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Infancia y Supervivencia en Garal

Este documento es el primer capítulo de las memorias de Carlos Sáiz Cidoncha sobre su infancia difícil en el planeta Garal después de que los megaros atacaran y destruyeran su ciudad natal. Describe cómo los megaros mataron a su padre y destruyeron su ciudad, forzando a su madre y a él a vivir como refugiados y enfrentar hambre y pobreza. Finalmente, su madre logró encontrar trabajo como bordadora en la capital, donde Carlos completó su infancia, la cual fue muy dura debido a la difícil situación en la que quedó
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Infancia y Supervivencia en Garal

Este documento es el primer capítulo de las memorias de Carlos Sáiz Cidoncha sobre su infancia difícil en el planeta Garal después de que los megaros atacaran y destruyeran su ciudad natal. Describe cómo los megaros mataron a su padre y destruyeron su ciudad, forzando a su madre y a él a vivir como refugiados y enfrentar hambre y pobreza. Finalmente, su madre logró encontrar trabajo como bordadora en la capital, donde Carlos completó su infancia, la cual fue muy dura debido a la difícil situación en la que quedó
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Memorias De Un Merodeador

Estelar

Carlos Sáiz Cidoncha


Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Capítulo 1

DE MI DIFÍCIL INFANCIA, DE COMO A LOS ONCE AÑOS ENTRÉ EN EL


TEMPLO Y DE LO QUE ALLÍ ME ACONTECIÓ...

Tendría yo unos cuatro años y medio cuando los megaros se comieron a mi


padre. Poco puedo recordar, por tanto, de él, salvo una vaga figura gigante
presente en algunas escenas familiares aisladas, y todo ello de un modo harto
confuso. Tampoco me dice nada mi memoria sobre nuestra antigua casa o la
forma que de vivir en ella teníamos, excepto un poco claro pensamiento de
prosperidad y buena comida, aunque quizá ello no sea más que una
reconstrucción inconsciente basada en lo que después me contaron.
Siendo niño como era, tampoco comprendí gran cosa de lo que ocurrió el día
del gran desastre. Sólo recuerdo la confusión de una huida en compañía de
mucha gente que gritaba y lloraba, y la estancia durante algún tiempo en un
bosque, con la sensación de tener hambre y no verla siempre satisfecha y,
cuando lo era, con manjares que no eran del todo de mi gusto. Después de
aquello vino un viaje por mar que me encantó, aunque me dí cuenta que las
personas mayores con las que iba no compartían mi alegría con la que para mí
era nueva aventura. Nuevas gentes más tarde, discusiones, peleas, un hombre
moreno y terrible que gritaba enfadado y que luego me miró y, riendo, me acarició
el pelo, mi madre peleándose con otra mujer que chillaba sin parar y un remolino
de gentes en una plaza extraña, contemplando el cielo y hablando en voz baja,
con miedo.
Hubo despues un nuevo viaje marítimo y otra ciudad donde las casas estaban
derruídas y en la que entonces no supe reconocer mi propio lugar natal. Y una
gran tormenta que nos cogió al raso, de resultas a la cual estuve algún tiempo
enfermo, febril, con el solo bálsamo del calor de mi madre que me apretaba contra
su pecho, hasta que por fin, mal que bien, las cosas se arreglaron algo y
volvimos, ella y yo, a tener techo sobre nuestras cabezas.
Hoy sé que la gran incursión de los megaros ocurrió a finales de Marzo del Año
de la Liberación 172, o el 2056 desde la fundación del Imperio Estelar de Tierra
de Sol, como aún cuentan quienes se complacen en el recuerdo de la antigua Era
Imperial; y que la tal incursión formó parte de la colosal embestida de esa maldita
raza en todo el antiguo sector imperial del que nuestro planeta Garal forma —o
formaba— parte. El caso fue que las negras naves megaras cayeron sobre la
capital sin el menor aviso, y el terror se expandió por nuestro mundo como el
fuego en un mar de combustible.
No pudo saberse si el ejército tuvo tiempo al menos de intentar una defensa,
pues de los cincuenta mil y pico habitantes de la capital, ni el pico quedó para
contarlo. La alarma radiada se cortó a los pocos minutos, muriendo con ella toda
posibilidad de respuesta organizada al asalto que sufrimos.

En nuestra pequeña ciudad de Bellavista, como en el resto del planeta, aquella


corta noticia bastó para reaccionar con rapidez; cada cual tomó a su familia y lo
que le pareció más necesario —muchos incluso nada—, y se salió al campo, en
busca de bosque, selva o montaña donde esconderse de la atroz rapiña megara,
cuyas abominables apetencias culinarias por la carne humana nos eran,
tristemente, conocidas de antes. Nosotros nos dirigimos al extenso bosque de
Carmania, en la esperanza de escapar a la atención de la fuerza agresora.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Al pasar tres días sin noticias ni nuevas señales de alarma, sin embargo,
fueron muchos —como suele suceder—, los que iniciaron la vuelta a sus hogares.
Mi padre, ante la carencia de ropas y viandas que padecíamos por lo precipitado
de nuestra fuga, optó por dejarnos en el precario refugio de una barraca de
carboneros, para volver en busca de ellas a la tienda que poseía en Bellavista (he
de hacer notar que si bien tras la Liberación se abolieron las viejas clases, nos
enorgullecíamos en descender de la Mercantil). Buen acierto resultó el que no nos
llevara consigo, y malo el suyo en ir, pues prácticamente al entrar él en Bellavista
por un lado, los megaros lo hacían por el opuesto. No escapó nadie de los que se
hallaban con él en la ciudad y su destino, trágico, aunque sin testigos que nos lo
pudieran referir, fue sin duda el que puede suponerse conociendo las costumbres
megaras.
Merodearon los invasores por las cercanías del bosque, capturando y
devorando a algunos dispersos, pero resulta claro que no emprendieron ninguna
acción metódica de búsqueda y captura de los fugitivos; la espesura nunca nos
hubiera librado de los detectores de calor o de cualquier otro artefacto de los que
debían disponer para tales menesteres.
Marcháronse finalmente a la semana de haber llegado, más el daño no se
acabó con su partida, pues tras atender su estómago y robar cuanto quisieron, se
ocuparon de destruir lo que dejaban atrás, volando las casas e industrias e
incinerando las cosechas.
Nada quedó que se pudiera comer entre las ruinas de nuestra ciudad, no
tardando en estallar las reyertas por las últimas migajas de alimento, e incluso no
faltando quién, apremiado por el hambre, se hizo megaro sin serIo.
No le faltó presencia de ánimo en el trance a mi madre, quien apenas vista la
situación en la que quedamos, en vez de esperar entre las ruinas un socorro
improbable, se puso en camino con un grupo de amigos hacia las orillas del
océano, donde al menos se podría contar con el recurso de la pesca como
alimento.
Llegados a la costa, halló el grupo la barcaza de unos pescadores y aunque no
lo hicieran de buen grado, compartieron con los refugiados sus escasos recursos.
Más tarde, temiendo todos la llegada de nuevos grupos de huídos, forzaron a
aquellos hombres del mar a llevamos a la isla de Samoriz, donde se sabía no
había habido razzia megara alguna.
Ciertamente la isla no fue arrasada por los invasores, pero nuestra estancia allí
no resultó más grata que en el continente; pues se dice que antes de sacar nada
a los campesinos de Samoriz, se extraería agua de las piedras, cosa que sólo un
antiguo profeta logró, y eso antes de que el hombre dejara la Tierra para alcanzar
las estrellas. Ocurrió, sencillamente, que no fuimos bien recibidos y, si al principio
se nos dió algo por caridad, pronto cerraron aquellos destripaterrones sus
graneros, sus bolsas y sus corazones (caso de tenerlos) ante nuestra necesidad.
Rompióse el grupo de refugiados, partiendo algunos en busca de tierras más
clementes; unos pocos disputaron con los nativos la comida que se les negaba y
fueron muertos por ello; otros, muy pocos, lograron encontrar algún trabajo y con
ello un misero condumio que les permitiera sobrevivir.
Mi madre se dirigió conmigo hacia una comunidad del Norte de la isla y allí, a
falta de otra solución, vendió su cuerpo para que ambos sobreviviéramos, pues
entonces era muy hermosa. He de decir que nunca me habló de tal trance —que
luego descubrí por referencia ajena—, quizá temiendo unos reproches que yo
jamás le hubiera hecho.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

El resto de aquel nefasto año lo pasamos en Samoriz, así como los primeros
meses del siguiente. Gozaba la isla de una cierta prosperidad; en aquellos días
llegaron también multitud de mercaderes en busca de alimentos y vituallas con los
que abastecer al resto del planeta y los pagos se hacían en metales preciosos o
valiosos objetos recuperados de las ruinas, al no aceptar los avispados samoritas
la antigua moneda.
Con la primavera nos llegaron noticias de que la vida volvía a organizarse en la
región de Bellavista, bajo los auspicios del Comité de Salvación Pública, por lo
que mi madre se animó a regresar, harta ya de aquellos aprovechados patanes
con los que trataba. Pagó en oro un pasaje para ambos en un velero mercante y
no tardamos en estar de regreso en nuestra ciudad.
Aún estaba Bellavista casi completamente derruída, y debimos alojamos entre
las ruinas, sin más abrigo que algunas lonas, al no correspondemos ninguna de
las primeras casas reconstruídas. Proporcionábanos sin embargo el Comité,
raciones de comestibles a cambio del trabajo forzoso de desescombro que mi
buena madre tuvo que realizar. Excusado es decir que de nuestra antigua casa, la
tienda y las mercaderías de su almacén..., no había quedado ni el recuerdo. Que
todo se lo llevó el radamante.
Pasado así el verano y amenazando la cercanía del nuevo invierno con sus
fríos, mi madre decidió partir para la capital, donde se decía que la reconstrucción
de la antigua vida era un hecho. Fue decisión afortunada; al llegar a la ciudad y
por medio de unos conocidos, consiguió entrar a servir en casa de unos
comerciantes que habían sabido reconstruir sus posesiones y enriquecerse con la
reconstrucción, traficando ahora con tejidos y ropa. Logró pronto un empleo con
ellos como bordadora, labor nada ligera por cierto, pero que le valió poder
disponer de una habitación para ella y para mí, en un cubículo adosado a los
talleres. Allí fue donde completé los días de mi infancia.
Una infancia realmente dura, porque la situación en la que quedó Garal tardó
muchos años en mejorar.
Los abuelos de nuestros abuelos solían hablar de los tiempos del viejo Imperio
terrestre, que presentaban como la época de la leche y la miel donde cada cual
podía comer a su hambre y las máquinas trabajaban para las personas. Sus
cuentos y relatos, pasados de generación en generación, habían llegado a la mía
en forma de gloriosa leyenda que no creo se correspondiera con la realidad. Pues
de haber sido así... ¿Cómo se había permitido que el Imperio desapareciese? ¿Y
cómo se saludaba la fecha de su disolución como El Día de la Liberación?
Garal había tenido varias clases de gobierno tras la caída del Imperio, no
quedando demasiado satisfecho de ninguno de ellos. Finalmente, como resulta
más habitual de lo que sería de agradecer, se había desembocado en una
dictadura totalitaria, a cargo en los días de mi infancia de un tal Selinar Roder,
quien acumulaba en su persona los más diversos títulos, desde Benefactor del
Pueblo a Príncipe de la Paz. Para unos era bueno y para otros malo, si bien los
megaros debieron encontrarlo de su gusto, pues se lo merendaron en unión de
todos los miembros de su gobierno.
Hubo en Garal, en sus tiempos, una economía moderadamente sana e incluso
un par de naves estelares para comerciar con los sistemas vecinos, pero al llegar
los megaros, el radamante cargó con todo ello. Las naves fueron destruidas en el
sideropuerto de la capital, y nadie apareció durante años en nuestros cielos, quizá
por haberse encargado de todos los planetas cercanos la misma simpática
especie que a nosotros atacó.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Tras la incursión, nuestro planeta quedó aislado y en ruinas, con todas las
industrias arrasadas y sin esperanzas de socorro exterior. Hubo que regresar a
los tiempos de la agricultura y el artesanado; sin duda hubiéramos pasado mucha
hambre si los megaros no hubieran satisfecho la suya reduciendo nuestra
población a una quinta parte de lo que antes era. Aún así la vida era dura, aunque
poco a poco se fueron recuperando las cosechas y la producción de bienes
básicos. Pudo la gente mal que bien, volver comer y vestir con cierta seguridad, y
poco más.
Para nosotros, los niños, la época aquella no fue todo lo mala que pudiera
suponerse. Ciertamente se comía poco y mal, y las enfermedades arrebataban a
muchos, pero quienes sobrevivíamos a ellas disponíamos del día entero para
correr, jugar, y explorar las calcinadas ruinas, pues no había escuela ni posibilidad
de organizarla. Si no hubiera aprendido las primeras letras a temprana edad e
insistido mi madre en completar en sus escasos momentos libres esta elemental
educación, analfabeto hubiera quedado como la mayoría de mis camaradas de
juegos. Pero ¿a quién le importaba? Corríamos y golfeábamos por todas partes,
estorbando a los equipos de reconstrucción, apedreándonos entre las derribadas
torres y las cegadas avenidas, hurgando aquí y allá, y a veces encontrando tal o
cual objeto útil entre los escombros, que inmediatamente poníamos a la venta en
puestos ilegales que todo el mundo conocía. Pocos eran los mayores que se
ocupaban de nosotros, y así podíamos campar a nuestras anchas por donde nos
apetecía. Organizábamos partidas y guerras, en las que siempre unos eran los
megaros y otros los humanos, y más de uno volvió a su casa descalabrado por
alguna certera pedrada de las que nos cruzábamos en aquellas cósmicas
contiendas.
Sonada fue en especial la que organizamos precisamente en el sexto
aniversario del día del ataque megaro. Despreciando los actos de responso y los
patrióticos discursos de la plaza mayor, sentímonos todos de la enemiga raza
invasora y dirigimos nuestra negra flota invasora hacia el gallinero comunal, que
parecíanos un indefenso Garal abierto a nuestro apetito. Saltando en un instante
las tapias y rejas que se oponían a nuestra invasión y aprovechando la ausencia
de toda flota o ejercito de defensa, agarramos quien gallo, quien gallina, quien
pollo encrestado y, retirados luego a base espacial segura, encendióse fuego y
allí consumó se el sacrificio de la raza humana en aras de la voracidad alienígena.
Tal fue el alcance del genocidio que, aún comiendo a nuestra hambre, sobró
buena parte de la chamuscada carne gallineril, de la que llevé yo algo a casa al
caer la noche. Con lo que mi madre me reprendió y llamó por mil nombres,
prometiéndome la cárcel y cosas peores, pero, calmada al fin y temiendo los
males que sobre mí pudieran caer de conocerse el lance, se conformó con la
promesa de no reincidir y, como mejor medio de ocultar el cuerpo del delito, entre
los dos acabamos con el botín, siendo aquello de agradecer dado lo menguado
de nuestra dieta habitual.
Terrorífica resultó la reacción oficial a nuestra razzia megara, y muy mal lo
hubiéramos pasado de haber sido hallados, pero en aquellos calamitosos tiempos
hasta los más pequeños chiquillos habían aprendido a negar y disimular las
rapiñas y todo quedó en amenazas. Confieso que falté alguna que otra vez a la
promesa hecha a mi madre aquella memorable noche, pero nunca en parecida
cuantía, y me guardé mucho de llevar a casa botín comestible alguno, temeroso
de nuevas reprimendas.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Once años y cuarto tenía yo cuando un día mi madre faltó a su trabajo todo un
día, habiendo logrado permiso para ello, y permaneció conmigo en el cubículo
donde dormíamos, relatándome unas maravillosas historias. Trataban éstas de
dioses y diosas que se amaban o combatían y que en ocasiones intervenían en
los asuntos de los pobres mortales. Había yo oído hablar, naturalmente, de las
múltiples deidades de la antigua religión imperial, y también de Júpiter Imperator,
el más grande de entre todos los dioses, quien lanzaba el rayo sobre los que en él
no creían o contra su doctrina faltaban, mas nunca pude imaginar la cantidad de
trapisondas en las que los tales inmortales habíanse visto mezclados en el curso
de sus por otra parte eternas vidas.
Mi buena madre insistió mucho en ciertas historias y aún me obligó a
repetírselas de memoria. Tras de lo cual, y de darme ciertas instrucciones,
púsose, y también a mí, las mejores galas de las que disponíamos y, mediada la
tarde, salimos a la calle.
Nuestro destino era un edificio de la parte reconstruída de la ciudad, lujoso
dentro de lo que cabía. Entrando en él, no tardamos en encontramos frente a un
alto y corpulento sujeto vestido con la túnica de los sacerdotes.
—¿Es éste el muchacho? —preguntó.
—Este es —repuso mi madre.
El sacerdote se movió algo en torno a mí como si quisiera contemplarme desde
todos los ángulos.
—¿Sabes leer? —me preguntó.
Asentí, y aún probé mi habilidad, si bien con algo de trabajo por lo desusado de
la tarea, en un libro que él me presentó.
—¿Conoces la religión? —volvió a preguntar.
—Ha sido educado en ella —mintió mi madre— Y no encontrará su señoría
muchacho más piadoso en esta ciudad dejada de la mano de los dioses.
No se conformó el sacerdote con la aseveración, y me instó a que le hablase
de los dioses olímpicos y su relación con los humanos.
Afortunadamente para mí, ya de chiquillo poseía una apreciable memoria, y
pude recordar cuanto mi madre me contara aquel mismo día, acerté en las
relaciones de parentesco entre los diversos inmortales, recité algunas oraciones
de las recién aprendidas —jurando haberlas rezado cada noche desde que pude
hablar— y aún asombré al buen sacerdote relatando con puntos y comas algunas
leyendas escogidas relativas a las deidades del imperio.
—Bien, veo que no has exagerado, mujer —asintió al fin—. A mi entender el
muchacho promete, y el Templo puede darle la debida enseñanza. E incluso,
aunque sobre eso me está vedado prometer, muy bien pudiera alcanzar el
sacerdacio.
Tal había sido, desde luego, la intención de mi madre al hacerme aprender
todo aquel galimatías, con el apreciable interés de darme una posición cómoda en
la vida. El Templo representaba, de momento, la única posibilidad de obtener
educación y el estado sacerdotal era quizá lo más envidiable de lo que había
quedado en Garal tras la devastación megara.
Ha de recordarse, en relación a lo anterior, que, si bien los dioses son tacaños,
quienes en ellos creen suelen mostrarse generosos, y es precisamente en
períodos de penuria cuando los hombres dirigen sus plegarias a los cielos y sus
donativos a los templos, con lo que las bolsas de éstos engordan al compás que
las de la gente común enflaquecen. No falta quien necesite del favor de Júpiter
Imperator para ultimar con bien un negocio, de Mercurio Hermes para realizar un

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latrocinio o de Venus Afrodita para acertar en los asuntos del amor, y si hay
mujeres que ofrendan a Astra Genitrix para tener descendencia, otras lo hacen
igualmente para, habiéndola encargado como se suele, no ser denunciadas en su
acto por la llegada de la consecuencia.
Pues fue así como se dispuso mi entrada en la vida sacerdotal, parece que con
buen pie y de no ser por lo que luego relataré, muy bien hubiera podido acabar
mis días pacíficamente rollizo, dedicando mi vida a ofrecer sacrificios a esta o
aquella deidad de las muchas que en el Olimpo moran y en los templos se
reverencian.
Citóme el sacerdote para el día siguiente, en el que habría de acompañarle al
gran templo de Minerva Atenea, situado a muchas leguas de distancia, donde
comenzaría mi enseñanza. No he de decir con qué llanto me despidió mi madre,
de quien por primera vez me separaba, y cómo me hizo mil recomendaciones
acerca del periodo de mi vida que al día siguiente empezaría. Aquella noche tiró
de sus escasos ahorrillos e hizo una gran cena de despedida, incluyendo algunas
golosinas de las que yo apenas había probado desde el día del ataque megaro.
Proveyóme también de buena ropa y algún dinero de bolsillo, a lo que yo
correspondí, tras dudar un poco, poniendo en sus manos el caudal que había
mantenido en seguro escondrijo hasta entonces, fruto de las pequeñas
trapacerías de todos aquellos años. Rió entonces ella, pero pronto volvió a
derramar lágrimas pensando en nuestra separación, y yo con ella, pues digo que
jamás hubo en el mundo mejor madre y más honrada mujer, y ello pese al modo
en que tuvo que ganarse la vida en Samoriz y, sospecho, la benevolencia del
sacerdote hacia la petición de mi ingreso en el templo.
Al día siguiente, la primera sorpresa de mi nueva vida la tuve al contemplar el
vehículo en el que viajaría hasta el Templo de Minerva de la capital. Se trataba de
un verdadero hovercraft de los que ya no se veían en las rutas y caminos del
devastado Garal. Ciertamente el Templo debía ser rico, y la idea de que yo pronto
participaría de esa riqueza me hizo relamerme mentalmente.
Conmigo vendría el sacerdote que ya conocía, Horus, acompañado por dos
acólitos que me miraron con una sonrisa burlona. Entre ellos y yo embarcamos
una buena cantidad de fardos de comida y mercadería variada, que el buen
sacerdote había venido a adquirir a la ciudad. Luego, tras despedirme con un
último abrazo de mi madre, montamos en la maquina e iniciamos el viaje.
Ninguno de mis acompañantes pareció muy interesado en entablar
conversación conmigo, pero ello no me importó. Pasada la tristeza de la
despedida, el airecillo que golpeaba mi rostro al correr el vehículo sobre su
colchón de aire comenzaba a hacerme reaccionar y aún disfrutar de la aventura.
Quedó atrás la ciudad con sus todavía devastadas avenidas y comenzamos a
cruzamos con carros de diversas formas, jinetes y aún caminantes aislados.
Todos ellos nos saludaban muy respetuosamente y estoy seguro de que
envidiaban la magnificencia de nuestro vehículo. Sentado en él me parecía ser ya
un representante de los dioses olímpicos, respetado y hasta temido por los
simples mortales.
El gran templo de Minerva Atenea, la diosa de la sabiduría, había sido
reconstruído tras el día del desastre, pues de tal modo son ateos los megaros que
igualmente lo destruyeron con el resto de la ciudad, e incluso no dudo que hasta
les hubiese gustado hincar el diente a algún sacerdote, aunque éstos, por
avisados, huyeron a tiempo.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Pese a su evidente novedad, no obstante, el edificio aparecía majestuoso y


severo, como un apropiado símbolo del poder que la religión había alcanzado en
los últimos tiempos. La propia Minerva Atenea, esculpida en piedra sobre el
portón principal, nos dedicó una amistosa sonrisa, y en un tris estuve de
corresponder con un guiño.
Descendimos del vehículo en el patio interior, y Horus me condujo luego por
unos corredores desnudos de todo adorno, hasta llegar a una sala donde un
anciano nos esperaba. Por el tratamiento que mi acompañante le otorgo, supe
que se trataba del pontífice local de la diosa.
—Eminencia, traigo conmigo un muchacho de grandes cualidades —dijo Horus
—. Creo que muy bien pudiera ser aceptado como acólito y lego, y quien sabe si
en el futuro algo más.
El pontífice me miró con bondad en sus ojos.
—¿Cuál es tu nombre? —me preguntó.
—Gabriel Luján, Eminencia —respondí con el tono más respetuoso que fuí
capaz de adoptar—, de la villa de Bellavista.
Repasé mentalmente todo cuanto había aprendido sobre la historia de los
dioses olímpicos en general y de Minerva Atenea en particular, esperando un
nuevo examen. Pero Su Eminencia pareció conforme con la opinión de Horus,
pues nada dijo sobre el particular.
—Espero, pequeño Gabriel —se dirigió, en cambio, paternalmente hacia mí—,
que comprendas el gran honor que se te ha otorgado al aceptarte como servidor
del Templo, al darte la oportunidad de llegar a ser un servus deorum.
No entendí el título, y me pregunté si ello sería una laguna en mis supuestos
conocimientos. De cualquier forma procuré hacer notar lo mucho que agradecía el
honor que se me concedía. Creo haber estado bastante elocuente.
El pontífice me dió a besar benévolamente su anillo, cosa que hice, y a
continuación fuí trasladado a la sección del templo dedicada a las clases de los
acólitos.
Para mí comenzaba, en verdad, una nueva existencia.
Esperaba que se me instruyera en algún tipo de trabajo manual, con el que
quizás podría abrirme camino caso de ser despedido del Templo, pero me
equivoqué de medio a medio. Las clases insistían especialmente en las
matemáticas, y no tardé en iniciarme en los secretos de la contabilidad, y la cosa
era lógica, teniendo en cuenta que el Templo se había convertido en la más
poderosa entidad bancaria del planeta; de él partían los préstamos para las
empresas y gracias a su actividad se financiaban desde la compra de semillas y
abono para cultivar un campo hasta la fabricación de maquinaria para las
incipientes industrias, pasando por toda la gama de establecimientos comerciales
y talleres artesanos. Y en el caso de que algún honrado ciudadano consiguiera el
milagro de amasar una pequeña fortuna... ¿No estaría mejor bajo la protección
directa de Juno Hera o de Apolo Febo que en algún rincón de su propia vivienda,
amenazada siempre por cualquier ladrón que de ella se encaprichara?
Además de las matemáticas, estudiábamos también algo de literatura, historia
y sobre todo, como es natural, religión. De nuevo tuve ocasión de asombrarme
ante el dédalo de historias e historietas entrecruzadas que parecía componer la
crónica de los dioses olímpicos. Me enteré igualmente de que los dioses habían
influido en la caída del Imperio al apartarse de su culto los últimos emperadores, y
no esperaban sino que el buen pueblo de la Galaxia volviera al recto camino para
instaurar un nuevo y mucho más glorioso Imperio Galáctico que perduraría por los

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siglos de los siglos, en tanto que la humanidad lo mereciera. Aunque no nos lo


explicaron, me imaginé también que la invasión megara debía haber sido
ocasionada por algún imprevisto acto de impiedad, y que de haber dado los
habitantes de Garal el debido culto a los dioses y el correspondiente diezmo a los
sacerdotes, el ataque no se hubiera producido o habría sido rechazado por
nuestra armada. Que así de sencillos son de resolver los problemas de las
contiendas estelares si se sabe respetar a los dioses.
Se pensará que algunas de mis ideas no casaban por completo con la
mentalidad que un piadoso acólito de los dioses olímpicos debería tener. Mas aún
si ello fuera cierto, debe creérseme cuando digo que nada traslucía al exterior que
pudiera hacer dudar de mi fe. Por el contrario, nunca pudo verse estudiante más
docil y piadoso, más apegado a las divinas creencias y menos discutidor de las
enseñanzas que los maestros le imbuían. Mi madre me había aleccionado bien al
respecto, y no tenía la menor intención de echado todo a rodar por alguna duda o
intemperancia. Mi objetivo era el sacerdocio, y creo que quienes me instruían
llegaron a pensar que en mi persona pudiera realizarse algún día el milagro de un
sacerdote que creyese verdaderamente en los dioses a quienes servía.
Al margen de los estudios, mi vida de acólito era aburrida pero cómoda. Vivíase
a toque de campana, y los fastidiosos rezos ocupaban buena parte de la jornada,
pero en cambio se comía como en ninguna otra parte que hubiera conocido.
Verdaderas fiestas eran para mí las visitas al refectorio, y si bien todo mi cuerpo
procuraba impresionar a quien tal presenciara con la piedad y recogimiento de la
oración en que dábamos gracias merecidas a los dioses por las viandas que en
efecto de ellos eran regalo, siempre mi oculto estómago se impacientaba y
pugnaba por dirigir mis ojos hacia las carnes Y los pescados, en tanto que las
tripas movíanse y amenazaban con poner rumoroso e inoportuno contrapunto al
férvido rumor de las preces, y luego, iniciada al fin la comida, creíame invitado a
los banquetes del Olimpo, dando por bien perdidas mis antiguas libertades, que
por otra parte pensaba recobrar con creces apenas alcanzase el pleno estado
sacerdotal.
Después de la cena, mientras llegaba la hora de acostarse, era habitual que los
buenos sacerdotes se reunieran e incluso conversaran con nosotros, aunque lo
más frecuente era que lo hicieran entre ellos mismos, mientras quedábamos
reducidos al papel de humildes oyentes, tal como nos obligaba nuestra condición.
Recuerdo en especial la tertulia en la que el tema de conversación recayó
sobre el oculto y, si bien siempre presente, raras veces manifestado horror que
manteníamos todos los habitantes de Garal: la posibilidad de que los megaros
volvieran.
—¿Para qué? —preguntaba optimista, el padre Garfio, alzando hacia el cielo
su opulenta y grasa nariz, enrojecida por los dulces dones de Baca Dionisios, del
que era ferviente adorador— La Galaxia es grande, y de aquí tomaron lo que les
pareció. Sin duda dirigirán su atención a otros espacios y otros mundos lejanos.
De muy otra opinión era el padre Zacarías, pequeñito y panzón, eternamente
quisquilloso y casi siempre malhumorado, por una u otra razón.
—¡Calle el ingenuo! —dijo—. Díme, apreciado Garfio, y piénsalo bien. Si tú
tuvieras un corral y un día te viniera la gana de comer gallina, ¿arramblarías con
todas las que hubiera y también con los gallos, para ponerlos en tu mesa?
—Claro que no, —replicó, confundido, el benevolente Garfio— Habría de dejar
algunas gallinas y al menos un gallo, para que el corral sobreviviera...

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¡Y poder aprovechado en otras ocasiones! –terminó Zacarías— ¿Y qué crees


tú que han hecho los megaros? Hubieran podido merendarse toda la población.
¿No tenían detectores de metal y biológicos?¿No hubieran podido rastrear por los
bosques y montañas donde tantos huyeron hasta al último hombre, mujer y niño?
No, no hicieron eso, por ser demasiado listos. Tienen aquí un corral que se
mantiene a sí mismo, que cubre bajas, que crea de la nada buenas reservas de
carne para cuando se dignen venir a consumirlas. ¡Los megaros están ahí! —
gritó, señalando al techo con tal ímpetu que muchos nos sobresaltamos,
pensando verlos colgados de las vigas, ¡Y nos caerán encima para repetir el
número del año setenta y dos en cuanto vean que la población de Garal se ha
recuperado lo suficiente para justificades el viaje!
Intervino entonces el padre Iskahar, solemne y pausado, a quién conocíamos
de las clases de aritmética y economía.
—Bueno... eh..., eso les sería más difícil ahora ¿No? Ahora... eh..., estamos
preparados... eh..., tenemos la Guardia Garaliana.
Antes de que pudiera añadir un "eh" más, el padre Zacarías se le echó
metafóricamente al cuello.
—¿La Guardia Garaliana? —se burló— ¡Valiente compañía!
En el setenta y dos teníamos al ejercito del Benefactor, unos mozos que hacían
temblar la tierra, y disponíamos de cañones radiantes y carros de combate, y
hasta naves estelares. ¡Pues escucha, todo ello se fue al radamante en una hora!
¿Qué podrían hacer mañana esos cuatro desgraciados con sus fusiles de
juguete? ¡Ventoseándolos acabarían los megaros con ellos!
Intervinieron otros buenos padres, con diversas y excelentes razones, pero
nada o poco pudieron oponer a la lógica de Zacarías. Tocóse luego a dormir y se
disolvió la reunión.
Y precisamente se me quedó en la memoria aquella conversación, por lo mal
que lo pasé después al aventurarme por los desiertos pasillos y oscuros
corredores que conducían a nuestros dormitorios. Si bien los dioses del Olímpo
diéronme el día de mi nacimiento, como quienes me sigan podrán ir
comprobando, los más diversos y preciados dones y cualidades, en tal ocasión el
fuerte Marte Ares hallábase sin duda de vacaciones o entregado a sus habituales
escarceos amorosos con diosas o mortales, ya que el valor y gusto por las
guerreras lides que el dios hubiera podido concederme debieron quedar en algún
lugar del limbo, lejos de mi persona.
Sucedió así que el camino a los dormitorios me pareció más largo que de
costumbre, y en cada sombra me parecía advertir furtivos movimientos, temiendo
en cada instante ver surgir la fea jeta de un megaro ante la mía o sentir la
mordedura de sus aguzados dientes en aquella posterior parte anatómica que la
abundancia culinaria eclesiástica había redondeado en los últimos meses. No
acabaron mis temores con la llegada al lecho, y por algún tiempo permanecí
atento a todo ruido, hasta que al fin me rindió el sueño, no sin que antes
interpusiera, inocente de mí, sábana y cobertor entre mi persona y el mundo
exterior, pensando quizá que las telas lograrían detener lo que no pudieron los
bizarros ejércitos del Benefactor en el nefasto año ciento setenta y dos.

Capítulo II

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

DE MI VIDA EN EL SENO DEL TEMPLO HASTA QUE, POR CAUSA DE LAS


NALGAS DE VENUS AFRODITA ME VI FORZADO A DEJARLO, Y DE MI
TRISTE RETORNO A LA CAPITAL DE GARAL.

Cómoda y sin incidentes transcurrió mi vida de acólito en el Templo de Minerva


Atenea, sirviendo a los sacerdotes de la tal deidad, estudiando con provecho y,
más que otra cosa, rezando a todas horas. Y debería añadir que con sinceridad,
pues la diosa de la sabiduría comenzó a serme simpática y de veras llegué a
desear que realmente existiera en algún apartado repliegue del espacio y el
tiempo. De acuerdo con su biografía, concienzudamente estudiada por nosotros,
no era ella celosa como Juno Hera, voluble como Venus Afrodita ni vengativa
como Diana Artemisia, sino persona seria en el Olimpo y bondadosa entre los
dioses, protectora de ciudades y dispensadora de ciencias y saberes, bien que no
muy paciente con quien le buscara las cosquillas, pues más de una vez echó de
un linternazo patas arriba a su turbulento hermano Marte Ares, cuando el bélico
dios hizo o intentó alguna barrabasada o maldad. Convertíla en lema y guía de mi
vida, y quizá me enamoré infantilmente de su imagen, sin ser en ello el único
dentro de mi juvenil promoción.
De cualquier modo, mis dos primeros años de estancia en el Templo fueron
muy aprovechados, y nadie hubiera dudado que al alcanzar la quincena yo
pasaría al primer diaconado con toda facilidad y que, posiblemente, cinco años
después me convertiría en uno de los más santos y píos sacerdotes que el
planeta pudiera conocer. ¡Ah! ¡Cuán cierto es el dicho de que si los hombres
proponen son sólo los dioses los que disponen!
En aquel venturoso período acordéme grandemente de mi madre, y en una
sola ocasión me fue permitido hacerle una visita, aprovechando el viaje de un
amable sacerdote que se ofreció a llevarme a la capital y volverme luego a traer.
Sostuve, desde luego, abundante correspondencia con ella y nunca estuvo
alejada de mis pensamientos, como estoy seguro que yo tampoco de los suyos.
Había quedado muy sola con mi partida y, dos años después de ésta, supe por
carta que había concertado casarse con cierto ganapán capitalino, de nombre
Zenón Barca, y de oficio maestro carpintero. No acogí con gusto la noticia,
aunque luego medité no ser justo que mi madre, aún joven y bien parecida,
permaneciera en la soledad el resto de sus días tan sólo por darme gusto.
Cumplidos los dos años de estancia en el templo de Minerva Atenea, salimos a
recorrer mundo en compañía de nuestros sabios mentores sacerdotales, a
quienes debíamos servir de criados y asistir en sus tareas eclesiásticas, la
principal de las cuales era el negocio del préstamo. Y como mi amada y sapiente
Palas había infundido en mí una gran facilidad para el manejo de los números y
una extraordinaria agilidad a mis dedos en el del ábaco, no es jactancia recordar
que ciertamente les fuí de considerable ayuda a los sacerdotes a quienes serví y
que quedaron muy satisfechos con mi productiva asistencia.
El azar nos llevó en nuestro recorrido de templo en templo, en dirección
opuesta a la de la capital, y no me apené mucho por ello pues, si bien deseaba
volver a ver una vez más a mi madre, sentía también una invencible aversión a
verme en presencia del Zenón Barca y temía provocar alguna situación que en
nada beneficiaría a ninguno de los tres protagonistas. Me alegré, por todo ello, de
poder dar tiempo al tiempo y disponer de alguno más para irme acostumbrando a
la nueva situación familiar antes de afrontada.

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Inicié la marcha, bajo los auspicios del sabio padre Garfio, recorriendo la
carretera central hasta el montañero puerto de Espantacuervos, haciendo noche
en él para, al día siguiente, descender a la llanura oriental en la que se alzaba la
ciudad de Sanmarcia, nuestro primer objetivo.
He de reconocer que gocé durante todo el viaje. Nuestro deslizador se cruzaba
con toda clase de gentes y vehículos, y por añadidura lucía un sol esplendido.
Tras la larga reclusión apenas interrumpida del Templo de Minerva Atenea, el aire
libre era una bendición. Y el buen Garfio debía sentir algo parecido, pues pocas
veces le ví de tan buen humor.
—¡Paz y prosperidad, Gabrielillo! —decía, más contento que unas pascuas. —
¡Paz y prosperidad! Dime si no es cierto que con un gobierno justo y eficaz y con
la indispensable piedad hacia los dioses, todas las heridas pueden ser curadas.
Tráigannos los inmortales un nuevo imperio, si a su divina voluntad se le antoja
así, pero en el caso de que no lo hagan, bien tranquilos y prósperos estaremos
los garalianos en tanto se atienda la adoración de los dioses y las justas
necesidades de quienes les sirven.
Respondí que en ello tenía razón, pero que quizá esa misma prosperidad
pudiera traemos desagradables sorpresas, y caernos de los cielos no los
mensajeros de un nuevo imperio galáctico, sino otra vez los megaros con más
hambre que nunca. Ante lo cual él se echó a reír de buena gana.
—No debes hacer caso de los cuentos de miedo del buen padre Zacarías, hijo
mío —me tranquilizo—. Esos abortos del averno no volverán por aquí, a no ser
que nuestra impiedad les llame. Tienen toda la galaxia para merodear y acaso el
gran Júpiter Imperator haya ya hecho que se devoren los unos a los otros.
Prósperos lo somos ya, y cada año más que el anterior ¿Por qué no han venido a
comernos, si es cierto que desde el espacio nos vigilan?
Callé prudentemente, aunque hubiera podido decir a mi optimista compañero
que, si bien el Templo era próspero, aún quedaba demasiada miseria en Garal
como para desmentir el agradable cuadro en el que él se complacía. Pero el buen
padre tomó mi silencio como aquiescencia, mostrándose con ello tan complacido
que no me atreví a decir nada.
Mediada nuestra segunda jornada de viaje, avistamos al fin la bella ciudad de
Sanmarcia, bañada por el río Artache, lo que nos llenó de gran alegría.
Hallábase la ciudad consagrada al diligente Mercurio Hermes, cuyo gran
templo pontifical se perfilaba en la lejanía. Tal devoción resultaba muy apropiada,
pues ninguna otra deidad sería tan acorde con el carácter, costumbre y oficio de
los sanmarcianos. Suélese representar al Argicida con alas en el casco y los
talones, y piénsase que igualmente debe tenerIas en los diez dedos de sus
manos, tan ligeros son éstos en la tarea de explorar bolsas ajenas. No en vano
Mercurio Hermes es dios del comercio y del hurto, y de él se cuenta que, apenas
recién nacido, robó un rebaño de bueyes nada menos que al radiante Apolo Febo,
sin que a éste le valieran sus rayos solares ni su arco certero para evitar el
despojo. Y de tal forma son adoradores de este dios los sanmarcianos que, no
contentos con serIo en una sola de sus advocaciones, pugnan por hacer honor a
ambas, y así, son al mismo tiempo comerciantes y ladrones.
Como suele suceder, no obstante, la ciudad destacaba por lo bonita y alegre,
que no hay abrillantador que mejor hermosee como el dinero que corre
libremente. Preparábase la gran feria anual, motivo verdadero de nuestra
peregrinación, y ya habían comenzado a llegar por tierra y río todos los
marchantes que en ella esperaban vender o trocar sus mercancías. Al olor de la

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dobla no sólo los sanmarcianos limpiaban sus almacenes, aprestaban posadas y


afilaban el diente, también llegaban de las cercanías multitud de servidores del
Argicida en sus dos advocaciones, junto con una nube de mendigos, gentes que
por no tener nada carecen de patrón divino y por ello se acogen al benevolente
protector de la ciudad.
E igualmente venían a Sanmarcia muchas de aquellas mujeres de las que todo
buen sacerdote debe huir, aunque dícese que muchos lo hacen a lo cojitranco,
para dar lugar a que ellas les alcancen.
Llegados a última hora del atardecer, cruzamos por las concurridas calles en
las que se cantaba y reía, siendo importunados por multitud de mendicantes. No
nos entretuvimos con ellos, sino que seguimos hasta el gran templo mercuriano,
donde nos fue permitida la entrada al damos a conocer. En unos minutos fuimos
presentados al pontífice en persona, vejete simpático que me causó desde el
primer momento una buena impresión.
Menos satisfecho, y aún con regular susto, quedé al tener noticia por primera
vez de que el buen padre Garfio y yo sin saberlo —por supuesto—, habíamos
sido portadores de un saco conteniendo cien mil doblas, así como quien dice. No
debió extrañarme, ya que era sabido que nuestro templo pensaba acogerse a la
hospitalidad de Sanmarcia para realizar algunos negocios en la feria, pero
siempre había yo creído que esas cosas se harían a través de algún tipo de
crédito. No había tal, pues si sabia es Minerva, astuto es Mercurio y de nadie se
fia, de modo que alguien había de transportar los caudales en metálico y ese
alguien fuimos nosotros.
Con pánico retrospectivo tuve ocasión de rememorar el trayecto de nuestro
viaje, rodeados de personas que, sin dudado, entre la posesión de cien mil doblas
y el gusto de saber en el mundo de los vivos a los eclesiásticos que las portaban,
hubieran preferido lo primero. Pero también hube de pensar que nuestra
naturaleza propia nos protegía, porque de tal forma es en nuestro mundo el
Templo principal banquero del estado y la administración, que ésta no perdona la
menor ofensa a sus representantes, ni sufre que nada quede impune, con lo que
pocos son los que se arriesgan a causar daño a eclesiásticos. Como dice la copla
popular:

"Robo a cura
Horca segura"

...pues curas son llamados popularmente los santos sacerdotes de la


Verdadera Religión Imperial. Y la fama y prestigio de la copla de mucho debió
ayudar a llegar con bien a su destino a aquellos dos curas, o mejor dicho cura y
medio, pues yo aún no lo era.
No fuimos nosotros, desde luego, los únicos peregrinos en llegar a Sanmarcia y
a su templo con ocasión de la feria. Según la fraternal costumbre eclesiástica,
otros muchos sacerdotes de diversos templos habían acudido también con sus
caudales, acompañados todos ellos por acólitos y diáconos. Y si bien estos
últimos me miraban con un aire de superioridad que me resultó francamente
desagradable desde el principio, los acólitos, al ser mis iguales, se manifestaron
desde el primer momento como amigos. A decir verdad, gran motivo de esto fue
el que se nos instalase a todos en uno de los grandes dormitorios del templo
pontifical, y no es de extrañar que vulneráramos el toque de silencio para
intercambiar relatos de reales o fingidas aventuras. Todos estábamos,

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naturalmente, a un año del diaconado, y ardíamos en deseos de alcanzado para


poder mostramos tan despectivos hacia los futuros acólitos como los diáconos
actuales lo eran respecto a nosotros.
—En realidad son unos patanes —expresaba un muchacho de mi edad,
llamado Sandor Farrim, refiriéndose, claro está, a los diáconos—. Los hay que
apenas si saben meter los dedos en un ábaco, pero oyéndoles, cualquiera diría
que son cada uno de ellos el Pontifice Máximo en persona. De los que han venido
conmigo apostaría que ni uno sólo alcanza el sacerdocio.
Sandor provenía del templo de Vulcano Hefaistos, en la costa oriental, y la
peregrinación llegada de allí era una las más numerosas presentes en Sanmarcia.
—¿Y tú? —preguntó con chunga otro acólito— ¿Seguro que no te quedarás
toda la vida de diácono?
Sandor se engalló:
—¡Estad ciertos de que no será así!
Tal arrogancia me agradó; yo estaba también del todo seguro de superar con
facilidad la etapa del diaconado. ¡De tal forma son inescrutables para los mortales
los designios de los olímpicos!
—Pero no es esa la cuestión —intervine—. ¿Qué tienen que ver aquí los dedos
en el ábaco? Nuestra misión como sacerdotes es la de servir de puente entre los
hombres y los dioses inmortales. En verdad os digo, amigos, que más digno del
sacerdocio es quien sepa orar, y se deshaga de todo interés material, aunque no
haya tocado un ábaco en toda su vida, que el rey de los calculadores relámpagos
si éste ingresara en el Templo.
No tengo que decir que la causa de mi perorata era el haber advertido la amplia
jeta del padre Garfio asomando por la puerta, no advertida por nadie salvo por mí,
que ya desde mi agitada infancia había destacado por mi vista desarrollada.
Ignorantes de la verdadera causa de mi pío comentario, mis compañeros no
dejaron de hallarlo extraño, como me hubiera ocurrido a mí de oírlo en otros
labios. No faltó quien asintiera con diversas expresiones, al tiempo que se
escucharon algunas risitas irónicas; nada de esto me apenó, pues pude aún
atisbar —por suerte— de reojo como el rostro del buen Garfio se eclipsaba, no sin
antes hacer una seña a alguien invisible para mí, como diciendo tal vez "¡silencio
y escucha, amigo, y conocerás de la piedad de los acólitos de Minerva Atenea!".
—Bien dices, Luján —sonrió Sandor— pero de avisados es conjugar la piedad
con el sentido común. Que si cura rezador es deseable, cura rezador y satisfecho
lo es por dos veces. De modo que no descuides tus oraciones, ni tampoco tus
matemáticas si deseas que el Templo sea bien servido.
—La prosperidad del Templo y la obediencia a nuestros superiores son cosas
que a todos obligan —repuse—, mas no deberemos olvidar que los dioses han de
ser servidos antes que los hombres.
Asintieron todos, en el fondo contentos de conocer a alguien que de verdad
sintiera como cosa propia la imperial religión, y quizá disciplinados con el ejemplo.
No era por cierto para sus oídos que yo había hablado, y seguro estuve de haber
remontado en aquella ocasión varios escalones en el camino del sacerdocio que
ansiaba. Ocurre que soy de los que creen que la piedad es siempre
recompensada, y que los oídos de los inmortales están siempre atentos a las
preces de sus adoradores.
Por mucho que mi piedad, claro era, pudiera agradar a mis superiores, preciso
era convenir con Sandor en que el Templo requería también otras habilidades
mayormente profanas, y que un acólito en exceso rezador y con defecto activo no

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hubiera sido muy del agrado de los superiores. Fue por ello, que me convencí de
la necesidad de perfeccionar mi aplicación a las tareas de la contabilidad,
logrando en aquellos días hacerme casi imprescindible en las operaciones
económicas que la gran feria de Sanmarcia imponía. No cabía en sí de contento
el padre Garfio, y creo que los propios superiores de Mercurio Hermes hubieran
gustado de que con ellos me quedara.
No relataré el esplendor de aquellas fiestas y mercados, el vocerío de los
marchantes, los gritos de la chiquillería, y también el estrépito de las riñas en las
que no poca sangre corría, y no pocas almas saltaban a las tartáreas simas. Pero
nosotros fuimos siempre respetados, y las monedas caían en nuestras bolsas al
compás que nuestros dedos resbalaban sobre el ábaco. Compramos, vendimos y
prestamos, sin olvidar la limosna a los desgraciados, que para todo ello daba el
negocio. No faltaron tampoco las ofertas al dios local, puesto que no en vano el
Argicida es patrón de los negocios y a bien conviene estar con él.
Poco tiempo libre teníamos, mas algún día logramos aprovechar para conocer
Sanmarcia por nuestra cuenta, me refiero a los acólitos, y mucho gozamos en
tales expediciones, casi siempre dirigidas por el inquieto Sandor, y fue en una de
las dichas ocasiones cuando hube de tener una nueva experiencia.
Ocurrió que, como en otras ocasiones, topamos con un grupo de alegres
muchachas de nuestra edad, hijas de mercaderes, y bromeamos con ellas como
solíamos hacer, pues de antes las conocíamos del mercado. Fui, al parecer, del
gusto de una de las chicas, que se me arrimó y charló conmigo hasta separarme
de los demás, y siguió la cosa hasta que la atrevida, en vista de mi timidez en el
lance, me llevó aparte y sin más se alzó la falda, por debajo de la cual no llevaba
nada, preguntándome qué me parecía el panorama. Pasado el primer susto,
como notara ella que me alegrara —y no solamente por los ojos—, me tomó de la
mano y no me soltó hasta su casa, desierta entonces al estar ausente su padre
por no sé qué ventas. Fue así que me hice hombre y nos divertimos largamente
hasta el punto de casi volver yo tarde al templo.
Temí por algún tiempo que el asunto fuera conocido, y significara una
decepción de mis superiores acerca de mi presunta santidad, pero aparentemente
la cosa no llegó a saberse y creo que, aún sabida, no se le hubiera dado la mayor
importancia, al fin y al cabo, si divinos son los inmortales, de carne y hueso están
construidos quienes les sirven, siendo las debilidades de tales materiales de
sobra conocidas.
De un modo u otro, igual que la mosca retorna siempre a la miel, de la misma
forma regresé yo junto a mi reciente amiga, pues a lo bueno pronto se
acostumbra el hombre, y muchos agradables encuentros siguieron al primero.
Por aquel entonces sucedióme un raro fenómeno. Ocurría que si antes las
monedas cuya contabilidad realizaba eran suaves y resbalaban rápidas entre mis
dedos, ahora se tornaban pegajosas y algunas de ellas se me adherían a las
manos de forma que me resultaba imposible separarlas de ellas. Hube de
desplegar mi habilidad contable para poder disimular tales adhesiones, de tal
suerte que hasta me fue posible regalar algún detalle a Marfa, mi nueva y
decidida amiga. Y si alguna vez mi conciencia me acusó por ello, con facilidad me
defendía argumentando que después de todo ahora estaba de alguna forma al
servicio del Argicida, quien desde su olímpica posición hubiera visto con
comprensión mis noveles hazañas amatorias; no olvidemos que al allí tan
respetado Mercurio Hermes se le veneraba por su fama de gustarle a la vez la
ajena bolsa y el bello sexo.

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Como todo termina en este mundo, la feria de Sanmarcia también acabó y, tras
contar nuestras ganancias y dar el diezmo al templo bajo cuyo amparo las
habíamos logrado, el buen padre Garfio y yo nos despedimos de los sacerdotes
mercuriales continuando nuestro viaje, más cargados que al iniciado. Tuve que
despedirme de mi encantadora, tarea que realicé no sin pena, aunque quizá no
tanta como me imaginara tendría; su continuo apremio y ardor habían llegado a
minar el amor que le profesaba, y casi mi propia salud física. Debo, no obstante,
agradecerle por siempre el haberme iniciado, y la mucha ternura y amistad que en
tanto estuve con ella me prodigó. ¡Qué la generosa Venus Afrodita, a quien en
común tantas veces adoramos, la haya guardado de todo mal!
Nuestra siguiente etapa se encontraba a orillas del gran océano, en el
puertecillo de Karkes, población no muy grande pero ciertamente importante en
pesca, donde el dinero que transportábamos era esperado para hacer una
importante inversión, precisamente en lanchas de motor y artes piscatorias, cuya
realización llevaría la prosperidad a toda la región. El templo local estaba
dedicado, como no, a Neptuno Poseidón, pero el negocio en cuestión era cosa
nuestra, es decir, de la sin par Minerva Atenea.
Breve resultó la estancia en Karkes; ultimado el negocio con los constructores
navieros y firmados los pagarés, partimos a bordo del primero de aquellos nuevos
y maravillosos navíos a motor rumbo a la isla de Samoriz, la misma a la que mi
madre y yo llegáramos tanto tiempo hacía, buscando refugio de los megaros y de
nuestra propia hambre. Tal habría de ser el escenario de la catástrofe que sobre
mí hubo de abatirse.
El templo de Samoriz se encontraba bajo la advocación de Venus Afrodita,
diosa del amor y eterna protectora de las islas, pues se dice que una isla nació.
Samoriz era mercado continuo de los hombres del mar, y muy bienvenido fue allí
el dinero contante que transportábamos el padre Garfio y yo.
Apenas podía recordar yo nada de mi anterior estancia en la isla, y de todas
formas, poco tiempo tuve para andar recorriéndola haciendo rememoraciones,
con la de trabajo que se nos vino encima. No sólo había de hacer uso de mi
actividad contable, al ser incesante el negociar con los marinos llegados de todo
el orbe, sino que se incluyó entre mis deberes turnarme con dos acólitos del
templo y otro más recién llegado en la guardia nocturna de la imagen de la diosa.
En tal menester, no hay que decirlo, alternaba yo la orante vigilancia a la vista de
los sacerdotes y diáconos antes de que me dejaran, con el más profundo y
descansado sueño, apenas se retiraban todos ellos a sus aposentos. De todas
formas, la responsabilidad de la guardia de la diosa era plenamente mía la noche
que me correspondía su guardia, y en tal cosa estribó mi pérdida.
La imagen de Venus Afrodita era de tamaño natural, esculpida en metal dorado
por algún pasado artífice, y sus bien reproducidos encantos no eran los más
apropiados para acallar la imaginación de un joven piadoso que debía pasar la
noche a su vista y sin ninguna otra compañía. De modo que no tardé en intentar
el hallazgo de una segunda Marfa con quien adorar a solas la diosa patrona de la
isla.
Pero... ¡Oh dolor! Las cosas no iban a ser tan fáciles como en la acogedora
Sanmarcia. Recuerdo ya haber dicho que los habitantes de Samoriz no
descollaban precisamente por su generosidad y que jamás entregaban nada si no
recibían a cambio alguna otra cosa. Aplicábase ésto también al femenino género,
y no tardé en comprobado al encandilarme para mi desgracia con una morenilla,

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de nombre Julia, que me puso los ojos tiernos en una de mis escapadas. Cierto
que mi querida Marfa no hacía ascos a los regalos que le daba y aún sabía
ingeniárselas para solicitados sin apelar a la ruda forma directa, pero la bella Julia
era distinta, la bella Julia apelaba a la ruda forma directa, negándose en redondo
a transigir.
Es de ver las piruetas de contabilidad que hube de hacer, día tras día, para
atrapar el esquivo crédito necesario para mis propósitos. Nada era bastante, pues
mi dulce chiquilla, dando lo mismo, exigía por su parte cada vez más. Fue así que
intenté buscar el remedio a mis males en la azarosa fortuna del libro de las
cuarenta hojas, con resultados que fueron desastrosos. Sin duda la diosa Suerte
me había dado la espalda, y el buen Jorge se negaba a soportar mis tirones de
oreja, de modo y manera que no sólo no logré el capital que ambicionaba, sino
que me encontré con unas deudas que de ningún modo podía pagar, con la
agravante de que mis camaradas de baraja no eran gente que brillase por su
paciencia.
Alguien se preguntará cómo había yo echado por tierra de pronto todos mis
bien cimentados planes de llegar al sacerdocio, olvidado los consejos de mi
madre y asomado a los bordes del abismo. Mas es sabido que las mujeres
pueden enloquecer a los hombres inexpertos, tal como entonces yo era,
haciéndoles apartarse de sus deberes y conveniencias, conduciéndoles con los
ojos vendados por la pasión hasta el límite del pantano, y abandonándoles
entonces con el justo tiempo para no hundirse con ellos.
Y me hubiera hundido sin remisión en aquel momento, si no llega a hacer su
aparición quién al principio tomé por un ángel remediador, aunque en realidad no
hiciera otra cosa que posponer mi ruina.
Llamabase el citado sujeto Antolín Zert, asiduo frecuentador de la timba donde
nació mi apuro y, por tanto, conocedor del mismo. Me llamó un día aparte, cuando
más desesperado estaba, y se ofreció a pagar mis deudas si aceptaba auxiliarle
en un negocio del que yo mismo podría sacar también pingües beneficios.
—Amigo Gabriel —explicó convincentemente—, creo que tú estabas ya en
Samoriz cuando los sacerdotes sacaron la bendita imagen de la Citerea a pasear
por nuestras calles. ¿No observastes cómo más de uno, portando flores u
ofrendas, se acercaba disimuladamente para tocar con la mano el lugar de la
diosa donde la espalda pierde su casto nombre?
Asentí, pues efectivamente lo había advertido, y me había extrañado de ello.
Tanto que, apenas iniciada mi primera guardia con la diosa, me apresuré a hacer
otro tanto, sin poder descubrir que raro placer se obtenía en acariciar aquellas
divinas nalgas, ciertamente bien cinceladas, pero frías como el metal del que
estaban hechas.
—Pues has de saber —continuó mi interlocutor—, que ello se debe a una
leyenda de cierto arraigo entre los habitantes de esta isla y aún entre mucha de la
gente de mar que la visita. Dícese que quién acaricie la parte posterior de la diosa
será favorecido por los dones de la misma, tanto en lo que respecta a despertar el
amor en el corazón de la dama deseada, como a sanar la virilidad de quien esté
necesitado de ello. Así pues...
Hizo una pausa para dejarme pensar un momento en lo dicho.
—¿Así pues? —pregunté yo.
—Muchos son los que darían una regular cantidad de dinero por tener acceso a
la diosa, tanto los que buscan despertar el amor de otra persona, como los
averiados del sexo, aunque estos últimos digan hacerla por la razón anterior. He

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sabido que tú cumples tu guardia nocturna cada pocos días. Si durante ese
servicio fuera permitido el acceso de algunos pobres necesitados a las
proximidades de la Citerea, no hay duda que la diosa se sentiría contenta, los
peticionarios satisfarían su piedad y todos nosotros lograríamos un saneado
beneficio.
Medité brevemente la cuestión. El nuevo negocio podía salvarme de la apurada
situación en la que estaba, y no creía que a la diosa le importara ver sus nalgas al
alcance de algunos adoradores, ya que sabíase que acceso a ellas habían tenido
las manos de medio Olimpo y de multitud de mortales. La cuestión era cómo
hacerlo.
En ocasiones, cuando el sueño me faltaba durante mis guardias, había
recorrido yo el interior del templo citereo, y lo conocía tan bien como los propios
sacerdotes que habitaban en él. Existía cierto portón que, debidamente aceitado...
—¡Hecho! —dije.
Y mis problemas desaparecieron, de momento, como por ensalmo. No hubo
dificultad con el portón y un nutrido grupo de peregrinos acudió durante mi
primera guardia, de puntillas y agradecidos al honor que se les hacía.
Pero mi buen Antolín Zert no estaba demasiado contento.
—No podemos llevar cada noche al templo a tantas gentes como quisieran ir.
Debes comprenderlo, Gabriel. Tenemos que sacar a la diosa.
—¿Sacar a la diosa? —me escandalicé.
Pero mi amigo tenía preparadas muchas y buenas razones. La Citerea podía
perfectamente ser sacada por varios hombres al efecto, y estar de vuelta antes
del amanecer. No costaría nada preparar una pequeña capilla para uso de los
adoradores. La cosa daría mucho dinero. El secreto se mantendría.
Yo, entre tanto, pensaba. Pensaba en lo que sucedería si la andariega Citerea
era descubierta en alguno de sus periplos nocturnos, o si mi amigo Antolín decidía
llevarse la imagen, venderla, trasladarla a otro lugar, o cualquier idea similar. Pero
ya estaba lanzado, y una cosa llevaba a la otra. Quedaban algunos meses hasta
que el barco que debería llevarnos al padre Garfio y a mí a nuestros lares partiera
de Samoriz. Entretanto mis problemas podían ser resueltos.
Confieso que la primera noche que faltó la diosa no conseguí dormir ni
mantenerme tranquilo. Pero como estaba acordado, poco antes del alba, el portón
se abrió y la inquieta Citerea regresó a su hogar, deslizándose sobre la pequeña
plataforma de ruedas que Antolín Zert había construido al efecto. La saludé con
un suspiro de satisfacción y en el acto, tan mudable es el ánimo humano, pasé a
considerar que todo resultaría siempre tan fácil y que ningún peligro amenazaba
la maniobra.
Fueron días y noches de gloria. Incluso sorprendí a los restantes acólitos
proponiéndoles sustituírles en sus guardias nocturnas, si bien mediante un
módico estipendio por su parte, pues haberlo hecho gratis hubiera sido
demasiado sospechoso. No obstante, aquel ofrecimiento tuvo la virtud de
aumentar la fama de piedad que también en la isla me había forjado; sin duda yo
gozaba verdaderamente sirviendo a la diosa, pasando las noches en perpetua
oración junto a ella. Así se cimentan las grandes famas.
En realidad, mis noches eran de tranquilo sueño, desde que la diosa salía a
sus excursiones hasta que retornaba apacible y sonriente tras sus aventuras
nocturnas. Engordaba entretanto mi bolsa y no sólo las deudas de juego habían
sido ya pagadas, sino que Julia había vuelto a mi amistad, y en la tarde me era

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permitido hacer lo mismo que otros en la noche hacían con mi complicidad, bien
que en carne mortal en vez de metal divino.
Había ya amasado una regular fortuna, y estaba a punto de partir con el rumbo
a nuevos horizontes, cuando la catástrofe llegó, y hubo de tener su origen en un
diácono, justamente el más estúpido de cuantos en el citereo templo conmigo
convivían.
No hay ni que decir que se exigía el más completo silencio a los adoradores de
la diosa, amenazando con que, de romperlo, no sólo no se lograrían los favores
pretendidos, sino que la venganza de la patrona del amor secaría por siempre
toda fuente erótica en la persona del perjuro. Pero no era menos cierto que
secreto que muchos conocen no puede ser mantenido por mucho tiempo.
Ocurrió así que, acosado por el apremio de la diosa a la que servía, el
condenado diácono abandonó el templo por una puerta casi al instante en que la
divinidad lo hacía por otra, buscando en una dulce damisela con quién antes
había quedado, remedio para su mal. Pero resultó que su entusiasmo
sobrepasaba en mucho a sus reales medios, por lo que la ninfa, con toda buena
intención, sugirióle buscar el auxilio de la errante diosa para que todo quedara a
completa satisfacción de ambas partes.
En un principio no quiso entender el diácono de qué se le hablaba, pero tanto
insistió la moza que, espantado al fin, púsose en pie, se vistió y exigió más
completa información. De tal forma, confundido con los adoradores de aquella
noche, aquel bandido, destructor de secretos y arrasador de negocios ajenos,
pagó el estipendio señalado y aún llevó su sacrílega mano a las traseras
protuberancias de la divinidad a la que decía servir. Apresuróse luego a regresar
al templo, despertando al llegar al pontífice del mismo. No pudo ni quiso decir el
real motivo de su salida en la noche, sino que relató que, sospechando, el
radamante sabe cómo, el delito de lesa majestad divina que se estaba
cometiendo, había visto la salida de la diosa del recinto en el que debía estar.
¡Horror y desolación! Si sobresaltado resultó el despertar del pontífice,
imagínese el mio, poco antes del alba, cuando oí el estrepitoso paso de una
turbamulta de sacerdotes, diáconos y aún acólitos, que se precipitaban hacia el
lugar donde debía montar guardia y luego sentir sobre mi cuerpo el duro puño del
pontífice indignado.
—¿Dormías, perro? —me preguntó, tartamudeando de ira ¿Dónde, dónde está
la sagrada imagen de Venus Afrodita?
Yo nada podía hacer, atontado y aturullado, pareciéndome que todos los
diablos del Tártaro habían caído sobre mi persona. Sacudíame quién de aquí
quién de allá, zarandeándome como a un can faldero y haciéndome castañetear
los dientes, al tiempo que yo buscaba desesperadamente cualquier artificio para
escapar a lo que sobre mí se desplomaba.
Hicieron al fin una pausa mis atormentadores en sus gritos y preguntas, quizá
por recobrar el resuello, quizá por darme lugar a responder. Y en medio del súbito
silencio, apartóse de pronto una cortina y, serena y majestuosa, la diosa cuya
falta se discutía hizo su aparición, avanzando en silencio como llevada por su
propia voluntad. Ante lo cual no se me ocurrió mejor cosa que gritar con todas mis
fuerzas:
—¡Milagro! ¡Milagro!
Morrocotudo fue el susto, y estoy seguro que por un instante sacerdotes y
diáconos creyeron en la realidad del prodigio, temiendo que la Citerea hubiérase
encarnado en su imagen y llegara ahora para castigar sus faltas. Soltáronme

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todos y quizá hubiera podido escapar de andar más listo. Pero en el instante
siguiente, apercibidos los que a la diosa empujaban de que ante ellos había gente
extraña, sobresaltáronse y pusieron pies en polvorosa. Vimos entonces a la diosa
dorada tambalearse y acabar por caer de narices con espantoso estruendo.
Gritaron los que me rodeaban y en tanto unos se alzaban para correr tras los
fugitivos, otros me atenazaron de nuevo, llenándome de mojicones e insultos. De
tal forma se cumplió mi destino.
Bien entrado estaba el día, cuando finalmente fuí conducido a juicio ante el
pontífice de la ofendida diosa y diversos de sus secuaces. Aún dentro de mi
desgracia confieso que tuve pena por el padre Garfio, que antes se mostrara
como mi amigo y al que yo había dejado en evidencia, pero una mirada a su
rabioso semblante convencióme de que toda amistad podía darse por acabada
entre nosotros y que de todos aquellos que se me enfrentaban no tendría
adversario mayor que el que otrora fue mi protector.
Inició la función el propio pontífice que, con voz de trueno, me pidió
explicaciones por lo ocurrido.
—Mal puedo darlas, Eminencia —respondí yo con toda humildad— puesto que
nada sé. Debo decir con vergüenza, que en mis últimas guardias me venció el
sueño, no obstante mis esfuerzos y mis oraciones, y si soy culpable lo soy de
negligencia, pero nunca por ofensa a la bendita diosa de la que respetuoso
sirviente soy.
Respondiéronme con terribles gritos de indignación, ante lo que juzgaban
cinismo, y no era sino desesperado intento por salir con bien del aprieto.
—¿Dormías, dices? —estalló el pontífice—. ¿Y por qué no confesaste tu falta?
¿Por qué incluso hiciste guardias nocturnas que no te correspondían alegando
una falsa piedad? Agaché mansamente la cabeza antes de responder.
—Fue pecado de presunción, Eminencia. Pues llegué a empecinarme en
vencer mi debilidad, encomendándome noche tras noche a la protección de la
eximia Citerea, y jurándome mil veces vencer el sueño mediante la oración. Pero
siempre que lo intentaba, Hypnos velaba mis ojos, en ocasiones en en el mismo
momento en que, arrodillado, dirigía mis preces a lo alto.
"Confieso que llegué a pensar si no sería la propia Venus Afrodita, cien veces
bendita sea, quien llevaba el sopor a mis ojos, pues en alguna ocasión aparecióse
en mis sueños con talante bondadoso. Incluso, presuntuoso de mí, llegué a
esperar un sueño profético, un mensaje nocturno de la diosa, ya que es sabido
como los inmortales emplean ese sistema para comunicar sus deseos a los
hombres, hasta con sus siervos mortales más indignos.
Pero, ahora, al saber con pena e indignación que unos diablos o malos
hombres aprovechaban mi indefensión para sacar la imagen del templo, quien
sabe para qué ofensas o sacrilegios, he llegado a pensar si acaso ese sueño no
se debería a cualquier artificio por su parte, droga, hipnosis o magia negra, quizá,
dispuesto para sacarme del recto camino, sabiendo de sobra que, yo despierto,
hasta la muerte defendería a la bendita Citerea de sus manos".
Quedaron mis jueces callados, tal vez privados del habla por mi impudicia, tal
vez empezando a meditar sino fueran acaso ciertas mis razones. Pero en este
punto, cuando yo empezaba a tener esperanza, mísero de mí, hizo su aparición el
mismo diabólico diácono que desencadenara los hechos, acercándose al pontífice
citereo y entregándole algo que no pude ver, al tiempo que murmuraba en su
oído. Alzóse entonces Su Eminencia como si le hubieran aplicado carbón
encendido en salva sea la parte y gritó:

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—¿Droga, hipnosis o magia negra dices, maldito? Mejor dirías soborno, con
este dinero que acaba de ser hallado en tu celda, por bien escondido que
creyeras tenerlo ¿Cómo te justificas ahora, malvado, criminal?
De nuevo sentí todo el peso del Olímpo caer sobre mis lomos, pues nada podía
decir para justificar aquel acopio de dinero que había guardado en escondite que
creí seguro, ya que el acólito nada gana sino la comida y el vestido.
—¡Los dioses protejan al inocente! —clamé— No hay ninguna duda que algún
atrevido ladrón ha guardado su botín, para no infundir sospechas, en la celda en
la que yo casi nunca estaba, por pasar las noches junto a la diosa.
¡Ay de mí! Aquellos jueces sin conciencia, lejos de creerme, descendieron por
mí y, entre los más atroces dicterios, me llevaron malamente a una vieja estancia
subterránea, a modo de almacén de trastos viejos, donde cerraron con llave y
cerrojo en tanto decidían lo que con mi persona había de hacerse.
Negros pensamientos se arremolinaban en mi mente, al meditar en cómo había
perdido por una necia aventura todo el porvenir que mi madre había planeado
para mí, y para el cual me había provisto en la medida de sus fuerzas. La amable
y alegre vida del sacerdote, por tantos deseada y por tan pocos lograda, habíase
puesto a mi alcance, mas yo lo arruiné todo con mi estupidez. Renegué de los
falsos amigos, tales como Antolín Zert, que habían corrompido mi ingenuidad, y
de la impúdica Julia que me había iniciado en el camino de mi perdición. ¿Qué no
haría por tener una nueva oportunidad, por hacer retroceder el tiempo y poder
decir no a las tentaciones que me habían llevado a la presente situación?
Exteriormente no descuidé en llorar desconsoladamente y poner a voces por
testigos de mi inocencia a todas las divinidades olímpicas, rogándoles que
acudieran en mi ayuda e invitándoles a aniquilarme si mis protestas eran falsas.
Todo ello por si algún sacerdote se hubiera detenido tras la puerta a escuchar. No
tuve, sin embargo, la menor seña de que tal ocurriera, de forma que opté por
callar. Miré y remiré por todas partes, buscando remedio para mi pena, y fue así
como descubrí tras un montón de trastos, lo que parecía ser un ventanuco
estrecho.
¡Ah, si pudiera deslizarme sin ser visto ni oído, desaparecer de mi celda como
por acto milagroso que diera que pensar a mis acusadores y alcanzar de algún
modo el exterior del templo! Sin duda el buen Antolín Zert recordaría nuestra
amistad y el mucho provecho que le reportó, y me ayudaría a ponerme lejos de
las vengativas uñas sacerdotales. De súbito animado me acerque a la abertura y
pugné por pasar por ella a dondequiera que se abriese.
¡Pobre de mí! Más habían madrugado mis adversarios que yo, y el ventanuco
no era otra cosa que el puesto desde el que un centinela y observador me
vigilaba.
Apenas asomé por él, subido en una pirámide de trastos viejos, cuando sentí
rebullir a alguien al otro lado, y en el acto me arrearon tal chupete en pleno rostro
que ví todas las estrellas de la galaxia y sistemas adyacentes y, violentamente
caído de mi pedestal, medí el suelo con mis pobres costillas. Llegóme, por si fuera
poco, una ristra de insultos procedentes del oscuro ventanuco, con lo que me
convencí de que verdaderamente la Citerea que yo había ofendido era muy
querida por sus sacerdotes y quien sabe si realmente creían estos en su real
existencia. Lo que acabó de ilustrarme acerca de lo negro que mi porvenir se
presentaba.

