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El turf como arena de disputa social.

Jockeys y propietarios en el hipódromo argentino


de fines del siglo XIX

por Roy Hora

Abstract. – From the 1880s to the 1930s, horse racing was Argentina’s most popular
spectator sport. It was in the racecourse, not in the football pitch, that profes-
sional sport first emerged. A popular activity in a horse-abundant country such as
Argentina, horse racing had strong plebeian roots. In the late nineteenth century,
however, the wealthy developed a keen interest in the sport and invested time,
energy, and money in order to promote and patronise English-style races. This
article analyses some aspects of the transformation of horse racing from a popu-
lar into an elitist and professionalised sport. It suggests that the enforcement of
new rules that forced professional jockeys to wear standarised clothes, behave
“properly”, and shave their faces were designed to lower their social status and
challenge their sporting standing. The paper explores the meaning of these disci-
plinary measures and the aggrieved jockeys’ response, which gave rise to the
1893 “strike of the moustache”. Finally, it shows that the late nineteenth century
racecourse was an arena of social struggle between elite and popular concep-
tions of the sport, in which larger questions of authority, classification, and hierar-
chy were at stake.

Entre la década de 1880 y hasta los años de la Gran Depresión, el turf fue el
principal y más popular espectáculo deportivo de la Argentina. El hipó-
dromo también constituyó el escenario en el que, en los años del cambio de
siglo, emergió la figura del deportista profesional. Las narraciones sobre la
profesionalización del deporte argentino suelen tomar por objeto lo suce-
dido en el fútbol, sin advertir que en el turf este proceso ya se encontraba
bien maduro un par de décadas antes.1 Fue en la pista de carreras, y no en la
cancha, donde surgieron las primeras estrellas del espectáculo deportivo,

1
Un ejemplo reciente en Julio Frydenberg, Historia social del fútbol. Del amateurismo
a la profesionalización (Buenos Aires 2011).

Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas  51


© Böhlau Verlag Köln/Weimar/Wien 2014

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jinetes profesionales dotados de un reconocimiento y un nivel de ingresos


que hasta entonces ningún miembro de las clases populares había logrado
alcanzar. Pero hay que señalar también que las carreras de caballos a la
inglesa, más que una afición de origen o impronta popular, fueron promovi-
das y organizadas por el sector más poderoso de la elite social. De hecho,
Carlos Pellegrini y el grupo de poderosos aficionados a las carreras de caba-
llos de raza que fundaron el Jockey Club en 1882 concibieron al turf como
un territorio distinto y superior al de la cultura ecuestre criolla, y destinaron
tiempo y esfuerzo para colocarlo bajo su control y patronazgo.
Espectáculo de enorme atractivo popular, pero también de gran relevan-
cia para los poderosos propietarios de caballos de carrera que dominaban el
Jockey Club, el hipódromo se convirtió en un escenario en el que confluye-
ron actores dotados de recursos de poder muy desiguales. Sin embargo, la
historia del turf argentino – y más en general latinoamericano – no ha
atraído gran atención entre los investigadores, y aún no con contamos con
estudios de la talla de los que Wray Wrampley o Mike Huggins dedicaron al
turf británico, o Daniel Roche y Jean-Pierre Blay al mundo del caballo y del
hipódromo francés.2 Con frecuencia escritos por aficionados al hipódromo
o entusiastas del caballo, los trabajos sobre el turf argentino suelen narrar
las relaciones entre propietarios, deportistas y espectadores populares como
una historia de encuentros. Estos estudios concentran su atención en un
conjunto limitado de cuestiones, casi todas ellas referidas a las trayectorias
de los caballos y los studs más exitosos, concebidos como los grandes pro-
tagonistas de un relato centrado en los progresos deportivos de la actividad.
Al momento de colocar la evolución del espectáculo en un marco más
amplio, los estudios existentes describen al hipódromo como un ámbito
jerárquico pero en esencia armonioso, en el que los propietarios, los jinetes
y los espectadores interactuaban sin mayor conflicto. Es comprensible que
esta perspectiva domine la documentada investigación sobre la historia de
las carreras de caballos que el Jockey Club encargó a José Viale Avellaneda
en la década de 1920, así como los estudios realizados por propietarios de
caballos que, más tarde, seguirían esa huella.3 Sin embargo, un punto de
vista similar se observa en trabajos que colocan a la historia del turf en el

2
Wray Wamplew, The Turf. A Social and Economic History of Horse Racing (Londres
1976); Mike Huggins, Horseracing and the British 1919–39 (Manchester 2004); Daniel
Roche, “Le cheval et ses élevages: perspectives de recherche”: Cahiers d’Histoire 42, 3–4
(1997), pp. 511–520; idem, “Equestrian Culture in France from the Sixteenth to the Nine-
teenth Century”: Past and Present 199 (2008), pp. 113–145; Jean-Pierre Blay, Les princes et
les jockeys: Chantilly XVIIIe – XXe siècle (Biarritz 2006).
3
José Viale Avellaneda, El turf en la Argentina (Buenos Aires 1926); Eduardo S.
Blousson, Turf y Elevage Argentinos. Origen, Evolución, Importancia (Buenos Aires 1977).

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marco de una visión crítica sobre el papel de las elites propietarias en la


historia nacional. Así, por ejemplo, uno de estos ensayos sostiene que desde
la misma fundación del Jockey Club “el público comenzó a acompañar con
entusiasmo todas las manifestaciones turfísticas imaginadas por el clan de
Pellegrini”, dando a entender que este espectáculo tuvo muchos espectado-
res, pero un solo protagonista.4 En todos estos relatos, además, los jinetes
reciben un trato similar al que se prodiga a los espectadores. Los profesio-
nales de la pista nunca son analizados en tanto grupo específico, y solo los
jinetes más famosos merecen una mención al pasar, usualmente con motivo
de alguna victoria deportiva. En síntesis, la historia del turf argentino ha
sido escrita como la de un “deporte de reyes” dominado por una institución
y magnates muy prominentes, cuyo suave liderazgo se impuso sin resisten-
cia tanto sobre los espectadores como sobre los deportistas.
Sin embargo, como todo espacio social en el que confluyen actores
dotados de recursos económicos y de poder muy desiguales y cuyos intere-
ses solo en parte resultan coincidentes, el hipódromo fue un territorio
estructurado sobre la base de valores e intereses compartidos pero también
forjado a partir de tensiones y disputas. Surgido en un período de hondas
transformaciones sociales, en el turf se refractaron los procesos de cambio
que moldearon a la sociedad argentina. La historia del espectáculo más
popular del país durante medio siglo reconoce al menos dos momentos de
intensa mutación, en los que las relaciones entre propietarios, deportistas y
público se vieron redefinidas. El primero corresponde a las últimas dos
décadas del siglo XIX: En esos años de auge económico y consolidación
del poder de la elite propietaria, el Jockey Club desplegó una serie de ini-
ciativas dirigidas a reformar y civilizar el espectáculo, y a reafirmar su
autoridad sobre el público y los jinetes profesionales. El segundo coincide
con el período que siguió a la Gran Guerra, cuando la preeminencia de los
señores del Jockey Club fue sometida a cuestionamientos. En el clima más
democrático de los años de entreguerras, la posición de los propietarios de
caballos como dueños exclusivos del hipódromo fue desafiada tanto desde
las tribunas como desde la pista.
Este artículo concentra su atención en el primer momento mencionado.
Analiza un aspecto particular del proceso de formación del turf como un
espectáculo a la vez elitista y profesionalizado, y de las disputas a las que
este proceso dio lugar. Pone el foco en las iniciativas que el Jockey Club
desplegó con el fin de disciplinar a los jinetes, codificando su atuendo y
apariencia y reglamentando su comportamiento. Para los jockeys, el aspecto
más irritante de estas reformas fue la obligación de afeitarse el rostro. El

4
Abel González/Rubén Novello, Historia del Turf (Buenos Aires 1971), p. 40.

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rechazo de esta medida dio lugar a la “huelga del bigote” de 1893. Este
trabajo argumenta que este conflicto, aparentemente trivial y poco atendido
en las historias del turf, no se refería solamente a cuestiones de apariencia
personal. Por detrás de la disputa por el derecho a usar bigote asoman cues-
tiones vinculadas a ideales de masculinidad, poder y autonomía. En este
sentido, la huelga del bigote debe entenderse como parte del proceso más
general a través del cual los propietarios de caballos de carrera aspiraban a
reafirmar su condición de protagonistas exclusivos del espectáculo, de
modo de hacer del hipódromo un terreno no solo más civilizado y sofisti-
cado, sino también más sometido al imperio de los socialmente poderosos.
La primera parte del artículo describe someramente el lugar del caballo
en la cultura ecuestre criolla. En este marco, sitúa los orígenes del turf, cuyo
desarrollo inicial transcurrió en el seno de la comunidad británica. La
segunda parte aborda el momento en que la elite propietaria nativa abrazó
las carreras de caballos de estilo inglés y pasa revista a las iniciativas pues-
tas en marcha por este grupo para apropiarse del espectáculo y para colo-
carlo bajo su dominio y patronazgo. La tercera parte estudia cómo estas
iniciativas redefinieron la relación entre jinetes y propietarios. Finalmente,
el cuarto apartado focaliza la atención en la ya mencionada huelga del
bigote. La última sección ofrece unas breves conclusiones.

