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Menú de Verum en Casa

El documento presenta un fragmento de una novela que narra una conversación entre Calla y Dare en la playa. Calla intenta recuperar sus recuerdos de la noche en que murió su hermano Finn, incluyendo el hecho de que Dare estaba presente. Dare admite amar a Calla pero se niega a revelar más detalles, lo que genera confusión y desconfianza en ella. Calla huye a la habitación de su hermano, donde escucha una conversación entre dos voces masculinas que parecen conocer su estado mental frágil.

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Menú de Verum en Casa

El documento presenta un fragmento de una novela que narra una conversación entre Calla y Dare en la playa. Calla intenta recuperar sus recuerdos de la noche en que murió su hermano Finn, incluyendo el hecho de que Dare estaba presente. Dare admite amar a Calla pero se niega a revelar más detalles, lo que genera confusión y desconfianza en ella. Calla huye a la habitación de su hermano, donde escucha una conversación entre dos voces masculinas que parecen conocer su estado mental frágil.

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COURTNEY COLE

VERUM
La verdad te hará libre
Verum:
latín
Sustantivo: verdad
Adverbio: verdaderamente

Traducción de
Cecilia Pavón
Capítulo uno

Todo sucede en cámara lenta.


Las olas, la boca de Dare moviéndose, sus palabras. Lo miro fijo, la
barba incipiente en su mandíbula, la forma en que traga. La forma en
que sus ojos negros me atraviesan, me abrazan, me asustan.
—Te queda una pregunta, Calla —me recuerda—. Hazla.
El año que acaba de pasar se arremolina en mi mente de forma
borrosa y fragmentaria. Dare ha estado siempre, en todo lo que ha su-
cedido. Ha estado conmigo, me ha abrazado, me ha amado.
¿Realmente lo ha hecho?
Me tiemblan los labios cuando intento moverlos.
—¿Por qué estabas allí aquella noche? —pregunto finalmente, eli-
giendo mis palabras con cuidado—. No debías estar ahí. Pero estabas.
Dare responde mi pregunta con otra pregunta y me mira cautelo-
samente.
—¿Qué noche, Calla?
Me quedo muda y lo miro fijo.
—Sabes qué noche. Aquella noche. La noche en que murió mi her-
mano.
Un filo de duda aparece en la mirada de Dare, pero pronto recupe-
ra la compostura.

15
—¿Entonces ahora lo recuerdas? ¿Recuerdas que yo estaba cubierto
de sangre?
Rápidamente, niego con la cabeza, de lado a lado, lentamente, im-
pactada. No porque no recuerde, sino porque no quiero recordar.
—Había mucha sangre —recuerdo, y pienso en la forma en que la
sangre le corría por las sienes y le teñía la camisa de carmesí; había un
flujo aterrador de sangre que le cruzaba el pecho—. No supe si era tu
sangre o… la de Finn.
Y por un segundo olvidé que Dare me había confesado algo.
Olvidé que él me aterraba por esa razón.
Porque en el medio de toda esa sangre, todo lo que podía percibir
era mi miedo de perderlo, porque, y que el cielo me ayude, yo amaba a
Dare a pesar de todo.
—Me sostuviste —me tiemblan los labios— cuando estaba desmo-
ronándome. Me sostuviste mientras esperaba a… Finn.
Yo esperaba que Finn llamara.
Esperé y esperé y esperé.
Las sirenas aullaban en la noche y yo caminaba, impaciente, de un
lado al otro.
Finn nunca llamó.
Dare asiente con la cabeza.
—Siempre te he sostenido, Cal.
—Cuando mi padre entró, y dijo… cuando me dijo lo de Finn, todo
se volvió borroso —recuerdo con la vista clavada en el océano, Dios, ¿por
qué el océano me hace sentir tan pequeña?—. Todo lo demás dejó de importar.
Lo único que importaba era él. Tú te esfumaste, Dare.
La verdad es fuerte.
La verdad es dolorosa.
Expongo todo lo que siento como una carne abierta y desollada,
como un músculo rosado, como sangre.
—Lo sé —dice suavemente—. Durante meses no recordaste quién
era yo.

