0% encontró este documento útil (0 votos)
20 vistas3 páginas

MORAL

El documento habla sobre la virtud de la templanza desde perspectivas antropológicas, bíblicas y teológicas. También analiza la relación entre la templanza y la responsabilidad moral, así como medios ascéticos para alcanzar esta virtud. Finalmente, concluye que la vocación humana es a la santidad y que para lograrla se requiere ser virtuoso y seguir los dones del Espíritu Santo.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
20 vistas3 páginas

MORAL

El documento habla sobre la virtud de la templanza desde perspectivas antropológicas, bíblicas y teológicas. También analiza la relación entre la templanza y la responsabilidad moral, así como medios ascéticos para alcanzar esta virtud. Finalmente, concluye que la vocación humana es a la santidad y que para lograrla se requiere ser virtuoso y seguir los dones del Espíritu Santo.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

04 de abril de 2020

I. LA TEMPLANZA
(CEC 1809) no es fácil hablar de la templanza en una sociedad líquida que no ve necesaria la renuncia
a los pequeños placeres, sin embargo, los efectos se ven en muchos campos: medio ambiente, etc.
1.1 Notas antropológicas
En Aristóteles es la misma moderación es un término respecto a los placeres. El filósofo latino Cicerón
la definía “como dominio firme y moderado impuesto por la razón sobre la concupiscencia y demás
ímpetus desordenados”. La templanza es la virtud de las personas que viven la austeridad, no como
una carga o peso sino como una liberación. La templanza va más al ser (identidad) que al tener; es
una liberación como plenitud. La realidad de la sociedad es la búsqueda de la eficacia a corto plazo,
favorece el placer y la satisfacción.
I.2. La templanza en la Sagrada Escritura
(Gn 9,20: abuso de las bebidas; 19,30-38: incesto). Los profetas asocian con frecuencia los desórdenes
en la comida, la bebida y el sexo con los cultos idolátricos que los pueblos cananeos practican,
pidiendo a sus dioses la fecundidad para los animales y campos. La denuncia de Os 4,10-11; Am 28; Is
5,10-11; 13,13: politeísmo. Si en los profetas la intemperancia reviste un simbolismo religioso, los
libros sapienciales aconsejan la templanza en consejos llenos de sabiduría (Ecl 37,27-31). A la luz de
estos textos podemos decir que la templanza era para Israel una actitud humana que reflejaba la
sabiduría tradicional por lo que respecta a la búsqueda de la felicidad personal y la honorabilidad
social.
En el Nuevo Testamento la templanza y la austeridad se llenan de un nuevo sentido (Mt 11,18-19).
Jesús redescubre en el ayuno que hace la voluntad del Padre. Solo en Dios ha puesto el absoluto. La
templanza es necesaria para la vigilancia, la austeridad ayuda a tener abiertos los ojos para discernir
los signos de los tiempos (Mt 12,45; Lc 21,34).
En el mensaje de Pablo también la austeridad se une a la venida del Señor (1Tes 5,4-8) en actitud
vigilante. Y Pablo recuerda a los corintios que la embriaguez y la glotonería cierran el acceso al Reino
de Dios (1Cor 5,11), sabe también que la entrada en el mundo del espíritu se parece extrañamente a
una embriaguez liberadora.
I.3. Teología de la templanza
En los santos padres encontramos que se expresa esta virtud a través de sermones sobre los vicios y
la conversión, sobre el ayuno y la abstinencia, sobre la continencia y el pudor, sobre la justa
valoración del mundo y lo creado. San Agustín decía que el ayuno debe ser asumido con alegría: se
adquiere la alegría del espíritu cuando cesa la alegría de la carne.
Santo Tomás: la templanza, como virtud que inclina al bien, comporta una cierta moderación
establecida por la inteligencia. Siguiendo a san Agustín que lo específico de la templanza viene
determinado por los verbos orientar y moderar. Dedica su atención a considerar algunas virtudes y
vicios relacionadas con la templanza: caridad y virginidad, embriaguez, la lujuria y la continencia.
En el Vaticano II: en el marco de la vocación de todos los cristianos a la santidad, recuerda el
testimonio de quienes por el reino han optado una vida celibataria (LG 42).
I.4. Templanza y responsabilidad moral
Un estudio o una profundización de la virtud de la templanza no puede limitarse a considerar los
peligros que encierra la dedicación a los placeres, sino que debe subrayar la importancia de los
valores que humanizan al ser humano y, en cuanto persona, en relación con los demás. Pieper define
la templanza como el hábito que pone por obra y defiende la realización del orden interior del
hombre. La templanza tiene como finalidad hacer orden en el interior del hombre. Tres aspectos entre
templanza y responsabilidad:
1. La austeridad y la sobriedad frente a la sociedad de consumo.
2. La templanza nos ayuda a redescubrir el valor de la fraternidad y de la solidaridad con los más
necesitados.
3. La templanza es una respuesta valiente y generosa frente a todas las tentaciones de la idolatría.
I.5. Medios ascéticos para alcanzar la templanza
Si el ejercicio de la virtud natural de la templanza permite que el hombre no sea vicioso desde la
visión cristiana facilita el camino de la santidad, de encuentro con Dios, de la pureza del corazón, del
seguimiento por el camino de la cruz, del combate espiritual.
En resumen, la virtud de la templanza se sitúa entre dos extremos viciosos, la esclavitud de los
instintos del placer y el desprecio del gozo de los placeres lícitos: ejercicio físico, oración, estudio,
lectura de libros, caminar, pintar, ayuno, etc.
II. Dones del Espíritu Santo (Cfr. CEC 158; 1266)