1. Los orígenes del turf

Tanto el turf, la actividad que se desarrolla en torno a las carreras de caba-


llos en los hipódromos, como el élevage, que comprende lo concerniente a
la cría del caballo pura sangre de carrera, se iniciaron tardíamente en la
Argentina.5 De hecho, hasta entrado el último tercio del siglo XIX, estas
actividades no suscitaron entusiasmo entre los integrantes más encumbra-
dos de la clase propietaria, el único grupo que se hallaba en condiciones de
poner en marcha aficiones tan complejas como costosas. Las inhibiciones
de los potentados locales se explican, en gran medida, por el carácter ple-
beyo de la cultura ecuestre nativa. A diferencia de lo que sucedía en Europa
y en muchas partes de América, en la Argentina, y en especial en su región
pampeana, durante mucho tiempo los equinos no fueron especialmente
relevantes, ni como índices de posición social ni como bienes de prestigio.
Ello se debía, fundamentalmente, a que la extraordinaria uniformidad del
rodeo y la amplísima extensión social del acceso al caballo hicieron de esta
sociedad lo más parecido a una democracia ecuestre.

5
Blousson, Turf y Elevage (nota 2), p. 17.

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El caballo de las pampas, pequeño y resistente, descendía de los equi-


nos que habían acompañado a los conquistadores del siglo XVI. En estas
fértiles praderas, los ejemplares españoles se habían cruzado entre sí a lo
largo de los siglos, sin el aporte de otras razas, dando forma a un rodeo de
rasgos muy homogéneos. Los registros señalan que recién en 1806, cuando
fue capturado el caballo de William Carr Beresford, jefe de las fuerzas bri-
tánicas que invadieron Buenos Aires en el invierno de ese año, ingresó a
este territorio un equino de sangre inglesa. En el medio siglo que corre
hasta el derrocamiento de Rosas, apenas otros tres caballos y una yegua
británicos, todos ellos de raza shire (esto es, un tipo de animal lento aunque
de gran porte y elegancia, y considerable potencia, con frecuencia utilizado
para la guerra), arribaron al país. Tanto por su muy escaso número como
porque casi todos ellos eran machos, no fue posible asegurar la preserva-
ción en el tiempo de las características propias de estos equinos. Al cabo de
algunos años de cruza con los ejemplares nativos, los rasgos idiosincráticos
de estos ejemplares importados terminaron desapareciendo, diluidos en un
mar de caballos criollos.6
Amén de las similitudes físicas entre los equinos, el rodeo existente en
la región pampeana era quizás el más grande del mundo en relación a la
población que explotaba su energía. Toda consideración precisa sobre este
punto se ve limitada por la ausencia de información estadística confiable,
incluso para las décadas de la organización nacional. De todos modos, una
estimación cautelosa sugiere que a lo largo de la mayor parte del siglo XIX,
la provincia de Buenos Aires y su capital debían tener un promedio de no
menos de tres caballos por habitante. El censo de 1881 señala que todavía
entonces, luego de dos décadas de expansión del riel, la primera provincia
argentina contaba con 4,4 equinos por habitante. La abundancia de caballos
que se observa en Buenos Aires también caracterizaba a otras provincias
pampeanas. Así, por ejemplo, hacia 1860 Entre Ríos poseía casi cinco caba-
llos por persona, lo que explica por qué este distrito fue largo tiempo recor-
dado como una “región de centauros”, en la que un hombre a pie era “una
cosa incompleta”.7 El censo de 1881 nos recuerda que el contraste con la
situación imperante en Europa no podría ser más marcado, pues para esos
años tanto en Gran Bretaña como en Francia y Alemania existía menos de
0,1 equinos por habitante.8
6
Blousson, Turf y Elevage (nota 2), pp. 17–40.
7
Roberto Schmit, Los límites del progreso: expansión rural en los orígenes del capita-
lismo rioplatense, Entre Ríos, 1852–1872 (Buenos Aires 2008), pp. 49 y 83; la cita es de Last
Reason, “Donde el gaucho es rey…”: Crítica 23/10/1924.
8
Censo General de la Provincia de Buenos Aires, 1881 (Buenos Aires 1883), pp. 350–
351.

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El hecho de que Buenos Aires y Entre Ríos tuviesen 30 o 40 veces más


caballos por persona que las sociedades europeas que acabamos de mencio-
nar – y distribuidos de manera más igualitaria, a lo largo de toda la escala
social – ayuda a explicar por qué en este rincón americano no fue sencillo
convertir al equino en un símbolo de distinción social. La diferencia era
muy considerable respecto de otras sociedades de amplias praderas que
poseían mitos ecuestres, como Australia (0,3 caballos por habitante) y Esta-
dos Unidos (0,25 caballos por habitante).9 A la luz de este contraste no solo
con Europa, sino también con otras sociedades de inmigración es que se
comprende el impacto causado sobre los visitantes extranjeros de la primera
mitad del siglo XIX por escenas que, como la del menesteroso mendigando
desde el lomo de su caballo retratado por el inglés Emeric Essex Vidal,
revelan la extraordinaria extensión del acceso al equino en la Argentina
litoral.10 Y es que si algo caracterizaba a esta sociedad, era precisamente su
ya mencionada condición de democracia ecuestre.
De hecho, en los distritos rurales hasta los trabajadores relativamente
humildes eran dueños no de un solo caballo sino de una tropilla. Incluso en
los centros urbanos de mayor tamaño, como la ciudad de Buenos Aires, se
veían equinos por doquier, montados por personas de cualquier edad y con-
dición social. Si hasta los mendigos contaban con caballos, no sorprende
que estos animales fuesen empleados para todo tipo de tareas. Los pescado-
res utilizaban equinos para tender y recoger sus redes, y lo siguieron
haciendo por lo menos hasta la década de 1870.11 También en la guerra los
caballos eran omnipresentes. Rosas y Sarmiento coincidían en que un ejér-
cito no se hallaba en condiciones operativas si no contaba con al menos tres
equinos por cada soldado de caballería, el arma que constituía el corazón de
las fuerzas militares de la era que corre entre la independencia y la así deno-
minada Conquista del Desierto de 1878–1880 (y durante gran parte de este
período estos caballos fueron provistos por los propios soldados milicianos,
como parte de sus obligaciones patrióticas en una sociedad republicana).12

 9
Ibidem.
10
En Nueva York había un equino cada 23 habitantes en el año 1856, y en Buenos Aires
cerca del doble más de medio siglo más tarde (uno cada nueve habitantes en 1914). Melvin
L. Anderman, “The First Modern Sport in America: Harness Racing in New York City, 1825–
1870”: Steven A. Riess (ed.), The American Sporting Experience: A Historical Anthology of
Sport in America (Champaign, IL 1984), pp. 104–134, aquí: p. 128.
11
Mayol de Senillosa, Memorias Parleras. Primer Tomo. Pajarico Volantón (Buenos
Aires 1926), p. 50.
12
Ricardo Levene, La anarquía de 1820 y la iniciación de la vida pública de Rosas
(Buenos Aires 1954), pp. 251–252; Domingo F. Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande
(Bernal 1997), pp. 160–163.

