada construcción que filtrará
lo específico del detalle, de lo húmedo: crujientes rayos de sol
sobre el alféizar, en la puerta del granero de ese país de heno
que es la infancia, el lino de los cafés bajo una luz académica—
en resumen, la ficción de una Europa que se vuelve teatro.
En este seco lugar sin ruinas, solo existe un eco
de lo que habéis leído. Es mucho después
cuando lo impreso se vuelve real: iglesias, sauces, sucia nieve.
Es esta la envidia en la que al final caemos; esto nos sucede
a nosotros, lectores, lejanos devoradores: que sus páginas emblanquecen
nuestras mentes como calzadas o campos donde el rastro
de una pluma hace surcos. Luego, nos volvemos como aquellos
que tornan los pañuelos de los cirros al anochecer en adioses
de diva en un balcón de opera, techos de querubines, cornucopias
que vierten pétreas frutas, el escenario para la convicción
de un creyente en la música curativa: después, inmensas nubes pasan,
enormes cúmulos retumban como camiones cargados de bobinas
de papel de periódico, y la fe del arte redentor comienza a abandonarnos
cuando volvemos viejos grabados hacia paisajes al aguafuerte
con vetas de hollín en los húmedos adoquines y en los aleros.
iii
Los adoquines se apiñan como cabezas rapadas, se recuestan los aguilones
sobre las calles para silbar, los muros se llenan de signos
que condenan a la estrella de David. Grises rostros se ocultan
a sí mismos, como la luna que dibuja delgadas cortinas
al marchar de botas militares, mientras del cristal desvencijado llueven
diamantes sobre el pavimento. Un despiadado silencio
se llevó a los viejos inquilinos: ahora, hay signos que las calles
no se atreven a pronunciar, ni mucho menos a entender,
por qué se produjeron, mas hoy las repeticiones,
la niebla que enturbia los adoquines, la limpieza étnica.
Llegan lámparas de arco, y con ellas, escenarios de película,
sombras de la esvástica, y lámparas de gas que puntúan
la oración interminable de una calle. Hojas de tilo
revolotean más allá de la Ópera cerrada, y extras de tiznados ojos
esperan su única frase en el reparto de la caridad. La toma se aflige de elegía
y la secuela avanza con la conciencia orquestada
alrededor de las esquinas expresionistas de la ciudad antigua.
Con precisa parafernalia, los signos repetidos
de la secuela, el eco del chantre, hasta que el antiguo idioma
que prohibió las imágenes talladas adquiere un sentido indiferente.
iv
Esa nube era Europa, que se desvanece más allá de las ramas espinosas
del lignum-vitae, del árbol de la vida. Queda una nube con forma de yunque
sobre estas islas, en las cimas de aludes atractivos,
ventiscas sobre el frente de campañas moteadas de nieve,
las mismas viejas noticias que solo cambian fronteras y políticas,
más allá de las que se ahítan los lobos, de ojos rojos como bayas,
y sus silentes aullidos se apagan entre volutas de humo
como la helada nube sobre los puentes. Lentamente, la barcaza de Polonia
va flotando corriente abajo con magistral escansión,
los minaretes de San Petersburgo como una nube. Luego, las nubes
se olvidan al igual que los combates. Como la nieve en primavera. Como el
mal.
Todo lo que parece de mármol no es más que un velo.
Entonces, interpretad a Timón, y maldecid todo empeño como vil.
Vuestra sombra permanece con vosotros, sobrecogiendo a los rápidos
cangrejos
que se agarrotan hasta que pasáis de largo. Esa nube representa la
primavera
para los sauces babilonios de Amsterdam, que brotaban de nuevo
como las muchedumbres en Pisarro por las ramas de un húmedo bulevar,
y la llovizna que azota sus pequeños alambres envuelve
Notre Dame. En la distancia, la palabra Cracovia
suena a artillería. Tanques y nieve. Muchedumbres.
Muros acribillados por agujeros de bala que, como el algodón, se cierran.