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Pocos, bien que duros días pasé en mi celda, porque a poco llegó el barco que
esperábamos y partí de vuelta al continente, si bien de forma mas triste que la
esperada en tiempos felices. Se me dijo que, a más de la expulsión del templo,
para mí ya segura, sería juzgado por sacrilegio por mi propio pontífice, el de
Minerva Atenea, siéndome pronosticados los más diversos castigos, que podrían
alcanzar incluso la perdida de la cabeza. Me acompañaban en el viaje, para mí
vía dolorosa, además del padre Garfio dos robustos diáconos del templo citereo,
encargados tanto de mi custodia como de traer de vuelta la crecida indemnización
que por misiva que llevaban exigía el pontífice de la diosa del amor a su colega de
la divinidad sapiente.
Desembarcamos en Karkes, en cuyo templo neptúnico nos guardaban el
deslizador. Corta fue nuestra estancia allí, mas durante ella no se descuidaran los
sacerdotes locales en expresar lo que de mí pensaban y en desearme los más
sádicos castigos, con lo que colmóse hasta el borde mi copa de amargura.
Decidí, como única salida, escapar durante el viaje, procurando buscar algún
ignoto lugar lejos de la venganza del Templo. Pero... ¡Quía! Los diáconos sabían
su tarea, y ni para satisfacer mis naturales necesidades me dejaban a solas. Ni
ellos ni Garfio me dirigían la palabra, sino para lanzarme insultos, y apenas si pan
y agua me daban para mantenerme.
Avanzamos al más rápido paso posible rumbo al Norte, buscando cruzar el
paso montañoso del Voladero, al otro lado del cual se hallaba la capital del
planeta y escuché con pena los proyectos de mis aprehensores de hacer noche
en ella antes de emprender la definitiva etapa hacia el templo de la Atenea.
Temblaba yo de vergüenza ante la posibilidad de que mi madre me viera
humillado y escarnecido, y tan insoportable se me hacia la tal idea que, haciendo
de tripas corazón, apenas vista la cordillera que deberíamos cruzar, salté por
sorpresa a tierra y apreté a correr campo a través con ánimo de escapar. Se
detuvo el deslizador inmediatamente a mi salto y a tierra se tiraron en mi pos los
malditos diáconos que, mejores corredores que yo y no impedidos por atadadura
alguna, no tardaron en darme alcance y, tras tundirme a golpes, traerme de
regreso al vehículo. Tan sólo conseguí que, para evitar nuevos intentos, me
ataran a mi asiento fuertemente antes de ponemos otra vez en marcha.
Multitud de vehículos avanzaban hacia el puerto del Voladero; eran propiedad
de comerciantes y de viajeros, aunque casi todos ellos de propulsión equina o
bóvida, y solo alguno de combustión interna, con lo que el deslizador era envidia
de quienes lo veían. Poco orgullo de ello tenía yo, sino aún más amargura al
comprobar el dorado porvenir que para mí se había esfumado. Saludaban por
doquier a Garfio y a los diáconos, y ellos respondían a los saludos si bien que con
rostro adusto dada la desagradable misión que tenían encomendada con mi
custodia y traslado.
Pero ocurrió que, a poco de coronar el puerto del Voladero, oímos chillidos y
gritos de pánico, y vimos correr junto a nosotros a varias personas.
—¿Qué ocurre? —preguntó el padre Garfio, extrañado, mientras el deslizador
llegaba a la culminación del paso.
Mas no hubo menester de respuesta a tal cuestión, pues todos pudimos ver la
causa de la desbandada. Era día claro y a nuestros pies se extendía la capital de
tal forma que podíamos ver con detalle cada barrio y casi cada casa y también el
por muchos años abandonado astropuerto... y la inmensa nave estelar que había
en él. Y con la visión nos llegó el alarido de un paisano que empavorecido corría
junto a la carretera.

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—¡Los megaros! ¡Han vuelto los megaros!

Capítulo III

DE CÓMO, RECOBRADA LA LIBERTAD, EMBARQUÉ PARA EL ESPACIO


EN BUSCA DE TESOROS, Y DE LA MENGUADA MANERA QUE LOS HALLÉ.

Dícese que la idea de la muerte es tan insoportable a los humanos, que tan
sólo guardan estos su cordura ausentándola de sus pensamientos hasta su
definitiva llegada. Algo así ocurría en Garal con respecto a los megaros, cuya
última visita había sido de tal modo grata que todos deseaban olvidada. La idea
de una repetición de la fiesta era algo que nadie quería ni siquiera tomar en
consideración, y más aún por no ser absolutamente improbable.
Y por ello, ante la sola palabra "megaros", todos parecieron enloquecer a mi
alrededor. Arremolináronse los vehículos en el fútil deseo de dar media vuelta
estorbándose mutuamente, formaron un terrible tapón y, finalmente los
conductores y pasajeros los abandonaron a su suerte en medio de tremendo
griterío.
No fueron más valientes mis tres amigos y conductores. Mientras los diáconos
gritaban como sabandijas cogidas en un cepo, el padre Garfio se aferró al volante
del deslizador como si se pretendiera campeón de una prueba deportiva.
—¡Los megaros! ¡Los megaros! —berreó.
Con un tremendo crujido, nuestro vehículo se estampó contra un gran
carromato cuyo conductor corría ya campo a través con la rapidez de un
olimpiónida. Al golpazo, una nube de aves de corral se disparó en todas las
direcciones de la rosa de los vientos, uniendo sus voces a la confusión general.
Aquello fue demasiado para Garfio. Con un último chillido de miedo abandonó
asiento y volante y se tiró del vehículo abajo, decidido a confiar a sus piernas la
tarea en la que la mecánica le había fallado. Al punto le imitaron los diáconos, con
lo que quedé yo sólo para hacer cara a los invasores, no tanto por la bravura de
mi corazón como por las ligaduras que aún me ataban al asiento.
—¡Desatadme! —grité— ¡No me dejéis aquí! Pero de mis compañeros ya no se
advertía sino tres bultos color cura que disminuían rápidamente de tamaño en la
dirección del horizonte más próximo. Fue en vano que lanzara tras ellos las más
terribles maldiciones e insultos, encomendándoles a la venganza de los dioses
más mortíferos si no regresaban y me ponían en libertad.
En el pasado, con la tranquilidad de meditar sobre un mal ausente, había yo
pensado en lo que haría en caso de una nueva invasión megara. Me había
imaginado cien escondrijos en bosques o ciudades, cien rutas de fuga y cien
artimañas para escapar de sus afilados dientes. Incluso, en momentos de
exaltación, me había soñado luchando contra ellos, procurando llevarme por
delante el mayor número de invasores posible antes de sucumbir. Pero ¡nunca!
hubiera llegado a sospechar que ante la llegada del temido suceso, me vería
inmóvil y atado, como un sacrificio inerme a la gula de los alienígenas. ¡Oh no! Ya
no quería llevarme por delante ni por detrás a ningún megaro, ni vender mi vida
cara o barata. Tan sólo pedía a los dioses que alguien me liberara,
comprometiéndome, caso de suceder así, a alcanzar y rebasar en un santiamén a
todos los fugitivos que ya se perdían en la distancia. ¡Ah! Pero mi abandono era

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tan absoluto que hasta la comida que me habían proporcionado mis guardianes
horas antes desertó de mí igualmente sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
Entretanto, el camino de la ciudad seguía desierto, aunque temía que pudieran
aparecer de un momento a otro las vanguardias megaras a bordo de sus
pequeños deslizadores de combate o en sus naves voladoras. Pero en vez de
ello, vi de pronto venir hacia mí un jinete vestido de espantache, gritando quién
sabe qué y envuelto en una nube de polvo. Con lo que renació mi esperanza y
lancé un grito que me salió de lo más hondo.
No sé si me llegó a oir el caballero, pero al llegar a mi altura freno el caballo y
se me quedó mirando con extrañeza.
—¡Eh, paisano! —me dijo con toda tranquilidad— ¿Qué haces ahí? ¿Quién te
ha atado?
Recuperando mi presencia de ánimo, con grandes voces de ¡Caín!, ¡Caín!,
referí al recién llegado como un malvado hermano mio me había dejado amarrado
con el propósito de que los megaros me devorasen y así hacerse él cargo de la
herencia familiar. Tras de lo cual le rogué que me soltase para que pudiera huir de
tan fea suerte.
—¡Pero si no hay megaros! —rió con fuerza el jinete—. Eso es lo que estoy
encargado de avisar. Cierto que ha venido una nave estelar, pero es humana.
Toda la ciudad está en fiestas.
Así pues, no había megaros. ¡Y de nuevo Garal estaba en contacto con el
universo humano! Grande fue mi alivio, pero al instante recordé que mis miserias
distaban de terminar. Del mismo modo que, cuando el dolor fuerte pasa, volvemos
a sentir el picor de la rabadilla que aquel había ocultado, al desaparecer la
amenaza megara torné a recordar a mis buenos amigos Garfio y los diáconos
que, sin ninguna duda, se alegrarían tanto como yo de que la alarma fuera falsa
para regresar junto a mí y poder culminar la tarea comenzada. Así pues, rogué de
nuevo al jinete para que me pusiera en libertad, no fuera que aquel mi hermano
malvado regresara y me hiciera objeto de algún nuevo ultraje.
Puede que recelara algo de la historia mi interlocutor, mas quizá pensando que
quien abandonaba atado a un prójimo ante la amenaza megara no debía merecer
la menor consideración, extrajo de su cintura un estilete y, descendiendo de su
corcel, rompió mis ataduras. Disculpóse luego con la necesidad de alertar a otros,
montó de nuevo y salió para siempre de mi historia, los dioses recompensen su
caridad.
Libre al fin, medité que el Templo me debía todo el caudal reunido gracias a las
nalgas de la Citerea, por lo cual arramblé con los saquetes de doblas guardados
en el deslizador, pues es sabido que no hay mejor amigo para el fugitivo.
Estropeé después y a conciencia el ingenio, no fuera a servir para mi persecución;
su lujo y notoriedad le hacían peligroso para mi propio uso.
A punto de dejar el vehículo con la intención de poner pies en polvorosa,
advertí la pequeña estatuilla que representaba a mi diosa, la sin par Atenea,
realizada por los artífices samoritas. Tras alguna duda, cogíla igualmente, pues
pensé que la oportuna llegada de la nave estelar y el susto megaro que trajo
consigo muy bien pudiera ser hazaña de la hermosa y sapiente deidad que me
era tan simpática. Dejando en el pasado mi incredulidad, me prometí llevar
conmigo por siempre, y honrar como se merecía la imagen de [Link]. Que
de tal modo los peligros despiertan la fe religiosa de los hombres.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Reunido mi equipaje, hice requisa de un carricoche que me pareció ligero,


elegido entre los muchos que sus dueños habían desamparado, y púseme en
marcha hacia la capital.
Primera cuestión a considerar era la de mi indumentaria, denunciante —a más
de sucia— de mi condición de acólito. Así pues, tras dejar el carricoche al cuidado
del guardia urbano de la puerta, a quien dije haberlo recogido tras haberse
desbocado el caballejo que lo impulsaba, penetré primeramente en una sastrería
y luego en una casa de baños, que buena falta me hacía. A costa del dinero
sacerdotal, no tardé en cambiar por completo de apariencia, quedando tan
contento yo como quienes me prestaron el servicio y a quienes pagué con
generosidad.
Limpio y bien vestido, me decidí al fin a pasar el mal trago de llegarme a mi
madre y explicarle mis diferencias con el Templo. Al menos me despediría de ella
antes de partir para el Sur, hacia las tierras continentales del Trópico, en la
esperanza de escapar a la venganza sacerdotal.
Llegué ante la casa, que no era la que conocía, sino el domicilio de aquel
Zenón Barca, mi padrastro, con quien tan poco me ilusionaba encontrarme. Pero
no se dió el caso; tras llamar varias veces inútilmente a la puerta, asomó por la
vecina una horrorosa vieja que me dijo con ásperos modos que el matrimonio
había salido de viaje, no esperándoseles antes de un mes.
Hube pues de resignarme a partir sin despedirme de mi madre, a quien ya
nunca volvería a ver. Y mi destino hubo de quedar sellado a poco de abandonar
aquel edificio.
Ocurrió que cuando marchaba por la calle cabizbajo y sin saber muy bien qué
hacer a continuación, me llamó la atención un musical estrépito que procedía de
una plaza cercana, y hacia allí encaminé mis pasos.
¡Qué espectáculo! Ondeaba allí una gran bandera y junto a ella dos robotes
como los que nos describieran nuestros mayores pero nunca se habían visto en
Garal desde hacía generaciones. Ambos tocaban una estruendosa marcha con
diversos raros instrumentos. Ocioso es decir que la plaza estaba llena de
curiosos, y las ramas de los árboles cargadas de chiquillería.
Cesó la fanfarria, y junto a la enseña apareció un individuo casi cuadrado,
tocado con una gorra extravagante. Antes de que empezara a hablar caí en la
cuenta de que el sujeto debía pertenecer a la nave estelar que tan gran susto nos
había proporcionado. Ello me fue confirmado apenas inició su discurso, tanto por
el extraño acento que tenía, como por las cuestiones que abordó.
—Sabed, hombres y mujeres de Garal —dijo— que el famoso capitán Dudley,
de la nave estelar Karamán, alza bandera con el permiso de las autoridades de
este planeta para reclutar a todos los hombres fuertes y valerosos que deseen
unirse a él para viajar a las estrellas. Tiene el propósito nuestro ilustre capitán de
dirigirse a los mundos de la Nebulosa Púrpura, célebres por sus tesoros, para
conquistarlos y derribar a los reyezuelos que tiranizan a sus pueblos, llevando a
ellos los beneficios de la civilización galáctica. El capitán Dudley os ofrece buena
paga, una vida de acción y la oportunidad de enriqueceros en los nuevos mundos.
¡Pensadlo bien, hombres de Gara!! Con el anochecer de mañana partirá de nuevo
nuestro buque hacia las estrellas y con él desaparecerá la mayor oportunidad de
vuestras vidas. ¡Mañana durante todo el día estará abierto el banderín de
enganche en la Posada del Lagarto Verde, junto a la Plaza del Comercio!
Cesó de hablar el nauta de las estrellas, y a continuación los dos robotes
reanudaron su música. Pero ya aquella invitación me había llegado al alma. ¡Era

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precisamente lo que necesitaba! Dejar el planeta y en él, con dos palmos de


narices, a mis clericales perseguidores. Cierto que el reclutador había hablado de
"hombres fuertes y valerosos" y mi humilde persona, si poco de lo primero, nada
absolutamente tenía de lo segundo. Pero confiaba que mi ingenio natural me
serviría en aquellas fantásticas conquistas estelares, y aún me valdría para
alcanzar la riqueza.
El primer problema que se me presentaba era el de encontrar un lugar donde
pasar la noche sin riesgo de ser sorprendido por Garfio y sus dos sayones, de los
que algo me decía debían estar persiguiéndome de cerca, quizás ayudados por la
policía. Recordé haber oído hablar de cierto elemento que, sin excesivas
preguntas, alojaba en su casa a quien bien le pagara, y a ello me acogí, fingiendo
ser curioso llegado de un pueblo cercano al anuncio de la nave estelar, y tapando
bocas y oídos de mi anfitrión con buenas doblas, lo que me hubo de valer una
noche tranquila.
A la mañana siguiente, lo primero que hice fue personarme en la Plaza del
Comercio, y la hallé llena de gente como si un gran festival se celebrara en ella.
Interminable fila de aspirantes aguardaba turno para alistarse, no en vano
abundaban en Garal los mozos sin fortuna, ganapanes sin pan que ganar,
caballeros de la vagancia y buscarruidos de todo tipo a quienes la ocasión
aparecía que ni pintiparada. Observé, también por suerte, la presencia de tal cual
córvido policial atisbando la fila como quien no le da importancia a la cosa, lo que
me hizo preferir los caminos indirectos; me trasladé al patio interior de la posada,
que conocía por mis andaduras infantiles, tiré de la bolsa para engrasar a dos
mozos y una maritornes que me salieron al paso y no tardé en verme en el interior
del edificio. La suerte pareció acompañarme; en aquel instante, el propio capitán
Dudley, acompañado por dos de sus oficiales, apareció de pronto, topandome yo
de bruces con ellos.
—¡Señor capitán! —grité al momento, poniéndome delante— ¡Señor capitán!
Detúvose el héroe de los espacios, con algo de fastidio, al tiempo que uno de
los oficiales me preguntaba qué quería.
—Habéis levantado bandera para viajar a las estrellas —expliqué, aplicando el
tratamiento que se debe a gente tan importante— y aquí tenéis un voluntario para
acompañaros hasta ellas.
Me miró entonces el capitán, y yo le miré a él, admirando su jeta tostada por
quién sabe qué soles y la cicatriz de algún fiero combate que le cruzaba la mejilla
izquierda.
—Muchachito, vuélvete a tu casa— gruñó, con lo que mi gozo se hizo pozo.
—¡Señor capitán! —me permití insistir— Quizá no sea muy fiero mi aspecto,
pero ved que he estudiado números y que soy buen contable, como os puedo
demostrar cuando gustéis. Y si es cierto que vamos a conquistar tantos tesoros,
bueno es que haya alguien para tomar nota de su cuantía y preparar el reparto de
ellos entre todos los que los ganaron. Llevadme con vosotros y os prometo que no
os arrepentiréis.
Frunció el ceño el capitán, dudoso. En esto uno de los oficiales sonrió y le dijo
al oído algo que pareció mejorar su humor.
—Bien —accedió finalmente— baja y ponte en la fila de los que firman el
enganche. Si el recluta dar te pone alguna pega, dile que has hablado conmigo.
—¡Pero señor capitán! —me permití insistir antes de que se alejara— Si me he
atrevido a acercarme a vos se debe a la presencia de unos moscones vigilantes

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en torno al banderín de enganche; son gentes que me quieren mal y de verme sin
duda me impedirían gozar de vuestra compañía y del viaje a las nebulosas.
Ahora sí que se echó a reír el nauta estelar, así como sus lugartenientes.
—¿De modo que es eso? —preguntó en tono más festivo, y luego, volviéndose
al oficial mas próximo, ordenó:
—Aníbal, saca de mi habitación un impreso de embarque y házselo firmar a
este muchacho. Que tenga lo que pretende y que le sea de provecho.
Marchóse el nauta antes de que pudiera expresarle mi agradecimiento, y su
subordinado me condujo hasta la habitación más lujosa de la posada, que los
navegantes estelares habían alquilado. Hízome allí firmar un documento, y luego
me despidió advirtiéndome que estuviera en la nave antes de las diez de la noche
bajo el peligro de quedarme en tierra, tranquilizándome en el sentido de
pertenecer desde aquel momento a la gente del navío y no tener nada que temer
de autoridad ni de particular alguno del planeta Garal, con lo que me fui bastante
animado.
Tal fue mi optimismo que eché por la borda mis antiguos temores y,
suponiendo que la dobla garaliana no tendría curso ni en la nave estelar ni en los
nuevos planetas en los que pronto me hallaría, decidí poner con amo lo que me
restaba de botín, pensando resarcirme con ventaja luego a costa de los tesoros
siderales. Entré así en una afamada casa de comidas, que en mi niñez siempre
fuera para mí ejemplo de paraíso prohibido, y me regalé con el mejor yantar que
fueron capaces de servirme, manjares nunca antes probados por mí y con vinos
que jamás pensara podría catar.
No acabó ahí la cosa, sino que al salir me topé con dos tripulantes de la nave,
a los que me dí a conocer como futuro compañero de andanzas y les hice en el
acto mis camaradas, pasando a serles guía y mentor de la ciudad al tiempo que
generoso anfitrión a costa del Templo. Sorprendidos y contentos ellos por la
invitación, iniciamos el recorrido por las principales tabernas donde se rendía culto
al dios de las vides y de la alegría.
Entre una y otra libación, pregunté a mis nuevos amigos por el estado de la
galaxia, que ellos debían conocer y yo no. Respondiéronme que todo seguía igual
desde el derrumbe del Imperio, cada astro en su sitio y el radamante con todos.
Aunque luego dijeron que era probable que pronto se creara un nuevo y glorioso
estado imperial, y que caballeros como Dudley tendrían gran mérito en ello por su
labor civilizadora entre los astros.
Meditaba yo que la tal labor civilizadora suele consistir en el trasiego de
riquezas de la bolsa del civilizando a la del civilizador, pero no expresé mi
pensamiento en voz alta. Me interesé, sin embargo, sobre las perspectivas de la
próxima campaña en la que yo participaría. Hiciéronse guiñas mis camaradas el
uno al otro, y respondieron con grandes risas que realmente había tenido yo
mucha suerte al embarcarme con su capitán, ya que de todos los que antes lo
hicieran, no había uno que no hubiera alcanzado la riqueza, y muchos habían
quedado gobernantes de mundos y naciones, servidos como príncipes y rodeados
de bellezas complacientes. Alegróme mucho ésto, y los tres brindamos por los
planetas de la Nebulosa Púrpura, próximo objeto de nuestras ansias civilizadoras.
De la adoración de Baco pasamos a la de Venus, para lo cual irrumpimos en
casa de unas simpáticas damiselas que, al conjuro de las doblas, recibiéronnos
con los brazos y las piernas abiertos. Visto que aún quedaba metal en mi
inextinguible Cuerno de la Abundancia, invité a clientes, pupilas, chulos y
empleados, corrió el vino y tal fue la algazara que finalmente se hizo cama

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redonda en el salón y gozamos todos de los placeres citereos como descosidos,


puntualizándolos con toda suerte de chanzas y donaires, riendo y cantando,
flotando en los vapores vínicos y ebrios, al fin, tanto de estos como de simple
alegría. Parecíame aquello un venturoso anticipo del futuro derroche que de los
tesoros siderales pensaba yo hacer una vez obtenidos.
Hallábase la juerga en su apogeo cuando me cogieron por el brazo con fuerza.
Me volví, pensando que alguna de aquellas ninfas quería atraerme a su regazo, y
cual no fue mi espanto al encontrarme cara a cara con el padre Garfio, que me
agarraba con la energía propia de su nombre, en tanto me contemplaba con los
ojos centelleantes.
—¿Así despilfarras el dinero del Templo que has robado, rata? —me gritó con
furia— ¡Pues andando de aquí, que vas a recibir tu merecido!
Se evaporaron de mi cerebro en un instante los vapores de Baca, y quedé
paralizado por el horror, no acordándome sino de aquel cruel refrán que me
pronosticaba horca segura. No encontré fuerzas para defenderme, ni voz para
protestar, y cuando Garfio tiró de mí, le seguí dócilmente, aniquilado, viendo
alejarse para siempre los tesoros del espacio y la nave que me había de llevar a
ellos.
Salvóme entonces uno de mis nuevos camaradas que, sorprendido ante el
silencio que se hizo en la sala, se sobrepuso a la situación y avanzó decidido
hacia mi aprehensor.
—Téngase quieto el señor sacerdote —se encaró con él, amenazador—. Que
ese muchacho es compañero nuestro y ha de embarcarse en la nave Karamán
esta noche, mal que a vuestra eminencia pese.
Vi entonces que los dos forzudos diáconos habían acompañado a Garfio en su
irrupción, y que uno de ellos empujaba rudamente a mi defensor, al tiempo que le
decía:
—¡Quítate de enmedio, borracho! Que este ladrón no embarcará en otra nave
que la de Caronte, luego que se le haya ahorcado.
Quizá algo hubiera añadido de no estrellarle al punto mi camarada en su
cabeza la botella medio vacía que tenía en la mano. Estalló una horrible chillería
entre las damas, en tanto todos se arremolinaban en torno nuestro.
—¡Vamos, hay que sacarle de aquí! —gritó el buen Garfio, apurado— Y estad
quietos vosotros, que éste ha pecado contra el Templo, y la policía está abajo.
Tiró de nuevo de mí hacia la puerta, pero ya por entonces la desesperación
había vencido mi inicial parálisis y, aunque pacífico soy, me defendí con una
tremenda patada dirigida a mi aprensor. Fue alcanzado el malhadado Garfio
precisamente en la parte anatómica que en establecimientos como en el que se
hallaba suele ejercitarse, de forma que, sin ser yo pontífice, me hizo una amplia
reverencia, dejándome libre.
Vacilé, viendo por todas partes diáconos que hacia mí se dirigían, como si en
vez de dos fueran doscientos, y en esto alguien apagó la luz. Redobló el tumulto,
y una vez más sentí una mano sobre mi brazo, pero esta vez resultó amiga, y
perteneciente a una de las damiselas de la casa.
—¡Ven conmigo! —apremió.
Con lo cual comprendí que mi generosidad no había sido en vano, y que tanto
las dríadas de aquel árbol como los faunos que las guardaban y aún los sátiros
que las requerían estaban de mi parte. En efecto, en medio de la oscuridad y
entre gritos de "¡muera el sacrílego!" y "¡por allí, por allí, que escapa!" repicó un
chubasco de palos que, por los aullidos de dolor, debió descargar íntegro sobre

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los lomos de Garfio y sus secuaces. Aún antes de salir por excusada puerta
puede oír las voces que lanzaba un chulo en tanto que daba gusto al garrote.
—¡Toma, ladrón, y así aprenderás a no robar el bendito dinero del Templo—
sin que las protestas del diácono que era su víctima sirvieran para enterarle del
error que cometía.
Reía de buena gana mi conductora, en tanto que a mí aún no se me había
pasado el susto. Estábamos junto a la puerta de salida trasera que no falta en
ninguno de aquellos establecimientos, cuando alguien chistó, y una segunda ninfa
se unió a nosotros, llevando un lío entre las manos.
—Aquí tienes tu ropa, tu bolsa y la estatua de tu diosa —me dijo—. Vístete
mientras yo bajo a ver si la policía anda cercana.
Hízolo así en tanto que yo me vestía, admirándome que mi bolsa me hubiera
sido devuelta, y meditando que hay más honradez en ciertas mujeres de la vida
que en numerosos altos cargos del Templo. Recogí también la pequeña estatua
de Atenea, a quien agradecí el haber salido tan bien del trance.
Chistó de nuevo la exploradora, anunciando que la costa estaba huérfana de
moros, tras de lo cual besáronme ambas y abandoné aquel amable
establecimiento para no volver mas a él.
Quizá se me reproche no haber aguardado a mis dos camaradas de la nave
estelar, o al menos no haberme cerciorado de que salían con bien de la cuestión,
pero no pude menos de considerar que ellos eran a la vez más robustos y menos
buscados que yo, por lo que no me retardé en correr cuanto pude por las oscuras
callejas que en aquella parte de la ciudad había, temeroso a cada momento de
escuchar el policial "¡a ese!" o sentir la mano de la Ley sobre mi hombro. Lo cierto
fue que, por haber mentido Garfio al señalar la presencia de los policías, o por
haber permanecido éstos ante la puerta principal, nadie turbó mi fuga.
Había ya anochecido, y la hora de presentarme en la nave estaba cercana, no
conviniéndome en modo alguno retrasada, al haber oído mis enemigos de labios
del camarada mi propósito de embarcar en ella. Así pues enfilé hacia la Puerta
Negra y allí acordé con el dueño de un vehículo a motor que me llevara al
astropuerto. Muchos eran los que seguían dicho camino, y nadie nos detuvo en él.
Magnífico era el aspecto de la gran nave, vasta como una colina y brillante
como un espejo. Los nautas estelares habían establecido un campo alambrado en
torno a ella, pero eran muchos los garalianos que entraban y salían por las
puertas de aquel, al parecer sin control alguno. De modo que me acerqué con
precaución y, vista la falta de peligro, me colé dentro del recinto, saliendo así de la
jurisdicción garaliana y escapando a la saña de mis adversarios.
Ya con más tranquilidad, acudí a un nauta estelar, que me dijo no ser posible
todavía entrar en la nave. Así pues consumí mis últimas horas en el mundo que
me vio nacer paseando en torno a la nave y observando la multitud de trajinantes,
vendedores y mendigos, a más de los aspirantes al viaje y los mismos marinos
del espacio, que voceaban, reían y discutían. Muy flaca había quedado ya mi
famosa bolsa con las anteriores sangrías, de forma que compré de que cenar a
un marchante, me animé con los últimos tragos de vino y, recordando luego las
normas de la caridad que los dioses recomiendan, repartí el resto de las doblas
entre los menesterosos, con gran jolgorio por su parte ya que poco
acostumbrados estaban a tales generosidades.
En esto surgieron de la nave unos robotes, haciendo sonar sus trompas con
gran estrépito, tras de lo cual un oficial provisto de altavoz ordenó que nos

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pusiéramos en fila y fuéramos entrando por la principal compuerta. Hecho lo tal,


con no poca confusión, se inició nuestra aventura.
Pensaba yo que la identidad de cada embarcado sería debidamente
comprobada, pero nada de eso sucedió. Nos vimos de pronto en un amplio salón
de paredes metálicas, alumbrado por extrañas luces brillantes, Nautas estelares
empezaron a agrupamos, llevándonos a varias puertas que desembocaban en
pasillos también metálicos. El aire estaba lleno de conversaciones y de risas
excitadas.
Personalmente, no era yo de los menos impresionados ante la idea de que
pronto surcaría los espacios rumbo de otros planetas y mil aventuras. Seguí con
toda docilidad, junto con los de mi grupo, al nauta que nos indicaba el camino, y
pronto fuimos todos introducidos en una rara sala sin ventanas, ocupada
principalmente, aparte de por varios aparatos de uso incógnito, por un conjunto de
estrechísimas literas situadas unas sobre otras, hasta llegar al techo.
—Muchachos, idos metiendo en las camas— ordenó nuestro guía.
Hubo un unánime murmullo de protestas.
—¿Es que tenemos que dormir? —gruñó un garaliano, no muy de acuerdo con
la idea.
—Y por bastante tiempo —asintió el nauta— No pensaréis que íbamos a
transportar tanta gente despierta, comiendo, bebiendo y respirando. Vamos,
quitáos toda la ropa y dejadla cada cual en el cubículo con el número de la cama
donde os metáis. ¡Vivo, que no puedo quedarme aquí mucho tiempo!.
Sentí que la carne se me ponía de gallina. ¡Dormir, dormir durante todo el viaje!
Aquello no se nos había dicho. ¿Qué quedaba de mis sueños de avizorar las
brillantes estrellas desde la sala de mandos, solazarme con la belleza de las
nebulosas y advertir la llegada de cada planeta que habría de ser escenario de
mis hazañas?
Arreció el coro de protestas. El nauta extendió las manos con ademán
apaciguador.
—¡Silencio! —exclamó—. ¡Silencio he dicho! De momento sois reclutas, y no
debéis sino obedecer las órdenes que se os den. ¡Pensad que vuestro viaje será
más fácil que el de la tripulación! Cerraréis los ojos y ¡hop! al abrirlos de nuevo
estaréis ante un nuevo mundo, en la Nebulosa Púrpura. ¡No sabéis la suerte que
tenéis!
Los garalianos rodeamos al guía, todavía no muy convencidos.
—Mirad —y el nauta señaló unos tubos en el techo—. Dentro de unos minutos
entrará por allí un gas que llamamos stasis y que dejará vuestras funciones vitales
en suspenso. Luego la cámara se enfriará hasta poco por encima de cero grados,
y permanecerá así hasta que lleguemos a nuestro destino.
Puesto que nada había que hacer, me resigné a mi hado y empecé a quitarme
la ropa, imitado por algunos. Otros exigían que se les permitiese primero
satisfacer sus necesidades, a lo que el nauta accedió, aburrido, indicándoles una
puerta al otro lado del pasillo.
Elegí una litera y, antes de meterme en ella, localicé el cubículo que, en la
pared de enfrente, ostentaba el mismo número. Allí dejé, no sin dificultades, pues
era muy estrecho, mis ropas y la estatuílla de Atenea, que constituían ahora todas
mis pertenencias. Varios garalianos protestaban a mi alrededor de lo exiguo de
aquellos depósitos y los que portaban maletas y mochilas no tuvieron más
remedio que dejadas amontonadas en el suelo de cualquier modo.

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Me introduje luego en la litera, ligeramente acolchada y nada incómoda, pero


tan estrecha que me hizo pensar al momento en la tumba. Los hombres
quedaban almacenados allí como suelen estar los troncos en una serrería, en
apretadas filas y unos sobre otros. Se oían jadeos y palabrotas de disgusto,
mientras que todos se iban acomodando.
—¡Vamos, muchachos! —apremió el nauta, empujando a los rezagados—. ¡Ya
hemos perdido demasiado tiempo!
Oí los últimos pasos apresurados y luego el metálico ruido de la puerta al
cerrarse herméticamente. Por un instante sentí un verdadero pánico ante lo que
iba a suceder. Luego, de improviso, noté un irresistible peso en los párpados y
mis ojos se cerraron. ¿Un segundo? ¿Una hora? ¿Un mes? Me quedó el recuerdo
deshilvanado de mil sueños o pesadillas, junto con la impresión paradójica de que
no había pasado ningún tiempo apreciable desde que cerré los ojos.
La primera sensación fue la del mal olor. Una intensa peste llegaba a mi nariz,
procedente de algún lugar cercano. También había voces junto a la litera.
—Con éste son siete —dijo alguien, disgustado.
—Podría ser peor —respondió otra voz— ¡Ah, ocho con el de allá!
El hedor se intensificó.
—Este se ha deshecho —dijo la primera voz.
Quise moverme y no pude lograr sino un ligero temblor. Intenté luego hablar, y
tan solo fui capaz de producir una serie de gruñidos.
Gruñó alguien en mi respuesta, y luego otro y otro, hasta parecer que una gran
caterva de cerdos hubiera sido allí encerrada.
—¡Silencio! —gritó alguien que sí podía hablar—. ¡Callaos vosotros!
Nada podía ver, pues me había introducido en la litera con la cabeza para
adelante. Advertí, eso sí, que poco a poco mis músculos iban recobrando la
facultad de movimiento, y pugné por arrastrarme hacia atrás, para salir de mi
indeseado lecho.
—¡Venga, vosotros! —aulló sin ninguna amabilidad— ¡Id saliendo!
Me deslicé hasta que logré salir. Y en el acto caí al suelo, puesto que estaba
aún muy débil. Aquel condenado gas no me había sentado muy bien, pensé, y
añoré un buen trago del remedio de Baco para entonar mi cuerpo.
Mientras luchaba por ponerme en pie, otras figuras desnudas fueron saliendo
de las literas como abejas de un panal. Poco a poco, una pequeña multitud se fue
reuniendo, agarrándose a las paredes, y ensayando algunos tímidos pasos.
Algunos nautas nos contemplaban, socarrones.
—¡Vestíos! —rugió uno de ellos, arrojando un lío de ropa blanca, al que todos
nos quedamos mirando estúpidamente.
—¿Pero dónde están nuestras ropas? —vaciló alguien. Antes de que la
respuesta llegara, otro garaliano empezó a dar gritos indignados.
—¡Mi maleta! ¡Mi maleta!
La atención de todos se dirigió a los cubículos, y entonces fue cuando vimos
que se nos había despojado. Aquellas estrechas taquillas habían sido abiertas y
en su mayoría estaban vacías. Las maletas y mochilas aparecían violentadas y
parte de su contenido esparcido por el suelo.
—¡Vestíos, digo! —volvió a ordenar el nauta —No necesitaréis equipaje, a
donde vais.
Algo me decía que las cosas no se estaban desarrollando de la forma que nos
prometieran. Procuré andar hacia mi propia taquilla y vi que mis ropas habían

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desaparecido. Por fortuna la estatuílla no debió despertar la codicia de los


saqueadores, y aparecía caída en el suelo, indemne.
—¿Hemos llegado ya a la Nebulosa Púrpura? —preguntó, soñoliento, un
muchacho joven.
La cuestión levantó grandes risas entre los nautas.
—¡Sí, claro que has llegado! —respondió uno— ¡Vístete, que dentro de unos
momentos empezará la conquista! Un chillido llegó desde el otro extremo de la
sala.
—¡Eh! ¡Este hombre está muerto! ¿Qué ha pasado?
Los nautas, cansados, empezaron a repartir empellones, amenazando con los
peores males si no nos colocábamos con rapidez la basta camisa y el pantalón
corto que a cada cual correspondía. Tan sólo uno, que parecía ser el jefe, se
dignó contestar al que había gritado.
—¡Sí, está muerto —explicó—. Y habéis tenido suerte. Corrientemente quince
de cada doscientos no se despiertan, y en vuestro grupo solo han muerto ocho.
Sentí que las piernas me flaqueaban al comprender el significado de aquellas
palabras. Algunos garalianos se desahogaron con furiosas maldiciones, y no faltó
quien intentara agredir a los nautas, siendo fácilmente derribado por éstos.
—¡Ea, se acabaron las contemplaciones! —amenazó el jefe de los que
habíamos considerado nuestros amigos—. ¡Vestíos todos, y a formar en fila!
Para puntualizar esta orden, tanto él como sus secuaces habían désenfundado
unas porras de inquietante aspecto.
Por lo que yo, siempre ecuánime y dócil cuando otro remedio no queda, me
embutí en el áspero uniforme blanco que se me ofrecía y fui de los primeros en
formar ante la puerta. Los remisos recibieron primeramente varios puntapiés, y
luego el simple contacto de una porra con la piel de uno de ellos le envió a tierra
chillando y retorciéndose, cosa que me dijo que aquellos instrumentos no eran tan
sólo objetos contundentes.
Salimos todos al pasillo, donde nos unimos a otras corrientes de hombres,
todos vestidos de blanco, que brotaban de las restantes cámaras acuciados como
ganado por brutales nautas. Aún débiles, tropezábamos unos con otros, nos
tambaleábamos y a veces debíamos apoyamos en las paredes de metal para no
caer, en tanto se nos gritaba y se agitaban las terribles porras bajo nuestras
narices. Como el traje blanco carecía de bolsillos, hube de conservar mi única
pertenencia, la efigie de Atenea, sujetándola en la mano.
Tropezón tras tropezón y sin saber cómo, nos hallamos de pronto fuera de la
nave. Brillaba un sol más blanco que el de Garal, y la gravedad era ligeramente
menor, lo que nos indicó que habíamos llegado por fin a uno de los soñados
planetas exteriores.
Pero nuestra llegada en nada se parecía a una conquista, más bien al
contrario. Pues apenas puestos nuestros vacilantes pies en el cemento del
espaciopuerto, los nautas que nos hostigaban cedieron paso a una banda de
gaznápiros de uniforme verde, policías o soldados, armados éstos de látigos.
Eran por fortuna de raza humana, y su idioma, aunque con desconocido acento,
resultaba inteligible para nosotros. Así, al pasar junto a un par de ellos, pude oír
un revelador comentario:
—¡Buena tanda! —decía satisfecho uno de los tales—. Con tanta oferta espero
que bajarán los precios en el mercado.

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Con lo que la desagradable verdad, ya antes sospechada, se hizo evidente. El


noble capitán Dudley habíanos trasladado allí con el exclusivo fin de vendemos
como esclavos.

Capítulo IV

DE CÓMO, REDUCIDO A LA MÁS NEGRA ESCLAVITUD, PASÉ A SER


PROPIEDAD DE UN COMERCIANTE, Y DE LOS SERVICIOS QUE LE PRESTÉ

Como suele decirse, había salido de Deneb para caer en Denébola, escapando
de las garras del Templo garaliano para ir a parar a las cadenas de la esclavitud
en un planeta cuyo nombre ni siquiera conocía. Y aún peor debía ser la situación
de mis compañeros, porque si yo había dejado atrás un destino tal vez peor que
el que me esperaba, ellos habían caído en el garlito voluntariamente,
abandonando una vida quizá dura, pero también segura y libre, con la esperanza
de correr aventuras y ganar dinero fácil.
Y no eran pocos lo que tan mal negocio habían hecho. De la nave brotaba una
verdadera multitud de gentes vestidas de blanco, desde luego no todas
pertenecientes a mi planeta. Pensé que cuando la maldita nave Karamán llegó a
Garal, ya cientos de pobres desgraciados debían estar durmiendo en varias de
sus cámaras frías. Y acaso, y ello me gustó todavía menos, mientras yo reposaba
inconsciente en mi litera, la nave visitaba otros mundos y en ellos izaba bandera
para reclutar audaces conquistadores de tesoros planetarios.
Desahogábanse algunos de mis compañeros de infortunio con terribles
maldiciones dirigidas al capitán Dudley, a su nave y a su tripulación, e incluso
volviéndose para amenazar con el puño al navío. Absteníame yo de tales
demostraciones, ya que no tenía la menor intención de que, encima del daño
hecho, los nautas se rieran de mí.
Otros de mis compañeros intentaron explicar su caso a los soldados que nos
dirigían, clamando como se les había engañado, y no consiguiendo como
respuesta sino algún que otro chicotazo. Finalmente fuimos todos metidos en
amplios furgones a motor, de los que se utilizan para transportar el ganado, y nos
pusimos en marcha hacia la ciudad en cuya proximidad estaba el astropuerto.
Me había correspondido en el furgón un lugar trasero, cerca de la parte abierta,
por lo que pude atisbar algo de las calles que recorríamos, mirando sobre los dos
uniformados que allí iban por precaución de que no saltáramos a tierra durante el
viaje. La ciudad me pareció limpia y moderna, abundando los vehículos de motor
o eléctricos, y viéndose en el cielo incluso algunos helicópteros. La riqueza y el
nivel técnico del planeta debían ser muy superiores a las de Garal. Me animé algo
con la idea, y más al pensar que aquel hijo de mala madre de Dudley bien hubiera
podido vendernos a los mismísimos megaros a guisa de aperitivo.
Como todo en la vida termina, también acabó nuestro viaje, y fuimos sacados
sin mucha amabilidad de los furgones para encontrarnos en pleno mercado de
esclavos, en la que debía ser la plaza principal de aquella ciudad.
Ya nos esperaban allí los presuntos compradores, ávidos de lograr alguna
ganga, y las miradas que nos dirigían en nada diferían de las que podían poner en
una colección de animales de carga. Tras un breve papeleo entre los dirigentes

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de nuestra escolta y las autoridades mercatorias, fuimos repartidos por diversos


puestos y tarimas, iniciándose la venta.
Un nuevo temor habíase apoderado ahora de mí pues, siendo yo muchacho,
había la posibilidad de que fuera comprado por alguien de la cofradía de los que
prefieren el clavel a la rosa, el mirto al acanto y el envés al frente. Como ello no
me resultaría nada agradable, procuré poner remedio el caso antes que
sucediera, y me acerqué educadamente al marchante que se disponía a iniciar la
venta.
—¿Puedes escucharme un momento, señor? —le rogué. El otro se volvió, con
cara de no demasiados amigos.
—¿Qué quieres tú ahora? —me espetó.
—Mi nombre es Gabriel Luján, a tu servicio —le dije—. Tan sólo quería
advertirte que sé de cuentas y puedo ser útil para llevar la contabilidad de una
tienda. Puede que ello sirva para elevar mi precio.
El fulano se rascó la cabeza, sin acabar de hacerse a la idea de que le
estuviera hablando en serio.
—¿Sin trucos, eh? —advirtió, amenazador.
Le aseguré que no tenía la más mínima intención de usar con él ninguna clase
de truco.
—¿De modo que contable? —gruñó— Y a propósito ¿qué llevas ahí?
Se refería a la estatuílla de Atenea, y así se lo aclaré.
—Bueno —vaciló— Aquí no somos muy amigos de los idólatras pero a mí no
me importa nada. Ten, guarda eso no sea que alguien se ofenda.
Me tendió una bolsa no muy limpia para que guardara en ella a la mil veces
bendita Tritogenia. Era un acto de amistad, y ello me animó a hacerle una
pregunta:
—Por favor ¿podrías decirme en qué planeta nos hallamos?
—En el planeta Sifán, del sol Althor —me respondió con toda amabilidad— y
esta ciudad es Randinor, capital del planeta y de todo el sistema. Ahora, si no te
importa, tengo que venderte a tí y a tus compañeros, de modo que mantente
quieto y callado, y todo irá bien.
Lo prometí así, tras darle las gracias, con lo que la venta empezó. No vaya
relatar sus incidencias, el modo degradante en el que hombres creados a imagen
de los dioses fueron vendidos como mercancía, los desagradables comentarios
de los compradores... todo ello es desgraciadamente conocido en los tiempos en
que vivimos.
Buena parte de mis compañeros fueron vendidos a bajo precio como braceros
a una compañía de construcciones urbanas, pero el marchante me reservó para
ofrecerme individualmente con la coletilla de mis habilidades contables. Hubo una
breve pausa, y luego el señor Cliwood entró en mi vida.
Con posterioridad tuve ocasión de conocer bien al que ahora iba a trasformarse
en mi amo, pero de momento tan solo vi a un hombre grueso con expresión que
me pareció avinagrada, y que se acercó a mí, clavó sus ojillos en mi persona y
luego paso a hablar con quien llevaba el negocio de mi venta.
—¿Un contable? —oí que decía, dubitativo.
—Al menos eso es lo que él mismo asegura —se encogió de hombros el
marchante, sin comprometerse.
El comprador se acercó de nuevo a mí, junto con el marchante.
—Desde luego no parece tonto —dijo.
Con lo que no puede menos que estar totalmente deacuerdo.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

—Bien, me lo quedo —decidió al fin—. Me servirá para llevar las cuentas,


espero.
Y después, para mi horror, llevó su mano a la más delicada parte de mi
persona, en tanteo exploratorio.
—Y también creo que servirá para otras cosas —murmuró en tono casual, con
lo que creí confirmados mis peores temores.
Mas ¿quién era yo para oponerme a quienes en su mano tenían mi destino?
Fué pagado mi precio, y se me indicó que siguiera a mi nuevo amo. Subí con él a
un coche de motor, si no mejor que el aerodeslizador del Templo, al menos casi
tan bueno. Todo el mercado me parecía lleno de ojos inquisidores, y entre eso y
la debilidad que me aquejaba, ni siquiera pensé en intentar huir a mi destino,
limitándome a rogar a Atenea que me hiciera menos duro el trance que temía.
Recorrimos algunas calles, y finalmente el señor Cliwood metió el vehículo en
un gran portón, pasando a lo que tomé por un almacén vacío y desierto.
—¡Vamos, muchacho! —ordenó—. Ya sé que tendré que darte una buena
comida antes de que empieces a funcionar. ¡Peste de esclavos!
No dije nada, y le seguí con docilidad a través de una puertecilla y luego
subiendo una escalera. Desembocamos al fin en lo que no podía ser sino una
vivienda, a mi entender lujosa y dotada de objetos e instrumentos cuyo uso
desconocía. Una mujer de mediana edad, no mal parecida, hizo su aparición, y mi
amo la besó afectuosamente en las mejillas, lo que me hizo pensar si no sería de
quienes disparan andanadas por ambas bordas. Todo aquello me parecía muy
raro.
—Este es el esclavo, Dunia —dijo mi comprador— Parece que sabe de
cuentas, de modo que ayudará en la tienda.
—No está mal —me favoreció la tal Dunia con una mirada— ¿Crees que
servirá?
—Tendrá que hacerlo. Podría haber traído un bigardo musculoso y estúpido
pero si además trabaja en la tienda, y es un poco listo, tal como parece, pues una
cosa se añade a la otra.
—Ya veremos —la mujer me indicó una puerta— Allí está la cocina. Dile a
Emilia que te sirva de comer. ¡Y lávate!
Sin saber bien cuál debía ser el ritual de mis nuevos deberes, me limité a hacer
una leve inclinación de cabeza y a obedecer.
Emilia era una criada adolescente, que me miró con ojo pícaro, mientras me
servía un apreciable yantar.
—¿Así que tú eres el nuevo esclavo? —me preguntó.
Asentí, y ella soltó una risita. No siguió adelante la conversación, pues estaba
yo de verdad desfallecido y pensando que los duelos menguan con el pan y los
quebrantos con la morcilla, dí fin a cuanto me pusieron delante, que ni malo ni
escaso era. Terminando estaba el postre, cuando mi amo asomó por la puerta.
—¿Has acabado ya de comer, muchacho? Vamos, acompáñame.
Le obedecí, no sin cierto repeluzno, pero se limitó a hacerme recorrer unos
pasillos y bajar nuevas escaleras hasta acabar en el marco de una tienda de
tejidos y sastrería, al parecer aneja al domicilio. Rodeáronme al instante un par de
dependientes y varios mequetrefes.
—Aquí tenéis ayuda —anunció el señor Cliwood— El nuevo esclavo dice que
entiende de cuentas.
—¿Sí? —preguntó, no muy entusiasmado, uno de los dependientes— Nada
cuesta probarle.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Abrió un cajón en el mostrador, y me dió un montón de viejas facturas.


—¡Suma! —dijo.
Busqué el ábaco, pero no lo vi por ninguna parte. En cambio se me entregó
una extraña caja con botoncitos en los que habían grabado en rojo los números
del uno al diez, amén de diversos signos. Me quedé sin saber qué hacer.
—¿Bien? —se impacientó mi amo —¿Eres contable y no sabes ni manejar una
sencilla sumadora?
—Señor —dije humildemente—. Estoy acostumbrado a usar otra clase de
instrumento.
Sin proponérmelo debí de hacer un buen chiste, pues todos se echaron a reír.
Menos mi amo, que lanzó un gruñido de disgusto.
—Sí, ya lo sabemos —respondió— pero no creas que vas a estar
holgazaneando todo el día. En esta casa se trabaja, y si no lo haces de contable o
de cajero, te usaré para descargar fardos o para hacer recados. ¡Vamos dí la
verdad!
¿Te has inventado lo de la contabilidad?
Me excusé, y rogué que me proporcionarán un ábaco.
Ahora conseguí que me miraran con asombro.
—¿Un ábaco? —se extrañó mi dueño—. ¿De qué planeta de mala muerte
habrás venido tú?
Pero el otro dependiente, el que no había abierto aún laboca, salió brevemente
a la trastienda y regresó con el artefacto que yo había solicitado. Viejo era, y de
forma poco familiar para mí, pero pronto mis dedos se acomodaron a él y las
piezas empezaron a bailar y chocar entre sí como si aún estuviera yo haciendo
cuentas a beneficio del Templo. Ahora sí que desperté interés y aún admiración
en quienes me veían. El primer dependiente tomó la cajita calculadora e intentó
competir en velocidad conmigo, quedando sin embargo atrás, pues si manejable
era el instrumento, chapucero resultaba quien lo usaba. Durante un rato fui así
espectáculo del personal de la tienda y también de algunos clientes y curiosos
que entraron a ver las habilidades del esclavo llegado de los mundos lejanos.
Finalmente quedó mi amo convencido de mi habilidad con los números, y
golpeándome en la espalda, me dijo:
—¡Basta! Me has convencido. Si eres diligente y honrado me servirás como
contable y cajero, y no te arrepentirás de ello. ¡Vamos, cerrad la tienda vosotros,
que ya es hora! y tú ven conmigo.
Diré que entretanto había oscurecido, lo que me dio por primera vez noticia de
la hora en la que el Karamán me había arrojado a aquellas playas. Cerróse en
efecto el comercio y yo, no sin cierta inquietud, seguí los pasos de mi amo.
—Tu habitación —me indicó éste— ¿Estás ahí, Emilia?
Estaba Emilia, como supe al oír primeramente su contestación y al verla luego,
cuando entramos en la estrecha cámara. Pero me costó algo reconocerla, puesto
que cuando la ví en la cocina ella estaba vestida.
—Bueno, ya eres mayor para que te diga lo que tienes que hacer —se despidió
el señor Cliwood, y cerró la puerta tras de sí.
En el primer instante quedé como helado, pues aquello era lo que menos podía
yo esperar. Luego la chica me sonrió con timidez, y yo devolví la sonrisa más
ampliamente, ya que acababa de quitárseme un gran peso de encima. Tras de lo
cual me dispuse a soportar la ruda opresión que a mi condición de esclavo
correspondía.

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En los días posteriores me fui acostumbrando a la rutina de mi nuevo estado, al


tiempo que era informado del entorno en que ésta se desarrollaba. Supe que el
planeta Sifán había quedado, como todos, aislado tras la caída del antiguo
Imperio, pero había tenido la fortuna de no ser, como Garal, objeto de la atención
megara. Disponía así de una técnica elevada, un aceptable nivel de vida, e
incluso una pequeña armada estelar. No obstante, la mayoría del intercambio
comercial con otras estrellas cercanas se llevaba a cabo por medio de naves
corsarias como la Karamán del capitán Dudley, que traían mercancías, artefactos
y en ocasiones, esclavos.
Mi vida como parte de este último material de importación, no podía ser más
monótona. Trabajaba en la tienda como cajero, contable y cualquier cosa que se
me mandara, y ello sin sueldo, que para eso era esclavo.
En cuanto a mi otra actividad servil, la cosa quizá merezca una explicación.
Sabido es que los esclavos humanos pueden reproducirse, cualidad de que
carecen los robotes, y por la que aquéllos son mejores que éstos, aparte de su
mayor simplicidad y menor precio. Pero en los últimos tiempos se había venido
dando una preponderancia de material esclavo femenino, niñas vendidas por sus
padres en el continente oriental y cargamentos de esclavas traídas por naves
corsarias con la idea de que tendrían mejor aceptación en el mercado. Así,
cuando el capitán Dudley arribó con una masa servil masculina, muchos fueron
los que adquirieron ejemplares con el propósito de lograr que sus bienes se
multiplicaran.
Quizá alguien se extrañe de que tales funciones no pudieran ser
desempeñadas por el mismo amo, pero era el caso que las conveniencias
sociales se oponían a ello, y quien tal hiciera sería tan mal visto como si intentara
sustituir al toro en la cría de ganado vacuno.
De manera que heme aquí convertido en garañón de aquel rebaño, gallo de
aquel corral y carnero de aquel redil, en situación que, pese a poder considerarse
humillante, tenía sus facetas agradables.
No era lecho de rosas, sin embargo, mi vida bajo la égida del señor Cliwood. A
poco de llegar me fue ofrecido un manual sobre los Derechos y Deberes del
Esclavo, de cuya legislación los sifanianos se sentían muy orgullosos, pero que
en la práctica no salvaguardaba demasiado la condición de los serviles.
Menudeaban las alusiones al paternal cuidado, la filial obediencia, el respeto que
todo ser humano merece y otras hierbas, pero también se hablaba —con mucha
mayor matización— de la necesaria disciplina, de la adecuación al lugar que cada
cual ocupa en la sociedad y de la potestad patronal.
Ciertamente uno de los artículos declaraba que el amo debía al esclavo
alimentación sana y abundante, vestimenta digna y cómodo alojamiento pero el
siguiente advertía que el esclavo no será objeto de castigo físico salvo en caso de
absoluta necesidad, lo que evidentemente se traducía en el sentido de zurrar el
amo al siervo tantas veces como le viniera en gana.
No se privaba el buen señor Cliwood de invocar la absoluta necesidad, para lo
cual llevaba una robusta vara que manejaba a la perfección. Castigaba con ella a
cuanto esclavo poseía, sin distinguir edad ni sexo, y creo que gozaba en ello.
Personalmente pude probar en más de una ocasión el gusto de la dicha vara,
debido a gran diversidad de causas. Cierto día, por habérseme pegado las
sábanas, fallé la hora de bajar a la tienda y cuando descendía a toda prisa por la
escalera me topé con mi amo, que ya subía a buscarme, y el resultado fue una

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tempestad de varazos de la que aún me acuerdo, y que debí soportar con la


cabeza entre las manos. Otra vez descargó la felpa con motivo de haber
derribado por inadvertencia un fardo de tela, otra por haber tardado en exceso en
la comisión de un recado que se me encargó, y aún otra por un error cometido por
uno de los dependientes, cuyo castigo cayó en mí por ser aquel hombre libre y no
poder por ello ser golpeado ni aún en caso de absoluta necesidad.
Quede claro que el señor Cliwood no gozaba de mi simpatía, y que cuando
quedaba solo en mi cuarto rogaba a mi diosa que repartiera sus castigos más
contundentes entre el capitán Dudley y él, el uno por traerme y el otro por
conservarme. Menos queja tenía del ama Dunia pues, aunque solía hablarme con
aspereza, más prefería yo mil regaños que un solo varazo.
Ni que decir tiene que, exteriormente, era yo el más dócil de todos los esclavos,
el que obedecía sin la menor protesta, el que se afanaba en cuanto se le
mandaba y el que soportaba el castigo con resignación. Puesto que la rebelión es
inútil cuando no hay salida para ella, y deber del hombre avisado es extraer a
cada situación lo mejor que pueda proporcionarle, tanto si es mucho como si es
poco.
Y confesaré que no era demasiado. Tenía mi trabajo, en el que cuando los
hombres libres se marchaban a sus casas, los esclavos quedábamos aún
laborando, ya que todas las horas de la vida del siervo son propiedad de quien lo
ha comprado. Mientras hubiera algo que hacer, un esclavo lo haría. Tan sólo en el
caso de que ninguna tarea quedara, era posible disfrutar de alguna salida e
incluso, si el amo estaba de buen humor, recibir de sus manos lo que el
mencionado manual llamaba dinero de bolsillo que podía ser empleado en
multitud de menesteres.
No muy lejos de la tienda descubrí lo que en Sifán era llamado estéreo, es
decir un local donde mediante pago, se podía asistir a una presentación
tridimensional de historia o aventura imaginada con el adecuado acompañamiento
de diálogo o sonido. Nada parecido existía en Garal, aunque algo se recordaba de
los tiempos del Imperio, en torno a la palabra "cine". De modo que el pobre
esclavo que yo era tenía acceso a un medio de diversión que ni magnates ni
sacerdotes conocían en mi planeta natal.
Y no era el único. La más elevada civilización sifaniana se manifestaba en una
serie de trucos agradables, de algunos de los cuales yo podía disfrutar. Recuerdo
en especial un llamado "dispensador de sueños" mediante el cual podía gozarse
de una serie de visiones semejantes a los sueños nocturnos, encontrándose uno
protagonista de mil aventuras, hazañas y situaciones citereas, a gusto del
consumidor. Muy caro era, sin embargo, el invento y tan sólo pude gozar de él un
día que, durante la contabilización, se me quedaron pegadas a los dedos algunas
monedas sifanianas ("créditos", las llamaban), de las que entre ellos discurrían.
La comida tampoco dejaba nada que desear, incluyendo algunos bocados
como nunca antes conociera, productos también de una cultura superior a la que
regía en mi nativo Garal. Los primeros días el tacaño de Cliwood escatimaba algo
mis yantares, pero cuando los estragos de mi trabajo nocturno comenzaron a
dejarme flaco, y aún a hacerme menos pródigo en aquellos mismos afanes que mi
amo de mí deseaba, no tardó en proporcionarme alimentos en cantidad y calidad,
que si se quiere que una máquina trabaje, preciso es proporcionarle combustible.
Hablando sinceramente, diré que los hierros de la esclavitud no eran muy
pesados sobre mis hombros, descontando las caricias de la vara a que tan
aficionado era mi amo. Yantar incluso mejor que en el Templo, y disciplina no

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mayormente rígida, aunque por descontado se trabajara más. Mi alojamiento


contaba con comodidades modernas desconocidas en Garal, la ciudad superaba
en mucho, como dije, a las garalianas en cuanto a diversiones, y los placeres
citereos por los que comúnmente un hombre debe pagar, a mí se me ofrecían de
forma gratuita y aún se me agradecían como tarea realizada. Incluso llegué a
hacer amigos, tanto esclavos como libres, y mi natural viveza y simpatía me atrajo
el afecto de todos ellos, junto con numerosos convites, a los que nunca me
faltaba, desde luego, calderilla para corresponder, a costa de la abultada
hacienda del amo Cliwood.
Sin embargo, algo echaba en falta. ¿La libertad quizá? No sabría decido.
Pienso a veces que el escenario que añoraba no era el del frustrado sacerdocio
en Garal, sino el imaginario de la Nebulosa Púrpura con que se me había
encandilado para que me dirigiera por propio pie hacia la esclavitud. A veces
soñaba con aquellos ilusorios mundos, y veíame dominador y rey de alguno de
ellos, tal como me había imaginado durante el engaño. Maldecía a continuación
con todas mis fuerzas al malvado Dudley, que de tal forma me había colocado la
miel junto a los labios, para luego regalarme con estiércol.
En los primeros días de aquellos dos años mal contados que pasé bajo el
dominio del amo Cliwood, soñaba ciertamente en escapar a mi estado servil,
quizá embarcando de forma clandestina en alguna de las naves estelares que de
tanto en tanto llegaban al puerto, para ir en ellas a otros mundos de mayor
atractivo. Mas no era el primero al que tal idea se le había ocurrido, y las tales
naves estaban más que vigiladas, siendo por otra parte sus capitanes muy
reacios, según se me dijo, a aceptar pasajeros clandestinos. Además de ello, el
castigo que los sifanianos reservaban para los esclavos fugitivos comportaba —
¡oh, resabio indudable de la barbarie de otras épocas!— una muerte nada
agradable a manos de personal especializado. Así pues medité que mejor que lo
bueno por conocer vale el mal conocido, me acordé del gato que vertió su taza de
leche queriendo alcanzar la salchicha, y me dispuse a adaptarme lo mejor que
pudiera a las circunstancias, dejando al destino y a mi bendita Atenea el cuidado
de sacarme de mi condición si tal era su deseo.
Varié, en efecto, el modo de vivir, pero ello no fue al principio para mi beneficio,
sino por mi daño, y causa inmediata del suceso, como en el caso de mi salida del
Templo, fue una vez más el quehacer citereo que tanto encanta a quienes de él
gozan y tanta envidia despierta entre aquellos que necesitándolo lo contemplan.
Mi tarea nocturna incluía a las esclavas del servicio doméstico de mis amos,
así como a las muchachas serviles que trabajaban en un taller de hilados también
propiedad de Cliwood, amén de alguna extraña que, mediante pago o por amistad
hacia su dueño, él confiara a mis cuidados. Eran en general despiertas y
simpáticas, si bien no todas bellas, y en los descansos del trajín gustaba yo de
conversar con ellas, enterándome así de mil chismes y rumores. Entre otras
cosas, supe allí mucho de la hipocresía de que hacen gala las malas gentes de
Sifán en lo relativo al trato con los siervos.
Si bien, como antes he dicho, se considera infame que el dueño sirva de
garañón para intentar reproducir y aumentar su rebaño servil, nada hay que se
oponga a usar de sus esclavas para el placer. Así pues, teniéndome a mí por
coartada de cualquier fruto que sus devaneos produjeran, quedaba abierta con mi
llegada la veda del mujerío que servía a los Cliwood, y no se privaban del gusto
los familiares, amigos invitados e incluso amantes de pago, considerándose
socialmente que tales contactos serían siempre estériles, pues todo niño que

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como consecuencia naciera, sin discusión se consideraba efecto de la actividad


del garañón, en este caso yo. En cuanto al propio Cliwood, rumoreábase a sus
espaldas que no apetecía mucho de tales licencias, y que ante sus hermosas
esclavas apenas si levantaba otra cosa que la vara.
Asombrábame tal cinismo, pero de algún modo me servía también de consuelo
y así cuando empecé a tener noticia de haber dado a luz alguna de las
muchachas con las que había departido en la noche, y de ser vendidos los niños,
como era costumbre, a establecimientos especializados para su cría y posterior
subasta, una vez mayores, me hacía la ilusión de que los tales angelitos caídos
no eran hijos míos, sino frutos de la lascivia de algún familiar de Cliwood, huésped
pagano, aprovechado dependiente o mequetrefe precoz. Consolábame yo así,
bien que me dolía pensar en aquellas criaturas, mías o de quien quiera que sea,
condenadas a ser siervas desde el nacimiento y que no estarían libres de amo
ajeno hasta que lanzaran el postrer suspiro. Pero así eran los usos en Sifán y en
buena parte de los astros que con él compartían la Galaxia.
Los primeros indicios de la tempestad se manifestaron al comprar el amo
Cliwood una hermosa nativa del continente oriental, subastada como virgen, para
que sirviera a su esposa como doncella y azafata. Agradeció grandemente el
obsequio el ama Dunia, y al principio se hizo la ilusión de que la muchacha estaría
a su servicio sin mengua de su virginidad, lo que traería consigo un gran prestigio
y la envidia de todas sus amigas. No es extraño, por tanto, que las mieles se
volvieran hieles cuando el amo insinuó con firmeza que la recién llegada debería
contribuir, aparte de sus funciones domésticas, al engrandecimiento del rebaño
servil de la casa.
Corrientemente yo acostumbraba a esquivar los lugares de discusión entre el
amo Cliwood y el ama Dunia, ya que demasiado bien sabía que el primero solía
aplacar sus ánimos luego, por medio de la vara, sobre cualquier esclavo o esclava
que hallara en su camino. Mas en esta ocasión me detuve algo, y aun arrimé la
oreja, pues también a mí me interesaba la solución que se daría al caso de la
doncella oriental, al ser parte activa en el asunto. Escuché así como los gritos y
protestas del ama Dunia se estrellaban contra la más firme oposición de su señor
y esposo, que machacaba una y otra vez con el argumento del alto precio que
alcanzaría el futuro infante mestizo. Terció entonces imprudentemente la propia
interesada, llorando el peligro que su virginidad, sin duda muy apreciada entre los
suyos, corría. Pero su súplica fué de súbito cortada por el ruido de un furioso
varazo, al que siguió un gemido, y una indignada protesta del ama Dunia.
Convencióme aquello de que la vara del amo Cliwood andaba desenfundada y
que no era cuerdo quedarse en las proximidades. Pero, al alejarme, aún pude
escuchar algunos gritos y una referencia a "sin luz" y a "la oscuridad" lo que
acabó de convencerme de que las cosas no andaban muy claras.
Poco antes del anochecer, como ya esperaba, fuí llamado por mi dueño, quien,
en contra de lo que temía, se mostraba placentero y aún bromista.
—Alégrate, muchacho —me dijo— porque esta noche estrenarás mujer.
Precisamente la nueva esclava llegada de Oriente, y que la estúpida de mi
esposa quería conservar virgen para presumir de azafata y doncella.
Rió con zafiedad al pensar en el enfado de su costilla, y luego me dió una torpe
palmada en la espalda.
—¡Azafata será, pero no lo otro, y de ello te encargarás tú, muchacho! –
exclamó—. ¡Dale gusto, muchacho, para que no eche de menos lo que le vas a
quitar! ¡Y planta en ella un mamón que me dé buen dinero al venderlo!