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En síntesis, quizás como en ningún otro lugar en el mundo, la Argentina


litoral nos presenta un escenario en el que pobres y ricos se hallaban en
condiciones muy similares en relación al caballo. En este contexto marcado
por una excepcional amplitud social en el acceso a los equinos y una igual-
mente notable uniformidad del rodeo cobra sentido aquella anécdota donde
el gobernador Juan Manuel de Rosas, el hombre más influyente de la Con-
federación y para muchos también su primer jinete, aparece presionando a
un humilde paisano, con el que se topa en un camino en las afueras de la
ciudad, para que truequen sus cabalgaduras, puesto que el ejemplar que
poseía ese hombre del común era superior al que montaba el todopoderoso
Restaurador.13
Medio de transporte y de trabajo al alcance de todos, el caballo era tam-
bién una fuente de entretenimiento popular. Al menos desde el siglo XVII,
las carreras cuadreras constituyeron un componente central del repertorio
de diversiones de los sectores subalternos. Estas competencias, que se dis-
putaban en una pista recta de unos pocos cientos de metros de extensión,
eran muy frecuentes en la campaña, pero también en las orillas de las ciuda-
des. Para asistir a una carrera cuadrera en Buenos Aires no había más que
desplazarse hasta la costa del río o alcanzar los descampados que comenza-
ban a hacerse frecuentes apenas se traspasaba la plaza Once de Septiembre,
a menos de dos kilómetros del núcleo central de la ciudad. Demostraciones
de destreza popular y masculina, en estas competencias los jinetes solían
correr descalzos y en pelo (es decir, sin recado ni montura), únicamente
auxiliados por un freno. Este mundo plebeyo constituyó una presencia coti-
diana en la vida urbana de la mayor ciudad del país hasta bien entrada la
segunda mitad del siglo XIX, y sus ecos se advierten, invariablemente, en
todos los relatos que toman por objeto las costumbres populares de esos
años. “Muchos eran los aficionados que cuidaban pingos de carrera en los
corralones de la ciudad y hasta en sus mismas viviendas, para acudir, los
domingos, a las famosas pulperías, donde se jugaban fuertes sumas”, reme-
moraba Felipe Mayol de Senillosa en sus recuerdos de infancia y juventud,
transcurridas en las décadas de 1860 y 1870.14
Accesible para todos, estrechamente identificado con el entretenimiento
popular, y por ende privado de todo viso de exclusividad, no extraña que el
mundo del caballo de silla no despertase el interés de los poderosos locales.
Y es por ello que cuando en Santiago, Lima o Rio de Janeiro ya habían sur-
gido clubes hípicos que gozaban del patrocinio de los hombres de fortuna y

13
La anécdota es referida en Máximo Aguirre, “Los caballos del Restaurador”: Todo es
Historia III, 29 (1969), pp. 73–80, aquí: pp. 74–75.
14
Mayol de Senillosa, Memorias Parleras (nota 11), pp. 83–84.

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posición, las clases propietarias argentinas seguían dándole la espalda al


caballo.15 De hecho, fueron los integrantes de la comunidad británica quie-
nes primero vieron a los equinos como algo más que un medio de transporte
y trabajo, y a la equitación como algo distinto a un hábito popular impuesto
a todos por la extensión del territorio y la baratura de estos animales. Los
primeros reportes sobre carreras “a la inglesa”, disputados entre estos
extranjeros, se remontan a mediados de la década de 1820. Pero fue un
cuarto de siglo más tarde cuando esta comunidad habría adquirido mayor
envergadura y madurez, que algunos de sus miembros más destacados
comenzaron a promover la realización de competencias hípicas que reme-
daban las que tenían lugar en su tierra de origen. Producto de estos esfuer-
zos asociativos nació, en 1849, la Foreign Amateur Racing Society, la pri-
mera de las sociedades hípicas creadas en el país.
Las competencias “a la inglesa” promovidas por esta asociación de
inmigrantes británicos en una pista ubicada en Belgrano se distinguían de
las cuadreras criollas en primer término porque se disputaban sobre distan-
cias más largas, siempre superiores a la media milla, y en una pista de forma
oval. Más que una renovación del plantel de caballos de carrera, la novedad
que aportaron las carreras organizadas por la Foreign Amateur Racing
Society radicó en las nuevas reglas que regulaban la competencia y en el
protagonismo de los extranjeros. Al calor del crecimiento de la comunidad
británica, y en particular del incremento del número de estancieros de ese
origen, en el curso de las décadas de 1860 y 1870 surgieron varias asocia-
ciones hípicas en la campaña bonaerense: en Capilla del Señor, Navarro,
Nueve de Julio, Azul, Ranchos, Mercedes, y también en otras provincias
pampeanas, en Gualeguaychú, Santa Fe y Rosario. Promovidas por aficio-
nados que, como James Lawrie, William Anderson o Wilfrid Latham, for-
maban parte de los sectores más poderosos de la comunidad británica, estas
carreras “a la inglesa” por largo tiempo mantuvieron su carácter de eventos
comunitarios en los que participaban individuos de muy distinta condición
social, que casi siempre montaban sus propios ejemplares, muchos de los
cuales eran nativos o mestizos.16
Así, las peculiares condiciones de acceso al caballo que hemos seña-
lado para la sociedad criolla también dejaron su impronta en las competen-
cias hípicas organizadas por los aficionados británicos, abriéndolas a todos

15
Arnold Bauer, Chilean Rural Society. From the Spanish Conquest to 1930 (Cam-
bridge 1975), p. 206; William H. Beezley, Judas at the Jockey Club and Other Episodes of
Porfirian Mexico (Lincoln 1987), p. 27; Jeffrey Needell, A Tropical ‘Belle Epoque’: Elite
Culture and Society in Turn-of-the-Century Rio de Janeiro (Cambridge 1987), pp. 74–75.
16
Viale Avellaneda, El turf (nota 2).

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los integrantes de esta comunidad. En la década de 1860, empero, este esce-


nario comenzó a transformarse, pues entonces tomó envergadura la impor-
tación de thoroughbreds, esto es, ejemplares de la raza denominada pura-
sangre de carrera. Gracias a la mejora de las comunicaciones marítimas y el
incremento del ingreso generado por el auge exportador, por primera vez se
afirmó una corriente de importación de caballos de raza, casi todos ellos
provenientes de Gran Bretaña. Esbeltos y veloces, y capaces de mayores
esfuerzos en las carreras de largo aliento, desde mediados de la década de
1870 los purasangre británicos demostraron su superioridad sobre los caba-
llos criollos de manera inapelable.17 Con el arribo de estos costosos y sofis-
ticados caballos, la escena turfística local experimentó una transformación
técnica, pero también social. Cuando el turf se transformó en una afición no
solo más competitiva, sino también más demandante de recursos, la prima-
cía de los miembros más prósperos de la comunidad británica se afirmó. En
este contexto, los rasgos socialmente democráticos del mundo de las carre-
ras de caballos comenzaron a opacarse.

2. La elite argentina y el turf

Fue en ese momento y en esas circunstancias que el caballo de carrera


comenzó a despertar el interés de los hombres de fortuna criollos. Ayudados
por los vastos recursos que les aseguraba la prosperidad exportadora, en
pocos años los miembros de la elite social nativa desplazaron a los pioneros
británicos del centro del escenario turfístico. Hacia la década de 1870
comenzó a afirmarse la reputación de figuras como Miguel Martínez de
Hoz, luego reconocido como “el primer criador de caballos de carrera en la
República”, propietario de Talismán y otros grandes corredores de ese tiem-
po.18 En esos años también nacieron los primeros establecimientos dedica-
dos a la cría de caballos pura de carrera cuyos dueños eran argentinos. La
Quinua, luego denominado Ojo de Agua, de Santiago Luro (1873), San
Jacinto, de Saturnino E. Unzué (1877), y Las Ortigas, de Ignacio Correas
(1888), se cuentan entre los haras más afamados surgidos en esa fase inicial
de la historia del turf nacional.
No se trató, por cierto, de una afición que la clase propietaria conside-
rase intrascendente, y menos aún de una afición barata. En esos años se
labró un estrecho vínculo entre la elite propietaria y el purasangre. Conver-
tido en un objeto privilegiado de interés para muchos hombres de fortuna,