Conclusiones del curso:


La moral no es un tratado sobre el pecado, sino la vocación al actuar moral, al comportamiento ético
desde el imperativo partiendo del indicativo. Hacer el bien, hacer actos buenos, dar lo mejor de sí son
expresiones que sitúan decididamente a las virtudes en la perspectiva moral. La vocación moral sitúa
a la persona el reclamo del bien, que es preciso buscar y exige el discernimiento fundamental para
seleccionar el camino que a él conduce y que nos hace buenos.
Somos ontológicamente imagen de Dios Trinidad y estamos llamados a convertirnos en semejanza
del Dios trinitario. Nuestro que-hacer no puede apartarse de nuestro ser. Por el hecho de tratarse de
una vida sobrenatural en amor, la vida natural se haya sometida a imperativos éticos que derivan de
la vida sobrenatural vivida a la luz de los dones del Espíritu Santo. La vida del Espíritu y la del
seguimiento de Jesús no se limita a evitar el pecado, ha de mirar a la realización del ser humano y, a
la luz de la fe, esa realización solo tiene lugar cuando la persona alcanza la medida del hombre
revelado por Dios en Jesucristo.
Todas las virtudes morales y teologales tienen una clara referencia a la verdad íntima del ser humano.
Ser prudentes, justo, valeroso y casto responde al mismo ser del hombre, a su dignidad e integridad
psicofísica, a su necesidad de armonía interior y de convivencia social, a su posible identificación con
su yo ideal y a su búsqueda de la felicidad. De ahí que esas dimensiones antropológicas se convierten
en normativas para el actuar humano. Por su misma tendencia ontológica cree en otros, espera y
ama. Todas las virtudes son necesarias para el itinerario humano de la búsqueda y la realización del
bien.
Las virtudes morales se abren para el cristiano a la posibilidad de una plenificación, iniciativa gratuita
del amor de Dios. Esas virtudes morales se perfeccionan en las virtudes teologales, así el hombre
divinizado aprende un estilo de vida nueva. Las virtudes teologales nacen de Dios y a Él conducen, es
decir, Dios es su sujeto primero, su motivo final, su destino último y escatológico.
Si la vocación es a la santidad, no se puede ser santo sin ser humanamente virtuoso. La meta de la
itinerancia humana no es la virtud, es Dios.
San Gregorio de Nisa: “el objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios”

También podría gustarte