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"Sólo te recomiendo una cosa, la condición en que por lástima he transigido.


Me dice mi esposa que en el país del que la doncella viene las mujeres tienen
gran vergüenza en ver al hombre que primero las perfora. Así pues la recibirás en
la oscuridad, al menos esta primera vez, y te guardarás mucho de encender luz
alguna en tanto te diviertes con ella.
Prometí humildemente obedecerle, en ello como en todo, y así acabó la
entrevista. Poco podía imaginarme, pobre de mí, las consecuencias que la misma
habría de tener.
Cuando aquella noche llegué a mi aposento, una vieja esclava de la casa me
comunicó que mi obligada amante estaba ya dentro y a punto, por lo que me
abstuve de encender la luz, alcanzando a tientas el lecho que conocía y las
carnes que presentía.
El minuto siguiente a la toma de contacto fue de gran sorpresa, pues no tardé
en comprobar que alguien había estafado de mala manera a mis amos. En efecto,
aquella hembra que bajo mí apretaba tenía tanto de virgen como yo de cura, es
decir que habiéndolo sido sin duda en tiempos,ahora ya no lo era, tal como
mostraba la evidencia. Tuve idea de decir algo, de preguntar quizá, pero las
palabras se me quedaron en la garganta, ya que la falsa doncella resultó
terremoto verdadero, y al instante me encontrédemasiado ocupado para hablar,
sumergido en un frenesí que hubiera cortado la palabra no ya a mí, sino al más
famoso de los oradores de la galaxia conocida. Aún sin el otro detalle, el
transcurso de aquellos instantes acabó de convencerme de que la oriental nada
tenía de doncella, pues aquellas técnicas nunca hubieran sido alcanzadas sin un
largo entrenamiento. En verdad que parecíame tener entre los brazos a la propia
Citerea.
Diré sin falsa modestia que en muy poco tiempo nuestra estrella se volvió nova
por tres veces consecutivas, y aún hubiera continuado haciéndolo de no haberse
interrumpido su actividad de la forma más brusca. Y fue ello que de pronto la luz
se encendió, en contra de lo pactado y sin intervención mía.
Furioso por la interrupción lleve mis ojos a la puerta para descubrir al causante
del desaguisado, y así pude ver al amo Cliwood en persona, plantado en el
umbral con la mano aún en la perilla de la luz. Por un fugitivo momento pensé que
la razón de su venida estribaba en complacerse contemplando el número
representado, pero pronto advertí que su expresión no era nada divertida. Muy al
contrario, sus ojos estaban desorbitados, sus dientes prietos, y todo su rostro
había adquirido un curioso tono verde.
Llevado de un mal presentimiento volví el rostro hacia mi compañera de cama
y, válgame el radamante, allí no había oriental alguna, sino el ama Dunia en carne
y hueso, más de lo primero que de lo último, con el mismo atavío con el que su
madre la arrojara a este bendito universo.
En el colmo del espanto, y creo que nadie me lo reprochará, lancé un grito
ronco mientras me volvía de nuevo hacia el ángel exterminador que en la puerta
estaba. Así pude ver cómo, sin otro ruido que una especie de gruñido, la cara de
mi amo pasaba lentamente del verde al rojo, al tiempo que avanzaba hacia la
cama. Comprendí en el acto que aquel arco iris acabaría en tormenta sobre mí, y
ahora ya no de simples varazos, pues la pena para el esclavo que adulterara con
la esposa de su amo era la de muerte.
Comprobé entonces cómo el pánico llevado a su extremo puede confundirse
con el valor, y de que manera la desesperación es capaz de trocar al gato en
tigre, a la paloma en águila y a la lagartija en dragón. Pues sin casi yo mismo

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darme cuenta de lo que hacía, viendo al amo Cliwood llegar sobre nosotros me
alcé del lecho con un grito y agarrando un jarro de metal que había sobre la mesa,
lo primero a que pude echar zarpa, lo descargué sobre su cabeza con todas mis
fuerzas, alcanzándole de lleno en medio de entrambas astas, con lo que se
desplomó a tierra, nunca mejor dicho, como buey apuntillado.
Siguió un terrible silencio mientras se apagaban los últimos ecos del
cacharrazo, que debió sonar como golpe de gong en toda la casa. Miré al ama
Dunia, que parecía paralizada por el espanto, y luego a su esposo y señor
derramado por tierra como un saco vacío. Y luego otra vez al ama Dunia.
—¡Me voy! —grité.
Salté hacia la puerta, preparado a huir hacia donde fuera, pero al punto me di
cuenta de que el atavío, por decirlo así, en el que me encontraba no era el más
apropiado para correr por las calles. Regresé entonces junto al lecho y me vestí
con mayor rapidez que antes nunca lo hiciera, sin pronunciar palabra. El ama
Dunia tampoco dijo nada, ni aún se movió del sitio en el que los acontecimientos
la sorprendieran. Tan sólo, cuando ya terminaba, apartó la vista de su inánime
esposo para clavada en mí.
—¡Me voy! —repetí, sin ocurrírseme cosa mayormente ingeniosa que decir.
Y sin más salí corriendo de la habitación, y luego de la casa. Cierto que no
sabía dónde ir, pero el conocimiento de lo que había hecho me ponía alas en los
pies. Pues la suerte que las leyes sifanianas reservan al esclavo que mata a su
amo convierte el castigo por fuga o por adulterio en unas agradables vacaciones.
¡Infortunado de mí! De nuevo el oficio citereo me arrancaba de una situación
estable, sino agradable, para convertirme en perseguido y reo de los peores
castigos. Y en esta ocasión yo era por completo inocente de lo sucedido, víctima
sin culpa del lazo en el que la picardía del ama Dunia y la desconfianza del amo
Cliwood me habían lanzado.
Detuve tan solo mi loca carrera cuando las fuerzas me faltaron, apoyándome
entonces, jadeante, en el quicio de una puerta cerrada, en mitad de un calle
desierta en la noche. Medité sobre lo que a continuación debía hacer, y fue
terrible que mi mente, de ordinario tan viva e ingeniosa, no hallase ahora ninguna
solución para escapar al aprieto en que me encontraba.
No había que pensar en ir al puerto espacial, bien que fuera idea tentadora,
pues los capitanes astronavales, reacios a aceptar la presencia de un esclavo
fugado en sus navíos, aún lo serían más si el tal fuese, además, perseguido por
asesinato. Pensé también en alcanzar el puerto marítimo, robar una nave e
intentar de algún modo llegar al continente oriental donde se decía que era
posible adquirir una nueva personalidad. ¡Pobre de mí! Resultaba fácil hablar de
robar una nave, pero sus propietarios buen cuidado pondrían en evitado, y
buenas precauciones habrían tomado al respecto. ¿Qué sabía yo de violentar una
cerradura o de efectuar un falso contacto que pusiera en marcha un motor? ¡Si
apenas sabría, abierta y a punto la embarcación, dirigida sencillamente sobre las
aguas del mar!
No había remedio, pasarían pocas o muchas horas y luego la eficiente policía
sifaniana daría conmigo donde quiera que estuviese y me llevaría ante un poco
amistoso tribunal. ¡Un esclavo que había asesinado a su amo! ¡Nada menos!
Quedábame el recurso postrero del fugitivo, el de procurar proporcionarme
muerte dulce antes de que la justicia me la diera amarga, pero sabía que nunca
encontraría valor para hacerla. ¡Ah, mis perdidos dioses de Garal! ¡Ah, mi
adorada Minerva Atenea, olvidada en mi cuarto, y muda testigo de mi desgracia!

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La evocación de mi diosa, o quizá una inspiración procedente de ella me hizo


tomar una desesperada decisión. En mi bolsillo estaban las llaves de la tienda, y
en la tienda se hallaba la recaudación del día anterior. Decidí regresar a la casa y
allí ¡muerto por uno, muerto por mil! arramblar con todo cuanto hallara antes de
que amaneciera, que no hay mejor llave que el dinero, y quizá ella me abriera el
camino a una posible fuga. Así que deshice el camino corrido en la oscuridad, sin
hallar nadie en las desiertas calles, hasta volver, como el proverbio no se cansa
de repetir, al lugar de mi crimen.
Atisbé la casa, inquieto. Nada, quietud y oscuridad. ¿Acaso el ama Dunia no
habría llamado a la policía, temiendo descubrir su funesta travesura? ¡Atenea de
mi vida! ¿Acaso aún podría salvarme?
Penetré furtivamente por la misma puerta por la que escapara, sin hallar sino
silencio y sombras. Pero cuando me disponía a cruzar el pasillo que habría de
llevarme a la escalera y a la tienda, encendióse la luz y me encontré de manos a
boca nada menos que con el ama Dunia.
Lancé un grito de susto, y creo que ella también, pues sin duda no esperaba mi
presencia. En el momento siguiente salté hacia ella y puse mi mano en su
garganta, al tiempo que le decía:
—¡Quieta! ¡No grites o te mato a tí también!
Chillona sonó mi voz, que no siniestra ni amenazadora como me habría
gustado. Y tampoco era convincente la amenaza, ya que en el estado en que el
miedo me tenía, perfectamente hubiera podido el ama hacerme besar las
baldosas de un solo soplamocos. Pero en vez de hacerla, o mucho menos de
asustarse, ella se echó a reír y me apartó con toda tranquilidad la mano que
amenazaba o quería amenazar su cuello.
—¿Matarme a mí también, Gabrielillo? —dijo de buen talante— Me matarías a
mí sola, que bien vivo está mi marido, y pienso que ha de durar aún muchos años,
para mi aburrimiento.
Me alegró la noticia, aunque no demasiado. Porque si ya no era criminal, poco
aprecio habría de esperar de aquel cuya frente había quebrado después de
ornarla.
Advirtió el ama Dunia mi miedo, y de nuevo rió.
—No debes preocuparte —dijo— que de lo ocurrido solo yo he tenido la culpa,
y ya cuidaré de que no te ocurra nada malo. Ven que te explique lo que hemos de
hacer, pero antes creo que podríamos acabar lo que estábamos haciendo cuando
nos interrumpieron.
No estaba mi ánimo para cabalgadas nocturnas, o por lo menos así lo creía yo.
Pero cuando regresamos a mi cuarto, del cual eché a faltar al momento el cuerpo
del supuesto difunto, de tal forma actuó el ama Dunia que casi lleguéa olvidar lo
que me amenazaba. No fue aquello ya nava en explosión, sino cefeida variable
que pulsaba apocalípticamente una y otra vez hasta perder la cuenta, y de creer a
aquel viejo libro terrestre en que se decía que un trajín bien llevado pudiera hacer
temblar la tierra, sin duda en aquella ocasión hicimos trepidar las tierras, vibrar los
cielos y crujir los dientes a los dioses que tras ellos moraban.
Finalmente, aparecidas las primeras luces del alba, exhausto yo y calmada mi
ama, condescendió ella a explicarme lo ocurrido después de escapar yo de la
habitación, así como lo hecho por ella y lo que pensaba hacer.
Resultó que en el primer momento también creyó mi ama que el buen Cliwood
había cruzado el Estigia, pero, con más ánimo que yo, quiso cerciorarse y pronto
advirtió que, aunque maltrecho, aún alentaba. Siendo de natural robusta, logró

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arrastrarle mal que bien hasta su propio dormitorio, hecho lo cual llamó a la
servidumbre y dispuso la llegada de un médico. El galeno, a quien se habló de
una caída accidental por las escaleras, remedió lo que pudo y luego,tras
tranquilizar a la doliente esposa, administró al interfecto una droga que le tendría
tranquilo durante el resto de la noche y buena parte de la mañana. Despedido el
doctor y vuelta la servidumbre a sus cámaras, el ama Dunia había velado al bello
durmiente hasta que, al oír cierto ruido en el pasillo, salió para encontrarse
conmigo.
—Pero cuando el amo despierte recordará todo, y me denunciará o se vengará
personalmente de mí —me quejé, nada tranquilo.
—No estará en condiciones de tomar venganza —opuso el ama Dunia,
sonriendo—. Al menos en unos días. Pero tienes razón, no puedes permanecer
en esta casa, y es arriesgado que te quedes en la ciudad. ¿Sabes lo que
haremos? Esta misma mañana, en cuanto abran el mercado de esclavos, te
venderé a las cuadrillas de trabajo del continente oriental.
Aquel plan no me gustó mucho, pues la palabra trabajo jamás ha sido de las
más gratas a mis oídos. Recordé, no obstante, que hacía tan sólo unas horas
hubiera vendido cuerpo y alma por poder llegar, como fuera, a aquel mismo
continente que se me ofrecía. Aún ahora, algo tranquilizado, la sola idea de
enfrentarme con el amo Cliwood me daba sudores fríos, de modo que decidí
resignarme.
—¿Y no me denunciará el amo? —pregunté.
Mi compañera de lecho rió ahora francamente.
—De que no lo haga me encargo yo —repuso—. Le recordaré que si denuncia
e! caso, éste no tardará en ser público, y la cosa no le gustará.
Reflexioné sobre ello, y convine que mi dueña tenía razón. La historia del bravo
comerciante, a más de cornudo apaleado, no sería de las que aumentan la
dignidad y favorecen el negocio. Por un instante estuve a punto de interesarme
por lo que podría ocurrir al ama Dunia, pero opté por no meterme en asunto
ajeno, que bastante tenía con el mío. Ya procuraría lidiar aquel toro, y pienso que
no le resultaría demasiado difícil.
Así pues, tras reunir mis escasas pertenencias, dije adiós a aquella casa donde
había sido si no feliz tampoco grandemente desgraciado, y seguí a mi dueña
hacia el mercado de esclavos, donde habría de iniciar un nuevo capítulo de mi
aventurera existencia.

Capítulo V

DE CÓMO HUBE DE CONOCER LOS RIGORES DE LA SERVIDUMBRE


COLONIAL HASTA QUE LA BIENAVENTURADA ATENEA HIZO QUE SALIERA
DE NUEVO AL ESPACIO

¡Oh, mísero, infeliz de mí! ¿Qué pecados cometí en contra de los dioses, para
que de tal forma me castigaran?
Pues la esclavitud que conocí, nada más llegado al continente oriental, y aún
durante el viaje al mismo, poco tenía que ver con la que ahora parecíame suave
servidumbre del buen Cliwood, y hasta añorar llegaba los varazos que antes me
medían la espalda.

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Vendido a las cuadrillas gubernamentales, y despedida de mí con afecto mi


anterior ama, fui metido al instante en un sucio almacén abarrotado de gentes
brutales, esclavas como yo, pero carentes de mi natural fineza y educación, las
cuales hiciéronme pronto objeto de las más groseras y desagradables bromas, o
lo que ellos entendían como tales.
Al día siguiente nos introdujeron a todos en un lento y destartalado barco,
zarpando rumbo a tierras para mí ignoradas. Malo estaba e! mar, y yo no fuí el
único que se mareó, no contribuyendo e! fenómeno a aumentar la ya dudosa
limpieza del navío.
De tal forma discurrió el viaje que cuando el barco atracó al fin en un pequeño
puerto sentí un inmenso alivio, y aún llegué a pensar con optimismo que en
aquellas salvajes tierras quizá pudiese mejorar de condición.
¡Qué equivocado estaba! Por ser salvaje, aquella tierra pedía trabajo, y éramos
nosotros los destinados a proporcionado. Se trabajaba de sol a sol, construyendo
carreteras, barracas y todo cuanto requiriera labor humana, bajo la custodia de
bárbaros capataces carentes de toda compasión. Actuaban éstos, por añadidura,
a comisión de la labor realizada por sus cuadrillas, así que cada rato de ocio del
esclavo era una moneda que huía de la bolsa de! capataz, con lo que es de
suponer la bondad y comprensión de tales brutos hacia nuestros sudores y
fatigas.
Deteníase a mediodía la labor para que consumiéramos, mal que bien, la
alimentación sana y abundante que nos correspondía, y que un cerdo hubiera
rechazado con indignación. Seguía luego el trajín durante toda la tarde, hasta
que, al caer el sol y tras otro refrigerio de parecida exquisitez, nos llevaban a las
barracas dormitorio.
Nada agradables eran éstas, pues dormíamos todos en duros jergones,
materialmente unos encima de otros, oreados por insoportables hedores y
atronados por los ronquidos que la parroquia emitía, y no solamente por la
garganta. Añádase a ello que, por el calor, existía amplia ventilación en las
barracas, lo que era aprovechado por la bicharraquería local para penetrar en
plan de exploración, correteando a gusto y en ocasiones mordiendo o picando.
Nunca, ni en mi no demasiada venturosa infancia, habría pensado yo en dormir
en dichas condiciones, con ratas cruzando sobre mi cuerpo y cara y con los ruidos
y olores descritos. Mas tal era el cansancio con que a la barraca se llegaba, que
apenas tocado el jergón caíamos todos en profundo sueño, saliendo de él
únicamente al amanecer, cuando las dulces voces de nuestros capataces nos
indicaban que el trabajo fecundo y ennoblecedor nos aguardaba. Debíase salir
entonces con toda rapidez, pues el retardatario podía atraer sobre él cuanto
menos un cubo de agua fría y cuanto más una lluvia de zurriagazos.
En una de las primeras noches sucedió una desgracia que a todos nos hubiera
dejado sin sueño en las posteriores de no ser por el cansancio de que ya he
hablado. Pues ocurrió que, mezclada con las ratas y otros bichos exploradores,
penetró en mi barraca una gran araña de las que llamaban cangrejo y, quizá
enfadada ante tanto roncador, propinó al más cercano tan venenoso mordisco
que el infeliz pasó del reino de Morfeo al de Plutón en sólo el tiempo de alertamos
con un chillido. Despertó la concurrencia sobresaltada, encendió algunos fósforos
y, en tanto unos vengaban al muerto, otros gritaban contra las condiciones en que
vivíamos, y golpeaban ruidosamente las paredes. Acudieron luego los capataces,
golpeando también, pero sobre nuestros lomos, para sofocar lo que creían motín.

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Entendieron al fin nuestros mentores lo que sucedía, y mucho se dolieron de


ello, ciertamente no por caridad, sino por haber costado dinero el siervo
emponzoñado. En consecuencia cerraron todos los orificios de ventilación, por
miedo a que fuera a entrar otro visitante de ocho pies, con lo que la barraca se
trocó en horno. Finalmente, pensando ser mejor araña probable que sofocón
cierto, quebramos las barreras nosotros mismos para que entrara el aire y todo
bicho que lo deseara. No penetró, o al menos no mordió, ninguna nueva araña, y
pienso que por ser esos bichos poco sufridos y no gustar del ambiente que en
nuestro dormitorio reinaba.
Pero más desesperante que las arañas, los parásitos, la dura labor y los
vergajazos recibidos, resultaba la total desesperanza sobre el futuro, el saber que
a un día seguiría otro, y que sólo con la muerte cesaría nuestra condición de
animales de carga. Y aún peor, que tal barbaridad fuera considerada como natural
por todos aquellos que nos rodeaban.
No había que pensar en la fuga, pues de lograr burlar la vigilancia de los
capataces de quienes éramos responsabilidad, tan sólo lograríamos perdemos en
una selva pantanosa llena de animales salvajes que poco tardarían en dar buena
cuenta de nosotros. Las tribus indígenas de la región dividíanse entre las que, de
entregamos en sus manos, nos devolverían al campamento para cobrar la
recompensa en especie, y las que por el contrario nos conservarían para su
comida. Y si por un milagro lográramos llegar a algún centro civilizado, en el acto
retomaríamos bajo buena guardia a las zarpas de nuestros capataces. Que para
un esclavo no hay en el mundo otro lugar que el que por mandato ajeno ocupa en
cada momento.
Como fiel siervo, recordaba yo a menudo a mi ama Dunia, ya que allí no había
más mujeres que las que nuestra imaginación creaba. El recuerdo de nuestras
sesiones amatorias me desesperaba y complacía al mismo tiempo. Pensaba
también a veces si acaso ella sabía algo del infierno al que me había arrojado, y
gustaba de creer que no.
Pues en el otro continente se pensaba que los siervos llevaban una vida
perezosa y apacible en las nuevas tierras orientales, y la propaganda destinada a
lograr colonos libres para las mismas contribuía mucho a ello.
Había conservado, como único consuelo, la imagen de mi patrona Minerva
Atenea, ya que no había despertado las apetencias de ningún capataz, o éstos
respetaban a los dioses. Rogaba a veces desesperadamente para que la diosa
me sacara del apuro, aunque no llegaba a pensar cómo podría hacerlo.
Enfadábame en otras ocasiones con ella, meditando que me había llevado de
acólito de templo a esclavo de ciudad, y de esta condición a la de esclavo de
campaña, siempre de mejor a peor, no obstante mis continuos ruegos.
Luego pensaba si acaso el hecho de saquear el tesoro del Templo no me había
acarreado tal castigo, y suplicaba perdón para mi falta, prometiendo enmienda.
De un modo u otro, siempre tornaba a la oración, porque la esperanza eslo último
que se pierde, y cuando no se puede basar en el mundo natural, se acude al
sobrenatural para alimentarla.
Pero entre oración y oración, atendiendo al dicho de “Ha los dioses ruegues y
con el mazo pegues", pugnaba yo también por mi cuenta para, si no solucionar, al
menos suavizar los rigores de mi situación. Portábame dócilmente en todo y
procuraba lograr la amistad de mis capataces, intentando mitigar el trabajo que
sobre mis espaldas caía. No me valía allí mi condición de contable, pues nada
había que contar sino los palos que repicaban en nuestras costillas, de modo que

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intenté meterme en la cocina, destino siempre deseable que engorda a quien lo


logra al compás que enflaquece a quienes de él dependen. Presentéme como
experto en sopas, licenciado en salsas y doctor en bazofias, ofreciendo hacer
comestible el engrudo que a los esclavos daban, y sabroso el más sofisticado
manjar que correspondía a los capataces. Puesto a prueba, bien salió ésta en lo
que a la comida servil se refiere, que de tan mala que era nada de lo que le
hiciera yo podía empeorarla, pero tuve la mala suerte de quemar el guiso de los
del zurriago, amén de socarrar su carne y aguar su sopa, por lo que salí del hogar
de la marmita más deprisa de lo que había entrado, y tuve suerte de salvarme de
las iras de los frustrados comensales.
Algún tiempo después me puse en contacto con un despistado ingeniero
encargado de la planificación del poblado-colonia que estábamos construyendo.
Intereséme grandemente en su trabajo y de tal forma me gané su confianza que
logré me encargara transportar sus instrumentos y ayudarle en su labor dentro de
mis capacidades, todo ello sin perjuicio de mi habitual trabajo de bracero.
Magnífico logro era ésto, pues nada hay como tener dos trabajos para no realizar
ninguno de ellos, excusándose el primero con el segundo y viceversa.
Procuraba o fingía ser llamado por el ingeniero nada más surgir algún trabajo
penoso en mi cuadrilla, permanecía junto a aquél algún tiempo, entregado a
ligeras tareas, y retardábame luego en volver a mi habitual laborar hasta tener la
seguridad de haber acabado lo más grueso del mismo. Evidentemente empleaba
el mayor tiempo posible en el traslado de un lugar a otro, llegando siempre tarde
para el trabajo y a punto para el yantar.
Sin embargo no tardó en acabar el dicho planteamiento en catástrofe, como
casi todo lo que en los últimos tiempos emprendía. Cierto día que había sido
emparejado con un compañero de fatigas para entre los dos transportar y plantar
los recios troncos de una empalizada, me excusé en el último momento con el
cuento del ingeniero y le dejé viudo toda la mañana, luchando con los troncos,
sudando a mares y renegando sin parar del trabajo de dos que él solo debía
realizar.
No consideró aquel belitre que aquella dura labor más correspondía a un
forzudo barbián como él que a un joven cultivado y gentil cuya mayor energía se
hallaba en el cerebro y no en la musculatura. Así, cuando a la hora del rancho me
vio venir fresco y descansado, las manos en los bolsillos y un melodioso silbido en
los labios, aprovechó no haber capataz cercano para venirse a mí y emprenderla
a golpes sin el menor aviso ni explicación, y no hubo de necesitar muchos de
aquellos, pues al primero dio conmigo en tierra y, a diferencia de Anteo, el
contacto con el suelo no me socorrió con nuevas fuerzas, antes bien me quitó las
pocas que tenía, con lo que quedé a merced de aquel salvaje. Poca ayuda podía
esperar de los restantes trabajadores serviles, que por el contrario jaleaban y
animaban a mi ofensor.
Dióme éste varias patadas, tras de lo cual me levanté varias veces para otras
tantas lanzarme a tierra de un puñetazo. En vano pretendía huirle, o clamaba
socorro, deseando tanto la llegada de un capataz como en ocasiones anteriores la
había temido. Sordo a mis gemidos y súplicas, el bárbaro aquél, que me parecía
entonces semejante a un Alcides en fuerzas y saña, atajábame por todas partes y
parecía decidido a dejarme balqado para el resto de mis días.
De tan triste sino salváronme al fin dos fornidos esclavos de otra cuadrilla
quienes, tras reír al principio, como todos, mi desgracia, intervinieron mediada la
tunda para tranquilizar a mi enemigo y rescatarme de sus uñas. Con grandes

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cuidados y muestras de simpatía me tomaron por los brazos, pues yo apenas


podía mantenerme en pie, y me alejaron del campo de mis desdichas,
apartándome tanto de las manos como de las vistas de aquellas falsos
camaradas, con el pretexto de llevarme a que curaran mis contusiones. Tan sólo
cuando llegamos tras unos arbustos comprendí con espanto que los dos fingidos
samaritanos no tenían otro propósito que remediar con mi cuerpo la absoluta
carencia de mujeres de que todos adolecíamos.
Chillé y me debatí cuanto pude, pero bien sujeto me tenían, y lo irremediable
hubiera llegado a suceder de no aparecer en el último momento, parecidos a
ángeles salvadores, una pareja de capataces. Habían éstos acudido atraídos por
la noticia de la pelea y al buscarme luego, escucharon mis gritos y lamentaciones
y me localizaron a tiempo de frustrar a mis asaltantes. Descargaron al instante
fuerte tormenta de vergajazos sobre ambos bujarros, sin atender a si lo eran por
necesidad o vocación, y luego me sacaron de entre sus zarpas, llevándome,
ahora sí, a que me curaran las contusiones de la pelea.
Quisiera poder decir que mis compañeros me mostraron después de tal lance
alguna simpatía o lástima, pero nada de esto ocurrió. Acosáronme por el contrario
con toda clase de pullas y bromas groseras alusivas al episodio y no tuve sino
que resignarme al hecho de que mi natural don de gentes no hacía efecto en las
ánimas, si es que tenían, de aquellos brutos que mejor estarían comiendo en
pesebre que gozando de consideración humana.
Medité asimismo que me convenía trabajar, bien que no a gusto, junto al resto
de la cuadrilla y renunciar a martingalas para escurrir el bulto, pues muy bien
pudiera suceder que alguien me rompiera los huesos. No hube de disculparme sin
embargo con mi amigo el ingeniero, puesto que al día siguiente mi cuadrilla fué
trasladada de lugar, y se nos confió la tarea de talar la selva, labor que no digo no
deseara yo a mi peor enemigo, sino que para mí mismo jamás la querría, de
haber tenido elección.
¡Ah, amigos de los tiempos futuros que tengáis conocimiento de mis
desventuras! No escuchéis jamás a quienesclaman por la conservación de la
naturaleza virgen, presentándola como propia de paraísos perdidos. Denme a mí
una buena ciudad de cemento vulgar y árido, con calles para pasear, cómodas
viviendas donde morar y acogedoras tabernas en las que adorar al pródigo Baco
Diónisos, y déjenme de selvas rumorosas y lujuriantes, quizá buenas para simios
pero no para seres racionales. Pues os diré que aquella naturaleza virgen
apestaba como jamás virgen alguna lo hiciera, si no es en período de regla, y
rebosaba de pinchos, ortigas y alimañas de todo calibre y aspecto.
Marchaban contra la jungla docenas de enormes monstruos metálicos
enarbolando palas, rastrillos, tenazas y toda clase de instrumentos cortantes, y allí
reventaban los arbustos y caían los árboles que era bendición de los dioses. Pero
luego llegaba la hora de que nosotros, los tristes siervos, avanzáramos sobre las
huellas de los leviatanes para apartar los restos de la batalla, llenar los vagones
de motor o tiro animal, limpiar al caído follaje y dejar listos aquellos troyanos
campos para las apisonadoras que allanarían la futura carretera. Allí sudábamos y
jadeábamos bajo el calor, nos destrozábamos las manos en rugosas cortezas y
agudas espinas, y hundíamos pie y pierna en fétidos charcos de podredumbre.
Contábamos también con el aliciente de la multitud de habitantes del bosque
que, súbitamente huérfanos de su amparo, salían a pedirnos razón y cuenta del
desafuero. Tan pronto estallaba nube de insectos como corría escolopendra o
saltaba arácnido, siempre con daño o susto para nosotros. A uno de mis

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compañeros, al echar a un lado un tronco caído se le vino encima un serpentón


que por no ser venenoso no le envió en al acto a los dominios subterráneos, bien
que dentro de sus medios hiciera todo lo posible por logrado. A mí personalmente,
mientras intentaba hacer rodar otro de aquellos palillos, de un agujero en él salió
de repente un gusano como una catedral, que se me quedó mirando fijamente,
quizá calculando si yo era apropiado para su dieta. Tan sólo un segundo duró el
careo, pues al siguiente puse pies en polvorosa, y de no topar con un capataz y
con su vergajo, sin duda hubiera interpuesto la redondez del planeta entre mi
persona y el objeto de mi pánico. Excusado es decir que tuve que volver mal de
mi grado, con amenaza de palo, a la tarea que tan gratas sorpresas era capaz de
proporcionar.
Al segundo día de tala tuvimos conocimiento de una novedad, quizá fruto de lo
que me había sucedido con aquellos dos fallidos enamorados de mi persona. Sin
duda alarmados por aquel caso y otros similares, y temiendo no se convirtiera
aquella pestífera selva en jardín de Sodoma, acordaron nuestros patrones hacer
venir a nosotros algunas mujeres de pago, a cuenta naturalmente del presupuesto
general, ya que nosotros ni un centésimo teníamos para contentarlas.
Pero decepcionante fue el encuentro, pues aquellas ninfas por su edad bien
podrían haber conocido los fastos y esplendores del difunto Imperio Galáctico, y si
alguna había de buen ver, nunca demasiado, claro está que no pasaba del círculo
de los capataces. Aprovechamos sin embargo, aquellos averiados platos, pues
siempre cabeza pelada es peor que viejo gorro, pero aquellos favores no sirvieron
sino para hacernos aún más penosa la idea de nuestra condición, y para
recordamos que para nosotros no había esperanza de redención en tanto el
Universo subsistiera.
Habíamos terminado de desbrozar un largo tramo de carretera, y estábamos
ahora ocupados en construir un nuevo poblado provisional a su término cuando
se nos proporcionó o creyó proporcionar otra clase de consuelo, éste de índole
espiritual. Llegaron al efecto unos raros curas todo de negro vestidos, luego
supimos que de la religión en cierto modo oficial del planeta, y fuimos nosotros
convocados para escuchar su palabra. Acudimos con gusto, no hay que decido,
pues hora oyendo a cura más descansada es que hora desbaratando bosque, sea
cual sea la religión o creencia de que se trate.
Habló el principal de los recién llegados, principiando por exaltar nuestra
calidad de siervos, ya que, según él, cuanta más fatiga pasáramos en esta vida,
mayormente felices habríamos de ser en otra eterna que principiaría tras de
nuestro fallecimiento. Tanto insistió sobre el particular que llegué a preguntarme
cómo él mismo y sus secuaces no abandonaban su condición para hacerse
esclavos y acompañamos en el desbrozamiento de la selva, comprando gloria
futura con infortunio presente. Antes bien, por su barriga y aspecto general
notábase que otra cosa comían que no la bazofia sana y abundante con que a
nosotros nos obsequiaban, y que sus espaldas poco habíanse curvado sobre el
tajo, ahorrándose vergajazos en este mundo aún a riesgo de disminuir la dicha en
el siguiente.
Pero seguía hablando el preste, y sus palabras tenían ahora gran interés para
nosotros. Diciéndose conocedor de que en gran parte éramos ignorantes en el
aspecto religioso, hacía propaganda de su fe mencionando que uno de cada siete
días, por considerarse santo, estaba vedado al trabajo, debiendo dedicarse a
diversas ceremonias religiosas y, en nuestro caso, a la necesaria instrucción

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catecuménica. Eso, claro ésta, siempre que renunciáramos a nuestras falsas


creéncias y supersticiones y aceptáramos abrazar la verdadera fe.
Algo continuó diciendo el buen cura, pero nosotros ya habíamos oído lo
suficiente. Sin duda hubiéramos preferido alguna otra religión que aparte del día
señalado, santificara igual los otros seis, más a falta de ello, aceptamos todos la
dicha ofrecida, y alegremente apostatamos de nuestras anteriores creencias,
quienes las tenían, para ponernos a disposición de quienes ahora nos predicaban.
Jamás misionero alguno obtuvo tal éxito de conversiones, que en verdad
milagroso parecía que con un solo sermón se pusiera tanta tropa en camino de la
eterna salvación.
Menos entusiasmados estaban los capataces, que ya dije que llevaban
comisión sobre nuestros sudores, y un día de descanso representaba por tanto un
atentado a sus bolsillos. Pero las consignas venían en esta ocasión de muy
arriba, si no del cielo mismo, sí del gobierno planetario de Sifán aquejado de un
pasajero arrimo a su religión. Por tanto no podían hacer sino poner buena cara al
mal tiempo, en evitación de males quizá peores.
Y ahora he de relatar un hecho vergonzoso, del que nunca me doleré bastante.
Quisiera ocultado, apartándolo de la curiosidad de quien por mi vida se interese,
pero en verdad que no puedo, en aras de la honradez, falsear mis memorias en
este caso sin que llegara a dudarse de la veracidad del resto. Pues fue que,
llegados todos en alegre algarabía a nuestro campamento, sabiendo no poder
ocultar nada a los ojos de posibles chivatos, hice realidad mi apostasía y cogiendo
a mi antes adorada Atenea, fiel compañera de tanto daño y fatiga, corrí con ella
en alto, dando gritos en favor de la nueva religión, y la arrojé a un cercano
estanque sucio de barro y juncos, viéndola hundirse y desaparecer bajo las
impuras aguas. ¡Oh, repulsiva naturaleza humana, que de tal forma sacrifica la
tranquilidad de la conciencia al beneficio de la carne! Y de ese modo me separé
de aquella a la que por tanto tiempo había rogado, y a la que transportara a través
de males y peligros de toda índole.
Debo decir, extremando mi miseria, que no me arrepentí de lo hecho en las
primeras semanas que siguieron. Porque el día de asueto era bendición para
nuestros agotados cuerpos, fuera del bien que nuestras almas pudieran atesorar.
Asistíamos de mañana a las complicadas ceremonias oficiadas por nuestros
religiosos, tras de lo cual dábannos ellos de comer en cuantía y calidad antes
jamás soñadas, de manera que tan sólo por ésto ya podía darse por provechosa
la conversión. Por la tarde se nos instruía en la nueva fe, aprovechando alguno
para, en las últimas filas de la audiencia, echar un buen sueño y aún organizar
una clandestina partida de cartas.
¡No así yo, desde luego! Como siempre acostumbro a hacer, permanecía
siempre en primera fila, bebiendo materialmente las palabras del predicador,
dando siempre señal de mi atención y fervor ante sus ojos, e instruyéndome en
todo cuanto decía. Pues he de confesar que tenía yo mis propios planes que no
se detenían en el descanso semanal y el buen yantar.
Aprendí que, para nuestros nuevos mentores religiosos, tan sólo un dios había,
en vez de la multitud de ellos que en otras religiones se prodigaban. Existía
también, sin embargo, para que la vida no fuera demasiado aburrida, un cierto
sujeto denominado Demón que procuraba oponerse al Ser Supremo, hurtándole
las sombras de los difuntos para llevadas a sus dominios, donde luego se
divertiría en atormentarlas. Así pues el dicho individuo, que solía presentarse de
fea catadura, instigaba a los humanos a portarse mal a fin de que, tras morir,

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fueran rechazadas sus ánimas por la divinidad, y pudiera él mismo hacer acopio
de ellas.
Buenas eran las normas morales de la mentada religión, si bien que algo duras
en lo que al aspecto citereo se refiere, de modo que costaba comprender cómo
considerábase oficial en un estado que en tan lamentable condiciones nos tenía.
Pero es bien sabida la distancia entre lo dicho y lo hecho, lo que se reza y lo que
se actúa, lo que sabiamente se legisla y lo que prosáicamente se ejecuta. De
cualquier modo, aquello no era de mi incumbencia.
En los días sucesivos, no hubo catecúmeno más atento a los sermones, orante
más dócil en los rezos ni acólito más dispuesto en las ceremonias que quien estos
hechos relata. Aprendía con afán la nueva creencia tal como en Garal hiciera con
la vieja, interesábame en sus problemas y ejercía el arte de hacer preguntas que
dieran ocasión de lucirse al respondedor, por lo que pronto fui favorito de aquella
clerecía. Llegué de tal forma con provecho a las proximidades de nuestra
iniciación, que habría de realizarse mediante cierta aspersión de aguas.
Elegí estos días para iniciar mi plan, que pensaba habría de sacarme de mi
triste situación. Así pues, busqué un aparte con el mas gordo de los curas,
llamado Gastán, que habíase mostrado muy amistoso hacia mí durante todo el
período de instrucción.
Mostréme grandemente satisfecho de haber tenido ocasión de acercarme a la
verdadera luz y le dí las gracias por su intervención en tal sentido. Mas luego
manifesté mi inquietud por el inmenso número de infieles que aún existía en
nuestro mundo, por no hablar de otros de la Galaxia, fácil presa para las
artimañas del astado y malintencionado Demón.
—Creo firmemente, padre Gastán —manifesté, como quien expresa por
primera vez un pensamiento oculto que no puede considerarse salvado quien a su
vez no se preocupa por salvar a los demás. Desearía por ello que me ayudarais
para, nada más ceremoniado, entrar en un seminario de la verdadera fe y así
poder llevar a todas partes la santa palabra, tal como vos ahora lo hacéis.
Emocionóse el padre Gastán ante mis pías intenciones, pero hubo de aguarlas
con su respuesta:
—Celebro en verdad que pienses así, Gabriel —dijo—. Más debes saber que
en nuestros seminarios no son admitidos los hombres de condición servil. Que te
sirva de consuelo saber que en todo momento y lugar de nuestras vidas
tendremos ocasión de servir al Señor.
Sin duda debí dejar en el acto aquella conversación y procurar salvar lo
salvable, pero el golpe de la desilusión fue fatal para mí. Veíame ya alejado de la
esclavitud, redimido por los buenos padres y llevado a uno de aquellos seminarios
en donde, a juzgar por quienes de ellos salían, habría de comerse y beberse a
gusto, y he aquí que me sentía arrojado de nuevo a los rigores de la cadena y el
vergajo, sin esperanza de salir vivo de ellos. De modo que olvidé en un fatal
momento mi buen parecer picaresco y protesté ante quien mejor me hubiera
valido callar.
—¿Y cómo se explica, padre Gastán, que se nos diga que todos los hombres
son iguales ante el Señor, y luego en los propios seminarios de esta fe se
establezcan distingas entre el libre y el siervo?
Frunció el ceño mi interlocutor y respondió, ya sin benignidad alguna:
—Iguales somos todos ante el Señor, Gabriel, pero sólo en lo que al ánima se
refiere. Y el lugar en que hemos sido colocados en la vida forma parte de sus

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designios, y así debemos practicar la resignación y ofrecer nuestros sufrimientos


para su mayor gloria.
Repliqué, enfadado, que muy fácil era para él y los suyos, bien comidos y bien
bebidos, resignarse con su agradable estado y ofrecer unos sufrimientos
inexistentes a la gloria de quien fuese, pero que distinto cantar era el referente a
nosotros, los esclavos. Y terminé diciendo con más imprudencia que cordura.
—¡Y si ésto es así, llegaré a pensar que no es tan buena la religión que nos
mostráis, o que quizá sus ministros no son dignos de la divinidad a quien sirven!
No pude añadir más, pues en el acto el padre Gastán me echó mano al cuello,
medio sofocándome, y a empujones me llevó ante los restantes catecúmenos,
que se habían reunido ya, en espera de una próxima ceremonia. A sus pies
arrojóme con violencia, en tanto que gritaba enfurecido:
—¡Aquí tenéis a Gabriel Luján, a quien hasta ahora tenía por el más piadoso de
vosotros! ¡Acaba de confesar que su conversión a la verdadera fe se debía
únicamente a la esperanza de salir del estado servil en que se halla!
En realidad yo no había confesado tal cosa, pero en lugar de manifestar mi
inocencia y aún pedir perdón, la ira me empujó a ponerme en pie y arengar a mis
compañeros:
—¡Y ahí tenéis al sacerdote de una religión que dice que todos somos
hermanos, y que luego nos deja en la esclavitud, como si fuéramos animales, y
cierra todos los caminos a quienes no posean el privilegio de ser libres!
Asombráronse los oyentes ante estas razones y creo que quizá la simple idea
del buen yantar y el descanso hasta entonces disfrutados hubieránles llevado
contra mí. Pero si antes había yo errado, ahora se equivocó el padre Gastán, ya
que sin esperar reacción ni respuesta, se enfrentó con el resto de los
catecúmenos, tratándoles poco menos que si fueran cómplices míos.
—¡Pues así es! —les gritó, rojo como un pavo e hinchado como un sapo—. El
esclavo es y será esclavo tanto a los ojos del Señor como a los de los hombres.
¡Y si algunos de vosotros han pensado en la religión como un camino para
hurtaros a vuestra condición natural, o como un medio de tragar mejor o trabajar
menos, debo deciros que la religión no necesita de vosotros!
Mejor hubiera hecho en callar, y pensar que, aunque servil, todo hombre tiene
su corazón y sus genitales, y riesgo había en herir el primero y patear los
segundos, máxime si no había motivo suficiente.
Y así sucedió que un fuerte mozarrón, sin poder contenerse, avanzó un paso y
gritó:
—¡Ni nosotros necesitamos de tu religión!
Lo que fue señal de comenzar el motín. Gritó el pastor y respondieron en el
mismo tono sus ovejas hasta que, pasando de palabras a hechos, cogiéronse
cantos del suelo y descargó fuerte granizada primero sobre el gordo cura y
después sobre todos los demás, que acudíeron sin saber muy bien lo que
sucedía.
Sostuviéronse firmes los prestes al principio, amenazando con lo divino y lo
humano, pero como arreciara el pedrisco, corrieron al fin en desbandada para
refugiarse en las barracas o buscar el amparo de los capataces. No fueron éstos,
sin embargo, muy diligentes en acudir al salvamento, antes bien disfrutaban con
el espectáculo, pensando en el caudal que las actividades misioneras habían
restado a sus bolsas, y gozándose en el desastroso fin de la operación. Mas era
evidente que no tardarían en entrar en danza los vergajos, pues a nadie convenía
que las cosas fueran a mayores.

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Entretanto había yo abandonado apresuradamente el lugar de los hechos, pero


por una vez no impulsado por la prudencia ni por temor a la represión que no
tardaría en llegar. La pena y el arrepentimiento me llevaban a determinado lugar,
y existía algo que tenía que hacer antes de que ninguna circunstancia pudiera
impedírmelo.
Llegué jadeante hasta aquel charco donde días atrás lanzara a mi traicionada
Atenea y, despojándome de mis ropas, me arrojé a las sucias aguas resuelto a
ahogarme antes que renunciar a su recuperación. Fue difícil tarea, pues el barro y
los residuos de toda clase estorbaban la visión, mientras que juncos y hierbajos
amenazaban con enredarse en mis miembros y mantenerme bajo las aguas.
Luchando y escupiendo, hube de salir a la superficie una y otra vez hasta que
finalmente, en una de las zambullidas, conseguí que mis manos rozaran el
contorno familiar, bien que semienterrado en el Iodo.
Saqué de las aguas a mi enfangada Tritogenia y, casi llorando, la limpié con
mis pobres vestiduras, jurando que jamás la abandonaría de nuevo, y que
prescindiría de toda nueva petición o ruego, limitándome a esperar su perdón o su
castigo. Y mientras me dirigía a la diosa, frotaba una y otra vez su imagen hasta
lograr, mal que bien, limpiarla o al menos dejada en estado algo menos
lamentable. En aquellos momentos me sentía el más innoble y desdichado de
todos los humanos, pero prometíame, viniérame encima lo que me viniere, no
burlar mi conciencia, y soportar como hombre lo que el destino o los dioses
tuvieran a bien depararme.
No tardaron en manifestarse éstos o aquél en la figura de un corpulento
capataz que, merodeando por allí, me vio y se apresuró a acercarse.
—¿Qué haces aquí, Luján? —me preguntó con rudeza—. ¡Vístete y ponte en
marcha! Estáis todos convocados en el campamento principal.
Obedecí y, empuñando firmemente la imagen de mi diosa recuperada, me puse
en camino hacia el suplicio. Porque no dudaba de que los apedreados misioneros
serían el origen de aquella concentración servil, ni de que sabrían muy bien a
quién echar la culpa del desastre.
Pero sin duda fué sensible la sapiente hija del Tonante a mi arrepentimiento y,
si no perdón, quiso otorgarme una nueva oportunidad. Pues al llegar al
campamento y a la reunión, en lugar del cura que temía, ví aparecer un robusto
militar, con uniforme de los guardias del espacio, que se dirigió a nosotros en los
siguientes términos:
—¡Muchachos! El arcontado de Sifán, a quien Dios muchos años guarde, ha
tenido a bien solicitar personal servil voluntario para trabajar en el espacio. Todo
el que se atreva a salir fuera de la atmósfera y hacer un trabajo de hombres no
tiene sino acercarse y dar su nombre.
No hay necesidad de decir que fui de los primeros en dar el paso adelante.
Aquella inesperada proposición me pondría de momento fuera del alcance de los
clérigos, quienes si bien al cielo sirven, por lo general mantienen sus pies bien
firmes en la tierra. Además entre las estrellas no encontraría araña mordedora,
ciempiés picador ni alimaña de ningún tipo y quizá sí una oportunidad de mejorar
mi suerte. Avancé por tanto, y muchos avanzaron conmigo, al estimar que
cualquier situación no podía ser sino mejor que aquella en la que nos
encontrábamos.
Al llegar, uno de los primeros, junto al guardia, éste me pidió el nombre y me
preguntó luego si tenía alguna experiencia en el espacio.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

—He recorrido cientos de años-luz desde mi planeta natal hasta aquí —dije, sin
mentir— y puedo decir que no he robado la comida que me daban.
En efecto, era cierto, ya que, por ir dormido, ninguna comida que pudiera ser
robada me habían dado. El guardia especial gruñó y anotó algo en su cuaderno,
aunque creo que hubiera sido admitido igualmente de haber dado cualquier otra
respuesta y aún en el caso de no haber abierto la boca. Sospeché que el
reclutador cobraba cuota por número de alistados y me confirmé en ello al verle
admitir a brutos que visiblemente no conocían otro espacio vacío que el que había
dentro de sus cabezotas.
A punto estábamos de entrar en el vehículo aéreo, nada cómodo pero para
nosotros esperanzador, que debía llevamos a nuestro destino, cuando uno de los
capataces puso una objección a nuestra partida.
—¡Un momento! Tenemos una denuncia por parte de los misioneros acerca de
un motín. Los padres quisieran ver a esos que ahora se marchan, por si alguno
estuviera implicado y mereciera castigo.
Por un momento sentí mi corazón detenerse. Pero fué solo un momento, pues
el reclutador lanzó un par de maldiciones y expresó en lenguaje claro adónde
podían irse los buenos padres y lo que podrían hacer una vez llegados allí. Tras
de lo cual, para alegría mía y de más de uno de los que conmigo iban, prestó
oídos sordos a todo requerimiento y protesta, y ordenó el despegue.
Atrás quedó el maldito campamento, la maldita selva y los malditos capataces,
y fué así como se inició una nueva etapa en mi vida.

Capítulo VI

DE COMO SALÍ POR SEGUNDA VEZ AL ESPACIO, DE MIS PENAS Y


FATIGAS EN ÉL, Y DE COMO TRABÉ CONOCIMIENTO CON ALGUNAS DE
LAS MÁS GRANDES NAVES DE GUERRA QUE EL INGENIO HUMANO
LANZARA A LAS ESTRELLAS, ASÍ COMO DEL INTERESANTE HALLAZGO
QUE EN UNA DE DICHAS NAVES HICE

En los primeros momentos pensé, inocente de mí, que aquel mismo vehículo
volador que nos sacara del campamento servil nos llevaría directamente a las
estrellas, pero no ocurrió así. Tras volar sobre aquel malhadado continente
salvaje, cruzamos un brazo de mar y descendimos sobre la gran isla de Zara,
donde la armada del espacio tenía una de sus más importantes bases. Fuimos
llevados a un barracón militar donde se nos bañó y desinfectó, entregándosenos
luego ropa nueva que, si muy buena no era, al menos mejoraba con mucho la que
conocimos en los campamentos.
Se nos proporcionó también un sabroso rancho militar, que para nosotros
constituía las delicias de Rigel, y luego nos vimos encuadrados en el 2032
Batallón Servil de Trabajos Especiales.
Ni que decir tiene que todos estábamos muy excitados acerca de nuestro
destino y del trabajo que en él realizaríamos, por lo que eran incesantes las
preguntas y los rumores. Finalmente, por indiscreciones ajenas e insistencia
propia llegamos a conocer la realidad de la situación, que en pocas palabras
resumiré.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Al contrario que mi planeta natal, quizá por no haber sufrido las atenciones de
los megaros, era Sifán un planeta medianamente poderoso, dotado de una flota
mercante y otra de guerra interplanetarias, y aún de algunas naves de ambas
categorías capaces de viajar a las estrellas. De hecho mantenía relaciones
regulares con algunas de las más cercanas.
Pero sucedió que, algún tiempo ha, un arriesgado explorador habíase
aventurado por el espacio abierto tras del último planeta del sistema y había allí
encontrado los restos de una sin duda formidable batalla sideral librada en los
años anárquicos que vieron la caída del Imperio.
De todos es sabido que el viejo Imperio tenía cosas que nosotros
desconocemos, y así el hallazgo vino a ser una bendición del cielo para el
arcontado sifánico, que se veía poseedor de nuevas técnicas de transporte y
combate, dueño y señor de su sector de la Galaxia y dedicado a la grata labor de
civilizar a diestro y siniestro todo planeta que por sus riquezas naturales se hiciera
merecedor de ello.
Creáronse pues algunas bases espaciales junto al arcaico campo de batalla y
una nube de técnicos y científicos se dedicaron a estudiar las naves
despanzurradas, buscando en ellas los secretos del saber imperial. Pero como los
citados suelen ser sujetos bastante cómodos, amigos de trabajar más con el seso
que con la mano, incluyéronse también algunos batallones de esclavos para
realizar las labores sucias y pesadas. Ahí entrábamos nosotros en el ajo, o
entraríamos dentro de poco.
Pronto hicimos conocimiento con nuestro comandante, Mayor de la Guardia del
Espacio Ranford Luvieni, quien confieso que no me gustó desde el primer
momento. Era el tal un pelafustán malencarado, rígido y orgulloso, enbigotado a lo
viboráceo y de talante poco agradable. Hubiera preferido con mucho tener como
jefe al oficial que nos reclutó, pero no estaba en posición de elegir, sino de
conformarme.
Durante los días que pasamos en la base se nos instruyó algo en el manejo de
complicados trajes de vacío, así como de las diversas herramientas que en el
espacio deberíamos usar. Mis naturales dotes de ingenio y habilidad pronto me
hicieron destacar, hasta el punto de dominar unas técnicas que a algunos de mis
compañeros dejaban fríos. Pero no fue muy largo nuestro período de instrucción,
pues tras una comida especial de despedida y un reparto de vales para el burdel
servil de la base, embarcamos pronto en un panzudo transporte militar y alzamos
vuelo hacia las estrellas.
Ya habíamos tenido, desde luego, ocasión de conocernos, e incluso había
hecho algunos amigos. El mejor de ellos era un llamado Héktor Vaser, garaliano
como yo (olvidé decir que en el batallón había encontrado varios de los
engañados pasajeros de la Karamán, sin duda escogidos por la misma
experiencia espacial de que yo había presumido al ser reclutado) Era Vaser un
tipo fuerte y alegre, que ostentaba el cargo de cabo especialista a causa de que,
aún siendo esclavo, había trabajado eficazmente en una armería de Randinor.
Precisamente a causa de ello había sido requisado por la Guardia del Espacio,
esperándose utilizar su habilidad con las posibles armas imperiales a descubrir.
Juntos hablábamos de lo que nos podía esperar en el espacio, y de si acaso la
potencia que quizá adquiriera la nación sifaniana podría mejorar nuestra situación
y aún lograr para nosotros la libertad.
No éramos esclavos todos los componentes del batallón. Además de los
quinientos serviles, el mayor Luvieni disponía de una sección de unos cincuenta

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

guardias del espacio, encargados de vigilamos y dirigirnos. Diré que si la noción


de guardia espacial puede sugerir a unos nobles héroes del Cosmos, terror del
malvado, auxilio del necesitado y embrujo de las damas; la colección que nos
había caído en suerte muy poco podía ayudar a mantener tal leyenda. Cualquiera
hubiera dicho, al verles, que su partida había dejado vacías las cárceles de Sifán,
tal aspecto de matones, barraganes y pistolachines tenían todos. Varios de ellos,
para mejorar las cosas, habían actuado en el planeta como capataces, ya que tal
actividad se consideraba como mérito para ser enrolado en un batallón servil de
trabajo. Y para terminar con la descripción, me limitaré a decir que hacían bueno
a su comandante.
No tardaría mucho éste en hallar trabajo para nosotros en tanto llegábamos a
nuestro lugar de destino. Una vez al día deteníanse los chorros de la nave y se
desconectaban las placas de gravedad para que pudiéramos entrenamos en el
trabajo a gravedad cero, tal como se le llamaba. Y ello me trajo las primeras
dificultades.
Evidentemente, el flotar en el aire sin gravedad no es caer sin fin, pero mi
estómago era incapaz de distinguir la diferencia y cuando me veía flotando y
dando vueltas en la gran cabina de entrenamiento, rebotando en suelo, techo y
paredes y chocando en el aire con mis propios compañeros, el citado órgano se
apresuraba a tocar el sálvese quien pueda y abandonen el navío, vaciándose con
ejemplar premura de todo su contenido. No era yo el único en sufrir de tal efecto,
pero para todos sobraban los varazos, pues aquellos de nuestros guardianes que
habían sido capataces no tardaron en instruir a los demás, y entre todos nos
animaban con energía a realizar la limpieza de la cabina, sin atender a nuestro
lamentable estado.
Si desagradable era el vómito en los primeros entrenamientos, excusado es
decir lo que ocurría en los que luego se llevaron a cabo con escafandra puesta.
En ocasiones llegaba yo a echar de menos a las selvas de Sifán, con sus bichos y
aún sus misioneros.
Finalmente el mayor Luvieni arregló el asunto seleccionándonos a los más
afectados y creando en una de las cabinas un campo continuo de gravedad cero
donde nos dejó permanentemente para que nos acostumbráramos o nos
muriéramos. Y tan adaptable es el ser humano a las adversas condiciones
naturales que logramos todos sobrevivir, aunque no por mucho margen y aún
mantener tranquila la comida en su lugar. Salimos pues hechos unos
superhombres, e incluso llegamos a tiempo de efectuar el último entrenamiento,
en pleno espacio y con la nave detenida. Fuimos, desde luego, objeto de burla y
chacota por parte de nuestros compañeros, más veteranos en aquella lid, pero
conseguimos pasar con bien la prueba. Por mi parte yo me limité a acurrucarme lo
más posible contra la pared de la nave, fijando los ojos en el acero y no dirigiendo
sino las miradas imprescindibles al espacio exterior, que me pareció muy negro.
Al día siguiente de esta prueba que he referido, alcanzamos la base espacial
que nos estaba destinada, muy cerca de un nutrido revoloteo de restos
espaciales. Despidióse el transporte y quedamos todos al cuidado de nuestro
buen mentor, el mayor Luvieni, que a su vez obedecía a un coronel del que
dependíamos tanto nosotros como los técnicos que exploraban los restos de
naves imperiales que flotaban en el espacio.
Tuvimos un día de descanso, mientras nuestros superiores discutían la
planificación del trabajo, y nosotros maldecíamos de la dieta espacial, que en

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

buena parte, al menos para los serviles, se componía de insípidas píldoras y


desagradables brebajes. Luego comenzó el trabajo propiamente dicho.
En un deslizador abierto fuimos transportados, bien escafandrados y provistos
de herramientas, hasta los pocos restos flotantes que habían sido sin duda naves
antes de recibir algún tremendo chupinazo por parte de sus enemigos. Se nos
lanzó luego hacia diversos restos con cortadores y sopletes, y también una pistola
a reacción con que dirigimos en el vacío.
¡Palas Atenea de mi corazón! Aquel primer trabajo especial estuvo a punto de
ser para mí el último. Salté al vacío, intenté retorcerme para darme la vuelta hacia
mi destino, giré en redondo una y otra vez...
Es fácil hacerse una idea del negro espacio estrellado sobre nuestras cabezas.
Después de todo es muy parecido a lo que se ve en la noche de un planeta
cualquiera si se mira para arriba. Pero el hecho de dirigir la mirada a los pies de
uno y no ver ningún suelo amigo, sino la nada y, allá lejos, las mismas estrellitas
remotas que por el otro lado... ¡De mirar a un costado, a otro, arriba, abajo,
delante, detrás, y no ver sino las estrellas fijas y hostiles, pues ni sol se advertía a
la distancia de él a la que estábamos!
Me retorcí de nuevo, miré por todas partes y no vi a nadie, ni tampoco los
restos navales, ni el deslizador, ni nada. Chillé, perdí la chaveta y alzando la
pistola reactora, me líe a tiros con las estrellas, buscando ir a no sabía dónde, y
no logrando sino convertirme en una especie de meteoro loco ajeno a todo
destino y control.
Allí hubiera acabado mi historia de no ser por mi amigo Héktor, que llegado al
conjunto de planchas de metal desgarrado que eran nuestro objetivo, me vió
pasar como una centella, dando tumbos y volteretas, y tuvo el valor y el gesto de
amistad de, antes de perderme de vista, lanzarse tras mí utilizando su propia
pistola con más cordura que yo. Yo tales vueltas y giros daba que ya no veía
estrellas, sino líneas de fuego en todas direcciones, y después ya no ví nada,
pues mi estómago volvió a las viejas andadas y cegó el material transparente del
casco. Sentí que me cogían por una pierna y pensé si no sería el radamente en
persona, por lo que dí un tirón y casi escapo a la mano de quien quería salvarme.
Pero Héktor logró mantener la agarradura y, abrazándome luego, me guió y se
guió de vuelta a las planchas flotantes, donde algunos camaradas nos acogieron
en sus brazos muy a tiempo.
Me llevaron de nuevo a la base transtornado y pidiendo lastimeramente que me
devolvieran al planeta Sifán o a cualquier otro donde tuviera un suelo firme bajo
los pies. Más no logré conmover con mi desdicha al feroz mayor Luvieni, que me
amenazó duramente y aún recriminó a mi salvador el haber abandonado sin
permiso el lugar de trabajo para ir a por mí. Respondió reposadamente Héktor
que, conociendo el precio elevado de la escafandra de vacío, había querido evitar
su pérdida, con lo que se libró del apuro. No así yo que, no bien repuesto en algo,
me encontré frente al mayor, quien me abofeteó una y otra vez, insultándome
soezmente y abominando de la experiencia espacial, que había mencionado al
ser reclutado. Tras el vapuleo consolóme diciéndome que había tenido suerte de
no haber perdido el soldador que llevaba pues, de haberlo hecho, hubiera
ordenado a sus guardias que me despellejasen a varazos. En realidad ni me
había acordado del condenado chisme, que por instinto había mantenido durante
toda mi aventura tan apretado contra mí que hicieron falta dos hombres para
arrancármelo de la mano. Cuento todo esto para que quien lo lea se haga cargo