17
Ibidem, p. 486.
18
El Campo y el Sport 29/9/1892, p. 38.

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fue en ese último cuarto del siglo que los criadores de mayor relieve hicie-
ron caer todo el peso de su reciente prosperidad sobre el mercado interna-
cional de caballos de carrera. En este aspecto, la década de 1880 constituyó
un parteaguas. Entre 1882 y 1888, unos 440 purasangre arribaron al país,
casi todos ellos provenientes de Inglaterra.19 Tan importante fue el flujo de
caballos importados que en ese último año comenzó a disputarse una carrera
denominada Europa, reservada a ejemplares importados. Algunas de esas
compras alcanzaron gran repercusión. Así, por ejemplo, en 1889 Juan Sal-
vador Boucau adquirió a Ormonde por unas 12.000 libras (unos $ 60.000 de
oro), la cifra más elevada pagada por un caballo en el mundo. Propiedad del
duque de Westminster, uno de los hombres más afortunados de Inglaterra,
este formidable ejemplar se había consagrado como el mejor ejemplar bri-
tánico (y entonces ello quería decir también del mundo) de su generación.20
Además de aficionados poderosos y entusiastas, la afirmación del turf
requería bases institucionales más sólidas que los que podían conferirles las
asociaciones nacidas en el seno de la comunidad británica, los criadores
nativos que participaban en la actividad hípica o los animadores de los
modestos hipódromos surgidos en las afueras de Buenos Aires y en la cam-
paña en los años que corren entre las presidencias de Mitre y Avellaneda.
En este aspecto, la creación del Jockey Club de Buenos Aires supuso un
paso fundamental para la difusión del turf, que al cabo de algunos años
colocó a las carreras de caballos en un nuevo umbral. La idea de fundar este
centro hípico surgió en 1876, cuando Carlos Pellegrini y otros entusiastas
del turf, luego de asistir al derby de Chantilly, convinieron fundar una insti-
tución similar a la que organizaba la actividad hípica en Francia. Algunos
años más tarde, en 1882, el Jockey Club porteño abrió sus puertas, con
Pellegrini como su primer presidente. El impulso de esta figura resultó fun-
damental para hacer prosperar la iniciativa, pues para entonces Pellegrini ya
era uno de los políticos más influyentes del país, con amplias conexiones
dentro de la elite propietaria.
Un número considerable de miembros de la comunidad británica for-
maron parte del grupo fundador del Jockey Club. Sin embargo, el perfil de
estas figuras era distinto al de los extranjeros que habían animado las aso-
ciaciones hípicas surgidas en el cuarto de siglo posterior a la caída de Rosas.
Casi todos ellos habían nacido en el país y se hallaban integrados en círcu-
los de sociabilidad y negocios más amplios que los propiamente comunita-
rios. Así sucedía, por ejemplo, con Guillermo Kemmis y, sobre todo, con
Eduardo Casey, primer vicepresidente del Jockey Club. Se trataba, como se

19
Anuario Jockey Club, 1882–1924 (Buenos Aires 1924), p. 41.
20
Blousson, Turf y Elevage (nota 2), p. 38.

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ve, de anglo-argentinos más que de británicos. De todos modos, la influen-


cia de estas figuras fue atenuándose a lo largo de la década de 1880, cuando
el centro de gravedad del turf ya se ubicó de manera definitiva en la elite
nativa.21 Desde entonces, apellidos como Luro, Unzué, Atucha, Bosch,
Martínez de Hoz, Casares, Correas, Anchorena o Alvear se escucharían
cada vez con mayor frecuencia en la pista y en las tribunas. Al detener la
atención sobre estos apellidos se advierte, además, que el conjunto de figu-
ras que animó al turf argentino se reclutó en el sector más prominente de la
elite terrateniente. Señalemos, de paso, que este reemplazo étnico y social
coincidió con un desplazamiento de la musa inspiradora que orientaba cul-
turalmente al hipódromo argentino. Sin que la referencia al todopoderoso
turf británico desapareciera del todo, ésta fue cada vez más filtrada por un
lente que tenía a París y no a Londres como principal centro de cultura. De
hecho, no solo la idea de fundar un Jockey Club se bosquejó en un hipó-
dromo de Paris, sino que desde entonces un número considerable de caba-
llos, studs y haras evocaron ese mundo.
Al igual que otras asociaciones nacidas en esos años, el Jockey Club
fue concebido como un centro de sociabilidad destinado a elevar cultural-
mente a los varones de la clase propietaria, promoviendo, a través del cul-
tivo del ocio refinado y cosmopolita, la sofisticación de sensibilidades y
comportamientos. A este proyecto dedicaron sus esfuerzos personajes como
Miguel Cané, uno de los principales hombres de letras del país, y, en alguna
medida, el propio Pellegrini, su figura pública más destacada. Describir al
Jockey Club solo o principalmente como un ámbito de sociabilidad elitista,
empero, impide captar cuál era la originalidad de este emprendimiento y
qué tipo de intereses predominaba entre sus miembros más conspicuos. El
Jockey Club nació para promover el desarrollo y la sofisticación de la acti-
vidad hípica, un objetivo que en la época se vinculaba estrechamente con la
renovación y la mejora del stock de equinos de paseo y trabajo del país. En
particular, su núcleo dirigente se propuso reformar tanto a las prácticas
como a los actores del hipódromo, y sus iniciáticas más significativas y
perdurables se desplegaron en este ámbito. La creación de un turf más com-
petitivo, pero también más elegante y sofisticado, que se asemejara al de las
grandes capitales europeas, fue su principal objetivo.
La relevancia de esta tarea no podría exagerarse. No se ha reparado lo
suficiente en el hecho de que este vuelco hacia el turf, más que orientar a la

21
Sobre el Jockey Club, ver Francis Korn, “La gente distinguida”: José Luis Romero/
Luis Alberto Romero (eds.), Buenos Aires. Historia de Cuatro Siglos, vol. II (Buenos Aires
1980), pp. 45–55; Leandro Losada, La alta sociedad en la Buenos Aires de la belle époque
(Buenos Aires 2008), pp. 177–197.

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clase propietaria sobre mundos de sociabilidad privados o cerrados sobre sí


mismos, terminó dándole a este grupo una enorme visibilidad. Convertido
muy rápidamente en uno de los entretenimientos favoritos de las clases
populares urbanas, el hipódromo fue el principal terreno de encuentro entre
el sector más encumbrado de la elite social y las clases subalternas urbanas.
Más que las bodas y los funerales, el paseo por los bosques de Palermo o en
la rambla de Mar del Plata – todos ritos donde la clase alta se exhibía en
público y era objeto de observación ocasional por integrantes de otros uni-
versos sociales –, en el hipódromo la posición ocupada por el sector más
encumbrado de la elite social fue tan conspicua como masiva, y directa era
la presencia de las clases populares.
El Hipódromo Argentino de Palermo fue el gran teatro en el que ese
encuentro entre ambos mundos sociales tuvo lugar. Este estadio había sido
creado en 1876 por un grupo de turfmen presidido por Narciso Martínez de
Hoz. Desde 1883, el hipódromo quedó bajo el control del Jockey Club, que
en los años siguientes ampliaría y renovaría sus instalaciones. Ubicado en
un predio lindero al parque de Palermo, y bien comunicado con el centro de
la ciudad de Buenos Aires por ferrocarril, el Hipódromo Argentino ocupó
por largas décadas una posición preponderante en un mercado de entreteni-
miento en acelerado proceso de expansión. La información que nos ofrece
Revista de Estadística Municipal revela que, hasta entrada la década de
1930, el hipódromo fue, por lejos, el espectáculo deportivo más concurrido
del país.22 En la Argentina, el hipódromo fue el único espacio en el que la
elite propietaria se exhibía ante un público de masas. En las tribunas y espa-
cios reservados para los propietarios de caballos y los socios del Jockey
Club, la elite social dejaba de ser una categoría analítica (política o socioló-
gica) para adquirir formas concretas. Allí, la clase propietaria argentina
cobraba, literalmente, plena existencia material. En 1886, con motivo de
una importante carrera, Sud América señalaba que “toda la fashion de Bue-
nos Aires se había dado cita” en el hipódromo.23 De acuerdo con este diario,
el hipódromo se estaba convirtiendo en esos años en “el rende-vous de todo
lo que hay de distinguido en nuestra sociedad”.24 Y una década más tarde,
La Nación observaba que el Gran Premio Nacional de ese año se disputó
ante

22
Revista de Estadística Municipal de la Ciudad de Buenos Aires LIII, 637-638-639
(1940), p. 489.
23
Sud América 4/10/1886.
24
Sud América 1/10/1887.