Días del Señor, Las Antillas
Esos pueblos angustiados por la melancolía del domingo,
en todas sus calles ocres duerme un perro
esos volcanes como rosas pálidas, o la llaga incurable
de la pobreza, alrededor de su boca arrugada escuálidos muchachos
venden amarillas piedras de azufre
las calcinadas hojas del banano que solían danzar
el río cuyo lecho es de botellas rotas
el bosquecillo de cacao donde un pájaro cuyo llanto se le escucha verde
y amarillo y en las luces debajo de las hojas con crestas
de llama anaranjada ha olvidado su flauta
eucaliptos descascarándose por el ardiente sol todavía luchando para evitar
el mar
el lagarto muerto tornándose azul como la roca
esos ríos, hebras de baba, que olvidaron la música antigua
esa explanada seca y breve bajo los más secos almendros marinos
donde se sentaban los viejos enjutos
mirando una goleta blanca atorada entre las ramas
y jugando damas con los inquietos rabihorcados
esas laderas como vasijas rotas
esos helechos que grabaron sus esqueletos en la piel
y esos caminos que comienzan recitando sus nombres la víspera
nómbralos y se detendrán
esos cangrejos que añoraban dejar pasar una época
esas garzas como solteronas que dudaban de sus reflejos
preguntando, preguntando
esas ortigas que esperaban
esos domingos, esos domingos
esos domingos cuando las luces al final de la carretera eran un
acontecimiento
esos domingos cuando mi madre se recostaba
esos domingos cuando las hermanas se reunían como mariposas nocturnas
alrededor de su farola
y las ciudades se nos perdían en el horizonte.
ESTRELLA
Si, a la luz de las cosas, te desvaneces
de verdad, aunque pálidamente retirada
a una determinada y conveniente
distancia, como la luna suspendida
toda la noche entre las hojas, podrías
alborozar esta casa sin ser vista;
ah, estrella, doblemente compasiva, que vino
demasiado pronto para el crepúsculo, muy tarde
para la alborada, tu lumbre pálida
encauce lo peor de nosotros
hacia el caos
con la pasión
de un simple día.
APENDICE
Esquizofrénico, desgarrado por dos estilos,
uno de ellos la prosa de un negro de alquiler, me gano
el exilio. Recorro esta hoz, millas de una playa a la luz de la luna,
curtido, quemadura
para librarme
de esta vida de océano que es el amor propio.
Para cambiar el lenguaje debes cambiar tu vida.
No puedo enmendar antiguos agravios.
Las olas se hastían del horizonte y regresan.
Las gaviotas chillan en lenguas oxidadas
sobre esquifes varados, carcomidos,
eran una nube de picos venenosos en Charlotteville.
Una vez pensé que el amor a la patria era suficiente,
ahora, aunque pueda escoger, no hay espacio en el pesebre.
Observo a las mejores mentes corromperse como perros
por migajas.
Ya casi soy un hombre
maduro, la piel quemada
se despega de mi mano como el papel, la cebolla,
como un acertijo de Peer Gynt.
En el corazón no hay nada, ni el temor
a la muerte. Conozco demasiados muertos.
todos me son familiares, todos en su papel,
incluso ahora que han muerto. Ardiendo,
la carne ya no teme a la entrada de esa caldera
de la tierra,
ese horno o cenicero del sol,
ni a esa luna cual guadaña nublada, despejada,
marchitando otra vez esta playa como una hoja en blanco.
Toda su indiferencia es una ira diferente.
BLUES
Esos cinco o seis muchachos
que almorzaban en el pórtico
aquella noche de verano calurosa
me silbaban. Agradables
y amistosos. Entonces, me detengo.
La calle MacDougal o Christopher
en cadenas de luz.
Un festival de verano. O una fiesta de santos.
No estaba muy lejos
de casa, pero no había demasiada luz
para un negro, y tampoco era demasiado oscuro.
Me imaginaba que todos éramos iguales,
el italiano, el negro, el judío,
además, no era el Central Park.
¿Me estoy poniendo violento? ¡Pues no se equivocan!
Ellos golpearon a este negro amarillo
hasta llenarlo de moretones.
Sí. Y esa vez, con miedo
a que alguno usara un cuchillo,
colgué mi chaqueta deportiva
verde, recién comprada,
en una toma de agua.
No hice nada. En realidad
luchaban entre ellos. La vida
les da unas cuantas patadas,
eso es todo. Los negros, los hispanos.
Mi cara aplastada, mi jeta sangrando,
mi chaqueta verde a salvo
de cortadas y lágrimas,
me arrastré subiendo cuatro pisos.
Tirado en la cuneta, recuerdo
a unos cuantos espectadores
agitados, y la madre de uno de los chicos gritando
algo así como “Jackie” o “Terry”,
“¡ya es suficiente!”
En realidad no es nada.
Ellos no reciben suficiente amor.
Sabes que no te matarían.
Sólo juegan duro,
Como lo harán los jóvenes americanos.
Aún así eso me enseñó algo
sobre el amor. Si es tan difícil,
olvídenlo.