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

de la aberración moral de Luvieni, que parecía dar más importancia a un simple


aparato mecánico que a mi propia y valiosa vida.
En día sucesivos continuaron los trabajos, saliendo nosotros en grupos de diez,
a bordo de deslizadores, para cortar y transportar los materiales que se nos
indicaba, todo a costa de mil sudores y espantos. Por algún tiempo llegué a
pensar que el verdadero Averno no debía hallarse bajo tierra, donde tozudamente
lo colocan casi todas las religiones, sino en aquel espacio estrellado infinito,
donde la menor imprudencia o el más mínimo descuido llevan inevitablemente a
la muerte, por añadidura nada dulce.
Quizá un equipo entrenado hubiera podido acostumbrarse a la tarea, pero
nosotros éramos novatos, y la sola vista del espacio a nuestro alrededor nos
hacía sudar de pánico. Igualmente sentíamos pavor hacia el maldito Luvieni y los
suyos, que descargaban feroces castigos por los motivos más insignificantes. Les
vi en una ocasión varear tan sañudamente a un pobre muchacho por haber éste
perdido su soldador, que le dejaron baldado y hubo de ser repatriado en la
primera nave de transporte, no sabiendose si moriría luego de las heridas. Y nada
era más fácil que perder las herramientas, pues el menor empujón o descuido
podía lanzarlas al espacio, en lenta pero inexorable trayectoria que muy pronto
hacía que se perdieran de vista.
No fue aquel desdichado nuestra única baja: en poco tiempo perecieron tres
esclavos por falta de aire y otros dos perdidos en el espacio. De los primeros, dos
murieron al romperse su traje, a la vez de asfixia y de frío, uno al chocar con el
borde agudo de un resto metálico de los que pescábamos y otro al perforarlo con
su propio soplete. El tercero, que olvidó comprobar sus botellas de oxígeno, se
hubiera podido salvar, pero nuestro mayor prohibió que uno de nosotros volase al
lugar en que estaba llevando una botella de reserva, y así pereció el infeliz.
También culpó a Luvieni, aunque indirectamente, de la muerte de otro camarada,
ya que tal era el pánico a perder las herramientas que, enviada la suya al espacio
por un movimiento brusco, el hombre se lanzó en su pos, desapareciendo para
siempre. El quinto difunto lo fué al despistarse en un corto vuelo, sin más culpa
que la del hado que le llevó allí. Tampoco pudo encontrarse nunca su cuerpo, que
viaja sin duda eternamente entre los astros.
Yo mismo estuve a punto de perder la vida tras aquel suceso, pues en el
transcurso de otro vuelo, de pronto perdí de vista deslizador y objetivo,
encontrándome de nuevo sólo en el espacio, girando lentamente. Miré hacia
arriba y ¡oh espanto! vi el trozo de nave al que me dirigía, como un techo curvo
del que colgaban mis compañeros, cabeza abajo y haciéndome señas. La tal
visión a punto estuvo de desconcertarme y perderme, pero por fortuna me rehíce
y, al notar que giraba lentamente, esperé a tener aquel pecio bajo mis pies, en
cuyo momento disparé un pistoletazo hacia arriba y me impulsé así hacia él. No
pensé que el giro continuaba, por lo que en vez de aterrizar sobre mis zapatos,
caí de panza entre mis camaradas, no rebotando por sujetarme ellos. Al menos
salvé la vida.
Con todos esos sucesos, nuestros nervios estaban deshechos. Por la noche,
es decir en el periodo de descanso, que noche allí era siempre; en las cabinas
donde dormíamos apiñados estallaban gritos y alaridos, pues todos nos veíamos,
en pesadilla, cayendo por el espacio para siempre. Despertábamos sobresaltados
en ocasiones, sin saber donde nos encontrábamos, horrorizados de estar sin
escafandra en lo que creíamos espacio cósmico, y muchas veces perturbábamos

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el sueño de los compañeros, restándole el descanso que tan necesario era a


todos para preparar la labor siguiente.
Afortunadamente, quizá debido al mismo peligro, la amistad y camaradería
eran allí mucho mayores que en las selvas sifanianas, y de ello tenía parte de
mérito mi amigo Héktor Vaser, que con todos se llevaba bien y a quien hasta
Luvieni y sus matones parecían respetar. No se portaban mal con nosotros los
técnicos, con quienes compartíamos los peligros del espacio, y algunos de ellos
incluso condescencían a hablar sobre los resultados de nuestra común labor.
Que no eran demasiado animadores, dado que las naves estelares de la era
imperial se habían de tal modo machacado unas a otras que poco quedaba
aprovechable de ellas. Nos dijeron los técnicos que acaso el mismo metal (ellos
decían aleación) de que estaban hechas pudiera proporcionar algún adelanto a la
industria sifaniana. Pero nada hallábamos en lo referente a armas o maquinarias
revolucionarias. En vano recogíamos penosamente todo lo que oliera a artefacto
mecánico, pues todo estaba destrozado de forma irremediable. En cierta ocasión
hallamos un cuerpo en un traje espacial destrozado, de expresión espantosa
como si hubiera continuado gritando a la muerte durante los siglos que errara por
el vacío. Uno de los guardias espaciales, riendo, le impulsó de nuevo al cosmos
para que continuara su interrumpido viaje.
Quizá hubiéramos acabado todos así de no ocurrir un acontecimiento que vino
a variar toda la situación. Advertimos un día una gran algarabía entre los técnicos,
y no tardamos en enteramos por los más amables de entre ellos de lo que ocurría.
—¡Naves! —nos dijo excitado uno de ellos— ¡Naves espaciales del Imperio
enteras! Acaban de avistarlas acercándose a nosotros.
La noticia no dejó de causarme cierto sobresalto.
—¿Naves imperiales? —pregunté—. ¿Quieres decir naves del Imperio
funcionando?
—¡Oh, no! —el técnico rechazó la idea con un gesto—. Son pecios, restos de
naufragio. Pero están casi intactas. Sin duda fueron lanzadas a una órbita
cometaria muy excéntrica en los tiempos de la batalla, y ahora vuelven a
nosotros.
Todo aquello de órbitas cometarias me sonaba a thorbod 1, por lo que rogué al
técnico que me explicara por qué las naves, habiendo siendo inutilizadas en la
batalla, no habían permanecido en el campo de la misma hasta nuestra llegada.
El técnico dudó un poco, pero luego prevaleció su buen natural, y se dispuso a
educar mi ignorancia.
—Sabrás que los planetas dan vueltas alrededor del sol ¿no? —me preguntó
con desconfianza.
Le aseguré que había oído rumores sobre el particular.
—Bien. Pero en realidad no describen circunferencias como ésta —y su mano
derecha describió en el aire un redondel perfecto— sino más bien elipses, así —y
ahora su mano trazó algo como un huevo.
—Bueno —acepté.
—Pero también hay otros cuerpos, los cometas, que describen órbitas más
excéntricas en torno al sol, una cosa así —y la mano indicadora trazó otra figura
aovada, pero ésta mucho más alargada—. Los cometas pueden acercarse al sol
una vez cada cien años... o cada mil. Pues bien, si una nave queda inutilizada,
según la posición y el impulso que lleve, puede describir una órbita normal, de
planeta, y también una órbita cometaria. Parece ser que esas naves que ahora
1
Un guiño a “La Saga de los Aznar”, de Pascual Enguidanos. (N. del Digitalizador)

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nos llegan fueron lanzadas en su día en una elipse de esa clase, muy alargada.
Quizá han pasado por este mismo lugar decenas de veces, sin que nadie las
descubriera.
Con lo que quedé más o menos enterado de lo que ocurría, y puede más tarde
ilustrar a mis compañeros acerca de elipses cometarias y naves vagabundas. El
interés de todos creció cuando se nos anunció que iríamos a trabajar en los
buques recién descubiertos. Poco después nos apiñábamos todos en una nave
de transporte y volábamos rumbo al nuevo destino.
Por lo que entonces y luego me enteré, el descubrimiento de las naves había
causado a los sifanianos un inicial susto aún mayor que el mío. De súbito una de
las naves de guerra que vigilaba en la zona había captado en los detectores algo
enorme que se dirigía, al parecer premeditadamente hacia el antiguo campo de
batalla. Cundió la confusión y temióse que alguna raza desconocida marchara
hacia el sistema con el propósito de civilizar a los planetas que lo componían.
Los informes de las patrulleras enviadas de reconocimiento fueron al mismo
tiempo tranquilizadores y confusos. Comprobóse que el objeto era artificial y
enorme, pero también que avanzaba por inercia, sin rastro de vida en su interior.
Causaron extrañeza sus raras formas, y llegó a pensarse en un colosal super-
navío extraño a la humanidad, llegado quizá de otra galaxia. Pero un examen
posterior resolvió el enigma al revelar que se trataba no de una, sino de dos
naves, ambas de proporciones gigantescas y acopladas cual si estuvieran
haciendo el amor.
Cuando los tristes esclavos del 2032 Batallón de Trabajo fuimos llamados, ya
se estaba procediendo al frenado de las naves, e incluso se habían identificado
las mismas. ¡Oh, maravilla de las maravillas! A los militares sifanianos se les hizo
la boca agua al enterarse de que la mayor de ellas era nada menos que el
legendario superacorazado Señor de la Guerra, la mayor nave de combate
construída por el Imperio, y cuya fama había llegado hasta nuestros días. ¡Qué
armas, qué artefactos, qué motores no se hallarían a su bordo! En cuanto al otro
navío, no tan famoso, era un crucero de combate nominado Invencible que, pese
a su relativamente menor tamaño, abría también gloriosos horizontes de futuras
correrías galácticas y planetas rentablemente civilizados. Sin duda aquel día se
bailó la jiga en los Estados Mayores de los ejércitos de Sifán.
También para nosotros fue buena fecha la del suceso, aunque al principio no lo
comprendimos bien. Por el contrario, cuando nuestra nave se aproximó al flanco
del Señor de la Guerra todos nos sentimos sobrecogidos y aún asustados ante
aquel coloso, titán de los cielos y terror de los espacios, gloria y epítome de la
desaparecida Armada Imperial que un día dominara el Universo. Parecíanos
nuestra nave una mosca rondando el lomo de una ballena, y temíamos no se
desperezase el gigante y pulverizara el insecto atrevido, junto con los que en él
navegábamos.
Mas permaneció tranquilo el leviatán, y pronto hubo de sufrir el asalto de los
pigmeos, que penetraron en él por las heridas que la artillería enemiga le
produjera. Revoloteaban aquí y allá los técnicos, como niños en una pastelería,
gritándose unos a otros los descubrimientos. Nosotros, los trabajadores serviles,
les seguíamos, más silenciosos, pero también contentos. Porque en los pasillos
de la gran nave parecíamos estar en un planeta sólido, y aunque la gravedad se
mantuviera a cero y fueran precisos los trajes del espacio, había desaparecido la
pesadilla espacial, y nuestros vuelos y brincos tenían paredes que los limitaran.
Trabajábase, pues, con alegría.

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Incluso los últimos inconvenientes que he mencionado acabaron por


desaparecer, ya que pronto se introdujeron placas de gravedad y, cerradas y
soldadas las heridas del casco, insuflóse dentro aire respirable y aún se trajeron
muchos de esos jardines que llaman hidropónicos, con lo que acabamos por
andar y respirar como si en nuestra casa estuviéramos. Llegaron militares,
científicos, expertos, y hasta algunos robotes, acelerándose las reparaciones
hasta dar a las naves un cierto aire de normalidad.
Era de preguntarse, y yo lo hice, por qué no se trasladaban ambos navíos a un
cómodo astillero espacial de los que Sifán poseía, o al menos a una distancia más
cómoda del planeta madre. La respuesta me la dio Héktor Vaser.
—Amigo Gabriel, algunas veces pareces poco inteligente —me dijo, riendo—.
A Sifán no le interesa que nadie sepa lo que se está cociendo aquí. Si las
estrellas vecinas se enteraran de que tienen dos naves de guerra imperiales casi
intactas, y que las están reparando e investigando, reunirían todo lo que tuvieran
capaz de volar y lo lanzarían contra Sifán antes de que la cosa fuera demasiado
lejos.
—¿Quieres decir que nadie sabe que estamos aquí? —pregunté.
—¿Y quién va a saberlo? Las naves interplanetarias no salen del sistema y las
estelares saltan al hiperespacio en lugares alejados de esta zona. El espacio real
entre las estrellas es tierra incógnita para todos, aún estando tan cerca de un
sistema como esta zona...
Aquello no me gustó nada. Estaba muy bien lo del hiperespacio y la tierra
incógnita, pero por experiencia sabía yo que secreto mal guardado es el que
mucha gente conoce, y temí que cualquier día no nos viniera encima una flota de
guerra lanzando píldoras, sin que me apeteciera la idea de morir defendiendo más
o menos un planeta del cual sólo vergajazos había recibido hasta el momento,
Finalmente opté en confiar, deseando que el secreto quedara tan bien guardado
como se proponían los jerifaltes sifanianos.
Adelantaba el trabajo entretanto. Daba gusto manejar sopletes, soldadores,
cortadores y demás sin preocuparse de que al menor descuido abandonaran
nuestras manos para emprender por su cuenta la conquista de la Galaxia, Con las
dichas, y ahora dóciles herramientas desmontamos algunos de los monstruosos
cañones, y abrimos para los técnicos los arcanos del puente de mando,
descubriendo los complicados mecanismos que hacían marchar el gran
acorazado, lo comunicaban con otras naves y lo protegían por medio de invisibles
pantallas de fuerza.
Más desagradable era la tarea de evacuar los cadáveres. Los había en todas
partes, en las cámaras, en los pasillos y en las galerías artilleras, Unos estaban
ataviados con trajes del espacio, en tanto que otros vestían los llamativos
uniformes azules con capa roja que habían sido del Imperio Galáctico. Parecíanse
todos en la catadura, pues no había sido el fuego ni la exposición al vacío lo que
les obligara a pasar el Estigia, Algún infernal tipo de arma desconocida les había
alcanzado a todos, convirtiendo sus cuerpos y sus rostros en una semiemulsión
que les hacía espantosos a la vista. Una vez golpeados de tal forma, ni siquiera
se descomponían, por más que estuvieran expuestos al nuevo aire que habíamos
llevado a bordo. Limpiamos, pues, de ellos tan sólo las secciones de la nave en
las que nos movíamos, dejando a los situados en otras partes del inmenso buque
que esperaran unos días tras haberlo hecho durante siglos.
Sobre los trágicos sucesos que habían originado de tal matanza, así como la
curiosa posición de los dos navíos, se habían hecho mil conjeturas, La

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mayormente aceptada era la de haber sido atacado por sorpresa el gran


acorazado por el crucero de batalla, siendo acribillado y puesto fuera de combate
junto con la mayoría de sus ocupantes (las dos naves ostentaban el brillante sol
del Imperio en sus cascos, pero en aquella época anárquica ello no significa
nada), Habrían entonces los del Invencible abordado al vencido rival, nadie sabe
con qué propósitos, y en plena faena ambas habían sido alcanzadas por un tercer
ladrón con aquella arma desconocida que emulsionara a los vivos y a los muertos.
La batalla habría luego dado buena cuenta del agresor; y los abrazados navíos,
olvidados por los combatientes, emprenderían en amor y compañía, aquella elipse
de que el técnico me hablara. Decían otros que crucero y acorazado podían haber
sido del mismo bando, y el primero intentado salvar el segundo antes de ser
alcanzados por el emulsionador, Creo que tan sólo el divino Janus, que a la vez
contempla el futuro y el pasado, podría sacarnos de dudas sobre lo sucedido
hacía tanto tiempo.
En un principio los sifanianos habían pensado ilusionadamente poner en
funcionamiento el gigantesco Señor de la Guerra, pero pronto se vieron
defraudados en su propósito. Un impacto enemigo había destruído totalmente el
bloque de las máquinas, y algunos otros chupinazos certeros del Invencible o de
quien fuera habían también causado un irreparable desastre en casi todas las
instalaciones. El titán estelar no navegaría ya más por el espacio y únicamente
debían quedarle como consuelo los recuerdos de sus tiempos de gloria.
Asunto distinto era el del crucero de batalla. Además de la desagradable arma
de emulsión, había sido alcanzado éste por otros disparos, y sólo algunos pocos
compartimentos estancos quedaban con el viejo aire de hace siglos. Pero las
máquinas, los equipos y la mayoría del armamento habían quedado
prácticamente intactos, y su total puesta a punto entraba en el campo de lo
posible. Aunque menor que el acorazado, no dejaba de ser una nave potentísima,
muy superior a todo lo que se conocía en aquel sector de la Galaxia, y si Sifán
lograra repararlo, sin duda se enseñoraría de toda estrella cercana que le
apeteciera.
Así pues, si el principal esfuerzo habíase dedicado primeramente al acorazado,
pasó después al mucho más entero Invencible, quedando aquél reducido a la
condición de buque cuartel y base de operaciones.
En realidad todo eso a mí no me importaba demasiado; tan sólo me afectaba
como cambio de puesto de trabajo.
Pero debo mencionado, insistiendo en el hecho de no haberse completado la
total exploración del Señor de la Guerra a causa de concentrarse el trabajo en el
crucero.
Ello habría de traer, para mí y para otros, grandes consecuencias.
Un día sucedió a otro, dentro del mecánico turno de sueño-vela oficial en
nuestro batallón. Soldamos, empalmamos, reparamos y, finalmente, limpiamos.
Vimos a las comisiones de técnicos resolver los secretos de los ordenadores que
guiaban la nave de guerra. Vimos a los especialistas militares poner a punto los
grandes cañones radiantes y el armamento secundario, tanto defensivo como
ofensivo. Asistimos a la llegada de diez cosmonautas de élite, que en el acto
iniciaron la tarea de estudiar el puente de mando y los instrumentos de dirección.
Estuvimos igualmente presentes cuando se logró poner en marcha el generador
principal, que según me dijeron quemaba cualquier cosa que se le echara,
transformándola en energía, tras de lo cual el crucero comenzó a funcionar con su
propia fuerza.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Comprendí, o al menos se me hizo comprender, que el día del estreno se


acercaba cuando una nave transbordó al resucitado todo un cargamento de
jerifaltes y personalidades, indicando que el período de secreto se había acabado
y que las potencias extranjeras no tendrían ya nada que hacer aún en el caso de
que se percataran de lo que ocurría. Dióse descanso, comida en especial sabrosa
y vales para el bar de a bordo, amén de numerosos discursos y alocuciones
loando el humilde papel desempeñado por nosotros en bien de la gloriosa patria
sifaniana en particular y de la civilización galáctica en general.
Fue precisamente esta afluencia de gentes importantes y acaudaladas lo que
me dio una idea que habría de cambiar luego de forma radical mi propia vida y la
de otros muchos, aunque en aquel momento no fuera aquella mi intención.
Sencillamente pensé que aquellos recién venidos acaso pudieran proporcionarme
algún dinero.
Me propuse, por tanto, hacer acopio de todo aquello que pudiera tomarse como
recuerdo de los pasados tiempos imperiales, y venderse así a los que habían
acudido para celebrar la resurrección del gran crucero. Pero, para estar seguro
del éxito debía esperar al último momento, cuando ya regresaban a sus
planetarios lares. Hice una buena cosecha por camarotes y cabinas, arrebañando
insignias militares, dagas labradas con la marca de la Marina Imperial y toda
baratija que estimé adecuada, y luego me dispuse a esconder mi botín donde
nadie sino yo pudiera hallado hasta el momento elegido y así me interné lejos de
los espacios explorados del acorazado.
Aquellos pasillos solitarios no eran, desde luego, muy aptos para tranquilizar un
alma tan poco intrépida cual la mía, y no pude evitar, mientras los recorría con mi
cargamento, lanzar alguna que otra mirada inquieta por los rincones, y para
colmo, pronto empecé a encontrar aquí y allá algunos cuerpos de desdichados
marinos imperiales, con la atroz catadura que el arma emulsionadora les dejara,
lo que puedo asegurar que no contribuyó nada a consolarme.
Dispuesto a terminar mi tarea, elegí como escondrijo una cámara cuya puerta
se abría a un vestíbulo lleno de extraños instrumentos. Una docena de
espantosos cadáveres montaban allí guardia, y su presencia me pareció una
salvaguardia adicional. De modo que afirmé mi cargamento de baratija entre mis
brazos, enfilé hacia la puerta de la cabina y di el primer paso hacia ella.
Uno de los cadáveres se agitó entonces con violencia, produjo un atemorizador
gruñido y púsose en pie, agitando ciegamente los brazos en mi dirección.
Excusado es decir con que serenidad y presencia de ánimo acepté aquella
visión. Lancé un grito, propulsé hacia el techo toda la baratijería que portaba y me
día media vuelta pensando en poner entre mi persona y aquella estantigua
resucitada toda la longitud del acorazado, y más que pudiera. Pero en el último
momento me detuve al oír, mezclada con el trueno de mi botín al granizar en el
suelo, una conocida risita que, aún siendo odiosa, no podía proceder de espectro,
lemur o zombie alguno.
Díme la vuelta de nuevo y pude comprobar, como sospechaba, que el difunto
no era tal, sino mi muy querido amigo y compañero de fatigas, Brnabás Holly,
hombre atravesado como pocos, que habíase vestido con la ropa de algún
desdichado muerto para darme la broma y que ahora reíase a carcajadas, el
animal, gozando con mi susto.
Como puede suponerse, pasado éste, traté al bromista con todos los nombres
que se me ocurrieron, pero ya que aquello no parecía sino aumentar su regocijo,

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acabé por dominar el sofoco, tranquilizarme, y aún reír algo con él, si no
sinceramente, espero que de un modo convincente.
Resultó que, como nada hay nuevo bajo los soles, la misma idea que yo tuve,
antes la había maquinado Barnabás Holly, e incluso coincidió en la zona en que
debería ocultar el futuro objeto de su comercio. Viéndome llegar, optó por vengar
su exclusividad perdida con un buen susto. Y ciertamente acertó puesto que a
punto estuvo de dejarme tan verdadero fiambre como él lo era falso.
Quedamos al fin más o menos amigos, e incluso acordamos asociamos en la
empresa que por separado habíamos ideado. Le reproché, no obstante, el haber
desnudado a un infeliz cadáver merecedor de más respeto, con el sólo objeto de
embromarme.
—¡No! —negó entonces él—. Nunca me hubiera atrevido a hacer una cosa así.
Este uniforme proviene de un depósito que he encontrado, y donde aún quedan
muchos más, en perfecto estado. ¡Vén conmigo y verás!
Le seguí por unas galerías que dijo haber explorado en sus correrías, y
llegamos ante una gran puerta, a medio abrir, ante la cual habían caído para no
levantarse varios de los infortunados guerreros del pasado.
—Tenemos a nuestra disposición uniformes de almirante, de general... ¡de
Príncipe del Imperio! —se entusiasmó mi compañero—. Si pudiéramos
llevámoslos allá abajo, a Sifán, daríamos el golpe en las calles, y las chicas se
morirían por nuestros pedazos.
Asentí, con algo de pesimismo, pues era evidente que en cuanto se
descubriera el guardarropa, otros se llevarían aquellos uniformes que no nosotros.
No obstante, cuando pasamos aquella puerta, me maravillé ante las colecciones
de entorchados, galones y cintajos que se presentaron ante nuestros ojos.
Pasamos revista a aquellas bélicas vestiduras imperiales y finalmente cedimos a
la tentación de probarnos algunas, sintiéndonos por unos momentos líderes de
ejércitos, guiadores de flotas y conquistadores de mundos, cada uno con una
cohorte de comandantes Luvieni bajo nuestras órdenes.
En una de estas andanzas nos apartamos un tanto de la exposición de
uniformes, y nos vimos entonces desagradablemente sorprendidos por la
presencia de tres cadáveres más, caídos por tierra en la misma postura en que
quedaran siglos hacía. Comprobamos al mismo tiempo, no sin asombro, que la
sala en que estábamos era mucho mayor de lo que creíamos, inmensa en
realidad, más bien bodega de carga que simple cámara para exponer piezas de
sastrería. Estaban los tres difuntos junto a una enorme caja de hierro de altura
mayor que la de un hombre, con puerta lateral ligeramente entreabierta. Otras
cajas similares se alineaban tras ella, al parecer, hasta el infinito.
Aquel trío de macabeos nos había aguado la fiesta, por lo que, sin ponernos
oralmente de acuerdo, empezamos a quitamos nuestros disfraces para dejados
en el sitio de donde los cogiéramos. Fue entonces cuando vi en el suelo algo
redondo que brillaba y que por ello atrajo mi atención y mi mano.
¡Minerva Atenea me valga! La cosa era una moneda dorada, con una conocida
cabeza grabada sobre ella. La dí vuelta y, por si alguna duda quedara, allí estaba
la Espiral Galáctica.
—¡Pero... que me cuelguen! —estalló a mi lado Barnabás Holly— ¡Eso es una
Corona Imperial!
Asentí, como hipnotizado. Nunca antes lo había visto, pero había oído sobre él
lo bastante para saber que en mis manos tenía el auricalco, el metal artificial del
Imperio cuyo secreto se había perdido. Aquella moneda era una corona imperial,

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la única divisa admitida en toda la Galaxia, orgullo de sus posesores y envidia de


quienes no lo eran.
Una corona imperial equivalía a mil soles imperiales y por cada uno de éstos se
pagarían con facilidad en Sifán cincuenta o aún sesenta créditos.
—¡A medias! —se relamió Barnabás—. ¡Vamos a medias! Estuve de acuerdo,
mientras pensaba en otra cosa.
—¡Escucha! Se debe haber caído de uno de estos uniformes, y puede...
—¡Puede que haya más! —completó Barnabás. Buscamos en todos los
uniformes, bolsillo por bolsillo.
No había ninguna otra moneda.
—¿Y ahí? —me dijo mi compinche, señalando a la caja de hierro— ¿Qué
habrá ahí? ¿Más uniformes?
Pasando sobre nuestros tres silenciosos acompañantes, que con el brillo del
auricalco ya me impresionaban menos, me dirigí a la caja y abrí la puerta.
Durante unos instantes el tiempo se inmovilizó. No, allí dentro no había ningún
uniforme. En absoluto.
Tras lo que me pareció un siglo logré mover la cabeza para mirar a Barnabás.
El también me devolvió la mirada.
Luego, ambos desviamos la vista hacia la caja y su contenido. Después
clavamos los ojos en la interminable hilera de cajas idénticas a la primera, que se
perdían en la oscuridad. De nuevo nos miramos uno al otro.
Cerré la puerta de la caja con mucho cuidado y los dos salimos de la gran
bodega. Nos apoyamos en la pared de acero.
Él fue quien primero recuperó el aliento.
—¡Madre mía! —exclamó— ¿Y ahora qué hacemos?
No contesté, porque no se me ocurría ninguna respuesta. Aquella enorme caja
estaba llena a rebosar de monedas doradas. Coronas del viejo Imperio, cada una
con el valor de mil soles, por valor de cincuenta o quizá sesenta créditos de Sifán.
Había miles de ellas.
Y muy posiblemente el resto de las cajas, de la vasta hilera de cajas de hierro
presentes en la bodega, tenían el mismo contenido.

Capítulo VII

DEL COMO REALIZÓSE EL MÁs GRANDE ROBO DE LA HISTORIA DE LOS


MUNDOS, Y DE LA TERRIBLE BATALLA ENTRE LAS ESTRELLAS QUE
SIGUIÓ, DONDE MI VALOR, BRILLANDO A GRAN ALTURA, ME HUBO DE
HACER ACREEDOR A IMPERECEDERA FAMA

Allí estábamos mi amigo y yo, mudos y espantados, ante el inmenso tesoro que
teníamos a la vez al alcance de la mano y tan lejano como las más remotas
nebulosas. Pues esclavos erámos, y necedad sería echar mano a cualquiera de
aquellas apetitosas cajas, sabiendo que al momento seríamos despojados de
nuestro botín. Y ni siquiera nos serviría de nada distraer alguna moneda suelta, ya
que una vez descubierto por los sifanianos el gran depósito, nos sería pedida
cuenta sin ninguna duda de su posesión.
Finalmente me llegó la idea de consultar a quien quizá pudiera ofrecemos
alguna solución.

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—Holly —llamé, y luego repetí, al ver que, absorto, no me oía— ¡Holly!


—¿Qué? —respondió con una sacudida, como si le sacara de un sueño.
—Rápido, ve a buscar a Héktor. Yo te espero aquí.
Asintió Barnabás Holly, y salió de estampía. Porque tanto él como yo sabíamos
que si alguien podía ayudamos, ese era Héktor.
Mucho había progresado nuestro amigo en los últimos tiempos, su habilidad
como armero le había hecho indispensable en el estudio de las curiosas armas
imperiales descubiertas en las naves. Incluso con los guardias del espacio había
hecho buenas migas, dentro de lo posible, y en no pocas ocasiones les había
solucionado alguna avería fastidiosa en su propio armamento.
Quedé solo, en espera del refuerzo pedido, meditando sobre algún plan
personal. Pero nada me venía a la mente. ¿Acaso podía cargar con alguna de
aquellas pesadas cajas y correr con ella por el espacio?
Me parecieron siglos antes de que sonaran pasos y Héktor Vaser entrara en la
sala, seguido por Holly. Algo le debía éste haber adelantado, ya que se limitó a
silbar cuando advirtió las cajas y su contenido.
—¿Qué hacemos? —le pregunté.
Héktor, sin contestar, se internó en la bodega, pasando revista a su contenido.
Examinó la caja abierta,contando las pilas de monedas que la llenaban. Luego se
internó en las profundidades de aquella cueva de maravillas, pasando revista a
las grandes cajas, como si de soldados en formación se tratara.
—Debe haber unos doscientos millones de coronas, en total —dijo, como si
sencillamente nos deseara las buenas noches.
Quedamos mudos. Doscientos millones de coronas era una cantidad fuera de
toda imaginación humana o humanoide. ¡Doscientas veces un millón de coronas!
¡Doscientas mil veces mil coronas! ¡Aquello eran doscientos mil millones de soles!
¡Doce millones de millones de créditos! Si pudiéramos hacemos con ellos
podríamos gastar... y gastar... y seguir gastando...
Héktor seguía pensando en voz alta, tal que si todo aquel despliegue de
auricalco no fuera sino algo carente de importancia.
—Esto lo explica todo, muchachos —dijo—. Fijaros, debían ser las reservas de
auricalco de todo un planeta, tal vez de la propia Tierra del Sol. El acorazado las
transportaría a algún sitio... un lugar de retirada... cuando estalló la batalla.
—Sí, pero ¿cómo nos lo podemos llevar? —se impacientó Holly.
Héktor alzó el índice, imponiéndole silencio.
—El crucero se acercó para trasbordar... o para robar el tesoro. Llegaron sus
hombres a la cámara y lograron abrir una de las cajas, y entonces el arma les
alcanzó... a las dos naves.
Hizo una pausa, tan pensativo como nosotros ansiosos.
—La solución —dijo al fin— es obvia. Hay que ponerse de acuerdo con Luvieni.
Confieso que la idea no me agradó.
—¿Con ése? Se quedará con todo.
—Confiad en mí —rió entonces Héktor— El nos necesita a nosotros y nosotros
le necesitamos a él. ¡Vamos!
Cerramos la puerta de aquella mágica bodega, y volvimos a nuestros lugares
habituales de la nave.
¡Qué voy a contar de las horas sucesivas! En tanto que Héktor desarrollaba su
aproximación hacia el buen Luvieni, yo no podía sino pensar en montañas de
coronas, cordilleras de soles y continentes de créditos, en planetas de placer a mi
servicio, mujeres a regimientos, comida a quintales y vino a océanos. Y pasaba

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

luego del optimismo al pesimismo, pensando si acaso Luvieni o cualquier otro


malandrín por el estilo no se alzarían con santo y limosna, privándome de lo que
ya mío consideraba. Así, entre el gozo y el desánimo, pasé el tiempo hasta que
noté que llamaban al batallón, y el mismo Luvieni se encargó de sacamos de
dudas.
Concentráronnos en una de las vastas salas del acorazado, y pude ver
aquellos trajes del espacio de los que en los últimos tiempos ya nos habíamos
olvidado. Pero lo más importante fue la cara del propio mayor, cuyos brillantes
ojos y expresión de rapiña decían a las claras que habíase enterado del caso y
que ya había tomado sus providencias.
—Muchachos —empezó— sabed todos que la fortuna nos ha favorecido, y que
ya no hay esclavos ni libres, sino que hermanos somos todos, y muy pronto
hemos de ser ricos.
Respingaron algunos ante tan raro prólogo, y a mí súpome a cuerno quemado
aquella hermandad que se nos presentaba de pronto, pues hermanos hay que se
tiran trastos a la cabeza, y más si hay herencia por medio. Pero no me dio Luvieni
mucho tiempo para pensar sino que me ordenó, como a todos, que me enfundara
la escafandra, tomara algún fardo de herramienta y equipo y que me pusiera en
marcha. El destino de ésta no podía ser otro que la cámara de maravillas que yo
mismo descubriera.
En el camino hallé forma de acercarme a Héktor y preguntarle si de verdad se
fiaba del mayor, y si no temía que nos hiciera alguna gatada, ya que repartir y
compartir son feas palabras para gentes de la catadura de quién nos mandaba.
—No te preocupes, que si nosotros le necesitamos a él, también él necesita de
nosotros, y mientras esto ocurra, todos estaremos seguros.
No estaba yo muy convencido, pues nada provoca tanto la desconfianza actual
como el palo pasado, mas no dije nada sobre el particular preguntando en cambio
qué plan había para llevamos el dinero.
—El mayor se ha hecho cargo de la planificación –me respondió mi amigo—.
Nos llevaremos el crucero.
—¿El crucero? —pregunté casi en un grito.
Pero ya no pude obtener más respuesta a mi aclaración, porque habíamos
llegado a la cueva del tesoro, y Luvieni empezaba a dar instrucciones precisas.
Me dí cuenta entonces que más de la mitad de sus matasietes estaban ausentes,
y lo que me había dicho Héktor me dio una idea de su paradero. ¡Llevarse el
crucero! ¿Quién habría de conducirlo?
Siguiendo las órdenes del mayor, adaptamos cohetes de impulsión, cuyo
manejo conocíamos desde el tiempo de nuestros correteos espaciales,
sujetándolos a los costados de las grandes cajas monetarias. Medité si acaso no
volveríamos ya a nuestros alojamientos, y celebré el haber traído conmigo a mi
Atenea, pues sin ella no sé si me hubiera decidido a salir de la nave. Feliz idea
ésta fue o quizá inspiración de la misma diosa, a la que ahora colgué fijamente a
uno de los muchos agarraderos que en mi escafandra, como en todas, había.
Pero he aquí que los acontecimientos se precipitaban. Vi pasar junto a mí a
media docena de técnicos, sin duda aliados con nuestro golpe, que se
distribuyeron ante diversos artefactos situados en el fondo de la bodega. Mientras
ellos maniobraban allí, Luvieni echó una ojeada a su cronómetro.
—¡Cascos cerrados! —gritó— ¡Sujétese bien todo el mundo! Obedecimos
rápidamente, y al segundo de hacerlo oímos retumbar una serie de explosiones
en algún lugar de la gran nave inválida. Sentí un vuelco en el estómago cuando la

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gravedad artificial se hizo la del humo, y de no hallarme sujeto con fuerza a las
agarraderas de la caja que, junto con un compañero, me correspondía, hubiera
botado hasta el techo.
No fue ello todo, sino que allá en el fondo de la bodega comenzó a abrirse una
puerta inmensa que daba al espacio, y en el acto notamos una atroz ventolera al
escaparse el aire, mientras detrás nuestro retumbaban las sirenas de alarma, y
cerrábanse con estrépito los compartimentos estancos del acorazado.
—¡Rápido! —escuché a Luvieni por la radio del casco—. ¡Al crucero con toda la
carga!
Encendiéronse los cohetes y las cajas se pusieron en movimiento. Pensé en el
último instante si todas las cajas estarían bien cerradas, no fuera a
desparramarse nuestra dicha por todo el lácteo camino, pero nada pude hacer
sobre el particular, ya que pronto me hallé en el espacio vacío, con la compuerta
abierta tras mí, y, delante, la inmensa silueta del crucero, en la que se adivinaba
la boca hambrienta hacia la que nos dirigíamos.
No fue muy difícil la travesía; mientras dos de nosotros pilotaban cada caja,
que en gravedad pesaría unas veinte toneladas pero que allí era menos que una
pluma, un contingente de reserva dirigido por Héktor vigilaba en el espacio para
hacer de samaritano si alguien se perdía. Más temía yo que los del acorazado se
dieran cuenta de lo que sucedía y nos enviaran algún saludo, pero no sucedió
nada de eso, sin duda a causa de que aquellas bombas de tiempo que nuestro
mayor dejara habrían causado sobrada confusión para permitir cualquier
investigación o aventura.
Fue en el instante en que la boca negra del crucero se avecinaba ya para
tragamos, y dábamos vuelta a los cohetes a fin de que sirvieran de freno y no nos
estrelláramos contra nuestro destino, cuando advertí que no éramos nosotros
solos quienes habíanse lanzado al espacio, sino que otro grupo navegaba en
torno al crucero, aunque, quizá por prisa, ellos habían olvidado colocarse las
escafandras de vacío. Debía tratarse de los pobretes que se hallaban a bordo a la
llegada de los matachines de Luvieni y a quienes éstos habían pasaportado al
otro mundo para evitarse estorbos y testigos. No mentiré si digo que sentí palpitar
de pena mi corazón, pues las bárbaras experiencias de mi aventurera vida no han
podido jamás acostumbrarme a mirar indiferente el escabeche del prójimo.
Intenté, no obstante, consolarme pensando que aquellos sifanianos habían hecho
almoneda con mi vida y libertad, y habíanme mantenido en la esclavitud cuando el
malvado capitán Dudley me trajera a su planeta, en vez de romper las cadenas
que aquél, sin culpa mía, arrojara sobre mis hombros.
Pero ya no era hora de meditar, la caja que yo copilotaba había entrado de
lleno en la compuerta del Invencible, y un grupo de esclavos del batallón se
ocupaba de frenarla y de colocarla en su sitio.
—¡Eh, los que vais llegando! —gritó una voz en la radio. ¡Quitáos de enmedio!
¡A la puerta!
Busqué y no encontré la citada puerta, por lo que me limité a seguir la corriente
principal de escafandristas. Uno de los últimos era mi cargamento, ya que al poco
tiempo se cerró la compuerta de entrada, y el bendito aire respirable entró en
aquella nueva bodega de carga, permitiéndonos quitar los cascos. Hallé entonces,
ahora sí, la puerta de salida, y la crucé, procurando orientarme entre la algarabía
de excitados comentarios de quienes me rodeaban.
—¿Qué hacemos ahora? ¿Cuándo nos ponemos en marcha? ¿Adónde
vamos?

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Uno de los técnicos que nos habían acompañado se apresuró a responder a


una de aquellas cuestiones, la más urgente de todas ellas.
—Estamos ya en marcha —dijo—. En cuanto la última caja estuvo a bordo nos
hemos puesto en camino, alejándonos del sistema.
—¿Pero quién maneja la nave?
Antes de que se me respondiera, todos sentimos un repeluzno en nuestro
interior, un salto o brinco en las entrañas que a muchos nos hizo tambalear y aún
soltar alguna interjección.
—¡El hiperespacio! —gritó el técnico, jubiloso—. ¡Acabamos de saltar!
Más o menos todos conocíamos de qué se trataba, y así acogimos la noticia
con una salva de vivas y hurras, pues aquello nos colocaba lejos del poder
sifaniano y de su venganza por el flaco favor que acabábamos de hacede.
Debíamos hallamos ahora en torno a algún astro de la Galaxia, a salvo de toda
persecución. Pensé que aquel mayor Luvieni que nos mandaba, si bien brutal y
aún asesino, habíase mostrado un perfecto planificador, llevando a cabo su difícil
tarea a las mil maravillas y sin que ningún error se deslizara en la trama.
Me interné en la nave, curioso por lograr alguna vista del lugar donde nos
hallábamos, y al poco tiempo me encontré junto al objeto de mis anteriores
pensamientos, que discutía con Héktor y con toda una turba de esclavos, técnicos
y aún guardias espaciales, que al tiempo que le rodeaban le hacían mil preguntas.
Me uní al grupo en el instante en que el mayor alzaba los brazos para pedir
silencio e iniciaba una explicación:
—¡Tranquilos! —dijo—. ¡Tranquilos todos! Dad por seguro que nos
encontramos a salvo. Nuestros astronautas acaban de realizar un salto al espacio
profundo. Estamos lejos de toda estrella, en un lugar donde nadie nos puede
encontrar. Aquí reuniremos consejo para decidir lo que vamos a hacer y adónde
vamos a ir.
Aquello contentó a muchos de los interpelantes, y el grupo empezó a
dispersarse. Entonces el mayor se fijó en mí y se me aproximó seguido por
Héktor.
—¡Ah, muchacho! —dijo en tono amable—. Creo que fuiste uno de los dos que
encontraron el tesoro ¿no es cierto?
Asentí, turbado al verme objeto de tal amistad por parte de quien antes tantas
veces me moliera a golpes.
—Bien, muchacho —siguió Luvieni, mientras me palmoteaba la espalda, un
poco como si yo perro fuera—. Puedes decir que has hecho tu fortuna y la de
todos nosotros.
Tras de lo cual se olvidó de mí y partió hablando con Héktor que al parecer
habíase hecho segundo suyo. Pero yo quedé aturdido y asustado, pues al mismo
tiempo que él me hablaba de la riqueza que juntos habíamos hallado creí ver en
sus ojos justamente la misma mirada que antaño me dirigiera el maldito capitán
Dudley cuando me prometiera gloria y fortuna si embarcaba en su nave.
En horas sucesivas, recorrí junto con mis compañeros toda la nave, que
inmensa era, buscando ropa y de qué comer, al tiempo que admirábamos todos
los mil artificios que al parecer eran ahora de nuestra propiedad, discutiendo de
quién sería éste o el otro camarote, asomándonos a las pantallas de visión para
otear el negro espacio estrellado, prometiéndonos ser artilleros de las temibles
piezas de rayo o lanzatorpedos que amenazaban en las baterías y haciendo
alegres planes de nuestra futura vida entre los astros de la Galaxia. Pero el

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contento de mis compañeros no podía hacerme olvidar aquella breve visión, ni el


temor de que Luvieni tramara algo en contra de nuestros optimistas planes.
Porque yo me observaba a mí mismo y notaba una parte de mí ser
contemplando con animosidad a todo aquel gentío que me rodeaba, ya que
habría de repartir con ellos todo el caudal que, por haberlo descubierto, podía
pensar que me correspondía. Y aunque luego me maldecía y les miraba a todos
como compañeros y hermanos, meditando que la parte que en el reparto me
correspondiera bastaría para cumplir todos mis deseos y caprichos en diez vidas
que tuviera, siempre notaba aquel pinchazo degradante, pues es de humana
naturaleza que más se goza descubriendo una dobla y quedándosela entera, que
hallando un millón y debiendo repartirlo con otro.
Y si estas ideas se me ocurrían a mí, inocente y bienintencionado varón
incapaz de hacer mal a nadie ¿qué otras no faltarían en la mente del mayor, rudo,
aventurero y sin escrúpulos? Pensé en ello una y otra vez, y finalmente decidí
buscar al buen Héktor y hacerle partícipe de mis preocupaciones.
Así pues, recorrí pasillos, salas y cámaras, preguntando a todo el mundo dónde
se hallaba Héktor Vaser. Finalmente alguien me dirigió hacia los talleres de popa,
y tras subir y bajar, avanzar y retroceder, y perderme en un par de ocasiones,
logré encontrarle, trabajando con otros de los nuestros en alguna intrincada tarea.
En el primer instante, al oírme, me trató de miedoso y mal pensado, aduciendo
aquellas mismas razones que yo me daba sin lograr convencerme.
—Piensa que todos somos ricos, tanto nosotros como los guardias, los técnicos
y los astronautas —decía Héktor—. Tenemos una nave que puede llevamos a
cualquier mundo que elijamos como hogar, o que podría servir a quien quisiera
para visitar toda la Galaxia. ¿Para qué vamos a pelearnos unos con otros?
Repliqué que todo eso estaba muy bien, pero que quien tiene cien y puede
tener mil nunca vacila en lograrlos, y que una vez a bordo todas las cajas de
auricalco, los esclavos ya no éramos otra cosa que estorbo para Luvieni,
uniéndose a esto el hecho de que, si bien los guardias espaciales a sus órdenes
eran cincuenta contra quinientos esclavos, ellos estaban armados y nosotros
inermes.
Finalmente logré que mi amigo se rascara la cabeza y admitiera, si no el
convencimiento, al menos la duda.
—Quizá haga mal en tener tanta confianza en Luvieni —dijo—. Pero de todas
formas no creas que los esclavos estamos del todo desarmados. Ven y mira.
Me fijé entonces, por ruego suyo, en el trabajo que en aquellos talleres se
realizaba. Héktor, como armero que era, estaba poniendo a punto toda una serie
de armas imperiales halladas a bordo del crucero. Manifestó mi amigo que todas
ellas estaban en disposición de uso, y que una muestra de ellas había sido
probada en un polígono, sea ello lo que fuera, anexo a los talleres.
—Así pues, puedes ver que nosotros también estamos armados, y que
sabremos defendernos en caso de necesidad.
Quizá le hubiera opuesto ya alguna razón, pero la conversación quedó
interrumpida por la llegada de Barnabás Holly, compañero mío en
descubrimientos.
—¡Héktor! —gritó— Luvieni está reuniendo a todos en la sala común. Quiere
hablarnos.
—Ah, —respondió Héktor, sin alterarse—. Ya me dijo algo. Vamos a decidir
entre todos adonde iremos, y cuando se hará el reparto del botín. También habrá
que arreglar el tema de las guardias y servicios que cada uno cumplirá en tanto

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estemos en la nave, y cuando se servirán las comidas en común... y todo lo que


sea necesario.
Temía yo otra cosa, y empecé a hacerme el remolón, pero el buen armero,
adivinando mi desconfianza, me empujó hacia delante, con ellos, mientras que me
decía:
—No te rezagues, amigo Gabriel, que si llegara a suceder lo que temes, cosa
que sigo seguro en que no, mejor es que estemos todos juntos y que mostremos
nuestra fuerza. Tén, si ésto te tranquiliza.
Y me metió en la mano una preciosa pistola lanzarrayos. Con lo que, lejos de
darme la tranquilidad que me deseaba, me intranquilizó del todo, pues hombre de
armas no soy, Y pienso que si bien puedo yo ser héroe y diezmar al adversario,
de igual forma puede ser héroe uno de los de enfrente y darme a mí, eventualidad
en la que no quiero ni pensar. No obstante, oculté el arma entre mis ropas y me
esforcé en sacar ánimos para seguir el paso del grupo.
Advertí que todos sus componentes habíanse también armado, bien que como
yo ocultaran el material, y que Héktor todavía repartía más de éste entre algunos
que parecían gozar de su confianza. Lo que me convenció de que después de
todo tal vez no estuviera mi amigo en el estado de optimismo e ingenuidad que
aparentaba.
Penetramos todos en la sala común, llena ya con el resto de los serviles si bien
que yo procuré quedarme no lejos de la puerta. Aquel inmenso salón que yo
conocía de cuando arreglábamos el crucero tiempo atrás, debía ser el lugar
donde se reunían las tripulaciones imperiales para gozar de alguna festividad, ver
video filmes o recibir algún discurso o conferencia de sus superiores, y así de
grande era. El techo era también alto, y a mitad de camino del suelo con él había
una galería donde también podía acomodarse gente, si bien que ahora aparecía
vacía. Frente a nosotros aquella galería se rompía en una especie de estrado
donde podía colocarse el orador de turno, en este caso el mayor Luvieni.
Mientras todos los presentes cambiaban entre sí opiniones y comentarios, yo
paseaba mi vista por los alrededores, poniéndome cada vez más nervioso.
Advertí al momento que allí no había ni técnico ni astronauta ni guardia sino tan
sólo esclavos. Y mi horror se acentuó cuando miré la galería y ví asomar aquí y
allá, ocultos con deficiencia, donde una mano, donde un ojo, donde un colodrillo,
pertenecientes sin duda alguna a los matones de Luvieni, estratégicamente
dispuestos para dominar la concurrencia desde las alturas.
Pensé en gritar mi pánico, pero ello no hubiera hecho con toda seguridad sino
desencadenar precisamente lo que temía. Y para mi mayor espanto ví que Héktor
y alguno de los armados habían advertido lo que yo, y que, lejos de asustarse y
huir, hablaban brevemente entre ellos e iniciaban una especie de despliegue,
disponiéndose sin duda para el evento que tanto ellos como yo sospechábamos.
Ver aquellos esbirros semiocultos, y aquellos armados siervos que se
preparaban a afrontarse sin que la masa de los reunidos supiera nada sobre ello,
y augurar que la Parca pronto guadañaría a su placer por la sala, agarrotó mis
músculos y dio fin a mis fuerzas hasta el punto de hacerme imposible llevar
siquiera la mano a mi propia arma, cuanto menos alzarla o combatir con ella. Me
sentí vacío por dentro, y noté una atroz tembladura, en tanto que deseaba con
todas mis fuerzas estar lejos de allí, aún sometido a la esclavitud, pero con la vida
fuera de peligro.
Para acentuar, más que disminuir mi malestar, las primeras palabras de
Luvieni, bien erguido en su tarima, fueron en apariencia amistosas, exaltando

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nuestra victoria sobre lo que calificó de tiránico arcontado sifaniano, si bien no


explicó como había él libremente servido la tal dictadura hasta que le llegó a los
ojos el fulgor del auricalco. Finalmente, nuestro mayor pasó al grano:
—En esta hazaña hemos estado implicados gentes de diversas clases y
procedencias —dijo—. Soldados de la guardia espacial, como yo mismo lo soy, o
lo era, y también miembros de la laboriosa clase servil. Y para todos ellos habrá el
merecido premio, pues si entre los primeros se repartirá el tesoro del Imperio, los
segundos habrán alcanzado un don mucho más precioso: el de la libertad.
"¡Hermanos míos! Habéis dejado de ser esclavos. En el primer planeta al que
éste crucero llegue, todos seréis desembarcados para gozar de vuestra nueva
condición de hombres libres...
Algo más debió seguir diciendo, pero su voz se vio de pronto ahogada por las
protestas. Pues si bien algunos gruñidos habían ya sonado coincidiendo con el
¡Hermanos míos!, tan sólo unos segundos después se dio cuenta el resto de la
concurrencia de lo que en realidad significaba lo dicho. Alborotáronse los serviles
diciendo que, aunque no rechazaban la libertad, pensaban que ella debía ser
complementada en metálico, y exigían que el tesoro del viejo Imperio se repartiera
por igual entre todos, antes de que la nave se dirigiera a este o al otro planeta.
Me dí cuenta, espantado, que de la expresión de Luvieni se deducía que
aquella era precisamente la reacción que había esperado y planeado. Permaneció
inmóvil y dominador, brazos cruzados y boca irónica, dejando que las protestas
subieran de tono hasta que se transformaron en injurias. Entonces, dominando el
tumulto con fuerte voz, lanzólas palabras que yo temía.
—¡Así, ingratos, pretendéis despojamos de lo que por nuestro esfuerzo hemos
logrado! Pues bien, ya que tan poco parece importaros la libertad, yo os la
impondré...
—Hizo una profunda aspiración— ¡liberándoos el ánima del cuerpo!
Tras de lo cual desapareció de la tarima al tiempo que sus matones aparecían
en la galería, armados con toda clase de pistolas y fusiles. Y a las palabras
sucedió el horroroso estrépito bélico que dicen es clamor con el que Marte Ares
incita a los mortales a la guerra y la matanza.
Pero al menos hubo uno para quien el fuerte hijo de Zeus clamó en vano. Pues
con el primer zambombazo volviéronme las fuerzas a las extremidades inferiores,
ya que no al resto del cuerpo, y recordé de pronto que tenía una cita urgente en
las letrinas de estribor. En un relámpago me abrí paso hasta la cercana puerta,
con un fuerte grito de "¡Duro con ellos, hermanos, que ahora vuelvo!" y antes de
que nadie pudiera reaccionar, estaba yo corriendo como un olimpiónida por los
desiertos corredores, el estruendo de la lucha tras de mí, hasta alcanzar el lugar
excusado que era objetivo de mis afanes, y donde al fin mis últimas fuerzas
alcanzaron para dejarme caer sentado, no sin cerrar y asegurar la puerta del
cubículo, por temor a que alguien me persiguiera.
Espantoso era el ruido de explosiones y estampidos que hacía retemblar la
nave entera, cual si una tremenda tempestad la sacudiera, y me hacía sentir
como insecto en el huracán, pececillo en el torrente o polilla en el incendio, mísera
bestezuela temblando ante las desatadas fuerzas de la naturaleza, juguete del
capricho de dioses o demonios ante cuyos atronadores poderes nada se puede.
De igual forma que en la orquesta la valiente tuba capricornia sigue e imita al
majestuoso trombón, repitiendo sus sonidos y secundándole en el estribillo, yo
podía sentir como mis pobres intestinos movíanse al compás de las
deflagraciones y truenos que al cubículo llegaban, respondiendo al disparo con el

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tiro, al retumbo con la andanada y al alarido con el grito. Y ciertamente eran


aquellas las más activas partes de mi humanidad, al menos movíanse por sí
mismas, en tanto que mi mente consciente no acertaba a menear pie ni mano,
desparramado todo yo en el lugar, y temiendo que de un instante a otro la nave se
partiera en dos y verme arrojado a las etéreas sendas, sentado en el trono en el
que me hallaba, para ser hecho rey del espacio infinito.
Finalmente, como en este universo nada es eterno, tampoco lo fué la batalla y
los últimos disparos fueron sucedidos por un silencio de tumba que, si bien
apartaba el pánico, no así la intranquilidad. Quedé yo temblando en mi puesto,
meditando sobre cuál bando habría quedado victorioso y cuál vencido.
En esto pude oír una puerta que se abría, y como alguien penetraba con paso
muy mesurado en aquel gran templo en una de cuyas capillas yo me hallaba. Me
preocupé en el acto, y aun hallé suficiente energía para empuñar la pistola de
rayos y dirigirla hacia la puerta. Afiné el oído para advertir cualquier movimiento
del desconocido, que por lo vacilante y cuidado de su paso bien pudiera ser un
otro yo en valor. Y cuando le advertí cercano a la tal puerta, reuní todas mis
fuerzas y lancé al aire un estentóreo "¡Ocupado!" que retumbó cual voz de
gargantúa. Percibí en el acto un fuerte respingo, seguido por un ruido muy
apropiado al lugar en que estábamos. Luego unas apresuradas zancadas y un
gran portazo me indicaron que el invasor había puesto en la polvorosa entrambos
zapatos, no buscando mayor contacto ni confrontación.
Algo animado por el incidente, bien que temeroso de que el fugitivo fuera acaso
a volver con algún refuerzo, decidí abandonar aquel lugar donde por siempre no
podía permanecer. Cumplí pues con todo el ceremonial de clausura para la acción
realizada, tarea que en una nave espacial dista de ser sencilla. Asomé luego la
gaita fuera y, al no ver a nadie, me puse en marcha, quitapenas por delante,
dispuesto a soltar más rayos que el Olímpico si alguien surgía de pronto ante mí
para atacarme.
Las galerías y los pasillos mostráronse igualmente faltos de toda vida, y por un
momento temí que todos hubieran muerto o abandonado el navío, dejándome
sólo en él. Pero al momento recordé que, por lo que sabía, al menos una persona
compartía el crucero conmigo, y continué la exploración, bien que cada vez más
inquieto.
Atravesaba una gran cámara, desierta como todas las anteriores, cuando sin
aviso ninguno, un largo suspiro llegó a mis oídos, seguido de una voz lastimera
que clamaba:
—¡Ah, Hortensia, amor mío, nunca más te veré!
Pasado el primer susto, que no fue pequeño, vencí la momentánea tentación
de volver al refugio que había abandonado, y pasé a considerar la situación. Más
acongojado que amenazador parecía el parlamento, de manera que empuñé con
vigor reforzado mi arma y comencé a buscar dónde se ocultaba el duende, trasgo
o taravillo que de tal modo se lamentaba.
Poco tardé en encontrar el resquicio de una puerta oculta y, empujándola me
colé en una pequeña salita apenas amueblada. Allí estaban, amontonados y
temerosos, nada menos que los diez astronautas de Sifán que hasta el momento
nos habían conducido por los espacios.
—¡Allí hay uno! —exclamó uno de ellos al advertir mi presencia.
Y en el acto se me encararon con súplicas y gemidos, rogándome que no les
matara, ya que ellos nunca me habían causado el menor daño, y prestos estaban
a servirme en todo cuanto les mandara.

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Como no hay mejor antídoto contra el miedo propio que el hecho de que otros
le teman a uno, pronto me engallé, enfrenté al rebaño, y les dije que de mí nada
tenían que temer, pues no sólo me abstendría de matarles, sino de hacerles mal
alguno. Al mismo tiempo les invité a que me dijeran qué hacían allí escondidos y
cuál era la causa de su temor.
Algo más tranquilos, delegaron en uno de ellos para que me contara su
historia. Como ya me imaginaba, los diez habían sido raptados sin
contemplaciones por los hombres de Luvieni, que les habían obligado a dirigir el
crucero, bajo pena de vida. Habían detenido, según orden del mayor, la nave en
medio del espacio vacío, y entonces uno de los guardias espaciales peor
encarados les había anunciado que se preparaba una gran rebelión de esclavos,
habiendo jurado éstos exterminar a todos los hombres libres de la nave. Por ello
se les obligó a ocultarse en una cámara más o menos secreta en tanto que los
heroicos guardias acababan con la amenaza. Habían después oído los ruidos de
la gran batalla, del mismo modo que yo, y a continuación habían esperado la
llegada del vencedor, con el susto de creer descubrirlo en mi persona.
—Nada debéis temer —les tranquilicé de nuevo con magnanimidad—.
Pongámonos todos en marcha y, haya vencido quien sea, deberá contar con
nosotros.
Pues yo me había dado cuenta de lo que ellos no pensaran: que aquel grupo
era indispensable para manejar el gran navío y que si actuaban unidos y con
decisión, serían los verdaderos amos, ya que nadie se atrevería a hacerles
desaparecer.
Púsose en marcha de tal suerte la caravana, manteniéndome yo en medio de
ella, mitad protector, mitad amenazante, y desde luego mucho más animado,
pues sabía que, aunque no quedara otra persona con vida a bordo, aquellos
buenos astronautas bastarían para transportarme a algún acogedor planeta. Pero
alguien más debía alentar, ya que al poco tiempo llegaron hasta nosotros voces
humanas.
Salían éstas de una de las cámaras de ordenadores, a las que nos acercamos
con cautela. Para mi terror reconocí en el acto la detestada voz del mayor Luvieni,
que hablaba alto y recio, si bien no lograba entender lo que decía.
No era cosa de echarse atrás, sin embargo, y no tuve más pensamiento que el
de negociar con el vencedor al menos mi integridad física, ya que no mi fortuna,
haciendo valer mi negativa a haber luchado en su contra. De manera que puse
cara de circunstancias y franqueé la puerta, seguido de mi rebaño.
¡Oh sorpresa! Cierto que hablaba Luviani, pero atado codo con codo, tal como
algunos de sus sicarios, y enfrentado a un ceñudo Héktor, al que rodeaban varios
esclavos. ¡Así pues habíamos vencido!
Pero no por derrotado parecía abatido el mayor. Antes bien, galleaba como si
él hubiera sido el victorioso.
—¡Y os digo que os pudriréis todos aquí encerrados! —gritaba—. Estamos
entre las estrellas, a años de luz de cualquier planeta habitable, y no sabéis
donde están los astronautas. ¿Quién os va a llevar a los mundos de la Galaxia,
desgraciados?
—¡Yo! —intervine.
Y no porque tuviera la capacidad de llevar a ningún desgraciado a los mundos
de la Galaxia, sino porque detrás de mí llegaban quienes sí podían hacerlo.
Asombráronse todos al verme, al tiempo que Luvieni palidecía terriblemente, de
lo que me alegré.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

—¡Gabriel, amigo mío! —exclamó Héktor— ¿Dónde te habías metido? Te


dábamos por muerto.
—En medio de la batalla —relaté— pensé que la clave de la victoria estaba en
los astronautas, los que podían dirigir la nave entre las estrellas. Así pues me
puse en marcha, aunque solo, y les encontré a tiempo de impedir que esos
asesinos les hicieran daño o les tomaran como rehenes. Les protegí con mi arma,
y ahora me dirigía con ellos a la sala de mandos, para tomarla por asalto si fuera
necesario.
Ninguno de quienes me oían dudó de aquella incongruencia, tan contentos
estaban al ver a los astronautas que les traía. Me rodearon con gran profusión de
felicitaciones y plácemes, en tanto otros ponían a buen recaudo a Luvieni y los
suyos.
—Veo que, de entre nosotros, eres el único que has tenido cabeza —recuerdo
que me dijo Héktor, de lo cual quedé muy orgulloso.
Poco a poco, entre unos y otros, me fui enterando de las vicisitudes de la
batalla, que había sido horriblemente sangrienta. Los malandrines de Luvieni
habían causado en un principio una gran matanza al disparar sus armas de rayos
sobre la apiñada multitud de serviles, tal como su criminal jefe había planeado.
Pero por suerte nuestra y desgracia suya, nadie de entre ellos pudo suponer que
algún esclavo pudiera estar armado, por lo que asomaron todo el cuerpo fuera de
la galería, incluso intercambiando groseras chanzas. Así, la primera respuesta de
Héktor y de aquéllos que estaban armados casi acabó con todos, cayendo
igualmente los que pretendían taponar las puertas. Siguió luego una terrible
confusión de esclavos que huían y otros que disparaban, en tanto que Luvieni
intentaba agrupar lo que quedaba de sus fuerzas. Los guardias espaciales fueron
luego perseguidos con saña por toda la nave, aunque sus armas, mejor
manejadas por ellos que por los nuestros, causaban cada vez más bajas. Pero su
número era pequeño, y uno a uno fueron cayendo, hasta que tan sólo el mayor y
alguno de sus paniaguados quedó para entregarse, pretendiendo lograr con
amenazas y trapacerías lo que les fue imposible por la fuerza de las armas.
No quise visitar la sala de reuniones donde se iniciara la lucha, pues me dijeron
que lo que había allí bastaba para marear a los más valerosos de los luchadores,
con lo que medité que mayormente me afectaría a mí que no lo era. Allí habían
quedado muchísimos pobres compañeros, víctimas de las primeras descargas,
requemados y cubiertos de sangre, formando el espectáculo de una horrorosa
carnicería que a duras penas podía ser limpiada por un equipo de robotes,
auxiliado por varios esclavos de estómago firme. Sentí en el alma la muerte de
tanto inocente, y juro que combatí con toda mi fuerza aquella maligna vocecilla
interior que me felicitaba por el gran beneficio que lograría al faltar tantos pobretes
al reparto del tesoro.
Y no era menudo el tal incremento, porque la lucha con armas de rayo había
estado a pique de dejar la nave vacía. De quinientos esclavos quedaban con vida
ciento setenta y seis (y siete conmigo), y de los cincuenta malandrines de Luvieni,
sólo éste y otros cuatro. Perecieron tres técnicos de la docena que había a bordo,
y la clase más beneficiada vino a ser la de los astronautas, de los cuales (yo
siempre sostuve que gracias a mi valerosa acción) ni uno sólo sufrió un rasguño.
Alguno de estos supervivientes, sin embargo, no lo fue por mucho tiempo y
éste es un triste pero necesario capítulo que quisiera dejar en el olvido. Por
exigencia de todos los esclavos que salvaron sus vidas, y pienso que de los
espíritus de los que no, el mayor Ranford Luvieni, antiguamente de los Guardias

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Espaciales de Sifán y sus cuatro compañeros, fueron puestos en el espacio sin


estorbo de escafandra alguna. Giran sin duda allí eternamente, lejos de toda
estrella o planeta, purgando el error de haber intentado traicionar y quitar la vida
al esforzado Gabriel Luján de Garal y a sus dignos compañeros, a más de otros
muchos crímenes.