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“[...] una concurrencia excepcionalmente numerosa y distinguida [...] puede asegu-


rarse que una parte considerable de las familias que dan realice a nuestras grandes
reuniones, congregábase en los palcos y tribunas del hipódromo”.25

En el Hipódromo Argentino de Palermo, el alto mundo social se recortaba


sobre un entorno que, pasada la mitad de la década de 1880, alcanzaba a
varios miles de espectadores. Cuando fue inaugurado en 1876, este estadio
podía alojar unas 1.600 personas en sus tribunas y quizás otros tantos a pie
o a caballo. Desde entonces, el interés despertado en el espectáculo llevó
más y más público a Palermo, que progresivamente amplió sus instalacio-
nes para alojarlo. Aunque en un comienzo el comportamiento de los asis-
tentes no siempre se ajustaba a los estándares de decoro que el Jockey Club
y los reformadores del turf tenían por aceptables, con el paso de los años la
disciplina fue imponiéndose en las tribunas populares; y, por sobre todas las
cosas, creció el número de espectadores. Las principales carreras de 1902
contaron con una asistencia de más de 10.000 personas, y para 1905 más de
15.000 espectadores pagaban una entrada para observar las competencias
entre los caballos de los hombres más ricos del país.26 Los principales even-
tos hípicos – el Gran Premio Nacional y el Internacional – congregaban lo
que en términos de la época era un público de enormes proporciones. Así,
por ejemplo, en ocasión del Premio Nacional de 1904 el cronista del ves-
pertino El Diario señaló como “desde temprano Buenos Aires iba volcando
torrentes humanos” sobre el Hipódromo de Palermo, cuyo tamaño estimó
en más de “treinta mil espectadores”.27 Para entonces, cuando el futbol aún
no había logrado reunir más de 2.000 almas, ningún espectáculo podía com-
petir con el hipódromo.

3. Jockeys y propietarios

Ante la mirada de este vasto público popular se suscitó una sorda disputa
entre jinetes y propietarios por la primacía simbólica en la pista. A diferen-
cia de otras competencias, el turf requiere de la acción mancomunada de un
caballo y su conductor. Por tanto, la atribución de méritos por los resultados
alcanzados a uno u otro no es un hecho natural u obvio. Cambiante en el
tiempo, el contexto social en el que funciona el turf tiene una influencia
decisiva a la hora de determinar a quién pertenece la victoria. En esta etapa
de consolidación del turf elitista, una vez que los propietarios ya habían

25
La Nación 25/10/1897
26
La Prensa 13/10/1902 y 13/11/1905.
27
El Diario 17/10/1904.

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delegado la conducción de sus costosos caballos en jockeys reclutados en


las clases subalternas, el grado de protagonismo que debía asignarse a los
jinetes se convirtió en un asunto de gran relevancia, que afectaba el presti-
gio y el ascendiente de los hombres más ricos y poderosos del país. No
sorprende, por tanto, que desde su creación el Jockey Club desplegara
varias iniciativas dirigidas a construir o reafirmar la preeminencia de los
propietarios como únicos protagonistas del espectáculo. Ello supuso la alte-
ración de rituales que habían acompañado los primeros pasos del turf y que,
en esta etapa de ascenso de formación del hipódromo elitista, fueron objeto
de censura y denigración, y descalificados como propios de “reuniones de
pulpería”.28
En efecto, hasta entrada la década de 1880, jockeys y propietarios
solían compartir ciertos espacios de sociabilidad, en los que interactuaban
en un pie de relativa igualdad. La victoria del jinete Leandro Álvarez en la
Copa de Oro de 1884 es ilustrativa al respecto. Apenas culminada la carrera,
según señala la crónica periodística, el jinete victorioso fue llevado “en
andas aclamado, vivado, casi besado, por los partidarios del triunfador, que
eran casi todos”.29 Álvarez fue conducido en andas hasta el palco, donde le
esperaban las autoridades del hipódromo. Una vez allí, el jinete fue invitado
a compartir una copa de champagne con el coronel Francisco Bosch, dueño
del caballo triunfador, Santiago Luro, el presidente del Jockey Club, y el
círculo de relaciones de estos caballeros.30 Álvarez no solo era jinete, sino
también entrenador e incluso propietario de algunos caballos, lo que sugiere
que estas figuras aún no habían terminado de escindirse. Unos años más
tarde, el jockey José Verdire también fue conducido en andas hasta el palco
“en medio de las acciones del gentío”, en ocasión de su triunfo en el Gran
Premio Internacional.31
La presencia del público en la pista, festejando a los jinetes, y las cele-
braciones que colocaban a los jockeys profesionales en el mismo plano que
los propietarios no estaban destinadas a sobrevivir más allá de la década de
1880. En el hipódromo reformado que el Jockey Club se empeñó en cons-
truir, los jockeys fueron concebidos como meros trabajadores especializa-
dos cuya tarea consistía en conducir a los caballos de un extremo al otro de
la pista de la manera más sobria y silenciosa posible (además, por supuesto,
de trabajar de manera más anónima en la preparación y el entrenamiento de

28
El Nacional 11/10/1883. Para otros ejemplos, Viale Avellaneda, El turf (nota 2),
p. 661.
29
El Nacional 24/11/1884.
30
Sud América 25/11/1884.
31
Sud América 12/11/1887.

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los equinos durante la semana). Los jinetes fueron disminuidos en su condi-


ción de protagonistas deportivos, de modo que el crédito por la victoria le
correspondiese solo al caballo y a su propietario. Así, por ejemplo, desde la
fundación del Jockey Club y “durante años, los Calendarios de Carreras no
mencionaron los nombres de los profesionales”, condenándolos a permane-
cer en el anonimato.32 En rigor, la consagración de las carreras de caballos
como un entretenimiento a la vez elitista y refinado no solo supuso la erra-
dicación de sus vínculos con la cultura ecuestre popular, sino también la
subordinación de los deportistas al imperio de los sportsmen (un califica-
tivo siempre reservado a los propietarios).
La Comisión de Carreras del Jockey Club fue el instrumento que encajó
a los jinetes en este molde. Este comité, en el que solo estaban representa-
dos miembros del Jockey Club, regulaba todo lo concerniente a la participa-
ción de los profesionales en la pista, comenzando por el otorgamiento de las
licencias que les autorizaban a competir. La Comisión de Carreras poseía,
incluso, la potestad de multar a los jockeys o suspender sus licencias, sin
que los profesionales que eran objeto de sanciones tuviesen derecho a ape-
lar el dictamen. Esta prerrogativa fue empleada con un ojo muy atento al
comportamiento antideportivo. En esta tarea la Comisión de Carreras del
Jockey Club se mostró muy consecuente. Pero la comisión también se
abocó con igual firmeza a regular cuestiones más generales relativas a la
performance pública de los jinetes. Desde el punto de vista de la Comisión
de Carreras, la elevación de la calidad del espectáculo requería que los
jock­eys se atuvieran a un estricto protocolo de comportamiento; se arrogó
la potestad de vigilar – en sus propias palabras –“la conducta de los jockeys
que saben que no encontrarán débil la mano que los castigue”.33
Como parte de las iniciativas dirigidas a subordinar a los jinetes y des-
terrar todo resabio de la cultura ecuestre criolla de la pista, desde la crea-
ción del Jockey Club los jockeys debieron ajustar su performance a un
código que regulaba su conducta deportiva, pero también cuestiones vincu-
ladas a su atuendo y decoro. Un artículo aparecido en El Nacional en 1883,
seguramente surgido de la pluma de Samuel Alberú (amigo personal de
Pellegrini, socio fundador del Jockey Club y creador, unos años más tarde,
de la publicación especializada El Campo y el Sport), capta las ambiguas
reacciones de los civilizadores del turf ante los primeros progresos de su
tarea. “A estos pampitas vestidos de jockeys ingleses, no les sienta la ropa”,
se lee en El Nacional cuando el uniforme de los jinetes comenzó a estanda-

32
Blousson, Turf y Elevage (nota 2), p. 237.
33
Jockey Club, Memorias y Balances, Memoria 1890–91 (Buenos Aires 1891), p. 90.