16
Los dos lo sabemos. Los dos lo sabemos. Por eso estamos parados
ahora al borde del océano, tratando de recuperar mi memoria. He es-
tado ausente por demasiado tiempo, ausente de mí misma, trastabi-
llando.
Trato de asir mi memoria con dedos frenéticos, intentando recupe-
rar todos mis recuerdos. Aunque son tercos mis recuerdos. No quieren
regresar todos.
Pero uno regresa.
Me queman los ojos cuando fijo la mirada en Dare.
—Me confesaste algo que me asustó.
Los párpados de Dare lucen pesados y caídos, seguramente por el
peso de la culpa.
Dare asiente con la cabeza. Un movimiento seco y corto.
No dice nada, su mirada atada a la mía, quemándome.
Recorro mis recuerdos, rápido, rápido, más rápido… pero regreso
con las manos vacías. Emerjo con un único sentimiento.
Miedo.
Dare lo ve en mis ojos y desvía la mirada.
—Traté de decírtelo, Cal —dice, casi suplicando—. Pero tú no lo
entendiste.
Su voz se apaga y siento que el corazón se me detiene.
—¿Qué es lo que no entendí? —pregunto con tono forzado. Solo
dímelo.
Dare inclina la cabeza.
—No es difícil de entender —dice simplemente—. Si recuerdas
todo lo que te dije. ¿Puedes intentarlo?
Lo miro aturdida.
—Ya lo he intentado. Yo… no está ahí, Dare.
Dare deja caer la cabeza levemente, de una forma casi impercepti-
ble, pero yo lo observo. Está desilusionado, desalentado.
Niega con la cabeza.
—Sí lo recuerdas. Solo relájate, Calla, vendrá a ti. Pero deberías sa-
ber que no estás segura. Tienes que confiar en mí.

17
—Estabas aquí por mí —afirmo—. Eso es todo lo que recuerdo. Me
acompañaste todo el tiempo.
Dare niega con la cabeza.
—No, eso no es verdad. Vine aquí por una razón, después el motivo
cambió y fuiste tú. Lo juro por la vida de mi madre.
—Tu madre está muerta —señalo sin rodeos—. Y la mía también.
¿Se supone que deba creerte?
Dare suspira; un sonido irregular y roto. Trata de tocarme la mano,
pero la aparto. Ya no puede tocarme. Ya no.
—No entiendes —dice en voz baja.
Lo miro fijo.
—No, no entiendo. —Y no tienes idea de lo que siento.
—Entenderás —contesta con voz cansina—. Lo juro por Dios, en-
tenderás.
Un nudo se me instala en la garganta mientras la brisa marina hace
crujir mi cabello. Inspiro profundamente y lleno mis pulmones con el
aroma limpio del mar.
—¿Alguna vez me amaste? —pregunto, las palabras me ahogan,
porque pase lo que pase, eso es lo más importante para mí ahora.
El dolor se expande por el rostro de Dare, dolor real, y me preparo
para escuchar algo desagradable.
No
No
No
No me lastimes.
—Por supuesto que te amaba —dice con rapidez y firmeza—. Y
todavía te amo.
Me mira implorante y deseo creerle. Quiero escuchar sus palabras
y apretarlas contra mi corazón y mantenerlas allí en una jaula dorada.
Pero pronto, Dare vuelve a hablar.
—No estás segura, Calla. Tienes que venir conmigo ahora. Hay algo
que tienes que saber.

18
Estoy paralizada, petrificada por mis circunstancias. ¿Ir con él a
Whitley? ¿Con una persona que ya ni siquiera conozco, con una persona a
la que siento que debería temer? La confusión me consume y nada parece real.
Nada, salvo dos cosas.
Admito que sí siento el peligro. Chisporrotea a mi alrededor. Está
aquí. No sé por qué.
No estás segura, Calla.
Y por supuesto, Dare. Él está aquí, es real, y lo amo.
Pero…
No puedo confiar en él.
No puedo confiar en nada.
—No sé qué hacer —susurro agitada—. Quiero odiarte, Dare, por
mentirme. Pero no puedo. —Estoy demasiado confundida, y él es mi
ancla.
Me toma del brazo y me acerca hacia él sin que le importen mis
intentos de zafarme, y después me relajo.
Porque aquí, rodeada por su aroma y su calor y su fuerza… siento
que este es mi lugar. ¿Cómo puedo luchar con eso?
—Este es tu lugar, aquí, conmigo —me dice, sus labios se mueven
entre mi cabello—. No me odies, Calla. No puedes hacerlo. No te mentí.
Traté de contarte.
Hay miedo en su voz, terror, en realidad. Su voz toca un lugar blan-
do en mi interior, un lugar oculto, el lugar donde protejo mi amor por
él. El lugar donde mi corazón solía estar antes de estar tan roto.
—Eres mi propio y privado anticristo —susurro con los labios sobre
su camisa. Me acaricia el cabello frenéticamente, sigue hasta la espalda
y me abraza con más fuerza. —¿Por qué no puedes decirme todo ahora
mismo?
—Porque no puedo —dice con tono áspero—. Porque las cosas son
complicadas y a menos que lo descubras por ti misma, pensarás que soy
un monstruo. Te amo, Calla. Te protegeré. Solo debes confiar en mí.
Me aparto de él, aferrándome a mi valor y a mi fuerza.