Capítulo VIII

DEL MODO Y MANERA COMO LOS DIOSES IMPLACABLES SUELEN


JUGAR CON LOS POBRES MORTALES, SUBIÉNDOLOS A LAS MÁS ALTAS
CIMAS DE LA FORTUNA PARA LUEGO HUNDIRLES EN LOS ABISMOS DE LA
DESESPERACIÓN, Y AL REVÉS, CUAL SI FUERAN SIMPLES TÍTERES O
MARIONETAS EN VEZ DE SERES SENSIBLES

Limpio ya el crucero tanto de víctimas como de asesinos, más lloradas aquellas


que éstos, convocóse una nueva asamblea para decidir, ahora sin trampa ni
emboscada, lo que en adelante habría de hacerse.
Para empezar, los esclavos decidimos por propia voluntad que habíamos
dejado de serlo. Nos declaramos ajenos a toda servidumbre y vueltos a la feliz
comunidad de los hombres libres, que había sido la nuestra hasta que por la
fuerza o por el engaño nos separaron de ella.
Una vez tomada esta providencia, se escuchó la queja de los técnicos y
astronautas. Decían éstos que si nosotros nos dábamos libertad, no podíamos
negársela a ellos, que habían sido raptados por el difunto Luvieni, dejando en
Sifán, casas, amigos y familiares. Se les respondió que eran considerados
responsables por complicidad con aquel maligno arcontado que con látigo y
cadena nos había tratado y que, no pudiendo el crucero marchar sin ellos, les
estaba vedado abandonarlo, siendo en lo restante totalmente iguales a nosotros.
La cuestión quedó resuelta de pronto cuando Héktor, haciendo gala de su
generoso natural, propuso incluir a técnicos y astronautas en el reparto del tesoro,
con lo que tocaríales a cada uno algo más de un millón de coronas (¡Mil millones
de soles!). Y fue santa mano aquéllo, pues en el acto olvidaron en masa los
quejosos tanto su planeta y sus amigos como sus mismos familiares,
ofreciéndonos llevar nuestra nave, desde el momento también suya, a cualquier
planeta que deseáramos y en donde todos pudiéramos gastar alegremente el
inmenso caudal.
Hubo sin embargo una lamentable excepción. Se trataba de uno de los
astronautas, precisamente aquél que con su queja me condujera al venturoso
hallazgo del grupo. Continuaba el tal romántico suspirando por su Hortensia,
reciente esposa dejada en Sifán, y nos rogaba le devolviéramos el planeta,
renunciando a la pecunia que le ofrecíamos y todo cuanto le pudiera apartar de su
bienamada.
Evidentemente nadie sino él tenía el menor deseo de llevar nuestra nave a
Sifán, donde no seríamos desde luego demasiado bien recibidos, y si se prolongó
algo la polémica fué por nuestro asombro ante el caso, pues nos parecía inaudito
que, teniendo veinte toneladas de auricalco al alcance de la mano, aquel individuo
no dejara al momento, y perdóneseme el chiste, plantada a la Hortensia para
dedicarse en cuerpo y alma a una buena vida que pocos hombres en la historia

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habían podido lograr. Imaginábamos algunos como habría de ser la belleza de


aquella fémina, tal vez similar a las mujeres de la vieja Tierra con fama que ha
llegado a nosotros, tales como Semíramis de Babilonia, la reina Helena, cuyo
rapto originó una cruenta guerra, Jacqueline, esposa de un gran rey que a su
muerte lo fue luego de Aristóteles y después de Sócrates, filósofos griegos de
fama, la cortesana Cristina que causó la pérdida del jefe de los anglos
preespaciales...
Pero lo cierto era que si la divina Helena hizo salir mil naves hacia Troya,
Hortensia no llevaría la nuestra a Sifán. De modo que se cortó en seco la plática
indicándose al enamorado que, tanto si quería como si no, vendría con nosotros
en la nave, y que demasiado buenos éramos al darle como consuelo aquella
inmensa cantidad de dinero con la que en cualquier planeta podría conseguir no
ya una Hortensia sino un jardín completo.
Terminado el incidente, pasamos al problema de adonde habría de dirigirse
nuestra nave.
Aquí cada cual tenía su idea propia y hubo grupo de mis compatriotas que
solicitó ir a Garal para asombrar a toda la ciudadanía del planeta con su nueva
fortuna. No me desagradó del todo la idea, pues si en un principio había sido allí
perseguido, no es lo mismo un pobre acólito infiel que un individuo con un millón
de coronas por delante y un crucero de batalla guardándole las espaldas. Del
mismo modo otros esclavos liberados pedían visitar sus propios mundos para
pavonearse en ellos.
Puso fin a la discusión uno de los astronautas, desde luego no el enamorado
de Hortensia, sino uno de los que con más entusiasmo habían acogido su nueva
situación. Nos rogó unos minutos de atención y luego otorgónos una breve
explicación técnica que nos sacó de muchos errores en los que la mayoría de
nosotros estábamos.
La idea general entre nosotros era que el salto hiperespacial constituía algo
entre mágico y místico, una especie de caja de los deseos en lo que a viajes se
refería. Bastaba, creíamos, con apretar un simple botón, bien que después de un
complicado cálculo, para aparecer junto a cualquier cuerpo planetario de la
Galaxia y aún más allá que se deseara. Pero el astronauta rompió nuestras
creencias sobre el particular.
—El hiperespacio cambia continuamente, día a día, hora a hora —dijo—. Si se
quiere ir de un lugar a otro a su través, hay que calcular el trayecto en otra
dimensión, entre el lugar de entrada y el de salida. En muchas ocasiones no se
puede.
—Pero durante el Imperio había líneas estelares de naves que iban de uno a
otro planeta, cubriendo todo el territorio imperial —interrumpió un listo—. Y ésta
es una nave del Imperio.
—En los tiempos del Imperio había organización —respondió el astronauta, con
firmeza—. Los saltos eran precalculados con meses de anticipación, en
observatorios que ahora no existen. Había una red de estaciones espaciales.
¡Millones de ellas! A través de ellas se podía hablar o viajar de un extremo a
otro del Imperio...
—¿De veras? —se asombró alguien.
—Y estas estaciones estudiaban el hiperespacio. Cada sobresalto y fluctuación
del ultra éter. Sus mediciones eran lanzadas por el sistema de comunicaciones
para alimentar los ordenadores centrales. Cada nave tenía acceso a todos los

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datos de la red. ¿Comprendéis ahora por qué en los tiempos del Imperio se podía
viajar con seguridad a cualquier planeta y ahora no?
—¿Y esas estaciones? —intervino otro oyente—. ¿Es que ya no funcionan?
—¡Claro que no funcionan! —respondió el astronauta, con una risa seca—. Los
técnicos las descuidaron, los piratas destruyeron muchas de ellas para aislar los
planetas... poco a poco todas fueron averiándose, y ya no había servicio de
reparación. ¡Ni siquiera sabemos dónde están situadas, si alguna queda!
Hubo un pesado silencio, que me pareció de réquiem por las glorias del Imperio
caído.
—Entonces ¿cómo nos podremos mover? —fue la siguiente pregunta.
El astronauta alzó los brazos con gesto pesimista.
—Cómo se hacía en los tiempos de las primeras exploraciones. Seleccionamos
una estrella, si es posible y está en alguna carta de galactografía ¡de las pocas
que quedan!, y estudiamos sus coordenadas. Luego intentamos sondear el
hiperespacio desde la misma nave, y los ordenadores nos darán la respuesta.
Resultó que ninguno de los planetas propuestos, ni siquiera Garal (ah, el
capitán Dudley debía tener cartas mejores que las nuestras), estaba a nuestro
alcance. Pero los sifanianos habían dotado el gran crucero, que creían había de
ser suyo, con todos los mapas del espacio que poseían, más algunos otros
comprados a las naves de los comerciantes. Disponíamos de bastantes mundos
para elegir, y de momento convinimos en ir al denominado Brenda, muy
frecuentado por los comerciantes y del que, al parecer, todos se hacían lenguas
por lo lujoso de su vida común y lo sibarítico de sus centros de placer.
No demasiado corto había de ser el viaje, pues resultó que nos equivocábamos
también los que creíamos en el apretar un botón y ya está. De lo que entendí o
creí entender de las explicaciones que nos dieron, resultaba que en primer lugar
debíamos saber donde estábamos, pues aquel primer salto fugitivo lo dimos a
ciegas, cosa ésta sí que muy fácil. La nueva operación habría de realizarse por
triangulación de las estrellas.
Una vez triangulados los astros y conocida nuestra posición entre ellos, se
estudiaría el futuro salto, y la nave debería ponerse en marcha para entrar por la
boca más cercana dada por los ordenadores, en viaje quizá de varios días. Tan
sólo llegados a aquella sección del espacio sería posible apretar el consabido
botón. Y puede que ni siquiera entonces estuviéramos en nuestro objetivo o cerca
de él, ya que periplos había que debían hacerse en varias etapas, repitiéndose
una y otra vez lo antes expuesto.
En tanto se llevaban a cabo todos los preparativos, procuré ingeniarme una
situación cómoda a bordo. Como de momento tenían todos buen concepto de mí,
por haber convoyado a los astronautas, ofrecí encargarme de ellos, lo que fue
fácilmente aceptado. Así pues elegí uno de los mejores camarotes destinados a
los oficiales, lo amueblé y adorné a gusto, y colgué en la puerta un impresionante
cartel que rezaba "Coordinador de Astronáutica y Astrogación", lo cual contribuyó
a elevar aún más, si cabía, mi prestigio. La labor que presuponía tan rimbombante
cargo se redujo a ponerme yo en contacto con uno de los astronautas,
precisamente el que antes nos instruyera, y encargarle de toda la tarea tanto
técnica como administrativa como segundo mío, en tanto que yo me entregaba al
descanso y la meditación.
Habíanse embarcado víveres de sobra, y las cocinas automáticas comenzaron
a dispensarnos un yantar a cuya buena calidad no estábamos acostumbrados.
Blando y cómodo era también el lecho de mi camarote, y supongo que todos los

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demás, y existía una instalación de aire acondicionado que se podía acoplar a


voluntad. Pero la mayor gloria para mí era la de tener rancho nocturno aparte, y
dormir sin ser sobresaltado por ronquido ni rumor ajeno.
Pusiéronse en marcha los motores, saltamos a su tiempo, y llegó al fin el día en
el que el glorioso planeta Brenda, solaz y descanso del viajero estelar, apareció
ante nuestra vista.
Al mismo tiempo, claro está, aparecimos nosotros a la vista de ellos, y al
principio, como luego supimos, no fue muy tranquila su reacción. Aquella inmensa
nave de guerra, la nuestra, aparecida de pronto junto a su estrella sembró en un
principio la inquietud, y hubo quien pensó si no se trataría de alguien venido a
civilizarles, con lo que cada cual se sujetó la cartera y buscó enterrarse lo más
profundamente posible.
Aclaróse, para bien, la situación, cuando los astronautas, por orden de Héktor,
pusieron en órbita el crucero, y las lanchas descendieron en su principal
astropuerto. Diré que si los brendanos no se fiaban de nosotros, tampoco
nosotros nos fiábamos de ellos, de manera que mantuvimos el crucero en estado
de alerta en tanto que algunos de nosotros descendíamos a negociar.
¡No fue poca la alegría de aquellos planetícolas, en cuanto olieron el auricalco
que traíamos! El temor se hizo risa, al ver que no dejábamos de ser viajeros o
turistas, si bien mejor armados que otros anteriores visitantes, igualmente mejor
provistos de metálico. Abriéronse tabernas y restaurantes, pusiéronse en
funcionamiento molinos de emociones y desde todas las direcciones de la rosa de
los vientos acudieron las más hermosas y complacientes ninfas para darnos la
bienvenida.
Propuso Héktor y por consenso aceptamos, que se descendiera en el planeta
en turnos de cincuenta hombres, y así se realizó, para gozo de los primeros
designados e impaciencia de los que debían esperar. Hasta los astronautas y los
técnicos tuvieron su oportunidad, puesto que les habían nombrado iguales
nuestros para lo bueno y lo malo.
Es de imaginar la alegría que sentíamos los que habíamos sido esclavos y por
ello tratados a vergajazos, al vernos ahora requeridos y mimados, gustando los
más sabrosos platos, bebiendo los vinos más añejos y gozando las más
encantadoras damas, cuya fama era proverbial en todo aquel sector de la
Galaxia. Las autoridades celebraban recepciones en nuestro honor, se nos
invitaba en todas partes, peleábase por nuestra amistad, y las juergas que
organizábamos marcarían sin duda un hito en la historia del planeta.
Olvidaba decir que habíamos decidido conceder un millón de coronas a cada
uno de nosotros, reservando el resto para necesidades comunes. Y así en tanto
que el auricalco privado corría en los centros de placer, el público se empleaba en
aprovisionar la nave de lo necesario, muebles y material mejor que el que los
sifanianos habían preparado, y aún mano de obra humana y robótica para
modificar a bien el interior del crucero. El auricalco daba para todo, y el gasto que
de él hacíamos apenas si rascaba la superficie de nuestra fortuna, de tal modo
apreciado era el dorado metal del Imperio.
Encontrábame yo, como todos los demás, en un serio dilema. Claro había
quedado que cada cual era dueño absoluto de su armario de auricalco, y que
siendo hombre libre, nadie podía retenerle ni siquiera dentro del crucero. Tenía,
pues, la alternativa de seguir viajando entre las estrellas o bien establecerme, con
mi armario a cuestas, en algún planeta que muy bien pudiera ser aquel
paradisíaco en el que ahora estaba.

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¿Qué hacer? Por una parte existía el hormiguillo de la aventura, por el otro la
riqueza y la seguridad. Tenía la oportunidad de hacer realidad el engaño del
malvado Dudley, convirtiéndome en aventurero de los espacios, conquistador de
Nebulosas Púrpuras, vagabundo del éter... pero por otra parte meditaba qué
podía sacar en limpio de tanta aventura, y por qué luchar y penar para lograr
quizá una situación como la que ahora mismo se me ofrecía a mano limpia y pie
enjuto. Por no hablar de que toda aventura es riesgo, y pese a la potencia de
nuestra nave, pudiéramos hallar alguien que se molestara por nuestra intrusión y,
por hábil o zorro, enviara al Tártaro a quien podría gozar largos años de vida
dulce.
Tanto la disyuntiva en que me hallaba como las dudas en resolverla debieron
trascender, sin duda por boca de dama nocturna, que no hay lengua más ágil y
habladora como la de las enamoradas de pago para esparcir secretos ajenos, y
sucedió así que un día en que acababa de desembarcar para seguir mi turno de
goces brendanos, salióme un esclavo uniformado que, entre mil reverencias y
zalemas, me dijo que su amo el Preboste de Seguridad de la villa se sentiría muy
honrado si yo accediese a ir a su casa para hablar con él.
Por no defraudar tal honra y por no tener de momento otra cosa que hacer
seguí al esclavo, que me hizo subir a un deslizador último modelo, el cual me
transportó en un guiño de ojos al palacio que era vivienda de dicho funcionario.
Me aguardaba éste en sala tan lujosa como el resto de la casa, acompañado
de un sujeto al parecer igualmente importante o más que él mismo. Fue
presentado este último como director de un banco privado, tras de lo cual
sirviéronse licores y alguna golosina antes de pasar al grano.
Inició la suerte el Preboste tratándome de amigo y diciendo haber conocido mis
deseos, dijo él, de establecerme en el planeta. Hízose lenguas de la belleza de
éste y de lo bien que me iría en él.
—Podrías contar entre los más influyentes ciudadanos, obtener un cargo
público, fundar una familia respetada. Si el apremio de viajar y conocer tierras
nuevas te llegara, grande es nuestro mundo, y hay islas y continentes casi
desiertos, donde un caballero puede entregarse a los placeres del turismo, de la
caza, de la aventura, e incluso adquirir tierras y establecerse, definitiva o
temporalmente, y si el espacio te atrae, nada más fácil que concertar un viaje con
algún comerciante estelar, un recorrido a la vez seguro y excitante, pero con la
seguridad de tener a tu vuelta un hogar tranquilo y respetable donde reponerte.
Oía yo aquello y, al no ser tonto, me daba cuenta de que lo que aquel Preboste
veía era el brillo del auricalco, cuya provisión sería de incalculable beneficio para
un mercado de comerciantes estelares como era Brenda, pudiendo convertirlo en
encrucijada de comercio y aún en cabeza de imperio. Pero ello más me
tranquilizaba que inquietaba, pues mayormente molesto estaría de serme ofrecido
algo sin pedirme a cambio nada, y por otra parte, si Brenda prosperaba, también
lo haría yo si brendano me hacía, sobre todo siendo patrocinador y causa de tal
prosperidad.
Terció ahora el banquero, llevando la conversación a un terreno más práctico,
en todo de acuerdo con mis pensamientos. Me dijo que, de confiar mis veinte
toneladas de auricalco a sus cuidados, se honraría en poner a mi nombre un
hermoso palacete con parque, robotes y todos los adelantos modernos a más de
asegurarme una renta mensual suficiente para hacerme vivir como príncipe o rey.
Dentro de un año, siguió, me ofrecería la oportunidad de asociarme con él, o de
aceptar su consejo para invertir parte de mi caudal en algún negocio seguro de

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tráfico espacial, pero entretanto debería dejar tranquilo mi amarillo metal en sus
manos, en la seguridad de que buen uso haría de él, para satisfacción de ambos.
Parecióme bien el negocio, y tras brindar de nuevo con mis recientes amigos,
les dije que estaba en principio de acuerdo, dejando la afirmación definitiva para
después de hablar con mis compañeros.
Dos días más tarde hubo, en efecto, nueva asamblea a bordo del crucero, con
el fin de tratar el caso. Resultó que, para sorpresa mía, de ciento setenta y siete
hombres libres del espacio tan sólo treinta y dos optamos por quedar en Brenda.
Diría que el virus de la aventura había hecho mayores estragos de lo que yo
esperaba, y aquellos hombres, antes esclavos, deseaban sustraerse ahora
incluso de la servidumbre de un suelo que les mantuviera, convirtiéndose en
nómadas del éter para ir a donde les viniera en gana.
Tomada la decisión y despedidos con tristeza los amigos, bajamos por última
vez, o tal creíamos, en las lanchas del crucero llevando en cabeza a Héktor, que
arreglaría como mentor nuestro los trámites legales. Efectivamente, negoció
nuestro jefe con la Cámara de Notables que gobernaba el planeta y allí mismo se
votó ley por la que se nos declaraba ciudadanos libres con todos los derechos de
Brenda, y aún hijos predilectos del dicho mundo, a salvo de cualquier reclamo o
extradición de otro planeta y protegidos de cualquier mal. Con la generosidad que
le caracterizaba, aceptó Héktor para el público caudal todo lo que antes
gastáramos, quedando cada uno de los treinta y dos de la fama con su millón
íntegro, lo que nos causó gran alegría y más a los brendanos. Subieron y bajaron
las lanchas con los dorados caudales, y alegráronse los ojos de los banqueros
mientras se firmaba la documentación que les hacía administradores de tanta
riqueza y poseedores de sus frutos.
Me sobró tiempo aquel día para visitar mi nuevo domicilio, que encontré
encantador. Me acompañaba el Preboste, que se había aficionado a mí al
parecer, y por consejo suyo dí una vuelta por el mercado de esclavos contento de
estar por una vez del lado bueno de la barrera, si bien que algo mohino al ver a
otros en la triste situación en que yo antes me contemplara. No obstante, compré
a crédito un Tristán y una Laurita, matrimonio joven que se me aseguró podría
llevar una casa y aún manejar toda clase de robotes domésticos. Quise luego
seguir a la sección de personal de cama, pero el Preboste me disuadió de ello,
advirtiéndome que no había buen material en aquella época, y prometiéndome
algo por mejor digno de mí si le acompañaba a su casa. Allí, jugando a Katius I el
Generoso, me puso delante un ramillete de bellezas, esclavas particulares suyas,
y me pidió que eligiera una como regalo en prenda de su amistad. Protesté
cortésmente, no mucho, pues se me iban los ojos y demás ante aquella soberbia
exposición, y finalmente escogí una rubia estupenda, que me fue presentada bajo
el nombre de Celina. Alabóme mi amigo el gusto, y encargó a uno de sus
chóferes que llevara al trío servil para mi nueva casa, en tantoque él y yo nos
aprestábamos a la gran cena, de despedida para unos y acogida para otros, que
las autoridades y cámara de comercio locales nos ofrecían en uno de los mas
afamados hoteles de la ciudad.
Excelente fue el ágape, pero amarga la última despedida del buen Héktor y de
los compañeros que con él habían bajado al planeta. En especial nuestro jefe y
amigo se detuvo en mi persona, por haber tratado mucho con él, habiendo sido su
colaborador y prácticamente segundo durante nuestro viaje. Me abrazó
fuertemente y me habló con voz conmovida:

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—Que los dioses te guarden en tu nueva vida, hermano Gabriel. No hemos de


vemos más, pues esta misma noche partiremos hacia los confines del antiguo
Imperio, hacia los mundos de la aventura. Cree, sin embargo, que todos nos
acordaremos de tí y de lo que hiciste por nosotros.
Respondí, también alterado, que tampoco habría yo de olvidar el magnífico
equipo de hombres libres que había conquistado el Invencible y lo había sacado
primero de las zarpas del arcontado, y luego de las de Luvieni. Igualmente les
deseé buena suerte en el arriesgado pero emocionante periplo aventurero que
iban a seguir. Brindamos todos de nuevo, y luego los del crucero partieron hasta
las lanchas que para siempre habrían de apartarles de nosotros.
No nos dispersamos entonces los treinta y dos, entre los cuales, quizá se me
pasó decirlo antes, se hallaba mi buen amigo Barnabás Holly, superviviente de la
batalla quizá por idéntico medio que yo. Salimos todos hasta una gran plaza
cercana al hotel y allí, en la noche que caía, miramos la estrella brillante que
sobre nuestras cabezas era el Invencible. Esperamos en silencio, y al poco
tiempo el astro se hizo fugaz, trazó un resplandeciente arco celestial y
desapareció de nuestra vista. Suspiraron algunos y tosieron otros, y finalmente
nos despedimos y pusimos espalda a la vida que habíamos rechazado para
enfrentar la que aceptáramos.
Llegado de vuelta a mi casa, salieron a recibirme mis tres flamantes sirvientes,
pidiéndome instrucciones para el día siguiente y los sucesivos. Entregué con
confianza a la tal Laurita un cierto papel que en el banco me dieran, nominándolo
tarjeta de crédito y con el que, a cuenta de las futuras mensualidades, pudiera ella
comprar provisiones y cuanto era necesario para la casa, ya que en sus llaves
mandaba. Recorrí luego una vez mas mi nuevo hogar, admirando las salas, los
muebles y aún la bodega, que si vacía estaba ahora, no tardaría mi pecunia en
hacerla llenar con ricos caldos para recrear a mis invitados y a mí mismo. Entre
apetecibles augurios para mi vida futura, deshice mi equipaje y me ocupé con
preferencia de llevar la querida Tritónida a lugar preferente donde pudiera rendirle
el culto a ella debido.
Pero tras el honor a Atenea, bueno era ocuparse de adorar también a su divina
hermana, que por ser bella mujer no podría menos que ser celosa. Así pues
preparé el templo acostumbrado para los misterios que Afrodita propicia, y llamé a
Celina para compartir los oficios con ella.
Apareció la rubia, y la ví más bonita aún que en la casa de quien me la diera,
por lo que pronto estuve en disposición de oficiar. No obstante la advertí algo
temerosa, y al aproximarme a ella noté un cierto susto y retroceso, como si
temiera que yo fuera a hacerle algo malo. Con lo que se me subió la conciencia a
la boca y, sacrificando la carne al espíritu, le hablé así:
—Querida Celina, nada debes temer de mí. Sabrás, como saben todos, que en
tiempos fui esclavo, y conozco lo que es obedecer al amo bajo castigo de látigo.
Si tienes miedo de mí, o te soy especialmente desagradable, no he de obligarte a
hacer lo que debe ser cumplido siempre de mutuo acuerdo. Vuelve a tu
habitación, y los dioses queden con los dos.
No necesitó mas la rubia para soltar el chorro de lágrimas y abrazarse a mí, de
lo que colegí que su anterior amo no la había tratado nada bien. Arregláronse las
cosas, con gran gusto mío pues pese a lo noble de mi gesto, miraba con temor la
perspectiva de deber arriar a solas lo izado. Y fue así como penetramos en los
misterios citéreos, mostrándome ella muchas cosas que yo no conocía y
enseñándole yo algunas que ella ignoraba.

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A nadie ha de extrañar que, tras los juegos nocturnos, nos sorprendiera en el


lecho no sólo el alba, sino casi el mediodía, ya que además había yo hecho
solemne promesa de, siendo rico, no separarme de las sábanas en tanto me
quedara el menor deseo de permanecer entre ellas, sin atender diana ni
costumbre. Pero en aquella mañana, cuando a punto estábamos de levantarnos
al fin, nos sobresaltó un fuerte estrépito dentro de la casa. Antes de que pudiera
yo preguntar que ocurría, abrióse la puerta sin que nadie llamara a ella, e irrumpió
en el dormitorio el preboste en persona, seguido por una par de fornidos y
sonrientes ganapanes.
—¡Arriba, esclavo! —me gritó aquél.
No quiero decir que tardé en comprender lo que ocurría, pues para mi
desgracia lo entendí en el mismo instante de oír la orden. Sin embargo permanecí
unos segundos paralizado por la desgracia que había caído sobre mí, por lo que,
a una seña del Preboste, sus forzudos acompañantes avanzaron y, sin atender a
los chillidos de Celina, me echaron mano Y sacaron de la cama en el adánico
atavío en que me encontraba.
—¡Tápate las vergüenzas, esclavo! —me gritó el Preboste, arrojándome mi
pantalón, y mientras me cubría lo que nada me avergonzaba y más me hubiera
avergonzado de no tenerlo, rió él y me lanzó una explicación de lo que ocurría.
—Pues sabrás, siervo, que la Cámara de los Notables ha reconsiderado su
decisión, y ha decidido contrario al orden natural de las cosas que un esclavo
escape a sus amos y halle asilo en un estado civilizado de la Galaxia. De modo
que vuelves a tu condición, y todas tus pertenencias quedan confiscadas por el
estado.
A una nueva seña, los dos bigardos me sacaron en volandas de la habitación.
Quedó en ella el maldito Preboste, y le oí cómo decía:
—Y en cuanto a tí, querida Celina, vuelves al hogar –a lo que siguió un
desesperado gemido y el ruido de un golpe. Pero tal era mi desesperación que
apenas me preocupé de ello, como tampoco del llanto de Laurita y del dolor de
Tristán, que por fidelidad a mí había intentado detener a los incursores y había
sido derribado y golpeado hasta sangrar. Me insultaba a mí mismo frenéticamente
una y otra vez por haberme fiado de aquellos granujas. ¡Pensar que podía estar
ahora mismo viajando en mi cómodo camarote, rodeado de amigos y con la
perspectiva de alegres escalas!
Ya estábamos en la calle, y fui izado, medio desnudo, a un coche abierto,
provisto de altavoz. Púsose en marcha éste y, para mi mayor vergüenza, el
megáfono empezó a salmodiar con atronador sonido:
—¡Ved, ciudadanos, de que forma es castigado quien intenta escapar a su
natural condición! ¡Ved al esclavo que pretendía usurpar la calidad del hombre
libre!
Acordábame yo amargamente de toda la parentela de quien por el micrófono
hablaba, y en mucho aumentaba mi pesadumbre el ver cómo el populacho que
antes nos aclamara, reíase ahora de mi desgracia, abucheándome la chiquillería y
carcajeando y señalando con el dedo las gentes mayores. ¡Hipócritas, cínicos,
carne de horca! ¡Permitieran los dioses que su sol se convirtiera en nova para
chamuscarles las nalgas!
Llegamos finalmente a un gran edificio que reconocí como el palacio de justicia
de la ciudad, y mientras descendía del vehículo vi con horror cómo conducían en
camilla a otro de mis compañeros que sin duda había cometido el error de

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resistirse. No pude saber quién era, ya que me llevaron por corredores y pasillos
hasta meterme en una especie de calabozo.
Permanecí allí lo que me parecieron muchas horas, entregado a la
desesperación, y luego llegaron de nuevo mis cancerberos para llevarme ante los
jueces.
Estaban éstos sentados en su tarima con alegre talante, y parecían haber
recibido ya a varios de mis compañeros de desgracia, y aún haberse burlado de
ellos. Poca piedad, pensé, habría de esperar de ellos, pues más cruel es quien se
mofa que quién insulta, y mayor compasión ha de esperarse del segundo que del
primero.
—¿Y bien, siervo? —me preguntó uno de los jueces—. ¿Qué tienes tú que
decimos? ¿Por qué escapaste a tu condición?
Caí de rodillas ante el tribunal y expresé todo mi arrepentimiento por el delito
cometido, gimiendo y dándome golpes de pecho, echando la culpa a las malas
compañías que habían corrompido mi natural honradez. Solicité regresar a la
esclavitud, y pedí también que me vendieran en aquel bello planeta de Brenda,
donde ser siervo sería privilegio.
Pero no se ablandaron a mis súplicas, ni les conmovió mi arrepentimiento. Por
el contrario me azuzaron unos sayones que cayeron sobre mí, y por cada golpe
de puño que me daba en el pecho, sacudiéronme ellos diez de porra en las
costillas.
—¿Desde cuándo un esclavo decide dónde y a quién ha de ser vendido? —
atronó uno de los jueces. Y luego su voz se dulcificó falsamente—. El planeta
Brenda se siente muy honrado de que quieras servirle, amigo, pero el caso es
otro. Todo esclavo debe ser devuelto a sus naturales dueños, y por tanto tú y tus
compinches seréis embarcados en una nave comercial con destino a Sifán.
¡Sifán! La noticia cayó como un jarro de agua fría encima de mi pobre cabeza,
precisamente cuando había creído llegar al fondo de la desgracia. En un instante
de pavor medité en el cariño que los habitantes de aquel planeta tendrían hacia
nosotros. Habían llegado los buenos sifanianos a la conclusión de que habrían de
ser los dueños de la Galaxia gracias al gran crucero cuyo hallazgo los dioses les
habían deparado. Y hete aquí que nosotros nos habíamos llevado el crucero,
escabechado a buena parte de la dotación y para colmo, arrebatado un tesoro
que ellos ni siquiera sabían que estaba allí, pero que de no ser por nosotros
pronto habrían descubierto y aprovechado. Sólo de pensar en lo que nos harían
en Sifán sentía fallar mis piernas.
Estuve a punto de caer nuevamente de rodillas para rogar a aquellos jueces
inmisericordes que nos retuvieran a todos, especialmente a mí, en su planeta, o
que nos enviaran a otro cualquiera que no fuera Sifán. Pero en su rostro y su
sonrisa adiviné que era precisamente aquello lo que esperaban para mofarse aún
más de mí, y que quizá antes lo habían hecho de algún infortunado compañero
mío. De manera que, por el contrario, la rabia me dio fuerzas para erguirme,
dibujar en mi rostro la sonrisa más idiota de que fui capaz y decir:
—Justo es ello, y obráis honradamente en devolver a Sifán los esclavos que le
pertenecen, así como el dinero que en nuestra locura arrebatamos a sus legítimos
dueños.
Con lo que tuve la satisfacción de ver avinagrarse la alegría de aquellos
malvados. Pues pensaron ellos, estoy seguro, que una vez enterados los
sifanianos por nuestra boca de la existencia del tesoro, tiempo les faltaría para

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exigir a Brenda la mínima parte de aquel que había caído con nosotros en su
poder y que sin duda los brendanos pensaban reservarse.
Rápidamente me sacaron de allí, haciéndome abandonar el edificio y
llevándome, ahora en coche cerrado y sin altavoz, a una verdadera cárcel, donde
me metieron en celda aislada y sin mobiliario. Pasaron de nuevo las horas y llegó
el momento en que un carcelero me sirvió una repugnante bazofia, entregándome
al mismo tiempo un ejemplar del periódico local, con intención de que sufriera
más leyéndolo, pues como primera noticia, en tono ampuloso e inflado, se
contaba cómo la justicia de Brenda había echado mano de los esclavos fugados
que durante unos días habían aterrorizado a la población y de que forma,
seguramente asustada por los elementos guerreros y policíacos del planeta, la
nave pirata había escapado, teniéndose noticias de que había sido luego
destruída por una patrulla sifaniana.
Ni por un momento creí lo último, que no estaba Sifán para mandar patrullas
tan lejos, y caso de haber adivinado donde nos dirigíamos y de haberlo hecho,
fuerte nave habría de ser la que se enfrentara con la nuestra. Aparte de que, de
estar cercana una patrulla de Sifán, ¿para qué amenazarnos con enviamos a
dicho planeta a bordo de una nave comercial? No, ciertamente nuestros amigos y
compañeros, y tal idea me llenó los ojos de lágrimas, navegaban contentos hacia
aquellos mundos fronterizos que a su sed de aventuras atraían, pensando
habernos dejado ricos y felices. Este pensamiento me acongojó de nuevo. ¡Ah, si
tuviera de nuevo la oportunidad de elegir, de marchar con mis compañeros lejos
del planeta de bandidos en el que ahora me hallaba! Recordé mi preciosa Palas
Atenea, que había quedado en mi frustrado hogar y que a saber en manos de
quién estaría ahora, y me arriesgué a pedir su socorro, rogándole que me sacara
de aquella terrible situación, aunque no pensaba cómo podría arreglárselas para
hacerla, a menos que interviniera en persona y pertrechada con todos los rayos y
los truenos de su padre el Tonante.
Pasó la tarde, y no hubo cena. Con las primeras tinieblas que me llegaron a
través del pequeño ventanuco de la celda, apareció también el frío y, poco vestido
tal cual me hallaba, hube de acurrucarme como pude en el suelo, hecho una
rosca para intentar dormir, pobre, dolorido y solitario, cuando había creído hacerla
hasta el fin de mis días rico, cómodo y en galante compañía.
No sé qué pesadillas turbaron aquel miserable sueño, pero lo cierto es que con
las primeras luces del alba, un tremendo bochinche procedente del exterior me
despertó, exactamente como la noche anterior, bien que si entonces tal estrépito
fue heraldo de desastre, el actual, ignoro por qué, me iluminó con una loca
esperanza.
Hubo una tremenda explosión, seguida por otras más lejanas. Luego una voz
estentórea clamó en las alturas, como si un dios rugiese sobre la ciudad. No pude
entender las palabras, pero otros si lo hicieron, a juzgar por la chillería que se
levantó por todas partes. Grandes acontecimientos parecían estar
desarrollándose fuera, y a mí tan sólo me cabía esperar que estuvieran
relacionados con mi pobre persona para mejorar mi suerte, ya que empeorarla
hubiera resultado imposible.
Siguieron luego frenéticas carreras en el interior de la prisión, junto con gritos
de "¡Sacadles afuera!". Se abrió después la puerta y surgieron los carceleros, con
los rostros blancos como el yeso.
—¡Ven! —suplicó, que no ordenó uno de ellos —¡Ven con nosotros!

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Tratándome con el mismo cuidado como si fuera mi persona de cristal de


Alantor, me llevaron por escaleras y ascensores hasta una amplia terraza. Salí a
la luz del día y... ¡oh, maravilla!, allí arriba, dominando la ciudad entera con su
masa, estaba el bendito crucero de batalla que yo suponía en marcha hacia las
remotas estrellas y nebulosas.
Rodeábale un negro pero transparente nubarrón, que debía ser el famoso
campo protector de que me habían hablado, y a simple vista podían verse sus
torretas artilleras moviéndose lentamente, enfilando los cañones a éste o a aquel
blanco, con la amenaza de hacer polvo la ciudad entera. Para los perversos
habitantes de la misma debía constituir una visión aterradora, pero para mí era
arcángel en toda su gloria, salvador de mi destino y vengador de los ultrajes que,
sin motivo, me habían sido inferidos.
—¡No te hemos hecho nada! —plañía uno de los guardianes— ¡No te hemos
causado ningún daño!
¡Ah, cómo aquellas quejas eran música para mis oídos! Bajé la vista del
flotante crucero a la terraza y ví otros grupos de carceleros que sacaban a mis
pobres compañeros, en tanto que alguien hacía ondear una gran bandera blanca.
Todos miraban al cielo y, al seguir yo sus miradas, observé una navecilla que
descendía desde el crucero directamente hacia donde nosotros estábamos.
—¡Fuera de aquí, bandidos! —oí entonces gritar a uno de mis compañeros de
desgracia—. ¡Fuera de aquí!
Tras de lo que añadió algunas precisiones sobre las costumbres y estado civil
de los ascendientes de los guardianes. Salieron éstos, temiendo algo peor, en
tromba por las portezuelas de la terraza, alguno ayudado por un vigoroso
puntapié. Quedamos solos los que antes presos estábamos, y junto a nosotros
aterrizó con suavidad la navecilla. ¡Un instante después estaba abrazado a mi
añorado y buen amigo Héktor!

Capítulo IX

DE NUESTRA SALIDA DEL PLANETA BRENDA, DE COMO DIMOS NUEVO


NOMBRE A NUESTRA NAVE, Y DE NUESTRAS INCREÍBLES AVENTURAS EN
LO PROFUNDO DEL ESPACIO

Sin duda querrá saber el lector a qué era debido el venturoso retorno del
crucero para sacarnos de nuestras cuitas. Me falto tiempo a mí mismo para
preguntarlo, y fue Héktor quien satisfizo mi curiosidad.
Sucedió que, apenas abandonó la nave el planeta Brenda y amenazó con
tomar el largo camino hiperespacial que le habría de conducir a la frontera de las
civilizaciones humanas, aquel romántico astronauta de quien antes hablé, arreció
sus suspiros y lamentos, quejándose del largo espacio interestelar que pronto le
separaría de aquella Hortensia de sus pensamientos. De tal modo plañió, gimió y
dió la lata a todo el mundo, que se llegó a pensar seriamente en invitarle a hacer
un viaje por el espacio en el mismo traje de calle en que lo hiciera el llorado mayor
Luvieni, pero sus compañeros intercedieron por él, jurando hacer entre nueve lo
que antes entre diez se realizaba, y aún instruir a quien de los nuestros lo deseara
en la ciencia de manejar los mandos de la nave. Hubo fuertes discusiones y al fin,
ya que resultaba arriesgado volver al propio Sifán, se acordó dejar al suspirante

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en Brenda, donde se sabía que había una nave comercial que pronto partiría
hacia el jardín de la Hortensia. ¡Precisamente aquella en la que los brendanos
habían pensado enviamos!
Regresó así el crucero hacia Brenda, pensando todos en la agradable sorpresa
que nos darían a los que quedamos allí, aunque nunca pudieran imaginar hasta
qué punto. Pero sucedió que otra nave comercial había salido del planeta, con
tiempo de informarse de la canallada que nos habían hecho, y al ver acercarse al
gran navío de guerra, supusieron que aquél también se había enterado y
regresaba con las peores intenciones, con lo que decidieron quitarse de en medio.
.
De haber continuado tranquilamente su camino nada habría ocurrido, pero su
maniobra hizo sospechar a Héktor, desconfiado como pocos, que algo no santo
ocurría, con que le dio el manos arriba y al interrogar a la tripulación se descubrió
todo el pastel. Rugieron los nuestros con comprensible furor, y cayó la nave sobre
Brenda con las baterías cargadas, el campo en acción, y la intención de causar un
estropicio que marcara época en el caso de que algo malo nos hubiera ocurrido.
Espantoso fue el pánico de los que de tan mala manera nos habían traicionado
y escarnecido al ver el ángel exterminador que se les venía encima.
Ningún medio de defensa ni ataque tenían que pudiera medirse con el antiguo
crucero del Imperio, de manera que cuando una navecilla sobrevoló la ciudad,
prometiendo por sus altavoces los peores males si no se nos soltaba sanos y
salvos, en tanto unos lo cumplían, otros echaban piernas al cuello (y es de
suponer que todavía corren), y otros se encerraban a cal y canto, rezando a todos
los dioses porque no nos acordáramos de sus señas.
Y no temían en vano, puesto que, aún estando todos nosotros vivos, por bien
nuestro y del planeta, a más de uno habían estropeado por resistirse al
apresamiento, aparte de la ración de palos que todos recibimos. Así pues, no
perdimos tiempo para armamos de láser, desintegrador y cuanto trabuco nos vino
a la mano y, acompañados por amigos de la nave, bajar de nuevo a la ciudad a
desempolvar a quienes nos ofendieran. Corrimos por las calles en varios
vehículos, clamando venganza y tumbando faroles a tiros, sin que nadie se
opusiera a nosotros ni, desde luego, saliera a burlarse como en nuestro anterior
paseo. Era nuestro objetivo la Cámara de los Notables y, más que ella, los dignos
caballeros que tan hospitalariamente nos dieron asilo, y a los que pensábamos
regalar con una serenata de nuestra invención. Pero todos ellos se habían
apresurado a emigrar, con lo que debimos limitarnos a pegar fuego al edificio
gubernamental, y luego al del Juzgado, cuyos magistrados habían puesto también
tierra de por medio.
Por tanto granuja ausente pagó la estatua de no se qué general ecuestre en la
plaza mayor, al que de un tiro dejamos calvo y de otro decapitado. Saqueamos a
continuación varios establecimientos, espantamos hombres, mujeres y críos y en
todo lugar dejamos seña amarga de nosotros, sin que policía ni milicia osara
oponerse a nuestras fechorías, pues en el aire velaba ceñudo el crucero y era de
temer no redujera a cenizas la ciudad y aún el planeta.
Más frío y pensador que nosotros, quizá por no haber sentido el palo brendano
en sus costillas, Héktor hizo bajar una cincuentena de hombres armados que se
dirigieron antes que nada al Banco, ya que pensó que nuestro auricalco había
honrado ya demasiado con su presencia aquel planeta. Abriéronse las cajas y, en
efecto, allí se encontraban nuestras pilas de monedas que nadie había pensado
en llevarse. Les echaron mano los nuestros y además, por si acaso habían hecho

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amistades y les costaba separarse de ellas, arramblaron con cuantas reservas de


metal precioso allí había, que si otro auricalco no era, contaba con cantidad de
oro, plata y platino.
Nos reunimos con aquel alegre grupo cuando estaban ya cargando el propio y
el ajeno caudal en una navecilla, y no pude por menos que compadecer en algo a
aquellos negociantes brendanos que de haberse portado honradamente hubieran
podido beneficiarse en mucho de aquel depósito, pero que por quererlo todo,
hallábanse en la situación del dueño de aquella gallina de huevos de oro que
sacrificó el ave pensando hallar mina aurífera en sus entrañas y que, según
cuenta la leyenda:

"En habiendo matado la gallina


Perdió su huevo de oro, y no halló mina".

Pero ya otro flagelo había empezado a descargar sobre aquella ciudad de


desgracia. Tanto habían dado a la lengua las autoridades brendanas sobre
nuestra vuelta a la condición de esclavos, que la llegada del crucero para
salvarnos de aquélla fue considerada por muchos serviles como señal de
liberación general, lanzándose a las delicias del saqueo, persiguiendo a los amos
que les habían maltratado, y aún despenando a algunos de ellos. Atronaban las
calles los gritos y el estrépito de las puertas despanzurradas, estallaban aquí y
allá incendios, reían unos y lloraban otros, y el caos se adueñaba cada vez más
de la antes orgullosa capital.
Héktor y algunos conservadores quizá hubieran deseado detener la algarada,
que mucho mayor daño causaba del que hasta el instante hiciéramos nosotros,
pero otros argüían acerca de la traición cometida por aquellos malandrines, y de
los malos tratos que habían hecho sufrir a sus siervos, de parte de los cuales
debíamos estar nosotros por haberlo sido. De modo que decidimos en conjunto
lavarnos las manos como dicen hizo Pancho Villa y desentendemos de lo que en
la ciudad ocurriera.
Me faltaba algo que hacer a mí en ella, de manera que me hice acompañar por
tres amigotes, elegimos uno de los coches de superficie abandonados que a
nuestra disposición estaban, y nos pusimos en marcha hacia mi antiguo palacete,
abandonado en tan tristes circunstancias. Atardecía ya, y en el camino hallamos
varias bandas de siervos saqueadores que, al reconocemos por quienes éramos,
nos saludaban y aclamaban con agradecimiento y alegría, alzando y vaciando en
nuestro honor las botellas hurtadas.
Tras mucho golpear, abriónos la puerta la atribulada Laurita, y ello fue tras
reconocer mi voz, que no estaba el gallinero como para dar paso al primero que
llamase. Allá estaba también el infeliz Tristán, todo vendado y dolorido por los
golpes recibidos en mi defensa. Pero no les buscaba yo a ellos sino a la estatua
de mi diosa, que una vez más me salvara del peligro. Rabié de veras cuando vi
que había desaparecido e hice allí mismo juramento de no partir del planeta sin
que me fuera debidamente restituida. Acudió entonces Laurita a tranquilizarme,
diciéndome que la diosa que me interesaba había despertado la curiosidad de
unos oficiales que inspeccionaron la casa, siendo trasladada por ellos a cierto
museo. No necesité más para ponerme en marcha.
En la misma puerta detúvome la buena de Laurita, rogándome que la llevara a
ella y a su marido a cualquier planeta que no fuera Brenda, en calidad de
esclavos o de lo que fuera. Le respondí que en lo que a mí respecta ya no había

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allí esclavo alguno, que todos eran libres y que les aconsejaba empaquetar lo que
desearan llevarse, pues haría lo posible por buscarles plaza en el crucero. Sin
atender a su agradecimiento, monté con mis amigos de nuevo en el vehículo,
partiendo en el animado anochecer hacia el museo.
En el encontramos un viejo que se había quedado no adivino por qué, quizá
para defender lo que allí se guardaba. Nos costó entendemos con él, pero al fin
nos condujo hasta mi adorada Atenea, que no estaba expuesta en ninguna vitrina
aún, sino almacenada con otro material. De tal forma volvimos a ser el uno para el
otro, y por agradecimiento al viejo, convencí a mis amigos de que se abstuvieran
de llevarse algún chirimbolo de recuerdo, como al principio se proponían. Tan sólo
cuando ya estábamos en el vehículo me acordé de mi buen amigo el Preboste, y
decidí hacerle una visita en su palacio.
No estaba desde luego presente el interfecto, pues antes que yo en él, había
pensado él en mí. Pero nada más llegar nosotros a la puerta, se nos vino encima
una turba de esclavos, en especial del bello sexo, dándonos alborozadamente las
gracias por el advenimiento del crucero. No tardó en aparecer la rescatada Celina
que, al verme, se abrazó a mí soltando de nuevo el torrente de sus llantos, que
tan llorona como guapa era. Tras de lo cual pasamos todos adentro en amor y
compañía.
Fabuloso era el palacio del buen Preboste, y en él había concentrado un
verdadero harén de bellezas, una mínima parte del cual era el que me mostrara
cuando me traspasó fugazmente a la rubia Celina. Pero, según me contó ésta,
siempre entre sollozos, era más bien averno que paraíso ya que aquel personaje
gozaba maltratando a las pobres muchachas, amén de obligarlas a actos que
aquí no puedo citar por decoro. De ahí la alegría de Celina al ser regalada, y su
desesperación cuando el donante la recuperó; al parecer aquel breve préstamo
no era sino un a modo de broma para satisfacción de su naturaleza desviada.
Más todo aquello era ya agua pasada, y en el tiempo presente disponíamos de
todo el palacio y del plantel de beldades, tan deseosas ellas de ser consoladas
como nosotros de consoladas. Descubrimos igualmente una abundante bodega,
cuyos productos llevamos al mayor de los salones. Llenáronse los jarros, voló por
los aires la ropa sobrante, e inicióse con la noche la más trepidante de las
juergas, bebiendo, bailando, cantando, contemplando como las chicas danzaban
y disfrutando con ellas de los goces con que Ciprina regala a los mortales. A
medida que se consumían los caldos crecía la zarabanda, con no poco deterioro
del lujoso mobiliario del Preboste, y en el tal estropicio no dejaban de colaborar
con gusto aquellas rencorosas bacantes, que mucho tenían que recordar. Incluso
en lo más álgido de la melopea, no faltó pérfida que utilizara tal cual carísima
pieza del mobiliario como improvisado aliviadero para los efectos del fuerte vinillo
consumido.
No fue hasta después del amanecer cuando dejamos aquel devastado campo
de Agramante, deseando yo de corazón que el Preboste, a su regreso, tuviera al
verlo un recuerdo para mí. Seguía el gran crucero cerniéndose sobre la ciudad, y
se me comunicó en la calle que Héktor nos llamaba a todos y estaba ya
preparando las navecillas para subir al Invencible y dejar aquel planeta de
nuestros pecados.
Muy animada estaba la ciudad en la mañana, bien que algún incendio humeara
todavía. Raro era aquel de los nuestros que no transportara botín o no solicitara
salvoconducto para algún amigo o compinche, en general del opuesto sexo. Por
mi parte envié recado a Tristán y a Laurita para que acudieran al embarque,

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además de arrastrar conmigo, desde luego, a la rubia Celina, del mismo modo
que mis compañeros llevaban del brazo al resto del harén que sin duda el
Preboste echaría mucho de menos. Pero en la plaza que iba a servir de
embarcadero habíase reunido una gran multitud que gritaba como si de sombras
tartáreas se tratara, reclamando un puesto en la nave, y en vano se desgañitaba
Héktor de pie en la escalerilla de una nave auxiliar, pidiendo que cada cual se
volviese en buena hora a su casa, dejando que embarcaran tranquilos en el
crucero quienes en él habían venido.
Resultaba que muchos esclavos habían creído llegada la hora de su liberación
y ahora temían con razón que apenas ido el Invencible retornaran a la averiada
ciudad los amos, y con ellos las cadenas, a más de pedirles responsabilidad por
el festival con que celebraran la presunta manumisión. También gritaba la propia
gente del crucero, negándose a embarcar si no era con sus amigas, pues argüían
que la nave no iría muy lejos sin presencia femenina, que los hombres necesitan
también combustible para mantenerse en marcha y buena disposición. Lloraban
algunas mujeres, temiendo verse abandonadas, maldecían los hombres y algunos
puños se alzaban incluso contra Héktor y quienes le rodeaban.
Hubo de ceder al fin el buen corazón de mi amigo y jefe, dando paso libre a
todo servil que lo solicitara o que dijera temer represalias, con lo que las
navecillas fueron asaltadas por una horda con maletas, baúles, cestos y sacos en
los que se mezclaba lo propio y lo hurtado. Como allí todo gitano vociferaba estar
en peligro de muerte, coláronse entre los serviles no pocos mequetrefes osados y
horteras audaces, deseosos de correr aventuras en el espacio. Una y otra vez
debieron volar las naves auxiliares de tierra al crucero y viceversa, pues no
bajaban de seis mil los que se apuntaron al viaje, y menos mal que el Invencible
disponía de cuarteles para la extinta Infantería de Marina Imperial, que si no
hubiéramos debido atar a la cola los últimos por falta de sitio.

Sorprendíanos ahora la multitud y el bullicio dentro del antes casi vacío buque
de guerra. Todo era ir y venir, buscando alojamiento y dónde almacenar el botín
que quien mas y quien menos de la ciudad traía. Por mi parte me apresuré a
volver a mi flamante oficina de coordinación astronáutica, que tuve la suerte de
encontrar vacía. Asumí de nuevo el cargo, metí dentro conmigo a Celina y cerré y
atranqué luego a conciencia, no conociendo prójimo ni peregrino entre los que
fuera vivienda buscaban, y que bastante tenían que agradecer el hacer el viaje
que habían ambicionado.
Tan sólo cuando cesó el bochinche y por tanto presumí que cada cual había
hallado acomodo, dejé el mío, aunque recomendando a Celina a nadie abriera, y
me puse a las órdenes de Héktor, no descuidando mi rango de oficial superior de
la nave. Llegué a tiempo de intervenir en una despedida, ya que si tantos habían
llegado, uno sólo se marchaba, y era aquel enamorado astronauta que fuera
causante indirecto de mi salvación. Se había decidido transbordarle a un carguero
comercial en ruta a Sifán, precisamente el que debería habernos llevado a
nosotros rumbo a la esclavitud y al castigo. Por romántico perdió el tal su parte del
auricalco, puesto que aunque se la hubiéramos dado, en su planeta natal no le
hubieran permitido conservada. Dímosle, eso sí, un buen viático para que no
llegara pobre junto a su amada y luego todos le deseamos suerte antes que
partiera. Espero que llegara bien a Sifán, y que la Hortensia no le hubiera
encornado durante su ausencia, que hubiera sido el colmo.

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También llegaba para nosotros la hora de desempolvar el calzado, de manera


que me puse al frente de los nueve que antes diez eran, y marché con ellos al
puente de mando, donde les abandoné a las múltiples tareas que necesita una
nave de guerra para ponerse en marcha. Encendiéronse los motores, palpitaron
los ordenadores, sacudiéronse los indicadores, y la nave toda tembló como
caballo de raza, mientras en las pantallas empezaba a alejarse el planeta Brenda
que tan mal nos tratara. Contemplélo, dueño y señor de la sala, aquel espectáculo
de estrellas en movimiento que no dejaba de ser bonito, y en ello se me debió
pasar algún tiempo, pues me ví interrumpido por el astronauta que había
nombrado mi segundo, que venía a darme la novedad.
—Estamos saliendo del sistema –dijo—. Los cálculos para el salto están
hechos y, con vuestro permiso, iniciaremos la rutina para entrar en el
hiperespacio.
Le respondí que podía entrar y salir cuando buenamente le acomodara, tras de
lo cual, sabiendo que allí era yo más bien estorbo que otra cosa, y habiéndose
hastiado del paisaje, donde no se veía planeta, cometa o nebulosa, sino tan solo
lejanas lucecitas, dejé el mando a mi lugarteniente y me retiré a mis aposentos
particulares.
Había quedado en ellos Celina, con la recomendación como dije de no abrir la
puerta a nadie, pues no acababa de fiarme yo de tanta gente forastera. Había ella
aprovechado el tiempo en arreglar aquel apartamento, mostrándose en la tarea
tan hacendosa como bonita, y tan capaz de hacer camas como de deshacerlas.
La besé con cariño y luego, muy en mi papel de oficial de marina, puse el
comunicador en marcha para conectar con Héktor y decide que el hiperespacio
estaba listo y que, con ayuda de la Corte olímpica, pronto brincaríamos hacia
aquellas lejanas nebulosas de la frontera que eran nuestro objetivo y futuro teatro
de nuestras hazañas.
Estaba nuestro jefe muy ocupado resolviendo los mil problemas que el
abultado pasaje presentaba. Por lo que de oír por el comunicador, se había
logrado juntar a un grupo de cocineros entendidos en las máquinas culinarias de
los pañoles, y aquellas funcionaban a todo tren.
Dijo Héktor que se estaba preparando una cena multitudinaria en el salón
central donde ocurriera la matanza, y pidió la hora exacta del brinco sideral. Como
no lo sabía debí cortar la comunicación para preguntar al puente de mando y de
allí me dijeron que aún teníamos para seis o siete horas, y que me avisarían con
tiempo. Enterado Héktor, ordenó que se preparara el banquete para
inmediatamente después, y así lo anunciaron los altavoces por toda nave.
Quedaba tiempo de sobra, y me dispuse a matarIo de la forma que quien esto
lea hubiera hecho de estar a solas con una golosina semejante a mi llorona.
Disfrutamos cuanto quisimos, y aún nos sobró tiempo para asearnos en las
modernas instalaciones anejas al camarote, que habiéndolo elegido yo, se
comprenderá que de los peores de la nave no era. Descubrí luego uno de
aquellos hermosos uniformes imperiales que habían resistido al paso de los siglos
y viniéndome a medida ignoré si traje era de almirante o archipámpano, lo
clasifiqué como de coordinador de astronáutica y me lo enfundé por si acaso la
cena era de gala. En cuanto a Celina, previsora como mujer, había traído con ella
algunos de los lujosos vestidos con que, como a cosa propia la adornara aquel
Preboste que el radamante llevara. Eligió el mejor de ellos y así la hora en que el
salto espacial se aproximaba nos sorprendió admirándonos mutuamente.

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Animadísimo estaba el salón y todos los pasillos y salas cercanos, ya que


aquel era pequeño para tanto argonauta como la nave reunía. Me abrí paso, no
obstante, quizá ayudado por aquel tremendo uniforme que todos admiraban, y al
vernos llegar, Héktor nos hizo sitio junto a él, en la mayor de las mesas que
habíanse dispuesto en la gran sala.
¡Qué puedo decir de la alegría que reinó en la fiesta! Cocineros, camareros
voluntarios y algunos robotes circularon entre las mesas distribuyendo las
sabrosas tajadas creadas por las máquinas, blancas con sabor a carne, o azules
con el gusto al más delicioso de los pescados, unidas a las salsas, finas o
espesas, dulces o saladas, y seguidas por toda una batería de tartas y pasteles
como para chuparse los dedos. Admirábame la forma en que el fenecido Imperio
cuidaba de sus soldados y lamentaba con todas mis fuerzas que tan generoso
estado hubiera desaparecido de la historia de la Galaxia.
Y no olvidaré tampoco hablar de los vinos y licores, éstos no procedentes de la
nave en sí, sino escogidos entre los mejores de Brenda en concepto de
indemnización, y almacenados en la nunca mejor llamada bodega del navío. Para
animar aún más el festejo, se había improvisado una orquesta con algunos
antiguos siervos expertos en música, que habían llevado con ellos al crucero todo
un aparato de trompas, ocarinas y sacabuches. No se notaba como sobra la tal
música, pues, ya que la multitud servil poco acostumbrada estaba a manjares de
tal calidad, apenas mantenía otra conversación que el ruido de las mandíbulas al
mascar, con lo que de no ser por aquella, la cena, aunque alegre, hubiera
resultado un tanto silenciosa.
Finalmente, vacíos platos y copas y satisfecha la concurrencia, púsose en pie
Héktor, en tanto que quienes estaban a su lado reclamaban atención golpeando
sus vasos con las cucharillas, lo que motivó que muchos otros se unieran al tal
concierto y aún empezaran a dar patadas en el suelo.
—¡Hermanos míos! —pudo al fin empezar Héktor al acalIarse la música—.
Antes que nada permitidme daros la bienvenida a bordo de la nave libre
Invencible.
Respondieron calurosamente a la cortesía aquellos a quienes acababa de
hacer parientes, y aún brindaron por el orador con los últimos restos del mosto.
—Y también —continuó mi amigo— daros igual bienvenida a las filas de la
libertad. Pues os digo que al entrar en este navío habéis dejado para siempre de
ser esclavos, y que desde ahora declaro que la práctica de la esclavitud es
extraña a la Humanidad y contraria a todo derecho y que, como tal, debe ser
abolida.
La concurrencia mostró ruidosamente estar de acuerdo con que la esclavitud
era extraña a la Humanidad y contraria a todo derecho y que, como tal, debería
ser abolida.
—Así pues —siguió el orador— declaro desde ahora que todo el poder del
Invencible será dedicado a liberar a quienes sufren de la esclavitud, y
transportarles a cualquier mundo donde deseen fundar una comunidad de
hombres libres e iguales.
Aquello fue el delirio, porque la perspectiva de marchar por las nebulosas
exteriores liberando esclavos y castigando sin duda a sus perversos amos,
principalmente con requisa de riquezas, entusiasmaba a todos. Considerándose
ya de antemano libres e iguales, pugnaban por dejar oír su voz para expresar su
personal versión de la carrera liberadora de la nave, ya que libertad no hay que no
incluya la de opinión.

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

Subióse así uno de aquellos galafates primero a una silla y luego a la mesa y
pidió la palabra con tan estentóreos berridos que acabaron por dársela.
—En nombre de todos nosotros, los liberados de Brenda, agradezco al capitán
Héktor y a sus valientes el habernos salvado de las cadenas serviles, y pido tres
hurras para ellos...
Finalizadas las citadas aclamaciones, con avería en algunos tímpanos, el
portavoz continuó su parlamento:
—Por nuestra parte, he de decir que estamos dispuestos a luchar y morir, si es
preciso, para liberar a otros de lo que a nosotros nos oprimía, y darles la libertad
de que hoy gozamos. Y como símbolo de nuestra inquebrantable decisión pido
que, desde ahora, esta nave que nos acoge cambie su nombre por el de
Espartaco, siendo aviso de lo que su llegada habrá de representar para quienes
mantienen en esclavitud a sus semejantes.
Buena era la idea, y todos la aclamaron, si bien a mí y a algún otro no dejó de
olerle un poco a cuerno socarrado que aquellos recién llegados se permitieran
hacer capirote y manga de nuestro crucero y del nombre que llevaba. Pero alzóse
nuestro noble Héktor y dijo que allí era el pueblo quien mandaba, que Espartaco
se llamaría de entonces en adelante el antaño Invencible y que apenas llegado a
puerto seguro tal nombre se dibujaría en el casco en grandes letras fluorescentes
para que no cupiera duda alguna.
Hubo gritos de apreciación y después la gente empezó a retirarse, convencidos
de que nada de comer o beber restaba allí. Quedamos otros, sin embargo,
entregados al placer de la charla, pues mucho que hablar había sobre nuestro
futuro tal como Héktor lo había presentado.
Añadiose como tema de tertulia y discusión el hecho de que nadie sabía
demasiado bien quién era el tal Espartaco cuyo nombre ahora llevábamos.
Coincidíamos en que aquel sujeto había sido un antiguo héroe de la Tierra
preespacial, y que había destacado en la tarea de liberar esclavos pero sobre su
personalidad y detalles había muy diversas teorías.
Un tal Garthus, procedente de Sifán y garaliano como yo, que además se las
daba de leído y escribido, sostenía que Espartaco había sido un presidente de la
antigua nación llamada América, que declaró la guerra civil para librar a los
esclavos del Sur del país y que, logrado esto, murió asesinado en un teatro por
obra de un hijo adoptivo o sobrino suyo, Bruto de nombre y de hechos. Pero
Héktor y algunos otros se ceñían a la versión más popular de la leyenda, que
hacía de Espartaco un esclavo él mismo, y que relataba como se levantó junto
con sus compañeros serviles contra los llamados romanos, llevando sus huestes
a la propia capital del Imperio, la gran Ciudad de Pedro para lanzarlas al asalto
del palacio de invierno y fundar luego un estado de obreros y campesinos. Y no
faltaba quien sostenía que el personaje no existió como tal, sino que espartacos
eran llamados todos los habitantes de un lugar llamado Esparta, país rudo y
orgulloso que no sufría esclavitud alguna.
De todas maneras quien más y quien menos encontraba acertado el nombre, y
soñaba con la futura carrera liberadora de la nave que lo llevaba. Sin embargo,
pasando del ideal a lo práctico y de la epopeya a la morcilla, me atreví a
presentar, puesto que en el grupo solo liberados de Sifán quedábamos, un
problema que me preocupaba. Bien estaba el liberar esclavos, pero si, como se
hiciera en Brenda, los tales manumitidos insistían en subir a la nave, a pocas
campañas liberadoras que realizáramos, sitio nos faltaría para rascarnos. Además
que no estaba yo de acuerdo en que cada liberado optara por una parte del

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auricalco que habíamos escamoteado de los sifanianos y que entendía nos


correspondía solamente a quienes de dicho planeta partimos.
Frunció algo el ceño el noble Héktor, molesto quizá por tanto materialismo,
pero otros me apoyaron y al fin llegase a una solución de compromiso entre lo
que el idealismo de Héktor deseaba y lo que el bajo interés de sus subordinados
pretendía. Completaríase el número idóneo de tripulación eficaz con quienes se
mostraran capaces de ello, y el resto de los embarcados en Brenda serían
puestos en algún agradable planeta, auxiliados con una dotación razonable en
dinero y equipo, para que allí fundaran una comunidad de hombres libres e
iguales, o cualquier otra sociedad que les apeteciera. De nosotros, naturalmente,
cada cual tendría opción a conservar a bordo toda esposa, amiga o barragana
que deseara, dentro de un número prudencial. Tras de la cual cuestión,
despidióse el duelo y cada uno volvió a sus alojamientos para meditar lo hablado
y decidido.
Los sucesivos días de viaje hiperespacial fueron animados. No tan mal como
yo creía reaccionaron los de Brenda a la exposición del plan que a última hora
realizáramos en la mesa del banquete. Cierto que para muchos la vida a bordo,
bien comidos y bebidos, mostrábase superior a lo que cualquier comunidad
planetaria de hombres libres e iguales pudiera ofrecerles, pero en su mayoría no
habían presumido que el tiempo de navegación a nuestro bordo fuera cosa
distinta que unas agradables vacaciones en espera de otro destino. No eran
pocos quienes encontraban inconfortable el hacinamiento en que vivían, y
deseaban los amplios espacios y verdes praderas de algún planeta desierto y
habitable.
Existían también aquellos que deseaban unirse a la futura tripulación del
Espartaco y para ello hacían méritos e intrigaban a diestra y siniestra. Uno de
éstos era aquel pelafustán que lograra el cambio de nombre de la nave, y en cuya
figura me extenderé algo por desempeñar luego un papel de importancia en las
andanzas de nuestro navío y grupo.
Llamábase el tal, Yanko Ginestar, y procedía de un mundo del Espolón de
Vela, habiendo sido capturado allí por esclavistas y vendidos a los sifanianos tal
como yo mismo lo fuera. Impresionante era su arquitectura, siendo Tifón de planta
y Alcides de músculo, bien que Dayano de rostro, pues había perdido el ojo
izquierdo en alguna olvidada trifulca. Nada vacuo era de mollera, y no tardó en
proponer el equipamiento de una fuerza de asalto, continuación de los extinguidos
Infantes Imperiales de Marina que en su tiempo viajaron también en nuestro
crucero. Argüía que dicho grupo sería necesario para convencer a los esclavistas
a las ventajas del abolicionismo, y Héktor estuvo de acuerdo con él, encargándole
del reclutamiento. Juntáronse así una centena de guerreros, escogidos tanto entre
los llegados de Sifán como entre los embarcados en Brenda, y que fueron
adiestrados por el propio Ginestar y también por Héktor mismo, en su calidad de
experto en armas. De tan sencilla manera logró aquel robusto Polifemo su
propósito de permanecer en la nave y conseguir su parte del tesoro que aquella
transportaba.
Más difícil era el caso para otras gentes igualmente decididas pero no tan
ingeniosas. Desde hacía tiempo los técnicos y aún los astronautas habían hecho
notar la posibilidad de hacerse con ayudantes mediante el sistema de
aprendizaje, lo que redundaría en bien de todos. Aprovecharon muchos de los
aspirantes a nautas para arremolinarse en torno a ellos, presumiendo de

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cualidades y saberes inexistentes y pretendiendo entrar en algún cursillo que les


permitiera su ambición.
En ocasiones aquel interesado afán de aprender y de mostrar capacidades
llegaba a ser nociva. Hubo, por ejemplo, una cierta pecosilla que al verse frente a
las piezas artilleras de proa, creyóse Agustina en el sitio del Álamo, y les entró
con tal confianza que sólo por cortesía de los dioses inmortales no volamos todos
por los aires. Sin embargo llegóse a seleccionar algunos aprendices, e iniciáronse
los cursillos de especialización que habrían de proporcionarnos, esperábamos,
una nidada de alevines de técnico, maquinista, artillero, radiocomunicador y otras
especialidades.
En cuanto a mí, considerando que buena apariencia viste más que real
sapiencia, y temiendo ser echado de menos ante tanto sabio, y aún que me
hicieran trabajar, me aficioné al trato de los astronautas a los que coordinaba y de
ellos, sino ciencia, aprendí abundante léxico con el que figurar. Así pude
asombrar a mis compañeros con sesudas referencias a jaulas de recurrencia,
toroides dimensionales, fallas del hiperespacio y términos similares, hasta
convencer a todo el mundo poco menos de que yo conducía personalmente la
nave entre las estrellas, y que mi falta daría al traste con toda la expedición.
Entre unas cosas y otras, el tiempo del trayecto hiperespacial quedó consumido
y, como coordinador de astronáutica, tuve el placer de transmitir a Héktor y a toda
la nave que ésta se hallaba a punto de surgir al espacio estrellado en la zona
fronteriza que habría de ser escenario de nuestras hazañas.