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rizarse sobre la base del modelo británico (chaquetilla de seda con los colo-
res del stud al que pertenecía el caballo, breeches, botas altas, gorra y fusta).
“El blanco y el celeste claro, el negro y el naranja, excelentes para combinarse con
la cara blanca y rubia de un inglés, y aún con la mecha roja que asomaría bajo los
cascos del gorrito, no pegan ni en forma ni en color, con las mejillas criollas y rolli-
zas de los muchachos ginetes”.34

Poco a poco, los reformadores del turf perdieron la sensación de extrañeza


ante las novedades que ellos mismos promovían. La idea de que entre los
socios del Jockey Club y los “pampitas” había un abismo social y cultural no
desapareció y siguió reclamando, de manera sistemática, el empleo de una
inflexible pedagogía disciplinadora. Para asegurar la correcta presentación
de los jinetes en la pista, se lee en la Memoria de la Comisión de Carreras,
unos años más tarde se creó un vestuario en el que “los jockeys se visten allí
bajo la vigilancia de un inspector”.35 Aunque con extrema parquedad, la
prensa solía informar sobre las multas y suspensiones con que la Comisión
de Carreras penaba a los jinetes cuya conducta era tenida por inapropiada.
“El jockey Viera (Canario) ha sido suspendido por 2 reuniones; Ignacio
Martínez por tres meses, Enrique Lopez por dos reuniones, José Romay por
una y Pedro Aguirre por una”, se lee en una de esas breves notas a través de
las cuales se comprueba que la prensa entendía que discutir las razones de
esas sanciones caía fuera de su competencia.36 Un episodio de 1901 ilustra el
celo con el que la Comisión de Carreras del Jockey Club castigaba las faltas
y, de paso, también nos alerta sobre el cambio que, en poco más de una
década, había sufrido el ritual de la victoria. En septiembre de ese año, según
nos informa El Diario, un jockey de apellido Saavedra fue castigado por
arrogarse el derecho de festejar su triunfo. Tras cruzar la línea de llegada,
entusiasmado por su victoria, el jinete triunfador “revoleaba su látigo y salu-
daba con él”. La actitud del jinete, señalaba con aprobación y algo de sorna
el principal diario vespertino de Buenos Aires, “le costó cara, pues, conden-
sándose sobre este hecho todas las energías del Jockey Club, le fue aplicada
una multa de cien pesos”.37 Para el cambio de siglo, pues, con el festejo de
los espectadores del común contenido tras las vallas que cercaban las tribu-
nas populares, los jinetes ya no tenían quien los llevase en andas. Pero tam-
bién habían perdido el derecho de levantar su fusta para reclamar su parte en
la victoria, que ahora pertenecía exclusivamente al propietario y su caballo.

34
El Nacional 28/5/1883.
35
Jockey Club, Memorias y Balances, Memoria 1898–99 (Buenos Aires 1899), p. 211.
36
El Correo Español 15/6/1893.
37
El Diario 8 y 9/9/1901. También La Nación 9/9/1901.

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4. La disputa por el bigote

Es importante subrayar que penalidades de esta índole no solo apuntaban a


moldear el comportamiento y refinar la performance pública de los jinetes,
erradicando a la vez todo lo que pudiera sobrevivir en esos jinetes de tez
morena de la cultura ecuestre popular. La prohibición de festejar ante la
vista del público era también un mensaje destinado a poner de relieve que el
mero hecho de guiar al caballo triunfador no hacía a los jinetes acreedores a
ningún tipo de reconocimiento por la victoria obtenida en la pista. Así,
pues, amén de aspirar a refinar la performance de los jinetes, la prohibición
de festejar suponía un intento deliberado de atenuar su relevancia deportiva.
Mejor que cualquier otro episodio, la reforma del reglamento de carreras
sancionada en junio de 1893 revela el alcance de esta ambición. Con rela-
ción a la cuestión que aquí nos interesa considerar, la medida más relevante
se refiere a la prohibición de lucir barba y bigote a la que, desde la entrada
en vigor de este código, los jinetes debieron atenerse.
Para formarse una idea del significado de esta imposición es preciso
tener presente que hasta entrada la década de 1910 el pelo en el rostro cons-
tituyó un distintivo de masculinidad de enorme importancia, tanto entre las
clases populares como entre las altas. Si bien la exhibición de la barba era en
muchos casos producto de una elección, el uso del bigote era poco menos
que universal entre los varones adultos. Para los individuos de fortuna o
posición, el uso de este adorno facial era de rigor. Prácticamente no había
figura pública del período que corre entre 1880 y 1910 que no lo exhibiera,
comenzando por el propio Carlos Pellegrini, cuyo mostacho era muy promi-
nente. El hecho de que solo los eclesiásticos – esto es, hombres que habían
renunciado a ejercer su masculinidad– y unos pocos personajes, en general
bastante excéntricos y en todos los casos surgidos a la vida pública antes de
1880 – entre los que se destaca Sarmiento) se apartaran de esta regla es al
respecto revelador. Hasta Hipólito Yrigoyen, que siempre recordamos con
su rostro afeitado, se había dejado crecer un pequeño bigote en la década de
1890. En los círculos sociales a los que pertenecían los socios del Jockey
Club el uso de este distintivo masculino tenía la fuerza de una norma. Ello se
pone en evidencia al recordar que todos sus presidentes, sin excepción, cul-
tivaron frondosos bigotes. Algo similar puede decirse respecto al conjunto
de los socios del club, tal como lo indica el registro fotográfico que acom-
paña este trabajo. En las clases altas, el bigote solo comenzaría a perder su
condición de distintivo de masculinidad hacia la Gran Guerra. Hasta enton-
ces, un hombre sin pelo en el rostro era un hombre incompleto.
Las ilustraciones que han llegado hasta nosotros revelan que el uso de
este adorno facial se hallaba muy extendido entre las clases populares. Los

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jinetes, que eran parte de este universo, no escapaban a la norma no escrita


que imponía la exhibición de vello en el rostro como un distintivo de mas-
culinidad. En las décadas del cambio de siglo, tanto para nativos como para
extranjeros, el bigote se hallaba asociado a la hombría y la libertad perso-
nal. El pelo en el rostro inspiraba respeto y revestía de autoridad a quien lo
portaba. A tal punto el bigote era concebido como un indicador de fortaleza
y poder que, pocos años más tarde, su uso se volvería obligatorio para todos
los integrantes de la policía de la capital federal.38 Entre las clases popula-
res, pues, el pelo en el rostro tenía el valor de un símbolo de masculinidad,
que reflejaba poder y autonomía.
Al igual que entre los sectores predominantes, también en el mundo
popular había excepciones al uso de este adorno facial. Entre las clases sub-
alternas, empero, rasurarse el rostro no era el producto de una renuncia sino
de una restricción, nacida o asociada a una condición de subordinación e
inferioridad. Así, por ejemplo, era frecuente que los miembros del servicio
doméstico, esto es, aquellos varones que compartían la intimidad de un
hogar con sus superiores sociales, estuviesen obligados a exhibir su cara
libre de pelo. El personal de servicio del Jockey Club, por supuesto, caía
dentro del conjunto de varones disminuidos en su virilidad y en su autono-
mía. Como no podía ser de otra manera, los penados también estaban forza-
dos a llevar su cara rasurada, como símbolo de su sometimiento y evidencia
de su vergüenza.
No cabe duda de que la orden de la Comisión de Carreras que obligaba
a los jockeys a sumarse al universo de los imberbes suponía disminuir su
masculinidad, marcar su falta de autonomía y, por esta vía, reafirmar su
condición de meros sirvientes de la pista. Quitarles su bigote, por otra parte,
implicaba una afrenta adicional, ya que atentaba contra su condición de
hombres libres, igualándolos con grupos moral y políticamente inferiores.
En estos términos lo entendieron los jinetes que, cuando el nuevo regla-
mento se dio a conocer, expresaron su rechazo a la medida. Atento al
malestar que campeaba entre los jockeys, el diario La Prensa informó que
la disposición que prohibía el pelo en el rostro había sido “recibida con
desagrado por la mayoría, y hasta resistida abiertamente por algunos.”39
Unos días más tarde, varios jinetes profesionales enviaron una nota a las
autoridades del Jockey Club solicitando el levantamiento de la prohibición.
Allí sostenían que la obligación de afeitarse “afecta nuestra independen-
cia personal”. Derecho de todo hombre libre, la renuncia al uso del bigote

38
Al respecto, ver Viviana Barry, Orden en Buenos Aires. Policías y modernización
policial, 1890–1910 (tesis de maestría, Universidad Nacional de San Martín 2009), cap. 3.
39
La Prensa 11/6/1893.