19
—¿Confiar en ti? Debes estar bromeando.
Mis palabras lo sorprenden y yo me siento destrozada. Corro por
la playa, mis pies se hunden en la arena húmeda y el viento me bate el
pelo.
Amo a Dare más que a nadie, pero no puedo confiar en él. La única
persona en la que alguna vez pude confiar verdaderamente está muerta.
Necesito a mi hermano.
Necesito a Finn.
Subo a toda velocidad por el sendero que lleva a mi casa y entro en
la habitación de mi hermano.
Está exactamente como él la dejó.
Me pongo en cuclillas apenas atravieso la puerta.
Las paredes se cierran sobre mí, las cuatro paredes y el techo, se
acercan cada vez más, me tragan, me aplastan. Me tapo los oídos y me
mezo hacia adelante y atrás, porque en el medio de todo, sigo escuchan-
do la voz de mi hermano.
Todo se arreglará. Todo se arreglará. Todo se arreglará.
No puedo seguir escuchando voces.
Ni siquiera la de Finn.
No puedo.
No puedo.
Estoy cuerda. Maldición.
Me siento abrumada por las mentiras de Dare, por mi miedo… y por
el hecho absolutamente real de mi fragilidad.
—Su percepción de la realidad es tenue —dice en un murmullo que
atraviesa mi pánico.
Hago una pausa, me quedo inmóvil, dejo, incluso, de respirar. El
murmullo viene del otro lado de la puerta.
—No, no quiero hacer eso. Todavía no. —La voz es firme y des-
templada, y no puede ser real. No hay manera de que sea real. Estoy
paralizada y la voz me envuelve mientras la realidad se escurre y se aleja.
—Tenemos que hacerlo, ella no querría esto.

20
Confundida, miro las placas de madera de la puerta, las vetas que
la atraviesan.
¿Acaso esto está pasando de verdad?
¿O es mi mente engañándome otra vez?
Trago saliva y mi respiración se vuelve agitada.
—Cualquier cosa podría enviarla otra vez al límite —advierte la voz
familiar, una voz masculina cuidadosa, baja y conocida. No puede ser él.
No hay forma de que sea él.
De todas maneras, quiero envolverme en ese sonido, para escon-
derme en él, para escaparme en él.
Pero no puedo.
Porque la respuesta es inmediata.
—Por eso tenemos que tratarla con cuidado.
¿Tratarme a mí?
La puerta se abre y levanto la vista. Tres sombras se aproximan, tra-
to de aguzar la vista para ver si está él, aunque en mi corazón sé que no
puede ser Finn.
Es imposible.
Retrocedo rápidamente hasta que mi espalda da con la cama de mi
hermano. Soy un cervatillo asustado y ellos son mis cazadores. Soy una
presa porque estoy en peligro y no sé por qué.
Pero ellos lo saben.
—Calla —dice mi padre con voz amable y tranquilizadora—. Estás
bien. Estás bien. Pero necesito que confíes en mí ahora.
Su rostro luce grave y pálido. Miro a Dare y noto que sus manos
están apretadas, que sus nudillos están blancos. El aire en la habitación
está cargado de peligro y me doy cuenta de que apenas puedo respirar.
Me preparo.
Porque muy adentro, en el centro de mi estómago, siento que no
puedo confiar en nadie.
Aprieto fuerte los ojos y empujo mi cara contra la frazada de la
cama de Finn. A través de la amortiguación de la tela, escucho palabras.

21
Siento la mano de Dare sobre mi hombro. Siento la vibración de su voz
profunda sobre mi pecho.
Y después siento su ausencia.
Abro los ojos.
La habitación está vacía.
Desistieron.
Sea lo que fuere que hayan querido decirme, ahora no puede ha-
cerme daño.
Porque estoy sola.
Con pasos temblorosos me paro y camino hacia la mesa de luz de
Finn. Tomo su medalla de San Miguel y la ajusto alrededor de mi cuello.
La sostengo y susurro la oración, cada palabra suena rápida y dura
en mis labios.
San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro defensor contra la maldad
y las trampas del diablo. Pedimos humildemente que Dios pueda combatirlo, y tú, oh,
príncipe de los reinos celestiales, por el poder de Dios, empuja a Satanás al infierno y a
todos los espíritus malvados, que merodean por el mundo buscando la ruina de nuestras
almas. Amén.
Digo tres veces seguidas la oración, solo para estar segura.
Estoy protegida.
Estoy protegida.
Estoy protegida.
Ahora estoy segura. Llevo puesta la medalla de Finn. Estoy segura.
Acabo de dar un respiro tembloroso de alivio, cuando la puerta
vuelve a abrirse con un crujido y otra vez me enfrento con mi locura.
Alzo la vista sorprendida y encuentro lo imposible.
Finn.
Mi hermano muerto.
Parado en la entrada de su dormitorio.

22

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