Capítulo X

DE CÓMO VISITAMOS LOS MÁS EXÓTICOS Y PINTORESCOS MUNDOS


EN NUESTRA BRAVA LUCHA CONTRA LA ESCLAVITUD, Y DE COMO UNA
SIERPE QUE EN NUESTRO LECHO ALBERGÁBAMOS ESTUVO A PUNTO DE
LLEVARNOS A LA RUINA, Y A MÍ A LA MUERTE

Excusado queda decir cómo abarrotamos los que pudimos la sala de


astrogación, para gruñido de quienes allí trabajaban, y cómo el resto de la
tripulación y el pasaje se amontonó junto a las pantallas de visión al acercarse la
hora de emerger al espacio normal. Habíame procurado yo un reloj de los que
llamaban cronómetros por ser Saturno Cronos la divinidad del tiempo, y lucía con
el mejor de los uniformes junto a la gran pantalla, contando los segundos que
faltaban para que se iluminara, tan serio y majestuoso como si yo mismo
controlara la emersión. Así, cuando, al tocar la manecilla la señal convenida,
lancé al aire un rotundo "¡Ahora!", mi reputación ganó con mucho al desaparecer
del visor el gris del hiperespacio y surgir el negro interestelar roto por miles de
lucecillas. Gritaron de gozo los presentes y del resto del crucero nos llegó el
clamor de los demás.
Allí estaban los espacios fronterizos, las estrellas de todo color, las bellas
nebulosas de luz y las enigmáticas de oscuridad, las promesas de riquezas y
aventuras, altivas murallas de liberar y hermosas princesas que tumbar, o a la
viceversa, extrañas razas humanoides de raros poderes, fabulosos tesoros de los
Grandes Galácticos, gloria y poder, todo ello al alcance de nuestras manos.

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Ya los astronautas se movían a nuestro alrededor como abejas en medio de


una nube de zánganos, consultando cuadrantes, modificando mandos, calculando
y buscando posiciones y entregándose a mil tareas para nosotros
incomprensibles. Finalmente, uno de ellos se aproximó a Héktor y a mí y nos
informó:
—Tenemos a nuestro alcance una estrella tipo G.
Eché un vistazo a la pantalla, preguntándome dónde estaría la dicha estrella
entre tanto puntito de luz.
—Bueno —dijo Héktor, como sopesando la información—, por algún sitio
tenemos que empezar.
—¿Ponemos rumbo hacia allí? —le pregunté.
Asintió, y al momento transmití la orden al astronauta, antes de que sintiera él
la tentación de obedecerla directamente.
—¿Cuánto tardaremos? —inquirí.
—Aproximadamente cinco días.
Asintió de nuevo Héktor, púsose en marcha el mecanismo director de la nave, y
todos nos preparamos para celebrar la buena salida del hiperespacio con fiesta y
banquete, como en nosotros era habitual.
No desperdiciamos, desde luego, los cinco días que habrían de llevamos a la
primera de nuestras aventuras. Con el apremio que ello significaba, se celebraron
los entrenamientos de quienes aprendían algún menester naval, y cuando la
estrella fue ya un sol en la pantalla, y los astronautas comenzaron a espigar
planetas en su entorno, contábamos con suficientes hombres entrenados como
para ponernos en eficaz zafarrancho de combate. El personal estaba alegremente
tenso cuando presenté mi parte, el mismo que los astronautas me habían dado un
minuto antes, a nuestro capitán, mencionando la presencia de un mundo
prometedor.
—¿Hay alguien viviendo en él? —preguntó Héktor. También para eso tenía
respuesta.
—A esta distancia no se puede saber —dije—. No hay señales de radio.
—Nos pondremos en órbita, y enviaremos una navecilla auxiliar a hacer una
exploración.
Reunímonos en la sala de asamblea todos los que en la nave viajábamos, y se
discutió animadamente el tema de aquella primera exploración, poniéndose
énfasis principalmente en la selección de quienes en la chalupa habrían de bajar.
Héktor dispuso primeramente mandar él el equipo de exploración, pero pronto
encontró oposición en varios, incluído el tuerto Ginestar.
—Se trata de explorar un planeta desconocido —dijo éste—. En tal caso no es
aconsejable que el comandante de la nave se arriesgue en el primer contacto.
Opino que la patrulla de exploración deberá estar bajo el mando del oficial
segundo de a bordo.
Todos estuvieron de acuerdo con tan sensata medida incluído yo mismo. Es
decir, hasta que se me vino encima el devastador pensamiento de que aquel
oficial segundo no era otro que mi apreciada persona.
Ni que decir tiene que aquella certidumbre arrojó un jarro de agua fría sobre
mis ardores exploratorios y aventureros. Bien estaba, desde luego, descender a
un planeta virgen y gozar de sus maravillas, pero yo pensaba hacerla en muy
segundo lugar, cuando hubiera seguridad de estar tranquilo el panorama y de ser
agradable el clima, inofensiva la fauna, alegre la flora y amistosos los nativos. Y
hete aquí que tal como las cosas se ponían, era yo quien debía asomar mi

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preciada cabeza, la única que poseía, para ponerla al alcance de quienes tal vez
no dispusieran de ondas de radio, pero si de un buen garrote con que cascarla.
Tuve a flor de labios una protesta, junto con una convincente explicación de lo
necesario que yo a bordo era como coordinador de astronautas, y de lo
cuidadosamente guardada a salvo de todo riesgo que debía estar mi persona.
Pero pronto me dí cuenta de que aquello no hubiera servido sino para mi
descrédito, de manera que puse a mal tiempo buena sonrisa, y aún logré expresar
entusiasmo por una misión que con gusto hubiera dejado a otro.
Con terrible rapidez, o al menos eso me pareció, se dispuso la expedición.
Junto conmigo, y bajo mi mando, irían tres guardias armados de la legión formada
por Ginestar, un técnico que dijo haber estudiado planetología, un piloto novato de
los que habían educado a bordo, y también uno de mis buenos astronautas, para
el caso de que el anterior no tuviera en su tarea la perfección de que alardeaba.
Dejamos así nuestra acogedora nave principal, y caímos libremente hacia
aquel planeta. Hermoso era, en verdad, con sus capas de nubes blancas, sus
mares azules y sus continentes amarillos y verdes, como en un video de dibujos
animados. Pero otros pensamientos tenía yo en el caletre que no el goce de
bellezas planetarias.
Pues, aparte de los posibles indígenas hostiles, cuya presencia no se había
hecho notar por los telescopios de la nave, una diferente amenaza me tenía
nervioso.
Cuando mis astronautas me advirtieron de la habitabilidad del planeta y de que
su atmósfera podía ser respirada, había sentido yo una gran sorpresa, ya que mi
idea era que todo planeta con atmosfera alrededor podía ser libremente recorrido
y respirado por el hombre ¿Para qué, si no, hubiéranse molestado los dioses en
airearlo? Pero cuando expresé mis dudas, el principal de los astronautas me sacó
de ellas hablándome de horrendos gases venenosos que pudieran estar
presentes, capaces de asfixiar a quien pretendiera pasear por astros por ellos
infestados, o sí no emponzoñarle, sofocarle, abrasarle, o quién sabe que otras
cosas. Tranquilizóme luego, no obstante, asegurándome que el espectrógrafo no
había captado en la atmósfera del planeta en cuestión ni uno solo de tales gases.
Tranquilo había yo quedado, en efecto, pero eso fue cuando suponía que sería
otro quien correría el primer riesgo. Para mi propia persona exigía, sin embargo,
mayor garantía que la que podía darle aquel mentado aparato que por el nombre
mas me parecía útil para atisbar fantasmas en el más allá que gases en ninguna
atmósfera.
Pero, de un modo u otro y a mi pesar, la navecilla seguía adelante, guiada con
mano experta por el alevín de piloto, y pronto penetramos en la atmósfera de la
que yo desconfiaba, tornándose el cielo de negro a rojo y luego azul.
—¿Donde aterrizamos? —preguntó obsequiosamente el conductor.
—En cualquier sitio —le respondí, puesto que la atmósfera estaría en todos. Y
completé la indicación invocando silenciosamente a mi querida Atenea, que en la
nave mayor había quedado.
Tecleó el piloto en el cuadro de mandos, soltó la antigravedad, y no tardamos
en tomar tierra. A través del casco transparente de la cabina podía verse un suelo
herboso, un cercano laberinto de grandes rocas y algunos árboles de raro
aspecto. Nada se movía en todo el panorama.
Nos miramos en silencio unos a otros, como calibrando quién se arriesgaría a
salir primero.

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—Bueno —dijo uno de los guardias— supongo que el aire será


verdaderamente respirable...
Aquella muestra de que no era yo solo quién temía gas venenoso estuvo lejos
de animarme. De nuevo nos miramos unos a otros con desconfianza, Y alguien
tosió. Luego el técnico que venía con nosotros sonrió débilmente.
—He traído una rata —y la mostró, dentro de una pequeña jaula—. Soltémosla
fuera y veamos como reacciona.
No dejaba de ser una idea, por la que interiormente felicité a su autor. Dióse
pues suelta al roedor y todos, apiñados tras la cubierta transparente, aguardamos
los acontecimientos. Que fueron decepcionantes. Habíamos esperado que la rata
se mantuviera más o menos inmóvil, quizá mordisqueando la hierba, de modo que
pudiéramos estudiar su comportamiento. Pero el bicho, apenas sintió tierra bajo
sus patas, salió de estampía y no tardo en perderse de vista entre las rocas.
Hubo de nuevo una consternada pausa. Durante unos minutos esperamos a
que volviera la rata o a que pasara algo. Luego me animé a entrar en contacto por
radio con la nave principal.
—Hemos aterrizado sin novedad —informé en el tono más académico que
pude—. La atmósfera parece respirable, pero no obstante hemos expuesto a ella
un animal experimental.
—¿Y qué ha pasado con él? —preguntó la voz de Héktor. Tragué saliva y
luego expliqué lo sucedido.
Hubo una pausa, como si Héktor meditara sobre el asunto. Luego nos explicó
con toda claridad que, primo, la velocidad de huída de la rata excluía toda
sospecha de envenenamiento respiratorio y, secundo, de ser mortal la atmósfera,
al abrir la cabina para que saliera la rata, nosotros mismos hubiéramos sido
envenenados. Esto último lo expresó con cierta frialdad, y en efecto nos dejó a
todos helados, pues ninguno de nosotros había pensado en ello.
—Está bien —me apresuré a responder—. Iniciamos la exploración.
Abrióse de nuevo la cabina, y el aire resultó bueno, después de todo. Tuve
cuidado de dejar a bordo al astronauta, no fuera a aparecer alguien y llevarse el
vehículo. El resto nos agrupamos al pie de aquél, dirigiendo sospechosas miradas
en derredor.
No tenía yo mucha idea de cómo iniciar la exploración en un planeta
desconocido. En algunos casos se toma posesión de éste mediante la erección
de un monumento o clavando una bandera y pronunciando algún parlamento.
Pero como ni monumento ni bandera teníamos, optamos por dar una vuelta por
los alrededores, y nos pusimos en marcha en la misma dirección en que había
desaparecido la rata.
Durante un largo rato caminamos sin ver otra cosa que hierba, rocas y árboles.
El atrevido técnico se atrevió a cortar una rama de uno de estos, arriesgándose a
que fuera carnívoro y le respondiera con un mordisco, pero resultó ser muy
parecido a los que nosotros conocíamos de nuestros planetas natales. Poco a
poco nos fuimos internando en el gran laberinto rocoso que desde el principio nos
había llamado la atención.
—No parece que haya vida animal —rompió el silencio nuestro piloto, que
avanzaba en cabeza de la comitiva, y buena ocasión perdió para haber seguido
callado. Pues apenas pronunciada la palabra "animal", como si con ella se le
llamara, algo así como un dragón, de tamaño que a todos nos pareció similar al
de nuestra nave principal, asomó la cabezota de detrás de una inmensa peña y se
nos quedó mirando con interés, al tiempo que abría lentamente la boca.

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Allí, naturalmente, terminó la expedición exploratoria. Si como un cuarto de


hora habíamos tardado en llegar allí, calculo que tres o cuatro minutos duró
nuestro feliz regreso a la nave. Y tal era nuestra velocidad y facha que el
astronauta se apresuró a activar los motores sin que nadie se lo ordenara, y a
punto estuvo de emprender por sí solo el vuelo y dejamos en la superficie del
hospitalario astro.
Nada más yo en la navecilla y ésta en el aire, me agarré al micro y empecé a
llamar a Héktor como si mi vida dependiera de ello.
—Aquí la patrulla de exploración —informé—. Hemos sido atacados por una
forma de vida indígena.
—¿Inteligente? —preguntó ansiosamente Héktor desde las alturas.
Medité si en aquel animalote pudiera haber rastro de inteligencia, y decidí por
la negativa. Pero antes de que pudiera manifestarlo, fui interrumpido por el
angustiado grito del técnico.
—¡Eh! ¡Que nos hemos dejado al piloto!
En un instante de terror pensé si el pobre aviador no hubiera acabado en el
estómago del dragón, pero luego recordé haberle visto correr a mi lado hasta casi
el último momento. En la confusión de la entrada en la cabina, donde más de uno
lo hizo en plancha, sin duda alguien le cerró el cristal en las narices, y menos mal
que el motor de despegue era de antigravedad y no de chorro, pues de lo
contrario se las habríamos, además, socarrado.
Volvimos al teatro de nuestras hazañas y, efectivamente, allá abajo vimos una
pequeña figura que gesticulaba con furia, sin duda acordádose de nuestros más
lejanos antepasados. No había dragón alguno a la vista, de modo que aterrizamos
de nuevo y permitimos que se uniera a nosotros.
Sólo después de la recogida fui capaz de responder al atribulado Héktor a
quien al súbito guirigay había hecho sospechar algún desastre. En pocas y
mesuradas palabras le informé del encuentro que habíamos tenido.
—¿Necesitáis ayuda? —ofreció.
—Podemos arreglamos —respondí heroicamente. Y por si acaso ordené al
astronauta que despegara de nuevo.
Un breve vuelo nos llevó a la vertical de nuestro amigo el dragón, que, al
contrario que nosotros, no se había movido del lugar del encuentro. Era
verdaderamente enorme, si bien menos de lo que en primera impresión nos
pareciera. Debía medir unos treinta metros de largo, y quizá diez de alzada.
Cuando le vimos por segunda vez se hallaba devorando tranquilamente grandes
cantidades de hierba, arbustos, e incluso algún árbol joven.
Hubo quien propuso hacerle pagar el susto con una rociada de rayos, pero yo
me opuse. Después de todo el bicho nada nos había hecho, y parecía herbívoro y
pacífico. Tal vez el gesto de abrir la boca ante nosotros no fuera otra cosa sino
signo de asombro ante la presencia de aquellos pequeños simios súbitamente
veloces que para él seríamos.
Terminada al fin la fase de exploración primaria, que pudiera servir de
enseñanza a todo futuro expedicionario de planetas, a condición de hacer todo lo
opuesto a lo en ella realizado, se arriesgó a descender el gran crucero en una
inmensa playa, y pronto el planeta dejó de tener secretos para nosotros.
No había rastro de vida inteligente, y la fauna no parecía demasiado peligrosa.
Destacaban de ella, desde luego, aquellos tremendos animalotes, habitantes en
general de pantanos y ciénagas, si bien a veces paseantes por terreno firme,
como en el caso del que primero encontramos. Se mostraban, más que

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amistosos, por completo indiferentes ante cualquier humano que se les acercara,
aunque, desde luego nadie se animó a hacerla demasiado cerca.
No eran propiamente dragones, pues no echaban fuego por la boca como
dicen que hiciera el que luchó con San Jorge Washington en la Tierra preespacial.
Uno de nuestros técnicos afirmó que más bien se parecían a un animal terrestre
llamado dinosaurio, por lo que hubo quien supuso que habrían sido introducidos
por los terrestres durante el Imperio. Pero el mismo técnico alegó ser eso
imposible, ya que los dinosaurios habríanse extinguido en la Tierra muy
anteriormente a la conquista del espacio. Aún dijo que dicha extinción tuvo lugar
antes de aparecer el hombre en la Tierra, mas yo no lo creo, pues de no existir el
hombre ¿quién los hubiera extinguido?
De una forma u otra ni los tales dinosaurios tenían esclavos, ni eran
poseedores de dinero, lo que los hacía ajenos a nuestros afanes tanto
abolicionistas como civilizadores. El subsuelo planetario podía tener grandes
riquezas, pero ninguno de nosotros tenía idea de cómo explotarlas, por lo que
también dicha posibilidad se desechó.
Quedaba el valor del planeta como terreno virgen, y Héktor propuso a los
esclavos liberados en Brenda el instalarse allí y crear un mundo habitado por
gentes libres y orgullosas. Pero torcieron el gesto los interesados y manifestaron
que quedar allí abandonados y tener que arrancar el sustento a la tierra partiendo
de cero no era la idea que ellos tenían de la libertad y el orgullo, por lo que
declinaban la oferta, prefiriendo ir a parar a algún mundo donde las cosas
estuvieran ya medianamente organizadas.
Tal opinión coincidió con la mía, pues hace tiempo que había yo abandonado la
idea del glorioso pionero conquistador de mundos inhabitados, en realidad
malcomiendo su propia cosecha, viviendo en mala chabola construida por él
mismo y teniendo que coserse las asentaderas de sus propios calzones. Queden
en paz los planetas vírgenes, que no seré yo quien los convierta en mártires.
Dejado atrás el planeta de los dragones, calcularon nuestros astronautas
nuevos saltos, cosa relativamente fácil al tratarse de estrellas próximas.
Recorrimos los negros espacios etéreos, saltamos, y visitamos nuevos sistemas
estelares, sin que al principio nos sonriera la suerte. La primera estrella que
honramos con nuestra visita estaba huérfana de planetas, la segunda sólo poseía
meteoros y la tercera, si bien daba luz a tres mundos, teníalos privados de
atmósfera con excepción de uno que la tenía de amoníaco, con lo que además de
irrespirable debía tener malísimo olor.
Fue en la cuarta donde encontramos una pequeña colonia de pioneros,
insectoides que no humanos, que exploraban un satélite. Nos acogieron con
amabilidad, aunque con algo de temor a que hiciéramos yacimiento explotable de
sus bolsillos. Pero, curados luego de tal pánico, nos ofrecieron un convincente
esquema de la situación reinante en la región fronteriza donde nos hallábamos.
Caído el Imperio, también allí se había marchado cada astro por su lado,
creándose mil y una federaciones, repúblicas, tiranías, despotados, principados y
reinos, en su mayoría reducidos a un planeta cada cual. Tras las particiónes e
independencias, quisieron algunos volver a recoser el difunto Imperio cada cual
con capital en su propia casa, lo que originó guerras y trifulcas sin número. Piratas
y razas carniceras tales como la megara aprovecharon la circunstancia para hacer
su agosto, robando, devorando y desbaratando a placer, hasta lograr que los que
se llamaban a sí mismos civilizados, y que demasiado no lo eran, reaccionaran
con tenues alianzas para rechazarlos.

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Hoy en día el espacio era, si no seguro, al menos soportable, y las relaciones


entre diversas entidades estatales, de uno o de varios planetas, estables si no
amistosas. Sí, había esclavos que liberar, ya que muchos eran los planetas que
conservaban tan inicua institución. En cuanto a princesas que conquistar, más
bien sobraban que faltaban, pues había multitud de reyes, en su mayoría
polígamos y por ello engendradores de numerosa progenie, y era seguro que
muchos de ellos darían dinero por librarse de las más alborotadoras de sus hijas.
Lo que no se garantizaba en absoluto era su posible hermosura y aún su
pertenencia a la estirpe humana, pues infanta había, por raza, semejante a una
rana sin que ningún encantamiento de bruja malvada mediara en el hecho, ni
beso alguno remediar pudiera.
Era posible hacerse con riquezas y honores si se solicitaban con la suficiente
educación y artillería, cualidades ambas de las que nosotros no estábamos faltos.
Decidió pues Héktor dedicar nuestra fuerza a liberar a los míseros esclavos y
retirar a los implacables amos el dinero suficiente como para dotar a aquellos y
también dar salario a nuestros propios esfuerzos.
Tras despedimos de aquellos amables insectos, saltamos de nuevo en
dirección al primero de los planetas civilizados de raza humana, de nombre
Aquilonia, que era cabeza de un pequeño imperio. Sin novedad llegamos a él tras
una semana en el espacio.
Poseían ciertamente esclavos los aquilonios, pero también tenían una
respetable flota de guerra, bien que sin unidades del porte de la nuestra, sí
numerosa y capaz de damos un disgusto si nos arriesgábamos a combatirla.
Decidimos pues dejar los esclavos como estaban y establecer relaciones
comerciales y mercantiles. Nos hallábamos unos y otros en situación óptima de
hacerlo, pues de tal forma parecían iguales nuestras fuerzas y aleatoria la victoria
de una de ellas que ni ellos se arriesgaban a exigimos impuesto portuario, ni
nosotros a civilizarles.
Como la primera regla de cortesía al llegar a una casa es visitar a su dueño, y
en el caso planetario a cualquier monarca, príncipe, obispo, presidente, ministro o
lendakari que lo gobierne, descendimos Héktor, vestidos de punta en blanco, y
solicitamos audiencia, diciéndonos representantes de una lejana civilización.
El gobernante aquilonio era de los de corona, Cósimo de nombre y Séptimo de
número ordinal. No tardó en hacer buenas migas con nosotros, y aún de bailarle
los ojos cuando pusimos bajo ellos las coronas imperiales de muestra, que eran
allí codiciadas incluso en mayor medida que en los espacios de donde
procedíamos.
Fueron días de gloria aquellos que pasamos en Aquilonia. Corrió al auricalco
sin reservas, y a su compás entraron en nuestra nave los más lujosos objetos y
artificios que aquella civilización podía proporcionamos. Renovamos nuestros
compositores de alimentos con modelos como muy pocos en aquel estado
poseían, adquirimos robotes sirvientes, muebles y proyectores de video con las
más entretenidas cintas, adornos y solidografías, tabacos perfumados y vinos de
fama, armas y trajes del espacio... En cuanto a compras individuales, nos hicimos
con trajes, joyas, calzado, libros, y toda clase de elementos. Convertimos nuestro
crucero en palacio, al tiempo que hacíamos la felicidad infinita de mercaderes,
fabricantes e intermediarios, para quienes nuestra llegada fue lluvia de oro, fuente
de dicha y granizo de fortuna.
Felices vacaciones fueron aquellas, mucho mejores que las que disfrutamos
tiempo atrás en la engañosa Brenda. Hicimos excursiones por el planeta y aún

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por sus satélites, en todas partes bien recibidos, que el dinero hace sonreír
siempre al anfitrión más adusto. Visitamos también una miriada de tabernas, salas
de fiesta, restaurantes y albergues de Venus. Al anuncio de nuestra presencia
abríanse los más reservados barriles de mosto, chirriaban los pavos en los
asadores y alzábanse las faldas de las hermosas. Yo mismo aproveché de esto
último, pues aún siguiendo aficionado a mi llorona, polígamo es el hombre y
bueno que cambie de vez en cuando de piernas que abrir, aunque muy bonitas
confieso que Celina las tenía.
Dió finalmente Héktor la orden de partida, no sin queja de algunos, y como de
tales protestantes varios fueran de los rescatados en Brenda, ofrecioles de nuevo
nuestro jefe y patrón dejarles allí para que se integraran en aquella risueña
nación. Mas torcieron de nuevo el morro, y arguyeron que aquellos aquilonios
tenían esclavos y bien pudiera suceder que, como antes ocurrió en su propio
planeta natal, alejado el crucero optaran por echar cepo y cadena a quienes con
ellos quedaran. Admitió Héktor ser ello justo, pero creo que empezó a sospechar
que aquellos esclavos liberados nunca se conformarían con astro alguno, ni
habitado ni despoblado, prefiriendo la vida de continua juerga y cuchipanda que a
bordo de nuestra nave adivinaban.
Para tranquilizar nuestra conciencia de espartacos, compramos dos familias de
esclavos, anunciándoles la libertad nada más presentes a bordo. Alegráronse,
desde luego, de tan inesperada dicha y no dejaron de agradecérnoslo
efusivamente. Tras de lo cual abandonamos aquel astro hospitalario, rumbo al
planeta Dorrón, distante diez años de luz.
Con cuidado y sin desvelar nunca nuestras verdaderas intenciones, ya que en
Aquilonia ocultamos nuestros ideales espartaquistas, habíamos averiguado que
los dorrones cometían el doble pecado de poseer esclavos y no ser lo
suficientemente fuertes como para oponerse a nuestra nave, de modo que por
ello fueron designados como objetivo. Calculó y dió mi departamento un nuevo
salto hiperespacial, y el amarillo sol de Dorrón destacó entre la muchedumbre de
estrellas, semejando un faro hacia el que en el acto nos dirigimos.
Como dicen que el saber no ocupa lugar, procuré por mi cuenta informarme de
las posibilidades del nuevo mundo, y también de toda la zona, pues contaba con
que mis conocimientos sorprendieran en el futuro a mis compañeros y reafirmaran
mi cargo e importancia. Huroneé aquí y allá, y pronto descubrí que uno de los
esclavos liberados en Aquilonia era hombre enterado en la cuestión. Así pues,
mientras nos aproximábamos al nuevo teatro de nuestras hazañas, invítele a
comer a mi apartamento de oficial, requisando para ello las mejores viandas que
los nuevos dispensadores de comida eran capaces de ofrecer.
Animada y alegre fue la tertulia, como suelen ser aquellas donde el vino y el
yantar no se echan en falta. No podía mi invitado, Jangar de nombre, añadir gran
cosa a lo que ya en Aquilonia averiguamos sobre Dorrón y sus habitantes, pero
habló en cambio largo y tendido acerca de la zona fronteriza y aún de las regiones
de más allá del límite, donde la enseña imperial nunca fuera izada.
Habló el buen Jangar de los terribles mundos intranebulares que se decían
morada de unos dioses que nada tenían que ver con los del Olimpo y de una
espantosa Nebulosa Roja que parecía dotada de vida y en cuyos alrededores
flotaban mundos de magia y brujería. Nos hizo conocer la leyenda de la Estrella
Muerta nave fantasma tripulada por sombras, a cuyo bordo iba la inmortal Laria
Lyria, la princesa bruja del extinguido Imperio en busca de implacable venganza
contra quienes lo destruyeran. Pero mencionó también al mágico y nunca hallado

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planeta Tulya, donde las antiguas divinidades colocaran la fuente de la eterna


juventud. Movía bien la sinhueso nuestro huésped, y tanto Celina como yo le
escuchábamos abstraídos, mientras en nuestros corazones se encendía de nuevo
el ansia de la aventura y de la exploración de tierras desconocidas.
Nos relató también Jangar, y ello era algo más que una leyenda, pues otras
noticias sobre el particular teníamos de antes, la existencia de una comunidad
humana nómada, tripulantes de astronaves gigantes, verdaderas ciudades
fortificadas del cosmos, que recorrían a su placer aquellos infinitos espacios
exteriores y que a veces recalaban en mundos conocidos, comerciando con
objetos y artefactos extraños, productos de civilizaciones ignoradas.
Encantados estábamos con la charla los cuatro (Celina y yo, junto con Jangar y
su esposa), cuando de improviso un terrible berrido nos hizo saltar en el aire, y
por unos segundos creímos que alguno de los dioses o brujos del espacio nos
había caído encima, hasta que reconocimos la voz de los altavoces de a bordo.
Pero algo casi tan malo como lo imaginado debía acechamos, ya que el sonido
adquirió el inquietante ritmo de la señal de alerta máxima.
—¡Todos los oficiales al puente! ¡Artilleros y técnicos a sus puestos!
¡Zafarrancho de combate! ¡Zafarrancho de combate!
No extrañará al lector mi sobresalto, pues de sobra conocerá ya mi aversión a
los marciales atributos y de que forma prefiero que de mí se esculpa el "aquí
corrió" mucho mejor que el "aquí yace", pero oficial era y mal que bien, ya que de
la nave salir galopando no podía, había de unir mi destino a ella. Despedíme de
mi querida Celina, llorona naturalmente en la ocasión, procuré que un aire heroico
disimulara el temblor que atacaba mis miembros y abandoné mis aposentos, no
sin aconsejar a Jangar y a su costilla que se retiraran al alojamiento que les había
sido asignado y que procuraran no estorbar a los defensores de la nave. Aún
seguían aullando los altavoces cuando llegué al puente de mando.
El planeta Dorrón estaba frente a nosotros, más ello no era la causa de la
alarma, pues habíamos acordado ponernos en órbita y celebrar un consejo de
guerra antes de iniciar la entrada en la atmósfera. Sucedía que habíamos dado en
el clavo y llegado en el momento más oportuno para nuestros propósitos, ya que
girando en torno al astro, en órbita muy interior a la nuestra, había sido detectada
una nave que por su tamaño muy bien hubiera podido ser una de aquellas
fabulosas ciudades navegantes de los nómadas espaciales. Pero no era en
realidad tal, sino un antiguo autoplaneta imperial de transporte, de los que
sabíamos utilizados por los esclavistas para transportar su inicua carga.
Navecillas espaciales iban y venían desde el coloso a la superficie planetaria y de
lo que en sus vientres llevaban ninguno podía tener la menor duda.
Un viento de furia parecía haberse adueñado de nuestro puente de mando. En
especial de Héktor, brillantes los ojos, inclinado sobre la pantalla de visión como si
quisiera agarrar con sus propias manos aquel nefasto autoplaneta, semejaba al
propio Espartaco revivido. Incluso yo mismo llegaba a sentir un cierto cosquilleo
heroico en mi ser, y lamentaba que aquella no fuera la nave Karamán de triste
memoria, y que a su mando no estuviera el traidor capitán Dudley para que
sintiera el peso de mi mano vengadora.
Poco podrían imaginar, quienes quiera que fuesen los esclavistas, lo que se les
venía encima. Habían llegado hacía poco, sin duda, al planeta ofreciendo
mercancía que por lo abundante debía ser barata, y encantados debían hallarse
también los buenos burgueses de Dorrón en el mercado de carne humana,
palpando músculos, examinando dientes y regateando precios. Idílico escenario

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en el que de pronto hubimos de caer nosotros como lobos en rebaño, halcones en


palomar o Zorros en gallinero.
No duró mucho tiempo. Nos lanzamos hacia el tranquilo autoplaneta con los
escudos de energía alzados y los antidetectores a toda potencia y la primera
noticia que de nosotros tuvieron en la nave o en el planeta fue el chupinazo de
aviso que les largamos y que estalló como una nova en celo a pocos kilómetros
de los esclavistas, siendo visible en todo el hemisferio dorrón. Debieron sonar allí
las sirenas de alarma, correr el personal a los refugios y poner en estado de alerta
su mísera flota espacial. Pero nosotros cortamos entonces los antidetectores y
unos y otros pudieron horrorizarse al ver nuestro magnífico crucero Espartaco,
blandiendo espada de fuego y presto a arrasar cuanto le saliera al paso. Nuestros
noveles artilleros se hallaban junto a los cañones, la milicia de Yanko Ginestar se
preparó para un posible abordaje, y Héktor largó por radio una poco amistosa
exigencia de rendición total.
No sabían nuestros oponentes quienes éramos ni lo que pretendíamos y sin
duda nos tomaron por piratas. Pero nada podían hacer, de modo que se rindieron
sin condiciones, esperando salir del paso a costa del caudal, que no de la pelleja.
Enviamos quien se hiciera cargo del autoplaneta y nos pusimos a ejercitar por
primera vez nuestra noble tarea de liberadores de esclavos y truncadores de
cadenas.
Instalamos una improvisada sala de juicio en aquel inmenso recinto donde
mucho antes se desarrollara terrible batalla entre esclavos y guardias espaciales.
Se había erigido una tarima tras de la cual nos sentamos Héktor, Ginestar, yo
mismo y algunos otros, mientras que el resto de la gente se agolpaba tanto en la
sala propiamente dicha como en los balcones desde los que antaño nos
ametrallaran los secuaces de Luvieni. Apenas si dejaban, y ello forzado por los
pelafustanes de Yanko Ginestar, espacio y acceso para los que habrían de ser
juzgados.
Fueron los primeros de éstos los dirigentes de los esclavistas que tripulaban el
autoplaneta, llevados allí por nuestros milicianos, y no con demasiada suavidad.
Junto con ellos llegaron unos representantes de los esclavos que a su bordo
transportaban, aunque éstos últimos no supieran bien lo que ocurría y no
esperaran otra cosa que pasar de un amo a otro.
Púsose en pie Héktor, mirando con desprecio a los esclavistas, y empezó su
discurso de esta manera:
—Estáis acusados aquí, ante este tribunal de hombres libres, de esclavizar a
vuestros semejantes y de venderles como si fueran cabezas de ganado. Para
nosotros eso es un crimen capital ¿qué tenéis que alegar?
Los esclavistas se miraron entre ellos, como temerosos de haber caído entre
orates. Algo murmuraron y luego, como portavoz suyo se adelantó uno,
musculoso y barbudo, que tal vez fuera el capitán de su gran nave.
—Comerciantes somos —se explicó—. ¿Qué se nos puede decir, si vendemos
lo que otros compran? La esclavitud es una práctica legal en todos los mundos, y
también lo era en tiempos del Imperio. ¿Qué leyes esa que ahora nos queréis
aplicar? ¿No es preciso dar a conocer las leyes a quienes han de cumplirlas antes
de castigarles por no hacerlo?
Pero Héktor no se dejó engatusar y replicó:
—La esclavitud es intrínsecamente mala, sean cuales sean sus leyes. Si
vosotros mismos la admitís perjudicial si se aplica a vosotros ¿cómo podéis
juzgarla buena en relación con vuestros hermanos? ¿Creéis que la cadena que

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rechazáis para vosotros puede caer en justicia sobre el cuello de hombres


semejantes vuestros?
Jalearon y aplaudieron los espectadores el alegato, y de nuevo se removieron
inquietos los esclavistas, temiendo lo que les pudiera venir encima.
—Pero son tiempos malos los que corren —intentó aún polemizar el barbudo
—. Los mundos están reconstruyéndose, y las máquinas son escasas y caras. Si
la práctica de la esclavitud desapareciera, la civilización se hundiría. No hacemos
sino satisfacer una demanda, y si nosotros no lo hiciéramos, lo haría otro. ¡En
realidad colaboramos al renacimiento de la civilización galáctica!
Pero se vio interrumpido con violencia. Uno de los esclavos rescatados del
autoplaneta, algo animado al enterarse de lo que realmente se cocía, prorrumpió
en gritos.
—¡Salváis la civilización galáctica! —aulló—. ¡Salváis la civilización galáctica!
Tras de lo cual, entre los más terribles insultos e improperios nos relató lo que
aún no sabíamos. Que aquella gentuza no había imitado al capitán Dudley en el
arte de engañar ingenuos para esclavizarlos, sino que, todavía mucho peores,
habían caído sobre algunos tranquilos planetas agrícolas e indefensos y habían
matado, violado, robado y destruido antes de llevar los supervivientes a las calas
de su gran nave. Unían pues al crimen de la trata los de asesinato y piratería, y
quien sabe cuantos más.
—¡Ya hemos oído suficiente! —gritó entonces Héktor, erguido como un ángel
exterminador, el rostro iracundo y el puño airado—. ¡A vosotros os los entrego,
esclavos que habéis sido suyos! ¡Haced justicia con ellos!
Adelantase, no muy seguro de si mismo, el esclavo que había hablado, e
intentó poner la mano encima del barbudo, pero éste lo tumbó por tierra de un
tremendo puñetazo. Tal vez hubiera querido hacer algo más el esclavista, incluso
buscar el escape de su fea suerte, pero uno de los milicianos de nuestra nave le
descargó al punto tan fuerte culatazo que le dejó en el sitio. Se lanzaron al asalto
los compañeros del siervo golpeado, entre gritos de venganza, y fueron
secundados por los milicianos y aún por el público. Agarrados de pies y manos,
molidos a puñetazos y a patadas, los comerciantes de carne humana partieron de
la sala en dirección al tribunal más implacable de aquellos a quienes habían
convertido en mercancía vendible.
Ante el espectáculo hubo alguien que conservó la cabeza sobre los hombros, y
fue Yanko Ginestar. Mientras se golpeaba, se gritaba y se insultaba, él llamó con
un gesto al esclavo que había sido derribado y que todavía vacilaba con la mano
en la mandíbula, como si temiera no encontrarla en su sitio.
—Matadles si queréis —dijo—. Ahorcadles, decapitarles o arrojadles al
espacio. Pero respetad unos cuantos astronautas, pues alguien ha de dirigir el
autoplaneta que ahora os pertenece.
—¡Bravo! —gritó el siervo liberado—. ¡Les haremos esclavos nuestros, para
variar, y les trataremos como antes ellos nos trataban a nosotros!
—¡No! —gritó entonces Héktor—. ¡Nadie será esclavo de nadie! ¡Eso se ha
acabado para siempre!
Retrocedió el siervo, quizá temiendo un segundo puñetazo que le igualara la
averiada quijada. En cuanto a Yanko Ginestar, creí observar en su expresión un
atisbo de fastidio.
—Castigadles entonces —propuso—. Hacedles jurar, bajo pena de vida, que
renunciarán a sus prácticas esclavistas, y luego hacedles iguales vuestros. Pero
respetad sus vidas, o la nave quedará en órbita para siempre.

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Ya habían desaparecido los miserables esclavistas y sus aprehensores, y el


interlocutor de Ginestar partió a escape tras ellos, temeroso de llegar demasiado
tarde con su mensaje.
—Ese autoplaneta es nuestra solución —explicó el tuerto al todavía furioso
Héktor—. Podemos transbordar a él el exceso de pasajeros que atiborran ahora el
Espartaco, y también los esclavos que liberemos en el planeta. Habrá sitio para
todos.
Contemplé entonces yo apreciativamente a uno y a otro y comprendí que si mi
amigo Héktor era de los dos el más idealista y consecuente con sus teorías, no
era su cabeza la que funcionaba con mayor eficacia.
Mas he aquí que un nuevo clamor vino a interrumpir la conversación. Llegaba
el segundo grupo de reos, compuesto por aquellos que los temerosos ciudadanos
de Dorrón habían enviado a negociar con nosotros. Eran hombres de edad
madura, lujosamente vestidos, y en sus rostros se advertía el hecho evidente de
no tenerlas todas consigo.
—Bien —actuó de nuevo Héktor como fiscal, ahora sin tomar molestia en
levantarse de su asiento—. Acabamos de juzgar y condenar a unos hombres por
vender lo que vosotros habéis comprado. ¿Tenéis algo que decir?
Farfullaron los interrogados, temiendo los peores males para ellos y para su
planeta. La esclavitud les había sido entregada por las generaciones anteriores,
dijeron, y su súbita desaparición dejaría al planeta sumido en la miseria. Muy
suaves resultaban, según ellos, los rigores que sus esclavos sufrían, pues el trato
que se les daba era muy bueno, y aún podía considerarse su suerte envidiable en
comparación con la de muchos hombres libres habitantes de planetas salvajes.
Más que siervos eran en realidad verdaderos hijos de quienes los tenían en
propiedad, y con frecuencia veíase el esclavo manumitido y adoptado como
vástago por algún amo bondadoso. No se podía hablar de opresión ni de malos
tratos, porque el cuerpo jurídico dorrón disponía de un Estatuto del Esclavo que
protegía los derechos de la clase servil.
Frunciéronse muchos ceños en el público ante esta última alusión, ya que los
procedentes de Sifán recordábamos claramente otro documento de parecido título
cuya verdadera eficacia rozaba el cero. Pero, sin notarlo, y para remachar su
razonamiento, el dorrón presentó un esclavo de carne y hueso que se había
traído consigo.
—¡Dí tu mismo a estas personas si vives mal en tu condición, y si se te maltrata
de alguna forma!
Adelantándose el siervo, en el acto comenzó a desgranar una serie de
alabanzas hacia el sistema esclavista dorrón, declarándose feliz de servir a tan
agradables amos.
Pero desgraciadamente para él y para sus dueños, no pudo terminar con la
jaculatoria. Pues una navecilla del Espartaco había bajado antes al planeta y
recogido allí un grupo de esclavos elegidos al azar. Y no dejaron éstos que el
parlamento de su hermano en servidumbre llegara al final, sino que le
interrumpieron con vociferaciones y fuertes improperios, gritando que aquél era
pelota más que siervo, y contando a voces sus desventuras como esclavos, con
afirmación de que si eso era trato paternal, antes preferirían ser huérfanos.
No esperaban desde luego los enviados dorrones tales testimonios, y por la
sorpresa hubo de cometer uno de ellos un grave error. Pues encarándose con los
que protestaban y ahogando sus voces con un alarido mayor, les apostrofó con
furia;

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—¡Callad vosotros, que no sois sino gandules y vagos! ¿Preferiríais que se os


dejara en la holganza, y que los señores hubieran de trabajar?
Tal vez comprendió el yerro cuando la respuesta le vino estrepitosa no sólo de
parte de los esclavos, sino del público en general, en el sentido de ser eso
precisamente lo que se deseaba, que para variar fueran los nobles señores los
que le dieran al pico y a la pala, sudaran de frente y sobaco, y encallecieran sus
aristocráticas manos. Y como algunos pretendieran pasar de las palabras a los
hechos, hubo Héktor de proteger a los asustados embajadores y a su esclavo feliz
para evitar males mayores.
—¡Basta! —finalizó, mientras algunos milicianos rodeaban al grupo—. Desde
hoy mismo la esclavitud se ha terminado en Dorrón. Todo siervo que lo desee
podrá alcanzar la libertad y trasladarse al autoplaneta.
Aullaron su alegría los siervos, en tanto que palidecían los amos. Y sucedió
que de pronto el mismo esclavo consentido, temiendo sin duda quedarse de solo
siervo en el planeta y recibir pescozones de todos los amos, tiró por la calle de en
medio y rompiendo el cerco miliciano, se unió a sus iguales, que le acogieron
como camarada.
Animados fueron los días siguientes en el planeta Dorrón, haciéndome recordar
incluso las gloriosas jornadas de Brenda. Vigiló el altruísta Héktor para que la
libertad del siervo no significara el escabeche del amo, logrando que apenas se
despenara a nadie, pero de todas formas llovieron las bofetadas, ardieron algunos
edificios, y hubo esclavo que pretendió y logró indemnizar su anterior servidumbre
haciendo mano alegre en las propiedades de su amo y de cualquier otro que a la
clase libre perteneciera.
De modo incesante iban y venían las navecillas, transportando cargamentos de
hombres recientemente libres desde la superficie al autoplaneta, ahora
rebautizado con el nombre de Libertad. Allí si que se había ejecutado sin piedad a
los esclavistas y no sería yo quien, conociendo a los de su ralea, lamentara su
suerte. Apenas algunos, no todos, de los astronautas habían sobrevivido a la
vindicta, y ello por los trabajos de aquel antiguo esclavo a quien Yanko Ginestar
aconsejara darles amnistía. También desde nuestro Espartaco llegaban pasajeros
a la inmensa nave redonda, despejando nuestro atestado interior.
Todo el mundo estaba contento, y yo mismo abundaba en tal sentimiento sin
recordar que a las vacas gordas siguen la flacas y que días de risas suelen ser
precursores de otros de llanto.
Aquello que yo no temía, pero hubiera debido temer, comenzó la tercera noche
a contar desde el inicio de la liberación de esclavos. Nada más menguar las luces
de los pasillos, invitando al reposo a los hombres, me introduje en mi
apartamento. Celina estaba ausente, y una vaga inquietud se apoderó de mí.
Pensaba en la carrera antiesclavista de nuestra nave. Bien estaba lo de liberar
esclavos, más era de esperar que a pocas veces que repitiéramos el número
dorrón, las voces corrieran y se concentraran las flotas militares de los planetas
esclavistas, que casi todos lo eran, para damos una buena cornada la próxima
vez que pretendiéramos hacer el Espartaco.
Todo estaba en silencio, y Celina seguía sin aparecer. Me revolví inquieto en la
silla, pensando si encamarme sin esperada. Casi inconscientemente fijé la vista
en mi Minerva Atenea, que ocupaba un lugar de honor en el vestíbulo. Me pareció
que la diosa me hacía un breve mueca, como queriéndome avisar de algún
peligro.

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¡El olor! Quizá de no estar de tal modo tenso no lo hubiera notado, pero tal
como estaban las cosas lo pude advertir, extraño y picante. Al mismo tiempo
empecé a notar un ligero sopor que poco a poco fue aumentando hasta hacerse
casi invencible.
En el acto comprendí lo que estaba ocurriendo y pasé a la acción. No disponía
de traje del espacio en mi suite, pero si de un tubo de oxígeno que, por miedo
infantil de Celina a los riesgos de navegar en el espacio, me había visto obligado
a procurarme. Bendije la circunstancia y luchando con el sueño traidor, agarré al
adminículo y me enchufé la boquilla en la boca y nariz. En el acto el sueño huyó, y
me encontré excitado y asustado, aunque ya no soñoliento.
Alguien nos estaba atacando, y lo hacía desde el interior, usando el sistema de
ventilación. ¿Esclavistas supervivientes, comandos dorrones, amotinados de
nuestra propia gente? Tentado estuve, puesto que héroe no soy, de esconderme
en cualquier parte hasta que todo hubiera pasado, mas recordé que quizá el
atacante registrara a conciencia la nave para hacer ganado servil con quien
encontrara, y aquello, por haberlo sufrido, no podía de nuevo consentirlo. Así que
hice tejido cardiaco del intestinal, agarré mi desintegrador con mano que quise
firme, sostuve con la otra el tubo de oxígeno y salí al pasillo.
¡Horror! Al parecer ninguno de mis compañeros había actuado tan rápidamente
como yo, y la nave parecía aquel mágico castillo del cuento infantil donde las
buenas hadas durmieron a todos sus habitantes. Hallé aquí y allá cuerpos
roncantes, y vanos fueron mis esfuerzos por despabilar alguno para que me
ayudara.
No encontré movimiento hasta llegar al corredor principal, y fue talla sorpresa
que allí me llevé que quedé paralizado. Pues los preciados armarios de auricalco,
hartos sin duda de su inmovilidad, recorrían en flotante formación el corredor,
como tiempo atrás lo hicieran en sentido contrario, sostenidos por la antigravedad
e impulsados por incógnitos malandrines vestidos con trajes del espacio.
Quise gritar, atacar quizá a aquellos villanos que pretendían despojamos de
nuestros bienes. Pero algo rebulló detrás mío, y al volverme reconocí el tuerto
rostro de Yanko Ginestar a través del cristal de un traje espacial
—¡A los ladrones! —grité entonces, satisfecho al hallar un aliado ¡Que nos
roban!
¡Ingenuo de mí, que no supe ver lo evidente! El jefe de nuestras fuerzas
armadas rió taimadamente, mientras alzaba, cogido del cañón, el rifle de rayos
que llevaba.
—Os robamos —dijo.
Y en el acto me arreó tal culatazo que todo se borró de mi vista y debí caer al
suelo como una masa informe, bien que no llegué a sentir la dureza del metal bajo
mis desdichadas carnes.

Capítulo XI

DE CÓMO ME FUI, DE CÓMO REGRESÉ, Y DE LO QUE A MI VUELTA


ENCONTRÉ.

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No supe, pues nunca suele saberse, el tiempo que permanecí sin


conocimiento. Cuando al fin empecé a recobrarlo sentí para mi asombro hierba
bajo mi cuerpo y abrí los ojos a una luz diferente a la de la nave.
No cabía duda de que aquellos vándalos que Ginestar capitaneaba me habían
desembarcado en algún remoto planeta. Me puse en pie y admiré un bello
panorama de hierba y flores, alumbrado por un sol dorado y esplendoroso. La
gravedad era similar a la que estaba acostumbrado, y el aire resultaba respirable
y yo aún diría que embriagador, llenos de raros perfumes. Por extraño que
parezca en mis circunstancias, no pude considerarme del todo infeliz.
No estaba deshabitado aquel mundo; aquí y allá, entre los floridos campos que
se perdían en el horizonte, alzábanse unos templetes blancos rodeados de
columnas, que brillaban bellamente bajo el sol. No obstante, ningún indígena
estaba a la vista.
Como algo había de hacer, púseme en marcha. Sólo entonces me dí cuenta
para mí confusión, de que me habían cambiado de ropa, ataviándome con una
suelta y suave túnica, como se decía que se usaba en algunos planetas bucólicos
y primitivos. Me pregunté cuál sería la razón de aquello, pero no supe
contestarme.
Pocos pasos había dado en aquella herbosa alfombra, cuando ví a lo lejos algo
que se movía y que al hacerla avanzaba hacia mí. Me detuve en el acto, y al poco
tiempo reconocí a un antiguo carro de guerra tirado por dos blancos corceles y
conducido por un guerrero armado a la vieja usanza, cuyo casco encimerado y
coraza lanzaban fuertes destellos bajo los rayos solares.
Quedéme quieto, mientras comprobaba que no disponía de arma alguna. Tal
como estaban las cosas ninguna resistencia era posible, por lo que opté por
esperar al carrista con la sonrisa en los labios, dispuesto a rendirme sin
condiciones si me dejaba ocasión a ello. Aproximóse el guerrero y pronto pude
comprobar, por la evidencia de sus formas, que se trataba de una chica. Algo en
ella me era familiar, sin que pudiera decir qué. Y sólo al llegar cerca de mí, e
iniciar el frenado de sus corceles, reconocí en ella nada menos que a mi amiga y
protectora Minerva Atenea.
Fue como si me dieran un mazazo en pleno occipucio, para completar el golpe
de Yanko Ginestar. Pues en el acto comprendí que no me hallaba en ningún
planeta y que el viaje que me habían hecho emprender era de los que no tiene
regreso. Me fallaron las rodillas y caí por tierra, tapándome los ojos con las
manos, bien que una pequeña parte de mi consciencia se asombrase de que
después de todo algunos de nuestros curas dijeran verdad en sus prédicas.
Sentí junto a mí el paso de mi diosa y luego oí su dulce voz, que también me
resultaba familiar pese a no haberla oído nunca.
—¿No me reconoces, mi querido Gabriel? ¿O acaso me encuentras tan fea
que te tapas los ojos para no verme?
Me aparté las manos del rostro y luego me puse lentamente en pie. Ante mí,
sonriendo, estaba la soñada Tritogenia, bellísima y armada tal y como se la suele
representar. Su visión tuvo la virtud de tranquilizarme pues, me hallase donde me
hallase y me hubiera ocurrido lo que me hubiera ocurrido, no podía ser mal
mundo el que la contuviera a ella.
Hice una reverencia todo lo versallesca que pude lograr, y ella rió.
—Así está mejor —aprobó—. No tengo que decirte que tu mundo ha quedado
atrás, y que te encuentras ahora por mi amistad en los mismos Campos Elíseos.
Dime lo que deseas y te será concedido.

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La contemplé desde los finos coturnos a la punta de la cimera, me afirmé sobre


los pies, y le dije que la deseaba a ella.
—Ah— suspiró mi diosa, quisiera creer que con pesar desgraciadamente eso
es imposible. De sobra sabes que, según el reglamento, yo debo permanecer
virgen. Si tanto te interesas por los negocios de la carne, deberías dirigirte a mi
hermana Afry, que es la patrona de esos menesteres.
Torcí el gesto, sin apreciar mucho la oferta. Cierto que Venus Afrodita pasaba
por ser la más bella de las olímpicas, pero dudaba que me encontrara simpático
tras el trapicheo que a su costa hiciera en el templo isleño de Garal. Y
precisamente la Ciprina se caracterizaba por, enfadada, golpear a los hombres
donde más les doliera, por lo que decidí de momento quedarme a respetuosa
distancia de ella.
De todas formas se decía que en los Campos Elíseos no se pasaba mal del
todo y a peores sitios había debido acostumbrarme en mi vida. Fui a decirle algo a
la diosa de mis pensamientos, y en aquel momento se desencadenó la catástrofe.
Hasta entonces había reinado sobre los Campos Elíseos un tiempo primaveral,
pero de pronto surgieron las nubes de los cuatro puntos cardinales y se
arremolinaron velozmente en una negra masa que nos ocultó la luz del sol.
Relampagueó el nubarrón, abriéndose luego y de su seno brotó una inmensa
cabeza barbada que fijó en mí sus ojos de centella con mirada nada amistosa.
De nuevo sentí que mis rodillas de doblaban, pues desde el primer instante
supe de quién se trataba. Era el Jefe en persona, el Padre de los Dioses, y de su
enorme cabezón pudiera haber brotado perfectamente mi diosa no solo vestida y
armada como afirma la leyenda, sino con carro y caballos, y aún pilotando un
crucero espacial de combate.
Habló el Crónida, y su voz fue lo tremenda que de él se podía esperar.
—Hija mía amada —tronó—. ¿Puedes decirme qué hace este individuo en un
lugar destinado a las almas puras y a los devotos de los dioses? ¿Quién le ha
dado permiso para mancillar estos campos con su presencia?
Temiendo la cólera del gran dios, que muy bien pudiera lanzarme un rayo o
algo semejante, acudí a mi protectora, poniéndome al amparo de su égida. Y no
me ví defraudado, pues la diosa, alzando el claro rostro hacia su padre y señor, le
rebatió con firme voz:
—Padre mío, he sido yo misma quien le ha acogido a las puertas de la muerte
y he dispuesto que despertara a la otra vida en estos amenos campos. Privilegio
mío es, puesto que ha servido años en mi templo.
Pero la furia del Tonante no pareció amainar.
—¿Olvidas que este atrevido mortal ha saqueado los templos, ofendido a tu
hermana Afrodita al comerciar con su imagen, robado el dinero de los sacerdotes
y gastádoselo en vicios, golpeado a su superior y cometido nadie sabe cuántos
crímenes y sacrilegios más? ¡Por mucho menos he convertido a la gente en
constelación!
Me atraganté ante la idea, aunque no recordaba haber comido hacía tiempo, y
no sabía siquiera si allí se comía. Sin saber cómo aplacar la ira del terrible
Saturnio, me eché por tierra con tanta celeridad que casi me trago un asfódelo de
los muchos que allí crecían. Pero de nuevo la diosa de los brillantes ojos tomó la
palabra en mi defensa.
—No puedo olvidar, padre mío —dijo— que este mortal siempre me ha
adorado, ha acudido a mí en sus cuitas y me ha agradecido sus venturas,
llevando consigo mi imagen por dondequiera que ha ido. Propio de los dioses

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inmortales es distinguir a sus adoradores de entre los mortales, y protegerles de


todo mal.
Observé, y bien que agradecí, que la diosa pasó por alto aquel remojón de
agua sucia que en efigie le había dado. Animado con aquel gesto de divino
perdón, acerté a ponerme en pie y aún osar asumir mi propia defensa ante el
primero de los Olímpicos. Rastreando en mi memoria los elementos de mi
frustrada educación sacerdotal, alcé implorante los brazos ante mí y hablé en esta
manera:
—¡Oh, ilustre Júpiter Zeus, padre de los dioses, señor del rayo, que amontonas
las nubes y cuya cólera pone temor en los mismos pechos de los inmortales!
Hice una pausa para cobrar aliento y observar el efecto de aquel retumbante
prólogo. Seguía fruncido el ceño del Crónida, pero creí advertir en sus ojos un
leve fulgor de benevolencia o quizá de diversión, por lo que me animé a seguir:
—¿Quien soy yo, mísero mortal, para rebatir las acusaciones de quien en el
Olimpo reina y gobierna? ¿Como podré acudir a otra cosa que a la divina
benevolencia del Padre de los Dioses?
"Te suplico que aquietes tu justa cólera, oh Saturnio, y no me hieras con tu rayo
poderoso, pues no soy blanco digno de tan alta arma. También te ruego que no
me transformes en constelación, ya que hoy los hombres viajan entre las estrellas
y la aparición de una nueva configuración astral llevaría la confusión a los
corazones de los navegantes. Déjame gozar de la dulce vida y de los dones que
tu maravillosa hija, sin yo merecerlos, ha tenido a bien derramar sobre mí. Juro
que adorador más piadoso no has tenido, como tampoco tu divina hija de ojos
claros, ni el resto de los dioses que en el monte olímpico moran.
Apenas había terminado con las últimas palabras, cuando estalló un tremendo
clamor, y creí que el dios habíame lanzado rayo y trueno, ofendido por mi osadía.
Pero no me sentí fulminado y en el instante siguiente comprendí que el Crónida
reía a carcajadas.
—¿Lo has visto? ¿Lo has visto? —exclamó, sin cejar en su alegría—. Tendido
en tierra, amenazado de aniquilación y aún trata de enredar al mismo Padre de
los Dioses. ¿Es a éste, hija mía amada, a quien quieres dejar suelto en las elíseas
regiones, vecinas a las moradas de los dioses inmortales? ¿Cuánto crees que
tardaría en escalar el Olimpo, hablar con éste, adular a ese y engañar a aquel, y
terminar con la armonía que entre los dioses reina?
Dejó de reír un instante y clavó en mi sus ojos penetrantes.
—Vuelve al mundo de donde salíste, Gabriel Luján, y procura en los años que
de vida te queden no volver a ofender ni burlarte de los olímpicos. Puede que, si
así actúas, al fin de tu vida retornes a estos campos que hoy has conocido, pero
mira bien lo que haces, no sea que mi enojo te arroje a las profundidades del
Tártaro para que Plutón y la divina Perséfone te aguanten si pueden.
Sentí pena al ser arrojado así del país de los inmortales sin haber siquiera
probado el néctar ni catado la ambrosía, y volvíme con los ojos dolidos hacia mi
protectora. Pero ella, bien que suavizando sus palabras con brillante sonrisa, me
dijo:
—Ha hablado el Padre de los Dioses, y ante su decisión, mortales e inmortales
han de plegarse. Regresa con los tuyos, y alégrate de haberte salvado de la
muerte.
Puso sus blancas manos Minerva Atenea sobre mis hombros y me besó en la
boca, y después todo se hizo negro.

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Me despertó un terrible dolor en la cabeza, como si alguien me la hubiera


abierto y se divirtiese en remover mis sesos. Abrí con dificultad los ojos y advertí
el rostro de una mujer que me contemplaba. No era ella Minerva, ni siquiera
Celina, sino aquella Laurita que junto con su marido comprara en Brenda y a
quien luego diera la libertad.
—¡Ya despierta! —dijo ella.
Gemí levemente, más que de dolor de desencanto. Pues dudé si todo lo que
recordaba de mi periodo elíseo fuera otra cosa que un sueño, que nunca
hubiérame humillado ante Jove, ni sentido los labios de su hija sobre los míos.
¡Ah!, derribado había sido en la nave Espartaco, y en la nave Espartaco
recobraba el conocimiento, como debía ser. Se apartó un instante Laurita, y su
rostro fue sustituido en mi campo visual por el de Héktor.
—¡Gabriel! —me llamó— ¿Estás bien?
Asentí con un movimiento de cabeza que me envió otra artera puñalada de
dolor al cerebro. Sueños, sueños... ¿Acaso un sueño podía ser tan detallado?
¿Cómo mi mente hubiera podido imaginar el mechón blanquecino en la barba
negra del Cronión? ¿O inventar aquel simpático lunar en el muslo izquierdo de la
Tritogenia, gratamente descubierto por la cortedad del faldellín de guerra? Quizá,
quizá...
Decidí al fin tomar todo como un sueño, y volver a la vida común de los
mortales sin añoranzas de celestes mundos reales o imaginados.
—¿Qué ha pasado? —logré articular—. ¿Se han ido? Héktor asintió
tristemente.
—Sí, se han ido —dijo—. Y se han llevado todo nuestro auricalco. Nos
narcotizaron a mansalva. Tan sólo tú compendíste el peligro y te pudiste enfrentar
a ellos.
Y mucho me valió, pensé, mas como nunca conviene despreciar la fama de
héroe, repuse:
—Por los dioses que luché contra ellos con todas mis fuerzas. Pero me
rodearon y alguien me golpeó por detrás.
—No podías enfrentarte tú solo a todos —asintió Héktor.
Probé a incorporarme, y lo logré. Me llevé mano a la cabeza, y la encontré
vendada.
—¿Quiénes estaban complicados? —pregunté.
—Toda la milicia, capitaneada por Yanko Ginestar —repuso mi amigo—. Y los
del autoplaneta. Transbordaron el auricalco y saltaron al hiperespacio. Pueden
estar ahora en cualquier lugar de la Galaxia.
¡Ah, nuestro auricalco, que durante un tiempo nos había hecho creemos los
hombres más ricos del Universo! ¡Cuán mudable es la suerte, y cuán perecederas
las ilusiones de los humanos! Maldije a aquellos malandrines que tan mal nos
pagaban el privilegio de la libertad que les diéramos.
—Y mira qué carta nos ha dejado ese malnacido.
Estiré la mano y logré coger el papel que tendía Héktor.
Era en efecto una carta, y dirigida a él, en los siguientes términos:

"De Yanko Ginestar, comandante de la milicia de esclavos liberados a Héktor


Vaser, capitán de la nave Espartaco, salud.
"No he de ocultar que en los últimos tiempos me he sentido preocupado por el
problema de por qué unos cuantos de los antiguas esclavos presentes en nuestra
nave gozaban de evidente privilegio, en tanto que el resto eran considerados

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como simples huéspedes y amenazados con ser abandonados en cualquier


planeta dejado de la mano de los dioses. Pero al ser conquistado el autoplaneta
Libertad comprendí en el acto que el problema dejaba de serlo, y me dispuse a
trasladarme a él junto con los desfavorecidos, a fin de crear una verdadera nave
libre en la que todos fuéramos iguales.
"Pensé entonces en el tesoro que llevábamos a bordo del Espartaco y medité
si sería de justicia dejarlo donde estaba. Nada clara aparece la historia de su
posesión, según me fue relatada. Si se considera simple botín de guerra,
aplicable en el caso es el dicho de A quien a ladrón roba, los dioses perdón le
otorgan. Y si se considera remuneración forzosa de la clase poseedora a los
desgraciados, siendo tan desgraciados unos como otros, no es justo que unos lo
disfruten y otros no. Siendo superior el número de desgraciados que nos iremos
al que aquí quedarán, justo es que el auricalco vaya con nosotros.
"Quizá alguien diría que se debería dejar una riqueza proporcional al personal
que aquí queda, pero confieso que soy hombre de guerra y no de matemática,
por lo que hacer el cálculo me daría dolor de cabeza. Así pues me lo llevo todo.
"Queda en vuestro poder un fuerte crucero de combate bien equipado, con el
que confío rehagáis pronto esta fortuna que ahora os huye. Con los mejores
deseos y sincero placer por haber estado a tus órdenes, se despide...

"Yanko Ginestar el Peregrino, Jefe de Hombres Libres".