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Imagen 1: Socios del Jockey Club

Fuente: Argentina, Archivo General de la Nación, Departamento Documentos Fotográfi-


cos, carpeta Jockey Club.

La fotografía muestra una mesa escrutadora en las elecciones internas del Jockey Club
realizadas en mayo de 1904, que llevaron a Francisco Beazley a la presidencia de esta aso-
ciación. Los retratados en primer plano son seis socios prominentes, que ofician de autori-
dades en esos comicios. Como se observa, solo unos pocos usan barba, pero todos llevan
bigote. En el fondo, un empleado, en posición servicial, es el único que exhibe su cara
completamente rasurada.

colocaba a los jinetes “en el ridículo de tener que sobrellevar la afrenta que
como pena corporal se aplica tan solo en nuestros establecimientos
penitenciarios”.40
Estos argumentos no convencieron a los dirigentes del Jockey Club,
toda vez que aquéllo que los jinetes profesionales señalaban como un aten-
tado a su dignidad e independencia era, en no poca medida, precisamente lo
que los señores del turf buscaban imponerles. En su momento, el Jockey
Club había defendido esta iniciativa argumentando que la obligación de
exhibir el rostro rasurado había sido inspirada por los usos del turf inglés,
que en todo lo que se refería al hipódromo era tenido como el modelo a

40
El Campo y el Sport 10/6/1893.

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imitar. La autoridad que imponía este ejemplo, sin embargo, era menos ecu-
ménica de lo que esta versión afirmaba. La prensa británica de Buenos
Aires, por ejemplo, tenía ideas distintas sobre qué tipo de reformas debían
llevarse adelante para elevar la calidad del espectáculo. “Una regla obli-
gando a los jinetes a vestir el equipo de carrera de manera apropiada es más
importante que la referida a afeitarse”, se lee en una nota del Sport and
Pastime, también reproducida en el Buenos Aires Herald.41 Una vez que el
conflicto alcanzó estado público, también puso en juego la autoridad y el
prestigio del Jockey Club. En ese momento, esta asociación tenía al frente
al propio Carlos Pellegrini, quien poco antes había dejado la presidencia de
la nación luego de una difícil pero exitosa gestión como piloto de la Crisis
del Noventa. Identificado como pocos con el proyecto de imponerle al turf
el sello de la elite social, el hombre del profuso bigote se negó enfática-
mente a considerar la petición de los jinetes. Ante esta negativa, los jockeys
más activos convocaron a sus colegas a una huelga. Entre los cabecillas del
movimiento se destacaba un jinete de renombre, el ya mencionado José
Verdire, triunfador del Gran Premio Internacional de 1887 y de muchas
otras competencias.
Para desgracia de los jinetes, la protesta no logró movilizar adhesiones
de peso. No hay modo de determinar cómo fue recibido el anuncio de la
huelga por los aficionados al turf. Es probable que entre los hombres que
poblaban las tribunas populares la hostilidad (o al menos la indiferencia)
fuese mayor que la simpatía, siquiera por razones referidas al simple hecho
de que la protesta amenazaba interrumpir el normal desarrollo del calenda-
rio de carreras. No hay duda de que, fuera del hipódromo, el desafío de los
jinetes fue mal recibido. La actitud de la prensa es reveladora al respecto.
Las páginas de las publicaciones de izquierda ignoraron la huelga comple-
tamente, como solían hacer con todo lo referido al turf, que entendían
degradante para las clases populares. La prensa étnica tampoco mostró sim-
patía alguna por el reclamo de los jinetes. El Correo Español, por ejemplo,
advirtió con sequedad que “Verdire, Grigera, Aguirre, Palacios, Sánchez,
Cardoso, Ruiz, Romay, Navarro, Peralta, Dara, etc, tendrán que afeitarse si
quieren seguir siendo jockeys”.42
Por su parte, La Nación y La Prensa, los dos grandes diarios del país,
expresaron hostilidad hacia los huelguistas. El rechazo a la protesta de los
jockeys pone de relieve aspectos relevantes de la visión del orden social que
por entonces primaba en los principales órganos del periodismo argentino.
Hay que recordar que los jinetes se reclutaban entre los estratos inferiores

41
Buenos Aires Herald 15/6/1893.
42
El Correo Español 15/6/1893.

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Jockeys y propietarios en el hipódromo argentino de fines del siglo XIX 323

del mundo del trabajo y que, por su condición de hombres de la campaña,


condensaban muchos de los prejuicios antirrurales y antipopulares de la alta
cultura del orden oligárquico. De hecho, estos diarios solían cubrir extensa-
mente las noticias del turf, pero rara vez se referían a la contribución depor-
tiva de los jinetes. En muchos aspectos, pues, los medios de prensa adopta-
ban un punto de vista similar al del Jockey Club, ya que enfatizaban que la
atención debía concentrarse en los caballos y sus propietarios. Tanto en lo
que se refiere al protagonismo deportivo como en cuanto a derechos, los
jinetes no estaban en el mismo plano.
Hay que señalar, empero, que tanto La Nación como La Prensa enten-
dieron que la prohibición del uso del bigote era innecesaria y quizás exce-
siva. A pesar de que no acompañaban la decisión de la Comisión de Carre-
ras, estos periódicos no admitieron la posibilidad de que los jinetes tuviesen
el derecho de cuestionar una directiva emanada del Jockey Club. Su posi-
ción subalterna, de alguna manera, los privaba de esa prerrogativa. El
“sacrificio del mostacho”, decía La Prensa, debía realizarse “en obsequio
de la disciplina que impone el nuevo reglamento, y no hay más que some-
terse a él o renunciar a la provechosa profesión.”43 Para la gran prensa, tra-
tándose de miembros poco ilustrados de las clases populares, la disciplina
era más relevante que los derechos individuales. En definitiva, el cuerpo
público del jinete pertenecía por entero a quien pagaba sus servicios. La
profesión de jockey podía ser económicamente provechosa, pero sus practi-
cantes no eran deportistas sino empleados subalternos, sometidos al capri-
cho de sus patrones.
Faltos de recursos materiales y simbólicos con los que dar la batalla en
la esfera pública, y privados de apoyos con los que sostener sus reclamos,
Verdire y sus compañeros de causa no lograron sumar al grueso de los jine-
tes a la huelga. El 18 de junio, el día que el nuevo reglamento entró en
vigencia, se hizo claro que el Jockey Club se había impuesto. Esa mañana,
el grueso de los profesionales se presentó en la pista con el rostro afeitado.
A la humillación siguió la burla, y en esta tarea la gran prensa se mostró
muy activa. Los jinetes, señaló La Nación, “acatando, como no podía ser de
otra manera, la resolución reclamada, se presentaron con sus caras limpias,
pudiéndose notar rapados algunos que ni en dos lustros más conseguirán
tener barbas”.44 La Prensa también dijo lo suyo, entrando de lleno en un
debate algo ligero sobre las ventajas y desventajas estéticas que la renuncia
al bigote suponía para los jinetes. El rostro rasurado, comenzaba diciendo el
diario de los Paz, “les viene a algunos un poco peor que lo previsto por los

43
La Prensa 19/6/1893.
44
La Nación 19/6/1893.

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interesados mismos”; y luego notaba la existencia de “ciertas caras bien


conocidas que, con la reforma, han resultado sencillamente risibles. No
citamos nombres propios, por no herir susceptibilidades, fáciles de
comprender.”45 Estos comentarios entre divertidos y jocosos dieron el tono
con el que los grandes periódicos consideraron cerrado un episodio que por
un momento amenazó dejar a Buenos Aires sin hipódromo, pero que ter-
minó reafirmando la autoridad del Jockey Club y de los propietarios de
caballos de carrera. El turf elitista había ganado la batalla.