Asombréme ante tanta desvergüenza, pero al alzar los ojos a los de Héktor
dentro de la ira que marcaba su rostro creí percibir un brillo engañoso, casi de
regocijo. Si imposible no fuera la cosa hubiera podido pensar que mi amigo
aprobaba la broma, y tenía la hazaña de Ginestar por tan buena como la que
nosotros gastamos a nuestros aprehensores de Sifán.
—Dentro de una hora nos reuniremos en el salón central, para acordar lo que
haremos —dijo—. ¿Te encuentras en condiciones de asistir?
El dolor de cabeza, quizá debido a la rabia, había menguado mucho, por lo que
asentí. Ayudado por la buena Laurita y por Tristán, de quien no dije que también
estaba allí, me puse en pie y abandoné la enfermería en que me encontraba,
dirigiéndome a mi propio apartamento.
Al llegar ante su puerta observé que mis dos sostenedores procuraban dejarme
solo, como si no quisieran presenciar lo que dentro había de ocurrir. Así pues
penetré solitario en mis posesiones.
¡Ay que el cáliz de mis desdichas aún no se había llenado con lo antes
ocurrido! Pues en lugar bien visible hallé una segunda carta que más daño hubo
de hacerme que la que me leyera Héktor. Celina me escribía en ella que, no
obstante quererme tiernamente y ser de por vida deudora de los favores que le
había hecho, confesaba haberse prendado irresistiblemente del tuerto Ginestar y
marchado con él a bordo del autoplaneta, dejándome abandonado.
Rugí de rabia, al verme descalabrado, robado y encarnado a la vez por la
misma persona, y aún rompí tal cual cachivache en mi furia. Luego maldije con
toda mala intención a aquella pérfida desgraciada que me había pagado el favor
de liberarla con la ofensa de querer ser libre.
Mas en el siguiente momento, cosa rara, se me apareció el rostro de Celina en
la imaginación, y advertí cómo escuchaba mis terribles maldiciones y
reaccionaba, tal cual solía, soltando la llantina. Y dado que siempre he sido
blando de corazón, compadecíme del llanto que imaginaba y retiré en el acto mis

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maldiciones, perdonándola de corazón y deseando que fuera feliz donde quiera


que se encontrara.
Ya más tranquilo, fijé la vista en la efigie de Minerva Atenea, y rogué ante ella
por Celina que había marchado y por mí, que había quedado. Con lo que pensé
haberme perfeccionado en el camino del aprecio divino.
Entre unas u otras cosas, acercábase la hora de la asamblea, por lo que me
enfundé en mi vistoso uniforme (por un instante temí que el tuerto se lo hubiera
llevado también, pero no fue así, me contemplé en el espejo admirando el aspecto
de heroicidad que la cabeza vendada me daba, y salí al pasillo, dirigiéndome al
salón central.
¡Qué pocos habíamos quedado! De aquella multitud que atiborraba la nave
hacíendo difícil el caminar por ella, apenas si dos centenares restaban. La gran
masa habíase marchado al autoplaneta, partiendo por tanto bajo el tuerto, y
además faltaba, como es natural, toda la milicia que aquel capitaneara. Pensé con
amargura que de no haber desaparecido el auricalco hubiéramos tenido ahora
ventajoso reparto del mismo.
Todavía no se habían enterado muchos de lo que había ocurrido, pero pronto
Héktor les informó concisamente. Y fueron de ver los rugídos de rabia que se
alzaron, los gritos de dolor y las promesas de venganza, pues a nadie le gusta
acostarse Creso y levantarse Lázaro. Proponían algunos ponerse en inmediata
marcha tras el autoplaneta para recuperar lo robado y dar muerte a los ladrones, y
los astronautas presentes hubieron de intervenir para decir que tal no podía
hacerse, ya que una vez entrados en el hiperespacio, santas y buenas para el
fugitivo, e imposible el seguimiento para la víctima.
—¡Así, así nos recompensan el haberles liberado de la esclavitud y admitido a
bordo de nuestra nave! —gritaba uno de los más excitados—. ¡Mal hicimos en
meter esa gentuza a bordo, y por los dioses que de aquí han de salir los que
todavía quedan!
Y señalaba a un asustado grupo de brendanos y dorrones que habían
permanecido a bordo del crucero, al no ser advertidos de lo que sus compinches
preparaban. Levantóse en aquella dirección una nueva tempestad de insultos y
amenazas, que bueno es para el zurrado tener alguien en quien poder cobrarse
de la zurra. Por un instante pudo temerse que se diera un baño de espacio frío a
aquellos infelices, pese a no tener culpa de nada y haber sido tan sorprendidos
por el hecho como quienes les vituperaban.
Salió en su socorro, una vez más, el generoso Héktor. Puesto en pie, dió un
fuerte grito para hacerse oír, y tomó la defensa de los inculpados.
—Dejad en paz a esa pobre gente, que tan desdichados son como nosotros
mismos. Doscientos más o menos hemos quedado, y ese número es perfecto
para tripular nuestra nave. Seamos pues todos hermanos y volvamos a empezar
como cuando partimos del planeta Sifán.
Aquietáronse los ánimos, y Héktor siguió hablando sobre el futuro. Dijo que no
habíamos quedado pobres del todo ya que, aún desaparecido el auricalco,
quedaban otros metales preciosos requisados en Brenda, y contábamos con una
poderosa nave que podríamos utilizar para comerciar entre los mundos a más
que, dada su potencia, nos permitiría ofrecemos como mercenarios o mamertinos
en cualquier conflicto. No mencionó explícitamente la piratería, pero hizo que
todos pensáramos en ella.
Alzáronse entonces nuevas voces, ya más tranquilas, y se organizó poco a
poco nuestro futuro. Se renunció desde luego a la noble tarea de redimir esclavos,

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pues bastante habíamos tenido con la muestra. Desde aquel momento en


adelante, hermanos e iguales cual éramos todos, el crucero se regiría como una
simple sociedad limitada o, al decir de la antigua Tierra, un soviet. Púsose a
elección la figura del jefe, y casi por unanimidad fue designado Héktor, quizá por
no haber otro conocido, quizá por seguir confiando en él no obstante el desastre
sufrido. Para celebrar el hecho y como si lo tuviera previsto de antemano, que yo
creo que sí, el reelegido dió una seña, y fue servida una apetitosa pitanza recién
salida de las máquinas suministradoras. Con ello mi amigo y jefe dio a entender
sin decirlo que mendigos hambrientos no éramos, y que mientras funcionaran
aquellas maquinarias y hubiera materia orgánica que suministrarlas, siempre
tendríamos que comer, y de forma mejor que la gran mayoría de habitantes de la
Galaxia.
Así, de manera tan catastrófica pero en cierto modo esperanzada, acabó el
papel de Espartaco representado por la nave, siendo borrado el nombre de la
misma. No llegó ello a pesarme demasiado personalmente, pues empezaba yo a
comprender que la filantropía atrae el garrotazo, y el desinterés la coz, y que San
Paramí resulta siempre el mejor patrón al que acogerse.
Añadiré que de la vida del tal Espartaco existía una versión distinta a las que
antes reseñara, y que ahora, visto lo que por imitarle nos había sucedido,
consideraba yo más cercana a la realidad. La tal era que, tras sublevar a los
esclavos, el adalid fue finalmente abandonado por ellos, y habiendo sido
capturado en una última y desesperada batalla, sus enemigos los romanos no
dudaron en crucificarle.
Y aún hay quien dice que entre dos ladrones.

Capítulo XII

DE COMO ESTALLÓ LA GUERRA EN LA GALAXIA Y DEL PAPEL QUE EN


LA CONTIENDA REPRESENTÓ NUESTRA GRAN NAVE

Un poco como gato escaldado o can apaleado abandonamos el último


escenario de nuestras hazañas, pero también con cierto optimismo. Pensábamos
encontrar un sector de la Galaxia, dentro de aquella misma región fronteriza,
donde nuestra actividad anterior fuera desconocida y pudiéramos dedicarnos
tranquilamente a nuevos y distintos quehaceres.
Poco a poco, mientras derivábamos en el ámbito hiperespacial, las heridas se
fueron cerrando, y remitiendo las nostalgias de lo perdido. Como no es bueno que
un hombre esté solo, acordé sustituir a la fugitiva Celina y me puse de acuerdo
para ello con aquella pecosilla que en tiempos quisiera ser artillero, y que había
quedado desconsolada en nuestra nave, quizá por temer Ginestar que en la suya
causara algún estropicio.
Llamabase Susana la chiquilla, y aunque no era tan bonita como Celina,
disponía de cuerpo agradable, cara muy simpática, y reía tanto como la otra
lloraba. No tardé en aficionarme a ella, y creo que ella a mí, si bien siempre me
cupo la sospecha de contar en ello el hecho de proceder de Brenda y ver en mí
un sólido asidero al que agarrarse si después de todo se acordaba echar de la
nave a su grupo. Pero era alegre y cariñosa, con lo que fuí feliz en hacerla ama

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de mis posesiones, huésped de mi corazón y sirviente de mi personal artillería, de


nada de lo cual hube de arrepentirme luego.
Frecuenté también, quizá más que antes, la compañía de Héktor, en cuyo
ánimo la pérdida del tesoro parecía haber hecho poca mella. En animadas
tertulias de las que igualmente formaban parte mi amigo Barnabás Holly y algunos
otros, nuestro jefe mostrábase entusiasmado con la futura labor que podríamos
realizar en las estrellas a las que nos dirigíamos. Nos relataba hechos y leyendas
del fenecido Imperio Galáctico, y en especial referentes al primer emperador
kluténida, Kilos II, creador de la última de las grandes dinastías, militar y
aventurero antes de izarse con sus propias fuerzas al Trono Imperial.
No tardé mucho tiempo en barruntar que Héktor había caído en una locura
distinta a la espartaquista, pero no menos intensa. Puede que pensara en utilizar
aquella magnífica nave para restaurar el Imperio que la había construido,
erigiéndose él mismo en Héktor I, Emperador de la Galaxia. Semejaba
ciertamente un objetivo absurdo para doscientos ganapanes y una sola nave de
guerra, pero él parecía creer que hechos más improbables habían sucedido en el
pasado, y que el estado de caos que reinaba en la Galaxia era caldo favorable
para que un aventurero audaz y valeroso se alzara con limosna y santo.
No quiero ocultar que algunas veces caía yo también en aquella ilusión, y me
imaginaba como conde o marqués de esta o la otra constelación, habitando un
palacio de mármol blanco, dándome la gran vida y gobernando con
magnanimidad e inteligencia a millones de súbditos. Pues no dudaba de que, de
alcanzar la púrpura que ambicionaba, Héktor se acordaría de sus compañeros de
aventuras y colaboradores en la empresa, repartiendo buena provisión de anillos
láricos entre ellos. Veíame a mí mismo como Lario Gabriel de Garal, y a mi
artillero como Laria Susana de Brenda, alternando en los salones de un renacido
Imperio para maravilla de la nueva nobleza galáctica.
Y luego volvía a la tierra, o mejor a la nave, para encontrarme como vagabundo
y casi pirata, perdido en los espacios en compañía de una tribu de pelafustanes
no demasiado delicados de palabra y obra. Pero ciertamente soñar es una de las
pocas cosas que no cuesta dinero, a menos que el sueño sea programado y
enlatado, tal como en los planetas más adelantados se acostumbra.
En general la gente estaba ya bastante animada, pues la huída del tuerto
traidor y su banda, bien que empobrecernos en dinero, nos había hecho ganar en
espacio y ahora cada curro gozaba de amplio alojamiento, y no se tropezaba
continuamente en galerías y pasillos. No dejó Héktor, sin embargo, mucho tiempo
inactivo al personal, sino que, pretextando la necesidad de preparar la nave y su
tripulación para las tareas futuras, inició un vasto plan de entrenamiento.
Perfeccionaron los aprendices de astronautas sus conocimientos, y aún se
crearon otros tales, en tanto que el resto de los viajeros se informaban del manejo
de la artillería (no mi pecosilla, de cuya breve actuación artillera todavía
guardábamos susto y memoria) o se entrenaban con armas portátiles, trajes
espaciales y técnicas de abordaje. Tratábase de reconstruir, pero en bueno,
aquella milicia de desembarco y abordaje que mandara Yanko Ginestar.
Y finalmente llegó el día en que, presentes casi todos, que ahora cabíamos, en
el puente de mando, el gris del hiperespacio se rasgó, y ante nuestra vista
apareció una vez mas el profundo negro del espacio normal, con sus lucecitas
estelares y, en calidad de adorno suplementario, los filamentos de una bella
nebulosa anaranjada. Diéronse los burras de rigor, y se brindó con gozo por
aquellas estrellas y la fortuna que entre ellas debería sonreírnos.

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Como método que la experiencia nos mostraba el mejor, procuramos


acercamos primero a algún pequeño planeta donde enteramos de que forma iban
las cosas en el sector antes de comenzar a actuar. Arribamos así tras varios
intentos, a un sistema solar de poca importancia, en uno de cuyos planetas,
apenas habitable, detectamos vida humana.
Se trataba de una pequeña colonia de mineros y recolectores que explotaban
las rocas y los raros líquenes del mundillo, enviando sus productos al planeta
madre a bordo de una nave mensual. Pero hacía varios meses que la nave
faltaba, y las noticias que nos dieron fueron de las que hacen saltar en el aire, y
mucho más a mí.
Dije ya antes que la desintegración del Imperio había hecho medrar
grandemente a los filibusteros y a las razas indeseables que vivían del saqueo y
de la rapiña, como mi mundo natal bien había aprendido. Pues sucedió que, poco
antes de llegar nosotros a los sectores de la frontera, los terribles megaros habían
decidido volver a las andadas y lanzar una nueva y más poderosa incursión que
atiborrara sus despensas de viandas humanas. Para ello, como lo malo atrae a lo
malo, habían jurado alianza con otra raza nómada tan perversa cual la suya,
poseedora ésta última de inmensas naves de guerra semejantes a ciudades del
espacio, y todos juntos habían caído sobre los infortunados astros de la frontera
que, distraídos en sus eternas pendencias, apenas se habían dado cuenta del
peligro antes de que éste se les viniera encima.
Dieron la alarma cientos de naves fugitivas, cuyos tripulantes hablaban de
planetas devastados y multitudes devoradas por los megaros o esclavizadas y
torturadas por sus innobles aliados. Una ola de terror se extendió entre las
estrellas, y gentes de multitud de razas asaltaron los astropuertos intentando
hacerse con alguna nave para saltar con ella lo más lejos posible del sector
amenazado.
Inútil es decir al lector que la sola palabra megaro bastó para destruir todos mis
ánimos y anegarme en sudores fríos, hasta el punto de hacerme parecer enfermo.
Cuanto poseía habría dado porque nuestro crucero hubiera también saltado al
otro extremo de la Galaxia, dejando para siempre aquella zona que tan ingrata
sorpresa nos diera.
La idea de haber sobrevivido al ataque a Garal y recorrido tantos años-luz de
espacio para venir a parar bajo el diente del mismo enemigo me revolvía el
estómago y paralizaba el corazón, dejándome sin fuerzas y en el más lamentable
de los estados, bien que pugnara por disimulado Y disfrazar con razones lógicas
las peticiones que desde luego hice a Héktor de que nos alejáramos de allí a toda
prisa.
No accedió Héktor a mis protestas. Antes bien, posado el crucero en una
llanura del planeta minero, hizo salir a toda la tripulación Y, trabajando con afán,
restaurar la antigua insignia que durante siglos ostentara el navío, y que en
Brenda habíamos tapado con pintura por parecemos excesivamente reveladora.
Ante los ojos admirados de los mineros surgió en todo su esplendor el Sol
Radiante y la Nave Dorada que en tiempos fuera distintivo del Imperio, el más
poderoso estado que jamás existiera entre soles y nebulosas.
Convocó Héktor a los dichos mineros y les dijo que el Imperio había renacido, y
era inminente la llegada de una poderosa escuadra para auxiliar a las
amenazadas razas de aquel rincón del espacio. ¡Los dioses me valgan que por un
momento creí que se había vuelto loco y que tomaba por verdad sus sueños! Los
mineros sí que le creyeron, y dieron grandes vivas al Imperio, pues cuando se le

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vé el diente al lobo suelen olvidarse independencias y separatismos, y buscar el


arrimo del poderoso. Ofrecioles igualmente Héktor el transporte a bordo de la
nave, llamada de nuevo Invencible, hasta su planeta madre, de nombre Dathia.
Con lo que algunos ceños se fruncieron entre los nuestros, pues tras la hazaña de
Ginestar todo dedo semejaba huésped, y muchos no hubieran querido dentro del
crucero más gentes que sus tripulantes.
Pero cuando alzamos vuelo, con los mineros felices de ser amontonados en un
antiguo almacén, nos llamó Héktor a sus lugartenientes en un aparte, y nos
expuso sus verdaderos planes, que me encantaron por parecerme dignos de mi
propio caletre. Como, de acuerdo con el viejo dicho, cuando el río está revuelto es
el pescador quien gana, fácil nos sería lanzar anzuelo o red en aquellos
tambaleantes estados, seguros de no irnos de vacío. Y nada mejor para ello que
presentamos poderosos y amigos.
Buen plan era aquél, pero tenía un gran inconveniente y era éste la presencia
de los megaros en las cercanías, tan verdadera como falsa era la del nuevo
Imperio, y cuya sola evocación bastaba para hacer huir de mí cualquier alegría
ante la aventura iniciada. Fue por ello por lo que me retiré a mi camarote nada
mas puestos en marcha y, ante el asombro de mi Susana, que no me conocía
como hombre piadoso, me puse de rodillas ante la efigie de Minerva Atenea para
rogarle que me guardara del colmillo del megaro y también de la zarpa de su
aliado, así como de cualquier otro mal que me acechara.
Un día espacial después, en el puente de mando, presencié como Héktor,
impresionante en su uniforme de almirante imperial, iniciaba la primera
conversación con el planeta Dathia, cuya circunferencia llenaba las pantallas de
observación.
—¡Crucero Invencible, del Imperio Galáctico Terrestre, llamando al planeta
Dathia! ¡Crucero Invencible, del Imperio Galáctico Terrestre, llamando al planeta
Dathia!
Zumbó el receptor, y luego zumbó alguien también a través de él, al parecer
privado de la palabra por la estupenda nueva.
—¿Del... del Imperio? —tartamudeó al fin el invisible locutor— ¿Qué broma es
ésta?
Ante tan sonada falta de educación, el buen Héktor hinchó el pecho y lanzó
contra el comunicador una fuerte voz.
—¡El Imperio no bromea! ¡Prepáresenos un campo de aterrizaje para dentro de
una hora!
Tras de lo cual todo fueron zalemas y obsequiosidades.
Del barullo que produjo nuestra llegada nos enteramos después. Vista la
magnitud de nuestra nave, reinó al principio el pánico, creyéndola tripulada por
quienes el lector supondrá. Corrió luego la noticia de nuestra pertenencia imperial,
y cuando los mineros de su planeta que traíamos a bordo aparecieron en la
pantalla para dar confirmación al hecho, grande fue la alegría, pues creyéronse ya
a salvo de todo peligro.
De modo que cuando desembarcamos y nuestra oficialidad, yo incluido, lució
sus aparatosos uniformes en el coche de superficie que nos llevó a su Gobierno,
amontonóse la multitud a lo largo de la avenida, y los gritos de "¡Imperio!,
¡Imperio!" atronaron toda la ciudad, con ser ella grande.
Regía Dathia, al ser planeta republicano, un presidente, quien nos recibió con
ilusión, preguntándonos noticias del Imperio renacido, y quién era el actual
emperador, a lo que respondimos que Antheor IV, en cuyo nombre antes nos

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habíamos conchabado por que no nos cogieran en falta o contradicción. Y


relatamos luego mil y una mentiras más sobre los fastos de la corte imperial y la
potencia de sus ejércitos.
—Ejércitos que pronto podréis ver, señores míos —explicó con calma Héktor—
porque nuestro crucero no es sino avanzada de la Tercera Flota, mandada por el
Gran Almirante Carruthers, que ya ha zarpado hacia estas regiones del espacio
para librarlas de megaros.
Regocijáronse todos con la noticia, mas a continuación Héktor echó agua al
vino al citar de pasada como uno de los deberes de su cargo el cobrar impuestos
de guerra de los planetas amenazados, a fin de contribuir a la campaña naval
organizada por el serenísimo Antheor. Con lo que logró que se arrugara el gesto
de la mayoría, además de que remitiera en mucho la general alegría.
—¡Pero nuestro comercio está interrumpido, y nuestras industrias en crisis! —
protestó el presidente—. ¿Cómo podremos pagar ese impuesto de guerra y los
demás que exija vuestra flota?
—Nada debéis temer —le consoló Héktor—. Firmaremos recibo con el sello de
la Marina Imperial, y os juro que el Gran Almirante Carruthers no os pedirá ni una
sola moneda.
En lo que, desde luego, tenía razón. Creyéronle así, bien que sin saber la
causa, los dathianos, y suspiraron pensando que más valía despojo de imperial
que coz de megaro, y resignándose al primero para evitar la segunda.
Pedimos información del curso de la guerra, así como de la posición del frente
de combate, dizque para acudir a él aunque en realidad fuera para lo contrario.
Nos contaron que el megaro y sus compinches golpeaban aquí y allá,
apareciendo en los lugares más impensados, pero que sus incursiones
abarcaban, de momento, tan solo una zona estelar algo alejada de donde nos
hallábamos. Una pequeña Federación de unos siete soles, dicha Jenofontiana,
había aprestado su armada y llamado a los otros mundos para ponerse bajo el
mando de sus almirantes al fin de darles batalla, mas tal era la confusión, espíritu
de independencia y majadería simple, que pocos lo habían hecho así. La mayor
parte de la minúscula flota de combate dathiana había también partido para el
frente, dejando los rezos de la población como principal defensa si el caníbal
estelar se hacía presente. No había noticia cierta de combates y batallas,
supliéndose tal carencia con mil rumores a cual más alarmante.
Agasajáronnos nuestro huéspedes y luego pasamos nosotros a la grata tarea
de despojarles. No era pobre el planeta, y aún tenía cierto renombre en
construcción de robotes y mecaninfos de todo género, por lo que, aunque no
fuimos morigerados en la recolecta, distaron ellos mucho de quedarse en la
miseria. Eso sí, hallamos ¡qué grato encuentro!, una regular reserva de auricalco
que, por ser metal imperial y por aquello de dar al César lo que es del César, nos
apresuramos a trasvasar a nuestro crucero, sin parar mientes en lo compungidos
que quedaron sus anteriores poseedores. Como habían apresuradamente
educado para la guerra muchos de sus robotes, nos hicimos también con algunos
de ellos, que tal vez nos hicieran falta. Tras de lo cual redondeamos con víveres y
todo elemento mueble que nos apeteció pretextando haberse averiado algo
nuestra recámara en un accidente estelar.
Por cobrarse en algo la rapiña, preguntáronnos nuestros huéspedes si nos
parecía bien, ya que allí estábamos, escoltar un convoy con material cibernético y
otra carga diversa que debían enviar al cercano planeta Dhrale, y al que había
retrasado hasta entonces el miedo a un mal encuentro, tal era la fama del

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megaro. Aceptó Héktor de buen grado, ya que tanto se le daba Dhrale como
cualquier otro astro para siguiente etapa de nuestro viaje.
Llamóse a la tripulación y fue a tiempo, ya que era general el agasajo a la
misma, y corríase peligro de que el truco imperial fuera descubierto. Dado que
todos querían saber noticias sobre el Imperio nuevo, y pese a habernos puesto de
antemano de acuerdo sobre lo que decir, al correr el vino no faltaba quién
confundiese Antheor con Agenor, o que le hiciera quinto o séptimo en vez de
cuarto, en tanto que en sus descripciones de la gloriosa e ignota Tierra del Sol,
unos la dotaban de dos y otros de once lunas, dando aquel su clima como de
paraíso, mientras que otro decía que desértico y un tercero la condenaba al hielo
eterno.
Salimos así para Dhrale junto con el convoy en cuestión, al que se habían
agregado varias naves más al saberlo amparado por nuestros cañones. No
asomó la oreja el megaro, temeroso acaso de nuestra furia, con lo que llegamos a
Dhrale sin novedad, dando a sus habitantes tanto la alegría de ver el Imperio
como auxiliante contra el enemigo, cuanto la pena de saberle también recaudador
de impuestos. Pues desde luego, no dejamos de llenar nuestro particular tesoro
bélico a cuenta de nuestros nuevos aposentadores.
Más alborotado aún que el anterior estaba este planeta y decíase en él que las
escuadras aliadas habían sufrido un gran desastre a manos del megaro, y que
éste iba de aquí para allá, comiendo a dos carrillos y causando desastres sin
cuento. Aunque en tales casos si ocurre uno se dice ciento, nada tranquilizadora
era la situación, y menos tranquilo que nadie estaba yo, a quien toda mención al
enemigo hacia correr sudor y temblar un escalofrío tras otro. Cobramos
apresuradamente lo que se nos debía en razón, anunciamos la pronta llegada del
Gran Almirante Carruthers y de sus huestes navales y a continuación tocáronse
mil zafarranchos de combate y dos mil alertas, y el Invencible zarpó hacia el
frente, mientras todos nos despedían y nos deseaban suerte en la batalla.
Suerte hubo, en efecto, y no pudo ser mejor ya que batalla no se dió. No tengo
que decir que, visto el mapa estelar, se echaron dados para elegir cualquier
dirección menos aquella donde el combate se libraba. Seleccionamos una buena
docena de planetas tan prósperos como amenazados y pasamos a darles, por
turno, la buena esperanza del socorro y la mala realidad del despojo.
Aunque la guerra que allí se libraba ha de tener, sin duda, mejores cronistas
que quien esto escribe, momento es ya de que hable o escriba algo sobre ella,
por su importancia en esta fase de nuestras vidas.
Habían penetrado los megaros y aquellos sus aliados de grandes naves y
nombre impronunciable en una profundidad de muchos años luz en el espacio del
antiguo Imperio, pensando no hallar quien se opusiera a ellos, y en los primeros
meses devastaron planeta tras planeta, sembrando al pánico en toda una zona
estelar. Pero, como ya dije, la sangre llama a la sangre y hasta los más mansos
corderos pueden volverse fieras sin son demasiado hostigados. Así pues salieron
las naves de guerra de los mundos humanos y humanoides y cada cual hizo el
propósito de, devorado por devorado, al menos hacer penosa la digestión del
antropófago. Reuniéronse varias flotas en torno a la de Jenofonte, que era la
mayor y estaba mandada por un tal Rappel, almirante de valor, y buscóse al
megaro con la misma ansia con que él buscaba a las otras razas.
Esta armada, y muchas otras de menor tamaño eran de mayoría humana, pero
también seres no humanos había en el sector y, dado que el enemigo igual
gustaba de hincar diente en pata de insecto o cola de oruga que en solomillo

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humano, asimismo ellos se alborotaron. Armaron sus naves y, amparándose en el


antiguo santuario de Apolo Polimorfo, desde los tiempos imperiales existente en
un planeta del sector, juraron alianza y allí mismo crearon la Anfictionía de los No
Humanos, estorbando los planes megaros con una segunda gran flota. Y como no
hay dos sin tres, surgieron al fin los famosos nómadas espaciales de estirpe
humana, origen de tantas leyendas, tripulando naves-ciudades tan grandes como
las de los aliados del caníbal, y ya desde hace años opuestos a ellos en muchas e
ignoradas batallas.
Difícil era la intercepción del enemigo, pues al faltar las comunicaciones de
hiperespacio que existían en tiempos del Imperio, todas las noticias llegaban por
nave, y cuando se sabía que el caníbal había desembarcado en un planeta, hacía
tiempo que había ya comido, reposado y marchado. No obstante dábanse batallas
en el espacio y aún en las superficies planetarias siendo los resultados no
completamente malos para humanos y aliados. En especial se perdió el miedo a
las mastodónticas naves de los amigos del megaro, visto que una píldora atómica
igual pulverizaba al grande que al pequeño si bien le acertaba, y el tamaño no
hacía sino agrandar el blanco y dar menos trabajo a los apuntadores.
Llegábannos nuevas más o menos ciertas y más o menos optimistas mientras
seguíamos nuestro apacible periplo recaudador. Creía yo con ingenuidad que las
tales noticias eran para nosotros inofensivas y aún holgábame de verme seguro
mientras que otros penaban y morían, pues nada hay mejor que ver al toro desde
la barrera y la pelea desde lejos. Pero contaba sin Héktor y su trasnochado
sentido caballeresco.
Pues sucedió que mi jefe y amigo me llamó un buen día para consultarme algo
que le preocupaba.
—¿Crees tú justo, Gabriel, que mientras esas flotas improvisadas están
luchando con los megaros, nosotros, que tenemos un crucero de combate del
Imperio, estemos corriendo de aquí para allá, estafando a la gente?
Todavía tranquilo, ya que creía retórica la cuestión, respondí afirmativámente.
Expliqué luego ésto diciendo que nada debíamos a aquellos miserables restos del
viejo Imperio, que tanto a él como a mí habíannos convertido en esclavos. No era
nuestra labor muy diferente a la del comerciante que prospera en su negocio o la
del gobernador que cobra tributo a su pueblo para asignarse un sueldo. ¿Acaso
quién ha nacido en un reino, sin él pedido, da el caudal que se le exige como
impuesto con más gana que esos planetarios nos lo pasaban a nosotros? Luchara
contra el megaro quién era atacado por él, y ocupáranos nosotros de llenar bolsa
y estómago de la mejor forma que pudiéramos.
—De cualquier forma —siguió mi amigo, sin convencerse— es la propia raza
humana la que está en peligro, y todos debemos unirnos para defenderla. Si
queremos que el Imperio renazca y que la prosperidad y la paz vuelvan a los
planetas, debemos luchar hoy todos contra esas razas salvajes y más cuando su
mismo ataque ha creado en los humanos la necesidad de unirse. ¡Debemos
luchar Gabriel, debemos luchar!
Ahora si que me asusté, porque la expresión de Héktor era la misma que
cuando le dio por hacer el espartaco, con los resultados que ya conocíamos.
Apelando desesperadamente a mis mejores dotes de elocuencia y dialéctica me
manifesté en desacuerdo. Confesé que en nada me importaba que renaciera el
Imperio, ni que la prosperidad y la paz volvieran a planetas que ni una ni otra
merecían. Habíamos convenido en utilizar la guerra megara tan solamente para
llenar nuestras arcas con la misma picaresca con que las vaciara Yanko Ginestar.

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Y en todo caso, recordara bien Héktor que la flota imperial de Carruthers no


existía (pues por un instante temí que hubiera llegado a creerla real) y que
nuestro solo crucero, por muy fuerte que fuera, poco podía hacer para influir en el
resultado de la contienda, aunque estuviera tripulado por una verdadera dotación
imperial de combate bien entrenada en su manejo en vez de por cuatro galafates
como nosotros.
Terminó la entrevista con algún gruñido de Héktor y con no poca preocupación
mía, porque supe que no le había convencido. Y en efecto, pocos días después,
recién salidos de un planeta donde habíamos conseguido el habitual tributo, nos
convocó el jefe a la sala de reuniones y expuso ante todos el mismo problema
que antes me había relatado a solas.
—¡En cada día, en cada instante, hermanos nuestros de raza son muertos y
devorados por los megaros! —dijo—. La maldición de los dioses caería sobre
nuestras cabezas si, disponiendo como disponemos de la mejor nave de guerra
de esta parte de la Galaxia, no la empleásemos para combatir a los asesinos y a
los caníbales.
Hubo división de opiniones, pues en tanto algunos se ponían de parte suya,
otros manifestaban preferir maldición de dioses a mordisco de megaros, por no
hablar de la fea suerte que sus compinches hacían sufrir a quienes en sus zarpas
caían.
Pero, sin duda, algún dios o demonio había prestado a Héktor un poder
sobrenatural de oratoria, ya que se puso en pie tras la mesa y empezó a hablar de
tal forma, arengando a los compañeros, hablando de glorias y batallas, deberes y
sacrificios y de mil otras cosas, que, menos a mí, a todos convenció. Finalmente,
elevóse el trueno de "¡Muerte a los megaros!", y unánimemente se juró el
exterminio de la raza caníbal.
Notó Héktor mi poco entusiasmo y así, severo, me interpeló en un aparte,
golpeándome fuertemente en la espalda.
—¡Me extraña tu desinterés, Gabriel! ¿No fueron los miembros de esa raza
abominable quienes mataron y devoraron a tu propio padre, allá en Garal? ¡Ahora
tienes la oportunidad de hacérselo pagar!
Meditaba yo, en mi pánico, acerca de la religión que nos quisieron enseñar en
los campos de esclavos de Sifán, en la que se decía que debíamos perdonar a los
enemigos y aún amarles, y deseaba con todas mis fuerzas olvidar generosamente
la ofensa megara y dejar que aquella raza mezquina se destruyera a sí misma o
cayera ante el embate de los dioses justicieros, pero sin que mi intervención fuera
necesaria. ¿Qué podía aprovechar a mi difunto progenitor que alguno de quienes
le trincharon cayera bajo mis golpes, después de tanto tiempo? Contando con el
hecho cierto de ser ello poco probable, pues mal golpe podría yo dar a los
megaros con el miedo que les tenía, más seguro era que los golpes me los dieran
ellos a mí.
No obstante, puesto que nada hubiera ganado manifestando mi posición, y sí
seguramente algo perdido, procuré sonreír con ánimo y decir a mi jefe que
contara conmigo para cualquier futura reyerta con megaros u otros enemigos.
De tal forma, el crucero Invencible, tras siglos de paz y tranquilidad, púsose de
nuevo en campaña contra los enemigos del Imperio.

Capítulo XIII

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DE NUESTRA CAMPAÑA ENTRE LAS ESTRELLAS, DE LA GRAN BATALLA


QUE DIMOS A LOS MEGAROS AL LARGO DEL PLANETA TUGAL Y DE COMO
PASÉ A SER CAPITÁN Y COMANDANTE DE NUESTRA NAVE

Pese a tener yo aún alguna esperanza de que la tripulación recobrase la


cordura y renunciase a poner tontamente sus vidas y la mía en peligro de muerte,
la exaltación guerrera no hizo sino crecer de un día a otro, que hubiérase creído
que el propio Marte Ares hubiera soplado su aliento en el interior de la nave.
Instruyóse la gente en el manejo de toda clase de armas, escafandras y demás
equipo bélico, se fanfarroneó sobre futuras hazañas y finalmente se dispuso y
ejecutó un salto hiperespacial justo al centro de la zona donde rugía la batalla,
galopando hacia donde sueña el cañón como creo que dijo Julio César o alguien
por el estilo.
No cansaré al lector con el relato de mi estado de ánimo, que ya de sobra me
conoce como para imaginarlo. Baste decir que al miedo diurno sucedía la
pesadilla de noche, y que el despertar me hallaba con palpitaciones en el
corazón. Parecíame cada vez más increíble que, disponiendo de una nave veloz
capaz de llevamos al otro extremo del Universo, dirigiéramos el rumbo
precisamente hacia las fauces del megaro, sin que nadie nos obligara a hacerlo.
Me falló en tal trance incluso el consuelo de mi pecosilla, y no es que le eche
por ello las culpas. Pera sucedió que en la remodelación bélica que se había
realizado últimamente, al fin logró ella que se la destinase como aprendiza o
meritoria a las torretas de artillería, y no sabía ya hablar sino de cálculos de
deriva, predicciones de trayectoria y la posibilidad de soltarle un cañonazo al
primero que se le pusiera por delante. Para colmo, aquella realización de su para
mí incomprensible sueño dorado, la hacía extraordinariamente juguetona en la
cama, justo en los instantes en que yo no estaba para demasiados juegos. Lejos
por tanto de hacerla confidente de mis inquietudes, hube de apretar los dientes,
disimular pánicos y echar el resto pues, de saberme gallina y ella valiente, puede
que decidiese cambiar de pieza artillera, y yo ya me había acostumbrado a ella y
aún creo que la quería de veras.
Llegó finalmente el día de la gran prueba, que yo hubiera hecho retroceder con
gusto, tocóse zafarrancho de batalla, corrió cada cual a su puesto, y el Invencible
surgió de las tinieblas del hiperespacio semejante a un ángel exterminador
armado de espada flamígera, la muerte súbita a cada costado y los fuegos del
infierno en su cámara de calderas.
Firme en la sala de mandos, hice lo que pude para no cerrar los ojos en
evitación de ver la tremenda flota megara que estaba seguro que nos esperaba
para hacemos trizas. Pero ni en la pantalla visual ni en las mucho más agudas de
los detectores pudo advertirse presencia hostil alguna. Tan sólo las indiferentes
estrellas lucían en la negrura del espacio.
A punto estaba de aducir que sin duda el megara, asustado al adivinar nuestra
llegada, había huído de aquella zona, con lo que nuestra misión estaba cumplida
y bien podíamos regresar por donde habíamos venido, pera me contuve a tiempo,
en tanto que Héktor empezaba a planificar la exploración de los sistemas
planetarios cercanos, en busca de unidades navales amigas o enemigas.
Calculóse un mini-salto hasta el más próximo sol visible, dióse el impulso y casi
al momento hicimos diana para mi susto y el entusiasmo de mis compañeros.

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Habíamos salido muy cerca de un planeta verde y azul, Tugal según las cartas
estelares, y en su torno advirtieron los detectores una gran nave que orbitaba
tranquilamente, como quién nada hostil espera que le llegue. Tocóse alarma y los
astronautas se afanaron en poner una propicia luna entre el recién descubierto y
nosotros.
Nada parecía haber sospechado nuestro antagonista, si es que lo era, pues los
escudos antidetección del Imperio eran de calidad. En cambio nosotros pronto
dispusimos de una ampliación de su imagen, que pasamos a estudiar en consejo
de guerra. Era más grande que la nuestra y algunos llegaron a pensar en las
ciudades volantes de la otra raza enemiga. Pero yo no podía equivocarme, y la
tembladura que de pronto me entró menos todavía. En Garal habíase conservado
tal cual vieja fotografía de los astronaves mixtas de combate y carga de los
megaros, y no era otro el bicho que teníamos delante. Así lo manifesté,
procurando afirmar la voz, y luego otros varios abundaron en ello, basándose en
las descripciones más actuales de la presente guerra. Teníamos al enemigo ante
nuestros cañones.
Puestas las cosas de esa manera, se pensó naturalmente en tomar la solución
guerrera más fácil, es decir salir con las pantallas antidetectoras a toda potencia,
acercamos al adversario y bajarlas de pronto para soltarle una andanada que le
pulverizara antes de que se diera cuenta de lo que ocurría. Tan obvia parecía
aquella táctica que incluso a mí, que ni de Rommel ni de Beethoven tengo nada,
se me vino en el acto a la imaginación.
Pero de nuevo había contado sin Héktor. Escuchó éste con paciencia nuestros
planes y luego se opuso a ellos.
—Los megaros, según las últimas noticias, están sacando hombres y mujeres
vivos de los planetas para crear granjas humanas de alimentación —dijo—. En
esa nave puede haber cientos de semejantes nuestros encarcelados y nuestro
deber es liberarles, no destruirles. Debemos capturar la nave intacta.
Aquí estalló la tormenta. No digo yo, sino todos los presentes nos dábamos
cuenta de lo absurdo de la proposición. ¿Capturar intacta la nave de los
megaros? ¿Acaso pretendía Héktor organizar un abordaje?
—Pues sí —respondió el jefe, con toda tranquilidad—. Precisamente este
crucero está adaptado para operaciones de ese tipo. ¿No sabéis que en los
tiempos del Imperio llevaba a bordo un regimiento de infantes de marina
precisamente para eso?
Antes de dejamos tiempo para reaccionar, empezó a desarrollar planes de
combate que, como siempre, acabaron por convencer a muchos de los que le
escuchaban. El ordenador de combate era capaz de colocar al Invencible casco
contra casco del megaro, casi antes de que éste se diera cuenta de nada.
Cortaríase entonces con un proyector ígneo un túnel en el cuerpo del adversario y
se insuflaría un gas paralizador a gran presión, tras de lo cual pasaríamos
nosotros, en escafandra, para dominar a los supervivientes. De creer a Héktor,
con un poco de suerte ni siquiera habría que combatir.
¿Sí?, pensaba yo, incrédulo ¿Y si los compartimentos estancos de la nave
enemiga se cerraban, dejándonos aislados en grupos? ¿Y si los megaros, al
verse perdidos tocaban el muera Sansón con los filisteos y volaban su nave y la
nuestra con ella? ¿Y si tenían tiempo de ponerse las escafandras y resultaban ser
más que nosotros? ¿Y si...?
Pero Héktor seguía hablando animadamente, anulando un obstáculo tras otro.
—Bastará con cien hombres de abordaje, si saben actuar.

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Llevarán dos proyectores y varias cargas huecas, para volar los


compartimentos estancos si alcanzan a cerrados, y dar paso al gas. Con la
presión que lleva en las bombonas se extenderá por toda su nave antes de que
tengan tiempo para ponerse las escafandras, y además podemos estrenar los
autómatas de combate que conseguimos en Dathia.
¡Todo depende de la rapidez con que actuemos!
Y para rematar la cuestión, a beneficio del personal de tropa que le escuchaba
directamente o por pantalla, concluyó:
—De todas formas, sabed que tanto yo como mis oficiales estaremos en
primera línea de la partida de abordaje.
¡Dioses inmortales! ¿Quién le mandaba a nuestro jefe incluir en la heroica frase
aquel como mis oficiales, incluyendo al menos uno que nada de acuerdo estaba
con aquel disparate? Pero ya era tarde para hacerle rectificar, y la sentencia
estaba firmada y rubricada con el clamor bélico de los tripulantes, definitivamente
convencidos.
Despidiónos Héktor, tras señalar los jefes y los componentes de los
escuadrones de abordaje, y pasamos unos a preparar la maniobra de
aproximación, otros a disponer el gas paralizante, otros a programar los robotes
de combate y el resto, los valerosos corsarios de las estrellas, a armarnos y
equipamos para la lid.
Pensé yo incluso en pretextar enfermedad, pero ya mi querida pecosa habíase
enterado de todo y teníame por héroe. Antes de que pudiera objetar nada, me
sirvió ella misma el desintegrador debidamente cargado y se ofreció para
ayudarme a meterme en la escafandra.
Resignado a lo inevitable, tuve ánimos para dirigirme en oración a mi diosa
Atenea, rogándola que se armara para combatir a mi lado o que al menos
mantuviera en alto mi ánimo, que los dioses pueden lograr lo imposible. Tras de lo
cual, me dispuse para la batalla.
Pieza a pieza me fue colocando la radiante Susana aquella escafandra, no de
otra forma de como antaño las walkyrias ponían la armadura a los caballeros del
Japón, comunicándome que ella estaría vigilante en la torreta artillera y que de
ningún modo consentiría que el megaro me apresara y devorara, pues en tal caso
dispararía un cañonazo que haría volar en polvo tirios y troyanos. Con lo cual
acabó de ponerme contento. Antes de terminar de enjaularme, me dió ella no
obstante un beso asfixiador, al que correspondí con una buena sobada, ya que
mucho me temía no volver a tocar cacha en este mundo. Púseme luego el casco,
enfundeme los guantes, apresté el desintegradar y salí al pasillo a mezclarme con
quienes ya se dirigían a la compuerta de abordaje, haciendo resonar el acero con
el bélico son de sus pisadas.
Estaba ya Héktor en la compuerta, primero siempre en todo. A su lado se
disponía el proyector ígneo, y se preparaban las grandes bombonas de gas. No
tardaron en llegar los programadores de automátas, pues desde luego
pensábamos echar por delante a los mecaninfos para que, de haber palos, mejor
rebotaran aquellos en sus metálicas testas que en las nuestras, las cuales, no
obstante la escafandra, mucho más blandas eran.
Ya debíamos estar acercándonos al navío megaro, aunque sólo Héktor,
conectado su comunicador con el puente de mando, podía seguir la maniobra. Yo
me limitaba a encomendarme a todos los dioses, rogando que no fallara la
antidetección y que los caníbales no nos descubrieran hasta que fuera demasiado

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tarde para ellos. Pasaron minutos que parecían años, en tanto que me asaltaban
mil picores en todas partes del cuerpo, que la escafandra me impedía rascar.
En esto vi a Héktor asentir con la cabeza como si estuviera hablando con
alguien. En el instante siguiente retumbó un golpe tremendo que nos mandó a
todos al suelo, donde quedamos pataleando como escarabajos boca arriba.
Estallaron mil voces y gritos de sorpresa y dolor.
—¡Ahora! —gritó la voz de Héktor.
Torcí la cabeza y observé, como la puerta de metal se deslizaba a la manera
de un telón que se alza, dejando ver otra superficie metálica ¡que pertenecía al
casco exterior de nuestros enemigos!
Ni tiempo tuve para asustarme del hecho, pues en el acto una terrible luz me
cegó, y una oleada de calor escaldó mi pobre cuerpo. Héktor y otro más sostenían
el proyector de fuego como Lancelot su lanza, disparando la llama insoportable
contra el metal. Aullaron muchos de los nuestros y chilló un imbécil que no había
dispuesto sus tubos de oxígeno y al que la ardiente atmósfera casi socarra los
pulmones antes de que pusiera remedio. Pero al momento quedó abierto el paso
al territorio adverso.
Abriéronse las espitas y el gas paralizador salió de golpe con tremenda
pedorreta, a tal presión que por poco tumba a los mecaninfos. ¡El abordaje estaba
en marcha!
—¡Adelante! —gritó de nuevo Héktor—. ¡Vamos, aprisa!
Lancé un feroz grito de guerra que sonó como chillido de rata cogida en
trampa, y me lancé hacia el orificio abierto en la nave enemiga. Un tremendo
clamor de aullidos, imprecaciones y amenazas cubrió misericordiosamente mi
grito, y ya no hubo posibilidad de oír orden alguna, ya que a nadie se le había
ocurrido disponer que cerráramos los comunicadores.
Como en una película que personalmente en nada me concerniera, ví a los
robotes cruzar la frontera y vacilar antes de seguir el avance. El porqué lo
comprendí cuando cruzamos en tropel de una nave a otra y todos caímos de
bruces, conquistando los primeros metros de acero enemigo con nuestras
barrigas. Pues la gravedad megara era algo superior a la nuestra y nadie conocía
ese detalle.
Algo debía ordenar Héktor, pero su voz se perdía en la barahunda de tacos,
alaridos, insultos y gruñidos que emitíamos. Nos pusimos de pie mal que bien,
apoyándonos los unos en los otros, mientras que los automátas casi se perdían
de vista. Poco a poco fue poniéndose en marcha la horda, arrastrando
proyectores y bombas de gas, pataleando con estrépito como si pisáramos uva y
agitando amenazadoramente desintegradores y fulgurantes.
A lo que menos se parecía aquello era a las clásicas estampas de abordajes
antiguos, con los filibusteros y berberiscos lanzándose ágilmente a la cubierta del
galeón enemigo, o balanceándose en el aire colgados de cuerdas, con el cuchillo
entre los dientes. A decir verdad aquello ni siquiera parecía un abordaje.
¿Y los megaros? ¿Dónde se habían metido los megaros? Esa pregunta nos la
hacíamos todos, y yo el primero. Pero en mi caso no por ganas de encontrarles,
que el divino placer del combate con gusto se lo dejaba a mis compañeros. Era
que temía una trampa, y sentía cómo mis dientes se entrechocaban bajo el casco
y el respirador, mientras nos atropellábamos tras los robotes, chocando unos con
otros, raspando las paredes y derribando infinidad de chirimbolos de uso inédito
que a nuestro paso hallábamos.
—¡Adelante, adelante! —se gritaba sin cesar—. ¡Muerte a los megaros!

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Pero finalmente resultó que Héktor tenía razón, y que el gas había combatido
por nosotros. Apenas una decena de aquellos innobles seres quedaban a bordo, y
los vapores maléficos les alcanzaron antes de que pudieran escafandrarse o
tomar cualquier otra medida. Aquí y allá les encontramos, en lo que debían ser
sus camarotes, en el puente de mando y junto a las máquinas. Caímos sobre
ellos para atarIes antes de que el efecto del gas pasara, y no tardamos en
comprender que habíamos obtenido una gran victoria y que la nave enemiga era
nuestra.
No quedó contento Héktor, de todos modos hasta que registramos la gran nave
centímetro a centímetro, no fuera a quedar oculto algún paralizado que, al dejar
de serIo, nos diera una sorpresa desagradable. Finalmente, seguros ya, celebróse
nuevo consejo de guerra. Añadiré que todos estábamos eufóricos por la gran
victoria y hasta yo me hallaba dispuesto ahora a merendarme cuanto enemigo me
saliera al paso, sin pensar que no siempre el gas estaría disponible para evitar el
contraataque adverso.
Habíamos echado en falta los lanchones de desembarco de la nave, y no
tardamos en comprender que la mayor parte de la dotación debía estar en la
superficie del cercano Tugal, dedicados a la ingestión de sus infortunados
habitantes. Olvidé decir que no hallamos rastro de prisionero alguno, aunque sí
evidentes indicios de salvajes festines caníbales que en la nave habíanse
celebrado.
Con el furor que estos últimos hallazgos despertara en nosotros, poca
clemencia podían esperar los prisioneros.
En cuanto se les pasaron los efectos del gas se les trajo de malos modos ante
un improvisado tribunal y como se limitaban a chirriar con rabia, les enviamos a
que le chirriaran al radamante, haciéndoles pasar al espacio en traje de calle.
Quedaba el problema de los demás megaros, los que se hallaban en el
planeta. Podíamos abandonarIes allí, pero entonces seríamos responsables de
todas las barbaridades que en la población humana local, que se anotaba en la
carta como muy primitiva, hicieran. Intervine entonces yo con una idea que juzgué
luminosa.
—¿Y por qué no esperarIes que vayan subiendo en las lanchas, y cogerIes a
medida que llegan?
Mas de tal forma el Saturnio ciega a aquellos a quienes quiere perder, que una
vez más Héktor puso objeciones a este tan sencillo plan.
—Nada nos dice que no se crucen contraseñas y órdenes cuando los
lanchones vayan llegando, lo que podría damos un serio disgusto —dijo—. Mejor
haremos bajando nosotros mismos y dándoles la batalla en la superficie del
planeta, ahora que podemos pillarIes por sorpresa.
Jaleóse la proposición, y debo confesar que incluso yo mismo, de cuya
heroicidad tendrá ya noticia quien esto lea, llegué a contagiarme con el general
ardor, y fue así como los del grupo combatiente embarcamos en un par de
navecillas auxiliares y nos precipitamos hacia Tugal como aves de rapiña sobre
un tranquilo rebaño.
Los primeros acontecimientos parecieron dar la razón a nuestra táctica
agresiva. Localizadas ciertas emisiones megaras por nuestros técnicos, caímos
de lleno en el campo de aterrizaje de los caníbales, situado junto a un lago, a
orillas de un tupido bosque o selva, y la suerte de las batallas nos fue propicia.
Nada debían sospechar nuestros enemigos o acaso eran por completo imbéciles,
pues al aterrizar las navecillas creyéronlas propias y corrieron todos para ver que

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pasaba, congregándose en torno a ellas. Dímosle entonces al fulgurante y al


desintegrador sin piedad, recordando las hazañas anteriores de aquellos
malnacidos, y tuvimos el acierto o la fortuna de despenarIos a todos antes de que
pudieran defenderse o correr. Tras de lo cual desembarcamos, borrachos de
victoria, buscando entre sus lanchones y sus primitivas instalaciones algún
superviviente que no existía.
Buscamos igualmente rastros de prisioneros, pero también éstos se hallaban
ausentes. Pocos eran, comprendimos, los megaros que tan fácilmente
enviáramos al Tártaro, por lo que se supuso que el grueso de la tropa debía
hallarse ausente, dedicados tal vez a la recolección de presas humanas.
Llamó Héktor a uno de los pilotos técnicos y le encargó la tarea de explorar en
una navecilla los alrededores. Entretanto, investigamos igualmente los de
infantería todo el campamento enemigo, donde no hallamos nada de valor, pero sí
muchas cosas que nos servirían como recuerdos de la jornada. En aquellos
momentos nos creíamos invencibles, pues dos batallas habíamos ganado sin
sufrir bajas por nuestra parte.
No tardó nuestro explorador aéreo en radiar excitantes noticias. Aquí y allá,
dentro del bosque, ardían varios poblados junto con los campos de cultivo que los
rodeaban.
Era de nuevo la atroz marca megara sobre los pueblos de los humanos, lo que
una vez más nos hizo alegramos de haber exterminado tanta fiera y aún desear el
sacrificio de aquellas que todavía quedaban vivas. Giró y giró la nave en el cielo y
poco después nos comunicó que una larga columna de gente avanzaba a través
de la selva en dirección a donde nosotros estábamos.
—¡No hay duda! —exclamó Héktor—. Es la caravana de los prisioneros, el
ganado humano que esos caníbales conducen hacia su base para embarcarlos
en dirección a su nave principal.
Gritamos con furia, expresando claramente la intención de oponemos con
todas nuestras fuerzas a tal desafuero.
—No saben lo que ha pasado aquí —continuó Héktor—. Les tenderemos una
emboscada y liberaremos a los prisioneros.
¡Ah, de qué forma el nefasto Marte Ares nubla la mente de los mortales! Pues
todos asentimos a ello y, sin considerar cuál era la fuerza propia ni la ajena, nos
dispusimos a librar nueva batalla.
Envió nuestro jefe como exploradores a quienes encontró más dispuestos para
ello, un trío de ganapanes que procedían de un mundo boscoso y estaban por
tanto, según confesión propia, capacitados para esconderse entre los árboles y
observar sin ser observados. No descuidó en proveerles de puestecillos de radio
para que pudieran darnos cuenta de lo que vieran. Mientras tanto los demás
disponíamos nuestras armas de mano y aún fanfarroneábamos sobre el estropicio
que pensábamos hacer en las adversas filas apenas las pusiéramos en
funcionamiento.
Minuto tras minuto nos llegaba ahora noticia de la marcha enemiga. Se
componía el contingente de una larga columna de humanos con las manos atadas
y la expresión abúlica de quien aún no se ha hecho a la idea de la catástrofe que
le ha caído encima.
Y, desde luego, flanqueaban la dicha columna los odiados megaros, en número
de unos doscientos, armados unos y provistos los otros de látigos con que
azuzaban a la miserable hueste humana.

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—Poned las armas al mínimo de energía —aconsejó Héktor—. Hay que matar
a los megaros sin que sus prisioneros sean alcanzados.
Obedecimos y nos fuimos apostando en los lugares que nos parecieron más
convenientes, vista la trayectoria que el enemigo llevaba, y que nuestros
exploradores nos transmitían al detalle.
¡Dioses inmortales! ¡Los megaros nos superaban en número en proporción de
dos a uno! Y sin embargo nadie dudaba de una fácil victoria. Pensábamos ser
gigantes y ellos enanos, titanes y ellos gusanos, genios guerreros y ellos
muñecos. Olvidábamos completamente que aquella raza de caníbales había sido
durante años el terror de la estirpe humana, y habíamos pasado de un extremo a
otro, del pánico al desprecio, igualmente irracional aquél que éste.
Como lugar de emboscada habíamos escogido la periferia de un claro en el
bosque, mejor dicho un lugar en el que la arboleda y la maleza eran menos
densas, situado no muy lejos de donde la selva cedía para dar paso al lago y a la
base de aterrizaje megara. Procuramos todos ocultarnos lo mejor posible para dar
a los caníbales la sorpresa de sus vidas.
Precedió a la llegada de la columna el ruido de la vegetación al ser removida y
algunos gruñidos que debían ser conversación megara. Surgió luego aquí una
cabeza, allá un torso, y después, en el instante siguiente, la cabeza de la
procesión, compuesta por un grupo de caníbales de aspecto feroz. Les seguía
una multitud de pobres humanos, sucios y escasamente vestidos, tropezando y
tambaleándose por causa del estorbo vegetal y por tener atadas las manos. Otros
megaros les animaban a latigazo limpio.
Poco a poco, sin adivinar la presencia de quienes ocultos estábamos, víctimas
y verdugos entraron en el claro, agradecidos unos y otros por la mayor facilidad
de movimiento. Siguió penetrando la columna, haciéndome temer que algún
megaro terminara por descubrimos. Pero antes de que ello ocurriera sonó un
grito, restalló un tiro y al instante se armó la marimorena.
En los primeros segundos dimos gusto al gatillo a mansalva, con lo que
muchos adversarios mudáronse de este mundo al otro sin adivinar siquiera de
dónde les llegaban las galletas. Prodújose luego la desbandada principalmente
entre los prisioneros que, advirtiendo que aquel bollo podía mejorar su suerte, a
más de ser malsano el lugar con tanto rayo, se apresuraron a poner las piernas
en movimiento, aún con los brazos atados. Cruzáronse multitud de ellos en
nuestra línea de tiro al tiempo que principiaban a arder arboleda y arbustos, con lo
que hubimos de suspender o reducir el fuego.
En medio de la confusión pudimos ver cómo gran tropa de megaros tomaban
igualmente las de Villadiego, con lo que pensamos que la victoria era nuestra y,
apellidándola a gritos, nos dispusimos a completada. Vi a Héktor salir de su
refugio, siempre el primero en la acometida, y tras él muchos de los nuestros,
buscando animosamente el cuerpo a cuerpo. .
¡Ay, qué demasiado temprano habíamos dado al megaro por acabado! Pues
sucedió que no todos los caníbales huían y, en el apogeo de nuestro entusiasmo,
fuimos de pronto blanco de una nutrida descarga de rayos, de parecido modo a lo
realizado por nosotros anteriormente, y tuve el horror de ver a Héktor alcanzado
de lleno, con otros varios, y observé cómo perecía el mejor de mis amigos, y
cómo desparecían en un instante todos sus sueños de fundar un nuevo y glorioso
Imperio, y de que forma tanto tiempo de afortunadas aventuras hallaba su fin en
un solo instante.

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Sobreviví en cambio yo mismo, pues aunque inflamado de momento por el


artero Marte, no podía dejar de ser quien era, y si Héktor atacó el primero y murió,
yo salí el último y continué viviendo. Chillé, junto con otros muchos, y me lancé a
tierra para esquivar el rayo enemigo, llenándome la boca de barro, al tiempo que
deseaba ser topo para excavarme un agujero que se hincara en el planeta y
saliera por sus antípodas. En esto redobló el infierno, cuando los nuestros, al
menos los que vivían, abrieron a todo caño el fuego de sus armas, y aún hubo
quien lanzó una granada al centro del claro. Tumbáronse árboles, eruptaron hojas
al cielo y cayeron combatientes de ellos y de nosotros, así como numerosos
indígenas presos a quienes ya nadie se cuidaba de respetar.
Debí sin duda rodar sobre mí mismo y luego botar como una pelota para
ponerme fuera del alcance del fuego, pero nada recuerdo de ello. Mi primera
sensación fue el verme corriendo como nunca antes lo hiciera, atravesando la
jungla cual si no existiera, a la manera de un obús que perfora una nube de
papeles flotantes. Pues al verme en medio de aquella red de fuego, entramado de
rayos y volcán de fulguraciones, mis solas piernas se adelantaron a cantar el
palometa, que haces quieta, y se animaron a besarme el cuello, lanzándome lejos
de donde nada se me había perdido y poco podía ganar sino alguna no buscada
lagartijera.
Corrían muchos entre el humo, y yo con ellos, hasta que casi todos se fueron
perdiendo de vista. Delante de mí, no obstante, alguien galopaba como un
descosido, y guiado por no sé que instinto me puse a su cola, sin que pudiera ni
yo acercarme ni él aumentar distancia, tal era la marcha que uno y otro
llevábamos. Y sólo algún tiempo más tarde advertí de que le estaba pisando los
talones nada menos que a un megaro.
Dí un respingo, lleno de espanto al temer que se volviera y me hiciera cara,
pues si la vista de su cogote ya me horrorizaba, la imagen de su jeta sin duda
bastaría a separarme el ánima del cuerpo. Así pues di un cuarto de vuelta tan
rápido como pude, y salté en la nueva dirección atravesando un espino tan
espeso que, sin ser yo jainita me hizo reencarnarme en erizo, no notando nada en
el instante, ya que todo mi esfuerzo y mi consciencia se concentraban en el
problema de poner la mayor distancia posible entre mi anterior compañero de
fuga y yo mismo. También debí atravesar después sin saberlo un río o arroyo, ya
que me encontré hecho un sopicaldo cuando finalmente la debilidad humana me
hizo detenerme y aún más, me arrojó de bruces al suelo.
Nadie se veía ni oía en torno mío y cuando se me pasó el sofoco, me asaltó de
repente el nuevo pánico de verme perdido en medio de un bosque que no conocía
y que podía albergar cualquier malintencionado bicharraco tan ávido de mis
mollejas como si megaro fuera. Tal cual siempre solía ocurrirme, me arrepentí
demasiado tarde de mi imprudencia, maldije una y cien veces mi inoportuno ardor
bélico y pedí favor y ayuda a la diosa de mi devoción.
¿En qué dirección había quedado, maldita fuera mi estampa, la base enemiga
conquistada, con las navecillas que podían conducirme a la cómoda seguridad del
Invencible? El bosque parecía igual por todos lados y ni aún podía reconocer el
camino por el que tan rápidamente había venido. Cambié de postura y las espinas
que conmigo llevaba se hincaron en mi cuerpo, haciéndome ver las estrellas.
No, sin duda no me dejarían abandonado en aquel mundo hostil. Mis
compañeros tendrían que buscarme, no podían menos que hacerlo. Pero luego
recordé con terror y pena la muerte de mi buen amigo Héktor. Quizá, privada de
su sensata cabeza, la tripulación cedería al pánico y abandonaría a toda máquina

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el planeta, dándome por muerto o ni siquiera preocupándose de lo que pudiera


ser de mí.
¿Gritar pidiendo socorro? La selva podía estar infestada de megaros fugitivos,
por no hablar de otros peligros a los que mi voz pudiera atraer. ¿Avanzar entre la
vegetación? ¿Y para dónde?
Un nuevo pinchazo me hizo gritar. Opté entonces por quitarme toda la ropa que
llevaba encima, procurando que se secara al poco sol que pasaba entre los
árboles, y luego arrancarme una a una las espinas que me atormentaban,
entregando entretanto mi seguridad al destino y a la bondad de mi diosa. Como,
para nueva desesperación mía, había perdido en alguna parte de mi recorrido el
desintegrador que en la batalla usara, me agencié un buen garrote por si de algo
podía servirme y con él cerca, como nuevo desnudo Adán en el mundo
primigenio, arranqué uno a uno aquellos agudos dardos vegetales que, cual a otro
San Sebastián Bach, erizaban mi anatomía.
Durante el tiempo que duró la tarea, nadie ni nada apareció para estorbarla,
bien que se oyeran toda clase de cantos, gritos y chirridos provenientes de
invisible fauna, ya tranquila al haber cesado el estruendo de la batalla. Menos
tranquilo, desde luego, estaba yo, pero aún así me impuse la tarea de desespinar
igualmente mis ropas, que seguían mojadas, hasta que las ví libres de pinchas.
Entonces me arriesgué a meditar sobre mi suerte.
Evidentemente yendo para un lado acabaría por alcanzar el lago y la base
donde quizá estuvieran todavía mis compañeros y yendo para el lado opuesto
llegaría a los incendiados poblados indígenas. Pero las otras dos direcciones me
harían dar un agradable paseo por la interminable jungla, donde podría
tranquilamente vagar hasta que los peces criaran pluma. De nuevo maldije mi
fortuna, pues ni idea tenía de cuáles direcciones eran las buenas y cuáles las
malas.
Probé a escalar un árbol con la esperanza de ver algo útil desde la cima. Pero,
si muy fácil aquella tarea resultaba para los héroes de los carretes videofónicos,
penosa se presentaba para mí, que ni flaco ni fuerte era. Caí un par de veces por
tierra y la tercera, al pretender colgarme de una especie de liana, originé el
desplome sobre mis desnudas espaldas de un par de insectos de feísima
catadura, que me hicieron bailar y brincar por un rato, cual fauno loco de los
bosques, hasta deshacerme de ellos.
Pensando finalmente que si allí quieto me estaba ni el lago ni el poblado
llegarían hasta mí, decidí ponerme en marcha para donde fuera, confiando en que
mi diosa haría acertada la elección. Vestíme de nuevo, pese a estar aún húmeda
mi ropa, y ello lo hice porque el hombre desnudo se halla siempre inseguro, y
teme siempre golpe o mordedura de alimaña en parte íntima de su anatomía.
Apresté mi garrote y, tomando por donde la selva me pareció menos espesa,
inicié el camino.
Caminé y caminé entre arbustos y troncos caídos, usando el palo tanto para
abrirme camino como para guardar el equilibrio. Todo era verde y marrón, y olía a
podrido. A una barrera de árboles sucedía otra, y a la segunda la tercera, sin que
pudiera advertir cualquier espaciamiento que me anunciara la proximidad del lago,
los campos cultivados indígenas o cualquier otra novedad.
No sé cuánto tiempo pasó, pero el caso fue que empecé a sentir hambre.
Había llegado mi habitual hora de cenar, que en otras circunstancias habría
transcurrido en el acogedor comedor del Invencible o en mi propio aposento en
compañía de la risueña Susana. Mas en la realidad me veía allí abajo, solitario,

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falto de víveres y sobrado de miedo. Volví a pensar, pues en tales situaciones


llegan los pensamientos más estúpidos, en los relatos de aventuras selváticas
que alguna vez había leído, y en lo fácil que allí parecía todo. Se narraba como el
protagonista en el segundo día de su viaje consiguió matar un cervato que puso
agradable contrapunto a su dieta de raíces y frutos silvestres, pero yo allí no
advertía ni raíz ni fruto alguno, ni aún en el caso de encontrarlos iba a comerlos
así como así a riesgo de envenenarme. Tampoco veía cómo ninguna pieza de
caza iba a ser tan idiota como para dejarme acercar a tiro de garrote, estando ella
acostumbrada al bosque y yo no. Por añadidura tal era mi ánimo, que más
probable era que el cervato me cazara a mí que no el viceversa.
Para acabar de darme alegría empecé a notar al poco tiempo que la luz se iba
marchando, amenazando con la llegada de la noche. Sabía que en otras junglas
parecidas a aquella, la puesta del sol suele ser señal de salida para toda clase de
peligrosos carniceros, lo que no me causó ningún placer ni risa. Efectivamente, al
llegar las tinieblas, aumentó el nivel medio de extrañas voces animales, y a su
compás se intensificó mi tiritera. De nuevo pensé en subirme a un árbol, pero si
no pude logrado a plena luz del día, ¿cómo hacerlo ahora entre las sombras que
cada vez más espesas eran? Cierto que no pasé sin intentarlo pero si a otros el
miedo da alas, a mí más bien me pega al suelo, haciéndome el doble de grávido y
la mitad de ágil. No hubo así remedio, y quedé temblando en tierra, a merced de
cualquier adversario que me acechara.
No debía estar visible ninguna de las lunas del planeta, o acaso las copas de
los árboles no las dejaban ver, pues oscuro estaba como boca de lobo.
Como no podía hacer nada, ni traer luz alguna que me tranquilizara, me acosté
al amparo de un gigantesco árbol e intenté descansar algo, ya que el dormir me
resultaría imposible con el miedo que tenía. Pero no tardé en alzarme como un
muñeco de resorte, cuando no muy lejos de allí estalló el disparo de un
desintegrador, espantando a las bestias nocturnas.
¿Amigo o megaro? En la duda me abstuve de gritar, pensando que aún me
quedaba la posibilidad de sobrevivir a la noche y llegar de día a algún sitio
amistoso, en tanto que si atraía a los megaros poco tardaría en estar en su
estómago. Apretéme todo lo que pude contra el gran tronco que me protegía al
menos las espaldas y una vez más rogué a mi diosa.
Gritó alguien en la lejanía, y estallaron nuevos tiros, aquí y allá. Luego cayó de
nuevo el silencio, mas pronunciado al haber callado del susto los animales de la
noche, y fue entonces cuando creí escuchar alguien o algo que se acercaba
cautelosamente.
Quedé paralizado, fijos los ojos en la oscuridad, apretado el lomo contra el
árbol, como si con él quisiera fundirme, y rogando a todos los dioses conocidos y
aún a otros que me inventé para que el intruso pasara de largo sin prestar
atención a mi humilde persona. Vana esperanza, pues cuando más asustado
estaba, de pronto algo silbó en el aire y me vi atado con habilidad, con los brazos
sujetos contra el cuerpo y éste al árbol en el que había buscado amparo. En el
primer instante de pánico pensé si no habría sido atacado por algún serpentón
propio de aquellas tierras, mas luego reconocí el tacto de una cuerda tosca, y
enseguida rebulleron en mi torno algunas formas indistintas, en tanto que curiosas
manos sobaban mi anatomía.
Grité ahora con todas mis fuerzas, pues me imaginé en zarpas megaras y
esperé de un momento a otro que alguien me hincara el diente. Pero a mi grito

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respondieron otros acentos, y noté que unas fuertes manos me cogían por los
brazos, al tiempo que me libraban del lazo que me inmovilizaba.
—¿Quiénes sois? ¿Quiénes sois? —pregunté.
Me había sorprendido creer reconocer tonos de voz mujeril en mi torno. Me
solté un brazo sin que se me opusiera mucha resistencia y al tantear con él en la
oscuridad topé con unas asentaderas que de masculinas nada tenían, y experto
soy en la materia, y que tampoco se animaban a retirarse, bien que yo estaba
demasiado asustado para deleitarme en el trance. Sonaron risas joviales, y luego
alguien trajo una antorcha y pude ver a quienes me habían capturado.
Para mi sorpresa víme rodeado de amazonas, semejantes a las que dicen que
Alcides combatiera en Tracia. No me parecieron nada feas, aunque de aspecto
salvaje y agresivo, y armadas de lanzas, hachas y espadas para mí nada
tranquilizadoras. Vestían sucíntamente, a lo primitivo, lo que no dejaba de
aumentar su gallardía.
Sin embargo, aunque algo más tranquilo, no se me pasó del todo el susto, al
pensar que si anteriormente esclavos por nosotros liberados nos habían
despojado, probable era que aquellas damas a quienes nosotros socorriéramos
del megaro lo pagaran en mi persona con lanzazo y tente tieso, ya que con
salvajes nada es seguro.
Sin dejar de charlar con animación, me urgieron a que las acompañara,
llevándome a través de la selva que al parecer conocían a la perfección.
No entendía lo que ellas decían, pero no parecían insultarme ni amenazarme,
con lo que llegué a forjarme buenas esperanzas. Llegamos a un claro del bosque,
iluminado también con antorchas y allí se me enfrentó una rubia corpulenta y no
mal construída, que colegí debía ser la Hipólita o Pentesilea de aquella
amazonería, y que habló en tono interrogativo con mis escoltadoras, como
preguntándoles que clase de bicho era yo y dónde me habían cogido.
Llegaron sin duda a un acuerdo y después, a una señal de la cabecilla, trajeron
para mi espanto un megaro, bien que atado como un salchichón y rudamente
tratado por sus carceleras. Luego la Pentesilea me sorprendió hablándome en
una comprensible lengua galáctica, aunque de forma abreviada y con acento
exótico.
—¿El, enemigo tuyo? —dijo.
Me apresuré a asentir con grandes cabezadas, al tiempo que aseguraba
marcando bien las sílabas, que los megaros y yo éramos todo lo enemigos que en
la vida se pudiera ser.
—Bueno —dijo ella. Y a su signo el megaro fue quitado de la vista con no poco
acompañamiento de puntapiés.
Algo ordenó la jerifalta y en el acto dos de sus súbditas me tantearon con
rapidez el cuerpo. Pensé en el primer momento que querían meterme mano, pero
a continuación la rubia me sacó de dudas.
—¿Dónde arma de rayo?
Suspiré y señalé a la selva, haciendo notar que la había perdido. Visto lo cual y
como muestra de confianza y afecto que en mucho agradecí, una de las
amazonas me puso en la mano un desintegrador de rara factura que debía
pertenecer originariamente al megaro que me habían presentado o a un
compañero suyo. Sin saber muy bien que hacer, se lo ofrecí a la jefa, lo cual me
valió ser objeto de un murmullo de simpatía.
Ya más bien aliado que preso, púseme de nuevo en marcha con la comitiva en
dirección que supuse sería la de los poblados. Para mi sorpresa vi que a nuestra

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columna se iban agregando cada vez más megaros atados y azuzados a punta de
lanza, hasta completar un buen contingente. Pensé con alegría que aquella raza
maldita parecía haber encontrado la horma de su zapato.
Llegamos a los todavía humeantes campos de cultivo cuando ya empezaba a
sentirme cansado. Aquí el megaro se había portado como quien era, quemando y
destrozando lo que no podía llevarse, pero la industriosa población nativa
trabajaba ardorosamente a la luz de las antorchas, sofocando los últimos
remanentes de fuego y haciendo cuenta de lo destruído y de lo salvable. Observé
que la mayoría de los trabajadores eran varones y ello me reafirmó en la idea que
ya tenía acerca de la sociedad en que me encontraba.
También en el poblado se avanzaba en la tarea de reconstrucción. Quedaba en
pie un edificio de piedra, aunque con el tejado de madera chamuscado, y allí me
condujeron como amigo y confederado, preparándome un banquete de
bienvenida, lo que desde luego mucho me gustó. Estuvieron también presentes la
reina o presidenta de las amazonas y media docena de mujeres que debían
componer su Estado Mayor.
Poco a poco, entre bocado y bocado, que todos me parecieron excelentes, me
fui enterando de lo que desde el punto de vista de mis anfitrionas había sucedido.
La dirigente, que Aliana se llamaba y no Pentesilea ni Hipólita, había aprendido
algunas nociones de lengua comercial galáctica de mercaderes estelares
visitantes en ocasiones de su planeta y, mal que bien, pudimos mantener cierta
conversación.
Tóda aquella comarca regíase por matriarcado, del que mi interlocutora era
cabeza visible y actuante. Cazaban y en ocasiones guerreaban las féminas, en
tanto que los varones se dedicaban al cultivo, la artesanía y la construcción. La
llegada de los megaros coincidió, a fin de cuentas afortunadamente, con una gran
partida de caza en que la mayoría de las amazonas tomaban parte, por lo que
sólo hallaron los caníbales ante ellos niños y hombres indefensos. No mataron en
principio a ninguno, limitándose a hacer con ellos cuerda de presos y escoltarles
hasta su base principal. De por qué hicieron el recorrido a pie a través de la selva
en vez de mandar los lanchones a aterrizar en el poblado, pregúnteselo el lector a
los megaros, que no a mí. Tal vez les faltara sitio en las navecillas, o anduviesen
cortos de combustible o prefirieran hacer deporte.
Cuando las amazonas, avisadas por fugitivos, llegaron a su poblado lo
encontraron desierto y en llamas. Haciendo gala entonces de más valor que buen
sentido, pusiéronse en pie de guerra y siguieron la pista de sus adversarios,
dispuestas a no dejarles ir sin batalla. Sin duda, de haber alcanzado al enemigo
estando éste tranquilo y formado, mucho hubieran tenido que lamentar, pues los
desintegradores caníbales hubieran fácilmente hecho chicharrón de aquellas
petulantes jovencitas, lo que hubiera sido gran lástima. Pero intervino justo a
tiempo el contingente de desembarco del Invencible y tras del combate del que el
lector tiene noticia porque yo se lo he contado, dispersáronse por todo el bosque
prisioneros, megaros y aún guerreros nuestros, quedando desierto el campo de
batalla e indeciso el resultado de la misma.
Viendo las amazonas como el enemigo se había disuelto y habiendo sido
recogidos muchos de los prisioneros, tuvieron la astucia de aguardar la noche,
siguiendo entretanto en grupos a los despavoridos caníbales para estar ciertas de
su localización. No sé si he dicho, y si no, lo hago ahora, que aquellas muchachas
tenían vista de gato en la oscuridad con lo que, unido a su conocimiento de la
selva, apenas tuvieron dificultad en ir cazando al adversario uno por uno, y

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también del mismo modo a mi persona. Pero eran lo suficientemente listas para
dar a cada cual lo debido, y por ello teníannos a nosotros, y a mí en particular
como más cercano, por los verdaderos triunfadores de la batalla, y ciertamente lo
agradecían.
Intenté yo corresponder con mi historia, más pronto me vi turbado por un nuevo
apuro. Y era que, como suele suceder, el desahogo de ver pasado el peligro,
unido a la buena comida, al calorcillo de la chimenea que caldeaba la estancia y a
la exposición de tanta cacha amazónica al descubierto, hacíame blanco para las
picardías de Cupido Eros y de su bella madre citerea, y la función resultaba cada
vez más evidente, para mi mayor bochorno.
Notó una de las oficiales de Estado Mayor la turbación de mi charla y,
buscando su causa, no tardó en hallarla. Rió entonces con toda gana y habló
rápidamente con el resto de la concurrencia, lo que provocó una salva de
carcajadas y aumentó mi confusión. Ignorante de la etiqueta que en aquella
sociedad matriarcal reinaba, temí caer en el desagrado y aún en el castigo por les
a majestad, si no hallaba la soberana de su agrado tal clase de homenaje.
Pero tal no fue, ni con mucho, el caso. Reía la reina, al contrario, más que las
otras y de pronto, tras una sorprendente y muy expresiva frase, sin duda
aprendida de algún mercader espacial en parecido trance, echó al techo sus
vestiduras y se lanzó sobre mí cómo coyote sobre cordero. Apuréme yo al pronto
y más al ver que, como es norma en las grandes batallas, el estado mayor seguía
al general por el camino de las hostilidades, y aún llegué a temer que el entero
ejército amazonil irrumpiera en la tienda para hacer otro tanto, en cuyo caso más
me hubiera valido caer en las zarpas del megaro. Pero al parecer tal sólo las
dirigentes tenían intención y derecho de acometer a la beldad caída de las
estrellas que yo era, por lo que, aunque desigual, el combate no fue del todo
abrumador. Larga resultó no obstante, la noche y a pique de sucumbir me hallé
más de una vez, en especial cuando era acosado por varias adversarias al mismo
tiempo. Puedo decir sin embargo que, siendo yo más aficionado a las pugnas
citereas que a las marciales, disfruté grandemente de la sesión, y que de tal
naturaleza sean todas las batallas en las que me vea implicado hasta el día de mi
muerte.
Cuando al fin me dejó el Alto Comando de las amazonas, aún pude dormir
unas horas, con el agotamiento que el lector puede suponer y envidiar. Me vino a
despertar, ya muy entrado el día, un fenomenal griterío en el exterior, y aun creo
que ni siquiera eso me hubiera arrancado de la rústica cama, de no entrar en el
aposento una amazona para rogarme en nombre de la reina que saliera.
¡Qué espectáculo! Todo el poblado e incluso presumo que la región entera, se
hallaba allí, esperándome. Amazonas en trapío de gala, emplumados varones,
ancianos, niños, niñas... Y todos me aclamaron con gran trueno de gritos y
aplausos en cuanto mi figura se hizo presente. Sin saber qué hacer, me incliné
una y otra vez, saludando como actor en el escenario. Al hacerla advertí un sector
que no aplaudía, y en verdad que no tenía mucho motivo para hacerla, ya que
estaba compuesto por los cautivos megaros atados codo con codo.
No tardó en acudir a mi lado la sonriente Aliana, que fue también objeto de
cálidas aclamaciones.
—Mírales, Gabriel Luján —me dijo, en su primaria lengua galáctica, indicando
un nutrido grupo masculino, quizá más emperifollado que el resto—. Te
agradecen haberles librado de la esclavitud y de la muerte.

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En efecto supe que aquellos desdichados prisioneros que los megaros habían
conducido a sus naves atribuían su salvación, no sin razón, precisamente a
nuestro ataque que les había permitido dispersarse y huir a la selva. El hecho de
haber muerto más de uno de ellos bajo los fuegos cruzados en nada alteraba su
agradecimiento.
De nuevo, al verse designados, insistieron en sus aplausos, y yo en mi saludo.
Pensé si aquella existencia de varones domados les resultaba tan querida como
para regresar a ella con gusto una vez libres, más luego me llegó la idea de que si
entre las amazonas las individuas de tropa mostraban tanta fogosidad como el
generalato, más envidiable que digna de lástima sería su posición.
—Mis exploradoras han descubierto una de las naves de tu pueblo en la ribera
del lago —siguió mi real interlocutora—. Si lo deseas podemos conducirte, junto
con los prisioneros, hasta ella. De lo contrario, con todo placer te tendremos como
huésped tanto tiempo como lo desees.
La primera frase me dio un alegrón, pues había verdaderamente temido la fuga
de los míos. En cuanto a la segunda, no dejó de producirme un cierto brote de
añoranza, al recordar lo hecho. Pero luego medité en las ventajas de la moderna
civilización, comida sofisticada, vino de marca, aire acondicionado, finos ropajes,
etcétera, las comparé con las vistas y supuestas en aquel poblado alegre pero
primitivo y me decidí por las primeras. Amén de no estar muy seguro de sobrevivir
a una serie de noches como la recordada.
Agradecí, por tanto, la oferta, pero me excusé de ella mencionando el sentido
del deber que me obligaba a regresar junto a mis compañeros de nave y batalla.
Aún quedaban en el universo, dije heroicamente, muchos megaros y muchas
víctimas que liberar de sus garras tal como lo habíamos hecho con los presentes.
Así pues, me despedí de todo el mundo y acepté a la muchacha guía que me
proporcionaron, además de una cuadrilla de varones, habitualmente cuidadores
de ganado, que me ayudarían a llevar la columna de megaros cautivos.
Me asombró la cuantía de éstos, ya que no había menos del centenar y pico, y
rendí silencioso homenaje al valor y habilidad de las jovencitas que habían
logrado tan magna cosecha, bien que auxiliadas por la oscuridad nocturna que
para ellas no lo era y por el estado de pánico y dispersión en que las presas se
hallaban. Pero me inquietó que gente tan maligna fuera junto a mí en tal número,
aunque muy sumisos y apáticos parecían, y por ello vigilé que fueran bien atados
de manos, y unidos cuello con cuello por una larga soga. Me hice además con un
par de desintegradores de manufactura caníbal poniéndolos uno en mano y otro
en cintura por lo que pudiera suceder. Tras de lo cual y de una última despedida,
púsose en marcha la comitiva.
Sin historia fue la travesía de aquel bosque que de tal forma me asustara la
primera vez, ya que ningún animal salvaje se atrevió a acercarse al ver tanto
gentío. Molesto si que fue el camino, pues tal es mi habilidad en la vida selvática
que apenas hubo espino en el que no entrara, raíz con la que no trompicara o
charco en el que no chapuzara. También tropezaron mucho, debido a ir atados,
los presos megaros, pero en tanto que a mí se me ayudaba, a ellos se les daba
de palos por su torpeza. Con mayor razón cuanto que entre sus pastores había
varios de los que habían sido a su vez pastoreados por ellos la vez anterior, y si la
venganza es placer de dioses, tampoco los mortales suelen hacerle ascos cuando
pueden ejercerla.
Habíamos enmochilado a los cautivos con carga de provisiones, y así pudimos
hacer alto para comer, siendo maravilla como la amazona hizo fuego con yesca y

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pedernal en pocos segundos. Comimos así caliente nosotros, mientras que


alguna tajada fría se dio a los caníbales, que no vacilaron en devorada. Lo que
nos convenció de que el comer carne humana no era por necesidad fisiológica,
sino por vicio o malignidad de su raza.
Temía yo que se nos hiciera de noche en la selva, pero resultó que en aquel
planeta los días eran más largos que aquellos a los que yo estaba acostumbrado,
y aún había luz cuando llegamos a la vista del lago y de mis compañeros.
¡Qué decir de la alegría de aquel encuentro! Previamente, apenas mi
compañera amazona me avisó de la inminencia del contacto, me puse en cabeza
de la formación y empecé a gritar el "¡No tiréis, que soy Luján!", repitiéndolo sin
cesar y sólo interrumpiendo la canción con algún taco al dar un tropezón. Ello era
por temor a que nos tomaran por enemigos, máxime si veían los nazarenos que
en la procesión traíamos. Pero me oyeron y salieron a mi encuentro con alegre
clamor, pues me tenían por muerto. En cuanto a mí, algo se me aguó la fiesta, y
fue por esperar ver una vez más la amistosa figura de mi gran amigo Héktor,
antes de recordar que había muerto. Pero reanimó mi gozo el oír un grito
conocido y ser luego arrollado por mi querida pecosilla, que se abrazó a mí
llorando y riendo a la vez.
Más tarde me enteré que probablemente a ella debía el haber esperado el
crucero en órbita y sus naves en el suelo tanto tiempo. Efectivamente, tras la
dispersión general que siguió a la batalla, la muerte de Héktor y mi propia
desaparición, quedaron los nuestros privados de jefes, diezmados y sumidos en la
confusión y el miedo. No menos de veinte hombres habían muerto, incluídos dos
técnicos y un astronauta, y el resto no tenían otra meta ni deseo que poner la
mayor cantidad de años luz entre sus personas y aquel mundo nefasto.
No me faltaban, por fortuna, amigos en tal trance. Fue la primera de ellos mi
brava artillera, señalando que mi cuerpo no había sido hallado, ni siquiera hecho
carbón por los desintegradores, y que bien pudiera estar vivo y necesitar de
ayuda. Afeó la cobardía de los que pretendían huir, les llamó mil cosas y ninguna
buena, y acabó amenazando con ponerse al cañón y causar un desaguisado.
Uniéronse a ella Barnabás Holly, fiel compañero de bebidas, los siempre leales
Tristán y Laurita y luego mis buenos astronautas, que juraron que nadie se iría de
allí sin mí, a menos que lo hicieran caminando por el espacio. Con lo que
finalmente se avergonzaron de su miedo y acordaron regresar al planeta para
buscarme. Apenas establecida la nueva base, tomaron contacto con un par de
bigardos de los que conmigo habían corrido por el bosque, si bien no tan lejos, y
ello les reafirmó en la idea de que yo pudiera estar vivo y extraviado.
Cayó en esto la noche, y mi pobre Susana pasó gran parte de ella en blanco,
pensando en las fatigas que yo debería estar sufriendo ¡por suerte no adivinó de
que género eran éstas! Con el amanecer siguió la espera, en tanto se recogían
aquí y allá los restos de los caídos, identificándolos por algún que otro detalle.
Acercáronse algunos al bosque y aún se internaron entre los primeros árboles,
llamándome a grandes voces, aunque sin atreverse a entrar más adentro por
miedo a quedar ellos mismos perdidos. Al fin a alguien ocurriósele la idea de que
pudieran haberme recogido los nativos y acordaron que, si pasaba el día sin que
yo apareciera, enviarían en el siguiente una navecilla al más próximo poblado
para preguntar por mí, aún a riesgo de ser recibidos a lanzazo limpio.
Pero tal recurso no fue necesario pues, como ya dije, aún no se había ocultado
el sol cuando sonaron voces en la selva y todos pudieron asombrarse al ver al
desaparecido Gabriel Luján hacerse visible, llevando consigo una larga columna

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de enemigos prisioneros. La alegría y el entusiasmo fueron los que se pueden


suponer.
Relaté mis aventuras al modo personal mío, que espero que el lector conocerá
ya. Conté cómo, estallado el tiroteo y caída tanta gente de uno y otro bando, me
lancé en persecución del enemigo que huía, dándole caza a través de la selva.
Narré luego de qué forma entré en contacto con los nativos y cómo con su ayuda
(aunque destaqué que mi papel fue siempre el principal) capturé por entero a la
fuerza megara, llevándola de vuelta, cautiva y mohina, a donde se le habría de
dar su merecido.
Boquiabiertos quedaron todos, teniéndome por superhombre o semidios, pues
yo sólo había logrado lo que a ellos tanto espantara. Quizá algún amigo más
próximo, como Holly, se extrañara de mis súbitos arrestos, pero los hechos
parecían confirmar mi historia. Allí estaban los prisioneros megaros y allí un
escaso puñado de salvajes humanos que por sí solos nada hubieran podido
hacer, sin duda, frente a la potencia del caníbal. Con lo que se reunieron mis
compañeros en torno a mí, y fuí elegido capitán en el mismo campo de batalla.
Quisieron algunos entablar relaciones con los indígenas, pero mi primera
disposición fue oponerme a ello. No me gustaban las dobles despedidas y
además no quería que Susana se enterara de algunos detalles de mis hazañas
bélicas junto a los nativos. Pero disfracé mi negativa aduciendo que la nave
megara capturada aún estaba en órbita y que quizá alguien de la raza caníbal la
echara en falta y viniera a buscada. Visto que, contados de menos los muertos, ya
nadie faltaba a diana, conveniente era buscar otros horizontes.
Más no quise partir sin haber honrado los restos del infortunado Héktor.
¡Pobres restos, pues el desintegrador megaro apenas había dejado una negra
figurilla retorcida y carbonizada! Estuvieron de acuerdo todos con celebrar las
exequias en el planeta mismo donde tuvo lugar la muerte y aún la amazona guía,
con dificultad pues no hablaba la lengua galáctica con la fluidez de su reina,
prometió que los suyos construirían un túmulo y un trofeo a la memoria del caído.
Entretanto cavamos un hondo foso y dimos tierra a las víctimas humanas del
combate, tanto del crucero como indígenas del planeta. Por su calidad de jefe y
dirigente, Héktor mereció tumba aparte, que rodeamos de piedras y sobre la que
erigimos un montón del mismo material, coronado por una peña en la que se
grabó a láser el nombre del difunto con una dedicatoria sencilla, en espera del
más cuidado monumento que las amazonas le dedicarían.
Tocóme luego hacer el elogio fúnebre de mi amigo, lo que realicé, no sin
emoción. Ante la tripulación formada, salvo quienes habían quedado de guardia
en la gran nave, glosé la vida aventurera y heroica del difunto, relatando cómo
nos había guiado en nuestra lucha por la libertad, cómo había sido flagelo de
esclavistas y malvados a través de medio universo y cómo nos había capitaneado
finalmente en ayuda de los infortunados cautivos de los megaros, logrando la
victoria a costa de su vida, que perdióprecisamente a causa de su intrepidez.
Lanzóse luego al cielo una salva de láseres y desintegradores en honor al héroe,
tras de lo cual todos entonamos un peán ante su tumba.
De tal manera fueron celebrados los funerales de Héktor, liberador de esclavos.

Capítulo XIV

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DE CÓMO CONTINUAMOS NUESTRO VIAJE POR EL ESPACIO, Y DE


CÓMO UN NUEVO CAMBIO DE ESCENARIO SIDERAL HUBO DE LLEVARNOS
AL FIN DE ESTA HISTORIA, QUE PUDIERA SER EL PRINCIPIO DE OTRA

Ni que decir tiene que, siendo yo ahora capitán del Invencible, fue mi primera
decisión el estimar que bastante guerra habíamos hecho y sobrado s riesgos
corrido y, aún más, que si cada nave de la flota humana y aliada realizara labor
como la nuestra, quebrantada hubiera quedado la amenaza caníbal. Dispuse por
ello que tanto nuestra nave como la cautivada emprendieran vuelo lejos de la
zona donde hubiera riesgo de batalla, dejando las glorias marciales para quienes
de ellas gustaran. Apoyáronme mis nuevos subordinados, a quienes el estropicio
sufrido había enfriado en mucho sus ardores guerreros.
Ocho astronautas quedaban con nosotros, de modo que les repartí cuatro en
cada nave, supliendo el corto número con el auxilio de los nuevos aprendices, que
muy adelantados ya estaban. Encerré a los prisioneros megaros en la nave
apresada, pese a la protesta de algunos que más bien querían darles pasaporte al
Tártaro, pero a quienes pude convencer de que podrían sernos útiles. Les puse
buena guardia y di el mando de la nave al buen Barnabás Holly, de quien por
amigo más o menos me fiaba. No obstante, para tener total seguridad, mantuve a
bordo del crucero el tesoro común, no me fuera el compadre a metamorfosearse
en Ginestar.
Algo complicado resultaba ahora el cálculo de la arremetida hiperespacial pues
ambos bajeles debían hacerla al unísono. Pero todo se logró, y por fin pude ver
cómo el sol de Tugal, testigo de tantas heroicidades, aventuras y desastres, se
borraba para dejar paso al remolineante gris del hiperespacio.
Mentira parecíame hallarme de nuevo en mi familiar apartamento, que en mi
periplo selvático temí no volver a ver. Palpaba yo incrédulo el blando lecho, los
suaves muebles, las lisas paredes y los amables artefactos que a la vida hacen
cómoda. Y, claro está, palpaba también a Susana.
Feliz y despreocupado fue nuestro viaje fuera del espacio corriente, aunque
nos espantaba algo ser tan pocos en un navío que en tiempos diera acomodo a
tantos. En efecto, descontando las bajas habidas en Tugal y los que habían
pasado a tripular la otra nave (La Megara, como la bautizamos), apenas dos
cuarentenas ocupaban ahora el crucero. Pero hubo también cierto refuerzo
humano pues, olvidé antes decirlo, tres de los indígenas que pastorearan el
rebaño megaro desde su poblado, sintieron de súbito la llamada de las estrellas,
juzgaron rudo el yugo amazónico, y se nos ofrecieron como acompañantes,
siendo aceptados. Los primeros días, como es natural, de todo se maravillaban,
para nuestra diversión, más no tardaron en hacerse a la vida naval y aún en
mostrarse más listos que tal cual ceporro de los nuestros que al principio les
tratara como salvajes.
Hicimos primera escala en Nadyón, un planeta de la Anfictionía poblado por
seres inteligentes a la manera de saltamontes. Temieron éstos lo peor al ver
llegar la negra nave de los megaros, mas luego les llamamos por radio y al saber
que los caníbales llegaban vencidos y aprisionados, su júbilo fue inenarrable.
Nos hicieron desfilar por las calles de su extraña capital, ensordeciéndonos con
el multitudinario canto de grillos que allí equivalía al aplauso. Sacamos también a
los megaros para que les diera el aire y para que la multitud les abrumara con su
insulto y abucheo. Recibidos luego por la Reina de las Langostas, le dimos cuenta
de nuestros éxitos, bien que grandemente multiplicados, le informamos de que la

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flota del Nuevo Imperio Terrestre estaba ya en acción y que la derrota de los
caníbales y cómplices era cuestión de días, y le solicitamos repuesto y viático
para nuestras valerosas y cansadas naves. Tan emocionada estaba la majestad
insectil con ver a sus enemigos derrotados que nos dio cuando le pedimos y aún
le faltó poco para besarnos.
El siguiente planeta visitado resultó ser humano, respondiendo al nombre de
Nueva Elysia. Advertimos en torno a él un inmenso navío espacial en órbita que
resultó ser una de aquellas legendarias ciudades cósmicas de los nómadas
humanos, aliados con los jenofontianos en la guerra. En el acto de vemos, dieron
zafarrancho de combate y nosotros lo mismo, pues no sabíamos bien con quien
nos las habíamos. Escondiéronse ellos tras la curva del planeta y desde allí nos
enviaron una docena de naves ligeras con ánimo de tiramos del bigote si nos
dejábamos. Menos mal que entablamos pronto contacto por radio con ellos y con
Nueva Elysia, quedando todos por amigos ante de que algo irreparable sucediera.
Para dar idea del entusiasmo con que este nuevo astro nos acogió baste decir
que hacía poco mas de un mes había recibido la visita del megaro, que allí se
portó como solía. Apenas sacamos los caníbales que llevábamos con nosotros
para el desfile triunfal, cuando una tempestad de neoelysianos cerró contra ellos y
hubimos de volverlos a entrar a toda prisa en la nave para que no nos
desgraciaran el carnaval del que tanto jugo pensábamos sacar en este y otros
planetas.
El presidente del planeta se mostró tan ansioso como sus súbditos de echar
mano a los prisioneros. No en vano los compañeros de armas de éstos habían
matado, zampado y destruído a placer, dejando al marcharse un mundo mucho
menos próspero y poblado que el que hallaron a su llegada. Aún llegó a decir que
quizá la misma nave que nosotros capturáramos era de las que en la fiesta
participaran, que tanto los caníbales como sus naves nos parecen a nosotros
totalmente iguales. No queriendo desengañarle, le obsequié con un par de
quizás, una docena de tal vez y una resma de puede ser que y le advertí luego
que aquellos caníbales eran prisioneros de Su Imperial Esplendor Antheor IV,
pero que por deficiencias en el equipo de aire de la nave capturada, bien nos
vendría encargarle de la custodia de una docena de ellos, para que les juzgase
por sus crímenes o hiciera con ellos lo que estimara conveniente. Cosa que le
dejó muy contento y agradecido.
Poco habían dejado entero los megaros en el planeta, y muy pobres habían
quedado sus habitantes, aún socorridos tras el desastre por la ciudad espacial de
los nómadas. Sin embargo aún pudieron obsequiamos con numerosos barriles de
un vino rojo que allí se daba y que muy bueno era. Con lo que los megaros nos
proporcionaron, aunque indirectamente, algún beneficio compensatorio de los
daños que nos hicieran antes. Elegimos doce entre ellos y les abandonamos a su
suerte, que pienso no habría de ser demasiado buena.
Antes de dejar el sistema me hice invitar junto con Holly y algún otro a la mesa
de los nómadas. Llamábase su ciudad voladora London, me dijeron que en
memoria de cierta antigua villa terrestre, y el comandante, alcalde o tecnor que la
mandaba se nos presentó con el nombre de Berthill.
No pareció este personaje muy amistoso, pese a tener ambos el mismo
enemigo, y aún me dio a entender su desconfianza por el renacimiento del
Imperio, indicando que sus ascendientes habían huído del antiguo estado imperial
en tiempos de Kilos III, por considerarse hombres libres, y no estaban dispuestos
a ser reenganchados a ninguna renacida corona terrestre. Pero yo le tranquilicé

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diciéndole que el nuevo Imperio difería en mucho del antiguo, que la esclavitud
había sido abolida, la libertad ensalzada y además de ningún modo se pensaba
anexionar a quien no lo deseara. Con lo que la atmósfera se hizo más amistosa.
Preguntéle por la marcha de la guerra y me dijo que no iban demasiado mal las
cosas, pero tampoco excesivamente bien. Derrotóse al megaro y a sus aliados
(entendí yo que más odiados éstos que aquél por los nómadas) en varios
combates, y se sufrieron también algunos reveses. Pero lo más desesperante era
que el enemigo golpeaba aquí y allá, atacando éste o el otro planeta y
desapareciendo siempre antes de que los refuerzos llegaran. Además, al notar la
nueva resistencia que se le oponía, aquella raza malvada optaba muchas veces
por, de ser civilizado el planeta al que llegaban, aplastado con una lluvia de
bombas nucleares en vez de desembarcar en él, con el sólo fin de sembrar el
terror y hacer daño por el gusto de hacerlo.
Como por otra parte habíase comprobado que las grandes ciudades nómadas
eran muy vulnerables en la batalla, y no querer sus tripulantes arriesgarlas en
demasía, ya que en ellas habitaban también sus familiares, incluso mujeres y
niños, propuso el almirante Rappel una nueva táctica. Dispuso que las ciudades
quedaran en órbita en torno a los planetas más expuestos para colaborar con su
no pequeña potencia de fuego en la defensa de los mismos, de asomar la oreja el
caníbal. Al mismo tiempo nada de más estaría en que alguna nave auxiliar
nómada, dotada de dispositivo hiperespacial, partiera en caso de necesidad para
avisar a cualquier flota amiga, entreteniéndose al adversario hasta que aquella
llegara.
En efecto la táctica dio buen resultado, y cada vez era más las naves y aún las
escuadrillas megaras que dejaban de regresar en sus incursiones a planetas que
les parecían presa fácil. Pero de todas formas los jenofontianos y sus aliados, así
como los de la Hegemonía, debían mantener sus flotas dispersas para defender
los planetas propios, en tanto que el enemigo podía concentrar su armada para
golpear donde quisiera, y en alguna rara ocasión lo había hecho con resultados
devastadores.
Procuré tranquilizar a los nómadas, asegurando que con la llegada de la Gran
Flota Imperial mandada por Carruthers, cambiaría la situación y la victoria se
conseguiría con facilidad. Añadí que con toda seguridad habríase puesto ya en
contacto con Rappel el dicho almirante imperial para elaborar un plan guerrero
común.
No pedimos impuesto de guerra alguno a los nómadas, ya que de seguro no
nos lo habrían dado. Pero sí, a su petición, les entregamos un par de prisioneros
megaros, de los que dijeron quizá podrían extraer algún informe valioso, y nos
correspondieron con mapas estelares e hiperespaciales, que su raza los tenía
mejores que ninguna otra. Tras de lo cual nos despedimos y abandonamos el
sistema en nuestras dos naves.
No cansaré al lector con la relación de planetas que luego visitamos,
cambiando con todos promesas y esperanzas por bienes más materiales, y
alejándonos siempre de la zona de combate con tal acierto que jamás volvimos a
oler megaro. Diré tan sólo que en todos se nos acogió bien, y que en la mayoría
de ellos salimos más ricos de lo que habíamos llegado.
Fue la excepción un pobre mundo habitado por unos seres parecidos a
gusanos y que había recibido algún tiempo antes la visita del caníbal, quedando
en lastimoso estado pues, no muy poblado antes, en cuadro se veía ahora. Para
que conste que ni malvados ni egoístas éramos, socorrimos aquella gente en lo

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que pudimos, dejando allí incluso algunas de las máquinas productoras de


alimentos para que aquellas infelices orugas las adaptaran a su habitual dieta y
no perecieran de hambre, pues con todo arrasó el megaro. Y así, satisfecha
nuestra conciencia, partimos en busca de otro planeta que, por rico, nos diera lo
que nosotros, por pobre, otorgáramos al de los gusanos. Nos sentíamos así
semejantes a aquel terrestre legendario, creo que Atila de nombre, que despojaba
a los pudientes para socorrer a los desheredados.
Mencionaré también un mundo humano en el que además de tributo sacamos
personal. En efecto, sabiendo que aquella tierra disponía de una pequeña flota
estelar, seleccionamos media docena de astronautas que nos parecieron de
natural aventurero y simpático y, tras invitarles a comer a nuestro bordo, nos
presentamos a ellos como quienes éramos, invitándoles a que se nos unieran.
Aceptaron ellos con entusiasmo y aun trajeron algún familiar consigo, de modo
que el trabajo de astronauta en nuestras dos naves se hizo menos penoso al
haber más gente para repartido.
Fueron jornadas de gozo para todos, ya que si impuesto cobrábamos, también
hacíamos gasto y, aún más diría, derroche, con lo que llenábamos de alegría a
unos al compás que fastidiábamos a otros. Se comía, se bebía y se invitaba a
diestro y siniestro, repartiendo alegría por doquier. En cuanto a los ejercicios
gratos a la Ciprina, confesaré que más los realizaban mis compañeros que yo
mismo, pues mi pecosilla me resultó un tanto celosa, y ni a sol ni a sombra me
dejaba. Mas de todas formas ¿cómo reprochárselo, sabiendo de que forma se
había puesto frente a la tripulación desmandada para salvarme del exilio
tugaliano? Dediquéme pues a ella, que lo merecía y me limité a aprovechar las
raras ocasiones que a hurtadillas pude hallar en otras direcciones, y que muchas
no fueron.
Con gusto hubiéramos seguido tranquilos y contentos con aquella vida tan
plena de placer como huérfana de riesgo y aventura, pero es sabido que, fuera de
la vida de los dioses, todo tiene un fin. Y el tal llegó para nosotros en cierto
planeta, uno más de nuestro periplo, que muy opulento era, y llevaba el nombre
de Phandamor.
Sorprendiónos una gran fiesta al aterrizar, y comprobamos no sin sobresalto,
que muchos cautivos megaros eran descargados de otras naves que no eran la
nuestra. No tardó en llegamos el alegre clamor que saludaba una gran victoria
sobre el enemigo. Aún más, prácticamente el fin de la guerra.
Me haré por un momento historiador para dar cuenta de lo que en el frente
había ocurrido mientras nosotros vagabundeábamos alegres de astro en astro,
anunciando el advenimiento de una flota imperial que nunca llegaba.
Sucedió que un par de negras naves megaras cayó sobre un sistema solar en
el que, sin ellas saberlo, orbitaba una ciudad voladora nómada semejante a la que
conocimos en Nueva Elysia. Como es historia, diré su nombre, que era el de
Frank, y Biron el planeta donde el hecho se desarrolló. Recibieron los intrusos una
inesperada granizada de torpedos y rayos, y mientras uno estallaba, apresuróse
el otro a buscar cobijo en el hiperespacio.
Pero, sin que hasta el momento nadie lo supiera, dábase el caso de que
aquella ciudad volante disponía de un artefacto de invención imperial que no
puedo decir cómo llegara a sus manos, y que era capaz de rastrear el salto
hiperespacial de una nave adversaria. Se le ocurrió al comandante nómada enviar
una navecilla auxiliar tras la fugitiva y ¡oh suerte las batallas! fue ésta sorprendida
al hallarse sobre lo que no podía ser sino el mundo natal de los megaros o al

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menos una de sus principales bases planetarias, hasta el momento nunca


halladas. Excusado es decir que la tal navecilla se apresuró a volver a su punto
de partida, tras anotar bien las coordenadas de su hallazgo.
Puedo imaginar fácilmente las tribulaciones y dudas del comandante del Frank
ante la noticia. Por una parte aquel dispositivo imperial debía mantenerse en
secreto, pero por otra la ocasión era demasiado estupenda para desperdiciada.
Mandó pues a sus naves auxiliares en demanda de refuerzos y una de ellas vino
a dar en una poderosa flota de la Anfictionía No-Humana, que cruzaba por aquella
zona del espacio. No estaban aliados propiamente los anfictiones con Jenofonte
ni con los nómadas, pero común era el enemigo y, repito, fabulosa la ocasión.
Uniéronse todos y, con la Frank por delante saltaron al hiperespacio, yendo a caer
sobre los desprevenidos megaros. Antes de darles tiempo de encomendarse a
sus dioses, si es que los tenían, enfilaron el planeta y realizaron en él lo que sus
habitantes tantas veces habían hecho en los mundos que atacaran. Ciudades,
astilleros, arsenales, naves en tierra o en vuelo, todo se fue al radamante, y no
seré yo quien llore por ello.
Siguiendo con el relato, tal como me fue dado a conocer, diré que los megaros
enloquecieron sin duda al ver el estropicio de su mundo patrio, y la guerra cambió
en aquel mismo instante de método. Conociendo a los anfictiones como
causantes de la ruina, reunió el caníbal todas sus fuerzas y también las de sus
aliados e hizo lo que antes nunca osara, atacar el propio planeta sede de la
Anfictionía que como tal estaba muy bien defendido. Fenomenal debió ser el
bollo, pero finalmente hubo de prevalecer la gran flota enemiga, siendo asolado el
planeta Theramón y arrasado hasta los cimientos el templo de Apolo Polimorfo.
Pero la defensa fue empeñada y larga la batalla antes de que el megaro lograra
su venganza. Tanto que hubo lugar a que todos los aliados en su contra se dieran
cuenta de lo que ocurría. Conocida la cuantía del juego, en esta ocasión se
echaron por la borda resquemores y enemistades, y concentráronse las flotas de
Jenofonte junto a las de la Anfictionía, las ciudades volantes de los nómadas, con
sus impagables detectores, y aún otras armadas de menor cuantía. En poderosa
liga acudieron al devastado Theramón, llegando sin embargo demasiado tarde
para evitar el daño. El almirante, o lo que fuera de los megaros tenía ya sus
buques en el espacio profundo y se apresuró a hacerlos saltar hacia su siguiente
objetivo, pensando dejar a sus enemigos con tres palmos de narices.
¡Pero el caníbal no contaba con los detectores de los nómadas! Cuando sus
flotas surgieron en las proximidades del sistema Dourán, habitado por hombres-
lagarto, y uno de los principales de la Anfictionía, no podía suponer que la flota
adversaria sabía perfectamente dónde estaba.
Allí mostró Rappel, ahora en cabeza de las nutridas flotas aliadas, que a cada
hora engrosaban con nuevas formaciones, su verdadero genio de estratega naval.
Reloj en mano aguardó el momento propicio, haciendo oídos de mercader a las
súplicas de los hombres-lagarto que en su armada había, y cuando le pareció
llegado el momento, saltó e hizo saltar a la flota. Pilló al enemigo ya internado en
el sistema, en zonas donde la proximidad de la estrella les impedía escapar por el
hiperespacio. Y de tal forma, en una gigantesca batalla como nunca se vió, los
megaros y sus monstruosos aliados fueron finalmente aniquilados. Las escasas
naves y ciudades volantes que lograron abrirse paso hasta el espacio profundo y
saltar a otros lugares de la galaxia fueron rastreadas y seguidas implacablemente
por los nómadas y sus naves de escolta, hasta su total destrucción.

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Que me perdone el lector esta larga disquisición bélica, pero la he debido hacer
completa para darle idea de las noticias con que nos encontramos en Phandamor.
Y si mi ignorancia en temas de estrategia espacial le ha hecho confuso el relato,
vuelva atrás y empiece a leerlo de nuevo... O búsquese un mejor cronista que le
explique lo sucedido de manera más clara de lo que yo pudiera hacerla.
Volviendo al hilo de mi personal relato, diré que en un principio nos vimos
contagiados por la alegría y el bullicio, y más aún al pensar que los megaros no
volverían a atacar planetas indefensos y a refocilarse con las carnes de sus
pobladores. Desfilaban por las calles de la capital phandamórica nutridas recuas
de megaros cautivos, pues muchas de sus naves se habían entregado en los
últimos momentos de la batalla. Y también pude ver por primera vez, igualmente
prisioneros, a aquellos otros seres malignos que hicieran alianza con los
antropófagos, gente de malísima facha, erizados de espinas, que me parecieron
todavía más horribles que los megaros quizá por conocerles menos. Muchas
naves de la flota humana victoriosa habían arribado a Phandamor, por ser cruce
de los caminos hiperespaciales, y aún se anunciaba como rumor la próxima
llegada del gran Rappel, supremo vencedor de la contienda, con el grueso de sus
huestes. En cuanto a los anfictiones, se decía que habían decidido que el templo
de Apolo Polimorfo en Theramón fuera reconstruido íntegramente con materiales
traídos del planeta natal megaro y con mano de obra esclava enemiga, y a ello se
afanaban en la actualidad.
Con la confusión reinante en Phandamor, naves llegando y saliendo casi sin
control, las oficinas gubernamentales cerradas por la fiesta y todo el mundo en las
calles dándole al goce y al jolgorio, retrasamos nuestra presentación al gobierno
local, y por una vez al olvido fue por suerte nuestra. Pues sucedió que llegó, entre
tantas, una navecilla jenofontiana con el mensaje de Rappel confirmando su
próxima llegada.
Daba cuenta el gran almirante de los últimos detalles sobre los combates, de
cómo las postreras naves megaras eran rastreadas y seguidas, y de grandes
cifras de bajas enemigas y de botín cobrado. Nada alarmante para nosotros, de
no haber terminado con una apostilla que a muchos pasó inadvertida:
"Así pues la victoria es total y definitiva, con lo que este sector de la Galaxia
conocerá al fin la paz. Tan sólo resta terminar con los últimos navíos enemigos,
fugitivos y desesperados, y también con todo aquel pirata que, al amparo de la
guerra, haya intentado obtener provecho saqueando astros indefensos o
pretendiendo cobrar impuestos ilegales de protección".
Aquel pretendiendo cobrar impuestos ilegales de protección se me quedó
ciertamente clavado en el alma, ya que sospeché en el acto que alguien había
dado cuenta al almirante de nuestras idas y venidas, además de preguntarle quizá
por una fantástica armada imperial terrestre. Apurada era la situación, pues
Rappel podía aparecer de un momento a otro, y aunque fuerte era nuestra nave
no podía pensar en oponerse a la flota que había descalabrado al megaro. De no
damos prisa bien pudiéramos acabar ahorcados como piratas y malandrines tras
haber corrido tantas aventuras y sobrevivido a tantos desastres.
Mandé, pues, tocar llamada y bota silla, enviando patrullas para recolectar a
aquellos de los nuestros que se habían desperdigado por la ciudad en fiesta. No
fue fácil la tarea, pero finalmente conseguí tenerlos en casa a todos, siendo por
cierto de los últimos en aparecer aquellos tres indígenas de Tugal que pronto
habían aprendido a asimilar los aspectos más agradables de la civilización, y a

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quienes hubo que arrancar poco menos que a la fuerza de entre los brazos de sus
enamoradas de pago.
En los últimos momentos aún tuvo tiempo el avispado Holly para vender a buen
precio La Megara y deshacerse de los caníbales cautivos, estos con menos
ganancia pues dada la afluencia de material su valor había disminuído en mucho.
Por intuición que yo aprobé reservó una media docena de megaros y a otros les
cambió por un número igual de sus aliados, con lo que tuvimos completo el zoo.
Acomodamos a los prisioneros y a nosotros mismos en el crucero, que pronto
quedó en disposición de surcar de nuevo los espacios.
Por fortuna para nosotros seguía siendo constante el flujo de naves que
llegaban y reflujo de las que partían, ya que muchas flotillas independientes que
habían participado en la guerra tomaron Phandamor como mercado de su botín y
descanso de las tripulaciones. Así pues las formalidades portuarias se redujeron
al mínimo y apenas si se respondió desde la torre de control con un pues suerte a
nuestro nos vamos. Sonaron los timbres de alerta y la gran trompa de ascensión,
y poco tardamos en hallamos en el espacio.
Primeramente hubimos de calcular y efectuar un salto para salir de aquellos
peligrosos andurriales. Lo hicimos, y fuimos a parar a una zona anónima de
espacio oscuro, lejos de cualquier solo planeta, donde de momento nos sentimos
seguros.
Pero quedaba todavía en pie el principal problema; dónde nos trasladaríamos
definitivamente, pues aquel sector espacial nos había dado todo lo que podíamos
extraerle, y de pretender seguir el ordeño tal vez nos ganáramos una buena coz.
Estudiaron y discutieron nuestros astronautas mientras repasaban los mapas
galácticos que la ciudad volante London nos proporcionara. Había que dar un
salto, y esta vez grande, lo que hacía arduos los cálculos y cuidadosos los
preparativos. Llegaron por fin a un acuerdo y como a capitán que era, me
propusieron un largo salto hiperespacial precalculado por los nómadas y cuya
puerta de inicio se encontraba no lejos de donde nos hallábamos. En cuanto al
destino, no muy claro estaba, pero de lo que sí se tenía seguridad era de que
correspondía al antiguo territorio imperial. Me alegró ello, pues habría probabilidad
de planetas humanos, siempre más agradables para nosotros que los habitados
por otra clase de razas, y no digo esto por ofenderlas. Incluso llegué a abrigar la
secreta esperanza de que el ciego azar nos condujera a la vista de mi nativo
Garal.
Saltamos brevemente hasta las proximidades de aquella inmaterial e invisible
puerta, ventana o bocamina que habría de alejamos definitivamente del sector.
Nos deslizamos hacia ella, sombra entre sombras, y con la artillería dispuesta, ya
que temíamos que en el último instante no surgiera megaro, gendarme o
carabinero dispuesto a aguamos el viaje.
Pero nada de ello sucedió y finalmente nuestro bravo Invencible enfiló el túnel
debido, y los astronautas dispusieron su artificio ante las miradas legas de
quienes no lo éramos, prestos a dar el definitivo empujón, y mi tierno corazón
hubo de enviar a mis ojos alguna lagrimilla al considerar que nos alejábamos de
un conglomerado de mundos que nos había proporcionado tanto penas como
alegrías, y que allí habíamos perdido muchos compañeros y amigos, en especial
Héktor. Iniciábase ahora un nuevo período de nuestras vidas, aunque entonces
no sabía hasta qué punto.
Mas pronto todo estuvo hecho, pues apretóse el botón y el escenario de
nuestras últimas hazañas se disolvió en el gris hiperespacio.

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De nuevo debo hacer gracia al lector de las incidencias del viaje, que aunque
largo no fue interesante, y menos comparado con lo que a su término nos hubo de
suceder. Apenas nos ocupamos de otra cosa que hacer cuenta de nuestras
posesiones y riquezas, y planes sobre nuestra futura actividad. Fuera de ello sólo
comer, beber, dormir y rendir culto a la Citerea.
Así, cuando el gris huyó de nuestras pantallas y el crucero surgió al espacio
normal, quién más y quién menos esperaba que las aventuras se reanudaran y
que se harían nuevos conocimientos, mejor de amigos que de adversarios.
Rodeábannos multitud de estrellas desconocidas y ninguna idea teníamos del
trozo de galaxia que con nuestra presencia honrábamos.
Cerca de nosotros ardía un hermoso sol dorado con promesa de familia
planetaria, por lo que decidimos acercarnos a él en busca de noticias sobre
aquellos nuevos campos espaciales y las gentes que los habitaban. Hiciéronse
los cálculos pertinentes y nos lanzamos en fácil mini-salto justo al mismo zaguán
de aquel cósmico apartamento.
¡Horror y susto! Apenas surgidas de nuevo las estrellas en nuestros órganos de
visión, ocurrió lo que en cada reingreso espacial habíamos temido. Campanearon,
chillaron y alborotaron los detectores, y al instante el crucero se sacudió
violentamente al ser agarrado por unos poderosos rayos tractores. De la
oscuridad de la noche estelar había surgido de pronto algo que nos atacaba.
Excusado es decir el pandemonium que a nuestro bordo se organizó. Gritóse
en todos los tonos, se tocó zafarrancho quizá demasiado tardíamente y corrieron
a los cañones quienes hubieran debido estar en ellos pero se habían acercado al
puente de mando para ver de cerca nuestro destino. Un destino que podría ser
muy negro.
No se mantuvieron quietos los astronautas, sino que fueron precisamente
quienes más rápidamente reaccionaron. Tendieron en un instante las barreras
defensivas, largaron los propulsores intentando zafarse y dieron también marcha
a los detectores y visores, a fin de ver a quien tan sin razón nos ofendía.
No tardó en surgir en la pantalla principal la imagen de un monstruoso navío
espacial, evidentemente de guerra. Antes de que los astronautas me lo dijeran,
que luego lo hicieron, adiviné que en esta ocasión habíamos dado con la horma
de nuestro zapato y que aquel animal era tan poderoso o más que el Invencible,
pudiendo incluso hacer vano dicho nombre a poco que nos descuidáramos.
Me apresuré a ordenar que, aunque los cañones quedaran apuntados, no se
abriera fuego todavía, pues el enemigo no había utilizado otra cosa que tractores
y quizá aún se evitara la batalla. Eso sí, a manera de retribución, disparamos
nosotros desde el puente nuestros propios tractores, enlazando al otro navío tan
estrechamente como él hacía con nosotros. De tal forma, abrazados como
enamorados en un baile, quedamos ambos en espera de lo que el Destino
decidiera.
—¡Capitán! —llamó un astronauta— ¡Capitán!
Tan nervioso me hallaba que pasó algún tiempo antes de darme cuenta de que
se dirigía a mí.
—¿Qué pasa? —respondí al fin.
—Nos están llamando.
Efectivamente, en el aparato de comunicación exterior llameaba una lucecita.
Conecté el artilugio yo mismo, aunque sin enviar nuestra imagen, bien que
recibiendo la suya.

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El interpelante era un mozarrón de clara estirpe humana, enfundado en un


uniforme negro como la noche. Militar sin lugar a duda, así como la nave en que
iba.
—Navío de exploración Hermes llamando a nave desconocida —salmodió el
tal, con el clásico lenguaje del uniformado— Identifíquese, por favor.
Tragué saliva, aseguré la voz y respondí.
—Somos el crucero de combate imperial Invencible.
¿Quieres decirme por qué nos habéis atacado?
El del uniforme negro dio un respingo.
—¿Crucero de combate imperial? —gruñó.
—Del Nuevo Imperio. Habla el comandante Luján.
¿Quiénes sois vosotros?
El otro miró a un lado, luego a otro y finalmente habló con voz no tan firme
como antes.
—Esperen un instante, por favor —y apagó la pantalla.
Hubo una pausa, en la que los ocupantes del puente nos miramos mudamente
unos a otros. Pero antes de tener tiempo para impacientamos, la pantalla se
iluminó otra vez y allí estaba de nuevo el hombre de negro.
—La comandante Cooper2 envía sus saludos al comandante Luján, y le
propone celebrar una conferencia a bordo de uno de nuestros navíos.
Vacilé por unos instantes. No me hacía gracia, desde luego, pasar a un buque
extranjero donde cualquier cosa podía ocurrirme, pero peor era dejar entrar a
gente extraña dentro de nuestro navío para que vieran las condiciones en que
estaba. Mejor que siguieran creyendo que se trataba de un verdadero crucero
perteneciente a una gran potencia. Además aquellos individuos se habían portado
educadamente y bien pudieran establecerse relaciones de amistad.
—Mis oficiales y yo nos acogemos a la hospitalidad del Hermes y del
comandante Cooper —dije al fin—. Llegaremos en una falúa dentro de una hora.
El hombre de negro hizo un raro saludo y cortó la comunicación sin más, lo que
no me pareció de mucha cortesía. Pero por lo menos, suspiré para mi coleto, se
trataba de seres humanos y, por el nombre de la nave, incluso parecían creyentes
de la Vieja Religión Imperial.
La comandante Cooper resultó, para mi sorpresa, ser una chavala rubia lo
bastante bien hecha para ponerme aún más nervioso de lo que ya de antemano
estaba. Su tétrico uniforme negro y el de los demás oficiales de su nave
contrastaba con los multicolores en los que nos habíamos enfundado nosotros,
elegidos entre los más vistosos que el viejo Imperio dejara a bordo del Invencible.
—Han mencionado —la comandante Cooper empleaba el arcaico usted— un
nuevo Imperio renacido. ¿Quieren explicarse mejor? ¿De qué sector del espacio
proceden?
Me engallé, sintiéndome fuerte y poderoso dentro de aquel uniforme
impresionante y espeté lo que llevaba preparado.
—Mi nave pertenece a las escuadras del Nuevo Imperio de Tierra de Sol,
renacido tras la caída. Estamos explorando las estrellas que pertenecieron al
antiguo Imperio. ¿En dónde nos encontramos exactamente? —y remedé el tono
de mi bella interlocutora— ¿Cómo se llama su planeta?

2
Nuevo guiño de Cidoncha a otra de las grandes sagas de la ciencia-ficción española. Aquí enlaza su historia
con la del Orden Estelar del gran A. Thorkent (Ángel Torres Quesada) haciendo aparecer a su más querido
personaje, Alice Cooper y a su compañero (aun sin nombrarlo) Adam Villagrán. (Nota del digitalizador).

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Vi que ella reprimía un gesto de asombro, y luego sonreía con una ironía que
me pareció amenazadora.
—Me temo que aquí debe haber un error —dijo—. Están ustedes en Tierra de
Sol ahora. Ese astro que brilla allá fuera es precisamente el viejo Sol, nuestra
nave pertenece al Orden Imperial y acabamos de despegar de Tierra misma.
¡Catapún! Aquello sí que estuvo a punto de dejarme ciego, sordo, mudo y
tonto, y de tirarme de espaldas. ¡Tierra de Sol! ¡La vieja Tierra, que como cabeza
del Imperio dominara un día el universo conocido! De todos los astros que jalonan
la Galaxia, habíamos tenido que dar precisamente en Sol.
Pero pronto se me pasó la sorpresa y llegó el susto de que aquella superchería
no terminara a cañonazo limpio. En tal trance vino en mi ayuda la natural viveza
de que siempre hice gala y así, levantándome de golpe y poniendo en el rostro el
mayor entusiasmo que pude, grité fuertemente:
—¡Tierra de Sol! ¡Por fin nuestra peregrinación llega a su término! ¡Llegué a
pensar que no viviría para ver este momento!
Y mientras el resto de la concurrencia, tanto la invencible como la hermética,
me contemplaba con diversas expresiones de asombro, clamé de nuevo:
—¡Dejadme besar la sagrada tierra del Planeta Madre, de la cabeza del
Imperio!
Tras de lo cual, ni perezoso ni corto, avancé un par de pasos y, a falta de suelo
terráqueo, abracé a la rubia comandante Cooper y le planté un par de besos en
las mejillas. Suave y perfumada era su piel, y su corta melenilla rubia me acarició
la frente, de manera que, ya puesto en facha, uní devoción con obligación y le
estampé el tercer beso de lleno en la boca.
Demasiado fervor terrícola fue sin duda aquél, y en el acto noté en la espalda
una doble puñalada no por inmaterial menos detectable. Me aparté, mirando al
sesgo, y pude ver que una de las miradas asesinas que me perforaban procedía
del oficial del Hermes más cercano, que colegí por ello unido a la comandante por
otras ligas que las disciplinarias. Desde luego la otra estocada visual procedía de
mi adorada Susana, magnificiente en su uniforme de Gran Condestable Imperial
de Artillería, que ahora me ensartaba con mirada propia de Gorgona, cual si en
piedra quisiera volverme.
Sentéme por tanto, fingiendo una emoción aún mayor que la que sentía, y
expliqué que en los últimos tiempos habíamos intentado reconstruir el noble
Imperio Galáctico, siempre bajo el signo de aquella Tierra de Sol que hasta
entonces habíamos tenido por planeta perdido y Santo Grial de nuestras
búsquedas y exploraciones. Relaté de qué manera nuestros esfuerzos, ya casi
victoriosos, habían sido frustrados por una invasión de razas malignas y
caníbales, lo que nos hizo participar en grandes batallas, obteniendo victorias sin
cuento y haciendo multitud de prisioneros, una muestra de los cuales
conservábamos aún a bordo. Y como nuestro alevín de Imperio había
desaparecido en el curso de la guerra, y debimos cambiar de sector galáctico
para iniciar de nuevo nuestra irrenunciable tarea.
—Y ahora nos llega el premio a nuestras faenas —terminé al saber que Tierra
de Sol ha renacido, y que hay un Orden Imperial decidido a restaurar las
anteriores glorias del Trono Galáctico, a cuyo servicio nos ponemos a partir de
este instante.

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Asintieron con la cabeza los del Hermes3, pienso que anodadados e incapaces
de responder a mi discurso. Por lo que decidí pasar a los ruegos y preguntas,
procurando enterarme de lo más posible sobre el renacido poder terrestre.
—¡Pero contadme cómo es ahora el Planeta Madre, y de qué forma se rehace
el Imperio! —rogué— ¿Cuál es el nombre del nuevo emperador?
Pregunté esto último pensando que si acaso respondían que Antheor IV, caería
de rodillas y me daría de calabazadas contra la pared más cercana. Pero la rubia
comandante sonrió y dijo:
—En Tierra ya no hay emperador. El Orden propugna un estado democrático
de hombres libres.
—¿Luego no existe la esclavitud? —quise saber.
—La abolición de la esclavitud fue una de las primeras medidas tomadas por el
Orden.
Aquello sí que me alegró sinceramente, y repliqué sin mentir que aquella
medida había constituído igualmente uno de nuestros objetivos, y que más de uno
entre los nuestros había roto las cadenas de la servidumbre por sí mismo o
ayudado por sus camaradas, por lo que Tierra de Sol, además de símbolo y
leyenda pasaba a ser ahora tierra de promisión para nosotros y también para todo
habitante de la Galaxia que amase la libertad.
Con lo que quedamos amigos, y se disolvió la amenaza de un combate sideral
que hubiera sido desastroso para todos. Les invité incluso a visitar el Invencible,
pasando a éste en nuestra propia navecilla la rubia comandante Cooper junto con
el oficialito celoso4 y algunos otros de diversas categorías.
Les tocó ahora a ellos asombrarse ante aquella resucitada reliquia del viejo
Imperio que para ellos era casi tan mítico en realidad como para nosotros, y
advertir la potencia del crucero, igual e incluso superior, según confesaron, a la de
su propia nave. Visitaron también a nuestros melancólicos prisioneros, de los que
dijeron que, si bien por viejas obras conocían a los megaros, desconocidos les
eran totalmente los otros, y creían que también para los imperiales.
Nos enteramos entretanto por ellos de las vicisitudes pasadas por el Planeta
Madre tras la disolución del Imperio, cómo quedó la antes fastuosa Tierra sumida
en la miseria, separada de los otros planetas de la Galaxia y aún del propio
sistema de Sol, y sometida a una férrea dictadura militar que todo prometía y
nada arreglaba. De como una revolución había finalmente dado al traste con los
jerarcas y creado un gobierno nuevo, según mis interlocutores democrático y
popular, que inició la reconstrucción del planeta y la integración bajo su férula del
Sistema Solar. De la forma en que otros planetas fuéronse uniendo luego, hasta
que el antiguo sector imperial de Vega-Lira quedó de nuevo bajo la benévola
férula de Tierra, y del nacimiento del Orden Imperial, encargado de lograr siempre
por la convicción y nunca por la fuerza que la Galaxia conocida volviese a estar
unida en paz y prosperidad.
Curioso, pregunté a la comandante Cooper por qué se había elegido el nombre
de Orden Imperial para una organización que parecía democrática y republicana.
Respondióme que aquello venía motivado por la inercia conservadora y también
por el prestigio que el mito imperial tenía entre los mundos dispersos que se
deseaba atraer al redil. Pero me dijo que muchos terrestres, incluyéndose ella

3
Junto a la Silente la más famosa UNEX (Unidad Exploradora) del Orden Estelar al mando de Alice Cooper,
dedicadas principalmete a la búsqueda de Mundos Olvidados. (Nota del digitalizador)
4
Sin duda su compañero tanto de aventuras como sentimental Adam Villagrán. (Nota del digitalizador)

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Memorias De Un Merodeador Estelar Carlos Sáiz Cidoncha

misma, desearían mutar tal denominación por la de Orden Estelar, políticamente


menos comprometida.
Cambiamos de tal manera impresiones e historias, y cuando la visita terminó ya
disponíamos del permiso necesario para aterrizar (nunca mejor empleada la
palabra) en el viejo planeta que fuera origen de la expansión estelar humana.
Menos amistoso hubo de ser aquella noche el habitual encuentro con mi
pecosilla, que me reprochaba el exceso de amor filial a Tierra y a sus
representantes del sexo femenino. No poca saliva y otros fluídos debí gastar en la
ocasión para demostrarle, y ello verdad era, que la seguía queriendo. Pero eso,
como Churchill dijera, es ya otra historia.

Escribo estas últimas palabras sobre la superficie de la gloriosa Tierra de Sol,


cuna de la humanidad, madre de mundos, culminación de majestad, protectora
del débil y martillo del malvado, y aún no acabo de acostumbrarme a su múltiple
maravilla que la hizo un día centro del universo y que tal volverá a ser sin duda en
el futuro.
Con retrospectivo terror pienso en algunas leyendas de la Galaxia que dieron a
Tierra por carbonizada y destruída por las guerras que acabaron con el Imperio.
¡No es así! Hermosas ciudades de cristal se alzan de su superficie al asalto de
unos cielos tan azules como jamás en otro lugar se vio, y la verde pureza de sus
campos trae sin cesar a mi memoria las inmortales rimas atribuídas a Homero, el
ciego poeta de la antigua Hélade:

"Oro por un último aterrizaje en el mundo que me vió nacer, dejadme ver de
nuevo los cielos de lana y las frescas y verdes colinas de la Tierra"

…pues aquí la campiña no es fétida selva, sino jardín perfumado, y las nubes
que el viento arrastra parecen ser de vellón. Pienso que la Tierra se hizo para el
humano, y él para ella, y que todo ser de nuestra estirpe debiera visitada al
menos una vez en la vida.
Y en lo que se refiere a mí mismo ¿cuál ha de ser desde ahora mi vida? Por
una parte desearía, claro está, establecerme pacíficamente en este mundo
agradable, que además próspero es, y donde las riquezas que aquí trajimos
pueden ser disfrutadas y acrecentadas. Fundar una familia con mi querida
pecosilla y dejar las pasadas aventuras para contar a mis hijos y nietos...
Mas en ocasiones temo que el gusanillo del espacio, de los viajes y las
hazañas en lejanos y extraños mundos, no se haya infiltrado demasiado en mí.
Tener la Tierra, ciertamente, como puerto y refugio seguro, pero también
abandonada a veces para salir al espacio, hacia aquellos mundos de la Nebulosa
Púrpura cuya leyenda y aventura tanto me encandilaron cuando era muchacho
perseguido en Garal.
Muchas y diferentes son las posibilidades. Podría poner mi nave al servicio del
Orden Imperial en la noble tarea de recolectar mundos. O más bien, ya que
hombre independiente soy, lograr licencia de comerciante estelar y correr
aventuras sin que nadie me ordene qué hacer o dónde ir, siendo el tal oficio bien
visto por el Orden, pues a labor de comerciantes independientes se debió en gran
medida la anexión del lector lirano al mismo.
¿Acaso encontraría en algún rincón del cosmos a la pérfida Karamán del
capitán Dudley, con quien cuentas que cobrar tenía? ¿O quizá hallaría el gran

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autoplaneta donde debían navegar por alguna ruta estelar la llorosa Celina y el
tuerto Ginestar, que aún me debía una descalabradura? Podría también tomar el
camino hiperespacial por el que a Tierra llegué, en el otro sentido y seguido de
una flotilla del Orden Imperial para decide al incrédulo Rappel aquello de lo que
no te creías, verdad es. O buscar forma de hacer visita al propio Garal donde
nací, ver si aún vivía mi buena madre y aquel Zenón Barca a quién nunca llegué a
conocer, y si en mi ausencia me había nacido algún hermano.
Mas por el momento dejo la imaginación y la pluma, pues me reclaman los
brazos de mi esposa Susana, una atadura más que a Tierra de Sol me liga.
Prometo, no obstante, que si acaso alguna vez cediera al afán de aventuras y
alzara vuelo al negro sidéreo y al gris hiperespacial en demanda de nuevos
mundos, nuevos tesoros y nuevas experiencias, esta historia hallaría su
continuación y espero que otros o los mismos lectores amigos, nuevo gozo
enseguirla.

FIN

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