Conclusiones

La fundación del Jockey Club en 1882 marcó un hito decisivo en la forma-


ción del turf argentino. En el curso de una década y media, el hipódromo
forjado por los hombres del Jockey Club adquirió forma madura, dejando
definitivamente atrás la larga era en la que las carreras de caballos se desen-
volvieron en el territorio de la cultura popular. En esos años, los criadores
nativos terminaron desplazando a los aficionados de origen británico del
centro del escenario turfístico. Al calor de estas transformaciones, el hipó-
dromo se consolidó como un espectáculo dominado por un grupo de turf-
men surgido de los sectores más poderosos de la elite propietaria y, a la vez,
dotado de vasta repercusión popular.
Con frecuencia se ha narrado este proceso como parte de la formación
de un turf competitivo y profesionalizado, pero también más refinado, que
aspiraba a medirse con los más exigentes y sofisticados del mundo. Este tra-
bajo sugiere que el ascenso del turf también se vio acompañado por una rede-
finición de las posiciones de poder y autoridad entre los actores que anima-
ban este espectáculo. En el hipódromo, al igual que en otros planos de la vida
argentina, ese período fue testigo de un firme avance de la elite propietaria
sobre territorios que hasta entonces le habían sido ajenos.46 En los años que
separan a las dos presidencias de Roca, los plutócratas nucleados en el ­Jockey
Club reafirmaron su posición como los grandes protagonistas del hipódromo,
y para ello empujaron a los jinetes a los márgenes del espectáculo. Este pro-
ceso es iluminado con particular claridad por la reforma del reglamento de
carreras de 1893 y por las respuestas que esta iniciativa suscitó.
La prohibición de usar bigote que cayó sobre los jinetes profesionales
cuando Carlos Pellegrini ejercía la presidencia del Jockey Club atentó de

45
La Prensa 19/6/1893.
46
Roy Hora, Los terratenientes de la pampa argentina. Una historia social y política,
1860–1945 (Buenos Aires 2005), pp. 61–128.

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Jockeys y propietarios en el hipódromo argentino de fines del siglo XIX 325

manera directa y deliberada contra las nociones de libertad personal y mas-


culinidad propias de la sociedad de ese tiempo, tanto entre las elites como
entre las clases populares. En definitiva, la aspiración de los dueños del
hipódromo era transformar a los jockeys en lo más parecido a sirvientes
silenciosos y elegantes. Los jinetes no solo se vieron impedidos de festejar
públicamente sus victorias, sino que también perdieron la potestad de deci-
dir sobre aspectos fundamentales de su apariencia personal. En síntesis, el
comportamiento de la elite del turf revela que detrás de la disputa por el
derecho al uso del bigote se escondían no solo cuestiones relativas al decoro
y la estética corporal. Este conflicto fue parte de una puja más amplia, que
giraba en torno a cuestiones referidas a preeminencia deportiva, jerarquía y
autoridad.
Colocado en un marco más amplio, la disputa del bigote nos informa
sobre ciertas peculiaridades de la relación entre la elite propietaria y las
clases populares del período finisecular. La comparación del turf argentino
con el británico sirve para sacar a la luz algunas de estas singularidades. En
Inglaterra, la aristocracia que dominaba el hipódromo y el alto mundo
social siempre habían favorecido una relación de intimidad con los depor-
tistas exitosos, incluso con los de origen popular, sobre todo si éstos pro­
venían del mundo rural (como era el caso de los jockeys profesionales).
A cambio de deferencia, ya a fines del siglo XIX los jinetes más prominen-
tes eran admitidos en los círculos aristocráticos, y tenían abierto el camino
hacia el estrellato y la adulación popular.47 Esta posibilidad no estaba abierta
para la clase propietaria argentina, y no solo porque la campaña, de la que
provenían casi todos los jinetes, solía ser objeto de frecuente denigración al
menos desde los tiempos en los que Sarmiento escribió su Facundo. La
elite del hipódromo no gozaba de los privilegios que nacían de una relación
deferencial construida a lo largo de siglos de superioridad social y forjada
sobre la base de una ideología de impronta ruralista. De hecho, más que
aspirar a integrar a los jockeys profesionales en posiciones subordinadas en
el círculo de relaciones dominado por las clases altas, en las décadas del
cambio de siglo el mayor esfuerzo de los hombres del Jockey Club estuvo
orientado a excluirlos, y para ello no solo aspiraron a atenuar su protago-
nismo deportivo, sino también a afectar su prestigio social. Y es que en un
contexto como el argentino de fines del siglo XIX, signado por el súbito
ascenso de una nueva y poderosa plutocracia, pero también por un vigoroso
proceso de cambio social, la primacía pública de la elite necesariamente
debía fundarse sobre la exclusión de aquellos actores que podían restarle

47
Ross McKibbin, “Working-class Gambling in Britain, 1880–1939”: idem, The Ideo-
logies of Class. Social Relations in Britain, 1880–1950 (Oxford 1991), pp. 133–135.

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326 Roy Hora

protagonismo. En un punto, pues, el proceso de sometimiento de los jinetes


que se observa en ese gran teatro del poder propietario que fue el hipó-
dromo revela una verdad más general sobre la relación entre elite y socie-
dad. El hipódromo sirvió para representar y reafirmar la preeminencia de un
grupo que, para imponerse, debió marginar antes que integrar.
Pese a que la prensa terminó restándole dramatismo al conflicto, la
huelga del bigote dejó huellas que tardarían en borrarse. José Verdire fue
uno de los jockeys que, para preservar no solo su mostacho, sino también su
dignidad, decidió abandonar las pistas de manera definitiva. Los jinetes que
optaron por rasurarse seguramente vivieron largos años cargando sobre su
rostro el estigma que delataba su inferioridad. Solo desde la década de
1910, cuando el pelo en la cara comenzó a perder su carácter de distintivo
masculino, el demérito social que suponía esta marca de subordinación se
atenuó (desde entonces, el bigote como signo de virilidad solo mantuvo su
vigencia en ciertos ámbitos masculinos identificados con valores jerárqui-
cos y tradicionales, como la policía y las fuerzas militares).
Para los aficionados a las carreras de caballos, sin embargo, la fraca-
sada huelga de los jockeys pronto cayó en el olvido. De hecho, esta disputa
no suele ser recogida en los principales estudios sobre la historia del turf
nacional. Este silencio es comprensible, y no solo porque los trabajos sobre
el tema concentran su atención en un reducido arco de problemas, centrado
en los resultados deportivos de studs, jinetes y caballos. Es comprensible
también porque un episodio de estas características resulta difícil de inte-
grar en la historia de un espectáculo que ha sido repetidamente narrado
como un terreno de encuentro, jerárquico pero en esencia armonioso, entre
actores provenientes de distintos mundos sociales. En todo caso, las pocas
voces que lo mencionan al pasar lo describen como un evento curioso o
pintoresco, desconectado del gran relato sobre la historia del principal
entretenimiento popular de las cinco décadas posteriores a 1880.
La huelga del bigote, sin embargo, desafía estas visiones y nos recuerda
que las características de un espectáculo deportivo cambian con el tiempo y
que, en parte por ello, el peso relativo de sus actores es también producto de
disputas. De hecho, el equilibrio alcanzado hacia el cambio de siglo experi-
mentaría hondas transformaciones dos décadas más tarde, cuando jinetes
como Irineo Leguisamo alcanzarían un enorme protagonismo deportivo. El
ascenso de los jockeys sería parte de un proceso de democratización más
amplio, visible tanto en la esfera política como en la sociedad, que abrió
nuevas oportunidades de protagonismo deportivo y figuración social para
los miembros de las clases populares.
Sin embargo, en un espectáculo como el turf, en el que la estructura de
propiedad concede a los propietarios de caballos un peso decisivo, las hue-

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Jockeys y propietarios en el hipódromo argentino de fines del siglo XIX 327

llas del retroceso que los jinetes experimentaron en los tiempos de Pelle-
grini no han terminado de borrarse. Al fin y al cabo, fue en los años del
cambio de siglo que terminó de consagrarse una de las imágenes que, toda-
vía hoy, resultan más familiares en el mundo del hipódromo: la del propie-
tario victorioso que, dándole la espalda y opacando al jinete, toma de la
brida a su caballo y lo conduce al pesaje, en medio del aplauso de la multi-
tud.

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